Czytaj książkę: «Casiopea y la bóveda celeste»

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LAUTARO MAZZA

Casiopea y la bóveda celeste


Mazza,Lautaro

Casiopea y la bóveda celeste / Lautaro Mazza. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2297-9

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Dedico este libro a mi familia, pareja y amigos, pero en especial a mi viejo, que durante toda su vida me ayudó a ser quien soy, me guio y me educó de manera fenomenal. Gracias, viejo, nunca me voy a olvidar de lo que me contaste unos años atrás, hoy reafirmo que ya nos conocíamos de otra vida, de otro tiempo.

¡Gracias!

Tabla de contenidos

1  AGRADECIMIENTOS

2  CUIDADO

3  INSTRUCCIONES

4  G É N E S I S

5  E L D O N

6  C R Í M E N E S

7  L A B Ú S Q U E D A D E L T E S O R O

8  A N D R Ó M E D A

9  E L T E M P L E T E G R I E G O

10  E L R E O

11  L A L U Z M A L A

12  E L C A S C O H I S T Ó R I C O

13  E L N A C I O N A L B U E N O S A I R ES

14  L A I S L A D E S A N B R A N D Á N

15  U N A M I G O D E O T R O M U N D O

16  LA C.R.A.D.E.M.

17  P E L I G R O

18  E L P A L A C I O H I R S C H

19  L A S B R U J A S D E Z U G A R R A M U R D I

20  E L P A L A C I O D E S E G U R I D A D M Á G I C A

21  E L Y A S Y Y A T E R E Y L A S T I E R R A S C O L O R A D A S

22  S T E L L I U M

23  P R U E B A S

24  2 0 D E E N E R O

25  A B R A D E L A V E N T A N A

26  B U E N O S A I R E S F A N T A S M A

27  E L D E S V Í O

28  M I S T E R I O S A B A R C E L O N A

29  LUPUS IN FABULA

30  EL ACERTIJO

31  LA CARTA SIETE. EL ÚLTIMO JUEGO

32  EL PRINCIPIO DEL FIN

33  CÚPULAS

34  EL FIN DEL MUNDO. PARTE UNO

35  EL FIN DEL MUNDO. PARTE DOS

36  NESSUN DORMA

37  FIAT LUX

Landmarks

1 Table of Contents

AGRADECIMIENTOS

Gracias a todos los que siempre me prestaron sus oídos y tiempo para contarles sobre esta loca historia llena de magia y extraños personajes en la ciudad de Buenos Aires.

CUIDADO

Estás a punto de ingresar en un mundo donde no todo es lo que parece, a partir de ahora, las puertas de la percepción y el tiempo están abiertas, un viaje a través de lo desconocido que dejará una enseñanza que perdurará para toda la vida, una vez que se comprendan los siete principios básicos, nada será igual, atención, este no es cualquier libro.

¿Alguna vez deseaste algo y se terminó cumpliendo? ¿Alguna vez diste, y recibiste el doble? Nuestros pasos por este universo son medidos a la perfección, y así también las acciones que desencadenamos día a día, ya sean buenas o malas, todo está conectado, todo tiene sentido y todo tiene un efecto. Este libro tiene la capacidad de abrirle la mente al lector e impulsarlo a romper las barreras para comenzar a mirar más allá.

El universo posee una fuente vital de energía que lo recorre a lo ancho y a lo largo, de arriba abajo, a esa energía muchos la conocemos como MAGIA.

Este libro guarda muchos secretos. No solamente conocerán a su protagonista y las historias que marcarán su vida, sino que cada vez que recorran las ciudades de Buenos Aires o Barcelona encontraránMAGIA alrededor.

“Hola, soy el oráculo, antes de comenzar con la lectura, te invito a que completes los siguientes ítems, los cuales pasarán a formar parte de la ficha técnica de los iniciados, recordá que a partir de ahora todas tus acciones y emociones van a ser monitoreadas.

La energía que maneja este misterioso libro es única, aprovechala”.

INSTRUCCIONES

• Leer los primeros capítulos de noche.

• Dejar el libro a la luz de los astros sol y luna.

• Nunca leerlo en noches de tormenta.

• Nunca leerlo en noches sin luna.

• A mitad del viaje está permitido leer de día.

• Una vez por semana mirar el atardecer.

• Una vez por semana sentir el viento.

• Una vez por semana sentir la calidez del sol.

• Una vez por semana agradecerle a la vida.

• Mantener la mente abierta.

G É N E S I S

Corría 2004 cuando una tormenta se había desatado sobre la ciudad de Buenos Aires, la abundante e incesable lluvia caía sobre todo el territorio, algunas calles estaban completamente inundadas, el viento había causado estragos. Su intensidad fue tal que algunos autos tuvieron la mala suerte de ser aplastados por las ramas que no pudieron resistir tanta violencia. Los cristales estallados de las ventanas de los autos adornaban las calles como purpurina plateada. Grandes descargas eléctricas volcaban toda su energía en los pararrayos y antenas de los más altos edificios de la zona, mientras que los truenos hacían temblar todo. Algunos colectivos parecían barcos al pasar por las calles llenas de agua, ya que generaban un oleaje que rompía contra las casas.

El insomnio había atacado a Marina, el ruido que ocasionaba el temporal no la dejaba dormir, suspiró y con cautela se sentó en la cama. Era de noche y no quería despertar a su esposo, una prominente panza llena de vida se podía ver a simple vista, su largo pelo le tapaba los hombros y con un movimiento circular se acariciaba la panza, por lo bajo cantaba un a ro, a su lado dormía Marcelo que entredormido le preguntó:

—Maru, ¿estás bien? –Ella lo miró y con una dulce voz le pidió que se vuelva a dormir que todo estaba bien. Lentamente giró sus piernas y las dejó colgando al borde de la cama, como si estuviera en un juego de kermés, atinó a colocarse las pantuflas moviendo los pies tratando de embocarlos en los orificios. Una vez calzada, se paró y caminó hasta la ventana corrió la cortina y en un tono muy bajo dijo:

—Cómo llueve, este clima cada vez está más loco. –Un relámpago alumbró la penumbra de la habitación y la idea de un mate en la madrugada se había hecho presente.

Marina bajó las escaleras y fue a la cocina. Un velador alumbraba la alacena y parte del anafe, tomó la yerba y el azúcar. Mientras se calentaba el agua ella ojeaba una revista de espectáculos que había traído la mejor amiga de su madre.

—Qué grandiosa la farándula argentina, nunca un talento –Con su mano derecha agarró la revista y, cuando la quiso apartar, una carta se había caído de entre las hojas, sorprendida la tomó y la dio vuelta, era una carta de tarot, para ser más específico, era la carta del Mago, un arcano mayor. Su madre y la amiga solían tirar las cartas y “predecir” el futuro, ella nunca creyó en esas cosas, pero su madre decía frases como Las brujas no existen… Pero que las hay las hay… Sin tanta importancia agarró el mate y colocó la yerba dentro, el volátil polvillo casi invisible se elevó por el aire ingresando en las fosas nasales de Marina–. ¡Achús!

A Marina le daban pánico los estornudos, sentía que se desarmaba cada vez que el espasmo de aquella reacción la sacudía de manera violenta recorriendo su cuerpo. El agua estaba lista, tomó la pava y se dispuso a tomar el primer mate de la madrugada. Con su cara expresó un sentimiento de ardor y urgencia, tragó con dificultad y relajó, en ese instante nuevamente una luz desplazó la penumbra de aquella oscuridad y un trueno la dejó sorda, debido a la intensidad del ruido Marina pegó un grito, la luz se había ido por unos segundos, y para empeorar la situación, había roto bolsa, las contracciones comenzaron a dar señales de que estaba a punto de dar a luz.

—¡Marcelo! ¡Por favor! ¡Ayudame! –gritó desesperada al ver que estaba a oscuras, sola y por parir, afuera la tormenta no daba tregua. Marcelo salió disparado de la cama al escuchar los gritos de su mujer, las pisadas no tardaron en sentirse, bajó con su celular en mano y al alumbrarla observó que estaba toda mojada.

—No… decime que no.

Una expresión de terror se apoderó de él. Claro, padre primerizo y ya estaba en apuros

—Pensé que iba a ser de otra manera.

—No sé de qué manera hablás, pero vamos al hospital. ¡YA!

Caminaron juntos hasta el garaje y notaron que una rama del árbol de la casa de junto había caído justo en su portón.

—Esto es una pesadilla –refunfuño Marcelo. Marina por otro lado estaba apoyada contra la puerta y se agarraba fuerte la panza, estaba retorciéndose de dolor.

—Marcelo, vamos en taxi, olvidate del auto.

Con lo puesto Marcelo salió a la calle en plena tormenta y en la esquina de Julián Álvarez y Castillo apareció un taxi como por arte de magia, Marcelo le hizo señas y lo frenó.

—Señor, por favor, mi mujer está por dar a luz, necesitamos ir al Sanatorio Güemes urgente. –El agua de la intensa lluvia recorría las facciones de la cara de Marcelo. El taxista sin dudarlo le dijo que se subieran. Marina se subió como pudo y los tres emprendieron viaje al sanatorio. Durante el trayecto Marina no paraba de quejarse, los dolores la atormentaban y el pensamiento de parir en un taxi en medio del temporal cada vez cobraba más fuerza. Marcelo tomó de la mano a Marina y trató de calmarla con su mirada.

—Amor, ya vamos a llegar, no estamos lejos, respirá. –En un juego de cómplices miradas, Marina recordó el día de su boda y una sonrisa se manifestó en su cara.

—Parece la noche de nuestro casamiento… Te amo.

El taxi no paraba de dar vueltas, muchas de las calles estaban cortadas, y el chofer en un intento de valentía decidió arriesgarse un poco y tomó una calle inundada. Marina al observar la acción se preocupó y vio algo que le pareció muy llamativo, el agua no tocaba el auto, era como si hubiera una barrera, entrecerró los ojos, y pensó que seguro estaba mareada y veía mal

—¿Qué pasa si nos quedamos? Por favor apúrese, señor. –El auto había salido casi seco de esa calle. De a poco se empezaban a ver las luces del Sanatorio, el limpiaparabrisas no daba abasto, el agua parecía provenir de una cascada. Marcelo sacó doscientos pesos y le pagó al taxista más de lo que valía el viaje. Los dos ingresaron a la guardia empapados. Una enfermera rellenita de pelo rubio y ojos marrones estaba de turno, con rapidez le acercó una silla de ruedas para que se relajara un poco.

—Buenas noches, soy Noelia. ¿Cómo se siente?, ¿cuándo empezaron las contracciones?

Marina estaba pálida, sus ojos miraban para todos lados sin entender lo que pasaba, las luces la encandilaban y podía hablar muy poco. Parecía que la tensión del momento le había bajado de repente. La ingresaron a la sala de partos y dos médicos cirujanos frenaron a Marcelo antes de entrar.

—Hasta acá, señor, del resto se encarga el equipo médico, le voy a pedir por favor que espere afuera.

Marcelo se quedó inmóvil, sus ojos llenos de preocupación veían cómo se cerraban en cámara lenta las puertas de aquella sala, dio unos pasos hacia atrás y sin querer se chocó con una señora alta de ojos color miel atigrados, parecía una pantera, estaba vestida con una especie de capa negra y un turbante, su maquillaje muy ochenta había cohibido a Marcelo.

—Pe Perdón, señora, no la quise empujar.

La dama en cuestión lo miró y le dijo con voz gutural de fumadora:

—No se preocupe, joven, no es nada.

Dentro de la sala de parto, Marina ya había vuelto en sí y estaba lista para dar a luz, con ayuda de las enfermeras y las doctoras de a poco iba dilatando, dos chicas le sostenían sus manos, mientras las otras dos iban ayudando desde la punta de la camilla.

—Vamos, madre, hay que pujar. –Marina con su cara colorada y ardida, parecía que intentaba inflar un globo, inhalaba y exhalaba de manera frenética. De a poco de entre sus piernas flexionadas, asomaba una cabeza–. Vamos que ya sale, vamos, mami –arengaban las enfermeras. Unas gotas de sudor recorrían la cara de Marina y de a poco se fue sintiendo más aliviada…

Fuera de la sala de partos la temperatura había descendido más de lo normal. Marcelo miró con vergüenza a la señora.

—Gracias es que est… –La mujer lo interrumpió:

—¿Está a punto de ser papá, no?

Él la miró asombrado y le dijo:

—Sí, ¿cómo lo supo? –La luz de aquel pasillo parpadeó y Marcelo miró para todos lados, parecía una discoteca. La voz de la señora no tardó en responder.

—Va a ser una linda niña –Las cejas de Marcelo se arquearon y casi le pregunta a la señora cómo sabía que esperaban una beba Pero la señora susurró.

—Más sabe el diablo por viejo que por diablo… –La mujer echó una carcajada risueña y buscó asiento en aquel frío pasillo, Marcelo en ese momento la miró y forzó una sonrisa, estaba incómodo, nunca antes se había sentido invadido de esa manera. Parecía que la mujer se había metido en su cabeza.

En el momento en que Marina había dado a luz, un rayo cayó sobre el hospital y un apagón dejó a la comuna de Villa Crespo a oscuras, un llanto agudo surgió entre medio de la oscuridad y automáticamente el grupo electrógeno del sanatorio se había activado, la luz no tardó en llegar a la sala de parto. Los ojos de Marina se llenaron de lágrimas al ver que una hermosa beba había venido a cambiar su mundo, ya no serían dos

La enfermera que los había recibido se acercó a Marcelo y le dijo el número de habitación a la que habían llevado a su esposa y a su hija. Por educación volteó para saludar a la señora, pero ya no estaba Se sintió extraño por unos segundos, pensaba a dónde se podría haber ido.

—Señor, acompáñeme así lo guío hasta la habitación. –Sin más que hacer en aquel desolado pasillo, Marcelo y la enfermera se dirigieron a la habitación 1081. La puerta se abrió y en la cama se encontraba Marina con su hija en brazos, la enfermera se despidió y antes de cerrar la puerta les dijo–: Felicitaciones, familia. –Marcelo se acercó a la cama y comenzó a llorar de felicidad, la espera había terminado, se inclinó y besó en la frente a Marina.

—Te amo, hola, hija, soy papá –Los pequeños ojos de la bebé todavía no se abrían, pero sonreía y eso les llenó el corazón de amor y felicidad a los dos Pasaron la noche en el hospital hasta la mañana siguiente. El doctor de cabecera examinó a Marina, a la beba y satisfactoriamente les dio el alta.

Los tres tomaron un taxi y se dirigieron a su casa, esta vez el trayecto fue corto, dentro del auto solo se respiraba felicidad y el daño que había ocasionado la tormenta pasaba desapercibido para aquellos dos padres primerizos y esa bebita recién nacida. El taxímetro marcaba setenta pesos, pero Marcelo agarró cien y con una sonrisa le dijo al chofer–: Guarde el cambio.

La mañana era fría a pesar de estar en pleno verano, los dos se bajaron del auto y antes de entrar a la casa, se percataron de que la rama del árbol, ya no estaba… Marcelo abrió la puerta de entrada y Marina le dijo a la beba:

—Bienvenida a casa, Casiopea…

E L D O N

Los meses fueron pasando y los padres notaron que su hija tenía algo que la hacía única, eran sus ojos. Casiopea padecía heterocromía, una rara mutación genética que produce que los ojos sean completamente diferentes, en este caso un color turquesa teñía su iris del ojo izquierdo y un color ámbar el derecho, sus abuelos no tardaron mucho en ir a conocerla. Al año los padres de Marina habían viajado de Barcelona a la Argentina para conocer a su nieta Casiopea. Desde el primer instante en que la vieron y la tuvieron en brazos sabían que era una bebita muy especial.

Era tanta la alegría que tenían que ya estaban planeando llevarla a conocer Barcelona. Por otra parte los padres de Marcelo también estaban obnubilados con Casio. Pasaron los años y Casiopea comenzó a viajar de muy pequeña en avión, pasó mucho tiempo yendo y viniendo entre la Argentina y España. Tenía una relación increíble con sus abuelos, ellos le enseñaban de todo y ella con gran agilidad aprendía rápido, muy rápido. A los cuatro años ya hablaba español y un poco de catalán, le encantaba pintar y solía tener amigos imaginarios a donde quiera que iba A los ocho años ya había aprendido a hablar en inglés, tenía facilidad para los idiomas, pero también tenía habilidad para otras cosas Ella tenía sueños premonitorios y la mayoría de las veces atinaba, pero otras no… En algunas ocasiones les contaba a sus abuelos que cuando los extrañaba se tiraba en la cama, se dormía y los visitaba. Los cuatro abuelos sabían que Casiopea tenía cualidades únicas. Ella podía hacer cosas que otros no, pero al ver la velocidad con la que su magia se desarrollaba decidieron por el momento que lo mejor era que esas habilidades quedaran adormecidas, así que por seguridad idearon un plan.

Además de esa extraña mutación genética, Casio a partir de los 4 años había comenzado a presentar una seguidilla de comportamientos extraños, los cuales no solo la alcanzaban a ella, sino que también surtía efecto en el mundo que la rodeaba. Una noche Marina estaba doblando ropa en su habitación y sintió voces, pensó que era la TV de Casio, por lo general siempre estaba encendida. Las palabras sueltas y las risas provenían de la habitación de su hija y sigilosamente dejó de hacer lo que estaba haciendo para salir al pasillo y acercarse en puntas de pie al cuarto de Casio. Al abrir la puerta suavemente como una espía se quedó quieta sin emitir palabra, por la brecha se podía ver la acogedora habitación de Casiopea, la cual estaba pintada de violeta y blanco, una lámpara proyectaba formas de estrellas y lunas contra la pared de su cama y alcanzaba parte del techo, había juguetes por todos lados. Lejos de estar viendo la TV, Casio estaba en la otra esquina de la habitación sentada cruzada de piernas, con su cabeza inclinada.

En ese rincón la luz casi no llegaba, la pequeña miraba el techo en la conjunción de la esquina y hablaba cosas sin sentido, algunas palabras eran irreconocibles y se reía como si estuviera viendo un número de comedia, ella decía:

—Bajá, Melia. Bajá. –Repentinamente se dio vuelta, miró a su madre y se revolcó en el piso riéndose como loca, extendió sus manos y le pidió un abrazo. Marina abrió por completo la puerta y sin dudarlo la levantó a upa y le hizo cosquillas en la nariz.

—¿Con quién hablabas, Casi?

—Con la “señoda” Melia. –Marina la miró y le preguntó si era otra de sus amigas imaginarias... Pero Casi no dijo más nada, se quedó callada y comenzó a jugar con su pelo. Mar no le dio mucha importancia, pero sintió un escalofrío al ver que su hija le estaba hablando a la oscuridad…

Otra de las experiencias inusuales se dio cuando su padre la llevó por primera vez a comer helado.

Mientras viajaban en el auto hacia la casa de los helados, Casio repetía cuatro números todo el tiempo, cuatro, seis, nueve, uno... Cuatro, seis, nueve uno… Marcelo se reía porque parecía una contestadora telefónica. Al llegar los dos caminaron de la mano hasta la puerta, donde se toparon con unas mesitas y unas señoras muy coquetas sentadas.

Una de ellas se bajo sus gafas de sol y miró a Casiopea.

—¡Qué linda nena! –Marcelo largó una carcajada de compromiso y agradeció el cumplido, la pequeña mano de Casio tiró de las mangas del suéter de su padre y le señaló la dirección… 4691, Marcelo nunca le había prestado atención a la altura de la calle, solo se había guiado por su memoria visual, pensaba que ella había visto alguna dirección en algún imán de la heladera, ya que siempre andaba hurgando por todos lados. Entraron de la mano y caminaron hasta un hermoso mostrador de madera color roble claro, un vidrio separaba al público de los helados y Casio en puntas de pie intentaba ver qué había ahí dentro, de pronto sus ojos se abrieron bien grandes observando los intensos colores de los helados, parecía una paleta con acuarelas.

Un empleado extrovertido no tardó mucho en caer hipnotizado por los increíbles ojos de Casiopea,

Parece un siberiano, pensó.

—Hola, ¿qué van a llevar? –Antes de que su padre emitiera una palabra, Casio abrió su boca, apuntó con su dedo y le dijo:

—Papá, dulce “leleche”, chocolate y pistacho y yo “furutilla”, limón y chocolate... –Marcelo desconcertado volvía a forzar una sonrisa.

—Ya la escuchaste… –Sacó su tarjeta de débito y pagó los helados. Los dos se sentaron en un cómodo sillón de color azul noche, debajo de un cartel de neón en forma de cucurucho.

—Despacito, está muy frío y te podés congelar. –Casi lo miró y se echó a reír.

—¿Cómo me voy “gelar”? –Sin mucha importancia a la advertencia de su padre probó un gran bocado y con una expresión enfática apretó sus pequeños dientes de leche, abrió los ojos y sus manos temblaron, parecía que estaba dentro de un cohete espacial en pleno despegue. Marcelo la miró y le dijo:

—¿Viste?... –La sensación de a poco fue desapareciendo y el helado había sido una experiencia increíble, era un viaje de ida, la mezcla de los tres sabores habían deleitado el novato y joven paladar de Casio. Al terminar se dirigieron a los lagos de Palermo. Para Marcelo el ejercicio de manejar era casi terapéutico, el día era espléndido, el sol brillaba y en la radio sonaba “20 de enero” de la Oreja de Van Gogh, fecha en la que había nacido Casio. El recuerdo de la misteriosa señora en el pasillo del sanatorio cobraba protagonismo, no solo por la canción sino también por la situación en la heladería, por segunda vez en su vida alguien se había metido en su cabeza, pero esta vez ese alguien había sido su hija. Esa noche Marcelo y Marina estaban acostados haciendo zapping, ninguno emitía una palabra pero sus gestos manifestaban todo lo contrario, las miradas iban y venían, hasta que Marina no aguantó más y largó:

—Tenemos que hablar. No es nada malo pero creo que Casio tiene algo… –Marcelo la miró a Marina con ojos de pekinés–. Sí, no me mires así, antes de ayer mientras mirábamos el noticiero y estaban por dar el pronóstico del tiempo, ella se adelantó y dijo que hoy iba a estar soleado y que mañana iba a llover, y la chica del clima usó las mismas palabras. –Marcelo miró a un costado y le dijo:

—Bueno, hoy pasó algo parecido. –Él le contó la situación que había vivido en la heladería, por ende tuvo que contarle lo sucedido hace 4 años atrás, la noche en que había nacido Casio. La luz titiló y ambos se quedaron a oscuras, de inmediato Marcelo se acercó a la ventana para ver si eran ellos los que no tenían luz o era el barrio completo, Marina se dirigió al cuarto de Casio y antes de entrar, observó que una luz muy brillante se colaba por debajo de la puerta, lo primero que se le vino a la mente era que se estaba prendiendo fuego el cuarto de su hija, pero no había humo, sin pensarlo y con un gritó de “¡NO!”, abrió la puerta… no podía acreditar lo que veía, su habitación aún poseía electricidad y mucha, tanto que en un punto a Marina le costaba mantener los ojos abiertos.

—Marcelo, al escuchar el grito, de inmediato arribó al cuarto de Casio y sorpresa, las luces estaban prendidas. Era el único lugar de la casa donde había luz, ambos se miraron y se acercaron a Casio, ella se encontraba en su cama rodeada de sus peluches y toda tapada, tenía miedo, su cara lo decía todo, su padre se sentó en la cama y le preguntó.

—Amor, ¿vos hiciste que se vaya la luz? –Ella tímidamente le dijo:

—Sí. Hay una “señoda” sentada en el “rompero” comiendo pan y como me dio miedo llamé a todas las luces. –Marina aterrada miró el ropero y no veía nada, Marcelo con cara de preocupación la alzó a upa, una vez fuera, las luces de la habitación se habían apagado como una vela, pero las del pasillo se habían encendido. Casio era como una linterna humana, de alguna manera había aprendido a controlar los flujos de energía y podía hacer que la luz solo la siga a ella, manejaba muy bien a los elementales del fuego, las chicas se quedaron juntas mientras que Marcelo, había ido a la planta baja a reestablecer la electricidad, pero para su sorpresa el tablero estaba okey… Casio en voz baja dijo la palabra lux (lucs), luz en latín, y aunque su pronunciación era bastante rudimentaria, la palabra surtió efecto De los veladores y las luces de techo comenzaron a desplazase pequeñas esferas lumínicas por toda la habitación de sus padres, parecía una galaxia. Cada esfera de luz estaba Regresando a su posición

—¡Chicas, volvió la luz! –Marina con una mezcla de sentimientos encontrados abrazó fuerte a Casio y dijo:

—¡Sí! Y cómo… –De alguna manera dejó escapar algunas lágrimas, quizá de emoción, quizá de miedo.

Esa noche la única que pudo dormir fue la pequeña Casio, sus padres no pudieron pegar un ojo. Era evidente que Casiopea tenía un don y sus habilidades conforme iba pasando el tiempo se iban incrementando, generalmente sucede lo contrario, a medida que crecemos el efecto va desapareciendo…

El cumpleaños de Casi había llegado, todos estaban reunidos en su casa, abuelos, tíos y algunos amiguitos del jardín.

Había globos violetas y azules por todos lados, guirnaldas plateadas y doradas colgaban de los techos, la mesa estaba repleta de cosas ricas, había para elegir, snacks, sándwiches de lomito, queso, y demás gustos. Casio y sus amigos estaban todos disfrazados de superhéroes, princesas y hasta piratas, una animadora propuso una decena de juegos para animar las cinco horas que había durado el cumpleaños, esa tarde la casa se había llenado de risas y felicidad. De todos los que estaban allí, solo los abuelos podían sentir la potente energía que emanaba Casiopea, ellos sabían bien que su nieta era especial, los cuatro se apartaron y salieron al patio para poder conversar con más tranquilidad.

Eleonora fue la primera en hablar, con un tono serio se refirió a la situación actual de la Argentina.

—Todo está tranquilo, por el momento, nosotros podemos hacernos cargo… –Lito miró a Eleonora y con su mano le hizo un gesto para que hable más bajo y le dijo:

—Sí, pero esto se tiene que terminar acá, no hay necesidad por ahora que siga incrementando su poder. –Maricarmen asintió.

—Hace tiempo que ellos vienen soportando estos fenómenos, debéis comprender que ni de coña la niña debe despertar por completo ahora.

—Eso seguro, afectaría por completo su psiquis –dijo Paco. Eleonora miraba por el ventanal aquella escena repleta de felicidad, los niños bailaban y cantaban, Casio llevaba un sombrero de bruja y una varita mágica que sacudía sin parar.

—Mirad a la pequeña hechicera. –Los cuatro se echaron a reír, Paco discretamente apuntó su mano contra el ventanal y con los dedos mirando al piso susurró en griego: stamatíste ti stigmí. Automáticamente el tiempo se detuvo, los gritos y risas descontroladas cesaron, el cumpleaños había quedado en pausa, todo se había vuelto más rígido, salvo por una chistosa voz que se hizo presente.

—¿Acaso no me van a invitar? –Cristal Anestiades se había hecho presente, era la mejor amiga de los cuatro y madrina de Marina.

—Casiopea necesita descansar y sus padres también, cuando el momento lo amerite ella va a despertar. –Paco la miró y le dijo:

—Tienes razón, las cosas están tranquilas de momento, el comité reforzó los puntos más sensibles. –Maricarmen los miró y les contó las malas nuevas.

—En Barcelona hace tres días han desaparecido tres niños. Todos con las mismas cualidades que posee Casio, pedimos ayuda al centro de Zugarramurdi pero no tuvimos respuesta, ni desde el organismo presidencial supieron qué decir.

Los cinco se lamentaron, sabían que, aunque las cosas iban bien en la Argentina, no podían dormirse en los laureles, estaban viviendo épocas de cambio y algunas cosas se podían salir de control en un abrir y cerrar de ojos. La desaparición de esos tres niños era un grave llamado de atención… Por otro lado Cristal volvía a redireccionar el tema de la reunión.

—Tenemos que empezar a trabajar en la caja, el libro ya está listo. –Eleonora entusiasmada le comentó que habían hecho un hallazgo fenomenal, habían encontrado una caja muy particular, que había sido construida por el astrólogo, alquimista y astrónomo Claudio Ptolomeo, descubridor de la constelación de Casiopea–. La caja tiene el poder de guardar experiencias y magia, mucha magia, es un oráculo, un reservorio de energía de proporciones siderales, es uno de los artefactos mágicos más buscados, encontramos la caja del almagesto… Maricarmen miró a Cristal y asintió.

—Así es, la condición para hacer uso de la caja tiene un precio, debemos entregar nuestras vidas, ahora ellas están marcadas por nuestras estrellas del destino, sabemos que nos queda poco tiempo Una vez que abordemos ese avión pasaremos a ser parte de esa constelación.

—Sí –dijo Paco.

—Lito está en lo cierto, vosotros sabéis que una vez que el ciclo se cumpla, guiaremos a Casio desde lo más alto, brillando con la energía de mil soles, sé que nuestra partida va a doler. –Eleonora abrazó a Maricarmen–. Es nuestra misión, esta noche debemos borrarles la memoria y adormecer la magia que reside en Casio… –Cristal se puso a llorar, sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó la nariz…

—Son los mejores abuelos del mundo, les prometo que voy a hacer lo posible por aliviar el dolor de su partida en toda la familia.

Lito la miró, tomó de las manos a Cristal y le agradeció. Un ruido alertó a los cinco, Cristal miró de reojo un charco de agua en las baldosas negras que formaba un espejo y en él se reflejó la imagen de un Tenebris Talpa escondido entre unas macetas, aquel era un camaleón oscuro, con la habilidad de transformarse en cualquier cosa y desde tiempos inmemoriales fue utilizado como espía, es muy difícil de dominar, solo magos de alto rango son capaces de doblegar su instinto Sus afilados ojos apuntaban hacia ellos y era una señal de peligro, alguien había escuchado todo. Eleonora cerró sus ojos y simuló una fuerte pisada, el impacto de su pie contra el piso generó una vibración que viajó como una ola modificando toda la estructura de la casa hasta llegar al ser que yacía posado en lo alto de la medianera, antes de que pudiera escapar, este se vio arrastrado por la onda expansiva inversa que ese golpe generó y se desintegró.

—Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos –exclamó Cristal, los cinco se incomodaron más de lo normal y decidieron volver a descongelar el tiempo, era hora de regresar a la fiesta.

El momento de soplar las velas estaba en pleno auge, la mesa era larga y estaba repleta de tarteletas y cosas dulces, una torta arcoíris se encontraba en el centro de la mesa, Casio no podía dejar de mirarla, como si fuera la pintura de Leonardo Da Vinci, La última cena, Casi se encontraba en el medio con sus padres y a los costados de ellos los demás, cantaban y aplaudían, con cuidado encendieron las velas y la bengala que parecía un volcán en erupción emitía chispas para todos lados. Casio estaba llena de amor y felicidad, sus padres se miraban con miedo mientras cantaban el cumpleaños feliz ya que no sabían lo que podría pasar si su hija experimentaba alguna emoción fuerte.

La bengala estaba llegando a su fin y lo poco que quedaba de pólvora provocaba débiles destellos.

Casio al ver que la bengala se había apagado gritó: “¡MÁS!”. Aplaudió y una llamarada con chispas de todos los colores se elevó quemando los globos y el helio que llevaban dentro, un fuego de color verde, violeta y azul se expandió por el techo del comedor, todos quedaron perplejos y pegaron un grito, sus padres la agarraron y se tiraron al suelo, ella se estaba muriendo de risa, pero Marcelo y Marina casi revientan en cólera. La fiesta había terminado y Casio estaba exhausta, en la extensa mesa, quedaban migajas de aquel delicioso banquete. Sus padres compartían una agradable charla con sus abuelos, el mate iba y venía, la pava a un costado todavía conservaba agua caliente. El ambiente se mantenía calmo y relajado La brujita estaba recostada en el sillón a punto de dormir, su cuerpo tumbado dejaba caer su brazo con la varita a medio agarrar… El pelo le tapaba la cara y su respiración era tranquila.

Marina no paraba de jugar con el servilletero vacío, lo giraba, lo corría y miraba para todos lados, estaba nerviosa, o quizá no sabía cómo contarles a sus padres y sus suegros todas las situaciones extrañas que estaban viviendo, acercó la mano izquierda a su cara y con sus dedos recorrió los labios de abajo hasta unir el pulgar con el índice y decidió interrumpir la charla que mantenían los demás, era obvio que no le interesaba saber quién había inventado las piñatas, y con cara de preocupada, lanzó una bomba al centro de la mesa.

—¿Vieron lo que pasó hoy con la bengala? Fue Casio… –Literal había sido una bomba, Marcelo la miró con asombro pensando que no era el momento o quizá sí…

Maricarmen se sonrió y miró a su hija, Marina lo tomó mal y enojada le preguntó:

—¿De qué te reís, mamá?

Maricarmen con seriedad puso sus manos suavemente en la mesa, aclaró su garganta y dijo:

—Lo sabemos, hija, me imagino que si tiene facilidad para manejar el fuego, ¿supongo que el agua también? ¿No? –En ese momento Marcelo dejó caer un bocado de torta de su boca y recordó que, 2 años atrás, mientras Marina bañaba a la pequeña, el agua de la bañera se había elevado hasta el techo, todavía recordaba las gotas suspendidas en el aire que parecían caireles flotantes…

—¿Ustedes sabían de todo esto? –Marcelo se sentía decepcionado

El clima se había tornado muy inestable, Paco se paró y los observó a los ojos fijamente.

—Es hora de que vosotros os enteréis de lo que pasa con la pequeña Casiopea

Marcelo y Marina se miraban enajenados, no entendían nada. Consigo llevaban un sentimiento de desarraigo, sentían que sus padres no eran sus padres. Los dos cayeron en un abismo donde la oscuridad se acrecentaba y la incertidumbre reinaba…

Eleonora miró a su hijo y con una mirada de bondad le dijo:

—Hijo, no te enojes, pero siempre supimos que Casiopea iba a ser especial… –Marcelo se levantó de la mesa y se alejó, los miraba como si fueran impostores.

—No entiendo nada de esto, ¿qué le pasa a mi hija?

Marina tampoco comprendía lo que pasaba, su cabeza era un caos. Al ver su estado de alteración, Lito se metió en la cabeza de los dos y una voz con eco los tranquilizó.

—Necesito que presten atención a lo siguiente. –Lito comenzó relatando que de muy pequeño le pasaban cosas como a Casiopea, tenía habilidades que otros niños de su edad no poseían, esta especie de “don” siempre se saltaba una generación, a menos que el cosmos decidiera lo contrario.

Ahora que sabían que su hija tenía esas habilidades, deberían estar listos para afrontar la noticia que los destrozaría por completo. Sin anestesia Maricarmen los miró y con sus manos formó un triángulo.

—Mellontikós Apokálypse. –Instantáneamente los dos tuvieron la visión más espantosa de todas sus vidas, vieron el momento de la muerte de sus padres, Marina y Marcelo no podían soportar el dolor de aquellas imágenes y antes de que pudieran decir algo, los cuatro abuelos recordaron un viejo hechizo árabe y conjuraron “Alnusayan Alttamu”. Los ojos de sus hijos se cerraron y cayeron en un acentuado sueño. De alguna manera el encantamiento permitió que Marcelo y Marina pudieran despedirse de sus padres en otro plano y a su vez eliminó todo recuerdo de las habilidades de Casio, de esa manera podrían llevar una vida normal junto a la pequeña. Luego se volvieron hacia Casio y lanzaron otro hechizo, “Ad Prohibere incantaorum vehementem”, su cuerpo se elevó y con mucho cuidado extrajeron la magia que guardaba dentro. Maricarmen de una bolsa sacó una hermosa caja y la acercó a la cabeza de su nieta provocando que las memorias de Casio y su poder ingresaran en ella.

Una vez realizado el trabajo, la familia continuó la charla de las piñatas y todo había vuelto a la normalidad.

Habían pasado cinco años Era hora, el portal estaba abierto, la constelación de Casiopea brillaba más de lo normal, Paco, Lito, Maricarmen y Eleonora se encontraban en el aeropuerto internacional de Barcelona Josep Tarradellas El Prat, ellos sabían que su destino y el de todos lo que abordaran el vuelo 9525 de Germanwings sería catastrófico Un sentimiento de impotencia se columpiaba en la mente de los cuatro. Las imágenes iban y venían. Maricarmen repasaba los distintos desenlaces posibles, pero ninguno era viable, además no podían echarse para atrás Ya no.

A veces da miedo saber que el final se acerca, pero ellos sabían que podrían seguir ayudando desde otro plano…

Una joven voz femenina anunciaba la partida del vuelo.

—Pasajeros del vuelo 9525, favor de abordar por la puerta de embarque siete…

Los cuatro se dirigieron a la fila para tomar un viaje del que nunca volverían Momentos previos al embarque un pasajero se descompuso y tuvo que ser retirado. Los ojos de Eleonora siguieron atentamente a aquel joven tanto que pudo ver dentro de su cabeza, el chico en cuestión había tenido un mal presagio, pero lejos de saber qué era lo que sucedería, su cuerpo habló y se desmayó

—No está en su destino

La azafata cortó el ticket e invitó a pasar a los cuatro a la manga, esos serían sus últimos pasos que darían sobre esta tierra, las enormes ventanas dejaban ver la colosal nave de Germanwings que los llevaría a otra dimensión, la rampa en descenso los hacía tomar velocidad y al entrar al avión sintieron la pesada tristeza del piloto, “el comandante de la muerte”, así lo apodaba Lito…

Una vez ubicados en sus asientos, cada pareja se tomó de las manos y aguardaron el momento del despegue. Pusieron sus mesas en posición vertical, abrocharon sus cinturones, escucharon las advertencias de la azafata y las turbinas comenzaron a rugir.

—Les habla el piloto de la aeronave, estamos a punto de despegar hacia Alemania. –Este prosiguió el aviso con datos meteorológicos y cerró–: Esperemos que disfruten el viaje… –Ahora sí, los abuelos de Casio aguardaban el momento de su muerte y la de todos… 10:30 el avión desaparece de los radares a la altura de dos mil metros, sobre el departamento de los Alpes de Alta Provenza, para ese entonces ya nada quedaba de aquella aeronave y su tripulación Paco, Lito, Eleonora y Maricarmen estaban atravesando un portal a otra dimensión junto a las almas de todos los que estaban allí. Todos volvían a la fuente y eran guiados por los abuelos de Casio. Se dice que existe un lugar en el cual las conciencias estelares de todos los seres son recibidas para regenerarse o seguir nuevos caminos.

La noticia causó impacto a nivel internacional y no tardó mucho en llegar a los portales de noticias argentinos, Marcelo estaba a punto de ir al trabajo cuando encendió la TV y vio los titulares Se sintió morir, no sabía cómo explicarles a su mujer y su hija lo que había sucedido. Con las pocas fuerzas que le quedaban subió a su cuarto, contempló a Marina durmiendo plácidamente y no podía evitar sentirse tan desgraciado, sabía que al despertarla su mundo se vendría abajo. Se recostó y cuidadosamente la abrazó, sus ojos estaban llenos de lágrimas, Marina se despertó, se dio vuelta y lo miró.

—Ay, amor, ¿qué pasa?, ¿por qué llorás? –Marcelo no podía decir ni “a”, solo la miraba horrorizado y la abrazó muy fuerte

—Se fueron, amor, nuestros papás se fueron. –Marina lo agarró fuerte de la cara.

—¿Cómo que se fueron?, ¿qué pasó? El avión ¿FUE EL AVIÓN?

—Sí, el avión se estrelló en una zona montañosa, no hay sobrevivientes. –Los dos lloraron desconsoladamente, sus almas estaban destrozadas, no podían soportar tanto dolor. Oyeron pasos y se limpiaron la cara, era Casio, ya estaba despierta, se acercó al cuarto de sus padres y había quedado en la entrada de la puerta, observándolos, estaba despeinada y en su mano tenía una cadena con un dije.

—Soñé con los abuelos… –Un escalofrío recorrió la espalda de Marina.

Los dos la invitaron a unirse a ellos y con el mayor de los cuidados le contaron lo que había pasado. Con tan solo once años Casio sintió por primera vez su corazón partirse en mil pedazos.

El teléfono comenzó a sonar, sus celulares también, pero ellos no quisieron hablar con nadie, no en ese momento. Se sentían muy mal, habían quedado huérfanos, esa sensación era horrible, Casio se había ido a su cuarto, quería estar sola, no entendía cómo había pasado semejante cosa. Su energía de a poco iba incrementando, la muerte de sus abuelos había generado un punto de inflexión peligroso ¿Podría llegar a ser que ese evento rompiera aquel hechizo y despertara? Sus emociones hervían, parecía una olla a presión a punto de explotar.

A las pocas horas, el timbre sonó, era Cristal y traía cuatro jazmines, Marina de inmediato abrió la puerta y las dos se abrazaron con tanta fuerza que parecían dos imanes, juntas se quebraron en llanto y luego ingresaron al domicilio. Ese día Casio decidió no salir de su habitación por nada del mundo.

Una vez en el comedor, Cristal, Marcelo y Marina comenzaron a charlar sobre sus padres, recordaron toda su infancia y los momentos más importantes que vivieron juntos, fueron ejemplares como padres y abuelos. Cristal les tomó la mano a los dos y les dijo:

—Cierren sus ojos y déjense llevar. –Como si fuese un calmante, ella les depositó en su memoria aquel recuerdo de despedida que les permitiría llevar mejor la muerte de sus padres. A través de las manos de Cristal fluía una energía tan poderosa y serena que de a poco recomponía el corazón de Marcelo y Marina Lo único que atinaron a decir fue: “Gracias”.

Esa tarde Cristal abandonó la casa sabiendo que dentro de un tiempo Casiopea despertaría, para su edad, era fuerte pero a la vez era frágil, ella estaría supervisándola de lejos

A raíz de los lamentables hechos, los padres de Casiopea decidieron vender su casa y mudarse a otro barrio para cambiar de aires y ambiente, aquella casa poseía muchos recuerdos. Habían decidido irse al sur de la ciudad, Barracas estaba bien, además quedaba cerca de sus trabajos y Casio no tendría que viajar mucho para llegar al colegio, uno de sus sueños era entrar al Nacional Buenos Aires, era hora de comenzar de nuevo.

C R Í M E N E S

Tres años después

Los últimos haces de luz coronaban la puesta de sol de un día agobiante de verano en la ciudad de Buenos Aires, una serie de extraños delitos habían tenido lugar en la famosa casa Calise, una escalera caracol se erguía hasta el quinto piso, un porcelanato de color verde oscuro era transitado por efectivos policiales. Una puerta abierta y una biblioteca revuelta eran la escena del crimen, hojas arrancadas de libros tapizaban la roja alfombra que adornaba el parque y los grises sillones de un moderno living, un olor a papel quemado circulaba por todo el ambiente, lo más extraño era que nada estaba quemado, ni siquiera había humo. El policía Aguirre tomó el ascensor con la dueña de la casa hasta la entrada, quien estaba muy nerviosa. Según las pericias policiales, las puertas y ventanas de aquel departamento dentro de casa Ce estaban intactas, era un claro indicio de que no habían forzado nada, solo habían entrado y robado algo

Debajo de la alegórica y excéntrica mampostería de aquella casa en Irigoyen al 2560, la damnificada, una señora petacona, de ojos marrones y rodete, hablaba con el Sr. Aguirre, un policía alto, delgado y narigón. Entre lágrimas le contaba al oficial que se habían robado un libro de características únicas, según la señora el libro poseía un valor histórico invaluable.

—¿Nombre, señora?

—Cristal Anestiades…

—Señora Anestiades, cuente un poco la situación.

Cristal le comentó que había recibido el llamado de un vecino suyo ya que había oído ruidos en su casa mientras ella no estaba, entonces dio aviso a la policía

—O sea que usted no efectuó el llamado señora Cristal

—Señorita, no, yo no, no entiendo cómo entraron, la casa estaba protegida, no tiene sentido. Sollozaba Cristal, el policía la miraba en una especie de plano picado y le preguntó:

—¿Qué aseguradora tiene? ¿TBM? ¿Miller? ¿Bairesen? –Ella lo miró contrayendo sus músculos faciales y extrañada le dijo:

—¿Pero de qué habla, hombre? –El oficial volvió su mirada sobre ella y le aclaró:

—De la compañía de alarmas le hablo. –Una moto a toda velocidad pasó como una estrella fugaz sin importarle la presencia policial y el sonido de aquel ajetreado motor dejó sordos a todos los protagonistas de la escena. La señora en medio del bochinche dijo algo como:

—Ellos no piden permiso. –El policía ya no entendía de qué iba el asunto.

—Señora, va a ser mejor que nos acompañe. –La mujer se resistió y con un gesto se plantó.

—¿Qué pasa si vuelven a entrar y yo no estoy? Ya es de noche, no puedo dejar la casa sola, ya no… –El policía intentó calmar a la señora y la convenció para ir a declarar a la comisaría de la comuna 3.

—No se preocupe, hay un oficial en la puerta de su departamento y uno de los móviles queda acá hasta que usted regrese. –Cristal sabía que no podía levantar sospechas, entonces decidió acompañarlo.

No muy lejos de allí, en el barrio de San Cristóbal, un antiguo caserón de 1920 se encontraba en deplorables condiciones, la mórbida mampostería desquebrajada permitía ver el paso del tiempo, las cicatrices de esa edificación parecían una metáfora que hacía alusión a los calamitosos acontecimientos ocurridos a principios del siglo XX, seguramente en sus tiempos, esa casa había sido la envidia de muchos, pero al parecer fue la perdición de otros, única en la zona y construida por un famoso arquitecto. La conocida ex casa Anda luchaba por mantenerse en pie. Las ventanas de la casa estaban rotas, vestigios de una cortina lánguida y percudida por la humedad de las lluvias remontaba vuelo sin ganas, las puertas principales estaban tapiadas con ladrillos impidiendo así el paso de cualquier ser que transitara la zona. Rogelio, un florista de la cuadra, terminaba su turno en su pequeño puesto de flores, eran las ocho de la noche y a pesar de ser viernes no había mucha gente en la calle, claro, era fin de semana largo y la mayoría había salido de la ciudad. Una vez que cerró las verdes rejas del puesto de flores, miró su reloj y vio que estaba quieto, sintió un frío escalofriante, y se percató de que ya no había ruido de tránsito, ni siquiera gente, parecía que se había quedado solo, apenas pudo percatarse de que las flores se habían marchitado todas de un momento a otro Al voltearse, de la nada, una voz suave y gentil le dijo: Somnium Aeternam. El señor se desvaneció y cayó en medio de la vereda, cinco personas con ropajes negros y un libro en la mano atravesaron fantasmalmente esas puertas tapiadas de ladrillos y desaparecieron sin dejar rastros, Cristal tenía razón, ellos no piden permiso

Repentinamente un grito de horror se escuchó en plena avenida, una mujer había encontrado el cuerpo de Rogelio tendido en el piso con una expresión de sufrimiento en su cara y sus puños apretados, el cuerpo estaba frío y su piel ya había tomado un color pálido violáceo, inmediatamente la policía se hizo presente en el lugar, parecía que le había dado un paro cardíaco, junto al cadáver había cenizas y un olor a quemado pululaba en el lugar.

Dentro de la ex casa Anda, los integrantes de una orden secreta con fines oscuros se encargaron de preparar un ritual de magia ceremonial inversa para alterar el tiempo y espacio. En el medio de un antiguo y lúgubre living tres de los cuatro seres oscuros se repartieron tareas, uno de ellos, llamada Lucila, tomó un polvo llamado esperma de arconte y con él formó un triángulo invertido, a su vez Gledzar y Desidio marcaron en el piso poderosos símbolos con unas dagas extraídas de las pircas negras.

La cabecilla del grupo junto a un joven aparecieron portando unos enormes candelabros que alumbraban la destruida casa y los colocaron sobre las puntas de los triángulos.

Al dar la orden Lucrethia, su mentora, ubicó estratégicamente a todos alrededor del triángulo invertido repartiendo a la perfección la energía en aquel espacio.

—Adelante, es momento de ingresar al triángulo –le dijo Lucrethia al chico y fiel a sus órdenes este se adentró en aquel espacio llevando entre sus manos el libro que le había sido arrebatado a Cristal.

—Joven discípulo oscuro, te otorgo los honores para encriptar esta dimensión y enviarla a las profundidades del abismo. Aquel chico era mágico como Casiopea pero a diferencia de ella él estaba contaminado de oscuridad y maldad, había sido criado en una cuna de hambrientos lobos así que nada bueno podría salir de él, sin más preámbulo el discípulo oscuro apoyó su mano sobre el libro y este se abrió revelándole el hechizo que la orden demandaba.

—Aquí y ahora condeno al tiempo y el espacio a la destrucción –dijo el discípulo.

—Que las sombras se hagan presentes. En coro los demás respondían:

—Aquí y ahora abro las puertas del mal.

—Que las sombras reinen la tierra.

—Aquí y ahora invierto las voluntades de las conciencias.

—Que las sombras estremezcan la tierra.

—Aquí y ahora te invoco, REGULO B.

—Que las sombras retornen a trono.

—¡Que el gran silencio acalle las voluntades mágicas estelares!

—¡TEMPUS APOLIKAYPSIA! –gritó el discípulo oscuro, de pronto el piso comenzó a desquebrajarse y una luz verde se colaba por las grietas que parecían rayos ramificados, el muchacho se elevó dos metros sobre el piso mientras leía las fórmulas secretas de aquel y sus ojos se oscurecieron a tal punto que si uno miraba en ellos solo vería oscuridad. El polvo se encendió destellando una brillante luz verde. Los símbolos se iluminaron y el tiempo alrededor de ellos retrocedía, restaurándolo todo, la casa se estaba regenerando, la intensidad de la energía que se había desatado dentro del antiguo caserón fue colosal, al cabo de unos minutos el lugar ya era otro, la casa se había sumergido en una abismal oscuridad. Una vez terminado el ritual, Lucrethia, la líder, dio órdenes concisas

—Tenemos el libro, ahora solo falta encontrar la caja y la piedra, les pido discreción, a partir de ahora esta será nuestra morada. La dimensión oculta de la estrella caída Regulo B.

Luego de aquel ritual varias familias cercanas a la vieja casa sintieron unas extrañas vibraciones seguidas de un olor a quemado, las lámparas de algunos edificios se mecían suavemente y algunas torres se habían quedado a oscuras, pero afortunadamente luego de unos minutos la energía se había reestablecido, a pesar de que aquella ceremonia oscura se había llevado a cabo en otra dimensión, de alguna manera la energía inversa se filtró afectando la dimensión en la que vivía Casiopea y todos los demás habitantes de la ciudad de Buenos Aires, por ende al mundo también.

La noche transcurría bastante tranquila en la comuna de Montserrat, o quizá eso parecía, el furibundo tránsito había casi desaparecido, dejando al descubierto unos pocos colectivos y bicicletas de delivery que pululaban por la zona... La escasa gente que circulaba por las veredas de av. Belgrano y Perú estaba bastante ocupada con sus pensamientos como para alzar la vista y perderse en el mayestático edificio Otto Wulff... Su sombría tonalidad gris se fundía con la oscuridad de la noche, las luminarias no alcanzaban a alumbrarlo del todo, por lo tanto algunos detalles pasaban desapercibidos para los trasnochados caminantes, al fin y al cabo era un simple edificio de oficinas, o eso se creía...

Desde lo alto cuatro cóndores de hormigón monitoreaban la ciudad y sin que nadie se dé cuenta ellos giraron sus pesadas cabezas y, gracias a su agudizado sentido de la visión y percepción, detectaron una poderosa energía oscura que circuló como un rayo por una fracción de segundos no muy lejos de allí...

L A B Ú S Q U E D A D E L T E S O R O

No muy lejos de Monserrat transcurría una cálida y hermosa noche, una amena brisa recorría la comuna de Barracas en la Capital Federal, a lo lejos se escuchaban autos, gente caminando por la calle, risas y alguna que otra canción sonaba perdida entre las casas del barrio y las ventanas de los edificios se veían como si fueran pixeles.

La puerta se abrió y enmarcada como en un cuadro una adolescente de 14 años, pelo castaño y rodetes estaba posada en la ventana de su cuarto contemplando el firmamento, su padre con un tono burlón le preguntó:

—Casiopea, ¿vas a comer o te vas a quedar mirando el cielo? –Una peculiar mirada se posó sobre él y dos ojos completamente diferentes uno celeste y el otro color miel lo observaron de arriba abajo y ella le dijo:

—Sabes que sí, amo la pizza.

—Bueno, bajá, porque el que llega último lava los platos. Automáticamente padre e hija salieron disparando, simulando una carrera, dejando atrás esa postal porteña de una noche de verano.

—Se van a lastimar, si siguen jugando así ustedes dos, ayúdenme –dijo Marina.

Una vez ubicados en el comedor los tres comenzaron a cenar.

Esa tarde Marina había decidido cambiar de look y ahora en vez de llevar el pelo largo había optado por cortarlo a la altura de los hombros y hacerse un refinado flequillo. Realmente le sentaba de maravilla.

—Fui a la pelu-pelu. ¿Les gusta? –preguntó ella.

—Estás hermosa como siempre, amor –respondió Marcelo.

—Gracias, amor. –Ambos se tiraban flores.

—Me gustaba más largo, pero no puedo negar que te queda muy bien, te hace más interesante –le dijo Casio.

—Mmm. Ja., ja, ja, más te vale… Cielo, tengo una sorpresa para vos, cerrá los ojos.

Con las manos posadas en la cara Casio esperó la orden de su madre para poder ver lo que le tenían preparado.

—Sabía que te habías enamorado de esos aros y te los compré.

Eran un par de pendientes en forma de rosa de color lila magenta con un núcleo de oro simulando el dulce néctar de una flor.

—Gracias, ma, gracias, pa, son un sueño, pero les deben haber salido cari…. –En ese entonces su madre la interrumpió y le dijo:

—No, no, sh, hay algo que queremos darte, el abuelo te dejó un alhajero que era de la abuela Eleonora, debe estar en alguno de los roperos. –El regalo era doble, Casiopea se sentía afortunada, ya que iba a recibir algo que les perteneció a sus abuelos, sus padres estaban felices de ver tanta alegría en su cara después de todo lo que habían vivido, aquel era el regalo perfecto luego de haberse esforzado por ingresar a uno de los colegios más interesantes de Capital Federal, el famoso Nacional Buenos Aires. Mientras los padres de Casio disfrutaban un helado en el jardín, de fondo se escuchaba “La zamba de la candelaria”. Marina tarareaba la canción y movía su pie derecho al compás de la música que provenía de algún balcón vecino de la cuadra

—El placar es un quilombo, Marcelo, se va a perder, ja, ja.

—No creo y si se pierde nos llama.

—Ja, ja, qué tonto.

El ropero era enorme, había muchas puertas, cajones y grandes espacios repletos de cosas, perfumes, fotos, medias y hasta una botella de whisky. La búsqueda de Casio comenzó por los cajones que le quedaban a su altura, revisó todo de izquierda a derecha y no encontró nada, no obstante tomó una silla tapada de ropa y la usó para treparse y seguir buscando, parecía que el alhajero no estaba ahí, luego de varios intentos se sentó en la cama y miró el placar con gran decepción.

“Al final, busqué por todos lados y no encontré nada. Mamá se debe haber confundido a menos que…”.

De repente una corriente de aire entreabrió la puerta de la habitación, y en fuga quedó enmarcada una escalera caracol que conducía al “altillo”. Sí, el altillo, es por ahí.

Casio recordó que allá arriba había otro placar donde siempre guardaban fotos, juguetes y demás objetos. Tomó aire y se dirigió hacia esas enroscadas y frías escaleras de metal.

Como si fuese la luna de a poco su cabeza iba asomando en aquel oscuro lugar, sacó el celular y alumbró un interruptor, una vez encendida la luz, Casio recorrió parte del altillo y en el trayecto observó libros, accesorios, chucherías y hasta unos trofeos de baile de sus padres, sonrojada se rio y pensó en voz alta.

—A veces me hacen pasar vergüenza en los cumpleaños, pero son tan buenos que hasta ganan premios…

También recordó que a sus abuelos argentos les encantaba bailar tango y que a su abuela española Maricarmen le fascinaba bailar flamenco. Durante su niñez, Casio había vivido entre Buenos Aires y Barcelona y de vez en cuando el nombre de la calle donde vivían sus abuelos en Barna resonaba a lo lejos, carrer de Roselló 240, en ese momento, Casiopea pudo recordar los lugares que solían visitar juntos, el Museo Egipcio de Barcelona, la Sagrada Familia, la Pedrera de Antoni Gaudí y otros lugares emblemáticos, cada vez que los recorrían, historias fantásticas surgían y los ojos de Casio observaban el arte y la arquitectura en cada esquina, detalle no menor, algo similar le sucedía en la ciudad porteña de Buenos Aires con sus abuelos argentinos, caminatas, paseos por la famosa avenida de Mayo, por el casco histórico y algunos espacios verdes que solía frecuentar, Parque Lezama, Parque Centenario, amaba esos trayectos tanto que siempre los retrataba en sus cuadernos. Luego de recorrer viejos momentos, Casio recordó que estaba ahí para buscar el alhajero. Con fuerza corrió un baúl que obstruía las puertas de un viejo ropero y lo abrió.

—Más vale que aparezca rápido, me muero de calor acá arriba.

Dentro del ropero había sábanas, almohadones, papeles y libros, todo era una maraña de viejos objetos. Casio sin prisa pero sin pausa de a poco fue vaciándolo.

Aquel mueble no era de gran altura sino más bien era pequeño, pero poseía una profundidad particular. Quedaban mantas solamente, ya con desconfianza tironeó de una y esta arrastró hasta sus pies una caja de madera. “¡Eureka, diría Arquímedes! ¡Qué hermoso alhajero!”. Con una expresión de sorpresa Casio observaba aquella caja fascinada, era rectangular y un poco pesada, tenía grabados en madera, apliques metálicos en tonos dorados y ocre, estrellas y varias líneas la cruzaban por todos lados, la caja parecía tener un mapa impreso, los detalles eran tantos que era fácil perderse en ese encantador trabajo de arte, todavía conservaba ese olor a madera virgen.

Casio llevó la caja a su habitación y la investigó por más de tres días para encontrar el modo de abrirla, cuando se la enseñó a su madre, ella le dijo:

—Qué hermosa caja, ¿dónde la encontraste? –A lo que Casio le respondió:

—Entre las sábanas del roperito de arriba, pensé que este era el alhajero. –La madre agarró la caja y la nostalgia la abrazó fríamente, por unos segundos su corazón solo bombeaba tristeza.

—No, cielo, esto no es. El alhajero estaba en el modular del living, si no me equivoco esto era de la infancia de tu abuelo, un juguete tal vez, usala, es hermosa.

Casio se fue a su habitación con la caja dejándola al pie de la cama y se durmió mirando las estrellas.

La noche siguiente sus padres debían asistir a una fiesta que había organizado el club de baile, por lo tanto ella se quedó sola.

—Casio, nos vamos, sabés que cualquier cosa nos llamás al celular.

—Sí, quédense tranquilos ¡en vez de un trofeo traigan torta!

—¡Trofeo y torta! ¡CHAU!

Una vez con sus padres fuera de la casa, Casio se puso en modo detective, esa caja tenía algo y ella lo iba a averiguar, así que buscó la lupa de su padre y la investigó a fondo. “Esta caja no me va a ganar, algo tiene que tener adentro”. Una línea dorada muy difícil de percibir se dejó ver y con su uña la empezó a seguir, tomó un cincel plano para modelar y lo encastró justo en esa franja dorada, la caja se abrió y encontró sobres con papeles en blanco. “Hojas, solo hojas”. Era tal la concentración que tenía que cuando sonó el timbre a Casio le dio el susto de su vida, era el delivery, su plato favorito había llegado.

—¡Aaah! La pizza, se me va la pizza, ¡YA VA! –gritó por la ventana, una rueda de queso y masa crujiente hecha a la piedra eran la vedette de la noche. Cenó en el living despatarrada en el sillón mirando TV y habló con sus amigas por chat hasta que el sueño la atrapó. Con un cansancio tremendo subió las escaleras, casi arrastrando los pies, caminó por el recibidor, subió el desnivel que la llevaba a su habitación y cuando abrió la puerta, sin prender la luz, Casiopea vio cómo la luna alumbraba la caja.

En la oscuridad, el dorado brillaba y la blanquecina luz patinaba la madera recorriendo todos sus detalles. Como si de un imán se tratara Casio fue directo a los pies de la cama donde se encontraba la caja, la observó un tanto decepcionada y se acostó. En pocos segundos ella cayó en un profundo sueño, el colchón parecía arena movediza, lentamente su cuerpo se hundió y el portal al mundo onírico se abrió.

Casiopea había entrado en un enorme salón blanco.

—¿Hola?

Su eco se replicó en todas direcciones y vio cómo cinco relojes tomaban el tiempo de diferente manera, a lo lejos un timón giraba sin parar y de repente alguien la nombró.

—Casiopea, es hora.

Todo quedó a oscuras, los cinco relojes se elevaron brillando por sobre ella como estrellas y emitiendo luces parpadeantes, de a poco Casio reconoció el lugar, estaba en su habitación y se podía ver a sí misma dormida. “¿Otra vez?”, dijo con desesperación, no era la primera vez que Casio experimentaba este tipo de sueño, ella sentía las cosas tan reales que le costaba poder despertar de esa máxima tensión que le generaba aquel tipo de experiencias. Aunque a veces podía controlarlo, esta vez se le hizo imposible, como una polilla en medio de la noche, se vio atraída por la caja, esta emitía un extraño resplandor, era mágico y cuando se acercó para tocarla, experimentó un racconto de su vida con sus abuelos, calles, nombres, múltiples lugares, estaba reviviendo situaciones puntuales.

Casio había experimentado un tremendo flashback y debido a su intensidad, sus ojos se movían como locos debajo de sus párpados, sus facultades motrices eran escasas ya que no podía mover ni siquiera la punta de los dedos de su mano. Conmovida por soñar con sus abuelos, las lágrimas no tardaron en caer de sus ojos, lo más extraño y aterrador fue que sus cristalinas lágrimas se tiñeron de negro de un momento para el otro.

De repente en su habitación comenzó a llover tinta negra y las cartas se mojaron a tal punto que quedaron completamente manchadas.

Una gota de proporciones gigantescas cayó sobre Casio y como en el teatro un gran telón se cerró y dio fin a la función.

Ya había amanecido, los padres de Casio ya estaban en casa, dejaron sus cosas desparramadas por ahí y se fueron a dormir, necesitaban reposar su cuerpo, habían bailado mucho.

Eran las diez de la mañana y la inoportuna bocina de un camión despertó a Casio, los haces de luz de un potente sol acariciaban su cara, el árbol de su ventana generaba una piadosa sombra, evitando que aquella luz sea una molestia, al girarse hacia el lado opuesto de la ventana, vio que algunas cartas estaban tiradas en el suelo y con un poco de dificultad se acercó a levantar una de ellas, en ese instante Casio se llevó la sorpresa más desconcertante de su vida.

“Pero no puede ser, ayer solo eran papeles en blanco. ¿Cómo es posible?”. Las cartas estaban escritas,

tomó una nota que se encontraba por encima de los demás sobres y la leyó.

Querida Casio: estábamos esperando este momento, por fin encontraste la caja del almagesto, aquí se unen varios mundos en una serie de relatos, leyendas y mitos. Estos han sido seleccionados para que descubras las historias más increíbles. Cada una de ellas se corresponde con un aspecto en particular. Pilotear en la tormenta siempre nos hace más fuertes y nos prepara para momentos difíciles, la vida tiene muchos matices y es necesario que aprendas. Como nosotros, fuiste seleccionada, vimos buena madera en vos, estamos orgullosos de hacerte parte de este nuevo mundo.

A veces la vida es injusta pero al final de cuentas ella siempre nos recompensa con nuevos amaneceres, esta vez te toca a vos. Nunca dejes de creer. A partir de ahora vas a entender muchas virtudes que llevas dentro y, explorando estos mundos, todas las respuestas serán reveladas, te dejamos un instructivo, cuidado, el camino es largo y es tiempo de volver a nacer… Despierta, pequeña tromba, el universo te está esperando…

Eleonora, Maricarmen, Paco y Lito

TE AMAMOS

Las lágrimas recorrieron su rostro, aquella angustiante emoción socavaba sus recuerdos más felices y dolorosos, parecía que sus abuelos estaban más presentes que nunca. Casio observaba las cartas desconcertada, era muy temprano para tanto drama. “No puedo creer esto, los abuelos, le tengo que contar a mam…”. Por un segundo miró a su costado y vio que algunas cosas de la habitación también estaban manchadas de tinta, esa era otra señal que le servía para confirmar que lo vivido fue real.

Las preguntas comenzaron a brotar en su cabeza como pasto en primavera, estuvo a punto de contarle todo a su madre, pero decidió que por el momento lo más sensato era mantener todo en secreto, tenía miedo de que se lo tomaran a mal o peor, que la mandaran a hacer terapia por estar alucinando. De pronto sintió un enorme apetito, si no fuera porque su cuerpo le hablaba, Casio hubiese seguido pensando en la caja, pero cuando se trataba de su estómago, todo lo demás perdía valor. Era hora de desayunar, así que se cambió y se fue directo a la cocina.

Una vez allí lo primero que hizo fue ver si sus padres habían traído algo rico de la fiesta, abrió la heladera y se encontró con una torta de crema pastelera repleta de frutos rojos. “Parece que no hubo trofeo pero sí postre”. Sin pensarlo preparó un té y lo tomó acompañado de ese cremoso y dulce manjar, lo disfrutó tanto que a kilómetros se veía su cara de felicidad. Una vez terminado el desayuno, decidió ir a dar una vuelta para despejarse.

A N D R Ó M E D A

Esa mañana de verano la av. Belgrano estaba repleta de gente, parecía un hormiguero humano, el calor era insoportable y el pavimento quemaba… Los respiraderos del subterráneo emanaban vendavales de aire caliente que calcinaban a todos. Parecía como si alguien abriera un horno de a ratos, pero en vez de salir aroma a vainilla o chocolate, un olor a goma quemada y metal invadía las calles.

Para muchos el edificio Otto Wulff puede ser un antiguo y olvidado símbolo de la arquitectura jugendstil, la variante alemana del art nouveau, pero lo cierto es que esta construcción con tintes renacentistas, góticos y esotéricos perteneció a una pujante época de la ciudad de Buenos Aires. Estudiado por tantísimos arquitectos e ignorado por otros, este lugar posee un sinfín de intrigantes misterios, a simple vista, de día se puede observar una fachada plagada de simbolismos. Ocho atlantes sostienen el segundo piso y animales de todo tipo se encuentran inmortalizados en sus ornamentales esculturas de hormigón armado, leyendas guaraníes, dioses griegos, nórdicos y egipcios configuran la increíble obra arquitectónica. Dentro de él funcionan oficinas y debajo alberga una cafetería de la cadena Starbucks, pero... ¿Qué secretos podría guardar esa increíble esquina? Es mucha la gente de la zona que afirmó haber visto gente entrar y nunca salir del edificio. ¿Qué sería aquello tan intrigante? ¿Existiría otra dimensión? ¿A dónde van a parar?

Una hermosa mujer intentaba camuflarse entre la multitud y aunque era difícil pasar desapercibida ella sabía cómo hacerlo O al menos lo intentaba. Un atolondrado oficinista venía cargando con el peso de un mal día, su mente estaba en cualquier otro lugar menos donde debería estar. Una promoción de Starbucks le llamó la atención y se frenó en medio del álgido flujo de gente, provocando que aquella mujer se choque con él.

—¿Estás bien? Te pido mil disculpas por frenarme así –La mujer lo miró y quedó encantada con la mirada de aquel hombre, su esencia quedó a flor de piel y por lo tanto se hizo difícil de controlar.

—No pasa nada, deberías tomarte las cosas con más tranquilidad, no te amargues por tu trabajo, vas a estar bien –le dijo ella.

Él la miró y no podía sacarle la vista de encima, sus ojos se asemejaban a un azul marino profundo, olía a rosas y su piel… Su piel era radiante. Los dos tuvieron su momento, pero el deber llamaba…

—¿Me escuchaste? –dijo ella, él la miró desentendido y dijo:

—Sí… –La mujer se sonrió y le deseó que tenga un buen día.

—Eh, esperá ¿Cómo supiste que ? –En segundos ella había desaparecido en la esquina de av. Belgrano y Perú.

Gran parte del edificio tiene como propietario a un importante político, uno del que por ahora mucho no vamos a hablar, pero se sabe que es el mediador entre dos mundos y fue asignado con el fin de cooperar con la cámara reguladora argentina de magia, un nombre un tanto gracioso, sabemos que hay cámaras para muchas cosas, pero esto Esto sí es de otro mundo. El señor en cuestión compró varios pisos, los cuales son utilizados por magos y brujas que velan por la seguridad de todos. De afuera parecen simples oficinas, pero dentro de ellas, hay un mundo completamente diferente, en el cuarto piso un pasillo conduce a la puerta del misterioso departamento ocho, pocos saben que aquel es el camino al infinito, detrás de esa puerta, se encuentra la dimensión del Gemini La dimensión del Gemini es igual a la dimensión de los mortales, pero la magia fluye libremente y los espacios están modificándose todo el tiempo.

La mujer en cuestión tomó el ascensor, se bajó en el cuarto piso y caminó por el blanco e iluminado pasillo hasta llegar a la puerta ocho, la cual se abrió sola y una vez dentro se dirigió hacia el Recinto galáctico. Allí dentro la vía láctea se proyectaba dentro de un enorme domo, las constelaciones brillaban y se podía ver gran parte de los límites de nuestra galaxia Debajo de esta esplendorosa proyección se encontraba un gran espejo de agua y sobre él giraba el planeta tierra… Era un centro de monitoreo. Allí dentro solo entraban hechiceras o magos de altísimo rango. Bajo el solemne domo se encontraban Selene y Kosmo, los centinelas del tiempo y el espacio. Ambos vestidos de blanco y gris, observaban preocupados los flujos de energía oscura que habían circulado por la ciudad.

—Selene, nos estamos perdiendo de algo, sigo sin poder seguir el rayo de luz verde. –Kosmo volvió a alterar el tiempo para ver el momento en que la energía se manifestaba.

—¿Notás que cada vez se ve menos? ¿Será que fue un evento aislado? –Selene separó el tiempo en milésimas de segundos, pero fue inútil, parecía que cada vez que trataban de investigarlo, desaparecía.

—Quizás esto tenga algo que ver con el libro de… –Kosmo fue interrumpido por el sonido de dos enormes puertas doradas abriéndose, ambos se voltearon y ahí estaba ella Traía una capa blanca atada con un broche de oro en forma de sol y debajo un mono azul noche satinado, el eco de unos tacos acompañaba sus firmes pasos

Su mirada se posó en ambos y les preguntó:

—¿Lo encontraron?

—Señorita Andrómeda –Los dos le dieron la bienvenida.

—Ayer por la noche, los cóndores captaron una potente amenaza proveniente de un punto no muy lejano –dijo Kosmo.

—Sospechamos que el libro robado hace unos días en casa de Cristal tiene algo que ver. –Selene con sus manos hacía ademanes y seguía intentando rastrear ese flujo de energía inversa.

Andrómeda se acercó al domo galáctico y lo contempló con mucha preocupación, ella sabía que no era ningún evento aislado, que era algo muy serio, la última vez que sucedió algo así eventos destructivos se desataron en cuestión de días.

—Estén atentos, tengo un muy mal presentimiento, cierren las cúpulas del tiempo. Nadie sale, nadie entra. Solo las Academias quedarán abiertas. Den aviso al comité.

En el último piso dos hermosas cúpulas coronan aquel fabuloso edificio, cada una posee cinco aberturas y lejos de ser un simple mirador lo que sucede allí dentro es alucinante. En la cúpula de la derecha se puede viajar a través del tiempo y recorrer la historia argentina desde sus inicios, esta recibe el nombre de mirador del Plata, mientras que en la izquierda uno puede viajar a los períodos en los cuales la tierra estaba en plena formación, por lo cual a esta cúpula se la conoce como el mirador del mundo. Ambas son tan importantes como peligrosas y solo aquellos que juraron lealtad a Chronos tienen la posibilidad de subir y utilizar esos portales. Kosmo y Selene juraron ante el tribunal supremo dar su vida en caso de que sea necesario para proteger las cúpulas y la integridad de todos…

Desde lo alto ambos conjuraron un hechizo protector que envolvió a todo el edificio dejando clausurados aquellos dos portales, ahora desde allá arriba solo se podía observar la ciudad de Buenos Aires. Selene miró a Cosmo desde el mirador del mundo y con pesar dijo:

—Voy a extrañar esto. –Cosmo tomó un báculo de color blanco con detalles en dorado y le dijo:

—Yo también, pero es mejor que por ahora nos cuidemos, no te olvides del cetro. –Selene agarró su cetro y los dos desaparecieron, dejando las cúpulas en plena soledad.

Andrómeda, desde el recinto galáctico, se había percatado de que la noche anterior la constelación de Casiopea había emitido un leve resplandor.

—Qué raro, hace bastante que no resplandecía

De pronto algo cautivó su atención, apuntó las palmas de sus manos contra el planeta y lo desplazó a un costado, el espejo de agua en forma de elipse había quedado al descubierto, sus ojos estaban blancos como la leche, el agua se movía y generaba un minúsculo oleaje, sus ojos se aclararon y ahí estaba, la cara de aquel muchacho con el cual se había chocado en la esquina

—Quizás algún día pueda conocer al amor de mi vida. –Detrás de ella alguien se aclaraba la garganta.

—Mmm, mmm, ¿Andrómeda? –Era Ava, una hechicera capaz de convertirse en águila.

Andrómeda estaba roja como un tomate y de repente la cara de aquel apuesto hombre desapareció.

—Qué vergüenza.

—No te preocupes, no es nada, te necesitamos en el sótano Parece que alguien tiene información.

En el sótano del Otto Wulff, se encuentra la prisión de los espejos encantados, este lugar fue asignado para aquellos que esperan su condena, los magos que quiebren algunas de las tres leyes fundamentales son condenados a la pena de muerte y pasan sus días dentro de celdas especiales donde las paredes son espejos mágicos conjurados con hechizos protectores para contener y repeler toda corriente de energía mal empleada, estos espejos que neutralizan la negatividad fueron diseñados por un antiguo discípulo del rey Salomón.

E L T E M P L E T E G R I E G O

El día estaba un poco nublado, el clima era pesado y para ser más exactos 31 °C era la temperatura a las 11:30 de la mañana, a medida que Casio caminaba por el barrio cada vez se hacían más intensos los ruidos de la avenida y los gritos de los chicos en la plaza. El Viejo Derby, un restaurante emblemático de la zona, estaba repleto de gente en sus mesas de la calle. El adoquinado y las vías del antiguo tranvía brillaban siempre y cuando las nubes dejaran pasar los calcinantes rayos del sol.

Casio llegó a la esquina y observó que los caminos serpenteantes del parque Lezama estaban minados de feriantes y hermosas artesanías, el olor a sahumerios, palo santo y garrapiñadas se mezclaban en el aire embriagando a todo aquel que pasara por allí.

Deambulando y disfrutando de la magia de aquel día, Casiopea subió por la barranca del parque hasta llegar a su punto más alto y se topó con un sendero rodeado de figuras alegóricas, entre las cuales se encontraba Palas Atenea y una representación de la primavera entre otras. Aquel camino conducía al famoso templete griego, un espacio único lleno de misterio y solemnidad. Casio atravesó aquel sendero e ingresó en él. Para su sorpresa ese día, no había nadie, así que se sentó contra una de sus ocho columnas y con sus extraños ojos observaba las secuencias que se sucedían a su alrededor, mientras pensaba en la noche anterior, todavía no podía entender cómo las cartas estaban escritas, si hasta hace dos noches solo eran papeles viejos. Luego de estar durante un buen rato bajo la benevolente sombra de la cúpula, se recostó en el pasto en una de las laderas del parque. El sol de mediodía brillaba y su cara de a poco levantaba temperatura. Sus ojos reflejaban un celeste cielo que de a poco se mezclaba con algunas nubes negras, grises y blancas. Por su tamaño estas proyectaban sombras en el parque haciéndolo parecer un dálmata. El calor del sol era tan placentero que Casiopea se relajó de más y por unos segundos dormitó.

De la nada, ella sintió pequeñas gotas de agua en su cara y el recuerdo recurrente del sueño de la noche anterior se hacía presente. A lo lejos una voz le gritó:

—¡Casio, arriba, dale! –Pero ella estaba inmóvil, una mano se posó en su hombro de forma brusca y al tacto reaccionó.

—Ey, hola, dale, nena, vamos que llueve. –Era Micaela, su vecina, una amiga de toda la infancia. Juntas corrieron por la calle de la av. Martín García–. ¡Tengo calor y frío! –gritó Micaela.

—¡Yo también, pero dale, corré! –El vapor brotaba del pavimento, las gotas gruesas de lluvia habían apaciguado las elevadas temperaturas del suelo, todavía podía sentirse la humedad y el olor a tierra mojada.

Entre risas y gritos llegaron hasta la esquina Arzobispo Espinosa y Gaspar de Jovellanos, Casio tentada de risa le dijo a su amiga.

—Mica, es agua, no ácido

—¿Mirá si éramos brujas y nos derretíamos? –le contestó tentada de risa su amiga.

—Vos estás loca, ja, ja, ja, nos vemos más tarde.

—Dale, tomemos un helado en la esquina de la plaza.

Las dos se despidieron e ingresaron a sus casas. Una vez dentro, Marina, la madre de Casio, la vio llegar y le dijo:

—¡Casiopea, estás toda mojada! Te llamé al teléfono y ni bolilla. ¿Dónde estabas? –En ese momento Casio le contó que había ido a pasear al parque como lo hacía con sus abuelos, porque la noche anterior había soñado con ellos. Al ver la nostalgia de su hija, Marina no dudó un segundo en abrazarla.

—Casio, la próxima vez, dejá una nota si no vas a llevar el celular, y acordate siempre de pedir permiso.

—Sí, ma, perdón, no los quise despertar.

—Ya está, hija, andá a cambiarte que estás empapada y te podés enfermar, te amo.

Ya en su cuarto, Casiopea se despojó de su ropa mojada y se cambió.

Se sentó frente a la ventana y observó cómo el cielo se oscurecía cada vez más, la lluvia había parado y Casio recordó que su abuelo siempre le hablaba del clima, y le había enseñado a detectar qué tan cerca o lejos se encontraban las tormentas, luego de cada relámpago que veía ella contaba los segundos hasta que se escuchaba el trueno. Uno, dos, tres, ¡BOOM!

El viento soplaba con fuerza y de repente un flash de luz la encegueció, en una fracción de milésimas de segundos, un trueno hizo retumbar todos los vidrios de la casa. La reacción de Casio fue graciosa ya que se quiso tapar los oídos pero se tapó los ojos, su grito fue casi igual de fuerte que el trueno, la luz se había ido y las gotas de lluvia comenzaron a correr con furia sobre su ventana, aquel plan de verse con su amiga cuando pase la tormenta se había desdibujado. Ahora debía quedarse resguardada hasta que el mal tiempo cese.

En el Feed de su celular, lo único que veía eran informes del servicio meteorológico anunciando tormentas severas, aburrida en su cuarto buscó las cartas y las comenzó a investigar, vio que todas estaban selladas con cera y con relieve de números romanos, las ordenó y leyó sus títulos, La luz Mala, la isla de San Brandán, entre otros, una vez en orden, Casio estuvo a punto de abrir la carta pero su madre la interrumpió.

—¡Casio, vení a ver la caída de tu padre en pleno baile! –Así que tuvo que dejar la lectura para más adelante. La tormenta se desplazó al este siendo devorada por el Río de la Plata y los cielos de a poco se despejaron, a medida que el sol se ponía, tonalidades rojizas, naranjas, rosas y azules se fundían en lo alto. Era la hora mágica, Casio y sus padres vieron una intensa luz cálida entrar por la ventana y se asombraron.

—Miren esa luz naranja, ¿vamos a ver? –Juntos fueron a la terraza a observar el fenómeno en el cielo.

—La hora mágica, hija, a la abuela le encantaba mirar la puesta del sol, qué lindos recuerdos. –Marina y Marcelo se abrazaron y recordaron a sus padres, Casio estaba fascinada apoyada en la baranda de la pequeña terraza y juntos despidieron aquella tormentosa tarde. Por suerte la noche transcurrió con un clima templado, el viento había barrido por completo todo rastro de nubosidad y el cielo estaba impecable, la luna brillaba y las estrellas acompañaban con sus fulgurosos destellos.

La luz había vuelto y la cena había finalizado.

—No puedo más, riquísimas las empanadas. –Casiopea estaba llena.

—Te queda una sola más –le dijo su madre mirándola con ojos saltones.

—No, ya está, la dejo para mañana, ahora ya me voy arriba.

—Bueno, no te olvides de cepillarte los dientes. –Su padre hizo un gracioso ademán con la boca.

—Está grande ya, y… Se vienen los quince…

—¡Qué emoción!

Casio por fin había encontrado la tranquilidad e intimidad que necesitaba, era el momento perfecto para comenzar a leer al menos alguna de las cartas.

Una vez en la cama y con las luces casi apagadas Casiopea recurrió a su pequeño velador de lectura, el cual alumbraba tenuemente la habitación creando un clima propicio para la lectura, tomó la carta y al abrirla el sello de cera se quebró, respiró profundo y el olor añejo del papel la transportó lejos, se acomodó y comenzó a leer una nota previa. Eran instrucciones que advertían cómo debía ser el correcto uso de la caja y sus cartas, algunas de las indicaciones decían:

—Las cartas deben leerse de una por vez, respetar el orden es esencial, solo se pueden leer de noche. Guardar de inmediato las cartas una vez leídas. Esos eran algunos de los ítems o condiciones que sus abuelos le marcaron. Aclarado ese punto, Casio no aguantó, sacó las hojas que había dentro del sobre y comenzó a leerlas, esta se titulaba LA LUZ MALA, en ese momento un escalofrío recorrió todo su cuerpo y la carta emitió una vibración tan fuerte que los ojos de Casiopea de repente se pusieron en blanco y comenzó a leer como si estuviese en trance y sin saberlo su cuerpo se desdobló enviándola a otra dimensión…

E L R E O

Esa noche, Andrómeda se encontraba interrogando a uno de los últimos reclusos de aquella cárcel de espejos

—¿Por qué seguís insistiendo con lo mismo? Todos te vieron.

—Juro que yo no fui, es imposible

—Eras el único que tenía contacto con la tierra oscura de las Galdénadas.

—¿Y esto que tiene que ver?

—Son las mujeres más controversiales del cosmos, pudren y estropean dimensiones.

—Estás equivocada, ellas no tuvieron nada que ver, yo sé quién sabía todo…

—¿Quién?

—Salkdyan…

—No, mirá, tené cuidado con lo que vas a decir porque me olvido que estamos regidos por reglas. ¡Decime la verdad, admití que vos sos el culpable y por eso podés ver el fin del mundo, porque compartiste una conexión profana con las Galdénadas!

—Qué mal habla eso de vos, así que corromperías los códigos mágicos estelares… Andrómeda, te lo digo por última vez, no soy el culpable y no tengo idea de por qué puedo ver la ciudad en llamas…

—Tené cuidado con lo que decís…

—Digo la verdad, pero podría investigar más si me sacaran de esta caja de espejos. Mi reflejo no deja de atormentarme y eso me impide ejercer mis facultades…

—Ja, ja, ja. ¿Tus facultades? No me hagas reír, lo que pedís está fuera de discusión y te reitero, por si no te quedó claro, estás preso, no estás de joda en un hotel cinco estrellas. –Esta vez Andrómeda había sacado a la luz su lado más severo y rígido, aquel lugar requería de mentes fuertes y ella no era la excepción. Con decoro, Kosmo irrumpió en aquella fría cárcel preocupado.

—Andrómeda, tenés que ver algo, está pasando de nuevo. –De inmediato los dos se dirigieron al recinto galáctico y detectaron nuevamente que la constelación de Casiopea emitía importantes destellos.

—Es increíble, hace tiempo que no brillaba así, me preocupa un poco.

En aquel recinto ambos percibieron la intermitente energía de magnitudes siderales, Andrómeda recordó el día en que un poderoso oráculo le había predicho que un nuevo amanecer lleno de magia llegaría sin previo aviso, alguien vendría y ese alguien solo despertaría si el fin estaba cerca.

—Kosmo, tenemos que esperar un poco más, las señales son claras, Escipión vio algo y esta energía es muy poderosa

—Y si es…

—No sabemos, esperemos un poco.

Esa noche Andrómeda supo que estaba al frente de uno de los sucesos más importantes de toda su historia. Ninguno podía dejar de observar cómo aquella constelación enviaba poderosas descargas de energía hacia la tierra.

—An, la fuente que emite la energía podría estar a miles de millones de años luz, o al lado nuestro.

Kosmo tenía un fuerte presentimiento.

—Lo sé, es tan grande que abarca una franja muy amplia.

Selene ingresó en el recinto y preocupada les informó que alguien había viajado en el tiempo sin permiso.

L A L U Z M A L A

20 de agosto de 1964. Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina

Una fría mañana de agosto comenzaba a templarse a medida que el sol salía, los caminos de tierra colorada se encendían como fuego. Los tractores circulaban por la zona levantando enormes polvaredas de tierra, los perros en las granjas ladraban y el sonido del trote de los caballos recorriendo los campos se escuchaba por todos lados.

El día recién comenzaba para dos hermanos herederos de tierras fértiles, que vivían a la vera de un lugar poco conocido llamado Camino de Rojas en las afueras de Gualeguaychú.

Para llegar a aquella localidad por lo general se debía tomar una ruta de ripio con quebradas y varias estancias repartidas en amplios kilómetros.

Un sórdido golpe despertó a Elena aquella tranquila mañana invernal, ella era una joven de 26 años golpeada por la repentina muerte de sus progenitores. Hacía diez meses que habían partido y se sentía como si hubiese sido ayer. Ahora ella junto a su hermano Juan Cruz heredaron una afanosa estancia de la cual debían hacerse cargo.

Mientras Elena se miraba en el espejo sufrió un vahído, había algo que la inquietaba, algo en su mirada no estaba bien, o sí, eran sus ojos, los sentía diferentes, en ese momento de introspección su hermano se paró frente a la puerta de su cuarto y dio dos golpecitos.

—¡Arriba, dormilona! Hoy vienen los López y tenemos que tener listos los planos.

—¡Los López! –Se oyó desde adentro del cuarto y apresurada se vistió, tomó sus aros preferidos y se volvió hacia el espejo. Otra vez había tenido aquella sensación extraña, sin darle más importancia se dirigió al comedor y mientras desayunaban hablaron de sus padres y de la responsabilidad que debían afrontar, la época de cosecha se acercaba y debían tener todo listo para los agroexportadores.

—Juan, ¿creés que los López van a querer seguir en el negocio?

—Yo creo que sí, Elo, de la zona somos los que más producimos, además esta Ramírez que nos asesora igual que el viejo, cómo se lo extraña. Juan le había dado un último sorbo a su mate cocido–. Vamos a arrancar porque si no…

Esa tarde una Chevrolet Impala Wagon transitaba por las serenas tierras coloradas levantando una espesa nube de polvo rojo. Dentro se encontraba el matrimonio López que de a poco se acercaba a un cartel que indicaba el camino hacia la estancia de los Molinari. En la entrada un cartel de madera tallada llevaba grabado el nombre de aquella porción de tierra. LA CANDELARIA y debajo una pequeña oración que decía “La que resplandece”.

Mientras Juan Cruz preparaba el papelerío para entregarle a Florencio López, socio de su difunto padre, Elena decidió ir a darles de comer a los peces que tenían en el estanque bajo el molino.

Las escamas de los alborotados peces brillaban como pepitas de oro, sus colores anaranjados fulgurosos parecían luces que iban y venían debajo del agua, al acercarse más de lo normal, Elena vio en el agua el reflejo de una adolescente. Elena no era nada más ni nada menos que Casiopea, ella se dio cuenta de que estaba dentro del cuerpo de la protagonista de su “sueño”, ya no era la adolescente de 14 años que vivía en Barracas. “No lo puedo creer, yo no soy yo, pero sí soy…”. Como si dos personalidades convivieran en una sola mente, Casio podía sentir el dolor de la pérdida de los padres de Elena, podía recorrer sus cicatrices, su felicidad, sus amoríos, su historia de vida. Casio estaba en el cuerpo de una adulta.

Un señor de traje se apareció a su costado y le dijo:

—¡Elena! Qué gusto verte, tanto tiempo.

—Hola, señor López, ¿cómo se encuentra? ¿Su esposa Margarita vino hoy?

El señor cariñosamente le respondió:

—Pero claro, hija, Marga te trajo un delicioso Rogel.

Juntos dejaron aquel viejo molino y se dirigieron hacia la casona.

—Florencio, este año va a ser bueno, muy bueno, perdimos por un lado pero ganamos por otro. –Al escuchar la palabra pérdida, Marga lo interrumpió y en tono cuidadoso y amable le preguntó:

—Por cierto, Juan, ¿cómo estás llevando este momento?

—Como puedo, Marga, hay días en que es difícil, pero de a poco voy mejorando. –Elena lo miró y les ofreció otra ronda de mate.

Esa tarde los chicos y el matrimonio cerraron el negocio y pactaron volver a verse en unos días.

La noche estaba acercándose, eran las 5:40 y los caminos de tierra iban perdiendo su intenso color rojizo. Margarita le dijo al Sr. López:

—Florencio, vamos, se hace de noche y los caminos no tienen luz. –En ese momento Florencio le retrucó con una broma.

—Bueno. Quizá la luz mala nos puede alumbrar y guiar. –Margarita con poco humor le dijo:

—No digas eso ni en broma. Los Devaux dicen que casi vuelcan por esa luz, además Inés está aterrada, no sé si será un cuento o un chascarrillo pero no quisiera averiguarlo. –Los cuatro se despidieron y Elena junto a Juan Cruz los acompañaron hasta la entrada de la estancia. A lo lejos se perdía el auto de aquel matrimonio haciéndose cada vez más diminuto.

—¿Hablaron de la luz mala?

—Sí, Ramírez también dijo algo de eso, son de campo y creen en esas leyendas.

—No seas malo, las brujas no existen pero que las hay…

—Las hay, yo conocí a una

—¿Quién, Juan?

—Mi exsuegra… Vamos, hace frío.

—Qué machista.

Margarita miraba con una sonrisa a través del retrovisor a los hermanos fundirse con el horizonte.

—Son buenos chicos, todavía recuerdo el día en que Mario y Elizabeth nos los presentaron.

—La muerte de los padres es difícil de superar pero el tiempo sana las heridas.

La noche había caído con todo su peso sobre la estancia La Candelaria, aquel caserón era el único punto de luz en medio de aquellos vastos campos. Debajo de una menguante luna acompañada por unas brillantes estrellas, Juan Cruz se encontraba fumando a los pies de la galería de la casa.

Desde adentro Elena contempló a su hermano en soledad y decidió salir a hacerle compañía, con cuidado posó el termo en una mesa y se sentó en el silloncito de madera con un mate caliente entre manos.

—Está fresca la noche, pero no hay viento. Quizá mañana tengamos algunas lluvias –comentó Juan.

—¿Querés un mate? –preguntó ella.

—No, Elo, estoy lleno, gracias.

Juan le dio dos caladas más al cigarrillo y se metió a la casa, en cambio Elena se quedó observando la oscuridad de las tierras a través de las arcadas de la galería. No podía dejar de pensar en lo que había dicho Margarita sobre la Luz Mala. Su tío le había contado de muy pequeña la historia de una luz que vagaba por los suelos de los campos o las laderas de la montañas por las noches sin luna, pero recordó que ella estaba en el litoral argentino y no en el norte, así que se despreocupó y dejó de pensar en esa leyenda, tomó el termo y el mate e ingresó a la casa, dejó las cosas sobre la mesada de la antigua cocina de campo, caminó por el pasillo y subió las escaleras hasta llegar a su cuarto.

Elena estaba a punto de acostarse cuando a través de la ventana vio un destello parpadeante emergiendo del tanque de agua que se encontraba debajo del molino.

—No puede ser… –dijo asombrada, no podía creer lo que estaba viendo, así que agarró un abrigo, una linterna y se adentró en la profundidad de la noche, el portazo que dio al salir de la casa despertó a Juan Cruz, quien vio por la ventana de su cuarto a su hermana corriendo hacia el estanque.

Al llegar Elena no encontró nada. Solo estaban los peces un poco alborotados, y pensó que quizá fue por la vibración que provocó el golpe de la linterna con el metal. Inmediatamente Juan Cruz corrió detrás de ella y, al ser interceptada por él, Elena se sobresaltó.

—¿Elena qué hacés? Es tarde.

—Es que pensé que alguien estaba en el campo, vi luces por acá y vine de inmediato.

—No salgas más así, es peligroso, quizá algún ladrón estaba queriéndose llevar un poco de agua para su molino.

—¡Había una luz! No estoy loca.

—Está bien, Elo, la próxima me llamás y punto. –Juan estaba molesto, tenía miedo de que a su hermana le pasara algo.

Juntos volvieron a la casona, pero antes de irse a dormir, Juan Cruz, un tanto desconfiado, trabó todas las puertas y encendió los reflectores del establo, más otras luces de la casa por las dudas.

Habían pasado dos días y no tenían noticias de Florencio, ni de Margarita.

—Juan, le pregunté a Ramírez sobre los López y no sabe nada desde ayer, hoy tenían que traer unas carpetas. ¿No?

—Qué raro, son las 11, creo que voy a ir al centro, seguro se retrasó o le pasó algo a su auto.

Juan Cruz se despidió de Elena y partió rumbo a la ciudad para cerciorarse de que el 24 de agosto él y los López cerrarían el negocio.

Elena se quedó en la estancia y decidió salir a dar un paseo, sentía una pulsión por explorar aquel territorio y encontrar alguna respuesta a eso que vio, hace días no dejaba de pensar en el cuento de la luz mala.

Antes de abandonar los límites de sus tierras, vio a su amigo cargando unas herramientas a la camioneta.

—Ramírez, ¿ya se va?

—Sí, me llamó Nora, necesita una mano con unos caballos que se salieron pa la ruta, dicen que desde ayer a la noche están como locos.

—Qué desastre, bueno, cuídese y mándele un gran cariño a Norita, nos vemos, Ramírez.

La primavera se acercaba y los días eran inestables, a veces hacía más calor de lo normal y otras veces un frío hostil helaba los campos, pero esa tarde una cálida brisa del norte teñía al invierno de verano.

Durante su caminata, Elena se adentró por un frondoso camino de árboles y plantas similar a una pequeña selva y al atravesarlo se encontró con un arroyo rodeado de generosa porción de arena que formaba una pequeña playa, se sentó y observó el agua correr, en la orilla se podían ver pequeños peces nadar y más adentro, bueno, ya no se veía mucho, el agua era más turbia y parecía más profundo. Elena se recostó y disfrutó del hermoso día. Había caminado casi 1 hora, necesitaba descansar.

Al rato un perro apareció de la nada y con cautela se le acercó a Elena, tiernamente lamió su mejilla y ella se despertó, sonrió y entre risas le dijo:

—Hola, bonito, ¿de dónde saliste? –Jugaron un rato hasta que el perro se adentró en la vegetación que la circundaba. Con curiosidad Elena siguió sus pasos pero cuando se quiso dar cuenta el perro había desaparecido, un trueno a lo lejos le daba la pauta de que una tormenta se acercaba.

Preocupada miraba para todos lados buscando la manera de salir de ahí, la luz ambiente había disminuido notablemente, estaba por llover, el cielo se veía gris oscuro acompañado de vetas verdosas, parecía como si alguien le hubiese dado una pincelada, el viento atormentaba las hojas de los árboles con bruscos movimientos. Elena, un poco asustada, optó por mantener la calma y se mentalizó para encontrar la manera de salir de ahí. Durante su búsqueda Elena fue testigo de un fantasmal fenómeno, una luz comenzó a titilar entre los árboles aledaños, en ese instante olvidó la tormenta y recordó la luz de la noche anterior vagando cerca del tanque de agua.

—Es mi oportunidad… –dijo envalentonada y se dispuso a seguirla, a medida que ella se acercaba la luz se alejaba, poco a poco ambas comenzaron a tomar velocidad y sin darse cuenta una carrera había comenzado. Elena quería saber qué era aquella luz, enceguecida por su resplandor olvidó lo que ocurría con el clima. La tormenta le pisaba los pies como su sombra, potentes rayos caían a tierra y ella era un blanco perfecto, la luz desapareció y Elena agitada se detuvo, tomó aire, miró al piso y cuando alzó la vista se percató de que había llegado a la estancia, confundida antes de dar un paso, un estruendo la inmovilizó y vio cómo un árbol fue alcanzado por un enérgico rayo dejándolo partido a la mitad, debido a la intensidad del momento aquella imagen quedaría grabada en su retina para siempre.

—Por Dios –gritó ella, el árbol dañado era un viejo sauce, que habían plantado los primeros dueños de las tierras y el favorito de su madre, esa tarde Elena tuvo la sensación de que algo la había ayudado a salir de ese lugar y que, si no se hubiese detenido ante la desaparición de la luz, podría haber muerto.

Juan Cruz había llegado a la ciudad en busca de respuestas, preguntó a los vecinos de la familia López pero estos no sabían nada. Así que se acercó a la vieja despensa de junto y preguntó por Florencio.

—Disculpe, señor, no quisiera molestarlo, pero ¿vio a Florencio López? –dijo Juan Cruz.

—¿Quién pregunta? –le contestó un señor de voz quebradiza.

—Mi nombre es Juan Cruz Molinari y…

—¡Juan Cruz! Soy Oscar, ¿cómo estás? –Un hombre de unos 65 años con rasgos faciales fuertes, canoso y de boina se encontraba subido a un estante acomodando mercadería, era un antiguo amigo de sus padres de toda la vida, ese invierno se estaba haciendo cargo del almacén de doña Dorita.

—¡Oscar, qué sorpresa! Disculpe, no lo reconocí entre tantas cajas, quería preguntarle si sabe algo de los López.

—No te preocupes, hijo, no sé nada desde antes de ayer. Pensé que se iba con Marga a pasar unos días a Victoria. –Juan frunció el ceño extrañado y mientras observaba el precio de unos salamines y quesos posó sus ojos en un cuaderno y una lapicera toda mordida que estaban sobre el pequeño mostrador, pidió permiso para tomar una hoja y escribió un recado.

—Voy a dejarles una nota. –Un trueno retumbó en aquel pequeño almacén y la luz parpadeó. Los dos miraron la bombilla que colgaba del techo esperando un corte de luz.

—Che, Juan, parece que está bravo afuera, ¿por qué no te quedás en la hostería de Abril?

Una vez que había dejado la nota bajo la puerta de la casa de Florencio, Juan Cruz se fue directo a la hostería.

La tormenta era fuerte, los arroyos y ríos no tardaron en desbordarse, por lo tanto decidió hacerle caso a Oscar y pasar la noche en Gualeguaychú.

El camino de Rojas había quedado bloqueado. Como si estuviesen en cuarentena nadie entraba y nadie salía de las estancias, había barro por doquier y las rutas se tornaron intransitables.

Elena estaba preocupada, su hermano no llegaba a la casa, ya eran las 18 y todos saben que de noche es mejor no andar por esas rutas y más con lluvia, afuera la tormenta no daba tregua y para calmar los nervios se preparó un té de tilo, se sentó frente a un ventanal y a lo lejos Elena vio una luz roja, sin dudarlo abrió la puerta pensando que su hermano estaba llegando, pero para su sorpresa cuando abrió la puerta no había nada, confundida ingresó a la casa y se quedó esperando al lado de la ventana, la tormenta había pasado. Eran las 19 h y Elena sabía que su hermano ya no volvería.

En la esquina de Patico Daneri y av. Morrogh Bernard, se encontraba la Hostería Casa Abril. Al entrar Juan se acercó a un escritorio lleno de folletos y llaves, tocó una campanilla y una señora de 77 años salió detrás de una puerta. Su pelo era blanco y llevaba un rodete, con su achinada mirada se acercó silenciosamente, acomodó su chal, se colocó sus anteojos, parpadeó y al instante exclamó con voz aguda.

—¡JUAN MOLINARI, QUÉ SORPRESA!

Juan se alegró al ver a doña Abril fuerte y entera, o al menos eso es lo que aparentaba, hace poco había perdido a su hijo Mariano en un accidente en la ruta 14. Algunos decían que un camión lo embistió y este se desvió chocando contra un badén, otros decían que se había embriagado y había perdido el control. Cuando lo encontraron estaba agonizando y balbuceaba palabras sin sentido, lo único que habían entendido era cuidado con la luz.

Doña Abril y Juan charlaron toda la noche en el comedor de aquella vieja hostería. Estaban solos y lejos de la temporada de verano. De vez en cuando algunos camioneros o ejecutivos se quedaban un par de noches por trabajo, pero nada más.

—Espero que te guste, a Nano le encantaba el guiso de lentejas.

—Gracias, para este frío nunca viene mal.

Juan miraba los cansados y tristes ojos de Abril, y pensaba en preguntarle cómo hacía para sobrellevar la partida de su hijo, pero ella le ganó de mano.

—Juan, siento mucho lo de tus padres, tu madre fue una gran amiga mía, la recuerdo con tanto cariño.

Juan la miró y con una forzada y tímida sonrisa le dijo:

—Seguro que lo fue, doña Abril, gracias. –Un silencio se apoderó de la escena y una vez terminado el plato Abril guio a Juan hasta su cuarto.

—Cualquier cosa que necesites estamos abajo.

—¿Estamos? –preguntó Juan.

—Sí, Carlos siempre está despierto, le cuesta dormir, se la pasa leyendo o mirando televisión, que tengas buenas noches.

Desde la habitación se podía ver el imponente puente Méndez Casariego, un emblema inoxidable inaugurado en 1931 traído desde Ámsterdam, Holanda. Ya un poco cansado Juan bajó la persiana y bloqueó la luz de las luminarias de la calle para poder dormir un poco. La noche transcurrió normal hasta que un extraño frío heló la habitación obligando a Juan a saltar de la cama, no bien encendió el velador, un chispazo lo dejó a oscuras.

—Pero la puta, che. –Con cautela tanteó los objetos, y las paredes de aquel cuarto en busca de la puerta o la ventana. Él avanzaba unos pasos y se encontraba con una pared, parecía que su memoria visual le estaba fallando, una y otra vez terminó en el mismo lugar, hasta que en un momento se quedó apoyado en la pared y oyó unos murmullos indescifrables, extrañado golpeó la pared. Toc, toc.

—Hola, doña Abril, ¿es usted? –Un golpe fuerte se escuchó y súbitamente se alejó de la pared y una voz le dijo:

—Hola, Juan. –Asustado alejó la cara de la pared y al instante doña Abril abrió la puerta.

—Juan, ¿estás bien?, se fue la luz, vengo a dejarte una vela. –Desde la otra punta de la habitación le agradeció.

—Much… Muchas gracias. –Con desconcierto miraba la puerta y no entendía cómo nunca había podido llegar a ella, algo que parecía simple se había transformado en un juego laberíntico.

—Hay unos cobertores en el armario por si tenés frío, que descanses, tesoro… –Juan esa noche se quedó pensando en esa voz que le dijo hola, el sueño se le había ido, tenía miedo, esa noche no sería el único en vivir una experiencia de otro mundo.

En la estancia, los animales comenzaron a alborotarse, Elena se despertó en plena madrugada y aprovechó para ir por un vaso de agua, a lo lejos se escuchaban los alaridos de los animales y sin darle mucha importancia ella caminó por el pasillo y se dirigió a la cocina, pero antes de llegar escuchó susurros que provenían de las paredes y sonaban como voces distorsionadas.

—Elena, ya llegamos, ¿no nos vas a saludar?

Una fría correntada de aire pegó en su nuca y la puerta de entrada se había abierto. Una luz roja comenzó a brillar con fuerza desde la cocina y un olor putrefacto invadió toda la casa, por las ventanas sombras humanoides iban y venían a gran velocidad, con sus ojos llorosos y muerta de miedo, Elena se refugió en su cuarto e intentó dormirse pero le fue en vano. Ansiosa por que amaneciera miró su muñeca derecha y observó la hora, pero para su sorpresa su reloj se había detenido. “Lo que me faltaba, ¿qué hora será?”. Elena salió del cuarto y con pavor abrió la puerta, se asomó al barandal y otra vez la luz, pero esta vez estaba a los pies de las escaleras, parecía que ese ente podía sentir el miedo así que comenzó a rezar con todas sus fuerzas y a pedirles a todos los santos que sea lo que sea que desaparezca.

La puerta comenzó a temblar violentamente como si alguien con mucha fuerza la pateara y Elena gritó con desesperación. “Diosito, no sé qué sea esto, pero te imploro, hacé que desaparezca, viejos, si me están cuidando desde el cielo ayúdenme, que se vaya! ¡Que se vaya! ¡QUE DESAPAREZCA!”.

Las luces de la casa se prendieron y emitieron tanta luz que Elena casi quedó ciega. Parecía que la casona se había defendido de algo que no debía estar ahí. Al igual que su hermano después de esa noche, no pudo dormir y decidió descansar solo cuando saliera el sol.

Eran las 10:30 de la mañana y Juan Cruz llegaba de la ciudad con malas noticias, al ingresar a la estancia vio el gigantesco sauce partido a la mitad.

—¡Que carajo pasó acá! –En ese momento se percató de que las puertas estaban abiertas de par en par–. ¡Elena! Elena, ¿dónde estás? –Al entrar observó que todo estaba revuelto, algunos barrales de los cortinados habían salido proyectados contra los muebles, exasperado corrió rápidamente a las escaleras gritando el nombre de su hermana. Temeroso porque le haya pasado algo, irrumpió en la habitación de Elena, la vio dormida aferrada a un rosario y un arma blanca. Confundido la despertó–. Elo, ¿estás bien? ¿Qué pasó? –Entre lágrimas, le contó el terror que había vivido la noche anterior y Juan recordó su experiencia en la hostería y le relató lo que había pasado en el pueblo, además de aquel extraño suceso le dijo a Elena que nadie sabía nada de los López.

—¿Les habrá pasado algo?

—No sé, espero que estén bien. –Esa tarde se dedicaron a ordenar el caótico living.

La noche se iba acercando y Juan se ponía cada vez más nervioso.

—Hermano, te tengo que pedir algo. –Juan miró a Elena con intriga.

—Decime, ¿qué pasa? –Elena se acercó al interruptor de luz y lo apagó.

—Esta noche vamos a quedarnos a oscuras, esa luz va a volver y de alguna manera hay que hacerla desaparecer.

Aquella noche Juan Cruz desconectó el tablero principal de energía y Elena decidió prender algunas velas, al finalizar la cena se ubicaron frente al hogar y compartieron felices recuerdos junto al fuego, a las 00:00 horas, apagaron los candelabros y quedaron iluminados por la parpadeante y cálida luz del hogar, esa noche no había luna, por lo tanto iba a ser más fácil detectar cualquier indicio de luz. Las horas pasaron y todo parecía calmo, Juan no aguantó y se quedó dormido. Elena se mantenía firme buscando por todos lados, a través del ventanal. El silencio era descomunal, solo se escuchaba el ruido de la chispeante madera que ardía dentro del hogar y el tic tac de su reloj, el cual instantáneamente se detuvo. Una atmósfera pesada se sintió en todo el lugar, como si se hubiese detenido el mundo y el aturdidor silencio se desvaneció con un golpe en seco provocado por la caída de un portarretrato de los padres de Elena y Juan Cruz. De pronto los caballos comenzaron a relinchar, los animales de la granja estaban enloquecidos. Desde la copa de los árboles los pájaros huían despavoridos. Una luz roja iluminaba gran parte del campo y Elena aterrada despertó a su hermano.

—¡Ahí está, volvió, es la luz mala, Juan! –Él no podía acreditar lo que veía, los caballos sueltos corrían de un lado, las gallinas y cerditos corrían en círculos, todo era un caos. En un abrir y cerrar de ojos, Elena estaba sola, su hermano se encontraba hincado frente a esa luz roja llorando y agarrándose el pecho como si le hubiesen clavado un puñal en el esternón, Juan Cruz se retorcía de dolor y la luz parecía incrementar su radio. Entonces Elena salió de la casa para acudir a su hermano pero un viento huracanado lo empujó de manera violenta al suelo, alzó su vista y le gritó a la luz, que desapareciera, que vuelva al lugar de donde salió y que los deje en paz, sus ojos llenos de lágrimas y tristeza veían cómo ese maligno resplandor de a poco se llevaba a su hermano.

Los ojos de Juan Cruz se pusieron negros, en ellos se reflejaban una triste escena que se repetía en un bucle temporal, Juan gritaba: “¡Mamá! ¡Papá!”.

El sonido del viento era abrumador, Elena en medio de tanto caos logró escuchar el ladrido de un perro, woof, woof, woof, miraba para todos lados y no veía absolutamente nada y entre la vegetación una luz comenzó a brillar.

La luz viajaba a gran velocidad y como un misil se dirigió directo al epicentro de la maldad chocando contra aquella diabólica luz que atormentaba a los hermanos. Las luces de la casa se encendieron con tanta potencia que un haz de luz salió disparado desde la puerta principal, atravesando a Elena, Juan Cruz y la luz roja, Elena con sus pocas fuerzas, se arrastró hasta llegar a su hermano y trató de calmarlo.

—Ya está, Juan, ya pasó, abrazame, está todo bien.

—Pero ma… mamá y papá están –sollozaba Juan

—Sh, Juan, ya pasó.

Abrazados contemplaban la lucha entre el bien y el mal. De a poco la luz blanca comenzó a disuadir esa energía negativa y la luz roja fue desapareciendo, un estruendo similar a un trueno se hizo sentir en el lugar y seguido un silencio fantasmal. Atónitos los hermanos no podían creer lo que habían vivido, con dificultad se pusieron de pie y observaron cómo la blanca luz disminuyó su tamaño y se dirigió al estanque para desaparecer en el agua, los hermanos se acercaron y pudieron observar que algo brillaba en el fondo. Elena sumergió su mano en la gélida agua mientras que los peces rozaban su brazo dificultando un poco la visión, estiró los dedos y recolectó un collar dorado, parecía que le faltaba un dije o algo, ya que tenía una argolla de encastre. Elena guardó el collar y juntos regresaron a la casa.

Cuenta la leyenda que los 24 de agosto la luz mala sale a devorar las almas de aquellos mortales que moran en pena por este mundo, la luz roja que se ve deambular es el mismísimo diablo o alguna fuerza equivalente, mientras que la luz blanca se dice que pertenece a algún alma bondadosa y esta solo aparece cuando un corazón puro pide por su asistencia.

Juan Cruz nunca pudo contarle a Elena qué fue lo que vio esa noche, y ella nunca le quiso preguntar. Los días pasaron y Ramírez les comentó a los hermanos que habían encontrado el auto de los López en la localidad de Victoria, muy cerca de un hotel llamado El Molino. Solo hallaron un maletín con mucho dinero, parecía que al matrimonio se lo había tragado la tierra. Pero esa ya es otra historia.

La mente es muy poderosa, a veces atraemos cosas buenas y malas. Elena sin querer había llamado a aquella entidad maligna al no parar de pensar en la luz mala, y sus desgracias. Por otro lado la densa tristeza de Juan Cruz también sirvió para atraerla.

Todo es mente, lo que pensamos lo atraemos, así que cuidado porque podríamos están metiéndonos en problemas, donde está tu atención, estás vos…

Los ojos de Casio habían vuelto a la normalidad y automáticamente se desvaneció.

En plena mañana dominical un ladrido retumbó contra las paredes de las casas del frente despertando abruptamente a Casio.

—¡Juan Cruz, la luz! Un increíble dolor se expandía por su cabeza, parecía que le iba a explotar, sentimientos encontrados la invadían, con dificultad se sentó en la cama y se arqueó. “Mi espalda, por favor, qué dolor más horrible”. Una mirada de nostalgia se reflejaba en la ventana de su cuarto, Juan Cruz y Elena ya eran historia, parecía que el “sueño” había durado una eternidad. Viendo que el reloj marcaba las 8 de la mañana, Casio decidió descansar un rato más y se echó para atrás dejando caer sus despeinados rodetes que parecían polainas, cerró sus ojos y volvió a dormir. Algunas horas faltaban nada más para que ella y sus padres vayan a recorrer antiguos rincones históricos de la ciudad de Buenos Aires.

E L C A S C O H I S T Ó R I C O

Un antiguo e histórico adoquinado se prolongaba sobre una calle icónica en un barrio único, a lo lejos un viejo tango sonaba y la magia de aquel lugar cobraba fuerza. En una esquina, locales y turistas se amuchaban para deleitarse con el baile de una pareja de jóvenes tangueros, todos en aquella esquina podían sentir su energía, sus pasos eran tan precisos que manejaban el tiempo a la perfección. Casiopea no podía dejar de observar los movimientos de aquella bailarina, sus tacos eran oscuros como la noche y sus movimientos eran sutiles pero agresivos, aquel vaivén era hipnótico.

Un aplauso colmado de gratitud había inundado la emblemática esquina de San Telmo.

Defensa y Humberto Primo brillaba por sus números artísticos, los bailarines emocionados les agradecieron a todos, y sin aceptar dinero se perdieron entre aquel público callejero, eso era lo que Casiopea llamaba amor al arte.

Feriantes y personajes emblemáticos de la zona componían las mejores postales de la ciudad, la nostálgica arquitectura que recordaba a viejos tiempos, se mezclaba con la contemporaneidad y la virtud de tantos artistas y curiosos que merodeaban por sus calles llenas de historia. Para Casiopea San Telmo era como un parque de diversiones. Mientras caminaba con sus padres por la calle Defensa, Marina se detuvo en un lugar donde vendían toda clase de dulce de leche.

—¡Casio! ¿Venís? ¡Vamos a comprar dulce de leche! –dijo su madre entusiasmada

—Ahora voy, entren que ya los alcanzo.

Casio había ingresado a una galería que se encontraba al costado de aquel negocio, una vez allí recorrió algunos locales y uno en particular le llamó la atención, ya que antes de ingresar había que pasar por debajo de una treintena de paraguas de colores, se pegó a la vidriera y observó una caja que le recordó a la suya. Una amable señora se le acercó y cuando vio sus ojos quedó fascinada…

—Hola, hermosa. ¿Buscabas algo? –Ella le respondió que no, pero quería saber algo

—Si yo le muestro una foto. ¿Usted me podría decir a qué siglo pertenece un objeto? –Casio no buscaba vender la caja ni nada por el estilo, se sentía afortunada de tenerla y no había dinero que pudiera comprar aquella reliquia heredada por parte de sus abuelos, pero sentía curiosidad y buscaba el parte de alguien que supiera sobre el tema. Ella sacó su celular del bolsillo y le mostró varias fotos, la mujer muy interesada la miró y le dijo.

—Qué trabajo tan increíble, esto puede ser algo que data de muchos siglos atrás, traela y la investigamos. –La mujer le dejó una tarjeta del local a Casiopea para que guarde el contacto.

—Gracias, ah, perdón. ¿Cómo se llama?

La mujer la miró y le dijo que su nombre era Ignacia.

—¿Y el tuyo dulce?

—Casiopea.

—Hermoso nombre, espero volver a verte.

Casio le guiñó un ojo y la saludó con una sonrisa pero antes de que se dé vuelta la mujer le dijo:

—¿A dónde vas?

—Voy con mis papás…

—¿Por la ventana? –Casiopea se quedó hiper asombrada, la mujer se rio y negó con su cabeza.

—Podría jurar que había una puerta –insistía ella.

—Todos se confunden, vení que te muestro la salida. –La mujer guio a Casio hacia la puerta del local que daba a la calle Defensa, y al salir vio un toldo de color verde musgo con letras en dorado y leyó:

Abraxas… Y se quedó pensando en cómo hizo para pasar de un lugar a otro así como si nada. ¿Será que hay pasadizos secretos en San Telmo? Se encogió de hombros y dijo:

—Naaa. –Antes de ir con sus padres, Casiopea volvió a pasar por delante de la galería y una joven mujer vestida de negro y turbantes había llamado su atención, un amistoso aroma a copal y salvia blanca atrajeron a Casiopea nuevamente hacia la galería, giró a su derecha, se acercó a una enorme vidriera donde se exhibían unas hermosas piedras preciosas y colgantes con cristales, estuvo a nada de ingresar pero su teléfono había empezado a vibrar, sus padres la estaban llamando.

Luego de haber pasado por ese dulce y empalagoso comercio, siguieron su rumbo.

Una enorme construcción de época se levantaba en la esquina de Belgrano y Defensa, estaban llegando al Convento de Santo Domingo. Casiopea se quedó mirando a los granaderos y su padre le dijo:

—Es increíble, estos tipos se merecen mis respetos, juraron proteger y defender la bandera de su país hasta el último día de su vida. –Y Casiopea recordó su jura a la bandera. Último día de su vida. Resonó en su cabeza… Recorrieron los rincones de aquella magnífica construcción neoclásica, donde se encuentra el mausoleo del creador de la bandera argentina, Manuel Belgrano. Casio observó las torres del campanario y en ellas vio las cicatrices que dejaron las trágicas Invasiones Inglesas que databan de unos doscientos años atrás.

Esa tarde los tres recorrieron otros lugares como la Manzana de las Luces y la Casa Rosada.

La historia rodeaba a Casiopea y sus padres, ubicados casi en el medio de la Plaza de Mayo oyeron cómo dos gigantes de cobre anunciaban con campanadas las 16 h y repentinamente todos pusieron su atención en la cima del Consejo de la Magistratura de la ciudad.

Con su celular Casiopea había grabado una historia en la cual sin querer apuntó al Cabildo y recordó que por av. de Mayo se podía llegar al Palacio Barolo, con su tierna mirada trató de convencer a sus padres para ir a aquel lugar.

—¿Por qué nos vamos al Barolo? No está lejos y podríamos ver la puesta del sol si llegamos –Los padres se miraron y le dijeron que sí pero sería el último trayecto y después a casa, sí o sí… Estaban más para tomar algo en el Café Tortoni que para seguir paseando.

El trayecto no fue largo, pero bastó para que Casiopea observara la arquitectura de la ciudad que tanto le gustaba, la av. de Mayo lo era todo, cruzaron la 9 de Julio y a lo lejos entre las copas de los árboles asomaba la cúpula del Congreso de la Nación.

Una vez dentro del Palacio Barolo, tomaron un circuito guiado por una agraciada chica que llevaba un lindo bombín, se dice que este edificio de asombrosas características fue el primer rascacielos de Latinoamérica y que su interior fue inspirado en la obra La divina comedia, de Dante Alighieri, su recorrido nace desde las entrañas del infierno y llega hasta el cielo. Los pasillos y sus oficinas ofrecen historias inquietantes, los ascensores y toda la decoración poseen tintes esotéricos, su simbología es masónica y muy fantasiosa, sin saberlo a modo sorpresa aquel paseo culminaba con una visita al punto más alto, el faro. Subieron por una escalera enroscada de diminutas proporciones y una vez arriba de todo tomaron asiento frente al gran cañón de luz y observaron todos los edificios de Buenos Aires. Al ver el famoso edificio Kavanagh varias historias de amor y tragedia se le vinieron a la cabeza pero no fue la de Corina Kavanagh la que se le vino a la mente sino la de Felicitas Guerrero y Marina dijo:

—Pobre Felicitas…

Casiopea recordó algo que había escuchado con respecto al palacio y le preguntó a la guía.

—¿Es cierto que existen ascensores secretos? –La guía la miró y sonrió.

—No, son leyendas del palacio y si existen hasta hoy nadie los pudo encontrar.

Había transcurrido una tarde de domingo llena de historia argentina y a su madre se le había ocurrido que por último podían visitar el convento de Felicitas Guerrero, este poseía una trágica historia de amor y a ella le encantaban estos relatos.

—Marcelo, nos queda de paso, ¿vamos al convento de Felicitas?

—La última, eh, parece que estoy de remisero.

Marina lo miró y le dijo:

—Dale, vamos.

Al llegar al convento, Casio observó que en todo el perímetro enrejado había pañuelos y listones blancos atados.

Una señora se acercó y le comentó que esos pañuelos eran dejados por las futuras novias que contraerían matrimonio, generalmente pedían prosperidad y mucha felicidad para sus futuros días como esposas de sus compañeros de vida, pero también a veces solo pedían ayuda Si estos aparecían húmedos, la petición había sido tomada.

Un guía les comentó que los padres de Felicitas decidieron construir aquella maravilla de estilo ecléctico alemán en honor a su difunta hija. Esposada a los 16 años, comenzaría a transitar los caminos de una trágica historia, la enfermedad y la muerte le quitarían a su esposo e hijo.

Enviudando a los 26 años se convirtió en una gran terrateniente, codiciada por su belleza y delicada forma de ser, muchos hombres la deseaban, pero solo dos fueron los que lucharon por su amor. En una violenta reyerta uno de los pretendientes hirió de muerte con un arma a Felicitas a la altura del pulmón para luego suicidarse. A raíz de esta tragedia nacería el mito del fantasma de Felicitas

La madre de Casio siempre se emocionaba al escuchar ese desdichado relato, no podía acreditar tanto dolor. Su padre en cambio era un poco más frío y les prestaba más atención a los detalles de aquella construcción.

Casiopea siempre fue inquieta así que decidió ir a explorar un poco aquella iglesia, sus ojos escaneaban todo, y con su celular tomaba fotografías, el carrete de la galería ya tenía poco espacio, había sacado fotos desde que habían salido de su casa, un grupo de palomas se alborotó y salieron volando por una puerta, ella las siguió y a lo lejos divisó a una joven sentada de espaldas en un jardín lateral cerca de la gruta, la chica parecía afligida, por lo bajo se podía percibir un sutil sollozo. Casio sacó un pañuelo y muy cuidadosamente se acercó a ella.

—Hola, me llamo Casiopea, no quiero importunar pero espero que este pañuelo te sirva –le dijo a la muchacha, esta lo recibió cálidamente, se secó las lágrimas y le dijo–: ¿Creés que el amor sería amor sin la existencia del dolor?

La muchacha finalizó diciendo:

—Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba. –Casio confundida se quedó pensando mientras miraba el campanario, en ese entonces la bondadosa señora que se encontraba en la puerta se acercó y le dijo:

—¿Encontraste lo que buscabas? –Con extrañeza se desentendió y se volvió a la chica–: Me vo… –Para su sorpresa, ella ya no estaba, mientras sus padres la llamaban, se percató de que la señora también había desaparecido. Casio se había quedado sola. Mientras volvían a su casa, pensaba en las extrañas secuencias de aquella tarde, no podía encontrar explicación alguna y en silencio miraba por la ventana las iluminadas calles de su barrio.

Al llegar a la casa todos estaban cansados, Marcelo bostezó y dijo:

—¿Alguien va a querer cenar? –Casio y Marina dijeron con una voz desganada:

—No. –Cada una se dirigió a su habitación y su padre se preparó una sopa instantánea.

Fue tal el cansancio que sentía Casiopea que esa noche entró a su cuarto, observó el desorden y pensó: “Mañana lo acomodo, no doy más ”. Abrió su cama, corrió las cortinas y se acostó. De reojo miraba las cartas y pensaba en todo lo que había sucedido esa tarde, de a poco el cansancio la fue adormeciendo. Parecía que le habían suministrado una dosis de anestesia, luego de unos minutos se había quedado completamente dormida. Esa noche Casio experimentaría una vez más fuertes sensaciones con la particularidad de que en una fracción de segundos, como si un tren eléctrico pasara frente a ella, vería una compilación de mapas y lugares, algunos conocidos y otros no tanto. Parecía que su subconsciente no podía aflorar del todo, algo pedía salir Mientras Casiopea experimentaba aquel frenesí, Marcelo estaba cenando y las luces de la cocina parpadearon, el canal de TV se congeló por unos segundos y un vago recuerdo a una situación similar años anteriores lo alcanzó pero en el instante en que la luz se estabilizó se despreocupó ¿Será que aquel hechizo se estaría rompiendo? ¿Los recuerdos volverían? ¿Todos en la familia recuperarían la memoria? ¿Y Casio sus poderes?

Aquella tarde no había tenido lugar para otra cosa que el paseo por el casco histórico. Los padres de Casio antes de dormir prendieron la TV de su habitación y en el noticiero estaban hablando de la desaparición de 6 menores de edad, cuatro en diferentes partes de la ciudad y dos en la provincia.

—Qué desastre, deberíamos restringir o supervisar más las salidas de Casio, ¿no te parece? –Marcelo miró a Marina y le dijo que sí, que los tiempos que corrían eran peligrosos.

—Mejor prevenir que curar. –Apagaron la tele y se fueron a dormir.

Escondidos en su dimensión oscura, los magos tenebrosos cada vez reclutaban más víctimas a la fuerza, parecía que su ambicioso plan requería de almas jóvenes con nuevos envases.

Lucrethia y los suyos necesitaban emprender camino por los oscuros senderos del cosmos con aliados que brindaran su poder y servicio a las sombras sin importar qué.

El libro que ellos le habían robado a Cristal era una recopilación de antiguos saberes prohibidos que poseían información sobre fuentes de energías lumínicas y oscuras, en los textos se aseveraba que los verdaderos magos en la Antigüedad aprendieron a utilizar ambas energías balanceándolas de manera equilibrada para no alterar los flujos de las fuerzas involucradas. Realmente era un trabajo alquímico bastante arduo. Pero Lucrethia lejos estaba de intentar comprender o impartir esos conocimientos sobre aquellos jóvenes, a ella solamente le interesaba la parte sombría del libro, su meta era dominar la materia oscura, las tinieblas y desplazar a la luz del mundo y la galaxia para siempre.

En nuestro universo, existen o existieron entidades muy poderosas que nunca llegaron a caminar sobre esta tierra, por millones de años vagaron por el cosmos tratando de doblegar toda corriente de vida y se los conoce como los avatares de la muerte, durante su existencia buscaron alimentarse de todo lo que brillaba y al parecer, estos seres llegaron a devorar galaxias completas y dimensiones. Además ellos dieron origen a temibles bestias como los tenebrios y los drenadores…

—¡Hijos de la oscuridad, sus acciones y sacrificios serán recompensados, a partir de hoy formarán parte de la gran legión del fin del mundo, la oscuridad va a volver a reinar, nada ni nadie más resplandecerá! –Una decena de chicas y chicos ubicados en un semicírculo dentro de la ex Casa Anda escuchaban atentamente el nefasto discurso de la gran maestra Lucrethia Montanari.

La tétrica mujer mientras impartía su verticalista línea de objetivos apuntó con su esquelético dedo hacia los jóvenes señalando a alguien en particular, e invitó a pasar al frente a un joven encapuchado sin rostro.

—Les presento al discípulo oscuro, su futuro guía... es hora.

El joven encapuchado movió la cabeza hacia ella, la miró y sus ojos se encendieron, su cuerpo se elevó unos centímetros en el aire y comenzó a recitar un extraño mantra, los jóvenes secuestrados se durmieron parados y Lucrethia poco a poco empezó a rejuvenecer. De los setenta y cinco años que aparentaba, pasó a lucir de veintiocho. Impunemente el discípulo oscuro le había robado un poco de vida a cada uno de los chicos y chicas que se encontraban congregados en aquella dimensión.

Lucrethia los miró y de un chasquido los despertó.

—Contemplen el gran poder que proviene de la fuente de la oscuridad, tengo treinta mil años y la magia inversa de este ser me devolvió mucho más que juventud ¡Me dio miles de años más de vida, y mucho, mucho poder! Síganme y serán infinitos, con mi conocimiento milenario y su vitalidad seremos invencibles.

Embriagada de poder Lucrethia lanzó un hechizo en dirección a ellos y terminó de eliminar todo remanente de energía positiva que podría quedar en los secuestrados. Al terminar el encuentro todos en aquella casa con temibles voces de ultratumba gritaron: Mortus Universum. Sus bocas se abrieron tan grandes que terminaron deformándose, para luego emitir un demoníaco grito, el cual fue escuchado en todos lados.

El reclutamiento había comenzado el día en que Casiopea había nacido Lucrethia se había hecho presente esa noche en el Sanatorio Güemes, porque debía experimentar y testear la energía de aquella beba. Un apagón de luz no lo provoca cualquiera, una tormenta así no sucede todos los días, ella sabía que la chiquita era especial, tanto que cuando nació la energía que liberó fue más de lo que un talentoso mago podría generar, así que aprovechó y absorbió un poco de la energía liberada por Casiopea pero al saborearla se dio cuenta de que aquella energía era extraña, para ser más precisos era inestable, por lo tanto abandonó el lugar y se dirigió hacia otro hospital o sanatorio en busca de otros magos.

Casiopea no vino sola al mundo, esa tormentosa noche más chicos y chicas habían nacido.

E L N A C I O N A L B U E N O S A I R ES

Un nuevo día asomaba y una molesta melodía aturdía la cálida y placentera mañana de lunes, el teléfono no paraba de sonar y no era la alarma, era Micaela, la mejor amiga de Casio, ella la estaba llamando para pedirle que la acompañara a la biblioteca del colegio al cual ambas asistían, Mica estaba realizando un curso de verano de latín, y necesitaba ayuda y, como Casio manejaba bien el idioma, no tuvo otra idea que pedirle ayuda. Con mucha fiaca Casio le dijo que sí.

Luego de una hora, Mica salió al balcón, se acercó lo más que pudo a la ventana de Casiopea y le gritó:

—¡Casio, estoy lista! ¿Vos cómo vas? Los balcones de ambas casas estaban a la misma altura así que Casio abrió la ventana y le contestó:

—¿No sentís un poco pesada la mañana? –En tono irónico.

Micaela se rio y concluyó:

—Dale, te espero abajo, pesada, ja, ja…

Una vez juntas en el auto, el padre de su amiga las llevó hacia el Nacional Buenos Aires, nuevamente Casio se encontraba en el casco histórico de la ciudad, parecía que le iba a dar un empacho de historia… Sobre la calle Bolívar al 263, se encuentra el colegio Nacional Buenos Aires, un bastión de la educación argentina. El enorme edificio fue construido en 1910 y su estilo École des Beaux-Arts se debe a que pertenece a la corriente del academicismo francés, un tipo de arquitectura que se destaca por su simetría, grandes entradas, imponentes columnas, escalinatas de mármol y demás características que conforman un complejo ecléctico. Hoy alberga un millar de alumnos, que se nutren en sus amplias e históricas aulas. El establecimiento cuenta con espacios de importantes dimensiones, posee un natatorio, un observador astronómico y la más grande biblioteca de toda América Latina que puede poseer un colegio. Dentro de sus 20.000 metros cuadrados y como en todo edificio antiguo las leyendas e historias recorren cada rincón de este increíble lugar. Mica y Casio ingresaron al colegio y al entrar Casiopea se sintió tan bien que su ánimo repuntó de modo rimbombante.

—Gracias, Mica, por pensar en mí, seguro me hubiese aburrido como un clavo en casa sola…

—Ja, ja, ja, ¿vos aburrida? No me hagas reír el culo, miss inquieta te dicen.

Juntas atravesaron unas enormes columnas y quedaron frente a la famosa escalera de mármol de alfombra roja, en tiempos de ciclo lectivo, estas eran transitadas por cientos de alumnos, pero aquel día, el colegio estaba casi vacío, ya eran vacaciones de verano.

—Si estas escaleras hablaran… –Casio miró a Mica y le dijo:

—Subí, mejor subí

A medida que se adentraron en el colegio, las chicas fueron recorriendo los solitarios pasillos del segundo piso, la luz del sol de mediodía ingresaba con furia por los ventanales iluminándolo todo y sus pasos retumbaban contra las cerámicas color jade que se replicaban horizontalmente sobre la pared.

Antes de llegar a la biblioteca, se encontraron con su preceptor.

—Micaela y Casiopea, qué sorpresa, ¿qué hacen por acá? –les preguntó en tono burlón

—Vinimos a buscar unos libros de latín, Mica necesita ejercitar.

—Sí, Pablosky, necesito ejercitar, el año que entra se viene complicado y no cazo mucho de latín yo…

Casio estaba cruzada de brazos riéndose, Micaela la agarró de los hombros a Casio y la mandó al frente.

—Ella, ella sabe mucho y, bueno, es como mi teacher personal…

El preceptor las miró y lanzó una risa:

—Ja, ja, ja, ustedes siempre me hacen reír, me parece bien, me alegro de verlas de nuevo por acá, disfruten que no queda mucho, ¡felices vacaciones!

Las chicas se despidieron y Micaela le dijo a Casio.

—¿Está loco este? Si recién vamos menos de una semana.

—Llegamos. ¿Ya sabés qué libros vas a usar?

—Sí, me pasaron una lista por WhatsApp. –Unas enormes puertas de madera y vidrio repartido se encontraban abiertas de par en par dándoles la bienvenida a la gran biblioteca. Cualquiera que entrara en segundos le daría la sensación de viajar en el tiempo, su aroma a madera añeja, libros antiguos y luminarias creaban un clima único, la biblioteca posee dos pisos con grandes paredes tapizadas de libros. Al entrar, Mica respiró profundo y se embriagó con aquel aroma que la transportaba a quién sabe dónde, subió unas escaleras y, cuando llegó al segundo piso, se puso a buscar los libros de latín y lengua castellana recomendados.

Mientras tanto, Casio deambulaba por la parte de abajo y observaba la quietud, ese día no había nadie, la biblioteca estaba para ellas dos solas. Las mesas largas con antiguas lámparas yacían vacías, el cuadro era algo nostálgico, a pesar del silencio que se debía mantener, siempre había más de diez personas. Micaela se asomó a la baranda y le dijo que había encontrado los libros que buscaba.

—Casio, encontré latín tomo uno pero me fal ¿Dónde se metió esta piba?

Sin respuesta de Casio, ella siguió buscando su libro de ejercicios. Indirectamente eso le daría a Casio algo de tiempo para explorar un poco más la antigua biblioteca.

Atraída por un ruido Casiopea caminó directo a uno de los anexos de la biblioteca y cuando estuvo lo suficientemente cerca descifró que esos ruidos eran pasos, parecía que había alguien del otro lado. Cautelosamente ingresó en puntas de pie y con ojos de halcón, observó todo, pero no encontró a nadie. –Hola, ¿hay alguien? (Qué cosas pregunto por Dios, mejor me voy). Pensó Se dio media vuelta, escuchó cómo un libro se había caído.

Al girar contempló un espacio vacío en una de las repisas de libros, miró al piso y ahí estaba, abierto de par en par un libro que parecía muy antiguo, a simple vista podía percibirse que correspondía a algún libro de geografía por su contenido. En una de sus hojas había un mapa con islas y continentes. Casio lo levantó y cuando lo cerró leyó, PTOLOMEO COMPENDIO UNO, entre las hojas divisó unos apuntes de un profesor de Geografía de apellido Montes, que se habían salido de entre medio de las hojas con el movimiento. En aquellos apuntes había garabatos por todos lados, pero lo que más le llamó la atención fue leer el nombre de San Brandán, al instante recordó que una de las cartas de la caja tenía ese nombre y además la noche anterior había soñado con mapas y una isla.

—Esto me lo tengo que llevar…

—¡Buuu, te atrapé! –Casiopea se sobresaltó tanto que estuvo a punto de gritar.

—¿Estuviste acá todo el tiempo? Ya terminé, vamos, mi viejo llega en diez minutos…

—¿Vos me querés matar del susto, Micaela?

—No, pero te vi tan concentrada que…

—¿Conocés a algún profesor de apellido Montes?

—No, ni idea, Casio ¿sabés qué pensé? Que te habías perdido en los túneles y habías llegado a la Manzana de las Luces…

—Ja, ja, ja, esos túneles ¡qué miedo! Deben estar llenos de arañas y bichos, puaj.

Esa tarde las chicas estuvieron practicando latín en el balcón de la casa de Mica. Casio por momentos se perdía, le era imposible no pensar en la fantasmagórica señora del convento, el libro que tenía en su mochila y el sueño de la carta que leyó De fondo el hermanito de Mica había puesto en el reproductor de música una canción infantil de María Elena Walsh en loop y toda la tarde estuvieron escuchando “El brujito de gulugú”.

—Mica, una vez más que pone ese tema y me tiro por el balcón.

—Decímelo a mí. ¿Decís que me va a quedar algo? –le preguntó preocupada a Casio.

—No sé, pero por lo pronto ponele auriculares a ese chico. –El hermanito de Mica la miró, se sonrió y por lo bajo le dijo:

—Magia. –Casio lo miró y le devolvió la sonrisa.

—Enano, ¿qué hablamos? Andá para tu cuarto.

—Es magia… –Casio miró desentendida a su amiga y una vez finalizada la jornada de “estudio” Casio se trepó al balcón de su casa y se metió por la ventana y en ese momento escuchó:

—¡Che, nena, te vas a matar! –Su vecina la había visto y ella se moría de vergüenza.

—Qué metida…

Esa noche antes de dormir Casiopea estaba dispuesta a ojear el libro y leer algunas de las anotaciones del profesor. Se sentó frente a la computadora, sacó el libro y comenzó a investigar un poco, en el buscador ingresó el nombre de Claudio Ptolomeo y encontró que había sido un importante astrónomo que durante muchos siglos sus teorías fueron utilizadas y tomadas como la verdad absoluta capaz de echar luz sobre los misterios del universo Algo había leído en su momento, pero solo para algún trabajo práctico de la primaria, por lo tanto el vago recuerdo de su nombre no había quedado impreso en su memoria... Entre sus obras encontró una llamada ALMAGESTO y encontró lo siguiente:

“Almagesto es el nombre árabe del tratado astronómico Hè megalè syntaxis ('composición matemática'), escrito en el siglo II por Claudio Ptolomeo de Alejandría (Egipto). Contiene el catálogo estelar más completo de la antigüedad, que fue utilizado ampliamente por los árabes y luego los europeos hasta la alta Edad Media, y en el que se describen el sistema geocéntrico y el movimiento aparente de las estrellas y los planetas”.

Tomó el libro de la biblioteca y leyó las notas del profesor. Su contenido era algo extraño, hablaba sobre islas que aparecían y desaparecían, un texto incompleto hablaba sobre la bahía de Samborombón y un desprendimiento de tierra capaz de haber navegado por el Río de la Plata hasta el océano Atlántico a distancias desmesuradas, el nombre de una de las islas coincidía con una de las cartas que la caja poseía, la carta dos, La isla de San Brandán. Una vez acostada en la cama agarró su celular e investigó un poco, pero no encontró mucho, sentía que estaba armando un rompecabezas, algo le decía que esas vacaciones serían únicas Estiró su mano y sacó la carta II, se acomodó y mientras observaba la carta Casio se percató de que tenía dibujada una brújula y un mapa con estrellas.

Sin darse cuenta al leer el título de la carta, una neblina invadió los ojos de Casio, y ahí iba de nuevo, su cuerpo se estaba desdoblando, ella movía sus labios y susurraba lo que leía, de a poco sentía el peso del cuerpo desaparecer, en un parpadeo se encontraba viajando por un túnel lleno de luces y colores similar al de los toboganes de agua del parque acuático, sentía la electricidad recorriendo sus extremidades, lentamente captó una desaceleración en el viaje y ya podía ver a su alrededor. Casio había llegado y esta vez le tocaba ser la joven hija de un expedicionista fanático de las tierras lejanas.

L A I S L A D E S A N B R A N D Á N

Gran Canarias, La Palma, 1589

Luego de salir de un período de incertidumbre y muerte por una epidemia de peste bubónica contraída por el comercio marítimo, las islas de a poco volvían a la normalidad, un excéntrico geógrafo y navegante se encontraba junto a su equipo de investigadores en su casa preparando una expedición por misteriosas aguas que al parecer escondían celosamente una isla fantasma.

Impulsado por otros cartógrafos e importantes figuras de la época, Claudio, un bon vivant, contaba con un grupo de aficionados como él.

—Muchachos, como sabéis debemos trazar esta noche la ruta marítima hacia aquella misteriosa isla. Un señor de pelo blanquecino y una tupida barba –dijo con un acento francés

—Pues sí, es necesario, llevamos varias reuniones pero ninguna ha ido más allá de la idea, esta noche debéis trazar la ruta, de lo contrario me iré La disputa llevaba lugar en la sala de la mansión de Claudio que se había convertido en la base de operaciones para gestionar aquella travesía. La sala se hallaba repleta de globos terráqueos, mapas, tinteros por doquier y una réplica de su navío, el talismán de los océanos III, ellos recopilaban y confeccionaban mapas de navegación. Una vez finalizado el encuentro, Claudio despidió a sus compañeros acompañándolos hasta la entrada de su casa por lo cual Mina, su hija, sigilosamente había ingresado a escondidas al estar y como siempre se deslumbró con aquellos mapas trazados y anotaciones en tintas rojas sobre los mapas.

Su aventurera alma se asemejaba mucho a la de su padre, una brújula dorada brillaba en la esquina del escritorio de su padre, era increíble cómo ese brillo resaltaba entre tanto desorden. Su diseño era extraordinario, la prolijidad y dedicación se observaban a simple vista. Heredada por tradición esta vez le tocaba a su padre y seguramente a Mina más adelante, aunque una mujer al mando de un barco era muy difícil de ver en esos tiempos, pero para Mina soñar no costaba nada. Su padre siempre le decía que nunca se rindiera y siga sus sueños.

Siendo joven ya tenía muchísimo carácter, de mente abierta y aventurera, siempre mostró valentía. Aceptó la muerte de su madre de una manera tan madura que a su padre le llamaba la atención.

Se dice que aquella brújula había sido diseñada especialmente para la familia por un misterioso alquimista, claro estaba que la tradición familiar era la navegación, la pasión por los océanos y por el descubrimiento. La brújula fue considerada como un talismán desde el día que fue concebida, de ahí el nombre de la nave. Una vez despachado el equipo de científicos Claudio se dirigió a la sala de estar, abrió las puertas y ahí estaba Mina con sus manos metidas dentro de todo el papelerío y sosteniendo la brújula con la mano izquierda

—¿Habéis encontrado lo que buscabas?

Faltaba esa pregunta para que Casiopea se dé cuenta de que estaba “soñando” nuevamente, se miró en el reflejo de una caja de cristal y vio a una chica de su edad, pero muy distinta a ella. De pelo negro, con una piel tostada por el sol y pecas, una vez más encarnaba en la vida un personaje nuevo. De a poco se dejaría llevar por esta nueva aventura.

Esa noche Mina cenó con su mejor amiga, una mujer africana de 40 años llamada Johari, su nombre significa joya o diamante en lengua africana, y su historia era un poco triste ya que unos franceses la habían “rescatado” de un naufragio, y le prometieron que tendría una vida, libre y tranquila, pero todo resultaría ser una mentira, la esclavizaron y terminó perdiendo su amada libertad truncando su cofre de sueños.

Después de unos años el padre de Mina junto con los vecinos del pueblo exigieron liberar a la muchacha y otros más que estaban en su misma situación. Sorprendidos por la petición tuvieron que acceder, mucha alternativa no tenían, era un pueblo contra ellos. Ese era un peculiar comportamiento para la época, ya que se estilaba tener esclavos. La visión de Claudio era tan interesante que los lugareños habían adoptado otra forma de pensar y así ellos decidieron que no era ético esclavizar a las personas. Siempre que Johari contaba esta historia, Mina se emocionaba.

Johari le había pedido a Claudio si podía ir con él ya que no tenía dónde ir, fiel a su estilo Claudio no pudo decir que no y le dio un techo, Jo se había ofrecido para cuidar de la pequeña y así fue como forjaron su magnífica amistad.

Mientras las chicas cenaban, Claudio se encontraba en su estar y paseaba con una pluma de tinta en su mano izquierda de acá para allá, mientras que con su mano derecha mecía intensamente una copa de vino, como un mar embravecido las olas de esa sustancia bordó rebasaban los bordes de la copa, manchando todo lo que había en el camino. Claudio marcaba los mapas y murmuraba hasta que eufórico gritó: ¡Eureka! Atolondrado como él solo, sin querer rompió aquella copa de vino contra el escritorio y esta empapó unos mapas que tenía allí. Johari y Mina se asustaron y al oír tanto lío se dirigieron a la sala:

—¿Estás bien, padre? –Claudio jocosamente le dijo:

—Pues sí, hija mía, he terminado de confeccionar el mapa que os llevará a la famosa, ¡Aprositus! ¡La inaccesible, la isla de las siete ciudades!

Entusiasmado esa noche pondría fecha a la travesía, que marcaría sus vidas para siempre.

Los meses pasaron y el día de la expedición se acercaba, la casa de Mina parecía un centro de logística, maletas por doquier, mapas, prismáticos y sextantes decoraban todo. Conforme se acercaban los días, la preocupación de a poco invadía a Johari, ella había escuchado historias sobre algunos marineros que no habían vuelto de sus expediciones en busca de la isla y ella le expresó su inquietud a Claudio, pero el hizo caso omiso. La historia de que la isla aparecía y desaparecía era conocida por todos los habitantes de Canarias, fantásticos cuentos contaban que aquel lugar parecía encantado. Animales extraños, espectros y hasta gigantes rondaban esa porción de tierra misteriosa. Claudio le había pedido a Johari que, mientras él no este, ella cuidara de Mina como si fuera su hija. En ese momento Johari miró con ojos de madre a Claudio y con dolor aceptó su petición. Jo era 13 años mayor que él y siempre lo consideró como un hijo. Luego de que la salvara y le ofreciera su tan preciada libertad ella decidió quedarse a su lado, la esposa de Claudio había fallecido durante el brote de peste bubónica y al verlo que estaba solo con la pequeña Mina se sintió identificada

Ese sería el motivo por el cual su devoción hacia la familia era tan grande, ella ya había perdido a sus seres queridos y no le quedaba nada, en ellos dos pudo encontrar aquel afecto que había perdido hace tiempo, lejos de ser explotada por Claudio, Johari vivía en su casa como una más y entre todos se repartían las tareas, Claudio era un hombre de un inmenso corazón.

Escondida detrás de la puerta junto a un gran macetón, Mina había escuchado las conversaciones de su padre y el equipo de navegación.

Esa noche los compañeros de aventuras de su padre fueron de a poco vaciando la casa, las maletas eran recogidas cada 30 minutos y llevadas al antiguo puerto. Las lámparas de fuego alumbraban aquella escena, Mina se encontraba contra el barandal de la escalera observado cada movimiento.

—Mina, ven aquí, cariño, deja a los hombres hacer su trabajo, es hora de dormir. –Desganada Mina subió las escaleras y juntas se dirigieron a su cuarto, en un tono muy serio ella le dijo a Jo.

—Tenemos que hablar. –Siempre que ella decía eso era porque alguna idea loca o descabellada se le iba a ocurrir.

Mina sacó de su bolsillo una brújula:

—Sin esto no podrán navegar. –En ese momento Jo le aclaró a Mina que debía devolver eso de inmediato, que era peligroso que su padre salga de expedición sin su herramienta principal.

—Lo sé, por eso el trato será la brújula por dos pases

para acompañarlos. No la tiraré pero lo convenceré de que, si no nos deja viajar, la dejaré caer al agua. –Jo trató de convencer a Mina de que lo que iba a hacer su padre era peligroso.

—Oye, pequeña, he oído historias aterradoras sobre esa isla, además las fuertes borrascas podrían dañar la nave.

—Suficiente, Jo… No funciona, sabés que a mí nada me da miedo…

Jo la miró con cara rara y le dijo:

—Hay algo que sí… –Y con su mano simuló el movimiento de una araña

—Diug, las odio, me dan miedo, terminad que me dará algo.

Sin más remedio, terminó de escuchar el plan de Mina. Infantil pero con sentido; le había propuesto meterse dentro de una caja y luego salir de ella antes de que el barco zarpara, mostrándole al padre que ella tenía la brújula, Jo pensaba en que, si algo salía mal, su padre las mataría, bueno, no tanto, pero sí se enfadaría.

Algunas cajas quedaron dentro de la mansión y serían retiradas al día siguiente luego del mediodía, Mina y Jo observaron por última vez las cajas desde la planta alta.

—Será perfecto… –Jo cerró los ojos y pensó: Que sea lo que Dios quiera…

Por la mañana los tres compartieron el último desayuno en tierra de Claudio, refinadas piezas de porcelana y tartaletas de frutos rojos copaban aquella mesa redonda, las miradas cómplices entre Jo y Mina eran evidentes, su padre se reía y les preguntó:

—¿Qué estáis tramando vosotras? –Desde aquella terraza natural se podía ver el océano, y esquivando la mirada de su padre Mina le dijo que no era nada.

—Hemos planeado recoger algunas frutos silvestres, haremos mermelada…

—Ah, ¿alquimia, no? –Claudio se echó a reír y le dio a Mina un gran abrazo antes de irse y le pidió que sea buena con Jo.

—Cariño, estaré siete días fuera, cuando llegue espero no encontrar la casa en llamas.

—Sí, padre, no te preocupes la casa no arderá. –Johari abrazó a Claudio y entre lágrimas atinó a decir:

—Cuídese, señor, lo vamos a estar esperando. –Mina pensó: Qué buena actriz… Su padre se retiró de la mansión. Mina la tomó de la mano a Jo y juntas fueron corriendo a buscar los mapas, la brújula y algo de ropa que habían preparado, a último momento Jo, se arrepintió.

—Nos quedamos… No puedo, creo que esto es demasiado, tu padre no nos perdonará jamás… Mina, desafiante, se escapó del lado de Jo e ingresó en la caja.

—¡Es ahora o nunca, venga, entra conmigo!

En segundos los compañeros de viaje del padre irían por esa caja de madera, Mina desde adentro invitaba fervientemente a Jo, para que se meta con ella, sin opción y con un sentimiento de culpa, entró en la caja, se camuflaron y aguardaron a que se la lleven. Fuertes golpes retumbaban dentro, la estaban sellando para que no se abra en el camino. Los muchachos tomaron los últimos objetos que quedaban en la mansión y se fueron directo al puerto.

La caja a diferencia de las otras se sentía pesada, los marineros se preguntaban qué llevarían allí.

Por un trozo de madera agrietada, Mina podía ver todo el trayecto hasta el viejo puerto, la vegetación abundaba y los caminos se enredaban. No tardaron en percibir el aroma característico del mar, era la señal de que habían llegado. Un viejo y enorme navío se erguía imponente con sus tres enormes velas, un prominente carajo asomaba de aquella embarcación de color verde con franjas color madera, parecían piratas en busca de un tesoro, pero no, solo querían explorar nuevas tierras y saber qué tan cierta era la historia de esa isla fantasma. El puente de carga se estaba por cerrar, los últimos tripulantes apresurados corrían por la pasarela llevando la caja donde se encontraban las chicas, esta se comenzó a mover para todos lados. Dentro las muchachas se mecían de acá para allá, parecía un lavarropas. Jo un poco desesperada le dijo en voz baja:

—Mina, no han abierto la caja y estamos subiendo al barco y encim ¡AY! –Jo se había golpeado tan fuerte la cabeza contra una esquina que su grito casi las delata, una vez en el compartimiento debajo de la cubierta ambas aguardaron a que las dejen solas, para poder abrir la puerta, pero cuando intentaron abrir la tapa de la caja, no pudieron.

—Maldición, estos tíos la cerraron por completo –Jo con sus manos buscaba alguna grieta como hacer presión pero no pudo encontrar nada. Mina buscaba la manera de agujerear la madera con un abre cartas, pero este terminó partido a la mitad.

Mina y Johari se pusieron de acuerdo:

—Vale, Jo, las dos juntas patearemos fuerte, tan fuerte que la madera se romperá. –Jo la miró toda transpirada y le dijo–: ¿Tú crees que funcionará?

—Por supuesto, somos fuertes. Las dos se apartaron y con un envión partieron una parte de la caja, ambas salieron con cautela, Jo pegó dos saltos y enérgicamente aplaudió.

—Lo hemos logrado, estamos fuera… Un momento…

Mina la interrumpió y con una sonrisa le dijo:

—Sí, estamos navegando, no ha hecho falta chantajear a nadie, ¡seremos la sorpresa! –El plan de Mina había salido a la perfección

Al cabo de unas largas horas, en la proa se encontraba Claudio con sus tripulantes observando el horizonte, aquel periplo acababa de iniciar, un rojizo cielo se expandía por encima de ellos. Las primeras estrellas iban apareciendo, y la noche se hacía sentir, la temperatura descendía y la luna llena alumbraba las aguas. La bóveda celeste resplandecía y su mapa se proyectaba en las alturas.

Las chicas no encontraban la salida de la bodega, buscaron por horas, hasta que Mina reparó en una diminuta puerta que se encontraba en el techo, Jo la ayudó alzándola.

—Venga, ayúdame a levantarme, necesito abrir esa puerta. –Abrieron aquella compuerta y una escalera se extendió, subieron de nivel, recorrieron parte de aquel navío hasta casi llegar a cubierta.

Claudio, junto al capitán, comentaba qué sería lo primero que harían al llegar a la isla.

—Muchachos, lo primero que haremos es contemplar la naturaleza y observar su geografía, Miguel, quiero que te encargues de los retratos de la flora.

—¡Sí, señor!

Canarias habían quedado muy atrás y casi no se veían, era la señal de que ya debían estar cerca de su destino, pero nadie divisaba ni un ápice de tierra.

Mina y Jo continuaban fugitivas en aquellos compartimientos, engañaron al estómago con unas frutas que habían llevado y bebieron agua de una vieja cantimplora. Pero tenían apetito, esto las llevó a buscar en la cocina del barco más provisiones.

Un joven cocinero de unos 16 años se encontraba preparando sopa para la cena. Sigilosamente Mina ingresó agazapada a la cocina y a tientas tomó unas frutas que estaban a mano, pero ella calculó mal y tiró el plato al piso, provocando que el muchacho la descubra. En ese momento el chico le dijo sorprendido: “Mina“, ambos se miraron y ella salió corriendo tomando bruscamente a Jo de la mano, juntas se escondieron nuevamente. Johari no sabía cuánto más iba a esperar Mina para aparecer y contarle al padre que estaba allí, cada minuto que pasaba bastaba para agregar más peso al castigo que les impartirían a las dos, cada vez que ella pensaba en eso, se persignaba y pedía que el señor Claudio no se enoje tanto. El joven cocinero no podía sacarse de la cabeza su peculiar color de ojos, solo esperaba volver a verla, él sabía de quién se trataba. Claudio había solicitado a un tripulante unos mapas y su brújula.

—Joven, si es tan amable, estaría precisando las herramientas de navegación. –El muchacho fue en busca de los mapas, y descubrió que una de las cajas estaba abierta.

—José, esto está liao, que alguien se nos ha colado. –Este evento alarmó a la tripulación y dieron aviso de que alguien había irrumpido en la nave.

—Atentos, buscad en todos lados, parece que tenemos intrusos. –Pero no todo terminaba allí, cuando le acercaron la brújula a Claudio este la miró desencajado y enfurecido gritó:

—Ostras, esta no es mi brújula, ¡encontrad a los intrusos y mi brújula!

Claudio se dirigió a paso firme al interior de la embarcación y comenzó a buscar la brújula desesperado, su valor era incalculable y era vital para poder navegar, esa brújula lo acompañó desde que él tuvo uso de razón. Entre tanto alboroto y descontrol por no poder encontrar la brújula, una voz muy tierna y particular se hizo presente

—¿Has encontrado aquello que buscabas? –Era su hija y entre sus manos traía la bendita brújula, sus ojos no podían creer lo que veía, felicidad, enojo y emoción se mezclaban en su corazón, en ese momento se escucha con voz temerosa otra conocida voz.

—Perdón, señor, ha sido mi culpa. –Johari entraba en escena, muy afligida por el accionar de ambas. Claudio no podía enojarse con su hija, al fin y al cabo de él había heredado esa alma aventurera.

—Hija, lo que habéis hecho es una locura… –Una vez aclarado el embrollo, Claudio dio aviso a la tripulación que todo había sido un mal entendido y que los intrusos no eran intrusos sino su hija y su “guardiana”.

Las estrellas brillaban y sobre la cubierta Claudio estaba posado contra un mástil, de repente llamó a uno de los tripulantes de abordo.

—Eh, tú, ¿cómo te llamas? –El muchacho le contestó que su nombre era Salvador–. ¡Venga, Salvador, traed tragos para todos, mi hija y Jo están aquí! Vamos a festejar. –Mina lo miró y se sonrió, parece que había encontrado un amigo, el barco siguió su rumbo, rebosante de alegría, luego de una noche de jarana, se dispusieron a dormir, pero antes, Mina buscó a Salvador, y le agradeció por guardar el secreto.

—Gracias por no decir nada, parece que eres de confiar…

—De nada, no os preocupéis, todo va de lujo, estoy para ayudarte, chavala.

Estrecharon manos y se despidieron.

Al otro día el sol brillaba en plena cubierta, Jo dibujaba un barco con velas en forma de mariposas y un gritó llamo su atención, de pronto corridas provinieron desde la cubierta e interrumpieron el calmo sonido del océano: ¡Tierra a la vista! Todos salieron apresurados para contemplar el descubrimiento. Mina estaba deslumbrada por la intensidad de aquel momento y le contaba a Jo todo lo que haría cuando lleguen.

—Voy a anotar todo, el color del agua, la arena, las plantas, ah, y me voy a llevar un par de conchillas…

La isla cada vez se veía más cerca, y todos ansiaban desembarcar en ella. El sol se fue apagando, unas nubes grises comenzaron a borrar ese celeste y pacífico cielo, una tormenta se estaba formando arriba de ellos, las nubes se arremolinaban y amenazaban a la tripulación, la inactividad del viento sobre la superficie alertó un poco a todos , hasta que uno de ellos gritó:

—¡El agua, mirad el agua!

—¿Qué demonios es eso? –dijo Claudio.

Casi todos observaron que debajo del agua unas pequeñas luces se desplazaban como delfines en dirección a la isla.

Claudio sabía que había comenzado la acción, junto al capitán Veech comenzaron a dirigir la nave hacia la isla, a unos cien metros, observaron cómo dos columnas de “cristal” se elevaron desde las profundidades del mar hasta el cielo, este fenómeno es conocido como tromba marina. La escena era perfecta y aterradora, los rayos bordeaban aquellos torbellinos y más luces se veían trasladarse a gran velocidad, siempre con dirección a la isla. El cielo estaba tan oscuro que parecía de noche.

—Jo, observa cómo esos torbellinos forman un arco, ¡parece que caminan! –Jo se tapaba la cara y miraba aterrada.

Para algunos las columnas descendían de los cielos y para otros ascendían desde las profundidades. Los intentos por desviar el barco fueron inútiles, este no respondía y cada vez se acercaban más al peligro, el miedo se sentía en toda la cubierta.

El viento soplaba cada vez más fuerte y el barco se desestabilizaba, todos en la nave iban de un lado al otro, se mecían como una cuna, el agua ya entraba por todas partes. Mina estaba fascinada con la idea de una tormenta en alta mar, parecía que no le tenía miedo a nada, en cambio Jo estaba a punto de lanzar todo el desayuno, no le alcanzaban las manos para sostenerse, al cabo de unos minutos la tormenta, había comenzado a perder fuerza hasta que perdió fuerza y desapareció .Los rayos del sol asomaron tímidamente y el viento se entibió, parecía que la calma había llegado, si no fuese porque un ruido bastante extraño atrajo la atención de algunos hombres, todos miraron a su alrededor y no encontraron nada, pero luego un fuerte y constante repique sonaba por todos lados, estaban lloviendo peces. ¡Todos adentro! La tripulación se resguardó y observó cómo caían los pescados del cielo, un pescado a esas alturas podía ser mortal. Luego de aquella loca secuencia la densa neblina que escondía la isla se esfumó y todos observaron aquellas tierras desconocidas. Una cadena montañosa verde con un morro en forma de pico les daba la bienvenida, para Mina se asemejaba a una mano cerrada apuntando con su dedo índice al cielo, era un paraíso, una obra de la naturaleza o de algún creador. El sol embriagaba de luz las playas de arena blanca y la verde vegetación, habían llegado a la mítica isla de San Brandán…

Una vez en tierra firme, con cautela, descargaron las herramientas necesarias para su trabajo, decidieron entre todos acampar cerca del barco por si acaso, se dice que muchos exploradores debieron abandonar la isla de un momento para el otro. La leyenda contaba que, si uno hacía fuego allí, la isla temblaría y se movería. Claudio y el resto del equipo sabían que no tenían que generar fuego, ya que arruinaría por completo aquel viaje.

Mina y Jo contemplaban los peces de colores que nadaban cerca de la orilla, en un área rocosa y con profundidad brillaban en el fondo unos seres con tentáculos, transparentes, estos emitían una bonita y tenue luz azul.

—Hasta los animales son extraños aquí. ¿No te parece, Jo? ¿Jo?

Jo se encontraba observando aquel gris y oscuro morro.

Claudio observó su brújula, y se percató de que estaba descalibrada, giraba como loca, no podía hallar su norte, sorprendido les mostró a sus otros colegas, y ellos descubrieron que con sus brújulas pasaba exactamente lo mismo. ¿Qué misterio escondía esa isla que volvía locas las brújulas? La noche iba ganando terreno y las muchachas antes de irse a dormir observaron el peculiar color del cielo y las estrellas, parecía que algo o alguien habían cambiado las constelaciones de lugar. Algunos astros se veían rojos y grandes, todos tenían la sensación de haber entrado en otro mundo. La noche transcurrió normal, hasta que sintieron unos temblores extraños, desde las carpas se comunicaban en voz baja, el sonido parecía que viajaba, se acercaba y se alejaba. Esa noche nadie había podido dormir.

Al otro día, Claudio preocupado les preguntó a todos.

—Muchachos, ¿vosotros habéis prendido fuego ayer por la noche?

—No, de ninguna manera, eso arruinaría nuestra expedición –dijo Manu–. De hecho el barco sigue donde lo dejamos, según las investigaciones, si la isla se hubiese movido, el barco ya no estaría

—Vale, vale –dijo Claudio preocupado.

Otro de los cartógrafos aseveró que esos sonidos podrían ser producto de algún volcán que se encontraba bajo de la isla, pero esa teoría quedaría descartada luego de que un curioso tripulante había ido a investigar. La sorpresa era enorme, había descubierto huellas que medían tres metros de largo, algo había estado caminando por su zona la noche anterior. Claudio incluyó en su bitácora de viaje similitudes que le recordaban a las disparatadas anécdotas de los antiguos exploradores. Con el correr de las horas planificaron la expedición al valle de la isla, según los mapas, este se encontraba en un área donde cuatro ríos desembocaban sus aguas en un gran lago turquesa, así que Claudio y parte de su equipo penetraron la abundante vegetación de la zona y vieron cómo árboles inmensos se elevaban por encima de ellos, flores silvestres, de variados e intensos colores y mariposas extrañas formaban parte de un paisaje natural paradisíaco, habían pasado treinta minutos desde que comenzaron la caminata, la vegetación de a poco permitía ver parte de lo que pensaban que era un morro. Un gran cañadón de tierras naranjas y amarillentas se hacía presente, un accidente geográfico que según se podía apreciar había tenido lugar en el período cretácico, sus paredes estaban llenas de minerales preciosos, magnetitas, amatistas, piedra de la luna, entre otras. Claudio por momentos se sentía observado, pero decidió poner la atención en lo que tenía por delante, los caminos eran increíbles paredones de cien metros que se elevaban a sus costados, pequeños arroyos de agua cristalina recorrían aquel trayecto, un microclima se podía sentir, la selva volvía a emerger esta vez habían llegado a un mirador. Lo que observaban era majestuoso, aves de distintos tamaño surcaban los cielos, la selva se multiplicaba por todas partes, y un espejo de aguas turquesas yacía en el medio del valle.

Mina y Jo aguardaban a los muchachos en aquella bahía donde habían desembarcado. Habían encontrado moras silvestres y unas frutillas. Dentro de un coco se dispusieron a mezclar todo y bebieron aquel fresco brebaje.

La noche se acercaba, el capitán Veech las invitó a volver a la embarcación, las chicas fueron escoltadas hasta la nave en un pequeño bote y allí treparon por la escalera. Mina estaba un poco enojada ya que su padre no le había permitido ir con él, por lo tanto decidió ir a pasear sola por aquel viejo barco. En la cocina se encontraba Salvador preparando la cena, una sopa de pescado con vegetales era el menú de esa noche, Mina se acercó y le preguntó:

—Hola, Salvador. ¿Otra vez sopa?

Él la miró y se alegró de que estuviese allí:

—Mina ¿cómo estás?

—Un poco enojada, mi padre no me dejó acompañarlo. –Tomó una especiero y percibió un fresco aroma – ¿Qué es? –Salvador apuntó el recipiente con su cuchara de madera y le dijo:

—Eso es cilantro, lo amas o lo odias. –Mina lo miró y se sonrió.

—¿Qué hace un chico tan joven aquí, también has venido con tu padre?

—No, vine por mi cuenta… Estoy solo, bueno, solo conozco al capitán, es amigo de mis tíos…

Salva le contó que era de Italia y sus padres lo habían enviado a trabajar al puerto de Canarias con sus tíos y de ellos aprendió el arte de la cocina, tenían una pequeña taberna que ofrecía comida a los marineros del puerto, según su padre a los 16 uno ya era un hombre y tenía que valerse por sí solo, Mina lo miró y le dijo que ella solo veía a un chico:

—Deberías disfrutar más, quizá tengas dos años más o uno, pero no dejas de ser menor, no hagas caso a esos mandatos… ¡Sé libre! –Salvador la miró y quedó impresionado ante la visión de Mina, era notable que su padre y Jo la habían criado en un ambiente de libertad y comprensión. La suerte de tener un padre como Claudio y una guía como Jo no la tenían muchos. Jo se posó en el marco de la puerta de la cocina y saludó al joven cocinero.

—Hola, chef… Mina, ven conmigo, quiero que veas la luna. –Salva sin que las chicas se den cuenta se inquietó un poco y con una sonrisa le dijo a Mina que fuera a verla.

Mientras que una parte de la tripulación se encontraba mirando la hipnótica luna, Salvador servía la cena en la cubierta. Según el termómetro la temperatura rondaba los 26°C y la noche era perfecta para cenar afuera. La mesa era larga y todos disfrutaron de aquella sopa. La gran mayoría luego de haber cenado se fueron a descansar, al otro día debían confeccionar las bitácoras de viaje.

Mina se encontraba observando la luna que todavía brillaba pero había perdido un poco su color, Jo se acercó por detrás y le dijo:

—Qué magnífica aquella tonalidad, nunca en mi vida vi algo así…

Salvador observaba de lejos a Mina y Jo mientras charlaban y reían con la luna de fondo, por más que la noche parecía calma Salvador estaba inquieto Claudio y sus hombres habían encontrado un perfecto lugar para acampar, las estrellas brillaban tanto que la luna podría pasar desapercibida si no fuera por ese color rojo que emanaba. Durante la madrugada, la temperatura en aquella selva se mantenía calurosa, los mosquitos estaban insoportables, por suerte el equipo llevaba unas plantas de citronela para repeler un poco aquellos molestos zumbidos y poder descansar.

Un grito despertó a los acampantes, Claudio aturdido salió de su carpa y sus compañeros de viaje atormentados le dijeron que la carpa había salido volando y los temblores de la otra noche se volvieron a sentir, un sonido casi les rompe los tímpanos, los hizo estremecer, para cuando se quisieron dar cuenta, ninguna de las carpas estaba allí, sin aviso alguno había comenzado a diluviar, Claudio alcanzó a ver cómo un árbol se movía solo, en segundos un relámpago iluminó aquella escena, y se horrorizó, lo que se movía no era un árbol, era un gigante, dio aviso a sus hombre y corrieron a través de la maleza, unos seres oscuros emergieron del suelo como si fuesen un denso humo y comenzaron a perseguirlos, la caza había comenzado. Lo único que los alumbraba a los hombres eran las luces de los “relámpagos”, la tormenta era tan fuerte que los destellos hacían parecer que llovía de abajo hacia arriba, uno de los muchachos se quedó cautivado al ver que las estrellas eran las causantes de emitir aquellas estroboscópicas luces, en aquel lugar la naturaleza tenía otras reglas, llovía con un cielo totalmente despejado.

Mina se encontraba tranquila estudiando unos mapas de la isla, cuando se vio interrumpida abruptamente por Jo.

—¡Mina!, hay unas luces raras y la cascada de la isla parece fuego. –Los mapas volaron por el aire y ambas se acercaron a la baranda.

—Maldición, Jo, eso no es agua es lava, parece que mi padre está en peligro, debemos avisarle. –Mina tomó su mochila y las dos rápidamente comenzaron a bajar por la escalera de auxilio hasta el bote, Salvador salió a cubierta y observó un resplandor que brotaba de aquella cascada, se acercó a las escaleras y vio a las chicas a punto de subirse.

—¡Las acompaño!

Claudio y sus compañeros llegaron a un risco y allí los 6 usaron unas pistolas de bengalas, y pensaron que si alguien en el barco estaba despierto podrían llegar a ver su pedido de ayuda, luego de aquel despliegue en cubierta, el capitán y otros más se despertaron y observaron seis luces de bengala en el cielo desaparecer entre la altísima vegetación. Los muchachos ya habían encendido las alarmas y sin salida se lanzaron a un río que corría por debajo de ellos.

Mina y Jo planeaban cómo encontrar a su padre. Salvador les dijo que había un río, en el cual el mar inyectaba agua a las entrañas de la isla, utilizaron el bote del barco y se adentraron en aquellas aguas de color azul petróleo. Una antorcha era sostenida por Jo en la punta del bote y alumbraba el camino, mientras que Salvador y Mina remaban. En un instante el agua se iluminó y las luces los llevaron río adentro. Los tres estaban fascinados al ver tantas luces de colores alrededor del bote, era hermoso. Un inquietante ruido cautivó sus oídos y cuando miraron hacia atrás observaron cómo varios árboles se habían caído cerrándoles el camino, las luces parpadearon y tomaron profundidad, parecía que se habían asustado.

“Supongo que ya no podremos volver”, pensó Jo.

—Vale, vinimos a buscar a mi padre, prometo que saldremos rápido… –dijo Mina.

Alrededor del barco unas grotescas sirenas de aspecto físico tenebroso llamadas ondinas asomaron su cabeza a la superficie, sus ojos estaban en llamas.

Ellas comenzaron a nadar en círculo y esto produjo que el agua comenzara a girar violentamente en espiral generando que el talismán de los océanos III se alejara de la isla, ni siquiera las anclas habían funcionado. Todos se miraban con zozobra y una intensa neblina verde los tapó por completo, de a poco los tripulantes comenzaron a desmayarse, nadie pudo hacer nada, sus cuerpos yacían inmóviles en el piso Parecía que la isla rechazaba la visita de los mortales.

Las aguas en aquel río se volvieron turbulentas, Claudio y sus hombres cada vez perdían más fuerza ante su potencia. El bote de Mina se encontraba a la deriva y se dirigía a gran velocidad en dirección a unos rápidos, los tres se agarraron fuerte de donde pudieron y surcaron esas temibles corrientes revoltosas, el agua los había empapado y parecía que cada vez costaba más mantenerse estable. Una vez fuera de las furiosas corrientes, siguieron río adentro y desembocaron en un gran lago, habían llegado al núcleo de la isla, el fulguroso resplandor de la lava que caía del morro alumbraba un poco aquella orilla, por ende los tres alcanzaron a ver una cuantas huellas en la arena, Mina rogaba porque fueran de su padre. De su mochila sacó una prenda de ropa, tomó un palo y la envolvió en él.

A Salvador la idea no le agradaba mucho que digamos y con sumo cuidado Mina lo roció con un poco de líquido inflamable, la antorcha estaba lista, con ayuda de las piedritas chispeantes de Jo el fuego surgió y se hizo la luz.

—Recuerda que el fuego es peligroso… –le dijo Salvador a Mina, ella lo miró y le contestó:

—No me digas... –Jo envalentonada sacó un machete que había en el bote y siguió a Mina, juntos se internaron nuevamente en la selva. Salvador inquieto pensaba que se meterían en problemas más grandes si no abandonaban la isla pronto. Mientras deambulaban por la selva, Jo cortaba la exuberante vegetación para poder pasar, el machete afilado rebanaba de cuajo la maleza a la perfección.

—Oye, oye, Jo, si fuera tú no lo haría. –Jo lo miró y con un gesto le dijo:

—¿Hacer qué? –En ese momento Jo le dio un machetazo a un árbol y los tres se percataron de que eso era la pierna de un gigante, aquellos enormes seres dormían parados y poseían una habilidad camaleónica, sus largas horas de sueño los dejaban vulnerables ante otras especies, por eso a menudo se escondían en los bosques y selvas para camuflarse y pasar desapercibidos.

Un gruñido perturbador resonó en toda la isla, y como una ola expansiva, viajó varios kilómetros, eso provocaría el despertar de la isla por completo, Salvador en ese momento les dijo que corran y no miren hacia atrás, los seres que habitaban aquella misteriosa isla estaban furiosos, la tierra se movía y se desarmaba, entre tanta debacle Mina tiró la antorcha al suelo y esa fue la última acción que desencadenaría el cataclismo final. La antorcha tocó el suelo y se hundió como si se la hubiesen tragado y la lava comenzó a brotar del suelo.

Salvador guiaba a las chicas con un rumbo incierto, o quizá eso pensaban ellas, detrás de los tres un enjambre de extraños insectos voladores de color azul y violeta los perseguían, parecían enormes avispas que lanzaban aguijones de fuego, y las ramas de los árboles intentaban destrozarle los pies.

Como si Salvador conociese la isla les dijo:

—¡Seguidme, vamos! –Habían encontrado un atajo, un espacio en forma de círculo que estaba rodeado de árboles y parecía seguro. Al fin un poco de paz, debían pensar en un plan, su padre estaba perdido y necesitaba ayuda. Mina y Salva discutían lo que deberían hacer, uno decía A y el otro decía B, no lograban ponerse de acuerdo, eran dos chicos peleando, Jo se hartó y se alejó unos centímetros de ellos y oyó un ruido extraño en la copa de los árboles, mientras discutían ella les pedía que bajen la voz, Salvador en un momento desvió sus ojos desacreditando lo que decía Mina y se detuvo en un punto fijo.

—Ay, no. –Mina lo miró y le dijo:

—¿Y ahora qué sucede, chaval?

Mina casi se infarta, desde la copa de los árboles se veía cómo descendían arañas enormes, negras y con tonalidades azuladas. Esos arácnidos no poseían vista pero eran capaces de oír hasta la caída de un alfiler, además mediante los movimientos de su exoesqueleto se podían comunicar. Los chicos estaban rodeados, parece que no tenían escapatoria. Las arañas en círculos aguardaban el primer movimiento de su cena. Parecía un tablero de ajedrez, de a poco se empezaron a comunicar entre ellas y una de las arañas escupió un hilo de seda al centro, este se desvaneció emitiendo un gas extraño y Salvador se tapó la boca, nariz y cerró los ojos, pero las chicas no. Mina y Jo comenzaron a reírse a los gritos, entonces las arañas hicieron vibrar sus cuerpos, el ruido se asemejaba a unas maracas, era una clara señal de ataque. Salvador tenía un haz bajo la manga, siempre llevaba consigo un pequeño tubo de pimienta con cilantro, así que lo sacó y se lo hizo oler a las chicas. Mina y Jo estornudaron y de esa manera expulsaron las esporas extrañas que tenían los hilos. Una vez en sí, Mina observó a su alrededor y vio las horripilantes fauces y colmillos con gotas de veneno, pegó un grito tan fuerte y agudo que los tímpanos de las arañas explotaron, provocando su inmediata retirada. Salva miró con cara de asombro a Jo y ella le dijo:

—Es normal, les tiene pánico Era la ocasión perfecta para escapar, una vez alejados de esos seres fueron en busca del Claudio.

La isla se estaba autodestruyendo, el agua del gran lago turquesa había entrado en estado de ebullición, un vapor cian comenzó a brotar del lago y a medida que se expandía todo se iba secando, aquel gas estaba acabando con la vida de toda la isla.

Los chicos se encontraron con una especie de caverna donde al final se veía una luz, Mina entró corriendo y los demás la siguieron, en un abrir y cerrar de ojos, desembocaron en una playa iluminada por el sol de mediodía, nadie entendía nada, bueno, quizá alguien sí entendía… No bien observaron el terreno Jo se percató de algo.

—¡Niños, huellas!

Salvador se puso en cuclillas y al cerrar sus ojos tocó las huellas.

—Son de Claudio. Pensó–. Vamos, chicas.

Los tres siguieron el camino de huellas y desconcertados, se dieron cuenta de que habían llegado al punto de partida, pero el barco ya no estaba.

—¡Se fueron sin nosotros! –gritó Jo, Salva trazó unas líneas que, si mal no recordaba, atravesaban la isla y estas poseían la suficiente energía para alterar el tiempo y el espacio. Mina asombrada le dijo:

—¿Qué cosa? –Salvador le explicó que existían unas arterias que corrían por debajo de la tierra y que la isla funcionaba en espejo, ellos deberían estar del otro lado de la isla pero en un tiempo en el cual ellos no habían llegado y debían salir de ahí antes de que sus otras versiones llegasen. Los tres observaban con temor el océano, aguardando que aparezca el barco. Mina sintió que Salvador conocía la isla

—¿Cómo es que sabes todas esas cosas? ¿Quién eres? –La mirada de Salva se apagó un poco y con una mueca de incomodidad le contó a Mina que la conocía de antes y que estaba para ayudarla, sus recuerdos eran muy vagos, por momentos recordaba quién era, pero por otros no. Sus tíos le dijeron que él era muy especial y que no todos podrían entenderlo, por esos sus padres se lo sacaron de encima, además Salvador le explicó que tenía habilidades muy peculiares, de vez en cuando podía adivinar cosas, otras veces podía conjurar hechizos y mover objetos con la mente, pero no siempre se manifestaban esos aspectos. Mina se quedó desencajada, no entendía, estaba muda, el silencio duró segundos, porque justo en ese momento un grito había interrumpido la revelación, era Claudio

—¡Mina!

—¡Padre! –Los dos corrieron al encuentro y se fundieron en un fuerte abrazo… Claudio los miró y les dijo:

—¡Se fueron sin nosotros! Maldigo al capitonto Veech… –Jo se acercó corriendo y le dio unas cálidas palmadas en su hombro.

—Claudio, qué bien que estás bi… ¡Eh… Eh! ¡Miren! ¡El barco está volviendo por nosotros!

Claudio cogió sus prismáticos y observó que en la cubierta de aquel barco había otra Jo, otra Mina, y un doble de él.

—Vale, oíd con atención, estamos en otra dimensión, debemos escapar antes de que ellos lleguen a la orilla. –Los tres miraron a Salvador y asintieron, no había más tiempo, debían abandonar ese lugar de inmediato, si no podrían generar un desastre temporal, los cuatro rápidamente se dirigieron al túnel, detrás de ellos se veía cómo aquellas columnas de cristal descargaban toda su furia, una vez en la entrada de aquel túnel, decidieron taparlo con ramas y arbustos, para no ser descubiertos, volvieron sobre sus pasos a las entrañas de la isla y todavía era de noche. Las plantas y los árboles se habían secado, una baja y densa niebla cubría todo el suelo.

Los cuatro emprendieron su regreso rumbo a la playa, a sus costados el silencio era mortal, todo lo que antes tuvo vida ahora había perecido, la isla estaba en su lecho de muerte… Por el panorama que los circundaba muchos de los seres habían muerto, arañas enormes y aves prehistóricas yacían sin vida colgando de los árboles, entre unas raíces la mitad del cuerpo de un gigante había quedado atrapado, su mano extendida hacia el cielo parecía que clamaba piedad o auxilio, las estrellas ya no brillaban. Una explosión liberó una cantidad de luz exorbitante, Claudio de inmediato pensó en que el cráter del volcán había explotado, pero el acontecimiento distaba mucho de un evento geológico Si bien la lava bajaba a gran velocidad de aquel morro lo que había explotado era otra cosa, de alguna manera un agujero negro se había formado sobre aquella isla a 300 metros de altura, la gravedad que este generaba comenzó a elevar enormes porciones de tierra, rocas y árboles, todos eran tragados por este fuerza descomunal, el fin estaba cerca. El río por el que habían viajado se encontraba casi seco. Caminaron por aquel difunto río y llegaron a toparse con el cañadón que atravesó Claudio al principio, una grieta vertical se abría paso.

—El cañón Oigan estamos a media hora de la bahía

A metros de la bahía, Jo se percató de que la isla seguía viva, unas raíces en punta se dirigían con velocidad a Mina, ella las empujó y las raíces tomaron de la cintura a Jo, sus ojos se apagaron y las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro. Esas raíces tenían un efecto anestésico al dolor que provocaba el desgarro del alma, lo que hacían era succionar la energía y para hacerlo sin problemas a las presas les mostraban sus vidas de la manera que siempre anhelaron.

Mina se lanzó contra Jo, sacó una navaja y comenzó a cortar las raíces para liberarla.

Pero de a poco la tumba de Jo iba tomando forma, las raíces subían por su cuerpo como ofidios, detrás de esa trágica escena la grieta de aquel cañón había comenzado a iluminarse, la lava se acercaba, Claudio y su hija luchaban, para sacar a Jo de ahí, Salvador se había quedado horrorizado e inmóvil ante la mártir expresión de aquella mujer.

—¡Salvador, haz algo! ¡Jo se está muriendo, no hay tiempo! –gritaba Mina. Salvador cerró sus ojos, se quitó el collar y con fuerza clavó la punta del cuarzo en aquellas raíces, estas lo comenzaron a enredar a él también. Mina estaba a punto de perder a dos personas increíbles, los ojos de Salvador se pusieron blancos y pegó un grito.

—¡LUX! –Una luz blanca descendió de los cielos devolviéndole toda la energía a Jo y pulverizando aquella peligrosa flora, Salva socorrió a Jo y la ayudó a recomponerse, no había tiempo para las emociones, al llegar al agua observaron que el barco parecía estar a la deriva.

Mágicamente las bondadosas luces aparecieron y los ayudaron a llegar al barco creando corrientes de agua que aceleraron su andar... Ya debajo del galeón Claudio ayudó a Jo a subirse a la escaleras. Antes de subir Salvador les agradeció a las luces por la ayuda que les brindaron durante todo el viaje, Mina lo observó y se emocionó al saber que las luces eran almas bondadosas. Los últimos en subir a cubierta fueron Salvador y Mina, quienes ignoraban lo que había sucedido, en aquel barco. Mina se asomó y vio a Claudio arrodillado mientras Jo lo abrazaba. Parecía que todos en la nave estaban muertos, los cuerpos de los tripulantes que quedaban estaban esparcidos por todos lados, Jo se volteó y se acercó a Mina.

—No mires, voltéate, no mires, tú tampoco, Salvador… –Jo, Salvador y Mina se giraron y observaron la destrucción de la isla, el morro había desaparecido. Un ruido indescriptible resonaba por todos lados, y el sollozo de Claudio se mezclaba con la moribunda escena, era el sonido de la mismísima devastación. Estaba amaneciendo y la isla les ofrecería un último espectáculo nunca antes visto... Un gigantesco sol menguante de una tonalidad coral asomaba.

—Es hermoso. –Pensaba Mina, parecía un eclipse, la imagen surrealista quedaría de recuerdo para toda su vida. Mina se acercó a Claudio y le dio un abrazo.

—Lo siento, padre... –Jo observó el cielo y unas nubes verdosas y grises se arremolinaron por encima de ellos y el barco comenzó a navegar hacia un gran banco de niebla. Salvador los miró y dijo:

—El portal se está abriendo nuevamente, nos vamos. –La niebla los invadió y una pausada lluvia comenzó a caer sobre la cubierta, las gotas impactaban sobre la curtida piel de los tripulantes y de a poco comenzaron a despertar...

—¡Papá, el capitán! –Claudio fue corriendo a socorrerlo y vio que de a poco todos despertaron.

Una vez atravesado el banco de niebla el sol ya no menguaba, se veía normal y no había indicio alguno de la isla... Ya nadie sería el mismo luego de esa experiencia. Las horas pasaron y una vez en tierra, se lamentaron por las pérdidas e hicieron minuto de silencio por los que murieron durante la expedición y con gran abrazo celebraron el hecho de estar vivos. Mina se encontraba mirando el océano y Claudio se acercó dándole un protector abrazo.

—Me temo que ha llegado el fin de una etapa, no volveré a explorar tierras lejanas por un largo tiempo. –Mina se sonrió y una lágrima cayó de su ojo.

—Casi muero de tristeza, pensé que te había perdido. –Claudio se inclinó, la miró a los ojos, la tomó por la cara y con su pulgar barrió una lágrima que yacía posada en su mejilla.

—Perdóname, hija, me has salvado la vida… Oye tengo algo para ti... –Claudio hurgó en su bolsillo y sacó su brújula–. Toma, estoy seguro de que no la necesitaré por mucho tiempo. –Mina sintió una dantesca felicidad, saltaba de alegría, en sus manos tenía el talismán de su padre

Luego de ese entrañable momento Claudio se detuvo en un puesto ambulante de un feriante que vendía piedras preciosas y amuletos...

—Jo, ¿me ayudaríais a escoger uno de estos? –Ella encantada accedió al pedido.

—¿Sabía que mi nombre quiere decir joya o gema en lengua africana? –Claudio se rio.

—Interesante dato... Es bueno saberlo…

Salvador se encontraba en el muelle contemplando el ocaso, los destellos del calmo mar parecían diamantes flotantes. Mina se sentó a su lado y con suspicacia el viento alborotaba su melena mientras el aroma del mar los envolvía a los dos...

—¿Así que aquí termina todo, no? –preguntó Mina.

—Eso depende de ti... –Parecía que Salvador tenía otros planes.

—¿A qué te refieres?

—A que si quieres aprender magia, esto recién es el comienzo... –le dijo Salvador–. Tú decides.

Mina lo miró y le dijo:

—Vale, chaval, quiero aprender... –Salvador extendió su mano y ella lo miró extrañada.

—¿Qué haces?

—Toma mi mano.

—¿Ahora?

De lejos Johari los miraba y se reía, parecía que Mina había encontrado un nuevo amigo.

La mano de Salvador aguardaba el tacto de la mano de Mina.

—Sí, anda, toma mi mano. –Mina accedió y en el instante que tomó su mano, Salvador se lanzó al mar arrastrándola con él, los dos cayeron en la profundidad de las aguas con la velocidad de un tren bala, una presión inexplicable golpeó a ambos y desaparecieron en la vasta oscuridad del océano...

Esta historia me la contó la mejor amiga de mi abuela durante unas vacaciones en Canarias y al finalizar me dijo: “Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba, el paraíso y el infierno se corresponden de alguna manera, sus planos existenciales están entrelazados”. Ah, ¡no os olvidéis de saludar a Salvador de mi parte!

Te ama, tu abuela Maricarmen

Casiopea emitió un grito ahogado, había comenzado a intentar agarrar un poco de aire, abría la boca desesperadamente y sentía que se ahogaba, su garganta hacía movimientos violentos, su nariz le quemaba y su cuerpo reaccionaba con espasmos, el movimiento fue tan brusco que se cayó de la cama, el golpe la había despertado, abrió los ojos, tosió un poco y escupió agua. Estaba oscuro y su cara estaba pegada al piso, ella veía su cuarto dado vuelta, no entendía nada, se sentó contra la cama y se percató de que estaba toda mojada, en su mano izquierda llevaba la carta de su abuela toda estrujada, se acomodó un poco y leyó las últimas líneas

—¿Saludar a Salvador? Detrás de ella un maullido interrumpió el silencio de la madrugada, Casiopea anonadada se giró y dos ojos amarillos, verdosos, la estaban observando y automáticamente se desvaneció

U N A M I G O D E O T R O M U N D O

Eran las 5:30 de la madrugada y las alarmas se habían activado… Algo o alguien había abierto un portal desde otra dimensión, el elemento agua había sido el medio y un experimentado mago lo había sentido todo

Dentro de un ecléctico y antiguo hall de entrada una llamarada iluminó la penumbra de unas quietas y silenciosas esculturas, el antiguo mármol boticcino clásico arropaba el piso de aquel salón, este poseía un dibujo en el cual un círculo y unos pequeños triángulos a modo flecha apuntaban a cinco arcos simétricos. Siguiendo la dirección de la flecha central del dibujo, una mujer enfiló hacia una imponente escalera, alzó la vista y por sobre ella observó una cúpula con un techo en vitral francés, un esplendoroso diseño la sobrevolaba, era un sol incaico lleno de energía que de a poco se iba iluminando con las primeras luces del amanecer.

El andar de sus tacos se hacía cada vez más intenso, un pasillo blanco y alumbrado por la cálida luz de varias arañas era transitado por esa mujer, llevaba gafas de sol, guantes y una capa negra, estos formaban parte de su delicado atuendo... Una puerta doble de color blanca aguardaba ser abierta al final de aquel recorrido, la delicada dama se detuvo a no menos de dos pasos, la puerta se abrió, y dejó ver a un hombre que se encontraba en medio de una plataforma elevada sobre un espejo de agua.

Con sus manos manipulaba aquel elemento y generaba formas que se remontaban hasta el techo…

—Admirable manejo de la sustancia, Esteban. Supongo que tu llamado se debe a una urgencia, ¿no?

—Ignacia… Es serio… Parece que algo se coló al plano terrenal.

—Ajá… O sea a nuestra dimensión… –Ignacia se acariciaba el mentón y miraba de reojo el arte de Esteban.

—Inquietante… ¿Sería posible encontrar la fuente de energía que lo ocasionó?

—Podría, pero tardaría días. –Esteban se paró y caminó sobre el agua como una deidad.

—¿Creés que tiene que ver con el cierre de las cúpulas? –consultó Ignacia mientras observaba parte de la decoración de aquel salón Esteban la seguía con la mirada mientras ella recorría el perímetro

—Puede ser… deberíamos contactarnos con Andrómeda –dijo Esteban preocupado. Ignacia lo miró fijo y advirtió:

—Okey, voy a dar aviso a los demás integrantes del consejo. Mantengamos esto en secreto, ya sabes cómo son las cosas... Ah, y deberías cambiar los cálices, estamos en la Legislatura porteña, no en cualquier edificio. Si querés te puedo pasar un contacto que tiene cosas únicas e interesantes, soy diseñadora y decoradora de interiores, corazón, no puedo con mi genio, te quiero.

Esteban se rio e Ignacia abandonó aquel salón envolviéndose en llamas. Él se quedó sentado en el desnivel de entrada observando los antiguos cálices, pero lejos de pensar en el consejo de Ignacia, su mente estaba inquieta tratando de descifrar cómo había sucedido aquel pase interdimensional…

Era temprano y el calor se comenzaba a sentir, una fresca brisa apaciguaba las altas temperaturas, las hojas de los árboles se sacudían con delicadeza y el ruido ambiente se iba acrecentando. Una sensación de dolor y punzante presión se extendía por el cuello de Casiopea. La templada brisa golpeaba su nuca y de a poco ella abrió los ojos. Al momento de intentar ponerse recta un dolor espantoso invadió la parte trasera de su cuello. Con un delicado movimiento fue irguiendo de a poco su columna, por su posición contraria a la ventana sus oídos podían captar los sonidos que venían de la calle y se percató de uno en particular, un ronroneo constante sonaba detrás de ella, sus cejas se arquearon y la sensación de sorpresa y miedo se mezclaron, con cautela se giró y ahí estaba… Oscuro como la noche y con unos hermosos ojos, un gato negro estaba sentado en la cama mirándola fijamente con un aire muy sereno, se lamió su patita y maulló tiernamente, parecía que le daba los buenos días. El gato comenzó a acercarse y a Casiopea casi le dio un ataque, era muy temprano para visitas Él comenzó a caminar sigilosamente en su dirección y ella con cautela se alejaba para no asustarlo, de pronto él se detuvo y ella también, parecía un baile en espejo, Casio ya se había arrastrado a un metro de distancia de la cama.

El gato agachó su cabeza se giró y con su boca agarró un collar con una piedra extraña, esa fue la primera señal que él le dio.

—¡Salvador! ¿Sos vos? –El animal asintió con un movimiento de cabeza y un suave parpadeo–… ¡Sos un gato! ¿Cómo es que pasó? ¿Qué fue de la vida de Mina, Jo y Claudio? –Casio estaba eufórica, iba y venía–. Es un sueño, es un sueño, le estoy hablando a un gato… Los gatos no hablan, tengo que parar…

De izquierda a derecha Salvador la seguía con sus profundos ojos hasta que un maullido le puso fin a esa frenética caminata y llamó su atención.

—Sí. ¿Me hablaste? –preguntó ella, pero él no dijo ni miau, solo se movió de donde estaba sentado dejando al descubierto algo que dejaría a Casiopea completamente desconcertada… Un haz de luz le pegó de lleno a la cama y un dorado resplandor se reflejó en las paredes de su habitación, era la famosa brújula de Claudio, el talismán de los océanos.

—¡NO! ¡Esa es La brújula, la brújula de Claudio!

De pronto una voz fuerte y con eco sonó en su cabeza:

—Hola, Casiopea.

Los vellos de los brazos de Casio se erizaron y ella pegó un grito.

—¿Quién es? ¿Quién habla?

—Yo, Salvador…

—¡No hagas nunca más eso!

—Bueno, perdón, no me quedó más remedio

—¿Cómo hacés para que nos comuniquemos?

—Yo no hago nada, solo te hablo, creo que hay algo que tenés que saber… –Casiopea lo miró desconcertada–. ¿Qué tengo que saber, Salva?

—Lo que tenés que saber es que sos especial, sos mágica. –Los ojos de Casiopea se abrieron y se puso colorada.

—Desde que abrí la caja de mis abuelos, mi vida cambió mucho, no entiendo por qué nunca dijeron nada Salvador, decime que esto no es un sueño

—Tranquila, de a poco vas a ir despertando y yo también, solo sé que me encomendaron la misión de cuidarte y guiarte, tengo recuerdos borrosos… Creo que los dos buscamos respuestas.

—¿Quién te dijo que me tenías que cuidar? ¿Fueron mis abuelos? –De repente la puerta se abrió

—Casio, ¿con quién hablás? –Era Marcelo.

—Con el… (el gato desapareció) –pensó–. Con Micaela… –completó.

—Bueno, bajá a desayunar que ya son más de las diez… –Con un gesto de okey Casio despachó a su padre de la habitación y se dio cuenta de que estaba sola…

—Fue un sueño

—No, no desaparecí –Otra vez la voz con eco.

—¿Me querés matar de un susto? ¿Dónde estás? –Salvador se había escondido detrás de la cama y de a poco asomaba su cabeza–. Te vas a tener que acostumbrar ¿Por qué no te fijás en lo que tenés atrás de la cama?, quizá te sorprenda –Casiopea lo miró y con su mano le hizo un gesto para que se corra, cuando se acercó extendió el brazo y se sintió como Elena revolviendo el estanque, para su sorpresa su mano había palpado un frío elemento que parecía un hilo metálico, lo tomó y cuando lo sacó vio que la cadena del estanque de la estancia de Elena estaba entre sus manos… La voz de Salvador volvió a sentirse.

—¿Encontraste lo que buscabas? –Casiopea lo miró y le dijo:

—Necesito que me cuentes lo que está pasando, pero ahora te vas a quedar acá hasta que vuelva de desayunar.

—Por el momento no tengo opción, me quedo. –Salva se subió a la silla de escritorio y se recostó. Mientras Casio se calzaba agarró una campera de verano del ropero, se miró en el espejo y detrás de ella se reflejaba Salvador observando atentamente todo lo que ella hacía. Una mirada y una expresión de silencio bastaron, para que Salva se quedara en el molde. Casio agarró su celular y salió del cuarto, un estornudo la detuvo a metros de la escalera, se frotó la nariz y recordó que olvidaba algo, volvió sobre sus pasos y abrió la puerta nuevamente, asomó la cabeza y le preguntó a Salvador:

—Me olvidaba. ¿Querés algo?

—Muero por comer pescado... –Casiopea se rio y le dijo:

—Qué original, ¿pescado ahora? Es temprano, más tarde quizá consiga algo, ahora te puedo traer… –El grito de una madre alterada recorrió las escaleras de la casa

—CASIOPEA, A DESAYUNAR. –Marina había comprado facturas para el desayuno y había preparado una exquisita mesa con jugos frescos y una linda vajilla. Una taza de té a medio enfriar aguardaba a Casiopea.

—Buenas noches, ya era hora, querida, ¿dormiste bien? –le preguntó su madre.

—Sí, ma, solo que... –Casio había vuelto a estornudar y la punta de su nariz estaba un poco colorada.

—Te resfriaste. ¿Dormiste con la ventana abierta? –Mientras Marina estaba sirviendo agua en un vaso, Casio miraba cómo de a poco se llenaba y pensó...

—El agua, me resfrié por el agua. –Ella sabía que no podía decirles a sus padres lo que había pasado porque iban a pensar que estaba loca. Entonces prosiguió:

—Sí, me olvidé la ventana abierta y no me tapé, colgué

—Ay, hija Colgué, ¿qué es eso de colgué?

Marcelo había entrado a la cocina, encendió la radio y se sentó en la punta de la mesa junto a un paquete de galletitas moribundo y olvidado. Extendió su mano, cerró sus ojos e hizo un gesto circular sobre las facturas.

—Abracadabra, pata de cabra, ¿cuál será la elegida para que mi boca se abra? –Casio por un momento pensó que estaría a punto de presenciar un acto de magia y se quedó observando, esperando ver que una medialuna flotara…

—Papá, ¿vos también sos…?

—¡Ah! ¡Medialuna con pastelera! ¡Funcionó!

—Ja, ja, ja, Marcelo, dejá de hacer pavadas, no se juega con la comida. –Casiopea estuvo a punto de preguntarle a su padre si también era mágico Entre tanta perorata, Casio se dio cuenta de que su té se había enfriado y sin prestar atención alguna echó tres cucharadas de azúcar al té y colocó la taza en el microondas ignorando que la cuchara de metal había quedado dentro de la taza. Presionó el botón de comenzar y el display marcó treinta segundos, un show de “fuegos artificiales” con un ruido eléctrico se había desencadenado dentro de aquel electrodoméstico, Casio se alejó pegando un salto acompañado de un grito, Marcelo desenchufó el aparato y miró a Casio. Con vergüenza ella se sonrió y le dijo:

—¡Ta, tan! Magia…

—Un día vamos a salir todos volando.

—¿Qué pasó? ¿Qué fue ese ruido? –gritó Marina desde el comedor.

—Nada, mi amor… –Marcelo le guiñó un ojo a Casio y ella se alejó con una risa nerviosa, tomó una tortita negra y subió a su cuarto.

—¿Y esto es? –preguntó indignado Salvador.

—Una tortita negra, es lo único que encontré Yo sé que los gatos solo comen pescado y alimento balanceado pero

—¿Alimento qué? –Casio le explicó que el alimento balanceado es una comida para animales que contiene todos los nutrientes necesarios para que ellos se mantengan fuertes y felices…

—Lo mejor de todo es que vienen con formitas de pescados y estrellitas… –Casio intentaba animar y explicarle a Salvador, pero este la miraba como no entendiendo qué quería decir.

—Genial, ahora soy un animal doméstico, te recuerdo que sigo siendo el chico del puerto, y el pescado me gusta porque me acostumbré a él Ya sabés, el mar, la taberna…

—Bueno, está bien, probá esto y después me decís si te gustó o no. Casio y Salvador estuvieron planeando cómo decirles a sus padres que había un nuevo integrante y que formaría parte de la familia, ella necesitaba caminar para pensar, así que tomó su mochila y metió a Salvador dentro.

—Ah, no te olvides de la brújula y el collar. –Ese mediodía los dos salieron a pasear por el barrio,

el sol era agradable, no se veía ni una nube, el cielo estaba celeste, celeste.

Era temprano, por lo tanto había bastante gente haciendo mandados y paseando a sus perros, Salvador estaba un poco inquieto, el apresurado paso de Casio lo sacudía para todos lados, estar dentro de la mochila le recordaba a las tormentas en alta mar.

—Casio, ¿puedo ver?

—Bueno, pero con cuidado, no quiero que nos persigan los perros…

Casiopea abrió el cierre dorado de la parte superior de su mochila violeta con estrellas y una pequeña cabeza de gato afloraba. Salvador estaba fascinado con el mundo que lo rodeaba, sus ojos giraban para todos lados, lo primero que vio fue la esquina del parque.

—¿Qué es ese lugar? –Casio le contó que aquel lugar era el Parque Lezama, uno de sus lugares favoritos y que de vez en cuando iba a pasar las tardes con sus amigos o sola…

—Salva, explicame algo, ¿cómo puede ser que tenga la brújula y el collar?

—Collar, brújula y gato… Creo que te faltan más cosas igual, son siete cartas, leíste dos.

—Ah, pero estás bien enterado ¿Quién te contó?

—Es muy largo, necesito comer, pasar de un mundo a otro cuesta mucha energía y da hambre –dijo él, en tono desganado y Casiopea ratificó su teoría.

—Sí, es verdad, cuando tengo esos sueños me despierto con ganas de comerme el mundo

—Sí… ¿Soy yo o hace calor?

—No te quejes… –dijo ella y una señora de capelina, solero verde agua y gafas venía caminando en sentido contrario a Casiopea arrastrando su carrito de las compras y, justo cuando pasó a su lado, escuchó ese “no te quejes” Se frenó y le dijo.

—Nena, yo sí me quejo ¿No viste los políticos que tenemos? Son un desastre Además, decime vos, ¿por qué no me puedo quejar?

Salvador se estaba muriendo de risa y Casio tuvo que sacar fuerzas de quién sabe dónde para no estallar de risa frente a la señora. Antes de abrir la boca y hablar, sus cuerdas vocales temblaron y pensó: Que sea lo que Dios quiera Ahí justo en ese momento la actriz que llevaba dentro salió y se manifestó.

—Señora, discúlpeme, buenos días, yo no le hablé a usted y, con todo respeto, jamás le diría a nadie que no puede hacer algo, estaba hablando con el manos libres…

—Ah, pero, chiquita, perdoname… Qué hermosa, sos muy respetuosa Viste lo que es llegar a esta edad, la Argentina necesita más gente como vos, no te robo más tiempo, tesoro… Buen día… –Salva se asomó y observó a la señora alejarse y otra vez se escondió, los dos comenzaron a reírse y por un momento se olvidaron de sus incertidumbres. La nariz de Salva se contrajo y se relajó rápidamente, se alborotó y Casio se frenó

—¿Y ahora qué pasa?

—¿De dónde viene ese olor? –preguntó él.

—¡Es verdad, tu comida! Volvamos, te va a encantar. –Casiopea había llevado a Salva a una de las mejores marisquerías de Barracas y le compró tres deliciosas y doradas empanadas de pescado, su repulgue era perfecto, parecían de revista.

—Gracias, qué aroma más agradable, me recordó a la taberna

—De nada, Salva, volvamos, quizá después de comer podamos pensar mejor

Casio y Salvador habían llegado a la puerta de su casa y con sumo cuidado la abrió para no llamar la atención de sus padres, además de haber salido sin permiso por segunda vez consecutiva ahora traía a alguien más… Una vez dentro, vio a sus padres muy atareados en el patio y se dirigió hacia la escalera, subió rápido en puntitas de pie y se metió a su cuarto, cerró la puerta y se apoyó sobre ella, tomó aire y sopló su flequillo.

—¡Misión cumplida! ¡Ahora sí! Se dirigió a su escritorio, abrió el cierre dorado de su mochila y Salvador salió corriendo, una vez fuera se estiró.

—Ah, qué placer, qué incómoda es esa cosa.

—Bueno, no tengo otro lugar donde llevarte.

Salva dio unos pasos y se sentó junto a unos cuadernos en el escritorio de Casio y aguardó a que Casio abriera la bolsa de papel madera que contenía las exquisitas empanadas. Salvador estaba inquieto, iba, venía, de lejos miraba aquel manjar, su felino paladar lo pedía a gritos Casiopea se acercó y le dejó una empanada lista para ser devorada, él la olfateó y con sus patitas la acomodó, abrió su boca y comenzó a disfrutar de la comida, su ronroneo era lo único que se escuchaba además del continuo masticar.

Casio lo miraba con una enorme sonrisa, nunca había tenido una mascota, se sentía feliz y acompañada, además no era cualquier mascota Era Salvador, su nuevo compañero de aventuras Que de por cierto debía darle varias explicaciones

—¿Te puedo preguntar algo?

—Sí, Casio, adelante… –Salvador disfrutaba de sus últimos bocados, ya estaba casi lleno.

—Volviendo al tema… ¿Quién te pidió que me cuidaras? –En ese momento, tragó y se sentó mirándola muy fijo a los ojos

—Es una historia larga pero esto que te voy a contar ahora es todo lo que sé, o lo que recuerdo. –Casio se sentó en el piso, se cruzó de piernas como si fuese a meditar y escuchó atentamente…

—Cuatro conciencias residentes de una constelación, de la cual no recuerdo el nombre, invocaron mi presencia para guiarte y ayudarte a descubrir quién sos, pero en el medio de todo esto, algo sucedió y perdí parte de mis recuerdos Solo sé que te conocí…

—¡En el barco! –interrumpió ella.

—No… te conocí antes…

—¿Antes cuándo?

Salvador le contó que su primer encuentro tuvo lugar la vez que leyó la carta de la Luz mala, allí él se habría presentado como aquel perro amistoso, que luego había desplazado la temible luz roja…

—Increíble… –Casiopea no podía parpadear, se encontraba absorta, mientras escuchaba a Salvador. De la ansiedad que sentía no había dejado dedo con uña Parecía que era la única manera de mantenerse calma

—Según tengo entendido, reunís una cantidad de cualidades, que no todos las tienen, una de ellas es que sos una viajera experimentada.

—¿Qué cualidades? ¿Viajera?

—Ves más allá, sentís otros planos. –La conversación de a poco iba tomando consistencia, según Salvador, los viajeros eran personas con la habilidad de poder separar su forma astral o espíritu fuera del cuerpo, permitiéndoles viajar a otras dimensiones o lugares, sin la necesidad de estar ahí físicamente

—Ahora yo te voy a preguntar algo a vos… Salvador se puso más serio de lo normal, Casio se acomodó y aguardó la pregunta con mucha atención–… ¿Me podés traer agua?, tengo sed…

—Ay… Qué tonto, bueno... –Mientras ella estaba en la cocina, Salva pegó un salto y caminó hacia la cama donde se encontraba su collar, lo miró y pensó–: Chintamani… –La piedra emitió un leve resplandor cian, y Casio observó cómo la luz de la cocina parpadeó unas cuatro veces. Con cuidado, Salvador agarró el collar con la boca y lo mantuvo entre sus dientes. Aunque era peligroso él se quedó sentado sobre la cama esperando a que Casio vuelva a su cuarto, una vez arriba ella abrió la puerta y vio una hermosa luz.

—Guau, la piedra, la piedra brilla... –Dejó el plato con agua al costado del escritorio y se dirigió hacia Salva.

—¿Qué es?

—Esto es una fracción de una milenaria piedra que cayó de la constelación de Orión, se dice que viajó dentro de un cofre junto a tres objetos más que se dispersaron por el mundo y “desaparecieron”, algunos lo llaman regalo de las estrellas y yo soy el guardián de este.

Casiopea escuchaba con atención la historia y estaba maravillada con el resplandor que emanaba aquella piedra y recordó la caja que le habían obsequiado sus abuelos.

—Salva, ¿creés que la caja de mis abuelos tenga algo que ver con esto? –Los dos posaron sus ojos en la majestuosa caja y suspiraron.

—Podría ser... Quizá somos parte de un rompecabezas.

—¿Que podemos hacer para que recuperes la memoria? Casio estaba ansiosa por conocer todos los detalles.

—No lo sé, si tan solo pudiera… –La piedra emitió un brillo más potente y luego se debilitó hasta que se apagó. Curiosamente la luz en la casa también se había ido–. Ups, creo que cortamos la luz.

Un grito en coro había provenido de la planta baja.

—Oooh... –Marcelo y Marina estaban cortando el césped con una bordeadora eléctrica, su día de jardinería había finalizado, no había luz. Era un verano lluvioso así que el pasto y demás arbustos crecían como locos.

—Salva, ¿y si te pongo el collar? –Casio lo tomó y sin tocar la piedra lo ajustó al pequeño cuello de su nuevo amiguito.

—Gracias, Casio. –Salva se estiró placenteramente y comenzó a ronronear. Tres golpes interrumpieron aquel momento.

—Rápido, escondete. –Salvador parecía una cañita voladora, apresurado se escondió detrás de la cama y aguardó la señal para salir. Casio tomó lo primero que encontró y simuló estar leyendo.

—Hija, ¿estás ahí?

—Sí, ma, pasá. –Casiopea estaba apoyada contra su cama simulando leer una revista anual de novias.

—Se cortó la... ¿Qué hacés con mi revista de novias?

—Miraba unos vestidos de fiesta. –La coartada de ella era casi perfecta, salvo por el pequeño detalle de que la revista estaba al revés.

—No me digas que querés fiesta.

—No, no, solo estaba mirando…

—Está al revés.

—¿Qué?

—Que la revista... Está al revés.

—Ah, ja, ja, sí, quería ver un vestido desde otra perspectiva.

Su madre seguía posada en el marco de la puerta, parecía que tenía algo que proponerle...

—Se cortó la luz, ¿querés venir al centro conmigo y pasamos por el Starbucks? –La oferta era tentadora, no había luz, hacía calor y un frapuccino no le vendría nada mal...

—¡Me prendo! –Marina cerró la puerta y Casio esperó unos segundos para darle la señal a Salva de que ya podía salir.

—¿Qué es Starbucks? –preguntó el felino, Casio le contó que es una cafetería donde venden variedades de infusiones, café, brebajes frutales y cosas ricas para comer.

—¿Me llevás?

—¿No era que la mochila es incómoda?

—Me puedo adaptar.

—Bueno, vamos. –Casio abrió su mochila favorita y con un gesto lo invitó a entrar, la condición era no llamar la atención ni hacer ruidos raros…

—¿Vas a pintar, Casio? –le preguntó Marina mientras se subían al auto.

—¿Cómo pintar?

—Por la mochila… –Su madre la miraba por el retrovisor mientras se abrochaba el cinturón.

—Quizá Sí. –Esta vez le costaba actuar, estaba nerviosa y frente a su madre… Las dos estaban listas para ir a pasear por la ciudad de la furia y alguien más iba con ellas

Marina dejó el auto estacionado a unas pocas cuadras de la aseguradora y juntas se dirigieron al Starbucks, no bien llegaron a la esquina de Perú y Belgrano Casio observó con detenimiento una placa de cemento en la pared de un edificio donde yacían grabados dos apellidos: Dirks & Dates, a diferencia de muchos porteños Casio solía levantar la vista y perderse en los detalles arquitectónicos de la ciudad, ya que desde pequeña en Barcelona hacía lo mismo. Seguramente hoy en día su admiración por detenerse en esos detalles se debía a que todavía era joven, curiosa y no formaba parte del tirano mundo laboral que conlleva tener estrés, preocupaciones, desatención de ciertas cosas, ansiedad, aceleración, etc. Solo disfrutaba, inclinó más su cabeza y vio un increíble edificio sostenido por figuras humanoides, en total contó ocho telamones o atlantes y se quedó pensando en que cada uno parecía representar un oficio en particular

—Guau, nunca vi este edificio…

—¿Qué? ¿Qué mirás? –preguntó Salvador.

—Ahora te cuento…

—Sí, decime, hija.

—No dije nada…

—Estás rara, ¿te tomaste una copita de algo?

—Ay, mamá, no tomo alcohol…

—Bueno, yo a tu edad tomaba cerveza y… Pero, bueno, era otra época vos no tomás nada, ¿okey?

—Nada de nada…

Casio corrió su mirada más a la derecha y vio una hermosa puerta con un extraño diseño, la puerta en su parte superior llevaba una telaraña de hierro con su creadora en el medio. Arañas... diug... Las chicas ingresaron por esa puerta metálica y luego atravesaron una última puerta de madera de roble, Marina le preguntó a Casio qué quería tomar, ella observó el panel y se decidió por un rico frapuccino de dulce de leche a base de crema… Venti por supuesto, Salvador se encontraba dentro de la mochila casi asfixiado y contactó con Casio...

—Podrías abrir un poco la mochila, no puedo respirar... –De inmediato Casio abrió un poco la parte del costado de la mochila y una bocanada de aire seco y frío le devolvió el alma a Salvador...

—¿Estás mejor? –le dijo Casio a Salva, Marina la miró y le contestó:

—Sí, hija, ¿por qué? –Casio se puso de todos colores, no sabía qué contestar.

—Por el calor, como acá hay aire... –Marina se echó a reír.

—Hija, yo voy a estar en la aseguradora acá al lado, en media hora o más nos vemos

—Bueno, antes de irte. ¿Me dejás algo más de plata?

—Sí, medite nada más… –Marina sacó de su cartera unos billetes y estuvo a punto de abrir la mochila para guardarlos, pero Casio fue rápida y los agarró...

Una dulce voz pero potente se oyó detrás del mostrador.

—¡Casiopea! –La cajera estaba avisando que su pedido ya estaba listo, su madre la miró y le dijo:

—Tu pedido, gorda, andá, te veo en un rato.

Marina había dejado la cafetería y como Casio ya tenía entre sus manos el delicioso batido con su nombre, se dirigió a unas mesas junto a la ventana, a esperar que su madre termine.

—Tendrías que hablar de una manera no verbal, te van a descubrir...

—Ja, ja, no me digas… ¿Cómo se hace?

—Con práctica… –le contestó cocorito Salvador.

Sin saberlo Casio se encontraba dentro del edificio donde funcionaba la Cámara Reguladora Argentina de Magia... Y justo esa tarde una importante reunión se estaba llevando a cabo.

Andrómeda lideraba la junta semanal y se ubicaba en la punta de la mesa, parte del círculo elemental mágico se encontraba a los costados junto a otros representantes de organismos afines, pero solo había dos representantes del mundo terrenal y eran de alto calibre… El vicepresidente de la República Argentina y la ministra de Seguridad Diana Monsalve. Ambas partes se habían congregado en aquel espacio dimensional mágico para tratar algunos temas sumamente delicados, los cuales podrían ser potencialmente peligrosos para su plano...

—Gracias por concurrir en este delicado momento... –Andrómeda intentaba contener su preocupación, ella debía dar una imagen de seguridad ante los dos representantes del gobierno nacional.

—Gracias a ustedes por llamarnos y acudir al Gobierno para unir fuerzas... –dijo Federico Arriaga, vicepresidente de la nación, Diana sonrió y agregó:

—Para nosotros su seguridad es tan importante como la de cualquier otro ciudadano, forman parte de nuestro mundo también.

—Me gustaría iniciar esta asamblea con una pregunta que tengo hace días sobrevolando mi cabeza... –dijo Federico. Luego de aclarar su garganta, posó sus codos sobre la mesa, entrelazó los dedos de sus manos, apuntó su mirada hacia Andrómeda y disparó.

—¿Las desapariciones de menores y adolescentes tiene que ver con la magia? –Esa pregunta había invocado a la mismísima incomodidad, todos en la mesa se miraron y Andrómeda les contestó:

—Efectivamente, señor vicepresidente, estamos trabajando para encontrar a los jóvenes y menores, llevamos contados al menos cuarenta y cinco desapariciones. –Las miradas entre Andrómeda, Selene y Kosmo habían comenzado.

—Si me permite, ministra Monsalve, la buena noticia es que todos están con vida, todavía podemos sentirlos activos. Algo o alguien los desplazó a alguna dimensión del inframundo, oculta por cierto, por eso todavía no pudimos dar con ellos –agregó Selene muy segura de sus investigaciones...

—Es bueno saber que están con vida. Por cierto, ¿están implementando alguna medida de seguridad para cuidar del resto y evitar más secuestros? –La pregunta de la ministra de Seguridad había “despertado” a Esteban, este frunció el ceño y se unió a la charla.

—Sí, desde el círculo de magos elementales, nos unimos al plan de consejo supremo de clausurar todos los portales que impliquen viajar a otras dimensiones, ya sea a través del agua, fuego, aire o tierra.

Esteban y Diana, a pesar de estar preocupados, sospechaban que la situación no estaba siendo abordada de manera efectiva ante los incidentes de público conocimiento.

—Solo por los portales terrenales está permitido viajar ya que no tienen conexión alguna con los otros mundos, es una ruta alternativa y totalmente segura, no hay peligro –comentaba Ignacia mientras bebía una infusión de cítricos, menta y especias. Con sus manos ella generaba el calor necesario para que su taza nunca se enfriara–… Por cierto, ¿alguien precisa calentar su infusión?

Federico observó maravillado y dijo:

—Yo… ¿Podría? –Ignacia apuntó sus ojos hacia la taza de té y elevó la palma de su mano, a medida que esta se elevaba la temperatura del té también lo hacía

—Gracias, que agradable gesto. Espero que todos aparezcan sanos y salvos, allá afuera la presión de los medios es grande

—Sé del esfuerzo que hacen.

—Gracias, señor vicepresidente y ministra, nosotros también esperamos encontrarlos, por el momento tenemos controlados los accesos y esperamos que se mantenga así, en cuanto a los desaparecidos no tengan dudas de que estamos haciendo hasta lo imposible. ¿Quién les dice que próximamente los tengamos de nuevo entre nosotros, no?

—Es lo que todos esperamos, bueno, gracias por todo, como siempre fue un placer –cerró Federico.

Una vez finalizada la reunión todos se despidieron cordialmente. Un grupo de camarógrafos y periodistas de la prensa estaban sobre la calle Perú esperando a ver si era real que el vicepresidente había visitado aquel misterioso edificio… Casio estaba muy tranquila contemplando la avenida cuando unas corridas la distrajeron, alzó la vista y observó un tumulto de gente en la otra calle. La piedra de Salvador había comenzado a brillar y un ruido muy particular lo obligó a salir de la mochila. Aprovechando aquel despliegue, decidió emprender camino hacia el baño de mujeres y cuando ingresó no encontró nada, aquel ruido se había intensificado. Dentro de la mente de Casio resonó una voz

—Casio Casio necesito que vengas a los baños

—Salvador, te dije que te quedaras adentro de la mochila, no que salgas… –En ese momento, Casio se apresuró, tomó su mochila y sin querer se volcó en su mano lo último que quedaba del frapuccino, la mesa era un enchastre, pero no había tiempo para limpiar, observó el entorno y en la cafetería todos estaban con sus celulares grabando y sacando fotos abarrotados en los ventanales, así que aprovechó todo ese revuelo y de inmediato corrió hacia el baño, al atravesarlo sintió como si hubiese atravesado una cortina invisible y el piso se movió, las líneas de las baldosas se curvaron y la voz de Salvador se había distorsionado un poco, por un segundo todo alrededor de ella había cambiado hasta que Salvador le dijo:

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
15 listopada 2024
Objętość:
631 str. 3 ilustracji
ISBN:
9789878722979
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki