Czytaj książkę: «Salitre en la piel»


SALITRE EN LA PIEL
© María Benítez Sierra
© Ilustración de portada: Florencia Sudy
© Corrección ortotipográfica: Álvaro Martín Valcárcel
© de esta edición: Olé Libros, 2021
ISBN: 978-84-18759-63-5
Producción del ePub: booqlab
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KALOSINI, S. L.
Grupo editorial 
www.olelibros.com
Este libro está dedicado a todos aquellos que celebran siempre el mar de fondo, estén donde estén.
Tantos kilómetros, tantas ciudades, tantas batallas, tantas personas... y al final llegas a un lugar del que no quieres huir.
I
DECISIONES
Ahí estaba yo. Insegura, delirante, con las ganas de salir corriendo a cualquier lugar que estuviera a tantos kilómetros que no pudiera recordar. La escena no era nada agradable. Para empezar, hacía un calor que te derretía hasta los huesos. Estábamos en pleno mes de agosto, hacía una noche de verano de esas en las que saldrías a pasear cuando el asfalto dejara de radiar calor. Lo hubiera hecho si no hubiera sido porque estaba metida en un coche con los cuatro pestillos cerrados. Miraba al horizonte y solo veía oscuridad, quizá una remota luz, una farola de luminosidad anaranjada abandonada a su suerte en una callejuela de la ciudad.
Aunque las ventanillas del coche estaban ligeramente bajadas, sentía que me faltaba el aire. Intentaba pensar en las cosas que me habían pasado durante toda mi vida. Qué voluble es nuestro cerebro cuando decide acceder a ese archivo guardadito, ese momento tan lejano en el que fuiste inmensamente feliz, ¿verdad? En mi cabeza revoloteaban algunos momentos de felicidad: la arena en los dedos de los pies; el envolvente sonido que emite un vinilo justo antes de que suene la melodía, puros surcos sin nada de música grabada; un salón con chimenea en el que la banda sonora es el fuego crujiente; el burbujeo de una cafetera vieja, bonita; un jarrón de flores en la mesa de la cocina... Y de repente, vuelta a la realidad. Volví a mirar a mi izquierda y lo cierto es que no estaba sola en aquel coche.
A mi izquierda estaba la persona que conducía. Tenía las manos agarradas al volante, en sus brazos podía notar sus venas hinchadas, así como en su frente. Su expresión —aunque la noche estaba demasiado oscura como para profundizar en expresiones— era desafiante, recuerdo que tenía el lateral del labio superior levantado. Era una mirada de repulsión. Sabía que estaba enfadado. Tantas veces pensé en quitarme de encima a este ¿personaje?... Y ahí estaba. «Tonta. Que eres tonta. ¡Serás estúpida! Podrías estar disfrutando de una noche espectacular o manteniendo alguna conversación interesante mientras meneas una copa de vino. Y no. Aquí estás encerrada».
Durante un tiempo, estuve en una cueva. Una cueva de la que es bastante difícil escapar, casi imposible. Pero ese día lo tenía claro. O acababa con esa situación o con mi vida. ¡Por favor! Pero ¿te has visto? ¿Dónde está la Olivia que eras antes? ¡Estás hecha un desastre! Hacía unos meses —quizá un año— que no sentía que fuera yo misma. No lloraba, pero tampoco dejaba de hacerlo.
—Hay una pelota de tenis en el tubo de escape, tú sabrás lo que quieres hacer. Subiré las ventanillas y conduciré hasta que uno de los dos deje de respirar. Es lo que tú has querido. No estaríamos en esta situación si me hubieras hecho caso, Olivia.
Despertarse en un lugar inesperado. Tranquilo. Bello. Bello no, hermoso. Un trozo de tierra en el que todo está diseñado para el disfrute del ser humano. Para el disfrute y el sentir. Uno de esos lugares que crean recuerdos de sal en la piel y en tu memoria, y que, estés donde estés, siempre vuelves a rescatarlos. Robar unos rayitos de sol de agosto para ir disfrutándolos a lo largo del año. Acceder a ese archivo en la memoria y volver a sentir el suave oleaje de las olas, el brillo que se proyecta en un azul turquesa intenso, un color que no es fácil de describir... o sí. Azul mar, azul mediterráneo. ¿Mejor?
Un lugar al que viajar física o mentalmente cada vez que la realidad venga de visita. Agarra una maleta vieja, poca ropa, un par de bikinis, y sal pitando a ese lugar aunque solo sea para hundir tus dedos en la arena. Para pensar y reflexionar que nada de lo que nos ofrece este mundo es real y mucho menos necesario. El mar...
El mar no suele pedir mucho. Tampoco es que le importes demasiado como individuo. El mar simplemente es, y estará ahí cada vez que quieras visitarlo. Te mece entre sus olas, te pide un poco de protección solar para no abrasarte el corazón y... nada más. Bueno sí, que te dejes llevar. Una cerveza fría, quizá. Que te quedes mirando la inmensidad de su horizonte. Allí donde la vista al mar es infinita, allí es donde has de estar.
Y allí es donde yo quería estar, pero durante mucho tiempo. Sin buscar recuerdos en la memoria y sin tener que rescatar archivos del cerebro. Volver a una ciudad seca, contaminada en la que todo el mundo tiene prisa es asqueroso. Me crie en un pequeño pueblecito a las afueras de Madrid, bastante mediocre pero aceptable, y con algunas personas maravillosas. Así es. Me llamaron Olivia porque mis padres eran unos modernos en su tiempo y decidieron evitar nombres como Julia, Esther o cualquier otro nombre común nacional como «Antonia» —Jesucristo—.
Mi infancia fue bastante bonita, basada en el respeto y el amor. Cada verano gozábamos de un mes cerca del mar, en la costa. Los veranos allí eran eternos, en el buen sentido, claro. Mamá nos levantaba a las ocho de la mañana para desayunar. Ella siempre ha sido una mujer espectacular: rubia, alta, con unas curvas tan pronunciadas como las de las carreteras de Cuenca y que todo amante del motor se moriría por recorrer. De ahí que fuera modelo de una marca de refrescos reconocida mundialmente. Mi padre, sin embargo, se crio en una familia de esas que llamaron de nuevos ricos. El abuelo trabajaba en finanzas; la abuela era, como era de esperar en esa época, regordeta y menuda, ama de casa y madre de nueve niños repelentes que en el futuro serían banqueros o directivos de multinacionales.
Mis padres se conocieron en un concierto tributo a The Beatles en una discoteca cutre que ofrecía cacharros y cubos de cerveza. Antonio se fijó en Carmen y le ofreció un baile, una copa, después otra copa y después lo que surgiera. Y surgió un amor de verano que decidieron prolongar hasta el «sí quiero».
La parejita voló por toda la costa mediterránea de la Península y después visitó las islas del Mediterráneo, y allí engendraron a mi hermano mayor, Gonzalo. Unos tres años después aterricé en el mundo. Digo aterricé porque yo ya iba a las casitas de la playa antes de nacer.
Cada verano que pasábamos cerca del mar era único e irrepetible. Inevitablemente el verano terminaba y volvíamos a la ciudad; a la seca y aglomerada ciudad. Aun así, vivíamos en un apartamento increíble a las afueras de Madrid, y no es que estuviéramos mal, pero cuando olíamos —olía— la brisa húmeda y nos mojábamos el culo en el mar, todo cambiaba por completo.
Era mi último verano como adolescente, ya que en unos meses comenzaría la vida adulta: la universidad, la independencia y el apasionante mundo de los folletos de Lidl de los jueves. Encontré un apartamento cerca del nuevo campus que tenía que compartir con otras dos chicas que pusieron un anuncio en internet. No sabía si allí encontraría unas pirómanas o vete tú a saber, pero cuando uno es joven no se detiene a reparar en detalles. Esto no viene al caso, como nada viene al caso nunca. Algo así es la vida.
El hecho es que en agosto decidí trabajar como voluntaria en un campamento para niños. Me divertía la sensación de saber que estas personas pequeñas fueran más inmaduras incluso que yo. Me alegraba saber que tenía absoluta autoridad sobre los niños, pero en el fondo me reía tanto por dentro.
El campamento de verano se hacía cada año en la sierra de Madrid, donde el personal llegaba un día antes para planificar los siguientes quince días de batalla. Éramos ocho monitores, dos socorristas, tres cocineros, dos guardias de seguridad y una persona de mantenimiento. Nada más llegar encontré a María: era pelirroja teñida y de piel blanquecina, tenía unos ojos verdes brillantes como el agua del mar cuando le da el sol y era seria y corpulenta. Se acercó a mí, vestida con unos pantalones bombachos de todos los colores que pueden existir y una camiseta de manga corta azul marino de algodón, rota y seguramente cortada por ella misma. Noté su presencia acercarse, dando pasos firmes y con pocas risas.
—¿Trabajas aquí o es que has llegado pronto? El campamento empieza mañana.
Vale. No hemos hablado de esto. Aparento menos edad de la que tengo, tanto que en ocasiones resulta molesto. Mido un metro sesenta y ocho. Tengo el cabello castaño claro que se enreda con un soplo de aire y, si le da demasiado el sol, parezco albina. Es largo hasta debajo del pecho y ondulado, si es que ondulado significa de cualquier manera. Me he peinado unas siete veces en mis casi veinte años de vida. Mis ojos —palabras de mi madre— son dulces como la miel y amargos como el café.
Mi rostro no revela ningún estado de ánimo y, aun así, mis ojos parecen decirlo todo. Lo sé porque a veces la gente me entiende sin que diga una palabra. Es pecoso y, aunque la mayoría de la gente piensa que estoy constantemente enfadada, mis mofletes siempre están sonrojados. Pertenezco a ese grupo reducido de personas cuyos carrillos, con un poco de calor o una copa de vino, se vuelven rojizos.
Tengo una ridícula e insoportable obsesión con la delineación perfecta de mis cejas, y lo mejor de todo, la herencia de mis padres: huesuda de clavícula y unas caderas en las que podrían construir un aeropuerto. Vale, sí, estoy exagerando.
No puedo ver un gato y no acariciarlo. Por algún motivo, creo que las almas gemelas siempre se encuentran porque vuelven a su escondite. Siempre he tenido un carácter bastante tranquilo, quizá dominante. El único lugar en el que me siento feliz es cerca del mar, esté donde esté. Nunca he encajado con demasiada gente. No soporto a los matones ni a los que te miran por encima del hombro; mucho menos a toda esa gente que no tiene educación. Mis padres me educaron en el respeto y no se puede decir eso de todo el mundo. No era mi caso ni tampoco el de Gonzalo, mi hermano. Por decirlo así, ambos éramos los perfectos hijos de un matrimonio feliz con grandes expectativas de futuro.
Pues ahí estaba, vestida con una blusa blanca de lino con escote de pico y mi falda vaquera desgastada de talle alto, con unas sandalias hechas a mano que costaban más que todo el armario de la tal María. Llevaba un cinturón de piel con abalorios de colores similares a las sandalias y un sombrero de ala ancha de rafia. Mi cabello rebelde volaba ondulado con la frescura de la sierra.
—¡Hola! Soy Olivia. ¿Qué tal? Vengo al campamento de La Sierra —así se llamaba— a trabajar como voluntaria.
—¡Ah! Qué bien, soy María, una de las monitoras. ¿Las voluntarias sois... monitoras también?
—Sí... Supongo. ¡Espero! ¡Genial! Encantada de conocerte, María. El correo electrónico decía que había una reunión en la sala de la cocina en un rato, ¿vamos?
—Iremos juntas —sentenció.
Dejamos las maletas en la entrada con el resto y nos encaminamos hacia la cocina al encuentro del resto de personal, pero antes tuvimos que atravesar las instalaciones. El lugar gozaba de una localización excepcional. Rodeado de naturaleza, riachuelos, pequeñas lagunas y montañas. Había bungalows en fila, bien organizados y de madera, que me parecieron preciosos. Siempre me gustó estar en contacto con la naturaleza, es uno de los disfrutes más absolutos de mi vida.
Había diferentes zonas bien distribuidas para hacer gynkanas u otro tipo de actividades, una piscina infinita y bien cuidada con sombrillas de brezo... ¡Había hasta una barra para preparar cócteles! Campo de fútbol, baños totalmente limpios... ¡Me enamoré de ese sitio! Además, tenía una cocina gigantesca, bien dividida y organizada para reunir a mucha gente. Las mesas eran largas y de madera, tipo pícnic. El lugar poseía una caseta con cuatro aulas totalmente equipadas para dar las clases de inglés. ¡Ah!, para eso había venido, para dar a los niños algunas clases de inglés y natación.
Cuando entramos en la cocina, todo el personal ya se encontraba allí. Sí, llegamos tarde. La historia de mi vida. El chillido que causó el movimiento de la puerta al abrirla hizo que todos los que estaban allí se percataran de nuestra presencia. No nos miraron, nos hicieron un escaneo de arriba abajo o de abajo arriba, según quién. Intentamos ser lo más sigilosas posible, pero el director del campamento, Joan, nos sorprendió mientras tomábamos asiento en silencio. Y cuando parecía que habíamos pasado desapercibidas...
—¿Hola? ¡Hola! ¿Quiénes sois? ¿Podéis presentaros? —exigió Joan, agitando su bolígrafo mientras cruzaba una pierna con la otra.
¿Sabes cuando le dices a cualquier humano «disimula» y de repente estás con la niña de El exorcista? Pues así.
—Bu... Bueno, yo soy Olivia y ella es María, venimos a la reunión.
—¡Claro que sí! Mucho mejor así, ¿eh? ¡Bienvenidas! Por favor, tomen asiento, señoritas —exclamó mientras chequeaba una lista entre sus manos y hacía un movimiento exagerado con el bolígrafo.
Y así lo hicimos. Tomamos asiento cual dos palurdas adolescentes que han llegado tarde a clase y escuchamos a Joan. Era un hombre de unos treinta años, seguramente estudiaba alguna carrera complicada como ingeniería o arquitectura y venía en función de director. Era alto, fornido y la cabeza rapada le quedaba sorprendentemente bien. Llevaba puestas una retahíla de pulseritas de cuero y colgantes con conchas.
Nos asignaron las habitaciones y las funciones, hablamos de cómo recibiríamos a los niños al día siguiente y minutos después empezaron a volar litronas de cerveza y bolsas de ganchitos por mi cabeza. Así funcionaban los campamentos. Si alguna vez has estado en uno durante tu infancia, has de saber que todos tus monitores se ponían ciegos en cada momento que tenían oportunidad.
Casi todo el personal del campamento parecía estar cortado por el mismo patrón. Adornaban sus brazos, tobillos y cuellos con pulseras y ropas de mil colores, un grito de locura hacia la moda. Vi alguna que otra rasta y demasiados colores.
¡Ah!, se me olvidaba. Siempre he sido una apasionada de la moda. Más que de la moda, de la elegancia del ser humano. Nuestra querida Audrey decía que «la vida es una fiesta y has de vestir como tal». Estar vestida perfectamente para cada ocasión es imprescindible, y se me daba de maravilla. Buscaba las últimas tendencias y cada estación del año renovaba mi armario por completo. Desde los dieciséis empecé a interesarme por la armonía de colores y las prendas de calidad, así que tenía una colección de ropa desmesurada. Al igual que con mis cejas, tenía la fabulosa obsesión con los fondos de armario, las paletas de colores para cada ocasión y los detalles. Algo que me hacía parecer «repipi». ¡Bah! Esa fue la primera palabra que Rodrigo me dijo cuando nos conocimos.
Cuando fui a meterme en la boca una aceituna, noté una presencia, alguien se acercaba a mí por la espalda.
—¿Este lugar no es un poco hippy para alguien tan repipi?
—¿Perdona? —Esta expresión siempre suele venir acompañada de un fruncimiento de ceño.
—Me llamo Rodrigo, seré el socorrista que te salve la vida cuando esos monstruos enanos estén intentando ahogarte en la piscina.
—Espero que sepas nadar, al menos.
—¡Oye! —refunfuñó.
—Es una broma... —Puse los ojos en blanco y sonreí—. Soy Olivia.
—Ya, te he oído antes. ¿Y qué haces aquí, Olivia?
—Bueno, ya sabes, vivir esta gran experiencia como monitora de campamento.
Ambos soltamos una carcajada. Normalmente los jóvenes acudían a estos campamentos para financiarse la matrícula de la universidad.
Rodrigo tenía el pelo corto y rubio oscuro, los ojos marrones; no era muy alto, pero sí más que yo. Tenía brazos musculosos y piernas delgadas, una cara de niño para comérsela y barba de una semana que pedía a gritos que alguien la perfilara y la afeitara en condiciones. Iba vestido con una camiseta blanca básica de algodón y unos pantalones cortos de color azul marino con dos ribetes a la altura de la cintura estilo marinero. El look de recién levantado le quedaba sencillamente bien. Igual que yo recién levantada... Pero mejor no hablemos de eso.
—Bueno, es un extra para poder empezar la universidad.
—En realidad, vengo como voluntaria.
—No puede ser... ¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Quién querría hacer esto porque... sí?
—¿Y por qué no?
—¿Dónde vas a estudiar? —cambió de tema sin que pudiera darme cuenta.
—En la Europea.
—Vaya, vaya... Yo estudio ahí. ¿Casualidad? No lo creo —contestó alzando una ceja y poniendo cara de interesante, posando su dedo pulgar e índice sobre el mentón.
—¿En serio? ¡Qué bien! ¿Cómo es eso de ser universitario?
—Bueno, ya sabes. Macarrones a las tres de la mañana, cachilitros en discotecas y muchos compañeros de piso hasta que mudarse solo se convierte en una opción.
—Ajá... —contesté, desinteresada y boquiabierta. ¿Macarrones? ¿De qué narices estaría hablando? ¿Era yo o recalcó con ímpetu «mudarse solo»?
—Es genial, verás...
Estuvimos charlando un buen rato sobre nuestras vidas, nosotros y el resto de monitores. Rodrigo y yo tuvimos una conexión especial y una naturalidad al hablar que parecía que nos conocíamos de toda una vida. Quizá en otra vida. Después, todos recogimos las litronas del suelo y nos fuimos a dormir. En el bungalow donde dormía estaban María la pelirroja, Elena y Valle.
Estas dos últimas eran dos amigas de la infancia que habían hecho prácticamente todo juntas desde los cinco años. Un día de primavera, en plena adolescencia, Elena rompió con su novio y Valle le dijo que estaba enamorada de ella desde mucho antes de lo que pudiera recordar. Entonces eran pareja y, además, estupenda. Eran altas, delgadas, parecían supermodelos ucranianas. Elena era rubia y hippy y Valle, morena y pizpireta; tenían una química especial entre ellas que las hacía encantadoras. Se terminaban las frases la una a la otra, se amaban con locura, pero también eran muy celosas y a menudo armaban un escándalo de la hostia.
Al día siguiente me levanté llena de energía, radiante, entusiasmada. Había descansado como nunca, la naturaleza tenía —tiene— ese poder en mí. Me fui a la ducha y después me puse el uniforme, que consistía básicamente en una camiseta blanca mezcla de algodón barato y poliéster tres tallas más de la mía, con una serigrafía que decía «MONITOR» en amarillo. ¿No faltaba una «A»? Cuánta... elegancia. Doblé las mangas hasta hacer la camiseta de tirantes y me hice un nudo a la altura de la cintura para no parecer una señora en camisón o, lo que es mucho peor, una monitora de verdad.
Me puse unos pantalones cortos de color azul marino, unas deportivas clásicas relucientes, un collar de conchas y un montón de pulseritas de mil colores. Y no es que me hubiera convertido en una hippy (parfavar...), sino que, como ya sabes, tenía la habilidad para vestir adecuadamente en cada ocasión. María me convenció para hacerme unas trenzas de raíz y así demostrar sus habilidades y conocimientos de peluquería. Y aunque fui un poco el conejillo de Indias, averigüé que efectivamente las tenía, pues me quedaban espectaculares.
El reloj marcaba las siete de la mañana y era la hora del desayuno. Antes de entrar al comedor, vi a Rodrigo con Joan y el otro socorrista. Rodrigo me dedicó una sonrisa seguida de un guiño de ojo que casi hizo que me tropezase con la bandeja.
Aclaremos esto: a lo largo de mi vida he tenido una torpeza natural que me sale sin apenas esfuerzo. Es más, si te quedas mirándome fijamente durante unos instantes, probablemente tropiece con mis propios pies, se me caiga algo, se me desparrame toda la botella de agua al intentar beberla o venga una manada de tábanos tropicales con gabardina y metralletas a fusilarme. Así era y así es. Por eso, intentaba no exponerme demasiado en situaciones comprometidas que requirieran mis encantos. ¿Te imaginas hacerle un guiño, resbalar con cualquier cosa y...?
A las doce de ese mismo día llegarían los niños para instalarse. Iba a ser una jornada tranquila, ya que dejaríamos que se acomodaran en los bungalows y así pudieran adaptarse un poco al cambio de ambiente, pues iban a someterse a quince días muy largos —y duros— para ellos —y para nosotros—.
Cada monitor estaba a cargo de unos diez niños; junto con otro responsable, hacíamos un grupo de veinte. El equipo que coordinábamos Valle y yo lo convertimos en el mejor del campamento. El resto de equipos nos llamaban «las estirás», ya que Valle y yo éramos las únicas dos mujeres del campamento que no tenían esa apariencia similar al resto, de vagabundo moderno o hípster, quicir. Sin duda era uno de los equipos más competitivos y ganadores, por no decir que lo lideraban dos mujeres.
A lo largo de los días realizamos juegos, excursiones, gynkanas, deportes de agua, clases de inglés y veladas nocturnas. Estar detrás de diez o veinte niños cada segundo era agotador, pero también divertido y nos lo pasábamos en grande. Cuando terminaba la jornada, todos los monitores nos juntábamos y tomábamos algunas cervezas mientras charlábamos de las cosas que nos pasaban. Reunión nocturna de monitores lo llamaban.
Un miércoles por la mañana me dirigía a la piscina. Hacía un día fabuloso y los gorriones canturreaban, mientras que las chicharras se quejaban cada vez más fuerte. Ese día tocaba natación y clases de baile bajo el agua. Después de mi ritual de levantarme casi a la misma hora que los gallos y desayunar, me fui a la ducha, me puse un bañador blanco ajustado y atado al cuello con abalorios azul turquesa en los tirantes y encima la camiseta que llevábamos como uniforme que me llegaba hasta prácticamente los muslos. Después de formar filas en el campamento, cada uno de los equipos se iba con su monitor asignado a realizar la actividad del día.
Así, mi equipo de diez soldados enanos adormilados y yo desfilamos por la piscina en fila india. Saludamos a Rodrigo, que ordenaba perezoso el botiquín, y comenzamos la clase de baile bajo el agua, que se volvía cada vez más ridícula y divertida. Cuando terminó la clase, Valle se llevó a los niños al campo de batalla y yo me quedé en la piscina en remojo y agotada de tanto movimiento. Esperaba al siguiente grupo, con el que daríamos comienzo a la clase en unos quince minutos.
Rodrigo se levantó de su silla —trona, era injusto que el socorrista estuviera todo el día sentado y el resto no parara de un lado para otro— de socorrista, mirando el agua con desidia y caminó lentamente por el borde donde yo descansaba sobre mis brazos y disfrutaba del único rayo de sol que se proyectaba en la piscina a esas horas de la mañana.
—Bueno, ¿y a esto de las clases de baile en el agua también se pueden apuntar los adultos?
—Claro, pero las clases para adultos las da mi compañero, el que trabaja también en la cocina. ¡Ah! Y hay que traer trikini.
—Oh, vaya..., una pena. Hablando de trikinis, ¿qué te iba a decir? ¡Ah, sí! No es que te prestaran mucha atención los niños...
—¿Verdad? ¿Será que es muy temprano? Tendré que mirar los horarios de nuevo... —contesté mientras salía del agua.
Rodrigo soltó una carcajada que rozó la mofa. No entendía muy bien el porqué hasta que me trajo un espejo del botiquín... ¡¡¡¡Se me veía hasta el alma!!!! Había olvidado por qué no me ponía este bañador. Rodrigo y el grupo de natación me lo recordaron. Lógicamente porque es blanco y se transparentan hasta los recuerdos más profundos de mis antepasados. Era obsceno. Y mis pobres niños tendrían un trauma asegurado de por vida.
—Pero ¿cómo no me has dicho nada, imbécil? —Para algo servía esa camiseta nórdica, ¡claro! Me tapé como pude y salí de allí, empapando todo de agua.
—¿Y perderme el show? ¡Ni de coña!
—¡Vete a la mierda! —Salí corriendo con las chanclas en la mano, mascullando todo tipo de insultos que me sabía en más de un idioma.
Entré en el bungalow, me sequé como pude y lo reemplacé por un bañador Arena, azul Arena, un azul tan único que, por mucho que pasen los años, siempre sigue siendo el mismo. Compraba ese mismo bañador cada año desde que empecé a nadar con tan solo cinco años. Cambiar el color, el modelo o la marca no era una opción. Volví tan rápido como alcanzaban mis cortas piernas para no dejar al siguiente grupo de natación abandonado. La segunda clase del día fue divertida, los niños se portaron fenomenal, parecían más despiertos —les ahorré el detrimento de las transparencias del bañador— y para terminar los reté a tirar al socorrista a la piscina. Y así fue: los demonios diminutos corrieron hacia Rodrigo, lo levantaron entre todos y lo lanzaron al agua.
Una semana después, el ambiente que había en el campamento se volvió mucho más familiar. Empezamos a conocernos los unos a los otros un poco más, había más confianza. Entonces, los monitores decidimos hacer una cena especial cuando la jornada terminara. Cada uno cocinaría algo diferente con ayuda de los responsables de cocina. Maxi, uno de los cocineros, me ayudó a preparar mi plato especial. Este era moreno y de piel blanca como el flexo de estudio, regordete y bajito, llevaba las gafas de pasta negra siempre sucias y a veces tartamudeaba. Sin embargo, tenía tal cara de buena persona que pensé que le habían tomado demasiadas veces el pelo. Mi ensalada especial no tenía mucho de especial, pues se trataba de una totalmente normal con ingredientes ricos y frescos. Lo que la hacía diferente era la salsa de queso gorgonzola y yogur griego.
Valle y Elena cocinaban una pasta al pesto que olía de maravilla mientras discutían entre ellas por cuestiones como que añadir más o menos sal puede cambiar el sabor del plato o dónde poner y dejar los utensilios de cocinar... Las adoraba, pero a menudo se ponían demasiado intensas, sobre todo cuando hacían algo juntas. Dicen que donde tengas la olla...
Mientras tanto, Rodrigo se traía algo entre manos con Jessica, otra de las monitoras. Flirteaban tanto que resultaba molesto. Levanté la mirada mientras cortaba unos tomates y presencié el arte de cocinar y chuparse los dedos el uno al otro. ¡Puag!
Cuando nos sentamos todos a cenar, mi ensalada causó furor entre el público. Siempre admiré la manera de cocinar lenta, con ganas, con productos frescos y nutritivos... Sin prisa. Cocinar es un arte, es terapia, es todo lo bueno de la vida. Ponerse el delantal y encender los fogones es un acto de amor propio y una bonita declaración de amor por otra persona. Elegir los ingredientes te lleva a un viaje sensorial y reconfortante. Amasar, picar, batir, cortar, cocer, ¡freír!, cocinar es uno de los placeres de la vida que deberíamos hacer cada día sin caer en la rutina. La forma más bonita de decir «te quiero» es cocinando. Descorchando un vino, poniendo música y cocinando lentamente. Cocinar nunca separó a familias ni amigos ni amantes, sino todo lo contrario. La cocina precalentada, los productos ultraprocesados y la bollería industrial son un acto de vandalismo, un insulto al prodigioso arte de cocinar. He dicho.
Rodrigo y Jessica se sentaron uno junto al otro, justo enfrente de mí. Las mesas eran alargadas tipo pícnic, así que estábamos todos en la misma, apiñados como sardinillas en lata. Me gustaba Rodrigo, pero no podía soportar esas maneras de coquetear que tenía con una de mis compañeras. Deduje que quería hacerse el graciosillo, ser el guapo de turno y caerle bien a todo el mundo. ¿Acaso quería ponerme celosa? Qué listo. Cruzamos un par de miradas durante la cena en las que yo puse los ojos en blanco y él rio discreto.
Pasamos una velada fantástica haciendo comentarios y contando anécdotas que nos pasaban durante nuestra estancia. Tras terminar la cena, nos fuimos al jardín del comedor de la parte trasera, diseñado para el personal, que era más bien pequeño pero coqueto. Ahí nos sentamos con pareos en el suelo, litronas por todas partes, porros y algunas otras drogas más que ni siquiera sabría pronunciar. Había una guirnalda de luces que se iluminaba un poco más según iba oscureciendo. Era la típica noche de verano perfecta en el campamento.
Pasados unos días, este iba llegando a su fin, y con él las despedidas de aquellos niños que habían hecho amigos para siempre, otros contaban los minutos para volver a casa, algunos incluso habían encontrado el amor de su vida. Rodrigo me lanzaba miradas, se acercaba a darme conversación en los ratos muertos y alguna que otra noche nos quedamos charlando hasta las tantas.
El último día del campamento cada equipo recogió todo lo que pudo y los coordinadores ayudamos a los niños a hacer la mochila para volver a casa. Cuando digo ayudar, me refiero a ordenar. Y cuando digo ordenar, me refiero a dar órdenes mientras vigilamos que lo hicieran de la mejor manera posible. Animalicos...
Así, el cielo empezó a avisarnos de la llegada de la noche, con su azul degradado y rosa melocotón. Habíamos llegado a la última velada del campamento.
Una de las actividades que más me gustaba de los campamentos era «El buzón»: consistía en un buzón hecho a mano situado en la entrada de la cocina y en el que se podía depositar cualquier tipo de carta o artilugio no terrorista que podías enviar a cualquier persona que formara parte del campamento, ya fuera a otros niños o niñas, cocineros o cocineras, monitores o monitoras... Detrás del juego del buzón había todo un ejercicio de empatía para los niños y una superherramienta para expresar sus sentimientos. Además de saber interpretarlos y transcribirlos, ¡era todo un espectáculo! Los niños enviaban cartas de amor y desamor con errores ortográficos a las niñas y viceversa. Recuerdo la carta que recibió Ezequiel, uno de los niños más guapos y altaneros del campamento, que decía que era un idiota, que sabía lo de Raquel y que se olvidara para siempre de ella. Firmado con unos labios. Bien, la carta era de Laura, otra de las niñas más guapas y presumidas del campamento. Por algún motivo Ezequiel se convirtió en dandi y tenorio y allí estaba Laura, cagándose en sus muertos, pero en palabras menores. No pude hacer otra cosa que reírme.
Alguien dejó una nota para mi persona que decía que era la mejor monitora del campamento porque era la única que no les ordenaba abrazar a los árboles —cuando los niños se comportaban como terroristas en miniatura, les ordenábamos hacerlo por un periodo de unos diez minutos para que reflexionaran sobre lo que habían hecho—. Y otra, curiosamente anónima, que decía: Nos vemos a medianoche en el merendero.
Al principio pensé que era una broma bien intencionada de uno de los críos, ya que estaba escrita con la misma caligrafía de uno de cinco años. Justo cuando terminé de leerla, levanté la cabeza y miré alrededor. Sí, efectivamente, el mensaje era de Rodrigo. Lo supe en cuanto alcé la mirada y lo encontré devolviéndome la mirada con una ceja levantada y esa sonrisa que provocaba terremotos en las ciudades de mi cabeza.
Los niños pasaron una velada fantástica, se fueron —por fin— a dormir y todo el personal adulto nos quedamos a celebrar el fin del campamento. Como era la última noche, decidimos no llevar el uniforme nórdico, así que yo me planté un peto denim desgastado con un crop top de tirantes blanco que hacía resaltar mi moreno, las dos trenzas que María, la pelirroja talentosa, me hacía y una diadema elástica color teja. Cuando volvimos a los bungalows después de la cena, en la cabaña hablábamos de lo rápido que había pasado el tiempo.
—Pues yo me voy a pasar todo el mes de septiembre en Tarifa, haciendo nada. Bueno sí, vuelta y vuelta al sol hasta que me tueste como una almendrita. ¡Voy a estar desnuda un puto mes entero! —decía María, mientras doblaba sus ropas de arcoíris de mala manera.
—Nosotras vamos a recorrer Grecia en moto, ¿te apuntas, Olivia?... ¿Olivia? ¡Eh! —susurraba Valle, mientras ojeaba un libro sin ninguna intención de leerlo.
—¿Qué?, ¡¿qué?!
—Chiquilla, ¿dónde estás?
—Ay, joder, perdón. Chicas, tengo que contaros una cosa —contesté mientras sostenía en mis manos la nota de Rodrigo.
Bien. En todo grupo grande o pequeño de hembras, cuando una de ellas anuncia que tiene algo que contar, todas las presentes se sientan como si fuera una película de cine que está a punto de empezar. Lo hacen —sorprendentemente— en orden y normalmente en círculo.
—¡Suéltalo!
—¿Te has tirado al director? ¡Lo sabía! Me debes quince pavos —exclamó Valle a Elena mientras le daba un par de codazos. Espera, ¿habían hecho una apuesta?
—¡No, guarras! —Puse los ojos en blanco—. ¿Por qué le debes quince pavos?
Silencio y risas.
—Tengo un mensaje de Rodrigo del buzón. Vamos a vernos ahora en el merendero.
—¡¡FUÁ!!
—¿Fuá qué? —miré extrañada y confusa.
—Pues que, cariño, eres muy joven para darte cuenta, pero este sí que es un truhan. ¡Y además es tan mono! —contestó Valle, mientras tiraba el libro con más ganas de las que tenía de leerlo.
—Espera, ¿qué quieres decir? ¿Acaso se os ha insinuado?
—¡Qué va, tonta! Lo hemos visto con la niña esa de Asturias. ¿Jennifer? ¿Jessica? Como sea. Los hemos visto algunas veces HA-BLAR —lo dijo en dos sílabas, elevando ligeramente el tono de su voz— en los baños, cuando salíamos de lavarnos los dientes antes de dormir.
—Y entonces, ¿qué? —pregunté con los brazos en jarra, como si fuera la malvada esposa de un gaucho de una telenovela argentina.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Es que te gusta?
—¡Te pone, te pone! —gritó María, señalándome con el dedo índice.
—No, no. ¡No! ¡No! Es que no... bueno, sí. Pero me parece que va detrás de todas.
—Menudo gilipollas. —María, la dulce.
—¡Ve, tonta! Igual hasta te lo follas esta noche. —Elena, poetisa y lesbiana.
—Haz el favor de no hacer el imbécil y no dejarte embaucar por los encantos del socorrista. —Valle, la voz de mi conciencia.
De camino al merendero estaba nerviosa. Respiré hondo y entonces me relajé; fui con mi actitud, como siempre, un poco insegura de lo que iba a pasar, pero tranquila, y allí me lo encontré. Cuando lo vi... no me esperaba que fuera de esa manera.
Encontré a Rodrigo sentado en un pareo de cuadros rojo y blanco, con una cajita muy mona de pícnic de mimbre, con velas y guirnaldas de luces que creaban un ambiente de una noche de verano perfecta.
—Disculpa, ¿esperas a alguien?
—Ja, ja... Ven, siéntate. Tengo que decirte algo, Olivia —me dijo tranquilo con una sonrisa mientras indicaba con su mano un sitio a su lado.
Me senté junto a él mientras me ofrecía una copa de vino blanco y me pasaba un trocito de pan untado con mantequilla.
—Verás, Olivia. He pensado que, como nos vamos mañana, quizá te apetecería venir en coche conmigo hasta Madrid.
—¡Ah! Me temo que tengo que ir en el autobús con los niños.
—Tenemos monitores para eso, no te preocupes.
—Ah, vale. ¡Claro! ¿Es que ahora eres el director en funciones?
—Qué va, qué va. Bueno, ¿quieres venir conmigo hasta Madrid? Podemos tomar algo por el centro, ¿qué te parece?
—Ya... Lo cierto es que, si me pones en un lado de la balanza un autobús lleno de niños gritando, cantando y vomitando, y en el otro un viaje en coche..., te diría que sí ahora mismo. Pero tendré que consultarlo con el resto, ¿no crees?
Asintió y entendió que mi respuesta era un sí con interrogante. Reímos. Estuvimos charlando de nuevo hasta las tantas de la madrugada. Es cierto que no habíamos tenido mucho tiempo de conocernos, pero sabíamos que entre nosotros había complicidad y podíamos contárnoslo todo. ¿No te ha pasado nunca?
Por ejemplo, descubrí que Rodrigo era un chico bastante normal de un pueblo a las afueras de Madrid, que vivía solo en un apartamento en la capital y estudiaba Derecho en una universidad privada que tenía que pagarse él mismo. También descubrí que tenía una hermana pequeña a la que adoraba, pero que nunca veía, y que le gustaba jugar al fútbol. Además, averigüé que era un chico extrovertido, le gustaba pasar tiempo con su familia y sus amigos y había tenido solo dos relaciones estables en su vida y que salieron mal. No me detuve mucho a hacer preguntas porque parecía incómodo con las respuestas.
—Bueno, se está haciendo tarde. Deberíamos irnos a dormir, mañana nos toca la última batalla.
—Uf... Batalla será si finalmente vas con las tribus en el autobús... Te desearé buena suerte desde la ventanilla.
—¡Ja! Lo intentaré, pero no te prometo nada. Oye, ¿te puedo preguntar algo?
—Claro, dispara.
—¿Tienes algo con Jessica?
Silencio incómodo de más de treinta segundos. Rodrigo miró a izquierda y derecha con ojos expresivos. «Olivia, sal corriendo, actúa normal, como que no pasa nada. Venga, ¡levanta! Pero ¿por qué no te levantas?».
—No.
—Oye, que no es asunto mío. Tan solo quería... preguntar.
—Jessica tiene novio. Pero además de novio, tiene problemas que ni a ti ni a mí nos incumben. Además, ella sabe que...
—¿Qué?
—Nada, Olivia.
Decidí no hacer ni una pregunta más. Disfrutamos de lo poco que quedaba de la botella de vino, del pan con mantequilla y de la noche de verano, y después nos despedimos hasta el día siguiente. Rodrigo me dio un suave y caluroso beso en la mejilla y al mismo tiempo susurró un «me gustas», que creyó que ni siquiera había oído y que me tuvo despierta unas cuantas horas más...
II
EL DETONANTE
Hablé con algunos monitores y me dieron luz verde. Aun así, no podía descuadrar el primer trayecto, así que decidí volver con los niños en el autobús hasta un punto intermedio entre el centro y la sierra de Madrid. Quedé con Rodrigo en que nos encontraríamos en uno de los pueblos donde paraba el autobús.
Cuando estaban subiendo los últimos niños, miré de reojo a Rodrigo hablando con Jessica; estaban medio escondidos detrás del comedor. Mientras hacía recuento con Valle, vi cómo Jessica abrazaba a Rodrigo de una manera en la que una no piensa que son solo amigos. Pero... ¿qué diablos hacían? Me di cuenta de que yo no tenía ningún tipo de relación con Rodrigo que no fuera más allá de la amistad o el coqueteo.
Volví con los niños, terminamos el recuento y subimos al autobús. La despedida fue rápida, pues los enanos estaban como locos y llenos de energía. El tiempo que pasamos en el autobús fue muy divertido, tal y como me lo había imaginado: vómitos en la parte de atrás.
Cuando llegamos al pueblecito a las afueras de Madrid, nos aseguramos de que todos los niños fueran recogidos por sus padres y allí estaba Rodrigo esperándome.
Ese día, sabiendo que más tarde estaría con él a solas, me puse un vestido asimétrico de color teja y unas mallorquinas con purpurina, me dejé el pelo suelto y ondulado y cogí una maleta vintage que tenía más años que una playa y un bolso de rafia en el que cabía una cantidad indecente de cosas.
Mientras Rodrigo conducía, me quedé mirándolo por un instante. Llevaba un polo azul oscuro, unos pantalones cortos color beige y unas deportivas clásicas. Me gustaba su estilo urbanita, sin ser exactamente de la ciudad. Llevaba pulseras y tobilleras de cuero que los niños le habían regalado en el campamento. Iba un poco despeinado y sin afeitar. No habíamos mantenido ninguna conversación interesante durante el viaje. Bueno, sí, lo típico: que si tenía frío o calor, que qué buen día hacía y que si estaba cómoda... Las típicas preguntas que uno hace cuando invitas a alguien a subir al coche. O al ascensor. Después hablamos de la universidad, los padres, los hermanos, la vida adulta que me esperaba... Toda la conversación fue fácil. Con Rodrigo podía hablar de cualquier cosa sin tener que poner demasiadas barreras, me daba esa confianza.
Cuando llegamos a Madrid, dejamos el coche en un parking subterráneo y caminamos hasta una terracita muy acogedora en Malasaña, con bancos de madera con cojines, velitas por todas partes y plantas en todo el establecimiento. Era un lugar para crear un ambiente muy íntimo. Nos sentamos en uno de los rincones con los sofás y nos pedimos una botella de vino y algo de picotear. Hablamos de todo lo que habíamos vivido en el campamento, nos partimos de la risa y, después de dos horas y dos botellas de vino, la cosa se puso seria.
—Bueno, Olivia, cuéntame, ¿cuáles son tus planes para el futuro?
—No podría hablarte de un futuro lejano, pero sí de uno próximo. Pidamos otra botella de vino. ¡Claro!
—Después no podré conducir... ¿Lo harás tú? —Colocó su mano sobre mi antebrazo.
—¿Y para qué están los taxis? Qué quieres que te diga. No sé lo que me espera mañana, ¿cómo voy a saber lo que viene mucho después?
—La vida en la universidad te va a encantar. Es algo que hay que hacer en la vida, es una experiencia que uno tiene que vivir. Mis planes son, por ahora, poder terminar el año que viene los estudios y ponerme a trabajar para tener un poco de estabilidad.
—Hablas como alguien que está a punto de jubilarse, ¿cuántos años dices que tienes?
Se rio, nos reímos, soltamos carcajadas, estuvimos —como tantas veces— hasta las tres de la mañana en esa terracita en la que yo ya no veía ni las lucecitas ni absolutamente nada. Bueno sí, doble. Entre mi cansancio, el vino, los kilómetros... mi cerebro estaba como una pasa sultana.
Rodrigo decidió que era el momento de irnos a casa cuando me vio levantar mis dedos índice y corazón al joven camarero que nos traía esas deliciosas botellas de vino. Responsable por su parte, compartimos un taxi con doble destino. Cuando estábamos a medio camino, el alcohol me hizo ese efecto de «venga, dilo ya, que vas a reventar. Y si no lo dices, te van a salir subtítulos». Así que, con mis ojos medio cerrados y totalmente despeinada, vomité mis palabras:
—Así que Jessica y tú... ¿eh? —pregunté, levantando las cejas una y otra vez.
—¿Qué dices, Olivia? —Me miró incómodo.
—¿Estáis juntos? —Volví a realizar el movimiento de las cejas y me mareé un poco más, pero me acerqué para oír su respuesta.
—Creo recordar que esta conversación la hemos tenido antes. La respuesta sigue siendo la misma —sentenció.
—Entonces, ¿por qué os estabais abrazando cariñosamente antes de salir del campamento? —Subí mi tono de voz, dándome cuenta de que estaba enfadada y, además, sorpresa, borracha. Y cuando uno o una ha bebido más de la cuenta, todos, absolutamente todos los sentimientos se multiplican por diez como mínimo. Bueno, depende del estado de embriaguez. El mío iba más o menos por diecisiete y subiendo.
—Verás, yo... quería contártelo, pero no creo que tenga nada que ver con nosotros. Jessica tiene pareja, bueno, al menos la tenía. Venían discutiendo desde hace meses, el campamento fue el detonante de su relación. Nos hemos hecho amigos, pero nada más. ¿Es que estás celosa?
—¿Pereedona? —dije lentamente, pronunciando a duras penas y en un tono en el que solo me oían los perros—. No estoy celosa, es solo que...
Un beso de Rodrigo me sorprendió en el taxi. Sin previo aviso y, además, justamente cuando llegamos a la primera parada, mi casa. El vino, los kilómetros que llevaba encima, el cansancio..., todo se esfumó en un segundo. Me bajé del coche sin articular palabra, el señor taxista esperaba fuera impaciente con mis maletas. Salí zumbando de aquel taxi, necesitaba procesar lo que había ocurrido hacía exactamente dos segundos.
En el silencio de la noche de verano, me quedé por un momento mirando mi casa. Era un bloque de apartamentos bastante elegante en una buena zona de Madrid. Era color vainilla y no demasiado alto. Tenía pequeños balcones decorados con barras metálicas ornamentadas negras y persianas mallorquinas de color verde aguamarina oscuro. Era totalmente simétrico y poseía nueve apartamentos y tres pisos. Como buen edificio de Madrid, en la parte baja había una tienda de ultramarinos, de esas de toda la vida. Mis padres compraron uno de los nueve apartamentos y unos años más tarde, cuando yo nací, decidieron comprar los otros dos de la última planta para convertirlos en uno solo, el ático. Este era un apartamento antiguo, pero tenía su encanto. Era acogedor, tenía cuatro habitaciones y una terraza enorme en la que solíamos hacer barbacoas con amigos casi todos los fines de semana.
Cuando llegué al portal, suspiré. Estaba en casa, por fin. Era tarde y todos dormían. Sin embargo, vi a mi madre asomarse al rellano con la bata de seda china y estampado floral; me abrazó y me obligó a tomar un té caliente. En verano. Así que lancé todas mis cosas al cuarto mientras ella hervía el agua. ¿He dicho ya que era verano? Estuvimos charlando unos diez minutos. Dijo que me había echado de menos y que tenía unos pelos que un peluquero tardaría años en colocar y unas pintas horribles. Nada nuevo. Como siempre. También me dijo que al día siguiente teníamos una barbacoa en casa con los compañeros de trabajo de mi padre. Cuando llegué a la habitación exhausta, encontré un mensaje en el teléfono:
«Espero que la próxima vez no huyas tan rápido, Olivia. ¡Que descanses!».
Efectivamente. Era Rodrigo, el canalla casanova que me había besado hacía menos de una hora en un taxi delante de mi casa. Apagué el teléfono y la luz, estaba derrotada.
A la mañana siguiente, Gonzalo decidió tirarse en bomba sobre mi cama. Eran las seis de la mañana.
—¡Joder! —grité—. ¡Quítate de encima!
—Qué pasa, ¿no ha dormido bien la princesa? ¿Demasiados kilómetros? ¿O demasiado vino?
—Déjame dormir y haz el favor de cerrar la puerta cuando salgas.
—De eso nada, señorita. Ahora mismo vamos a nadar. ¡Ponte el bañador!
Me di la vuelta y me puse la almohada en la cabeza para no escucharlo más. Aun así, logró tirar de la sábana, retiró todos los cojines que se iba encontrando y me agarró por los tobillos mientras yo me enganchaba a los barrotes del cabecero de la cama. Un circo.
Así era Gonzalo. No lo he dicho antes, pero mi hermano era todo un chulo de playa lo miraras por donde lo miraras. Un actor de Hollywood de esos que te encuentras un día cualquiera por la calle.
Siempre estaba moreno aunque no le diera el sol y tenía una percha que igual se ponía unos mocasines con traje o una sábana sucia hasta arriba de barro y le quedaba estupendamente bien. Igualito que yo.
Mi hermano tenía cinco años más que yo. Desde que era un niño ya apuntaba maneras y aires de grandeza. Era siempre el más inteligente, el más guapete de la clase, el más simpático y el más deportista. Medía metro ochenta, era moreno y atlético. Tenía el pelo castaño y los ojos de chocolate negro. A pesar de no haber llevado nunca ortodoncia, tenía los dientes perfectos y relucientes... De anuncio. El muy cabrón. Con tan solo dieciocho años fue campeón de natación, cinturón negro de karate y había hecho más triatlones de los que podíamos recordar. Era una persona deportista, pero no obsesionada con su físico. No hacía deporte por lucir palmito, sino para sentirse bien, porque le daba alegría y se lo pasaba en grande. Se licenció en Económicas y antes de terminar sus estudios ya tenía un puesto asegurado, por lo que con tan solo veintiún años era la mano derecha del director financiero de una multinacional de la moda. Casi igual que yo: ortodoncia desde los doce años, deporte solo cuando me lo exigían, quitando lo de nadar, y un carácter de mierda acompañado de mi cara de gato.
Gonzalo me obligaba a hacer deporte con él y lo peor es que, cuando me sacaba a correr, se aburría tanto, pero tanto, que daba vueltas sobre sí mismo, ralentizando su ritmo de velocidad, y eso me cabreaba muchísimo. Era el tipo perfecto, en una familia perfecta y con los amigos perfectos. Ah, y la novia perfecta, claro.
Así que ese día Gonzalo decidió despojarme de mis dulces sueños a las seis de la mañana y no tuve más remedio que doblegarme. Bajamos a la piscina de la urbanización a nadar y, cuando volvimos, mi madre había preparado un superbrunch antes de la barbacoa en la que iba a venir demasiada gente. Según ella, el aperitivo antes de la comida es esencial en cualquier relación, ya sea con una amistad, la pareja o la familia, pues es el momento en el que no estás del todo concentrado en cortar la carne o coger tantas patatas como puedas del plato, sino que es más relajado, más casual y entonces el espacio del diálogo entra en el aperitivo.
Mientras me cambiaba de ropa, miré el teléfono y decidí contestar a Rodrigo:
«¿Es eso lo que le dices a todas?».
Antes de que pudiera dejar el teléfono en el escritorio sonó. ¡¡¡¡Era ÉL!!!! Pero ¿qué coño le pasaba? ¿Por qué me llamaba? Me aclaré la voz y me atusé el pelo. Luego me di cuenta de que no podía verme y puse los ojos en blanco:
—¿Dígame?
—Olivia, ¿cómo tengo que decírtelo? Lo que pasó con Jessica no fue mi culpa. Eres tú la que lo has interpretado mal. Si anoche te dije que me gustas demasiado...
—Ay, Rodrigo, no tienes por qué darme explicaciones de tu vida. Está todo bien. —«Hola, soy Olivia, tengo casi veinte años, soy madura, estoy relajada y soy independiente». Intenté que mi tono de voz sonara lo más casual posible—. Es solo que no te conozco y, como comprenderás... Bueno, no quiero que me des explicaciones, solo quería zanjar el tema.
—Pero si está más que zanjado, ¡eres tú, que no me crees! No seas dramática. Por favor, no saques más el tema de Jessica. Además, ¡vive en Asturias! ¿Podemos dejar esto atrás?
—Está bien —refunfuñé.
—¿Qué haces hoy?
—Tengo un evento en casa de mis padres, viene un montón de gente aburrida y beberemos cosas raras como daiquiris de melón garrapiñado.
—Suena divertido y arriesgado. ¿Y por la noche?
—Probablemente me tire por el balcón.
—Será mejor que no lo hagas, no al menos hasta que te lleve a un lugar que quiero que conozcas.
—Está bien. Pero no puedo asegurarte que no vaya a estar borracha a esas horas.
—Demasiadas negaciones en una sola frase. Te recojo a las ocho de la tarde en tu casa, ¿te parece bien? Espero que seas de las puntuales. ¿Me mandas la ubicación?
—Vale, ahí estaré.
En los dos minutos que estuvimos hablando pude comprobar que Rodrigo era alguien insistente, convincente y puntual, de esos que van por delante y saben enfrentarse a situaciones incómodas. Nada de ocultarse detrás de la pantalla, nada de suponer o imaginar, directamente de frente.
Llegó el mediodía y, con él, los amigos de mis padres y también sus arrimaos. Los hijos e hijas, novios y novias, sobrinos..., la abuela, ¡la abuela! Pero ¿cómo nos las habíamos arreglado para llegar al punto de montar estos saraos en el ático? Mientras iban llegando los invitados, Gonzalo y yo nos tumbamos en el «rincón del amor». Así lo llamábamos: se trataba de una esquina del ático que mi padre regaló a mi madre en uno de sus aniversarios. Contactó con Vera, la hermana de mi madre, que además de arquitecta tenía un gusto exquisito para la decoración y una mala hostia que no se aguantaba ni ella. La tía Vera siempre nos regalaba billetes enrollados con un lacito y los colgaba en el árbol de Navidad, para variar. Bien, pues mi padre dejó prácticamente todo en manos de Vera, porque cualquiera le decía algo al Tío Gilito.
Lo cierto es que, por muy estricta que fuera mi tía, era precisa e impecable en su trabajo. Creó un espacio precioso y único, digno de Pinterest: unos sofás de madera de acacia decorados con algunos cojines mullidos y colores empolvados, unas bombillas con luz cálida que descansaban colgadas en todo el ático exterior, una mesita de té y una barrera de plataneras y otras plantas tropicales que hacían del lugar un rincón mágico en una ciudad perfecta. Y contaminada. Y seca. Y sin playa.
Gonzalo se puso una camisa de lino a rayas azul clarito, unos vaqueros cortos y unos náuticos azul marino. Está mal que yo lo diga, pero este muchacho es todo un bombón. Lo amodiaba. El jodido Gonzalo conocía a toda la ciudad y tenía una lista interminable de contactos, y pese a que tenía pocos amigos, eran de esos que son de verdad, de esa especie en extinción que, aunque pase el tiempo, siempre estarán ahí. Y a mí, que desde que tengo uso de razón soy una histérica, siempre supo hacerme ver el lado bueno de las cosas. Así era Gonzalo. Éramos dos gotitas de agua, ¿eh?
Me calcé unos pantalones de lino de tiro alto, anchos hasta el tobillo y color ámbar, con un cinturón negro, una camiseta básica blanca con hombreras y un lazo en la cabeza de flores, a juego con mis sandalias vintage de aquel mercadillo hippy de la playa. Joder, cómo echaba de menos despertarme junto al mar.
—Oliva —así me llamaba él. Así o cualquier palabra que contuviera «oli» era válida para darme por aludida—, tráeme un mojito de esos que ha hecho mamá.
—¿Estás seguro? Mira que les ha echado todo lo que tiene por la cocina.
—Tienes razón. Esta señora hace los gin-tonics con guarda forestal. Mejor trae unas birras.
Me acerqué al arcón que había junto a la barbacoa y agarré una cerveza y una copa de vino blanco para mí. Ahí estaba mi padre, que tocó el hombro de su compañero de trabajo para disculparse y venir a hablar conmigo.
—Estás preciosa, hija, como siempre.
—Gracias, papá —le respondí mientras me daba un beso tierno en la mejilla.
—¿Cómo ha ido el campamento? No hemos tenido mucho tiempo de hablar esta mañana con el «planch» ese de tu madre.
Me reí.
—Papá... —sonreí—, querrás decir el brunch.
—Lo que tú digas, cielo.
Mi padre es una de esas personas que no hablan demasiado y asienten con frecuencia. Llega un punto en la conversación en el que no sabes si le parece bien lo que le estás diciendo o si simplemente no te está haciendo ni puto caso.
—Se te acabó la buena vida, ¿eh? —me soltó, dándome un par de codazos, intentando aparentar una edad que ya no tenía.
—¿Tú crees? ¡Yo creo que la buena vida acaba de empezar!
—Olivia, hija, se esperan grandes cosas de ti. Cuando te gradúes, serás la última generación femenina de la familia Serrano de Amorós que se gradúe en Ciencias Económicas.
—Vaya. Qué... honor. ¿Y si resulta que no me gusta?
—Tendrás que hacerla. Y cuando la termines puedes hacer lo que te dé la real gana.
—Entiendo. Así que necesito una licenciatura en Económicas para encajar en esta familia, ¿es eso lo que me quieres decir?
—No, hija, por Dios. Estaré muy orgulloso el día que vayamos a ver cómo te gradúas. —Me dio unas palmaditas en la espalda, aunque diría que fueron más bien unos empujones—. Ahora, disfruta de este día soleado —sentenció y se fue mientras saludaba animoso a sus compañeros.
Me quedé con cara de no saber muy bien qué pasaba por la cabeza de mi padre, así que cogí las bebidas y me encaminé hacia uno de los sofás donde se encontraba Gonzalo. Le extendí la cerveza y me acomodé, arqueando la espalda hacia atrás y los brazos hacia arriba, estirándome como un gato.
—Oye, las próximas las traes tú, aquí no paran de decir tonterías. ¿Qué me cuentas?
—Bueno, qué me cuentas tú, señorita polivalente.
—Pues que estoy deseando irme de esta casa y dejaros aquí, a ver qué hacéis sin mí.
—Bueno, siéntense, por favor, y presten atención, empieza el drama. —Exageró sus movimientos de una manera espectacular.
—No seas idiota.
—¿Y Rodrigo qué tal?
—¿Quién? —pregunté haciéndome la tonta, intentando ganar tiempo para buscar una salida.
—Olivia, conozco a mucha gente. ¿O es que todavía no te has enterado?
Siempre pensé que Gonzalo iba de farol. Conociendo a tantos miles de personas, ¡anda ya! ¿Cómo lo sabía el energúmeno? No tuve más remedio que darle una explicación.
—A veeeeeer, lo conocí en el campamento. Esta noche he quedado con él para tomar algo en... Bueno, no sé dónde.
—Ya, ya. Bueno, ten cuidado.
—¿Por qué? —me interesé. ¿Sabía algo que quizá yo no?
—Porque las mujeres sois raras y los hombres somos como somos.
—No es nada serio, ¿creo? —musité—. ¿Qué más te da? ¿Es que tengo que informarte de todo lo que hago?
—No te pongas así, fiera. Solo me preocupo por ti.
—Oído, capitán.
—Hablando de eso, ¡este año voy a ser capitán!
Qué asco la gente que hace cosas. Otra cosa no, pero mi hermano tenía más títulos que un conde. Era monitor de campamentos, profesor de inglés y alemán..., además era entrenador de Crossfit, socorrista, tenía el título de tiro con arco, de caza, sabía cualquier cosa de mecánica, de diseño de interiores y, ahora, capitán. «Hola, soy Olivia. Sé hacer el pez con la boca y al menos no soy daltónica».
Fue una noche agradable, había música y mis padres bailaban, era la velada perfecta de verano. Fui a darme una ducha para quitarme el olor a churrasco. Me puse una falda tobillera de algodón color beige con abertura en una pierna, un crop top blanco y una diadema con lazo a juego con la falda. Me calcé unas sandalias romanas hechas a mano de cuero con lazos hasta la rodilla y salí pitando de casa; eran las ocho pasadas. Cuando llegué al portal, ahí estaba Rodrigo más guapo y elegante que nunca. ¿Era este el Rodrigo que había conocido en el campamento? Llevaba una camisa blanca remangada, unos pitillos azul marino y unas deportivas blancas clásicas. Llevaba el pelo alborotado que se adivinaba recién salido de la ducha, medio húmedo. Y, otra vez, la barba sin afeitar.
—¿Siempre vas así de desastrada cuando sales con la gente?
—Hola, eh... Es lo que se lleva, ¿qué te pasa? —Le administré un suave codazo en las costillas.
—Estás muy guapa, pero llegas tarde.
—Tú también. Disculpa, de las barbacoas familiares uno sabe cuándo entra, pero no cuándo sale...
Me dio un beso en la mejilla. Sonreí. Fuimos caminando hasta el coche y Rodrigo condujo durante cerca de media hora. Le pregunté amablemente que dónde íbamos y no articuló palabra, así que empecé a decir sitios al azar. Puede que en Madrid no hubiera playa, en eso estamos de acuerdo, pero las posibilidades son infinitas, claro.
Llegamos a un lugar muy oscuro de tierra que parecía el parking de un restaurante. Cuando alcanzamos la puerta, vi una terraza y oí música. Rodrigo dijo su nombre al muchacho que estaba en la entrada, extendió su mano para ir detrás de mí y atravesamos un pasadizo con muy poca luz hasta llegar a un lugar al aire libre. Se trataba de un restaurante a las afueras de Madrid que, obviamente, solo abre en verano y parecía... llamémoslo especial. En lugar de mesas, tenía cojines gigantes como asientos en mesas bajas de madera y muchas luces de colores. Había una mujer con una guitarra y un perro al lado que en ese momento estaba cantando «La Vie en Rose» de Edith Piaf y me pareció superromántico y acertado. No tuve más remedio que reconocer que Rodrigo tenía un gusto exquisito y, aunque no nos conocíamos mucho, empezaba a gustarme de verdad.
Nos acomodamos en un rinconcito del restaurante con vistas a la ciudad que, aun en la lejanía, nos avisaba de que seguía despierta con sus millones de luces. Miramos la carta: Rodrigo se pidió un bacalao confitado gratinado con alioli de pera y azúcar mascabado y yo, un solomillo del Pirineo braseado con vegetales asados. Compartimos una botella de vino. La comida estaba deliciosa, el vino era exquisito y el ambiente era inmejorable.
—Vaya, ¿es esto lo que me querías enseñar? —pregunté coqueta, colocándome el pelo detrás de la oreja y subiendo la cabeza.
—Bueno, en parte sí. Pero hay algo más... —confesó, sonriendo y bajando la mirada al mismo tiempo. Parecía nervioso.
—Me lo estoy pasando genial, me encanta ese sitio, la comida es increíble y...
Y Rodrigo me besó. Así, de repente, lo volvió a hacer. Me besó con pasión y yo le respondí. Fue un beso intenso, con sentimiento, largo, suave y sensual. De esos en los que te quedarías toda una vida.
—¿Siempre besas a la gente así, sin preavisar?
—¿Es que acaso hay otra manera?
Sonreí. Touché.
—Eso era lo otro que te quería decir —susurró.
—Mmm, ya. A ver... —Evidentemente estaba nerviosa, no conocía demasiado a Rodrigo y me sentía ruborizada y creía estar flotando en una nube.
—Olivia, me gustas mucho y, aunque no nos conocemos desde hace mucho, siento que me gustaría conocerte más. Lo cierto es que no puedo dejar de pensar en ti.
Sonreí, apartándome el pelo de la cara. Le devolví el beso, pero esta vez mucho más intenso. Y mientras sonaba una versión acústica de «Have You Ever Seen the Rain» de Rod Stewart, le dije que sentía lo mismo. Me dejé llevar por las luces, el vino, la buena música y el ambiente. Quizá la vida en la ciudad no estaba tan mal. Pasamos esa velada estupenda.
Y quizá ese fue el error. El universo tiene a menudo unos planes absurdos que, con el tiempo, empiezas a comprender por qué los hace así.
***
El verano por fin daba sus últimos estertores cuando las primeras hojas secas empezaron a caer, a finales de septiembre. Esa época en la que hace calor por el día y por la noche tienes que sacar el forro polar térmico y prenderte fuego.
El frío y yo nunca nos hemos llevado bien. Duermo con edredón nórdico de plumón de pato hasta en agosto. No digo más. Hay dos tipos de personas en el mundo, las que se duchan con agua templada y las que se bañan en el infierno y quieren ver el mundo arder. Era casi octubre, habían pasado varias semanas desde que Rodrigo y yo nos habíamos visto casi cada día: paseábamos, bebíamos cerveza en las terrazas de Malasaña, nos hacíamos compañía y pasábamos los días juntos, besándonos, cogidos de la mano y sonriendo. Éramos felices, al menos yo lo era.
Llegó el día en el que tuve que hacer las maletas para mudarme a un piso cerca de la universidad. Me iba a vivir con gente totalmente desconocida con la que iba a compartir unos cinco años de mi vida, casi na. Es cierto que vivía en la misma ciudad en la que estudiaba, pero era mucho más cómodo poder levantarme e ir caminando a las clases. Madrid —y cualquier ciudad— hacen que pierdas un total de veinte días al año en desplazarte de un lugar a otro. No sé si veinte días porque me lo acabo de inventar, pero no hace falta hacer muchas cuentas sabiendo que pierdes casi tres horas al día en transporte público. Por eso decidí alquilar un piso con otras estudiantes; creo que la calidad de vida la ganas cuando no tienes que perder más de diez minutos en ir hasta tu destino cada día. Y así lo hice.
Conocí a Vanesa y a Nerea; ambas estaban a punto de licenciarse en Medicina y, por supuesto, eran mayores que yo. Vanesa era pequeña y con curvas pronunciadas, tenía el pelo negro azabache y los ojos a juego con el color de su cabello. Tenía la piel clara y unas manos enormes. Nerea, sin embargo, era lo contrario: rubia, alta y muy delgada. Tenía los ojos azules y el pelo muy rizado. Ambas se conocían desde que empezaron la carrera y, aunque no estaban en el mismo grupo de amigos, se llevaban estupendamente. Las dos me recibieron con dos besos cálidos de bienvenida, me enseñaron mi habitación y me ofrecieron un tapeo en casa para festejar que por fin seríamos tres en el piso.
Como era temprano, me puse a limpiar la habitación de arriba abajo. Era pequeña, pero para mí tenía un encanto especial. El piso estaba situado en una gran avenida, en un edificio alto, por lo que el ruido no era un problema. La estancia era totalmente rectangular: cabían una cama, un escritorio, una estantería y un armario empotrado, thank God. Sin embargo, lo que más me gustaba era la luz que entraba. La habitación recibía la luz del sol hasta las cuatro de la tarde y eso era una maldita maravilla. Tenía mi propio cuarto de baño y un armario enorme, ¿qué más podía pedir a la vida en ese momento? El piso era moderno y tenía todas las paredes blancas, relucientes, casi fluorescentes. Deshice mis maletas, ordené mi ropa por colores y llené las estanterías con libros, flores y una foto con Gonzalo. Sonó el teléfono.
—¿Cómo va la instalación en tu nueva vida? —No le veía la cara, pero supe que estaba sonriendo.
—¡Está todo casi listo! He conocido a mis dos compañeras de piso y son majísimas. Estoy ordenando un poco el interminable armario. ¿Qué haces?
—Estoy abajo, en tu portal.
—Estoy hecha un asco. ¿Quieres subir?
—No sé si es buena idea que el primer día metas a tu novio en el piso.
—Mi... ¿qué? —parpadeé.
—Te espero abajo en unos... ¿quince minutos?
—¡Me sobran diez!
Espera, ¿es que ahora éramos novios? ¿Me lo había pedido y no me había dado cuenta? No recuerdo haber dicho que sí a nada, ni una proposición. ¿Sería Rodrigo una de esas personas modernas que al mes de salir juntos ya podría denominarme como su chica? Me di una ducha rápida, me puse unos vaqueros sencillos y un jersey oversize de color marrón por dentro del vaquero. Me planté unas bailarinas color rosa nude y el bolso a juego. Apliqué máscara de pestañas y dejé el cabello húmedo. ¡Lista! Tenía tanta ropa que podía estar cada día del año —incluso dos años consecutivos— con un modelito diferente.
Cuando salí del ascensor, vi la silueta y el reflejo de Rodrigo a través del cristal de la puerta. Llevaba una camiseta blanca básica y un jersey de pico fino, unos vaqueros y unas deportivas clásicas. Nos dimos un beso eterno y un abrazo, me preguntó cómo había ido la mudanza y empezamos a caminar hacia un bar de estudiantes, de esos que te ponen un cubo de cervezas por cuatro euros.
—Rodrigo, ¿qué acaba de pasar hace un rato?
—¿Cómo?
—¿Es que ahora somos novios?
—¿Es que quieres ser mi novia? —bromeó, orgulloso.
—¿Es que acaso me lo has pedido? —respondí ofendida. Qué cría.
Me besó para quitarme la cara que acababa de poner. Puede sonar cursi, pero tenía casi veinte años y sabía entre poco y nada de la vida. Seguro que te ha pasado.
—Quiero que seas mía, Olivia. Quiero que seas mi novia —me dijo mientras se cruzaba una pierna con la otra a cámara lenta. Ahí, tan tranquilo.
—Pues me lo tendré que pensar entonces porque... —En ese momento me puso la mano en la boca a modo de silencio y después me besó de nuevo.
No fue nada romántico, Rodrigo ya me había demostrado que tenía detalles conmigo, que no hacía falta que fuera mi cumpleaños o una ocasión para hacerlo especial. Ni tampoco pararme a pensar ni un segundo en la gravedad de las palabras Olivia y suya, que no mía. Me dejé llevar. Así que, antes de poner un pie en la universidad, ya tenía un novio. Y quizá... ese también fue el error.
Dicen que el tiempo pasa volando cuando uno empieza a vivir los mejores años de su vida, pero a mí no me lo parecía. Las primeras semanas de clase pasaban lentas, aburridas. Era jueves y yo elegí un modelito preppy para asistir a las clases: un jersey azul marino de cuello alto con coderas cosidas a mano en marrón, unos vaqueros, unas deportivas clásicas relucientes y una bandolera de piel vintage. Esta era de mi madre y tenía más años que un árbol. Era un accesorio peculiar y muy especial para mí. Antigua, clásica y moderna. ¿Cabe todo esto en una frase?
El camino al campus era bastante sencillo, tenía que atravesar una cafetería que olía a pan recién hecho y a bollitos de canela. Recogí un café para llevar y fui tan pizpireta caminando hacia mi nueva vida. El alboroto del teléfono rompió todo el encanto de mi mañana soleada paseando hacia la universidad:
—¿Cómo estás, Oliva?
—¡Hombre! ¿Qué tal, hombre de negocios?
—Siempre ocupado, pero nunca demasiado para hablar con vos, boluda —imitó el acento argentino de pena.
—Zalamero —murmuré—, todo bien, todo en orden. He visto una piscina cerca del campus... Estarás contento, has creado un monstruo.
—¡Así me gusta! Irás cada día, por favor...
—Te lo prometo.
—Vale, pero sin cruzar los dedos, sabes que tengo ojos en todas partes.
—¿Cómo está Mariana?
—Liada con las oposiciones, como siempre. El fin de semana vamos a ir a verte, nos quedamos en la sierra, en casa de sus padres, ¿te parece un buen plan?
—¡Genial!
—Puedes decírselo a Rodrigo si te apetece que venga.
«Hola, me llamo Olivia, no he cumplido los veinte y ya estoy haciendo escapadas con mi novio. Soy viejoven y aún no tengo gatos, pero los tendré». Eso dijo Carlos Salem un día.
—Está bien —me quejé en voz baja—, le preguntaré.
—No te asustes, tonta. Prometo no ser demasiado duro. Haremos fuego y habrá palomitas, ¡te encantará!
Colgamos. Gonzalo siempre tenía un momento para llamarte y preguntarte qué tal, aunque no tuviera nada nuevo que contar. Era ese tipo de personas que, si estás en su vida, hace que de verdad te sientas en ella. Era mi modelo a seguir y el de mis siguientes generaciones. Era respetuoso, amable, divertido, un partidazo —a veces en la espina dorsal— y tenía tanta bondad que en ocasiones pensaba que me estaba tomando el pelo. Ojalá todas las personas que te encuentres a lo largo de tu vida sean así.
Antes de entrar a clase y café en mano, escribí un mensaje a Rodrigo:
«No hagas planes para el fin de semana, ¡nos vamos a la sierra con mi hermano y su novia!».
Me llamó al instante, como hacía siempre, en lugar de contestar.
—¿Qué pasa, guapa?
—El tiempo, amigo. Oye, te tengo que colgar, voy a entrar a clase ahora...
—Me parece un planazo lo del fin de semana, pero tenía otros planes para nosotros. ¿Te parece buena idea?
—Bueno... lo consultaré. ¿Qué planes?
—Ahhh... —suspiró—. No te molesta, ¿verdad?
—Depende de esos planes, a decir verdad.
—Seguro que merece la pena. —Colgó.
Ya llamaría a Gonzalo después de las clases. Me dispuse a entrar en mi primera clase de Principles of Microeconomics, ya que, además de licenciarme en Ciencias Económicas, pues por qué no hacerla en inglés. Que alguien me salve.
Di más vueltas de las que debería hasta encontrar el aula de la asignatura. Era inmensa, parecía un anfiteatro tallado en madera, con tres pizarras expuestas a nuestros conocimientos y sabidurías. En el momento que entré, el lugar tenía un olor especial —a antiguo, a vieja escuela, a madera y a tiza—; en ella cabían unas ciento cincuenta personas, aunque éramos unas ochenta.
Tras siete rugidos de diferentes profesores que amenazaban con suspendernos a casi todos si decidíamos faltar a clase, por fin terminó el día. Iba al supermercado a comprar algunas cosas para mi nuevo hogar cuando Rodrigo me llamó:
—¿Dónde estás?
—¡Hola! Estoy comprando unos tomates, ¿y tú? ¿Necesitas algo del súper?
—Te he escrito como tres mensajes, me estaba asustando. —No le estaba viendo la cara, pero parecía serio.
—¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?
—No, Olivia, no ha pasado nada. Es solo que... estaba preocupado.
—¿Por qué ibas a estarlo? —No hacía más de diez minutos que había terminado las clases. Subí el tono de voz, algo en esa conversación no me estaba gustando.
—Nos vemos en una hora en tu portal, ¿vale?
—Bueno... tengo cosas que hacer.
—Por favor...
—Está bien —contesté seca.
Rodrigo vivía a tres calles de mi piso de estudiantes. La verdad es que era mucho más fácil para poder vernos. Él estaba terminando sus estudios y yo tan solo acababa de empezar. Él tenía sus proyectos, amigos, sus grupos de estudio y, en definitiva, más kilómetros que yo en el mundo universitario, y vivir uno cerca del otro se convirtió en una ventaja para poder vernos.
Me dirigí a casa y me di una ducha de agua hirviendo, me puse el bañador y encima una sudadera oversize que Gonzalo me trajo de Oxford y unos vaqueros de talle alto con deportivas clásicas. Me encontré con Rodrigo en mi portal, tal y como habíamos acordado. No parecía feliz, no sabía muy bien qué le estaba pasando. Me saludó con un beso en los labios y un abrazo, preguntándome cómo fue mi día en la universidad, si había hecho amigos, si estaba contenta...
De camino a una cafetería cercana a la piscina, le conté mis primeras impresiones. Todo me parecía raro, la gente iba a su aire, tenían demasiada prisa y no había espacio para cosas nuevas. Me sentía... fuera de lugar. Pero eso no era algo nuevo en mi vida. Él me dijo que era normal, que solo tenía que acostumbrarme y que un mes era todo el tiempo que hacía falta para aclimatarme a una nueva vida. La verdad es que estaba contenta, me hacía mucha ilusión estudiar en el mismo lugar en el que se encontraba Rodrigo, estaba dejando atrás una etapa de mi vida y me estaba independizando. Todo iba sobre ruedas.
Llegamos a la cafetería y nos sentamos en una mesita en la esquina en la que había cuadros antiguos por toda la pared. Tenía lámparas individuales para las mesas y era bastante acogedora. Rodrigo pidió un café de esos que solo unos pocos pueden pronunciar y yo me decidí por uno con leche.
—Verás, Olivia...
—Rodrigo —interrumpí la conversación—, siempre estás con este misterio que me asusta. ¿Me puedes decir qué te pasa y por qué estabas tan preocupado? —Estaba irritada, siempre mantenía ese tono recóndito que luego terminaba siendo cualquier tontería.
Rodrigo levantó las cejas y puso los brazos en jarras. Después resopló y tomó aire de nuevo.
—Estaba preocupado porque tenía que decirte que te quiero. Que te quiero y que si estaba preocupado era por el simple hecho de que no quería que pasara ni un momento más sin que lo supieras.
Me encogí de hombros, no supe qué decir. La verdad es que yo también quería a Rodrigo. Era pronto, quizá demasiado. No habíamos pasado tanto tiempo juntos y sabíamos que pronto él terminaría sus estudios y después no sabríamos lo que vendría. Lo que sí tenía claro es que no quería separarme de su lado. Rodrigo me hacía sentir bien y me trataba mejor. Estaba feliz con mi nueva vida y con él en ella.
—Yo también te quiero, Rodrigo.
Ay, esas primeras veces. Ese cosquilleo en el estómago, ese temblor de cuerpo cuando uno dice te quiero por primera vez, ese je ne sais quoi, la montaña rusa de tu felicidad parece de repente estabilizarse y, por un momento, te sientes en calma, feliz. Las primeras veces deberían ser algo para toda la vida. Algo que pudiéramos guardar y renovar, como el carné de conducir. O de alguna manera, ya que gozamos de una generosa, excelente y cada vez más avanzada tecnología, guardar ese sentimiento para poder volver a utilizarlo de vez en cuando. La excitación que nos produce la primera vez que hacemos o sentimos algo es incomparable a cualquier otro sentimiento. El amor, el odio, el rencor, la alegría o la pena son sentimientos abstractos y, sin embargo, a veces pueden medirse.
Una sabe que siente alegría u odio, lo reconoce por lo que nota, sabe cuando algo solo le molesta un poco o, sin embargo, si está tan enfadada que quiere ver el mundo arder. Sin embargo, las primeras veces se llenan de sentimientos que aún no sabes cómo medir, pero que están ahí. Alguien que se convierte en tu primera vez —de lo que sea— se quedará con algo tuyo y también permanecerá en ti para siempre.
***
—Alioli, ¿dónde estáis? Os estamos esperando abajo, en tu portal.
—¡Joder! Gonzalo, bajo enseguida.
Con mi enajenamiento mental, más conocido como amor, los días posteriores a esa semana los pasé con Rodrigo. Claro, se me olvidó por completo avisar a Gonzalo de que no iríamos el fin de semana con ellos. Mi hermano me llamó unas tres veces mientras Rodrigo y yo nos hacíamos los perezosos entre las sábanas. No nos apetecía salir de la cama ni del apartamento. Aun así, me vestí como pude y bajé a explicarle a mi hermano que no podíamos ir con ellos a la casa de la sierra de Mariana.
—Pareces una cocainómana después de cinco raves seguidas —soltó nada más verme.
—¡Calla y escucha! —Estaba despeinada y casi recién despierta—. Rodrigo y yo ya teníamos planes para el fin de semana... Siento no haberte avisado antes.
Gonzalo levantó una ceja y se cruzó de brazos mientras sonreía con esos dientes relucientes.
—Vaya... Bueno, no pasa nada. Tienes razón. ¿Sabes?, ojalá tuviéramos algún tipo de instrumento, artefacto, cosa, no sé... ¡algo! que pudiéramos utilizar los seres humanos para comunicarnos en largas distancias —bromeó, como siempre. Aunque pareciera serio, Gonzalo siempre sonreía, pues no parecía darle demasiada importancia a las cosas que, en definitiva, no eran importantes. Entonces empezó a darme codazos y a frotar sus nudillos en mi cabeza. Qué pesadilla de hermano mayor, por favor.
—Lo siento, chicos; lo siento, Mariana. —Me encogí de hombros.
—Está bien, Olivia, no pasa nada. La próxima vez, por favor, llámame o mándame un mensaje. Así no tendríamos que habernos desviado, ¿entiendes?
—Síííííí —resoplé.
—Pues que disfrutéis del fin de semana. ¿Rodrigo dónde está?
—Arriba.
—Podría haber bajado... A saludar al menos, ¿no crees?
—Está dormido... —Gonzalo siempre ha sido muy protector y exigente cuando se trata de chicos. Era la primera vez que tenía novio «oficial» y, además, que mi hermano tuviera constancia de su existencia. No me gustaba que lo supiera, pues toda esa simpatía, alegría, caballerosidad, sonrisas... Todo se esfumaba cuando se trataba de chicos.
—Está bien. Nos vamos, hablamos la semana que viene.
Me dio un beso en la frente, subieron al coche y se marcharon a la casita de la sierra de los padres de Mariana. Volví al apartamento de Rodrigo más despeinada si cabe por el sobo de Gonzalo. Fui directamente a la cocina, preparé unos zumos de naranja y unos cafés y me dirigí al cuarto principal para avisar a Rodrigo de que el desayuno estaba listo. Pasamos todo el día viendo películas, besándonos, comiendo palomitas, recordando cómo nos conocimos y aquel bañador blanco... Riéndonos de la vida.
El apartamento de Rodrigo era más bien un estudio. Lo cierto es que, para los pocos metros cuadrados que tenía, lo había aprovechado de maravilla. En la entrada tenía una mesita para dejar las llaves, un espejo y un paragüero. Más adelante había un salón pequeño, con una cristalera por donde entraba la luz todas las mañanas y un sofá de dos plazas, una televisión enfrente y una mesita de té. A la derecha, la cocina era ridículamente pequeña, aunque funcional y bien distribuida. Tenía baldosas blancas, un frigorífico y una mesa plegable para comer o tomar café. Rodrigo siempre tenía el baño bien ordenado, algo que para una persona masculina ya es mucho. Y llegamos a mi lugar favorito: la habitación principal —y única—. Estaba pintada de color beige, tenía la misma cristalera que el salón y un pequeño balcón. Había un armario empotrado y un escritorio en el que me gustaba sentarme a admirar la estantería de enfrente. Estaba repleta de libros antiguos de leyes y una fotografía enmarcada de su equipo de fútbol. Por último, tenía una cama gigante en la que hicimos por primera vez el amor.
El invierno, como siempre, llego sin avisar, por sorpresa. Como esa canción que te encanta, pero que no recordabas, y que de repente suena en la radio. Rodrigo y yo paseábamos de la mano, íbamos a conciertos, salíamos a cenar y nos besábamos. Nos besábamos muchísimo en las calles de Madrid. Iniciamos la buena costumbre de dormir casi todos los días juntos, habíamos creado nuestro pequeño gran universo privado y nuestra burbuja en la que nadie podía entrar. Él se iba a sus clases y yo a las mías y nos veíamos cuando las acabábamos. Visitaba de vez en cuando a mis padres los fines de semana. Las clases me parecían soberanamente aburridas y algunos días decidía no asistir para, en su lugar, ir al centro de compras. Vivía cómodamente y no tenía apenas preocupaciones. Tampoco es que tuviera muchas amigas ni había hecho prácticamente ninguna en la universidad, no al menos como para hacer vida y socializar fuera de ella. Rodrigo y yo hacíamos —casi— todo juntos.
Un viernes de noviembre nos mandaron un mensaje a todos los que formábamos parte de una asignatura troncal para hacer un botellón en una villa cerca de la universidad. Unos cuantos tarados decidieron alquilarla y montar un sarao de esos que acaban en descontrol y posiblemente al amanecer.
«Que cada uno traiga lo que vaya a beber,
la fiesta empieza a partir de las siete. Aquí os
mandamos la ubicación. Prohibido traer más de
dos acompañantes. Mejor si son hembras. Saludos».
Sonaba divertido, así que decidí ir. Decidí también no acudir a la siguiente clase de History of Economics porque lo cierto es que me importaba lo mismo que el campeonato de peonza en Fuentealbilla. Así que me fui al centro de compras a ojear modelitos para la noche de la fiesta.
Volví al apartamento de Rodrigo con unas tres bolsas de ropa en cada mano y preparé una sopa. Fui a la piscina y, cuando volví, me metí en la ducha, era hora de arreglarse. Me probé unos cuantos vestidos y otros tantos más que había comprado, pero me decidí por unos pitillos negros ajustados, una blusa amplia de seda escotada a pico y delicados botones dorados en los puños, un cinturón negro con la hebilla dorada, unas botas altas y un sombrero de ala ancha color negro. Labios Rouge Pur Couture de Yves Sant Laurent, una perfecta y simétrica línea negra en mis párpados y nada más. Me puse el abrigo y ¡lista! Unos diez minutos antes de las siete de la tarde, Rodrigo entró por la puerta. En realidad, hice un poco de tiempo para que me viera con mi nuevo modelito. Hacía tiempo que no me arreglaba de verdad. Entró, dejó unas bolsas de plástico en el suelo y me miró de abajo arriba, con la boca abierta como un bobo.
—¿Quién eres y dónde está mi novia? —exclamó divertido.
—¡Idiota! —chasqueé la lengua y pestañeé.
—Estás guapísima. ¿A dónde vamos?
—¡Dirás dónde voy! Me han invitado a una fiesta de la universidad —le expliqué entusiasmada—, vamos a una villa cerca del campus.
La cara de Rodrigo cambió por completo. No sabía muy bien si su rostro expresaba molestia o confusión. O las dos.
—¿Y vas a ir así vestida? —preguntó asombrado, mientras yo me miraba de arriba abajo. Está mal que yo lo diga, pero estaba cañón.
—No me gusta que te vistas así si no es para estar conmigo.
—¿Qué es lo que no te gusta?
—A ver, Olivia, estás muy guapa..., pero no creo que debas ir por ahí seduciendo a la gente.
—Sedu... Disculpa, ¿seducir? No intento seducir a nadie, solo me he vestido para la ocasión.
Noté cierto tono de hostilidad en las palabras de Rodrigo. Me estaba empezando a preguntar si realmente tenía razón... ¿Iba por ahí provocando a la gente?
—Está bien, no hace falta que te cambies. Ve tranquila y pásatelo bien. Pero, por favor, no vengas tarde a casa.
Cuando alguien decide comenzar una relación cuando se es —demasiado— joven, se mete de lleno en todo un universo de sentimientos nuevos que están aún por florecer. No hemos conocido antes lo que es el amor de verdad, no sabemos lo que realmente es vivir en pareja, el día a día, los momentos románticos ni de qué van las discusiones... Ni por qué habría que discutir. A menudo, cuando alguien no tiene su madurez alcanzada de pleno —no digo que esto pase con trece o treinta y siete años, cada persona es totalmente diferente y evoluciona de manera distinta al resto—, experimenta sensaciones y sentimientos que expresa según sus propias experiencias.
Esa noche me marché a la fiesta sin apenas conocer a gente siquiera de mi clase. Estábamos en mitad de noviembre y no tenía una sola persona con la que podía compartir apuntes, una conversación o, simplemente, tomar una cerveza después de las clases. Es cierto que mis habilidades sociales nunca fueron las mejores ni encajé demasiado con nadie, pero de ahí a lo que estaba viviendo... Era diferente, como si no lo hubiera elegido yo.
La fiesta era, o al menos parecía, divertida. En una casa cerca de la universidad. Esta era blanca y alta, tenía unas cinco habitaciones y un jardín enorme con piscina, un salón en el que cabían cincuenta personas perfectamente, con una chimenea y techos altos. Tenía una cocina en isla en la que asomaban orgullosas las bebidas en fila que los asistentes iban trayendo a la fiesta. Decidí llevar una botella de vino y unas copas de cristal. Nunca me gustó beber cócteles raros —como los que hacía mi santa madre— ni cervezas de esos barriles comerciales, y si había vino, lo ponían en vasos gigantes de plástico. Así que llevé una botella que yo misma descorché y me serví la primera copa de vino en la copa de cristal. Decidí ir al salón, en el que me encontré a dos simpáticos chicos pinchando en una mesa de mezclas. Sonaba música tecno-house o algo parecido.
Los dj’s me saludaron, me dieron la bienvenida y me preguntaron si tenía alguna sugerencia para la noche, a lo que respondí encogiéndome de hombros. Ya había unas dieciocho personas en la fiesta y yo no conocía a ninguna.
Me acerqué a la chimenea y saboreé la copa de vino mientras atendía al ambiente, la gente iba llegando poco a poco mientras yo me dedicaba a mirar a varios grupos de gente riendo y bailando, brindando y chillando a los dj’s alguna petición. Un chico delgado, alto y vestido todo de negro se acercó a la chimenea.
—Lucrecia, ¿verdad?
—Ah... ¿no?
—¿Entonces?
—Olivia, encantada.
—¡Eso es! Soy Raúl. Vamos juntos a clase de Derecho Mercantil, solo que no sabía tu nombre. No se te ve mucho por las clases, ¿sabes?
—Será que no te fijas lo suficiente —mentí. Y él también lo hizo. No había asistido a una sola clase de Derecho Mercantil.
—¿Disfrutas de la fiesta?
—¡Sí! Parece que falta aún gente por venir, ¿no?
—Seguro que en unas horas no se puede estar aquí... Sirvámonos una copa. ¿Quieres algo de beber?
—Sí, he traído vino y una copa extra de cristal. ¿La quieres?
—Chica con clase. ¡Acepto la invitación!
Cuando estábamos en la cocina sirviendo una copa de vino, Rodrigo me escribió:
«No sé qué estás haciendo, pero te he llamado dos veces ya. Haz el favor de contestarme».
Me disculpé con Raúl y salí por la puerta de la cocina que se comunicaba con el jardín para poder llamarle.
—¿Estás bien?
—¿Por qué cojones no me coges el teléfono? Estoy preocupado. —Su tono de voz sonaba más a enfado que a preocupación.
—Cielo, estoy en la fiesta y no tengo el teléfono en la mano. Ya sabías que venía, está todo bien.
—Pues cógeme el puto teléfono, joder.
—¡No estoy pendiente! ¿Quieres que esté toda la puta noche con el teléfono en la mano?
—Quizá deberías.
—Rodrigo, te tengo que colgar. Hablaremos cuando llegue a casa.
Colgué. Estaba furiosa. Me sentía inútil por estar en una fiesta en la que quizá ni siquiera quería estar y al mismo tiempo me sentía culpable porque podría haber evitado esta bronca con Rodrigo, quedándonos en casa acurrucados mientras comentábamos una película y los carrillos se nos llenaban de palomitas. Además, sus comentarios sobre mi vestimenta habían hecho que mi autoestima bajara a niveles desconocidos. Si yo me sentía de maravilla con mi aspecto, ¿por qué tenía que venir a decirme algún defecto o imperfección? No era justo. No era justo que pasáramos tanto tiempo juntos y que cada vez que me separara de él tuviera que tener el puto teléfono en la mano porque se «preocupaba». Así que guardé el teléfono en el bolso y lo silencié, sabiendo que tendría que volver a sacarlo en menos de una hora.
Volví a entrar y Raúl seguía allí, esperándome apoyado en la encimera. Me volví a disculpar y él me abrió paso para avanzar hasta el salón de nuevo. Hablamos de la carrera, de la gente que conocía, de sus intenciones de futuro... Luego se unieron otros más. Empecé a conocer a gente de la universidad que antes no había visto —no me había fijado, más bien—, tuvimos conversaciones interesantes e inteligentes y, de repente, empezamos a bailar un remix malísimo de «Mi gran noche» de Raphael... Aunque fuera un remix y aunque fuera la peor mezcla que había escuchado en mi vida... ¿qué persona en su sano juicio no bailaría «Mi gran noche»? Por favor.
Servimos más vino. Conocí también a Berta, Laura, Sofía y Lucas. Íbamos juntos a muchas de las asignaturas obligatorias y me preguntaron qué es lo que me mantenía tan ocupada para no asistir casi nunca a las clases, solo a los controles y exámenes obligatorios. Lo cierto es que comencé a pensar seriamente que mi relación con Rodrigo había afectado mucho a cómo estaba viviendo mi primer año de universidad. Tenía tantas ganas de empezar una nueva etapa, conocer gente y cambiar de aires... y parecía que no lo había hecho en absoluto.
Más vino. Sin darme cuenta, eran las doce de la noche y la música parecía no tener ganas de parar. Me sentía un poco mareada y con ganas de seguir con tal de no volver a casa, así que seguí bailando con mis nuevos conocidos a los que no conocía en absoluto. Las luces, el ambiente, el humo del tabaco y las risas hicieron que tuviera que salir fuera un momento. Agarré el teléfono:
«No me haces esto más. Vuelve a casa YA.
ESTOY HARTO DE LLAMARTE».
Pero ¿qué le pasaba a Rodrigo? ¿Es que acaso estaba haciendo algo mal? Me sentí fatal, pensé que le estaba ofendiendo. Más vino.
—¿Qué pasa, desaparecida? Yo también necesito un poco de aire fresco. —Raúl se asomó por la cristalera, alzando una mano a modo de saludo.
—Oh, vaya, hola. Sí... El ambiente está demasiado cargado ahí dentro.
—¿Quieres? —Me ofreció un cigarrillo.
—No, gracias. Yo no... Bueno, ¿sabes qué? Sí, gracias.
Raúl y yo fumamos un cigarro juntos, mirando a la piscina, hablando de nuestras raíces, de dónde veníamos y a dónde iríamos en el futuro.
—¿Sabes? Yo tengo que trabajar para poder pagar esta carrera. Me encantan las matemáticas, siempre se me han dado bien. Pero no puedo permitirme estudiar y vivir de puta madre a la vez, así que tengo que trabajar y estudiar. Y eso es el doble de esfuerzo, ¿entiendes? Pero merece la pena. Dicen que la universidad es la mejor época que uno recuerda. ¿No te pasa?
—Bueno, es que... —Me quedé pensando. No sabía qué decir en ese preciso momento. Ni siquiera sabía a qué se refería. No había tenido esa vida hasta el momento—. Sí, es genial —mentí.
Volvimos a entrar, a bailar, a charlar con la gente de cosas que al día siguiente no recordaría y, finalmente, decidí que era la hora de marcharme. Me despedí de mis nuevos tardíos compañeros de clase y les prometí que asistiría más a menudo, que quedaríamos para disfrutar de unas bebidas en las terrazas o para ir de compras. Aunque la villa estaba relativamente cerca de casa, decidí coger un taxi. Hacía frío, era tarde y había bebido lo suficiente como para tropezarme con mis propios pies. Aunque no hubiera bebido. Aunque no fuera tarde. Aunque no hiciera frío.
Llegué a mi apartamento, vi otras mil llamadas perdidas de Rodrigo y las ignoré, estaba demasiado cansada como para contestar. Le mandé un mensaje:
«Ya estoy en casa. Mañana hablamos. Te quiero».
Me desmaquillé, me quité esas botas que amaba, pero que odié a lo largo de la noche, y me fui a la cama.
A la mañana siguiente, Vanesa, mi compañera de piso, entró en mi habitación a las siete de la mañana.
—Olivia, ¿estás despierta? —susurró.
—Meh? Ah... —A esas horas de la mañana hablaba en lenguas muertas.
—Olivia, Rodrigo está aquí. Ha llamado unas cuantas veces al telefonillo y quería saber si estás en casa. Parece preocupado.
Abrí los ojos de golpe. ¿Qué cojones le estaba pasando a Rodrigo? ¿Por qué no paraba de controlarme? ¿Por qué no me dejaba dormir? «Maldita sea. Tengo resaca», pensé.
—Sí, sí, abre el portal. Siento que te haya despertado.
—No pasa nada, de todas maneras tengo que estudiar. Tranquila.
Mientras Rodrigo subía al apartamento desde el portal, me levanté como pude y fui al baño a lavarme la cara con agua fría, me puse ropa de estar por casa y me dirigí directa a la cocina a preparar café.
—Hola.
—Buenos días. ¿No crees que es un poco temprano para llamar al timbre?
—¿Podemos hablar en tu habitación? —preguntó seco. No parecía muy contento. Yo tampoco lo estaba.
—Claro, ¿quieres café?
—Sí.
Me enfurecía la manera con la que Rodrigo me hacía sentir, en cierto modo, que le debía adoración absoluta. Y eso de «por favor» y «gracias» lo omitía a menudo. Emerson dijo que «la vida es corta, pero siempre hay tiempo suficiente para la cortesía». Ni siquiera nos dimos un beso. La ira era su combustible aquella mañana. Sabía que Rodrigo estaba enfadado, pero no entendía el porqué. No recordaba haber hecho nada malo. Preparé dos tazas de café y le ofrecí una, alcé la mano para que entrara en mi habitación y me senté en la silla del escritorio y él en la cama deshecha.
—Tú dirás...
—Olivia, por favor..., no me vuelvas a hacer esto. No he podido dormir pensando en todo lo que ha pasado. Me tenías preocupado.
—Me estás diciendo en serio que estabas preocupado por... ¿por qué?
—Porque no puedes desaparecer así durante la noche. No te puedes fiar de la gente, ibas guapísima y los tíos son unos cerdos.
—Guapísi... ¡bah! —Resoplé y puse los ojos en blanco. ¿De verdad estábamos teniendo esa conversación tan absurda y tan temprano? Me quedé boquiabierta. No es que tuviera con Rodrigo una relación de muchos años, pero me sorprendió el cambio de ser una persona totalmente normal a una sensible, irritable y celosa—. ¿No crees que soy mayorcita para arreglármelas sola?
—No me lo hagas más, por favor.
—¡¿Que no te haga más el qué?! Rodrigo, ¿te das cuenta de que no tengo ni un amigo en la universidad? ¿Te das cuenta de que apenas salgo a ningún sitio si no es contigo? ¿Te das cuenta de que estamos haciendo una vida totalmente aislados del mundo? Al menos yo.
—Eso no es verdad.
—Este fin de semana tendríamos que estar con Gonzalo y Mariana, ¿recuerdas? Me dijiste que teníamos otros planes, ¿recuerdas? Pues no lo sé, tengo la sensación de que no querías pasar tiempo a solas con mi familia.
—No es eso..., Olivia. Sí que tenemos planes, tenía algo preparado para nosotros.
Puse los ojos en blanco. Rodrigo intentaba buscar una buena excusa para no pasar el fin de semana con mi hermano y su novia... Sus razones tendría. ¿Qué ocultaba? De repente, sonó mi teléfono. Rodrigo alzó una ceja y clavó sus ojos en la pantalla iluminada de mi teléfono. Lo miré por el rabillo del ojo, me acerqué hasta él y le di la vuelta.
—¿Me estás ocultando algo?
—No, es solo que estamos teniendo una conversación y no quiero tener el teléfono por medio.
—¿Quién te escribe?
—No lo sé, no lo he mirado.
—¿Puedes, por favor..., mirarlo? —La mirada de Rodrigo me asustó; estaba resoplando, quizá pensaba que la noche anterior le había sido infiel... o cualquier otra paranoia sin sentido, vete tú a saber.
«Hola, desaparecida. Ayer te perdiste a Laura
caerse en la chimenea, ¡casi sale ardiendo! Vamos a ir a merendar todos juntos a las cinco, ¿te apuntas?».
—Es Raúl, un compañero de clase.
—¿Qué Raúl? Nunca me has hablado de él.
—¿Sabes por qué no te he hablado de él? ¡Porque lo conocí ayer! ¡A-YER! Porque no conocía a nadie de mi universidad hasta ayer. ¿Y sabes por qué? Porque paso más tiempo contigo que conmigo.
Rompí a llorar. No entendía qué había pasado los últimos meses de mi vida. No sabía por qué me encontraba en esta situación y no sabía por qué Rodrigo había cambiado tanto en tan poco tiempo.
—Está bien, Olivia. Por favor, no llores... ¿Qué te pasa?
—Me pasa que no sé por qué estamos discutiendo, Rodrigo. Me pasa que no sé qué es lo que te pasa a ti. ¿Es que he hecho algo mal?
—Bueno, deberías haberme cogido el teléfono ayer... Estaba preocupado. Además, ibas demasiado guapa como para que algún buitre no te echara el ojo. Y aparentemente lo hizo ese tal Raúl. Es solo... No quiero que te vistas así para otras personas. Solo para mí. —Enarqué una ceja. ¿Qué me estaba queriendo decir?—. Hagamos algo para que no nos vuelva a pasar. No te vistas de esa manera cuando estés con otras personas.
—¿A qué te refieres con esa... manera? —Me crucé de brazos, confusa.
—Con esas ropas y escotes tan llamativos, me refiero. Los chicos suelen fijarse poco o nada en tu figura o en tu cara si vas con ese escote por ahí. Te lo digo yo. Solo estoy intentando protegerte, ¿entiendes?
—Entonces, si ayer no hubiera ido vestida de esa manera, ¿no me hubieras llamado tantas veces? —Me sequé los ojos y me sorbí los mocos.
—Claro que no. Me preocupaba que algún idiota intentara hacerte algo raro y más que yo no estuviera ahí para defenderte.
Me pareció una idea ridícula. Acepté. Acepté esa condición no porque estuviera de acuerdo con Rodrigo. Pero acepté porque, si quería tener una vida normal universitaria y pasármelo bien, era una condición que tenía que cumplir para no estar toda la noche pendiente del teléfono. Rodrigo me besó, hicimos el amor y ahí se quedó la discusión del día. No contesté a Raúl. Tampoco fui a merendar con el grupo de clase.
III
EL DESASTRE
El invierno seguía ahí cuando llegaron los primeros exámenes. Los días iban pasando y Rodrigo y yo estábamos más enamorados que nunca. Salíamos a pasear, tomábamos café en lugares acogedores y bonitos, pasábamos el tiempo muerto besándonos y haciendo planes juntos. Con el tiempo comprendí que Rodrigo solo quería protegerme de todo el mal que podía hacerme la gente. Empecé a dejar de llamar a las pocas amigas que tenía, de hablar con mi familia y de conversar con Gonzalo. Cada vez que pasaba por casa de visita, mi madre hacía comentarios estúpidos sobre mi vestimenta o mi mentalidad. Gonzalo, sin embargo, al principio me hacía un montón de preguntas acerca de Rodrigo, mi aspecto o mi carácter, pero como mis contestaciones eran ariscas y le decía que no debía meterse donde no le llamaban, dejó de hacer preguntas. Mi carácter cambió. Mi vida también.
En el piso compartido, Vanesa y Nerea y yo descorchamos una botella de cava y unas aceitunas para despedirnos hasta que terminaran los exámenes, pues era su último año de carrera y se iban directas a estudiar el MIR. No puedo decir que se convirtieron en amigas porque casi nunca pasaba tiempo con ellas. Les tenía aprecio porque me habían tratado bien y apenas se quejaron de las broncas que tenía asiduamente con Rodrigo.
Antes de los primeros exámenes me fui una semana a casa para estudiar. Rodrigo estaría esos días en su apartamento, estudiando para los exámenes finales. Cogí el tren con mis maletas y toda mi —ya no tan bonita— ropa. Llegué a casa, saludé a mis padres y me fui directamente a darme un baño de burbujas tan caliente que humeó el vapor durante unos veinte minutos, mientras hablaba por teléfono con Rodrigo. Rodrigo, Rodrigo y Rodrigo.
Mi padre y Gonzalo trabajaban prácticamente durante todo el día. Mi madre, sin embargo, tenía una vida cómoda. Salía a hacer la compra, cocinaba, y lo hacía tan rico que a veces solo venía a casa para llevarme algunos tuppers al apartamento. Después quedaba con algunas amigas, salía de compras, organizaba algunos eventos benéficos y luego volvía a casa para atender las necesidades de mi padre y de mi hermano y les alimentaba. Caminaba por la vida sin prisa.
A pesar de que casi todo en mi vida había cambiado, mi rutina diaria de levantarme temprano para ir a nadar no lo había hecho en absoluto. Me siento en paz cuando nado. Mi estado de ánimo cambia por completo una vez que entro en la piscina; puedo estar en el agua hasta que los dedos se me arrugan como pasas. Sentir el agua en mi piel significaba que iba a tener un buen día. Cuando nado, no tengo que competir con nadie. Solo la idea de pensar en un rival me estresa y desagrada. Nadando estoy sola conmigo misma, el único reto es no dejar de nadar. Respiración. Sales del agua y notas que la piel se eriza, mientras cascadas de agua recorren tu piel para volver a su origen. Respiraciones, dentro y fuera del agua. No hay nadie que me presione en el agua, por lo que es el único momento del día en el que mi mente divaga entre mis pensamientos. Mientras oigo mi respiración, organizo mi día, pienso en todas las cosas que me preocupan, que no son pocas..., pero me siento a salvo.
Tirarme a la piscina era una puta maravilla y mi terapia diaria. Cuando hace un buen día, el sol entra por las grandes cristaleras que transforman el agua en un azul turquesa brillante, como el mar..., que entonces quedaba lejos, pero lo sentía cerca.
Cuando nado paso de un estado a otro. Para mí, al igual que para muchos el deporte, la natación esconde una fórmula de sensaciones fascinante: estás en constante movimiento mientras tu mente, agotada, está pausada. Además, en aquel entonces descubrí otro punto a favor de la natación: dejar el teléfono en la taquilla.
«Voy a nadar».
La persona que recibe este mensaje sabe que, por mucho que insista, no estarás disponible, al menos durante un par de horas. O lo que uno quiera que dure.
Una mañana volvía de nadar y saqué el teléfono del bolsillo. Tenía un mensaje de Carmen:
«Cariño, te mando la localización de la cafetería
en la que estoy. Ven, desayunamos juntas y me ayudas con las bolsas [Emoticono de corazón]».
Le mandé un aburrido «Ok», y allí me presenté. Con la ropa de deporte, el cabello húmedo y sin una gota de maquillaje. Mi madre estaba en la terraza de una cafetería relativamente cerca de casa. Tenía una elegante fachada de color rojo burdeos y una terracita con mesas y sillas doradas. Un toldo rojo avisaba a cualquier transeúnte que pasara por allí y le invitaba a tomar un café; nadie podía resistirse a esas letras doradas y a esa inmensa cantidad de flores alrededor. Parecía una de esas típicas cafeterías de París... solo que estaba en Madrid. Mi madre hacía juego con esa cafetería, vestida con unos zapatos cómodos pero elegantes, una falda plisada y una blusa color menta, un abrigo de piel y sus gafas que habían fabricado en aquel programa de Megaconstrucciones. Alzó la mano y la agitó enérgicamente para asegurarse de que la veía.
—¡Querida! Toma asiento.
—Hola, mamá.
Me dio un beso en la mejilla y me ofreció una silla mientras apartaba las siete bolsas que llevaba. Alzó la mano y sus dedos índice y corazón llamando al camarero.
—Para mí un té rojo con una pizca de leche, por favor.
—Para mí... —Ojeé la carta, me moría de hambre.
—¿Olivia? —Una voz masculina de repente nos sorprendió, alcé la cabeza lentamente.
—¡Raúl! Vaya, qué sorpresa, ¿cómo estás?
—¡Bien! Me alegra verte.
—Mamá, él es Raúl. Vamos juntos a clase.
—Oh, ¡qué magnífico!
—Bueno, ¿qué te apetece desayunar? —preguntó con una sonrisa Raúl.
—Solo unas tostadas y un café con leche, por favor.
—Estupendo, volveré enseguida.
Me quedé mirando al infinito. Recordé que nunca había contestado a aquel mensaje de Raúl para ir a merendar con el grupo de la clase. Él fue amable conmigo en aquella fiesta que hizo que se desatara una discusión inútil con Rodrigo. Me parecía un chico agradable y respetuoso. Mientras esperábamos el desayuno, mi madre me enseñaba todo lo que había comprado: un montón de verduras, unos guantes de piel, un centro de flores para el salón, un regalo para su amiga Rosa y un vestido para... mí. Al verlo, lo primero que pensé fue si Rodrigo estaría de acuerdo. ¿Le gustará? ¿Le parecerá demasiado corto? ¿Considerará que tiene demasiado escote? Había empezado a olvidar lo mucho que me gustaba la moda en lugar de fijarme en lo precioso que era ese vestido.
Era clásico, pero tan elegante... Longitud midi, de color azul marino y con un estampado de florecitas blancas muy delicadas; parecía que alguien se había esmerado en hacerlas. El vestido se ceñía en la cintura y después tenía un vuelo espectacular. La tela era suave y ligera, no sabía cuál era exactamente a primera vista, pero intuí que era rayón. Tenía las mangas tres cuartos y un escote a pico, con un cinturón justo debajo del pecho que tenía el mismo estampado que el vestido. Con un acabado tan elegante que sonreí al ver cómo mi madre lo cogía en pinzas con las manos. Lo toqué y posé mi mejilla en la tela para comprobar que, exactamente, era rayón. ¡Qué elegancia!
—¿Te gusta, cariño?
—¡Sí! Gracias, mamá, es precioso.
—¿Verdad que lo es? No como eso que... —me miró por el rabillo del ojo—, en fin, no sé... llevas.
Y lo hice. Me miré de abajo arriba. Vestía unos pantalones de deporte y aquella sudadera que Gonzalo me regaló... Sí, exacto, la que antes utilizaba para estar por casa. Llevaba el pelo hecho un desastre y mi cara, aunque limpia, poco o nada me preocupaba. Lamentable, Olivia. ¿En qué demonios me había convertido?
—Ya estamos, mamá. ¡Pero si vengo de nadar! —me quejé.
—Antes también nadabas y no ibas hecha unos zorros, querida.
—Ya hemos hablado de esto, por favor.
—Solo quiero que te mimes un poco. Con esa cara tan preciosa que tienes...
—¡Mamááááá! —vociferé. No sabía qué hacer para que no siguiera diciendo verdades.
—Aquí tenéis, señoritas. —Raúl interrumpió con el desayuno en la mesa, thank God. Me sentía avergonzada de la situación que estaba presenciando allí.
—¡Oh! Gracias, Raúl. —Mi santa madre agitó su cabello, coqueta y pizpireta, al ver que un joven la había llamado señorita. Después hizo un gesto con las manos, invitándole a que se retirara.
Raúl volvió al trabajo. Recuerdo que me había hablado de lo mucho que tenía que sacrificar para estudiar la carrera. Me preguntaba cómo hacía para asistir a clase, estudiar para los exámenes de enero y pasar ocho horas trabajando en esa cafetería tan coqueta. Me sentí afortunada. Gracias a mis padres no tuve que trabajar durante la universidad. ¡Zas! Mi madre volvió a abrir el pico mientras sorbía como un pajarito su taza de té.
—Querida, tu hermano está preocupado. No sabemos qué te pasa. No sabemos por qué ya no vienes a visitarnos como antes hacías, ni por qué dejaste de llamar para contárnoslo todo. Bueno, contármelo todo, mejor dicho. No queremos meternos en tu vida, solo queremos que seas feliz.
—Por favor, mamá. Estoy bien. Es solo que estoy un poco estresada con estos exámenes finales.
—Vale, cariño. Volvamos a casa y prepararemos una deliciosa crema de verduras con leche de coco.
Pedimos la cuenta y nos despedimos de Raúl, quien me lanzó una mirada afligida, que fue un puñetazo en el abdomen. Nos dirigimos hacia casa, atravesando los adoquines de la calle. Cuando llegué, saqué el teléfono entre la ropa húmeda de la bolsa de deporte. Tenía dos mensajes de Rodrigo.
«Que se te dé bien la natación, princesa».
«Llámame cuando termines».
Los mensajes de Rodrigo —cuando no estábamos juntos físicamente— eran como aquel famoso juego en el que tenías que ir eliminando bloques de colores, porque si no lo hacías se iban acumulando hasta que perdías el juego y tenías que volver a empezar. Llamé a Rodrigo para decirle que estaba bien, en casa, que me disponía a ayudar en la cocina a mi madre y que pasaría toda la tarde estudiando. Me dio el visto bueno y no volvimos a hablar hasta por la noche. Mi relación se había convertido en una constante y agotadora vigilancia veinticuatro horas, siete días a la semana. Yo informaba a Rodrigo de todos mis movimientos y él aprobaba o se quejaba. Al estar lejos, podría tirar el teléfono debajo de la almohada, pero sabía que cuando lo volviera a coger habría bronca. Como aquel juego...
***
La semana iba pasando y lo mismo me dio ponerme a estudiar que leer cualquier revista o libro. No me interesaba lo más mínimo esa carrera inútil que tenía que hacer por imposición de mi padre. Me sentía desgraciada por estar derrochando todo ese dinero en ropa que no me gustaba, comida para el apartamento, viajes de tren hasta el centro..., pensando que otras personas tenían que deslomarse para sacar un título universitario.
Por otro lado, Gonzalo dejó de prestarme atención. Una discusión que terminó en gritos tuvo la culpa. Me exigía que le contara lo que me estaba pasando y yo no paraba de decirle que me dejara en paz. Necesitaba ayuda, pero no sabía cómo pedirla. Entonces, me ofuscaba con cada persona que preguntaba por mi situación. ¿Qué sabrán ellos? Bastante tengo con mantener a flote mi relación. ¿Es que acaso ellos no tienen una parecida? Porque las relaciones son así, ¿no? Gonzalo llegaba de trabajar, me saludaba, sonreía de lado y a otra cosa. No quería entrometerse en mi vida, pero lo cierto es que poco a poco estaba saliendo de ella.
***
Ojeaba un libro cuando decidí levantar la mirada para saber en qué día estaba. Vaya, en primavera. La primavera, a diferencia del invierno, te va avisando poco a poco de su llegada. De repente empiezas a ver los campos llenos de flores, los almendros empiezan a lucir de blanco y el tiempo empieza a cambiar de manera agradable. Huele a primavera. Los días soleados aparecen poco a poco, empiezas a apreciar esos rayos de sol que entran por la ventana mientras preparas café. Ese rayito de sol que te calienta el alma. Es la estación en la que todo rebrota: las flores, las plantas, las verduras de temporada... el amor. ¡El amor!
En pleno mes de abril podría decir que no había aprobado ni una sola asignatura de los exámenes de enero. Bueno sí, una, ¡inglés! Así es, no podía interesarme menos esta absurda carrera en la que todo eran números y jeroglíficos presuntuosos que nunca lograría entender. ¿Cómo lo hacía Gonzalo? ¿Cómo podía amar tanto esta profesión? «Cuando encuentres aquello que realmente te gusta, lo sabrás..., porque no te costará esfuerzo hacerlo», decía.
Entre tanto, Rodrigo y yo estábamos más felices que nunca. Me explico. Yo empecé a ocultar cierta información para evitar discusiones inútiles que nos llevarían a llorar durante unas cuantas horas. Le ocultaba que no asistía a clase, le ocultaba que, de vez en cuando, iba a ver a Raúl en el descanso de su trabajo para fumar un cigarro de la ansiedad que me provocaban algunas situaciones de mi vida actual. Rodrigo era avispado y a veces me preguntaba si había fumado, pero yo sabía esquivar bien este tipo de preguntas con respuestas como que había ido a una cafetería y los de la mesa de al lado no paraban de fumar. De hecho, me había transformado en una mentirosa compulsiva, todo para evitar una ridícula discusión. Mentía en cada momento, mentía con asuntos por los que ni siquiera tenía que mentir. También le ocultaba que iba cada día de compras al centro y no había día que volviera sin nada en las manos. A veces compraba algún vestido de esos prohibidos, de esos de cóctel..., de esos que te pones para ir a algún sitio elegante y captar todas las miradas de atención. Escondía el vestido en el armario debajo de otro para que Rodrigo no lo encontrara y, cuando sabía que estaba en clase o lejos por más de dos horas, me lo probaba en casa y desfilaba por los pasillos como una loca.
Estaba loca. Me faltaba un gato. Bueno, a ver, no. ¿Por qué siempre asociamos la locura o la vejez solitaria con un gato o diecisiete? Los animales somos nosotros, maldita sea. También le ocultaba mis ganas de gritar que a veces, un día cualquiera, aparecían. Tenía ganas de gritar y llorar y salir disparada de allí, como aquella película en la que el héroe o la heroína se despide con alguna frase espontánea y elocuente y a continuación sale volando. Para películas las que yo me montaba...
Mis relaciones con cualquier ser humano eran prácticamente inexistentes, ya fueran amigos, conocidos e incluso familia. Por mucho que intentaban separarnos, no lo conseguían. Nos queríamos tanto que el amor que sentíamos el uno por el otro era indestructible. Por suerte me hice muy amiga de los libros.
Era una tarde de un abril sombrío, a pesar del sol que azotaba la ciudad. Mientras Rodrigo jugaba al fútbol, me fui al centro de Madrid a buscar una librería. Había leído que se trataba de un lugar muy especial. Así que fui a comprobarlo por mí misma. Se encontraba en la zona de Malasaña. Tenía una fachada amarilla, muy antigua, tres bloques verdes que parecían pintados a mano, casi decrépitos. Tan solo tenía una ventana lateral, pero ¡qué ventana!, parecía un minibalcón de esos que encuentras en los edificios de la ciudad a los que miras hacia el cielo y parecen no tener final. En la puerta había una bicicleta con flores en una cesta. Al lado de la puerta, una caja de madera con algunos libros viejos y un cartel que decía:
Los libros no están más amenazados por el Kindle mucho más que las escaleras lo están por los ascensores.
Stephen Fry
Decidí entrar en esa coqueta y curiosa librería del centro de Madrid. Al ser un bajo, las estanterías se alejaban tanto que no podía ver el final. Las paredes eran bajitas y los pasillos anchos. Se respiraba un aire familiar, un lugar de esos en los que te pasarías toda la tarde leyendo en un sofá de cuero. La estética era retro y, a decir verdad, los libros parecían solo decorar aquel lugar, porque el verdadero protagonista de este sitio era un bonito y pomposo gato negro con un collar rojo.
«Podrás admirarme, podrás darme de comer, podrás acariciarme, pero nunca dominarme», decían sus ojos. Pronto me di cuenta de que muchos de los artículos en venta tenían a este precioso felino estampado: tazas, tote bags, láminas, posavasos, postales... ¡Sí que era el protagonista!
Había estanterías llenas de libros que convivían en armonía con estos artículos de regalo. Me dispuse a ojear alguno de los de poesía. De pronto, noté una presencia a mis espaldas, una voz susurró:
—Psssst... Olivia...
Deslicé mi mirada hacia la derecha, sabedora de que aquel susurro venía por la izquierda. Intenté ganar tiempo. ¿Por qué? De mi antebrazo colgaba una preciosa bolsa de papel charol con uno de esos vestidos prohibidos. Como no sabía quién emitía ese sonido, entré en pánico. Al girar la cabeza, finalmente descubrí que era Laura, una de las compañeras de clase o, mejor dicho, de aquella fiesta en la villa.
Me saludó, mantuvimos una conversación breve y después me preguntó si me apetecía tomar algo en la cafetería de al lado. Acepté, por supuesto. No porque me apeteciera, que también, sino por hablar con alguien más que no fuera Rodrigo o los personajes de la novela que estaba leyendo.
Estuvimos unos cuantos minutos largos riéndonos de aquella noche y de la borrachera que todos y cada uno llevábamos. Recordamos momentos concretos, de esos que están en tu memoria, pero creías haber olvidado. Laura nos hizo una foto a las dos en la cafetería, brindando con una copa de vino que pedimos después del café. Nos despedimos con tan solo un beso en la mejilla y le prometí que volveríamos a otra fiesta, aunque no fuera en una villa ni tuviera que ver con la universidad.
Llegué a tiempo a la esquina en la que había quedado con Rodrigo para volver a casa juntos; eso sí, tuve que hacer el vestido un ovillo para guardarlo en mi diminuto bolso. Pensé en fumarme un cigarro, pero ya era demasiado tarde, Rodrigo aparecería en cualquier momento y a esas alturas de mi vida no quería montar un escándalo. A los cinco minutos vi a Rodrigo aproximándose a la esquina. Esos calcetines blancos hasta la rodilla con dos rayas horizontales de color verde son lo más horrible que he visto en mi vida. Me dio un beso en los labios y caminamos juntos hacia el apartamento. Le confesé que debía pasar por casa a coger algo de ropa para el día siguiente poder ir medio decente a las clases. Mentí, claro. Ni cogería ropa ni asistiría a clase al día siguiente. Tan solo quería dejar el precioso vestido negro de terciopelo en el armario. Cuando llegué al apartamento, me fumé un cigarro en el balcón, mientras recibía un mensaje de Rodrigo:
«No me vuelvas a engañar. Ahora hablamos...».
¿Qué había hecho ahora? Quizá me había visto fumando en el balcón, quizá se había dado cuenta de que llevaba un vestido en el bolso minúsculo, quizá se había percatado de que no iba a las clases... A estas alturas lo cierto es que podría ser cualquier cosa, pues mi vida en sí era una mentira tras otra.
Llegué al apartamento y ahí estaba, sentado en la mesa plegable de la cocina con cara de avestruz y el teléfono en la mano. Le pregunté a qué venía ese mensaje misterioso, a lo que respondió:
—¿Con quién has estado toda la tarde?
—Con... —Ni siquiera me dio tiempo a seguir hablando.
—Me dijiste que ibas a una librería, no a beber vinitos con tus amigas. —Pude notar su tono de sarcasmo cuando pronunció «vinitos».
Miré al infinito, no podía creer que tuviera que dar todos los detalles de una tarde relajada sin sobresaltos ni movimientos inesperados, ni mucho menos que no me diera la opción de explicarme. Pasaba de cero a cien en menos de un segundo.
—De hecho, me la encontré en la librería y me ofreció un café —susurré tranquila.
—¡Estáis tomando una puta copa de vino! —vociferó.
—¿De verdad vas a montar un numerito por esto?
—Estoy harto de que me mientas.
—Yo... Yo no te he mentido. Ni siquiera me has dejado hablar.
—Me lo podrías haber dicho, ¿no crees?
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que te avise cada minuto del día de lo que me está pasando?
—¿Sabes qué? Da igual, no paras de decepcionarme.
Me arrimé a su cuello y le susurré que lo sentía, que no volvería a hacerlo más. Refiriéndome a lo de mentir, claro. Él asintió, refiriéndose a lo de ver en absoluto a otra persona que no fuera él. Cenamos comida precalentada que sabía a harina refinada y, después, Rodrigo empezó a tocarme el cuello, respirando profundamente. Poco a poco se iba acercando a mis pechos, mientras me agarraba por la cintura.
—Estoy con la regla, Rodrigo.
Fingió no haberme oído y continuó a lo suyo. Empezó a bajar los leggings que llevaba puestos cuando le puse la mano en el brazo. Alzó la mirada, sorprendido, como alguien que confía en estar ganando y acaba de perder una partida de cualquier juego sin esperarlo.
—¿Qué haces?
—Te he dicho que estoy con la regla, Rodrigo, no podemos hacer nada... todavía.
—Pero ¿qué más te da?
—No quiero. No me gusta.
—Pero hoy sí te va a gustar.
Rodrigo me levantó de la silla y me tendió su mano para ir a la habitación. En mi rostro no había alegría ni seriedad. Acepté su mano y caminamos hasta el cuarto principal. Me apoyó suavemente en la pared y empezó a pasar su lengua por mi ombligo, subiendo por mis pechos y acabando en el cuello. Rodrigo seguía desnudándome, lo cierto es que ya no tenía ni un poquito de aprecio por mi cuerpo, me daba exactamente igual con tal de evitar otra bronca. Rodrigo empezó a restregarse contra mi torso, haciendo presión en mi entrepierna. Me tembló la voz:
—Rodrigo..., por favor, para.
Ni caso. Me tumbó en la cama, ya desnuda por completo, y puso todo el peso de su cuerpo sobre el mío. Así que me dejé llevar. Me dejé llevar como cuando discutíamos, intenté evadir mi mente pensando en otras cosas. ¿Tendré que comprar leche mañana? ¿Qué me pongo si llueve? Hace algunos días que no voy a nadar...
Me agarró de la nuca mientras yo le suplicaba que parara. Empecé a oponer resistencia sin ningún éxito, claro. Empecé a llorar en silencio, sin berrinches, sin sofocos. Las lágrimas caían por mis pómulos mientras Rodrigo se desahogaba y yo pensaba que tan solo tenía que esperar algunos minutos, quizá más de cinco y menos de diez. Pues vaya, fue uno y medio.
Rodrigo y yo habíamos hecho el amor otras veces, cada vez con menos pasión y ganas, algo así como una obligación que se convirtió en una rutina. Ese día, que recordaré toda mi vida, mi cuerpo pareció desprenderse de mi mente para siempre.
No me acercaba a nadie, guardaba una distancia de seguridad que me permitiera moverme libremente sin que nadie me tocara. Empecé a no saber cómo afrontar situaciones ni cómo tomar decisiones por mí misma. No me di cuenta hasta unos años más tarde de lo que había pasado en realidad esa noche, pues el cerebro es más listo que el corazón y trata de borrar situaciones incómodas. Sin embargo, a partir de ese momento yo me sentía completamente vacía por dentro.
Es difícil expresar lo que se siente en una situación así, es mucho más difícil describirla sin que tiemblen las manos o el corazón. Sin darme cuenta me había metido en un pozo con un sucio, profundo y oscuro fondo del que apenas veía la luz del exterior. No sabía cómo iba a seguir adelante. En alguna ocasión, el miedo sacaba la patita. Y lo peor es que nadie podía ayudarme. Me repetí varias veces que no era una persona de provecho, pues no había sido capaz de aprobar ni una sola asignatura, no me consideraba inteligente, no tenía ni un solo amigo y seguramente había decepcionado a mi familia, que parecía haberse esfumado con el tiempo.
El tiempo... Con el tiempo me di cuenta de que nadie puede castigarse de esa manera, de tener ese constante sentimiento de culpa. Ni por asomo pensé en la palabra maltrato. Sonaba tan obsceno en mi cabeza... Era una palabra que en mi educación no aparecía, no me pasaría nunca a mí o a los que me rodean... Pero ahí estaba. En ese momento no le puse nombre a la situación que estaba atravesando, sino que tuvieron que pasar algunos años para darle una definición correcta, nombre y apellidos. La violencia de género es un tema muy delicado, pensé. A mí nadie me ha maltratado nunca ni podía permitir que lo hicieran, pensé también. Pero ¿y si el maltrato no implica violencia? Algo había... algo no estaba bien. Llegaremos ahí.
IV
SER CONSCIENTE
Madrid. Julio de 2011. No sé qué día es. No refresca para nada.
Hacía una exquisita mañana de un verano abrasador. Eran las siete de la mañana y oía a los pájaros cantar a través de la ventana. Abrí un ojo, me senté en la cama y me estiré como un gato. Estaba en casa, olía a puchero a las nueve de la mañana. ¿He dicho ya que era julio? Bien, mi madre haciendo algún estofado contundente y caliente el mes más caluroso del año. Me quedé en la cama sentada mirando un punto fijo mientras pensaba en mis siguientes movimientos. Deslicé la mirada hacia la derecha. En la estantería había flores frescas, que Carmen colocaba delicadamente cada semana cuando decidía aparecer por casa, libros y mis iniciales en madera: «OSDA», Olivia Serrano De Amorós. Más abajo, en el escritorio, me quedé absorta con una foto en la que salíamos Gonzalo y yo el día de su graduación.
Lo recordaba a la perfección: él estaba espectacularmente guapo sin haber hecho ningún esfuerzo, tanto que llegaba a ser irritante. Se compró un traje de Hugo Boss color azul marino especialmente para la ocasión, ¡le hacía tanta ilusión! Se había dejado el pelo largo, pero no demasiado. Tenía una barba de unos tres días, perfectamente afeitada y delineada. ¡Qué escándalo! Se puso una reluciente y escrupulosamente planchada camisa blanca que parecía emanar luz propia. Se colocó con delicadeza una pajarita de color rojo con unas calaveras estampadas, ¡estaba loco! ¡Y guapísimo! Este hombre podría ponerse lo que le diera la real gana, pues siempre parecía uno de esos modelos famosos mundialmente conocidos que los paparazzis fotografían con sus peores atuendos un martes por la mañana.
El día que se graduó Gonzalo me puse un precioso conjunto de chaqueta y pantalón de color rosa nude. Una impoluta blusa blanca confeccionada en seda morera con el escote a pico y adornos abotonados desde el busto. Elegí unos pendientes dorados a juego con las sandalias, el bolso y mi cabello ondulado, suelto y despeinado. Estábamos perfectamente colocados para la foto que enmarcaríamos cuando, de repente, Gonzalo sacó la lengua y yo le miré con llamas en las córneas. Fue en ese momento cuando el fotógrafo disparó. Flashazo. Click. Flashazo. Así salió toda la secuencia y así aparecimos en la foto, haciendo el canelo, como siempre. De cuando era feliz, de cuando era Olivia.
Me levanté lentamente y subí la persiana de mi habitación. Me puse el bañador, las chanclas y una camiseta ancha que tenía de estar por casa. Me dirigía a la cocina mientras escribía el mensaje matutino a Rodrigo.
«Voy a nadar cariño. ¡Buenos días!».
Rodrigo me puso un escueto «Ok» que leí desganada mientras bebía un vaso de agua fría. Bajé a la piscina de la urbanización y me dispuse a nadar. El agua fría en verano, ¡qué manera tan deliciosa de comenzar el día! Me sumergí en el agua, hice respiraciones, estiré mis brazos, haciendo círculos hacia adelante y hacia atrás, agité el cuello de un lado a otro. Estaba lista para unos cuantos miles de metros nadando y desconectar por un momento el teléfono, ese artilugio peligroso que se había convertido en una prolongación de mi brazo en los últimos meses.
Gonzalo apareció justo cuando había hecho aproximadamente unos quinientos metros. Ni siquiera me saludó. Llevaba puesto su bañador de natación y una camiseta de los New York Knicks. ¿Era posible tener tanta elegancia para ir a nadar? ¡Por favor! Era posible, con Gonzalo todo lo era.
Lo vi nada más puso un pie en el recinto de la piscina, que a esas horas estaba prácticamente vacía. Me hice la tonta, fingiendo que no lo había visto, y seguí nadando, a lo mío. Se quitó lentamente su gloriosa camiseta, como si en los matorrales hubiera unos cuantos paparazzis pendientes de ese momento, como si lo llevaran esperando toda la noche. Las curvas de la comisura de sus labios se elevaron, quedando el robado perfecto para el Hola. Aquí Gonzalo un día normal, en su rutina normal, yendo a la piscina siendo sensual. Se lanzó al agua sin decir una palabra y comenzó a nadar. Yo, ni caso. Lo cierto es que nuestras conversaciones eran escuetas y banales. Por no hablar de las preguntas absurdas y las respuestas monosilábicas.
Gonzalo empezó a acelerar, a adelantarme, a dar vueltas sobre sí mismo. «¡Ya lo está haciendo otra vez!», lo maldije. «Será idiota, si no estamos compitiendo», pensé. Empezó a nadar mucho más rápido que yo y, claro, me sentí amenazada. Así que empecé a nadar más y más rápido. No habíamos cruzado una palabra todavía y habíamos hecho unos mil doscientos metros.
—¿Eso es todo lo que puedes nadar? —gritó y se escondió bajo el agua, divertido.
Maldito Gonzalo, estaba agotada. Empecé a acelerar en croll, que era la manera más rápida de alcanzarle, y cuando estaba a punto de ganar... me sumergió en el agua, me apartó y después me cogió en sus brazos, bajo el agua, para frotar sus nudillos en mi cabeza. ¡Cuánto odiaba que hiciera eso! Ambos salimos del agua derrotados, jadeando. Menuda paliza.
—Está bien, Olivero, has ganado.
Estaba agotada, hacía tiempo que no nadaba tantos metros a tanta velocidad..., condenado Gonzalo. Intenté disimularlo lo mejor posible.
—Me debes un desayuno por lo menos —le dije.
—¡Eso está hecho! Pero estira primero, no vaya a ser que luego tengas agujetas. Y si así no hay quien te aguante, imagínate con agujetas.
Subimos los pisos a empujones como si fuéramos unos críos, riendo y pataleando. Cuando llegamos a casa mi madre estaba en la cocina tomando un té con su kimono de seda china de color verde botella con flores rosas y blancas estampadas. Carmen no pudo evitar una sonrisa tierna al vernos juntos, nos dio un beso en la frente y nos preguntó si queríamos desayunar.
—No, madre —contestó Gonzalo—, voy a invitar a Oli a desayunar porque, ahí donde la ves, tan escuálida, me ha dado mil vueltas en la piscina.
Sonreí mientras levantaba una ceja y bebía agua como un camello en el desierto. Me pasé la mano por el hombro, imitando algo parecido a sacudirme el polvo. A continuación, fui a la ducha. Ese día estaba especialmente contenta, no tenía ningún motivo para estarlo y, aun así, lo estaba. Hacía meses que no sonreía, desde aquel día fatídico con Rodrigo me había convertido en otra persona. Con el albornoz puesto y el turbante en la cabeza, me dirigí a mi inmenso armario. Cabía tanta ropa que no podía imaginar cómo acabé poniéndome trapos viejos y roídos.
Las puertas de mi armario estaban abiertas y en su interior había todo un festival de la moda. Podías encontrar todo tipo de prendas de infinidad de colores y texturas: satén, lana, algodón, ¡cachemir!... Modelos cortos, largos, holgados, ceñidos..., conjuntos perfectamente escogidos por tonalidades. Vestirse cada día se convertía en un ritual magnífico. Al menos antes lo era.
Un vestido pareció salir del armario para saludarme y pedirme que lo deslizara por mi cuerpo. Era un vestido de lino color amarillo pastel hasta la rodilla: recto, simple, ¡era exquisito! A pesar de su sencillez, tenía una abertura en el lateral hasta el muslo. Tenía un escote de corazón y unos tirantes finísimos en forma de lazo a la altura del hombro. Pensé que me quedaría ideal para un brunch con Gonzalo, pero también pensé... que era uno de esos vestidos prohibidos. A esas alturas de la vida, mi agilidad mental tanto para resolver situaciones incómodas como para mentir estaba a niveles que, a menudo, me sorprendían. Así que consideré la posibilidad, por muy pequeña que fuese. Veamos, ese día haría unos cuarenta y tres grados en Madrid, además de que Rodrigo no me vería con él puesto, pues solo íbamos a desayunar y volveríamos a casa. Aprobado.
Me di crema hidratante en el cuerpo, me puse la ropa interior y después el vestido glorioso. ¡Me quedaba espectacular! ¿Cuánto tiempo llevaba esto en el armario? Me miré al espejo ensimismada, sorprendida y fascinada. Me dejé el pelo suelto y ligeramente húmedo. Cogí un capazo de rafia con abalorios y cuentas de muchos colores veraniegos. Estaba lista.
—Vaya..., si hasta te pareces a Olivia —balbuceó mi hermano Gonzalo.
—Ja... Ja. —Hice una mueca de desaprobación, elevando ligeramente mi labio superior. No podía hacer ese tipo de comentarios.
Gonzalo abrió las puertas de su elegante coche negro brillante que tenía un tamaño descomunal. Condujo hasta el centro de Madrid, aparcamos en uno de los parkings subterráneos porque no había un solo hueco en esa sucia y contaminada ciudad.
El lugar al que íbamos estaba entre las estaciones de metro Bilbao y Tribunal, una buena zona de Madrid para los modernos y el escenario perfecto para el postureo. Caminamos unos quinientos metros hasta el restaurante, pero tardamos como una hora en llegar. ¡Maldito Gonzalo! Se paraba a hablar con algún conocido cada tres pasos que dábamos. Era tan simpático con la gente, tan educado y galante... que me aterrorizaba lo que pensaría toda esa gente de mi persona: él es encantador y ella, un limón.
Por fin llegamos al lugar en el que íbamos a tomar el brunch o el «planch», como decía mi padre. Se trataba de un sitio con mucha alma en el que ofrecían brunch los fines de semana y tenían un concepto de tradición y modernismo: comida real y sostenibilidad. Sostenibilidad la que tenía Gonzalo en el coche, que contaminaba más que una fábrica de plástico. Este lugar tenía plantitas colgando de la pared, era un espacio amplio, luminoso y con un estilo retrógrado. Me decanté por un bowl de açaí con granola casera de almendras con avena, plátano y fresa con un café gigantesco. Gonzalo pidió unas tostadas con aguacate, tomate rallado, edamames y brotes verdes, unos huevos pochados a baja temperatura y un café doble espresso largo.
—¿Cómo está mi hermanita? Hace mucho que no desayunamos juntos, ¿sabes? —Entornó los ojos.
—Ya sabes que bien —le contesté en voz bajita y con tristeza.
—Olivia, yo...
—No empieces, por favor. —Ni siquiera dejé que terminara la frase que sabía que venía después.
¡Ajá! Así que para eso me había traído, para volver a hacerme interrogatorios ridículos. Quería invitarme a desayunar para sonsacar información de mi relación, ¡quería separarme de Rodrigo! Soy más rápida y ágil que tú, querido. No. No lo iba a permitir, no podía permitirlo. Estaba tan acostumbrada a él que solo la idea de no estar juntos me producía una profunda sensación de miedo y soledad. Me dispuse a decirle cuatro cositas bien dichas para que callara esa boca llena de dientes de anuncio que tenía. Abrí la boca para empezar y, de repente...
—Mariana y yo ya no estamos juntos.
—Ya sé que estamos en medio de algo, pero... ¿Permiso para reaccionar? —pregunté.
Asintió.
—¿Quéééééé?
***
MARIANA Y GONZALO
Mariana era una joven estudiante de Historia del Arte. Venía de una familia pudiente de Madrid, su padre era un muy buen conocido del mío, pues ambos se dedicaban a lo mismo, a la banca. Eran directores de sucursales en las zonas más prestigiosas de Madrid.
En 2007 se celebraba la típica fiesta de Navidad de la compañía a la que iba toda la familia y en la que obviamente los cuatro nos presentamos con nuestras mejores galas dispuestos a devorar el cóctel. La fiesta se celebraba en una villa a las afueras de Madrid. Entrar en una de esas casas —por supuesto no era la primera fiesta de Navidad a la que acudíamos— me hacía pensar en todo lo que necesitaba la gente. Espacio, mucho espacio, lujo, artículos ridículos como un mono que hace la función de lámpara o, mejor aún, la cabeza de un oso disecado en las paredes. ¿Es eso arte?
Gonzalo conoció a Mariana esa noche: mi padre nos presentó a la familia de ella y viceversa. No pasaron más de diez minutos y los dos tortolitos charlaban animadamente mientras bebían champán en unas absurdas y extravagantes copas. Brindaban y reían, ¡cómo reían! Y al final de la noche, desaparecieron.
Al día siguiente fui yo la que se levantó a las siete de la mañana para sacar a Gonzalo de la cama para que me lo contara absolutamente TO-DO. Nunca había visto tan adormilado y perezoso a mi hermano, ¡estaba hecho polvo! Lo saqué como pude —con ayuda de mi madre, que era el triple de cotilla que yo—. Nuestro plan era llevarlo a la cafetería que había debajo de casa y sonsacarle toda la información válida que pudiéramos.
Nos contó su animosa noche con Mariana y, además, como buen galán y caballero que era, nos confesó que no había sucedido nada.
—¡Queremos carne fresca! —gritó mi madre, dando un puñetazo prácticamente insonoro en la mesa.
Poco a poco y según iban pasando los meses, Gonzalo empezaba a desaparecer y a aparecer como de la nada. Mi madre y yo sabíamos que estaba con Mariana, claro. Le hacíamos comentarios picantes para sonsacarle información y él, aunque se reía, nos echaba la bronca llamándonos viejas cotillas. Después de unos tres meses, Mariana vino a casa a cenar con toda la familia y lo hicieron oficial: eran novios.
Como decía, ella era una joven estudiante que casi nunca abría la boca en situaciones en las que había demasiada gente. Siempre pensé que era una arpía disfrazada de niña de papá. Pero Gonzalo me hablaba tan bien de ella que mis pensamientos se contradecían. Claro, si Gonzalo era feliz...
Aunque no ha nacido mujer todavía que merezca a Gonzalo, he de decir que Mariana era una buena candidata. La pareja ideal. Otra vez, maldita sea. Irremediablemente la portada del Hola. Christ.
Mariana tenía el pelo negro azabache y era alta y delgada. Tenía un lunar en el pómulo derecho, la nariz aguileña y los párpados un poco caídos. Era educada y sabía comportarse.
Desde entonces Gonzalo y Mariana tenían una relación estable. Hacían todo tipo de actividades juntos como la pareja ideal que eran: les invitaban a fiestas glamurosas, salían cada uno con sus amigos y luego se veían al final de la noche, se terminaban las frases el uno al otro, jugaban al tenis, ¡por favor!, hacían viajes exprés a cualquier parte del planeta e incluso a veces ambos se vestían con los mismos colores. ¿No es ridículo? En fin. Lo cierto es que se amaban con locura. O al menos eso pensaba...
No podía creer lo que Gonzalo acababa de decir. ¡Pero si eran la pareja ideal! Tenía demasiadas preguntas en ese momento y además estaba muerta de hambre después de tantos miles de metros en el agua.
—¿Qué ha pasado? ¿Desde cuándo? ¿Por qué no me lo has contado antes? —pregunté con la boca llena de comida. No podía esperar ni a preguntar ni a comer.
—A ver, Oli, tranquilízate, por favor. Fue hace un mes. Si no te he dicho nada es porque siempre andas por ahí con la cabeza gacha y apenas cruzamos más de tres palabras. No quería preocuparte y tampoco veía el momento oportuno..., pero creo que ya era hora de que lo supieras.
Abrí los ojos como un búho, sorprendida. ¿Cómo demonios me las había arreglado para que cambiara tanto mi vida que no me diera cuenta ni siquiera durante un maldito y entero mes de que mi hermano había roto con su pareja? Me sentía estúpida, me hice pequeña. Solo quería meterme en la cama y dormir durante días.
—Verás. No quiero que te alarmes demasiado. Estoy bien, ¿vale? —Curvó las comisuras de sus labios con esa sonrisa de anuncio—. De hecho, estoy mejor que nunca. Empecé mi relación con Mariana cuando tan solo era un crío. Fuimos felices, sí. Pero cuando uno comienza una relación en una etapa en la que toda su vida está en un constante cambio, es muy difícil adaptarse a las necesidades del otro. Las obligaciones se vuelven cada vez más a diario y uno sabe hasta qué punto puede aguantar. La he querido mucho, pero a principios de este año empezó a cambiar. Comenzamos a discutir por cosas tan estúpidas que se convirtieron prácticamente en una rutina diaria. Pasado un mes tuvimos una discusión seria. O dejaba de echarme en cara todo lo que hacía mal, que era prácticamente todo, o terminaríamos odiándonos el uno al otro. Desde febrero cada uno ha seguido haciendo su vida, disminuimos el tiempo que pasábamos juntos y lo cierto es...que a mi dejó de importarme. —No pudo evitar expresar alivio con su suspiro—. No te voy a decir que ella tuviera la culpa, porque más bien fue de los dos. Hemos llegado a una situación en la que no nos entendemos, no somos las mismas personas que éramos hace tres años, ¿sabes? Y yo me muero de ganas por viajar, por conocer el mundo entero y no parar hasta que mi patata deje de funcionar o ya no tenga fuerzas. Quizá cambie de opinión en algunos años, pero ¿no es eso la vida? Al contrario que Mariana. Ella quiere quedarse aquí, ser profesora en el instituto y tener tres niños. ¿Te imaginas? Y te diré otra cosa: cuando dos personas no caminan juntas en la misma dirección, tienen dos opciones: seguir haciéndolo y ser unos miserables o separar sus caminos, por mucho amor que haya. Y así fue. No te voy a engañar, al principio ha sido duro, me había acostumbrado demasiado a ella..., pero lo cierto es que yo ya no soy esa persona. He crecido, personal y profesionalmente, y simplemente ya no queremos lo mismo. El mes pasado decidí terminar esta agonía, ya que ella no lo hacía y me seguía martirizando. Así que se acabó —sentenció, seguro de sí mismo, sabiendo que había tomado la decisión correcta. Y acto seguido me ofreció edamame.
Patidifusa me hallaba escuchando a Gonzalo. Hacía tiempo que no hablábamos. Pero nunca me había detenido a cerciorarme de lo maduro y formal que era cuando quería, el jodío.
—Entonces... ¿estás bien?
—Perfectamente. Solo quería que lo supieras. Ha sido un mes esclarecedor, no hay de qué preocuparse. ¡Estoy de maravilla! Y ahora que lo sabes, necesito que me aclares un par de cosas.
Maldije a Gonzalo y a su astucia superior a la mía. Me acababa de contar un dramón y mi corazón, hecho un ovillo y pequeñito, se había abierto a cualquier conversación.
—A ver, dispara.
—Siento decírtelo así, Olivia, pero estás hecha un asco. No te hablo del físico, que también. Has cambiado hace algún tiempo y me preocupa que Rodrigo tenga algo que ver. Aunque no le culpo, sino más bien te culpo a ti por permitirlo o permitírselo. Ni siquiera lo conozco. ¿Sabes?, lleváis casi un año juntos y nunca ha venido a casa. Viene a buscarte al portal, saluda con la mano y no se detiene a hablar con ningún miembro de tu familia, ¿no te parece raro? Por no hablar de tu catastrófico año en la universidad... ¿Creías que no lo sabía? —Lo dijo así, sin más, resumiendo mi vida de mierda en diez segundos, mientras se limpiaba la boca con una servilleta, como si supiera todo lo que había pasado.
—¿Cómo sabes...?
—Estoy cansado de decirte que lo sé todo, querida.
—No se lo digas a papá y a mamá, por favor.
—Por supuesto que no lo haré, se lo dirás tú misma. No tiene que ser hoy.
—¿Qué? No... —susurré, muerta de miedo.
—Háblame de Rodrigo; es más, dile que venga hoy a cenar a casa, ¿lo harás? —Sonrió.
—Bueno, yo... —balbuceé para ganar tiempo, intentando inventar una excusa para no hacer pasar por esa situación a Rodrigo.
—Ya está todo planeado. Mamá y papá saben que viene. ¡Van a preparar un festín! —dictaminó.
Cuando terminamos el brunch en aquel rincón coqueto de Madrid, miré el teléfono y Gonzalo el suyo. Esta curiosa costumbre que tenemos ahora los jóvenes: ¿tiempo muerto? Teléfono. Cualquier hueco entre una conversación, espacio vacío, tiempo sin utilizar... se convierte en el momento perfecto para sacar el teléfono y maravillarnos con las notificaciones. Yo me había vuelto una esclava de él. Pero ¿los demás? Eran libres, podían tomarse la libertad de dejar todo un día el teléfono olvidado. ¿Te imaginas? Todo un día...
Tenía dos mensajes de Rodrigo:
«¿Quieres que nos veamos mañana en Madrid?».
«¿Dónde estás?».
Contesté lo más rápido que mis dedos podían deslizarse por las teclas:
«Estoy con Gonzalo, te llamo cuando esté en casa».
Volvimos al parking subterráneo y pasados unos minutos me cercioré de que mi hermano no parecía dirigirse a casa, sino que condujo hasta un centro comercial de Madrid. ¿Qué hace? ¿Es que no ha visto cómo voy vestida? Podría verme alguien.
—Bueno, Alioli. Necesito algunas camisas para el trabajo y unas botas. Eres la única mujer del planeta que conozco que sabe, entiende y tiene estilo. ¿Me ayudarás?
¡Qué divertido! ¡Y peligroso! ¿Y si Rodrigo estaba allí? O peor, ¿y si alguien que conocía a Rodrigo estaba allí y le decía que me había visto con un vestidito ceñido y escotado? Decidí asumir ese riesgo. En Ticketmaster, las entradas disponibles para las películas que me montaba.
La verdad es que con Gonzalo me sentía protegida, así que me dio igual. Bajamos del coche y paseamos por uno de los monstruosos centros comerciales de Madrid. No era la primera vez que iba de compras con mi hermano. Siempre se me ha dado bien vestir a las mujeres y a los hombres. Con estos es una tarea mucho más fácil, pues no tienen ni un ápice de gusto por las prendas ni los tejidos. Por no hablar de los colores... No les importa mezclar un violeta con un amarillo intenso y cálido... ¡Arg!, solo de pensarlo me sangran las córneas.
Según entrábamos en una de las tiendas, mi cerebro se convertía en una especie de visión que proyectaba rayos X. Así, podía localizar las prendas que más me gustaban, los colores que estaban de moda y aquellos tejidos que fueran ideales para Gonzalo. Rescaté algunas prendas y unas botas: dos pantalones chinos color negro y azul marino, tres camisas. La primera era lisa de color azul cielo Oxford, otra Popelín estampada con delicados y elegantes lunares blancos y otra en tejido de twill de algodón de cuadros azules marinos y blancos y un polo de color negro. Elegí unas botas Chuckka Stormbucks en marrón. ¡Eran ideales!
Escogí todas las camisas de manga larga. Hablemos de las de manga corta, por favor. Las de manga corta de hombre son una de las cosas más espantosas y horripilantes que he visto en mi vida. Si hay una cosa que me horroriza es ver a un hombre con una camisa de manga corta. ¡Por favor! Ni los jóvenes ni los mayores ni los hipsters ni los hippies, ¡nadie! debería llevar camisas de manga corta. Es un error absoluto y un desacierto catastrófico en el mundo de la moda. Un joven como Gonzalo debía llevar siempre camisas de manga larga, sí, ¡incluso en verano! Si hacía calor, uno se remangaba, pero de una manera correcta, nada de churros ni arrugas. ¡Qué horror!
Gonzalo aceptó con una sonrisa todas las prendas que le arrojé en el probador, asintiendo con cada una. Pobre idiota, no entendía nada de la moda, podría haberle lanzado un polo amarillo limón a conjunto con un pantalón de lino rosa y hubiera estado tan contento. Qué suerte tenía el desgraciado de tenerme como hermana.
Le gustó cada una de las prendas que se había probado y, efectivamente, se lo llevó todo. ¡Debería dedicarme a esto y no a una carrera inútil en la que no consigo aprobar ni una asignatura!
Hechizada y embriagada en el mundo de las telas, los tejidos, los colores y, en definitiva, el estilo... olvidé por completo que tenía una relación y un novio celoso y desesperado con una ridícula obsesión con que estuviera constantemente enganchada a mi teléfono. Mientras Gonzalo pagaba en la caja, aproveché para sacar el teléfono de mi capazo y, ¡hala!, tenía nada más y nada menos que cinco mensajes de Rodrigo. Ni siquiera los leí, le llamé directamente.
—¿Olivia?
—¿Me puedes decir qué narices te pasa? Te he dicho que estoy con mi hermano, Rodrigo. ¿Cuál es tu urgencia esta vez? —contesté, por primera vez en la relación, con decisión.
—Pero ¿qué dices?
—Tengo cinco mensajes en el teléfono, no ha pasado ni una hora desde el último. ¿De qué tienes miedo?
—No tengo miedo de nada, solo quiero saber cómo estás...
—Ya estamos con lo mismo de siempre. Quiero saber cómo estás, quiero saber dónde estás, quiero saber con quién estás... ¡Estoy harta!
—¿Podemos hablar de esto después? —susurró, sabiendo que Gonzalo merodeaba cerca.
—Esta noche mis padres y mi hermano te invitan a cenar en casa.
—Ah..., pero ya teníamos planes, Olivia.
—¿Qué planes? A ver, ¡¿qué planes?! ¡Ah! Como aquella vez que no quisiste ir a la casa de la sierra con mi hermano y su novia porque teníamos planes... ¿Me recuerdas cuál fue exactamente el plan?
Silencio.
—Te espero en mi casa a las ocho de la tarde. Ven o no vengas... Haz lo que quieras.
Y colgué el teléfono. Por primera vez en mi relación había sacado ese carácter oculto, prácticamente inexistente, y de repente apareció, como un glorioso ave fénix que renace de sus cenizas. Me sentía orgullosa, decidida y satisfecha con lo que acababa de hacer. Sin embargo, un rato después me arrepentí...
Salimos del centro comercial con un helado en la mano cada uno: el de Gonzalo era de chocolate y avellanas y el mío, de pistacho con trocitos de más pistacho crujiente. ¡Qué delicia! Gonzalo condujo hasta casa dando pequeños saltitos de alegría y bailando en su asiento, satisfecho con sus nuevas adquisiciones.
—¡Voy a ser el terror de las nenas! —exclamó mientras conducía y luego exageró una risa malvada. Yo miraba a otro lado, muerta de la vergüenza ajena que me producía.
Llegamos a casa. Mamá había preparado un potente y espeso guiso de lentejas estofadas con verduras. El aroma de la olla se esparcía por prácticamente toda la casa. Como era verano y, además, fin de semana, decidió preparar la mesa en la terraza.
Disfrutamos de la comida en nuestro precioso ático, nada podría salir mal. Riendo, brindando, haciendo el canelo —eso Gonzalo, claro— y en familia, como antes hacíamos. Como ya nunca hacíamos desde que me aparté de mi familia por esta relación tóxica que estaba empezando a ver cada día con más claridad.
Eran las seis de la tarde y yo seguía con mi precioso vestido de lino puesto, ¡me quedaba tan bien!, cuando recibí un mensaje de Rodrigo.
«Estoy en tu portal, ¿puedes bajar?».
«Oh, mérde», pensé. Rápido y con el pelo todo alborotado, cogí un fino jersey de punto de color beige y me lo puse encima. Vaya, no me quedaba tan mal...
«Sí, ¡bajo!».
Ese día había nadado casi dos mil metros, me había «reconciliado» con Gonzalo y sentía que ya era hora de volver a ser yo. De volver a ser la persona que era antes de Rodrigo. ¿Habría un después de Rodrigo?, me preguntaba. Me pasaba lo siguiente: cuando estábamos juntos tenía la extraña sensación de que debía obedecer en todo, hacer caso y evitar cualquier tipo de situación que pudiera causar un giro de los acontecimientos y volverse violenta. Incluso cuando estaba de buen humor, tenía sentimientos por él, aunque no podía decir que era amor, ni siquiera cariño... Creo que era costumbre. Sin embargo, cuando estaba lejos de él —ya fueran unos minutos o unos días—, mi mente se liberaba tanto que podía proyectar mi vida de otra manera. Trazaba en mi cabeza los bocetos de todos los caminos posibles que llevaban a la salida. ¿Cómo podía estar sintiendo eso? ¡Era contradictorio!
Bajé las escaleras hasta el portal y allí estaba Rodrigo. Llevaba un chándal... ¡Un chándal! Qué ropa tan indecente para llevar un sábado en Madrid, hijo del mal.
—Vaya atuendo has elegido para conocer a tus suegros, ¿no crees? —pregunté, mofándome del atavío.
—Olivia, ven, por favor.
—¿Qué quieres?
Rodrigo me sacó del portal tirando de mi brazo, me exigió que fuéramos hasta su coche y me dijo que teníamos que hablar. Asentí y nos dirigimos hacia allí, caminando unas dos manzanas en silencio.
—Pero ¿tú te has vuelto loca?
—¿Por qué dices eso? —Me giré hacia él, entornando los ojos.
—No creo que hoy sea un buen día para conocer a tus padres, Olivia. De verdad que no. Además, ¿acaso te has escuchado al teléfono? ¿Qué te he hecho?
Darmowy fragment się skończył.