Czytaj książkę: «Trabajo sucio»
LARRY BROWN nació en 1951 en Yocona, Mississippi, cerca de Oxford, en pleno condado de Yoknapatawpha, territorio de los indios chickasaw, bajo la sombra cansina e insorteable de William Faulkner. Antes de entrar a formar parte del cuerpo de bomberos, sirvió un par de años en los marines y se ganó la vida como pintor, limpiador de alfombras, leñador y carpintero. En 1990 decidió dedicarse por entero a la literatura. Para entonces ya había escrito alrededor de cien relatos, cinco novelas y una obra de teatro que, en su mayor parte, acabaron en el cubo de la basura. Su obra, galardonada con numerosos premios, es un fiel reflejo del Sur profundo. Un crisol de vidas solitarias caracterizadas por el alcoholismo, la pobreza y la desesperación. Falleció a causa de un ataque al corazón en noviembre de 2004. Bebía, pescaba y odiaba las ciudades. Nunca consiguió un bestseller. No obstante, Harry Crews lo tuvo claro desde el principio (nosotros también): «Escriba lo que escriba, lo leeré».
TRABAJO SUCIO
TRABAJO SUCIO
Larry Brown
Traducción Javier Lucini

Título original:
Dirty Work
Algonquin Books of Chapel Hill, North Carolina, 1989
A division of Workman Publising, New York
Primera edición:
Junio 2015
© Mary Annie Brown, 1989
© 2015 de la traducción: Javier Lucini
© 2015 de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig
Ilustración: Iban Sainz Jaio
Desde Dirty Works queremos darle las gracias, por la ayuda, la inspiración y el entusiasmo, a Servando Rocha, un auténtico caballero sureño.
Así mismo, el traductor desea expresar su agradecimiento a Tomás González Cobos, por su ojo crítico y sus buenos consejos; gracias, Tom.
ISBN: 978-84-121128-9-4
Producción del ePub: booqlab
Para papá, que sabe lo que la Guerra les hace a los hombres.
Este es el viaje que emprendí aquel día, el día que trajeron a Walter. Esto es lo que podrían haber sido las cosas de no haberse presentado aquellos traficantes de esclavos hace cerca de trescientos años. Si la historia hubiese sido distinta. Si yo hubiese vivido en África y tenido un hijo y sido el rey de mi país:
Muchacho, baja al río. Hazte con una lanza y llévate un poco de cecina de impala, búscate un hormiguero, tiéndete ahí y guarda silencio. Y no me importa cuántos bichos te muerdan el culo, mantente quieto y escucha. Y ten los ojos bien abiertos, no te vayas a dormir.
No pienso salir con esas cosas ahí fuera, papá. Esas cosas me devorarán.
Ahora mismo lo que están devorando son mis vacas. Así es que quiero que bajes al río y te pongas a vigilar. Esos leones ya han comido demasiada carne mía. No puedo perder más vacas. Se piensan que lo único que tienen que hacer es acercarse por aquí y quitarme una cada vez que se les antoja. Hay que darles una lección.
¿Y en qué clase de lección estás pensando?
Escúchame bien. Cuando yo tenía tu edad salí y me maté un león. Lo abatí. Hice que me atacara. Se la hundí en la garganta y lo maté.
Bah, siempre me estás contando lo que hiciste cuando tenías mi edad. Yo nunca te he visto clavarle una lanza a uno.
No tengo por qué. Ya clavé la mía. Tú aún no has clavado la tuya. Y tienes que clavar la tuya antes de que te hagas con una de esas vírgenes. ¿Lo entiendes? Tienes que clavársela a uno de esos antes de clavársela a una de esas.
Bueno, ¿y qué si no lo hago?
¿Si no haces qué?
¿Si no se la clavo a una de esas sin habérsela clavado antes a uno de esos? ¿Qué me van a hacer, eh?
¿Qué te van a hacer? Te van a llevar hasta allí y te van a poner en ese pequeño corral y te van a convertir en una mujer.
¿Y cómo van a hacer eso?
Con un cuchillo.
¿Qué?
Como lo oyes. Así que vamos. Baja ahí ahora mismo y ponte a vigilar las vacas.
¿Y si veo a uno? ¿Qué hago entonces?
Lo matas.
¿Lo mato? ¿Con esto?
Con eso. La misma que utilicé yo.
Oh, vamos. ¿Esta cosa vieja y oxidada?
No estaría oxidada si te hubieses ocupado de limpiarla. Ahí has dado en el clavo. Nunca estuvo oxidada. La razón por la que ahora está oxidada es que la has estado dejando tirada en el barro. Y cuando uno de esos malditos leones te esté mordiendo el trasero desearás haberla mantenido bien afilada.
Esas cosas no me van a perseguir. No es a mí a quien acechan. Van detrás de esas vacas. A mí no me quieren.
¿Cómo sabes qué andan acechando? ¿Cómo sabes que no andan acechando carne fácil?
¿Carne fácil? ¿Qué quieres decir con eso de carne fácil?
Quiero decir que tú vas a ser más fácil de cazar que cualquiera de esas vacas. El león es listo. El león no va a correr ningún riesgo a no ser que se le cabree. Va a quedarse ahí quieto y va a observarlo todo antes de decidirse. No va a lanzarse contra un toro joven y fuerte con cuernos. No, no. Lo que quiere es una vaca vieja, lenta y gorda, que no pueda hacerle daño. O un niño pequeño y gordo que nunca ha hecho nada más arduo con la lanza de su padre que lanzarla una y otra vez contra el barro. Crees que estoy de broma, pero no. El león es silencioso. Se lanza sobre ti antes de que te des cuenta. Se lanza sobre ti aunque estés despierto. Va avanzando paso a paso por el polvo con esas zarpas suyas. Del mismo color que el pasto. Si no vigilas tu espalda, ahí mismo estará. Le bastará con morderte una vez la cabeza y sanseacabó. Una vez vi a uno sacar de un zarpazo a un jabalí de una madriguera. Un viejo león enorme. Con una melena enorme y negra. Tenían ese hoyo al que corrían a refugiarse en esta orilla. El viejo león ni se alteró. No hizo más que quedarse tan tranquilo en la parte superior de la orilla. Se puso a esperar, ¿entiendes? Quería carne fácil. El viejo león se quedó ahí tan campante. Parecía como si estuviera pensando en echarse una siestecita. Ni siquiera estaba prestando atención. Sabía que los jabalíes no aguantarían. Sabía que tarde o temprano uno de ellos asomaría la cabeza para ver si ya se había ido. Así es que se limitó a quedarse ahí fuera, tendido. Y en seguida uno de esos viejos jabalíes asomó el hocico. Se puso a husmear por ahí fuera. No hay cosa más tonta que un cerdo. El viejo león estaba ahí tendido, mirándole. Se levantó sobre su vientre y se dispuso a entrar en acción. El viejo jabalí sacó un poco más la cabeza y el viejo león fue avanzando la zarpa en su dirección de un modo casi imperceptible. El jabalí estaba husmeando los alrededores pero solo miraba hacia arriba. Le llevó como un minuto decidirse que todo estaba en orden, que el viejo león se había largado. Sacó toda la cabeza del hoyo y el león aquel lanzó la pata, le enganchó con la garra por debajo del mentón y sacó su culo de allí a una velocidad de vértigo. El viejo jabalí no debía pesar más de ciento ochenta kilos. Pero ahí acabó la cosa. Y eso es lo que te estoy diciendo. Contigo será igual, solo que mucho más fácil. Tú ni siquiera tienes colmillos. Lo único que tienes es una lanza. Y te va a venir uno de esos y vas a tratar de hundírsela en la garganta, pero no está afilada y no va a quedar ni el menor rastro de ti cuando me toque salir a buscarte, salvo quizá un pie. Así que ahora vas a hacer lo que yo te diga. Vas a coger esa roca y vas a limpiar esa lanza y le vas a dejar una buena punta y vas a bajar a la orilla y vas a vigilarme las vacas. Ve, ahora. No quiero oír ni una palabra más. ¿Cómo te piensas que vas a llegar a ser rey un día de estos? ¿Cómo vas a dar órdenes si nunca has tenido que acatar una?
No parecía gran cosa cuando le trajeron. Yo regresé cuando le trajeron, abandoné mi viaje. No se ve mucha sangre nueva por aquí. Lo tenían amarrado con correas a una camilla. Lo tenían noqueado. El pelo le tapaba los ojos. Pero aun así pude verle la cara. La mayor parte se la habían volado y estaban intentando recomponérsela. Probablemente una RPG. Granada propulsada por cohete. Por si eso fuera poco, parecía como si alguien le hubiese dado una paliza. Estaba lleno de costras. El caso es que cuando le vendaron junto a mí pude ver la carga de mierda que le había caído encima. Todo el mundo lleva una carga encima. Solo que unos cargan más que otros. Me quedé ahí tumbado mirándole. No alcanzaba a comprender por qué no le había visto antes. No sabía si eso era lo que me inquietaba de él. Aparte de su rostro, no había nada más. Conservaba todos los dedos de las manos y de los pies. Pensé que quizá le estaban sujetando para la caja acolchada. Aunque le quitaron las correas. Le sacaron de la camilla y le pusieron sobre una cama. No llevaba nada enganchado. Le mirabas y pensabas que estaba muerto. Se las vieron negras para moverle porque era un tipo enorme. Debía pesar cerca de ciento diez kilos.
Los muchachos que lo trajeron dijeron: Te hemos traído compañía, Braiden.
Yo dije: Mal de muchos, consuelo de tontos.
Hice lo más inteligente. Me desperté antes de abrir los ojos. Me limité a quedarme tendido, no me moví. No había margen para más errores. Así que me puse a escuchar. Me dije para mis adentros: Así sería la cosa si te hubieses quedado ciego.
Oscuridad total. Mi cabeza sobre una almohada. Una sábana por encima. Se me había ocurrido que me observaban para ver si estaba realmente dormido. Así que decidí engañarles. Decidí quedarme ahí tumbado con los ojos cerrados y no mover ni un solo músculo hasta saber exactamente dónde me hallaba y qué estaba sucediendo. Sabía que si me quedaba quieto el tiempo suficiente alguien vendría a atenderme. Vendrían a tomarme la tensión o el pulso. Pero no tendrían ni idea de que ya estaba despierto. Y si eran dos los que venían se pondrían a debatir acerca de mí. Eso era lo que yo esperaba: un debate sobre mí.
Era difícil mantener los ojos cerrados. Deseaba saber dónde me encontraba. Estaba claro que era un lugar diferente. Los sonidos eran diferentes. Se trataba de un sitio tranquilo, pero había una televisión encendida. Podía escuchar al gilipollas de no sé qué serie soltando sus chascarrillos y las risas enlatadas que le respondían. Mamá podía pasarse todo el santo día delante del televisor escuchando esa mierda. Sentarse, mecerse y ver la tele. Y el crujido de su vieja mecedora. Crujido y balanceo, balanceo y crujido. Todo el santo día y a veces hasta bien entrada la noche. Crujido, balanceo.
No me extraña que deseara morir. Si lo único que hiciese fuera ver un culebrón o una reposición de Dallas yo también estaría listo para la muerte.
Quienquiera que estuviese viendo la tele dondequiera que fuese no estaba viendo nada bueno. Lo más seguro es que me estuviesen viendo a mí. Y lo primero que tenía que hacer era averiguar si seguía amarrado sin que resultara obvio que ya estaba despierto.
Decidí hacer como si hubiese cinco neurocirujanos observándome. Me retorcí un poco. Les brindé ahí mismo un pequeño temblor de manos. Lo podían dejar pasar como efecto de una pesadilla. Podían decir: Está teniendo una pesadilla, tío. Observa su MOR.
No siento ninguna correa.
Estar ahí tendido de esa manera, tratando de engañarles en el caso de que realmente estuvieran ahí, me hizo recordar la segunda semana en Parris Island1 y en lo que llegó a hacer un tío para salir de allí. Una mañana no se levantó, sin más. Se quedó en su litera con los ojos cerrados y no respondió cuando encendieron las luces y se pusieron a lanzar los orinales por todas partes y a babear como una jauría de perros locos. Se quedó ahí sin más. En la litera de arriba. No movió ni un músculo cuando el instructor le acercó la boca a la oreja y le dijo: Bueno, querido. ¿No pudiste dormir lo suficiente anoche? Nadie más se manifestó. Nunca hablábamos donde pudieran oírnos. Escuchamos hasta la última palabra que le soltó.
Nos gustaría que te levantaras y que te vinieses a desayunar con nosotros.
No podemos dejarlo pasar y permitir que vayas cuando te convenga.
¿O deberíamos hacer que te traigan una bandeja y dejarte comer en la cama?
¿Eso te parecería bien, querido?
¿Qué sintió aquel tipo aquella mañana, allí tendido, con las luces encendidas, aquel instructor gritándole a la oreja, los ojos cerrados a cal y canto y todo el pelotón a la escucha, sabiendo que se lo iban a llevar y que no volvería a vernos jamás?
No tenía correas en las manos. Hinché el pecho todo lo que pude. Tampoco me lo habían amarrado con una de esas putas tiras de cuero.
No sé lo que debió sentir. Pero permaneció bloqueado de aquella manera hasta que vinieron dos del hospital de la armada, lo alzaron de la litera como si fuera un tablero y lo pusieron sobre una camilla, lo ataron con correas y se lo llevaron rodando por la puerta. En ningún momento se movió ni abrió los ojos. Jamás volvimos a verle. Probablemente lo mandaron de vuelta a casa con licencia deshonrosa. Pero eso fue hace mucho tiempo. Hace cerca de veinte putos años. Un hombre puede superar algo así en veinte años.
Quizá aquel tipo era más listo que yo. Pero no me gusta pensar en la inteligencia relacionada con el honor y el deber y toda esa mierda, así que lo dejo. Uno cumple o no cumple. Yo estaba del todo seguro de que no me habían amarrado. Pero no estaba preparado para abrir los ojos. Quería mantenerlos cerrados y pensar en Beth. Lo que quería era escuchar cómo se acercaba a mi cama y sentir sus manos sobre mi cuerpo.
Pero no podrían hablarme y decirme lo que había pasado si estaba dormido. Así que abrí los ojos. Ese fue mi primer error.
1 Base militar del Cuerpo de Marines ubicada en Carolina del Sur (N. del T.).
Sabía que no estaba dormido. Vi cómo se le crispaban las manos. Estaba ahí tendido escuchándolo todo, intentando determinar dónde estaba. Era el tío que la noche pasada jodió a los colegas de la tercera planta. David me lo contó. Y también él es bastante tocho. Así es que me puse a decirle algo. Pero quería ver cuánto tiempo iba a esperar. Quería ver hasta dónde llegaba su paciencia. Quería ver lo inteligente que era. Solo mirarle me hacía sonreír. Entonces ni siquiera quería evadirme a ninguna parte. En aquel momento tenía algo con lo que entretenerme, en lugar de esa televisión que dejan puesta a todas horas dando la tabarra con sus detergentes y sus duchas vaginales y no sé qué más. Y joder ahora con el viejo Rex que lleva veintisiete años comiéndose toda esa comida para perros, ha perdido todos los piños y tiene que aplastarla con las encías, pero eso para ti y para mí ascendería a ciento noventa y dos tacos. Mierda. Me pone enfermo escuchar todas esas gilipolleces. Tratan de venderte lo que sea, día y noche. Si no están azotándole el culo a algún bebé, están limpiando los retretes o encerando suelos o intentando venderte un televisor nuevo para que puedas seguir mirando sus mierdas. Quieren que te compres un disco de Slim Whitman. ¿Por qué no venden a los Temptations o a Jackie Wilson? Joder, ¿por qué no venden algo de Otis Redding?
Seguía ahí tendido como si estuviera sobando. No quería que nadie supiese que estaba despierto. Yo lo sabía, lo notaba. Había visto llegar toda clase de hombres. También había visto lo mucho que se les podían torcer las cosas. Un auténtico basural, este sitio. Te plantan aquí cuando no pueden hacer nada más contigo. Cuando nadie más te quiere, cuando tu familia no te quiere, cuando tu mamá se ha ido y no te queda nadie más a quien recurrir.
Este tío no encajaba. Salvo por su cara, para mí era como un rompecabezas. Claro que el mundo entero es para mí como un rompecabezas. ¿Por qué tiene que ser como es? No creo que el Señor pretendiese que fuera así en un principio. Creo que las cosas se le fueron de las manos.
Era un hermano y me estaba mirando. Estudiándome cuando abrí los ojos. Como si hubiera estado observándome un montón de tiempo solo para ver cuánto iba a durar. De alguna manera, sus ojos sonreían. Pero tuve que respirar bien hondo cuando vi el resto de su cuerpo.
No tenía brazos ni piernas, solo protuberancias. Como Johnny cogió su fusil.
Me guiñó un ojo, lenta y prolongadamente. Dijo: Eh, tío. ¿Qué pasa? Yo sacudí la cabeza. No tenía ni idea de lo que pasaba. Ni de lo que había pasado. Estaba un poco mareado y cuando traté de incorporarme sentí como que la cabeza me daba vueltas. Como si no tuviese el menor control sobre mi cabeza. Así es que volví a posarla en la almohada.
Me inyectaron no se qué mierda, evidentemente algo para calmarme y para que me comportase como un buen chico. Me pregunté si quizá no había sido un buen chico. Me pregunté si la había jodido. Lo más probable es que sí. Suelo hacerlo bastante a menudo. Por lo general, a diario. Así voy yo por la vida.
Sabía que tenía que quedarme tumbado hasta que la mierda se pasase, fuera lo que fuese. No estaba mal aquella droga. Una especie de agradable entumecimiento. Volví a mirar al tipo. Había girado la cabeza y me estaba observando. Tenía una mirada muy apacible. Nada hostil. Le pregunté si sabía qué clase de mierda me habían metido y me dijo que probablemente ketamina. Me detuve a pensarlo un segundo y, acto seguido, le dije que me apostaba a que eso podía hacer que tu viejo gato se pusiera a ronronear. Mi comentario le hizo sonreír, yo también sonreí. Me sentía un poco raro y como desconectado. Pero al mismo tiempo me pregunté cómo podía estar de tan buen rollo. Al final me dijo que me estaba tomando el pelo y que lo que me habían dado era algo para relajarme, ninguna mierda. Yo no sabía de qué hablaba y me dijo que había sido un mal chico y que no había querido seguir el programa.
Permanecí un rato ahí tendido tratando de imaginarme qué había hecho. No sabía si quería o no averiguarlo. Así es que no pregunté. Quiero decir que no pregunté eso. Lo que pregunté fue una auténtica lindeza. Que cuánto tiempo llevaba él así.
Me dijo que veintidós años.
Cerré los ojos. Intenté no concentrarme en él. Intenté concentrarme en mí, en mi situación, y traté de recordar todas las cosas que habían dicho todos los médicos. ¿Y si el tejido cicatrizante de la cabeza me provocaba convulsiones? ¿Cómo iban a saber que no podría vivir con eso el resto de mi vida? ¿Acaso la gente no superaba el cáncer? ¿No sobrevivía a infartos masivos y vivía tras sufrir terribles accidentes aéreos? Desde luego que sí. Y además la gente lo volvería a hacer. Solo porque estés sentenciado a muerte no significa que te tengas que morir. Todo depende de cada individuo. No todos estamos hechos de la misma pasta. Hay gente que puede superar cosas que otros no.
Estaba acojonado. Te despiertas en un sitio como este, un sitio que has estado tratando de evitar durante años, y no sabes qué ha ocurrido ni por qué estás ahí… resulta aterrador. Y estás solo. Eso es lo principal. Solo.
Al final abrí los ojos y le miré. Le dije que me llamaba Walter y que era de Mississippi. Él meneó la cabeza y sonrió, me dijo que él se llamaba Braiden Chaney y que era de Clarksdale. Dijo que había recolectado un montón de algodón allí abajo en Clarksdale. Y se disculpó por no poder estrecharme la mano.
No supe qué decir a eso. Así que me limité a mirar lo que quedaba de él. No podía despegar los ojos de aquellas cuatro protuberancias negras. Tenía la cabeza pelada como un huevo. Era como un bebé gigante tendido sobre una sábana. Pero no era un bebé. Tenía cuarenta y tantos.
Sabía que no tenía que haberme puesto a hablar con él. No quería hablar con nadie. Lo único que quería era volver a casa, lejos de aquí. Lejos de lo que entonces me imaginaba que debía ser un hospital de veteranos en algún lugar del Sur.
Pero sabía que no me quedaba otra que hablar con él. No había manera de evitarlo. Le conté que había vivido en London Hill y que en casa, hacía muchísimo tiempo, también plantábamos algodón. Le conté que yo mismo había sido un experto recolector de algodón, pero que ya no había mucha gente que lo cultivase.
Asintió con la cabeza y se mostró de acuerdo conmigo. Dijo que toda la gente que conocía se dedicaba ahora a cultivar esa cosa verde. Dijo: Esa mierda. Dijo: Tío, hay más dinero en esa mierda que el que pudieses contar con los dedos. Dijo que tenía unos amigos, y entonces los ojos empezaron a darle vueltas. Bajó la voz y me dijo que me iba a dar una cosa, pero que tendríamos que esperar a que oscureciera.
Yo no sabía si estaba de coña. Le pregunté si se refería a la mota. A la ganja. A la hierba loca.
Hará que te partas la caja, me dijo. En ese momento sonreía como un diablo. Pero solo tenía seis o siete dientes repartidos por la boca. Imaginé que alguien tendría que cepillárselos.
Después de eso dejamos de hablar un rato. Yo sabía que una cosa conduciría a otra. Siempre es así. Me pregunté qué le podía haber destrozado de aquella manera, pero lo sabía. Una ametralladora, o una mina. Qué diablos, lo mismo una Claymore. Puede que incluso una de nuestras propias Claymore. Les encantaba deslizarse hasta los centinelas que se quedaban dormidos con un bote de pintura blanca y pintar de blanco la parte frontal que decía: ESTE LADO HACIA EL ENEMIGO, luego le daban la vuelta y despertaban a los centinelas de tal manera que las activaban y les estallaba cerca de kilo y medio de metralla en las narices.
Pero no quería hablar de eso. Ni de cohetes, ametralladoras, granadas de fragmentación o latas de cerveza explosivas. Esas eran las últimas cosas del mundo sobre las que deseaba hablar. Simplemente me quedé ahí sin decir esta boca es mía durante un rato. Pero en ningún momento dejó de observarme.
Mi hombre no quería hablar, eso lo entendí. Genial. Por dentro lo más probable es que estuviese estremeciéndose como un gato cagando huesos de melocotón. Joder, venir aquí, despertarse graznando como un pato fuera del agua. No conocer a nadie. No creo siquiera que supiese que tenía toda la cara arañada. Alguien con uñas se había cebado con él de lo lindo. Daba esa impresión. Y seguro que por ser tan grande le habían metido tanta droga en el cuerpo que su mente aún no regía. Así es que consideré que lo mejor sería seguir tumbado y tener paciencia.
Claro que después de tanto tiempo la vieja paciencia no resulta fácil. La vieja paciencia se va volando por la ventana después de tanto tiempo. Siempre aquí tumbado y aquí tumbado y aquí tumbado. Ver todos esos chochitos en la tele. Miss América. «Days Of Our Lives».2
Oh, Lance, por favor ¿podrías acercarte un momento y volver a inhalar mis magníficos pechos?
Oh, Lance, creo que me estás llevando al borde de un tremendo organismo. Sí. Oh, Lance, cariño, oh, oh, oh, ¡no me metas ese tubérculo!
Toma un poco de mi hueso del amor.
¡Espera un momento, Lance!
Sabes que lo has estado pidiendo a gritos.
Lance, aparta ahora mismo esa cosa de mí, eso es un arma. Vamos a hablarlo.
Hostia. No necesito eso. Solo pensarlo lleva demasiado tiempo. Tengo que inventarme algo como un programa de radio. Y emitir todas las noches. Estar en la FM y ser una voz en medio de las lucecitas azules. Estaría bien hacer algo para niños. Uno de esos programas de última hora que pudieran escuchar los niños antes de irse a la cama. Con los pijamas puestos y todo eso. Sombreros de cowboy. Me encantaría tener unos críos. Bebecitos desnudos que pudieras enjabonar en la bañera y todo eso. Te harían tan feliz que no sabrías ni qué hacer. Culitos negros correteando por toda la casa. Me pregunto si el Señor hizo al hombre negro a medianoche. Sabemos que Tú nos amas. Nosotros también te amamos. Y lo hacemos desde hace seis, siete mil años… pero lo mismo da, ¿no? En un futuro lejano va a estar todo el mundo tan mezclado que vamos a ser todos del mismo color, ¿a que sí? ¿Por qué no me has traído a este mundo cinco o seis mil años más tarde? Para entonces es posible que ya no tengan ni armas. Y yo podría agenciarme una lechera de Hamburgo que tenga una decimosexta parte polinesia y un tío en Nueva York con un hermano judío. No, ya lo sé, no puede ser. Quieres tenernos a todos separaditos. ¿Pero cómo es que no hay ni una sola palabra malsonante en el lenguaje de los negros para referirse a los blancos como la hay en el de los blancos para referirse a nosotros? ¿Por qué en su día no nos paramos a pensar un buen puñado de esas palabras en lugar de ponernos a recolectar todo su condenado algodón? Hemos perdido cerca de doscientos años recolectando el puto algodón.
Lo sé. Soy un pecador. Tengo pensamientos lascivos a cada momento. Porque lo echan por la tele. Bob Barker sale todo el rato con esas chicas. ¿Quién es esa… esa Janet Pennerton? No, la otra. La lánguida. Está buenísima. Una de ellas acaba de tener un bebé y ya no está tan buena. ¿Qué he hecho con el National Enquirer en el que salía esa foto suya? Nunca acabé de leer el relato sobre aquel niñito del espacio que entraba por la ventana de la gente y viajaba con dos cachorrillos de perros espaciales que iban con escafandras pero llevaban el ojete al aire. Joder, se lo han llevado hasta allí. A la otra punta de la habitación. Supongo que las malditas enfermeras han debido estar leyéndolo. Bueno, a la mierda. No os cortéis. Divertíos. Todo para vosotras. Buaaa. Buaaa. Bua.
Muy bien, hijoputa, ¿dónde está el maldito disco de Percy Sledge? Me estoy empezando a cansar de esta mierda. ¿Vais a dar ya los dos millones de dólares o vais a poner la puta película? Joder, esa ya la he visto tres veces. Es la del tío que mete a todos esos niños en una barca y se cruza a remo el Océano Pacífico con solo dos galletas saladas rancias para llevarse a la boca en toda la travesía. No quiero volver a ver esa mierda. Es tan mala como esa que pusieron la otra noche sobre el tío que tenía una enfermedad rarísima, una de esas películas de enfermedades raras. ¿Por qué no ponéis algo bueno? Tengo que ver a una señora blanca de culo gordo intentando ganarse un coche o lo que sea. Un viaje a México. No se os ocurrirá poner nada que esté a la altura de Humphrey Bogart haciendo girar en su mano esas pequeñas bolas de acero. El viejo Humphrey sabía cómo arreglárselas con las condenadas mujeres. Las tenía todas a sus pies. Era muy galán y muy elegante con ellas. Me gustó esa en la que llevaba a la vieja Katherine Hepburn en aquella barca y se llenaba de sanguijuelas y le entraba el tembleque cada vez que ella le arrancaba una. Ya no hacen películas como esa. Si esos cabrones marginados que están ahí a la espera de ser reasignados tuvieran algo de cultura se podría poner algo de National Geographic o alguna otra cosa educativa. En cualquier caso, ¿de qué va toda esa mierda de que si pinta en esto, que si llevo picas, que si otra mano? Me saca de quicio veros ahí dándole al póker como si fueseis unos jugadores de la hostia apostando cuatro perras gordas. Acercaos alguna vez por aquí si queréis saber lo que es jugar de verdad. Es posible que no pueda manejarme solito, pero bien sabe Dios que os puedo dar una lección si alguien me sostiene las cartas. Tengo la pasta. No. No os podéis comunicar conmigo. No estáis atascados aquí. Lo único que hacéis es venir por el día a hacer un montón de ruido y joderme la sesión de cine. Lo que pasa es que habéis fumado demasiada mierda, o habéis tenido un accidente con el coche a causa de no sé qué mierda a la que os enganchasteis al otro lado del charco y de la que todavía seguís colgados. Yo nunca fumé esa mierda porque hubiese que hacerlo. Vosotros no sabéis lo que es. El miedo. Te ayuda a andarte con mucho ojo. Sabes que en cualquier momento te pueden volar el trasero, así es que eliges tener los sentidos bien alerta. Cuando ese cable trampa es fino como un pelo y estás de rodillas y todos los que tienes a tu espalda están intentando guardar silencio y permanecer invisibles en la oscuridad, y no van a dar un solo paso hasta que tú les digas que los siguientes quince centímetros están despejados…
Muchachos, no tenéis ni puta idea de lo que es eso. Ninguno de vosotros se ha criado con la amenaza de una guerra. Por aquel entonces estaban llamando a filas. Uno no se preocupaba de los chochitos. Lo que te preocupaba era tener que ir a la guerra y que te volaran el trasero. Sobre todo si tu culo era negro, como el mío. Sí. Oh, sí, ya lo sé, a todos os tocó cumplir el servicio militar. Pero nunca tuvisteis esa amenaza sobre vuestras cabezas. Mi madre, oh Señor, cómo lloró, daba por descontado que iba a pasarme algo horrible. Jamás volvería a ver a su niñito. Se arrodillaba y te rogaba que no me llevasen. No podía soportar verme partir. Cuanto más se aproximaba el momento, más lloraba. Todas las noches.
¿Qué se pensaba? ¿Qué se creía? ¿Que te ibas a interponer entre su bebé y el gobierno de Estados Unidos? Rezó lo bastante como para que así fuera, ¿no crees? Nunca vi a una mujer tan desconsolada. Entonces yo tenía un aspecto estupendo, ¿verdad, Señor? Cien kilos de pura sangre, hueso y músculo. Aquella anciana me crió a base de guisantes y bollos. Eso es lo que me daba de comer cuando iba a su casa. Me decía que comiera. La última vez que fui me acuerdo que estaba tumbado en mi cama y me desperté antes del amanecer. La luz de la cocina estaba encendida y pude oler los bollos dorándose en el horno. No era más que una chabola vieja y pequeña. Iba a construirle algo mejor más adelante. Me levanté, totalmente despierto. Ese mismo día tenía que irme. Tenía que embarcar en un avión que salía de Memphis, y recibir instrucción y armas de fuego antes de saltar. Lo que llamábamos dar el salto. Dar el salto fuera de este mundo. Tenía todo eso en la cabeza y me desperté en casa de mi madre que estaba haciéndome bollos para desayunar. Todas las mañanas el mismo aroma. Siempre el mismo aroma. Nunca tuvo que venir a despertarme. No hacía falta. Los bollos se encargaban de hacerlo. Le oía decirle a la gente: Ese muchacho puede oler esos bollos cuando duerme y en cuanto los huele se despierta. Mamá era muy buena conmigo.
Estaba allí tumbado aquella mañana. Tenía el uniforme colgado ahí mismo. Un soldado de la nación más poderosa del mundo. Y en lo único que podía pensar era: ¿Por qué?, ya sabes, ¿Por qué? Ni siquiera era capaz de comprender de qué iba la cosa. Tenía que ir porque era mi deber. Estoy seguro de que la mayoría fue sin comprender de qué iba la cosa. Solo fueron porque era su deber. Es mi país y voy a luchar por él. El sentimiento por Dios y la Patria era fuerte, muchachos, escuchadme bien. Todos nuestros padres estuvieron en la Segunda Guerra Mundial. Bueno, digamos que la mayoría de nuestros padres. Y ahora nos cuentan que nunca volveremos a entrar en una como aquella. Aquella nos dio una lección. No volveremos a meternos en guerras inútiles. Hasta que nos metimos de lleno en la de Oriente Medio. O en la de Nicaragua.
No hace falta que te den una lección de guerra, les basta con bombardearte como en Pearl Harbor o algo así. Después solo te queda devolvérsela y bombardearles como si no hubiera Dios, y luchar, y matar a un montonazo de gente y, al final, no conseguir otra puta cosa que arruinar la economía de tu país cuarenta años más tarde.
Todo eso me da por culo. El mundo va cada vez peor. Una vez hubo un tío que pudo haberlo parado. Por supuesto, tuvieron que matarle. Y después las cosas se fueron a la mierda. No tengo ni idea de por qué quieren ver esa mierda de «The Love Connection»3. Si esa gente es tan guapa y está soltera, ¿por qué no están dándole al asunto lejos de la tele? Aunque parece que se lo pasan bien. Supongo que algo sí que me gusta «The Love Connection». Me cae bien el viejo Chuck Woodery. Pero la mitad de las veces esos hijos de puta te dejan que te tragues medio programa y luego se dedican a cambiar de canal. Les da miedo perderse otra cosa. La mañana en que me desperté en casa de mi madre fue la última vez que estuve con ella, entero. La noche anterior me puse a lustrar los zapatos. Vi con ella una película antigua que echaban por la tele. Yo había llevado un pack de seis Miller. A ella le encantaba una buena cerveza fría. Se bebió dos y yo me bebí tres. Salía el viejo Jimmy Stewart. Transcurría en la Guerra de Secesión. Y le disparaban y tenía ese caballo tan bonito y el disparo casi le arrancaba el brazo y luego había un médico que le decía que no podría salvarle el brazo pero que le había visto montar el caballo ese y le remarcaba que era un animal magnífico. El tío aquel era un auténtico hijoputa en el campo de batalla de la vida. No podía salvarle el brazo, ¿vale?, no podía y punto. Pero entonces ve al viejo Silver trotando por ahí. Y el viejo Jimmy Stewart va y le suelta: Doc, si me salva la pierna, o el brazo, o lo que sea, ese caballo es suyo. Bueno, pues entonces resulta que el viejo Doc decide que lo mismo sí que puede salvarle el brazo. Lo que me hubiese encantado ver después de que le curase el brazo al viejo Jimmy Stewart es a tres o cuatro cabos agarrando al muy cabronazo para llevárselo a rastras hasta un muro y coserlo a tiros. Pero el viejo Jimmy nunca volvió a escribir a casa y su madre pensó que estaba muerto y al final el presidente Lincoln lo llama a su despacho y le dice que más le vale escribir a su madre si sabe lo que le conviene. Varios años más tarde (después de reunirse felizmente) se topaba con su viejo caballo tirando de una carreta de carbón en Kansas City o no sé dónde y se lo vuelve a comprar por cinco pavos. Y se va a pasar el resto de su vida en un establo calentito. Era una historia muy conmovedora. De esas de vivieron felices y comieron perdices.
Lo que tienes que hacer es quedarte despierto hasta bien entrada la noche y consultar en la programación de la tele cuándo ponen esa maravilla. Puede que llegues a verla una vez en los próximos quince años. Yo ya la he visto. Lo que pasa es que no me acuerdo del título.
Pero mamá y yo nos lo pasamos muy bien aquella noche viendo esa película. Nos íbamos turnando para hacer palomitas. Ella iba corriendo a la cocina, encendía el fuego y regresaba corriendo a sentarse y entonces era yo el que salía disparado y metía las palomitas y ella entraba corriendo y las meneaba y de vuelta salía disparada al sofá y era yo quien volvía corriendo a menearlas y así ninguno de los dos se perdía demasiado. Y teníamos mantequilla. Mantequilla DE VERDAD. No esa mierda falsa que te venden ahora. Mi madre todavía amanecía cada mañana con una mantequera entre las piernas.
Pero llegó el momento de irse. Llegó aquella mañana. Ella me preparó el café y yo me puse a fumar delante de ella por primera vez en mi vida. No me vio partir desde Memphis. Solo me vio partir desde Clarksdale. El algodón estaba listo. La mayoría de los que vivían a nuestro alrededor habían tenido una buena cosecha. Parecía que les iba a ir bien aquel año. Al final, ver aquello me hizo sentir mejor porque sabía que no iba a tener que volver a romperme la espalda recolectando esa mierda. Mi hermanita estaba allí fuera con nosotros. Unos viejos amigos que conocía de Tunica me iban a llevar a Memphis. Estaban esperándome en el coche. Era una de esas ocasiones, ya sabes. No tenía que presentarme hasta la mañana siguiente. Aquella noche pensábamos ir a la calle Beale. Pero mi madre y los muchachos tenían que despedirse de mí allí. Y debió ser muy duro para ella, tener que verme ir a una cosa así. No hay nada que decir, salvo esas palabras en las que todo el mundo piensa pero nadie quiere decir: No te mueras.
¿Y qué vas a decirles? No puedes hacer otra cosa más que besarles y desearles que se cuiden.
Me encantaría que volvieran a poner aquella otra película, la que vi una vez. Aquella del tipo al que le volaban los brazos y las piernas, y la cara también. El tío se ponía a pegar la hebra con Jesús en un par de ocasiones. Aunque no creo que Jesús llegase a instalarse en su cama como se ha instalado en la mía.
2Famoso culebrón de la NBC, uno de los más largos y exitosos de la televisión estadounidense. (N. del T.).
3 Concurso de la televisión estadounidense para solteros que buscan pareja (N. del T.).
Estaba pensando en Thomas Gandy. Era un crío que vivía al lado nuestro cuando yo era pequeño. Fue justo antes de que metieran a mi padre en la trena.
¿Alguna vez has intentado recordar lo primero que puedas recordar? Me refiero a cuando eras pequeño y lo que estabas haciendo. Yo sí. Durante mucho tiempo el primer recuerdo que guardaba mi memoria era el de ir montado en una carreta cargada de algodón en compañía de unos chavalillos negros, dando botes. Pero un día me hipnotizó aquella chica que iba a clase en Ole Miss4 y cuando volví del trance me acordaba de cosas que habían sucedido mucho antes. Fue hace mucho tiempo. Vi cómo mataban a un hombre. Bueno, en realidad no vi cómo lo mataban. Solo vi el cadáver.
Nadie me había hablado nunca de eso. Ni siquiera mi madre. Hay cosas de las que le gente no habla y punto.
En mi mente me veo con unos cuatro añitos. Lo mismo cinco. No lo sé. Sé que Max aún no había nacido.
Lo que mejor recuerdo es aquel hombre tendido sobre un enorme charco de sangre. Era negro. Como si se hubiese quedado varado en mitad de una enorme costra que iba formándose sobre la tierra. Nos recuerdo en el porche, allí sentados, mirándole. Sé que no dejaba de preguntarle algo a mi madre, una y otra vez. Supongo que sería porque no podía imaginarme qué hacía aquel hombre tumbado en nuestro jardín, sin moverse.
Mi padre lo mató por algo relacionado con mi madre, pero no sé qué fue. No sé si aquel tipo trató de fugarse con ella o qué.
Creo que oí el disparo. No tengo ni idea de dónde estaba. Eso es lo más irritante de todo. Quizá, de haberlo visto, hubiese sido capaz de comprender lo ocurrido. Pero no fue así. Es como si hubiese aparecido de golpe y porrazo en el porche y me lo hubiese encontrado allí tumbado. Vino un perro y se puso a olisquearlo. Me acuerdo de eso. Luego el perro retrocedió y se fue.
Sé que aquel día vinieron a llevarse a mi padre. Tuvieron que hacerlo. Me refiero a que no puedes matar a alguien y luego irte de rositas como si nada. Cuando haces algo así tienes que pagar por ello. Lo sé. Yo mismo he tenido que pagar por un montón de cosas.
Cuando se llevaron a mi padre a rastras a la trena, mi madre y yo tuvimos que arreglárnoslas solos, como suele decirse. Durante el verano tuvimos que ocuparnos de que los hierbajos no se apoderasen de nuestro algodón y luego recolectarlo en otoño. No sé cómo lo hizo. Pero sí sé el modo en que lo hizo. Salió al campo con un azadón y se puso al tajo todo el día, todos los días. Lo mismo yo tenía cinco años. No puedo pensar. Todavía tengo la cabeza jodida. Cinco o seis. La ayudé. Espera un momento. Max tiene seis años menos que yo. Quizá ella estaba preñada cuando se lo llevaron. Me apuesto a que fue eso. Joder. Lo mismo él la estuvo desempolvando la noche antes de dispararle al cabrón ese, quienquiera que fuese. Tuvo que ser un auténtico cabrón. Tuvo que hacer algo realmente chungo para que mi padre se viese obligado a pegarle un tiro y entrar en la trena.
El caso es que estaba pensando en Thomas Gandy. Era un chavalín esmirriado que llevaba gafas y el pelo cortado al rape. Su cabeza parecía un cepillo de cerdas y sus gafas podían dejarte ciego si lograba hacer que la luz del sol rebotara sobre ti de cierta manera. Te obligaba a alzar las manos y a cubrirte los ojos como si el Príncipe de las Tinieblas acabase de entrar por la ventana. Thomas era un auténtico cobardica y ahora se dedica a abrirles la cabeza a los tipos como yo para luego ganar un pastizal por arreglar lo que quiera que encuentre ahí dentro. Creo que por eso me he acordado de él. Sé que quieren husmear dentro de mi cabeza. Llevan deseando hacerlo desde hace muchísimo tiempo.
Sí, pero el viejo Thomas no siempre ocupó una posición tan alta en el mundo. No señor. En London Hill, Mississippi, hace mucho tiempo, una vez le obligaron a comerse un buen pedazo de bosta seca de vaca y luego dijo que estaba rica y estuvo casi a punto de decir que si le podían dar un poquito más, por favor, con azúcar por encima si podía ser.
Matt Monroe era un pequeño bastardo de lo más sádico cuando tenía seis años y lo único que cambió en él es que se hizo mayor. Y hubo un tiempo en que me dio muchos quebraderos de cabeza. Ahora ya no. Ahora es de lo más agradable conmigo. Antes había una escuela en London Hill y ahí es donde empecé. Era un enorme edificio blanco y viejo sobre una colina. Asistían niños de Paris, de Potlockney y de Delay, pero no éramos muchos por clase. Yo no conocía a nadie hasta que empecé a ir a aquella escuela. Pero no me costó mucho darme cuenta de que no quería tener nada que ver con Matt Monroe.
Pilló por banda al viejo Thomas Gandy en el jardín como el tercer día de clase. La señorita Lusk, nuestra profesora, había bajado a comprar algo de leche para los niños en la tienda que había al pie de la colina. Yo no sabía lo que estaba pasando, pero Matt atacó a Thomas y todas las miradas del patio se volvieron hacia él. Le hizo retroceder por uno de los laterales del edificio del colegio, descendiendo por la cerca hasta el lugar donde el señor Autry Gordon tenía sus vacas. Acto seguido, hizo que las gafas de Thomas Gandy salieran volando. Sabíamos que algo malo iba a suceder. Thomas Gandy, futuro neurocirujano, estaba a punto de ser humillado. Y nosotros éramos un puñado de diablillos que se disponían a disfrutar del espectáculo. Un niño se dirigió a la esquina para avisar por si venía alguien.
El viejo Thomas se puso como a parpadear a la luz del sol, lentamente. Tratando de recurrir a los vastos recursos de su impresionante cerebro en busca de ayuda.
Matt Monroe despegó un pedazo de bosta seca del lugar donde una vaca había alzado el rabo contra uno de los postes y le dijo a Thomas Gandy que se la comiera.
Thomas dijo que no iba a hacerlo. Dijo que se iba a chivar a la señorita Lusk.
Matt Monroe tenía los ojos demasiado juntos y un pelo largo y grasiento que se peinaba con Vitalis o Vaseline. Pesaba unos treinta y seis kilos. Cerca del doble que Thomas.
Creo que Matt dijo: «Si se lo dices a la señorita Lusk te arranco la cabeza. ¿Serás puta? Mariconazo». Matt era de esa clase de chicos. Ya tenía a Thomas acorralado contra el poste y Thomas estaba haciendo todo lo posible por mantener alejado aquel zurullo de su boca. Tenía las mandíbulas encajadas. Los ojos abiertos como platos.
Matt le dijo que abriese la boca y cerrase los ojos, que le iba a dar una gran sorpresa. Y cuando estaba a punto de meterle el zurullo de vaca en la boca, Thomas hundió la cara en su mano como un perro que llevase una semana sin comer y se puso a pacer como si no hubiese mañana. Babeó un poco, como si la mano de Matt Monroe fuese lo mejor que había probado en toda su vida. Finalmente Matt apartó la mano de la boca de Thomas Gandy y no se le vio muy contento. Sangraba y tenía pequeñas marcas de colmillos por toda la mano. Todos nos quedamos mudos. Fue como si Willie Pep hubiese dejado fuera de combate a Sonny Liston.
Thomas acabó en el suelo con Matt encima. Dejó escapar un enorme gruñido. Matt le inmovilizó los brazos poniéndole las rodillas sobre los hombros. Tenía aquel zurullo de vaca por toda la boca. Thomas no dejaba de menear la cabeza. Aquel día estableció un récord conteniendo la respiración. La contuvo hasta que se le puso la cara morada, y después negra. Entonces no le quedó más remedio que abrir la boca para tomar aliento. Y el zurullo entró hasta el fondo.
La gente piensa que el hombre es cruel. Oye, ¿y qué me decís de las crías de los hombres? No hay nada más perverso que uno de esos pequeños hijos de puta sádicos y trastornados de seis años suelto en un parque infantil. ¿Creéis que una persona tiene que madurar antes de convertirse en un sádico? Y una mierda.
–¡Di que está buena! –exclamó Matt.
–¡Güena! –roció Thomas–. ¡Mu güeña!
–¡Y ahora di que quieres más!
–¡Quiegomás!
Creo que estaréis de acuerdo conmigo si digo que la madre de Matt Monroe debería haberle metido en un saco y haberle ahogado cuando era pequeño.
–¡Por favor! –gritó Matt.
–¡POGFAVOG!
–¡Con azúcar por encima!
Thomas nunca llegó a pronunciar su petición de azúcar sobre la bosta de vaca porque empezó a llorar y después lo único que pudo decir fue: Shhh, shh, shh. Supongo que Matt pensó que ya había tenido lo suyo. Le dejó levantarse y le devolvió las gafas. El viejo Thomas ni siquiera nos miró cuando se fue. Pero hizo exactamente lo que le había dicho a Matt que iba a hacer. Fue y se lo cascó todo a la señorita Lusk.
A Matt Monroe le puso el culo en llamas. Le rompió una vara de medir en el trasero y después agarró un cable de la luz y le estuvo despellejando con eso durante un buen rato. Yo me reí en voz alta. Y Matt Monroe me vio. Estoy seguro de que Thomas Gandy, con su cerebro superior, supo que lo mejor era no reírse. Yo no.
La gente no sabe lo que es ser pobre. Yo me crié pobre. El agua la tomábamos de un pozo y teníamos que llevarla hasta la casa en un cubo. No viví en una casa con agua corriente hasta que cumplí los catorce. En vez de encender el aire acondicionado, sudábamos.
Cuando el calor era insoportable, a mitad de verano, mamá me dejaba sacar la cama al porche de atrás y dormía allí. Podías sentir el roce de la brisa nocturna y escuchar todos los reclamos del bosque, grillos, ranas y pájaros. Incluso podías llegar a oír de vez en cuando el ladrido de un zorro, o los perros rastreadores perdiéndose en la espesura. Podía verse nuestro terrenito de algodón en la parte posterior de la casa sobre el que se iba posando la noche, dejando que reposase. Distinguía las hileras en la oscuridad. Me tumbaba a la fresca y pensaba en lo agradable que era estar allí y no tener que estar bajo el sol, recolectando algodón, sudando, dejándote la piel. Incluso podías olvidarte de la gente como Matt Monroe durante un rato. El pequeño bastardo pervertido.
He de llamar a Matt Monroe basura. No hay otro modo de referirse a alguien como él. Solo con mirarle te dabas cuenta de que era basura.
Pero, por supuesto, la basura es algo que está siempre en la mirada del que mira. Lo sé. Probablemente había gente que pensaba que nosotros éramos basura. Me consta que había gente que nos miraba por encima del hombro porque vivíamos de la asistencia social. Por eso y porque mi padre estaba en la trena.
Conozco a gente que dice: Bueno, yo no viviría de la beneficencia ni aceptaría bonos de comida ni limosnas, tengo demasiado orgullo. Eso está muy bien. Está muy bien tener orgullo. Lo que pasa es que el orgullo no se come. Pero en cambio sí puedes comer huevos, harina, arroz, queso, mantequilla y leche en polvo, y tus hijos pueden comer cereales y beber leche de fórmula y zumos de frutas y vivir sin orgullo. El orgullo le importa una mierda a un niño hambriento que quiere algo de comer, y si un hombre dice que no aceptará comida de la beneficencia cuando sus hijos no tienen nada que llevarse a la boca, si dice eso, es que está mintiendo como un bellaco, y no tendré el menor problema en decírselo a la cara. Lo sé. Mi madre se tragó su orgullo y cada semana acudió a por esas cosas.
Había gente de la oficina de la asistencia social del pueblo que se pasaba cada semana por la oficina de correos de London Hill y entregaba alimentos a la gente de la lista. Mi madre nunca se pronunció sobre el tema, pero yo sé que le dolía. Teníamos que caminar como dos kilómetros para llegar a la oficina de correos desde nuestra casa. Vivíamos en la zona sur de lo que podría denominarse pueblo si hubiese sido un pueblo. No lo era. Solo era una pequeña comunidad, una más de las miles que había desperdigadas por todo el estado. Un pequeño cruce de caminos en mitad de unas colinas donde alguien, hacía muchísimo tiempo, decidió construirse una casa solo porque había un arroyo cerca para sacar agua o porque había unos buenos árboles para la leña. La escuela ya no existe, la demolieron hace mucho. Pero puedo ir allí siempre que quiera y ver el lugar exacto en el que Matt Monroe me tiró al suelo por primera vez.
La gente de la asistencia social siempre venía los martes por la tarde a las cuatro. Yo iba a casa desde la escuela y mi madre estaba trabajando en los campos, entraba en la casa, se aseaba y se arreglaba. Entonces salíamos y volvíamos a subir a London Hill. Por aquel entonces todas las carreteras eran de tierra y si alguien venía en un vehículo mientras íbamos caminando nos teníamos que hacer a un lado, donde crecía la hierba, y seguir caminando por allí hasta que el coche nos adelantaba. En verano la carretera estaba polvorienta y el polvo que levantaban los coches al pasar se posaba sobre nosotros y olía a algo viejo y agriado.
En cierta época hubo una tienda en mitad de London Hill, una tienda muy antigua. El estaño del tejado llevaba muchísimo tiempo oxidado y toda la estructura se inclinaba un poco a la izquierda. Tenía delante un tanque de queroseno de un rojo desvaído con una bomba manual, y viejos bancos de madera cubiertos de marcas de cuchillo e iniciales de gente en los que los hombres se habían sentado durante años y habían ido dejando sus huellas, y tenía letreros amarillos con termómetros y viejos carteles de Coca-Cola clavados por toda la parte frontal. La puerta de malla estaba remendada con tapones de algodón y en medio tenía un listón de estaño azul que decía: Pan Colonial es Buen Pan.
Yo no fui mucho a la tienda de pequeño porque nunca tuve dinero que gastar. Por lo general, solo iba cuando mi madre me mandaba a por Kotex. ¿Alguna vez has tenido que ir a la tienda a por Kotex? Yo sí. Y es muy embarazoso. También hace que te busques problemas con basura blanca como Matt Monroe si resulta que alguien como Matt Monroe anda por allí cuando vas a por tus Kotex.
Creo que fue la primera vez que fui a por Kotex sin saber lo que era. Mi madre me dijo que entrase en casa y dejase lo que quiera que estuviese haciendo. No me acuerdo qué. Estaba oculta tras la puerta de la cocina y solo asomaba la cabeza. Un poco pálida y como intranquila.
–Necesito que vayas a la tienda a hacerme un recado –me dijo.
Tenía un billete de un dólar estrujado en la mano.
–Necesito unos Kotex.
–Kotex –dije yo.
–Los de la caja azul –me dijo–. No me vayas a traer los Júnior. Tráeme los Súper.
–Súper.
–Y deprisa.
–¿Quieres que vaya corriendo, mamá?
–Sí, cariño. Corre. Por favor.
–¿Y puedo comprarme algo con las vueltas?
–Sí, cómprate una Coca-Cola o lo que quieras, pero date prisa.
Así que me di prisa. Yo no tenía ni la menor idea de lo que costaban los Kotex, pero estaba seguro de que no sería más de un dólar. Esperaba que no costasen más de noventa centavos. Por diez centavos podría comprarme una Coca-Cola, eso o un Nehi de uva de los grandes. Y cabía perfectamente la posibilidad de que los Kotex costasen solo ochenta centavos o algo por el estilo, por lo que lo mismo podría hasta pillarme un Moon Pie5 para acompañar. Durante todo el camino estuve dándole vueltas a todo lo que me iba a comprar. Y estaba feliz. Ni siquiera me cansó aquella carrera de dos kilómetros. Al aproximarme a la tienda fui reduciendo la marcha y vi que había como siete u ocho ancianos sentados en la parte delantera, escupiendo y tallando un poco más la madera de los bancos. Hablando de vacas y cosas de esas, me supongo.
No conocía a ninguno de aquellos ancianos y, además, yo era muy tímido, por lo que bajé la mirada cuando pasé sorteando sus piernas. Por supuesto, ellos se callaron cuando lo hice. Entré en la tienda y los tablones del suelo crujieron. En algunas zonas estaban combados y habían tapado los agujeros que tenían con pedazos de estaño encajados a la madera. El lugar estaba polvoriento y oscuro y había una estufa en el centro con una tubería que atravesaba el techo. Y detrás del mostrador estaba el viejo con más mala pinta que había visto en mi vida. Tenía el pelo blanco y un rostro correoso con unos bigotes blancos completamente erizados y unas manchas parduzcas que le caían desde las comisuras de los labios. Yo sabía cómo se llamaba. Era el señor Davis. Sus ojos eran de un azul descolorido y su voz sonaba como grava arañando una bañera.
–¿Te puedo ayudar en algo?
–Sí señor –dije yo.
Me aproximé al mostrador con mi dólar.
–Necesito unos Kotex.
Actuó como si le hubiese insultado. Me penetró con la mirada. Salió de detrás del mostrador arrastrando los pies en sus zapatillas de andar por casa. Sus pantalones negros estaban dados de sí y su camisa blanca estaba sucia. Los Kotex estaban en uno de los estantes superiores, se estiró para agarrar una caja y le sacudió el polvo con una mano. Dejé mi dólar en el mostrador y esperé a que me la trajera. Caja azul. Compresas Sanitarias Kotex. Junior.
Ya la había depositado en el mostrador y se disponía a volver al otro lado. Le miré y él se detuvo.
–Muy bien –me dijo–. ¿Algo más?
–Súper –dije yo.
–¿Qué? ¡Habla más alto, chico, no puedo oírte! ¡Estoy casi sordo, maldita sea! –exclamó. Tenía una mano haciendo bocina en la oreja.
–¡Súper! –grité yo–. ¡Necesito los Súper! ¡Ella me ha dicho que no le lleve los Junior!
–¡Puto crío! –dijo, y agarró la caja del mostrador–. Habla más alto, habla más alto.
Murmuraba y mascullaba mientras volvía a arrastrar los pies hasta el otro lado del local, mientras se estiraba para colocar la caja en su sitio y agarraba una de Súper.
–Muy bien. ¿Qué más?
–¿Cuánto es?
–Sesenta centavos. De un dólar –ya había agarrado el dinero.
–Me gustaría llevarme algo más –dije yo.
Aguardó mientras yo me dirigía al cubo de las bebidas. Abrí la tapa y miré dentro. Las bebidas estaban en botellas de cristal hundidas hasta el cuello en agua helada. Coca-Colas, Nehis, SunRise Oranges, 7-Ups, Royal Crown Colas y Dr. Peppers en en formación, como soldados. Era difícil decidir lo que quería. Opté por una Nehi de uva de las grandes y cerré la tapa. Destapé la botella y me puse a mirar a mi alrededor en busca de los Moon Pies. Había una caja abierta encima del cubo de las bebidas. Alcancé uno y me lo llevé con la botella al mostrador.
Le pregunté si era dinero suficiente para comprar todo eso pero no me dijo nada. Se limitó a registrar el dinero y devolverme el cambio. Veinte centavos. Dos monedas de diez. Le di las gracias y me dispuse a salir.
–Un momento –me dijo–. Te doy una bolsa.
–Está bien así –le dije–. No necesito bolsa.
–Más te vale que metas eso en una bolsa. Para que nadie lo vea –esto último más bien lo masculló.
Yo no acertaba a entender la lógica de lo que me decía, pero esperé a que me metiera la caja en una bolsa. También dejé caer mi Moon Pie allí dentro.
Crucé la puerta y las voces volvieron a callarse en cuanto salí. No miré a nadie y mantuve la cabeza hundida hasta dejarles atrás. Entonces le di un trago a mi Nehi y me topé de golpe con Matt Monroe. Estaba allí de pie esperándome. Me había preparado una emboscada y yo me metí de lleno en ella. Creo que me preguntó a dónde iba. Yo le respondí que iba a casa y que tenía prisa.
Él quiso saber lo que llevaba en la bolsa. No le respondí y empecé a rodearle dándole sorbos a mi Nehi. Qué rico y que fresquito estaba. Delicioso. Pequeño hijo de puta malvado.
–Te conozco –me dijo–. ¿Verdad?
–Ni idea –dije yo–. Tengo que irme.
–Sí, yo a ti te conozco –dijo al tiempo que me agarraba de la camisa–. Tú eres el que se estaba riendo de mí cuando la señorita Lusk me estaba atizando.
–No –le respondí–. Ese no era yo.
–Eres un mentiroso hijo de puta.
Me quedé inmóvil. No me quedó otra. No podía moverme.
Veamos cómo podría yo explicarme… Disfruté mucho viendo cómo la señorita Lusk le ponía el trasero en carne viva a Matt Monroe. Disfruté con eso. Se lo merecía. Pero estaría mintiendo si dijese que no disfruté también viendo a Thomas comerse aquel zurullo de vaca. Y una parte de mí odiaba al mismo tiempo haber visto a Thomas zamparse aquel zurullo. Porque sabía que fácilmente podía haber sido yo el que se comió aquel zurullo. Así es que tenía que haberme ahorrado la risa cuando la señorita Lusk le destrozó el culo.
Tenía miedo. Mucho miedo. Ya había visto el miedo en los ojos de Thomas Gandy y la facilidad con que Matt Monroe le había tirado al suelo y se le había puesto encima. Tenía miedo de que Matt Monroe estuviese a punto de hacerme algo horrible, y estaba en lo cierto.
Tomó impulso y me soltó un puñetazo tan fuerte en la nariz que se me nubló la vista. Lo solté todo y me senté en la grava. Cuando abrí los ojos se estaba bebiendo mi Nehi. Dejó por ahí la botella y se puso a husmear en la bolsa en busca de mi Moon Pie. Me incorporé para quitárselo, pero la bolsa se rompió y la caja azul de Kotex se cayó al suelo. Matt Monroe ni siquiera se molestó en mirar el Moon Pie. Solo tenía ojos para la caja de Kotex. Me limpié un poco la sangre de la nariz con el dorso de la mano y me agaché para recogerla.
–Kotex –dijo él–. Kotex.
Como si fuese una palabra sucia.
Estaría mintiendo si dijera que para entonces no me había puesto a llorar un poco. La nariz me dolía tanto que seguía sin poder ver apenas. Sangraba de lo lindo. Matt Monroe me tenía acojonado. Sabía que no podía hacer nada para impedir que se bebiese mi Nehi. Sabía que no podía hacer nada para impedir que se comiera mi Moon Pie. Pero sabía que tenía que llevar los Kotex a casa lo antes posible porque mi madre estaba esperándolos preocupada tras la puerta de la cocina.
Volví la mirada hacia la tienda sabiendo con qué me iba a encontrar. Con todos aquellos ancianos mirándome, viendo cómo Matt Monroe me quitaba las cosas. Y así fue. Hasta el último esperaba a ver qué hacía yo al respecto. Y lo vieron. Me cagué de miedo. Eso es lo que hice yo al respecto.
Recuperé mis Kotex sucios y volví a casa.
Aquel día, en cualquier caso.
Intenté limpiarme la sangre de la cara antes de llegar a casa para que mi madre no la viera. Me saqué los faldones de la camisa del pantalón y traté de limpiarla, pero no funcionó. Lo vio en cuanto entré en casa. Seguía oculta en la cocina y lo vio en cuanto le alcancé los Kotex.
Después de hacer lo que tuviera que hacer en la cocina, salió hecha una furia de detrás de la puerta y me agarró. Me preguntó qué había pasado. Estaba casi chillando y eso me asustó aún más que Matt Monroe. Le dije que un niño que se llamaba Matt Monroe me había quitado las cosas y que me había dado un puñetazo en la nariz y que era un matón y que además era demasiado grande para pelearme con él. Supongo que estaba esperando algo de simpatía. Pero ella era el peor lugar para buscar simpatía.
–¿Qué quieres decir? –me dijo–. ¿Qué significa eso de dejarte avasallar de esa manera? ¿Qué dijo?
Le conté que no dijo nada. Se limitó a tirarme al suelo de un puñetazo en la nariz.
–¿Y tú te limitaste a recibir? ¿Sin devolvérselo?
Yo estaba llorando y ella me estaba sacudiendo. Ahora sé que estaba avergonzada de mí. No era el digno hijo de mi padre. Joder, si hasta yo mismo me avergonzaba de mí.
–¿Dijo algo sobre tu padre? Dímelo. ¿Qué dijo?
–No dijo nada. Solo me pegó.
Entonces me soltó. Yo no quería mirarla. Fue a sentarse a una silla. Nunca olvidaré lo que me dijo.
–Niño, te voy a decir una cosa. En este mundo si no te vales por ti mismo, nadie más va a hacerlo por ti. Si dejas que te avasalle una vez, volverá a hacerlo de nuevo. La próxima vez que te vea se te volverá a echar encima. Porque ahora sabe que puede. Así que tienes que enseñarle ahora mismo que no puede. Ya mismo o la próxima vez que te lo encuentres, me da igual. ¿Es más grande que tú?
Yo le dije que sí, mamá, que muchísimo más.
–Bueno –continuó ella, y se puso en pie como si ya estuviese todo arreglado–. Entonces mucho me temo que tendrás que agenciarte un buen palo, ¿no crees?
Yo no dije nada.
–¿No crees?
Sí, mamá.
–Nunca dejes que nadie diga nada sobre tu padre. ¿Me oyes? Me da igual lo que tengas que hacer. Pero no dejes que eso ocurra.
Ese fue el final de la conversación.
Aquella noche me fui a la cama y me puse a pensar en todo eso. Recordé haber mirado a Thomas Gandy preguntándome qué debió sentir cuando Matt Monroe le tiró al suelo y le restregó aquella mierda por la boca. Y entonces supe que debió sentirse exactamente como yo me había sentido aquel día. Fatal.
Al día siguiente no quise ir al colegio. Me quedé tumbado en la cama gimiendo y quejándome durante un buen rato haciendo como que estaba enfermo, pero a ella le bastó con darme un buen azote en el culo para que me pusiera en marcha a toda prisa. Y se quedó observando cómo me alejaba por el camino hasta desaparecer de su vista.
Darmowy fragment się skończył.