Czytaj książkę: «Mujercitas - Aquellas mujercitas»
Louisa May Alcott
MUJERCITAS
AQUELLAS MUJERCITAS

Título original inglés: Little Women / Those Little Women.
Autora: Louisa May Alcott.
© de la traducción: E. M., 2011.
Diseño de la cubierta: Lookatcia.com.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2019.
RBA MOLINO
REF.: OBDO441
ISBN: 978-84-272-1793-5
Realización de la versión digital • El Taller del Llibre, S.L.
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MUJERCITAS
CAPÍTULO I
EL JUEGO DE LOS PEREGRINOS
Este año, sin regalos, no va a parecernos Navidad —dijo Jo con disgusto; estaba tendida sobre la alfombra, delante de la chimenea.
—¡Qué horrible es ser pobre! —comentó Meg, suspirando mientras miraba con melancolía su viejo vestido.
—A mí no me parece justo que unas tengan tantas cosas bonitas y otras no tengan absolutamente nada —añadió Amy con un mohín de despecho.
—Tenemos a mamá y a papá y nos tenemos las unas a las otras —dijo Beth, desde el rincón que ocupaba.
Los semblantes de las cuatro jóvenes parecieron iluminarse al escuchar estas palabras pero en seguida volvieron a ensombrecerse, cuando Jo precisó con tristeza:
—A papá no le tenemos ahora, ni le tendremos por mucho tiempo.
Pudo haber agregado «ni le tendremos nunca más». Pero aunque no lo dijo, cada una de ellas lo pensó al evocar el recuerdo del padre que se hallaba muy lejos, en el frente de batalla.
Siguió una pausa prolongada; luego Meg dijo con voz velada por la emoción:
—Ya sabéis el motivo por el cual mamá nos ha pedido que prescindamos de los regalos de Navidad. El invierno será muy duro y cree que no debemos gastar dinero en cosas superfluas, mientras nuestros soldados sufren tanto en la guerra. No podemos ayudar mucho pero sí hacer algunos sacrificios, y debemos hacerlos alegremente. Claro que, por lo que a mí se refiere, no creo que sea así.
Al decir esto sacudió pesarosa su cabecita, pensando quizá en todas las cosas bonitas que deseaba.
—Lo que no entiendo es en qué puede ayudar lo poco que habíamos de gastar. La fortuna de cada una de nosotras se eleva a un dólar. ¿Os parece que será de gran ayuda para el ejército? Acepto que ni mamá ni vosotras me regaléis nada, pero yo me compraré Undine y Sintram. ¡Hace tanto tiempo que quiero hacerlo! —dijo Jo, a quien le gustaba leer y devoraba cuantos libros caían en sus manos.
—Yo había pensado gastarme mi dólar en partituras nuevas —informó Beth, lanzando un suspiro que nadie oyó.
—Yo me compraré una caja de lápices de colores —dijo Amy—. Me hacen mucha falta.
—Mamá no ha mencionado nuestro dinero particular, y no creo que quiera que lo demos todo —exclamó Jo examinando los tacones de sus botas—. Compremos, pues, lo que nos haga falta y permitámonos algún gusto, ya que ganarlo nos cuesta bastante trabajo.
—A mí, desde luego, mucho... —dijo Meg con tono lastimero—. Todo el día dando lecciones a esos terribles niños, cuando me muero de ganas de estar en casa.
—Pues yo lo paso peor —le recordó Jo—. ¿Qué diríais si tuvierais que estar encerradas horas y horas con una vieja histérica y caprichosa que os tiene siempre atareadas, sin mostrarse nunca satisfecha de lo que hacéis y os fastidia hasta que os entran deseos de echaros a llorar o saltar por el balcón?
—Quejarse no está bien, pero yo os aseguro que no hay trabajo más fastidioso que fregar platos y arreglar la casa. A mí me causa irritación y me pone las manos tan tiesas y ásperas que no puedo tocar el piano.
Beth dirigió una mirada a sus manitas enrojecidas lanzando un segundo suspiro, que esta vez sí oyeron sus hermanas.
—No creo que ninguna de vosotras sufra lo que yo —afirmó Amy—, porque no tenéis que ir a la escuela con muchachas impertinentes que se burlan de una cuando no sabe la lección, se ríen de los trajes que una lleva, «defaman» a vuestro padre porque es pobre y hasta llegan a insultaros porque no tenéis una nariz bonita.
—Se dice difaman, Amy, no «defaman» —observó Jo, riendo.
—No intentes criticarme, que bien sé yo lo que me digo —repuso Amy con soberbia—. Hay que usar palabras escogidas para mejorar el vocabulario.
—Vamos, niñas, dejadlo. ¡Oh, si papá conservara el dinero que perdió cuando éramos pequeñas! ¡Qué bien lo pasaríamos si estuviéramos libres de apuros económicos! ¿Verdad, Jo?
Meg podía acordarse de mejores tiempos en que su familia se había visto libre de estrecheces.
—El otro día dijiste que debíamos considerarnos más felices que los King, porque ellos, a pesar de su dinero, viven disgustados y en continua riña.
—Y así es en efecto, Beth; es decir, así lo creo, porque aunque tengamos que trabajar luego nos divertimos y formamos una pandilla alegre, como diría Jo.
—¡Jo usa unas expresiones tan chocantes...! —observó Amy, dirigiendo una mirada de reproche a su hermana.
Esta se puso en pie de un salto, hundió ambas manos en los bolsillos y se puso a silbar con fuerza.
—No hagas eso, Jo, que es cosa de chicos.
—Por eso lo hago.
—Detesto a las chicas con modales ordinarios.
—Pues yo las cursiladas de las que se creen señoritas elegantes.
—«Los pájaros se acomodan en sus niditos» —cantó Beth, la pacificadora, con una expresión tan divertida que las que discutían se interrumpieron para estallar en sonoras carcajadas.
—Realmente, niñas, las dos merecéis censura por igual —dijo Meg, iniciando su sermón con aire de hermana mayor—. Tú, Jo, has pasado ya la edad en que se hacen gracias de chico. No importaban antes, cuando eras pequeña, pero ahora que eres tan alta y llevas el pelo recogido no deberías olvidar que eres una señorita y comportarte como tal.
—¡No lo soy! Y si por recogerme el pelo me convierto en una señorita, me haré trenzas hasta que cumpla veinte años —exclamó Jo, arrancándose la redecilla y sacudiendo su cabellera de color castaño—. Detesto pensar que debo crecer y ser la «señorita March» y llevar faldas largas. Ya es bastante desagradable ser chica, cuando lo que me gustan son las maneras, los juegos y los modales de los chicos. No puedo conformarme con haber nacido mujer, y ahora más que nunca, pues quisiera luchar al lado de papá y sin embargo me veo obligada a permanecer en casa haciendo calceta como una vieja.
Sacudió el calcetín azul que estaba haciendo hasta hacer sonar las agujas como castañuelas, mientras el ovillo caía y rodaba por el suelo.
—¡Pobre Jo! Siento que eso no tenga remedio; tendrás que contentarte con ponerte un nombre masculino e imaginar que eres nuestro hermano —dijo Beth, en tanto acariciaba la cabecita que su hermana apoyaba en sus rodillas, con una mano cuya tersura no había deteriorado el trabajo doméstico.
—En cuanto a ti, Amy —intervino Meg—, eres demasiado afectada. Hay algo de divertido en tus maneras, pero si no andas con cuidado te convertirás en una persona ridícula. Cuando no tratas de parecer elegante eres muy agradable y da gusto verte tan modosita y bien hablada, pero las palabras rebuscadas que sueltas a veces son tan malas como la jerga que suele emplear Jo.
—Si Jo es un golfillo y Amy una presuntuosa, entonces ¿qué soy yo? —preguntó Beth, dispuesta a recibir su parte del sermón.
—Tú eres un ángel, querida —respondió Meg con calor y nadie la contradijo, porque la «ratita» era el ídolo de la familia.
Ahora, como nuestros lectores querrán saber cómo son los personajes de esta novela, aprovecharemos la ocasión para trazar un apunte de las cuatro hermanas que estaban ocupadas haciendo calceta una tarde de diciembre, mientras fuera caía monótonamente la nieve y dentro del cuarto se oía el alegre chisporrotear del fuego en la chimenea.
Era aquel un cuarto amplio y confortable, aunque la alfombra estaba bastante descolorida y el mobiliario era sencillo; de las paredes pendían algunos cuadros, los anaqueles estaban llenos de libros, en las ventanas florecían crisantemos y rosas de Navidad y en toda la casa se respiraba una atmósfera de paz y bienestar.
Margaret o Meg, según su diminutivo familiar, tenía dieciséis años y era la mayor de las cuatro. Era bonita, un poco rellenita, de cutis sonrosado, ojos grandes, abundante y sedoso cabello castaño, boca delicada y manos blancas de las que se envanecía. Jo, de quince años, era muy alta, esbelta y morena, tenía boca de expresión resuelta, nariz un tanto respingona, penetrantes ojos grises que parecían verlo todo y que unas veces tenían expresión de enojo, otras de alegría y otras se tornaban graves y pensativos. Tenía espalda fornida, manos y pies grandes y la tosquedad de una chica que va haciéndose mujer a su pesar. Su larga y abundante cabellera era su única belleza, pero generalmente la llevaba recogida en una redecilla para que no le estorbase. En cuanto a Elizabeth o Beth, era una niña de trece años, de carita rosácea, pelo lacio y ojos claros, tímida en sus maneras y en el hablar y con una expresión apacible que rara vez se turbaba. Su padre la llamaba la Tranquila y el nombre le cuadraba de maravilla, porque parecía vivir en un mundo feliz del que solamente salía para reunirse con las pocas personas a quienes brindaba su cariño y respeto. Amy, la más joven, era, según su propia opinión, una personita importante. Una nívea doncella de ojos azules y cabello dorado que le caía formando bucles sobre los hombros, pálida y esbelta, se comportaba siempre como una señorita que cuida sus modales y palabras.
Del carácter de cada una de las hermanas no diremos nada; dejaremos al lector el trabajo de irlo descubriendo en el curso de la novela.
El reloj anunció las seis, y en seguida Beth trajo unas zapatillas que colocó delante de la chimenea para que se calentasen. La imagen de aquellas zapatillas emocionó a las niñas: iba a llegar la madre y todas se dispusieron a darle una alegre bienvenida. Meg dejó de sermonar y encendió la lámpara; Amy abandonó la butaca que ocupaba, y Jo olvidó su cansancio, para sentarse más erguida y acercar las zapatillas al fuego.
—Hay que comprarle otro par a mamá; estas están muy gastadas —dijo.
—Yo pensaba invertir en eso mi dólar —aseguró Beth.
—No; se las regalaré yo —terció Amy.
—Yo soy la mayor... —comenzó Meg, pero Jo la interrumpió con tono resuelto:
—¡Ya está bien! En ausencia de papá, yo soy el hombre de la casa. Además, él me pidió que me cuidase especialmente de mamá y seré yo quien se encargue de las zapatillas.
—Tengo una idea —propuso Beth—. Empleemos el dinero en comprarle alguna cosa a mamá. Lo nuestro puede esperar.
—Es una buena idea, como todas las tuyas, cariño —exclamó Jo—. ¿Y qué le compraremos?
Todas guardaron silencio mientras reflexionaban. Al cabo de un minuto, como si sus bonitas manecitas acabaran de sugerirle una idea, Meg dijo:
—Le regalaré unos guantes.
—Y yo las mejores zapatillas que encuentre —terció Jo.
—Unos pañuelos bordados —dijo Beth.
—Yo un frasco de agua de colonia. Le gusta mucho, y como no cuesta tanto, me quedará algo para mis lápices —añadió Amy.
—¿Cómo le entregaremos los regalos? —preguntó Meg.
—Pues los dejamos sobre la mesa y la llamamos para que abra los paquetes —propuso Jo—. ¿No os acordáis que así lo hacíamos en nuestros cumpleaños?
—Yo recuerdo que me asustaba mucho cuando me llegaba el turno de sentarme en la silla alta con la corona en la cabeza y vosotras os acercabais con los paquetes para ofrecérmelos y darme un beso. Me gustaban mucho los regalos y los besos, pero me ponía nerviosa que me miraseis mientras abría los paquetes —dijo Beth, que estaba preparando unas tostadas para el té y se tostaba la cara al mismo tiempo que el pan.
—Dejemos que mamá piense que vamos a comprarnos cosas para nosotras y luego le daremos una sorpresa. Mañana saldremos a hacer algunas compras —dijo Jo paseándose con las manos a la espalda y la naricilla alzada—. Meg, hay mucho que hacer todavía para la función del día de Navidad.
—Esta será la última vez que intervengo en una representación de Navidad, pues ya soy bastante mayor para eso —observó Meg, que seguía siendo tan niña como siempre cuando se trataba de representaciones familiares.
—¡Vaya! Te aseguro que no dejarás de hacerlo —dijo Jo—. Te agrada demasiado pasearte por la escena con un vestido de cola y luciendo joyas de papel de plata. Por otra parte, eres nuestra mejor actriz, y si desertas, se acabaron nuestras funciones. Debemos ensayar la pieza esta tarde. Ven aquí, Amy, y practica la escena en que caes desmayada, y que aún no has logrado hacer bien. ¿Por qué te pones tiesa como una estaca?
—No es culpa mía; jamás he visto desmayarse a nadie y no me apetece llenarme de cardenales dejándome caer de espaldas como lo haces tú. Si puedo caer cómodamente, me tiraré al suelo; de lo contrario, aterrizaré graciosamente en una silla; me tiene sin cuidado que Hugo se acerque a mí con una pistola —respondió Amy, que carecía de aptitudes para las tablas, pero a quien se había designado para aquel papel ya que, debido a su poco peso, podía ser arrebatada fácilmente en brazos por el villano de la obra.
—Hazlo así, mira: unes las manos con gesto de desesperación, y avanzas vacilante por el cuarto, gritando con frenesí: «¡Rodrigo, sálvame, sálvame!».
Mientras lo decía, Jo representó la escena tan vívidamente que sus gritos resultaron emocionantes.
Pero cuando Amy trató de imitarla lo hizo muy mal: extendió las manos con excesiva rigidez, anduvo como una autómata y sus exclamaciones sonaron tan ridículas que Jo lanzó un suspiro de desesperación. Meg se echó a reír a carcajadas y Beth, divertida por lo que presenciaba, descuidó su tarea y las tostadas se convirtieron en carbón.
—Es inútil —comentó Jo—. Cuando te toque salir a escena procura hacerlo lo mejor que puedas y no me culpes si el público se echa a reír. Ahora tú, Meg.
Lo que siguió fue ya mejor. Don Pedro desafió al mundo con un parlamento de dos páginas sin interrupción; Agar, la bruja, lanzó con acento sombrío su invocación infernal inclinada sobre el caldero donde cocía sus encantamientos; Rodrigo se libró de sus grilletes con viril arranque, y Hugo murió estremecido por los remordimientos y el veneno, lanzando gritos estentóreos.
—Es nuestra mejor representación hasta la fecha —dijo Meg mientras el traidor se incorporaba restregándose los codos.
—No sé cómo puedes escribir y representar cosas tan magníficas, Jo —exclamó Beth, que tenía la firme convicción de que sus hermanas poseían admirables dotes para todo—. Eres un verdadero Shakespeare.
—No exageres —contestó Jo, con modestia—. Creo que La maldición de la bruja está bastante bien, pero yo quisiera representar Macbeth si tuviéramos una trampa para Banquo. Yo siempre he deseado un papel en el que tenga que matar a alguien. «¿Es una daga lo que veo delante de mí?» —recitó imitando la actitud y el gesto de un gran actor dramático al que había visto actuar.
—¡No! —gritó Meg—. Es el tenedor de tostar con unas zapatillas de mamá en lugar del pan. Jo está embobada con la representación.
El ensayo terminó entre las risas alborotadas de las cuatro muchachas.
—Me alegro de encontraros tan divertidas, hijas mías —dijo una voz agradable desde la puerta.
Al oírla, actores y espectadores corrieron a dar la bienvenida a una señora de porte distinguido y aspecto maternal, cuyo rostro tenía una expresión amable y cariñosa. A pesar de no ir ataviada elegantemente, las cuatro niñas la consideraban la persona más encantadora del mundo, con su raído abrigo gris y su sombrero pasado de moda.
—¿Cómo lo habéis pasado, hijitas? Había tanto trajín para preparar las cajas para mañana, que no pude venir a almorzar. ¿Hubo algún recado, Beth? ¿Cómo va tu constipado, Meg? Tienes cara de estar fatigada, Jo. Ven a darme un beso, pequeña.
Mientras su afecto maternal desbordaba en preguntas, la señora March se despojó del abrigo y los húmedos zapatos, y se colocó las zapatillas que le tenían preparadas. Luego se sentó en una butaca, atrajo hacia sí a Amy y la sentó sobre sus rodillas, preparándose a disfrutar de la hora más feliz de su atareado día.
Las muchachas, por su parte, se dispusieron a cumplir diligentemente su tarea para que todo estuviera bien hecho. Meg preparó la mesa para el té; Jo trajo leña para la chimenea y puso las sillas, dejando caer varias cosas y desarreglando cuanto tocaba; Beth iba y venía de la sala a la cocina, y Amy impartía órdenes a todas, mientras permanecía sentada con los brazos cruzados.
Cuando se sentaron alrededor de la mesa, la señora March dijo con radiante expresión de satisfacción:
—Os reservo una sorpresa para después de cenar.
Todos los rostros se iluminaron con amplias sonrisas de felicidad. Beth unió fuertemente las manos sin reparar en la galleta que tenía entre ellas, y Jo lanzó al aire su servilleta gritando:
—¡Una carta! ¡Una carta! Tres hurras para papá.
—Sí, una carta muy larga. Papá está bien y dice que va a pasar el invierno mejor de lo que esperaba. Envía muchos recuerdos cariñosos y deseos de felicidad para la Navidad. Y un mensaje especial para vosotras —dijo la buena señora acariciando el bolsillo donde estaba la carta, como si se tratase de un tesoro.
—¡Daos prisa en comer! Acaba de una vez, Amy; no comas con tanta parsimonia —dijo Jo, atragantándose con el té y dejando caer sobre la alfombra una tostada en su prisa por acabar para que la carta fuese leída.
Beth abandonó la mesa y fue a sentarse en su rincón en silencio, pensando en el buen rato que le esperaba.
—¡Qué gran gesto tuvo papá al alistarse como capellán del ejército, en vista de que era demasiado viejo y no tenía salud para ser soldado! —exclamó Meg.
—¡Qué no daría yo por poder ir como cantinera o enfermera para estar cerca de él y ayudarle! —dijo Jo, lanzando un profundo suspiro.
—Debe de ser duro dormir bajo una tienda de campaña, y tener que comer cosas desagradables y beber en un jarro de hojalata —observó Amy.
—¿Cuándo volverá, mamaíta? —preguntó Beth con voz ligeramente temblorosa.
—A menos que enferme, han de pasar muchos meses todavía. Allí estará cumpliendo fielmente con su deber mientras pueda, y nosotras no tenemos que pedirle que vuelva mientras sus servicios sean necesarios. Oíd ahora lo que escribe.
Se acercaron todas al fuego; la madre se sentó en su butaca, Beth en el suelo, a sus pies, Meg y Amy a cada lado del sillón y Jo a su espalda, para que nadie fuera testigo de su emoción si la carta resultaba conmovedora.
En aquellos aciagos tiempos, pocas eran las cartas que no tuvieran la virtud de conmover a quienes las leían, especialmente a las esposas e hijos que recibían noticias de sus compañeros o padres que luchaban en el frente. El señor March, en la suya, no hacía alusión a las privaciones sufridas, a los peligros arrostrados, a la lucha que debía sostener consigo mismo para vencer la nostalgia del hogar lejano. Su carta rebosaba alegría y optimismo y en ella relataba animadamente la vida del campamento, las marchas y las noticias militares. Su amor paternal y su anhelo de ver a los suyos y estrecharlos entre sus brazos se traslucía solo al final en esta frase:
Dales a todas mil besos de mi parte. Diles que pienso en ellas durante todo el día, rezo por ellas por las noches y a todas horas encuentro en el recuerdo de su cariño mi mayor consuelo. Este año que he de pasar sin verlas me ha de resultar interminable, pero recuérdales que mientras llega el momento del regreso, todos debemos trabajar para no desperdiciar estos días de dura prueba. Sé que ellas recordarán todo cuanto les dije, que serán para ti hijas amantísimas, que cumplirán sus deberes con fidelidad, que sabrán superar sus defectos y sobreponerse a todo, para que así, cuando de nuevo me encuentre entre vosotras, me sienta más satisfecho y más orgulloso que nunca de mis mujercitas.
El final de este párrafo las emocionó a todas. Jo no se avergonzó de la gruesa lágrima que le resbaló por la nariz y a Amy no le preocupó desarreglar sus rizos al ocultar su rostro en el hombro de su madre y sollozar.
—¡Soy una egoísta! —dijo—. Pero trataré de enmendarme para no decepcionarle cuando vuelva.
—¡Todas nos enmendaremos! —exclamó Meg—. Yo soy demasiado presumida y detesto el trabajo, pero prometo cambiar.
—Yo también procuraré dejar de ser tan brusca y atolondrada y convertirme en «una mujercita» como a él le gusta. Y en vez de estar siempre deseando hallarme en otra parte, trataré de cumplir con mi deber en casa —dijo Jo, convencida de que luchar para dominar su carácter era empresa más ardua que plantarse frente al enemigo, allá en el sur.
Beth guardó silencio; se enjugó unas lágrimas con el calcetín azul que estaba tejiendo y reanudó su labor mientras decidía en su interior ser como su padre esperaba que fuera.
La señora March rompió el silencio que siguió a las palabras de Jo, diciendo con voz alegre:
—¿Recordáis cómo os divertíais, cuando erais pequeñas, jugando a los Peregrinos? Nada os gustaba tanto como el que os atara a la espalda mis sacos de retales, que eran la carga, y os diera sombreros y bastones y rollos de papel, con todo lo cual viajabais por la casa desde la bodega, que era la Ciudad de la Destrucción, hasta el granero donde reuníais todas las cosas bonitas que hallabais para construir una Ciudad Celestial.
—¡Qué divertido era —exclamó Jo—; sobre todo cuando pasábamos entre los leones, luchábamos con Apolo y cruzábamos el valle de los duendes!
—Pues a mí me gustaba cuando los sacos rodaban escaleras abajo.
—Pues a mí cuando entrábamos en la Ciudad Celestial y cantábamos alegremente —dijo Beth, sonriendo, como si de nuevo viviera aquellos momentos felices.
—Yo solo recuerdo que tenía miedo a la bodega y de la entrada oscura y que me gustaban mucho los bizcochos y la leche que encontrábamos arriba. Si no fuese porque ya soy demasiado mayor, me agradaría jugar otra vez a los Peregrinos —dijo Amy, que, desde la edad madura de los doce años, hablaba ya de abandonar las cosas infantiles.
—Nunca somos demasiado mayores para eso, hijita, porque en una u otra forma seguimos jugando a los Peregrinos. Aquí están nuestras cargas, el camino que hemos de recorrer y el deseo de ser buenos y felices es el guía que nos conduce a través de muchas penas y no pocos errores, a la paz de la Ciudad Celestial. Ahora, peregrinos míos, suponed que comenzáis de nuevo esa marcha, no para divertiros sino de verdad, y veamos hasta dónde llegáis antes de que regrese vuestro padre.
—Pero ¿y dónde están nuestros fardos, mamá? —preguntó Amy, que deseaba en todo ser exacta.
—Cada una acaba de decir cuál es su carga en la vida; excepto Beth, que quizá no tenga ninguna —contestó su madre.
—Sí que la tengo; mi carga es fregar los platos y quitar el polvo y envidiar a las que tienen buenos pianos.
La carga de Beth era tan divertida que todas sintieron ganas de reír; pero se contuvieron para no herirla en sus sentimientos.
—Hagámoslo —dijo Meg con aire pensativo—. Después de todo, es un medio para ser mejores y el juego puede ayudarnos a lograrlo. Recordad que aunque deseamos ser buenas, es empresa difícil y nos olvidamos de ello y no nos esforzamos lo bastante.
—Esta tarde estábamos en el «lodazal de la desesperanza» y llegó mamá y nos ayudó a salir de él, como ocurre en el libro de los Peregrinos. Debiéramos tener nuestro rollo de advertencia como cristianos. ¿Qué os parece? —preguntó Jo, encantada de la idea que añadía el aliciente de la fantasía a las monótonas tareas.
—El día de Navidad, al despertaros, mirad debajo de la almohada y hallaréis vuestro libro guía —respondió la señora March.
Siguieron hablando de aquello mientras la anciana Hannah quitaba la mesa; después hicieron su aparición las cestitas de labor y las agujas volaron mientras las cuatro hermanas cosían sábanas para tía March. Era una labor aburrida, pero esa noche ninguna se quejó, ya que adoptaron el plan de Jo de dividir las costuras en cuatro partes y dar a cada una el nombre de una de las cuatro partes del mundo. Con ello, la tarea se hizo menos pesada, sobre todo cuando hablaban de diferentes países mientras cosían a través de ellos.
A las nueve dejaron el trabajo y cantaron, como solían hacer antes de acostarse. Solo Beth lograba extraer sonidos del viejo piano, tocando con suavidad sus amarillentas teclas y acompañando agradablemente los sencillos cánticos familiares. Meg poseía una vocecilla aflautada y ella y su madre dirigían el pequeño coro. Amy chirriaba como un grillo y Jo desafinaba en cada nota.
Se habían acostumbrado a cantar al acabar el día desde cuando, muy niñas, empezaron a balbucear el «Brilla, brilla, estrellita...», y había llegado a convertirse en una costumbre de la familia, porque la madre era una cantante entusiasta. Por la mañana, lo primero que se oía en la casa era su voz mientras iba de un lado a otro cantando como una alondra; y por la noche era también su voz la que, como dulce arrullo, llegaba hasta sus hijas como una vieja canción de cuna que las adormecía.
CAPÍTULO II
UNA ALEGRE NAVIDAD
Jo fue la primera en despertarse en el gris amanecer del día de Navidad. De la chimenea no colgaban las clásicas medias y por un momento experimentó tanta decepción como cuando de niña hallaba que su mediecita, de tan llena de regalos, había caído al suelo. Recordó entonces la promesa de su madre y metiendo la mano debajo de la almohada, extrajo un pequeño libro encuadernado en rojo. Jo conocía bien aquel volumen, que contenía la hermosa historia de la mejor vida que se había vivido, y comprendió que era un verdadero guía para cualquier peregrino que hubiera de emprender el largo viaje de la vida.
Despertó a Meg con un alegre «¡Felices Pascuas!» y le dijo que buscase debajo de su almohada. Así lo hizo Meg y sacó un libro encuadernado en verde, con la misma historia dentro y unas palabras escritas por su madre, que convertían el regalo en aún más precioso.
Beth y Amy despertaron también y hallaron debajo de su almohada el mismo librito, uno encuadernado en blanco y otro en azul, y las cuatro se sentaron en sus camas hojeándolos y charlando alegremente mientras por oriente el cielo iba sonrosándose con la luz del amanecer.
A pesar de sus pequeñas vanidades, Meg era de naturaleza dulce y piadosa e inconscientemente ejercía gran influjo en sus hermanas, especialmente en Jo, que la quería con gran ternura y obedecía sus dulces consejos.
—Chicas —exclamó Meg con gravedad—, mamá quiere que leamos y tengamos en mucha estima estos libros y hemos de hacerlo así. Solíamos leerlos antes, pero desde que la guerra vino a trastornarnos llevándose a nuestro padre, hemos abandonado algunas buenas costumbres. Vosotras podéis hacer lo que estiméis conveniente; yo pienso tener siempre este libro sobre mi mesa y todas las mañanas leer un poco de él, porque sé que me hará mucho bien y me ayudará durante el día.
Luego, abrió su librito y empezó a leer. Jo le rodeó los hombros con un brazo y, apoyando su mejilla sobre la de su hermana, leyó también con expresión de tranquilidad, rara vez reflejada en su inquieto rostro.
—¡Qué buena es Meg! Anda, Amy, hagamos lo mismo. Yo te ayudaré en las palabras difíciles y ellas nos explicarán lo que no entendamos —susurró Beth, impresionada por los bonitos libros y por el ejemplo de sus hermanas.
—Me alegro de que el mío sea azul —dijo Amy.
Por espacio de unos momentos, se hizo el silencio en las dos habitaciones, mientras las páginas de los libros eran vueltas con suavidad y el sol invernal besaba las juveniles cabezas y las caritas serias de las cuatro hermanas, en alegre saludo de Navidad.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Meg, cuando media hora después ella y Jo bajaron corriendo a dar las gracias a su madre por el regalo.
—Solo Dios lo sabe. Una pobre vino a pedir limosna y la señora le acompañó para ver qué necesitaba. No hay en el mundo otra mujer como ella para todo lo que se le pida: comida, ropa, carbón... —contestó Hannah, que llevaba sirviendo en la casa desde el nacimiento de Meg y era considerada como una amiga, más que como criada.
—Seguramente volverá pronto; así que puedes freír las tortas y prepararlo todo —dijo Meg, examinando los regalos, que estaban en una cesta debajo del sofá, listos para ser entregados en el momento oportuno—. Pero ¿dónde está el frasco de agua de colonia de Amy? —preguntó.
—Se lo ha llevado hace un momento, creo que para ponerle una cinta —contestó Jo, bailando por el cuarto con las zapatillas nuevas para ablandarlas.
—¡Qué bonitos son mis pañuelos!, ¿verdad? Hannah los ha lavado y planchado y yo los bordé todos —dijo Beth mirando con orgullo las letras, bastante desiguales, que tantos afanes le habían costado.
—¡Vaya una idea! ¿Por qué has puesto «Mamá» en vez de «Margaret»? ¡Qué divertido! —exclamó Jo, cogiendo uno.
—¿No está bien? Pensé que podían confundirse con los de Meg, y como quiero que solo los use mamá... —explicó Beth con desconcierto.
—Está muy bien; sí, es una idea muy bonita y delicada que gustará mucho a mamá —dijo Meg dirigiendo un gesto de reproche a Jo y una sonrisa a Beth.
—Ya viene. Esconded la cesta —exclamó Jo al oír cerrarse la puerta y pasos en el zaguán.
Pero quien entró fue Amy, que pareció intimidada al encontrar a sus hermanas aguardándola.
—¿Dónde te habías metido y qué traes ahí escondido? —preguntó Meg, sorprendida al comprobar, por la indumentaria de Amy, que esta había salido muy temprano.
—No te burles de mí, Jo. No quería que os enteraseis, pe... pero he ido a cambiar el frasco pequeño por uno grande y a gastarme en él todo el dinero, porque quiero dejar de ser egoísta.
Les enseñó un hermoso frasco que reemplazaba al barato, comprado anteriormente. La actitud humilde y seria de Amy al realizar aquel pequeño esfuerzo de desprendimiento, le valió un abrazo de Meg, mientras Jo declaraba que era «una valiente» y Beth corría a la ventana y cortaba su más bella rosa para adornar con ella el frasco.
—Después de lo que he leído al despertar y de lo que hemos hablado de ser buenas, me sentí avergonzada de mi regalo y corrí a cambiarlo por este. Ahora estoy satisfecha, porque es el mejor.
Un nuevo golpe de la puerta al cerrarse les alertó. La cesta desapareció debajo del sofá y las muchachas corrieron a la mesa, preparada para el desayuno.
—Felices Pascuas, mamá..., muy felices, y mil gracias por los libros. Ya hemos leído un poco y lo haremos todos los días —exclamaron todas a coro.
—Feliz Navidad, hijitas. Me alegro de que hayáis empezado a leer los libros y confío en que continuaréis haciéndolo. Ahora, antes de sentarnos a la mesa, quiero deciros algo: No lejos de aquí hay una pobre mujer con un niñito recién nacido y otros seis metidos en la misma cama para que no se hielen, porque ni siquiera tienen fuego. Ni comida. El chico mayor me confesó que padecen hambre y frío. ¿Queréis, hijas mías, dar a esa pobre familia vuestro desayuno, como regalo de Navidad?
Todas tenían mucho apetito, pues llevaban esperando más de una hora, y por un momento nadie contestó. Pero solo fue un momento...
—¡Cuánto me alegro de que hayas venido antes de que hubiéramos empezado! —exclamó Jo, impetuosa.
—¿Puedo llevar las cosas a esos pobres niños? —preguntó Beth.
—Yo llevaré la mantequilla y los bollos —añadió Amy, renunciando valerosamente a las cosas que más le gustaban.
Meg estaba ya tapando los bollos y reuniendo el pan en un plato grande.
—Estaba segura de que lo haríais —dijo la señora March, sonriendo satisfecha—. Iremos todas y me ayudaréis, y al regreso desayunaremos leche y pan. Ya nos desquitaremos a la hora del almuerzo.
Pronto estuvieron dispuestas y se pusieron en marcha. Por fortuna era temprano y fueron por calles apartadas, con lo que pocas personas las vieron y nadie se fijó en la extraña comitiva que formaban.
Se encontraron con un mísero cuarto desmantelado, sin cristales en las ventanas, sin fuego, con harapos en las camas, una madre enferma, un recién nacido que no dejaba de berrear y un grupo de pálidos niños hambrientos, acurrucados bajo un viejo cobertor.
¡Cuán grandes se abrieron los ojos y qué sonrisas se dibujaron en los pobres labios azulados por el frío al ver entrar a la señora March y sus hijas!
—¡Oh, Dios mío! ¡Son ángeles de la guarda los que vienen a ayudarnos! —dijo la pobre mujer, llorando de alegría.
—Unos ángeles un poco raros, con capucha y mitones —contestó Jo, haciendo reír a todos.
Unos minutos después, en efecto, parecía que allí habían estado trabajando espíritus angelicales. Hannah, que había llevado la leña, encendió el fuego y tapó con papeles y trozos de fieltro viejo los huecos de las ventanas; la señora March dio a la madre té y harina de avena, alentándola con promesas de ayuda, mientras vestía al recién nacido con la misma ternura que pudiera hacerlo con un hijo suyo. Entretanto, las muchachas pusieron la mesa, instalaron a los niños junto al fuego y los alimentaron como a hambrientos pajarillos, riendo, charlando y esforzándose por entender el divertido inglés que estos hablaban.
—Das ist gut! Die Engel-Kinder! —decían las pobres criaturas, mientras comían y se calentaban las yertas manecitas ante la confortadora llama del hogar.
A las cuatro muchachas nunca las habían llamado «ángeles» y les resultó muy agradable, especialmente a Jo, considerada desde que nació como una «Sancho Panza».
Lo cierto fue que aunque no participaron de él, aquel desayuno les resultó muy gustoso, y cuando se marcharon, dejando tras de sí bienestar y consuelo, no había en toda la ciudad cuatro personitas más felices que las famélicas hermanitas que acababan de ofrecer sus desayunos, contentándose con leche y pan en la mañana de Navidad.
—Esto se llama amar al prójimo más que a nosotros mismos, y me gusta —dijo Meg, mientras colocaban sus regalos, aprovechando un momento en que su madre había subido a recoger unas ropas para los pobres Hummel.
No se trataba de una espléndida exposición, claro está, pero cada paquetito depositado por las niñas envolvía mucho cariño, y el alto jarrón lleno de rosas encarnadas y de crisantemos blancos que había en el centro de la mesa daba a esta un aire muy elegante.
—Ya viene. Empieza, Beth... Abre la puerta, Amy. ¡Viva nuestra madrecita! ¡Viva! —exclamó Jo, saltando de un lado a otro mientras Beth tocaba en el piano una alegre marcha, Amy abría de par en par la puerta y Meg conducía a su madre con cariño al sitio de honor.
La señora March se mostró sorprendida y conmovida. Con los ojos anegados en lágrimas fue examinando, sonriente, los regalos y leyendo las notitas que los acompañaban. Se calzó las zapatillas, metió en su bolsillo un pañuelo perfumado con agua de colonia y, prendida en el pecho la rosa que adornaba el frasco, se probó los guantes.
Hubo risas, explicaciones y besos. La escena, por lo sencilla y familiar, resultó de las que proporcionan íntima alegría al corazón y se recuerdan largo tiempo.
La caritativa visita de la mañana y la fiestecita que a ello siguió ocuparon tanto tiempo que el resto del día hubo de consagrarse a los preparativos para la función de la noche.
Como eran aún demasiado jóvenes para ir a menudo al teatro y no tenían suficiente dinero para gastarlo en representaciones caseras, las cuatro hermanas aguzaban el ingenio y —la necesidad es madre de la inventiva— fabricaban cuanto necesitaban para esas funciones. Guitarras de cartón, lámparas antiguas hechas con latas de manteca forradas de papel de plata, vistosos trajes de algodón, refulgentes de lentejuelas de estaño procedentes de una fábrica de conservas, armaduras cubiertas de las mismas estrellitas de estaño, sacadas en lámina cuando se cortaban las latas. En cuanto al mobiliario, sufría toda clase de transformaciones, y la amplia estancia era escenario de muchas inocentes fiestas.
Como no se admitían varones, Jo disfrutaba interpretando los papeles masculinos, y estaba satisfecha de poseer un par de botas altas de cuero que le había regalado una amiga que conocía a una señora que, a su vez, conocía a un actor. Estas botas, una vieja espada y un acuchillado justillo, usado por no sé qué pintor para un cuadro, eran los principales tesoros de Jo y salían a relucir en toda ocasión. Lo reducido de la compañía obligaba a que los dos primeros actores se encargasen de varios papeles, y ciertamente era digno de elogio el esfuerzo que hacían en aprender tres o cuatro papeles, ponerse y quitarse varios trajes y, además, dirigir la escena. Con todo ello se ejercitaba la memoria, gozaban de un inofensivo entretenimiento y empleaban muchas horas, que de otra suerte hubieran transcurrido ociosas, solitarias o en menos provechosa ocupación.
Aquella noche de Navidad, una docena de chicas se apiñaban sobre la cama, que hacía las veces de platea, sentadas llenas de expectación ante las cortinas de zaraza azul y amarillo, que servían de telón.
Detrás de esas cortinas se oía ruido de pasos, y hablar quedo y alguna que otra risita mal reprimida por Amy, que se ponía nerviosa con la excitación del momento, percibiéndose también algo de humo.
Al fin sonó el timbre, se descorrieron las cortinas y comenzó el drama.
Un bosque, sombrío, representado por unas plantas en tiestos, una tela verde en el suelo y al fondo una cueva. Esta tenía por techo un bañador, por paredes dos escritorios, y dentro había un pequeño hornillo encendido, con un puchero negro encima, sobre el que se inclinaba una vieja bruja.
Como la escena estaba oscura, el resplandor del hornillo hacía un bonito efecto, sobre todo cuando al destapar la bruja el puchero, salía de este verdadero vapor.
Tras un momento para que el público pudiese examinar aquel acierto escenográfico salió a escena Hugo, el traidor, con la espada al cinto, un sombrero de anchas alas, barba negra, misteriosa capa y las famosas botas. Después de pasearse agitadamente arriba y abajo, se dio un golpe en la frente y comenzó a declamar con despóticos acentos su odio a Rodrigo, su amor a Zara y su resolución de matar a aquel y apoderarse de esta. El áspero acento de la voz de Hugo, y las exclamaciones que de vez en cuando lanzaba, dominado por sus tempestuosos sentimientos, eran impresionantes, y el auditorio rompió a aplaudir en cuanto el personaje calló para tomar aliento.
Hugo saludó como persona habituada a la admiración del público y acercándose luego a la caverna ordenó a Agar:
—¡Eh, tú, bruja del demonio, te necesito!
Salió fuera Meg, con una pelambrera de crines de caballo que le tapaba casi toda la cara, una túnica negra y encarnada, un palo y signos cabalísticos en su ropaje. Hugo le pidió una poción para que Zara le adorase y otra para eliminar a Rodrigo, y Agar le prometió ambas entonando una bella y dramática aria, y acto seguido procedió a evocar el espíritu que había de traer el filtro del amor.
Se oyó una dulce melodía y por detrás de la cueva apareció una pequeña figura vestida de blanco con alas refulgentes, cabello dorado y una guirnalda de rosas en la cabeza.
Tras una breve canción que entonó agitando un cendal, dejó a los pies de la bruja una pequeña botella dorada y desapareció.
Otra invocación de Agar hizo surgir una segunda aparición, esta nada encantadora por cierto: un negro y feo diablillo que graznó unas palabras y entregó a Hugo una oscura botella, desapareciendo con una carcajada burlona. Después de dar las gracias y de meterse las botellas en las botas, Hugo partió y Agar informó al público de cómo Hugo había matado tiempo atrás a varios amigos suyos, ella le había maldecido y pensaba frustrar sus planes y vengarse de él. Cayó entonces el telón y los espectadores se dedicaron a discutir los méritos de la obra.
Durante el intermedio se oyó un fuerte martilleo, y cuando, al descorrerse el telón, se vio qué maravillosa escenografía se había realizado, nadie se extrañó de que el descanso hubiera sido tan largo. La decoración era realmente espectacular. Levantábase hasta el techo una torre, con una ventana en medio, iluminada por una luz, y asomada en ella Zara, vestida de azul y plata, esperaba la llegada de Rodrigo, que no tardó en aparecer espléndidamente ataviado, con emplumado chambergo, capa roja, rizos castaños, una guitarra y las botas, por supuesto. Arrodillado al pie de la torre, cantó una dulce serenata, a la que contestó Zara, que, tras el musical diálogo, consintió en huir con su amado. Y entonces se produjo la escena más dramática de la obra. Rodrigo sacó una escala de cuerda con cinco escalones, tiró un extremo a la ventana de Zara e invitó a esta a descender. Tímidamente salió Zara de su ventana y, apoyando una mano en el hombro de Rodrigo, iba a saltar graciosamente fuera, cuando ¡desdichada Zara!, olvidó la cola de su vestido: esta se enganchó en la ventana, la torre se tambaleó hacia delante y cayó con estrépito, enterrando bajo sus ruinas a los desventurados amantes.
El público lanzó una exclamación de horror al presenciar el desastre. De entre las ruinas de la torre surgieron las famosas botas agitándose desesperadamente, mientras una rubia cabeza emergía exclamando:
—Ya te lo decía yo... ya te lo decía yo.
Con admirable presencia de ánimo, salió a escena don Pedro, el cruel padre de Zara, y, sacando a su hija de debajo de la torre, con un rápido aparte de «No os riais, seguid como si nada hubiera ocurrido», dijo a Rodrigo que le condenaba al destierro y que debía abandonar de inmediato el reino. Aunque la caída de la torre sobre él había hecho efecto en el enamorado caballero, este desafió al iracundo anciano y rehusó marcharse, con cuyo ejemplo una enardecida Zara desafió también a su padre y este mandó que fueran ambos encerrados en las mazmorras del castillo, orden que vino a cumplir un paje bajito y gordezuelo, que llevaba unas cadenas y estaba tan asustado que olvidó el parlamento que le tocaba pronunciar.
Acto tercero. Zaguán del castillo. Aparece Agar, que viene a liberar a los enamorados y a acabar con Hugo. Oye venir a este y se esconde; le ve echar las pociones en dos copas de vino y dar orden al tímido paje de que las lleve a los prisioneros y les anuncie que él irá luego. El paje llama aparte a Hugo para decirle algo y Agar aprovecha para cambiar las copas envenenadas por dos inofensivas; el paje se las lleva y Agar entonces deja una de las copas con veneno en la mesa. Hugo bebe de la copa fatal, se tambalea y, después de sufrir convulsiones, cae al suelo y muere, mientras Agar le revela lo que ha hecho mediante un cántico de exquisita melodía.
Fue una escena verdaderamente emocionante, aunque estropeó algo su efecto el que, al traidor, al caer, se le escapase de debajo del sombrero una abundante cabellera femenina. Fue llamada a recibir los aplausos y salió llevando a Agar de la mano. Esta fue también aplaudidísima, pues su actuación como cantante resultó lo más maravilloso de la representación.
En el cuarto acto apareció Rodrigo desesperado, dispuesto a suicidarse, porque le han dicho que Zara le es infiel. Va a clavarse la daga en el corazón, cuando oye al pie de su ventana una voz que le dice que Zara sigue amándole, pero que está en peligro y que él puede salvarla. Le arrojan una llave que abre la puerta del calabozo, y, en un rapto de entusiasmo, rompe sus cadenas y corre en busca de la dueña de su corazón.
El quinto acto comenzó con una borrascosa escena entre Zara y don Pedro. Este quiere que su hija entre en un convento, pero ella no accede, y después de una conmovedora súplica está a punto de desmayarse, cuando entra Rodrigo y pide su mano. Don Pedro se niega porque Rodrigo no es rico; ambos gritan y gesticulan sin ponerse de acuerdo, y Rodrigo se dispone a llevarse a la agotada Zara, cuando entra el tímido paje portando una carta y un saco de parte de Agar, que ha desaparecido misteriosamente. La carta notifica a los allí presentes que Agar lega fabulosas riquezas a la joven pareja y amenaza con terrible castigo a don Pedro si trata de oponerse a la felicidad de los jóvenes enamorados. Abierto el saco, ruedan por el suelo brillantes monedas de estaño y esto ablanda al intransigente don Pedro, que da su consentimiento sin rechistar, uniéndose a todos en alegre coro mientras el telón cae sobre los jóvenes arrodillados para recibir la bendición de don Pedro, en actitud de lo más romántica.
Se produjeron estrepitosos aplausos, momentáneamente ahogados porque la cama plegadiza sobre la cual se había construido la platea se cerró de pronto, atrapando al entusiasta auditorio. Rodrigo y don Pedro acudieron presurosos a liberar a las muchachas, que salieron ilesas aunque muchas de ellas ahogadas de risa.
En medio de la excitación general, se presentó Hannah invitando a todas en nombre de su señora a bajar a cenar, lo cual constituyó una sorpresa incluso para las actrices que, cuando vieron la mesa, se miraron unas a otras, maravilladas. Era muy propio de su madre el darles aquella sorpresa, pero desde los días del lejano esplendor familiar no veían cosa tan bonita ni prodigalidad semejante. Había dos platos de crema helada, bizcochos, frutas y deliciosos bombones y, en medio de la mesa, cuatro grandes ramos de flores.
Se quedaron literalmente sin aliento, y después de mirar la mesa, miraron a su madre, que parecía muy divertida.
La primera en hablar fue Amy:
—¿Han sido las hadas?
—Ha sido Santa Claus —dijo Beth.
—No, ha sido mamá.
Meg sonreía dulcemente, a pesar de su barba y cejas grises.
—Tía March ha tenido un detalle y nos ha mandado la cena —exclamó Jo con súbita inspiración.
—No habéis acertado ninguna. Ha sido el señor Laurence el que envió todo esto —replicó la señora March.
—¡El abuelo de Laurie! —exclamó Meg—. ¿Cómo se le ha ocurrido semejante idea? Si no lo conocemos...
—Pues el caso es que Hannah contó a una de las criadas vuestra visita de esta mañana, y ese señor se enteró y le agradó vuestro gesto. Conoció a mi padre años atrás y esta tarde recibí una tarjeta suya, diciéndome que esperaba le permitiese expresar su simpatía hacia mis hijas enviando unas pequeñeces para festejar el día. No pude rehusar, y aquí tenéis una buena cena para compensaros por el desayuno frugal de esta mañana.
—Fue el chico el que le metió la idea al abuelo; lo sé. Es muy simpático y me gustaría conocerle. Creo que a él también le gustaría, pero es un poco tímido, y Meg no me deja decirle nada cuando lo vemos —dijo Jo, mientras empezaban a circular los platos y a desaparecer el helado entre un coro de alegres exclamaciones.
—Habláis de la familia que vive en la casa grande de al lado, ¿verdad? —preguntó una de las invitadas—. Mi madre conoce al anciano pero dice que es muy orgulloso y que no quiere trato con los vecinos. A su nieto lo mantiene encerrado, cuando no sale a caballo o de paseo con su preceptor, y le obliga a estudiar mucho. Le invitamos a nuestra última fiesta pero no fue. Mamá dice que es muy amable, aunque nunca habla con las chicas.
—Una vez se nos escapó el gato, él nos lo trajo, y hablamos por encima de la verja, por cierto muy agradablemente de muchas cosas, cuando vio venir a Meg y en seguida se marchó. Me agradaría trabar amistad con él, porque estoy segura de que el pobre chico está aburrido y desea divertirse —dijo Jo decidida.
—Me agradan sus maneras y me parece muy educado y prudente —dijo la señora March—; así que no veo inconveniente en que le tratéis si se os presenta la ocasión. Fue él mismo quien trajo las flores y le hubiera invitado a entrar, de haber sabido que le admitiríais arriba. Me pareció que se marchaba con pena oyendo las risas y la algarabía que armabais; por lo visto, se siente muy solo.
—Afortunadamente no le hiciste subir, mamá —dijo Jo, riendo y mirando sus botas—. Otra vez haremos una función que pueda ver, y hasta quizá tome parte en ella. ¿No sería divertido?
—Nunca vi un ramo como este —dijo Meg, examinando con interés las flores—. ¡Qué bonito es!
—Son flores encantadoras, pero a mí me gustan más las rosas de mi Beth —dijo la señora March, aspirando el aroma de la que, casi marchita, llevaba en el pecho.
Beth apoyó la cabeza en el hombro de su madre y murmuró suavemente:
—¡Ojalá pudiera enviar un ramo a papá! ¡Me temo que no esté pasando una Navidad tan alegre como la nuestra!
CAPÍTULO III
EL VECINO
Jo, ¿dónde estás? —gritó Meg, al pie de la escalera que conducía a la buhardilla.
—Aquí —contestó desde arriba una voz ahogada.
Al subir, Meg encontró a su hermana comiendo manzanas y lagrimeando sobre el libro que estaba leyendo, cómodamente sentada en un viejo sofá de tres patas, junto a la ventana llena de sol.
Ese era el refugio favorito de Jo, donde le gustaba retirarse con media docena de manzanas o peras y un bonito libro para gozar de la tranquilidad del lugar y de la compañía de un ratón amigo suyo, que vivía allí cerca y al que no le importaba que ella le visitara.
En cuanto apareció Meg, el ratoncillo se metió en su agujero.
—¡Mira qué noticia te traigo! —dijo Meg a su hermana, que había secado rápidamente las lágrimas que humedecían sus mejillas—. Acaba de llegar esta tarjeta de la señorita Gardiner, invitándonos a una fiesta que da mañana por la noche. Escucha lo que dice: «Amalia Gardiner vería con mucho gusto en su baile del día de Año Nuevo a las señoritas Margaret y Josephine March» —leyó Meg con infantil alegría—. Mamá nos deja ir, pero ¿qué nos pondremos?
—¡Vaya una pregunta! Sabes tan bien como yo que nos pondremos los vestidos de popelina, porque no tenemos otros —contestó Jo sin dejar de masticar un trozo de manzana.
—¡Cómo me gustaría tener uno de seda! —suspiró Meg—. Mamá dice que quizá me haga uno cuando cumpla los dieciocho, pero aún faltan dos años, y se me hacen eternos.
—La popelina parece seda y esos vestidos son muy bonitos. El tuyo está completamente nuevo; el mío, en cambio, tiene una quemadura y una mancha. No sé cómo me las arreglaré, porque la quemadura se ve mucho y no hay modo de conseguir disimularla.
—Tendrás que estar lo más quieta posible y procurar que no se te vea la espalda. Por delante está muy bien. Yo me compraré una cinta nueva para el pelo, mamá me prestará su alfilerito de perlas, mis zapatos nuevos están preciosos y los guantes, aunque no tan bien como quisiera, pueden pasar.
—Los míos los estropeé con una limonada, pero como no puedo comprarme otros iré sin ellos —dijo Jo, que nunca se preocupaba por su indumentaria.
—Eso sí que no —declaró Meg—, o llevas guantes o yo no voy. Los guantes son lo más importante, además de que sin ellos no podrías bailar y eso me dolería mucho.
—Pues a mí me tiene sin cuidado bailar o no bailar. No es divertido ir dando vueltas por la sala.
—A mamá no puedes pedirle que te compre unos nuevos, porque son carísimos y tú eres muy descuidada —prosiguió Meg—. Cuando estropeaste los otros te dijo que no tendrías más guantes este invierno. ¿No podrías llevarlos, aunque estén manchados?
—Puedo llevarlos en la mano y no ponérmelos, es lo único que se me ocurre. Pero no... mira lo que vamos a hacer: cada una lleva un guante puesto y otro en la mano, ¿de acuerdo?
—Pero tú tienes la mano más grande que yo, y me ensancharás el guante —se lamentó Meg, que tenía gran cariño a sus guantes.
—Entonces iré sin guantes. Me tiene sin cuidado lo que diga la gente —contestó Jo, volviendo a coger su libro.
—Está bien, te daré mi guante —cedió Meg—, pero no me lo manches y ten cuidado de comportarte bien; no cruces las manos tras la falda, no te quedes mirando a nadie y no digas, como acostumbras, «¡Cristóbal Colón!». ¿Me oyes?
—No te preocupes por mí. Me portaré con refinamiento y no meteré la pata si puedo evitarlo. Ahora ve a contestar a la invitación y déjame terminar esta interesante novela.
Meg se marchó a contestar la invitación, «aceptando agradecida», y después se ocupó de examinar su traje, cantando alegremente cuando lo adornó con un cuellecito de encaje legítimo. Mientras, Jo acababa la novela y las manzanas y pasaba un rato con su amigo el ratón.
La tarde del día de Año Nuevo la sala estaba desierta, porque las dos hermanas menores actuaban de doncellas y las dos mayores estaban absortas en la tarea de arreglarse para el baile. Aunque el tocado era sencillo, hubo mucho que bajar y subir, y carreras de aquí para allá y risas y charlas.
De pronto se llenó la casa de un fuerte olor a pelo quemado. Meg quería llevar unos rizos sobre la frente encuadrándole el rostro, y Jo se ofreció a moldeárselo con unas tenacillas calientes y envueltos con papeles.
—¿Es natural que echen tanto humo? —preguntó Beth, que estaba sentada en el borde de una cama.
—Claro. Ese humo es la humedad que se seca —dijo Jo, dejando las tenacillas.
Quitó los papelillos, pero los bucles no aparecieron por ninguna parte, por la sencilla razón de que el pelo salió con el papel, y la horrorizada peinadora puso sobre la mesa, delante de su víctima, una hilera de paquetitos quemados.
—¿Pero qué has hecho? —gritó Meg, mirando desesperada el flequillo desigual que le caía sobre la frente—. ¡Me has estropeado el pelo...! Ya no puedo ir al baile. Mi pelo, ¡ay! Mi pelo...
—Mi mala pata de siempre —gruñó Jo, contemplando con lágrimas el pelo achicharrado—. Si no me hubieras pedido que te peinase... Ya sabes que siempre lo echo todo a perder. Las tenacillas estaban demasiado calientes y, claro, he causado un desastre. No sabes cuánto lo siento.
—Eso puede arreglarse, Meg —dijo Amy, consolando a su hermana—. Rízate el flequillo, ponte la cinta de manera que las puntas te caigan un poco sobre la frente, y estarás peinada a la última moda. He visto varias chicas así.
—Me está bien empleado, por presumida —exclamó Meg—. No tenía más que dejarme el pelo tal como lo tengo...
—Tienes razón. Con lo sedoso y suave que es... Pero pronto te volverá a crecer —dijo Beth, acudiendo a besar y consolar a la oveja esquilada.
Después de algunos percances menos graves, quedó al fin Meg arreglada. Luego, con ayuda de toda la familia, Jo se peinó y vistió, quedando las dos hermanas muy bien con sus sencillos trajes, gris plata el de Meg, con cinturón de terciopelo azul, vuelos de encaje y su broche de perlas, marrón el de Jo, con cuello blanco tieso de hilo, y por todo adorno dos crisantemos blancos. Cada una se puso un guante bueno, y llevó en la mano uno de los manchados, resultando, según dijeron todas, una cosa muy natural y hasta de buen gusto. A Meg, aunque no quería confesarlo, le hacían daño los zapatos de tacón alto que llevaba, y Jo estaba molestísima con las horquillas que le habían puesto para sujetarle el moño, pues le parecía que se le clavaban en la cabeza; pero ¿qué remedio? Era preciso ser elegante o morir.
—Que lo paséis muy bien, hijitas —dijo la señora March al despedirlas—. No cenéis demasiado y regresad a las once; enviaré a Hannah a buscaros.
Al cerrarse la puerta detrás de las muchachas, una voz gritó desde una ventana:
—Niñas, niñas, ¿lleváis los dos pañuelos bonitos?
—Sí, y Meg se ha puesto colonia —contestó Jo, riendo, y añadió, mientras seguían su camino—: Creo que mamá nos preguntaría lo mismo si nos viera salir huyendo de un terremoto.
—Sí, es uno de sus gustos aristocráticos y tiene razón, porque a una verdadera señora se la conoce por el calzado, los guantes y el pañuelo —dijo Meg, que compartía varios de esos gustillos de sabor aristocrático—. Bueno, no te olvides de disimular la mancha de la espalda, Jo. ¿Tengo bien el lazo? ¿No está mal el peinado? —preguntó Meg después de haberse contemplado largo rato en el espejo en el tocador de la señora Gardiner.
—Descuida, no se me olvidará. Si me ves haciendo algo incorrecto, llámame la atención con un guiño, ¿eh? —contestó Jo, dándose un tirón del cuello y arreglándose rápidamente el pelo.
—No, un guiño no, es impropio de señoritas; alzaré las cejas si haces algo que no debes, y si lo haces bien inclinaré ligeramente la cabeza. Ponte derecha, anda con pasos cortos y no des la mano cuando seas presentada a alguien: no se acostumbra.
—Pero ¿cómo sabes tú lo que se estila y lo que no? Yo no recuerdo esas cosas. Qué música tan viva se oye, ¿verdad?
Se dirigieron a la casa, un poco intimidadas, porque raras veces asistían a reuniones, y aunque esta era de confianza, para ellas resultaba un acontecimiento. La señora Gardiner, una majestuosa dama, las saludó amablemente y las encomendó a la mayor de sus seis hijas.
Meg conocía a Sallie Gardiner y pronto se sintió con ella a sus anchas, pero Jo, a quien nada importaban las chicas ni lo que estas hablaban, permaneció apartada con la espalda cuidadosamente apoyada contra la pared y sintiéndose tan fuera de lugar como un potrillo en un jardín lleno de flores. Había media docena de alegres muchachos hablando de patines y Jo hubiera querido acercarse a ellos, porque patinar era uno de sus mayores placeres, pero cuando comunicó su deseo a Meg, las cejas de esta se elevaron de modo tan alarmante que no osó moverse. Nadie se acercó a conversar con ella, y se quedó sola. Como para no exhibir la quemadura del vestido no podía ir de un lado a otro y entretenerse, no le quedó otro remedio que mirar a la gente, hasta que comenzó el baile.
A Meg la sacaron en seguida, y sus estrechos zapatitos se pusieron a danzar con tal agilidad que nadie hubiera adivinado el tormento que Meg soportaba sonriente.
De pronto, Jo vio a un muchacho pelirrojo dirigirse hacia su rincón, y, temiendo que fuera a invitarla a bailar, se escabulló detrás de una cortina, con intención de ver desde allí el baile y divertirse en paz; pero, desgraciadamente, otra persona, tímida como ella, había elegido también aquel refugio, y al caer la cortina Jo se encontró cara a cara con el nieto del señor Laurence.
—¡Oh! Pensé que aquí no había nadie —balbució Jo, disponiéndose a abandonar el escondite tan deprisa como había entrado.
Pero el muchacho se echó a reír y dijo amablemente:
—No importa; quédese si quiere.
—¿No le molesto?
—Ni pizca. Estoy aquí porque no conozco apenas a nadie, y me encontraba un poco fuera de lugar en la sala.
—Lo mismo me sucede a mí. No se marche... a menos que lo prefiera.
El muchacho volvió a sentarse y miró el suelo sin decir palabra, hasta que Jo, procurando mostrarse fina y para disipar el embarazo reinante, dijo:
—Creo que ya he tenido el gusto de verle antes. Vive usted en la casa contigua a la nuestra, ¿verdad?
—Así es —contestó el muchacho echándose a reír, porque la afectación con que hablaba Jo le resultaba divertida, recordando lo que los dos habían charlado el día que él fue a devolverle el gato.
Jo también se echó a reír.
—¡Qué bien lo pasamos la otra noche con el regalo de Navidad que nos enviaron de su casa! —dijo con su más cordial acento.
—Fue el abuelo quien lo envió.
—Pero usted le dio la idea, ¿no es cierto?
—¿Cómo está su gato, señorita March? —preguntó el muchacho aparentando seriedad, mientras sus negros ojos brillaban divertidos.
—Perfectamente, señor Laurence; pero he de advertirle que no soy la señorita March, sino Jo, a secas.
—Ni yo el señor Laurence, sino Laurie.
—¿Laurie Laurence? ¡Qué nombre más raro!
—Mi primer nombre es Theodore, pero no me gustaba porque los chicos me llamaban Dore. Fue entonces cuando hice que me llamaran Laurie.
—Yo también detesto mi nombre. ¡Es tan sentimental! Quisiera que todo el mundo me llamase Jo, en vez de Josephine. ¿Cómo logró usted que los chicos dejasen de llamarle Dore?
—A puñetazos.
—Lo malo es que yo no puedo pegar a mi tía; así que tendré que aguantarme —dijo Jo con resignación.
—¿No le gusta bailar, Jo?
—Sí, me gusta bastante, cuando hay sitio y todo el mundo está muy animado, pero en una sala como esta, no. Estoy segura de que tiraría algo, o pisaría a alguien, o haría cualquier desaguisado; así que prefiero quedarme aparte y dejar circular a Meg. ¿Usted no baila?
—Algunas veces. Como he estado en el extranjero muchos años y casi no he frecuentado la sociedad, no estoy muy al tanto de cómo se hacen esas cosas aquí.
—¡En el extranjero! —exclamó Jo—. ¡Oh, cuénteme, cuénteme! Me encanta oír hablar de viajes.
Laurie no parecía saber por dónde empezar, pero las apremiantes preguntas de Jo acabaron por soltarle la lengua y le contó que había asistido a un colegio en Devey, donde los chicos no llevaban sombrero, y tenían una flota de botes en el lago, y los días de fiesta iban con sus profesores de excursión a Suiza.
—¡Ojalá hubiera estado yo allí! —exclamó Jo—. ¿Fueron ustedes a París?
—Pasamos allí el invierno anterior.
—¿Entonces habla usted francés?
—No nos permitían hablar otro idioma en Devey.
—Dígame algo. Yo lo leo, pero no sé pronunciarlo.
—Quel nom a cette mademoiselle en les pantoufles jolies? —dijo Laurence complaciente.
—¡Qué bien pronuncia usted! Veamos... ha dicho: «¿Quién es esa señorita de los zapatos bonitos?». ¿Verdad?
—Oui, mademoiselle.
—Es mi hermana Margaret, y usted lo sabía. ¿La encuentra guapa?
—Sí; me recuerda a las chicas alemanas. Es tan blanca y sonrosada, y tan tranquila... Además, baila muy bien.
Jo resplandeció ante aquellos elogios vertidos sobre su hermana, y los retuvo en su memoria para contárselo después.
Siguieron allí los dos, observando, criticando y charlando, hasta que llegaron a sentirse como viejos amigos. Pronto Laurie perdió su timidez, porque la manera de ser de Jo le divertía y daba confianza, y además ella se encontraba tranquila al poder olvidarse del traje y de todas las preocupaciones que le imponían las cejas de Meg. Laurie le resultó muy simpático, y se fijó en él atentamente para poder describirlo a las chicas. Como no tenían hermanos, y muy pocos primos, los chicos eran criaturas casi desconocidas para ellas.
«Cabello negro rizado; moreno, de grandes ojos negros y bonita nariz; buena dentadura; manos y pies pequeños; más alto que yo; muy fino, para ser chico, y muy divertido. ¿Cuántos años tendrá?»
Estuvo a punto de preguntárselo abiertamente, pero se contuvo a tiempo y con tacto inusual en ella trató de averiguarlo mediante rodeos.
—Supongo que irá usted pronto a la universidad, ¿verdad? Ya lo veo cargando con los libros... quiero decir, estudiando con aplicación.
Jo se sonrojó por aquel «cargando» que se le había escapado.
Laurie sonrió.
—No iré hasta dentro de un año o dos. Cuando cumpla los dieciséis —dijo.
—¿Tiene usted quince? —preguntó Jo mirando al muchacho, cuya estatura le había hecho suponer que tenía diecisiete años.
—Cumpliré los dieciséis el mes que viene.
—¡Cómo me gustaría ir a la universidad! A usted no parece entusiasmarle mucho.
—La detesto. Allí no se hace más que fastidiar a los jóvenes y no me gusta la vida de los colegiales en este país.
—Pues, ¿qué le gustaría?
—Vivir en Italia y divertirme a mi modo.
Jo hubiera querido preguntarle qué modo era ese, pero Meg alzó las cejas con cierta expresión amenazadora, y optó por cambiar de conversación.
—¡Qué bonita polca están tocando! —dijo marcando el compás con el pie—. ¿Por qué no va a bailarla?
—Si usted me acompaña... —contestó él con una galante inclinación.
—No puedo. He prometido a Meg que no bailaría porque...
Jo se interrumpió, indecisa entre hablar o reír.
—Y bien, ¿por qué? —preguntó Laurie.
—¿Me promete no decirlo a nadie?
—Prometido.
—Bueno, es que tengo la mala costumbre de acercarme mucho al fuego y suelo quemarme los vestidos, y este está quemado, y, aunque he procurado arreglarlo, la quemadura se ve y Meg me dijo que estuviera quieta y no bailara. Ríase si quiere, es algo cómico, lo sé.
Pero Laurie no rio. Bajó los ojos y su expresión dejó algo aturdida a Jo, cuando le oyó decir con amabilidad:
—No se preocupe por eso. Hay un zaguán muy grande ahí fuera y allí podemos bailar a nuestras anchas sin que nos vea nadie. ¿Me acompaña?
Jo le dio las gracias y aceptó gustosa la invitación, deseando únicamente, cuando vio los bonitos guantes gris perla que se ponía su compañero de baile, haber tenido ella unos similares.
El zaguán estaba, en efecto, vacío, y bailaron la polca admirablemente, divirtiendo mucho a Jo que Laurie, que era buen bailarín, le enseñase la polca alemana, que era muy movida.
Cuando cesó la música, Jo y Laurie se sentaron en la escalera para tomar aliento. El muchacho estaba en plena descripción de una fiesta estudiantil en Heidelberg cuando apareció Meg buscando a su hermana.
A una seña suya, Jo la siguió. Meg se sentó en un sofá, sujetándose un pie con ambas manos y muy pálida.
—Me he torcido un tobillo. Este estúpido tacón alto ha cedido y claro... ¡Ay, me duele! Casi no puedo tenerme en pie y no sé cómo me las arreglaré para volver a casa —dijo meciendo el cuerpo como si ello le aliviase el dolor.
—Ya sabía yo que te harías daño con esos absurdos zapatos. Lo siento, pero no veo que podemos hacer sino llamar un coche o quedarte tú aquí toda la noche —dijo Jo, mientras daba suaves masajes al pie dolorido de su hermana.
—No podemos llamar un coche; costaría un dineral, aparte que no podrían proporcionármelo, ya que aquí casi todo el mundo ha venido en el suyo y las cocheras están muy lejos y no tenemos a quién mandar.
—Iré yo.
—De ningún modo. Son más de las nueve y la noche está oscura como boca de lobo. En la casa no puedo quedarme, porque Sally tiene varias amigas invitadas y no hay sitio. Descansaré hasta que venga Hannah, y entonces intentaré caminar.
—Se lo diré a Laurie y él irá a buscarnos un coche —dijo Jo, encantada de la idea que acababa de ocurrírsele.
—¡No, por Dios! No digas ni pidas nada a nadie. Trae mis chanclos y pon estos zapatos con nuestros abrigos. Ya no podré bailar más, pero tú, en cuanto acabe la cena, aguarda hasta que llegue Hannah y ven a avisarme.
—Ahora van todos a cenar, pero yo me quedo aquí contigo. Te aseguro que lo prefiero.
—No, querida, márchate. Luego tráeme una taza de café. Estoy tan cansada que no puedo moverme.
Dicho esto, Meg se tendió en el sofá, con los chanclos bien tapados. Jo se encaminó hacia el comedor, con el que dio después de haberse metido en un gabinete chino y de haber abierto la puerta de un cuarto donde el anciano señor Gardiner estaba tomando un refrigerio. Ya en el comedor, Jo se precipitó a la mesa y cogió una taza de café, que con las prisas se vertió encima, dejando tan estropeada la parte delantera del traje como ya lo estaba la de atrás.
—Pero ¡qué torpe y aturdida estoy! —exclamó mientras dejaba perdido el guante de Meg, al frotarse con él la mancha de café.
—¿Puedo ayudarla? —dijo uña voz de acento amistoso, y apareció Laurie con una taza de café en una mano y un plato de helado en la otra.
—Iba a llevarle algo a Meg, que está muy cansada, pero alguien me dio un empujón dejándome en este lamentable estado —contestó Jo, echando una desoladora mirada a su falda llena de manchas y al guante de color café.
—Lo siento. Yo precisamente buscaba a alguien a quien dar lo que aquí llevo, así que puedo llevárselo a su hermana.
—¡Oh, muchas gracias! Le diré dónde está. No me ofrezco a llevárselo yo misma porque seguramente haría otro desaguisado, como me pasa siempre.
Jo le enseñó el camino, y Laurie, como alguien habituado a atender a las señoras, acercó una mesa, trajo una segunda taza de café y otro helado para Jo y se mostró tan servicial que hasta Meg, que era muy exigente, hubo de calificarle de «muchacho muy simpático». Tan agradable pasaron el rato los tres charlando y jugando luego a los «despropósitos» con dos o tres muchachos que se agregaron, que la llegada de Hannah les sorprendió, y Meg intentó levantarse tan deprisa, olvidándose de su pie, que tuvo que agarrarse a Jo, con una exclamación de dolor.
—¡Calla! No digas nada —murmuró, añadiendo en voz alta—: Me torcí el pie; eso es todo.
A duras penas y cojeando subió la escalera, para ir a ponerse el abrigo, pero no podía andar.
Hannah las recriminó, Meg se echó a llorar y Jo no sabía qué hacer, hasta que decidió tomar las riendas del asunto y fue en busca de un criado al que preguntó si podía traerles un coche. Resultó que el criado era un interino que no conocía los alrededores, y ya Jo miraba en torno suyo desalentada, cuando de nuevo se presentó Laurie, que la había oído, y le ofreció el coche de su abuelo, que, según dijo, acababa de venir a buscarle.
—Pero si es muy temprano. Usted no pensará marcharse todavía —dijo Jo, encantada del ofrecimiento pero vacilando en aceptarlo.
—Siempre regreso temprano a casa... sí, de veras. Por favor, déjeme que las lleve. Me coge de camino, ya lo sabe, y está lloviendo.
Esto decidió la cuestión. Jo le contó el percance de Meg y aceptó agradecida el ofrecimiento, corriendo acto seguido en busca de su hermana y de Hannah. Esta, que detestaba el agua, no puso objeciones, y las tres subieron al lujoso coche cerrado, en el que se sintieron muy elegantes y de excelente humor. Laurie iba en el pescante y así Meg pudo llevar el pie en alto y las dos hermanas hablaron de la fiesta con entera libertad.
—Yo me he divertido muchísimo, ¿y tú? —preguntó Jo, recogiéndose el pelo y poniéndose cómoda.
—También, hasta que me ocurrió lo del pie. Annie Moffat, una amiga de Sally, se encariñó conmigo y me ha invitado a ir a pasar una semana en su casa, cuando venga Sally, para la primavera, en la temporada de ópera. Figúrate lo divertido que será, si mamá me deja ir —contestó Meg, gozosa ante la perspectiva.
—Te vi hablando con el muchacho pelirrojo de quien salí huyendo. ¿Era simpático?
—Mucho. Tiene el pelo castaño, no rojo, y se mostró muy amable conmigo. Bailamos una deliciosa redova.
—Por cierto que parecía un saltamontes, cuando te enseñaba el nuevo baile. Laurie y yo no pudimos contener la risa. ¿Nos oíste?
—No; pero eso demuestra mala educación. ¿Y qué hacíais allí todo el rato escondidos?
Jo se lo contó, y al terminar habían llegado ya a casa. Con expresiones de agradecimiento dieron las buenas noches a Laurie y entraron de puntillas, esperando no despertar a nadie, pero en el momento en que crujió un poco la puerta de su cuarto, surgieron dos gorritos de noche, y dos voces soñolientas pero ansiosas dijeron:
—Contadnos el baile; contadnos el baile.
Jo había cometido, en opinión de Meg, la gravísima incorrección de escamotear algunos bombones para llevárselos a las pequeñas, que pronto volvieron a dormirse después de oír los acontecimientos más emocionantes de la noche.
—Esto de volver a casa en un coche de lujo y estar aquí sentada con mi bata mientras una doncella me atiende, me hace sentir una señorita rica —dijo Meg, mientras Jo le restregaba el pie con árnica y le cepillaba el pelo.
—No creo que las señoritas ricas disfruten más que nosotras, a pesar de nuestros ricitos quemados, de nuestros trajes viejos, guantes de tapadillo y zapatos estrechos que nos hacen pasar las de Caín, cuando cometemos la tontería de ponérnoslos.
Creo que Jo tenía razón.
CAPÍTULO IV
CARGAS
¡Ay! ¡Qué difícil es volver a echarnos las cargas a la espalda y seguir adelante! —suspiró Meg, la mañana siguiente al baile.
Habían terminado las vacaciones y aquella última semana llena de diversiones no la habían preparado para reanudar un trabajo que siempre le desagradaba.
—Qué divertido sería si todo el año fuese Navidad, ¿no te parece? —contestó Jo, bostezando con desaliento.
—No nos divertiríamos ni la mitad que ahora, pero es tan agradable tener cenas especiales y ramos de flores, e ir a fiestas y volver a casa en coche y leer y descansar y no hacer nada. Eso es lo que hacen algunas personas, y siempre envidio a las muchachas que viven así. Soy tan aficionada al lujo... —dijo Meg, procurando decidir cuál de los dos vestidos viejos que tenía delante estaba menos deslucido.
—Mira, como nosotras no podemos hacer eso, no nos lamentemos más y sigamos adelante alegremente con nuestras cargas, como lo hace mamá. Tía March es para mí un verdadero fardo, pero supongo que cuando haya aprendido a soportarlo sin quejarme, me resultará tan ligero que ya no me importará en absoluto.
Esta idea cosquilleó la fantasía de Jo y la puso de buen humor, pero Meg no compartió su alegría porque su carga, consistente en cuatro niños mimados, le parecía más pesada que nunca. No tuvo ánimo ni para componerse como de costumbre, peinándose de modo favorecedor y atándose al cuello la cinta azul.
—¿Por qué preocuparme por estar bonita, cuando solo me ven esos cuatro críos rabiosos, y a nadie le importa que yo sea guapa o fea? —murmuró cerrando de golpe su cajón—. Tendré que luchar y trabajar todos los días de mi vida, con solo algunos ratos de diversión de vez en cuando, y así me haré vieja y además gruñona y fea. Todo porque soy pobre y no puedo disfrutar como otras de la vida. Es injusto.
Meg bajó al comedor con aire ofendido y durante el desayuno no se mostró muy agradable.
Aquella mañana todo el mundo parecía disgustado y de mal humor. Beth tenía jaqueca y estaba echada en el sofá, tratando de consolarse con la gata y los tres gatitos, Amy estaba nerviosa porque no se sabía las lecciones, y no podía encontrar sus chanclos, Jo se empeñó en silbar y en hacer ruido al arreglarse. La señora March estaba atareada en terminar una carta que tenía que enviar en seguida. Y Hannah gruñía por todo, de resultas de haber trasnochado, cosa que le sentaba muy mal.
—Somos una familia de lo más malhumorada —dijo Jo, perdiendo la paciencia al volcar un tintero, después de romper los cordones de las botas y sentarse encima de su sombrero.
—Y tú eres la peor de todas —repuso Amy, borrando la suma equivocada que acababa de hacer con las lágrimas que caían sobre su pizarra.
—¡Mira, Beth, si no dejas esos insufribles gatos en el sótano, haré que los ahoguen! —exclamó Meg, furiosa, tratando de librarse de uno de los gatitos, que le había trepado por la espalda y estaba agarrado como una lapa fuera de su alcance.
Jo se echó a reír, Meg riñó, Beth imploró y Amy sollozó porque no conseguía acordarse de cuánto eran doce por nueve.
—Niñas, niñas, callaos un minuto, por favor. Tengo que echar esta carta al correo ahora mismo y me estáis distrayendo con vuestras discusiones —dijo la señora March, tachando por tercera vez una frase equivocada.
Hubo un momentáneo silencio, interrumpido por Hannah, que entró llevando los pastelillos rellenos de manzana, los dejó sobre la mesa y volvió a salir. Esos pastelillos eran una institución en la familia, y las chicas los llamaban «manguitos», porque aquellos pasteles calientes eran muy confortadores para las manos frías. Hannah, por atareada y enfadada que estuviese, no se olvidaba nunca de prepararlos, porque el camino era largo y las pobres niñas no tomaban más almuerzo que ese y rara vez volvían a casa antes de las dos.
—Cuida de tus gatos y alíviate de la jaqueca, Beth. Adiós, mamá; esta mañana estamos hechas unos demonios, pero cuando volvamos seremos unos ángeles. Vamos, Meg.
Jo echó a andar, sintiendo que los peregrinos no emprendiesen el camino como debieran.
Siempre miraban hacia atrás antes de volver la esquina porque su madre les sonreía y saludaba desde la ventana. No hubieran podido pasar el día sin ese saludo, ya que, fuera cual fuese su disposición de ánimo, aquella última sonrisa maternal les hacía el efecto de un rayo de sol.
—Mejor empleado nos estaría que mamá, en vez de enviarnos un beso, nos amenazase con el puño, porque no he visto seres más despreciables y desagradecidos que nosotras —dijo Jo, hallando una especie de satisfacción para sus remordimientos en el camino nevado y la crudeza de la temperatura.
—No emplees esas terribles expresiones —dijo Meg desde el velo con que se envolvía, como una monja harta del mundo.
—Me gustan mucho las palabras enérgicas que tienen significado —repuso Jo, sujetándose el sombrero, para que el viento no se lo arrebatase.
—Aplícate tú los calificativos que quieras, pero yo no soy desagradecida ni despreciable, y no consiento que me llames así.
—Lo que eres es una criatura insatisfecha y malhumorada por no poder vivir siempre en medio del lujo. ¡Pobrecilla!, espera que yo haga fortuna y tendrás coches, y helados, y zapatos de tacón y flores y hasta chicos pelirrojos con quienes bailar.
—¡Qué ridícula eres, Jo! —Pero Meg rio de aquellas tonterías y se sintió mejor, a pesar de sí misma.
—Tienes la fortuna de que lo sea, porque si adoptase aire displicente y me mostrase agria y descontenta como tú, estábamos aviadas. Gracias a Dios siempre encuentro algo divertido para mantenerme de buen humor. Eh, no gruñas más y alégrate. ¡Ánimo, hermanita!
Jo dio a Meg unas cariñosas palmaditas en la espalda y se separaron tomando caminos diferentes, cada cual con su pastelillo caliente entre las manos y tratando de sentirse alegres a pesar del mal tiempo, del duro trabajo y de las insatisfechas aspiraciones de su juventud.
Cuando el señor March perdió su fortuna al tratar de ayudar a un amigo en apuros, las dos hijas mayores pidieron que se les permitiera hacer algo, cuando menos para su propio sostén. Sus padres, creyendo que nunca es demasiado pronto para cultivar la energía, laboriosidad e independencia, accedieron.
Ambas comenzaron a trabajar con esa sincera buena voluntad que, a pesar de los obstáculos, acaba siempre por triunfar. Margaret encontró una colocación de institutriz y se consideró rica con su modesto sueldo. Como ella misma decía, era aficionada al lujo, y su mayor mortificación era ser pobre. Lo encontraba más duro de soportar que sus hermanas, ya que recordaba un tiempo en que la casa era muy bonita, la vida estaba llena de bienestar y placer y no se privaban de nada. Meg trataba de no ser envidiosa y de contentarse con su suerte, pero era natural que, siendo joven, desease tener cosas bonitas, amigas, diversiones, lo que se dice una vida feliz. En casa de los King veía diariamente todo eso que echaba de menos en la suya, porque las hermanas mayores de los niños que ella cuidaba acababan de ser presentadas en sociedad y Meg contemplaba con frecuencia hermosos trajes de baile y ramos de flores y oía hablar animadamente de teatros, conciertos, patines y otras diversiones, viendo también cómo se despilfarraba en cosas superfluas un dinero que para ella hubiera sido precioso. Rara vez se quejaba la pobre Meg, pero una sensación de injusticia la hacía mostrarse a veces amarga con todo, pues aún ignoraba cuán rica era ella en las únicas cosas que pueden hacer feliz la vida.
Jo le reconvenía a su tía March, que estaba coja y necesitaba de una persona que la cuidase. La anciana señora, que no tenía hijos, se había ofrecido, cuando ocurrió la ruina de los March, a adoptar a una de las muchachas y se ofendió al ver rehusada su oferta. No faltaron amigos que dijeron a los March que con eso habían perdido la probabilidad de ser recordados en el testamento de la rica viuda, pero los March se limitaron a contestar: «Ni por cien fortunas renunciaríamos a nuestras hijas. Ricos o pobres, no nos separaremos y seremos felices todos reunidos».
La anciana señora, por un tiempo, se negó a dirigirles la palabra, pero habiéndose encontrado un día con Jo en casa de una amiga, algo en la divertida cara de la muchacha y en sus bruscas maneras hizo a la anciana encariñarse con ella y propuso tomarla como señorita de compañía, cosa que no sedujo a Jo, que no obstante hubo de aceptar, ya que no se le presentaba ninguna otra colocación, y, para sorpresa de todos, se las entendió admirablemente con su irascible parienta. Hubo algunas borrascas, y una vez Jo volvió a casa diciendo que no lo soportaría ni un día más, pero la anciana señora March siempre arreglaba el asunto, mandando a buscar a Jo con tal urgencia que esta no podía negarse. Además, en su fuero interno, Jo tenía afecto a la inquieta vieja.
Sospecho que la mayor atracción de aquella casa, para Jo, era una gran biblioteca de hermosos libros, que desde la muerte del señor March había quedado abandonada al polvo y las arañas. Jo recordaba al simpático viejecito, que solía dejarla edificar puentes y construir caminos con sus grandes diccionarios, y le contaba historias acerca de las curiosas estampas de sus libros y le compraba golosinas siempre que la encontraba en la calle. Aquella habitación oscura y polvorienta, con unos bustos que miraban hacia abajo desde las altas estanterías, y unas butacas muy cómodas, y, sobre todo, aquel bosque de libros por el que podía errar siempre que quería, hacían de la biblioteca un lugar venturoso para Jo. Tan pronto como tía March iba a dormir su siesta, o recibía visita, corría Jo a la silenciosa habitación y, acurrucándose en una butaca, devoraba poesías, novelas, historias, viajes, etc., como un verdadero ratón de biblioteca. Eso sí, como ocurre con toda felicidad de este mundo, esta duraba poco, y apenas había llegado a lo más interesante de la novela, al verso más inspirado del canto, o a la aventura más peligrosa del viaje, una voz aguda llamaba «¡Josephine! ¡Josephine!». Entonces tenía que dejar el paraíso para ir a devanar estambre, lavar al perro, o leer los Ensayos de Belsham durante horas.
Jo ambicionaba hacer algo grande; aún no sabía qué era, pero dejaba al tiempo que se lo descubriera, y entretanto su gran pena era no poder leer, correr y montar a caballo a sus anchas. Su genio vivo, su lengua más viva aún y la inquietud de su espíritu, la metían con frecuencia en apuros y su vida era una serie de altibajos, a la vez cómicos y patéticos. Sin embargo, la educación que recibía en casa de la anciana March era la que necesitaba, y la idea de que trabajaba para sostenerse la hacía feliz, a pesar de aquel perpetuo «¡Josephine!».
Beth era demasiado tímida para ir al colegio. Habían intentado enviarla, pero sufría tanto que sus padres desistieron de ello, y estudiaba en casa bajo la tutela del señor March. Cuando este marchó a la guerra y su esposa fue requerida para prestar su habilidad y su energía a la Sociedad de Ayuda a los Soldados, Beth siguió estudiando sola lo mejor que pudo. Era muy mujercita de su casa y ayudaba a Hannah a tenerlo todo arreglado y confortable para solaz de las que trabajaban, sin esperar por ello más recompensa que el cariño de los suyos. Así pasaba largos días tranquilos, nunca inactiva y solitaria, porque su pequeño mundo estaba poblado de amigos imaginarios y era por naturaleza una industriosa abejita.
Todas las mañanas sacaba y vestía seis muñecas, porque Beth era una niña aún y tenía sus juguetes predilectos. De aquellas muñecas no había una sana o bonita. Hasta que Beth se acordó de ellas estuvieron desechadas, porque las hermanas mayores ya no se dedicaban a esos juegos y Amy aborrecía todo lo que fuera feo o viejo. Beth en cambio las mimaba más por ser viejas y feas, e instaló un hospital de muñecas inválidas. Ni un alfiler se clavaba en sus cuerpecitos de algodón, ni una palabra brusca, ni un golpe venía a maltratarlas, ningún descuido podía entristecerlas: todas eran alimentadas, vestidas, cuidadas y acariciadas con invariable cariño. Un fragmento de algo que fue muñeca, perteneciente a Jo y que después de llevar una vida tempestuosa quedó abandonada como resto de un naufragio en un saco de retales, fue rescatado por Beth de tan triste asilo y llevado a su refugio. Como no tenía peluca le puso una pulcra gorrita, y como le faltaban brazos y piernas, ocultó estas imperfecciones envolviéndola en una manta y adjudicando su mejor cama a esa inválida permanente. De haber sabido alguien qué especial cuidado dedicaba Beth a aquella pobre muñeca, se hubiera sentido conmovido, aun cuando riera de ello. Le leía, la sacaba a tomar el aire, la arrullaba con canciones y nunca se marchaba a la cama sin antes besar su sucia carita y murmurar tiernamente: «Espero que pases buena noche».
Beth tenía sus penas, como las otras hermanas, y no siendo un ángel, sino una niña muy humana, con frecuencia «lloraba unas lagrimitas», como decía Jo, porque no podía tomar lecciones de música, ni tener un buen piano. Amaba tanto la música, trataba con tal afán de aprender y practicaba con tanta paciencia en el viejo y desafinado piano, que parecía natural que alguien (por no aludir a tía March) la hubiera ayudado. Pero nadie lo hizo, y nadie veía tampoco las silenciosas lágrimas que Beth, cuando estaba sola, dejaba caer sobre el amarillento teclado. Por lo demás, Beth cantaba como una alondra durante su trabajo, nunca alegaba cansancio para dejar de tocar cuando se lo pedían la madre o las hermanas y día tras día estaba llena de esperanza: «Sé que alguna vez llegaré, si soy buena».
Hay en el mundo muchas Beth, tímidas y tranquilas, metidas en su rincón hasta que se las necesita, viviendo para los demás tan alegremente que nadie se da cuenta de los sacrificios que realizan, hasta que el pequeño grillo del hogar cesa de cantar y la dulce y luminosa presencia se desvanece, dejando tras de sí silencio y sombra.
Si alguien hubiera preguntado a Amy cuál era la pena mayor de su vida, habría contestado sin vacilar: «Mi nariz». Jo la había hecho caer accidentalmente en la carbonera y Amy insistía en que esa caída había estropeado su nariz para siempre. No era una nariz grande, ni encarnada, pero sí algo chata y no había manera —ni pellizcándola ni apretándola con pinzas— de darle forma aristocrática. A nadie le importaba aquello más que a Amy, que sentía profundamente no tener una nariz griega, y para consolarse dibujaba bellas narices.
«El pequeño Rafael», como la llamaban sus hermanas, tenía verdadera aptitud para el dibujo y su mayor goce era copiar flores, dibujar hadas o ilustrar cuentos. Sus compañeras la querían mucho porque tenía buen carácter y poseía el feliz don de agradar sin esfuerzo. Su distinción y graciosos modales eran admirados, así como sus habilidades, pues además del dibujo sabía tocar doce piezas, hacer crochet y leer en francés pronunciando mal solo las dos terceras partes de las palabras.
Tenía Amy un modo lastimero de decir «cuando papá era rico hacíamos esto y aquello» que resultaba conmovedor, y su manera de hablar, alargando las palabras, era considerada de lo más elegante por sus amigas.
En suma, Amy estaba en el mejor camino para estropearse a causa de que todo el mundo la mimaba, y crecían sus pequeñas vanidades y sus egoísmos. Solo una cosa venía a mortificar su vanidad: tenía que llevar los vestidos que desechaba una prima suya, Florence, cuya madre tenía pésimo gusto. Aunque la ropa era buena y estaba poco usada, Amy sufría al tener que ponerse un gorrito encarnado en vez de azul, y trajes que le sentaban mal, y delantales chillones. Los ojos de Amy veíanse muy afligidos, especialmente ese invierno en que su traje de colegio era de color granate con lunares amarillos y sin adorno alguno.
—Mi único consuelo —decía Amy con los ojos anegados en lágrimas— es que mamá no hace lo que la madre de Mary Park, que cada vez que se porta mal le hace unos pliegues al vestido. Te aseguro que es horrible, porque algunas veces es tan mala que la falda se le queda por las rodillas y no puede ir al colegio. Cuando pienso en esa degradación, siento que puedo resignarme hasta con mi nariz chata y con mi vestido granate sembrado de lunares amarillos.
Meg era la confidente y la consejera de Amy, así como Jo, por una extraña atracción de sus opuestos caracteres, lo era de Beth. Solo a Jo descubría la tímida niña sus pensamientos y a su vez ejercía sobre aquella hermana mayor, tan revoltosa y descuidada, más influencia que ninguna otra persona de la familia. Las dos hermanas mayores estaban muy unidas; cada una tomó a su cargo una de las pequeñas y la cuidaba a su manera, jugando a que eran mamás, como ellas decían, sustituyendo las viejas muñecas por las hermanas, con maternal instinto de mujercitas.
—¿Tiene alguna de vosotras algo que contar? Ha sido un día tan aburrido que me muero por alguna distracción —dijo Meg cuando aquella tarde se sentaron a coser.
—A mí me ha ocurrido una cosa muy graciosa con tía March, y os lo voy a contar —dijo Jo, a quien gustaba referir historias—. Estaba leyendo ese interminable Belsham con el sonsonete que siempre adopto para que la tía se duerma pronto, poder sacar un libro divertido y ponerme a leer a mis anchas, cuando me entró a mí también sueño y di tal bostezo que la tía me preguntó qué era eso de abrir una boca de tal tamaño que podía tragarme un libro entero. «Ojalá pudiera hacerlo para acabar con él de una vez», dije, tratando de no ser insolente. Entonces la tía me soltó un largo sermón sobre mis pecados y me dijo que estuviera sentada pensando un rato en ellos, mientras ella descabezaba un sueño. En cuanto empezó a dar cabezadas, saqué del bolsillo mi Vicario de Wakefield y me puse a leer con un ojo en él y otro en la tía. Al llegar al punto en que se caen todos al agua, olvidé dónde estaba y me eché a reír. Despertó la tía, y como la siestecita suele ponerla de buen humor, me dijo que le leyera un poco para saber qué frívola lectura era la que yo prefería al digno e instructivo Belsham. Leí lo mejor que supe y a la tía le gustó, aunque solo dijo: «No entiendo de qué se trata. Vuelva atrás y empiece de nuevo, niña». Obedecí, procurando que los Primrosy resultasen interesantes y tuve la mala intención de pararme en lo más emocionante para decir: «Me parece que esto la cansa a usted, tía, ¿lo dejo ya?». Ella cogió la media que se le había caído de las manos, me dirigió a través de sus gafas una mirada penetrante, y dijo con su laconismo habitual: «Termine el capítulo y no sea impertinente, señorita».
—¿Admitió que le gustaba? —preguntó Meg.
—¡En absoluto! Pero, eso sí, dejó descansar a Belsham y cuando tuve que volver, a poco de despedirme de ella, porque me había olvidado los guantes, la vi tragándose el Vicario de Wakefield, y tan absorta en la lectura que no me oyó reír mientras bailaba en el zaguán ante la perspectiva de mejores tiempos. ¡Qué vida tan agradable podría llevar si quisiese! A pesar de su dinero no la envidio. Después de todo, me parece que los ricos tienen tantas molestias como nosotros, los pobres.
—Eso me recuerda —terció Meg— que yo también tengo algo que contaros, no divertido como lo de Jo pero que me ha hecho pensar mientras volvía a casa. Hoy estaban los King muy agitados. Una de las niñas me dijo que su hermano mayor había hecho algo terrible y que su papá le había echado de casa. Oí llorar a la señora, y hablar muy fuerte al señor, y Grace y Ellen, al pasar por mi lado, volvieron la cara para que no les viese los ojos enrojecidos por el llanto. Claro está que no hice preguntas, pero me dieron mucha lástima y me alegro de no tener hermanos que puedan deshonrar a la familia.
—Yo creo que verse expuesta a la vergüenza pública en un colegio es mucho más terrible que cuanto puedan hacer los chicos malos —dijo Amy, meneando la cabeza como si su experiencia de la vida fuera muy profunda—. Susie Perkins fue hoy al colegio con una sortija de granates tan preciosa que hubiera dado cualquier cosa por tener yo una igual, y confieso que la envidié de veras. Pues bien, figuraos que hizo una caricatura del profesor con una nariz monstruosa y una joroba, y estas palabras saliéndole de la boca: «Señoritas, mi ojo está vigilante sobre ustedes». Nos estábamos riendo a más no poder del dibujo, cuando de pronto su ojo cayó en efecto sobre nosotras, y ordenó a Susie que le llevase la pizarra. Ella quedó paralizada de terror, pero tuvo que obedecer. ¿Qué pensáis que hizo entonces él? Pues cogerla de una oreja... de una oreja, imaginaos qué horror... y llevarla a la tarima donde se recita y hacerla estarse allí media hora con la pizarra en la mano, para que todo el mundo la viese.
—Se reirían mucho las chicas, ¿verdad? —dijo Jo, divertida.
—¿Reírse? Ni una. Todas permanecimos calladas y Susie lloró muchísimo. Os aseguro que no la envidié entonces, porque comprendí que aunque tuviera miles de sortijas de granates no podrían compensarme de la vergüenza sufrida. Y yo no hubiera podido soportar una humillación semejante.
Dicho esto, Amy prosiguió su labor con la orgullosa conciencia de su virtud y de lo bien que le había salido aquel último párrafo dicho de un tirón.
—Esta mañana vi una cosa que me gustó —dijo Beth, ordenando mientras hablaba la revuelta cesta de costura de Jo—. Cuando fui a comprar unas ostras que me había encargado Hannah, el señor Laurence estaba en la pescadería pero no me vio, porque me quedé detrás de un barril y él estaba ocupado con el pescado. Entró una pobre mujer, con un cubo y un estropajo, y preguntó al pescadero si podía hacerle algún fregado a cambio de un poco de pescado, porque no tenía nada que dar de comer a sus hijos aquel día, por haberle faltado trabajo. El pescadero, que tenía prisa, contestó enfadado que no, y ya la pobre mujer se marchaba, hambrienta y triste, cuando el señor Laurence cogió un hermoso pescado y se lo dio. La pobre mujer, sorprendida y gozosa, empezó a dar infinitas gracias al anciano, pero él la atajó diciéndole que se fuera a guisarlo. ¡Iba más alegre la infeliz, y resultaba tan gracioso verla abrazada al pescado y bendiciendo al señor Laurence! ¡La verdad es que fue una buena acción de este señor!
Todas rieron y después pidieron a su madre que ella también les refiriera algo. Tras un momento de reflexión, la señora March dijo muy en serio:
—Esta tarde, mientras cortaba chaquetas de franela azul para nuestros soldados, me sentía inquieta por papá, pensando en lo solo y abandonado que estaría si algo le ocurriese. No debía haberme detenido en esos pensamientos, pero seguía angustiándome con ellos, hasta que entró un viejo con un pedido de ropas y, habiéndose sentado cerca de mí, empecé a hablarle, porque parecía pobre y tenía aspecto triste y cansado: «¿Tiene usted hijos en el ejército?», pregunté, pues la nota que había traído no era para mí. «Sí, señora; tenía cuatro, pero dos han muerto, otro está prisionero, y voy a ver al cuarto, que está muy enfermo en un hospital de Washington», me contestó tranquilamente. «Mucho ha hecho usted por su patria», dije, sintiendo respeto y compasión a la vez. «Ni una pizca más de lo debido, señora. Iría yo mismo si sirviera para algo, pero como no sirvo, ofrezco a mis hijos, y lo hago libremente». Hablaba con tanta alegría y parecía tan sincero, tan contento de ofrecer todo lo que tenía, que me sentí avergonzada de mí misma. Yo había ofrecido un hombre y pensaba que era demasiado, mientras él había ofrecido cuatro sin protesta alguna. Yo tenía en casa a mis hijas para consolarme, y a él le esperaba el último hijo en un lejano hospital, quizá para despedirse de él para siempre. Me sentí tan rica, tan feliz al pensar en lo que poseía, que obsequié al pobre viejo con un paquetito, le di algún dinero e infinitas gracias por la lección que me había enseñado.
—Cuéntanos otra historia, mamá... Una que tenga, como esta, su moraleja. Cuando son reales y no demasiado sermoneadoras, me gusta pensar luego en ellas —dijo Jo tras un minuto de silencio.
La señora March sonrió, y comenzó en seguida, pues llevaba muchos años contando cuentos a su auditorio y sabía los que le gustaban:
—Había una vez cuatro niñas que tenían lo suficiente para comer, beber y vestirse, y muchos consuelos y placeres, buenas amigas, padres que las querían tiernamente, a pesar de lo cual no se daban por contentas. —Aquí las que escuchaban cambiaron furtivas miradas y comenzaron a coser muy deprisa—. Esas niñas deseaban ser buenas y adoptaban muchas decisiones excelentes, pero no las cumplían muy bien y se pasaban la vida diciendo «Si yo tuviese eso», o «Si pudiéramos hacer aquello», olvidando cuántas cosas tenían ya y cuántas podían hacer. Preguntaron a una anciana cómo podían ser felices, y ella les dijo: «Cuando os sintáis descontentas, pensad en las cosas buenas que tenéis y sed agradecidas». —Jo levantó la cabeza rápidamente, como si fuera a decir algo, pero se abstuvo al ver que no había terminado el cuento—. Las niñas, que eran juiciosas, decidieron poner en práctica el consejo de la viejecita y pronto se sorprendieron al comprobar lo bien que les iba. Una descubrió que el dinero no puede alejar la vergüenza y el dolor de las casas de los ricos; otra, que aunque pobre era más feliz con su juventud, su salud y su alegría que cierta achacosa y descontenta anciana que no disfrutaba de sus comodidades; la tercera, que aun siendo desagradable ayudar a preparar la comida, lo era más pedirla de limosna; y la cuarta, que no vale tanto una sortija de granates como una conducta intachable. Así, convinieron en dejar de quejarse, gozar de las cosas buenas que tenían y tratar de merecerlas, no fuera a ser que las perdieran en vez de verlas aumentadas, y creo que no les pesó haber seguido el consejo de aquella vieja.
—Vamos, mamá, vaya una habilidad la tuya. Vuelves contra nosotras nuestra propia historia, y en vez de contarnos un cuento nos sueltas un sermón —dijo Meg.
—A mí no me gustan esta clase de sermones —dijo Beth, pensativa, enderezando las agujas en el acerico de Jo.
—Yo no me quejo ni la mitad que las otras y en adelante tendré más cuidado, porque la caída de Susie me ha servido de aviso —dijo Amy.
—Necesitábamos esa lección y no la olvidaremos. Si la olvidásemos, tú, mamá, dinos lo que el viejo Chole decía en Tío Tom: «Pensad en vuestras mercedes, niñas, pensad en vuestras mercedes» —dijo Jo, incapaz de dejar de hacer algún comentario divertido al sermoncito, aunque lo había tomado tan en serio como las demás.
CAPÍTULO V
ENTRE VECINOS
Pero ¿qué se te ha ocurrido hacer ahora, Jo? —preguntó Meg, una tarde de nieve al ver a su hermana cruzar el vestíbulo con botas de goma, un viejo abrigo con capuchón, una escoba en una mano y una pala en la otra.
—Salgo a hacer ejercicio —contestó guiñando los ojos maliciosmente.
—Pues ¿qué? ¿No te han bastado los dos largos paseos de esta mañana? Hace mucho frío fuera; te aconsejo que te quedes calentita junto al fuego, como hago yo —dijo Meg con un escalofrío.
—Jamás hago caso de consejos. No puedo estarme quieta todo el día y como no soy un gato, no me seduce dormir junto al fuego. A mí me gustan las aventuras y voy a ver si corro una.
Meg fue de nuevo a calentarse los pies y a leer Ivanhoe y Jo empezó a abrir senderos con energía. La nieve no era espesa y con la escoba pronto despejó una senda alrededor del jardín, para que Beth pudiera pasear por ella cuando las muñecas necesitasen tomar el aire.
El jardín separaba la casa de los March de la de los Laurence. Ambas estaban situadas en las afueras de la ciudad, que tenía muchas arboledas y praderas; grandes jardines y tranquilas calles. Una cerca poco elevada limitaba ambas fincas. De un lado, una casa vieja, oscura y de aspecto pobre, ya que la parra no cubría sus muros, como en verano, ni la alegraban las flores del jardín; del otro, una señorial mansión, en la que todo, desde la gran cochera y el bien cuidado paseo que llevaba al invernadero, y las cosas preciosas que por entre las ricas cortinas de las ventanas se vislumbraban, hablaban claramente de lujos y comodidades. Sin embargo, aquella casa parecía solitaria y sin vida; no jugaban niños en el jardín, ni en las ventanas sonreía un rostro maternal. Aparte del anciano señor Laurence y de su nieto, pocas eran las personas que en ella entraban y salían.
La fantasía de Jo le hacía ver aquella casa como una especie de palacio encantado, lleno de esplendor y de delicias que nadie disfrutaba. Durante mucho tiempo había deseado contemplar aquellas ocultas glorias y conocer al muchacho que parecía desear también ser conocido, siempre y cuando diera con la manera de presentarse por primera vez. Desde la noche del baile, Jo sintió mayor interés en trabar amistad con el vecino, y discurrió mil medios para lograrlo, pero no lo veía y empezaba a temer que se hubiese marchado, cuando un día descubrió una cara morena que, desde una ventana del piso alto, miraba tristemente al jardín donde Beth y Amy jugaban a arrojarse bolas de nieve.
«Ese chico tiene nostalgia de compañía y de diversión —se dijo Jo—. Su abuelo le obliga a estar ahí solo y encerrado, cuando lo que necesita es una pandilla de chicos animados con quienes jugar, o alguien que le distraiga y alegre. Me gustaría ir y decírselo».
Esta idea divirtió a Jo, quien gustaba de hacer cosas atrevidas y escandalizaba continuamente a Meg con sus originales ocurrencias. El plan de «ir y decírselo» no cayó en saco roto; aquella tarde de nieve Jo decidió intentarlo. Observó que el señor Laurence salía en su coche y entonces siguió barriendo la nieve hasta llegar a la cerca, donde se detuvo para llevar a cabo un reconocimiento. Todo estaba tranquilo... en las ventanas de abajo estaban echadas las cortinas, ningún criado a la vista... nada humano visible, excepto una cabeza de rizado pelo negro, descansando sobre una mano delgada, allá en la ventana superior.
«Ahí está —pensó Jo—. ¡Pobre chico! Solo y triste en este día melancólico. ¡Es una pena! Voy a tirarle una bola de nieve para que mire, y le diré algunas palabras para animarlo».
Voló un puñado de nieve y la cabeza se volvió, mostrando una cara que perdió al instante su expresión de indiferencia, al iluminarse los grandes ojos y sonreír.
—¿Qué tal está? ¿Se encuentra enfermo? —gritó Jo riendo y saludándole con la escoba.
Laurie abrió la ventana y graznó tan roncamente como un cuervo.
—Estoy mejor, gracias. He contraído un constipado muy fuerte y he tenido que soportar un encierro de una semana.
—Lo siento. ¿Con qué se entretiene?
—Con nada. Esto es más triste que una tumba.
—¿No lee?
—Poco; no me dejan.
—¿No puede leerle alguien?
—No tengo a nadie apropiado. Los chicos arman mucho barullo y como aún tengo la cabeza algo débil...
—Pues alguna chica podría leerle y distraerle. Las chicas son tranquilas y aficionadas a hacer de enfermeras.
—No conozco a ninguna.
—Nos conoce a nosotras... —comenzó Jo, interrumpiéndose y echándose a reír.
—¡Tiene razón! ¿Quiere usted venir? —repuso Laurie.
—Yo no soy nada tranquila, pero iré, si mamá me deja. Voy a preguntárselo. Cierre la ventana como un buen chico y espéreme.
Jo se echó la escoba al hombro y corrió a su casa, preguntándose qué le dirían allí de su idea.
Laurie, excitado ante la perspectiva de tener una visita, corrió a arreglarse, porque, como decía la señora March, era un caballerito, y quería hacer honor a la señorita que se ofrecía a acompañarle, cepillándose la rizosa melena, poniéndose un cuello limpio y tratando de ordenar su habitación, la cual, a pesar de la media docena de criados, no estaba muy presentable que digamos.
Sonó un largo timbrazo, seguido de una voz que preguntaba por «el señorito», y un criado con cara sorprendida subió a anunciar que abajo había una señorita.
—Muy bien, dígale que suba; es la señorita Jo —aclaró Laurie dirigiéndose a la puerta de su salita para salir al encuentro de Jo, que apareció sonriente y sonrosada, con un plato cubierto en una mano y en la otra dos gatitos de Beth.
—He traído mis bártulos —dijo animadamente—. Mamá me encargó que le salude de su parte y dice que celebrará si puedo servirle en algo. Meg quiso que le trajese un poco del blanc-manger que le sale muy sabroso, y Beth pensó que quizá los gatitos le distraigan. Ya sabía yo que se reiría usted de la idea, pero no pude negarme a traerlos, porque ella deseaba colaborar...
Y ocurrió que el divertido préstamo de Beth resultó lo más indicado, porque al reírse de los gatitos, Laurie olvidó su timidez y se hizo al punto de lo más sociable.
—Eso parece demasiado bonito para comerlo —dijo, sonriendo complacido al destapar el plato y ver el blanc-manger, rodeado de una guirnalda de hojas verdes y de las flores encarnadas del geranio favorito de Amy.
—Solo hemos querido expresarle nuestra simpatía. Diga a la criada que se lo sirva a la hora del té; es muy ligero, así que puede usted comerlo y lo tragará sin que le haga daño en la garganta. ¡Qué habitación tan cómoda!
—Lo sería si estuviese ordenada, pero las criadas son holgazanas. Me fastidia verla así.
—Yo lo arreglaré en dos minutos. Lo único que necesita es... pasar bien la escobilla por el hogar... poner derechas estas cosas encima de la chimenea, así... y los libros aquí, y los frascos allí, y el sofá vuelto un poco de espaldas a la luz, y ahuecar estos almohadones. Ya está usted instalado.
Y lo estaba en efecto, porque mientras hablaba y reía Jo había puesto las cosas en su sitio, y dado a la habitación un aspecto completamente distinto del que tenía. Laurie la observó con respetuoso silencio y cuando ella le llamó al sofá, se sentó con un suspiro de satisfacción y dijo agradecido:
—¡Qué amable! Era lo que hacía falta. Ahora siéntese usted en ese butacón y a ver qué puedo hacer para entretenerla.
—No, yo soy quien ha venido a entretenerle a usted. ¿Quiere que le lea?
Jo dirigió una cariñosa mirada a unos libros que había allí.
—Gracias; todo eso lo he leído ya. Si no le importa, preferiría hablar.
—¡Muy bien! Yo, una vez me dan cuerda, estaría hablando el día entero. Beth dice que no sé parar.
—¿Es Beth la que está siempre en casa y suele salir a veces con una cesta? —preguntó Laurie.
—Sí, esa es Beth, mi niña. Una chica monísima.
—La guapa es Meg, y la del pelo rizado, Amy, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabe?
Laurie se sonrojó, pero contestó francamente:
—Las oigo llamarse unas a otras, y cuando estoy solo aquí arriba, no puedo dejar de mirar a su jardín y siempre veo lo bien que lo pasan. Perdone, pero le diré que algunas veces olvidan ustedes echar la cortina de la ventana donde están las flores y cuando encienden las lámparas resulta un cuadro encantador verlas a todas sentadas alrededor de la mesa con su madre, y al fondo el fuego de la chimenea. Su madre se sienta siempre frente a la ventana y tiene una cara tan dulce que me encanta mirarla. Yo no tengo madre, ¿sabe usted?
Laurie se puso a atizar el fuego para ocultar un ligero temblor de los labios.
Aquella mirada ansiosa de cariño llegó al corazón de Jo. La sencilla educación que había recibido hacía que no hubiera tonterías en su cabeza y que a los quince años fuese tan inocente y franca como una niña. Laurie estaba enfermo y solo; ella en cambio era rica en afectos familiares y en felicidad. Quería compartir con él esa riqueza.
Había una expresión cariñosa en su mirada y su voz adquirió una dulzura singular cuando dijo:
—Ya no echaremos nunca esa cortina y le permitiremos mirar todo lo que quiera. Yo preferiría, eso sí, que en vez de atisbar desde aquí, fuese usted a vernos. Mamá es extraordinaria, y le haría mucho bien, y Beth cantaría si yo se lo pidiese y Amy bailaría, mientras Meg y yo le haríamos reír enseñándole nuestro divertido atrezo teatral. Lo pasaríamos muy bien. ¿Le dejará su abuelo venir?
—Creo que si su madre se lo pidiera, desde luego. Es muy amable aunque no lo parezca y me deja hacer lo que quiero casi siempre, solo que teme que pueda resultar molesto a los extraños —contestó Laurie, cada vez más animado.
—Nosotras no somos extrañas sino vecinas, y nunca podría usted molestarnos. Deseamos conocerle y yo lo procuro hace tiempo. No hace mucho que vivimos aquí, como usted sabe, pero hemos hecho amistad con todos los vecinos, menos con ustedes.
—El abuelo vive consagrado a sus libros y le tiene sin cuidado lo que ocurre fuera. Mi preceptor, el señor Brooke, no vive aquí, y no tengo a nadie con quien salir, de modo que opto por quedarme en casa y así voy pasando.
—Hace usted mal. Debiera ir allá donde le inviten y así tendría amigos y lo pasaría bien. La timidez se vence frecuentando el trato de las gentes.
Laurie se ruborizó nuevamente, pero no le ofendió que le acusasen de timidez, porque había en Jo tanta buena voluntad que era imposible no tomar sus palabras, aunque excesivamente francas, como nacidas de su buena fe.
—¿Está usted contenta en su colegio? —preguntó el muchacho, cambiando de conversación tras una breve pausa durante la cual miró fijamente al fuego.
—No voy al colegio —contestó ella—. Soy un hombre de negocios... quiero decir, una chica que se gana la vida como señorita de compañía de su tía abuela. Una vieja gruñona, pero muy buena de corazón, la pobrecilla.
Laurie abrió la boca para hacer otra pregunta, pero, recordando que era una falta de cortesía indagar en los asuntos de los demás, volvió a cerrarla. A Jo le gustó que fuese tan bien educado, y no hallando por su parte inconveniente en reír un poco a costa de tía March, le hizo una viva descripción de la fastidiosa señora, de su perro de lanas, del loro que hablaba español y de la biblioteca que hacía sus delicias. Laurie disfrutó con todo aquello, y cuando Jo le dijo que cierto día, un viejecito muy pulcro había ido a cortejar a tía March y que cuando estaba en lo más florido de su discurso, Polly, el loro, le había quitado la peluca con el pico, el muchacho rio con tantas ganas que una de las criadas se asomó a la puerta para ver si le ocurría algo.
—Sus cuentos son muy divertidos. Siga, por favor —dijo Laurie, levantando la cabeza de los almohadones y mostrando una cara sofocada y resplandeciente de alegría.
Halagada, Jo siguió hablando de sus juegos y de sus planes, de sus esperanzas y temores por su padre, y de los acontecimientos más interesantes del pequeño mundo en que las hermanas vivían.
Luego hablaron de libros, y con gran entusiasmo descubrió Jo que a Laurie le gustaban tanto como a ella y que aun había leído más.
—Puesto que tanto le gustan, baje a ver los nuestros —dijo Laurie, levantándose—. No tema, el abuelo ha salido.
—Yo no tengo miedo de nada —contestó Jo.
—Lo creo —exclamó Laurie, mirándola con admiración, si bien para sus adentros se dijo que, como se encontrara con su abuelo en uno de sus días de malhumor, su nueva amiga iba a comprobar que su valentía tenía un límite.
La temperatura de toda la casa era cálida. Laurie fue conduciéndola de habitación en habitación, dejándola examinar cuanto llamaba su atención, y así llegaron al fin a la biblioteca, donde Jo palmoteó y brincó como hacía siempre que algo la entusiasmaba. La estancia estaba atestada de libros y había cuadros y estatuas, y espaciosas vitrinas llenas de monedas y de curiosidades, y butacas mullidas y extrañas mesitas y, lo mejor, una gran chimenea con hogar encuadrado de exquisitos azulejos.
—¡Qué riqueza! —suspiró Jo, dejándose caer en una butaca de terciopelo y mirando alrededor con intensa satisfacción—. Theodore Laurence, debe ser usted el hombre más feliz del mundo —añadió con acento solemne.
—No se vive solo de libros —sentenció Laurie meneando la cabeza.
Antes de que pudiera agregar una palabra más sonó un timbre. Jo dio un brinco y exclamó alarmada:
—¡Cielos! ¿Es su abuelo?
—¿Y qué, si lo fuera? ¿No decía usted que no tenía miedo de nada? —repuso el muchacho con picardía.
—Me parece que a él sí le temo un poco, aunque no sé por qué. Mamá me dijo que podía venir y no me parece que a usted le haya sentado mal la visita —replicó Jo, tratando de mostrarse serena, pero con los ojos clavados en la puerta.
—Me siento mucho mejor, y agradecidísimo. Solo lamento que se haya usted fatigado con tanto hablar. Era tan agradable oírla que no sabía darme por satisfecho —dijo Laurie agradecido.
—El doctor ha venido a visitarle, señorito —interrumpió una criada.
—¿Me perdona que la deje sola un minuto? —inquirió Laurie—. No tengo otro remedio que ir a verle —agregó en son de disculpa.
—No se preocupe. Me encuentro a mis anchas —contestó Jo.
Laurie salió y su visitante se divirtió a su manera. Estaba de pie delante del bello retrato de un señor venerable, cuando oyó abrirse la puerta. Sin volverse, Jo dijo muy decidida:
—Ahora estoy segura de que no me asustaría de él, porque tiene ojos bondadosos, aunque la boca es severa y se ve que es de una voluntad inflexible. No es tan guapo como lo era mi abuelo, pero me gusta.
—Muchas gracias, señorita —dijo una voz áspera a su espalda.
Al volverse anonadada, Jo se halló ante el señor Laurence.
La pobre se ruborizó intensamente, y el corazón empezó a latirle con violencia, mientras pensaba en lo que acababa de decir. Por un momento sintió un ardiente deseo de echar a correr, pero eso hubiera sido una cobardía de la que se habrían reído las chicas, y resolvió quedarse y capear el temporal como pudiera. Una segunda mirada le mostró que los ojos vivos del retratado tenían, bajo las espesas cejas grises, la misma o mayor expresión de bondad que el lienzo y había en ellos un vislumbre de picardía, que disminuyó el temor de Jo. La áspera voz sonó más áspera al preguntar bruscamente el anciano, después de aquella pausa:
—De modo que no me teme usted, ¿eh?
—No mucho, señor.
—Y no me encuentra tan guapo como su abuelo...
—No del todo, señor.
—Y tengo una inflexible voluntad, ¿verdad?
—Solo dije que me lo parecía.
—Pero, a pesar de todo, ¿le gusto a usted?
—Sí, señor.
Esta respuesta agradó al anciano, que lanzó una risa corta, dio la mano a Jo y, poniéndole un dedo debajo de la barbilla, le hizo levantar la cara, la examinó gravemente y luego dijo:
—Tiene usted el espíritu de su abuelo, ya que no su cara. Era lo que se dice un buen mozo, además de un valiente y un hombre de honor. Me enorgullezco de haber sido su amigo.
—Gracias, señor.
Y Jo, después de esto, se encontró perfectamente a sus anchas con el señor Laurence.
—¿Qué ha estado haciendo con ese chico mío? —fue la siguiente pregunta.
—Pues tratando de distraerle un poco.
Jo le contó el motivo de su visita.
—¿Cree usted que necesita un poco de alegría?
—Sí, señor; parece bastante solitario, y la compañía de otro chico de su edad quizá le haría bien. Nosotras somos chicas pero con gusto le ayudaríamos, porque no olvidamos el espléndido regalo de Navidad que usted nos envió —dijo Jo.
—Bah, bah; eso fue cosa del chico. ¿Cómo está la pobre mujer?
—Mucho mejor —contestó Jo, y se puso hablar muy deprisa, contándole cosas de los Hummel, en favor de los cuales su madre había interesado a amigos más ricos que ellas.
—La misma manera de hacer el bien que tenía su padre. Un día que haga buen tiempo iré a ver a su madre, dígaselo. Suena la campana del té. Lo tomamos temprano a causa del chico. Venga usted al comedor y continúe su visita de vecindad.
—Si no le molesta que le acompañe...
—No la invitaría si me molestase.
El señor Laurence ofreció el brazo a Jo con cortesía anticuada.
«¿Qué diría Meg si viera esto?», pensó Jo, mientras era conducida escaleras abajo, y en sus labios se dibujaba la risa al imaginarse la escena cuando contara lo ocurrido.
—¡Eh! ¿Qué diantre te ocurre, chico? —preguntó el anciano al ver a Laurie bajar corriendo la escalera y detenerse con una exclamación de sorpresa ante el asombroso espectáculo que ofrecía Jo del brazo de su severo abuelo.
—No sabía que estaba usted aquí —contestó él, mientras Jo le dirigía una mirada de triunfo.
—Es evidente, a juzgar por el estrépito que armas por las escaleras. Ven a tomar el té y a ver si te portas como un caballero —dijo el anciano, prosiguiendo su camino tras darle un cariñoso tirón de oreja.
Laurie los siguió, haciendo a sus espaldas una serie de cómicas evoluciones que casi produjeron un estallido de risa en Jo.
El anciano caballero apenas habló mientras bebía sus cuatro tazas de té, pero observaba a los jóvenes, que pronto se pusieron a charlar como viejos amigos, y no le pasó inadvertido el cambio operado en su nieto. Había color, luz y vida en sus facciones, viveza en sus movimientos y verdadera alegría en su risa.
«Ella tiene razón; el chico está muy solo. Veré lo que estas muchachas pueden hacer por él», pensó el señor Laurence, mientras miraba y escuchaba.
Si los Laurence hubieran sido envarados y presuntuosos, Jo no se hubiese entendido con ellos, porque esa clase de personas la hacía sentirse tímida y torpe; pero hallándolos francos y llanos, se mostró tal cual era, y causó buena impresión.
Terminado el té, anunció que debía marcharse, pero Laurie quiso enseñarle algo que le faltaba ver, y la llevó al invernadero, que había sido iluminado en su honor.
A Jo le resultó fantástico y paseó extasiada por los enarenados senderos, gozando de la belleza de las flores que cubrían las paredes, de la atmósfera tibia y admirando las maravillosas parras y los hermosos árboles cuyo follaje pendía sobre su cabeza. Entretanto Laurie cortó bellas flores, hizo con ellas un ramo y dijo, con esa expresión de contento que Jo gustaba de ver en él:
—Por favor, entregue esto a su madre y dígale que me gusta mucho la medicina que me ha enviado.
Encontraron al señor Laurence de pie junto al fuego de la chimenea de la gran sala, pero la atención de Jo quedó absorta por el magnífico piano que allí había.
—¿Toca usted? —preguntó, volviéndose hacia Laurie con respetuosa expresión.
—Algunas veces —repuso el chico con modestia.
—Pues toque algo ahora, por favor. Quiero oírlo para contárselo luego a Beth.
—Usted primero.
—Yo no sé. Soy demasiado torpe para aprender, pero me encanta la música.
Laurie tocó una pieza y Jo le escuchó con la nariz hundida en los heliotropos y las rosas de té del ramo para su madre. Creció su respeto hacia Laurie porque este era un buen ejecutante y no se envanecía de ello. Hubiera querido que Beth lo oyese, pero se limitó a alabar al muchacho hasta que este se azaró y su abuelo tuvo que acudir en su ayuda.
—Basta, basta, señorita. No le convienen demasiados terrones de azúcar. Como pianista, no está del todo mal, pero lo que hace falta es que haga otro tanto en cosas más importantes. ¿Se marcha usted? Le agradecemos su visita, que espero se repita. Mis respetos a su señora madre. Buenas noches, doctora Jo.
Aunque le dio la mano afectuosamente, parecía que algo le disgustaba. Cuando estuvieron en el zaguán, Jo preguntó a Laurie si había dicho alguna cosa inconveniente.
Laurie meneó la cabeza.
—No; fui yo. No le gusta oírme tocar el piano.
—¿Por qué?
—Ya se lo contaré otro día. John la acompañará hasta su casa ya que yo no puedo hacerlo.
—No es necesario; solo estamos a dos pasos. Cuídese.
—Sí; pero confío en que volverá usted por aquí.
—Si usted promete visitarnos cuando esté bien, sí.
—Así lo haré.
—Buenas noches, Laurie.
—Buenas noches, Jo. Y gracias.
Cuando Jo refirió las aventuras de la tarde, la familia March sintió ganas de visitar en comunidad la casa de los Laurence, pues todas hallaban allí algo atrayente. La señora March deseaba hablar de su padre con el amigo que no le había olvidado; Meg quería pasearse por el invernadero; Beth suspiraba por el piano; y Amy por ver los cuadros y las estatuas.
—¿Por qué le desagradará al señor Laurence que su nieto toque el piano, mamá?
—No estoy segura, pero quizá porque su hijo, el padre de Laurie, se casó con una señorita italiana que era pianista, y ese matrimonio disgustó al señor Laurence, que es muy orgulloso. La señora era buena y muy guapa, pero a él no le gustó y no volvió a ver a su hijo después de la boda. Ambos murieron cuando Laurie era muy pequeño, y entonces su abuelo lo recogió. Me parece que el chico, nacido en Italia, no es muy fuerte y el viejo teme perderle; por eso le cuida tanto. Laurie ha heredado de su madre la afición a la música, y supongo que su abuelo temerá que quiera seguir esa carrera. Por lo menos, su disposición para el piano debe recordarle a la mujer que le separó de su hijo, y por eso le molesta.
—¡Qué tontería! —saltó Jo—. Que le deje ser músico, si tal es su vocación, y no le amargue la vida mandándole al colegio, cuando lo detesta.
—Por eso, sin duda, tiene esos hermosos ojos negros y esas amables maneras. Los italianos son siempre amables —dijo Meg, que era un poco sentimental.
—Le vi en el baile, y lo que de él nos han contado demuestra que sabe comportarse. Es muy bueno y amable; y lo que dijo acerca de la medicina que mamá le envió está muy bien dicho y demuestra buenas maneras.
—Se refería al blanc-manger, seguramente.
—¡Qué ingenua eres, hija! Se refería a ti.
—¿De veras?
Jo abrió los ojos como si esa idea le sorprendiera completamente.
—Nunca he visto a nadie como tú. No sabes conocer una galantería cuando te la dicen —dijo Meg, con aire de quien sabe cuanto hay que saber sobre esa materia.
—Encuentro las galanterías muy tontas y te agradeceré que no seas pesada. Laurie es un chico muy simpático, y me gusta, pero no quiero tener nada que ver con sentimentalismos de cumplidos y demás estupideces. Todas seremos buenas amigas suyas, porque no tiene madre. Puede venir a vernos, ¿verdad, mamá?
—Sí, Jo, tu amiguito será bien recibido, y espero que Meg no olvide que los niños deben ser niños el mayor tiempo posible.
—Ya no me considero una niña, y aún no he cumplido los trece años —observó Amy—. ¿Qué dices, Beth?
—Estaba pensando en nuestros progresos como peregrinos —contestó Beth, que no había oído una palabra—. Cómo al resolver ser buenas salimos del lodazal y subimos la escarpada colina al tratar de poner en práctica nuestra resolución. Tal vez esa casa de al lado, llena de espléndidas cosas, sea el Hermoso Palacio de nuestra Ciudad Celestial.
—Antes tenemos que pasar entre los leones —le recordó Jo, como si en cierto modo le agradase la perspectiva.
CAPÍTULO VI
BETH ENCUENTRA EL HERMOSO PALACIO
La casa grande resultó, en efecto, un hermoso palacio, aunque transcurrió cierto tiempo antes de que todas entrasen en él y Beth halló muy difícil pasar entre los leones. El más grande de estos era el señor Laurence, pero después de que fue a hacerles una visita y dirigió palabras amables y divertidas a cada una de las muchachas y habló con la madre de tiempos pasados, nadie, excepto Beth, le tuvo miedo. El otro león era el hecho de ser ellas pobres y Laurie rico, porque eso las hacía avergonzarse de recibir favores a los que no podían corresponder, pero después de algún tiempo comprendieron que Laurie las consideraba a ellas bienhechoras y no sabía cómo demostrar lo agradecido que estaba a la señora March por su maternal acogida, y a todas, por la alegría y bienestar de que disfrutaba en su compañía. Olvidaron, pues, su orgullo y cambiaron atenciones y amabilidades, sin pararse a pensar cuál era mayor.
Ocurrieron por entonces toda clase de cosas agradables, porque la nueva amistad floreció como la hierba en primavera. Todas querían a Laurie y este dijo a su preceptor que «las March eran unas chicas espléndidas». Con el entusiasmo propio de la juventud, las cuatro hermanas acogieron gozosas al solitario Laurie, y cuidaron de él, hallando este, a su vez, encantadora la inocente compañía de aquellas sencillas muchachitas. Como no había conocido madre ni hermana, experimentó la influencia que ejercía sobre él aquella amistad nueva y la actividad de las laboriosas muchachas le hizo avergonzarse de la vida indolente que él llevaba. Estaba cansado de libros y encontraba tan interesante el trato con personas, que el señor Brooke se vio obligado a poner a su discípulo notas poco satisfactorias, porque Laurie no hacía más que ir a ver a las March.
—No importa; déjele que se expansione un poco; ya recuperará lo perdido —dijo el abuelo—. La señora de al lado dice que el chico estudia demasiado y necesita de jóvenes de su edad, diversión y ejercicio físico. Sospecho que tiene razón, y que he cuidado a Laurie con exceso, como si lo hiciera una abuela. Dejémosle hacer un poco su voluntad con tal que se sienta feliz, porque nada malo puede ocurrirle en ese conventito de al lado, y la señora March hace por él más de lo que nosotros podemos hacer.
¡Qué días magníficos pasaron! Representaciones teatrales, cuadros vivos, paseos en trineo, alegre patinar en el hielo, gratas tardes de intimidad en la vieja casa de los March y, de vez en cuando, pequeñas reuniones en casa de Laurie. Meg pudo pasearse a sus anchas por el invernadero, y saciarse de ramos de flores; Jo, leer con voracidad en la biblioteca, y poner nervioso al señor Laurence con su crítica literaria; Amy, copiar cuadros y gozar de artísticas bellezas a su placer, mientras Laurie desempeñaba con gallarda postura el papel de «señor del castillo».
En cuanto a Beth, si bien suspiraba por el gran piano, no consiguió armarse de valor para ir a «la mansión de la dicha», como llamaba Meg a la casa grande. Fue una vez con Jo, pero el señor Laurence, que no estaba enterado de su excesiva timidez, la miró con tanta fijeza, frunciendo sus espesas cejas grises, y lanzó un «¡Eh!» tan fuerte que la asustó hasta el punto de hacerla temblar de pies a cabeza, según dijo luego a su madre, y echó a correr, declarando que no volvería, ni siquiera por el hermoso piano. No bastaron ruegos ni persuasiones para hacerle vencer su miedo, hasta que habiendo llegado el hecho a oídos del señor Laurence, por conducto misterioso, quiso arreglar las cosas, y un día que fue de visita a casa de la señora March, llevó con habilidad la conversación hacia el tema de la música y habló de grandes cantantes que él había oído, de magníficos órganos, refiriendo a la vez anécdotas tan interesantes, que Beth no pudo permanecer en su apartado rincón y fue acercándose lentamente, como fascinada, hasta detenerse detrás de la silla que ocupaba el anciano, para escuchar con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas de emoción. Sin ocuparse en absoluto de ella, el señor Laurence habló de los estudios de su nieto y de sus profesores, y luego, como si se le ocurriera la idea en aquel preciso momento, dijo a la señora March:
—Ahora tiene muy abandonada la música, de lo que me congratulo, porque se estaba aficionando demasiado a ella, pero el piano padece con ese abandono. ¿No querría alguna de sus hijas ir a tocarlo de vez en cuando, aunque solo sea para que no se desafine?
Beth dio un paso adelante y juntó las manos fuertemente para contenerse y no palmotear, como se sentía tentada de hacerlo. La idea de poder estudiar en aquel magnífico instrumento le quitaba el aliento.
Antes de que la señora March pudiera contestar, el anciano prosiguió con un gesto y una sonrisa de inteligencia:
—La que vaya no necesita verse ni hablar con nadie. Puede pasar a cualquier hora. Yo estoy encerrado en mi despacho al otro extremo de la casa. Laurence sale mucho y los criados no se acercan a la sala después de las nueve.
Al decir esto, se levantó como para marcharse, y Beth resolvió hablar, porque aquel último arreglo resultaba perfecto. Pero antes de que pudiera hacerlo el señor Laurence, agregó:
—Por favor, transmita a sus hijas lo que acabo de decirle. Si no les interesa ir, tampoco importa.
Una manecita se escurrió en la suya, y Beth, mirándole con agradecimiento, dijo con vocecita tímida pero acento firme:
—Sí, señor, les interesa mucho... muchísimo.
—¿Es usted la aficionada a la música? —preguntó él bondadosamente.
—Soy Beth, y amo la música con toda mi alma. Iré si está usted seguro de que nadie ha de oírme... y a nadie he de molestar —añadió, temiendo ser poco amable y temblando de su propia osadía mientras hablaba.
—No te oirá ni un alma, hija. La casa está desierta la mitad del día. Ven y toca el piano cuanto quieras, que yo te quedaré agradecido.
—¡Qué bueno es usted!
Beth se sonrojó ante la mirada amistosa del anciano, pero ya no le tenía miedo; y como no encontraba palabras para agradecer el precioso don de él recibido, apretó con fuerza la mano del señor Laurence. Este acarició con suavidad su mejilla; luego, inclinándose, la besó en la frente, diciendo con un acento que pocas personas le habían oído nunca:
—Tuve una niña con los ojos como los tuyos. Dios te bendiga, hija mía. A los pies de usted, señora.
Después de dar expansión a su entusiasmo con su madre, Beth corrió a comunicar la dichosa nueva a las muñecas, ya que las chicas no estaban en casa. ¡Qué alegremente cantó aquella tarde, y cómo rieron todas de ella cuando por la noche despertó a Amy, poniéndose dormida a tocar el piano en su cara! ¡Qué feliz se sintió!
Al día siguiente, después de ver salir de la casa a los Laurence, abuelo y nieto, Beth, no sin volverse dos o tres veces, entró al fin valientemente en casa de sus vecinos y se dirigió silenciosamente a la sala donde estaba el piano. Por casualidad, claro está, había sobre el piano unas bonitas y fáciles partituras, y al fin, con temblorosos dedos y frecuentes interrupciones para escuchar y mirar en torno, Beth tocó el gran instrumento, y al punto olvidó su miedo, y se olvidó de sí misma y de todo lo que no fuera el indescriptible goce que la música, para ella la voz de una amiga idolatrada, le proporcionaba.
Siguió allí hasta que Hannah fue a buscarla, pues era la hora del almuerzo, pero Beth no tenía apetito y se limitó a sentarse a la mesa y sonreír a todas en estado de beatitud.
A partir de esa mañana, casi todos los días un capuchoncito oscuro franqueaba el seto que separaba ambos jardines, y la gran sala del piano se vio frecuentada por un armonioso espíritu que iba y venía sin ser visto.
Beth nunca supo que con frecuencia el señor Laurence abría la puerta del despacho para oír las viejas piezas que le gustaban; nunca vio a Laurie montando guardia en la puerta para alejar a los criados, no sospechó que los cuadernos de estudio y las partituras que encontraba en el musiquero habían sido puestos allí para ella, y cuando Laurie le hablaba de música, pensaba únicamente en lo bueno que era al decirle cosas que la ayudaban tanto. Beth gozaba con toda su alma al ver, cosa que no ocurre siempre, su deseo realizado, y quizá porque agradecía esa dicha le fue concedida otra aún mayor; si bien es cierto que merecía las dos.
—Mamá; voy a hacer al señor Laurence un par de pantuflas. Es tan bueno que quiero demostrarle de algún modo mi gratitud, y no se me ocurre otra manera de hacerlo. ¿Te parece bien? —preguntó Beth, unas semanas después de aquella memorable visita del anciano.
—Sí, hijita; le gustará mucho y es una bonita manera de darle las gracias. Las chicas te ayudarán a bordarlas y yo pagaré la hechura —contestó la señora March, que se complacía en conceder las peticiones de Beth, porque rara vez las hacía para sí misma.
Tras serias discusiones con Meg y Jo, fue elegido el modelo y compraron los materiales. Un ramillete de pensamientos sobre fondo granate oscuro pareció más bonito y apropiado. Beth trabajó sin levantar cabeza del bordado y, como la suya era una aguja muy ágil, pronto las pantuflas estuvieron terminadas. Escribió luego una carta breve y sencilla y, con la complicidad de Laurie, las hizo llegar hasta la mesa del despacho del señor Laurence, una mañana, antes de que este se levantara.
Beth esperó a ver qué ocurría. Transcurrió aquel día y parte del siguiente sin acuse de recibo alguno, y ya empezaba a temer que su anciano y peculiar amigo se hubiera dado por ofendido.
La tarde del segundo día salió a hacer un recado y a que la pobre Juana, su muñeca inválida, diese su acostumbrado paseo. Cuando regresaba a casa vio asomadas a la ventana de la sala tres o cuatro cabezas, y en cuanto la divisaron varias manos se agitaron llamándola a gritos:
—¡Hay carta del señor Laurence! ¡Corre!
—¡Oh, Beth, te ha mandado...! —empezó Amy, gesticulando con énfasis, pero no pudo seguir porque Jo la interrumpió cerrando de golpe la ventana.
Beth corrió llena de ansiedad.
En la puerta, sus hermanas la recibieron y la llevaron con gran entusiasmo a la sala, diciendo y señalando todas a la vez:
—¡Mira! ¡Mira lo que hay ahí!
Beth palideció de emoción, porque allí había un bonito piano de gabinete y sobre la lustrosa tapa una carta dirigida a la «señorita Elizabeth March».
—¿Para mí? —balbuceó Beth, agarrándose a Jo porque le temblaban las piernas, anonadada ante aquella sorpresa.
—Sí, para ti, cariño. ¿No te parece espléndido? ¿No crees que el señor Laurence es el hombre más bueno del mundo? La llave está dentro de la carta. No la hemos abierto, pero estamos ansiosas por saber lo que dice —exclamó Jo, abrazando a su hermana y dándole el sobre.
—Léela tú. Yo no puedo. ¡Ah, qué bello es!
Beth ocultó la carta en el delantal de Jo, conmocionada por el regalo.
Abrió la carta y se echó a reír porque las primeras palabras que leyó decían: «Señorita Elizabeth March. Distinguida señorita».
—¡Qué bien suena! Ojalá alguien me escribiera a mí una carta así —dijo Amy, que encontraba muy elegante el estilo epistolar antiguo.
He tenido muchos pares de pantuflas en mi vida, pero ningunas me han sentado tan bien como las que usted me envió gentilmente. Los pensamientos son mi flor predilecta, y estos me recordarán siempre a la amable donante. Como me gusta pagar mis deudas sé que permitirá usted al viejo señor Laurence enviarle una cosa que perteneció a la nietecita que perdió.
Con mis más expresivas gracias, quedo siempre suyo, agradecido amigo y seguro servidor,
JAMES LAURENCE
—Beth, este es un honor del que puedes estar orgullosa. Laurie me ha dicho lo mucho que su abuelo quería a esa niña y lo celosamente que conservaba todas sus cosas. Pensar que te regala su piano... Te lo has ganado por tener los ojos grandes y azules y por ser amante de la música —dijo Jo, tratando de tranquilizar a Beth, que temblaba y parecía más excitada que nunca en su vida.
—Mira qué hermosos candeleros para las velas, y lo bonita que es esta seda verde plegada, con una rosa en el centro, y el atril y el taburete; todo completo —añadió Meg, abriendo la tapa del piano.
—«Su seguro servidor, James Laurence», mira que firmar así... Se lo contaré a mis amigas y quedarán maravilladas —dijo Amy, impresionada por la carta.
—Pruébalo, querida. Déjanos oír cómo suena esa monada de piano —dijo Hannah, que siempre tomaba parte en las alegrías y las penas de la familia.
Beth lo hizo y todo el mundo declaró que su sonido era extraordinario. Evidentemente había sido afinado y repasado, pero aunque estaba perfecto, creo que su verdadero encanto radicaba en la más feliz de las caras: Beth, que tocaba con amor las bellas teclas negras y blancas y apretaba los brillantes pedales.
—Tendrás que ir a dar las gracias —dijo Jo, pensando que Beth no se atrevería.
—Desde luego pienso hacerlo, y creo que iré ahora mismo.
Y ante la estupefacción general, Beth se dirigió resueltamente al jardín, cruzó la empalizada y llegó a la puerta de los Laurence.
—¡Vaya! Es la cosa más extraordinaria que he visto nunca. El piano le ha trastornado la cabeza. Estando en sus cabales no hubiera ido; ¡le habría dado vergüenza! —exclamó Hannah, fijos los ojos en Beth, mientras las otras chicas estaban mudas de asombro.
Más asombradas se hubieran quedado de haber visto lo que Beth hizo luego. Llamó a la puerta del despacho antes de darse tiempo para pensar, y cuando una áspera voz contestó «¡Adelante!», entró, se dirigió resueltamente hacia el señor Laurence, que parecía sorprendido, y le tendió la mano, diciendo con voz ligeramente temblorosa:
—He venido a darle a usted las gracias por...
Pero no pudo terminar, porque el anciano la miraba con tanto afecto que, recordando que su amigo había perdido la nietecita que amaba, le echó los brazos al cuello y lo besó en la mejilla.
No se hubiera quedado más atónito el buen anciano si hubiese visto volar el techo de la habitación, pero aquello le gustó, ¡vaya si le gustó!, y se sintió tan conmovido y complacido por aquel cariñoso beso que, abandonando su sequedad, sentó a Beth en sus rodillas. Desde ese momento Beth dejó de temerle y estuvo charlando con él tan tranquila como si le conociera de toda la vida, porque el cariño destierra el temor y la gratitud vence al orgullo.
Cuando volvió a casa, el señor Laurence la acompañó hasta la puerta, le dio un cordial apretón de manos y, tocándose el sombrero, se alejó con aire majestuoso, andando muy erguido, como lo que era: un apuesto y solemne anciano.
Las hermanas de Beth fueron testigos de aquella escena. Jo empezó a bailar expresando con ello su satisfacción. Amy casi se cayó de la ventana de puro asombrada, y Meg exclamó con las manos en alto:
—¡Es indudable que se acerca el fin del mundo!
CAPÍTULO VII
AMY PASA POR EL VALLE DE LA HUMILLACIÓN
¿No es ese muchacho un perfecto cíclope? —preguntó Amy un día, al ver pasar montado a caballo a Laurie, que las saludó agitando la fusta.
—¿Cómo te atreves a decir semejante disparate, cuando tiene ambos ojos, y bien hermosos por cierto? —protestó Jo, que se molestaba de cualquier cosa que se dijese de su amigo.
—No me refería a sus ojos, y no sé por qué has de sulfurarte porque admire su manera de montar.
—¡Válgame el cielo! Esta tonta quiso decir «centauro» en lugar de «cíclope» —exclamó Jo lanzando una estrepitosa carcajada.
—No seas grosera, niña; fue solo un lapsus, como dice el profesor Davis —repuso Amy, acabando de congestionar de risa a Jo con esa nueva palabreja—. Lo que quisiera es tener solo una parte del dinero que Laurie gasta en ese caballo —añadió como para sí, pero esperando ser oída por sus hermanas.
—¿Para qué? —preguntó Meg, pues Jo no podía hablar de tanta risa.
—¡Lo necesito! Estoy llena de deudas y hasta dentro de un mes no me toca cobrar ningún dinero.
—¿Deudas tú? ¿Qué quieres decir? —preguntó Meg poniéndose seria.
—Debo al menos una docena de limas y carezco de dinero para comprarlas. Como sabes, mamá me tiene prohibido que compre nada a cuenta en la tienda.
—Cuéntame, cuéntame. ¿Es que se han puesto de moda las limas? —dijo Meg tratando de contener la risa, pues Amy hablaba con mucha seriedad.
—Mira, lo que ocurre es que las chicas están siempre comprándolas, y una, si no quiere que la tengan en menos, tiene que comprarlas también. No hay ninguna chica que no esté chupando una lima hasta en la hora de la clase, y se cambian por ellas lápices, sortijas de cuentas, muñecas de papel y qué sé yo. Si una chica simpatiza con otra le da una lima; si no la puede ver, se come una en sus narices y no le ofrece ni un gajo. Se regalan por turno y a mí me han dado no sé cuántas, pero no las he devuelto, lo cual está muy mal, porque se trata de deudas de honor, ¿sabes?
—¿Cuánto necesitas? —preguntó Meg, sacando su portamonedas.
—Veinticinco centavos bastarían. ¿No te gustan las limas?
—No mucho; te cedo mi parte. Aquí tienes el dinero, hazlo durar, porque, como sabes, no abunda mucho.
—Gracias. ¡Debe de ser tan agradable tener dinero disponible! Voy a darme un festín porque esta semana no he probado ni una lima. Me apetece tanto...
Al día siguiente Amy llegó bastante tarde al colegio, pero no pudo resistir la tentación de exhibir, con orgullo, un paquete de papel oscuro algo húmedo antes de hacerlo desaparecer en las profundidades de su pupitre.
Corrió al punto entre sus amigos la noticia de que Amy March tenía doce deliciosas limas (se había comido una por el camino) y que iba a obsequiarlas, con lo que las atenciones hacia ella fueron abrumadoras.
Katy Brown la invitó a la fiesta que iba a ofrecer en su casa; Mary Ringsley insistió en prestarle su reloj hasta la hora de salir; y Jenny Snow, una chica muy mordaz, que había reñido con Amy por echarle en cara que no tenía limas, cambió de actitud e intentó pasarle la solución de un problema difícil. Pero como Amy no había olvidado aquella indirecta de la señorita Snow al hablar de «personas que sabían oler las limas del vecino, y pedirlas prestadas a pesar de ir por la vida de muy dignas», al instante destruyó las esperanzas de su enemiga con esta cortante respuesta:
—No necesitas ponerte fina tan de repente, porque entre estas limas no hay ninguna para ti.
Aquella mañana visitó el colegio un distinguido personaje y los mapas de Amy, admirablemente dibujados, recibieron elogios, cosa que hizo rabiar a Jenny Snow y dio una gran satisfacción a Amy. Pero, ¡ay!, que al triunfo suele preceder la caída, y la vengativa Jenny volvió las tornas a su favor.
Apenas el distinguido visitante hubo pronunciado los cumplidos de rigor y marchado tras ceremoniosa inclinación, Jenny informó al profesor de que Amy March guardaba limas en su pupitre.
Mr. Davis había declarado las limas artículo de contrabando, y anunciado con solemnidad que la primera niña que infringiese la ley sería ejemplarmente castigada. El paciente Mr. Davis había conseguido, tras denodados esfuerzos, desterrar los caramelos de goma, hacer una hoguera de novelas y periódicos clandestinos, suprimido una oficina de correos particular y prohibido los motes y las caricaturas; en suma, había conseguido cuanto es capaz de conseguir un hombre solo para mantener a raya a medio centenar de revoltosas chicas. Los chicos ponen, en efecto, a prueba la humana paciencia, bien lo sabe Dios, pero las chicas infinitamente más cuando se trata de la paciencia de un señor nervioso, de temperamento tiránico y sin más talento para enseñar que el que tenía el profesor Blimber. Mr. Davis sabía algo de latín, griego, álgebra y cuanto había que saber, por lo que era considerado un buen profesor, no dándole gran importancia a las cuestiones de sentimientos, modales y costumbres.
El momento elegido por Jenny para denunciar a Amy era fatal y la denunciante no lo ignoraba. Mr. Davis había tomado el café demasiado cargado aquella mañana; corría un vientecillo del este que siempre le daba jaqueca y sus alumnos no le habían dado el crédito que él consideraba merecer, por todo lo cual estaba, para usar el lenguaje expresivo de una colegiala, «nervioso como un brujo y enfadado como un oso». La palabra «lima» fue como fuego aplicado a la pólvora: su amarillenta cara enrojeció de cólera, pegó un enérgico puñetazo sobre su pupitre y gritó:
—¡Señoritas! ¡Atiendan un momento!
Ante la severa orden, se hizo el silencio en la clase y cincuenta pares de ojos azules, negros, grises y castaños, se fijaron obedientemente en el desencajado rostro del profesor.
—Señorita March, venga aquí.
Amy se levantó con aparente serenidad, pero oprimida por un secreto temor, pues las limas le pesaban sobre la conciencia.
—Traiga usted las limas que guarda en su pupitre —fue la inesperada orden que oyó antes de salir de su asiento.
—No las lleves todas —le dijo bajito su vecina, una señorita de gran presencia de ánimo.
Amy cogió precipitadamente media docena y las llevó delante del profesor, pensando que cualquier hombre que tuviera humano corazón había de ablandarse al percibir aquel aroma delicioso. Por desgracia, Mr. Davis detestaba el olor de la fruta de moda, y el disgusto que le produjo acrecentó su enojo.
—¿Están aquí todas?
—No del todo —tartamudeó Amy.
—Traiga el resto.
Amy obedeció, dirigiendo una mirada de desesperación a sus amigas.
—¿Está segura de que no hay más?
—No miento.
—Bien. Ahora coja estas porquerías de dos en dos y arrójelas por la ventana.
Hubo un suspiro simultáneo que produjo un pequeño soplo de aire en la clase, al desvanecerse la última esperanza y ser arrebatada la dulce confitura a los golosos labios que la esperaban. Roja de rabia y vergüenza, Amy fue y volvió de la ventana seis terribles veces, y al caer cada par de limas —¡ay!, por desgracia grandes y jugosas— de sus manos a la calle, los gritos de júbilo que de allí provenían aumentaron el desasosiego de las colegialas, pues les decía que sus enemigos jurados, los pequeños irlandeses, estaban dándose un festín.
Aquello era demasiado; todas dirigieron miradas indignadas o suplicantes al inexorable Mr. Davis, y una entusiasta de las limas se echó a llorar.
Al regresar Amy de su último viaje a la ventana, Mr. Davis emitió un sonoro «¡Ejem!» y dijo con su tono más impresionante:
—Recordarán ustedes, señoritas, lo que dije hace una semana. Lamento lo ocurrido, pero no consiento que se desobedezcan mis órdenes, ni dejo de cumplir mi palabra. Extienda usted la mano, señorita March.
Amy se estremeció y escondió ambas a su espalda, dirigiendo al profesor una implorante mirada.
—¡Su mano, señorita March! —fue la única respuesta que obtuvo la muda súplica de Amy.
Tenía esta demasiado amor propio para llorar o implorar; así que, apretando los dientes, echó atrás la cabeza con gesto de desafío y soportó sin inmutarse varios palmetazos en la palma de su manecita. No fueron, a decir verdad, muchos ni muy fuertes, pero eso no le importaba.
Por vez primera en su vida la habían castigado y, a sus ojos, esta deshonra era tan profunda como si la hubieran derribado de un golpe.
—Ahora permanecerá usted de pie en la tarima hasta la hora de salida —dijo Mr. Davis, resuelto, una vez comenzada la cosa, a terminarla.
Aquello era terrible. Bastante hubiera sido volver a su asiento y ver las caras compasivas de sus amigas, o las satisfechas de sus pocas enemigas, pero tener que afrontar toda la clase con esa vergüenza sobre ella parecía imposible. Por un segundo Amy se sintió desfallecer y pensó que solo podía dejarse caer al suelo allí mismo y abandonarse al llanto. Vinieron, sin embargo, a sostenerla dos cosas: una amarga sensación de injusticia y el recuerdo de Jenny Snow. Así pues, ocupando el ignominioso lugar, fijó los ojos en el cañón de la estufa por encima de lo que ahora parecíale un mar de caras y estuvo allí tan inmóvil y pálida que las colegialas hallaron muy difícil estudiar teniendo aquella patética figura delante.
Durante el cuarto de hora que siguió, la pobre Amy, tan sensible y con tanto amor propio, sufrió un dolor y una vergüenza que no olvidaría jamás. A otras pudiera parecer este un asunto trivial y hasta cosa de risa, pero para ella fue una dura experiencia, porque en los doce años que llevaba de vida, solo había sido educada y dirigida con amor, sin que jamás cayera sobre ella una humillación de esta clase.
Olvidaba el escozor de la mano y la pena del corazón en la amargura de este pensamiento: «Tendré que contarlo en casa y las voy a decepcionar...».
Los quince minutos le parecieron una hora, pero al fin transcurrieron, y la palabra «¡Salida!» nunca le resultó más grata que en aquel momento.
—Puede usted marcharse, señorita March —dijo Mr. Davis, aún molesto.
Sin duda el profesor no olvidaría en mucho tiempo la mirada de reproche que Amy le dirigió al salir. Sin decir un palabra, se dirigió a la antesala, cogió sus cosas y dejó aquel lugar «para siempre» según dijo a sí misma.
Al llegar a casa se encontraba muy triste, y cuando poco después llegaron sus hermanas, se celebró un mitin indignado. La señora March apenas dijo nada, pero parecía turbada y consoló con ternura a su afligida hijita. Meg untó de glicerina y mojó de lágrimas la injuriada manecita. Beth comprobó que ni siquiera sus gatitos podían servir de bálsamo para penas como esa; Jo propuso furiosa que Mr. Davis fuera encarcelado sin demora, y Hannah amenazó con el puño al «muy villano» y se puso a aplastar las patatas que preparaba para la comida con la misma indignación que lo hubiese hecho con Mr. Davis.
Nadie, excepto sus compañeras de clase, advirtió la ausencia de Amy, pero las perspicaces colegialas descubrieron que Mr. Davis se mostró aquella tarde más amable, aunque también algo nervioso. Momentos antes de cerrarse el colegio, apareció Jo muy seria, se dirigió al pupitre del profesor y entregó una carta de su madre; después recogió las cosas de Amy y se marchó limpiándose cuidadosamente las botas en el felpudo de la puerta de entrada, como si sacudiera de sus pies el polvo de aquel lugar.
—Sí, puedes tomarte unos días de vacaciones, siempre y cuando estudies un poco todas las mañanas con Beth —dijo aquella noche la señora March—. No apruebo los castigos corporales, especialmente tratándose de niñas, y me disgusta el método de enseñanza de Mr. Davis. Y tampoco creo que las amigas con que te juntas te hagan ningún bien.
—Ojalá se marcharan todas las chicas y dejaran vacía la escuela. Es para volverse loca al pensar en aquellas deliciosas limas perdidas —suspiró Amy con aire de mártir.
—Yo no pienso que las perdieras, porque desobedeciste una orden y merecías algún castigo por ello —fue la severa respuesta que dejó algo decepcionada a Amy, que esperaba merecer solo simpatía.
—¿Entonces te alegras de que me humillara de esa forma delante de todas?
—No hubiera elegido ese castigo —repuso su madre—, pero no aseguraría, en cambio, que para ti no haya sido eficaz. Te estás volviendo bastante vanidosa, hija mía, y es tiempo de que te corrijas de ello, porque si es cierto que posees buenas cualidades y bellas dotes, no hay que hacer ostentación de ellas, pues la presunción estropea hasta los más grandes genios. El verdadero talento, la verdadera bondad no pasan mucho tiempo inadvertidos, pero, aunque así sea, la conciencia de poseerlos y usar bien de ellos debiera satisfacerle a uno, y el mayor encanto de toda cualidad es la modestia.
—Así es —exclamó Laurie, que estaba jugando una partida de ajedrez con Jo—. Conocí a una muchacha que poseía notable talento musical y ella no lo sabía, no adivinaba qué cosas tan bonitas componía cuando estaba sola ni lo hubiera creído si alguien se lo hubiese dicho.
—Me gustaría haber conocido a esa niña tan inteligente; quizá hubiera querido ayudarme a mí, que tan tonta soy —dijo Beth, que estaba de pie a su lado escuchando con interés.
—Pero si la conoces y además te ayuda mejor que nadie... —contestó Laurie, mirándola con tan maliciosa intención en sus ojos negros, que Beth súbitamente enrojeció y ocultó la cara en un almohadón del sofá, desconcertada por aquel inesperado descubrimiento.
En pago de aquella cortesía con su Beth, Jo dejó que Laurie ganase la partida pero después no hubo manera de conseguir que Beth tocase el piano. Laurie hizo lo que pudo y cantó deliciosamente, mostrándose animadísimo, porque a las March rara vez les mostraba la parte melancólica de su carácter.
Cuando se hubo marchado, Amy, que había estado pensativa toda la tarde, dijo de pronto, como si le preocupara una nueva idea:
—¿Encontráis a Laurie casi perfecto?
—Sí; ha recibido una excelente educación y tiene mucho talento; así que resultará un hombre de provecho, si no le echa a perder el mundo con sus halagos —replicó la señora March.
—Y no es presuntuoso, ¿verdad?
—En absoluto; por eso precisamente resulta tan simpático y le queremos tanto.
—Ya lo entiendo. Lo correcto es poseer buenas cualidades y ser elegante, pero no alardear y envanecerse de ello —dijo Amy, pensativa.
—Esas cosas se dejan ver siempre en los modales de la persona, en la conversación, si se emplea modestamente; pero no es necesario hacer ostentación de ellas.
—Como tampoco estaría bien que te pusieras a la vez todos tus trajes, sombreros y cintas para que la gente supiera que los tienes —añadió Jo, terminando la breve lección con una carcajada.
CAPÍTULO VIII
JO ENCUENTRA A APOLO
¿Adónde vais, queridas? —preguntó Amy al entrar en el dormitorio de sus hermanas, un sábado por la tarde, y encontrar que se estaban arreglando con un aire de misterio que excitó su curiosidad.
—No te importa; las niñas no hacen preguntas —repuso Jo severamente.
—Pues si hay algo que nos mortifique cuando somos niños es que nos lo digan, y aún se nos hace más duro oír que nos despiden con un «vete, pequeña». —Amy se rebeló y decidió que, aunque tuviera que dar la lata una hora, descubriría el secreto de sus hermanas. Volviéndose a Meg, que nunca le rehusaba nada, dijo mimosa—: Anda, dímelo. Podías dejarme ir también. Beth está absorta en su piano y yo no tengo qué hacer y estoy tan sola...
—No puedo, querida, porque no estás invitada —empezó Meg, pero Jo interrumpió.
—Vamos, calla, que lo vas a echar todo a perder. No puedes venir, Amy; así es que no seas niña ni empieces con lamentaciones.
—Vais a algún sitio con Laurie. Lo sé. Anoche estabais hablando bajito y riéndoos los tres en el sofá, y guardasteis silencio cuando yo entré. ¿Vais con él?
—Sí, vamos con él. Ahora calla y deja ya de fastidiarnos.
Amy contuvo su lengua, pero empleó los ojos y vio que Meg metía un abanico en su bolsillo.
—Lo sé, lo sé —exclamó—; vais al teatro a ver Los siete castillos —añadió muy resuelta—: Yo también iré, porque mamá dijo que lo podía ver y tengo mis ahorros; así que habéis hecho muy mal en no decírmelo a tiempo.
—Espera un momento y sé buena —dijo Meg, conciliadora—. Mamá no quiere que vayas esta semana porque no tienes aún del todo bien los ojos y te podrían hacer daño las luces de esa obra de magia. La semana que viene iréis con Beth y con Hannah y lo pasaréis admirablemente.
—Prefiero ir con vosotras y con Laurie. Por favor, dejadme acompañaros; llevo ya encerrada no sé cuánto tiempo con este dichoso constipado y me muero por alguna diversión. Anda, Meg... me portaré bien —suplicó Amy, adoptando aire compungido.
—¿Y si la llevásemos? Abrigándola bien, no creo que a mamá le importase —insistió Meg.
—Si ella va yo me quedo, y si me quedo no le gustará a Laurie, aparte de que será de muy mala educación, habiéndonos invitado solo a nosotras, presentarnos con Amy. No creo que a ella le guste meterse donde no se la llama —dijo Jo de mal talante, porque le fastidiaba tener que consentir a una niña caprichosa cuando lo que quería era ir a divertirse.
Su acento y sus palabras enfadaron a Amy, que empezó a ponerse las botas diciendo con tono de desafío:
—Pues yo voy. Meg ha dicho que sí, y pagándome yo mi entrada, nada tiene que opinar Laurie.
—No puedes acompañarnos porque nuestros asientos están reservados, y para que no te quedes sola Laurie tendrá que cederte el suyo, con lo que nos aguas la fiesta, o bien tendrá que comprar otra entrada para ti, cosa impensable ya que no te ha invitado. No irás a ninguna parte y te quedarás donde estás —la riñó Jo, enfadada porque con las prisas acababa de pincharse un dedo.
Sentada en el suelo, con solo una bota puesta, Amy se echó a llorar. Meg intentaba hacerla entrar en razones, cuando oyeron a Laurie que las llamaba desde abajo y echaron las dos a correr, dejando a su hermana, que si bien se las daba de mayor, en sus rabietas se comportaba como una niña mimada.
En el preciso momento en que salían las dos mayores de casa, se oyó la voz de Amy con tono amenazador:
—Te arrepentirás de esto, Jo; te lo aseguro.
—¡Me alegro! —repuso Jo, dando un portazo y saliendo de la casa.
Lo pasaron admirablemente, porque Los siete castillos del lago de diamantes resultó todo lo brillante y maravilloso que era de esperar. Sin embargo, a pesar de los graciosos enanitos rojos, de los resplandecientes elfos y de los vistosos príncipes y bellas princesas, el placer de Jo se tiñó de cierta amargura. Los rizos rubios del hada le recordaban a Amy y en los entreactos se entretuvo en pensar qué haría su hermana para vengarse de su desaire. Amy y ella habían tenido muchas escaramuzas en el curso de sus vidas, porque ambas eran de genio vivo y propensas a irritarse. Amy fastidiaba a Jo, y viceversa, provocando estallidos de cólera de los que ambas se avergonzaban luego. A pesar de ser la mayor, Jo tenía muy poco dominio de sí misma, y pasaba malos ratos tratando de vencer aquel genio suyo que continuamente le daba disgustos. Nunca duraba mucho su enojo, y confesaba humildemente su falta, se arrepentía y trataba de enmendarse, por lo que sus hermanas solían decir que casi les gustaba poner a Jo furiosa, pues después se comportaba como un ángel. La pobrecilla trataba de ser buena, pero su fuego interior se hallaba siempre dispuesto a inflamarla y a vencerla, y le costó años de pacientes esfuerzos dominarlo.
De regreso encontraron a Amy leyendo en la sala. Al verlas entrar adoptó un aire muy ofendido y no levantó los ojos del libro ni hizo preguntas. Quizá hubiera podido más la curiosidad que el resentimiento, de no haber estado allí Beth para preguntar y recibir una magnífica descripción de la obra.
Al subir a su cuarto para dejar su sombrero, la primera mirada de Jo fue para el escritorio, porque durante la última pelea Amy había desahogado su mal humor volcando al suelo el cajón de Jo, con todo lo que contenía. Ese día, sin embargo, todo estaba en orden, y después de una rápida ojeada a sus diversos sacos, cajas y cajones, Jo decidió que Amy había perdonado y olvidado la ofensa recibida.
Se equivocaba, pues al día siguiente hizo un descubrimiento que produjo una tempestad.
Meg, Beth y Amy estaban reunidas a hora ya avanzada de la tarde, cuando entró Jo en el cuarto casi sin aliento, excitadísima, y preguntó:
—¿Quién ha cogido mi cuaderno?
Meg y Beth contestaron que ellas no, y parecieron sorprendidas. Amy atizó el fuego y no dijo nada, pero Jo la vio ruborizarse y, cayendo sobre ella, le gritó:
—¡Tú lo tienes, Amy!
—No, no lo tengo.
—Entonces sabes dónde está.
—No, no lo sé.
—¡Mentira! —gritó Jo, cogiéndola por los hombros y demostrando una indignación capaz de amedrentar a la niña más valiente.
—Sí lo sabes, y vas a decírmelo en seguida o verás —Jo sacudió ligeramente a su hermana.
—Grita todo lo que quieras, pero no volverás a leer tu estúpido cuaderno —dijo Amy, excitada a su vez.
—¿Por qué?
—Porque lo he quemado.
—¡Cómo! ¿Mi cuaderno... el que yo quería tanto, el que pensaba terminar de escribir antes de que volviera papá? ¿De veras lo has quemado?
Jo se había puesto muy pálida, tenía los ojos encendidos y sus manos sujetaban nerviosamente a Amy.
—Sí, lo quemé. Ya te advertí que te arrepentirías...
Amy no pudo seguir, porque la cólera de Jo la dominó.
Sacudiendo a su hermana hasta hacerle castañetear los dientes, gritó con pena y cólera:
—¡Eres malvada... malvada! No te perdonaré mientras viva.
Meg corrió a socorrer a Amy y Beth a tranquilizar a Jo, pero esta se hallaba fuera de sí y, tras propinar un bofetón en la oreja de Amy, salió corriendo del cuarto y fue a refugiarse en la buhardilla.
Abajo se despejó la tormenta porque llegó la señora March y, enterada de lo ocurrido, hizo comprender a Amy el daño que había causado a su hermana. Aquel cuaderno era el orgullo de Jo y la familia lo consideraba como un brote de aptitudes literarias, muy prometedor para el porvenir. Contenía solo media docena de cuentos de hadas, pero Jo los había escrito pacientemente, poniendo en su trabajo todo su corazón con la esperanza de hacer algo que mereciera los honores de la estampa. Una vez copiados con gran cuidado, destruyó el borrador, de modo que el empeño de Amy había consumido un trabajo de varios años.
Lo que para otros pudiera parecer una pérdida pequeña, para Jo constituía una terrible calamidad, una desgracia irreparable. Beth guardó el mismo duelo que si se le muriera uno de los gatitos; Meg rehusó defender a su hermana Amy; la señora March se mostró grave y ofendida; y la culpable comprendió que nadie la querría hasta que hubiese pedido perdón por el acto del que ahora estaba más pesarosa que ninguna.
A la hora del té apareció Jo, con cara tan sombría e inabordable, que Amy necesitó recurrir a todo su valor para murmurar humildemente:
—Perdóname, Jo. Me arrepiento de lo que hice.
—No te perdonaré nunca —fue la severa respuesta de Jo, y no hizo el menor caso de su afligida hermana.
Nadie habló del asunto, ni aun la señora March, porque todas sabían por experiencia que cuando Jo estaba enfadada las palabras sobraban y lo mejor era esperar a que cualquier incidente o su propia naturaleza generosa suavizasen su resentimiento y restañasen la herida.
No fue aquella una alegre velada, pues aunque cosieron como de costumbre, mientras su madre les leía algún libro de Bremer, de Scott, o de Edgeworth, les faltaba algo, y la dulce atmósfera de paz estaba enrarecida. Lo notaron aún más cuando llegó la hora de cantar, porque Beth solo pudo tocar el piano, Jo permaneció muda como una piedra, y Amy no pudo continuar, quedando solas Meg y su madre, cuyas delicadas voces, a pesar de esforzarse por sonar alegres, no parecían armonizar tan bien como otras noches.
Al besar a Jo y darle las buenas noches, la señora March murmuró suavemente a su oído:
—Hija mía, no dejes que se ponga el sol en tu enojo. Perdonaos la una a la otra, ayudaos y mañana levantaros como tal cosa, ¿de acuerdo?
Jo deseó apoyar su cabeza en el pecho de su madre y llorar allí hasta mitigar su pena y su enfado, pero las lágrimas eran signo de debilidad y se sentía tan hondamente ofendida que, en realidad, no podía perdonar aún. Parpadeó para contener el llanto, negó con la cabeza y dijo con aspereza, para que la oyera Amy:
—Ha sido algo abominable y no merece ser perdonada.
Dicho esto se marchó a la cama, y aquella noche no hubo alegre charla ni íntimas confidencias entre las hermanas.
Amy se consideró agraviada al ver rechazadas sus proposiciones de paz y empezó a arrepentirse de haberse humillado, a sentirse más ofendida que nunca y a envanecerse de la superioridad de su virtud en forma exasperante. En cuanto a Jo, seguía como una nube tormentosa y nada le salió bien en todo el día.
La mañana era muy fría; a Jo el pastelillo de manzana se le cayó de las manos y fue a parar a una alcantarilla; tía March tenía un ataque de nervios; Meg estaba pensativa; Beth triste, y Amy no dejaba de lanzar indirectas contra las personas que siempre hablaban de ser buenas y llegada la ocasión no trataban de serlo, ni aun cuando otras personas les daban virtuoso ejemplo de ello.
«Todo el mundo es tan odioso que voy a decir a Laurie que me acompañe a patinar. Él siempre está alegre y de buen humor y su compañía me hará bien», se dijo Jo, marchándose.
Amy oyó el ruido de los patines y levantó los ojos, exclamando impaciente:
—Nada, ya se fue. Prometió que me llevaría con ella esta vez, porque será el último hielo que tengamos, pero es inútil pedirle que me lleve, con el humor que gasta.
—No digas eso, tú fuiste muy mala y se le hace difícil perdonarte la destrucción de su precioso cuaderno. Creo, sin embargo, que ahora lo haría, y no dudo que así será si se lo pides en un buen momento —dijo Meg—. Ve detrás de ellos, no digas nada hasta que Jo se haya alegrado con Laurie, y entonces aprovecha para darle un beso o hacerle algún gesto cariñoso, y verás como de todo corazón vuelve a hacer amistades contigo.
—Lo intentaré —dijo Amy, porque el consejo le gustaba, y después de arreglarse en un santiamén corrió detrás de Jo y de Laurie, que desaparecían en aquel momento trasponiendo la colina.
El río no estaba distante, pero antes de que Amy les alcanzase los dos amigos estaban ya preparados. Jo la vio venir y se volvió de espaldas; Laurie no la vio porque estaba patinando a lo largo de la orilla sondeando el hielo, pues había precedido a este una corriente templada.
—Iré hasta la primera revuelta para ver si está bien, antes de que empecemos a correr —le oyó decir Amy al tiempo que se alejaba, semejando un joven ruso, con su abrigo y su gorra de pieles.
Jo oyó a Amy llegar sin aliento después de la carrera que había hecho, la oyó patear y soplarse los dedos al tratar de ponerse los patines, pero no se volvió, sino que siguió zigzagueando lentamente río abajo, y saboreando una amarga satisfacción con los apuros de su hermana. Había alimentado su enojo hasta que este se apoderó por completo de ella, como ocurre con los malos pensamientos y deseos, si al punto no se arrojan fuera del corazón.
—¡Quédate cerca de la orilla; el centro no es de fiar! —exclamó Laurie.
Jo le oyó, pero no Amy, que seguía luchando con sus pies y no percibió ni una palabra. Jo le dirigió una mirada por encima del hombro y el diablillo que estaba alojado en su interior le dijo al oído: «¿Qué importa que haya oído o no? Que se las arregle como pueda».
Laurie había desaparecido en la revuelta. Jo llegaba a ella en aquel momento y Amy, rezagada, iba hacia la parte más lisa del centro del río. Por un segundo Jo permaneció quieta, con una extraña sensación en el pecho; resolvió luego seguir adelante, pero algo la detuvo y la hizo volverse a tiempo de ver a Amy levantar ambas manos y hundirse con un súbito chasquido de hielo, una salpicadura de agua y un grito que paralizó de terror el corazón de Jo.
Trató de llamar a Laurie, pero la voz no le salía; quiso lanzarse hacia el sitio fatal, pero sus pies parecían no tener fuerza y, por un momento, solo pudo estar allí inmóvil, mirando fijamente con cara de terror la gorrita azul que se veía sobre el agua oscura.
Algo pasó rápidamente a su lado y la voz de Laurie gritó:
—¡Un palo, pronto, pronto!
Nunca supo cómo lo hizo, pero durante los segundos que siguieron obedeció ciegamente a Laurie, que estaba muy sereno y echado sobre el hielo cuan largo era, sosteniendo a Amy con sus brazos, hasta que Jo sacó un palo de la empalizada y entre los dos izaron a la niña, más asustada que maltrecha.
—Ahora hay que llevarla a casa; cúbrela con nuestros abrigos mientras yo le quito estos malditos patines —bufó Laurie, envolviendo a Amy en su abrigo y bregando por desatar las correas de los patines, cosa que nunca le pareció más difícil.
Tiritando, chorreando y llorando, llevaron a Amy a casa, y después de contar lo ocurrido con gran excitación, Amy se quedó dormida, envuelta en mantas y delante de un buen fuego.
Jo apenas había hablado durante el jaleo: iba de un lado a otro, pálida, inquieta, con la ropa desaliñada, el traje desgarrado, y las manos cortadas y magulladas.
Cuando Amy estuvo dormida, la casa en calma y la señora March sentada junto al lecho de la niña, llamó a Jo y comenzó a vendarle las manos.
—¿Estás segura de que no corre peligro? —murmuró Jo, mirando con remordimiento la rubia cabeza que casi había desaparecido para siempre bajo el traicionero hielo.
—Absolutamente ninguno, hija mía; no tiene ninguna herida, y creo que no se ha enfriado, gracias a lo pronto que la abrigasteis y trajisteis a casa.
—Laurie lo hizo todo. Yo la dejé ir a aquel sitio peligroso. Mamá, si Amy muriese, yo tendría la culpa. —Jo cayó de rodillas junto a la cama y, llorando, contó todo lo ocurrido, acusándose amargamente de dureza de corazón, y expresando su agradecimiento por haberle sido evitado el tremendo castigo que hubiera podido recaer sobre ella—. Es mi genio, mi espantoso genio. Trato de dominarlo, y cuando creo haberlo conseguido, estalla más violento que nunca. ¿Qué puedo hacer, mamá, qué puedo hacer? —exclamó la pobre Jo, desesperada.
—Velar y rezar, hija mía; no cansarte nunca de luchar contra él y no pensar que sea imposible corregirlo —dijo la señora March, apoyando sobre sus hombros la cabeza de Jo y besando sus húmedas mejillas con tanta ternura que el llanto de la muchacha arreció.
—No sabes, no puedes imaginarte lo difícil que es, mamá. Cuando estoy enfadada me siento capaz de cualquier disparate; me pongo tan rabiosa que creo que gozaría haciendo daño a alguien y temo llegar a cometer un acto de esos que destruyen una vida y traen el odio de todo el mundo. ¡Oh, mamá, ayúdame, ayúdame!
—Lo haré, hija mía; no llores, pero recuerda este día para que jamás conozcas otro igual. Todos, hijita, tenemos nuestras tentaciones, algunas más grandes que la tuya, y con frecuencia vencerlas es empresa de toda la vida. ¿Tú crees que tienes el peor carácter del mundo? Pues el mío es también así.
—¿El tuyo, mamá? ¡Si tú no te enfadas nunca...!
La sorpresa hizo que Jo olvidase su remordimiento.
—Durante cuarenta años he tratado de curarme de ese defecto, y solo he conseguido dominarlo. Me siento enfadada casi todos los días, Jo, pero he aprendido a no demostrarlo, y espero aprender a no sentirlo, aunque me cueste otros cuarenta años lograrlo.
La paciencia y la humildad que se reflejaban en aquel rostro querido fueron para Jo una lección más elocuente que una sabia reprimenda o un amargo reproche. Se sintió confortada por la prueba de simpatía y confianza que su madre le daba, y saber que esta tenía un defecto como el suyo y trataba de corregirse le hizo cobrar ánimos y fortaleció su resolución de superar aquel mismo mal.
—Dime, mamá, ¿estás enfadada cuando aprietas los labios y sales del cuarto en las ocasiones en que tía March riñe, o te fastidian otras personas?
—Sí. He aprendido a contener las palabras impremeditadas que me vienen a los labios, y cuando siento que contra mi voluntad van a escapárseme salgo un momento y me reprendo a mí misma, por mala y por débil —contestó la señora March con un suspiro y una sonrisa, mientras arreglaba la desordenada cabellera de Jo.
—¿Cómo aprendiste a callar? Eso es lo que más me cuesta, porque antes de saber lo que digo ya se me han escapado las palabras, y cuanto más hablo es peor, hasta llego a complacerme en herir los sentimientos de los demás y en decir cosas terribles. Dime, ¿qué haces tú, querida madre?
—Mi buena madre solía ayudarme.
—Como tú nos ayudas a nosotras... —la interrumpió Jo con un beso de agradecimiento.
—Pero la perdí cuando era poco mayor que tú, y durante años tuve que luchar sola, ya que tenía demasiado amor propio para confesar mi debilidad. Lo pasé mal, Jo, y derramé amargas lágrimas sobre mis fracasos, porque, pese a mis esfuerzos, no parecía adelantar nada. Entonces vino tu padre y fui tan feliz que hallé fácil ser buena, pero andando el tiempo, con cuatro niñas y poco dinero, comenzó de nuevo a mortificarme mi carácter, ya que no soy paciente por naturaleza y me atormentaba que mis hijas careciesen de algo.
—¡Pobre mamá! ¿Quién te ayudó entonces?
—Tu padre, Jo. Él nunca pierde la paciencia, nunca duda ni se queja; espera siempre, y trabaja y confía con tal serenidad de ánimo que una se avergüenza de no imitarle. Me ayudó y me sostuvo, me demostró que siendo el ejemplo que mis hijas debían imitar, tenía yo que practicar todas las virtudes que desease para ellas. Pensando en vosotras, fue más fácil luchar. Una mirada de sorpresa o temor que me dirigieseis si me oíais hablar con impaciencia, me avergonzaba más que cuantas palabras hubieran podido decírseme, y el amor, el respeto y la confianza de mis hijas fue la más dulce compensación que pudieron lograr mis esfuerzos.
—¡Oh, mamá, me daré por satisfecha si algún día soy la mitad de buena que tú eres! —exclamó Jo.
—Espero que seas mucho mejor que yo, pero has de vigilar tu «enemigo interior», como lo llama tu padre, pues de lo contrario entristecerá tu vida, si es que no la echa a perder. Hoy has tenido un aviso importante, no lo olvides, y trata de dominar ese genio vivo antes de que pueda acarrearte mayor pesar del que hoy has tenido.
—Lo intentaré, mamá, pero tú tienes que ayudarme, recordármelo e impedir que me arrebate. Recuerdo haber visto algunas veces a papá llevarse un dedo a los labios y mirarte con cara de bondad, pero seria. ¿Te recordaba así que debías callar? —preguntó suavemente.
—Sí. Le pedí que me ayudase de ese modo y él no lo olvidaba nunca, evitándome con aquel gesto y aquella mirada pronunciar palabras ásperas o impacientes.
Jo vio cómo a su madre se le llenaban los ojos de lágrimas y cómo sus labios temblaban al hablar. Temerosa de haber dicho demasiado, murmuró:
—¡Hice mal al observarte y en hablar de ello! No tuve intención de molestarte, pero es que resulta muy agradable decirte todo lo que siento, y sentirme tan segura y tan feliz aquí...
—Tú, querida Jo, puedes decírselo todo a tu madre, porque mi mayor orgullo y dicha consisten en saber que mis hijas confían en mí y saben que las quiero.
—Creí haberte disgustado.
—No, cariño; es que al hablar de tu padre recordé lo mucho que le echo de menos, lo mucho que le debo y la fidelidad con que he de velar por sus hijitas y trabajar por conservárselas sanas y hacerlas buenas.
—Sin embargo, tú le dijiste que se marchara, madre, y no lloraste cuando partió y no te quejas nunca, ni pareces necesitar ayuda —dijo Jo, pensativa.
—Di lo mejor que tenía a la patria que amo, y contuve mis lágrimas. ¿Por qué había de quejarme cuando ambos hemos cumplido nuestro deber, y seguramente por eso seremos más felices luego? Si parezco no necesitar ayuda, es porque tengo un amigo aún mejor que tu padre, para consolarme y sostenerme. Hija mía, los disgustos y las tentaciones de tu vida comienzan ahora y pueden ser muchos, pero podrás soportar aquellos y vencer estas, si aprendes a sentir la fuerza y la ternura de tu Padre Celestial, del mismo modo que sientes las de tu padre terrenal. Cuanto más le ames y confíes en Él, más cerca te sentirás de Él y menos te apoyarás en el poder y en la sabiduría humana. Su amor y su solicitud no se cansan ni cambian jamás, no pueden serte arrebatados, sino que llegarán a ser fuente de paz, de dicha y de fortaleza para toda tu vida. Cree esto de corazón y ve a Dios con tus preocupaciones, esperanzas, faltas y penas, tan confiadamente como vienes a mí.
Por toda respuesta, Jo la abrazó estrechamente y, en el silencio que siguió, formuló la oración más sincera que había rezado nunca, pues en aquella hora triste y, sin embargo, dichosa, había aprendido no solo lo que es la amargura del remordimiento y la desesperación, sino también la dulzura de la abnegación y el dominio propio, y conducida por la mano de su madre se había acercado más al Amigo que acoge a todos los niños con amor más vigoroso que el de cualquier padre, y más tierno que el de cualquier madre.
Amy se movió y suspiró entre sueños y, como deseosa de reparar su falta, Jo levantó la cara, en la que se veía una expresión nueva.
—No quise perdonarla, y hoy, de no haber sido por Laurie, quizá no hubiera tenido ya tiempo. ¿Cómo pudo llegar a tanto mi maldad? —dijo Jo, al inclinarse sobre su hermana acariciando suavemente el húmedo cabello desparramado sobre la almohada.
Como si la hubiera oído, Amy abrió los ojos y tendió los brazos a su hermana, con una sonrisa que llegó al corazón de esta.
Ni una ni otra dijeron una sola palabra, pero se abrazaron estrechamente a pesar de las mantas, y todo quedó olvidado y perdonado con un beso tierno y sincero en la mejilla.
CAPÍTULO IX
MEG VA A LA FERIA DE LAS VANIDADES
La verdad es que esos niños han cogido el sarampión con mucha oportunidad —dijo Meg un día de abril, mientras arreglaba el baúl en su cuarto ayudada por sus hermanas.
—Y qué amable Annie Moffat, al no olvidar su promesa. Vas a pasar quince días de diversión, espléndidos —replicó Jo, que parecía un molino doblando faldas con sus largos brazos.
—¡Y con un tiempo tan delicioso! ¡Me alegra tanto que sea así! —añadió Beth, colocando cuidadosamente cintas para el cuello y para el pelo en su mejor caja, prestada para el gran acontecimiento.
—Ya quisiera ir yo también a divertirme y a lucir todas esas cosas bonitas —dijo Amy sujetando entre los labios unos alfileres, mientras rellenaba artísticamente el acerico de Meg.
—Yo quisiera que vinierais todas, pero como no podéis, ya os contaré al regreso mis aventuras. Es lo menos que puedo hacer, ya que habéis sido tan buenas conmigo, prestándome cosas y ayudándome en todo —dijo Meg, repasando con la mirada el sencillo equipaje, que se le antojaba a todas casi perfecto.
—¿Qué te dio mamá de la caja del tesoro? —preguntó Amy, que no había estado presente en la apertura de cierta arquilla de cedro en la que la señora March guardaba reliquias del pasado esplendor, para regalarlas a sus hijas cuando llegase el momento oportuno.
—Pues me dio un par de medias de seda violeta, pero ya no hay tiempo de acabar el vestido, así que habré de contentarme con el viejo de tarlatana.
—Quedará bien sobre mi falda nueva de muselina y la banda lo realzará mucho. Ojalá no hubiera roto mi pulsera de coral, porque te la habría dejado —decía Jo, que gustaba de dar y prestar, pero que generalmente tenía las cosas tan estropeadas que apenas servían para nada.
—En la caja del tesoro hay un aderezo antiguo de perlas que es encantador, pero mamá dice que las flores naturales son el mejor adorno para una joven, y Laurie me ha propuesto mandarme todas las que necesite —replicó Meg—. Bueno, vamos a ver; aquí está mi traje nuevo gris, para ir por la calle... Riza un poco la pluma del sombrero, Beth... Aquí el de popelina para los domingos y reuniones de confianza... Resulta un poco pesado para primavera, ¿no os parece? ¡Uno de seda violeta hubiera quedado perfecto!
—No te preocupes; tienes el de tarlatana para las reuniones de importancia y precisamente el blanco te va muy bien; pareces un ángel —dijo Amy, meditando sobre aquella exigua colección de adornos que hacía sus delicias.
—No es escotado, ni arrastra bastante, pero tendrá que pasar así. Mi traje azul de casa ha quedado muy bien, vuelto y adornado de nuevo, que me hace el efecto de poseer uno nuevo. Mi saquito de seda no está ni pizca de moda, y mi gorrita no se parece a la de Sallie. En cuanto a la sombrilla, no quise decir nada, pero me ha decepcionado, porque encargué a mamá que me la comprase negra con puño blanco y se olvidó y me la trajo verde con puño amarillo. En fin, es resistente y está bien, así que no debo quejarme, pero sé que me dará vergüenza cuando la compare con la de Annie, que es de seda con puño dorado —suspiró Meg, examinando la sombrilla con gesto desaprobador.
—Cámbiala —aconsejó Jo.
—No; eso sería ofender a mamá, que tanto se ha afanado en comprarme cosas. La mía es una preocupación tonta, y no cederé en ella. Mis medias de seda y mis dos pares de guantes nuevos son mi consuelo. ¡Qué buena has sido al prestarme los tuyos, Jo! Me siento rica y casi elegante con dos pares nuevos y los viejos recién lavados para todo llevar.
Meg dirigió a su caja de guantes una mirada de satisfacción.
—Annie Moffat tiene lacitos azules y rosas en sus gorritas de dormir; ¿queréis ponerme algunos en las mías? —preguntó, al tiempo que entraba Beth trayendo unas muselinas recién salidas de las manos de Hannah.
—Nada de eso; las gorras adornadas no van bien con los camisones lisos. La gente pobre no debe ataviarse —dijo Jo.
—¿Tendré alguna vez la suerte de poder usar ropa interior con encajes y gorras de noche con lazos? —preguntó Meg.
—El otro día dijiste que te considerarías completamente feliz con solo poder ir a casa de Annie Moffat —observó Beth, con su habitual tranquilidad.
—Así es, soy muy feliz y no pienso quejarme de nada, pero parece que cuanto más tiene una más desea, ¿no es cierto? Eh, ya está todo guardado menos mi traje de baile, pero este dejaré que lo doble mamá —dijo Meg, animándose al dirigir la mirada del baúl a medio llenar al vestido de tarlatana blanca, tantas veces ya planchado y arreglado, que ella, con aire importante, llamaba su «vestido de baile».
El día siguiente amaneció despejado y hermoso y Meg emprendió su viaje para disfrutar de dos semanas de novedad y diversión.
Muy a la fuerza había accedido la señora March a que su hija aceptara aquella invitación, pues temía que Margaret regresara más descontenta que alegre del viaje, pero tanto la instó la muchacha y tanto prometió Sallie cuidar de ella, y seducía tan fuertemente aquella diversión después de un invierno de incesante y tedioso trabajo, que la madre cedió y la hija marchó a tomarle por primera vez el gusto a la vida elegante.
Los Moffat eran gente de alcurnia, y la sencilla Meg se sintió algo intimidada por el lujo de la casa y la elegancia de sus habitantes, pero como se trataba de personas amables y buenas a pesar de la frívola vida que llevaban, tardaron poco en poner a su huésped a sus anchas, como se dice vulgarmente. Acaso Meg advirtió, sin comprender por qué, que la familia no se componía de personas muy cultas e inteligentes, y que todo aquel oropel no bastaba para ocultar su vulgaridad, pero era agradable vivir espléndidamente, pasear en un magnífico carruaje, ponerse cada día su mejor traje y no hacer más que divertirse. Todo eso encantaba a Meg, y no tardó en imitar los modales y la conversación de los que la rodeaban, darse aires y hacer coqueterías, emplear palabras afrancesadas, rizarse el pelo y hablar de modas. Cuanto más admiraba las cosas bonitas que Annie Moffat poseía, más la envidiaba y suspiraba por ser rica. Al recordar su casa, se le aparecía humilde y triste, el trabajo le parecía más duro que nunca y se consideraba víctima de toda clase de privaciones y desgracias, a pesar de los guantes nuevos y las medias de seda.
No tenía, sin embargo, mucho tiempo para afligirse, porque las tres amigas estaban ocupadísimas en «pasarlo bien» y dedicaban todo el día a visitar tiendas, pasear, montar a caballo y hacer visitas, empleando las noches en el teatro, en la ópera, o en agradables reuniones en casa, pues Annie tenía muchas amistades y era una excelente anfitriona. Sus hermanas mayores eran unas señoritas muy guapas, y una estaba prometida para casarse, lo que Meg encontró muy romántico e interesante. El señor Moffat era un caballero gordo y jovial, que conocía al señor March; y la señora Moffat, también gruesa y jovial, tomó cariño a Meg, a la que todos querían, por lo que «nuestra Daisy», como la llamaban los Moffat, se vio en peligro de caer en la arrogancia.
El día de la reunión, Meg vio que el traje de popelina no era adecuado, pues las otras chicas se estaban poniendo trajes vaporosos y emperifollándose. Sacó el vestido de tarlatana y en comparación con el de Sallie, que era nuevo, pareció más viejo y gastado que nunca.
Meg vio que las otras la miraban y se miraban entre sí, cosa que le hizo ruborizar, porque, a pesar de toda su bondad, era muy orgullosa. Nadie le dijo una palabra de ello; la que estaba prometida alabó la blancura de sus brazos, amabilidades todas en las que Meg solo vio compasión ante su pobreza, con lo que se sintió amargada y triste, permaneciendo callada mientras las otras reían, charlaban y revoloteaban como ligeras mariposas.
Un criado llevó una caja de flores y, antes de que pudiera hablar, Annie la había destapado y se extasiaban todas al ver las bonitas rosas, que, entre helechos y verdes hojas, contenía.
—Claro que son para Belle, George se las manda siempre, pero nunca las he visto tan preciosas como las de hoy —exclamó Annie, aspirando el aroma.
—El hombre dijo que eran para la señorita March. Y aquí viene un sobre —interrumpió el criado.
—¡Qué divertido! ¿De quién son? No sabíamos que tuvieras novio —dijeron las muchachas, rodeando a Meg con curiosidad y sorpresa.
—La carta es de mi madre y las flores son de Laurie —dijo Meg, satisfecha de que no la hubieran olvidado.
Se sintió de nuevo casi feliz, separó unos helechos y unas rosas para ella, y del resto hizo rápidamente unos ramilletes para sus amigas, ofreciéndolos tan amablemente que Clara, la hermana mayor, le dijo que era «la niña más mona que había visto en su vida», y todas las demás quedaron, al parecer, encantadas con su pequeña atención. Disipado el mal humor de Meg, cuando las otras fueron a que las viera la señora Moffat y se miró ella al espejo para colocarse los helechos en el pelo y adornar con las rosas el traje, que no le parecía ya tan viejo, vio reflejado un rostro risueño y unos ojos llenos de luz.
Aquella noche se divirtió mucho, porque bailó cuanto quiso, todo el mundo se mostró atento con ella y escuchó tres galanterías: de alguien que, al oírla cantar, cosa a la que la había obligado Annie, dijo que tenía una voz muy dulce; del mayor Lincoln, que preguntó quién era «aquella preciosa niña de ojos tan hermosos»; y del señor Moffat, que insistió en bailar con ella, porque lo hacía muy bien, no como otras, que perdían el compás. Así pues, Meg lo pasó muy bien, hasta que llegó a sus oídos un fragmento de conversación que la turbó.
Estaba sentada en el invernadero, esperando a su pareja de baile, que había ido a buscarle un helado, cuando, del otro lado del florido muro, una voz preguntó:
—¿Qué edad tiene?
—Diecisiete años —contestó otra voz—. Sallie dice que son amigas íntimas, y el viejo creo que chochea por ellas.
—Seguramente la señora March tendrá sus planes, y como aún es pronto, le saldrá bien el juego. La chica no piensa aún en ello.
—Dijo esa mentira de que la carta era de su madre, como si lo supiese, y cuando salieron las flores se sonrojó. ¡Pobrecilla! Resultaría atractiva si fuera mejor ataviada. ¿Crees que se ofendería si nos ofreciésemos a prestarle un traje para el jueves? —preguntó otra voz.
—Es orgullosa, pero no creo que le importase, porque no tiene más que ese vestido viejo. Puede estropeársele esta noche, y ese sería un buen pretexto para ofrecerle otro más decente.
—Ya veremos. Convidaré a ese joven Laurence, como atención hacia ella, y después nos divertiremos a su costa.
Apareció en esto la pareja de Meg, encontrándola muy sofocada y algo inquieta. Era orgullosa, y esto le sirvió para ocultar su disgusto, enojo y mortificación por lo que acababa de oír, ya que, aun siendo inocente y sencilla, no pudo dejar de comprender las murmuraciones de sus amigas.
Trató de olvidar, pero no pudo y siguió repitiéndose aquello, de «la señora March tendrá sus planes» y lo de «esa mentira de la carta de su madre», y lo de «la vieja tarlatana», hasta llegar a sentir la necesidad de llorar y correr a su casa a contar su disgusto y pedir consejo. Como esto no era posible, intentó mostrarse contenta, y como estaba bastante excitada lo logró tan bien que nadie hubiera sospechado el esfuerzo que estaba haciendo.
Se alegró de que terminase la fiesta y, ya tranquila en su cama, pudo pensar e indignarse tanto que empezó a dolerle la cabeza y las lágrimas refrescaron sus encendidas mejillas. Aquellas imprudentes, aunque bien intencionadas palabras, habían abierto un mundo nuevo ante los ojos de Meg, y turbado un poco el viejo, en el que había vivido dichosa como una niña. Ahora veía estropeada su inocente amistad con Laurie, merced a las necias suposiciones que le atribuían planes interesados, y en cuanto a su condición, se había debilitado por efecto de la innecesaria compasión de las que juzgaban que un traje deslucido era una de las mayores calamidades que había bajo el cielo.
La pobre Meg pasó una noche intranquila y despertó con los ojos cargados de sueño, sintiéndose desgraciada y resentida con sus amigas, a la vez que avergonzada de sí misma por no hablar francamente y poner las cosas en claro.
Todo el mundo se levantó tarde aquella mañana y al mediodía todavía las chicas no habían tenido fuerzas para coger sus labores de estambre.
Algo llamó la atención de Meg en la actitud de sus amigas. Parecían tratarla con más respeto, tomar amable interés en cuanto decía y mirarla con curiosidad.
Todo esto la sorprendió y halagó, aunque no lo comprendió hasta que Belle, que estaba escribiendo, levantó la cabeza y dijo con aire sentimental:
—Querida Daisy, he enviado una invitación a tu amigo el señor Laurence para que venga el jueves. Nos gustaría conocerle y al mismo tiempo queremos complacerte.
Meg se sonrojó, pero quiso fastidiar a las muchachas y contestó muy seria:
—Sois muy amables; pero... me temo que no vendrá.
—¿Por qué no, encanto? —preguntó Belle.
—Es demasiado viejo.
—Pero, niña, ¿qué estás diciendo? ¿Cuántos años tiene, vamos a ver? —exclamó Clara.
—Creo que cerca de setenta —contestó Meg, contando puntos para ocultar el regocijo que se leía en sus ojos.
—Menuda bromista estás hecha. Nos referíamos al Laurence joven —exclamó Belle riendo.
—Laurie es un chico, nada más.
Meg rio también al ver que las hermanas cambiaban una extraña mirada ante esa descripción de su presunto novio.
—De tu edad aproximadamente —dijo Nan.
—Más bien de la de mi hermana Jo; yo cumpliré diecisiete en agosto —contestó Meg con gesto de superioridad.
—Ha sido una gran amabilidad la suya el enviarte esas preciosas flores, ¿verdad? —dijo Annie, como si supiera mucho, cuando nada sabía.
—Sí, lo hace con frecuencia a todas nosotras, porque tiene la casa llena de ellas y nos gustan mucho. Mi madre y el señor Laurence son amigos, ¿sabéis? Así que nada más natural que el que nosotros, los niños, juguemos juntos.
Meg esperó que con esto no agregarían nada más, pero Clara comentó, dirigiéndose a Belle:
—Es evidente que Daisy no ha salido aún del cascarón.
—Sí. Vive en un estado pastoril de inocencia —repuso Belle, encogiéndose de hombros.
—Voy a salir a comprar algunas cosillas para mis chicas, ¿necesitáis algo, queridas? —preguntó la señora Moffat entrando en el cuarto hecha una tarasca, algo así como un elefante vestido de seda y encajes.
—Nada, gracias —replicó Sallie—. Tengo mi vestido rosa para el jueves y no necesito nada.
—Ni yo tampoco —empezó Meg, pero se interrumpió al recordar que necesitaba varias cosas y no podía comprarlas.
—¿Qué te vas a poner? —preguntó Sallie.
—Mi traje blanco, si es que puedo coserlo de modo presentable. Anoche se me estropeó —dijo Meg, tratando de hablar con naturalidad, pero sintiéndose incómoda.
—¿Por qué no mandas por otro a tu casa? —dijo Sallie, que no pecaba de observadora.
—Porque no lo tengo.
A Meg le costó decir esto, pero Sallie no lo advirtió y exclamó con amable sorpresa:
—¿Solo tienes ese? ¡Qué raro!
Pero Belle, haciéndole un gesto con la cabeza, la interrumpió, diciendo bondadosamente:
—Nada raro en absoluto. ¿Para qué iba a tener una colección de trajes si aún no ha salido del cascarón? No te preocupes, Daisy, yo tengo uno de seda azul, muy mono, que se me ha quedado un poco corto, y te lo pondrás para complacerme, ¿verdad?
—Eres muy amable, Belle, pero te aseguro que no me importa llevar el blanco, que está bien para una niña como yo —dijo Meg.
—Bueno, pero déjame el gusto de vestirte yo ese día. Me encanta hacerlo, y hasta te dejaré hecha una pequeña belleza con un toque aquí y otro allí. No dejaré que nadie te vea hasta que estés del todo arreglada. Entonces apareceremos como la Cenicienta y su madrina cuando van al baile —dijo Belle con su persuasivo acento.
Meg no pudo rehusar un ofrecimiento hecho con tanta amabilidad, y además sintió deseos de ver si, en efecto, resultaría «una pequeña belleza» una vez arreglada y retocada. Aceptó pues la invitación olvidando sus sentimientos desagradables hacia las Moffat.
La noche del jueves, Belle se encerró con su doncella y entre las dos compusieron y acicalaron a Meg, rizándole el pelo, empolvándole el cuello y los brazos, y dándole en los labios coralina para que los tuviera más encarnados. Hortense hubiera querido añadir un poco de color en las mejillas, pero Meg se rebeló. La embutieron en un vestido azul celeste, tan ajustado que apenas podía respirar, y tan escotado que la pudorosa Meg se sonrojó al verse en el espejo. Le pusieron luego un aderezo de filigrana de plata, pulseras, collar, broche y hasta pendientes, porque Hortense se los ató a las orejas con una hebra de seda roja, que no se veía. Un manojo de rosas de té en el pecho y una mantilla reconciliaron a Meg con la exhibición de sus bonitos hombros, y un par de botas de seda de tacón alto vinieron a satisfacer su último deseo, rematando el tocado un pañuelo de encaje, un abanico de plumas, y un ramo con su correspondiente porte-bouquet de plata.
Belle la examinó con la satisfacción de la niña que tiene una muñeca vestida de nuevo.
—Mademoiselle est charmante, très jolie, n’est-ce-pas? —exclamó Hortense, juntando las manos en afectado ademán de admiración.
—Vamos a que te vean —dijo Belle, dirigiéndose a la habitación donde esperaban las otras.
Mientras Meg la seguía, arrastrando la larga cola de crujiente seda, sintiendo que los pendientes le rozaban las mejillas y que los rizos se balanceaban sobre su frente, pensaba que ya había comenzado su diversión, porque el espejo le había dicho claramente que era «una pequeña belleza», y así lo repitieron sus amigas, entusiasmadas al verla. Durante unos minutos estuvo como el grajo de la fábula, pavoneándose con las prestadas plumas, mientras las demás charlaban como cotorras.
—Mientras yo me visto, alecciónala tú, Nan, en el manejo de la falda y de esos tacones franceses; de lo contrario se hará un lío. Coge tu mariposa de plata y levántate ese rizo largo de la izquierda, Clara, y no estropeéis la encantadora obra de mis manos —dijo Belle, marchándose muy apresurada y al parecer satisfecha de su éxito.
—Tengo miedo de bajar. Me encuentro rara, tiesa y medio desnuda —dijo Meg a Sallie, cuando sonó el timbre y la señora Moffat mandó decir a las señoritas que se presentasen en seguida.
—No pareces tú en absoluto, pero estás muy mona; eres completamente una francesa. Es que Belle tiene un gusto exquisito. Deja que cuelguen las flores, no te cuides tanto de ellas y, por Dios, no tropieces, ¿eh? —repuso Sallie, procurando no molestarse porque Meg estuviese más guapa que ella.
Teniendo presente aquel último aviso, Meg bajó felizmente la escalera y entró en los salones, donde se hallaban los Moffat con algunos invitados.
Pronto descubrió que los bonitos vestidos tienen un encanto que atrae a cierta clase de gente y asegura su consideración. Varias señoritas que antes ni se habían fijado en ella, se mostraron súbitamente afectuosas; varios muchachos que en la reunión anterior se limitaron a mirarla, pidieron ahora ser presentados y le dijeron toda clase de cosas tontas pero gratas de oír, y varias respetables señoras, que, sentadas en sofás criticaban el resto de la reunión, preguntaron con interés quién era aquella muchachita. Meg oyó que la señora contestaba:
—Margaret March. Su padre es coronel del ejército... Una de nuestras principales familias, pero reveses de la fortuna... ¿sabe usted? Íntimas amigas de los Laurence; una chica agradabilísima en todos los sentidos. Mi Ned está loco por ella.
—¿De veras? —dijo la señora, dirigiendo otra vez sus impertinencias hacia Meg, que trató de fingir no haber oído y se extrañó de las mentiras de la señora Moffat.
La extraña sensación que experimentara antes de bajar perduraba, pero se decía que estaba representando el papel de señorita elegante, y no lo pasaba mal a pesar de que el ceñido vestido le causaba dolor y la cola se le metía debajo de los pies, y temía que se le cayeran los pendientes y se perdieran o rompieran, lo que sería lamentable.
Coqueteaba con su abanico y se reía de las insulsas bromas que le hacía un muchacho con pretensiones de agudeza, cuando súbitamente dejó de reír y pareció turbarse. Acababa de ver a Laurie, que la miraba fijamente con disimulada sorpresa y desaprobación, le pareció a ella, porque si bien saludó sonriente, algo en la mirada de sus nobles ojos la hizo sonrojarse y desear haber llevado su traje viejo. Para mayor confusión suya, vio a Belle darle un codazo a Annie y ambas mirarla y mirar a Laurie, el cual, afortunadamente, parecía más chiquillo y más tímido que nunca.
«Vaya unas tontas; meterse esas cosas en la cabeza. No les haré ni pizca de caso, ni cambiaré por ello lo más mínimo», pensó Meg, y cruzó el cuarto para dar la bienvenida a su amigo.
—Me alegro de que hayas venido; temía que no lo hicieses —dijo con aire de persona mayor.
—Jo quiso que viniera para contarle luego cómo estabas, y por eso estoy aquí —contestó Laurie, sin mirarla, aunque el tono maternal con que habló le hizo sonreír.
—¿Y qué le vas a decir? —preguntó Meg, con curiosidad por saber la opinión de Laurie pero sintiéndose violentada con él por primera vez.
—Pues le diré que no te conocí, porque estás tan cambiada y pareces tan mayor que casi me das miedo —dijo él, jugueteando nerviosamente con el botón de un guante.
—¡Qué tonto eres! Las chicas se divirtieron vistiéndome, y me ha gustado que lo hicieran. Qué ojos abriría Jo si me viese, ¿verdad? —dijo Meg, empeñada en hacerle decir si la encontraba favorecida o no.
—Ya lo creo —repuso Laurie.
—¿No te gusto así? —preguntó Meg.
—A mí, no —fue la franca respuesta.
—¿Y por qué? —Había ansiedad en la pregunta de Meg.
Laurie miró aquella cabeza rubia, aquellos hombros desnudos, aquel traje fantásticamente adornado, con una expresión que avergonzó a Meg más que la respuesta, en la que no hubo ni rastro de la cortesía habitual en Laurie:
—No me gustan las plumas y los perifollos.
Que un chico más joven que ella le dijera eso era demasiado.
—No he conocido a nadie más grosero que tú.
Sintiéndose ofendida, fue a buscar una ventana para refrescarse un poco, porque aquel vestido estrecho la sofocaba cada vez más. Estando allí vio pasar al mayor Lincoln y le oyó decir a su madre:
—Están volviendo tonta a esa niña. Quería que la vieses, pero la han estropeado por completo. Esta noche es una muñeca.
Meg suspiró.
—Ojalá no hubiera cedido y llevara mi viejo traje de tarlatana. Así no se habrían disgustado otras personas, ni me sentiría yo molesta y avergonzada de mí misma.
Apoyó la frente contra el cristal y estuvo allí medio oculta por las cortinas, sin importarle que estuviesen tocando su vals favorito, hasta que alguien se le acercó. Era Laurie, que, en actitud arrepentida, se inclinaba ante ella y le tendía la mano.
—Perdona mi rudeza de antes y ven a bailar conmigo.
—Temo que te resulte demasiado desagradable —dijo Meg, tratando de mostrarse ofendida pero fracasando por completo.
—De ninguna manera. Me resultará muy agradable. Ven; seré bueno. No me gusta tu traje, pero encuentro que estás... espléndida.
Inició un movimiento con las manos, como para indicar que no hallaba palabras con que expresar su admiración, y se dispuso a bailar.
Meg sonrió ya del todo ablandada y mientras esperaban para coger el compás musitó:
—Ten cuidado con mi cola, no vayas a tropezar con ella; es mi penitencia de esta noche y he sido tonta al ponérmela.
—Sujétala con un alfiler —dijo Laurie, mirando las botitas azules, que evidentemente merecieron su aprobación.
Comenzaron a bailar ligera y graciosamente, porque como habían practicado mucho en casa, lo hacían estupendamente bien. Era agradable ver aquella juvenil pareja, dando vueltas y más vueltas y sintiéndose más amigos que nunca, después de su pequeña riña.
—Laurie, ¿quieres hacerme un favor? —dijo Meg, cuando se sentó sin aliento, lo que ocurrió muy pronto, aunque no quiso confesar la causa de ello.
—Desde luego —dijo con alegría Laurie, que la estaba abanicando.
—No menciones en casa mi traje de esta noche. No comprenderían la broma y mamá podría disgustarse.
«Entonces, ¿por qué lo has hecho?», replicaron los ojos de Laurie tan elocuentemente que Meg se apresuró a añadir:
—Se lo diré yo misma, y confesaré a mamá lo tonta que he sido, pero prefiero ser yo la que se lo cuente, ¿sabes? Así que, ¿no lo dirás?
—Te doy mi palabra. Pero si me preguntan, ¿qué debo contestar?
—Diles que estaba bien y divirtiéndome mucho.
—Diré lo primero, desde luego, pero lo segundo... No parece que lo estés pasando muy bien que digamos.
Laurie la miró con una expresión que la hizo contestar, bajito:
—No; ahora no. Solo quise divertirme un poco, pero no me compensa, y estoy hartándome de este estilo de vida.
—Aquí viene Ned Moffat, ¿qué querrá? —dijo Laurie, frunciendo sus negras cejas, como si no le resultase agradable la presencia de su joven anfitrión.
—Lo tengo apuntado para tres bailes, supongo que vendrá a reclamármelos. ¡Qué lata! —dijo Meg, adoptando una actitud lánguida que divirtió a Laurie.
No volvió a hablar con Meg hasta que a la hora de la cena la vio bebiendo champán con Ned y con su amigo Fisher, quienes se estaban conduciendo como un par de locos, según se dijo Laurie, que se sentía investido de una especie de derecho fraternal para velar sobre las March y presentar batalla siempre que necesitasen un campeón.
—Si sigues bebiendo, mañana tendrás una jaqueca espantosa. Yo no lo haría, Meg; a tu madre no le gusta, como sabes —murmuró inclinándose sobre el respaldo de la silla, mientras Ned volvió a llenarle el vaso y Fisher se inclinaba a recogerle el abanico del suelo.
—Esta noche no soy Meg, soy una muñeca que hace toda clase de locuras. Mañana dejaré a un lado mis plumas y perifollos y volveré a ser buena —contestó ella con una risita afectada.
—Pues ojalá fuera ya mañana —murmuró Laurie, alejándose descontento del cambio que advertía en Meg.
Meg, coqueteó, habló y rio como las demás muchachas. Después de la cena chapurreó alemán diciendo toda clase de disparates; al bailar estuvo a punto de hacer caer a su pareja con la dichosa cola y coqueteó con unos y otros en una forma que escandalizó a Laurie, hasta el punto de hacerle pensar en una reprimenda, pero no tuvo ocasión de hacerlo, porque Meg lo eludió constantemente, y hasta que fue a darle las buenas noches no pudo hablarle.
—¡Acuérdate! —dijo ella intentando sonreír, porque la jaqueca había empezado ya.
—Silence à la mort —replicó Laurie con melodramático ademán, al retirarse.
Esta breve escena había interesado a Annie, pero Meg estaba demasiado fatigada para hablar y se fue a la cama con la sensación de haber estado en una mascarada y no haberse divertido tanto como esperaba.
Sufrió un terrible dolor de cabeza todo el día siguiente y el sábado volvió a su casa, hastiada de sus quince días de diversión, y comprendió que había estado demasiado en el seno del lujo.
—Es bueno estar tranquila sin gente a todas horas. Aunque no sea espléndida, la casa de uno es un sitio siempre agradable —dijo Meg mirando en torno con expresión de descanso.
Era la tarde del domingo y estaban con ella su madre y Jo.
—Me alegra oírte decir eso, hija mía, porque temía que después de lo que acabas de ver, nuestra casa te pareciese pobre y triste —replicó su madre, que le había dirigido varias miradas inquietas aquel día, pues los ojos de las madres advierten pronto cualquier cambio en sus hijos.
Meg había relatado alegremente sus aventuras, repitiendo una y otra vez lo bien que lo habían pasado, pero algo parecía pesar aún sobre su corazón. Cuando las pequeñas se fueron a la cama, fue a sentarse pensativa junto al fuego, mirando fijamente las llamas y hablando apenas con aspecto de estar angustiada. Al dar el reloj las nueve y proponer Jo que se fueran a acostar, Meg dejó su silla, cogió el taburete de Beth y, apoyándose de codos en las rodillas de su madre, dijo:
—Mamita, quiero confesarme.
—Lo suponía. Adelante, hija mía.
—¿Me marcho? —preguntó discreta Jo.
—¿Por qué? ¿No sabes que siempre te lo cuento todo? Me avergonzaba hablar delante de las niñas, pero quiero que sepáis las cosas terribles que he hecho en casa de los Moffat.
—Estamos preparadas —dijo la señora March sonriente, pero un poco inquieta.
—Ya os he dicho que me vistieron con todo aparato, pero os falta saber que me empolvaron y rizaron hasta dejarme como un figurín. A Laurie no le pareció correcto, lo sé, aunque no me lo dijo, y un señor me llamó «muñeca». Sabía que eran tonterías, pero me halagaban, y decían que estaba hecha una belleza y no sé cuántos disparates por el estilo, y les dejé hacer de mí una fatua.
—¿Eso es todo? —preguntó Jo, mientras la señora March miraba en silencio a su bonita hija, que hablaba con los ojos bajos, sin encontrar palabras para censurar sus pequeños deslices.
—No; además bebí champán, y quise flirtear y estuve verdaderamente abominable —dijo Meg, acusándose sin compasión.
—Me parece que aún hay algo más, ¿no es así? —inquirió la señora March, acariciando las mejillas de su hija, que súbitamente se sonrojó al contestar:
—Sí; es una tontería, pero quiero decirlo porque detesto que la gente diga y piense semejantes tonterías de Laurie y de nosotras.
Refirió entonces lo que había oído la noche del baile en casa de los Moffat, y Jo vio que su madre apretaba los labios, como si le disgustase que metieran tales ideas en la inocente imaginación de Meg.
Darmowy fragment się skończył.