Czytaj książkę: «La madre secreta»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1997 Lee Wilkinson

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La madre secreta, n.º 1037 - enero 2021

Título original: The Secret Mother

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-116-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

DESDE la ventana de su salita, junto al cuarto de los niños, Caroline veía la nieve caer sobre Morningside Heights. Copos suaves y ligeros revoleteaban en el cielo oscuro, depositándose contra el cristal y cubriendo los árboles con un manto blanco.

De repente, sintió un escalofrío. La nieve siempre le hacía recordar. Traía el pasado de vuelta, con toda su crueldad. El paso de los años, ¿no aliviaría el dolor, no cicatrizarían las heridas emocionales como lo habían hecho las físicas?

En el espejo éstas ya no se notaban y ni siquiera podía percibirlas con las yemas de los dedos. Cierto que aún estaba algo demacrada, parecía mayor para su edad, pero, irónicamente, ahora era casi una belleza mientras que antes sólo había sido meramente atractiva.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

–Espero no molestarte –dijo Lois Amesbury, su jefa, siempre educada, además de agradable y amistosa–. Quería decirte que ya está decidido. Mi marido tiene que incorporarse a su puesto en el hospital de Burbeck antes de Año Nuevo, así que nos marcharemos a California durante las vacaciones de Navidad…

La posibilidad de mudarse a la costa oeste se había mencionado y comentado con anterioridad pero Caroline había procurado no pensar en ello.

Hacía más de dos años que los Amesbury, tras oír parte de su historia, se habían arriesgado a contratarla, una mujer callada y de ojos tristes, como niñera de sus gemelas, que ahora tenían tres años. Con ellos se sentía segura y, aunque no era feliz, estaba relativamente a gusto. La mudanza suponía un gran cambio, una separación que Caroline no deseaba.

–Echaré de menos Nueva York –continuó Lois, sentándose frente a ella–, pero estoy deseando ejercer la abogacía en Oakland y seremos casi vecinos de mi familia. Mi madre se muere de ganas de ocuparse de las niñas…

Niñas que habían servido para llenar los brazos vacíos y el corazón destrozado de Caroline.

–Aunque sospecho que las va a mimar demasiado… –Lois percibió la desolación que la joven trataba de ocultar y calló bruscamente. Tras unos segundos continuó con tono práctico–. En realidad he venido a decirte que Sally Dowers me ha llamado para preguntarme si necesitas otro empleo. Conoce a un rico hombre de negocios que necesita una niñera de confianza y está dispuesto a pagar muy buen salario.

»Tiene una niña, aproximadamente de la misma edad que las mías. Es divorciado o viudo, no estoy segura. Aunque eso no importa… la abuela se ocupaba de la niña, pero murió súbitamente hace unos meses. Creo que la niñera que contrataron no le gustaba a la pobre nena, que prefería estar con el ama de llaves. Cuando el padre descubrió lo que ocurría despidió a la niñera; necesita a alguien de confianza que pueda incorporarse de inmediato. Mañana estará en casa, por si quieres ir a verlo.

–Pero yo no puedo incorporarme de inmediato…–protestó Caroline. Lois hizo un elegante gesto de rechazo con la mano.

–Hoy he terminado de recoger en la oficina; estaré en casa hasta que nos mudemos; si decides aceptar el trabajo puedo apañarme sin problemas. Has sido una bendición para nosotros y te estoy muy agradecida. Por eso preferiría verte establecida antes de que nos marchemos.

»Él se llama Matthew Carran. Vive en el edificio Baltimore, en la Quinta Avenida. Aquí tienes el teléfono y la dirección –dijo, pasándole una hoja de papel–. Bueno, tengo que dejarte. Vamos a un concierto en el Octagon Hall, a no ser que esté nevando demasiado…

Aunque Caroline aceptó el pedazo de papel automáticamente, no había oído una sola palabra desde el nombre Matthew Carran.

Los latidos del corazón le resonaban en los oídos, y una profunda oscuridad amenazaba con engullirla. Cuando la puerta se cerró, inclinó la cabeza y la puso entre las rodillas. Segundos después, se le pasó el mareo y se irguió en el asiento. Era casi increíble que el hombre que necesitaba una niñera con urgencia fuera el único para el que no podía trabajar.

¿Sería el mismo hombre? La dirección era distinta. Matthew era un nombre bastante corriente pero Carran no, y todo lo demás encajaba: Sí, tenía que serlo.

Según sus últimas noticias, la madrastra de Matthew cuidaba de su nieta, un bebé, y él estaba a punto de casarse. Pero parecía que ahora estaba viudo o divorciado y, al morir la abuela, la niña había quedado en manos de una niñera. Con angustia, Caroline recordó las palabras de Lois Amesbury: «Creo que la niñera no le gustaba a la pobre nena».

Caroline cerró los ojos con fuerza y se clavó las uñas en las palmas de las manos, luchando contra las lágrimas. Deseó que su situación fuera distinta, pero lo cierto era que en unas semanas estaría sin trabajo y sin casa.

¿O quizá no? Matthew no la relacionaría con el nombre Caroline Smith; cuando la conoció se llamaba Kate Hunter. Y no había muchas posibilidades de que la reconociera físicamente. Ella misma se sorprendía cuando pasaba ante un espejo y éste le devolvía la imagen de una extraña. Cuando tenía veintidós años pesaba unos nueve kilos más, tenía el pelo corto, rubio y rizado. Ahora lo llevaba largo, liso y de su color natural, castaño ceniciento. Entonces era joven, fresca y de curvas sensuales. Ahora era vieja, si no en años, sí en experiencia, estaba delgada, casi huesuda, y su brillo se había extinguido.

No, no la reconocería. Había sufrido tantas operaciones de cirugía plástica que ni su propia madre la hubiera reconocido.

Era demasiado arriesgado. Aún recordaba su mirada, el desprecio y condena de su expresión la última vez que se vieron. Pero el intenso deseo de volverlo a ver, la necesidad de conocer a su hija, le dolía casi físicamente.

No podía hacerlo. Sería una locura. Reabriría todas sus heridas y destrozaría la escasa paz de espíritu que había recuperado.

Pero conseguir ese trabajo de niñera sería la respuesta a todas sus oraciones.

Esa clara y fría mañana, la Quinta Avenida estaba desbordada de tráfico y peatones, sus brillantes tiendas y lujosos escaparates rivalizaban con la luz del sol. En las esquinas de las aceras había montones de nieve sucia y gris, pero el Central Park parecía un paraíso invernal y había gente patinando en el lago y en la pista de hielo Rockefeller.

Descubrió que el edificio Baltimore tenía vistas al parque. De pie en el vestíbulo de mármol, bajo una impresionante lámpara de araña, Caroline admitió que se estaba comportando como una estúpida. Pero la posibilidad de conseguir el más profundo deseo de su corazón era más fuerte que ella.

Tras una noche casi insomne, después de dar el desayuno a las gemelas, marcó el teléfono que Lois Amesbury había anotado, esperando, ansiosa, oír la voz de Matthew. Fue una decepción escuchar la voz de una mujer con fuerte acento irlandés, que se identificó como ama de llaves del señor Carran. Caroline expuso la razón de su llamada y poco después el ama de llaves volvió al teléfono.

–El señor Carran estará encantado de recibirla a las nueve y media, señorita Smith. Me ha dicho que venga en taxi y él le reembolsará el importe.

Caroline tenía tiempo de sobra y pensó que caminar un rato la tranquilizaría, así que se bajó del taxi unas manzanas antes de llegar a su destino. Eran casi eran las nueve y media cuando, junto a los ascensores, tuvo que reconocer que su estrategia había fallado: tenía el estómago revuelto y los nervios a flor de piel. Pulsó el botón que la llevaría al ático del piso sesenta y cinco. El rápido ascensor se puso en marcha y ella sacó unas gafas de montura oscura del bolso y se las puso. Aunque ya no le hacían falta para disimular la cicatriz que había cruzado su cara, pasando por la nariz y elevándose hasta el ojo, prefería usarlas. Eran algo tras lo que ocultarse. Los cristales tintados alteraban el claro color aguamarina de sus ojos, volviéndolo de un azul más oscuro; eso la proporcionaría una migaja más de confianza, que necesitaba con desesperación.

El ama de llaves, de mediana edad, abrió la puerta y aceptó su abrigo, que colgó en el perchero del vestíbulo.

–El señor Carran la espera en su estudio –dijo, mirando con aprobación el moño clásico, el vestido recto de lana y las botas de la recién llegada–. Es aquella puerta de la izquierda.

Caroline cruzó el recibidor, lujosamente alfombrado, con paso tembloroso. Llamó a la puerta y esperó.

–Entre.

Tras casi cuatro años, la voz profunda y poderosa le resultó dolorosamente familiar. Tragó saliva; su mano, recubierta de sudor frío, resbaló en el pomo. Finalmente consiguió abrir la puerta y entrar en el estudio, cuyas paredes estaban recubiertas de libros.

Matthew Carran estaba sentado tras una brillante mesa de oficina, con un bolígrafo dorado en la mano y un montón de papeles ante sí. No llevaba chaqueta y se había aflojado la corbata, como si le molestara el traje. Las mangas arremangadas de su camisa dejaban al descubierto unos brazos delgados y musculosos, matizados por un suave vello oscuro.

Al verla se puso en pie y se quedó parado, sin hablar, mirándola de arriba a abajo lentamente.

Parecía más alto, los hombros aún más anchos bajo la camisa de rayas finas; pero el rostro anguloso y duro, el pelo negro como el carbón y sus preciosos ojos verde dorado no habían cambiado.

Aunque se había creído preparada, una oleada de emoción la inundó. La habitación comenzó a dar vueltas y la misma sensación de mareo de la tarde anterior amenazó con engullirla. Agachó la cabeza, se mordió el labio con fuerza y se concentró en el dolor para no perder el conocimiento.

–¿Está bien? –preguntó él.

–Sí… –dijo, levantó la cabeza y tragó saliva, notando el sabor salado de su propia sangre–. Muy bien, gracias.

–¿Quiere sentarse?

Ella, agradecida, se hundió en la silla y él volvió a ocupar su lugar tras la mesa.

–Está muy pálida. ¿Ha estado enferma? –preguntó con un tono de genuina preocupación.

–No –era la verdad y no añadió nada más.

–¿Se ha tomado muchos días libres cuando trabajaba para la señora Amesbury?

–Acordamos que libraría un día a la semana y fines de semana alternos –replicó ella– y alguna que otra noche si me parecía necesario –añadió, aunque nunca había hecho uso de esa opción.

–Me refería a días por enfermedad y cosas así.

–Ninguno. Tengo muy buena salud –«ahora», pensó.

–Si está pensando en trabajar para mí debemos conocernos mejor. ¿Qué puede contarme de sí misma? –inquirió él, tras estudiar el delicado óvalo de su rostro. Antes de que ella pudiera replicar añadió–. Tiene un acento agradable, pero parece más británico que americano.

Caroline se puso rígida. No había contado ni con su voz ni con su acento.

–¿Es inglesa? –preguntó él impaciente, al verla dudar.

–Nací en Londres, pero tengo doble nacionalidad.

–Cuénteme algo sobre sus padres –ordenó. Ella lo miró sorprendida–. La historia familiar de una persona es importante –explicó él.

Él nunca llegó a saber nada sobre su pasado, así que responder no suponía ningún peligro.

–Mi padre, nacido en Nueva York, era escritor y periodista. Trabajando en Londres conoció a mi madre, que era reportera gráfica. Se casaron y yo nací un año después. Vivimos en Londres hasta que cumplí los quince años, luego vinimos a Nueva York.

–¿Es hija única?

–Sí. Lo único que lamento es no haber tenido hermanos.

–O sea que tuvo una infancia feliz.

–Sí, mucho. Supongo que algo bohemia, pero siempre me sentí cuidada y querida.

–¿Sus padres viven todavía en Nueva York?

Caroline negó con la cabeza.

–Estaban haciendo un reportaje sobre un incendio en una planta química de Nueva Jersey; hubo una explosión y murieron.

–¿Hace cuánto tiempo?

–Ocurrió durante mi último año de universidad.

–¿Le importa decirme que edad tiene ahora?

–Casi veintiséis –respondió ella, tras dudar ligeramente. Por la expresión de él, comprendió que le había calculado mucha más edad.

–¿Cuánto tiempo lleva trabajando de niñera?

–Desde que acabé la universidad –replicó ella, sintiéndose culpable al mentir, pero esperando acabar así con el interrogatorio.

La verde mirada de Matthew Carran recorrió su rostro. Sus ojos siempre habían tenido el poder de acariciar o fulminar. Ahora, como si hubiera adivinado que mentía, sólo podían describirse como glaciales. Tras un instante de silencio, cambió el rumbo de las preguntas.

–¿Ahora le exigen que lleve uniforme?

–No –dijo ella. Lois Amesbury había estado a favor de una cierta informalidad en su relación de trabajo.

–¿Tendría alguna objeción a llevar uno?

Caroline, disgustada por la idea, pero consciente de que no sería conveniente decirlo, se mordió el labio.

–No –contestó.

–¿Qué la impulsó a convertirse en niñera?

–Me gustan los niños –dijo. Era la verdad, siempre le habían gustado.

–Quizás piensa que ser niñera es una forma fácil de ganarse la vida –sugirió él, con voz sedosa.

–Nunca he pensado eso –barbotó ella, herida–. Ser niñera no es una forma fácil de ganarse la vida. Simplemente es el trabajo que más me gusta.

–¿Qué cualificaciones tiene, aparte de «que le gustan los niños»?

–He aprobado todos los cursos exigidos de educación, cuidado y dieta infantil.

–¿Qué dos cosas diría usted que son las más importantes en la vida de un niño?

–Seguridad y cariño –respondió ella sin dudarlo.

Durante un instante pareció que a él lo invadiera una intensa emoción, pero se desvaneció rápidamente, dejando su delgado y moreno rostro vacío de expresión. Caroline, incapaz de mirarlo a los ojos, le miró las manos. Eran delgadas, bonitas y musculosas, de dedos largos y con uñas bien cuidadas.

–¿Fuma? –preguntó él, de repente.

–No –parpadeó ella.

–¿Bebe?

–No.

–Pero, sin duda, … ¿habrá algún hombre en su vida?

Era casi como si la estuviera acosando y ella deseó intensamente no haberse puesto en esa situación.

–No.

–Vamos, por favor… –dijo él, estrechando los ojos.

–No sabía que tener un hombre en mi vida fuera un requisito –espetó ella, dejándose llevar por su genio. Un segundo después, maldijo su estupidez. ¿Por qué enfrentarse a Matthew Carran cuando quería ese trabajo con desesperación?

–Me sobran los sarcasmos, señorita Smith –replicó él, con dureza.

–Lo siento. Pero, ¿no cree que tengo derecho a mi vida privada?

–Todo el mundo tiene derecho a su vida privada. Sólo quiero asegurarme de que la suya no entrará en conflicto con sus obligaciones. Cuando la abuela de Caitlin murió, tuve que contratar a una niñera y cometí un gran error… –con los labios apretados y duros, continuó–. No tengo intención de cometer otro.

Caitlin, pensó Caroline, con el corazón a punto de estallar. La habían llamado Caitlin. La tensión había recubierto su cara de una fina película de sudor; al notar que las gafas se resbalaban las empujó hacia arriba.

–¿Por qué lleva gafas?

La pregunta, un ataque rápido como el de una serpiente de cascabel, la desconcertó.

–¿Perdón? –balbució.

–Le he preguntado que por qué lleva gafas.

–Porque… porque las necesito.

Él se levantó, se inclinó hacia ella y, sin pedir permiso, le quitó las gafas. Rígida por la impresión, intentó mantener la calma mientras él miraba atentamente sus claros ojos aguamarina.

Ansiedad, dolor, soledad, tristeza… fuera lo que fuera lo que vio en ellos no reflejó en su mirada ni un ápice de comprensión ni de haberla reconocido. Caroline dio las gracias a su ángel de la guarda, quienquiera que fuese. Prematuramente, ya que un segundo después Matthew levantó las gafas y miró a través de ellas.

–¿Por qué necesita unas gafas que no son más que cristal tintado? –preguntó. Se las devolvió y ella se las puso apresuradamente.

–Yo… pensé que sería mejor parecer algo mayor –tartamudeó, sin saber qué decir.

–Parecer mayor no la convierte en mejor candidata –gruñó él, con voz gélida.

La tensión la estaba provocando un agobiante dolor de cabeza y, convencida de que nunca conseguiría el puesto, se sintió vacía y desesperada. Comenzó a erguirse, deseando escapar de esos ojos despiadados.

–Bueno, si ha decidido que no soy la persona adecuada…

–Por favor, siéntese –ordenó él secamente–. No he decidido nada similar. Se sentó, temblorosa y él continuó–. Mientras usted venía hacia aquí sostuve una larga conversación con su actual jefa…

Hizo una pausa, como si quisiera mantener el suspense; con cada segundo que pasaba Caroline se ponía más nerviosa.

–Me comunicó que lleva con ellos más de dos años y me dio muy buenas referencias –comentó– ¿Para quién trabajó antes? –preguntó, justo cuando Caroline suspiraba con alivio.

–¿Antes?

–Antes de la señora Amesbury.

Ella comprendió, demasiado tarde, que al decirle que era niñera desde que dejó la universidad se había metido en un buen lío.

–Bueno, yo… –tartamudeó.

–Supongo que se acuerda ¿no? –insistió Matthew. No pensaba darle ni un respiro.

–Con el señor Nagel –improvisó ella, odiando mentir, pero sabiendo que no tenía otra opción–. Cuidé de su niño cuando su mujer los abandonó…

–¿Y?

–Ella volvió y se reconciliaron, así que ya no me necesitaban –dijo ella. Notó que le miraba las manos, que ella se retorcía con nerviosismo, e hizo un esfuerzo por calmarse.

–¿Tiene carta de recomendación del señor Nagel?

–Me temo… creo que la he perdido.

Él le lanzó una mirada escéptica que dejó bastante claro que no se creía ni una palabra. Caroline notó que un rubor de culpabilidad invadía sus mejillas.

–Supongo que sería satisfactoria, o los Amesbury no la habrían contratado –dijo él, y comenzó a golpear la mesa con el bolígrafo–. Muy bien, siempre que Caitlin esté de acuerdo, el puesto es suyo, con un mes de prueba –anunció. Ella lo miró, los pálidos labios entreabiertos; serio, continuó hablando–. Estoy dispuesto a concederle el mismo tiempo libre que tenía en su anterior empleo y, si sigue aquí tras el periodo de prueba, dos semanas de vacaciones pagadas. El salario será de… –mencionó una cantidad muy generosa– y disfrutará de una suite muy confortable al lado del cuarto de la niña.

Ella se quedó callada, y siguió mirándolo fijamente.

–Parece sorprendida. ¿Es que ya no quiere el trabajo? –preguntó con brusquedad.

–No… no es eso… No esperaba que me lo ofreciera.

–¿Por qué no?

–Me ha dado la impresión de que no le gustaba.

–Nunca he creído necesario que me gustara la niñera –repuso él con sorna. Al ver que ella se sonrojaba intensamente continuó hablando–. Lo único que importa es que le guste a Caitlin. Es una niña alegre y buena, bastante adelantada para su edad. Ahora está a cargo de mi ama de llaves, la señora Monaghan, y según ésta la niña no da ningún problema.

»Aun así, es demasiado trabajo así que, si todo va bien y acepta mi oferta, quiero que empiece mañana.

–¿Con uniforme? –preguntó Caroline, sin poder evitar cierta aspereza en su tono.

–No será necesario –respondió Matthew tras unos momentos de deliberación. La miró a los ojos–. Antes de seguir adelante, ¿tiene alguna pregunta que hacerme?

Ella, con la cabeza hecha un torbellino, no respondió.

–¿Ya está al tanto de todo? –insistió él.

–Sólo sé lo que me contó la señora Amesbury –consiguió balbucir.

–¿Y qué le contó la señora Amesbury? –inquirió él. Sonaba molesto, como si sospechara que habían estado cotilleando sobre su vida.

–Sólo que es viudo o divorciado y que su hija tiene unos tres años.

–Me temo que eso no es muy exacto. No soy viudo ni divorciado…

Así que debía de seguir casado… Casado con Sarah…

–Y Caitlin no es mi hija. Mi madre murió poco después de nacer yo; mi padre volvió a casarse cuando yo tenía nueve años. Su segunda mujer tenía un hijo de tres. Caitlin es hija de mi hermanastro –hizo una pausa–. De hecho, nunca he estado casado.

–Oh, pero yo creía que… –Caroline calló abruptamente, mordiéndose la lengua.

–¿Qué creía usted, señorita Smith?

–Nada… de veras –negó ella con la cabeza. Los ojos de Matthew brillaron tras sus espesas pestañas y creyó que iba a insistir, pero él cambió de tema.

–Bueno, si no tiene ninguna pregunta quizás le gustaría echar una ojeada a su habitación y conocer a Caitlin.

Caroline se levantó, agitada, e intentó controlar su febril excitación, mientras Matthew avanzaba hacia ella. Era alta para ser mujer, medía un metro setenta, pero él, que superaba el metro ochenta, parecía dominarla como una torre.

De pronto, ella empezó a temblar; al levantar la mirada hacia el moreno rostro, la fuerza de sus sentimientos por él la desestabilizó del todo.

Después de tanto tiempo, había tenido la esperanza de no ver más que un hombre que había conocido y amado en el pasado, alguien sin importancia; había rezado por que fuera así. Pero no, su instinto seguía clamando que aquel hombre era la otra mitad de su ser, quien la completaba y convertía en un todo.

–Ahora que ha quedado claro que no necesita las gafas, ¿podría quitárselas? –sugirió él–. Es una pena esconder unos ojos tan bellos –añadió secamente, como si sus palabras fueran cualquier cosa menos un cumplido. Incapaz de pensar en una razón para negarse, Caroline se las quitó y las guardó en el bolso sin mirarlo, intentando ocultar sus sentimientos.

Él abrió la puerta, le puso una mano en la cintura y la guió suavemente hacia la sala de estar.

Verlo la había impresionado profundamente y el contacto de su mano, aunque ligero e impersonal, resultó devastador; se quedó sin respiración y se le aceleró el pulso.

El piso de Matthew, a pesar de su amplitud y elegancia, tenía una aire hogareño y acogedor. Había varios juguetes tirados sobre la alfombra y delante del ventanal se veía un caballito de madera, montado por una muñeca de trapo con trenzas amarillas.

–El cuarto de juegos y el dormitorio de la niña están por aquí –dijo, conduciéndola a través de un arco a otro vestíbulo–. Y, si acepta el trabajo, estás serán sus habitaciones –añadió, empujando una puerta.

La lujosa suite, compuesta de salita, dormitorio, baño y una mini cocina, estaba amueblada con un gusto exquisito y contaba con todos los adelantos modernos. Ella habría aceptado el trabajo aunque le hubieran ofrecido un sótano infestado de ratas. Ahora todo dependía de Caitlin y Caroline se sintió desesperanzada. ¿Cómo podía esperarse que una niña tan pequeña, que ya había pasado por una niñera que no le gustaba, aceptara a una desconocida?

–Ahora, si quiere conocer a Caitlin…

Matthew se dirigió hacia la cocina, grande y aireada, donde la señora Monaghan vigilaba a la niña mientras preparaba café.

La pequeña, vestida con una camiseta de algodón de manga larga y un peto de vivos colores, estaba acostando a una muñeca en un cochecito. Cuando entraron, levantó la cabeza y corrió a abrazarse a las piernas de Matthew.

–Dile hola a la señorita Smith –pidió él, revolviéndole el pelo oscuro–. Si somos agradables con ella, a lo mejor se queda a vivir aquí, para cuidarte –explicó, con voz de conspiración.

Caitlin le soltó y se volvió para mirar con solemnidad a la recién llegada. Caroline se puso en cuclillas y sonrió temblorosa a la niña, con el corazón a punto de estallar. Era una criatura preciosa, con la piel sonrosada como un melocotón, hoyuelos en las mejillas y bonitos ojos azul verdoso, enmarcados por largas pestañas. Durante unos segundos, se miraron sin hablar.

–¿Tú quieres venir a cuidarme? –preguntó Caitlin con su aguda vocecita infantil.

–Desde luego que sí. Verás, he estado cuidando a dos niñas que han tenido que irse a vivir a otro sitio y me encantaría tener otra niña a quien cuidar –consiguió responder Caroline, con voz ronca.

Caitlin consideró la respuesta un par de segundos, se marchó corriendo y volvió enseguida con un oso de peluche marrón de expresión agresiva, que llevaba una bufanda a rayas, rojas y verdes.

–Éste es Barnaby –dijo, poniendo al oso en brazos de Caroline.

–Hola, Barnaby.

–Es un chico.

–Un oso con mucho carácter, ya lo veo. ¿Lo molestará que le dé un abrazo?

–Le gusta que lo abracen –confió Caitlin, apoyándose en la rodilla de Caroline.

–También le gusta echarse la siesta a media mañana –sugirió Matthew, mirando al ama de llaves.

–Vamos, bonitos –dijo la señora Monaghan levantando a la niña y al oso en brazos–. Es hora de echar un sueñecito.

Cuando el trío se marchó, Matthew puso una mano bajo el codo de Caroline y la ayudó a levantarse.

–Gracias –dijo ella–. Me hubiera gustado estar con Caitlin un rato más –añadió, intentando ocultar su decepción.

–Tendrá tiempo de sobra en el futuro.

–¿Quiere decir que…? –preguntó ella, sin dar crédito a sus oídos.

–Quiero decir que le ha gustado a Caitlin.

–¿Cómo lo sabe?

Durante un instante, los ojos verde dorado se suavizaron con una mirada risueña.

–Sólo la gente que le gusta de verdad llega a conocer a Barnaby. ¿Acepta el trabajo?

–Sí… Claro que sí –exclamó ella con alegría.

–Entonces, tomaremos un café y la llevaré a casa de los Amesbury para que recoja sus cosas. Así podrá instalarse esta tarde y empezar a trabajar mañana.

Caroline apenas podía creer en su buena fortuna; pero, incluso mientras se congratulaba, una voz de precaución le recordaba insistentemente que no podía dejarse cegar por la alegría. Estar allí era peligroso. Cada minuto que pasara en compañía de Matthew aumentaba el riesgo de delatarse; debía evitarlo en lo posible y rezar para que nunca sospechara su verdadera identidad.

Capítulo 2

BUENAS noches y que Dios te bendiga –dijo Caroline, arropando a Caitlin y a Barnaby.

–¿Ha llegado ya papá?

Matthew llevaba dos semanas de viaje de negocios, y regresaba esa noche, justo a tiempo para la Navidad.

–No, no llegará hasta muy tarde. Pero si te duermes como una niña buena, cuando llegue le diré que entre a darte un beso.

–¿Me cuentas el cuento del sapo? –suplicó Caitlin. Estaba cansada y se le cerraban los ojos.

–Bueno, pero sólo si lo escuchas con los ojos cerrados –accedió Caroline, derritiéndose de amor.

Obediente, la niña cerró los ojos y se metió el dedo pulgar en la boca.

Caroline, sentada al borde de la cama y débilmente iluminada por una lámpara con forma de conejito, comenzó el cuento que, después de un mes, se había convertido en el favorito de Caitlin.

–Había una vez un príncipe muy guapo…

–¿Cómo se llamaba?

–Se llamaba Matthew…

Esa parte se había convertido en una rutina; siempre la misma pregunta, la misma respuesta y las mismas risitas porque, la primera vez, cuando Caroline preguntó «¿Cómo crees tú que se llamaba?» Caitlin había elegido el nombre de Matthew sin dudarlo.

–Bueno, una bruja mala había convertido al pobre Matthew en sapo y la única forma de romper el hechizo era que lo besara una bella princesa. Una mañana, cuando saltaba por el bosque…

Era un cuento de su infancia y Caroline se lo sabía de memoria. Las palabras le sonaban relajantes, familiares, permitían que su mente echara a volar… Parecía increíble que sólo hubiera transcurrido un mes desde que Matthew insistió en llevarla a Morningside Heights a por sus cosas.

Mientras él hablaba con Lois Amesbury ella hizo el equipaje, todas sus posesiones cabían en una maleta, y se despidió de las gemelas. Con la perspectiva de cuidar a Caitlin, despedirse de la familia no fue tan terrible como temía.

La señora Monaghan había sido la amabilidad en persona y Caroline se integró perfectamente en la vida del ático. Para su alivio, no oyó ningún comentario sobre la prometida de Matthew y cada día había estado lleno de una felicidad que no había esperado volver a encontrar. Aunque le daba a Caitlin todo el amor y atención que necesitaba, intentaba evitar que la niña pasara a depender de ella por completo; sabía que el futuro era incierto.

Fue una bendición, al menos eso se decía, no ver mucho a Matthew después de los primeros días. Al principio él la vigilaba atentamente, como un gato a su presa, pero cuando comprobó que se había ganado el afecto y confianza de la niña, se dedicó a poner al día montañas de trabajo atrasado, antes de emprender su viaje a Hong Kong.

Sin su dinámica presencia el piso parecía vacío, falto de vida, calidez e intensidad. Aunque Caroline se sentía más segura cuando él estaba lejos, también ansiaba verlo, oír su voz y saber que estaba al alcance de la mano…

–Y la bella princesa dijo «Sapo de piernas torcidas, sapito, abre la puerta, te lo suplico».

Caitlin se había dormido, así que Caroline calló, le quitó la mano de la boca suavemente y, tras arroparla, le dio un beso en la mejilla. Encendió el intercomunicador, para oír a la niña si se despertaba, y con una tierna sonrisa en los labios se volvió hacia la puerta; asustada, dio un respingo.

La alta figura que se apoyaba en el umbral se estiró.

–Lo siento –se excusó Matthew, burlón–. ¿Te he asustado?

–Yo… Nosotras, no esperábamos que llegaras a casa tan temprano –tartamudeó ella, preguntándose cuánto tiempo llevaba escuchando.

Todavía llevaba puesto un traje oscuro, de trabajo, y su fino rostro parecía tenso, como si el viaje hubiera sido demasiado intenso incluso para su energía inagotable. Caroline deseó darle un cálido abrazo de bienvenida pero, según lo pensaba, notó un destello peligroso en sus ojos, que la alarmó. Entró en la habitación y ella intentó escurrirse hacia fuera, pero él la agarró de la muñeca.

–No te vayas…–dijo. Se agachó para darle un beso en la frente a Caitlin y condujo a Caroline hacia el cuarto de juegos, donde brillaba una lamparilla–. Tenemos un asunto pendiente.

–¿Un asunto pendiente? –ella, alarmada por su expresión y por la creciente tensión, intentó soltarse. Sólo consiguió que la presión se acentuara, tanto que creyó que iba a romperle los huesos. Él se acercó.

–Supongo que la bella princesa tiene que besar al pobre sapo, ¿no? –sugirió con voz sedosa, acercándose a ella.

–No es más que un cuento que le gusta a Caitlin –dijo ella con ligereza, intentando dominar el pánico que le produjo sentirse arrinconada.

–Ah, pero los cuentos tienen que tener un final feliz, y si tenemos en cuenta que soy el protagonista…

Su rostro estaba a sólo unos centímetros de distancia. Ella miró su boca, austera pero sensual, y recordó con abrumadora claridad la sensación que podía provocar sobre la suya. Una traicionera oleada de calor recorrió su cuerpo.

–No creo que se me pueda considerar una bella princesa –respondió a duras penas.

–Puede que no seas una princesa, pero sin duda eres lo suficientemente bella –dijo él, con tono de enfado.

–Oh, por favor, Matthew… –gimió ella, aterrorizada de lo que podría ocurrir si la tocaba. Él ignoró su súplica, tomó su rostro entre las manos y aplastó la boca contra sus labios.

Su mente quedó en blanco y sintió que se derretía; si no hubiera estado apoyada contra la pared, habría caído al suelo. El roce de su piel, sus besos, eso era lo ansiaba desesperadamente.

Cuando él levantó por fin la cabeza, ella tardó unos segundos en recuperar la estabilidad y en darse cuenta de que él respiraba con agitación, como si acabara de echar una carrera. Sabía que sólo la había besado dejándose llevar por un inexplicable ataque de ira, y sintió gran satisfacción al comprobar que el beso no lo había dejado totalmente frío.

–Vaya, vaya, vaya… –farfulló él, con cierta dureza en la voz–. ¿Quién hubiera supuesto que una niñera de pinta tan estirada fuera capaz de tanta pasión?

–Por favor, déjame marcharme –suplicó ella, aterrorizada de que su reacción le hubiera traído recuerdos que era mejor olvidar–. No tienes ningún derecho a tratarme así.

–¿Puedo alegar que me has provocado? –se echó a reír, burlándose de ella–. ¿Quieres que te prometa no volver a tocarte?

–Preferiría que lo hiciera, señor Carran.

–¿Por qué tan formal? Hace un momento me llamaste Matthew.

–Lo siento… no era mi intención… estaba nerviosa –dijo, con una punzada de miedo.

Él todavía le sostenía el rostro entre las palmas de las manos, y deslizaba los pulgares de un lado a otro de sus mejillas en un gesto que, más que una caricia, era expresión de su ira.

–Dime, señorita Smith, si me resulta imposible no ponerte las manos encima, ¿qué harás?

Ella deseaba responder que se marcharía, pero la idea de estar lejos de allí hizo que se le encogiera el corazón.

–¿Te irías?

De alguna manera debía haber adivinado que nunca se iría voluntariamente, pensó ella agitada, y estaba pinchándola a propósito.

–No creo que eso fuera bueno para Caitlin. Acaba de acostumbrarse a mí, y una niña de su edad necesita una cierta estabilidad –apuntó.

Como si la mención de Caitlin le hubiera devuelto la cordura, Matthew dejó caer las manos y dio un paso hacia atrás, con la expresión controlada y fría. Caroline se disponía a correr hacia su habitación cuando volvió a detenerla.

–No desaparezcas –ordenó–. Quiero hablar contigo. ¿Has cenado ya?

–No.

–Entonces podemos cenar juntos y hablar mientras comemos.

–Normalmente ceno en la cocina, con la señora Monaghan. Le parecería extraño que yo…

–¿No libra los viernes por la noche?

Era cierto. Esa mañana había comentado su intención de pasar la noche con su hija casada.

–En cualquier caso, si te sientes más a gusto en la cocina, me reuniré allí contigo después de ducharme y cambiarme de ropa –dijo Matthew con sorna, sin apartar los ojos del expresivo rostro de Caroline.

Había recuperado su habitual actitud fría y disciplinada, y ella se preguntó qué había provocado ese ataque de ira, esa necesidad de dominarla y ridiculizarla. No podía ser sólo por haber utilizado su nombre en un cuento de hadas. Sintió un escalofrío. Él nunca había intentado disimular el hecho de que no le caía bien, pero hacía un momento casi pareció odiarla. Y a pesar de ello la había besado como un hombre arrebatado por la pasión.

En la cocina había comida preparada, y mientras calentaba el estofado de pollo en el microondas y ponía la mesa, la asaltó otra gran duda: ¿De qué quería hablar Matthew? El mes de prueba casi había terminado, ¿había decidido librarse de ella? No, no podía ser eso. Caitlin la había aceptado, él lo sabía y, además, necesitaba una niñera. Entonces, ¿qué? ¿Había descubierto su verdadera identidad? No, en ese caso la habría despedido de inmediato.

Recordaba con toda claridad la mirada de odio profundo que le dirigió aquella noche, cuando, con los labios apretados, le dijo sin levantar la voz, pero con furia devastadora «Quiero que salgas de mi casa a primera hora de la mañana. No quiero volver a verte nunca más». Temblando, intentó apartar el doloroso recuerdo. Eso ocurrió mucho tiempo atrás, y pertenecía a un pasado que procuraba olvidar.

El ruido del picaporte la sobresaltó y el corazón le dio un vuelco al verlo. Se había puesto un polo de color verde oliva y unos pantalones de sport; estaba muy atractivo pero, al mismo tiempo, imponía con su presencia. Su forma de moverse, arrogante y provista de una gracia casi felina, combinada con sus impresionantes ojos, siempre la habían hecho pensar en una pantera negra. Sintió que la boca se le quedaba seca.

–¿Por qué sólo una copa? –preguntó él, sacando una botella de vino blanco de la nevera, mientras ella sacaba el estofado del horno.

–No suelo beber –repuso ella.

–Ya sé que eso es lo que dijiste pero, por esta vez, no te lo tendré en cuenta –dijo él con los ojos nublados de ira, o impaciencia. Se acercó a por otra copa y sirvió vino en las dos. Ella puso un cuenco de arroz blanco y una ensalada sobre la mesa y tomó asiento frente a él. Con toda autoridad, él llenó los dos platos.

Durante un rato comieron sin hablar hasta que ella decidió para romper el silencio para recuperar un ambiente de normalidad.

–¿Has tenido un buen viaje?

–Suenas como si fueras una amante esposa –farfulló él, con una mueca.

–Lo siento. Sólo intentaba ser agradable.

–¿Mientras que yo hago todo lo contrario? –apuntó él, cínico. Y dando uno de esos giros repentinos que parecían destinados a molestarla, añadió–. El día que te contraté mencioné que Caitlin era hija de mi hermanastro.

Aunque era más una afirmación que una pregunta, exigía una respuesta, así que ella asintió con la cabeza.

–No me preguntaste qué fue de él –dijo. La vio palidecer hasta adoptar un tono ceniciento–. Me pregunto por qué.

–No me pareció que fuera de mi incumbencia –repuso ella, escuchando el eco de su propia voz rebotando en su cabeza una y otra vez.

–Te lo diré de todas formas. Hoy hace tres años que murió en un accidente. Por eso estoy de tan mal humor…–explicó. Ella lo miró paralizada, incapaz de hablar, como si estuviera mortalmente herida–. Espero que puedas perdonarme.

–Si, por supuesto. Lo siento –consiguió musitar Caroline tras lo que pareció una eternidad.

–Supongo que no has tenido ningún problema con Caitlin mientras he estado fuera –comentó él, volviendo a llenar las copas.

–No, ninguno. Te ha echado de menos, desde luego, y ha preguntado por ti todos los días.

–¿Me llama papá?

–Sí.

–No la he desanimado porque espero poder adoptarla –sin cambiar de tono de voz, continuó– ¿Has hecho algún plan especial para mañana?

–¿Plan especial?

–Es el cumpleaños de Caitlin.

Caroline tragó saliva, intentando reaccionar al golpe.

–Yo…, no lo sabía. Nadie lo mencionó…–balbució y al ver que el rostro de Matthew se endurecía con ira, añadió– ¿Era de eso de lo que querías hablarme?

–Entre otras cosas. Pero primero hablaremos de eso.

–Mañana, cuando la lleve a la guardería, hablaré con las madres de sus amigos e intentaré organizar una fiesta para por la tarde, con tarta y… –sugirió.

–No será necesario. Antes de salir de viaje, organicé una fiesta en un McDonalds, con tarta, mago y todo lo demás. Irán alrededor de una docena de amigos de Caitlin.

Caroline se sintió como si la hubiera abofeteado, y volvió a tragar saliva.

–Siento que no me lo mencionaras antes… Ni siquiera le he comprado un regalo de cumpleaños.

–No hay ninguna necesidad de que le compres nada.

–Me gustaría hacerlo.

–Muy bien. Si quieres elegir algo, tómate la mañana libre. Estaré en casa todo el día.

–Gracias –contestó ella con sequedad. Después, como si no tuviera ninguna importancia, preguntó–. ¿La llevaras tú a la fiesta?

–Sí. Había pensado llevarla. ¿Por qué? ¿Quieres tomarte todo el día libre?

–No, era sólo una pregunta.

Caroline se levantó y, disimulando su decepción, recogió los platos. Cuando él rechazó con un gesto la tarta de chocolate, llevó la cafetera a la mesa.

–¿Tienes algún plan para las vacaciones? –preguntó él mientras ella llenaba las tazas.

–No.

–Bien. Pensaba pasar las navidades lejos de aquí.

–Entonces, ¿quieres que me quede aquí con Caitlin?

–No, quiero que las dos vengáis conmigo. Soy dueño de un club de campo y de un centro termal en Clear Lake.

Caroline se quedó helada.

–¿Has estado alguna vez en un centro termal?

–No… No sé nada de ese tipo de lugares.

–Entonces ya es hora de que conozcas uno. ¿Sabes nadar?

–No –mintió ella, invadida por el pánico.

–Entonces será la oportunidad perfecta para que aprendas.

La idea de volver a Clear Lake, donde había sido tan feliz, la llenó de angustia.

–No parece que te guste la idea –comentó Matthew, notando su reacción.

–Me pagas para que cuide de Caitlin, no para que aprenda a nadar –protestó ella, diciendo lo primero que le vino a la cabeza.

–Para el año que viene Caitlin sabrá nadar; es mejor que tengas experiencia para poder acompañarla.

Caroline se dio cuenta de que hablaba sobre el año siguiente como si contara con ella, y sintió una oleada de satisfacción.

–Pero alguien tendrá que cuidarla mientras yo…

–«Alguien» lo hará. Es un centro familiar. Además de la plantilla profesional, hay enfermeras y niñeras. El año pasado inauguramos una guardería y un centro de actividades infantiles. Así los niños se entretienen, las niñeras habituales pueden irse de vacaciones –la miró burlón– y los padres disfrutan a su aire. El sistema fue idea mía y me gustaría comprobar personalmente cómo funciona –con tono sarcástico, añadió–: Es decir, si no tienes ninguna objeción.

–No, no tengo ninguna objeción –aceptó ella. Lo que menos deseaba en el mundo era acompañar a Matthew a Clear Lake, pero trabajaba para él y no podía negarse.

–Bien. Entonces está decidido. ¿Puedes estar preparada mañana después de la fiesta? A la edad de Caitlin viajar en coche es muy aburrido, pero si lo hacemos por la noche dormirá gran parte del viaje.

Cuando salieron de Nueva York, a última hora de la tarde, llevaba un buen rato nevando. Copos blancos cubrían las aceras, se adherían a farolas y edificios, y se acumulaban con forma de sombrero puntiagudo sobre los semáforos. Las carreteras estaban despejadas y el viaje, en el todoterreno que Matthew había preferido a su Jaguar habitual, fue cómodo y poco problemático.

Tal y como él había predicho, Caitlin, recién bañada y en pijama, dormía profundamente en un saco de dormir. Durante largo rato, el silencio sólo se vio interrumpido por el ruido del limpiaparabrisas.

Caroline miraba los copos de nieve sin verlos en realidad; pensaba en la fiesta de cumpleaños. Le había puesto a Caitlin un vestido de fiesta y lazos a juego, que ella misma había comprado esa mañana. Cuando Matthew llegó a por la niña sólo había dicho «Vaya, estás preciosa», y eso alivió su desazón.

–¿Puede venirse Caro? –preguntó Caitlin.

–¿Por qué te llama Caro? –espetó él, con voz disgustada.

–Yo se lo sugerí –admitió Caroline.

–¿No crees que «nana» sería más apropiado?

–Pensé que quizás hubiera llamado así a su abuela… algunos niños lo hacen –explicó ella, apurada.

–¿Puede venir, papi? –insistió Caitlin.

–¿Quieres que venga?

La niña asintió con fuerza.

–¿Tienes algo mejor que hacer? –preguntó Matthew, posando sus ojos verdes en el rostro de Caroline.

–No, me encantaría ir –repuso ella con entusiasmo; la posibilidad de asistir la hizo tan feliz que olvidó su precaución habitual.

La fiesta fue un gran éxito. Si Caroline hubiera notado la frecuencia con que Matthew la miraba a ella, en vez de a Caitlin, se habría alarmado; pero estaba tan ensimismada mirando a la niña, que el único momento difícil fue cuando una de las empleadas la llamó «señora Carran» y percibió la mirada helada de Matthew.

–¿Te gustó la fiesta? –preguntó él irónico, como si hubiera adivinado sus pensamientos.

–Oh, sí. Siempre me han gustado las fiestas infantiles –contestó ella con ligereza, intentando no mostrar su emoción–. Ver sus caritas y sus reacciones es fascinante.

–Creí que quizás, al tener que estar pendiente de tantos niños, te habrías arrepentido de ir.

–Oh, no, me encantó.

–Aunque quizás deberías haber llevado uniforme –reconvino él mordaz–. El personal creyó que eras la madre de Caitlin.

Caroline se quedó callada.

–¿Has estado antes en Clear Lake? –preguntó él, dando un súbito giro a la conversación.

–No –mintió ella, inspirando profundamente.

–El paisaje es precioso, con bosques, montañas y manantiales de agua caliente. Es muy popular entre los neoyorquinos; por eso decidí construir el centro termal –con un ligero tono despectivo continuó–: Permite que los hastiados ciudadanos, o al menos los acomodados, se relajen y se dejen mimar en un entorno pintoresco.

–Suenas un poco… despectivo…

–Me encanta el lago, pero el ambiente del club siempre me ha parecido agobiante, por no decir claustrofóbico. Hace un par de meses pusieron en venta una vieja casa que me gustaba y decidí comprarla. Así, cuando haya acabado con las reformas, tendré un sitio realmente mío al que ir cuando necesite escapar de la ciudad.

Caroline se relajó y comenzó a respirar con regularidad, pero la calma sólo duró un instante.

–A mi hermanastro también le gustaba escaparse de la ciudad, pero solía quedarse en un hotel al norte del lago. Estaba allí de vacaciones cuando conoció a la mujer que se convirtió en su esposa. Creo que tuvieron un encontronazo en el vestíbulo del hotel. Fue amor a primera vista, al menos por parte de él. Estaba loco por ella…

Caroline, dolorida, se preguntó por qué razón Matthew le contaba eso. Parecía que estuviera atormentándola a propósito.

–Aunque supongo que no tenía ni idea de cómo era ella en realidad… –añadió Matthew con amargura y enfado–. Lo cierto es que la madre de Caitlin no tenía ni escrúpulos ni moralidad.

Caroline se estremeció. Estaba claro que, a pesar del paso del tiempo, Matthew aún odiaba a su cuñada. Él puso punto final a la conversación encendiendo la radio; el sonido de Puente sobre aguas turbulentas inundó el coche.

Caroline, vacía y emocionalmente agotada, apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. Debió quedarse dormida; cuando abrió los párpados entraban en el lujoso centro termal que vio por primera vez cuatro años atrás.

Entonces había una tormenta de nieve; ahora vislumbró una escena de serena belleza. La nieve cubría todo con un suave manto de blancura y algunos copos revoloteaban suavemente en su caída hacia el suelo, pero el cielo estaba casi despejado. De la zona central partían varios caminos bien iluminados y ante la puerta principal había un árbol de Navidad enorme, adornado con bolas brillantes.

A Caroline la sorprendió que Matthew, en vez de dirigirse a la entrada principal, tomara un camino hacia la izquierda y parara ante un chalet de madera de una sola planta, ligeramente apartado del resto.

–¿Algo va mal? –preguntó él secamente, al ver la sorpresa en su rostro.

–No… Imaginaba que nos alojaríamos en tu apartamento del edificio principal.

–¿Cómo sabes que tengo un apartamento en el edificio principal? –preguntó él, su voz sonó tranquila pero letal.

–Bueno, no, no es que lo sepa, claro… Pero me imaginé… –tartamudeó ella, y calló.

–Lo cierto es que has acertado –admitió–. Dispongo de una suite, pero sólo tiene dos dormitorios; habrías tenido que compartir uno con Caitlin. O conmigo –Caroline se sonrojó profundamente y él añadió con sorna–. No me gustó la primera opción y creí que a ti no te gustaría la segunda.

Matthew abrió la puerta y salió del coche. Ella, molesta y alarmada por su estúpido error, lo siguió.

Caitlin, firmemente sujeta al asiento que compartía con Barnaby, seguía dormida. Matthew levanto a ambos con cuidado y los llevó al chalet, a una pequeña habitación con mobiliario infantil. Después, mientras Caroline la acostaba, salió a por el equipaje.

Caroline encendió el intercomunicador, bajó la luz de la lámpara al mínimo y, tras besar la arrebolada mejilla de la niña, salió a la bonita zona de estar. En el centro de la habitación, situado a un nivel más bajo, había un sofá cubierto con suaves cojines, frente a la chimenea ya encendida. A un lado había una moderna cocina francesa, con un frigorífico bien abastecido.

Caroline se quitó el abrigo y lo colgó tras una de las puertas correderas del vestíbulo, todavía desconcertada. Había esperado un bullicioso hotel, y la idea de estar allí a solas con Matthew le parecía maravillosa e inquietante al mismo tiempo; por no decir peligrosa. Desde su vuelta de Hong Kong, él estaba muy raro, siempre parecía a punto de estallar.

Recordó sus palabras «…si me resulta imposible no ponerte las manos encima…» y tembló. Sólo tenía que besarla o tocarla una vez, y estaría perdida…

La primera vez que lo vio, aunque tenía una cierta relación con otro hombre, se enamoró perdidamente de él. Matthew satisfizo sus deseos más profundos y primarios, y cuando recordó la intensidad de su respuesta cuando él le hizo el amor, su frente se cubrió de sudor y se le humedecieron las palmas de las manos. La intensidad atracción había sido mutua. La había poseído con urgencia apasionada, pero sin dejar de ser amable, cariñoso y profundamente tierno.

Sin embargo, parecía que, con el transcurso de los años Matthew había desarrollado una vena de crueldad y no dudó ni por un momento que la destrozaría en pedazos, emocionalmente hablando, si le daba la más mínima oportunidad.

La puerta se abrió y Matthew entró cargado de maletas, con copos de nieve derritiéndose en su pelo oscuro. Dejó la maleta de ella en el dormitorio más cercano al de la niña y luego fue a guardar sus cosas y las de Caitlin.

El viaje había sido largo y Caroline, suponiendo que le apetecería beber algo, puso agua a hervir. Estaba llenando la cafetera cuando oyó sus pasos. Levantó la vista y se miraron a los ojos en silencio.

–¿Te preparo algo de cena? –preguntó nerviosa.

–No espero que cuides de mí, además de cuidar a Caitlin –repuso él con brusquedad.

–No es ninguna molestia –se sonrojó ella.

–En ese caso, gracias.

Ella preparó unos sandwiches de jamón y queso; él se sentó en el sofá con los codos apoyados en las rodillas, contemplando las llamas. Tenía una mirada sombría y reconcentrada que no auguraba nada bueno. Caroline colocó la cafetera y los sandwiches en una bandeja y los llevó a la mesita, luego se dio la vuelta, batiéndose en retirada.

–¿Dónde vas? –exigió él.

–Estoy algo cansada –repuso tímidamente–. Pensaba irme a la cama.

–Siéntate y toma un café y un sandwich.

–No tengo hambre, y el café me quitará el sueño

–Entonces quédate y charla conmigo –ordenó él. Caroline se mordió el labio y se sentó en la otra punta del sofá.

–¿De qué quieres hablar?

–De ti. Me gustaría saber por qué vas por ahí diciendo que eres la señorita Smith.

–Porque es mi nombre –acertó a responder Caroline, casi sin aliento.

–Señorita… ¿por qué, si has estado casada?

–¿Qué te hace pensar que he estado casada? –preguntó ella con voz chillona, pálida como una sábana.

–¿Recuerdas el día que te llevé a por tu equipaje? Mientras hacías la maleta, la señora Amesbury me enseñó una foto tuya con las gemelas, de cuando empezaste a trabajar para ellos. Estás sentada con una niña en cada rodilla… –explicó. Ella lo miró fijamente, tenía los ojos oscuros de miedo–. No se te ve mucho la cara, llevas gafas y tienes la cabeza gacha, pero las manos están bien enfocadas y se ve claramente una alianza.

Ella se la había quitado para siempre poco tiempo después.

–Cuéntame algo de tu matrimonio –insistió él.

–No hay mucho que contar –empezó ella, con voz quebradiza como el hielo–. Los dos éramos jóvenes y no duró mucho.

–¿Dónde está tu esposo ahora?

Caroline, a punto de mentir y decir que la había abandonado, titubeó. ¿Y si Lois Amesbury le había contado lo poco que sabía de ella?

–Mi marido murió –admitió con esfuerzo.

–¿Qué necesidad tiene una respetable viuda de presentarse como señorita Smith?

–Decidí olvidar el pasado y recuperar mi nombre de soltera. Ahora, si me perdonas, estoy muy cansada –antes de que pudiera detenerla, se puso en pie y se marchó presurosa.

Aunque escapar así no fuera lo más adecuado, no pudo evitarlo. Estaba emocionalmente exhausta, no aguantaba más.

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