Czytaj książkę: «Historias de terror»

Czcionka:

Horror Stories

© 2019, Liz Phair

Esta traducción ha sido publicada según acuerdo con Random House, un sello y división de Penguin Random House LLC

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Diseño y maquetación: Endoradisseny, a partir del diseño original de Lynn Buckley

Primera edición: Julio de 2020

© 2020, Contraediciones, S.L.

c/ Elisenda de Pinós, 22

08034 Barcelona

contra@contraediciones.com

www.editorialcontra.com

© 2020, Federico Corriente, de la traducción

© Guzman, del retrato de Liz Phair de la cubierta

© Elizabeth Weinberg, del retrato de Liz Phair de la semblanza

ISBN: 978-84-18282-15-7

Composición digital: Pablo Barrio

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

Liz Phair (New Haven, Connecticut, 1967) empieza su singladura como cantautora a principios de la década de los noventa en Chicago autoeditándose casetes bajo el nombre de Girly-Sound que vendía por correo. El entusiasmo con el que fueron acogidas estas primeras canciones condujo a Phair a firmar con el sello discográfico independiente Matador Records, y en 1993 publica su primer álbum, el doble elepé Exile in Guyville, que fue aclamado como un hito del rock independiente y que incluye clásicos como «Fuck and Run» o el controvertido «Flower». Phair lleva más de veinticinco años grabando y tocando en directo, ha sido nominada dos veces a los Grammy y ha allanado el camino a innumerables músicos, sobre todo mujeres, que la citan entre sus principales influencias. Phair también es una artista plástica que se especializó en Bellas Artes e Historia del Arte en la universidad de Oberlin. Sus escritos han sido publicados en The New York Times y The Atlantic. Historias de terror es su primer libro.



Historias de terror está dedicado a mi amigo Farid Moslehi, que afrontó su propia muerte con dignidad, sentido del humor y valor, y que, en sus últimos días de vida, me recomendó que fuera valiente, que confiara en mis instintos y que escribiera este libro como la inconformista que había sido al principio de mi carrera.

Nunca he estado realmente loco, excepto en aquellas ocasiones en las que mi corazón se ha sentido conmovido.

EDGAR ALLAN POE

Prólogo

Llevo treinta años componiendo canciones. Mis temas fueron relatos desde el principio. Cada vez que grababa un elepé, estaba escribiendo mis memorias. Cuando escucho la música que creé durante mi segunda y tercera décadas de vida, viajo instantáneamente en el tiempo y vuelvo a habitar esos momentos de nuevo: cómo me sentía, qué pensaba, qué me hacía daño, qué anhelaba. Escribía directo desde el corazón para que la verdad resonase como una campana y reverberase también en el corazón del oyente.

Cada vez que cojo una guitarra y empiezo a rasguearla, puedo oír una melodía que se va formando en mi cabeza. Baila al son de los acordes que toco, y va rebotando arriba y abajo contra las fronteras de la tonalidad. Me siento como si jugase con un deseo que quiere brotar o una ira que necesita ser liberada. A veces ni siquiera sé cómo me siento hasta que empiezo a cantar y sale todo de golpe. Es casi como una interpretación onírica, con la salvedad de que estoy despierta. No sé cómo lidiaría con el mundo si no pudiera escribir acerca de él.

El día que murió Prince me llamó mi mánager. Yo había salido de gira con los Smashing Pumpkins y estaba haciendo de telonera en solitario en óperas de todo el país. Él y yo teníamos otros temas que tratar, pero como es natural la conversación derivó hacia Prince y todos los demás artistas a los que habíamos perdido en 2016. Aquel pareció ser un año en el que se extinguieron un número desproporcionado de estrellas del firmamento musical. En cierto momento, bromeamos diciendo que había llegado la Ascensión de los Justos y que Dios estaba montando un supergrupo. Pero por debajo de nuestra ligereza, tamborileaba una sensación de apremio.

Me habló con una franqueza poco habitual: «Liz, tienes que pensar acerca de este próximo disco. Ninguno sabemos de cuánto tiempo disponemos. Podrías desaparecer, así que la pregunta es obligada: “¿Estás grabando el álbum que querrías dejar atrás en caso de que fuera el último?”».

Pensé en mi hijo y en lo que me gustaría que supiera si yo no estuviera allí para orientarle. Le dejaría en herencia el valor para afrontar sus miedos y también la intuición para captar las oportunidades de conectar y sentir amor incluso en los peores momentos. Le transmitiría mi fe de que, si prestamos atención, todos y cada uno de los momentos de nuestras vidas contienen historias brillantes. Le extraería el veneno de pensar que los defectos y los fracasos nos hacen indignos y le mostraría, en cambio, cómo las decisiones erróneas no son sino la expresión equivalente y opuesta de grandes dones y capacidades. Le legaría el poder de la esperanza.

Historias de terror es mi intento de echar el freno y dar un vistazo a cómo nos convertimos realmente en quienes somos. Es algo más que mi simple historia personal. Gira en torno a las pequeñas indignidades que todos sufrimos a diario, los insultos silenciosos a nuestro ser, la insensibilidad con la que nos tratamos unos a otros. El horror no es necesariamente esa gran criatura macabra que nos acecha en la oscuridad. Puede estar presente en interacciones efímeras que, al acumularse, llegan a hacerse tan potentes como los auténticos momentos de infarto, porque es allí donde transcurre la mayor parte de nuestras vidas.

En los relatos que componen este libro os estoy confiando mi yo más íntimo. Pasamos tanto tiempo ocultando lo que nos avergüenza, negando lo que nos ofende y presentándonos como individuos competentes y exitosos, que no siempre nos damos cuenta de dónde y cuándo desaparecimos.

¡Qué tontos nos sentimos en esas raras ocasiones en las que la bruma se dispersa, el camino se ve claro y vemos nuestras desventuradas huellas desperdigadas por todas partes! Esos son los momentos resueltos, las sobrias reflexiones de la mañana siguiente en las que clavamos los pies mirando hacia la dirección en la que queremos ir y juramos no desviarnos jamás de la sinceridad, la empatía y la inspiración.

Decir la verdad acerca de nosotros mismos es duro, pues nos expone a ser juzgados y rechazados. Tememos que sean nuestras peores decisiones las que nos definan, no las mejores. Siempre nos sentimos impelidos a ocultar las pruebas, a echarles la culpa a otros, a dejar atrás aquello que nos hace sentir culpables o lo que nos ha traumatizado, y a fingir que todo va de maravilla. Ahora bien, eso nos priva de la posibilidad de conocernos y cuidarnos realmente unos a otros. Cierra una puerta que podría llevar al corazón de otra persona. Nuestros defectos y fracasos nos hacen más accesibles, no menos entrañables.

Esto lo aprendí cuando publiqué mi álbum de debut, Exile in Guyville, allá por 1993. Aquellas canciones las compuse durante una de las épocas más duras de mi vida. No tenía dinero y además de sentirme sola y confusa en lo que a mi futuro se refería, estaba cabreada con el pasado. Las letras reflejaban mi estado de un modo inquebrantable, desprovisto de remordimientos y a veces explícito, con el que el público conectó profundamente. En los conciertos, los fans se me acercaban para expresarme su gratitud y su admiración por haber tenido el valor de decir la verdad, porque eso les hacía sentirse un poco menos aislados y abrumados por sus propias dificultades. Se escuchaban a sí mismos en mi música, no a mí.

Lo que me ha motivado a escribir este libro es articular esas experiencias que la gente quizás no siempre quiere reconocer, pero a la vez describirlas de un modo que haga que valgan la pena. Al afrontar situaciones desalentadoras y luego encontrar la salida del laberinto, considero que examinar los momentos más dudosos de nuestras vidas nos hace más fuertes. En este sentido, no creo que esté sola.

Venid a recorrer conmigo unos cuantos senderos oscuros y misteriosos. Cuando se os haya adaptado la vista, veréis que los monstruos no son más que espejos. En el crujido de los árboles hay música. Bajo las profundidades de nuestro universo rutinario, estamos todos soñando.


Capítulo 1 Tirada

La dejamos allí. Esa es la parte de la historia que me obsesiona. Fuimos testigos de su necesidad e hicimos caso omiso. El baño estaba abarrotado. Hacía calor. Yo estaba aguardando mi turno ante el espejo para pintarme los labios. No sé por qué solo veo la escena desde dos perspectivas: mirando hacia abajo por el rabillo del ojo mientras me maquillaba y esperando apoyada contra la pared a que mis amigas terminaran de lavarse las manos.

No sé si era rubia, morena o pelirroja. Sé que estuvo en la fiesta. Creo que llevaba una chaqueta color verde oliva, pero, bien mirado, es posible que ese detalle me lo haya inventado. Creo estar recreando su vestimenta parcialmente a partir de lo real y de lo irreal, como si intentase vestirla de la manera en que solía vestir a mis viejas muñecas Barbie, para que quede presentable, para conferirle dignidad. Mi conciencia es un fiscal fantástico. Después de tantísimos años, lo único que queda son las pruebas irrecusables. Estuve allí. Lo vi. No hice nada.

El miedo es una emoción agotadora, y durante aquel primer semestre en la universidad pasé miedo en muchísimas ocasiones. Intentar encontrar mis aulas en aquel laberinto de nuevos edificios resultaba angustioso. Tenía miedo de preguntarles a los demás alumnos lo que quería decir la profesora cuando decía que nuestras lecturas estaban reservadas en la biblioteca. Me daba demasiado miedo utilizar mi tarjeta en la fila del comedor, no fuera a ser que aquello tuviera algún truco. Intentar aparentar que sabía lo que hacía era mi prioridad en todo momento.

Al volver la vista atrás, me compadezco de mi yo juvenil. Solo trataba de ir tirando. Apenas tenía dieciocho años, y mi cerebro todavía estaba formándose. Tengo que poder alegar algo ante el jurado en mi defensa. Lo cierto es que aquella noche fui feliz. Por fin había conocido a unas chicas que me caían bien. Ellas se conocían todas entre sí de un colegio privado de Manhattan. Fumaban cigarrillos de clavo y olían a pachuli. Tenían novios y estaban intentando emparejarme con un tío de su grupo. Una por una, hicieron un aparte conmigo y me susurraron algo bonito que él había dicho sobre mí. Enarcaban las cejas cuando hablaban de él, como insinuando lo afortunada que era.

No era mi tipo. No era mal tío. Una semana después fuimos juntos al cine; nos sentamos en la sala en silencio esperando a que se apagaran las luces, sin tener nada que decirnos, respirando pausadamente, sumamente conscientes de lo cerca que estaban nuestros cuerpos.

Recuerdo que él estaba nervioso, porque me espetó lo siguiente: «Si le hubieras sacudido alguna vez a alguien en la cabeza con un bate de béisbol, nunca lo olvidarías». No podía sino estar de acuerdo.

He hilvanado estos recuerdos porque, tras rehusar la oportunidad de convertirme en su novia, mis nuevas amigas buscaron a alguien para que ocupase la vacante y completara el octeto. Después de aquello no nos vimos demasiado, y seguramente fue mejor así. Pese a que nunca habláramos de ello, las consideraba tan culpables como a mí misma por no haber asumido la responsabilidad. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que cualquiera de las que estábamos allí mirásemos para otro lado ante lo que estaba sucediendo? Los seres humanos podemos ser unos monstruos, del modo más irreflexivo y displicente que quepa imaginar.

Me recuerda esos experimentos sociológicos que demuestran lo fundamental que es la crueldad para la institución de la sociedad. No se puede describir una familia, un clan, una nación, sin trazar una línea alrededor de quienes forman parte de ellos ni dejar al margen de sus fronteras a otros. Cuando unos investigadores piden a un grupo de estudiantes que seleccionen y condenen al ostracismo a uno de los suyos, siempre hay alguien que saca a colación El señor de las moscas de William Golding, ese relato sobre unos niños náufragos que retroceden al estadio de tribu primitiva. Pero para expresarse, el instinto de aislar a alguien no requiere ni estar perdidos en una isla desierta ni estar cautivos en un laboratorio científico. Lo tenemos muchísimo más a mano que todo eso. Para que la gente se torne salvaje basta con meter el dedo en la llaga apropiada.

Es un instinto y no hay más que hablar. No todo el mundo se arrepiente de las maldades que comete. El sentimiento de culpa es la flor tóxica que brota a raíz de un acto egoísta. Para que pueda crecer, el suelo nutricio ha tenido que estar presente con anterioridad. En nuestros libros de recuerdos acaba prensada la flora más impresionante, y cada vez que los abrimos de nuevo y releemos un capítulo, sus esqueléticos y resecos restos se escurren y acaban en nuestros regazos. La descomposición marca las páginas, y cuando hemos enterrado demasiados malos recuerdos, es el propio libro el que empieza a oler.

Lo cierto es que cavamos nuestras desgracias pulgada a pulgada. Algunas de las cosas más crueles que he hecho fueron vejaciones efímeras y pasajeras. Solo reconozco su malevolencia cuando han persistido en mi imaginación más tiempo de la cuenta. El pintor Ed Paschke solía decir: «Son esos insectos que se quedan atascados en tu parrilla». Yo los llamaría la onda expansiva de misiles lanzados desde una distancia segura. He llevado encima durante décadas los minúsculos fragmentos tóxicos de almas que he quebrantado como quien no quiere la cosa.

Viajando en tren a altas horas de la noche, por ejemplo, un hombre me sonríe y yo hago una mueca, como si él fuese lo más repugnante que hubiera visto jamás. Estoy asustada. Tengo diecinueve años y no quiero que me violen. Pero al ver cómo se le cae el alma a los pies, me doy cuenta en ese mismo instante de que, muy al contrario, lo que pretendía era tranquilizarme y transmitirme que todo estaba en orden. Él estaba allí. Yo estaba segura. Si creéis que esa es la parte mala, no os equivoquéis. Todo el mundo comete errores. Mi culpabilidad empieza en el instante en que vuelvo el rostro y miro fijamente por la ventana fingiendo ser mejor que él. Dejo que piense que es un asqueroso, permito que se sienta avergonzado y obsesionándose con lo mal que ha quedado. Cuando baja del tren, se le ve tan abatido como pudiera estarlo cualquier hombre que se odiase a sí mismo. Preguntarme qué clase de día habría pasado, a qué situación doméstica retornaba, qué preocupaciones y pesares le agobiaban; eso es algo con lo que he tenido que cargar desde que tengo memoria.

«If I Had Only1» es el exitazo que nunca publicaré. Cuando los físicos cuánticos hablan de entrelazamiento, sé exactamente a lo que se refieren. Cuando Einstein califica un fenómeno de «acción espeluznante a distancia», me entran ganas de levantarme de un salto de mi asiento y gritar: «¡Amén, hermano! ¡Salve!». Vivimos en un universo solitario y una parte inmensa de él está ocupada por el vacío. ¿Por qué nos sorprende descubrir que hay materia oscura en nuestro interior? El vacío está lleno de antiluz de las estrellas a más no poder. Extiende una toalla, túmbate y echa lejía sobre lo no realizado, lo no dicho y lo no redimido.

Un célebre humorista abandonó a su perro en el porche trasero de su casa colgante de Mulholland Drive. Vivía en Nueva York y rara vez regresaba a Los Ángeles. Su asistente se acercaba un par de veces al día para dar de comer al viejo y lisiado Terranova y sacarlo a pasear durante diez minutos junto a un polvoriento arroyo donde no crecía la hierba, en un sendero de grava pelado junto a la ladera de una montaña cubierta de maleza. Yo visité al perro tres veces. No conocía al dueño, así que me quedé debajo de la minúscula plataforma donde aquella enorme criatura se pasaba todo el día tumbado jadeando de calor. Le decía cosas bonitas, como si fuera Romeo cortejando a Julieta. A pesar de haber sido abandonado a todos los efectos, aquel perro tenía una disposición muy cariñosa y dulce.

Tuve la oportunidad de adoptarlo, pero era demasiado grande y demasiado viejo para mi estrecha vivienda, y le habría costado mucho subir y bajar tantas escaleras. Pregunté en los establos en los que iba a montar a caballo. Nadie se interesó. Muchos meses más tarde, cuando ya había perdido la esperanza, recibí una llamada de alguien que sabía de una granja para Terranovas que quizás pudiera ayudar. No respondí. Nunca devolví la llamada. Estaba de gira, estaba ocupada, y se me pasó. Y ahora cargo con ese perro para siempre. Vuelve y me visita como un fantasma, con su dulce rostro, para recordarme que estoy forjando cadenas igual que Ebenezer2, y que estas se hacen más pesadas a medida que avanzo.

Entonces, ¿quién era la chica de los servicios? Jamás lo sabré. ¿Con qué soñaba? ¿Qué hacía allí? ¿Qué la llevó a emborracharse tanto? Iba vestida de igual manera que todas nosotras, con una minifalda con volantes y botas hasta el tobillo. Daba la impresión de ser una persona agradable a la que conocer en otra ocasión, en otras circunstancias.

Me di cuenta, por su tipo y la calidad de su piel, de que era bonita. Pero debía de sentirse sola, porque ¿dónde estaban sus amigos? ¿Dónde estaba la gente que se suponía que tenía que estar pendiente de ella? ¿Dónde estaban la compañera de piso o el novio que tenían que ocuparse de que pudiera incorporarse de nuevo y volver a casa? Debía de haber acudido sola a aquella fiesta. Debió de hacer falta valor, mucho valor líquido, estar ahí sin conocer a nadie. Su cuerpo inconsciente, tendido en el suelo, era la prueba de los nervios que había pasado.

Sus piernas sobresalían del cubículo. Pasamos por encima de ellas y a su alrededor. Me recordaba a aquella escena de El mago de Oz en la que la Bruja Mala del Este yace boca abajo después de que la casa de Dorothy aterrice sobre ella. Al principio, la gente que entraba a los servicios soltaba risitas nerviosas y la señalaba con el dedo, y luego cuchichearon con voz entrecortada. Después cerraron el pico.

La fila que había una vez que se atravesaba la puerta seguía muy animada, aún revolucionada por el ambiente de fiesta de fuera, pero a medida que una se internaba más en el santuario del cuarto de baño, se imponía el silencio. La gente hacía lo que hubiera venido a hacer con cruda eficiencia y los labios apretados. Entre miradas furtivas y con las mejillas pálidas. Abriendo y cerrando grifos. Nadie decía nada. Nadie hacía nada al respecto.

Estaba boca abajo, inconsciente, con la cabeza apoyada en el suelo junto a la taza del váter, con una gran mancha de excremento extendiéndose entre sus piernas despatarradas. Jamás había visto a alguien que se hubiera cagado encima antes, ya no digamos en público. Aquello era extremadamente humillante.

Mientras esperaba, con la espalda contra la pared, podía ver claramente sus bragas defecadas. No recuerdo qué estaba pensando. Simplemente estaba incómoda. Todas lo estábamos. No sabría decir si era consciente de lo peligrosamente cerca de la muerte que tenía que estar alguien para expulsar alcohol a la fuerza por el ano. Tampoco se me ocurrió que pudiera estar ahogándose en su propio vómito. Cuando un extremo excreta, el otro también suele hacerlo. Es la reacción de estadio avanzado del cuerpo ante la intoxicación. Al menos mientras yo estuve allí, a nadie se le ocurrió comprobar si respiraba. Nadie quería acercarse a ella.

No era solo que los excrementos nos repugnaran. ¿Qué faceta de su conducta era la que rechazábamos? Si se hubiera estrellado en coche por haber sobrepasado el límite de velocidad, ¿habríamos pasado de largo ante los restos humeantes, mirando para otro lado? ¿Nos habríamos encogido de hombros y dicho que eso es lo que pasa cuando te comportas de forma temeraria? Estoy segura de que no. Habríamos acudido corriendo hacia el vehículo y hecho todo lo posible para reanimarla. De hecho, no se me ocurre otra instancia en la que juzgaríamos en lugar de ayudar. Lo que estábamos juzgando era la facilidad con la que podría haberse tratado de una de nosotras.

Permitid que os pinte otro cuadro. Dejad que os describa un mundo mejor en el que vivir: cuatro chicas entran en unos servicios y se encuentran a una de sus compañeras de clase inconsciente y en peligro. «¡Rápido, id a buscar ayuda!», gritan. Intentan reanimarla y comprueban que sus vías respiratorias están despejadas. Una de ellas se quita la sudadera y la cubre con recato. «¡No dejéis entrar a nadie más! ¿Ha llamado alguien a urgencias? ¡Daos prisa, necesitamos ayuda! Dios mío, espero que salga de esta. ¡Por favor, Dios mío, haz que se salve!» Pero esa no es lo que sucedió. Y eso es con lo que tengo que vivir.

Mirar hacia atrás tiene un algo implacable. Se eliminan poco a poco los detalles sin importancia sin dejar más que el sentimiento de culpa, las asignaturas pendientes. Siempre estará tirada en ese cuarto de baño que hay en mi alma, acechándome.


Capítulo 2 Abajo

Hace uno de los primeros días de verano de verdad, de esos en los que la brillante luz del sol disipa cualquier duda invernal; uno de esos días vivificantes. El tono azul del cielo es tan intenso que me deja sin aliento. Nos encontramos en la cima de una inmensa duna, a cuarenta metros de altura por encima de la orilla oriental del lago Michigan. Me pongo la mano a modo de visera e intento ver la punta de la torre Sears asomando del agua mientras contemplo la vasta extensión del lago que nos separa de Chicago. Si fuera de noche, vería las luces rojas de las torres de transmisión parpadeando incongruentemente en el horizonte, como si el resto del edificio y del panorama estuvieran sumergidos. Entorno los ojos, pero no sirve de nada. La curva terráquea se ha tragado mi vida.

Me vuelvo para asegurarme de que los niños están bien. Están trepando sobre troncos caídos y corriendo cuesta abajo por la parte de sotavento de la duna montañosa, sacudiendo los brazos y con el cabello al viento hasta que uno de ellos se cae de bruces. Los otros dos caen hacia atrás, de culo. Solo los adultos logran recorrer alguna distancia sin perder el equilibrio. Los padres fardan echando una carrera hasta abajo del todo, adelantando las piernas para contrarrestar la aceleración de sus cuerpos. Más que correr, caen con resistencia.

Alberto ataca la ladera sacando pecho como si esperase que el viento cogiera sus alas y lo elevase en el aire. Jim mantiene la espalda perfectamente recta mientras desciende por una escalinata imaginaria. Cuando la pendiente se nivela, se ralentizan, cambiando la marcha a trote. Mallory y yo vemos cómo se unen las minúsculas figuras de nuestros maridos y emprendemos el arduo ascenso de regreso hasta la cima.

Todavía no son las once. Salimos tan temprano por la mañana para llegar aquí mientras la arena aún estuviera fresca que los hijos de Mallory todavía llevan puesto el pijama. Olivia está agachada y asomándose a las fauces de un viejo tronco caído sobre uno de sus lados. Adam y Nick se están lanzando ramitas y puñados de arena el uno al otro.

En otro tiempo, la cima de esta colina fue el hogar de un rodal de robles negros de entre dieciocho y veinticuatro metros de alto. La duna está avanzando hacia el interior a tal velocidad que los árboles han sido enterrados vivos. Las ramas más altas siguen sobresaliendo del suelo, y entre la brisa ondean unas pocas hojas residuales. La mayoría de ellos ya ha muerto, y sus ramas están retorcidas y resecas, como las de los lúgubres árboles muertos de las viejas películas del Oeste. Mallory y yo estamos sentados en un área de sombra disfrutando de un momento de silencio. Trazo surcos en la arena con los dedos, describiendo patrones ondulados que luego borro y vuelvo a dibujar. Mallory luce esa expresión que me lleva a pensar que está meditando acerca de la existencia. Somos amigas desde cuarto de primaria y me sé de memoria sus obsesiones.

—¿Crees —empieza a decir ella, y sé de inmediato que está a punto de hacerme una pregunta filosófica— que podrías vivir aquí? Quiero decir, imagínate que te hubieras criado en un pueblecito de Indiana. Un pueblo normal, del montón. ¿Crees que te interesarían las mismas cosas? ¿Querrías siquiera vivir en la ciudad?

Creo que sé a dónde quiere llegar. Siempre anda presionándome para que vuelva a mudarme a los suburbios.

—Por ejemplo, si no te hubieran adoptado, ¿crees que seguirías siendo artista? ¿O serías una persona completamente distinta?

Me he equivocado. Está hablando de su propia vida, preguntándose si ha elegido bien.

—No lo sé —respondo mientras me asomo a la extensa superficie verde del lago, que se me aparece como un lienzo—. Seguramente sí. Creo que siempre sería creativa.

—Mmm.

Mallory siempre dice «mmm» cuando discrepa de algo que has dicho. Ladea la cabeza como diciendo «no te conoces tan bien como tú crees».

Uno de los niños empieza a gemir, un estridente llanto de indignación. Nos ponemos en pie de un salto para arbitrar. Olivia luce una mirada triunfal y camina desenfadadamente. Le ha robado la rama a Adam. Nick está en compás de espera, sin saber de parte de quién ponerse.

—¡Venga, cuadrilla! —exclama Mallory formando a la tropa con un grito de alborozo— ¡Vamos a ver a los papás! Venga, Nickel —dice tendiéndole la mano a mi hijo— ¿no quieres ir a ver a tu padre? ¡Después podremos ir a comer hamburguesas y patatas fritas!

Los hombres todavía andan por la mitad de la colina. No están en baja forma; están de charla. Cuando se tienen niños de esta edad, aprovechas cualquier oportunidad para disfrutar de un poco de paz y tranquilidad. Observo a Mallory y a los niños bajar la pendiente en zigzag mientras levantan nubecillas de arena a cada paso. Se me contrae el corazón de felicidad. Es un día perfecto.

Me quito las gafas y me las limpio con el extremo inferior de la camiseta. Me siento ridícula con estas lentes de montura metálica, como la maestra solterona de La casa de la pradera. Normalmente llevo lentillas, pero mañana voy a someterme a cirugía LASIK y he de dejar que mi globo ocular recobre su forma natural para que el oftalmólogo tenga más carne con la que trabajar. Va a retirar una fina capa de mi córnea. Lo hará mientras todavía esté despierta y pueda ver el bisturí. Acto seguido, separará el fragmento parcialmente amputado y lo dejará colgando mientras apunta directamente a mi pupila con un láser y empieza a pulverizar minúsculos trocitos de mi cristalino hasta que la curvatura del menisco se aproxime a la perfección visual. Me pedirá que mire fija y directamente al rayo láser rojo y oiré el rápido bang bang bang del arma al disparar, pero no notaré las detonaciones.

Remuevo la tierra con los dedos de los pies mientras me imagino los árboles enterrados debajo de mí. ¿Cómo sería haberse criado entre la luz del sol y la lluvia, gimiendo y bamboleándose bajo las tormentas que se abaten sobre este litoral, solo para ser sepultado e inmovilizado, aislado de toda sensación y sofocado? En los términos temporales de los árboles, debió de suceder muy rápidamente. Viven tan lentamente que la duna errante debió de parecer un avance alarmante. Los robles están preparados para morir de muchas formas: plagas, enfermedades, incendios, hojas de sierra, pero me apuesto algo a que no tenían previsto ahogarse en dióxido de silicio.

Eso me recuerda una escena aterradora que vi una vez de niña en una película. Estaban sepultando a un faraón muerto en su cámara mortuoria subterránea. Uno de los sacerdotes que habían ayudado a preparar el cadáver para la vida en el más allá traicionaba al resto de la familia real y dejaba atrapados al heredero del faraón y a sus parientes dentro de la tumba. Enormes bloques de piedra caliza descendieron en torno al exterior de la cámara cerrando todas las salidas. Se siguió una confusión espantosa al abrirse pequeños canales en el techo de los que salieron torrentes de arena que comenzaron a llenar la cripta. El joven heredero, desolado, miró a su madre en busca de auxilio, pero ella sabía que no podían hacer nada. Iban a morir todos juntos en cuestión de minutos, cuando ya no quedase aire que respirar y los asfixiase la arenilla. Ya no soporto pensar en esos árboles.

Mallory y los niños han alcanzado a Alberto y Jim. Adam, Nick y Olivia están trepando por la ladera de la duna a cuatro patas con energía ilimitada. Yo intento recordar si le he vuelto a poner filtro solar a Nick. Su cabecita rubia sube y baja por la vertiente mientras permanece pegado a su padre. Se parece a mí de cara, pero tiene el tono de piel de su padre. El grupo se detiene. Casi han llegado a la cima, pero los adultos, agotados, necesitan un descanso y se paran a contemplar el espectacular paisaje con las manos sobre las caderas.

Me fijo en que está llegando más gente a la playa de abajo, muy lejos de nosotros. Parecen un padre y tres niños. Es agradable ver a otra familia que ha salido a pasar el día. A juzgar por el peinado y el bigote del padre, seguramente vivirán en uno de esos pueblos rurales de Indiana por los que Mallory sentía nostalgia. La chica mayor y el chico se mantienen apartados de la orilla mientras que el padre y el hijo pequeño vadean hasta que el agua les llega a las rodillas. El chiquillo no tendrá más de cinco años, y es nervioso y de complexión delgada. El padre enciende un cigarrillo.

De pronto, el muchachito juguetón pierde el equilibrio y cae de bruces al agua. Se levanta de un salto inmediatamente, pero tiene la parte delantera de la ropa empapada. Furioso, el padre sacude a su hijo un revés que lo levanta del suelo. Su minúsculo cuerpo se arquea hacia atrás y aterriza a metro y medio de donde estaba. Me quedo sin aliento, rígida. El corazón empieza a palpitarme. El padre se acerca caminando, levanta al pequeño por el brazo y le patea en las costillas. Está golpeando a su hijo como si fuera un perro. Hago un ruido gutural que comienza en lo más hondo de mi garganta. Mis manos salen disparadas hacia mi pecho, la una encima de la otra. Mallory, Alberto y Jim se han quedado todos helados viendo la escena. Y entonces se para. Como una borrasca súbita, acaba.

Nadie se mueve. No les gritamos. No podrían oírnos, están muy abajo de la ladera. Tan abajo, a decir verdad, que parecen figuritas en miniatura de una casa de muñecas, poco menos que irreales. Estoy temblando. Los otros hijos de ese hombre no reaccionan en absoluto. Se deduce claramente de su lenguaje corporal que se trata de un suceso cotidiano. Me dan ganas de bajar hasta allí corriendo y reventarle la jeta con una piedra a ese gilipollas, ver cómo el agua del lago se vuelve roja a nuestro alrededor mientras forcejeamos desesperadamente. Es como si viera los borbotones saliendo de su boca, los ojos abiertos como platos de sorpresa mientras lo ahogo en esas aguas poco profundas.

Tengo otra visión efímera en la que me llevo a ese niño a casa con nosotros, lo cuido y lo crío como un miembro más de nuestra familia. Me veo a mí misma arropándolo después de haberlo peinado y aseado, estirando su ceño ansioso con una tierna caricia, explicándole que su papá lo quería, pero que alguna gente sencillamente es rabiosa y triste. Le pegan a lo que tengan más a mano.

Hago avanzar este escenario en el tiempo hasta llegar a la ceremonia de graduación, cuando es un joven excelente y robusto con talento atlético, pero sin ninguna tendencia violenta. Realizo todo este recalibrado del destino en cuestión de segundos. He criado a un ser humano completo en mi cabeza. Está bien. Está seguro. ¿Importa lo que yo piense? ¿Importan mis plegarias? ¿Pueden unas intenciones poderosas iniciar una sucesión de acontecimientos diferente en otra dimensión de la realidad? ¿Estaremos vinculados ahora por nuestra interacción emocional? ¿Habremos tenido una repercusión mutua que signifique algo?

Nada ha cambiado, soy consciente de ello. Nada es diferente. El valiente chiquillo se levanta y regresa caminando hacia la orilla para reunirse con sus hermanos mientras el padre sigue mirando fijamente el lago, fumando. Todo el repugnante ciclo del amor y la violencia empieza a representarse en mi cabeza. El mismo tío que ha golpeado a su hijo será el que lo arrope, si no esta noche, entonces mañana. En algún momento. ¿Qué clase de horror es ese, tener cinco años y saber que la persona de la que tienes que recibir amor puede convertirse en cualquier momento en la persona que pone fin a tu vida?

El único alivio es que ninguno de nuestros hijos ha presenciado la escena.

Ahora Mount Baldy está cerrado al público. Ya no se puede ir allí. Un accidente raro puso de manifiesto un peligro oculto que acechaba bajo su blanda y fina arena de cuarzo. En 2013, Nathan Woessner, de seis años, y su familia estaban visitando las dunas en un día de acampada de verano. Nathan y su amigo Colin decidieron echar una carrera para subir a la cima de la ladera de la duna desde abajo del todo. Con las aguas esmeraldas del lago Michigan rielando a sus espaldas, los dos chicos hincaron los pies en el suelo y escalaron aquel descomunal montículo de arena.

Nathan estaba subiendo al lado de Colin hasta que, de repente, ya no. Colin dijo que Nathan había ido a investigar un agujero abierto, y que cuando se introdujo en él, la duna se lo tragó. Para cuando sus padres llegaron al punto donde había desaparecido, lo único que quedaba era una depresión de escasa profundidad. Empezaron a cavar frenéticamente con las manos, pero toda la arena que lograban desplazar volvía rápidamente a llenar el vacío. Un geógrafo local que estaba casualmente allí estudiando los movimientos de las dunas les aseguró que no era posible que existieran cavidades bajo la superficie. La presión de la arena circundante sencillamente era demasiado grande. Sin embargo, los padres de Nathan se mostraron inflexibles. Estaba allí. No lo iban a abandonar.

Los servicios de emergencia se presentaron con una retroexacavadora y cavaron dos metros y medio. El rescate fue descrito por el número de diciembre de 2014 de la revista Smithsonian: «Comenzaron a notar rasgos extraños en la arena: cilindros con forma de tubería de veinte centímetros de diámetro y entre treinta y sesenta centímetros de largo, de lo que parecía ser corteza vieja. Brad Kreighbaum, de treinta y seis años y bombero de tercera generación, no tardó en encontrar un agujero de quince centímetros de diámetro que se hundía en las profundidades de la arena: “Se podía encender una linterna y ver a seis metros de profundidad”».

«Cuando extrajo de la arena el cuerpo de Nathan, a las 20:05, Kreighbaum se fijó en otros patrones de la cavidad que rodeaba al chico. La pared interior era blanda y arenosa, pero llevaba la marca de cortezas, casi como si se tratara de un fósil. Era como si el chico hubiera acabado en el fondo de un tronco de árbol hueco, salvo que allí no había ni rastro de un árbol.»

El ancestral rodal de robles se había ido pudriendo tan lentamente que su robusta corteza había mantenido a raya el peso de la arena. A Nathan Woessner lo reanimaron y dos semanas después salió caminando del hospital en perfectas condiciones. Espero que mientras estuvo debajo de la duna, Nathan pudiera escuchar los gritos amortiguados de su familia prometiendo salvarle. Me gusta pensar que los viejos árboles tomaron la decisión colectiva de que a ningún niño le volviera a pasar algo así bajo su vigilancia, y que nuestras oraciones por aquel pobre chico golpeado llegasen hasta ellos, los centinelas silenciosos del lago Michigan.


Capítulo 3 Red Bird Hollow

Mi hermano, Phillip, quiere que escale el pino más alto de la finca de mis abuelos. Es el grande que señala desde la ventana de nuestro dormitorio, la conífera ancha y majestuosa que asoma por encima de las copas de los demás árboles. El abuelo dice que tiene casi doscientos años, casi tantos como la Declaración de Independencia. Cuando bajamos corriendo por la colina hasta el establo y nos volvemos para mirar hacia la casa, la copa se ve más alta que el tejado. Phillip lo considera su Everest personal, un reto al que enfrentarse y superar antes de que termine el verano. Tiene miedo de escalarlo solo, así que intenta persuadirme de que allá arriba hay oculto algo mágico, como mariposas o hadas.

Últimamente he estado leyendo muchos libros ilustrados acerca de elfos y folclore. En los montes que rodean Red Bird Hollow hay tanta flora y tanta fauna que estoy convencida de que el bosque está encantado. La granja restaurada de Winnie y el abuelo ocupa seis hectáreas de bosque en Indian Hill, un pequeño municipio de las afueras de Cincinnati. Es territorio de caballos, con montones de senderos sinuosos y largos vados para los vehículos. Cuando el abuelo la compró, en 1952, mi madre calificó aquella decisión de «suicidio social». Entonces ella estaba en la universidad y se negó a unirse a la familia en un lugar tan alejado de los atractivos culturales del centro de la ciudad.

Para Phillip y yo, es un mundo fantástico que exploramos todos los fines de semana mientras mis padres disfrutan de tener tiempo para ellos solos. Nos pasamos todo el día al aire libre, errando por el bosque, vadeando el arroyo o aventurándonos desde el otro lado de la carretera hasta el estanque nutrido por manantiales. Winnie toca la gran campana de bronce cuando llega la hora de volver a casa para bañarnos. Siempre hay algún invitado a cenar. Red Bird Hollow es un lugar de reunión para todo tipo de parientes, la clase de vivienda que anima a los vecinos a presentarse sin avisar. Cada día es una aventura y, no obstante, el panorama exuda un ambiente de paz y tranquilidad.

El abuelo disfruta con su vida campestre. Ha adoptado las costumbres de un hacendado. Conduce un pequeño tractor, practica el tiro al plato y todas las tardes, al llegar la puesta de sol, se toma un cóctel en el porche. Su risa atronadora inunda el aire cada vez que estamos todos juntos, ahuyentando a los gorriones de los aleros. Deja en la cuadra a algunos de los caballos de los vecinos, y a mí me gusta visitarlos y darles de comer avena. La recogen de la palma abierta de mi mano con los labios mientras les acaricio la nariz, fascinada por la forma en que su pelaje aterciopelado se extiende sobre sus recios cráneos.

A Phillip no le interesan demasiado los animales. Normalmente juega a la guerra con nuestros primos, pero hoy solo cuenta con su hermanita, y a mí no me tienta aficionarme a las escopetas de perdigón ni al arco y las flechas. Cree que ha llegado la ocasión perfecta para enfrentarse al enorme pino sin que los hijos de los Voss estén ahí para burlarse de él en caso de que fracase. Si lo logra, podrá reivindicar el mérito para toda la eternidad, y ellos lamentarán que no se les hubiera ocurrido antes a ellos. Sube la escalera que conduce a las vigas del establo, se sienta en el borde de una bala de heno y deja caer puñados de paja sobre mi cabeza. Cuando no consigue lo que quiere, puede ser un auténtico plasta.

Oímos cerrarse de golpe la puerta mosquitera de la casa, y los perros acuden corriendo cuesta abajo hacia el establo, con las chapas de sus collares tintineando. Los caballos piafan con impaciencia en los pesebres, sacudiendo las orejas y espantándose las moscas con la cola. La yegua marrón expulsa una lluvia humeante de boñigas, y el olor nos hace retroceder hasta el jardín. Phillip me sigue por ahí y me atosiga insinuando que como mínimo habrá huevos de colores en todos los nidos de ave desperdigados entre las ramas.

Recojo las cáscaras de huevos de petirrojo que caen sobre la mullida alfombra de agujas de pino que cubre el suelo del bosque. Las utilizo para mis conjuros. Su maravilloso color azul verdoso no tiene nada que ver con el plumaje de las aves progenitoras. Con todo, Phillip me vende la lógica de que los cardenales ponen huevos rojos, los jilgueros huevos amarillos y los arrendajos azules, huevos azul celestes. Sería capaz de venderle nieve a un esquimal. Me engatusa con el argumento de que este árbol es el más grande por alguna razón, a saber, que es la vía de acceso a un reino místico y, al igual que en el cuento de las habichuelas mágicas, en la copa encontraremos un tesoro.

Recorro fatigosamente la entrada para los coches en zapatillas Keds y pantalones de campana mientras escucho a Phillip parlotear emocionadamente acerca de lo lejos que podremos ver cuando lleguemos a la cima. Dice que podré asomarme a la casa de mi amiga Tiffany y saludarla con la mano. Ella tiene más modelos de caballos Breyer que yo. Lo que yo quiero son elfos vivientes o huevos de cuervo de color negro iridiscente. Realmente necesito que la magia sea de verdad, y vivo en un estado poco menos que de negación de la realidad en el que las flores tienen rostros y los objetos inanimados son capaces de comunicarse. Todo lo que sé lo destilo de los signos y los símbolos. Creo que las tempestades son capaces de verme.

A nivel material, sin embargo, soy muy práctica. Tengo conocimientos de supervivencia, o al menos, instinto de supervivencia. En ocasiones, Phillip ha hecho todo lo posible por matarme, pero todavía no lo ha logrado. Por mi parte, yo he sopesado sus posibilidades de sobrevivir si, pongamos por caso, nuestra furgoneta se detuviera abruptamente y él saliera volando a través del parabrisas. A los críos de nuestra edad pueden ocurrirles y les ocurren esa clase de accidentes. Nuestro amigo Scott Carroll atravesó a la carrera una puerta de lámina de cristal mientras jugaba al tú-la-llevas durante su fiesta de cumpleaños, y fui incapaz de quitarle los ojos de encima al fragmento largo y dentado que le asomaba del brazo. La infancia es una época de curiosidad y de riesgo, y nadie sale de ella sin cicatrices.

Phillip me lleva al cobertizo dando un rodeo. Supongo que será su manera de gastarme una novatada, ya que sabe que me da miedo entrar. El abuelo guarda allí sus rastrillos, azadas y tijeras de podar, colgadas de la pared. Parecen herramientas de tortura, y yo me siento mucho más segura en la cocina de Winnie, entre batidoras, sartenes y cuchillos de cocina. Phillip se echa al bolsillo una ristra de petardos de las reservas de nuestro padre para el 4 de julio y registra los cajones de la mesa de trabajo del abuelo en busca de una caja de cerillas. Por suerte, no encuentra ninguna. Justo antes de marcharnos, me fijo en que la veleta del tejado ha girado y apunta hacia el sudoeste.

Caminamos por detrás de la casa y subimos un poco por la segunda cresta hasta llegar al lindero del bosque. A unos cien metros más allá está el claro donde Winnie y yo recolectamos flores silvestres. Una vez nos topamos con un ciervo macho dotado de una imponente cornamenta completamente inmóvil que nos observaba silenciosamente. A veces crecen hongos entre las raíces de los árboles, y he encontrado amanitas idénticas a las que salen en los cuentos de hadas: de color rojo brillante con puntos blancos. También crece allí el chaparral, que, según me ha advertido Winnie, es venenoso.

Phillip siempre anda retándome a comer bayas desconocidas. Le he visto echarse a la boca cosas que yo jamás tocaría, no digamos ya probar, y acto seguido le he visto dejarlas caer al suelo a sus espaldas con un diabólico juego de manos. Las únicas bayas silvestres de las que me fío son las que crecen en el matorral de las zarzamoras. He estado entre las zarzas mientras las abejas iban y venían comiéndomelas a puñados hasta que el jugo me teñía las uñas de negro.

En Red Bird Hollow hay muchísimas cosas que hacer. Ojalá Phillip renunciase a su cruzada por impresionar a nuestros primos. A lo único a lo que puede llevar es a más burlas y más insultos. No es que me den miedo las alturas. Por jóvenes que seamos, tanto Phillip como yo somos escaladores experimentados. Yo ya gateaba sobre nuestra trepadora antes de ser capaz de caminar en firme. A mi padre casi le dio un infarto el día en que llegó a casa del trabajo y se encontró a mi madre observándome desde detrás de las mosquiteras del porche. Ella se llevó el dedo índice a los labios para que él no dijeranada. «Elizabeth puede hacerlo», cuchicheó.

Pasamos mucho tiempo encaramados en árboles. Sobre todo yo; es mi forma favorita de desaparecer. Si quieres ganar al escondite, no tienes más que trepar a un árbol. Te asombraría comprobar a qué pocas personas se les ocurre levantar la vista hacia arriba. Es relajante repantigarse entre las ramas y darse baños de luz solar moteada mientras escucho el rumor de las hojas. Allá arriba me siento segura.

Pero yo estoy acostumbrada a subirme a los tejos podados y los arces que crecen en nuestro barrio. Los pinos blancos de la finca de Winnie y el abuelo tienen varias generaciones más y son el doble de silvestres. Aquí no hay ningún silvicultor urbano que retire las ramas muertas o que señale los troncos huecos destinados a ser talados con una gran X de color naranja. Si el árbol de Phillip está enfermo, no lo sabremos hasta que sea demasiado tarde. Podría ceder una de las ramas. O la tierra en torno a las raíces podría estar erosionada, y el árbol entero podría desplomarse bajo nuestro peso.

Phillip se cubre los ojos con la mano y dirige la mirada entre los dos pinos mientras intenta calibrar cuál de los dos troncos pertenece al árbol que queremos escalar. No puede determinarlo a menos que pueda ver las copas. Me indica que espere aquí mientras él vuelve a la casa para comprobar nuestra posición. Le doy una palmada a la corteza del árbol debajo del cual estoy. Suena bastante saludable.

Lo cierto es que, ahora que estamos aquí, me siento intimidada. No solo por su tamaño y su aspereza, sino porque me preocupa que deberíamos pedirles permiso antes, como si ellos pudieran percibir que los estamos ojeando y no hubieran decidido si somos de fiar o no. Es un hecho desafortunado que todas las Navidades el abuelo saca la motosierra, tala a uno de sus descendientes y lo pone en el salón para que sirva de decoración.

Quiero a mi abuelo. Es muy paciente y muy alentador en lo que a nosotros, los niños, se refiere. Sin embargo, su actitud rural en lo tocante a la administración del mundo natural es anatema para mi delicada sensibilidad. Mi madre y mi tío narran una truculenta historia en torno al paso de la niñez a la edad adulta enmarcada en Red Bird Hollow, sobre cómo una vaca llamada Mooey acabó en los platos de la cena al año siguiente.

Toco el tronco del árbol con la frente, transmitiendo en silencio mis buenas intenciones en caso de que realmente haya un duendecillo arborícola o un guardián del bosque escuchando. A esta edad, mi vida está llena de ritos espirituales. Phillip cree que soy una bruja, pero en realidad solo soy pagana. En la iglesia, garabateo «socorro» en los dorsos de las tarjetas de sugerencias que hay en los bancos al lado de los himnarios. Años más tarde me confirmaré como episcopaliana, pero ahora mismo pertenezco a la confusa fe de mi imaginación.

Phillip me grita para que me aproxime al árbol que tengo a mi izquierda. Vuelve a subir por la colina a la carrera, sin aliento. Parece un poco nervioso, además, y rezo para que esté a punto de cambiar de opinión. No hace un gran día para trepar. En el horizonte se ciernen nubarrones oscuros. Nos alineamos con el árbol y recorremos con la mirada su arteria central mientras calculamos cuál será la mejor ruta. Es un árbol espléndidamente proporcionado con un número uniforme de ramas, distribuidas equitativamente y que se van estrechando de forma gradual. Puedo oír a las más grandes bambolearse bajo el viento en las alturas. Cada vez que crujen, una sensación de náusea me tritura el estómago.

Los perros corren de un lado a otro del césped detrás de una pelota que no paran de hacer subir hasta la cima de la colina y de depositar a nuestros pies. Phillip la recoge y la lanza colina abajo describiendo un gran arco para distraerlos. Después me aúpa a la rama más baja. Solo tengo seis años, así que no soy capaz de alcanzarla por mí misma. Tenemos que darnos prisa. Si Winnie o el abuelo nos ven por las ventanas, saldrán y nos mandarán bajar. En cuanto hayamos trepado más allá de las ramas inferiores dispersas, estaremos resguardados de la vista por el denso follaje. Diana, nuestra cobarde springer spaniel, se retuerce y gimotea al pie del árbol. Nos apunta con la nariz y ladra ruidosamente. Phillip chasquea los dedos airadamente e intenta ahuyentarla.

Yo me muevo de manera lenta y deliberada. Las ramitas más pequeñas me arañan la piel cada vez que poso un pie encima de una rama y asciendo un poco más. Phillip me adelanta y casi me hace perder el equilibrio por su empeño en ser el primero. Para restablecer mis puntos de apoyo, me agarro al follaje más recio. Tengo las manos cubiertas por la pegajosa resina que rezuman las minúsculas brechas de la corteza, que parecen hechas por un pájaro carpintero. Esto está bastante enmarañado de ramitas secas. Empiezo a romperlas a mi paso como una auténtica habitante del bosque.

Eso sí, huele de maravilla. Quitando el de las hojas de las tomateras, mi olor favorito es el del pino. Estamos a unos nueve metros y pico de altura, pero como estamos sobre una colina, da la impresión de que estemos más arriba. Me detengo a contemplar el paisaje. Phillip estaba en lo cierto. El panorama circundante se extiende ante mí en toda su gloriosa amplitud. Veo cómo el viento forma ondas entre la hierba del campo que hay detrás de los establos. El estanque está agitado por ráfagas que barren su superficie, y el color cambia de plateado a negro y otra vez a plateado. Nuestros árboles se mecen con gran suavidad. Algo colorido me llama la atención en el tejado inclinado gris de casa de Winnie y del abuelo.

—¡Phillip!

—¿Qué?

—¡Tu paracaídas!

Phillip baja a ver. En efecto, es el paracaidista perdido de la bengala que disparó el último 4 de julio. Él creía que no había prendido, porque nunca pudo encontrar el juguete que se suponía que estaba dentro. En aquel momento se sintió amargamente desilusionado; solo tenía nueve años. Sé que me he apuntado un tanto al descubrirlo, pero también sé que nunca tirará la toalla hasta que hayamos logrado sacarlo del tejado de algún modo. Está justo encima de la falsa chimenea.

La granja original de Red Bird Hollow fue construida en 1849. Era una simple vivienda de cinco habitaciones. A lo largo del siglo siguiente, varios propietarios, entre ellos mis abuelos, que construyeron un ala adicional de dos plantas y la fueron ampliando. También hicieron otras mejoras, como ampliar las áreas del comedor y la sala de estar para hacer sitio para estanterías de libros, así como poner una mesa de comedor más larga, ya que les gustaba recibir visitas. En el transcurso del proceso, el arquitecto descubrió una discrepancia entre las medidas del exterior de la casa y el perímetro interior de las estancias que estaban renovando. Faltaba algo más de un metro de espacio.

Cuando rompieron la pared que había junto a la chimenea, descubrieron una cámara secreta que más tarde descubrimos que había sido utilizada para esconder a hombres y mujeres que huían de la esclavitud. Durante las décadas de 1850 y 1860, Cincinnati fue una de las principales paradas de la red ferroviaria clandestina de huida de esclavos. Kentucky tenía algunas de las leyes más severas de cualquier estado del Sur y estaba justo al otro lado del río del territorio emancipado de Ohio. Podías largarte en barca y llegar a orillas de la libertad en menos de una hora si la intemperie era favorable. Por desgracia, el río Ohio también estaba plagado de cazarrecompensas. La gente no estaba inmediatamente a salvo en cuanto ponía los pies en el Norte; todavía podían ser apresados y devueltos si uno de aquellos mercenarios daba con ellos.

En cuanto nuestra familia se dio cuenta de que la granja la había construido un abolicionista, su disposición cobró sentido de repente. Nadie utilizaba jamás la puerta principal, porque estaba delante de una cuesta relativamente empinada que daba al valle. Había que aproximarse al porche delantero desde un camino lateral, mientras que la puerta de atrás daba a un terreno llano y una entrada para vehículos con una pendiente ligera, que daba la vuelta al establo y descendía por la colina antes de hacer intersección con la carretera principal. Era casi como si alguien hubiese construido la casa al revés.

No obstante, ahora todo tenía sentido, porque las casas seguras siempre colgaban faroles delante para indicar su hospitalidad. Los fugitivos que viajaban a pie a través del oscuro valle habrían podido ver aquel farol del porche delantero a millas de distancia. La ubicación y la construcción de la granja de Red Bird Hollow fueron escogidas específicamente con vistas a este propósito. Darse cuenta de ello fue a la vez estimulante y una lección de humildad estremecedora. Es posible que aquella casa no hubiera tenido jamás ningún otro propósito. Desde luego, detrás del pequeño terreno del abuelo no hay tierras de labranza. Detalles premeditados, como la forma en que la habitación oculta se habría mantenido caliente gracias a la parte de atrás de los ladrillos calentados por el hogar, y cómo la chimenea tenía dos huecos separados para que pudiera entrar aire fresco, evidencian las convicciones del constructor.

Fuesen quienes fuesen los hombres y mujeres que vinieron buscando refugio por una, dos, o más noches, debieron de lograr llegar más al norte sanos y salvos, pues de lo contrario la habitación secreta habría sido descubierta y destruida mucho antes de los tiempos de mi abuelo. Es sumamente probable que la propia casa hubiera sido reducida a cenizas si el escondrijo hubiera sido descubierto alguna vez. Imaginaos cuánto miedo y ansiedad, alivio e impaciencia, habrían pasado en aquel refugio sin ventanas de noventa centímetros por un metro ochenta. Imaginaos las historias que podría contar este árbol si fuera capaz de hablar. El pino del que estoy colgada estuvo vivo durante todo el proceso. Lo vio y lo escuchó todo.

El leve rumor del eco de los truenos atraviesa el valle. Levanto la mirada hacia Phillip, que ya se encuentra a tres metros más arriba de mí, y me pregunto si tiene más probabilidades de ser alcanzado por un rayo por ser el que más arriba de los dos está. Empiezo a trepar de nuevo, pero de manera pausada, para poder mantener una distancia segura entre los dos.

Me pica el dorso de la mano. Me sacudo algo de color carmesí de la muñeca. Ahora me pica el antebrazo. Me examino la piel y veo a dos microscópicas arañas rojas trepándome por el brazo. Odio a las arañas más que a cualquier otra cosa, pero estos arácnidos no parecen peligrosos. Son del tamaño de una cabeza de alfiler. Aun así, me sacudo frenéticamente la ropa y me revuelvo el pelo para asegurarme de que no hay nada dentro. La rama sobre la que estoy posada se mece un poquito más de la cuenta, por lo que salto rápidamente a la siguiente. Ahora estamos a mucha altura. Casi el doble del tejado de la casa. Puedo ver la casa de cristal megamoderna de Tiffany a través de los árboles: un experimento arquitectónico multicolor de varias plantas.

Oigo cómo el pie de Phillip se resbala de una rama y cómo se aferra para salvarse. Como consecuencia de su paso en falso, cae a mi alrededor algo de corteza suelta.

—¡Baja! —me exhorta de pronto con la voz abrumada por el pánico—. ¡Libby, vuelve abajo! ¡Date prisa!

—¿Qué pasa?

Empiezo a desplazarme por la rama, estirando cuidadosamente un pie hacia la rama que tengo debajo. Cuesta mucho más bajar que subir.

—¡Vete! ¡Date prisa!

Phillip suelta un chillido, seguido por una retahíla de tacos que jamás le había escuchado, cosa impresionante, teniendo en cuenta lo mucho que le gusta jurar a nuestro padre. Es una introducción a un área completamente nueva de la lengua inglesa.

—¿Qué pasa? ¡Dímelo! —lloriqueo. Su miedo es contagioso. Resbalo por todas partes. Intento maniobrar mi peso hacia el centro de cada rama, pero de repente me vuelvo torpe y no consigo mantener el equilibrio.

—Es un nido de arañas. ¡No levantes la vista, Libby! ¡Vuelve a bajar y punto! ¡Más rápido!

—¿Qué?

Por supuesto que miro hacia arriba. Al principio no veo nada. Después, poco a poco, mi vista se adapta y distingo las familiares formas de ocho patas esparcidas por todas las ramas, inmóviles y perfectamente camufladas. Son esparásidos, y son enormes, mayores que mi mano, y están por todas partes. Por todas partes. Por todas partes.

Rompo a llorar.

—¡Phillip!

—No pasa nada, Libby. ¡Baja, por favor! —me suplica.

—¡No puedo! ¡Van a caerme encima!

—Puedes hacerlo.

Phillip sabe que las arañas son mi fobia principal, lo único que me incapacita de manera absoluta. Cada vez que veo una, salto y chillo por reflejo. Y estas malditas arañas son las más grandes del mundo.

—No pasa nada, Libby. Yo estaré encima de ti, ¿vale? Me quedaré justo encima de ti, Libby. No van a caer sobre ti. Caerán sobre mí.

Sé que Phillip está casi tan asustado como yo. Su gallardía en este momento es algo que nunca olvidaré.

Intento moverme con rapidez, pero me aterra que vayan a empezar todas a correr hacia mí. Sé que, si lo hacen, si una sola de ellas se aproxima de repente, me soltaré y caeré a tierra en picado. No hay forma de que pueda impedirlo. Aguanto la respiración, gimiendo de desolación mientras me encojo para dejar atrás a una araña posada verticalmente en el tronco. En el último segundo, sale corriendo a toda velocidad hacia el otro lado, y el movimiento de sus patas es suficiente para que me fallen las piernas. Me estremezco de asco y emito pequeños chillidos y gimoteos. No puedo creer que hayan estado aquí durante todo el tiempo que estábamos subiendo.

Da la sensación de haber pasado una eternidad antes de que hayamos salido del territorio arácnido. Tiemblo tanto que cuando llegamos abajo ni siquiera soy capaz de sujetarme a la última rama, y los dos últimos metros caigo de espaldas. Winnie está allí y me coge en brazos, preguntándonos qué ha pasado, mientras aparta a los perros, que nos saltan encima intentando lamernos las heridas. Tengo la piel cubierta de feos arañazos que tardarán semanas en cicatrizar porque están infectados por savia. Tengo la cara embadurnada de lágrimas y tierra. Tengo agujas de pino y ramitas rotas enredadas en el pelo.

Phillip me da un gran abrazo mientras empiezan a caer las primeras gotas de lluvia.

—Estoy orgulloso de ti, Libby. Has estado muy valiente ahí arriba —me dice.

Bajo la cabeza mientras entramos en la casa, dejando que el pelo me envuelva como un velo. Solo quiero quedarme mirando el suelo y mis pies calzados con zapatillas rojas, y también a todas las cosas pequeñas y familiares que no me abruman.

Winnie nos lava en el fregadero de la cocina con su pastilla de jabón con partículas de piedra pómez, que ella considera capaz de curarlo todo. Veo un relámpago a través de la ventana, seguido de cerca por el estallido de un trueno. Una ráfaga de viento frío levanta las cortinas. Winnie recorre a toda prisa la casa cerrando todas las ventanas mientras Phillip y yo nos cambiamos de ropa. Los truenos ya ni siquiera me sobresaltan. Tengo la adrenalina completamente agotada.

Abajo, en la sala de estar, Phillip enciende la televisión y nos ponemos a ver Yo amo a Lucy3, sentados en la alfombra con las piernas cruzadas. La lluvia azota los cristales de las ventanas mientras los relámpagos hacen fotos fijas del cielo y los truenos hacen vibrar las paredes y el suelo, pero estamos a salvo en nuestra vieja y recia granja. Winnie nos saca unos boles de cereales Honeycomb con leche. La pobre Diana está escondida detrás del sofá temblando, porque es la perra más cobarde de todos los tiempos y siempre se mete debajo de la cama cuando hay tormenta o fuegos artificiales. Yo me pongo a cuatro patas y me acerco hasta ella, haciendo un hueco para encajar mi cuerpo alrededor del suyo y acariciarle el costado para que deje de estremecerse.

—No pasa nada, chiquilla —susurro en su sedosa oreja—. Estás a salvo.

El abuelo entra en la sala de estar y lanza un grito de alegría, vigorizado por la tormenta.

—¡Llueve a mares!

Enciende un fuego crepitante en la chimenea y después se acomoda en su butaca para hacer el crucigrama. Winnie le trae un whisky con hielo mientras canta «It’s raining, it’s pouring, the old man is snoring4» para entretenernos. Tiene la cena en marcha en la cocina, y puedo oler el asado y las patatas dorándose en el horno.

Diana ha dejado de temblar, ahora que ya está calentita. La parte violenta de la tormenta ya ha pasado. Apoyo mi cabeza en el brazo y me quedo mirando fijamente el baile de las llamas; estoy somnolienta. Veo la silueta del zapato de mi muñeca Barbie favorita recortada contra la luz del fuego. Creí que lo había perdido. Y ahí está la canica de ágata azul de nuestro juego de tres en línea. Hundo los dedos en la alfombra y encuentro media docena de artículos entrañables más entre las hebras sueltas y las pelusas: tesoros que me guardo en los bolsillos y sobre los que no le digo nada a Phillip. Él no cree en la magia. Él los llamaría trastos y me los quitaría o los tiraría entre la maleza. Yo soy la guardiana de los rituales sagrados, y es mi cometido asegurarme de que el universo no pierda el hilo.

Me tomo mi trabajo muy en serio. No quiero que las hadas se enfaden conmigo ni que los árboles se quejen. Pero, sobre todo, no quiero vivir en el monótono y soso mundo de la realidad. Necesito más que eso. Y sé que está ahí fuera. Siempre hay algo precioso oculto en Red Bird Hollow. Estos bosques están encantados. Al fin y al cabo, contienen mi infancia.


Capítulo 4 Magdalena

Estoy sentada en la silla de maquillaje, uno de esos tronos de director con respaldo de lona incómodamente altos que dan la sensación de que podrían plegarse sobre sí mismos en cualquier instante. A mi alrededor —sobre las pantorrillas y las lumbares, así como sobre mis omoplatos desnudos— circula demasiado aire. Estoy inquieta y ansiosa con la sesión fotográfica, frustrada por encontrarme desplazada, en el camerino improvisado, mientras el resto del equipo habla de cómo organizarlo todo. Eso sí, nunca os lo imaginaríais mirándome. Estoy como petrificada y me mantengo absolutamente inmóvil.

Una mujer menuda, pelirroja y con unas facciones perfectas, me está delineando los labios. Abro la boca complacientemente en forma de O, y ella, con el lápiz en las manos, contempla con la mirada entornada mi perfil carmesí como un científico forense que intentase trazar el contorno de una prueba desaparecida. Nos conocimos hace quince minutos y literalmente nos estamos echando el aliento la una en la boca de la otra. Yo trato de conservar oxígeno exhalando lentamente hacia un lado. Mis ojos saltan de los suyos al lápiz, y de este al gran espejo de maquillaje de la pared. Ya no me reconozco a mí misma.

Los globos incandescentes desprenden un cálido resplandor que resulta al mismo tiempo reconfortante y vagamente incriminatorio. Me siento radiografiada, exhibida bajo una luz reveladora que magnifica todos mis defectos. El proceso de transformación es siempre el mismo, pero los resultados varían notablemente en función de quién sea la artista y de lo que estén buscando. Nunca me acostumbro a la precisión del maquillaje aplicado con profesionalidad a mi rostro de por sí anguloso. Parece que aquí estemos redoblando esfuerzos cuando deberíamos estar llegando a un compromiso. Pero dejo que mi equipo de glamur haga su trabajo, porque el único desenlace que cuenta es el que capte la cámara.

Las fotografías que estamos tomando hoy aparecerán en una revista adolescente neoyorquina que está en la onda, junto a un artículo para la promoción de mi último álbum. Nos encontramos en el Meatpacking District5, en el ático de un amigo de alguien, y la fotógrafa está embarazada. Es todo muy de vanguardia, pero tengo que proteger el inminente lanzamiento de mi disco. Quiero ver las referencias que están usando para el concepto que quieren vender. Necesito tener la certeza de que cuando lo editen quedará como ellos han dicho. Últimamente he hecho un montón de sesiones fotográficas y tengo la sensación de que me están robando la identidad. No tengo ni idea de que están a punto de hacerme algunas de las mejores fotografías de toda mi trayectoria.

Nada más llegar al loft, me pasean por ahí y me presentan a todo el equipo. Echamos una ojeada a un perchero con ropa mientras la fotógrafa me explica su visión. Quiere hacer algo rompedor, algo que provoque a la gente. Veo mucho material de bondage. Si un hombre me hubiera sugerido que explorásemos narrativas sadomaso, se me habrían puesto los pelos de punta inmediatamente. Pero el espectáculo de esta mujer embarazadísima dirigiendo a una plantilla de ocho personas vestida con botas militares, pantalones de cuero ceñidos y una camiseta de concierto que apenas cubre su enorme vientre me desarma por completo y accedo a seguirle la corriente.

Lo que me muero de ganas de decir ahora, aquí sentada mientras me llenan los poros de polvos de maquillaje, es que he cambiado de idea. He tenido unos minutos para pensarlo y quiero dar marcha atrás. Me temo que las fotos tengan una pinta chabacana, o pornográfica o —peor aún— que parezca que esté desesperada por convencer a la gente de que sigo siendo sexy. Vuelvo a llamar a mi mánager, pero se encuentra a mitad de trayecto rumbo al centro de la ciudad y no coge el teléfono. Si quiero parar este tren, voy a tener que hablar con la maquinista yo misma.

Pero hay algo más que me lo impide. La maquilladora, cuyo rostro se cierne a apenas un centímetro del mío, está llorando. Más aún, está sollozando descontroladamente. No hace el menor ruido, pero es evidente que está desbordada. El drama se desarrolla entre nosotras dos, porque nadie más ha notado nada. Cada vez que resuella se le despejan temporalmente los ojos. Luego las lágrimas vuelven a acumularse, se derraman y ruedan por sus mejillas junto con lo que le queda de rímel.

También está mojada, empapada por la lluvia que ha empezado a caer en el exterior. Alguien la mandó a comprar tabaco y celofán en Duane Reade, y cuando volvió estaba hecha un cromo. Ni siquiera se ha molestado en secarse. Sea lo que sea lo que la haya disgustado, es tan grave que su propia comodidad carece de importancia. La primera impresión que me dio fue positiva. Se mostró refinada y amigable, una gótica élfica de veintidós o veintitrés años cuyo propio maquillaje estaba aplicado de forma inmaculada y realzaba su complexión.

No puedo imaginarme qué le puede haber sucedido para que esté así. Me pregunto si la habrá llamado su novio para cortar con ella, o si se ha topado con un ex por la calle. Quizás haya muerto alguien de su familia. Le pregunto si se encuentra bien, y ella le quita importancia. «Sí, estoy bien.» Si estuviéramos en cualquier otro lugar que no fuera Nueva York, le volvería a preguntar, pero los residentes de esta abarrotada metrópoli tienen que construirse una sensación de intimidad de la nada y a pulso, y no siempre es más amable insistir.

La punta de su minúscula nariz está colorada. Está aplicando lápiz de ojos a la línea de las pestañas, difuminándolo repetidamente con un pincel biselado. Tiene que apoyar un brazo sobre el otro, porque jadea tanto que le tiembla la mano. No tiene tiempo para tomarse un descanso y sosegarse. Me he presentado tarde, y creo que vamos con retraso. Puede que la haya hecho perderse una cita, pienso yo. Pero parecía contenta y relajada antes de salir.

Repaso mentalmente distintos escenarios. Puede que esté sin blanca y que acabe de descubrir que se ha quedado sin un trabajo con el que contaba. Puede que haya dejado de beber hace poco y que se le esté haciendo todo demasiado cuesta arriba. Puede que a su perro lo haya atropellado un coche, pero no puede largarse del trabajo porque está sin blanca y ha dejado de beber. Tanta conjetura me está dejando el cerebro como una batidora. Tengo que concentrarme en mi propia situación y encontrar la forma de sacar adelante esta sesión fotográfica sin minar la inspiración de mi fotógrafa.

«Estás increíble», me dice el peluquero acercándose y colocándose detrás de la silla para acariciarme la melena.

Me miro en el espejo. La verdad es que estoy impresionante. La maquilladora me ha dotado de unos preciosos labios rojos y una mirada oscura y osada. El estilista sigue jugando con mi pelo, atusándolo, alborotándolo y revolviéndolo hasta alcanzar una textura que me hace sentir tan salvaje como atrevida. La maquilladora sonríe por primera vez desde su bajón. Me doy cuenta de que está orgullosa de su obra. No quiero decepcionar a ninguno de ellos. Meneo la cabeza de un lado a otro, poniendo caras que normalmente no pondría jamás y viendo cómo desaparezco dentro de un personaje.

Y en un abrir y cerrar de ojos, nos ponemos en marcha. Me llevan corriendo al vestuario, donde me desnudo tras una cortina muy fina y me quito la ropa de calle para ponerme el atuendo seleccionado por ellos. Estoy tan delgada debido a lo mucho que he trabajado últimamente que me sienta todo como un guante. Aparezco entre gemidos de entusiasmo. Pese a mis reservas anteriores, hasta yo me dejo llevar por la fantasía. Soy una zorra motera. Soy Olivia Newton-John en Grease, cuando, al final de la película, se vuelve mala. De forma espontánea, agarro un sombrero vaquero rojo y alguien me presta un cigarrillo. Ahora soy Ponyboy, de Rebeldes. Es todo un juego de disfraces.

Me pongo delante de la cámara y hago poses provocativas ante el telón de fondo de lona impermeabilizada. Tienen puesta buena música y vamos a ir a donde quiera que nos lleve el momento. Las fotos tienen una pinta increíble. Todo el mundo se asoma por encima del hombro de la fotógrafa para admirar sus fotos de prueba. Me deja quedarme con algunas de las Polaroid. Me siento desinhibida y libre. Pero este viaje tiene un destino, y la fotógrafa tiene una hoja de ruta acerca de cómo llegar a él. Cada puesta en escena es psicológicamente más intensa que la anterior, hasta que llegamos a los límites de mi zona de confort. Quiere que haga una declaración atrevida acerca de la anulación del poder femenino, que habite un rol que me hace sentir realmente vulnerable. Quiere que abrace el bondage. La indecisión que reina en la habitación me dice que ya se contaba con esta bifurcación en el camino. Es cosa mía decir que sí.

Al final, lo hago por Magdalena. Me pongo un vestido escotado que acentúa mis pechos. Una de las asistentes me ata los brazos por detrás de la espalda y me entrecruza el cuerpo con una cuerda con la que me da dos vueltas al cuello. Me tapan la boca con cinta americana. La única forma de comunicarme que tengo ahora es a través de los ojos. La maquilladora sale al escenario para difuminarme el contorno de ojos y administrarme gotas de glicerina para que parezca que estoy llorando. Se sitúa delante de mí con las mejillas secas mientras humedece las mías. Ha tenido tiempo de arreglar su propio maquillaje y parece otra persona. Se ha aplicado un reluciente look color pastel y ha cambiado de estética por completo.

Es entonces cuando caigo en la cuenta de que no ha habido una crisis en ningún momento. Le pilló la lluvia y se le corrió el maquillaje; eso es todo. Una vez desintegrado su blindaje de belleza, se sentía vulnerable y desprotegida, desnuda de una manera que ella no había elegido. Me compadezco de ella, pensando en lo triste que es que una chica tan inteligente y dotada de tanto talento dé tanta importancia a su aspecto. Esto no deja de resultar gracioso teniendo en cuenta que yo estoy trabajando mis ángulos buenos atada como un pollo rociado de purpurina, luciendo ropa de diseño bajo luces halógenas de tungsteno, rodeada por un equipo de profesionales contratados para asegurarse de que esté despampanante, y sigo sin estar convencida de que todo va a salir bien.

Ella examina mi maquillaje por última vez y retoca cualquier imperfección. Acto seguido me mira directamente a los ojos para comprobar que estoy bien aquí dentro, en el interior de este disfraz de víctima de secuestro. Me pilla desprevenida, porque me doy cuenta de que me mira a mí, no a la artista discográfica que ha venido a realizar una sesión fotográfica ni a la empresaria preocupada por su marketing, sino a la persona frágil e insegura que cree estar engatusando a todo el mundo para que no se fijen en ella.

«Estás magnífica», me cuchichea. Asiento, ya que no puedo hablar, pero sé que ella estará ahí si la necesito, si todo esto me supera, si no me puedo marchar porque necesito el artículo en la revista, además de un montón de otras cosas de las que dependo en el día a día para sentirme segura y en control de la situación.

Nos la estamos jugando al ensalzar la indefensión, pero la apuesta sale bien. Esta imagen de mí atada y amordazada será elegida como portada del volumen de 1990 de la serie Getty Images. Décadas del siglo XX para representar a toda una oleada del feminismo indie. La imagen de una artista fuerte con una voz atrevida, constreñida y silenciada. Solo una mujer podría haber tomado esta fotografía, y quizás solo a una mujer embarazada se le habría ocurrido en primer lugar. Al representar la pérdida de la libertad, la imagen llama la atención sobre la valentía de las supervivientes. Es la antítesis de la portada de mi primer álbum, en la que tengo los brazos completamente abiertos, la boca abierta; estoy desnuda, natural, lasciva. ¡Ay, las mujeres son unas muñecas! Juguemos con ellas.

Para cuando hemos terminado de tomar fotos ya ha dejado de llover. Recibo una ronda de aplausos, y todo el mundo felicita a la fotógrafa. ¡Listos! El equipo apaga las grandes luces del estudio, y de repente las sombras color lavanda de una tarde tormentosa inundan la habitación. El espectáculo se ha terminado, la ilusión queda arruinada. Me quito la ropa de prestado y me siento un poco desilusionada, como cuando a la Cenicienta le tocó volver a barrer suelos después de haber estado toda la noche en el baile. Salgo y voy hacia la cocina y me maravillo ante lo rápidamente que paso de ser la atracción estrella a ser alguien a quien nadie presta atención alguna. Los operarios están ocupados recogiendo su equipo. La maquilladora cierra las cremalleras de sus bolsas.

Me sentiría rara yéndome por ahí con ellos, ahora que todo ha vuelto a la normalidad. Quiero marcharme, pero mi limusina está atrapada en el tráfico junto a Battery Park y es la hora punta, así que jamás lograré coger un taxi. La fotógrafa está enseñándole a su marido las mejores fotos del día; los dos están acurrucados en una conmovedora pose de intimidad. Están mirando mis fotos, pero la chica que sale en esas fotografías es otra persona, alguien que nunca volverá a existir de esa manera precisa, una amalgama de toda la gente que ha colaborado en la sesión. Esa es la parte más difícil que tiene ser tu propio producto: cuesta saber qué eres tú y qué no.

Decido salir. No sé a dónde voy a ir, pero puedo dar vueltas alrededor de la manzana si hace falta. En cuanto abro la gran puerta industrial y salgo al aire fresco y limpio, siento que se me quita un peso de encima. Son las seis de la tarde y las calles están repletas de gente. Las aceras están abarrotadas de corredores de bolsa trajeados y oficinistas con blusas de seda que se mueven rápidamente, de forma deliberada y decidida. Bocinas, sirenas y gritos puntúan la banda sonora urbana. Mi ritmo se ajusta al del tráfico peatonal mientras me dirijo rumbo al este. Noto que la gente me echa miradas furtivas al cruzarse conmigo. Si bien nadie me confundiría con una modelo, camino un poco más erguida y contoneándome un poco más, eufórica por tener una profesión secreta que me hace interesante. Me paro en una bodega para comprar unas barritas energéticas y una botella de agua. El hombre de la caja registradora no me quita los ojos de encima. Sonrío recatadamente, contando el cambio y sintiéndome tan golfilla como Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma.

Mientras me marcho, me veo en el espejo que hay detrás de una vitrina. Parezco una prostituta zombi desquiciada. Mi maquillaje, que tan impresionante resultaba en las fotografías, se ha convertido en un caos aterrador bajo la luz natural, formando una costra y acumulándose en las arrugas. El lápiz de ojos se me ha corrido un centímetro y pico. Estoy horrorizada, y la vergüenza desencadena viejas inseguridades sobre mi cara.

Cuando tenía doce años, una edad en la que todas las demás empiezan a salir con chicos, tuve que ponerme gafas y aparato. Durante un par de años, tuve que lidiar con un personaje que no sentía que fuera el mío. Mientras otras chicas avanzaban, yo me estaba estancando. En cuanto me quitaron el aparato y me pusieron lentillas, perdí aún más tiempo tratando de demostrarme a mí misma que era atractiva. Elegía al tío más bueno de la fiesta y trataba de ligármelo. Nos escabullíamos a algún sitio para enrollarnos, pero yo me largaba en cuanto veía que la cosa iba en serio. Hubo quien me llamó calientapollas, pero no era eso lo que estaba haciendo. Era como una persona que padeciese un trastorno obsesivo-compulsivo y que no para de encender el interruptor de la luz para asegurarse de que la electricidad todavía funciona. Y por dentro me sentía cada vez peor. La máscara que me había puesto era mucho más distorsionadora que un par de piezas de metal y de plástico.

Eso es lo que nunca te dicen acerca de la apariencia. Importa, por supuesto que sí, pero no tiene peso específico alguno comparado con las acciones. Si tienes la actitud correcta puedes cambiar fácilmente tu aspecto, pero los malos patrones de conducta son como los hierbajos: en cuanto echan raíces, son increíblemente difíciles de erradicar.

Me acuerdo de una sesión fotográfica que hice a principios de mi trayectoria, quizás la primera de todas o la segunda. La encargó un periódico de Chicago, y organizaron una fiesta para sí mismos en el transcurso de la sesión. Me colocaron encima de una alfombra de pieles, sin llevar puesta otra cosa que unos pantalones y unos tirantes para taparme los pezones, mientras los invitados anónimos —desconocidos— sorbían cócteles y me observaban desde la periferia. Fue algo perturbador, como la escena de la orgía de la película Eyes Wide Shut. Podía oír los comentarios de los espectadores, pero no podía verlos demasiado bien porque estaba situada debajo de unas luces deslumbrantes mientras que ellos se encontraban en los recovecos del estudio, tenuemente iluminados por la luz de las velas.

Algunas de mis letras son explícitas, así que estoy segura de que esperaban que me pusiera a bailar y que me comportara escandalosamente. Pero no podía moverme. Me quedé ahí tirada, como una novata en sesiones fotográficas, muda y con la mirada perdida. Estaba tan alterada que me refugié dentro de mí misma, desconectando mentalmente del entorno. Al resto no les quedó más que la carcasa vacía de una persona con la que trabajar. Era como el sexo malo. Nadie sabía qué hacer al respecto. En aquel entonces yo no sabía decir que no. No tenía mánager. No tenía ningún concepto de lo que era normal para mi profesión.

Lo curioso es que, pese a que me sentía explotada y lo odiaba, lo que me hizo llorar después fue el aspecto de mi maquillaje. El maquillador era un hombre muy agradable y muy dulce, y era mi único aliado en aquella triste situación, así que no tuve el valor de contarle que sus polvos de sol intensos, labios desnudos y pestañas de patas de araña me hacían sentir payasa y abochornada, como un perro que llevara puesto un cono o como uno de los últimos niños en ser escogido para un equipo de educación física. No podía dejar de pensar en cuánta gente de la ciudad iba a verme con este aspecto, y estaba destrozada.

¿Qué es lo que evaluamos exactamente cuando pensamos en nuestro físico? ¿Qué es lo que conforma la opinión que tenemos de nosotros mismos, lo que realmente hay o cómo la gente reacciona ante nosotros? ¿Se puede describir el físico de alguien sin imaginar cómo se mueve, el sonido de su voz o su personalidad? Si se desglosa por partes, solo los atributos —cabello castaño, ojos castaños, rostro ovalado, bajo, gordo, patizambo—, ¿es ese su verdadero físico o simplemente es una forma de resumir tu manera de identificarlo, mucho más matizada y compleja? Como echar una ojeada a la página del título y a los nombres de los capítulos sin leer el libro. Incluso algo tan objetivo como una fotografía pone de manifiesto el sesgo de quienquiera que estuviera sujetando la cámara. Y como espectadora, una agrega su propia reacción a la imagen.

Así que, ¿qué es el físico? En serio, ¿qué es?

Estoy sentada en la parte de atrás de un descapotable. Aquí estamos apretujadas cinco personas, más otras tres en el asiento de delante, embutidas de lado o montadas en los regazos de otras. Recuerdo a alguien encaramado a la parte posterior del vehículo, como el gran mariscal de un desfile. Es muy pasada la medianoche, y las anchas calles de esta zona residencial de las afueras están desiertas. Vamos conduciendo por debajo del límite de velocidad, porque estamos bebiendo. Levanto la mirada hacia el cielo, que está de color granate intenso y atravesado por ramas de árbol abovedadas. El viento me trae el olor de sus nuevas hojas veraniegas.

Estamos regresando después de una fiesta. Vamos a dejar a todo el mundo en casa uno por uno, y nadie quiere ser el primero. Quienquiera que esté conduciendo sigue vagamente las direcciones que le da quien sea el siguiente, pero en realidad solo estamos dando vueltas. Se ha acabado el colegio y nuestros empleos de verano aún no han empezado. El futuro parece infinito. Quizás bajemos luego al lago con neveras llenas de vino y de cerveza a beber. Quizás vayamos en coche a Evanston a ver en qué clase de antros podemos colarnos.

No recuerdo en qué año estamos. Quizá sea 1984 o 1985. Soy como mínimo estudiante de tercer año en el instituto y esta noche soy propiedad de un chico con el que acabo de empezar a salir, el amigo del hermano de otro amigo mío. Nos conocemos todos desde la escuela primaria, salvo por una chica que está sentada a mi izquierda. No sé cómo ha llegado aquí, pero bienvenida sea.

Somos un grupo de juerguistas poco complicados. La vida nos va bastante bien. Compartimos los malos rollos habituales: cosas como las solicitudes de ingresos en universidades, los padres pesados y las rupturas sentimentales. Pero las familias de todo el mundo son más o menos por el estilo. Esta es una zona muy conformista. Los padres viajan diariamente al centro para acudir al trabajo o cogen aviones y hacen viajes de negocios. Las madres se quedan en casa cocinando, limpiando, bebiendo, decorando y haciendo de anfitrionas. Todo el mundo hace deporte los fines de semana. En gran medida nuestras historias son intercambiables. Salvo cuando alguien va y hace algo estúpido, como contar la verdad acerca de sí mismo.

Yo nunca lo habría hecho. Ni en un millón de años. Corte de rollo total.

—Ven aquí.

Mi nuevo novio me pasa el brazo alrededor del cuello y tira de mi rostro para aproximarlo al suyo. Está bastante borracho. Nos besamos un rato, moviendo perezosamente las lenguas. Tiene el sabor dulce de la cerveza. El olor de su colonia, mezclado con el cálido aroma de su piel, me produce una sensación vertiginosa y me excita locamente. Deslizo unos cuantos dedos bajo los botones de su camisa Oxford para experimentar la novedad del vello de su pecho. Me impresiona la fuerza de sus músculos. Me tiene firmemente agarrada de la parte interior del muslo y desliza la mano más arriba, subiéndola disimuladamente bajo la falda hasta presionar con el dedo índice el surco de mi coño. Empieza a frotarlo arriba y abajo mientras me da un beso con lengua. Nadie me había acariciado así antes jamás. Se me arquea la espalda involuntariamente y aprieto mis pechos contra su cuerpo.

De repente, el coche da un viraje que hace entrechocar nuestros dientes. A alguien se le cae el cigarrillo sobre la tapicería, y todos nos levantamos de nuestros asientos para que los chicos puedan apagarlo a manotazos. De la colilla encendida saltan chispas mientras la persiguen por el suelo del coche.

—¡Pero qué hostias! —maldice el chófer mientras para el coche a un lado de la calle—. ¿Queréis tener cuidado? ¿Ha dejado un quemazo?

Todo el mundo se tranquiliza mientras el coche vuelve a coger velocidad.

—Hermano…

El hermano de mi chico le entrega a este una cerveza sacada de la mini nevera del asiento delantero. Se ponen a quejarse de su programa de entrenamiento de fútbol americano veraniego. Yo me vuelvo hacia la chica a la que nadie conoce. Es muy guapa, tiene una larga melena rubia y unos pómulos que parecen de cristal tallado. No recuerdo cómo nos conoció. Solo sé que necesitaba que la llevaran a casa, así que la estamos llevando nosotros. Parece joven. Puede que sea una estudiante de primer año.

—Entonces, ¿estás mentalizada para este verano? —le pregunto mientras me retuerzo el pendiente y me siento como una sofisticada hermana mayor.

—No —responde ella con nerviosismo.

Me ha sonado tan raro que me cuesta unos segundos procesarlo. Por aquí todo el mundo dice «¿Estás mentalizada para?» para todo, y la respuesta apropiada es siempre «Totalmente». No hace falta que lo digas en serio; sencillamente es una forma de iniciar una conversación. Pero literalmente es la frase más común pronunciada en la Orilla Norte. Me arrepiento un poco de haber empezado a hablar con ella.

Me doy cuenta de que quiere que le pregunte más cosas, pero no digo nada. Finalmente, inquiere tímidamente:

—¿Y tú?

Me encojo de hombros.

—Totalmente. Estoy trabajando en Ravinia con un par de amigas. Va a ser increíble. No sé, supongo que seguramente estaremos de marcha el resto del tiempo. Luego me iré por ahí en agosto.

—Ay, ¡qué guay! ¿Y adónde vas a ir? —me pregunta levantándose sobre las rodillas y manifestando unos modales de chica correcta, de manera que vuelvo a sentirme cómoda hablando con ella. La cháchara entre desconocidos tiene su propio ritmo, y hay que respetarlo si se quiere que siga fluyendo el chi.

—Vamos a una casa en Lakeside, Michigan, que está justo al otro lado del lago. Mis primos vienen todos los años, y es divertidísimo. Está como pegada a la orilla. Es tan hermoso. Apenas puedo esperar.

Aquí ella tiene un par de opciones. Puede decir «Dios mío, ¡qué guay!» o «¡Pero qué envidia me das!» o incluso «Nosotros vamos a Wisconsin». Pero no dice nada normal. Se limita a mirar melancólicamente hacia un lado, a suspirar y a decir «Ojalá», sin llegar a terminar la frase.

Esto es agotador. Quiero que mi novio me rescate, pero está inclinado hacia delante hablando con los que ocupan los asientos delanteros. Lo único que puedo hacer es acariciarle la espalda y estirar el cuello por ahí para ver si hay alguna otra conversación a la que pueda sumarme.

—Lamento ser tan deprimente —dice ella volviéndose hacia mí con el ceño fruncido—. Solo estoy asustada.

—¿De qué? —pregunto yo, tratando de encontrar un punto de equilibrio entre la cortesía y la indiferencia.

—Esta es mi última noche —dice mirándome fijamente mientras se zambulle en mi mirada—. Mañana voy a someterme a una intervención quirúrgica. Van a retirarme parte de la nariz y de la mandíbula, y el médico dice que nunca más volveré a tener el mismo aspecto.

En un primer momento pensé que bromeaba, o que mentía para recabar atención. Pero ahora me doy cuenta de que estaba genuinamente asustada.

—¿Qué será de mí?

Está suplicando que la consuelen, mirándome como si yo tuviera alguna idea de qué coño contestar, como si ya estuviéramos en la sala del hospital esperando al anestesiólogo.

—No lo sé —contesto, sin tener ni idea de qué decirle—. Es terrible —agrego, porque así lo siento. Es una de las chicas más guapas que he visto jamás. No puedo imaginarme lo que sería enfrentarse al hecho de quedar desfigurada a su edad, antes de que no te haya sucedido nada siquiera; antes de la universidad, antes del matrimonio, antes de todo. Estoy paralizada, parada en la cuerda floja, a mitad de camino entre lo que creía que era la realidad hace apenas un minuto y lo que ella me está pidiendo que contemple. Es excesivo.

—No quiero volver a casa —declara sin dirigirse a nadie en concreto. Es como si todos sus pensamientos estuvieran derramándose por su boca y ella no pudiera evitarlo.

No sé cómo reaccionar, así que me quedo ahí sentada, soportando el desasosiego. Por obra de algún milagro, consigo seguir ahí presente. Echando la vista hacia atrás, siempre me he alegrado de que así fuera. Ella necesitaba alguien en quien poder confiar.

—¿Te parezco guapa? —indaga con voz temblorosa.

Es la pregunta de una niña de ocho años, desesperada por obtener confirmación. Evidentemente, no quiere estar sola con su desgracia, pero yo no puedo salvarla. Yo no puse en marcha la cuenta atrás. Es probable que sus padres la hayan dejado salir esta noche porque querían que saboreara un poco todo lo que va a perderse en el futuro, toda la excitante emoción de ser joven. Me parte el corazón que este aburrido trayecto en coche sea su última gran aventura, su última experiencia de libertad adolescente, sin que nadie se la quede mirando y con un montón de tíos que matarían por pedirle que saliera con ellos.

—Eres preciosa —le digo—. En serio, ojalá yo me pareciera a ti.

He dicho lo correcto. Ella sonríe y su rostro se ilumina con una expresión de auténtico orgullo, una visión de esplendor adolescente. Pero su melancolía regresa como una nube que roba el calor del sol en un fresco día otoñal, trayendo consigo la frialdad del invierno. Sabe que tiene que despedirse.

—Ojalá me hubiera hecho más fotos —dice mirándose las uñas—. Solía odiar el aspecto que tenía en las fotos.

Quisiera que esto nunca hubiera ocurrido. Quisiera que nunca hubiera escuchado su historia. Quisiera que ella nunca hubiera estado aquí. Pero no puedo hacer que desaparezca sencillamente porque eso es lo que quisiera.

—¿Te acordarás de mí? ¿Te acordarás del aspecto que tengo ahora mismo? —me suplica mientras estira la mano y coge la mía.

—Lo haré —digo yo. No sé qué otra cosa hacer para que se sienta mejor.

Y así es, Magdalena. Hasta el día de hoy.


Capítulo 5 Tres malos augurios

Voy conduciendo hacia Oak Park para recoger a mi misántropo amigo Peter. Nos vamos de viaje; volvemos a la universidad para nuestra reunión de después de pasado un año. Me sorprende que quiera ir de fiesta a nuestra alma máter tan pronto después de haberse licenciado, pero supongo que echará de menos a sus amigos. Tendría que haberse venido con nosotros a San Francisco. Nos fuimos todos a tomar por culo a la Costa Oeste durante un año. Peter se fue a escribir guiones en Los Ángeles, y mis otros amigos y yo nos instalamos en el norte de California sin hacer nada, las cosas como son. El Área de la Bahía era todavía más progresista que Oberlin, y desde luego mucho más divertida que cualquier apestoso fin de semana de exalumnos. Aun así, yo me apunto a cualquier cosa que me saque de casa por unos días.

Quiero a mis padres, pero él y yo coincidimos en que lo peor de volver a vivir en casa es el aburrimiento. Estoy acostumbrada a quedarme por ahí hasta tarde, a vagabundear por la ciudad y a conocer a gente nueva de forma espontánea. A mis padres les gustaría verme dar pasos concretos de cara a valerme por mi cuenta, y eso es algo con lo que me cuesta cumplir a diario. Quiero ser artista. He sabido que estaba destinada a ser artista desde que era pequeña, y según todo lo que aprendimos en clase de Historia del Arte sobre las míseras vidas de los grandes pintores y escritores, eso significa hedonismo, pobreza y brillantez desgarrada en estado puro. No es culpa mía que en mi profesión se idolatre a los lunáticos. Yo estaba disfrutando de una despreocupada existencia bohemia en San Francisco hasta que me quedé sin dinero. Ahora me requieren en Winnetka para que me haga cargo de la ingrata tarea de madurar.

He estado buscando trabajo, pero no hay gran cosa para la que esté cualificada. Me quedo mirando la sección de empleo del diario matinal y me revuelvo por dentro ante las descripciones. «Imprescindible conocimientos de informática.» «Imprescindible tener coche propio.» «Imprescindible ser capaz de teclear 50 palabras por minuto.» La ansiedad se me acumula cual ácido en la boca del estómago hasta que se me quita el apetito. «Especialidad en Historia del Arte» y «asistente de artista» suenan a artículos del currículo de una diletante en cualquier ciudad, y la economía de Chicago no anda precisamente desbocada en el sector creativo. No paran de despistarme una y otra vez las mismas reflexiones perturbadoras: ¿Cómo escapo? ¿Adónde me escapo? Tengo la sensación de estar viviendo en el lugar equivocado, de haber sido criada por la gente equivocada y de haber nacido en el momento equivocado de la historia.

A veces Peter y yo quedamos en el centro y escribimos chistes juntos. Se supone que tendríamos que estar dejando currículos por ahí y acudiendo a entrevistas de trabajo, pero acabamos pasando todo el día sentados en una cafetería partiéndonos el culo de la risa. Queremos sacar un fanzine humorístico, así que imaginamos escenas graciosas. Paseamos por las galerías del Art Institute observando a la gente. Él intenta ponerme nerviosa amenazando con tocar un cuadro o derribar una estatua. Yo finjo ser una docente guiando una visita; le explico obras de arte a gente que no sabe por qué les estoy hablando. Nos disfrazamos y nos hacemos secuencias fotográficas interpretando el sketch. Se supone que yo tengo que recortar nuestras figuras y colocarlas en ilustraciones, como los fotomontajes de las revistas de las vanguardias. En lugar de eso, las he estado utilizando como portadas de mis cintas Girly-Sound, grabaciones en casete que he estado haciendo desde que volví de la Costa Oeste. Vivo del dinero que la gente me envía por hacer copias de mi música, pero no llega ni de lejos para pagar el alquiler de un piso propio. Como siga viviendo en casa mucho más tiempo, voy a volverme loca.

Hay poco tráfico, y me estoy desplazando a una velocidad bastante buena. Odio estas extensiones de nada que hay en los laterales de las autopistas estadounidenses. Pienso en toda la gente que vive en esos edificios de apartamentos de ladrillo pardo, en cómo todos preferirían estar en otra parte. Intento imaginarme a mí misma mudándome a uno de los apartamentos de la parte de atrás con las escaleras de incendios y los balcones pequeños. A mi edad, el conformismo asusta más que el fracaso. Mi objetivo es destacar entre la multitud. Me da igual lo que me distinga, siempre y cuando pertenezca a las artes creativas. Necesito expresar toda la emoción y todas las ideas que están dando vueltas en mi interior o acabaré cabreada de por vida. Tengo tantas cosas que decir, pero nadie me escucha. Esa es mi motivación mañana, tarde y noche: mostrarles a los demás el mundo tal como lo veo yo. Estoy teniendo toda clase de pensamientos profundos, seguramente porque vamos de camino a Oberlin. Creo que, en lo que a mi experiencia universitaria se refiere, quizás necesite pasar página del todo.

Llego a la parte de la autopista que está en construcción y tengo que prestar atención. Voy conduciendo por el carril izquierdo, cerca de la mediana de hormigón. Están haciendo obras allí, así que han desplazado la barrera hacia el exterior del arcén. Si bajara la ventanilla y sacase la mano, seguramente podría tocarla. Parece increíblemente peligroso no dejar margen para el error a unas velocidades tan altas. Voy a unos ciento veinte kilómetros por hora, igual que todos los demás. Mantengo ambas manos sobre el volante, en las posiciones de las diez y las dos, y noto que los baches de la carretera ponen a prueba mi agarre. Vamos a tomar una curva larga y sinuosa hacia la derecha. Es como si la mediana de hormigón estuviera dándome alcance y tuviera que correr más que ella.

Se me ocurre una reflexión que apenas dura una fracción de segundo, una de esas meditaciones aleatorias que tiene todo el mundo a lo largo del día. Me pregunto por qué nadie sufre nunca un accidente de automóvil viajando en el carril izquierdo. Sigue pareciéndome increíble que todos esos conductores de capacidad media realicen maniobras relativamente difíciles todos los días y que nada salga mal. Millones de personas consiguen llegar con éxito hasta sus destinos sin morir, pese al peligro potencial, sobre todo en este carril interior en el que viajamos más rápido y tomamos curvas más cerradas. Imaginaos el daño que infligiría a todos los demás vehículos que hay en la carretera si perdiera el control ahora mismo. Sería una auténtica putada para todo el mundo.

Unos diez segundos después de haber pensado esto, una limusina que viaja hacia mí en dirección opuesta empieza a derrapar en su carril. El tiempo se ralentiza, y veo cómo la parte trasera de la limusina gira por completo hasta ponerse delante sin que el vehículo deje de moverse en espiral. Debido a nuestras respectivas velocidades relativas, apenas logro entrever el accidente antes de pasar de largo. Voy fluyendo con el resto del tráfico como si nada hubiera ocurrido. Aún hoy puedo ver la parte de atrás de la cabeza del conductor golpeando la ventanilla mientras el coche daba una vuelta de trescientos sesenta grados. Me doy cuenta de que es posible que haya presenciado los últimos momentos de vida de alguien. Quiero parar el coche, salir de la autopista y tomar calles secundarias para volver a casa, pero no puedo. Peter me está esperando. Esa es precisamente la clase de plantón de última hora que siempre le preocupa que vaya a darle.

Conocí a Peter durante la primera noche de orientación de estudiantes de primer año. Nos habían asignado el mismo dormitorio. A ninguno de los dos nos gustaba lo de formar grupitos y contarles a desconocidos quiénes éramos. Él me tomaba el pelo por negarme a ponerme la etiqueta con mi nombre. Lo había escrito en ella, pero la agitaba en torno a la punta de mi dedo índice ante cualquiera que quisiera saber mi identidad. Como si mi nombre explicara algo. Podía ser amiga de alguien durante meses sin importarme cómo se llamaba. Si podía buscarlo, no quería hacerle un hueco en mi cerebro. Había estado memorizando datos durante toda mi vida y nunca me había parecido algo útil.

Peter y yo acabamos en círculos sociales muy diferentes, pero durante aquellos primeros días en Oberlin, hicimos buenas migas por nuestra mutua incomodidad con el ambiente progresista. Los dos procedíamos de barrios conservadores de Chicago y nunca habíamos experimentado nada semejante a lo que veíamos en el campus. Todo el mundo tenía pelos en sitios donde nosotros nos lo habríamos afeitado. Todo el mundo se quitaba la ropa delante de los demás sin vergüenza alguna. Los libros, la música y las películas que conocíamos parecían poco o nada sofisticados en comparación con las referencias culturales que otros alumnos hacían en clase. Aquel primer semestre, los dos hablamos menos y escuchamos más, pese a que habíamos sido gente gregaria y extrovertida en el lugar del que procedíamos. Era un alivio poder reírse en privado con alguien sin tener que preocuparse de estar siendo políticamente incorrectos o no.

Cuando llego a casa de Peter, estoy deseando contarles a él y a su amigo John lo que me ha pasado por el camino. Al narrarlo, no suena tan alucinante como me había parecido mientras sucedía.

—Puede que tengas poderes paranormales —dice Peter, anticipándose a lo que quiero que diga, pero en un tono que no deja de transmitir su escepticismo. El padre de Peter es el pastor de su iglesia, así que él desconfía de cualquier cosa que huela a prepotencia religiosa. Tiene una actitud irritante e insolente, como reacción al modo en que fue criado.

—Tengo poderes —me reafirmo despectivamente, mosqueada por haberme molestado en contárselo a nadie. A mí me suceden cosas legítimamente extrañas, pero como también tengo una imaginación hiperactiva, no gozo de credibilidad alguna entre mis amigos.

—Yo creo en esas cosas —dice John. Está siendo amable, pero Peter se mofa y enrolla un pañuelo de papel y se lo tira. No quiere que John me dé alas.

—¿Qué? —protesta John a la vez que esquiva el misil de Peter—. ¡Es verdad! A mí me han sucedido unas cuantas cosas de lo más raro. A veces las cosas coinciden demasiado como para explicarlas de ninguna otra manera.

Estamos pasando el rato en la cocina esperando a que llame la madre de Peter. Han metido una pizza congelada en el horno y puesto accidentalmente en marcha el mecanismo de autolimpieza, y ahora nuestra única esperanza es que ella nos diga cómo sacarla antes de que se queme y se convierta en un disco de carbón.

—Tú no crees en esa mierda, hostias —dice Peter, fabricando más bolas con pañuelos de papel y lanzándoselas a John.

—Pues claro que sí —replica John mientras intenta golpear las bolas de papel para devolvérselas a Peter—. Tú no sabes en qué creo.

Estoy escuchándolos reñir mientras me acuerdo de las felices reuniones vacacionales de mi familia cuando era joven. Yo era la única chica en una familia llena de chicos mayores que yo, y casi me siento como si estuviera de vuelta en casa de mi tío en Grandlin Avenue, relegada a los márgenes con mi vestido de Polly Flinders, mis calcetines hasta la rodilla y mis zapatos Mary Jane, viendo a los chicos armar jaleo y sintiéndome celosa por no poder participar. Me pasé un montón de reuniones familiares sola, jugando con las mascotas o caminando por la finca con mi abuela Winnie. Aquello me convirtió en un chicazo durante varios años, hasta que la pubertad me devolvió a mi ser.

Me acerco al fregadero para servirme un vaso de agua. No sabría decir lo que ha suscitado este impulso —quizás solo busque una manera de acoplarme a la acción de nuevo—, pero hurgando entre la pila de platos sucios encuentro un mazo de carne, uno de esos martillos con cabeza en forma de bloque que se usan para aporrear filetes. Le paso el anticuado utensilio a Peter, que lo coge, perplejo. Yo me quedo mirando el pesado mazo que descansa en su mano.

—Sería una putada que algo así te diera en la cara —digo sin que venga especialmente a cuento, y vuelvo a colocarme en el umbral de la puerta del comedor, apoyada contra el marco mientras le doy sorbos a mi refresco. No puedo quitarle los ojos de encima al mazo de carne. Pienso en lo raro que es que sigamos utilizando una tecnología que no estaría fuera de lugar en una cocina medieval.

—Desde luego, sería una putada.

Peter usa el mazo para lanzarle bolas de papel a John, que se pone a buscar algo que pueda utilizar como raqueta. Primero prueba con una linterna, con escaso resultado, y luego enrolla una revista, lo que resulta infinitamente más eficaz.

Estamos pasándolo bien, haciendo caso omiso del olor a pizza quemada. Yo estoy obsesionada con los golpes de Peter. Le está costando atinar con el saque. Lanza la bola de papel al aire, pero falla repetidamente debido a la lentitud con la que desciende el papel. Resistencia del aire. Estoy a punto de ofrecerle asesoramiento cuando de repente se me mete otra idea en la cabeza.

—¿No sería una putada que ese martillo saliera volando de tu mano y me dejara ciega?

—¿Qué? —suelta John, riéndose de mi incongruencia.

Me vuelvo y lo veo de pie junto a la cocina. En ese instante escucho un sonoro crujido, y mi visión se reduce a un puntito del tamaño de la cabeza de un alfiler. Es como ver apagarse la pantalla de una televisión en blanco y negro. Siento que me fallan las piernas. Tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para no perder el conocimiento por completo. Cuando vuelvo en mí, estoy desplomada en el umbral de la puerta con la nariz chorreando sangre. Me miro la camisa, que se está poniendo completamente roja.

—¡Hostia puta! —grita Peter.

—¡Ay, Dios mío! —exclama John boquiabierto.

Peter y John están tan conmocionados que en un primer momento ni se mueven. Cuando me ven deslizarme más hacia abajo todavía, se acercan a toda prisa y me aguantan para que pueda mantenerme en pie. Tengo una sola cosa en la cabeza.

—Me habéis oído decir eso, ¿verdad? Habéis sido testigos.

—No puedo creer que dijeras eso en ese preciso instante.

John está conmigo al cien por cien.

Peter parece abatido: se siente culpable y está asustado.

—No sabes cuánto lo siento —dice mientras me muestra el mango vacío que lleva en la mano—. La cabeza ha salido volando. Se ha salido del mango sin más. Lo siento, Liz. ¿Vamos al hospital?

—No. —La adrenalina me está reanimando—. Mi padre es médico. Tengo que volver a casa.

—¿No crees que a lo mejor deberías quedarte aquí?

A John le preocupa que esté reaccionando demasiado rápidamente. Todavía estoy temblando. Voy a echarle un vistazo a mi cara en el espejo del cuarto de baño. El puente de la nariz se me ha hinchado hasta ponerse del doble de su tamaño normal. Tengo la piel de debajo del ojo izquierdo tensa y rosada, llena de líquido, y se puede apreciar claramente la marca donde la esquina del mazo ha impactado en mi rostro. No le ha dado al ángulo interno del ojo izquierdo por apenas unos centímetros. De no haber estado mirando a John, ahora estaría ciega. Ahora bien, si no hubiera invocado el anormal suceso, ¿se habría producido?

—No tiene tan mala pinta —observa Peter metiéndose a presión en el tocador y mirando por encima de mi hombro. Los dos nos reímos.

—De verdad que lo siento —me dice por tercera vez. Le está costando expresar sus emociones.

—Lo sé. No ha sido culpa tuya.

Yo lo creo casi más que él. Me pregunto si el significado del coche girando sobre sí mismo en la autopista no sería advertirme de que el peligro se aproximaba, de cabeza y a toda velocidad.

El grueso del sangrado cesa al cabo de cinco minutos. Las membranas interiores se han hinchado hasta tal punto que ahora me gotea sangre por la garganta. Si lo miramos por el lado positivo, ahora que no estoy chorreando sangre, los chicos están dispuestos a dejarme marchar. Quiero marcharme de casa de Peter lo antes posible. Las últimas seis horas han sido muy angustiosas. Ya he estropeado la mayor parte de los paños de cocina de su madre, y Peter no tiene el menor reparo en entregarme el último para envolver un montón de hielo para el trayecto de vuelta. Mientras me despido con la mano, estoy convencida de que piensan que estoy loca. Apenas me vuelvo; literalmente, me largo corriendo. Es el final de una era. Lamento tener que decir que este incidente nos distanció a Peter y a mí. En lo que a mí respecta, está todo enredado con mi miedo a los augurios y a la religión organizada. No me gusta la idea de que algo invisible tenga poder sobre mí. Para él fue horrible destrozar la cara de una chica que le gustaba.

Todo el mundo piensa que mi canción «Fuck and Run» va de sexo, y en cierto modo así es, pero también va de estos momentos en los que se renuncia a los vínculos y los sentimientos reales en favor de la supervivencia. Nos congregamos y salimos despedidos como bolas de billar al colisionar porque, por el motivo que sea, presentimos el aniquilamiento.

Cuando llego a casa, mi padre me examina y concluye que no hay nada roto. Me da un poco de codeína y me manda a la cama. Mamá no está en la ciudad, porque de lo contrario estoy segura de que hubiese intervenido. Compruebo obsesivamente la hinchazón a lo largo de las cuarenta y ocho horas siguientes, cada vez más preocupada de que se me haya quedado torcida. Finalmente, al cabo de tres días, papá me mira desde el otro lado de la mesa de desayuno, le pega un bocado a un croissant y, sin disculparse ni mostrar remordimiento alguno, dice: «Quizás tengas razón. Puede que te la hayas roto».

Lo estoy haciendo parecer un desalmado. Si acaso, es demasiado sensible. Pero no cuando se trata de diagnósticos médicos. Cualquier hijo de médico os lo dirá: a menos que lleves el puto brazo colgando del hombro de un hilo, siempre piensan que sus hijos están perfectamente. Odian llevarse el trabajo a casa con ellos. Los médicos ven tantos casos extremos en las clínicas que, comparados con estos, tus problemas parecen insignificantes. Es un trabajo que embota el corazón. Día sí, día también, a todo el mundo le pasa algo. No es solo que piensen que estás perfectamente, es que necesitan que lo estés. El hogar es el único refugio que tienen ante la enfermedad, las heridas y la fragilidad del género humano. Los médicos necesitan regresar a un hogar lleno de triunfadores y supervivientes.

El martes me lleva en coche al centro a ver a un amigo suyo. Para mí, ir al médico significa tener una cita puntual con el director de algún departamento, algún amigo de un amigo o un colega de alguien de nuestro entorno. No he ido a ver a un médico de cabecera desde que iba al pediatra. Los médicos harán cualquier cosa con tal de permanecer fuera del hospital. Conocen mejor que nadie las limitaciones de su profesión. Nuestro amigo del alma, médico de cabecera, se levantó al día siguiente de una operación a corazón abierto y se fue a casa. Piensa en eso la próxima vez que estés intentando obsesivamente concertar una cita con tu médico porque estás resfriada.

Estoy tumbada en la camilla, mirando fijamente a un cirujano plástico muy amable mientras me sujeta las mejillas y escruta cuidadosamente mi estructura ósea.

—Mmm, esto está un poco raro —dice, recorriendo la marca con el dedo mientras calcula el ángulo de la fractura—. Has tenido mucha suerte. Si hubieras venido inmediatamente, esto te dolería menos. Pero creo que, si le aplico un poco de presión, puedo volver a ponértela en su sitio.

Antes de que pueda protestar, él apoya su peso sobre sus pulgares a ambos lados del puente de mi nariz y empuja hacia abajo. Mi herida apenas cicatrizada chilla en protesta, y mi cráneo también está furioso con él. Me está apretando la cabeza contra la mesa, chafándome la cara contra la almohadilla de plástico de un modo muy desagradable. Me lloran los ojos. Rechino los dientes y tengo el rostro contraído en una mueca. Estamos en punto muerto: fuerza y resistencia.

—Justo aquí.

Reajusta la posición de sus manos, y escucho un crujido ensordecedor cuando el hueso apenas soldado vuelve a separarse y todo el conjunto vuelve a encajar más o menos en su sitio. Sigue estando torcida, pero como nuestro amigo médico de cabecera comentó en el transcurso de una velada —meses más tarde— me ha proporcionado un perfil más distinguido. Lo que sea. No pienso volver a menos que mi respiración obstruida me moleste de verdad.

Tengo que llevar una férula muy bochornosa durante una semana. Dos largas tiras de cinta adhesiva, que discurren horizontalmente desde la férula hasta mi oreja izquierda, proporcionan la fuerza de torsión que evita que mi nariz se salga de su sitio. No es algo sutil. La gente me mira al pasar. Peor aún, tengo que ir a Florida a visitar a mi abuela. Es la madre de mi padre, y no se encuentra bien. Quitando a las enfermeras, está completamente sola allá abajo. Mi padre no puede abandonar el trabajo, y mi madre sigue fuera de la ciudad.

Subo al avión, consolada por la idea de que todo el mundo dará por hecho que me he hecho una rinoplastia, cosa que me pega más, ya que resulta menos amenazador para mi ego. Un mazo de carne volador no queda igual de molón. Tengo que coger un vuelo de conexión en Georgia. Cuando estamos a punto de aterrizar, veo que estamos volando muy cerca de una central nuclear. Reacciono inmediatamente ante la icónica forma de bobina de las torres de refrigeración. Cualquiera que tenga edad suficiente para acordarse del accidente nuclear de Three Mile Island recordará esa silueta con espanto. La tengo estampada en la conciencia como símbolo de una muerte invisible, implacable y lenta. ¿No sería una putada, pienso, que una estuviera haciendo un vuelo de conexión justo en el momento en que estuviera fusionándose un reactor nuclear? ¿Tener la desgracia de encontrarse en las inmediaciones y verse irradiada de manera fatal, por la triste razón de que la compañía aérea tenía que hacer un alto en el camino?

Justamente cuando se me ocurre esto, el avión remonta el vuelo a escasísima distancia de la pista, apenas a unos quince metros del suelo. El piloto acelera los motores y el aparato asciende bruscamente. Nos inclinamos abruptamente hacia la derecha, lejos de las torres, y todo el mundo se queda sin aliento. Ya está, pienso para mí. Tengo poderes paranormales, y vamos a morir todos por envenenamiento por radiación.

Mi compañera de asiento se vuelve hacia mí.

—¿Qué está pasando? —pregunta con el rostro contraído por el miedo.

—Quizá haya algún problema en la central —respondo, echándome hacia atrás para que pueda ver por la ventana.

A ella se le ponen los ojos como platos al contemplar las torres de refrigeración tipo Three Mile Island.

—Ay, Dios mío —dice mirándome con gesto sobresaltado e incrédulo—. ¿Tú crees?

Me encojo de hombros. No voy a comprometerme en un sentido o en otro; solo quiero atribuirme el mérito en caso de que esté en lo cierto. Necesito una testigo. Ella será mi altavoz cuando mi foto salga en el periódico. Les dirá, sin aliento, a los periodistas que ella estaba sentada al lado de la chica que predijo el incidente. Dirá que no sabe cómo lo hice, pero que «sencillamente lo sabía». Puedo ver en su mirada que está haciendo inventario de todas las maneras horribles de matarte que tiene la radiación, la misma letanía de horrores que acaba de pasarme a mí por la cabeza. Todos sabemos que, sea cual sea la dosis de radiación a la que accidentalmente nos veamos expuestos, el gobierno mentirá al respecto para intentar minimizar las demandas judiciales. Viviremos, a lo mejor durante décadas, sabiendo que llevamos una bomba de relojería en nuestro ADN.

El piloto habla por megafonía y hace una declaración:

—Damas y caballeros, disculpen por el rodeo, pero el aeropuerto nos ha informado de que había una bandada de pájaros en las inmediaciones, así que vamos a efectuar un segundo vuelo de aproximación en cuanto despejen la zona y aterrizar con ustedes sanos y salvos en diez minutos. A veces ocurren imprevistos, y es mejor prevenir que curar. Gracias por su paciencia y por volar con American Airlines.

Mi compañera de asiento pone los ojos en blanco y exhala:

—¡Uf!, menudo alivio.

Yo sonrío cortésmente, pero estoy irritada. Creo que podríamos haber sobrevivido a un impacto indirecto de radiación procedente de esas torres, y mis poderes paranormales estaban a punto de quedar confirmados. Un ligero brillo antinatural bajo determinadas condiciones lumínicas me parece un pequeño precio a pagar por la evidencia de la existencia de lo divino.

Años más tarde, después de que acabara de salir mi segundo álbum, estuve haciendo de DJ una temporada en Delilah’s, un popular bar punk de Chicago. Durante mi sesión, se presentó el hermano de Peter con el infame mazo de carne y me pidió que se lo firmase como regalo de cumpleaños sorpresa para Peter. No recuerdo si se lo firmé. Casi sería mejor historia si me hubiera negado. En cualquier caso, me sentí ofendida. Su hermano no entendía que aquel maldito objeto no solo había estado a punto de costarme un ojo y que me había desfigurado permanentemente, sino que nos había costado a Peter y a mí una amistad de siete años. Estaba segura de que a Peter tampoco le gustaría que se lo recordaran.

Hay cosas que cicatrizan y otras que no. No siento rencor alguno hacia Peter. Nunca lo sentí, aparte de que me fastidiara algún que otro ángulo malo en las fotografías. Pero si no fuera por mi nariz, estoy segura de que encontraría algún otro rasgo de mi aspecto con el que obsesionarme. Solo éramos dos bolas de billar que al chocar acabaron en lados opuestos de la mesa; así lo veo yo. Hace unos años recibí una carta de uno de nuestros amigos mutuos quejándose de que, ahora que era una estrella del rock, había abandonado a mis amigos de toda la vida. Se esforzó mucho por hacerme sentir culpable, pero no tuve que deliberar en absoluto antes de echar esa carta a un cajón y olvidarme de ella. Sigo fiel a mis amistades de toda la vida. Lo que pasa es que la mayoría son mujeres. Lo que él tendría que haber dicho es que quería ser un actor famoso, y que resultaba difícil presenciar mi éxito y no poder compartirlo.

Dudo que Peter hubiera estado de acuerdo con el tono de esa carta. Peter y yo nos ayudamos el uno al otro durante un período incierto entre la licenciatura universitaria y el comienzo de nuestras trayectorias profesionales. Duró menos de un año, pero mientras la vivimos, aquella época pareció interminable: toda una vida de autoescrutinio y alienación, comprimida en ocho o nueve meses ociosos bajo el techo de nuestros padres. Él influyó en mi sensibilidad y mi sentido del humor, y espero que yo le ayudase a él de alguna manera.

Ojalá que las cosas hubieran salida de otra forma y hubiéramos seguido siendo amigos, pero no sucedió así. Y ese desenlace también está bien. Es mucho más memorable que algunas de mis otras relaciones pasadas. Él ocupa un lugar de honor en mi historia personal. Ha sido consagrado en el folclore de mi vida. Nada de esto resulta difícil de comprender desde el punto de vista pagano. Fuimos víctimas de tres malos augurios, que fueron lo suficientemente reales como para asustarme. Aguardo el próximo giro cósmico de los acontecimientos, y no me sorprendería que algún día, por azar, acabásemos en el mismo hogar de jubilados. Peter y yo volveríamos a empezar donde lo habíamos dejado, riéndonos de todos los demás ancianos que llevaran puestas sus estúpidas etiquetas con el nombre, y empezaríamos a conocernos junto a la mesa de jugar a las cartas.


Capítulo 6 Obra de amor

Hagas lo que hagas, ¡no te lo mires!

Mis amigas se ríen, pero también lo dicen en serio. Las dos han tenido bebés, así que saben lo que está pasando con mi vagina. Esta mañana me he hecho una ingle brasileña. Espero ponerme de parto cualquier día de estos, y pensé que a la plantilla del hospital le vendría bien tener un lienzo limpio y preparado con el que trabajar. Soy vergonzosamente ingenua en lo tocante a la cantidad de subproductos que expulsará mi cuerpo durante el proceso de dar a luz, pero tengo buen corazón.

—¿Por qué? ¿Le pasa algo?

Me revuelvo incómodamente en mi asiento, preocupada por la irritación de la piel, que todavía me pica por el tratamiento con cera caliente. No he intentado mirar ahí abajo desde que la barriga se me puso tan grande que ya no puedo verme los dedos de los pies.

—No lo hagas, y punto.

Caroline y Viv están muertas de la risa recordando sus propios encuentros involuntarios con sus regiones inferiores en el tercer trimestre.

Después de comer, me voy al club a nadar. El vestuario está vacío, así que extiendo una toalla sobre el banco y sitúo un espejo de bolso alrededor del gran globo de mi estómago para intentar echarme un vistazo. Tengo que retorcer los miembros para encontrar el ángulo apropiado, pero en cuanto logro vislumbrar mis labios vaginales en el reflejo, me quedo sin aliento y casi se me cae el espejo. Están enormes, rojos e hinchados, como el culo de un babuino o algo así. Esa no es mi vagina. Estoy alterada y enfadada. No porque no pueda con el espectáculo, sino porque se trata de otra alteración física más sobre la que no tengo control alguno. Mi cuerpo ya lleva nueve meses cambiando, de maneras que son a la vez emocionantes y alarmantes, y estoy harta de sorpresas. Solo quiero tener a mi bebé en brazos. Estoy lista para que termine esta fase de construcción.

Dicen que reformar una casa estresa mucho las relaciones. Los costes superan el presupuesto, y siempre se tarda más de lo esperado. Me identifico con esta metáfora. La fecha prevista ha ido y venido, y sigo caminando por el vecindario como un pato, como una bola de lotería humana, casi tan ancha como alta. Se ha hecho tan grande que aquí dentro ya no hay sitio para los dos. Si no se marcha pronto por voluntad propia, voy a emitir una orden de desahucio.

Me meto con cuidado en la piscina, aliviada de sentir que floto; en tierra firme, cargo con unos dieciocho kilos extra. Fue divertido estar embarazada hasta que dejó de serlo. No consigo encontrar una postura cómoda para dormir por las noches, de lo agotada que estoy. Todas las fiestas de Navidad a las que asistimos son cócteles sofisticados en los que todo el mundo va con tacones de aguja, charla y se ríe, mientras yo me siento en una esquina del bar. Soy mi propia mesa de canapés; me apoyo un plato en el bombo y mastico sin cesar mientras mi marido alterna. Durante el segundo trimestre fui una auténtica Wonder Woman; iba a yoga, iba y venía de Los Ángeles en avión, grabé mi álbum y me fui de excursión a Glacier Park. De algún modo, mi energía se vino abajo durante este último mes, y me he convertido en el personaje de Dan Akroyd en Entre pillos anda el juego: un Santa Claus amargado y borrachín que se desenreda trozos de salmón de la barba falsa en el autobús urbano mientras mira inexpresivamente a los pasajeros que hay a su alrededor. Vale, lo de borracha no, pero ya estoy harta.

—¿Cómo es posible que esto valga la pena? —le pregunté a Vivienne un día de la semana pasada, cuando nos estábamos metiendo en el coche después de hacer ejercicio. En la calle hacía frío, era la época oscura del año en Chicago. Ya no voy a clubes, ya que no puedo beber. Odio la moda premamá. No me va nada el rollo de madre buenorra. No quise una fiesta prenatal; siguen dándome flashbacks de la pesadilla que fue redactar doscientas cincuenta notas de agradecimiento por nuestros regalos de boda.

—Ya lo verás —dijo sujetándome la puerta mientras pensaba en la mejor manera de explicármelo—. Cuando tu nene te mira con adoración pura en los ojos y te dice «Te quiero, mamá», es la sensación más increíble del mundo.

Como nunca había experimentado en persona esta alegría, me pareció una chorrada de respuesta. No soy una de esas mujeres a las que se les cae la baba indiscriminadamente con los niños ni que pone una espantosa voz de pito. Tiendo a hablar con los niños como si fueran adultos y he tenido conversaciones buenísimas con los que conozco. Pero me está costando mantener las cosas en perspectiva. Quiero bailar. Quiero correr. Ya no quiero tener ninguno de estos síntomas. Tengo dolores de parto fantasmas, me pica la piel, tengo las tetas enormes. Han empezado a aparecerme estrías blanquecinas en el abdomen, pese a que me aplico incesantemente manteca de coco y de karité. Mi bebé me patea sin cesar, como un centrocampista agresivo, y tengo que mear constantemente. Para tratarse de algo tan natural, cabría imaginar que la evolución hubiese dado con un proceso más fácil.

Es posible que tenga una perspectiva incompleta acerca del mayor misterio de la vida. Mi hermano y yo fuimos adoptados, así que en nuestra familia no se contaban historias de embarazos. En lo que a mí respecta, puedes ir a la tienda y llevarte un bebé en perfectas condiciones que ya esté cocido del todo. No hay necesidad de pasarse todo el año esclavizada en la cocina. Al mismo tiempo, conocer a alguien emparentado por sangre conmigo tiene un interés inmenso. He estado lidiando toda mi vida con cuestiones de identidad. He dado vueltas a las preguntas existenciales de quién soy y de dónde vengo desde que tengo uso de memoria. El espectro del abandono me ha aguardado entre bastidores, acechando en la sombra, insistiendo en ser reconocido.

Nunca sé qué importancia otorgarle. ¿Será un detalle menor de mi biografía o es algo que me define? Cuando me fijo en viejas fotografías familiares, ¿me atañen realmente a mí? ¿Son esos mis antepasados o estoy jugando a la nostalgia? Por mucho que quiera pertenecer a una persona o grupo cualesquiera, ese impulso casi siempre se ve contrarrestado por la conciencia de ser diferente, como si estuviera rodeada por una barrera, tan fina como una capa de hielo en una pestaña, que impide la plena integración. Mantengo a la gente a distancia y en sus categorías separadas, incluso a aquellas personas con las que mantengo relaciones de compromiso y a largo plazo.

Recuerdo cuando mi padre me envió la copia original de mi certificado de nacimiento con objeto de recopilar papeleo para el pasaporte, o porque había perdido el carné de conducir. Llegó en un sobre de papel manila. Cuando sostuve aquel documento amarillento en las manos y me fijé en la hora y la fecha, tecleadas en una máquina de escribir de las antiguas, rompí a llorar. Me resultó abrumador tocar el último artefacto que me unía a una madre a la que nunca llegué a conocer, una mujer joven que, por el motivo que fuese, no podía criarme. Vi a un bebé vulnerable cambiando de manos y lloré por las atroces decisiones de todos los involucrados, por las oportunidades perdidas y por los nuevos caminos abiertos a un precio tan alto. También fue la instantánea de un fugaz momento de integridad, antes de que llevara en el corazón este fragmento de vidrio roto, que me he cuidado mucho de no rozar, no vaya a ser que me corte. Lloré porque reconocí un sentimiento que debí de tener en otro tiempo pero que ya no podía evocar por muy tranquilamente que me sentase o muy feliz que fuera. Eso sí, reconozco que como fuente de inspiración artística es de lo mejorcito.

En definitiva, ¿a quién le importa? No es un asunto tan importante. En la vida hay asuntos mucho más importantes. Pero es asunto mío, y me he adaptado lo mejor que he podido. Ahora que estoy al punto de ser madre yo misma, todas esas emociones que están vinculadas a sentirse segura con o separada de una criatura están dando vueltas en mi subconsciente. Oscilo entre mostrarme displicente y ponerme eufórica respecto de lo que no tardará en suceder. ¿Tendrá mi hijo un vínculo distinto conmigo del que yo tuve con mis padres? ¿Veré rasgos de mi madre y mi padre biológicos en los suyos? Estoy ansiosa por conocer este enérgico alguien que en las ecografías parece un wombat sonriente.

Ahora bien, no tengo prisa por ver el interior de una sala de partos. Dar a luz es algo que me inspira muchos temores. La idea de que me hagan una episiotomía, por ejemplo, me aterra. Que corten mi delicado perineo de la misma forma que se marca una hogaza de pan es algo me obsesiona durante las horas de vigilia, y sé que será necesario. Cuando alcancé la pubertad, me examinó un pediatra varón que me regaló esta opinión: «Eres muy estrecha. Puede que te resulte difícil mantener relaciones». Su valoración resultó ser incierta, pero en lo sucesivo estuve convencida de que era de alguna manera deforme, e incluso traté de romperme el himen yo sola en el instituto incrustándome tres dedos violentamente en el coño mientras estaba sentada en la taza del váter, hasta hacerme mucho daño. Acabé cogiendo una infección aguda que hacía que me doliera horrorosamente orinar. Mi madre y yo tuvimos que cancelar un viaje de fin de semana y acudir en su lugar al hospital, donde me pusieron antibióticos, un catéter y una morfina excelente.

Me sentía demasiado humillada para explicarles a los médicos presentes lo que había pasado. Estoy segura de que mi madre daba por supuesto que había mantenido relaciones sexuales, pero cuando fui a la universidad seguía siendo virgen. Mi novio del instituto y yo descubrimos todas las maneras de divertirnos sin penetración plena, y nunca le dije el motivo por el que no «llegamos hasta el final». En aquella época en Estados Unidos seguía habiendo mucha vergüenza y muchas percepciones negativas en torno a las vaginas. No eran algo cuya posesión se celebrase ni se dedicaba mucho tiempo a cavilar al respecto. Las chicas se referían a sus genitales como algo «asqueroso», un orificio que más valía dejar sin investigar. Me pasé años ojeando páginas porno antes de llegar a apreciar mi propia y hermosa concha. Si acaso, ahora desearía que tuviera un aspecto menos ordinario y que fuese más anatómicamente llamativa o extravagante. Supongo que podría ponerle algo de pedrería.

No obstante, incluso a los nueve meses de embarazo me sentía muy cohibida al colocar los talones en los estribos de la mesa de examen para que mi ginecóloga pudiera inspeccionarme la cerviz. Hay algo en eso de ver su gesto reconcentrado por encima de la bata de papel extendida sobre mi regazo, fijando la atención directa y exclusivamente en mi vagina, que me pone los pelos de punta. Apenas puedo evitar cerrar las rodillas, incorporarme y empujarla hacia atrás sobre su taburete con ruedas. Adoro a mi ginecóloga, pero en este contexto me siento como un animal de granja cuyos órganos fuesen propiedad funcional del Estado. Lo que soy incapaz de articular es el modo en que mi alma reside en mi coño; en mi clítoris, para ser exacta. Para mí no es solo tejido biológico. Es un modo de conocimiento completamente diferente.

Entiendo que las obstetras ven vagina tras vagina durante todo el día, y que, en tanto propietaria de una vagina ella misma, mi médica posea la capacidad de distinguir entre una persona y sus partes. Aun así, tengo la sensación de que está hurgando en mis experiencias más profundas e íntimas, como si pudiera ver todo aquello y a todo aquel que haya pasado por mi «iris O’Keeffe6». Mi vagina es hermética. No está acostumbrada a mostrarse cuando se lo ordenan no sin antes ser persuadida. En nuestra cultura, las mujeres no se abren de piernas en público. Me encantaría sentir la luz del sol sobre mi coño. Creo que sería estupendo ponerme morena allá abajo, tumbada en un diván con las rodillas abiertas en plan mariposa y absorbiendo vitamina D. Pero en esta era Cenozoica no es seguro dejar al descubierto un tarro de miel indefenso, dada la forma en que los hombres nos acusan a las mujeres de estar «pidiéndolo a gritos» cada vez que se nos sube un poco el dobladillo. Así que mi vagina se deleita en la oscuridad, igual que una salamandra albina ciega que necesita una humedad constante para conservar la piel lisa y flexible. No te puedes acercar a ella por sorpresa o se asustará de tal modo que se esconderá aún más profundamente en su gruta.

Ahora bien, penetrando en la cuestión más a fondo (¡sí!), por incómoda que me haga sentir la exposición clínica, la verdadera disonancia cognitiva se asienta cuando mi médica entabla conversación conmigo mientras expande mi canal vaginal con su espéculo. Estoy segura de que si yo estuviera en sus zapatos también hablaría con mis pacientes, para romper el hielo, para establecer lazos y para distraernos de lo incómodo de la situación. De lo que ella no se da cuenta al asomarse a mi agujero de la infinitud es que tengo la sensación manifiesta de que mi vagina la mira a ella a su vez. Esas ocho mil terminaciones nerviosas de mi clítoris están conectadas con alguna oportunista primitiva en mi ADN que ha sobrevivido al hambre, la guerra, la esclavitud y el parto, y que tiene gustos, tácticas y tolerancias propios y distintos de los míos. Normalmente mi vagina y yo actuamos concertadamente sin que nadie lo sepa, pero cuando mi médica la aísla, acordonándola del resto de mi ser, no sé lo que puede llegar a hacer.

La mayor parte del tiempo, mi elegante modelo de máquina de fabricar bebés duerme entre mis piernas, salvo que la estimule algo que lea o vea, o que el Príncipe Encantador venga a despertarla de su sueño encantado. Me preocupa que no tenga ni idea de lo que muy pronto va a bajar por el conducto, la bulbosa protuberancia a la que en breve tendrá que amoldarse. Pero cuando llegue el momento, confío en que aguante el tipo mejor que yo. De momento la tengo embutida en un bañador, sumergida en el agua, meciéndose apaciblemente. Veo a los socorristas congregados junto al cronómetro observándome ecuánimemente. Las mujeres embarazadas son un espectáculo reconfortante para casi todo el mundo.

Sin que yo lo sepa, en el futuro, el cloro que estoy respirando ahora mismo le va a provocar asma a mi hijo. Sufrirá grandes ataques de la enfermedad de constricción de las vías respiratorias que nos obligarán a acudir corriendo al hospital, a veces en ambulancia, a menudo en mitad de la noche, para tratar su insuficiencia pulmonar. Si queréis hablar de miedo, hablemos de presenciar cómo tu hijo pierde progresivamente la capacidad de respirar ante tus propios ojos. Los estudios que establecen una relación entre los problemas de salud posnatales y los gases de las piscinas no han sido publicados todavía, y todo el mundo recomienda la natación como una de las mejores actividades que pueden practicar las mujeres embarazadas, porque es de bajo impacto y no sobrecarga sus ya laxos ligamentos. Pero sin ser consciente de ello, cada generación le hace algo terrible a su progenie, y esta es mi contribución a esa excelsa tradición.

Doy brazadas de espaldas siguiendo los paneles del techo para asegurarme de que me muevo en línea recta. En cuanto paso por debajo de las banderas, doy dos brazadas más y me dejo llevar hasta entrar en contacto con el borde de la piscina. Apoyo los codos en él y me quito las gafas para no salir del club con marcas profundas alrededor de los ojos. Finalmente, camino dentro del agua hasta la escalera y pongo el pie en el peldaño inferior. Ahora que mi centro de gravedad se ha desplazado hacia delante, cuesta salir del agua. Me detengo a medio camino, en cuanto la gravedad comienza a tirar de mi peso, que no es el habitual. Noto que mis dedos húmedos comienzan a perder la sujeción sobre las barras de aluminio. Me moriré de vergüenza si me caigo a la piscina. Por suerte, un socorrista que pasa por ahí me ve sufriendo, así que me coge de la muñeca y me sube al borde de la piscina como si no pesara nada. Durante un glorioso instante, vuelvo a sentirme menuda y femenina, hasta verme reflejada en el espejo del vestuario. A partir de ahora, pienso para mis adentros, será mejor evitar los espejos.

Esa noche, mientras estoy tendida en la cama oyendo roncar a mi marido y recibiendo las patadas en el diafragma que me propina mi bebé, vuelvo a preguntarme: «¿Cómo es posible que todo esto valga la pena?». Me preocupa lo que vaya a pasar en la sala de parto. Tengo miedo.

—Es como un esprint —me dice Vivienne para explicarme la sensación que producen las contracciones—. Solo tienes que echarle narices y ser consciente de que el dolor pasará en unos segundos.

En el instituto, tanto Viv como yo formábamos parte del equipo de atletismo. Ella es alta y tiene las piernas largas de velocista. Yo corría campo a través. Me ha convencido de que puedo dar a luz sin que me pongan una epidural ni tomar ningún analgésico. El bebé no debería tener un montón de drogas fluyendo por su organismo en el momento de saborear la vida por primera vez, afirma ella. Viv estuvo de parto durante cinco horas y media con su primer hijo, y creo que yo seré capaz de apretar los puños y aguantar cualquier cosa que dure el mismo tiempo que cuesta volar desde Nueva York a Los Ángeles.

Me pongo de parto a la mañana siguiente, después de que mi marido se haya ido a trabajar. Esta vez la cosa va en serio; no es una de esas falsas alarmas que he estado teniendo durante estas últimas semanas. Rompo aguas y sé que toca salir a la palestra, esté preparada o no. Camino de un lado a otro de la cocina con los gatos siguiéndome. Están maullando para que los deje salir, pero no puedo correr el riesgo de ir al hospital sin previo aviso y dejarlos a la intemperie. Llamo a mis padres, a mi médica y a varios amigos para decirles que los quiero, como si viviéramos en el siglo XIX y quizás no fuese a volver viva a casa. He optado por el proceso natural, así que las enfermeras me dicen que lleve la cuenta de los intervalos entre contracciones y que me dirija a la sala de partos cuando vengan a intervalos de cinco minutos. Vivimos a quince minutos del Hospital de Mujeres de Prentice, lo cual resulta reconfortante.

Para cuando llega Jim, mi marido, las contracciones empiezan a doler de verdad. No sabía que mi útero fuera capaz de contraerse en todas direcciones a la vez. Mi vientre parece compactado, comprimiéndose como un cuerpo que estuviera descendiendo lentamente hasta el fondo del océano mientras la presión del agua en aumento lo va aplastando cada vez más. Jim está tendido en el suelo a mi lado, cronometrando los intervalos mientras hojea por vez primera el manual de partos. Estoy enojada, ya que lleva meses en su mesilla de noche, pero muy pronto, yo también miro por encima de su hombro y repaso los contenidos, porque esa es la clase de gente que somos: los típicos que se pegan la gran empollada la noche anterior al examen.

Ya son las diez de la noche, y estoy harta. Llevo trece horas de parto, y las contracciones se producen a intervalos de aproximadamente seis minutos. Preparamos mi bolsa de viaje y vamos conduciendo tranquilamente hasta el hospital. Es la última vez en mucho tiempo que voy a sentir una alegría sin límites. Estamos a finales de diciembre, pero bajo la ventanilla y dejo que el aire frío me envuelva. Es muchísimo mejor ir a alguna parte y hacer algo que quedarme sentada esperando.

Nos asignan nuestra habitación privada y… nos quedamos sentados esperando. Vienen las enfermeras a examinarme y acto seguido me dan la mala noticia. Después de todo ese tiempo, solo he dilatado cinco centímetros y tengo que llegar a los diez. ¿Cómo es posible? Llevo de parto el doble de tiempo que Vivienne y no he llegado ni a la mitad del camino. ¿Qué le pasa a mi cerviz? ¿Será demasiado estrecha, o demasiado pequeña? Me inundan de nuevo todas mis inseguridades acerca de mi vagina, y me siento como si volviera a tener doce años y estuviera en la consulta de aquel médico estúpido, avergonzada de ser una anomalía.

Lo que mi vanidad querría hacer es irrumpir y decir que mi vagina es perfectamente normal, y que esto es una historia acerca de lo que la sociedad hace para vulnerar la psique de una mujer. Vale, no, no es una historia sobre eso. Es solo que mi vanidad quería irrumpir. Disculpen la interrupción; sigan, por favor.

La enfermera me pregunta qué quiero hacer. Mi médica ni siquiera ha salido aún para el hospital. Sabe que estoy de parto y la tienen al tanto de mis progresos. Pueden engancharme a un gotero de oxitocina para acelerar las cosas. O, si sigo queriendo intentar dar a luz de modo natural, puedo volver a casa y seguir de parto. La primera palabra que me asalta es «inténtalo». Lo segundo que me llama la atención es el verbo «seguir de parto7», como si fuera un obrero en una cantera, dando golpes de pico bajo el calor del sol, o un preso con grilletes en los tobillos y un mono de color naranja, arrastrando los pies en un lado de la autopista, encadenado a otros internos mientras vamos pinchando basura y guardándola en bolsas de basura. Ninguna de las dos cosas se me antoja divertida. Por lo visto, esto no va a ser coser y cantar.

Todo el mundo es diferente, dicen las enfermeras, y toda madre expectante sigue su propio ritmo. Jim apoya cualquier decisión que a mí me parezca la más indicada. Ninguno de los dos queremos reconocer que no llegamos a leer esa parte del manual del embarazo. Vacilo, estoy insegura.

Entonces escucho la voz incorpórea de Viv en lo más hondo de mi conciencia, dándome ánimos como hacía siempre en el colegio y retándome para que sea la mejor versión posible de mí misma. Tú puedes, me grita desde una imaginaria pista de atletismo. ¡Ya casi estás! ¡No te rindas!

—Quiero intentar hacerlo de modo natural —declaro, casi de forma convincente.

—De acuerdo —asiente la mayor de las dos enfermeras, con una expresión que es una mezcla estudiada de neutralidad y pragmatismo—. Tú llámanos cuando estés lista para volver o si tienes alguna duda.

Ahora volviendo la vista atrás, tendría que haberme parecido ominoso que estuvieran dispuestas a dejar que me marchara. Desde luego, no se las veía preocupadas de que fuera a ponerme a parir pronto.

De vuelta en casa, la intensidad de las contracciones aumenta, pero no la frecuencia. Estoy en la ducha comiendo cucharada tras cucharada de gachas insípidas mientras cae agua caliente sobre mí, y hago una pausa para apretar el rostro contra el frío mármol cada vez que me deja postrada otro espasmo. Esto es ridículo, me parece. ¿Cómo puede ser que valga la pena? ¿De verdad necesito ser una especie de heroína hippie? ¿Prescindir de los avances médicos para demostrar algo? ¿No será todo esto cosa de competir con mis amigas? A fin de cuentas, ¿qué es lo que tiene de malo inducir dilataciones o tomar analgésicos? Debe ser seguro, si no, nadie lo haría. Justamente entonces, una contracción especialmente fuerte me pone de rodillas. Llamo a voces a mi marido.

Darmowy fragment się skończył.

56,75 zł

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
362 str. 21 ilustracji
ISBN:
9788418282157
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki