Czytaj książkę: «Marty Reit»
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ISBN: 978-84-1114-186-4
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Para mi abuelita Eduvina, que si no fuera por ella jamás hubiera comenzado esta emocionante aventura.
Capítulo 1
Gabriel Reit
La tranquilidad de la ciudad había sido alterada. A aquellas horas, cuando las calles solo eran iluminadas por faroles, una explosión fue percibida por todo quien se encontrara a menos de diez kilómetros a la redonda de la cárcel. Desde las ventanas de las casas más próximas a la colina donde se ubica el recinto penitenciario, se podía observar la gran cantidad de policías que corría cerro abajo, registrando la zona con el fin de confirmar y/o evitar la presunta fuga de prisioneros.
Las horas transcurrieron y la ciudad seguía sin volver a la normalidad. Patrullas policiales hacían rondas cada cinco minutos por cada avenida, calle e, incluso, condominio de la ciudad. Nadie en Widerstand pudo volver a conciliar el sueño. La noche fue cruel para los temerosos, en especial para los que pensaban que algún delincuente podía estar escondido en sus jardines. Desprotegidos se sentían.
Que un reo se escapara no era cosa de todos los días. Es más, era algo fuera de lo normal en aquella localidad. La última vez que alguien burló la seguridad de la cárcel fue veinte años atrás, cuando la pena de muerte aún seguía vigente, y el escaparse de prisión era una de las faltas más graves que se podían cometer. No hay por qué mencionar cuál fue el final de aquel hombre al ser encontrado media hora después pidiendo un aventón en los límites de la ciudad.
El vocero del Melior —cargo político más alto del país— se vio en la obligación de comunicar que aquel incidente no produciría riesgo ni al más mínimo habitante de la comunidad, aunque ni él mismo creía sus palabras mientras las formulaba a través del canal de noticias. Parado tras del podio, manifestó lo que el público quería oír. Dijo que ya había enviado a sus mejores funcionarios a solucionar el problema; que era poco probable que alguien se hubiese fugado. Aunque, remarcó que, si hubiera sido así, aquellas personas no llegarían lejos, pues serían encontradas en no más de un par de horas. Y concluyó con un: «Al final todos reiremos al recordarlo».
Tras escuchar las palabras del vocero del Melior, muchas personas se fueron a acostar tranquilas, sin dejar de lado a aquellos cautos que, incluso, cerraron con llave la puerta de su dormitorio. A nadie en Widerstand se le pasó por la cabeza que aquella noche del 27 de agosto, la vida de cada habitante de la ciudad, del país, incluso del planeta en sí, iba a cambiar para siempre.
Los empleados de la Organización de Protección Mundial (OPM), quienes eran los responsables de solucionar el problema, comenzaron a investigar de inmediato, justo después de que la ciudad retumbara bajo sus pies. Todos iban de un lado para otro, intentando descubrir quiénes fueron los responsables de semejante incidente, ya sea revisando cámaras, enviando especialistas a la prisión para descubrir cada detalle de lo sucedido, buscando pistas en los alrededores, registrando y entrevistando a los reos, etc.
—¿Dónde está Reit? —preguntó un senil hombre con cara de pocos amigos.
Los atemorizados principiantes que lo rodeaban le respondieron con una negación de cabeza, como todos unos incrédulos.
—¡Señor! —dijo un energético joven al cruzar el pasillo para presentarse frente a su jefe—. Kojar me ha avisado de que la explosión ocurrió en la sección de máxima seguridad. Ya hay pruebas de que se ha fugado un reo. No se sabe quién es, ni si fue o no el responsable del incidente, pero sí que este suceso ha provocado la muerte de un policía y que varios reos están muy malheridos. Además, todavía hay gente atrapada bajo los escombros. Lo peor de todo, señor, es que se está hablando de que esto es parte de un complot muy bien elaborado. Tanto así, que se cree que esto puede afectar a la seguridad de los civiles. Será mejor no quitar el estado de alarma hasta que atrapemos al antisocial.
—Gracias por informarme, Hockty. Pero ya deberías tener más que claro que las suposiciones te las dejas para ti, y más cuando no haya pruebas fehacientes que dejen de hacerlas solo suposiciones.
Al igual que todos los trabajadores de la OPM, Hockty sabía que el mundo corría peligro, ya que la explosión que destruyó una parte de la cárcel más segura del planeta había dejado a los peores delincuentes sin protección alguna; haciendo de este hecho un hito para la historia. Cuando se enteró de que una cámara de vigilancia grabó a un reo bajar corriendo por el cerro, minutos antes de que los policías lo siguieran junto a sus perros rastreadores, supo que nada bueno se avecinaba. Fue por eso que al escuchar las duras palabras de su jefe, asintió demostrando que comprendía la situación, siendo que realmente no lo hacía. Su instinto le decía que esa huida no traería nada bueno, y que todos debían temer por lo que estaba por suceder.
—¿Hockty, sabes dónde está Reit? —le preguntó el longevo con mayor tranquilidad.
—Está volando de regreso de sus vacaciones —respondió como si fuera obvio. Sin embargo, cuando vio el rostro de su jefe deformarse, endureció su semblante.
El hombre arrugó su entrecejo notoriamente, demostrando su molestia.
—El resguardar las prisiones nacionales es parte fundamental de nuestra labor. Y ahora, cuando algo imposible ha sucedido, ¡el célebre y solicitado Gabriel Reit está descansando en alguna playa caribeña!
—Pero, señor, dudo que Gabriel hubiera podido predecir que esto fuese a ocurrir —agregó divertido.
—Tengo bien claro eso, Hockty. El asunto es que él… —El hombre estaba a punto de vociferar todo lo que en ese momento cruzaba por su cabeza, pero al ver al conjunto de principiantes nerviosos prefirió guardar silencio—. Bueno, no hay nada que hacer. No está y punto —agregó un poco más calmado—. El problema es que necesito a alguien con su capacidad, que dé todo de sí para resolver cuanto antes este inconveniente… —Una malvada sonrisa se marcó en su semblante—. Hockty… —se lamió el labio inferior—, demuéstrame que vales lo que aparentas y anda a ese lugar a dirigir el caso.
Lo escuchó, pero no creyó inmediatamente lo que acababa de oír. Por muy capacitado que se encontraba, desde que entró a la OPM, nunca le habían solicitado dirigir nada, menos un caso de tal envergadura.
—Si no te vas de inmediato, me retractaré.
Sonrió y se marchó con celeridad. No protestó por aceptar el cargo que solían asginarle a Gabriel Reit, puesto que dirigir una investigación tan importante como esa era lo que siempre había soñado. Sabía que, horas más tarde, cuando Gabriel Reit saliera del ascensor en el piso veintinueve de la OPM y se diera cuenta de que él era quien dirigía la investigación del único escape ocurrido en Widerstand en la última veintena de años, no diría nada, pero se molestaría. Gabriel Reit vivía por y para su gloria, por lo que al él aceptar el caso, impedía que la fama del otro aumentara. Pero alguien debía resolverlo cuanto antes, pues no solo hablaban de prestigio, sino también de la seguridad de los civiles. Y eso era lo más importante.
Al otro lado de la ciudad, uno de los aviones de la OPM aterrizó en el hangar de la organización, dando la bienvenida a Widerstand a la famosa pareja. Luego de recoger sus maletas, un hombre de terno negro los detuvo.
—Señora Calag, señor Reit, se me ha solicitado llevarlos de inmediato a la organización. Son necesarios sus servicios.
—Ya nos enteramos de las noticias —respondió Gabriel Reit sin darle mayor importancia—. Sin embargo, por lo pronto desearía que nos llevaras a nuestra casa.
—Es que, señor…
—No te preocupes, este caso es sencillo. Cualquier agente de la OPM puede con un prisionero de máxima seguridad. Y Edul lo sabe. Actúa como si fuera la gran cosa, porque quiere demostrar quién es el jefe. Y lo es, claro. Pero ahora con María necesitamos descansar. Mañana mismo me dirigiré a la oficina, quédate tranquilo.
El chofer acató. ¿Quién en su sano juicio iba a desobedecer una orden directa del famoso y prestigioso Gabriel Reit? Quien no conocía su nombre, definitivamente no era de Widerstand. Tan famoso era que, incluso, tenían una frase para él: «El gran detective Gabriel Reit, aquel que no es burlado en ningún caso ni por muy difícil que parezca», que repetían cada vez que salía su nombre en alguna noticia.
Las horas transcurrieron. En la OPM, los agentes seguían arduamente con la investigación. El 28 de agosto comenzó y el sol volvió a salir. Según lo que Gabriel Reit entendió de los miles de mensajes que le llegaron en la noche a su teléfono, aún no encontraban al escapista. Defraudado por la negligencia de sus colegas, se vistió con su usual ropa de trabajo, se despidió de su amada y se dirigió al garaje para luego marcharse en su lujoso convertible. Antes de encender el motor, notó que un par de vehículos estaban estacionados frente a su casa. Era algo inusual. Sin embargo, no le dio importancia, pues creía tener la certeza de qué hacían ahí, por lo que, sin preocuparse, se marchó.
Colocó su teléfono donde siempre y solo con la voz hizo que este llamara. Antes de poder saludar, el hombre al otro lado de la línea se quejó con un fingido tono de enojo:
—He llamado a tu habitación toda la mañana. Estaba a punto de ir a la policía por presunto secuestro, cuando el recepcionista me dijo que se fueron y me dejaron solo en el hotel.
—Lo siento, Willy. Ha habido un inconveniente aquí, en Widerstand. Hemos tenido que volver antes. No te avisé, porque sé que habrías querido regresar con nosotros. Y como no quiero perder todo el dinero del viaje, me gustaría que disfrutaras al máximo la semana que queda.
—¡Más te vale que sea cierto! Todo esto de tu traspaso a Widerstand te ha subido los humos a la cabeza. ¡Ya te crees alguien fundamental!
Willy era su único amigo de toda la vida. No obstante, era uno de los tantos que no sabía que su «traspaso» a Widerstand no tenía nada que ver con haberse convertido en alguien fundamental, puesto que él desde muy pequeño era casi un ídolo para todos los habitantes de aquella localidad. Y el supuesto traspaso no fue más que mudarse a la ciudad en la que ya trabajaba, luego del ascenso.
—Nada de eso, solo soy un simple empleado. Y tú sabes muy bien que los que estamos debajo de la pirámide debemos trabajar por todos. Solo me esfuerzo para llegar a ser algún día reconocido. —Mentirle a su amigo no era algo que le gustaba hacer, pero debía hacerlo para mantener en secreto las cosas de las que no todos podían enterarse.
—Parece que te sobreexplotan. En la capital nunca hay nada entretenido para mí, pero allá, en la ciudad más tranquila del país, tú trabajas por tres.
Gabriel Reit se rio a carcajadas, por mientras apagaba el motor de su convertible. Lo que sucedía era que en Widerstand estaba la OPM, y por ende, toda la acción y emoción.
—Hablamos luego, Willy. Debo trabajar. Disfruta la semana que queda —dijo y cortó antes de que su amigo pudiera responder.
Estaba tan ansioso por saber más acerca del escapista que burló a los mejores agentes de la OPM, que no quería alargar más de lo necesario la conversación con su amigo de infancia. Habían pasado toda la semana juntos, por lo que realizó la llamada solo para informarle acerca de su regreso prematuro.
Salió del convertible lo más rápido que pudo y se adentró en la organización. En el momento en que puso un pie dentro, fue invadido por una multitud que quería saludarlo y escuchar sus historias, más que hablarle del caso en custión. No les prestó atención y tomó el ascensor hasta el piso veintinueve.
—¡Por fin has llegado! —exclamó Caslor, agotado, al verlo caminar en dirección a la oficina del jefe. El llevar casi veinticuatro horas sin dormir había hecho que perdiera todas las cordialidades posibles al verlo por primera vez después de la semana que estuvo fuera—. ¡Esto ha logrado superarme! He trabajado en este maldito caso más de lo que lo he hecho en toda mi vida, y aún no hemos llegado a nada. ¿Cuánto sabes?
—Que alguien se ha fugado de la sección de máxima seguridad de la cárcel, y aún no lo hemos encontrado—dijo sin dejar de caminar. Lo único que sabía del caso era lo que Kojar le había contado la noche anterior, que por cierto no era mucho. Las llamadas podían ser intervenidas, por lo que no podía darse el lujo de mencionar información importante por ese medio—. Este es el caso que hemos esperado por mucho tiempo, colega.
—No dirás lo mismo cuando sepas quién se ha escapado —dijo Caslor, igualándole el paso.
—¿Quién? ¿Ya lo saben? ¿No era que no habían llegado a nada, aún? —preguntó sin quitar la vista de la oficina de su jefe, que era la del fondo.
—Es Matrés Berios, Gabriel. Berios es quien se ha fugado.
Gabriel Reit se detuvo en seco. Miró a Caslor, pensando que le estaba jugando una broma, una de muy mal gusto. Pero al ver el serio semblante y las marcadas ojeras que llevaba su compañero, entendió que no lo hacía.
El que Matrés Berios se fugara de prisión, sacaba a flor de piel sus peores temores. Era muy pequeño cuando Berios juró que se vengaría de él por lo que le había hecho. Pero ahora él era un adulto y un detective muy prestigioso, por lo que ya no podía temerle a una amenaza hecha por un psicópata.
Respiró hondo y habló con mucha seguridad:
—Ha sido una distracción. La explosión la provocaron solo para que nos concentráramos en la zona máxima seguridad. La mayoría del personal fue enviado a ese lugar, ¿no? Berios ha aprovechado la oportunidad y la ha tomado. Aunque ambos sabemos que ese plan ha sido de él y solo de él, hizo que otro explotara el ala oeste para así él poder escapar de la sección de aislamiento, que está en el ala este.
—Eso he pensado yo. Incluso, ya sabemos quién ha sido el imbécil que lo ayudó: Germi Barbo.
—¡Ese traidor…! —exclamó entre dientes—. Barbo se merece una celda junto a Berios en la sección de aislamiento después de que lo atrapemos.
—Sí, pero en esta ocasión no será tan sencillo como la última vez que alguien se fugó de prisión. Estamos hablando de Matrés Berios. No me mires así. Sé que tú lo atrapaste hace años. Lo sé de memoria. Es la historia que más te encanta contar. Pero recordemos que ha tenido bastantes años para planearlo, y hasta el momento le ha salido a la perfección. Incluso, corrió hasta el ala oeste para que una cámara lo grabara ahí, y así tener más tiempo antes de que supiéramos que era él a quien buscábamos.
—Y como este psicópata es tan inteligente, tenía más que claro que nos confundiríamos con estupideces. Por eso ahora debo volver cuanto antes a trabajar: para meterlo de nuevo a prisión. —Gabriel Reit esbozó una sonrisa victoriosa. Le gustaba pavonearse de sus logros. Y atrapar a Berios fue el primero y el más grande caso que tuvo; el mismo que le dio la fama que hoy en día posee. Gabriel Reit era el mejor en lo que hacía. No obstante, como su jefe siempre remarcaba, no era para nada humilde. El prestigio de su familia y el que fue obteniendo desde su infancia, hizo que los humos se le subieran a la cabeza, tal como le había dicho Willy unos minutos atrás.
Gabriel retomó el paso. Caslor le siguió.
—Gabriel, debes saber que…
—¿Me lo dices después? —preguntó y empujó la puerta—. Debo hablar con él. —Lo dijo de tal forma para hacerle entender que necesitaba entrar solo. Pero Caslor no comprendió la indirecta, o no le dio importancia, pues, de igual modo, entró detrás de él.
El viejo frunció el ceño al verlo entrar, ladeó la cabeza de un lado hacia otro, pues ya conocía la petición que Gabriel Reit le iba a solicitar y la respuesta que él iba a efectuar.
—Señor, le vengo a pedir que me deje liderar esta investigación. Yo fui quien atrapó a Berios la última vez. Y aquí todos—miró a su amigo— sabemos que él es uno de los criminales más peligrosos del mundo entero. Y yo…
—¿… Eres el más apto para encontrarlo y traerlo de vuelta? —lo atajó su jefe, iracundo—. ¿No crees que es muy tarde para eso, Reit?
—Corté mis vacaciones en el momento que supe de la señal de alarma y regresé de inmediato al país.
El senil hombre que había tenido el honor de dirigir la OPM los últimos cuarenta y tres años y la desdicha de conocer en el trayecto a mucha gente tan petulante como Gabriel Reit, le respondió, irritado:
—Si querías estar en el caso, al lugar que debiste haber regresado de inmediato era a la organización, no a tu casa. En situaciones como esta, nadie descansa, Reit. ¿Quién te crees que eres? ¿Un miembro del consejo de los siete?
—Algún día lo seré. Porque yo sí puedo tener ese cargo, señor —se mofó.
El rostro de su jefe comenzó a enrojecerse por la rabia contenida. Se notaba a kilómetros cómo le irritaba la petulante personalidad de su empleado.
—Siendo así de arrogante no llegarás muy lejos, Reit.
—Pero sí con mi inteligencia y mis buenas deducciones.
El jefe sonrió maliciosamente, reclinándose sobre su asiento.
—Tu inteligencia y tus buenas deducciones no te ayudarán a dirigir esta investigación. Como no has llegado a tiempo, le he encomendado el caso a Hockty. —Apuntó a Caslor—. Que, por lo demás, tiene un prestigio similar al tuyo, ha hecho un excelente trabajo hasta el momento, y no ha sido fanfarrón como tú.
Gabriel Reit estaba tan molesto que no vio el remordimiento en el rostro de Caslor Hockty, ya que en ningún momento dejó de fulminar a su jefe con la mirada. El caso de Matrés Berios para Gabriel Reit era más importante que para el resto, puesto que Berios juró años atrás, que se vengaría de él, aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Gabriel siempre se había tomado aquella amenaza como un chiste, puesto que, por las cosas que hizo, Matrés Berios nunca conseguiría salir de prisión. Pero ahora, cuando sabía que su enemigo más peligroso estaba en libertad, la seguridad de María era lo único que le importaba. El no poder estar en el caso, siendo que él se consideraba el más apto para resolverlo a la brevedad, los perjudicaba a todos.
Dejó de asesinar a su jefe con la miraba y salió corriendo de la oficina. Matrés Berios estaba libre, y el amor de su vida, sola en casa.
Cuando llegó a la puerta del ascensor, Caslor lo detuvo.
—Gabriel, no era mi intención…
—No te preocupes. Como Edul dijo, tú eres tan capaz como yo. Eres la única persona en la que puedo confiar que resolverá este caso tan bien como lo haría yo. Ya te conoces la historia de la vez que lo atrapé, así que sospecho que no es necesario que te la vuelva a contar para que tengas una base por donde comenzar. —El ascensor abrió sus puertas. Gabriel Reit entró y puso una mano a un costado para evitar que se cerrase —. Y no es que quiera preocuparte, pero si no atrapas a Berios, Gerto saldrá de su escondite y volverá con mayor fuerza para infundir temor a las masas. Ahora, teniendo esto claro, especialmente tú, debo ver si los hombres que enviaste esta mañana a mi casa (que según lo que entiendo ahora, para protegernos de Berios), hayan hecho bien su trabajo, y cerciorarme de que María esté sana y salva.
Caslor Hockty retrocedió, sorprendido. Sin decir nada, Gabriel bajó la mano, esperando que la puerta del ascensor se cerrara cuanto antes. El corazón se le cayó al piso. Los vehículos fuera de su casa no eran de la OPM, eran de los seguidores de la leyenda que había atemorizado al país por más de veinte años; de la persona que había estado en hibernación desde que Berios entró a prisión; del hombre que aparecía en las pesadillas de todo quien conociera sus calamidades: de Gerto.
—Voy contigo. —Firme, Caslor dio un paso hacia adelante.
—No. Tú… solo atrápalo; eres quien está a cargo —dijo antes de que las puertas se cerraran y el ascensor descendiera.
Al salir del ascensor, corrió lo más rápido que pudo hasta su convertible, esquivando a todo quien deseara saber qué opinaba acerca del caso. Se fue pensado y asegurando todo el trayecto hasta su casa que lo único que Berios buscaba era verlo muerto y/o destruido. Y aquello no era algo para tomárselo a la ligera. Tenía más que claro que mucha gente deseaba lo mismo, pero Matrés Berios era el mayor seguidor de Gerto, un hombre que años atrás había querido imponer un nuevo régimen político-social, y para ello mandó a asesinar a una gran cantidad de Orgens —título obtenido por herencia—. Por el lugar que Matrés Berios ocupaba entre los malos, había cientos de seguidores de Gerto que estarían dispuestos a ayudarlo a cumplir todas sus promesas, sin importar lo perversas que estas podían llegar a ser. No obstante, Gabriel Reit conocía tan bien a Matrés Berios, que estaba seguro de que no le delegaría a nadie aquel trabajo —la amenaza que le hizo años atrás—, puesto que fue el anhelo de concretar su venganza lo que lo mantuvo vivo tantos años en prisión.
Al llegar a su casa, las cosas habían cambiado. Los vehículos que antes estaban estacionados frente a su propiedad, se habían marchado; la reja de entrada, igual que todas las ventanas, estaban rotas; las flores del jardín delantero, pisadas y arrancadas de cuajo; la puerta principal, abierta de par en par. Dentro, la cosa no era muy diferente: todo estaba destruido y desordenado en el piso. El silencio que envolvía el hogar era abrumador, tanto que Gabriel creía escuchar la perturbadora melodía que solían tararear los seguidores de Gerto cuando realizaban alguna de sus fechorías. Apartó aquel pensamiento de su cabeza y se enfocó en buscar a María.
Conocía a la perfección lo que le gustaba hacer a Berios con las mujeres de sus enemigos, así que corrió hacia su dormitorio —que estaba tan destruido como el resto de la casa—, imaginando lo peor.
Su corazón volvió a latir cuando vio a María Calag tiritando bajo las sábanas.
—Amor, soy yo —dijo al tocarla con mucha delicadeza.
Después de escuchar el tremendo grito que dio la mujer, quien lloró hasta no poder más bajo sus brazos, trató de tranquilizarla como pudo. María había recibido una brutal golpiza. Tenía cortes en el rostro y sangre en todas partes. Gabriel sintió lástima por ella. Era su culpa todo lo que había ocurrido. Suya y de nadie más. Si él no hubiera detenido a Berios la primera vez, no tendría que verse obligado a presenciar algo tan doloroso como aquello.
Sabía que no debía preguntarle acerca de lo sucedido. Debía dejar que ella hablara por sí sola cuando se sintiera preparada para hacerlo, no atormentarla con los dolorosos recuerdos que le generaron los seguidores de Gerto. Pero necesitaba hacerle esa pregunta. Necesitaba saber si sus peores temores solo eran infundados por su imaginación, o si realmente los seguidores de Gerto hicieron más que solo golpearla y amenazarla. Porque si ese fuera el caso, no sabía en qué podía llegar a convertirse. Pero tenía más que claro que dejaría de lado al honrado detective y un monstruo con ansias de venganza se apoderaría de él. Encontraría a Berios y lo asesinaría. Le daba lo mismo lo que fuera a pensar la gente que lo idolatraba. María era más importante que todos ellos juntos.
La separó de su pecho y la alejó el largo de sus brazos. Una parte de él prefería no saber la verdad si esta le iba a generar tanto dolor, pero necesitaba conocerla.
—¿Ha sido Berios? —preguntó. María, entre sollozos, asintió—. ¿Y e-él te hizo algo? ¿O solo obligó al resto a golpearte?
—¿Te parece poco? —espetó.
—Sabes a qué me refiero.
María suspiró y habló:
—Con suerte me miró. Dijo que yo no valía nada para él, que maduró en prisión y que ya no era el mismo estúpido de antes. —Trataba de demostrar un sólido semblante para no exhibir lo frágil y vulnerable que se sintió al ver cómo cinco personas irrumpían en su casa para golpearla como si fuera saco de boxeo. Gabriel tenía más que claro que, por mucho que María contuviera la pena, las lágrimas que vio unos segundos atrás serían las últimas que ella derramaría por lo vivido. Sin considerar lo bella que la encontraba, Gabriel se había enamorado de la valentía y la fuerza con la que ella se sobreponía frente a todas las adversidades. Y esta situación, para María, no era nada comparado con lo que había tenido que enfrentar en la vida—. La venganza contra ti sigue en pie, y es lo que lo ha alimentado todos estos años que ha pasado tras las rejas. Además, me dijo que no me preocupara, porque te va a atacar con algo que de verdad te importe perder: tu prestigio.
—¿Mi prestigio? ¡A la mierda mi prestigio! —exclamó con convicción—. He tenido miles de amenazas en la vida y ninguna me había importado tan poco como esta. ¿Mi prestigio? Parece que la cárcel ha vuelto idiota a Berios. ¡Mi prestigio! Si mi prestigio me importara —le aclaró a su mujer, aunque ella ya lo tenía más que claro— iría a buscar a ese sin vergüenza y lo volvería a meter a la cárcel. No me importaría nada, arriesgaría mi vida para que pagara por todas las cosas malas que les ha hecho a las personas que conocemos. Pero, María, mi prestigio es lo que menos me importa aquí. No me interesa que mañana aparezca en primera plana: «¡Gabriel Reit ha huido frente a la primera amenaza!». ¿Y sabes por qué no me importa? Porque desde hace un tiempo no soy solo Gabriel Reit, el famoso y prestigioso detective que todos admiran. —Y más calmado confesó—: Ahora soy parte de una familia, de nuestra familia. Y es por eso que no voy a arriesgarme a que Berios se dé cuenta del error que ha cometido al dejarte con vida.
Tres años transcurrieron como si nada en Widerstand sin la presencia de Gabriel Reit ni de María Calag. Los primeros días la gente pensó que habían retomado sus vacaciones interrumpidas. Sin embargo, al pasar el tiempo sin poseer información de la famosa pareja, las personas comenzaron a sospechar que ambos se habían esfumado de la faz de la tierra. No era para pensar otra cosa, pues ni registro de ellos había en las aerolíneas o en los terminales de buses. Ninguna cámara registró su salida. Tampoco utilizaron el dinero que guardaban en el banco. Algo andaba mal y todos estaban preocupados.
Luego de transcurrir tres años de su desaparición, una cámara de un centro comercial en la capital grabó a Gabriel Reit subiéndose a un vehículo plateado muy mal cuidado. La noticia voló rápido por todo Widerstand. Los trabajadores de la OPM, que también esperaban ansiosamente la llegada del famoso y prestigioso detective, comenzaron una búsqueda impetuosa contra él, y no precisamente para pedirle que regresara al trabajo, sino, más bien, por cierto incidente que le imputaron tras interferir la llamada que el célebre detective le hizo a un viejo amigo.
—¿Gabriel? —La voz al otro lado de la línea sonaba realmente molesta—. La última vez me dijiste que me llamarías pronto, y ¡han pasado tres años! ¿Qué clase de amigo eres? He tratado de comunicarme contigo, pero ha sido imposible. Ni con María me he podido contactar. Sabes que…
—Willy —interrumpió Gabriel. Su voz se cortaba—, estoy en serios problemas.
—¿Qué te sucedió?
—No puedo decirlo por teléfono. Registran mis llamadas. ¿Podemos juntarnos?
—¿Juntarnos? Gabriel, han pasado tres años y me llamas como si nada.
—Por favor, Willy, juntémonos en donde tú sabes. Hoy. Lo necesito. —Se dio unos segundos para continuar. Sabía que su amigo no aceptaría ayudarlo hasta que le contara la verdad—. He matado a alguien.
La conversación no duró ni un minuto, y los agentes de la OPM ya lo estaban buscando. Llegaron al lugar desde donde se produjo la llamada, pero Gabriel Reit había desaparecido nuevamente sin dejar rastro alguno. El trabajar varios años en la OPM le enseñó a ser un buen prófugo de la ley.
La población de Widerstand, que seguía apasionadamente la vida del famoso detective, ahora no sentía más que odio por la atrocidad que había cometido. Aquel espantoso y deplorable suceso no iba olvidarse jamás y quedaría para siempre en la mente de quienes sabían lo necesario para culparlo.
Todos fueron testigos, al día siguiente del asesinato cometido por su antiguo ídolo, de la muerte del mismísimo Gabriel Reit. Una de las pocas patrullas policiales que circulaba por las calles cercanas al palacio de Babernë, había detectado el vehículo que llevaba Gabriel Reit desde el día anterior. Aquella patrulla, que poseía una cámara frontal para grabar todas sus persecuciones, cuando se percató de la presencia del antiguo ídolo de Widerstand, encendió la sirena y fue en su captura. Fue aquella cámara la que grabó el momento exacto en el que el vehículo del famoso detective, intentando esquivar a otro que en sentido contrario le obstaculizaba el paso, impactó contra el muro del palacio más antiguo del país. En el video también se registró el momento exacto en que parte del muro del palacio de Babernë se desprendió y aplastó al vehículo en el que iba Gabriel Reit, acabando con su vida para siempre.
A la mayoría de los habitantes de Widerstand les decepcionó la forma en que murió su antiguo ídolo. Ellos esperaban ver que Gabriel Reit pagara, más que por asesinar a alguien, por haberle quitado la vida a quien se la quitó. Probablemente, incluso lo habrían felicitado si por un exceso de rabia, fuerza e impotencia por todo lo que le hizo a él y al mundo, no se hubiera controlado y le hubiera dado un tiro en la cabeza a Gerto, como muchos deseaban hacer. El problema era que la bala que salió del arma de Gabriel Reit no fue a parar a ninguna parte del cuerpo de Gerto, ni siquiera al de Berios; la bala, que fue disparada a una corta distancia de su víctima, cruzó la cabeza de uno de los hombres más importante del país; del único hombre que había intentado hacer algo para frenar a los malos, su antagonista. Gabriel Reit no asesinó a cualquiera, asesinó a Tademu Edul, el jefe de la OPM, su jefe.
Aunque no todos conocían cómo fue realmente la relación entre Gabriel Reit y Tademu Edul, odiaban al asesino por dejar la balanza cargada hacia el lado de los enemigos del país, y por eso querían justicia, una que nunca tuvieron.
Durante varias semanas después de la muerte de Gabriel Reit, muchos lugareños se presentaron a las afueras del palacio de Babernë para ver con sus propios ojos la veracidad del incidente. La mayoría consideraba que fue fortuito que el muro del palacio más antiguo país, el mismo que había resistido por más de miles de años las adversidades naturales y seguía estando tan firme como el día en que lo construyeron, pudiera desprenderse con tal facilidad justo sobre el automóvil en que iba Gabriel Reit.
Pero la verdadera respuesta sobre qué sucedió a las afueras del palacio de Babernë aquel día, qué pasó en esos tres años donde Gabriel Reit desapareció y qué hizo que él cometiera tan horrible acción a su regreso, solo la poseían muy pocos: los responsables y algunos de los mejores agentes de la OPM. Pero este reducido número de personas, por alguna razón prefirió callar. Sabían lo suficiente para poder asegurar que la muerte de Gabriel Reit y el homicidio que este cometió, aunque no era el principio de la ola de asesinatos que estaban ocurriendo en Widerstand, era el inicio de los peores días que el mundo podía imaginar.
Capítulo 2
Marty Curtalef
El invierno no daba una de sus funciones normales aquel día. Un sol radiante se imponía en el despejado cielo, que no presentaba ni rastro de las oscuras nubes que el día anterior habían cubierto la ciudad en su totalidad, y que, como traicionero que era, no daba indicios de los horribles días que se aproximaban. Marty Curtalef, quien no imaginaba la gran variedad de problemas que estaban próximos a presentarse en su vida, esperaba en el patio delantero de su casa la llegada de su hermano mayor. Su deseo siempre fue convertirse en un detective famoso y prestigioso como el personaje que salía en Detective Fantasma, su historieta favorita. Marty era un joven muy astuto, que podía descubrir pistas en lo que para otros solo eran caras, frases u objetos. Sin embargo, ser un detective en aquellos tiempos no era para nada sencillo. Nadie le prestaba atención a lo que un joven de quince años decía, ni por muy certeras que fueran sus deducciones. Más de una vez metió sus narices en casos policiales de hurto y mencionó sus perfectas deducciones sobre cómo el ladrón consiguió perpetrar el robo y escapar sin que nadie se diera cuenta. Pero los «expertos» —que en realidad nada sabían— no le prestaron atención y lo regañaron por interferir en asuntos policiales. En más de la mitad de los casos, los profesionales se habían demorado bastantes horas en llegar a las mismas conclusiones que él había conseguido en unos cuantos minutos. Y en un par de ocasiones, dejaron los casos abiertos y a los criminales libres.
Ya que por ese medio veía que no sería fructífero llevar a cabo sus sueños, se conformó con los pequeños misterios que sus compañeros de clase intentaban descubrir, tales como: ¿por qué había faltado tal persona aquel día? O ¿qué relación había entre ellos dos? Cosas que a Marty le aburrían, pero lo mantenían ocupado.
Entonces, cuando se dio cuenta de que Alessandro, su hermano mayor, tramaba algo, supo que aquella sería la única oportunidad que tendría en mucho tiempo para llevar a cabo su anhelado sueño de vivir una aventura tan emocionante como las que experimentaba su detective favorito en su amada historieta. Nunca sospechó que aquello le traería a la mente cosas del pasado que cambiarían por completo su presente y su futuro, secretos se removerían y gente no esperada aparecería para ayudarlo o perjudicarlo aún más. Su vida, tal como la conocía, cambiaría para siempre.
—¡Hola! —dijo al verlo acercarse—. ¿Por qué has llegado tarde?
Alessandro Curtalef trató de inventar una excusa al paso, tal como lo hacía cada vez que obraba mal. Era un gran mentiroso, un mitómano estupendo, aunque no siempre le salían las cosas como él esperaba. El que en la mayoría de las ocasiones las mentiras no le funcionaban, era más porque nació siendo un completo imbécil que se contradecía a los pocos segundos, que por la viabilidad misma de sus ideas. Pero esta vez, el final iba a ser diferente, puesto que, si su madre llegaba a cruzarse en su camino, Marty iba a involucrarse en el asunto para que, por primera vez en la vida, Alessandro no se contradijera, y así evitar que lo castigara por hacer cosas que no debía. Todo para que el plan que Marty ideó la noche anterior no se frustrara antes de que comenzara lo emocionante.
—¡Ah, por qué te doy explicaciones a ti! —se quejó, enfadado por la mirada incrédula que Marty le dio luego de escuchar la exagerada excusa que acababa de inventar.
Alessandro Curtalef era el mayor de tres hermanos, y como le ganaba por diez meses a Marty, se creía mejor, más inteligente y mucho más atractivo, cosa que Marty y Sofia, la hermana pequeña, desmentían habitualmente. Dejando de lado quién de los dos tenía mejores cualidades, cabe mencionar que entre ellos permanecía latente, desde que eran muy pequeños, una rivalidad que no hacía más que provocar en ambos un constante odio por el otro, produciendo que su mayor entretención fuese hacerse la vida imposible. Por eso mismo, lo que más le alegraba el día a Marty era probar que Alessandro era un completo tonto, porque así podía sacárselo en cara. Y ahora, luego de alzar la llave de su casa y ver cómo su hermano rebuscaba en sus bolsillos, intentado encontrar la suya, sonrió maliciosamente, porque había conseguido que cayera en su trampa.
—¿Me abrirás o te quedarás adorándola? —le gritó Alessandro, sujetando de la reja.
—Alex, ¿cuándo hemos cerrado con llave? —preguntó con una gran sonrisa en el rostro.
—¡Idiota! —exclamó luego de meditarlo. Empujó la puerta de la reja y entró sin mirar a Marty, quien no podía parar de reír.
Marty movió hacia un costado el mechón castaño claro que le cubría los ojos para observar la llave que tenía en su mano. El logo de Mouxi yacía en la parte trasera. «Nadie ha entrado a una propiedad con protección de Mouxi», salía en la publicidad que aparecía muchas veces al día en todos los medios de comunicación. Aunque más que publicidad para que la gente poseyera el producto, parecía ser un mensaje de los dirigentes para recalcar la excelente seguridad del país. Era como si los políticos le tuvieran miedo a algo, como si quisieran que la población se sintiera a salvo. Pero ¿por qué? Si lo estaban. Además, nadie entraba a la propiedad de otro sin su consentimiento, a excepción de algunos infames en la capital —la ciudad más ignominiosa de todo el mundo, que llevaba varios años sin poder erradicar la vaga cultura de sus habitantes—. Ellos necesitaban la seguridad de Mouxi, no ciudades tan tranquilas como Calipso, donde sus familias cercaban sus propiedades por pura estética.
Dejó de observar la llave y se levantó para continuar con su plan.
Ya en el segundo piso, cruzó el pasillo hasta su dormitorio, que estaba al frente del de Alessandro y junto al baño. El tener las habitaciones tan cerca, y a la misma distancia del baño, provocaba batallas campales todas las mañanas para ver quién lo usaba primero. La idea era discutir y pelear. No les importaba lo muy tonto que fuera el pleito, ni que la mayoría de las veces no atacaban con buenos argumentos. Solo querían sentir que derrotaban al otro.
Dentro de su habitación pintada de verde, se sentía protegido, tranquilo. Creía que su casa era tan segura y resistente que ni un terremoto, una bomba nuclear o un mísero ladrón —que en Calipso no había— podían perpetrar o dañar. Dentro de su dormitorio, se creía el dueño del mundo; sentía que alcanzar sus metas era tan fácil como respirar, y que no debía arriesgar nada en el intento. Como en Detective Fantasma era así, no pensaba que fuera distinto para él. Los detectives siempre estaban ajenos a los sucesos que investigaban y nunca les sucedía nada malo, porque siempre solían aparecer después de que lo peor ocurría. Entonces, ¿por qué las cosas serían diferentes para él?
Se sentó en el borde de la cama y miró sobre el escritorio el grande y único espejo que había en su dormitorio. Él no lo necesitaba en su habitación, pero como lo utilizó su padre en su época de estudio, prefirió no comentar en voz alta sus deseos de tirarlo a la basura. Un joven de piel mate y pelo castaño claro no dejaba de observarlo. Se percató del fallido intento del joven por levantarse el cabello frontal, que, como superaba los diez centímetros de largo, volvía a embestir una y otra vez contra sus ojos pardos cada vez que alejaba la mano. El joven decidió apartarse el cabello hacia un costado antes de que Marty quitara la vista del espejo para lanzarse de espalda sobre la cama.
Con la mirada perdida en el techo, pensó en lo que pudo haber hecho para evitar lo que estaba a punto de suceder. Debió haber sido mal hermano y contarle todo a su madre. A Alessandro lo habrían castigado, por lo que no podría salir de casa y así no terminaría haciendo lo que estaba a punto de hacer. Pero como Marty guardó silencio, la vida de su hermano y la suya estaban a punto de correr gran peligro. Dejando las cosas tal como estaban, se veía obligado a ir tras Alessandro para asegurarse de que nada malo le sucediera, lo que no hacía más que llenar el vacío que sentía. El asunto era que a él le gustaba la idea de probar cosas nuevas, de poder vivir la vida como lo hacían en las películas. Y eso en su ordinaria existencia no sucedía. Tenía una constante rutina. De la casa al colegio, del colegio a la casa. A veces se quedaba después de clases para hacer algún deporte con sus compañeros, y otras se juntaba solo con JT, su mejor amigo, para hacer lo que se les ocurriera en el momento. Pero, a pesar de que su vida no tenía nada de aburrida y que siempre tenía que hacer, sentía que algo le faltaba. Una experiencia diferente a las que estaba acostumbrado lo llamaba a gritos. Y si para conseguirla debía dejar que su hermano se metiera en problemas, lo iba a hacer sin dudarlo.
Miró su reloj de mano. Eran las cuatro con cinco minutos. Alessandro estaba a punto de salir de la casa para ir a tomar el metro que lo llevaría a Velpaso —lugar donde se encontraba el almacén al cual debía dirigirse—. Según lo que había visto esa misma mañana en el boleto que había comprado su hermano, este debía tomar el metro en la estación las Peinas a las cuatro y media de la tarde. Aún estaba a tiempo para salir y llegar a la hora, pues en bicicleta no se demoraba más de veinte minutos de la casa a la estación. Marty, en cambio, tenía más tiempo para afinar los últimos detalles de su plan después de que Alessandro se marchara, ya que a él lo iban a llevar en auto y, además, había comprado el boleto para el metro siguiente.
Ansioso por lo que iba a suceder —esperando que Alessandro no se retractara por culpa de la única buena idea que podía estar cruzando por su cabeza tras varios años de ineptitud: el sospechar de que era algo arriesgado lo que estaba por hacer—, se levantó de la cama para mirar por la ventana, esperando ver a su hermano irse. Afuera, los niños corrían y jugaban en la calle. Todos los días, a la misma hora, los mismos niños, que no superaban los diez años, salían a la calle a jugar con sus amigos. Marty se conocía de memoria el rostro de cada uno de ellos, pero no el de la chica que debía de tener su misma edad y que caminaba a toda prisa por la vereda de enfrente. No le quitó la vista en ningún momento hasta que la muchacha desapareció de su campo visual. La duda de quién era se esfumó de su cabeza cuando vio a Alessandro cruzar el patio delantero con la bicicleta al lado para ir supuestamente a estudiar donde un amigo.
—Es hora —dijo cuando Alessandro se alejó en dirección opuesta a la de la muchacha, y se sentó en el umbral de la ventada.
Antes de saltar, miró hacia abajo y se asustó. No es que le tuviera miedo a las alturas, menos a saltar de un segundo piso. El asunto era que aquella situación le recordaba un extraño suceso que vivió en su niñez. Una mañana, cuando solo tenía dos años, Marty despertó junto a la piscina con un corte en la muñeca y sin recuerdo alguno de qué exactamente le había sucedido y de nada antes de ese momento. Se acordaba a la perfección de que fueron los gritos que su madre dio lo que lo despertó aquel día, como también de que su padre le dijo a su madrina que la única forma de que él despertara en la piscina era que hubiera saltado por la ventana. —Nunca pensó que Andio Curtalef exageraba, ya que eso era imposible, puesto que a su corta edad ni siquiera la alcanzaba, pero como lo escuchó cuando era muy pequeño para entender la ironía, siempre creyó que así fue—. Sin embargo, olvidó cómo consiguió descender, y por qué y cómo, después de bajar —o caerse—, rodeó la casa para acostarse junto a la piscina. Según el doctor de la familia, que fue a visitarlo a su hogar con el fin de hacerle bastantes exámenes, todo lo que había sucedido aquella noche fue por culpa del sonambulismo que Marty padecía. Le recetó unas pastillas que debía tomar de por vida y así evitar que el sonambulismo se manifestara. Las pastillas eran tan efectivas que nunca más volvió a levantarse de la cama dormido. Lo triste fue que tampoco recuperó los recuerdos de las vivencias que tuvo antes de los dos años. Si no fuera por las fotografías, no sabría que en su primer cumpleaños lo llenaron de regalos, y que la primera vez que fue a la playa no tenía más de tres meses de vida. Todo eso lo había olvidado. El primer recuerdo que tenía era despertándose al lado de la piscina. Y por eso temía que, si caía mal esta vez, podía perder los recuerdos de los siguientes años de su existencia. Y sin ellos, ¿cómo sabría quién era? Respiró hondo. Si no evitó que Alessandro fuera al dichoso almacén, no podía detenerse por un estúpido miedo. Volvió a respirar hondo y saltó.
Su idea inicial fue sujetarse de la rama que estaba a medio metro de distancia para poder descender después por el tronco del árbol. Sin embargo, la idea no llegó a concretarse. No estimó la fuerza que necesitaba, por lo que, luego de sujetar la rama, su cuerpo siguió la trayectoria que llevaba y se precipitó al piso, tal como no quería que sucediera.
Si hubiera sabido que el caer desde un segundo piso era lo menos grave que iba que vivir en la siguiente semana, habría meditado más a fondo, aquella, su última posibilidad de retractarse. Pero no, no habría tomado un camino diferente. Aunque le hubieran dicho que estaba por vivir cosas espantosas y que su vida estaría en riesgo muchas veces, no se habría retractado, inclusive se habría excitado aún más.
Su trasero fue lo primero en impactar con la arena húmeda que él mismo amontonó el día anterior. Ahogó un grito de dolor y se levantó. Cuando alzó la vista, se percató de que la muchacha que había visto unos minutos atrás en la vereda de enfrente, se había detenido delante de la reja de su casa para mirarlo con una sonrisa de oreja a oreja, demostrando que había visto a la perfección su gloriosa caída.
—¿Estás bien?
—¿Yo? —preguntó algo nervioso—. Sí, perfecto —mintió.
Apartó la vista de la muchacha para sacarse la tierra húmeda del pantalón. Al volver a alzarla, ella ya no encontraba en su campo visual. Corrió hasta la reja y miró a ambos lados, buscándola. Desapareció.
Como no tenía tiempo para perder, olvidó a la muchacha, salió a la calle y se alejó lo antes posible de su hogar.
Caminando a paso ligero, a los cinco minutos se detuvo frente a una de las tantas casas amarillas que había en esa la calle. Tocó el timbre, esperando que su mejor amigo le abriera la puerta. Sin embargo, nadie salió. Volvió a intentarlo un par de veces más y la respuesta fue la misma. Se puso nervioso. Y más al no ver el auto de la madre de JT por ningún lado, quien supuestamente los iba a llevar a la estación. Tomó su teléfono y lo llamó. Nada. Maldijo. El que su amigo no estuviera en casa y que no respondiera el teléfono, arruinaba todo el plan. Marty caminando no alcanzaría a llegar a tiempo a la estación, por lo que perdería el viaje y debería comprar un boleto para el siguiente metro que saliera. Con esto, la brecha de tiempo desde la llegada de Alessando al almacén y la suya sería tan grande, que Marty ya no podría evitar que lo asesinaran. Volver a su casa para buscar su bicicleta no era opción; perdería mucho tiempo y su madre lo vería, porque para sacar la bicicleta debía entrar a la casa. ¿Y si esa era la solución? ¿Y si lo que debía hacer era contarle todo a su madre para que ambos viajaran a Velpaso a rescatar a Alessandro antes de que lo mataran los mafiosos con los que se había relacionado? Sí, eso debía hacer. Era la vida de su hermano la que estaba en juego, y Marty ya no era apto para socorrerla.
Estando a punto de regresar, notó la bicicleta de JT apoyada en la entrada del garaje. Era extraño que estuviera ahí, puesto que su amigo siempre la guardaba en el patio trasero. Pero como no podía desperdiciar la oportunidad, entró a buscarla. Para su sorpresa, se dio cuenta de que, al fin y al cabo, JT no se había olvidado de él, puesto que encima del asiento le había dejado una nota que le decía:
«Marty, te espero en la estación. Mi madre debe viajar de inmediato a la capital para ver un asunto con su nuevo trabajo. Me dijo que te preguntara si querías que te pasáramos a buscar antes de irnos, pero como sé que debes seguir los movimientos de Alex, le dije que no era necesario. Por eso, nos vemos allá. Ah, y como me dijiste que tu madre no te podía ver sacando la bicicleta, porque eso podía arruinar el plan, te dejo la mía. Cuídala».
Pensando que JT pudo haber hecho las cosas de otra manera, se subió a la bicicleta y comenzó a pedalear lo más rápido posible, como si no hubiera un mañana. Avanzó por la ciclovía, sin preocupación alguna, hasta que uno de los dos automóviles negros que parecían estar teniendo una carrera delante de él, se pasó a la ciclovía. Lo peor de todo era que no podía esquivarlo, porque el otro automóvil le cerraba el paso. Lo más sensato que podía hacer era bajarse de la bicicleta y correr hacia el muro más cercano. Pero no. Como Marty en ese momento se creía invencible por haber leído Detective Fantasma el día anterior, aceleró lo más que pudo hasta quedar casi tocando al automóvil que se le precipitaba. Empujó el manubrio hacia abajo con los pies para impulsarse, y saltó sobre el vehículo. Aunque sospechaba que su idea no era suficientemente buena para salir ileso, creyó que era mejor que dejar que el vehículo lo derribara, puesto que entre una fractura de tobillo y la muerte no había comparación.
Mientras que el automóvil pasaba por encima de la bicicleta, haciéndola añicos, él lo sobrepasaba volando.
«¡JT me va a matar!», pensó.
Lo único que debía hacer era caer en cuclillas —como no lo hizo antes y como bien lo hacían en las películas— para prevenir la fea fractura que él mismo se vaticinaba. Pero su idea no alcanzó a concretarse. Antes de caer, vio cómo el vehículo que había aplastado la bicicleta de JT se detuvo y retrocedió acelerando hasta quedar justo debajo de Marty, en el momento preciso donde la gravedad se apoderaba de su cuerpo. El techo del automóvil se abrió y él cayó dentro.
Su cuello fue lo primero en impactar contra aquellos blandos tapices, seguido por el resto de su cuerpo. Al darse cuenta de qué había sucedido, miró hacia arriba para intentar salir por donde había entrado, pero no pudo, porque el techo estaba cerrado. Las ventanas polarizadas no lo dejaron ver hacia el exterior ni al piloto. A la esquina derecha del asiento había un parlante, al cual Marty golpeó, como también lo hizo con las ventanas al percatarse de que las puertas no se podían abrir. Lo único que consiguió fue que una voz femenina proveniente del parlante le dijera que se tranquilizara y que no hiciera nada estúpido. Marty, frustrado y enojado, siguió golpeando el parlante hasta que la voz le gritó:
—¡Marty, para!
Se quedó callado, petrificado y con los ojos fijos en el parlante. Retrocedió un poco, apretando su espalda contra el acolchonado respaldo.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó al mismo tiempo que lo pensó.
—Sé todo de ti, Marty Reit.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué has dicho?
—Que se todo de ti, Marty Curtalef.
Marty suspiró, aliviado. Todo este asunto de estar siendo raptado hizo que se imaginara cosas.
La voz del parlante comenzó a darle información suya y de su familia, lo que hizo que Marty dejara de pensar en dónde había leído el nombre de su tocayo e interrumpiera a quien hablaba.
—¿Qué? ¿Cómo sabes todo eso?
—Puedo seguir.
—¡No, para! —gritó—. ¿Por qué me haces esto? ¿Qué quieres de mí?
—¿Sabes en qué está metido Alessandro Curtalef?
Aquella pregunta no hizo más que ponerle los pelos de punta. ¿Era una prueba? Era posible que aquella mujer trabajara con los mafiosos que le solicitaron ayuda a su hermano. Incluso, era posible que ella fuera la persona que contactó a Alessandro para darle toda la información y ahora lo ponía a prueba a él para saber cuánto sabía del tema. Pero como Marty era un joven inteligente, no iba a caer tan fácilmente en esa trampa. Iba a negar todo hasta que lo dejaran en libertad por no ser de ayuda.
—No, ¿por qué? ¿Tú sabes?
—Tanto como tú, Marty. Pues, fuiste tú quien nos dio toda la información.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
Aquello superaba sus límites. No entendía nada, en lo absoluto. Él estaba completamente seguro de no haber cometido ningún error garrafal. Era creíble el hecho de que la persona que estaba al otro lado del vidrio divisor conociera en qué estaba metido su hermano, pero era imposible que lo hubiera sabido por él.
Trató de hacer memoria. Nada de lo que hizo el último día implicaba estar ahí, siendo secuestrado por alguna persona enferma que sabía suficiente de su vida y de su familia.
—Te hemos seguido desde que vimos el mensaje que le enviaste a la Policía de la capital explicando cómo ocurrió el último robo que se produjo allá.
—Pero eso es confidencial. Nadie fuera de la Policía lo puede saber.
—Nosotros lo hemos conseguido y no tenemos nada que ver con ellos.
—Son ladrones.
—Unos simples ladrones no se preocuparían de un niño al que nadie le presta atención.
—¿Quiénes son, entonces? Y ¿qué quieren de mí?
—Personas que admiran tu inteligencia y que esperan ansiosos tu ayuda en cierto tema, que para nuestra fortuna, estás tan metido en él como nosotros.
—No tengo nada que ver con ustedes, quienes quiera que sean.
—Eso no es cierto. Ambos sabemos de qué estamos hablando. O ¿dirás que ayer en la noche no espiabas a tu hermano mientras recibía una encomienda? Nosotros solo esperábamos que fueras un chico inteligente que pudiera ayudarnos en nuestro problema. Sin embargo, ahora que sabemos que tu hermano está en contacto con esta gente, y tú, al tanto de todo, no nos cabe la menor duda de que eres el indicado.
Marty sabía a la perfección de qué estaba hablando la mujer. Esa misma encomienda que ella mencionaba le hizo creer que tenía una oportunidad para vivir la aventura que tanto deseaba. Pero, aun así, no podía demostrar que lo sabía. Era probable que todo fuera una treta, que lo que ella decía no eran más que palabras vagas, dichas con la mera intención hacerlo a hablar, delatarse y, por ende, traicionar a su hermano.
—No sé de qué estás hablando —dijo muy seguro de sus palabras.
—No hay por qué mentir, Marty. Nuestras investigaciones nos revelaron que Alessandro Curtalef salió de la casa a las veintitrés horas con dos minutos para recoger unos sobres. Mientras tanto, tú, Marty, observabas la situación desde la ventana de tu dormitorio. Esto es algo que no puedes negar, pues, en el momento exacto en que Alessandro apareció en nuestro campo visual, tú apagaste la luz de tu habitación. Con nuestros radares de calor te vimos quieto junto a la ventana.
Se tomó unos segundos antes de contestar para pensar bien las palabras que iba a decir.
—Quieres que te pase los sobres, ¿no? Lo siento, pero debo informarte de que no los tengo.
—No. No es eso. Lo que nosotros queremos es nos traigas al cabecilla de esa organización.
No podía creer lo que estaba oyendo. Alguien le tenía tanta fe que esperaba que él le llevara al líder de un grupo de mafiosos. Muy bien su sueño era poder, con su inteligencia, resolver casos y salvarle la vida a gente que estuviera en peligro. Pero para eso sucediera le faltaba experiencia. En esta ocasión solo se limitaría a seguir a Alessandro hasta el almacén para sacarlo de ahí sin que nadie se diera cuenta. Ingresaría sin ser visto y se escaparía por la puerta trasera. Grabaría a los mafiosos y después le enviaría el video a la Policía para que luego les fuera más sencillo capturarlos. Ese era todo el plan. Pero raptar al líder de los mafiosos, superaba sus límites, ya que era muy probable que este portara un arma y que tuviera más de un guardaespaldas. Estaría muerto antes de tocarlo.
—Solo tengo quince años. ¿Por qué no se lo pides a alguien mayor y más capacitado?
—¿No eras tú quien siempre anheló vivir una experiencia como esta? —Una cosa era saber información de su familia, pero otra muy distinta era saber eso. Al único que le había contado acerca de su obsesión con los detectives era a JT. Y era imposible que su mejor amigo estuviera al otro lado del vidrio divisor haciéndole tal broma—. ¿Tu sueño no ha sido siempre ser quien resuelva los casos más importantes del mundo? Esta es tu oportunidad para llevarlo a cabo, Marty Curtalef.
—Solo soy un simple joven de quince años que estaba andando en bicicleta en el lugar y en el momento equivocado —dijo muy tranquilo, siendo que por dentro asentía a todo lo que oía.
—Te lo diré de nuevo… Eres hijo de Isabella Nicolini y…
«No me lo dice porque quiere demostrar que conoce a mi familia, lo hace porque sabe qué están haciendo ahora… ¡Ellos también están peligro!».
—¡Entendí! —repitió unas tres veces antes de continuar—. Quieres al líder de esos mafiosos. Lo haré, pero necesito tu ayuda. Esto no estaba en mis planes.
Mientras la mujer le explicaba qué debía hacer, Marty observaba el vidrio divisor. Pensó que si lo destruía podría verle la cara al chofer y después denunciarlo a las autoridades por secuestro y amenaza.
En ese momento, el automóvil se posicionó, por fin, delante de su compañero, segundos antes de que el otro se detuviera a un costado de la avenida. En el exterior reinaba el silencio, y las luces de los semáforos permanecían en verde. Marty estaba casi seguro de que cruzaron los límites de ciudad, puesto que pudo escuchar a la perfección, fuera de todo el ruido que había dentro del vehículo, los motores de los tractores de las granjas que había en el lado norte de Calipso.
Como no tenía nada que perder, golpeó con el codo el vidrio divisor. Apresuradamente puso ambos brazos delante de su cabeza para evitar que los trozos desprendidos se le incrustaran en el rostro. Sintió cómo los pequeños pedazos impactaron contra su piel, pero ni una mísera gota de sangre se derramó. Como respuesta, el chofer aceleró lo más que pudo, haciendo que la espalda de Marty se presionara contra el respaldo. Pero él no se iba a quedar así como así. Ya tenía una idea metida en la cabeza e iba llevarla a cabo sí o sí, por lo que se impulsó hacia delante, apoyando las manos donde no quedaban pedazos de vidrio. No permaneció en esa posición por más de un segundo, puesto que, por un brusco movimiento que dio vehículo, su cuerpo regresó a su posición inicial.
Todo pasó tan rápido que no pudo entenderlo hasta varios minutos después. Nada le hizo presagiar a Marty Curtalef lo que le iba a suceder. La puerta que se encontraba a su izquierda se abrió mientras que el automóvil doblaba hacia la derecha por una curva que Marty nunca olvidaría. Salió disparado al rocoso cerro. La gravedad no era su única enemiga, sino que la fuerza centrífuga también.
Pensó que moriría. Sin embargo, el destino le tenía preparado otro futuro no más sencillo que la muerte… Se podía decir que aquel era su día de suerte, pues cayó sobre algo blando, tan blando como un colchón. Eso era, no podía ser otra cosa. Había caído sobre un colchón que estaba ahí tirado. ¡Suerte! Rebotó y cayó, esta vez en el suelo rocoso. No tuvo tanta suerte, pero al fin y al cabo seguía vivo. Aun así, no pudo evitar quejarse. El dolor era insoportable. Quedó tendido en el suelo. Había caído con la espalda hacia arriba, apoyándose con rodillas y codos. Tenía las rodillas sucias y los codos le sangraban. No obstante, con dolor o no, debía levantarse, pues tenía una misión que concluir.
Alzó la muñeca derecha para ver la hora y así cerciorarse de que aún estaba a tiempo de llegar a la estación y tomar el metro, cuando notó que su reloj no estaba, y en su lugar vio la casi imperceptible cicatriz del corte que se hizo en la muñeca el día que despertó junto a la piscina. Se levantó de golpe. Por unos segundos el dolor se difuminó. El reloj era más importante que cualquier herida ocasionada por la fatídica caída. Ese reloj se lo había regalado alguien muy especial que había muerto. —O eso fue lo que le dijo su madre el día que se lo entregó. Siempre que él le preguntaba por esa persona, recibía la misma respuesta: «Es alguien especial que ya no está». Y por eso, porque no sabía nada del antiguo propietario, descubrir su identidad se había convertido en el misterio más emocionante de su vida, provocando que diera vuelta toda la casa más de una vez para hallar algún registro de aquella historia. Pero nunca encontró nada relevante—. Por lo que no podía perderlo. Barrió el piso con ambas manos. Parecía un loco. Sin embargo, no lo consiguió. El reloj no estaba por ninguna parte. Y lo peor de todo era que no podía quedarse más tiempo para hacer una búsqueda más prolija. Así que dio una última ojeada y subió a la calle.
Cuando llegó a la esquina, sacudió su pantalón y volvió a la marcha. No sabía si era suerte o mera casualidad, pero ahí, al fondo de la calle, estaba la estación. Por un segundo agradeció haber sido raptado, pues lo llevaron donde debía ir. Aunque no era necesario haber recorrido toda la ciudad en el intento, y más si lo lanzaron del vehículo antes contarle todo lo que tenía preparado para él. Ahora solo le quedaba ayudar a Alessandro y esperar que, en tanto, quien estuviera detrás de la voz del parlante no se desquitara con el resto de los integrantes de su familia. Aunque era más probable que volviera a contactarse con él antes de hacerle algo malo a los suyos, porque, o si no, no habría sido raptado desde un principio. Lo querían a él. Y algo le hacía creer que este inconveniente —el romper el vidrio divisor y haber sido eyectado del vehículo— no influía mucho en el desenlace de esta historia. El líder de la mafia lo sería hoy, la semana siguiente, hasta, incluso, podía serlo dentro de prisión. Así que, si no lo contactaban ese mismo día, lo harían muy pronto.
Un edificio color grisáceo de dos pisos que tenía una amplia entrada de cemento con una pequeña escalera limitada por dos pilares tapizados en cobre oxidado llevaba como título: «Estación Las Peinas».
Él sabía que todos lo observaban. Cojeaba y sangraba por los codos. Al ver la asquerosa mezcla que tenía en los brazos —grumos de sangre y tierra— trató de removerla sin detener el paso. Sintió gran dolor al momento en que sus dedos pasaron a llevar la herida.
Al llegar a la puerta de la estación, la empujó y entró. El lugar estaba atestado de gente. Unos esperaban en las filas para pagar; otros, para pasar por las barandillas giratorias que estaban cerca de los vagones. Sacó su boleto y lo observó. Este decía: «Estación las Peinas - Estación Velpaso. 16.39». Dejó de ponerle atención al boleto y se concentró en el reloj gigante que había en una de las paredes de la estación. Era las cuatro treinta y ocho. Sonrió. A pesar de los inconvenientes, logró llegar antes de la hora estimada.
Desde su posición podía ver a través de la puerta de vidrio el único metro estacionado. Era el suyo. Corrió entre la multitud, pasó por la barandilla giratoria luego de poner el boleto encima de ella y subió al metro.
Capítulo 3
JT
Divisó un asiento disponible y fue hacia él. Apenas se sentó, escuchó un «¿tú de nuevo?». De un sobresalto miró sobre su hombro a quien lo había reconocido. A su lado estaba la muchacha de hace un rato, la que desapareció.
—Hola —dijo entre nervioso y asustado.
—Lo siento, no te quería asustar —agregó la muchacha, tocándole el brazo y mostrándole su perfecta hilera de dientes en medio de una agradable sonrisa—, pero es que me parece tan simpático que de casualidad se haya sentado junto a mí el mismo chico que vi caerse de un árbol hace un rato.
Marty le respondió con una sonrisa, intentando permanecer sereno, siendo que por dentro se moría de vergüenza.
—Dolió bastante —confesó.
—Me imagino. ¿Y qué te dio por saltar del árbol?
—Quería algo de emoción en mi vida.
Ella asintió y guardó silencio, lo que provocó que Marty se sintiera más incómodo aún, ya que creía que estaba dando una pésima segunda impresión. Sin saber qué hacer ni qué decir, sacó su teléfono para ver si había obtenido algún mensaje o llamada de JT. Nada. Estaba preocupado. Lo necesitaba. No podía hacer esa misión sin su mejor amigo.
Le envió un mensaje:
«¿Dónde estás?».
A los segundos llegó la respuesta:
«Estoy en el metro. Sentado. Así que nos vemos en Velpaso.
Pd: Acabo de notar que me llamaste. Perdón, estaba ocupado».
Bloqueo la pantalla y guardó su celular. No le quedaba de otra que permanecer media hora más junto a la muchacha. Así sacó valor de alguna parte y le habló:
—¿Disculpa, te puedo hacer una pregunta? —dijo, observándola detenidamente.
El cintillo que la muchacha llevaba puesto impedía que su ondulada cabellera cayera sobre su rostro. Sus ojos café almendrados brillaban por sí solos, lo que los hacía resaltar sobre su tez color oliva, de la misma forma que lo hacía el pequeño lunar que tenía justo debajo del ojo derecho. Y su sonrisa, como ya había notado anteriormente, era perfecta.
—Sí, obvio. Dime.
—¿Cómo es que desapareciste?
—¿Cuándo? —preguntó ella, acortando la distancia entre sus cejas y subiéndose el cierre de la sudadera—. ¡Ah! No, no. Mi padre estaba estacionado en la casa contigua a la tuya. Luego de que te pregunté cómo estabas, él me llamó y me fui. Perdón por no quedarme a escuchar tu respuesta. Pero ¿por qué la pregunta?
—No, por nada. Es que me han pasado un par de cosas extrañas últimamente y parece que me estoy preocupando más de lo necesario.
—¿Cosas extrañas?
—Muy extrañas.
—¿Como qué?
—¿De verdad quieres saber?
Ella asintió.
Eso fue todo lo que necesitó para autorizarse a contarle aquellas cosas que juró no decirle a nadie aparte de JT.
—Solo espero no aburrirte.
—Lo dudo. Me encantan las historias, y más en días tan fríos como este.
Marty la miró fijamente a los ojos. Una alegría lo invadió. Había deducido algo acerca de ella.
—¿Por qué me miras así? ¿Qué pasa?
—Tú no eres de acá. Eres del norte.
—De Widerstand —precisó ella—. Vine con mi padre a hacer un trámite.
El tema del frío era algo que siempre recalcaban los nortinos cuando visitaban Calipso. La diferencia promedio que había entre los extremos del país era la necesaria para que alguien del norte, con ese clima perfecto para los lugareños, sintiera frío. Y más en invierno.
—Pero si has venido con tu padre, ¿por qué estás tomando el metro?
—Porque no alcanzamos a terminar a tiempo y él se quedó. Yo debía volver sí o sí, así que tomé el único medio de transporte que me puede llevar hasta allá.
Con lo obvia que era la respuesta, se sintió tonto por haber hecho semejante pregunta. El único medio para conectar las ciudades en su país, si es que no se iba en vehículo propio, era el metro. Y eso todo el mundo lo sabía.
—Ah, entiendo.
Tras la breve interrupción, Marty le relató a la muchacha todo lo vivido desde que se cayó del árbol hasta que llegó a la estación Las Peinas. También le contó por qué había salido por la ventana y no por la puerta, como una persona normal haría. Sin embargo, no habló de su tocayo, de la encomienda ni de Alessandro y su relación con los mafiosos de Velpaso. No sabía nada de ella, aparte de que venía de Widerstand a hacer un trámite, por lo que prefirió no darle ninguna información de su familia. Por alguna razón, sospechaba que había algo oculto detrás de aquel bonito rostro.
Manteniendo la sonrisa, la muchacha lo escuchó en silencio hasta que Marty terminó de hablar.
—Es que no puede ser cierto. ¿Un vehículo sin chofer? ¿Cómo es eso posible?
—No tengo ni la menor idea. Para mí también es confuso. Yo esperaba que la voz fuera de quien conducía el vehículo, pero no.
Marty quedó perplejo al ver el asiento vacío del piloto cuando acercó su cabeza a la parte delantera del vehículo después de romper el vidrio divisor. Intentó no pensar en ello, porque debía concentrarse en ayudar a su hermano mayor. Pero ahora que la muchacha se lo preguntaba, y parecía tan interesada en el tema como él, las interrogantes y las hipótesis surgieron sin más.
—Pero ¿estás seguro de que no había nadie?
—Mantuve mi cabeza muy poco tiempo adelante, pero estoy totalmente seguro de lo que vi y de lo que no.
En este punto de la conversación, Marty ya tenía una idea de cómo era posible que no hubiera nadie manejando el automóvil que lo raptó. Para que no supiera quiénes estaban detrás de todo el embrollo, manipularon el vehículo con un control a distancia. Con una buena vista —o teniendo la posibilidad de monitorear las cámaras de vigilancia— podían hacerlo desde donde quisieran y no errar en sus movimientos.
—Tu teoría me parece muy interesante, y el suceso completamente extraño. Aunque, por otro lado, de lo que realmente yo me preocuparía si fuera tú, es de la información que tienen de ti y de tu familia. El que el vehículo no tuviera chofer lo dejaría en un segundo plano.
—Lo que tú dices me preocupa bastante —confesó, girando la cabeza hacia el respaldo del asiento delantero para mirar sus manos—. Mi familia podría estar en peligro, lo sé. Pero, como te dije, tengo otra cosa en mente en este momento.
—El asunto de Alessandro.
—Sí, el asunto de… —Sin quitar la vista del asiento delantero, guardó silencio. Mordió su labio inferior, cerró los ojos y luego se pasó una mano por la cabeza.
—Comenzabas a caerme bien…
—Yo…
—No, no digas nada —la interrumpió—. Lo hecho, hecho está. Fui un imbécil en pensar que podía confiar en ti, pero erré. Estás con ellos, ¿no? ¿Tú también quieres al líder de los mafiosos?
—¿Qué? No, te equivocas.
—Sí, claro. Te sabías el nombre de mi hermano sin yo decírtelo. Mi intuición me decía que no debía fiarme de ti, pero como parecías buena chica… —dijo y guardó silencio.
Luego de escuchar el aviso de que habían llegado a Velpaso, Marty se levantó, se dirigió hacia la puerta y bajó del metro sin volver la vista atrás.
Cuando consideró salir de la estación y esperar a JT afuera, divisó la sobresaliente cabeza de su mejor amigo. Fue a su encuentro y juntos subieron a la calle. Después de que Marty lo recriminara por no avisarle acerca del cambio de planes y por no contestarle el teléfono, le contó todo, incluyendo lo sucedido con la muchacha. JT quedó admirado por todo lo que Marty había pasado en tan poco tiempo —incluso después de saber que hizo añicos su bicicleta—, pero, como era de esperarse, no supo cómo explicar los extraños sucesos que le acontecieron, en especial el hecho de que la muchacha conociera a Alessandro.
—Probablemente es una de ellos —dijo como última opción, después que Marty contradijera las anteriores suposiciones con astutas respuestas.
Era imposible que a ella le gustara Alessandro y deseara saber más de él, porque ¿quién en su sano juicio iba a estar enamorada de su hermano? Tampoco podía ser una ladrona que intentaba obtener información de su familia para concretar un robo. Sin considerar que en Calipso la gente no suele irrumpir en propiedades ajenas con tal fin, la hipótesis de JT iba tan mal encaminada, porque, de ser así el caso, ella hubiera preferido platicar más cerca de la casa y menos en el metro.
—No lo creo —respondió Marty a la idea menos tonta que dio su amigo.
—¿La viste bajarse en la estación?
—No, salí corriendo. Fue mucho para mí que supiera de Alex.
—Entonces no sabes si se bajó o no. Puede que lo haya hecho y…
—Pero no la vemos por ningún lado, JT —dijo, girando trescientos sesenta grados con los brazos extendidos—. Estoy seguro de que ella oculta muchas cosas, y me frustra el hecho de que supiera el nombre de mi hermano sin yo decírselo, pero siento que no mentía cuando decía que no tenía nada que ver con mis secuestradores.
—Mi papá me contó que cuando ejercía como abogado se topaba con clientes que eran buenos para hacerte creer lo que querían que creyeras. Ella puede ser igual.
—No es así.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque de ser así no habría dicho el nombre de Alex. Si fuera como las personas de las que tu papá habló, no se hubiera equivocado. Ella está metida en algo, eso está claro. Pero ahora mismo me tiene sin cuidado qué es.
Siempre que no comprendía algo, anhelaba hacerlo. Pensaba en ello todo el tiempo hasta idear una buena explicación de lo sucedido. Este caso no era distinto. Deseaba entender cómo era posible que ella supiera de Alessandro y por qué se la había topado dos veces en el mismo día. Pero aquel no era el momento para pensar en ello. Estaba en Velpaso, siguiendo a su hermano, intentando evitar que algo malo le sucediera, no para otra cosa.
—¿Y cómo me dijiste que se llamaba?
—No te lo dije, porque no lo sé.
—¿Cómo?
—No se lo pregunté. De cualquier forma, no me lo habría dicho. Habría mentido.
—Sí, tienes razón.
El día estaba hermoso. No había nubes en el cielo y el sol brillaba como si fuera el último que se viera en mucho tiempo. Pasaron por una pequeña plaza, un centro comercial y un conjunto de edificios, para detenerse en el comienzo de un camino de tierra, que era la continuación del de asfalto. Cruzaron miradas de nerviosismo antes de retomar la marcha. A ambos lados del camino, que en ese momento era más barro que tierra, crecía un pastizal que les sobrepasaba los hombros. Al fondo, a un kilómetro de distancia, se encontraba el muro del almacén.
Marty, tratando de hacerse el valiente, comenzó a andar por el camino de tierra. JT lo detuvo de inmediato e hizo que continuara por el pastizal. Podía ser que caminando por el medio de la vegetación se demoraran más en llegar al almacén, pero claramente era mucho más seguro que hacerlo por el lugar donde circulaba libremente el enemigo. Y, en efecto, fue la mejor decisión que pudieron haber tomado. Al recorrer la mitad del trayecto, una camioneta proveniente del almacén pasó muy cerca de ellos. Se quedaron quietos y guardaron silencio, esperando que el enemigo no regresara. Cuando Marty creyó que ya no corrían peligro, se levantó para continuar. Pero no fue mucho lo que pudo avanzar antes de que JT lo jalara de la camiseta y lo lanzara de trasero al suelo. Algo sucedía. Una segunda camioneta pasó por su lado y, a diferencia de la anterior, se detuvo a un metro de distancia de ellos.
—Escuché algo —dijo el copiloto, al tanto que se descendía de la camioneta—. Voy a ir a indagar.
Al ver el arma que portaba, Marty pensó, por primera vez, que había cometido un grave error al no impedir que Alessandro se involucrara con esa gente.
—¡Regresa, debe de ser un perro! —gritó el conductor.
El copiloto dio una última ojeada al lugar y obedeció. La camioneta aceleró nuevamente hasta perderse, tal como lo hizo la anterior. El par esperó unos minutos antes de continuar por si aparecía inesperadamente alguien o algo. Aunque la verdadera razón por la que no se movieron ni un centímetro fue porque seguían muertos de miedo.
—¡No puedo creerlo! Ese idiota portaba una PLC43. —JT estaba pálido, pero sonreía como si fuera lo mejor que le hubiera pasado en la vida—. Esa arma tiene una gran potencia, incluso a largas distancias.
A pesar de que conocía a JT desde hace bastante tiempo, y estaba al tanto de la fascinación de su amigo por las armas, no dejaba de sorprenderle la habilidad que tenía para detectar qué arma era la que le ponían enfrente. No importaba si era poco común, o si la hubiera visto por no más de unos segundos, siempre sabía cuál era. Siendo que solamente las veía en la televisión o en internet, las conocía todas.
—¿PLC43? He escuchado ese nombre antes.
—Me daría vergüenza ajena si no. Es el arma que usan los policías. —Lo dijo como si fuera obvio. Lo que hizo que Marty se sintiera mal por no saberlo.
—¿Qué? ¿No era que el arma de la Policía solo la podían adquirir y portar los policías? ¿Por qué estos mafiosos la tienen?
—¿Será porque se las robaron? —Fue más una confirmación que una pregunta.
Marty miró de soslayo a JT, sin poder creer lo que oía. JT no era humorista, pero con lo que decía, parecía estar bromeando. Era imposible que alguien pudiera robar en una comisaría sin que los policías hicieran nada. Además, no existía gente loca que hiciera semejante acción.
—¿Por qué dices eso?
—Porque así es. Sí leyeras más noticias y menos Detective Fantasma, no parecerías tan sorprendido, porque tú solito te enterarías de las cosas que suceden en tu país.
—Pero es imposible, JT. ¿Cómo es que nadie hizo nada para evitarlo?
—No lo sé. No seguí leyendo porque llegó mi papá con una noticia aún más catastrófica.
—¿Qué pasó? —preguntó al tiempo que apartaba una rama que le obstruía el paso—. Si siempre hablas como un loro, ¿por qué ahora te quedas callado?
—Es que es algo fuerte, Marty. Muy fuerte. Ayer, alrededor de las siete de la tarde, asesinaron al senador Máximo Jara.
Marty, que iba primero, se volteó bruscamente, soltando la rama que tenía en las manos, provocando que esta lo golpeara en el rostro. Como estaba tan absorto en lo que acababa de escuchar, ni siquiera lo sintió.
—No, no, eso no puede ser posible. ¿Máximo Jara? Sabes que mi madre trabaja para él. Ella me lo hubiera contado hoy en el almuerzo si hubiera sido cierto.
—A lo mejor ni ella lo sabe.
—¿Cómo no lo va a saber?
—La noticia no ha salido aún en los medios de comunicación. Mi padre me dijo que la Policía quería guardarlo en secreto el mayor tiempo posible por el impacto social que va a provocar cuando todos se enteren. Terror, Marty, eso es lo que van a sentir todos. Terror.
Obvio que así iba a ser, si en la burbuja en la que vivía no solían ocurrir asesinatos.
—Y si nadie lo sabe, ¿cómo es que tu padre sí?
—Máximo Jara lideraba a todos los que apoyaban a mi padre para que obtuviera el puesto disponible en la Corte Suprema de Justicia. Como salió electo, ayer en la noche fue a agradecerle personalmente por su apoyo. Fue mi padre quien llamó a la Policía cuando vio a alguien sospechoso salir de la casa del senador. Desgraciadamente se convirtió en el único testigo de aquel espantoso suceso. El pobre tuvo que pasar toda la noche en la comisaría para dar la poca información que poseía.
Lo del asesinato de Máximo Jara era algo realmente espantoso. El senador vivía en la capital, donde todo era más peligroso, pero, aun así, que alguien entrara a una casa para asesinar al propietario era algo totalmente descabellado. A lo mejor en otra parte del mundo podía suceder, pero ¿en su país? ¡Era imposible! La noticia impactó tanto a Marty, que veinte minutos atrás creía que la seguridad que brindaba la Policía Nacional era extraordinaria y que su único error era no resolver a la brevedad los sencillos casos de hurto. Aunque el asesinato lo desconcertó, más le afectaron los mensajes subliminales que había en las oraciones que acaban de decir JT.
—¿Por qué no me lo contaste? —preguntó molesto. Si no hubiera estado a doscientos metros del almacén, posiblemente lo habría dicho en un tono más elevado.
—Te lo estoy diciendo ahora. No lo iba a hacer en el colegio frente a todos. Y antes menos, porque no lo sabía. Mi papá me lo dijo recién en el desayuno, cuando llegó.
—No estoy hablando de eso, JT. ¿Por qué no me contaste que te ibas a mudar?
—¿De qué hablas? Si te conté que mi papá era un candidato para ocupar el puesto disponible del juez que desertó. Y también te mencioné que mi mamá estaba buscando trabajo en la capital. O ¿no leíste el mensaje que te dejé en la bicicleta que me destruiste?
—Sí, pero una cosa es que tu padre sea candidato al cargo, y otra muy distinta es que haya sido electo.
—Recién ayer dieron los resultados. ¡Ni que lo supiera hace un mes!
—Y ¿por qué no lo dijiste en ese momento?
—Porque sabía que te ibas a poner así como estás ahora. Quería que esta historia la termináramos como dos ganadores, igual como la empezamos. No es un fin en nuestra amistad, está claro. Pero es como… el final del nivel del juego más complicado que has visto. Vienen cosas difíciles, pero la amistad supera todo, ¿no?
Continuaron caminando en silencio.
Se acordó de su primer día de clases. Alessandro, que entraba a su segundo año de colegio, apareció después de clases con dos amigos. Uno lo sujetó y el otro le dio varios golpes en el vientre. El imbécil de su hermano no hizo más que quedarse parado asesinándolo con la mirada, como si Marty le hubiera hecho algo imperdonable. Al minuto, aunque para el pequeño Marty fue como una hora, apareció un chico un poco más alto que él y dejó a Alessandro y a sus secuaces en el suelo, llorando. Ese era JT, un chico de mirada penetrante muy hábil con los puños.
Marty siempre recordaría ese día como el que ganó un amigo para toda la vida y como el que perdió para siempre a su hermano mayor. No sabía qué había pasado por la mente de Alessandro para que comenzara a odiarlo, pues antes de esa tarde no habían discutido ni peleado jamás. Todos los habían considerado hermanos inusuales, porque se llevaban mejor que nadie. Pero ese día todo cambió. Desde ese momento el odio entre ambos afloró y nunca más se desvaneció.
Al estar a solo unos metros del muro del almacén, se escondieron detrás de un tronco seco medio corroído por el frío del crepúsculo y ahuecado por el tiempo. Permanecieron unos cuantos minutos apoyados en el tronco, esperando, vacilantes y en silencio, a que alguna idea cruzara por sus cautas mentes, por mientras que, de vez en cuando, alzaban la mirada para cerciorarse si los dos guardas vestidos de negro y que portaban una PLC43 cada uno, seguían fijos en su posición, a medio metro del muro.
—¿Qué sucede, JT? —preguntó al ver que su amigo no apartaba la mirada de sus puños—. ¿Tienes miedo?
—Esto es estúpido, Marty. No necesitas ser un genio para saber que, así, desarmados, no somos contrincantes para ellos. —Se notaba ansioso.
—Tú sabes pelear, ¿no? Los puedes dejar en el piso con un solo golpe.
—Claro. ¿Y cuándo quieres que lo haga? ¿Cuando tenga la PLC43 pegada en la cabeza? O ¿cuando ya esté en el piso con un hoyo en frente y otro en la nuca? ¡Tuvimos que haber evitado esto antes!
Se notaba a la perfección que JT quería hablarle más fuerte, pero, al igual que él, solo susurraba. Ambos sabían qué pasaría si subían el volumen.
—Estabas muy a gusto con la idea ayer en la noche cuando te la mencioné.
—Eso era antes de saber lo de las PLC43.
—«Es un arma que tiene gran potencia, incluso a largas distancias». Sí, eso ya lo dijiste. Pero ¿qué tiene de especial? ¿Si tuvieran una bazuca tendrías menos miedo?
—¿Es que no lo ves, Marty? Fueron ellos quienes irrumpieron en la comisaría de Babernë y se robaron todo el armamento. ¡No deberíamos estar aquí! —concluyó, pasándose ambas manos por la cabeza.
Marty observó nuevamente al par de guardias que seguían sin darse cuenta de su presencia. Aunque la idea de enfrentarse solo a dos personas armadas nunca fue parte de su plan, no podía obligar a JT a hacer algo que no quería hacer.
—Gracias por acompañarme hasta aquí, JT. ¡Que lo pases genial en la capital!
Se dio media vuelta y comenzó a gatear en dirección al guardia más cercano.
—Pero ¿qué haces? —preguntó su amigo, agarrándole un pie.
—Tienen PLC43. Tú mismo dijiste que eso no era nada bueno. Hablamos de la vida de mi hermano. Y si puedo evitar que lo maten, lo haré.
—¿Eres tonto, o qué? ¿No ves que con eso lo único que haces es poner tu vida en juego?
Marty lo miró directamente a los ojos.
—Y ¿qué es lo que siempre he querido?
Aquella mirada hizo que JT, sorprendido, lo soltara y lo dejara marchar.
Aunque el dolor en sus codos y rodillas no había cesado, arrastrarse como militar era lo único que podía hacer para que no lo descubrieran, ya que por culpa del medio en el que se encontraba, le sería complejo huir. Cuando llegó al límite del pastizal, se levantó y corrió lo más rápido que pudo hasta su enemigo más cercano. Al estar a solo medio metro de distancia, dio un gran salto y se aferró a la espalda de su contrincante para inmovilizarlo y luego lanzarlo al suelo. Aunque tenía más que claro que él no era JT, no creía que le fuera tan difícil derribarlo. Pero erró. El guardia no perdió el equilibrio en ningún momento, por lo que Marty se vio obligado a forcejear. Le rodeó el cuello con el brazo. El hombre soltó el arma para zafarse y atacar de vuelta. A pesar de ser bueno deduciendo cosas, Marty seguía siendo un niño que pensaba que tenía posibilidad de vencer a alguien que le doblaba la edad, era más grande y más fuerte que él. Y como era de esperarse, en esta situación, los sueños no fueron suficientes para evitar que el hombre lo lanzara al piso, entrelazara las piernas alrededor de su cintura y, después de que Marty le diera unos cuantos golpes en el pecho al ver que no podía hacer nada, le sujetó ambas manos sobre su cabeza, recogió el arma y le apuntó.
«Alex, realmente te has metido con gente muy mala» pensó, sin quitar la vista de los inexpresivos y penetrantes ojos del hombre. «Si este sujeto hubiera sido un simple guardia de almacén no me miraría como si estuviera a punto de asesinarme».
No. No podía morir así, no sin saber que Alessandro estaba sano y salvo. Se remeció para intentar zafarse, pero no lo consiguió. Solo logró que el guardia se enojara más, que lo sujetara con mayor fuerza y que apretara la helada arma a su piel, como intentando recalcar que Marty no tenía ninguna posibilidad de liberarse. No podía creerlo. Acababa de comenzar la aventura que siempre había deseado vivir y ya estaba siendo encañonado, a nada de que lo asesinaran. El asunto era que, aunque no le gustaba la idea, debía aceptarlo. No tenía ni el armamento necesario ni las condiciones físicas para ganarle, y más si el otro guardia estaba a punto de verlos forcejear —si es que ya no lo había hecho—. Llamaría refuerzos. Aunque, en realidad no era necesario, puesto que su contrincante por sí solo podía hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.
Cerró los ojos con fuerza para que su último recuerdo no fuera la inexpresiva y penetrante mirada del guardia.
—¿Tus últimas pala…? —dijo el hombre con goce en la voz, hasta que, por una extraña razón, tras un sonido desgarrador, se quedó en silencio. La punta del arma se alejó de la frente de Marty y el hombre se movió hacia un costado, soltándole la cintura. Abrió los ojos, sorprendido. El hombre estaba acostado de lado, en forma perpendicular a él, con una mancha roja en la cabeza.
No necesitó mucho para saber qué había sucedido. La respiración jadeante de JT le hizo sonreír. Su amigo sostenía un ladrillo con ambas manos y miraba con terror y odio al sujeto.
—Te dije que era arriesgado —dijo JT, mientras lo ayudaba a levantarse.
—Gracias. Realmente pensé que me mataría —confesó, frotándose la frente.
—Sí, yo también lo pensé. Pero no lo consiguió. Así que quita esa cara de fantasma que tienes y vamos a salvar al imbécil de tu hermano.
JT se acercó al hombre y le tomó el pulsó.
—¡Uff, sigue vivo! Con ese sonido pensé que le había reventado la cabeza. Ven, ayúdame. Escondámoslo entre la maleza para que nadie lo vea y sepa que estamos aquí.
JT lo llevó de las manos y Marty de los pies. Lo dejaron junto al tronco donde minutos antes permanecieron escondidos y regresaron al muro. Fue ahí cuando Marty se dio cuenta de que algo no encajaba.
—¡Mierda! El otro guardia no está. Ha debido de entrar a informarles a los demás.
—¿Hablas de la mujer con cara de zarigüeya? No, la noqueé de un culetazo con su propia arma —dijo JT, muy tranquilo, al tiempo que lanzaba la PLC43 lejos. No la iban a llevar encima, pues si los veían con ella, sí o sí los asesinarían. Sigilo. Eso era lo que necesitaban.
—¿No me digas que antes de ayudarme te diste el tiempo para noquearla y esconderla?
JT se encogió de hombros, esbozando una ligera sonrisa.
—Tu problema es que nunca te detienes en los pros y en los contras. Si te hubiera ayudado antes de encargarme de ella, ambos habríamos recibido balazos. Por eso, Marty, tú solo dedícate a las deducciones, ¿te parece?
—Está bien. Pero ¿qué pasó con el JT que no se quería sacrificar?
—Está aquí. No pienses que he cambiado de opinión. No retractarte es la peor decisión que has tomado en la vida.
—Sabes que…
—Sí, es por Alex —interrumpió—. Lo sé. Por eso, y porque soy consciente de que no podrías solo contra dos sujetos armados, es que no salí corriendo. Yo también sabía que Alex se estaba metiendo en algo turbio y no lo evité. Soy igual de responsable que tú. Así que salvemos al imbécil de tu hermano y larguémonos de aquí cuanto antes.
Treparon el muro y saltaron al otro lado. Sabían que nadie podía verlos, puesto que los contenedores apilados eran más altos que el muro. Ellos no veían el interior, pero tampoco los veían a ellos. Caminaron entre los contenedores hasta que no encontraron pasada y se vieron obligados a trepar uno. Este estaba ahuecado en la parte superior, lo que los hacía imperceptibles desde abajo, por lo que era el escondite perfecto para espiar. Marty echó una ojeada al exterior para confirmar que los guardias que JT había noqueado seguían donde los habían dejado. Al darse cuenta de que así era, se arrastró hasta el otro extremo para observar junto a su amigo lo que ocurría en el interior del almacén.
—Hay tres —murmuró el amante de armas agachando la cabeza.
Uno estaba junto al contenedor en el que se encontraban escondidos, y los otros dos, ubicados a cada lado de una puerta de madera que daba la entrada a algo semejante a una casa de cemento que en vez de ventanas tenía barrotes de acero.
Debía idear un buen plan para entrar a la construcción de cemento sin ser visto. Estaba completamente seguro de que Alessandro se encontraba dentro de ese lugar, entregando la encomienda e intercambiándola por dinero que luego se lo gastaría en cigarros, si no era que los mafiosos habían preferido deshacerse de inmediato de él para evitar que los delatara. Había tres hombres en el patio, pero no tenía ni idea de cuántos había dentro. Podían ser diez o veinte. Todo habría sido más sencillo si hubiera tenido unos binoculares, o uno de esos radares de calor de los que habló la voz del parlante del vehículo sin chofer. Pero como no era el caso, y no sabía cuánto tiempo le quedaba a su hermano, lo único que podía hacer era pensar en cómo deshacerse del trío que tenía en la mira y el resto debía dejarlo para después.
—¿Viste cuántas cámaras hay? —preguntó de pronto JT.
—Si de cualquier forma debemos entrar, ¿de qué sirve eso?
JT lo miró como si fuera un tonto.
—Cuando sepan que estamos aquí, no van a ser tan benevolentes como tú crees que serán. Llamarán refuerzos y dispararán hasta que vean tu cuerpo lleno de sangre. Marty, son mafiosos, no esperes que sean gentiles con un par de jóvenes entrometidos.
—Dudo que estén monitorizando las cámaras —soltó. JT le preguntó con la mirada a qué se refería—. Había una afuera, de esas que giran. Pensé que podría noquearlos a ambos antes de que apuntara en mi dirección. Lo sé, me equivoqué. Pero con el tiempo que el sujeto me tiró al suelo y el que te demoraste en ayudarme, estoy seguro de que nos grabó.
—¿Por qué me lo dices ahora y no antes de saltar el muro? —preguntó asustado.
—Porque no lo consideré trascendental. De igual forma yo iba a entrar. Además, no es que eso nos haya delatado. Si ellos hubieran estado pendientes de las cámaras de vigilancia, ¿crees que estos tres estarían tan tranquilos como lo están ahora? Habrían salido corriendo de inmediato a detenernos.
Lo que Marty dijo hizo que JT se tranquilizara un poco. Tenía razón. Pero, a pesar de eso, se notaba que no dejaba de estar preocupado.
—Sí, pero eso no significa que ahora no las estén monitorizando. Marty, tengo bastante miedo, te lo juro, pero, de cualquier forma, estoy contigo hasta el final. No sé qué vamos a ver allá adentro (si es que conseguimos entrar), o qué nos sucederá luego. Pero te aseguro que daré todo de mí para sacar ileso a Alex de ahí. El asunto es que, aunque tú te hayas vuelto temerario, no somos invencibles. No sabemos cuántas PLC43 y mafiosos hay allá adentro. Por lo que, si de verdad quieres salir vivo de aquí, y con Alex, será mejor que reduzcamos el mayor número de personas que sepan que entramos. Ve cuántas cámaras hay, por favor.
Marty asintió. JT tenía razón. Era mejor prevenir que lamentar.
—Cero —dijo después de concentrarse en encontrar alguna.
Fue demasiado notorio el cambio de actitud de JT. De un momento a otro se relajó. Eso era porque confiaba en la palabra de Marty, que cuando de cantidad de cámaras se hablaba, nunca erraba.
A pesar de tranquilizar a su amigo, Marty seguía asustado. Y ¿cómo no estarlo? Los tres hombres se veían fuertes y musculosos. Sin embargo, por muy asustado que estaba, debía mostrarse valiente y actuar como tal. Pues, como decidió no detener a Alessandro a tiempo, no podía darse el lujo de pensar en qué podrían hacerle si lo atrapaban, pues su hermano ya corría peligro. Por eso debía hacer algo, y hacerlo ahora. Idear un plan era perder tiempo valioso, y más si no estaba seguro de que se llevaría a cabo a la perfección. Por lo que, en ese momento, pensar era un lujo que no poseía. Solo debía actuar.
—¿Qué haces? —preguntó JT al verlo levantarse—. ¡Agáchate!
—No hay cámaras. Somos nosotros contra ellos. Yo saltaré sobre el que está abajo para noquearlo. Creo que eso sí puedo hacerlo. Y tú esperas a que los otros se acerquen y te lanzas. Les puedes dar con ladrillos o lo que quieras.
—¡No seas tonto! Te disparan antes de que toques el suelo.
—¿No te has dado cuenta de que estos no tienen armas? Y si no lo hacemos ahora, ¿cuándo?
Marty se zafó de las manos de su amigo y saltó del contenedor al tiempo que alguien gritó: «¿Qué haces ahí?».
Uno de los guardias que estaba dentro de la estructura de cemento se puso a jugar con su audífono-auricular, pues estaba más que aburrido de escuchar lo que su superior le decía una y otra vez al joven que tenía enfrente. Si hubiera sido él el jefe, habría actuado de otra forma, habría metido más patadas y puños en vez de palabras fuertes, y así habría obtenido la información de manera más rápida y efectiva. El hombre de quien recibía órdenes y que estaba sentado frente al muchacho, tenía la reputación de ser experto en sonsacarle testimonios a la gente. Había escuchado muchas historias de cómo su superior obtenía la información que quería de ciertas personas, incluso de algunos importantes agentes de la OPM y de grandes dirigentes del país. Era bueno en eso. Probablemente el mejor. Por algo Gerto, el verdadero jefe, le tenía bastante estima. Y por eso mismo le molestaba que no hiciera más que charlar con el muchacho. Era muy blando, parecía como si no quisiera que el joven hablara. Conocía la regla de no asesinar a menores de edad. Todos la conocían. Sin embargo, darle unos cuantos golpes para que contara todo no se acercaba en nada a un asesinato. Según lo que le enseñaron en su juventud: intimidar es el mejor método para que canten lo que saben. Ojalá él hubiera sido el jefe en ese momento.
Lo que más llamó su atención, después de varios minutos sin llegar a ninguna parte con el interrogatorio, fue escuchar un ruido proveniente del exterior. Se volteó para ver a través de los barrotes de acero qué sucedía. Quedó atónito al percatarse de cómo un joven, que no superaba los dieciséis años, saltaba sobre uno de sus colegas y lo derribaba en el acto. Los dos hombres que resguardaban la entrada se lanzaron hacia él para detenerlo, pero un segundo joven, que saltó después que el primero, les hizo la guerra. No había visto a ningún adolecente defenderse de tal forma como aquel delgado muchacho con puños de acero. Era asombroso. Pero lo que más le sorprendió es que lo hacía mucho mejor que él cuando tenía su edad.
—Jefe, unos niños nos atacan. —Esbozó la frase y de inmediato se dio cuenta de lo estúpido que sonaba.
Su superior lo miró incrédulo. Parecía no creer lo que su guardaespaldas decía. No obstante, cuando lo hizo, tomó al muchacho por el cuello de la camiseta y, a unos centímetros de su rostro, le gritó:
—¡Me has mentido! ¡No has venido solo!
—¡No! He venido solo. ¡Lo juro! —aseguró Alessandro, casi llorando, alzando los brazos sobre su cabeza, esperando que no lo golpearan.
—¡Más te vale que sea cierto! —lo amenazó el hombre. Nada más tuvo que decir para que Alessandro entendiera que su vida estaba en juego.
La puerta se abrió de golpe y un joven trigueño de ojos pardos apareció. El jefe con un grito ordenó a su guardaespaldas que lo agarrara. Este, que había estado esperando por más de veinte minutos algo de acción, accedió con gusto. Lo atrapó entre sus musculosos brazos para que no tuviera oportunidad de escapar.
Marty planeó seguir a su hermano al almacén, pero no tenía idea de qué sucedería después de entrar en él. Sabía que no lo iban a esperar con una taza de té y una sonrisa, pero nunca creyó que lo tomarían de inmediato al poner un pie dentro. Más bien, pensó que habría bastantes cajas para poder esconderse y escuchar toda la plática que pudieran tener los malos entre ellos y/o con su hermano antes de que el pensara en actuar. No esperó llegar a una oficina completamente vacía, a excepción de un par de sillas, los dos hombres y Alessandro.
El gigante lo estranguló con el brazo. Él intentó zafarse, pero le fue imposible. Marty era más delgado, pequeño y débil, nuevamente, que su adversario.
—¿Lo conoces? —le preguntó el jefe, iracundo, a Alessandro, mientras este último miraba asustado a Marty, posiblemente porque no se explicaba qué hacía él ahí—. Te he preguntado: ¿Lo conoces? —gritó a unos centímetros de su rostro, zamarreándolo.
—¡Es mi hermano! —chilló Alessandro entre lágrimas y jadeos.
—Conque tu hermano, ¿eh? Bien. Yo y tu hermano tendremos una plática, así que mantente atrás. —Dicho esto, el hombre lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared del fondo y luego se acercó lentamente a Marty.
—¡Alex! —gritó al ver cómo su hermano se golpeaba contra la pared y caía al piso.
Quería defenderse, contraatacar, dar patadas en las canillas, o cualquier otra cosa que el detective fantasma hubiera hecho en su lugar. Pero no podía. Si intentaba moverse, moría estrangulado.
Ver a Alessandro tan vulnerable —aunque en otro momento le hubiera encantado presenciarlo—, siendo que siempre había sido un buscapleitos, le hacía arder la sangre.
—No deberías estar aquí, Reit. —Escupió las palabras con una sonrisa burlona.
—¿Cómo me has dicho?
—Eres igual a tu padre. Ese semblante petulante de un Reit no te lo quita nadie.
De nuevo. Esta vez no lo estaba imaginando. Realmente lo estaban confundiendo con su tocayo.
—Te equivocas. Yo no soy… —No podía decirlo. Creía que citarlo sería confirmar que él era el otro.
—¿Marty Reit? —interrumpió el hombre con un tono más insoportable que el anterior—. Me doy cuenta de que aún lo no sabes.
—¿Saber qué? —contestó de mala gana—. Te confundes de persona.
El hombre estaba a punto de refutarle, justo en el momento en el que JT entró con una sonrisa de oreja a oreja y echando un vistazo hacia atrás, observando a los hombres que había derribado. Su actitud triunfante hizo que el sujeto guardara silencio y que pareciera estar aún más molesto que antes. Marty notó que cerró los puños a ambos costados de su cuerpo, intentando mantener la calma.
—¡Los he derribado! —La euforia en el rostro de JT desapareció cuando sus ojos se toparon con los del sujeto. En ese momento palideció. Tragó saliva al ver a Alessandro quieto en el fondo de la habitación y a Marty siendo sujetado del cuello por un hombre vestido igual a los que habían dejado atrás.
El líder metió las manos en los bolsillos y se acercó más a Marty, quien, por una extraña razón sospechó que algo guardaba en ellos. Posiblemente un arma. Al parecer, JT pensó lo mismo, porque, ágilmente, se lanzó para colocarse entre Marty y el hombre. ¡Cómo si poniendo su cuerpo en medio iba a impedir que sucediera lo que estaba por ocurrir!
Más que sentirse agradecido porque se estaba sacrificando por él, Marty se confundió. Si JT era tan bueno en las artes marciales, ¿por qué no intentó lanzarse sobre el hombre para desarmarlo, como hizo con los dos guardias fuera del recinto, y noquearlo, como también hizo con los que estaban dentro, en vez de estirar los brazos, insinuando que estaba a su disposición? Posiblemente fue la actitud decidida del sujeto la que hizo que JT creyera que no podía ganar si lo enfrentaba, pues Marty sentía lo mismo. Si no fuera porque se encontraba en una situación complicada, habría sonreído al recordar lo estúpida que fue la petición de la persona que lo raptó. «Queremos que nos traigas al cabecilla de esa organización». Con verle la cara, sabía que incluso siendo el detective fantasma le sería imposible vencerlo.
—Por favor, no le haga nada —suplicó JT.
El sujeto solo con la mirada hizo que el gigante que agarraba a Marty del cuello, empujara a JT hacia atrás. JT intentó apartarse, pero también le fue imposible, pues el sujeto se lo impedía. El jefe, en tanto, se acercó a Marty hasta que este pudo sentir la respiración del otro en su oreja. Intentó apartar la cabeza, pero no fue mucho lo que pudo hacer con el brazo del guardaespaldas limitando su cuello. Se estremeció cuando el vaho expulsado de la boca del enemigo tocó su piel.
—El águila salió del cascarón —musitó, y luego retrocedió.
—¿Qué? —preguntó Marty, girando la vista hacia el sujeto. Pensó que lo acuchillaría o le dispararía, no que le diría una estúpida frase y luego se apartaría. ¿El águila salió del cascarón? ¿Qué era eso?
—¿Qué te ha dicho? —preguntó JT, gritando.
—Alessandro me ha traído una encomienda —dijo el jefe—, eso es todo. Puedo ver que han derribado a unos cuantos de mis guardias. Pero como hoy me siento generoso y no quiero meterme en problemas, dejaré que se vayan por las buenas. —Fulminó con la mirada a su guardaespaldas, que parecía no haber comprendido la indirecta, por lo que se vio obligado a reproducir su idea con palabras—: Puedes soltar al joven.
El guardia asintió e hizo caso de inmediato, aunque más deseaba darle un puñetazo en la cabeza que soltarlo.
—¿Encomienda? —preguntó Marty, tocándose el cuello—. ¿No querrás decir droga?
Sabía que lo que había dicho era erróneo. No tenía la certeza de qué era lo que Alessandro había llevado al almacén, pero estaba completamente seguro de que eso no era droga. A pesar de saberlo, debía mostrar desconocimiento, puesto que nadie podía enterarse de lo que vio la noche anterior, ni siquiera JT.
—No. Y tú lo sabes, Marty.
Antes de darse el tiempo de pensar en cualquier cosa, se volteó a ver JT, pues no quería que creyera que sabía más de lo que le había contado. Extrañamente su amigo y su hermano ya no se encontraban en la habitación. Tampoco el guardaespaldas. Solo estaban el sujeto del código y él.
Tenía la triste seguridad de que algo muy extraño estaba a punto de suceder. Y no pasó mucho para que desde la esquina superior de la habitación saliera un denso humo que se esparció rápidamente. Su vista se nubló en menos de diez segundos, hasta que sus ojos quedaron completamente en blanco. No podía pensar en nada. Un cosquilleo le recorrió todo el cuerpo, hasta que cedió y se impactó de espaldas contra el suelo.
Capítulo 4
Familia Curtalef Nicolini
Se refregó la cara con ambas manos. Tenía la extraña sensación de haberse despertado de un insólito sueño del cual no se acordaba de nada, pero sabiendo de que había algo trascendental en él. Se sentía mareado y con muchas ganas de vomitar. Abrió lentamente los ojos y vio el techo girar sobre su cabeza. Por un momento pensó que seguía en el almacén. Pero no, no era posible. Su espalda estaba cómodamente apoyada en algo blando. Y si no se encontraba en el almacén, entonces ¿dónde estaba? Divisó su entorno. Aún su vista no se recuperaba por completo, pero incluso así pudo percatarse de manchas y siluetas que se movían a su alrededor. No pasó mucho para que pudiera reconocer el lugar. Todo gracias al estúpido espejo que lo reflejaba.
Se encontraba en su habitación y acostado en su propia cama.
—¡Ha despertado! —exclamó JT.
Sentado cerca de la cabecera de la cama de Marty, Alessandro temblaba sus piernas con celeridad, intranquilo. Tenía un par de círculos rosados en la frente —uno sobre cada ceja—, luego de apretarse con los pulgares al ver que su hermano, que seguía respirando, no abría los ojos por mucho que lo zamarrearan. Lograron eludir a su madre al entrar, pero como los minutos pasaban y Marty no reaccionaba, temió que ella se diera cuenta de que algo andaba mal. Y no sabía qué hacer si eso sucedía. Porque realmente desconocía el motivo por el cual su hermano no despertaba. Por eso, luego de escuchar a JT dar la noticia, Alessandro estuvo a punto de saltar de felicidad.
—¿Cómo he llegado hasta acá? —le preguntó Marty a la difusa imagen de JT que tenía enfrente.
—¡Con mucha suerte! —exclamó su amigo, suspirando.
Suerte. Aquella precisa palabra era la única que podía englobar todo lo vivido en el almacén. No obstante, la suerte jamás es permanente. Si Marty lo hubiera considerado antes de proseguir con el siguiente tema, no le habría dejado todo el trabajo a ella y él se habría esforzado más en planear y concretar sus próximos movimientos. Pero ¿qué iba a estar pensando en la suerte que tuvo y en la que no iba a tener, si no se podía sacar de la cabeza lo vivido recientemente? Además, le llamaba mucho la atención que tanto Alex como JT parecían no haber pasado por lo mismo que él, pues se les veía mejor que nunca.
—No, en serio, ¿cómo llegué aquí? No me acuerdo de nada. Ustedes desaparecieron, me quedé solo con ese tipo y ahora despierto en mi cama como si nada. ¿Qué pasó?
—No estamos seguros —confesó JT—. Después de que se acercó a ti y yo le exigí que repitiera lo que te había dicho, un imbécil me jaló de brazo y me sacó del lugar. A Alex le hicieron lo mismo por la puerta de atrás. No nos golpearon ni nada, pero nos mantuvieron con las PLC43 pegadas al pecho durante todo el tiempo que el tipo charlaba contigo. O eso era lo que nosotros creíamos que ustedes hacían. A los cinco minutos él salió y nos dijo que nos fuéramos y que no habláramos con nadie de lo que vimos, porque él no daba segundas oportunidades.
—Volvimos dentro y tú estabas acostado en el piso —agregó Alessandro, muy nervioso por lo sucedido—. ¡Pensé que te había matado!
Marty cruzó miradas con JT, mientras que Alessandro, aliviado, se pasaba una mano por la cabeza. Le llamaba mucho la atención ver que su hermano mayor se preocupaba por él. Sin embargo, tenía más que claro de que lo hacía porque temía que su madre lo castigara si se llegaba a enterar de que estaba metido en algo turbio.
—Como verás, el rudo de Alex ha estado llorando como un bebé desde que salimos del almacén —se mofó JT.
—¿Y cómo esperabas que estuviera tranquilo si Marty no abrió los ojos en todo el camino y fuiste tú quien tuvo que subirlo a rastras hasta acá?
Ese era el momento idóneo para encarar a Alessandro y preguntarle ¿qué tenía en la cabeza cuando pensó que era una buena idea ir a Velpaso, el sector más peligroso de la capital, para entregarle una encomienda a unos mafiosos? Pero otra preocupación, al parecer más importante, cruzó por su cabeza en ese momento.
—¿Subirme a rastras? Entonces… ¿mamá lo sabe?
—No, claro que no. Yo la distraje en la cocina mientras JT te subía por la escalera. Incluso, mantuve entretenida a Sofi para que no se diera cuenta. —Marty suspiró aliviado al escuchar aquello. Cuando Sofia se enteraba de algo, al poco tiempo todo el mundo terminaba sabiéndolo a lujo y detalle. Su hermana pequeña era muy mala para guardar secretos—. No hubo ningún problema. Llega a ser perturbador que todo haya salido tan bien para nosotros.
Aquella fue la primera y última vez que Marty meditó a fondo acerca de la suerte. No le había puesto demasiada atención a JT cuando la citó, pero ahora que escuchaba a Alessandro, opinaba lo mismo que su hermano. Era perturbador que hubieran llegado a casa ilesos —sin considerar que a él lo drogaron— y sin recibir ninguna reprimenda por parte de su madre. Las cosas iban demasiado bien para ellos. Y de acuerdo a lo que su madrina le dijo una vez, hace muchos años, «mucha suerte junta solo llama a más de una desdicha futura», o viceversa. Lo que podía significar:
—¿Cuán seguros están de que no nos siguieron? Posiblemente nos dejaron libres porque, sabiendo dónde vivimos, les será más sencillo amenazarnos después.
JT negó con la cabeza.
—¡Imposible! Cuando salimos no había nadie. Todos desaparecieron. Por muy sorprendente que suene: el almacén estaba desierto. Posiblemente si nos hubiéramos quedado unos minutos más ahí dentro, incluso los contenedores se habrían esfumado.
Marty frunció el ceño.
«Es como si…».
—Es como si hubieran estado ahí solo por nosotros —Alessandro reprodujo sus pensamientos.
Se dirigió hacia su hermano mayor, sin quitar la pasmada mirada que llevaba. Él había pensado lo mismo, pero como fue Alessandro quien lo dijo, ahora sonaba estúpido.
—Imposible. Yo y JT te seguimos, porque sospeché que no ibas a casa de Kerim. Acababas de verlo y ¿estudiar, tú? No sé cómo mamá se lo creyó. Sabes, es más, ahora pienso que ellos solo estaban ahí por ti, pues de nosotros nada sabían.
—Entonces, ¿por qué crees que desaparecieron? Y si estaban ahí por Alex, ¿por qué sigue vivo? —preguntó JT, intrigado.
—Porque los descubrimos. No sé qué hacía en realidad Alex en ese lugar —mintió, y JT lo sabía—, pero estoy completamente seguro de que nosotros interrumpimos lo que deseaban hacerle. Cuando llegué, el que aparentaba ser el jefe lo lanzó contra la pared. Ese sujeto no parecía querer darle las gracias por llevarle la encomienda.
—Entonces, tú dices que si nos hubiéramos detenido en algún lugar o si hubiéramos reducido la velocidad, posiblemente ahora Alex estaría muerto.
—Claro. No querían dejar huellas. Por algo desaparecieron después con todas sus cosas (como tú dijiste) y nos dejaron libres. Posiblemente asesinar a tres jóvenes y esconder sus cuerpos no era lo que tenían en mente. Uno es aceptable, pero ¿tres desaparecidos en el mismo día, después de ser grabados saliendo de la estación de Velpaso? Traería sospechas. Tarde o temprano los hubieran descubierto. —«Pero si hablamos de los policías que no pudieron resolver sencillos casos de hurto, lo dudo mucho», pensó Marty—. Encontrarían primero a nuestros cadáveres y luego a ellos. —Al ver lo espantado que JT lo miraba, prefirió variar un poco el tema—. Como eso no sucedió, no podemos, aunque queramos, avisarle a la Policía sobre estos sujetos. Llevaban armas y eran peligrosos, pero ninguno de nosotros está herido y no tenemos pruebas de lo que ha sucedido. Tampoco podemos acusarlos por drogarme. Pensarán que yo lo hice por mi cuenta.
Tras varios intentos, consiguió sentarse en la cama.
—Ahora solo queda saber —dijo JT, girándose hacia Alessandro— ¿en qué te metiste? ¿Por qué terminamos en esto?
Marty siempre se había caracterizado por ser mucho más calmado y apacible que JT, quien frente a cualquier problema solía sobresaltarse de inmediato. Pero cuando de Alessandro se trataba, él no podía controlarse, y era su amigo quien hacía de mediador entre ambos. Cuando JT no estaba enfadado, sabía jugar con las palabras y decirlas de la manera precisa y en el momento indicado. Por ese motivo, en aquel instante, fue él quien evitó que los hermanos Curtalef volvieran a discutir. Marty, que conocía con antelación lo que Alessandro haría ese día, anhelaba escuchar de la boca de su hermano mayor por qué se había arriesgado yendo al almacén, ya que él no tenía ninguna necesidad de llevar la encomienda a otra ciudad; no por dinero. Sus padres ganaban bien, y a ellos les daban buenas mesadas. Y aunque Marty sabía qué pensaba hacer y no lo evitó porque así concretaría la aventura que siempre anheló vivir, le molestaba lo estúpido que era su hermano por querer participar en ese tipo de cosas. Así que, si Marty hubiera hecho él mismo las preguntas, más se hubiera esmerado en atacarlo que en pedirle alguna explicación. Por ende, el que JT las formulara, daba paso a una conversación más amena para todos los participantes.
Alessandro se levantó de la silla y se encaminó hacia la puerta de entrada con la convicción de no estar obligado a contarle nada a su hermano ni a al mejor amigo de este. Si con alguien debía hablar, sería con Kerim. No importaba la historia que acababan de vivir, ni lo preocupado que estuvo por lo que le acababa de suceder a Marty. Sin considerar aquella tarde, nada los unía, y no iba a actuar como si fueran hermanos amigables, porque no lo eran. El quedarse a platicar demostraría que la barrera que los dividía desde pequeños, descendía, y él no quería que eso sucediera. Le gustaba la enemistad que tenían, porque a pesar de todo, Marty y él nunca iban a encajar. Nacieron siendo diferentes y nada iba a cambiar entre ellos. Para Alessandro, las cosas que no tenían nada que ver con él le importaban un bledo. Pero para Marty era completamente diferente, se involucraba. Incluso llegaba a ser demasiado insistente con tal de comprender todo lo que sucedía a su alrededor, aunque no fuera de su incumbencia. Posiblemente ese era el motivo por el cual ninguno se soportaba. Veían el mundo de maneras muy diferentes. Sin embargo, por muy disímiles que fueran, y aunque no necesitaba explicarle nada a su hermano, lo iba a hacer, y solo porque quería saber por qué y cómo Marty y JT lograron llegar al almacén en el momento justo en que el líder comenzaba a perder los estribos. Era verdad, las cosas se le habían ido de las manos, y en cierto momento él también pensó que lo iban a asesinar. El asunto es que no debía ser un genio para saber que la aparición de su hermano menor no fue una mera coincidencia.
—La semana pasada una persona me llamó para preguntarme si quería ganar dinero fácil —soltó, volviendo solo la cabeza—. Yo dije que sí. Sonaba bien.
—¿hombre o mujer? —preguntó Marty.
—¿Importa? —refutó Alessandro, alzando los brazos—. No me acuerdo, ¿bien?
—Sí, está bien —intervino JT antes de que Marty lo contraatacara y comenzaran una nueva batalla campal entre ambos—. Continúa.
—Me dijo que me llamarían luego para darme toda la información. Y ayer lo hizo. La persona me comentó que lo único que debía hacer era llevar una encomienda hoy al almacén que todos conocemos. Algo sencillo. Más tarde un hombre vino a la casa para entregarme los sobres. Eso es todo.
—¿Eso es todo? ¿Y no pensaste en lo arriesgado que era ir a Velpaso? ¡Vamos, Alex! Todo el mundo sabe que la capital es el peor lugar para vivir. ¿Y Velpaso? ¡Es como si quisieras suicidarte!
—No, Marty. No todos somos como tú. No todo el mundo piensa mil veces cada cosa antes de hacerla, ni piensa que le puede suceder algo malo a la vuelta de la esquina. Incluso JT puede asegurarte lo mismo: a nadie le interesa entender todo a la perfección. Eres el único que se raya la cabeza con tal de conseguirlo.
A pesar de estar alterado, no elevó su tono de voz. Si gritaban, su madre se enteraría del motivo de la discusión y ambos terminarían en un castigo eterno.
—¿Sabes qué? Por un momento pensé: «¿Cómo es que ha llegado al almacén justo a tiempo?». Pero ahora que lo medito, no como tú lo haces, obviamente, estoy casi seguro de que es porque tuviste que haber escuchado la conversación que tuve con aquella persona ayer en la noche. No, miento. No «casi seguro», estoy completamente seguro de ello. Pues, ahora que lo recuerdo, yo estaba en el baño cuando recibí esa llamada. Tú subiste detrás de mí, supuestamente para hablar con JT. Y estoy totalmente confiado, también, de que no te podías aguantar las ganas de seguirme al almacén, porque siempre has anhelado ser como ese detective de pacotilla que aparece en las historietas que tanto te encanta leer. Puede que yo haya quedado como idiota al no percatarme de que era algo arriesgado ir hasta allá, pero tú has quedado como un enfermo por no evitarlo si lo sabías. Cuando tu rara personalidad de rayarte la cabeza hasta comprender algo es útil, no la utilizas.
Alessandro salió y cerró la puerta con fuerza. Marty y JT se quedaron observándola en silencio hasta que escucharon fuertes pisadas descender por las escaleras.
—¡Quién diría que Alex llegaría a comprenderlo! —soltó JT al aire.
Marty esbozó media sonrisa. Él también estaba sorprendido. Alessandro era un completo tonto de nacimiento. Tanto así que siempre que debía pensar algo por más de dos segundos, lo dejaba de lado. Era más probable que JT se lo hubiera contado, a que él lo comprendiera por sus propios medios. Pero como su amigo le había prometido que no iba a decirle nada a nadie, en esta ocasión debía darle todo el crédito al tonto de su hermano. A pesar de que su deducción no era cien por cierto certera y había dejado de lado aquello que realmente hizo que Marty prefiriera callar y seguirlo al almacén, deducir eso era un gran logro para él.
—¿Te has dado cuenta de que me ha dicho enfermo? —preguntó confuso, apuntándose.
—Ambos sabemos que en eso tiene razón. Habría sido mucho más sencillo que lo hubiéramos evitado. Hemos tenido bastante suerte —respondió JT, relajado.
El teléfono de Marty sonó y JT se sobresaltó.
—Era mi mamá. Quiere que baje a tomar once —dijo Marty después de cortar la llamada—. ¡Lo sabe!
Se levantó de la cama —todavía un poco mareado—, imaginando el castigo que iba a recibir. Mínimo un grito magistral. Y luego, probablemente, lo llenaría con las tareas doméstica que nadie quería hacer.
—¿Por qué lo dices?
—Si estuviera cien por ciento segura de que estoy en casa, no me habría llamado por teléfono. Habría enviado a Sofi a buscarme.
—¿No crees que lo estás rebuscando mucho? Probablemente tu hermana está ocupada y ella no tenía ganas de gritarte desde el primer piso.
—JT, ¿tus padres te llaman por teléfono cuando estás en casa?
—Eh, no —respondió al pensarlo.
—No sé cómo, pero lo sabe —concluyó.
No dimensionó lo mareado que aún estaba hasta que se levantó de la cama y comenzó a caminar. Cruzó el pasillo apoyándose en la pared y bajó las escaleras sin quitar la mano de la baranda. Al llegar abajo, su madre le preguntó cómo se sentía. Él le dijo que tenía un poco de sueño y hambre, a lo que ella le respondió que se fuera a sentar a la mesa para tomar once y que después subiera a acostarse. Extrañamente no parecía estar a punto de castigarlo. ¿Había una remota posibilidad de que no lo supiera?
«¿Tomar once? Normalmente tomamos once más temprano. Casi es hora de cenar. Algo extraño está sucediendo en esta casa. Puede que esté actuando normal, pero estoy seguro de que lo sabe. Nunca le ha importado la presencia de JT para regañarme. ¿Por qué esta vez es diferente? ¿Por qué está tan sonriente y tranquila? Además, ni siquiera se detuvo a preguntar cuándo llegó JT. Él siempre la pasa a saludar cuando viene a verme».
Una vez sentados alrededor de la mesa, comenzaron a comer.
Marty trataba de verse lo más normal posible frente a su madre. No quería demostrar que seguía mareado y somnoliento, aunque le costaba mucho mantener los ojos abiertos. Apoyó la cabeza sobre la palma de su mano izquierda y vio a Alessandro fulminarlo con la mirada, esperando que dejara de actuar así, de forma tan inusual. Y eso era lo que él también quería, pero le era imposible. Se sentía mal, y todo lo que observaba se desfiguraba. Pensó en levantarse e ir al baño para mojarse la cara con agua y volver en sí, pero su cuerpo no le hizo caso. Su madre hablando sobre las vacaciones fue lo último que escuchó antes de que sus ojos se cerraran por completo.
Estaba ahí. Nuevamente estaba ahí, en ese callejón. Había corrido varias manzanas, huyendo de «eso», y terminó como siempre en el comienzo de aquel callejón. No era la primera vez que soñaba con él. Desde pequeño repetía la misma pesadilla una y otra vez. Sabía con lujo y detalle lo que iba a suceder a continuación, pero aun así no dejaba de tenerle el mismo miedo que la primera vez. Estaba oscuro, tan oscuro como en las otras ocasiones, tanto que no podía verse las palmas de las manos, teniéndolas a solo unos centímetros de sus ojos. Sin embargo, no necesitaba ver para saber que lo perseguía; tampoco pensarlo dos veces para huir corriendo por el callejón que tanto conocía. Siempre que se encontraba en esa pesadilla, el callejón no tenía salida. Nunca había escapatoria. «Eso» siempre lo encontraba. Pero debía correr, debía intentarlo, porque posiblemente esta sería la única oportunidad que tenía para poder liberarse de una vez por todas de esa cosa —que no sabía si era persona, animal o monstruo—. Corrió y corrió, pero, como siempre, volvió a chocar contra el muro. No había escapatoria. Nunca la hubo y nunca la habrá. Estaba destinado a ser atrapado por «eso». Pero no quería, no quería que lo encontrara, no quería perder una vez más. Se paró con los puños firmes, igual que en las últimas ocasiones. Solo le quedaba enfrentarse a su enemigo. Esta vez sería la definitiva. Esta vez lo vencería, ya que era una sombra sin forma ni cuerpo. Era una sombra negra y sin vida que lo único que hacía era atormentarlo. Esa sombra que lo había amedrentado muchas noches en su infancia no podía ser invencible. Debía tener algún punto débil, como todos. Y él esta vez… no haría la diferencia. ¿Qué importaba que tuviera un punto débil? Nunca lo encontraría. Ni aunque lo hiciera, jamás sabría cómo utilizarlo a su favor. Y eso pudo confirmarlo cuando ella con una tenebrosa voz, acompañada de una extraña melodía que generaba el viento, le dijo: «¡Te encontré!». Todos los pelos de su cuerpo se erizaron. Tuvo miedo, como siempre. No podía contra ella. No podía hacer nada. Sintió cómo su cuerpo se movía por inercia, se sentaba en una esquina del callejón y se tapaba la cabeza con ambas manos. Quería protegerse de aquella cosa a toda costa. No importaba cuánto más valiente y audaz se volviera, nunca podría contra ella. No era una simple sombra, era el temor más grande de su vida; lo único que lo acompañaba desde siempre. Lo peor era que esa cosa se acercaba cada vez más, lo podía observar a través de la separación de sus dedos, siendo lo único que sus ojos le permitían ver en medio de la oscuridad. No podía contra ella. En las otras ocasiones nunca alcanzó a tocarlo, pero él estaba seguro de que esta vez todo sería diferente. Sabía que lo tocaría. Y no solo eso… lo mataría. Todo seguía estando tan oscuro como al principio, pero tenía más que claro que ella estaba a su lado y lo observaba. Se aproximaba con el sigilo que la caracterizaba. Sentía cómo sus dedos —o lo que fuera que tuviera— se acercaban a su rostro. Fue ahí, estando a escasos milímetros de su piel, cuando una gran ola apareció detrás de ella y los impactó a ambos con bastante fuerza.
Abrió los ojos. Una sensación incómoda lo invadió. Ya no estaba mareado. Sin embargo, tenía miedo y se sentía en peligro.
—¿Qué pasó? —preguntó al ver que estaba recostado en uno de los sillones de la sala de estar. La luz de la lámpara apuntaba en dirección a su rostro y todos estaban a su alrededor. Su madre, sentada en el sillón contiguo, se veía muy preocupada; Alessandro, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, parecía nervioso; Sofia, sentada en la mecedora, sonrió al verlo despertar; JT, que apretaba los dientes, le advertía que algo malo estaba por suceder.
—¿Dónde fuiste hoy? —preguntó su madre, con una seriedad que intimidaba.
Marty miró a JT y a Alessandro, esperando que lo socorrieran, pero ambos, alzando los hombros, lo dejaron solo contra su madre. Dio un suspiro y le contó la verdad. Lo prefirió así. De cualquier forma, intuía que ella ya sabía todo. Le contó sobre su huida por la ventana, del vehículo sin chofer, de los hombres armados en el almacén y que creía haber sido drogado. Eso sí, prefirió evitar hablar sobre el reloj, pues tenía la certeza de que con eso el reto iba a multiplicarse por diez. No supo por qué, pero también dejó de lado el asunto de la muchacha del metro. Posiblemente porque consideraba que aquel tema había quedado inconcluso. Y lo peor de todo era que estaba seguro de que nunca más la vería en la vida para poder concluir aquel enigma. No era una historia para contar si él no podía entenderla ni explicarla con claridad, por eso la omitió. Y el tema de su tocayo… ni siquiera se le pasó por la mente cuando relató lo que había sucedido.
—¿Qué te dijo el hombre del almacén? —preguntó su madre cuando él terminó de hablar.
«¿Eso es lo que de verdad le interesa saber? ¿No será mejor que le pregunte a Alex por qué se convirtió en el mensajero de un mafioso? Pero no, “¿qué te dijo el hombre del almacén?”. ¡Qué importa eso!».
Marty meneó la cabeza de un lado al otro, sin decir nada. No había pensado en la pregunta en sí, sino, más bien, en la rabia que le producía que le hiciera esa y no otra. Aquello no le gustó a su madre, por lo que volvió a preguntar, encolerizada.
—¡Mamá! —respondió él, igual de molesto—, por culpa de Alex me drogaron, y no sé con qué. Mejor pregúntale a él qué hacía ahí.
—¿Qué te dijo? —insistió la madre, alterada—. Cualquier cosa, inclusive algo que no entendiste.
¿De verdad no le interesaba saber en qué estaba metido su hijo mayor? ¡La madre del año!
Al fin y al cabo, como era inevitable que su insistente madre se enfocara en cosas irrelevantes y no en lo que su hermano hacía, tarde o temprano debía responder aquella pregunta.
—¿Algo que no entendí? —Trató de hacer memoria, refregándose la cabeza—. Ahora que recuerdo, encontré muy extraño el hecho de que el sujeto se me acercara para murmurarme al oído: «El águila salió del cascarón».
No supo por qué el rostro de su madre se desfiguró. Aquella frase no tenía sentido para él, pero debía de tener la importancia suficiente para que Isabella Nicolini se alterara más de lo normal, aunque pasaron varios segundos antes de que dijera alguna palabra.
—Marty, Alex, vayan a buscar un bolso, llénenlo de ropa y bajen.
—¿Por qué? ¿Qué sucede? —preguntaron al unísono.
—¡Suban! —gritó. Y con un tono más ameno se dirigió a JT—. José Tomás, será mejor que te vayas a tu casa.
Marty subió corriendo la escalera. Su madre en ese estado intimidaba. Y si no lo había asesinado por salir de casa sin avisarle y arriesgar su vida en el intento, lo haría por desobedecer. Guardó en su mochila lo primero que vio y bajó. Sofia, que siempre se demoraba en decidir qué cosas llevar a un viaje, para cuando Marty llegó al zaguán de la casa, ya tenía apiladas sus cosas en la entrada.
«Hay algo que me están ocultando».
—¡Apúrate, Marty! —le gritó su madre, mientras que tomaba el bolso de Sofia y salía al patio—. Sal, que debo activar Mouxi antes de irnos.
No llevaban más de un minuto esperando en la entrada, cuando su padre llegó y se estacionó frente a ellos. A orden de su madre, todos se subieron al vehículo y emprendieron rumbo hacia algún lugar que Marty desconocía.
El viento golpeaba las ventanas con intensidad. El fuerte pitido que provocaba sobrepasaba el volumen de la radio. Las copas de los árboles bailaban de manera incansable, como sí quisieran huir de su posición. Por primera vez en el día, el clima estaba tan malo como futuro de la familia Curtalef Nicolini.
Los cinco integrantes de la familia escuchaban silenciosamente la radio que la madre había sintonizado minutos atrás.
—Queridos radio-oyentes —dijo una mujer en la transmisión de noticias—, traemos información de último momento. Las autoridades nos han permitido contarles más sobre el asesinato que reportamos esta tarde. Según los datos obtenidos por las pruebas dactilares y dentales, el hombre asesinado fue nuestro honorable y respetado senador Máximo Jara. Según… —La transmisión fue interrumpida porque Andio Curtalef apagó la radio de inmediato.
—Sabía que algo pasaba —dijo su madre, más que destruida por la noticia. Acababa de enterarse—. Las cosas van de mal en peor.
—Lo solucionaremos, Isabella —dijo Andio, apoyando una mano sobre su pierna.
—¿Qué cosa solucionarán? —preguntó Marty—. ¿Qué sucede?
No recibió respuesta.
Marty miró hacia afuera para ver cómo sobrepasaban a todos los automóviles que iban delante de ellos. El velocímetro marcaba sobre los ciento sesenta kilómetros por hora. Aquello era muy peligroso. Su padre, que era partidario de no hacer cosas arriesgadas y estúpidas, estaba sobrepasando, en exceso, su promedio de cien kilómetros por hora en carretera. Marty quería saber qué tenía de importante la frase que le dijo el hombre del almacén para que escaparan como si fueran prófugos de la ley.
—Mamá, ¿qué sucede? —volvió a preguntar.
No iba a parar de insistir hasta que le contaran la verdad. Esto no era como el asunto del reloj. Esto era diferente; alteraba la normalidad de su familia.
—Nada, hijo —dijo Isabella Nicolini y se volteó para mirar a Marty directamente a los ojos—. Nada que no podamos arreglar.
—¿A qué te refieres? ¿Por qué no nos cuentas qué sucede y dejas la intriga de lado? Podríamos ser de ayuda.
—¡Mamá —chilló Sofia entre sollozos—, tengo miedo!
—No hay por qué tenerlo, linda. —Isabella Nicolini estiró una mano hacia atrás para ponerla sobre la de su hija—. Siempre estaré contigo, con todos. —Les regaló una sonrisa cálida a los tres—. Los amo mucho.
Marty conocía esa frase a la perfección. Salió unas cuantas veces en Detective Fantasma, y siempre significaba lo mismo: una despedida.
—¿Por qué esto suena como una despedida, mamá? ¿Qué está sucediendo? ¿De qué escapamos? —Comenzó a alterarse.
Hubo otro silencio. Cada vez que avanzaban, había menos vehículos en la carretera, como si algo hiciera que desaparecieran. Una luz en el cielo los cegó a todos. Andio Curtalef perdió el control del volante. La brillante y perturbadora luz empezó a adelantarlos. Era un helicóptero. El padre de Marty puso un pie en el freno, pero el automóvil ya no le hacía caso. Las ruedas traseras bailaban a su gusto, provocando que el vehículo girara como loco. Partió colocando la cola delante y continuó pasándose a la otra vía. Si hubiera habido otros vehículos en ese momento, aquel sería un gigantesco choque en cadena.
El volumen de sus gritos sobrepasó el ruido de afuera. Dieron unas cinco vueltas antes de golpear contra la baranda de la calle opuesta. Marty, al igual que su familia, tenía bastante miedo para preocuparse que del helicóptero estuvieran bajando personas. Es más, ni siquiera las vio por la velocidad a la que giraban.
El vehículo escuchó sus suplicas y frenó de golpe luego de chocar contra la baranda, quedando con la parte trasera en el camino y el resto colgando. Lo último que Marty vio fue la luz del helicóptero que se reflejaba en el espejo retrovisor e impactaba contra sus ojos. Los cerró.
La suerte que Marty Curtalef tuvo horas atrás se acabó por completo.
Capítulo 5
William Urrutia
Despertó agarrotado y adolorido, con el mentón apoyado en el pecho e incómodamente sentado en una silla metálica. Levantó la cabeza y crujió el cuello. Intentó levantarse para salir de donde fuera que se encontraba, pero sus músculos no se lo permitieron. Su cuerpo le dolía tanto, que necesitaba descansar. Observó una máquina con un botón que titilaba sobre un escritorio de vidrio lleno de papeles, mientras rememoraba la última imagen que aparecía en sus recuerdos: la luz reflejada en el espejo retrovisor. Habían chocado con la baranda, y luego ¿qué? ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Dónde se encontraba? Tan cansado se sentía, que su concentración se perdió en el ventanal que cubría toda una pared de la habitación. La tenue luz que ingresaba por el ventanal le demostraba a Marty que debía ser muy temprano en la mañana o que las nubes habían vuelto a cubrir el cielo de Calipso. ¿Cuánto tiempo había transcurrido?
Giró la cabeza para reconocer el lugar. Aparte del escritorio, había muebles con bastantes libros y hojas. Eso no era un hospital, lo tenía más que claro. Debía de ser una oficina. Sin embargo, ¿qué hacía él en una oficina? El automóvil no se había precipitado fuera del camino, pero, a pesar de eso, debía ir sí o sí a un hospital a constatar lesiones. Con solo verse los moretones que tenía en las manos, podía asegurar que su cuerpo estaba repleto de ellos. Dieron muchas vueltas e impactaron contra la baranda. A lo mejor también tenía una que otra fractura en alguna parte. Una cosa era que el sujeto del almacén hubiera desaparecido sin haberle hecho nada, y otra muy distinta era que saliera ileso de un accidente automovilístico. No debería estar ahí, donde fuera que se encontraba.
¿Y si tenía razón? ¿Y si el hombre del almacén los había dejado libres para después vengarse? Debía levantarse y buscar a su familia. Debía salir de ahí cuanto antes para asegurarse de que todos estaban bien y que ni la persona detrás de la voz del parlante del vehículo sin chofer ni el hombre del almacén y los suyos pudieran atentar contra la vida de sus seres queridos. Marty había quebrado el vidrio del vehículo sin chofer antes de que le dieran las instrucciones para concretar la «misión» que tenían preparada para él, y había irrumpido en el almacén antes de que asesinaran a su hermano. Cualquiera de los dos y/o sus empleados podía desear desquitarse con su familia por lo que él les hizo. Incluso, en ese mismo instante podía estar en la oficina de alguno de ellos.
—¡No tan rápido! —dijo un hombre detrás de él, al tanto que Marty ponía todo su peso sobre sus pies.
Los ojos de Marty se cruzaron con los del hombre, e inmediatamente volvió a sentarse. Más que el dolor mismo que sintió en todos los músculos al levantarse, fue la apariencia autoritaria del recién llegado la que hizo que se volviera a acomodar en su asiento. El hombre iba de terno y zapatos negros. Era moreno, y tanto su pelo como sus ojos eran tan oscuros como la noche. El estar afeitado le hacía verse más joven de lo que las arrugas junto a sus ojos querían demostrar. No era el sujeto del almacén y no se asemejaba a nadie de aquel lugar. Era un hombre de estatura y estructura media que, por su leve barriga, se deducía que no solía hacer tanto ejercicio como los mafiosos. No obstante, a pesar de no intimidar físicamente, su dura mirada y su apariencia de hombre respetable, demostraban que odiaba que no le hicieran caso.
—Tenemos bastantes cosas de que hablar antes que pienses en retirarte —agregó el hombre, apoyando su trasero en el borde del escritorio, juntando las manos y sonriendo. A primera impresión no parecía ser el tipo de persona que sonreía sin más—. Partamos con el hecho de que un doctor te revisó hace unas horas, cuando llegaste, y declaró que no tenías más que rasguños y moretones. Por eso no debes preocuparte, Marty…
—¿Cómo sabe mi nombre? —interrumpió, sin prestarle atención a ninguna otra cosa que salió de la boca del recién llegado. Si el día anterior mucha gente no lo hubiera sabido, le habría traído sin cuidado, porque creería que registraron sus documentos y listo. Pero con lo último que sucedió en su vida, con gente confundiéndolo con su tocayo, no estaba seguro de nada; no sabía si intentaban tratar con él o con Marty Reit.
—Ya llegaremos a eso. Deja presentarme primero. —Mientras que esperaba a que Marty asintiera para continuar se sacó el blazer y lo dejó sobre el escritorio—. Soy William Urrutia, conocido por mis subalternos como el jefe comunal de la SPC.
—El qué de ¿qué? —preguntó juntando el entrecejo. Nunca había escuchado aquella sigla en su vida.
—El jefe comunal de la SPC. Sección de Protección Ciudadana. —William Urrutia se irguió, enorgulleciéndose de sus palabras—. Siempre hay personas que velan por la destrucción de la ciudadanía y de la vida en sí, como los ladrones más especializados, homicidas, asesinos en serie, violadores, entre otros. Le decimos a eso «el mal». —Parecía publicidad—. La gente vive con miedo en todo momento, aunque muchas veces no piensen en ello. ¿Por qué crees que cuando alguien sale de su casa cierra la puerta con llave? Por miedo, miedo a que le roben, miedo a perder lo que tanto le costó obtener.
Fue en ese momento cuando lo supo. No entendía cómo, pero estaba seguro de que ya no se encontraba en Calipso. En su ciudad natal la gente no solía olvidar cerrar la puerta de su casa con llave. No las cerraban y punto. Normalmente no acostumbraban a entrar a casas de otros para robarles, ni nada por el estilo. Esas cosas solo solían suceder en la capital o en alguna otra ciudad sobrepoblada de extranjeros.
«En Calipso no acostumbramos a cerrar las puertas con llave, a no ser de que el viaje sea por varios días. Mi madre lo ha hecho… Me ha pedido que saliera para ella asegurar nuestra casa con Mouxi. ¿Cómo podía saber que no volveríamos en mucho tiempo? ¡Eso significa que sí estábamos huyendo! Pero ¿por la frase sin sentido que dijo el idiota del almacén?».
—¿Para eso no está la Policía? —preguntó, tratando de no demostrar sus verdaderas preocupaciones.
—Sí, tienes razón. El asunto es que la SPC es una sección de la Policía que se concentra específicamente en la protección de los civiles. Podríamos decir que estamos sobre los policías convencionales, porque, con los pocos agentes que tenemos, no realizamos el común trabajo de rutina. No nos detenemos en sacar partes ni a dirigir el tránsito. No nos concentramos en accidentes ni en ladrones.
—Entonces ¿qué hacen?
—Nos aseguramos de que quienes perturben la tranquilidad del país estén donde deban estar. Cuando su actuar daña a muchos, ocupamos todos los recursos que tenemos a nuestra disposición para detenerlos. O sea, asesinos en serie, narcotraficantes, violadores…
Marty comprendió la diferencia.
—Y ¿por qué me habla de esta no conocida sección de la Policía?
—Como te dije, esta es mi introducción. Sé que tienes bastantes dudas, y es de esperarse, siendo que despertaste en el sexto piso de esta comisaría. Quiero respondértelas todas, pero ahora que sabes a quién tienes enfrente y dónde estás, partiré contestando tu primera consulta. En el curso de la conversación llegaremos a las otras, no te impacientes.
Marty, admirado por la forma que utilizó el sujeto para evitar que él lo llenara de preguntas, lo observó —sin concentrarse en ello— cómo se arremangaba los brazos de la camisa. Había muchas cosas que aún no entendía y de las que anhelaba enterarse con premura, y como, según William Urrutia acababa de decirle, todas iban a ser respondidas, solo le quedaba esperar en su lugar a que llegara el momento indicado para cada una de ellas.
—Sé que eres Marty, porque la SPC lleva varias semanas estudiándote.
—¿Por qué? ¿Soy un peligro para la ciudadanía?
—¿Tú, un peligro para ciudadanía? —contestó, divertido, levantando una carpeta de su escritorio y leyendo el contenido en silencio—. Tu mayor delito en la vida ha sido molestar a algunos policías cuando querían resolver tranquilos sus casos de hurto. Y si fuera poco, hacerlos ver como idiotas a aquellos que estudiaron bastante tiempo para creerse peritos en el tema.
Marty sonrió. Rememorar esos momentos le daba mucha gracia. Tenía trece años cuando, vez que se enteraba de robos ocurridos en la capital, les enviaba correos a los policías para comentarles sus brillantes deducciones.
—¿Eso sale ahí? —preguntó, apuntado la carpeta que William Urrutia había cerrado y dejado nuevamente sobre el escritorio.
—No. —El jefe comunal de la SPC presionó la carpeta con la palma de su mano—. Aquí sale información de la cual hablaremos en unos minutos. La tuya ya me la sé de memoria. Al cabo que mis agentes iban obteniéndola, me la iban mencionando.
Marty frunció el ceño. ¿Cómo nunca percibió que lo seguían, lo observaban y lo estudiaban?
—Antes de seguir con las respuestas a tus preguntas, quiero contarte la historia de un amigo mío. Apreciaría que todas las dudas que tengas en el camino las dejes para cuando termine.
Marty asintió.
William Urrutia partió contando que desde su infancia tuvo un gran amigo, un tal Gabriel Reit. —Algo en este nombre hizo que Marty prestara más atención a esta historia que a cualquier otra narración que leyó o escuchó en su vida (posiblemente porque aquel personaje tenía el mismo apellido que su tocayo), aunque no tanta como la que le daría a un nuevo tomo de Detective Fantasma—. Dijo que ambos habían entrado a estudiar en la academia de policías de la capital al cumplir la mayoría de edad, pero que antes de comenzar el segundo semestre, Gabriel Reit se retiró, puesto que sus padres se mudaron al extranjero y él tuvo que irse a vivir con un tío a otra ciudad. William Urrutia no lo vio hasta meses después, cuando su amigo fue a visitarlo a la capital y le contó que había aprobado el semestre con honores en una academia del norte.
—Era un excelente policía, el mejor en las persecuciones, y un muy buen hombre, por lo que estoy muy orgulloso de decir que fui su amigo. Gabriel era inigualable en todo lo que hacía. Era el mejor —cerró la idea, observando un punto sobre el hombro de Marty.
Tras pocos minutos de empezar, el jefe comunal de la SPC dijo algo realmente interesante, haciendo que Marty, que comenzaba a aburrirse, volviera a sentirse atraído por la historia. Gabriel Reit había robado algo. Aunque aquellas palabras no fueron las que dijo William Urrutia, eso fue lo que a Marty se le quedó en la cabeza. Lo mejor de todo, para Marty, fue que Gabriel Reit murió sin decirle a nadie dónde lo ocultó. Un día después de que la vida del excelente policía se volviera un infierno, se vio involucrado en una persecución a las afueras del palacio más antiguo del país —ubicado en Babernë—, donde tristemente falleció tras colisionar el vehículo en el que iba contra el muro del palacio.
—Un momento —interrumpió Marty, sin darle importancia a la petición que el jefe comunal de la SPC le solicitó al principio—. ¿Me está diciendo que su amigo, quien era el mejor en las persecuciones, murió de esa manera, chocando su vehículo contra el muro del palacio? —William Urrutia, melancólico, asintió—. No lo entiendo. Su historia no concuerda. Como iba relatándola, llegué a considerar a su amigo como el protagonista de una novela. Una muerte así, para una persona como usted cuenta que él era, suena imposible.
—Sí. Eso es lo mismo que se ha dicho en Widerstand desde entonces. Pero para los que vieron su cuerpo destrozado, no les cabe duda de que realmente sucedió.
Aunque la idea de ver un cadáver en pedazos —es más, uno entero era más que suficiente— le ponía los pelos de punta, esta vez ni siquiera se detuvo en ese detalle, porque sus pensamientos se enfocaron en una cosa totalmente distinta.
—¿Ha dicho Widerstand? —preguntó, sin poder evitar que la imagen de muchacha que sabía de Alessandro apareciera frente a sus ojos. Ella era de ese lugar.
—Lo que sucede —explicó el jefe comunal de la SPC, sin entender por qué realmente Marty hacía aquella pregunta— es que Gabriel Reit era conocido y admirado mayormente en Widerstand, ciudad donde vivía. En Babernë solo fue la persecución.
La imagen de la muchacha seguía latente en su retina. El que viviera en la misma ciudad donde el amigo de William Urrutia era conocido, ¿significaba algo o era meramente una coincidencia? No sabía por qué la vida de muchacha y la supuesta relación que ella tenía en aquel gigantesco embrollo llenaba más su cabeza que el mismo hecho de no comprender, desde el día anterior, lo que estaba sucediendo.
—Ah, entiendo. Pero, en fin, ¿qué tiene que ver la historia de su amigo con que ustedes me llevaran semanas estudiando?
—Nada. Es que te vi y me acordé de él. Tienen un leve parecido, en especial en la mirada. Al igual que él, parece como si quisieras entender por qué cada cosa está donde está.
—¿Qué me está tratando de decir?
—Nada. Solo que, si no hubiera sido su mejor amigo de toda la vida, pensaría que son familiares. Pero es imposible. Gabriel murió antes de pensar en tener hijos, y no tenía hermanos como para suponer que eres su sobrino.
«¿Me contó toda la historia de la vida de su amigo solo para decirme que me parezco a él? ¡Pensé que era para algo más importante!».
—Igual desconocidos se pueden parecer —acotó—. Ahora que sé que tengo alguna similitud con su difunto amigo, ¿me podría decir dónde está mi familia?
William Urrutia esbozó una amarga sonrisa.
—Detengámonos aquí —dijo, y lentamente se levantó.
—¿Les ha sucedido algo?
—No, nada. —Movió una mano, aparentando que era poca cosa—. Solo es que, como nosotros, la SPC, somos tan influyentes socialmente, y en este momento estamos insertos en un caso de nuestra envergadura, en el que necesitamos tu ayuda —William Urrutia comenzó a sonar como la mujer del parlante del vehículo sin chofer—, he pensado mantener a tu familia bajo custodia, mientras que tú nos echas una mano con el caso.
—¿Esto tiene algo que ver con el cabecilla de la organización? ¿Ese es su caso? —preguntó para confirmar sospechas.
—¿Qué cabecilla? ¿De qué organización? —preguntó incrédulo.
—El idiota del almacén.
—¿El idiota del almacén? —Ahora sonrió—. Creo que hablas de Paco. Y no, Paco no es su nombre real, es un alias que utiliza —se adelantó y aclaró la pregunta que Marty ni siquiera pensó—. Él y el resto de los que estaban en el almacén son actores o agentes de la SPC, no cabecillas de alguna organización.
—¿Actores? ¿De qué está hablando? Ellos parecían más matones, asesinos, que cualquier otra cosa.
—Esa era la idea. —El jefe comunal de la SPC estiró los brazos, ampliando su volumen—. Son actores e hicieron bien su trabajo.
Si lo pensaba bien, el que Paco y los otros fueran simples actores, explicaba mucho. Como por ejemplo el porqué de dejarlos ir, así como así, como también el que poseyeran PLC43, que, a diferencia de lo que JT pensó, era porque trabajaban para la Policía.
—¿Qué trabajo?
—Probar que eres apto para la misión que te vamos a encomendar.
—¿Y eso es…?
—¡Ven, sígueme! Hablaremos de eso en las oficinas de la SPC.
William Urrutia con una mano le indicó que se levantara. Marty le hizo caso de inmediato. No obstante, nuevamente al erguirse sintió punzadas en todo su cuerpo. Menos que antes, pero dolor es dolor.
—¿Dónde estamos ahora? Pensé que en la comisaría.
—Y así es. Solo, como te dije, la SPC es una sección secreta de la Policía. Nadie puede saber de nosotros y de nuestros casos. Este en particular es tan importante y confidencial que por seguridad la información no puede salir de las oficinas de la SPC.
—Y ¿por qué desperté acá y no allá?
—Por lo que sucedió en la carretera. Como policía, tuve que seguir el procedimiento estándar contigo. No es que como jefe comunal de la SPC pueda ahorrarme trabajo. Aunque sería cómodo tener esos privilegios, no existen.
William Urrutia cerró la puerta luego de que Marty saliera. Segundos después le hizo un gesto para que se detuviera porque lo estaban llamando por teléfono. El joven suspiró y se apoyó en la pared, pues aún estaba demasiado adolorido como para mantenerse en pie sin ayuda.
—Sí. ¿Dígame? Estoy en eso —respondió con desgana, como si le aburriera ser controlado—. ¿Tan pronto…? No se preocupe, ya le hicimos los exámenes. Está bien… Sí, sí. Para allá vamos. No se preocupe, estará todo listo. —Terminó de hablar y cortó la llamada. Guardó el teléfono en su bolsillo y se dirigió a Marty—. Debíamos prepararte para mañana a mediodía, pero todo se ha adelantado. ¡Así que vamos, debemos apurarnos!
Mientras esperaban el ascensor, a Marty le dieron unas inconmensurables ganas de orinar.
—¡Tengo que ir al baño! —informó, apretando los dientes.
—Puedes ir abajo —respondió William Urrutia, haciendo una pausa para introducirse dentro del ascensor que había abierto sus puertas—. Entra. Estamos contra el tiempo.
Aceptó aguantarse unos minutos y lo siguió hasta dentro del ascensor.
El jefe comunal de la SPC oprimió el botón que decía «red de seguridad», y Marty entendió que el misticismo de las oficinas de la SPC era real, y le fascinaba la idea de ser uno de los pocos que conocería ese lugar.
—¡Oh, antes de que se me olvide! —William Urrutia se metió la mano en el bolsillo y sacó un teléfono de él—. El tuyo quedó hecho añicos por el impacto. Por eso, toma este. Es de la SPC, y está protegido con toda la seguridad existente. Nadie podrá descifrar los mensajes, ni de voz ni de texto, enviados o recibidos por este equipo. Tienes varios contactos, aunque todos son basura. Si alguien quiere contactarse contigo, podrá hacerlo. Sin embargo, espero que no les respondas. Y si necesitas comunicarte con alguien, puedes hacerlo conmigo, y solo debes marcar a WU, y estarás llamando directamente al teléfono que tengo en mi bolsillo. Pero hazlo solo si es urgente.
Marty asintió. Los números comenzaron a descender. Para cuando llegaron al primer piso, las puertas se abrieron y William Urrutia y Marty se miraron confusos. Él no esperaba bajarse en el primer piso, sino en uno que no recibiera tantas visitas. Quería sentirse importante al ir a un lugar donde la mayoría no podía ingresar, como si fuera un agente secreto. Pero si iban a detenerse en el primer piso, William Urrutia pudo haber apretado el número uno, en vez de un botón que tuviera una frase tan rebuscada.
El jefe comunal de la SPC dirigió la vista hacia afuera, sin moverse. Marty le imitó.
Una mujer vestida de policía y un hombre con terno y cara de espanto subieron al ascensor.
— Señor —saludó la mujer con un asentimiento de cabeza.
—¿A qué piso vas, Kang? —preguntó William Urrutia, galante, mientras cubría con su cuerpo el tablero de botones para que ninguno de los recién llegados pudiera ver el que él había apretado, que tenía un color más rojizo que los otros.
—Al octavo, señor, si no le es mucha molestia.
—¡Para nada! —respondió y apretó el botón solicitado.
La policía le regaló una agradable sonrisa a Marty, achinando sus ojos por completo.
—¿Vas a…? —preguntó William Urrutia, cortando el silencio.
—Sí —interrumpió la mujer, sin necesidad de oír la pregunta—. El señor nos va a ayudar con el caso del usurpador de identidades —precisó la mujer.
—¡Genial! —exclamó emocionado William Urrutia—. Por fin desentrañaremos el misterio. Cuando termine lo que estoy haciendo, subiré con ustedes.
No pasó mucho tiempo para que el ascensor subiera, dejara a Kang y al hombre en el octavo piso y volviera a descender.
—¿Cómo es posible que volviéramos a subir, siendo que el botón «red de seguridad» se apretó primero? —preguntó Marty, mientras que William Urrutia mantenía presionado otro botón, uno que servía para que las puertas del ascensor no se abrieran hasta que ellos llegaran a su destino.
—Está programado para eventualidades como esta. Las oficinas de la SPC están debajo del departamento de Policía.
—Ya veo. —Ladeó la cabeza y habló como lo haría un niño pequeño a punto de pedirle algo con mucho interés a sus padres—: ¿Puedo hacerle otra pregunta?
—¿Tiene que ver con ese hombre?
Marty asintió.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos descendieron.
—¿Quién es el usurpador de identidades?
—El usurpador de identidades no es alguien de quien debamos preocuparnos ahora. Nosotros tenemos cosas más importantes de que hablar. Pero antes… ¿no querías ir al baño?
Por la intriga que le provocó el caso del usurpador de identidades, se había olvidado por completo de eso, pero ahora que William Urrutia se lo recordaba, las ganas regresaron. Antes de que su vejiga explotase, William Urrutia le indicó la puerta a la cual debía dirigirse.
Momentos previos a salir corriendo al baño, Marty divisó una sonrisa burlona en el rostro del jefe comunal de la SPC.
Capítulo 6
SPC
Se frotó la cabeza, incómodo y extrañado por lo corto que se veía su cabello reflejado en el espejo, y salió del baño. Observó el lugar en el que se encontraba: unos cuantos sillones aterciopelados color damasco, un televisor, una pequeña mesita con variadas revistas y un escritorio de madera ubicado delante de una de las dos puertas, era todo lo que había dentro la diminuta habitación. Como no sabía qué hacer ni hacia dónde dirigirse, pensando que a William le había salido algún imprevisto de último momento, se sentó en el sillón del medio, esperándolo, y observó la televisión para ver qué estaban dando. Por primera vez en la vida, las noticias lo absorbieron tanto que no supo dónde se encontraba ni por qué estaba ahí, hasta varios minutos después, cuando un hombre salió de la puerta de atrás del escritorio para indicarle que debía seguirlo.
En las noticias, la reportera dio más información acerca del caso del difunto senador. Dijo que, a pesar de que hubo alguien con un testimonio contundente —el padre de JT—, la Policía no tenía la información necesaria para descubrir y detener al asesino. Mostraron la repetición de la aparición de un político diciendo que aquel asesinato no iba a quedar impune, que iban a encontrar al asesino y que lo iban a enviar a la prisión de Widerstand para que viviera ahí el resto de su vida. El hombre también recalcó la buena seguridad de la cárcel nortina y contó que en la historia del país solo habían escapado dos personas de aquel lugar, y que en ambos casos pasó muy poco tiempo antes de que la Policía se hiciera cargo. Aseguró que con las nuevas medidas tomadas por la prisión, el asesino del senador lamentará de por vida haber hecho semejante crimen, porque huir de aquel lugar era imposible.
Cuando el secretario de William Urrutia apareció por la puerta que está detrás del escritorio, Marty estaba más tranquilo, comparando a cuando se enteró de la muerte del senador, pues la seguridad en las palabras salidas de la boca del político hizo que confiara en él.
—¿Marty Curtalef? —preguntó el anciano con mucha amabilidad, mientras se acomodaba sus grandes lentes.
Marty asintió con la cabeza.
El señor le hizo una seña para que lo acompañara. Cruzó la puerta y luego lo siguió por un pasillo hasta detenerse frente a un letrero que decía: «Jefe comunal de la SPC: William Urrutia». El secretario abrió la puerta, lo hizo pasar, cerró y se marchó.
William Urrutia estaba sentado detrás de un escritorio. A ambos lados de él, había un centinela. Los dos eran grandes y musculosos, al igual que los hombres del almacén. Perturbado quedó cuando, al observar al hombre de la derecha, reconoció de inmediato sujeto que lo mantuvo agarrado del cuello en el momento en que Paco le recitaba el dichoso código. No pudo evitar que en sus ojos se marcaran grandes llamaradas de fuego. Para él, aquel sujeto no actuó en el almacén, al contrario, parecía muy a gusto asfixiándolo.
William Urrutia lo miró con una maliciosa sonrisa, y como si le estuviera leyendo la mente, dijo:
—Sí, Marty, él estuvo en el almacén. Como te mencioné arriba, mandé a algunos de mis guardias para mantener el orden. No lo mires así. Él solo seguía instrucciones. En ningún momento te iban a hacer daño a ti ni a nadie.
¿Qué estupidez estaba hablando William Urrutia? Incluso el tonto de Alessandro se dio cuenta de las verdaderas intenciones de esos sujetos. Por muy buenos actores que fueran, nadie podía aparentar tan bien la sed de sangre que ellos poseían. Aunque, ahora que lo pensaba mejor, el jefe comunal de la SPC tenía igual, si no más, responsabilidad por todas las cosas que sucedieron desde el momento en que él entró al almacén que cualquier otro involucrado en el tema. Así que, el odio que tenía destinado al centinela, lo proyectó también en William Urrutia por ser el responsable de todo, inclusive de la frase sin sentido que hizo alterar a sus padres.
—¿Qué es «el águila salió del cascarón»? —preguntó al acordarse de la frase.
El jefe comunal de la SPC demostró confusión.
—¿Y eso?
—Es un código que leí por ahí, creo que en un libro —mintió—. Pensé que usted por ser parte de una sección importante de la Policía podría conocerlo y explicármelo.
—Me gustaría tener tiempo para responder a todas tus dudas, como te prometí hace un rato, pero como desconozco la respuesta de esta, es irrelevante por el momento y, como te has dado cuenta, nuestro tiempo es escaso, te agradecería que solo preguntaras acerca de lo que estamos hablando.
Marty asintió lentamente. El jefe comunal de la SPC no sabía qué hacían sus empleados, de eso sí estaba seguro. Notó lo honestas que fueron las palabras de William Urrutia cuando aseguró que desconocía la respuesta. Sin embargo, fue «el águila salió del cascarón» lo que hizo que su madre se alterara y que su padre condujera más rápido de lo habitual. Aunque algo le hacía pensar que, si el hombre que tenía enfrente, teniendo el cargo que tenía, desconocía el significado de aquella frase, podía ser porque, a lo mejor, solo era una frase y no un código secreto, como a él le gustaría que fuera. Pero entonces, ¿por qué su madre se alteró al escucharla?
—Pasemos a lo importante —continuó William Urrutia, frotándose las manos—. ¿Conoces al senador Máximo Jara?
—Mi mamá trabajaba para él, así que sí. También he oído acerca de lo que le sucedió, si es eso lo que quiere saber. ¿Por qué la pregunta?
—El senador era una persona importante e influyente, y por ende tenía muchas cosas que ocultar.
—¿Y qué? ¿Quiere que yo entre a su casa, busque lo que ocultó y se lo traiga? ¿O quiere que descubra quién lo asesinó? —preguntó con ironía, pero al mismo tiempo con esperanza.
El jefe comunal de la SPC conocía sus capacidades, pero aun así nunca le pediría a un menor de edad con ansias de ser detective resolver un caso de asesinato. Jamás expondría a un joven a ver lo que él ha tenido que presenciar varias veces y con desgana.
—Te pareces mucho a Gabriel —aseguró nuevamente—. Me miras de la misma forma que él lo hacía cuando la posibilidad de descubrir algo se le presentaba.
—¿Entonces? —preguntó tajante. Ya le estaba incomodando ser comparado con una persona que tenía el apellido de su tocayo.
—Nada de eso. Ya tenemos más que claro quién es el asesino. Su nombre es Germi Barbo. Y hace unas horas está siendo interrogado por mis mejores agentes. Además, ya confesó el crimen.
—Pero acabo de ver en las noticias y ahí….
—No debes creer todo lo que escuchas —lo atajó William Urrutia—. El asesinato de Máximo Jara será lo más comentado durante harto tiempo. Aquí nuestro problema es otro.
—¿Tiene que ver el hombre del que hablaban en el ascensor?
—No —dijo cortante, levantándose de su asiento—. Y ya te dije: el tema del usurpador de identidades no nos compete a nosotros.
William Urrutia se acercó a la puerta que estaba junto a su escritorio y con un gesto le solicitó que lo acompañara adentro. Marty asintió y obedeció. La nueva habitación era tres veces más grande que la anterior, tenía demasiados cajones de metal y un montón de archivos apilados en diferentes lugares.
—¿Y esto qué es?
—Aquí almaceno toda la información confidencial de la SPC. Debes sentirte orgulloso de poder estar aquí. Muy pocos han podido ingresar y demasiados atesorarían estar en tu lugar.
Al principio se sintió emocionado, tanto, que deseaba revisar cada archivo que ahí se encontraba, pero, después, a los diez minutos de estar en la habitación, más que sentirse afortunado, estaba aburrido. William Urrutia hablaba acerca cosas poco relevantes para cualquiera. No se detuvo en nada interesante respecto al asesinato del senador Máximo Jara, sino que empezó a hablar de un tal Michael Stephenson, un millonario. El señor Stephenson era hijo de un extranjero que llegó al país unos sesenta años atrás y que se convirtió en el mayor productor de cereales del mundo entero. John Stephenson era un hombre tan caritativo que al morir dejó gran parte de sus riquezas a los países más pobres del globo terráqueo. A pesar de no heredar mucho dinero de su padre, Michael Stephenson se quedó con las empresas e hizo que estas mejoraran exponencialmente. Aunque Marty conocía ya conocía esta historia, William Urrutia no omitió ningún detalle, e incluyó todo lo referente a los dos matrimonios, a la muerte de la primera esposa del señor Stephenson y lo tanto que esto repercutió en la vida del millonario y en su forma de actuar. Para Marty, esos fueron los diez minutos más aburridos de su vida. Por suerte, después de esto, el jefe comunal de la SPC dio información más sabrosa. Comentó que una fuente confiable le mencionó a la jefa nacional de la SPC, o sea, su jefa, que había visto a Germi Barbo entregarle algo a Michael Stephenson a unas cuantas cuadras de la casa del senador pocos minutos después de haber sido cometido el asesinato. Luego de que la SPC registrara la casa, descubrieron que la caja fuerte del senador estaba vacía.
¿La fuente confiable de la que hablaba William Urrutia era el padre de JT? No. Había otro testigo. Y ni siquiera necesitaba pensarlo, porque era obvio. Según JT, su padre vio a alguien sospechoso salir de la casa del senador aquella noche, y lo primero que hizo fue llamar a la Policía. Y como todos saben, los policías no se demoran nada en llegar a la escena del crimen. Por eso, aunque el padre de JT fuera tonto —cosa que no era, porque ahora tenía uno de los cargos jurídicos más importantes que se pudiera soñar— yendo en automóvil tras el asesino, no habría tenido tiempo para volver a la casa del senador antes de que la Policía llegara al lugar. La fuente confiable era otra persona.
—Entonces, ¿usted cree que Germi Barbo asesinó al senador para robarle lo que guardaba en la caja fuerte? —William Urrutia asintió—. ¿La casa del senador no estaba protegida por Mouxi? La capital es la ciudad menos segura del país. Alguien en su posición, mínimo debería optar por la mejor seguridad posible.
—La propiedad de Máximo Jara está protegida con la última actualización de Mouxi —precisó.
—¡¿Qué?! —chilló—. ¿Alguien ha burlado la seguridad de Mouxi? —No lo podía creer—. ¡Eso es imposible!
—No lo es. Ha sucedido.
—Y ¿ahora qué pasará con Mouxi? —La cabeza de Marty estaba a punto de explotar—. ¿Dirán que no es segura?
—No, nada de eso. Este suceso no quita que la seguridad de Mouxi sea la mejor del mundo entero. Es un hecho particular. Y por eso estamos interrogando al sujeto para comprender cómo hackeó el sistema e impedir que vuelva a suceder.
—Pero esto está mal. Todos creen, yo creía que estábamos a salvo…
—No, lo realmente malo es que Michael Stephenson se haya quedado con aquello que tanto el senador protegió —intervino—. No sabemos qué podría llegar a hacer con eso. Por lo que nuestra misión, tu misión, Marty, es descubrir dónde lo esconde y traerlo de vuelta.
—Y ¿por qué no manda a un policía a su casa y lo obliga a entregárselo? —preguntó, convencido de que la idea era una buena opción.
William Urrutia se rio antes de decirle a Marty que Michael Stephenson tras la muerte de su primera mujer comenzó a formar parte de aquel grupo de personas que trabajan de forma ilegal, siendo él el mayor productor de drogas a nivel nacional. Tanto se metió en el tema, que viajó al extranjero a perfeccionar sus producciones, hacerlas menos dañinas y más adictivas. Por conclusión, gentilmente no le entregaría ese objeto a la Policía. Es más, el menor contacto posible con la Policía era mejor para él.
—Si saben todo eso, ¿por qué no lo detienen?
—Porque desconocemos la ubicación de su laboratorio. Si lo hubiéramos enviado a prisión, habría hecho desaparecer toda la producción, como lo hizo cuando descubrimos donde se encontraba anteriormente. Y ahora, si lo llamamos a declarar, haría lo mismo con lo robado de la casa del senador. Según nuestra fuente, Michael Stephenson tiene varios contactos peligrosos (uno, por ejemplo, es Germi Barbo) y un grupo de empleados que le brindan una seguridad sorprendente y que lo ayudarían a encubrir cualquier cosa.
—Entonces, ¿cómo quiere recuperarlo? Usted dice que preguntando directamente es pésima idea, y entrar suena imposible.
—Nada es imposible —dijo esbozando una perturbadora sonrisa.
—¿Quiere entrar sabiendo que Michael Stephenson tiene contactos tan peligrosos como el asesino del senador?
—No, yo no entraré. Lo harás tú —dijo, apuntándolo.
Si la mirada de William Urrutia no hubiera sido tan honesta, se hubiera reído a carcajadas. Sonaba igual que la persona detrás del parlante del vehículo sin chofer al esperar que él le llevara al sujeto del almacén.
—No. No lo haré. No sacrificaré mi vida en una misión suicida, porque así es como suena esto.
—Y ¿qué es lo que has hecho yendo al almacén? —preguntó, inclinándose hacia atrás, dominando la situación.
—Eso fue distinto. Era la vida de mi hermano la que estaba en peligro. Ahora solo hablamos de un tonto objeto. Además, con la aventura del almacén aprendí que no soy invencible como pensaba. El tipo de afuera me lo enseñó. Y si él y el resto, que eran simples actores, me trataron como si fuera de papel, imagínese cómo terminaría al enfrentarme con verdaderos maleantes.
William Urrutia se acercó a un mueble que estaba al otro lado de la habitación y tomó uno de los tantos periódicos que había ahí encima, le echó una mirada y se lo guardó bajo el brazo.
—No es que tengas elección en esta conversación. Eres la única persona que puede entrar y salir sano y salvo de la casa de Michael Stephenson. Porque, aunque no lo sepas, eres muy especial, Marty Curtalef.
—¿Por qué lo dice? —preguntó, dejando de lado el hecho de que acababan de decirle que no tenía elección sobre de su futuro.
—Porque a diferencia de cualquier otro, Michael Stephenson te necesita.
Y antes de que Marty preguntara a qué se refería, William Urrutia continuó con la historia del narcotraficante, que al parecer había quedado inconclusa. Contó que Panamá fue el país al que había ido Michael Stephenson dieciséis años atrás, acompañado por el químico con el que trabajaba, para perfeccionar sus productos. Aseguró que para los agentes de la SPC no les fue complejo mantener vigilados todos sus movimientos, por lo que supieron de inmediato que tuvo un hijo en aquel lugar. A Marty le sorprendió que el hijo de Michael Stephenson hubiera nacido dieciséis años atrás, tres años después de que Michael Stephenson se casara con su segunda mujer. El tema del casamiento era una tradición extranjera, por eso no le sorprendió que el hijo de John Stephenson, un extranjero, decidiera unirse de tal forma con otra persona. Pero ¿engañar a su mujer? Eso dejó asombrado a Marty. Si alguien se enteraba de aquello, su reputación decrecería exponencialmente. Aunque, si lo pensaba bien, no mucho podía bajar el prestigio de un narcotraficante, pues prestigio ya no le quedaba nada.
Y como Michael Stephenson era millonario, movió gran cantidad de dinero con tal de traer a su hijo al país después de la muerte de la madre de este, que ocurrió unas semanas atrás. El narcotraficante se puso en contacto con los orfanatos nacionales, buscando un chico parecido a su hijo, todo para hacerle creer a su mujer que era un hombre de buen corazón que adoptaba a un huérfano y no un esposo infiel.
—Tu misión, Marty —concluyó William Urrutia—, es permanecer en esa casa como el hijo adoptivo de Michael Stephenson, encontrar lo que se robaron de la casa del senador y traerlo de vuelta.
No necesitaba ser un genio en deducción para entender los mensajes subliminales que habían detrás de las frases que decía el jefe comunal de la SPC. No podía creerlo. Parecía un chiste. No podía ser que…
—¿Me está diciendo que me parezco al hijo de Michael Stephenson?
—Sí, pero el color de su pelo es totalmente diferente. El de él es negro y el tuyo castaño claro —respondió como si fuera una gran diferencia.
—¡Guau, eso me hace sentir mucho mejor! —añadió con ironía, alzando una ceja—. ¡La única diferencia que tengo con el hijo de un narcotraficante es el color de pelo! Por eso me lo cortaron, ¿no?
William Urrutia asintió.
—Menos diferencias, más posibilidades de que Michael Stephenson te quiera cuando te vea. Aunque no deberías preocuparte por eso, porque es realmente sorprendente el parecido que tienen.
Cada nuevo comentario que salía de la boca de William Urrutia hacía que Marty se fastidiara aún más. Desde siempre tuvo más que claro que cada persona era única y especial, y ahora, aparte de que ser confundido con su tocayo, salían con que tenía un clon.
—Entonces, ¿qué es lo que quiere que busque? —dijo para cambiar de tema.
William Urrutia suspiró.
—No sé mucho, pero según la fuente de la que te hablé, es un objeto plateado y pequeño. Ninguno de nuestros expertos puede decir con certeza qué es. Sé que no es de mucha ayuda, pero es lo único que tenemos hasta el momento. Cuando sepamos más, te lo haremos saber. ¿Alguna otra consulta?
—Sí. Según lo que usted me dijo al principio, la SPC vela por la seguridad de la ciudadanía. ¿Qué de peligroso tiene un pequeño objeto plateado para hacerle creer que son necesarios los servicios de la SPC?
William Urrutia se tomó su tiempo para responder, porque antes de hacerlo le regaló otra sonrisa malvada a Marty.
—Solo Gabriel Reit hubiera hecho esa pregunta. —Esbozó la frase y volvió a poner su serio semblante—. «Debes cuidarlo con tu vida, Michael. Este pequeño objeto puede parecer insignificante, pero confía en mí, me han dicho que puede cambiar el curso de la historia a nuestro favor», le dijo Germi Barbo a Michael Stephenson esa noche. Y si un asesino le dice eso a un narcotraficante es para preocuparse.
¿Cambiar el curso de la historia? ¿Cómo un pequeño objeto plateado podía cambiar el curso de la historia? ¿De qué estaban hablando? ¿Una bomba nuclear? ¿Un virus letal? Aunque con la aventura del almacén se dio cuenta de que no era tan hábil como creía, no le importaba si en el intento de infiltrarse en casa de Michael Stephenson sacrificaba su vida, pues no podía dejar que el mundo sucumbiera a sus pies, no sabiendo que era el único que podía evitarlo. Y más si ese siempre había sido su sueño.
—Me apunto —agregó chasqueando los dedos.
—Aunque no es que tuvieras elección, me alegra que hayas decidido participar. Eso era lo que esperaba escuchar del chico que hemos estudiado por varias semanas. Ahora que estás al tanto de lo que debes hacer, quiero que no olvides que debes trabajar lo más rápido posible. La llegada del hijo de Michael Stephenson está programada para dos semanas y no podemos atrasarla más. Así que necesitas encontrar el objeto robado antes de esa fecha. ¿Entendido? —Marty asintió—. Bien. Entonces, si está todo claro, será mejor que volvamos.
Regresaron a la oficina, y para su desgracia los centinelas seguían en el mismo sitio. William Urrutia se sentó y posó sobre su escritorio el periódico que llevaba bajo el brazo. Le hizo un gesto a Marty para que lo leyera, y este de inmediato presintió que algo malo estaba por suceder. Con sus trémulos dedos acercó el periódico a sus ojos, deseando que no fuera lo que creía que era.
En la primera página salía como titular:
«Terrible accidente provoca la muerte de cuatro integrantes de una familia»
Hay momentos en la vida donde una persona puede ver superficialmente el entorno como el resto, pero son los otros, a quienes su mundo no se les ha perturbado, quienes se dan cuenta, por la mirada de esta persona, cómo cada segundo que transcurre tras enterarse de una horrible noticia y antes de llorar —si es que llega a hacerlo—, la persona se introduce más y más en lo más profundo de su ser. Sus músculos faciales se aflojan cuando empieza a comprender lo sucedido, y de a poco va sumergiéndose en el mundo de las penas y las desdichas. Fue eso lo que vio William Urrutia en los ojos de Marty cuando este comenzó a leer el periódico. Y no erraba, el mundo de Marty se derrumbó en ese mismo instante. No había pensado realmente en su familia ni en lo que sucedió la noche anterior, pero ahora, bajando los hombros y mirando sin observar a William Urrutia, sintió su pérdida.
Mientras que el periódico se deslizaba entre sus trémulos dedos, pensaba en la mentira que le dijo el hombre que tenía enfrente. Le había asegurado que a su familia no le había sucedido nada, pero eso no era cierto. Los cuatro estaban muertos. El automóvil que aparecía en la fotografía del periódico era el suyo. Chocado e incinerado, pero por la patente podía asegurar que era el suyo. Sin embargo, ¿por qué William Urrutia le mostraría el periódico si quería que él creyera en su mentira? Porque si deseaba que él fuera a la casa del narcotraficante, arriesgando su vida en el intento, habría sido más conveniente omitir la muerte de su familia, y así aumentar su ilusión de verlos después, aunque esto nunca fuera a suceder.
Lo más perturbador de la situación era que él no se acordaba de nada. El vehículo chocó contra la baranda y luego Marty se despertó en la comisaría. Cuánto deseó haber estado consciente en ese momento para haber podido ayudar a su familia.
—¿Cómo puede ser tan sinvergüenza? —preguntó con rabia, incómodo por sentir que le faltaba el respeto a alguien con poder—. ¿Por qué me dijo que los protegería si están muertos? ¡Están muertos! Si usted…
—Al parecer no entendiste nada —lo atajó William Urrutia con desgana, al tanto que movía la cabeza de un lado a otro. Marty lo miró confuso, esperando respuestas—. Los Curtalef Nicolini están sanos y salvos. En el periódico solo sale la información que Michael Stephenson desea leer. Si se llega a enterar de que tus padres están vivos, irá tras ellos y los matará antes de que nosotros podamos intervenir. Por eso, y por lo que él necesita y lo que al mundo concierne, tú estás completamente huérfano.
Era mucho que procesar. Marty se dio un tiempo antes de contestar. Debía mermar su enojo, o no podría pensar ni actuar con claridad. En menos de dos minutos pudo decir algo que para el resto estaba más que claro.
—¿Entonces mi familia está bien?
—Como ya te he dicho, sí. Cambiando de tema… Cuando estés en la casa de Michael Stephenson, no debes olvidar que si le cuentas algo acerca de nuestro plan a alguien, o si hablas de la SPC, ten más que claro que esta noticia se hará realidad. —Volvió a alzar el periódico que yacía en el escritorio para ponerlo frente a los ojos de Marty, quien solo se quedó mirándolo. Seguía procesando la información.
Un hombre alto y no tan musculoso como los centinelas, entró abruptamente en la habitación, se acercó ágilmente al oído de William Urrutia y le musitó algo que Marty solo escuchó como una «S» constante. Tras un par de minutos de susurrarle al oído al jefe comunal de la SPC, se marchó.
—Marty, ¡síguelo! le ordenó William Urrutia—. Él te llevará donde debes ir.
Marty vaciló unos segundos. Pero, al final, se paró y siguió al hombre fuera de la habitación. Caminó en silencio detrás del sujeto hasta que este le hizo una seña para que entrara a una habitación. Marty ingresó primero y de inmediato se percató de lo pequeña que era. No superaba los dos metros cuadrados. Tenía dos puertas, una caja fuerte y un teclado electrónico, al cual el sujeto se acercó de inmediato.
—0311. Recuérdalo, es la combinación de números preferida de William Urrutia. Te será de utilidad en algún momento —dijo el hombre antes de que una luz verde iluminara el teclado electrónico y la puerta junto a él se abriera—, aunque puede que no pronto.
Marty hizo caso. Se concentró en los cuatro números para no borrarlos jamás de su mente. Para cuando volvió a mirar al hombre, este había abierto la caja fuerte y se guardó algo en el bolsillo. Le regaló una sonrisa burlona y encogió los hombros antes de atravesar la puerta que estaba junto a ellos. Le había dicho lo del número solo para despistarlo.
Marty lo siguió, sintiéndose un perdedor por caer tan fácilmente. Sin embargo, el sentimiento no duró mucho, puesto que, al encenderse las luces, una gran dicha lo envolvió. Inserto en la inmensa habitación, no podía más que sonreír como un tonto. Una gran cantidad de automóviles modernos y de lujo se encontraban esparcidos por todo el piso. Las mejores marcas nacionales e internacionales estaban ahí, a solo unos metros de él. No había nada más que Marty amara que los autos.
El sujeto se volvió con una sonrisa burlona para preguntarle en qué automóvil quería viajar. Anonadado y esperanzado, le dijo de inmediato «en un Falaré» —marca de automóviles más prestigiosa del país—. El hombre descolgó una llave del centenar que estaban colgadas en la pared más próxima y apretó un botón para que el último modelo de Falaré que salió al mercado encendiera sus luces.
Marty no podía creer que se sentaría en uno de los cincuenta ejemplares del último modelo de la empresa de automóviles más cara, prestigiosa y que entregaba la mejor calidad de productos a sus clientes.
El sujeto se subió y le hizo una seña para que él hiciera lo mismo, sin saber que estaba haciendo a Marty el joven más feliz del mundo.
Luego de encender el motor, el auto avanzó despacio entremedio del centenar de vehículos que estaban estacionados, todos de distintas marcas y modelos. Las luces se apagaban a medida que avanzaban, al tanto que otras se encendían más adelante. A los pocos minutos, el Falaré frenó a escasos centímetros de una pared de acero. El hombre apretó un botón para hacer que el muro se deslizara lentamente hacia un costado. Esperaron a que el espacio que dejaba la estructura de acero les permitiera salir para así avanzar. Cuando el Falaré cruzó por completo el espacio disponible, Marty se volteó para ver el muro volver a su posición. Al cerrarse por completo, no pudo diferenciar qué era cerro y qué era muro, puesto que este último estaba asombrosamente camuflado.
—¡Impresionante!
El Falaré avanzó a pocos centímetros de un río por un par de minutos y subió a la calle cuando tuvo oportunidad de hacerlo. Marty, anonadado, miraba los inmensos edificios que lo rodeaban. Se sentía como una diminuta hormiga estando entre semejantes rascacielos. Obviamente, eso no era Calipso. En su ciudad natal no había más que un par de pequeños edificios, pues la mayoría de las viviendas eran casas urbanas con jardines y piscinas.
—¿Dónde estamos?
—En la capital —respondió el sujeto, como si fuera obvio—. No hay más ciudades en el país con tantos edificios.
—O sea, ¿estamos cerca del parque New Century? —Marty desde que tenía memoria anhelaba conocer aquel parque, pero como nunca había salido de Calipso, a excepción de la tarde anterior, que fue a Velpaso, no había tenido la oportunidad de hacerlo.
El tipo asintió y lo miró como si su euforia le diera vergüenza ajena. Mientras que Marty pensaba en lo odioso que era el sujeto, se detuvo por primera vez a estudiarlo con calma. No debía de tener más de veinticinco años. Su cabello castaño oscuro era más largo a lo que él lo tenía antes de que se lo cortaran, y lo llevaba peinado hacia atrás. Su barba era corta, afeitada y delineada. Era de estructura media, alto y tenía los brazos marcados. Lo primero que pensó Marty era que se pasaba horas y horas en el gimnasio, posiblemente para impresionar mujeres. No obstante, lo que más le llamó la atención era que llevaba gafas de sol oscuras, a pesar de que el día no lo ameritaba.
De la nada, el hombre puso una mano sobre su boca para no reírse a carcajadas. Era raro. Muy raro. Y a Marty no le caía bien.
—¿Qué sucede? —preguntó, entrejuntando las cejas.
—Nada. Solo que no necesito esto —dijo con tono altivo, y se sacó el audífono-auricular del oído y lo lanzó por la ventana. Marty vio cómo el artefacto cayó en las cristalinas aguas del río y se perdió en sus profundidades—. Sé qué debo hacer.
Marty ahorro comentarios. El sujeto era engreído y, además, insoportable. Él sabía lo que tenía que hacer, por lo que no iba a estar siguiendo órdenes de sus superiores, como hacían los otros centinelas de William Urrutia.
«¡Claro, él debe de ser el mejor!», pensó con ironía.
Guardó silencio para no tener que oír más al altanero chofer. Por suerte, cuando llegara donde Michael Stephenson, no tendría que verlo nunca más.
El automóvil dobló en una esquina, aceleró más y pasó entremedio de dos camionetas. Una maniobra muy arriesgada que le puso de punta todos los pelos, más aún cuando con una frenada brusca, se detuvo a unos centímetros de otro vehículo estacionado.
—¿Qué sucede? —preguntó el altanero, esbozando una sonrisa burlona al verlo aterrorizado—. Ese es el orfanato. —Apuntó al edificio que estaba junto a ellos—. Pregunta por Lebe Romení.
Marty con los ojos desorbitados, se volteó hacia el sujeto.
—Pero, ¿no debía ir donde Michael Stephenson?
—No lo sé. A mí me ordenaron que te trajera al orfanato. A lo mejor, Stephenson está dentro. O, probablemente, todo lo que te dijeron en la oficina fue una gran mentira y eres huérfano —concluyó con suspenso. Luego esbozó una sonrisa, como si fuera broma.
Hubo un silencio espantoso mientras que Marty se bajaba del vehículo. Cuando cerró la puerta, el hombre puso el pie en el acelerador y el automóvil avanzó hasta desaparecer de su campo visual.
Marty respiró hondo y entró al orfanato.
Capítulo 7
Lebe Romení
La capital permanecía tan nublada como Calipso lo estuvo en la última semana. Por sus calles, la gente iba a toda prisa, como siempre. Fuera del orfanato, todo avanzaba con normalidad, con los altos y bajos que el mundo estaba acostumbrado a vivir, pero adentro, nuestro joven protagonista seguía avanzando sin tener la posibilidad de regresar, pues el camino que había tomado no tenía vuelta atrás. Hacía un calor espantoso, tanto que Marty comenzó a sudar. Aunque no sabía si era por la mala ventilación, o era que él estaba muy nervioso. Cruzó la sala para acercarse a la recepcionista y preguntarle por Lebe Romení. Después de que la mujer hablara unos segundos por teléfono con la señora Romení, le dijo que esperara en una silla junto al mesón, que la señora iba a bajar de inmediato. Marty le hizo caso y se sentó. No pasaron ni dos minutos cuando una mujer de baja estatura, que le llegaba hasta el pecho y que no quitaba la sonrisa de su redonda cabeza, se detuvo frente a él y le pidió que lo acompañara.
—Te demoraste, Marty —comentó la mujer. Sus pasos eran cortos, pero veloces—. Hace treinta minutos que llegó don Michael. Le dijimos que estabas en el baño, así que ¡vamos, apresúrate!
«¿Don Michael? ¿Ella sabrá que “don Michael” es el narcotraficante que está involucrado en el asesinato del senador? ¡Claro que no, si ella es solo una empleada del orfanato!».
Darmowy fragment się skończył.