Czytaj książkę: «Hijo de Malinche»
“Hijo de Malinche”
Conquistado
por las Américas
Marcos González Morales
@marcosgonzalezm
#HijodeMalinche
A Martina, mi hija, mi monita, mi mejor creación, el principio de todo.
A Rosi, Teo y Estrella, mis padres y hermana, por su apoyo incondicional.
A todas las maravillosas personas y organizaciones corresponsables
que creen y crean un mundo mejor.
A los valientes, a los que riegan siempre su raíz.
A los más de 500 millones de hispanohablantes de ambos lados del charco,
patria única de todos los que la practican, 500 años después de la conquista.
“No somos ni vencedores ni vencidos, somos los descendientes de los vencedores y de los vencidos”.
José Antonio del Busto, historiador peruano
“Cortés no tiene pueblo, es rayo frío, corazón muerto en la armadura”.
Pablo Neruda, poeta chileno
“Hernán Cortés fue un hombre extraordinario, un héroe en el antiguo sentido de la palabra. No es fácil amarlo, pero es imposible no admirarlo”.
Octavio Paz, poeta mexicano
“Las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España,iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas,
pala y cubierta de los jugadores, a quien llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos”.
Miguel de Cervantes, novelista español
“No pude evitar un contradictorio sentimiento de comprensión; un guiño cómplice hacia todos esos valientes animales que a lo mejor nacieron en mi pueblo, y en el de ustedes”.
Arturo Pérez-Reverte, novelista español
“A partir del descubrimiento, las venas abiertas de América Latina comenzaron a chorrear sangre y plata, sangre y esmeraldas, sangre y azúcar, para alimentar el capitalismo europeo. Ellos se enriquecieron empobreciéndonos”.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo
“La leyenda negra es un fenómeno histórico y social muchísimo más amplio, que nace en la propaganda, pero vive en la literatura y la historia, donde cobra realidad y prestigio, hasta convertirse en la que primordialmente es: un hecho de opinión pública casi universal en Occidente”.
María Elvira Roca Barea, escritora española
“La historia universal está llena de conquistas y no ya solo desde Alejandro Magno o César, incluyendo a antiguos señores indígenas de México, Perú y otros lugares. Las conquistas en sí mismas no son justificables”.
Miguel León-Portilla, historiador mexicano
“Llegaremos en América, antes que en parte alguna del globo, a la creación de una raza hecha con el tesoro de todas las anteriores, la raza final, la raza cósmica”.
José Vasconcelos, filósofo mexicano
“España, si es algo de nosotros, fue la madrastra que vino aquí a obligar, a destruir, a masacrar”.
Xokonoschtletl Gómora, indigenista mexicano
“Algunos ven el origen de todos sus males en la colonización y la sangre española. España resulta en ese sentido un útil chivo expiatorio que carga con las culpas de la comunidad”.
Juan Eslava Galán, escritor español
“Lo cierto y verdadero es que la realidad superóa la ficción en la conquista de México”.
Ramón Tamames, economista español
Nota del Autor
Prefacio
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1. Misterioso mensaje de Whatsapp
CAPÍTULO 2. Sangre, sudor y lágrimas
CAPÍTULO 3. La mala vida
CAPÍTULO 4. La curiosidad mató al gato
CAPÍTULO 5. Coge el toro por los cuernos
CAPÍTULO 6. Hacer de detective
CAPÍTULO 7. Cita en el Raval
CAPÍTULO 8. La buena suerte
CAPÍTULO 9. El México real
CAPÍTULO 10. La vaca Ramona
CAPÍTULO 11. Santuario
CAPÍTULO 12. ¡Viva México, cabrones!
CAPÍTULO 13. La estudiante de Chilpancingo
CAPÍTULO 14. No es lo que parece
CAPÍTULO 15. La venganza de Moctezuma
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO 16. Puerca carne española
CAPÍTULO 17. Caníbales en Chilpacingo
CAPÍTULO 18. La visita de la Malinche
CAPÍTULO 19. Lo que pasa en Acapulco…
CAPÍTULO 20. Un nuevo despertar
CAPÍTULO 21. Empresarios cazando a narcos
CAPÍTULO 22. El regreso y la mentira
CAPÍTULO 23. Cargar el mochuelo
CAPÍTULO 24. La muerte de algo que se acaba
CAPÍTULO 25. Regresar o no, esa es la cuestión
TERCERA PARTE
CAPÍTULO 26. De nuevo en México lindo
CAPÍTULO 27. De miedos y de amantes…
CAPÍTULO 28. La mariposa y el temazcal
CAPÍTULO 29. La insoportable levedad del «no ser»
CAPÍTULO 30. Liberarse
CAPÍTULO 31. Quemando las naves
CAPÍTULO 32. Un nuevo Cortés
CAPÍTULO 33. Alianzas y desvelos
CAPÍTULO 34. De arte, sexo y Mitzi
CAPÍTULO 35. Ser corresponsable
CAPÍTULO 36. De aventuras, indias, españoles y conquistas
CAPÍTULO 37. La calma después de la tormenta
CAPÍTULO 38. Escondido en la memoria
CAPÍTULO 39. Amor versus sexo… y viceversa
CAPÍTULO 40. Metiendo la pata (la de verdad)
CAPÍTULO 41. El incidente
CAPÍTULO 42. Tocando fondo y más allá
CAPÍTULO 43. ¿Todo se acaba aquí?
CAPÍTULO 44. Nuevo aviso, más presión
CAPÍTULO 45. Nuevo aviso, más presión
CAPÍTULO 46. Que tiemble nuestro suelo sagrado
CAPÍTULO 47. Un cazador cazado
CAPÍTULO 48. El crepúsculo de los dioses… o casi
Epílogo
Agradecimientos
Nota del autor
Por fin he logrado terminar mi primera novela: Hijo de Malinche. ¡Aún no me lo creo! Nunca imaginé que me costaría tanto. Pensaba que, siendo periodista, sabía escribir, pero confieso que me ha costado mucho adaptarme al lenguaje y cánones literarios.
Gracias a los profesores del Ateneu Barcelonès y a tod@s los que me habéis ayudado en este arduo pero apasionante proceso de dar vida a una idea que nació en 2012, en México, cuando mi querida hija Martina solo tenía cuatro años. En plena crisis económica, durante la presentación de la Fundación Corresponsables, ante una veintena de medios de comunicación, un importante empresario y presidente de una gran asociación civil me definió como «el Hernán Cortés bueno, el de la Responsabilidad Social». Casi me da algo, pensé que ahí terminaba mi aventura por las ‘Américas’, dada la mala prensa que tiene el conquistador aún en la actualidad.
Pero sucedió todo lo contrario, en ese instante comenzó a afianzarse mi emprendimiento social y fue el inicio de una hermosa historia de amor, respeto y admiración por América Latina, especialmente por sus gentes, sus paisajes, sus raíces, sus tradiciones. Comencé a interesarme por la figura de Hernán Cortés, hasta ese momento denostada por mí al igual que por tantas personas de ambos lados del charco, y os confieso que, cada vez que leía más y más sobre el conquistador, me ocurría lo mismo que reveló alguien tan poco sospechoso como el premio nobel mexicano Octavio Paz en la cita que recojo en la página previa: «No es fácil amarlo, pero es imposible no admirarlo». Aunque no compartáis la opinión de este poeta excepcional, entenderéis mejor lo que digo y por qué lo digo al leer la novela.
Sea como fuere, los más de 500 millones de hispanohablantes somos, de alguna manera, parte importante de su legado, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Ojalá que estas páginas contribuyan, en algún sentido, a superar de forma definitiva los rencores, prejuicios, desencuentros, culpas, lamentos y reproches entre los pueblos, y brindemos por el presente y futuro con vino, chelas, tequila o mezcal, sin ignorar ni olvidar, claro está, los excesos que se cometieron en la Conquista. Como en todas...
Justo cuando estaba terminando de escribir esta novela, apareció en nuestras vidas, por desgracia, la ya famosa COVID-19 que, en poco tiempo, se convirtió en una terrible pandemia. Durante los primeros días de confinamiento pensé en incluir el virus en la trama. Lo sopesé y, finalmente, decidí que no apareciese. No la dejé entrar y que perturbara cómo sus personajes viajan, viven, sienten, se enamoran, padecen, se transforman.
Quiero también dar mi más sinceras condolencias a todas aquellas personas que habéis perdido a algún ser querido o estáis sufriendo de manera importante las consecuencias de esta maldita pandemia. También deseo agradecer de corazón el encomiable trabajo de todas las personas y organizaciones que habéis estado al pie del cañón y seguís ahí, cuidándonos, protegiéndonos y colaborando de múltiples maneras para paliar sus devastadores efectos en la salud, en la economía y en la vida de tantas personas.
Todos somos corresponsables y todos podemos aportar nuestro grano de arena, tanto personal como profesional, para mejorar este complejo y apasionante mundo que nos ha tocado vivir. Por ello, donaré más de la mitad de los beneficios de la novela a entidades no lucrativas como Cruz Roja, Plan Internacional, Banco de Alimentos, Aldeas Infantiles, Reforestamos México, Techo, etcétera. Asimismo, seguiré haciendo lo posible desde Corresponsables por poner en valor el excepcional trabajo de todas las maravillosas personas, la mayoría anónimas, que trabajáis por un mundo mejor.
Somos los únicos responsables de nuestra felicidad. No tengas miedo al cambio. Diseña tu mundo, personaliza tu vida, que tu viaje merezca la pena. Nuestra primera obligación es ser felices, solo así podemos hacer felices a los demás. Seamos felices cueste lo que cueste, pésele a quien le pese, pues la vida pasa en un suspiro. No olvides que justo cuando la oruga piensa que es su final se transforma en mariposa. Alguien dijo que la felicidad es como una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella viene y suavemente se posa en tu hombro. En esta línea, una antigua leyenda maya dice: «Cuando quieras desear felicidad y convertir los sueños en realidad, susurra tu petición a una mariposa y déjala libre después. Agradecida, ella volará y tu deseo cumplirá».
Marcos González Morales
@marcosgonzalezm
#HijodeMalinche
15 de noviembre de 2020
Prefacio
“Hoy no sé bien quién soy... sé que no estoy donde quisiera; hoy no sé la razón y, aunque lo intento, no levanto cabeza...”.
Hoy no soy yo (Jarabe de Palo)
Martín sentía un intenso calor en aquella habitación sin ventana, el dolor de cabeza no le daba tregua. El lugar olía a viejo y estaba a oscuras. Vestía un apretado traje negro de tres piezas, rematado por una corbata raída. No le gustaba, pero era la ropa de los domingos, la que casi todos los niños llevaban en el pueblo para ir a misa; es más, solo entonces recibirían la paga semanal.
Alcanzó a percibir un grupo de pisadas al inicio del pasillo. Primero al lado izquierdo y luego en el opuesto. Las de la derecha se acercaban cada vez más. Solo se vislumbraba una luz tenue por debajo de la puerta de madera, desde donde venía el sonido que, en esos momentos, se mezclaba con el de un olfateo rápido y fuerte enfocado en la rendija junto al suelo. El animal comenzó a gruñir de forma leve, aunque al poco tiempo sus gañidos se volvieron frenéticos. Martín se puso derecho y dio un paso hacia atrás. Otras zancadas se abalanzaron contra la puerta y parecieron unirse al frenesí.
Martín miró alrededor. Solo había una cama con un cabezal de hierro negro y un armario igual de viejo que contenía sus escasas pertenencias. También la enorme cruz sobre la alcoba. No recordaba los días que llevaba allí. Cogió el pantalón corto, sacó el cinturón y se acercó a la puerta con sigilo. Los perros del cura comenzaron a rascar su parte baja. Uno de ellos se lanzó contra la madera provocando un ruido explosivo y seco. Martín se sobresaltó por el golpe, se le cayó el cinturón y dio un paso atrás. Al otro lado, los ladridos se volvían cada vez más intensos. «¡Dejadme en paz!», gritó desesperado. De repente, vio una mariposa que se posaba junto a él. «No tengas miedo, mi querido Martín —le dijo—. Vuela tan alto como yo». En aquel momento, uno de los perros logró abrir la puerta y entró en la lúgubre habitación.
***
Cortés despertó, sobresaltado, sintiendo un profundo escalofrío. Percibió cómo se contraían sus músculos a causa del calambre que comenzaba a subir desde su pierna izquierda. No pudo evitar soltar un grito y agitar los brazos. Escuchó voces desconocidas que le pedían, en un español de lo más variopinto, que por favor se callara. Volvió a chillar, esta vez con menos intensidad, pero sintió un fuerte dolor al tratar de incorporarse en su asiento. Se dio cuenta de que tenía la cintura atada.
«¿Por qué estoy así?», se preguntó mientras sacudía la cabeza. Sentía frío, una densa oscuridad, un olor a restaurante de comida rápida flotaba a su alrededor. Solo vislumbraba una luz confusa y, más allá, un pasillo en el que destacaban unas borrosas lucecitas amarillas sobre un techo que tampoco conseguía identificar.
Se palpó la cara. No llevaba las lentillas ni las gafas. Sí unos auriculares que no recordaba haberse puesto. Escuchó una canción que no conocía, aunque la voz masculina y uniforme le resultó familiar. Asustado, volvió la vista atrás. Por el pasillo sobresalía la sombra de un señor mayor que hacía un gesto severo para que guardara silencio. Movió la cabeza varias veces, tratando de despertar de aquella pesadilla. De pronto, notó que le tocaban la mano, volvió a gritar por culpa de otra sacudida que recorrió su cuerpo en forma de descarga, como si estuviera en una silla eléctrica.
Un rumor volvió a alzarse a su alrededor. Giró el rostro a su izquierda, una chica desconocida le acariciaba el brazo; tras sonreír, le entregó sus gafas.
—¿Qué hago aquí? ¿Por qué las tienes? —preguntó—. No sé dónde estoy, no sé a dónde voy... —repetía la estrofa de la canción Hoy no soy yo, de Jarabe de Palo, que sonaba en ese momento en sus auriculares.
Se quedó paralizado, dejando que la cadencia de las notas y la armonía pusieran orden en su cerebro: «Hoy no sé bien quién soy... sé que no estoy donde quisiera; hoy no sé la razón y, aunque lo intento, no levanto cabeza...».
—Cálmate —le pidió la chica con voz suave, casi un susurro—. Te quedaste dormido con las gafas medio caídas y te las quité para que no te molestaran. Disculpa si te he asustado.
Cortés la miró durante unos segundos sin responder, luego suspiró y se puso los lentes. Por fin se dio cuenta de lo ocurrido. Una vez más había sufrido la pesadilla, la misma desde que era pequeño, cuando los perros le atacaron en el pueblo de su padre. Sin darse cuenta, comenzó a tararear la canción que había estado escuchando tanto rato seguido: «No sé qué sucedió, pero todo eso cambió; la vida ya no es un sueño; no he resuelto el misterio; hoy no soy el que quiero ser; el mismo de antes, lo que fui ayer».
«¡Joder!, se me va la cabeza, yo no soy así de lunático, todo lo contrario. Tranquilízate», intentó convencerse.
Lo peor, pensó, es que parecía haber escrito la canción él mismo, y encima iba camino de un país en el que nunca había estado y que tampoco quería conocer. Recordó cómo hizo lo imposible para intentar escabullirse de emprender ese viaje.
Después de encender la luz de su asiento y de limpiarse las gafas con la manga de la camiseta, se disculpó con la joven y también con la azafata, que se acercó para interesarse por lo que ocurría.
Cortés decidió no contarles lo de la pesadilla de los perros y les comentó que no comprendía bien por qué había gritado como un loco. Sabía estar en los sitios y mantener las apariencias. Es más, consideraba que durante los últimos años había hecho un máster en ese sentido, tanto en su faceta profesional como personal, ambas en horas bajas. «Hasta eso que se me suele dar tan bien ya lo hago mal», pensó apesadumbrado, mientras veía alejarse a la auxiliar de vuelo.
—¿Ya mejor? —La joven le sacó del trance. Estaba arropada con la manta roja de la aerolínea—. Me llamo Elena García.
Durante unos segundos Cortés no reaccionó.
—Eh..., disculpa, sí, Martín. Soy Martín Cortés —balbuceó.
Se dieron dos besos en el reducido espacio entre los asientos. Casi sin querer, se rozaron los labios.
—Recuerda que a donde vamos se da solo un beso —le comentó ella.
Cortés cayó en la cuenta de que Elena se había sonrojado debido a aquel contacto imprevisto.
—Ah, ¿sí? No lo sabía, es mi primera vez —repuso Cortés ya más tranquilo. Se estiró en el asiento cual gato desperezándose e hizo una larga pausa—. Y espero que sea la última.
—¿Y eso? —inquirió Elena.
Cortés la observó. No tenía ganas de contar sus penas a nadie y menos a una desconocida. Pero había sido muy amable con él y tenía una bonita sonrisa. Sentada parecía alta, casi como él, tenía el cabello moreno y rizado.
—Perdona, he de ir al baño —mintió.
Mientras caminaba por el pasillo y pedía disculpas a los que le observaban con cara de pocos amigos, se sorprendió tarareando otra vez, en voz baja, la canción de su paisano catalán Pau Donés, en horas también bajas, pero por algo mucho más complicado que lo suyo. Por el dichoso cáncer, el mismo que se había llevado a una querida prima no hacía mucho tiempo. «Hoy sé que no estoy. Lo que prometí. Lo que de mí esperan. Volver a ser como ayer. Mi espacio, mis penas, mi forma de ser. Cuando todo era un sueño. Y la vida un misterio que había que resolver. Hoy me siento un problema. Un cero a la izquierda. Hoy no soy yo».
Se tuvo que apoyar en la pared del habitáculo después de lavarse varias veces la cara. Cayó en la cuenta de que estaba entonando una canción que nunca había escuchado y que encajaba como anillo al dedo en su vida actual. Sintió que su respiración se aceleraba de nuevo. «¿Qué me está pasando? ¿Un infarto? ». Se llevó la mano al pecho y respiró hondo.
«Tranquilo, tú puedes con todo», se dijo. Al salir se sentó en el primer asiento que vio, uno de los asignados a los auxiliares de vuelo. La misma azafata de antes, de unos cincuenta años y de largo cabello rubio recogido en una coleta, volvió a acercársele con semblante de preocupación. Sostenía un vaso de agua. Cortés masculló un «gracias» y se lo tragó de un sorbo.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó.
—Sí, disculpe. —Cortés hizo un gesto como queriéndole quitar importancia al asunto—. Es que he sentido una ristra de espasmos muy fuertes, como si me hubieran dado una descarga eléctrica.
Cayó en la cuenta de que, después de mucho tiempo, había vuelto a usar la hipnopedia, la técnica que tanto le ayudó al estudiar, hacía ya unos veinte años, Periodismo en la Autónoma de Barcelona. ¡Aprender durmiendo! «No me jodas», se rio de sí mismo. Más de una vez se había quedado dormido escuchando su propia voz en un casete, monótona y carente de expresión, como si recitara la lista de la compra, mientras preparaba algún examen que le obligaba a memorizar mucho. Comenzó a aplicar ese sistema después de leer Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y aunque era ficción, a él si le funcionaba en algunas ocasiones.
Cuando volvió a su asiento, la chica de la sonrisa bonita parecía dormida. Percibió que tenía la manta medio caída y que se le había desabrochado un botón que dejaba entrever un generoso escote. Pensó en arroparla, pero no quiso pecar de osado. Se acordó de su mujer, durante aquella fría despedida que se habían dado en el aeropuerto del Prat de Llobregat pocas horas antes. También en el sentido abrazo que le dio a su hija y a sus padres. Como si fuera la última vez.
PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1
Misterioso mensaje de Whatsapp
“A menudo los hijos se nos parecen; así nos dan la primera satisfacción; esos que se menean con nuestros gestos...”.
Esos locos bajitos (Joan Manuel Serrat)
15 de octubre, Poblenou, Barcelona
Martín Cortés no sabía que aquella mañana soleada de otoño su vida daría un giro radical, había recibido un mensaje que estaba a punto de desbaratar su existencia tal y como la conocía. Era un mensaje de Whatsapp que le sobresaltó de tal manera que casi se cae de la cama. Había olvidado apagar el móvil. Despistado como su padre, constituía una práctica habitual en él, algo que se encargó de recordarle Laura, que hasta ese momento dormía plácidamente, aún con la ropa del día anterior.
—Ya estás como siempre, ¡haciendo el payaso! —exclamó su mujer con la voz entrecortada por el sueño—. Qué inútil, cuántas veces te he dicho que apagues el móvil antes de dormir —.
Cortés hizo ademán de responder, pero en su lugar miró el reloj. Era casi la una del mediodía.
—Madre mía, ¡la comida! —.
Se levantó como un resorte. Después de darse una ducha rápida y de vestirse con lo primero que encontró —. Acudió a la habitación al final del pasillo. Pintada de color violeta, sus paredes destacaban por unos vinilos infantiles que contenían la palabra «Marina», y unas grandes mariposas de color azul que rodeaban el nombre. Más de una vez, su hija le había sorprendido observando fijamente, sin saber por qué, aquel racimo de insectos que parecía le hablaban. Tan distraído estaba en ese momento, quitando la contraseña del móvil para ver el mensaje, que no percibió a Nancy patinadora, la muñeca preferida de Marina. Cortés se deslizó por la habitación. El tortazo sonó en todo el habitáculo y él vio desaparecer el aparato debajo de la cama.
—¡Maldita sea! Encima de paranoico, patoso —soltó echándose las manos a la cabeza.
Cuando se agachó para coger el teléfono, los dedos de Marina le tocaron el pelo. Al levantarse, contempló cómo se abrían y cerraban los ojos azules de su hija, un rasgo que había heredado de él, y correspondió a su caricia dándole un beso en la frente.
—¿Cómo ha dormido mi monita? —Su semblante cambió como la noche al día. La pequeña ronroneó cual gatita mimosa, haciéndose la dormida.
—Te pillé, monita, sé que ya estás despierta, ¡arriba, arriba el gallinero, ya llegó el gallo que manda, levántense! —Cortés tiró de las sábanas mientras tarareaba una canción techno que había hecho furor en los noventa.
—Papá, tengo mucho sueño, es muy pronto —respondió la pequeña, que mantuvo los ojos cerrados y la misma postura de momia egipcia.
—¿Muy pronto? Nos fuimos a dormir muy tarde pero claro que no, es casi la una y ya sabes que hemos quedado para comer en casa de los yayos. No los vemos desde hace mucho.
Marina se relamió. Disfrutaba comiendo, y aún más cuando la cocinera era su abuela. Se desperezó exagerando los ademanes y bostezos ante la sonrisa creciente de Cortés. No lo quería admitir, pero, a veces, se le caía la baba por su hija. Literal- mente.
—Venga, mi niña, ponte algo cómodo y salimos por patas —la apremió.
Cortés abrió la persiana para que entrara el resplandor anacarado del patio de luces y le dio un beso a su hija. Luego cogió el móvil, que se había escurrido como una anguila hasta debajo de la cama.
—La una y doce, ¡es muy tarde! —observó Cortés al volver a mirar la hora en el teléfono—. ¡Arriba, Laura! —le gritó desde el pasillo a su mujer, mientras caminaba con pasos rápidos de nuevo hacia la habitación y trataba de desbloquear el teléfono.
—¡Maldita sea! —Cortés recordó que había cambiado la contraseña hacía poco para que su mujer no pudiera acceder a sus datos.
Regresó a su habitación y observó que Laura permanecía en la misma postura. Su ajustado leggin dejaba entrever unos muslos generosos y un trasero que hasta hacía poco le volvían loco de remate, pero que ahora ya apenas cataba. «Ni siquiera en vacaciones», se lamentó.
—Venga, Laura, date prisa, que ya sabes que hemos quedado con mis padres a las dos y falta poco más de media hora.
Su mujer no le hizo caso. Cortés, ya acostumbrado a ello, estiró las sábanas.
—Vamos, que ya sabes que a mi padre le gusta comer pronto —insistió endureciendo el tono.
—Id vosotros, me duele mucho la cabeza —le respondió Laura de manera lacónica. Luego volvió a taparse.
—Sí, claro, ¿también vas a utilizar la excusa de siempre para esto? —Tiró de nuevo de los extremos de la ropa de cama.
—Déjame en paz, fuiste tú quien se perdió de regreso a casa y por eso llegamos ayer tan tarde —añadió ella enroscándose entre las sábanas como una pitón.
—Como quieras, tampoco perdemos nada sin tu presencia. Aún mejor, así estaremos más tranquilos —le contestó sin mirarla a modo de desafío, mientras conseguía, por fin, desbloquear el móvil.
Laura ni se inmutó.
El contenido del mensaje le sobresaltó todavía más que el timbrazo que había dado su teléfono cuando dormía. Cortés lo leyó con una mueca de desconcierto.
«¿Qué es esto? ¿Será un error o alguna broma de algún colega?», se preguntó preocupado, todavía más cuando comprobó que no tenía registrado el contacto del remitente.
En ese momento la alarma de su móvil sonó de nuevo de forma estridente. El teléfono resbaló como si le ardieran las manos.
—¡Me cago en todo! —le dijo al aparato como si éste pudiera entenderle.
—Serás inútil —oyó decir a su mujer.
Marina ya estaba acostumbrada a las riñas familiares y solía intervenir sutilmente para destensarlas.
—Papá, ya estoy lista, ¿vamos? —Le estiró del brazo mientras daba un beso a su madre—. Mejórate, mamá, luego nos vemos.
Cortés miró a su hija. Ella parecía la adulta y ellos los niños. Dejó un momento el móvil en la cama de la habitación para abrazarla. Cogió la mano de Marina, pero antes de cerrar la puerta de casa, no pudo contenerse.
—¡Tú misma! —gritó—.
***
Cortés decidió que irían en metro. No tenía ganas de coger su viejo Seat León después de las horas que habían pasado en carretera el día anterior. Desde pequeño, el transporte suburbano provocaba en él cierta aprensión. Su abuelo materno le contó lo mucho que había sufrido al verse obligado a utilizarlo tantas veces como refugio antiaéreo durante la Guerra Civil. Apretó fuerte la mano de su hija al recordarlo y siguió caminando hacia la parada de Glòries. El tiempo era bueno, el sol apretaba lo justo. Las primeras hojas de los árboles empezaban a teñir de ocre y amarillo los suelos de Barcelona, recordando a los viandantes que entraban en época otoñal. Poco antes de acceder a las escaleras de bajada a la estación, se llevó una mano al bolsillo. Luego la otra.
—¿Qué buscas, papá?
—¡El móvil!
Pensó en regresar a por él, pero ya era muy tarde. No quería soportar una nueva bronca ni de su mujer ni de su padre, acostumbrado a comer muy pronto.
Cortés y Marina se sentaron en el vagón. Él procuró apartar la vista de la oscuridad que reinaba en los túneles mientras avanzaban, no quería imaginar el miedo de aquellos hombres y mujeres que, no hacía tanto, se guarecían allí de las incursiones de la aviación franquista. Rememoró sus años de estudiante, que daban validez al dicho de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», y más viendo cómo su felicidad, excepto por su hija, se había ido por el sumidero durante aquellos últimos años.
La Historia siempre fue una de sus materias favoritas, especialmente la relacionada con las conquistas y las guerras. La única matrícula de honor que obtuvo estudiando Periodismo había sido en la asignatura Historia de Catalunya del siglo XX. Casualmente, le había tocado comentar un texto sobre las consecuencias de los bombardeos contra civiles durante la Guerra Civil.
Recordó la conversación que había mantenido con Jordi Culla, su profesor de Historia, en uno de sus primeros días como universitario. Culla solía comenzar las clases pronunciando una sentencia muy manida: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla». Cortés argumentó que la máxima que defendía el catedrático le parecía un poco ingenua.
—Sería, más bien, que quien conoce su historia está tentado de repetirla —repuso Cortés.
—¿Por qué dice usted eso? —se interesó Culla.
—Porque muchas personas, aun conociendo nuestro pasado repleto de guerras y violencia, siguen cometiendo los mismos errores.
El profesor sonrió.
—Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas con las que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.
—Esa cita me resulta familiar —apuntó Cortés— ¿podría ser de Karl Marx?
—A él se atribuye. Pero me alegra mucho que le suene a usted. —El profesor consultó unos papeles que tenía encima de la mesa—. Su razonamiento me parece acertado, señor… Martín Cortés. Célebre apellido, ¡a fe mía! —destacó Culla—. Es usted tocayo del primogénito del famoso conquistador.
—¡Pero yo soy más guapo! —le había contestado Cortés, provocando la hilaridad de todos sus compañeros.
—Sobre eso prefiero no opinar, pues cada uno es tal como Dios le hizo, ¡y aún peor muchas veces! —repuso Culla.
—Eso es de Cervantes, del Quijote para ser más exacto —terció Cortés.
—¡Albricias! Tenemos entre nosotros a un lectorem hominem. Me llena de orgullo y satisfacción saber que nuestra juventud lee, al menos parte de ella. Descansada vida la del que huye del mundanal ruido y ¿sabe alguno de ustedes cómo sigue?
Cortés levantó la mano y Culla le hizo un gesto de aprobación.
—… y sigue la escondida senda por donde han ido… los pocos sabios que en el mundo han sido.
Su intervención provocó los aplausos de los compañeros. Culla, sonriente, les dijo a todos que la vida de Fray Luis de León le parecía un tema apasionante, pero que debían seguir con la historia de Catalunya. Les explicó a continuación que Barcelona se convirtió, durante la Guerra Civil, en la primera gran urbe occidental de la historia que sufrió durante dos años bombardeos aéreos sistemáticos y masivos contra objetivos no militares, a pesar de encontrarse en retaguardia. Aquello obligó a la población a refugiarse donde podía. Los corredores y galerías del metro barcelonés fueron lugares muy utilizados en la contienda y, a pesar de que sus obras de remodelación habían ido destruyendo con el tiempo muchos de esos refugios, un significativo número de ellos aún se conservaban total o parcialmente en el subsuelo de la ciudad.
—¿En qué piensas, papá? —le preguntó Marina. Su voz le devolvió a la realidad.
—En nada importante mi monita. —Cortés volvió a fijar su mirada en la oscuridad del túnel y sintió que retrocedía hacia sus propias tinieblas, hacia un cuartucho oscuro en el que había permanecido encerrado durante días en el pueblo de su padre, y cuyo recuerdo afloraba en forma de pesadilla cuando menos lo pretendía. Volvió a esconder la imagen en un punto impreciso de su cerebro y se obligó a sí mismo a levantar los ojos.
Cortés observó que, para ser un domingo al mediodía, no había mucha gente en el vagón. Un señor mayor leía La Vanguardia. Dos chicas jóvenes consultaban sus móviles muy concentradas e intercambiaban susurros. Delante, una anciana tejía sus labores de punto junto a un señor de ojos verdes, cuya mano izquierda tenía apoyada sobre la pierna de la mujer.
Al instante le sobrevino un nuevo escalofrío al recordar otra vez aquel Whatsapp proveniente de un número desconocido.
«¿México? ¿Por qué México?», pensó poniendo los ojos en blanco.
—¿Qué pasa, papá? —Esa vez fue su hija quien le apretó fuerte la mano.
—Nada, hija, cosas del trabajo. Que mañana me reincorporo y solo de pensarlo. En seguida comenzó a tararear la canción de Joan Manuel Serrat Esos locos bajitos, que muchas veces ponía a su hija en el coche. Ella le acompañó, al momento, con la parte que más le gustaba cantar. «Niño, deja ya de joder con la pelota.
Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca...».
—Cachis en la mar, ¿cuántas veces te he dicho que eso no se dice? —inquirió Cortés intentando simular enfado.
—Pero si eres tú quien me pones la canción muchas veces —replicó la pequeña.
—Y encima respondona. ¿Ya tienes ganas de regresar al cole? Has hecho campaña casi un mes, como nunca —le dijo Cortés, esforzándose por centrar su atención en la pequeña y olvidar por un momento el mensaje y las broncas con su mujer.
—No, prefiero que me sigas enseñando a jugar al ping-pong y a montar en bici.
—Yo también quiero eso, mi monita, pero así es la vida. Tú tienes que estudiar para jubilarme pronto y yo, mientras, seguiré trabajando para alimentar esta panza tan grande —afirmó mientras le hacía cosquillas, lo que provocó que su hija riera a carcajada limpia—. Sé seria, que estamos dentro del metro, y como te vea el policía te detiene y te lleva al cuartelillo.
—¡Pero si eres tú!
—¿Yo? ¡Qué va! Le diré al policía que no te conozco de nada.
—¡Papá!
—Disculpe, señorita, se equivoca, yo no sé quién es usted.
—¡Papá! —le espetó la niña algo preocupada.
Los ojos de la pequeña brillaban.
—¡Qué preguntona! Ya veo que serás periodista.
—¡De mayor quiero ser como tú!
—No, mi vida, tú serás mucho mejor que yo.
—¡Tú eres el mejor monito del mundo mundial!
—Me cago en la leche, me pones nervioso. Te voy a hacer el ataque más grande del mundo mundial.
—Papá, sé serio, que estás en el metro y vendrá la policía…
«Próxima estación, Florida», se oyó por el interfono—. Ya nos toca, monita, agárrate para que no te caigas.
«Próxima estación, Florida», se oyó por el interfono—. Ya nos toca, monita, agárrate para que no te caigas.
No quedaba mucha gente en el vagón. Algunos se habían bajado en la parada Espanya y otro gran número en la de Plaça de Sants.
Antes de salir y dejar de lado los juegos infantiles tomó la mano de Marina y al regresar a sus cavilaciones recordó el misterioso mensaje que había recibido. Se volvió a estremecer.
«Cortés, te envían de nuevo a conquistar México».
CAPÍTULO 2
Sangre, sudor y lágrimas
“Comienza mi pesadilla; muy pocos ceros en mi nómina ilegal; yo como he firmado un contrato no puedo parar, parar”.
Pastillas de freno (Estopa)
16 de octubre, Poblenou, Barcelona
Un orfeón de ruidos diversos se podía oír a primera hora en las calles barcelonesas. Los cláxones de los coches, el parloteo de los transeúntes o el bullicio de los camareros y clientes trajinando entre las mesas de los establecimientos. Un grupo de niños encabezados por su maestra añadían un coro infantil al trasiego habitual de las personas que acudían a trabajar, en silencio y pensativas, como haciéndose a la idea de que comenzaba un nuevo día. Algún trasnochado regresaba a su hogar a horas matinales.
Las hojas amarillentas que pavimentaban el suelo denotaban que el albor del otoño se iba encaminando, ventoso, para ganarle terreno al habitual clima templado del que disfrutaba Barcelona en invierno.
Esa mañana, Cortés se descubrió a sí mismo montado en su vieja y polvorienta bicicleta. Se incorporaba al trabajo y necesitaba olvidar el incidente, así que trató de apartar de su mente la mordida del recuerdo del día anterior: el mensaje de whatsapp, la negativa de su mujer a acompañarlos a comer, la breve pelea con ella, y los reproches de su padre por haber llegado tarde a la comida. Para rematar, Laura y él acostados, sin dormir, de espaldas el uno al otro.
Reprimió un bostezo, aferró el manillar con energía y aceleró la marcha. Se había propuesto hacer más deporte, y sobre el sillín evocaba sensaciones, olores y sabores ya olvidados. No en vano había engordado bastante en aquellos últimos tiempos, y se sentía más fatigado, especialmente cuando su hija le ponía a prueba, algo que se había convertido en costumbre durante el último mes. Sonrió al recordar lo mucho que le había costado conseguir, por activa y por pasiva, que Marina aprendiera a montar en bicicleta. Una tarde en las montañas asturianas donde su ídolo Perico Delgado hizo en su época estragos, pactó con su hija que, si ella lograba mantenerse en equilibrio en la bici antes de acabar las vacaciones, él iría al trabajo en bicicleta.
El desafío incentivó a la pequeña, poco proclive al ejercicio, los primeros logros llegaron a los pocos días cuando, por fin, consiguió pedalear con las cuatro ruedas. Finalmente, dos días antes de acabar las vacaciones y después de varios intentos fallidos, alguna magulladura y un coro filarmónico de llantos de protesta por parte de su mujer, Marina consiguió, fruto de su empeño y tesón, pedalear sola, algo que su padre celebró como si su amado Barça hubiera ganado la Champions League ante el Madrid.
El Whatsapp procedente de un número desconocido volvió a colarse en su mente. «Por qué a México? —Cortés se encogió de hombros—. Es lo que hay», pensó, y decidió concentrarse en el semáforo que se abría y en dar una pedalada enérgica para salir detrás de un pequeño Toyota. Una señora que llevaba a dos perros de una correa cruzó a destiempo. Cortés tuvo que sortearla y sus dientes rechinaron por el esfuerzo.
Enfiló una calle estrecha y arbolada que se encontraba en plena ebullición. Una señora mayor y bien vestida le miró de arriba a abajo cuando frenó con energía delante de uno de los semáforos. Cortés creyó ver en el rostro de la anciana cierto aire condescendiente, y un joven con el pelo lleno de rastas descontroladas como un géiser pasó corriendo a su lado, lo que provocó que la anciana arrugara la cara. A Cortés le pareció que la mujer iba a vomitar y sonrió, aunque su felicidad duró poco. Cuando inició la marcha, no pudo evitar que el texto del mensaje se apoderara de nuevo de sus pensamientos.
Recordó el contenido y en quién sería el remitente. No podía ser el cabrón de Gutiérrez, no era su estilo. Había respondido al mensaje la noche anterior, nadie contestó. Estuvo tentado de llamar al número del que procedía, pero entre la bronca con su mujer, lo tarde que era y lo cansado que estaba, desestimó la idea. Ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Quería saber quién era el autor de la misiva. Tenía claro que era algo relacionado con su trabajo. Solo le podían enviar a México por cuestiones laborales.
El mensaje no dejaba dudas con respecto a su destino: México. ¿Qué conocía del país? Muy poco. A Cantinflas, un actor cómico que Cortés recordaba haber visto de pequeño en el televisor familiar del saloncito, en el piso minúsculo de l’Hospitalet de Llobregat, mientras los efluvios de la comida casera y el café flotaban aún en el ambiente, y su padre les pedía silencio a él y a su hermana porque empezaba la película. Le vino a la cabeza una de las frases más célebres del famoso actor: «¡A sus órdenes, jefe!»; y otra relacionada con el trabajo que él, a veces, gustaba de decirle a sus amigos: «Algo malo debe tener eso de trabajar o los ricos ya lo habrían acaparado».
También conocía México por algunos de sus futbolistas más célebres, sobre todo por el odiado Hugo Sánchez, celebrando con sus famosas volteretas los goles que le hacía al Barça, su eterno rival; y otro más reciente, Rafa Márquez, defensa del equipo culé, al que Cortés recordaba tanto por sus grandes partidos como por algunos errores absurdos que cometía a veces. Lo demás, las malas noticias: violencia, narcotráfico, inseguridad, terremotos… la verdad es que tampoco se había preocupado nunca por saber un poco más.
«¿En qué estoy pensando? Quizá es una broma sin importancia», se dijo entrando a toda velocidad por una bocacalle y provocando un torbellino entre las hojas de los árboles que cubrían el suelo. Miró hacia abajo y constató que su bicicleta estaba bastante oxidada por la falta de uso. El sonido que produjo le recordó a los chirridos del viejo balancín de sus abuelos paternos en Fuentesaúco, un pueblo de Zamora famoso por sus garbanzos y por sus espantes de toros, donde había pasado buena parte de los veranos de su infancia.
Después comenzó a subir por una cuesta empinada por culpa de la cual empezó a sudar la tinta gorda y le vino a la cabeza sus tiempos de ciclista, un deporte en el que había competido en su adolescencia hasta que un conductor ebrio arrolló a parte del pelotón en los túneles de entrada a Sabadell, recibiendo Cortés la peor parte: rotura de fémur, por la que le tuvieron que operar dos veces y no pudo volver a caminar hasta pasados seis meses; resopló al recordar el accidente mientras trataba de meter aire en sus pulmones. «Tenía que haber calentado antes de salir, hay que ser burro», se justificó, mientras observaba a su derecha un cartel con el nombre de la calle: Marina.
«Está claro que lo han puesto así en homenaje a mi hija, con lo que me cuesta la puñetera…», pensó con una gran sonrisa en los labios.
Justo al dejar atrás la calle Marina, una chica en bicicleta cruzó por su lado y le sonrió. Cortés le devolvió el gesto, y se fijó en que la joven lucía un tatuaje en la espalda, una mariposa azul. «No sé por qué hago esto, si ya estoy fuera del mercado…», pensó. Recordó a su amigo Toni, un chico con el que había sido uña y carne durante sus años de instituto y que era muy lanzado con las mujeres. Cuando enfiló la Avinguda Diagonal, una vez más y sin aparente motivo, el contenido del misterioso Whatsapp se empotró en su cabeza con la fuerza de un tren de mercancías: «CORTÉS, TE ENVÍAN DE NUEVO A CONQUISTAR MÉXICO». Tratando de desentrañar el significado del mensaje y perdido en sus pensamientos, se estampó contra un señor mayor que, justo en ese momento, cruzaba por el carril bici.
El hombre gritó como si le estuviera matando, lo que provocó que mucha gente se acercara para ver qué ocurría. Cortés trató de ayudarle a ponerse en pie, pero el sujeto le dio un manotazo y se levantó, renqueante.
—¿Está bien? Lo siento.
—¡Idiota, mire lo que me ha hecho! —le respondió el individuo tocándose el brazo malherido. Iba ataviado con sotana y alzacuellos. Cortés sintió agarrotársele la nuca al ver que el hombre sangraba.
—Oiga, señor, lo siento, pero yo a usted no le he insultado, ante todo respeto —se limitó a decir.
—¿Respeto? ¡Els collons! ¡Me podía haber matado, imbécil!
Cortés sintió el martillo golpeando en sus sienes. Nunca había soportado que le insultaran. «Con la iglesia hemos topado», pensó.
—Por favor, señor, es mejor que conservemos la calma —le pidió Cortés—. Ha cruzado sin mirar mientras yo circulaba por el carril bici — terció, pese a ser consciente de que hubiera visto al cura si no se hubiera descentrado pensando en el mensaje.
Por suerte, la cosa no fue a mayores, y el atropellado prosiguió su marcha pronunciando contra él una retahíla ininteligible.
Cortés se miró las muñecas. Cayó en la cuenta de que también sufría un golpe, y un tenue rastro de sangre le traspasaba la camisa. La joven que minutos antes le había sonreído volvió a acercársele y le animó. Cortés volvió a ver la mariposa azul que adornaba su espalda. Luego se limpió la herida, e instantes después otro mensaje de WhatsApp del mismo móvil misterioso le devolvió a la realidad.
«¿Dónde andas, Cortés? El fucking boss está preguntando continuamente por ti con una cara de mala leche que ni te cuento».
—¡Ostras! ¡La de los mensajes es Nuria! —exclamó en voz alta sin pretenderlo. Solo ellos denominaban así al jefe de la empresa periodística en la que trabajaban: Staff Económica. Estafa Económica, la llamaban a escondidas. Nuria era la recepcionista, aunque ejercía también de secretaria de dirección y de chica para todo, como ella misma solía definirse. Cortés era el redactor jefe, aunque la mayoría de las veces no profesaba ni la redacción ni el mando, como él solía comentarle a Nuria con sorna. «Bueno, aunque no mandes, ostentas el cargo», le consolaba ella.
«Nada, nada, yo quiero mandar, aunque sea sobre un hato de ovejas, como decía don Quijote», alegaba él.
Cuando montó de nuevo en la bici. Sintió que le dolía todo el cuerpo, ya no sabía si por la caída o por la falta de práctica, pero solo pensar en su jefe hizo aflorar en él una cascada de mala leche. Era un cabrón sin escrúpulos que al principio supo ganarse a Cortés con toda clase de cumplidos y promesas. Éste llegó a admirarlo por haber logrado consolidar su empresa periodística con tan pocos recursos; sin embargo, cuando conoció su verdadera cara y forma de ser, toda esa fascinación que sentía por él pasó a convertirse en animadversión profunda.
«Encima que trabajo como un negro, ¿ahora quiere enviarme a México? Mis cojones. Como sea eso lo que tiene que comunicarme, le digo que ni en broma», se autoconvenció tratando de insuflar ánimo a su espíritu.
Aunque era consciente de que llegaba tarde y que le caería una buena bronca, se detuvo un momento antes de subir a la oficina para elaborar un plan mental y poder responder a su jefe. Estaba harto de doblegarse ante él, y fuera lo que fuese lo que significara el mensaje, su respuesta sería «No».
Nuria le recibió con dos sonoros besos y un fuerte abrazo, y le advirtió, una vez más, que el director le estaba esperando en su despacho.
—Joder, pues casi mejor me vuelvo a la montaña —replicó él con sorna.
—¡Cortés! —Un grito estentóreo le hizo dar un respingo.
Sin pasar por el lavabo para limpiarse la herida ni dejar su mochila en el cubículo que usaba como cuarto de faena, Cortés entró en el luminoso despacho de José Gutiérrez. Aquel despacho y la recepción eran los únicos espacios bonitos de la oficina. Hacía unos años que se habían tenido que mudar por culpa de la dichosa crisis económica a aquel edificio vetusto y ajado que parecía una vieja fábrica de los años cincuenta. Algunos empleados se quejaron entre bastidores, pero Cortés, como redactor jefe, defendió la medida aun a sabiendas de que él era el más perjudicado, pues se quedaba sin su despacho.
La decepción y el cabreo llegaron poco después, cuando descubrió que su jefe había mandado derribar las paredes de una estancia que hubiera correspondido a Cortés, para que el suyo propio fuera mucho más amplio.
—Ya sabe, Cortés, que la imagen en nuestro negocio es imprescindible, y que es tan importante «ser» como «parecer» —se justificó Gutiérrez—. Por consiguiente, la recepción y mi despacho deben lucir impecables.
Hacía tiempo que Cortés no creía en sus alegatos; tampoco en sus razonamientos ni palabras vanas, que siempre gustaba de embellecer con ánimo de embaucar al incauto que se pusiera a su alcance. También hacía ya mucho que había descartado responder, rebatir o argumentar cualquier postura que discrepara de la de aquel individuo.
Pero ese día sí que estaba allí con toda la intención del mundo para hacerlo. Se sentía fuerte después del descanso vacacional, y entró en el despacho de Gutiérrez con decisión. Miró a su alrededor y no se dejó intimidar por el gran habitáculo, que seguía presidido por un cuadro enorme con una foto de su jefe junto al Rey de España, que aquel mediocre engreído había conseguido colándose en una recepción empresarial a la que asistía el monarca. Lo curioso del caso es que siempre le había dicho que él era republicano, y que sus abuelos lucharon en la Guerra Civil en ese bando «y a mucha honra», tal y como le gustaba presumir.
Las fotografías con empresarios y políticos seguían ahí, todo era igual salvo una pequeña moqueta negra con el logo de Staff Económica en blanco. Eso quizá presagiaba que a la empresa le iba mejor. Gutiérrez le recriminó su impuntualidad. Ni siquiera le dio la mano o los buenos días; tampoco le preguntó por sus vacaciones.
—¿Qué conoce de México, Cortés?
—¿De México?
—Sí, ¿está sordo?
—Eh... disculpe —titubeó—; pues de México conozco a mi tocayo, que conquistó el país... y poco más. A Cantinflas, a Hugo Sánchez, a Rafa Márquez... y lo que se oye en las noticias, sobre la inseguridad, violencia, narcotráfico… ¿por qué?
Cortés hizo la última pregunta fingiendo que no recordaba el mensaje de WhatsApp que había recibido. Sintió cómo las gotas de sudor comenzaban a bajar por su frente, pero no sabía si eran producto del esfuerzo con la bicicleta o por lo que intuía que le iba a contar su jefe.
—Pues ya se puede poner bien al día acerca del país azteca, viajará en breve —le advirtió.
Con gestos airados y reforzando su discurso con continuos golpes en la mesa, el director del medio le explicó que el principal cliente de la empresa, una entidad bancaria llamada Bancasol México les pagaría mucho dinero si llevaban a cabo un reportaje que demostrara las buenas relaciones que mantenía en el país con sus empleados, clientes, proveedores y organizaciones a las que estaba vinculada. Según le comentó Gutiérrez, la firma bancaria había tenido allí un problema de reputación muy serio y necesitaba lavar su imagen, por lo que el artículo saldría en todos los medios de comunicación de la empresa periodística y también en la publicación corporativa de la entidad financiera.
—Esas páginas llegan a más de ciento cincuenta mil personas, lo que nos dará mucha publicidad gratuita —le dijo Gutiérrez frotándose las manos—. Además, patrocinan un máster en comunicación, por lo que tendrá que impartir unas clases.
—¿Clases...? ¿De qué? Yo no soy profesor; ni siquiera acabé el trabajo del doctorado social… —le interrumpió Cortés, que se olvidó de la importancia que daba Gutiérrez al respeto y a los buenos modales.
La cara del director se puso roja como la grana.
—No me interrumpa, ¡cojones! Pues allí será doctor, hablará de la importancia de que medios y empresas mantengan relaciones cordiales y dará especial trascendencia a la ética periodística que, como sabe, es nuestra bandera.
—¿Ética? ¿Qué ética? Si los medios están podridos, solo quieren ganar dinero a toda costa… —insistió Cortés, que en ese mismo instante se miró el brazo malherido y notó cómo un par de gotas de sangre se abrían paso a través de la tela de su camisa, con ganas de saludar a la nueva moqueta.
Gutiérrez también vio la sangre, lo que provocó que se encendiera aún más. Cortés intentó explicarle lo que le había pasado con la bicicleta, pero su jefe le volvió a interrumpir de malos modos diciéndole que era «un guarro con las manos sucias» y que «fuera a limpiarse».
—Ni se te ocurra derramar una gota de sangre en el hermoso logo de nuestra gran empresa —enfatizó—. Staff Económica es mi vida, ¡y la tuya también!
Cortés salió del despacho despavorido y con la mirada perdida Nuria le dijo algo, pero él solo quería meterse en el baño.
Se lavó lo mejor que pudo. Aún le quedaba grasa de la bici en las manos, cogió el botiquín con la intención de limpiar la herida. Cuando acabó se miró al espejo. No reconocía la cara que veía reflejada y recordó la canción de Estopa Pastillas de Freno con la que había homenajeado en su boda a su padre, trabajador en la fábrica de SEAT:
«Me despierta el encargao; que hoy viene acelerao; se ha levantao con el pie izquierdo; porque se le ha olvidao tomarse las pastillas de freno, a toda pastilla».
—¡Cortés!
Otra vez el alarido. Salió apresurado del lavabo. Apenas se dio cuenta mientras la recepcionista le arreglaba el cuello de la camisa y le apretaba fuerte la mano. Al entrar de nuevo en el despacho de su jefe, tan solo notaba el martilleo con el que su propio corazón le castigaba la cabeza. Si hubiera podido, lo habría acallado de un golpe. A su corazón, claro está.
—No creo que pueda ir, don José —masculló en un último intento de parecer tranquilo y seguro de sí mismo. Durante un instante fijó su vista en el ventanal y sintió que la luz, que entraba a raudales, iba y venía al mismo tiempo que los latidos que resonaban en sus sienes. A su espalda sonó un teléfono y Cortés, para no desmayarse, se agarró a las tres notas disonantes como si fueran un salvavidas.
—Silencio, no diga tonterías. El viaje ya es un hecho. Solo serán dos semanas…
—¿Solo? ¡Eso es mucho! No puedo ir. —Reunió fuerzas, las necesitaba para oponerse a su jefe.
—No le estoy preguntando, es una orden. —Gutiérrez trasteó con carpetas y papeles y Cortés se dio cuenta de que aquellos ojos porcinos evitaban mirarle—. Ya sabe cómo están las cosas por aquí con la crisis. O conseguimos generar más ingresos o tendré que despedir a más periodistas. —De repente clavó su mirada en él—. ¿Quiere ser el siguiente?
—¿Tonterías? —Cortés repitió el calificativo que le había endilgado Gutiérrez a sus protestas, mientras trataba de dominarse—. Joder, ¡no merezco que me diga esto! Con lo que he hecho por la empresa. He venido a trabajar incluso estando de baja.
—Ni una palabrota en mi presencia, Cortés. No se hable más.
—Pero, con mi apellido, allí me matan seguro.
—Pues se lo cambia. —decretó. Cortés fue a replicar—. ¡Silencio! No siga, no me haga perder más el tiempo. —José Gutiérrez colocó las manos como si estuviera leyendo de algún libro sagrado y miró hacia el techo como si éste fuera a desplomarse sobre él—: Necesito que lleve a cabo este trabajo con la máxima premura y discreción. Ya le dará más información la señorita Nuria. Ahora póngase al día con los temas pendientes. Infórmese bien sobre México, que el tiempo vuela, ¿estamos? Cortés apretó muy fuerte los puños debajo de la mesa. En ese instante, sí se planteó muy en serio emplearlos para darle un fuerte mamporro a su jefe. La escena, que tan solo tomó forma en su cerebro, estaba coronada por un triunfante portazo. Respiró muy hondo.
—Lo que usted diga —murmuró Cortés.
—Así me gusta. Por cierto, un par de cositas más. —Gutiérrez se tomó varios segundos mientras movía su Montblanc, pasándola de un dedo a otro con cierta soltura; se trataba de una estilográfica que le habían regalado a Cortés y que su jefe se apropió—. Eso que le he explicado del reportaje es lo que hará en México «oficialmente» —recalcó la última palabra como si la masticara—; luego tendrá otro trabajillo extra algo más... «detectivesco». —Gutiérrez volvió a enfatizar y escrutó a Cortés con la mirada.
—¿Detectivesco? —inquirió él.
—Eso he dicho. —El jefe sonrió con malicia—. No le puedo comentar más por el momento. Cada cosa a su tiempo, en breve el propio cliente le explicará en persona de qué se trata. Ahora... a trabajar. Ah, y quiero que vaya esta tarde a la Gala Anual de los Premios de Prensa.
—Uf, pero tengo que ponerme al día con todo esto.
—¡Claro! —se trata de eso mismo—. De ponerse al día de lo que se cuece. Irás en representación de nuestra empresa, por lo que pase antes por su casa para vestirse como Dios manda. Andando que es gerundio, Nuria ha impreso tu invitación.
—Gutiérrez metió la cara en sus papeles.
Poco después cerraba la puerta del despacho y salía de la oficina como si le persiguiera el mismo diablo. Después de pasear un buen rato por los alrededores con la cabeza gacha, le entraron ganas de tomar un café y pensar en todo aquello.
CAPÍTULO 3
La mala vida
«Cuéntame un cuento y veras que contento;me voy a la cama y tengo lindos sueños».
Cuéntame un cuento (Celtas Cortos)
16 de octubre, Eixample, Barcelona
Cortés se acercó hasta una cafetería cercana a su oficina. Necesitaba reflexionar. Varias personas desayunaban solas con la compañía de sus portátiles. Trabajar desde un bar o cualquier establecimiento público era una moda que había crecido en Barcelona con el paso de los años y el cosmopolitismo de la ciudad. A él le gustaba hacerlo, el murmullo de la gente y el sonido de tazas y cubiertos le ayudaba a concentrarse.
Pidió un café con leche y una ensaimada de cabello de ángel; su cuerpo le pedía dulce para revertir el amargor que le había producido aquel primer día en la oficina.
«¿Primer día? —pensó—. ¡Si solo he estado una hora!». De repente alguien le llamó.
—¡¡Cortéees!!
Cortés se quedó tenso. La «e» alargada que acompañaba los gritos de su jefe se había metido en sus oídos como un martillo percutor taladrándole el cerebro. Gutiérrez siempre le llamaba por su apellido, y también su mujer cuando estaba enfadada con él, lo que sucedía muy a menudo en los últimos tiempos.
—¡Eh! ¡Cortés!
Escuchar de nuevo su apellido le hizo adoptar la pose de una estatua griega. Con el gemelo tenso y el cuerpo agarrotado, se obligó a sí mismo a girar la cabeza. Esta vez no era la voz de su jefe, sino la de un hombre trajeado y apuesto que se acercó a él con paso célere.
—Joder, tío, te llevo un rato saludando desde la ventana, pero tú ni caso, ¿cómo estás? —dijo el tipo sin esperar respuesta. Luego le propinó un empujón cariñoso que casi le tiró de la silla.
Cortés se quedó anonadado, como si le hubieran noqueado en un combate de boxeo.
—Joder, Martín, ¡soy Toni! —el joven se dirigía a él otra vez—. Tu compi del instituto. ¿No me recuerdas, tanto he cambiado?
Cortés volvió a la realidad.
—¡Ostras, Toni! Disculpa, es que estaba distraído —alegó—. Qué bueno saber de ti, ¿cómo andas? —Cortés recordó que había pensado en su viejo amigo al ver a la chica del tatuaje de la mariposa azul, cuando pedaleaba camino a la oficina—.
¡Qué casualidad! Precisamente hoy me he acordado de ti, la diosa Fortuna me adora. —Cortés soltó una risa amarga.
Como pasaba a menudo con los viejos compañeros de estudios, la amistad entre ambos había acabado después del día de la graduación. Cada uno tiró por su camino y durante los últimos veinte años no se habían vuelto a frecuentar.
—Pues ya me ves —respondió haciendo una especie de ridículo pase de modelo con el traje—... triunfando más que la Coca-Cola. Ya sabes que en el instituto ya destacaba por encima de ti.
Cortés puso los ojos en blanco. Se llevaba muy bien con Toni en el instituto, pero aquel día no era el mejor para celebrar un reencuentro. Compartían el mismo grupo de amigos y les encantaba filosofar con frases de canciones, pero, a la vez, ambos emprendían cada acción con un espíritu muy competitivo, lo que les hizo chocar alguna vez. Siempre querían sacar las mejores notas, destacar y, sobre todo, demostrar su temprana hombría.
Tal fue así que hasta por un acto de valentía irracional propia de los jóvenes, Toni recibió una cornada en las fiestas del pueblo del padre de Cortés. Recién cumplidos ambos los dieciocho años, participaron en los llamados «espantes» de Fuentesaúco, donde una barrera de hombres intentaba aguantar de forma estoica antes una manada de toros que, abrumados por la muchedumbre, emprendían la espantada ante la fuerza de la gran masa. En aquella ocasión, uno de los animales no se amedrentó y su amigo recibió la cornada de un astado en el muslo derecho. Aquello solía ir seguido de una jaculatoria propia de un auténtico casanova: «Soy el torero de Chayanne y pongo el alma en el ruedo, no importa lo que se venga, para que sepas que te quiero. Como un buen torero, me juego la vida por ti», rememoró Cortés la letra que tantas veces le había cantado a su amigo.
«¿Qué os creíais, que los cuernos eran de chocolate?», les regañó el padre de Cortés al irlos a recoger a la estación de tren de Sants.
Éste sonrió al recordar la escena, pero ahora no tenía ganas de escuchar lo bien que le había ido en la vida a su camarada de antaño.
—Me alegro mucho por ti, Toni. Aunque lo cierto es que justo ahora me volvía a la oficina, que ya me reclaman —soltó, tratando de sonar convincente y haciendo ademán de levantarse de la silla.
—¿Qué dices? ¡Claro que no, ahora mismo nos tomamos una cerveza como en los viejos tiempos! Por cierto, ¡estás más gordo!
—¿A las diez de la mañana? —repuso Cortés, pese a que lo que hubiera querido decir era «vete a tomar por culo».
—Mira quién habla, el que se recuperaba de la resaca a base de birras… —replicó Toni—. ¡Camarero, un par de cañas!
A Cortés no le quedó otra que escuchar a su viejo amigo. Como suponía, éste comenzó a contarle con pelos y señales la epopeya que había protagonizado hasta llegar a convertirse en jefe comercial de un banco, y de lo bien que le iba a pesar de la crisis, donde había veces que tenía incluso que emitir órdenes de desahucio a «pobres desgraciados» que no podían continuar pagando la hipoteca.
—Ellos se lo han buscado. —Una sonrisa de suficiencia y aquel veredicto impenitente coronaron su triunfal odisea.
Cortés apretó el puño, tomó un trago de su café para disolver la bilis que se había disparado desde su estómago y se limitó a colocar sus pupilas en el infinito. Toni, ajeno a todo lo que no fuera él mismo, seguía haciendo gala de sus magníficas condiciones laborales.
—¡No tengo horario! —le refregó por la cara—. ¿Te imaginas? Entro y salgo de la oficina cuando me place, tengo a mi jefe en el bote y hago lo que me sale de las pelotas... Soy un hombre, joder, como la canción que siempre tatareábamos en los bares de Loquillo, ¿recuerdas? «Apoyados en la barra de un bar, bebiendo para olvidar. Sin cesar de hablar de las mujeres que dejemos de amar. Somos duros de pelar. Defendemos nuestra integridad, podríamos convertir tus sueños en realidad».
El periodista recordaba perfectamente la canción, pero sentía que ya no le representada en nada. «Vamos, un hombre como yo ahora...», pensó apesadumbrado mientras trataba de contenerse.
Toni abordó sin complejos su vida sentimental.
—Por supuesto sigo estando soltero. Me lo han propuesto muchas veces, ya sabes..., casarme y toda esa mierda... ¡casarme yo! —Emitió una sonora carcajada que provocó que varias personas se volvieran para mirarle—. Prefiero disfrutar de mis follamigas... ya sabes, de mi puto harén, como nuestro maestro Sabina o Maluma y su Mala Mía. Me besé a tu novia, mala mía. Me pasé de tragos, mala mía. Siempre he sido así, mi querido Martín, tú lo sabías. Así es mi vida, es solo mía. Tú no la vivas. Si te molesta, pues mala mía. —Soltó una nueva sarta de risotadas mientras cantaba y Cortés miraba de un lado a otro—. No tengo ninguna intención de sentar cabeza, como se suele decir —sentenció Toni haciéndole un guiño. Y tú, qué, ¿qué me cantas? Venga replícame, como en los viejos tiempos…
—Que no voy a cantar, pesado, eso ya es agua pasada. Estoy bien… soy hombre de una sola mujer y estoy felizmente casado. Además, tengo una hija increíble.
—Sí, sí, y yo me lo creo. Todavía recuerdo cómo ligabas en el instituto, incluso sin querer…
—Bueno, eso eran otros tiempos. Ahora solo me ligo a empresarios y directivos a los que trato de convencer para entrevistarles y hacerles un buen reportaje —replicó con toda la intención del mundo para ver si podía desviar los derroteros de la conversación. No quería, para nada, contarle los problemas con su mujer.
Cortés relató, a su vez, una fabulosa vida laboral: de cómo se hizo periodista por vocación; de cómo había ido ascendiendo en diversos trabajos hasta ser redactor jefe de un importante y prestigioso grupo periodístico. Lo dijo con modestia, casi sonriendo, con humildad y tratando de que pareciera que no le daba importancia. Habló también de la relevancia de su profesión y de los premios que había ganado… Lo curioso del caso —pensó— es que nada de lo que decía era mentira, aunque ni mucho menos era toda la verdad. No la actual.
Cortés, como muchos otros estudiantes de periodismo de aquel entonces, compaginó sus noches de juerga con prácticas mal pagadas en periodiquillos locales, agencias de pacotilla, boletines de noticias y espacios televisivos que le hacían correr de un lado a otro sin que nadie le enseñara nada, donde todo el mundo le miraba por encima del hombro sin percatarse de lo mal pagado que estaba todo aquel esfuerzo que se veía obligado a hacer, para periódicos de barrio que se regalaban en las panaderías. Hasta que logró hacer las prácticas obligatorias de la universidad en uno de los principales diarios del país: El Mundo. Su primera tarea fue, ni más ni menos, redactar las esquelas de los fallecidos de ese día, pero decidió omitir a Toni el particular. En cambio, se recreó contándole otras historias más interesantes, como cuando logró ocupar buena parte de la portada del prestigioso medio de comunicación, algo al alcance de muy pocos, y aún menos de un becario. Cortés fue el primero en conseguirlo en la delegación catalana, algo que despertó admiración y envidias a partes iguales.
Todo joven periodista necesita consagrarse en su profesión para hacerse un nombre, y la ratificación de Cortés llegó de la mano de una partida de skinheads, los temibles «cabezas rapadas». Una noche de viernes, a la salida de una discoteca, dos chicos de estética neonazi apuñalaron a un magrebí en Can Anglada, un barrio de Terrasa, ciudad periférica bastante grande ubicada en la provincia de Barcelona. Esa noticia no hubiera ocupado más que una breve mención entre las páginas del rotativo de no haber sido que, al día siguiente, los enfurecidos vecinos convocaron una gran manifestación para protestar por el aumento de la violencia en sus calles y para pedir más seguridad.
«Que te acompañe a la “mani” el de l’Hospitalet, que, seguro que ése las ha visto ya en su barrio de todos colores», escuchó cómo le decía el director del medio a su redactor jefe de sociedad refiriéndose a él.
Lejos de quejarse, aunque estaba preparándose para irse de la redacción, pues había quedado con sus amigos para salir de marcha aquella noche, se mostró encantado por el cambio de planes y acompañó a su jefe de sección al lugar de los hechos. La manifestación acabó con los mossos lanzando pelotas de goma.
—Mi jefe de sección, un ampurdanés de aspecto ejecutivo estaba pálido —le dijo Cortés a Toni, que escuchaba con los ojos abiertos como platos—. El cabronazo no paraba de tirarse pedos mientras corríamos como galgos, cuesta arriba, para que no nos pegaran los mossos o los vecinos, que odiaban a los periodistas —le contó riéndose a carcajada limpia—. Por suerte, la cosa no fue a mayores, pero el amigo cogió la baja y yo tuve que seguir la noticia los días posteriores.
Lo cierto es que aparte de seguir con aquello de las protestas vecinales, tuve que conseguir buenas crónicas de sucesos u olfatear cualquier anomalía social que mereciera cuatro líneas para dotar de contenidos al medio. Al final logré una gran exclusiva y después de patearme muchísimas tiendas y cafeterías del barrio, y gastarme hasta la última peseta que llevaba, conseguí entrevistar al primo de uno de los rapados a los que habían arrestado por agresión y sus declaraciones salieron en portada a nivel nacional con el titular que yo no habría elegido al ser sensacionalista, pero lo hizo el de Madrid: «A la caza del moro» —Cortés se envalentonó al ver que su amigo le miraba impresionado, y comenzó a referirle otras historias, como la que le hizo llegar a su medio actual gracias a la entrevista que le hizo a un director de cine porno. El redactor jefe que le había precedido en la empresa periodística leyó la entrevista por casualidad y quiso conocerle, ofreciéndole después un trabajo como freelance que luego se convirtió en fijo. Al cabo de tres años logró ser redactor jefe, al marcharse su antecesor en el cargo a otra organización.
—Tú tienes madera, campeón, aprovéchala... ¡no te quedes en esta cloaca con el hijoputa de Gutiérrez! —le aconsejó, antes de marcharse, el redactor jefe.
Cortés le contó cómo se despertaba por las noches, excitado, al encontrar medio dormido el titular que encabezaría la siguiente crónica, o cómo investigaba para hacer atractivo un reportaje aprovechando sus trayectos en el metro, cuando iba a buscar a su novia y repasaba todas las cuestiones pendientes recorriendo hasta el final la línea del suburbano en una y otra dirección. Incluso el fin de semana se iba sin decir nada para adelantar trabajo.
Cortés y Toni brindaron con la segunda cerveza por lo bien que les había ido, y no como a otros compañeros de su instituto, un centro de enseñanza ubicado en una zona bastante conflictiva de l’Hospitalet de Llobregat. Algunos como Isaac — rememoraron— habían acabado en la cárcel, y solo unos cuantos lograron llegar a la universidad.
Una llamada interrumpió la conversación, era del jefe de Toni.
—Tío, me he alegrado un montón de verte, a ver si algún día jugamos un partido de tenis, como en los buenos tiempos. —Con aire preocupado, rebuscó en uno de los bolsillos interiores de su traje y le dio una tarjeta.
Cortés le imitó y también le dio la suya, que Toni cogió mientras salía disparado.
—Ya veo cómo está tu jefe —le soltó Cortés como despedida—, ¡a tus pies! Pensó que Toni no le había oído, pues su amigo salió despavorido de la cafetería. No obstante, al momento, se sintió un gusano miserable porque, en realidad, su vida laboral había sido un completo desastre, sobre todo en los últimos años. Era cierto todo lo que había contado, se hizo periodista por vocación y en sus primeros tiempos vivía la profesión de manera muy intensa; pero, con el paso del tiempo, había ido perdiendo por el camino toda la ilusión al conocer mejor los entresijos de la profesión; un mundo en el cual, muchas veces, se relegaba la información a un segundo plano por intereses comerciales, políticos o de otro tipo.
Cortés interrumpió sus pensamientos al caer en la cuenta de que tenía que regresar al trabajo, pero antes hizo algo a lo que nunca se había atrevido durante sus horas laborables. Levantó la mano y se dirigió a uno de los camareros que iba y venía sorteando mesas y sillas.
—¿Me trae otra cerveza, por favor?
Bebió tranquilo y volvió a elucubrar sobre la conversación que había mantenido poco antes con su jefe, y todo aquello de que tendría que ir a México en breve. Quería volver a casa temprano y crear un ambiente propicio para informar a su mujer de todo el asunto, pero se acordó de que debía acudir a la entrega de unos reconocidos premios periodísticos e informar a Gutiérrez del devenir de la ceremonia.
«Laura montará en cólera», aseveró.
Lo peor de todo fue darse cuenta de que ya no le importaba.
***
Hacía tiempo que Cortés no asistía a aquella emblemática gala anual, la cita por antonomasia de los periodistas, donde además del evento en sí, en el que se presentaba un estudio sobre el sector y se reconocía a los profesionales más destacados del año, solían contarse sus hazañas y miserias, se animaban unos a otros a base de cava, vino y todo tipo de alcohol y bailoteos. También se criticaban bastante. El acontecimiento sorprendió a Cortés la primera vez que fue. Le gustó. Estar con los pesos pesados del gremio, conocer algunos cotilleos y escuchar sus consejos le resultó muy gratificante. Y, aún más, recibir el premio «Joven Promesa» durante su primer año de ejercicio con su actual empresa periodística, un acontecimiento que hinchó sus aspiraciones como las velas de una carabela navegando a todo trapo.
Al entrar en el gran salón del Caixa Forum recordó con nostalgia el día de la concesión del galardón. Además de aportarle cierto prestigio en el sector, recibió una importante compensación económica que utilizó para regalar un viaje a su mujer. Aquello sucedió poco después de casarse, y un deje de nostalgia le provocó un nudo en la garganta.
«Anda, que volvería a gastarme el dinero en ella otra vez... ¡ni en broma, desagradecida!», pensó al registrarse.
Le dolía todo aquello. Laura le había dado a Marina, pero su relación estaba tan deteriorada que durante unos instantes abrigó la idea de que quizás, irse a México, era mejor que seguir allí.
—¡Cortés!
Los presentes se giraron al oír el grito y un coro de cuchicheos se extendió por el salón. Una mujer, enfundada en un vestido que no parecía ir más allá de la piel humana, se acercó hasta Cortés y le propinó un abrazo y un sonoro beso en la mejilla. Durante unos segundos, su cuerpo quedó fundido con las exuberantes curvas de la joven, cuya belleza podría haber derretido la capa de ozono.
—¡Cuánto tiempo, ojazos!
—Hola... —musitó Cortés un poco avergonzado. Recordó que Lidia siempre le llamaba «ojazos»—. Sí, demasiado, ¿cómo estás, Lidia?
—Pues ya me ves —afirmó ella moviendo sus caderas y brazos como si estuviera bailando la conga.
—Tan loquita y presumida como siempre —añadió Cortés esbozando una amplia sonrisa.
—Y tú igual de soso, ¡y encima con más barriga! —replicó Lidia.
—¿Más barriga? No empieces, que no estoy para bromas.
—Pero si es verdad —Lidia acercó la mano hasta su vientre y le hizo una caricia—. Uhm… parece una almohada.
Cortés creyó comprender cómo se sentía una embarazada durante los últimos meses de gestación. También notó que una erección incipiente empezaba a hacer presión sobre sus pantalones, por lo que encogió la tripa y trató de pensar en ella como lo que era, una antigua compañera de trabajo, y no lo que podría haber sido.
—El sueño es el alivio de las miserias para los que los que sufren despiertos —refunfuñó Cortés.
—¿Ya estás con tus citas antiguas? —repuso Lidia.
—Lo cortés no quita lo valiente.
Se habían llevado muy bien, hasta el punto en que sintió una fuerte atracción por ella antes de conocer a su mujer, pero nunca ocurrió nada entre ambos. Él era demasiado tímido y ella tampoco dio ningún paso adelante. Hacía por lo menos tres años que no se veían. Lidia seguía igual de radiante, y al darse cuenta de que toda la platea masculina estaba pendiente de ella, inspiró hondo e hinchó aquellos generosos pechos, que amenazaron con asomarse aún más de su escote. Cortés se obligó a mirar hacia otro lado y contempló su cabello rubio, que mantenía intacto aquel precioso rizo natural, y una sonrisa de fábula que a Cortés le recordó, al instante, la escena de la película American Beauty, en la que una joven encandilaba con su baile al típico padre de familia, víctima de un trabajo que odiaba y un matrimonio en punto muerto.
—Mis citas son lo único que me queda. Bueno, y mi hija, mi mejor creación.
—Con lo positivo que eras siempre... —dijo Lidia con cierta extrañeza—. A ver, ojazos, cuéntame qué te pasa, que estás muy gruñón.
Justo en ese momento, la maestra de ceremonias de la gala pidió que ocuparan sus asientos.
—Salvado por la campana —rio Cortés.
—Pero tú y yo tenemos algo pendiente y eso no puede ser. —le dijo Lidia susurrándole al oído.
Cortés le respondió con un silencio mientras sentía cómo su erección se volvía aún más molesta dentro del pantalón.
Al final se colocaron en una zona intermedia del patio de butacas, mientras los asistentes iban ocupando sus asientos. Un hombre ataviado con un traje de Armani se sentó justo delante de ellos, no sin antes dejar que sus ojos se regodearan en el escote de Lidia, de un lado a otro y más allá. Era un individuo rechoncho de mediana edad, con manos delicadas, de esas que parecía que nunca habían tenido que trabajar duro. Usaba gafas, tenía el rostro afeitado y llevaba el pelo corto, que presentaba un color gris y deslucido. Exhibía en varios dedos unos anillos dorados enormes.
—Mira, un Gil y Gil a la catalana… está a poco de echarse encima de nosotros —susurró Cortés a su amiga, que se echó a reír y se tapó el pecho con una toquilla.
El tipo se dio cuenta que ambos se estaban riendo de su actitud, les lanzó una mirada inquieta e hizo entrechocar los dedos, que emitieron un ruido sordo: «plac, plac, plac».
El acto comenzó con la presentación, por parte de Javier Palacios —un reconocido académico—, de las conclusiones de un estudio sobre la profesión periodística.
—Para ello, en primer lugar, solicitamos información acerca de sus niveles salariales a los más de mil quinientos encuestados, cambios en las condiciones de contratación y empleo en los últimos años, así como el grado de satisfacción al respecto —aclaró de entrada el investigador.
Cortés recordaba perfectamente la encuesta. No pensaba responderla por su desánimo y pesimismo laboral, pero después de reflexionar un poco sobre las cuestiones que planteaba se sintió en la obligación moral de hacerlo. Al fin y al cabo, se hizo periodista por vocación, y si eso conseguía ayudar a mejorar algo el oficio. El académico constató que, en términos generales, los datos recogidos y su comparación con los de los informes anteriores mostraban un aumento de la precariedad en las condiciones de trabajo de periodistas y comunicadores, quienes, por su parte, volvían a señalar este problema como la principal dificultad profesional. Más del sesenta por ciento de los encuestados opinaba así.
En seguida se extendió un murmullo por la sala. Muchos asistían con la cabeza y otros manifestaban en voz alta que estaban de acuerdo con ese análisis.
—Quizá el dato más preocupante es que más de veinticinco mil trabajadores se han ido al paro este último año —prosiguió.
Cortés sintió un escalofrío al escuchar la palabra «paro». Recordó la amenaza que había proferido su jefe cuando le dijo que no tenía opción y que debía ir a México si quería conservar su empleo. Habían discutido otras veces, pero nunca le había coaccionado con el despido.
—Putos empresarios de la prensa. No son ni siquiera periodistas, por su culpa estamos así —le dijo a Lidia en voz baja.
Ella asintió con la cabeza.
—Sin ellos, ni tú ni la mayoría tendríais trabajo —le replicó el tipo de delante, que se giró y volvió a lanzar a Lidia una mirada pegajosa.
—¿Perdón? —Cortés notó una corriente de ira subiendo desde su estómago—. Aquí nadie le ha dado vela en este entierro. Y sí, es por culpa de todos ellos, sin duda, una banda de egoístas y avariciosos que solo piensan en ganar más dinero a costa de los trabajadores.
—Eso no es verdad —respondió el señor, justo en el momento en que la maestra de ceremonias rogaba silencio.
El académico continuó analizando los resultados del estudio en un tono cada vez más pesimista. La crisis económica se había cebado con el sector periodístico español causando, entre otros males, el debilitamiento de la independencia de los medios y de los periodistas, sometidos cada día más a la creciente presión de los poderes fácticos, ávidos de convertir la información en propaganda, las críticas en elogios y la información en desinformación.
—La precariedad laboral, el subempleo en los salarios, no bajos, sino ínfimos, atentan directamente contra la libertad de los periodistas de una manera gravísima —resaltó—. Sin libertad de criterio, se atenta contra el derecho del ciudadano a recibir información libre, y otro dato importante es que ya son autónomos más del veinticinco por ciento de los profesionales.
—Eso es... tan falsos como son muchos empresarios —le dijo Cortés en voz queda a su amiga, pero tratando de que el señor trajeado le escuchara.
—No se puede generalizar, hay de todo en todos los sitios —volvió a intervenir el tipo, que hizo entrechocar los anillos otra vez: «plac, plac, plac».
—¡Mentira! —soltó en voz alta Cortés mirando fijamente al tipo trajeado y retándole a responder—. Todos son iguales. Los directores de Comunicación son los peores. Se debería crear un «observatorio de las presiones» para profundizar sobre este tema.
—Pues en la mayoría de los casos son periodistas como tú —volvió a protestar el señor trajeado.
—Pero ¿qué dices? Nunca. Ellos solo son propagandistas y unos manipuladores natos.
—¡Qué ignorante! —repuso el sujeto.
—¿Ignorante? —Cortés sintió que su cavidad bucal se llenaba de bilis—.
—Eso dímelo a la cara, pero fuera de aquí.
«Silencio, por favor», se oyó desde el megáfono.
Lidia agarró del brazo a Cortés, visiblemente enojado. En ese momento, Palacios comentó que los periodistas que trabajaban en medios de comunicación periodísticos y los que se dedicaban a la Comunicación pura y dura se distribuían en unos porcentajes cada vez más similares.
—¿No ves? Ambos periodistas —le comentó el señor con un deje de triunfo en la voz.
Tras la exposición de los datos referentes al estudio de Palacios, la maestra de ceremonias indicó que tocaba homenajear a una periodista que se jubilaba: Eva Fallarás.
Cortés aplaudió con ganas. Fallarás había sido su mentora, y siempre le decía, bromeando que, si ella hubiera sido más joven, lo hubiera intentado «cazar».
Admiró su melena pelirroja y apreció, aun en la lejanía, el brillo inteligente de sus ojos azules. Pese a su edad todavía mantenía un gran atractivo; y, además, nunca había tenido pelos en la lengua. La periodista comenzó agradeciendo el reconocimiento que le dispensaban y recordando las palabras que había pronunciado, hacía más de un siglo, John Swinton, entonces preeminente periodista de Nueva York.
—Era el invitado de honor de un banquete celebrado por los líderes de su profesión —refirió Fallarás—. Alguien a quien no conocían ni la prensa del momento ni el propio periodista homenajeado, que propuso un brindis «por la prensa independiente». Permitidme citar de forma literal la respuesta de John Swinton, que no tiene desperdicio —comentó la veterana periodista—: «No existe lo que se llama “prensa independiente”, a menos que se trate de un periódico de una pequeña villa rural. Vosotros lo sabéis y yo lo sé. No hay ni uno solo entre vosotros que ose expresar por escrito su más sincera opinión, pero si lo hiciera, sabéis perfectamente que vuestro escrito no sería publicado nunca. Me pagan ciento cincuenta dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el periódico en el cual he trabajado tantos años. Muchos, entre vosotros, reciben salarios parecidos por un trabajo similar, y si uno cualquiera de vosotros estuviera lo suficientemente chiflado para escribir su honrada opinión, se encontraría en medio de la calle buscando un empleo cualquiera, exceptuando el de periodista.
El trabajo de periodista en New York consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammón, vender su propia raza y su patria para asegurarse el pan cotidiano. Vosotros lo sabéis, y yo lo sé; así pues... ¿A qué viene esa locura de brindar a la salud de una “prensa independiente”? Somos las herramientas y los lacayos de unos hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bastidores. Somos marionetas, somos sus títeres; ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren. Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas son propiedad de otros hombres. Somos prostitutas intelectuales».
Otro murmullo se extendió a través del salón donde se celebraba la gala. La homenajeada concedió unos segundos a la audiencia y prosiguió.
—Con esta frase: “Somos prostitutas intelectuales», acabó el afamado periodista su discurso —remarcó Fallarás—. Qué os parece, ¿estáis de acuerdo?
La sala del auditorio se convirtió en un hervidero de comentarios de todo tipo. Unos se mostraban indignados; otros, como Cortés, le daban la razón, aplaudiendo en pie de forma enérgica. El señor trajeado reía con ganas.
—Frente a estas amenazas —prosiguió Eva Fallarás—, el oficio pervive y lucha por ser el testigo y el muro contra el que han de estrellarse siempre todas las tiranías. El futuro de la prensa está asegurado porque es uno de los cimientos fundamentales de un sistema democrático. Y si no hay periodismo libre, no hay democracia. Independientemente de los cambios que se han producido en la profesión debido a las nuevas tecnologías, los principios continúan siendo idénticos. En cualquier caso, la situación sigue siendo grave, dramática, pero deja lugar para la esperanza, como esas fantásticas iniciativas de periodistas emprendedores que se niegan a quedarse parados, como la que vamos a conocer y reconocer a continuación. Y, además, seguimos siendo nuestros mayores críticos. Continuamos defendiendo los valores clásicos del periodismo y las cualidades indispensables para todo periodista: disponer de instrumentos intelectuales para comprender la realidad, capacidad de expresión y máxima honestidad. Muchas gracias y buenas noches.
La ovación del auditorio fue enorme y estruendosa. Algunos comenzaron a levantarse, como el propio señor trajeado que tanto había incordiado a Cortés. Este, para no ser menos, hizo lo mismo, y se quedó de piedra cuando vio que el desconocido respondón se encaminaba hacia el pódium para subirse a él y darle un fuerte abrazo a Eva ante la confusa mirada de Cortés. Los anillos del tipo resplandecían como soles.
—No me lo puedo creer —gimió él—. ¿Qué hace Fallarás con ese individuo?
—Cortés se echó las manos a la cabeza—. Poderoso caballero, es don Dinero…
—La pasta manda, ojazos —rio Lidia.
La maestra de ceremonias anunció que, a continuación, se iba a reconocer a uno de los casi trescientos nuevos proyectos periodísticos que tenían contabilizados desde principios de 2008.
—No vamos a entrar en si es bueno o no que un periodista se convierta en editor —aclaró la presentadora—. Ambos representan dos figuras totalmente distintas y diferenciadas hasta ahora, aunque cada vez estén más cerca, lo que encarna algunos peligros de los que nosotros deberíamos huir. Pero el camino tomado por los periodistas supone el único que en estos momentos parece transitable. Damos la bienvenida al financiero Pedro Campo, cofundador y mecenas de Actualidad Digital y uno de los empresarios que más está haciendo por el periodismo.
—¡Lo que me faltaba por oír! ¡Eso es pasarse al lado más oscuro de la profesión!
—exclamó Cortés casi a gritos, al mismo tiempo que abandonaba su asiento—. Yo nunca seré periodista empresario, eso es ser más falso que Judas —remató aireando los brazos, para luego salir del auditorio ante la mirada sorprendida de Lidia, que se apresuró a seguir sus pasos.
Algunos asistentes se quedaron mirándole con desagrado.
Mientras caminaba hacia el exterior, pensó en su padre y en su sangre sindicalista. De alguna manera sentía que le estaba fallando con su trabajo actual, en el que adulaba a empresarios y directivos tan pedantes. Cuando se aproximaba a la salida, un azafato le regaló un ejemplar del libro La buena suerte, de Alex Rovira. También a su amiga Lidia, que ya le había alcanzado.
—¡Encima con recochineo! —refunfuñó Cortés, que arrojó el ejemplar en la primera papelera que encontró mientras su amiga le agarraba del brazo.
—Vamos a relajarnos, anda. Cortés dudó.
—Mejor será no hacerlo, he de volver a casa.
—Venga, nos tomamos algo y nos divertimos un rato, ojazos, venga… ¡no seas aburrido!
—No sé, Lidia —Cortés titubeó unos instantes. Estaba preocupado, todavía no le había dicho a Laura nada acerca de México—. Bueno, pero algo rápido.
—¡Huy! ¿No me dejarás a medias? —repuso Lidia—. ¿No te atreverás?
—¿Cómo? —La erección de Cortés volvió a su punto álgido mientras Lidia reía a carcajadas y arrojaba también el ejemplar de La buena suerte a la papelera.
CAPÍTULO 4
La curiosidad mató al gato
«Dígame usted si ha hecho algo travieso alguna vez; una aventura es más divertida si huele a peligro...».
Propuesta indecente (Romeo Santos)
16 de octubre, Plaça Reial, Barcelona
La vio regresar del baño del pub contorneando su cuerpo como una modelo. Por su manera de moverse, Lidia le recordaba a las chicas de la Pasarela Gaudí, uno de los principales referentes de la moda en España, y un evento que le había tocado varias veces cubrir como periodista económico. Cortés vinculó anorexia, moda y economía en un reportaje que tuvo bastante repercusión, pero le acarreó algunos problemas también, cuando varios diseñadores le acusaron de exagerar la realidad. Lidia exhibía más curvas y mucho más pecho que las hermosas —aunque escuálidas— modelos del famoso desfile. Aun así, para él había sido un soplo de aire fresco informar sobre la actividad de la pasarela y dejar por unos días los reportajes empresariales y entrevistas a directivos engreídos.
«¿Por qué no puedo dejar de pensar en el trabajo, aunque sea por un rato?», se lamentó. Volvió a mirar a Lidia.
A él siempre le habían gustado más las mujeres de armas tomar, las que podía abrazar fuerte recibiendo lo mismo por la otra parte, perderse entre unos pechos generosos y agarrar un lindo y gran trasero tipo cubano. Lidia era, sin duda, su prototipo.
Cortés trató de disimular todo lo que pudo su excitación, pero estaba seguro que ella la había notado, y más cuando le puso la mano encima del pantalón. Lidia le estuvo provocando, o al menos a él se lo pareció, en el taxi de camino a la Plaça Reial. Ella había insistido en que entraran en el pub Butterfly. «Vaya con las mariposas, me persiguen», pensó Cortés.
Las luces de neón azul hacían resaltar la boca de Lidia, que bailaba frente a él de forma sensual. Eran canciones latinas, las que hasta ese momento siempre tanto había detestado Cortés. Primero por la poca simpatía que sentía por los latinos problemáticos de su juventud y después porque su hija había tenido recientes problemas en el colegio por culpa, en parte, de esas canciones, especialmente cuando una compañera le provocó para que bailara la canción Sin pijama y Marina se tomó al pie de la letra la canción, quedándose desnuda delante de algunos compañeros, lo que provocó burlas y risas. Pero en aquel momento Cortés no tenía eso presente y suspiraba, tanto por la letra como por su ritmo sugerente y atrevido. Pese a todo, se negó una y otra vez a acompañarla.
—¡No sé bailar, lo hago peor que un pato! —se quejó. En parte era cierto. Tampoco quería pegarse a ella y que notara su erección.
—¡¡Venga, ojazos! —gritó Lidia—. ¡Anímate!
Empezaba a sonar Propuesta Indecente, de Romeo Santos. Cortés tenía los dos pies apoyados en un taburete alto. Su brazo derecho reposaba en la barra del bar, mientras en la otra sostenía un Martini. Ella se pegó a él, obligándole a separar los pies, y entonó los primeros compases de la canción cambiando parte de la letra:
«Qué bien te ves; te adelanto, no me importa quién sea ella; dígame usted si ha hecho algo travieso alguna vez. Una aventura es más divertida si huele a peligro...». Cortés no sabía qué hacer. Nunca le había sido infiel a su mujer y no porque no hubiera tenido oportunidades. Se sentía desinhibido.
Lidia, con su mirada de gata traviesa, se le acercó aún más y empezó a cantarle al oído de manera lasciva.
«Si te invito a una copa; y me acerco a tu boca. Si te robo un besito; a ver, ¿te enojas conmigo?; ¿qué dirías si esta noche; te seduzco en mi coche? Que se empañen los vidrios. Y la regla es que goces».
Los ojos de Lidia se le clavaron como espadas, mientras ella seguía tarareando la sensual canción apuntando a su bragueta. Cuando sintió su mano acariciarle el paquete por encima del pantalón, Cortés saltó del taburete como una liebre.
—Lo siento mucho, de veras que lo siento —atinó a decir antes de dejar la copa en la barra del bar y salir en estampida, empujando, sin querer, a varias personas. No se detuvo siquiera cuando un par de chicos jóvenes comenzaron a dedicarle exabruptos. Mientras se alejaba en el taxi, que tuvo la suerte de conseguir nada más salir del local, observó que Lidia lo buscaba girando la cabeza en todas direcciones.
«He hecho lo correcto, he hecho lo correcto», se repetía Cortés una y otra vez como si fuera un mantra.
Ya en casa, aún alegre por el alcohol, se desnudó en un santiamén y se echó en la cama junto a Laura. Su mujer se despertó y masculló algo indescifrable, pero un instante después volvió a darse la vuelta y flexionó las piernas, tal y como solía dormir.
Aunque buena parte de sus pechos habían perdido turgencia al dar de mamar a su hija, Laura mantenía un buen par de nalgas. Cortés tenía unas ganas enormes de hacer el amor, le dolían los testículos de la excitación acumulada durante toda la noche. Se acurrucó detrás de ella adoptando la posición de la «cucharita» y abrazó sus pechos, como tantas veces habían dormido cuando eran novios y durante sus primeros tiempos de casados. Ella siempre le decía que le encantaba esa postura, que la hacía sentirse muy segura y que le excitaba muchísimo. Laura solía facilitarle el trabajo subiendo las caderas a la altura de su pene, para que él solo tuviera que empujar y clavársela hasta el fondo de una vez, tal y como a ella le gustaba: brusco y directo. Cortés se pegó a su cuerpo y Laura levantó la cabeza de repente.
—¿Qué haces?
—¿Tú qué crees? —Cortés, lejos de apartarse, la acarició y le besó el cuello.
—Tengo sueño, déjame dormir.
Cortés no dijo nada. Se separó al instante, como si Lidia ardiera, y se levantó de la cama como un resorte. Tiró del pijama, que tenía bajo la almohada, cogió el móvil y salió del cuarto. Luego se tumbó en el sofá y comenzó a masturbarse. Pensó en Lidia, en su silueta y en las palabras que le había dicho mientras bailaba: «Si levanto tu pantalón, ¿me darías derecho a medir tu sensatez?». No tardó ni dos minutos en llegar al orgasmo. Se la sacudió con fuerza, casi con rabia. Después de correrse se sintió mejor, aunque estuvo un rato inquieto, moviéndose de un lado a otro. Puso la televisión y en seguida la apagó, no tenía ganas ni de escucharla. Odiaba dormir en el sofá.
Cuando se estaba planteando regresar a la habitación, sonó un móvil. No reconoció el timbre, pero miró el suyo y tenía un mensaje de Lidia de hacía media hora, justo del momento en el que había escapado con el taxi.
«Lo cortés no quita lo valiente, no olvides que solo se vive una vez», rezaba y le enlazaba la popular canción de Azúcar Moreno, que Cortés comenzó a escuchar:
«Si no quieres aguantar. Y te quieres liberar. Una frase te diré solo se vive una vez. Si no quieres discutir y te quieres divertir. Escúchame bien. Solo se vive una vez»
Otra señal acústica sonó de inmediato y le hizo parar la canción, pero no provenía de su teléfono. Miró la hora, era casi la una de la madrugada. Si no era el suyo, tenía que ser el de su mujer, pero ¿quién podía Whatsappear a esa hora?, se preguntó. Cortés se puso a buscar el móvil. Notó un bulto entre el sofá, el aparato estaba encajado en la tapicería; lo tomó. El dispositivo le ofrecía la posibilidad de visualizar en vista previa los mensajes de texto en la pantalla de bloqueo.
P.García_12:44 ¿Cómo estás, guapa? Yo extrañándote mucho. P.García_12:44 Sigo en Lima, pero regreso el jueves.
P.García_12:45 ¿Nos vemos a la hora y lugar de siempre?
Cortés se quedó en shock. No se esperaba aquello. Una cosa era que tuvieran problemas conyugales y otra muy distinta eso. Él no era católico practicante, no veía el flirteo o la infidelidad como un pecado, pero le habían educado de una manera que entendía la lealtad como un valor moral que ayudaba a cualquier persona a cumplir sus promesas y compromisos asumidos. Para el periodista, ser fiel era la capacidad de no engañar ni traicionar a los demás, y se sentía orgulloso de no haberlo sido nunca ni con su mujer ni con ninguna de sus anteriores novias.
Pero ahora, ¿le estaba siendo infiel su mujer? Quizá por eso ella había decidido añadir contraseña a su móvil hacía pocos meses, y él hizo lo propio cuando se enteró, sin ni siquiera preguntarle el motivo, solo para incordiar y hacerse el importante.
Leyó de nuevo los tres mensajes. No quería creer que Laura le estuviera siendo infiel, pero todo apuntaba a que sí, que le estaba engañando con otro. Repasó los mensajes una tercera vez y hasta una cuarta, y la sospecha se convirtió en certeza con la rapidez de un silbido.
«¡Seré imbécil!», se dijo, indignado mientras pensaba en Lidia y lo que le había dicho: solo se vive una vez.
***
A la mañana siguiente Cortés se levantó del sofá como tantos otros días, con el ánimo del color de una persiana oxidada. No quiso decirle nada a Laura acerca del mensaje, deseaba empezar bien la jornada. Vio que ella estaba a lo suyo, así que se dio una ducha, acompañó a Marina al colegio y salió con su bici a todo trapo hacia la oficina.
Nuria lo recibió con cara seria.
—El fucking boss te espera —susurró. Luego abrió mucho la boca y juntó los dientes como si fuera una perra de presa a punto de morderle.
—No pongas esa cara, que yo soy de gatos —murmuró Cortés. Ella lo apremió con un gesto.
—Venga, venga.
Cuando entró en el despacho, Gutiérrez estaba contemplándose a sí mismo en una de las fotos que exhibía sobre la mesa.
—¿Cómo va eso? Me imagino que la gala de anoche iría sobre ruedas. Despidos, paro e idealistas protestando. La crisis del sector desde hace mucho es evidente. —Gutiérrez clavó los ojos en él.
—Sí, no podía ser de otra manera.
—Pues tú —le señaló— eres un privilegiado. Mañana vendrás conmigo a ver a nuestro cliente, el del trabajito de México.
—Sí, don José.
—Perfecto. Por cierto, prepara el traje y la corbata, es un hombre importante, está financiando muchos proyectos interesantes tanto aquí como en América, un cliente de cinco cifras, no sé si me explico.
—Me preocupa eso de que tengo que hacer de… ¿detective? —Cortés lo dijo en voz queda, como si le diera miedo.
—Solo puedo avanzar que el asunto está relacionado con espionaje industrial y competencia desleal. Yo te acompañaré a la reunión. Limítate a escuchar, asiente con la cabeza y actúa en consecuencia.
Cortés resopló. Era mejor decir «No» desde el principio, antes de que fuera tarde. Aquello no le iba a llevar a nada bueno. Laura querría matarle. Y serían dos semanas sin ver a Marina. No iría a México de ninguna de las maneras, dijera lo que dijese aquel capullo.
—¿Y bien? —Don José Gutiérrez se arrellanó en el sillón—. ¿Algo que objetar?
—Nada, don José.
Salió del despacho sudando. Se sentó en su escritorio. Debía empezar a recopilar datos sobre México, conocer la realidad del país. Y tenía que ser ya. No quería que el cliente le pillara desinformado. Abrió el navegador y empezó a buscar referencias sobre el funcionamiento de sus empresas, producto interno bruto, índices de desempleo, etcétera.
CAPÍTULO 5
Coge el toro por los cuernos
«Hay la teoría que demuestra que la vida es una apuesta; que ganamos al nacer; que de nada sirve acojonarse cuando todo es un desastre y la suerte te abandona».
Tú Mandas (Jarabe de Palo)
1 de diciembre, avión hacia México
Ya de nuevo acomodado en el asiento del avión, vio que Elena García se había quedado dormida, así que cogió una de las revistas que la aerolínea ponía a disposición de los pasajeros. Leyó un artículo que venía encabezado por la frase: «Coge el toro por los cuernos», una locución que su padre usaba mucho. El texto aclaraba que era una expresión de carácter popular que significaba que una persona se enfrentaba a algo con mucho valor, asumiendo todas las consecuencias que eso podía conllevar. La frase cobraba un sentido especial mientras él estaba allí sentado, alejándose de casa, y su amado mar Mediterráneo empezaba a convertirse en una neblina espesa debajo de sus pies.
—El artículo está bien, yo también lo he leído —le comentó Elena, que se despertó de repente y estiró los brazos.
—Sí, lo fácil es dar consejos, pero no tanto aplicarlos —respondió Cortés de manera tajante.
—Por ahí se empieza, ¿no crees?
—Quizá sí —concedió lacónico.
Elena García se interesó otra vez por su estado. Cortés le dijo que se encontraba mejor. «Ya que tengo que estar tantas horas en el avión, quizá no es mala idea charlar con ella, así me puede dar algunos consejos», pensó. Cortés le explicó por encima, sin entrar en detalles, el viaje laboral a México. Omitió su misión secreta.
—No me apetece nada —le confesó a Elena—. Además, no creo que pueda llegar a congeniar con nadie en México, y menos con mi apellido. Al parecer no les somos simpáticos.
—¿A los mexicanos? ¡Qué va, eso no es verdad! Les caemos genial —exclamó Elena muy convencida.
Cortés le mostró una carpeta que llevaba consigo. Había recopilado alrededor de ciento cincuenta páginas de ping-pong entre españoles y latinos. Las quería leer con calma en el avión y una vez allí en México tener respuestas para todo, como le había aconsejado el financiero Pedro Campo. Le pasó los folios a Elena y ella comenzó a ojearlos.
—¡Vaya! Fíjate en esto —dijo ella, para luego leer en voz alta el mensaje de un internauta—: «Están llegando muchos españoles a México, legales e ilegales, porque en su país no tienen ni para comer. ¿No te parece suficiente haber saqueado un continente, ser responsables de la muerte de más de cincuenta millones de indígenas en Sudamérica, haberse llevado todas las riquezas posibles y, lo más inaceptable, haber destruido cientos de culturas y lenguas? ¿A qué venís aquí, pendejo?».
—¡Uf! —exclamó Cortés negando con la cabeza—. Qué exagerados son los mexicanos, todavía protestando por el oro que nos llevamos.
—No deja de tener algo de razón —defendió Elena al internauta—. Ahora muchos españoles, debido a la crisis, han tenido que emigrar. Fíjate lo que contesta un compatriota al mensaje anterior. —Leyó la respuesta que alguien había colgado—: «Te recuerdo, enana marrón, que gracias a la conquista sabes leer y escribir, además de comer con las manos. Cierra esa boca mulata que tienes y da gracias a Dios por llevar apellidos españoles». —La chica arrugó la cara—. Este individuo que llama «enanos marrones» a los demás debe ser el típico español nacionalista, esos que siguen parloteando sobre la Conquista y demás.
Cortés protestó.
—Bueno, la Conquista fue un proceso que encumbró a nuestro país y la convirtió en un imperio, en la primera potencia del mundo moderno.
—Hombre, eso no da pie a que algunos españoles se sientan superiores a los demás hispanohablantes —terció Elena—. Tampoco está bien, pienso, el odio que algunos latinos profesan contra los españoles. Mira lo que dice aquí—. Elena leyó otra intervención de un internauta que aparecía impresa en los folios que le había dejado Cortés—: «Lo que México debe hacer es no dejar entrar a españoles, así como ellos no nos dejan entrar. Como dice el dicho: “Ojo por ojo y diente por diente”. Malditos españoles invasores, ladrones de mierda. ¿Por qué fuimos colonia española si son unos racistas?».
—No sé cómo los mexicanos hablan de racismo si en su propia casa suceden cosas peores, ¡y a la vista de todo el mundo! Basta con ver la televisión para darse cuenta. En la mayoría de las producciones los actores son caucásicos. Primero que hagan arreglos en casa, y lo mismo con la inseguridad. El país da miedo con tanta violencia.
Elena soltó una carcajada.
—Se ve que eres un pinche gachupín —dijo, y volvió a reír—. No te enfades, ¿vale?
—¡Pero si no me enfado! —exclamó Cortés un poco molesto.
—Mira, aunque no te lo creas, México es mejor visto que España en algunos ámbitos —se quejó Elena—. Vivo allí y debo reconocer que el país tiene problemas, pero es el segundo socio más importante de Estados Unidos. En cambio, Españistán, y que conste que lo llamó así de broma, es un país que hoy día es visto en USA como refugio de africanos, árabes, turcos, etc.
—Perdona, pero yo he leído que en México hay más de sesenta mil desaparecidos y una violencia sin control —repuso Cortés—. Razona con la cabeza y no te dejes llevar por el corazón. —Después cogió los folios y leyó un mensaje que le llamó la atención; lo había escrito un internauta que hablaba acerca de la violencia en México—: «Vigile cuando vaya por la calle, no sea que a usted también la “desaparezcan” o tenga que pagar más de lo que tiene para salvar su pellejo. Se supone que en su capital hay más de mil taxis dedicados al secuestro exprés y muchos más en otras ciudades. Vigile y mejor vaya a la iglesia a rezar con asiduidad». ¿Qué me dices respecto a eso, Elena?
—Bueno, es cierto que hay problemas de inseguridad en algunas zonas —reconoció ella.
Cortés siguió leyendo en voz alta:
—«Seguro que tú eres un español hijo de mil leches, malditos pordioseros muertos de hambre. Se los está cargando el pito y no saben qué hacer. Ustedes siempre serán la mugre de Europa, nunca fueron más y nunca lo serán. ¡Muéranse de hambre, malnacidos racistas! Españoles maricas, se creen superiores y son más mestizos que nosotros, los latinos». —Cortés resopló—. ¡Este tío nos llama «mugre de Europa» y «maricas»!
—Sigue leyendo. —le pidió Elena—. Lee la respuesta que le da el español.
—Vale —accedió el periodista, que se puso a leer en voz alta—: «¡Ja, ja, ja, ja!
Sudaca enana y marrón ¿cuál es tu apellido? ¿Martínez? ¿Rodríguez? ¡Si vivís igual que hace cinco siglos! Es lamentable ver tiroteos, navajazos y todas esas cosas a plena luz del día en vuestras calles, cómo se soborna a la policía que aún va a caballo, los narcos y sus venganzas. Estáis deseando ver en la telenoticias negativas sobre España para levantaros un poco la moral y alimentar esa mentalidad de perdedores que tenéis, no me jodas».
—¡Uf! Madre mía, la gente no sabe lo que dice —dijo Elena—. Es una pena que haya personas con un pensamiento tan pobre, sin el más mínimo sentido de humanidad. —Ella volvió a pedirle los papeles al periodista, siguió leyendo durante unos instantes y luego cerró la carpeta de golpe—. Mira, te puedo asegurar que a mí nunca me han cuidado tanto como en México —concluyó.
—A qué te refieres. —quiso saber Cortés.
—Pues a que la gente es muy amable, agradable y cercana. Muy educados, quizá demasiado, con independencia del origen social y formación que tengan. No suelen elevar nunca el tono de voz y son tremendamente respetuosos. —Hizo una larga pausa que a Cortés se le antojó eterna. Justo cuando iba a responder, Elena remató—: No como algunos españoles, por desgracia.
—¿Qué quieres decir? —dijo él apretando los dientes.
—Pues que me he encontrado a españoles que vienen tratando a los mexicanos como si fueran idiotas, y eso es muestra inequívoca de que ellos también lo son. Yo he pasado vergüenza ajena en algunas ocasiones, por aquello de sentirme «paisana», como se dice allí, de según qué españoles.
—Como ocurre en todos sitios —intercedió molesto Cortés, que se sintió, en parte, aludido, aunque no se lo confesó—. Y tú, ¿a qué vas a México?
Elena le explicó que se había emparejado con un mexicano que conoció en Valencia cuando él era estudiante de doctorado y que estaba muy enamorada. Cortés intuyó que el botón abierto en su escote había sido un accidente fortuito.
—Iba a ser difícil para mí encontrar trabajo en España debido a la crisis, así que decidí hacer las maletas —le reveló Elena—. Fue un veinte de octubre. Y nada, emigré a México. Terminé mi tesis de doctorado sobre los efectos del peyote en las sociedades indígenas.
—¿Peyote?
—¿No has oído hablar del peyote? ¡Vaya periodista! —le bromeó—. Es una de las drogas más famosas en todo el planeta. Es un cactus mexicano, los indígenas lo utilizaban como medicina y en sus rituales, pero ahora hay personas que lo usan para drogarse e incluso para hacer daño a otras personas, para provocarles alucinaciones por su elevado contenido en alcaloides psicoactivos.
—¿Alcaloides? ¿Me hablas en chino?
—Qué tonto —le replicó Elena entre risas—. El caso es que tuve la gran suerte que en un centro público ofertaban una plaza de investigador que coincidía exactamente con mi perfil académico. Me presenté y me la concedieron.
—Me alegro por ti —contestó Cortés—. ¿Estás contenta? ¿Te va bien?
—Pues sí, soy una especie de profesora funcionaria en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM. Aunque existen algunas deficiencias, si comparamos la situación en la que se encuentra la ciencia en España hoy día, las condiciones para la investigación son bastante buenas.
—Pero no te resultaría fácil un cambio de vida tan radical, ¿no?
Elena, después de permanecer pensativa unos momentos, negó con la cabeza.
—Mis primeros meses fueron bastante duros, echaba de menos a la familia, los amigos, la comida, nuestro modo de vida. Un día me di cuenta de que si seguía comparando todo con España nunca iba a lograr adaptarme; y así fue. Empecé a apreciar las cosas que México y su gente te ofrecen, que son muchísimas. Hay que reconocer que venimos a su país, nos dan trabajo y debemos adaptarnos a ellos, no ellos a nosotros. Como te digo, es un país acogedor y su gente encantadora; es obvio que te encuentras de todo, como en botica, el tráfico es horrible, por ejemplo. Los taxistas y los choferes de las «combis» son mis enemigos en la ciudad. Pero, poco a poco, aprendes a lidiar con esas cosas.
—¿Combis? —inquirió Cortés.
—O camiones, son nuestros autobuses, aunque nada que ver —apuntó la joven sonriendo.
—Sí, recuerdo haberlo visto en la película mexicana Nosotros los nobles, donde dos se peleaban como bestias por adelantarse con los autobuses… —rio Cortés.
—Muy buena —asintió Elena—. Por allí por México también gustó mucho esa peli.
—¿Algún consejo más?
—Bueno, ya sabrás lo del «coger» —le advirtió la chica proyectando hacia él una sonrisa maliciosa—. Evítalo a toda costa excepto que quieras que te lo hagan. Sobre todo, no comas en la calle. Nuestro sistema inmunológico no es tan resistente como el de los mexicanos, y me ha tocado alguna que otra gastroenteritis... así que es mejor no tentar la suerte...
Continuaron conversando como si se conocieran de toda la vida, de manera muy distendida. También mientras les servían la comida a bordo. Después del almuerzo, ella se puso a leer La buena suerte. Cortés no podía creerlo. Era el título que le habían regalado semanas atrás, cuando salió de la gala de periodismo junto a su amiga Lidia.
—No me jodas, ¿eso lees? —le espetó sorprendido.
—¿Lo conoces? Es mi favorito. Me inspira muchísimo, es extraordinariamente positivo. Lo he leído no sé cuántas veces —comentó Elena.
—¿De qué va? —dijo Cortés con evidentes muestras de interés.
—De dos amigos que al cabo de mucho tiempo se reencuentran, y uno le explica a otro lo bien que le ha ido en la vida aplicando las diez claves de la buena suerte y la prosperidad.
— ¿Y cuáles son esas claves? ¿Es un manual de esos tantos que hay de autoayuda?
—Qué va, a mi esos no me van —rio con ganas Elena—. Seguro que conoces a muchos que, cuando les ocurre algo bueno, dicen: “Qué suerte ha tenido”, ¿cierto? Y si les pasa algo malo, la frase cambia: “Qué mala suerte he tenido”.
Cortés asintió con la cabeza y no pudo evitar pensar en sí mismo.
—Es como si viajarán de copiloto en su propia vida, sin tener la capacidad de decidir cuándo giran hacia un lado u otro. O como si fueran un actor secundario en la película de su vida. Como que alguien escribió un guion y ellos solo ejercieran su papel.
Cortés sintió un escalofrío. Parecía que hablara de sí mismo, de su momento actual, pues él si había sido así de joven, cuando con mucho empeño y tesón logró estudiar y más tarde convertirse en periodista.
—¿No has tenido nunca esa odiosa sensación de no controlar nada de lo que ocurre en tu vida? Yo sí y es horrible —le dijo haciendo aspavientos con los brazos. Parecía adivinar sus pensamientos.
—Pues sí y, para serte sincero, quizá si estoy en un momento similar. Con todo respeto lo que dices está muy bien, pero me parece filosofía barata que se puede aplicar cuando eres joven y no tienes obligaciones ni responsabilidades como una hipoteca, una hija. No me quejo, pues hay momentos increíbles también con mi hija, pero es lo que hay. Te pasan cosas buenas y malas, hay que asumirlas y agachar la cabeza con lo que no puedes controlar, porque no hay mucho más que hacer.
—Yo también entiendo lo que dices, pero todos tenemos que hacer sacrificios. Yo también los tuve que hacer en mi casa, en mi entorno donde no aceptaban a mi pareja, pero decidí dirigir la película de mi vida en vez de solo actuar en ella. Imagínate que un día, hoy mismo, despertaras pasando de ser el actor de reparto de tu película a dirigirla. Que te levantaras y entendieras que la suerte tan solo depende de cómo juegues tus propias cartas y de la actitud que tengas ante la suerte y la vida. En definitiva, que tú eres la persona que escribe las páginas de tu historia y que nada ni nadie puede escribirlas por ti. ¿No sería maravilloso? Te puedo asegurar que este libro a mí me ha servido mucho para convertirme en la protagonista de mi vida.
—«Hay la teoría que demuestra que la vida no es perfecta, que cualquier momento es buen momento para empezar. De nuevo que tu vida la decides tú».
—comenzó a tatarear Cortés en su asiento…
—Tal cual, ¿de quién es eso?
—Es el final de la canción de Jarabe de Palo, creo que la canción se llama Tú mandas, ¿no la conoces?
—No la he escuchado nunca.
—Yo tampoco la conocía hasta hace un momento, la memoricé junto a la otra mientras dormía, hasta que me despertaste.
—¿Cómo, estás bien? —Elena le miró sorprendido.
—Nada, cosas mías… Ahora estoy mejor que antes de subir al avión, gracias por la charla Elena —le respondió mirándola fijamente. Al momento se quedó contemplando el cielo por la ventanilla mientras seguía tarareando en silencio. «Tú, tú mandas, tú sigues o te plantas, tú eliges. Las reglas las decides tú. Tú, tú mandas. Tu historia la decides tú».
De jovencito solía memorizar las letras de las canciones que le gustaban y las trataba de usar en su día a día, como con su amigo Toni, que le había vuelto a recordar algo que quedaba en el olvido. También Lidia había hecho lo mismo con Solo se vive una vez y en aquel momento las canciones de su admirado Jarabe de Palo volvían a sonar en su cerebro. Todas ellas parecían hablarle en un mismo sentido.
CAPÍTULO 6
Hacer de detective
«Cabreado, deprimido, cansado de tanto lío; de políticos, banqueras, de corruptos y profetas, de pelotas y paletos; no soporto
el mamoneo; me tienen hasta los huevos, con su falta de respeto».
Buenas noticias (Jarabe de Palo)
17 de octubre, Poblenou, Barcelona
Al día siguiente, Cortés llegó a la oficina, metió su bicicleta en el cuarto de los trastos y se dirigió hacia su escritorio. Encima de él había dos sobres. El primero contenía unos billetes de avión a México para el día uno de diciembre.
—¡Joder! —exclamó Cortés. Nuria le miró y se encogió de hombros—. No pienso ir, que vaya Gutiérrez.
La secretaria arrugó la frente y siguió con lo que hacía. Cortés abrió el segundo sobre. Contenía información precisa acerca del trabajo que debía realizar el México.
—¡Paso! —masculló entre dientes—. No pienso ir.
Cortés cogió el ejemplar del día de La Vanguardia. Se le pusieron los pelos de punta al leer uno de los titulares de la sección internacional: «México impide visitar el país al Comité contra las Desapariciones de la ONU». La noticia hablaba de miles de desaparecidos y del intento fallido por parte Naciones Unidas de visitar territorio mexicano, con ánimo de colocar sobre el terreno a un grupo de expertos independientes que aseguraban que existía «un patrón de desapariciones forzadas sistemáticas». La noticia también se refería a la Ley General de Desaparición Forzada.
—¡Joder! —se le escapó a Cortés.
Nuria apartó los ojos de la pantalla de su ordenador.
—¿Qué clase de país tiene una ley sobre desaparecidos? —preguntó Cortés. ¡Tengo que impedir que me manden allí!
—Ponte enfermo —cuchicheó Nuria—, o búscate cualquier excusa. Pero el fucking boss lo da por hecho. Además, ya ha comprado los billetes, y con lo tacaño que es, hasta en camilla es capaz de llevarte.
Cortés le dio vueltas a posibles excusas que se podía inventar para no ir. Decirle a su jefe que tenía demasiado trabajo pendiente sabía que no serviría. Conocía bien a Gutiérrez, y le obligaría a hacer horas extras. Quizá podría inventarse algún problema de salud.
—¡Ya lo tengo! Le diré que padezco una enfermedad degenerativa en los ojos.
—Varios redactores levantaron la cabeza de sus teclados.
«¡Sí! Eso podría ser buena idea —pensó Cortés—. ¿Y un problema de salud con mi hija? No, qué digo, eso sería muy cruel por mi parte. Debo buscar, sin duda, alguna excusa relacionada con mi salud», se convenció.
Pese a que Cortés no quería abrir el sobre de instrucciones, la curiosidad pudo más. Dentro encontró varias hojas impresas por las dos caras y estaban firmadas por un tal Pedro Campo.
«¿De qué me suena ese nombre?», se preguntó Cortés.
El cliente financiero necesitaba un gran artículo sobre México de un mínimo de veinte páginas, redactado por un extranjero. Como estructura, primero tenía que contextualizar su situación política, económica, social y cultural, destacando especialmente «TODO LO POSITIVO DE LA EMPRESA DE SU CLIENTE», señalaba la nota en mayúsculas.
Parecía se habían visto salpicados en un conflicto con el gobierno por un presunto caso de corrupción y necesitaban lavar su imagen; para ello, querían que Cortés hablara con el mayor número posible de trabajadores de la entidad, así como con clientes, proveedores, administraciones públicas, sociedades no lucrativas, académicos y medios de comunicación con los que se relacionaba.
«Como ustedes saben —rezaba la misiva enviada por el banco—, todo lo que diga un tercero sobre nosotros tiene mucha más credibilidad que lo que digamos en primera persona».
La nota terminaba con una postdata manuscrita dirigida «al señor Martín Cortés».
«Su jefe ya le habrá comunicado que eso no es todo, pero lo otro, su verdadera labor encubierta, es confidencial.
Le explicaré el asunto en persona, una vez esté aquí. Fdo. Pedro Campo».
Cortés se quedó unos momentos dándole vueltas al nombre del empresario. De alguna forma le resultaba familiar. Quizá ya lo había entrevistado. Después pensó en aquella despedida inquietante. «¿Qué será y que querrán de mí?», se preguntó. Pronto trató de centrarse en el trabajo que sabía hacer. No le quedaba más remedio. Ya había llevado a cabo ese tipo de encargo en anteriores ocasiones. Se llamaban «publirreportajes», artículos pagados que pretendían ser objetivos sobre una empresa en particular. Se revestían de una buena tacada de información de tal manera que parecían creíbles y noticiables. Cortés siempre los había considerado una estafa dirigida al lector, pero era una práctica habitual en la mayoría de los medios de comunicación, sobre todo los especializados. Y más en esos últimos tiempos, desde la crisis económica.
Nervioso, se puso a investigar más sobre México. Para hacerse una idea rápida de la situación, recurrió de nuevo a la Wikipedia, y anotó en su inseparable libreta algunos datos básicos entre los que destacaban:
* Es el undécimo país más poblado del mundo, con una población estimada de ciento veinte millones de personas.
—«¡Ostras, como tres veces España!», pensó.
* Es el decimocuarto país más extenso del mundo y el tercer país americano con mayor longitud de costas: océano Pacífico, golfo de México y el mar Caribe.
* Tras casi trescientos años de dominación española, México inició la lucha por su independencia política en 1810.
«Habrá que volverlos a conquistar, como hizo mi tocayo —bromeó para sí.
* Es el primero en el continente y sexto en el mundo con más espacios culturales o naturales considerados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, concretamente treinta y dos.
* Según un informe de la ONU de 2015, México presenta un índice de desarrollo humano alto (de 0,762), y ocupa el lugar 77.º en el mundo.
«No me extraña, si se comen unos a otros…», rio, aunque pronto se le congeló el rostro.
Cortés decidió que con esos datos estaba bien, ya profundizaría en otro momento en su historia. Debía leer también noticias actuales que quizá podría aprovechar para su reportaje, así que acudió a la web de El País, que disponía de una sección específica sobre México. Casi se le cayó el bolígrafo al leer la primera referencia: «El cártel de Jalisco agrega el canibalismo a su catálogo de horrores».
—¡¡Joder!! —aulló Cortés.
Nuria le miró y se llevó el dedo índice a la boca, mientras lanzaba una mirada de terror hacia la puerta del despacho de Gutiérrez. De repente éste emergió de su guarida.
—¡Cortés! ¿Le ocurre algo?
—No, señor.
—¿Ha visto los sobres que le he dejado encima de la mesa? —inquirió Gutiérrez.
—Sí, señor, estoy con ello.
—Bien, de aquí a un rato salimos a ver a don Pedro Campo, es uno de los inversores de Bancasol México y financia muchos proyectos aquí en España. Es tu empleador, espero que actúes a la altura de las circunstancias.
—Sí, don José, puede estar tranquilo.
Gutiérrez volvió a su despacho y Cortés siguió leyendo acerca de México. Las demás crónicas tampoco se quedaban cortas: «Diez balazos y dos muertos en un bar frente al edificio más emblemático de Ciudad de México»; «Veintiún peatones mueren atropellados cada día en México»; «Un enfrentamiento entre narcotraficantes deja al menos quince muertos en Chihuahua»; «Procesado por lavado de dinero y delincuencia organizada»; «México rompe su récord de asesinatos de los últimos veinte años»; «Cinco niños mexicanos, entre los premiados en un concurso mundial de cálculo mental»; «Diez estados mexicanos buscan amparar a los ciudadanos que maten en defensa propia»; «Un auto cae en un inmenso socavón en una autopista recién inaugurada en México»; «La Fiscalía mexicana fracasa en castigar el lavado de dinero»…
—Madre mía, solo una noticia positiva de México —observó Cortés con preocupación.
Tampoco las siguientes noticias que encontró se quedaban atrás. «Guerra de acusaciones por la masacre de la cárcel de Acapulco»; «Las empresas mexicanas pagaron 88 millones de dólares en sobornos»; «Hallados dos cuerpos descuartizados dentro de maletas en Cancún»; de repente, Cortés se detuvo, «Condena internacional tras el asesinato del periodista mexicano Salvador Adame».
—¡Joder! —masculló Cortés—. ¡Un periodista!
La noticia detallaba cómo la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) condenaba el asesinato del periodista. Exigía que se investigaran los ataques contra el gremio a fin de conocer los verdaderos móviles de los crímenes y se llevase a los responsables ante los tribunales. Con ese homicidio se elevaba a ciento veintiocho la cifra de comunicadores asesinados desde el año 2000 hasta la fecha. Además, se tenía registro de otras veinte desapariciones de periodistas y cincuenta y un atentados a instalaciones de medios de comunicación. Según Reporteros sin Fronteras, México era el país latinoamericano más letal para ejercer el periodismo.
—No puedo ir, ¡me niego! Matan a los periodistas como chinches…
Cortés decidió salir de la oficina a que le diera el aire. Había impreso las notas que fue tomando mientras leía, para luego enseñárselas a don José Gutiérrez. Estaba decidido a enfrentarse a su jefe y decirle que no iba a ir a México, y en eso pensaba cuando se abrió la puerta de la oficina y le vio aparecer.
—¡Cortéees! Agarre sus bártulos y póngase la corbata. Nos vamos.
***
A Cortés le sorprendió que la sede de una de las más importantes entidades financieras no estuviera en el centro de la ciudad, como las de sus competidores, sino en el Maresme, en una comarca de la provincia de Barcelona. Su costa se identificaba con largas playas arenosas, estrechas como calas en algunas zonas. Él conocía muy bien el lugar pues había veraneado muchas veces en una casa que tenían sus abuelos maternos en Premià de Mar.
La mansión donde se ubicaba la sede de Bancasol Catalunya estaba construida con ladrillo mahonés visto y piedra, de estilo gótico. Destacaban dos torres y una hornacina central flaqueada por un gran escudo en lo más alto. En la placa de la entrada leyó que, en ese mismo lugar, se habían encontrado fragmentos de unos baños y una sepultura de tejas romanas, con restos de enterramientos y de mosaicos que hacían pensar que el lugar fue una villa romana.
«¡Qué mal rollo trabajar aquí!», pensó Cortés.
—Le sienta bien la corbata —comentó José Gutiérrez mientras subían por la escalera—. Debería usarla más a menudo.
—Soy alérgico a las corbatas. —Cortés se pasaba un dedo por el cuello de la camisa blanca, tratando de aflojar un poco el nudo—.
—Pues se aguanta. —Su jefe sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó con mucho ruido—. En momentos como éste, la corbata es mano de santo. Procure no decir nada inapropiado ahí dentro —le advirtió.
Una secretaria les condujo hasta el despacho principal de la sede, que se encontraba al final de un pasillo amplio y luminoso, adornado con estanterías repletas de libros y cuadros de época. Una lámpara Tiffany decorada con mariposas llamó la atención de Cortés. Estaba situada encima de una mesita baja colocada entre dos sofás, en un rellano que hacía las veces de sala de espera. Cortés pensó que sufría una persecución orquestada por aquellos insectos. Durante los últimos días se encontraba mariposas en todos sitios. «Cuando muera seré devorado por mariposas», sentenció para sí.
Pedro Campo estaba de espaldas, acoplado en un sillón giratorio de cuero repujado. Levantó la mano y Cortés pudo ver aquellos dos anillos dorados y grandes como las tuercas de una hélice. El financiero entrechocó los dedos.
«Plac, plac, plac».
No había duda: las gafas, el pelo gris deslucido y aquel cuerpo rechoncho. Cortés se acordó de la gala de periodismo y del sujeto engreído que se había sentado delante de Lidia y de él; lanzó una mirada al suelo de parqué por si encontraba un agujero donde pudiera esconderse.
—Vaya, vaya, vaya… mi amigo José Gutiérrez. —Pedro Campo estrechó la mano del jefe de Cortés con energía—. Así que tenemos aquí al joven que nos va a resolver la papeleta.
—Sí, este es nuestro redactor jefe, Martín Cortés.
—Mucho gusto, señor Cortés. Espero que hoy se muestre un poco más… razonable. Siéntese, por favor.
Gutiérrez dio un respingo y lanzó una mirada furibunda a Cortés, que trató de encogerse en su asiento.
—Así que conoces a mi empleado —dijo Gutiérrez.
Pedro Campo volvió a acomodarse delante de su mesa, que se encontraba abarrotada de carpetas y papeles e hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia al asunto.
—Coincidimos e incluso discutimos un poco sobre las siempre complicadas relaciones entre empresarios y periodistas en la entrega de premios de ayer.
—¿Discutir de qué? —le asesinó con la mirada.
—Nada reseñable, ¿verdad Cortés?
Este balbuceó y pidió que la tierra se lo tragase. Detestaba los protocolos y utilizar el «usted». No tenía problema en hacerlo al dirigirse a gente mayor o algún anciano, por educación y respeto, pero dispensar ese trato a quienes ostentaban un presunto nivel «superior», le repateaba el estómago. Curiosamente, el propio Gutiérrez le había pedido al conocerse que se tutearan, y eso le generó confianza en un inicio, hasta que la situación cambió y su jefe le obligó a hablarle de usted, lo que Cortés tuvo que aceptar a regañadientes, si bien luego intercambiaban, según decidía su jefe, el tuteo y el usted; eso era solo cuando se trataba de querer impresionar a un cliente y aparentar que eran uña y carne, el tuteo formaba parte de la parafernalia habitual.
—Coméntale a mi amigo Pedro qué te pareció. —intervino Gutiérrez.
—Bueno, lo mismo de siempre, supongo —Cortés se encogió de hombros—. Una profesión denostada que navega hacia destino desconocido, como las carabelas de Colón.
Gutiérrez lanzó rayos por los ojos, pero Pedro Campo sonrió abiertamente.
—Un símil acertado —aseveró el financiero. Tras los cristales redondos de las gafas, Pedro Campo exhibía unos ojos pequeños y desconfiados como los de una comadreja. Cortés esperó, atento. Tiene una biografía interesante para ser tan joven —remarcó al cabo de un largo silencio.
—Gracias por lo de «joven», aunque ya tengo casi cuarenta años… —repuso Cortés tratando de empatizar, aunque sintió, de inmediato, que su jefe lo estrangulaba con la mirada. El financiero hizo una mueca extraña. Parecía una sonrisa cubista. Cortés sintió que era un conejo en medio de una cacería: los ojos del tal Campo olfatearon su rostro y posibles debilidades, en silencio, durante algunos segundos más.
—¿Cómo logró desenmascarar al putero? —le espetó de repente, al mismo tiempo que hacía entrechocar sus dedos: «plac, plac, plac».
—Perdón, ¿cómo dice? —respondió Cortés más que sorprendido por la pregunta. Campo frunció el ceño.
—¿No fue usted quien desenmascaró a Julio Fernández con unas fotos muy subiditas de tono?
Cortés no pudo ocultar su sorpresa. Había llevado a cabo aquel trabajo fuera del horario laboral, y nunca llegó a compartir con su jefe ninguna conclusión. Los ojos de Gutiérrez escrutaban su rostro con la intensidad del faro de Sitges, como queriendo decirle algo que el periodista no entendía.
Durante unos instantes, su mente viajó hasta aquellos días, cuando realizaba un reportaje sobre las investigaciones en las empresas. Había contado con la ayuda de un detective amigo suyo, un sujeto peculiar y borrachín al que apodaban «el Mafias».
Pedro Campo carraspeó y Cortés volvió a la realidad, aterrizando de culo en el despacho del financiero. No sabía hasta qué punto responder con la verdad o inventarse algo. Decidió que haría lo primero, aunque a medias.
—Solo lo fotografié. El resto lo hizo un detective profesional.
—Modesto, discreto y empático, ya veo. —concedió Campo—. Algo idealista, quizá, según pude observar en la gala. Es justo lo que necesitamos —apostilló dirigiéndose a Gutiérrez, que respiró aliviado, aunque le dirigió una mirada inquisitiva.
Cortés no entendía bien qué quería decir Campo con aquellas palabras, pero se mantuvo en silencio. «Calladito estás más guapo —recordó que le decía siempre su madre ante sus infantiles meteduras de pata. También de adulto—, y más con lo que pasó en la gala».
Sin volverse, Pedro Campo señaló con el pulgar un mapa de México situado a su espalda. En él sobresalían numerosos lugares marcados.
—Tenemos oficinas en todos esos puntos. ¿Qué conoce del país? —inquirió el financiero con desgana.
—Pues lo que todo el mundo, supongo. Que es muy grande, que vive mucha gente y que tendré que ir en pocos días para realizarles un publirreportaje.
Si las miradas mataran, la de Gutiérrez le hubiera fulminado como un pelotón de fusilamiento franquista.
—Quiero decir, un reportaje sobre las relaciones de la entidad con sus trabajadores, clientes, proveedores —puntualizó Cortés con cierto titubeo.
—Un publirreportaje, sin duda, ¡también me gusta llamar a las cosas por su nombre! —asintió Campo tras soltar una sonora carcajada—. Métete en algún foro latino para conocer mejor la cultura mexicana, cómo hablan y qué piensan, y así empatizar con ellos cuando los conozcas. Además, con ánimo de facilitarte las cosas, te he conseguido invitación para que asistas el sábado a una jornada de voluntariado corporativo que Bancasol México lleva a cabo en una reserva natural, donde podrás conocer en ambiente más distendido a bastantes de las personas que luego entrevistarás.
—Eso me ayudará mucho, sin duda.
Pedro Campo hizo una pausa que a él le pareció eterna. Los ojos del financiero se hincharon y volvieron a auscultarle. Cortés se sintió como un ratón acechado por un búho.
—Pero ya le habrá contado su jefe que eso, al igual que las clases, son la tapadera, que lo necesitamos para algo mucho más gordo —dijo regresando al tratamiento de «usted».
—Solo me dijo que tendría que ayudarles con un trabajo de corte… detectivesco. Pero nada más. ¿En qué podría yo colaborar? —Cortés no lograba controlar el movimiento continuo de su pie izquierdo.
—Necesitamos descubrir quién está vendiendo nuestros secretos comerciales a la competencia —soltó Pedro Campo a bocajarro.
Cortés miró a su jefe intentando ocultar su sorpresa. Él no era detective, sino periodista, por lo que no sabía cómo podría ayudar al cliente en algo así. Esperaba de él alguna palabra o gesto cualquiera que le ayudase, pero su jefe permaneció inexpresivo y silencioso. Aquel mutismo lo inquietó.
Durante el regreso en el interior del habitáculo del lujoso todoterreno que conducía José Campo, el financiero continuó mientras Cortés miraba aquel mar Mediterráneo que Joan Manuel Serrat había hecho famoso en el mundo entero, a la vez que trataba de asimilar la naturaleza del encargo. Le vino a la cabeza la frase de Miguel de Cervantes: «La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre nada sobre la mentira como el aceite sobre el agua».
Campo estuvo explicándole durante más de media hora lo que debía hacer; aquello no se le antojaba una tarea nada fácil, como parecieron dar a entender ambos jefes.
En resumidas cuentas: en el banco estaban casi convencidos de que había un topo en la dirección comercial, pues su principal competidor se les había adelantado dos veces consecutivas, lanzando al mercado novedades que ya tenían previstas. Esto les supuso pérdidas económicas muy importantes, además de una bronca enorme en el seno de la alta dirección.
—Una vez puede ser casualidad, pero dos ¡es imposible! —concluyó Campo de manera tajante.
Contrataron un detective, pero no esclareció nada. Así que habían pensado en una «solución creativa», tal y como la denominaron, esta consistía en enviar a «un periodista simpático, empático y con dotes detectivescas para ganarse la confianza de los empleados y descubrir la verdad», enfatizó el financiero mirando a Cortés fijamente a los ojos.
Él no pestañeó. Miró de reojo a su jefe, que se limitó a menear la cabeza.
«Al desgraciado solo le falta frotarse las manos con lo que piensa ganar a mi costa», se dijo.
—Contigo matamos no dos, como se suele decir, sino hasta tres pájaros de un tiro. Llevas a cabo el reportaje, das las clases del máster que patrocinamos y haces lo posible por enjaular al buitre cabrón que nos la está jugando —sintetizó Pedro Campo.
—Espero que no maten al pájaro mensajero ¿Y qué pasa si no lo consigo? — se atrevió a preguntar Cortés en un arranque de temeridad.
—Que no cobrarás los diez mil euros adicionales que te daremos si lo descubres —le soltó Campo. A continuación, hizo una larga pausa, como tratando de medir lo que iba a decir—: Y nada más. Solo quiero que me des tu palabra de que harás lo posible por lograrlo, con eso me basta.
«Diez mil euros es muchísimo dinero, casi la mitad de lo que gano al año —calculó Cortés—, pero está claro que estos no regalan ni la hora, y seguro que aquí hay más “gatos encerrados” que en el Quijote».
El periodista no tuvo más remedio que darle su palabra. Al poco pensó que había hecho mal, que tendría que haberse plantado de una vez y mandar a los dos al garete; o a la mierda, en lenguaje hospitalense, de donde procedía.
Se volvió hacia su jefe, que seguía conduciendo, impasible, de regreso a la oficina.
—¿Por qué yo?
José Gutiérrez meditó la respuesta durante unos segundos.
—Eres lo menos malo que tengo —le respondió lacónicamente.
—¿Y qué pasa si me niego a hacerlo?
—Me veré obligado a despedirte. Es nuestro mejor cliente y no puedo… No podemos quedar mal con él —zanjó mirándole de reojo.
Una vez en casa, Cortés decidió enviar un mensaje al detective con el que había hecho amistad durante el caso del putero. Confiaba en que aquel hombre cetrino y agudo como una aguja de coser le ayudara, y estaba dispuesto a compartir con él las ganancias que aquella nueva aventura, de tener éxito, les reportaría.
«¿Cómo estás de curro, Mafias? Creo que te voy a necesitar».
CAPÍTULO 7
Cita en el Raval
«Qué escalofrío se pudo sentir; cuando entró un tipo
bajito, pero eso si bacilón; que poseía todo lo que el bar quería».
Partiendo la pana (Estopa)
18 de octubre, Poblenou, Barcelona
Aquella noche volvió a soñar con los perros, con el cubículo oscuro y tenebroso en el que yacía desprotegido y solo. Se incorporó de la cama gritando, sudando a chorros. Su mujer le soltó una retahíla de improperios.
—Perdona, Laura, ha sido una pesadilla.
—¡Tú y tus pesadillas! —farfulló ella con los ojos cerrados—. Ve a ver a un puto psiquiatra. O a dormir al sofá, así no me molestas.
Cortés no dijo nada. Miró el reloj, no eran ni las cuatro de la madrugada. Se levantó, fue al baño a mojarse la cara y después anduvo con cuidado hasta el salón. Por el camino entreabrió la puerta de la habitación de su hija y comprobó que dormía.
Ya en la sala de estar, Cortés contempló en silencio la estantería donde reposaban los libros de su infancia y adolescencia, aquel tiempo mejor, cuando todos los días eran buenos. Pasó el dedo por la colección de Los Cinco, de Enid Blyton, Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores. de Robert Arthur. e incluso las andanzas de la rebelde Puck, de Lisbeth Werner, que le robaba de pequeño a escondidas a su hermana. Más arriba descansaban varias docenas de libros que había leído después, su inseparable Quijote y algunos ejemplares sobre la historia de España y sus conquistadores y cronistas. De joven le apasionaba el tema y solía subrayar las citas que le gustaban. Más de un profesor le había acusado de sacrilegio por esta práctica, pero él la defendía a capa y a espada. No consiguió acordarse de cuándo había sido la última vez en que pudo sentarse tranquilo a leer por placer y no por trabajo.
Pensó en el detective por unos instantes. Como Toni, siempre había ido a la suya y se mantenía soltero y medio entero, como solía decirle entre risas. Tenía justo un mensaje de su amigo de la noche anterior en el que le decía que se alegraba mucho de volver a verlo y le adjuntaba un video de Youtube y unas frases de la canción Sin pijama que justo le traía a Cortés malos recuerdos por el incidente de su hija en el colegio: «Hoy hay toque de queda. Seré tuya hasta la mañana. La pasamos romantic. Sin piloto automatic. Siempre he sido una dama pero soy una perra en la cama. Así que dale pom pom».
Cortés frunció el ceño y tomó el libro de Cervantes y lo abrió por una página al azar. La cita que tenía subrayada no podía ser más acertada para describir al Mafias: «Aun entre los demonios hay algunos que lo son más que otros, y entre muchos hombres malos suele hallarse uno bueno».
Después cogió el libro Historia de la conquista de México escrito por William H. Prescott. En el prefacio destacaba el siguiente párrafo: «Entre las heroicas proezas ejecutadas por los españoles en el siglo dieciséis, ninguna es más sorprendente que la conquista de México». No recordaba haberlo subrayado, como tampoco en páginas posteriores el texto en el que explicaba el sacrificio de «un hombre hermoso, dotado de eterna juventud, para representar a la deidad». Llevaba una vida fácil y llena de lujos, incluida la compañía en la cama de cuatro bellas muchachas, hasta más o menos un mes antes de su sacrificio. Una de las barcazas reales le llevaba al otro lado del lago hasta un templo que se elevaba en la orilla. En la cima le recibían seis sacerdotes, le llevaban hasta la piedra de sacrificio, un enorme bloque de jaspe con la superficie un poco convexa. Aquí se estiraba al prisionero. Cinco sacerdotes atenazaban su cabeza y sus miembros, mientras que el sexto vestido con un manto escarlata abría diestramente el pecho de la desdichada víctima con una hoja afilada e insertando su mano en la herida arrancaba el corazón palpitante. Después lo lanzaba a los pies de la deidad a la que estaba dedicado el templo. Los sacerdotes exponían la trágica historia de este prisionero como ejemplo del destino humano que, brillante en su inicio, tan a menudo acaba en dolor y desastre.
«Queda por contar la parte más repugnante de la historia, la forma en que se deshacían del cuerpo del cautivo sacrificado. Se le enviaba al guerrero que lo había capturado en batalla y, después de aderezarlo, él mismo lo servía en un festín junto a sus amigos. Esta no era una burda comida de hambrientos caníbales, sino un banquete repleto de deliciosas bebidas y delicadas viandas, preparadas con arte y a las que asistían los dos sexos, que se comportaban con todo el decoro de una vida civilizada. ¡Seguro que nunca el refinamiento y el barbarismo estuvieron tan cerca el uno del otro!».
Cortés sintió un fuerte escalofrío por todo su cuerpo.
***
A las siete, todavía en el sofá, Cortés seguía dando muchas vueltas a lo de México.
—Jodida hipoteca y maldito José Gutiérrez —murmuró.
Comprobó el teléfono para ver si su amigo el Mafias le había contestado.
«Aquí Mafias. Cómo te va. Vente al Raval y nos vemos», era la escueta respuesta de su amigo el detective.
«Te veo a las ocho de la tarde en el Antro del Puig», le envió Cortés.
«Dabuten, socio, y hala Madrid».
—Será merengón. No pasa nada, todos tenemos defectos —rio Cortés.
Después rebuscó fuerzas en su interior y se acercó hasta Laura, que trasteaba en la cocina preparando el almuerzo de la Marina.
—Quiero que sepas que en el trabajo me van a enviar en pocos días a México un par de semanas.
—¿Cómo dices? Tú estás mal de la cabeza, Martín.
—Ya estamos otra vez. ¡No puedo decirte una puta cosa sin que nos pongamos a discutir!
—El otro día pusiste en peligro a tu hija, y ahora que ella está mal sales huyendo y me dejas aquí sola —le espetó Laura.
—¿Otra vez con eso? Por lo menos podías preguntarme cómo me afecta a mí el hecho de irme, ¿no? No quiero ir, pero me temo que no me queda de otra. Gutiérrez ha amenazado con despedirme, ¿qué quieres que haga? Te importa una mierda, ya veo. Y lo del otro día ¿qué querías, que me quedara quieto como un pasmarote cuando le han hecho daño a nuestra hija?
—Sí, claro, tan valiente para eso y tan cobarde para otras cosas. ¿Por qué no te enfrentas a tu jefe y le dices que no vas? Te comportas como un pusilánime en cuanto Gutiérrez abre la boca.
—Mira quién habla, como si tú fueras muy valiente en tu trabajo…
—Pensándolo bien, casi que es mejor que te vayas a México, así por lo menos podré descansar de ti unos cuantos días.
—¡Que te den! —escupió Cortés. En ese momento pensó en decirle algo de los mensajes del chico pero decidió callar e ir a México—. Me voy de aquí a pocas semanas. Ya está todo dicho. —Cortés agarró la mochila de Marina—. Yo llevo a la niña al colegio, para que su majestad no tenga que molestarse.
—Si te vas lo nuestro se agravará, que lo sepas —le advirtió Laura.
—¿En serio, aún se puede agravar más?
Camino del colegio de su hija, notó que Marina estaba muy callada. Andaba como ensimismada, con la mirada fija en un punto indeterminado de la acera. A Cortés le pareció extraño. Al cruzar la calle pasaron junto a una tienda que vendía bollería, helados y dulces.
—¿Sabes qué, monita? ¿Quieres que te compre ahora mismo un helado? Marina abrió como platos sus ojos azules.
—¿A las ocho de la mañana? Si se entera mamá… —La niña hizo un gesto con la mano para darle a entender que Laura no perdonaría la afrenta.
—¿Tú lo quieres? —Marina asintió y Cortés se giró hacia la dependienta y le pidió un helado de chocolate.
La señora arrugó la cara, cogió el cucurucho y le plantó encima una bola bien gorda. Marina le echó mano sin miramientos.
—¿Qué tal en el cole? —Con el pañuelo limpió a su pequeña algunos restos de helado de su boca.
—Bien.
Eso no era habitual en Marina, que solía hablar por los codos.
—¿Por qué solo bien, amor?
—Bueno... —titubeó—. No pasa nada, todo bien, papá.
—A mí nunca me mientas, ¿eh? Que te quito el helado del estómago. —Le hizo cosquillas en la barriga—. ¿Qué te pasa, monita?
—Que Sonia no para de molestarme —le soltó a bocajarro.
—¿Qué te ha hecho esta vez?
—Ayer me caí de la escalera, y me volvió a llamar «gorda» delante de todos. Cuando me vio rodar, empezó a gritar que había provocado un terremoto, y los amigos se rieron de mí.
Algo similar le había ocurrido hacía unos meses, durante el curso anterior, y Cortés acudió al colegio como una fiera y denunció el caso de bullying. El director le dijo que eso «eran cosas de pequeños», pero ante su insistencia le prometió que estarían atentos para que el asunto no fuera a más.
—Vaya, no sabía nada, amor. Te tiene envidia porque eres mucho más guapa y mejor persona, y todos tus compañeros quieren jugar contigo. No te preocupes, mi vida. Hablaré con el director. Pero, mientras tanto, tú tienes que ser valiente y enfrentarte a ella.
—¿Cómo?
Cortés meditó un poco la respuesta. Sabía que se enzarzaría en una nueva bronca si su mujer le escuchaba decir aquello.
—¿Me prometes guardar un secreto? —le susurró al oído mientras miraba a todos lados, como asegurándose de que nadie los podía escuchar.
Marina asintió.
—A mí, de pequeño, un niño me molestaba siempre porque yo llevaba gafas. Me llamaba «cuatro ojos». Se lo dije al yayo y me recomendó lo mismo, que me defendiera, y el día que lo volvió a hacer le di un puñetazo en la barriga. Nunca más me molestó. —Cortés hizo una breve pausa—. Tú eres más grande y fuerte que Sonia, encima esa niña es poca cosa. Cuando la vuelvas a ver, te tienes que acercar a ella con firmeza y decirle, mirándole a los ojos como yo estoy haciendo ahora, que no te vuelva a molestar nunca más o se las verá contigo.
—¿Y si no me hace caso?
—Le tiras del pelo y luego le das un empujón con todas tus fuerzas. Verás como no lo vuelve a hacer. Pero no le digas esto a la mamá, será nuestro secreto, ¿de acuerdo? Tienes que ser fuerte y revelarte ante las injusticias.
A continuación, buscó en Youtube la canción Valiente de una cantante argentina que habían escuchado juntos otras veces y se la puso. En seguida la comenzaron a tatarear y a bailar: «Tienes el valor y vas a volar. Vas a sentir, vas a encontrar, vas a vivir para demostrar que eres tan valiente. Y todo lo que quieras lo podrás alcanzar».
—Papá, t’estimo, eres el mejor y más valiente.
A Cortés se le mojaron los ojos cuando vio a Marina fundirse entre la masa de niños que accedían al centro escolar.
***
18 de octubre, Raval, Barcelona
Se le pasó la mañana volando en el trabajo. Ya en la tarde, mientras esperaba en aquel garito destartalado, punto de reunión para borrachines, prostitutas y trasnochados, al que llamaban el Antro del Puig, Cortés recordó cómo había conocido al Mafias. Fue a través de un trabajo de investigación, algo que le gustaba más que la redacción en sí.
Cortés entrevistó a media docena de detectives sobre la relación de su profesión con las empresas y le explicaron todo tipo de estratagemas que solían emplear los investigados, e incluso llegó a acompañar a uno de ellos, Lisandro Coronel alias «el Mafias», con quien entabló amistad durante una de sus misiones, en la que siguieron a un importante directivo de empresa que, al parecer, dilapidaba parte del dinero de la entidad en putas y lo pasaba como gastos de representación. Llegaron incluso a ir a un local de striptease.
Recordó que el Mafias le felicitó por su acierto y le pidió que le invitara a «probar el género» en uno de aquellos locales que visitaron.
—Para eso te he ayudado, chavalín, que es de bueno ser agradecido…
—Yo te agradezco que me hayas enseñado algunos trucos de la profesión —le dijo Cortés ofreciéndole la mano.
—Pues vaya con el periodista —se quejó el Mafias—. Culé tenías que ser y más rojo que la pata de una perdiz, ¡fijo!
—¿Cómo dices?
—Me refería a que me invitaras a una velada romántica con una de estas féminas que se desnudan tan graciosamente.
—¡Eso no va a ocurrir! —le aseguró Cortés.
—Al menos me invitarás a un par de cervezas —insistió el detective.
Aquella noche, mientas bebían, Cortés y el Mafias hablaron del caso largo y tendido. A ambos les pareció interesante lo que habían descubierto en tan poco tiempo en el caso del putero, pero a Cortés no quiso seguir indagando y destruir la vida de una persona por mucho que robara a su empresa.
Cortés lo vio llegar mientras observaba la calle a través de la ventana del establecimiento. Se alegró de ver su figura, flaca como una espiga, y aquellos ojos febriles que denotaban a una legua el gusto del detective por el sol y sombra y el vino barato de las tabernas del Raval barcelonés.
—¿Cuántas copas llevas ya, Mafias? —le saludó Cortés.
—Las que sean, chavalín. Por cierto, recomiéndame algún otro bar por aquí.
—¿Un bar? —inquirió Cortés volviendo los ojos del revés.
—¡Eh! ¿Ya me quieres poner los cuernos? —rio Puig, el dueño del garito.
—Los collons te voy a poner —repuso el Mafias—. Bueno, socio, a ver qué tenemos. Y mientras me cuentas invítame a una copa que necesito echarle combustible al buche.
Cortés le explicó por encima el encargo de México. Que tendría que hacer una serie de entrevistas pero que en realidad se trataba de una tapadera para desenmascarar a un topo que vendía secretos comerciales del banco a la competencia.
—Interesante… —musito el Mafias—. ¿Sabes, chaval? Pienso que te vendrían bien unos cacharritos que tengo.
El detective le contó que había conseguido unos estupendos dispositivos a los que llamaban «USB-ESPÍA» que debían ser colocados en los ordenadores personales de los empleados, para así descargar la información que contuvieran. Era obvio que debía ser Cortés el que colocara los artefactos en las computadoras de la empresa y en los ordenadores de los ejecutivos, para lo cual debía ganarse la confianza de algunos de ellos. Se le encogieron los testículos como cacahuetes solo de pensar que le descubrieran insertando aquel artefacto en el ordenador de una persona que, al fin y al cabo, no era más que un trabajador.
—Uf, no sé si me atreveré.
—¡Ja! Piensa en el dinero que te van a pagar, socio, y en la propina que me vas a dar a mí. El caso es que debes trabar amistad con las personas que creas que pueden ser sospechosas y enchufarles uno de estos pirulos. —El Mafias se sacó del bolsillo lo que parecía ser un pendrive normal y corriente—. Esto lo debes llevar siempre encima, nunca se sabe cuándo puede surgir una oportunidad de poner las banderillas, y ¿quién sabe? Lo mismo cortas oreja y rabo de una tacada.
—No me gustan los toros —rio Cortés.
—Es lo que hay —le dijo el Mafias—, así que apechuga, chavalín, que diez mil del ala son muchos euros, no me jodas.
—Eh, tranquilo, que a ti te tocarían mil pavos como mucho.
Lo cierto era que a Cortés el tema del reportaje no le preocupaba, era lo que solía hacer en su trabajo, pero no tenía ni idea acerca de cómo afrontar lo segundo, el tema del espionaje.
—Sé tú mismo —le aconsejó el Mafias.
—Mi jefe me ha dicho lo mismo. ¡Como si eso me fuera a servir de ayuda!
Cortés pensó que, al menos, tenía algo por dónde empezar con el asunto del topo. También le pidió al Mafias que procurara tener con él una comunicación fluida durante las dos semanas que estuviera en México.
CAPÍTULO 8
La buena suerte
«Voy a estar más alerta, más tiempo conmigo; que cada
vez soy más consciente que la vida sin darnos cuenta se consume en un suspiro».
Siendo uno mismo (Manuel Carrasco)
1 de diciembre, Ciudad de México
Las últimas semanas antes de viajar le habían pasado a toda velocidad. Cortés se había dedicado a resolver asuntos que tenía pendientes en la oficina, un reportaje sobre el fascinante mundo de la externalización de nóminas y otro acerca de la influencia perversa de las nuevas tecnologías en las pymes. Además, aprovechó para releer los libros que tenía en casa sobre México y la Conquista española, procuró pasar todo el tiempo que pudo con Marina y visitar a sus padres con cierta frecuencia. Un día notó que su padre le miraba con preocupación.
—Martín, ¿quizá es que no duermes bien? —le preguntó mientras tomaban un refrigerio en la cocina.
—Esta noche he vuelto a tener la pesadilla de los perros —le confesó Cortés en voz baja.
—Ah, ¿sí? Pobre, hacía mucho tiempo que no te pasaba, ¿verdad? —se interesó su padre. Tenía una copa de vino cogida por el tallo de cristal, y la hacía girar lentamente sobre sí misma, concentrado.
—Sí, pero últimamente me ocurre con frecuencia, no sé si es por esto de que me marcho a México y estoy inquieto. Esta vez me encontraba en el campo. Era de noche y me quedaba paralizado por completo, los perros hacían conmigo lo que querían —le comentó mientras se servía de la misma botella que había envasado su padre, un vino ecológico al cien por cien, tal y como solía jactarse. Pero hoy ninguno estaba para bromas.
Su padre hizo una mueca, levantó la vista y le dio la razón. La copa dejó de girar entre sus manos.
—Uf, no me lo recuerdes, y menos a tu madre, le diste un susto de muerte. Y eso que tus abuelos no nos quisieron decir nada del ataque de los chuchos ni de que te quedaras catatónico varios días. Creo recordar que nos lo contaron casi una semana después.
—Eso nunca lo he entendido, ¿cómo fueron capaces de ocultaros algo así?
—Cortés frunció el ceño mientras se recostaba en la silla y se llevaba la copa a los labios—. Madre mía, me hacéis eso a mí con Marina y la lio parda.
—Eran otros tiempos, Martín —Su padre hizo una larga pausa, parecía calibrar sus respuestas—. No era santo de mi devoción, ya sabes lo que le hizo a tu tatarabuelo su antecesor, pero el cura era muy querido y respetado en el pueblo y él les pidió que, para no alarmarnos, no nos dijeran nada hasta que recobraras el conocimiento.
—Recuerdo que me despertaba chillando en la madrugada. Me quedaba en shock cuando se me aparecían los perros en sueños y ellos me mordían y mataban.
—Pobre. Bueno… no le hagas caso, ya sabes que, si te pasa de nuevo en la vida real, hay que agarrar a los toros por los cuernos y a los perros por la cola…
—Y a las mujeres, ¿por dónde se las coge? Porque a la mía ya no la aguanto. Su padre reprimió una carcajada.
—Respecto a eso no te puedo dar consejos.
Cortés pensó en contarle que había descubierto unos mensajes de texto en el móvil de Laura semanas atrás. Al final decidió no hacerlo. Prefería guardarse aquello para él, aunque pensaba utilizarlo llegado el momento. De repente oyó a su madre hurgar en la cerradura. Segundos después, tenía a Marina en los brazos, colgada de su cuello, besándole y jadeando como si acabara de correr los cien metros lisos.
—No sé qué pasará cuando vuelva de México. Me gustaría pediros que me preparéis la habitación por si acaso —dijo Cortés, cuando la pequeña se marchó al baño.
—Cuenta con ello —asintió su padre—. De todas formas, pienso que saldrás adelante, siempre has sido un chico valiente.
Días después se encontraba en el aeropuerto, despidiéndose de sus padres, de Marina y de Laura.
***
Despertó en la habitación del hotel con el libro La buena suerte aferrado a su pecho como si fuera un tesoro. Había soñado con que ya no era Cortés, sino Sid, el caballero con capa blanca. Y a su lado estaba Toni, que era Nott, el caballero con capa negra. Habían aceptado el reto de encontrar el trébol mágico de cuatro hojas, que estaba en algún lugar del bosque encantado. «Esa planta dotará a su dueño de una suerte ilimitada», había dicho Merlín. Se desafiaron al estilo de los viejos tiempos, como cuando en la vieja pista de cemento se pusieron a dar vueltas al patio del instituto como locos para ver quién aguantaba más, bajo la intensa lluvia, ante los aplausos de algunos de sus amigos. La recompensa era un beso de la chica más popular del centro, que había lanzado el desafío solo como una hermosa joven podía hacerlo. Al final ganó Cortés, pero acabó tan agotado y con tanto dolor de pies que apenas disfrutó del beso.
En aquel momento apenas recordaba cómo había llegado a la cama. Miró a un lado y otro de la habitación. Justo frente a él vio un escritorio sobre el que reposaba una tele de plasma. La cama, enorme, era muy cómoda, y notó que había descansado bien.
«¡Ostras! ¡Estoy en México!», cayó por fin en cuenta. Miró el móvil. Las 20:30 horas.
«Ni siquiera he avisado que he llegado bien. ¡Qué desastre!», se dijo, a la vez que marcaba el número de casa.
Nadie le cogía el teléfono. Llamó al móvil de Laura.
—¿Diga? —le respondió una voz como de alcohólica reincidente.
—Hola, soy yo, era para avisar que he llegado bien. Pásame a la mona, please.
—¿Qué dices? —Laura hizo una pausa larga—. Son las tres y media de la madrugada, idiota. —A continuación, le colgó.
Cortés se quedó con el móvil en la mano, como atontado. No había pensado en la diferencia horaria. Recordó las últimas palabras que le dirigió Elena García, su compañera de travesía aérea, cuando estaban despidiéndose en el aeropuerto de México.
—Sinceramente, no sé si algún día volveré a España, es triste, pero es la verdad. Eso sí, ni un solo día dejo de echar de menos mi gente y mi tierra.
También le había regalado el libro. Lo miró de nuevo y descubrió una dedicatoria en la primera página: «Como dice al final, el cuento de La Buena Suerte nunca llega a tus manos por casualidad. Te deseo, Martín Cortés, toda la buena suerte del mundo, cuenta conmigo para lo que necesites. Elena García». Aquellas líneas estaban acompañadas por su número de móvil. Cortés se encontraba como mareado.
«¿Será la pastilla que me dio el fucking boss?», se preguntó.
Se levantó de la cama y se dispuso a sacar sus cosas de las maletas. De inmediato, echó en falta lo que más necesitaba, su principal herramienta de trabajo, el aparato que más cuidaba.
—¡Mi portátil! —gritó.
Hizo memoria. Recordaba perfectamente haber entrado en el coche con él.
«Esto ya lo llevo yo», le había dicho al taxista. Pero apenas recordaba nada más. Se había dormido en el taxi y alguien debía haber llevado el equipaje a su habitación.
—Maldito taxista, seguro que me lo ha robado. ¡Putos mexicanos!
Pasó la siguiente media hora intentando localizar el portátil sin éxito. Primero bajó a la recepción del hotel, donde descubrió el significado de «ahorita», una de las palabras acerca de las cuales Elena García le había prevenido. Cortés explicó al conserje la situación; le hizo ver que necesitaba el portátil para trabajar, que sin él estaba perdido. El empleado le respondió de manera tranquila que no se preocupara, que «ahorita» le ayudaba él mismo marcando a la compañía de taxis. Justo en ese momento, se formó junto a él una fila de dos docenas de asiáticos preparados para ingresar en el hotel. Diez minutos después, el empleado todavía no había efectuado la llamada. Cortés se lo recordó tratando de parecer lo más educado posible y el conserje le volvió a responder con el «ahorita». Veinte minutos más tarde, aquel individuo y un ayudante que parecía no hacer nada más que asentir con la cabeza seguían con el check-in de los asiáticos.
—Me cagüen la puta con el «ahorita» y la madre que lo parió —estalló Cortés haciendo aspavientos con los brazos—. Haced ahora la maldita llamada al aeropuerto o aviso a la policía.
Escandalizado y pidiendo calma con extrema educación, el conserje llamó en seguida al aeropuerto y a la compañía de taxis, aunque sin éxito. Le dijeron que harían lo posible por localizar al conductor, pero que muchos no estaban «ni siquiera registrados, al ser “amigos del amigo” del propietario de la placa».
—No me jodas…
—Con permiso. —El ayudante del conserje le sujetaba la puerta del ascensor, que chirriaba por doquier.
—Ni permiso ni pollas en vinagre. ¡Vaya mierda de país! —gritó Cortés fuera de sí, antes de desaparecer por el ascensor frente a la mirada atónita del ayudante. Cortés volvió a buscar por toda la habitación una y otra vez como si su ordenador pudiera aparecer por arte de magia. No era la primera vez que le pasaban esas cosas, había perdido la cuenta de las ocasiones en las que había extraviado el móvil, pero nunca fuera de España. Decidió repasar por enésima vez el itinerario que seguiría durante su primera jornada en México. «Menos mal que llevo la libreta en el bolsillo de mi chaqueta», suspiró.
Al día siguiente, viernes, tendría que ir a las oficinas del cliente a realizar las primeras entrevistas para el reportaje. Se encontraría con los mandamases y la idea era comenzar a hacer sus pesquisas acerca de quién podría ser el topo en la empresa.
El sábado tenía que acudir a un lugar cuyo nombre no recordaba, una especie de santuario de la mariposa monarca; a la misma asistirían también empleados, clientes y proveedores del banco para participar en aquello del voluntariado corporativo. Que le hicieran trabajar durante el fin de semana ya era el colmo de los colmos. Luego, descanso el domingo, que aprovecharía para turistear por la ciudad. El departamento de protocolo de la universidad de México había puesto a su disposición a una estudiante que le iba a enseñar, en un día, los «encantos» de la capital. Había entrecomillado en su libreta la palabra «encantos» sin saber a qué hacía referencia el término. Luego, ocuparía de lunes a jueves realizando más entrevistas a todo tipo de colaboradores del banco, entre los cuales habría de elegir a aquellos a los que iba a enchufar el puñetero utensilio del que tantas maravillas hablaba el Mafias, el USB-Espía. Luego debía trasladarse en autobús hasta Chilpancingo para estar allí el sábado a primera hora e impartir las clases del máster.
—¡Malditos explotadores! —gritó como si alguien le pudiera escuchar.
Su viaje acababa en Acapulco. Dos días allí «para que veas como te cuido. Podrás tomar el sol en diciembre, todo un lujo», le había dicho con sorna su jefe, y realizar las últimas entrevistas antes de regresar a Barcelona.
De Acapulco sí había oído hablar. Recordaba que sus padres estuvieron a punto de viajar allí una vez en los ochenta. Era un destino de moda de muchas estrellas de Hollywood, y más gracias a una serie que veían los cuatro juntos: Vacaciones en el mar. Pero de Chilpancingo no le sonaba ni el nombre. Decidió investigar un poco más sobre la localidad donde daría las clases; para ello se tuvo que valer del móvil.
«A ver si entreteniéndome con esto logro olvidarme del mal trago del portátil», pensó. Como solía hacer, primero acudió a la Wikipedia. Allí descubrió que en náhuatl, la lengua azteca, Chilpancingo de los Bravo significaba «pequeño avispero». Lo que me faltaba, se quejó una vez más Cortés. No guardaba un buen recuerdo de ninguna avispa.
Averiguó que se trataba de la capital del estado de Guerrero, y que aquella ciudad había tenido mucha importancia en la Guerra de Independencia contra los españoles, pues era la localidad donde José María Morelos presentó el documento bautizado como Sentimientos de la nación. Decidió investigar y descubrió que el tal Morelos había sido un sacerdote y militar insurgente y uno de los artífices de la guerra.
«Eso voy a hacer yo, independizarme, pero de mi mujer», pensó Cortés con una sonrisa torcida.
Luego decidió buscar noticias actuales, por lo que tecleó «Noticias Chilpancingo» y accedió al periódico El Sur, de Guerrero. Lo primero que leyó le dejó impresionado. Una fotografía de un cadáver en plena calle, con un cordón policial rodeándolo y con muchísima gente observando. Se sintió sobrecogido al ver la imagen que acompañaba un largo texto y un encabezado siniestro: «Este jueves se informó de cinco asesinados presuntamente por la delincuencia organizada en Guerrero. En Chilpancingo acribillan a un joven frente a la Secretaría de Finanzas; en Iguala matan a un hombre y le dejan un narco mensaje, y en Teloloapan aparece en un camino el cuerpo de un hombre decapitado».
Ya había leído en El País algunas de esas atrocidades, pero sentir que en pocos días estaría en el lugar de los hechos le estremeció.
Otra información de la misma cabecera aún le produjo más zozobra. Decía que en los once meses del año en curso habían sido «ejecutadas» en el estado de Guerrero 2111 personas, en crímenes en los que, presuntamente, estuvo involucrada la delincuencia organizada. Los recontaban como si fueran goles de Messi, por el tipo de asesinato: la mayoría de las víctimas murieron por disparos de armas de fuego; entre ellas, había casos de violencia extrema con desmembrados, calcinados, embolsados, decapitados, asfixiados y hallados en fosas clandestinas; en algunos casos, los ejecutores habían dejado mensajes.
Aquello era un juego de niños en comparación con esto».
También se explayaban con las ocupaciones de las víctimas: diez taxistas, un chófer de tráiler, un panadero, un guardia, un exguardia de seguridad privada, cinco trabajadores repartidores de volantes, tres albañiles, un médico, un herrero, un vendedor de discos, un vendedor de carne, un comerciante, dos mecánicos, un estudiante de veterinaria de la Autónoma de Guerrero, un ganadero, un «lavador» de autos, un aspirante a alcaldía, un pescador, dos periodistas.
—¡¡Periodistas!! —exclamó.
«Madre mía, aquí no dejan títere con cabeza, y nunca mejor dicho», pensó Cortés, tan preocupado por lo que estaba leyendo, en especial el asunto de los periodistas, que se había olvidado por un momento del portátil. Aun así, el maldito ordenador volvió a irrumpir en su mente.
Buscó declaraciones institucionales sobre el tema de los asesinatos, extorsiones y secuestros, lo que no le resultó tan sencillo. Encontró la de la directora de Amnistía Internacional para América Latina, que calificaba como «grave contexto de tolerancia y de impunidad» la situación en la que tenían lugar aquellas desapariciones forzadas. «Los signos alarmantes de corrupción y terribles violaciones de los derechos humanos permanecen a la vista de todos, y aquellos servidores públicos que negligentemente los ignoran son cómplices. En Chilpancingo se vive un clima de terror», concluía la responsable de la ONG.
—Un clima de terror, joder, ¿dónde narices me llevan, al matadero? Debería coger las maletas y regresar a mi país.
Por un momento, le vino a la mente un episodio de la crónica de fray Bartolomé de las Casas que había vuelto a releer antes del viaje: «[...] en una provincia de la Nueva España, yendo cierto español con sus perros a caza de venados o de conejos, un día, no hallando qué cazar, paresciole que tenían hambre los perros, y tomo un muchacho chiquito a su madre e con un puñal córtale a tarazones los brazos y las piernas, dando a cada perro su parte; y después de comidos aquellos tarazones échales todo el corpecito en el suelo a todos juntos».
—¿Será que nosotros enseñamos a estas gentes a ser tan burros? —se preguntó durante unos instantes. Cortés se estiró en la cama y habló mirando al techo—. No, no puede ser, los problemas de México y América Latina empiezan cuando nos vamos los españoles, ¡si está clarísimo! Y como son tan energúmenos, nos echan la culpa a nosotros. ¡Si no ha sido más que llegar y me han robado el portátil! Mañana mando al carajo a Gutiérrez y me vuelvo a casa. Después, se quedó de nuevo profundamente dormido.
***
Le despertó el teléfono fijo del hotel. Era casi medianoche. Seguía un poco atontado, y cuando por fin localizó el aparato ya no sonaba. Probó a marcar a recepción, pero no funcionó. Estaba en la segunda planta y el ascensor no llegaba. Decidió bajar por las escaleras hasta el mostrador de admisión, y cuando llegó casi se cayó de espaldas al reconocer en seguida la figura de espantapájaros, viejo y flaco, del taxista que le había llevado hasta el hotel. Sujetaba con firmeza su maletín con el portátil. Cortés se lo arrebató sin pronunciar palabra y respiró aliviado cuando comprobó que su ordenador seguía donde lo había dejado. El taxista se disculpó por no haber podido ir antes a devolvérselo.
—He estado muy ocupado con la chamba, disculpe.
Cortés le dio un abrazo y le agradeció una y otra vez el gesto.
—Quiero que sepa que me ha salvado la vida —manifestó.
Echó mano de la cartera para devolverle el favor, pero el mexicano negó con la cabeza. Pese a su insistencia, el taxista no dio su brazo a torcer.
—¿Cómo se llama usted? —inquirió Cortés.
—Raimundo Villoro, para servirle. Llámeme Villoro. Muchos me llaman Mon, por la tendencia que tenemos en mi país de abreviar hasta los caballitos de tequila, pero no me gusta.
Cortés rio con ganas. Le pidió su número de teléfono y le preguntó si podía contar con él durante toda su estancia en México, a lo que el hombre accedió. Regresó a su habitación con otra sensación muy distinta sobre los mexicanos, la misma que ya le había señalado Elena García. Su percepción de ellos y todos aquellos prejuicios se comenzaban a desmoronar como un castillo de naipes, lo cual provocó que se sintiera confuso.
«Quizá este taxista sea una excepción —se dijo— la que siempre confirma las reglas». A continuación, tecleó en Spotify «Música latina» y, pese a su ritmo, se quedó profundamente dormido. Despertó casi a la hora, cuando le sobrevino la imagen del cadáver que había visto en el diario, y un espasmo de horror le atenazó el vientre pues era su propio rostro el que estaba deformado. Apagó el playlist y se abrazó a la almohada.
CAPÍTULO 9
El México real
«No quiero hablar de la lucha si no estamos preparados; no quiero que des la espalda; hay que tomárselo en serio; basta de palabras; busquemos remedio; vamos a hacer el camino con decisión».
Quiero tener tu presencia (Seguridad Social)
2 de diciembre, Santa Fe, Ciudad de México
Cortés no había querido aceptar los servicios de un conductor que ponía a su disposición Bancasol México. Prefirió llamar a la central a primera hora y comentarles que contrataba a un taxista local por decisión propia. Le advirtieron que tuviera cuidado, que no podían garantizar su seguridad. Era la mejor forma en que podría agradecerle al desconocido la devolución de su herramienta de trabajo.
El cielo tenía un tono azul pastel y el aire soplaba fresco cuando salió a la calle al encuentro del taxista. Eran casi las ocho y media de la mañana y la ciudad y el tráfico ya estaban en ebullición.
—¿A dónde le llevo? —le preguntó Villoro.
—Voy a la zona de Santa Fe, a la sede de Bancasol, ¿conoce?
—Al México de los ricos —asintió el hombre— muy bien.
Cortés comprobó de un vistazo que tal como le había dicho el día anterior, según ponía en la placa de su licencia, el tipo se llamaba Raimundo Villoro, y por lo que pudo departir con él, aquel hombre con aspecto de espantapájaros resultó ser un tipo de lo más interesante.
—Algunos me llaman «Mon» y otros Villoro, creo que se lo comenté ayer. — Cortés sonrió al escuchar la abreviatura, pero no dijo nada. Sí lo hizo el señor—:
¿Le hace gracia el uso de los diminutivos? —inquirió mientras iniciaba la marcha.
—Eh, bueno… la verdad es que sí. En México las utilizan para todo, por lo que veo, aunque yo pensaba que Mon vendría de Ramón, no de Raimundo —Cortés le indicó con el dedo la chapa de la licencia.
—Raimundo es una variante de Ramón —replicó el taxista, que adoptó cierto tono académico—. Quizá tan antigua como el uso de diminutivos, que viene del náhuatl, la lengua de nuestros antepasados, los mexicas. ¿Sabe que los utilizaban de muchas maneras? Como insulto, como cariño e incluso como trato referencial. Nos hace sentir a los mexicanos muy orgullosos que ni la conquista ni ningún otro idioma nos han hecho olvidar nuestras raíces.
—No se acostará uno nunca sin saber algo nuevo, como dice el refrán. ¿Y cómo está usted tan informado? —le contestó Cortés sin entrar al trapo.
—Estudié Filología e Historia, y aún me sigue apasionando. ¿Sabe de dónde viene Raimundo? —Villoro contestó enseguida a la cuestión sin esperar respuesta por parte de Cortés—: Es un nombre origen germánico, que significa «aquél que es protector o buen consejero».
—¡Qué interesante! Pues de eso necesito yo uno en este momento de mi vida...
—¿Sabe que a los de la capital nos llaman chilangos, cierto? Pues una virtud adicional es que somos tantos que poco importa de dónde vengamos. En Chilangópolis no hay pecados de origen. Todos tenemos derecho a fallar en el presente.
Se pasaron el resto del camino conversando. Villoro le había dicho que tenía setenta y dos años y Cortés se dio cuenta de que mostraba una gran lucidez. Circulaban por una colosal avenida de construcciones impresionantes, separadas unas de otras por amplias zonas verdes ajardinadas.
—Qué edificios tan altos —manifestó Cortés muy sorprendido mientras intentaba quitarse las legañas de los ojos.
—Así es, algunos tienen más de cien metros; creo que uno llega a ciento sesenta o ciento setenta —le respondió Villoro de manera afable—. Mire ése, le llamamos «el Pantalón». —Señaló con el dedo a su izquierda.
—Es cierto, ¡qué curioso! Se parece mucho a un pantalón —concedió Cortés—.
La verdad, no me imaginaba así México. ¡Si todo esto se asemeja a Nueva York!
El señor asintió mientras dibujaba en su semblante una sonrisa amplia. Luego enfiló una avenida flanqueada por espectaculares edificios blancos de grandes ventanales. Había muchísimo tráfico a las nueve de la mañana.
—Y al que vamos le llamamos «la Lavadora», en seguida sabrá el motivo — sonrió, aunque demudó el rostro con rapidez y se puso serio durante unos instantes—. Es que esto no es el México real, señor, como tampoco lo es Cancún. Esto es otro México —añadió en tono triste.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Cortés con curiosidad periodística.
Villoro, habituado a acompañar a empresarios y directivos extranjeros, pareció recitar de memoria, extendiéndose en la explicación. Le contó que Santa Fe era un distrito comercial y residencial de lujo, ubicado en una zona ocupada con anterioridad por minas de arena y rellenos sanitarios. Le comentó que disponía de muchas universidades y colegios privados, y era sede de importantes compañías nacionales y extranjeras y fraccionamientos residenciales de reciente creación, habitados sobre todo por familias de clase media y especialmente alta.
—Pero eso es una fachada, al otro lado está el verdadero México, la pobreza más extrema. —Señaló con el dedo hacia un lugar que no se podía ver por culpa de los grandes edificios. De repente frunció el ceño, como enojado y apenado a la vez—. El nombre de esta zona, Santa Fe, que debe de ser en honor a algún obispo, creo que se lo puso un paisano suyo.
Cortés percibió cierto resquemor en su tono.
—Ah, ¿sí? ¿Quién? —inquirió el periodista.
El conductor se quedó callado durante bastante tiempo. «Sabe que debe ser amable con sus clientes, aunque sean españoles», pensó Cortés.
—Me parece que se llamaba Vasco de Quiroga, creo que fundó el Hospital de Santa Fe para indígenas, donde, además, nos evangelizaba y enseñaba oficios europeos.
—Ah, mira qué bien, un español bueno entonces, no como mi tocayo, el conquistador de México —apuntó Cortés con ironía.
—Bueno, supongo que su tocayo hizo todo aquello porque pensó que podía, y que quizás era su deber. Pero no creo que todas las cosas que hicieron los conquistadores fueran malas.
—Ah, ¿no?
Villoro se quedó pensativo unos instantes.
—Lo cierto es que los españoles nos regalaron un idioma común a toda Latinoamérica, por ejemplo, algo que no hemos sabido aprovechar.
Cortés asintió.
—Eso es cierto, supongo.
—Los países latinoamericanos siempre hemos protagonizado rencillas y desencuentros entre nosotros, y más nos valdría centrar nuestros esfuerzos en unir, como hacen ustedes los europeos. De todas formas, me he dado cuenta de que mucha gente de Europa tiene una imagen incorrecta de México, como si fuéramos criminales o ladrones.
—Lo que hizo usted ayer le honra, Villoro, pero… ¿y si hubiera sido otro taxista? Le confieso que tengo mis dudas, quizá por prejuicios, no sé.
—Pues quiero pensar que le hubiera devuelto a usted la laptop, igualito que yo.
—Villoro se encogió de hombros.
—¿Le gusta el fútbol? Si me dice que es del Barça, ya me gana.
—Pues si le voy al Barça desde que jugó Márquez y ahorita con Messi, quién no, si es el mejor futbolista de la historia. Antes le hablaba de los países latinos, ¿cierto? Pues mire si son un teatro de las paradojas doscientos años después de decidir correr su propia suerte. ¿Sabe que, con ánimo bolivariano, los equipos de fútbol de la región se unieron en la Copa Libertadores? Pues híjole, de acuerdo con los tiempos que corren, el empeño recibió patrocinio de un banco español y fue rebautizado como la Copa Santander Libertadores. ¿Cómo ve?
—Contradictorio como la vida misma…
—No es un detalle baladí, por desgracia, es la metáfora perfecta de países que celebran su independencia y donde algunas de las empresas más rentables se llaman BBVA, Gas Natural, Endesa, Telefónica, Mapfre… Y, aún más curioso, doscientos años después de la independencia es más barato comprar en España un paquete turístico a la Riviera Maya que hacerlo en México, ¿qué ha pasado?, ¿qué tan independiente es un país donde el dinero circulante proviene en su mayoría del narcotráfico o el subsidio? No solo la autosuficiencia económica, sino también la soberanía parece en entredicho, por eso opino así de la Conquista.
Cortés siguió contemplando aquellos edificios majestuosos, mientras escuchaba al taxista. Villoro era un pozo de sabiduría. El periodista estaba asombrado por la vistosidad del paisaje urbano y lo bien conservadas que lucían las avenidas y zonas ajardinadas que flanqueaban las construcciones a ambos lados del paseo.
—Y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos que decir —recitó Cortés en tono solemne—, o si era verdad lo que por delante parescía que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas y en la calzada muchos puentes de trecho en trecho, y por delante estaba la gran Ciudad de México.
—Ay, compadre, me deja con la boca abierta… Cortés soltó una carcajada.
—Es un pasaje de La Crónica Verdadera de la Conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.
—Ah, claro, uno de los soldaditos que acompañó a Hernán Cortés —asintió Villoro.
—Así es.
—Pues lo recita usted con palabras del castellano antiguo y todo… un güerito con muy buena memoria, sí señor. Parece usted la Salander, esa de las novelas del escritor sueco fallecido, acuérdese usted, señor Cortés, que hay dos Méxicos, y que uno y otro conviven y se solapan, se sobreponen el uno al otro, y es la unión de ambos lo que define nuestra tierra.
—Lo tendré en cuenta —repuso Cortés.
Cuando llegaron a la sede del banco, situada en el edificio Calakmul, Cortés se quedó con la boca abierta. La construcción era imponente, un diseño moderno con fachada interior acristalada y exteriores de piedra blanca formando enormes círculos.
—¿Ve usted, compadre, porqué le llamamos la Lavadora? —le dijo el taxista.
Cuando Villoro detuvo el vehículo, Cortés se despidió de él ofreciéndole la mano de manera afectuosa.
—No deje de llamarme cuando necesite que lo lleve a algún sitio.
—Cuente con ello —le prometió el periodista.
***
«Este tío podría ser el topo —pensó Cortés observando al joven becario que tenía a su izquierda—; es más, ¡tiene que ser él!».
El periodista examinaba todo a su alrededor mientras degustaba unos deliciosos camarones con coco, acompañado de una docena de personas desconocidas hasta hacía cuatro horas escasas: todos trabajaban en el banco. Entre ellos estaba su cúpula comercial y financiera que, a su vez, no dejaba de escrutarlo. Se suponía que la misión que le habían encomendado era secreta, pero ya no estaba seguro después de todo lo que había visto esa mañana, durante las entrevistas que había llevado a cabo. Al poco de llegar, Cortés empezó a sentirse como un póster de Megan Fox en una cacharrería, al percibir cómo le escudriñaban los ojos de todos los presentes.
«Serán imaginaciones mías», se consoló.
El almuerzo lo había organizado el propio Pedro Campo desde la mansión del Maresme, que habló uno por uno con los comensales para asegurarse de que asistirían sus principales sospechosos junto a los responsables de otras áreas de la entidad.
«A éstos entrevístales y sé amable, pero no pierdas el tiempo con ellos. El topo, por narices, está dentro de la dirección comercial, son los únicos que tienen acceso a la información filtrada a la competencia», le había advertido Campo minutos antes mediante mensajes de WhatsApp.
Por lo menos, unos quince pares de ojos le habían estado observando durante toda la mañana como si fuera un bicho exótico.
La primera persona que le presentaron fue el arquitecto del edificio, quien le explicó su diseño con lujo de detalles. Fue inaugurado en 1997, y hacía alusión a la antigua y majestuosa ciudad maya de Calakmul, en el estado de Campeche, ya que cada uno de los elementos que lo conformaban era la imagen de una deidad. Entusiasmado, Agustín Hernández le comentó que transmitía un simbolismo fabuloso:
—El cuadrado es la tierra y el círculo, el cielo —le indicó el arquitecto mientras Cortés se ponías las gafas para que no le deslumbrara el sol, que empezaba despuntar detrás de las nubes—. Son símbolos que han existido a través del tiempo y el espacio: en la época de Zoroastro, en los países islámicos, entre los mayas, los chinos, los aztecas, etcétera. Es increíble la abstracción de esa unidad; en ese edificio, a veces, parece que hay una esfera dentro de un cubo —remarcó fascinado ante la inexpresiva mirada de Cortés.
—Muy bonito —contestó él—. Imponente, el edificio. —«Pero yo no he venido a que me den una lección de arquitectura, sino a centrarme en mis pesquisas», pensaba a la vez que asentía con la cabeza.
Por último, el arquitecto le mostró los numerosos premios que había recibido el edificio.
En ese momento, apareció el country manager, que parecía estar buscando a Cortés, y cuyo rostro se iluminó al verlo.
—Hombre, estaba usted aquí —le dijo abriendo los brazos.
Se llamaba Jesús González. Era un español alto, moreno y de mediana edad con el que Cortés ya había mantenido la primera entrevista. Resultó un fiasco en toda regla, pues apenas le sacó información útil, ni siquiera para el reportaje y aún menos para obtener alguna pista. Pero, además, aquel sujeto le hizo más preguntas sobre España que al revés y, para colmo, cuando solo llevaban unos doce minutos de encuentro, su secretaria les había interrumpido diciendo que él tenía que atender una llamada importante.
El directivo le emplazó a continuar más tarde la reunión, pero no fue posible pese a la insistencia de Cortés. Sentía que el tal González le ocultaba algo, lo notó cuando le preguntó por el currículo de su equipo comercial, Cortés quería aclarar cuándo y cómo había llegado todo el personal bajo su mando. El country manager se mostró nervioso y evasivo.
Cortés trató de quitarse todo aquello de la cabeza y relajarse con la comida.
—En España tuvimos al bueno de Camarón de la Isla, supongo que les suena... el gran cantaor gitano, aunque estos camarones empanizados están más buenos sin duda alguna —bromeó el periodista, tratando así de romper el hielo ante el silencio incómodo que se había establecido desde que se sentaron.
Una risa generalizada inundó la mesa. Un individuo muy bajito de estatura y con una gran barriga, que dijo llamarse Julián, respondió, diciéndole que él escuchaba de vez en cuando a Camarón de la Isla. Por su parte, América, una chica de edad similar a la suya y muy delgada comentó que le encantaban Camilo Sexto y José Luis Perales.
«Madre mía, ¡vaya gustos musicales que se gastan! Como los de mi abuela», pensó Cortés.
Delante tenía a otra mujer que se veía muy segura de sí misma.
—Sin duda, yo me quedó con el gran Sabina y sus provocadoras canciones —le dijo mirándole a los ojos, a la vez que chupaba una de las cabezas de camarón, despacio y con deleite. Justo él había replicado esa mañana a su amigo Toni con la canción Sin embargo del popular cantante: «De sobra sabes que eres la primera. Que no miento si juro que daría por ti la vida entera». En aquel momento tuvo que apartar la mirada ante las risitas malévolas cercanas. Había estado reunido con ella más tiempo que con los demás. Se llamaba Mitzi Vargas y era la subdirectora comercial.
Como su trabajo «oficial» consistía en realizar un amplio reportaje sobre las relaciones del banco con los principales colectivos con los que interactuaba, comenzó entrevistando a las cabezas visibles de la compañía: la dirección general, la financiera, la de recursos humanos, la de comunicación y relaciones institucionales y, por supuesto, a la dirección comercial. Recordó otra vez las palabras del financiero Pedro Campo: «Pégate a ellos como una lapa y gánatelos».
Con Enrique Contreras, el director comercial, apenas había podido intercambiar poco más que un saludo y unas palabras de cortesía. Iba siempre acompañado de una becaria que dijo llamarse Laly Canche, una chica regordeta de piel y labios oscuros que no fijaba la vista en nada que no fuera el suelo o una libreta, pues iba tomando notas de ciertas instrucciones que le daba Contreras. El director comercial le dijo que lo lamentaba pero que tenía una reunión importante fuera de las oficinas y que Mitzi Vargas, la segunda al mando del departamento comercial, le explicaría de manera detallada todo lo que quisiera saber. La mirada del tal Enrique le resultó algo tenebrosa, por lo que apuntó su nombre mentalmente en la lista de sospechosos. Mitzi Vargas conversaba muy bien, en su hoja de vida Cortés pudo leer que tenía cincuenta y seis años. Lucía un largo cabello rubio y ojos azules; era de estatura mediana y solo unas pronunciadas bolsas debajo de los ojos apenaban su rostro.
No obstante, Cortés se había sentido algo incómodo en la entrevista sin saber muy bien el porqué; aquella mujer le ponía nervioso, quizá porque se acariciaba el pelo de forma continua y refrendaba cada cosa que decía tocándole la mano, algo que hizo en diversas ocasiones. Para el periodista toda aquello estaba fuera de lugar. Él trató en todo momento de aparentar normalidad. Durante la comida, volvió a notar que ella fijaba en él su mirada de vez en cuando.
A su lado estaba el director financiero, José Barriosanto. Un individuo gordo con un destacado bigote que le recordaba a Pancho Villa. El becario le había parecido más misterioso de todos, un tal Lorenzo Alonso, que se paseaba como un fantasma a lo largo y ancho de la oficina. Logró sobresaltar a Cortés hasta en dos ocasiones, apareciendo detrás de él como por arte de magia. Cortés creyó que aquel individuo lo había hecho a propósito mientras el periodista hacía anotaciones en su cuaderno, quizás con ánimo de ver lo que escribía. Con disimulo, apuntó un nombre más en su lista de sospechosos. Pensó que podría encargarle a su colega el Mafias que hiciera seguimiento en redes sociales del individuo en cuestión, y de los demás sospechosos.
La comida había sido más amena de lo que esperaba y, cuando se estaba despidiendo, echó un último vistazo a la panorámica espectacular que podía disfrutarse desde la terraza del restaurante; durante unos momentos, se paró a observar en una esquina, a lo lejos, lo que parecían ser unas fachadas ruinosas, como de madera.
—¿Eso qué es? —preguntó al joven camarero, que se movía tan incómodo con su elegante esmoquin como él con su corbata.
—El México real —respondió con un susurro mientras abría los ojos achinados. Mitzi le cogió por sorpresa del brazo y se lo llevó hasta el ascensor.
—Ahí no puedes ir, es peligroso, y más para alguien como tú o como yo —le dijo señalándole sus ojos azules—. No olvides mañana la ropa deportiva, que nos tocará volar con las mariposas hasta el más allá... —añadió en tono misterioso.
Cortés iba a responder, pero Mitzi no le dejó; se acercó a él y le dio un beso cerca de la comisura de los labios.
Darmowy fragment się skończył.