Czytaj książkę: «Petróleo de sangre»

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LEIF WENAR

Petróleo de sangre

Tiranos, violencia y las reglas

que rigen el mundo

Traducción de Fernando Borrajo Castanedo


www.armaeniaeditorial.com

Título original: Blood Oil. Tyrants, Violence and the Rules that Run the World

Edición original: Oxford University Press, Oxford, 2016

1.ª edición: mayo 2017

1ª edición ebook: agosto 2021

Diseño de cubiertas: Fernando G. Salgado

Ilustración de cubierta: Nigerial Delta oil spill, George Esiri © Agencia EFE, 2017

Ilustración de solapa: © Leif Wenar (D.R.), 2016

Copyright © Leif Wenar, 2016 © Oxford University Press, 2016

Copyright de la traducción © Fernando Borrajo Castanedo, 2017

Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L. 2017, 2021

Esta traducción está publicada bajo acuerdo con Oxford University Press

Armaenia Editorial, S.L.

www.armaeniaeditorial.com

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas por las leyes,

la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

ISBN: 978-84-18994-05-0


Divide y vencerás, grita el político;

une y lidera, es la consigna del sabio.

–Goethe


Índice

11 Introducción

37 Datos básicos

55 Sumario del libro

I

69 ELLOS CONTRA ELLOS

71 1. Adictos al dinero

89 2. El poder: lo que quieren los grandes hombres

103 3. Coerción, corrupción…

129 4. …Luego tal vez sangre

II

151 ELLOS CONTRA NOSOTROS CONTRA NOSOTROS

153 5. La ley del más fuerte

171 6. Nuestras maldiciones: Petrócratas, terroristas y conflictos

199 7. Cómo funciona la ley del más fuerte

225 8. Manos sucias

III

237 LOS DERECHOS DEL PUEBLO

239 9. Contrapoder

281 10. La determinación de los pueblos

309 11. La soberanía popular de los recursos

331 12. El Estado del Derecho

345 13. Filosofía popular

375 14. Nuestra corrupción: por qué mienten los líderes

IV

393 COMERCIO LIMPIO

395 15. Los principios para la acción

417 16. Comercio Limpio I: la protección de la propiedad

457 17. Comercio Limpio II: promover la responsabilidad

V

485 TODOS UNIDOS

487 18. El futuro

511 Epílogo

529 Bibliografía


INTRODUCCIÓN

La madre de todos los inventos

Coge el smartphone, ese pequeño dispositivo con el que llamas, escribes, envías correos electrónicos, buscas información, la lees, grabas vídeos y juegas. Lo que estás sujetando con las manos es una sinfonía de elementos: aluminio y silicona, litio en la batería, estaño en la soldadura, tungsteno en la alarma vibradora, además de diversos metales exóticos como itrio y lantano en la pantalla y en la cámara. Piensa en esas extrañas moléculas que componen la microestructura del aparato. Cada uno de sus átomos se extrajo del suelo, de algún punto exacto de la superficie del planeta. Tu teléfono está hecho enteramente de recursos naturales. El derroche de conceptos lógicos que te ofrece se fundamenta en la tabla periódica; su alma fluye a toda prisa por la tierra, que es la madre de todos nuestros inventos.

Nuestros deseos llegan a ser tan absorbentes que olvidamos el maravilloso movimiento molecular que garantiza su satisfacción. Como estás impaciente por llegar a casa, pisas un poco el acelerador. Tienes que hablar con un amigo en Sydney, de modo que haces doble clic con el ratón. El vuelo a París te llevará a una reunión, o a encontrarte con una amante. No te das cuenta de que, cuando despega el avión —con el carbotitanio del fuselaje, el acero del tren de aterrizaje, el queroseno de los depósitos de combustible, el sistema de guía de precisión y los dispositivos tecnológicos que llevan los pasajeros—, la nave se convierte en un pequeño planeta Tierra en órbita parcial. Los increíbles artilugios multinacionales que nos conectan unos a otros se asemejan a nuestros propios cuerpos en complejidad, y de igual manera damos por sentado su funcionamiento con solo pulsar un botón.

Todo lo que leemos, conducimos, vestimos y comemos son combinaciones de sustancias obtenidas de nuestro mundo globalizado; nos pasamos el día consumiendo mercancías de las naciones unidas. Sería fantástico encontrar los orígenes de lo que poseemos; imaginemos pues que hay una aplicación al efecto. Supón que tu móvil cuenta con una aplicación llamada Cadenas de Suministro, la cual rastrea el origen de cualquier pieza de un producto. Apuntas con el teléfono a la camisa, al anillo o al reloj, y la pantalla muestra un esquema que se ramifica en componentes y subcomponentes, cada uno de los cuales lleva etiquetado su propio origen. Compraste la camisa en Macy’s, y la aplicación indica que la confeccionaron en Italia con polímeros chinos manufacturados en la India con petróleo refinado en Corea del Sur pero extraído en Brunéi. El anillo, para tu sorpresa, tiene un diamante pulido en Israel después de pasar por Dubái procedente de una mina de Zimbabue. Si utilizas la función «mapa» y apuntas con la cámara al reloj, observarás que las cadenas de suministro que se ocultan tras los componentes de este recorren medio mundo como riachuelos de materias primas que desembocan en arroyos manufactureros que forman líquidas cadenas de montaje, las cuales conforman un río que las transporta hasta ti. Al apuntar con el teléfono a tus gafas de sol, ves que estas se desmontan de manera progresiva, como fuegos artificiales por etapas, cuyas piezas se dispersan por el mundo hasta que las materias primas se descomponen en líquidos y se funden con las piedras que regresan bajo tierra.

Las cadenas de montaje que nos proporcionan el botín de la Tierra son uno de los grandes logros de nuestra especie. Para fabricar tus zapatos, un grupo de seres humanos ejecutó un difícil baile por varios continentes, cuya coreografía es mucho más compleja que cualquier ballet de Balanchine. Y tus zapatos no son más que un producto global. Si pudiéramos observar al mismo tiempo todas las cadenas de suministro brillando sobre la superficie de la Tierra, veríamos un sistema de miles de millones de nodos formando billones de conexiones semejantes ni más ni menos que a un corte transversal del cerebro humano, esparcido por todo el mapa. Y esta red similar a la neuronal sigue creciendo. El volumen de este comercio mundial de bienes se ha cuadruplicado durante la última década, conectando a las personas en el aspecto físico, al mismo tiempo que Internet las conecta en el plano social. Además, estos dos sistemas se han hecho más simbióticos: la red de cadenas de suministro construye y alimenta Internet, a la par que esta controla el dinámico y frenético entramado de cadenas de suministro de las que recibimos nuestras propias moléculas.

La máquina de la vida

Imagínate que estás en las gradas de un estadio que tiene un reloj poco habitual: cada segundo cae del cielo un bloque de metal de 1 600 kilos y se estampa contra el suelo. Esa es la cantidad de aluminio que se usa en el mundo. Y el aluminio no es el metal más importante. En el estadio del reloj de acero, cada bloque que cae son cincuenta toneladas demoledoras que aterrizan cada segundo, las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Eso equivale a la producción mundial de hierro. Esas gigantescas cantidades de materia que se utilizan en las fábricas se ajustan al número de consumidores que demandan las moléculas: siete mil millones de seres humanos (¿cabe siquiera en la cabeza?), cada uno con los deseos diarios de una vida individual. Se trata, en definitiva, de los deseos conjuntos de la Humanidad, que extrae materias primas del suelo para trasladarlas a las redes globales que conforman las cadenas de suministro. ¿Mil millones de metros cúbicos de madera al año? Necesitamos semejante cantidad para construir y fabricar nuestras casas y pianos, pañuelos de papel y tarjetas de felicitación.

El trabajo necesario para convertir la materia prima en bienes de consumo es realmente extraordinario. Las fábricas de todo el mundo utilizan todos los años veintidós millones de toneladas de cobre con el fin de transformarlas en tuberías y cables para una población cada vez más urbana. En las cadenas de montaje, la producción es minuciosamente intensiva también. Para fabricar un solo condensador, una empresa japonesa hace agujeros de una micra de profundidad en una lámina de aluminio de cien micras de espesor. (Imagínate hacer trescientos mil agujeros en un grano de arroz, para luego darle la vuelta y volver a hacer otros trescientos mil agujeros por el otro lado). Y ese condensador es sólo una fase de una cadena de montaje global que fabrica un teléfono, el cual va a parar quizás a un megasuburbio de Kenia, a manos de una madre que ya podrá usarlo a fin de descubrir dónde encontrar agua para la jornada.

¿Es esta economía global, tan impresionante a todos los niveles, la más valiosa de las creaciones humanas? El hecho de que pensemos así dependerá del valor que otorguemos a las cosas, incluido el valor que confiramos a las vidas humanas. La red mundial de cadenas de suministro es una máquina de la vida, un solo dispositivo que sirve para mantener el prodigioso crecimiento numérico del Homo sapiens. Vemos de nuevo dos sistemas en simbiosis —los seres humanos y las cadenas de suministro—, cada uno de los cuales hace crecer al otro y lo fortalece.

Esta relación simbiótica tiene siglos de antigüedad y florece por ambas partes, sobre todo desde 1945. Ahora hay muchas más personas que se ganan la vida fabricando bienes y productos para el extranjero, al mismo tiempo que se abastecen de medicamentos y electrodomésticos producidos fuera de sus fronteras. En parte gracias a esta simbiosis global, hoy la gente es considerablemente más longeva. Cada vez mueren menos niños durante el parto. La desnutrición infantil se encuentra en los niveles más bajos, al igual que el analfabetismo. Más admirable aún es la disminución de la pobreza extrema: la disminución del porcentaje de personas que viven con lo que se puede comprar con 1,25 dólares al día en Estados Unidos. Los principales cálculos indican que durante un espacio de veinticinco años de creciente integración global, los países en vías de desarrollo han conseguido reducir la pobreza extrema en más de la mitad: de un 43% a un 21%.

Los índices globales de mortalidad materna, de desnutrición infantil, de analfabetismo y de pobreza siguen siendo inadmisibles, y este libro explicará una de las razones de semejante situación. Los últimos logros de la Humanidad acarrean también graves problemas —el cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales, las crisis económicas, la inseguridad alimentaria, etcétera—, que también analizaremos. Sin embargo, las buenas nuevas sobre el desarrollo humano quizá nos den ánimos. La red mundial de cadenas de suministro nos deslumbra cuando transforma piedras, barro y madera en aquello que miles de personas quieren y necesitan. Los recientes descubrimientos científicos nos permiten pensar que el perfeccionamiento de esta máquina de la vida servirá para enriquecer aún más la experiencia humana. En palabras del economista Angus Deaton:

Desde la Segunda Guerra Mundial… el rápido crecimiento económico ha librado de la indigencia a millones de personas en muchos países. El bienestar material aumenta a medida que disminuye el índice de mortalidad, y la gente vive una vida más larga y plena… El mundo no sólo ha crecido en cuatro mil millones de personas durante el último medio siglo, sino que los siete mil millones que viven hoy disfrutan, por término medio, de una vida mucho mejor que la de sus padres y abuelos…

Es esta una historia de progreso… en la que la esperanza de vida aumentaba a un ritmo (en apariencia imposible) de varios años al año… El mundo es ahora un lugar más sano que en cualquier tiempo pasado. Las personas viven más tiempo, son más altas y fuertes, y sus hijos tienen menos probabilidades de enfermar y morir. Las mejoras en sanidad nos garantizan una vida mejor, y nos permiten aprovechar mejor la vida, ser más eficientes, dedicar más tiempo al estudio y disfrutar más y mejor de nuestros familiares y amigos.

La maldición de los recursos naturales

En conjunto, en la historia reciente de nuestra especie, vemos muchas buenas noticias: vidas más largas, más cultura, menos pobreza, más salud. Pero también oímos alarmas a lo lejos: guerra en Oriente Medio, tiranía en el Golfo Pérsico, violencia sexual en África. Tenemos la sensación de estar conectados a este sufrimiento y esta injusticia mediante las cadenas de suministro globales. ¿Acaso no llenamos el depósito de nuestro coche con el petróleo saudí? ¿No hay minerales de dudoso origen dentro de nuestros ordenadores? El sonido de las alarmas nos parece débil porque está muy lejos. Pero sospechamos que, de cerca, deben retumbar.

Podemos aproximarnos con cautela a una de esas lejanas sirenas, con paso lento para que no nos revienten los tímpanos de repente. Caminemos despacio hacia África y el Congo, empezando por el discurso de un senador estadounidense:

Sin saberlo, decenas de millones de estadounidenses están llenando los bolsillos de los más sanguinarios violadores de los derechos humanos, por el simple hecho de utilizar un teléfono móvil o un ordenador portátil.

Y acerquémonos un poco más, observando el caso de un activista estadounidense muy preocupado por los asuntos congoleños:

Durante décadas, todos los beneficios procedentes de los inmensos y valiosísimos recursos minerales del este del Congo han ido a parar a manos de los mejor armados… Entre esos recursos minerales se encuentran el oro, el estaño, el tantalio y el tungsteno necesarios para la fabricación de móviles, ordenadores y joyas.

Añadamos un reportaje periodístico sobre un hospital congoleño situado en lo que un experto de la ONU denominó «capital mundial de la violación»:

El número de mujeres y niños violados en la República Democrática del Congo ha aumentado de manera escandalosa debido a la creciente actividad de las milicias rebeldes… El líder del proyecto Heal Africa dijo respecto de la violencia sexual: «El número de casos va en aumento porque varios grupos armados… han incrementado sus actividades durante los últimos meses. En tiempos de guerra aumenta el número de violaciones, de refugiados, de robos, de asesinatos y de incendios».

E incluso más cerca, en un informe sobre las FDLR (Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda), una milicia entre cuyos líderes se encuentran antiguos genocidas ruandeses, se lee lo siguiente:

Dondequiera que se hacen con el control, las FDLR organizan la explotación ilegal de minas y bosques… La relación entre las FDLR y la población autóctona congoleña recuerda a la que se daba entre amos y esclavos.

Un paso más y estamos sobre el terreno, con un doctor en su clínica:

Denis Mukwege, un ginecólogo congoleño, ya no es capaz de escuchar las historias que le cuentan sus pacientes. Todos los días aparecen en el hospital otras diez niñas y mujeres que han sido violadas. A algunas las abren en canal, las despedazan con bayonetas y las golpean con palos de manera tal que les destrozan los aparatos reproductor y digestivo. En casi todos los casos descritos, los atacantes son jóvenes armados, los cuales no escasean en la engañosa hermosura de estas montañas: mal pagados y a menudo soldados amotinados del gobierno; son milicias locales, denominadas Mai-Mai, que se embadurnan con gasolina antes de entrar en combate; miembros de grupos paramilitares procedentes originalmente de Uganda y Ruanda, que llevan desestabilizando esta zona diez años en busca de oro y de todas las riquezas que se puedan extraer del devastado suelo del Congo…

Pocas mujeres se salvan de las vejaciones. El doctor Mukwege dijo que su paciente más anciana tenía setenta y cinco años, y la más joven tres. «Algunas niñas destrozadas por dentro son tan jóvenes que no alcanzan a entender qué les ha pasado», afirma el doctor Mukwege. «Me preguntan si algún día podrán tener hijos, y entonces se hace verdaderamente difícil responder mirándolas a los ojos».

En el Congo las alarmas llevan sonando durante años. Este conflicto interminable es «la peor guerra del mundo», y ha ocasionado cientos de miles de muertes, por lo que el número de víctimas se aproxima demasiado a las del Holocausto. Y las alarmas han Estado sonando en el Congo más de lo que podemos recordar. Joseph Conrad dijo que la explotación de los recursos naturales del Congo era «el saqueo más escabroso que había desfigurado la historia de la conciencia humana», lo que lo llevó a escribir El corazón de las tinieblas con el fin de dar a conocer aquel espanto.

No todo está bien entre las maravillas que hemos creado. Uno de los eslabones de las cadenas de suministro globales está deformado, defectuoso, aherrumbrado. En ese eslabón, el comercio no funciona como la máquina de la vida, sino todo lo contrario. Ese eslabón defectuoso es el primero de la cadena, donde materias primas como el petróleo, los metales y las piedras preciosas se extraen del suelo. Hay algo en la extracción de esos recursos naturales que amenaza ruina. Tomemos por ejemplo los países que extraen grandes cantidades de petróleo.

Durante cuarenta años, los Estados petroleros han enturbiado los tranquilos logros de los países en vías de desarrollo. En tanto que los países carentes de petróleo se vuelven por lo general más ricos, libres y pacíficos, los Estados petroleros no son ni más ricos ni más libres ni más pacíficos que en 1980. Muchos países petroleros incluso han empeorado: los ingresos medios de Gabón han caído casi a la mitad durante el último cuarto de siglo; los de Irak cayeron un 85%. Los interminables conflictos internos han devastado países como Argelia, Angola, Colombia y Nigeria. Dos datos destacados son que estos países petroleros tienen un 50% más de probabilidades de estar regidos por gobiernos autoritarios, y los más pobres tienen dos veces más probabilidades de sufrir guerras civiles, como los países carentes de petróleo. Los Estados petroleros, desde el punto de vista económico, son también por lo general más opacos e inestables que los no-petroleros, y, por razones que veremos más adelante, dan a las mujeres menos oportunidades de participar en la política o de trabajar fuera de casa.

Esta información muestra lo que los politólogos denominan «maldición de los recursos». La ONG Freedom House clasifica los países por el grado en que garantizan las libertades civiles y los derechos políticos; hoy en día, sólo una sexta parte del petróleo mundial se encuentra en países considerados «libres». La extracción de recursos tiende a fomentar la corrupción y a deteriorar las instituciones, al mismo tiempo que desgasta la confianza social. La dependencia de los recursos extractivos también guarda relación con la duración y frecuencia de las guerra civiles, algunas de las cuales han llegado a ser tan sanguinarias como las de Chechenia, Sudán y Siria. Muchos países ricos en recursos naturales también están plagados de pobres de solemnidad. Alrededor del 40% de las naciones ricas en recursos naturales vive con menos de dos dólares al día y —a diferencia del resto del mundo—, la pobreza aumenta a medida que se deteriora la Administración. Y, de nuevo, estas alarmas llevan sonando muchísimo tiempo. Adam Smith dijo que no hay proyectos más ruinosos para una nación que las excavaciones en busca de oro y plata, y Karl Marx habló de la «desaparición, la esclavización y la sepultura en minas» de los pueblos indígenas de su época.

Este libro se pregunta por qué suenan las sirenas precisamente allí donde se extraen los recursos naturales, y por qué a veces aúllan justo a nuestro lado. Pretende mejorar la economía global sin dañar las cadenas de suministro de las que tantas cosas dependen. La mayor parte del libro trata sobre el petróleo, que es con diferencia el producto más valioso a la par que el más divisorio del mundo. Como veremos más adelante, las malas noticias que irradian los Estados petroleros tienen un origen que envenena también a los países en los que abundan los metales valiosos y las piedras preciosas. Veremos por qué tantas personas consideran la abundancia de recursos naturales como una maldición, y por qué esos recursos terminan maldiciéndonos también a nosotros.

En la parte IV encontraremos el camino hacia un mundo mejor. Occidente puede guiar al mundo a través de la próxima revolución global: una revolución tan importante como el final de la esclavitud y la liberación de las colonias con respecto a sus imperios. El hecho de liderar esta revolución nos hará sentirnos más seguros en nuestros propios países, nos dará más credibilidad en el extranjero, y nos permitirá solucionar con mayor prontitud problemas tan acuciantes como el cambio climático. Al final del libro, seremos capaces de ver el lugar que ocupamos en la historia del progreso humano, con una visión más clara de cómo podemos contribuir a la creación de una Humanidad más unida, lista para afrontar los desafíos del futuro.

Al igual que en el viaje de Dante, el recorrido se irá haciendo más difícil antes de mejorar. Como Dante, primero debemos contemplar el mundo infernal en que nos encontramos.

El petróleo alrededor nuestro, sobre nosotros, dentro de nosotros

Observemos con más detenimiento nuestra relación, en cuanto consumidores, con la maldición de los recursos naturales en el exterior, empezando por el recurso más importante de todos: el petróleo. En 2012, una familia media estadounidense gastaba 2 912 dólares al año en gasolina. Es una cantidad considerable de dinero, y podemos rastrear adónde fueron a parar esos dólares. Las empresas petroleras obtuvieron 465 dólares por transportar, refinar y vender el petróleo; el Gobierno central retuvo algo más de 165 dólares en impuestos. La mayor parte del dinero restante se usó para comprar el propio crudo. Si seguimos el rastro de ese dinero hasta los países productores, nos daremos cuenta de que 275 dólares terminaron en las arcas de regímenes totalitarios. La familia media estadounidense, simplemente llenando el depósito de su automóvil, pagó 275 dólares a algunos de los gobernantes más represores y peligrosos del mundo.

Si esto nos interesa lo bastante para examinarlo más a fondo, comprenderemos que nuestra situación es aún peor de lo que pensábamos. Los consumidores envían dinero a los dictadores cuando compran gasolina… y cuando se van de compras. Los productos petroquímicos derivados del petróleo se utilizan para fabricar multitud de cosas: ropa, muebles, perfumes, vitaminas… Es posible que los consumidores estén financiando petróleo «despótico» cuando compran agua embotellada, revistas, chaquetas, cosméticos, televisores, tablets, lápices, pasta de dientes, maletas y copos de maíz. Y no sólo estos últimos cereales: el nitrógeno derivado del petróleo se usa para cultivar las principales cosechas, y por tanto se encuentra en la mayoría de los productos alimenticios que adquirimos en los supermercados. El petróleo también se usa para propulsar más del 90% del transporte internacional. Así pues, es probable que el coste del petróleo despótico forme parte del precio de cualquier producto que haya sido transportado en barco, avión o camión, esto es, casi todo lo que hay en las estanterías. A menos que acudas a una granja ecológica, la compra tendrá invisibles restos de hidrocarburos por todas partes. Cada vez que pasamos por caja —ya sea en un súper u online—, lo más seguro es que estemos enviando dinero a un dictador extranjero.

La complejidad de los mercados globales nos oculta toda esa información: lo que vemos a nuestro alrededor son sólo las cornucopias de la venta al por menor. De todas formas, no sabríamos qué hacer al respecto. Al fin y al cabo, las familias reales saudíes que nos venden hidrocarburos son aliadas de Estados Unidos, y las empresas petroleras son gigantescas compañías globales (la revista Forbes incluye a cinco de ellas entre las más ricas del mundo). Todo el entramado del petróleo «despótico» se apoya no sólo en nuestra propia economía, sino también en la economía mundial. Cuando pensamos en las víctimas de los tiranos que se embolsan nuestro dinero, probablemente no es con indiferencia, sino más bien con una sensación de impotencia; al fin y a la postre, ¿qué podríamos hacer por ellas?

No somos los primeros en sentirnos impotentes ante el sufrimiento y la injusticia que causan los mercados globales. En la Inglaterra del siglo xviii, la cuestión no era el «petróleo despótico», sino el «azúcar esclavista». El azúcar que cultivaban los esclavos en el Caribe era un puntal del comercio británico de ultramar en el que estaban involucradas las más altas esferas del Gobierno. Los miembros más ricos del Parlamento británico poseían plantaciones de esclavos, y la Iglesia de Inglaterra tenía propiedades tan extensas que su marca (grabada a fuego en el pecho de los esclavos) era reconocible en cualquier isla del Caribe. Los líderes del primer boicot consumista moderno —el boicoteo del azúcar esclavista— intentaron obstaculizar los «negocios habituales» conectando mentalmente a los consumidores con los esclavos. En un extraordinario folleto publicado en 1791, el activista William Fox escribió:

Si compramos el producto participamos en el delito. El traficante de esclavos, el negrero y el explotador son en realidad representantes del consumidor, y podría decirse que son contratados por este para que le consigan mercancías […] Por cada kilo de azúcar que compramos… estamos consumiendo medio kilo de carne humana.

¿Somos como los británicos en 1791? ¿Deberíamos aplicarnos las palabras de Fox: «La compañía petrolera y el gobernante autoritario son en realidad representantes del consumidor, y podría decirse que son contratados por este para que le consigan mercancías…»? ¿Seríamos capaces de concebir siquiera un boicot al petróleo?

¿Acaso debería importarnos?

Estoy leyendo un libro que me interesa mucho, pero es casi imposible que me haga cambiar de actitud o que suponga un cambio en mi vida. Después de todo, hay muchísimas personas en el mundo; deberíamos ser insensibles a la suerte de la mayoría de ellas. Imagínate a un niño de diez años y supón que hoy empieza a darle la mano a una persona distinta cada segundo. Al cabo de setenta y cinco años, aún no habría conocido a todas las personas que viven en la más absoluta pobreza. Para ser sinceros, sabemos que nuestros semejantes, que son muchísimos, sufren y mueren todos los días. Si todos los gritos y súplicas de quienes están siendo torturados en este momento resonasen en tu habitación, te quedarías sordo; y lo mismo cabe decir de los sollozos de aquellos afligidos por la injusticia. Debemos ser un poco duros de oído en el día a día y hacernos insensibles para seguir viviendo rodeados de tanto sufrimiento y destrucción.

Los filósofos (que son expertos en imaginar cosas) intentarán hacernos percibir los desastres que tienen lugar en el otro extremo de las cadenas de suministro globales. Imagínate, dice el filósofo, que de ahora en adelante tienes que recurrir al trueque en vez de pagar en efectivo. Para conseguir una alarma de incendios, habrás de entregar una antorcha que prenderá fuego a tres chabolas con sus familias dentro. Una consola de videojuegos te costará una escopeta que se usará para asaltar un campamento de refugiados. Mientras llenas el depósito de gasolina ves en una pantalla situada sobre el surtidor las imágenes en directo de una cárcel mugrienta y cochambrosa. Pagas a la cajera con unas esposas de plástico que se usarán para maniatar a la siguiente remesa de manifestantes pro democracia mientras los meten en esa prisión (la próxima vez que repostes verás a los manifestantes encarcelados).

«La gente debería pensar», dice un activista nigeriano, «que, cuando encienden la calefacción en Europa, están contaminando el delta del Níger». «Necesitamos una nueva ley», dice un cómico estadounidense, «para que los propietarios de todoterrenos entren a formar parte de la reserva militar automáticamente. Entonces podrán ir a recoger su maldito propio petróleo». Filósofos, activistas, comediantes: todos intentan reforzar los vínculos mentales entre los consumidores de aquí y las calamidades de allá. Esas elucubraciones están basadas en la idea de nuestra conexión con el sufrimiento y la injusticia en el extranjero, lo que llama nuestra atención porque la idea es nuestra, permanece en los límites de nuestra conciencia y a veces en el centro mismo. La cuestión es que estamos vinculados a las desgracias de los demás, que nuestro despilfarro activa esas sirenas que suenan a lo lejos. ¿Es real esta teoría? ¿Cuánto se aproxima esta hipótesis a la realidad?

Los consumidores podrían estar conectados con la desgracia si sus propios gastos lo financiaran. Por ejemplo: los gobernantes crueles y los rebeldes sanguinarios podrían vender recursos naturales que llegaran a los consumidores por las cadenas de suministro, mientras que el dinero que los consumidores pagan por los productos elaborados retorna por la misma vía a esos gobernantes y sediciosos. Otra conexión podría establecerse mediante incentivos. Los consumidores que hoy compran bienes procedentes de los recursos de países devastados podrían estar creando incentivos para que la devastación se prolongue en el tiempo.

Ambas teorías son ciertas. Financiamos el sufrimiento humano cuando hacemos la compra diaria, y nuestras adquisiciones de hoy incentivan la injusticia del mañana. Aun es más, hemos Estado en contacto con la opresión y la guerra, con la corrupción y la pobreza, durante toda la vida. Como veremos más adelante, nuestro consumo de recursos naturales prolongó la existencia del régimen soviético y del apartheid; mantuvo en el poder tanto a Pol Pot como a Sadam Husein; contribuyó a pagar el genocidio de Darfur; y desencadenó atroces conflictos bélicos en Angola y en Sierra Leona. Si las cosas no cambian, nosotros —y después nuestros hijos— estaremos vinculados para siempre a tales sufrimientos.

La confusión de las mercancías

Pero nuestro dinero también irá a parar a sitios buenos, se supone. Cuando apartamos la vista de los desastres que se producen en algunos países exportadores de recursos naturales, observamos que no todas esas naciones son tan deprimentes. De hecho, a algunas parece irles bastante bien. Noruega tiene petróleo, Botsuana diamantes, Chile cobre… y estos países han prosperado. Nuestra vinculación, a través de las cadenas de suministro, con los habitantes de esas naciones parece ventajosa para ambas partes. Nosotros disfrutamos de los bienes fabricados con sus materias primas; ellos utilizan el dinero de las ventas para prosperar. Esta es la relación que deseamos mantener con todo el mundo en nuestras cadenas de suministro; queremos que el mercado global funcione así. Entonces, ¿cuándo va a parar nuestro dinero a países «buenos» y cuándo a países «malos»? ¿ Cuándo nos aliamos con el bien y cuándo con el infortunio?

La naturaleza del mercado global es lo que hace que esto sea tan difícil de saber. Hay que volver a imaginar la inmensa red de cadenas de suministro correspondientes a todos los productos que brillan en la superficie de la Tierra: miles de millones de nodos que forman billones de conexiones similares a las neuronas del cerebro humano. Hoy en día hay sitios web «abiertos» que ayudan a los compradores a entender el funcionamiento de las cadenas de suministro que hay detrás de al menos algunos productos, pudiendo así conocer el origen de los recursos naturales de los artículos que compran. Pero en el caso de materias primas esenciales como el petróleo, las cadenas de suministro no son públicas (de hecho, como veremos más abajo, permanecen ocultas). Y las cadenas de suministro actuales, como las neuronas del cerebro, cambian constantemente sus nexos. El látex de un condón comprado en una tienda un día cualquiera procede de árboles indonesios, pero al día siguiente podría provenir de la India; no se puede saber con tanta precisión. Aunque pudieras etiquetar todas las estanterías de las tiendas que frecuentas, indicando el origen de las materias primas de los productos que en ellas se venden, las etiquetas serían poco fiables tras la primera reposición.

La manera en que las cadenas de suministro se fusionan, intensifica aún más la confusión de las mercancías. Este es el problema de los bienes intermedios. Sólo uno de cada cinco diamantes, por ejemplo, termina en las joyerías, pues la mayoría se usan para taladros de minería. Los diamantes provenientes de los campos ensangrentados de Zimbabue quizá hayan sido acoplados a un taladro para extraer petróleo en México, y luego el petróleo, convertido en gasolina, llena el depósito del camión que lleva naranjas a tu supermercado. La próxima naranja que cojas, podría ser, en este sentido remoto, una «naranja ensangrentada» (nunca lo sabrás).

Es imposible saber con exactitud qué productos están contaminados por la toxicidad moral de sus cadenas de suministro. Sin embargo, estamos seguros de que ese tipo de contaminación existe. La «contaminación» es un tercer tipo de vínculo entre consumidores y productores, distinto de la intervención y la incentivación. Si sospecharas que hay un 10% de probabilidades de que el cacao de tu chocolate favorito había sido cosechado por niños obligados a trabajar durante muchas horas seguidas en condiciones inhumanas, ¿seguirías comprándolo? ¿Y si las probabilidades fueran de un 1%? Sin embargo, es mucho más probable que compremos productos elaborados con recursos naturales arrebatados a las personas más desventuradas del mundo. Nuestra contaminación moral es una certidumbre: como veremos después, todos poseemos bienes robados.

Las maldiciones recaen sobre nosotros

La maldición de los recursos naturales no sólo nos contamina, sino que también nos amenaza. La maldición de los recursos naturales está siempre en las noticias: quedó reflejada, por ejemplo, en los graves acontecimientos internacionales de 2014-2015. En África, el Ébola asoló tres países cuyos sistemas sanitarios habían quedado muy debilitados tras años de guerra y despotismo alimentados por la explotación minera; y el miedo a la epidemia se extendió a Estados Unidos. Putin, en Rusia —con las arcas del Estado llenas gracias al elevado precio del petróleo—, usó la fuerza contra Ucrania y Siria mientras profería amenazas contra Occidente. Los países occidentales enviaron aviones para combatir a un autodenominado Estado Islámico que, financiado por el petróleo, atraía a jóvenes reclutas para que luchasen en los fragmentados Estados petroleros de Irak y Siria. El caos de Siria se contagió a los países vecinos, provocando una oleada de refugiados que huyeron en dirección a Europa. La maldición de los recursos naturales sigue apareciendo en los titulares que lees hoy. Al final de la parte I, la verás por doquier.

Recuerda que, entre los países en vías de desarrollo, los Estados petroleros tienen un 50% más de probabilidades de contar con líderes autoritarios, líderes que se mantienen en el poder por culpa de nuestro dinero. La próxima vez que tu país envíe tropas para derrocar a un «petrócrata» como Sadam Husein o Muamar el Gadafi, quizá resulte que el dinero que pagaste en la gasolinera habrá servido para comprar los misiles que les lanzarán a tus pilotos y las balas que les dispararán a tus jóvenes soldados. Recuerda también que los Estados petroleros más pobres tienen el doble de probabilidades de emprender una guerra civil. La próxima vez que te encuentres retenido en el control de seguridad de un aeropuerto, esperando a quitarte el abrigo o los zapatos, tal vez se te ocurra que, el (fracasado) terrorista nigeriano, y el (fracasado) terrorista yemení del avión de carga, y los (mortíferos) terroristas del maratón de Boston, provenían de países petroleros desestabilizados desde hace mucho tiempo por la violencia. O tal vez recuerdes la nacionalidad de quienes estrellaron los aviones contra el World Trade Center aquel 11 de septiembre.

Como veremos en la parte II, cuando alimentamos la desgracia en el extranjero, no debería sorprendernos que el rencor nos devuelva la jugada. Y el daño que nos inflige la maldición de los recursos naturales no procede sólo directamente de extremistas agresivos y autoritarios. También nos perjudicamos a nosotros mismos discutiendo sobre cómo manejar las opciones negativas para todos que nos proporcionan. Irán, Irak, Libia, Siria, Rusia y otros Estados petroleros: piensa en lo perniciosas que han sido durante cuatro décadas nuestras discusiones sobre si debíamos emprender acciones militares o no, imponer sanciones económicas o no, o reforzar nuestra seguridad antiterrorista a costa de nuestras libertades personales. ¿A qué tan mala sangre, incluso entre personas de buena voluntad? ¿No es posible regresar al origen y descartar esas opciones perjudiciales antes de que vuelvan a dividirnos entre tanto fuego cruzado?

En este caso podríamos salir por la tangente en muchas direcciones: el imperialismo yanqui, el extremismo islámico, el auge de China, el cambio climático o el fracking. Analizaremos todas estas cuestiones, entre otras, a lo largo del libro. Pero, antes de avanzar, parémonos a pensar dónde nos encontramos.

Cadenas por todas partes

El mercado global es una impresionante red de transporte y transformación que convierte a diario gigantescos fragmentos de recursos naturales en un macrocosmos de bienes y servicios. Las cadenas de suministro mundiales nos proporcionan la tecnología, la moda y los aviones que constituyen las plataformas de nuestros proyectos, a los que sólo renunciaríamos muy a nuestro pesar. Aún es más, esas cadenas de suministro nos procuran la comida, la energía y los medicamentos de los que, en cuanto comunidad humana, no podríamos prescindir. Siete mil millones de personas son quizá demasiadas para mantenerlas a todas, por no hablar de aquellas que viven ahora mejor que nunca y de los afortunados que tienen absolutamente de todo. La Humanidad necesita inevitablemente el mercado global, esto es, la máquina de la vida que ella misma ha creado.

En este mercado, gran parte de las relaciones entre proveedores y consumidores constituyen las conexiones —ventajosas para todos— que describía la economía clásica: los proveedores envían los bienes, y los consumidores recompensan sus esfuerzos. Pero en algunos lugares —donde se explotan recursos naturales como el petróleo, los metales, las piedras preciosas y la madera— la máquina de la vida funciona mal. Allí las cadenas se apropian de los recursos y los arrancan del suelo con consecuencias desastrosas para los lugareños. En esos sitios, la demanda global es como un tornado que toca tierra, o como una enorme jeringa que perfora la piel del planeta, succionando con ansiedad las materias primas. Vimos el pillaje de cerca en una aldea congoleña y en las macroestadísticas que relacionan la producción de recursos naturales con el autoritarismo, las contiendas civiles, la corrupción, la desigualdad sexual, etcétera. Las bendiciones del mercado global contienen en su seno la maldición de los recursos naturales.

Si los consumidores fueran conscientes de estas malditas conexiones mercantiles —enviando hoy su dinero a dictadores, militares y funcionarios corruptos, y provocando mañana más sufrimiento e injusticias—, la mayoría de ellos las repudiarían. La contribución de un consumidor cualquiera a la maldición de los recursos naturales es incierta, y resulta prácticamente imposible que un comprador averigüe la «bondad» o «maldad» de lo que está comprando. Sin embargo, los consumidores avisados sospecharán que muchos productos de los que compran están «manchados» desde su origen. Aquella mujer quizá tenga sangre en las manos (en el oro de su anillo). Tal vez se oigan gritos desgarradores en la boca de aquel hombre mientras se come un helado elaborado con nitrógeno derivado del petróleo. Es posible que a la mujer no le guste hacer la compra diaria en un mercado globalizado cuya estructura se cimienta en la injusticia. A lo mejor el hombre tiene la extraña sensación de que la maldición de los recursos naturales extranjeros girará en redondo para dañar a sus seres queridos. Y ella quizá tema la siguiente crisis de política exterior que llenará de improperios las ondas hercianas.

Este problema es muy grave. Su gravedad se debe no sólo a la masiva contaminación de los flujos globales de los recursos naturales, sino también a que el mundo depende de esos flujos para su supervivencia. Si los millones de barriles de petróleo «despótico» dejasen de fluir mañana, la economía global se paralizaría. No podríamos permitirnos ningún pequeño lujo, cientos de miles de personas perderían su trabajo, y los millones que acaban de salir de la pobreza extrema volverían a vivir en la indigencia, en caso de haber sobrevivido a la debacle. El mundo gira sobre recursos naturales contaminados, de modo que al parecer estamos en un verdadero aprieto. El deseo de llevar una existencia honrada choca contra la necesidad práctica de mantener nuestro estilo de vida y está extendido por todo el mundo.

Con un ojo, vemos la palpitante red mundial de cadenas de suministro, que crece en relación simbiótica con la Humanidad. Con el otro, vemos que el mercado global sigue causando estragos y usa la sangre para lubricar sus engranajes. Ambos puntos de vista son válidos; podemos tener ambos al mismo tiempo. Lo que vemos con los dos ojos parece un dilema característico del ahora.

Nuestros antepasados afrontaron muchos retos que hoy parecen sencillos desde una perspectiva ética, aunque sigan siendo desalentadores. Si ves a unos esclavos encadenados, rompe las cadenas. Si los nazis bombardean tu ciudad, detén a los nazis. Muchos desafíos nuevos parecen difíciles de superar desde un punto de vista tanto práctico como moral. En el caso de los problemas actuales —como la maldición de los recursos naturales y el cambio climático—, los consumidores tienen ante sí unos sistemas complejísimos y opacos en los que millones de personas aportan pequeñas cantidades para obtener grandes malos resultados. Peor aún, son esos mismos sistemas los que nos presentan las bondades de la vida moderna, la cual a su vez supone una amenaza para nosotros. Romper las cadenas de los esclavos del mundo es un triunfo moral. ¿Y romper las cadenas de suministro mundiales? Eso es imposible.

De hecho, en comparación con la maldición de los recursos naturales, hasta el cambio climático parece una nadería. Al menos, en el caso del cambio climático la causa y el remedio son fáciles de comprender. El exceso de emisiones contaminantes en millones de lugares distintos se suma al exceso de emisiones totales: lo más sencillo sería reducir la suma reduciendo los sumandos. Lo difícil es reducir las emisiones de manera equitativa, y la acción colectiva que se necesita para lograrlo resulta ardua porque al actor principal, la Humanidad, le cuesta mucho coordinarse. Sin embargo, el problema básico y la solución del cambio climático son bastante sencillos desde una perspectiva mental: no suponen una mayor dificultad que sumar y restar.

La maldición de los recursos naturales es más compleja porque, en el micronivel, todo parece funcionar correctamente. Vuelve a pensar en las materias primas que se utilizan para que hagas la compra diaria: lejanos yacimientos de minerales y petróleo, bosques foráneos, gemas antípodas. Lo que te da acceso a esas materias primas son las leyes mercantiles de la oferta y la demanda. En cada etapa del trayecto que recorren esas materias para llegar a ti se aplican normas bien conocidas: la propiedad y el contrato mercantil. Quienes extraen los recursos naturales se los venden a fabricantes que a su vez se los venden a intermediarios que a su vez te los venden a ti. El dinero que te gastas tú va a parar a los intermediarios, que son clientes de los fabricantes, que a su vez son clientes de los extractores. En cada eslabón, lo único que vemos es lo que Adam Smith denominó «la propensión humana a transportar cosas, hacer trueques, cambiar una cosa por otra». No hay «excesos» en ningún eslabón de la cadena. A diferencia del cambio climático, el problema no es la adición, así que la sustracción no sirve para nada.

La maldición de los recursos naturales plantea un problema de acción colectiva, pero no podemos ver, siquiera en abstracto, en qué consiste esa acción. Las cadenas de suministro que nos vinculan a los recursos naturales parecen estar compuestas de transacciones muy básicas: la propiedad fluye por los contratos desde el origen hasta el punto de venta. Al inmenso tapiz de las cadenas de suministro parecen haberle dado una sola puntada. No vemos ningún error que pudiéramos corregir para volver a tejer la moqueta. La maldición de los recursos naturales es sólo, al parecer, un pésimo subproducto del mercado global.

Oímos débiles gritos procedentes de los extremos de las cadenas de suministro, donde el enorme peso de la demanda consumista global aplasta los cuerpos de quienes son torturados por dictadores o violados por milicianos. Leemos noticias acerca de ciudadanos que viven en países ricos en recursos naturales pero que pasan hambre o se sublevan contra el tirano o se ven envueltos en espantosas guerras civiles o incluso planean asesinar a personas como nosotros. También vemos la profusión de lujos y necesidades que surgen de las cadenas de suministro próximas a nosotros, y no parece haber más que simples intercambios comerciales entre la procedencia maldita y las estanterías de nuestras tiendas. Rastrear el origen de la mayor parte de las materias primas es demasiado complicado, ya que muchas de ellas se utilizan como bienes intermedios en las cadenas de suministro. Cuesta trabajo ser un consumidor de productos derivados del petróleo y a la vez partidario del Comercio Justo.

En cuanto consumidores, parece que estamos estancados. Volvamos a mirar desde otro ángulo.

Tu propia Arabia Saudí

Haz un pequeño inventario de los objetos que has tocado hoy (sábanas, prendas de vestir, cosméticos, etcétera). Esos objetos están hechos de moléculas procedentes de muchos países. A lo mejor te despertaste hoy en Egipto. Quizá lleves un trozo de España alrededor de la cintura, o parte de Venezuela en los pies. Podrías tener un poco del Congo en el bolsillo, y muy posiblemente un pedazo de Omán en la nariz. Es como si hubieras circunnavegado el globo dando volteretas, con la tierra de muchos países pegada a ti, o como si un dios hubiera hecho una pelota contigo y te hubiera lanzado alrededor del mundo con los bolsillos rebosantes de dinero. A lo mejor mordisqueas una rebanada de Italia cubierta de Sri Lanka: si tú eres lo que comes, entonces nosotros somos el mundo. Al observar las moléculas que entran en tu cuerpo y lo conforman —la comida, la bebida, las vitaminas, los medicamentos—, resulta que eres un ciudadano global, una verdadera creación multilateral. El corazón del más xenófobo guardia fronterizo lleva a México en su interior. El racista japonés no puede quitarse a Corea de la sangre.

En la etiqueta de tu ropa interior pone «Made in Bangladesh». Pero, ¿de qué país son las moléculas con las que está hecha esa ropa? De Vietnam, tal vez, o de Brasil; o de los dos. Una forma de interpretar lo que haces en la gasolinera es que le estás echando gasolina al coche. Otra forma de interpretarlo es que estás metiendo en el coche al mismísimo Estado soberano de Angola. O podrías estar llenando el coche de una mezcla de Rusia, Irak y Texas (como dijo Marx, el dinero «junta las imposibilidades y hermana las contradicciones»). Todos esos átomos provienen de algún punto concreto de la superficie del planeta: todos tenían propietarios, en sus orígenes, según las leyes de esos países. Las cadenas de suministro no son sólo caminos físicos de moléculas: son cadenas de transacciones legales, de propiedades que cambian de manos mediante contratos. Lo que ahora es propiedad tuya fue antes propiedad de otros; las cadenas de suministro mundiales han establecido una relación legal entre tú y muchos extranjeros, lo cual debería darte una nueva perspectiva.

Tomemos algo que sea tuyo —tu portátil, por ejemplo— y rastreemos la propiedad legal de sus componentes por medio de los eslabones de su cadena de suministro. Compraste el ordenador en una tienda, y la tienda se lo compró al fabricante. El fabricante les compró todos los componentes del portátil a sus proveedores. Si rastreamos los derechos de propiedad de una parte del ordenador —la carcasa de plástico, por ejemplo—, encontraremos las materias primas que poseía una refinería, y luego el petróleo que poseía un comerciante que envió el petróleo a esa refinería. Al principio de esta cadena de títulos legales encontramos el petróleo perteneciente, por ejemplo, a Arabia Saudí. Has establecido una relación jurídica con el régimen saudita. La propiedad legal de tu ordenador depende de la propiedad legal de un pozo de crudo que pertenece al régimen saudita.

¿O quizá —lo que es aún más inquietante— deberíamos decir que pertenece «supuestamente» a ese régimen? Arabia Saudí afirma que posee en propiedad todo el petróleo del país y que tiene derecho a venderlo. Pero, ¿por qué suponer que el régimen saudí tiene autoridad para hacer semejante declaración? ¿Quién puso el petróleo del país a cargo de esas personas? Las leyes fundamentales del régimen saudí dicen lo siguiente:

El Gobierno del Reino de Arabia Saudí recibe su autoridad del Sagrado Corán y de las palabras y costumbres del Profeta.

¿Tienes que creer semejante cosa para ser el dueño de tu ordenador? ¿No será que respaldas la autoridad del régimen saudí por razones que ese mismo régimen rechazaría? ¿O es que no acatas en modo alguno la autoridad de la Administración saudí? Como sabes, el Gobierno árabe lleva ejerciendo la represión desde hace muchas décadas y ha invertido los inmensos beneficios procedentes del petróleo en eliminar cualquier intento de derrocamiento. Evidentemente, no se nos pasa por la cabeza invadir ese país: Arabia Saudí ni se toca. Sin embargo, cuando cierras el portátil y lo metes en su bolsa, pareces estar dando por supuesta alguna justificación, alguna teoría implícita respecto a los derechos de propiedad. He aquí la pregunta precisa para un momento de profunda reflexión: ¿(cómo) vendió el régimen saudí legalmente el petróleo con que se fabricó el plástico del ordenador que ahora legalmente posees?

No saber qué contestar es mejor que suponer una respuesta evidente. Y la respuesta será sorprendente, apasionante, hasta podríamos decir que maravillosa, de no ser porque también explica en parte el sufrimiento y la injusticia que acompañan a la maldición de los recursos naturales. La respuesta no es obvia, pero vale la pena buscarla porque, si la encontramos, nos mostrará el camino para deshacer dicha maldición.

Ver el mundo en una gota de petróleo

Al pensar en la maldición de los recursos naturales desde la perspectiva del consumidor, nos atascamos. El hecho de reflexionar sobre la propiedad legal nos exime de profundizar más. Si nos imaginamos el derecho internacional como un estrato superpuesto a la política, y la política como un estrato superpuesto a la economía, el análisis que propone este libro tomará una muestra de los tres estratos para descubrir las verdades fundamentales del comercio internacional con respecto a los recursos naturales.

En esta exploración encontraremos aquellos mecanismos de la máquina de la vida que controlan la población de nuestra especie, así como las ocultas fundiciones políticas donde se forjan los deformados eslabones de las cadenas de suministro mundiales. Investigaremos por qué los países que exportan recursos naturales son más proclives al autoritarismo, las guerras civiles, la corrupción, la opresión sexual y otros desarreglos, y por qué algunos países se benefician de sus recursos mientras que otros se arruinan a causa de ellos. Descubriremos un abismo entre el antiguo y el nuevo derecho internacional, así como un vacío en donde, según nuestros mapas, deberían estar las buenas leyes. Hallaremos corrientes ocultas bajo el flujo de noticias diarias sobre «petrócratas» belicosos, revoluciones sangrientas, Estados fallidos, terroristas, crisis económicas y daños medioambientales. Al excavar la economía política de los recursos naturales, desenterraremos las materias primas de la historia que estamos viviendo.

Podemos ver gran parte del mundo en una gota de petróleo. Aun así, nada lo explica todo; los acontecimientos globales tienen más dimensiones de las que se pueden examinar desde un observatorio. El derecho, la política y la economía son las resultantes de muchos vectores, de diversas fuerzas que nos fortalecen e invalidan al mismo tiempo; no hay ningún sistema monocausal o cerrado. Naturalmente, detrás de aquel 11 de septiembre había algo más que petróleo. Esos rapaces milicianos congoleños no son sólo sádicos voraces en busca de trofeos minerales: conocen la laberíntica política de sus aldeas. Por eso, el retroceso progresivo de la maldición no librará de todos los males, como por arte de magia, a todos los países malditos, y mucho menos a la Tierra. Seguirá habiendo malos gobiernos, guerras, pobreza y terrorismo. Las causas y los remedios de la maldición son partes de un todo más grande; los capítulos de este libro iluminan los píxeles de la imagen global. Los recursos naturales no lo son todo, pero sin duda son algo.

Encontrar soluciones para estos complejos problemas será como redecorar los cimientos del sistema internacional, como preguntarse por qué siguen teniendo cada vez más poder —gracias a los recursos naturales— los tiranos, los caudillos y las elites corruptas. Los libros que tratan estas cuestiones tienden a subrayar los errores de la política exterior occidental o su «adicción al petróleo», pero estas hipótesis, aunque ciertas, son superficiales. Nuestra investigación nos lleva más lejos, pues hurga en la historia, el derecho y la sociología para descubrir qué normas generales canalizan el poder indefectiblemente, día tras día, hacia esos irresponsables. Buscamos las fórmulas que de manera constante y casi inevitable confieren poder a esos actores violentos, represores y corruptos, y durante la búsqueda no daremos nada por sentado con respecto a la sensatez o la justicia de los modos en los que el mundo ha funcionado siempre.

Para que valga la pena investigar el problema de los recursos naturales hay que interpretar el mundo y también cambiarlo. Tras la parte I se harán visibles las causas de la maldición y, tras la parte II, nuestras propias contribuciones a la misma resultarán evidentes. A través de estos capítulos, el reto de la maldición de los recursos naturales empezará a parecerse cada vez menos al nuevo reto del cambio climático y cada vez más a los desafíos que afrontaban nuestros antepasados. Oponerse a esa maldición nos parecerá algo así como lo que debió de ser en su momento oponerse a la esclavitud: sencillo desde el punto de vista moral, aunque desalentador desde una perspectiva práctica. Parecerá sencillo desde el punto de vista ético en cuanto descubramos qué fuerzas la mueven y por qué son invisibles a plena luz. Cuando las aislemos, no cabrá duda de que esas fuerzas son nocivas y peligrosas. En la parte III descubriremos los principios capaces de contrarrestar el poder que tanto caos y opresión provoca en todo el mundo.

El desafío del cambio será desalentador porque los impulsores de la maldición están atrincherados. Debemos actualizar la economía global sin deteriorar su funcionamiento. Por suerte, el mundo está destinado al éxito. Los principios que necesitamos están ampliamente aceptados, los grandes tratados que declaran esos principios ya están firmados, y los intereses e ideales más influyentes ya se han alineado. Se está produciendo un tremendo impulso en la dirección correcta.

Para deshacerse de la maldición de los recursos naturales, los países occidentales no tienen más que aplicar sus propios principios, dentro de sus propias fronteras, en su propio territorio. Esto es muy importante: el «nosotros» de este libro es el nosotros de Occidente; nuestro liderazgo será el resultado de poner orden en nuestras propias casas. No es tarea nuestra decirles a los saudíes o a los nigerianos cómo gobernar sus países: eso lo tienen que decidir ellos.

Nuestros países deben establecer su propia política exterior, y nosotros debemos decidir con quién y cómo comerciar. Con independencia de las decisiones que tomemos —comerciar o no, comerciar según unas normas u otras—, nuestras decisiones afectarán de manera directa a los extranjeros. Este libro pretende demostrar de manera convincente, que nosotros deberíamos comerciar de acuerdo con nuestros principios más sólidos en vez de negociar en contra de esos principios como está sucediendo ahora. Los países occidentales deberían modificar sus propias reglas comerciales a fin de respetar el derecho de todos los pueblos a hacerse con el control de sus propios recursos y forjarse su propio destino. Si ponemos en orden nuestras propias casas, lograremos mejorar la vida de otros pueblos para que así, con el tiempo, nuestra vida mejore de igual modo.

El liderazgo occidental en cuestión de recursos será la siguiente fase de la revolución ética global que puso fin al comercio de esclavos en el Atlántico, liberó las colonias, acabó con el apartheid e impulsó el desarrollo de los derechos humanos. En la parte IV se presenta un plan de acción que está listo para funcionar: un proyecto para que los estadistas, los consumidores, los inversores, los líderes civiles y, sobre todo los ciudadanos, se pongan en marcha. En la parte V apuntamos que la recomposición del comercio con recursos naturales repercutirá en la historia del progreso humano: cómo cambiar las reglas que enfrentan a los demás entre sí, los enfrentan contra nosotros y, encima, crean divisiones en nuestro seno.

Podemos encontrar los defectos de las cadenas de suministro globales, y corregirlos. Podemos silenciar algunas sirenas que retumban a lo lejos, así como otras que están a punto de resonar a nuestro lado. Podemos crear una vida más libre y homogénea que la que tenemos ahora.

Datos básicos

Información sobre los recursos naturales,

las compañías petroleras y los países petroleros

Este breve capítulo contiene información general sobre los recursos naturales, y por tanto resultará útil para la lectura del libro.

En primer lugar, vaya por delante una advertencia. Este libro abarca mucho, pero también se deja muchas cosas en el tintero. Habrá veces en que leas algo en estas páginas y pienses: «esa no es toda la verdad». Sin duda estarás en lo cierto y, por ello, para enriquecer este libro, tus propias ideas y conocimientos serán bienvenidos.

En segundo lugar, un aviso. Dos temas recibirán menos atención de lo que cabría esperar en un libro sobre recursos naturales: la historia del petróleo y el medio ambiente. No es porque esas cuestiones carezcan de importancia, sino porque ya están bien documentadas en otros lugares.

Así, por ejemplo, daremos por sentado que el petróleo era un factor principal en la política de las grandes potencias antes de los últimos cuarenta años, que es el período que estamos analizando. El petróleo fue tanto el objetivo como el motor de muchas de las guerras del siglo pasado, por lo que su control era una cuestión prioritaria para los grandes países industrializados.

Los hechos básicos de esta historia no son motivo de controversia, ni siquiera entre observadores con ideas políticas antagónicas. Así, por ejemplo, refiriéndose a la Primera Guerra Mundial, lord Curzon declaró: «Los aliados habían alcanzado la victoria montados en una ola de petróleo». En 1924, Calvin Coolidge afirmó: «La supremacía de las naciones viene determinada por la cantidad de petróleo y sus derivados que poseen». Acerca de los países industrializados después de la Segunda Guerra Mundial, Noam Chomsky escribió: «La “edad de oro” del desarrollo de posguerra dependía de la abundancia de petróleo barato, que se mantenía así principalmente por medio de amenazas o del uso de la fuerza». A aquellos que busquen una historia más detallada del papel que desempeñó el petróleo en las disputas entre naciones les encantará La historia del petróleo —un libro del que se hizo posteriormente un documental para la televisión—, de Daniel Yergin.

Por razones similares, aquí encontrarás relativamente poca información sobre el medio ambiente, que es una cuestión bastante bien conocida. La minería y la explotación forestal suelen ser molestos procesos industriales que destruyen el orden natural previo. Aunque se gestionen con cuidado (que no suele ser el caso), a menudo contaminan o envenenan el aire y el agua, destruyendo ecosistemas frágiles y perturbando la vida y las costumbres de las comunidades aledañas. Los vertidos de petróleo, las llamaradas de gas, las minas a cielo abierto y la deforestación de bosques son sólo algunos de los daños que causan las industrias extractoras. (En la página web encontrarás más información sobre el medio ambiente).

El cambio climático es otro grave problema que se abordará en los capítulos sobre política, hacia el final del libro. Es indudable que los desafíos climáticos más difíciles y peligrosos para la Humanidad están relacionados con la explotación de los recursos naturales y sobre todo con los sistemas energéticos y alimentarios. La postura de este libro sobre el cambio climático es el del informe conjunto de la principal organización de científicos del clima:

La influencia humana en el clima es una cuestión evidente […] Las emisiones ininterrumpidas de gases de efecto invernadero aumentarán el calentamiento del planeta y producirán aún más cambios climáticos, incrementando la probabilidad de causar graves daños irreversibles para las personas y los ecosistemas […] La adaptación y la mitigación son estrategias complementarias para reducir y controlar los riesgos que implica el cambio climático. Una reducción significativa de las emisiones contaminantes durante las próximas décadas reducirá los riesgos climáticos en este siglo y los venideros […] La mitigación puede ser más rentable si se aplica un enfoque integral que combine diversas medidas para reducir el consumo de energía y la emisión de gases de efecto invernadero, para descarbonizar el suministro de energía, para reducir las emisiones totales y para promover los sumideros de carbono en los sectores de actividad en tierra firme.

Un análisis aceptable del cambio climático requeriría otro libro. Las recomendaciones políticas de este serán compatibles con cualquier proyecto responsable. Así pues, de nuevo te invito a que aportes tus opiniones sobre lo que leas aquí acerca del clima. Cuando abordemos esa cuestión en el capítulo 16, lo bueno será que las medidas para combatir la maldición de los recursos naturales también afectarán positivamente al cambio climático. Una forma de empezar a descarbonizar el suministro de energía es dejar de comprar petróleo de sangre.

En vez de repetir las teorías sobre la historia y el medio ambiente, este capítulo resume algunos de los aspectos económicos y tecnológicos menos conocidos con relación al comercio de recursos naturales hoy en día. Desde estos puntos de vista, los tan familiares problemas de la guerra y la destrucción se desvanecen, y las teorías se centran más en los resultados positivos. Si examinamos cuán inteligentemente se abastece la Humanidad de combustible y materias primas, quizá nos llevemos una sorpresa. Incluso aquellos que son incapaces de admirar nada que tenga que ver con el petróleo, quizá comprendan hasta qué punto dependemos de él. Si conocemos el funcionamiento económico y tecnológico de los sistemas de abastecimiento globales, comprenderemos mejor por qué ha sido tan endiabladamente difícil resolver los problemas políticos y ambientales que atañen a los recursos naturales.

Las catedrales de la modernidad

Los viajeros que regresan de un viaje a Egipto, Italia o la India a lo mejor examinan su propio país de origen con mirada crítica. ¿Dónde están, al fin y al cabo, nuestras grandes maravillas? Y ¿qué hemos construido que se asemeje siquiera al maravilloso Taj Mahal? Hoy somos mucho más ricos que los italianos del Renacimiento, y nuestros arquitectos pueden diseñar lo que se les ocurra con ayuda de un ordenador. Entonces, ¿qué hemos hecho en realidad con toda nuestra riqueza y tecnología? ¿Hemos creado algo que le llegue a la suela del zapato a la basílica de San Pedro?

Esos viajeros buscan en lugares equivocados. A diferencia de las civilizaciones antiguas, la nuestra no pierde el tiempo en glorificar a dioses o gobernantes. Nuestros mejores diseñadores y nuestras mayores empresas se dedican principalmente a satisfacer las necesidades cotidianas de personas normales y corrientes. Por eso nuestras maravillas arquitectónicas son auténticas monstruosidades, feas y ocultas a la vista del público en general. En contraste con la grandiosidad de papas y faraones, casi todas las invenciones de la ingeniería van destinadas a cubrir la necesidad común de toda producción y consumo, la energía. Los viajeros que quieran ver las catedrales de la modernidad deberían volar en helicóptero a una plataforma petrolífera.

El rascacielos más alto del mundo es el Burch Jalifa de Dubái, pero una plataforma petrolífera del Golfo de México es dos tercios más alta. El One World Trade Center de Nueva York ha sido considerado «el edificio más caro del mundo» (costó unos cuatro mil millones de dólares). El proyecto de gas natural Gorgon, en Australia, que comunica varios pozos submarinos con unas instalaciones situadas en tierra firme, tuvo un coste aproximado de cincuenta y cuatro mil millones de dólares. La plataforma rusa Berkut fue construida para resistir un tsunami de dieciocho metros de altura —y un terremoto de 9,0 grados— sin tener que interrumpir sus operaciones. La perforadora Sevan, fondeada frente a las costas de Brasil, puede extender su maquinaria por el mar hasta una distancia de 3 700 metros y aun así perforar un pozo situado a 12 000 metros por debajo del suelo marino, esto es, a una profundidad mayor que la altura a la que vuelan casi todos los aviones comerciales. Hay dos construcciones humanas que pueden verse a simple vista desde la superficie de la luna: la Gran Muralla China y la plataforma Troll, situada frente a las costas de Noruega, que en pocos años suministró ella sola el 12% del gas natural que se consumía en Europa.

La industria petrolera se fundamenta sobre todo en la geología y en la ingeniería, es decir, en encontrar esquivas bolsas de moléculas en la corteza terrestre, extrayéndolas, transportándolas y refinándolas hasta convertirlas en productos útiles. Llevar a cabo esa labor requiere una tecnología muy avanzada; la industria petrolera ha sido, durante décadas, una pionera de la innovación tecnológica. Imaginemos el trabajo que costaría perforar una superficie del tamaño de un armario a un kilómetro de profundidad y once kilómetros de distancia; pues eso se ha conseguido frente a las costas de Rusia. Técnicas de imagen subterráneas como la migración de tiempo inverso y la inversión trapezoidal plena requieren muchísima inteligencia artificial, y la exploración sísmica cuatridimensional capta gigantescos depósitos de datos. Ya existen lo que los incondicionales de Star Trek identificarían como holocubiertas: habitáculos de inmersión por donde los geólogos recorren depósitos de petróleo simulados.

La innovación crea auténticos océanos de petróleo que fluyen por oleoductos más largos que el Misisipi y son transportados en barcos cinco veces más pesados que el más grande de los portaviones. Los seres humanos consumimos 1 000 barriles de petróleo —es decir, 160 000 litros de crudo— cada segundo. Imaginemos cuatro piscinas olímpicas llenas de un líquido oscuro que desaparece por aspersión con cada minuto que pasa. Este líquido contribuye a que los seres humanos sobrevivan en números sin precedentes y en los lugares más remotos del mundo. Los genios de la Antigüedad desconocerían por completo las proezas de la ingeniería moderna, que hoy pasan casi desapercibidas para nosotros. Los romanos estaban muy orgullosos de sus acueductos; la mayoría de nosotros desconoce siquiera la existencia de los oleoductos en que se cimienta la civilización moderna.

La razón de que el petróleo sea tan importante para nosotros —dejando aparte cuestiones históricas y políticas— es porque resulta muy fácil de transportar. Los combustibles líquidos son relativamente ligeros y estables, y están muy condensados: un galón (3,8 litros) de petróleo tiene aproximadamente la misma energía que cuatro kilos y medio de carbón, ocho kilos de madera y (en comparación con las civilizaciones antiguas) cincuenta días de trabajo esclavista. Si intentásemos pilotar un 737 usando las mejores baterías del mundo en vez de queroseno, necesitaríamos unas baterías veintidós veces más pesadas que el propio avión.

Lo que debemos recordar aquí es que hoy en día el 90% del transporte mundial depende del petróleo, lo que equivale a todos los coches, camiones, barcos y aeronaves del mundo. La flota mundial de vehículos está propulsada por petróleo —dejando de nuevo aparte cuestiones históricas y políticas— porque este ha sido durante años la mejor solución técnica para el transporte de bienes y personas. Hoy en día, lo más probable es que cualquier artefacto que se desplace por tierra, mar o aire utilice el petróleo como combustible. Sería perfectamente posible que todas las personas y todas las cosas hechas por el hombre que vemos aquí y ahora hubieran sido desplazadas hasta donde se encuentran por diminutas chispas de petróleo.

El rugido de los fósiles

Hoy en día oirás fósiles, quizá los estés oyendo ahora mismo, en el rumor de las explosiones de gotas residuales de combustible fósil que propulsan coches, camionetas o aviones. O quizá estés oyendo un motor eléctrico, un altavoz estéreo o el zumbido de unas bombillas: la energía que produce ese ruido quizá sigue proviniendo de la ruptura de enlaces químicos que se formaron hace millones de años dentro del carbón o del gas natural. El petróleo es la principal fuente de energía para el transporte, y el carbón y el gas natural son las principales fuentes de energía para la electricidad. Estos tres combustibles fósiles producen aproximadamente el 85% de la energía necesaria para la Humanidad, que debe quemar fósiles para obtenerla.

Toda la energía de la Tierra proviene, en última instancia, del sol. Él solo irradió la energía necesaria para desarrollar los organismos cuyos fósiles estamos quemando. En cierto modo, los combustibles fósiles son luz solar solidificada (o baterías solares de una eficacia extrema). La energía que te catapulta hacia tus vacaciones, o que transporta tu voz entre continentes, es energía procedente de una partícula de luz solar, enterrada durante eones bajo la corteza terrestre. El carbón, el petróleo y el gas natural son formas sólidas, líquidas y gaseosas de carbono e hidrógeno (y por tanto «hidrocarburos»). Se diferencian en la cantidad de átomos de carbono que contienen sus moléculas (el carbón contiene más que el petróleo y este más que el gas). Ese carbono se encontraba dentro de ciertos organismos, en su mayoría plancton (no dinosaurios), que flotaban en el mar. La energía que contenían esos organismos se conservó cuando se hundieron y quedaron enterrados y compactados durante la sedimentación. Jean-Paul Sartre dijo que el carbón fósil es «una fuente de energía acumulada que procede de vegetales desaparecidos; podría describirse como un capital legado a la Humanidad por otros seres vivos». Se necesitan unos cien mil kilos de plantas para fabricar cuatro litros de gasolina.

Las transiciones energéticas modifican la condición humana. Como dijo Marx: «El molino de viento da a la sociedad un señor feudal; el molino de vapor le da un capitalista industrial». La transición de la biomasa (madera y estiércol) a combustibles fósiles durante la revolución industrial fue la transición energética más trascendental desde la domesticación del fuego. Cuando se empezó a usar el carbón como fuente de energía, el gráfico de la población mundial, que había crecido muy despacio durante siglos, se disparó hacia arriba casi de inmediato. Como dijo Ralph Waldo Emerson: «El carbón es un clima portátil. Traslada el calor de los trópicos a la península del Labrador y al círculo polar ártico; y es el medio para transportarse a cualquier parte […] Catorce gramos de carbón son capaces de arrastrar dos toneladas de peso a lo largo de un kilómetro y medio, y el carbón transporta carbón, en tren o en barco, para que en Canadá se pueda estar a la misma temperatura que en Calcuta, y con el mismo calor que proporciona hace posible la energía industrial». La transición intrafósil —de carbón a petróleo como principal fuente de energía (hacia 1970)— no fue tan trascendental. Sin embargo, supuso la transición de los trenes y barcos de vapor a los coches y aviones. Últimamente, el mix de energía está pasando poco a poco del petróleo al gas natural, con las renovables aún minoritarias pero haciéndose disponibles cada vez más.

No es por casualidad que el Génesis identifique la luz con la creación, ni que el Evangelio de san Juan la relacione con la vida. Los tipos de energía de que dispone una civilización conforman sus aspectos fundamentales, como por ejemplo la demografía y los modelos de producción. Los combustibles determinan qué deseos pueden satisfacer los seres humanos, y por tanto también qué otros deseos podrán permitirse. Si observamos el consumo actual de energía per cápita, es como si cada ser humano tuviera veintitrés criados trabajando para si las veinticuatro horas del día.

La vida que conocemos en la actualidad no existiría de no ser por la transición a los combustibles fósiles. Aun así, no hay razón para fetichizar o desprestigiar ninguna fuente de energía. El carbón ha hecho mucho por nosotros, pero quizá haya llegado el momento de prescindir de él. Si mañana se inventase la fusión fría segura y transportable (la pesadilla de los jeques), podríamos dejar atrás las energías renovables y olvidarnos de los fósiles en el transcurso de una sola generación. Las fuentes de energía son medios para satisfacer y ampliar los deseos humanos, por lo que podríamos aprovecharlas, junto con los costes y beneficios, a nuestro favor.

La vida sobre una roca de hierro

Ver el mundo como un objeto geológico es como ver una roca de hierro candente. Los geólogos están explorando la superficie inferior de esa roca, donde se ocultan minerales idiosincrásicos. Al igual que las compañías petroleras, las empresas mineras se han introducido en el negocio molecular; a menudo, una corporación de grandes dimensiones se especializa en un solo elemento de la tabla periódica. Al igual que sucede con la energía, la historia de los minerales crea una demanda que estimula una oferta cada vez más compleja. Los metales y las gemas se extraen con palas gigantes y se criban a mano, emprendiendo el camino hacia las cadenas de suministro para construir ciudades y llenarlas de objetos. Al igual que el tintineo de las máquinas tragaperras, la exploración, excavación y procesamiento de los minerales resuena sin cesar en todo el planeta mientras nosotros pensamos en otras cosas.

Ese aspecto de nuestro mundo tiene una faceta física real: tuneladoras, excavadoras gigantes, hornos de fundición. Raramente pensamos en esas máquinas porque parecen el atrezo de los escenarios en que representamos nuestra propia vida. Pero pensemos en la infraestructura física de nuestro propio cuerpo, incluido el cerebro, que sostiene la conciencia. Y pensemos en cuánto tiempo dedicamos a absorber y expulsar sustancias, moviendo el cuerpo de un lugar a otro, manteniéndolo en forma y luchando con las enfermedades. La Humanidad dedica una cantidad proporcional de su vida colectiva a descubrir y organizar las sustancias básicas de su compleja existencia. «Si no hubiera metales», escribió el alemán Agricola en 1556, «los hombres vivirían una existencia desdichada y espantosa, rodeados de bestias salvajes».

Como es lógico, la búsqueda de metales y piedras preciosas ha encendido la pasión de los exploradores durante muchos siglos. Muchos países han sido bautizados con nombres de metales, como Argentina (plata) o Ghana (costa del oro). Sin embargo, es necesario tener en cuenta que la mayoría de los recursos extraíbles no son renovables. Cada tonelada de metal y cada quilate de piedras preciosas que se extrae de un país merma su riqueza natural. De manera que no es apropiado pensar en un país como «un exportador de platino» o «un productor de diamantes» del mismo modo que pensamos en los países en términos de sus características renovables (como «industrializados» o «democráticos»). Los países donde abundan los recursos naturales nacen con un fondo fiduciario; según Joseph Stiglitz: «Si no transforman su riqueza natural en inversiones productivas, entonces se empobrecen». Chipre, de donde proviene el nombre del cobre, ahora apenas produce este conductor de electricidad.

El hierro, como mencionamos en la Introducción, es nuestro metal estrella: el 95% de la producción mundial de metal lo ocupa el acero. En el otro extremo se encuentran los diamantes, que, aun no pesando prácticamente nada, son casi el componente más valioso de la naturaleza. Cualquiera, sin más bienes que una bolsita de diamantes en bandolera, podría entrar en cualquier país del mundo y pasar a ser de inmediato uno de los cien habitantes más ricos. Muchos metales y gemas de los que componen el espectro geofísico son fuentes altamente concentradas de valor económico. Por eso se los busca con tanta avidez y —como veremos más adelante— por eso generan tantos problemas.

Petromundo

Este libro trata principalmente sobre el petróleo porque este es el producto comercial más valioso del mundo: movió más de dos billones de dólares en 2013. El petróleo también contiene productos químicos que tiñen el mundo material. Es como si un descomunal géiser de petróleo hubiera entrado en erupción en el centro de cada continente y lo hubiera salpicado todo: carreteras, edificios, personas… Conduces gracias a él y lo luces en la cinturilla. Puedes untártelo en la cara, y hasta sirve para mejorar tu vida sexual. El petróleo está en todas partes.

En esencia, el plástico es petróleo. Y, si un material es sintético, probablemente esté hecho de petróleo. La cosa no acaba ahí. He aquí una breve lista de productos corrientes que tienen su origen en el petróleo: asfalto, aspirina, globos, batidoras, velas, parachoques, alfombras, lentes de contacto, lápices, tarjetas de crédito, dentaduras postizas, desodorantes, pañales, relojes digitales, vajillas, tintes, monturas de gafas, tapicerías, bolsas de basura, pegamento, pelotas de golf, secadores, asientos para bebés, barras de labios, lubricantes, maletas, pintura, toldos, almohadas, champú, crema de afeitar, zapatillas, jeringas, tiendas de campaña, neumáticos, pasta de dientes, juguetes, paraguas, vinilo, vitaminas y papel pintado. La función del petróleo en la producción de alimentos también es relevante. La agricultura moderna depende del petróleo no sólo para que funcione la maquinaria agrícola, sino también porque entra en la composición de los abonos y fertilizantes. La «revolución verde» del siglo xx —que sirvió para duplicar el rendimiento agrario y la población humana en el transcurso de una sola generación— se cimentó en el nitrógeno extraído del petróleo. En palabras del filósofo John Gray, «la agricultura intensiva es la extracción de alimentos a partir del petróleo»: otro ejemplo de cómo el petróleo mantiene el tamaño de la especie hoy en día.

Imaginemos una vida en el petromundo actual. Cuando nace una bebé, el médico la sujeta con petroguantes y las enfermeras la limpian con petropaños. Sus padres la miran a través de petrolentes; la llevan a casa en un coche de gasolina recorriendo calles asfaltadas hasta llegar al edificio petroamueblado donde crecerá comiendo alimentos que contienen productos derivados del petróleo. Todos sus juguetes contienen petróleo, al igual que la tinta de sus libros. Cuando consigue un trabajo, se compra un petrovestido, y pasa más tiempo viendo petróleo en el plástico de las pantallas, que mirando rostros humanos. Pasa más tiempo al día tocando petróleo en el teclado, que acariciando a su marido y a sus hijos. Empieza a envejecer; toma petropastillas; le cambian las caderas por petrocaderas y las válvulas del corazón por petroválvulas. Al final muere sobre petromantas. Le quitan los tubos y catéteres de petróleo, y la cubren con una petrosábana. Podría ser la vida de cualquiera, incluso la nuestra.

Apártate de mí, Petro

Abordemos ahora algunas cuestiones más emocionales, como el precio del petróleo y Arabia Saudí. Será una investigación de altura: si llegaras a ser presidente de Estados Unidos este sería el tipo de informe sobre el petróleo que te presentarían tus asesores durante la primera semana en el cargo. En este apartado, analizaremos el Oriente Medio y el petróleo que circula por el mundo; en el siguiente, pasaremos al negocio del petróleo y de las compañías petroleras. Los países que tienen más petróleo no son los que más lo utilizan. La «arteria de las reservas petroleras» comienza en Siberia, se ensancha en Oriente Medio, serpentea por África y luego traza un arco desde Brasil hasta Canadá. Estados Unidos importa en la actualidad una tercera parte del petróleo que consume. Canadá es con diferencia el mayor exportador de petróleo a Estados Unidos, seguido por Arabia Saudí y luego por México y Venezuela. El esquisto estadounidense ha intensificado considerablemente la producción de petróleo (y aún más la de gas natural) desde 2009, lo que significa que las importaciones de ambos materiales han descendido con rapidez durante los últimos años. En 2014, muchas personas predecían la pronta independencia energética de EE UU.

Estados Unidos nunca ha dependido demasiado de Oriente Medio en cuanto al petróleo; su dependencia es ahora inferior al 10% y nunca ha sido superior al 15% del consumo total. Entonces, ¿por qué ha gastado semejantes cantidades de dinero en mantener un ejército en esa parte del mundo, llegando incluso a entrar en combate?

Más adelante retomaremos esta compleja cuestión. Pero, en lo que al petróleo se refiere, ha habido dos causas fundamentales. En primer lugar, los principales aliados y socios comerciales de EE UU (Europa y Japón) dependían en mayor medida de ese petróleo, y Estados Unidos consideraba favorable para sus propios intereses la vitalidad económica de esos países.

En segundo lugar, el petróleo es un producto comercial que tiene básicamente el mismo precio en todo el mundo. El precio general del petróleo (y por ende el precio en Estados Unidos) está condicionado en gran medida por lo que suceda en Oriente Medio. Imagina que los países productores de petróleo son tuberías de distintos tamaños que, suspendidas sobre una bañera, la van llenando. Imagina que los países consumidores de petróleo son sumideros de distintos tamaños que van vaciando la bañera. El precio general varía en función del nivel de petróleo que hay en el recipiente. En lo tocante al precio, resulta indiferente qué países se dedican a llenar la bañera o a vaciarla: lo único que importa es cuánto crudo hay en el recipiente. Cuanto más petróleo haya en la bañera, tanto menor será el precio para todos y viceversa.

Puesto que Oriente Medio cuenta con las mayores «tuberías», mantener un flujo constante de petróleo es la mejor manera de que los precios no suban. Y el régimen saudí, puesto que puede abrir o cerrar la válvula de su gigantesca tubería, también es el que más influye en el precio general del crudo. De modo que Oriente Medio, y los saudíes en particular, pueden regular a la baja el precio del petróleo y, (como ya se ha visto), «si el crudo es barato, todo resulta más barato», lo que fomenta el crecimiento económico. Estados Unidos piensa que la intervención militar y diplomática en Oriente Medio favorece sus intereses nacionales, si bien esta es una suposición que pondremos a prueba en los capítulos siguientes.

Las previsiones son difíciles, como bromeaba Niels Bohr, sobre todo cuando se trata del futuro (y nunca tanto como cuando se trata del futuro del petróleo). Cuando este libro comenzó a escribirse, de lo que se hablaba era del «cenit petrolero» global, de que el mundo se quedaría pronto sin él. Entonces las curvas de la oferta subieron, las de la demanda se estabilizaron, y hoy ya pocos hablan del cenit petrolero. Todos los pronósticos sobre la energía deberían tomarse con pinzas. Hoy en día, lo más sensato que se puede decir es que el mundo no que quedará sin petróleo, sino que ha ido más allá del petróleo barato.

Los gigantescos yacimientos petrolíferos de Texas, por donde salía el crudo a chorros en la década de 1930, producían cien veces más energía que la que se necesitaba para extraer esa energía, y los actuales megayacimientos de Oriente Medio son incluso más generosos. Pero el mundo requiere ahora mucho más petróleo que el que proporcionan esos depósitos tan «pródigos». Instalar costosas plataformas petrolíferas en el mar, o remover las viscosas arenas de Canadá y Venezuela, reduce la proporción de energía; de estas nuevas fuentes se obtiene sólo un rendimiento de diez a uno, o incluso de sólo cuatro a uno, con relación a la inversión energética. Estos principios económicos básicos son los que nos están alejando paulatinamente del petróleo, y otras estrategias futuras (como las que atañen al cambio climático) podrían acelerar ese alejamiento. La Edad de Piedra no se acabó por falta de piedras, como dijo cierto analista, sino porque se crearon nuevas tecnologías que eran mejores en todos los sentidos.

Países y empresas

La mayor parte de lo que se suele pensar acerca de las grandes compañías mineras y petroleras occidentales es cierto. Algunas corporaciones como Exxon, Shell y BHP Billiton son gigantescas empresas globales. Se trata de despiadadas compañías capitalistas dondequiera que operen, pero también tienen poder bastante para exigir grandes reducciones fiscales y solicitar subsidios tanto en su país de origen como en el extranjero. Tienen muchas conexiones en las altas esferas gubernamentales de todo el mundo. En general, estas compañías han mostrado una actitud obstruccionista en cuanto a las cuestiones relativas al cambio climático. Sus inversiones en energías alternativas y en «responsabilidad social colectiva», aunque considerables, no son sino cortinas de humo para proteger sus verdaderos intereses comerciales.

Sin embargo, algunas personas tienen ciertas dudas que convendría aclarar. La primera sorpresa es que, si uno oye hablar de una empresa minera o petrolera, ello se debe probablemente a que esa compañía ha mostrado un comportamiento mejor que el de otras. No se trata de que las corporaciones occidentales sean altruistas, sino simplemente de que deben conservar el prestigio que las precede. En el oscuro mundo del petróleo, hay muchas compañías de las que casi nadie ha oído hablar —petroleras nacionales asiáticas, grandes comerciantes, pequeñas sociedades de investigación— y que son mucho peores que los colosos occidentales en lo tocante a seguridad medioambiental, normas laborales y turbias negociaciones con corruptos funcionarios extranjeros. Para las empresas extractoras, conocerlos es en realidad quererlos (al menos relativamente).

La segunda sorpresa es que las compañías petroleras no tocan en realidad todas las teclas en Washington, Londres o París. Estas empresas están bien conectadas y ejercen mucha influencia, pero sólo representan un sector comercial que hace lobby entre muchos otros, y a menudo sus intereses son menos importantes que las maniobras geoestratégicas. (Pensemos, por ejemplo, en las sanciones que lleva imponiendo el Gobierno estadounidense durante años a Irán, Irak, Libia y Sudán: esas sanciones impidieron a las petroleras norteamericanas hacer negocios con esos grandes productores de crudo). Aún es más, como veremos en el capítulo 17, las industrias mineras y petroleras llegan a perder batallas políticas, a veces incluso contra pequeñas pero bien organizadas ONG. Si pensamos en «grupos que influyen en la política» como si se tratase de agujas hundiéndose en una piscina, entonces las industrias extractoras son una aguja grande, pero el caso es que hay muchas más agujas.

Lo que todo el mundo debería saber acerca del comercio mundial de recursos naturales es que hoy en día los países son más importantes que las empresas. Los países poseen sus recursos naturales, y sólo contratan a compañías extranjeras, si es que las contratan, para extraer los recursos del subsuelo. Podríamos comparar a grandes empresas, como Chevron, con famosas estrellas de fútbol. Un futbolista puede pedir cuanto quiera cuando negocia con un equipo para que lo fichen, pero los que tienen el dinero y toman las decisiones son los dueños del club.

Los mayores productores de petróleo, como Arabia Saudí, usan sus propias empresas nacionales para extraer el crudo: sólo contratan a las grandes firmas internacionales para trabajos esporádicos. Estos países y sus compañías nacionales son jugadores mucho más importantes que cualquier empresa privada. (Arabia Saudí, por ejemplo, controla casi el 20% de las reservas mundiales de petróleo. Exxon, la petrolera más grande de Estados Unidos, controla sólo el 1%). Otros países que producen menos petróleo sí necesitan contratar a compañías extranjeras para extraer el crudo, pero, en la actualidad, tienen mucho donde elegir: no sólo las grandes corporaciones occidentales, sino también, por ejemplo, las acaudaladas empresas chinas u otras compañías como Halliburton. Lo que las grandes corporaciones occidentales tienen que ofrecer es una tecnología puntera y décadas de experiencia en la ejecución de proyectos complejos en lugares de difícil acceso. De modo que esas compañías siguen siendo la mejor opción para los retos más difíciles desde el punto de vista político y geológico. No obstante, los «grandes» tienen muchos competidores que les pisan los talones.

Un país petrolero tiene petróleo, y necesita extraerlo del subsuelo. Si contrata a una compañía extranjera, lo más habitual es que le pague en especie, permitiendo que la compañía retenga parte del crudo extraído. Al mismo tiempo, la empresa pagará también dinero al Estado (en forma de bonos, regalías, impuestos, etcétera). Estos acuerdos contractuales suelen alcanzar sumas muy elevadas, por lo que habitualmente se mantienen en secreto, lo que ha propiciado tanto grandes corruptelas cuanto, como veremos, prometedoras campañas en favor de la transparencia.

El petróleo, una vez extraído, sale del país de origen y entra en el mercado global, desde donde, en principio, puede ir a parar a cualquier parte. Alguien lo refinará y se lo venderá a un intermediario, que a su vez se lo venderá a los consumidores. El gas natural que compras en una gasolinera Chevron puede haber sido extraído y refinado por esa misma compañía, pero también es posible que lo extrajera Kuwait, lo transportara Vitol y lo refinara Marathon para luego vendérselo a Chevron. Las personas que se manifestaron ante las gasolineras BP tras el vertido en el Golfo de México (2010) sólo estaban atacando directamente a una pequeña parte del negocio de esa compañía: la correspondiente a la venta al público. Lo que sí que estaban consiguiendo los manifestantes de manera efectiva era dañar más el nombre de la marca.

Salidos del fango

La pericia técnica de las industrias extractoras es asombrosa, y sus productos impregnan por completo nuestras vidas. La escala y el alcance del sistema global de recursos naturales merecen respeto porque sus métodos requieren mucha inteligencia. Observándolo de cerca, a corto plazo, parece tratarse de un sistema cerrado. La política de los recursos naturales es rígida porque los beneficios que produce, con sólo fijarse un poco, resultan demasiado evidentes. Hay que distanciarse para darse cuenta de la necesidad de introducir cambios en el sistema a largo plazo. Lo bueno es que esos cambios se reducen en definitiva a una cuestión de costes y beneficios. Si vemos la utilidad del cambio, entonces nos daremos cuenta de que los costes de la transición habrán valido la pena.

Algún día, nuestros descendientes analizarán nuestro primitivo estado actual, cuando los seres humanos se desplazaban por el planeta quemando fango. Pero, en este momento, si ese fango se volviese de repente incombustible, casi toda la especie moriría antes de un año. La mayor parte de la energía que utilizamos en la actualidad procede de la combustión de masas de plancton muerto hace millones de años: cuando le damos a un interruptor o arrancamos el coche, probablemente estemos encendiendo o avivando un fuego fósil. Eso cambiará, más tarde o más temprano, en función de las decisiones que tomemos ahora.

Sumario del libro

Este es un libro extenso. La primera parte del sumario presenta una sinopsis del libro e incluye spoilers; la segunda parte establece la filosofía subyacente. Aquellos a quienes no les gusten los destripamientos pueden saltarse la sinopsis. Aquellos que detesten las doctrinas pueden pasar al capítulo 1 (y prescindir también del epílogo). Aquellos a quienes les interese sobre todo la política tienen la opción de leer la sinopsis y luego los dos capítulos sobre esa materia, el 16 y el 17.

Sinopsis del libro

Pensemos en la nociva política exterior de Occidente durante los últimos cuarenta años. ¿Debería Occidente derrocar a autócratas como Asad, Gadafi o Sadam? ¿O sería mejor imponer sanciones, como las que se le impusieron a Irán, mientras el régimen iraní continúa desestabilizando su zona de influencia? ¿Es aconsejable apoyar a tiranos «simpáticos», como los saudíes, y hacer la vista gorda cuando se mofan de los derechos humanos y protegen a los extremistas? ¿Debería Estados Unidos enviar más ayuda a países como Nigeria, donde una elite corrupta somete a una población empobrecida y cada vez más violenta? ¿Debería Europa hacer frente a Rusia, poniendo en peligro su propia recuperación económica? Esos son algunos de los debates más polémicos de Occidente: no hay opciones válidas, lo que hay es mucho dinero y muchas vidas en juego.

En este libro nos preguntamos si es posible resolver algunos de esos problemas antes de que surjan, y si hay alguna posibilidad de forjar un mundo menos dividido. Desde el principio advertimos que todos esos dilemas tienen su origen en países con abundancia de recursos naturales. En esos lugares, el petróleo, los metales o las piedras preciosas financian el autoritarismo, las guerras civiles, la corrupción y el terrorismo. Todos esos países padecen lo que los sociólogos denominan la «maldición de los recursos naturales». Hay algo en el cableado político de esas naciones que sigue provocando cortocircuitos, explosiones e incendios que ponen en peligro los intereses de Occidente.

La maldición está enraizada en Asia, África y Oriente Próximo. Los regímenes ricos oprimen a sus pueblos, pues las elitistas redes de la corrupción son indestructibles. En los Estados frágiles, las milicias venden los recursos que saquean para financiar más violencia contra sus coterráneos y en ocasiones contra el Gobierno. Los autócratas dividen y gobiernan, sus partidarios roban y matan, y la inestabilidad fruto de esta terrible coacción se manifiesta en forma de agresiones internacionales, guerras civiles, crisis humanitarias y movimientos extremistas. La crisis de los refugiados sirios, Darfur, A Qaeda, los diamantes ensangrentados… todos esos problemas tienen la misma marca de nacimiento, que no es otra que la maldición de los recursos naturales. Y esa maldición puede extenderse: en la actualidad, por ejemplo, cincuenta y uno de los cincuenta y cuatro países que componen África producen petróleo o lo están buscando.

El entorno estratégico de Occidente se regeneraría con mejores gobiernos en los países «malditos», al igual que mejorarían las perspectivas de paz y derechos humanos en todo el mundo. La promesa de mejoras sistémicas encamina esta investigación acerca de la maldición de los recursos naturales hacia los substratos del poder internacional con el fin de averiguar cómo mantienen su preponderancia los actores coercitivos y corruptos en los países «malditos», pese a la pobreza y las divisiones que causan. Excavar esos substratos nos permite ver hasta qué punto las leyes, la historia, y los consumidores y gobiernos occidentales contribuyen a alimentar la maldición de los recursos naturales.

El momento euclidiano surge meditando sobre los consumidores éticos de Occidente. Los consumidores también se hacen preguntas difíciles sobre la maldición de los recursos naturales. ¿Diamantes de sangre? Un hombre que busca un bonito regalo para la mujer que ama, ¿por qué iba a pensar en las matanzas que tienen lugar en alguna remota zona de guerra? Al tener conocimiento de un complejísimo conflicto en el Congo, una directora de oficina se lo piensa un momento antes de encargar ordenadores nuevos. ¿No decía el periódico que las muertes en ese país se cuentan por millones?

Los consumidores sospechan que tal vez se están manchando las manos con productos contaminados que proceden de las cadenas de suministro globales. Este libro hace hincapié en cómo llegan los consumidores a establecer relaciones legales con quienes suministran esos productos contaminados. Las cadenas de suministro son también cadenas de venta: crean vínculos legales transitorios. Aquellos norteamericanos, por ejemplo, que hayan comprado móviles fabricados con minerales saqueados por caudillos congoleños son dueños, según las leyes estadounidenses, de todas y cada una de las moléculas de sus teléfonos. Investigamos cómo llegan los consumidores a vincularse legalmente con señores de la guerra desconocidos. Pues sin duda esos líderes no tenían ningún derecho legal a expoliar nada. ¿O sí? Haciéndonos a un lado, consideremos el caso de un conductor de Kansas que compra un depósito de combustible. ¿Cómo es que un sátrapa ecuatoguineano tiene derecho a vender el petróleo de su país, de manera que un conductor originario de Kansas pueda comprarlo legalmente?

Este libro localiza la sorprendente norma internacional que conecta a los actores coercitivos de los países «malditos» con los consumidores. Dicha norma legal es la «efectividad», que en este caso viene a significar algo así como «la ley del más fuerte». La norma internacional hodierna dice que el control coercitivo de una población (la «fuerza») entraña el control legal de sus recursos (la «ley»). La ley del más fuerte es tan válida para un dictador como para sus esbirros a la hora de apoderarse de una mina. En ambos casos, la alquimia de la efectividad transmuta el hierro de la coacción en el oro de la posesión legal. Quien se hace con el control envía los recursos naturales, a través de los canales de venta, a los consumidores, y el dinero de éstos retorna a los opresores para que puedan seguir ejerciendo el poder. La efectividad establece un vínculo comercial entre los consumidores y los delincuentes extranjeros.

Desde un punto de vista mercantil, la efectividad, aplicada a los recursos naturales foráneos, resulta sospechosa. Si unos ladrones entran en una tienda, nadie piensa que obtienen el derecho legal de revender la mercancía robada y quedarse con el dinero. Pero la efectividad es la norma general en cuanto a los recursos naturales se refiere, incentivando la coacción y la delincuencia en los países que los poseen. Para comprender cómo funciona la cosa, imaginemos por un momento que Nueva York aplica la «ley del más fuerte» a los productos de Nueva Jersey. Nueva York declara que quien robe mercancías en Nueva Jersey tendrá derecho legal a vendérselas a los neoyorquinos, y la policía y los tribunales de Nueva York defenderán los nuevos «derechos de propiedad». Es fácil hacerse una idea del aspecto que tendría Nueva Jersey: capos, sindicatos, guerras territoriales y grandes robos, esto es, fenómenos similares a la opresión, las guerras y la corrupción que estamos viendo a mayor escala en los países «malditos».

El comercio ilícito de recursos naturales se ve hoy en día como algo normal y corriente, como lo fue antaño el esclavismo: la efectividad es invisible para nosotros. Sin embargo, las consecuencias de todo ello demuestran que la situación de Occidente es aún peor de lo que pensábamos. Muchos consumidores están adquiriendo productos «contaminados» cuando compran gasolina o periódicos, pintura o esmalte de uñas, ordenadores o videoconsolas, gafas de sol o tartas de manzana. El dinero de su compra diaria retornará inevitablemente a los violentos para ayudarlos a financiar más opresión y más guerras. Descubrimos que es en realidad el Gobierno del propio consumidor el que lo pone en contacto legal con petrócratas y caudillos extranjeros, lo cual introduce injusticias en su propio sistema jurídico. La sinergia legal que se da entre consumidores y criminales origina en los países «malditos» crisis y conflictos que luego emponzoñan a Occidente. Al comerciar con la coacción, recogemos lo que sembramos.

Cuando vemos la efectividad desde una perspectiva histórica, la narración pasa de la oscuridad a la luz. La coacción ya ha sido apartada muchas veces de los fundamentos del Derecho. Es más, la abolición de los derechos coercitivos sirve a muchísima gente para describir la evolución del progreso humano en los tiempos modernos.

En el siglo xvii, la efectividad era la principal norma jurídica para todos los asuntos internacionales. Quien podía ejercer control coercitivo sobre un ser humano obtenía el derecho legal de venderlo (trata de esclavos). Quien conseguía dominar a un pueblo extranjero obtenía el derecho legal de gobernarlo (colonialismo). Quien lograba adueñarse de un territorio obtenía el derecho legal de dirigirlo (conquista territorial). El apartheid, el genocidio y lo que ahora llamamos violaciones de los derechos humanos eran también formas de poder coercitivo que el sistema internacional legalizaba. Los grandes movimientos morales de los siglos xix y xx abolieron la efectividad en todos esos ámbitos. La trata de esclavos, el colonialismo, la conquista, el apartheid, el genocidio y las violaciones de los derechos humanos están ahora proscritos por las leyes internacionales. Sin embargo, en lo que respecta a los recursos naturales, la efectividad sigue siendo la norma en todo el mundo.

Una vez identificada la norma que rige la maldición de los recursos naturales, surge una base mejor para el comercio de los mismos. De hecho, como legado del mayor conflicto del siglo xx, el principio necesario para actualizar y mejorar la economía global se encuentra ya ampliamente respaldado. Ese principio es la soberanía popular: la causa de Ghandi y de Mandela, así como de las revoluciones democráticas de posguerra. En lo que a los recursos se refiere, la soberanía popular dice que es el pueblo, no el poder, el que debería controlar el patrimonio natural de un país. Los líderes mundiales ya proclaman que «el pueblo es el propietario de los recursos», y el 98% de la población mundial ya vive en una nación que ha firmado algún gran tratado en el que se declara la soberanía popular. A fin de que el comercio de los recursos naturales pase de la coacción a la soberanía popular, los países sólo tienen que acomodar su política a sus principios. La penúltima parte del libro muestra cómo podrían lograr eso los países más poderosos: cambiando sus propias leyes.

Este libro describe una serie de nuevas políticas comerciales que todos los países podrían adoptar individual o colectivamente. Este sistema de «comercio limpio» es ambicioso, pero también viable y pacífico, pues se basa en un conjunto de reformas que ya han cobrado mucha fuerza. Sus estrategias tendrán el apoyo de todo el espectro político y se zafarán de megatendencias como el creciente poder de los individuos y de las redes. El Comercio Limpio también es un motivo para tomar decisiones drásticas con respecto al cambio climático, pues nos muestra, por ejemplo, por qué ya no se pueden explotar de manera legal las reservas de petróleo existentes. Las principales estrategias del Comercio Limpio consisten en deshacerse de los autoritaristas y buscar alternativas a los autócratas para que la seguridad energética de Occidente no dependa de regímenes violentos y poco fiables. Los Estados partidarios del Comercio Limpio pueden contribuir a poner fin a la tiranía del petróleo, dejando de comerciar con personajes sanguinarios. Así también será más fácil resolver otros problemas globales.

Anular la «efectividad» de los recursos naturales será la siguiente fase de la abolición de los derechos coercitivos. Pensar en esas revoluciones facilita la reflexión filosófica: en qué medida afecta el progreso moral a los individuos y las sociedades, y qué futuro queremos en definitiva para el mundo. Si ahondamos en una parte del orden global, nos damos cuenta de que este no sólo enfrenta a los extranjeros entre sí, sino que también los pone contra nosotros. Gran parte de las guerras y de la opresión, la corrupción y el extremismo de nuestros días son síntomas de esas divisiones. Si el problema es la división, entonces la unidad debe ser la solución. Recurriendo a las brillantes teorías de Kant y John Stuart Mill, el libro presenta al final la visión de una Humanidad libre y unida, que podemos contribuir a crear dentro de los límites de la naturaleza humana.

La teoría pura del petróleo de sangre

Esta sección esboza la teoría subyacente del libro. ¿Por qué teorizar? Nadar en el mar resulta muy agradable (para quien sepa nadar), en tanto que el submarinismo implica tirarse al agua llevando lastres, respirar por un tubo, usar luz artificial. No obstante, el submarinismo añade una tercera dimensión por la que podemos movernos libremente y ver auténticas maravillas.

Este libro cuenta dos historias: la del poder y el contrapoder, por una parte; la de las divisiones humanas y la transformación humana, por otra. La historia del poder comienza en países lejanos, donde podemos imaginar por un momento que el dinero (mucho dinero) está enterrado en el suelo. Esas fortunas subterráneas podrían ascender, como el agua, hasta donde vive la gente. Sin embargo, el dinero enterrado termina en manos de unas pocas personas, que lo usan para conquistar más territorios o incluso para someter a sus conciudadanos. Cuanto más dinero saquen del suelo esas pocas personas, tanto más fácilmente satisfarán sus deseos y dominarán a los demás. El dinero les permite actuar como quieran: pueden amedrentar, adoctrinar, comprar, perseguir, encarcelar y atacar a sus hermanos. Lo único que tienen que hacer esos pícaros es conservar el control de cuanto sale de esos agujeros excavados en la tierra.

En realidad no es dinero lo que hay enterrado en el suelo de algunos países extranjeros; lo que hay son recursos naturales. Pero, centrémonos en el dinero que termina en manos de esos pocos. Ese dinero les confiere un poder inconmensurable: un poder que no es vigilado por las leyes ni las costumbres ni la conciencia. Es una vieja historia conocida de todos —el poder corrompe—, y la parte I del libro registra la fuerza divisoria del poder sin límites en las diferentes formas de la maldición de los recursos naturales. Los «elegidos» dividen y gobiernan de diversas maneras; en ocasiones dividen y matan. La parte I («Ellos contra Ellos») muestra cuán profundas llegan a ser las divisiones en algunos países.

El poder sin límites en los países malditos es tan influyente que crea algo más que divisiones humanas; lo que crea son seres humanos divisivos. Los seres humanos que encontramos en la parte I son reconocibles por sus identidades divisivas: el déspota cruel, el funcionario corrupto, el verdugo con su hacha, el niño drogado que juega a polis y cacos con una pistola cargada. Esas identidades divisivas se han formado dentro del territorio del poder; son formas de adaptarse a determinados entornos humanos.

El entorno de una persona es lo que otras personas le ayudarán a hacer, le permitirán hacer, le impedirán hacer e intentarán hacerle. (Fijémonos en los entornos humanos que constituyen, por ejemplo, una guardería, un concesionario de coches, una mezquita, o los frentes de batalla). El entorno humano llega a ser tan importante como el entorno físico a la hora de definir las opciones de una persona. Como dice Hume, un prisionero «descubre la imposibilidad de escapar tanto cuando observa la terquedad del carcelero como cuando observa los barrotes y los muros que lo rodean». Y el entorno humano será tan importante como el entorno físico a la hora de formar la personalidad de un hombre.

El hecho de vivir en un entorno humano específico moldea el carácter de una persona, pues condiciona sus emociones, su seguridad, su confianza, sus preferencias, sus recuerdos, sus vivencias y hasta sus sueños. Los entornos humanos de los países malditos están muy contaminados por el poder ilimitado de los hombres que se enriquecieron a costa de sus recursos naturales. Ese policía tan santurrón como despiadado, que golpea a una mujer acusándola falsamente de impiedad, muestra un carácter divisivo, bien adaptado al entorno humano en el que siempre ha vivido.

La identidad de una persona no determina su destino: un niño-soldado puede convertirse en un diplomado en ciencias políticas de la universidad de Oberlin. Y los seres humanos son capaces de cambiar sus propios entornos, convocando reuniones pacifistas, por ejemplo, o participando en manifestaciones pro derechos civiles. Aun así, el poder sin límites en los países malditos es una poderosa fuerza ambiental, como las inundaciones o las plagas de langostas, y por tanto resulta difícil pasarlo por alto o contrarrestarlo. Todos los fenómenos que se analizan en este libro —el autoritarismo, las guerras civiles, la corrupción, etcétera— son manifestaciones de la divisibilidad de ese poder ilimitado. Los individuos divisivos que encontraremos en la parte I actúan racionalmente en función de sus intereses, los cuales están determinados por sus identidades, las cuales, a su vez, se formaron en los entornos desestructurados de sus países malditos.

No hay ninguna necesidad kármica de que la coacción y la inestabilidad de los países malditos lleguen a nuestros propios países, pero llegan. Vivimos en un mundo abarrotado y variopinto, y lo que sucede allí influye en lo que sucede aquí, sí, aquí, en este Occidente consumista, sumido en continuas crisis económicas. Aún es más, los especialistas en dividir países malditos pueden aumentar su propio poder culpando de la frustración popular sólo a Occidente. Así, el «petrócrata» pronuncia encendidos discursos contra nosotros y el terrorista planea nuevas formas de matarnos. Occidente, por su parte, ha entrenado a millones de soldados y espías para hacer frente a esas amenazas. En la parte II («Ellos contra Nosotros contra Nosotros») se describen algunas de las identidades divisivas que se han formado en torno a la maldición de los recursos naturales. Esas identidades divisivas están firmemente arraigadas en ambos lados; muchos seres humanos que hacen gala de ellas, morirán, tarde o temprano, dentro de ellas.

La historia de la lucha por el poder entre Occidente y los países malditos es aún más desgarradora. Los relatos que leemos, vemos o escuchamos en las noticias no son los que verdaderamente importan: Occidente pone o quita a un dictador, apoya a un bando o al otro en una guerra civil, y así sucesivamente. Esas decisiones pueden ser sabias o estúpidas, pero en definitiva no son más que movimientos en el amplio contexto estratégico que es aquí objeto de estudio. Y la fuente principal de ese poder sin límites no es en realidad aquel dinero enterrado en el suelo; los recursos naturales sí que están bajo tierra. En definitiva, la fuente principal del poder ilimitado es el dinero que pagan los consumidores por productos fabricados con esos recursos naturales. En última instancia, la fuente principal de ese poder somos nosotros. («Nosotros» significa «nosotros, los occidentales»: este libro trata de que los países occidentales modifiquen sus propias condiciones comerciales y pongan orden en sus propias casas en lugar de decir a los demás lo que tienen que hacer).

Los consumidores constituyen la fuente principal de poder ilimitado para los extranjeros que tienen el control de los recursos naturales. Su poder depende mucho del contexto estratégico internacional. En ese contexto, Occidente tiene muy pocas probabilidades de acabar con la opresión y la inestabilidad que generan esos extranjeros divisivos. Los occidentales pueden poner o quitar a un dictador, apoyar a un bando o a otro en una guerra, arrasar los campos de entrenamiento terroristas o dejarlos estar. Todas esas opciones, para las que se usan herramientas inadecuadas, son malas porque elegir cualquiera de ellas podría agudizar el problema del «Ellos contra Nosotros». Al final de la historia del poder, el «Ellos contra Nosotros» se convierte también en «Nosotros contra Nosotros».

El «Nosotros contra Nosotros» está presente aquí todos los días en los debates sobre política exterior. Ante tantos problemas externos, hasta las personas mejor intencionadas discutirán sobre quién causó los desastres y cuáles son ahora las opciones menos malas. Nuestros propios expertos en las divisiones internas inflaman esas discusiones. El entorno estratégico degradado por el comercio global de recursos nos divide aún más los unos de los otros.

También nos divide dentro de nosotros. La cuestión del yo dividido ya fue analizada por Rousseau, quien demuestra que la modernidad nos inculca deseos que ella misma se encarga de frustrar. Vemos todas esas cosas que nunca podremos comprar, esos sitios a los que nunca iremos, a esas personas que no podemos tocar, amar o ser. Rousseau considera que el hombre moderno es un humeante cúmulo de frustraciones, pues la energía de los deseos insatisfechos produce trastornos emocionales y autoengaños. Según Rousseau, no siempre se puede tener lo que uno quiere.

En este libro encontramos un yo dividido por las anomalías que separan lo público de lo privado. La realidad cotidiana de nuestra vida mercantil se escinde del deseo de unidad humana que nuestros ideales políticos proclaman. (Ese fue el primer descubrimiento original del joven Marx, con la mente en llamas). El consumo privado produce consecuencias que no aceptamos desde el punto de vista moral, y esa contradicción se manifiesta en muchas cuestiones que van más allá de los recursos naturales contaminados: en la polución, las entidades bancarias, los talleres clandestinos, la explotación infantil, etcétera. Algunas personas perciben ese conflicto público/privado e intentan poner en orden sus principios recurriendo al Comercio Justo, las pequeñas tiendas comarcales o los productos orgánicos; otras hacen donaciones a organizaciones benéficas. Los más sensibles entre nosotros, experimentan ese conflicto público/privado como una indefinida ansiedad moral, que intentan anular cerrándose al mundo, metiéndose en una secta o incluso dándose al alcohol o las drogas. En la tragedia de Goethe, Fausto exclama: «Dos espíritus moran —¡ay!— en mi pecho, y el uno lucha con el otro». Esa aguda exclamación en medio de la obra transmite el dolor de estar constituidos por vidas contradictorias. La división entre lo público y lo privado, inherente al mercado actual, se caracteriza por el hecho de que lo que compramos sirve para financiar causas que detestamos.

La historia del comercio global de recursos naturales es la historia de cómo se convierte nuestro dinero en poder ilimitado para unos cuantos desconocidos y luego vuelve a nosotros en forma de peligro, deshonra y mentiras políticas. Como en algunos barrios viejos y atrasados, el agua corriente se aleja de nosotros y por las tuberías sale suciedad. El poder sin límites forma entornos humanos que dividen a los extranjeros entre sí, que separan a los extranjeros de nosotros, a nosotros entre nosotros y a nosotros de nosotros mismos. Las normas de este sistema están tan incrustadas, las identidades divisivas nos resultan tan familiares, que parece simplemente que el mundo debe ser así. Por suerte, el mundo está preparado para cambiar.

La contranarrativa del libro es una historia de contrapoder y transformación. El poder sin límites constituye la primera escena de muchos dramas familiares que terminan bien; la victoria sobre el poder se ha ganado muchas veces. Algunas victorias figuran en nuestros libros de historia; otras codifican ahora nuestra experiencia de manera tan completa que ni siquiera recordamos —al igual que sucede con las experiencias de la primera infancia— cómo éramos antes de haber cambiado. La mitad del esfuerzo necesario para superar las divisiones provocadas por el comercio de recursos naturales hay que emplearlo en comprender sus orígenes; la otra mitad, en identificar dónde nos encontramos en la historia del contrapoder, que a lo mejor nos impide retirarnos cuando tenemos ventaja y desechar nuestra mano ganadora.

Pensemos en los derechos legales que se pueden conseguir gracias al poder puro y duro. Entre ellos no se encuentra el derecho a apropiarse de un ser humano; no hay coacción que pueda iniciar una cadena de atribuciones que termine en la posesión legal de un ser humano, al menos aquí. La esclavitud todavía existe, pero se trata de una cosa oscura y repugnante que se esconde lejos del alcance de las leyes. La ley ahora abomina de la esclavitud: los esclavistas ya no tienen un poder ilimitado y, de hecho, el dudoso título de «“amo” de esclavos», del que tan orgullosamente alardeaban algunos respetables y distinguidos ciudadanos, ha sido abolido.

Hace tres siglos, el derecho internacional era sobre todo una legitimación de la coacción. Las personas capturadas pasaban a ser legalmente una propiedad, los territorios conquistados se convertían en propiedad del conquistador, los pueblos derrotados se transformaban en colonias, las «razas inferiores» eran subyugadas sin el menor escrúpulo, el destino de los grupos étnicos era el hostigamiento, la depuración o la extinción… En todos esos aspectos, la superioridad física creaba derechos legales: la ley del más fuerte. Las costosas victorias históricas que acabaron con todo aquello dejaron su legado en las leyes que ahora obstaculizan aquella transición.

El comercio actual de los recursos naturales todavía se basa en aquel antiguo sistema de los derechos coercitivos. Unos pocos hombres contados, con el poder coercitivo de los recursos de un país, venden esos recursos a los consumidores de aquí, y el dinero de los consumidores vuelve a las manos de esos pocos gerifaltes. La transitividad de su fuerza allí con respecto a nuestros derechos aquí incrementa el poder de esas personas, lo que no genera más que violencia, venalidad y crisis. La abolición de ese derecho coercitivo —la siguiente fase en la historia de tales aboliciones— llegará cuando los consumidores de aquí dejen de estar vinculados legalmente con los actores coercitivos de allí, cuando dejen de proporcionarles esa fuente de poder ilimitado.

Al poder sólo lo frena el contrapoder. Algunas formas de poder incontrolado son moralmente irredimibles, lo que significa que hay que desmantelarlas y eliminarlas. Hoy en día nadie es legalmente tratante de esclavos, gobernador colonial o presidente de un Estado segregacionista. En otros casos, la forma de poder es irreemplazable, pero puede compensarse limitándola: hay que vigilarla, contenerla, aplicarle sanciones, esto es, obligarla a rendir cuentas. El derecho internacional humanitario, por ejemplo, es un intento de que los líderes nacionales rindan cuentas ante la «comunidad internacional», equilibrando así el poder de los gobernantes y los gobernados. El control de los recursos naturales es imprescindible en este mundo superpoblado, luego ese control debe ser visible. La soberanía popular —paradigma de la responsabilidad— cierra el círculo del poder haciendo que los gobernantes rindan cuentas ante los gobernados.

Es necesario impedir que unos pocos tengan el control absoluto de los recursos naturales, mas para ello los pueblos han de ser capaces de vigilar a esas personas. Los ciudadanos deben ser más fuertes, estar más conectados e influir más en las instituciones. La parte III explica qué significa en realidad la soberanía popular y hasta qué punto la revolucionaria idea de que un país pertenece a sus ciudadanos puede transformar el comercio internacional. La parte IV describe los pasos que deberían dar los países para fomentar la responsabilidad pública con respecto a los recursos naturales. A fin de confiar en la abolición de los derechos coercitivos sobre esos recursos hay que ver la larga serie de aboliciones de tales derechos, y también es necesario ver lo cerca que estamos de dar el siguiente paso.

La historia ha introducido el contrapoder en las leyes que prohíben el poder irredimible y que vigilan un poder que de otro modo podría descontrolarse. El contrapoder seguirá saliendo victorioso en el futuro porque ahora también forma parte de las creencias e ideales de la gente de a pie. El contrapoder es la razón crítica que cuestiona todas las afirmaciones procedentes de la autoridad, y también es la conciencia que pone freno a nuestras propias tentaciones de abusar del poder a base de advertencias que nos hacen sentir culpables y avergonzados. Ahora las buenas personas se horrorizan, como es lógico, ante los saqueos, las persecuciones religiosas y los asesinatos en masa; pero no siempre fue así. Recordemos a Nietzsche: «no hace aún tanto tiempo que era inimaginable organizar bodas principescas ni fiestas populares sin ejecuciones, suplicios, o, por ejemplo, un auto de fe». Ahora, para las buenas personas, las normas del contrapoder hacen su entrada durante la fase precognitiva de la identificación de los objetos que las rodean. «Sé qué es esa cosa», dice su percepción al encontrarse con un ser humano. «Es un ser que tiene derecho a defenderse de la crueldad y al que le corresponde cierta dignidad».

El poder ilimitado produce divisiones; el contrapoder aporta libertad; la libertad permite a las personas encontrar la unidad, dentro de ellas y entre sí. La dialéctica del poder y el contrapoder que describo en este libro apunta al objetivo principal, que consiste en que las personas íntegras se unan. El anhelo de unidad entre las personas se percibe en el deseo de «derribar los muros» que separan a la gente y de «formar parte de algo mayor que uno mismo». La soberanía popular es más que liberarse del poder: es la vida en común de muchas personas juntas. Los fundadores de las grandes tradiciones religiosas tenían identidades tremendamente unificadoras; el ideal de una unidad libre ha servido de inspiración a la más profunda filosofía moderna. En el epílogo desarrollo más extensamente la cuestión de la unidad humana y libre.

PARTE I

Ellos contra Ellos

Para trazar la manera en la que el sistema internacional actual distribuye el poder, empezaremos en el origen de las cadenas de suministro globales y estudiaremos los países ricos en recursos donde acaba el gasto de los consumidores. En los países en los que el dinero de los recursos llegó antes de que el pueblo fuera fuerte, encontraremos autoritaristas, funcionarios corruptos y milicias arrebatando los recursos del pueblo para dividir y gobernar, dividir y matar.

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Adictos al dinero

Buscamos riquezas en las entrañas de la tierra, donde moran los espíritus de los muertos, como si la parte que pisamos no fuese ya bastante fértil y generosa… Pero lo que [la tierra] ha escondido y guardado bajo el suelo —esas cosas que no encontramos de inmediato— nos destruyen y nos conducen a las profundidades. Como consecuencia de ello, la mente se aturde ante la idea de vaciar los recursos de la tierra y ante el significado de la codicia. Qué inocente, qué feliz y qué agradable sería la vida si no ambicionase nada en ninguna parte más que en la superficie de la tierra.

—Plinio el Viejo

El petróleo es alcohol, los diamantes son drogas

En vez de partir de la idea de que los recursos naturales son una maldición, piensa en la presencia del alcohol y las drogas en tu propia vida o en la vida de alguien que conozcas bien. Si te preguntan si esas sustancias han sido una bendición o una maldición, tal vez dirías que han sido las dos cosas. Los excesos, sobre todo en la juventud, te llevaron a cometer actos imprudentes; quizá te drogaste en una fiesta la noche anterior a un examen. Tal vez la bebida sigue siendo una rémora para tu productividad. Quizá crees que el alcohol es, como dijo George Bernard Shaw, la anestesia con la que soportamos la cirugía de la vida. A lo mejor un trago te ayudó a declararte a tu mujer. A lo mejor caíste en las drogas tras la muerte de tu padre o tu madre. El impacto del alcohol y las drogas en una vida específica será una elaborada e idiosincrásica historia cuyo relato te hará tomar ciertas decisiones y te llevará a pensar en qué habría sucedido si esas decisiones hubieran sido otras.

Los estudios a gran escala tanto sobre el alcohol como sobre otras drogas arrojan resultados en cierto modo sorprendentes. Incluso en el caso de drogas duras como la heroína, la adicción instantánea y la muerte son bastante raras. Muchos de quienes consumen drogas duras experimentan con ellas durante un tiempo y luego las dejan sin que en apariencia les hayan hecho demasiado daño. (George W. Bush y Barack Obama consumieron drogas y, aún así, llegaron bastante lejos). Todavía más sorprendente es que otros estudios muestran que el consumo moderado de alcohol es más sano que el consumo abusivo o la abstinencia total. Los bebedores moderados suelen vivir más años que los alcohólicos y los abstemios, y además tienen menos probabilidades de padecer ataques al corazón, infartos, diabetes, artritis, demencia y diversos cánceres graves. De hecho, algunos estudios llevados a cabo en Estados Unidos y el Reino Unido llegaron a la conclusión de que el consumo moderado de alcohol salva más vidas de las que cuesta. Si hubiera que elegir entre las etiquetas de «bendición» o «maldición», esos estudios favorecerían ligeramente a la «bendición».

Sin embargo, como sabemos todos, el consumo excesivo de sustancias estupefacientes resulta devastador. El abuso del alcohol es uno de los factores que más influyen en la violencia doméstica, los accidentes de tráfico y los suicidios. El alcoholismo aumenta el riesgo de dañar el cerebro, el corazón, el hígado y el sistema inmunitario, por no hablar de su coste en pérdida de productividad laboral, gastos sanitarios y separaciones familiares. Aunque la bebida no sea mala para la población en general, para algunos individuos resulta desastrosa.

El sentido común nos dice que, si se supera el límite de una o dos copas al día, los peligros del alcohol aumentan a medida que la persona bebe más: las calorías del alcohol se suman a las calorías totales de la dieta. Sin embargo, hay excepciones incluso entre los bebedores empedernidos, como, por ejemplo, Winston Churchill. Considerado «el británico más excelso» por sus compatriotas, Churchill llegó a decir que había sacado mucho más del alcohol que el alcohol de él. El economista F. A. Hayek relata una típica anécdota:

Me invitaron a cenar en la mesa de Churchill antes de la concesión de un grado. Durante la cena, observé que pimplaba coñac sin parar; cuando me lo presentaron, apenas podía hablar […] Estaba borracho perdido […] Media hora después, pronunció uno de los discursos más brillantes que he escuchado en mi vida.

La drogadicción también ha arruinado la carrera profesional de muchas personas, pero no así la de John F. Kennedy, Ray Charles o Paul Erdős, el gran matemático húngaro. Hay reglas, excepciones, riesgos y personas que salen airosas contra todo pronóstico.

Los efectos de consumir drogas o alcohol dependerán, en cualquier momento de la vida de una persona, de su constitución física y su autocontrol. Los investigadores y el sentido común coinciden en la máxima de que, para la mayoría, la moderación es lo mejor. Sin embargo, algunas personas tienen una constitución tan endeble y un autocontrol tan escaso que más les valdría evitar esas sustancias por completo. En el otro extremo, el abuso del alcohol u otras drogas pondrá a prueba incluso la constitución más robusta, pero hay algunos individuos excepcionales que tienen un autocontrol excepcional. Estos individuos sacan más de las moléculas que las moléculas de ellos.

Extraer recursos naturales no siempre supone una maldición para un país, de igual modo que consumir alcohol u otras drogas no siempre supone una maldición para un individuo. Desde un punto de vista histórico, al Reino Unido y a los Estados Unidos les ha ido muy bien con sus recursos naturales. El carbón y el acero británicos convirtieron al Reino Unido en la primera economía del mundo y, con el tiempo, en la nación más influyente del planeta. Estados Unidos, gracias a su extraordinaria riqueza natural, sustituyó después a Gran Bretaña en esos papeles. Estados Unidos se convirtió en el corazón del petróleo, inestimable fuente de energía durante el siglo xx. Y la superioridad de Estados Unidos en cuanto a recursos naturales no se limitaba sólo al petróleo, sino que lo abarcaba prácticamente todo. En 1913, «ninguna otra nación se acercaba siquiera un poco a Estados Unidos en cuanto a la abundancia y gama de minerales en general». Los recursos naturales con que contaba estimularon su primera escalada industrial a lo largo de los siglos xix y xx, y algunos expertos predicen que sus reservas de gas natural propiciarán un renacimiento industrial en la década de 2020.

En volumen total, Estados Unidos sigue extrayendo muchísimos recursos naturales: si los minerales fueran el maná y el petróleo el rocío, los 320 millones de estadounidenses podrían comer y beber alegremente todo el año. Pero la economía estadounidense se ha diversificado muchísimo, y la minería forma sólo una pequeña parte de ella. La extracción de combustibles, incluidos el gas y el petróleo, constituye sólo el 2% del PIB: menos que la contribución de los hospitales, la construcción y la hostelería. Canadá, que es otra economía grande y diversificada, obtiene de las extracciones el 8% de su PIB, sobre todo vendiendo petróleo a su sediento vecino del sur. La industria minera australiana representa aproximadamente el 10% de su economía, lo cual es suficiente para neutralizar la reciente recesión global, pero sigue siendo una cantidad relativamente modesta. Estos pequeños porcentajes de PIB, procedentes del sector de la extracción, suelen resultar beneficiosos para la salud económica de un país. Es como si esos países tomasen sólo una o dos copas al día, permaneciendo así más sanos que los dipsómanos o los abstemios.

Así pues, la extracción de recursos naturales no condena al fracaso a una nación, de igual modo que una nación no necesita extraerlos para tener éxito. Suiza y Singapur están secas como mormones en lo que a las extracciones se refiere, pero la falta de recursos naturales no ha detenido a ninguno de los dos países: Suiza y Singapur, importando materias primas, se han convertido en dos de las naciones más ricas del mundo. La lógica matemática dice: Suiza y Singapur demuestran que la extracción de recursos no es necesaria para el éxito, de igual modo que Estados Unidos, Canadá y Australia demuestran que la extracción de minerales no conduce al fracaso.

En este libro prestaremos más atención a la parte adictiva del espectro, esto es, a los equivalentes nacionales de los bebedores empedernidos y los drogadictos. Esos son los beodos y los drogatas de entre los países que obtienen gran parte de su energía económica a partir de los recursos extraíbles, y por eso tienen más probabilidades de meterse en problemas. Incluso en este grupo de alto riesgo hay historias de éxito —los correspondientes nacionales de Winston Churchill y John F. Kennedy—; pronto mencionaré una de esas historias. Sin embargo, los éxitos son escasos: la mayoría de los países que dependen de los recursos naturales carecen de la robustez y el autocontrol necesarios para sacar más de las moléculas que las moléculas de ellos. Al igual que sucede con el alcoholismo y la drogadicción, la dependencia de los recursos naturales, cuando se tuerce, tiene efectos devastadores. He aquí más datos estadísticos sobre el petróleo, tomados de Michael Ross:

Desde 1980, los países en vías de desarrollo se han ido haciendo más ricos, más democráticos y más pacíficos. Sin embargo, ello sólo es cierto en el caso de aquellos que no tienen petróleo. Los Estados petroleros —diseminados por Oriente Próximo, Oriente Medio, África, Iberoamérica y Asia— no son ni más ricos ni más democráticos ni más pacíficos que hace treinta años […] Hoy en día los Estados petroleros tienen un 50% más de probabilidades de ser gobernados por dictadores, y aún más probabilidades de verse envueltos en guerras civiles, que los Estados carentes de petróleo. Son también más herméticos, más inestables desde el punto de vista financiero, y más injustos con las mujeres, a las que dan menos oportunidades económicas y políticas.

La dependencia mineral de un país, al igual que la dependencia de sustancias tóxicas en el caso de un individuo, llega a arruinar su vida por completo. Como veremos más adelante, la dependencia de los recursos naturales también destroza la vida de los amigos y vecinos que han de tratar con el adicto.

La vida de los adictos

Los Estados adictos están en todas partes. Entre ellos se encuentran el Estado más rico del mundo —Qatar, cuyo PIB per cápita duplica el de Suiza— y el más pobre —la República Democrática del Congo, cuyo PIB per cápita es el 0,5% del de Qatar—. Otros adictos son Uzbekistán, con un índice de alfabetismo superior al 99%, y Sudán del Sur, donde la mitad de los funcionarios carece de educación primaria y donde una niña tiene más probabilidades de morir durante el parto que de aprender a leer y escribir.

Los Estados adictos incluyen también sistemas políticos ancestrales, como Irán, donde hace siglos que se formó una identidad nacional, así como ciertas invenciones recientes, como Irak, donde las potencias coloniales aglutinaron diversos grupos religiosos y étnicos recelosos unos de otros. Algunos Estados petroleros parecen simple y llanamente estrambóticos. En Liberia, un candidato a la presidencia escogió este eslogan para su campaña electoral: «Mató a mi mamá, mató a mi papá, pero le daré mi voto de todas formas», y ganó. El primer presidente vitalicio de Turkmenistán rebautizó el mes de enero con su propio nombre; prohibió la ópera, el ballet y llevar barba; erigió en la capital del país una estatua de sí mismo de quince metros de altura bañada en oro, la cual va girando para mirar siempre al sol; para más inri, en medio de tanta pobreza, inauguró un centro de ocio para caballos que costó veinte millones de dólares y contaba con aire acondicionado, instalaciones médicas y una piscina.

Debido a la diversidad de los Estados adictos, la vida cotidiana en ellos puede parecer muy distinta de la vida donde estás tú. Volvamos a Sudán del Sur, un país que, siendo apenas un poco mayor que Francia, tenía hasta hace poco sólo dieciséis kilómetros de carreteras asfaltadas. ¿Cómo sería tu país si las niñas tuvieran más probabilidades de morir durante el parto que de aprender a leer y escribir?

Para que te hagas una idea de cómo es la vida en otros países adictos, imagínate que unos matones montados en moto recorren tu ciudad confiscando antenas parabólicas y arrestando a mujeres por llevar ropa «inadecuada». O imagínate que el gobierno municipal no construye institutos, no suministra agua potable a las viviendas, no recoge la basura, apenas paga a los policías que no te protegen y de vez en cuando envía al ejército para que abra fuego contra tus vecinos cuando algún funcionario corrupto decide vender los terrenos donde se encuentran sus casas.

O imagínate que los extranjeros no constituyen el 7% de los habitantes de tu país —como en Estados Unidos y la Unión Europea—, sino el 86% de la población y el 94% de la mano de obra. O figúrate que un montón de vecinos de las afueras aparcan el coche y se bajan de él para ver cómo decapitan públicamente a un hombre acusado de brujería. Imagínate que casi ningún compatriota tuyo afirma estar orgulloso de tu país. Cuando te encuentras con un conciudadano, intentas averiguar su religión, su lugar de nacimiento y su tribu, y, cuando alguien pronuncia el nombre de tu país, esperas escuchar una historia de violencia o sobornos.

Esas son escenas típicas de distintos países dependientes de los recursos naturales: las vidas de los países adictos son tan diversas como las vidas de los individuos adictos. Lo que tienen en común los Estados adictos es que su vida nacional gira en torno a sus recursos. La población qatarí se duplicó y más durante seis años de subida de los precios del petróleo, ya que miles de extranjeros llegaban al país para trabajar en la construcción y en el servicio doméstico. Una sola mina de cobre y oro en Mongolia genera un tercio del PIB nacional. En Angola, el petróleo representa el 85% de la economía, y las exportaciones, que constituyen el 80% de los ingresos del Estado, se devaluaron recientemente en un 80% en el transcurso de cuatro meses. Si vives en una economía fuerte y diversificada, los recursos naturales sólo aparecen en las noticias esporádicamente: el fracking en Estados Unidos, las arenas petrolíferas en Canadá, un impuesto a la minería en Australia, los precios de la energía en el Reino Unido; cuestiones políticas de segundo orden. Si vives en un Estado adicto, el destino de tu país dependerá del imprevisible precio global de algún mineral, algún líquido o algún gas.

Y tan imprevisibles que son esos precios: todos los países dependientes de los recursos naturales están montando a lomos de un tigre nervioso. Los precios del petróleo son más volubles que los del 95% de los bienes que se venden en Estados Unidos, pues la media de las oscilaciones supera el 25% anual desde 1970. Durante el período comprendido entre 2007 y 2009, el precio del petróleo pasó de 80 $ a 147 $ el barril, luego cayó a 32 $ y luego volvió a subir a 60 $. A lo largo de los ocho años que tardé en escribir este libro, el precio del petróleo se duplicó y luego se hundió rápidamente hasta casi donde había estado al principio. Las economías extractoras se expanden y se contraen de manera natural, por lo que los Estados petroleros tienden a incurrir en la «petromanía». Durante la expansión, el gasto del Estado tiende a aumentar en consonancia con la deuda basada en promesas de ganancias futuras; cuando se produce la contracción, en ocasiones el Estado se endeuda más para cumplir sus exagerados compromisos, arriesgándose a que se produzca una crisis de endeudamiento (como sucedió en México, Venezuela y Rusia). Cuando hay prisa, la economía llega a recalentarse; los síndromes de abstinencia resultan en ocasiones muy dolorosos.

La imprevisibilidad de los precios no es el único desafío a que se enfrentan los Estados dependientes de los recursos naturales. De igual modo que el consumo excesivo de sustancias químicas modifica gradualmente la fisiología del cerebro de los drogodependientes, dificultando el autocontrol, así también el flujo desmedido de beneficios procedentes de los recursos naturales modifica la estructura de los Estados adictos. La extracción de recursos hace que el capital se aleje de otros sectores, provocando la desindustrialización y el abandono de la agricultura y reduciendo así su diversificación. El bebedor ingiere cada vez más calorías procedentes del alcohol.

Al mismo tiempo, la gran afluencia de divisa extranjera repercute en el tipo de cambio. Una divisa inflada hace que los fabricantes y los agricultores tengan más dificultades para exportar sus productos, a la par que las manufacturas y los alimentos extranjeros se abaratan. Entonces, de nuevo, el país tiende a depender cada vez más de los recursos naturales y cada vez menos de una dieta económica variada. Los economistas llaman a este fenómeno «enfermedad holandesa» (a causa de un descenso en picado de la industria y la agricultura holandesas como consecuencia del hallazgo de grandes yacimientos de gas natural hace cincuenta años). La enfermedad holandesa implica que los recursos naturales se adueñan cada vez más de la economía de un país: el adicto tiende a dedicar cada vez más tiempo a la sustancia tóxica. En la década de 1960, Nigeria tenía un poderoso sector agrícola y exportaba grandes cantidades de aceite de palma y frutos secos. En cuanto llegó el petróleo, esas exportaciones menguaron o desaparecieron enseguida. Nigeria, un país con una tierra extraordinariamente fértil, es ahora un importador neto de alimentos básicos.

La vida en los Estados adictos es muy diversa. A lo largo del libro mencionaremos muchos de esos Estados, a fin de observar los síntomas distintivos de sus adicciones capitalistas. Hay tres países que llaman la atención de manera especial. Uno de ellos es la propia Nigeria, un país plagado de conflictos y corrupción (y con un gran potencial). El segundo es Arabia Saudí, el mayor Estado petrolero de todos, el corazón de la fe islámica y la encrucijada geoestratégica del mundo. Más adelante revisaremos la dictadura existente en Guinea Ecuatorial, aliado de Estados Unidos al que un ex embajador norteamericano describió como «el mejor ejemplo imaginable de un país privatizado por un cleptómano sin un mínimo de conciencia social». Estos tres Estados adictos serán los protagonistas del drama; otros Estados representarán papeles secundarios a medida que se desarrolle la trama.

Adictos al dinero

Ahora hay más tratamientos que antes para el alcoholismo y la drogodependencia. Las investigaciones sobre la fisiología de la adicción han hecho posible el desarrollo de fármacos como la naltrexona, los cuales bloquean el acceso a los centros neurálgicos del placer, donde se desencadena el ciclo de la adicción. De manera similar, los economistas comprenden ahora mucho mejor la macroeconomía de la dependencia de los recursos naturales, y por tanto conocen mejores remedios para tratar la volatilidad de los precios y la «enfermedad holandesa». Algunos prestigiosos sociólogos han perfeccionado el diagnóstico y tratamiento de los trastornos macroeconómicos derivados de la dependencia de los recursos naturales, y el economista Paul Collier congregó a un impresionante grupo de expertos con el fin de que redactasen la Carta de los Recursos Naturales, una serie de estrategias concebidas para enseñar a los países a usar sus recursos en favor de un desarrollo económico sostenido.

Lo que analizamos aquí no son las patologías económicas, sino las políticas, a las que se exponen los países dependientes de los recursos naturales: el autoritarismo, la corrupción y la violencia, así como otros trastornos tan graves como la desigualdad entre los sexos. La economía afecta sin duda a la política: los países pobres, por ejemplo, son más propensos a las guerras civiles, y la economía del petróleo, como veremos más adelante, puede llegar a resultar desastrosa para las mujeres. Pero las patologías políticas provocadas por la dependencia de los recursos naturales son menos conocidas, tanto en lo que se refiere a las causas como a los tratamientos. Para comprender por qué es tan nefasta la política de los Estados dependientes, habremos de profundizar en sus fisiologías del poder.

Hasta ahora, el alcohol y las drogas han ejemplificado los riesgos que conlleva la extracción de recursos naturales. Pero las naciones no son literalmente adictas a la explotación de yacimientos; los ciudadanos no se levantan por la mañana con el deseo compulsivo de extraer más gas de las profundidades de la tierra. Lo que sucede en los países dependientes de los recursos no es que las personas sean adictas a la extracción. Lo que ocurre en realidad es que el Gobierno es adicto al dinero.

Los gobiernos de los Estados petroleros no son adictos al petróleo. Los gobiernos de los Estados petroleros son adictos al dinero del petróleo Los gobiernos de los Estados que poseen diamantes son adictos al dinero de los diamantes, los de los que poseen cobre son adictos al dinero procedente del cobre. Esta es la imagen especular de la adicción al alcohol y las drogas: esos gobiernos ansían el dinero que pagan los extranjeros y exportan sus moléculas para comprar ese dinero. El Gobierno angoleño bebe dólares y los paga con petróleo; el Gobierno de Zimbabue esnifa dólares y los paga con platino. La palabra que usan los expertos para denominar los ingresos no salariales es ‘renta’, de modo que llamaremos a esos gobiernos «adictos arrendaticios a los recursos naturales» o, para abreviar ‘rentadictos’. Los gobiernos rentadictos varían en función de hasta qué punto están enganchados a la financiación extranjera. El régimen rentadicto de Guinea (que no hay que confundir con Guinea Ecuatorial) obtiene una cuarta parte de sus ingresos de vender a otros países los minerales guineanos. El «incombustible» sultán de Brunéi obtiene el 93% de sus beneficios de vender a los mercados internacionales el petróleo bruneano. Este sultán es el dipsomaníaco de dólares más sediento del planeta.

Los gobiernos de los países dependientes de los recursos naturales son rentadictos: sus políticos son adictos al dinero que genera la venta de recursos. Y el hecho que mejor explica por qué la adicción de un Gobierno es tan devastadora para su país es también el más obvio: en esos países es el Gobierno el que se queda con el dinero procedente de la exportación de los bienes naturales.

El mejor adicto del mundo

Empecemos por el mejor de los casos para un país dependiente de los recursos naturales y con un Gobierno rentadicto. Se trata de un país especial, como un Winston Churchill o un John F. Kennedy: un país que consume mucho pero también funciona de maravilla, con una complexión de hierro y un autocontrol extraordinario.

Digamos que eres un país pequeño con muchos ingresos, cuyo pueblo es considerablemente solidario. Eres estable y pacífico. Tu Constitución escrita se remonta a tiempos de Napoleón y, desde las guerras napoleónicas, tu Gobierno no envía al ejército a invadir ningún país. Tu democracia es una de las más antiguas del mundo y tu participación cívica es especialmente alta (tus ciudadanos son mucho más partidarios de votar en unas elecciones generales que, por ejemplo, los estadounidenses o los suizos). Tu pueblo admira a su Gobierno, pues muestra mucha más confianza en las instituciones nacionales que los japoneses o los checos y sospecha de la corrupción mucho menos que los israelíes o los portugueses. Aún es más, tus ciudadanos confían unos en otros. Un sorprendente 90% de tus habitantes confía en los demás, proporción esta mucho alta que en Estados Unidos, donde esa confianza sólo llega al 50%.

Ahora añadamos petróleo a esta historia feliz. Eres el principal productor de petróleo de Europa occidental y el tercer mayor exportador de gas natural del mundo. Tu Gobierno ingresa decenas de miles de millones de dólares al año a cambio de petróleo, por lo que las cuentas del Estado presentan un superávit impresionante. Y esperas que tus arcas se llenen de más billones de petrodólares durante las próximas décadas. Enhorabuena: eres Noruega.

Noruega es una anomalía porque sus ciudadanos son excepcionalmente fuertes, y ya lo eran cuando empezó a llegarles el dinero del petróleo. Decir que un país tiene un pueblo «fuerte» equivale a decir que los gobernados pueden controlar a sus gobernantes. La fuerza del pueblo es lo que explica por qué el dinero del petróleo que ingresa el Gobierno noruego ha propiciado el éxito del país.

Como individuos, los noruegos son robustos en muchos sentidos. Su longevidad media es superior a la de otros países ricos, y gozan de mejores cuidados sanitarios en la vejez. Sus ingresos medios están muy por encima de lo que podría considerarse «seguridad económica», y estudian durante más años que los franceses, los británicos, los canadienses o los estadounidenses.

Aparte de ser robustos en el plano individual, los noruegos tienen mucha facilidad para relacionarse. Como hemos visto, confían mucho los unos en los otros. No son muy religiosos; muchos profesan una versión suave del luteranismo y casi la mitad de ellos afirman no creer en un dios confesional, sino en alguna forma de espíritu o fuerza vital. La mayoría de los noruegos sostienen que los inmigrantes enriquecen la vida cultural del país y que deberían tener las mismas oportunidades laborales que los nativos. Combinando indicadores como el voluntariado, las donaciones, la ayuda a los desconocidos y la confianza en los familiares y amigos, un indicador señala que Noruega tiene más capital social que cualquier otro país del mundo.

Gracias a su facilidad para relacionarse con los demás, los noruegos trabajan bien en equipo. Lo que más nos interesa es que los noruegos conforman un pueblo fuerte: juntos mantienen en todo momento el control del Gobierno de su país. Las elecciones son libres, limpias y muy reñidas. La prensa, abierta e influyente, se encarga de que los funcionarios públicos rindan cuentas ante la ciudadanía. Los noruegos exigen mucha transparencia por parte del Gobierno, sobre todo en cuanto a las decisiones relativas a los recursos naturales. (Noruega es la primera de la lista en el Índice de Gobernanza de los Recursos Naturales). Los medios de comunicación, una justicia independiente y una dinámica sociedad civil mantienen a raya la corrupción. (Noruega se encuentra entre los cinco países más íntegros en el Índice de Percepción de la Corrupción). Cuando un periódico noruego destapó hace pocos años oscuros tejemanejes en la poderosa compañía petrolera nacional, los tribunales actuaron de inmediato. Antes de un año, la compañía había sido sancionada con una multa considerable, forzando la dimisión del presidente de la empresa, del consejero delegado y del director de operaciones internacionales.

El Gobierno noruego es sin duda adicto a las rentas extractoras: experimentaría un grave síndrome de abstinencia si tuviera que pasar el mono a pelo y renunciar a un tercio de los ingresos procedentes del petróleo. El Gobierno debe hacer lo que desea el pueblo. Por ello la Administración emplea el dinero en bienes y servicios públicos, bienes y servicios que benefician a los ciudadanos. Por lo menos hasta ahora, las inversiones públicas han tenido un éxito espectacular en Noruega.

Cuando el dinero del petróleo empezó a fluir, el Gobierno noruego creó un fondo de riqueza soberana, esto es, un fondo para guardar la riqueza del «soberano» (el pueblo noruego). Ante la perspectiva de una población envejecida que constreñiría la economía del país, el Parlamento decidió ahorrar casi todo el dinero del petróleo para poder pagar las pensiones en el futuro. Hoy en día, casi todo el dinero procedente del petróleo va a parar a ese fondo de pensiones. El fondo soberano noruego es ahora el más grande del mundo, estimándose en casi un billón de dólares, y está esperando a empezar a pagar las pensiones de los noruegos en cuanto el pueblo decida que ha llegado el momento. (Los estadounidenses podrían imaginar que su Seguridad Social, en vez de acumular déficit, estuviese plenamente garantizada durante varias décadas).

Al mismo tiempo que guarda el dinero del petróleo para generaciones futuras, el Gobierno también emplea un pequeño porcentaje para pagar bienes públicos. Noruega soporta el mayor gasto sanitario público por persona entre los países industrializados, y aporta generosas cantidades a las bajas por maternidad, las guarderías y las prestaciones por desempleo. El Gobierno destina a las mujeres recursos adicionales; por ejemplo, el sistema de subsidios para familias monoparentales impide que los ingresos de una mujer tiendan a bajar después de un divorcio (esto es poco frecuente incluso entre los países ricos). No se trata de que el Gobierno noruego esté «comprando» a sus ciudadanos mediante golosinas sociales. Gracias a sus políticas específicas, este país escandinavo tiene menos desempleo que cualquiera de los principales países de habla inglesa. Noruega encabeza la lista del «índice de prosperidad Legatum», que mide las oportunidades económicas y las libertades personales, así como la salud, la educación y la seguridad.

El pueblo noruego ha logrado que el Gobierno de su país utilice el dinero del petróleo para el bien público, ahora y en el futuro. Aparte de la provisión de bienes públicos, Noruega usa también su riqueza petrolera para otro objetivo, que consiste en proyectar sus valores en el extranjero. El principal valor que ha decidido proyectar es la responsabilidad empresarial. El enorme fondo de riqueza soberana con que cuenta Noruega, que posee más del 1% de las acciones bursátiles mundiales, es supervisado por un consejo ético que prohíbe invertir en empresas que no den la talla en cuestiones tales como los derechos humanos, los derechos laborales, el medio ambiente o la paz. El fondo también presiona a las empresas en las que invierte para que se preocupen del cambio climático. Noruega envía todos los años decenas de millones de dólares a Estados petroleros más pobres, a fin de que aprendan a gestionar su petróleo. El uso que hacen los noruegos de su riqueza muestra que, además de llevarse bien entre sí, también son extrovertidos: intentan establecer relaciones constructivas tanto dentro como fuera de su país.

Los noruegos no son ángeles; también tienen sus escándalos de corrupción y sus espasmos xenófobos. Y Noruega, pese a los esfuerzos que hace, presenta síntomas de dependencia del petróleo. Noruega se desindustrializó más que sus vecinos en la década de 1970, y es posible que el petróleo haya mermado su dinamismo empresarial: mientras que Finlandia creó Nokia y Suecia fundó Ericsson y Spotify, Noruega no ha fundado ninguna empresa tecnológica de ámbito global (ni ninguna gran empresa que no esté relacionada con el petróleo) desde que comenzó la gran producción de crudo. Parecen inevitables algunos molestos efectos secundarios; volviendo a la analogía del alcohol, el increíble saque de Churchill, aunque se adecuaba a su complexión física, también tenía su coste: probablemente agudizó sus periódicas depresiones.

Sin embargo, al igual que Churchill, los noruegos están sacando más de su sustancia adictiva que esta de ellos. No a pesar de la bebida, sino gracias a ella, Churchill gobernó el Reino Unido durante nueve años, incluidos los de la Segunda Guerra Mundial, mientras también escribía historias y biografías de calidad suficiente para ganar un premio Nobel de Literatura. No a pesar de su petróleo, sino gracias a su excelente complexión y autocontrol, Noruega es ahora el tercer país del mundo en igualdad entre los sexos. No a pesar del petróleo, sino gracias a él, Noruega ha encabezado la lista mundial de desarrollo humano durante más de una década, esto es, el periodo en que su Gobierno bebía más petrodólares.

Si hubiéramos de resaltar un factor determinante del éxito de Noruega, ese factor sería que sus habitantes eran fuertes antes de que apareciera el petróleo. Los noruegos eran cultos, tenían seguridad económica, eran mesurados y confiaban en el prójimo antes de descubrir sus riquezas petroleras. Y los noruegos ya se habían hecho con el control de su Gobierno mediante mecanismos de responsabilidad superpuestos: las elecciones, el Estado de derecho, la protección de la propiedad privada, la libertad de prensa y una pujante sociedad civil. Debido a la robustez de su clase política y al autocontrol arraigado en su carácter cívico, los petrodólares, cuando se materializaron, hicieron aún más fuertes a los noruegos.

Por desgracia, no todos los pueblos son tan fuertes cuando encuentran recursos naturales. Casi todos los pueblos son relativamente pobres, desconocen el autogobierno constitucional y tienen complejas divisiones étnicas, religiosas o tribales. Algunas de estas naciones «tambaleantes» empezaron a extraer recursos naturales mientras estaban sometidas a un poder imperial. Otras iniciaron con paso incierto la extracción de recursos bajo el peso de un dictador poscolonial o durante un sombrío período de fracasos estatales. Cuando las naciones débiles y con baja autoestima empiezan a beber grandes cantidades de rentas naturales, cabe esperar verdaderos problemas, problemas que iremos analizando a lo largo de los tres capítulos siguientes.

El capital y la constitución de los pueblos fuertes

El segundo factor más importante para explicar el éxito de un país dependiente de los recursos naturales es la fuerza de su pueblo cuando empiezan a llegar grandes cantidades de rentas naturales; entonces se ve si los gobernados son capaces de controlar a sus gobernantes. En una sociedad moderna como la noruega, entre los elementos que dan fuerza al pueblo se encuentran los que ya hemos mencionado. Prácticamente todos los ciudadanos tienen seguridad económica: los derechos contractuales y de propiedad se respetan de manera imparcial, la riqueza y los ingresos están bien distribuidos, la seguridad social (salud, desempleo, vejez) está garantizada legítimamente para todos, y los funcionarios del Estado conservan sus puestos de trabajo con independencia de su orientación política. Las sólidas estructuras políticas y legales obligan a los gobernantes a rendir cuentas ante el pueblo: la información sobre los proyectos y actividades del Estado está al alcance de todos, la prensa libre y la sociedad civil usan esa información para vigilar y sancionar a los funcionarios públicos, un poder judicial independiente está por encima de los poderes legislativo y ejecutivo, y un riguroso Estado de Derecho impide que el Estado señale a determinados grupos e individuos que desafían a su poder.

Los pueblos fuertes también necesitan recursos cognitivos para controlar al Estado. El Estado moderno tiene el poder industrial e ideológico a su disposición: el poder de inundar a la población con mensajes, el poder de limitar la información que reciben los ciudadanos, e incluso el poder de al menos intentar reclasificar a escala social conceptos familiares (como, por ejemplo, «la raza superior» o «el gran Satán»). A fin de oponerse a ese poder ideológico, los miembros de un pueblo fuerte deben desconfiar con frecuencia de la Autoridad, por lo que necesitan facultades críticas para adoptar una postura intelectual independiente.

Lo más importante es que, con un pueblo fuerte, los ciudadanos se relacionan mejor entre sí y con los demás (son «conectivos»). Los ciudadanos de los pueblos fuertes se relacionan bien entre sí y con otras familias, clanes, religiones, razas y etnias. Los ciudadanos conectivos adoptan una actitud positiva para con los otros: son condicionalmente confiados e incondicionalmente fiables. Comparten información con naturalidad; toleran mutuamente las diferencias; están acostumbrados a asumir ciertos riesgos por el bien común. Forman redes de participación cívica a fin de promover los intereses comunes, y luego esas redes facilitan la relación con otros grupos de identidad y otras clases sociales. El pueblo es fuerte porque las personas pueden colaborar y pretenden actuar juntas para controlar a sus gobernantes. (Los sociólogos llaman a esto «capital social», lo cual es bastante acertado; el filósofo únicamente se limita a señalar hasta qué punto el lenguaje de los negocios ha colonizado el pensamiento sobre las relaciones humanas).

La combinación de responsabilidad institucional y conectividad ciudadana se da en las sociedades humanas de todo el planeta: los pueblos fuertes están en todas partes. Por ejemplo, en el reino de Nso, situado en el noroeste de Camerún, las instituciones con funciones de responsabilidad han sido tradicionalmente muy distintas de las de las democracias constitucionales occidentales, pero su capacidad de controlar el poder del rey ha sido impresionante. Las instituciones tribales precoloniales de Botsuana convirtieron los considerables ingresos procedentes de los diamantes en un crecimiento económico espectacular dentro de una democracia estable, considerada «el milagro de África».

A lo largo de los tres capítulos siguientes, dejaremos a un lado los pueblos fuertes, como Noruega y Botsuana, para centrarnos en la economía política de los países con inicios titubeantes: aquellos cuyos ciudadanos eran débiles cuando empezaron a aflorar los ingentes beneficios de los recursos naturales. A la hora de analizar esos países, es importante señalar que los términos ‘fuerte’ y ‘débil’ se aplican aquí a los pueblos, no a los individuos ni a los grupos pequeños. Los pueblos débiles cuentan a menudo con individuos dotados de una inteligencia, talento y energía excepcionales. De hecho, los individuos de los pueblos débiles suelen ser, cuando menos, tan ingeniosos y resilientes como los individuos de los pueblos fuertes, por la sencilla razón de que han tenido que soportar la coacción del Estado y la depredación de agentes no estatales. Por razones similares, los vínculos familiares de los pueblos débiles suelen ser más sólidos que los de los pueblos fuertes: los miembros de la familia que menos confían en el Estado tienden a confiar más entre sí.

Así pues, el pueblo puede estar compuesto por individuos vigorosos y familias unidas: lo que nos interesa a nosotros es la fuerza conjunta de los ciudadanos, su capacidad de controlar el Estado. La gran tragedia del pueblo que quiere sacudirse de encima el poder del Gobierno es la historia de muchos de nuestros propios países occidentales. En estas historias, un pueblo débil padeció primero la opresión y los conflictos internos, luego se unió para hacer frente a la injusticia, se dio cuenta de su poder, se armó de valor y al final logró una memorable victoria sobre la arrogante dictadura. Puesto que nuestras propias historias nacionales son tan inspiradoras, a veces sentimos que todos los pueblos del mundo terminarán venciendo, porque es necesario. Y así han vencido en muchos países. Los pueblos han vencido y siguen venciendo hoy, salvo, como veremos más adelante, allí donde una fuente de poder irresponsable permite a quienes lo ostentan consolidar su propio dominio, tratar al pueblo con dureza e impedir que los ciudadanos se unan.

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El Poder

Lo que quieren los grandes hombres

Fórmula para el éxito: madruga, trabaja mucho y busca petróleo.

—J. Paul Getty

Los regalos secretos del rey Sol para el alegre monarca

Los Estados dependientes de los recursos naturales se chutan dinero y se les sube directamente a la cabeza. Cuando el pueblo es más fuerte que el Estado, como en Noruega, la gente puede garantizar que las ganancias se usarán para estimular a todo el cuerpo político. A fin de explorar el caso más común, en el que el pueblo es más débil que el Estado, comenzamos con un episodio ocurrido en la Inglaterra del siglo xvii. En ese siglo nacieron las naciones modernas, de modo que la dinámica del poder estatal está ahí bien a la vista, como lo están también las reglas de aquellos tiempos violentos que han sobrevivido para trastocar el mundo actual.

En la Inglaterra del siglo xvii, los dos primeros reyes fueron absolutistas arquetípicos que insistían en que Dios les había dado derecho a gobernar. Pero la pequeña nobleza era muy próspera entonces, pues se estaba enriqueciendo con el floreciente comercio marítimo británico. El resultado fue un estancamiento constitucional. La pequeña nobleza controlaba desde el Parlamento el dinero de los impuestos, que los monarcas necesitaban para pagar lo muchísimo que costaba el mantenimiento del ejército y de la corte. Pero los reyes podían poner trabas a la nobleza disolviendo el Parlamento cuando quisieran. La pequeña nobleza presionaba para contener el poder real pero los reyes se resistían, alegando que se trataba el suyo de un derecho divino.

La guerra civil inglesa fue la consecuencia de aquella encrucijada y los parlamentarios terminaron capturando al rey y cortándole la cabeza ante la muchedumbre londinense. Por desgracia, el líder del victorioso ejército parlamentario resultó ser un extremista con sus propias tendencias dictatoriales. De modo que, a su muerte, el Parlamento invitó al hijo del rey decapitado a subir al trono con la condición de que el nuevo monarca, Carlos ii, se portase bien.

Estamos en la Inglaterra constitucional durante los primeros años de reinado de Carlos ii, conocido como el «alegre monarca» por la animación (algunos dirían desenfreno) de su corte. Con el apoyo económico del Parlamento, las tropas de Carlos ganaron famosas batallas contra los odiados holandeses (incluida la toma de Nueva Amsterdam [1664], que Carlos rebautizó en honor a su hermano, el duque de York).

La relación política entre Carlos y el Parlamento funcionó bien al principio. En realidad, ambas partes pusieron en práctica lo que denominaremos «proceso schumpeteriano», por el sociólogo austro-húngaro (Joseph Alois Schumpeter) que describió la evolución del gobierno limitado. Carlos necesitaba dinero desesperadamente para financiar sus ejércitos y pagar a sus partidarios políticos. El Parlamento puso el dinero, pero sólo después de que Carlos hubo firmado, muy a su pesar, ciertas leyes que limitaban su poder.

En un proceso schumpeteriano, el poder ejecutivo confiere poder político a los representantes de los ciudadanos a cambio de los impuestos que necesita para conservar el gobierno. En esencia, un proceso schumpeteriano adapta la política de un país a su economía. El poder ejecutivo empodera a los ciudadanos que tienen el dinero, los cuales, a su vez, proporcionan al ejecutivo dinero suficiente para conservar su (reducido) poder político. Cuanto más dinero de los ciudadanos necesite el ejecutivo, tanto más poder político tendrá que ceder. El proceso schumpeteriano explica la evolución del gobierno limitado en Inglaterra hasta 1670. (Los colonos americanos aprendieron bien la lección y utilizaron su propio proceso schumpeteriano un siglo después, con el lema «no hay tributación sin representación»).

En 1670, sin embargo, el proceso schumpeteriano inglés dio marcha atrás de repente. Cuando los holandeses empezaron a cambiar el curso de la guerra, Carlos volvió a pedir dinero al Parlamento para su flota. El Parlamento puso una serie de condiciones que Carlos decía no poder cumplir. Entonces disolvió el Parlamento. Cuando este se reagrupó y volvió a exponer sus exigencias, el rey siguió en sus trece y, a la postre, hacia el final de su reinado, simplemente gobernó sin el Parlamento. Tras la muerte de Carlos, su hermano y sucesor, Jacobo ii, se mostró aún más propenso al absolutismo. Jacobo creó su ejército permanente, invocó su derecho real a prescindir del Parlamento y finalmente lo mandó a paseo. Jacobo habría podido recuperar la monarquía absoluta de sus antepasados si hubiera sido menos arrogante, o si la oposición (entre la que se encontraba John Locke) hubiera sido menos hábil.

¿Cómo lograron Carlos ii y Jacobo ii invertir el proceso schumpeteriano inglés y restablecer los poderes ejecutivos que el Parlamento con tanta dificultad había obtenido de ellos? ¿Cómo conservaron el gobierno sin abrir la caja del dinero, cuyas llaves estaban en poder del Parlamento?

Carlos y Jacobo habían encontrado una nueva fuente de suministro: en concreto, una valiosísima financiación exterior. Luis xiv de Francia, el principal monarca absoluto de Europa, envió en secreto considerables cantidades de dinero a Carlos y a Jacobo, desde 1670, a cambio de que los reyes ingleses prestasen más atención a los intereses de Francia. La correspondencia confidencial detalla cómo gastaban Carlos y Jacobo la financiación exterior. Carlos, por ejemplo, invertía en las fuerzas armadas casi todo el dinero que le llegaba del extranjero. El resto lo usaba para apadrinamientos, obras públicas y expediciones al extranjero, así como para el mantenimiento de las residencias reales y de cuatro amantes («un serrallo sin importancia», escribió un historiador, «teniendo en cuenta los gustos de Carlos»).

Carlos y Jacobo invirtieron el proceso schumpeteriano porque encontraron un suministro de dinero exterior. Con ese dinero pudieron soportar las limitaciones que les habían impuesto e incluso restablecer poderes a los que la Corona ya había renunciado. Como dependían menos de la tributación, podían prescindir de la representación.

Volviendo al presente, encontramos mercados globales donde antes se sentaba el rey Sol. Hoy en día, los mercados globales proveen de fondos a los autócratas para que se mantengan en el poder sin aceptar limitaciones. Los pagos que hacen los mercados globales a los autócratas fomentan el absolutismo de la misma manera que lo fomentaba Luis xiv, sólo que lo promueven aún más.

Al igual que sucedía con los subsidios de Luis xiv, los beneficios que los mercados envían a muchos dictadores son verdaderamente sustanciosos. Y también suelen ser secretos. Luis xiv propuso en una ocasión enviar a Carlos ii lingotes de oro ocultos en pacas de seda, y hacer llegar diamantes y perlas de manera que «nadie se enterase». De manera similar, los mercados globales hacen envíos secretos de dinero a los dictadores. Ello se debe en parte a la naturaleza de las industrias extractoras. Los recursos extraíbles suelen estar acotados: las empresas aportan sus propios materiales y sus propios trabajadores, excavan una mina o un pozo tras una valla vigilada, y sacan del país los recursos naturales. Al conocer el valor de los recursos que está perdiendo su país, le gente se indigna. (Para los autócratas, el mejor petróleo es el del fondo del mar, donde las empresas extraen los recursos naturales sin que las vea nadie). Además, aunque la gente tuviera una vaga idea de la cantidad de recursos que salen al exterior, los contratos que firman los dictadores con las grandes compañías, las cuales establecen el precio, suelen ser secretos de Estado. Los Estados petroleros dictatoriales optan por la opacidad: esos regímenes restringen la libertad de prensa y, cuanto más petróleo bombean, tanto menos transparentes son sus presupuestos.

De hecho, los pagos de los mercados globales tienen unos efectos aún más absolutistas que los desembolsos de Luis xiv. Al fin y al cabo, este se dedicaba a sobornar, y los sobornos conllevan exigencias (el rey Sol quería sobre todo tropas y acciones procatólicas en Inglaterra). Los mercados globales son patrocinadores incondicionales de los gobernantes rentadictos. Mientras un autócrata tenga el control de los recursos naturales de su país, el dinero de las grandes compañías le seguirá llegando, con independencia de su política interior o exterior.

Por otra parte, la economía de los recursos naturales intenta impedir que el pueblo se oponga al poder ejecutivo mediante un proceso schumpeteriano. Por culpa de la «enfermedad holandesa», que infla la divisa, los ingresos procedentes de los recursos naturales tienden a desindustrializar la economía y a reducir las exportaciones agrícolas, privando al pueblo de una base económica con la que contrarrestar los excesos del Estado. Así pues, el comercio exterior tiende a debilitar al pueblo. Y la extracción de recursos vuelve a ser contraproducente. Incluso cuando el petróleo representaba el 90% de las exportaciones de la provincia indonesia de Aceh, por ejemplo, la producción de crudo daba empleo a menos del 1% de la mano de obra local. En una economía diversificada, los obreros, agricultores y pescadores pueden convocar una huelga general para presionar al Gobierno. Pero incluso si todos los trabajadores de, digamos, Angola, se pusieran en huelga hoy, los empleados extranjeros de las plataformas petrolíferas no extraerían ni una gota menos de crudo, y el presidente de Angola no perdería ni un solo céntimo de ese petróleo.

Entre los incondicionales pagos secretos extranjeros y la corrosiva economía de los recursos naturales, los actuales dictadores rentadictos pueden invertir un proceso schumpeteriano. Malgastando los recursos, los autócratas no tienen que rendir cuentas ante el pueblo. Como consecuencia de ello, los actuales reyes de los recursos naturales resultan más absolutistas de lo que Carlos ii o Jacobo ii creían ser por derecho divino.

Qué quieren los grandes hombres

En un país tan excepcional como Noruega, donde el pueblo controla al Estado rentadicto, el dinero procedente de los recursos naturales hace más fuertes a sus habitantes. En la mayoría de los casos, en los que el Estado es un autócrata adicto, el dinero de los recursos debilita al pueblo. Esto podría parecer contradictorio. ¿Por qué no iban a querer los gobernantes que su pueblo fuese más fuerte? ¿No sería aún más fuerte un dictador si gobernase sobre un pueblo que impulsase una economía dinámica, fiscalizable y capaz de mantener un ejército poderoso? ¿Acaso no querría un pez grande un estanque mayor en vez de uno más pequeño?

Respecto a la cuestión de las aspiraciones autocráticas, dos de nuestros principales filósofos están en desacuerdo. El primero, Thomas Hobbes, escribió el libro más importante sobre filosofía política en inglés, Leviatán. De hecho, Hobbes presentó un manuscrito del Leviatán al futuro Carlos ii, quien por entonces era su alumno, mientras estaban ambos exiliados en París, tras huir de las fuerzas parlamentarias durante la Guerra Civil inglesa. Hobbes tenía la esperanza de que el Leviatán instruyese al joven príncipe sobre los mejores métodos de gobierno. En su obra, escribía:

En la monarquía, el interés privado coincide con el público. La riqueza, la fuerza y el honor de un monarca descansan solamente sobre la riqueza, la fuerza y la reputación de sus súbditos. En efecto, ningún rey puede ser rico, ni glorioso, ni sentirse seguro cuando sus súbditos son pobres, o despreciables, o demasiado débiles por necesidad o disentimiento, para mantener una guerra contra sus enemigos.

Según Hobbes, un monarca racional debería hacer más fuerte a su pueblo, o al menos más rico y sano, si no más libre.

Este punto de vista no convencía al otro gran filósofo —Jean-Jacques Rousseau—, autor del libro más importante sobre filosofía política en francés:

Los reyes quieren ser absolutos y […] los mejores reyes quieren poder ser malos si les conviene, sin dejar por esto de ser señores. Por más que un orador político les predique que, consistiendo su fuerza en la del pueblo, su principal interés está en que este sea floreciente, numeroso y respetable, no harán ningún caso: saben ellos mejor que nadie que no es verdad. Su interés personal consiste ante todo en que el pueblo sea débil y miserable, y en que nunca les pueda hacer resistencia.

Según Rousseau, un monarca racional no debería fortalecer al pueblo, sino debilitarlo. Hobbes o Rousseau, ¿quién estaba en lo cierto?

Sabemos que todo depende de las opciones del monarca, de sus posibles fuentes de poder. Lo que un autócrata quiere ante todo es permanecer en el cargo. Un dictador sin el ferviente deseo de prolongar su mandato probablemente será reemplazado. Hobbes tiene razón cuando dice que «la riqueza, el poder y el honor de sus súbditos» son una posible fuente de poder para conservar su cargo. Pero hay fuentes de poder preferibles para un dictador.

En los tiempos modernos, la filosofía de Hobbes se adapta mejor a los primeros miembros de los «tigres asiáticos»: Corea del Sur, Taiwán y Singapur. Durante las décadas de 1950 y 1960, los autócratas de esos países tenían muchos enemigos y cargaban con economías débiles y renqueantes. Básicamente, esos tiranos contaban con pocos recursos naturales, lo que les impedía emplear sus escasos ingresos en pagar a sus soldados y a sus partidarios. (El único recurso natural de Singapur, como dijo su líder, Lee Kuan Yew, era su pueblo). De modo que los primeros «tigres» autoritarios imitaron el Leviatán y decidieron que la mejor manera de sobrevivir consistía en lograr que el pueblo fuese más productivo. Los «tigres» asiáticos garantizaron un Estado de derecho básico y protegieron los derechos de propiedad para atraer inversiones extranjeras. Al mismo tiempo, invirtieron en carreteras, sistemas de regadíos y sanidad, y garantizaron que todos sus súbditos tuvieran acceso a la educación primaria, la atención médica y los créditos bancarios. Esas medidas requirieron la creación de instituciones administrativas competentes, así como la recaudación de impuestos aplicables a sus cada vez más productivos ciudadanos.

Esa estrategia autoritaria funcionó de maravilla, pues, en el transcurso de una generación, transformó sus empobrecidas economías en economías avanzadas. Los tres países dinamizaron su industria a una velocidad vertiginosa y lograron fabricar productos de gran calidad, de donde procede ahora la mayor parte de su PIB. En 1965, un singapurense medio ganaba sólo una sexta parte de los ingresos de un estadounidense medio, pero, tras varias décadas de crecimiento del 7% anual, el primero ya ha superado al segundo. La longevidad de los surcoreanos era la misma que la de los ecuatorianos; ahora viven tantos años como los suecos. Los «tigres» autoritarios adoptaron el crecimiento integrador, usaron los impuestos generados por ese crecimiento para reforzar sus ejércitos y vivieron un largo período de bienestar social. Esos autócratas consiguieron «riqueza, poder y honor» haciendo que sus súbditos dejasen de ser «pobres […] o débiles por necesidad». Hobbes habría estado orgulloso de esos leviatanes asiáticos.

Por desgracia para Hobbes, y en beneficio de Rousseau, muchos autócratas tienen a mano fuentes de poder preferibles al lento y laborioso proceso de educar al pueblo para que sea más productivo. Los autócratas también pueden mantenerse en su puesto con la ayuda de aliados exteriores o con préstamos de bancos extranjeros. De hecho, su opción favorita para conservar el poder consiste en vender el patrimonio natural de su país a los mercados internacionales. Las rentas de los recursos naturales son la fuente de poder que más gusta a los dictadores. Encontrar petróleo es el sueño de cualquier tirano.

De igual modo que una botella de vino nos hace sentir mejor más deprisa que una tabla de ejercicios, el dictador se hace rico con más facilidad malgastando recursos naturales que iniciando reformas económicas. Por otra parte, permitir que la gente llegue a tener independencia económica es una tarea mucho más ardua y arriesgada para los autócratas que quieren legar sus privilegios a sus descendientes. Como se vio en la Inglaterra del siglo xvii, cuando el pueblo se hace fuerte, cabe la posibilidad de que se inicie un proceso schumpeteriano que pondría límites al gobierno autoritario. La historia de los primeros «tigres» asiáticos muestra precisamente eso: a medida que fue creciendo la independencia económica del pueblo, las autocracias de Taiwán y Corea del Sur terminaron dando paso a las democracias actuales. Incluso en la pequeña ciudad-Estado de Singapur, el pueblo ha conseguido controlar más y mejor al Estado.

Los dictadores prefieren los beneficios de los recursos naturales antes que el lento y arriesgado proceso (para sus herederos) de educar al pueblo para sea más productivo. Naturalmente, algunos autócratas son incapaces de obtener rentas suficientes para mantenerse en la cima. A fin de conservar el poder, esos tiranos recurren en ocasiones a una estrategia mixta: unas cuantas ventas, un poco de ayuda de los aliados, algunos préstamos del extranjero, un poco de desarrollo económico. Pero los recursos naturales serán siempre su primera elección. Cuantas más rentas de encendido rápido obtengan, menos desarrollo de combustión lenta necesitarán. Observando a los primos ricos (en recursos naturales) de los primeros «tigres» asiáticos, como Malasia e Indonesia, nos damos cuenta de que sus economías se desarrollaron más despacio (en el caso de Birmania, mucho más despacio) bajo gobiernos autoritarios. Todos los autócratas son adictos al dinero, y lo sacarán de donde sea, pero el mercado internacional de recursos naturales es su «camello» habitual.

Los beneficios de los recursos naturales son una asequible fuente de poder para los autócratas. A menudo, para obtener dinero no hay más que firmar un contrato con una empresa extranjera y luego enviar algunos soldados para proteger los yacimientos. El desarrollo económico general es una fuente de poder de difícil acceso: requiere transformaciones sociales potencialmente desestabilizadoras y además se necesita una paciencia de la que muchos autócratas carecen. Aparte de estas difíciles opciones, hay una tercera fuente de poder para los dictadores: los préstamos de los bancos extranjeros. Los préstamos bancarios proporcionan dinero incluso con más rapidez que los recursos naturales, pero tienen la desventaja de que los bancos exigen la devolución del dinero, con intereses. En el caso de las rentas procedentes de los recursos naturales, los dictadores no tienen que devolver nada.

Hobbes dijo que «la riqueza, el poder y el honor de un monarca descansan solamente sobre la riqueza, el poder y la reputación de sus súbditos». Hobbes se equivocaba: un monarca puede obtener riquezas —y, por ende, poder— de fuentes ajenas a sus súbditos, como los recursos naturales y los préstamos extranjeros. Y además hay una cuarta fuente de poder: la «ayuda» de potencias extranjeras, en forma de protección militar, apoyo diplomático o transferencias de dinero.

Durante la Guerra Fría, muchos autócratas dependían de esa ayuda (o «rentas estratégicas») para protegerse de ataques exteriores y reforzar la autoridad interior. Desde el fin de la Guerra Fría, las rentas estratégicas han disminuido, pero en modo alguno han desaparecido. El rey de Baréin, por ejemplo, pertenece a una minoría suní que es superada ampliamente en número por los chiíes. Pero con Arabia Saudí como vecino y como centro de operaciones de la armada estadounidense en el Golfo Pérsico, el rey de Baréin ha tenido toda la ayuda exterior que necesitaba para aumentar sus ingresos y sofocar cualquier sublevación chií.

Las rentas estratégicas pueden resultar vitales para un rey que quiera permanecer en el trono. Pero, al igual que los reyes ingleses que recibieron rentas estratégicas de Luis xiv, la ayuda de los aliados tiene un precio. La potencia extranjera quiere que pongas tus tropas a su disposición o que modifiques tus leyes, o que abras tu economía a las empresas estadounidenses o tus puertos a la Quinta Flota. Además, el apoyo extranjero puede acabarse enseguida, literalmente de la noche a la mañana. Sadam Husein recibió de Estados Unidos considerables rentas estratégicas hasta 1990, pero a partir de entonces lo único que siguió recibiendo fueron invasiones militares y sanciones económicas.

Los recursos naturales son la fuente de poder favorita de los autócratas. De la explotación de los recursos de su país, los dictadores obtienen grandes cantidades de dinero, en secreto y a largo plazo, sin condiciones impuestas. Y nunca tienen que devolver el dinero. Es cierto que las rentas de la extracción son volátiles, pero la inflación del tipo de cambio (la «enfermedad holandesa») hace que los lujos extranjeros les salgan más baratos a esos tiranos. Además, los recursos naturales no tienen tendencias democráticas a largo plazo. Un estudio refleja que un incremento de un 1% en la dependencia de los recursos naturales equivale casi a un 8% más de probabilidades de la existencia de un Gobierno autoritario. De los gobiernos que obtienen de los recursos naturales la mayor parte de sus ingresos, casi ninguno puede considerarse democrático.

Las fuentes tradicionales de poder

Hagamos el recuento del poder autoritario, y hagámoslo de manera sutil para que case mejor con el mundo multicolor que nos rodea. El recuento dice que hay cuatro grandes fuentes de poder a disposición de los regímenes autoritarios:

1 Los impuestos de un pueblo fortalecido.

2 Las rentas de los recursos naturales.

3 La ayuda de los aliados (rentas estratégicas).

4 La deuda de préstamos extranjeros.

Y la mejor de todas, desde el punto de vista de los dictadores que quieren conservar el poder, la constituyen los recursos naturales.

Hay otras formas de poder para los regímenes autoritarios: unas ya están anticuadas, como vender banderas de conveniencia, y otras están de moda, como vender nombres de dominio en Internet. Pero las cuatro primeras son las más importantes. Naturalmente, un país podría haber tenido tendencias autoritarias antes de que ninguno de esos factores hubiera hecho su aparición, de igual modo que un paciente habría podido tener asma antes de haber empezado a fumar, pero el tabaco agudiza y complica la enfermedad. Y esas fuentes de poder son simples determinantes; no son el destino. En ocasiones, un país con un régimen autoritario muy arraigado, como Birmania, se abre con admirable rapidez sin que se hayan producido cambios evidentes en lo relativo a las fuentes de poder. Pero esos casos son muy raros.

Algunos dictadores dependen casi por completo de una sola fuente de poder, de la misma manera que el régimen norcoreano depende casi exclusivamente de la ayuda china. Muchos regímenes confían en una combinación de las cuatro fuentes de poder, y la mayoría de ellos modifica su mezcla a lo largo del tiempo, gradual o incluso drásticamente, en función de las circunstancias (como sucedió después de la Guerra Fría, cuando muchas rentas estratégicas desaparecieron de repente). Y una sola fuente de poder puede cambiar sus puntos de origen: en el Egipto anterior a Morsi, los autoritaristas dependieron durante décadas de la ayuda procedente de Estados Unidos; los autoritaristas posteriores a Morsi dependen en cambio de las generosas transferencias saudíes.

Desde una perspectiva más amplia, para la economía de un país la primera fuente de poder es «interna» y las demás son «externas». La tributación depende del empoderamiento del pueblo. En el caso de las otras tres fuentes, el poder viene de fuera y, como hemos visto, ese hecho suele debilitar al pueblo. Esta distinción resulta fundamental a la hora de decidir qué actitud adoptar respecto a los regímenes autoritarios actuales. Los autoritaristas chinos, por ejemplo, han permitido durante décadas el fortalecimiento económico del pueblo al mismo tiempo que renunciaban a las fuentes de poder externas, y quizá tengan razón en que el autoritarismo fue necesario para alcanzar sus objetivos, al menos durante las primeras fases. Ello no sirve de excusa para los abusos y la corrupción en China, pero debería hacernos confiar en que la política del gigante asiático tomará un rumbo distinto a medida que el pueblo, cada vez más seguro de sí mismo, vaya exigiendo más derechos. Como veremos en la parte IV, el hecho de que los autoritaristas chinos sigan el camino marcado por Hobbes y por los «tigres» asiáticos, haciendo más fuerte al pueblo, tendrá significativas consecuencias políticas.

El hecho de que haya tres tipos de fuentes de poder externas explica por qué los países ricos en recursos y los países pobres en recursos a veces se parecen mucho. Los dictadores guineanos, por ejemplo, recurrieron históricamente a los cuantiosos ingresos que les proporcionaba la exportación de ciertos minerales como la bauxita; en la vecina Mali, la ayuda francesa fue más decisiva para mantener a los autócratas en el poder. Para el pueblo, las consecuencias eran similares: el poder externo recaía en sus autócratas, confiriéndoles la capacidad de dividir y gobernar.

La historia será importante para explicar hasta qué punto esas fuentes externas de poder permitirán a los tiranos dividir y gobernar al pueblo, porque la historia aclarará cuán fuerte (o débil) es el pueblo. Incluso el hecho de haber tenido cierta experiencia democrática antes de que comenzasen las extracciones masivas parece reducir el riesgo de autocracia, como en el caso de los productores iberoamericanos. Los pueblos iberoamericanos no eran tan fuertes como Noruega cuando empezaron a enriquecerse con los recursos naturales, pero casi todos ellos tenían algunas instituciones democráticas enraizadas en la memoria colectiva. Los ingresos por recursos per cápita también eran generalmente más bajos en Iberoamérica, lo que daba menos combustible al autoritarismo. Así pues, los productores iberoamericanos lucharon contra regímenes autoritarios y contra partidos únicos durante varias décadas antes de iniciar la transición definitiva a la democracia constitucional. (Venezuela, el mayor productor de petróleo, es el país que menos ha avanzado en este proceso, pero, incluso aquí, el tipo de autoritarismo ha sido populista). Podemos ver los efectos de la memoria colectiva de la democracia incluso en los Estados del Golfo; Kuwait, el Estado árabe con más experiencia parlamentaria antes de la lucrativa aparición de los recursos naturales, es ahora el Estado árabe donde el Parlamento electo tiene más poder.

Añadiendo estas sutilezas a la relación de las fuentes de poder autoritarias, podemos remontarnos en el tiempo y hacer hincapié en lo importantes que son las fuentes de poder externas a la hora de explicar la persistencia de los regímenes coercitivos en la actualidad, sobre todo en lo que se refiere a las rentas procedentes de los recursos naturales. Recordemos los datos más llamativos: los Estados petroleros tienen un 50% más de probabilidades de caer en el autoritarismo. Los recursos naturales sobrealimentan a los autócratas.

Los Estados petroleros autoritarios han sido mucho menos propensos a la transición democrática durante las tres últimas décadas, lo que significa que la mayoría de los dictadores son «petrócratas». Las rentas procedentes de los recursos avivan las tendencias dictatoriales incluso entre los líderes con más credibilidad democrática. Las rentas procedentes de los recursos naturales fomentan la autocracia: cuanto más dinero del petróleo obtenían un Chávez o un Putin, tanta menos necesidad tenían de preocuparse de la economía, de las libertades cívicas o de la presión internacional. Tal como lo expresó Thomas Friedman en su «primera ley de la petropolítica», a medida que sube el precio del petróleo, bajan las expectativas de libertad. Echando un vistazo a la historia reciente, comprobamos que las rentas de los recursos promueven el autoritarismo en todo el planeta.

Podríamos dedicar un momento a reflexionar sobre cómo funciona el poder en el mundo basándonos en una lista de los regímenes autoritarios actuales, publicada, entre otros, por The Economist Democracy Index o Polity. The Economist, por ejemplo, enumera cincuenta y dos países autoritarios, que suponen el 31% de todos los países del mundo. De los que figuran en esa lista, ¿cuántos sobrevivirían sin rentas minerales o rentas estratégicas? Pocos, sin duda, y especialmente China. Pero podríamos aprovechar la ocasión para calcular hasta qué punto la modernidad habría impulsado la autocracia entre bastidores, de no ser por el petróleo y la contribución exterior. ¿Cuántos autócratas habría hoy, sin petróleo ni ayuda extranjera?

Cuanto más tiempo dependa de los recursos un régimen dictatorial, tanto más fácil le resultará permanecer en el poder sin la amenaza de un pueblo fuerte y unido. En realidad, como veremos en el capítulo siguiente, en lo que respecta a los autócratas rentadictos, Rousseau estaba en lo cierto: «Su interés personal consiste ante todo en que el pueblo sea débil y miserable, y en que nunca les pueda hacer resistencia».

3

Coerción, corrupción…

La riqueza llega a los gobernantes, quienes disponen de ella, la distribuyen entre sus amigotes, castigan y abruman a sus posibles competidores nacionales, y la utilizan para emprender irrealizables proyectos en el extranjero más allá de los límites de su sociedad.

—Fouad Ajami, The Powers of Petrocracy

Cómo gastarlo

El autoritarista rico en recursos naturales es el pez grande. Aunque anhele un estanque más espacioso, su objetivo diario más urgente es seguir siendo el pez más grande del estanque en el que nada. Tiene mucho dinero a su disposición; la madre Naturaleza ha sido generosa, por lo que puede permitirse bastantes derroches. Pero su entorno es sombrío y los peligros acechan.

Hojeemos el manual para la dominación de los recursos naturales: ¿cuánto tiempo gobernará el cacique si controla unos recursos por los que los extranjeros pagarán muchísimo dinero? Cuando el autócrata rentadicto mira por la ventana de su palacio no ve Escandinavia. Casi todos los países inestables por los recursos son testimonios de la capacidad humana para la divisibilidad y el desdoblamiento dimensional. La imagen global muestra peligrosas divisiones raciales, étnicas y religiosas en los exportadores asiáticos y africanos a lo largo del paralelo diez, así como en algunos híbridos coloniales como Irak y las antiguas repúblicas soviéticas. También hay grandes divisiones raciales y sociales en Iberoamérica.

Lo que primero llama la atención de muchos analistas al examinar la política de los exportadores árabes y africanos son las divisiones tribales. Los occidentales más ingenuos quizá se muestren vacilantes al hablar de personas modernas en función de sus tribus por temor a un primitivismo que podría parecer políticamente incorrecto. Los árabes y los africanos se reirán entre dientes. Para la mayor parte del mundo árabe y de África, la pertenencia a una tribu es la principal fuente de identificación personal. En esos países la tribu importa: a menudo mucho más que la nación.

En Arabia Saudí hay ocho grandes tribus y unas quince tribus menores; cuando el rey Abdalá organizó la Guardia Nacional, la estructuró siguiendo las tradiciones tribales. En Libia hay treinta tribus muy influyentes; el coronel Gadafi era un especialista en sembrar la discordia entre ellas. En Guinea Ecuatorial, te irá bastante mejor si eres un fang (la tribu del presidente) que si eres un bubi, y, de hecho, los fang tienen tanta influencia que conviene ser consciente de a cuál de sus sesenta y siete clanes perteneces (el presidente es un esangui de Mongomo).

Los países caracterizados por esas profundas diferencias raciales, étnicas, religiosas y tribales han sido siempre propensos a la violencia entre comunidades, por lo que, de nuevo, la identificación con un bien nacional común suele ser bastante frágil. Por tanto, el tirano sabe que los enemigos rodean su palacio y que esos enemigos intentarán colocar a su propio jefe en el poder valiéndose de cualquier medio disponible. Además, como nos enseña la sanguinaria historia de la monarquía, el rey también tiene rivales dentro de su palacio; como dijo Jenofonte, «las intrigas y conspiraciones contra los déspotas suelen gestarlas aquellos que dicen admirarlos». Inquieta, sin duda, vive la cabeza que lleva una corona.

El dramaturgo Racine, quien, como biógrafo de Luis xiv, observó a un absolutista bien de cerca, pone estas palabras en boca de uno de sus reyes ficticios: «Una vez en el trono, nuestras inquietudes son tan grandes que de esas inquietudes el remordimiento es la que menos nos preocupa… el vano remordimiento no me hace desfallecer; mi corazón ya no teme a ningún delito. Nuestras primeras iniquidades nos salen caras, pero las siguientes las cometemos con desenvoltura».

La primera preocupación del autócrata que quiera seguir en el poder será que las amenazas potenciales le tengan miedo; la segunda será que las amenazas potenciales dependan de él. Intimidación y luego subordinación. Además, el rey —esto es imprescindible— debe impedir en todo momento que las amenazas se unan contra él. El palo primero, las zanahorias después y, siempre, divide y gobierna. Aunque esto parezca maquiavélico, no deberíamos culpar al mensajero; seguimos leyendo a Maquiavelo porque este comprendió a la perfección la verità effettuale delle cose: la verdad efectiva de las cosas, y en especial el arte del gobierno autoritario.

Luis xiv era por supuesto bastante maquiavélico, y no había nada nuevo bajo el rey Sol. Palos, luego zanahorias y, siempre, divide y gobierna. Vemos igual de bien estas eternas prioridades maquiavélicas en Carlos ii y en su forma de gastar los fondos secretos que le enviaba Luis xiv. En el presupuesto de Carlos ii, las dos categorías principales de gasto eran violencia y clientelismo. Carlos invertía casi todo en violencia, esto es, en su ejército. También gastaba bastante en pagar a sus «clientes»: daba anticipos a sus principales partidarios y sobornaba a los miembros del Parlamento. Tras haber satisfecho estas dos necesidades, a Carlos ii le quedaba dinero aún para más cosas:

 Lujos personales: las residencias reales, «heno para los ciervos del bosque de Windsor», las cuatro amantes.

 Bienes públicos: obras públicas, ayudas para los indigentes de Southwark (el barrio marginal al otro lado del puente de Londres).

 Aventuras expedicionarias: las expediciones a Virginia y el Caribe.

Aprovecharemos las prioridades de Carlos ii para analizar cómo sacan dinero los actuales autócratas rentadictos malvendiendo los bienes naturales de sus países. Descubriremos por qué las rentas procedentes de los recursos naturales son causa de graves patologías políticas cuando están en manos de dictadores adictos a ellas. Aunque esos recursos no sean una maldición, veremos por qué se habla de países enfermos, como si estuvieran bajo el influjo de un conjuro maligno.

«Dispararon.a.la.gente»

Lo que más interesa a un rey, dijo Rousseau, es que el pueblo sea débil e incapaz de oponerle resistencia. Y la fuente de poder que prefiere el rey para que el pueblo siga siendo débil es el dinero procedente de los recursos naturales. Como hemos visto ya, los autócratas que controlan grandes rentas naturales tienen una fuente de financiación que no depende del pueblo. En vez de arriesgarse a educar al pueblo para que sea más productivo y luego exigirle impuestos, el dictador se limita a firmar un contrato con una empresa extranjera y enviar soldados para proteger los yacimientos. Los extranjeros se llevan los recursos naturales, a cambio de los cuales el régimen autoritario recibe pagos secretos. Los ciudadanos pasan a ser meros observadores de la economía que sustenta a sus gobernantes, viendo, detrás de una valla, cómo desaparece la riqueza nacional.

Los recursos naturales son utilísimos para dividir y gobernar autoritariamente. Un dictador con suficientes recursos puede coartar al pueblo cuanto quiera —encadenando a todos los ciudadanos, si fuere necesario— sin que se bloqueen sus principales fuentes de ingresos, que son, literalmente, agujeros en el suelo. El tirano no necesita fiscalizar los ingresos de los ciudadanos, y, de hecho, muchos regímenes prescinden por completo de los impuestos sobre la renta. El autócrata lo único que quiere de sus ciudadanos es que se quiten de en medio. Niega a sus súbditos los derechos políticos y civiles que los ayudarían a unirse contra él, y tiene mano dura con los alborotadores. La violencia contra los ciudadanos es una técnica básica de gobierno para los tiranos acaudalados. A veces se levanta el telón y podemos ver cuán despiadada y cruel llega a ser esa manera de gobernar. Durante la insurgencia que derrocó a Gadafi, los periodistas que cubrían el avance de las fuerzas rebeldes enviaron este informe:

ZAWIYAH, Libia – En el segundo piso de una comisaría incendiada, las fotografías esparcidas por el suelo describían la historia de los desgraciados prisioneros que habían caído en manos del coronel Muamar el Gadafi.

Algunas mostraban cadáveres con señales de tortura. En una se veían las cicatrices en la espalda de un hombre que sólo llevaba calzoncillos, en otra a un hombre desnudo, boca abajo, cubierto con una manta y con las manos atadas. Se percibía la expresión de terror en la cara de los muertos. Otras fotos mostraban charcos de sangre, una mesa con jarras, botellas y polvos, y una sierra larga.

En un sótano laberíntico, unos obreros barrían los restos de libros y documentos quemados. En una habitación había una botella grande de ginebra. Haciendo gestos en otra habitación oscura, un trabajador imitaba una pistola con las manos mientras murmuraba «Gadafi», dando a entender que aquello era una cámara de ejecuciones.

En 2011, Oriente Próximo y el norte de África experimentaron una oleada de movimientos revolucionarios populares, impulsados por jóvenes en busca de libertad y oportunidades. Cada uno puede trazar su propio mapa de la Primavera Árabe, señalando dónde triunfaron y dónde fracasaron las protestas populares.

 Perpetuación del dictador: Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Omán, Arabia Saudí, Baréin, Argelia.

 Derrocamiento del dictador: Yemen, Egipto, Túnez, Libia.

Añadamos ahora al mapa un número para cada país, indicando cuál era la renta petrolera per cápita antes de la Primavera Árabe.

Perpetuación del dictador:

Qatar 38 160 $

Kuwait 29 840 $

EAU 21 570 $

Omán 12 160 $

Arabia Saudí 11 930 $

Baréin 5 690 $

Argelia 2 950 $

Derrocamiento del dictador:

Libia 9 820 $

Yemen 410 $

Egipto 400 $

Túnez 380 $

El patrón que observas indica que (salvo una excepción) las protestas populares fracasaron en los países donde el autócrata tenía más dinero del petróleo y triunfaron donde tenía menos. La excepción es Libia, precisamente porque la revolución de ese país fue excepcional: Gadafi había acumulado mucho dinero del petróleo, pero los rebeldes tenían a la OTAN como fuerza aérea. En los países con una renta petrolera superior a 2 950 $ por persona, el autócrata sobrevivió a las protestas; en aquellos con una renta inferior a 410 $ por persona, el autócrata fue derrocado. La conclusión general es que en los países de renta per cápita alta ganó el dictador y en los países de renta per cápita baja ganaron los manifestantes. (Siria constituye un curioso caso intermedio).

Podemos ampliar el modelo para que abarque también un levantamiento anterior en Oriente Medio: la fallida Revolución Verde iraní, en 2009. Cuando comenzó la Revolución Verde, parecía que las marchas populares por las calles de Teherán podían amenazar al Estado. Pero la mano dura del Régimen, sirviéndose de las milicias paramilitares Basij, despejó las calles, matando o encarcelando a muchos líderes revolucionarios. Irán tenía una renta per cápita de 2 448 dólares petroleros cuando comenzó la Revolución Verde.

La política, sin embargo, es bastante más compleja que lo que reflejan los números; como hemos visto, por ejemplo, el rey de Baréin depende tanto de los aliados extranjeros como de las rentas del petróleo cuando tiene que acallar las protestas de la mayoría chií (como hizo durante la Primavera Árabe). Sin embargo, los recursos naturales van de la mano de la opresión en los Estados de inicios titubeantes. Y eso vale tanto para los países de rentas altas como para los de rentas bajas.

No se trata sólo de que los regímenes rentadictos sean especialmente sádicos con sus súbditos. (En 2014, Arabia Saudí decapitó al menos a diecinueve personas en menos de tres semanas: casi a la mitad de ellas por delitos no violentos. Amnistía Internacional sospecha que las confesiones de cuatro ejecutados se obtuvieron recurriendo a la tortura). Esos regímenes tienden a prohibir de manera sistemática la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad de reunión, así como el derecho a votar libremente en unas elecciones justas. La ONG Freedom House clasifica los países en función de las libertades civiles y los derechos políticos; echando cuentas descubrimos que sólo el 16% de las reservas de petróleo se encuentran en países «libres».

Los dictadores rentadictos también suprimen la sociedad civil: las organizaciones cívicas en las que se reúne la gente para compartir información y para expresar sus intereses comunes. En los EAU nadie puede afiliarse a un sindicato: los sindicatos están prohibidos. El Gobierno uzbeko ha establecido que la afiliación a la asociación nacional para las ONG, controlada gubernamentalmente, sea «voluntaria pero obligatoria». Los saudíes no pueden fundar un club de coleccionistas de mariposas, un club ciclista o, mucho menos, un partido político. Esos gobiernos intentan encerrar a los ciudadanos dentro de unas estructuras controladas por el propio Régimen —el ejército, la burocracia—, en vez de permitir la creación de asociaciones cívicas. Desbaratando la sociedad civil, lo que pretenden esos regímenes es aplicar la estrategia de dividir al pueblo para conservar el poder.

Rentas y clientes

Los regímenes rentadictos tienden a destinar mucho dinero al ejército; los países exportadores de petróleo gastan en las fuerzas armadas entre dos y diez veces más que otros países. Los gastos militares tienen mucha lógica para el autócrata enriquecido. El ejército resulta muy útil para reprimir la disidencia interna, que tiene, como ya hemos visto, un nivel de prioridad máximo para el autócrata que quiere seguir en el poder. El autócrata a veces recela también de los países vecinos, que miran con ambición su riqueza mineral. Además, las grandes potencias en ocasiones exigen al dictador que les compre armamento. En 2011, por ejemplo, Arabia Saudí invirtió más del 15% de su presupuesto oficial en la compra de armas a Estados Unidos: un porcentaje mayor que el que invierten los propios Estados Unidos en su Departamento de Defensa.

Reforzar el ejército también tiene sentido para el autócrata debido a la economía de la industria extractora. Como hemos visto, el sector de la extracción no suele utilizar mano de obra local, debilitando el empleo en las fábricas y en el campo. Eso le resulta útil al dictador para impedir que el pueblo tenga una independencia económica en la que apoyarse para hacerle frente. Pero ello también implica que la economía ofrece cada vez menos puestos de trabajo, y los desempleados —sobre todo los jóvenes— son propensos a sublevarse. ¿Qué mejor solución, entonces, que usar parte de las rentas petroleras para dar empleo a esas personas en el propio ejército? En vez de sublevarse, el Régimen les paga para que repriman las sublevaciones. Además, el ejército es una estructura rígida y jerárquica, presidida, para mayor escarnio, por el dictador. Convertidos en soldados, esos hombres pasan a depender del autócrata en todos los aspectos de la vida.

El ejército no es la única institución con la que cuenta el dictador para establecer relaciones jerárquicas de dependencia personal; de hecho, el ejército no es siquiera la más importante. El Gobierno de los Estados petroleros tiene muchos más funcionarios que los gobiernos de otros Estados. El aparato entero del Estado se convierte en una pirámide de relaciones de subordinación, donde el favoritismo fluye de arriba abajo y la lealtad política de abajo arriba. Nicholas Shaxson describe así el Estado angoleño:

Imaginemos una gigantesca red de tuberías en forma de árbol de Navidad por la que fluye un líquido vital a lo largo de un tubo principal, situado en la parte superior, que se va ramificando al llegar a diferentes nodos. Las tuberías se van haciendo más pequeñas y numerosas a medida que descienden, y las personas chupan de los orificios de salida abiertos. Los peces gordos, situados en la cima, chupan de los tubos más gruesos; en la parte inferior, miles de personas se agolpan para acceder a las tuberías más pequeñitas mientras millones de desamparados se aglomeran con la esperanza de aprovechar las sobras. Cada nodo tiene una espita, controlada por un guardián, el cual suele ser un funcionario que deja llegar el líquido hasta los subordinados a cambio de su lealtad. Se trata de una estructura política: las relaciones se establecen entre gobernantes y súbditos; la riqueza se obtiene del poder político (la posición de cada uno en el árbol) y viceversa. El árbol angoleño tiene muchas conexiones verticales pero pocas horizontales; si rompemos un eslabón (despidiendo a un ministro, por ejemplo), todas las personas que dependen de él se despeñan.

El Gobierno del autócrata se extiende hasta absorber a los ciudadanos desempleados, los cuales, de otro modo, no tendrían trabajo. Y, de nuevo, esos ciudadanos se hacen dependientes del Estado para poder vivir con dignidad. El dictador divide y gobierna a la población utilizando el dinero procedente de los recursos naturales para crear una pirámide de tuberías verticales en cuyo vértice se encuentra el propio dictador. Puesto que las relaciones de poder político son relaciones patrón-cliente, los politólogos hablan de sistemas «clientelistas».

En el capítulo primero señalamos que la vida cotidiana en los países dependientes de los recursos naturales suele ser bastante extraña. Los extranjeros llegan a constituir el 86% de la población, y los paramilitares hacen la ronda en moto, arrestando a las mujeres que intimen con hombres. Ahora añadiremos que incluso cuando las instituciones de un país dependiente parecen normales —oímos hablar de un Ministerio de Educación o de un Ministerio de Agricultura— la realidad que se oculta tras esas instituciones suele ser muy diferente. Los Estados clientelistas acostumbran tener ministerios tipo Potemkin: las personas que están detrás del mostrador en la oficina de turismo se asombran cuando ven llegar a un turista. La finalidad de las instituciones estatales no es recaudar dinero para proporcionar bienes públicos. Su objetivo consiste en dar empleo a los ciudadanos para someterlos al Estado y, en última instancia, al propio dictador. El que esos clientes contribuyan a optimizar la efectividad del Estado —aunque no se presenten siquiera en el puesto de trabajo— es menos importante que la relación de dependencia personal que se crea entre ellos y los funcionarios de categoría superior.

Cuando se descubrió petróleo en Arabia Saudí, en 1938, el país carecía de instituciones modernas. El primer rey de Arabia Saudí, Abdelaziz bin Saúd, adjudicó un ministerio (defensa, interior, seguridad nacional, etcétera) a cada uno de los príncipes más importantes, como si se tratara de un feudo personal. A medida que el dinero del petróleo empezó a fluir en cantidades inauditas, los príncipes ampliaron su poder añadiendo ramificaciones y niveles a las pirámides burocráticas desde las que dominaban el territorio. De hecho, gracias a los crecientes beneficios del petróleo, para el rey la manera más fácil de zanjar una disputa entre dos príncipes feudales consistía en dar a ambos más dinero para que ampliasen sus ministerios, y esas ampliaciones favorecían también a una población en expansión. Los ministerios eran así previsiblemente ineficaces, pero su eficacia en cuanto ministerios era menos importante que la lealtad del príncipe y la vinculación de los ciudadanos a las jerarquías personalistas de los miembros del Régimen. La coordinación entre esas crecientes burocracias era pésima: se crearon consejerías con atribuciones solapadas en el interior de pirámides diferentes, y los saudíes veían alguna que otra «batalla de bulldozers» cuando dos ministerios enviaban material de construcción al mismo emplazamiento para iniciar proyectos diferentes.

Dividir y gobernar por medio del clientelismo no es ninguna anomalía histórica. Douglas North, John Wallis y Barry Weingast llegan al extremo de considerar las jerarquías clientelistas como el sistema «natural» en la historia de la gobernanza, y demuestran que muchos Estados aún conservan esa estructura. El antiguo Estado soviético era una jerarquía clientelista sufragada por el petróleo; cuando decimos que los apparátchiki dan coba a la nomenklatura, estamos hablando en ruso soviético. La energía empresarial de esas sociedades va encaminada a agradar a los funcionarios que uno tiene por encima, en lugar de a satisfacer las necesidades de los compatriotas. Básicamente, aunque exista una «clase media» en términos salariales, esa clase no desempeña su función habitual dentro de las sociedades libres, que debería ser el fundamento de un poder económico independiente que contrarrestase el poder del Estado. La clase media, por el contrario, suele estar constituida por clientes bien remunerados, cuyos ingresos dependen de su grado de lealtad al Régimen.

En esos países la clase superior es rica, y algunas riquezas caen con cuentagotas por los cauces de la dependencia personal. Lo que más sorprende de ese clientelismo es cuán desnivelado puede llegar a ser. Como hemos visto, las rentas extractivas constituyen en ocasiones el 50%, el 80%, hasta el 93% de los ingresos del Gobierno. El Régimen obtiene el dinero directamente del extranjero, por lo que no necesita los impuestos de los ciudadanos. En los casos extremos, el pueblo depende del autócrata para todo y el autócrata no depende del pueblo para nada. Las manos necesitadas se alzan al cielo; el poder arbitrario mira hacia abajo. Todas las relaciones políticas son verticales y el autócrata se encuentra en la cima de la escarpada jerarquía. El jerarca alimentado por recursos puede ser en verdad absoluto.

«Todo hombre allí es estafador […] del ‘no’, por vil metal,

hacen un ‘sí’»

Los jóvenes con talento suelen emigrar, si pueden, de los países clientelistas. Quienes se quedan se enfrentan a una carrera profesional condicionada por el Estado. Uno de los mejores premios que puede conceder un burócrata en un Estado clientelista es un puesto de trabajo en la propia burocracia. Según se cuenta, en Azerbaiyán para un puesto de funcionario había que pagar 50 000 dólares, esto es, había que hacer una inversión. En un país de porteros, los ambiciosos aspiran a guardar puertas más grandes. En Occidente, los ricos quieren intervenir en el Gobierno. En los países clientelistas, la gente quiere formar parte del Gobierno para enriquecerse.

En esos países, incluso quienes tienen éxito empresarial dependen del Gobierno para alcanzarlo. No se trata simplemente de los típicos contratistas que reciben un trato de favor por parte de un ministro, ya que esa dependencia se da también en las más altas esferas. Suharto, en Indonesia, era famoso por su «capitalismo de compadreo», pues repartía el control de las industrias entre sus parientes y sus generales. (Uno de sus hijos gestionó pésimamente la compañía nacional de petróleo durante años; otro hijo suyo ejerció una influencia nefasta en el comercio de especias indonesio). En Arabia Saudí, el hecho de llamar la atención del rey sirvió para catapultar varias de las fortunas privadas más colosales del planeta: la de Osama bin Laden y la de Adnán Khashoggi (quien llegó a ser «el hombre más rico del mundo»), por mencionar sólo dos.

El Gobierno trata al pueblo con condescendencia. Los burócratas permiten el acceso selectivo de los ciudadanos a servicios tales como la vivienda, la atención sanitaria o la protección policial. O venden favores: por un precio convenido, aparece un carné de conducir o desaparece una condena de cárcel. Los ciudadanos se hacen dependientes de ciertos agentes del Estado para abrirse camino en la vida cotidiana.

Dicen que los recursos naturales generan corrupción. Y es cierto que, según el Índice de Percepción de la Corrupción elaborado por Transparencia Internacional, la mayoría de los países considerados corruptos dependen de esos recursos. Pero, como dice un economista zimbabuense: «Nos imaginamos la corrupción como si fuese una garrapata en un perro. En África hay sitios donde las garrapatas son más grandes que los perros». La economía política de los países clientelistas estira hasta el límite el significado de la palabra «corrupción»; la que vemos en esos países es de tal magnitud que deberíamos preguntarnos qué significa realmente esa palabra.

Un experto define la corrupción como el «uso ilegal del cargo público […] en provecho propio». Pero eso no basta, pues la mayor parte de las cosas que suceden en los países clientelistas no constituyen un quebrantamiento de la ley. Suharto concedió a dos de sus hijos y a un primo el monopolio en la importación de plásticos, lo cual no era ilegal. Cuando le preguntaron cómo era posible que el hijo del presidente de un pequeño país africano hubiera comprado una mansión de 101 habitaciones en el centro de París, decorada con cinco obras de Rodin y un reloj de 3,7 millones de dólares (aparte de tener once coches de lujo en el garaje), el abogado de la criatura contestó que «su representado ganaba dinero con arreglo a las leyes de Guinea Ecuatorial», lo cual probablemente sea cierto. Si para cometer un delito de corrupción hubiese que infringir la ley, entonces, para aquellos cuya palabra es la ley, la corrupción sería sólo un pequeño descuido.

En los países desorganizados por los recursos, la corrupción no siempre es ilegal; según la definición de «corrupción» que da el Banco Mundial, no tiene por qué serlo, pues según esa institución se trata sólo de un «abuso de las funciones públicas en beneficio propio». Aunque esté un poco mejor, esa definición sigue reconociendo la existencia de una distinción entre lo público y lo privado que la política personalista de esos países quizá no alcanza a comprender. La Corporación Nacional del Cobre de Chile (Codelco) lleva explotando desde hace bastante tiempo algunas de las minas de cobre más grandes del mundo. Pinochet aprobó una ley secreta que adjudicaba al Ejército el 10% de los beneficios de las exportaciones de Codelco en un (fructífero) intento de que los generales le siguieran siendo fieles. ¿Eso era política o corrupción? ¿Ambas, quizá?

Parte de lo que ocurre en los Estados clientelistas, sobre todo en los niveles inferiores, va técnicamente contra la ley: es ilegal aceptar un soborno por conceder una licencia de matrimonio o anular una multa de tráfico por exceso de velocidad. Pero el Gobierno no va a meterse a sí mismo en la cárcel; como dicen en el este de África, los peces gordos no quieren freírse a sí mismos. Cuando un funcionario es denunciado por corrupción en un sistema clientelista, ello significa por lo general que ese funcionario ha caído en desgracia. O a lo mejor es que sus superiores están llevando a cabo una de esas remodelaciones periódicas que ponen a prueba la lealtad de los clientes demostrando que todos ellos son prescindibles. En este caso, la aplicación de las leyes anticorrupción no es una forma de contrarrestar la dependencia clientelista, sino, más bien, una de sus herramientas. A veces al patrón le conviene escenificar el espectacular sacrificio de un funcionario poderoso pero impopular para que la gente corriente se quede, como dijo Maquiavelo, «satisfecha y estupefacta al mismo tiempo».

Hillary Clinton, en una visita a Angola, dijo que la corrupción era un problema en todas partes. Estaba siendo diplomática. Por supuesto que también existe una corrupción considerable en países ricos como Estados Unidos, tanto de manera esporádica (por ejemplo, Jack Abramoff) como sistemática (por medio de los grupos de presión). Pero esa es la diferencia entre empaparse a causa de la lluvia y dejarse llevar por la corriente. Lo que se denomina ‘corrupción’ en los Estados clientelistas es una forma primitiva de gobierno. Para quien exija un funcionariado imparcial y un Estado de derecho, la gobernanza de un Estado clientelista es sin duda corrupción. Los funcionarios dirigen el dinero y los beneficios del Estado hacia abajo, según les convenga, para que el apoyo político vuelva a subir. Y los que están al mando maximizan su poder ocultando quién está haciendo qué para quién. En 2011, el Fondo Monetario Internacional descubrió que tres cuartas partes de los 23 000 millones de dólares que había ingresado la Sociedad Nacional de Combustibles de Angola se habían gastado de manera extrapresupuestaria, sin que quedase registro público alguno de a dónde fue a parar el dinero. Las rentas procedentes de los recursos naturales se convierten en algo parecido al anillo de Giges de Platón, que hacía invisible a quien lo poseía, permitiéndole llevar a efecto cualquier plan.

El clientelismo no es corrupción, ni esporádica ni sistemática: es el sistema mismo. Esto merece nuestra atención: el clientelismo, que se parece a la corrupción, es una forma de gobierno. Y el clientelismo, cuando jerarquiza a la población de un Estado moderno, suele ser una pésima forma de gobernar. Puesto que se trata de un método consistente en dividir para gobernar, el clientelismo agudiza las diferencias raciales, religiosas, étnicas y tribales, favoreciendo así la fragmentación. El Estado disminuye las relaciones horizontales entre los ciudadanos y acentúa los antagonismos: norte contra sur, cristianos contra musulmanes, suníes contra chiíes, tribus contra tribus. Además, el dinero que cae en manos de las jerarquías clientelistas no tiende a producir bienes públicos. Se sabe que la mitad, dos terceras partes, incluso el 99% de algunos presupuestos públicos para sanidad o educación «se pierden por el camino» antes de llegar a sus destinatarios.

Las burocracias clientelistas no suelen preocuparse demasiado por la prestación de servicios públicos. Lo que realmente les interesa son las relaciones de subordinación personal. Un estudio del Banco Mundial concluye que incluso en los regímenes ligeramente menos corruptos hay mucha menos mortalidad infantil y que la gente está más satisfecha con la sanidad y las infraestructuras. La corrupción también reduce la capacidad de la economía para mantener los niveles de vida a lo largo del tiempo. Y el clientelismo demasiado dependiente de los recursos naturales multiplica esos peligros. Cuanto más fluya de arriba hacia abajo el dinero de un autócrata, menos poder tendrá el pueblo para oponerse al clientelismo desde abajo. Los Estados clientelistas que se nutren de los recursos naturales suelen tener regímenes ricos y ciudadanos débiles.

Comerse el dinero

Antes vimos que Carlos ii de Inglaterra, en la década de 1670, gastó parte del dinero proveniente del extranjero en el mantenimiento de sus palacios, sus animales y sus queridas. En la década de 1970, el sha de Persia podía permitirse ser más espléndido:

Un avión de Lufthansa espera en el aeropuerto internacional de Mehrabad, en Teherán. Parece un anuncio, pero en este caso no hace falta publicidad alguna porque todos los asientos están reservados. Ese avión despega de Teherán todas las mañanas y aterriza en Múnich a mediodía. Desde el aeropuerto muniqués, unas limusinas llevan a los pasajeros a un restaurante de lujo. Después de comer, regresan a Teherán en el mismo avión y cenan en casa. No es un entretenimiento demasiado caro, pues la excursión cuesta sólo dos mil dólares por cabeza. Para las personas del entorno del Sh, esa cantidad no es nada. De hecho, son los plebeyos de palacio los únicos que van a comer a Múnich. Aquellos que ocupan cargos más altos no siempre tienen ganas de hacer viajes tan largos. A ellos les lleva la comida un equipo de cocineros y camareros del Maxim’s de París, en un vuelo privado de Air France. Ni siquiera esos caprichos les parecen nada extraordinario. Son una insignificancia en comparación con la descomunal fortuna que están amasando Mohammed Reza y sus adláteres.

Los informes sobre corrupción personal en torno a los recursos naturales son tan comunes como el óxido en un desguace. En la India, durante una redada, la policía encontró en las oficinas de un capo de la minería vinculado al Gobierno un millón de dólares en efectivo y treinta kilos de oro. En Baréin, un comité parlamentario informó de que algunos miembros de la casa real y algunos vips se apropiaron indebidamente de unos terrenos cuyo valor doblaba el PIB del reino y cuya superficie abarcaba casi el 10% del país. Gracias a WikiLeaks, ahora sabemos que la fiscalía del Tribunal Penal Internacional sospechaba que el presidente de Sudán, Omar Hasán al Bashir, había desfalcado nueve mil millones de dólares de los ingresos petroleros del país. El general nigeriano Sani Abacha fue acusado de sustraer más de 2 200 millones de dólares de las arcas del Estado durante su presidencia; los ejecutivos de Shell afirman que un sucesor de Abacha robó unos 40 000 millones de dólares (el equivalente al patrimonio neto de Larry Ellison, cofundador de Oracle) del tesoro público y se los llevó en vehículos blindados —repletos de dinero— a una bóveda subterránea situada en su propia residencia. Nicholas Kristof comparó la inmensa riqueza del presidente de Angola y su hija con la escalofriante pobreza de la campiña angoleña. («Un líder tiene muchas formas de matar a su pueblo», escribió Kristof, «la negligencia y la corrupción extremas se asemejan a las atrocidades en masa»). Cuando los líderes de los Estados con abundantes recursos naturales roban dinero del tesoro público para gastárselo en mansiones, yates, champán y prostitutas, nos parece que está mal, y parte de este libro se ocupará de contar esas historias y corroborar esa intuición. Pero, cuando miramos debajo de la superficie de esos sensacionalistas relatos de corrupción, nos damos cuenta de que hay algo más. De nuevo, el trasfondo es político: esos cleptócratas de recursos no llegan a utilizar gran parte de lo que roban personalmente. Mobutu Sese Seko robó cinco mil millones de dólares al pueblo zaireño, pero necesitó gran parte de ese dinero para seguir en el poder:

El latrocinio perpetrado por Mobutu […] no se debió a la codicia, sino a la debilidad política: necesitaba el dinero para seguir siendo el gobernante de uno de los países más grandes e inestables de África […] Había que pagar los sobornos a los empresarios, políticos y periodistas occidentales, los salarios de la [fuerza de seguridad presidencial], las donaciones a las guerrillas extranjeras, los regalos para los generales, los gobernadores y los políticos de la oposición […] Era un negocio muy pero que muy caro.

Dejemos a un lado el uso que de los fondos públicos hacen los funcionarios para sus gastos particulares. Llamemos a eso «corrupción privada», lo que John Locke denominaba «uso del poder por parte de un gobernador “en provecho propio”». Establezcamos una distinción entre eso y los fondos públicos —mucho mayores— que los funcionarios destinan al clientelismo. Esa «corrupción clientelista» es una apropiación de fondos públicos, pero también es una donación a cambio de lealtad, o sea, una forma de gobernación. La corrupción clientelista es una forma de gobernar ni por el pueblo ni para el pueblo. No se puede remediar sustituyendo a los funcionarios «malos» por funcionarios «buenos», pero sí llevando a cabo una transición a gran escala hasta alcanzar una forma de gobierno responsable.

La combinación de violencia y clientelismo

El autócrata enriquecido por la venta de recursos naturales se vale de diversas estrategias para sobrevivir. Una estrategia pura, como hemos visto, es la violencia: amenazar al pueblo físicamente y cumplir las amenazas cada cierto tiempo. En este caso, el Régimen sobrevuela el país en un globo de dinero, mientras sus guardias apuntan con sus potentes rifles a las masas de desheredados hambrientos. La segunda estrategia pura es el clientelismo: las tuberías de los beneficios estatales penetran en la población y la van jerarquizando a lo largo de sus ramificaciones; los tubos son cada vez más articulados y los beneficios cada vez más escasos, a medida que descienden hacia el suelo. Tanto la violencia como el clientelismo son estrategias de «fuerza bruta», y muchos autócratas son realmente brutos.

Las estrategias puras no suelen usarse en la realidad, pues casi todos los dictadores prefieren una estratégica combinación de violencia y clientelismo. Los tiranos que saben preparar la mezcla justa se mantienen en el poder durante mucho tiempo: Gadafi, en Libia, y Bongo, en Gabón, gobernaron durante cuarenta y dos años, Mobutu, en Zaire, durante treinta y uno. Obiang, en Guinea Ecuatorial, y dos Santos, en Angola, asumieron el poder en 1979, y Mugabe, en Zimbabue, en 1980. Quienes estén familiarizados con los asuntos africanos seguro que conocen la represión, la corrupción y los conflictos asociados a esos nombres.

Cuántas amenazas utilizará un Régimen y cuán condescendiente será con sus súbditos son cuestiones que dependen de muchos factores (incluidos el sentido común y el entendimiento, claro está). La Historia será importante. Veamos un contraste básico: en los países resultantes de la desaparición de la Unión Soviética, los ciudadanos esperaban mucho del Estado, lo que fomentaba el clientelismo. En el África subsahariana, los ciudadanos ya no esperan nada del Gobierno, lo que fomenta la coacción. El sha de Irán gobernó de manera relativamente coercitiva, basándose en una pequeña coalición que giraba en torno a los militares y los grandes terratenientes. El repentino derrocamiento del sha, en 1979, asustó de veras a los reyes saudíes, quienes redoblaron sus esfuerzos para jerarquizar a la población mediante relaciones de dependencia clientelista.

La violencia y el clientelismo son estrategias necesarias para todos los autócratas rentadictos. El dinero entra por arriba, y el gobernante gasta en palos y zanahorias cuanto haga falta con tal de permanecer en el cargo. Si sobra dinero, a lo mejor se lo gasta en aviones y áticos de lujo. Y, si después de eso todavía queda dinero, a lo mejor lo invierte en bienes públicos.

Bienes y males públicos

La cantidad de dinero que invierten en bienes públicos los autócratas rentadictos depende del que les haya sobrado. En este punto nuestra historia se divide en dos: la de los dictadores que ganan mucho y la de los que ganan poco. Antes vimos que los tiranos ricos de Oriente Medio y el norte de África (excepto Gadafi) sobrevivieron a la Revolución Verde y a la Primavera Árabe, en tanto que los tiranos menos ricos sucumbieron a las manifestaciones. De manera similar, en el caso de los bienes públicos también nos encontramos con dos historias. La primera es la de los autoritaristas ricos que se han hecho con el control de inmensas sumas de dinero que les permiten coartar y menospreciar a sus súbditos, darse lujos que ni Creso imaginaría y aún así ahorrar lo suficiente para dedicarlo a los bienes públicos.

Si no existiera el diminuto Estado de Qatar, tendríamos que inventarlo. Imagínate a 250 000 personas (aproximadamente la población de La Coruña, Vitoria o Granada). Ahora superponlas al 13% de las reservas mundiales de gas natural. Lo que estás imaginando es el país más rico del mundo. El PIB per cápita es casi el doble que el de Estados Unidos. Pero esa cantidad «per cápita» es engañosa, pues su denominador incluye a los trabajadores extranjeros, los cuales constituyen el 86% de la población del país. Si nos centramos sólo en los ingresos por hidrocarburos, y sólo en los ciudadanos qataríes, observamos que el país recibe la gigantesca suma anual de 183 000 $ por qatarí, sólo en concepto de beneficios procedentes de su riqueza natural. (A modo de comparación, la renta nacional de EE UU es de 58 000 $ por habitante y el gasto total del Gobierno es de 22 000 $ por habitante al año).

¿Tiene una familia o una persona el derecho a percibir todo ese dinero? Porque en realidad los ingresos de Qatar no se dividen per cápita o per cives, sino que van parar todos ad tyránnum. El emir de Qatar, que es el patriarca de la familia al-Tani, controla los miles de millones de dólares por ingresos de hidrocarburos que afluyen al Estado qatarí todos los años. El emir decide cuánto gastará el Estado en coerción y cuánto en clientelismo. También decide con cuánto se queda él: la Constitución qatarí dispone que «los emolumentos financieros del emir, así como los fondos destinados a regalos y subvenciones, serán establecidos, cada año, por una resolución del propio emir». No hay manera de saber de cuántos miles de millones se ha apropiado el príncipe, guardados en cuentas bancarias ocultas en el extranjero o invertidos en oscuros negocios por medio de sociedades ficticias. El emir y los suyos, sin embargo, son una de las familias más ricas del mundo. Aún así, después de todo eso, el emir es tan increíblemente rico que puede permitirse sufragar bienes públicos.

Qatar es una demostración de que, si bien los países trastornados por las riquezas naturales tienen regímenes ricos y pueblos débiles, no todos ellos tienen regímenes ricos y pueblos pobres. Los salarios de las jerarquías clientelistas qataríes son buenos (y la mayoría del trabajo lo hacen los extranjeros, de todos modos). El sistema de bienestar de por vida está bien financiado. El Régimen invierte mucho dinero en infraestructuras y la educación es gratuita. Los ciudadanos no reciben ni de lejos lo que les correspondería del reparto equitativo de los ingresos petroleros, pero el crudo genera tantísimos beneficios que incluso un reparto desigual supone mucho dinero para ellos.

Volveremos a Qatar más adelante, porque esta minúscula autocracia representa una esperanza para la transformación de Oriente Medio. De momento, la cuestión clave es que Qatar es una irregularidad estadística (en el mundo hay más albinos que qataríes). Sus pequeños vecinos —los EAU y Kuwait— tienen una renta per cápita considerablemente menor (98 000 $ y 73 000 $ respectivamente). Arabia Saudí recibe del petróleo «sólo» 11 000 $ por ciudadano. La mayoría de los autócratas rentadictos controlan mucho menos dinero per cápita que esos pocos «elegidos».

Como cabía imaginar, las dictaduras con pocos ingresos proporcionan a sus súbditos muchos menos bienes públicos, sobre todo fuera de la capital del país, que es donde suelen vivir los miembros del Régimen y sus partidarios. De hecho, el contraste entre la capital y el resto del país suele ser muy marcado. En el sur de Nigeria, que es pobre aunque produzca petróleo, los líderes civiles cuentan la historia de una marcha sobre Lagos para protestar contra los abusos cometidos por el ejército. Muchos manifestantes estaban asombrados, pues nunca habían estado en un lugar así: la capital parecía una ciudad del «primer mundo». Pero en Gabón, gobernado desde hace tiempo por la familia Bongo, incluso la capital sólo es maravillosa de vez en cuando:

Los futuristas palacios gubernamentales del bulevar Omar Bongo, con sus salientes en forma de platillos voladores y naves espaciales, sus interiores de mármol y sus enormes ventanales, fascinarían a cualquier transeúnte… si hubiera alguno. Es casi como si estuvieras en una próspera ciudad de Texas.

Pero estás en Gabón, y, tras los palacios del difunto gobernante, que bordean el vacío bulevar, hay chabolas y barracas que se extienden hasta el horizonte, caminos de tierra y vendedores ambulantes que a duras penas se ganan la vida vendiendo cigarrillos y frutas y verduras importadas. La mayoría vive con menos de dos dólares al día en este pequeño país de África central, en el que abundan tanto el petróleo como los desamparados. La evidencia del abismo que separa a los ricos (el numeroso clan del señor Bongo) de los desposeídos está siempre a la vuelta de la esquina…

«¿Estuviste detrás de los edificios? ¿Qué viste?, preguntaba Marc Ona, un ecologista levantisco, encarcelado durante el mandato del difunto presidente. «Hay pobreza por todas partes», decía el señor Ona. «Hay corrupción por todas partes».

Estamos descendiendo por la escala de las rentas per cápita más bajas, donde se encuentran los países más afectados por los ingresos extractivos. Lo que se quiere evitar es vivir fuera de la capital en un país gobernado por un Régimen muy adicto pero sin demasiados ingresos. En estos casos el Estado escatima a la policía un salario digno, pues confía en cambio en el viejo sistema que usaban los ejércitos ocupantes, permitiendo a su propias tropas que se ganen el sueldo aprovechándose del pueblo. Dado que la extracción de recursos naturales está acotada, los yacimientos proporcionan pocos puestos de trabajo. Por culpa de la «enfermedad holandesa», hay poco trabajo en la industria y la agricultura. El Régimen carece de numerario para el clientelismo —a lo mejor sólo el gobernador provincial se hace rico—, de modo que los puestos de funcionario también son difíciles de conseguir. Y el Gobierno tampoco está por la labor de invertir en bienes públicos. «“¡No nos estamos beneficiando de ese petróleo”, gritaba Ali Mohammed, conductor de un moto-taxi en Nigeria. “No hay alumbrado ni carreteras ni hospitales… En este país estamos sufriendo”».

En la parte más sombría del espectro, los gobernantes muy adictos pero con pocos ingresos llegan a prohibir los bienes públicos, pues los consideran una amenaza. En Zaire, el presidente Mobutu dictó la mezquina orden de «no construir carreteras» para impedir que los rebeldes se organizasen contra él. Aquello resultó desastroso para la economía zaireña, pero Mobutu siguió recibiendo el dinero procedente de los recursos naturales, y la gente pobre y enferma no suele tener la fuerza necesaria para sublevarse. De manera similar, el rey Hasán de Marruecos dijo en una ocasión: «No hay peligro más grave para el Estado que el de los denominados intelectuales. Sería mejor que fuerais analfabetos».

La legitimación del autoritarismo

En nuestro periplo dantesco por las aflicciones de los países «enfermos», nos encontramos justo en el límite entre el autoritarismo y los conflictos bélicos. En el capítulo siguiente veremos que los recursos naturales provocan golpes de Estado y guerras civiles. Antes de dejar a un lado a los autócratas, sin embargo, echaremos un vistazo a su principal instrumento de gobierno, que es la ideología. Todos los dictadores rentadictos deben legitimar su autoridad.

La mejor manera de unir a los súbditos de un Régimen, o al menos de desviar su atención, consiste en ondear la bandera del nacionalismo, esto es, en invocar la gloriosa historia nacional y el sentimiento de «unidad» para jugar con esa xenofobia que tanto estimula la paranoia y el militarismo. La guerra es un método excelente para recuperar el apoyo popular (es el que utilizó Putin aprovechando la situación de Ucrania, en 2014, y de Siria, en 2015). La táctica es básicamente divisiva y aún lo es más cuando se crean estereotipos raciales o religiosos del enemigo dentro o fuera de las fronteras. Si el Régimen organiza la historia de la nación en torno a un relato victimista, entonces la divisibilidad se intensifica.

Los líderes que esgrimen ideologías revolucionarias —como el ayatolá Jomeini, Sadam Husein o Muamar el Gadafi— resultan especialmente peligrosos para su pueblo y para sus vecinos. Como muestra el politólogo Jeff Colgan en su libro Petro-Aggression, los Estados petroleros revolucionarios tienen tres veces más probabilidades de ocasionar conflictos militares internacionales que un Estado normal. Husein, por ejemplo, atacó a Irán y a Kuwait, y Gadafi tuvo enfrentamientos armados con varios países próximos a Libia.

Las elecciones pueden parecer un sorprendente mecanismo de legitimación, pero muchas autocracias las amañan sistemáticamente. En lugares donde los ciudadanos tienen dificultades para compartir la información, una victoria electoral hace creer a muchas personas que sus compatriotas apoyan en efecto al Régimen. Incluso unas elecciones injustas y amañadas permiten a los autócratas presentarse como la opción que ha elegido el pueblo. Como veremos en el capítulo 10, la soberanía nacional se considera en casi todas partes como una de las principales fuentes de auténtica legitimidad política, y unas elecciones amañadas posibilitan que un emperador se disfrace de modernidad.

Otras estrategias de legitimación resultan más creíbles. Recordemos al fundador de Turkmenistán —el «padre de todos los turcomanos»— y su famosa estatua dorada que giraba siempre mirando al sol. Este intento de crear un culto a la personalidad habría hecho sonreír incluso a un faraón del antiguo Egipto. En las monarquías del Golfo, los semblantes reales están en todas partes. En los edificios gubernamentales, en los bancos, en las vallas publicitarias y hasta en las empresas privadas hay imágenes idealizadas de los miembros del Régimen, retratados como si fueran hombres sabios y bondadosos. Entre tantas imágenes hay unas pocas de miembros de la casa real con aspecto severo y despiadado, en ocasiones vestidos de uniforme y con gafas de sol. «Lo que se pretende así, al parecer, es demostrar al pueblo que hay que amar y temer a los gobernantes, y, sobre todo, evitar enojarlos».

Otro tipo de legitimación ideológica es la utilizada en Guinea Ecuatorial por Teodoro Obiang, con quien nos encontraremos de nuevo el capítulo 5. Un representante de Obiang dijo en una radio estatal: «Él puede matar sin que nadie se lo recrimine y sin ir al infierno, pues es Dios, con el que está en permanente contacto, quien le otorga esa facultad». A los forasteros les parecerá que el presidente ecuatoguineano no da la talla para representar el papel de lugarteniente de Dios, pero una de las tácticas que utiliza para camuflar sus crímenes es el recurso a la «inspiración divina».

A veces no se opta entre una u otra ideología legitimadora, pues esta es inherente al Régimen. El mejor ejemplo de tal ideología innata lo encontramos en el Estado petrolero más importante de todos: Arabia Saudí. El Estado saudí se fundó a partir de una alianza entre un líder político (ibn Saúd) y un líder fundamentalista (al-Wahhab). Desde aquella fundación, el Régimen se ha teñido de religiosidad para legitimarse. El rey saudita es la cabeza de la comunidad nacional suní, y gran parte de su esplendor se lo debe al hecho de ser «defensor de la fe»: el guardián de los Lugares Santos más importantes del Islam.

En 1979, la legitimidad del rey resultó gravemente perjudicada cuando un grupo de violentos fanáticos musulmanes tomó por la fuerza el lugar más sagrado de todos: la Gran Mezquita de la Meca. Aquel fue también el año de la revolución iraní, cuando el rey saudita se vio de repente al lado de un ayatolá que propugnaba una visión antagónica del fundamentalismo islámico. La reacción del rey ante esos dos desafíos consistió en restablecer su legitimidad religiosa enviando grandes sumas de dinero a la facción más conservadora del estamento clerical, permitiendo a este difundir activamente una versión reaccionaria del wahabismo tanto en su país como en el extranjero.

Esto causó un gran impacto en el clero musulmán. El conservadurismo político-religioso de los saudíes actuales no es un hecho independiente, sino que en parte es el resultado de una serie de campañas ideológicas —muy bien organizadas— para legitimar el Régimen. Además, como veremos en el capítulo 6, el apoyo del rey saudita a la propagación del extremismo suní en el extranjero, durante las décadas de 1980 y 1990, se convirtió en una de las campañas ideológicas más prolongadas de la Historia, cuyas nefastas consecuencias aún estamos viviendo.

El gran hombre y su gran mano

El petróleo tiene una propiedad extraordinaria: es capaz de detener el tiempo. Casi todas las monarquías absolutas del mundo son Estados petroleros. La monarquía absoluta tal vez fuese una forma adecuada de gobierno cuando la Humanidad vivía en unas condiciones más primitivas. En siglos pasados, cuando la población no generaba un gran valor económico, cuando la comunicación entre lugares muy distantes era realmente ardua, cuando los clanes y tribus hostiles carecían de fuentes de identificación mutua, lo más que se podía hacer era imponer orden por medio de la violencia y el clientelismo, propiciados por una ideología religiosa legitimadora. Lo que resulta sorprendente hoy en día es que el dinero del petróleo haya permitido que algunos monarcas absolutos perpetúen, incluso recreen, el entorno medieval.

Cuando un dictador se presenta como la personificación de la unidad nacional, quizá es porque está ocultando un fraude electoral. O a lo mejor la unidad que invoca está basada en el odio: odio a una minoría nacional, a un país vecino, a los herejes… Pone a la mayoría contra la minoría, a una tribu contra otra, a un país contra otro, a una fe contra otra fe. Puede infectar a su pueblo con un nacionalismo virulento o con un extremismo contagioso. Cuando un dictador se debilita o cae —como en Siria, Irak y Libia—, su herencia suele ser la guerra civil. El autócrata divide para gobernar, y las sociedades divididas son propensas a los conflictos armados, sobre todo, como veremos, cuando los agraviados encuentran recursos naturales.

4

… LUEGO TAL VEZ sangre

El Consejo de Seguridad… [es] consciente de que la relación entre la explotación ilegal de recursos naturales, el comercio ilegal de esos recursos y la proliferación y tráfico de armas es uno de los factores que provocan y agudizan los conflictos […] sobre todo en la República Democrática del Congo.

—Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Res. 1653

Hemos empezado a comprender que esta riqueza mineral puede convertirse en una maldición, como tantas veces ha sucedido en África, porque mata a las personas y destruye comunidades en la lucha por hacerse con unos diamantes que estarán para siempre manchados con la sangre de los inocentes […] ¿Podemos oír la voz del Creador cuando nos pregunta —como la sangre de Abel «brotando del suelo»—: «¿Por qué convertís mis obsequios en una excusa para derramar sangre? ¿Por qué no usáis lo que tenéis en bien de la comunidad, en vez de usarlo en provecho propio o con fines políticos?»

—Arzobispo de Canterbury, Sermón pronunciado en Zimbabue

Antes de su espantosa muerte, Gadafi predijo que su derrota significaría el comienzo de caóticas luchas intestinas en Libia. Y estaba en lo cierto. Los defensores de líderes como Gadafi a menudo nos advierten que sólo los dictadores son capaces de «atar corto» a grupos beligerantes que de otro modo causarían mucha inestabilidad o incluso guerras civiles. Esos apologistas también están en lo cierto, pero, al igual que Gadafi, sus análisis llegan tarde. Los antagonismos entre grupos en el interior de Estados aquejados por el mal de los recursos naturales no son hechos completamente independientes; antes bien, son consecuencias deseadas y promovidas por los dictadores. Enfrentar a los líderes tribales y religiosos entre sí es una estrategia típica de los opresores: otra forma de dividir y gobernar. Los autócratas mantienen tapado el tarro, pero también lo agitan cada cierto tiempo, y, si la tapa se abre, entonces salen, enfurecidos, los escorpiones y las avispas.

Una vez que los «petrócratas» como Gadafi, Sadam Husein o Bachar el Asad pierden el control de todo o parte de su país, el petróleo vuelve a entrar en escena. Las milicias libias posteriores a Gadafi empezaron enseguida a luchar entre sí y contra el Gobierno para controlar los pozos de petróleo y las instalaciones de exportación. En 2013-2014, el grupo yihadista ISIS se apoderó de grandes partes del este de Siria y del oeste de Irak. Los yacimientos petrolíferos de ambos países fueron sus primeros objetivos; ISIS empezó a recaudar hasta dos millones de dólares al día vendiendo crudo («para ISIS es tan fácil como cavar un agujero y dejar que corra el petróleo antes de trasvasarlo a los buques cisterna», dijo un observador). ISIS también se enriqueció extorsionando a la gente, robando bancos y recibiendo dinero de sus simpatizantes saudíes, qataríes y kuwaitíes. A mediados de 2014, ISIS ya se había convertido en «el grupo terrorista más rico del mundo» y se había autodenominado como Estado Islámico.

El petróleo es la fuente de poder que más gusta a los autócratas porque el dinero procedente de él es cuantioso, secreto e ilimitado, y fluye incluso cuando la población está débil y dividida. Las milicias, por las mismas razones, también se sienten atraídas por el petróleo.

Coerción, corrupción y luego tal vez sangre

Retrocedamos un poco y hagámonos la pregunta básica de por qué se debería relacionar los recursos naturales con las contiendas. Una revista ha revelado que al menos el 40% de los conflictos civiles acaecidos en países situados entre Indonesia y Costa de Marfil en las seis décadas posteriores a 1947 se debieron a los recursos naturales. ¿Qué tienen esos recursos para transmitir tan violenta volatilidad a los sistemas políticos débiles?

El proceso mismo de la extracción de recursos supone un alto precio para las comunidades locales. A menos que se tomen costosas medidas, la minería es un trabajo sucio. Así pues, la minería contamina el aire o el agua de la comunidad. Los soldados o los guardias de seguridad privados que llegan a la zona abusan de los civiles. Luego aquello se llena de antros y prostitutas para satisfacer las necesidades y caprichos de los mineros y los guardias. Además, como ya vimos, las extracciones crean pocos puestos de trabajo para los lugareños. La comunidad local acumula quejas, pero tiene pocos mecanismos fiables de rendición de cuentas para notificárselas al remoto Gobierno.

Los países pobres son por lo general más propensos a los conflictos civiles, bien porque el Estado es incompetente, bien porque tienen menos alternativas pacíficas para conseguir dinero. Los recursos naturales no hacen más que empeorar las cosas: como ya vimos, por ejemplo, los gobiernos de los Estados ricos en recursos naturales suelen ser menos competentes que otros gobiernos equiparables porque obtienen ingresos sin necesidad de poner interés en la gobernanza. Y la apropiación violenta de los recursos naturales es para los ciudadanos una buena manera de conseguir dinero, puesto que esos recursos son muy valiosos y fáciles de obtener. La posibilidad de enriquecerse adueñándose de los recursos y de sus beneficios aumenta las probabilidades de que se produzcan conflictos civiles.

Las actividades extractivas son como imanes para las milicias, motivadas por los agravios o por la simple codicia. A diferencia de los bancos o las tiendas, los yacimientos naturales están limitados espacialmente: las bombas de extracción y las minas no se pueden trasladar a otra parte, por lo que se convierten en objetivos fáciles para los milicianos, que se dedican a extorsionar a la gente o a robarle directamente lo que es suyo. Y, a diferencia de las tareas agrícolas, la extracción de minerales, por lo general, se sigue llevando a cabo durante los enfrentamientos. La guerrilla colombiana extorsionó a varias compañías petroleras foráneas hasta sacarles al menos 140 millones de dólares durante la convulsa década de 1990. En plena segunda guerra de Irak, el Gobierno estadounidense denunció que los grupos armados estaban obteniendo al menos 200 millones de dólares al año por medio de la extorsión, el mercado negro del petróleo y la imposición de tributos. (El ejército de al-Mahdi, liderado por el clérigo Muqtada al Sadr, aplicaba una tasa a cada barril que salía del puerto de Basora). De vez en cuando, las poblaciones sitiadas crean incluso sus propios yacimientos de extracción para ayudar a su bando en los enfrentamientos: durante la segunda intervención rusa en Chechenia, al menos 30 000 chechenos estaban involucrados en la producción ilegal de petróleo.

Las piedras preciosas y ciertos minerales como el oro y el coltán resultan especialmente atractivos para las milicias: tienen mucho valor en relación con su peso y son fáciles de vender a los contrabandistas. Los estudios realizados afirman que los recursos naturales incrementan las probabilidades de que se produzcan conflictos armados, aumentando además su duración e intensidad. La lejanía de los yacimientos hace que los combates se prolonguen. La presencia de petróleo y piedras preciosas en las zonas de conflicto duplica cuando menos la duración de los enfrentamientos, y las guerras secesionistas en regiones productoras de petróleo son las más crueles. La abundancia de recursos naturales se correlaciona con la cantidad de rebeldes violentos, los cuales atacan a los civiles de manera más indiscriminada. Y la dependencia de esos recursos se correlaciona con el fracaso de las iniciativas pacifistas (el este del Congo —a veces llamado «el Vietnam de las Naciones Unidas»— constituye el paradigma).

Es evidente que las guerras civiles pueden producirse en ausencia de recursos naturales. Al IRA y a los Tigres Tamiles los financiaba la diáspora, no la minería. Y las bandas de México, como los «zetas» y el cártel de Sinaloa, se financian con el narcotráfico y los secuestros, así como con el robo de petróleo. La extracción de recursos naturales tampoco es necesaria para que se produzcan conflictos armados. Los Estados petroleros de rentas altas, por ejemplo, son menos propensos a las guerras civiles que los Estados carentes de petróleo, probablemente porque saben controlar mejor a la resistencia. Los Estados petroleros de rentas bajas, sin embargo, tienen casi el doble de probabilidades de que estallen guerras en su territorio. Puesto que los Estados petroleros de rentas bajas son cada vez más numerosos y los Estados carentes de petróleo son cada vez más pacíficos, las probabilidades de que haya conflictos civiles en los primeros han aumentado de un 10% a un 40%.

La fuerza del pueblo sigue teniendo una importancia crucial. Hemos visto que una nación corre más peligro de caer en el autoritarismo cuando aparece el petróleo antes de que haya instituciones públicas responsables. Con las guerras pasa lo mismo: aquellos países ricos en recursos naturales que tienen menos instituciones consolidadas y menos garantías legales son más proclives a los conflictos civiles.

En Sierra Leona, durante los primeros años de la década de 1980, el presidente del país utilizaba el control de las minas de diamantes para fomentar la violencia en el campo, a fin de que las redes comerciales clandestinas que lo apoyaban tuvieran más posibilidades de avasallar al pueblo. Después de ese presidente, un líder aún menos ejemplar se hizo con el mando, y, como veremos en el capítulo siguiente, la gobernanza fuera de la ciudad desapareció. Ese vacío lo ocuparon milicianos que reclutaban a niños soldados para que los ayudasen a llevar a cabo una campaña de pillajes y amputaciones masivas:

Cuando era un adolescente en la Sierra Leona arrasada por la guerra, a Ishmael Beah le lavaron el cerebro, lo drogaron y lo obligaron a matar…

«Que disparasen a alguien delante de ti, o que tú mismo disparases a alguien, se convirtió en un hecho tan natural como beber un vaso de agua. A los niños que se negaban a combatir o a matar, o que mostraban alguna debilidad, se los trataba de manera despiadada».

«Las emociones no estaban permitidas», continuó. «Por ejemplo, un niño de nueve años lloraba porque echaba de menos a su madre y le mataron por eso».

Los despojos de la guerra

Según dónde se encuentren los recursos naturales, los grupos armados que los explotan desarrollan, o no, tendencias separatistas. Habitualmente relacionamos los recursos naturales enclavados lejos de la capital del país con algún movimiento separatista, pues hacerse con el control de unos yacimientos aislados siempre resulta más fácil. Ejemplos de ello son Indonesia (Aceh), Nigeria (delta del Níger), Sudán (Sudán del Sur) e Irak (Kurdistán). La tendencia a la rebelión también es mayor cuando una región está separada del continente, pertenece una etnia distinta, o está regida por un Gobierno con el que tiene pocos vínculos históricos (Aceh, Bougainville, Cabinda, las regiones montañosas de Birmania, el Sáhara Occidental).

Las piedras preciosas del sur de Asia han servido para financiar poderosos movimientos político-militares. En Birmania, las tribus de las montañas se enfrentaron al Estado con la ayuda de los beneficios procedentes de la venta de jades y rubíes. En el caso de los Jemeres Rojos, los rubíes complementaron los beneficios de la madera que les permitieron seguir luchando después de abandonar el poder. (Pol Pot hizo hincapié en que era «imprescindible encontrar formas de aprovechar los recursos naturales que hay en nuestras zonas liberadas y semiliberadas como activos que se puedan utilizar en la lucha»).

Varios de los conflictos que acabamos de mencionar fueron también especialmente intensos porque los ingresos procedentes de los recursos naturales reforzaron a más de un bando. La junta militar birmana permaneció en el poder en parte porque vendía gas natural a sus vecinos y utilizaba el dinero así obtenido para combatir la insurgencia campesina. En la Camboya de Pol Pot, los dos bandos de la guerra se financiaban con la venta de madera. Es todavía objeto de debate dilucidar cuál de los dos bandos ganó aquella guerra, pero, sin duda, los auténticos vencidos fueron los bosques: un estudio calcula que la cubierta forestal de Camboya se redujo a la mitad durante la contienda bélica. Y el conflicto protagonizado por ISIS, Irak y el pueblo kurdo desde 2014 fue una guerra del petróleo contra el petróleo.

Los dos bandos de la ruinosa guerra civil angoleña contaban con recursos naturales. Durante la Guerra Fría, Angola fue un rompecabezas de intrigas extranjeras. (Hubo un momento en que las fuerzas comunistas cubanas defendían las instalaciones petrolíferas estadounidenses, cuyo petróleo vendió el Gobierno marxista-leninista a Estados Unidos, permitiendo a ese Gobierno comprar armas a la Unión Soviética para combatir a los rebeldes respaldados por los americanos). Al terminar la Guerra Fría, el Régimen angoleño se financió a sí mismo con el petróleo procedente de los yacimientos situados frente a sus costas, y, como vimos antes, el Gobierno utilizó esos beneficios para crear una estructura capaz de encerrar a miles de personas (en su mayoría habitantes de la capital) en una serie de jerarquías de dependencia clientelista. Mas para los campesinos angoleños el Gobierno era como si no existiese. El Régimen, que tenía el dinero del petróleo, no sentía ninguna necesidad de mantener el orden en el empobrecido interior del país ni de proporcionarle servicios públicos. Y en el interior surgieron los problemas.

En la década de 1990, la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) se apoderó de la mayoría de las lucrativas minas de diamantes que hay en el país, y con el dinero de la explotación minera pertrechó a una gran fuerza militar que se convirtió en una peligrosa amenaza para el Estado. El control de los yacimientos de diamantes por parte de UNITA fue una operación a gran escala; en un determinado momento, esta organización contrató a cien mil mineros zaireños para aumentar la capacidad extractora. El conflicto civil resultante fue largo, sangriento y nefasto para la población. Shaxson describe una ciudad angoleña tras un ataque de la UNITA:

Edificios de cuatro pisos cubrían el suelo como si los hubieran machacado balas de cañón gigantes; los bloques de apartamentos no tenían fachada; las antaño hermosas paredes pintadas de rosa estaban llenas de agujeros de bala y de impactos de granada […] Muchos niños pequeños tenían heridas en los brazos, las piernas y la cabeza. «Mira mis heridas de metralla», dijo el pequeño y astuto Bruno, que marchaba junto a mí, dándose golpecitos en la cabeza y guiándome la mano para que notase el chichón que tenía en el cuero cabelludo, dentro del cual, me aseguraba con orgullo, aún había trozos de metal. En el hospital pude ver los dientes de una niña a través de un agujero que tenía en la mejilla, causado por una úlcera sin tratar. Cerca de allí, los alumnos de una escuela estudiaban química con los AK-47 a mano; en la calle, un círculo rojo advertía de la presencia de un obús sin estallar […] Algunos vecinos se habían vuelto locos. Un equipo de la televisión angoleña filmaba a un demente con heridas de guerra que se arrancaba trozos de carne de su propia pierna y se los comía.

Al cabo de muchos años, el Gobierno (el dinero del petróleo) ganó la guerra civil, pero a un coste muy elevado. A finales de la década de 1990, tres cuartas partes de los angoleños vivían con menos de un dólar al día, la esperanza de vida era de sólo cuarenta y cinco años, y más de tres millones de civiles habían sido desplazados. La guerra terminó en 2002, y todavía en 2005 las Naciones Unidas comunicaban que casi la mitad de los niños padecían malnutrición y que menos de la mitad de los adultos sabían leer y escribir.

Con independencia de quién gane o pierda, una guerra civil es una pesadilla para el pueblo. Las carreteras y los hospitales quedan destruidos; los niños no van al colegio ni sus padres a trabajar. Comunidades enteras padecen de inseguridad postraumática. La guerra civil es «desarrollo al revés»: un país tarda unos quince años en recuperar su tasa de crecimiento y, por término medio, la guerra le cuesta a un país en vías de desarrollo treinta años de crecimiento económico.

En 1999, UNICEF publicó un informe comparativo sobre los riesgos que corrían los niños, usando datos basados en la mortalidad entre niños menores de cinco años, la malnutrición infantil, la asistencia a la escuela, la seguridad y la presencia del VIH/SIDA entre los adultos. El informe señalaba que Angola, hacia el final de su larga guerra civil, era el peor país del mundo para ser un niño. Sierra Leona, hacia el final del sangriento conflicto causado por los diamantes, era el segundo a poca distancia. Y, todavía hoy, los datos indican que —en medio de tantas riquezas naturales— Angola es la primera y Sierra Leona la segunda en el índice de niños que mueren antes de alcanzar los cinco años de edad.

La peor guerra del mundo

En Angola, los rebeldes luchaban contra el Gobierno; el conflicto de Sierra Leona lo causaron principalmente los caudillos que saqueaban las regiones desgobernadas de un Estado fallido. La guerra de la República Democrática del Congo combina esos dos elementos. Mencionamos brevemente este conflicto en la introducción, donde vimos que las sirenas de esta remota zona de guerra llevan años retumbando, aunque apenas sean audibles para nosotros, con la bulla de la vida cotidiana en Occidente. El conflicto congoleño es una complejísima historia de refugiados procedentes del genocidio ruandés, invasiones, alianzas y vaivenes de las milicias, las cuales han arremetido salvajemente contra los civiles.

La gran riqueza mineral del este del Congo no fue el desencadenante del conflicto, sino que, a medida que este avanzaba, los minerales pasaron a ser una fuente de financiación cada vez más importante para todos los bandos, incluidas las corruptas unidades del ejército congoleño y las milicias respaldadas por las vecinas Ruanda y Uganda. Una ONG calculó que los minerales conflictivos, en determinado momento de la contienda, llegaron a generar 185 millones de dólares anuales para los grupos armados, incluidas las unidades del ejército. Cuando la extracción de recursos naturales pasó a formar parte de la dinámica del conflicto, el propio conflicto se fue consolidando, pues los beneficios de los recursos naturales se convirtieron también en una fuente de enriquecimiento personal. «“La guerra en este país es un negocio”, dijo un funcionario de Naciones Unidas… “Es como la Mafia. La gente decía que, tras cada operación militar, el comandante en jefe se compraba una casa nueva”».

La guerra del Congo, comparada con otros conflictos contemporáneos, se caracteriza por su magnitud, duración y ferocidad. Un informe asegura que el conflicto congoleño causó más de 5,4 millones de muertes en el transcurso de una década. Ese informe quizá exagere el número de víctimas, que según otras fuentes ronda más bien el millón. Pero sigue siendo una cantidad enorme. El número de muertos contabilizado durante esa fase de la guerra en el Congo es superior al de todas las bajas estadounidenses en todas las guerras juntas en que ha intervenido EE UU. La media más baja de víctimas mortales en el este del Congo durante esa década es de 275 personas al día: eso es como si se estrellara un Boeing 757, sin dejar supervivientes, todos los días, semana tras semana, durante diez años.

La guerra es, incluso en los conflictos modernos, una disparatada historia de terror. La siguiente escena bélica, narrada por Jason Stearns en su libro Dancing in the Glory of Monsters, es verdaderamente sobrecogedora:

Había al menos catorce personas en la casa del jefe cuando llegaron los soldados. Los rebeldes los mataron a todos. Los aldeanos, que habían huido a esconderse entre los matorrales, volvieron a la mañana siguiente y comprobaron horrorizados que a la mujer del jefe, que estaba embarazada, le habían extirpado las vísceras, dejando el feto muerto en el suelo junto a ella. A los hijos del hermano menor del jefe los habían golpeado, hasta matarlos, contra las paredes de la casa. La forma de asesinar a las víctimas era tan elocuente como el número de muertos; los autores de aquella barbaridad sentían una macabra fascinación por la anatomía humana. Los supervivientes contaron que al jefe le habían arrancado el corazón y que los soldados se habían llevado los genitales de su mujer. No les bastaba con matar a las víctimas; también desfiguraban los cadáveres y jugaban con ellos. Destriparon a una mujer haciéndole un corte entre el ano y la vagina, y luego colocaron el cadáver a cuatro patas, con las nalgas apuntando hacia arriba. A otro cadáver le hicieron un tajo a cada lado del estómago, donde introdujeron sus manos. A otro hombre le rajaron la boca hasta las orejas, lo sentaron en una silla y le dejaron un cigarrillo colgando de los labios. Los asesinos querían demostrar a los aldeanos que aquellas serían las consecuencias de cualquier resistencia futura. Matarían a los curas, violarían a las monjas, arrancarían a los bebés del vientre de sus madres y retorcerían los cadáveres como si fueran marionetas.

Entre tantas estadísticas de muertes y tantos relatos grotescos, un congoleño podría recordarnos que, incluso durante la guerra, ha habido innumerables momentos de honradez, generosidad y ternura. Un congoleño podría pedirnos amablemente que no consideremos a los habitantes de su país sólo como víctimas, sino que pensemos que ellos, al igual que nosotros, también buscan a diario la plenitud de la vida humana.

Nigeria está muy lejos de Noruega

Podemos empezar a atar cabos en lo que respecta a los trastornos extractivos. El debate original entre los economistas respecto a una «maldición de los recursos naturales» giraba en torno a si la dependencia de esos recursos era buena o mala para el crecimiento del PIB nacional. Hoy en día casi todos coinciden en que los Estados dependientes de los recursos naturales crecen más despacio que otros Estados o al menos crecen más despacio de lo que debieran. Esa interesante conclusión, teniendo en cuenta lo que sabemos acerca de la corrupción y la guerra, no debería sorprendernos.

El crecimiento del PIB nacional, sin embargo, no es lo que más nos interesa ahora. Para comprender por qué, recurramos a una parábola: la historia del presidente peripatético. Al presidente de un país empobrecido y asolado por la guerra le dicen que han encontrado petróleo frente a sus costas. Lleno de júbilo, firma contratos para extraerlo, y, cuando el dinero del crudo empieza a llenar las arcas del Estado, él las vacía y se lleva hasta el último céntimo. Dejando a sus secuaces al mando, visita otros países para organizar una larga serie de fiestas de gala. Cuando un invitado tiene la indiscreción de preguntarle por la desdichada situación de sus compatriotas, el presidente llama a su ministro de economía para que explique a todos que el PIB nacional está creciendo a un espectacular 50% anual.

Lo que nos interesa es la situación real de los habitantes de los países ricos en recursos naturales, así como las políticas que se aplican en ellos. El hecho de hacer una distinción entre Estados «ricos» y «pobres» en función del PIB per cápita, como es habitual, tal vez nos induzca a error. En ingresos per cápita, Guinea Ecuatorial parece tan rica como España. Pero eso no es más que una ilusión: Guinea Ecuatorial tiene una elite extremadamente adinerada, en tanto que la inmensa mayoría del pueblo llano vive con menos de dos dólares al día.

Es mejor fijarse en el salario medio: los ingresos de una familia normal y corriente en el contexto de la distribución nacional de ingresos. En 2005, por ejemplo, el PIB per cápita de Venezuela, sostenido por el petróleo, estaba a la altura de países con ingresos intermedios, como Bulgaria o Turquía, pero el salario medio era equiparable al de países con pocos ingresos, como Egipto o Marruecos. La habitual distinción entre países «desarrollados» y «países en vías de desarrollo» tampoco resulta adecuada. Algunos Estados en vías de desarrollo se estancan en lo que Collier denomina «trampa de los recursos», y otros retroceden al desindustrializarse y empobrecerse. Aquí llamaremos «ricos» a aquellos países que tienen ingresos per cápita altos y salarios medios altos (por ejemplo, Canadá) y «pobres» a aquellos que tienen ingresos per cápita bajos y salarios bajos (por ejemplo, Zimbabue).

Habíamos empezado por Noruega: una pequeña, educada, rica y estable democracia constitucional con niveles altísimos de participación ciudadana, confianza en las instituciones, y solidaridad social. En Noruega el pueblo era fuerte cuando apareció el petróleo, y el dinero de este lo hizo aún más fuerte. Desde entonces hemos estado observando las patologías políticas que afligen a otros países menos afortunados. Hemos visto por qué las rentas procedentes de los recursos naturales son la fuente de ingresos favorita de los autócratas, por qué ese dinero les permite dividir y gobernar al pueblo mediante la coerción y el clientelismo, por qué el dinero procedente de los recursos naturales va acompañado de todo tipo de corruptelas y por qué genera conflictos armados. Encontramos todas esas patologías políticas juntas en el arquetipo de Estado maldito por culpa de sus recursos naturales: Nigeria.

Nigeria no se encuentra hoy en día entre los países más desestabilizados por los recursos naturales (hablaremos de éstos en otros capítulos). Nigeria, que está intentando encontrar una forma justa de gobierno, eligió en 2015 a un presidente con un orden del día anticorrupción en su primer traspaso democrático del poder. Pero Nigeria no era fuerte cuando apareció el petróleo, y por eso presentaba todos los trastornos típicos de los países engañosamente enriquecidos desde que se convirtió en uno de los principales exportadores de África. Los problemas de Nigeria con el petróleo han sido realmente graves y perniciosos.

Nigeria fue una creación colonial británica. Los ingleses, en 1914, trazaron una frontera nacional alrededor de 350 grupos étnicos cuyas relaciones oscilaban entre la indiferencia y el rencor (había habido, entre otras cosas, esclavitud intertribal). La principal discordancia religiosa siempre ha sido la que hay entre los musulmanes del norte y los cristianos y animistas del sur, el cual se divide a su vez en dos grandes zonas tribales. Tras la independencia, proclamada en 1960, el país no tardó mucho en sumirse en el caos; a ello contribuyeron la ley marcial, unas elecciones fraudulentas, un sangriento golpe de Estado militar y, luego, las matanzas étnicas que dieron lugar, en 1967, a una terrible y virulenta guerra civil en una región cuyo nombre se convirtió en sinónimo de sufrimiento humano: Biafra. Fue en ese momento cuando empezó a emerger el dinero del petróleo.

Entre 1965 y 2000, la venta de petróleo proporcionó muchos ingresos al Gobierno nigeriano (unos 350 000 millones de dólares). Pero, durante ese período, el porcentaje de nigerianos que vivían en la miseria (un dólar al día) se multiplicó. De hecho, la pobreza extrema aumentó considerablemente: del 36% a casi el 70% de la población. Los ingresos procedentes del petróleo no contribuyeron a mejorar la situación; durante aquel período, por el contrario, las condiciones de vida empeoraron bastante. Las desigualdades también se agudizaron. En 1970, los ingresos totales del 2% de los ricos equivalían a los del 17% de los pobres. Hacia el año 2000, ese 2% de los ricos ingresaba lo que el 55% de los pobres.

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