Czytaj książkę: «Mueve tu ADN»

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La información contenida en este libro se basa en las investigaciones y experiencias personales y profesionales del autor y no debe utilizarse como sustituto de una consulta médica. Cualquier intento de diagnóstico o tratamiento deberá realizarse bajo la dirección de un profesional de la salud.

La editorial no aboga por el uso de ningún protocolo de salud en particular, pero cree que la información contenida en este libro debe estar a disposición del público. La editorial y el autor no se hacen responsables de cualquier reacción adversa o consecuencia producidas como resultado de la puesta en práctica de las sugerencias, fórmulas o procedimientos expuestos en este libro. En caso de que el lector tenga alguna pregunta relacionada con la idoneidad de alguno de los procedimientos o tratamientos mencionados, tanto el autor como la editorial recomiendan encarecidamente consultar con un profesional de la salud.

Título original: MOVE YOUR DNA, RESTORE YOUR HEALTH THROUGH NATURAL MOVEMENT

Traducido del inglés por Diego Merino Sancho

Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.

Diseño y maquetación de interior: Toñi F. Castellón

Ilustraciones: Jillian Nicol

Todas las fotografías, a menos que se indique lo contrario: Cecilia Ortiz

Fotografías de las páginas 316 y 317: Shelah Wilgus

© de la edición original

2014, Katy Bowman

Publicado inicialmente por Propriometrics Press, www.propriometricspress.com

Derechos de traducción obtenidos a través de0 Sylvia Hayse Literary Agency, LLC, USA.

© del prólogo

2017, Jason Lewis

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A.

C/ Rosa de los Vientos, 64

Pol. Ind. El Viso

29006-Málaga

España

I.S.B.N.: 978-84-

www.editorialsirio.com

sirio@editorialsirio.com

I.S.B.N.: 978-84-19105-01-1

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Contenido

Cubierta

Agradecimientos

Nota a la presente edición

Prólogo

Introducción

La eliminación del movimiento

Haz menos ejercicio, pero muévete más y mejor

Piensa El movimiento nutritivo y las enfermedades asociadas al cautiverio

Alimentos (y movimientos) esenciales

Los nutrientes del movimiento

Y ahora, hablemos de cargas

Las cargas son como copos de nieve

Peso frente a carga

Hay un gran número de variables que afectan a las cargas

Más datos sobre las cargas

El movimiento activo y nuestra falta de movimiento

Enfermedades propias del cautiverio

Los genes y las enfermedades del comportamiento

El movimiento, las cargas y el ADN

Los genes y el visor estereoscópico

El mecanoma

Anclados en la perspectiva genética

Eres como te mueves

Crecer de forma natural

¿Qué dice nuestra forma corporal de nosotros?

No estás «en baja forma»

Las cargas pasivas también son importantes

La importancia del movimiento

La diferencia entre ejercicio y movimiento

Movimiento y ejercicio: los detalles

De algún modo, lo que necesitamos es hacer cross-trainning

La diferencia entre movimiento y ejercicio

Una motivación poco natural

Así que ya haces ejercicio. ¡Fantástico!

El corazón de la cuestión: por qué a fin de cuentas pudiera ser que no necesitásemos hacer cardio

Hemodinámica y ejercicio

Las arterias tan solo son las autopistas por las que viaja el oxígeno

¿cómo hace el oxígeno de la sangre para ir de las arterias a los capilares?

Moverse para vivir

Estar de pie es el nuevo estar sentado

La geometría de los vasos sanguíneos y los trastornos del flujo sanguíneo

La larga lista de problemas de la postura sedente

El bagaje que nos deja la silla

Rango limitado de movimientos

Reducción de fuerza

Y ahora, a movernos

Muévete Una buena transición

Caminar

¿caminas o dejas caer el cuerpo?

La distancia y la frecuencia con la que caminamos

Las superficies por las que caminamos

Caminar por terrenos diferentes

Modifica el grado de inclinación

Aprender a caminar requiere tiempo

Una nueva variable: la diversidad

El kit de herramientas para la alineación

Utilizar ejercicios correctivos

Los pies, la postura sedente y la bipedestación

Recuperar la planta del pie

Inmovilizados por los zapatos

La postura sedente

La bipedestación

De tener manos de ratón a tener brazos de mono

La cifosis es nuestra aleta flácida

Un momento, ¿se supone que tengo que andar así?

De tener manos de ratón a tener brazos de mono

Choca esos cinco

Una manera completamente nueva de utilizar los mismos músculos

Un enfoque gradual para aumentar la fuerza de todo el cuerpo

Colgarse, columpiarse... y mucho más

Es difícil descansar en un zoológico

No solo hacemos menos, también hacemos más

Relaja el abdomen

Relaja la mandíbula

Relaja los ojos

Relaja los oídos

Relaja el psoas

Relaja la columna

Libérate de la almohada

Libérate del colchón

Libérate de los espacios cerrados

En general, descansa más

Caminar: aspectos específicos

Una pista que nos da el reino animal

Lo mismo, pero diferente

Comprobación de la extensión de cadera

Mejorar la extensión de cadera

Rotar muslos, cuádriceps y rótulas

Comprobación de las caderas: ¿está todo bien?

La fuerza de las caderas no es algo arbitrario

Caminar no es opcional

No tienes la pelvis de tus tataratatara-tataratataratatarabuelos

La pelvis integral

La pelvis al caminar

¿a dónde ha ido a parar el trasero de la gente?

La anatomía de la pelvis es la anatomía de todo el cuerpo

La importancia de ponerse en cuclillas (sentadilla)

El cuerpo hace lo que se le ordena

Preparándonos para la sentadilla

Adquirir habilidades para la sentadilla

Tu nueva persona necesita una nueva forma de ponerse en cuclillas

Preparados, listos, ¡a por la sentadilla (o casi)!

La sentadilla como forma de vida

Epílogo

Muévete más aún

Comprobaciones en la alineación

Series de ejercicios

Ejercicios reconstituyentes

Fuerza base

Movimientos más amplios

Caminar

Camina más

Muévete más al caminar

Glosario de ejercicios

Equipamiento para los ejercicios y fuentes adicionales de información

Equipo general

Equipo para los pies

Mis libros sobre esta materia

Más información sobre el suelo pélvico

¿Qué libro me leo después de este?*

otras maneras de aprender de mí

Recursos y lecturas adicionales

Índice temático

Sobre la autora

A mis hijos, por ocupar el primer lugar en mi corazón; a mi marido, por aceptar el segundo, y a la gracia de Dios, por hacer posible que haya otros que ocupen el tercero.


Agradecimientos

Del mismo modo que el cuerpo está hecho de células, un libro está hecho de ideas. Las células que componen mi organismo son un precioso regalo que me hicieron mis padres para que yo les diera la forma que creyese más conveniente, y, del mismo modo, he recibido talentos e ideas de otros a lo largo de toda mi vida, por lo que este trabajo no es más que la culminación del pensamiento de muchas otras personas.

Doy gracias a mi madre, sobre todo por haberme metido bien en la cabeza que yo misma era la capitana de mi propio barco, incluso cuando el hecho de que pusiese en práctica esta idea no le facilitase precisamente las cosas como madre. Agradezco a mi padre por haberme legado su bondad y su amabilidad, cualidades que me han resultado muy útiles a la hora de seleccionar y presentar al gran público en un solo volumen toda esta información –que, sin duda, resulta tan radical–. Y también a mis hermanos, especialmente a mi hermana pequeña, KLD; valoro mucho su capacidad para seguir queriéndome tras años de tener que soportar mi constante y ruidoso parloteo. Crecer con Katy Says* no es tarea fácil, y te amo por ello.

Mis hijos son mis musas y el fruto literal de mis pasiones, pero mi marido ha sido el verdadero alquimista en toda esta historia, pues él ha sido el que le ha proporcionado un contexto a mi vida y significado a mis palabras.

Y, hablando de palabras, este libro no habría estado tan «en forma» de no haber sido por la pasión y el talento de la superestrella de la edición Penelope Jackson. Habría resultado imposible que viese la luz si ella no hubiese estudiado y revisado su contenido durante los dos años anteriores –lo cual no nos muestra únicamente su calibre profesional, sino también lo ridículamente mal remunerada que ha sido a este respecto–.

Muchas gracias a Zsofi Koller y Agi Koller por haber compartido tan generosamente sus conocimientos y experiencias conmigo, no únicamente en este proyecto sino también en todos los contenidos audiovisuales que hemos creado recientemente, y a Stephanie Domet por su ayuda en la organización.

Estoy muy agradecida a la doctora Jeannette Loram por haber compartido conmigo su experiencia profesional en biología celular, y más específicamente por sus fantásticos consejos en lo referente al uso apropiado del lenguaje de la temática del ADN y la expresión genética.

Las imágenes creadas para este libro no son simplemente «imágenes» sino que funcionan como una extensión del texto. En la creación de estos gráficos y fotografías explicativas se lo debo todo al ilustrador Jillian Nicol y a los fotógrafos Cecilia Ortiz y Jen Jurgensen. Mi más sincero agradecimiento también para Tim, Michael K., Breena, Michael C., John, Theresa, Angeliese, Crystal, Delia, Galina y Gayle por ocuparse de las correcciones de la edición original.

Theresa, este libro no podría existir sin ti. De hecho, no sé cómo me las he arreglado para vivir tanto tiempo sin que estuvieses en mi vida. Gracias por estar ahí y por escuchar siempre atentamente lo que tuviese que contarte. Eres fantástica escuchando, una habilidad solo superada en ti por tu cuidado y tu capacidad reflexiva.

A Jason Lewis y Tammie Stevens, de Billyfish Books, muchísimas gracias por haber contribuido a este libro con vuestra increíble historia. A los doctores Seth Horowitz, Bernie Krause, Steve Lewis y a Sam Thayer, gracias por mostraros siempre tan dispuestos a compartir conmigo vuestras palabras y experiencia. Espero que miles de personas se interesen por el inmenso iceberg que es vuestro conocimiento, del cual tan solo la punta asoma en este volumen.

Todos los artífices principales de este libro viven su vida a su manera y en sus propios términos. El hecho de que vivan basándose en lo que predican en sus mensajes –los cuales están entretejidos a lo largo de este libro– hace que Mueve tu ADN esté impregnado de la apasionada energía que desprenden. A todos los que estáis ahí fuera viviendo vuestro sueño, os doy las gracias por hacerlo. Vuestra contribución a este tapiz del que todos formamos parte es tan importante en mi vida como quizá este libro lo sea para vosotros.

METTA, KATY B.

* N. del T.: Blog que la autora tuvo activo entre 2007 y 2016 en el que publicó inicialmente sus ideas sobre biomecánica, alineación, anatomía y movimiento natural y «nutritivo».


Nota a la presente edición

Una de las cosas que más me intrigan y me llaman la atención sobre el movimiento es la ciencia que se dedica a su estudio. Este fue el motivo principal por el que escribí Mueve tu ADN en un primer momento: quería establecer definiciones y variables más completas y precisas con las que poder concebir el movimiento y hablar de él. Al principio, me imaginaba Mueve tu ADN más bien como un libro científico de ejercicios más que simplemente como un libro de ejercicios. Sin embargo, con más de setenta ejercicios y ajustes de alineación salpicados aquí y allá por toda la obra, no cabe duda de que la primera edición podía considerarse también como un libro de ejercicios.

Dado que una de las ideas principales de Mueve tu ADN es «haz menos ejercicio y muévete más», las prácticas que proponía en la primera edición no se presentaban en forma de rutinas por seguir, sino como movimientos que poder añadir a la vida diaria. Sin embargo, muchos lectores me escribieron para pedirme un programa de ejercicios más exhaustivo –pues ahora que ya estaban motivados para moverse más, echaban en falta algunas rutinas que poder usar de inmediato–, así es que me decidí a publicar una nueva edición con el objetivo de desarrollar con mayor detenimiento la parte práctica. Por ello, esta edición incluye nuevas fotografías que contribuyen a clarificar las instrucciones; un glosario de ejercicios ordenado, claro y conciso, y tres series de ejercicios que puedes emplear en tu «tiempo de entrenamiento».

También he aprovechado la oportunidad que brinda publicar una nueva edición para añadir algunos descubrimientos relevantes recientes en el campo de la mecanotransducción, así como investigaciones referentes a las ciencias de la actividad física y del deporte.


Prólogo

En 2013 fui reconocido por la Guinness World Records como la primera persona de la historia en circunnavegar el planeta utilizando medios de tracción humana –una forma muy elegante de decir que recorrí grandes masas de tierra a pie, en bicicleta y con patines en línea y que atravesé ríos, mares y océanos nadando, en kayak y en bote de remos–. Fue un viaje de 74.843 km que tardé trece años en completar. Un viaje que no solo definió mi identidad, sino que también me moldeó mucho más de lo que pudiera haber pensado inicialmente –tal y como descubrí después gracias a la única y particular visión de Katy–.

Hubo algo que aprendí rápidamente en cuanto comencé a alejarme pedaleando del meridiano de Greenwich hace ya tantos años, y es que no existen dos ambientes idénticos en la faz de la Tierra; cada promontorio, cada carretera, cada montaña y cada minuto que pasé cruzando la «misma» franja de desierto constituía para mí una experiencia totalmente nueva, tanto a nivel físico como a nivel mental.

Aunque ciertamente hubo muchas ocasiones en las que los obstáculos físicos parecían insuperables –el ataque de un cocodrilo, dos piernas rotas, malaria, mal de altura, septicemia y muchos otros problemas–, en última instancia fue la resistencia mental lo que hizo posible que cruzase la línea de meta. Para poder liberar mi cuerpo, físicamente, de la sociedad –de las normas, las suposiciones y las expectativas– fue necesario que de forma paralela se produjese también una liberación en mi mente.

Por aquel entonces no tenía experiencia alguna en esto de ser un «aventurero»; dirigía un negocio de limpieza de cristales. Antes de comenzar el viaje no realicé ningún tipo de entrenamiento, no tenía ninguna experiencia en el mar, jamás había sujetado con mis manos una pala de kayak ni me había puesto unos patines en los pies. Simplemente tomé la decisión de dar este salto de fe y dejar que mi organismo se adaptase a dicha decisión mental. Nuestro cuerpo puede realizar hazañas increíbles cuando la mente está dispuesta a cooperar.

Mi expedición fue considerada como un logro físico épico, razón por la cual muchas veces mis lectores no podían verse reflejados en mí tanto como les gustaría; pensaban que debía de poseer una fuerza física y mental excepcional, pero os aseguro que nada podría estar más lejos de la realidad. Yo no soy en absoluto diferente a los demás.

En cierta ocasión, mientras remaba en mi Moksha –mi pequeña embarcación–, tuve una profunda experiencia de algo que tan solo puedo describir como un samadhi.* Fue algo que me impactó mucho, pues hizo que no me quedase ni el más mínimo rastro de duda de que todos somos uno. No estamos separados de los demás seres humanos, de los animales ni de la naturaleza. Nuestra interconexión es absolutamente innegable. Con el paso de los años he ido conociendo a gente proveniente de muy distintos ámbitos y condiciones sociales, cada uno haciendo frente a sus propios retos físicos y mentales, y he constatado que, independientemente de que seamos budistas o bautistas, africanos o americanos, de que trabajemos como sepultureros o como dentistas, a pesar de la fatiga, de los traumas o de la pérdida de esperanza –y, a veces, de la total desesperación–, todos estamos haciendo lo mejor que podemos para adaptarnos a lo que sea que la vida ponga en nuestro camino, y después procuramos despertar y volver a recorrer la misma senda.

Para mí, abandonar las «comodidades» de la sociedad moderna de hoy en día y adaptarme a un modo de vida mucho más rudimentario –que por lo general giraba en torno a la supervivencia– resultó en realidad mucho más sencillo que estos últimos años que he pasado escribiendo mi libro. Ahora es muy frecuente que permanezca «aparcado» delante de la pantalla del ordenador durante muchas horas seguidas. Ahora ya no vivo del mismo modo que lo hicieron nuestros ancestros, directamente bajo el sol y la luna, sintiendo esa conexión primaria con la naturaleza que sin duda mejora nuestra calidad de vida, sino que mi existencia se desarrolla bajo luces artificiales y está envuelta por ese estrés constante al que tristemente ya todos nos hemos acostumbrado y que viene provocado por un aluvión constante de tecnología, de reuniones, de comidas a la carrera, de contaminación y tráfico –todo ello con la incesante cacofonía de ruido mental y ambiental que lo acompaña–.

Krishnamurti solía decir que «no es síntoma de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma». Yo, para empezar, tengo la intención de seguir las enseñanzas de Katy –sin duda otra persona muy sabia– y de invitarte a que te embarques conmigo en este nuevo viaje para empezar a cambiar nuestra mentalidad y poner nuestro ADN en movimiento.

JASON LEWIS, 2014

* Samadhi es una palabra de origen sanscrito, es un término complejo lleno de matices. Su significado más popular es el que hace referencia a un estado de consciencia elevado en que una persona trasciende su ego individual y entra en comunión con su verdadera esencia o con lo Divino.



Introducción

El patrón de las enfermedades o de las lesiones que afectan a un grupo de personas no se debe nunca a una cuestión de azar, sino que es invariablemente la expresión de los esfuerzos y las tensiones a las que han sido expuestos, es decir, una respuesta al conjunto de todos los factores que configuran su medio y su comportamiento.

CALVIN WELLS,

Bones, Bodies and Disease*

¿Quién quiere gozar de buena salud? Estoy segura de que todos responderían que ellos sí, pero la expresión buena salud no significa lo mismo para todo el mundo. Cuando se trata de la salud verdadera y objetiva, ¿cómo podemos estar seguros de si la tenemos o no?

Tradicionalmente la salud ha quedado reducida o bien al aspecto que presentamos («¡Estoy más sano que una lechuga!») o bien a los resultados que obtenemos «sobre el papel», en las pruebas analíticas («¡Los resultados de lípidos muestran que he aprobado con buena nota!»), pero tendemos a prestar mucha menos atención a cómo nos sentimos, a pesar de que este es el primer indicador de nuestra salud a nivel celular.

Es posible que te sientas bastante bien la mayor parte del tiempo, pero tal vez el lumbago o alguna lesión de espalda no te deje ni ­levantarte de la cama una o dos veces al año. Quizá sufras dolores de cabeza con la suficiente regularidad como para guardar la caja de aspirinas en la mesilla de noche. O puede que tengas que hacer frente a un estreñimiento crónico. ¿Te suelen doler las rodillas o sufres un esguince de tobillo habitualmente? ¿Te impide el estado de esas rodillas dar largos paseos? ¿Qué tal se encuentran tus funciones biológicas, como la digestión, la excreción o el sueño? ¿Está salpicada tu vida de pequeños problemillas de salud aquí y allá?

Para hacerte una idea más objetiva del estado actual en el que se encuentra tu salud, toma un trozo de papel y anota lo siguiente:

 Los diagnósticos clínicos que hayas recibido a lo largo de tu vida.

 Todos los medicamentos con receta que tomas y por qué.

 Todos los productos farmacéuticos que se expiden sin receta que tomas y con qué frecuencia.

 Todas las operaciones que hayas tenido o que tengas que hacerte.

 Las visitas al hospital, al médico, al quiropráctico o a cualquier otro profesional de la salud.

 Las partes del cuerpo que te suelen «alertar» regularmente o con cierta frecuencia.

 Las partes del cuerpo en las que sientes dolor.

 Las partes del cuerpo que no están funcionando al máximo de su capacidad.

 Los problemas de salud que te preocupa tener en el futuro.

Lo más probable es que hayas anotado unas cuantas cosas para cada uno de estos puntos clave, y que la gran mayoría de tus amigos y familiares también lo harían. Entonces, ¿a qué es debido que no consigamos tener buena salud –medida en función de cómo nos sentimos, de lo que nos dice nuestro cuerpo, de cómo funciona nuestro organismo? ¿Qué es lo que no estamos haciendo bien?–.

Hemos hecho enormes avances en cuestiones como los antibióticos, el tratamiento de las aguas residuales o las vacunas, pero, aun así, todos los países desarrollados o ricos del planeta comparten una serie de problemas de salud. No se trata de las enfermedades contagiosas que encontramos en las zonas que carecen de los medios necesarios para disponer de una ciencia médica avanzada –esas enfermedades que en el pasado eran el peor enemigo de la humanidad–, sino más bien de dolencias que están relacionadas con el estilo de vida. Solemos referirnos a ellas como dolencias propias de las clases ricas o enfermedades de la opulencia, y en esta categoría se incluyen, entre muchas otras, las enfermedades coronarias, los trastornos metabólicos (como la diabetes de tipo 2), ciertos tipos de cáncer, la osteoartritis, la osteoporosis, las alergias, la depresión, la obesidad, la hipertensión, el asma y la gota.

Pero lo cierto es que el término enfermedades de la opulencia resulta engañoso, pues da a entender que estas dolencias son causadas por una excesiva cantidad de dinero y por el estilo de vida que este propicia. Los datos más recientes muestran también la aparición de estas enfermedades «opulentas» en países y en comunidades pobres en los que, ciertamente, está fuera de toda duda que el exceso de dinero sea el problema. Por lo que parece, el culpable más probable no es necesariamente la abundancia de riquezas o el tiempo extra disponible que aporta el dinero, sino las condiciones físicas creadas por la globalización, la vida urbana, las nuevas estructuras sociales y la tecnología.

Por lo tanto, me gustaría ajustar esta expresión, ya que el término opulencia resulta tan inexacto como innecesario. Lo que hacemos al categorizar estas enfermedades en función de si se vive o no en una «buena» parte del mundo –en lugar de hacerlo en función de cómo actuamos en el tiempo y el lugar en los que vivimos– es simplemente asumir que la causa de las enfermedades está en la localización, cuando lo cierto es que, en la mayoría de los casos, vivir en un entorno moderno no hace que adoptemos comportamientos y hábitos más saludables; preferimos usar el coche a caminar, llevar a nuestros hijos empujando un cochecito a portarlos en los brazos, poner los alimentos en un carrito en lugar de cargar con ellos a la espalda, nos encorvamos delante de los muebles y apoyamos los pies en zapatos en lugar de ponerlos directamente en el suelo. Sí, no cabe duda de que nuestra cultura ­moderna basada en la comodidad es una respuesta al instinto humano de conservar energía, pero lo cierto es que no estamos encarcelados físicamente de ningún modo real. Y puesto que no se nos fuerza a estar en la oficina, a llevar calzado de diseño o a estar tumbados en ese sofá superconfortable, me gustaría sugerir que sustituyésemos la expresión enfermedades de la opulencia por enfermedades de la conducta.

Para desarrollar estas enfermedades de la conducta no es necesario tener mucho dinero. Cuando las necesidades básicas de la vida –alimento, agua limpia y refugio– se pueden cubrir tan fácilmente, la naturaleza toma el control: es completamente natural evitar el trabajo (el movimiento, en este caso) cuando ya no es necesario involucrarse y esforzarse físicamente para vivir –o, dicho con otras palabras, cuando la consecuencia del sedentarismo no es la muerte inmediata–. Las enfermedades de la conducta aparecen en circunstancias en las que la calidad de los alimentos que se consumen es baja, los niveles de estrés son frecuentemente altos y el trabajo que realiza el cuerpo es o bien escaso y monótono (como en el caso de la gente que no hace ejercicio) o bien muy intenso e igualmente monótono (como cuando hay que realizar tareas repetitivas o labores manuales, o cuando intentamos conseguir lo que denominamos «estar en forma» del modo habitual).

A pesar de la gran suerte que tenemos de vivir en un tiempo y un lugar en los que ya no hemos de padecer el enorme riesgo que suponen las enfermedades infecciosas, lo cierto es que, de hecho, estamos muriéndonos –lentamente, paso a paso– debido a la tendencia natural que tenemos a hacer lo menos posible. Este insaciable deseo de estar cómodos nos ha debilitado enormemente –de forma irónica, ya que no hay absolutamente nada de cómodo en vernos debilitados–. Esta paradoja –el hecho de que los avances realizados para que tuviésemos menos desgaste físico haya acabado desgastándonos físicamente– es muy profunda y ha llevado a una nueva hipótesis científica que afirma que, quizá, la única manera de salir del pobre estado físico en el que nos encontramos, creado por nuestra cultura de la comodidad, sea volver a adoptar nuevamente las conductas y los comportamientos de nuestros antepasados.

LA ELIMINACIÓN DEL MOVIMIENTO

Antes de que viviésemos en la era de la comodidad, el movimiento del cuerpo humano era necesario para el mantenimiento de la vida. Buscar, capturar y recolectar los alimentos y el agua eran actividades que requerían movimientos frecuentes durante todo el día a lo largo de toda la vida. Para encontrar o construir refugios era necesaria una gran fuerza y resistencia. Incluso para la propagación misma de la especie resultaba vital disponer de un cuerpo sano y con plena movilidad para la cópula, la gestación y el parto. En un cierto momento de la línea evolutiva de los seres humanos, el movimiento y todas las variables que lo componen y que asociamos con la buena salud –la resistencia, la fuerza y la movilidad– eran absolutamente necesarios para la supervivencia.

Sin embargo, en los últimos diez mil años la mayor parte de la humanidad ha pasado de ser poblaciones de cazadores-recolectores a vivir de forma sedentaria en comunidades de granjeros, posteriormente en naciones industrializadas y finalmente en la cultura basada en la tecnología en la que vivimos actualmente. Tú y yo vivimos en una época en la que el movimiento ha sido casi completamente eliminado. Unos segundos al teléfono es suficiente para garantizarnos la comida –que nos sirven directamente en la puerta de casa–. Para encontrar refugio tan solo hemos de buscar en Internet algunos anuncios clasificados de inmobiliarias desde la comodidad de nuestro sofá. ¡Caray! ¡Pero si hoy en día hasta podemos encontrar pareja sin tener que mover más que los dedos para teclear! Aunque los niveles de abundancia de alimentos y de poder adquisitivo varían mucho por todo el planeta, lo cierto es que, al menos en un aspecto, las circunstancias globales actuales han cambiado en el mismo sentido para la práctica totalidad de las poblaciones humanas: el movimiento ya no es necesario.

HAZ MENOS EJERCICIO, PERO MUÉVETE MÁS Y MEJOR

Este libro presenta un nuevo paradigma del movimiento. Dado que el ADN puede expresarse de distintas formas dependiendo de la manera en que los factores externos influyan en las células –en las que este está contenido–, y puesto que el movimiento es precisamente uno de dichos factores, el modo en el que nos movemos influye directamente –para bien o para mal– en la forma que adopta nuestro organismo. Para mí no es suficiente con decirte simplemente que te «muevas más», pues si lo que quieres es disfrutar de buena salud y de un bienestar más estable, también necesitarás «moverte mejor».

Lo que aquí se te ofrece es una seria llamada al movimiento –seria, pero no desagradable–. Miles de lectores y de estudiantes a los que doy clase opinan que los cambios físicos, psicológicos y emocionales que el material que te muestro en estas páginas es capaz de producir son profundos y placenteros. La mayoría de la gente sabe muy poco sobre cómo opera el movimiento en nuestro organismo o qué cantidad de movimiento requieren las funciones biológicas naturales para mantenerse en buen estado. No es mi intención convertirte en un obseso de la salud –aunque soy muy consciente de que hay muchas posibilidades de que así sea–; lo que quiero resaltar es que el movimiento en sí debería utilizarse para crear las circunstancias propicias para la sanación (una respuesta positiva) y no como algo que se hace por miedo a la enfermedad (una respuesta negativa). Muchas personas se sorprenden cuando se dan cuenta de lo fácil que es moverse más (date cuenta de que he dicho moverse, no hacer ejercicio) y lo radicalmente mejor que se sienten al aplicar pequeños y sencillos ajustes esqueléticos a lo largo del día. ¿Estás listo? ¡Pues vamos a ello!

* Huesos, cuerpos y enfermedad.


CAPÍTULO 1

El MOVIMIENTO NUTRITIVO y
las enfermedades asociadas al cautiverio

Vemos para movernos y nos movemos para ver.

WILLIAM GIBSON

En cierta ocasión, en mi época universitaria, me pasé un día entero sin comer. No es que hubiese planeado ayunar ni nada por el estilo; simplemente tenía que entregar un trabajo de cien páginas el lunes siguiente y empecé a mecanografiarlo el viernes anterior. Estuve trabajando sin interrupción durante veinte horas, y no fue hasta que caí exhausta en la cama al día siguiente cuando me di cuenta de que no había comido ni bebido absolutamente nada en todo ese tiempo. Ese día, apenas noté la falta de alimento, pero a la mañana siguiente mi organismo ya me estaba enviando señales urgentes que decían a gritos: «NECESITAS COMER».

Estoy segura de que la mayoría de vosotros habréis tenido también alguna experiencia parecida en la que os habéis saltado las comidas programadas habituales debido a que teníais que hacer algún viaje, por los niños, por la escuela o por cualquier otra cosa de la que, simplemente, teníais que ocuparos. Puede que en tu caso incluso hayas ayunado voluntariamente durante un cierto tiempo. Con independencia de cuál sea la causa, la respuesta física que normalmente se produce tras un periodo de abstinencia en el que no se ingiere ningún alimento es el hambre. Lo cual tiene todo el sentido del mundo, ¿verdad? Comer es una exigencia fisiológica. Los alimentos –y más específicamente los nutrientes que en ellos se encuentran– no son opcionales.

Sin embargo, alimentarse de forma óptima puede suponer todo un reto. Digamos, por ejemplo, que yo misma elaboro la dieta más nutritiva que pueda haber en el mundo y que me aseguro de que incluya una cantidad adecuada de calorías (energía), de macronutrientes (grasas, proteínas e hidratos de carbono) y de micronutrientes (vitaminas, minerales, ácidos orgánicos y minerales traza), así como una cantidad suficiente de fibra. Además, ha de estar basada en productos frescos y estar desprovista de sustancias químicas nocivas.

Por fortuna, la mayoría de los que leáis este libro no estaréis pasando hambre ni tendréis problemas para comprar comida, así es que todos podríamos empezar a adoptar esta dieta saludable basando nuestra alimentación en este patrón. Sí, es posible que el bolsillo no nos dé para comprar todos los ingredientes recomendados, pero priorizando un poco, por lo común no tenemos problemas a la hora de conseguir los alimentos que queremos simplemente renunciando a los productos que no necesitamos.

No obstante, me apostaría algo a que la mayoría de la gente que lea este libro ya habrá intentado seguir alguna dieta nutricional mucho más detallada de la que he presentado aquí. Fijémonos, por ejemplo, en la expresión una cantidad adecuada de grasas. ¿A qué tipo de grasas se refiere? ¿Saturadas? ¿Monoinsaturadas? ¿Grasas trans? Y ¿qué hay de los omega 3? ¿Por qué no están en la lista los ácidos omega 3?

Seguro que ya te has dado cuenta de que cuando se trata de la dieta, los detalles y el contexto son importantes, y de que mi patrón básico, aunque es un buen punto de partida, no está completo. Tomemos ahora, por ejemplo, la expresión cantidad adecuada de calorías. Si nuestro organismo necesita 2.500 calorías al día para disponer de la energía necesaria, ¿habría algún problema si la obtenemos ingiriendo el equivalente en chocolatinas a esas 2.500 calorías? ¿Sería esto una «dieta adecuada»? Por supuesto que no, ¿verdad? ¿Y si tomásemos todos los días 2.500 calorías de naranjas frescas, traídas directamente de los campos de cultivo y no modificadas genéticamente? ¿Estaríamos sanos con una dieta así? ¿Y si tomásemos esas 2.500 calorías a partir de hígado de vaca todos los días? ¿Ya estaríamos sanos? Como vemos, una indicación válida en cuanto a la nutrición como «total de calorías» puede aplicarse erróneamente si no se añaden criterios más específicos y detallados.

ALIMENTOS (Y MOVIMIENTOS) ESENCIALES

Teniendo en cuenta la increíble cantidad de detalles que son necesarios para elaborar una dieta verdaderamente nutritiva, consideremos ahora otro tipo de aporte que nuestro organismo necesita igualmente: el movimiento.

Yo propongo que el movimiento, al igual que el alimento, no es opcional; que has estado recibiendo señales de «hambre de movimiento» en respuesta a una «dieta de movimientos» que resulta muy pobre tanto en cantidad como en calidad –lo que significa que no te estás nutriendo con el rango completo de movimientos que son necesarios para mantener en óptimas condiciones las funciones de tu organismo–. Hay muchas probabilidades de que o bien carezcas por completo de una adecuada «nutrición de movimientos» o bien te atiborres con montones de «movimientos-chocolatina» sin acercarte tan siquiera al equivalente en movimiento de una buena y saludable ensalada de col.

Tanto la nutrición que hace referencia a los alimentos que ingerimos como la que se basa en los movimientos que realizamos están ambas increíblemente llenas de matices, mucho más de lo que creemos normalmente. Muchos aprendimos en la escuela primaria las enfermedades específicas que puede producir la falta de un único nutriente. Por ejemplo, la vitamina C, identificada en cierto momento como la culpable del escorbuto que padecían los marineros. Pero aparte de esto, somos muy pocos los que podemos hacer un listado con cada macro y micronutrientes y sus funciones específicas o los que tenemos claro cómo se relacionan unos con otros y con nuestra propia salud. Leyendo el libro Dancing Skeletons [Esqueletos que bailan], en el que su autora, Katherine Dettwyler, habla del tiempo que pasó en África, descubrí una sección que trataba de la enfermedad de kwashiorkor, una desnutrición grave muy común entre niños pequeños de los trópicos. La dieta característica de esta enfermedad es alta en calorías (provenientes de los boniatos o de otras hortalizas ricas en almidón) pero muy baja en proteínas. Sin embargo, en este caso, la baja proporción de proteínas no es el problema, pues otros niños que toman cantidades de proteínas igualmente bajas pero menos calorías totales no muestran tendencia a desarrollar esta enfermedad. Es la proporción de los nutrientes lo que contribuye a la aparición del kwashiorkor.

EJERCICIO DE KEGEL

Una contracción de los músculos del suelo pélvico que se suele recomendar para prevenir las pérdidas de orina al toser y al correr.

Esta sección del libro de Dettwyler me resultó especialmente relevante, pues me hizo darme cuenta de que los resultados de un programa de ejercicio dependen en gran medida de la proporción que represente cada movimiento con respecto al total de los movimientos realizados. Muchas veces el ejercicio (un aporte consistente en la contracción repetitiva y continuada de un músculo aislado para solucionar una carencia de fuerza específica) se receta del mismo modo que las vitaminas (una cápsula que tomamos para reducir una carencia nutricional). Una de las cosas por las que más se me conoce a nivel profesional es mi argumento de que la forma en la que se prescribe el ejercicio de Kegel en realidad puede no ser beneficiosa en absoluto, e incluso resultar nociva. Este ejercicio es como el almidón en el caso de la enfermedad de kwashiorkor: cuando se realiza de forma excesiva y en ausencia de otras «vitaminas» de movimiento, puede producir resultados negativos –demasiada tensión en el suelo pélvico–. El ejercicio de Kegel (tal y como explicaré con más detalle en el capítulo 10) no es «malo» por sí mismo, del mismo modo que un boniato tampoco es «malo» por sí mismo, pero eso no hace que el boniato o el ejercicio de Kegel sean sanos o recomendables cuando se utilizan de forma aislada.

Una «buena» nutrición, tanto si hablamos de alimentos como si nos referimos al movimiento, no puede reducirse ni a una ni a un conjunto reducido de variables y, análogamente, una mala dieta o un mal programa de ejercicios no es el resultado del déficit de un determinado componente. Cuando la ingesta está basada en una dieta bien equilibrada (en todos los sentidos de la palabra), la suma total de todos sus componentes produce un efecto de bienestar que impregna todo el organismo.

MECANOTRANSDUCCIÓN

El proceso mediante el cual las células perciben las señales mecánicas (compresión, tensión, torsión y movimientos fluidos en cizalla* ) creadas en su medio físico y posteriormente las traducen en señales bioquímicas, permitiéndoles de esta forma adaptar su estructura y su función en consecuencia.

Cada nutriente particular cumple un papel único en el proceso, y muchos nutrientes crean efectos específicos y localizados en el cuerpo. A menudo tenemos enfermedades o trastornos –en las uñas, el pelo, el hígado, los ojos, etc.– cuya causa original puede encontrarse en la falta de algún nutriente específico, por lo que empezamos a valorar tomar alimentos que contengan dichos nutrientes como remedio a esas afecciones. Pero un punto de vista diferente sería considerar que en realidad no estamos enfermos, sino muertos de hambre, y no considerar los alimentos como si fuesen medicamentos, pues no lo son en absoluto: los alimentos simplemente son alimentos; necesitamos sus nutrientes para sobrevivir y para crecer. Es así de simple.

LOS NUTRIENTES DEL MOVIMIENTO

Tanto los alimentos como el movimiento crean una cascada de procesos bioquímicos que alteran nuestro estado fisiológico. La conversión de los aportes –las «entradas»– de movimiento en procesos bioquímicos se denomina mecanotransducción.

Permitidme –no sin antes pedir disculpas a aquellos que tengan una sólida formación en biología– que haga aquí una breve introducción a la organización del cuerpo humano. La manera en la que los académicos lo han organizado sobre el papel para facilitar su estudio es básicamente la siguiente: el cuerpo está compuesto de sistemas ­orgánicos, los cuales, a su vez, están formados por órganos. Estos están constituidos por tejidos, los cuales, por su parte, están hechos de células.

Pero en realidad nuestro organismo está constituido única y exclusivamente de células, las cuales están conectadas unas a otras mediante una matriz extracelular –una compleja red de polisacáridos y proteínas que aportan estructura y regulan todos los aspectos del comportamiento celular–. Cuando mueves lo que muy probablemente consideras como «tu cuerpo» –brazos, piernas, torso y cabeza–, no solo estás reorganizando aquellas estructuras más grandes y conspicuas como las extremidades o las vértebras, sino que también modificas las diminutas e invisibles estructuras celulares.

Siempre, el 100% del tiempo, estamos soportando cargas. La gravedad es una de las fuerzas a las que respondemos constantemente. Del mismo modo que nuestro cuerpo se vendría abajo y colapsaría si no tuviese huesos, los orgánulos presentes en las células no podrían responder a las fuerzas gravitacionales si el citoesqueleto no los sostuviese con firmeza en su sitio. Pero a pesar de que aquí, en la Tierra, la fuerza gravitacional es constante, las cargas producidas por la gravedad dependen en gran medida de la posición física –de la postura– que adoptemos con relación a dicha fuerza. Por ejemplo, la gravedad siempre está actuando sobre nuestros huesos, pero la carga que crea varía dependiendo de cómo estén alineados dichos huesos con respecto a la fuerza que ejerce sobre ellos. Pasar un mes en posición horizontal –algo muy común cuando hay que guardar reposo en cama– puede hacer disminuir tanto la masa muscular como la masa ósea. Ni la fuerza gravitacional ni los genes han variado, pero una posición diferente puede dar lugar a un cuerpo diferente.

UN POCO DE ANATOMÍA


La forma más fácil de visualizar una carga es imaginar una esponja sumergida dentro de un cubo de agua.

Para eliminar agua de la esponja podemos exprimirla (una carga de compresión) o tirar de sus extremos en direcciones opuestas (una carga de tensión).

También podemos retorcerla (una carga de torsión) o deslizar la parte superior de la esponja en relación con la parte inferior (una carga de cizalla).

Y la gravedad no es la única fuerza que genera una carga en nuestras células. Por decirlo de la forma más sencilla posible, una fuerza es básicamente lo que se produce al empujar un objeto o al tirar de él –al arrastrarlo–. En lo que respecta a nuestro organismo, muchos de los objetos que reciben estas fuerzas de empuje o de arrastre son precisamente las células de nuestros órganos sensoriales, lo que determina cómo nos sentimos en el medio que nos rodea. Al igual que el movimiento en sí, las presiones externas (como la interacción que se da entre el hueso, el músculo y la silla), las fricciones (como la que te produce ese par de zapatos nuevos al rozar contra tu piel) y las fuerzas de tracción (¿te acuerdas de esas poleas antiguas que usaban en los hospitales de las películas de los ochenta para mantener elevada la escayola cuando alguien se rompía una pierna esquiando?) producen también deformaciones celulares en el interior de nuestro organismo. El alargamiento y el acortamiento de los tejidos a gran escala, como los de los músculos, crean también fuerzas de empuje y de arrastre a una escala mucho menor –en las células–.

Normalmente no tenemos ningún problema para comprender que el cuerpo responde a los estímulos mecánicos: el oculista examina si tenemos la presión alta dentro del globo ocular para prevenir el posible daño que esto puede causarle al nervio óptico, estamos familiarizados con las úlceras causadas por presión que aparecen en aquellos individuos que tienen que estar sentados o tumbados continuamente sin poder cambiar mucho de postura o hablamos con soltura de aquel par de zapatos que nos causó ampollas al principio, o de cómo aquella vez que nos pusieron una escayola se nos debilitaron los músculos, lo que causó una diferencia muy notable entre ambas extremidades. Estos ejemplos nos resultan muy familiares y conocidos (o eso espero), pero normalmente no nos paramos a pensar en cómo se producen estos fenómenos. ¿Qué es exactamente lo que hace que el nervio óptico muera cuando se encuentra en un ambiente de presión elevada que da lugar al glaucoma? Actualmente, por fin se está investigando la mecanotransducción como la causa subyacente de muchas enfermedades. Las enfermedades de mecanotransducción son aquellas afecciones que se producen cuando un área celular (y, por lo tanto, tisular y, subiendo un nivel más, orgánica) se ve afectada negativamente por las condiciones mecánicas ambientales que creamos tanto directa como indirectamente.

SOBRE EL LENGUAJE Y LA TELEOLOGÍA

Teleología significa atribuir una finalidad o un propósito a un mecanismo fisiológico. Dado que el esqueleto, por ejemplo, se adapta en gran medida a nuestras decisiones respecto a lo que hacemos y cómo nos movemos, suponer que existe un patrón consciente o un diseño deliberado supone ignorar los procesos somáticos. Al escribir sobre el cuerpo nos resulta más sencillo decir que «la cadera está diseñada para soportar el peso del torso» que «una de las consecuencias de la orientación de la cadera y de la pelvis es que la cadera se ha vuelto lo suficientemente robusta como para soportar el peso del torso». Si en algún momento empleo la expresión diseñada es únicamente con la intención de no complicar en exceso el estilo de escritura y para que el texto sea fácil de entender. Tanto en el caso de que una alteración en particular sea de origen evolutivo como si es de origen somático (autoinducida), la noción de finalidad o propósito es un concepto que resulta muy discutible.

El movimiento, la posición y el estado de reposo de nuestro sistema musculoesquelético influyen enormemente en las condiciones mecánicas internas del organismo. A pesar de que concebimos el movimiento como algo que hacemos para entrenar el cuerpo y estar más en forma, la mayoría de la gente no se para a pensar cómo es que se produce esa «mejor forma». Bien, ahora ya lo sabes. Es precisamente mediante el proceso de la mecanotransducción como nuestra parte física se adecua (adapta su forma) a lo que experimentamos en el mundo físico.

O, dicho con más precisión, la expresión física que es nuestro cuerpo no es sino la suma total de las cargas que sufren nuestras ­células. Imagínate, por un momento, que estás en un bosque inmenso. El viento sopla por entre las copas de los árboles y tú miras hacia ­arriba para ver cómo estos se doblan hacia aquí y hacia allá. Algunos permanecen prácticamente in­móviles, mientras que otros se agitan mucho y se bambolean enérgicamente de un lado a otro. Cuánto y cómo se mueve un árbol en particular depende de la dirección e intensidad del viento y de cuánto tiempo esté soplando.

Es importante recordar que la carga no es el viento en sí, sino los efectos creados por él. La carga es el modo en que los árboles sienten físicamente el viento. Cada árbol siente el viento de una forma única y diferente en función de su altura, de su grosor, de su posición relativa respecto a los demás árboles (tal vez los efectos del viento se vean reducidos al estar rodeado de árboles más altos) y de muchos otros factores. Además, el árbol no siente los efectos del viento por igual en todas sus partes. Posiblemente las zonas que tengan muchas ramas notarán más sus efectos y el tronco se doblará más en esas partes, mientras que en otras zonas que no tengan ramas puede que el viento no tenga más efecto que una ligera presión en la corteza.

Estás acostumbrado a pensar en ti mismo como en un único gran cuerpo y no como la suma total de muchas partes diminutas. Cuando pensamos en cargas –especialmente cuando encontramos este término en un libro de ejercicios–, tendemos a equipararlas a las fuerzas que llevan asociadas –decimos cosas como: «Estuve cargando mucho peso», en lugar de pensar en cómo ese gran peso crea deformaciones (y cargas) únicas y específicas en un trillón de partes de nuestro organismo–. Un peso de diez kilos no es la carga; la carga es la experiencia que se produce al cargarlo.

Y AHORA, HABLEMOS DE CARGAS

Imagina que estás de pie en el centro de un trampolín. El peso que hay sobre él es el equivalente al peso de tu cuerpo, pero debido a la estructura de las fibras que constituyen el trampolín, la carga que crea el peso de tu cuerpo no se experimenta de igual modo en todas las partes del trampolín; algunas áreas se deforman más que otras. El área que está justo debajo de tus pies es la que más se arquea hacia el suelo, y la cantidad de distorsión producida va disminuyendo a medida que vamos acercándonos a la zona de la escalera. También hay algunos materiales conectivos –los tornillos– que unen el trampolín con la estructura que lo sostiene. Estos materiales también sienten la carga, al igual que la estructura misma, pero la distorsión aquí producida es mucho menor. De hecho, es prácticamente invisible.

Cuando te pones sobre el trampolín, lo que haces es aplicar una carga en toda su estructura, pero cada parte de esta la experimenta de forma diferente. Hasta ahora te he pedido que te imaginases cómo se deformaría un trampolín si te situases de pie en su centro. Bien, ahora imagina que te colocas en algún otro lugar; aunque tu peso es exactamente el mismo en ambos casos, la forma en la que el trampolín experimenta tu peso es completamente única y diferente dependiendo de dónde te sitúes. Y, en el escenario que te estoy planteando, te estás limitando a estar ahí de pie; también podría decirte que saltases, que corrieses por el trampolín ¡o que hicieses un salto mortal hacia atrás! En cada uno de estos casos, la forma en la que el trampolín experimentaría las cargas creadas por tus movimientos sería totalmente diferente, nanosegundo a nanosegundo.

No resulta complicado entender la importancia que tiene la carga en la forma final que adopta un trampolín. Ahora imagínate que los tejidos de tu organismo fuesen como diminutos trampolines que hay en tu interior. Las cargas que sufren tus tejidos-trampolín son el resultado de tu posición –tanto cuando estás en reposo como cuando te estás moviendo–.

LAS CARGAS SON COMO COPOS DE NIEVE

Cada configuración particular y concreta de una articulación, la manera en la que está colocada con respecto a la fuerza de la gravedad, cada movimiento que se produce en ella y la forma en la que dicho movimiento se inicia son todos ellos factores que crean una carga única que, a su vez, da lugar a un patrón muy específico de tensiones en el organismo. Toda carga experimentada por el cuerpo –independientemente de que la distorsión sea creada por la actividad (o por falta de ella), por la postura en la que realizamos dicha actividad, por su impacto o por lo repetitiva (o no repetitiva) que sea– constituye un «nutriente» para él –y es a lo que a partir de ahora me referiré como un perfil de carga–.

Aquí tenemos una calabaza de seis kilos:


Esto son dos calabazas que, en conjunto, pesan también seis kilos:


Y esto es un grupo de calabazas que también suman seis kilos en total:


Si las pesamos, comprobamos que todas las distintas combinaciones equivalen a seis kilos, pero estos pesos «iguales» no crean la misma carga en el cuerpo. La forma en que nuestro organismo se adapta a las cargas que se colocan sobre él tiene menos que ver con el peso (seis kilos, en este caso) y más con la manera concreta en la que las sujetamos y las acarreamos.

Aquí podemos ver cinco maneras distintas de cargar con una calabaza de seis kilos:


Aquí tenemos algunas maneras más de portar seis kilos de peso:


Y, finalmente, así (de inconveniente) es como podemos cargar con seis kilos de calabazas:


Estas imágenes de las muchas maneras en las que podemos llevar seis kilos de peso son un ejemplo de variabilidad de las cargas. En un caso, puede que para llevar la calabaza tenga que flexionar los codos y las muñecas, haciendo que los músculos de los brazos y de la espalda se contraigan. En otro, puede que tenga los brazos libres pero los discos intervertebrales del cuello se deformen. En algunos casos una parte del cuerpo trabaja más que la otra, mientras que en otros el trabajo está distribuido más uniformemente.

La conclusión a la que queremos llegar aquí es que cada carga particular produce una deformación celular concreta (el equivalente en términos de movimiento a un nutriente), incluso a pesar de que la fuerza aplicada (los seis kilos de calabaza) sea exactamente la misma en todas las ocasiones.

PESO FRENTE A CARGA

«No es la carga en sí lo que te produce el daño, sino la manera en la que la llevas». Me encanta el sentimiento que desprende esta cita de Lena Horne, aunque me gustaría modificarla ligeramente para que dijese: «No es el peso lo que te produce el daño, sino la carga creada por la manera en la que lo llevas». Pero con esta modificación ya no queda tan poética (y, probablemente, sea mucho más confusa), así que la dejaré como está. Te haces una idea de lo que quiero decir, ¿verdad?

Ya sea que estemos hablando de kilos de calabaza o del propio peso corporal, el «peso» no es lo que define el tipo de carga que crea. A menudo se le suele decir a la gente que sus lesiones han sido producidas principalmente por el peso de su cuerpo. Tal vez te duela la rodilla y te hayan indicado que tu peso ha generado una carga mayor de la normal. O puede que el médico te haya explicado que todos esos kilos de más que tienes han causado una presión sobre las rodillas que ha desgastado completamente el cartílago. ¿Cuál es la solución en este caso? Reducir tu peso, con lo cual (ciertamente) modificas la carga, para hacer así que la rodilla se recupere. Pero ¿cómo demonios se supone que vas a bajar quince kilos de peso si eres incapaz de mover la rodilla sin que te duela?


Muchas veces hablamos de «pesos» en lugar de cargas –lo cual supone una simplificación excesiva– porque de este modo es más fácil entender cómo operan, pero hay muchos más factores que influyen en tu dolor de rodilla (o de pie, de espalda o suelo pélvico) que ­simplemente el peso. La prueba está en que hay millones de personas sin exceso de peso que padecen la misma enfermedad o la misma lesión y, análogamente, también hay muchas personas con sobrepeso que no la sufren. El peso no es de ningún modo el alfa y el omega de la carga –no es un factor que pueda explicar por sí mismo cómo opera una carga–. Si queremos mejorar nuestra salud, es mucho más importante tener en cuenta la manera en la que llevamos el peso que pasarnos horas y horas preocupados por el dato aislado de cuánto pesamos.

Por ejemplo, la forma en la que colocas los pies cuando caminas puede dar lugar a cargas mayores de lo normal en las rodillas. Cuanto más hacia fuera estén, mayores serán las cargas situadas en las estructuras de la rodilla media, como el ligamento cruzado anterior y el menisco medial. ¿Tienes que perder quince kilos de peso para mejorar las cargas que soportan tus rodillas? No. Puedes empezar simplemente por reducir el ángulo de tus pies al caminar.

HAY UN GRAN NÚMERO DE VARIABLES
QUE AFECTAN A LAS CARGAS

Una vez que hayas comprendido los perfiles de carga podrás comenzar a evaluar mejor los efectos que el ejercicio tiene sobre la salud. ¿El ejercicio produce las cargas que necesitamos para mantenernos sanos? ¿Son todos los ejercicios igualmente beneficiosos para todo el organismo? ¿Qué tipo de ejercicios son los que habría que añadir en un plan que incluya los movimientos más nutritivos?

Echemos un vistazo a las investigaciones que se han realizado sobre el ciclismo. Los ciclistas profesionales tienden a tener una densidad ósea menor que la de los corredores. ¿Por qué? Porque estar sentado en una bicicleta crea menos cargas verticales que soportar el peso del cuerpo con las piernas. No cabe duda de que un ciclista crea cargas empujando y tirando de los pedales, pero las cargas que se producen al correr o al caminar son muy diferentes de las que se generan al pedalear. Si lo que queremos es que los huesos tengan la densidad suficiente como para soportar nuestro peso vertical, lo que tendremos que hacer será, efectivamente, cargarlos con nuestro peso vertical. El ciclismo no crea unos huesos lo suficientemente fuertes como para sostener una carga vertical, aunque sí que son lo suficientemente fuertes como para soportar las cargas creadas durante el pedaleo.

Por supuesto, no todos los tipos de ciclismo tienen el mismo efecto sobre el cuerpo. El ciclismo de montaña, en el que las diversas partes del organismo están sujetas a baches y sacudidas y en el que se está mucho más tiempo de pie sobre la bicicleta, produce mejores resultados en lo que respecta a los huesos que el ciclismo de carretera. Incluso esos pequeños traqueteos y sacudidas suponen una diferencia notable para las células.

En el ámbito del deporte y el ejercicio, «montar en bici» se considera como una categoría en sí misma de mantenimiento físico. Pero acabamos de ver cómo el ciclismo de carretera y el de montaña pueden producir efectos diferentes (como por ejemplo la densidad ósea). Podemos descomponer cualquier tipo de ejercicio en las cargas que sufre el cuerpo durante su realización para averiguar de este modo si, aparte de las ventajas que pueda aportarnos nuestra actividad deportiva favorita, esta lleva también asociada algún tipo de adaptación que no contribuya a nuestros objetivos de salud a largo plazo.

Cuando queremos ponernos en forma, lo típico es que lo que nos preocupe sea si hemos ido a montar en bici o no –es decir, si hemos entrenado–, pero cuando se evalúa el movimiento o el ejercicio en función de las consecuencias que este produce a nivel celular, hay que ser más específico. ¿Cómo has montado en la bici? ¿Has ido rápido o lento? ¿Cuesta arriba o cuesta abajo? ¿Y qué has estado haciendo con la parte superior del cuerpo? ¿Ha estado apoyada sobre el manillar? ¿Y qué hay de tus partes nobles? ¿Han estado presionando contra el sillín o, por el contrario, has utilizado uno de esos sillines que tienen un agujero central (en cuyo caso la presión mayor se ejercería en las zonas aledañas a tus genitales y no directamente sobre ellos)? Independientemente de cuál sea la actividad que realicemos, cuando se trata de la salud las cargas que se crean resultan de suma importancia.

Cada fuerza particular crea unas condiciones únicas y concretas en las células en función de su intensidad, su ángulo y su velocidad de aplicación. Del mismo modo que hacemos con los nutrientes, siempre podemos descomponer un perfil de carga en partes más y más pequeñas. En las investigaciones llevadas a cabo para analizar las lesiones de los tejidos, las variables de aplicación de una fuerza que determinan su perfil de carga son, entre otras, la magnitud, la ubicación, la dirección, la duración, la frecuencia, la velocidad y la variabilidad.

Aquí tenemos una lista que muestra diferentes maneras en las que el proceso de aplicación de una carga afecta al resultado. Las tres primeras son aquellas variables que dependen del peso y de la geometría del cuerpo. El resto tiene que ver con el tiempo y el espacio de actuación de las cargas que creamos en la vida diaria.

Magnitud: la cantidad de fuerza aplicada. (Imagina la esponja llena de agua. ¿La has escurrido con todas tus fuerzas hasta no dejar ni una gota o tan solo la has apretado ligeramente?).

Ubicación: en qué zona de la estructura se aplica la fuerza. (¿Te limitaste a pellizcar una esquinita de la esponja o la agarraste completamente con toda la mano?).

Dirección: en qué sentido se aplica la fuerza. (¿La apretaste o tiraste hacia fuera de sus extremos? ¿La retorciste? ¿La apretaste de arriba abajo o apretaste uno de sus lados contra el otro?).

Duración: el intervalo de tiempo durante el cual se aplica la fuerza. (¿Cuánto tiempo estuviste escurriendo la esponja?).

Frecuencia: cuántas veces se aplica la fuerza. (¿En el día de hoy has escurrido la esponja seis veces o cincuenta y siete veces?).

Velocidad: la rapidez con la que se aplica la fuerza. (¿Tardaste treinta segundos en ir escurriendo lentamente la esponja o, por el contrario, intentaste escurrirla completamente en un segundo?).

Variabilidad: si la magnitud de la fuerza se mantuvo constante o sufrió modificaciones durante su intervalo de aplicación. (Si estuviste treinta segundos apretando lentamente la esponja, ¿la apretaste con fuerza uniforme todo el tiempo o hubo algunos segundos en los que relajaste un poco la tensión?).

MÁS DATOS SOBRE LAS CARGAS

La duración y la velocidad de las cargas son factores importantes porque estas siempre se producen en un periodo de tiempo determinado. Cada carga tiene un principio, un desarrollo medio y un final, y puede presentar aspectos diferentes en función de en cuál de estas partes pongamos el énfasis.

Si colocas un globo en una silla y te sientas sobre él, llega un momento en el que la fuerza aplicada sobre el globo es igual al peso de tu cuerpo, pero la deformación que se va produciendo en el globo es gradual, porque tu peso no aparece de repente como por arte de magia sobre él –tus músculos van bajando la masa de tu cuerpo sobre la silla durante un determinado periodo de tiempo, aunque sea un instante–. El abultamiento lateral del globo es más evidente una vez que todo el peso de tu cuerpo está ejerciendo presión sobre él, pero al principio el globo experimenta tan solo una ligera deformación que luego se va haciendo cada vez mayor, hasta que al final está completamente «aplastado» por el peso de tu cuerpo. Si midiésemos la magnitud de la fuerza ejercida sobre el globo justo antes de que estalle, esta sería muy cercana a la correspondiente al peso de tu cuerpo, pero si medimos la carga que soporta el globo en cualquier punto antes de ese momento, la fuerza aplicada es menor.

Además, los tejidos que conforman nuestro organismo son de muchos tipos. Cada tipo de tejido reacciona de manera diferente a diferentes variables; un mismo conjunto de fuerzas creará una carga distinta dependiendo del tipo de tejido sobre el que se aplique. Así como no produce los mismos resultados presionar una piedra que presionar un globo con la misma intensidad, también los diferentes tejidos dan lugar a distintas deformaciones celulares.

Aunque los tejidos no responden de la misma manera, todos ellos están conectados, lo que significa que aunque nos parezca que una carga se está aplicando únicamente en una parte de nuestro cuerpo, en realidad afecta a todas las otras partes –y de forma única y particular a cada una de ellas–. Me gusta decir que cuando llevas una mochila no solo estás cargando una mochila a tu espalda, sino que, en realidad, es como si cargaras un trillón de mochilas –una en cada célula–, pero la forma en la que cada célula carga con ella depende de lo lejos que esté de la mochila real. ¿También esa célula que está ahí abajo, en el tobillo? Sí, esa también siente el efecto de la mochila, aunque no tanto como las células de los hombros.

Sin embargo, no se trata únicamente de «sentir el peso», pues los ángulos de las deformaciones creadas por una fuerza no siempre son como cabría esperar. Imagina que tiras de la parte baja de tu camiseta. O mejor aún, no lo imagines, agarra tu camiseta ahora mismo por el dobladillo inferior y estira de ella hacia abajo. Probablemente verás algunas arrugas verticales, otras con un ligero ángulo y también áreas en las que no hay ninguna arruga. Si prestas atención, es posible que puedas apreciar también cómo las zonas laterales de la camiseta se han desplazado hacia el centro. Es decir, la aplicación de una única fuerza hacia abajo crea deformaciones (léase: cargas) en direcciones completamente diferentes de aquellas en las que pensaríamos intuitivamente.

EL MOVIMIENTO ACTIVO Y NUESTRA FALTA DE MOVIMIENTO

Ahora que ya eres todo un profesional de las cargas, hablaremos de cómo las cargas celulares constituyen una parte inherente al movimiento.

Mucha gente concibe su sistema musculoesquelético como una serie de palancas y poleas que hacen que el cuerpo se desplace por este mundo, pero en realidad están teniendo lugar muchas más cosas en el proceso:

1 Los músculos esqueléticos entran en acción cuando nos movemos.

2 La acción de los músculos al entrar en funcionamiento comprime las arteriolas (los vasos sanguíneos que parten directamente de las arterias) del organismo, haciendo de este modo que se abran, lo cual bombea sangre hacia las zonas del cuerpo que están realizando el trabajo.

3 Este desplazamiento de sangre a las zonas que ahora están activas hace que les llegue más oxígeno, aportándoles a las células la «gasolina» que necesitan y, al mismo tiempo, empuja hacia el exterior los desechos celulares que se están generando constantemente.

4 Las cargas creadas por el movimiento pueden desplazar o deformar tu cuerpo. Un ejemplo de desplazamiento sería la activación del grupo de los músculos del bíceps para rotar el antebrazo a la altura del codo cuando sujetamos una calabaza. El desplazamiento se produce cuando una parte (en este caso el hueso del brazo) no cambia de forma, sino que se mueve como un todo. Pero lo que ocurre es que el hueso que sostiene la calabaza en realidad no actúa simplemente como una palanca sólida o rígida, porque los huesos presentan cierta flexibilidad. A menos que seas un robot (vayan por delante mis disculpas a El hombre de los seis millones de dólares y a La mujer biónica), los tejidos de tu organismo –todos ellos– son en realidad blandos, lo que significa que al sostener una calabaza en los brazos también estamos creando pequeñas deformaciones –es decir, cambios en la forma original de sus tejidos–. Estos cambios de forma en los tejidos son en su mayoría microscópicos –la tracción o adherencia que un objeto ejerce sobre las manos al agarrarlo, el arrastre que produce la piel de la mano sobre los tejidos conectivos que hay justo debajo de ella o la minúscula curvatura del hueso del brazo que produce el peso de la calabaza son todos ellos ejemplos de cargas «invisibles» que no llaman tanto la atención como los desplazamientos pero que, no obstante, también provocan cambios en la experiencia a nivel celular–.

Para comprender mejor cómo la mecanotransducción influye en la forma final de nuestro cuerpo tenemos que empezar a pensar en lo más pequeño. La actividad que podemos ver a simple vista (el cambio de posición de los codos, las rodillas, los pies, las caderas, etc.) no es tan solo un indicador de cómo se mueve el cuerpo en su totalidad, sino que también nos aporta información sobre otros movimientos más sutiles que se producen en el sistema, en los tejidos y en las células que hay bajo la piel.

Llegados a este punto ya no debería resultarte complicado comprender cómo la falta de movimiento nos está asfixiando lentamente a nivel celular. Los movimientos que antes solían ser intrínsecos al mero hecho de vivir (léase: que tenían lugar durante todo el día) y las cargas celulares que solían producirse de forma habitual en el día a día ahora han sido transferidos a máquinas, a ordenadores o a otras personas que se mueven por nosotros. Actualmente no existe ningún modo artificial de recuperar físicamente la capacidad de torsión, ninguna forma de comprimir los efectos de cien horas semanales de «aplastamiento» celular en tan solo siete horas de ejercicio, ni tampoco hay disponible ninguna tecnología que sea lo suficientemente inteligente como para reemplazar a la naturaleza. Generalmente, se considera que la enfermedad significa que algo ha ido mal a nivel fisiológico. Yo afirmo que, en la mayoría de los casos, nuestra fisiología se limita a responder exactamente tal y como ha de hacerlo a los tipos de movimientos que realizamos. En lugar de pensar que hay algo que va mal en nosotros mismos (que tenemos alguna deficiencia intrínseca), deberíamos reconocer la falta de salud como una señal de que nuestro medio o nuestras circunstancias (mecánicas) son los que presentan alguna deficiencia.

«Pero espera un momento –te oigo decir–. Yo sí que hago ejercicio. ¿Qué pasa conmigo?». El paradigma que domina actualmente en el ámbito del ejercicio incluye la creencia de que cualquier ejercicio de cualquier tipo mejora la distribución de oxígeno en todos los tejidos, pero esto no es así en realidad. Cualquier tipo de movimiento mejora la circulación –es decir, el aporte de oxígeno y la retirada de productos de desecho– únicamente en los músculos que se están utilizando para realizar ese movimiento específico. Incluso en el caso de que seas un gran deportista –quizá montas en bici o sales a correr religiosamente– tan solo los músculos que usas para ese ejercicio específico reciben algún beneficio. Con el tiempo, el uso excesivo del cuerpo sobre la base de un patrón particular da lugar a tejidos fuertes situados junto a tejidos más débiles, lo que crea las condiciones favorables para que se vaya desarrollando una lesión lentamente.

Lo que pone en marcha e impulsa los procesos fisiológicos es el «consumo» frecuente de movimientos variados. El movimiento no es algo que sea tan opcional como hemos querido creer. Al igual que la falta de alimento (o, Dios no lo quiera, de oxígeno) da como resultado la aparición de una multitud de señales biológicas y fisiológicas, actualmente la gente vive en sus «cuerpo-casa» rodeada por doquier de gritos de alarma en forma de dolores y de enfermedades, pero no es consciente de cuál es el verdadero origen del problema. Hemos estado haciendo el movimiento equivalente a comer o a respirar por debajo de lo necesario, lo cual produce un gran impacto en nuestro organismo a todos los niveles, incluido el celular.

Por supuesto, la dieta, el estrés y los factores ambientales pueden alterar la expresión (el resultado final a nivel físico) de nuestro ADN, pero mi opinión profesional como experta en biomecánica es que, más que ningún otro factor, lo que más falta les hace a los seres humanos es el movimiento, a pesar de lo cual el grueso de la comunidad científica ha fallado a la hora de darle la importancia que se merece. En lo que respecta a las enfermedades, las condiciones mecánicas internas del cuerpo han sido las menos estudiadas y discutidas de todas –un descuido que resulta de lo más asombroso si tenemos en cuenta que todas las células corporales están equipadas con órganos especializados en detectar precisamente las condiciones mecánicas del medio–. Los kinesiólogos y las entidades dedicadas a la kinesiología –un campo académico que se supone que, por definición, estudia el movimiento humano– han sustituido el movimiento por el ejercicio físico y el deporte (hablaré más sobre este tema en el capítulo 3). Dentro del campo científico de la anatomía hemos creado una jerarquía de estructuras que implica que los sistemas nervioso y cardiovascular no solo quedan separados del sistema musculoesquelético, sino que además hace que asumamos que aquellos tienen un impacto mucho mayor sobre nuestra salud que este último.

Todas y cada una de las funciones que realiza nuestro organismo requiere de algún tipo de movimiento –el cual tiene su origen en el sistema musculoesquelético– para poder llevarse a cabo con soltura y facilidad. La digestión, la inmunidad, la reproducción: para todas estas funciones es necesario que nos movamos. Puedes alimentarte siguiendo la dieta perfecta, dormir ocho horas al día o usar solamente bicarbonato de sodio y vinagre para limpiar la casa, pero sin las cargas que aporta el movimiento natural, todos estos dignos esfuerzos se verán frustrados a nivel celular, y ese estado óptimo de salud y de bienestar al que quieres llegar continuará eludiéndote.

Como explicaré más adelante, el movimiento natural no tiene que ver únicamente con los músculos y con el ejercicio. Y –para complicarlo más aún– a veces ni siquiera tiene que ver con moverse, pues existen muchas cargas pasivas esenciales que simplemente provienen de la interacción con las fuerzas naturales terrestres. Pero permíteme que use una especie diferente para explicar lo que son las cargas esenciales (y las pasivas), ya que en ocasiones estamos tan cerca de nuestra propia experiencia cultural que no somos capaces de ver más allá de ella.

ENFERMEDADES PROPIAS DEL CAUTIVERIO

¿Alguna vez has estado en un acuario o en un parque temático de vida marina que tuviese una orca (también conocida como «ballena asesina»)? O quizá hayas visto la película Liberad a Willy. En ambos casos, es posible que te hayas fijado en la aleta dorsal caída que presentan los machos de esta especie cuando se los mantiene en cautividad.


Los biólogos marinos y los veterinarios especializados en mamíferos marinos han tratado de investigar más en profundidad este fenómeno para descubrir las causas que dan lugar al llamado síndrome de la aleta flácida –aunque la bióloga marina Wende Alexandra Evans señala el hecho de que, en realidad, la aleta está rígida, por lo que síndrome de la aleta doblada sería una denominación más precisa–, cuestionándose, específicamente, qué es lo que tiene la cautividad que hace que se incrementen las probabilidades de que se presente. Estos investigadores han creado una lista de comportamientos que son exclusivos del cautiverio:

 Las orcas privadas de libertad nadan únicamente en círculo en sentido contrario a las agujas del reloj.

 Las orcas que son mantenidas en tanques poco profundos no tienen oportunidad de moverse y de desplazarse en medios con una mayor presión estática de la columna de fluido, propia de las profundidades oceánicas.

 La dieta de una orca en cautividad es diferente –su alimentación tiene un contenido en agua menor– que en el medio natural.

 La cantidad de tiempo que una orca pasa en la superficie es mayor cuando está en cautividad.

Los científicos marinos han observado que las deformidades en las aletas también se dan en condiciones naturales, solo que en menor grado y con una frecuencia mucho más reducida. En ocasiones se aprecia alguna aleta dorsal ligeramente combada o arqueada, pero no con tanta intensidad ni en la misma dirección que en la mayoría de los machos cautivos. Las orcas que, viviendo en libertad en el océano, presentaban esta curvatura, también parecían haber sufrido algún tipo de trauma asociado con la aleta dorsal (tal y como las visibles heridas y cicatrices que tenían ponían de manifiesto), y algunas de ellas mostraron una clara mejoría cuando se las examinó tiempo después. Por el contrario, no existen datos que demuestren mejoría alguna en orcas en cautividad.

También había algunas otras cuestiones que se debían tener en cuenta:

 Durante los periodos de máximo crecimiento se produce en las orcas pubescentes un reblandecimiento natural (una mayor oscilación) en la aleta dorsal.

 Las aletas dorsales de los machos son más largas que las de las hembras.

 La aleta dorsal de una orca está formada por un tejido muy similar al de nuestros ligamentos. Constituida en su mayor parte de fibras de colágeno, la aleta dorsal no tiene huesos ni músculos para sostenerse, lo que la convierte en un tejido totalmente pasivo.

Al analizar todos estos datos en conjunto, los científicos propusieron la hipótesis de que la causa más probable del síndrome es el medio mecánico propio del cautiverio –en este caso, una combinación de la ausencia en la aleta de las cargas que se crean cuando las orcas pasan mucho tiempo nadando hacia delante en zonas profundas, cargas que presionan los tejidos pasivos de la aleta y hacen que esta mantenga su posición vertical, y la presencia de las cargas anormalmente altas creadas al no poder nadar más que en una sola dirección, todo ello unido a la mayor exposición de la aleta a los efectos de la gravedad al estar mucho más tiempo por encima de la superficie del agua–. De este modo, las orcas más susceptibles de padecer este síndrome serían aquellas con las aletas dorsales más altas, las que crecen en cautividad y las que tienen algún tipo de percusor genético que favorezca la falta de firmeza del colágeno.

Bien. Ahora, lo que quiero explicar con todo esto.

Podría parecer que la aleta dorsal, una estructura totalmente necesaria para nadar con estabilidad –algo absolutamente vital para una orca– debería estar dotada de algún tipo de mecanismo de estabilización (como el que le conferiría un músculo) para prevenir problemas como la caída de la aleta, pero si abordamos esta cuestión desde un punto de vista evolutivo, ¿por qué motivo iba a necesitar una orca que ha estado evolucionando durante eones nadando de una manera concreta en el océano un mecanismo de estabilización cuando el simple hecho de nadar en ese medio crea ya de por sí las fuerzas necesarias para que funcione de manera óptima? Un mecanismo de estabilización sería algo innecesario para ella, algo cuyo uso y mantenimiento tendría un coste energético. La orca está perfectamente equipada para nadar en su medio; lo único que supone un problema son las condiciones de cautividad que tiene que afrontar. Incluso en los casos de orcas con una aleta genéticamente «más débil», los factores genéticos tan solo resultan ser pobres en el medio específico del cautiverio.

En el caso de los seres humanos, estamos constantemente tratando de explicar las causas de las enfermedades en función de las características químicas o genéticas de los individuos que las padecen, ignorando por completo los perfiles de carga de los cuales depende el adecuado funcionamiento de nuestro organismo. Por descabellado que pueda parecer, nosotros, al igual que estas orcas con la aleta flácida, somos animales en cautividad, y nuestros tejidos no están preparados para las cargas que creamos con los movimientos propios de los hábitats modernos.

LOS GENES Y LAS ENFERMEDADES DEL COMPORTAMIENTO

Supongamos que, en el futuro, todas las orcas que existen en el mundo están en cautividad, por lo que son las únicas que podemos observar, analizar e investigar. Con el tiempo, la alta frecuencia de aletas flácidas empezaría a parecernos lo normal. En ausencia de orcas salvajes con las que poder compararlas, lo más probable es que pusiésemos la atención en alguna configuración química o genética concreta que hiciese que el síndrome tuviese más probabilidades de aparecer. Acabaríamos por asumir que las orcas macho, que tienen aletas dorsales más largas, y aquellas que presentasen el gen para el colágeno de «tipo x» estarían en riesgo de padecer el síndrome simplemente por el hecho de presentar estos «factores de riesgo».

Si todas las orcas nadasen en tanques, la forma en la que nadan no sería un factor obvio para el desarrollo del síndrome: «Así es como nadan las orcas, ¿no? –nos diríamos–. Todas las orcas que hemos estudiado nadan exactamente así. No es que no hagan ejercicio. ¿Acaso no usan todas los mismos músculos al nadar? ¿Acaso no nos aseguramos de que naden y se ejerciten entre una y tres horas cada día? Ese factor está cubierto, así que debe de existir alguna otra razón».

Pero, por supuesto, la forma de nadar no es siempre igual: incluso cuando los grupos musculares que se ponen en funcionamiento son los mismos, las fuerzas que se aplican sobre la orca a lo largo de su vida pueden variar enormemente en función de los cambios que se produzcan en la velocidad, en las posiciones habituales con respecto a la gravedad, etc. El resultado físico que experimenta la orca depende de las cargas. Cuando consideramos el movimiento como una serie de cargas, no resulta complicado entender por qué nadar lentamente en círculos en la superficie del agua durante un par de horas al día no es lo mismo que nadar en línea recta, a grandes profundidades y con acelerones ocasionales –es decir, la forma natural de nadar para buscar alimento y para aparearse de las poblaciones salvajes–.

Ahora sustituye el término aleta flácida por rodillas atrofiadas, arcos del pie colapsados, caderas desgastadas, músculos de la parte trasera del muslo sobrecargados, suelo pélvico con pérdidas de orina, tobillos doloridos –lo que tú quieras– y considera tus perfiles de carga habituales. Caminar sobre una cinta de correr durante una hora al día da lugar a un perfil de carga totalmente diferente al que se origina al caminar durante una hora sobre terreno firme. Si a lo largo de esa hora llevamos zapatos, el perfil de carga creado va a ser distinto que si no los llevamos. Pasarse sentado las ocho horas anteriores y posteriores a esa hora de caminata produce un resultado diferente que si dividimos esa hora en cortos periodos y los distribuimos a lo largo de todo el día.

Las cargas que recibimos en el mundo actual difieren enormemente de las que experimentaron nuestros antepasados hace cien, mil o diez mil años, y, sin embargo, aceptamos alegremente que nuestros problemas actuales de salud –que tantos padecemos y compartimos– son genéticos. Genético, un término en cuyo significado ya hemos incluido la noción de que es algo que está fuera de nuestro control. Ya sea por conveniencia, por comodidad o por ignorancia, no hemos tenido en cuenta el hábitat en el que residen nuestros genes ni el impacto que tiene el modo en el que nos movemos en nuestro estado de salud.

* Un cuerpo está sometido a un esfuerzo de cizalladura (también llamado de cizallamiento, de corte o esfuerzo cortante) cuando se le aplican dos fuerzas de sentido opuesto. Dichas fuerzas actúan de forma que una parte de la estructura tiende a deslizarse sobre la otra.


CAPÍTULO 2

El movimiento,
las cargas y el ADN

La naturaleza no es clásica, maldita sea, y si lo que queremos es hacer una simulación de la naturaleza, más nos vale basarla en la mecánica cuántica. Y, mira tú por dónde, sería un problema fascinante, porque no parece una tarea fácil de llevar a cabo.

RICHARD FEYNMAN

Durante la mayor parte de mi carrera académica –casi veinte años ya– me he dedicado al estudio de la biomecánica del cuerpo humano. Las células animales, el cuerpo humano y el movimiento son temas que no dejan de fascinarme pero, a veces, después de haberme pasado diez horas reflexionando sobre la biomecánica corporal, necesito tomarme un descanso. En días así, me preparo una gran taza de té, me doy un buen baño caliente y me tumbo cómodamente para disfrutar de la lectura de... ¡investigaciones sobre los procesos mecánicos de las plantas!

Permíteme compartir contigo uno de los aspectos que más me fascinan de la mecánica de los árboles: el hecho de que son moldeados por el viento. En serio. Es decir, por supuesto que los genes son los responsables de definir su forma primaria, su color y su textura. Son precisamente estos factores los que hacen que un biólogo ­pueda determinar si un árbol es una secuoya, un arbusto, etc., pero es el movimiento del árbol, y más específicamente la estimulación constante durante todos los días que crea el viento, lo que determina el grosor del tronco y de las ramas, así como la frecuencia y los ángulos en los que brotan estas últimas. ¿No te parece asombroso? (Lo que me resulta más interesante de todo esto es: ¿cómo hace el árbol para almacenar estas influencias mecánicas? Los árboles crecen tan alto y durante tanto tiempo que han de almacenar la información mecánica en un modo que le permita al crecimiento futuro aprovechar dicha información. Pero ¿DÓNDE TIENEN LOS ÁRBOLES EL CEREBRO? Si tú lo sabes, querido lector, por favor, no dudes en enviarme un correo electrónico con esta información. Te estaré eternamente agradecida).

LOS GENES Y EL VISOR ESTEREOSCÓPICO

Después de este descanso y este refrigerio que nos hemos tomado con los genes y los procesos mecánicos de las plantas, volvamos a hablar de los genes en los seres humanos. Si eres de los que han ido al instituto en los últimos cien años, lo más probable es que te hayan enseñado un modelo celular que, básicamente, establece que el núcleo de la célula contiene toda la información necesaria para la replicación celular y que la información genética (el ADN) determina todos los comportamientos que presenta. De esta manera, el estado de cada tejido (formado por células), de cada órgano (formado por tejidos) y de cada sistema (formado por órganos) está dictaminado por los genes.

Pero, tal y como los árboles nos acaban de mostrar, los genes no son así de simples. Los científicos han observado que el mero hecho de que una persona posea un gen en particular no significa que vaya a presentar automáticamente una determinada característica. Esto significa, por ejemplo, que tú y tu vecino podríais tener los dos un mismo gen para el cáncer de pulmón, pero que solo uno (o ninguno) de los dos lo desarrolle. El hecho de que genes idénticos puedan comportarse de manera diferente dependiendo del ambiente ha llevado a la aparición de un campo de estudio emergente totalmente nuevo llamado epigenética, la rama de la biología que estudia cómo el medio en el que se encuentra una célula puede afectar a su comportamiento.

Un gen es una secuencia específica de ADN en un único cromosoma que codifica un producto en concreto. Mucha gente asocia los genes con el concepto de predeterminación y utiliza ambos términos de forma indistinta. Dicen, por ejemplo: «El médico me ha dicho que mis problemas de rodilla son de origen genético» o «Las investigaciones llevadas a cabo demuestran que las enfermedades cardiovasculares son genéticas». Pero utilizar el adjetivo genético de esta manera es, en el mejor de los casos, una expresión caduca y obsoleta y, en el peor, algo que paraliza totalmente a la persona que padece la dolencia.

Sería más exacto pensar en los genes como factores que establecen un rango o un espectro de posibles resultados. Nuestra constitución genética no es una imagen fija del aspecto que tenemos ahora o del que vamos a tener en el futuro. Más bien es como uno de esos discos que se pone en un visor estereoscópico de filminas –con una gran cantidad de posibles resultados que puedes seleccionar con tan solo ir moviendo una palanquita–.


EL MECANOMA

Es muy probable que estés familiarizado con el término genoma (tus genes, sus modificadores y otros cachivaches que hay entre medias) tal y como se usa habitualmente al hablar de la salud, pero posiblemente nunca hayas oído hablar del mecanoma.

MECANOBIOLOGÍA

Un campo de la ciencia relativamente nuevo que se centra en el modo en el que las fuerzas físicas y los cambios en la mecánica de las células o de los tejidos contribuyen al desarrollo, la fisiología y las enfermedades.

El mecanoma, en el ejemplo del visor estereoscópico, sería el conjunto de todas las fuerzas y de los mecanismos necesarios para ­mover la palanca que hace avanzar el disco. Es un término que engloba colectivamente la maquinaria, el proceso de creación de estímulos, las cargas que son percibidas por los mecanosensores de las células y las respuestas producidas por las deformaciones celulares. Un mecanoma representa la interacción entre fuerzas y biología.

Por ejemplo, tus genes contienen información sobre las diferentes proporciones en las que han de presentarse los distintos tipos de fibras musculares, las cuales afectan al potencial que tienen tus ­músculos para crecer en respuesta al ejercicio –por ejemplo, si vas a ser capaz de convertirte en uno de los atletas más rápidos del mundo o no–, pero los genes no ponen en funcionamiento por sí mismos los programas necesarios para convertir tu organismo en el cuerpo de un atleta. En lugar de eso, lo que ocurre es más bien que dicho desarrollo tiene lugar cuando creas a través de tus acciones los estímulos necesarios. Si tú (y tus genes) no habéis hecho nada más en los últimos quince años que estar tumbados en la cama, tu aspecto final no va a ser el mismo (ni en persona ni sobre el papel) que si durante todo ese tiempo tú (y tus genes) hubieseis estado de pie y en movimiento. Por supuesto, esto no es más que un ejemplo extremo, pero todo movimiento o toda falta de movimiento da lugar a resultados sutilmente diferentes tanto en los individuos como en sus genes.

ANCLADOS EN LA PERSPECTIVA GENÉTICA

Es posible que sea necesario que transcurra cierto tiempo para que la enseñanza de la ciencia se ponga al día con la ciencia en sí. Incluso hoy en día, décadas después de que los científicos hayan alcanzado una mejor comprensión del papel que juega el entorno en la expresión genética, se les sigue presentando a los nuevos estudiantes de anatomía y fisiología el modelo basado en la premisa de que «el núcleo controla la célula»; el modelo celular más avanzado tan solo se enseña en las clases universitarias de biología específicas para la especialidad de mecánica –la mecanobiología–.

El resultado al que da lugar esta negligencia es que, por lo común, los médicos de los que dependemos no han recibido ningún tipo de formación en mecanotransducción. (Y lo cierto es que no queda sitio para poder introducir esta materia en los estudios de medicina, pues los estudiantes ya tienen que ir a clases durante un tiempo interminable para ser capaces de reconocer una urgencia, así como las patologías más raras e infrecuentes que pudiera presentar cualquier persona que tengan que tratar. Sería ridículo esperar que la comunidad médica también fuese responsable de estudiar matemáticas y física, además de biología, química, anatomía, fisiología y cómo tratar con seres humanos que están sufriendo dolores. Es hora de darles un descanso y de asumir una cierta responsabilidad personal por nosotros mismos. Ahí queda dicho).

Independientemente del porqué, es muy posible que las condiciones mecánicas sean las más importantes –y, aun así, ciertamente las más ignoradas– de entre todos los aspectos que afectan al medio o al entorno en el que se encuentran las células. La mecanotransducción, como seguro que ya sabes a estas alturas, es el proceso mediante el cual las células perciben las señales mecánicas y responden a ellas. También sabes ya que, a través de las cargas, se están creando señales mecánicas todo el tiempo, tanto por los movimientos que realizamos como por las posturas que adoptamos cuando no nos estamos moviendo. Los movimientos (no únicamente al hacer ejercicio, sino también cada gesto que hacemos, por grande o pequeño que este sea) hacen que se aplique una carga en los tejidos y las células del organismo. Cada célula contiene en su interior una red rígida denominada citoesqueleto, cuya función es similar a la de nuestros huesos. Los descubrimientos más recientes en biomecánica celular muestran que la deformación de la célula misma y las cargas que soporta el citoesqueleto afectan al comportamiento de cada célula, incluyendo también el modo en el que esta se regenera.

Los estudios rigurosos del fenómeno de la mecanotransducción son relativamente «nuevos» –la mayor parte de la investigación en este campo se ha realizado en las dos últimas décadas– pero han formado parte de los círculos del conocimiento científico desde hace más de cien años, gracias en parte al anatomista alemán Julius Wolff (el de la famosa ley de Wolff).

LA LEY DE WOLFF

Originalmente, la ley de Wolff era un conjunto de ecuaciones matemáticas utilizadas por el anatomista Julius Wolff para predecir la trayectoria específica de las formaciones óseas. Aunque se demostró que sus detalles (por ejemplo, la equiparación que hacía su modelo matemático de los huesos con un tejido rígido e inflexible) eran inexactos, sus principios –que todo cambio en la conformación estructural de un hueso es producto de una dinámica de adaptación a las demandas mecánicas que le impone el medio– sigue siendo hoy en día uno de los fundamentos de la osteología.

La ley de Wolff es un término generalizado para englobar la idea de que los cambios que se producen en la formación ósea, la reabsorción, el equilibrio, la regeneración y el remodelado de los huesos dependen de cómo se use el cuerpo –tanto en la etapa juvenil, en la que estos se están formando, como, aunque menos comprendida, en la etapa de adulto–. Los antropólogos de hoy en día utilizan la ley de Wolff como la asunción subyacente de que las diferencias encontradas en las morfologías de los huesos de nuestros antepasados se pueden utilizar para investigar las condiciones mecánicas existentes en el pasado.

Hoy en día existe un gran volumen de investigación científica referente a los efectos que las cargas físicas tienen en las enfermedades, los trastornos y las lesiones que se presentan con más frecuencia en los seres humanos. Aun así, la mayor parte de los recursos (y de los titulares de las revistas especializadas) se centran en el predeterminismo genético y en los marcadores bioquímicos (como, por ejemplo, el colesterol alto en el caso de las enfermedades cardíacas). A pesar de que la comprensión científica actual acepta plenamente que las células se adaptan a su entorno mecánico y que es posible que las señales bioquímicas que dan lugar a la expresión genética ni siquiera sean necesarias (pues, por lo que parece, el citoesqueleto puede transmitir señales mecánicas directamente al ADN a través de los recientemente descubiertos citofilamentos; ver la referencia de Jorgens), nuestra experiencia física se nos presenta repetidamente como algo con lo que tienen muy poco que ver las decisiones que tomamos –por ejemplo, cómo utilizamos nuestro cuerpo desde que nacemos–.

Nuestra falta general de conocimiento del mecanoma no debería empañar el hecho de que muchos de los procesos que tienen lugar en el organismo, incluyendo la expresión genética, se pueden regular mecánicamente. Una vez que comprendemos esto, nos damos cuenta rápidamente de hasta qué punto buscar una solución a nuestros problemas de salud sin considerar nuestro «entorno de movimiento» produce resultados que son inevitablemente limitados tanto en su alcance como en los beneficios que pueden reportarnos.

Recientemente, gracias a los avances llevados a cabo en el campo de la nanotecnología, los científicos pueden entender mejor cómo se produce la transmisión de fuerzas entre células y de qué manera las cargas dan lugar a adaptaciones en las células individuales que, en su conjunto, producen efectos apreciables en los tejidos que forman. La comprensión de este proceso debería hacer que llegase un momento en el que los profesionales de la salud pudiesen reconocer muchas dolencias (incluyendo afecciones como la artrosis, la osteoporosis, el cáncer y las colagenopatías) como enfermedades de mecanotransducción –y, lo que es más importante, debería ayudarles a diseñar terapias de intervención que estuviesen más basadas en las cargas–. Hasta entonces, podemos ser conscientes de cómo cargamos nuestro cuerpo en cada momento del día y adoptar, en este preciso momento, los cambios que sean necesarios.

ERES COMO TE MUEVES

No te conozco personalmente, pero lo más probable es que nuestro desarrollo haya sido muy similar, lo que significa que nuestras células han estado en un entorno mecánico muy parecido. Seguramente naciste en un hospital y después te llevaron a casa en una cuna en el asiento trasero del coche. Durante tus primeros seis meses estuviste principalmente acostado, y cuando te sacaban fuera también solías estar tumbado de espaldas en algún tipo de cochecito o de silla de paseo.

Lo que más cultivaste fueron las habilidades motoras de tus manos, pues te daban sonajeros y otros objetos para que los agarrases y los manipulases. Para desarrollar la fuerza de tus miembros inferiores lo más seguro es que necesitases que alguien te sostuviese de pie regularmente, de forma que tus piernas pudiesen ir soportando gradualmente una parte del peso de tu cuerpo –aunque posteriormente esta práctica fue considerada peligrosa debido a la creencia común, aunque carente de base científica, de que hacía que a los niños se les quedasen las piernas arqueadas–. Y aunque a tus padres les dijeron que no debían ayudarte a ponerte de pie, nadie les dijo nada respecto a envolverte en pañales y en mantillas, ponerte a saltar en castillos inflables o meterte en tacatacas o en otros aparatos similares que, según se ha demostrado científicamente, tienen efectos perjudiciales –como un pobre desarrollo de las capacidades motoras o la aparición de displasia de cadera–. Tus reflejos naturales para rodar sobre ti mismo, sentarte, gatear y, más adelante, andar, probablemente aparecieron, respectivamente, a los seis, siete, ocho y doce meses de edad.

¡CARAY!

Según el informe de 2013 sobre la actividad física en niños y adolescentes de la Active Healthy Kids Canada, los adolescentes canadienses de edades comprendidas entre los quince y los diecisiete años caminan una media de once minutos al día.

Cuando ya fuiste capaz de andar, aunque fuese con pasos inseguros y a trompicones, o incluso antes de eso, te pusieron zapatos para que sirvieran de «apoyo» para tus pies, y así exploraste el mundo hasta que llegó la hora de sentarte en la trona, en el triciclo o en esa sillita para niños que compraron especialmente para ti.

Tu caminar se fue convirtiendo poco a poco en un corretear infantil –primero con un paso torpe y desmañado y con los brazos ­rígidos, y finalmente de un modo más parecido a lo que es «realmente» correr (algo nada sencillo con esos abultados pañales haciendo que tuvieses que tener las piernas separadas)–. Es muy posible que, ­puesto que eras muy pesado para llevarte en brazos o difícil de controlar, hayas pasado una buena cantidad de tiempo encajonado en la sillita, incluso cuando no estabas dormido.

Cuando tenías unos cinco o seis años comenzaste el colegio, y a partir de ese momento estuviste cada día retorciéndote sentado en una silla durante horas y horas. Estar sentado en una silla no es algo que estuviese en tu naturaleza, pero pasados un par de años la habilidad que más habías practicado fue precisamente esa, permanecer sentado y quieto en una silla, superando con creces el tiempo que pasaste leyendo, escribiendo, jugando o practicando educación física en el colegio. Como si fueses un ninja del sentarse, practicaste la capacidad de estar sentado y quieto en una silla mucho más que cualquier otra actividad, con horas y horas y horas de entrenamiento y sin que ninguna otra de las cosas que aprendiste se acercase siquiera al tiempo que pasaste practicando esta.

No sé tú, pero yo jugaba mucho después del colegio; montaba en bici, trepaba a viejos tractores y estaba fuera de casa hasta que se ponía el sol. No tenía deberes que hacer de forma regular –ciertamente no el estricto régimen diario que se les impone a los niños hoy en día–. A medida que fui creciendo, mi tiempo de juego se fue desvaneciendo poco a poco y fue sustituido por salir con los amigos. Me lo pasaba terriblemente bien, pero nunca fue una actividad que implicase demasiado movimiento.

Tal vez tú tocabas, sentado, algún instrumento musical, practicabas algún deporte después de clase, acudías diligentemente a clases de baile o escribías artículos para el periódico escolar. Lo más probable es que tu movimiento «después de clase» quedase reducido a una o dos horas o acabase siendo demasiado estructurado –realizando una y otra vez los mismos ejercicios en una especie de programa basado en muchas repeticiones y poca variedad–.

Ahora que ya eres un adulto, lo más seguro es que la silla y el ordenador gobiernen tu vida antes, durante y después del trabajo. Y puedes conseguir la gran mayoría de los alimentos –el aporte calórico que necesitas cada día– directamente del supermercado, alimentos que ya vienen listos para ser consumidos. Si eres –como muy probablemente seas– una buena representación del ciudadano «promedio», vas en coche prácticamente a todas partes, tomas de forma regular como mínimo un medicamento –así como unos cuantos analgésicos al mes– y has acudido al médico por al menos un problema musculoesquelético –seguramente relacionado con la zona baja de la espalda–. Además, tus pies han estado encerrados dentro de unos zapatos prácticamente todas las horas que has estado despierto en tu vida.

Si formas parte del aproximadamente 40% de la población de Estados Unidos que practica algún tipo de ejercicio regularmente, lo más probable es que lo realices en algún espacio cerrado, tres o cuatro días a la semana y durante unos cuarenta y cinco minutos. Para ello utilizas algún tipo de dispositivo o maquinaria, o algún patrón de repeticiones, puede que escuchando música a un volumen elevado. Hay una gran probabilidad de que el ejercicio que realizas conlleve mucho movimiento de piernas pero no desplazar el cuerpo con relación al suelo. Caminar –una tarea que requiere de una gran coordinación muscular– es una actividad que se compagina de manera natural con el flujo continuo de información visual, es decir, con el así llamado flujo óptico. Tú te mueves hacia delante pero, al mismo tiempo, bajo tu punto de vista –nunca mejor dicho– los objetos se van moviendo hacia atrás. Tu sistema sensorial integra todos estos datos –cuánto han de moverse tus articulaciones, cuánto han de contraerse los músculos y la velocidad a la que los objetos se van desplazando en tu campo de visión–. Pero ahora, corriendo en una cinta, estás fijo en un mismo lugar y tu cerebro se ve obligado a adaptarse a grandes movimientos que no te llevan a ninguna parte –tal y como te indican los datos recogidos por la vista–.

Esta descripción de los movimientos que realizamos a lo largo de la vida no es más que una generalización, pero es muy posible que tú, querido lector, te identifiques con casi todo lo que he expuesto en ella. La descripción cronológica de los movimientos que has realizado resulta crucial, pues tu cuerpo ha sido literalmente conformado por las experiencias de movimiento que has tenido. Y cuando hablo de movimiento, no me refiero tan solo al ejercicio; estoy hablando de cada acción y de cada movimiento que ha realizado tu organismo, de todas y cada una de las posturas que ha adoptado durante el transcurso de tu vida.

Imagina que tu cuerpo estuviese hecho de arcilla; cada tipo de movimiento, dependiendo de su frecuencia, daría lugar a una forma física diferente. Ahora vete llevando esa bola de arcilla imaginaria que es tu cuerpo a través de tu descripción cronológica de movimientos, teniendo en cuenta cómo te desarrollaste en las primeras etapas de tu vida, tus actividades favoritas, los accidentes o las lesiones deportivas que sufriste, tus hábitos en lo referente al calzado, los pupitres del colegio, tu sofá favorito y la postura que adoptas en el coche cuando conduces. Y, después de todo eso, crea en tu mente la forma «resultante». Ahora ponte delante de un espejo y échate un vistazo. Ese trozo de arcilla modelada que tienes en mente debería parecerse a como eres ahora mismo; debería ser igual que ese que aparece en el espejo. Todo lo que has hecho hasta ahora ha dado como resultado tu «­forma». Y recuerda que gracias a la comprensión que ahora tenemos de las cargas y de la epigenética, sabemos que la forma literal que tienes afecta no solamente a las funciones de los tejidos de tu organismo, sino también a la salud celular. En definitiva, afecta a todo.

CRECER DE FORMA NATURAL

Consideremos ahora otro cuerpo de arcilla, pero en esta ocasión uno que haya sido modelado por una infancia pasada todo el tiempo en la naturaleza. Por supuesto, nadie sabe con certeza lo que los cazadores-recolectores ancestrales hacían durante todo el día, pero podemos formular hipótesis basándonos en las evidencias existentes. Podemos utilizar los datos físicos y antropológicos de los que disponemos para estimar cuánta distancia recorría una tribu en sus migraciones en un año normal o imaginarnos lo que tenían que hacer para conseguir sus alimentos. Aunque las poblaciones de cazadores-recolectores actuales no son de ninguna manera fósiles vivientes, también puede resultarnos útil observar cómo se desarrollan sus vidas y su día a día, especialmente cuando se trata de intentar integrar algunos de los datos de los que ya disponemos. Incluso el mero hecho de tener en cuenta todas las comodidades de las que carecían las antiguas poblaciones de cazadores-recolectores –y lo cierto es que no tenían prácticamente ninguna– nos puede ayudar a hacernos una idea de cómo tenían que mover sus cuerpos durante todo el día.

CAZADORES-RECOLECTORES, PASADO Y PRESENTE

El término cazador-recolector se refiere a un miembro de una población nómada que sobrevive en la naturaleza obteniendo su alimento tanto de la caza como de la recolección de frutas y semillas y el forrajeo. Se trata de un término amplio que incluye tanto a las poblaciones históricas que subsistían exclusivamente con estas técnicas como a las poblaciones modernas que cazan y recogen frutos durante una parte del tiempo mientras que, en otros momentos, cultivan la tierra, utilizan animales domésticos o recurren a alimentos almacenados anteriormente.

Algunas veces me refiero a las poblaciones históricas de cazadores-recolectores y a los datos recopilados mediante el estudio de sus artefactos y su tecnología, los cuales nos permiten hacernos una idea de las condiciones de su época. En otros casos empleo este término para referirme a las poblaciones modernas que viven actualmente de esta manera y a los datos recolectados mediante la interacción directa. Es importante señalar que los cazadores-recolectores actuales no son reliquias del pasado, sino pueblos modernos que se han visto afectados por la globalización.

Como puedes imaginarte, el desarrollo físico al que está sometida la gente nómada que se mueve constantemente por un entorno completamente natural es muy diferente del que se produce en las personas que habitamos en sociedades modernas. Si formases parte de alguna antigua tribu de cazadores-recolectores, tu desarrollo físico se asemejaría bastante al siguiente escenario: después de un nacimiento totalmente libre de medicamentos, tú, un bebé cazador-recolector, fuiste amamantado de forma natural, dormías con tus padres y ejercitabas tu cuerpo muchas veces al día. Fuiste capaz de ponerte de pie y de caminar a la edad a la que muchos niños modernos comienzan a gatear. Al ser porteado de formas diferentes, comenzaste a ejercitar la zona abdominal, y a cada paso que daban tus progenitores (siempre al aire libre) la posición de tu cuerpo iba cambiando momento a momento en función de sus necesidades o de las tuyas propias; esto te permitiría explorar el mundo y una variedad infinita de cargas propiciadas por las distintas posturas.

Justo antes de cumplir dos años de edad, mezclabas tus juegos con la recolección de frutos, y, de este modo, te pasabas horas y horas al día en cuclillas, de pie, cavando o encaramándote a los árboles. Cuando no tenías que recolectar alimentos, jugabas en terrenos siempre cambiantes. El hecho de que pasaras todo el día en movimiento –y la gran variabilidad de este– hizo que desarrollases las habilidades, la fuerza y la forma que te harían falta posteriormente para poder realizar las actividades propias de los adultos, y tu paso o tu manera de andar –tus andares– no se parecían en absoluto a la típica forma de andar de un bebé; caminabas de un modo mucho más firme gracias a que no llevabas pañales. Tu pelvis y tus caderas adoptaron la forma necesaria para poder seguir siendo capaz de agacharte, de estar en cuclillas, de sentarte en el suelo y de caminar largas distancias, y no tuvieron que padecer la influencia de los portabebés, los carritos o las sillitas adaptadas para los coches, ni tampoco tuvieron que permanecer en la misma postura durante largos periodos de tiempo.

Poco después de la pubertad, probablemente con unos catorce años, ya eras un miembro plenamente operativo de la tribu y participabas a diario de las mismas actividades que tus padres, caminando distancias medias (unos cinco kilómetros) o largas (unos dieciséis kilómetros) casi todos los días de tu vida. Además, trabajabas duramente cosechando y acarreando víveres suficientes como para asegurar la supervivencia. Las frecuentes cargas producidas al caminar hicieron que tu masa ósea alcanzase su máximo durante el periodo más crucial de tus primeros años tras la adolescencia.

Como adulto, no realizabas ningún ejercicio de forma regular. O, mejor dicho, no hacías ningún ejercicio en absoluto. En lugar de eso utilizabas tu cuerpo para ocuparte de las cosas de la vida. La suma total de tus movimientos, las diferentes posturas de tus articulaciones y la tasa de gasto energético que requerías para sobrevivir durante un día superaban fácilmente a las de un entrenamiento deportivo estándar actual. Y, además de moverte más, también te relajabas y descansabas con mayor frecuencia. No tenías el estrés que supone tener que conducir, el ruido constante, la información incesante y la luz excesiva.

Ahora imagínate que pudieses reconfigurar tu cuerpo de arcilla para darle esta forma –la forma que produce la naturaleza–.

¿QUÉ DICE NUESTRA FORMA CORPORAL DE NOSOTROS?

Tanto los antropólogos como los investigadores médicos han llegado a la conclusión de que la manera en que nos movemos ahora los seres humanos es drásticamente diferente a como nos hemos movido durante la mayor parte de la historia de la humanidad, lo cual es fácil de constatar si comparamos nuestra cronología física con la propia de una sociedad de cazadores-recolectores. Las cargas creadas por la sociedad moderna no satisfacen, ni por su tipo ni por su cantidad, las necesidades físicas del cuerpo humano –las cargas que impulsan muchas de las funciones de las que dependemos para vivir–.

La mayoría de las células están subordinadas en gran medida a la estimulación mecánica. Las cargas que se producen en el cuerpo a través del movimiento se traducen en cargas sobre las células mismas –lo cual genera cierta información celular–, y es a este nivel donde tienen lugar los cambios –en fuerza, densidad y forma–. Usamos la palabra enfermedad para denotar que algo ha ido mal en nuestro organismo, pero como he dicho antes, la mayor parte de las veces el cuerpo simplemente está respondiendo normalmente a los estímulos que recibe. El movimiento proporciona información al organismo y, además, es un factor ambiental o epigenético como cualquier otro. Nuestro medioambiente de movimiento, por expresarlo de algún modo, está contaminado y nuestros cuerpos se han limitado a ponerse a la altura de esas condiciones.

NO ESTÁS «EN BAJA FORMA»

Tu cuerpo no está nunca «en baja forma»; siempre tiene la forma creada por cómo te has movido hasta ese momento. Está constantemente cambiando y respondiendo a una continua corriente de estímulos producidos tanto en el medio externo como en el interno, incluso si ese estímulo al final consiste únicamente en estar quieto sentado durante horas y horas.

TODOS QUEREMOS SER CAZADORES

Creo que los seres humanos tenemos una serie de necesidades únicas en lo que respecta al alimento y al movimiento. Si bien se trata de unas necesidades básicas muy similares, nuestras singularidades intrínsecas requieren de estímulos particulares que incentiven y reabastezcan el modo en el que usamos nuestra propia fisiología como complemento a los trabajos que realizamos para el mantenimiento de la comunidad. Al igual que ocurre en cualquier grupo de animales, cada participante cumple una función diferente –una función que saca provecho de las virtudes y capacidades de cada individuo–. Sin esta combinación de capacidades nuestra especie tendría muchos puntos débiles en lo referente a su funcionalidad. Dicho de otra manera, no todo el mundo ha de ser guerrero, cuidador, cazador o recolector.

Los veinte años que llevo en el campo de la salud y la actividad física me han demostrado claramente que hay algunas personas a las que les encanta (que necesitan, incluso) el exigente esfuerzo que conlleva el entrenamiento físico intenso, mientras que, por otro lado, también hay mucha gente con la que he trabajado que desearía tener esta pasión por el ejercicio, pero no la tiene. Independientemente de hasta qué punto nos guste o no el ejercicio físico, todos tenemos en común la necesidad de contar con movimientos y cargas fundamentales –aquellas cargas que no dependen de nuestra constitución o de nuestro papel en la sociedad y que son similares para todos–.

Hay movimientos-nutrientes de los que todos carecemos debido a que tenemos una experiencia cultural muy parecida. Si eres atleta, no encontrarás en esta lista los logros físicos más vigorosos propios de los cazadores-recolectores; doy por hecho que, en ese caso, ya estás teniendo ese tipo de cargas, pero aun así puede ser que sufras algún grado de deterioro por el hecho de realizar estas proezas fuera de un contexto natural (entendiendo por ello tal y como lo encontraríamos en la naturaleza). Por ejemplo, puede que tan solo corras pero no andes, o que hagas cien sentadillas al día, pero con zapatos o careciendo de las facetas óseas (ver el capítulo 10) necesarias para ello.

A lo que me refiero es a que todos –incluso el cazador más avezado– comenzamos siendo recolectores. Cuando los cazadores-recolectores son niños, su trabajo consiste en recolectar alimentos. Es una tarea que todos cumplen de manera satisfactoria en un primer momento. Pero, para seguir adelante, tenemos que retroceder para dilucidar qué movimientos básicos son los que hemos dejado de practicar y cuáles son las adaptaciones tisulares por las que aún necesitamos pasar.

La belleza de estos movimientos fundamentales reside en que, de alguna manera, configuran un terreno o un espacio en el que toda la comunidad puede participar y en el que todos podemos crecer juntos.

Con tan solo echar un rápido vistazo al estilo de vida de los cazadores-recolectores que acabo de describir, puedes hacerte una idea de hasta dónde alcanzan tus movimientos diarios. Simplemente imagínate tu propia vida y luego comienza a eliminar de ella aquello que das por hecho, como la sala de estar y los muebles del comedor. Te darás cuenta rápidamente de la gran cantidad de tiempo que tu cuerpo pasa en una posición que utiliza la «energía» de los muebles como apoyo para sustentarse. Por el contrario, el cuerpo de los cazadores-recolectores pasaba la mayor parte del tiempo sustentándose a sí mismo sin la ayuda de ningún artilugio.

ROBUSTEZ ÓSEA

Término que hace referencia al tamaño, la forma y la densidad del hueso.

Imagínate cuántas veces al día te pondrías en cuclillas para hacer tus necesidades si no dispusieras de un inodoro. Luego vete a la cocina y considera el tiempo que pasas de pie frente al ­fregadero o preparando la comida a la altura de la encimera en lugar de agacharte o sentarte en el suelo. Cuanto más capaz seas de imaginarte hasta qué punto tus actividades cotidianas difieren de las de aquellos individuos que llevan una vida nómada para encontrar su alimento, más fácil te resultará entender por qué es necesario bastante más que una hora de ejercicio al día –independientemente de lo intenso que sea– para poder recrear los perfiles de carga que caracterizan a este estilo de vida.

Te animo a que dediques un día entero a tomar nota de todo lo que haces, acciones simples como abrir el grifo cuando tienes sed o ir al frigorífico cuando tienes hambre. Imagínate qué tendrías que ­hacer de manera diferente si estos objetos no existiesen. Cuando hayas echado las cuentas de cómo es tu comportamiento, te percatarás de lo ínfima que es la cantidad de movimientos que realizas en comparación con todo lo que los seres humanos son capaces de moverse. Y también tendrás un muy buen listado de aspectos sobre los que empezar a aplicar pequeños cambios para ir modificando tus hábitos activos de carga.

ROBUSTEZ ÓSEA: LA MECANOTRANSDUCCIÓN EN ACCIÓN

Aunque cada hueso tiene una configuración genética lo suficientemente consistente como para ser reconocido a simple vista –«¡Mira! ¡Esto es un fémur!»–, los matices y las particularidades que presenta están basados en cómo se ha usado dicho hueso durante toda la vida (igual que un arce cuya forma ha sido esculpida por el viento). Los antropólogos físicos se han valido de la robustez ósea para calcular las cargas y los patrones de movimiento de nuestros antepasados. Por ejemplo, los esqueletos de personas que pasaban muchas horas montadas a caballo presentan una forma y una densidad particulares en comparación con los de aquellos otros individuos que no lo hacían. Y cuando movemos menos el cuerpo o reorganizamos sus partes de algún modo que disminuya la carga vertical (pensemos, por ejemplo, en alguien que tenga la costumbre de ir encorvado y con los hombros caídos hacia delante), los huesos de la pelvis y del fémur responden volviéndose más débiles. No es que en estos casos haya ningún problema en lo que respecta al proceso de formación ósea; simplemente la carga a la que responde el cuerpo ha sido disminuida. El hecho de que nuestro organismo debilite sus tejidos en respuesta a una disminución de la carga es una indicación de su gran «inteligencia» metabólica. ¿Qué motivo habría para gastar energía en el mantenimiento de un tejido que no estamos usando? «Úsalo o tíralo»; ese es el sabio consejo que nos hace la fisiología.

Tanto si te mueves como si no, tu elección estimula el citoesqueleto de todas tus células de una manera que lanza el mensaje: «Esto es lo que hago, así que, por favor, adaptaos». La epidemia actual de osteoporosis –y más específicamente la que afecta a las muñecas, las costillas, la columna vertebral y la cabeza del fémur– nos dice mucho sobre cómo nos movemos. Estos patrones culturales de pérdida de masa ósea localizada (por lo general la osteoporosis no es una incapacidad para generar tejido óseo que se presente de forma generalizada por todo el organismo, lo que debería representar una enorme señal de alerta para los investigadores de las enfermedades óseas) son precisamente los que cabría esperar a partir de los patrones de carga que tenemos en común. El esqueleto es una especie de «diario» que vamos escribiendo continuamente. La robustez ósea no es únicamente el resultado de la información genética, sino también de los datos que creamos a través del comportamiento. Mediante las decisiones que tomas respecto a cómo y cuánto moverte –y las cargas celulares que estas decisiones conllevan–, tu cuerpo se va convirtiendo en tu propia autobiografía.

LAS CARGAS PASIVAS TAMBIÉN SON IMPORTANTES

La forma en que hemos llegado a equiparar erróneamente el ejercicio físico con la salud ha supuesto una gran dificultad a la hora de comprender cómo depende el cuerpo de las cargas específicas. Tal vez cumplas satisfactoriamente con tu entrenamiento, pero ¿qué ocurre con las cargas que creas durante el resto del día? ¿Durante cuántas horas a la semana permanecen tus músculos del muslo posterior presionados contra el asiento de una silla? ¿Cómo afecta esta presión constante a los vasos sanguíneos que van hasta los pies o a los nervios de la pelvis? ¿Cómo duermes? Y no me refiero a cuántas horas sino a las cargas que se crean por la posición en la que duermes. ¿Se han atrofiado tanto tus tejidos corporales que ya no son capaces de adaptarse a un colchón o una almohada diferente? Esto es una señal de que tus articulaciones más pequeñas se han agarrotado hasta el punto de que incluso no hacer nada –tan solo estar tumbado sobre un montón de material mullido– resulta demasiado difícil para tu cuerpo (como en el cuento La princesa y el guisante). Si hubieras dormido en la naturaleza, tus células no habrían sufrido esta adaptación a la hora de acostarte –una adaptación que hace que estés demasiado débil como para irte a dormir sin tu almohada–. Ya sé que dormir sin almohada no suena precisamente como una sesión de CrossFit,* pero lo cierto es que ­muchos se sentirían rígidos y agarrotados después de pasar una noche sin almohada, simplemente porque han utilizado su cuerpo de un modo que es nuevo para ellos.

Hay otro factor que influye en cómo son las cargas modernas que casi nunca se tiene en cuenta de forma crítica: la ropa interior. Los sujetadores y los calzoncillos eliminan las cargas gravitatorias de las partes de nuestro cuerpo que están naturalmente diseñadas para colgar y balancearse. Los senos y los testículos dependen de la gravedad para cargar sus músculos de suspensión y sus ligamentos, lo que a su vez mantiene estos sistemas suspensores fuertes y capaces de moverse según las necesidades.

En los hombres, el músculo cremáster levanta y baja los testículos dependiendo de la temperatura a la que se encuentren. Cuando están demasiado fríos, el cremáster tira de ellos hacia el cuerpo para que así estén más calientes. Por el contrario, cuando están demasiado calientes, se relaja para que puedan alejarse del cuerpo y, de este modo, contribuir a la disipación de calor. Cuando la ropa hace que los testículos se mantengan cerca del cuerpo todo el tiempo, la fuerza del cremáster disminuye y la temperatura de los testículos se mantiene innecesariamente alta todo el tiempo.

En las mujeres, los senos dependen de sus sistemas suspensores y de los músculos que hay debajo de ellos para sujetarlos, sistemas de apoyo que ahora se han adaptado a las cargas creadas por el sujetador en lugar de al propio peso natural del pecho. Si tus pechos son grandes y pesados, es probable que hayas estado usando el sujetador durante más tiempo, lo que significa que no solo tus pechos son más pesados que los demás, sino que además tu sistema suspensor es comparativamente más débil –algo que resulta sumamente interesante, ya que puede haber una relación entre el tamaño de los pechos y el cáncer de mama–. Aunque en su búsqueda de respuestas los investigadores se están centrando en el estudio del genoma, me gustaría llamar la atención sobre el mecanoma y sugerir que tuviesen en cuenta el síndrome de la aleta de las orcas y la teoría del desajuste de cargas (ver el recuadro para más información sobre este desajuste).

EL PALEOMOVIMIENTO Y LA TEORÍA DEL DESAJUSTE

El movimiento natural o paleo –el paleomovimiento– no es lo mismo que el movimiento paleo actual. Durante la última década ha ido ganando impulso una hipótesis científica llamada teoría del desajuste evolutivo. Dicha teoría postula que hemos sido seleccionados –y nuestras funciones biológicas se han desarrollado– para vivir en una condiciones concretas en cuya ausencia se producen enfermedades y que nuestro entorno (nuestra forma de vida) actual supone un desajuste con respecto a nuestra fisiología, que percibe esos nuevos aspectos como peligrosos.

El término paleo se ha convertido en un término general para dar a entender la idea de que mediante el cultivo de las prácticas de nuestros ancestros podemos mejorar nuestra salud, no porque los comportamientos de antaño sean curiosos o pintorescos, sino porque contienen los aportes y los estímulos que nos hacen falta. El movimiento natural no es más que una parte del movimiento paleo; otros aspectos se refieren a la dieta, a la comunidad, al estilo de crianza, etc.

Sin duda estas ideas están de moda, pero no son nuevas. Los cínicos eran un antiguo grupo que rechazaba los valores sociales y argumentaba que las actividades naturales eran necesarias para los seres humanos. Los seguidores del cinismo tomaban sus comidas sin cubiertos, platos ni vasos –es decir, «sin modales»–, se ocupaban de sus funciones corporales en público –de hecho, el término cínico significaba originalmente «como un perro»– y sentían una profunda devoción por la «vida natural». Se considera que Antístenes, discípulo de Sócrates, fue el fundador del cinismo, pero es Diógenes el que se suele poner como ejemplo de este estilo de vida. De él se dice que murió al comer un pulpo crudo en un intento por demostrar lo poco natural que era tomar alimentos cocinados... Nos queda claro, Diógenes.

Las cargas que sufren las mujeres con pechos grandes que llevan sujetador son prácticamente idénticas a las de las mujeres con pechos pequeños que, igualmente, llevan sujetador. Si el sujetador hace que tanto el movimiento de los pechos grandes como el de los pequeños sea insignificante, eso significa que las mujeres con pechos más voluminosos sufren un mayor desajuste entre las cargas que sus pechos necesitan y las que en realidad experimentan –de la misma manera que una orca con una aleta dorsal más alta sufre una pérdida mayor cuando se ve expuesta a fuerzas no naturales–.

LAS CARGAS NATURALES Y EL CÁNCER

Mientras que el ejercicio regular es una medida preventiva que se cita habitualmente para muchos tipos de cáncer, las cargas específicas aún no han sido evaluadas directamente en la investigación sobre el cáncer (aunque algunas cargas no específicas han mostrado un impacto positivo a la hora de revertir las células cancerosas; para más información, American Society for Cell Biology, 2012). La investigación referente al medio y las condiciones mecánicas de las células cancerosas es todavía muy reciente, pero en este momento aún no se están llevando a cabo estudios sobre las cargas que creamos (natural y artificialmente) ni sobre las condiciones que generan una mayor propensión al desarrollo de ­tumores.

La inflamación es un «medio» bien conocido que potencia los procesos cancerosos, pero lo que no se entiende bien es el papel que juega la mecanosensibilidad en este fenómeno. Con el tiempo, todo esto se irá aclarando.

Con los recientes aumentos que se están produciendo en el número de casos de cáncer de mama y de testículos –cánceres que hunden sus raíces en la mecanotransducción–, resulta extremadamente importante comenzar a debatir sobre hasta qué punto estamos alterando las cargas de nuestro organismo por mantener las buenas costumbres y el decoro –o, simplemente, por pura vanidad–. No te recomendaría que te deshagas de tu sujetador o de tu ropa interior inmediatamente, pues lo más probable es que haga mucho tiempo que tus sistemas de soporte no hayan sentido todo el peso de las ­partes que han de sujetar. No obstante, no puede hacerte mal alguno echar un buen vistazo a la lista de tus dolencias, compararla con las cargas que experimentas actualmente y, después, adoptar un enfoque ­gradual para ir reduciendo poco a poco los soportes artificiales durante un largo periodo de tiempo; esto les dará a los tejidos la posibilidad de que se vayan fortaleciendo.

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9788419105011
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