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Ciencia de la ?*&%!


Ciencia de la ?*&%! (2021) Luis Javier Plata Rosas

Editorial Lectorum

D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C. V., 2011

Batalla de Casa Blanca Manzana 143-3 Lote 1621

Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección

C. P. 09310, México, D. F.

Tel. 5581 3202

www.lectorum.com.mx

ventas@lectorum.com.mx

Imagen de portada: Shutterstock

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  Introducción: Sobre palabrotas, jerga, pseudociencia y ficción

2  Sobre celos, encelos y recelos: Una autopsia al monstruo de los ojos verdes

3  Elíxir de amor: En busca de una droga del amor

4  Textos Tóxicos I: En la dosis está el remedio/veneno

5  Textos tóxicos II: Envenenado sin razón (en todo caso, sin saberla)

6  Microbio eres… y en microbio te convertirás El microbioma humano y los protectores de microbios

7  Piezas de repuesto: El futuro de los trasplantes

8  Ciencia de la chingada: Experimentando con las palabrotas

9  Perros -hijos de perras- de reserva: Cualificando y cuantificando las groserías en las cintas de Tarantino

10  Teenage (Bad) Dream: Guía de campo sobre adolescentes de hoy para adolescentes de ayer

11  Zoofarmacognosia: Cuando los animales se automedican

12  Experimentos de la patada: Física, matemáticas y psicología del futbol

13  Un texto muy variopinto: La psicología del color

14  Cosmograma: La astrología en tus genes

15  ¿Es un párrafo? ¿Es una página? No: ¡Es SUPERLECTURA!

16  Tonos milagrosos para tu celular y tus células (y hasta para tus senos)

17  SCIO: La máquina curalotodo

18  Morfopsicología: Nos quieren ver la cara

19  Ciberconsciencia: Tecnología para una vida eterna

20  Ho’oponopono: La terapia hawaiana del amor

21  Sugata Mitra: El hoyo en el muro… de la educación

22  Delfinoterapia: Tan feliz como un delfín

23  Brainstorming: ¡Hora de una lluvia de (malas) ideas!

24  Barefoot running: ¿Hora de colgar los tenis?

25  Auriculoterapia: Cómo curar con jalones de oreja

26  Agradecimientos

Introducción: Sobre palabrotas, jerga, pseudociencia y ficción

Zoofarmacognosia, qué duda cabe, es una palabrota. Xenotrasplante, también. Ya no digamos ictioalienotoxismo, porque corremos el riesgo de que una palabra más y el lector curioso no lo sea en grado suficiente como para seguir leyendo este libro.

No sólo por su extensión, los términos que forman parte del lenguaje técnico de especialidades diversas de la ciencia vienen siendo para quienes no formamos parte del mismo gremio, jerigonza tan entendible como el poema Jabberwocky de “Alicia a través del espejo”. No obstante, y aunque parezca lo contrario, los científicos usan palabras como éstas para comunicarse de una manera más breve y precisa.

Cada tecnicismo permite que un astrónomo o un oceanólogo, un físico o un biólogo, cuando están hablando entre colegas, consiga comunicar en pocas palabras (o, en todo caso y al escribir un artículo científico, con el menor número posible de ellas) y con la menor ambigüedad posible qué fue lo que se hizo y, tan importante como esto (a veces más), cómo se hizo.

La jerga de cada especialidad es, por consiguiente, no sólo inevitable para los científicos, sino completamente deseable, entendible (entre colegas) y hasta querida en grado tal que, en ocasiones, pedir que se explique algo con un mínimo de ella es casi equivalente a un acto de traición académica, cuando no un simple sinsentido.

Y, sin embargo, ese es uno de los propósitos de este libro: conseguir que, en lugar de que el lector de a pie exclame ¡?*&%! con la ciencia!, disfrute de los temas aquí expuestos y desmantelados en lo posible de tecnicismos tan útiles e indispensables en ciencia como indeseables en exceso en divulgación para hablar de lo que en las investigaciones recientes se ha escrito sobre lo que encierran palabras pequeñas, pero vitales en sentido estricto para nuestra especie, como el amor y los celos. O de palabras mayores, como el envenenamiento y los transplantes de cerebro (o, pero, de cabeza). O, para que vean que el título del libro no son palabras al aire -aunque, eso sí, sí muy ociosas-, sobre las malas palabras.

Que la jerigonza científica puede dar un aire de respetabilidad a lo que no es más que palabrería, sin ninguna relación con los rigurosos métodos de los que se vale la ciencia para validar o rechazar explicaciones, es algo bien sabido por todo charlatán que se parapeta detrás de esta pseudociencia para vendernos sus productos: terapias que curan padecimientos disímiles con el poder del amor o el roce de un delfín, máquinas que hacen lo mismo con su simple toque (eléctrico), métodos de lectura que nos permiten leer este libro en minutos y nos evitan comprarlo, técnicas de aprendizaje para niños con conexión a internet y desconexión de maestros y adultos… Como, por desgracia, a palabras como cosmograma, auriculoterapia y ciberconsciencia no se las lleva el viento, espero que estas páginas –y una buena dosis de sarcasmo- ayuden a exponerlas como lo que son: palabras huecas disfrazadas del argot de la ciencia.

Espero que las palabrotas científicas presentes en este libro dejen de serlo cuando el lector termine de leerlo, que se convenza de que los casos de pseudociencia presentados no son más que malas palabras (o, siendo estrictos, tergiversaciones o interpretaciones libres y erróneas de términos científicos) y que se regocije con cada una de las palabrotas no científicas incluidas en estas páginas.

Pero, por supuesto, sobre todo esto es el lector quien tiene la última palabra.

Luis Javier Plata Rosas

Sobre celos, encelos y recelos: Una autopsia al monstruo de los ojos verdes

Yago: “¡Oh, mi señor, cuidado con los celos! Es el monstruo de ojos verdes, que se divierte con la vianda que le nutre…”

William Shakespeare, “Otelo”

“El apego a los celos conduce, la negra sombra de la codicia es”. Maestro Yoda, “Episodio III: La venganza de los Sith” (George Lucas, 2005)

Ni Shakespeare ni el Maestro Yoda se equivocan al advertirnos de los abominables celos, esa emoción que acompaña muy de cerca a nuestro amor por alguien y que y comúnmente tachamos de negativa, una especie de “Lado Oscuro” de nuestras relaciones personales que nos lleva en más ocasiones que las que desearíamos y de manera en apariencia paradójica, a acosar, avergonzar y lastimar a quienes queremos y que etiquetamos como “propiedad exclusiva”, sobre todo cuando de relaciones románticas se trata.

Los celos son reprochables; en eso concuerdan escritores y filósofos, pero no los científicos. O, en todo caso y de acuerdo con numerosas investigaciones: si bien los celos pueden ser percibidos como reprobables, su existencia es igualmente explicable y, aunque con riesgos de muy diversa magnitud (preguntemos, si no, a Desdémona, una de sus más famosas víctimas en la ficción literaria), su efecto puede ser principalmente benéfico no sólo para la supervivencia de nuestra especie, sino también para muchas otras más, incluyendo a los perros (de los gatos, por el momento y hasta que no haya evidencia a su favor, mejor ni hablemos).

Celos rabiosos

“La rabia de los celos es tan fuerte que fuerza a hacer cualquier desatino” Miguel de Cervantes Saavedra

Entre los estudiosos del comportamiento humano –psicólogos incluidos, por supuesto, pero también antropólogos, sociólogos y biólogos- los celos son considerados como una mezcla compleja e involuntaria de pensamientos, emociones y acciones que nace en el celoso cuando éste percibe –acertadamente o no- que la calidad de su relación con otra persona está amenazada por la presencia de alguien más. No necesariamente debe haber una relación romántica para que alguien sufra de celos y alguien más sufra, muchísimo más y hasta físicamente, por culpa de ellos, como puede atestiguar el triángulo bíblico amoroso que se dio entre Dios, Caín y Abel. Bíblicos o no, los celos están asociados con sentimientos de pérdida de afecto, rechazo, sospecha, inseguridad y ansiedad.

Los dos hermanos más famosos de La Biblia también nos permiten ejemplificar cómo, si bien los celos pueden experimentarse internamente como un amasijo compuesto, en mayor o menor proporción, de ira, miedo y tristeza, es su expresión externa -que incluye llorar como Magdalena, acosar al objeto de nuestro afecto y tomar represalias que, en el extremo, pueden llegar a casos como el de Caín- la que debe preocupar a quienes rodean al celoso, si no quieren ser víctima de sus celos, como el pobre de Abel.

Aunque la naturaleza destructiva de los celos es de todos conocida, y aunque la mayoría de las investigaciones en ciencia se han enfocado al estudio de los celos como parte de las relaciones románticas –sexuales o no-, diversos trabajos han mostrado que esta emoción está involucrada en un rango bastante amplio de relaciones interpersonales y que no son menores los posibles beneficios que puede obtener quien los experimenta.

Los psicólogos evolutivos, que intentan explicar el por qué nos comportamos de cierta manera apoyados en la teoría de la selección natural de Darwin, consideran que los celos existen en nuestra especie porque, precisamente, nos ayudan a sobrevivir, ya que es gracias a ellos que hacemos lo que consideramos necesario para proteger aquella relación que tenemos con alguno de nuestros congéneres y que puede proveernos de importantes beneficios, tanto emocionales como materiales.

Los celos nos dicen, en susurros o de plano a viva voz, que debemos evitar que posibles usurpadores puedan debilitar o romper esa relación benéfica, pues las posibles consecuencias pueden ser fatales para nosotros o para nuestra descendencia. En este sentido, los científicos concuerdan con el escritor François de La Rochefoucauld, cuando afirmó que: “En cierto modo los celos son algo justo y razonable, puesto que tienden a conservar un bien que nos pertenece o que creemos que nos pertenece…”

Celos de hombre, celos de mujer

“Qué bellos son tus celos de hombreque sientes cada vez que me voy…” La Sonora Dinamita

De acuerdo con la psicología evolutiva, los celos sufridos por los hombres son distintos a aquellos que aquejan a las mujeres. De acuerdo con esta teoría, el reto que para la hembra de nuestra especie representa el asegurar que un macho invierta suficiente tiempo y recursos en los hijos de ella (sean o no realmente también de él, pero esa es otra historia) ha favorecido que las mujeres respondan con mayor intensidad a la infidelidad emocional que a la sexual, mientras que, en sentido opuesto, la posibilidad de que una hembra sea embarazada por un macho distinto a su pareja ha favorecido que los hombres respondan con mayor intensidad a la infidelidad sexual que a la emocional.

En otras palabras, una mujer se encela más con su pareja cuando percibe, erróneamente o no, que se está enamorando de otra mujer que cuando está copulando (o coloque aquí el lector el sinónimo que le parezca más apropiado) con ella, mientras que un hombre tiene arrebatos de celos mucho mayores en el caso opuesto. ¿La razón? Los celos masculinos son un mecanismo resultante de la evolución para prevenir que el hombre termine criando los hijos de otros amantes, en tanto que los celos femeninos son un mecanismo para evitar que la mujer pierda los recursos invertidos por el padre (verdadero o no) de los hijos de ella.

Nótese que lo aquí expuesto no significa que hombres y mujeres no sufran igualmente del mismo tipo de celos: sólo afirmamos que la intensidad con que sienten cada tipo de celos es distinta en cada género, por lo que no recomendamos que nuestros lectores usen este artículo como excusa al estilo de: “Tus celos son evolutivamente irracionales. ¡Sólo me estaba echando una canita al aire!... ya sabes que eres la única de la que estoy enamorado”.

A pesar del recelo y la polémica al estilo “Los celosos son de Marte, las celosas son de Venus” que esta perspectiva evolutiva suscitó desde que, hace más de tres décadas, fue enunciada, durante todos estos años sus celosos defensores han hallado evidencia a su favor y hay, inclusive, estudios que analizan decenas de estudios a favor y en contra de esta teoría que predispone de manera innata a hembras y machos humanos a reaccionar de manera distinta ante la infidelidad. La conclusión es que, haciendo de lado esta diferencia de género, todos los individuos de nuestra especie experimentamos celos, sin importar la cultura ni la edad. Sin embargo, sobre este último punto, hay un pequeño matiz…

Celos inmaduros, celos añejos

You bring me sorrow, you cause me pain

Jealousy, when will you let go?

Gotta hold of my possessive mind,

turned me into a jealous kind.

(Me traen tristeza, me causan dolor

Celos, ¿cuándo se irán?

Tengo que conservar mi mente posesiva,

que me convirtió en un tipo celoso.)

“Jealousy”, Queen (1978)

Si confiamos en la psicología evolucionista, ¿están equivocados, entonces, quienes consideran que los celos son una muestra de la inmadurez de los celosos, de su inexperiencia e inseguridad en cuanto a relaciones románticas se refiere? ¿Se extinguen los celos con la edad?

Cuando una mujer está en una edad mayor a la reproductiva, no por ello disminuye necesariamente el riesgo de que su pareja se convierte en un cornudo, pero al menos no corre riesgo alguno de criar los hijos del amante de ella y, en consecuencia, cuarentones y mayores deberían ser menos celosos. No obstante, los estudios muestran que esto no ocurre así, y que no importa qué edad tenga un hombre, la intensidad de sus celos no disminuye en lo más mínimo. La posible explicación es que esos mismos estudios no consideraron la edad de la mujer, por lo que lo que (no, no leyó doble el lector) posiblemente ocurre es que en varias de las parejas estudiadas la mujer era mucho más joven que el hombre, como podemos presenciar en películas y en la vida real: hombres de alto estatus económico casados con bellas mujeres que podrían ser sus hijas… o sus nietas.

¿Y, si se trata de una mujer madura, qué sucede en el caso la infidelidad masculina? Con respecto a mujeres más jóvenes, es menos probable que cuarentonas y mayores tengan hijos pequeños y dependientes por completo de ellas, por lo que a ellas no debería preocuparles tanto como a una veinteañera la infidelidad emocional de su pareja. Esto es, en efecto, lo que muestran los resultados de estudios sobre el tema.

Celos deliberados

Son celos cierto temor

tan delgado y tan sutil,

que si no fuera tan vil,

pudiera llamarse amor.

Félix Lope de Vega

A pesar de que los celos son involuntarios y pueden llegar a ser enfermizos para quien los padece, es curioso –por lo menos para los científicos- cómo despertar celos en nuestra pareja sí puede ser una conducta completamente voluntaria y deseada: un estudio señala que tres cuartas partes de las parejas que participaron en él afirmaron haber intentado encelar a su pareja en algún momento.

Los investigadores han hallado que uno de los principales motivos por los que una persona induce los celos de su pareja a propósito es que ésta responda de una manera compensatoria que permita fortalecer la relación. Según un estudio, la gran mayoría de quienes intentaron poner celosa a su pareja (87%), lo hicieron para llamar su atención. Como segundo y tercer lugar de las razones citadas para esta celosa estrategia fueron comprometer más y retener a su pareja en la relación. Otras causas por las que la gente induce deliberadamente celos es, según otros estudios, mejorar su autoestima y ganar control en la relación, al hacer creer a su pareja que existe una alternativa atractiva e interesada.

Por parte de quien encela, ya sabemos qué es lo que busca, pero… ¿realmente lo consigue? Otros investigadores determinaron que, ante una situación hipotética en la que su pareja intentara ponerlos celosos, 60% de los encelados esperaría responder negativamente, 24% llegaría al punto de pelearse e, inclusive, terminar la relación y sólo un 16% respondería positivamente, como esperaría el objeto de sus celos.

A pesar de estas respuestas hipotéticas, la realidad que los estudios sobre celos han registrado es que, en la gran mayoría de las ocasiones, la presencia de este conflictivo sentimiento está asociada de manera ligera, pero notable, con la estabilidad de una relación romántica.

En resumen, los celos son tácticas indispensables en toda estrategia amorosa. Queda pendiente resolver la incógnita de si son las mujeres o los hombres quienes tratan con mayor frecuencia de encelar a su pareja, pues algunos estudios concluyen lo primero en tanto que otros no hayan diferencia alguna entre ambos sexos.

Los que experimentan (con) celos

“El que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve; con lo que se imagina basta.”

Jacinto Benavente

Llegado a este punto, más de un lector posiblemente se pregunte cómo estudian los celos los científicos: ¿diseñan experimentos en los que le piden a un voluntario que despierte los celos de su pareja, mientras observan con cámaras y micrófonos y sin que el celoso se percate cuál será su reacción? Considerando las posibles consecuencias negativas de un ataque de celos, que pueden desembocar hasta en violencia y en la destrucción de una relación, seguramente un estudio de este tipo no sería nada ético.

La alternativa preferida ha sido el estudio mediante encuestas y preguntas en las que los voluntarios responden a situaciones imaginarias, escenarios pensados por los investigadores que no necesariamente reflejan cómo respondería el celoso EN REALIDAD –como consecuencia de lo que SENTIRÍA en verdad ante esa situación-, sino únicamente cómo lo haría EN TEORÍA –como consecuencia de lo que PIENSA que haría en esa situación-. Y, como todo mundo sabe, no necesariamente nos comportamos como pensamos que lo haríamos cuando, por ejemplo, encontramos que nuestra pareja está besando apasionadamente a su jefe o a la secretaria de la oficina. Lo sorprendente en este caso es que existen estudios que concluyen que no existe diferencia entre el comportamiento real y el hipotético de los celosos participantes en ellos, lo que no descarta posibles excepciones.

Conscientes de este problema, algunos científicos han optado por estudiar los cambios que ocurren en quienes experimentan celos mientras los experimentan, es decir, en “tiempo real”, mediante mediciones fisiológicas –como el cambio en el ritmo cardiaco-. Sus resultados son evidencia a favor de la teoría evolucionista que ya hemos descrito: los hombres reaccionan con mayor intensidad al imaginar infidelidad sexual, y las mujeres al imaginar infidelidad emocional, de su pareja.

Otros científicos han medido la actividad de la corteza prefrontal izquierda, asociada con los celos a través de lo que se conoce como acciones orientadas hacia la aproximación y que, en lenguaje menos técnico, significa que cuando uno siente celos se activan nuestros impulsos de ataque y de acciones que buscan ganar la atención y, finalmente, el amor de alguien.

Para medir esta actividad cerebral en laboratorio, los investigadores se valieron de un “triángulo pasional” formado por dos personas virtuales que, junto con el voluntario a ser encelado, se pasaban unos a otros la pelota en un videojuego en el que, en cierto momento, uno de los jugadores virtuales ignoraba por completo al participante real, generando sus celos sin importar que se tratara tan sólo de un ser formado por pixeles. Nuevamente, las conclusiones de este estudio apoyaron la teoría evolucionista y, además, mostraron que a pesar de la naturaleza compleja de los celos, es posible estudiar su manifestación en, por lo menos, una forma tan sencilla como es la respuesta ante el rechazo de alguien. Y esto nos lleva a plantearnos si, por consiguiente, no habrá otras especies que sufran por los celos.

Celos de perros

“Como hombre celoso, sufro cuatro veces más: porque soy celoso, porque me culpo de serlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me permito estar sometido a una banalidad: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser vulgar.”

Roland Barthes, “Fragmentos de un discurso amoroso”

Si bien es de humanos tener celos, los celos no son exclusivamente humanos. A nadie (espero) extrañaría que chimpancés, bonobos y otros parientes cercanos estuvieran aquejados de vez en cuando por los celos, dado que, al igual que nosotros y a pesar de que no cuentan con Facebook, durante sus vidas forman parte de redes sociales que están cambiando continuamente (quizás no sufran tanto como el filósofo Roland Barthes, pero de que sufren, sufren). Pero… ¿y especies algo más lejanas, como los perros?

Quienes tienen una relación perruna con su mascota seguramente no requieren de su lectura en una revista científica para saber que los canes pueden encelarse con otros canes, pero quienes no tienen esta experiencia directa desde el año 2014 (o desde la lectura de este texto) pueden confiar en que la ciencia ha determinado que así sucede: en experimentos en los que los investigadores observaban la reacción de un perro ante la presencia de un perro de peluche que ladraba, se quejaba y movía la cola, el perro auténtico no sólo se esforzaba por llamar la atención de su dueño, sino que ladraban, se mostraban agresivos con su rival mecánico y se interponían entre él y su dueño para intentar romper la conexión que, por indicación de los investigadores, se formaba entre ambos.

Al parecer, la gran mayoría de los perros que participaron en este experimento percibían al intruso de peluche como un perro real, dado que olisquearon su trasero para identificarlo. Sin embargo, un porcentaje muy pequeño de perros no mostró celos algunos; queda la duda de si estos perros excepcionales eran demasiado inteligentes y sabían que no había amenaza alguna porque su “rival” no era real, o eran demasiado estúpidos para sufrir por celos. Por fortuna, cuando de celos se trata y en el caso de la especie humana, no cabe duda alguna. ¿O sí?

Elíxir de amor: En busca de una droga del amor

“…Procura, hija mía, que sólo ellos prueben este brebaje porque tal es su virtud que quienes lo beban juntos, se amarán con todos sus sentidos, con todo su espíritu, para siempre, en la vida y en la muerte…”

“Tristán e Isolda”, versión castellana de Dolores Barres

Esta historia comienza muchos siglos antes de que la psicología primero, y la neurobiología y la neuroquímica después, se interesaran no tan sólo en observar y describir los nada sutiles cambios en la conducta de los enamorados, sino también en entender qué pasa en nuestros cerebros, cuando alguien nos ha sorbido el seso, como consecuencia de cambios en las concentraciones de muy diversos químicos –o, si se prefiere llamarlos así: drogas- presentes en nuestro cuerpo.

El anhelo de poder modificar artificialmente, a favor nuestro, los sentimientos de la persona que deseamos con pasión es universal y, animales que somos, tiene un fundamento evolutivo, dado que la selección natural favorece a los Don Juanes o Casanova que consiguen pareja y pueden reproducirse y pasar sus genes con éxito a la siguiente generación, con respecto a aquellos cuyos amores no son correspondidos. Enfrentados con este reto, es entendible que en cuentos y leyendas de todo el mundo, y en la literatura de todos los tiempos, se hable de encantamientos para conseguir el corazón del ser amado; en todas ellas, la manera más rápida y sencilla de lograrlo es mediante una poción de amor.

Los componentes del brebaje amatorio varían tanto como el tiempo y el lugar del que se trate, desde una manzana colocada bajo nuestra axila durante el día entero, pasando por el mexicano toloache, hasta remedios caseros y baratos en Internet con ingredientes tan comunes en cualquier cocina, como canela, tomillo y romero. Aunque poco higiénica, la historia de la manzana enamorante podría tener una explicación desde el punto de vista inmunológico: hay estudios que muestran que, al elegir una pareja únicamente con base en el olor, es más probable que las mujeres escojan a alguien con anticuerpos diferentes a los nuestros, por lo cual, si llegan a aparear con ese alguien, el fruto de ese amor tendrá un sistema de defensa más completo.

Y si de toloache hablamos, es probable que su fama como pócima de amor se deba más a uno de los efectos de ingerir esta planta de la especie Datura inoxia, como consecuencia de un alcaloide presente en ella y conocido como escopolamina. En dosis pequeñas, la escopolamina tiene una acción sedante, nos relaja y nos lleva a un estado similar al atolondramiento que tradicionalmente –y con cierta razón, como veremos más adelante- asociamos con quien está “locamente” prendado de una persona: adormecimiento, dificultad para hablar, reflejos tardíos,… véase cualquier caricatura clásica de Walt Disney en la que uno de sus personajes se enamora a primera vista.

La apasionante neurociencia detrás del amor

Dulcamara:

“Va, mortale fortunato;

un tesoro io t’ho donato:

tutto il sesso femminino

te doman sospirerà.”

(“Ve, mortal afortunado,

un tesoro te he entregado;

todo el sexo femenino

por ti mañana suspirará.”)

Gaetano Donizetti, “Elíxir de amor”

Gracias a diversas tecnologías, como las imágenes por resonancia magnética, los neurobiólogos pueden determinar qué regiones de nuestro cerebro se activan cuando pasamos por alguna de las tres románticas etapas con las que los investigadores clasifican el enamoramiento, con base en los cambios que ocurren en nuestro cerebro: lujuria, atracción y apego.

Durante la etapa de lujuria buscamos la unión sexual con cualquier pareja que esté disponible, en la etapa de atracción elegimos, de entre las parejas posibles, aquella que consideramos adecuada –un adjetivo que abarca muy distintas características, dependiendo de si el “lujurioso” es un macho o una hembra- y en la etapa de apego decidimos permanecer al lado de la pareja elegida, si bien el tiempo de permanencia varía de varios meses a algunos años –nuevamente hay una razón evolutiva para ello: es aproximadamente el tiempo que tarda una pareja de nuestra especie en aumentar notablemente las posibilidades de supervivencia de un bebé al mantenerse juntos, o al menos así fue durante los cientos de miles de años anteriores a nuestra era moderna-.

Los estudios revelan que, como si de un indio amazónico se tratara, Cupido ha puesto en la punta de sus flechas muy diversos químicos que modulan nuestro comportamiento y fisiología en cada una de estas etapas. Siendo más precisos, cuando escribimos “los estudios revelan” nos referimos en buena parte, no a experimentos con nuestra especie, en la que usar un coctel de drogas para intensificar o reducir alguna de las etapas citadas en un grupo de voluntarios –haciendo por un instante a un lado el problema de hallar un número suficientemente grande de enamorados que desearan poner a prueba la fuerza química de su amor- podría no ser visto como algo demasiado ético. No, de lo que hablamos en realidad es de trabajos con perritos de la pradera y perritos de la montaña (de la especie Microtus ochrogaster y Microtus montanus, lo que evidencia que, a pesar de su nombre común, en ambos caso se trata de roedores, no de caninos).

Como los perritos de la pradera son monógamos, mientras que sus parientes montañeses son polígamos, y como no tienen la opción de negarse a participar con los científicos en turno, estas especies son muy útiles para averiguar si basta con administrarles X o Y compuesto para que un, hasta ese momento leal a su pareja, perrito de la pradera decida que es momento de quitarle el diminutivo a su nombre y copular con cuanta perra –perdón, perrita- se le ponga en frente. La evidencia es apabullante: sí es posible modificar químicamente y de manera determinante el amor, en términos de la facilidad con que se forman vínculos afectivos en una pareja de estos pequeños mamíferos –si bien resultados similares se han visto en estudios relativos a nuestra especie- cuando se suministra dosis de las hormonas vasopresina a los machos y oxitocina, no por nada popularmente conocida como “la droga del amor” a las hembras.

Un coctel químico de amor

“Tráeme esa flor: una vez te la enseñé.

si se aplica su jugo sobre párpados dormidos,

el hombre o la mujer se enamoran locamente

del primer ser vivo al que se encuentran.”

(“Fetch me that flower; the herb I shew'd thee once:

The juice of it on sleeping eye-lids laid

Will make or man or woman madly dote

Upon the next live creature that it sees.”)

William Shakespeare, “Sueño de una noche de verano”

De regreso al carcaj de Cupido, en nuestra especie los siguientes compuestos están involucrados en una o más de las tres etapas del enamoramiento:

Dopamina: responsable de los estados eufóricos de alegría y placer que experimentamos al tomarnos de la mano e intercambiar miradas con nuestro objeto del afecto.

Feniletilamina: una droga que produce nuestro cuerpo cuyo efecto es parecido a doparnos con anfetamina: estimula nuestro sistema nervioso de manera tan intensa que nos lleva a perder el sueño pensando en la persona amada.

Norepinefrina: incrementa la presión sanguínea, por no hablar de cómo se acelera nuestro músculo cardiaco, lo que en otras palabras significa que, como si fuera letra de una canción cursi, “mi corazón late con desenfreno cada vez que pienso en ti”.

Oxitocina: La oxitocina afecta positivamente comportamientos como la empatía, la confianza y la generosidad, por lo que juega un papel importante en la formación de lazos afectivos tanto entre amantes como en cualquier otra relación interpersonal, pero investigaciones recientes advierten que también intensifica sentimientos negativos como la envidia y el regodearse con el fracaso de otros, por lo que habría que pensarlo dos veces antes de comprar alguno de los frascos de oxitocina disponibles vía Internet.

Serotonina: si nos convertimos en algo parecido a un paciente con trastornos obsesivo compulsivos al enamorarnos, como ver cada cinco segundos nuestro celular con la esperanza de que nuestro amorcito haya respondido nuestro último mensaje o selfie, este neurotransmisor –sustancia química que permite la comunicación entre neuronas- es el culpable.

Testosterona: cuyo aumento puede incrementar el deseo sexual tanto en hombre como en mujeres. Hay también estudios que señalan que existen feromonas humanas, presentes sobre todo en el sudor, que podrían sernos de cierta utilidad a la hora de buscar pareja, pero esto sigue siendo bastante debatible y, en todo caso, al parecer el olfato no es la principal arma al enlistarnos como “soldados del amor”, lo que no ha sido obstáculo para que en diversos medios se ofrezcan colonias con nombres al estilo de CliMax Attract®, “Atrayente sexual para Él”, acompañadas de la leyenda “máximo atractivo sexual gracias a su fórmula concentrada con 23 mg de feromonas”.

Vasopresina: “la hormona de la monogamia”, junto con la oxitocina, está relacionada con los sentimientos de tranquilidad y estabilidad que sentimos durante una relación a largo plazo.

Amorosas manipulaciones: drogas sintéticas y amor con receta médica

-¡Es Amortentia!-

-Ciertamente lo es. Parece casi tonto preguntar –dijo Slughorn, quien miraba poderosamente impresionado.- ¿Pero asumo que usted sabe lo que hace?

-¡Es la poción de amor más potente del mundo!– dijo Hermione.

J.K. Rowling, “Harry Potter y el príncipe mestizo”

Tras echar un vistazo a la lista de las drogas con las que nuestro cuerpo generosamente nos suministra al enamorarnos, nos resulta evidente que, a diferencia de los mercachifles de ayer, los neuroquímicos de hoy en verdad cuentan con los conocimientos necesarios para manipular artificialmente, en cierto grado, la intensidad de nuestros sentimientos amorosos en cada etapa del enamoramiento… ¿Pueden con ello transformar a cualquiera en Katy Perry o Channing Tatum? No realmente, si bien es verdad que ya existen drogas sintéticas como el 3,4-metilenedioxy-N-metilanfetamina, abreviado como MDMA, “comercialmente” conocido como éxtasis, y popularmente llamado Lover’s Speed. Esta “droga del amor” no actúa como un afrodisiaco, sino que intensifica el deseo de proximidad emocional, de “estar conectado” con alguien, posiblemente debido a que estimula la producción de oxitocina en quien lo consume.

“Después de semanas de pruebas descubrimos cómo funciona: cuando se ingiere [la poción], afecta las cuerdas vocales directamente, así que cuando hablas, microtemblores codificados dentro de tu voz estimulan diminutos pelitos en el oído interno del sexo opuesto. La vibración envía una señal al cerebro que, a su vez, produce una combinación de químicos endógenos, alteradores del estado de ánimo, responsables del proceso bioquímico de enamorarse.”

“Poción de amor #9” (1992, dirigida por Dale Launer)

No debe desvelar a los románticos un escenario como el imaginado en la película “Poción de amor #9”, ni ver en la química un peligro para el amor “auténtico”. Poco importa que nos dopemos con éxtasis o que cupidos de bata blanca nos flechen con oxitocina y vasopresina: el amor no surgirá mágica ni, mucho menos, científicamente. Lo que sí es posible es manipular la química de nuestro cuerpo de manera que, por ejemplo, una terapia de pareja sea más sencilla de realizar al incrementar los niveles de deseo sexual y de bienestar al estar juntos. El amor entre dos personas sigue dependiendo de su completo albedrío.

Textos Tóxicos I: En la dosis está el remedio/veneno

“Todas las cosas son veneno, y nada es sin veneno; sólo la dosis permite que algo no sea venenoso.”

Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hehenheim, mejor conocido como Paracelso

En el año 2011 un grupo de químicos del Canisius College, en Búfalo, Nueva York, llamaron la atención de sus colegas al presentar un caso por demás extraño de envenenamiento. La víctima en cuestión era un joven político que había decidido cambiar su estilo de vida y sustituir la carne brasileña de cualquier tipo por saludables vegetales, dándole un lugar especial en su dieta diaria a las nueces de Brasil, de la especie Bertholletia excelsa.

Meses después de haber iniciado su régimen vegetariano, el político comenzó a experimentar fatiga, náusea, diarrea, sabor metálico en la boca, olor a ajo y otros síntomas característicos de envenenamiento por selenio, elemento químico que nuestro cuerpo necesita en muy pequeñas cantidades –entre otras minucias, es esencial para el funcionamiento normal de la glándula tiroides-, pero que un análisis sanguíneo mostró que se hallaba en una concentración mucho mayor que la normal en el pobre político –que no político pobre-, más pobre aún si después de esta experiencia concluyó que jamás debió cambiar los jugosos y blandos cortes de res por la fría dureza de las nueces. De haber conocido la sentencia de Paracelso, “La dosis hace el veneno”, el político habría sabido que su error radicó en comer, durante un periodo de tiempo, un número de nueces que transformaron a éstas de sano nutrimento en tóxico alimento, sobre todo considerando que las nueces de Brasil son ricas en selenio y que tan sólo media docena de ellas contienen alrededor de 800 microgramos de este elemento –un valor que es el doble del límite diario recomendado-.

A aquel lector gourmet que le parezca una nimiedad el padecer de intoxicación crónica con selenio –conocida como selenosis, una palabra que, para desdicha del lector filólogo, no tiene nada que ver con enfermedades de origen lunar- y decide que la probabilidad de que se le caiga uno que otro diente y que su sistema nervioso se vea afectado por comer día tras día puñados enteros de nueces de Brasil, puede que le sea útil saber, a final de cuentas, cuántas nueces tendría que ingerir, en una sola sentada, para que su caso pase no tan sólo de intoxicación crónica a aguda, sino para que en su acta de defunción se lea: “Envenenamiento con nueces de Brasil”: bastan 0.5 gramos de selenio para lograr este irreversible fin o, hablando en nueces, consumir cerca de cuatro mil de ellas en una sola comida. En resumen, si alguien quiere envenenar a su prójimo, quizás deba ignorar el dicho persa que cuestiona: “¿Por qué usar veneno, si puedes matar con miel?” O con nueces, o con cualquier otra sustancia, incluyendo el agua. En rigor, Paracelso y los persas tienen razón, pero a famosos envenenadores de la Historia, como Lucrecia Borgia se le habría complicado un poco esconder tantas nueces en su legendario anillo lleno de ponzoña.

Una dosis no letal de conceptos toxicológicos

Al contar nuestro ejemplo sobre el evitable y evitado suicidio involuntario del político que amaba las nueces, hemos hecho numerosas simplificaciones que intoxicarían la lectura de más de un químico, por no decir de un médico. Es momento de definir algunos conceptos fundamentales en toda introducción a la ciencia de los venenos, la toxicología, en una dosis que no provoque sintomatología negativa alguna en el lector, comenzando por la definición de veneno.

Un veneno es toda aquella sustancia que puede producir cambios anormales, indeseables o perjudiciales en el organismo –léase: cualquiera de nosotros- que es expuesto a ella –léase: comida, bebida, inhalada o absorbida por la piel- y, como efecto extremo y menos deseable, la muerte de éste. Sin querer ser paranoicos pero sí paracelsianos, ya hemos visto que cualquier sustancia puede ser inocua y hasta benéfica en concentraciones bajas, pero tóxica y hasta letal en grandes cantidades, donde “grande” varía muchísimo dependiendo de si con “sustancia” nos referimos a “agua”, “café”, “alcohol” o “cianuro”. Gracias a Paracelso podemos ver que no hay tal equivalencia entre “natural” y “sano” o “artificial” y “dañino” cuando hablamos de sustancias o químicos naturales y artificiales. La vitamina C o ácido ascórbico, por ejemplo, puede sintetizarse a partir de la glucosa en el laboratorio y no hay absolutamente ninguna diferencia entre la vitamina artificialmente creada y la que se encuentra, de manera natural, en los cítricos. De la lista de Los Diez Venenos más Mortales –o, si se prefiere, las diez sustancias que, a una concentración más baja, son las más letales-, la mayoría no son obra de los químicos de bata blanca, sino que son un “regalo” de la naturaleza.

¿Qué tanto es tantito? Determinando la dosis letal

Para medir la toxicidad de una sustancia los toxicólogos llevan a cabo experimentos de laboratorio conocidos como estudios de dosis/respuesta. La dosis es la cantidad total de una sustancia a la cual es expuesta el individuo –al comerla, beberla, inhalarla o absorberla por la piel- y la respuesta son los cambios –por lo general, nada agradables- en el organismo de esa persona ocasionados por la exposición a esa sustancia. Usualmente, a mayor concentración de una sustancia tóxica, mayor es el efecto que ella tiene, pero cómo ocurre esto es variable: puede ocurrir, por ejemplo, que uno no muestre síntoma alguno hasta que se alcanza cierta concentración del veneno o que, por el contrario, se observen cambios gradualmente, a medida que se va aumentando la concentración de esa sustancia.

Como no sólo sería poco ético sino también ilegal el emplear humanos en este tipo de estudios de dosis-respuesta, los humanos hemos recurrido a la ayuda involuntaria de otras especies, esperando que lo que le pasa a una rata pueda más o menos aplicarse, luego de hacer las consideraciones necesarias, de manera aproximadamente confiable a nuestra especie. Como ha podido atestiguar todo aquel asistente a una fiesta en la que el bebedor consuetudinario puede acabarse una botella de tequila sin mayor problema, en tanto que el bebedor bisoño comienza a sentirse incómodo luego del primer caballito con limón y sal, aunque dos individuos sean de la misma especie su respuesta a una dosis determinada de una misma sustancia puede ser muy distinta, en los estudios de dosis-respuesta la dosis a la cual una rata –o la especie elegida para ese bioensayo- se muere es expresada en términos estadísticos, lo que significa que lo que a los científicos les interesa determinar es la dosis a la que la mitad del número de ratas con las que se hizo el estudio se fueron al cielo de los roedores. A esto se le conoce como dosis letal media o DL50 y, entre más tóxica sea la sustancia, menor es el valor de DL50.

De regreso con el caso de los bebedores de tequila, gracias también a nuestras experiencias en fiestas en las que abunda el alcohol –que, por cierto, tiene una DL50 casi idéntica a la del tricloroetileno, un solvente y contaminante de presencia muy común en las aguas subterráneas, así que, en términos de toxicidad, cada trago de tequila es más o menos igual que si tomásemos un trago de tricloroetileno-, sabemos que no es lo mismo intentar emborrachar a nuestra amiga de 60 kg que al anfitrión de 120 kg ni, por supuesto y pasando ahora al caso de los venenos, matar a una rata que a un caballo con rotenona –que, a pesar de lo que su nombre podría llevarnos a creer, no es un raticida sino un insectida-. Es por ello que la DL50 se expresa en miligramos de sustancia tóxica por kilogramo de peso del individuo –rato o humano o cualquier otra especie- expuesto a ella. Armados con estos conocimientos, los lectores ya pueden olvidarse de la Tabla 1 y echar un vistazo a la Tabla 2 que acompañan este artículo.

Tabla 1. Dosis oral letal para algunas sustancias de consumo cotidiano, suponiendo que el consumidor es un humano de 50 kg de peso.


Sustancia Dosis
Agua 10 litrosCaso clínico registrado: 17 litros
Azúcar 1.2 kilogramos
Sal 700 gramos
Cafeína (café) 100 tazas
Aspirina 100 tabletas
Alcohol (whisky o, si se prefiere, güisqui) 1 litro
Ácido oxálico (espinacas) 7 kilogramos

Tabla 2. Dosis letal media (LD50) para algunas sustancias de consumo cotidiano. Se indica en qué casos la LD50 establecida es en el caso de ratas, perros o humanos.


Sustancia LD50
Aspirina 200 mg/kg (rata)
Sal 3 g/kg (rata)12 g/kg (humano)
Refresco de cola 140 mg/kg (perro)
Alcohol (etanol) 7 g/kg (rata)

“Claro que el café es un veneno lento; hace cuarenta años que lo bebo”, filosofaba Voltaire. Y, en efecto, el efecto tóxico del café es bastante bajo y es seguro que ni siquiera los noctámbulos ni los “trabajólicos” se acercan a la LD50 correspondiente, pero en el otro extremo de la lista tenemos a la botulina o toxina botulínica, compuesto generado por la bacteria Clostridium botulinum en alimentos mal enlatados y que ha sido, inclusive, considerada como arma de destrucción masiva. El LD50 de la botulina es de 0.00001 mg/kg. Aunque una cucharada de botulina puede matar a un cuarto de la población del mundo, pero Nicole Kidman y otras actrices y actores deciden inyectársela para aniquilar sus arrugas, aunque sea de manera temporal y más que pasajera, en forma de Botox, lo que prueba de nuevo, en sentido inverso, la máxima del excelso Paracelso.

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Data wydania na Litres:
23 czerwca 2025
Objętość:
131 str. 2 ilustracji
ISBN:
9786074571066
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Właściciel praw:
Bookwire
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