Czytaj książkę: «De uno a cuatro»

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Este libro está dedicado a las familias con niños pequeños, pues nuestras experiencias en la infancia, forman la base de nuestras actitudes hacia los demás y hacia el mundo.

A través de este libro las parejas podrán vivir mejor las experiencias del día a día con sus hijos y crecer junto a ellos de manera más saludable.

Paulien Bom / Machteld Huber

DE UNO

A CUATRO

Acerca de este libro:

Conscientes de las tareas, a menudo contradictorias, con las que se enfrentan padres y educadores, las autoras del presente libro tratan de ofrecer respuestas muy concretas a las situaciones diarias más diversas y a las principales cuestiones educativas. Su propósito es que a los adultos les sea posible reaccionar adecuadamente e intervenir, en caso necesario, durante las diversas fases individuales del desarrollo de cada niño.

Las caricias son tan necesarias
como la comida y la bebida

∼CLAUDE STEINER∼

DE UNO A CUATRO

PAULIEN BOM / MACHTELD HUBER

Las verdaderas necesidades de los niños durante la primera infancia

DESARROLLO - EDUCACIÓN - CUIDADO

TRADUCCIÓN DE ARTUR MATHEU


© Ing Edicions s.l.

Av. Josep Tarradellas, 118, 1r B

08029 Barcelona

934 195 959

ing@ingedicions.com

www.ingedicions.com

© Voedingsinstituut Dúnamis/Uitgeverij Christofoorr, Zeist, 1997.

Título original: Groeiwijzer van één tot vier jaar

Paulien Bom en Machteld Huber

© Paulien Born y Machteld Huber

Traducción: Artur Matheu

Corrección: Zaida Díaz García

Fotografía portada: Stockphoto

Dirección de arte: GlassCube

Asesora pedagógica: Àuria G. Galcerán

Maquetación: Susanna Pérez

Todos los derechos reservados para la edición castellana

1ª edición: noviembre de 2002

2ª edición revisada y renovada: noviembre de 2016

ISBN: 978-84-120293-9-0

Producción del ebook: booqlab.com

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni su transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Índice

¿QUÉ ES LO MÁS IMPORTANTE EN NUESTRO TRATO CON LOS NIÑOS PEQUEÑOS?

Los niños necesitan el calor del hogar

Todo a su tiempo

Los niños pequeños necesitan protección

La posibilidad de tener experiencias originales

Modelo e imitación

Cada niño tiene su propia identidad

EL DESARROLLO DE LOS NIÑOS DURANTE LA PRIMERA INFANCIA

El desarrollo corporal

El desarrollo motor

El desarrollo del habla

El desarrollo de la facultad de pensar

El desarrollo socioemocional

El desarrollo de la voluntad

LA EDUCACIÓN ENTENDIDA COMO UN ARTE

La atención

El ritmo, los hábitos y los rituales

Las reglas y los límites

Decir “No”

Castigar y premiar

Las tres “armas” del niño pequeño

LOS PADRES Y LOS HIJOS: LA FAMILIA

El hogar

Las relaciones de apoyo mutuo

La responsabilidad de los educadores

Los hermanos

Las peleas

La relación de pareja de los padres

NUESTRA VIDA DIARIA CON LOS NIÑOS

La alimentación

El cuidado de los dientes

Sobre la llamada “sexualidad infantil”

El adiós a los pañales

La ropa de los niños

Los juegos y los juguetes

Los niños y los muñecos

Pintar y modelar

Las rimas y las canciones

Contar cuentos y leer en voz alta

Los niños y las estaciones del año

La televisión

La seguridad de los niños

CONSEJOS PRÁCTICOS PARA CADA UNA DE LAS ETAPAS DE LA PRIMERA INFANCIA

Del primer año al año y medio

Del año y medio a los dos años

Del segundo al tercer año

Del tercer al cuarto año

LAS ENFERMEDADES INFANTILES

El dolor y la fiebre

El papel del médico de cabecera

Las enfermedades infantiles más frecuentes

El trato que necesitan los niños enfermos

BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS

La realidad de la infancia es una idea que atraviesa todas las fronteras; a veces la detienen y rechazan, pero siempre continúa su camino

∼NELI POSTMAN∼

¿QUÉ ES LO MÁS IMPORTANTE EN NUESTRO TRATO CON LOS NIÑOS PEQUEÑOS?

¡Todos los niños son distintos! A partir de esta constatación podríamos pensar que hay que renunciar a cualquier principio educativo y dejar que cada situación particular determine nuestro comportamiento como educadores. Sin embargo, es importante ser conscientes de algunos aspectos que tienen validez para todos los niños.

TODO DESARROLLO, POR MUY INDIVIDUAL QUE SEA, SE BASA EN UNAS LEYES GENERALES.

CONOCERLAS NOS AYUDA, A LOS PADRES Y A LOS EDUCADORES, A CREAR UN ESPACIO PROTECTOR ALREDEDOR DE LOS NIÑOS Y A NO PERDER LA CALMA EN AQUELLOS MOMENTOS EN LOS QUE PODRÍAMOS SENTIRNOS DESBORDADOS. ASÍ PUES, EN PRIMER LUGAR, NOS CENTRAREMOS EN ALGUNAS COSAS QUE NOS AYUDARÁN A CREAR UN FUNDAMENTO A PARTIR DEL CUAL PODAMOS ADOPTAR MEDIDAS EDUCATIVAS APROPIADAS PARA CADA SITUACIÓN PARTICULAR.

LOS NIÑOS NECESITAN EL CALOR DEL HOGAR

Los niños no pueden desarrollarse bien si carecen del “calor de un nido”. Para que ese calor exista, lo más importante de todo es el afecto. Gracias al amor que reciben y a los ánimos que les damos, los niños aprenden a confiar en las personas que tienen a su alrededor, a sentirse seguros y a prestar atención al mundo que les rodea con absoluta confianza.

Cuando hablamos del “calor del nido” hacemos referencia tanto a la calidez de corazón, a la cordialidad y a la comodidad del hogar para que todos los miembros de la familia se sientan bien en él, como al simple calor corporal, puesto que los niños deben ir vestidos de tal modo que se sientan cómodos y abrigados.

— LOS LÍMITES Y LA CLARIDAD FORMAN PARTE DEL AMOR —

Algunas veces nos puede parecer que esta importante tarea de los padres está en contradicción con la de señalar a sus hijos dónde están los límites. Cuando los adultos señalan un límite, deben mostrar determinación y decisión; aparentemente todo lo contrario al amor y a la calidez, que suelen ir asociados con la indulgencia y con la suavidad. Sin embargo, el amor entendido en un sentido amplio también implica ofrecer seguridad y claridad, aunque para ello sea necesario adoptar una conducta decidida que, en ocasiones, puede resultarnos desagradable a los propios padres.

Al fin y al cabo, para crear un hogar o un nido cálidos se necesita también algo que expresa muy bien un dicho popular australiano: “Lo más bello que le podemos dar a un niño son raíces y alas”. Si desde la infancia les prestamos atención a esos dos ámbitos por igual —transmitiéndoles calor, claridad y seguridad, y ofreciéndoles al mismo tiempo las suficientes posibilidades de descubrir el mundo—, correremos menos riesgos de caer con frecuencia en alguno de los extremos.

TODO A SU TIEMPO

Para que los niños tengan un buen desarrollo, es decisivo que puedan recorrer completamente todas sus fases, y que dispongan de tiempo suficiente para cada una de ellas, porque cada nuevo paso en su evolución supone una especie de ruptura y puede considerarse como un pequeño nacimiento.

Todos sabemos que los embarazos deben tener cierta duración para que los niños nazcan sanos. Si duran más de cuarenta semanas —o menos—, surgen algunos problemas que con frecuencia se hacen evidentes durante el parto.

El arte de educar consiste en encontrar el término medio preciso entre estimular a los niños demasiado o demasiado poco. Hoy en día existe la tendencia a acelerar el desarrollo de los niños, estimulando sobre todo sus capacidades intelectuales. Sin embargo, eso implica un empobrecimiento de otros ámbitos con sus correspondientes repercusiones, puesto que, al fin y al cabo, durante su vida el ser humano necesitará disponer de otras capacidades, además de las simplemente intelectuales.

LOS NIÑOS PEQUEÑOS NECESITAN PROTECCIÓN

El adulto, con la ayuda de su facultad de pensar, puede resumir y ordenar sus percepciones, puede distanciarse del mundo y de ese modo, consigue crear una especie de pared protectora a su alrededor.

En los niños pequeños, por el contrario, cada una de las impresiones que reciben a través de sus sentidos penetra en su interior y afecta, incluso, a la delicada formación de sus órganos. Los especialistas consideran, por unanimidad, que los tres primeros años de vida constituyen la fase más vulnerable y de mayor influencia en el desarrollo de los niños, tanto en lo que se refiere a su salud física posterior como a su bienestar anímico. Durante esos tres primeros años los niños dependen totalmente de sus padres. Ellos son quienes les proporcionan todo lo que necesitan y los protegen, tan bien como pueden, de estímulos y experiencias no deseados.

— LOS PRIMEROS AÑOS DEL NIÑO SON DECISIVOS PARA TODA LA VIDA —

LA POSIBILIDAD DE TENER EXPERIENCIAS ORIGINALES

Para que la primera fase de los niños pequeños sea saludable, es importante que tengan la oportunidad de reunir suficientes experiencias; experiencias que puedan aprovechar desde la perspectiva de sus propias posibilidades y que contribuyan a fomentar su sano desarrollo.

— LA IMPORTANCIA DE LAS EXPERIENCIAS SENSORIALES —

En primer lugar, están todas las experiencias sensoriales que los niños reciben de forma natural a través de sus ojos, sus oídos, el olfato y la piel. Perciben el olor del bosque, sienten la arena fría y la aspereza de la piedra, muerden una manzana, escuchan el viento o un pájaro y oyen a alguien cantando una canción. Este tipo de experiencias son numerosas. Caer y volver a levantarse, trepar, mantener el equilibrio sobre un triciclo, construir una gran torre con pequeñas piezas de madera. Sentarse a la mesa con mucha hambre después de no haber parado de moverse y hacer cosas. Mojarse y tener frío cuando llueve y después calentarse en una habitación caldeada, o romper a llorar porque a su hermana le dejan coger de la estantería un libro con ilustraciones muy bonitas que a él no le dejan.

Si los padres se ponen como meta transmitir a su hijo únicamente experiencias agradables, impiden el desarrollo de sus facultades sociales. Además, existe el peligro de que un niño así eche de menos la intensidad y los retos de una forma de vida donde las experiencias bonitas y las menos bonitas se alternan. Eso puede llevarle más adelante a buscar de forma inconsciente experiencias cada vez más placenteras, con el fin de compensar la falta de experiencias intensas.

Evidentemente es inevitable que se produzcan situaciones arriesgadas para la salud. A través de los ojos, los oídos, la piel, la boca y la nariz, el niño incorpora algunos elementos que pueden provocarle enfermedades, como es el caso de las alergias; pero como no va a ser posible eliminar estas cosas del mundo, lo fundamental es crear una compensación y ofrecer a los niños las máximas posibilidades de obtener experiencias originales.

MODELO E IMITACIÓN

Los niños necesitan tener un modelo para poder desarrollar lo que llevan dentro, lo que hay en ellos. Los bebés y los niños pequeños aún están totalmente abiertos a todo lo que sucede a su alrededor. Jugando, y a menudo sin que ni siquiera nos demos cuenta, imitan todo lo que hacemos. Por esa razón el modelo que los padres les ofrecen a sus hijos constituye el principal medio educativo durante los primeros años de vida. Además, los niños no sólo ven lo que hacen los adultos, sino también cómo lo hacen. Cuanto más interés, amor y alegría pongamos en nuestras acciones, más positivo será el efecto que esas acciones tendrán sobre los niños. Estos son los retos a los que se enfrentan los padres. Pero sin miedo: ¡ningún adulto dispone, desde el principio, de dicha facultad!

No tenga miedo de cometer errores

IGUAL QUE CADA NIÑO ES DIFERENTE, TAMBIÉN CADA PADRE Y CADA MADRE SON DISTINTOS. POR ESO NO PUEDEN EXISTIR SOLUCIONES DEFINITIVAS PARA LAS SITUACIONES DIFÍCILES.

Quien educa a su hijo de acuerdo con un método en exclusiva, o quien se deja guiar en exceso por el parecer de otras personas, corre el riesgo de descuidar sus propias impresiones y su propia capacidad de juicio. De esa forma los padres no se hacen ningún favor, ni a ellos mismos ni a su hijo. Una gran parte de la educación consiste en observar muy atentamente a los niños y ver cómo reaccionan ante lo que hace o dice su educador, pero al mismo tiempo hay que dirigir la mirada a uno mismo y estar atento a las propias necesidades para valorarlas debidamente. A fin de cuentas la educación tiene que ver con el hacer, y todos los padres cometen errores. Para muchos ser padres es como lanzarse a la piscina. Educar no significa evitar las equivocaciones, sino emprender con valentía el propio camino, por muy inseguro que uno se pueda sentir al principio. Por mucho que los padres intenten hacerlo todo correctamente, los errores son inevitables. Precisamente, el arte del educador consiste en aprender de los propios errores. ¡Al fin y al cabo, quienes son padres deben aprender a serlo desde cero!

— LOS ADULTOS SON UN MODELO DE IMITACIÓN —

CADA NIÑO TIENE SU PROPIA IDENTIDAD

Los niños de una misma familia resultan con frecuencia muy distintos. La educación y la herencia no son los únicos factores determinantes. Cada niño también trae consigo algo propio que a lo largo de la infancia se hace cada vez más patente. Todo ser humano tiene su propia identidad, y en él juegan un papel importante sus predisposiciones, sus talentos, sus carencias y las enfermedades que padece. En uno de sus hijos puede predominar un carácter radiante, alegre, sin complicaciones, mientras su hermano, por el contrario, puede estar marcado por enfermedades, fuertes cambios de ánimo y otras complicaciones. Con uno, el adulto puede tener una sensación de seguridad, y con el otro, dudar una y otra vez sobre su propia destreza como educador. Comprender que estas dificultades —al menos hasta cierto punto— forman parte del camino de ese niño debería contribuir a tranquilizar a sus padres y ayudarlos a aceptarlas. Ni siquiera dándoles todas las atenciones del mundo y una buena educación, seria sería evitar algunos problemas con los que nuestros hijos se encuentran en su desarrollo.

Resumen

* El amor y el calor, junto a unos límites bien señalados y claros, crean el ambiente básico para un mejor desarrollo de los niños.

* Trate de encontrar el punto medio entre la carencia y el exceso de estímulos, entre exigirles mucho, y demasiado temprano, o exigirles demasiado poco.

* Permita a su hijo que tenga experiencias auténticas.

* En la educación no existen soluciones únicas y definitivas. Atrévase a cometer errores, tenga en cuenta sus propias impresiones y confíe también en su capacidad para juzgar las cosas.

* Piense que su hijo siempre imita su forma de vivir, el cómo vive usted.

* Cada niño tiene sus particularidades personales. También los obstáculos y las dificultades forman, en determinadas circunstancias, parte de él.

¿Alguien sabe de dónde viene el sueño que revolotea por los ojos de los niños?
Se rumorea que habita en la ciudad de las hadas y desde allí viene a besar sus ojos

∼Rabindranath Tagore∼

EL DESARROLLO DE LOS NIÑOS DURANTE LA PRIMERA INFANCIA

Aunque el desarrollo de los niños se produce principalmente de acuerdo con ciertas regularidades, el tiempo y el orden de sucesión de las distintas fases de desarrollo pueden variar de un niño a otro. En todas estas fases la palabra clave es “movimiento”.

MOVIÉNDOSE ES CÓMO LOS NIÑOS SE CONOCEN A SÍ MISMOS Y CONOCEN EL MUNDO. LAS EXPERIENCIAS QUE TIENEN AL MOVERSE LES AYUDAN A ADQUIRIR LAS TRES HABILIDADES QUE DIFERENCIAN AL SER HUMANO DE LOS ANIMALES: ANDAR ERGUIDO, HABLAR Y PENSAR. EN EL TRANSCURSO DE LA PRIMERA INFANCIA, LOS NIÑOS HARÁN SUYAS ESTAS PRIMIGENIAS HABILIDADES HUMANAS QUE, EN PARTE, SE DESARROLLAN PARALELAMENTE Y, EN PARTE, SE SUCEDEN UNA TRAS OTRA.

Las personas que hay en el entorno de los niños juegan un papel importante para su desarrollo.

En primer lugar, esto es debido a su función de modelo a imitar. Al fin y al cabo, todos los procesos de movimiento de los niños tienen por finalidad imitar a los adultos. Hay que ofrecerles tantas oportunidades como sea posible para que se muevan, para que sean cada vez más hábiles en sus movimientos: al correr, al trepar, al ir en bicicleta, al lanzar y agarrar objetos. Cuanto más variada sea la oferta que les brindemos, mejor adquirirán cada una de esas destrezas.

Con el fin de mantener una buena claridad de exposición, vamos a dividir este capítulo sobre el desarrollo infantil en distintos apartados, aunque en los primeros años de vida cada uno de esos desarrollos depende de los otros y, en realidad, no se puede establecer una clara diferencia entre los procesos corporales y los psíquicos. Además del desarrollo motor, del habla y del pensar, vamos a hablar del desarrollo socioemocional y del de la voluntad. Para cada una de esas facultades indicaremos una edad aproximada, pero no debe ser motivo de preocupación si el ritmo de un niño es un poco más lento. Cuando un niño aprende a andar muy tarde, quizá se deba, simplemente, a que no tiene ninguna prisa y, si se le deja su tiempo, la mayoría de las veces la cuestión se resolverá por sí sola. Sin embargo, también es cierto que en algunos casos excepcionales podría ser el síntoma de un desarrollo anómalo, entonces una intervención a tiempo resulta vital. En cualquier caso, es importante realizar con regularidad visitas médicas preventivas.

— CADA NIÑO TIENE SU PROPIO RITMO —

Resulta fascinante constatar todo lo que nuestro hijo sabe hacer. Igualmente fascina observar cómo realiza esos pasos, puesto que también en el mismo proceso se expresa su particularidad. Un niño, por ejemplo, puede aprender a andar más tarde que los demás, pero en el transcurso de un solo día llegar a hacerlo con sorprendente perfección; mientras que otro niño puede intentar dar sus primeros pasos más temprano, y no conseguir andar hasta después de muchos intentos fallidos.

EL DESARROLLO CORPORAL

Resulta fácil observar el desarrollo corporal de los niños a partir de sus cambios en el aspecto físico.

* Un niño de un año todavía tiene un cuerpo de bebé, aunque a lo mejor ya se mantiene de pie o puede andar. La cabeza, en comparación con el resto del cuerpo, es aún muy grande y supone una cuarta parte de su longitud total. A esta edad, a los niños no se les distingue bien el cuello del cuerpo porque hay muy poco espacio entre ellos. Su cabeza se ve, más o menos, directamente sobre el tronco; todo el cuerpo es redondo y blando, con zonas mullidas en las manos y pliegues en las muñecas. Cuando los niños tienen aproximadamente un año y medio se produce un cambio. Las relaciones corporales varían paulatinamente ya que la cabeza, en comparación con el resto del cuerpo, crece con menor rapidez.

* Hacia los dos años y medio empieza a configurarse la imagen típica del niño pequeño, que mantendrá hasta que cumpla los cinco años. La cabeza equivale ahora a una quinta parte de la longitud total del cuerpo. El cuello ya es más visible y permite que la cabeza sea algo más libre respecto al tronco, que ha crecido mucho y más que las piernas. En este período resulta llamativo que el tórax y la barriga conforman una gran zona redonda y blanda, donde aún no se distingue la cintura.

* Después del quinto año el crecimiento se desplaza hacia las piernas y los pies, cuyo desarrollo, en comparación con la cabeza y el tronco, había quedado algo atrasado. Los pies, por ejemplo, hasta el cuarto o quinto año no han terminado de formarse, y antes de cumplir los cinco años los niños los tienen planos por naturaleza. Tampoco la posición de las piernas es la misma que al final del periodo de educación infantil. Las posiciones erróneas son eventuales y completamente normales. Muchos niños con un año y medio mantienen las piernas arqueadas o en forma de (). Alrededor de los tres años eso cambia y muchos tienen las piernas zambas o en forma de X.

Para los niños las experiencias corporales son su gran centro de atención. Tienen verdadera necesidad de contacto físico y quieren conocer su cuerpo a fondo. Sus educadores pueden ayudarlos si les practican con cariño un buen cuidado corporal, si les hacen caricias y, por ejemplo durante el baño, les dan la oportunidad de que se descubran de pies a cabeza. En el capítulo sobre el llamado desarrollo sexual (véase página 60) trataremos el tema con mayor detenimiento. Por otro lado, el niño descubrirá su cuerpo sobre todo a partir de la acción.

EL DESARROLLO MOTOR

Después del primer año de vida, la mayoría de los niños alcanzan una de las metas más importantes del desarrollo motor: logran mantenerse de pie y avanzar agarrados a los muebles, y algunos pueden andar sin tener que sujetarse a ningún sitio.

A partir de ahora aprenden a moverse cada vez con mayor destreza. Al principio dirigen sus movimientos según lo que sucede delante de ellos, pero paulatinamente desarrollan la percepción para lo que se encuentra a su lado y, finalmente, para el espacio que hay detrás de ellos. Durante este período los niños tienden a ejecutar sus movimientos de forma simétrica y a utilizar por igual, con la misma frecuencia y alternativamente, su mano derecha y su mano izquierda.

A partir del tercer año, manifiestan una preferencia por la derecha o por la izquierda. Este proceso se denomina lateralidad. En adelante, el esquema de movimiento es asimétrico: los niños tratan, por ejemplo, de sostenerse sobre una sola pierna. Esta preferencia por la izquierda o la derecha no se limita a las manos o a las piernas, también afecta a los ojos y a los oídos. En general, eso significa que un niño de tres años tendrá preferencia por la mano y la pierna derecha o por la mano y la pierna izquierda. A veces se dan mezclas, hay niños zurdos de mano que emplean preferentemente la pierna derecha. Igualmente en el caso de los ojos y de los oídos existe un lado dominante. Lo podemos observar cuando, por ejemplo, siempre sostienen el teléfono sobre la misma oreja.

— DIVERSIFICAREMOS LAS ACTIVIDADES DE MOVIMIENTO —

Durante esta fase también se desarrolla la motricidad fina. Alrededor del primer año los niños tantean, palpan y sostienen pequeños objetos entre el pulgar y el índice. Poco a poco aprenden a apilar las piezas de un juego de construcción, a comer con cuchara y tenedor, a beber solos de un vaso y a desatar cordones o desabrochar un botón.

Hacia el cuarto año la motricidad fina se ha desarrollado tanto que ya son capaces de vestirse solos o de ensamblar las piezas de un tren de juguete.

Un momento de reflexión

EL APRENDIZAJE DEL MOVIMIENTO EN LOS NIÑOS TAMBIÉN SE PUEDE VER COMO UN APRENDER A ENTENDER LA FUERZA DE LA GRAVEDAD. Aprenden a erguirse en dirección contraria a esta fuerza. Para ejecutar correctamente sus movimientos, todos sus sentidos tienen que cooperar de forma bien coordinada. En el adulto ese tipo de colaboración está tan desarrollada que ya no piensa que en que en cada movimiento ejecutado se hallan implicados varios sentidos. Al ver con el rabillo del ojo el umbral de la puerta, levantará inmediatamente el pie para no tropezar. Correr y sostener al mismo tiempo algo en la mano, correr y mirar hacia atrás, o darle una patada a una pelota sin caer al suelo, son destrezas evidentes para el adulto, pero un niño las aprende con grandes esfuerzos y después de practicar mucho.

EL DESARROLLO DEL HABLA

Habitualmente el desarrollo del habla inicia su plena actividad entre el primer y el segundo año. Durante el primer año los padres pueden haber “preparado el terreno” hablando con su hijo y cantándole canciones.

1ª fase

El primer año de vida se denomina algunas veces período rítmico-musical porque, durante este tiempo, los niños sienten más interés por los elementos musicales, melódicos y rítmicos del lenguaje que por el significado de las palabras. Después de esta fase sigue existiendo esa afinidad, pero, además, los niños desarrollan un interés más verbal: entienden y aprenden a utilizar muchas palabras.

En todo el planeta los niños de pecho comparten un lenguaje idéntico, lo que los adultos denominamos balbucear. Solo más tarde adoptan la lengua materna y el balbucear se especializa, es decir, se mantienen solamente los sonidos que constituyen el fundamento de la lengua materna.

Las primeras palabras que aprenden los niños hacen referencia a las personas, a los objetos y a las acciones de su entorno inmediato, como “papá”, “mamá”, “guau”, “miau“, etc. Al principio las pronuncian de forma totalmente ininteligible, y a menudo solo son capaces de entenderlas quienes siempre están con ellos. Poco a poco aumenta su vocabulario y pueden expresarse con palabras comprensibles.

Generalmente, a la aparición de esa capacidad de expresión le precede un período durante el cual, aunque los niños quieran expresarse con palabras, no lo consiguen. Ese es quizá uno de los motivos por los que tienen fases transitorias en las que están impacientes y refunfuñones, hasta que finalmente logran armonizar mejor el querer y el poder.

El desarrollo de los niños durante la primera infancia

La lengua, espejo del desarrollo del pensar

LAS PALABRAS QUE EMPLEAN LOS NIÑOS NOS PERMITEN HACERNOS UNA IMAGEN DE LO QUE ENTIENDEN DEL MUNDO.

Primero descubren que todo objeto tiene un nombre. En esta fase utilizan solamente sustantivos, de ese modo nos muestran que viven con las cosas que ven, es decir que “son”. Cuando los niños empiezan a utilizar verbos demuestran que comprenden lo activo, lo que está en formación, lo que deviene. Por primera vez se despierta en ellos una idea de lo que es el tiempo. Cuando a los verbos les siguen los adjetivos como “bonito”, “grande”, “pesado”, etc., manifiestan que se están ocupando de los matices y de las cualidades de las cosas.

Durante el tercer año, los niños empiezan a emplear el “Yo” para referirse a sí mismos, a diferenciar entre “yo” y “tú”, “mío” y “tuyo”, y a utilizar pronombres. Entonces podemos deducir que ya sienten a las otras personas como seres autónomos, distintos de ellos, con su propia existencia. Además, cada vez con mayor frecuencia, incorporan a su lengua los llamados conceptos abstractos, como “ayer” y “mañana”, “primero” y “después”.

ALGUNOS CONSEJOS PARA FOMENTAR EL DESARROLLO DEL HABLA

* Para aprender una lengua, lo más importante es tener un buen modelo. Es muy efectivo que el adulto acompañe con palabras todo lo que hace, de ese modo transmite al niño con el lenguaje lo que el niño ve y vive. Si se habitúa a hacerlo y lo hace con ganas, el adulto ayudará sin darse cuenta a que el niño pronuncie correctamente las palabras que quiere aprender. Por el contrario, si le habla en un lenguaje infantil y lleno de diminutivos, el niño empezará de forma instintiva a rebelarse.

* Un niño se podrá expresar mejor y establecer mayor comunicación verbal con otras personas, cuando experimente que realmente se le está escuchando, incluso aunque se embrolle con las palabras o se enrede al construir una frase. A menudo, solo por sus gestos ya sabemos lo que nos quieren decir. El arte de educar consiste ahora en esperar pacientemente hasta que también ellos sean capaces de encontrar, por sí solos, la expresión verbal de lo que quieren decirnos. Del mismo modo, es importante que durante la infancia practiquen el escuchar a otra persona atentamente. Los ruidos de fondo constantes de la radio, disco compacto o de la televisión entorpecen ese proceso, porque los niños se acostumbran desde pequeños a seguir parloteando y hablando en voz alta, aunque haya alguien hablando al lado suyo.

* “Corrección suave”. Cuando los niños pronuncian mal algunas palabras o no construyen bien algunas frases, les servirá de ayuda que repitamos otra vez lo que han dicho de forma clara, pero sin excesivo énfasis. Los niños aprenden a hablar con mayor facilidad en un entorno en el que se sienten seguros. También son muy sensibles a cómo reaccionan los adultos ante sus intentos de hablar.

* Los niños pequeños poseen un sentido muy marcado del elemento musical del lenguaje y adoptan sobre todo la entonación con la que se dice algo. A los niños les encantan los dichos y las rimas, puesto que en ellos el elemento melódico está mucho más marcado que en el lenguaje coloquial.

2ª fase

Tras la fase de las palabras sueltas, es decir, hacia finales del segundo año, los niños empiezan a hablar con frases cortas y entran en un nuevo ámbito de la lengua. La formación de frases está relacionada con estructuras de la lengua que se hallan reflejadas en un gran número de reglas gramaticales. Aunque un niño no es directamente consciente de esas reglas, gracias al buen ejemplo y a sus propias pruebas y experimentos, poco a poco adquiere una sensibilidad y un sentido de las mismas. El buen dominio de la lengua materna y un buen vocabulario son los requisitos más importantes para una facultad de comprensión bien diferenciada y para la adquisición de un pensar rico en matices.

EL DESARROLLO DE LA FACULTAD DE PENSAR

Los primeros aspectos que debe desarrollar un niño en su camino hacia la facultad de pensar son la percepción y el reconocimiento. Al final del primer año ha logrado ya grandes progresos en ese sentido.

Podemos decir que a través de la percepción una parte del mundo exterior entra en el mundo interior del niño. Así, desde pequeños, los niños adoptan con todos sus sentidos muchísimas percepciones que se convertirán en sus imágenes interiores.

Un niño viviría constantemente cada nueva percepción como algo totalmente nuevo y desconocido si no se hubiera formado su capacidad de reconocer. Gracias a este primer paso de la memoria, poco a poco reconoce el sonajero, el plato con la comida o el perro, cuando se los encuentra por cuarta o quinta vez. Al principio son solo percepciones aisladas, pero cuantas más cosas reconoce el niño, tantos más sucesos encajan en una imagen mucho mayor. De ese modo aprenden paulatinamente a entender la relación entre las cosas. Cuando la puerta de su habitación se abre, papá o mamá entran en ella y el bebé, con su sonrisa radiante, da a entender que ha comprendido lo que ahora va a suceder. En un siguiente paso, el bebé estira los brazos si alguien entra y así muestra activamente lo que espera. Con esta forma de captar las cosas nos ofrecen los primeros indicios de su capacidad de combinar y de pensar.

Los niños pequeños investigan por su cuenta su entorno y hacen sus primeros descubrimientos. Progresivamente, identifican las relaciones existentes entre las cosas y su capacidad de reconocimiento se afina cada vez más. Esta forma de pensar permanece unida a la realidad visible y al entorno vital de los niños hasta que cumplen cuatro o cinco años. Solo después de ese período adquieren la capacidad de formar pensamientos de forma autónoma, sin ver nada en concreto que esté en relación directa con esos pensamientos.

Además de las percepciones a través de los sentidos, el lenguaje supone un estímulo importante para el desarrollo del pensar. Este se pone en marcha conforme aprenden a denominar los objetos que les rodean.

“Pensar” significa poder establecer una conexión entre los conceptos que se dominan. El niño aprende primero, por ejemplo, lo que es “papá” y después, lo que es “baño”. A continuación logra establecer una relación entre las palabras “papá” y “baño”. Ahora está en condiciones de construir la frase “papá baño”. Aprende a manejar las palabras aprendidas y de ese modo a comprenderlas y a pensarlas.

Las palabras “hilar” o “discurrir” expresan lo que queremos decir: al pensar recorremos un camino. A veces, cuando el niño pequeño piensa en voz alta, podemos seguir ese camino paso a paso.

El mundo interior de los niños no solo se llena del color y de la vida que la realidad diaria les ofrece a través de los sentidos para convertirse en una experiencia anímica; su mundo interior también se compone de la llamada “conciencia mágica”. Es una característica de esta edad gracias a la cual el niño vive en las imágenes. Para él, la realidad y la fantasía van tomadas de la mano. Las brujas, los gigantes, los enanos, los ángeles pueblan ese reino mágico de los niños y son reales para ellos. La mirada de los adultos solo puede entrever de vez en cuando parte de ese mundo, pero la mayoría de las veces nos resulta difícil hacernos una imagen propia. En algún momento determinado, durante la infancia, ese mundo mágico desaparece. Para algunos niños ese proceso se produce de forma paulatina, de modo que los adultos apenas lo perciben.; para otros, tiene un fin repentino.

Durante esta fase, en la que aprenden a reconocer las relaciones existentes entre las cosas, les resulta de gran apoyo que el transcurso de los días sea rítmico y previsible. Cuanto más intenso sea el cuidado que los adultos le dedican a ese ritmo y plan diarios, más fuerte es el sostén y la seguridad que les damos a los niños.

— APRENDER A PONERSE EN LA SITUACIÓN DEL MUNDO MÍTICO DE LOS NIÑOS —

Los padres deben respetar esa conciencia mágica de su hijo y aprender a tratarla de forma correcta. Cuando entienden que los gigantes, los ángeles y los Reyes Magos son miembros de un mundo que conocían y que han perdido, pueden encontrar de nuevo el acceso a ese mundo y hacer que su hijo se sienta comprendido.

EL DESARROLLO SOCIOEMOCIONAL

La base del desarrollo socio-emocional es la vida afectiva.

La característica más importante de los sentimientos es que siempre oscilan entre dos polos, agradable o desagradable, alegre o triste, bonito o feo. Cada sentimiento se encuentra en algún lugar de la escala entre esos extremos de simpatía y antipatía, y va acoplado siempre a experiencias elementales de gana y desgana, atracción y aversión. En el caso de los niños pequeños, todo gira principalmente alrededor del bienestar o malestar corporales. Durante los años de educación infantil esos sentimientos se disocian un poco del propio cuerpo y entran en una relación recíproca con el entorno.

Las fases, una a una

* Si observamos el desarrollo socio- emocional de los niños pequeños, podemos percibir un punto de inflexión alrededor del momento en el que empiezan a emplear el pronombre “yo” para hablar de sí mismos, es decir, entre los dos años y medio y los tres años.

* Antes de esa fase en la que dice “Yo”, el niño pequeño se siente uno e idéntico con el mundo, unido a él en toda su diversidad. Vive de forma inmediata todas las alegrías de su alrededor, pero también todas las tristezas, y reacciona de acuerdo con ellas. Esta alternancia de sentimientos es algo muy típico en los niños pequeños. Para hacer reír a un niño que llora, a menudo basta con un poco de humor o alguna distracción.

* El primer paso en el camino hacia el autoconocimiento es, como hemos dicho, cuando el niño comienza a llamarse a sí mismo “Yo”. Ya no siente ser uno con el mundo, sino que ahora empieza a percibirse como “Yo” frente al mundo y a las otras personas. Ese es para él un sentimiento totalmente desconocido. Al decir “No” a todo, despierta de nuevo en sí mismo esa sensación de ser diferente hasta que esta permanece presente en él —aunque ya sin la necesidad de decir “No”—. Con ello termina la llamada fase de oposición.

En la siguiente fase, que empieza aproximadamente alrededor del tercer año, el “Sí” y el “No” coexisten con el mismo valor. Los niños se hacen más cooperativos y adquieren cierto sentido de lo que son las reglas. Cuando empiezan a ir a la escuela infantil ya son tan autónomos que pueden afirmarse dentro de un grupo, y sienten entonces la necesidad de jugar con otros niños.

— EL TERCER AÑO Y LA AÑORANZA DE LA TOTALIDAD PERDIDA —

Todos los niños poseen una gran fuerza en sí mismos, a menudo también efectiva en lo social: la añoranza de que el mundo que les rodea sea “feliz y seguro”. Si un objeto está roto, hay que arreglarlo, si falta uno de los miembros de la familia en la mesa, hay que ir a buscarlo. Hay que intervenir en las disputas y hay que consolar a quienes están preocupados. Sin embargo, durante la fase del “No”, a veces tenemos la sensación de que esa fuerza es ahogada por otra que todos los niños llevan igualmente consigo: el impulso de inspeccionarlo todo y de romperlo, de experimentar y de sobrepasar los límites marcados por los padres. Justamente durante esa fase los padres no deben perder de vista la otra faceta del niño, la positiva, y estimularla.

En un entorno familiar donde prevalezca la capacidad de escuchar y el respeto hacia las otras personas, y donde se traten con cuidado las cosas dentro y alrededor de la casa, la fuerza social de los niños se cuida de una manera natural. Después de todo, para el desarrollo de las capacidades sociales y de una vida emocional sana, es importante que el niño aprenda a asimilar los problemas, las contrariedades y las decepciones de la vida diaria. Eso incluye: esperar y compartir con los demás, saber manejar los celos y enfrentarse a las cosas que no salen bien.

ALGUNOS CONSEJOS PARA PADRES Y EDUCADORES

¿De qué modo puede fomentar la educación el desarrollo socioemocional de los niños?

* Con “el calor del hogar” o “el calor del nido” se consigue el requisito más importante: los niños se sienten protegidos, exploran con curiosidad su entorno y construyen poco a poco su autoconfianza frente a los eventuales obstáculos.

* Igualmente, el modelo o ejemplo que usted mismo les está ofreciendo juega aquí un papel significativo. Los niños reaccionan fuertemente frente a la atmósfera y estados de ánimo de su alrededor. Si está usted convencido de lo que está haciendo y lo hace con ganas, entonces está reforzando el sentimiento afirmativo de su hijo. Otra gran ayuda es arreglar la vivienda de modo que el niño pueda jugar tanto como quiera, sin tener que oír constantemente un “¡No!” por parte de los adultos.

* Para aprender a enfrentarse a los obstáculos y a las frustraciones, los niños necesitan el ejemplo de los padres. Si su hijo experimenta que usted reacciona con serenidad frente a una situación difícil, su efecto sobre él será muy distinto a si se pone usted colérico o, por el contrario, aparta hacia un lado los problemas porque le resultan molestos. Intente valorarse a sí mismo y la situación de forma correcta. Si consigue transformar las dificultades y las frustraciones en oportunidades plenas de sentido, logrará un efecto positivo sobre la vida emocional del niño, que será más rica y variada. Una vida emocional equilibrada supone una base firme para la vida futura y para afrontar lo que le pueda llegar, puesto que los sentimientos juegan un papel central en esos procesos.

* Además de un entorno cordial y cariñoso, y del buen ejemplo, es importante que usted escuche atentamente al niño y trate de averiguar lo que ocurre en su interior o de qué tiene miedo. Si expresa con palabras el problema, ya ha dado el primer paso para su solución y la de sus miedos.

* Una “mano firme” en la educación tiene efectos positivos sobre el desarrollo de las aptitudes sociales. Sin embargo, un régimen demasiado estricto hace que los niños se adapten demasiado a las exigencias de los padres y se conviertan en demasiado obedientes. De ese modo, evitarán poner en juego el amor de las personas que les rodean, pero, a lo mejor, lo que ponen entonces en juego es su saludable amor propio.

* Por otro lado, la escasez de dirección o de guía tampoco favorece a los niños, puesto que estos se acostumbran a hacer solo lo que les apetece. Se vuelven miedosos, porque echan de menos la guía plena de sentido de un buen educador. Si los padres consiguen encontrar un camino intermedio entre estos dos extremos, su hijo será capaz de seguir las reglas sociales y podrá desarrollar la conciencia de lo que está bien y mal en base a su propio sentido de la responsabilidad.

* Del mismo modo, a lo largo de las siguientes fases es importante que exista una autoridad sana. Si queremos que los niños desarrollen aptitudes sociales, deben aprender a obedecer, y en caso de que algo no les guste, deberán acostumbrarse a dominarse a sí mismos. Un niño con un lazo interior de unión con sus padres tenderá más a obedecer, y aprenderá a dominarse mejor que otro que tenga trastornada la relación con ellos. Si la relación es buena, esa obediencia no convertirá en absoluto a los niños en acoquinados o cobardes, por el contrario, se atreverán a plantar cara a sus padres, y ello les ofrecerá la posibilidad de conocerse a fondo a sí mismos.

Mi hijo tiene miedo: ¿qué puedo hacer?

UN SENTIMIENTO QUE TODOS LOS NIÑOS CONOCEN ES EL MIEDO. APARECE POR PRIMERA VEZ ALREDEDOR DEL PRIMER AÑO, EN FORMA DE MIEDO A LA SEPARACIÓN Y RESERVA FRENTE A PERSONAS EXTRAÑAS.

La intensidad de esos sentimientos es muy distinta en cada niño. En cualquier caso, esos sentimientos indican un cambio de conciencia. Los “no educadores” son reconocidos como personas ajenas y, como tales, rechazados. Durante este período los niños tienen gran necesidad de protección del entorno que les resulta familiar. De esa forma es posible entrever parte de la unión íntima tan especial que existe entre los niños y las personas que cuidan de ellos. Cuanto más profundamente puedan unirse los niños a alguien, más fuertemente se sentirán protegidos en su vida posterior y los futuros sentimientos de miedo que afectan a casi todos los niños, también a los mayores, no adquirirán formas extremas.

El surgimiento del miedo también se halla influido por el desarrollo de la fantasía. Alrededor del tercer año es posible percibir los primeros tímidos signos de su despertar. Por ejemplo, un periódico puede convertirse en una tienda de campaña si los niños esconden la cabeza debajo de él. Junto a la fantasía también se pone en marcha la capacidad de recordar. Esa combinación provoca que los sucesos del día adquieran unas formas grotescas durante la noche y aparezcan los miedos (véase también página 89).

Por último, también es posible que los niños sientan miedo si carecen de límites y son ellos quienes más o menos llevan la dirección de la casa. En este caso, a menudo se trata de niños a quienes les resulta difícil aceptar normas u obedecer, o a los que les gusta darse aires de importancia, pero en realidad –tal y como suelen describirlos sus padres– son extremadamente vulnerables y sienten mucho miedo.

EL DESARROLLO DE LA VOLUNTAD

Los educadores se enfrentan diariamente con la vida volitiva de los niños, puesto que la voluntad se dirige siempre hacia afuera, hacia la acción, a diferencia del pensar, que se produce en el interior de los niños.

Hasta el cuarto año, la voluntad se halla determinada, sobre todo, por lo instintivo. A esa edad los niños no han progresado tanto como para poder dirigir ellos mismos su fuerza de voluntad. En primer lugar, es el ejemplo de las personas que encuentra en su entorno inmediato el que se ocupa de poner orden en sus acciones y conductas.

— NO DEBE APELARSE DEMASIADO TEMPRANO A LA CAPACIDAD DE DECISIÓN DE LOS NIÑOS —

El momento en el que la propia voluntad se manifiesta con todas sus fuerzas: la fase de la oposición

UNO DE LOS PERÍODOS VOLITIVOS INSTINTIVOS MÁS IMPRESIONANTES ES LA LLAMADA “FASE DE OPOSICIÓN”. El niño nos muestra que él también puede ser testarudo, pero si lo observamos con detenimiento queda claro que, en realidad, es víctima de su propia “testa”. Su terquedad es la expresión exterior de una lucha interior, a través de la cual el niño se queda internamente bloqueado de vez en cuando. ¡En tal caso no podemos hablar de nada más alejado de la libre voluntad humana!

Como el niño pequeño todavía no dispone de esa voluntad libre, reacciona a una exigencia vehemente del adulto con un comportamiento negativo. A primera vista su reacción parece expresar indignación o sordera interna, pero en realidad se trata, sobre todo, de un signo de la sensación infantil de impotencia. Este tipo de reacciones aparecerán con menor frecuencia cuando el niño se sienta rodeado de una buena atmósfera y si en la educación se hace particular hincapié en lo que se les permite hacer a los niños. En lugar de decirle “No corras”, es mejor indicarle “Ve despacio”.

Las palabras mágicas son: buenos hábitos y límites claros. En esta fase es cuando los padres necesitan, de forma especial, muchísima destreza en el trato con sus hijos (véase también página 98).

Quizá lo podemos dejar más claro mediante un ejemplo. ¿Qué sucede si le preguntamos a un niño pequeño qué quiere que le pongamos en el pan? En realidad quiere de todo, puesto que todavía no sabe manejar esas posibilidades de elección. Este tipo de situación solo comporta un fatigoso tira y afloja y un enfrentamiento verbal. No hay que apelar a la capacidad de decisión de los niños, por la simple razón de que todavía no la poseen. Si se apela a ella demasiado temprano, se hace a costa de su vitalidad, y eso habría que evitarlo a cualquier precio, precisamente en esta fase en la que lo más importante es la formación sana del cuerpo.

Eso significa que son los padres quienes deben tomar las decisiones a partir de aquello que les parece lo mejor para su hijo. No es una tarea fácil ni evidente para muchos padres, puesto que resulta más agradable reflexionar con su hijo y darle la libertad para decidir en lugar de ponerle constantemente fronteras. Los padres deben aprender precisamente a percibir lo que es mejor para su propio hijo. Deben atreverse a emplear su autoridad como padres con la convicción de que, de ese modo, le ofrecen a su hijo protección y seguridad, por muy inseguros que se puedan sentir ellos en realidad.

En la infancia el sentido natural de admiración y curiosidad —si se le permite crecer— forma el núcleo de cualquier búsqueda de conocimiento en el futuro

∼RUDOLF STEINER∼

LA EDUCACIÓN ENTENDIDA COMO UN ARTE

Para ser un buen educador, en realidad debería bastar con dar a los niños buenos ejemplos, puesto que ellos permanecen totalmente fuertes. Sin embargo, se producen muchas situaciones en las que los niños no imitan al adulto.

UN NIÑO QUE, POR EJEMPLO, SE NIEGA A CEPILLARSE LOS DIENTES, TAMPOCO VA A HACERLO SI EL ADULTO SE LOS CEPILLA DELANTE DE ÉL. SI POR EL CONTRARIO, SE LE RIÑE, SOLO SE CONSIGUE EMPEORAR LAS COSAS. A MENUDO NOS SENTIMOS IMPOTENTES CUANDO LOS NIÑOS SE NIEGAN A COMER, A DORMIR, O SIGUEN NECESITANDO LOS PAÑALES. ¿CÓMO HAY QUE TRATAR A UN NIÑO CON EL QUE NO SIRVE EL BUEN EJEMPLO NI EL DECIRLE LAS COSAS CON DETERMINACIÓN? PARA RESPONDER A ESTA PREGUNTA, EN ESTE CAPÍTULO VAMOS A TRATAR ALGUNOS DE LOS ASPECTOS PRIORITARIOS EN LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS PEQUEÑOS.

LA ATENCIÓN

Los niños necesitan mucho cariño y atención en todos los ámbitos imaginables, empezando por el de su seguridad. No hay que dejar a un niño desatendido ni un solo instante, aunque la cercanía inmediata y constante de los padres no es la misma para un niño de un año que para uno de tres, con el que se pueden estimar mejor los posibles peligros. En cualquier caso, los padres deben disponer de buenas “antenas”. Esa sensación de unión con nuestro hijo posibilita que tengamos la corazonada de mirar lo que está haciendo en un momento dado, y a menudo resulta que la intranquilidad estaba justificada. A lo mejor en ese instante el niño está comiendo un paquete entero de galletas o embadurnando el cuarto de baño con pasta dentífrica, con la intención de imitar a su padre que la tarde anterior estuvo pintando las paredes del cobertizo. Cuanto mejor sea el desarrollo de ese tipo de “sensores” por parte de los padres, mayor será el espacio de libertad de movimiento que le pueden dar a su hijo para que descubra el mundo y juegue a placer.

— LOS PADRES NECESITAN TENER “ANTENAS”, EN LOS PRIMEROS 7 AÑOS —

La prisa no es una buena aliada en lo que concierne la participación y el interés en la vida infantil.

La mayoría de las veces nuestro mundo de adulto está dispuesto de tal modo que, consciente o inconscientemente, tenemos una meta presente y el camino que lleva a ella tiene una importancia secundaria y, con frecuencia. lo recorremos a toda prisa.

Los niños pequeños viven aún en un mundo muy distinto al nuestro. Si, por ejemplo, queremos ir a comprar, para nosotros ponernos el abrigo es una cosa secundaria que ejecutamos sin prestarle mayor atención. Para los niños, por el contrario, en ese instante esa actividad es lo único que importa y para ellos es lo de menos si dura un minuto o cinco. Lo que es real para un niño es que quiere ponerse él mismo su abrigo y está entregado en cuerpo y alma a esa actividad.

Un momento de reflexión

NO DEBEMOS PRESTAR ATENCIÓN A LOS NIÑOS SOLO PORQUE NOS PREOCUPA SU SEGURIDAD. Necesitan nuestro interés verdadero y atención sin tener que pedírnoslo expresamente, y deberían percibir nuestro cariño en todas nuestras acciones diarias. El niño siempre agradecerá los pequeños gestos, como acariciarle la cabeza o cualquier otra muestra de nuestro afecto.

Hay muchas cosas en la vida familiar de las que los padres deberían ocuparse. Es realmente un arte poder dedicarse a las cosas más diversas sin desatender ni un solo ámbito, y es algo que es necesario aprender. En las familias en las que eso no funciona correctamente, a menudo son los niños pequeños quienes deciden lo que debe estar en el centro de atención: ellos mismos.

— LOS PEQUEÑOS TAMBIÉN QUIEREN AYUDAR EN LAS TAREAS DE LA CASA —

Podemos perfectamente prestar la atención necesaria a nuestro hijo y al mismo tiempo ocuparnos de las tareas domésticas. Muchos padres tienen la tendencia a hacer en algún momento y a toda prisa las cosas de casa, para no escatimar tiempo al niño; pero precisamente las tareas de casa le ofrecen al niño una gran variedad de posibilidades para imitar y descubrir cosas. Resulta realmente interesante ver que a lo largo del día hay muchas cosas en las que podemos dejar participar a nuestro hijo. Es evidente que no lo podemos hacer todo con él; sin embargo, es aconsejable alternar los momentos de trabajo conjunto con los momentos en que cada uno se ocupa de sus cosas.

En el caso de los niños acostumbrados a exigir mucha atención y a recibirla, no va a resultar fácil introducir ese tipo de ritmo. Al principio solo vamos a conseguir mantener durante poco rato una distribución o partición fija del tiempo, porque los niños aún no soportan estar a la expectativa durante mucho tiempo. Intente hacerle atractivo el paso de una actividad común a un momento en que debe jugar solo, diciéndole, por ejemplo: “Primero voy a limpiar la cocina y después vamos a ir al parque. Mientras tanto puedes jugar, hasta que yo termine”.

— EL NIÑO DEBE ACOSTUMBRARSE A UN RITMO DIARIO FIJO —

Si su hijo no está acostumbrado a jugar solo, va a estar esperando impacientemente y observando una y otra vez, si ya ha terminado usted su tarea. Cuanto mejor consiga mantenerse a lo acordado previamente, aun cuando reciba una llamada de teléfono inesperada, más fácilmente aprenderá su hijo a jugar solo.

¿Conoce usted este problema?

¿CÓMO PUEDO ARMONIZAR MIS PROPIAS NECESIDADES CON LAS DEL NIÑO?

Casi ningún niño puede soportar que el padre o la madre lean, estudien, vean la televisión o llamen por teléfono, puesto que en dichas actividades el adulto centra su atención en ámbitos a los que el niño no tiene ningún acceso. Por el contrario, eso no sucede al hacer punto, al planchar, al arreglar las cosas de la casa o si trabajamos en el jardín, puesto que en todas esas actividades resulta posible implicar a los niños. Quienes no disfruten con estas actividades prácticas y prefieran leer o estudiar, resultarán a menudo frustrados. Una posible solución es llevar a nuestro hijo a un grupo de juego en casa de otra familia, o dejarlo con alguien que haga de canguro, de modo que podamos crear un espacio para nuestras propias necesidades.

ALGUNOS CONSEJOS PARA EVITAR ESA ESPIRAL NEGATIVA


* Retrospectiva del día

Por la noche haga un breve repaso de los acontecimientos del día. A menudo recordará, en primer lugar, los sucesos negativos. No obstante, procure recordar como mínimo el mismo número de momentos positivos.

* El elogio

En ese tipo de situaciones sin salida, elogie a su hijo un poco más de lo usual cuando haga algo bien.

* Las actividades conjuntas en determinados momentos

Incluya en su plan diario algunas actividades fijas que pueda realizar conjuntamente con su hijo: ver las ilustraciones de un libro, cantar una canción, recoger las migas de pan de la mesa y dárselas a los gorriones o cualquier otra actividad que alegre a su hijo. Si esos momentos bonitos retornan diariamente, el niño aprende a confiar en que se van a producir sin tener que lloriquear.

Si no consigue prestarle la suficiente atención a su hijo, puede suceder que de vez en cuando se genere una espiral negativa: su hijo va a lloriquear hasta que usted se ocupe de él y sienta que realmente lo toma en cuenta. Si usted no reacciona a sus peticiones para ir a ver, por ejemplo, su nueva obra de arte o su preciosa construcción —o lo hace de forma distraída— su hijo intentará hacer patentes sus deseos de otra manera, por ejemplo llamándole a grito pelado, o rompiendo algo. La mayoría de los niños pequeños disponen de un repertorio muy amplio de este tipo de acciones. Si está usted cansado o concentrado en sus problemas, puede suceder con facilidad que no reaccione hasta que no se produzca un comportamiento de ese tipo, tan molesto que sea imposible no percibirlo. Su propia irritabilidad despertará posiblemente un comportamiento negativo en su hijo, que a su vez le exigirá de nuevo más energía. En mayor o menor medida, este es un círculo vicioso muy conocido por los padres.

También puede endurecerse el ambiente si a los padres no se les ocurre nada mejor que castigar al niño. En uno de los siguientes capítulos dedicaremos más atención a los castigos y a los premios.

EL RITMO, LOS HÁBITOS Y LOS RITUALES

En todas las familias se repiten determinadas acciones a lo largo del día, como, por ejemplo, levantarse, vestirse, comer.

Cuanto más previsible sea el transcurso del día para los niños, más fuerte son el sostén y la seguridad que les ofrecemos. A través de esas actividades que se repiten regularmente, como comer y dormir, y a través también de otros hábitos del hogar, los niños adquieren poco a poco una idea del tiempo y de las relaciones a su alrededor, en una palabra: entonces pueden conocer y comprender la vida. Cuanto más agradable y atractivo sea el entorno, con mayor naturalidad podrán adaptarse a los hábitos de la familia.

Sin embargo, si el plan u horario diario es demasiado rígido, los niños se sentirán encajonados. Nuestros días deberían poder respirar de forma alegre y ligera. Los niños deberían moverse y descansar siguiendo cambios rítmicos, estar con otros y a solas, fuera y dentro, comer y no comer; y eso también incluye ordenar y guardar sus cosas, ensuciar las cosas y volver a dejarlo todo limpio.

Los padres deberían revisar regularmente, si los hábitos existentes son adecuados a la edad o hay que cambiarlos.

POR PONER ALGÚN EJEMPLO


* Evidentemente a un niño de un año hay que vestirlo y desvestirlo, pero a otro de tres años se le puede animar a que trate de hacerlo él solo.

* Un niño de un año a menudo necesita para desayunar, almorzar o cenar una porción de comida más grande que un niño de dos años, de modo que a este último no habría que llenarle tanto el plato.

* En el caso de los niños pequeños, el cuidado corporal ocupa todavía gran parte del día, mientras que ese ya no es el caso de niños algo mayores que son un poco más autónomos.

* Además del estricto cuidado corporal, son necesarias otras capacidades de los padres. Saber soltar, aflojar las riendas, se convierte ahora en algo importante para que el niño aprenda a hacer cosas por sí solo y realice sus propios descubrimientos. Quien observe a su hijo con cariño y preste atención a todo lo que hace sabrá lo que es necesario y cuáles son los hábitos que hay que cambiar.

Los rituales, en forma de hábitos regulares, pueden ocupar un lugar especial dentro de la vida familiar. En la iglesia tienen una importancia central: están al servicio de la vivencia religiosa. Dentro de la familia puede tener un efecto similar. Sirven para crear una atmósfera de paz y recogimiento, por ejemplo, antes de las comidas o al ir a la cama. Durante esos instantes, la vida cotidiana se para por un momento y, a continuación empezamos a comer con la atención necesaria, si es por la noche, nos despedimos del día antes de irnos a dormir. A los niños les gustan los rituales, su imagen y carácter plástico y, en general, cualquier tipo de repetición. Los rituales pueden ser muy diversos. A lo mejor un adulto escoge decir un dicho o una oración al principio de una comida, mientras que otro prefiere encender una vela o mantener un momento de silencio. En cierto sentido, no se trata tanto de lo que se hace, sino de cómo se hace y con cuánta fidelidad y atención se está en ello. Esa participación interior es más fácil de realizar, cuanto más sencillos y cortos sean los rituales familiares.

¡No hay reglas sin excepciones!

ALGUNAS VECES —POR EJEMPLO DURANTE LOS PERÍODOS DE ENFERMEDAD, O COMO CONSECUENCIA DE SUCESOS MUY DECISIVOS, O TAMBIÉN CUANDO UNO DE LOS PADRES ESTá SOBRECARGADO—, los hábitos o las reglas pasan más o menos a un segundo plano. Así pues, un niño enfermo puede necesitar una atención especial durante la noche, o quiere dormir en la cama de los padres, o quiere beber algo porque tiene sed a causa de la fiebre, etc. Mientras un niño esté enfermo está totalmente justificado atender esos deseos. A lo mejor ese niño siente miedo, y posiblemente sus padres también, porque tose o tiene mucha fiebre. No resulta muy fácil determinar cuándo un niño ha dejado de estar enfermo y pueden volver a retomarse los hábitos anteriores.

— LOS RITUALES CONSTITUYEN MOMENTOS CLAVE EN LA VIDA FAMILIAR —

Los hábitos y los rituales forman parte de cada familia. A menudo tienen su origen en lo que los padres conocen de su infancia y juventud. Otras veces proceden de modelos del entorno o de determinadas concepciones sobre la educación, pero también son el fruto de las posibilidades e imposibilidades inmediatas dentro de la familia.

A veces los nuevos hábitos surgen tras la lectura de un libro o después de una conversación con otros padres. Sin embargo, los nuevos hábitos desarrollan realmente sus efectos cuando se practican y se convierten, de forma natural, en parte integrante de nuestra propia actividad y conducta.

LAS REGLAS Y LOS LÍMITES

El ritmo y los hábitos surten efecto, sobre todo, en la región del inconsciente.

Las reglas y los límites, por el contrario, se aplican de forma más consciente se adentran, con mayor intensidad, en la conciencia del niño. Los acuerdos sirven en primer lugar para dar seguridad y, además, permiten que la convivencia entre los padres y los niños transcurra de forma armónica. Si estos acuerdos son respetados por cada miembro de la familia, crean sostén, generan orden y, sobre todo, ofrecen a los niños una atmósfera de seguridad y protección. Las reglas siempre han de estar al servicio de algo y nunca ser una meta en sí mismas.

A quienes no logran enseñar a su hijo las reglas familiares y señalarle dónde están los límites, les ayudará observar con detenimiento las situaciones en que lo consiguen sin dificultades. En la mayoría de los casos se trata de normas que están relacionadas directamente con la seguridad del niño, como, por ejemplo, la prohibición de tocar los fogones de la cocina. Intenten trasladar a otras situaciones esa misma capacidad de persuasión con la que le han enseñado a su hijo esta regla tan práctica.

Las fronteras serán distintas también en función de la edad del niño. En el caso de un niño de un año, los límites que no puede sobrepasar son muy claros: su cama, de la que no debe saltar, las rejas de su parque, las rejas delante de la escalera o el cinturón de su sillín. Este tipo de limitaciones son las más adecuadas para un niño pequeño, puesto que son palpables y todavía no apelan a su conciencia o a su capacidad de recordar. Lo cómodo de este tipo de fronteras es que el niño suele aceptarlas como reglas naturales, puesto que son, en mayor o menor medida, independientes de aquel que las ha fijado, por eso, las eventuales protestas se dirigen más contra el mismo límite que contra el adulto.

Con la edad, desaparecen cada vez más esas fronteras “palpables”. El mundo del niño se amplía, el parque ya no sirve y el niño es capaz de bajar de su cama. Ahora es el momento de introducir nuevas fronteras, pero todavía deben ir acompañadas de experiencias que los niños vivan de forma directa. Si no se logra que un niño desista de tocar el equipo de música, se le puede hacer palpable esa prohibición colocándolo en otro sitio donde no pueda jugar con él. En esta fase y este contexto, ¡la educación consiste en actuar, en hacer! Evidentemente, también es correcto acompañar esas medidas con palabras, puesto que, de todos modos, a lo largo de la infancia las palabras van a sustituir a las acciones y a las reacciones. Sin embargo, en esta fase temprana las palabras de advertencia tienen como mucho una función de apoyo y no sustituyen la intervención activa. Lo que usted dice no es tan importante. Es la fuerza que irradia la propia acción lo que su hijo experimenta como el establecimiento de un límite. Si usted, por el contrario, reacciona enfadado o molesto, su hijo a menudo se bloquea interiormente y, con toda seguridad, se cierra a lo que usted quiere de él.

ALGUNOS CONSEJOS PARA EL ESTABLECIMIENTO DE REGLAS Y LÍMITES:


* Quien pone límites a un niño, porque hay algo que no debe hacer, debería mostrarle al mismo tiempo aquello que es evidente que sí puede hacer. No es necesario que el adulto se lo explique siempre de forma detallada. Si quiere dejar claro cuáles son los objetos que puede tocar, basta con que le diga con convencimiento: “¡Esto es tuyo!”. O quien, por ejemplo, quiere enseñar a un niño que no debe sacar todos los libros de la estantería, puede destinar una pequeña estantería para él en la que pueda tener sus propios libros. Si el niño quiere ayudar a quitar la mesa, se le puede dar algo que no se rompa. De todas maneras, intente tener la vivienda de tal modo que haya muchas cosas que el niño pueda y le permitan hacer.

* En el momento de trazar los límites, sus actos deben corresponderse con su expresión y sus palabras. En el niño ejerce un efecto desconcertante si le advierte de algo con palabras severas, pero al mismo tiempo es usted incapaz de reprimir una sonrisa: todos sabemos que algunas travesuras de los niños pueden resultar a la vez muy dulces y simpáticas.

* No puede esperar de un niño pequeño que recuerde mañana las fronteras que se le han impuesto hoy, y que actúe en consecuencia. Aunque usted le haya dicho diez o veinte veces que no tome los libros de la estantería, su hijo seguirá sintiéndose irresistiblemente atraído por ellos, y los libros seguirán siendo para él algo fascinante. Después de intervenir repetidas veces, poco a poco empezará a notar que hay cosas que no debe hacer, pero eso no significa, ni mucho menos, que pueda resistir la fuerza de atracción de lo prohibido. Todo ese procedimiento requiere tener una paciencia de santo.

* Es mejor actuar de forma consecuente y clara con un número reducido de reglas, que declarar con vigor muchas prescripciones poco claras. Piensen en qué reglas son importantes para ustedes como padres y cuáles desean enseñar a su hijo, y después aténganse a ellas de forma decidida. Explíquenles a los hermanos mayores o a quien haga de canguro, cuáles son las normas de la familia y pídanles que, por favor, las respeten.

A los tres años los niños ya deberían conocer determinadas reglas y los límites que hay en casa, y obedecer cuando se les dice algo; pero también se ha de tener en cuenta que si se insiste demasiado en el ritmo diario y en las reglas de la casa, existe el peligro de que la educación degenere en un mando severo, algo que hay que evitar a toda costa. Un buen ayudante en este caso es el humor: con él puede observarse a sí mismo y cada situación que vive.

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162 str. 5 ilustracji
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9788412029390
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