Czytaj książkę: «Obras II»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 113


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por LIDIA INCHAUSTI GALLARZAGOITIA.

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO226

ISBN 9788424931551.

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CARONTE O LOS CONTEMPLADORES *

Un personaje que forma parte del mundo subterráneo de los griegos, el barquero Caronte, pide permiso y, de la mano de Hermes, se da una vuelta por la Tierra. La curiosidad de nuestro personaje responde a una estudiada intención de nuestro autor. En este primer diálogo del presente volumen, Luciano realiza una crítica a los ricos de un modo particular y a toda la sociedad en general. La idea de que la muerte iguala a todos y de que todos viven sin pensar en ella está en el centro del diálogo y, a modo de recordatorio, se plasma en la frase final. Obviamente, cuanto más se atesora, más necio le resulta a Luciano el comportamiento de los seres humanos. Esta idea que aquí queda ya expuesta la retomará el autor, para profundizar en ella y cargar las tintas de su crítica, en obras como Acerca de los sacrificios y, especialmente, Sobre el luto.

No deja de ser curioso que sea el mundo griego clásico, y no el mundo contemporáneo de Luciano, el que se trae a colación en este diálogo. Para ello se vale el autor de un procedimiento ingenioso: inserta un diálogo —Solón y Creso— en otro diálogo —Caronte y Hermes—, con lo que la lectura resulta más ágil y se consigue un efecto de acercamiento muy positivo.

[1] HERMES. — ¿De qué te ríes, Caronte? ¿Por qué, dejando a un lado la travesía, has subido a nuestra región sin estar totalmente acostumbrado a ver cómo van las cosas por aquí arriba?

CARONTE. — Mira, Hermes; es que me entraron unas ganas enormes de ver cuáles son las cosas que hay en la vida; qué es lo que hacen en ella los hombres, y de qué se ven privados todos ellos, que gimen a voz en grito cuando bajan para acá. Es que no hay ni uno que haya hecho la travesía sin llorar. Así que, tras pedirle a Hades permiso yo también, como aquel jovencito tesalio 1, para abandonar mi barca por un solo día, he subido a la luz y me parece muy oportuno haberme topado contigo. Vas a hacerme de guía muy requetebién, y estoy convencido de que me vas a acompañar en mi camino de retorno y de que vas a enseñarme cada cosa con detalle, como buen conocedor que eres de todas ellas.

HERMES. — No tengo tiempo, barquero. Voy de camino dispuesto a atender a Zeus de arriba, dios de los humanos. Tiene un carácter agrio y temo que, si me retraso un poco, me deje ser todo vuestro entregándome a las tinieblas o, como precisamente le hizo un día a Hefesto, me precipite a mí también agarrándome del pie desde una mansión divina para que, cojeando, sea motivo de burla al tiempo que escancio vino.

CARONTE. — Entonces, ¿vas a estar ahí tan tranquilo viéndome dar vueltas por la tierra, tú, amigo, copiloto y compañero de fatigas? No estaría de más, hijo de Maya, que por lo menos recordaras que yo nunca jamás te mandé achicar el agua de la barca ni ser remero. Bien que roncas sobre el puente de mando, aislándote, cuando acompañas a hombres crueles o poderosos, y, en cambio, si te encuentras un muerto parlanchín, no paras de hablar con él durante todo el tiempo que dura la travesía. Y yo, que soy un anciano, tengo que manejar, solo, los dos remos. Por tu padre, Hermesito de mi vida, no me dejes, dame una vuelta a ver todo lo que hay en la vida, para que, tras haberlo visto, pueda volv"r arriba; porque, si tú no me guías, en nada voy a diferenciarme de los ciegos. Pues, exactamente igual que aquellos se caen tropezando en la oscuridad, a mí también, aunque al revés que a ti, se me nubla la vista cerca de la luz. Venga, Cilenio 2, dime que sí, y recordaré de por vida este favor.

[2] HERMES. — Ese asunto me va a traer complicaciones 3. Por lo menos ya estoy viendo que el pago que voy a obtener por el recorrido no va a estar exento de pegas por todas partes. Sin embargo, no hay más cáscaras que hacerlo. ¿Qué no tiene uno que aguantar cuando un amigo poco menos que le fuerza? Barquero, es de todo punto imposible que puedas ver todo con detalle; haría falta un montón de años. Pero fíjate; habrá que anunciar a los cuatro vientos que yo, como si dijéramos, voy a escaparme de Zeus, y que tú vas a interferir las tareas de la Muerte y a menoscabar la autoridad de Plutón no acompañando a los muertos durante mucho tiempo. Y, entonces, el aduanero, digámoslo así, Éaco se va a afligir, pues no va a sacar en limpio ni un óbolo. En fin, para que puedas ir viendo lo más importante de cuanto sucede, hay que empezar a observar ya.

CARONTE. — ¡Excelente idea!, Hermes. Yo no sé nada de lo que hay sobre la tierra; soy un extranjero.

HERMES. — Ante todo, Caronte, nos conviene un lugar elevado para que desde él puedas ver todo; si fuera posible subir al cielo, no tendríamos problemas; desde una panorámica general podrías ver absolutamente todo al detalle. Pero, como no se permite a los fantasmas acceder a los dominios regios de Zeus, es hora ya que echemos un vistazo a ver si encontramos un monte alto.

[3] CARONTE. — ¿Sabes, Hermes, lo que solía deciros yo, una vez que acabábamos la travesía? Cuando el viento, soplando como un huracán, caiga sobre las velas por el costado y se levante una ola alta, entonces, vosotros, por desconocimiento, intentáis arriar la vela o meter un poquito el pie o escapar del viento, y yo, en cambio, os exhorto a mantener la calma. Yo sé, en efecto, qué es lo mejor. De igual modo, haz tú ahora lo que piensas que es lo mejor; tú eres ahora el piloto; yo, como está mandado a los pasajeros, me voy a sentar sin decir ni pío, dispuesto a hacerte caso en todo lo que mandes.

HERMES. — Llevas razón. Voy a ver lo que hay que hacer y voy a encontrar el promontorio que tenga una vista lo suficientemente completa. Bueno, ¿puede valer el Cáucaso o el Parnaso o el Olimpo, que está ahí y que es más alto que ambos? Desde luego no es una bagatela el recuerdo que vas a tener si miras al Olimpo. Pero tienes que compartir conmigo las fatigas y las tareas.

CARONTE. — ¡A tus órdenes! Estoy dispuesto a trabajar todo lo que pueda.

HERMES. — Homero, el poeta, dice que los hijos de Aloeo 4, que también eran dos, cuando aún eran niños quisieron, en cierta ocasión, arrancando el Osa desde sus cimientos, coronar el Olimpo y, luego, el Pelión sobre él, creyendo que tendrían una perspectiva suficiente y acceso para mirar sobre el cielo. Aquellos dos muchachos, temerarios ambos, no hay duda, pagaron su osadía. Nosotros dos —nuestras deliberaciones no pretenden hacer daño a los dioses—, ¿por qué no nos ponemos a hacer obras también nosotros, haciendo rodar piedras, unas tras otras, por los montes, a fin de tener una panorámica al detalle desde el punto más alto?

[4] CARONTE. — ¿Y crees, Hermes, que podremos, siendo dos tan sólo, levantar el Pelión o el Osa?

HERMES. — ¿Por qué no, Caronte? ¿Te iba a parecer que tenemos nosotros menos categoría que los dos mozalbetes aquellos, máxime, estando unas divinidades de nuestro lado?

CARONTE. — No, pero la empresa me parece a mí que encierra un trabajo de una envergadura increíble.

HERMES. — Evidentemente. Claro, Caronte; eres un hombre rudo y estás muy poco acostumbrado a hacer cosas. El noble Homero, en un par de versos, nos hizo en un instante el cielo accesible 5, juntando los montes con facilidad. Y me pregunto si te parece un prodigio, a ti, que, sin duda, conoces la historia. Atlante, él, uno solo, lleva y soporta el globo terráqueo con todos nosotros. Quizás oyes contar, respecto de mi hermano Heracles, que relevaría a aquel Atlante y, al cabo de poco tiempo, pondría fin a su dolor, llevando él sobre su cabeza la carga 6.

CARONTE. — Lo tengo oído. Pero si es verdad, tú y los poetas lo podéis saber.

HERMES. — Es verdad de todas todas, o ¿a cuento de qué iban a mentir unos hombres cultos? Así que vamos a levantar con una palanca el Osa, primero, como nos indican el poema y el poeta Homero, y sobre el Osa el Pelión frondoso.

¿Ves con qué facilidad y con qué ambiente tan… poético hemos realizado nuestro trabajo? ¡Hala, pues!, sube y mira a ver si todavía hay que hacer algún trabajo más [5] de albañilería sobre su cumbre. ¡Ay, Ay! Estamos abajo todavía, en un paraje al pie del cielo. Desde las zonas orientales escasamente se distinguen Jonia y Libia, y desde las occidentales poco más que Italia y Sicilia; desde las del Norte sólo las que están pegadas al Istro 7, y desde allí no se distingue Creta con total claridad. No tenemos más remedio, barquero, que mover el Etna primero y después el Parnaso, según parece, por encima de todos los demás.

CARONTE. — Hagámoslo así. Sólo mira a ver no sea que vayamos a trabajar más de la cuenta, extendiéndonos más de los conveniente y luego probemos en nuestros cocos, precipitados desde las alturas, la amarga obra de albañilería de Homero.

HERMES. — ¡Ánimo; está todo bien seguro! Llévate más allá el Etna. Hagamos rodar ahora los dos juntos el Parnaso.

CARONTE. — ¡Vamos allá!

HERMES. — Voy a subir de nuevo. Perfecto. Lo veo todo. Vamos, sube ya tú también.

CARONTE. — Dame la mano, que me estás haciendo subir sobre una atalaya 8 no insignificante.

HERMES. — Así es, si quieres verlo todo, Caronte. No es posible que los dos estemos seguros y veamos bien. Cógete a mi diestra y ten cuidado no vayas a pisar por la parte que resbala. Muy bien. Ya has llegado aquí arriba tú también. Fíjate: el Parnaso tiene dos cumbres, cada uno de nosotros desde nuestro asiento limita nuestra visión a una sola cima. No importa; tú, echando la vista en derredor, fíjateme en todo lo que veas.

[6] CARONTE. — Estoy viendo mucha tierra y una laguna enorme que fluye a su alrededor y montes y ríos mayores que el Cocito y el Piriflegetonte y hombres muy pequeñitos y algunas de sus madrigueras.

HERMES. — Las que tú crees sus guaridas, son ciudades.

CARONTE. — ¿Sabes, Hermes, que no hemos hecho nada sino que hemos trasladado en vano el Parnaso, con su fuente Castalia, y el Etna y los demás montes?

HERMES. — ¿Y eso por qué?

CARONTE. — Porque desde esta altura no veo nada con detalle. Necesitaría ver ciudades y montes, pero no sólo como en los mapas, sino ver a las personas, lo que hacen y lo que dicen. Como cuando, al toparte conmigo por vez primera, me viste riendo y me preguntaste de qué me reía; es que oí contar una cosa que me hizo partime de risa.

HERMES. — ¿Y de qué se trataba?

CARONTE. — Alguien fue invitado a cenar por un amigo, al día siguiente. «Descuida que iré», dijo. Y, mientras así hablaba, le cayó del tejado una teja encima, y no sé cómo se movió que lo mató. Así que me eché a reír porque no pudo cumplir su promesa. Ahora también me parece que gustoso bajaría para poder ver y oír mejor.

[7] HERMES. — ¡Poco a poco! Y yo te voy a atender y en un instante te mostraré, de parte de Homero, a alguien de mirada muy penetrante, tomando además un conjuro; después que recite los versos, recuerda, ya no se te nublará la vista, sino que verás todo con claridad.

CARONTE. — Sólo limítate a hablar.

HERMES.

De tus ojos he levantado un velo, antes sobre ellos,

a fin de que puedas a un dios de un mortal distinguir9.

¿Qué pasa?, ¿ves ya?

CARONTE. — Divinamente. Ciego estaba el Linceo aquél; como si lo tuviera cerca de mí. Asi que vete enseñándome lo que hay sobre él y respóndeme cuando te pregunte. ¿Quieres que yo también te pregunte, siguiendo a Homero, para que aprendas que no se me han olvidado los versos?

HERMES. — Y de dónde diablos has sacado tiempo para aprenderlos tú, que estás siempre navegando y remando?

CARONTE. — ¿Ves? Eso es ofensivo para mi arte. Pero yo, cuando transportaba a Homero en mi barco al morir, como le oía cantar versos, aún me acuerdo de algunos. Entonces una tempestad bastante considerable nos envolvía a ambos. Efectivamente, una vez que empezó a cantar un canto no totalmente favorable para quienes estaban realizando la travesía, como Posidón amontonó las nubes, y agitó el ponto lanzando una especie de rayo del tridente, y levantó toda clase de tempestades y muchas otras inclemencias, revolviendo el mar por efecto de sus versos, cayendo sobre nosotros de golpe y porrazo una borrasca y una densa nube, poco faltó para que nos volcara la nave, especialmente cuando aquél, al marearse, vomitó la mayor parte de los versos dedicados a la mismísima Escila y a Caribdis y al Cíclope. Así, pues, no era difícil preservar por los menos de entre tan gran vómito unos pocos versos. Anda, dime. [8]

¿Quién es el más grueso, valeroso y grande

que destaca entre los hombres por su cabeza y anchas espaldas? 10.

HERMES. — Ése es Milón, el atleta de Crotona. Los griegos lo aplaudieron, porque, levantando el toro, va y lo pasea por todo el medio del estadio.

CARONTE. — Pues, Hermes, ¿no deberían elogiarme a mí, con mucha más justicia, que, cogiéndote al mismísimo Milón, al cabo de poco tiempo, lo voy a meter en la barquichuela en cuanto venga a nuestros dominios noqueado, literalmente, por el más invencible de los rivales, la Muerte, sin saber cómo le pone la zancadilla? Y, después, nos vendrá con lamentos y gemidos al acordarse de las coronas y las ovaciones.

Ahora está engreído y es admirado porque ha llevado al toro. Y bueno, ¿qué? ¿Hemos de pensar, por ello, que él esperaba que tendría que estar muerto alguna vez?

HERMES. — ¿Y a santo de qué traería él a colación la muerte ahora que está en pleno apogeo?

CARONTE. — Deja, que ése nos va a hacer reír cuando navegue y no pueda levantar ni un mosquito, ni un toro. Venga dime aquello de…

[9] ¿Quién es ese otro varón venerable

no griego, al parecer, por su vestimenta?

HERMES. — Ciro, Caronte, el hijo de Cambises, el artífice del poderío que antes tenían los medos y ahora los persas. Él, hasta hace poco, tuvo dominio sobre los asirios y se estableció cerca de Babilonia, y ahora ha dejado paso a quien estaba avanzando sobre Lidia, en la idea de que si destruía a Creso, sería dueño absoluto de todos.

CARONTE. — ¿Y el tal Creso, dónde está también?

HERMES. — Dirige tu vista hacia allí, hacia la gran ciudadela, la de triple muralla. Aquélla es Sardes y ya estás viendo a Creso en persona recostado en su diván de oro, charlando con el ateniense Solón 11. ¿Quieres que escuchemos lo que están diciendo?

CARONTE. — ¡Claro que sí!

CRESO. — Extranjero ateniense. Ya viste mi riqueza y [10] mis tesoros; has visto las enormes cantidades de oro sin acuñar que tenemos y demás boato. Dime, ¿quién piensas tú que es el más feliz de todos los hombres?

CARONTE. — Oye, ¿qué va a decir Solón?

HERMES. — Tranquilo, Caronte, que no ha de ser ninguna tontería.

SOLÓN. — Creso; los felices son unos pocos. Yo, al menos, de los que conozco, pienso que los más felices son Cléobis y Bitón, los hijos de la sacerdotisa.

HERMES. — Ése alude a unos de Argos que murieron a la vez hace poco. Después de sacar en triunfo a su madre la llevaron sobre un carro ellos mismos, hasta las inmediaciones del templo.

CRESO. — Bueno, que tengan ellos el primer puesto en el escalafón de la felicidad. ¿Quién ocuparía el segundo?

SOLÓN. — Telo, el ateniense, que llevó una vida ordenada y murió por su patria.

CRESO. — Y yo, maldito, ¿es que no te parece que soy feliz?

SOLÓN. — Aún no lo sé, Creso, hasta que no llegues al término de tu vida. La muerte es la prueba definitiva de esos hombres, así como el llevar una existencia feliz prácticamente hasta el fin de la vida.

CARONTE. — Bravo, Solón; no te has olvidado de nosotros; antes bien te parecería estupendo que tal juicio respecto de estos temas tuviera lugar el arrimo de la barca. Pero, ¿quiénes son aquellos a quienes está haciendo subir [11] en comitiva Creso, o qué es lo que llevan sobre los hombros?

HERMES. — Ofrecen a la Pitia unos trípodes de oro como pago por los oráculos por acción de los cuales va a perecer él un poco después. Absurdo comportamiento el del hombre aficionado a los adivinos.

CARONTE. — ¿Aquello es el oro, lo reluciente que da destellos desde allí, lo de color amarillo pálido con un tono rojizo? Vaya; por fin lo veo ahora, que no paro de oír hablar de él.

HERMES. — Ésa es, Caronte, la famosa palabra, por la que tantas peleas se producen.

CARONTE. — Pues, la verdad, es que no le veo yo las ventajas por ninguna parte, como no sea lo que les pesa a los que lo transportan.

HERMES. — No sabes, por causa de él, cuántas guerras e intrigas y actos de pillaje y perjurios y odios y ataduras y negocios y situaciones de dependencia se producen.

CARONTE. — Por eso, Hermes, no se diferencia mucho del bronce. Yo conozco muy bien el bronce, el óbolo, según sabes, porque lo recojo de cada uno de los pasajeros que realizan la travesía en mi barca 12.

HERMES. — Sí, pero el bronce es muy abundante, de manera que no hay que afanarse para obtenerlo. En cambio, los mineros de una mina enormemente profunda extraen tan sólo esa pequeña cantidad de oro. Por lo demás, de la tierra sale, al igual que el plomo y los demás metales.

CARONTE. — Por lo que me estás diciendo, es asombrosa la estupidez de los humanos, que le tienen tanto amor a un producto pesado y paliducho.

HERMES. — Sin embargo, Caronte, Solón, que esta allí, no parece compartir ese amor por él, ya que, según puedes ver, se está burlando de Creso y de su bárbara arrogancia; pero me parece que quiere decirle algo. Peguemos el oído, pues.

SOLÓN. — Dime, Creso, ¿crees que a la Pitia le hacen [12] alguna falta esos ladrillos?

CRESO. — Sí, por Zeus. No hay ofrenda de una categoría semejante en Delfos.

SOLÓN. — ¿Crees, entonces, hacer ver sin tapujos que el dios se sentiría eternamente feliz, si junto con las otras ofrendas tuviera, además, ladrillos de oro?

CRESO. — ¿Y cómo no?

SOLÓN. — Por lo que me estás diciendo, Creso, mucha pobreza debe de haber en el cielo, si cuando les apetece hay que llevarles a los dioses el oro desde Lidia.

CRESO. — ¿Pues dónde podría encontrarse tanto oro como en nuestra tierra?

SOLÓN. — Dime, ¿se produce hierro en Lidia?

CRESO. — En absoluto.

SOLÓN. — Pues, entonces, os falta lo mejor.

CRESO. — ¿Cómo va a ser mejor el hierro que el oro?

SOLÓN. — Si juzgaras sin apasionamiento, lo sabrías al instante.

CRESO. — Pregunta, Solón.

SOLÓN. — ¿Quiénes son mejores, los que salvan a alguien o los que se salvan a su lado?

CRESO. — Está clarísimo que los que salvan a alguien.

SOLÓN. — Entonces, si, como dicen algunos propagadores de bulos, Ciro atacara a los lidios, ¿tú fabricarías para el ejército espadas de oro, o entonces el hierro te resultaría imprescindible?

CRESO. — Es evidente que el hierro.

SOLÓN. — Y, si no pudieras tenerlo dispuesto, el oro se te iría, prisionero, a manos de los persas.

CRESO. — Pero, ¡calla, hombre!

SOLÓN. — ¡Ojalá, no fuesen así las cosas! Al menos, se ve ya que reconoces que el hierro es mejor que el oro.

CRESO. — Así, pues, ¿me estás exhortando a ofrecerle al dios ladrillos de hierro, y llamar para que vuelvan aquí y traigan el oro?

SOLÓN. — El dios no necesitará para nada el oro; pero, caso que le ofrezcas bronce u oro, para unos su ofrecimiento constituiría un tesoro y un hallazgo inesperado, tal los focenses o beocios o los propios habitantes de Delfos, o algún dictador o algún bandido, pero te aseguro que al dios le importarán poco tus fabricaciones en oro.

CRESO. — En relación con el tema de la riqueza no dejas de zaherirme y despreciarme.

[13] HERMES. — El lidio, Caronte, no lleva la claridad y la verdad de los argumentos, porque el asunto le parece ajeno, pues no tiene que mendigar como un hombre pobre; habla a su aire.

No mucho después se acordará de Solón, cuando él, hecho prisionero, sea puesto sobre la pira por Ciro. Hace poco lo escuché de boca de Cloto, que estaba leyendo los hilos a cada uno, en los que estaba escrito eso, que Creso fue capturado por Ciro y que el propio Ciro murió por acción de aquélla, la hija de Massagetis. ¿Ves a la escitia, la que cabalga sobre el caballo blanco?

CARONTE. — Sí, por Zeus.

HERMES. — Aquélla es Tómuris, y ella en persona, tras cortar la cabeza de Ciro, va y la arroja a un saco lleno de sangre. ¿Ves también a su hijo menor? Aquél es Cambises. Ése sucederá en el trono a su padre y, tras innumerables fracasos en Libia y Etiopía, morirá, por fin, preso de un ataque de furia, tras matar a Apis.

CARONTE. — ¡Para que rías! Pero, ahora, ¿quién podría mirarlos a la cara a ellos que de forma altanera desprecian a los demás? ¿Quién podría confiar en ellos, que al cabo de poco tiempo serán prisionero el uno, y el otro tendrá la cabeza en un saco bañado de sangre? Y… ¿quién [14] es aquél, Hermes, el que va embutido en ese manto tan bien abrochado con hebillas, el que lleva la tiara, a quien el cocinero tras abrir el pez ha devuelto el anillo? 13.

En una isla bañada por el mar 14

se jacta de ser un rey.

HERMES. — Muy a colación estás trayendo los versos. Estás viendo a Polícrates, el dictador de los jonios, que cree ser plenamente feliz. Pero, él también, traicionado por Meandro, el servidor del sátrapa Oreto, que está a su lado, será crucificado, pobre de él, siendo desprovisto de su felicidad en un breve lapso de tiempo. También eso lo escuché de boca de Cloto.

CARONTE. — Me cae bien la noble Cloto. Quémalos tú, la mejor de las mujeres, corta sus cabezas y crucifícalos para que sepan que son humanos. Tan alto han subido que desde la cima más alta mucho peor será la caída. Bien me voy a reír yo entonces, al irles reconociendo a cada uno desnudo en la barquichuela, sin el vestido de púrpura, sin la tiara o sin el trono dorado.

HERMES. — Pues ése será su sino. ¿Estás viendo a la [15] masa, Caronte, a los que navegan, a los que juzgan, a los campesinos, a los prestamistas, a los que piden dinero?

CARONTE. — Veo que es muy variopinta la forma de emplear el tiempo; que su vida está llena de problemas; que sus ciudades se asemejan a las colmenas en las que todo bicho tiene su propio aguijón y azuza al vecino, y tan sólo unos pocos como abejas traen y llevan lo necesario para vivir. ¿Y la multitud invisible que revolotea en torno a ellos, quiénes son?

HERMES. — Esperanzas, Caronte, temores, ignorancias, alegrías, codicias, cóleras, odios y demás circunstancias semejantes. De ellas, la ignorancia, que acarrea errores, se confunde ahí abajo con ellos y los acompaña a la hora de gobernarse; y, por Zeus, también odio y cólera y envidia e ignorancia e indigencia y avaricia; el miedo y las esperanzas revolotean por aquí arriba. El miedo, cuando cae sobre alguien, en ocasiones, lo asusta y le hace temblar; las esperanzas, por su parte, balanceándose sobre sus cabezas, justo cuando alguien cree que va a capturarlas, se alejan volando dejándolos boquiabiertos; exactamente como le sucede ahí abajo a Tántalo, pero, en vez de con [16] las esperanzas, con el agua 15. Y, si miras con atención, verás claramente a las Moiras que a cada uno le zurcen en la rueca el huso; de ello ha resultado que todos están pendientes de delgados hilos. ¿No ves una especie como de arañas que desde los husos se deslizan cuesta abajo sobre cada hombre?

CARONTE. — A cada uno le veo un hilo muy fino, enrollado en muchos pliegues, éste para aquél, aquél para el otro.

HERMES. — Naturalmente, barquero. El destino ha dispuesto a éste ser asesinado por aquél, a aquél, por el de más allá; a éste ser nombrado heredero por aquél, tal vez por el que tiene el hilo más delgado, y aquél por éste. Tal es el sentido del entrelazado. Así, pues, ya estás viendo que todos penden de algo fino. Y al uno resulta que lo encumbran y está en las alturas, y al poco tiempo, cayendo de golpe, al romperse el hilo, dado que ya no resiste el peso, producirá un fuerte estrépito. El otro, levantado en volandas sólo un palmo de la tierra, si es que cae, lo hará sin ruido, que ni siquiera sus vecinos oirán la caída.

CARONTE. — Eso es para partirse de risa, Hermes.

HERMES. — No podrías decir con justicia que esas cosas [17] son para partirse de risa, Caronte, en especial los desmedidos afanes de ellos y el viajar en medio de las esperanzas raptados por una muerte excelente. Hay muchos mensajeros y siervos de ella, según estás viendo; calenturas, fiebres, agotamientos, pulmonías y muertes violentas y robos y venenos, jueces y dictadores. Y nada de ello les llega por regla general; entonces es cuando les va bien; pero, cuando caen, los lamentos son infinitos. Si desde un principio se les metiera en la cabeza que son mortales y que, tras darse una pequeña vuelta por la vida, se marcharán como quien despierta de un sueño, soltando todo lo que encontraron sobre la faz de la tierra, vivirían de un modo más sensato y se afligirían bastante menos al morir. Pero, ahora, con la esperanza de disfrutar para siempre de lo que está en sus manos, cuando el siervo de la muerte, a su vera, los llama y los lleva a la fuerza con unas fiebres o un lento fallecer, se afligen ante el hecho del viaje sin que les parezca nunca un buen momento para que los arrebaten. Pues, ¿qué haría aquél, el que está construyendo con afán la casa y metiendo prisa a los trabajadores, si supiera que la casa estará terminada para él, pero que él, que hacía un momento había puesto el pie en el suelo, partirá dejando que sea su heredero quien disfrute de ella? Y aquel otro, que se alegra porque su mujer le ha dado un hijo varón y por ello da un banquete a los amigos para festejar el nombre del padre, si supiera que su hijo va a morir a los 7 años, ¿te parece que se alegraría ante esa circunstancia? La culpa la tiene él porque ve al que tiene suerte con su hijo, al padre del atleta que ha triunfado en los Juegos Olímpicos, y, en cambio, al vecino que lleva a enterrar al hijo, no lo ve, ni sabe de qué clase de tela pendía. Ves cuántos son los que pasan la vida haciendo proyectos y los que amontonan riquezas, y antes de disfrutar de ellas, son llamados por los que yo decía que son mensajeros y servidores de la Muerte.

[18] CARONTE. — Ya veo, ya, todo eso, y me estoy haciendo una idea clara de lo que les resulta agradable en la vida y qué es aquello que los aflige cuando se ven privados de ello. Al menos, si alguien viera a sus reyes, los que precisamente parecen ser felices, al margen de lo inseguro y ambiguo del azar, descubriría que las desgracias están más cerca de ellos que los goces; temores, jaleos, conspiraciones, iras y adulaciones; en compañía de ellas viven todos. Paso por alto que, llantos, enfermedades y sufrimientos los gobiernen por igual.

[19] Al menos yo, Hermes, quiero decirte a qué se me han parecido asemejarse los hombres y su vida. ¿Has visto alguna vez las burbujas que se producen en el agua cuando uno llena el caldero a cierta altura bajo el chorro de la fuente? Esas pequeñas pompas, quiero decir, de las que se forma la espuma. Algunas de ellas son pequeñas y en cuanto se revientan se desvanecen; otras, en cambio, duran más. Cuando se les acercan otras, infladas, van creciendo hasta formar una gran bola, y, sin embargo, después, también ellas se estallan. No es posible que suceda de otro modo; así es también la vida del hombre: todos se hinchan por acción del aire, los mayores, los menores; y unos mantienen el soplo de aire por un breve espacio de tiempo y un destino rápido; otros dejan de existir al instante mismo de su constitución; pero a todos no les queda más remedio que romperse.

HERMES. — Caronte; has hecho otra comparación que no tiene nada que envidiar a Homero, que dice que su linaje, el de los hombres, es semejante a las hojas 16.

CARONTE. — De esa índole son, Hermes, y ya ves lo [20] que hacen, cómo rivalizan y se pelean entre sí por cargos públicos, distinciones y posesiones, asuntos, todos, que tendrán que abandonar cuando vengan a nuestros dominios con un triste óbolo. ¿Quieres, puesto que estamos muy en lo alto, que les demos una buena voz para exhortarlos a apartarse de los quehaceres vanos y a vivir siempre con los ojos puestos en la muerte, diciéndoles: «¡Ay, necios!, ¿por qué os afanáis por esas cosas? ¡Dejad de preocuparos!, no viviréis eternamente. Ninguna de las cosas que veneráis aquí es eterna, ni nadie puede llevarse ninguna de ellas consigo tras morir.» Por el contrario, de un modo inexorable el uno viajará sin nada y la casa del otro y el campo y su hacienda irán siendo de unos y luego de otros y sus dueños cambian. Si yo les lanzara un grito en esos términos desde donde pudieran oírme, ¿no crees que la vida les reportaría gran provecho y se comportarían de un modo mucho más sensato?

HERMES. — ¡Ay, buen hombre! No sabes cómo los han [21] trastornado la ignorancia y la perfidia, que no hay forma de trepanarles los oídos con la virtud; los tienen embotados con tanta cera cuanta debió de ordenarles Odiseo a sus compañeros que le pusieran para evitar escuchar a las Sirenas. Entonces, ¿desde dónde podrían oírnos aquéllos si tú te partes el pecho a gritos? Lo que, entre vosotros puede el Olvido 17, ésa es la función que desempeña entre nosotros la ignorancia. No obstante, hay un número escaso de ellos que no se ajustan al ejemplo de la cera en los oídos, proclives a la verdad, que han clavado sus ojos profunda y detalladamente en todos los asuntos de la vida y saben muy bien cómo son.

CARONTE. — Demos, cuando menos, una voz a aquéllos.

HERMES. — Es inútil también esto; decirles algo que ya saben. Ya ves cómo, aunque se alejan de la mayoría de los hombres, se burlan de cuanto está sucediendo y no se dan nunca jamás por satisfechos, sino que es evidente que están buscando a ver junto a vosotros una escapatoria de la vida. Y encima se enfadan cuando se les hace ver a ellos su ignorancia.

CARONTE. — ¡Ay, generaciones, qué poquitos son!

HERMES. — Basta con ésos. Pero, bajemos ya.

[22] CARONTE. — Aún tenía el deseo de ver, Hermes —y si me enseñas lo que te voy a decir, habré hecho un circuito completísimo—, los lugares que acogen a los cuerpos, donde los entierran.

HERMES. — Esos receptáculos se llaman túmulos, tumbas, sepulturas. ¿Estás viendo aquellos montículos delante de las ciudades y las lápidas y pirámides? Todo aquello son mausoleos y cementerios.

CARONTE. — ¿Y por qué ponen coronas sobre las lápidas y las untan con mirra, y otros rebosando una pira ante los montículos y horadando un hoyo queman allí los manjares exquisitos y vierten en los fosos excavados vino y miel mezclados, según parece?

HERMES. — No sé, barquero, qué tiene eso que ver con los que estáis en el Hades. A lo mejor han llegado a tener la fe en que las almas, al ser enviadas hacia arriba desde ahí abajo, revoloteando, en la medida en que les sea posible puedan comer la grasa y el humo, y beber la mezcla de leche con miel que mana del foso.

CARONTE. — ¿Beber o comer todavía aquellos cuyas calaveras están ya secas del todo? Desde luego, cuando digo eso me da la impresión de que me estás tomando el pelo tú que los transportas allí abajo tantos días.

Sabes muy bien que, si pudieran, sólo volverían arriba de una vez por todas aunque son ya subterráneos. Porque yo, desde luego, sufriría el más completo de los ridículos, teniendo problemas no pequeños si tuviera no sólo que llevarlos abajo, sino encima subirlos para que beban. ¡Ay, necios, qué grado de insensatez! No sabéis en qué terrenos se juzgan los asuntos de vivos y de muertos y qué bien pueden aplicársenos aquellas palabras que dicen:

De igual modo murió el hombre sin tumba que con ella;

en igual estima están Iro y el poderoso Agamenón;

igual a Tersites, el hijo de Tetis, de hermosa cabellera,

todos son por igual huecas calaveras de cadáveres

desnudos y enjutos por prado de asfódelos 18.

HERMES. — Con profusión derramas los versos de Homero. [23] Pues, ya que los has recordado, quiero enseñarte la tumba de Aquiles. ¿Ves la que está a orillas del mar, en Sigeo? Desde allí; aquello es Troya; enfrente está enterrado Áyax.

CARONTE. — No son ampulosas, Hermes, las tumbas. Enséñame ya las ciudades famosas, de las que tanto oímos hablar ahí abajo: Nínive, la de Sardanápalo, y Babilonia y Micenas y Cleonas y la propia Ilión. Al menos, yo recuerdo haber pasado a muchos en mi barca desde allí, porque en diez años completos no ha habido que dejar la nave en tierra ni poner a secar la barca.

HERMES. — Nínive, barquero, ha perecido ya, y no queda ni rastro de ella; no podría decirse ni tan siquiera dónde estaba. Babilonia, ahí la tienes, es aquélla, la de hermosa torre, la de la gran muralla; al cabo de no mucho tiempo, será reconquistada, también ella, como Nínive. Me da vergüenza enseñarte Micenas y Cleona, y sobre todo Ilión. Bien sé que te faltará la respiración, siguiendo a Homero por la grandilocuencia de los versos. Por lo demás, antaño eran prósperas; ahora están muertas ellas también. Mueren, barquero, ciudades como mueren hombres, y lo más asombroso, también mueren ríos enteros; al menos, del Ínaco no queda en Argos ni el lecho.

[24] CARONTE. — ¡Ay, ay, las loas, Homero, y las palabras, sagrada Ilión de calles anchas y Cleonas la bien fundada! Pero, cambiando de tema, ¿quiénes son aquellos que están en guerra? O ¿por qué se matan entre ellos?

HERMES. — Estás viendo, Caronte, a argivos y a lacedemonios y, como general en jefe, al semimortal Otríadas que está escribiendo el trofeo con su propia sangre 19.

CARONTE. — ¿Qué intereses defienden al hacer la guerra?

HERMES. — La llanura misma en la que están luchando.

CARONTE. — ¡Ay, cuánta ignorancia! no saben que, aunque cada bando capturara el Peloponeso, a duras penas encontraría un hueco para apoyar un pie a la vera de Éaco. En otra ocasión otros hombres cultivarán la llanura removiendo desde sus cimientos el trofeo con el arado.

HERMES. — Así será. Nosotros, bajando ya y poniendo en su sitio, bajo tierra, otra vez los montes, nos despediremos; yo a hacer lo que me han encargado; tú a tu barca. Enseguida me tendrás aquí al frente de una comitiva de cadáveres.

CARONTE. — Bien hiciste, Hermes; habrá quedado constancia escrita para siempre de este gran favor; gracias a ti, le he sacado partido a la visita; hay que ver cómo son los problemas de los desdichados mortales; reyes, ladrillos de oro, hecatombes, batallas; y, de Caronte, ni pío.


* NOTA PREVIA. — El texto dice episkopoûntes, literalmente «supervisores» o «inspectores». Ciertamente, Caronte y Hermes están contemplando un paisaje desde una alta atalaya, y no están precisamente deleitándose con él, sino observando con detenimiento todo cuanto ven. Es evidente que «los contempladores» no parece muy correcto en español. Pero, dado que este volumen es continuación de otro anterior (número 42 de esta misma colección), con Introducción general a cargo del Dr. D. José Alsina Clota, una mínima coherencia y un respeto hacia el lector exigen que se mantegan los títulos de dicho volumen. No obstante, deseo dejar constancia de la traducción que a mí me habría parecido más oportuna para expresar en castellano actual los epígrafes con los que Luciano titula las obras que englobamos en este volumen. Señalo únicamente los títulos en los que discrepo de la traducción propuesta por el Dr. Alsina en su mencionada Introducción general.


ALSINA NUESTRA PROPUESTA
Caronte o Los contempladores Caronte o Los oteadores
El pescador o Los resucitados El pescador o Los que vuelven a la vida
Contra un ignorante que compraba muchos libros Contra un analfabeto que compraba muchos libros
Sobre el parásito o Que el parasitismo es un arte El «gorrón» o Que vivir de gorra es una profesión
Anacarsis o Sobre la gimnasia Anacarsis o Sobre el deporte
Sobre los que están a sueldo Los que se contratan a sueldo o El consorcio de los asalariados
Lucio o El asno. Lucio o El burro.

1 El jovencito tesalio no es otro que Protesilao, uno de los pretendientes de Helena, que, sin embargo, casó con Laodamía. A poco de casar, murió en la guerra de Troya. Laodamía consiguió de los dioses que permitieran «resucitar» a Protesilao y devolverlo a la tierra por espacio de tres horas.

2 Según la leyenda, Hermes había nacido en una cueva del monte Cilene; de ahí uno de sus más corrientes apelativos.

3 Literalmente dice el texto: «va a ser causa de golpes para mí».

4 Oto y Efialtes, dos gigantes que decidieron hacer la guerra contra los dioses. Para ello pusieron el monte Osa sobre el Olimpo y encima de ambos el Pelión, a fin de llegar hasta el cielo.

5 Los versos a que se refiere el texto corresponden a Odisea XI 315-316; aluden al episodio que se cita en la nota anterior.

6 Alusión a uno de los últimos trabajos de Heracles.

7 El Istro, al que se alude en otros opúsculos de este volumen, es el Danubio.

8 El texto griego dice mēchanḗ, esto es, «artefacto». Se trata, como han dicho nuestros personajes, de un mirador que ellos mismos se han fabricado; pensamos que sería correcto, en la medida en que puede recoger esos matices, el término castellano «atalaya».

9 Ilíada V 127-128.

10 Puede tratarse, tal vez, de una parodia de unos versos de la Ilíada que aluden a Áyax, cf. ibid., III 226-227.

11 La conversación que sigue está basada en HERÓDOTO, I 29-33.

12 Recuérdese que los griegos amortajaban al difunto con un óbolo entre sus dientes para poder pagarle a Caronte el pasaje a través de la laguna Estigia.

13 Alusión a una divertida y conocida historia narrada por HDT., III 39-43, y conocida con el nombre de «anillo de Polícrates».

14 Od. I 50.

15 Alusión al famoso suplicio de Tántalo, condenado, según algunas versiones, a permanecer sumergido en un lago con el agua ya cerca de los labios; no le llegaba ni una sola gota y se abrasaba de sed. Así explica el suplicio HOMERO en el canto XI de la Odisea.

16 Famoso símil homérico (Il. VI 146 y XXI 464).

17 Alusión a Lḗthē la llamada «fuente del olvido», situada en el mundo subterráneo. A ella acudían las almas a beber, a fin de olvidar la existencia pasada en la tierra.

18 Véanse Il. IX 319-320, y Od. X 521 y XI 539 ss.

19 Alusión al combate librado entre un grupo de espartanos y otros tantos argivos por la conquista de Tirea. Sobrevivieron a la dura lucha dos argivos y un semidiós espartano. Los argivos regresaron a su patria a pregonar la victoria. Los espartanos erigieron un trofeo y escribieron una declaratoria a Zeus con su sangre. Éstos son los datos que se desprenden de HDT., I 82, y PLUTARCO, Moralia 306B.

27

SUBASTA DE VIDAS

Ahí es nada. La flor y nata de la filosofía se subasta al mejor postor. En un original mercado, con Zeus como patrono organizador y Hermes como auténtico experto en el arte de pregonar la mercancía y dirigir la subasta, el lector asiste, anonadado, a la más pintoresca subasta que pueda haber en el mundo. Pitágoras, Diógenes, Sócrates, Crisipo, Pirrón desfilan por las tablas de tan peculiar mercado. ¿Por qué y para qué? Parece claro. Luciano aprovecha cualquier procedimiento ingenioso que pueda ocurrírsele para dar rienda suelta a su pensamiento crítico; no se ataca a filósofos con nombres y apellidos ni se arremete contra la filosofía en sí. En la época de Luciano la filosofía ha quedado reducida básicamente a una actitud moral ante la vida. En ese sentido debe entenderse la expresión «subasta de vidas»; son actitudes ante la vida representadas por unos filósofos determinados de unas escuelas determinadas. Nótese que Platón y Aristóteles, entre otros, quedan excluidos, lo que parece confirmar, de algún modo, lo expuesto anteriormente. Precisamente por eso no llama la atención la aparición de Sócrates, cuya presentación, además, es utilizada de pasada para poner en boca suya algún postulado platónico que luego se critica.

Los filósofos, irritados, cierran filas contra nuestro autor, que parecerá aplacarlos en El pescador, para acabar ridiculizándolos cambiando la subasta por una pesca igualmente humillante para ellos.

ZEUS. — Tú, vete poniendo los asientos por la sala y [1] prepara el sitio para los que van llegando, y tú, quédate fuera acompañando las vidas, pero adoptando las medidas oportunas para que sus rostros ofrezcan un aspecto saludable y nos atraigan a muchísima más gente. ¡Tú, Hermes, da el aviso y convócalos!

HERMES. — ¡Con los mejores augurios! ¡Los compradores, acercaos al mercado! Vamos a vender en subasta pública vidas filosóficas 1 de todo tipo y de las especies más variopintas, a elegir. Y si alguien no tiene ahora mismo dinero, que dé una señal y luego pagará.

ZEUS. — Se están concentrando muchos. Así que no hay que perder tiempo ni hacerles esperar. Vamos, pues, a comenzar la subasta.

HERMES. — ¿Quién quieres que ofrezcamos primero? [2]

ZEUS. — Al melenudo ese de ahí, al jónico, que parece ser un personaje respetable.

HERMES. — Tú, pitagórico, baja y preséntate, que te vean los que están reunidos.

ZEUS. — ¡Vocéalo!

HERMES. — ¡Vendo la mejor vida, la más venerable! ¿Quién quiere pagar por este hombre? ¿Quién quiere conocer la armonía de todo lo habido y por haber y volver a la vida otra vez?

COMPRADOR. — Tiene buenas pintas, ¿qué más sabe?

HERMES. — Aritmética, astronomía, geometría, hechicería, música, magia. Tienes ante tus ojos a un eminente adivino.

COMPRADOR. — ¿Se le pueden hacer preguntas?

HERMES. — ¡Pregunta, por Zeus!

COMPRADOR. — ¿De dónde eres?

[3] PITÁGORAS. — De Samos.

COMPRADOR. — ¿Dónde te educaste?

PITÁGORAS. — En Egipto, entre los hombres sabios que hay allí.

COMPRADOR. — Oye, y si te compro, ¿qué me enseñarás?

PITÁGORAS. — No te enseñaré nada; te haré ir recordando cosas.

COMPRADOR. — ¿Cómo me vas a hacer recordar?

PITÁGORAS. — Trabajando tu espíritu hasta dejarlo limpio y echando fuera la suciedad que hay en él.

COMPRADOR. — Bien, piensa que ya has purificado mi espíritu, ¿cuál es la forma de refrescar la memoria?

PITÁGORAS. — Lo primero de todo una prolongada tranquilidad, y un prolongado mutismo y no charlar nada de nada durante cinco años.

COMPRADOR. — Oye, buen hombre, vete a educar al hijo de Creso 2; yo soy un parlanchín, no quiero ser una estatua. ¿Y tras ese quinquenio de silencio, qué?

PITÁGORAS. — Te ejercitarás en el arte de la música y de la geometría.

COMPRADOR. — Tiene gracia lo que dices, si, por lo que se ve, primero tengo que ser tocador de cítara y, después, sabio.

[4] PITÁGORAS. — Y, a continuación, manejar la aritmética.

COMPRADOR. — Yo ya sé contar.

PITÁGORAS. — ¿Cómo cuentas?

COMPRADOR. — Uno, dos, tres, cuatro…

PITÁGORAS. — ¿Ves? Lo que a ti te parecen cuatro son diez, y un triángulo perfecto y nuestro juramento 3.

COMPRADOR. — No, por la más grande de las cosas por las que se puede jurar, por el número cuatro, nunca he oído palabras más divinas ni más sagradas.

PITÁGORAS. — Después, extranjero, date una vuelta por la tierra y fíjate a ver cuál es el flujo del aire, el agua y el fuego y cuál es su forma para poder moverse.

COMPRADOR. — ¿El fuego, o el aire, o el agua tienen forma?

PITÁGORAS. — Y muy fáciles de distinguir. No es posible que muera lo que carece de forma o de estructura. Y por eso sabrás que la divinidad es número, inteligencia y armonía.

COMPRADOR. — Dices cosas maravillosas.

PITÁGORAS. — Pues, además de todas esas que he dicho, [5] sabrás que tú mismo, si te fijas, tendrás la impresión de ser una persona, pero de hecho eres otra.

COMPRADOR. — ¿Qué dices? ¿Que soy yo otro y no el hombre que está ahora mismo dialogando contigo?

PITÁGORAS. — Sí, ahora eres ese hombre; pero hace mucho tiempo apareciste en otro cuerpo y en otro nombre. Y con el tiempo nuevamente pasarás a otro.

COMPRADOR. — ¿Estás diciendo esto, a saber, que yo voy a ser inmortal evolucionando a otras muchas formas? [6] Bueno; basta ya de ese tema. A ver, ¿cómo es lo que se refiere al régimen de comidas?

PITÁGORAS. — No me alimento de ningún ser vivo; excepto habas, como de todo lo demás.

COMPRADOR. — Y eso, ¿por qué? ¿Es que te dan asco las habas?

PITÁGORAS. — No, pero son sagradas y su naturaleza es prodigiosa. En primer lugar, son simiente, y si pelas un haba que está todavía verde, verás que la contextura es parecida a los genitales masculinos. Y si las cueces y las expones a la luna en unas noches determinadas, harás sangre. Pero, lo más importante, es costumbre que entre los atenienses los cargos públicos se elijan con habas 4.

COMPRADOR. — Todas tus palabras son hermosas y las pronuncias con un aire de solemnidad sagrada. Pero, desnúdate, que quiero verte desnudo. ¡Por Heracles, tienes el muslo de oro! Da la impresión de ser una divinidad y no un mortal; así que lo compro con toda seguridad. ¿Por cuánto lo subastas?

HERMES. — Por diez minas.

COMPRADOR. — Ahí tienes; por ese precio me lo llevo.

ZEUS. — Anota el nombre de quien lo va a comprar y de dónde es.

HERMES. — Parece ser, Zeus, un italiota de la zona que rodea Crotona y Tarento y la Grecia limítrofe. Pues, en verdad, no uno sino casi trescientos lo han comprado, o mejor lo han «compartido».

ZEUS. — Que les vaya bien. Ofrezcamos a otros.

HERMES. — ¿Quieres a aquel que está manchado de polvo, [7] al del Ponto?

ZEUS. — De acuerdo.

HERMES. — ¡Eh, tú, el que está colgando la alforja, el de la camisa sin mangas, ven aquí y date una vuelta por la sala! ¡Vendo una vida varonil, una vida excelente y notable, una vida libre! ¿Quién está dispuesto a comprarla?

COMPRADOR. — Heraldo, ¿tú qué dices? ¿Que vendes a un hombre que es libre?

HERMES. — Sí señor.

COMPRADOR. — ¿Y no temes que te lleve a juicio por sometimiento a esclavitud o te cite ante el Areópago?

HERMES. — A él no le importa que lo subaste, pues cree que es libre en todas las facetas.

COMPRADOR. — ¿Y qué provecho podrá sacar alguien de él, sucio, y en un estado tan desastroso? Habría que dedicarle a cavar o a llevar agua.

HERMES. — No sólo eso; si le encargas que vigile la puerta de la casa, lo hará con más fidelidad que los perros; por cierto que «perro» 5 se llama.

COMPRADOR. — ¿De dónde es y qué está dispuesto a que se le encomiende?

HERMES. — Pregúntale, es lo mejor que se puede hacer.

COMPRADOR. — Me da miedo su ceño fruncido y cabizbajo, no sea que me dé un ladrido al acercarme a él o, incluso, por Zeus, me dé un mordisco. ¿No ves cómo, preparado el mazo, frunce las cejas y cómo mira de reojo con aire amenazador y enfadado?

HERMES. — No tengas miedo, pues está domesticado.

[8] COMPRADOR. — En primer lugar, buen hombre, ¿de dónde eres?

DIÓGENES. — De todas partes.

COMPRADOR. — ¿Cómo dices?

DIÓGENES. — Estás viendo a un ciudadano del mundo.

COMPRADOR. — ¿Imitas a alguien?

DIÓGENES. — A Heracles.

COMPRADOR. — ¿Por qué no vas recubierto tú también de una piel de león? Porque en el mazo te pareces a él 6.

DIÓGENES. — Ésta es mi piel de león: la capa raída. Y, al igual que aquél, yo lucho contra los placeres, sin que nadie me obligue a ello, por voluntad propia, pues he elegido limpiar la vida de inmundicias.

COMPRADOR. — Buena elección, pero ¿qué se puede decir que sabes fundamentalmente, o a qué te dedicas?

DIÓGENES. — Soy libertador de hombres y médico de aflicciones. En una plabra, quiero ser «profeta» de la verdad y la franqueza.

[9] COMPRADOR. — ¡Bien, «profeta» 7! Y caso que te compre, ¿cuál será tu comportamiento?

DIÓGENES. — En primer lugar, cogiéndote y quitándote la molicie y encerrándote conmigo en la indigencia, te pondré una capa corta y, después, te obligaré a pasar fatigas y penalidades, durmiendo en el suelo, bebiendo agua y llenando tu estómago de aquello que la suerte te depare. En segundo lugar, tus bienes, si es que los tienes, si me haces caso, los arrojarás al mar; te desentenderás de boda, hijos y patria, y todo eso serán para ti fruslerías; abandonando la casa paterna, vivirás en un hoyo o en un torreón solitario o, incluso, en un tonel. Que tu bolsa esté llena de altramuces y libros escritos por el dorso. De esa manera podrás decir que eres más feliz que el gran rey. Y si alguien te torturase o te azotase, no pienses que está haciendo nada doloroso.

COMPRADOR. — A ver, ¿cómo es eso que dices, el no sentir dolor al ser azotado? ¡Que a mí no me han recubierto la piel de un caparazón de tortuga o de erizo!

DIÓGENES. — A poco que lo cambies, imitarás aquel verso de Eurípides.

COMPRADOR. — ¿Cuál?

DIÓGENES. [10]

La mente te dolerá, pero la lengua no te dolerá 8.

Los rasgos que más te conviene adquirir son éstos: es útil ser intrépido y andar y censurar por igual a todos, reyes y ciudadanos de a pie. Así, todos se fijarán en ti y te tendrán por un auténtico hombre. Que tu acento sea extranjero y tu voz hueca y sin modulación, parecida a la de un perro; la cara estirada y el paso adecuado a tu porte, y en todas las facciones un aire feroz y agresivo. Queden desterrados el decoro, la cortesía, la moderación, y quita raspando el sonrojo de tu rostro por completo. Frecuenta los lugares más poblados de hombres y, en ellos, desea estar solo sin compañía, sin acercarte a amigo o a extranjero. Todo eso es la liberación de las ataduras. A la vista de todos haz, ten valor, lo que ni siquiera en privado te atreverías a hacer, y de los placeres del amor, elige los más divertidos y, por último, si te parece, cómete un pulpo o una sepia cruda y muérete. Ésa es la felicidad que te procuraremos.

[11] COMPRADOR. — Lárgate. Dices porquerías impropias de un hombre.

DIÓGENES. — Pero, oye, tú, es muy fácil y está al alcance de todos el buscar ese tipo de vida. No te hará falta educación, ni doctrinas, ni charlas, sino que ese camino es para ti un atajo hacia la fama. Y aunque seas un ciudadano de a pie, zapatero o vendedor de salazones o carpintero o banquero, nada te impedirá ser un tipo admirado, simplemente si la desvergüenza y la cara dura están a tu lado y aprendes a criticar bien a la gente.

COMPRADOR. — Para eso no te necesito. Tal vez, si fueras un marinero o jardinero, me vendrías al pelo, y eso, siempre y cuando ése quisiera venderte, como máximo, por dos óbolos.

HERMES. — Toma y llévatelo. Estaremos encantados de vernos libre de un tipo molesto, chillón y que no para de meterse con todo el mundo y que no dice a voz en grito más que tonterías.

[12] ZEUS. — ¡Venga! Llama a otro, al cirenaico, al del vestido de púrpura, que lleva una corona.

HERMES. — Venga, tú, acércate. ¡Un ejemplar perfecto que está pidiendo a gritos gentes con dinero! He aquí una vida sumamente gozosa, una vida superfeliz. ¿Quién tiene ganas de lujo? ¿Quién compra al más exquisito del mercado?

COMPRADOR. — Ven tú y di qué es lo que sabes, que yo te compraré si me vas a ser útil.

HERMES. — No le molestes, buen hombre, ni le preguntes, que está borracho. Así que mal podría contestarte, pues, como estás viendo, se le traba la lengua.

COMPRADOR. — Pues, ¿quién con dos dedos de frente compraría a esta piltrafa de hombre tan corrompido y desenfrenado? ¡De cuántos perfumes desprende el aroma cuando camina con paso inseguro y vacilante! Pero, aunque sea, tú, Hermes, dinos cuáles son sus cualidades y qué ventajas tiene.

HERMES. — En dos palabras; es bueno para vivir con él y capaz de compartir la bebida y está predispuesto a acompañar a su señor, amante, corrompido, cuando va de jarana por ahí con una flautista. Por lo demás es catador de manjares y cocinero muy diestro, y un conocedor perfecto del pasarlo bien. Fue educado en Atenas, pero estuvo como esclavo en Sicilia, en la corte de los tiranos, mas goza de muy buena reputación entre ellos. Lo más importante de su forma de actuar es que desprecia todo y a todos, de todo y todos se aprovecha y de todas partes va recogiendo para sí.

COMPRADOR. — Yo creo que es hora de echar un vistazo a otro de esos hombres ricos y acaudalados; desde luego, yo no estoy dispuesto a comprar una vida atolondrada.

HERMES. — Ése parece que está ahí parado, sin comprador, para nosotros.

ZEUS. — ¡Cámbialo de sitio! Ahora trae a otro; mejor [13] esos dos, el que ríe, de Abdera, y el que llora, de Éfeso. Quiero que los compréis a los dos en un lote.

HERMES. — Bajad los dos al medio. ¡Vendo las dos vidas más excelentes; estamos subastando las más sabias de todas las vidas!

COMPRADOR. — ¡Ay, Zeus, qué contraste! El uno no para de reír y el otro parece que está plañendo a un muerto; por lo menos, llora a mares. Oye, tú, ¿de qué te ríes?

DEMÓCRITO. — (Con acento extranjero.) ¿Me preguntas? Pues, porque todos los asuntos vuestros me parecen ridículos y vosotros mismos también.

COMPRADOR. — ¿Cómo dices? ¿Te burlas de todos nosotros y te importan un pepino nuestros asuntos?

DEMÓCRITO. — Así es. Nada que justifique tantos afanes hay en ellos; todo es un vacío y un impulso de átomos e infinitud.

COMPRADOR. — Tú sí que estás de verdad vacío e infinitamente [14] ido. ¡Maldita sea!, ¿no vas a dejar de reírte? Y tú, buen hombre, ¿por qué lloras? Me parece que es mucho mejor hablar contigo.

HERÁCLITO. — Pienso, extranjero, que los avatares humanos son dignos de lamentos y sollozos y que no hay ninguno de ellos que no sea perecedero. Por ello, los compadezco y me lamento. Y no estimo importantes las cosas de ahora, sino las que serán en tiempo posterior, totalmente enojosas; me refiero a las catástrofes y al desastre del universo. Eso es lo que lamento, porque no se puede hacer nada por impedirlo, sino que en cierto modo todo se amontona en una amalgama, y viene a ser lo mismo gozar y no gozar, saber y no saber, lo grande y lo pequeño; deambulamos de arriba abajo y de abajo arriba, sujetos a cambios en el juego de la eternidad.

COMPRADOR. — ¿Qué es la eternidad?

HERÁCLITO. — Un niño que juega moviendo fichas.

COMPRADOR. — ¿Qué son los hombres?

HERÁCLITO. — Dioses mortales.

COMPRADOR. — Y ¿qué los dioses?

HERÁCLITO. — Hombres inmortales.

COMPRADOR. — Oye tú; enigmático es lo que dices, o ¿es que me estás proponiendo adivinanzas? Así de simple, como Loxias, no explicas nada con exactitud 9.

HERÁCLITO. — No me importa nada de vosotros.

COMPRADOR. — Entonces, nadie que tenga dos dedos de frente estará dispuesto a comprarte.

HERÁCLITO. — Desde que estaba en plena juventud, mi misión es lamentarme por todos, por los que compran y por los que no.

COMPRADOR. — Precisamente, esa desgracia no está exenta de un cierto trastorno mental. Yo, desde luego, no pienso comprar a ninguno de los dos.

HERMES. — Pues se van a quedar éstos también sin comprador.

ZEUS. — Anuncia a otro.

HERMES. — ¿Quieres que anunciemos a aquel ateniense, el gracioso?

ZEUS. — Muy bien.

HERMES. — Tú, ven aquí. Vamos a subastar una vida [15] honesta y sensata, ¿quién va a comprar al más sagrado?

COMPRADOR. — A ver tú, ¿qué diablos sabes hacer?

SÓCRATES. — Soy pederasta 10 y entiendo de temas del amor.

COMPRADOR. — ¿Cómo, pues, te voy a comprar? Lo que yo necesitaba para mi hermoso niño es un pedagogo.

SÓCRATES. — ¿Quién podría haber más apropiado que yo para estar con un hermoso joven? Y conste que no soy un amante de los cuerpos; pienso que es el alma la que es realmente bella, sin lugar a dudas; si me cobijaran bajo el mismo manto, oirías que no han sufrido menoscabo alguno de parte mía 11.

COMPRADOR. — Dices cosas increíbles, como que quien es pederasta no se mete en berenjenales más allá de las fronteras del alma, y eso teniendo la ocasión, máxime yaciendo bajo el mismo manto.

[16] SÓCRATES. — Por el perro y el plátano te juro que eso es así.

COMPRADOR. — ¡Ay, Heracles, qué absurdos los dioses!

SÓCRATES. — ¿Qué estas diciendo? ¿No te parece que el perro es una divinidad? ¿No estás viendo, por ejemplo, qué importante es Anubis en Egipto? ¿Y Sirio en el cielo y Cerbero en el mundo subterráneo?

[17] COMPRADOR. — Llevas razón. Yo estaba equivocado. Pero ¿qué clase de vida llevas?

SÓCRATES. — Habito una ciudad que he modelado a mi medida, me rijo por una constitución extranjera y pienso que las mías son las únicas leyes.

COMPRADOR. — Me gustaría oír uno de los decretos.

SÓCRATES. — Escucha el más importante, a mi parecer, que versa sobre las mujeres: «que ninguna de ellas sea de ningún hombre solo, que participe del matrimonio todo el que quiera» 12.

COMPRADOR. — ¿Quieres decir, abolir las leyes sobre el adulterio?

SÓCRATES. — Sí, por Zeus, y así zanjaríamos toda la hipocresía sobre el tema.

COMPRADOR. — ¿Y qué te parece respecto de los jóvenes en la flor de la vida?

SÓCRATES. — También sus caricias serán un premio para los que hayan realizado trabajos destacados y notables.

COMPRADOR. — ¡Ay, ay, qué excesiva generosidad! ¿Y [18] qué es para ti lo importante de la sabiduría?

SÓCRATES. — Las «ideas» y los modelos de los seres. Todo cuanto ves, la tierra, lo que hay sobre ella, el cielo, el mar, son imágenes invisibles establecidas fuera del universo.

COMPRADOR. — ¿Dónde están establecidas?

SÓCRATES. — En ninguna parte; si estuvieran en algún lugar, no existirían.

COMPRADOR. — No veo bien esos modelos que dices.

SÓCRATES. — Evidente, puesto que tienes ciego el ojo del espíritu. Yo, en cambio, estoy viendo imágenes de todo, veo un tú invisible y un yo distinto, y así lo veo todo doble.

COMPRADOR. — Por lo menos, eres lo suficiente sabio y fino en tus apreciaciones como para que merezca la pena comprarte. Vamos a ver, tú, ¿cuánto me vas a hacer pagar por él?

HERMES. — Dos talentos.

COMPRADOR. — Lo compro por el precio que dices. Luego te traigo el dinero.

HERMES. — ¿Cómo te llamas? [19]

COMPRADOR. — Dión de Siracusa.

HERMES. — Toma y llévatelo. Que te vaya bien. Voy a llamarte ya, epicúreo. ¿Quién está dispuesto a comprar a éste? Es discípulo de aquel que se reía y del que estaba borracho, a los que subastamos poco antes. Él sabe una cosa más que ellos, en la medida en que es más impío. En otros aspectos es agradable y amigo de la buena mesa.

COMPRADOR. — ¿Cuál es su precio?

HERMES. — Dos minas.

COMPRADOR. — Toma. Por cierto, para que lo sepa yo, ¿cuáles son los manjares que le gustan?

HERMES. — Come cosas dulces y pringosas, pero sobre todo higos.

COMPRADOR. — No hay problema, le compraremos pasteles de frutas de los carios.

[20] ZEUS. — Llama a otro, a aquel que tiene una cicatriz en la piel, de aspecto taciturno, al del Pórtico 13.

HERMES. — Llevas razón. Al menos, parece que una gran multitud de los que se concentran en el ágora le espera. ¡Vendo la virtud personificada, la más perfecta de las vidas! ¿Quién es el único que quiere saberlo todo?

COMPRADOR. — ¿Por qué dices esto?

HERMES. — Porque él es un sabio único y bueno, el único justo y valeroso, rey, orador, rico, legislador y todo lo demás.

COMPRADOR. — ¿No es también un cocinero único, y también, por Zeus, un zapatero único, un carpintero único y demás cosas por el estilo?

HERMES. — Parece que sí.

[21] COMPRADOR. — Ven aquí, buen hombre, y dime a mí, tu comprador, cómo eres y, ante todo, si no te disgusta el hecho de que vaya yo a comprarte y, en consecuencia, pases a ser esclavo.

CRISIPO. — En absoluto. Esas cosas no están en nuestras manos. Y lo que no está en nuestras manos es inmaterial.

COMPRADOR. — No entiendo a qué te refieres.

CRISIPO. — ¿Qué dices? ¿No comprendes que de esas cosas una son preferibles y otras impreferibles? 14.

COMPRADOR. — Pues tampoco ahora entiendo ni jota.

CRISIPO. — Normal. No estás acostumbrado a nuestros términos, ni tienes la «fantasía cataléptica»; en cambio, el estudioso que ha aprendido «teoría lógica» no sólo sabe todo eso, sino además, cuáles son las causas fortuitas y accidentes secundarios y en qué se diferencian entre sí.

COMPRADOR. — En aras de la sabiduría, no me dejes sin explicar lo que es la causa fortuita y el accidente secundario 15. No sé cómo me he visto impactado por el ritmo de los términos.

CRISIPO. — Nada de confundirte. Pongamos que alguien que es cojo tropieza en una piedra precisamente con el pie del que cojea y se lesiona fortuitamente; la cojera que tenía es la causa fortuita; la herida es el accidente secundario.

COMPRADOR. — ¡Qué sutileza! ¿Qué más dices que [22] sabes?

CRISIPO. — Los entresijos de las palabras con los que atrapo a los que se dirigen a las masas y les cierro la boca y los hago callar, poniendo en torno a su boca el bozal.

A esa capacidad se le da el nombre de «famoso silogismo» 16.

COMPRADOR. — Por Heracles, duro e inextricabale es lo que dices.

CRISIPO. — Vamos a ver; fíjate, al menos. ¿Tienes niños?

COMPRADOR. — ¿A cuento de qué me lo preguntas? CRISIPO. — Si un cocodrilo, pongamos por caso, te arrebata al hijo cerca del río por encontrarlo perdido y te prometiera devolverlo después, si le dijeras de verdad lo que él pretendía hacer respecto de devolverlo o no, ¿qué dirías que habría decidido?

COMPRADOR. — ¡Qué pregunta tan difícil de contestar! No sé con qué respuesta podría devolverme al hijo. Vamos, por Zeus, con tu respuesta devuélveme salvo al niño, no sea que se anticipe el cocodrilo y se lo engulla. CRISIPO. — ¡Ánimo! Te enseñaré cosas más asombrosas. COMPRADOR. — ¿Cuáles?

CRISIPO. — Al «Segador» y al «Señor» y, sobre todo, a «Electra» y al «Oculto» 17.

COMPRADOR. — ¿Quién es ese Razonamiento Oculto o a qué Electra te refieres?

CRISIPO. — A la famosa Electra, la hija de Agamenón, que al mismo tiempo sabía y no sabía las mismas cosas. Cuando estaba a su lado Orestes, sin haberse dado aún a conocer, conocía a Orestes, que era su hermano, pero desconocía que ése fuera Orestes. Respecto del Razonamiento Oculto vas a oír un argumento sorprendente. Contéstame, ¿conoces a tu padre?

COMPRADOR. — Sí.

CRISIPO. — ¿Y entonces? Si yo, poniendo a tu lado a alguien «oculto», pregunto: ¿lo conoces?, ¿qué dirás?

COMPRADOR. — Que lo desconozco por completo.

CRISIPO. — Pues era tu padre; de manera que si lo [23] ignoras es evidente que desconoces a tu padre.

COMPRADOR. — No, no. Al destaparlo sabré la verdad. Pero, cambiando de tema, ¿cuál es para ti el fin de la sabiduría, o qué harás cuando llegues al culmen de la virtud?

CRISIPO. — Entonces llegaré a estar en torno a las cosas más importantes de la naturaleza; quiero decir, la riqueza, la salud y cosas por el estilo. Antes es obligatorio haber abordado muchos y penosos trabajos aguzando la vista en libros de trazos finos y recopilando escolios y saturándose de solecismos y palabras absurdas. Y lo más importante, no es lícito llegar a ser sabio sin antes beber tres tragos de eléboro de golpe.

COMPRADOR. — Eso es digno de tu estirpe y muy propio de un hombre hecho y derecho. Oye, y el ser un Gnifo 18 y usurero —y veo que esto te cuadra—, ¿qué diremos, que es propio de un hombre que ha bebido el eléboro y está en el culmen de la virtud?

CRISIPO. — Sí. Al menos el hacer préstamos le cuadraría sólo al sabio. Puesto que lo suyo es darle vueltas a la cabeza, y el prestar y calcular los intereses parece estar cercano al discurrir, sólo le cuadraría al estudioso esa tarea. Y no sólo los intereses puros y simples como los otros, sino el sacar partido de esos intereses. ¿O es que no sabes que de los intereses unos son primeros, otros segundos, como si dijéramos frutos éstos de aquéllos? Ya ves lo que dice también el «silogismo»: si se coge el primer interés también el segundo; pero hay que coger el primero para coger el segundo.

[24] COMPRADOR. — Así, pues, ¿diremos lo mismo respecto de los honorarios que por tu sabiduría recoges de los jóvenes, y que es evidente que el estudioso cobra honorarios por la virtud?

CRISIPO. — Ya vas aprendiendo. La clave de cobrar no está en mí, sino en quien paga. El uno es desprendido, el otro tacaño; yo me ejercito en ser tacaño y el alumno desprendido.

COMPRADOR. — Pues sería conveniente que el joven en cuestión fuera tacaño y tú el único rico derrochón.

CRISIPO. — Oye, tú, que me estás tomando el pelo. Fíjate no vaya a atravesarte con el arco de un silogismo nunca demostrado.

COMPRADOR. — ¿A ver qué cosa terrible se desprende de tu flecha?

CRISIPO. — Perplejidad, mutismo y desviación de la [25] mente. Y lo más importante, si quiero te demostraré en un instante que eres una piedra.

COMPRADOR. — ¿Cómo una piedra? ¡Ay, buen hombre!, no me parece que seas Perseo 19.

CRISIPO. — ¿Cómo que no? ¿La piedra es un cuerpo?

COMPRADOR. — Sí.

CRISIPO. — ¿Y qué? ¿El animal 20 no es un cuerpo?

COMPRADOR. — Sí.

CRISIPO. — ¿Y tú no eres animal?

COMPRADOR. — Al menos, eso parezco.

CRISIPO. — Pues, entonces eres una piedra.

COMPRADOR. — De ninguna manera, así que libérame, por Zeus y hazme hombre desde el principio del todo.

CRISIPO. — No es difícil. Vuelve a ser un hombre. Dime, ¿todo cuerpo es animal?

COMPRADOR. — No.

CRISIPO. — ¿Cómo? ¿Una piedra es un animal?

COMPRADOR. — No.

CRISIPO. — ¿Tú eres un cuerpo?

COMPRADOR. — Sí.

CRISIPO. — ¿Siendo un cuerpo eres un animal?

COMPRADOR. — Sí.

CRISIPO. — Entonces no eres una piedra si eres un animal.

COMPRADOR. — Menos mal, que ya se me estaban quedando las piernas frías como las de Níobe 21; se me estaban quedando heladas. Pues te voy a comprar. ¿Cuánto hay que pagar por él?

HERMES. — Doce minas.

COMPRADOR. — Ahí tienes.

HERMES. — ¿Eres tú el único comprador?

COMPRADOR. — Por Zeus, todos esos a los que ves.

HERMES. — Hay muchos y bien fornidos de hombros, que vienen como anillo al dedo 〈para el Segador〉.

[26] ZEUS. — No pierdas el tiempo; llama a otro.

HERMES. — Al peripatético, a ti te digo, al guapo, al rico; ven aquí. Vais a comprar al más inteligente, al que sabe absolutamente todo.

COMPRADOR. — Y ¿cómo es?

HERMES. — Moderado, contenido, de vida ordenada y, lo más importante, doble.

COMPRADOR. — ¿Cómo dices?

HERMES. — Por fuera da la impresión de ser uno, pero por dentro parece ser otro; así que, si lo compras, acuérdate de llamar a una parte «exotérica» y a otra «esotérica».

COMPRADOR. — ¿Y qué es lo que sabe, fundamentalmente?

HERMES. — Que tres son las excelencias; las del alma, las del cuerpo, las del mundo exterior.

COMPRADOR. — Piensa como un ser humano; ¿cuánto es?

HERMES. — Veinte minas.

COMPRADOR. — Mucho es.

HERMES. — No, buen hombre. Él parece tener algún dinero, así que no te demores en comprarlo. Y, además, a su lado, aprenderás, al punto, cuánto tiempo vive el mosquito, a cuánta profundidad brilla el mar bajo el sol y cómo es el alma de las ostras.

COMPRADOR. — ¡Por Heracles, qué rigor!

HERMES. — Pues ¿qué, si oyeras otras cosas mucho más agudas que ésas, respecto de la fecundación y la generación y de la modelación de los embriones en las matrices y por qué un hombre puede ser capaz de reír y un burro, en cambio, no es capaz de reír, ni de fabricar casas, ni apropiado para la navegación?

COMPRADOR. — Cosas muy sublimes dices y sus enseñanzas son provechosas; así que voy a comprarlo por las veinte minas.

HERMES. — De acuerdo. [27]

ZEUS. — ¿Quién nos falta?

HERMES. — Queda el escéptico ése. ¡Tú, Pirrias 22, acércate y que al instante te ofrezcan en público! Ya se va largando la muchedumbre y en pocos instantes se procederá a la subasta. Sin embargo, veamos, ¿quién quiere comprar a éste?

COMPRADOR. — Yo mismo. Pero primero dime, ¿tú qué sabes?

PIRRÓN. — Nada.

COMPRADOR. — ¿Cómo dices eso?

PIRRÓN. — Simplemente, porque me parece que nada existe.

COMPRADOR. — Entonces, nosotros no existimos.

PIRRÓN. — Eso no lo sé.

COMPRADOR. — ¿Y no sabes si tú existes?

PIRRÓN. — Aún sé menos eso precisamente.

COMPRADOR. — ¡Qué problemas! ¿Y qué quieren de ti esas balanzas?

PIRRÓN. — Trato de sopesar en ellas los argumentos y trato de equilibrarlos. Y una vez que veo los dos platillos perfectamente equilibrados, entonces, sí, entonces desconozco cuál es el más verdadero.

COMPRADOR. — ¿Y de las demás cosas qué harías gustosamente?

PIRRÓN. — Todo, excepto ponerme a perseguir a un esclavo fugitivo.

COMPRADOR. — ¿Por qué te parece eso imposible?

PIRRÓN. — Porque no lo atrapo, buen hombre.

COMPRADOR. — No me extraña. Pareces ser un tipo lento y remolón. ¿Cuál te parece la culminación de la sabiduría?

PIRRÓN. — La ignorancia y el no oír, ni ver.

COMPRADOR. — ¿Quieres decir el ser al mismo tiempo ciego y mudo?

PIRRÓN. — Y, además, el ser indeciso, insensible y no diferenciarse en nada de un gusano.

COMPRADOR. — Precisamente por eso vale la pena comprarte. ¿Cuánto dices que hay que pagar?

HERMES. — Una mina ática.

COMPRADOR. — Ahí tienes. Oye, tú, ¿qué dices? ¿Te acabo de comprar?

PIRRÓN. — No está claro.

COMPRADOR. — ¿Cómo que no? Acabo de comprarte y ya pagué el dinero.

PIRRÓN. — Pero yo me resisto y estoy recapacitando.

COMPRADOR. — Pues, acompáñame, que tienes que ser mi criado.

PIRRÓN. — ¿Quién sabe si estás diciendo la verdad?

COMPRADOR. — El pregonero y la mina y los aquí presentes.

PIRRÓN. — ¿Es que hay aquí gente?

COMPRADOR. — Pues yo, metiéndote ya a trabajar en el molino, te convenceré, con el argumento más corriente, de que soy tu dueño.

PIRRÓN. — Ni se te ocurra.

COMPRADOR. — Por Zeus, ya he dicho que sí.

HERMES. — Tú, deja de resistirte y acompaña a tu comprador. Y a vosotros, hasta mañana. Ahora vamos a subastar vidas corrientes, obreras y comerciantes.


1 Como se ha indicado en la Introducción, no se trata de subastar vidas —sensu stricto—, ni filósofos con nombres y apellidos, sino tipos de vida, actitudes morales, comportamientos y visión de la vida, eso es lo que Hermes pone a subasta a voz en grito.

2 Si hacemos caso de lo que cuenta HERÓDOTO, Historia I 34, 85, uno de los hijos de Creso era mudo.

3 El triángulo perfecto al que se alude en otros diálogos debe reflejarse gráficamente para su mejor comprensión:


Pitágoras responde a las preguntas con marcado acento jónico, que en una lectura sí podríamos reflejar.

4 En primer lugar, pienso que son alubias más que habas a lo que se refiere el texto, y es cierto que se empleaban en los sorteos de los cargos públicos, si bien existen otros procedimientos.

5 Véase Menipo o Necromancia, n. 2.

6 La piel de león y la maza o clava eran los atributos distintivos de Heracles.

7 No entro a discutir la acepción del término «profeta» deformado por las traducciones defectuosas de los textos bíblicos, entre otros. Lo mantengo porque entiendo que refleja mejor que ningún otro, el contraste entre Diógenes y su posible comprador; una sola palabra para traducir prophētḗs sería difícil de encontrar.

8 Alude al v. 612 del Hipólito de EURÍPIDES: «la lengua ha jurado, pero la mente no».

9 Sobrenombre que se le daba a Apolo como responsable último de los oráculos que se daban en Delfos; oráculos deliberadamente confusos y ambiguos.

10 La traducción puede prestarse, hasta cierto punto, a confusión, pues, de entrada, suena un poco fuerte para presentar a Sócrates. Nótese, sin embargo, que el comprador hace, en el texto griego, un pequeño juego de palabras; no necesita un «ped-erasta» sino un «ped-agogo». El propio Sócrates aclara y matiza su carácter «pederasta» en las frases siguientes.

11 Alusión a las palabras pronunciadas por Alcibíades en el Banquete 219d.

12 Clara alusión a las teorías platónicas de corte comunista, lo que se ha dado en llamar «el amor libre». Buena punta le sacó ARISTÓFANES en Las asambleÍstas. Más abajo, al revelar el nombre del comprador, estos puntos se aclaran. Dión de Siracusa, influenciado, y en gran medida, por Platón, puja por conseguir y la consigue, la vida de Sócrates.

13 Mejor sería traducir «porche», pues «pórtico» se emplea en la actualidad como un término, diríamos, específico del arte. Una stoá, palabra griega que ha dado nombre a los estoicos es lo más parecido a una galería o porche.

14 A partir de aquí comienzan a emplearse términos específicos de la filosofía estoica que son muy difíciles de traducir; tal vez lo ideal sería dejarlos tal cual. He aceptado, en este caso, la traducción de A. Tovar.

15 Se les puede llamar, respectivamente, «accidente» y «preteraccidente»; en griego, sýmbama y parasýmbama.

16 Intentemos aclarar el pequeño galimatías del cocodrilo, que viene a continuación, para ver como funciona «el famoso silogismo».

Supongamos el siguiente diálogo:


Supuesto A Supuesto B
COCODRILO. — ¿Voy a devolverte el niño, sí o no? COCODRILO. — ¿Voy a devolverte el niño, sí o no?
PADRE. — Sí PADRE. — No
COCODRILO. — Te equivocas. COCODRILO. — Tienes razón.
| |
En consecuencia, el cocodrilo devora al niño. En consecuencia, se lo queda y no se lo devuelve.

CONCLUSIÓN.

El cocodrilo siempre gana.

El padre siempre pierde.

¡Divertido botón de muestra! ¿No es verdad?

17 Continúa Crisipo anonadando a su eventual comprador. Se trata de cuatro tipos de lógoi que cómodamente traducimos por «razonamientos». Dado que el «Electra» y el «Oculto» se explican, procede decir dos palabras respecto de los dos primeros. El «Segador» se basa en un empleo engañoso de la negación; al parecer, alguien se encargaba de demostrar que un hombre que iba a segar un campo no podía hacerlo; de ahí su nombre. El «Señor» consiste en que de cuatro proposiciones deben escogerse tres, al tiempo que se desecha una. Si observamos el funcionamiento del «Electra» y del «Oculto», veremos que todo se basa en el empleo ingenioso y sistemático de la falacia, para que, pase lo que pase y se responda lo que se responda, el oponente lleve siempre las de perder.

18 Quiere decir un avaro.

19 Recuérdese la historia de Perseo, a la que, por cierto, se aludirá al principio del último diálogo (Los retratos) de este volumen. Perseo derrotó a Medusa y le cortó la cabeza, pero su mirada tenía la propiedad de petrificar a quien la recibía.

20 Léase zṓon en el sentido de «ser viviente».

21 Alusión a algo que viene explicado en la n. 1 del último diálogo del presente volumen, pues allí es donde le cuadra una explicación más detallada.

22 Mote o, mejor, apelativo cariñoso para referirse a Pirrón de Elide, fundador de la escuela escéptica.

28

EL PESCADOR O LOS RESUCITADOS

Como vimos en el título anterior, Luciano ha asestado un duro golpe a las escuelas filosóficas de su época. Procediendo a aquella original subasta no ha conseguido sino atraerse las iras de todos los filósofos. Hasta tal punto ha llegado la unanimidad, que en un proceso con todas las de la ley, en un tribunal que preside la mismísima Filosofía en persona, designan a Diógenes, el famoso filósofo cínico, aquel que andaba por la ciudad con un candil «buscando un hombre», a fin de que éste pronuncie un discurso en defensa de todos ellos. Nos pones verdes como Aristófanes, le dicen. Luciano contraataca de forma un tanto desconcertante, pues dice que no van sus críticas contra los grandes maestros y los grandes fundadores de escuelas y sectas, sino contra los filósofos de la época, contemporáneos suyos y seguidores de aquéllos. Pero es evidente —léanse cualesquiera opúsculos de Luciano— que nuestro autor lo dice con la boca pequeña. En efecto, la segunda parte nos presenta una pintoresca parodia: una pesca de «peces filosóficos»; desde lo alto de la Acrópolis se tiende la caña y al cabo acuden humillados, y caricaturizados, los filósofos que parecen corroborar con su actitud los argumentos que contra ellos esgrime Luciano a lo largo de toda su producción.

[1] SÓCRATES. — Pega, pégale al maldito con piedras a montones. Pégale, además, con terrones de tierra. Y encima aún, con tejas. Golpea con los palos al culpable. Mira, no sea que se escape. Y tú, tira, Platón, y tú y todos, cerremos filas contra él. Pues,

alforjas con alforjas se defienden y bastones con bastones 1.

El enfrentamiento nos afecta a todos y no hay nadie de nosotros a quien no haya ultrajado. Tú, Diógenes, si alguna vez lo has hecho antes, maneja el palo. No aflojéis. Dadle el castigo que merece, pues es un calumniador. ¿Qué pasa? ¿Os habéis cansado, Epicuro y Aristipo? Vaya, por lo visto no había que hacerlo.

Sois hombres, sabios, acordaos de la cólera impetuosa 2.

¡Aristóteles, manos a la obra! ¡Más deprisa aún! Hemos [2] capturado la presa. Ya te tenemos, miserable. Al menos sabrás enseguida a quiénes estás insultando. Pero, ¿de qué manera alguien le echará el guante? Maquinaremos contra él una muerte pintoresca que pueda satisfacernos a todos nosotros; al menos es justo que perezca siete veces (una vez) por cada uno de nosotros.

FILÓSOFO. — A mí me parece que debe ser crucificado.

OTRO. — Sí, por Zeus, pero antes azotado.

OTRO. — Pero, mucho antes, haberle sacado los ojos a tirones.

OTRO. — Y mucho antes aún haberle cortado la lengua.

SÓCRATES. — ¿Y a ti qué te parece, Empédocles?

EMPÉDOCLES. — Tirarle al volcán 3 para que aprenda a no insultar a los que son más fuertes que él.

PLATÓN. — Sin lugar a dudas lo mejor sería, como un Penteo u Orfeo cualquiera, «encontrar en las rocas un destino lacerante» 4, para que cada uno se marche con una tira de su piel.

[3] PARRESÍADES 5. — De ninguna manera, ¡por el dios que acoge las súplicas, perdonadme!

PLATÓN. — Estás perdonado. Aún así, no te soltaríamos. Ya ves lo que dice Homero

que no hay juramentos fiables entre leones y hombres 6.

PARRESÍADES. — Sí, sí, yo os suplicaré, siguiendo a Homero; tal vez cantéis sus versos y no hagáis la vista gorda, cuando, como un rapsodo, cante:

Perdonad la vida a un hombre que no es malo y recibid los rescates merecidos, bronce y oro, lo que aman precisamente los sabios 7.

SÓCRATES. — No nos quedaremos cortos a la hora de darte una réplica homérica; escucha:

No arrojes, maldito, al ánimo la huida de mí, aunque hables de otro, una vez que llegaste a mis manos 8.

PARRESÍADES. — ¡Ay de mis males! No nos vale Homero, mi mayor esperanza; tendremos que ir a parar a Eurípides. Tal vez me salve aquello de…

No mates; no es lícito matar al suplicante 9.

PLATÓN. — ¿Y qué? ¿No es también de Eurípides aquello de

No sufrir cosas terribles los que han hecho cosas terribles? 10.

PARRESÍADES. — Ahora, pues, matadme por cuestión de palabras.

PLATÓN. — Sí, por Zeus, al menos él mismo dice:

De bocas desbocadas, de locuras sin ley el final es una desgracia 11.

PARRESÍADES. — Bien, puesto que os parece, sin duda, [4] conveniente matarme y no hay artimaña alguna para que escape, por lo menos decidme quiénes sois, o qué ofensas tan irremediables habéis recibido de parte mía, que os habéis enfadado con tanta acritud conmigo y, de mutuo acuerdo, me habéis abocado a la muerte.

PLATÓN. — Pregúntate a ti mismo, miserable, los terribles males que has causado y los bellos discursos aquellos en los que ponías verde a la filosofía y te chuleabas de nosostros como si nos subastaras en un mercado, a nosotros, hombres sabios, lo más importante, y libres. Ofendidos por eso hemos pedido permiso a Hades para faltar por un corto espacio de tiempo y venir a tu vera Crisipo, que está ahí, Epicuro y yo mismo, Platón, y Aristóteles más allá y Pitágoras, ese que no dice ni pío, y Diógenes y todos a cuantos pusiste a caldo en tus discursos.

PARRESÍADES. — Recobro la respiración. No me mataréis si llegáis a entender mi conducta respecto de vosotros. Así que tirad las piedras, y, ante todo, guardadlas, pues las usaréis contra los que debáis usarlas.

[5] PLATÓN. — Bobadas. Has de perecer hoy mismo y ya.

Ponte vestido de piedra por todos los males que nos causaste 12.

PARRESÍADES. — Pero, amigos míos, al único de entre todos a quien deberíais elogiar como afectuoso compañero vuestro y compañero de conocimientos y, si no resultara farragoso decirlo, defensor de vuestras actividades, sabedlo bien, a ése vais a matar si me matáis a mí, que tanto ha padecido por vosotros. Mirad, al menos, no sea que hagáis como la mayoría de los filósofos de ahora, al mostraros desagradecidos, irritados y desconsiderados con un hombre que os ha hecho favores.

FILÓSOFO. — ¡Qué desvergüenza! Así que ¿te tenemos que estar agradecidos por la difamación? ¿Crees que estás hablando de verdad con esclavos? ¿O también considerarás un favor hacia nosotros el apoyarte en tan gran insolencia y ultraje de palabras?

[6] PARRESÍADES. — ¿Dónde y cuándo os he chuleado yo, que me he pasado la vida admirando constantemente la filosofía y poniéndoos por las nubes y que me he comportado conforme a los tratados que habéis dejado? Porque todo esto que estoy diciendo ¿de qué otro sitio iba a sacarlo, si no es de parte vuestra, al tiempo que, cual abeja, de flor en flor, lo voy mostrando a los hombres? Ellos lo aplauden y conocen cada uno dónde, de quién y cómo he cogido la flor de la cuestión; y aunque de palabra me envidian por la calidad de la flor, en realidad admiran vuestro prado y a vosotros que habéis plantado en él flores variopintas de múltiples formas y colores; eso si hay alguien que pueda saber escogerlas y entrelazarlas y combinarlas para que no pierdan la rima una con otra. Así, pues, ¿quién que haya recibido este formidable trato de vosotros intentaría hablar mal de unos hombres a los que les debe «ser alguien»? Bueno, excepto si, como Támiris o Eurito, tienen una naturaleza tal como para rivalizar en cantos con las Musas, de quienes recibieron precisamente el canto 13, o para rivalizar en el dominio del arco de Apolo, cuando es él, precisamente, el que le ha dado los conocimientos de su manejo.

FILÓSOFO. — Buen hombre, has dicho eso como los [7] oradores, pero para el caso que nos ocupa es totalmente contrario y pone de relieve la nefasta osadía que tienes, ya que a la injusticia se añade ahora la ingratitud. Sí, tú, que, según dices, tomando de nosotros la ciencia de dominar el arco disparas una y otra vez contra nosotros, sin tener más punto de mira que el ponernos a todos a caer de un guindo. Éste es el trato que hemos recibido de manos tuyas, a cambio de haberte abierto las alas por el prado aquel de que hablas y no impedirte cortar flores y marcharte con un buen ramo junto a tu regazo. Así que, por todo ello, con toda justicia había que matarte.

[8] PARRESÍADES. — ¿Estáis viendo? Escucháis cabreados y echáis por la borda los argumentos justos. Al menos, yo nunca pensé que la ira llegara a afectar a Platón ni a Crisipo ni a Aristóteles ni a ningún otro de los vuestros, pues me parecía que vosotros erais los únicos que estabais ya de vuelta de ello. Pero, en última instancia, admirables maestros, no me matéis sin juzgarme antes, sin sentencia previa; al menos era un rasgo distintivo vuestro el no gobernarnos por la violencia, ni por la ley del más fuerte, sino el resolver las discrepancias con la justicia dando vuestros argumentos y escuchando los contrarios a su vez. De manera que, tomando un juez, acusadme vosotros, bien todos a la vez, bien aquel a quien vosotros designéis de entre todos por votación a mano alzada; yo me defenderé de las acusaciones. Y si después queda claro que he obrado al margen de la justicia y el tribunal lo refrenda, aceptaré con toda seguridad la pena que me corresponde.

Vosotros, así, no correréis riesgos forzosos. Y si, tras haber rendido cuentas de mi actuación, resulto a vuestros ojos limpio e intocable, los jueces me dejarán marchar, y vosotros volveréis vuestra cólera contra los que os engañaron y os azuzaron contra nosotros.

[9] FILÓSOFO. — ¡Vaya, hombre! ¡A los llanos va el caballo! 14. Así que te largas desviándote en manos de los jueces. De todos modos dicen que eres un orador y un picapleitos y un desastre en esto de los discursos. ¿Y quién quieres que sea el juez, alguien a quien tú puedas sobornar, como en muchas ocasiones sueles hacer, para que vote a favor tuyo?

PARRESÍADES. — Si eso es lo que os preocupa, tranquilos. No me parecería justo tener un árbitro tan sospechoso o ambiguo como para entregarme su voto. A ver qué os parece, por ejemplo, la Filosofía; a la par que vosotros voy yo a ella, la juez.

FILÓSOFO. — ¿Y quién formularía la acusación, si juzgamos nosotros?

PARRESÍADES. — Vosotros sed a un tiempo acusadores y jueces; eso no me preocupa en absoluto. En asuntos de pleitos estoy bastante por encima y sospecho que me defenderé con creces.

FILÓSOFO. — ¿Qué hacemos, Pitágoras y Sócrates? Al [10] pedirnos litigar por la vía judicial parece formularnos una invitación en modo alguno descabellada.

SÓCRATES. — Pues ¿qué remedio nos queda, sino echar a andar hacia el tribunal y, llevando a nuestro lado a la Filosofía, escuchar su defensa? Ya que, en efecto, el prejuzgar de antemano no es nuestro estilo; es enormemente propio de personas irascibles, vulgares y que se toman la justicia por la mano.

Ofreceremos, cuando menos, ciertas ventajas a quienes quieren difamarnos, si molemos a palos a un hombre, que ni siquiera ha podido ejercer su propia defensa y si decimos que eso complace a la justicia. ¿O qué podríamos decir de Ánito y Meleto, los que me acusaron, o de quienes fueron en aquella ocasión jueces si ese individuo va a morir sin haber podido agotar por completo el tiempo para su defensa?

FILÓSOFO. — Sócrates, nos recomiendas lo mejor. Así que vamos a buscar a la Filosofía; sea ella el juez y nosotros nos daremos por satisfechos con los términos en que ella emita su veredicto.

[11] PARRESÍADES. — Estupendo, hombres supersabios; eso es lo mejor y lo que más se adapta a la ley. Así que guardad las piedras, tal como yo os decía; os van a hacer falta dentro de un poco, en el tribunal. Pero… ¿dónde se podría encontrar a la Filosofía? No sé dónde vive. Estuve dando muchas vueltas buscando una y otra vez su casa para reunirme con ella. En mi camino topé con gentes vestidas con capas cortas y barbas tupidas, sentados, que decían venir de estar con ella; creyendo yo que ellos sabían cosas les iba haciendo preguntas. Ellos, que eran mucho más ignorantes que yo, o bien no me respondían nada de nada a fin de no dar muestras palpables de su ignorancia, o me señalaban una puerta tras otra. Ni siquiera en ese día he sido capaz de descubrir la casa.

[12] Muchas veces yo, por propia iniciativa o guiado por alguien, iba a algunas puertas con la firme esperanza de haberla por fin encontrado; así lo deducía por la multitud de gente que entraba y salía, todos ellos con ceño fruncido, sencillos en su porte externo y con un aire de preocupación en el rostro, y, haciendo bulto con ellos pude entrar. Después veía una mujercita no, ciertamente, muy sencilla, por más que ella se esforzaba en vestirse con sencillez y sin maquillaje; antes bien, me dio al punto la impresión de que no dejó caer suelto el cabello sin gracia, ni de envolver el pliegue del manto de un modo, diríamos, natural. Era evidente que con esos rasgos se adornaba y que se servía de su aparente desaliño para realzar su atractivo. Su rostro denotaba un ligero toque de colorete; sus palabras eran totalmente las de una hetera; se complacía al ser piropeada en su belleza por sus amantes. Y si alguien le regalaba algo, pronto ponía la mano para recibirlo; se sentaba lo más cerca posible de los más ricos, al tiempo que ni se dignaba dirigir la mirada a los más pobres de sus amantes. Y, en muchas ocasiones, cuando ella dejaba al descubierto su cuerpo como sin hacerlo ex profeso, veía yo collares de oro de más grosor que las cadenas. Al ver esto, yo me volvía sobre mis pasos inmediatamente, compadeciendo, evidentemente, a aquellos desdichados arrastrados a su lado no por la nariz, sino por la barba y que, como Ixión 15, estaban en compañía de un fantasma y no de Hera.

FILÓSOFO. — En eso llevas razón; la puerta de su casa [13] no es franca ni conocida por todos. Pero no habrá ninguna necesidad de ir andando hasta su casa; la esperaremos a pie firme en el Cerámico; enseguida llegará de regreso de la Academia para «peripatear» (dar un paseo) por el Pórtico de las Pinturas 16; es costumbre suya hacer eso cada día. Ya está muy cerca. ¿Estás viendo a la mujer arreglada, la que está envuelta en el vestido, la de mirada bondadosa, la que camina con paso lento, abstraída en sus pensamientos?

PARRESÍADES. — Veo a otras muchas mujeres, que son semejantes a ella en el vestir, en el andar, en el porte. Y claro, sólo una de entre ellas es la verdadera Filosofía.

FILÓSOFO. — Llevas razón. Pero, en cuanto deje oír su voz, se verá con claridad quién es.

[14] FILOSOFÍA. — ¡Vaya, vaya! ¿Qué hacéis aquí arriba, Platón y Aristipo y Aristóteles y todos los demás, la flor y nata de mis lecciones? ¿Por qué habéis vuelto de nuevo a la vida? ¿Qué os afligía de lo de abajo?, porque os parecéis a hombres irritados. Y… ¿quién es ese a quien traéis tras haberlo apresado? ¿Es, acaso, un desgarramantas o un asesino o un profanador de templos?

FILÓSOFO. — Sí, por Zeus, Filosofía, el más impío de los saqueadores, que se atrevió a hablar en público mal de ti, la más sagrada, y de todos nosotros, todos cuantos hemos aprendido algo de ti y hemos dejado nuestras enseñanzas a nuestros sucesores.

FILOSOFÍA. — ¿Y os cabreáis porque alguien os insulta, máxime cuando sabéis que yo, aun cuando tengo que oír lo que oigo de boca de la Comedia en los festivales dionisíacos, sin embargo la considero mi amiga y ni la he llevado a los tribunales ni he entablado pleito con ella; antes bien le permito hacer las chirigotas propias y habituales de la fiesta? Ya sé yo muy bien que nada malo puede venir de las bromas, sino que, al contrario, lo que sea hermoso, como el oro limpio de impurezas, refulge con más brillo y adquiere mayor vistosidad. En cualquier caso vosotros, no sé por qué, os habéis vuelto irascibles y propensos al cabreo. ¿Por qué le achucháis?

CORO DE RESUCITADOS. — Tras pedir permiso por un solo día, vinimos contra él para hacerle pagar el castigo que merece por lo que nos ha hecho, pues nos iban llegando rumores de lo que les decía a las masas hablando en contra de nosotros.

[15] FILOSOFÍA. — ¿Y estáis dispuestos a matarlo antes del juicio, sin darle opción a defenderse? Es evidente, al menos, que quiere decir algo.

CORO. — No, no; estábamos poniendo todo el asunto en tus manos, y lo que a ti te parezca ése será el resultado final del proceso.

FILOSOFÍA. — ¿Y tú qué dices?

PARRESÍADES. — Señora Filosofía, mi señora, justa y cabalmente eso mismo que ellos, que tú eres la única que podría descubrir la verdad. Pues, muy a duras penas, tras muchas súplicas vine a dar en que la justicia sería salvaguardada por ti.

CORO. — ¿Y ahora, miserable, la llamas «señora»? Ayer, sin ir más lejos, ibas por ahí demostrando que Filosofía era lo más despreciable, vendiendo por partes en pública subasta a teatro lleno, al precio de dos óbolos, cada forma de sus teorías 17.

FILOSOFÍA. — Fijaos, no sea que ese individuo mostrara en público no a Filosofía sino a hombres charlatanes que, al amparo de nuestros nombres, cometen muchas y muy impías fechorías.

PARRESÍADES. — Enseguida lo sabrás, simplemente si quieres escuchar mi discurso de defensa.

FILOSOFÍA. — Vayamos al Areópago, o, mejor, a la propia Acrópolis, a fin de que, al mismo tiempo, podamos [16] extender la vista alrededor de todo cuanto hay en la ciudad. Vosotras, amigas, pasead mientras tanto en el Pórtico de las Pinturas; yo me reuniré con vosotras cuando haya zanjado el proceso.

PARRESÍADES. — ¿Quiénes son tus amigas? Porque, también ellas tienen muy buenas pintas.

FILOSOFÍA. — Esta que se da un aire varonil es la Virtud; aquélla la Prudencia, y la que está a su lado la Justicia. La que está delante de ellas es la Educación 18, y la de tez pálida, de un tono difícil de distinguir, es la Verdad.

PARRESÍADES. — No veo a quién te refieres.

FILOSOFÍA. — ¿No ves a aquella que está sin arreglar, la que está constantemente queriendo huir y escabullirse?

PARRESÍADES. — Ahora la estoy viendo con dificultad. Pero, ¿por qué no las llevas también a ésas para que la sala del tribunal esté llena y completa? Mi voluntad es que la Verdad suba a la tribuna a lo largo del proceso en calidad de abogado.

FILOSOFÍA. — Sí, por Zeus, acompañadme también vosotras. No será pesado juzgar un solo proceso, máxime si se dirime por temas que nos afectan.

[17] VERDAD. — Marchad vosotras. Yo no necesitó oír cosas que ya sé yo desde hace mucho tiempo cómo son.

FILOSOFÍA. — Pues, Verdad, nos vendría muy bien que emitieras veredicto con nosotras y pudieras dar información completa de cada punto.

VERDAD. — Entonces, ¿tendré que llevar ahí arriba a estas dos jóvenes muchachas que están muy ligadas a mí?

FILOSOFÍA. — A ésas y a todas las que quieras.

VERDAD. — Seguidnos, Libertad y Sinceridad, para que podamos salvar a ese hombrecillo cobarde, amigo nuestro, que está en peligro sin motivo justo alguno. ¡Tú, Comprobación, quédate aquí!

PARRESÍADES. — De ninguna manera, señora, que venga ella también si tiene que venir alguien más, porque no voy a tener que enfrentarme con las fieras que uno topa, sino con individuos fanfarrones que están constantemente buscando evasivas; así que la Comprobación se hace absolutamente imprescindible.

COMPROBACIÓN. — Sí, desde luego, total y absolutamente imprescindible; mejor, si también llevaras contigo a la Demostración.

VERDAD. — Seguidme todas, pues al parecer sois imprescindibles de cara a este proceso.

CORO. — ¿Estás viendo? Se está llevando a su bando, [18] Filosofía, en contra nuestra a la Verdad.

FILOSOFÍA. — Entonces, ¿es que teméis, Platón, Crisipo y Aristóteles, que ella, la Verdad, vaya a decir alguna mentira para favorecerlo a él?

CORO. — No es eso, es que este hombre es muy intrigante y adulador, de modo que la acabará convenciendo.

FILOSOFÍA. — ¡Tranquilos! Ninguna injusticia podrá producirse [19] estando aquí con vosotros Justicia. Así que vamos para arriba. Y, por cierto, dime, ¿cómo te llamas?

PARRESÍADES. — ¿Yo? Parresíades, hijo de la gran Verdad, hijo a su vez de la famosa Comprobación 19.

FILOSOFÍA. — ¿Cuál es tu patria?

PARRESÍADES. — Soy sirio, Filosofía, de la ribera del Eufrates. Pero ¿qué importa eso? Sé positivamente que algunos de los litigantes, por la gente contraria, son de un linaje no menos extranjero que el mío; su modo de comportarse, su nivel cultural no es el que le cuadra a las gentes de Solos, ni de Chipre, Babilonia o Estagira 20, y por lo que a ti se refiere poco importaría que alguien hablara con acento extranjero, siempre que su criterio fuera recto y conforme a las exigencias de la justicia.

[20] FILOSOFÍA. — Llevas razón, estaba yo desviando mi pregunta. Vamos a ver, ¿qué sabes hacer? 21. Eso sí que merece la pena saberse.

PARRESÍADES. — Odio la fatuidad, odio la impertinencia, odio la mentira y odio el engreimiento y odio toda esa clase de lacras propias de hombres miserables, que, por cierto, según sabes, son muy numerosas.

FILOSOFÍA. — ¡Por Heracles!, tú especialidad está plagada de odio.

PARRESÍADES. — Bien dices; ya ves en cuántos berenjenales me veo metido por causa de ella. Pero aguarda, que yo también conozco con todo detalle su contraria; me refiero a la técnica que hunde sus raíces en el amor. Amo la verdad, amo la belleza, y la sencillez, y todo lo que es connatural al amor. Lo que pasa es que muy pocos se hacen acreedores a esa especialidad; en cambio, los que se gobiernan por la contraria y son muy proclives al odio se cuentan por millares. Desde luego, corro el riesgo de olvidar la una por falta de práctica y dominar, a la perfección, la otra.

FILOSOFÍA. — Pues no debería ser así, ya que igual, dicen, se puede hacer, una cosa y otra. Así que no dividas en dos tu habilidad específica, que es una sola, aunque parezca que son dos.

PARRESÍADES. — Tú sabes eso mejor, Filosofía; lo mío es eso: odiar a los canallas y ensalzar y amar a los hombres de bien.

FILOSOFÍA. — ¡Vamos! Ya estamos donde habíamos [21] quedado; celebraremos el judo por algún lugar de por ahí, en la entrada del templo de Atenea Polias 22. Tú, sacerdotisa, prepáranos los bancos; mientras, nosotros nos postraremos de rodillas ante la diosa.

PARRESÍADES. — ¡Diosa protectora de la ciudad! Ven a mí como aliada contra estos fanfarrones, haciendo memoria de todos los juramentos que les oyes hacer y romper cada día. Tú y sólo tú ves lo que hacen, tú que habitas en una atalaya. Ahora es el momento de deshacerse de ellos. ¡Si me vieras derrotado en algún momento, y que las negras son más 23, prestándome ayuda en tu propia persona, sálvame!

FILOSOFÍA. — Así sea. Nosotros aquí estamos, a vuestra [22] disposición, dispuestos a escuchar los discursos, vosotros, por vuestra parte, eligiendo a uno de entre todos, el que parezca que va a llevar mejor la acusación, componed el discurso acusatorio y aportad pruebas. No es posible que habléis todos a la vez. Por tu parte, tú, Sinceridad, harás tu defensa inmediatamente después.

PLATÓN. — ¿Quién de nosotros sería el más indicado para este proceso?

CORO. — Tú, Platón. La altura de tu pensamiento es asombrosa y el acento de tu lengua formidable, ático puro; estás lleno de encanto y persuasión; la sutileza, la perspicacia, la seducción a la hora de probar los hechos, todo eso está reunido en tu persona. Así que lleva tú la voz cantante y di, en nombre de todos nosotros, lo que creas conveniente. Haz memoria ahora de todos aquellos hechos y agrúpalos en el mismo cesto, como si los pronunciaras contra Gorgias o Polo, o Pródico o Hipias; ese hombre es más hábil que ellos. Échale encima una pizca de ironía, formula sin cesar aquellas preguntas enjundiosas y, si te parece oportuno, mete de relleno aquello de que el gran «Zeus en el cielo, conduciendo su carro alado», podría enfadarse si ese individuo no tiene una condena.

[23] PLATÓN. — ¡Ni hablar! Echemos mano a alguien más contundente, por ejemplo, Diógenes, que está ahí, o Antístenes, o Crates, o incluso tú, Crisipo. El caso actual no requiere belleza, ni habilidad para componer un escrito, sino un cierto grado de habilidad para argumentar y de tablas en el foro; Parresíades es todo un orador.

DIÓGENES. — Pues yo formularé la acusación contra él. No creo que sea necesario un discurso largo. Además, yo he sido ultrajado en mayor medida que todos vosotros, ya que me subastaron ayer por dos óbolos.

PLATÓN. — ¡Filosofía! Diógenes dirá el discurso por todos nosotros. Pero, acuérdate, fenómeno, de no meter en tu discurso de acusación tus problemas particulares, sino de ver los de todos. Y si en algún punto diferimos entre nosotros en nuestras apreciaciones, no debes de pasarte a analizar eso, ni a ver quién de nosotros es el que más se aproxima a la verdad. Preocúpate solamente por la Filosofía que ha sido ultrajada y que no para de oír cosas negativas en los discursos de Parresíades; dejando a un lado los puntos en los que discrepamos, procura defender lo que todos tenemos en común. Mira, a ti y sólo a ti, te colocamos como representante nuestro, y de ti depende ahora todo lo nuestro; o bien que se aprecie qué es lo más venerable que hay, o bien que se dé crédito a todo tipo de comentarios como los que él puso antes de relieve.

DIÓGENES. — ¡Ánimo! No nos quedaremos atrás. Yo [24] hablaré en nombre de todos. Y aunque Filosofía, abatida por sus palabras, pues su naturaleza es tierna y blanda, tome la decisión de dejarle marchar, no contará con mi apoyo, pues yo le demostraré que no llevamos estos palos en vano.

FILOSOFÍA. — De ese modo ni hablar; emplead, más bien, el razonamiento; es bastante mejor que el palo. No te retrases, que ya acaban de echar el agua en la clepsidra 24 y el jurado tiene ya sus ojos puestos en ti.

PARRESÍADES. — Siéntense los demás, Filosofía, y depositen su voto en compañía vuestra; pronuncie el discurso de acusación Diógenes solo.

FILOSOFÍA. — ¿No temes, pues, que la votación te sea adversa?

PARRESÍADES. — En modo alguno; estoy dispuesto a ganar por ventaja abrumadora.

FILOSOFÍA. — ¡Bravo! Pero, ea, toma asiento. ¡Y tú, Diógenes, habla!

DIÓGENES. — Con todo lujo de detalles te consta, Filosofía, [25] cuál ha sido nuestra trayectoria en la vida; no necesita explicarse con discursos. Dejaré a un lado lo que a mí atañe; pero ¿quién no sabe las excelencias que han adornado a Pitágoras y Platón y Crisipo y a los demás a lo largo de su vida? Pues bien, yo voy a explicaros qué clase de ultrajes nos ha inferido a nosotros, unos hombres de esa categoría, el maldito redomado Parresíades, aquí presente. Siendo, pues, un orador, eso dice él, abandonando los tribunales y las distinciones que haya en ellos, se dedicaba a volcar toda la habilidad y energía que había en sus discursos sobre nosotros; no deja de ofendernos en público llamándonos mentirosos e impostores, al tiempo que invita a las masas a burlarse de nosotros y a despreciarnos como si no fuéramos nada. Y, sobre todo, ha conseguido que seamos blanco de odios de la mayoría nosotros mismos y tú, la Filosofía, ya que nos insulta llamándonos fatuos y charlatanes, y se dedica a poner en solfa tus contenidos y las teorías más interesantes en las que nosotros hemos sido educados, hasta el punto de que él se granjea el aplauso y el elogio de quienes acuden a oírle, mientras a nosotros nos ponen como hoja de perejil.

La mayoría de la plebe es por naturaleza así; se divierten con quienes se dedican a burlarse y a meterse con los demás, sobre todo cuando no dejan títere con cabeza de los que ellos parecen venerar en grado sumo; tal y como con gusto se divertían hace tiempo con Aristófanes y Éupolis, ponen en solfa a Sócrates, ahí presente, sacándole a escena, y componen ciertas comedias inauditas sobre él 25. Aquellos hombres, sin embargo, se atrevieron a actuar así contra un solo hombre y lo hicieron en las fiestas de Dioniso, cuando estaba permitido, pues la broma parece formar parte de la fiesta,

el dios quizás se alegraba, pues era un cachondo 26.

[26] Pero él, convocando a los mejores y tras largo tiempo de reflexión y preparación, tras escribir una serie de calumnias en un grueso libro, a voz en grito se dedica a insultar en público a Platón, Pitágoras, Aristóteles, ahí presente, y a Crisipo, allí presente, a mí y a todos sin excepción, sin que haya fiesta que le dé licencia y sin que haya sufrido personalmente ningún agravio de nuestra parte. Pues aún podría haber algún resquicio para disculparle si lo hiciera en legítima defensa, pero, sin embargo, lo más terrible de todo es que, al actuar de ese modo, usurpa tu nombre, Filosofía y, suplantando al Diálogo, que es compañero nuestro, se aprovecha de él como compañero de escena y como actor en contra nuestra, e incluso anda por ahí convenciendo a un compañero nuestro para que le acompañe en sus chirigotas en muchas ocasiones: a Menipo, quien, por cierto, traicionando nuestra causa, es el único que no está aquí ahora y que no se suma a nuestra acusación.

Por todo ello, es muy lógico y merecido que encuentre [27] el castigo que merece. Pues, ante un número tan elevado de testigos, ¿qué podría decir él, que ha hecho trizas lo más venerable? Al menos, una cosa podría ser útil de cara a aquéllos: si pudieran ver públicamente que él recibe un castigo ejemplar, para que en lo sucesivo ningún otro se atreviera a despreciar a la Filosofía, ya que el mantener la calma y aguantar que a uno le insulten podría ser juzgado, con razón, no digno de moderación sino de cobardía y de ingenuidad. ¿Quién podría soportar sus últimas acciones? Conduciéndonos a nosotros como a esclavos al mercado, dándole el recado a un heraldo, nos vendió de un plumazo, según dicen, a los unos por mucho dinero, a algunos por una mina ática, y a mí, el canalla redomado ése, por dos óbolos. Y, claro, los presentes se reían.

Ante todo eso, hemos subido aquí llenos de ira y haremos [28] que nos las pague, tú que has proferido en contra nuestra el colmo de los insultos.

CORO. — ¡Bravo, Diógenes! Has dicho en favor nuesto todo lo que había que decir.

FILOSOFÍA. — Basta de aplausos. Echa para el defensor 27. Tú, Parresíades, te toca hablar a ti ahora; comienza ya a caer el agua; no te retrases.

PARRESÍADES. — Diógenes, Filosofía, no ha expuesto en su discurso todas las acusaciones contra mí, sino que, sin que sepa yo lo que le ha sucedido, se ha dejado en el tintero las más numerosas y las más importantes. Y bien lejos estoy yo de negarlas, como si no hubiera yo dicho tales palabras, o de venir aquí con un discurso de defensa especialmente preparado; así que si o bien él ha silenciado antes algunas cosas o yo negué antes haberlas dicho, me parece oportuno aportarlas ahora.

[29] Así entenderíais a qué clases de hombres estaba yo vendiendo en pública subasta, al tiempo que los insultaba llamándolos fanfarrones e impostores. Y tenedme en cuenta sólo eso, si es cierto lo que voy a decir respecto de ellos. Y si mi discurso pudiera dar la impresión de contener algún matiz calumniador o escabroso, pienso que no es a mí, que estoy ejerciendo mi derecho de réplica, sino a aquellos que son los autores de los hechos, a quienes es justo exigir responsabilidades.

Pues bien; en cuanto comprendí lo imprescindibles que resultan para quienes ejercen la oratoria toda una serie de aspectos desagradables, engaño y mentira, osadía, gritos, follones y mil cosas por el estilo, me aparté de todo ello y, ávido de cosas bellas, me pareció bien echarme en tus brazos, Filosofía, por el resto de mi vida y, como quien sale de una tempestad y torbellino y navega hacia un puerto acogedor, vivir para siempre a tu amparo.

Y, en cuanto tuve un atisbo de vuestras doctrinas, comencé [30] a admiraros a ti, como no podría ser menos, y a todos esos legisladores de una vida excelente que tendían la mano a quienes aspiraban a ella, que daban los consejos mejores y más convenientes siempre que uno no transgrediese las normas ni intentara escabullirse de ellos, sino que, fijándose atentamente en esas reglas que previamente habíais establecido, acomodara y encaminara su vida a ellas; algo, por Zeus, que hacen muy pocos, incluso de entre los vuestros.

Pero, al ver a muchos que no sentían amor por la filosofía, [31] sino que tan sólo eran llevados por la reputación que su cultivo comporta, aunque en los asuntos asequibles y al alcance del pueblo y en cuantos fácilmente pueden ser imitados por todos parecían asemejarse a los hombres de bien —me refiero al aseo externo, al porte en el andar y al esmero en el vestir—, contradiciendo, empero, a voz en grito su modo opuesto al vuestro, echando por tierra la dignidad de la profesión, al ver todo eso, digo, no pude por menos de disgustarme y me daba la sensación como si un actor cualquiera de tragedias, blandengue él y afeminado, representara el papel de Aquiles o Teseo o Heracles, sin moverse, ni hablar como le cuadra a un héroe, sino desdibujado por un personaje de tal envergadura; y ni siquiera Helena o Políxena resistirían más allá de lo razonable que él intentara parecérseles. No hablemos ya de Heracles el Victorioso; me parece que tal vez se volvería blandiendo la clava y lo golpearía a él y a su máscara, al hacerle sentirse ridiculizado por él.

Al ver yo personalmente que vosotros estabais sufriendo [32] esto de parte de aquéllos, no soporté la vergüenza de la representación, si siendo monos tenían la osadía de ponerse máscaras de héroes o de imitar al asno de Cumas, que con una piel de león sobre su lomo pasaba por ser un león relinchando a los ignorantes habitantes de Cumas de forma agresiva y feroz, hasta que un extranjero que había visto muchas veces leones y asnos demostró lo que era y lo puso en fuga golpeándole con palos.

Pero, lo que me parecía más horroroso, Filosofía, es lo siguiente. Las gentes, si veían a alguno de ellos comportarse de forma desvergonzada, indecorosa o libertina, todas sin excepción echaban las culpas a Filosofía o a Crisipo, o a Platón o a Protágoras o algún otro de quien el «hereje» aquel usurpaba el nombre o copiaba las palabras. Y, a raíz de su atrabiliaria forma de vivir, sacaban conclusiones nefastas sobre vosotros, que habíais muerto tiempo atrás. Efectivamente, su comparación no se llevó a cabo con vosotros en vida, sino que, lejos vosotros, todos veían con nitidez que aquél llevaba una vida horrorosa e irreverente, hasta el punto de que sufristeis proceso por incomparecencia en compañía de él y os visteis implicados en un escándalo semejante.

[33] Yo, al ver todo eso, no lo soporté, sino que he ido dando buena cuenta de ellos y los he diferenciado de vosotros. Y vosotros, cuando debíais honrarme por ello, me traéis al tribunal. Y resulta que si yo veo a alguien de los iniciados que divulga en público los misterios de las dos diosas 28 y las traiciona, lo increparé y lo pondré en evidencia a la luz pública; ¿pensaréis, por ello, vosotros, que soy yo el impío? Eso no es justo. Pues también los encargados de los certámenes literarios suelen golpear a un actor que ha representado mal el papel de Atenea, Posidón o Zeus por no haberle dado la dignidad propia de los dioses; y no se irritan éstos con ellos, pues encomiendan a los encargados de llevar los látigos golpear a quien lleva en torno a su cara su máscara y está embutido en su vestimenta, sino que —pienso yo— se alegrarían si les dieran más azotes. Porque, en verdad, pequeño sería el golpe si no hubiera representado bien el papel de un siervo de la casa o de un mensajero, pero el no mostrar a los espectadores a Zeus o a Heracles con la dignidad de rigor, eso hay que rechazarlo porque es una vergüenza.

Pero, lo más chocante de todo es que la mayoría de [34] ellos citan con exactitud vuestros discursos como si los leyeran y los estudiaran, para llevar una vida totalmente contraria a ellos; es exactamente la clase de vida que hacen. Todo lo que dicen, como por ejemplo que desprecian las riquezas y la fama y que sólo consideran bueno lo bello y el no irritarse, que desprecian a esas gentes brillantes y que hablan con ellos desde un plano de igual honra, todo eso es muy bonito, ¡dioses!, y demasiado sabio y admirable como para ser cierto. Todo eso lo van enseñando por dinero y miran pasmados a los ricos y se quedan con la boca abierta ante el dinero, más irritables que los perrillos, más cobardes que las liebres, más lisonjeros que los monos, más indómitos que los burros, más ladrones que los gatos, más peleones que los gallos. Naturalmente, se exponen al ridículo cuando se empujan por todo eso, y se dan codazos a las puertas de las casas de los ricos, y asisten a banquetes a los que acude mucha gente; en ellos les hacen grandes cumplidos, y se hartan de comer por encima del límite de lo correcto, y dan impresión de estar regañando, y dejan caer sobre la copa una filosofía desagradable y fuera de tono y no aguantan el vino puro. Y los ciudadanos de a pie que están allí, como es natural, se ríen y sienten una aversión total hacia la filosofía, si es que genera unos ejemplares de esta ralea.

[35] Pero el colmo de la desfachatez es que, diciendo cada uno de ellos que no tiene necesidad de nada, además gritando a los cuatro vientos que sólo el hombre sabio es rico, un poco después se acercan y piden y se cabrean si no les dan. Algo así como si alguien, con vestimentas de rey con la tiara y la diadema y demás distintivos regios, apareciera como un mendigo pidiéndoles a los que están más necesitados que él.

Y siempre que tienen que cobrar algo, sueltan la perorata sobre las conveniencias de compartir, diciendo que la riqueza es algo indiferente y expresiones tales como: ¿qué importan el oro o la plata, que en nada difieren de los guijarros que se encuentran en las playas? Y cuando, necesitado de ayuda algún compañero y amigo de toda la vida acude a ellos y de lo mucho que tienen les pide un poco, silencio e impotencia y olvido y repetición de los argumentos les dan a cambio. Aquellos discursos tan numerosos sobre la amistad y la virtud y la honradez no sé dónde diablos han ido a parar, volatilizados todos ellos, con alas como las palabras diluidas en las sombras vacuamente, todos [36] los días por boca de ellos en sus charlas. Cada uno es amigo de ellos hasta el momento que expongo a continuación: hasta que no se pone en medio oro o plata; si alguien muestra simplemente un óbolo, se acaba la paz, se rompen los acuerdos y se produce la confusión, se borran los libros y la virtud acaba por escaparse. Lo mismo que les pasa a los perros cuando alguien les echa en medio un hueso: pegando saltos se muerden unos a otros y ladran al que consigue llevarse el hueso.

Se cuenta que un rey egipcio enseñó, en cierta ocasión, a unos monos a bailar una danza guerrera, y que los animales —son los que mejor imitan todo lo humano— enseguida aprendieron y bailaban vestidos con trajes de púrpura y con máscaras, y que durante mucho tiempo el espectáculo gozó del favor del público hasta que un espectador de la ciudad, que llevaba una nuez guardada en el bolsillo, la dejó caer en medio. Entonces los monos, al verla, abandonando la danza, pasaron a ser justamente lo que eran, es decir, monos en vez de bailarines; hicieron trizas las máscaras, rasgaron de arriba abajo los vestidos y, por el fruto en cuestión, no paraban de pelearse; se disolvió la compañía de bailarines, y el teatro entero se partía de risa.

Eso es lo que hacen esos tipos, y yo, a individuos así, [37] los insultaba una y otra vez, y no pienso dejar de ponerlos en evidencia ni de reírme de ellos. ¿Estaría yo tan loco como para decir, respecto de vosotros o de los que se asemejan a vosotros, algo calumnioso o grosero? Y que conste que hay algunos, claro que los hay, que se esfuerzan por alcanzar la filosofía de verdad y que permanecen fieles a vuestras leyes. Pues, ¿qué podría decir? ¿Se ha llevado esa clase de vida por parte vuestra? Yo creo que es lógico y razonable odiar a aquellos fanfarrones y enemigos de los dioses. Porque, a ver, vosotros, Protágoras y Platón y Crisipo y Aristóteles, ¿en qué os cuadran esos tipos a vosotros? ¿O qué semejanza o afinidad han dejado ver a lo largo de su vida? ¡Ay, Heracles, el mono, como dice el refran! 29. ¿O es que porque tienen barbas y andan diciendo que filosofan y están con aspecto de mal humor, por eso hay que identificarlos? Aún lo soportaría yo si por lo menos estuvieran convincentes en su propia actuación; pero, lo que es ahora, mejor imitaría un buitre a un ruiseñor que ellos a los filósofos.

He dicho lo que tenía que decir en mi defensa. Ahora tú, Verdad, testifica ante ellos si es verdadero.

[38] FILOSOFÍA. — Colócate ahí en medio, Parresíades. Vamos a ver; no sé… ¿Qué vamos a hacer nosotras? ¿Cómo os parece que ha hablado este hombre?

VERDAD. — Yo, Filosofía, mientras hablaba, suplicaba sumergirme bajo tierra; hasta tal punto era todo cierto. Al oírle iba yo reconociendo cada uno de los tipos que habían realizado esas acciones y, en medio de sus palabras, iba yo encajando cada pieza; ésta con éste, esta otra con este otro. Y ha presentado a los hombres con total exactitud, como si los hubiera plasmado en un retrato, diríamos, en todas sus facetas, pues ha pintado no sólo sus cuerpos, sino también sus propias almas con pelos y señales.

PARRESÍADES. — Yo también me he sonrojado de vergüenza, Virtud 30.

VIRTUD. — Yo, la Virtud, también me he sonrojado.

FILOSOFÍA. — ¿Y vosotros, qué decís?

CORO. — ¿Qué otra cosa, sino dejarlo libre de acusación y dejar constancia escrita de que es amigo o benefactor nuestro? Por lo menos, nos ha sucedido simplemente lo que a los troyanos: hemos movilizado contra nosotros a ese actor trágico para cantarnos las desgracias de los frigios. Pues que siga cantando y que siga sacando en sus tragedias a los enemigos de los dioses.

DIÓGENES. — También yo, Filosofía, no puedo por menos de elogiar al hombre, al tiempo que retiro los cargos de la acusación y lo hago mi amigo a él, que es un tipo formidable.

FILOSOFÍA. — Está bien. Acércate, Parresíades; te absolvemos [39] de culpa y eres dueño de todas nosotras y, en lo sucesivo, quédate con nosotras.

PARRESÍADES. — Ante ti, la primera, me arrodillo; y después me parece que voy a actuar más como hacen en las tragedias; resulta más solemne.

Oh gran venerable Victoria,

ojalá que controles mi vida

sin dejar de coronarme31.

VIRTUD. — Bueno, vamos a empezar ya la segunda cratera. Llamemos también a aquellos para que reciban su castigo por los insultos que contra nosotros han proferido. Parresíades irá acusando a cada uno de ellos.

FILOSOFÍA. — Con razón hablaste, Virtud. Así que tú, Silogismo, niño, baja por la pendiente a la ciudad y llama oficialmente a los filósofos.

SILOGISMO. — ¡Atención! ¡Silencio! Venid a la acrópolis [40] los filósofos para defenderos frente a la Virtud, la Filosofía y la Justicia.

PARRESÍADES. — ¿Estás viendo? Unos pocos, que han identificado la señal, suben y, en cierto modo, temen a la Justicia. La mayoría de ellos no tienen tiempo libre, pues están como moscas con los ricos. Si quieres que vengan todos, Silogismo, haz así el pregón.

SILOGISMO. — Ni hablar. Llámalos tú, Parresíades, como a ti te parezca.

PARRESÍADES. — No es difícil. Atención. Cuantos filósofos [41] dicen serlo y cuantos creen que les cuadra el nombre, suban a la acrópolis para el reparto. A cada uno se le darán dos minas y una tarta de sésamo. El que exhiba una barba poblada, ése recibirá, además, también un pastel de higos pasos. Que a nadie se le ocurra ni por lo más remoto traer prudencia, justicia o templanza; aunque no haya, no hace falta nada de eso; cinco silogismos como sea; sin ellos no es lícito ser sabio

En el medio están puestos dos talentos

se los daremos a quien resulte destacado en la disputa 32.

[42] FILOSOFÍA. — Vaya, vaya, ¡cuántos! La rampa de subida está llena de gentes que se empujan por las dos minas; sólo en cuanto han oído eso. Unos junto al Pelásgico, otros a los pies del Asclepión y junto al Areópago todavía más, y algunos también a los pies de la tumba de Talo y otros junto al Anaceo 33, colocando escalas arracimados trepan como un enjambre de abejas, por emplear el lenguaje de Homero 34. También desde allí vienen más, y desde aquí…

millares, cuantas hojas y flores hay en primavera 35.

La acrópolis se va a llenar en breve tiempo

de gentes que se sientan haciendo ruido 36

y por doquier se van a ver alforjas, zalamerías, barbas, desfachatez, bastones, avidez, silogismos, codicia. Los que subieron al oír la primera citación no se ven, no se distinguen entremezclados en la marabunta de los demás y han quedado confundidos por su semejanza con las pintas de los demás.

PARRESÍADES. — Eso es lo más terrible de todo, Filosofía, [43] y lo que alguien te podría echar en cara; el no haberles dado una contraseña y una señal; los charlatanes ésos son muchas veces más persuasivos que los filósofos de verdad.

FILOSOFÍA. — Así será en breve tiempo; pero recibámoslos ya.

PLATÓNICO. — Conviene que nosotros, los platónicos, cojamos nuestra parte los primeros.

PITAGÓRICO. — No, nosotros, los pitagóricos; Pitágoras era anterior.

ESTOICOS. — Tonterías; los mejores somos nosotros, los de la Estoa.

PERIPATÉTICO. — No, señor; a la hora de los dineros los primeros somos los del Perípato.

EPICÚREO. — A nosotros, los epicúreos, dadnos las tortas, los pasteles; por las dos minas, podemos esperar; no nos importa cogerlas los últimos.

ACADÉMICO. — ¿Dónde están los dos talentos? Los académicos os vamos a demostrar que somos más peleones que los demás.

ESTOICO. — No, nosotros, los estoicos, que estamos [44] aquí.

FILOSOFÍA. — Basta de peleas. Vosotros, los cínicos, no pegaros con palos entre vosotros. Sabed que habéis sido llamados para otro asunto. Ahora yo misma, la Filosofía, y la Virtud misma y la Verdad vamos a juzgar quiénes son los auténticos filósofos. Acto seguido, aquellos cuya vida se compruebe que se ajusta a nuestros criterios, una vez considerados los mejores, vivirán felices. A los charlatanes y a los que no tienen nada en común con nosotros, les pondremos las esposas, para que no puedan reclamar nada de lo que está sobre sus cabezas, como fanfarrones que son. ¿Qué pasa? ¿HUíS? ¡Por Zeus!, la mayoría están saltando por las pendientes. La Acrópolis se ha quedado [45] vacía, excepción hecha de esos pocos que se han quedado porque no temen el juicio. Los servidores, recoged las alforjas que ha tirado al suelo el cínico en su regreso. Trae que vea lo que hay dentro; tal vez, altramuces, o un libro, o panes de trigo integral.

SIRVIENTE. — ¡Qué va! Oro y mirra, perfumes, una navajilla de afeitar, un espejo y cajas.

FILOSOFÍA. — Bien, buen hombre, ¿ésos eran para ti los pagos de tu trabajo y con ellos te parecía lógico insultar a todos y educar a los demás?

PARRESÍADES. — Ya estáis viendo qué clases de tipos son. Conviene que estudies de qué forma se pone término a esta confusión y de qué modo los que se encuentren con ellos pueden distinguir quiénes de ellos son los buenos y quiénes, por el contrario, los partidarios de la otra clase de vida.

FILOSOFÍA. — Tú, Verdad, inventa algo. Al menos, eso redundaría en tu propio provecho, no sea que la Mentira se imponga sobre ti y que, por acción del Desconocimiento, no te des cuenta de cuándo los hombres peores hayan imitado a los mejores.

[46] VERDAD. — Si te parece, le encargaremos esta misión a él, a Parresíades, puesto que se ha revelado como un hombre honrado, bien dispuesto con nosotros, y admirándote a ti, Filosofía, llevándose a su lado a la Comprobación, la ha sacado al paso de los que andan por ahí diciendo que son filósofos. Al que encuentre íntegro, como propio de la auténtica Filosofía, corónesele con una corona de olivo verde e invítesele al Pritaneo. Y si le sale al paso —hay muchos así— algún maldito que oculta su personalidad bajo la máscara de filosofía, tras quitarle el capote, que le rape la barba rasa con un cuchillo cabritero, que le haga cicatrices en la frente o que le haga un tatuaje a fuego entre las dos cejas, de arriba abajo. Y que la impresión del tatuaje sea una zorra o un mono.

FILOSOFÍA. — Bien dices, Verdad. Que la Comprobación, Parresíades, sea tal cual se dice que es la de las águilas volando hacia el sol; no, por Zeus, de forma que también ellos sean puestos a prueba para aguantar la luz, sino poniéndoles delante oro y fama y placer. A quien de ellos puedas ver despreciándolos y que no se le vaya la vista tras ello, a ése corónesele con olivo; pero a quien mire con especial atención y extienda su mano para coger el oro, a ése llevarle al hierro candente rapándole antes la barba según se acordó.

PARRESÍADES. — Así se hará, Filosofía, y al punto verás [47] a la mayoría de ellos con el tatuaje de la zorra o del mono, y a muy pocos, en cambio, coronados. Y, si queréis, os subiré a algunos de ellos ya.

FILOSOFÍA. — ¿Cómo dices? ¿Vas a hacer subir a los que huyeron?

PARRESÍADES. — Claro que sí, siempre que la sacerdotisa quiera prestarme por un corto espacio de tiempo la caña aquélla y el anzuelo que le ofrendó el pescador del Pireo.

SACERDOTISA. — Bien, coge también la caña para que lo tengas todo.

PARRESÍADES. — Pues bien, sacerdotisa, dadme unos cuantos higos y un poco de oro.

SACERDOTISA. — Toma.

FILOSOFÍA. — ¿Qué estará pensando hacer este hombre? Poniéndole al anzuelo como cebo un higo y el oro, sentado en lo alto, está ahí de cara a la ciudad. ¿A santo de qué haces eso, Parresíades? ¿Tú crees que vas a pescar piezas del muro Pelásgico?

PARRESÍADES. — Calla, Filosofía, y espera a que piquen. Tú, Posidón, pescador, y querida Anfitrite, enviadnos muchos [48] de vuestros peces. Estoy viendo una lubina enorme y con el ojo dorado. No, es un rodaballo. Ya se acerca al anzuelo con la boca abierta; ya huele el oro; ya está cerca; ha picado; capturado, arriba con él. Vamos, tú, Comprobación, tira para arriba. Comprobación, tira conmigo del sedal.

COMPROBACIÓN. — Aquí está. A ver que te vea. ¿Quién eres tú, el mejor de los pescados? Pero… si es un perro 37. ¡Por Heracles!, vaya dientes. ¿Qué pasa, fenómeno? ¿Te han pescado fisgoneando en torno a las piedras, en donde esperabas ocultarte agachándote bajo ellas? Pues ahora vas a ser expuesto a la vista de todos colgado de las agallas. Recojamos el anzuelo y el cebo. ¡Por Zeus!, se lo tragó. El anzuelo está vacío. El higo y el oro ya están bien seguros en el vientre.

PARRESÍADES. — Que los vomite, por Zeus, para que podamos usarlos como cebo para otros. Así, muy bien. ¿Qué dices, Diógenes? ¿Sabes quién es él, o qué relación tiene contigo este hombre?

DIÓGENES. — No, no, en absoluto.

PARRESÍADES. — Entonces, ¿cuánto dinero te parece que vale? Yo lo valoré el otro día en dos óbolos.

DIÓGENES. — Mucho dices. Es incomible, de feo aspecto, aplastado y no vale un pimiento. Déjalo caer de cabeza contra la piedra. Venga, prepara el cebo y saca otro. Eh, mira aquél, Parresíades, no sea que te rompa la caña de tanto doblarse.

PARRESÍADES. — Tranquilo, Diógenes; son ligeros y no más ágiles que un boquerón.

DIÓGENES. — Sí, por Zeus, muy ingenuos; tira para arriba, sin embargo.

PARRESÍADES. — Mira, aquí viene otro pez muy plano [49] como si estuviera cortado por la mitad, un lenguado con la boca abierta hacia el anzuelo. Se lo tragó del todo. Ya lo tenemos. Arriba con él. ¿Quién es?

COMPROBACIÓN. — Uno que dice ser platónico.

PARRESÍADES. — ¿También tú, miserable, vienes por el oro? ¿Qué dices, Platón? ¿Qué podemos hacer con él?

PLATÓN. — Tíralo por la misma piedra. Abajo. Por [50] otro.

PARRESÍADES. — Veo a uno precioso, que se acerca, al menos en la medida en que se puede apreciar en el fondo del mar. Variopinto de piel, con unas estrías doradas sobre su espalda. ¿Lo estás viendo, Comprobación?

COMPROBACIÓN. — Es el que pretende ser Aristóteles. Vino y se fue. Está observando con gran detenimiento. Otra vez vino para arriba. Picó. Capturado. ¡Arriba!

ARISTÓTELES. — No me preguntes por él, Parresíades; no sé quién es.

PARRESÍADES. — Pues, entonces, duro con él; también [51] contra las rocas. Pero, fíjate, estoy viendo muchos peces de piel parecida a la de éste; con raspas por todas partes y con unas pintas de tosquedad y aspereza, más escurridizos que anguilas. Necesitaremos una red para atraparlos.

FILOSOFÍA. — Pues no hay ninguna. ¿No bastaría si pudiéramos sacar alguno de toda la bandada? El que sea el más osado de ellos vendrá con toda seguridad al anzuelo.

COMPROBACIóN. — Siéntate, si te parece, y refuerza antes con hierro el sedal para que dure mucho, y que cuando se trague el oro no pueda serrarlo con los dientes.

PARRESÍADES. — Ya está abajo. Tú, Posidón, proporciónanos una pesca rápida. ¡Vaya, vaya!, se pelean por el cebo y una bandada, todos de golpe, se están comiendo el higo en derredor, mientras los otros aguantan ahí pegados al oro. ¡Muy bien! Uno muy gordo se ha quedado enredado. Mira a ver, ¿a quién dices que te pareces? Forzosamente tiene la gente que reírse de mí si me empeño en que hable un pez; no tienen voz. Pero tú, Comprobación, dime ¿a quién tiene él por maestro?

COMPROBACIÓN. — A Crisipo que está ahí.

PARRESÍADES. — Ya entiendo; por eso, creo, había oro en su nombre 38. Tú, Crisipo, por Atenea, di, ¿conoces a esos tipos o les exhortas a comportarse así?

CRISIPO. — Por Zeus, me estás haciendo una pregunta impertinente, Parresíades, sospechando que esos tipos tienen algo que ver con nosotros.

PARRESÍADES. — Eres una buena persona, Crisipo. También ése irá de cabeza con los demás, pues está lleno de espinas y existe el riesgo de que alguien, al intentar comérselo, se atragante.

[52] FILOSOFÍA. — Basta ya de pesca, Parresíades, no sea que —como hay muchos— alguno venga y te lleve el oro y el anzuelo, y luego se lo tengas que pagar a la sacerdotisa. Así que vayámonos a dar un paseo. Es hora de volver al lugar de donde partisteis, no sea que estéis más días del plazo que se os dio. Y vosotros dos, Parresíades y tú también, Comprobación, marchando contra todos ellos en todas direcciones, coronadlos o tatuadlos, tal como dije.

PARRESÍADES. — Así se hará, Filosofía. Adiós a vosotros, los más excelentes de los hombres. Bajemos nosotros, Comprobación, y cumplamos nuestros encargos.

COMPROBACIÓN. — ¿Adonde nos convendría ir primero? ¿Acaso a la Academia, o a la Estoa? ¿Qué tal si empezamos por el Liceo?

PARRESÍADES. — Nos va a dar lo mismo; de lo que estoy seguro, por lo menos, es de que dondequiera que vayamos nos van a hacer falta pocas coronas y muchas barras de hierro candente.


1 Prácticamente un calco de Ilíada II 363.

2 Nueva alusión homérica, ibid., VI 112, si bien Homero no dice «sabios» sino «amigos».

3 Al Etna al que, según se contaba, había caído Empédocles.

4 Alusión a las muertes violentas de Orfeo y Penteo; ambos murieron salvajemente despedazados por ménades.

5 «Parresíades» deriva de parrēsía, palabra que realmente quiere decir hablar sin tapujos; entiéndase: verborrea, sinceridad o franqueza. Algo de las tres cosas tiene, pero no es ninguna en exclusiva. Hubiera puesto «sinceridad», pero es que a lo largo del diálogo aparece con nombre y apellidos la parrēsía, al lado de la Filosofía y la Verdad. Si Parrēsía es sinceridad, Parrēsíadēs sería algo así como «sincérez», pues el sufijodēs, significa «hijo de». Me parece que es mejor mantener la transcripción del término griego Parrēsíadēs, que es, por cierto, el nombre bajo el que se nos esconde Luciano en este diálogo.

6 Il. XXII 262.

7 Cf. ibid., VI 46, 48, y XX 65.

8 Cf. ibid., X 447-8.

9 Cf. NAUCK, pág. 663.

10 EURÍPIDES. Iόn 1553.

11 EUR., Orestes 413.

12 Il. III 57.

13 Támiris, mítico músico que, por competir con las Musas en temas de música, fue castigado por ellas. Las Musas lo dejaron ciego y lo desposeyeron de su habilidad para la música. Eurito, por su parte, era rey de Ecalia, y había heredado de su padre Melaneo la habilidad en el manejo del arco. Desafió a Apolo y el dios lo mató antes de que llegara a viejo como castigo por su insolente pretensión.

14 Expresión que viene a significar lo mismo que el refrán castellano: «la cabra siempre tira al monte», obviamente porque es allí donde se siente como pez en el agua. Luciano parece llevar el tema, en su contencioso con los filósofos, a su terreno.

15 Ixión tuvo la osadía de enamorarse de Hera y trató de violarla. Zeus formó una especie de nube fantasmagórica a la que se unió Ixión engendrando un hijo, Centauro; Zeus castigó salvajemente a Ixión atándolo a una rueda encendida que giraba sin parar y lo lanzó a los aires.

16 El mismo recorrido que explica Pausanias. De la Academia se llegaba al ágora dando un paseo. Allí, en la cabecera norte del ágora, por donde hoy discurren las vías del metro, debía de estar ubicada la famosa Stoà Poikílē. Pero hay una doble intención, pues los puntos que se citan —Academia y Estoa de las Pinturas y el movimiento que se realiza: pasear— implica alusión a tres grupos de filósofos; «académicos, peripatéticos y estoicos».

17 Inequívoca alusión al opúsculo anterior.

18 Cuando decimos la «Educación» nos referimos a Paideía, esto es, la formación cultural, y no a la educación en el sentido de buenos modales y respetuosas actitudes.

19 Ya se explicó supra, n. 5, la dificultad que entraña la traducción del pasaje. Esta dificultad aumenta ahora. Si mantenemos Parresíades todo el rato, debemos seguir haciéndolo ahora.

20 Alusión a lugares de nacimiento de algunos importantes filósofos, algunos precisados con exactitud como Solos y Estagira, lugares donde vieron la luz Crisipo y Aristóteles respectivamente.

21 Nótese que la Filosofía le formula a Luciano la misma pregunta que los «Compradores» del diálogo anterior formulaban a cada filósofo.

22 El templo de Atenea Polias, esto es, Atenea Protectora de la ciudad, estaba situado cerca de donde hoy se encuentra el Erecteon.

23 Se refiere a las fichas negras que implicaban un veredicto adverso para el litigante.

24 La clepsidra, especie de reloj de agua, medía el tiempo de que disponía cada litigante para exponer sus alegatos. Acabar de echar el agua en la clepsidra es sinónimo de «ya se puede empezar a hablar», porque empieza a contar el tiempo.

25 Alusión indudable a las Nubes, de ARISTÓFANES, comedia en la que Sócrates aparece como un sofista más.

26 Pintoresca cita de un autor desconocido.

27 «Echa agua en la clepsidra» es tanto como decir: «Comience a contar el tiempo del siguiente orador».

28 Alusión a los misterios eleusinos celebrados en honor de Deméter y Perséfone también llamada Core. Los rituales que allí acontecían eran secretos y nadie podía revelarlos.

29 Se parecen a esos hombres como Heracles a un mono que llevaba encima una piel de león.

30 Parece razonable atribuir esta frase a Parresíades; me aparto, pues, ahí de la edición de M. D. McLeod.

31 Final empleado por Eurípides en Fenicias, Orestes, Ifigenia entre los tauros.

32 Cf. Il. XVIII 507-8.

33 Alusión a toda una serie de parajes a la falda de la Acrópolis. El Pelásgico es la muralla de la Acrópolis en época prehistórica. El Asclepión está al lado opuesto, junto al teatro de Dioniso, donde estaba también la tumba de Talo, a quien Dédalo, celoso, había despeñado. También en la vertiente norte se hallaba el Anaceo, dedicado a los Dioscuros.

34 Il. II 81.

35 Ibid., II 468.

36 Nuevamente ibid., II 463.

37 Obviamente, un cínico.

38 Crisipo tiene que ver con chrysós, el nombre del oro en griego.

29

DOBLE ACUSACIÓN O LOS TRIBUNALES

Uno de los escritos más conseguidos de Luciano. Pillado entre dos fuegos, el de quienes le reprochan haber abandonado la retórica para pasarse al bando del diálogo y el de los que le acusan desde este mismo bando, nuestro autor tiene que defenderse. Y lo hace por un procedimiento ingenioso y genial. Arranca de las alturas, donde Zeus sostiene una conversación con Hermes, charla a la que se incorpora la Justica. Pretextando que hay muchos procesos judiciales pendientes, la Justicia y el propio Hermes se dirigen al Areópago a requerimiento de Zeus. El encuentro con Pan sirve como preciosa y divertida «escena-link», esto es, como eslabón de transición entre la primera y la segunda parte del diálogo.

Se explica, a continuación, el desarrollo de tres procesos judiciales; la Academia contra la Borrachera, la Estoa contra el Placer y, por último, la Retórica y el Diálogo acusando, ambos, al «Sirio», que así es como se da a llamar nuestro autor en esta obra. Luciano da la réplica por separado a cada uno de sus acusadores, lo que le permite pronunciar dos medidos e ingeniosos discursos. Se trata, en el fondo, de criticar los excesos de los oradores y de los filósofos del momento que son combatidos con sus propias armas. Emplea Luciano la forma del diálogo y la técnica argumentativa de la retórica para exponer sus ideas y dejar plasmadas, una vez más, las notas de su ingenio. Excelente composición, fechada, según se desprende de alusiones que aparecen en el diálogo, en torno al 165 d. C.

ZEUS. — Mal rayo les parta a los filósofos que afirman [1] que la filosofía está únicamente entre los dioses. Si supieran, al menos, todo lo que padecemos por causa de los hombres, no estarían constantemente anhelando con cierta envidia nuestro néctar y nuestra ambrosía, dando crédito a Homero, un hombre ciego y charlatán que nos llama «bienaventurados» y va explicando lo que pasa en el cielo, él, que ni siquiera podía ver lo que sucedía en la tierra.

Así, Helios, el sol, que está ahí unciendo el carro, surca el firmamento a lo largo del día, vestido de fuego y resplandeciente con sus rayos, y ni siquiera tiene tiempo libre —afirma— para rascarse el oído. Y si dejara de estar sin darse cuenta, aunque sólo fuera un instante, los caballos, desbocados, desviándose de su camino, harían arder todo con grandes llamaradas. Selene, la luna, despierta ella también, da vueltas mostrando su luz a quienes rondan de noche y a quienes regresan sin hora de los festines. Apolo, asimismo, que se ha especializado en una actividad complicada, casi se ha quedado sordo de oír a los que se cabrean porque no les favorecen los designios del oráculo, y hace poco no le ha quedado otro remedio que estar en Delfos, poco después va corriendo hasta Colofón, desde allí cruza hasta Jantos y otra vez corriendo a Delos o a Brancidas. En resumen, donde la profetisa, tras haber bebido del manantial sagrado y haber masticado laurel y haber agitado el trípode, le exhorta a estar presente, allí debe presentarse sin demora para corroborar los oráculos; si no, a saber dónde iría a parar la fama de su arte. No diré, en base a su experiencia en la mántica, cuántos inventos maquinan, cociendo para él en el mismo perolo carne de carnero y tortugas, de modo que si no hubiera tenido un olfato muy fino, el propio Lidio 1 se habría marchado burlándose de él. Asclepio, a su vez, no deja de ser constantemente molestado por quienes están enfermos:

ve cosas terribles, toca cosas desagradables y en las desgracias ajenas encuentra provecho para las propias penas 2.

¿Qué podría decir de los Vientos, que impulsan el crecimiento de las plantas y hacen navegar a los barcos a su lado y soplan sobre los que aventan trigo? ¿O del Sueño, Hýpnos, que vuela sobre todos, o del Ensueño, Óneiron, que anda vigilante por la noche con el sueño y le sirve de intérprete? Los dioses asumen todos esos penosos trabajos por amor a los hombres, desempeñando cada uno su misión de cara a garantizar la vida en la tierra.

[2] Y los trabajos de los demás son, con todo, bastante llevaderos. Hay que ver yo, el rey y padre de todo y de todos, cuántas incomodidades soporto, cuántos problemas tengo, con la mente puesta en tan gran número de preocupaciones. A mí me toca inexorablemente, lo primero, inspeccionar las tareas de los demás dioses que me ayudan de algún modo en mi gobierno, para que no racaneen en ellas. Después tengo que hacer miles de cosas que casi se me escapan por su pequeñez. Porque, organizando y administrando yo, personalmente, las más importantes de mis actividades —lluvias, tempestades, huracanes y relámpagos—, no sólo no me he liberado de preocupaciones de menos monta, sino que tengo que hacer todo eso y echar la vista, al mismo tiempo, a todas partes, y supervisarlo todo, como el pastor en Nemea, a ver a los que están robando, a los que juran en vano, a los que hacen sacrificios por si alguien ha derramado la libación, de dónde sube la grasa y el humo, quién, enfermo o en apuros por el mar me llamó en auxilio, y lo más fatigoso de todo, en un solo momento tengo que asistir a la hecatombe de Olimpia, observar a los que guerrean en Babilonia y enviar una tromba de agua en el país de los getas y darme un buen banquete entre los etíopes. Y ni aun así resulta fácil evitar las censuras, sino que, en muchas ocasiones,

los demás dioses y algunos hombres

con penachos de crin de caballo 3

se duermen toda la noche, y a mí, a Zeus, no me coge el dulce sueño. Porque, si me amodorrara un poquito, al punto se demostraría que tiene razón Epicuro cuando afirma que no nos preocupamos de los asuntos de la tierra.

Y el peligro no es en absoluto desdeñable si los hombres le hacen caso en ese punto: los templos se nos quedarían sin coronas, las calles sin olor a grasa y humo de las víctimas, las cántaras de vino sin gente que nos haga libaciones, los altares fríos; en una palabra, nos quedaríamos sin sacrificios y sin ofrendas, con lo que el hambre sería abundante. En consecuencia, igual que los pilotos, me he quedado solo en las alturas llevando el timón entre mis manos, y los marineros, unos borrachos, si acaso, duermen, mientras yo, en vela, sin comer, me preocupo por todos, en lo más profundo de mi ser y en mi corazón, pues he recibido yo solo la distinción, al parecer, de ser el jefe. Así que gustosamente preguntaría yo, a los filósofos [3] que consideran felices únicamente a los dioses, cuándo piensan que nos queda tiempo libre a nosotros, que tenemos miles de asuntos que atender, para el néctar y la ambrosía.

Y, además, por falta de tiempo libre, guardamos todos estos procesos trasnochados apartados, corrompidos ya por el moho y las arañas, y en especial cuantos se han promovido contra algunos hombres por las ciencias y las artes, algunos de ellos, muy antiguos. Esas gentes se han hartado a dar voces por todas partes, están enfadados y reclaman el proceso y me culpan a mí por el retraso, pues ignoran que resulta que los juicios no se han aplazado por negligencia nuestra, sino por la felicidad en la que ellos sospechan que vivimos nosotros. ¡Así es como le llaman a nuestra falta de tiempo libre!

[4] HERMES. — Yo también, Zeus, he oído muchas críticas semejantes, en la tierra, de gentes que se quejan, pero no me atrevía a decírtelo. Mas como te has lanzado a hablar sobre esos temas, voy a contar yo también. Están muy enfadados, padre Zeus, muy indignados y, aunque no se atreven a hablar abiertamente, andan por ahí rezongando, cuchicheando unos con otros buscando en el tiempo al culpable del retraso. Hace ya mucho que esos hombres deberían haber sabido cómo van sus cosas, y hubieran acatado cada uno respetuosamente los términos del veredicto.

ZEUS. — Entonces, ¿qué te parece, Hermes? ¿Les proponemos una sesión pública de procesos o quieres que los anunciemos para una nueva ocasión?

HERMES. — No, propongámosela ya.

ZEUS. — Hazlo. Baja volando y anuncia que habrá audiencia pública en los términos siguientes:

«Todos los que hubieran presentado las acusaciones, acudan hoy al Areópago, y allí que la Justicia elija para ellos por sorteo, de entre todos los atenienses, los tribunales, según los términos de las reparaciones exigidas. Y si alguien pensara que la vista oral no se ajusta a derecho permítasele que, con toda libertad, apele a mí para ser juzgado arrancando desde el principio, como si partiéramos de cero. Tú, hija, sentada junto a las venerables diosas, preside el sorteo y procede al examen de los jueces.»

JUSTICIA. — ¿Otra vez a la tierra, para, expulsada por [5] ellos, escaparme de nuevo de la vida sin poder soportar que la Injusticia se ría de mí?

ZEUS. — Debes albergar buenas esperanzas. Los filósofos los han convencido de que deben honrarte a ti más que a la Injusticia; en especial, el hijo de Sofronisco, que iba poniendo por las nubes a «lo justo» y lo consideraba como el más grande de los bienes.

JUSTICIA. — Por lo menos, a ese que dices le aprovecharon los discursos sobre mí. Él, entregado a los Once y yendo a parar a la cárcel, bebió, desdichado, la cicuta sin haberle podido dar a Asclepio el gallo que le debía 4. Los que lo acusaron, sosteniendo puntos filosóficos contrarios, pusieron por encima a la Injusticia en contra de tan gran hombre.

ZEUS. — Los asuntos de la Filosofía eran entonces extraños a muchos, y los que se dedicaban a la actividad filosófica eran unos pocos, así que los tribunales con cierta lógica se inclinaron hacia Ánito y Meleto. Pero, lo que es ahora, ¿no ves cuántas capas cortas y bastones y morrales? 5. Y por todas partes una barba tupida y un libro en la izquierda, y todos practican la filosofía argumentando en tu favor. Llenos están los paseos de gentes alineadas en filas y falanges, y no hay nadie que no quiera parecer ser pupilo de la virtud. Muchos, dejando las profesiones que tenían antes, lanzándose por la alforja y el capote, untando su cuerpo antes de exponerlo al sol como los etíopes, ahí van dando vueltas, filósofos improvisados, de zapateros o carpinteros que eran, ensalzándote a ti y a la virtud. Así que, como dice el refrán: antes corra alguien en un barco sin tocar una tabla, que tu ojo, mire donde mire, deje de topar con un filósofo.

[7] JUSTICIA. — Me dan miedo esos individuos, Zeus. Se pelean y discuten entre ellos por temas que se refieren a mí. Dicen que la mayoría de ellos en las palabras se asemejan a mí, pero que, en lo que a los hechos se refiere, ni siquiera me aceptan en su casa, sino que bien a las claras me impiden la entrada cuando alguna vez llego a sus puertas. Hace ya tiempo que tienen por huésped a la Injusticia.

ZEUS. — No todos, hija, son ruines, ya es bastante que te encuentres a algunos que son honestos. Pero… marchaos ya, para que podamos dejar vistos algunos casos.

[8] HERMES. — Marchemos, Justicia, por aquí recto en dirección a Sunio, un poco a la falda del Himeto a la izquierda del Parnaso, en donde ves aquellas dos alturas. Parece que se te ha olvidado el camino desde que no lo haces. Pero… ¿por qué lloras y te afliges? No temas. Ya no son iguales las cosas que hay en la vida. Han muerto todos aquéllos, los Escirones, los Pitiocamptes, los Busírides, los Falárides 6, a los que entonces temías. Ahora la Sabiduría, la Academia y la Estoa lo controlan todo y por todas partes te andan buscando y dialogan sobre ti, con la boca abierta, a ver si desde algún lado bajas volando otra vez hasta ellos.

JUSTICIA. — Por lo menos, Hermes, tú eres el único que me podrías decir la verdad, porque, como compartes con ellos la mayoría de los problemas y pasas el tiempo con ellos en los gimnasios y en el ágora —agorero 7 eres y en las asambleas actúas como heraldo—, sabes cómo se han vuelto esas gentes y si yo seré capaz de estar entre ellos sola.

HERMES. — Cometería, por Zeus, un agravio contra ti, que eres mi hermana, si no te lo dijera. La mayoría de ellos han recibido no pocas útiles ayudas de la Filosofía. Y, por no decir otra cosa, con el respeto que inspira su aspecto externo, sus errores quedan más disimulados. No obstante, te tropezarás con algunos rufianes de entre ellos —creo que hay que decir la verdad—, algunos semisabios y seminecios. Una vez que la sabiduría, tomándolos a su lado cambió de golpe su tinte, cuantos se empaparon a fondo cumplieron su tarea a la perfección, como hombres honestos, sin mezclarse con otros colores; ésos están muy preparados para recibirte. Sin embargo, cuantos por la mancha de antaño no absorbieron el tinte en la medida necesaria para eliminar el veneno, son mejores que los demás, pero, sin embargo, imperfectos y mezclados de blanco y señalados y como moteados de piel. Y hay algunos que, simplemente con tocar por fuera el caldero con la yema del dedo y con ser untados con la pez, creen que ya con eso han recibido su cambio por inmersión. Que te quede claro que tu estancia será con los mejores.

[9] Pero, en medio de la charla, nos estamos acercando ya al Ática. Así que dejemos Sunio a la derecha y desde aquí lancémonos en plancha hacia la Acrópolis.

Bueno. Ahora que ya hemos bajado, siéntate tú en un lugar del Areópago mirando hacia la Pnix, mientras aguardas a que se anuncien solemnemente las órdenes de Zeus. Yo, subiendo hacia la Acrópolis, voy a convocar a todos más fácilmente desde un lugar donde se me oiga bien.

JUSTICIA. — No te vayas, Hermes, sin antes decirme quién es ése que se acerca, con cuernos, el que lleva la siringe, el de las dos patas peludas.

HERMES. — ¿Qué dices? ¿No conoces a Pan, el más báquico de los servidores de Dioniso? Antes vivía en la cima del Partenio 8, y cuando la invasión naval de Datis y el desembarco de los bárbaros en Maratón, acudió sin que nadie lo llamara como aliado de los atenienses, y, de resultas de aquel gesto, ocupando desde entonces la cueva aquella a la falda de la Acrópolis, vive allí un poco más arriba del Pelásgico 9, pagando su alquiler del fondo común de los metecos. Y ahora, como es natural, al vernos como de entre los vecinos, se acerca a saludarnos.

PAN. — ¡Hola, Hermes y Justicia!

HERMES. — ¡Hola, Pan, el más musical y saltarín de los Sátiros, y el más belicoso en Atenas!

PAN. — ¿Y qué misión, Hermes, os ha traído por aquí?

HERMES. — Ella te lo explicará todo, que yo tengo que [10] salir a la Acrópolis y hacer la proclamación solemne de la sesión.

JUSTICIA. — Zeus me envió aquí abajo, Pan, para que presida el sorteo de los tribunales. ¿Y cómo te van las cosas en Atenas?

PAN. — En dos palabras. No me va tan bien como debería irme en buena lógica, sino mucho peor de lo que podría esperar, y eso que rechacé una marabunta de enorme envergadura de los bárbaros. Pues, pese a ello, subiendo dos o tres veces al año, me sacrifican un macho cabrío seleccionado, que despide un olor a mucho desperdicio de cabra, y comen sus carnes en un banquete y me hacen testigo de su prosperidad y me pagan con la delgada moneda del aplauso. Por lo demás, el ambiente festivo y de cachondeo de ellos me pone de buen humor.

JUSTICIA. — Y hablando de otra cosa, Pan, ¿se han vuelto más virtuosos merced a la influencia de los filósofos?

PAN. — ¿A quiénes mencionas, cuando dices a los filósofos? ¿A aquellos cabizbajos, muchos en grupo, que se parecen a mí en la barba, a los charlatanes?

JUSTICIA. — Sí, sí, a ésos.

PAN. — No sé nada de lo que dicen ni entiendo sus [11] sabias enseñanzas. Soy montaraz y no he llegado a comprender todas esas retahilas de palabras pomposas y ciudadanas, Justicia. ¿De cuándo acá, un sofista o un filósofo en la Arcadia? Hasta el dominio de la flauta y la siringe, alcanza mi sabiduría; en lo demás soy un pastor de cabras, bailarín y, si llega el caso, pendenciero. Los oigo dar voces a todas horas y dar explicaciones sobre una tal virtud, e ideas y naturaleza y cosas incorpóreas, nombres que me son desconocidos y extraños. Y al principio van empezando a tratar los temas entre sí de forma pacífica, pero a medida que avanza la discusión levantan la voz hasta el tono más alto, de forma que, esforzándose más de lo normal y deseando hablar todos a la vez, se les pone la cara colorada, se les hincha la garganta y las venas se les salen de su cauce, como a los flautistas cuando se ven forzados a soplar por una flauta de embocadura estrecha. Así, perturbando el orden de los razonamientos, metiendo en el mismo jarro lo que era objeto de examen en un principio, intercambiando la mayoría insultos, se largan, limpiándose el sudor de la frente con el dedo curvado, y el que probablemente era más vocinglero y más osado de todos ellos y se va el último cuando se ha deshecho el grupo ése es el que parece imponer su criterio.

No obstante, la plebe, en su mayoría, los trata con simpatía, sobre todo a los que no están acuciados por ninguna necesidad perentoria, y acuden encantados al jaleo y al griterío. Algunos de ellos, a mí, al menos, me parecían unos auténticos fanfarrones y me disgustaba que se me parecieran en la barba. Pero si de su vocerío se derivara alguna utilidad para el pueblo y se desprendiera algo bueno para ellos de sus palabras es cosa que no podría yo decir. Ahora bien, si es preciso que yo, sin reserva alguna, explique la verdad —vivo en una atalaya, según ves—, los he visto muchas veces a muchos de ellos al filo del anochecer.

[12] JUSTICIA. — Tranquilo, Pan; ¿no te parece que Hermes está haciendo la convocatoria?

PAN. — Claro que sí.

HERMES. — Escuchad. Con la aquiescencia del destino vamos a establecer sesión pública de juicios hoy día séptimo del mes de Elafebolión 10 en el que estamos. Cuantos presentaron denuncia acudan al Areópago donde la justicia efectuará el sorteo para la composición de los tribunales y asistirá a los que emiten su sentencia. Los jueces, de entre todos los atenienses. Los honorarios, tres óbolos por proceso. El número de jueces, según las características de la demanda presentada. Y cuantos hayan muerto dejando pendiente un pleito al que no pudieron comparecer, que Éaco los devuelva aquí arriba. Si alguno cree que el veredicto que se le ha dado no es justo habrá otro juicio de apelación, y será Zeus quien lo juzgue.

PAN. — ¡Vaya! ¡Qué jaleo! ¡Qué griterio han levantado, Justica! ¡Con qué afán vienen todos corriendo, achuchándose entre sí, dispuestos a llegar todos al Areópago! Hermes ya está ahí. Así que vosotros estad pendientes de los procesos, realizad el sorteo y dictad sentencia como es costumbre de ley para vosotros. Yo, volviendo a mi gruta, voy a tocar en la siringe alguna melodía amorosa con las que suelo burlar a Eco. Bastante tengo yo con oír las palabras de los picapleitos, como para tener que escuchar todos los días a los litigantes por procesos en el Areópago.

HERMES. — Vamos, Justicia, citémoslos ya. [13]

JUSTICIA. — Bien dices. Según ves, avanzan agrupados, armando un ruido como las abejas zumbando por la cima.

ATENIENSE. — ¡Ya te tengo, miserable!

OTRO. — ¡Eres un sicofanta!

OTRO. — ¡Me las pagarás!

OTRO. — ¡Demostraré que has cometido actos terribles!

OTRO. — ¡Sortea para mí, primero, al jurado!

OTRO. — ¡Sígueme, desgraciado, al tribunal!

OTRO. — ¡No me estrujes!

JUSTICIA. — ¿Sabes lo que vamos a hacer, Hermes? Vamos a aplazar los demás procesos hasta mañana. Hoy vamos a proceder al sorteo para las denuncias que se hayan presentado contra los hombres por sus actividades profesionales, sus comportamientos o sus conocimientos científicos. Vete dándome los expedientes de este tipo.

HERMES. — La Borrachera contra la Academia por la esclavitud de la Guerra.

JUSTICIA. — Siete miembros de tribunal a sorteo.

HERMES. — La Estoa contra el Placer por atropello, porque dejó desmandarse a Dioniso, su amante.

JUSTICIA. — Con cinco basta.

HERMES. — Respecto de Aristipo, la Molicie contra la Virtud.

JUSTICIA. — Que se apañen también con cinco.

HERMES. — Préstamo de dinero, contra Diógenes, por escaparse.

JUSTICIA. — Sortea sólo tres.

HERMES. — Contra Pirrón, deserción; acusa la Pintura.

JUSTICIA. — Que sean nueve los que juzguen.

[14] HERMES. — ¿Quieres que sorteemos también estas dos causas, Justicia, que presentaron ayer contra el orador?

JUSTICIA. — Dilucidaremos primero las causas más atrasadas; ésas las someteremos a veredicto después.

HERMES. — Pues son muy semejantes, y por la índole de la acusación, si bien son más recientes, están cercanas a aquellas el sorteo de cuyos jueces hemos realizado ya, así que sería lógico proceder a su resolución.

JUSTICIA. — Parece que haces la petición con cierto gusto. Bueno, pues si te parece procederemos al sorteo, pero sólo de esas causas; con las que hemos sorteado ya es bastante. Dame los expedientes.

HERMES. — La Retórica acusa de maldad al Sirio. El Diálogo contra el mismo; le acusa de trato despectivo.

JUSTICIA. — ¿Quién es ése? No consta escrito el nombre.

HERMES. — Pues sortea así como está escrito, para el orador Sirio; no habrá ningún obstáculo porque se proceda sin que conste el nombre.

JUSTICIA. — Vamos a ver. ¿Tenemos que sortear jueces aquí en el Areópago, para causas de más allá de los límites de Atenas, causas que podrían haberse juzgado perfectamente más allá del Eufrates? En fin; sortea once miembros que se encargarán de juzgar ambos procesos.

HERMES. — Bien. Has procurado, Justicia, no gastar mucho en lo tocante a los jueces.

JUSTICIA. — Que se sienten los primeros para el pleito [15] entre la Academia y la Borrachera. Tú echa agua en la clepsidra. Habla tú primero, Borrachera. ¿Por qué calla y mueve la cabeza de un lado a otro? Ve y entérate, Hermes.

HERMES. — «No puedo, dice, pronunciar mi discurso porque se me traba la lengua por efecto del vino, no sea que resulte el hazmerreír del tribunal.» A duras penas se ha puesto en pie, según ves.

JUSTICIA. — Pues, venga, que se suba a la tribuna alguno de esos oradores hábiles; hay muchos que por un trióbolo están dispuestos a dejarse partir en dos.

HERMES. — Pues por lo que se ve no hay ni uno dispuesto a defender a Borrachera. Sin embargo, parecen lógicas sus alegaciones.

JUSTICIA. — ¿Cuáles son?

HERMES. — «La Academia está siempre dispuesta para ambos tipos de argumentos, y se ejercita siempre en poder argumentar bien puntos de vista contrarios. Así pues, dice, que hable ella primero defendiendo mi punto de vista y a continuación el suyo.»

JUSTICIA. — Eso es nuevo. Expon, pues, Academia, cada uno de los dos puntos de vista, ya que ello es fácil para ti.

[16] ACADEMIA. — Escuchad, miembros del jurado, en primer término las palabras en favor de la Borrachera —que ya ha empezado a contar su tiempo—. La desdichada ha sido víctima de los mayores atropellos por parte mía. El único esclavo que tenía amigo y fiel a ella, que creía que ninguna de las órdenes que le daba era vergonzosa, se lo he quitado, aquel famoso Polemón que, a mediodía, por la plaza atestada, solía ir de juerga llevando una flautista y cantando sin parar hasta la tarde, siempre borracho y beodo y con coronas de flores y guirnaldas en la cabeza. De que eso es cierto son testigos todos los atenienses, que nunca jamás vieron a Polemón sobrio. Pero una vez que acudió cantando, desgraciado de él, a las puertas de la Academia, como acostumbraba a hacer ante todos, sometiéndole a esclavitud y arrebatándolo con violencia de las manos de la Borrachera y llevándolo a su vera, le obligó a beber agua, le enseñó, cambiando su costumbre, a estar sobrio y le arrancó sus coronas. Y cuando, sentado a la mesa, le tocaba beber, le enseñó palabrejas retorcidas, lamentables y plagadas de profundo contenido. De modo que, frente al aspecto saludable y la tez sonrojada que había tenido hasta entonces, el pobre hombre se ha tornado pálido, arrugado de cuerpo y, olvidando todas sus canciones, sin comer y sediento, se sienta hacia media tarde a divagar sobre los diversos temas que yo, la Academia, le enseñé. Y lo más importante, se dedica a hacer reproches a la Borrachera a instancias mías, y va echando pestes de ella por ahí. Ya está prácticamente dicho el discurso a favor de la Borrachera. Defenderé a continuación mi causa. Empiece ya a contar el tiempo.

JUSTICIA. — ¿Qué irá a decir frente a esos argumentos? En cualquier caso, concededle el mismo tiempo.

ACADEMIA. — Miembros del jurado. Tras oír las razonables [17] palabras que la abogada ha pronunciado en favor de la Borrachera, si me escucháis a mí también sin prejuicios, sabréis que no he cometido contra ella ningún atropello. Al Polemón de marras, que dice que es sirviente suyo y no era por naturaleza malo, ni propenso a la Borrachera, sino que por su propia naturaleza me era bastante afín, raptándolo ella mucho antes, cuando era aún joven y tierno, con la colaboración para ello del Placer, que le suele ayudar en muchas ocasiones, lo pervirtió, desdichado, y lo entregó sin condiciones a las pandillas jaraneras y a las fulanas, sin que pudiera quedarle el más mínimo atisbo de vergüenza. Y lo que podría pensarse dicho antes en su favor, pensad que eso justamente se ha dicho en favor mío. Desde muy temprano el pobrecito daba vueltas cubierto de guirnaldas, beodo, recorriendo el ágora de un lado a otro al tiempo que tocaba la flauta, nunca sobrio, invitando a la juerga a todos, oprobio para los antepasados y la ciudad toda, y hazmerreír para los forasteros.

Cuando llegó a casa, yo me encontraba —como solía hacer— con las puertas abiertas de par en par, explicando a mis compañeros allí presentes algunos temas sobre la virtud y la templanza. Él, pegándose a nosotros, con la flauta y las coronas, al principio no paraba de dar voces e intentaba confundir nuestra conversación perturbándola con sus gritos. Pero, como nosotros no le hacíamos ni pizca de caso, poquito a poco —no estaba aún totalmente empapado por la Borrachera— fue poniéndose sobrio y prestando atención a la conversación, al tiempo que se quitaba las guirnaldas y hacía callar a la flautista, se avergonzaba de su vestimenta de color púrpura, y como despertándose de un profundo sueño, se miraba a sí mismo y veía el estado en que se encontraba y se arrepintió de su vida anterior. El tono colorado que la Borrachera le producía se iba desvaneciendo y desaparecía, dejando paso a un sonrojo de vergüenza por sus actos. Finalmente, escapando como pudo, vino por su propia iniciativa a mi casa, sin que yo lo invitara ni lo forzara, como dice la Borrachera, sino de forma totalmente espontánea, albergando en su interior la sospecha de que esas actividades eran mejores. Llamádmelo ya para que podáis comprender perfectamente el modo de comportarse que tiene merced a su influencia. A ese individuo, miembros del jurado, al que yo acepté cuando era el hazmerreír, que era incapaz de hablar, que no podía tenerse en pie por el vino, lo cambié de cabo a rabo, lo hice sobrio y, de esclavo que era, lo he vuelto un hombre de bien, sensato, muy estimado entre los griegos. Y él, personalmente, me está por ello agradecido y también sus parientes que se preocupan por él. He dicho. Vosotros fijaos ya a ver con cuál de nosotros dos le convenía mejor entablar consorcio.

[18] JUSTICIA. — Vamos, sin demora, depositad el voto, levantaos. Hay que juzgar, además, otros casos.

HERMES. — Ha ganado la Academia con todos los votos menos uno.

[19] JUSTICIA. — No es de extrañar que haya alguien de parte de la Borrachera. Vamos; tomad asiento vosotros a quienes os ha caído en suerte juzgar el pleito de la Estoa contra Placer por un amante. Comience a contar el tiempo. Tú, la que estás debajo de la pintura, la de muchos colores 11, habla ya.

ESTOA. — No ignoro, miembros del Jurado, que mi [20] discurso va a ser contra un oponente de buen ver, y también veo a la mayoría de vosotros que le estáis dirigiendo la mirada y le sonreís, mientras me despreciáis a mí porque llevo la cabeza rapada, tengo aspecto masculino y parezco siniestra. Sin embargo, si queréis escuchar mi discurso, estoy segura de que voy a decir cosas más propias de la justicia que él. La acusación, en el caso que nos ocupa, es que, ataviada al modo de las fulanas con el atractivo de su apariencia, a mi hombre amante, al entonces sensato Dionisio, camelándolo, se lo atrajo a su casa. Y el proceso que juzgaron los que os han precedido entre la Academia y la Borrachera es hermano del que estamos juzgando. En el caso que nos ocupa ya se está poniendo de relieve si conviene vivir al modo de cerdos con la cabeza por el suelo, entregados al placer sin albergar ningún pensamiento respetable o elevado, o si, poniendo en segundo plano lo que nos agrada detrás de lo que es bello, dedicarnos a la filosofía con libertad, como hombres libres, sin temer el dolor en la idea de que es invencible, sin dejar paso al placer, que esclaviza, buscando la felicidad en la miel y en los higos secos. Pues bien, el Placer, tendiendo esta clase de cebos a los hombres necios, asustándolos como un espantapájaros con el dolor, se los lleva a sus dominios, a la mayoría; entre los cuales consiguió arrebatamos a aquel pobre infeliz, sin quitarle ojo de encima, enfermo, como estaba; pues, si hubiera estado en perfecto estado de salud, nunca hubiera aceptado los argumentos que le daba el placer. ¿Qué motivo tendría yo para enfadarme con ella, cuando ni siquiera deja en paz a los dioses, sino que hasta perturba su trabajo? Así que, si fuerais sensatos, incluso podríais entablar proceso contra ella también por impiedad. Estoy oyendo que no está el Placer preparado para hacer su propio discurso de defensa, sino que va a hacer subir al estrado en calidad de abogado defensor suyo a Epicuro; hasta ese punto se está burlando del tribunal. Pero aún hay más. Pregúntale al Placer qué clase de hombres piensa que habrían sido Heracles o vuestro Teseo, si, seducidos por él, hubieran rehuido sus penosos trabajos. Nada habría impedido que la tierra se hubiese visto plagada de injusticia, si aquéllos no se hubieran esforzado.

Me he limitado a exponer estas ideas, porque no me gustan los discursos largos. Si quisiera contestarme brevemente a las preguntas que yo le formulara, se vería enseguida que no es nada. En cualquier caso, recordad vuestro juramento y emitid vuestro voto sin hacer caso a Epicuro, que va diciendo por ahí que los dioses no están al tanto de lo que sucede entre vosotros.

JUSTICIA. — Colócate ahí. Tú, Epicuro, pronuncia el discurso en defensa del Placer.

[21] EPICURO. — Miembros del jurado. No voy a pronunciar ante vosotros un discurso largo; no me hacen falta muchas palabras 12. Si el Placer con encantos o filtros ha obligado a poner sus ojos en él a quien la Estoa dice que es su amante, a Dionisio, tras apartarse de ella, lógico que hubiera contado con una especie de maga que hubiera empleado sus hechizos contra los amantes ajenos, y se le hubiera juzgado por atropellar la justicia.

Si alguien libre en una ciudad libre, sin que se lo prohíban las leyes, fastidiado por el aburrimiento que encuentra a su lado y creyendo que la que ella llama culminación de las penalidades —la felicidad— es una bagatela, rehúye todas aquellas palabras retorcidas y demás entresijos laberínticos por el estilo y gustoso se escapa hasta ir a dar con el Placer, como si cortara unas cadenas, a saber, los entresijos de los razonamientos, pensando como un hombre y no como un pedazo de tierra, por una parte, que el trabajo, según es de hecho, es trabajoso y creyendo, por otra parte, que el placer es placentero 13, ¿habría que excluirle por eso? Es como si al hombre que se acercase a puerto a nado, superviviente de un naufragio y anhelando las bonanzas, le metierais de nuevo la cabeza en el mar del trabajo, y lo pusierais al pobre hombre a merced de los dilemas; y, todo ello, a pesar de que había ido a refugiarse junto al altar de la Compasión, en brazos del Placer, para, subiendo a lo más empinado, sudando a chorros, poder ver la famosísima virtud y luego penando a lo largo de la vida entera, alcanzar la felicidad después de muerto, ¿habría que excluirle, digo?

Pues ¿qué juez podría parecer más justo que aquel hombre, que, tras haber conocido lo que le enseñó la Estoa —si es que, por cierto, hay alguien que de verdad lo conozca— y creyendo hasta entonces que sólo lo bello era bueno, y luego de aprender que el trabajo era un mal, eligió tras sopesarlo bien lo mejor de ambas cosas? Veía, creo yo, a esos individuos dando muchas explicaciones acerca del dominio de sí mismos y del asumir los trabajos, mientras en privado se aplicaban al placer, y que durante el tiempo de los discursos se comportaban con fortaleza, mientras que en casa vivían conforme a las leyes del Placer, abochornándose si se les veía dando la nota y traicionando la doctrina, sufriendo, pobrecillos, lo de Tántalo; si llegaban a albergar la esperanza de pasar desapercibidos y de trasgredir la ley impunemente, se hartaban de Placer. Y si en algún momento alguien les hubiera dado el anillo de Giges para, al ponérselo, hacerse invisible, o el casco de Hades 14, estoy seguro de que, diciendo un largo adiós a los trabajos penosos, se hubieran echado en brazos del Placer y todos, sin excepción, habrían imitado a Dionisio, quien, hasta el momento de su enfermedad, tenía la esperanza de que le serían de alguna utilidad los argumentos sobre el autodominio. Una vez que sintió dolores y cayó enfermo y el trabajo penoso llegó con toda su crudeza, viendo que su propio cuerpo se daba de tortas con las doctrinas de la Estoa y sostenía puntos de vista contrarios, confió en él más que en ellos y se dio cuenta de que era un hombre y de que tenía un cuerpo de hombre, y llegó a la conclusión de que no haría de él uso como si de una estatua se tratara, convencido de que quien habla de otro modo y acusa al Placer…

se divierte con las palabras, y tiene la mente en otro sitio 15.

He dicho. Vosotros, en base a estos discursos, depositad los votos.

[22] ESTOA. — Ni hablar, concédeme que le pregunte unas pocas cosas.

EPICURO. — Pregunta; yo te contestaré.

ESTOA. — ¿Piensas que el trabajo es un mal?

EPICURO. — Sí.

ESTOA. — ¿Y que el placer un bien?

EPICURO. — Por supuesto que sí.

ESTOA. — ¿Y entonces? ¿Sabes qué es material e inmaterial, y aprobado y reprobado? 16.

EPICURO. — Sí.

HERMES. — Estoa; los jueces dicen que no entienden esas preguntas dobles; así que, tranquila que están votando.

ESTOA. — Si le hubiera preguntado la tercera cuestión de las indesmostrables, habría ganado yo.

JUSTICIA. — ¿Quién ha vencido?

HERMES. — El Placer, por unanimidad.

ESTOA. — Apelo a Zeus.

JUSTICIA. — ¡Que te vaya bien! Tú, llama a otros.

HERMES. — La Virtud y el Lujo respecto de Aristipo. [23] Que se presente Aristipo en persona.

VIRTUD. — Yo, la Virtud, debo hablar la primera. Aristipo es mío, según pondrán claramente de relieve las palabras y los hechos.

LUJO. — No y no, que es mío. Ese hombre es mío, según puede verse por las guirnaldas, las vestimentas púrpura y los perfumes.

JUSTICIA. — Nada de reyertas; se os hará justicia una vez que Zeus haya dictado sentencia en el caso de Dionisio; parece que ese caso es similar; de modo que, aunque resulte vencedor el Placer, también el Lujo poseerá a Aristipo. Pues, si triunfa la Estoa, él también será juzgado propiedad de la Virtud. Así que… ¡Comparezcan otros! Por cierto, atención no vayan a cobrar esos señores el sueldo que les corresponde por su trabajo en el tribunal; el proceso se les ha quedado sin fallar.

HERMES. — ¿Se han dado esta caminata cuesta arriba, ellos, unos viejos, para nada?

JUSTICIA. — Ya es suficiente si cobran la tercera parte; marchaos y no os enfadéis; ya tendréis otra ocasión de juzgar.

[24] HERMES. — Es el turno de comparecencia de Diógenes de Sinope. Habla tú, la Banca.

DIÓGENES. — Si no dejas de molestarme, Justicia, ya no me juzgará por escaparme, sino por muchas y profundas heridas; que voy ahora mismo y le pego con el palo…

JUSTICIA. — ¿Pero qué es esto? La Banca ha huido y él la va persiguiendo blandiendo el bastón; la pobrecilla parece que vaya a cobrar más de lo debido. Llamad a Pirrón.

[25] HERMES. — Ya está aquí la Pintura, Justicia; Pirrón no ha aparecido y resultaba lógico que actuara así.

JUSTICIA. — ¿Por qué, Hermes?

HERMES. — Porque piensa que ningún criterio es verdadero.

JUSTICIA. — Pues sea condenado por incomparecencia. Llama al logógrafo sirio. Desde hace no mucho tiempo se habían amontonado las denuncias contra él; no corría prisa juzgarlo, pero, al fin y al cabo, como parecía oportuno hacerlo, haz tratar en primer lugar la acusación de la Retórica. ¡Madre mía! ¡Cuánta gente se ha dado cita para oír el juicio!

HERMES. — Normal, Justicia. El hecho de que el caso no viene de lejos, sino que es novedoso y poco corriente y que se presentó ayer la denuncia, junto con la expectativa de oír a la Retórica y al Diálogo, cada uno a su turno, formulando la acusación y al Sirio defendiéndose ante ambos, ha atraído a mucha gente al tribunal. Pero, vamos, Retórica, comienza tu discurso.

RETÓRICA. — En primer término, ateniense, pido a los [26] lioses, todos y todas 17, que, de cara a este proceso, me concedan obtener, de parte vuestra, el mismo grado de afecto y simpatía de que yo vengo haciendo gala para con la ciudad y con vosotros. Después, que los dioses coloquen a nuestro lado justamente lo que es más justo, invitar a callarse al litigante y a mí permitirme realizar la acusación del modo que he preferido y he querido. No se me alcanza a conocer lo mismo, cuando dirijo la vista a lo que me ha sucedido y cuando lo hago a las palabras que escucho. Los argumentos que él va a exponeros son muy parecidos a los míos; en cambio, veréis que la actuación ha llegado hasta tal punto que se hace necesario estar al tanto, no sea que vaya yo a sufrir algo peor todavía de parte suya. Pero, en fin, para no alargar más de la cuenta esta introducción —que ya hace un rato que empezó a contarme el tiempo—, voy a dar comienzo a mi discurso.

Yo, miembros del jurado, que encontré a ese individuo [27] cuando era un muchacho, aún de habla extranjera, y, podríamos decir, vestido al modo asirio con un caftan dando vueltas por Jonia, lo tomé a mi lado cuando aún no sabía a lo que se iba a dedicar y lo eduqué. Puesto que me parecía un buen alumno que se fijaba en mí con atención —estaba entonces a mi disposición, se preocupaba de mí y era la única a la que él admiraba—, abandonando yo a toda otra serie de pretendientes que tenía, ricos, honrosos y de familias notables, me comprometí con ese desgraciado, un pobre y un desconocido, al que otorgué como dote no insignificante, muchos y formidables discursos. Después, lo inscribí entre los miembros de mi fratría, y lo hice ciudadano sin reservas, hasta el punto de causar un buen sofoco a los que desconfiaron de aquel compromiso. Y ni siquiera lo abandoné cuando tuvo a bien ir de un lado para otro a fin de poner de relieve la dicha de su matrimonio; antes bien, siguiéndolo por todas partes, iba yo alrededor de él de un lado a otro. Embelleciéndolo y revistiéndolo, lo iba haciendo yo notable y famoso. Y los viajes por la superficie de la Hélade y de Jonia fueron discretos. Mas, cuando le dio la gana de alejarse hasta Italia, navegué con él por el mar Jonio y, por último, lo surqué con él hasta tierra celta, donde le hice enriquecerse. Durante mucho tiempo me hacía caso en todo cuanto le decía, y estaba conmigo sin faltar de casa ni una sola noche. [28] Pero cuando asumió que ya había hecho acopio suficente y que ya tenía lo suficiente para alcanzar la fama, levantando las cejas y adoptando un aire de superioridad, se desentendió de mí y me dejó abandonada por completo. Y ahora él, en un exceso de amor, vive en plan erótico con ese tipo de barba, que está ahí enfrente, el del vestido, el Diálogo, que dice ser hijo de la Filosofía, bastante mayor, por cierto, que él. Y no se avergüenza, en absoluto, de mutilar la libertad y la relajación que hay en mis argumentos ni de encerrarse a sí mismo en preguntas breves y fragmentadas. Y en lugar de expresar lo que quiere en voz alta, entreteje y recompone en sílabas unas frases cortas, de las que difícilmente podrían desprenderse para él un elogio unánime o una ovación; tan sólo, de parte del auditorio, una sonrisa y el sacudir la mano dentro de los límites, asentir un poco con la cabeza y refrendar las palabras con un ligero suspiro. De todo eso se ha enamorado el caballero, tras despreciarme a mí por completo. Y andan diciendo que ni tan siquiera está muy en paz con su amado; sino que, según creo, también le está tomando el pelo. ¿Cómo no va a ser tildado de desagradecido el tipo [29] ése y no va a estar sujeto a las leyes respecto a la vejación, él que abandonó, de un modo tan ignominioso, a su legítima esposa, de la que recibió tal cúmulo de atenciones y merced a la cual es ahora famoso; él, que se dedicó a la búsqueda de nuevas experiencias, y todo eso ahora cuando todos me admiran a mí y solo a mí, y todos dejan constancia escrita de que soy yo su protectora? Pero yo intento plantar cara a tantos pretendientes y no quiero hacer caso ni abrir a los que llaman a mi puerta y gritan a voces mi nombre, pues veo que no traen más compañía que la de su griterío. Y ese tipo ni siquiera se vuelve a mí así, sino que tiene los ojos puestos en su amado. ¿Y qué ventajas le parece, oh dioses, que va a obtener de él, de quien todo lo que sabe es que no tiene más que un triste capote?

He dicho, miembros del jurado. Vosotros, caso que quiera hacer su discurso de defensa a mi estilo, ruego no se lo permitáis; sería necio que volviera la espada contra mí. Anda; que pronuncie su discurso de defensa al modo de su amadísimo Diálogo, a ver si es capaz.

HERMES. — Eso es inconcebible. Es imposible, Retórica, que él solo se defienda según el esquema del Diálogo; así que suelte él también una parrafada.

SIRIO. — Puesto que la parte litigante, miembros del [30] jurado, se enfada si empleo el párrafo largo habiendo tomado ella el poder hablar así, no voy a deciros muchas cosas; me limitaré a replicar a las acusaciones más importantes que me ha formulado y dejaré a vuestra consideración detallada todo lo demás. En todo lo que explicó acerca de mí no dijo más que la verdad. Me educó, viajó conmigo, me inscribió en el censo de los griegos y, justamente, por eso, le podía yo dar las gracias por la boda. Escuchad ahora los motivos por los que tras abandonarla a ella me volví al Diálogo, aquí presente, miembros del jurado; y no vayáis a pensar que, por sacar alguna ventaja en provecho propio, voy a engañaros.

[31] Yo, al ver que ella ya no estaba en sus cabales y que no permanecía en la actitud de moderación de la que estaba revestida cuando aquel hombre de Peania 18 la llevó a su casa, sino maquillada y con los cabellos bien cogidos, al modo de una hetera, rebozada en colorete, con los ojos pintados, yo, digo, al instante sospechaba y estaba al acecho a ver dónde ponía la vista. Dejaré a un lado otros puntos. Cada noche nuestra calleja se llenaba de amantes embriagados que venían a rondarla, que daban golpes en la puerta e, incluso, tenían la osadia de forzar la entrada en tropel.

Ella se reía y se divertía con esos sucesos, y en muchas ocasiones, o se asomaba desde la azotea a escuchar a quienes cantaban con voz escabrosa canciones eróticas, o abriendo las ventanas poco menos que a hurtadillas, creyendo que yo no me estaba dando cuenta, perdía la compostura y se amancebaba con ellos. Y, aunque yo no lo soportaba, no consideré oportuno denunciarla por adulterio, sino, más bien, acercándome al Diálogo que vivía en el círculo de nuestros vecinos, le pedí que me recibiera en su casa.

[32] Éstos son los grandes agravios que he cometido contra la Retórica. En verdad, si nada de esa índole hubiera sido llevado a cabo por ella, mejor hubiera sido para mí, un hombre ya de casi cuarenta años, verme libre de aquellos jaleos, de procesos judiciales, y dejar tranquilos a los miembros del jurado, evitando acusaciones de tiranos y elogios de magnates, y de camino a la Academia o al Liceo dar un paseo en compañía del mejor hombre, del Diálogo, dialogando tranquilamente sin necesidad alguna de elogios ni aplausos.

Aunque puedo decir muchas más cosas, voy a poner ya punto final. Vosotros depositad vuestro voto conforme al juramento prestado.

JUSTICIA. — ¿Quién gana?

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