Czytaj książkę: «Persuasión»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1996 Margaret Mayo

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Persuasión, n.º 1180- enero 2021

Título original: Powerful Persuasion

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-120-7

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

AL ENTRAR en el despacho, Celena sintió como si el corazón se le paralizara. No estaba segura de cómo había esperado que fuera Luciano Segurini, pero, con toda seguridad, no tan alto ni tan imponente. Ni tan descaradamente masculino. Había anticipado una figura poderosa, que soportara bien la autoridad sobre los hombros y que tuviera una enorme seguridad en sí mismo, ya que, sin aquellas cualidades, no habría llegado a alcanzar el nivel al que se encontraba. Sin embargo, nunca se había imaginado que fuera alguien cuya mera presencia llenara la habitación de una sexualidad tan patente que fuera casi tangible.

Tenía el pelo negro, con la raya a un lado y peinado hacia atrás, una barbilla prominente y enjutas mejillas, lo que le daba un aspecto algo severo. La nariz era larga y recta, con las aletas algo anchas y un labio inferior muy carnoso. No era guapo, pero, sin embargo, la combinación de todos aquellos rasgos le confería un atractivo casi letal.

—Señorita Coulsden… —dijo él. Sus ojos marrones, oscuros como el terciopelo, la miraron mientras le apretaba la mano entre la suya con tanta fuerza que a Celena le pareció que iba a romperle todos los huesos—. Siéntese —añadió, tras alargar el saludo más de lo que a ella le pareció necesario.

Con un nombre como el de Segurini, Celena había esperado que aquel hombre tuviera un acento extranjero. Sin embargo, hablaba un inglés perfecto, con una voz profunda y grave que le seducía los oídos y le enviaba oleadas de apreciación por el cuerpo. No entendía lo que le estaba ocurriendo. Había acudido allí por una entrevista de trabajo y, en vez de lo acostumbrado en aquellos casos, estaba experimentando unas turbadoras sensaciones eróticas.

Después de que su compromiso con Andrew Holmes hubiera acabado de un modo tan desastroso, se había cuidado mucho de dejar que otro hombre la cortejara. Instintivamente, desconfiaba de todo el sexo masculino y había construido un muro a su alrededor que desconectaba automáticamente de su vida a todo el que osaba mover ni siquiera un ladrillo. Todo el mundo decía que había cambiado después de lo de Andrew, y tal vez había sido así, pero era el modo en que Celena tenía de enfrentarse a ello.

Un par de años después, cuando sus padres murieron en un accidente de esquí, Celena se había alegrado de no haberse casado con él. Su hermana pequeña, Davina, estaba en un internado y Celena tenía la intención de dejarla allí. A Andrew no le habría agradado aquella idea y hubiera considerado una pérdida de tiempo pagar dinero por su educación cuando había colegios estatales perfectamente adecuados. El hecho de que la propia Celena hubiera ido también a un internado había sido siempre motivo de roce entre ellos.

Por todo aquello, Celena no podía entender que hubiera tenido una reacción tan fuerte con respecto a aquel hombre, al que seguramente le horrorizaría saber los pensamientos que a ella le estaban pasando por la cabeza.

—Gracias —respondió ella.

Él esperó hasta que ella se acomodó y luego se sentó tras un amplio escritorio que alojaba una batería de equipamiento tecnológico. Cualquier otro hombre se hubiera visto empequeñecido por todo aquello, pero aquello era imposible en el caso de Luciano Segurini. Cuando escribió algo sobre un teclado, Celena notó que tenía las manos cuidadas pero que, a pesar de todo eran fuertes. No era de extrañar que casi la hubiera pulverizado.

—Veamos… Celena Coulsden, soltera, veintiocho años, excelentes notas, con mención especial en dibujo y en gráficos, empezó a trabajar…

—Un momento —le interrumpió Celena, sin poder creer lo que estaba escuchando—. ¿Cómo ha conseguido toda esa información?

Aquello era increíble. ¿Por qué habría considerado aquel hombre investigarla de aquella manera? ¿Qué más sabía? ¿Su talla? ¿El pie que calzaba? ¿Su perfume favorito? Celena se sentía muy intranquila. Allí estaba ocurriendo algo que ella no acaba de entender.

En primer lugar, le habían ofrecido un trabajo que ella ni siquiera había solicitado. Después, aquel hombre tan sorprendente le acababa de revelar que tenía información completa y exacta sobre ella. El corazón volvió a darle un vuelco, aunque aquella vez por una razón muy diferente. Estaba experimentando una premonición, que le advertía que aquel hombre era peligroso.

Él sonrió como para tranquilizarla, pero no lo consiguió. Parecía la sonrisa que un depredador le lanzaría a su presa.

—No hay nada que yo no pueda descubrir, señorita Coulsden, si quiero hacerlo. No hay nada que yo no pueda hacer.

Aquellas palabras la dejaron atónita. ¿Habían sido una amenaza? Entonces, Celena se levantó, irguiéndose en toda su estatura y se apartó la melena castaña rojiza de la cara, dejando bien al descubierto sus ojos grises.

—Creo que estamos haciéndonos perder el tiempo mutuamente, señor Segurini. No debería haber venido. Me encuentro muy a gusto en mi actual trabajo. Muchas gracias.

Iba vestida de rojo, un color que debería haber desentonado terriblemente con el de su pelo, pero, de algún modo, iban a la perfección. Entonces, se colgó el bolso en el hombro y se encaminó hacia la puerta. De repente, la voz imperiosa de él la detuvo.

—¡Espere!

Lentamente, Celena se volvió, con la barbilla bien alta. El corazón empezó a latirle a toda velocidad.

—¿Se ha ofendido porque ya tenga informes sobre usted?

—De hecho, sí —respondió ella, aclarándose la garganta—. Ni siquiera soy su empleada y usted tiene, a pesar de todo, un informe sobre mí. Creo que eso es totalmente inaceptable.

—Creo que estará de acuerdo conmigo en que, en estos tiempos, la mayoría de las personas están incluidas en listas de ordenador. Resulta sorprendente cuánta información de cada uno tienen toda clase de personas, como, por ejemplo, el director del banco. Probablemente sabe mucho más de usted de lo que cree.

—Tal vez —admitió ella—, pero, ¿por qué iba a tenerla usted?

—Piénselo, señorita Coulsden. No le ofrecería un trabajo, en especial uno tan importante, a una persona de la que no supiera nada.

—De acuerdo, pero ¿cómo la consiguió? No nos conocíamos de antes. ¿Cómo ha sabido todo eso sobre mí? ¿Y por qué me ha llamado a mí en particular? Estoy segura de que debe de haber muchos otros publicistas que tengan las características que usted está buscando.

—Usted se ha forjado una excelente reputación. Los anuncios de los que usted se ha encargado, han sido los que han reportado más éxitos a su agencia.

—Yo simplemente me encargo de escribirlos —respondió ella, que era muy modesta sobre sus éxitos.

—Pero qué palabras —replicó él, mirándola con aprobación. Celena intentó no prestar atención a lo que aquello provocó en sus sentidos—. Lo que no entiendo es por qué se ha concentrado en ese lado de la publicidad cuando tiene mucho talento para el diseño.

—Me gusta más.

—Y por eso la quiero en mi equipo. No hay nada que yo no pueda conseguir.

Resultaba evidente que aquel hombre tenía la intención de contratarla, tanto si ella lo aceptaba como si no. Para empezar, cuando recibió la oferta de Luciano Segurini, Celena se sintió halagada y sorprendida, pero también intrigada, aunque le gustaba que él pensara que era lo suficientemente buena como para formar parte de una de las mejores agencias publicitarias de Inglaterra. Además, le había ofrecido un sueldo mucho más alto de lo que estaba ganando en aquellos momentos, que le resultaría muy útil.

Últimamente, se había pasado muchas noches despierta, preguntándose cómo iba a pagar los gastos del internado de Davina al siguiente trimestre. El dinero que sus padres le habían dejado se había evaporado ya, aunque Davina no lo sabía. Celena hubiera sido capaz de trabajar día y noche antes que decírselo. Su hermana estaba muy contenta en aquel colegio, el mismo al que había ido Celena, y si le decía que tenía que dejarlo podría afectar seriamente a sus estudios.

Evidentemente, Celena se había preguntando por qué Luciano Segurini la había elegido a ella para aquel trabajo e incluso cómo había sabido de ella. Había llegado a la conclusión de que todas las agencias vigilan estrechamente a sus competidoras y que las personas hablaban, por lo que no resultaba extraño que hubiera oído hablar sobre ella.

Tenía razón cuando había dicho que Celena había tenido un buen número de éxitos. De hecho, Hillier y Jones estaban muy orgullosos de ella y dudaba que la dejaran marchar. Ni siquiera les había dicho que iba a acudir a aquella entrevista. Solo le había empujado la curiosidad y, por la sorprendente reacción que había tenido con respecto a aquel hombre y por todo lo que él sabía sobre ella, estaba empezando a desear no haber ido. Resultaba muy turbador saber que la habían investigado tan exhaustivamente.

—Quiero que trabaje en el proyecto más importante de toda mi vida. Usted es la persona que he estado buscando ya que tiene las características adecuadas.

—Me imagino que, con el éxito que su agencia ha alcanzado en los últimos años, ya tiene un equipo muy bien preparado.

—Siempre hay lugar para las mejoras.

—Se refiere a sangre nueva. ¿Es que alguien le ha defraudado? Tiene una vacante, ¿no es verdad?

—Sí —respondió él, con una ligera sonrisa en los labios—. Me han defraudado, y mucho, a decir verdad. ¿Va a aceptar el trabajo, Celena?

Ella casi no notó el hecho de que la había llamado por su nombre. No podía apartarle los ojos de la boca, ni de aquel labio inferior tan carnoso. Sin poder evitarlo, se preguntó que sentiría si un hombre como aquel la besaba.

—Lo siento —dijo ella, cuando se dio cuenta de que él parecía estar esperando una respuesta—, ¿qué ha dicho?

—Le ofrezco el doble de lo que esté ganando en la actualidad, sea la cifra que sea.

—Échele un vistazo a su pantalla, señor Segurini. Estoy segura de que le dirá exactamente cuál es mi sueldo actual.

—De hecho, así es. Y también me dice que no tiene novio. ¿Por qué? Es una mujer muy hermosa, Celena, es…

—Mi vida privada no tiene nada que ver con mi profesión. No tiene derecho a husmear en ella —le espetó Celena. Sin embargo, no pudo evitar preguntarse si sabría también de la existencia de su hermana pequeña y de lo mucho que le estaba costando vivir con sus propios medios.

—En realidad, era solo una conjetura. Sin embargo, creo que, por lo mal que se lo ha tomado, tengo razón. Y eso es bueno, porque esperaré de usted que trabaje muchas horas y no quiero que un novio airado esté siempre detrás de mí.

—Todavía no he dicho que vaya a aceptar el empleo —replicó Celena, molesta de que le hubiera engañado.

—Sería una locura por su parte si no lo hiciera. Su vida estaría asegurada.

—¿Vida, señor Segurini? No voy a entregarle mi vida.

—¿Pero está interesada? —peguntó él, sonriendo.

—Tengo un contrato que…

—Que puede romperse fácilmente. En cualquier caso, tengo entendido que Hillier y Jones están pasando dificultades. Se vislumbran despidos y puede que, muy pronto, usted misma se quedara sin trabajo.

—No tengo noticia de nada de eso —dijo Celena, sospechando que se lo estaba inventando.

—Pero es cierto. ¿Cuál es su respuesta?

—Ahora no puedo darle ninguna. No puedo tomar una decisión tan importante sin pensarlo bien antes.

—¿Y qué es lo que tiene que pensar?

—Muchas cosas. Por ejemplo, ¿será usted mi jefe inmediato?

—Somos un equipo, Celena. Todos trabajamos juntos —respondió él, de nuevo exhibiendo aquella sonrisa de depredador—. Siéntese, le pediré a mi secretaria que le traiga un café. Tengo que ver a alguien. Regresaré dentro de diez minutos.

¿Era aquello todo el tiempo que le estaba dando para que se lo pensara? ¿Qué iba a hacer si ella se negaba a aceptar el puesto? El suelo era demasiado alto, mucho más de lo que ella se merecía, a pesar de que no iba a protestar por ello. De hecho, aquella oferta era un salvavidas, especialmente si era cierto que Hillier y Jones estaban pasando por un mal momento. Sin embargo, la confundía no haber oído rumores al respecto.

El principal problema era el propio Luciano Segurini. Aquel hombre ponía todos sus mecanismos de autoprotección en estado de alerta. Presentía que aquel hombre podría infiltrarse entre sus defensas casi sin que ella se diera cuenta.

Tal vez se estuviera preocupando por nada. Nunca había tenido mucha relación con Howard Hillier, el director de la agencia en la que estaba trabajando, así que podría ser que tampoco la tuviera con aquel hombre. Resultaría ridículo rechazar una oferta tan excepcional simplemente porque tenía miedo de un hombre tan carismático y de lo que él podría hacer con sus sentimientos. Sin embargo, no podía dejar de pensar que había algo más, algo que él le estaba ocultando, una razón más que de la simplemente necesitar una buena publicista.

Diez minutos nunca habían pasado más rápidamente para Celena. En el instante en el que él regresó, el despacho volvió a cargarse de electricidad… y lo peor era que ella todavía no se había decidido.

—¿Qué has decidido, Celena?

Aquella fue la primera vez que él la tuteó, pero Celena no estaba segura de que le gustara aquella familiaridad. En realidad, nadie la llamaba así, ya que todos lo hacían con un diminutivo, Lena.

No volvió a sentarse en el sillón, sino que lo hizo sobre el escritorio, apoyado en él con las piernas estiradas y las manos a ambos lados. Estaba tan cerca de ella que Celena olía la loción para después del afeitado que él se había puesto, un aroma que parecía abotargarle los sentidos aún más. Ningún hombre le había afectado de aquella manera antes, tan repentinamente y en contra de su voluntad. Ni siquiera Andrew, del que había creído estar enamorada.

—Yo… No puedo aceptar este trabajo, señor Segurini.

—¿Por qué no, Celena? —preguntó él, con un gesto que revelaba el enojo que le producía aquella respuesta.

—Antes, necesito descubrir si es cierto lo que ha dicho sobre Hillier y Jones.

—Y cuando compruebes que es así, ¿qué excusa utilizarás entonces?

—Todo esto es muy irregular, señor Segurini. No puedo evitar tener sospechas.

—¿Me estás diciendo que el dinero extra no te vendría bien? —preguntó él, con una voz profunda y desconcertante, que le produjo una incómoda sensación en la boca del estómago.

—El dinero siempre es útil, pero no siempre es la respuesta.

Entonces, él se apartó del escritorio y fue a colocarse detrás del respaldo de la silla. Luego, se inclinó sobre ella, tanto que le acercó la boca a la oreja.

—Eres una mujer sorprendente, Celena Coulsden.

Aquellas palabras vibraron dentro de ella, a través de cada uno de sus nervios. Celena sabía lo que él estaba haciendo. Estaba utilizando su sensualidad, seguro de que así conseguiría hacerla ceder.

El miedo se apoderó de ella. Él no podía haber adivinado lo que ella estaba sintiendo. Estaba segura de que no había sido así. Simplemente estaba jugando con ella, seguro de que al final acabaría ganando.

—Esta es una entrevista muy poco ortodoxa, señor Segurini —dijo ella, poniéndose rápidamente de pie y apartándose de él.

—Yo soy un hombre poco ortodoxo —respondió él, con voz profunda.

—¿Utiliza siempre su sex appeal para conseguir lo que quiere? —preguntó ella, con voz fría.

Desde que había terminado con Andrew, había tenido muchas oportunidades para poner en práctica sus cualidades para apartar a los hombres. Tenía un rostro de una belleza clásica, con pómulos prominentes, ojos almendrados y una boca muy generosa. Todo aquello, combinado con su esbelta figura y la bonita melena castaña, la convertía en el blanco de las atenciones de los hombres. Se había acostumbrado a frenar sus insinuaciones con la misma mirada que le estaba lanzando en aquellos momentos a Luciano Segurini.

—¿Era eso lo que estaba yo haciendo? —preguntó él, frunciendo los labios.

—A mí me pareció que así era.

—No me había dado cuenta.

—¿De verdad?

—Creo que tienes la imaginación algo desbocada —dijo él, sentándose en la silla que ella había dejado vacía y apoyando los pies en una esquina del escritorio—. Sin embargo, si estoy consiguiendo persuadirte de que nos harías a ambos un favor, si aceptaras este trabajo, no me parece nada malo.

—No está consiguiendo convencerme —replicó Celena con frialdad—. De hecho, su comportamiento me está convenciendo de que cometería un error fatal si aceptara su oferta.

Él frunció el ceño y se puso de pie como movido por un resorte.

—Mis sinceras disculpas, señorita Coulsden. Pensé que la informalidad ayudaría. Evidentemente, me equivoqué —dijo él, volviendo rápidamente a su sitio, detrás del escritorio.

—Y también se equivocó al dar por sentado que yo me aferraría a esta oportunidad —añadió ella—. Creo que ya no tenemos nada que decir. Buenos días, señor Segurini.

A pesar de que sabía que más tarde lamentaría haber rechazado aquella oferta, Celena no cambió de opinión. Además, para su sorpresa, él la dejó marchar sin decir otra palabra. Cuando ella regresó a su despacho, hizo unas pesquisas y descubrió que todo lo que Luciano Segurini le había dicho sobre el estado de su agencia era cierto. Parecía que se iba a quedar sin trabajo y que Davina tendría que dejar el internado sin remedio. Aquel pensamiento la entristeció y la inquietó a la vez.

Aquella tarde, cuando llegó a casa, Celena tenía un enorme ramo de flores esperándola. Cuando las recogió con curiosidad del umbral de su puerta, miró con atención la tarjeta.

Para la mujer más sorprendente que he conocido. Si cambias de opinión, la oferta sigue en pie. Me mantendré en contacto.

La tarjeta no estaba firmada, pero no era necesario. A pesar de que, económicamente, Celena se sentía aliviada de que pudiera optar todavía a aquel trabajo, tenía miedo de volver a enfrentarse con el hombre más sorprendente que ella había conocido. No le había hablado a nadie de aquella entrevista, ya que había utilizado la excusa de una cita con el dentista para explicar su ausencia en el trabajo.

Tras abrir la puerta, entró en su casa. A la muerte de sus padres, Celena había vendido la casa que tenían en Norfolk y se había mudado más cerca de Londres y de su trabajo. Aquella nueva casa era perfecta para ella. Si no hubiera sido por el internado de Davina, hubiera vivido más que cómodamente.

Dejó las flores en la encimera de la cocina, pensándose muy seriamente si tirarlas o no a la basura. Si las colocaba en un jarrón, serían un recordatorio constante del hombre que había dejado una huella tan profunda en ella en un espacio de tiempo tan breve. Tras tomar una ducha, se puso un cómodo mono de seda verde.

A continuación, se preparó la cena con un poco de pollo frío y una ensalada. Las rosas seguían todavía en el lugar en el que ella las había dejado. Acababa de terminar de cenar cuando sonó el timbre. Como siempre había alguien que llamaba a la puerta, Celena sintió la tentación de no abrir. Sin embargo, al ver que el timbre volvía a sonar, fue a ver quién era. Y se quedó boquiabierta.

—¡Señor Segurini! ¿Qué está haciendo aquí?

—He venido a comprobar que mis flores han llegado sin novedad.

—Una llamada de teléfono hubiera sido más que suficiente. Y sí, han llegado. Muchas gracias, aunque no se me ocurre por qué las ha enviado.

—Espero que le gusten las rosas blancas —dijo él, mientras la examinaba de arriba abajo, subiendo la mirada lentamente. Tras detenerse brevemente sobre los pechos y la boca, volvió a mirarla a los ojos.

—Sí —susurró ella. En realidad, eran sus favoritas.

—Es una pena que uno nunca llegue a ver las flores que encarga.

—Si está buscando que le invite a mi casa, no va a conseguirlo —contestó ella, intentando desesperadamente aplacar la rebelión que se había apoderado de sus sentidos.

Él se había cambiado de ropa. Llevaba puesto un par de pantalones azules y un jersey de cachemir a juego. Aquellas ropas tan informales resaltaban la musculatura que adornaba su cuerpo, convirtiéndolo en un adversario más que peligroso. A pesar de que su mente le recordaba que no debía confiar en él, el cuerpo de Celena no parecía tener tales reservas.

—Pensé que tal vez podríamos ir a tomar una copa para conocernos mejor y charlar un poco más sobre mi oferta —dijo él, sonriendo.

—¿Es que nunca acepta un no por respuesta?

—No, si realmente deseo algo.

—¿Y me desea a mí? —preguntó ella, sonrojándose inmediatamente al darse cuenta de lo que había dicho—. Es decir, ¿desea tanto que yo trabaje para usted?

—Es perfecta para el trabajo.

—Yo creo que hay más que eso.

—¿Qué le ha hecho pensar eso?

—En primer lugar, su insistencia.

—¿Y en segundo lugar?

—Intuición femenina —replicó ella con frialdad, sintiéndose más segura.

—Ah, eso.

—Sí, eso. ¿Acaso va a negar que tengo razón?

—Resulta una teoría interesante. ¿Qué le parece que salgamos juntos a hablar de ella?

—No quiero salir —insistió ella, impaciente—. He tenido un día terrible, que usted no ha hecho que sea mejor, y había pensado en retirarme temprano.

—Todavía es temprano —replicó él, consultando la hora en su caro reloj de oro—, poco más de las ocho. Tal vez podríamos hablar aquí. Prometo no robarle más de una hora de su tiempo.

—Nunca permito que entren extraños en mi casa.

—No creo que nosotros seamos unos completos extraños. Le prometo, señorita Coulsden, que mis intenciones son estrictamente honorables. Vaya, me ha salido una frase de lo más anticuada. Permítame decírselo de otro modo. No tengo ningún plan para su cuerpo, por muy hermoso que sea. Estará perfectamente a salvo conmigo.

Sorprendentemente, Celena le creyó. A pesar de que lo encontraba tremendamente peligroso en muchos aspectos, instintivamente sabía que, en aquella ocasión, podía aceptar su palabra.

—Muy bien, a pesar de que puedo asegurarle que va a perder el tiempo. Una vez que tomo una decisión, nunca cambio de opinión.

—Y yo nunca acepto un no por respuesta. En ese caso, estamos en un callejón sin salida. Será interesante ver quién gana.

Su casa siempre había sido un lugar tranquilo y acogedor. Sin embargo, en el momento en el que él entró, el ambiente se cargó, como había pasado en el despacho. Iba a ser una reunión muy difícil.

Celena lo condujo al salón, que tenía unas agradables vistas sobre el patio, que ella había llenado con muchas plantas de gran colorido y arbustos trepadores. Las macetas daban a aquel pequeño espacio un aire casi mediterráneo.

—Por favor, siéntese —dijo ella, indicándole un sillón. Luego, ella se sentó en una silla, lo que le dejaba a él en desventaja porque el sol del atardecer le daba directamente en los ojos.

Entonces, él pareció adivinar su táctica, por lo que se levantó de nuevo y sonrió de un modo que indicaba que controlaba completamente la situación.

—Es mejor que se siente usted en el sillón —respondió él, extendiendo la mano.

A Celena no le quedó elección pero, antes de sentarse, corrió las cortinas. Sin embargo, como comprobó al sentarse, no lo suficiente.

—¿Un punto de luz? —preguntó él, al ver que Celena entornaba los ojos—. Buen truco, señorita Coulsden, pero a mí me gusta ser el que tiene el control.

—De acuerdo —dijo ella, tratando de no demostrar lo avergonzada que estaba—. Haga su oferta.

—Creo —empezó él, después de una larga pausa—, que, lo primero de todo, deberíamos analizar sus motivos para rechazar esta oferta.

—¿Analizar? No hay nada que analizar.

—¿No? —preguntó él, con escepticismo—. A nadie, excepto a los muy ricos, le importa ganar más dinero.

—Y usted se encuentra en ese grupo de élite y piensa que su dinero puede comprar cualquier cosa que a usted se le antoje. Permítame que le diga una cosa, señor Segurini. Yo no estoy en venta. ¿Es que no se lo dejé ya lo suficientemente claro?

—¿Ha comprobado su situación laboral en su actual empleo?

—Tenía razón —admitió ella, de mala gana.

—¿Y tiene una hipoteca sobre esta casa?

—No creo que eso sea asunto suyo —le espetó ella.

Probablemente, lo sabía de todos modos. La casa de sus padres no había alcanzado un precio tan alto y las casas en aquella zona eran mucho más caras, así que, efectivamente, tenía una hipoteca.

—Además, por supuesto —añadió él, muy lentamente—, están los honorarios que tiene que pagar por el internado de su hermana. Supongo que tiene que hacer maravillas con el dinero, Celena.

—Fuera de aquí, canalla —replicó ella, poniéndose inmediatamente de pie—. No tiene ningún derecho a husmear…

—Estás todavía más hermosa cuando te enfadas. Me sorprende que un hombre no te haya seducido todavía. Necesitas ese trabajo, Celena, entonces, ¿por qué no lo aceptas?

Efectivamente, así era. Lo necesitaba. No se podía permitir rechazar una oferta como aquella una segunda vez.

—Lo haré solo si triplica lo que gano en estos momentos —le espetó ella, en tono desafiante.

—Hecho —respondió él, con una amplia sonrisa. Entonces, se puso también de pie y le extendió una mano que Celena se vio obligada a estrechar—. Sabía que acabarías recuperando la cordura. Todo el mundo tiene un precio.

De nuevo, aquel saludo le pulverizó la mano. Sin embargo, mucho más fuertes fueron las descargas eléctricas que sintió por todo el cuerpo, la misma reacción química que había experimentado en su despacho, solo que más fuerte. «Por favor, Dios mío, no dejes que nuestros caminos se crucen con mucha frecuencia», suplicó en silencio.

Capítulo 2

UN MES después, Celena comenzó a trabajar para Luse. Durante la primera semana y media, no vio a Luciano, lo que la alivió mucho, a pesar de que su nombre andaba en boca de todos. Luciano eso, Luciano eso, Luciano quiere, a Luciano le gustaría… ¡Y Luciano lo conseguía todo!

Celena estaba también algo perpleja por cómo había conseguido aquel trabajo. Nadie se había marchado de la empresa. En realidad, no había vacante alguna. Aparentemente, aquel puesto no existía antes, por lo que todo el mundo andaba tan desconcertado como ella misma. También había llegado un segundo ramo de rosas blancas. Aquella vez, simplemente decía Gracias.

Entonces, llegó la llamada para que acudiera al despacho del gran hombre. Cuando Celena llegó al final del pasillo que conducía allí, notó que el corazón le latía con fuerza, algo que le molestó mucho. Al llegar a la puerta se detuvo un momento para recobrar de nuevo el equilibrio. Estaba respirando profundamente cuando la puerta se abrió de repente.

—¿Qué está haciendo, señorita Coulsden? —preguntó Luciano Segurini, muy divertido—. ¿Armándose de valor para afrontar al león en su guarida?

—Naturalmente —dijo ella. Sabía que era tan evidente lo que estaba haciendo que se ahorró la vergüenza de inventar una excusa—. Se le tiene en mucha estima, señor Segurini. Una llamada para acudir a su santuario no debe tratarse a la ligera. ¿Qué es lo que desea? ¿Me va a despedir o me ha concedido un aumento?

—Muy pocos de mis empleados se atreverían a hablarme de ese modo —replicó él, mientras le hacía pasar.

—¿De verdad? ¿Es que acaso no me dijo, justo después de que yo aceptara este trabajo, que todos son aquí una gran familia? ¿Que, por así decirlo, no había distinción entre clases? Si ese es el caso, no veo razón alguna por la que yo no pueda decir lo que quiero —le espetó ella. Aquel hombre había ido tan lejos para contratarla que no tenía miedo de que la despidiera.

—No importa —comentó él, haciéndole un gesto para que se sentara—. ¿Tienes planes inmediatos, Celena? —añadió. Ella frunció el ceño, sin comprender del todo—. Quiero decir, personales. Vacaciones… ese tipo de cosas.

—No —respondió ella, aliviada de que su jefe le estuviera hablando en un tono tan profesional, aunque tuteándola de nuevo.

—Bien, porque quiero que me acompañes a Sicilia.

—¿Sicilia?

—Sí, a mi país.

—¿Y por qué quiere que lo acompañe? —preguntó ella, algo alarmada.

—Simplemente por negocios, por supuesto. Tengo un volumen bastante grande de publicidad allí.

—¿Por qué me necesita?

—¿Es que no es evidente? —preguntó él, agriamente—. Estás doblemente cualificada. Ahorraré tiempo y dinero si creas tus ideas allí mismo.

—¿Es esto lo que tenía en mente desde el principio? —quiso saber ella, muy a la defensiva. Él asintió con la cabeza—. Entonces, ¿por qué no me lo dijo?

—¿Hubieras accedido a trabajar conmigo sabiendo que iba a llevarte rápidamente al extranjero?

—Tal vez no. Por otra parte, podría haberlo considerado como una oportunidad emocionante.

—Entonces, ¿te alegras de poder acompañarme?

—Mientras sea estrictamente por negocios…

—Tienes mi palabra.

—¿Cuánto tiempo estaremos fuera?

—Uno o dos días… lo suficiente para atar todos los cabos.

El vuelo duró dos horas y media. Se registraron en un hotel de Palermo. Durante la cena, Luciano la sorprendió hablándole de su infancia.

—Aquí, las familias son como una piña, como probablemente sabes. Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años, por lo que me criaron mis abuelos maternos, con un fuerte grado de interferencia de mi bisabuela. Aunque mi padre y mis abuelos han muerto ya, mi bisnonna sigue viva todavía, Dios la bendiga. Cumplirá noventa y tres este año.

Parecía hablar con mucho afecto de ella. Celena se sintió algo envidiosa por un momento, ya que sus abuelos habían muerto cuando era muy niña, incluso antes de que Davina naciera.

—Fui a Oxford para terminar mis estudios —añadió—, y me gustó tanto tu país que lo convertí en mi hogar. Naturalmente, todavía regreso aquí varias veces al año. Si no, mi familia no me lo perdonaría.

—¿Tiene hermanos?

—Tengo dos hermanos y una hermana. Gabriella… Ella es la más joven. Paolo es el mediano y luego está Filippo. Los conocerás mañana.

—¿Es que vamos a visitar a su familia?

—Claro. No podría venir a Sicilia sin visitar a mi familia.

—Me dijo que era puramente un viaje de negocios.

—¿Y qué hay de malo en combinar los negocios con el placer? Tómatelo como una bonificación, Celena.

—¿Están casados sus hermanos y hermana?

—Todos.

—Entonces, ¿por qué no lo está usted? —preguntó ella, dándose cuenta enseguida, por el gesto de él, de que se había excedido—. Lo siento, olvídese de lo que le he preguntado. Esta salsa boloñesa está deliciosa.

—Así debería ser —dijo él, más relajado—, pero espera a probar la que nosotros preparamos. Es una receta especial de la familia. Es meravigliosa.

Tenía que haber alguna razón para que no se hubiera casado. Celena se preguntó por qué. Se imaginaba que tenía que tener unos treinta años y le parecía extraño que siguiera soltero. Era de lo más codiciable, así que ¿por qué no le había robado nadie el corazón? Probablemente él era el culpable de eso. Tal vez su trabajo le robaba demasiado tiempo, tal vez había tenido una mala experiencia. Tal vez… Tal vez… Podría haber miles de razones.

Aquella noche, en la cama, al lado de la habitación de Luciano, Celena no pudo dejar de pensar en él. Era el hombre más misterioso que había conocido. Atractivo, rico… Era todo lo que una mujer podría desear.

Le preocupaba que Luciano le hubiera impresionado tanto, que estuviera derribando sus barreras tan fácilmente. Después de descubrir que Andrew estaba viendo a otra mujer a sus espaldas, había pensado que sería siempre inmune a los hombres. Además, la mujer con la que su novio la había engañado era su mejor amiga y por eso, se había jurado que nunca volvería a confiar en nadie. Se había dedicado en cuerpo y alma a su carrera y desde entonces, nadie había conseguido despertar ningún sentimiento en ella hasta el punto de que sus compañeros le habían puesto el apodo de «Mujer de hielo».

El corto vuelo desde Inglaterra en el avión privado de Luciano había sido una experiencia en sí misma. No solo le había impresionado que tuviera su propio avión y que estuviera equipado con todo lujo de detalles, sino que también le había abrumado la fuerte personalidad que él tenía.

Cada vez que se encontraba con él, las sensaciones eran muy fuertes, pero en el reducido espacio del jet, lo habían sido aún más. Le había costado respirar, como si no dispusiera de suficiente aire en la cabina. Él parecía llenar todo el espacio con su presencia. Aunque estaba ocupado trabajando con su ordenador, ella no había podido dejar de observarlo.

En aquel momento, cuando solo una delgada pared de ladrillo los separaba, seguía sintiendo su presencia. Y aquello la turbaba profundamente. Definitivamente, era una fuerza que no podría ignorar.

Falta de sueño, una llamada a muy temprana hora y la intranquilidad que Luciano le provocaba, hizo que Celena se sintiera irritable. Cuando se reunió con él para desayunar, casi no sonrió.

—¿Es que no te encuentras bien? —preguntó él, con un aspecto fresco y vital, vestido con una camisa blanca y pantalones de lino oscuros y con el inevitable aftershave que tanto la atormentaba.

—Tengo dolor de cabeza —mintió ella.

Efectivamente, no podía decirle la verdad. Él llevaba en su vida seis semanas y solo habían contactado en tres ocasiones antes de aquel viaje a Italia. Sin embargo, él parecía haberse adueñado completamente de su mente. Era una locura pero, al menos, estaba cumpliendo su palabra de no insinuársele.

—¿Te duele la cabeza con frecuencia? ¿Sufres de migrañas? —quiso saber él. Celena negó con la cabeza—. Entonces, supongo que es solo por el viaje y el cambio. Tómate un par de aspirinas y te encontrarás mejor enseguida.

—¿Cuáles son los planes para hoy?

Celena se sentía algo incómoda ante la idea de conocer a su familia. Él le había explicado que descendía de una familia siciliana de rancio abolengo, casi aristocrática, con unos puntos de vista muy conservadores sobre las novias y el matrimonio. No daba la sensación de que fuera un donjuán.

—Esta mañana, negocios. Por la tarde, iremos a visitar a mi familia. No te preocupes, Celena. Les encantarás.

Ella frunció el ceño. ¿Encantarles? ¿Por qué les iba a encantar una empleada? Desde el principio, todo aquel asunto le había dado mucho que pensar. La oferta de trabajo inesperada, el generoso sueldo, el viaje a Italia… ¿Acaso había razones reales para preocuparse?

—¿Hay algo que no me haya dicho, señor Segurini?

—Llámame Luciano, por favor.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué debería llamarle Luciano cuando usted es el dueño de la empresa para la que trabajo? Creo que no estaría bien que yo le llamara por su nombre cuando soy solo una recién llegada a su equipo y, especialmente, siendo este un viaje de negocios.

—De negocios y de placer. Es siempre un placer estar con mi familia.

—¿Y es siempre un placer llevarse a una chica?

—No. Nunca he llevado una chica a mi casa.

—¿Es que nunca ha ido en serio con nadie?

—Sí, claro que sí, pero no salió bien. Preferiría no hablar de eso. ¿Has terminado? Quiero empezar cuanto antes.

Celena se dio cuenta de que, sin quererlo, había dado con un punto débil. Aunque sentía curiosidad por conocer algo más, sabía perfectamente que no sería adecuado. Tal vez más adelante, cuando le conociera mejor, descubriría algo más sobre aquella mujer que había dejado una huella tan profunda en él. Evidentemente, ella era la razón por la que no se había casado.

Su cita era con una firma de coches muy conocida y resultó muy emocionante. Celena se sintió honrada de haber podido participar en aquello.

Algo más que tenía en su favor era que hablaba italiano. Sin duda, Luciano había sabido también eso cuando le ofreció aquel puesto. Seguramente, era eso a lo que se refería cuando le había dicho que estaba doblemente cualificada. Aunque el dialecto siciliano era algo diferente, lo entendía perfectamente. Hasta los propios sicilianos se quedaron impresionados con el conocimiento que tenía de su lengua.

Después, almorzaron en un restaurante a las afueras de Palermo y Luciano la elogió profusamente, pero no se detuvieron más de la cuenta. Resultaba evidente que estaba deseando ver a su familia y en particular a su bisabuela. Hablaba de ella sin parar, dejando claro que existía un fuerte vínculo entre ellos.

Luciano dirigió el coche por la autopista que rodeaba la costa. Luego, giraron hacia el sur, hacia el centro de la isla. Las montañas eran altas y el paisaje dramático. La autopista seguía el valle del río Hymera, por la falda de las montañas Madonie y llegaba por fin a la ciudad amurallada de Enna, con su castillo y la leyenda de Deméter y Perséfone.

Finalmente, Luciano se detuvo delante de un viejo palazzo a las afueras de la ciudad. Celena contempló asombrada la magnífica mansión de piedra con sus arcos y pilares. Resultaba evidente que, en el pasado, había sido muy hermosa. En aquellos momentos tenía un aire decadente que, a pesar de todo, le impresionó mucho. Nunca antes había visto nada tan grandioso como aquello.

La puerta se abrió lentamente a media que ellos se acercaban. Una mujer joven, vestida de negro, sonreía tímidamente a Luciano mientras miraba con curiosidad a Celena.

—Buon giorno, Francesca —dijo él—. ¿Está mi bisabuela esperándonos? —añadió, también en italiano.

Francesca asintió, sonriendo abiertamente. Después de presentar a Celena, la condujo hacía una impresionante escalera, que, formando una curva, llevaba hasta el piso superior. Allí, una vidriera dejaba pasar la luz del sol, convirtiéndola en una miríada de colores.

Avanzaron a lo largo de un pasillo, a través de una puerta y luego a través de otro pasillo. Todo estaba profusamente decorado con escayola y del techo colgaban hermosas arañas de cristal. De repente, se encontraron frente a una pesada puerta de madera. Luciano llamó, sin atreverse a entrar sin permiso.

—Avanti!

Celena había esperado escuchar una voz frágil y temblorosa, pero aquella palabra sonó con fuerza y autoridad. Al entrar en la habitación, iluminada por una luz tenue, vieron a la bisabuela Segurini. Era una mujer diminuta y estaba sentada, muy erguida, sobre una butaca de terciopelo. Iba toda vestida de negro, con un encaje también negro sobre el pelo blanco. Tenía los ojos hundidos, pero todavía conservaban una fuerza que decía que ella seguía siendo la matriarca de la familia. Al ver a su bisnieto, se iluminaron y él se acercó rápidamente a darle un beso y un abrazo.

—Por fin has llegado —dijo la mujer, en italiano—. Llevo tanto tiempo esperando tu visita, Luciano. ¿Y esta es Celena? Acercate, jovencita. Déjame mirarte —añadió la anciana, refiriéndose a ella. A pesar de que la sorprendió que Luciano ya la hubiera mencionado, Celena se acercó obedientemente—. ¡Dios mío! Eres más hermosa que en la fotografía.

¿Fotografía? ¿De qué estaba hablando aquella mujer? Celena miró a Luciano y frunció el ceño. Sin embargo, él sacudió la cabeza, haciéndole un gesto para que no dijera nada. Ella decidió que la fotografía de la que hablaba la anciana debía de haber sido de su anterior novia y que Luciano no quería avergonzar a su bisabuela mencionándolo. Probablemente, la ex novia de Luciano y ella se parecían mucho y de ahí el error.

Poco a poco los ojos de Celena fueron acostumbrándose más a la poca luz y pudo ver más claramente a Giacoma Segurini. Era muy delgada. Las manos, con los dedos muy nudosos, estaban adornadas de diamantes y granates, al igual que las orejas y garganta. Parecía una reina sentada en su trono y Celena no tuvo duda alguna de que así era como su familia la consideraba. Sin embargo, a pesar de su porte erguido y su aire totalitario, parecía frágil y estaba muy pálida, como si el hilo que le unía a la vida fuera muy débil.

La anciana extendió las manos. Celena las tomó entre las suyas y recibió un beso en cada mejilla.

—Luciano ha elegido bien —dijo, sonriendo—. Todo el mundo está muy ansioso por conocerte.

—Pero yo no soy quien… —empezó Celena, deseando aclararlo todo.

Por el rabillo del ojo, vio que Luciano se ponía muy tenso, pero no le importó. No estaba bien que engañara a su bisabuela. Sin embargo, la anciana siguió hablando, sin prestar atención a la frase que Celena había dejado a medias.

—Supongo que te habrá dicho que es mi bisnieto mayor y mi favorito.

—Sí —admitió ella—, pero tengo que…

—Sin embargo, me ha desilusionado mucho no casándose antes. ¡Treinta y siete! —exclamó, escandalizada—. Mi marido tenía veintidós cuando me casé con él. Yo tenía veinte. Cuando él tenía la edad de Luciano, nuestro hijo mayor ya tenía catorce años y teníamos, además, otros tres hijos. ¿Cuantos años tienes, Celena?

—Veintiocho —respondió ella, de mala gana.

—La gente de hoy en día… ¿qué os pasa? ¿Qué ha pasado con el amor y el romance? No hacéis más que trabajar y trabajar. Os pasáis la vida trabajando en vez de tener una familia. No lo entiendo.

—Las cosas han cambiado, bisnonna —dijo Luciano.

—Tal vez, pero no me gusta. Y no lo apruebo. Al menos ahora, tú has recobrado la cordura y has elegido a una hermosa mujer. Déjanos a solas, Luciano. Me gustaría hablar con ella.

—Ahora no, bisnonna —respondió él, para disgusto de Celena. Hubiera aprovechado la oportunidad para decirle a la anciana quién era—. Nos hemos levantado muy temprano y hemos tenido un día muy agitado. Celena necesita descansar.

—Entonces, más tarde —concedió la mujer.

Cuando salieron de la habitación, Celena se encaró furiosa con Luciano.

—¿A qué demonios estás jugando, haciéndole creer a tu bisabuela que soy tu novia?

—Es solo una mentira piadosa. No hará daño alguno.

—No estoy de acuerdo en eso —replicó ella—. La mujer está en su elemento. ¿Cómo va a sentirse cuando descubra que no soy nada más que una empleada? Tiene un aspecto tan frágil que el susto probablemente la matará.

—Entonces, tal vez no deberíamos decirle nada.

—Espero que no estés hablando en serio.

—Totalmente.

—Esto es lo más ridículo que he oído en toda mi vida. Y no pienso formar parte de ello. Insisto en que se lo digas. Ahora.

—No puedo hacerlo, Celena.

—Entonces, se lo diré yo misma —declaró ella, volviéndose a la puerta.

—No, no lo harás —dijo Luciano, agarrándola del brazo y tirando de ella hasta que alcanzaron la intimidad de un estudio en el piso inferior, donde hizo que se sentara en un sofá—. Quiero que toda mi familia acepte que tú eres mi novia.

—Esto no es una casualidad, ¿verdad? —dijo ella—. Me la has jugado. Este trabajo no era más que un señuelo —añadió, confirmando sus sospechas.

—Yo no diría exactamente eso. Eres muy valiosa para mi equipo. Esto es solo un pequeño favor que quiero que me hagas.

—¿Pequeño? Yo no diría que hacer que represente una mentira es un pequeño favor. Es increíble y me niego en redondo.

—¿Quieres hacerle daño a mi bisabuela? Como has dicho tú misma, la conmoción que le provocaría descubrir lo que estoy intentando hacer terminaría con ella con toda probabilidad. Lo único que quería con esto es hacer que una anciana fuera feliz.

—¿Por qué yo?

—Por… por tu parecido con Simone. Es increíble.

—¿La chica de la fotografía?

—Sí.

—¿La misma de la que no querías hablar?

—La misma.

—Creo que me merezco una explicación —dijo Celena, con la barbilla alta y una frialdad en la mirada.

—Hace seis meses —respondió él, tras una pequeña pausa—, creía que estaba enamorado de Simone. Ella era todo lo que yo buscaba en una mujer: hermosa, amable, cariñosa… Había tenido novias antes, pero Simone era especial.

—¿Qué ocurrió?

—Lentamente, empecé a darme cuenta de que me había equivocado con ella, que era superficial y egoísta… No se parecía en nada a la mujer que había pensado que era. Sin embargo, hasta que me dejó por otro hombre más rico, y más viejo, mucho más viejo, no me di cuenta de que me había engañado. No era más que otra cazafortunas, y ya he conocido unas cuantas de esas. Era lista, con mucho talento. Me enseñó un par de cosas y por eso no tengo la intención de volver a enamorarme. Tengo la intención de permanecer soltero hasta el final de mis días.

—Realmente lo has pasado mal —admitió Celena—, pero todavía no entiendo por qué debo hacerme pasar por Simone. ¿Qué hay de malo en que le digas la verdad a tu familia?

—Que… te estaban esperando —dijo él, muy lentamente.

Capítulo 3

QUÉ ME están esperando? —gritó Celena—. No entiendo.

—Ya les había dicho que había conocido a una mujer maravillosa y, evidentemente, esperaban que la trajera en esta visita. No podía defraudar a mi bisnonna. Está tan emocionada desde que descubrió que había alguien en mi vida…

Debía querer mucho a su bisabuela para seguir adelante con aquella farsa. Sintió algo más de afecto por él, pero seguía sin estar segura de si quería formar parte de esa mentira.

—No creo que vaya a funcionar —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Seguramente, sentirán que no hay amor entre nosotros.

—Espero que seas una buena actriz —susurró él, con una intensidad que desató sus sentidos de un modo desconocido para ella hasta entonces. Ni siquiera Andrew había conseguido excitarla solo por el tono de la voz.

—No podría hacerlo. No puedo hacer eso.

—¿Es que te parezco tan abominable?

—No —respondió ella—, no es eso, pero… somos unos extraños, no podríamos… Ojalá me hubieras dicho tus intenciones desde el principio.

—No podía acercarme a una desconocida y pedirle que se hiciera pasar por mi futura esposa.

—Por eso, ideaste ese puesto y me trajiste aquí, esperando que cuando viera a tu bisabuela, accedería a todo lo que me pidieras —le acusó ella.

—Esa era la idea. Es una persona extraordinaria, ¿no te parece?

Pensar que Luciano llevara tiempo observándola, hizo que Celena se echara a temblar. No le gustaba el hecho de que él hubiera estado analizándola, recogiendo información sobre su vida sin que ella lo supiera. No recordaba haberlo visto antes pero, sin embargo, él la conocía. Y la había elegido por su sorprendente parecido con Simone.

—No soy actriz —dijo ella—, y no estoy segura de poder conseguir lo que quiere, señor Segurini.

—¿Quieres hacer el favor de volver a llamarme Luciano? —replicó él, muy enfadado—. Claro que podrás hacerlo. No tiene nada de difícil. Solo tienes que olvidarte de que soy tu jefe. Piensa en mí como un amigo… como un amigo íntimo… Si haces eso, el resto será pan comido.

Celena se preguntó si se daba cuenta de la magnitud de lo que le estaba pidiendo. Era algo injusto, pero, a pesar de todo, no le gustaba pensar que la anciana fuera a sufrir por ello. Si le ocurría algo, le pesaría sobre la conciencia durante el resto de su vida. Con toda seguridad, no le haría ningún daño fingir durante un par de días.

Además, si se negaba, Luciano podría despedirla y, ¿dónde le dejaría aquello a ella y a Davina? Su hermana, con catorce años, era la primera de su clase, con un futuro excelente. Y soñaba con ser médico… ¿Cómo podía ella ser tan egoísta como para aplastar esos sueños? Celena suspiró.

—¿Es eso un sí?

—Solo espero no lamentarlo.

—Los dejarás pasmados —afirmó él—. Y creo que ahora podría ser un buen momento para sellar nuestro trato. Incluso podríamos decir que se trata de un ensayo.

Celena no tenía ni idea de lo que estaba hablando hasta que él se le acercó y la tomó entre sus brazos. Ella abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera emitir un sonido, Luciano se la capturó con sus labios, sensuales y cálidos, unos labios que la quemaban por dentro…

El beso pareció durar una eternidad. El pulso de Celena respondió de un modo febril. Le costó mucho ocultar sus sentimientos.

—Bueno, no ha estado tan mal, ¿verdad? —dijo él, cuando se apartó de ella.

—Creo que te has tomado muchas libertades —susurró ella, destrozada, al pensar lo vulnerable que se había sentido entre sus brazos y en lo difíciles que iban a ser los próximos días.

—Al menos, he demostrado que no me encuentras completamente abominable —replicó Luciano, sonriendo satisfecho.

—Es mejor que no vuelvas a hacer eso.

—Soy un hombre muy afectuoso, Celena.

—Bueno, pues es mejor que no me lo demuestres a mí —le espetó ella—, o podrías encontrarte con una sorpresa.

—No me defraudes —dijo él, suavemente. Sin embargo, sonó, a pesar de todo, como una advertencia.

—Es lo más difícil que se me ha pedido nunca que haga.

—Estoy de acuerdo en que no es muy normal, pero no creo que sea tan difícil. Naturalmente, te recompensaré por ello.

—¿Por qué, desde tu punto de vista, todo se reduce al dinero? —replicó ella, poniéndose de pie—. En lo que a mí respecta, todo esto es parte de mi trabajo… y no quiero que me pagues más por ello. Que se me pague por besarte me hace parecer una…

—Me lo has dejado muy claro, Celena —afirmó él, interrumpiéndola—. Es que estoy acostumbrado a…

—Pagar por lo que quieres conseguir. No me impresionas. No te olvides de que yo no me llamo Simone. Hay cosas que el dinero no puede comprar, Luciano. Diablos, no puedo llamarte así… es demasiado complicado. Te llamaré Luc.

—Como tú quieras.

—¿Qué va a pasar cuando haya cumplido con mi cometido? —preguntó ella, abruptamente—. ¿Me darás la carta de despido?

—El trabajo será tuyo hasta que tú quieras.

—Es un precio muy alto por tener a alguien que, durante unos pocos días, acceda a hacerse pasar por tu novia —le espetó ella.

—Creo que lo vales. Bueno, ya basta de esta conversación —dijo, visiblemente contrariado—. Francesca te mostrará tu habitación. Esta noche, toda mi familia va a cenar con nosotros. Así que te ruego que te vistas en consonancia —añadió, comportándose de un modo que a Celena le pareció odioso.

Francesca la llevó por kilómetros de pasillo. Al final, abrió la puerta y le mostró a Celena su interior. Cuando la joven se ofreció a deshacerle la maleta, Celena negó con la cabeza.

—Gracias, pero no será necesario. No tengo muchas cosas —respondió. ¡Y, efectivamente, nada especial que ponerse para la cena de aquella noche!

El dormitorio tenía los techos muy altos y estaba decorado con muebles muy antiguos. El suelo era de madera pulida y había una alfombra a cada lado de la cama. Los colores eran diferentes tonos de azul, lo que le daba un ambiente agradable y relajante, aunque Celena estaba demasiado tensa como para apreciar aquel hecho.

La casa estaba en lo alto de la montaña y las ventanas ofrecían hermosas vistas de la isla. En la distancia, se distinguía el Etna, rodeado del azul del mar y el manto multicolor de las flores en la colina.

Celena se sentó, pensando en el compromiso que acababa de hacer. Todo se había conspirado contra ella para que aceptara: la mala salud de Giacoma, el internado de Davina, su propio miedo de encontrarse sin trabajo… Todo. Lo único que podía esperar era que no tuviera que lamentarse.

Al cabo de un rato, se dio una ducha en el cuarto de baño del que disponía la habitación y se puso un vestido de seda verde que había incluido en su equipaje por si acaso tenían cenas de negocios. No era exactamente lo que ella habría elegido para la ocasión, pero era lo único que tenía.

Después de cepillarse el pelo y aplicarse un maquillaje, muy natural, se volvió a sentar al lado de la ventana. El sol se estaba poniendo a toda velocidad. Muy pronto, todo estaría a oscuras. Cuando Luciano entró en la habitación, después de llamar ligeramente a la puerta, ella se levantó rápidamente y lo miró enojada.

—Podría haber estado desnuda.

—Suponía que estarías lista y esperándome —dijo él, acercándose a ella. A pesar de que se había cambiado de ropa y estaba muy atractivo vestido de gris, Celena lo miró con frialdad.

—Estoy lista, pero ¿esperando? No lo creo. No puedo creer que haya permitido que me convenzas para hacer esto.

—Mi familia está ansiosa por conocerte y te agradecería mucho que te pusieras de mejor humor.

—Me siento presionada.

—No tienes por qué sentirte así —susurró él, con sorprendente amabilidad, tomándola por los hombros. A pesar de sus temores, Celena no pudo ocultar las sensaciones que él le provocaba—. Estás temblando. ¿Tanto miedo tienes?

—Claro —respondió ella, aferrándose a aquella excusa—. Estoy aterrorizada.

—No hay por qué estarlo. Mi familia son personas muy normales. Como tú y yo.

¡Normal! Luciano era un aristócrata siciliano. ¿Cómo iba a ser eso normal?

—Me sentiré el centro de todas las miradas —declaró ella—. Me estarán observando, juzgando…

—Les parecerás adorable.

—Tú eres el mayor y les has tenido esperando. Tendré que representar lo que llevan esperando muchos años y seguro que se imaginan a alguien especial.

—Tú eres especial.

—Pero no del modo en que ellos esperan —insistió Celena.

—Te estás comportando de un modo ridículo. Yo estaré a tu lado. Nunca te sentirás sola.

Efectivamente, así sería. Estaría observándola como un halcón, asegurándose de que no le defraudaba.

—Si es demasiado y fracaso, no me eches la culpa.

—No me defraudarás, Celena. —insistió él, con la misma vehemencia que lo hubiera hecho su bisabuela.

La cena fue como se la había imaginado. Giacoma no asistió, pero Filippo, Paolo y Gabriella la abrumaron a preguntas. Sus respectivos cónyuges les acompañaban. Todos los ojos estaban puestos en ella y Celena se sintió como si la estuvieran sometiendo al tercer grado.

—¿Cómo conociste a Luciano? —preguntó Gabriella.

—¿Cuánto tiempo hace que os conocéis? —quiso saber Filippo.

—¿Cuándo pensáis casaros? —añadió Paolo.

—¿Trabajas?

—¿Tienes hermanos?

—¿Qué piensan tus padres de Luciano?

Así pasó toda la cena hasta que Celena sintió que la cabeza le daba vueltas y que no podía ni comer, ni beber ni responder más preguntas.

—Creo que ya es suficiente —dijo Luciano, levantando la mano—. Ya habrá tiempo más que suficiente para conocer a Celena.

—Claro —afirmó Gabriella—. Tenemos que estar aturdiéndote, pero es que llevamos esperando tanto tiempo que Luciano anuncie su intención de casarse… Ahora entendemos por qué se tomó tanto tiempo. Eres muy hermosa, Celena. Tu fiesta de compromiso va a ser el acontecimiento social del año. Va a venir todo el mundo.

Celena sintió que el corazón le daba un vuelco y miró rápidamente a Luciano con un reproche en la mirada, preguntándole con los ojos a qué fiesta de compromiso se refería su hermana.

—Creo que deberíamos hablar —susurró ella.

—Más tarde —musitó Luciano.

—¡Ahora!

—Me temo que Celena tiene dolor de cabeza. ¿Nos disculpáis? —dijo Luciano, refiriéndose a su familia.

Entonces, la sacó a un patio que estaba iluminado por unos hermosos apliques en las paredes. Celena se volvió a mirarle, completamente furiosa.

—¿Hay algo más que, por tu propia conveniencia, te hayas olvidado de decirme?

—No es nada —respondió él, extendiendo las manos.

—Nos vamos a comprometer y tú no me dices nada —lo acusó ella, muy airada—. Me has engañado desde el principio, porque sabías que yo no accedería. Dios, ¡cómo te odio! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Cuándo tenías pensado hablarme de nuestro compromiso? ¿Una hora antes? No puedo más. Es increíble… ¿No me dirás que también está fijada la fecha de boda? —añadió, ocurriéndosele aquello de repente.

—Yo no te haría eso, Celena.

—¿No? Yo no pondría la mano en el fuego por ti. Dios mío, ¿realmente es todo esto tan importante?

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