Czytaj książkę: «Presidente»

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CONTENIDOS

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Nota de la autora

1. Te llamas Matthew

2. Y llevo años pensando en ti como Matthew

3. Comunicado

4. La noticia

5. Todavía soy esa niña

6. La mañana siguiente

7. Primer día

8. El equipo

9. La primera semana

10. Este perro necesita una correa

11. Regalo

12. Corremos por el mismo camino

13. Advertencia

14. Ojos

15. En la cima se está solo

16. Café

17. La Cuenca Tidal

18. Rumores

19. Viaje

20. Una caricia

21. Encuentro

22. Coqueteando con el peligro

23. Cambios

24. Toalla

25. Las últimas primarias

26. Nunca me canso de ti

27. Intenso

28. Llueva o truene

29. Más

30. Noticias

31. Debate

32. La señora Hamilton

33. Ausente

34. La gala

35. Encuentro secreto

36. Por la mañana

37. De vuelta en Washington D. C.

38. El día de las elecciones

39. Te llamas Charlotte

Playlist

Queridos lectores

Agradecimientos

Sobre la autora

PRESIDENTE

PRESIDENTE

V.1: septiembre, 2017

Título original: Mr. President

© Katy Evans, 2016

© de la traducción, Olga Hernández, 2017

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2017

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-16223-89-3

IBIC: FR

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

PRESIDENTE

Sube la temperatura en la campaña electoral de Estados Unidos

Charlotte conoció a Matt cuando era una niña y se enamoró platónicamente de él.

Ahora, diez años después, Matt quiere ser el próximo presidente del país y Charlotte trabaja para él en la campaña.

¿Podrán evitar que su atracción ponga en peligro ganar las elecciones y llegar a la Casa Blanca?

«Presidente de Katy Evans me conquistó desde la

primera página. Totalmente recomendable.»

Audrey Carlan, autora de Calendar Girl

«Katy Evans siempre crea personajes que te dejan sin aliento, y con Matthew Hamilton se ha superado.»

C. D. Reiss, autora best seller

Dedicado al futuro

Nota de la autora

Aunque he intentado ser fiel a lo que pasa en política y en los períodos de campaña, esta es, en última instancia, la historia de amor entre Matt y Charlotte. Es una obra de ficción; por tanto, me he tomado algunas libertades a la hora de escribir sobre el mundo de la política, necesarias para crear la historia que ansiaba contaros. Este no es un libro político, sino una historia de amor que surge en ese mundo. Espero que estos dos personajes os atrapen tanto como a mí. Así que poneos cómodos, quitaos los zapatos y adelante…

Te llamas Matthew
Charlotte

Estamos en una suite del hotel The Jefferson. Benton Carlisle, el director de campaña, se fuma su segundo paquete de cigarrillos Camel junto a la ventana abierta. A poco más de un kilómetro de aquí se encuentra la Casa Blanca, completamente iluminada para la noche.

Todas las televisiones de la suite están encendidas y muestran distintos canales de noticias, donde los presentadores continúan informando de los progresos en el escrutinio de votos para las elecciones presidenciales de este año. Los nombres de los candidatos circulan por todas partes especulativamente; tres nombres, para ser exactos. El candidato republicano, el candidato demócrata y el primer candidato independiente con auténtico impacto en la historia de los Estados Unidos de América, el hijo de un expresidente que apenas cuenta con treinta y cinco años de edad, el candidato más joven de la historia.

Los pies me están matando. Llevo con la misma ropa desde que salí de mi piso esta mañana para ir al colegio electoral y votar. Todo el equipo que ha participado en la campaña durante el último año se ha reunido aquí por la tarde, en esta suite.

Llevamos aquí más de doce horas.

La tensión en la atmósfera es palpable, sobre todo cuando él entra en la sala después de tomarse un descanso en uno de los dormitorios, donde ha estado hablando con su abuelo, que lo ha llamado desde Nueva York.

Su figura alta y de hombros anchos aparece en la puerta.

Los hombres de la sala se ponen en pie, las mujeres se enderezan.

Hay algo en él que llama la atención: su altura, su mirada intensa pero de una calidez desconcertante, la refinada robustez que únicamente lo hace parecer más masculino con su traje de negocios, y su sonrisa contagiosa, tan auténtica y encantadora que no puedes evitar corresponderla.

Sus ojos se detienen en mí y miden visualmente la distancia que nos separa. He salido a hacer un recado y acabo de regresar; por supuesto, él se ha percatado.

Trato de mantener la compostura.

—Te he traído algo para la espera. —Hablo con suavidad y me dirijo a uno de los dormitorios con una bolsa marrón bien cerrada que parece de comida. Él me sigue.

Me doy cuenta de que no cierra la puerta, sino que la empuja, de modo que deja una apertura de solo un par de centímetros, lo que nos ofrece toda la privacidad posible en este momento.

Saco de la bolsa una chaqueta negra de hombre y se la doy.

—Te dejaste la chaqueta —comento.

Echa una ojeada a la prenda y, acto seguido, unos preciosos ojos oscuros como el café se alzan hasta los míos.

Una mirada. Un roce de dedos. Un segundo de comprensión.

Su voz es baja, casi íntima.

—Esto habría sido difícil de explicar.

Nos miramos a los ojos.

Casi no soy capaz de soltar la chaqueta y él casi no quiere cogerla.

Extiende el brazo y la agarra; su sonrisa es dulce y triste, su mirada, perceptiva. Sé exactamente por qué muestra una sonrisa triste, que desprende ternura; porque me cuesta mantener la compostura esta noche y estoy segura de que este hombre —este hombre que lo sabe todo— se ha dado cuenta.

Matthew Hamilton.

Posible futuro presidente de Estados Unidos.

Tras dejar la chaqueta a un lado, no hace amago de salir de la habitación, y yo miro al exterior por la ventana para no estar pendiente de todos sus movimientos.

Una brisa que trae el aroma de lluvia reciente y de los cigarrillos de Carlisle se cuela en la habitación por la ventana. La ciudad de Washington D. C. parece más silenciosa hoy de lo normal; está tan inmóvil que da la impresión de estar conteniendo la respiración con el resto del país, y conmigo.

En silencio, nos dirigimos a la sala de estar para unirnos a los demás. Tomo la precaución de situarme en un lugar de la habitación casi opuesto al suyo; instinto de conservación, supongo.

—Dicen que ya tienes Ohio —informa Carlisle.

—¿Sí? —pregunta Matt, arqueando una ceja. Después mira a su alrededor y silba para que Jack, su perro, una mezcla de pastor alemán y labrador de pelo negro brillante, se acerque. El perro corre por la sala y salta al sofá para situarse en el regazo de Matt, quien le acaricia la cabeza.

«Es cierto, Roger, la campaña de Matt Hamilton de este año ha supuesto una hazaña impresionante hasta, bueno, ese incidente…», conversan los presentadores.

Matt coge el mando y apaga la televisión. Me echa un vistazo rápido.

Una nueva conexión, una nueva mirada silenciosa.

La habitación se sume en el silencio.

Según mi experiencia, a los tíos les encanta hablar de sí mismos y de sus éxitos. Matt, por el contrario, lo evita. Como si estuviera harto de contar la tragedia de la historia de su vida. La historia que ha sido el centro de atención de los medios desde que empezó su campaña.

Es posible notar distintos grados de respeto en la voz de una persona cuando habla de un presidente de Estados Unidos en particular. Para algunos presidentes, este grado es inexistente, el tono es más similar al desprecio. Para otros, el nombre se convierte en algo mágico e inspirador, y te llena de las mismas sensaciones que se supone que provoca la bandera roja, blanca y azul, la bandera estadounidense: orgullo y esperanza. Este es el caso con la presidencia de Lawrence Hamilton, la administración del padre de Matt, que tuvo lugar hace varios mandatos.

Mi propio padre, quien hasta entonces había apoyado al otro partido, pronto se convirtió en un partidario demócrata, influenciado por el carisma del presidente Hamilton. La increíble conexión del hombre con la gente se extendió no solo por la nación, sino también en el extranjero, lo que mejoró nuestras relaciones internacionales. Con once años, yo misma estuve expuesta al legendario hechizo de Hamilton.

Matt Hamilton, en plena adolescencia cuando su padre comenzó su primera legislatura, lo tenía todo, un futuro brillante. Yo, por el contrario, aún era una niña, y no tenía ni idea de quién era o hacia dónde se dirigía mi vida.

Más de una década después, todavía lucho contra la sensación de fracaso por no haber logrado algo importante. Lo que yo quería era un trabajo importante y un hombre al que querer. Mis padres querían más de mí, querían que me dedicara a la política. En su lugar, me decanté por el trabajo social. Pero no importa a cuánta gente he ayudado, o cuántas veces me he dicho que ser adulta solo significa estar en mi mejor momento para marcar la diferencia; no puedo evitar sentir que no he cumplido con las expectativas de mis padres. Ni con mis propias expectativas.

Porque, en este mismo instante, mientras esperamos a que se anuncie el próximo presidente de Estados Unidos, los dos sueños que tengo flotan en el aire… y temo que, cuando los resultados salgan a la luz, todas mis esperanzas se desvanezcan por completo.

Espero en silencio mientras los hombres conversan. Capto la voz de Matt de vez en cuando.

Ignorarlo se me antoja imposible, pero es lo único que soy capaz de hacer hoy.

La suite es grande, decorada para satisfacer los gustos de aquellos que pueden permitirse habitaciones que cuestan mil dólares la noche. Es la clase de hotel que deja caramelos de menta sobre las almohadas, y han sido más hospitalarios de lo normal con nosotros porque Matt es una celebridad. Han llegado incluso a subirle bollos de yogur después de que la prensa se asegurara de que todo el mundo supiera que le encantan.

Incluso han puesto una botella de champán a enfriar, pero Matt ha pedido a uno de los asistentes de campaña que se la llevara de la habitación. Todos se han sorprendido: han pensado que eso significaba que Matt creía que habían perdido las elecciones.

Pero yo sé, de manera instintiva, que ese no es el caso. Sencillamente sé que, si los resultados no son los esperados, no querrá ver ese champán frío aquí dentro como un recordatorio de su derrota.

Tras dejar a Jack sobre el sofá, cruza la sala, inquieto, y toma asiento junto a su director de campaña al lado de la ventana, luego enciende un cigarrillo. Los recuerdos me vienen a la mente, recuerdos de mis labios rodeando el mismo cigarrillo que estaba en los suyos.

Observo a Jack, que menea la cola y tiene unos ojos cálidos de cachorrillo, para evitar mirarlo a él. El perro levanta la cabeza, alerta, cuando Mark irrumpe en la habitación, sin aliento, con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creerse lo que fuera que acabara de ocurrir… o estuviera ocurriendo. Informa a la sala de que el escrutinio ha llegado a su fin. Y, al anunciar el nombre del próximo presidente de los Estados Unidos de América, la mirada de Matt conecta con la mía.

Una mirada.

Un segundo.

Un nombre.

Cierro los ojos y bajo la cabeza al oír la noticia, abrumada por la sensación de pérdida.

Y llevo años pensando en ti como Matthew
Charlotte

Diez meses antes…

Desde que empecé a trabajar a jornada completa, los días parecen haberse vuelto más largos y las noches más cortas. A medida que me he ido haciendo mayor, quedar con grupos grandes de gente ha perdido gran parte de su antiguo atractivo; en cambio, soltarme la melena en pequeños grupos de amigos es algo que ahora disfruto mucho. Hoy celebro mi fiesta de cumpleaños y en la mesa me acompañan mi mejor amiga Kayla, su novio Sam y Alan, una especie de amigo/pretendiente que es quien insistió en que saliéramos a celebrarlo aunque fuera un ratito esta noche.

—Hoy cumples veintidós años, cielo —dice Kayla mientras alza su copa en mi dirección—. Espero que por fin saques el culo de casa para votar en las elecciones presidenciales del año que viene.

Suelto un quejido; por ahora, las opciones no son como para emocionarse. ¿El actual presidente, antipático y mediocre en su trabajo, candidato para una segunda legislatura? ¿O los candidatos de la oposición, a los que a veces es difícil tomarse en serio dada la ideología radical que abrazan? A veces da la impresión de que sueltan la locura más grande que se les ocurre solo para obtener la atención de los medios.

—Sería emocionante que Matt Hamilton se presentara —añade Sam.

La bebida se me derrama en el jersey cuando oigo su nombre.

—Tiene mi voto asegurado —continúa Sam.

—¿En serio? —Kayla arquea una ceja traviesa y sigue sirviendo tequila—. Charlotte conoce a Hammy.

Suelto un bufido y enseguida me limpio la mancha húmeda del jersey.

—Qué va, no es verdad —aseguro, y frunzo el ceño en dirección a Kayla—. No sé de dónde has sacado eso.

—Lo he sacado de ti.

—Bueno… hemos… —Sacudo la cabeza y le lanzo una mirada envenenada—. Lo he visto alguna vez, pero eso no implica que lo conozca. No sé nada de él. Sé tanto de él como vosotros, y la prensa no es fiable.

¡Dios! No sé por qué le conté a Kayla lo de Matthew Hamilton… Ocurrió a una edad en la que era muy joven e impresionable, evidentemente. Cometí el error de confesarle a mi mejor amiga que quería casarme con el chico. Pero, incluso entonces, por lo menos tuve la perspicacia de obligarle a prometer que jamás se lo diría a nadie. Las promesas de chiquillas tienden a parecer muy infantiles cuando somos adultos, supongo, y ahora no le importa hablar de ello.

—Venga ya, sí que lo conoces: estuviste años coladita por él —dice Kayla entre risas.

Veo que su novio me mira para disculparse.

—Me parece que Kay está lista para ir a casa.

—No estoy ni de cerca lo bastante borracha —protesta mientras él tira de ella para ponerla en pie.

Kayla se queja, pero permite que la levante y después se gira hacia Alan.

—¿Cómo te sientes al tener que competir con el tío más bueno de la historia?

—¿Perdona? —pregunta Alan.

—Ya sabes, el Hombre Vivo más sexy según la revista People… —señala Kayla—. ¿Cómo te sientes al tener que competir con él?

Alan le lanza a Sam una mirada que definitivamente dice: «Sí, está lista para irse a casa, tío».

—Está superborracha —me disculpo con Alan por ella—. Ven aquí, Kay —digo mientras le rodeo la cintura con un brazo y Sam deja que se incline sobre su hombro. Juntos, la ayudamos a salir del local y la metemos en un taxi que Alan ha llamado; Sam y ella se van juntos.

Alan y yo nos subimos al siguiente taxi. Él le dice al conductor mi dirección y se gira hacia mí.

—¿A qué se refería Kayla?

—A nada. —Miro por la ventanilla mientras se me hunden las entrañas. Intento reírme de ello, pero el estómago se me revuelve solo de pensar en que la gente se entere de lo colada que estaba por Matt Hamilton—. Tengo veintidós años y eso pasó hace diez u once. Un enamoramiento infantil.

—Un enamoramiento del pasado, ¿no?

Sonrío.

—Claro —le aseguro. Después me giro para contemplar las luces brillantes de la ciudad mientras cruzamos las calles en dirección a mi casa.

Un enamoramiento del pasado, claro. No te puedes enamorar de verdad de alguien que has visto solo… ¿qué? ¿Dos veces? La segunda vez fue tan fugaz y en un momento tan abrumador… y la primera… bueno.

Fue hace once años y, de alguna forma, lo recuerdo todo. Todavía es el día más emocionante que recuerdo, a pesar de que no me guste el efecto que tuvo en mis años adolescentes haber conocido al hijo del presidente Hamilton.

Tenía once años. Mi padre, mi madre, un gato atigrado llamado Percy y yo vivíamos en una casa de dos plantas al este de Capitol Hill en Washington D. C. Cada uno de nosotros tenía una rutina diaria; yo iba a la escuela, mi madre acudía a las oficinas de Mujeres del Mundo, mi padre iba al Senado y Percy nos castigaba con la ley del silencio cuando todos llegábamos a casa.

No nos desviábamos mucho de esa rutina, tal y como a mis padres les gustaba, pero ese día sucedió algo emocionante.

Percy tenía que quedarse en mi habitación, lo que significaba que mi madre no quería que hiciera travesuras. Se echó a los pies de mi cama y se puso a lamerse las patas, sin ningún interés en los ruidos del piso de abajo. Solo se detenía de vez en cuando para observarme fijamente al tiempo que yo miraba a través de una pequeña ranura en la puerta de mi cuarto. Me había pasado ahí sentada los últimos diez minutos, viendo al Servicio Secreto entrar y salir de mi casa.

Hablaban en susurros por sus auriculares.

—¿Robert? Una última vez. ¿Este? ¿O… este? —la voz de mi madre se filtró en mi habitación desde el otro lado del pasillo.

—Este. —Mi padre sonaba distraído. Probablemente se estaba vistiendo.

Hubo una pausa incómoda y casi pude sentir la decepción de mi madre.

—Creo que me voy a poner este —anunció.

Mi madre siempre pedía consejo a mi padre sobre qué llevar en ocasiones especiales, pero si alguna vez no señalaba el vestido que ella quería, se ponía el que había confiado en que él eligiera.

Me imaginaba a mi madre guardando el vestido negro y colocando el rojo con cuidado sobre la cama.

A mi padre no le gustaba que mi madre atrajera demasiada atención, pero a ella le encantaba. ¿Y por qué no? Tiene unos ojos verdes impresionantes y una melena rubia y espesa. Aunque mi padre es veinte años mayor, y además lo aparenta, mi madre parece más joven a medida que pasa el tiempo. Yo soñaba con ser tan guapa y elegante como ella de mayor.

Me preguntaba qué hora era. El estómago me gruñía con el aroma de las especias, que se filtraba en mis fosas nasales. ¿Romero? ¿Albahaca? Las confundía sin importar las veces que Jessa, nuestra ama de llaves, me explicara cuál era cuál.

En el piso de abajo, el chef de algún restaurante de lujo se encargaba de la cena en nuestra cocina.

El Servicio Secreto llevaba horas preparando la casa. Me enteré de que alguien probaría la comida del presidente antes de que se le sirviera.

La comida tenía un aspecto tan delicioso que habría probado cada bocado encantada, pero mi padre le pidió a Jessa que me llevara al piso de arriba. No quería que estuviera presente porque era «demasiado joven».

«¿Y qué?», pensé. La gente antes se casaba a mi edad. Era lo bastante mayor como para quedarme en casa sola. Querían que me comportara con madurez, como una señorita, pero ¿qué sentido tenía si nunca se me brindaba la oportunidad de desempeñar el papel para el que me estaban educando?

—Es una cena de negocios, no una fiesta, y Dios sabe que necesitamos que las cosas vayan bien —refunfuñó mi padre cuando intenté defender mi participación.

—Papá —me quejé—, sé cómo comportarme.

—¿Crees que Charlotte sabrá comportarse? —Miró a mi madre y ella sonrió en mi dirección—. No cumplirás los once hasta la semana que viene, eres demasiado pequeña para estos eventos y solo hablaremos de política. Mejor quédate en tu cuarto.

—Pero es el presidente —insistí con tanta convicción que me tembló la voz.

Mi madre salió de su dormitorio con ese glorioso vestido rojo que le abrazaba la figura con elegancia y me vio mirar ansiosamente hacia el ajetreo de abajo.

—Charlotte —profirió con un suspiro.

Dejé de estar en cuclillas y me enderecé.

Ella suspiró de nuevo y luego se dirigió hacia su dormitorio, cogió el teléfono de su mesilla de noche, marcó un número y dijo:

—Jessa, ¿puedes ayudar a Charlotte a vestirse?

Abrí mucho los ojos y, milagrosamente, Jessa entró en un santiamén en mi habitación, sonriendo alegremente y sacudiendo la cabeza.

—¡Chica, persuadirías a un rey para que abdicara!

—Juro que no he hecho nada. Es que mi madre me ha visto espiando y ha debido de darse cuenta de que esta es una oportunidad única en la vida.

—De acuerdo entonces, te voy a hacer una bonita y larga trenza —anunció la mujer mientras abría los cajones de mi tocador—. ¿Qué vestido vas a ponerte?

—Solo tengo una opción. —Le enseñé el único vestido que todavía me iba bien y ella me ayudó a ponérmelo con cuidado.

—Estás creciendo demasiado rápido —señaló con cariño mientras me acompañaba al espejo. Luego se colocó detrás de mí y me peinó el cabello.

Contemplé mi reflejo y admiré el vestido; me encantaba el azul del satén. Me imaginaba de pie junto a mi madre con su vestido rojo y a mi padre con su traje a medida. Entrar en el misterioso y prohibido mundo de mis padres era emocionante, pero nada era tan emocionante como conocer al presidente.

Cuando el presidente llegó, un grupo de hombres lo seguía, todos con esmóquines. Eran altos y atractivos, pero yo estaba demasiado ocupada mirando al joven situado al lado del presidente como para advertir mucho más.

Era guapísimo. Su cabello era marrón oscuro y aunque estaba peinado hacia atrás, era rebelde en las puntas y rizado en el cuello.

El chico era un par de centímetros más alto que el presidente. Su traje parecía más pulcro, hecho a medida con más cuidado. Me miraba y, aunque sus labios no se movían y su expresión no revelaba nada, juraría que sus ojos se reían de mí.

El presidente Hamilton estrechó la mano de mi madre antes de saludar a mi padre. Aparté los ojos del muchacho situado a su lado y vi que los labios del presidente se curvaban un poco al mirarme. Cuando llegó mi turno, le di la mano.

—Mi hija, Charlotte…

—Charlie —corregí.

Mi madre sonrió.

—No ha querido perderse la diversión.

—Chica lista. —El presidente me sonreía mientras señalaba a su lado con evidente orgullo, y luego le dio un empujoncito al joven—. Este es mi hijo Matthew, algún día será presidente —añadió en un tono conspirador.

El muchacho que yo no podía dejar de mirar se rio en voz baja. Era una risa grave y profunda que me hizo sonrojar. De pronto, no quería estrecharle la mano, pero ¿cómo iba a evitarlo?

Tomó mi mano con la suya, que era cálida, seca y fuerte. La mía era suave y temblaba.

—Qué va —negó, luego me guiñó un ojo.

Yo le sonreí con timidez y reparé en que mis padres nos miraban con atención.

—Usted no tiene pinta de presidente —declaré en dirección al presidente Hamilton.

—¿Qué pinta tiene un presidente?

—Pues de viejo.

El presidente Hamilton rio.

—Dame tiempo. —Se señaló el pelo canoso y brillante. Luego le dio una palmada a Matthew en la espalda y dejó que mis padres lo guiaran hasta el comedor.

Los adultos se centraron en hablar de política y economía, mientras yo me centraba en la deliciosa comida. Cuando mi plato quedó limpio, llamé al camarero y le pedí en voz baja que me trajera otro plato.

—Charlotte —me advirtió mi padre.

El camarero miró a mi padre con los ojos muy abiertos y después a mí con la misma expresión, e intenté repetir la pregunta en voz muy baja.

El presidente me miró con interés.

Preocupada, me pregunté si era de mala educación pedir más antes de que todos hubieran acabado.

El rostro de Matthew reflejaba una expresión seria, pero sus ojos parecían volver a reírse de mí. No apartó la mirada de mí cuando le dijo al camarero:

—Yo también repetiré.

Le dirigí una mirada de agradecimiento y luego empecé a sentirme nerviosa de nuevo. Su sonrisa era muy poderosa, sentía que me perforaba el corazón.

Bajé la vista a mis manos, apoyadas en el regazo, y admiré mi vestido. Confiaba en que Matthew pensara que era guapa. La mayoría de los niños del colegio lo pensaban; al menos, eso era lo que me decían.

Mientras mis padres hablaban con el presidente y con Matthew, me puse a juguetear con mi trenza; me la colocaba sobre un hombro y, después, detrás. La atención de Matthew volvió a mí y, cuando sus ojos brillaron con otra carcajada silenciosa, sentí otra vez que tenía un agujero en el estómago.

El camarero nos trajo a ambos sendos platos con codorniz rellena y quinoa. Mis padres todavía me miraban como si hubiera tenido mucho descaro al repetir plato delante del presidente.

Matthew se inclinó sobre la mesa y me dijo:

—Nunca dejes que te digan que eres demasiado joven para pedir lo que quieres.

—Ah, no te preocupes, a veces ni siquiera pregunto.

Con esto me gané una agradable risa de Matthew. El presidente frunció el ceño en su dirección y luego me guiñó un ojo. Al volver a centrar su atención en el grupo una vez más, reparé en que los ojos de Matthew parecían tener un tono más claro del negro, como el del chocolate.

Permanecí allí sentada, tratando de absorberlo todo, consciente de que ese momento, de que esa noche, constituiría la experiencia más emocionante de mi vida.

Pero, como todo en la vida… no duraría para siempre.

Decepcionada, vi al presidente levantarse de su silla mientras les daba las gracias a mis padres por la cena.

Yo también me puse en pie, con los ojos fijos en Matthew, observando cómo se mantenía erguido, cómo caminaba, su aspecto; también empecé a preguntarme cómo olía. Seguí al grupo hasta el vestíbulo en silencio. El presidente se giró y se dio unos toquecitos en su mejilla presidencial.

—¿Me das un beso, jovencita?

Sonreí, me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla. Cuando apoyé de nuevo los talones en el suelo, mi mirada captó la de Matthew. En un acto reflejo, volví a ponerme de puntillas. Parecía normal que también le diera un beso de despedida. Mis labios rozaron su dura mandíbula y su barba incipiente me hizo cosquillas; era como besar a una estrella de cine. Él giró la cabeza y también me besó en la mejilla; estuve a punto de soltar un grito de sorpresa al sentir sus labios contra mi piel.

Antes de recuperar la compostura, él y el presidente salieron por la puerta y todo el ajetreo del día se convirtió en puro silencio.

Subí las escaleras apresuradamente y los vi marcharse desde la ventana de mi dormitorio. Al presidente lo escoltaron hasta la parte de atrás de su limusina negra y brillante.

Antes de subirse, el presidente le dio una palmada en la espalda a Matthew y le apretó la nuca en un gesto cariñoso.

El agujero de mi estómago se convirtió en una bola mientras accedían al interior del vehículo.

La limusina arrancó y avanzó por la calle silenciosa de nuestro vecindario. Pequeñas banderas estadounidenses ondeaban en la entrada de las casas. Una fila de coches los seguía, uno tras otro.

Cerré la ventana, corrí las cortinas y después me quité el vestido y lo colgué con delicadeza. Luego me puse mi pijama de franela. Me estaba metiendo en la cama cuando mi madre entró.

—Ha sido una velada muy agradable —declaró—. ¿Te lo has pasado bien?

Sonreía como si se estuviera riendo de algo por dentro. Yo asentí con sinceridad.

—Me ha gustado escuchar las conversaciones. Todos me han caído bien.

Ella seguía sonriendo.

—Matthew es guapo. Pero, por supuesto, tú ya te has dado cuenta de eso. También es muy inteligente.

Asentí en silencio.

—Tu padre y yo vamos a escribir una carta al presidente para darle las gracias por pasar este rato con nosotros. ¿Quieres escribirle tú también?

—No, gracias —respondí con timidez.

Ella alzó las cejas y se echó a reír.

—Vale. ¿Estás segura? Si cambias de opinión, déjala en el vestíbulo mañana.

Mi madre salió de mi dormitorio y yo me quedé tumbada en la cama, mientras pensaba en la visita, en lo que el presidente había dicho de Matthew.

Decidí escribir una carta a Matthew, solo porque seguía completamente asombrada y fascinada por la visita. ¿Y si al final resultaba que no había conocido solo a un presidente esa noche, sino a dos? Ese debía de ser el colmo de las reuniones.

Cogí la primera hoja de los papeles y sobres que mi abuela me había regalado por mi cumpleaños y, con mi mejor letra, escribí: «Quisiera daros las gracias a ti y al presidente por venir. Si decides presentarte a presidente, tienes mi voto. Incluso estaría dispuesta a unirme a tu campaña».

Lamí el sobre y lo cerré con firmeza, para luego depositar la carta en mi mesilla de noche. Después apreté el interruptor de la luz para apagarla y me metí bajo las sábanas.

Permanecí tumbada en la penumbra. Él estaba por todas partes; en el techo, en las sombras, sobre el edredón. Me pregunté si alguna vez volvería a verlo y, de pronto, la idea de que él no me viera nunca de mayor me produjo una especie de dolor en el pecho.

He estado tan perdida en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que Alan escudriñaba mi perfil.

—Un enamoramiento infantil, ¿no? —pregunta de nuevo.

Me giro hacia él, sorprendida al darme cuenta de que ya nos hemos parado delante de mi edificio. Me río y salgo del taxi, luego miro al interior.

—Desde luego. —Asiento con más firmeza esta vez—. Ahora estoy centrada en mi carrera.

Cierro la puerta al salir y me despido de él con la mano.

Comunicado
Matt

Nunca fui de esos niños con ganas de seguir los pasos de su padre, de ponerme sus zapatos. Demasiado limpios, demasiado clásicos, demasiado grandes.

Sin embargo, lo más extraño es que son sus zapatos lo que recuerdo con mayor nitidez de él, cuando trazaban un círculo perfecto en torno a su escritorio durante una llamada telefónica tensa, mientras que yo, a sus pies, hacía un puzle.

Mi padre se esforzaba por alcanzar la perfección en todo, incluida su apariencia. Desde su impecable traje hecho a medida, a su rostro afeitado a la perfección y a su pelo bien recortado.

Mientras tanto, yo, joven y en las nubes, soñaba con la libertad. Con ser libre de la vida privilegiada que el éxito de mi padre nos había dado a mi madre y a mí.

Mi padre decía miles de veces que yo sería presidente. Se lo decía a sus amigos, a los amigos de sus amigos y a menudo me lo decía a mí; yo me reía y le restaba importancia.

Los siete años que viví en la Casa Blanca mientras crecía fueron siete años que pasé rezando por salir de la Casa Blanca.

Sí, la política me interesaba.

Pero sabía que mi padre apenas dormía; la mayoría de las decisiones que tomaba eran erróneas para un cierto porcentaje de la población, aunque fueran las adecuadas para la mayoría; mi madre perdió a su marido el día en que él entró en la Casa Blanca.

Yo perdí a mi padre el día en que decidió que su legado consistiría en ser presidente.

Intentó hacer malabarismos con todo, pero ningún ser humano podría dirigir el país y, encima, disponer de la energía para dedicar a su mujer e hijo adolescente.

Así que me centré en mis estudios y obtuve fantásticos resultados en la escuela, pero hacer amigos era difícil. No podía invitar a alguien a la Casa Blanca sin más. Mi vida como me la imaginaba después de la Casa Blanca estaría centrada en el trabajo, quizás en Wall Street. Tendría la libertad de hacer todo lo que no había podido hacer bajo el escrutinio de una nación entera.

Mi padre se presentó a las elecciones de nuevo y ganó.

Entonces, en el tercer año de su nueva legislatura, un ciudadano descontento le metió dos balazos.

Uno en el pecho y otro en el estómago.

Han transcurrido miles de días desde entonces. He estado demasiados años viviendo en el pasado.

Ahora, mientras me abrocho los gemelos y me aliso la corbata, vuelvo a recordar aquellos zapatos y me doy cuenta de que estoy a punto de ponérmelos.

—¿Listo, señor?

Asiento, y él abre la cortina.

El mundo me observa. Todos han estado especulando, confiando, dudando.

«Lo hará, no lo hará… Por favor, que lo haga; por favor, que no lo haga…».

«Si se presenta, ganará…».

«No tiene ninguna posibilidad…».

Aguardo hasta que el ruido se apaga, me inclino ante el micrófono y hablo:

—Damas y caballeros, tengo el placer de anunciar oficialmente mi candidatura a la presidencia de los Estados Unidos de América.

La noticia
Charlotte

A la mañana siguiente de mi cumpleaños, reparo en que la luz de mi contestador parpadea. Le doy al botón de reproducir distraídamente mientras permanezco tumbada en la cama y me desperezo.

«Charlotte, soy tu madre; llámame».

«¡Charlotte, contesta al móvil!».

Tras un tercer mensaje similar, me pongo en pie, enciendo la cafetera y le devuelvo la llamada a mi madre.

—¿Has oído los rumores? —pregunta en lugar de saludar.

—He estado durmiendo las últimas… siete horas. —Entrecierro los ojos—. ¿Qué rumores?

—¡Sale en la televisión nacional! Y nos han invitado a la inauguración de su campaña, Charlie, tienes que venir. Ya es hora de que te mojes de verdad en política.

Lo primero que se me pasa por la cabeza es lo mismo que llevo años pensando: que no quiero meterme en política. He visto y oído demasiado al ser la hija de un senador, ya he pasado por mucho.

—Ya es hora de que contribuyas a cambiar las cosas, de que participes y abraces tus facultades… —prosigue mi madre y, mientras parlotea, yo enciendo la tele. La cara de Matt aparece ante mis ojos.

Su atractiva cara, perfectamente simétrica, bronceada y con una ligera barba incipiente.

Está en un estrado, un lugar donde nunca ha sido fotografiado. Los paparazzi lo han pillado desprevenido en citas, en la playa, en todas partes, pero nunca, hasta donde yo sé, en un estrado.

Un traje negro y una corbata carmesí cubren un cuerpo digno de una portada de revista. Su traje es de un negro tan intenso que los que llevan los hombres que lo rodean parecen de color gris en comparación.

Es famoso por ser amante de la naturaleza y por adorar la actividad física, y se mantiene en forma experimentando todos los deportes de aventura que la naturaleza puede ofrecer. Natación, tenis, senderismo, equitación. Su constitución fuerte y atlética, perfectamente definida bajo el traje a medida, es sin duda testimonio de ello. Su boca carnosa y seductora se curva en una sonrisa mientras habla por el micrófono.

Debajo de él, una línea negra que se desplaza por la pantalla reza:

noticia de última hora: matthew hamilton ha confirmado su candidatura a la presidencia

Leo la frase de nuevo. Distraída, oigo su voz en la televisión; tiene una voz tan deliciosa que el vello de mis brazos se pone de punta, atento.

«… tengo el placer de anunciar oficialmente mi candidatura a la presidencia de los Estados Unidos de América».

Algo dentro de mí da una voltereta y varias emociones me invaden: conmoción, entusiasmo, incredulidad. Me dejo caer en el sofá y me aprieto el estómago con una mano para evitar que los bichos alados que hay dentro se muevan. Mi madre continúa diciéndome lo mucho que mi padre y ella apreciarían mi compañía, pero apenas le presto atención.

¿Cómo podría, cuando Matthew Hamilton sale por la tele?

Es tan atractivo que estoy segura de que cualquier mujer que lo esté viendo quiere que sea el padre de todos sus hijos, que ponga esos labios únicamente en ella y que con esos ojos solo la mire a ella y a nadie más…

Menudo dios.

El príncipe de América.

¿Ahora ha decidido presentarse como candidato para presidente?

Habla con confianza y determinación.

Sé de primera mano que la política no es para los débiles. Estoy al tanto de lo que ha tenido que soportar mi padre para conseguir y mantener su puesto en el senado. Soy consciente del sacrificio, de la paciencia y de la disciplina que requiere servir a la gente. Sé que, a pesar de dar lo mejor de sí, las críticas lo han mantenido despierto por la noche más veces de las que se atrevería a admitir. Estoy convencida de que ser presidente no puede ser más fácil que ser senador. Y sé que Matt antes no quería esto.

Sin embargo, tras el asesinato de su padre, nuestra economía se fue a la mierda. Estamos básicamente en un punto en el que buscamos ayuda con urgencia, pero la situación es tan apremiante que probablemente no sea suficiente para seguir adelante.

Al final lo ha hecho. Ha dado un paso al frente.

—¡Así que no tienes excusa para no venir! —prosigue mi madre.

—Vale.

—¿Entonces aceptas, Charlotte? —Suena tan sorprendida que sonrío al pensar que la he cogido desprevenida.

Vaya, hasta yo estoy sorprendida de no haber respondido lo de siempre. Seguro que la culpa la tiene mi cumpleaños y otro año esperando un enorme cartel de neón que me señalice el camino hacia mi vida ideal, que sigue sin aparecer.

Otro año esperando ese momento que me diga: «Esta eres tú, esto es lo que estás destinada a hacer». Cuando pienso en la noche en la que los Hamilton vinieron a cenar, recuerdo que me sentía como si estuviera viviendo algo emocionante, histórico, significativo. Ese momento me marcó de muchas formas. No se puede expresar en palabras el asombro, el honor y la sorpresa de tener delante al presidente de Estados Unidos. Hace que también quieras hacer grandes cosas.

Puede que ver a Matt una vez más me ayude a tener las cosas claras. O, si no, al menos lo conoceré y sabré de qué pasta está hecho. Quizá vea si realmente es capaz de estar a la altura del apellido Hamilton.

Tengo curiosidad.

Estoy… intrigada.

Puede que incluso una parte de mí necesite convencerse de que mi enamoramiento infantil ha desaparecido de verdad.

O, quizá, como el resto del mundo, estoy sencillamente emocionada de que finalmente haya un hombre que pueda ganarse el respeto de ambos partidos, abordar las dificultades y realizar un trabajo importante.

—Iré con vosotros —acepto, para deleite de mi madre—. ¿Cuándo es?

Todavía soy esa niña
Charlotte

Me he mudado a mi propio piso cerca de las oficinas de Mujeres del Mundo. Tiene un dormitorio y mi ropero es de un tamaño considerable. Mi armario tiene más trajes de ejecutiva que otra cosa, ya que son indispensables para captar patrocinadores y conseguir oportunidades laborales para nuestras mujeres… Nuevas oportunidades que las inspiren a ser mejores.

Sin embargo, también hay una pequeña hilera de vestidos en el armario atestado de mi nuevo piso. Puede que no tenga docenas de opciones, pero para la noche de la fiesta de inauguración tengo más donde elegir que el único vestido que poseía a los once años.

Kayla se muere de celos, y Alan y Sam me han lanzado indirectas de que están dispuestos a venir conmigo al evento, en caso de que necesite acompañantes. He declinado, ya que voy con mi madre. Mi padre, como demócrata, no vendrá a apoyar a un candidato independiente. Pero mi madre tiene sus propias opiniones y, en lo que se refiere a cualquier cosa relacionada con los Hamilton, parece que yo también.

Me pregunto en qué clase de hombre se habrá convertido Matt Hamilton y si es el donjuán que pinta la prensa desde hace años, a medida que ha crecido la fascinación por él.

Al final me decido por el vestido amarillo de espalda abierta.

Me peino el cabello pelirrojo y me lo dejo caer por la espalda, añado una horquilla de cristal para mantenerlo apartado de mi frente y después bajo las escaleras. Mi madre me espera en el coche, un Lincoln Town.

***

La última vez que vi a Matt fue dos años y ocho meses después de aquella cena en casa de mis padres. Yo había crecido, ya era oficialmente una mujer y, como mi madre, llevaba un vestido negro. Él también iba de negro, estaba junto a su madre, que parecía minúscula y agotada cuando él la rodeó con un brazo.

Él era más adulto que en la cena, un poco más corpulento, mucho más masculino y sus ojos ya no brillaban al verme cuando seguí a mi padre y a mi madre para darle el pésame. Luego me senté atrás y traté de contener las lágrimas al ver a Matt enterrar a su padre.

Su madre lloraba en silencio y con delicadeza, y el país también lloraba. Ahí estaba él, fuerte y orgulloso, el chico al que su padre educó, el que fue entrenado para capear una tormenta y seguir adelante.

***

Nos rodean adornos blancos salpicados de plata y azul.

Me siento un poco fuera de mi zona de confort cuando sigo a mi madre hasta el salón. Cruzar las puertas es como abrir las páginas de una enciclopedia viva, llena de nombres importantes: políticos, filántropos, herederos, además de gente con cargos en lo más alto de las mejores universidades del país: Duke, Princeton, Harvard.

Y luego todos los artistas, poetas y escritores…

Ganadores de los premios Pulitzer y Nobel, y caras que se ven en los éxitos de taquilla del año… De alguna forma, todos ellos se desvanecen con Matt Hamilton en esta misma habitación.

Se encuentra en la parte más alejada, alto y de hombros anchos. Su pelo oscuro brilla bajo la luz de las lámparas. Lleva un esmoquin negro perfecto y una corbata de color plateado, y su impecable camisa blanca contrasta con el tono dorado de su piel.

La boca se me seca y parece que mi cuerpo se esfuerza más en bombear la sangre por mi sistema.

No es fácil perderle la pista a Hamilton. Es el niño mimado de los medios.

Primero adolescente rebelde, luego chico de universidad privada, y finalmente el hombre en el que se ha convertido. Es el aspirante más joven de la historia (cumplirá treinta y cinco años para el día de la toma de posesión) y mi madre dice que representa los años dorados que su padre nos regaló: crecimiento, trabajo, paz. Eso es lo que quiero. Cada uno de los miles de partidarios que están aquí esta noche quiere eso.

Mientras nos abrimos paso a través de la refinada multitud y con el ambiente cargado de perfumes caros, saludo a algunos de los conocidos de mi madre, todos vestidos para impresionar. Los famosos siempre han gravitado hacia los Hamilton, su presencia es un apoyo silencioso. Han pasado nueve años, más o menos, desde la última vez que vi a Matt. (En realidad, sé el tiempo exacto, pero quiero fingir que no lo he contado tan religiosamente).

Es más alto incluso de lo que parecía por la tele, supera a los demás en altura por unos cuantos centímetros.

Y Dios.

Es todo un hombre.

Cabello marrón oscuro. Ojos color café. Un cuerpo de dios griego.

Exuda confianza por todos los poros.

Incluso el traje negro que lleva puesto es perfecto.

Si alguna vez hubo un hombre con un aura de privilegio y éxito, ese es Matthew Hamilton.

Los Hamilton han sido influyentes desde su nacimiento. Su linaje se remonta a lores y ladies ingleses. Lo llamaban príncipe cuando su padre estaba vivo, ahora está a punto de subir al trono del rey.

Cuando la revista People lo nombró «Hombre vivo más sexy», Forbes lo nombró «Empresario de mayor éxito». Desapareció unos años tras terminar la carrera de Derecho para construir y expandir el imperio inmobiliario de su familia discretamente. A juzgar por la cantidad de furgonetas de prensa que veo desde el salón de la fiesta inaugural, el mundo se ha visto arrasado con la tormenta de su regreso.

Todos los titulares de la prensa de hoy incluyen el nombre Hamilton.

No he visto a tantas personas importantes juntas en un mismo sitio en toda mi vida. No puedo creer que todos hayan venido para apoyarlo.

Cuando soy consciente del alcance de la influencia de Matt, me siento repentinamente asombrada por haber conseguido una invitación para esta fiesta de inauguración.

En Mujeres del Mundo, ayudamos a mujeres que pasan por momentos difíciles en su vida: divorcios, problemas de salud y traumas. El espíritu de la organización es el de ayudar humildemente. Esto se trata más o menos de lo mismo; todo el mundo está unido por una causa común, pero la atmósfera aquí rezuma poder.

Las personas que se encuentran aquí son las que mueven y sacuden el mundo. Y, esta noche, su mundo se mueve en torno a Matthew Hamilton.

De pronto, veo a Matt charlando de forma distendida con una actriz. Está cariñosa con él, y lleva un vestido diminuto que enseña sus tonificados músculos, su culo respingón y sus firmes pechos.

El estómago se me retuerce, en parte por la envidia y en parte por la fascinación. No sé de qué podría hablar yo con esa mujer, pero no puedo evitar sentirme fascinada.

—Es muy guapo —susurra mi madre mientras nos dirigimos hacia él.

Mis nervios aumentan. Ya hay demasiada gente alrededor de él, a la espera de poder presentarse. Lo veo estrechar manos, la firmeza de su agarre, la forma en que establece contacto visual. Es tan… directo.

El nudo de mi estómago se tensa aún más.

—Creo que voy a sentarme por allí —susurro a mi madre, y señalo una zona de estar donde hay pocas personas y estaré más tranquila.

—Ay, Charlotte —la oigo quejarse.

—¡Yo ya lo conozco! Deja que los demás tengan la ocasión de hacerlo.

Impido que siga protestando y me dirijo apresuradamente hacia esa zona apartada. Desde ahí, observo a la multitud.

Es muy fácil para mí tener una conversación con la gente de mi trabajo, pero esta multitud intimidaría a cualquiera. Diviso a J. Lo con un vestido blanco de marca en una esquina de la sala. Bajo la mirada hacia mi vestido amarillo dorado y me pregunto por qué he elegido un color tan llamativo cuando sería mejor pasar desapercibida entre la gente. Puede que pensara que el dicho de «finge hasta que lo consigas» funcionaría, que tendría un aspecto tan sofisticado como todos los demás y que pronto también me sentiría así.

Dirijo la mirada de vuelta a la persona que ha motivado tanta agitación hoy.

Todo el mundo quiere saludar al príncipe Hamilton y veo que mi madre tardará un buen rato en conseguirlo, sobre todo cuando hay hombres que intentan llevárselo de la fila.

Examino el salón en busca de los baños y los diviso en la parte opuesta. Me pongo en pie, mantengo la vista al frente y paso junto a la fila, dejando atrás al increíblemente atractivo Matt entre un grupo de políticos, mientras voy en dirección al lavabo de mujeres, donde entro, me retoco el maquillaje y me arreglo un poco.

Tres mujeres charlan mientras se acicalan delante de los espejos.

—Quiero llevarlo encima como si fuera piel —ronronea una de ellas.

Me río por dentro y finjo que no me hacen gracia sus comentarios, sobre todo cuando son lo bastante mayores como para ser su madre.

Cuando salgo, cruzo el salón y me dirijo con decisión a mi mesa, pero me piso el dobladillo del vestido al llegar a la zona alfombrada. Bajo la mirada hasta mis zapatos y me levanto el vestido un par de centímetros, sin ralentizar el paso, y entonces choco contra una gran figura.

Un brazo sale disparado hacia adelante para agarrarme por la cintura.

Se me corta el aliento y me quedo paralizada cuando noto una mano en la cintura y que el lateral de mi pecho presiona contra un antebrazo fuerte. Alzo la mirada; recorro un pecho completamente plano, una corbata de color plateado, paso por una garganta bronceada, hasta que estoy mirando directamente a los ojos oscuros de Matt Hamilton.

Jadeo.

—¡Señor Hamilton! Perdone, no lo había visto. —Su brazo es cálido. Al ver que he recuperado el equilibrio, me suelta lentamente, y yo tartamudeo—. He tenido problemas con el vestido —suelto rápidamente—. No debería habérmelo puesto.

Me siento totalmente abrumada por su presencia, fuerte y atlética. Es enorme. Tiene una cara cincelada y bonita. Todo en él es tan atractivo que me duelen los ojos.

Odio que los dedos de mis pies se encojan ante su mirada.

—De verdad que no lo he visto. Para que lo sepa, no soy una fan loca. No intentaba llamar su atención en absoluto.

—Y, aun así, la tienes, sin duda. —Su voz es potente y profunda, pero su tono es juguetón y tiene una mirada brillante.

De pronto, me cuesta tragar saliva.

Sus labios empiezan a curvarse. Son atractivos y carnosos.

Unos labios para besar.

Para derretirse y fantasear.

Dios, su sonrisa es preciosa.

Aunque solo dure un segundo.

—Discúlpeme una vez más. —Sacudo la cabeza y exhalo, nerviosa—. Soy Char…

—Sé quién eres.

Aunque sus labios ya no esbozan una sonrisa, sus ojos brillan todavía más, si eso es posible. Apenas puedo soportar estar hablando con él; este hombre es lo más cercano a un dios que hay en nuestro país.

—Estoy bastante seguro de que todavía guardo tu carta en algún sitio —dice en voz baja.

Matt Hamilton sabe quién soy.

Matt Hamilton todavía tiene mi carta.

Por aquel entonces, él estaba en la universidad. Ahora, el hombre que tengo delante ha madurado del todo, ha madurado a la perfección. Y, Dios santo, no me puedo creer que le escribiera una carta.

—Ahora estoy doblemente avergonzada —susurro, y agacho la cabeza.

Cuando alzo la vista de nuevo, Matt se limita a observarme con una mirada directa que seguro que causa un gran impacto en todo aquel que la recibe.

—Dijiste que me ayudarías si alguna vez me presentaba a las elecciones.

Sacudo la cabeza, sorprendida, y río suavemente ante la idea.

—Tenía once años; solo era una niña.

—¿Eres todavía esa niña?

—Matt. —Un hombre le da un golpecito en el hombro y le hace un gesto para que vaya con él.

Él asiente al hombre, después se limita a mirarme mientras yo sigo ahí, desconcertada por la pregunta.

—Está ocupado. Mejor me voy… —digo, y me alejo entre la gente, dando unos pasos antes de mirar por encima de mi hombro.

Me observa.

Me mira como si estuviera un poco intrigado, y también como si se riera ligeramente por dentro, o puede que solo sea una impresión mía, porque al instante se da la vuelta, su espalda ancha se estrecha en una pequeña cintura, ofreciendo una vista espléndida mientras camina para saludar a sus emocionados seguidores.

—No me puedo creer que lo hayas saludado antes que yo, esa fila es mortal. —Mi madre ha aparecido de la nada y ahora está a mi lado—. Los peces gordos no paran de apartarlo de los demás. Ya vuelvo.

Se dirige de nuevo a la fila mientras yo me siento a la mesa otra vez y me pongo a charlar un rato con una de las parejas que hay ahí.

Aún estoy recuperándome del encuentro.

—Ah, la hija del senador Wells. Es un placer. No puedo decir que lo conozca, pero es un buen hombre. Votó en contra de…

—Hugh, venga ya —lo interrumpe su mujer, deteniendo al senador de edad avanzada—. Vamos a saludar a Lewis y a Martha —dice, y lo convence de ir con ella.

Me siento aliviada cuando se van, pues me da miedo decir algo embarazoso. Sigo aturdida por mi encuentro con Matt Hamilton y no parece que pueda centrarme en nada más.

Observo a mi madre aguardar pacientemente mientras seis personas delante de ella lo saludan, hasta que por fin consigue abrazarlo; parece diminuta y femenina frente a la forma alta y musculosa de él. Cuando terminan el abrazo, me sorprende verla señalar en mi dirección.

El estómago se me encoge cuando su mirada sigue la dirección del dedo de mi madre.

«Ay, Dios mío, ¿mi madre me está señalando?».

«¿Matt me está mirando?».

Nuestras miradas se cruzan y, durante un segundo, algo destella en sus ojos. Asiente, como si le dijera que ya me ha saludado.

Mientras conversan, su mirada sigue posada en mí.

Soy consciente durante unos instantes de la curiosidad de la sala al completo, que se pregunta a quién mira su nuevo candidato, pero no puedo apartar los ojos el tiempo suficiente para comprobar quién mira.

Dios. Incluso su postura es como la de un miembro de la realeza estadounidense.

Ha crecido hasta convertirse en una mezcla deliciosa de elegancia y sencillez, y en algún sitio bajo esa mirada de determinación veo algo primitivo que tira de mí.

Una mujer que pasa a mi lado se inclina para decirme algo al oído.

—Está tan bueno y es tan tentador como un coulant de chocolate. Y hace que la política sea emocionante —comenta.

La miro y luego vuelvo a buscar la mirada del ardiente Matt Hamilton mientras sigue saludando a la gente de la fila. Casi ha terminado, pero estoy segura de que no será por mucho tiempo. Una sombra le cubre la mitad de la cara, aunque veo que tiene la atención puesta en una pareja de personas de avanzada edad; su sonrisa es casi imperceptible, pero sigue siendo tan sexy y atractivo que hace que mis pulmones trabajen algo más de la cuenta.

Una vez termina de hablar con la pareja y consigue librarse de todos, se ajusta los gemelos.

Y empieza a caminar en mi dirección.

Está caminando en mi dirección.

El tío más bueno de la sala camina en mi dirección y mi corazón da unos mil vuelcos por segundo dentro de mi pecho.

Echo un vistazo por todo el salón e intento mostrar indiferencia, pero no soy tan buena actriz. Tengo miedo de mirar hacia esa cara bonita y descubrir que sabe el efecto que provoca en mí; me lleva un momento reunir el valor, cautelosa antes de ver la expresión que muestra. Más cautelosa cuando descubro que tiene los ojos fijos en mí.

En mí.

Ya no me mira.

Alguien lo ha detenido para charlar.

Exhalo.

Sin embargo, antes de que relaje los hombros, Matt le da una palmadita al hombre de mediana edad en la espalda, le estrecha la mano y empieza a caminar de nuevo en mi dirección.

Yo me quedo sentada, lidiando con estas emociones que no puedo reprimir.

Quiero hablar con él. Quiero explorar su cerebro. Tengo curiosidad, tengo sed profesional y puede que quiera apretarme contra él accidentalmente una vez más.

Para poder olerlo.

No, esto último definitivamente no.

En cualquier caso, estoy segura de que, con una bebida, estaré un poco menos nerviosa. ¡Pero ya es muy tarde para beber!

Antes de ponerme en pie para recibirlo, Matt —el puñetero Matt Hamilton, la perfecta chocolatina americana— se hunde en el asiento que hay a mi lado. Sus ojos quedan a la altura de los míos cuando se inclina adelante.

—Para que lo sepas, no soy un acosador loco que intenta llamar tu atención. —Su voz está tan cerca que es como si hubiera pasado un dedo por mi columna.

Y su timbre es como sexo sobre sábanas de seda.

Su aroma es un preludio del sexo.

Incluso sus ojos cálidos de color café parecen una invitación al sexo.

Río y me sonrojo.

Sus labios se curvan y su sonrisa traviesa es como un preliminar; uno de los que las chicas como yo solo vemos por la tele; de la clase que se filtra, desapercibido, hasta que tienes las braguitas en cualquier sitio excepto donde deben estar.

Ay, Dios. Nunca he visto a un tío tan bueno.

Me esfuerzo por reprimir un pequeño escalofrío.

—No te preocupes, también sé quién eres.

—Cierto. Pero seguro que no sabes lo en serio que voy en cuanto a obtener una respuesta.

—¿Perdón?

Se limita a sonreír y me examina la cara, contemplándome en silencio. No puedo evitar hacer lo mismo. Sus facciones parecen incluso mejor esculpidas ahora, masculinas al cien por cien, y cada centímetro de piel visible de su cuerpo parece haber sido acariciado por el sol.

Reparo en el brillo de su espléndido cabello y sus ojos, y noto que huele a colonia cara. El espacio que ocupa su cuerpo y la calidez que emana de cada centímetro atlético de él me hacen sentir calor por todo el cuerpo.

De verdad está aquí; delante de mí.

Mi estómago da un vuelco y yo me río tímidamente, y me paso las manos por el traje, nerviosa.

—Por aquel entonces, tenías muy claro que no te presentarías como candidato. ¿Cómo iba a saberlo? O sea. Mírate ahora —digo, señalándolo. A Matt Hamilton, nada menos, sentado a mi lado. Es evidente que le divierte verme nerviosa.

—Sé lo que piensas —me advierte con una expresión sobria, aunque hay un destello de diversión en sus ojos.

«¿Que estás como un tren?», me pregunto.

«¿Que no sé cómo provocas este efecto en mí? ¿Que por qué, después de todos estos años, sigues gustándome?».

—Créeme, no lo sabes —susurro, ruborizada.

Se inclina hacia adelante y atrapa un mechón suelto de mi cabello pelirrojo, da un tironcito y me observa mientras me lamo los labios por los nervios.

—Te preguntas por qué me he presentado.

—¡No! Me…

«… pregunto por qué estás aquí, charlando conmigo». No se lo digo y dejo la frase en el aire. Observo cómo se enrolla mi mechón pelirrojo en la punta del dedo índice y, luego, lo suelta tranquilamente; me mira mientras lo desenrolla del dedo con mucha, mucha lentitud, y lo deja caer de nuevo.

—Bueno… ¿qué tal estás? —pregunta con voz grave.

—Bien. No tan bien como tú, al parecer —matizo. Dios. ¿Estoy coqueteando? ¡Por favor, no coquetees, Charlotte!

—Lo dudo. De verdad que lo dudo mucho —responde Matt. Su voz sigue siendo muy grave y su sonrisa todavía se refleja en sus ojos, pero no en sus labios.

Da la impresión de estar tan centrado en mí que parece no darse cuenta de que todo el mundo mira en su dirección.

Yo estoy nerviosa a su lado, pero al mismo tiempo no quiero que se vaya.

—¿Sabes? Nos hemos visto tres veces y creo que no sé nada de ti salvo por las historias que oigo de vez en cuando —suelto—. Son tan contradictorias que no sé cuál creer.

—Ninguna.

—¡Venga ya, Matthew! —río, y entonces me doy cuenta de que lo he llamado por su nombre y de que lo he estado tuteando—. Es decir, señor Ham…

—Matt. Charlotte. A menos que todavía prefieras que te llamen Charlie.

—¡Dios, no! ¿Estás decidido a avergonzarme hoy?

—La verdad es que no. Aunque no puedo negar que encuentro bastante encantador el rubor de tus mejillas.

Sus labios se curvan de forma sensual y noto un aleteo en el estómago cuando me guiña un ojo.

Agacho la mirada, cohibida, y advierto que los pezones se me marcan bajo el vestido.

Mortificada, me dispongo a cruzarme de brazos para que no se vea, pero me doy cuenta de que él también lo ha notado. Lentamente, alza la mirada hasta la mía; su expresión no revela nada. Luego, vuelve a fijar la vista en la muchedumbre.

—Tengo que irme. Pero no voy a despedirme. —Arquea una ceja perfecta en un movimiento cargado de significado. Empuja su silla hacia atrás y se pone en pie.

Sus palabras me dejan confusa. No logro emitir una respuesta lo bastante rápido, así que se limita a sonreírme. Reflexiono sobre lo ocurrido durante el resto de la noche.

La verdad es que no sé cuánto tiempo nos quedamos mi madre y yo, pero lo que sí sé es que las tres veces que he mirado en dirección a Matt, él se ha dado la vuelta para devolverme la mirada, como si tuviera alguna clase de radar o simplemente notara que lo observaba.

En esas tres ocasiones, mi estómago ha enloquecido y he apartado la mirada de golpe.

Cuando estamos listas para marcharnos, mi madre se toma su tiempo para despedirse. Me planteo atraer la atención de Matt para desearle suerte antes de salir; ojalá no nos hubieran interrumpido y hubiéramos podido hablar un poco más. Lo busco entre la multitud, pero está ocupado y no quiero interrumpirlo. Mientras sigo a mi madre hacia la puerta, uno de sus viejos amigos congresistas se acerca para despedirse de las dos. Yo sonrío y asiento. Y, al pasar junto a su hombro, los ojos de Matt conectan con los míos y comprendo que ha estado observándome mientras me iba.

Me sonríe y asiente levemente, y hay algo en su sonrisa y en ese gesto que hace que me invada una extraña expectación.

¿Expectación? ¿Por qué? Sencillamente, no lo sé.

***

Voy en la parte de atrás del coche con mi madre, incapaz de dejar de pensar en lo que Matt me dijo al acercarse a mí. Detesto no poder controlar el efecto que tiene en mí.

—Ganará —dice mi madre en voz baja.

—¿Tú crees? —pregunto.

El deseo de que gane me golpea de pronto con muchísima fuerza, casi me abruma. Sentada allí, hablando con él, noté una competencia real en él y una fuerza que hace que quieras aferrarte a ella. Lo cual es una tontería, pero ¿no queremos un presidente fuerte? Queremos a alguien que no pierda la calma durante una crisis, alguien seguro de sí mismo, alguien real.

—Bueno, su comunicado ha causado bastante revuelo. Pero los demócratas y los republicanos no renunciarán a la presidencia tan fácilmente —continúa mi madre, y yo aprieto los labios.

Cuando empiezo a salir del coche, mi madre dice:

—Charlotte, sabes lo mucho que odio que vivas aquí sola…

—Mamá —gruño. Sacudo la cabeza y frunzo el ceño a modo de reprimenda. Después me despido de ella con la mano y cierro la puerta del coche.

Esa noche no es la primera vez que sueño con Matt Hamilton en los últimos once años, pero es la primera donde el chico del sueño tiene exactamente el mismo aspecto que tenía él en la fiesta.

La mañana siguiente
Charlotte

Todavía pienso en la noche anterior de camino a Mujeres del Mundo. Trabajo ahí con mi madre desde los dieciocho, alternando mis estudios en Georgetown y horas de servicio social en el centro. Ayudo a dirigir la organización y normalmente me dedico a recaudar fondos, buscar trabajo y dar charlas de apoyo a las mujeres que acogemos. Acabo de terminar una llamada cuando un hombre alto de cabello oscuro pero con bastantes canas se presenta en la puerta de mi despacho y llama.

—Hola, Charlotte. Buenos días. —Habla con la familiaridad de un viejo amigo.

Su cara me suena, pero no consigo adivinar de qué lo conozco.

—Benton Carlisle… —Extiende una mano que rápidamente estrecho—. Por desgracia, no tuvimos la oportunidad de presentarnos anoche. Soy el director de la campaña de Matt Hamilton.

El corazón me da un vuelco aunque yo no quiera.

—Ah, claro, señor Carlisle, disculpe. Aún no he tomado café. Por favor, siéntese.

—No me quedaré mucho tiempo. Solo he venido en nombre de Matt.

—¿Matt? —pregunto.

—Sí. Desea invitarte oficialmente para que te unas a su campaña.

Si ver al director de la campaña de Matt en mi despacho no es una sorpresa lo bastante grande, esto sí que lo es.

—Me…

—Me dijo que fuiste la primera en ofrecerle ayuda y no quiere rechazar su primera propuesta.

Abro los ojos como platos.

—Señor Carlisle…

Se ríe.

—Admito que me tomó por sorpresa. La mayoría de la gente que hemos contratado tiene experiencia, algo de lo que tú careces. Y, aun así, aquí estoy, a primera hora de la mañana. —Me mira como si se preguntara qué he hecho para merecer esto y no me gustan sus posibles suposiciones.

—Es cierto que no tengo experiencia. Le agradezco la propuesta, pero me temo que tengo que rechazarla.

—Está bien.

—Pero, por favor, dele recuerdos al señor Hamilton.

—Lo haré. —Deja su tarjeta en mi mesa—. Por si hay algo que podamos hacer por ti.

Nos estrechamos la mano y se marcha con la elegancia y discreción con la que ha entrado. Cuando está fuera de mi vista, me dejo caer sobre la silla, asombrada.

Me dedico el resto del día a mis tareas, pero, cuando regreso a mi piso, me siento en el sofá, mi querido gato Doodles se coloca en mi regazo y me pregunto por qué he rechazado la oferta. Siempre he querido hacer algo importante por mí misma, sin contar con la ayuda de mis padres. ¿Trabajar en una campaña no sería apasionante? ¿Emocionante? ¿Por qué no acepté enseguida? Me pregunto si mi temor tiene que ver con el mismo motivo por el que sería apasionante y emocionante. Porque implicaría estar cerca de Matthew Hamilton, y él es, por una parte, quien me inspira a aceptar y, por la otra, quien me hace querer mantener una distancia de seguridad.

***

Esa noche, veo un programa de la tele donde uno de los candidatos dice cosas completamente fuera de lugar sobre los inmigrantes y refugiados pobres, y también asegura que subirá los impuestos para que volvamos a tener el mejor ejército del mundo.

Tal y como lo cuenta, parece que negarse a ayudar a los que sufren es el único camino para poder regresar a nuestros días dorados.

Aprieto los labios y apago el televisor.

Quizá pueda ayudar. Yo creo en él. Creo que es mejor que cualquier otra opción de las que han sacado por la tele.

Cojo la tarjeta de Carlisle y lo llamo.

—Señor Carlisle, soy Charlotte Wells. He estado pensando en la oferta… y sí. Quisiera ayudar. Estoy lista para contribuir de cualquier forma y puedo empezar el lunes.

Hay un silencio de sorpresa.

—Matt estará encantado.

Me envía la dirección donde tengo que presentarme el lunes, después cuelgo y me quedo mirando el teléfono con los ojos muy abiertos. ¡Ahí va! Acabo de aceptar un trabajo en la campaña de Matthew Hamilton.

Primer día
Charlotte

Miro fijamente por la ventanilla del taxi mientras me dirijo a la sede de la campaña presidencial de Matt Hamilton.

Es un día despejado de febrero. La fuerza sosegada de Washington D. C. parece un recordatorio permanente de que este es el hogar de la poderosa sede ejecutiva del país. Monumentos, alfombras verdes y políticos que llenan las cafeterías y las calles pasan rápidamente; Washington se alza con orgullo y fuerza como la ciudad más elegante de la nación.

No viviría en otro lugar. Cualquier cosa fuera de aquí no es más que una aventura pasajera.

Mi pulso está en Washington D. C.

El pulso de la nación está en Washington D. C.

Si Nueva York es el cerebro y Los Ángeles, la belleza, Washington D. C. es el corazón. Sus monumentos tienen alma; todos ellos son testimonio de la fuerza y la belleza de la vida estadounidense.

El taxi recorre el centro de la ciudad. Pasamos por el laberinto del Pentágono, a lo largo del río Potomac, junto al Monumento a Lincoln, las paredes blancas e inmaculadas de la Casa Blanca y la cúpula del Capitolio.

No sé por qué estoy aquí.

¿Qué me ha llevado a dejar mi trabajo en Mujeres del Mundo?

En la televisión han puesto su comunicado una y otra vez, y yo he reproducido la fiesta de inauguración en mi cabeza también una y otra vez.

No… Sé muy bien por qué estoy aquí. Porque me lo pidió, quizá. Y porque quiero hacer historia, por pequeña que sea mi aportación.

***

Salgo del taxi y rebusco en mi bolso con el edificio de dos plantas, sede de la campaña de Matt Hamilton, frente a nosotros.

Pago al conductor y, en cuanto empiezo a recorrer la acera, la esperanza y la expectación me invaden de nuevo.

Una mujer de mediana edad con una voz elegante y unos andares aún más elegantes me guía por el interior.

—Está listo para recibirla. —Señala hacia el área principal del segundo piso, donde un grupo de personas se agolpa ansiosamente alrededor de Matt: más de un metro ochenta de cuerpo atlético, inteligente e imposiblemente atractivo, vestido con unos pantalones grises y una camisa negra, y toda la gente mira hacia el extremo de una larga mesa.

Matt tiene los brazos cruzados y frunce el ceño con algunos de los eslóganes que le enseñan.

—Este no me convence. —Su voz es profunda y vibra con ese aire pensativo que lo rodea mientras da golpecitos con el dedo a algo que no le gusta—. Huele a embustes, y no nos identificamos con eso.

Nos, es decir, él y su equipo.

Parece un tío con los pies en la tierra, no es pretencioso, incluso cuando es sin lugar a dudas el más famoso de todos.

—Charlotte.

Levanta la cabeza y me ve. Sus ojos se llenan de esa risa que recuerdo tan bien, y no veo qué le parece tan gracioso de mí. Pero sonrío de todas formas; su sonrisa es contagiosa.

Al acercarse a mí apresuradamente, irradia ese encanto que hace que todo el mundo quiera ser su amigo; o su madre; o, mejor aún, su mujer. Es cierto que desprende ese aire al que un reportero hizo referencia en una ocasión: «Hay algo en él que da la sensación de que necesita un poco de amor». Una sombra triste en sus ojos que lo hace todavía más atractivo.

Es el hombre que su padre instruyó y también el hombre que una nación entera esperaba.

Los Hamilton inspiran más lealtad que cualquier otra familia que haya estado en el poder ejecutivo.

Su mano aprieta la mía.

—Señor Hamilton.

—Matt —corrige.

Su mano es cálida, grande; lo cubre todo. La siento deslizarse sobre la mía, la estrecho y trato de sostenerle la mirada, pero, mientras aprieta su agarre, es como si me apretujara todo el cuerpo. Estoy de los nervios y me parece que la culpa es del brillo de sus ojos y de esa cara atractiva que sugiere «ámame, llévame a casa y cuídame, o fóllame».

Deja caer la mano a un costado y la introduce en un bolsillo, y yo lo miro un segundo y me pregunto si él también ha sentido esa descarga eléctrica cuando me ha tocado.

Luego baja la mirada hasta mis manos, como si, al igual que yo, hubiera caído en la cuenta de lo pequeñas que son mis manos en comparación con las suyas.

—¿Te estás adaptando bien?

—Sí, señor. Estoy absolutamente encantada de estar aquí.

—Matt… —lo llama alguien.

Inclina la cabeza hacia un hombre que le entrega un teléfono; entonces extiende su mano libre y la posa ligeramente en mi hombro mientras inclina la cabeza ante mí.

—Nos pondremos al día, Charlotte.

Me aprieta el hombro ligeramente con la mano y su toque me abrasa. No me lo esperaba. Aunque el contacto tan solo dura un segundo, envía una ola de calor por todo mi cuerpo. Los dedos de los pies se me encogen dentro de los zapatos.

No puedo evitar observarlo mientras eleva el teléfono hasta su oreja y se retira a su despacho para atender la llamada.

Dios, estoy metida en un buen lío.

«¡Céntrate, Charlotte!».

«No. En su culo, no».

Aparto la mirada y me obligo a sonreír mientras me indican dónde se encuentra mi cubículo.

***

Mi primer día consiste en un resumen básico de mis tareas como asistente política.

—¿Por qué se ha presentado como candidato? Lleva años intentando proteger su privacidad a toda costa.

Dos muchachas hablan junto a la mesa, una de cabello oscuro y la otra de cabello rubio y corto con un peinado bob.

—Es verdad. Habrá cambiado de idea —le dice la rubia a la morena.

Echan un vistazo en su dirección; resisto el impulso de hacer lo mismo.

Matt se ha convertido en el centro de atención después de pasar años luchando con reporteros obsesionados por tener privacidad. De algún modo, los ingeniosos periodistas consiguieron infiltrarse en Harvard cuando empezó la universidad y, siempre que participaba en algún evento, en lugar de la causa que tan generosamente trataba de impulsar con su presencia en esos actos, era él quien acababa en los titulares.

Eso le molestaba.

—Cuando me ofreció el trabajo, le pregunté: «¿Por qué yo?». Y él me contestó: «¿Y por qué no?» —añade la rubia—. Porque estás tan bueno que ninguna mujer puede trabajar cerca de ti y pensar con claridad —se responde a sí misma entre risas.

Sonrío y me concentro en organizar mi escritorio.

Mi despacho es perfecto, con vistas a la ciudad. Fuera de este edificio, todo parece sereno; el país funciona como siempre, pero algo bulle en este recinto, en mis compañeros de trabajo, en mi interior.

Después de situarme, me dirijo a la pequeña cocina para prepararme un café. Con la taza llena, me doy la vuelta al oír pasos detrás de mí, pero calculo mal lo cerca que está la persona que acaba de llegar. Me sobresalto cuando choco contra ella y derramo un poco de café en sus zapatos.

Me siento avergonzada. «¡Venga ya, Charlotte!». Separo de la taza mis dedos manchados de café y la dejo a un lado para coger servilletas.

—No me lo puedo creer; tus zapatos. —Empiezo a agacharme, pero la rubia del peinado bob también se agacha y llega antes que yo.

—No pasa nada. Un poco de emoción nunca ha hecho daño a nadie. —Sonríe—. Soy Alison.

Extiende la mano y yo se la estrecho.

—Soy la fotógrafa oficial de la campaña.

—Yo soy Charlotte.

—Charlotte, sé cómo puedes compensármelo.

Me pide que la siga y nos dirigimos al despacho de Matt; ella lleva su cámara colgada del cuello. Cuando comprendo que estoy a punto de verlo, me paso los dedos por el pelo nerviosamente. Diviso sus hombros anchos y su atractiva silueta en la silla detrás de la mesa; está guapísimo y ocupado, leyendo unos papeles.

Mientras lee, mi dedo se engancha en un pequeño nudo de mi cabello y, rápidamente, trato de deshacerlo. Cuando finalmente lo consigo, reúno el valor para mirarlo; Matt me observa con el ceño fruncido.

—¿Quieres salir en la foto conmigo? —Su voz es baja e increíblemente profunda.

Me quedo mirándolo, confusa.

—Uy, qué va. Para nada.

—¿Todo ese esfuerzo y no dejas que el mundo lo disfrute? —pregunta. Su expresión es indescifrable mientras alza una ceja, señalando mi pelo.

«Oh, Dios».

Me ruborizo. Dicen que Matt disfruta de la vida, disfruta tanto de ella que quiere cambiarla. Sonrío, demasiado nerviosa, y me limito a quedarme a un lado mientras Alison prepara la cámara.

—¿Aquí, Matt? —pregunta.

—¿Por qué no hacemos algo más natural? —Su mirada oscura se detiene sobre mí mientras dobla un dedo para indicarme que me acerque—. Charlotte, ¿podrías pasarme uno de los impresos que están detrás de ti? —pregunta con la voz un poco ronca.

Con un nudo de nervios en la garganta, tomo uno y me acerco a él, consciente de que observa cada paso que doy; oigo los clics del obturador.

—Fantástico —dice Alison.

Matt toma la carpeta con una elegancia perezosa. Su mirada sigue clavada en la mía y su voz todavía es increíblemente profunda e inquietante.

—¿Ves? Sabía que había un motivo por el que te había traído. Haces que tenga buen aspecto —comenta en señal de aprobación. Sus labios se curvan ligeramente.

Alzo las cejas; él arquea las suyas también, como retándome. El calor me repta por el cuello y las mejillas. En realidad, no hay nada que pueda hacerle quedar mejor de lo que está.

Cuando regreso a casa, me siento más que avergonzada. «Adelante, queda como una tonta enamoradiza, Charlotte», me riño mientras me dirijo a mi piso.

***

Al llegar a casa, tengo en mente el conjunto más serio que poseo. No importa si soy bajita y tengo cara de niña; quiero que la gente me tome en serio. Los pies me están matando, el cuello también, pero no me pongo el pijama hasta sacar del armario un traje de color negro hollín de ejecutiva: unos pantalones y una chaqueta corta negra para mañana. Extiendo el conjunto en la silla situada junto a mi ventana y lo miro con ojo crítico. Es formal y está impoluto; ese es exactamente el aspecto que quiero tener mañana.

Matt Hamilton va a tomarme en serio como que me llamo Charlotte.

Mis padres están orgullosos.

Kayla me ha mandado un aluvión de mensajes, quiere detalles.

Dedico un rato a responderle, sola en mi piso.

No me había dado cuenta de lo sola que me sentiría durmiendo en mi piso sin nadie más. «Querías ser independiente, Charlotte. Pues ya está».

La luz de mi contestador parpadea y aprieto el botón de reproducción de mensajes.

«Charlotte, no me gusta nada que estés ahí, en ese pisito, sobre todo con lo que haces ahora. A tu padre y a mí nos gustaría que regresaras a casa si realmente quieres trabajar en la campaña durante un año. Llámame».

Gruño. «Ay, no, mamá».

Durante años, hablamos sobre la posibilidad de independizarme y labrar mi propio camino cuando cumpliera los veinte. Mi madre no estaba conforme al acercarse la fecha y yo todavía estaba en la universidad y podía hacer alguna tontería, así que lo pospuso hasta los veintidós. Ahora, un mes después de mi cumpleaños, me lo he ganado, me he mantenido en mis trece y me he negado a que posponga la fecha otra vez.

Ella insistía en que el edificio era relativamente inseguro, con solo un portero. Si alguno de los vecinos lo llamaba para que subiera a su casa, la puerta y el vestíbulo quedarían desatendidos. Era pequeño, incómodo e inseguro.

Yo pensaba que era perfecto. Bien situado y con el tamaño apropiado para mantenerlo limpio y ordenado, aunque todavía no he conocido a casi nadie excepto a dos de mis vecinos: una familia joven y un veterano del ejército. Y sí que me da la sensación de que, por la noche, hay cosas que crujen, y me mantienen despierta. Pero este es el primer paso para labrar mi propio camino.

Me tumbo en la cama y pongo el despertador para mañana. Estoy físicamente exhausta, pero, en mi cabeza, revivo el día de hoy una y otra vez.

Pienso en la campaña, en Matt y en el asesinato del presidente Hamilton. Pienso en nuestro presidente actual y en mis esperanzas con respecto a nuestro futuro presidente.

Toda la gente que conozco, todo el que es consciente de sí mismo y su potencial… Todos queremos influir, contribuir, trabajar en algo que nos importe. Ahora sigo un nuevo camino que yo he establecido. Soy joven y algo insegura, pero estoy contribuyendo a cambiar las cosas, aunque sea solo un poco.

El equipo
Matt

En las campañas presidenciales no solo se necesita al candidato adecuado; se necesita el equipo adecuado. Ojeo las docenas de carpetas desperdigadas en mi escritorio. Llevo seis tazas de café y doy el último sorbo mientras reflexiono sobre la última incorporación a mi equipo.

—Mujeres del Mundo, Charlotte Wells. Es prácticamente una becaria, no tiene experiencia. ¿Estás seguro de esto? —preguntó Carlisle.

Tomé la decisión delante de una caja de donuts, burritos vegetarianos, latas de refresco y botellas de agua de sabores.

No puede decirse que Charlotte sea guapa, es demasiado impresionante para eso. Uno no olvida sin más una cara como la suya.

Su cabello pelirrojo le cae por los hombros como una llama. Y ese brillo en sus ojos. Es activa, sin complejos, exquisita. A pesar de haber sido educada como la hija de un senador, hasta ahora se ha visto libre de escándalos políticos, libre de los negocios sórdidos con los que se asocia a veces la política.

Está más capacitada para este trabajo de lo que cree Carlisle. Soy consciente de su reticencia, pero estoy convencido de que Charlotte demostrará con creces lo que vale.

En lugar de contratar a los aliados políticos experimentados de la época de mi padre, todos muy deseosos de apoyarme, estoy eligiendo a personas que quieren marcar la diferencia, que piensan en los demás antes que en sí mismos y en sus bolsillos.

Estoy decidido a tenerla en mi equipo.

Antes incluso de fijarme en ella en la fiesta de inauguración, ya había planeado pedirle a Carlisle que llamara a aquella niña que había conocido, la que había llorado un océano y medio en el funeral de mi padre. La de la carta que releí, por algún motivo, el día en que mi padre murió.

Después de la fiesta de inauguración… digamos que ha estado en mi cabeza, y no solo porque es preciosa y en otra vida me habría gustado deslizar las manos bajo su vestido y acariciar su piel, inclinar la cabeza y besarla en la boca durante un buen rato. No, no por eso, sino porque le encanta la presidencia, siempre le ha gustado.

Y ahora está confirmado que trabajará en mi equipo gracias a Carlisle. Él es mi director de campaña y quien lo lleva todo. Ya hemos reclutado a asesores de prensa, jefe de estrategia y encuestador, director de comunicaciones, director de finanzas, asesor de medios, secretario de prensa, portavoz, director de estrategia digital y fotógrafa oficial.

Tenerlos a todos en la sede de la campaña me proporciona una sensación de satisfacción; hemos formado un equipo que nos llevará sin problemas a las elecciones de este año.

Estoy listo para acabar el día, así que doy una palmadita a Carlisle en la parte posterior de la cabeza y digo:

—Confía en mí. —Cojo las llaves de mi coche y salgo.

***

Vivo en un piso de soltero de dos dormitorios cerca del Capitolio. Dista mucho de las ciento treinta y dos habitaciones y la superficie interminable de la Casa Blanca. Es moderno y del tamaño perfecto para tenerlo todo bajo control sin problemas. Además, mi madre vive a tres manzanas. Aunque tiene una agenda social apretada y un novio que lleva cinco años intentando que se case con él, sin éxito, me gusta tenerla cerca.

Mi perro, un cruce entre pastor alemán y labrador, se pone a ladrar cuando inserto la llave en la cerradura. Es de color negro brillante y los medios lo llaman Black Jack; es más famoso que el perro de Taco Bell. Sus ojos son casi tan negros como su pelaje y, afortunadamente, ya ha pasado la fase en que mordía todos mis zapatos hasta destrozarlos. Está detrás de la puerta y ladra tres veces. La abro y da un brinco.

Lo atrapo con una mano, cierro la puerta con la otra y lo dejo en el suelo. Viene conmigo a la cocina. Lo adopté una vez que di una charla para sensibilizar sobre la adopción animal. Jack era un cachorro por entonces, a la madre la encontraron en las calles, encogida sobre él y sobre sus dos hermanas muertas.

La Casa Blanca será algo radicalmente distinto de sus comienzos.

Aprieto el botón para escuchar los mensajes del contestador.

«Matthew, soy el congresista Mitchell. Enhorabuena, puedes contar conmigo».

«Matthew, soy Robert Wells, muchas gracias por la oportunidad que le has brindado a mi hija. Es evidente que puedes contar con el apoyo de la familia… Quedemos para comer alguna vez».

«Matt —esta vez es una voz femenina que no reconozco—. Espero que recibas este mensaje. Estoy… estoy embarazada. Me llamo Leilani. Estoy embarazada de tus hijos… son gemelos. Por favor, necesitan a su padre».

Saco una botella de cerveza Blue Moon de la nevera y un plato del horno. Borro los mensajes, enciendo la televisión, apoyo los pies y empiezo a comer mientras espero a Wilson.

Quería quedar y le dije que las diez era lo más temprano que podía.

Entra en el piso y va a buscar una cerveza, luego se deja caer en el sofá a mi lado. Tiene casi cincuenta años y aún está soltero, así que pasa tiempo con su sobrino en sus días libres del Servicio Secreto. Es sorprendente que no se haya puesto en contacto conmigo después de soltar la bomba presidencial por todo el país.

Me observa durante un momento y junta los dedos de las dos manos mientras me mira directamente a los ojos.

—Pues aquí estamos.

—Aquí estamos. —Sonrío y tomo un trago.

Por la expresión de Wilson, parece que no esperaba decir eso, lo que encuentro ligeramente divertido.

—Vi el comunicado. Vaya, nunca pensé que te oiría decir eso. —Se pasa una mano por su cabeza calva y la deja caer, mirándome como si esperara una explicación.

Yo me limito a alzar la cerveza para brindar.

—¿Por qué? —pregunta.

—Diez años es mucho tiempo para pensárselo. Es una idea que siempre ha estado aquí… —Giro un dedo, simbolizando los engranajes de mi cabeza.

—Hay quien dice que deberías haber esperado a las siguientes elecciones, hasta ser un poco mayor.

—Ya, pero no estoy de acuerdo. Estados Unidos no puede esperar más. ¿Día libre?

—He dimitido.

Me detengo con la cerveza a medio camino de mis labios.

—Me necesitarás —explica Wilson—. Y quiero formar parte de esto.

Estoy tan sorprendido que guardo silencio. Entonces me pongo en pie y Wilson se levanta (la costumbre, supongo), y le doy la mano.

—Te meteré en la Casa Blanca de nuevo.

—No, yo te meteré a ti. De una pieza. Sé de muchas damas que estarían agradecidas por ello. Y tu madre también.

—¿Te ha contratado ella? —pregunto, inseguro sobre si reírme o quejarme cuando volvemos a sentarnos.

—No. He tomado mi propia decisión. Pero sí que ha llamado: está preocupada.

—He permanecido en la sombra para calmar sus miedos, Wil. Pero ya no puedo quedarme más ahí. —Sacudo la cabeza, luego lo examino con curiosidad—. ¿Cuándo empiezas?

—Mañana —dice.

Estamos tan acostumbrados el uno al otro que no nos saludamos ni nos despedimos; simplemente se levanta y se marcha.

Cojo el mando para cambiar de canal y entonces los presentadores se ponen a hablar de las personas seleccionadas para mi equipo.

«Eso es, Violeta, parece que Matt Hamilton está más interesado en traer sangre nueva que experiencia a la campaña. Tendremos que ver si este método resulta efectivo a medida que nos adentremos en el año electoral… Tenemos alrededor de una docena de nombres confirmados como parte del equipo de campaña. Una de las asistentes políticas más jóvenes en el equipo es la hija del exsenador Wells…».

Nada que no sepa ya. Una fotografía de Charlotte aparece en la pantalla; lleva el pin de mi padre en la solapa. Me inclino en el sofá y me limito a examinarla, la sonrisa de su cara, la expresión de sus ojos, y no puedo creerme lo atractiva que es.

«El motivo de su inclusión entre el personal permanente es un enigma, y la especulación en torno al motivo por el que Hamilton la ha elegido…».

—Por una corazonada —contesto en voz alta, y me reclino en cuanto la imagen desaparece. Luego, alzo la cerveza y le doy un trago.

«Parece tener un sólido trasfondo católico y predilección por ayudar a los necesitados. Esa cara angelical definitivamente no se ganará enemigos…».

—Además, no la habéis mancillado, es pura —continúo, y dejo la cerveza a un lado mientras miro las imágenes de ella en la pantalla.

Han pasado casi diez años desde el funeral de mi padre, pero todavía recuerdo cómo lloraba, como si también fuera su padre.

«Tenemos una instantánea de la joven abrazada a Matt Hamilton en el funeral del presidente Hamilton. ¿Crees que puede haber algún lío amoroso?»

—No… de momento —murmuro. ¡Vaya! ¿Acabo de decir eso?

«No pasará, Hamilton. Ahora no».

Joder.

Me termino la comida y llevo el plato a la cocina para dejarlo en el fregadero, donde frunzo el ceño y me inclino cuando su cara vuelve a aparecer en mi mente. Charlotte, con ese vestido amarillo brillante. La confirmación de Carlisle de que había aceptado unirse a la campaña.

Me confunde lo mucho que me ha afectado eso y lo mucho que la quiero cerca. Regreso a la sala de estar para oír el resto.

«La verdad es que no. Hamilton ha tenido mucho cuidado con eso, es un hombre muy discreto».

«Es cierto que desde su abrupta salida de la Casa Blanca se ha hecho con la simpatía y el apoyo del público. El número de seguidores que ha ganado hasta ahora no tiene precedentes para alguien independiente y, al parecer, le llueven las donaciones incluso antes de que los eventos para recaudar fondos empiecen. Será interesante ver qué hace este equipo de personas bastante jóvenes pero impresionantes. Se esperan estrategias originales e inventivas para llegar al público, y una gran campaña por internet».

Me froto la nuca y apago el televisor.

Estoy acostumbrado a la atención. A mi madre nunca le pareció bien la disposición de mi padre para usarme con fines publicitarios. Se esforzó todo lo posible por salvaguardar mi privacidad, y supongo que, antes de esto, yo también.

Pero mi padre me enseñó que la prensa no tenía que ser el enemigo, que podía ser amiga o una herramienta para ayudar a su administración. Durante aquellos años en la Casa Blanca siempre estábamos rodeados de un ejército de prensa y fotógrafos hábiles. El único respiro lo encontrábamos en Camp David, donde no tenían permiso para entrar. No obstante, rara vez fuimos allí, a pesar de lo mucho que le gustaba a mi madre ese sitio de vacaciones. Mi padre sentía que pertenecía al pueblo e insistía en ser tan abierto y estar tan disponible como fuera posible.

«Paso mucho tiempo fuera, quiero que me conozcas», me decía.

«Te conozco», respondía yo.

Yo lo acompañaba al exterior, al jardín sur, y luego se subía al Marine One. Por supuesto, yo era un adolescente fascinado con todo lo militar.

«¿Qué opinas?», preguntaba a todo el mundo, con el orgullo paternal de cualquier padre estadounidense. «Algún día será presidente », decía.

«Ah, no», me reía yo.

Le habría encantado verme intentándolo.

Sin embargo, falleció hace más de diez años.

Cuando sucedió, mi madre recibió la llamada de un senador de Estados Unidos.

Mi abuelo se enteró por la televisión de que su hijo había muerto.

Lo único que recuerdo del funeral es a mi madre besando la parte superior de su cabeza, sus dedos, sus nudillos y sus palmas antes de colocar su alianza en la mano de él y llevarse la de mi padre.

El vicepresidente envió una carta a mi madre y otra para mí.

«Matt, soy consciente del hombre fenomenal y del gran líder que era tu padre. No lo olvidaremos».

La carta era un amable recordatorio de que mi madre y yo nos habíamos quedado sin casa por primera vez en nuestra vida.

Tras el funeral de estado, hicimos las maletas, ya que la familia del nuevo presidente se iba a instalar en la Casa Blanca. Eché un vistazo al Despacho Oval por última vez, a las paredes, al escritorio, a la silla vacía, y me fui de allí sin imaginarme lo decidido que estaría a regresar dos legislaturas después.

La primera semana
Charlotte

No duermo bien. Sueño con la campaña, con quién ganará las primarias para los partidos políticos más importantes, y también sueño con el día en que el padre de Matt fue asesinado.

Aún es de noche cuando despierto. Me doy un baño caliente, aunque no estoy muy cansada pese a que no he dormido bien. La adrenalina producida por mi entusiasmo me impulsa y casi tropiezo medio desnuda en la cocina. Me visto mientras desayuno.

Llevo una falda de color caqui, una sencilla camisa blanca de botones y un par de zapatos abiertos con un tacón moderado de seis centímetros. Me recojo el pelo hacia atrás con una práctica coleta, no demasiado apretada, solo lo suficiente como para que no se suelten mechones rebeldes.

El entusiasmo en la sala es palpable cuando llego al edificio. Los teclados hacen clic, los teléfonos suenan, la gente está ocupada y recorre los pasillos de un sitio a otro apresuradamente. Hay respeto en el ambiente, gratitud por estar aquí.

Queremos que nuestro candidato gane.

Matt nos pregunta qué queremos de nuestro próximo presidente, qué queremos para nuestro país. Mientras el grupo reflexiona, esa mirada ridículamente sexy se clava en mí.

—Si tuvierais un genio que os concediera tres deseos, ¿cuáles serían?

Cada palabra que emite es como una proposición indecente. Las mujeres a mi alrededor parecen acaloradas. Me pregunto si todas pedirían acostarse con él como primer deseo y casarse con él como último, igual que yo.

Una mujer levanta la mano.

—Empleo, salud y educación. Es lo que todos queremos; así nos sentimos valorados, ocupados, sentimos que tenemos algo que ofrecer. El amor es imposible de conceder, pero si nos mantenemos ocupados, si nos sentimos útiles y valorados, obtendremos amor propio.

—Yo seré vuestro genio. Tienes razón: el amor no es algo que yo pueda conceder. Pero en lo que respecta a esos tres deseos, seré un genio para todo aquel que dé toquecitos a mi lámpara. —Golpea la mesa con el puño y luego nos deja con el trabajo por hacer, charlando inspirados.

Todos queremos impresionarlo. Todos queremos sentir que hemos hecho algo por esta campaña. Si Matt Hamilton sale elegido como presidente, haremos historia.

Miro a los encargados de crear los eslóganes.

hamilton es el cambio

una nueva visión

predestinado a liderar

el cambio que necesitamos

la voz que merecemos

por el futuro

Eslóganes para captar lo que representa.

liderazgo para el pueblo

el más capacitado para el cargo

Mi favorito: nacido para esto.

Me adapto a este ambiente de trabajo durante la mañana, y me alegra decir que me adapto bien.

El teléfono empieza a sonar desde el mediodía y ya no para. Voy a contestar tan frenéticamente que casi se me cae.

—Sede de la campaña de Matt Hamilton.

—Matt, por favor —exige una voz masculina.

—¿De parte de quién, por favor?

—Su padre, Law.

Los demás asistentes me lo han advertido, por supuesto. Pese a todo, es difícil permanecer imperturbable con una afirmación como esa.

—Lo siento, necesito su nombre, por favor.

—Soy George Afterlife, soy clarividente y su padre me está usando para comunicar un mensaje. Es imperativo que hable con él enseguida.

Es difícil ignorar el tono de desastre inminente al otro lado de la línea.

—Señor Afterlife, si desea dejar un mensaje, me aseguraré de que lo reciba.

—¡Matt, soy tu padre! —empieza a gritar el hombre, cambiando la voz.

—Matt no puede atenderlo ahora, pero si deja un mensaje…

—Tengo que hablar con Matt: conozco la conspiración que está detrás de mi asesinato.

Durante los siguientes diez minutos, intento que el hombre deje un mensaje, pero lo único que me da es un número. Yo lo anoto.

El teléfono suena de nuevo y me da un pequeño ataque al corazón.

—¿Sí? Sede de la campaña de Matt Hamilton.

Una voz suave y entrecortada dice:

—Matt. Necesito hablar con Matt.

—¿De parte de quién? —Saco mi libreta para anotar su información.

—Su novia.

Vacilo. ¿Novia? El corazón se me hunde un poco, pero lo ignoro.

—Su nombre, por favor.

—Mira, él sabe mi nombre: soy su novia. —Ahora tengo sospechas. No tiene novia, ¿no?

—¿Y usted lo llama para…?

—¡Dios, vete a la mierda! —Cuelga.

Vaya. Yo también cuelgo.

Me quedo hasta medianoche, alternando las llamadas telefónicas y la pila de cartas.

Ha transcurrido menos de una semana y ya he empezado a recibir llamadas telefónicas de gente que no dice nada y notas raras en mi correo electrónico de su «hermana», su «mujer» y su «padre de entre los muertos».

¿Cómo puede Matt dormir por las noches?

¿Realmente estoy hecha para esto?

***

Dos días después, Carlisle convoca una reunión.

Esta carrera política es una jungla y la competencia ya está afectando a Matt. Al parecer, el presidente Jacobs ya ha comenzado a lanzarle dardos envenenados.

—¿Se siente amenazado? —Matt sonríe y cubre su expresión con una mano cuando Carlisle nos convoca a todos en la sala de la televisión y reproduce una grabación del mismo día.

Vemos la entrevista al presidente sobre la candidatura de Matt en un canal de noticias importante.

Observo su lenguaje corporal, pero es difícil discernir algo con esa falta de energía que muestra y con lo estoico que parece.

—¿Cómo puede dirigir el país eficazmente sin una primera dama? —Señala a su elegante esposa, que sonríe con recato.

Al día siguiente, Matt Hamilton aparece en el mismo canal, con un aspecto aún más presidencial que el propio presidente.

—Me parece una broma que el presidente Jacobs crea que un hombre soltero e independiente no puede dirigir el país eficazmente. —Mira hacia la cámara con sobriedad y con una ligera sonrisa en los labios, con esos firmes pero alegres ojos marrón oscuro taladrando la lente de la cámara—. El rol oficial de la primera dama ni siquiera estaba apropiadamente definido cuando la señora Washington sirvió en Mount Vernon durante la legislatura de George Washington. Tengo mujer —añade mientras sus labios se curvan aún más—, y se llama Estados Unidos de América.

La avalancha de llamadas no tiene precedentes. Carlisle, el director de campaña, crea frenéticamente más eslóganes.

comprometido con todos

hecho en estados unidos

estadounidense hasta la médula

Durante la semana citan una frase de Hewitt, el director de prensa de la campaña de Matt.

«La única obligación de Matt Hamilton es para con vosotros, los Estados Unidos de América. Necesitamos que quede claro. Su primera dama es este país».

«He de decir que, gracias a cómo está representando a Estados Unidos Matthew Hamilton, he vuelto a sentirme orgullosa de ser estadounidense», bromea una presentadora de noticias de la tele con su compañero y copresentador esa misma noche.

El efecto que tiene en las electoras resulta casi obsceno.

Las primarias no se terminan hasta dentro de unos meses, pero ya me he dado cuenta de que su adversario más formidable será el actual presidente. Por otro lado, el principal candidato republicano es tan radical y la gente está tan harta de cómo van las cosas, que también está ganando terreno.

De evento en evento para recaudar fondos, Matt responde de doscientas a quinientas invitaciones para dar discursos a la semana.

Hoy estamos sentados en la mesa redonda de Matt y la tensión se palpa en el ambiente. La gente de diseño creativo y de Marketing ha propuesto ideas, confiando en responder a la gran pregunta del día: «¿Cómo debemos enfocar la campaña de cara al público?».

Carlisle ha establecido lo básico; simplemente ha dicho que los esfuerzos de la campaña deberían centrarse en los puntos fuertes de Matt: la presidencia exitosa de su padre y su increíble popularidad como presidente, la popularidad de Matt entre la gente (especialmente entre la gente lista para cambiar las cosas) y su sencillez.

No obstante, aún hay que idear una auténtica estrategia de campaña para transmitir al público las ideas de cambio de Matt.

Matt parece exasperado, se pasa los dedos por el pelo oscuro y se frota la barba incipiente de su barbilla con los nudillos.

Quiero pronunciarme, ofrecer una sugerencia, pero el silencio me intimida… él me intimida. Su expresión indescifrable hace que todos los que están en la sala se remuevan con incomodidad.

Él alza la vista y barre a todo el mundo con los ojos; nos mira directamente de uno en uno.

—Podemos hacerlo mejor.

Su mirada conecta con la mía aunque solo por un instante y, durante ese segundo, de pronto vuelvo a tener once años, maravillada y confusa por el efecto que tiene sobre mí.

Me muerdo el labio y pienso en una carta escrita por un niño. He podido contestar todas las cartas, incluso algunas que contenían descabelladas propuestas de matrimonio, pero no se me ha ocurrido qué contestarle a este fan en particular. Cada vez que pienso en él, siento un dolor, pero, a pesar de ello, no tengo el valor de dirigirme a Matt directamente y preguntarle.

—Venga ya. —Suspira—. ¿De verdad esto es lo único que tenemos?

Se oyen papeles que se deslizan por la mesa; hay quien tose o suspira incómodamente. Nos miramos los unos a los otros y suplicamos en silencio con nuestros ojos que alguien, quien sea, hable. Estoy a punto de lanzar mi idea, pero Carlisle se me adelanta y siento que el corazón se me hunde en el pecho.

Carlisle sugiere que Matt enfoque su campaña como «el siguiente paso» o la «continuación» del plan presidencial de su padre. Lo llama una especie de Hamilton 2.0, el nuevo y mejorado plan Hamilton.

Matt lo descarta de inmediato.

—Quiero que la gente sepa que voy a continuar con el legado de mi padre, pero que también tengo ideas propias.

Carlisle suspira y levanta las manos en señal de derrota, exasperado.

—¿Alguien más tiene ideas?

Matt nos observa a todos y sus penetrantes ojos se detienen en mí. Noto que el aliento se me corta en el pecho. Alza una ceja, para animarme en silencio a hablar, a asumir el riesgo y decir lo que pienso.

Incapaz de soportar su mirada inquietante ni un segundo más, carraspeo, y todo el mundo me mira al instante.

—¿Qué opináis de algo que recalque que trabajaremos en todo, desde la misma base? —empiezo a decir nerviosamente—. Podemos llamarla la campaña del abecedario. Vamos a solucionar, a abordar y a mejorar todo desde la «A» hasta la «Z» en este país. Arte. Burocracia. Cultura. Deuda. Educación. Futuras relaciones…

La mesa guarda silencio. Echo un vistazo a Matt y veo que sus ojos brillan con aprobación.

Carlisle es el primero en hablar; se dirige a Matt con una amplia sonrisa.

—Eso es muy bueno.

Matt no se gira para encararlo, se limita a mantener su mirada sobre mí.

—Sí —aprueba sin más. Asiente, se pone en pie y se abrocha la chaqueta—. Haremos eso. Para mañana a primera hora, quiero un abecedario entero con los temas de la campaña —anuncia mientras camina. De inmediato, todos se van de la mesa, aliviados por tener algo que hacer ahora que Matt ha elegido una idea.

Una idea que resulta ser mía.

Mientras me doy la vuelta para seguirlos, una profunda sensación de orgullo bulle en mi interior y me calienta el pecho. Continúo caminando, pero antes de llegar a mi cubículo, Matt habla de nuevo:

—Charlotte, ven a mi despacho, por favor.

Me trago el nudo de la garganta y logro proferir:

—Claro. —Y lo sigo.

Se sienta y hace un gesto para que tome asiento frente a él.

Lo hago y empiezo a retorcer los anillos de mis dedos.

—Lo has hecho bien, Charlotte —asegura, mirándome con ojos cálidos. No puedo descifrar si quiere darme una palmadita en la espalda y decirme «bien planteado», o besarme hasta dejarme sin aliento y después decirme «ven a mi cama».

Sacudo la cabeza porque ese pensamiento ha despertado la calidez entre mis piernas.

—Gracias. —Sonrío.

Él me devuelve la sonrisa y se frota la barba incipiente del mentón. Entonces, comenta más para sí mismo que para mí:

—Sabía que te había traído a esta campaña por una razón.

Arqueo una ceja.

—¿Y qué razón es esa? —pregunto.

Me mira de arriba abajo con una sonrisa diabólica en la cara.

—Por tu aspecto físico, claro.

Me río y él se ríe conmigo, pero su risa se esfuma.

—Te he traído porque algo me decía que sientes tanta pasión por este país como yo y que quieres cambiar las cosas.

Noto que me ruborizo; él me observa con curiosidad.

—No creía que fueras a aceptar, ¿sabes? —confiesa, y luego añade—: ¿Por qué lo hiciste?

—¿Por qué hice qué? —pregunto, confusa por la expresión de sus ojos, por cómo me hacen sentir cuando me miran con tanta intensidad, como si fuera la única mujer en el mundo.

—¿Por qué aceptaste?

Hago una pausa y pienso en la pregunta. Pienso en ella de verdad durante un momento.

¿Por qué le dije que sí?

Siento que mis engranajes mentales giran y, antes de darme cuenta, contesto con seguridad.

—No podía dejar pasar la oportunidad de hacer algo grande.

Me mira fijamente; yo le devuelvo la mirada.

Y, en ese momento, siento un cambio en el ambiente. Noto que me he ganado algo que Matthew Hamilton no entrega fácilmente o con frecuencia: su admiración.

—Si no necesitas nada más, debería volver a mi trabajo —digo.

Asiente.

Nerviosa por la conexión que he sentido con él, regreso a mi mesa apresuradamente. Los teléfonos no han dejado de sonar y las pilas de cartas distribuidas en mi mesa y en la de Mark (otro asistente) aumentan por momentos.

Ese perro necesita una correa
Charlotte

A la mañana siguiente, mi despertador suena a las cinco en punto. Antes de unirme a la campaña de Matt Hamilton, hacía ejercicio a las siete y llegaba al trabajo a las nueve. Ahora tengo que estar en el trabajo a las siete y media y, dado que quiero un buen comienzo del día, me levanto temprano, me lavo la cara, me pongo los pantalones de correr y una camiseta de manga larga, cojo el teléfono, los auriculares y un jersey; luego salgo.

El sol asoma a través de unas nubes negras mientras corro por mi ruta de deporte preferida y que pasa junto a los monumentos de Washington. El día es demasiado sombrío para admirar el paisaje y pienso que debería haberme quedado en la cama.

Veo movimiento por el rabillo del ojo y desde una esquina en la distancia aparece un perro, que trota en mi dirección alegremente. Me ladra, después se sienta delante de mí, atento y emocionado. Siempre he tenido gatos, así que mi relación con los perros ha sido inexistente, por eso no sé qué hacer con la criatura excepto intentar que se quede tranquila. Al recoger el extremo de su correa, algo oscuro capta mi atención y levanto la cabeza.

Me quedo quieta en medio del camino y pestañeo, luchando contra la sorpresa de ver a Matt Hamilton caminar hacia mí con una camiseta roja y unos pantalones cortos de correr azul marino.

Frunce el ceño y sonríe al mismo tiempo. Parece sorprendido y es como si le hiciera gracia verme; yo estoy estupefacta.

Su camiseta moldea la piel de debajo y revela lo increíblemente definido que tiene el pecho. Es tan robusto y, al mismo tiempo, tan elegante que me cuesta mantener la cabeza fría.

Mi corazón bombea a mil por segundo.

—Me alegro de verte aquí —dice.

—Y yo. —Sonrío, la garganta se me seca cuando se detiene frente a mí.

Y entonces nos ponemos a caminar juntos mientras él ojea mi perfil con el rostro bañado por el sol.

Su perro lo sigue felizmente. Me resulta gracioso ver con qué devoción lo mira. Matt se gira hacia mí.

—Veo que has conocido a Jack.

—Jack —repito, y sonrío al perro.

—Tiene la mala costumbre de saludar a todo el que vemos por el parque.

—Seguro que la gente se emociona muchísimo cuando descubre quién es el dueño del perro.

Alza las cejas. No puedo creer que haya dicho eso en voz alta. Empiezo a reírme y añado rápidamente:

—Yo tengo un gato. Doodles. Ella no es como Jack; odia a los desconocidos. Espero que no me considere como tal algún día: ahora está con mi madre porque yo apenas estoy en casa.

Seguimos caminando en un silencio cómodo; bueno, no tan cómodo, supongo. Soy demasiado consciente de su presencia, de lo alto que es comparado conmigo.

—¿Entonces qué te empujó a estudiar en Georgetown y a convertirte en defensora de las mujeres? —pregunta.

Me sorprende lo genuinamente interesado que suena y la atención con la que me mira mientras espera.

—Quiero asegurarme de que se conozcan los derechos de las mujeres. —Me encojo de hombros—. ¿Y qué hay de ti? Sé que hiciste la carrera de Derecho para dirigir tu imperio.

—¿En serio? ¿De dónde has sacado eso?

—De los medios de comunicación.

Muestra una sonrisa de suficiencia, luego suelta una risita y sacude la cabeza con aire de reprimenda.

—Creo que eres demasiado lista como para hacer caso de lo que dicen. —Su sonrisa se desvanece, se pone serio y añade—: No, de verdad. Te admiro por dedicarte al servicio público. ¿Qué te inspiró a cambiar el mundo?

—No lo sé —empiezo, pensativa—. Todos los veranos durante la universidad hacía viajes de misionera. Me encantaba conocer a todas esas personas y ayudarlas. Sobre todo a las mujeres: cuando se vive en un país del primer mundo es difícil imaginarse las cosas a las que siguen sometidas mujeres de otros países. Me empujó a querer hacer algo por los demás. ¿Y tú, señor Hamilton? ¿Qué te inspira? —pregunto.

—Caminar a tu lado y oírte hablar.

Se me corta el aliento y él se echa a reír, y comprendo que está coqueteando conmigo; siento una bola de fuegos artificiales por dentro.

—Háblame de la «C» —pide.

Estoy confusa.

—¿Cultura? —pregunto.

—Charlotte. Vamos.

Me río mientras él sonríe casi imperceptiblemente y noto que las mejillas me arden.

—Bueno, fui a Georgetown, pero eso ya lo sabes. —Le lanzo una mirada penetrante—. A mis padres les encantaba que fuera a Georgetown. Desde el momento en que me gradué, dijeron: «Ahora debes meterte en política». Pero ellos sabían que mi meta era trabajar para el servicio público, así que eso hice… —Pienso en qué más puedo contarle.

Aún me hace gracia que haya puesto mi nombre en la letra «C»…

—Todo el mundo piensa que soy una buena chica. Nunca he hecho nada malo… Nunca he querido avergonzar a mis padres.

Le dedico una mirada tímida que dice: «Te toca».

—Estudié Derecho, como ya sabes. —Me mira con picardía—. Soy el chico malo, pero en realidad no soy tan malo. Todo se exagera siempre cuando los medios intervienen. En realidad, cuando era más joven había muy pocas personas en mi vida de las que estuviera seguro que no irían corriendo a los medios al día siguiente con una historia.

Eso me sorprende; me quedo sin palabras al plantearme lo difícil que debe de ser vivir siempre bajo el escrutinio de la gente. No sé si yo podría hacerlo.

—Estaba muy nerviosa cuando nos conocimos. Durante años, tuve una foto tuya en la pared de mi cuarto.

—Ah, ¿sí? —canturrea, y suelta una risita baja y retumbante.

Me río.

—Mi madre dejaba que me la quedara solo porque probablemente ayudaría a que me mantuviera lejos de los chicos y, bueno, soy hija única. Siempre he intentado ser buena, la verdad.

—Mi padre fue senador antes de convertirse en presidente. Yo me crie siendo hijo único, así que sé exactamente cómo te sientes al ser el ojito derecho de tus padres.

Sonrío.

—Excepto que ahora también eres el hijo de un expresidente, lo que debe de ser difícil por partida doble, porque también eres el ojo derecho del público.

—En realidad, no. —Frunce el ceño mientras piensa en ello.

—Me divierten las cartas de tus fans. Incluso me gustan las que son descabelladas. ¿Sabías que te han hecho varias propuestas de matrimonio en las últimas cuarenta y ocho horas?

Finge estar sorprendido y se cruza de brazos como si estuviera muy interesado.

—Espero haber declinado.

—Por supuesto. Durante la campaña y la presidencia, estarás soltero en todo momento. Carlisle nos ha informado de eso a todos.

Él se limita a mostrar una sonrisa fugaz y sexy, y luego mira adelante, pensativo.

—No sería el primer presidente soltero, ¿sabes? —dice, y vuelve a mirarme mientras eleva un hombro de manera informal—. James Buchanan ya ha ocupado ese puesto. —Frunce el ceño—. No fue un presidente muy bueno, pero estuvo soltero hasta el final. —Sus labios forman una mueca.

Me despierta el interés.

—¿Qué hizo? —pregunto.

—Más bien, qué no hizo. —Su ceño se arruga todavía más—. Fue incapaz de adoptar una postura firme en cuanto a la esclavitud y con ello detener la secesión que nos llevó a la Guerra Civil.

Nos miramos con una intensidad que por poco hace que se me encojan los dedos de los pies.

Hay una suave brisa y caigo en la cuenta de que mi camiseta está adherida a mi piel y su presencia hace que sienta los senos pesados.

Miro abajo y abro mucho los ojos al darme cuenta de que mis pezones son totalmente visibles, más duros que pequeños rubíes.

Me cruzo de brazos y Matt sonríe.

—También hice que los pezones se te pusieran duros el día de la inauguración de la campaña.

—Ah, vaya. Bueno, mis pezones no eran lo único duro ese día, diría yo.

—No lo sabes tú bien.

Gruño y pongo los ojos en blanco; me río por dentro, pero odio lo mucho que se me marcan los pezones ahora mismo. Estoy tan nerviosa que me tropiezo. Él me atrapa, sus reflejos son rápidos como un rayo; su mano me envuelve el codo para mantenerme en pie y de pronto no respiro. Estoy asombrada por lo mucho que tenemos en común, y también por el modo en que tira de mí hacia atrás para que recupere el equilibrio y, después, tira un poco más para acercarme a él.

Levanta la otra mano y me coloca un bucle detrás de la oreja, sus ojos están más oscuros que nunca.

El deseo me invade cuando nuestros cuerpos conectan, parte frontal contra parte frontal, y lo noto. Noto lo grande que es, lo grueso y lo duro que está, palpitando contra mi abdomen.

Y, en este instante, Matt Hamilton, el chico por el que estuve colada durante años, el hombre vivo más sexy, el candidato más cañón en la historia de Estados Unidos, se vuelve muy real para mí. Muy real. Noto el calor de su cuerpo a través de la tela húmeda de nuestras camisetas. Puedo olerlo, un aroma a jabón y a lluvia, y lo veo como un hombre, un hombre increíblemente atractivo con un destino extraordinario que cumplir.

Algo brinca para lamerme la mejilla y doy una sacudida y me retiro un paso, sorprendida por el beso del perro.

—Joder —jadeo, riendo.

—¡Jack! —Una fuerte palabrota le sigue, y Matt me endereza y después pone distancia entre nosotros—. Perdona. ¿Estás bien? —pregunta. Me acaricia el pelo hacia atrás como si hubiera tenido un impulso antes de ponernos a caminar de nuevo, y la electricidad me cosquillea por todo el cuerpo. Asiento rápidamente. Estoy muy, pero que muy nerviosa.

—Sí. Siento haber dicho «joder».

—¿Por qué? —Sus labios se curvan—. No lo sientas.

Me río, incrédula por haber olvidado quién era, atrapada en el momento, consciente de su cercanía y de lo mucho que lo deseo… y comprendiendo que, lo quiera él o no, su cuerpo también responde al mío.

—Más vale que me vaya antes de que se me haga tarde. No querría que el jefe se enfadara conmigo.

—El jefe nunca podría enfadarse contigo.

Su tono es serio, pero sus ojos brillan, y todo mi cuerpo parece calentarse ante su mirada.

—Adiós, Matt —digo, y levanto una mano con algo de torpeza a modo de despedida antes de acortar el camino por la hierba y dirigirme a la acera.

***

Esa noche, mis padres me invitan a cenar y yo no puedo dejar de pensar en Matt, en el enérgico Jack y en las conversaciones que tuvimos de su infancia y de la mía. Rememoro el día en que nos conocimos, pienso en el presidente y en el día de su muerte. Le pregunto a mi padre por qué cree que no hubo ninguna información concluyente sobre el asesinato del presidente Hamilton.

—Nunca cogieron al asesino. —Se encoge de hombros—. Una de las teorías es que fue un ataque terrorista por las ideas liberales del presidente Hamilton; otros dicen que fue una conspiración entre partidos.

Frunzo el ceño con preocupación.

—¿Te preocupa que Matthew esté en peligro? —me pregunta.

No puedo evitar mirarlo con expresión preocupada.

Él suspira.

—Estará bien siempre y cuando no abra la caja de Pandora.

Frunzo todavía más el entrecejo.

—Me da la impresión de que Matt es de los que abriría la caja de Pandora, sobre todo si cree firmemente en ello.

Sacude la cabeza.

—No te preocupes por cosas que no puedes controlar. Da lo mejor de ti y agacha la cabeza: esa es la única forma de seguir adelante en política. De otro modo, cualquiera que vea tu cabeza asomando la empujará hacia abajo.

—Pero yo no quiero estar en política.

Se ríe.

—Ahora lo estás.

—Pero solo porque…

—Tienes debilidad por los Hamilton, lo sé. En las noticias están sorprendidos de que participes. La buena de Charlotte. Sí que hechizaste a Matthew aquella noche, ¿verdad? Incluso al presidente Hamilton. También ellos tienen debilidad por nosotros. —Sonríe melancólicamente, sus ojos parecen tristes por los recuerdos.

—¿Sabes por qué otra cosa siente debilidad Matt, además de por su país? Por su perro —señalo, y recuerdo nuestro encuentro matutino mientras recojo a Doodles del suelo. Luego, la dejo sobre mi regazo y le acaricio la cabeza, y ella ronronea felizmente.

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9788416223893
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