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ESTATUAS DE SAL

MARGARITA HANS PALMERO
ESTATUAS DE SAL
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2017
ESTATUAS DE SAL
© Margarita Hans Palmero
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2017.
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ISBN: 978-84-16848-78-2
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
MARGARITA HANS PALMERO
ESTATUAS DE SAL
La línea entre lo posible y lo imposible es tan delgada,
que a veces, ni siquiera existe.
Dicen que es de bien nacido el ser agradecido… y yo, siempre intento dar las gracias a todos aquellos que están ahí, de una forma u otra.
Si comienzo a poner nombres en estos agradecimientos, podría escribir otro libro, así que por favor, familiares y amigos míos, permitidme que sea algo más genérica.
Solo puedo decir, que sin mi hija y mi hijo no habría podido realizar este sueño, pues ellos me han animado, me han puesto alas y me han hecho creer en lo imposible. Publicar un libro no es tarea fácil, entre otras cosas, porque hay que superar el miedo a las críticas y a los obstáculos. Pero la vida es eso, una carrera de obstáculos en cierta forma, obstáculos que hay que aprender a saltar. Así que aquí están estas Estatuas de sal.
Es mi primer libro oficial. Ya antes escribí Mundo de cristal, donde narraba la vida de mi hermano Juan. Un libro biográfico y lleno de sentimiento y amor hacia él. Pero Mundo de cristal narraba vivencias que la vida me ha regalado de manos de mi Juanito, pero esto… esto es otra cosa bien distinta, pura ficción que me atrevo a mostrar.
No puedo dejar atrás en estos agradecimientos a mis padres, hermanos, y a toda mi familia, y todo su apoyo, que ha sido inmenso y me ha ayudado a continuar en momentos bajos.
No quiero olvidarme de los seguidores de mi blog. Amigos de Pergamino de sueños escritos… gracias por vuestro aliento.
El Club literario el Tintero llegó a mi vida de una forma tan profunda que me ha servido de lanzadera e impulso.
Mis amigos, mis compañeros, esas personas maravillosas a las que les pasé el borrador primero, y el segundo y hasta el tercero para que sufrieran en silencio o a voces los cambios…
El maravilloso equipo de ExLibric que ha confiado en mí lo suficiente como para arriesgarse a esta aventura. Gracias por vuestro apoyo y vuestro trabajo, y gracias Inmaculada Pavía por tu paciencia con tanto correo electrónico y llamada telefónica.
El taller de escritura de Casa Tomada, que me enseñó que la escritura no es una obligación, sino una devoción, un deseo, un anhelo cumplido, unas alas para la imaginación que quieres dejar desbordar.
José Antonio Contreras Rosado… cuántas y cuántas horas dedicaste a revisar este libro con todo lo que en aquellos momentos tenías ante ti…
Podría seguir líneas y líneas de agradecimiento, porque el Universo ha sido muy generoso conmigo y me ha regalado a muchas personas estupendas en mi vida… pero mi último agradecimiento va para una persona que ya no está aquí.
Para ti IVÁN. Con todos mis respetos, no podía dejar de nombrarte, porque tu cuerpo se fue, pero tu alma sigue aquí y cada vez que sentía que iba a flaquear a la hora de lanzar este proyecto a la realidad, pensaba en ti y en que no tenía derecho a quedarme parada… cuando a ti te pararon de golpe.
Mi agradecimiento más profundo a todos los lectores de este libro por darme una oportunidad, y mis disculpas por no haber puesto nombres y apellidos de todos, necesitaría haber hecho una trilogía para ello.
Espero que disfruten el libro. Y si no es así… me ayuden a mejorar el siguiente… porque AMO ESCRIBIR.
Dedicado con todo el amor que una madre puede albergar en su corazón, a mis hijos, Encarni y Francisco.
Gracias por vuestro amor y vuestro apoyo. Sin vosotros, no estaría viviendo este momento. Por ello os voy a dar un consejo...
“Que nadie corte vuestras alas”
Y os recuerdo esa afirmación que tanto me gusta...
Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor,
la electricidad y la energía atómica: la voluntad.
-Albert Einstein
Cuenta la leyenda, que hace ya mucho tiempo, una sirena hermosa de ojos verdes, quedó prendada de un joven marinero de ojos azul mar.
Y esa misma leyenda cuenta, como tras vivir una historia de amor intensa, la sirena quedó embarazada, siendo transformada en mujer hasta dar a luz a su bebé.
Sin embargo, la joven tuvo que regresar al mar, y enfadada, estableció que cada generación resultante, habría de entregar como tributo, a un joven de ojos azules, símbolo inequívoco de su procedencia, hijo del mar.
Cuenta la leyenda, que con el transcurso de los años, el verde sirena y el azul mar se entrelazaron, formando una combinación hermosa, y siendo poseedor el afortunado, de los llamados “Ojos de sirena”.
Prólogo
7 de febrero de 2006
Un ligero mareo la hizo apoyarse sobre el brocal de la fuente. Respiró profundamente varias veces hasta volver a sentir que su visión se aclaraba. Una nueva punzada le hizo sentir miedo. Tobías no debía verla en ese estado, y daba gracias de que su pequeña Anabel ya hubiese salido para el colegio.
Observó sus maravillosos rosales y sintió un anhelo en el pecho. No volvería a verlos de igual forma tras lo ocurrido.
—Cariño, ¿te encuentras bien? —escuchó la voz de Tobías, su marido, que se acercaba a ella.
—Sí, claro que sí.
—Te veo un poco pálida —le insistió preocupado.
—Me encuentro bien amor. Venga, no te entretengas que Julio te está esperando.
—Ay, ese coche nos está dando el día. Yo creo que con cambiar la pieza que él dice no es bastante, pero tú sabes lo cabezón que se pone —le dijo él sonriente.
Tobías la miraba embelesado, como hacía desde aquel primer día en que el destino los unió. Le acarició su larga melena y la besó con suavidad. Los labios de ella seguían siendo igual de dulces que el primer día que los probó. Un néctar imposible de olvidar, una miel adictiva para él.
—Cada día estás más hermosa —terminó susurrándole.
—Y tú más socarrón —le contestó ella entre risas—. Venga, no hagas esperar más a Julio, sabes que se impacientará si lo haces, se pondrá de mal humor y lo pagará con la buenaza de Lola, que a su vez, lo pagará conmigo.
—Me cuesta trabajo separarme de ti.
Ella le miró con la profundidad de sus ojos verdes y le acarició con suavidad la incipiente barba que empezaba a poblar su rostro. Los ojos azules de Tobías eran un remanso de paz donde sumergirse. Pero hoy, ella debía hacer algo importante, muy importante, y él no debía saberlo hasta su vuelta, o no se lo permitiría.
De nuevo las náuseas volvieron. Contuvo la arcada e intentó que su marido no se percatase de su malestar. Respiró hondo y acarició las hebras plateadas que tan bien le sentaban. Cuando volvió a respirar con normalidad, tomó su rostro y le besó, con ganas, con desesperación incluso, con esa pasión que ambos sentían y que a ella le alumbraba cada momento. Tenía que irse pronto, o el valor huiría de ella.
—Si sigues así, igual digo a Julio que arreglamos el coche otro día… —le dijo él con voz insinuante y arrancando de ella, como siempre, una sonrisa.
—No. Tengo cosas que hacer. Quiero ir a comprar los nuevos esmaltes para Anabel. Ya sabes la ilusión que tiene. Hace una semana de su cumpleaños y ya sabes que se quedó esperándolos. Cuando regrese hoy del colegio se encontrará la sorpresa.
—Está bien Ana. ¿Te he dicho hoy que te amo?
—Solo cuatro veces. Pero me gusta. Yo también te amo, pero ahora… ¡Me tengo que ir! —le dijo riendo.
Algo reticente, al fin, Tobías se marchó a ayudar a Julio con su coche, y ella entró en la casita azul, como le gustaba llamarla. Tomó las llaves de su propio coche. El timbre la sobresaltó y durante un instante su corazón se aceleró. Pero al abrir la puerta, era su hermano quién le sonreía.
—Buenos días hermanita. ¿Lista para nuestra partida?
—Lista —le contestó aliviada.
—¿Te encuentras bien? Te veo pálida…
—Sí, sí. Estoy bien, solo tengo algo revuelto el estómago. El pollo de anoche tenía demasiadas especias —le contestó en un intento de convencerlo.
Su hermano la miró algo desconfiado, pero ella le dedicó una de sus enormes sonrisas, y al fin, ambos salieron a hurtadillas, como cuando eran niños. Él con la intención de comprar un regalo a Francesca, su esposa. El aniversario se acercaba y quería sorprenderla con algo especial. Ella… tenía una misión. Sus sospechas habían ido aumentando cada vez más y había tomado una decisión. Era hora de acudir a la policía. No podía posponerlo más. Sabía que tal vez la observaba, que quizás estuviese planeando algo de nuevo. Si Tobías descubría…
Modificar el cuadro del rellano había sido toda una odisea, pero era necesario. Intuía que la situación se había vuelto peligrosa y no había tiempo que perder. Se sentía nerviosa, cada vez más, asustada, aterrorizada incluso.
Debía sincerarse con José, pero no antes de hacerlo con Tobías. Casi había cerrado la puerta, cuando recordó algo…
—Solo un momento hermano. Ya vuelvo.
—No te entretengas o nos descubrirán.
Entró de nuevo y comprobó que el lienzo seguía allí. Oculto entre tantos otros. Observó la pintura. Cuánta ilusión había puesto en ella, y ahora… la veía maldita. La angustia la hizo tragar saliva con lentitud. ¿Cómo había podido pasar aquello? Volvió a alinearlo con los demás a fin de que pasara desapercibido. Cuando regresase después, ya vería qué hacer con él.
Tomó las llaves, se miró al espejo que había en la entradita. Era cierto que estaba pálida.
Diez minutos más tarde, ambos hermanos conversaban animadamente en el coche. Ella conducía. José no dejaba de pedirle consejo para el regalo de Francesca, pero Ana solo podía pensar en qué decir con exactitud cuando llegase a Comisaría. Le preocupaba mucho la reacción de Tobías cuando se enterase de todo, ojalá pudiese ahorrarle ese mal trago, pero por el bien de ambos era necesario que todo se supiese.
Sin embargo, nada de eso llegó a ocurrir.
Un bocado en el estómago fue el primer síntoma, seguido con una rapidez de vértigo por un mareo intenso, un mareo tan fuerte que no le permitió reaccionar, ni detener el vehículo, ni esquivar aquel árbol.
“Anabel“
Toda su mente estaba llena de su pequeña. Anabel…
El golpe fue fuerte. José yacía de medio lado con una brecha sanguinolenta apoderándose de su rostro pálido. Le pareció sentir la mano de su hermano sobre la suya, pero sus sentidos no respondían. No sentía dolor, solo angustia y terror por lo que ya sabía que iba a pasar a continuación.
La visión empezó a ser borrosa y el dolor aumentó… Solo quedó tiempo para un último pensamiento…
“Anabel“
Capítulo 1
16 de noviembre de 2016
El tren avanza a gran velocidad, cómodo y silencioso, ajeno a las vidas y sentimientos de sus ocupantes. En este momento, voy reclinada sobre mi asiento y ladeo ligeramente la cabeza para mirar por la ventanilla. La primera vez que hice este trayecto hace ya veintidós meses, me divirtió el cambio del paisaje conforme me alejaba de mi querida Andalucía y me adentraba en la meseta española.
En el transcurso de los casi dos años que he estado viviendo en Madrid, mi vida ha sido tranquila, apacible y productiva, todo a la vez. Jamás pensé, cuando hace unos días planeé mi regreso a casa, que lo haría en estas horribles circunstancias.
Me coloco los auriculares y conecto la música, intentando alejarme de una realidad de la que no puedo escapar. Las notas no tapan el dolor ni tampoco pueden cambiar lo ocurrido. Mi padre ha muerto. Así, sin más, de un infarto traicionero y egoísta que se lo ha llevado sin preguntarme a mí primero.
Tenía setenta y cuatro años, y se llamaba Tobías. Era un buen hombre, y no porque fuese mi padre, sino porque lo único que había hecho en su vida era trabajar y ayudar a los demás. Cariñoso, con cálidos ojos azules que siempre sonreían cuando me miraban, pero que se volvían tristes cuando pensaba que yo no le veía. Creo que jamás llegó a superar la muerte de mi madre. Siempre fue un padre entrañable, con mucho sentido del humor y amigo de sus amigos, pero sobre todo, un hombre que se hizo a sí mismo, y que continuaba viviendo tras la muerte de mi madre, más por mí que por él.
Ella también me fue arrebatada de pronto. A pesar de que hace ya casi once años que la perdí, su recuerdo sigue vivo. Recuerdo con intensidad su sonrisa, sus bromas, su belleza. Recuerdo como me dejaba cepillar su larga cabellera negra, y la intensidad magnética de sus ojos. Sí… aquellos ojos que tomaban la tonalidad de la aceituna verde madura. Vivaz, enérgica, entusiasta, y artista. Tomaba en sus manos un lienzo y desplegaba todo su ingenio. Y yo la necesitaba, pero un accidente de coche me la arrebató con tan solo treinta y siete años de edad.
Ambos tenían una bella historia. Una historia de amor que solían relatarme en forma de cuento y que yo no me cansaba de escuchar. Para mí, era una historia como la de los libros, pero sabía que los protagonistas eran mis padres y eso la hacía muchísimo mejor. Hasta la explicación de mi nombre me parecía hermosa. Ana, como mi madre, Isabel como mi abuela paterna. Ana Isabel era un nombre bonito, pero largo, y mi padre tuvo la feliz idea de abreviarlo en Anabel. De esta forma, decía él, yo era la esencia de lo mejor de ambas, y a la vez, un ser diferente.
—Señorita, ¿desea tomar algo?
La azafata del tren acaba de romper mi ensoñación y aquellos recuerdos que me ayudan en cierta forma a abstraerme de este momento duro. No. No deseo tomar nada y niego con la cabeza intentando emitir una sonrisa que no llega a mis labios.
Mi madre era pintora y mi padre constructor. Él era empresario, un importante constructor. En sus comienzos fue albañil, pero siempre tuvo muy buen ojo para los negocios y las cosas le fueron bien. Fue invirtiendo sus ahorros en el mundo inmobiliario, y poco a poco, comenzó a amasar una pequeña fortuna, lo que posibilitó que fundara su propia empresa, haciéndose un hombre importante en el pueblo y un nombre en el mundo empresarial. Era un conquistador tenaz, que se resistía por desgana a consolidar una relación seria, hasta que encontró a mi madre en su camino. Una aparición que le cambió la vida.
Por su parte, mi madre vivía con su hermano, mi tío José, su esposa Francesca, y la familia de esta, en un apartado caserío campestre de Andalucía. Aislada del mundo. Tal vez fue el destino el que jugó con ellos, haciendo que el amor llegara a su puerta, pues cosa del destino pareció el que sus vidas se cruzasen de forma tan inusual.
Todo ocurrió de la forma más simple, sin más, como si una mano invisible los hubiese rescatado de sus solitarias vidas y los hubiese unido, envolviendo sus manos en un lazo invisible, quién sabe, si un hilo rojo poderoso.
Soltero a los cincuenta y un años, mi padre se sentía cansado del tipo de vida que llevaba y empezó a pensar en la posibilidad de un nuevo comienzo. Decidió buscar algo apartado, algo especial, donde poder descansar. Fue así como empezó a buscar en los alrededores de Sevilla, donde él residía en su pequeño piso de soltero, topándose casi de casualidad con una edificación espléndida, un antiguo cortijo agrícola rodeado de arboleda, con fácil acceso sin embargo, y un enorme cartel verde y naranja de “SE VENDE”, apostado junto a la puerta de entrada a ese camino.
Estaba muy bien situado sobre una pequeña loma y por algún motivo le atrajo de inmediato. Que fuese antiguo no importaba en absoluto, pues quién mejor que él para reformarlo a su antojo. Enfiló el sendero hacia arriba y conforme más se acercaba, más cautivado se sentía por aquel hermoso lugar. Hasta que llegó a la misma puerta de entrada y ahí, detuvo de inmediato su coche y se bajó del mismo, maravillado, prendado, pero no de la casa.
Fuera, en el exterior de la misma, regando las flores y jugando con un pequeño, se encontraba la joven más hermosa que él jamás vio, mi madre. Se percató de que ella era mucho más joven que él. Es más, luego descubrió que solo tenía veinticuatro años. Pero él sintió que esa mujer era diferente. Podía haberse fijado en sus formas esbeltas, o quizás, en su larga cabellera morena que se mecía con el vaivén de sus caderas al mover la regadera. Pero lo que lo sedujo por completo fueron sus ojos. Dicen que los ojos son el espejo del alma, y aquellos hipnóticos ojos verde oliva, le quitaron el aliento.
Ella le observó un instante, sintiendo que ese desconocido, no lo era en realidad. Que tal vez coincidieron en otra vida, o se cruzaron en alguna ocasión sin detenerse el uno en el otro. Pero que estaba allí porque era donde debía estar. Desde su inocencia, y sin saber muy bien por qué, le regaló una inmensa y sincera sonrisa que hizo que todo él, incluidos sus latidos, dejaran de pertenecerle, para pasar a ser parte de ella, Aquel día intercambiaron sus corazones para siempre.
De nada sirvió que mi tío José insistiese en la diferencia de edad, o que Francesca, su esposa, hiciera lo imposible por intentar que la relación no funcionase. Ellos sintieron un amor puro y auténtico por el que decidieron luchar sin más.
Mi padre terminó comprando la casa. Pero cuando además mi madre le explicó las circunstancias que habían llevado a la familia, a poner en venta la finca, él decidió que el lugar era lo suficientemente grande como para poder vivir todos en ella. Eso sí, para poder tener intimidad, prepararon su particular nido de amor, reformando para ellos una pequeña parte aledaña, situada junto a una gran extensión de tierra repleta de matojos y abandonada a su suerte. Planearon sembrar un jardín sobre esos matojos y que aquella casita dentro del caserío fuese su propio espacio independiente dentro de la gran superficie. Mi madre la llamaba la casita azul, porque la pintó por entero de ese color, color de los ojos de mi padre.
El día que se casaron fue realmente precioso y según sus palabras, mágico. Unos meses después llegué yo al mundo para completar a la familia. Un bebé llorica, de ojos azulados como mi padre y pelo negro como mi madre.
***
Ha pasado mucho tiempo de todo aquello… pero yo sigo recordando la historia como el primer día que me la contaron. Ahora, tengo veintitrés años y soy la viva imagen de ella. He heredado su sonrisa, mi pelo también es largo, pero en mi caso, rizado, como el de mi padre. Dicen que heredé su elegancia, pero yo lo pongo en duda. Y si bien les doy la razón a mis padres con respecto a que Ana Isabel es un nombre bonito, al igual que ellos, yo también prefiero Anabel.
También heredé el amor de mi madre por la pintura. Aún recuerdo nítidamente la ilusión de aquel día en que mi madre me trajo un gran paquete envuelto en papel de rayas en tonos rosa y azul. Al abrirlo comprobé extasiada que contenía un caballete y un maletín de pintura. Tenía cinco años. En ese momento, un nuevo mundo se abría ante mí, y decidí explorarlo en profundidad, vivirlo intensamente. Nos gustaba pintar juntas, nos encantaba. Hasta que el cruel destino nos lo arrebató, junto a todo lo demás, aquel fatídico 7 de febrero de 2006…
Nunca lo olvidaré. Tan solo ocho días después de mi doceavo cumpleaños. Aún me causa dolor recordar todo aquello. Siento angustia y una opresión me atenaza la garganta.
Mi madre salió la mañana de ese día de casa y ya no regresó jamás. Perdió el control del coche que conducía y se estrelló contra un árbol muriendo en el acto, dejando muy malherido a su hermano José que la acompañaba y que fallecía pocos días después del accidente. Qué curioso el destino. Cómo saber que, efectivamente, ambos hermanos se iban a cuidar en vida y a morir juntos.
Mi padre, mi tía… estaban desolados. Mi primo Pascual, aquel niñito de ocho años que la acompañaba cuando mi padre y ella se conocieron, y yo, incrédulos. La tragedia arrasó aquel día. Mi querido padre jamás lo superó. Cayó en una depresión tan profunda que temí perderle a él también. Por suerte, fue capaz de continuar viviendo por mí, pero no volvió a ser el mismo. Abandonamos el hogar familiar porque los recuerdos eran dolorosamente insoportables.
Dejé de pintar por falta de motivación. Había perdido a una de las personas más importantes de mi vida. El dolor me impedía hacer nada propio. Al crecer, encontré algo de consuelo en el mundo de la restauración, pues me parecía imposible pintar sin ella a mi lado. Me mantuve ocupada, los estudios y el trabajo me ayudaron a sobrellevar los días y eludir al pensamiento.
Siempre permanecí al lado de mi padre. No quise dejarlo solo. Después de lo sucedido, ambos nos mudamos a aquel pequeño apartamento de soltero que él tenía en Sevilla. Y allí vivimos juntos hasta hace dos años. En esa fecha me propusieron trabajar como restauradora en una importante galería de arte que podía abrirme innumerables puertas. Para ello, tenía que desplazarme a Madrid. En principio me negué, pero mi padre me convenció. Insistió en que debía perseguir mi sueño, continuar, abrirme mi propio camino. Me hizo prometer que a mi regreso volvería a pintar.
De pronto escucho el grito de un niño en algún lugar del vagón y vuelvo de forma brusca al momento. Basta ya de recuerdos. He de continuar viviendo el presente, si bien el vaivén del tren hace que sienta ganas de dejarme llevar de nuevo. Hago un esfuerzo por alejar la melancolía que me envuelve y observó al niño que antes ha gritado. Es gracioso, con la cara llena de pecas y el pelo peinado como si fuese un rastrillo. Se le ha caído un diente y llora, mientras su madre intenta consolarle en vano.
A mi lado se sienta un señor mayor que me mira de forma fija, hasta que al fin, se decide a tocar mi hombro y me quito los auriculares.
—Disculpe joven. No quería molestarla, la veo sumida en sus propios pensamientos… pero es que no he podido evitar fijarme en el gran parecido que tiene usted con la joven que desapareció a principios de año. Por un momento pensé que tal vez…
No termina la frase. Ni hace falta. Ya me había pasado otra vez, unos meses antes. El parecido entre aquella muchacha y yo es realmente asombroso. Intento sonreírle.
—Ya me lo han comentado antes. Nos parecemos un poco, o quizás no tanto, solo en el color de los ojos y del pelo. Poco más —le contesto con amabilidad.
—Qué va jovencita. ¡Son como dos gotas de agua! ¿Qué la trae a estas tierras? Tiene acento de por aquí.
—Sí. Soy de Sevilla. Es solo que he estado fuera.
—¡Ah joven! Se la ve triste, ¡pero regresa a casa! ¡Debería estar muy feliz!
No siento deseo alguno de explicar a este señor lo que me pasa. Ni el motivo de mi regreso. O volveré a llorar de nuevo.
—Sí. Es que voy estudiando, por eso llevo los auriculares…
—¡Ya decía yo! ¡Pues no la molesto más, siga, siga! Yo me bajo en la siguiente, en Córdoba. Un placer señorita.
—Igualmente.
Vuelvo a colocarme los auriculares. Mi amiga Irene me ha acostumbrado a escuchar las noticias a diario. No estoy yo hoy para escuchar muchas penalidades, pero lo cierto, es que la costumbre es una fuerte ley.
Como una invocación, vuelven a hablar de la muchacha desaparecida. Aún no hay novedades. Alguien dio una pista que ha resultado ser falsa, y de nuevo, hablan durante días de ella, para después, relegarla al olvido dormido. Todo el país está en vilo con el denominado “Caso de los ojos de sirena”. Y ella no es la única. Son ya varias las chicas que parecen haber volado de la faz de la tierra, todas hasta ahora de distintos lugares del país, sin más conexión que su gran parecido físico. Jóvenes de piel blanca, negros cabellos y sobre todo… el color de sus ojos. Verde, o azul. Colores del océano y de los hijos del mar, el color de las sirenas que atraían a los navegantes en las leyendas. Quizás hayan sido engullidas por ese mismo mar, que ahora, en lugar de hijos, se lleva hijas…
El reflejo de la ventanilla me devuelve esa misma imagen de piel pálida recortada por negros bucles a través de mis ojos azules. De reojo observo como el anciano de mi lado se levanta y se prepara para salir. El tren ya está en Córdoba. Se despide de mí lanzándome un beso al aire y yo le sonrío. Me quito los auriculares para decirle adiós, y apoyo la cabeza.
No quiero vivir esta pesadilla, pero cerrarme al mundo no va a borrar lo ocurrido. Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, me fijo en el exterior. No es igual “ver”, que “mirar”. Y ahora… veo. Esos abrazos en el andén, esos reencuentros. El pequeño que antes lloraba ahora sonríe apoyando la cabeza sobre el regazo de su madre, mientras ella le susurra algo del ratoncito Pérez. Y yo trago saliva. A mí no me espera nadie…
Unos minutos después continuamos la travesía. Ya falta muy poco, unos quince minutos. El paisaje es hermoso, conocido, familiar. Estoy llegando a casa. A Andalucía. A su calor, alegría, a mis raíces, a bellos recuerdos de antaño.
Madrid me ha acogido estos dos años y me he sentido muy bien allí. He estado realizando un trabajo que me ha llenado, soy de esas personas afortunadas que disfrutan con su trabajo y, además, he tenido la dicha de contar con una compañera de piso que ha resultado ser como una hermana. Mi querida Irene. Pero aun así, echaba de menos Sevilla. Mucho tiempo fuera, demasiado sin ver a mi padre. Aunque hablaba con él a diario, no podía tocarle, acariciarle, besarle.
—Anabel querida, como no vengas pronto, aunque sea un fin de semana, ¡tendré que ir a por ti! En serio, te echo mucho de menos hija.
—Venga papá, sabes que estoy deseando ir, pero tengo mucho trabajo. Casi he terminado de restaurar el cuadro del que te hablé. ¡Iré por Navidad! —le confirmé entusiasmada.
—¡Navidad! ¡No puedo esperar tanto! Envejezco a chorros.
—Ya será para menos papá. ¿Tomas la medicación?
—Pues claro, nena. De lo contrario ya estaría criando malvas.
—¿Tienes que ser tan… expresivo?
—¡Vamos pequeña! ¡Este cuerpo está lleno de achaques!
—¿Y qué? —dije extrañada—. Podrías ganar un pulso si quisieras a cualquier joven.
—Te echo de menos mi niña —me dijo bajando el tono de voz.
—Yo a ti también, papá. —Suspiré, y se hizo un silencio en la línea telefónica—. Pero sabes que esto es muy importante para mí. Si consigo hacer bien este trabajo me destinarán a la sucursal de Sevilla. ¡Estaremos juntos otra vez! —Intenté transmitirle mi ilusión.
—Lo sé hija. Lo sé —enfatizó—. No te preocupes. Solo faltan unas semanas para Navidad.
Casi podía palpar su desilusión. ¡Me sentí fatal! ¡Quería contarle la verdad! Pero me contuve, la sorpresa merecía la pena. Me habían ofrecido mi deseado traslado a Sevilla. ¡Me moría de ganas por contárselo! Pero no por teléfono.
—¿Qué sabes del primo Pascual y los demás? ¿Están bien? —le pregunté para intentar que por fin cambiase de tema.
—Sí. Insisten en que me mude con ellos, para que no esté solo. Pero no me apetece nada. Andrés y María me hacen compañía de forma continua. A veces, tengo que exigir que me dejen intimidad. ¡Vaya par de carcamales! —Por su tono de voz, estaba claro que sonreía.
—Bueno papá. Esa casa tiene muchos recuerdos para ti. Al menos no está cerrada, aunque a mí me encantaría que cuando yo vuelva nos vayamos los dos juntos a ella. Tal vez sea hora de comenzar de nuevo. ¿Qué te parece?
Notaba el silencio al otro lado del teléfono y decidí no insistir.
—Te quiero papá. Lo sabes, ¿verdad?
—Claro hija. Yo también te quiero. Sueño con el momento de tu regreso, y te advierto que quiero ver que te dedicas a lo que de verdad te gusta ¡pintar tus propios cuadros! No puedo prometerte regresar a la casa, me provoca mucho dolor estar allí sin ella. Lo siento, hija. Pero sí me gustaría que tú lo vieses como un plan de futuro. Puedes hacer algo bueno allí. Piénsalo.
—Lo haré papá. Lo haré. Mañana hablamos de nuevo. Te quiero.
—Hasta mañana Anabel. Yo también te quiero pequeña.
Sin embargo, al día siguiente no contestó al teléfono. Recuerdo con pesar cómo llamé a casa de mis tíos y estos no tenían noticias de él. Preocupada, me puse en contacto con Andrés, amigo y abogado de mi padre desde hacía años y tampoco me contestaba. Se apoderó de mí una angustia enorme. Media hora después, Andrés me llamaba. Mi padre había sufrido un infarto. No se había enterado de nada, según los médicos que le atendieron.
Mi corazón explotó en mi pecho, como el suyo. Pero el mío tiene el mal gusto de seguir latiendo. Si hubiese podido estar con él, al menos no habría muerto solo.
Vuelvo a cerrar los ojos. Me siento desolada y por segunda vez en mi vida, realmente asustada.
Capítulo 2
Cuando el tren detiene su paso, todos se levantan ansiosos, acelerados, mientras yo parezco moverme como una especie de robot oxidado. Bajo del tren cogiendo mi única maleta, que pesa como si dentro llevase toda mi vida, y empiezo a caminar sintiendo que no soy yo, que todo esto no está ocurriendo de verdad. Dos figuras me saludan desde el andén. Mi primo Pascual es uno de ellos, que agita su mano hasta que se da cuenta que lo he visto. A su lado, Andrés, el amigo de mi padre, que parece haber bajado dos tallas de estatura de repente.
De forma lenta, como si no pudiese con el peso de mi cuerpo, mi maleta y yo, comenzamos el ascenso por las escaleras mecánicas que nos llevan a la plataforma superior, donde ambos me esperan. Al tenerles ante mí no puedo evitar volver a llorar.
Varias personas se detienen a contemplar la escena. Andrés parece muy cansado. Desde que tengo memoria siempre ha sido amigo de mi padre, además de su abogado. Un amigo verdadero que lo ha acompañado en lo bueno y en lo malo. Gracias a él, mi padre comprendió que tenía que continuar cuando mi madre se marchó. Él es para mí como un tío y, emocionada, lo abrazo y me dejo abrazar. Busco algo de consuelo en esta muestra de apoyo sincero.
—Anabel, cariño. Siento tanto lo de tu padre que ni siquiera sé qué decirte.
—No tienes que decir nada, querido Andrés. Sé que compartes mi dolor. —le respondo con sinceridad—. Eres de la familia. Y hablando de la familia… —Continúo dirigiendo ahora mi mirada hacia Pascual.
Tras el abrazo de Andrés me acerco a mi primo Pascual que se mantiene serio y rígido a su lado. Visiblemente emocionado, me abre sus brazos y me cobija en ellos, acariciando mi pelo en un hermoso gesto de consuelo.
—Con las ganas que tenía de verte y ha tenido que ser así. —Noto como le cuesta trabajo hablar—. Mi más sincero pésame. Yo quería mucho al tío Tobías y me sentía muy unido a él, al igual que me siento muy unido a ti.
—Gracias Pascual. Muchas gracias por venir. ¿Qué tal todos? —Intento parecer algo más animada.
—Ya sabes, como siempre. Ahora los verás. ¿Estás preparada?
Una triste sonrisa aflora sin mala intención en mi rostro, mientras asiento sin más.
Pascual me coge la maleta y los tres nos dirigimos al coche que tienen estacionado en las afueras de la estación. Al salir, un sol agradable me calienta la cara, pero yo me siento helada por dentro. La estación de Santa Justa no está demasiado lejos del tanatorio y, a pesar del tráfico a esas horas, llegamos en poco tiempo.
Reconozco que estoy bastante nerviosa, y desde luego, no estoy preparada para lo que veo al entrar en esa fría estancia.
—Anabel, respira —me dice Andrés preocupado.
Ni siquiera me fijo en las personas que hay en la habitación. Solo sé que intento soltar mi mano de la de mi primo Pascual, pero él no me deja y cruza conmigo la habitación hasta la enorme urna de cristal que separa el cuerpo de mi padre de mí. No veo a nadie, no escucho a nadie… En estos instantes solo tengo ojos para él. Se le ve sereno, en calma, casi sonriente. Coloco las manos sobre el cristal, en un último intento de acercamiento y lloro hasta que no me quedan lágrimas. De repente me siento como si en ese lugar solo estuviésemos él y yo. Por un instante, me parece sentir sobre mi hombro una calidez inusual. Una mano reconfortante. Cuando intento tocar esa mano y girarme para ver de quién se trata, siento un ligero cosquilleo en la oreja y huelo a flores… Me siento más tranquila, extrañamente tranquila, hasta que un pequeño soplido frío acaricia mi nuca y vuelvo a la realidad de forma brusca.
Es entonces cuando soy consciente de las personas que me rodean y que me observan expectantes. Mi tía Francesca se funde en un abrazo cálido conmigo, y observo que su rostro muestra auténtica pena, y durante una fracción de segundo me transporto a aquella época feliz junto a ella, mi tío José y por supuesto… mis padres. Pero no es así. No lo es en absoluto. A su lado está Roberto, su nuevo marido, con quien contrajo matrimonio unos años después de la muerte de mi tío. Y Robert, hijo de este y fruto de un matrimonio anterior, y que debe tener más o menos mi edad.
Acabo de encontrar con la mirada a varias personas que hacen que la emoción vuelva a embargarme. Personas que trabajaban en la casa cuando yo era pequeña, y con las que mis padres tenían una muy buena amistad. Todos me van saludando y abrazando, y yo voy contestando de forma automática, casi sin verlos en realidad. Me llevo la mano al estómago en un gesto involuntario, e intento respirar, pues siento que empiezan a pitarme un poco los oídos.
—Anabel… —me reclama mi primo.
Veo mi triste reflejo en el espejo de sus ojos. Menos mal que Pascual se encuentra aquí. Mirarme en sus ojos es retroceder en el tiempo. Es increíble. Me pierdo en su mirada. Es ver los ojos de mi tío… Dios mío, es ver los ojos de mi madre… Jamás sentí esa mirada tan familiar como ahora, jamás…
De pronto, se me acerca una anciana de pelo totalmente blanco, recogido en un elegante moño. Va muy bien vestida. Se aproxima a mí y conforme se acerca huelo a jazmín. Adoro ese olor. Sus ojos son marrones, dulces, parecen de chocolate. Creo que murmura algo sobre el pésame, yo solo siento que me abraza de una forma muy cálida y afectuosa que me conforta.
—Hola Anabel. ¡Cuánto has crecido! ¿Me recuerdas? Soy Aurora, éramos vecinos hace unos años. Mi marido es Genaro. Se ha quedado en casa. —De pronto baja la voz y me susurra con una media sonrisa cómplice—. Está muy mayor.
Y entonces la recuerdo. ¡Claro! Aurora y Genaro… los padres de Alejandro, nuestros vecinos. Y desde luego recuerdo a su hijo, Alejandro. Como para no recordarlo. Yo estaba medio enamoradilla de él, todo lo enamorada que puede estar una niña de un adolescente. Oh sí, Alejandro no era indiferente para mí, aunque yo sí lo era para él. Muchas veces venía a la finca. Tiene la misma edad de Pascual y le acompañaba de forma asidua. Muy pocas veces era amable conmigo, quizás, porque había detectado mi forma infantil de mirarle embelesada, pero lo cierto es que me enfadé mucho con él y lo apodé como El Bicho.
—Hola Anabel —escucho una voz profunda.
Oh señor, él también está aquí. ¿Cómo no le he visto antes? En verdad, mi aturdimiento es mayor del que pensé. Alejandro… No le veía desde que mi madre murió, y está… es… Ha madurado bien. De adolescente era un chico guapo, pero ahora, no sabría, si decantarme por esa voz que te acaricia el alma con su sonido ronco, ese magnetismo que desprende, el comienzo ligeramente plateado de sus sienes en contraste con la negrura de su cabello… o… sí, sus ojos. Sus ojos del color del cielo en una tormenta, pero no una tormenta que destruye, sino una que purifica.
—Hola Alejandro.
—Veo que me recuerdas.
Su voz suena vibrante. Sus ojos me miran de una forma extraña, o tal vez la extraña sea yo, porque Pascual también me mira de una forma algo peculiar.
Mi cuerpo y mi mente están agotados. Me duele la cabeza y mi cuerpo se vuelve pesado. Creo que son demasiadas emociones, dolor, angustia, la terrible verdad de mi soledad. Empiezo a sentirme como un prisionero, como alguien preso, y necesito aire, libertad, respirar. Una especie de sombra cruza tras Pascual y Alejandro, una especie de destello fugaz… una luz brillante y blanca que me aturde y de repente… me abraza…
Mis piernas se vuelven de gelatina mientras dirijo mi mirada huidiza hacia la puerta y el exterior. Mi frente se empapa de sudor y el pitido de mis oídos aumenta. Todos hablan más bajo, sus voces se acercan y se alejan, pero no puedo entender qué dicen. Siento como una especie de náusea, el sudor se extiende al resto de mi cuerpo y mis ojos empiezan a vislumbrar grandes manchas anaranjadas que poco a poco, se van volviendo negras, mientras escucho un leve susurro que no llego a comprender en mis oídos…
Y al fin silencio. Por fin consigo aislarme de todo y todos.
Capítulo 3
Al principio todo está oscuro, pero poco a poco empiezo a vislumbrar algo. Veo caras extrañas, como vistas a través de un cristal. Me observan con recelo, como si no entendiesen qué hago aquí. Sigo oliendo a jazmín, pero ahora el olor es más intenso, su perfume se mezcla con violetas, o rosas, rosas blancas. Ummm. Huele muy bien. Me gusta. Es agradable, muy agradable, lástima que solo sea un sueño. Y pienso que es un sueño, porque vuelvo a sentir la luz brillante de antes, pero esta vez, se detiene ante mí, siento calidez, y esa luz se transforma en mi padre.
—Hola pequeña, ¿cómo estás?—me pregunta preocupado, acariciando mi rostro en un gesto que apenas logro sentir.
—¿Papá? ¿De veras eres tú? Me has dejado sola papá, y no he podido despedirme de ti, ni contarte un millón de cosas que te habrían hecho feliz —gimoteo mientras intento abrazarle inútilmente.
—Tranquila cariño. Todo está bien, tal y como tiene que ser —me dice acariciándome el pelo como cuando era pequeña—. Ella está aquí Anabel. Tu madre está aquí…
La imagen de mi madre aparece ante mí tan real que duele. Y su perfume, es ella la que desprende el olor a jazmín y rosas blancas, sus favoritas.
—¿Mamá? —pregunto en un susurro entrecortado.
De nuevo las lágrimas me asolan. Percibo mi respiración acelerada y una extraña sensación en la garganta. ¿De veras mi madre está aquí? Intento abrazarla, pero al igual que antes me ocurrió con mi padre, me cuesta mucho llegar hasta ella…
—Mi niña... —La voz de mi madre suena igual que la recuerdo. Tan dulce, tan musical.
—Te echo de menos, mamá. —No puedo evitar un ligero tono de reproche en mi voz.
—Nunca he dejado de vivir en tu corazón, lo sé, lo siento. Estoy más cerca de lo que piensas mi niña. Pero mírate, has crecido.
—Ya soy una mujer, mamá. Una mujer sola.
—No estás sola, pequeña —me corrige mi padre. Ahora es su cara la que veo. Está en paz. Sonríe. Adoro su sonrisa, voy a echar de menos sentirla, pero no la olvidaré.
—Te queremos mi vida —dice mi madre a la vez y ahora también la veo a ella. Su sedoso pelo largo, la calidez de sus ojos verdes…
—Anabel, escúchame, tenemos poco tiempo. Debes ser cauta. Estás en peligro… debes estar atenta a las señales… —me susurra mi madre al mismo tiempo que ambos comienzan a desvanecerse del todo.
¿En peligro? ¿Señales? Es entonces cuando me doy cuenta de que huelo algo extraño, fuerte, ya no huele a jazmín. Ya no veo a mis padres.
—¿Mamá?
—Despierta Anabel. ¿Estás bien? —me pregunta una voz de hombre, vibrante y preocupada.
—¿Bicho repulsivo? —pregunto en un estado de semiinconsciencia y me parece oír risitas al fondo.
—Espero que no. Mi madre dice que no estoy tan mal. Claro que tú me estás haciendo dudar. ¿Cómo estás?
Abro los ojos del todo y veo sobre mí varios puntos algo borrosos que van adquiriendo nitidez y, con ello, se van transformando en lo que resultan ser cabezas. Están inclinados sobre mí. Me siento avergonzada por haber llamado “bicho” a Alejandro, pero a la vez, me siento bien, relajada, tranquila, como si acabase de despertar de un sueño reparador, incluso diría que estoy en paz conmigo misma, hasta que recuerdo las últimas palabras de advertencia…
Al percatarme de la expectación que he levantado, me siento cohibida, no estoy segura de qué ha pasado y busco refugio, encontrándolo en unos ojos grises y profundos. Es en este momento cuando me doy cuenta de que estoy tendida en el suelo y alguien muy amable me ha colocado una chaqueta bajo la cabeza. Alejandro, el dueño de esos ojos, me sostiene el cuello y me sigue mirando con franca preocupación, mientras no puedo dejar de pensar en el numerito que acabo de montar.
—¿Anabel?
—Estoy bien… creo… lo siento.
—¿Cuándo comiste la última vez? —me pregunta Alejandro preocupado.
—No me acuerdo… —respondo sincera.
—No te levantes aún. Te has desmayado. Te voy a ayudar a levantarte y lo haremos poco a poco ¿de acuerdo?
—Pareces un médico —articulo a decir con una voz que no reconozco.
—No creas, me costó mis años de esfuerzo —añade él burlón.
¡Es verdad! Olvidé que, en efecto, lo es.
Bajo la atenta mirada de todos, Alejandro me ayuda a levantarme. Me toma las manos y me levanta. Por un instante pierdo el equilibrio y él me sostiene. Huelo su perfume… y una sensación nueva me recorre la espina dorsal y el estómago. Pero es una sensación agradable.
Pascual se aproxima para ayudar y, de nuevo, recuerdo las palabras de mi madre. Siento un escalofrío intenso que se va cuando le miro a los ojos. Son tan parecidos a los de ella… Pascual ha heredado el mismo color de ojos de tío José. Y ambos hermanos tenían idéntico color de ojos, cosa que no es usual. La misma intensidad de mirada y el mismo verdor sólido.
—Anabel, debes comer algo ——me dice Alejandro.
—No. No pienso moverme de aquí.
—Hazles caso Anabel, o volverás a desmayarte. Solo será un momento —me suplica Andrés.
En el fondo sé que llevan razón, pero también tienen que comprender que acabo de llegar y lo último que deseo es separarme de mi padre. Sin embargo, veo una determinación férrea en sus miradas. Me temo que no me van a dejar otra opción. ¡Mierda! Los miro con cierto enfado, como retándoles con la mirada.
—Tienes que tomar algo —me dice Pascual conciliador.
—No tiene porqué. Puedes seguir siendo una víctima. Si lo prefieres, puedes volver a caer redonda al suelo. Lo mismo tienes suerte, te golpeas tu dura cabeza con algo y tenemos que ingresarte en un hospital —me murmura al oído El Bicho de forma abominable.
—¿Nadie te ha dicho que eres un pelín borde?
—Para serte franco, hasta ahora, no. Entiendo que no te encuentras con ánimo, pero te queda todavía un largo día por delante. ¿Quieres volver a desmayarte? —responde tajante.
En el fondo, sé que tienen razón. Me estoy comportando como una niña. Mi padre no querría esto y lo sé. De reojo, veo como tanto Pascual como Alejandro se miran y asienten. Ahora resulta que tengo dos ángeles guardianes.
Media hora después, estoy de regreso, más tranquila y con algo más de fuerzas. Saludando a gente que ni siquiera recuerdo, y a otros, que sí esperaba. Echando de menos a mi amiga Irene y su fuerza, y a Isabela, la abuela de Pascual, que fue como mi propia abuela y que tantos momentos cálidos me aportó. Lástima que regresara a Italia, su país natal.
De esta forma va pasando el día, hasta que llega el momento que tanto temo. Tras un breve responso, nos dirigimos al cementerio de San Fernando. Sin embargo, los restos de mi padre no son enterrados. Son incinerados, pues él así lo quería. Después, esparciré sus cenizas en la gran casa, aquella que en su día unió a mis padres. Allí hay una capilla, pequeña, pero acogedora. Espero que la casa no haya cambiado mucho desde que me marché. Espero que el hermoso jardín que recuerdo siga igual. Estaba repleto de rosales de bellos colores, pero sobre todo, y por encima de todo, rosales blancos.
Mi madre adoraba las rosas blancas.
Capítulo 4
Vine a dormir con Andrés y María. Mi intención era marcharme al piso de mi padre, pero ellos insistieron en que no era buena idea. También la familia me propuso que los acompañase a la gran casa, como yo la llamo a veces, pero no me apetecía visitarla, después de tanto tiempo, precisamente anoche. Amparada en la oscuridad y… reviviendo recuerdos. Así que como de todas formas, Andrés nos había citado hoy a todos para explicarnos y leernos el testamento, decidí quedarme aquí. Estaba agotada y tenía muchas ganas de ver a María.
Ella, como siempre, me acogió con todo el cariño del mundo. No se encuentra bien de salud últimamente, y yo sabía que estaba muy disgustada por no haber podido acompañarme en el tanatorio, ni asistir al breve pero hermoso responso que se ofreció al atardecer.
Es una mujer muy cariñosa, que debe tener los sesenta años cumplidos. Ahora lleva el pelo muy corto y hay más arrugas desde que no la veo, pero muchas son de reírse, porque lo hace la mayor parte del tiempo. Me abrazó con un inmenso cariño, e hizo que me sintiese bien. Sin ganas de inspeccionar, no pude evitar observar a mí alrededor. ¡Cuántos buenos recuerdos!
María, que también es muy observadora, me hizo pasar a la cocina cuando se percató de que me quedé embelesada mirando una fotografía de Andrés y mi padre en un día de campo. En esa imagen, ambos sonríen y bromean respecto a las manchas que cada cual luce en su improvisado delantal. ¡Qué buenos tiempos!
Sonreí al pasar a la cocina, con sus cortinitas de cuadros verdes y blancos. Como siempre, está impoluta. Se podría comer en el suelo si fuese menester y, evidentemente, no me pasó inadvertido el olor a magdalenas recién horneadas. Estoy segura de que las preparó desde que su marido la llamó. Me senté en mi sitio de siempre, en el rinconcito de la cocina. Desde ahí lo puedo ver todo. Hay una mesa rectangular en un lado de la cocina, y en lugar de sillas, tiene dos bancos de madera, uno a cada lado de la misma, forrados con una almohadilla cubierta de tela de cuadros de Vichy, verdes y blancos, idénticos a las cortinas.
Aún recuerdo cuando anoche llegó a mí el olor del chocolate que siempre me hacía María. Ummm. Desde el breve almuerzo, junto a Pascual y Alejandro, no había comido nada. Pero cuando anoche me llegó ese olor curativo para el alma y los sentidos, mi traicionera tripa emitió un sonido bastante característico de que necesitaba tomar algo. María se sonrió y colocó ante mí un enorme tazón tal y como a mí me gusta, ni claro, ni espeso. Delicioso. A su lado, un enorme plato de magdalenas que aún estaban calientes.
—María, por favor, no tenías que haberte molestado.
—Sabes que no es molestia, querida. Me encanta hacer magdalenas, es terapéutico. Aunque luego la terapia se vaya derecha a la tripa o al culo. Pero en fin, mírame, ¿a que estoy genial para mi edad?
—Pues sí. Ya me gustaría a mí tener tu ímpetu.
—¿Mi culo no? Pues no lo entiendo, porque opino que está estupendo.
—Gracias, María.
—¿Por las magdalenas y el chocolate?
—Por tu compañía y por cuidar de mí.
—De nada cariño. Ahora come, no vaya a ser que Tobías nos vigile desde alguna parte allá arriba, se enfade conmigo y me patee mi hermoso trasero, ese del que tanto presumo.
Ambas nos reímos de su ocurrencia y, casi por arte de magia, me había tomado el chocolate y dos magdalenas.
—Ahora debes dormir. Ha sido un día intenso y complicado. Doloroso. Mucho me temo que mañana te espera otro largo día.
—Sí, tienes razón. Todo esto es muy complicado, me siento como en una nube, pero una mala nube. Suena a tópico, lo sé, pero es como si todo esto no estuviese ocurriendo en realidad.
La sombra volvió a caer sobre mí pero no le dije nada. Ambas nos dirigimos al salón, donde nos esperaba Andrés, cómodamente sentado en el sofá, cómo no, escuchando las noticias. Se había cambiado de ropa y llevaba un batín de cuadros grises. Parecía la típica estampa del abuelito entrañable.
En la pantalla se veía una fotografía de la última joven desaparecida, y se podía leer con claridad el teletipo anunciando que no había nuevas sobre el “Caso de los ojos de sirena”. Oh, señor, el parecido entre esa muchacha y yo era realmente sorprendente y sin darme cuenta, me llevé una mano al estómago. Tragué saliva y sentí unos deseos enormes de gritar, pero me contuve.
Andrés me miró y sin decir nada, se levantó, me abrazó y me besó en las mejillas, como cuando era niña.
María me acompañó a mi dormitorio, como si no hubiese pasado muchas noches allí, sobre todo cuando murió mamá. Tras la muerte de mi madre, ella cuidó mucho de mí. Me hizo concentrarme en otras cosas. Me llevaba al parque aunque yo no quisiera salir a la calle, me enseñó a hacer magdalenas y también pasteles de manzana y de queso. Hacía que la acompañase a la compra y nos sentábamos juntas a leer o a ver películas de dibujos animados.
Al llegar al dormitorio, comprobé con deleite que también estaba igual, salvo un detalle importante. Nada más entrar captó mi atención y me giré de inmediato hacia María que observaba mi reacción encantada.
—¡Dios mío! ¡Es… es…! ¡Nuestra colcha!
—Sí. Terminé de unir los trocitos que quedaban. ¿Verdad que ha quedado preciosa? Además, tiene tanto color que quedaría bien en cualquier lugar, ¿no crees?
—Oh, sí. Ha quedado increíble.
Una de sus técnicas de entretenimiento fue esta. Primero, recopilábamos hexágonos con diversos tejidos que había por la casa y retales nuevos que adquirimos. Luego, uníamos los hexágonos e íbamos formando una colcha con ellos. Nos quedó muy bonita, pero demasiado fina. Por ello, María había comprado una entretela y la había intercalado entre la capa multicolor de los hexágonos y otra de cuadros azules y blancos. El resultado era espectacular. Había quedado preciosa.
—Buenas noches Anabel, descansa.
—Buenas noches María, gracias por quererme tanto.
Con una sonrisa, María abandonó la habitación y curiosamente dormí como un bebe el resto de la noche.
***
El olor a café me despertó esta mañana. Eso y los nervios. Imagino a María en la cocina moviéndose de un lado a otro con soltura y eso me hace sonreír. Esa mujer debe tomar pilas alcalinas de postre. Me levanto, me coloco unos vaqueros y una camiseta algo arrugada sacada de la maleta y decido respirar y enfrentarme al mundo.
Me miro en el espejo y no me gusta mucho lo que veo. Ojos hinchados y demasiada palidez. Además, mi pelo está un poco salvaje, pero no tengo ganas de domarlo, así que lo recojo en un moño, me doy un poco de colorete y me aplico algo de sombra en los ojos. Mis párpados están ligeramente hinchados, pero creo que he conseguido un aspecto más o menos aceptable. Si hay algo que mis padres me enseñaron bien, fue que has de levantarte tras la caída. Aunque estés rota por dentro, debes ponerte en pie. Y eso es lo que yo voy a hacer una vez más.
Hago la cama y dejo la ventana abierta para que en la habitación entre la brisa fresca de la mañana. Luego bajo decidida a tomar un café.
Se escucha movimiento en la cocina y ahí están.
—Buenos días tortolitos.
—Buenos días cariño. ¿Cómo has dormido? —me pregunta María.
—Muy bien. Creo que esa colcha tiene poderes. Um, ¡qué guapo te has puesto esta mañana Andrés!
—Sí hija, sí. Me he disfrazado de abogado profesional. Recuerda que hoy tenemos reunión familiar. ¿Estás nerviosa o preocupada por algo?
—En absoluto. Nunca quise hablar con mi padre referente a testamentos o legados, pero tampoco me preocupa demasiado, la verdad. Lo que él haya hecho, bien hecho está.
—Me alegro. Hay algo más Anabel. Anoche no vi correcto dártela. Tu padre me dejó un legado especial aparte del testamento. Junto a él, dejó esto para ti y me hizo prometer que te la entregaría si le pasaba algo.
Andrés coge un pequeño paquete que está colocado en la esquina de la mesa y mira a María de forma significativa. Ella me sonríe, coloca ante mí una taza de café, y se sienta junto a él, expectante, al igual que yo.
No puedo evitar el temblor de mis manos cuando empieza a quitar el papel de regalo que envuelve lo que en principio parece una pequeña caja. Y así es, una cajita de madera labrada, en color marfil, con una pequeña rosa blanca dibujada en el centro. La caja en sí es preciosa, pero al abrirla, contengo la emoción. Está forrada con una tela azul con pequeñas florecitas blancas y sobre ella, muy bien colocada, hay una llave cosida y un pequeño rollito de papel.
“Mi querida Anabel. Echo de menos aquellas tardes de búsqueda del tesoro que tu madre organizaba cuando eras pequeña. Así que te propongo un último juego. Busca lo que esta llave abre... y encontrarás tu auténtico legado.
Te quiero. Papá”.
No puedo evitar la emoción. Con sumo cuidado tomo la llave y cierro mis manos en torno a ella. Es una llave pequeñita, de unos tres centímetros, de plata. Y sonrío. Oh, sí. Me siento como si volviese a tener diez años. Mi legado…
—Perdonadme un momento.
—Por supuesto cariño —me dice María colocando su cálida mano en mi hombro.
Voy a mi habitación y busco y rebusco entre los bolsillos de mi bolso hasta que encuentro lo que deseo. Un pequeño colgante de plata, con forma de corazón, que me regaló Irene por mi último cumpleaños. Y coloco ahí la llave, poniéndome a continuación el colgante. Siento la frescura de la plata sobre mi pecho. ¿La llave de mi corazón?
Aproximadamente media hora después llegan mi tía Francesca, Roberto, Pascual, y Adela, el ama de llaves. Admito que a ella no la esperaba.
Adela llegó junto a Isabela cuando esta decidió quedarse a vivir en nuestro país. Es una mujer realmente seria, bastante mayor, extremadamente delgada y muy poco habladora. Si bien es cierto que cuando Isabela nos acompañaba, la rigidez de Adela se suavizaba bastante. A todos nos extrañó muchísimo cuando Isabela decidió regresar a Italia, sin previo aviso, y dejándola atrás. Pero por el motivo que sea, así fue.
Después de los saludos, pasamos todos a la biblioteca de la casa, que hace las veces de despacho, o al revés, no estoy segura. En la mesa de trabajo vuelve a haber una fotografía de mis padres, en esta ocasión, conmigo en brazos cuando apenas era un bebé.
Sonrío al ver la fotografía e intuyo que mis padres están también en la biblioteca a su manera. Casi contengo la respiración esperando que el bromista de mi padre le ponga su fría mano encima del hombro a mi tía Francesca y esta se caiga de la butaca del susto, o algo así. Ahora tengo que contener la risa. Mi imaginación es desbordante a veces, y cualquier día me lo va a hacer pasar mal.
—Por favor, sentaos todos para que pueda leeros la voluntad de nuestro amigo Tobías.
Todos nos hemos puesto serios de pronto y tomamos asiento. Mi primo Pascual se sienta a mi lado y toma mi mano entre las suyas. Manos cálidas y protectoras.
—Bien, —continúa Andrés—, Tobías ha sido claro y directo.
“Querida Anabel, si el bueno de Andrés está leyendo esto, es porque he muerto. No estés triste hija mía, estaba cansado y jamás me dio miedo morir. No al menos, desde que tu madre inició este viaje a lo desconocido. Ahora, solo aspiro a reencontrarme con ella donde esté.
Volviendo a lo material y práctico, sabes que desde que ella murió, he trabajado muy poco y nos hemos ido manteniendo de lo que tenía ahorrado que, por suerte, era bastante.
Como algunos de los que os halláis hoy reunidos sabréis, tenía dos propiedades inmobiliarias, dos vehículos, y acciones de la empresa constructora que en su día fundé y posteriormente vendí.
Deseo que uno de esos vehículos sea para Julio y Lola, por los años trabajados junto a nosotros, y que el otro, sea para mi querida cuñada Francesca.
En cuanto a las acciones de la que fue mi empresa, son bastantes e importantes. Es mi voluntad que el 40 % sea para mi hija Anabel; un 20 % para mi sobrino Pascual; otro 20 % para Francesca, y el 10 % restante, para el personal del servicio que durante tanto tiempo fueron mi propia familia. Me refiero por supuesto, a Julio y Lola, Luis y Adela.
En cuanto a las propiedades inmobiliarias, una de ellas es el piso donde residía junto a mi hija Anabel. El mencionado piso pasará a poder de mis amigos María y Andrés, para que ellos lo aprovechen de la forma que estimen más conveniente, vendiéndolo, si es su deseo, para disfrutar de su valor.
La otra propiedad es la finca, la gran casa, como todos la llamamos. En ella están actualmente viviendo miembros de la familia y también trabajadores. Esta finca queda en poder TOTAL y ABSOLUTO de mi hija Anabel. Es la herencia que su madre y yo le dejamos. En este lugar nació nuestro amor y, si bien yo no he podido vivir en él sin mi querida Ana, estoy seguro de que Anabel conseguirá ser muy feliz allí.
Dejo a elección de mi hija el que la familia siga o no viviendo en este lugar, pero quiero dejar claro que la vivienda es en exclusiva propiedad de Anabel y por tanto ella decidirá sobre su destino, si se conserva, se vende o se utiliza. Confío en tu criterio querida hija.
Y solo me queda despedirme de todos. Imagino que estaréis ocupados rumiando este testamento y yo tengo cosas que hacer en este lado, al fin y al cabo, tengo que recuperar los últimos años junto a mi esposa. Muchos besos hija mía. Jamás olvides lo mucho que te quiero, en presente.
Por cierto, un detalle más. Querido Andrés, le diré a san Pedro que te guarde un sitio cerquita del río para que puedas pescar, e intentaré convencerle para que nos deje hacer fuego aquí arriba, ya sabes, para disfrutar luego del pescado. Trabajaré duro en ello, amigo. Eso sí, no tengas prisa, necesito tiempo para organizarme.
Tobías”.
En la habitación se hace un silencio absoluto. Desde luego, mi padre no era corriente ni tan siquiera redactando últimas voluntades. Él y su sentido del humor. Él y su generosidad.
Con sumo cuidado acaricio la pequeña llave y suspiro, casi sin darme cuenta, quizás más fuerte de lo que había pretendido. Mi padre me ha dejado la finca. Esa enorme casa. ENORME. Su valor, sin duda, es incalculable. Pero ¿vivir con todos los demás? ¿Sin mi padre? ¿Pedirles que se marchen? Observo la cara seria de tía Francesca y Roberto. Deben estar preocupados por la decisión que yo pueda tomar. En cualquier caso, a Pascual se le ve relajado, parece contento. Adela está sorprendida. He de reflexionar sobre todo esto, pero no me da mucho tiempo a ello cuando veo como tía Francesca gira su cuerpo hacia mí, con el semblante bastante serio.
—¿Qué va a pasar con nosotros Anabel?
—Tía, necesito pensar, no es el momento. Hablaremos más tranquilas. ¿De acuerdo? —le contesto con amabilidad.
—Imagino que ya que es TU casa, vendrás con nosotros a ella. Tal vez por el contrario, tengas pensado quedarte con… tus amigos —me refiere dirigiéndose a Andrés.
No me ha gustado el tono de su voz. Ni me gusta cómo me mira en este momento, y siento el impulso de mandarla a la mierda, hablando pronto y mal. Pero, es la madre de Pascual, es la hija de Isabela, y… ¿a quién quiero engañar? Yo quiero mucho a esta mujer. ¿Qué le ha pasado desde que no la veo? ¿Acaso no es consciente de todo lo que mi padre ha hecho por ella y le ha dejado?
—Iré a la casa, por supuesto, tal y como mi padre lo deseaba, y como lo deseo yo. Me alojaré donde siempre lo hice, en la parte que mis padres reformaron. Vosotros podéis seguir tal como estáis ahora, no hay problema. Hay sitio de sobra en ella para todos y tengo intención de mantener el mismo acuerdo que mantuvo mi padre. Pero quiero dejar las cosas claras, ahora, ya que te empeñas en ello. Si cambio de opinión por el motivo que sea, y decido hacer cualquier cosa en la casa, incluido venderla, lo haré. ¿Responde eso a tu inoportuna pregunta?
El rostro de mi tía palidece de forma considerable, para volverse rojo poco después.
—Por supuesto querida. Siento si he parecido algo brusca.
—Has sido bastante brusca, madre —le contesta Pascual enfadado.
Francesca parece arrepentida de su arrebato, pero la verdad, ahora, me da igual. Ha sido brusca, y grosera con Andrés y María, y no lo merecen. Me siento furiosa con ella.
Pascual se acerca y me rodea los hombros con su brazo.
—¿Vamos a casa?
Ha llegado la hora de volver a mis raíces y enfrentar mi destino.
—Sí. He de arreglar algunos asuntos en el piso de mi padre, pero mañana, sin falta, iré para allá. Mi coche lleva mucho sin funcionar, y habrá que revisarlo. ¿Te importa venir por mí?
—Por supuesto que no prima. Mañana nos vemos. Me alegro de que estés aquí Anabel, ojalá hubiese sido en otras circunstancias.
—Ojalá —es lo único que articulo a apenas susurrar.
Capítulo 5
Aún me impresiona, cuando al subir por la colina, “Villa Ana” se recorta contra el horizonte, como si de un lienzo se tratase. Sobre el fondo azul del cielo, comienza ya a verse, el juego de tonalidades verdes de la arboleda que rodea la gran casa. Fue una de las cosas que primero atrajo la atención de mi padre. Ay, mi padre. Ayer registré cada rincón del piso buscando algo que abriese la llave que cuelga de mi cuello sin éxito, lo que me hace pensar que “mi legado”, como él lo ha llamado, está aquí, en alguna parte de esta casa.
La hilera de palmeras nos da la bienvenida, desde ambos lados del camino, que conduce hacia la casa. Delante de la misma hay una plantación de naranjos y, por detrás, asoman los esbeltos cuerpos de unos cipreses, los cuáles, gracias a su altura y majestuosidad, parecen guardianes de otra época y otra dimensión.
Toda la superficie edificada del exterior está rodeada por maceteros de diversos tamaños, y multitud de flores, pero la mayoría de estas plantas son rosales, los favoritos de mi madre. Recuerdo cómo los cuidaba con amor y una dedicación intensa. Disfrutaba creando en la tierra el juego de colores que usaba en su arte. Rosales de colores en tonos rosas, amarillos, rojos y sobre todo, blancos, formaban la paleta propia de un pintor. Siempre me decía, con una sonrisa, que los de color blanco eran sus favoritos, pues simbolizaban la inocencia y pureza.
También hay varios naranjos custodiando la entrada, con sus troncos encalados y piedras blancas alrededor. Sirven de escolta a la inmensa puerta de hierro que, en su mitad superior, es más bien una cancela, una reja enorme. El edificio principal es de piedra y ladrillo en sus partes más antiguas, y de cemento encalado en su zona más nueva, ya reformada. Una extraña combinación que sin embargo se ve preciosa.
—¿Muchos recuerdos? —me pregunta Pascual.
—Muchos.
Dos mil metros cuadrados de superficie. Tan solo, la Gran Casa, se asienta sobre un solar de unos mil doscientos metros, entre los cuales se distribuyen las distintas estancias y patios.
Nada más atravesar la inmensa puerta de hierro, veo pasar a una pequeña corriendo a toda prisa por el gran patio de blancas paredes cubiertas de hiedra y buganvilla y abultado suelo de piedra.
—¿Quién es?
—Ah, la pequeña Alba. Es una niña muy peculiar —me contesta él.
La pequeña ha desaparecido tras uno de los bancos de hierro desnudos que hay en el siguiente patio, y que mi madre gustaba de vestir en verano con cojines de alegres colores. Justo al lado hay un gran portalón que da acceso a otro patio enorme, donde se encontraban los aperos de labranza en la antigüedad. Hoy en día siguen guardándose los actuales, mucho más modernos y mecanizados. Al fondo de este mismo patio, hay una enorme cocina, que a su vez, hacía las veces de comedor, y tras ella, adosadas en un lateral de la misma, las distintas dependencias del personal del servicio. Esta parte era la principal de uso en la época en la que fue un cortijo agrícola y ganadero, si bien hoy en día, las cuadras, las porquerizas y los gallineros, permanecen vacíos.
Un segundo patio se abre frente al de entrada. Yo le llamaba de pequeña “el patio de las columnas” porque tiene una hermosa galería a su alrededor con arcos de ladrillos rojos y zócalo de azulejos sevillanos, un pozo con brocal de ladrillo y resto de hierro forjado, que al menos cuando yo era pequeña, siempre estaba limpio y preparado para ser usado, ocupa el centro. Cuando yo era niña, alrededor del mismo, había infinidad de plantas verdes, palmeras, aspidistras, helechos. La galería bajo los arcos y tras las columnas, siempre estaba adornada con los colores de las distintas plantas que en cada época, mi madre plantaba junto a Isabela, otra enamorada de la jardinería. Geranios, claveles y gitanillas de colores eran los reyes, pero también buganvillas, margaritas y pensamientos lo decoraban.
En este patio de columnas se abría por fin el acceso a la vivienda primitiva. Una casa palaciega del s. XIX, que en sí, es magnífica. Pero lo que yo me muero por visitar es la torre. En el ala derecha de la planta alta, se edificó hacía mucho tiempo un castillete, que hoy en día alberga en su interior una biblioteca. Esa es la que yo de pequeña bauticé como “La Torre”. ¿Estará ahí escondido lo que abre mi llave?
Cuando era niña, me gustaba subir a ella para leer mis cuentos. Su decoración, al menos entonces, imitaba en cierta forma a la de la época medieval. Me gustaba sentarme en el gran diván cercano a la ventana y leer allí con la luz natural entrando a raudales y el jardín de fondo. Me sentía como una princesa en su castillo encantado.
—Algunas cosas no están igual prima.
—Lo imagino.
—Tu madre era el espíritu de este lugar. Siempre lo he dicho.
Él no dice nada más, y yo decido callar. Mientras, desde aquí siento añoranza, y veo como en una de las paredes del patio hay un cartel de madera blanca, en forma de flecha indicadora, ya desgastado por los años y el sol. Sobre él, se puede leer aún, con letras infantiles… “Casita azul”. Nuestro hogar. Mi hogar… Esa nueva edificación que habían preparado mis padres al casarse, y que lindaba con el terreno que ellos transformaron en un jardín, junto a la pequeña capilla que ya estaba en el lugar.
En definitiva, desde el exterior la casa es majestuosa, pero en su interior, lo es aún más. Su valor es incalculable, y ahora todo es mío, y eso, me preocupa bastante. Yo soñaba con un hogar acogedor y más bien pequeño, no con una casa gigantesca que probablemente estará llena de sorpresas, secretos y sobre todo, arreglos que realizar con el paso de los años.
—Se te ve pensativa —me comenta Pascual.
Al fin, él aparca el coche en el lugar donde algún siglo atrás se aparcaban los caballos. Qué ironía.
—Hace mucho que no venía por aquí, y fíjate —le digo señalándole los vellos erizados de mi brazo.
—Cualquiera estaría feliz de tener una vivienda así.
—Lo sé. Pero yo aspiro a algo más sencillo. No tengo idea de cuánto puede costar mantener esta casa inmensa.
—Bueno, hay varias personas trabajando en su mantenimiento. También es cierto que una buena parte se mantiene sola. Es decir, los naranjos dan dinero, y luego, están las acciones de tu padre. Los arreglos que vayan surgiendo serán costeados entre todos. Creo que es lo justo teniendo en cuenta las circunstancias. O entre casi todos, ya sabes, siempre hay un más o menos en el aire —me aclara enigmático.
—¿Qué quieres decir con más o menos?
—No recuerdo cuándo fue la última vez que Roberto consiguió trabajar en un rodaje. Sin embargo, mi madre ha tenido bastante éxito últimamente con sus guiones.
—No te cae bien Roberto.
—Desde luego, no es mi héroe. Hay facetas de él que no me agradan demasiado. Si te confieso que mantengo buena relación con Robert a pesar de que es bastante callado… como yo, al fin y al cabo.
—No estoy segura de querer estar aquí.
—Me lo imagino. Pero algo me dice que conseguirás pasar días enteros sin tropezarte con ninguno de nosotros, inmersa en tu mundo, en la torre o en tu casita azul —me dice guiñándome un ojo y señalando el viejo letrero.
—No me malinterpretes Pascual. Estoy acostumbrada a vivir sola con mi padre. Tanta gente a mi alrededor puede ser algo… abrumador. Contigo es distinto, pero Roberto… sabes que no le conozco de casi nada.
Él me mira, sonríe y asiente. Cuando mi tío José murió, su mujer quedó destrozada. Pero murió joven, y la dejó a ella también joven y sola. Ella necesitaba trabajar y comenzó a adaptar guiones. De esta forma conoció a Roberto, al que en ocasiones se puede ver con esta o aquella actriz en distintas revistas. Él dice que la publicidad es vital para un actor, que solo es marketing. Jamás se le pasaría por la cabeza engañar a tía Francesca. Sobre todo porque tenía esperanzas de que ella heredase esta casa, y ahora… ¡vaya chasco! En cuanto a Robert, está en silencio perpetuo, como si cumpliese una extraña penitencia. Estudia arte dramático. Me mira de forma continua y me pone nerviosa, pero no dice ni pío. Lo mismo no tiene lengua, vete tú a saber. Creo que se le daría mejor la zoología, o al menos, más concretamente, el mundo de los búhos. Sí, creo que de ahora en adelante pensaré en él como El Búho.
—Estoy dispuesta a intentarlo —susurro más para mí que para él.
Pascual coge mi mano y la besa con cariño.
—Te lo agradezco Anabel. Personalmente, igual cambio de domicilio antes de lo que crees, si todo me sale bien… aunque me encantaría quedarme aquí con una compañía que merezca la pena… —me dice mirándome de forma significativa.
—¿Marcharte?
—Ya hablaremos de ello. Ahora, me temo que quieren saludarte. Supongo que al principio tal vez la situación te desborde, pero eres la persona con más paciencia que conozco… Debes concederte a ti misma un poco de margen.
Me bajo del coche y ya tengo a Julio, el conductor, a mi lado. Debe estar próximo a jubilarse. Su expresión es amable. Lleva puesto un mono de trabajo azul y, compruebo, que intenta quitarse unas manchas de grasa de las manos. Doy por hecho que está trabajando en un coche que hay aparcado cerca del de Pascual, con el capó abierto. Finalmente, no se atreve a darme la mano y me hace un gracioso gesto con la cara.
—Señorita Anabel… aún no he podido darle las gracias de parte mía y de Lola.
—Por favor Julio. Deja ya de llamarme señorita, recuerda que me has levantado del suelo más de una vez, cuando de pequeña, corría sin parar por esas piedras de ahí. Y Lola, uf, esa mujer me ha cuidado como pocos y me ha aguantado travesuras de todos los colores. Me alegro que mi padre se acordara de vosotros.
—¡Anabel! —escucho la alegre voz cantarina de Lola, que viene casi corriendo hacia mí. He aquí uno de los misterios de la naturaleza. ¿Cómo puede esta mujer que debe tener ya… no sé, ochocientos años y ochocientos kilos, correr con esa naturalidad? ¡La he echado de menos!
—¡Hola Lola! —sonrío mientras la abrazo, o más bien, me dejo abrazar por ella que prácticamente me engulle.
¡Cuántos recuerdos junto a esta mujer! Es la cocinera, esposa de Julio. Es divertida, entrañable, y está como una cabra, pero la adoro.
—¡Estás muy seca! ¡Te engordaré con mis garbanzos y mis potajes!
—También me alegro de verte Lola. Puedes intentarlo si quieres, pero te advierto que te va a costar.
—¡Bobadas!
Tía Francesca llega justo en ese momento y me da un efusivo beso en la mejilla. Conociéndola, debe estar abrumada después del arrebato que tuvo ayer.
—Bienvenida Anabel.
—Gracias tía —le contesto con amabilidad.
Un hombre, una mujer, y la niña que vi antes corriendo, se acercan a nosotros.
—¡Ah! Te presento. Este es Germán, nuestro jardinero —me explica mi tía.
—Encantada Germán.
El hombre saluda, amable pero distante, con respeto. Debe tener unos cuarenta años. A su lado hay una mujer de más o menos la misma edad y la pequeña que vi antes corriendo. Debe tener unos seis o siete años.
—Estas —dice mi tía señalando a ambas—, son Lucía, esposa de Germán, y Alba, su pequeña.
—Encantada —saluda Lucía. A ella, al contrario que su marido, se le ve sonriente y cercana. Pero la que capta mi atención es la niña. Está escondida tras su madre y se niega a dejarse ver.
—Por favor Alba, sal de ahí detrás. Esta es la señorita Anabel. Saluda por favor —la anima su madre.
—Oh, no te preocupes, es pequeña y no me conoce.
—¡Alba! —su padre le llama la atención e inmediatamente se despega de su madre, sale tímidamente y me saluda. Tiene unos ojos enormes, azules, como los míos, y un churrete de algo que puede ser chocolate en la mejilla se acerca peligrosamente al pelo color avellana que se le ha escapado de la coleta.
—Hola —dice en voz muy bajita.
—Hola Alba. Soy Anabel. Encantada de conocerte. Por aquí no hay muchos niños, ¿verdad? Si te aburres un poco puedes venir a visitarme, me encantaría. Tengo muchos lápices de colores. ¿Te gusta dibujar?
—¿A la casa azul? ¿La del otro lado del patio? ¿La del cartel? ¡Nunca la he visto y parece preciosa! ¿Tiene duendes? —Y noto que sus ojos se iluminan—. ¡Me gustaría verla!
—¡Alba! —la reprende su madre—, ¡no seas maleducada!
—Por favor, no le riñas, la he animado yo. Me encantará tener una amiga por aquí —le digo mirando a la pequeña.
Alba me sonríe. Creo que he ganado la sonrisa más sincera del día. Una sonrisa que hace que sienta algo extraño.
De pronto, aparece Adela, algo rezagada de los demás, como si no quisiera un contacto más cercano con ellos. Siempre distante. Me recuerda un poco a un personaje de cuento, uno que yo leía de pequeña. Heidi, de Johanna Spyri. La niña protagonista se veía, por una serie de circunstancias, viviendo en una gran mansión. Alejada de su querido abuelo, viviendo con otra chica algo mayor que tenía una abuela cariñosa. Isabela representaba para mí esa abuela. Junto a ellos, vivía una institutriz horrible, de mal genio y pocos amigos que se pasaba el día haciéndole la vida imposible a las niñas. Ese es el papel de Adela, el de la implacable señorita Rottenmeier. Solo le falta el moño y el monóculo.
—Hola, Adela.
—Señorita Anabel, bienvenida —contesta mirándome.
—Gracias.
—Si me sigue, la acompañaré hasta… sus habitaciones.
¡Cuánta formalidad! ¡Esta mujer necesita relajarse! Bueno… y un estiramiento facial, un psicólogo, amigos, tal vez algún chute de algo, algunos arreglillos de nada, como una nueva vida, por ejemplo.
Me despido de todos y envío un último guiño a Alba antes de seguir los rectos pasos de Adela. Conforme paso junto al viejo cartel empiezo a sentir nerviosismo. Cuántos recuerdos…. Y ahí está. Fachada blanca, puerta y contraventanas pintadas de azul índigo, con un zócalo turquesa que yo pedí a mi madre que marcase. Pequeña, moderna, coqueta, funcional. Un salón comedor que coexiste con una práctica y alegre cocina, el baño, dos dormitorios, un despacho que ocupaba mi padre, y mi favorita de niña, una hermosa habitación con grandes ventanales, donde la luz entra a raudales, y que mi madre utilizaba para pintar, y que tiene además una gran puerta corredera de cristal que da acceso directo al jardín.
El color blanco predominaba por regla general en las paredes, color típico de los cortijos andaluces, pero en mi casita no. Aquí, el color predominante es el azul junto con blanco. Mi madre siempre decía que el tono azul cielo era relajante para el alma y tranquilizador para los sentidos. Tal vez otra persona hubiese utilizado esta tonalidad en algún dormitorio, pero ella lo utilizó por doquier, con lo que distinguíamos nuestra vivienda del resto, como la casita azul.
Me muero por volver a ver el jardín. Mi madre pidió a mi padre que diseñase caminos de piedra o de gravilla, para poder pasear por él y ver y acceder a todos sus rincones, sin dañar las plantas ni el césped en las zonas en que lo había. Recuerdo que en este mismo jardín, Isabela decidió que iría bien una fuente hermosa, sencilla, de mármol blanco. Imagino que era una bella forma de homenajear a su Italia. Ella nos decía que el sonido del agua le recordaba en cierta medida a la Fontana de Trevi y la hacía sentir más cerca de su país.
Siento que voy a desmayarme de puro nerviosismo. Aprieto con fuerza mi enorme bolso. Nadie lo sabe, pero dentro llevo la urna con las cenizas de mi padre. No quiero que me acompañen a esparcirlas y el mejor sitio para ello es en los rosales del jardín que mi madre tanto amaba, delante de la capilla. Pero esto es algo que quiero hacer a solas. Entre él y yo. Por ello, mentí a todos diciendo que las había esparcido la noche anterior.
Adela parece percatarse de la importancia del momento y me entrega la llave, como si al ser yo quien abra la puerta, ella pudiese eximirse de cualquier sensación que yo pueda tener.
Mis fantasías de niña caen de golpe y, me queda mi realidad de mujer. Es como si la autenticidad de lo que veo me golpease con crueldad, recordándome el tiempo pasado y, el porqué de mi marcha. Es como si alguien hubiese personificado todas mis dudas y me las hubiese colocado delante. Tengo la sensación de que si abro esta puerta ya no podré retroceder.
Capítulo 6
Todo está cubierto por sábanas blancas. El polvo acumulado a pesar de la protección de las telas puede percibirse en el ambiente, y lo que es peor, incluso se puede inhalar. De nuevo me siento defraudada. Esperaba otro recibimiento, no ya como propietaria, sino más bien como familia. Soy consciente de que todo ha sido muy precipitado, pero aun así, noto cierta congoja y decepción.
—Solo hemos adecentado un poco el dormitorio y el baño. No quisimos invadir su intimidad, teniendo en cuenta que nadie ha entrado desde que su madre murió —el tono de su voz es algo menos chillón que otras veces, como si se disculpase en cierta forma.
—No se preocupe Adela. Lo entiendo.
—De todas formas —me comenta ahora tía Francesca— dormirás con nosotros en la casa grande, hasta que esta esté totalmente a tu gusto.
—No, gracias tía. —Voy caminando e intentando recordar—. No me asusta el polvo.
Con sumo cuidado, deposito el bolso sobre la tela blanca que cubre el sofá. Al menos mi padre no puede ver cómo está esto.
—Como quieras. Supongo que en el fondo sabía que dirías eso —contesta tía Francesca.
—Limpiar será una terapia —me digo más a mí misma que a ellas.
—¿De veras estás bien? —me pregunta Pascual solícito.
—Sí. Pero ahora necesito quedarme a solas. No sé, quiero hacer las paces con el pasado.
—Por supuesto —responde Pascual—. Vamos madre. Por favor Adela, dejémosla sola. Te esperamos para cenar a las ocho, ¿te parece bien Anabel?
—Eh… sí. Claro. A las ocho.
Pascual me aprieta un segundo la mano, con fuerza y calidez. Y después, al fin, se marchan y me dejan a solas con mis recuerdos. El estado de abandono que tengo a mi alrededor se apodera también de mi alma.
Como si tuviese vida propia que con un descuido pudiese dañar, tomo con cuidado la urna del interior de mi bolso y la deposito sobre la pequeña mesita que hay ante los sofás. Voy dejando caer mi mirada por todos los rincones, sintiendo como dentro de mí crece de nuevo la bola de la angustia y algunos recuerdos invaden mi mente…
Las sábanas lentamente se van elevando en el aire y van despejando y dejando a la vista el mobiliario. De pronto ya no hay polvo, las ventanas están abiertas de par en par y el sol entra a raudales por ellas. En los jarrones hay flores frescas. Todo está limpio y el azul cielo de la pared vuelve a brillar. El trino de los pájaros y unas risas de fondo… risas claras y alegres…
—¡No me cogerás, Tobías!
—¿Cómo qué no? ¡Te vas a enterar Ana!
Veo incrédula como mis padres corretean alrededor de la fuente blanca que Isabela decidió colocar en el patio, como si de un par de chiquillos se tratase. Las mejillas de ella están rojas y su risa es fuerte y clara. Mi padre la sigue a muy corta distancia… Giro rápidamente mi cuerpo para mirar sobre la mesa y compruebo que ¡la urna no está!
—¡Te pillé! —le dice mi padre.
—Ahora tendré que darte un premio.
—Excelente —contesta él mientras se acerca a besarla.
—Chsss… Anabel puede vernos —susurra de pronto mi madre.
—¿Y qué? Solo es un beso…
Les observo y sonrío, un alivio inmenso me llena. ¿La muerte de mi padre solo ha sido una pesadilla? De pronto… ¡oh, no! ¡Por favor, no! Mis padres comienzan a hacerse transparentes, y con tristeza, veo como el verde de las plantas es sustituido por mucho marrón de hoja seca. La blanca fuente de Isabela tiene un color extraño. Está sucia. No se oyen pájaros. Al girarme de nuevo al interior de la habitación compruebo que las sábanas siguen ahí. La urna también. No ha sido real. Solo un hermoso recuerdo. Ahora todo es muy diferente a la época recordada. Sin embargo, en mi mente, hay una determinación clara.
—Me dejasteis un legado, y voy a luchar por él y hacer valer mis derechos. Aún no sé qué espera este lugar de mí, o tal vez yo de él, pero voy a descubrirlo —susurro a la habitación, como si ellos me pudiesen escuchar, mientras en un gesto ya inconsciente, acaricio la pequeña llave que cuelga de mi cuello.
* * *
Con la urna abrazada a mi pecho, salgo al exterior, al jardín. Pensé que el olor de las rosas y el ruido del agua de la fuente me acompañarían en mi pequeña ceremonia íntima. Pero nada más lejos de la realidad.
Los caminos están cubiertos de hojas, las hojas quemadas superan a las sanas en infinidad de plantas, en la fuente casi no fluye el agua, como si estuviese obstruida, y en su lecho, hojas caídas y tierra.
Muy cerca de la piscina, sin más agua que la de las últimas lluvias, hay una hilera de rosales. Presentan mejor aspecto, como si se hubiesen revelado contra el caos que reina por doquier en el jardín. Sonrío al comprobar que la mayoría son blancos. Aún queda algo de lo que fue antaño. ¿Qué ha ocurrido en este lugar? ¿Dónde está el espíritu de vida que siempre lo habitó?
La desilusión tiene que ser dejada de lado ahora. Ya intentaré solucionar este desaguisado.
Aflojo el abrazo que ejerzo sobre la urna y la beso, como si con ello, le besase a él. Me arrodillo junto a los rosales y con cuidado, quito el precinto que provisionalmente coloqué para que las cenizas no se derramasen de forma accidental en el viaje.
—Cumpliste tu promesa papá. Me acompañaste a casa.
Esparzo con mucho amor las cenizas y observo inerte cómo se mezclan con la arena y el aire, cubriendo algunas de ellas los pétalos perfectos de una pequeña rosa naciente. Miro el objeto vacío que portan mis manos y ni siquiera sé qué hacer con él, más que dejarlo por ahora aquí, en el suelo, medio olvidado. Tan solo un instante, uno que necesito para pensar.
La capilla está muy cerca, a unos metros, pero yo hoy no siento deseos de entrar en un lugar techado. Uno de los caminos de piedra que en su día mi propio padre trazó se me antoja ahora seguir como camino, hasta que los cipreses guardianes aparecen ante mí.
Desde hace unos minutos, tengo la desagradable sensación de que alguien me observa. Sin embargo, me giro y tan solo me parece ver una cortina que se mueve en una ventana de la galería que da al jardín. El teléfono móvil me vibra con fuerza y me da un susto tremendo. Miro la pantalla y veo el alegre rostro de Irene.
—¡Hola! —Intento parecer animada.
—¿Cómo estás preciosa? —me pregunta preocupada.
—Estoy bien Irene. Algo aturdida, ha sido todo demasiado rápido. Demasiado irreal. Ahora, por ejemplo, estoy en la casa, paseando por un jardín que recuerdo de ensueño y resulta ser un huerto yermo. Me siento estafada por la vida, ajena en mi propia casa, furiosa y extrañamente cansada… pero quitando eso, estoy bien —le digo riendo para intentar suavizar todo lo que le he soltado.
—¡Venga paleta! ¡Tú puedes, con eso y con más! ¡Eres la tía más fuerte que conozco! Pacífica por fuera, pero guerrera por dentro. Además de hablar de esa forma tan tuya… ¿has dicho yermo? ¡Deberías leer menos poesía! Pues eso, y además estar muy buena y llevarte todas las miradas, dicho sea de paso. Por eso sí estoy enfadada contigo —me dice en broma.
Como siempre, mi amiga Irene saca lo mejor de mí.
—¿No será al revés? Estoy bien pelirroja, de verdad.
—Intentaré ir pronto a visitarte. ¿Te parece bien?
—Me parece mucho mejor que bien. Aquí estaré.
Vuelvo a guardar el móvil en el bolsillo y continúo avanzando, triste, melancólica, por la pena del momento, y por la angustia de ver el estado en que todo se encuentra. La llamada de Irene me ha animado un poco, pero…
Con asombro descubro que tras los cipreses guardianes y los setos de buganvillas, hay una especie de hueco cubierto por algo de maleza, que yo, desde luego, no recordaba. La mala hierba del suelo disminuye y las hojas reverdecen. ¡Menuda sorpresa! ¡Es magnífico!
¡Esta parte debe ser nueva! ¡Todo está cuidado hasta el último detalle y siento rabia por no haber venido aquí antes! De haberlo hecho, hubiese podido esparcir las cenizas en este lugar.
Observo que la hiedra que recubre el muro se ha adueñado de unas viejas vigas de madera y sirven de techo a una pequeña galería totalmente cubierta de hiedra y con pequeñas campanillas violetas por doquier. Hay una especie de estanque pequeño, tiene nenúfares… y todo está sumamente cuidado. No salgo de mi asombro cuando la veo. Es la fuente más hermosa que jamás pude imaginar. Una fuente de piedra blanca coronada con la hermosa escultura de un ángel. Un ángel hermoso. Siempre he escuchado que los ángeles no tienen sexo, pero yo diría que en este caso se trata de una mujer. Muestra una gran serenidad en su rostro, es muy hermosa y extrañamente familiar. Es increíble, tan increíble que me hace contener la respiración. El parecido con mi madre es asombroso. A pesar de que solo es una escultura, consigue que se me pongan los vellos de punta.
Representa a una mujer hermosa que eleva una mano al viento mientras la otra señala hacia la dirección contraria a la casa. Da la sensación de señalar en dirección a los rosales. Tiene una larga cabellera que parece retar al viento, y viste una túnica o camisón, que se adhiere a su cuerpo como si una brisa soplase. Su cara mira hacia abajo. Es como si sonriese a alguien junto a ella, pero no hay nadie más. Su rostro tiene una expresión carismática, atrayente. Y bajo el vuelo de su vestido, una estela de rosas se alinean como sujetándola con gracia.
Me quedo absorta observando sus inmensas alas. Parecen querer cortar el viento, como un símbolo de poder, y a la vez sin embargo transmite una gran serenidad. Siento como si su rostro hubiese atrapado en cierta forma al mío y no existiese nada más en el mundo que ella y yo. Esas inmensas alas que podrían ser una especie de amenaza para algunos, para mí son como un remanso de paz que me incita a acercarme más y más a ellas. Uf, no puedo evitar un suspiro y pensar a la vez que Irene tiene razón. Quizás lea demasiado poesía… pero es que esta escultura es… “mágica”.
El crujido de las hojas me hace girarme de pronto. De nuevo esa sensación trepidante de que alguien me observa. Señor, hace frío de pronto.
—¿Hay alguien ahí?
Escucho trinos y observo que, unos metros a la derecha de la fuente, hay un porche en construcción. Imita la forma de túnel abierto de la galería de la entrada, y todo su interior está lleno de rosales, colocados con sumo cuidado. Unas vigas de madera cubiertas por hojas de parra forman el improvisado techo, y en el centro, un banco.
Una especie de atracción magnética me lleva a sentarme en ese banco y veo que desde aquí se puede tener una visión inmejorable de la fuente y el bello rostro del ángel. A lo largo de la galería hay varios bebederos para pájaros, de ahí los trinos. Debo felicitar a Germán por esto, es exquisito.
Unas risas claras llegan a mí, aunque no veo a nadie.
—¿Hay alguien ahí? —vuelvo a preguntar.
Las risas callan de repente. El frío aumenta y echo de menos haber cogido alguna prenda de más abrigo. En cuestión de segundos, siento mis dientes castañear y abrigo mi cuerpo lo mejor que puedo. Hora de volver a casa.
Ahora es el sonido de un llanto el que captan mis oídos. Me estoy poniendo muy nerviosa. Me levanto del banco para regresar a casa y es entonces cuando veo a una muchacha que me observa.
—¡Hola!
Ella no me contesta.
—Me llamo Anabel. ¿Te encuentras bien?
Me mira sorprendida. En su rostro hay huellas de llanto. Es a ella a quién escuché antes. Pero no me habla, no me dice nada, solo me mira.
—Acabo de llegar. No nos conocemos, imagino que trabajas en la casa —le digo sonriente. Intento tranquilizarla como sea, porque la veo cada vez más nerviosa.
Ella sale de detrás del seto. Se la ve tremendamente pálida. Es hipnótico el contraste entre su pelo negro azulado y enmarañado, con la blancura casi etérea de su piel. Lleva unos vaqueros manchados, parece que de barro y unas manchas blancas en una blusa roja.
—¿Puedo ayudarte?
No me habla, pero me dice que no, lentamente, en un movimiento casi imperceptible. Y después… me hace una señal para que me acerque. ¿Cómo puede ir con una blusa tan fina y no tener frío? Aquí hace un frío que pela. Claro que sus labios están tan pálidos…
—¿No puedes hablar?
Ella me ignora y sigue andando, tan solo unos metros. Y de pronto, sale corriendo. Y yo corro tras ella, pero es inútil.
—¡No puedo seguirte! ¿Dónde estás?
No me contesta, no aparece. Y yo, ni siquiera sé cómo, me veo ante una serie de esculturas alineadas ante mí. Todas se parecen en mayor o menor medida a la figura de la fuente. Pero estas son más pequeñas. Están realizadas con un material blanco, tal vez yeso, muy bien tratado, dan la impresión incluso de ser de mármol. Hay once figuras en total, jóvenes en distintas posturas en una especie de danza. Todas ataviadas de forma similar al ángel de la fuente, pero en este caso, exentas de alas.
Da la sensación de que quieren cogerse de la mano. Sus movimientos, sus caras… no me gustan. Me hacen sentir una sensación como de angustia, no sonríen como el ángel de la entrada, y por alguna extraña razón me hacen sentir en un mausoleo.
La escultura del ángel transmite serenidad, amor, paz… pero estas esculturas, revelan una especie de agonía sin fin. Como si no pudiesen dejar de bailar, como si alguien las obligase a mantener ese ritmo frenético. Me resulta inquietante, y a la vez me atrae. Una parte de mí siente ganas de unirse a ellas en el baile…
No me lo puedo creer… No me lo puedo creer. Me llevo la mano al estómago y respiro con dificultad. Una de las esculturas es terroríficamente parecida a la joven que he visto antes. Pero eso no es posible, salvo que sea modelo. Eso es, es muy guapa, seguro que es modelo. Aun así, levanto mi mano y voy a tocarla, pero el frío se intensifica y algo me hace querer salir de ahí de inmediato.
Retrocedo por donde mismo llegué, nerviosa, con prisas. Y sin mirar atrás. Todo el tiempo una sensación de llevar a alguien tras de mí, esa sensación de que en cualquier instante alguien te va a agarrar por la blusa o el pelo. Acelero, tomo la urna que antes dejé en el suelo y me apresuro a casa. ¿Dónde se habrá metido la chica? Siento humedad bajo mi nariz al mismo tiempo que el frío empieza a remitir. Cuando voy a entrar en casa por la puerta que la conecta con el jardín, me veo reflejada. La humedad es sangre. Estoy sangrando por la nariz, y mi corazón, sin motivo, late loco y acelerado.
Capítulo 7
La ducha ha sido una auténtica bendición, tanto para mi cuerpo como para mi alma. Me siento como si realmente hubiese arrastrado con ella las malas vibraciones que sentí al llegar. No puedo dejar de pensar en la muchacha del jardín.
Abro mi maleta y tomo el primer vestido que veo. Es un vestido azul marino recto, no demasiado formal, pero sí elegante. Es mi primera noche aquí, y en el fondo, quiero causar buena impresión. Mientras me pongo el vestido recuerdo a Irene. Cada vez que podía, me lo cogía del armario. En otras circunstancias se lo habría regalado, pero es un regalo de mi padre. Me recojo el pelo haciéndome un moño, y unas gotitas de mi perfume de jazmín me completan. Quizás esté algo pálida, pero supongo que es normal.
Al cruzar el patio de las columnas, no puedo evitar quedarme embelesada admirándolo. Sigue resultando tan impresionante como cuando era pequeña. Lo recordaba justo como está, impoluto. Tiene una iluminación preciosa y, a pesar de que no dispone de la variedad de plantas de antaño, se ve magnífico.
Un suave aroma me envuelve y observo maravillada la “dama de noche” que se ha adueñado de forma lenta, pero segura, de una de las esquinas del patio. Señor… me llevo la mano al pecho mirándola absorta. De niña inhalaba su perfume una y otra vez, hasta que en una ocasión, una pequeña arañita blanca me picó en la nariz y se me puso como la de un payaso. Cuántos recuerdos…
Los ladrillos del brocal del pozo central parecen llamarme y paso la yema de mis dedos por su borde. Isabela gustaba de sentarse aquí a leerme cuentos. Ella y sus historias medievales.
Pero eso fue hace mucho. De pronto, me siento como una intrusa. Como si ya no perteneciera a este lugar, como si estuviese de visita. Respiro hondo, cuento hasta diez, y con timidez, me acerco al portalón de entrada a la casa principal, donde vive el resto de la familia. Voy a tocar el timbre que hay situado en su lateral, cuando de pronto aparece de la nada El Búho.
—Buenas noches, Anabel. —¡Señor, qué alivio! ¡Y yo que pensé que este hombre era mudo!
—Buenas noches, Robert.
—Pasa, te estamos esperando.
Voy tras él, meditando un poco de forma tonta en lo bonito que es su nombre completo, Roberto. Pero, al parecer, él prefiere Robert, porque es más “artístico”. Así que aquí estoy, siguiendo a este hombre, y pensando para mis adentros que el apodo de “Bobby, El Búho” le iría como anillo al dedo.
El inmenso recibidor de la casa parece dormido, la luz es tan tenue, que apenas pueden apreciarse las pinturas que mi madre realizó en su día para decorarlo. Qué pena. Este lugar, con la conveniente iluminación, es un lujo para los sentidos. Mi vista se dirige hacia la escalera gigantesca que lo preside. La gran escalinata con forma de “Y” a la que, mi madre, tanto tiempo dedicó. Unos anchísimos escalones de mármol blanco ascienden lentamente hasta el descansillo de los mismos. Un pequeño banco de madera con unos cojines de rayas, llena el espacio. Y justo sobre ese banco, el magnífico cuadro que imita al Jardín de las Delicias del Bosco.
Dos tramos de escaleras nacen de este descansillo, cada uno te conduce a una de las dos alas superiores de la casa, y desde cada una de ellas, como destino preferente, la torre encantada, como le llamaba de niña. Tengo que explorarlo todo a la primera ocasión. Igual que he buscado por casa cualquier recoveco con hendidura para llave, tengo que buscar por aquí. Tal vez mi padre guardó “el tesoro” en la torre. Él sabía que era mi lugar mágico especial…
Uf, que pena verlo todo en esta penumbra. De pequeña me daba miedo este lugar, porque lo veía oscuro y demasiado grande. No entendía por qué se necesitaba tanto espacio para recibir a la gente. Pero mi madre me enseñó que este lugar es la primera impresión de una casa con historia. Su tarjeta de presentación, su identidad.
—¿Te ocurre algo, Anabel? —me pregunta Robert.
—Oh, lo siento, me he distraído un poco. Recuerdos.
Las puertas del inmenso salón están abiertas de par en par, esperando deseosas nuestra llegada. Todos se ponen de pie, y yo me siento como en una película en blanco y negro.
—Bienvenida Anabel. Oh, estás guapísima —me saluda tía Francesca.
—Gracias, tú también.
En un rápido vistazo, compruebo que en el salón todo está perfecto y ha habido muy pocos cambios. Las cortinas quizás. No estoy muy segura. Al ver la inmensa mesa central, la hermosa vajilla y, esos relucientes cubiertos, me siento cohibida. Transportada a otra época. Casi espero que de un momento a otro salga un mayordomo a retirarme la silla. Claro que Adela tiene un papel muy similar.
Aliviada veo que al menos estoy sentada frente a mi tía. Pascual y Robert están sentados cada uno a un lado de mí. Intento rememorar recuerdos en este salón, pero no lo consigo. Era un sitio prohibido para niños, que tan solo visitaba en alguna que otra Noche Buena. Pero sí me alegro de haber elegido el vestido azul. Todos están muy elegantes y creo, que si hubiese venido en vaqueros, hubiese saltado algún tipo de alarma.
Mientras van haciéndome preguntas sobre mi trabajo y demás, llega la cena. Unos entrantes, vino, una sopa, un poco de carne, unas verduras, y postre. ¡Voy a explotar! Tengo que acordarme de felicitar mañana a Lola. Se ha asomado en un par de ocasiones a guiñarme el ojo, y en ese postre de flan con caramelo y nata, casi asciendo al cielo. Cocina mejor que nunca, eso sí, debí avisarla para que no intente engordarme en una sola comida.
Por fin nos levantamos. Menos mal. Pensé que mi culo se había quedado adherido a la silla. Aprovecho que nos sentamos un poco en el sofá tapizado con un color verde muy raro, entre verde lechuga y verde espinaca, y comento a todos mi sorpresa por lo que he descubierto hoy.
—Esta tarde he estado paseando por el jardín. Me ha gustado mucho la parte nueva.
—¿Parte nueva? —responde de inmediato Robert, acribillando con la mirada a mi tía. Pero la cara de sorpresa de ella, es bien sincera.
—Sí. Hay un estanque con nenúfares, una hermosa escultura de un ángel blanco, una galería verde llena de rosales…
—¿Qué? ¡Por favor! ¡Es imposible! ¡Eso habría costado una barbaridad! —vuelve a insistir Roberto.
—Pues es así, yo misma lo he visto todo esta tarde.
—Anabel, ¿te encuentras bien?, ¿estás segura? —me pregunta Pascual.
—Esta tarde salí a pasear. Quería recordar. De pequeña yo jugaba mucho en ese jardín. Al principio me fijé un poco en lo deteriorada que está la parte que linda con la casita azul, pero luego, fui avanzando y descubrí al ángel blanco y todo lo demás. Luego conocí a una muchacha. Creo que es muda, ¿es una empleada?
No me pasan por alto las miradas que van lanzándose unos a otros.
—Cariño, no tengo ni idea de a qué te refieres. Nos gustaría hacer arreglos en el jardín, pero ahora mismo, las finanzas no son las más apropiadas. En cuanto a la joven… a veces viene una muchacha del pueblo a ayudar a Lola con la limpieza fuerte de la cocina. Sería ella —me explica tía Francesca.
Pascual me mira con una expresión que no me gusta. ¿Tristeza? No sé, pero coge mi mano. Parece que cualquier ocasión es buena para él en cuanto a coger mi mano. Esta vez, entrelaza sus dedos entre los míos.
—Pascual, te prometo que lo he visto. Por favor, créeme —le suplico con la mirada.
Siento como intensifica su mano sobre la mía. Tanto, que me siento algo incómoda y de forma automática la retiro dejándole algo sorprendido. Sin embargo, se repone pronto y creo, que ha decidido ayudarme.
—Hagamos una cosa. Ya es muy tarde, hace frío, y durante la noche el jardín no está bien iluminado. Si quieres, mañana a la luz del día, te acompañaré y me lo muestras. ¿Te parece bien?
—Sí, gracias —le contesto con un agradecimiento auténtico y sincero.
—De nada. Y Anabel, me alegro de que estés aquí. Tal vez tú le devuelvas a este lugar algo de la alegría que una vez tuvo.
Su voz ha sonado neutra, pero una leve mirada hacia su madre indica que sus palabras estaban dirigidas a ella. ¿Qué ocurre aquí?
—Si no os importa, me gustaría acompañaros —añade Robert.
¡No me lo puedo creer! ¡El Búho ha vuelto a hablar! Y nos quiere acompañar y todo.
—Por mí, perfecto —le contesto.
—Bien. Hasta mañana entonces. Me voy a la cama. Tengo que hacer algunas cosas antes de ir a las clases de interpretación —me contesta.
—Yo también me voy a dormir. Muchas gracias por la maravillosa cena.
—Descansa querida —me recomienda tía Francesca— mañana si quieres puedes visitar toda la casa y seguir recordando cosas. Imagino que todo esto despertará muchos recuerdos en ti. ¿Estás segura de no querer dormir aquí esta noche? Sabes que hay camas de sobra.
—Muchísimos recuerdos. No, gracias tía, de veras. Mañana será otro día. Tengo muchas ganas de subir a la torre. Pero mañana. Hoy estoy agotada. Buenas noches a todos.
Pascual decide acompañarme y yo la verdad es que lo agradezco. Mi retirada de mano de antes pudo parecerle algo brusca. Pero es que… no sé, algo no me cuadra del todo. Es como si su conducta ya no fuese tanto de primo o amigo, sino más bien… algo más íntimo. Es absurdo. Acabo de pensar una auténtica gilipollez.
—Hay algo que no entiendo, Pascual. Tenéis personas trabajando como jardineros y también operarios de mantenimiento, pero tú mismo has reconocido que el jardín está mal iluminado. Y hoy me ha dado la sensación de estar descuidado. No comprendo.
—Vivimos un poco estresados. Las cosas no han ido bien económicamente en los últimos años. Trabajo, y más trabajo, ya sabes. Ahora que tú estás aquí, tal vez la cosa pueda cambiar. Algo me dice que tú sí vas a disfrutar de él.
—Lo haré sin duda. Me trae bellos recuerdos.
—Y a todo esto, ¿no te da miedo dormir sola? —se preocupa Pascual.
En su voz no hay invitación, ni doble sentido, ni nada parecido… entonces, ¿por qué siento que se erizan los vellos de mis brazos?
—No estoy sola. Estáis muy cerca y además no creo que por aquí haya ningún peligro.
—Tal vez, pero la mayoría de las jóvenes de tu edad no querrían dormir solas.
—Yo no soy como la mayoría.
—Ya me he dado cuenta. Buenas noches y bienvenida otra vez.
—Gracias. Buenas noches.
Le doy un beso en la mejilla y entro en casa. O él está muy raro esta noche, o a mí, el día me está pasando factura. Al menos, mi tía estaba muy cariñosa. El Búho me ha hablado varias veces y Adela… Adela sigue siendo Adela.
Voy encendiendo luces y pensando en que esta es mi primera noche aquí después de todo aquello… Cierro todas las ventanas y puertas. Es extraña la sensación de ponerse el pijama y acostarse en la cama que fue de mis padres. El reflejo azul de la pared me hace sonreír.
—Oh, mi pequeña Anabel. Va a quedar todo precioso. Ya verás.
—Mami, todo azul. Mucho azul.
—Sí tesoro. El azul es bonito. Es alegre. Es el color del cielo, del mar, y también el color de los ojos de tu padre, y de los tuyos. Me gusta como me veo reflejada en él.
—A mí me gusta mami. Pintar azul.
—Allá vamos señorita.
En aquel entonces yo tenía tres años. Mi madre empezó a mover muebles como una posesa. Tampoco había mucho que mudar y comenzó la tarea por mi dormitorio. Me dio una brocha y me dijo:
—Cariño, intenta pintar solo en la pared. Los muebles los pintaremos otro día. ¿De acuerdo?
—Sí, mami.
Por supuesto, dejé monísima la pared, mi ropa, el suelo, mi cara… Todo azul cielo.
—Oh, sí. Estás preciosa con ese color.
También recuerdo la cara de mi padre, cuando ella le explicó el siguiente paso.
—¿Verdad que ha quedado precioso? Venga Tobías, tráeme más pintura de este color. Queda mucho por hacer.
—¿Mucho?
—¿No creerías que solo pintaría un dormitorio! Todo esto va a ser redecorado.
—¿Todo?
—¡Pareces un loro! Sí, ¡todo!
—Y… yo ¿también puedo pintar?
—No seas gamberro Tobías, no uses demasiado la imaginación.
—Y tú no seas aburrida Ana. A mí también me gusta pintar, pero quiero que el lienzo seas tú…
Sintonía. Tenían sintonía y melodía, como el mejor vals del mundo, en perfecta combinación música y baile. Así eran ellos.
Y Pascual… Siempre lo he considerado como mi hermano. A veces, cuando mis tíos discutían, él venía de inmediato a buscar refugio aquí. Pienso que para él, ella era una segunda madre. Francesca siempre ha sido buena persona, pero con un carácter fuerte, mi tío José la llamaba la Madonna mandona. Oh, sí, recuerdo el sentido del humor de mi tío y sus juegos de palabras.
Voy notando el peso de mis párpados. Tal vez tenga suerte y consiga conciliar el sueño, tal vez incluso logre soñar con un hermoso jardín lleno de flores, fuentes y estatuas, pero esta vez, con caras sonrientes. Quizás pueda a través del sueño descansar un poco mi alma o descubrir qué le pasaba a aquella joven misteriosa…
Capítulo 8
—¿De qué están hechos los ángeles, mami?
—Uy, no lo sé. Supongo que de nubes de algodón.
—¿A qué huelen mamita?
—A helado de vainilla y flores de azahar.
—¿Se le caen las alas?
—Solo si son malos. Y los ángeles no son malos, ¿verdad mi pequeño angelito?
—Y…
—Venga Anabel. Duérmete ya. Te cantaré algo y mañana, si quieres, pintaremos ángeles pequeñitos con tus nuevas pinturas.
—Oh, sí, mami. Por favor.
Mi mente está mezclando retazos de sueño y de recuerdos reales, presos de una vigilia, de un duermevela que no me permite descansar. Volver aquí ha despertado una parte de mí que creí olvidada. Ya no soy la pequeñita de cinco años que estrenó su caja de carboncillos y pinturas nuevas dibujando ángeles. Pero me siento como si de nuevo fuese esa niña. Una niña que siempre fue inquieta y quiso saber. Nunca acepté el porqué de las cosas como tal, yo quería conocer la base. Quizás por ello, me cuesta tanto aceptar las imposiciones de la vida.
Como cuando tenía ocho años…
—Don Antonio, ¿por qué no nos habla de los ángeles?
—Oh, Anabel. Tú siempre igual. Estos seres fueron muy importantes. Date cuenta de que un ángel anunció a María que iba a nacer nuestro señor Jesús.
—Sí, pero, ¿por qué en lugar de curas no hay ángeles?
—No puedo responderte a eso. Solo puedo decirte que todo tiene una explicación lógica. Lo mismo si están, junto al sacerdote, de forma discreta y sin que nadie los vea.
—¿De verdad cree usted eso?
No me convenció don Antonio. Pero no quise preguntar más, porque luego, se quejaba de mis preguntas a la directora, y ella me reñía. Creo que una de las aficiones favoritas de mi directora era esa, llamarme la atención. Pero lo único que yo hacía era preguntar mis dudas. Seguir un temario es lógico, pero la vida es más que una serie de temas relacionados o no entre sí, en un orden de consecución establecido por alguien. La vida es un compendio de experiencias y reflexiones.
En determinadas clases todo era sota, caballo y rey. No podías salirte del orden establecido en la asignatura correspondiente. En otras, sin embargo, como por ejemplo en la clase de historia de la Srta. Paula, no solo preguntábamos, sino que ella se extendía, nos ponía ejemplos, traía diapositivas. Me encantaba la clase de historia. Es más, hoy por hoy, pienso que esa fantástica profesora jugó un papel importante en mi formación posterior. Potenció mis ansias por saber, me hizo vivir su asignatura.
Ángeles...
Un ángel es lo que pedí, hasta desgarrarse mi corazón, al morir mi madre. Pedí, lloré, rogué que me la devolviesen. Que ya tenían muchos en el cielo. Que yo solo la tenía a ella. Dos días después, tío José también moría y con su muerte, llego el desgarro. Papá me informó de que nos marchábamos. ¿Cómo explicarle a mi padre, que mi madre seguía ahí, aunque nadie más que yo pudiese verla? No físicamente, pero sí en cada rosa, en cada pájaro, en las gotas de agua de la fuente, en su cuarto de pintura, en la fotografía de mi dormitorio… Irme de casa era alejarme de ella.
Antes de partir, mientras mi padre subía mi pequeña maleta en el coche, corrí al jardín a despedirme de ella. Una vez más, me pareció ver su reflejo en el agua de la fuente y, sentí una emoción infinita. Mis lágrimas saladas se mezclaron con el agua dulce en aquella mañana, en la que hasta los pájaros callaron, creo que por respeto.
—Yo le cuidaré, mamá.
Recuerdo haber metido mis pequeños dedos en aquella misma agua, removiendo en ella como si así, mi madre pudiese emerger. Noté una calidez en mi mejilla y un poco de alivio en mi corazón. Como si un beso de madre me hubiese sido regalado. Y después… me marché. Como guiños en la hora mágica del subconsciente, voy recordando aquella época tan amarga.
Recuerdo mi pena al ver la casa alejarse… ”Villa Ana”. Recuerdo la angustia al llegar a aquel piso tan frío y desangelado. Recuerdo los llantos de mi padre cuando me creía dormida, la paciencia de Andrés en acompañarle a todas horas, los abrazos y caricias de María. La de noches que me dormí en su regazo, soñando con mamá…
Recuerdo la primera vez que intenté volver a pintar. Fue imposible. Sin ella, no podía. Y recuerdo mi primer trabajo como restauradora. Me devolvió paz.
Y ahora, estoy aquí, intentando dormir y soñar con ángeles que me ayuden a algo imposible. Porque ellos ya se han ido cuando noto una calidez en mi mejilla y un poco de alivio en mi corazón, como si el beso de una madre me hubiese sido regalado… y al fin, consigo dormir en esta primera noche de regreso a casa.
* * *
La claridad sobre mis párpados me hace volver a la lucidez. Abro los ojos, y percibo como el sol entra a raudales en la habitación, llenándolo todo con su luz, y haciendo un pequeño exorcismo sobre mis angustias. ¿Dónde estoy? Ah, sí. En casa. Mi primera noche aquí después de tanto tiempo.
El agua templada de la ducha me devuelve la energía. Mis vaqueros favoritos y una camiseta roja con un gran corazón verde en el pecho, me recuerdan que es hora de dejar de parecer un fantasma pálido. Como voy a desayunar con Lola, decido poner algo de brillo en mis labios y sombra en los párpados. Pocos se darán cuenta de la noche tan inquietante que he tenido.
—¡Por todas las abrazaderas del mundo! ¿Eres tú Anabel?
—¡Hola Luis!
¡Qué alegría! Aún no había visto a Luis y corro a él como si fuese una niña pequeña. Me da un abrazo enorme y ríe a carcajadas levantándome del suelo y levantando la curiosa mirada de un hombre que está a su lado y que no conozco.
—¿Cómo estás pequeña? ¡Aunque ya no se te puede decir pequeña! ¡Eres toda una mujer, y una muy guapa, por cierto!
—Oh, Luis. Tú, como siempre.
—Cariño, no puedo perder mi fama de conquistador indomable. Vuelvo locas a todas las mujeres, y en tu caso, ya lo eres. Así que sígueme la corriente y dale otro achuchón a tío Luis.
Le sonrío como una boba, recordando tantos momentos y observando divertida las arrugas que se han formado en torno a sus ojos marrones. Tiene la piel curtida, y el pelo algo gris, pero no debe tener más de cincuenta y tres o cincuenta y cuatro años. Es un hombre muy risueño y capaz, que lleva trabajando en la casa toda la vida. Comenzó conduciendo un tractor y llegó a ser el capataz por así decirlo, el encargado. Que yo sepa, nunca se casó. Siempre decía que las mujeres eran el amor de su vida, pero en general. Que solo una casi consigue colocarle una alianza. Pero al parecer, algo falló también en esa relación.
—Siento mucho lo ocurrido Anabel. Tu padre siempre fue un gran hombre y le debemos todo por aquí. Fue generoso no vendiendo la finca y permitiendo a la familia de tu madre quedarse. Y ha sido generoso con lo de las participaciones. Pero deja que te presente a Pedro. Ya lleva un tiempo con nosotros, se podría decir que es mi mano derecha.
A su lado, un hombre joven, de unos treinta años, vestido con un mono de trabajo azul, me observa con una fijeza que me pone los vellos de punta. Lleva el pelo algo largo y muy despeinado. Es algo grueso y lleva barba de un par de días.
—Encantada Pedro —le saludo de forma educada.
—Igualmente —me contesta él algo rudo.
Al adelantarme para dar la mano a Pedro, mi pelo aún húmedo se me va a la cara. Como lo llevo suelto, es difícil de domar con tantos rizos. Al echármelo para atrás, se enreda con la cadena donde llevo colgada mi pequeña llave. Me la coloco y Luis se queda mirándola.
—Bonito collar.
—Sí. Me lo regaló mi padre. Tú sabes, la llave de su corazón —le digo con disimulo.
Pedro me mira con recelo, mientras Luis se ríe y vuelve a darme dos besos.
—Me alegra tenerte por aquí, pequeña. Cuidado con Lola. Te está esperando para desayunar. Ha repetido al menos siete veces en cuatro minutos que estás muy delgada —me dice guiñándome un ojo.
—Hasta luego Luis. Adiós Pedro.
Y ahí está mi Lola, en el centro mismo de sus dominios. En esta gran cocina, cuna de los mejores platos que alguien puede imaginar, y fruto de la mezcla perfecta entre una cocinera de esas que “lo llevan en la sangre” y el transcurso del tiempo. Entre cacharros y ollas, girando su cuerpo hacia mí, con su enorme y sincera sonrisa. Creo que nunca he visto a Lola de mal humor. A veces vocifera mucho a Julio, su marido, pero ella dice que es para “refrescar el cariño”.
—¡Buenos días, jovencita! ¿Has descansado?
—Sí Lola. He dormido bien. Por cierto, felicidades por la cena de anoche, como siempre, te has superado.
—¡Por fin alguien que sabe apreciar mi buena cocina!
—Sí, sí. Pero que sepas que lo de cebarme no es una idea que compartamos.
—¡Venga ya niña! ¿Qué es esa tontería de la línea? ¡Curvas! Venga, siéntate. Dime, que te apetece ¿quieres unos churritos?, ¿tostadas?
—Um, no sé. Unos churritos están bien.
—¡Marchando!
Cuando era pequeña, esta cocina era uno de mis lugares favoritos. La costumbre era que en tiempo de recolección, las familias enteras se quedaban a pasar la noche en el cortijo para que fuese más práctico, ya que trabajaban de sol a sol, como se suele denominar.
Es inmensa. Sus dimensiones pueden ser aproximadamente de doce metros de larga por siete de ancha. Tiene una gran puerta de entrada, más bien un enorme portalón de madera. El suelo era de cemento pulido, pero ahora, es de un gres policerámico que imita al barro. En las paredes hay un zócalo de azulejos de barro que combinan con el suelo. Son tonos tierra, pero también hay mucho azul y amarillo.
Me encanta su chimenea. En invierno debe tener la suficiente capacidad para calentar toda esta enorme habitación, o al menos, la mayoría de ella. Aquí se está en la gloria cuando llega el frío y los leños no cesan de arder. A un lado de ella se encuentra la primitiva cocina de leña, sin embargo, ahora ha sido sustituida por una moderna, con un gran horno y unos muebles hechos de mampostería para poder guardar lo necesario. Estos muebles no tienen puertas, y están cubiertos por una encimera, donde se colocan los enseres. Es el conocido por todos como “poyete”, hecho de los mismos azulejos, si bien en este caso, se puede apreciar que en determinados lugares de más uso se ha colocado una práctica encimera más moderna y fácil de limpiar. Los huecos de los muebles son tapados a partes iguales por puertas de madera en color roble y cortinas de cuadros en tonos azules y blancos al estilo rústico antiguo.
En el otro extremo de la chimenea hay un inmenso botellero antiguo, una especie de mueble platero de madera en el mismo color y un gran aparador donde se puede apreciar que está guardada la vajilla y la cristalería. Dos grandes mesas, que más bien parecen tableros, de al menos metro y medio de anchos, por siete metros de largo, con sendos bancos a cada lado, ocupan el lado derecho e izquierdo de la cocina.
Un ruido llama mi atención mientras me siento cerquita de donde Lola cocina. Sentada en una mesita pequeña dispuesta a modo de escritorio, Alba garabatea algo en un cuaderno de trabajo. Levanta la mirada, casi con renuncia. Está sumamente concentrada en su trabajo.
—Hola Alba, ¿ya has desayunado?
—Sí —me contesta animada— estoy haciendo mis tareas del cole. Hoy no tengo clases porque es sábado, pero mi mamá me ha dicho que las termine prontito.
—¡Alba! ¡No molestes! —le riñe su madre, salida de alguna parte tras la alacena que hay junto al aparador.
—Por favor Lucía, no le riñas. Me gusta hablar con ella.
—Es que es muy habladora, y a Germán no le gusta que moleste.
—A mí no me molesta, de veras. Al contrario, me gustan los niños. Si tu marido y tú no tenéis inconveniente, me encantaría que me visitase siempre que ella quiera. Creo que allí se va a distraer bastante, si le gusta pintar, tengo un montón de pinturas y pequeños lienzos.
Lucía parece estar asombrada y a la vez encantada. Sin embargo me da la sensación de que todo esto requiere la autorización de Germán. Algo me dice que es un hombre algo severo, al menos en lo que respecta a la educación de Alba.
—Toma, mujer esquelética, tu desayuno. —Lola ha puesto ante mí unos churros estupendos que huelen a gloria y un tazón de chocolate.
—Muchas gracias Lola. Esto es un placer del que no voy a prescindir. Por cierto Lola, el otro día vi a una joven en el jardín. Parecía haberle pasado algo, una muchacha más o menos de mi edad, con el pelo negro, aunque más corto que yo… llevaba vaqueros y una blusa roja, y creo que es muda. ¿La conoces?
Lola me mira con asombro.
—Pues no.
—Mi tía me comentó que a veces viene alguien a echar una mano para fregar bien la cocina. Pensé que tal vez fuese ella.
—No. No tengo idea de quién puede ser. De todas formas, no es normal que alguien entre en la finca sin permiso. Pocos acceden a ella salvo el personal que trabaja aquí, y algunos amigos del joven Pascual o de Roberto. Igual es una de las chicas esas actrices, amigas de Roberto.
—Te refieres a Robert…
—Me niego a llamarle así. Es de tontos cortar el nombre de esa manera —me dice enfadada arrancándome una carcajada.
—¿Y tú, Lucía? ¿Tampoco la has visto?
—La verdad es que no.
Mientras, la pequeña Alba se acerca sigilosa y se sienta a mi lado. Veo que está haciendo un dibujo en su cuaderno. Me fijo un poco en él, me gusta, parece que está dibujando… ¡Menuda casualidad! ¡Un ángel!
—Qué bonito. ¿Qué dibujas Alba?
—Mi seño de religión me dijo que tenía que hacer un dibujo para llevar el lunes. Algo que me acercase a Dios. He pintado un ángel.
—Es precioso.
—Preciosa.
—¿Preciosa?
—Sí. Es una señora. ¿Te gusta? A veces tengo sueños muy bonitos con un ángel, es una señora muy guapa. Se parece mucho a ti. Tú también pareces un ángel. ¿A ti también te van a salir alas?
Siento un escalofrío y una sensación de vacío profundo en el estómago. No sé si habré palidecido, pero por cómo me mira Lola, es posible.
—Uy, no cariño. Yo no soy un ángel.
—Pues la señora de blanco me dijo que su ángel iba a venir pronto.
—¿La señora de blanco?
—Sí, la que se parece a ti.
—Pero… no tengo porqué ser yo.
—Sí, porque eres igualita que ella. Cuando ella se ríe también tiene estos agujeritos —me dice señalando los pequeños hoyuelos que se me forman al sonreír.
—¡Alba! ¡Ya está bien! Por favor, discúlpela —la interrumpe su madre.
—Tranquila Lucía, y no me hables de usted, casi tenemos la misma edad. No me molesta, de veras. Hablar con tu hija es un soplo de aire fresco.
La pequeña Alba nos dedica la sonrisa más hermosa del mundo, radiante. No me ha molestado, en absoluto, pero cuando me ha dicho lo de los hoyuelos, un cosquilleo me ha recorrido el cuerpo y he notado una sensación similar a cuando alguien te da un pequeño soplido en la nuca.
—¿Ves mamá? ¡Te lo dije! Ella es un ángel aunque todavía no tenga alas.
—¡Pues sí que te han calado pronto, primita! —se burla Pascual que en ese momento entra en la cocina—. ¿Por qué no has venido a desayunar con nosotros?
—Ah, buenos días Pascual. Tenía muchas ganas de desayunar con Lola.
Sin previo aviso la pequeña se abraza a mi cuello y me da un beso en la mejilla. Echa mi pelo para el lado, y me susurra al oído…
—Mi mamá no quiere que te lo diga, pero el ángel me dijo que todo iba a salir bien. —Y acto seguido se gira, coge su cuaderno, le da un beso a su madre, otro a Lola y sale brincando para el patio.
—Adoro la energía de los niños —comento un poco para quitar el aturdimiento que siento.
—Bien prima. ¿Vamos a ver ese jardín?
—Claro que sí, ¿y Robert?
—¡Ya estoy aquí! —contesta desde la puerta.
Capítulo 9
Enfilamos el sendero hacia donde está la piscina. Me gusta muchísimo esta zona, porque a un lado de la misma hay varios ficus que proyectan su sombra sobre una parte del agua, mientras que el resto, queda libre para poder disfrutar del sol.
En uno de los bordes, a un metro del agua aproximadamente, se colocaron dos bancos para poder sentarse a disfrutar de la frescura de la noche en verano. Recuerdo, cuando de niña, a veces, sacábamos aquí un pequeño velador y colocábamos pequeños candelabros con velas junto a la piscina.
En invierno es agradable sentarse en este lugar y sentir el sol en la cara, creo que yo pasaría el día entero aquí si me fuese posible.
—Me da la sensación de que no paseáis mucho por aquí ¿me equivoco? —le pregunto viendo el estado de semiabandono en que se encuentra.
—La verdad es que no — me comenta Pascual—, al menos yo no tengo demasiado tiempo.
—Tu madre si viene de vez en cuando. Creo que alguno de sus guiones han nacido aquí —nos dice Robert, señalando los bancos de la piscina.
El gran ventanal que mis padres colocaron en la habitación donde mi madre y yo pintábamos, se divisa a la perfección. Tomo nota mental de colocar un velador cercano a la fuente. Debe ser un gusto sentarse a disfrutar de un buen libro, aprovechando la sombra de los ficus.
También tomo nota de colocar unas cortinas sobre los visillos de mis ventanas. Imagino que en la oscuridad de la noche, cuando las luces de mi casa estén encendidas, se podrá ver todo desde fuera. No tengo nada que ocultar, pero tampoco tengo afán de exhibicionismo.
—Y bien prima —me pregunta Pascual— ¿vas a regresar a Madrid?
—Por ahora no. Terminé mi trabajo allí el día antes de… venirme. No había dicho nada porque quería dar una sorpresa a papá. La verdad es que estaba preparando todo para regresar. Me han ofrecido un trabajo aquí, en Sevilla.
—¡Eso es fantástico! Me alegro mucho por ti, en serio. ¿Cuándo empezarías?
—Debido a todo lo que ha ocurrido, voy a coger ahora el mes de vacaciones que no disfruté durante el verano. Desde que me marché no he descansado más que una semana el pasado verano, y otra en las Navidades pasadas.
—Creo que te vendrá bien descansar. Todo esto ha debido ser mucho para ti, ya no solo la muerte de tu padre, también el volver aquí, debes estar algo aturdida —comenta Pascual.
—Además, no debe ser agradable vivir sola, y más, estar lejos de tu casa —añade Robert.
—Bueno, no vivía sola. Me acompañaba Irene, una buena amiga.
—Mejor. No hace mucho leí en un periódico algo relacionado con la desaparición de una chica. Por lo visto puede haber más casos, y no es por nada Anabel, pero físicamente se parecía bastante a ti. Recuerdo que a Francesca casi le da un colapso al ver la fotografía —me explica Robert.
—Sí, bueno, algo de eso he escuchado. Lo cierto es que no me preocupa demasiado. Irene puede resultar un guardaespaldas fantástico —bromeo.
Dejamos la capilla a un lado y por fin veo los cipreses. Yo les llamo cipreses guardianes, porque cuando era pequeña, veía como se recortaban sus figuras estilizadas contra el cielo, y se me asemejaba en la imaginación, a la guardia de la escolta real británica, tan erguidos y majestuosos.
No están justo al lado de la capilla, porque mi padre decía que le daba un aspecto de cementerio, así que ahí decidió plantar mejor una serie de naranjos, y algunos olivos, que dejamos en recuerdo de los que originariamente existían en la finca. Los guardianes, se dispusieron delimitando el fin de la parcela, junto al muro de piedra que la rodea.
—Anabel… —me advierte Pascual.
Me acerco a los cipreses e intento pasar a través de ellos, justo tras los setos y las hojas colgantes de las buganvillas, como hice ayer por la tarde. Pero me topo con el muro de piedra, fiero e inamovible, callado, traidor. Las hojas de hiedra están enredadas, cubriendo la piedra gris de forma absoluta, dejando tan solo, entrever de tramo en tramo el color anaranjado, fucsia, y violeta de las buganvillas.
—Os aseguro que yo pasé por aquí. No estoy loca, por favor, debéis creerme.
Como si en ello me fuese la vida, empiezo a buscar en el muro algún tipo de resquicio, un borde, una puerta, un saliente, algo que pueda estar de momento oculto por la hiedra. No encuentro nada, y cuando observo la expresión de ellos, siento un desangelo enorme.
—He debido confundirme… pero… los cipreses…
—Anabel, escúchame. No se ha hecho ninguna reforma desde la que realizó tu padre. Estás muy cansada. Psicológicamente debes estar agotada…
Siento vértigo. Profundo y absoluto, como si alguien estuviese zarandeando todo, incluyéndome a mí.
—Pascual, te aseguro que aquí había una fuente coronada por la estatua de un ángel, incluso tuve la sensación de que estaba inacabada. Me llamó mucho la atención porque me recordaba mucho a…
—¿A…?
—Esto va a sonar fatal. Lo sé. Pero la escultura se parecía muchísimo a mi madre. También había un porche cubierto con hojas de parra y una extensa galería dando sombra al lugar, era como un mirador. ¡No puede haber desaparecido todo así como así!
—Anabel —esta vez fue Robert quien me interrumpió— aquí, repito, aquí termina el jardín. Tú misma estás comprobando que aquí está el muro que lo delimita con el exterior. No hay más. Yo pensé que tal vez habías entrado en la casa de al lado… pero no desde aquí.
—No. Os puedo asegurar que pasé tras los cipreses —les digo de nuevo intentando encontrar algo y pinchándome con una de las agujas de la buganvilla, un pequeño dolor agudo incomparable al gran dolor sordo que siento ahora en mi alma.
Un sudor frío se va extendiendo por mi cuerpo. En efecto, no hay más. ¿Se puede llegar a tal punto de desesperación? ¿Lo imaginé todo?
—¿Anabel? —Pascual me mira preocupado. Robert, como si me hubiese salido una segunda cabeza de la nada.
—No lo entiendo —es lo único que soy capaz de articular.
—Llevas unos días muy intensos. Debes estar agotada. Quizás te sentaste un momento a descansar y te quedaste dormida. A veces los sueños pueden ser cruelmente reales —intenta tranquilizarme Pascual.
Escucho un ruido y me giro sobresaltada. No quiero llorar, pero siento que se me está formando un nudo en la garganta. Germán se acerca portando una manguera de riego. En un gesto involuntario llevo la mano a la boca de mi estómago, intentando aplacar la náusea que me amenaza.
—¿Pasa algo? Está usted muy pálida —me pregunta Germán.
—Está confundida —le responde Robert.
—No entiendo —aclara Germán.
—Ayer salí a pasear por el jardín y justo aquí, tras los cipreses, y a través de un hueco, había una galería de rosales, una fuente… —No reconozco mi propia voz intentando no delatar mi estado.
—Créame señorita. Llevo varios años trabajando para la familia. Jamás ha existido un hueco ahí, se lo aseguro. Y en cuanto a lo que comenta, necesitaría mucho espacio. Es imposible. Y bueno, perdón por la intromisión, pero justo al otro lado del muro hay una edificación, puede comprobarlo si quiere en el registro catastral. Lo sé porque hace poco solicitamos un plano para tramitar una documentación, y por error, nos facilitaron el de la finca contigua. Quizás la señora Francesca tenga una copia guardada.
Deben pensar que estoy loca. Quién sabe, tal vez lleven razón. ¿Cómo puede haber desaparecido todo? ¿Estoy más cansada de lo que pensaba y comienzo a ver alucinaciones?
—No sé qué decir, salvo pediros disculpas.
—Anabel… —Pascual me observa con preocupación. Robert, sin embargo, me mira con auténtico sarcasmo.
—Siento haberos hecho perder el tiempo. Necesito un momento a solas…
¿Qué ha pasado? Cuando entro en la intimidad de la casita azul, me falta el aire. Ahora sí que pensarán que he perdido la cordura.
Unos golpes en el cristal de la terraza casi me hacen gritar. Pascual está al otro lado, visiblemente preocupado.
—Anabel…
—Tranquilo Pascual. Ha debido ser el estrés. No lo sé. Te prometo que para mí fue muy real.
—¿Puedo pasar? ¿Puedo comentarte algo?
—Por favor, pasa.
Pascual entra y ve el polvo acumulado y las sábanas dispuestas aún sobre algunos muebles.
—Pueden venir a limpiar si quieres… Lucía puede ayudarte…
—Prefiero hacerlo yo. Mientras limpio y reorganizo esto no estaré por ahí viendo alucinaciones.
Cuando me doy cuenta ya no puedo detener las lágrimas.
—Lo siento.
—No pasa nada, tranquila. Ven aquí.
Me abraza y siento que en su abrazo hay una promesa de que todo pasará. Recuerdo cuando era pequeña. Siempre que había algún problema, el primo Pascual estaba dispuesto para mí. Sus ojos verde oliva, idénticos a los de mi madre, hacen que algo de paz se instale en mi corazón. Pero aun así, la angustia no termina de marcharse.
—Verás primilla, te contaré algo muy personal. Cuando murió tu madre, me sentí roto. Cuando murió mi padre, quise mandar todo a la mierda. Todo. Incluida mi propia vida. Por eso me ingresaron…
—Dios mío Pascual, yo no sabía…
Él me mira y me sonríe.
—Es parte del pasado, y en cierta forma, del hombre que soy hoy en día. Pero lo cierto es que voy a contarte algo que quizás haga que me veas de otra forma.
Ambos nos sentamos sobre el sofá de tres plazas, y él me sostiene las manos.
—Cuando me recuperé y decidí coger las riendas de mi vida, me dieron el alta del hospital. Me gustaba sentarme en los bancos que hay junto a la piscina, frente a este salón y a su sala de pintar —me dice con añoranza en los ojos—. Una de esas noches, ahí sentado, me pareció ver que algo se movía aquí dentro. Me asusté muchísimo y entré. No había nadie, como podrás imaginar. Sin embargo, al salir, cerré la puerta de la terraza desde fuera. Y entonces… la vi. Allí, tras de mí, justo al lado de la fuente.
Ay madre.
—Pascual…
—Te prometo que la vi, aunque imagino que no era real, solo mi imaginación que me hizo sentir como si ella estuviese allí, a mí lado. Durante un instante me quedé petrificado, sin más, hipnotizado por el movimiento de su cabello con la brisa nocturna, y por la extrema palidez de su bello rostro. Pero entonces, ella sonrió, y luego, desapareció, sin más. Jamás supe si realmente ella estaba allí, o solo lo imaginé, pero en cualquier caso, para mí fue real. Te lo juro. Para mí lo fue.
—¿Volvió a ocurrirte? Lo de verla, me refiero.
—No. Pero jamás olvidaré la sensación que me recorrió cuando la vi. Primero fue un pánico intenso, pero después… un alivio inmediato. Para mí, fue como saber que ella seguía siendo ella.
Jamás esperé una revelación de este tipo. ¿Qué decir? Nada, las palabras ahora no son necesarias, los gestos sí. Ahora soy yo la que lo abrazo con fuerza y una gratitud inmensa.
—Gracias primo. Gracias de corazón.
—Si necesitas algo, sabes donde encontrarme.
* * *
Pascual ya se ha marchado, y yo…
Ha llegado el momento de organizarme. De volver a sentirme en casa. Despacio, comienzo a levantar las sábanas que aún quedan sobre los muebles, y abro de par en par todas las ventanas. Voy a la cocina, tomo nota de todo lo que necesito comprar, y vuelvo a revivir sin pretenderlo, momentos del pasado. La cocina era un punto de encuentro constante. Aún puedo ver la pequeña pizarra donde ella anotó por última vez que hacían falta patatas y leche.
No. No puedo volver a caer en la melancolía. Pediré a Lola lo que necesite en este instante y mañana iré al pueblo. Cocinar es una terapia para mí desde que era casi una niña. Empecé a hacerlo para que papá se animase, y al final, descubrí que era divertido.
Pero antes de eso, hay que limpiar. Los productos de limpieza que encuentro son escasos, pero suficientes. También puedo pedir a Lola suministro de detergente y lejía.
¿Por dónde empezar? Lo lógico sería comenzar por el dormitorio, pero ese espacio sí estaba limpio cuando yo llegué ayer, así como el baño. Así que voy a empezar por el lugar que más recuerdos me va a producir, pero también, más paz. El estudio de pintura.
La luz ya entra con fuerza a través de los finos visillos e incide directamente sobre el caballete vacío. Trago saliva con fuerza, intentando sofocar esta congoja. En una esquina de la habitación hay dos mesas, una grande y otra pequeñita al lado. Las dos están repletas de botes de cristal con pinceles dentro. Todo eso habrá que tirarlo y comprar pinceles nuevos. Por ahora, me arreglaré con un estuche sin estrenar que tiene que estar guardado en mi habitación, si mamá lo guardó donde guardaba todo lo nuevo… Si Alba decide acompañarme a pintar, se lo regalaré a ella.
Ver las dos mesas juntas, los dos caballetes juntos, es duro. Pero ahora no es momento para esto. Tomo una bolsa grande de basura y empiezo a echar en ella todo lo que pienso que no es necesario. Me lleva un buen rato. En otra esquina de la habitación descansan ocho o nueve lienzos terminados. Buscaré un lugar donde colocarlos. Eso me hace sonreír.
Mi corazón se detiene un momento al ver un pequeño cofre de madera, lleno de polvo debajo del primer lienzo que retiro. Lo tomo con temblor en las manos, soplo sobre él alejando algo el polvo que lo envuelve, y con nerviosismo, tomo la llave de mi cuello e intento abrirlo. Nada. Ni siquiera la abertura tiene la misma forma.
—Seguiré buscando —murmuro a la habitación mientras coloco el pequeño cofre a un lado, no sin antes zarandearlo, comprobando un ruido familiar. ¡Mis canicas de la suerte! ¿Cómo pude haber olvidado eso? Corro a la que era mi habitación de niña y en el primer cajón de la mesita de noche está la llave redondeada que lo abre. Emocionada, levanto la tapa y veo la cantidad de pequeñas esferas de vidrio transparente con esas hojitas de plástico de color en su interior. Un tesoro al fin y al cabo.
Pero ahora, hay que continuar con el resto de cosas. Y con los lienzos restantes…
El bodegón de la vieja cocina, unos niños jugando… ¡Isabela! Hay un hermoso retrato de Isabela. A Francesca le va a encantar. Todos con su toque, todos con su Ana Lagos en la esquina inferior derecha. Esa forma suya de firmar, colocando Ana en una línea superior y el Lagos en la inferior, de tal forma que la letra “L” cruzaba el Ana de arriba y la “a” final del nombre se reutilizaba como la primera “a” del apellido. En cursiva, con su gracia y, esa “s” que alargaba en su extremo inferior para que rodease el nombre.
Cuando firmaba sus cuadros, era su forma de decir, ya los terminé. Y cuando dibujaba su firma, y extendía la letra “s” en torno a él, se me asemejaba a esa bailarina de ballet clásico, elegante y sofisticada, que se coloca sobre la puntera y eleva todo su cuerpo con gracia, levantando una mano y acariciando el viento con ella.
—Uf. Sigo echándote de menos mamá. Pero ha llegado el momento de continuar. ¿Qué voy a hacer ahora con los que tengas empezados, sin terminar?
Continúo sacando a la habitación contigua los lienzos que hay colocados en hilera, diseminados por la habitación, creo que en un orden por ella entendido. Los sujeto de dos en dos, algunos en grupos de tres… Tres son muchos, porque se me resbalan entre los dedos, e intento sujetarlos, no quiero que se estropeen. Es una lástima. Algunos están en blanco, no llegó a empezar. Mi madre tenía la particularidad de pintar más de un cuadro a la vez. Lo que jamás hacía, jamás, jamás, era firmar sus obras hasta no quedar satisfechas con ellas. ¡Oh, no! Terminan resbalando y uno de ellos cae al suelo. ¿Es que hoy no va a salirme nada bien?
Lo levanto del suelo. Ha caído bocabajo. Al darle la vuelta siento un picotazo en el pecho. La habitación se vuelve ligeramente borrosa y necesito apoyarme en algo. Termino sentada en el suelo, abrazando mi cuerpo como puedo, con los brazos, las rodillas encogidas, hecha un ovillo e intentando comprender lo que tengo ante mí.
Mi respiración se va normalizando poco a poco, y mi visión también. A gatas me acerco al lienzo en sí y lo apoyo sobre la pared del estudio. Un pequeño sobre se cae al suelo. Vuelvo a retirarme, temblando, y me apoyo de nuevo en la pared, a unos cuatro metros del cuadro. Esto debe ser una broma. La fuente con la escultura del ángel, el estanque de los nenúfares, la galería de hojas de parra. No aparecen, sin embargo, las esculturas grotescas y blanquecinas. Miro la esquina inferior derecha… la firma de mi madre aparece en el lugar correspondiente.
La pintura está seca, tal y como corresponde tras más de una década, sin embargo su olor es… penetrante, como si estuviese recién pintado, o estuviese resurgiendo de un largo letargo. Cosa del todo imposible, ¿verdad? Incluso temo tocarlo, tengo la sensación de que voy a mancharme los dedos con él. Pero ahí está… Ana Lagos.
Un pequeño rectángulo amarillento descansa en el suelo, esperando sin prisas. Con manos temblorosas, lo recojo del suelo. Está cerrado. Con la misma letra legible y reconocible que aparece en el cuadro puedo leer mi nombre escrito en él. “Anabel”. Como ella lo escribía, con esa “l” final danzando, al igual que la “s” de su apellido. Lo palpo con mucho cuidado, tengo miedo de que al tocar el papel se desintegre, al igual que ocurrió con todo lo demás.
Soy consciente de que llevo un rato arrastrándome por el suelo. A pesar del temblor de todo mi cuerpo, me levanto al fin y voy por un cuchillo a la cocina. No quiero rasgar el sobre. Al hacerlo, con sumo cuidado, una pequeña tarjeta sale de su escondrijo misterioso. Unas bonitas rosas blancas son el marco base de la misma, rosas blancas sobre un fondo de color sepia. Con el mismo tipo de letra tan familiar para mí, y justo en el centro de la tarjeta, un mensaje breve, pero conciso.
“Un trocito de mí, para ti. Ha llegado la hora”. Mamá
Capítulo 10
“Un trocito de mí, para ti. Ha llegado la hora. Mamá”.
¿Qué significa esto? ¿Ha llegado la hora de qué? Ella no sabía que iba a morir… ¿verdad?
No puedo pensar con claridad. Paseo de un lado a otro de la habitación como un animalillo asustado, y de tanto en tanto, me paro a mirar el cuadro, como si en una de esas miradas, pudiese por arte de magia transformarlo en un inocente y colorido bodegón. Firmado. Lo ha firmado, pero no está terminado. Estoy segura, está tan… está tan inacabado como la escultura del ángel. Esa que coronaba una fuente inexistente, fruto de mi mente desequilibrada. Pero esa fuente está aquí, en el cuadro. Mi madre la vio… ¡Señor, mi madre la vio!
Respiro con dificultad y siento de nuevo ese picotazo en el pecho, y algo más. Llevo mis dedos a la nariz… estoy sangrando. Hacía años que no sangraba por la nariz, desde que tenía siete u ocho años, creo recordar, y ahora, dos veces en dos días. Voy por un pañuelo y aprieto con fuerza. Y después, vuelvo a sentarme en el suelo, mirando absorta el cuadro como si en él estuviese la clave para que mi vida vuelva a estar de pie.
Me acerco de nuevo, y temblorosa, toco la superficie del cuadro. Esto es de locos, un cuadro que se supone pintado hace once años, y sin embargo, la pintura está fresca. No mancha mis manos, pero se adhiere un poco a mis dedos. Es imposible, totalmente imposible.
Solo tengo una explicación para todo esto. No quiero ni planteármelo, pero es la única opción válida. Alguien, alguien muy cercano, quiere que piense, vea y sienta lo que no es posible. Quizás alguien que desea que piensen que he perdido la cordura, o peor, que quiere hacer que la pierda de verdad. Y está cercano a conseguirlo si sigue así. Pero no le voy a dar ese gusto.
Busco desesperada y encuentro papel de envolver. Antes de cubrirlo, vuelvo a observarlo una vez más. ¿Cómo no lo aprecié antes…? Sí que aparecen las esculturas danzantes, pero son meras manchas blancas difusas sin forma, alojadas en el borde del cuadro. La parte inferior derecha es una masa de color marrón, con una pequeña edificación, también borrosa, que bien podría ser la capilla. Pero también está incompleta…
—¡Vamos Anabel! ¡Piensa! ¡Esto no es real! ¡No puede ser real!
A mi madre le gustaba pintar al óleo. Gracias a esa modalidad podía utilizar, e incluso crear, gran variedad de tonalidades y además le aporta el beneficio de una calidad muy alta de colores. Tiene muchas otras ventajas, como el hecho de que se puede trabajar despacio, se seca lentamente y eso permite hacer degradados, fundidos, sombreados. Una vez que la pintura se seca, el color es vivo y potente porque tiene bases aceitosas.
Pero también tiene un posible inconveniente por así decirlo. Es decir, para poder trabajar con óleo, normalmente, y mi madre lo hacía, se maneja con esencia de trementina, o lo que de forma común se conoce como aguarrás. Esta sustancia es tóxica y sobre todo, tiene un fuerte olor. Vamos, que apesta. Por eso mi madre utilizaba para pintar esta gran habitación, con este cierre que le permite abrirse por completo al exterior, o incluso, a veces, trabajaba directamente en el jardín.
Pero… huele. Huele a reciente.
Recuerdo a mi madre aquí mismo, donde estoy yo ahora, justo aquí…
—Oh, mamá, ¡qué hermoso!
—¿Has visto Anabel? Algún día, tú y yo pintaremos juntas.
—¿De veras?
—¡Por supuesto!
—¿Y podré utilizar tus pinturas?
—Claro que sí. Puedes empezar ahora pintando tu propio cuadro. ¿Qué te gustaría plasmar?
—A ti. A ti y al jardín.
—Estaría bien. ¿A mí en el jardín? O por un lado me quieres pintar a mí y por otro quieres dibujar el jardín —me preguntó mi madre riendo.
—No sé… ¡Te pintaré a ti! ¡Pintaré el jardín! ¡Te pintaré a ti en el jardín! ¡Pintaré flores, y pintaré el cielo, y pintaré el sol y la luna, y…!
—Vale, vale, pequeña —me contestó ella con una gran sonrisa—. ¡Qué entusiasmo! Pero recuerda… tenemos que pintar un cuadro juntas. Será nuestro tesoro especial.
Y entonces tomo la tarjeta de nuevo en mis manos y le doy un nuevo significado.
“Un trocito de mí, para ti. Ha llegado la hora”.
Mamá
¿Es posible que quiera que yo termine de pintarlo? ¡Pero qué estoy pensando, por Dios! Ya presiento mi ingreso en la unidad psiquiátrica del Hospital Virgen Macarena.
Es definitivo. El cuadro ha de estar escondido, y yo necesito centrar mi mente. Y de paso, encontrar un buen escondite, uno bueno de verdad…
Ella y yo, solíamos esconder los regalos que le comprábamos a mi padre en una especie de fondo doble que tiene el ropero del dormitorio donde ellos dormían, vamos, mi actual dormitorio. Desconozco el motivo de que ese armario tenga un doble fondo, pero así es. Estoy empezando a pensar que esta casa tiene muchos secretos.
Igual toda mi ropa huele a pintura y trementina de aquí a nada. En principio, correré ese riesgo. Ya se me ocurrirá algo mejor.
El ruido del timbre en la puerta me asusta y casi dejo caer el lienzo al suelo. Con cuidado, lo cubro con el papel, dispuesta a esconderlo un poco más tarde.
—¿Anabel? ¿Puedo pasar?
—Claro tía —digo abrazándola al mismo tiempo que pienso que ha sido realmente inoportuna.
—Estás pálida, ¿te ocurre algo? Y ese pañuelo, ¿eso es sangre? ¿Te encuentras bien?
—Eh, sí, tía, sí. Estoy bien, un leve sangrado por la nariz sin importancia.
Mi tía toma asiento justo en el mismo lugar donde antes se sentó Pascual. La vida es un continuo devenir de sucesos. Unos van y otros vienen… ¿Pero en qué puñetas estoy divagando ahora? Estoy demasiado alterada para pensar con claridad. Espero que mi tía no lo note demasiado.
—Cariño, tengo que disculparme contigo. Quizás no hayas tenido la bienvenida que esperabas. Vivimos tan inmersos en nuestras propias historias que, bueno, fíjate como está todo. Este lugar quedó cerrado y, bueno, imagina tú el resto. Pediré a Lucía que venga a hacer una buena limpieza.
—No tía, muchas gracias, de veras. Quiero hacerlo yo misma. Me vendrá bien, ahora estoy de vacaciones y necesito distraerme un poco. Ya he comenzado, y es terapéutico, en serio.
Me mira un instante, como dudando, sin saber bien cómo continuar una conversación que se siente algo forzada… Y yo mientras la observo. Esas pequeñas arruguitas que se han ido formando en torno a sus ojos y en las comisuras de su boca. Pero está hermosa. Algo alicaída quizás. El brillo de sus ojos también ha cambiado, está en extremo delgada y la siento insegura.
—Anabel, no sé cómo decirte esto, pero quizás lo mejor es ser directa. Robert ha hablado conmigo y también Pascual. Están algo preocupados por ti.
—Es comprensible, ¿no crees? Pero… me conoces desde que nací. No estoy loca.
—Lo sé Anabel. Me preocupas. Sé que tal vez mi actitud no fuese la más acertada cuando se leyó el testamento de tu padre, pero tienes que entenderme, por favor, no me imagino viviendo en otro lugar que no sea este. Eso no quiere decir que no valore lo que estás haciendo por todos nosotros. Por tu familia. También sé que tienes mucho aprecio a Pascual, aunque a la vez estoy segura de que no sientes el mismo aprecio por Robert. Lógico. Lo has conocido después y lo has visto en muy contadas ocasiones. Entiendo que no es lo mismo. Pero aunque no lo creas, ambos se preocupan por ti, al igual que yo…
Me sonríe. Pero es una sonrisa… forzada. Está preocupada, hay algo más, estoy segura. Y voy a mentirle. Odio las mentiras, para mí son uno de los peores monstruos que existen, capaces de destrozar lo más bello y hacer sufrir al más inocente, pero no tengo otra opción hasta que yo misma sepa qué está pasando.
—Estaba tan cansada… me dormí un momento, y bueno, no sé qué me paso tía, solo puedo decirte que para mí había sido real, pero está claro que nada más lejos de la realidad que algo inexistente. Por cierto, Germán me habló de unos planos catastrales o algo así. No es que tenga dudas, es solo que me llamó la atención.
Ella sonríe, y de repente, se pone de pie, y saca del bolsillo de su sudadera un papel doblado.
—Aquí está. Lo pedí para el tema de la subvención de los naranjos. Bueno, fíjate, ¿ves? Esta es nuestra parcela… y estas las dos contiguas. La de la izquierda, vacía, la de la derecha, tiene este rectángulo que coincide con nuestros límites, y que puede ser una construcción. De todas formas, podemos averiguar quién es el propietario si quieres…
Observo las líneas trazadas en ese papel blanco y ausente, donde solo se ven trazos insustanciales y rectangulares donde en teoría, hay una edificación, que puede ser una vivienda o una caseta para perros, yo que sé. Pero no quiero mostrar más interés de la cuenta, o comprenderán que sigo pensando que ocurre algo extraño. Fingiré indiferencia, y pediré ayuda a Andrés. Él me ayudará a saber algo más sobre la parcela aledaña…
—¡No! No tía, de veras, no es necesario. Por favor, olvidemos este asunto, ¿sí?
Tengo los dedos cruzados en mi espalda, como cuando era niña, y me reñían en el colegio, o me tomaba, a escondidas de mi padre, doble ración de postre.
—De acuerdo, dejémoslo así entonces. Ven a cenar con nosotros Anabel. Sé que quieres empezar a llevar tu vida con cierta independencia, pero hoy es un día especial. Tenemos una pequeña cena de amigos. —En este momento, mi tía me sonríe por primera vez desde que llegué, de una forma sincera—. Y le he pedido a Alejandro que venga a cenar esta noche.
Me temo que estoy algo susceptible y no puedo evitar preguntar.
—¿Alejandro? Y dime tía, ¿lo has invitado como amigo?, o… ¡cómo médico!
Ahora se ha puesto colorada.
—Como amigo.
Me está mintiendo. Tiene sus manos sobre el regazo, y no ha cruzado los dedos, pero me evade la mirada y está empezando a ponerse nerviosa. Y hay algo más… lo presiento.
—Voy a hacer un trato contigo, tía. Las dos vamos a suponer, que en efecto, Alejandro viene como amigo, y no como médico. Porque sé que en estos momentos, tras lo ocurrido esta mañana, estáis preocupados. Pero, a cambio, quiero saber por qué estás triste y nerviosa y, por favor, no te molestes en mentirme. En una ocasión, fuimos mucho la una para la otra.
La he sorprendido. Durante un instante se queda como ausente, incluso veo cómo le tiembla ligeramente el labio, y creo que está haciendo un esfuerzo para poder hablar sin que le tiemble la voz.
—No se te puede mentir sobrina. Siempre fuiste una chica inteligente, y eso, siempre me gustó.
Se pone de pie y empieza a pasear en dirección al jardín, deteniéndose un instante y apoyándose contra el frío cristal, a contraluz, como si hablase más con ella, que conmigo.
—Ya eres una mujer. Quizás haya cosas que puedas entender mejor de lo que yo pueda pensar —me dice, girando de nuevo su cuerpo hacia mí—. La casa es grande. Roberto pasa mucho tiempo fuera, trabaja mucho, o eso espero… Robert también pasa mucho tiempo estudiando y preparando su carrera. Pascual tiene su trabajo y luego se encierra durante horas en su cuarto de música. Prácticamente no le veo. Adela es… tan formal… y, tiene muchos quehaceres. Mi madre se marchó un día sin más, sin despedirse… y no sé nada de ello salvo determinadas tarjetas que me llegan de vez en cuando… ¿Sigo?
—Sí, por favor.
—Quiero a Roberto, pero hay muchos momentos en que recuerdo a José. También echo de menos a tus padres, y a la época en que tú y Pascual erais niños… Me hago mayor y me siento sola. Me viene bien tener algo de compañía, ¿no crees? El espíritu de este lugar se marchó con ellos dos Anabel. La casa no ha vuelto a ser la misma, y nosotros tampoco —añade abrazándose un momento, la vista de nuevo perdida.
No esperaba tal sinceridad, y me ha dejado perpleja.
—Tía, de veras, me duele que te sientas así, pero… bueno, creo que tú eres la única que puedes encontrar lo que te falte. No estoy loca, solo angustiada. Por Dios, solo hace tres días que ha muerto mi padre. Me siento rota. Pero quiero añadir —le dijo sonriendo— que puedes visitarme todo lo que quieras y yo por mi parte haré lo mismo.
En este punto, me pongo de pie y me acerco a ella abrazándola. Hoy parecemos osos mimosos infantiles, en lugar de adultos.
—O sea, que prefieres quedarte aquí y venir de vez en cuando ¿cierto? —y de nuevo vuelve a sonreír—. No sé por qué no me sorprende.
—Sí. Necesito mi espacio. ¿Lo entiendes?
—Claro que sí. Yo también fui joven, recuérdalo. Ahora voy a hablar con Lola y a explicarle que esta noche también vienen Alejandro y Leonor.
—¿Leonor?
—Sí, creo que es su novia. Te contaré un chisme. Alejandro tiene cierta fama de mujeriego, y Leonor no es su primera novia. No sé si volveremos a verla por aquí, con sinceridad —me bromea—. Por cierto, ¿cómo le llamaste el otro día? ¿Bicho?
—¡Oh, por favor! ¡No me lo recuerdes! ¡Menudo bochorno! Era una enana de ocho años cuando le llamaba así, y no sé por qué, lo repetí. Uf. Qué vergüenza. Por cierto, ¿me acompañas a ver a Lola? Voy a darle la noticia de mi independencia gastronómica, y va a ser complicado. Lo haré con sutileza, aprovechando el justo momento en que se aleje de las sartenes. ¡Menudo carácter tiene!
Mi tía termina soltando una pequeña carcajada.
—¿Estás segura?
—Sí. Necesito mi independencia, mi intimidad. Necesito cuidar de mí misma. Además, Lola ha amenazado con engordarme como si fuese un pavo de Navidad y tengo que huir ahora que aún estoy a tiempo.
Ambas reímos, pero aun así, mi tía me mira con suspicacia.
—¿De veras te encuentras bien? Tu palidez da algo de miedo —me susurra.
Después de lo del jardín, lo que falta es que yo mencione el tema del cuadro…
—Mira tú quién va a hablar… Estoy bien tía. Solo necesito algo de tiempo. Venga, vamos.
Ya en el exterior, Luis está arreglando un grifo en el patio, y al vernos, nos sonríe y nos saluda. No me pasa inadvertida la forma en que mira a mi tía, y juraría que al fin, a ella le vuelve algo de color, a su casi transparente piel.
—Buenas. ¿Qué tal?
—Hola Luis —le contesto— vamos a ver a Lola. ¿Por dónde anda?
—En la cocina, para variar. Está preparando algo relacionado con una tarta de queso para celebrar tu vuelta. Te advierto que quiere engordarte.
Luis se ríe con ganas cuando yo pongo cara de “¡lo sabía!”. Es un hombre risueño, y si bien no me había fijado demasiado en ese aspecto de su persona, lo cierto es que no está mal físicamente. Un pensamiento del todo inapropiado me llega sin avisar, en silencio, y tajante, cuando veo a ambos cruzar sus miradas de una forma… casi íntima. ¿Qué pasa aquí?
Pedro aparece de alguna parte, con la ropa mojada y unas botas negras, curiosamente secas. Extraña combinación. Ha fijado su vista en mí de una forma que me resulta desagradable y me hace sentir mal. No es trigo limpio. Estoy segura de que este hombre oculta algo importante, quizás como todos los demás miembros de la casa, incluyéndome a mí misma, y esa pintura resguardada en un doble fondo.
—¡Anabel! ¡Anabel! —escucho la vocecita alegre de Alba.
—Creo que ya has hecho una amiga por aquí —me dice mi ahora sonriente tía.
—Sí tía. ¡Hola Alba! ¿Terminaste los deberes?
—¿Es el cielo azul? Soy una niña muy lista. ¿Podré comer tarta contigo esta tarde?
—¡Alba! —grita Lola desde el interior de la cocina— ¡No te chives!
Todos reímos. Excepto Pedro. Nos mira con una fea expresión en su fea cara y se marcha. No pienso invitarle a comer tarta. En fin, voy a hablar con Lola, y si consigo sobrevivir a su ira, cuando sepa sobre mis planes futuros de cocinar para mí misma, todo lo demás, será “tarta comida”.
* * *
Lola me ha sorprendido. Al principio se mostró un poco reacia, pero en el fondo, creo que lo esperaba, o al menos, eso es lo que me dio que pensar cuando me hizo entrega oficial de un dosier con recetas fáciles.
—Te conozco desde que viniste a este mundo. Es muy difícil engañar a Lola, niña. Pero te espero por mi territorio cada vez que quieras. ¿Entendido?
Julio me guiñó un ojo desde la esquina de la cocina, y después, empezó a reírse con ganas cuando vio que Lola me pasaba un recipiente con el almuerzo.
Un almuerzo que no he podido tragar. Cuando iba a salir de la cocina, Lola me susurró con cariño…
—Eres igualita a ella. Hasta en esto. A tu madre le encantaba la cocina. Me pedía recetas, y halagaba mis guisos, sabedora ella de que yo iba a caer en la trampa y le iba a contar cómo los había preparado… Lo siento Anabel. No quería ponerme triste. Es solo que… a tu padre lo veíamos de vez en cuando. Íbamos a Sevilla y, yo aprovechaba, y le preparaba pestiños. Ya sabes que a él le da igual comer pestiños en agosto, el muy goloso. Estaba muy orgulloso de ti, de tu trayectoria y nos dijo de pagarnos un viaje a Madrid para que pudiésemos visitarte. El bueno de Tobías, siempre tan generoso. Pero tu madre… ella era la sal de esta tierra, el aceite de nuestras vidas. Y tú me la recuerdas mucho.
Supongo que me emocioné un poco al escuchar su sincera revelación. Yo ya sabía por mi padre que Julio y Lola le visitaban de vez en cuando, pero… veo a esta mujer ante mí, para muchos, una mujer de campo ruda y sin una educación esmerada… para mí, la mujer más educada del mundo porque todo lo hace con amor. Y me emocionó.
También es sabia esta señora, y así me lo demuestra cuando sin previo aviso me grita, haciéndome reír al instante.
—¡Joder, quiero volver a ver salir humo de esa chimenea, es una orden!
—¡A sus órdenes, mi jefe de cocina! —le contesté yo.
Pero el almuerzo no pasaba después por mi garganta, y a pesar del trabajo físico que hoy he realizado en casi toda la casa, nada me ha dejado tan agotada como el psicológico. Varias veces he pensado ir a sacar la pintura de su escondrijo y volver a observarla, pero… mañana.
Voy a cerrar la puerta corredera, hace frío. Toda la habitación está limpia y ordenada. Sobre la mesita pequeña que hay junto al caballete infantil, he colocado el maletín para Alba. Esta tarde me ha dicho que vendría pronto a visitarme. Lo espero, lo espero de corazón.
Sobre la mesa grande… hay demasiado vacío doloroso, y no es solo la pintura. He colocado un par de fotografías en ella. Una de mis padres, felices, sonriendo en el jardín. La otra, de los tres en mi quinto cumpleaños. Yo sonrío con felicidad, mostrando un gran hueco donde tendrían que estar mis paletas. También coloco una planta de interior y una vela con olor a vainilla. Algún día quizás consigo ir añadiendo de forma lenta, pero segura, pinceles y esmaltes. El caballete grande, permanece vacío.
Miro hacia fuera y veo como la noche se va acercando. No he vuelto a salir al jardín hoy. Hoy no. Pero le he pedido a Luis que me haga el favor y coloque más iluminación. También he hablado con Germán. Hay mucho por hacer.
Casi he terminado de cerrar el ventanal cuando escucho unas risas. Risas femeninas. Las mismas risas que escuché ayer tarde en el jardín.
—¿Alba?
No hay respuesta.
Las vuelvo a escuchar de nuevo, esta vez, más cercanas. Me asomo al exterior y no veo a nadie. Se repiten, esta vez, tan cerca, que me sobresalto y me giro con rapidez a fin de ver si hay alguien tras de mí. Y entonces, un pequeño soplido en la mejilla me hace gritar. Lo he sentido, ¡estoy segura! Mis vellos se erizan de frío y de incertidumbre mientras escucho cómo las risas se van alejando, sonando cada vez más distantes, mientras mi mente evoca unas jóvenes danzarinas de ritmo forzado… y cierro el ventanal de golpe.
Capítulo 11
Pantalón y blusa, el entallado vestido rojo, o quizás el vaporoso azul. Hoy necesito seguridad. Mucho me temo que esta noche habré de enfrentarme a las burlas de Roberto, y quizás de Robert. Casi puedo ver la compasión en la mirada de Pascual y tía Francesca. ¿Dos bandos? Claro que hay un tercer equipo, y son la pareja formada por Alejandro y su novia.
Un vaquero con una blusa estampada en tonos amarillos y naranjas es la indumentaria elegida. A pesar de que no soy una mujer alta, no suelo usar tacón, pero hoy termino calzando uno que me hace elevarme a las alturas cinco centímetros, argollas plateadas en mis orejas y muñeca, rímel en mis pestañas, fresas en mis labios, y un toque de jazmín y la llave de mi legado en mi cuello.
Esta no soy yo, pienso cuando me miro al espejo descubriendo unos ojos familiares, pero extraños, ribeteados de máscara de pestañas, o quizás, solo cansados por el largo día acontecido. Yo soy la de cara lavada y ropa deportiva, pero hoy necesito ayuda allí dentro. Antes de irme, decido recoger mi cabello. Lo sujeto con firmeza, pero sin apretarlo, en una coleta alta. Refresca por las noches y tomo la chaqueta azul. Estoy lista para que me ataquen, observen, analicen y juzguen.
Nada más entrar en el patio de las columnas, veo a Pascual, que está saludando a Alejandro y a una joven que parece salida de una pasarela. Tiene el cabello corto y rizado, del color de las espigas de maíz doradas bajo el sol. Pero lo que me llama la atención de ella al instante, no es que pueda asistir a cualquier concurso de belleza, sino más bien la calidez que desprende. En el instante en que Pascual me ve, se disculpa y viene hacia mí con ambas manos abiertas.
—¿Cómo estás?
—Perfecta.
Alejandro me observa y me hace sentir algo cohibida. Él también viste vaqueros, pero lleva una camisa en color azul, que hace que su cabello negro, y sus ojos grises, resalten sobremanera.
—Encantada —se presenta la propia Leonor.
—Igualmente —le respondo con amabilidad.
—Hola Anabel —saluda Alejandro con su timbre de voz grave.
Leonor me ha sonreído de una forma natural, y algo en sus ojos, en el movimiento de su cuerpo, en la forma suave de hablar cuando se dirige a Pascual, me hacen pensar que es una mujer muy agradable. Alejandro es un hombre con suerte sin lugar a dudas.
De pronto me siento triste. Como una especie de nudo en la garganta. Vuelvo a sentirme sola cuando estoy rodeada de personas. Pero Pascual me pasa la mano por el hombro y me invita a pasar. Supongo que salir corriendo, y más con estos zapatos, no es la mejor de las ideas. Además, ¿ir adónde? A una casa que parece empecinada en recordarme el pasado…
Nos vamos saludando y me siento algo incómoda cuando Roberto me mira de una forma poco apropiada para mi parecer. Tía Francesca finge no haber visto nada, pero me parece ver algo tenso a Pascual. Simplemente, yo decido ignorarlo. Nos sentamos todos. Esta vez, yo estoy entre Leonor y tía Francesca. Pascual y Alejandro están sentados justo frente a nosotras. Roberto está sentado junto a mi tía, y Robert, junto a Pascual.
—Y bien Anabel, ya me han dicho los chicos que ves espejismos en el jardín.
Mi copa se detiene a medio camino. Una vez pensé que Robert era un búho. Ahora estoy segura de que el padre es una culebra venenosa.
—No ha sido exactamente así —me defiende, o eso creo, Pascual.
—El cansancio puede ser muy traicionero. De todas formas, ya que tan amablemente has sacado el tema, por cierto, ante Alejandro y Leonor, aprovecho para disculparme por haberos preocupado tanto, que hayáis hecho venir al pobre Alejandro un sábado por la noche para que diagnostique mi locura —alego yo.
De inmediato noto mi cara roja como el vestido que lleva Leonor, pero no he podido evitarlo. Qué vergüenza. Me parece oír una risita, creo que proviene de Francesca. Lo cierto es que siento unos ojos grises clavados en mí y no me atrevo a levantar la cabeza y comprobar por mí misma el desastroso resultado de mi discurso improvisado.
—Tranquila Anabel. Yo he sido invitado como amigo de la familia. En caso contrario, habría traído un maletín en lugar de venir tan bien acompañado. De cualquier manera, ¿qué ha pasado con exactitud? —pregunta con tranquilidad Alejandro.
—Lo de la compañía te lo agradecemos —añade Roberto, comiéndose literalmente con los ojos a Leonor. Me avergüenzo pensando en mi tía. No lo merece. Su voz es algo pastosa. ¿Cuántas copas habrá tomado antes de la cena?
—Anoche estaba cansada. Llevaba dos noches sin dormir, y es posible que me durmiese en el sofá. Lo cierto es que juraría que el jardín había agrandado. Así que estoy loca —añado con sarcasmo y dolor.
—Tampoco es para tanto. Anabel no está loca —añade Robert— y lo único que dijimos era que estabas confusa, y que lo que te pareció ver ayer, no estaba. Sin más.
¿Robert me está defendiendo ante su padre? Esto cada vez es más confuso.
—Es más, yo creo que podríamos colaborar un poco y ayudar en las tareas que Anabel quiere hacer. Si quieres, puedo llevarte a una floristería nueva que han abierto en el pueblo —continúa Robert ante la desagradable e inquietante mirada de su padre.
—Gracias.
Le doy las gracias de una forma tan sincera, que hasta Alejandro levanta la mirada y fija sus ojos en mí, de tal forma, que no logro desviar la vista. ¡Por Dios! Esos ojos…
Por suerte, Adela entra a excusarse. Ya se va a la cama. Y entra con esa elegancia, y esa simpatía suya tan especial, que termina rompiendo el hechizo. Le debo una. Pero ahora me siento mal, todos están extrañamente silenciosos y me siento responsable en cierta forma. Aunque el responsable sea el imbécil de Roberto y sus comentarios inapropiados. Levanto la vista y veo a Leonor y Alejandro cuchicheando algo, y de pronto, ambos me miran, y Alejandro vuelve a mirarme como si estuviese analizando una herida profunda. Mis nervios ya han tenido hoy su dosis más que excesiva de todo.
—Y dime Alejandro. Ya que estás aquí, por curiosidad. ¿Cómo se puede medir la locura? ¿Hay un aparatito para eso? —contraataco yo.
—Creo que no…
Alejandro sonríe de pronto, con una sonrisa que no puede ser normal. Sus ojos parecen aclararse como el firmamento tras la lluvia cuando sonríe. No, por favor, no. Esta sensación no. Ya soy una mujer adulta, por favor, no.
—Pero sería muy útil, desde luego. Lo cierto es que vengo a cenar algún que otro sábado por la noche. Tal vez alguien debió contarte eso, Anabel.
Miro a mi tía y veo que enrojece hasta la raíz del pelo, aunque no tanto como yo. ¿Me ha engañado a propósito para hacerme quedar mal? ¿Otra vez? Pero ella se disculpa con la mirada. Una disculpa sincera.
—Mis disculpas. Tal vez yo haya tenido algo que ver con esta confusión —aclara Pascual y noto el alivio instantáneo de mi tía. ¡Por fin la caballería!— yo le dije a mi madre que quería que Alejandro visitase profesionalmente a Anabel. La noto pálida y sé que se encuentra mal. Lo siento prima, eres demasiado lista. Es cierto que Alejandro viene de vez en cuando, pero hoy está aquí porque yo se lo pedí expresamente. Por ti.
—Gracias por preguntarme primero. Ha sido todo un detalle. Y precisamente tú —me temo que esta vez sí se nota pena en mi voz.
—No te preocupes Anabel. Vengo a disfrutar de vuestra compañía y cenar. Si tú quieres, repito, solo si tú quieres, puedes venir al consultorio y te haré una analítica, tal vez puedas tener algo de anemia. Te aviso con antelación que la locura no sale en un análisis de sangre —curiosamente en su voz no hay un solo atisbo de ironía.
—Gracias. No me gustan las agujas, y comento, de paso, estoy perfectamente, y desde luego bastante cuerda.
Lo siento, me dice Pascual con los labios, sin que el sonido llegue a su boca, aunque sí a sus ojos. Pero el daño ya está hecho. Me siento traicionada en cierta forma.
—Bueno —comenta Robert cambiando de tema y dirigiéndose a Leonor— y… ¿a qué te dedicas?
—También soy doctora en el mismo consultorio de Alejandro.
—Interesante. ¿De cabecera? —insiste Robert.
—Soy psiquiatra —nos revela mirándome de reojo.
De veras que no sé si reír, o llorar. En estos momentos una gran bomba ha caído en el salón, justo sobre mí. Aunque mi parte diabólica cree que también ha salpicado algo a los demás, sobre todo a Pascual que se lleva una mano a la frente, mientras tía Francesca me mira algo asustada, y Alejandro nos deja sorprendidos a todos riendo de pronto a carcajadas.
Todos le miramos tremendamente serios, y él continúa riendo.
—Venga chicos —nos dice a Pascual y a mí— ¡tiene su gracia! Y luego, me guiña un ojo.
Pues sí. La tiene. No sé si será el intenso día, los nervios, las meteduras de pata, la intensidad de todo lo que está ocurriendo, el vino, o el influjo de tener tan cerca a este Alejandro maduro, tan diferente al joven en muchas cosas, pero con la misma picardía que cuando era un adolescente. ¡Qué diablos!
Estoy furiosa. Con todos. Pero al final, yo también me río. Y cuando nos damos cuenta, estamos todos riéndonos, incluida Leonor, e incluso Roberto. Adela asoma su tiesa cabeza inquisidora, esta vez preocupada, y nos reímos aún más. Al parecer, la hemos despertado. Río hasta que tengo que llevarme las manos a la barriga de tanto reír, y de pronto, recuerdo a mi padre, y me siento tremendamente mal. Cuando miro al frente, Alejandro me observa y me hace un gesto.
“Todo está bien“
¿Quién iba a decirlo? Al final, me he relajado un poco. Ya fuera, con el cielo por montera, y bastante más relajados, nos vamos despidiendo. Pascual, Robert y yo vamos a acompañar a Alejandro y Leonor a la salida. El olor de la dama de noche impregna mis sentidos y hace que me detenga un segundo para aspirar el aroma con fuerza. Pascual se detiene un segundo también. Los demás no se han dado cuenta de nuestro retraso.
—Anabel, en serio, lo siento. Lo de invitar a Leonor ha sido por cortesía, como amiga mía, no como psiquiatra. Te lo prometo. No haría algo así. Ya te comenté el problema que yo tuve, nunca juego con esas cosas. Por favor, necesito que me creas, y no escuches a Roberto, a veces puede ser… exasperante.
—Te creo.
Robert se ha dado cuenta de que nos hemos parado y ellos se detienen también. Leonor ha debido escuchar algo, porque cuando nos acercamos, ella también se explica.
—Te prometo que no he sido invitada como psiquiatra, al menos, que yo sepa —se burla Leonor—. Soy una profesional Anabel. No me gusta tender trampas a nadie.
—Y yo reconozco que tal vez me haya mostrado quisquillosa en exceso, pero es que, por favor, entendedme a mí también. De todas formas, se me ha quedado mal sabor de boca, y os pido disculpas. Aceptadlas viniendo a cenar a mi casita azul, como yo la llamo, el próximo sábado por la noche. ¿Os apetece?
—Por mí encantada —contesta Leonor con una sincera sonrisa.
—¿El Bicho también está invitado? —pregunta Alejandro.
—¿Quién? —se extraña Leonor.
—Es una broma entre Alejandro y yo, no le escuches —le contesto yo con un reto en la mirada, que él sostiene con cierta burla.
—¿Yo también estoy invitado? —pregunta Robert.
—Por supuesto.
—Por cierto Anabel —añade de nuevo—, para firmar la paz contigo, no hemos tenido muy buen comienzo y esta mañana me porté como un energúmeno. Te he traído la tarjeta de la floristería que te comenté antes. Si quieres, conozco a la dependienta, puedo acompañarte un día.
De su bolsillo saca una tarjeta y me la entrega. No es posible. Una tarjeta sepia, con rosas blancas estampadas. Es idéntica a la que había en la parte posterior del cuadro encontrado. Siento que me estoy mareando un poco, porque de repente, no escucho lo que están diciendo…
—Anabel, Anabel… ¿te encuentras bien? —me pregunta Alejandro.
—Eh, sí, sí. Uf, ha sido hoy un día largo.
Me temo que no me cree, porque fija en mí su mirada de una manera muy peculiar. Mientras Robert y Leonor siguen hablando como si nada, Pascual y Alejandro están atentos a mí.
—De veras, estoy bien.
—¿Seguro? Mi madre me dijo que hoy sangraste por la nariz —deja caer Pascual.
¡Bocazas!
—No es nada, en serio, chicos.
—Anabel… —comienza Alejandro de nuevo.
—No es nada. De verdad —le interrumpo yo.
Y él me mira como dejando claro que el tema no ha terminado. Pero sí, sí ha terminado. Yo solo necesito entrar en casa.
—Bien, buenas noches entonces —se despide Leonor, y a continuación le sigue Alejandro.
Y yo, al fin, entro en la intimidad de mi casita azul. Cierro bien la puerta, arrojo los tacones a un lado, y descalza, sintiendo la frescura del suelo en la planta de mis pies, agarrándome como puedo a lo real, a lo tangible, me dirijo al dormitorio. Acciono el clic que abre el doble fondo del armario y saco el cuadro. Sujeta al borde, está la tarjeta, que saco con manos temblorosas de su pequeño sobre.
Tras eso, me siento directamente en el suelo y empiezo a tener frío. Es como si la habitación hubiese descendido varios grados de temperatura. Ambas tarjetas son idénticas.
* * *
“Voy corriendo por el jardín. Llevo mucha prisa, estoy acelerada y busco algo, pero no sé qué es. Mi pie se enreda con algo, parece una raíz levantada. Caigo al suelo y me apoyo con las dos palmas de las manos. Y entonces noto humedad. Frío. Me siento en el suelo, estoy tiritando y me he hecho daño en el pie. Levanto mis manos, porque además de mojadas y frías, están pegajosas y observo que están llenas de pintura. Me miro mi bonito vestido blanco y veo en él manchas de colores, verdes, azules, rojas, rosas, violetas, amarillas, naranjas, blancas, negras… ¿Falta algún color? ¿Qué ocurre? Claro. Estoy dentro del cuadro.
Ahora estoy junto a la fuente que tiene la escultura que se asemeja a mi madre. Definitivamente, es ella. Observo como toma vida y comienza a moverse. Sus manos se ponen en movimiento, su cabeza me mira directamente a mí y me sonríe. Luego, sin previo aviso, noto como de su blanco rostro empieza a caer una gota de color verde, otra azul… mi madre está llorando. Siento su angustia. No sé qué le pasa, pero no quiero que llore. La llamo…
—Mamá, mamá…
—Anabel. Tienes que escucharme…
—Esto es un sueño ¿verdad?
—A veces, el mundo de los sueños, el de los vivos y el de los muertos están muy cerca.
—¿Qué quieres mamá? ¿De qué ha llegado la hora? ¿Estoy perdiendo la razón?
—Anabel, escúchame bien y recuerda. Tienes que ser fuerte. Estás en peligro. Debes estar atenta a las señales y tener mucho cuidado con el blanco que puede ahogarte…”
Un sueño. Otro más que me deja exhausta y aturdida, empapada en sudor, pensativa y temblorosa. Aún es de noche. Me ha despertado el frío intenso que hace en la habitación. Enciendo la luz de la lamparita que hay al lado de la cama, y veo asombrada, que he dejado la ventana abierta. Juraría que la cerré antes de acostarme, pero es evidente que me he equivocado. Me levanto a cerrarla, y de pronto, me parece distinguir una figura fuera, algo que se mueve, que no puedo distinguir bien, pero que me ha parecido una forma blanca. Recuerdo el sueño y… estoy aterrada.
—Mamá, tengo miedo. Ayúdame por favor. Necesito descansar para poder pensar —lo digo en voz alta, como si así ella pudiese escucharme mejor.
—Me acurruco bajo las sábanas como cuando era pequeña, y contra todo pronóstico, el cansancio me vence y consigo dormir, sin más sueños inquietantes.
Con el nuevo día, la imagen del espejo me muestra a una mujer agotada, con ojeras y deseos de volver a dormir. Pero no. He de seguir con la tarea, también tengo que llamar a Sevilla y confirmar el día que reanudo mi trabajo. Uf, y Andrés, he de llamarle a él también. Quiero saber quién es el propietario de la finca de al lado, y necesito mi coche, que está siendo puesto a punto. Y la floristería…
Arrastro mi cuerpo a la ducha, y ataviada con ropa y calzado deportivos, salgo al exterior. Todas mis tareas pueden esperar un poco, necesito hacer algo de ejercicio, pasear al aire libre, sentirme otra vez yo. Al salir, me veo reflejada en el cristal de la puerta y pienso: aquí estoy. Mi rostro está tan pálido, que pienso, que tal vez tenga que tener cuidado conmigo misma, no vaya a ser que desaparezca…
No estoy sola en el cristal. Pedro me observa fijamente desde el otro lado del patio. Levanto una mano y le saludo al girarme. No responde, y encima, tengo la sensación de que me sigue con la mirada. De veras que necesito tomar el aire. Empiezo a caminar, a escuchar el trino de los pájaros y el silencio del campo, a sentir que el aire puede entrar y salir de mi cuerpo, que estoy aquí, que tengo mucho en lo que pensar, pero no ahora. Ahora no, por favor. Dejar la mente en blanco, disfrutar de la naturaleza. El aquí y el ahora.
La finca cada vez se ve más pequeña, hasta que llega a ser un dibujo contra el horizonte. Pero el silencio mágico y terapéutico es roto por el sonido de unos cascos de caballo, que veo acercarse de forma vertiginosa, hasta que el jinete detiene a su montura y me mira sorprendido.
—No creo que sea buena idea que camines sola por aquí a estas horas.
—Buenos días a ti también, Alejandro. Es un placer comenzar el día con alguien que gruñe. Es precioso. El caballo, me refiero…
—Pues me da la sensación de que tampoco tú los empiezas bien. Estás bastante cerca de una dehesa de toros bravos. ¿Qué tal se te da correr? No serías la primera. Ya hemos tenido antes polémica con el propietario.
—¿Correr? ¿De veras hay toros bravos?
—Puedo asegurarte que así es.
Otra cosita más a tener en cuenta…
De reojo no puedo evitar observarle. Pantalones de montar negros, bastante ceñidos, por cierto, y una camisa blanca. Pelo alborotado por el viento… Parece un héroe sacado de una novela romántica. Para colmo cumple todos los tópicos, incluido el venir montado a caballo. Eso sí, no es un caballo blanco, sino negro. Sonrío en mi interior, pues por un momento me pongo a pensar si esto es real o tal vez otro de mis vívidos sueños. Pero no, esto es real. Ya lo creo, puedo oler su fragancia y si acerco un poquito la mano hasta él, también podría tocarle. Tan magnífico en su montura.
—Anabel, ¿te encuentras bien?
—Uf, parece que esa es tu frase favorita, ¿tan mal aspecto tengo?
De forma simultánea siento la humedad cayendo de mi nariz. Qué vergüenza. Creo que ni siquiera traigo pañuelos. ¿Cómo se puede estar ante tu ídolo adolescente y moquear sin más? ¡Tierra, trágame! Intento aparentar normalidad, que absurdo.
—Sí, creo que me estoy resfriando.
—¿Crees? Estás sangrando por la nariz.
Así es. Acabo de llevarme en un gesto inconsciente la mano hacia mi rostro y ya he visto la sangre. Antes de darme tiempo a reaccionar, Alejandro se baja del caballo y me ofrece un pañuelo.
—Toma. Presiona con el pañuelo. Así…
—¿No es mejor que eche la cabeza para atrás?
—Chsssss. Calla un momento. Por una vez, obedece, en lugar de dar órdenes. Y no. Eso es lo que se hacía antes, pero la sangre se te puede ir a la boca. Lo mejor es presionar, pero deja la cabeza en la posición normal. Ayer también sangraste ¿verdad? ¿Te duele la cabeza?
—No.
—Estás pálida.
—No duermo bien.
—¿Por qué?
“Porque mi madre muerta me visita algunas noches con no sé qué cuento de sueños incumplidos. Básicamente”
—No lo sé.
—No quiero parecer entrometido, pero qué trabajo te cuesta pasarte por el consultorio y hacerte una analítica de sangre.
—Me dan miedo las agujas.
—Eres una mujer adulta. Creo.
—¿Y qué? No me gustan las agujas.
—No te vas a enterar. Te espero mañana a las 8 en ayunas. Como no aparezcas, y te aseguro que me enteraré si no lo haces, iré a la finca acompañado por el peor ATS que tenemos. Sospechamos que en otra vida fue carnicero.
Señor, está decidido… uf.
—No tengo coche. Mañana soluciono eso. ¿Puedo ir el martes?
—¿Prometido?
—Qué remedio. Creo que ya puedo dejar de presionar. No ha sido para tanto. Es la forma más diplomática de decirle que estoy demasiado cerca de él y me siento cohibida. Huele a campo, a trigo silvestre, y a otoño que comienza.
—Sí. Ya puedes.
A pesar de mi insistencia, me acompaña a casa. Quiere que me monte en el caballo con él, ni de coña hago yo eso. Eso me hace falta, abrazarme a su cuerpo. No. Así que mientras regresamos a la casa, ambos a pie, pues él se ha bajado del caballo, recuerdo lo grosera que fui anoche, y que quizás sea mejor izar la bandera de la paz.
—Gracias. ¿Desayunas conmigo? —Siento que me pongo roja como la grana.
—Después de salvarte la vida, lo veo justo. ¡Buenos días Germán!
—¡Hola Alejandro!
—¿Y Alba? —le pregunta a su padre.
—Bien. Muchas gracias.
—¿Le ocurre algo a la pequeña?
—Entre tú y yo, sangra mucho por la nariz. No hablo de mis pacientes, nunca, pero en este caso, quizás sea conveniente.
Menuda coincidencia. ¿Desde cuándo le ocurrirá?
—No quiero ser cotilla, pero ¿desde cuándo? ¿Es serio?
—No puedo contestarte mucho a eso. Ya sabes, el secreto profesional. Debes preguntar a sus padres. En cuanto a si es serio, o no, pronto lo sabremos. Precisamente el miércoles viene a hacerse una analítica. Será cosa del destino ese en que creen algunas personas. Podrías aprovechar y venir con ella. Será más llevadero para las dos. A las dos os desagradan las agujas.
Mientras me lo dice, me mira un poco de soslayo.
—¡¿Qué?! —le pregunto.
—No me había fijado hasta ahora lo mucho que os parecéis Alba y tú. No solo físicamente, que sois como dos gotas de agua. No es por nada Anabel, pero parece más hija tuya que de Lucía o Germán. También coincidís en esto de sangrar por la nariz, en el miedo a las agujas, y hasta diría que en la cabezonería.
Quizás lleve algo de razón. Lo cierto es que le estoy cogiendo mucho cariño a esa niña. Me recuerda a alguien, aunque no estoy segura de a quién. Además, por algún curioso motivo me siento vinculada a ella. Me gusta estar a su lado. Es como si fuésemos… “hermanas de sangre”.
Capítulo 12
¡Menuda vergüenza he pasado en el ambulatorio! ¿Quién me lo iba a decir? Alba no ha derramado ni una sola lágrima al hacerse la analítica, y encima, se ha mostrado muy digna durante todo el tiempo. Incluso le ha sonreído a la enfermera. Vamos, toda una heroína.
Aquí la adulta, mejor no hablar. Ha sido un auténtico milagro que no me haya roto el cuello de tanto intentar mirar para otro lado, y en el momento del pinchazo, he tenido que contenerme para no salir llorando como un bebé. Y digo yo, ¿no pueden utilizar una aguja medio metro más pequeña? He estado a punto de ponerme a chillar como una histérica cuando he visto el tamaño de aquella cosa punzante. ¡Válgame Dios!
Odio hacerme pruebas contra mi voluntad, pero lo cierto, es que estoy empezando a preocuparme un poco, y es mejor averiguar si hay algún problema físico. He venido con Lucía y Alba, y al menos, así ha sido más entretenido.
Cuando veníamos para el ambulatorio, hemos pasado por delante de la fachada de la floristería que me comentó Robert. Es bastante característica, ya que tiene la fachada decorada al igual que la tarjeta, y resulta inconfundible. Pero de forma sorprendente, estaba cerrada. Hablaré con Robert y le preguntaré si sabe algo, ya que me comentó que es amigo de la dependienta.
Ante la desilusión, pienso que no estaría mal visitar a Andrés y María. No sé por qué, pero me muero porque conozcan a Alba. Al principio, Lucía se muestra algo reticente, pero mi pequeña aliada la convence.
—¡María! —la saludo con alegría nada más verla.
—¡Hola pequeña! Pero bueno, ¿quién te acompaña?
—Pues mis nuevas amigas, Alba y su madre, Lucía —le contesto con una sonrisa, mi mano descansa sobre el hombro de Alba.
María se queda durante un instante como ausente y me sorprende mucho. Mira absorta a Alba, y por fin, habla.
—Y dime, ¿ha desayunado ya esta jovencita?
—Me temo que no lo hemos hecho ninguna de las tres —le aclaro.
—Perfecto, porque he preparado masa de buñuelos y se me ha ido la mano con la harina y la levadura. No sé cómo voy a gastar tanta masa. —Mira a Alba y le pregunta— Y tú pequeña ¿alguna vez has hecho buñuelos?
—No.
—¡Pero es fantástico! ¡Hoy va a ser el primer día!
Alba sonríe ampliamente y tras pedir permiso a su madre se interna en el gran mundo de la cocina de María. Lucía y yo las seguimos. A pesar de que Lucía ha estado todo el tiempo callada, observo que sonríe.
¡Qué ricos que estaban esos buñuelos! Estoy muy contenta por haber venido. Veo a María algo más recuperada de su estado de salud. Mientras tomamos el desayuno, hemos conversado y Alba le ha contado un sinfín de anécdotas del colegio, sin parar, a pesar de las advertencias reiteradas de su madre. María las ha escuchado con vivo interés para deleite de la pequeña, y diversión mía. Pocas personas saben que María y Andrés no han podido tener hijos. Durante un tiempo, se plantearon la adopción, pero después, llegamos mi padre y yo a sus vidas, y creo que yo he sido esa “adoptada” en cierta forma.
—¿Cuándo vas a venir a verme? —casi le suplico.
—Pronto. Pero ahora quiero que te lleves algo. Tengo un regalo para ti.
Asombrada veo como saca un paquete envuelto en papel de charol rojo. Tiene un tamaño considerable. ¿Qué será? Voy a abrirlo, pero no me deja.
—Ah ¡no! ¡Tan impaciente como cuando eras una niña! Lo abres cuando llegues a tu casa. Y para esta niña, tengo algo también —añade María.
—¿Para mí?
—Sí. Tengo un regalo para ti porque necesito pedirte un favor.
—Lo que tú quieras. —Es increíble cómo le brillan los ojos a Alba. Está extasiada.
—Cuida de Anabel. Es algo torpe. Dale una vueltecita de vez en cuando y si hace algo malo o se mete en algún lío me lo cuentas. ¿Vale?
—Sí.
—Pues bien. Toma Alba. Siento no tener nada para ti —le dice a Lucía mientras entrega un paquetito pequeño a la niña.
—Uy no, por favor. Muchas gracias por todo. Es usted muy amable —contesta Lucía.
—¿Puedo abrirlo ahora, porfi? —pregunta Alba.
—¡Ah, no! —contesta una risueña María—. Ambas niñas habréis de esperar a llegar a casa. Así tendréis que volver otro día para contarme si os ha gustado.
La conversación en nuestro viaje de regreso es fluida. Sobre todo, porque la pequeña ha intentado abrir su paquete varias veces, pero Lucía no la ha dejado. Algo sobre aprender a esperar. Menuda chorrada, pienso yo, que estoy también deseando abrirlo.
—Ya llegamos —nos anuncia Lucía.
—Estupendo mami. ¡Podremos abrir los regalos!
—¡Eso, eso! —le contesto yo imitando su tono de voz.
En el fondo, creo que yo tengo más ilusión que ella, y Lucía sonríe. Ella sabe que no nos hemos tirado del vehículo en marcha porque habría estado feo, pero la impaciencia nos devora. Nada más bajarnos del coche, las dos nos miramos sonrientes, cogemos nuestros paquetes y volamos en un gesto cómplice al interior de la gran cocina. Pero Lucía nos detiene.
—¡Alba! Sé que estás impaciente, pero ve primero a saludar a tu padre o sabes que se enfadará.
—Es verdad, mami. Voy primero a verle y luego abriré mi regalo.
En su voz no hay recriminación, pero noto que está defraudada. Germán debe ser un hombre muy autoritario. Sin embargo, admito que cuando mira a su hija se transforma, se suaviza.
—Hasta luego Alba. Si puedes, ven luego y me lo enseñas.
—¡Chachi!
Ahora soy yo la que vuela al interior de mi casa. ¡No me lo puedo creer! María es un ángel, de los auténticos. Voy sacando el regalo y desenvolviéndolo poco a poco. Nada podía haber sido mejor que esto. Ante mis ojos tengo el edredón que hicimos juntas. Estoy emocionada, porque este será el primer toque propio que le daré a la que ahora es mi casa. Y espero, que con la misma ilusión que lo hicimos y todo el amor que pusimos en él, quede de bien en su nuevo hogar. ¿Qué le habrá regalado a Alba? No tengo que esperar mucho para saberlo. La pequeña entra en mi casa casi poseída.
—¡Anabel! ¡Mira!
—¿A ver? ¡Son preciosos!
María le ha regalado a Alba unos pendientes muy bonitos con forma de alas. Son realmente hermosos, pequeñitos y blancos. Tengo la tremenda sensación de haberlos visto antes, estoy casi segura, pero no consigo recordar con claridad. La pequeña mueve su cabecita para que vea el pequeño movimiento de las alitas, y un delgado rayo de sol que se cuela por la ventana, incide en uno de ellos, despidiendo un brillo nacarado que por un instante me deslumbra. El último sueño en que mi madre aparecía viene a mí, y sus palabras advirtiéndome sobre el blanco llenan mi cabeza.
—Me gusta tu casa —me dice de repente Alba.
—Gracias.
—¡Todas las paredes son azules! No me extraña que se llame casita azul. ¡Qué divertido! ¡Y tienes pinturas!
—A mi madre y a mí nos gustaba pintar. Lo solíamos hacer juntas, cada una con su caballete —le explico sonriendo—. ¿Quieres pintar?
—Oh, sí. ¿De veras puedo? Antes, cuando era pequeñita le hacía muchos dibujos a la señora encantada de la torre. La de los cuentos.
—¿A quién?
—La señora encantada de la torre. No se la puede ver, solo se oye su voz. Está encantada.
—¿Hay alguien en la torre?
—Yo juego a veces allí y algunos días puede escucharse su voz. Me lee cuentos. Pero es nuestro secreto. Nadie debe saberlo. Si alguien lo sabe, ella no podrá contarme más cuentos. Me lo ha dicho así. No puedes contarlo a nadie. —Ahora se ha puesto muy seria.
—Entiendo. Y ¿sabes cómo se llama?
—No quiere decírmelo. Yo la llamo la señora de la torre, pero tengo que ponerle un nombre, como a los demás.
Mientras escucho a la pequeña vuelvo a sentir esa sensación electrizante.
—¿Los demás?
—Los demás personajes de mis cuentos. Juego a hacer representaciones en la torre. Visto a mis muñecas y me invento historias.
—Comprendo.
—Aunque ella no es como los otros. A ellos me los invento yo aquí —me dice señalándose la frente—. Pero ella está ahí de verdad.
—¿La has visto alguna vez Alba?
—No. Dice que nadie debe saber que está ahí. Está escondida, a salvo para que el hombre malo no la encuentre.
Tomo papel y lápiz y se los entrego.
—¿Puedo tumbarme en el suelo? —me pregunta animada.
—Por mí, sí. Pero no sé si a tu madre le parecerá bien.
—A mamá no le importará. Lo hago mucho.
Y sin más, se tumba en el suelo, apoyando el papel y comenzando a trazar líneas, mientras yo la observo, como retrocediendo en el tiempo.
—Este lugar es muy chuli para pintar. ¿Haces tus propios cuadros? —me pregunta mirando el caballete grande.
—Antes sí. Solía hacerlo con mi madre. Pintábamos juntas, justo en este cuarto. Tiene mucha luz y unas bonitas vistas al jardín.
—Y ahora, ¿ya no pintas?
—No. Ya hace mucho que dejé de hacerlo. Ahora, cojo cuadros de otras personas que tienen muchos años y se están estropeando y los arreglo.
—Pero eso no es lo mismo. Es triste… ¿Por qué has dejado de pintar?
—Es complicado.
—¿Por qué?
—No me apetece. No me salen las pinceladas del corazón.
—Pero tu madre estará muy triste.
Tomo asiento en el suelo y cruzo las piernas.
—Verás Alba. Mi madre murió.
—Lo sé. Me lo dijo mi mamá.
—Entonces también sabrás que ella ya no se pone triste, y tampoco volverá a pintar —se lo digo con cariño.
—Tu mamá te puede estar viendo desde el cielo y se puede poner triste si tú no haces lo que te gusta. Además, no sabes si ella ha seguido pintando allá arriba —me dice señalando al cielo.
En su graciosa carita hay una expresión tremendamente seria. Sin darme cuenta le cojo un mechón de pelo y se lo coloco tras la oreja. Con este gesto, uno de los pendientes de alitas blancas queda al descubierto. Es gracioso ver su tintineo cuando ella mueve la cabeza, y su contraste con ese diente torcido que amenaza con caerse de un momento a otro…
—Verás. Me da miedo intentarlo Alba. ¿Y si ya no me acuerdo cómo se hace?
—Antes pintabas con tu madre. Ahora si quieres puedes hacerlo conmigo. Así no estarás sola. Si quieres podemos utilizar otra vez esta habitación. Como entonces. Esa fuente de ahí es muy bonita.
—Sí, lo es —le digo sonriendo— la colocó ahí Isabela.
—¿Quién?
—Fue como una abuela para mí. Es la madre de mi tía Francesca. Se fue a Italia.
—Pues es muy bonita. Pero a mí me gusta más la otra.
—¿La otra?
—La del ángel que señala a los rosales.
Se me eriza el pelo de la nuca. ¿Alba ha visto la escultura del ángel? Un escalofrío intenso me recorre. Como si alguien estuviese pasando un trozo de hielo por mi nuca y después lo deslizara por mis brazos, bajando y subiendo por mi espalda. Casi no reconozco mi propia voz.
—Alba, ¿dónde has visto esa otra fuente?
—Ya te lo dije. Tengo muchos sueños con una señora que se parece mucho a ti. Ella me la enseñó y después se convirtió en un ángel grande y blanco. ¿Quieres que te la pinte?
—Me encantaría —prácticamente le susurro.
Ella asiente con una gran sonrisa y continúa dibujando.
—Ya verás como te gusta. Es muy bonita.
Alba me recuerda un poco a mí. Yo también solía tenderme en el suelo a pintar muchas veces, hasta que mi madre me puso el caballete pequeño. Me gustaba verla a ella. Parecía que rellenaba el cuadro por capas. Comenzaba por una gran mancha y poco a poco en ella comenzaban a tomar forma cuerpos, formas, figuras. Luego estaban los detalles, desde los mayores, hasta los minúsculos, y por fin, para terminar, mi favorita, su nota particular. En cada cuadro ella colocaba un elemento final que era vital para dar significado al cuadro. Desde una determinada flor u hoja en un paisaje, hasta un lazo en mi cabello. Dependía de la obra que estuviese creando. Pero ahí estaba, reconocible, al menos para mí. Al igual que determinado escritor tiene su estilo, mi madre, tenía el suyo en el mundo de la reflexión a través de la pintura…
—Me gusta dibujar así, raro —se justifica Alba de pronto, haciéndome volver al presente.
—Me parece bien. Cada una pinta como más le gusta.
—Sí. Es divertido. Y luego le pondré colores.
En efecto está dando forma de fuente. Y lo que promete ser una figura alargada empieza a aparecer arriba, mientras ella, se muerde con suavidad la lengua y continúa totalmente concentrada con su ardua tarea, empezando ya a dibujar lo que prometen ser alas.
—Me gusta la señora. La de mis cuentos, es muy guapa, pero está triste.
—¿Por qué crees que ella está triste? —le pregunto con un hilo de voz.
De pronto Alba también se pone triste, sus ojos se humedecen. Oh, no, está empezando a sangrar por la nariz.
—Alba, ¿estás bien? —le pregunto poniéndole un pañuelo bajo la nariz al igual que hizo Alejandro conmigo.
—Sí. La señora está triste porque está lejos y le cuesta mucho venir. Eso dice. Eso y algo de un polvo blanco que no deja respirar.
—Vale cariño. Ya está. No pasa nada. Dibuja que lo haces muy bien y me encanta. Y no pienses más en eso ¿vale? Pero si tú quieres, cuando tú quieras, puedes contarme a mí tus sueños. Yo te escucharé.
Ella sonríe de nuevo y en un impulso le doy un beso en la frente y le acaricio el pelo. De nuevo el sol incide en sus alitas blancas y estas emiten un pequeño fulgor. En ese momento sucede algo que jamás en mi vida imaginé que vería o sentiría. Durante un instante, un leve instante, Alba me mira. Aún sangra por la nariz, pero sigue sonriendo. Es una sonrisa realmente bella. Sus ojos son diferentes. ¿Verdes? Levanta la mano y me acaricia la cara. Es increíble cómo logra transmitirme una paz inmensa a través de este simple gesto, a pesar de que no puedo dar crédito a lo que mis propios ojos están viendo, y de la frialdad repentina de su mano. Luego me susurra…
—Todo irá bien. Estoy aquí. Tal y como te prometí hace tanto tiempo que haría.
Y en ese instante mi corazón se paraliza, porque Alba acaba de hablar con la voz de mi madre.
Capítulo 13
—¿Te gusta cómo está quedando Anabel? —me pregunta con su sonrisa inocente—, me gustaría pintarlo en un cuadro de verdad, en uno de esos que se cuelgan en la pared.
—Yo tengo lienzos pequeños. Te regalo uno para que puedas pintar ahí lo que tú quieres. ¿Te parece?
—¡Gracias! ¡Gracias Anabel! ¡Eres muy buena! ¡Muy buena y muy guapa, como la señora! Cuando yo sea mayor quiero ser tan guapa como tú y como ella —me dice mostrando su graciosa mella.
Sus ojos vuelven a ser pardos y su voz ha regresado. Es como si no fuese consciente de lo que acaba de pasar, pero yo tengo la piel de gallina y el corazón acelerado.
—Tú serás mucho más guapa y además, una gran pintora. Ya verás.
—¿Puedo venir a pintar aquí contigo, porfi, porfi, porfi…?
Su expresión es relajada, la ilusión en su pequeño rostro, con ese tintineo de los pendientes y su diente caído. Ajena al desconcierto que siento en mi interior ahora mismo.
—¡Por supuesto!
Media hora después, se marcha. Feliz, contenta. ¿Cómo explicar lo que ha ocurrido? Cierro la puerta y me apoyo en ella. Me cuesta trabajo despegarme de la puerta. Las palabras de la pequeña resuenan una y otra vez en mi mente. Necesito pensar… a veces, los árboles no te permiten ver el bosque.
El ruido de un motor conocido llega hasta mí. ¡Andrés! Doy un bote y salgo al exterior, buscando un amigo, un protector, un confidente tal vez, mientras él aparca mi pequeño C3 rojo ya a punto, y se baja del coche.
—¡Andrés! ¡Qué alegría verte!
—Lo mismo digo. Poca gente me recibe ya de esta manera. María quería venir, pero a última hora ha recibido la visita de su hermana Clara y como ya os ha visto… Me acompañará otro día.
—Dile que no se preocupe, tendrá muchas oportunidades para ello. ¡Oh, Andrés, qué alegría verte! Por favor, ven y toma algo conmigo. Ya tengo en casa eso que se llama alimento. Esta mañana he ido con Lucía y Alba al pueblo y hemos pasado por el supermercado.
—¿Tienes un buen café? Pero, ¡uno bueno de verdad!
—Sí, ya sé, del que María no te deja tomar —le digo sonriendo y él me mira fingiendo culpabilidad en su cara.
—Efectivamente querida, efectivamente.
Pasamos al interior y percibo el cambio de humor en él.
—¿Recuerdos? —le pregunto.
—Muchos.
En silencio va recorriendo la casa con la vista. Sonríe al mirar por el ventanal que da al jardín.
—¿Tienes idea de cuánto he corrido tras de ti por ese jardín? —me pregunta.
—Puedo hacerme una idea. —Mientras le contesto abro la puerta y ambos salimos fuera.
—Está un poco deteriorado ¿verdad? —me pregunta de repente.
—Sí. Me temo que mi madre era el alma de este lugar.
Vamos paseando y Andrés parece triste.
—Es una pena que todo haya ocurrido de esta forma —se queja.
—Sí. Los echo mucho de menos.
—Yo también. Recuerdo la alegría de tu madre, siempre positiva y entusiasta. Este jardín era su vida. Podía pasar horas aquí fuera. Sí. Ella y su bendita preferencia por los rosales, en especial, los blancos. Ella decía que la rosa blanca simboliza la inocencia y la pureza. Le agobiaba el excesivo calor en verano. Nuestras altas temperaturas andaluzas. Más de una vez la escuché comentar a tu padre que sería estupendo instalar una galería cubierta con hojas de parra. Nunca llegó a realizarla. No les dio tiempo a ello. El jardín está diferente sin ella, sin alma.
Ni siquiera soy consciente de que estoy llorando hasta que Andrés me mira con preocupación y me pasa el dedo por la cara, intentando apartar las lágrimas.
—Oh, Anabel, lo siento, no debí decirte… perdóname hija.
—No Andrés. Es que me ha ocurrido tanto desde que llegué que no entiendo… Es tan duro estar aquí sin ellos…
—Explícate mejor. ¿Has tenido problemas con alguien? —me pregunta preocupado.
—Vas a pensar que estoy loca. —Y debo estarlo si voy a contarle esto, pero no puedo más. Necesito confiar en alguien y Andrés me inspira esa confianza—. Veo cosas que los demás no ven.
—¿A qué te refieres con cosas?
—El primer día que estuve aquí me pareció ver una fuente muy bella con un ángel y una galería como la que tú me acabas de describir.
—¿Aquí te refieres? —dice extendiendo los brazos señalando el lugar.
—Más o menos. Como puedes comprobar por ti mismo, es evidente que no hay nada. Imagina la cara de la familia cuando se lo conté. Pero te prometo, que para mí fue real.
—Anabel, no sé si hago bien en contarte esto, pero la vida es a veces curiosa. Este es el lugar donde tu madre quería construirla.
—Por favor Andrés. Ven conmigo. He de enseñarte algo, pero prométeme que no se lo contarás a nadie. Solo a María si es necesario, y si no se lo cuentas, mejor, así no la preocupamos.
Andrés me sigue al interior de la casa, visiblemente preocupado. Una vez dentro, corro las cortinas. Él se sienta en el salón y yo voy por el cuadro y se lo muestro.
—¿Qué opinas?
—¡Has vuelto a pintar! ¡Eso es fantástico!
—No es mío. Me lo encontré en el estudio de mi madre. Mira la firma.
—Ana Lagos. No sabía que lo había pintado. Es un reflejo de lo que hablamos fuera. Tal vez lo viste de pequeña y tu subconsciente guardó esta imagen. ¿Qué opina la familia de esto? ¿Lo recuerdan?
—No les he contado nada. Es que hay más. Recuerdo todos los cuadros que pintó mi madre. Yo siempre pintaba con ella. Jamás he visto este antes, y cuando lo encontré, aún olía a trementina. Es reciente.
—Pero ambos sabemos que eso no puede ser —afirma categórico.
—Estoy perpleja y preocupada. Te lo aseguro. Mira bien el estilo, la firma, ¿no sientes dudas?
—Esto es para perder la cabeza. Tienes razón Anabel, mejor no le digamos nada a María. ¿Qué piensas hacer?
—Terminar de pintarlo.
—No entiendo.
—Los sueños con ella son continuos. Me hace advertencias que no logro entender y, en casi todos los sueños, hay algún símbolo relacionado con la pintura o el cuadro. Algo dentro de mí me lo pide. Igual así entiendo algo. He llegado a pensar que igual alguien quiere que piense que estoy loca, pero no entiendo el motivo, ni tampoco quién podría querer eso. No sé Andrés.
—¿Por qué no me has llamado antes? Lo estás pasando mal.
—Aquí ocurre algo. Presiento que hay algo más y, que la clave puede estar en este jardín. Me conoces, sabes que siempre he sido muy prudente. No voy a meterme en líos.
—Y la llave, ¿has encontrado ya lo que abre?
—Aún no, y he registrado toda la casa de arriba abajo. Ahora tendré que probar en la casa grande, la capilla, el jardín, yo que sé…
—¡Anabel, Anabel! —La pequeña Alba irrumpe de pronto en el salón a través de la puerta abierta del jardín. Casi no me da tiempo a tapar el cuadro y meterlo aprisa bajo el sofá.
—¡Ajá, este remolino debe ser la pequeña Alba! María me ha hablado de ti jovencita. Dice que eres una excelente ayudante de cocina —le sonríe Andrés.
—Y también soy aprendiz de pintora. Anabel me va a enseñar. Estoy haciendo un cuadro, ¿quieres verlo?
—¡Por supuesto!
Ni corta ni perezosa, Alba entra a por el boceto que comenzó a pintar antes. Nos lo trae con una sonrisa en la cara. Se la ve orgullosa de lo que ha comenzado.
—Mira. Estoy dibujando algo bonito. —Alba enseña el papel con algunos círculos y trazos hechos con carboncillo.
—Veo que eres una artista —le sonríe Andrés.
Entonces se fija en los pendientes de Alba y me mira extrañado.
—Um, tienes unos pendientes preciosos.
—Se los ha regalado María —le comento—, a ella los pendientes y a mí la colcha que hicimos juntas.
—¿No reconoces los pendientes? —me pregunta Andrés.
—No.
Breves imágenes vienen a mi mente sin más. Retazos cortos, como flashes. Y entonces caigo.
—¡Madre mía! ¿Son…?
Andrés me mira y asiente con la cabeza.
—¿Por qué crees tú que María se los ha regalado? —le pregunto.
—No lo sé.
Ambos miramos a Alba que de nuevo había retomado su tarea de pintar, ajena a nuestra conversación, como si la cosa no fuese con ella. Se había recogido sus castaños bucles en una cola y los pendientes quedaban perfectamente visibles. Las dos alitas blancas. ¿Cómo pude no reconocerlos en el primer instante en que los vi? ¿Por eso no quería María que los desenvolviese antes? Tal vez no estaba segura de mi reacción. Pero si era así, ¿por qué se los ha regalado? Mi mente retrocede en el tiempo…
—Dios mío Tobías. Son preciosos.
—Para ti lo mejor mi amor.
—¡Mira Anabel! ¡Papá me ha regalado alitas de ángel!
—Bueno, he de confesarte algo Ana. Andrés y María me han acompañado a comprarlos. No era capaz de decidirme por ninguno, todos me parecían poco para ti. María los eligió, dice que un ser especial como tú debe tener alas.
Recuerdo que los miró a la luz y emitían un suave brillo nacarado. Las pequeñas alitas blancas para mamá.
—Fíjate Anabel. ¿Verdad que son preciosos? Y además, papá no lo sabe, pero yo acabo de decidir que también son mágicos.
—¿Mágicos mami?
—Sí. Son alitas de ángel. Así que si en algún momento te sientes sola o necesitas ayuda, dejaré que te los pongas y ellos te protegerán. ¿De acuerdo?
—¡Pero eso es maravilloso! ¿Si me los pongo me saldrán alas a mí? ¡Así puedo huir del malo! O mejor, ¿me transformaré en un hada? Cuéntame más mami, porfa, cuéntame más.
—Mi pequeña e imaginativa hija. Estos pendientes tienen un poder aún mayor que todo eso. Solo tendrás que ponértelos y ya está. Te protegerán de todo. Y te sentirás más cerca de mí.
—Te quiero mami. ¡Y a ti también papi! ¡Qué chuli! ¡Alitas mágicas!
¿Por qué tenía María los pendientes? ¿Por qué se los había regalado a Alba? ¿Necesitaba Alba protección?
* * *
Hoy me he levantado temprano. La curiosidad me está matando. Es día de mercado y sé que María ya estará levantada y preparada para salir, así que debo darme prisa. La acompañaré a hacer las compras y hablaré con ella. La llamo al móvil y le cuento mi plan de ir juntas. Se alegra y va a esperar que yo llegue antes de salir. Es curioso, no me ha preguntado nada de los regalos.
Tan solo media hora después, estoy con ella en su casa.
—¡Hola María! —la abrazo y le doy un beso, como siempre.
—Hola tesoro. ¿Cómo estás?
—Muy bien y muy contenta con lo de la colcha. ¡Vaya sorpresón!
—Me alegro que te haya gustado —me contesta con una sonrisa.
—María. Tengo que hablar contigo de algo serio.
—Me preguntaba cuánto ibas a tardar en tocar el tema. Porque te refieres al regalo de Alba, ¿cierto?
—Así es.
—Ya veo. —De pronto la mirada de María se vuelve seria—. Tal vez debí preguntarte primero Anabel. Al fin y al cabo, eran de tu madre.
—No pasa nada. Es solo que no… no lo entiendo.
—Si te lo cuento, te vas a burlar de mí.
—Puedo prometerte que no —le aseguro con una sonrisa sincera—. Pocas cosas me sorprenden hoy por hoy, créeme.
—Bien. Voy a contarte algo, pero quiero que me escuches hasta el final y luego opines. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Se sienta en el sofá y me hace señas para que me siente a su lado. Noto cómo parece estar dando marcha atrás en el tiempo.
—Hace mucho tiempo, como tú ya habrás recordado, tu padre decidió hacer un regalo especial a tu madre y le compró los pendientes. No sabía decidirse, ya sabes. —Me mira y sonríe—. ¡Hombres! Andrés y yo fuimos con él. Nada más ver las alas, me enamoré de ellas, pero para tu madre. Eran idóneas para ella. Tu padre pensó igual, así que las compró. Aún recuerdo su cara de felicidad cuando envolvían el regalo.
Ahora soy yo la que sonrío. Cuánta razón lleva María. Sigo escuchando atenta, porque además a María parece que le va costando trabajo seguir.
—Verás. Cuando tu madre murió todos quedamos destrozados. Las personas que la sacaron del coche encontraron uno de los pendientes en el suelo. El otro lo llevaba puesto. Para poder atenderla en el hospital, le quitaron todos los objetos metálicos. Tu padre estaba tan mal, tan ido, que en lugar de dárselos a él, me los dieron a mí. Después de confirmar su muerte, intenté devolverle a tu padre las pertenencias de tu madre. Él las aceptó todas, menos los pendientes.
Aparta la mirada de mi cara y le veo una expresión de recuerdo. Parece estar a años luz de aquí.
—Por favor María, quiero que los tengas tú.
—No puedo aceptarlos Tobías. Tiene que tenerlos Anabel.
—No. Tú los elegiste. Alas para un ángel. No le han servido para nada. Perdóname, pero si se los doy a Anabel se los va a poner de inmediato y me causa dolor verlos.
María vuelve al presente con un gran suspiro.
—Tu padre rompió a llorar como un niño pequeño. Yo no sabía qué hacer, pero la verdad es que algo dentro de mí me decía que podía guardarlos y tal vez más adelante, cuando todo estuviese más tranquilo, ofrecérselos de nuevo y que él decidiese si te los daba a ti. —En este momento María para un momento. Noto que no quiere llorar, pero los recuerdos la emocionan.
—Después —continúa—, los guardé. Los guardé tan bien que los olvidé. Esa es la realidad. Hasta hace algunas noches. Se me ocurrió hacer una de esas limpiezas generales que Andrés tanto odia, y los encontré guardados en un cajón. Mi primer impulso fue dártelos, pero esa misma noche soñé con Ana. Fue algo extraño. La veía a ella y también a una niña. Ana le entregaba los pendientes. Me pareció un sueño de lo más rarito, pero tú sabes, yo siempre fui rarita. Cuando llegaste y vi a Alba, sentí un impulso, sin más. Pensé que era lo que tenía que hacer. Ya puedes llamarme loca.
—Yo también sueño a veces con ella. Pero, ¿sabes? Son sueños bonitos y tranquilos. Lo que ocurre es que, una vez mi madre me contó que los pendientes eran mágicos, algo así como un talismán de protección. Por supuesto que se inventó aquella historia, ya conoces la imaginación que tenía, pero… te confieso que estoy preocupada. ¿Crees que Alba necesita protección? No entiendo.
—Yo tampoco Anabel. Pero sí te diré algo. En el momento en que entregué los pendientes a Alba, sentí como si me hubiesen quitado un peso de encima.
Decidimos ir al mercado por fin. Creo que ninguna de las dos tiene muchas ganas de hacer compras, pero bueno, nos vendrá bien a ambas. Recuerdo viejos tiempos cuando me traía a este mismo lugar. Aun estando con ella, tengo la sensación de que me vigilan. Si sigo con esta paranoia, es muy probable que me dé un ataque de nervios.
Me paro con María junto a un escaparate. No falta mucho para Navidad y he de hacer algunas compras. Estamos mirando una camisa que le ha gustado para Andrés. Entonces me fijo en una corbata y se la voy a mostrar… cuando tengo la sensación de ver a alguien conocido al otro lado de la calle.
Me giro con rapidez y compruebo que no hay nadie. Solo me ha parecido a mí. Mejor, porque esa persona era Pedro y la verdad es que no me agrada demasiado ese hombre, hay algo en él que me confunde.
—¿Ocurre algo? —me pregunta María.
Está claro que ha notado mi nerviosismo. Tendré que ser más cuidadosa o voy a preocuparla.
—No. Me pareció ver a alguien conocido, pero me he debido confundir.
De nuevo nos giramos para el escaparate y procedo a señalarle la corbata que antes llamó mi atención. Entonces, reflejado en el cristal, puedo observarlo con nitidez. Ahora sí que estoy segura de que es él y de que está ahí. ¡No puedo creerlo! Está al otro lado de la calle, inmóvil en la acera observándonos a María y a mí. Me giro de nuevo dispuesta a dirigirme hacia él y montarle un pollo en mitad de la calle, pero de nuevo… no está. ¡Es imposible que haya desaparecido con tanta rapidez! No quiero pensarlo seriamente, pero tal vez si me esté volviendo paranoica después de todo.
Darmowy fragment się skończył.