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Resultados y perspectivas

Tres concepciones de la Revolución Rusa

León Trotsky


Índice de contenido

Resultados y perspectivas

Presentación

Introducción

1. Las particularidades del desarrollo histórico

2. Ciudad y capital

3. 1789/1848/1905

4. Revolución y proletariado

5. El proletariado en el poder y el campesinado

6. El régimen proletario

7. Las condiciones previas del socialismo

8. El gobierno obrero en Rusia y el socialismo

9. Europa y la revolución

Apéndice.

Tres concepciones de la Revolución Rusa

Trotsky, León

Resultados y perspectivas. Tres concepciones de la Revolución Rusa / León Trotsky. - 1a ed. -

Ciudad Autónoma de Buenos Aires : La Montaña, 2017.

128 p. ; 15 x 13 cm.

ISBN 978-987-47672-1-9

1. Ideologías Políticas. I. Título.

CDD 320.01

Copyright © 2019. La Montaña

Belgrano 615, 3o J (C.P. 1067) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

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ISBN 978-987-46477-1-9

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Presentación

La Montaña, Ediciones Socialistas publica este libro como parte de su colección Homenaje a la Revolución Rusa en el año de su centenario. Haber seleccionado estos textos, referidos a la Revolución de 1905 no es casualidad ni accidente; Lenin se refirió a esa revolución como un “ensayo general” de la revolución que tendría lugar en octubre de 1917.

Años después Trotsky completará: “La Revolución de 1905 no fue sólo el ensayo general de 1917 sino también el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso.”

Resultados y Perspectivas es sin duda uno de los trabajos más brillantes del fundador del Ejército Rojo. Fue escrito en 1906 en la cárcel de San Petersburgo, donde Trotsky se encontraba tras ser detenido junto con el resto de los dirigentes del Soviet, en diciembre de 1905. Allí no sólo traza un balance de la revolución que acaba de terminar, sino una certera previsión de la dinámica y las perspectivas históricas de la futura revolución rusa. Mediante una aplicación brillante del método marxista, Trotsky combate los análisis esquemáticos y antidialécticos del “marxismo oficial”.

Encontramos en este texto dos de los mejores aportes de Trotsky a la teoría marxista: la Ley del desarrollo desigual y combinado y su primera formulación de la Teoría de la Revolución Permanente.

El libro, publicado por primera vez en 1906, fue inmediatamente confiscado por la policía zarista, logrando salvarse unos pocos ejemplares. Será en 1919, tras el triunfo de la Revolución de octubre que volverá a publicarse. Para esa ocasión, Trotsky elaborará el Prefacio que incluimos en esta edición y en el que recapitula sobre el origen de la Teoría de la Revolución Permanente.

En Tres concepciones de la Revolución Rusa, pensado originalmente como un capítulo a la biografía de Lenin que nunca finalizó, Trotsky vuelve, muchos años después, sobre las diferencias en el marxismo ruso acerca de la revolución. Un brillante resumen de las concepciones de los mencheviques, la de Lenin y de la suya propia.

Esperamos contribuir con esto, a la formación de las nuevas generaciones que se acercan a la lucha por construir un mundo libre de las cadenas de la explotación capitalista.

Los editores

Septiembre de 2017

(Año del Centenario de la Revolución de Octubre)

Introducción

La revolución en Rusia llegó inesperadamente para todos, excepto para la socialdemocracia. Hacía ya mucho tiempo que el marxismo había pronosticado la inevitabilidad de la revolución rusa, que tenía que estallar como consecuencia del conflicto entre las fuerzas del desarrollo capitalista y las del absolutismo burocrático. El marxismo había predicho el contenido social de la revolución venidera. Al considerarla una revolución burguesa, señaló que las tareas objetivas inmediatas de la revolución serían las de crear condiciones «normales» para el desarrollo de la sociedad burguesa en su totalidad.

El marxismo tenía razón; esto ya no necesita de ninguna discusión ni prueba. Los marxistas tienen hoy una tarea completamente distinta: reconocer, con ayuda del análisis de su mecanismo interno, las «posibilidades» de la revolución en desarrollo. Sería un grave error el equiparar simplemente nuestra revolución con los acontecimientos de los años 1789-1793 o del año 1848. Analogías históricas con las cuales el liberalismo se mantiene vivo no pueden reemplazar un análisis social.

La revolución rusa está caracterizada por particularidades que derivan de los rasgos muy especiales de nuestro desarrollo sociohistórico y que nos abren, por su parte, perspectivas históricas completamente nuevas.

1. Las particularidades del desarrollo histórico

Comparando el desarrollo social de Rusia con el de otros Estados europeos -resumiendo sus rasgos comunes y poniendo de relieve las diferencias entre su historia y la historia rusa- estamos en condiciones de decir que la característica esencial del desarrollo social ruso es su primitivismo y su lentitud.

No queremos ocuparnos aquí de las causas naturales de este primitivismo, pero el hecho en sí nos parece indudable: la sociedad rusa nació sobre una base económica más simple y más pobre.

El marxismo enseña que el desarrollo de las fuerzas productivas constituye la base del proceso sociohistórico. La formación de corporaciones y clases económicas solamente es posible cuando este desarrollo ha alcanzado un punto determinado. Es necesario, para la diversificación de capas y clases, que viene a su vez determinada por el desarrollo de la división del trabajo y la formación de funciones sociales especializadas, que la parte de la población que está ocupada directamente en la producción material produzca, por encima de su propio consumo, un plusproducto, un excedente: y solamente por apropiarse enajenadamente de este excedente pueden nacer y estructurarse las clases no productivas. La división del trabajo dentro de las mismas clases productivas únicamente es imaginable a partir de un cierto nivel de desarrollo en la agricultura, en el cual queda garantizado el abastecimiento de la población no campesina con artículos agrícolas. Estas condiciones previas para el desarrollo social ya han sido formuladas exactamente por Adam Smith.

De ello resulta -aunque el periodo de Novgorod en nuestra historia coincide con los comienzos de la Edad Media europea- que el lento desarrollo económico, debido a condiciones histórico-naturales (situación geográfica desfavorable, población escasa), obstaculizó el proceso de la formación de clases, dándole un carácter más primitivo.

Es muy difícil decir qué dirección habría tomado la historia de la sociedad rusa si hubiera transcurrido aisladamente y si hubiese sido influenciada sólo por sus tendencias internas propias. Basta mencionar que ése no ha sido el caso. La sociedad rusa que se formaba sobre una determinada base económica interior estaba siempre bajo el influjo, e incluso bajo la presión, del medio sociohistórico exterior.

En el proceso del enfrentamiento de esta ya formada organización socioestatal con las otras vecinas jugaron un papel decisivo, del lado de una el primitivismo de las circunstancias económicas y, del de las otras, su nivel de desarrollo relativamente alto.

El Estado ruso que se había formado sobre una base económica primitiva, entró en relación y llegó a tener conflictos con organizaciones estatales que se habían desarrollado sobre una base económica más alta y más estable. Aquí se planteaban entonces dos posibilidades: o bien el Estado ruso se hundiría en esta lucha, como se habían hundido la Horda de Oro en la lucha con el Estado de Moscú, o bien el Estado ruso tendría que adelantarse, en su desarrollo, a la evolución propia de las condiciones económicas y gastar muchas más energías vitales de las que hubiesen sido necesarias en el caso de un desarrollo aislado. Para la primera alternativa la economía rusa no era lo bastante primitiva. El Estado no se deshizo, sino que empezó a desenvolverse merced a un supremo esfuerzo de sus fuerzas económicas.

Lo esencial no es, por tanto, que Rusia estuviera rodeada de enemigos. Eso sólo no es suficiente. En principio eso vale para cualquier Estado europeo excepto quizás para Inglaterra; pero con la diferencia de que, en su lucha por la existencia, estos Estados se apoyaban en una base económica más o menos homogénea y, por esto mismo, el desarrollo de su estabilidad no estaba expuesta a una presión exterior tan fuerte.

La lucha contra los tártaros nogaicos y los de Crimea exigía el máximo de esfuerzo; pero desde luego no exigía más que la lucha secular de Francia contra Inglaterra. No fueron los tártaros los que obligaron a la vieja Rusia a introducir las armas de fuego y los regimientos permanentes de la guardia imperial; no fueron los tártaros los que la obligaron más tarde a crear la caballería y la infantería. Fue la presión por parte de Lituania, Polonia y Suecia.

Como consecuencia de esta presión ejercida desde Europa occidental, el Estado devoró una parte excesivamente grande de la plusvalía, o lo que es lo mismo, vivía a expensas de las clases privilegiadas que se acababan de formar, retardando así su -de todos modos- lento desarrollo. Pero esto no es todo. El Estado se lanzó sobre el «producto necesario» del campesino, le privó de sus medios de existencia, obligándole, con ello, a abandonar la tierra en la que acababa de establecerse y, de esta manera, obstaculizó el crecimiento de la población y frenó el desarrollo de las fuerzas productivas. Así es que, en la medida en la cual el Estado devoró una parte desproporcionada de la plusvalía, obstaculizó la diversificación, ya bastante lenta, de las capas sociales; y en la misma medida en que quitó una parte considerable del producto necesario, destruyó él mismo las primitivas bases de producción, que eran su apoyo.

Pero, sobre todo, para apropiarse de una parte del producto social, necesario para seguir existiendo y funcionando, el Estado necesitaba una organización jerárquico-clasista. Así, mientras minaba las bases económicas de su crecimiento, pretendía, al mismo tiempo, forzar su desarrollo mediante medidas estatales autoritarias e intentaba -como cualquier otro Estado- guiar a su gusto el proceso de formación de las capas sociales. En ello un historiador de la civilización rusa, Miliukov1, ve un contraste directo con la historia de occidente. Sin embargo, no hay aquí en verdad ningún contraste.

La monarquía clasista de la Edad Media, que más tarde evolucionó hacia un absolutismo burocrático, representaba una forma de Estado en la cual estaban arraigados determinados intereses y relaciones sociales. Pero esta forma de Estado, una vez formada y establecida, engendró intereses propios (dinásticos, cortesanos, burocráticos...) que entraron en conflicto no solamente con los intereses de las capas bajas sino incluso con los de las capas altas. Las clases dominantes, que formaban un «muro de separación» socialmente imprescindible entre las masas de la población y la organización estatal, presionaron sobre esta última y convirtieron sus propios intereses en el contenido de su praxis estatal. Pero la autoridad pública defendió, al mismo tiempo, su propio punto de vista, también frente a los intereses de las clases altas. Como tal poder independiente, ella desarrolló una política de oposición contra las aspiraciones de aquéllas e intentó subordinarlas. La historia efectiva de las relaciones entre Estado y clases transcurrió en el sentido de una resultante que estaba determinada por esta constelación de fuerzas. Un proceso, similar en su esencia, tuvo lugar también en la vieja Rusia.

El Estado intentaba aprovecharse de los grupos económicos en desarrollo y subordinarlos a sus intereses financieros y militares específicos. Los nacientes grupos económicos dominantes intentaron servirse del Estado para asegurarse sus privilegios en forma de privilegios de clase. En este juego de fuerzas sociales, el poder del Estado tuvo una importancia mucho más grande que en la historia de la Europa occidental.

Este intercambio de ayudas mutuas entre el Estado y los grupos sociales superiores, que se expresa en la distribución, de mutuo acuerdo, de derechos y obligaciones, de cargas y privilegios, se realiza a expensas del pueblo trabajador.

En Rusia, el intercambio era menos ventajoso para la aristocracia y el clero que en las monarquías clasistas medievales de Europa occidental. Eso es indiscutible. Y, sin embargo, decir que en Rusia la autoridad pública hubiese creado, de por sí, las clases, por su propio interés, mientras que en el occidente, en la misma época, las clases crearon el Estado, es una increíble exageración, una absoluta falta de perspectiva (Miliukov).

No se pueden crear clases por un procedimiento, por un mero expediente jurídico estatal. Antes de que este o aquel grupo social pueda, con ayuda de la autoridad pública, devenir una clase privilegiada, tiene de manera previa que haberse formado económicamente, y, por añadidura, con todas sus prerrogativas sociales. No se pueden fabricar clases según una jerarquía preconcebida o según el modelo de la Legión de Honor. La autoridad pública únicamente puede depositar todo el peso de su ayuda para favorecer este proceso económico elemental, del cual se derivan más tarde las formaciones económicas superiores. Como hemos mostrado, el Estado ruso gastó relativamente muchas fuerzas y obstaculizó el proceso de cristalización social, pese a que él mismo lo necesitaba. Es por tanto natural que, por su parte, intentara forzar, bajo la influencia y la presión del mundo occidental socialmente más configurado (una presión que fue proporcionada mediante la organización militar estatal), la diversificación social sobre una base económica primitiva. Además: como la necesidad de acelerar este proceso había surgido de la debilidad del desarrollo socio-económico, es natural que el Estado, en sus esfuerzos previsores, aspirara a aprovechar su preponderancia de poder para dirigir, según su propio criterio, precisamente este desarrollo de las clases altas. Pero cuando el Estado quiso obtener éxitos mayores en este sentido tropezó, ante todo, con su propia debilidad, con el carácter primitivo de su propia organización; y éste estaba, como ya sabemos, determinado por el primitivismo de la estructura social.

Así fue impulsado el Estado ruso, construido sobre la base de la economía rusa, por la presión amistosa y, más aún, por la presión rival de las organizaciones estatales vecinas que se habían formado sobre una base económica más desarrollada. A partir de un momento determinado -en especial desde finales del siglo XVII- el Estado aspiró a acelerar artificialmente con un esfuerzo supremo, el desarrollo económico natural. Nuevos ramos de oficios, máquinas e industrias, producción en gran escala y capital parecen, por decirlo así, servir como injertos en el tronco económico natural. El capitalismo aparece como un hijo del Estado. Desde este punto de vista también se podría decir que toda la ciencia rusa es un producto artificial de los esfuerzos estatales, puesta artificialmente sobre el tronco natural de la ignorancia nacional2.

El pensamiento ruso se desarrolló, como la economía rusa, bajo la presión directa del pensamiento y de la economía -más avanzados- de occidente. Como a consecuencia del carácter económico natural de la economía, es decir como a consecuencia del comercio exterior muy poco desarrollado, las relaciones con los otros países tenían un carácter principalmente estatal, la influencia que Rusia debía sentir de estos países, antes de poder adoptar la forma de competencia económica directa, se manifestó más bien como una lucha encarnizada por la existencia estatal misma. La economía occidental influenció sobre la rusa por mediación del Estado. Para poder sobrevivir mejor en medio de Estados enemigos y mejor armados, Rusia estaba obligada a introducir fábricas, escuelas de navegación, libros instructivos sobre la construcción de instalaciones de fortificación, etc. Pero si el movimiento general de la economía interior no se hubiera dirigido en este sentido, si la evolución de esta economía no hubiese creado una necesidad de aplicación y generalización de los conocimientos, entonces todos los esfuerzos del Estado hubieran sido infructuosos: la economía nacional, que evolucionaba de una manera normal de la forma de economía natural a la forma de economía dinero-mercancías, solamente reaccionó a las medidas del gobierno que se correspondían con esta evolución, y solamente en la medida en que estaban de acuerdo con ella. La historia de la fábrica rusa, del sistema monetario ruso y del crédito estatal es una prueba contundente de esta interpretación de los hechos que acabamos de exponer.

«La mayoría de los ramos industriales (metal, azúcar, petróleo, aguardiente e incluso tejidos de fibra) -escribe el profesor Mendeleev- nacieron directamente bajo la acción de medidas gubernamentales, a veces también con ayuda de altas subvenciones pero, sobre todo, porque el gobierno pretendía, por lo visto, en todas las épocas, una política proteccionista consciente, llegando, durante el reinado del zar Alejandro, a escribirla abiertamente sobre su bandera... El gobierno supremo que se atenía, para Rusia, con plena conciencia, a los principios del proteccionismo, se había adelantado a todas nuestras clases instruidas en conjunto3». El sabio panegirista del proteccionismo industrial olvida añadir que la política gubernamental no estaba dictada sobre la base de una preocupación por el desarrollo de las fuerzas productivas sino por consideraciones puramente fiscales y, en parte, técnico-militares. Por este motivo, la política de aranceles protectores estaba en contradicción no solamente con los intereses fundamentales del desarrollo industrial sino también con los intereses privados de grupos de empresas individuales. Así, los fabricantes de algodón declararon abiertamente que «los aranceles de algodón tan altos no son mantenidos para la promoción del cultivo de algodón sino solamente a causa de intereses fiscales». Así como el gobierno al «crear» las clases había puesto los ojos sobre todo en los tributos para el Estado, también al «establecer» la industria dirigía su preocupación principal hacia las necesidades del fisco. Pero, indudablemente, la autocracia, al trasplantar la producción industrial en suelo ruso, jugaba un papel importante.

En la época en la que la sociedad burguesa en desarrollo empezó a sentir la necesidad de las instituciones políticas de occidente, la autocracia estaba equipada con un poder material semejante al de los países europeos. Se apoyaba en un aparato burocrático centralizado que era completamente insuficiente en orden al control de situaciones nuevas pero que, en cambio, era capaz de poner en movimiento grandes energías de carácter represivo sistemático. Las inmensas distancias del país habían sido superadas mediante el telégrafo, permitiendo que las iniciativas de la administración se realizaran con seguridad, con relativa unidad y con rapidez (en el caso de medidas represivas); los ferrocarriles hacían posible desplazar en poco tiempo tropas militares de un extremo al otro del país. Los gobiernos prerrevolucionarios de Europa apenas conocían ferrocarriles y telégrafos. El ejército que estaba a la disposición del absolutismo era realmente gigantesco y, si bien en los primeros ensayos, la guerra ruso-japonesa, se había mostrado inútil, era suficientemente bueno para el control del interior. No ya el gobierno de la vieja Francia, sino ni siquiera el gobierno de 1848 había conocido nada que pudiera igualarse al actual ejército ruso.

El gobierno, al mismo tiempo que con ayuda del aparato fiscal militar explotaba el país al máximo, aumentaba su presupuesto anual hasta la suma gigantesca de 2.000 millones de rublos. Apoyado en el ejército y en el presupuesto, el gobierno autocrático convirtió la bolsa europea de valores en su tesoro privado y al contribuyente ruso en un tributario desesperado de esta bolsa.

Así el gobierno ruso se presentaba al mundo, en los años ochenta y noventa del siglo XIX, como una inmensa organización impositiva y bursátil con una significación burocrático-militar y con un poder inconmovible.

El poder financiero y militar del absolutismo agobiaba e impresionaba no solamente a la burguesía europea sino también al liberalismo ruso, quitándole cualquier atisbo de esperanza en la posibilidad de una disputa abierta con el absolutismo. Parecía como si el poder militar y financiero del absolutismo excluyera cualquier posibilidad de una revolución rusa.

En realidad ocurrió todo lo contrario. Cuanto más centralizado es un Estado y cuanto más desgajado está de la sociedad, tanto más pronto se convierte en una organización autónoma que está por encima de la sociedad. Cuanto más grandes son las fuerzas militares y financieras de tal organización, tanto más largamente y con más éxito puede luchar por su supervivencia. El Estado centralizador, con su presupuesto de 2.000 millones, con sus 8.000 millones de deuda y con millones de hombres sobre las armas, podía todavía mantenerse, aun después de haber dejado de corresponder a las necesidades elementales del desarrollo social; necesidades no sólo referentes a la administración interna, sino inclusive las necesidades relativas a la seguridad militar, para cuya garantía había sido, originariamente, creado.

Cuanto más duradera era esta situación, tanto más se desarrollaba la contradicción entre las exigencias del progreso económico y cultural y la política gubernamental, la cual multiplicaba su propia desidia «en millones de veces». Al haber dejado atrás la época de las grandes reformas del tipo de soluciones de recambio -que no solamente no podían eliminar esta contradicción sino que, por el contrario, la ponían al descubierto claramente por primera vez- al gobierno se le hizo objetivamente cada vez más difícil, y psicológicamente cada vez menos posible, el emprender por sí mismo la marcha hacia el parlamentarismo. La única salida a esta contradicción que en la mencionada situación se le ofrecía a la sociedad, consistía en acumular el suficiente vapor revolucionario en la marmita del absolutismo para poder hacerla volar.

Así, el poder administrativo, militar y financiero del absolutismo, el mismo que le había proporcionado la posibilidad de sostenerse en plena contradicción con el desarrollo social, no solamente no excluía la posibilidad de una revolución -como pensaba el liberalismo- sino que, por el contrario, hacía que la revolución fuera la única salida; además, la revolución tendría un carácter tanto más radical cuanto más profundo se hiciera el abismo entre el poder del absolutismo y la nación.

El marxismo ruso puede, con toda razón, estar orgulloso de haber sido el único en señalar el sentido de esta evolución y de haber predicho sus formas generales4, en una época en la que el liberalismo se nutría de un «practicismo» utópico y en que el movimiento revolucionario de los populistas vivía de fantasmagorías y de la creencia en milagros.

Todo este transcurso de la evolución social hacía la revolución inevitable. ¿Pero cuáles eran las fuerzas de esta revolución?

2. Ciudad y capital

El desarrollo de las ciudades en Rusia es un producto de la historia más reciente -más exactamente, un producto de las últimas décadas-. Hacia finales de la regencia de Pedro I, en el primer cuarto del siglo XVIII, la población urbana era de un poco más de 328.000 personas, aproximadamente el 3 % de la población del país. Hacia finales del mismo siglo era de 1.301.000, aproximadamente un 4,1 % de la población total. En 1812 había aumentado la población de las ciudades a 1.653.000, es decir un 4,4 %. A mediados del siglo XIX contaban las ciudades todavía con sólo 3.482.000 personas, un 7,8 %. En el último censo (1897) se contabilizó finalmente una cifra de población urbana de 16.289.000, lo que hace aproximadamente el 13 % de la población total5.

Si concebimos la ciudad no sólo como unidad administrativa sino como formación económico-social, entonces tenemos que admitir que las meras cifras mencionadas no reflejan realmente el desarrollo de las ciudades: la práctica estatal administrativa adjudicaba a determinadas ciudades innumerables privilegios con la misma arbitrariedad con que privaba a otras de los mismos y sin que en ello mediasen las más mínimas consideraciones de orden técnico-científico. Estas cifras manifiestan, sin embargo, tanto la falta de importancia de las ciudades en la Rusia anterior a las reformas como su crecimiento febril durante las últimas décadas. El crecimiento de la población urbana entre los años 1885 y 1887 era, según los cálculos de Mijailovski, de un 33,8 %, es decir, más del doble del crecimiento de la población rusa en general (15,25 %) y casi el triple del aumento de la población rural (12,7 %). El incremento rápido de la población urbana (no agrícola) se expresa aún más claramente si añadimos los pueblos y las ciudades pequeñas con algo de industria.

Pero las modernas ciudades rusas no difieren de las viejas solamente por su número de habitantes sino también por su carácter social: son el centro de la industria y del comercio. La mayoría de nuestras viejas ciudades apenas desempeñaba un destacado papel económico; eran puntos administrativo-militares o fortalezas, su población estaba obligada al servicio militar y, asimismo, era mantenida por el fisco. La ciudad era generalmente un centro administrativo, militar y recaudador de impuestos.

Cuando la población no sujeta al servicio se establecía en el término municipal de la ciudad o en sus alrededores para encontrar protección contra sus enemigos, este hecho no impedía en absoluto el que continuara ocupándose en la agricultura. Incluso Moscú, la ciudad más grande de la vieja Rusia, era -según las explicaciones del Miliukov- únicamente «una residencia del zar, en la cual una parte considerable de sus habitantes estaba vinculada, de una manera o de otra, a la corte, sea como séquito, sea como guardia de palacio, sea como servidumbre. De más de 16.000 hogares que se habían contado en el censo de Moscú de 1.701, sólo 7.000 (44 %) eran traficantes y artesanos; e incluso éstos vivían cerca de la corte y trabajaban para sus necesidades. Los restantes 9.000 hogares estaban formados por el clero (1.500) y la clase dominante». La ciudad rusa, al igual que las ciudades que caracterizaron al despotismo asiático y a diferencia de las ciudades artesanales y comerciales de la Edad Media, realizaba pues una actividad puramente de consumo. Por la misma época en que la moderna ciudad occidental defendía con más o menos éxito la política de impedir que los artesanos se estableciesen en los pueblos, la ciudad rusa desconocía todavía por completo este fenómeno. Pero, ¿dónde existía en Rusia una industria transformadora, un oficio?: en los pueblos, en la agricultura. A causa del intenso pillaje por parte del Estado, el bajo nivel económico no dejaba ningún margen a la acumulación de riquezas ni a la división del trabajo social. El verano, mucho más corto, en comparación con el occidental, traía consigo una inactividad invernal más larga. Todo esto dio ocasión a que la industria transformadora no se separase de la agricultura ni se concentrase en las ciudades, sino que continuara como ocupación accesoria en el campo. Cuando en la segunda mitad del siglo XIX comenzó el desarrollo de la industria capitalista en gran escala, no encontró ninguna industria urbana sobre la cual asentarse, sino principalmente el oficio aldeano kustar6. El millón y medio de obreros fabriles que hay, como máximo, en Rusia -escribe Miliukov- tiene enfrente de sí a no menos de 4 millones de campesinos que están ocupados en sus aldeas en la industria transformadora, sin dejar por esto la agricultura. Precisamente esta clase, de la cual [...] surgió la fábrica europea, no participó en modo alguno [...] en la construcción de la industria rusa.

El crecimiento posterior de la población y de su productividad proporcionó una base natural para la división del trabajo social y, desde luego, también para el oficio urbano. Pero a causa de la presión económica de los países avanzados, la gran industria capitalista se apoderó enseguida de esta base, de forma que no hubo tiempo suficiente para que el oficio urbano floreciese.

Los cuatro millones de artesanos kustar eran justamente el elemento que, en Europa, había formado el núcleo de la población urbana entrando a formar parte de los gremios como maestros y oficiales, y que luego, progresivamente, fueron cada vez más quedando fuera de los gremios hasta independizarse de ellos por completo. Era precisamente esta capa de artesanos la que, durante la gran revolución, constituía la parte principal de la población de los barrios más revolucionarios de París. Ya este mero hecho -la insignificancia de la industria urbana- había de tener consecuencias incalculables para nuestra revolución7.

La característica económica esencial de la ciudad contemporánea es la transformación de las materias primas, de las cuales le abastece el campo; por este motivo son decisivas para la ciudad las condiciones de transporte. Sólo la introducción del ferrocarril podía ensanchar de tal manera el campo de abastecimiento de la ciudad hasta el punto de hacer posible la aglomeración de centenares de miles de personas; la necesidad de una tal aglomeración resultó de la gran industria fabril. El núcleo de población de una ciudad moderna, por lo menos de una ciudad de importancia económica y política, es la clase de los obreros asalariados, claramente diferenciada. Justamente esta clase, que en la época de la gran revolución francesa era todavía sustancialmente desconocida, debía jugar en nuestra revolución el papel decisivo.

El sistema industrial fabril no solamente coloca al proletariado en la primera línea del frente sino que también empuja hacia la retaguardia a la democracia burguesa, quien en revoluciones anteriores había encontrado un apoyo en la pequeña burguesía urbana: artesanos, pequeños traficantes, etc. Y otra razón del papel político desproporcionadamente grande del proletariado ruso la constituye el hecho de que una parte considerable del capital ruso sea inmigrado. Esto ha conducido -según Kautsky- a que el proletariado haya aumentado en número, fuerza e influencia de una manera que no guardaba la más mínima proporción con el crecimiento del liberalismo burgués.

Ya explicamos cómo en Rusia el capitalismo no se desarrolló a partir del oficio artesanal. Cuando el capitalismo llegó a la conquista de Rusia traía consigo como auxiliar a la civilización económica europea; su competidor era el artesano kustar desamparado o el industrial urbano arruinado; y poseía en cambio a su favor, como reserva de fuerza de trabajo, al campesinado semiempobrecido. El absolutismo, por su parte, favoreció bajo diversos aspectos la subyugación capitalista del país.

Primero convirtió al campesino ruso en tributario de la bolsa mundial de valores. La falta, en el campo, del capital exigido continuamente por la ciudad, preparaba el terreno para las condiciones usurarias de los empréstitos extranjeros. Desde la regencia de Catalina II hasta el ministerio Witte-Durnovo8 trabajaron banqueros de Amsterdam, Londres, París y Berlín con miras a la transformación de la autocracia en un gigantesco objeto de especulación en bolsa. Una parte considerable de los llamados empréstitos interiores, que fueron realizados por instituciones nacionales de crédito, no se diferenció en nada de los empréstitos extranjeros, ya que de hecho fue adquirida por capitalistas extranjeros. El absolutismo, mientras proletarizaba y pauperizaba al campesinado mediante altos impuestos, convertía los millones de la bolsa europea en soldados, en cruceros acorazados, en cárceles de incomunicación y en ferrocarriles. La mayor parte de estos gastos era absolutamente improductiva desde el punto de vista económico. Una parte inmensa del producto nacional fue pagada al extranjero en forma de intereses y enriquecía y fortalecía la aristocracia financiera de Europa. La burguesía financiera europea, cuya influencia política ha ido creciendo continuamente durante las últimas décadas en los países de gobierno parlamentario haciendo retroceder la influencia de los capitalistas industriales y comerciales, ha convertido realmente al gobierno zarista en su vasallo. Ahora bien, esta burguesía no quería ni podía llegar a ser una parte de la oposición burguesa en el interior de Rusia y efectivamente no lo fue. En lo que se refiere a sus simpatías y antipatías se guiaba por el principio que ya habían formulado los banqueros Hoppe y Cía., en el año 1789, relativo a las condiciones del empréstito para el zar Pablo: «Los intereses han de pagarse sin consideración de las circunstancias políticas». La bolsa europea estaba incluso directamente interesada en el mantenimiento del absolutismo: ningún otro gobierno podía garantizarle tales intereses de usura. Pero los empréstitos estatales no eran el único camino mediante el cual se importaban capitales europeos en Rusia. El mismo dinero que devoró una gran parte del presupuesto nacional ruso volvió a Rusia como capital comercial e industrial, atraído por sus riquezas naturales intactas y, sobre todo, por su mercado de trabajo no organizado y desacostumbrado a la resistencia. El periodo más reciente de nuestro incremento industrial de 1893 a 1889 fue al mismo tiempo un periodo de inmigración acentuada del capital europeo. Este capital, pues, que quedaba, ahora como antes, en su mayor parte en manos europeas y que dominaba la escena política en los parlamentos de Francia o Bélgica, movilizó en cambio, sobre la tierra rusa, a la clase obrera.

El capital europeo lanzó sus principales ramas de la producción y medios de comunicación sobre este país económicamente atrasado y lo esclavizó, saltando una serie de fases técnicas y económicas intermedias que, en cambio, en su patria no podía menos de recorrer progresivamente. Pero cuantos menos obstáculos encontraba en el camino hacia su predominio económico tanto menos importante se configuró su papel político.

La burguesía europea se desarrolló a partir del Tercer Estado de la Edad Media. Levantó la bandera de protesta contra el pillaje y la violencia por parte del Primer y del Segundo Estados, levantándola en nombre de los intereses del pueblo, al cual ella misma deseaba explotar. Durante la transformación de la monarquía clasista medieval en absolutismo burocrático, ésta se apoyó en la población urbana en su lucha contra las pretensiones del clero y de la aristocracia. La burguesía se aprovechó de esto para su propia promoción política. Así se desarrollaban, simultáneamente, el absolutismo burocrático y la clase capitalista; y cuando chocaron en 1789 se mostró que la burguesía gozaba del respaldo de la nación entera.

El absolutismo se desarrolló bajo la presión directa de los Estados occidentales. Se apoderó de los métodos de administración y dominación mucho antes de que la burguesía capitalista consiguiese desarrollarse al nivel de la economía nacional. El absolutismo disponía ya de un inmenso ejército permanente, de un aparato burocrático y fiscal centralizado y emitía deuda no amortizable con destino a los banqueros europeos, en una época en la que las ciudades rusas jugaban todavía un papel económico completamente subordinado.

El capital se internó desde el occidente, beneficiándose de la ayuda directa por parte del absolutismo, y convirtió en poco tiempo una serie de viejas ciudades arcaicas en centros industriales y comerciales, e inclusive creó tales ciudades comerciales e industriales en lugares antes inhabitados por completo. Este capital a menudo se presentó de repente en la forma de grandes e impersonales sociedades anónimas. En la década de la prosperidad industrial de 1893 a 1902, el capital nominal de las sociedades anónimas se incrementó en 2.000 millones de rublos, mientras que de 1854 a 1892 había aumentado sólo en 900 millones de rublos. El proletariado se vio repentinamente concentrado en grandes aglomeraciones, habiendo tan sólo entre el absolutismo y él una burguesía capitalista numéricamente débil, aislada del «pueblo», medio extranjera de origen, sin tradiciones históricas y animada únicamente por la codicia.

3. 1789/1848/1905

La historia no se repite. Por mucho que se quiera comparar la revolución rusa con la gran revolución francesa, no por eso se convierte la primera en una simple repetición de la segunda. El siglo XIX no ha transcurrido en vano.

Ya el año 1848 presenta una gran diferencia respecto al año 1789. En comparación con la gran revolución, la prusiana o la austríaca sorprendieron por su falta de brío. Por un lado llegaron demasiado pronto; por otro, demasiado tarde. El gigantesco esfuerzo que necesita la sociedad burguesa para arreglar cuentas radicalmente con los señores del pasado, sólo puede ser conseguido, bien mediante la poderosa unidad de la nación entera que se subleva contra el despotismo feudal, bien mediante una evolución acelerada de la lucha de clases dentro de esta nación en vías de emancipación.

El primer caso se dio entre 1789 y 1793; toda la energía nacional que se había ido acumulando en la tremenda resistencia contra el viejo orden, se volcó por completo en la lucha contra la reacción. En el segundo caso, que hasta ahora no se ha dado en la historia y que consideramos solamente como una posibilidad, se produce, dentro de la nación burguesa, el grado de energía necesario para conseguir la victoria sobre las fuerzas oscuras del pasado, mediante una “discutible” lucha de clases. Los ásperos conflictos internos que consumen gran parte de sus energías y privan a la burguesía de la posibilidad de desempeñar el papel principal, empujan a su antagonista hacia delante, le dan en un mes la experiencia de décadas, le colocan en el frente más avanzado y le entregan las riendas tendidas, ocasión que él aprovecha para, decididamente y sin vacilaciones, dar a los acontecimientos un ímpetu poderoso.

O una nación que se contrae toda ella como un león preparándose para el salto; o una nación que se ha dividido definitivamente, durante el proceso de la lucha, para dejar en libertad de movimientos a su mejor parte en orden a la realización de la tarea para la cual el todo entero ya no tiene fuerzas suficientes. Estos son dos tipos opuestos que, desde luego, se pueden contraponer en su forma pura sólo teóricamente.

Lo peor es, como en tantos otros casos, un término medio; en este término medio se encontró el año 1848.

En el periodo heroico de la historia francesa vemos delante de nosotros una burguesía ilustrada y activa que aún no había descubierto sus propias contradicciones. La historia le había confiado la tarea del mando, en la lucha por el nuevo orden, no sólo en contra de las instituciones anticuadas de Francia sino también en contra de las fuerzas reaccionarias de toda Europa. Como consecuencia, la burguesía en todas sus diversas fracciones se siente conductora de la nación, compromete a las masas en la lucha, les transmite consignas y les señala la táctica de la lucha. La democracia unificó la nación bajo una ideología política. El pueblo -pequeños burgueses, campesinos y obreros- elegían burgueses como diputados y las tareas encargadas a ellos por las masas, estaban escritas en el lenguaje de una burguesía que era consciente de su papel mesiánico. Aunque también durante la revolución misma se destacan claramente antagonismos de clase, el ímpetu, una vez conseguido, de la lucha revolucionaria elimina política y consecuentemente los elementos burocráticos de la burguesía. Ninguna capa social es relevada sin haber transmitido antes su energía a las que le suceden. Así, la nación como un todo continúa la lucha por sus objetivos con medios cada vez más potentes y decididos. Cuando la crema de la burguesía adinerada se separa del núcleo del movimiento nacional puesto en marcha y se alía con Luis XVI, se vuelven las reivindicaciones de la nación, que a la sazón están ya dirigidas contra esta burguesía, hacia el sufragio universal, y hacia la república como formas lógicas e inevitables de la democracia.

La gran revolución francesa es, en efecto, una revolución nacional. Incluso más: aquí se manifiesta en su forma clásica la lucha mundial del orden social burgués por el dominio, el poder y la victoria indivisa dentro del marco nacional.

Jacobinismo es hoy una injuria en boca de los sabelotodo liberales. El odio burgués contra la revolución, contra las masas, contra la violencia y contra la historia que se hace en la calle, se ha concentrado en un grito de indignación y de angustia: ¡ Jacobinismo! Nosotros, el ejército mundial del comunismo, históricamente hemos ya arreglado cuentas hace tiempo con el jacobinismo. Todo el movimiento proletario internacional de la actualidad ha nacido y se ha fortalecido en disputa con las tradiciones del jacobinismo. Lo hemos sometido a una crítica teórica, hemos mostrado su estrechez, hemos desenmascarado su contradicción social, su utopismo, su fraseología y hemos roto con sus tradiciones que, durante décadas, pasaban por herencia sagrada de la revolución.

Pero defendemos el jacobinismo contra los ataques, las calumnias y los ultrajes insípidos de que le hace objeto el liberalismo flemático y exangüe. La burguesía ha traicionado ignominiosamente todas las tradiciones de su juventud histórica, sus mercenarios actuales profanan las tumbas de sus antepasados y calumnian los vestigios de sus ideales. El proletariado defiende el honor del pasado revolucionario de la burguesía. El proletariado que, en la práctica, ha roto tan radicalmente con las tradiciones revolucionarias de la burguesía, las protege como herencia de grandes pasiones, de heroísmo e iniciativa y su corazón late lleno de simpatía hacia los hechos y las palabras de la Convención jacobina.

¿Qué es lo que dio al liberalismo su fuerza atractiva que no fuesen las tradiciones de la gran revolución francesa? ¿En qué otro periodo se elevó la democracia burguesa a tal altura, encendió una llama tal en el corazón del pueblo como lo logró la democracia jacobina, sans-culotte y terrorista de Robespierre en el año 1793?

¿No era el jacobinismo el que posibilitaba y posibilita todavía al radicalismo burgués francés de los diversos matices a mantener en proscripción hasta hoy en día a una inmensa parte del pueblo, incluso del proletariado -y eso en una época en que el radicalismo burgués en Austria y Alemania nutría su breve historia de actos inútiles y ridículos-?

¿No es la fuerza atractiva del jacobinismo, su ideología política abstracta, su culto por la República Sagrada y sus declamaciones solemnes, de lo que se nutren todavía hoy los radicales y radical-socialistas franceses como Clemenceau, Millerand, Briand, Bourgeois y todos esos políticos, más incapaces todavía de conservar las esencias de la sociedad burguesa que los junkers de Guillermo II, estúpidos por la gracia de Dios; junkers a los cuales envidian tan desesperadamente las democracias burguesas de otros países mientras, simultáneamente, denigran la razón y la fuente de su posición política privilegiada -el jacobinismo heroico- con calumnias? Incluso después de haber defraudado muchas esperanzas, siguió el jacobinismo viviendo como tradición en la conciencia del pueblo; el proletariado habló aún durante mucho tiempo de su futuro en el lenguaje del pasado. En el año 1840, casi medio siglo después del gobierno del «partido de la Montaña», ocho años antes de los días de junio del 48, Heine visitó varios talleres en el suburbio Saint-Marceau, y pudo ver lo que leían los obreros, «la parte más fuerte de la clase baja». «Allí encontré -así informó a un periódico alemán- varias ediciones nuevas de los discursos del viejo Robespierre, también de los panfletos de Marat por entregas, la Historia de la revolución de Cabet, la libélula venenosa de Cormenin, Babeuf y la conspiración de los Iguales de Buonarotti -todos ellos escritos que olían como a sangre... Como fruto de esta siembra -profetizó el poeta- amenaza prorrumpir, más tarde o más temprano, desde la tierra francesa la república»9.

En el año 1848, la burguesía era ya incapaz de jugar un papel comparable. No era lo suficientemente dispuesta ni audaz como para asumir la responsabilidad de la eliminación revolucionaria del orden social que se oponía a su dominación. Entretanto, hemos podido llegar a conocer el porqué. Su tarea consistía más bien -de eso se daba ella cuenta claramente- en incluir en el viejo sistema garantías que eran necesarias, no para su dominación política, sino simplemente para un reparto del poder con las fuerzas del pasado. La burguesía había extraído algunas lecciones de la experiencia de la burguesía francesa: estaba corrompida por su traición y amedrentada por sus fracasos. No solamente se guardaba muy bien de empujar a las masas al asalto contra el viejo orden sino que buscaba un apoyo en el viejo orden, con tal de rechazar a las masas que la empujaban hacia adelante.

La burguesía francesa supo hacer grande su revolución. Su conciencia era al mismo tiempo la conciencia de la sociedad entera y nada podía convertirse en institución duradera sin haber sido reconocido antes por esta conciencia como un objetivo suyo, como una tarea suya de carácter político. A menudo adoptó una actitud teatral para esconder ante sí misma la estrechez de su propio mundo burgués; pero seguía adelante sin embargo.

La burguesía alemana, en cambio, desde el principio en vez de «hacer» la revolución, se separaba de ella. Su conciencia se rebeló contra las condiciones objetivas de su propia domina- ción. No se podía llegar a la revolución con su concurso, sino contra ella. En su pensamiento, las instituciones democráticas se presentaban no como un objetivo de su lucha, sino como el peligro para su bienestar.

En el año 48 se necesitaba una clase que hubiese sido capaz de tomar en sus manos los acontecimientos, prescindiendo de la burguesía e incluso en contradicción con ella, una clase que hubiera estado dispuesta no sólo a empujar a la burguesía hacia adelante con toda su fuerza, sino también a quitar de en medio, en el momento decisivo, su cadáver político.

Ni la pequeña burguesía ni el campesinado eran capaces de hacerlo.

La pequeña burguesía urbana era no sólo hostil al ayer sino también al mañana. Estaba todavía encamisada en las circunstancias medievales -pero se veía ya impotente para mantenerse frente a la industria «libre»-; todavía configuraba los rasgos de las ciudades -pero ya cedía su influencia en favor de la gran burguesía y de la mediana-; ahogada en sus prejuicios, aturdida por el alboroto de los acontecimientos, explotada y explotando ella misma, ávida y desesperada en su codicia, la pequeña burguesía atrasada no podía ponerse a la cabeza de los acontecimientos mundiales.

Al campesinado le faltaba, en una medida aún mayor, una iniciativa política independiente. Desde hacía siglos avasallado, empobrecido y furioso, siendo siempre la encrucijada tanto de la vieja explotación como de la nueva, el campesinado representaba, en un momento determinado, una fuente rica en caótica fuerza revolucionaria. Pero desunido, dispersado, rechazado de las ciudades, los centros nerviosos de la política y de la cultura, apático, limitado en su horizonte a lo que le rodeaba de inmediato e indiferente frente a todo pensamiento urbano, el campesinado no podía tomar importancia como fuerza dirigente. A partir del momento en que le liberaban de la carga de las obligaciones feudales, el campesinado volvía a su inmovilidad y pagaba a la ciudad, que había luchado por sus derechos, con extrema ingratitud: los campesinos liberados se convertían en fanáticos del «orden».

La intelligentsia democrática, sin un poder de clase, se arrastraba pronto, como una especie de retaguardia política, a remolque de su hermana mayor, la burguesía liberal; luego, en momentos críticos, se separaba de ella para únicamente dar pruebas de su propia impotencia. Se enredaba en contradicciones insolubles y llevaba consigo esta confusión por todas partes.

El proletariado era demasiado débil, se encontraba sin organización, sin experiencia y sin conocimientos. El desarrollo capitalista había progresado lo suficiente como para hacer necesaria la abolición de las viejas condiciones feudales, pero no tan suficientemente como para permitir destacarse a la clase obrera -el producto de las nuevas condiciones de producción- como una fuerza política decisiva. El antagonismo entre el proletariado y la burguesía se había desarrollado demasiado en el marco nacional de Alemania como para que aún le fuera posible a la burguesía figurar intrépidamente con el papel de protagonista nacional; pero no se había desarrollado tanto como para que el proletariado pudiese hacerse cargo él mismo de este papel. Aunque los roces internos de la revolución preparaban al proletariado para la independencia política, también ellos debilitaban, al mismo tiempo, la energía y la unidad de acción, hacían despilfarrar infructuosamente las fuerzas y obligaban a la revolución, después de los primeros éxitos, a marcar el paso sin moverse del sitio para emprender luego la retirada bajo los golpes de la reacción.

Austria ha sido un ejemplo especialmente claro y trágico de esta inexperiencia y del error que supone no llevar las condiciones políticas a sus últimas consecuencias durante un periodo revolucionario.

El proletariado de Viena mostró en 1848 un heroísmo asombroso y una energía inagotable. Una y otra vez se metía de lleno en la lucha empujado por un ronco instinto de clase, sin tener una idea general sobre los objetivos de la misma; saltaba de una consigna a la otra. La dirección del proletariado pasó -asombrosamente- al estudiantado, el único grupo democrático activo que tenía, gracias a su actividad, una gran influencia sobre las masas y, por consecuencia, también sobre los acontecimientos. Los estudiantes podían, sin duda, luchar valientemente en las barricadas y fraternizar honrosamente con los obreros, pero eran incapaces de señalar la dirección de la revolución, posibilidad que la «dictadura» de la calle había colocado entre sus manos.

El proletariado, desunido, sin experiencia política y sin dirección política independiente, seguía a los estudiantes. En cada momento crítico los obreros ofrecían firmemente a los «señores que trabajan con la cabeza» la ayuda de los «que trabajan con las manos». Una vez convocaron los estudiantes a los obreros, otra vez les cerraron el camino al centro de la ciudad. Otras veces, en virtud de la autoridad política de que se revestía la «legión académica», les prohibían plantear reivindicaciones propias independientes. He aquí la forma clásica de la benévola dictadura revolucionaria sobre el proletariado.

La consecuencia de todo ello fueron los acontecimientos siguientes. Cuando el 26 de mayo todos los obreros vieneses siguieron el llamamiento de los estudiantes y se pusieron en acción para impedir que desarmaran a la «legión académica», cuando la población de la capital levantaba barricadas por todas partes, cuando se demostró asombrosamente patente y se apoderó de toda la ciudad, cuando la Viena armada tenía a Austria como respaldo, cuando la monarquía, que se dio a la fuga, había perdido todo significado, cuando, a causa de la presión popular, también las últimas tropas fueron mandadas a retirarse de la capital, cuando el poder gubernamental de Austria era un objeto sin dueño, entonces, no hubo ninguna fuerza política para hacerse con el timón.

La burguesía liberal, conscientemente, no quería encargarse de un poder que había sido tomado de una manera tan rapaz; soñaba únicamente con el regreso del emperador, que se había retirado de la huérfana Viena al Tirol.

Los obreros eran suficientemente valientes para destrozar a la reacción, pero no lo bastante organizados y conscientes como para tomar posesión de la herencia de la misma. Existía un movimiento obrero potente, pero no había todavía ninguna verdadera lucha de clases desarrollada en la que el proletariado hubiese podido precisar sus fines políticos. El proletariado, incapaz de tomar el timón por sí mismo, tampoco podía inducir a la democracia burguesa a que realizara este gran acto histórico, ya que la burguesía -como ya tantas otras veces- se escondía en el momento decisivo. Para obligar a este cobarde a cumplir con sus deberes, el proletariado hubiera necesitado, en todo caso, de la misma fuerza y madurez que para la organización de un propio gobierno obrero provisional.

En resumidas cuentas, una situación que un contemporáneo caracterizó muy acertadamente con las palabras siguientes: «En efecto, en Viena se ha edificado la república pero desgraciadamente nadie se ha dado cuenta de ello... » La república, de la que nadie se había enterado, desapareció para mucho tiempo y dejó el camino libre a los Habsburgo... Una ocasión, una vez que se ha desaprovechado no vuelve por segunda vez.

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160 str. 1 ilustracja
ISBN:
9789874767219
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