Czytaj książkę: «Perdida en el olvido»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Kate Walker

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Perdida en el olvido, n.º 1179- septiembre 2020

Título original: Rafael’s Love-Child

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-738-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

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Capítulo 1

RECUERDA quién es usted?

La pregunta fue tan clara y brusca, que Serena parpadeó mientras trataba de concentrarse en el entorno. Estaba cansada y se notaba un poco mareada.

—¡Vaya una pregunta… ! ¡Claro que sé quién soy! Me llamo Serena Martin y…

La muchacha frunció el ceño y entornó los ojos en un gesto de concentración mientras se echaba hacia atrás el pelo rojizo. Observó el tono pastel de las paredes de la habitación, así como las cortinas anaranjadas, que hacían juego con la colcha de la cama donde estaba tumbada. A pesar del evidente esfuerzo por que resultara acogedora, la habitación conservaba un halo impersonal y burocrático. La mujer de pelo oscuro que estaba sentada a su lado en la cama fijó sus ojos grises en el rostro de Serena. Llevaba una bata blanca que delataba su profesión.

—Me imagino que esto es un hospital, ¿no es así?

—Exacto.

—¿Y sabe qué ha pasado?

Dos voces sonaron entonces a un mismo tiempo, pero Serena se dio cuenta de que la mujer de la bata blanca, la doctora, no había sido quien había hecho aquella pregunta.

La pregunta había salido de los labios de un hombre que estaba a unos metros de ellas. Un hombre cuya estatura y complexión llenaban por completo el hueco de la entrada.

Era alto y seguro de sí mismo, con un aspecto casi amenazador. ¿Amenazador? La palabra inquietó a Serena. Estaba segura de que no había visto jamás a ese hombre. Entonces, ¿por qué lo describía así? No sabría decirlo, pero le parecía bastante extraño.

—¿Lo sabe? —insistió el hombre.

El intrigante acento que Serena había notado minutos antes se intensificó por la forma en que el hombre hizo la pregunta.

—¿Puede decirme cómo ha llegado hasta aquí?

Eso era difícil de responder. Serena trató de recordar para responderle, pero lo único que vino a su mente fueron pensamientos confusos y recuerdos vagos. También sensaciones de ruido y pánico, un tremendo golpe y alguien gritando de miedo.

¿Habría sido ella misma quien había gritado?

—Yo… me imagino que ha debido ser algún tipo de accidente.

—¿Qué tipo de accidente?

A pesar de que el hombre no se había movido de la puerta, su modo de hablar la hizo sentirse como si hubiera entrado en el dormitorio y casi como si la tuviera atrapada contra la pared.

—¡No lo sé! —exclamó, enfrentándose por primera vez a sus ojos—. ¿Por qué no me lo dice usted?

¿Quién era aquel hombre? ¿Otro doctor? Pero no llevaba ninguna bata blanca como la mujer que seguía sentada a su lado, sino un traje oscuro de buena tela y perfecto corte que solo un hombre de posición acomodada podría permitirse.

Pero quizá fuese porque tenía un cargo más alto que la mujer. Podría ser un cirujano o un especialista. ¿No prescindían a veces de la bata blanca y había que dirigirse a ellos como señor tal y no como doctor tal?

Fuera quien fuera, era impresionante, un hombre guapísimo. Mirarlo era como mirar directamente al sol. Tenía el mismo efecto devastador sobre sus sentidos.

Era un hombre muy alto y su abundante cabello era de un color negro, como el azabache. Lo llevaba peinado hacia atrás, de un modo que resaltaba los pronunciados rasgos de su rostro. Serena observó detenidamente su nariz recta, así como la mandíbula firme y la boca sorprendentemente sensual, pero fueron los ojos lo que más le llamaron la atención. Rodeados de unas pestañas oscuras y fuertes, eran de un color dorado profundo, casi del color del fuego e igual de brillantes que este.

El color bronceado de su piel no era el resultado de dos semanas de vacaciones en una playa mediterránea, sino que era su tono natural, el color de piel de unos antepasados que, evidentemente, no eran ingleses.

Serena se movió inquieta en la cama como si de pronto se hubiera visto invadida por un gran calor. Tenía de repente en la sangre una nueva frescura que hacía que su corazón latiera más deprisa, que sus mejillas se sonrojaran… haciéndole consciente de que debajo de las sábanas llevaba solo un camisón corto que le habían dado en el hospital.

Y lo más inquietante era que podía ver sus propios sentimientos reflejados en los ojos de aquel hombre. En sus enormes pupilas negras, en la intensidad de su mirada, a pesar de que su expresión jamás se alterase y permaneciera tan firme y segura como al principio. El contraste entre la aparente calma de su expresión y el primitivo brillo de sus ojos, la hizo tragar saliva.

—¿Por qué piensa que yo puedo saberlo? —preguntó el hombre con un acento que confirmó a Serena sus sospechas sobre sus antepasados.

—Señor Cordoba… —explicó la doctora con suavidad.

Pero tanto Serena como el hombre ignoraron la interrupción y siguieron concentrados el uno en el otro.

—¿Se supone que debería conocerlo?

—¡Para nada!

Un gesto arrogante de su mano dejó claro que el comentario de ella no tenía sentido.

—Al contrario, nunca me había visto antes.

Bueno, eso era un alivio. Serena estaba segura de que si se hubiera encontrado alguna vez a aquel hombre, lo recordaría…¡sin ninguna duda! No sabía cómo había llegado allí, a aquel hospital, ni tampoco lo que le había ocurrido, pero desde luego era un alivio que… ¿cómo lo había llamado la doctora?… que el señor Cordoba no se hubiera cruzado jamás en su camino.

—Entonces, ¿quién es usted?

—Me llamo Rafael Cordoba.

Era evidente que el hombre lo había dicho esperando darle alguna pista. Y Serena hubiera deseado que así fuera. En ese momento, le encantaría saber por qué ese hombre estaba en su habitación. Así evitaría tener que responder un montón de preguntas.

Pero tuvo que reconocer que lo que de verdad quería era verse libre de esa inquietud, de ese sentimiento incómodo que él había creado en ella. Nunca antes había sentido tan intensamente la presencia de alguien. La naturaleza carnal de los pensamientos que provocaba en ella le hacía muy difícil poder concentrarse en nada más.

—¿Y usted? —Serena se volvió hacia el rostro amable que estaba a su lado y que era como una luz en medio de la confusión y la incertidumbre.

—Soy la doctora Greene —contestó la mujer—. ¿Cree que está en condiciones de contestarnos a algunas preguntas?

—Lo intentaré.

Tuvo que hacer un enorme esfuerzo por ignorar al señor Cordoba. Y a pesar de que trató de concentrarse en la doctora, seguía viéndolo por el rabillo del ojo. Su presencia en la entrada era una verdadera amenaza.

—¿Se llama Serena Martin?

—Así es.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintitrés.

Serena comenzó a relajarse. Eso era más fácil. Las preguntas de la doctora Greene no conllevaban problemas ni sugerían amenazas. Así que la confusión de su mente comenzó a desaparecer. Si podía contestar con esa rapidez, seguramente no habría sufrido daños graves en el posible accidente.

—¿Puede decirme su dirección?

—Calle Alban, número treinta y cinco, en Reyton… ¿Qué pasa? —preguntó Serena al ver que la mujer se detenía bruscamente al oír el nombre de la población.

—¿Reyton, en Yorkshire?

—Sí.

—¿Y entonces qué está haciendo en Londres?

De nuevo aquella voz. La del acento que erizaba el vello de su nuca y provocaba escalofríos en su espalda. Debería haber imaginado que el señor Cordoba no podría estarse callado durante mucho tiempo.

—¿Londres? ¿Es donde estamos?

—Así es —contestó él, ignorando la mirada de desaprobación de la doctora Greene—. Está usted en Londres, y ahí es donde ha tenido lugar el accidente, donde…

—Ya es suficiente, señor Cordoba.

Pero a Rafael no le preocupó lo más mínimo la intervención de la doctora y, dando dos pasos largos, entró en el dormitorio con la cabeza alta y los ojos dorados brillantes.

—¿Qué está usted haciendo aquí, si vive en… ?

—¡No lo sé! —exclamó ella impaciente.

No podía más. Le dolía la cabeza y se sentía cansada, agotada como si hubiera corrido un maratón. Hizo un gesto de impaciencia con la cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas, impidiéndole ver el rostro moreno del hombre.

—Quizá estoy de vacaciones. Quizá…

—¡He dicho que basta! —repitió la doctora Greene—. Tengo que velar por mi paciente. La señorita Martin está muy cansada. Ha pasado por una experiencia horrorosa y necesita descansar. Así que yo, como doctora, debo cuidar de que así sea.

Pero era evidente que aquello no era lo que el señor Cordoba quería oír, pensó Serena al descubrir la rabia que reflejaban sus ojos y su boca.

Y esa rabia le era tan conocida, que en ese momento le pareció conocer al señor Cordoba desde hacía mucho tiempo. Fuera quien fuese, era evidente que no estaba acostumbrado a que le llevara la contraria alguien a quien considerase un inferior. Serena estaba segura de que iba a estallar de un momento a otro, pero pareció pensárselo mejor y, finalmente, se controló.

—¡Como usted diga!

La doctora Greene se volvió satisfecha hacia Serena.

—¿Hay algún familiar con el que podamos contactar? ¿Sus padres o cualquier otro familiar cercano?

—No, mi madre falleció de cáncer el año pasado y mi padre murió de un infarto dieciocho meses antes. No tengo a nadie.

Serena tuvo que luchar una vez más contra las lágrimas. Parpadeó para no dejarlas salir mientras la doctora colocaba una mano sobre la suya en un gesto consolador.

—No se disguste. Tiene que descansar y tranquilizarse, recuperarse poco a poco…

—Pero, ¿cómo voy a descansar si no sé qué es lo que ha pasado? —preguntó con voz temblorosa.

¿Cómo podía relajarse alguien sin saber el motivo exacto por el que estaba en ese hospital y sin saber qué había pasado antes de eso?

Porque no podía recordar qué es lo que había pasado ni cómo había sido llevada allí. Y en cuanto a estar en Londres…

—¡Por favor! —exclamó, agarrando la mano de la doctora como si fuera su única tabla de salvación, el único vínculo con la cordura después de que el mundo pareciera haberse vuelto loco de repente.

—¡Debe decírmelo! ¿Por qué estoy aquí?

—Tuvo un accidente —contestó la doctora Greene—, un accidente de coche y se dio un golpe bastante fuerte en la cabeza. Ha estado inconsciente durante un tiempo.

—¿Un tiempo? ¿Cuánto tiempo?

—Hoy hace diez días. Los primeros días estuvo totalmente inconsciente. Luego, se despertaba y volvía a dormirse.

—¿Sí?

Serena trató de recordar. Si se esforzaba, podía recordar cosas vagas que había pensado que eran sueños. Momentos que parecían emerger a una superficie turbia y trataban de encontrar desesperadamente algo a lo que aferrarse.

Y entonces, por un breve instante, fue capaz de abrir los ojos y mirar a su alrededor antes de que una cortina pesada y oscura descendiera de nuevo y la envolviera, dejándola fuera.

—Había alguien…

Alguien había estado sentado a su lado, observándola y esperando a que se despertara. Alguien que había oído los gemidos y las palabras tristes y preocupadas mientras yacía inquieta, luchando contra la pesadilla en la que estaba envuelta. Alguien que le había retirado el pelo de la frente con una mano suave y fría.

Y ese alguien también le había dado un vaso de agua y lo había sostenido mientras ella intentaba humedecer su garganta dolorida.

—Estuvo alguien conmigo…

—Una enfermera. Ha estado bajo vigilancia continua.

—No…

No había sido una enfermera. No sabía por qué, pero era lo único que recordaba de verdad. El buen samaritano, la voz suave del que la había cuidado en la oscuridad de la noche no había sido la de un profesional ni la de una enfermera. La voz que había oído…

¡La voz!

Se volvió sorprendida hacia Rafael Cordoba, que tenía los ojos fijos en ella.

—Ha tenido el mejor cuidado posible, señorita Martin —dijo fríamente, como si ella se lo hubiera preguntado sin hablar.

Pero ella en realidad no tenía necesidad de preguntarle nada. Sabía lo que había escuchado y había escuchado aquella voz suave de él en mitad de la noche, consolándola y confortándola. Entonces, ¿por qué de ser un ángel de la guarda él se había convertido en un inquisidor español?

—Y… —comenzó.

Necesitaba saber la verdad, pero parecía incapaz de controlar su voz.

—Está cansada —dijo la doctora Greene—. Debe tener cuidado de no esforzarse demasiado en estos momentos. Debe descansar.

Serena asintió despacio. Sí, estaba cansada. Sus pensamientos parecían deshacerse lentamente como algodón dentro de su cabeza. Se recostó de nuevo sobre la almohada y cerró los ojos.

—Vendré a verla pronto. Y no se preocupe, todo saldrá bien.

—¡Todo! —fue casi un grito lo que salió de los labios de Rafael al mismo tiempo que hacía un gesto de impaciencia con la mano—. ¡Todo! Madre de Dios, qué…

—¡Señor Cordoba! —exclamó la doctora, bastante disgustada—. ¡He dicho ya que basta! Y quiero que se vaya ahora mismo… que deje sola a la señorita Martin.

El hombre estuvo a punto de rebelarse contra aquella orden. Una vez más, la rabia brilló en sus ojos y una vez más, se controló.

—Muy bien —dijo—, me iré, pero…

Al volver la cabeza y mirar a Serena, dejó claro que sus palabras eran solo para ella.

—Volveré —dijo en voz baja y dura—. Se lo prometo. Volveré en cuanto pueda.

Eran solo palabras, se dijo Serena, hundiéndose en el colchón y tapándose con las sábanas. Solo palabras. Pero había visto los ojos de Rafael Cordoba mientras las decía. Había visto el peligro brillando en ellos, la llama de algo que la hizo estremecerse inquieta.

Rafael Cordoba volvería. Ella no dudaba de ello. Y la verdad era que la idea de volver a encontrarse cara a cara con él la hacía estremecerse de aprensión.

Capítulo 2

HE traído un acompañante.

—¿Cómo?

Serena levantó la cabeza de la revista que había estado ojeando y fijó la vista en el hombre que había hablado desde la entrada.

Rafael Cordoba, claro. ¿Qué otra persona podía ser?

Habían pasado cinco días desde que Serena se había despertado en aquella cama de hospital y había recibido la promesa de aquel hombre de que volvería. Promesa que había cumplido. Al día siguiente, había aparecido al lado de su cama y también el resto los días.

Pero era evidente que la doctora Greene o algún superior había hablado con él. El tono de voz que había utilizado el primer día, agresivo y duro, había desaparecido. Tampoco había vuelto a interrogarla, así que el poderoso atractivo sexual que ella había notado en él parecía haberse hecho más patente.

—Perdón, ¿cómo dices?

Serena rezó para que él no notara el nerviosismo de su voz, el temblor débil, que no pudo evitar, como resultado de la inesperada llegada del hombre. No quería que él sospechara lo que su simple presencia ejercía en ella. Solo la imagen de su cuerpo delgado, su cabello negro y sus ojos dorados hacía que se le formara un nudo en la garganta y que el ritmo de su corazón se alterase.

Y ese día fue aún peor. Cada vez que lo había visto, él había ido con el mismo traje oscuro de la primera vez. Pero en esa ocasión, quizá como concesión al día soleado que hacía, había dejado a un lado toda formalidad y había elegido unos vaqueros cómodos y una camisa de manga corta.

Los pantalones resaltaban su estrecha cintura, acentuando su virilidad de un modo completamente seductor. La camisa blanca de algodón contrastaba con la piel bronceada de sus brazos y cuello, dándole un aspecto más moreno y exótico.

Serena se agarró nerviosamente a la colcha de color melocotón de la cama, consciente de la piel pálida de sus brazos y escote. Deseaba taparse y, a la vez, le daba miedo que él se diera cuenta de lo que sentía.

—He traído conmigo a alguien…

—¿Otra visita? Es una sorpresa. Creo que no conozco a nadie en Londres.

Todavía no recordaba el accidente ni los días anteriores a él y le resultaba muy frustrante que ni Rafael ni la doctora tuvieran intención de contarle nada al respecto.

—Tienes que ser paciente —era la respuesta que oía cada vez que preguntaba algo o se quejaba de su falta de memoria—. Es preferible dejar que tu memoria vuelva poco a poco, en vez de contarte nosotros lo que pasó.

—¿Y dónde está tu amigo?

—Aquí.

Al decirlo, Rafael levantó un bulto con sus bronceados brazos y lo depositó sobre la cama.

Serena se dio cuenta, entre sorprendida y divertida, de que era un cesto y que dentro había un bebé con un traje azul.

—¡Oh, es precioso! —exclamó con una amplia sonrisa.

Sin pensarlo, se inclinó hacia delante para agarrar al bebé. Luego, se quedó inmóvil, dudando de lo que Rafael pudiera pensar.

—¿De verdad lo crees?

La reacción de Rafael fue completamente distinta a lo que ella había esperado. Notó una extraña tensión en su voz, algo que puso los nervios de Serena a flor de piel.

—¡Por supuesto que sí! ¿Quién podría… ?

No terminó la frase, ya que el sonido de su voz hizo que el bebé se estirara de repente. El pequeño movió las piernas y agitó los puños en el aire. Luego, abrió sus enormes ojos negros y los fijó en los de Serena. Esta notó un nudo en la garganta.

—¿Cómo se llama? —consiguió decir.

Serena pensó que el niño tenía cierta semejanza con el hombre que estaba al lado de ella. El hombre cuya imagen atrapaba sus pensamientos durante el día y llenaba sus noches de sueños eróticos de los que se despertaba bañada en sudor.

—Se llama Felipe Martinez Cordoba.

Cordoba. Eso confirmaba sus sospechas. ¿Cómo podía ocurrirle eso a ella? ¿Cómo podía sentirse celosa porque ese hombre, al que había conocido solo hacía unos días, pudiera estar casado? ¿Cómo podía desagradarle la idea de que hubiera tenido un hijo con otra mujer?

—Qué guapo es.

Serena se concentró en el pequeño, que agarró uno de sus dedos con sus manitas. Y en ese momento, fue como si la manita del niño hubiera envuelto también su corazón, aprisionándolo y haciéndola sentir un amor totalmente inesperado.

—Pero es un nombre demasiado rimbombante para alguien tan pequeño.

—Lo llamo Tonio.

—Eso está mejor —replicó ella, sonriendo al niño y agachando la cabeza para evitar las miradas de Rafael—. ¿Es tu hijo?

La respuesta del hombre fue un murmullo que provocó en ella un nuevo comentario.

—No sabía que estabas casado.

—No lo estoy y tampoco lo he estado nunca, a pesar de que una vez estuve a punto de casarme.

—Entonces, Tonio… ¿fue un hijo deseado?

El corazón de Serena estaba palpitando tan rápidamente, que le costaba respirar. Que no estuviera casado no significaba que no estuviera comprometido. Después de todo, ¿qué podía haber más importante entre dos personas que un hijo?

—¿Que si fue deseado? —la maravillosa boca de Rafael hizo una mueca—. Hay personas que lo expresarían de otro modo.

—Pero si su madre y usted están juntos…

—¡No! —exclamó casi con violencia—. La madre de Tonio y yo no estamos… como dice usted tan diplomáticamente, juntos.

El corazón de Serena, que había comenzado a palpitar más lentamente, dio un vuelco ante el repentino cambio del tono de voz de él.

De alguna manera, sin saber cómo, ella había traspasado las barreras que él había levantado alrededor de sí. El hombre al que se había acostumbrado durante aquellos días había desaparecido, dejando paso al hombre al que ella había llamado inquisidor español. El hombre que le había enfadado y asustado el primer día había vuelto.

—Lo siento, no quería… molestarte.

Serena soltó la manita del niño, temerosa de repente de transmitirle sus sentimientos.

—Nunca…

Pero no dijo nada más. El pequeño, furioso porque le habían arrebatado su recién encontrado juguete, murmuró una protesta que se convirtió en un grito y encendió sus mejillas violentamente.

—¡Oh, cariño, lo siento! —dijo ella, inclinándose rápidamente sobre el pequeño.

Rafael se acercó y sacó al niño del cesto.

—Calla, calla. No pasa nada —dijo, consolándolo.

Serena sintió una profunda emoción ante la imagen del bebé contra el pecho duro y fuerte de aquel hombre. La criatura parecía mucho más pequeña y delicada contra aquellos brazos que lo agarraban. Su cabecita parecía más frágil.

Y en ese momento, bruscamente, toda la soledad y el miedo que la habían invadido justo antes de que llegara Rafael, volvieron a asaltarla.

Por eso, a pesar del miedo inicial que había sentido hacia él, se había alegrado tanto de ver a Rafael el segundo día después de que hubiera recuperado la conciencia. No era probable que fuera a visitarla nadie más. No tenía a nadie en quien apoyarse, nadie que pudiera hacerle más agradable su estancia en el hospital.

Y no había tenido que pedírselo. Incluso había ido el primer día con flores, fruta, una bolsa con una selección de cosas de aseo de las mejores marcas. Le había llegado a llevar un par de camisones nuevos, adivinando su talla con una precisión que la había asombrado e inquietado a la vez. Porque indicaba que conocía su cuerpo a la perfección.

—¡Quédatelos! —había protestado él cuando ella había hecho ademán de rechazarlos—. No es nada… puedo permitírmelo.

Pero ella había descubierto aquella mañana que los camisones y las cosas de aseo eran solo una pequeña muestra de la generosidad de aquel hombre, que parecía inmensa.

—¿Es verdad que me está pagando el hospital?

La cabeza orgullosa de Rafael se irguió inmediatamente, sus cejas se juntaron y sus ojos oscuros se entornaron como si quisieran ocultar algo.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó con un tono de voz amenazante.

—Oh, vamos, señor Cordoba —protestó Serena—. ¡Es verdad que he tenido un accidente y que me he dado un golpe en la cabeza… pero no me he vuelto loca!

—Creí que habíamos quedado en que me llamarías Rafael —interrumpió él fríamente en un intento por cambiar de tema.

—¡No hemos acordado nada! Te limitaste a ordenarme que te llamara por tu nombre de pila y me dijiste que no me preocupara por nada, que tenía que dejar descansar mi preciosa cabecita…

Y como era débil y vulnerable, ella lo había hecho. Había aceptado su presencia en el hospital, porque las enfermeras también lo hacían; no había insistido en hacer preguntas, porque todavía le dolía la cabeza y no podía pensar con claridad. Simplemente había aceptado la idea de que Rafael Cordoba pertenecía a una época de su vida que ella no podía recordar, momentos antes o después de un accidente del que todavía no sabía los detalles.

Pero no quería continuar así. Quería respuestas concretas cuanto antes.

—Sí que tienes que cuidar tu cabeza, ya que has sufrido un fuerte golpe. Y no solo eso —continuó diciendo Rafael mientras movía al bebé en el cesto—. Tienes suerte de que no te haya pasado nada más.

—¡La verdad es que sí! —respondió Serena.

Ella todavía sentía escalofríos al recordar el momento en el que, ayudada por una enfermera, se había cambiado la bata que le habían dado en el hospital por la que le había llevado Rafael. Se había quedado impresionada al ver los cardenales que tenía, así como las cicatrices y cortes.

Y cuando, finalmente, había tenido valor para mirarse al espejo, había descubierto que también en la cara tenía cardenales. Toda la frente y parte de una mejilla estaban cubiertos por manchas que se estaban volviendo amarillas. Y el moratón más oscuro lo tenía en torno al ojo. Lo que le había hecho sospechar la gravedad de lo ocurrido y lo cerca que había estado de sufrir una desgracia mayor.

—Pero ya estoy mejor y pronto volveré a pensar como es debido. Para empezar, estoy en una habitación privada. Y sería tonta si pensara que los cuidados que estoy recibiendo, así como la comida que me dan, serían los mismos si me hubieran ingresado en un hospital público. Por eso te he preguntado…

Aquello no pareció gustar a Rafael, cuya expresión cambió totalmente.

—Me han dicho que eres tú quien está pagando el hospital, ¿es cierto?

Durante unos segundos, pareció que no le iba a responder, pero finalmente el hombre asintió.

—Pero, ¿por qué? ¿Por qué debería un completo desconocido hacer todo esto por mí? Es decir, si es verdad que eres un desconocido, como aseguras.

—¿Y por qué diablos iba a mentirte? —preguntó.

Los ojos de él se llenaron de desprecio y la miraron de un modo que ella sintió la necesidad de cruzarse de brazos.

Había conseguido olvidarse temporalmente de que estaban en una habitación, aunque fuera de un hospital, y de que ella llevaba solo una bata mientras que él iba completamente vestido.

—No… no sé. Pero me has dicho que no te conocía de antes y, sin embargo, estás haciendo todo esto por mí.

—Ya te dije que puedo permitírmelo.

—Ya sé que me dijiste eso.

Serena estiró los brazos en un gesto enfadado y eso hizo que se le abriera ligeramente el escote, dejando ver parte de su generoso pecho.

—¡Lo que me preocupa es lo que te estás callando! No me importa que seas un banquero inmensamente rico y que el coste de mi estancia en el hospital sea una minucia para ti. Quiero que me cuentes exactamente por qué estás haciendo todo esto y por qué no quieres confesarlo.

Rafael levantó las manos y, sorprendentemente, hizo un gesto condescendiente. Pero el gesto irónico de su boca y el brillo de sus ojos dejaron ver otra cosa.

—Es evidente que te sientes mejor —murmuró él—. Pero la doctora opina…

—Sí, ya sé que la doctora opina que es mejor esperar y que es preferible que sea yo quien recupere la memoria por mí misma. Pero sigo sin recordar nada y eso hace que… me sienta peor y mucho más confusa. Me siento como si me hubiera vuelto loca. Tengo miedo de…

Su voz se quebró por el llanto.

—En estos momentos, tú pareces la única que persona a la que conozco en el mundo. ¡Pero tampoco te conozco! Solo sé que entras aquí y tomas posesión…

—¡Maldita sea! Me siento responsable.

—¿Responsable? Pero, ¿por qué? —preguntó sorprendida.

El modo en que la miró hizo que se le encogiera el estómago. De repente, deseó no haber abierto la boca.

—Era mi coche.

—Tu…

El tumulto de emociones que se agolparon en su cabeza la impidieron interpretar todo el sentido de aquellas palabras, la emoción que se escondía detrás de ellas. Pero no pudo evitar reaccionar de un modo puramente instintivo, llevándose las manos a su boca temblorosa.

—Tú… ¿eras quien iba al volante?

—¡Dios, no! Ni siquiera estaba en Inglaterra, pero mi… —se detuvo un instante, tratando de elegir las palabras adecuadas—. Fue mi coche el que se vio envuelto en el accidente.

—Tu coche… —Serena apartó la mano de su boca lentamente, pero seguía confusa—. ¿Iba yo conduciéndolo?

—No. Eras una pasajera.

—Entones, ¿qué… ? ¿Cómo… ?

—Te recuerdo que me han dado instrucciones de que no te cuente todos los detalles del accidente. Creo que ya te he dicho que la doctora opina que es lo mejor.

Pero aquello la había dejado muy preocupada. Le daba miedo tener que recordarlo todo por sí misma.

—Pero, ¿por qué? ¿Es que ha ocurrido alguna desgracia? ¿Quién iba al volante? ¿Dónde está él o ella ahora?

—Serena…

—¡Rafael! —ella estaba tan turbada que no se dio cuenta del modo en que había pronunciado su nombre mientras agarraba su mano con fuerza—. ¡Por favor!

Él se quedó pensativo.

—¡Por favor! —repitió ella, dándose cuenta de un modo intuitivo de que él no iba a decírselo—. Necesito saberlo.

Él dio un suspiro entre exasperado y resignado.

—Serena. El conductor… no sobrevivió al accidente.

—¡Oh, no!

Era lo que se había temido. Eso explicaba que él se negara a hablar. Y lo peor de todo era que no podía recordar quién era el conductor.

—¿Quién era?

Pero Rafael había cerrado los ojos, dejando a la vista sus sensuales pestañas, pero escondiendo sus pensamientos.

—Eso tendrás que averiguarlo tú.

—¡Oh, no es justo!

Pero sabía que él no se lo diría. Al fin y al cabo, eran órdenes de la doctora.

—Sé que tenía que conocerlo. Si no, no habría ido con él en el coche.

Ella observó el rostro de él, tratando de hallar una respuesta, pero se encontró con un rostro impasible, que recordaba a esas estatuas de la Grecia Antigua talladas en frío mármol.

—Sé que no —repitió ella, enfatizando sus palabras—. No soy de esa clase de chicas.

Él no dijo nada, pero algo en la expresión de su rostro indicaba que dudaba de sus palabras.

—¿No me crees?

Ella apartó las sábanas enfadada y se puso en pie, estirándose la bata que cubría su camisón. Así se sintió mejor. Desde ahí podía mirarlo a los ojos, a pesar de que él le sacaba aún doce centímetros. Y eso que ella medía uno setenta y cinco.

—¿Cómo te atreves? No tienes ningún derecho a juzgarme cuando aún no me conoces… si es que eso es verdad.

—Nunca te había visto antes de venir a este hospital.

—Entonces… no puedes contarme lo que estaba haciendo cuando sufrimos el accidente…

No quería pensar en que Rafael estaba al lado de su cama, mirándolo y juzgándolo todo desde su majestuosa estatura. Se sentía indefensa a su lado. Su sola presencia hacía que se le helara la sangre en las venas.

—Entonces, no sabrás nada de mí… ni de quién soy ni de qué hago… Así que tendrás que fiarte si te digo que no soy esa clase de mujer.

—Puede que creas que no eras esa clase de mujer… —él no terminó la frase.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que sabes de mí y no me quieres decir?

Pero él apartó la mirada y se volvió hacia donde estaba el pequeño Tonio.

—Tengo que irme —dijo, sin intentar ocultar que estaba ignorando deliberadamente sus preguntas—. Hay que dar de comer a Tonio y…

—¡No! ¡No puedes hacerme esto! ¡No lo permitiré!

Él la miró con indiferencia, dejándole claro que podía hacer lo que quisiera y que ella no podía hacer nada para evitarlo.

¿O sí que podía?

Justo cuando Rafael agarró el cesto del bebé, ella corrió hacia la puerta y se apoyó en ella.

—¡Hablo en serio! —le advirtió, rogando por que su voz sonara convincente.

—Serena… —pronunció su nombre con un tono de advertencia, pero ella no iba a rendirse tan fácilmente.

—No. No te dejaré marchar hasta que me lo digas. Tengo derecho a saberlo.

Al parecer, su tono desafiante solo estaba consiguiendo reforzar su resolución. Lo pudo ver por el modo en que apretó la mandíbula y por la frialdad de su mirada. Así que decidió cambiar de táctica.

—Rafael, por favor… —le rogó en un tono suave.

—Serena, no sigas…

«¿Estás segura de lo que estás haciendo?», le preguntó una voz interior. «¿Estás segura de que quieres saberlo?».

—¡No!

Desechó esos pensamientos testarudamente. No podía dejarlo marchar sin antes recibir una respuesta.

—¡Por favor! No te imaginas lo que es sentirse así. Me paso las noches en vela, tratando de recordar, pero solo me encuentro con un agujero negro. No puedes imaginarte lo terrible que es, lo mucho que puede asustarte.

—¡Maldita sea!

Rafael dejó otra vez el cesto donde estaba y se pasó ambas manos por el pelo en un gesto exasperado.

—Te arrepentirás de esto.

No fue una amenaza, sino la expresión de un hecho y eso la reafirmó aún más en su deseo por saber la verdad.

—Me arrepentiré más si sigo sin saber lo que pasó. Tengo que conocer mi pasado. Si no, ¿cómo voy a seguir adelante?

Rafael volvió a soltar una maldición y luego levantó las manos en un gesto derrotado.

—Muy bien, tú lo has querido. Y quizá sea mejor que sepas la verdad. La fecha que diste…

—¿No era correcta? ¿He estado inconsciente más tiempo del que creía?

—Bueno, la fecha era casi correcta. Estaba bien el día y el mes, pero fue un año antes.

—¿Cómo? No entiendo.

—La fecha que diste a la doctora es de hace un año. Así que no tienes veintitrés años, sino veinticuatro. El accidente te provocó una amnesia parcial. Y no son solo los últimos días lo que no puedes recordar, sino el último año entero.

Capítulo 3

SINO el último año entero». Un año de su vida. Todo un año.

Las palabras de Rafael habían causado una honda impresión en ella y era incapaz de dejar de pensar en ellas.

Y tenía mucho tiempo para pensar, incluso demasiado. No había ninguna otra cosa que requiriera su atención.

Durante el día, había intentado leer o ver la televisión, pero finalmente se había dado cuenta de que le era imposible concentrarse. Se quedaba mirando fijamente una página o la pantalla del televisor, pero su mente seguía dándole vueltas a los mismos problemas. Sin embargo, las noches, debido al silencio y la oscuridad, eran aún peores.

«Sino el último año entero».

¿Cómo era posible? Y lo que era más importante, ¿por qué? ¿Cómo había podido olvidar todo un año de su vida? ¿Cómo podían haberse borrado esos trescientos sesenta y cinco días de su existencia sin dejar ni una huella?

—¡No!

Soltó aquella exclamación en voz alta, tratando de hacer desaparecer la sensación de pánico que la invadía, tratando de hacer desaparecer los demonios que la atormentaban desde las sombras.

Pero no se rendiría. No se hundiría bajo las oleadas de horror que la rodeaban. Lucharía con todas sus fuerzas para poder recordar todo lo antes posible.

Aunque no tenía mucho a lo que agarrarse. Las posesiones que llevaba encima cuando sufrió el accidente no eran de mucha ayuda. Unas cuantas prendas de ropa anónimas y un bolso sin nada que la pudiera identificar.

—Si hubiera dentro un diario o alguna dirección… —había comentado Serena cuando la doctora Greene le había asegurado que no se había encontrado ningún otro objeto.

—Me temo que el bolso está tal como nos lo han entregado. La policía ha investigado la dirección de Yorkshire que usted nos dio, pero no han encontrado nada.

—¿Nada?

La doctora sacudió la cabeza.

—Me temo que no. Era una pequeña habitación en un viejo edificio donde normalmente viven estudiantes. Al parecer, cuando usted vivía allí todos sus compañeros de piso estaban acabando la carrera. Ya no queda ninguno en la casa y la mayoría ni siquiera dejó sus señas.

—¿Y Leanne?

Leanne era una amiga de sus años de estudiante. Su mejor amiga.

—Empecé la carrera más tarde de lo normal debido a la enfermedad de mi madre —le había contado a la doctora con los ojos llenos de tristeza—. Tenía cáncer de ovarios y aplacé mi entrada en la universidad para poder cuidarla. Así que empecé a estudiar a los veintidós años y todo el mundo era más joven que yo. Por eso no hice ninguna amistad hasta que me trasladé a Alban Road, donde conocí a Leanne.

—¿Nos dijo que había emigrado a Australia?

—Sí, se comprometió con un médico australiano y pensaba irse allí después de casarse.

Estaba segura de que la habrían invitado a la boda y que ella no se la había perdido, pero no podía recordarlo. Al parecer, la boda de Leanne debía de coincidir con el comienzo de la época de su vida que no conseguía recordar.

—Pero Australia es un lugar enorme cuando no se tiene ni idea de por dónde empezar a buscar. Es todavía más difícil que encontrar una aguja en un pajar, como dice el dicho. Seguro que tenía su dirección apuntada en algún sitio, pero no puedo acordarme.

Esa dirección debía estar donde hubiera vivido el último año, después de marcharse de Yorkshire. Porque algo había ocurrido en su vida, algo tan importante o traumático que le había hecho abandonar la universidad y…

¿Y qué? Serena, tumbada en medio de la oscuridad, palmoteó su almohada en un gesto de desesperación. No había respuesta para esa pregunta.

—¿Y qué voy a hacer ahora?

Porque no tenía nada que hacer. Sus heridas estaban mejorando, así que no tenía mucho sentido que permaneciera en el hospital.

—Oh, no creo que tenga que preocuparse por eso —la doctora Greene le sonrió—. El señor Cordoba se ocupará de todo.

—¿Y qué te trae por aquí?

Rafael apenas había entrado esa tarde en la habitación del hospital cuando ella se dirigió a él furiosa.

—¿Cómo me preguntas eso, querida señorita Martin?

—Ya sabes por qué te lo pregunto —Serena lo miró con gesto desafiante, con los ojos echando chispas y la barbilla levantada.

Afortunadamente no había llevado a Tonio en esa ocasión. La presencia del bebé hubiera podido distraerla de las preguntas que tenía que hacerle.

—Y yo no soy tu querida señorita Martin. No soy tu querida nada. No puedes llegar aquí y tratar de controlar mi vida.

—¿Crees que es eso lo que estoy haciendo?

Después de aquella pregunta formulada en un tono frío, la miró detenidamente, fijándose en sus pantalones y su camisa, ambos de tonos claros. La insolente sensualidad de su mirada hizo que a ella se le acelerara el corazón.

—Te sienta muy bien esa ropa.

—¡No cambies de tema! —protestó Serena, consciente de que, de no ser por Rafael, no tendría ninguna ropa que ponerse. O al menos, no sería algo tan caro y elegante.

—Estamos hablando de mi vida y no puedes controlarla como si se tratara de una inversión.

Rafael se echó a reír divertido, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda.

—¿Quién diablos pensaría en llamarte Serena con ese temperamento? —murmuró él irónicamente, sentándose en la silla que había junto a la ventana—. Pero supongo que ya debería habérmelo esperado de…

—¿De qué? —preguntó Serena—. ¿Por qué deberías habértelo esperado?

Ella se arrepintió del tono empleado al ver que él se volvía y la miraba con sus fríos y bellos ojos.

—Porque es normal teniendo ese color de pelo. Es propio de una persona apasionada, ¿no es cierto?

—Yo… —Serena comenzó a protestar enfadada, pero la mirada de advertencia de él hizo que se tragara su irritada respuesta.

—Lo creas o no, no soy así normalmente. De hecho, suelo ser bastante equilibrada. ¡Oh, no te atrevas a mirarme así! —exclamó al ver el gesto de incredulidad de él—. Es que me haces perder los nervios.

—¿Y por qué crees que es?

—¿Por qué… ?

Serena solo pudo sacudir la cabeza. ¿Por qué le pondría tan nerviosa ese hombre? ¿Por qué perdía el control de sí misma en cuanto aparecía él?

Ella nunca se había tenido por una persona débil emocionalmente, que pudiera saltar a la menor provocación como le pasaba con Rafael.

—Porque eres el hombre más provocador que he conocido. Y porque el accidente que he sufrido no es motivo suficiente para que te comportes de ese modo tan excesivo conmigo.

—He sido educado para asumir mis deberes.

Como con Tonio, pensó Serena fugazmente. Rafael nunca le había explicado lo que le había pasado a la madre del bebé, pero era evidente que no rehuía el cuidar de él. ¿O había hecho con la madre como estaba haciendo con ella, tratar de controlar su vida?

—Una cosa es asumir los deberes y otra, pisotear a la gente.

El suspiro de Rafael la avisó de que el hombre estaba empezando a perder la calma.

—¿Vas a pasarte el resto de la tarde divagando sobre mí? —preguntó él—. ¿O vas a decirme de una vez qué es lo que te fastidia?

—¿No es evidente? Lo que me fastidia es que creas que puedes planear mi vida y que yo voy a obedecerte en cuanto hagas un chasquido con los dedos.

Rafael la miró fijamente con los ojos muy brillantes.

—Bueno, pues como no me vas a dejar hacer otra cosa, al menos cuéntame qué es lo que has planeado para mí.

—He pensado que puedes venirte a vivir conmigo.

—¿Qué? ¿Vivir contigo? —repitió Serena, haciendo un gesto de incredulidad—. De ninguna manera.

—¿Y qué otra cosa propones tú? —replicó él, aban- donando su postura indolente y levantándose con un movimiento ágil—. No tienes dinero ni casa donde vivir, no tienes trabajo…

—¿Crees que no me doy cuenta de todo eso?

El hecho de que poco antes ella se hubiera estado diciendo lo mismo, no la ayudó a relajarse. Incluso la hizo ponerse más nerviosa.

—¿Y propones alguna alternativa?

El inquisidor español estaba de vuelta. Serena retrocedió ligeramente, aunque no pudo evitar que le llegara el olor de la colonia de él, mezclada con un olor más profundo e intenso, más personal. Un olor que puso todos sus sentidos en alerta roja y alteró su mente.

—Todavía, no —contestó.

—Entonces, ¿qué hay de malo en que te vengas a vivir conmigo hasta que decidas lo que vas a hacer?

—¿Sabes lo que pasa?

—No, explícamelo.

Parecía que cuanto más se enfadaba ella, más frío y alejado parecía Rafael, haciéndole sentir como si estuviera dando puñetazos a una pared de ladrillos imposible de atravesar.

—Sé lo que quieres… sé lo que estás pensando —dijo ella.

—O sea, ¿que sabes leer la mente? Pues dime, señorita Martin, ¿qué crees que quiero de ti?

—Yo… tú… —comenzó a decir.

Pero era incapaz de expresar en palabras sus pensamientos. Él debería saber lo que ella quería decir. ¡Tenía que saberlo!

¿O no se daba cuenta él de lo que había entre ellos? ¿No lo sentía? ¿No lo notaba en el aire? ¿No veía que entre ellos había la misma tensión que hay en el ambiente cuando una tormenta va a estallar?

Salir de allí y abandonar aquel reducido espacio cambiaría todo. Solo la idea de irse a vivir a su casa le erizaba el vello de la nuca y hacía que le picara la piel.

—¿Me lo vas a explicar o no te atreves?

¿Que no se atrevía? Pensó Serena enfadada. Él se lo había buscado.

—¡Creo que sientes una fuerte atracción sexual hacia mí!

¡Ya estaba! Se lo había dicho y por mucho que quisiera no podría borrar aquellas palabras. Luego, incómoda por el silencio de él, se sonrojó.

—Creo que… que quieres acostarte conmigo. Lo veo en tus ojos, por el modo en que me miras cuando crees que no te veo. Algunas veces también lo noto en tu voz. Y no me digas que son imaginaciones mías porque…

—No pensaba hacerlo —interrumpió Rafael—. ¿Cómo poder negar algo que debe ser evidente para cualquiera? Sería un estúpido si tratara de hacerlo.

La voz de él se volvió más grave, convirtiéndose en una caricia sensual y ronca que la envolvió como una nube de humo cálida y perfumada.

—Y tampoco tengo por qué hacerlo —añadió.

Serena no lo había visto moverse pero, de repente, estaba muy cerca, demasiado. Serena se sintió intimidada por su estatura y por su corpulencia. Apenas podía respirar. Si quisiera, podría estirar la mano y tocarlo, sentir la suave piel de él bajo sus manos, acariciar su cabello oscuro y sedoso.

¡Si quisiera!, pensó Serena, a punto de soltar una carcajada solo de pensarlo.

¡Qué ganas de hacerlo… ! Tenía tantas ganas que le dolía el corazón, pero no se atrevía. Un sexto sentido le avisaba de que si se rendía a ese deseo, todo su cuerpo sufriría las consecuencias. Sabía que sería como un cataclismo que la dejaría perdida, sin nada del mundo que ella había conocido, de la vida que había vivido hasta entonces.

—Eres una mujer muy guapa, Serena Martin. Tan guapa que cuando te veo, no puedo evitar estremecerme ni desear poseerte. Desde que te vi, solo pienso en una cosa…

—¿Una cosa? —Serena solo pudo repetir las palabras de él, su mente se negaba a funcionar por sí misma.

—En el momento en que te vi, en esa cama de hospital, supe que nunca descansaría hasta tenerte entre mis brazos, hasta besarte como si…

Mientras hablaba, la abrazó y la apretó contra su pecho, haciendo que ella sintiera como un hecho natural el estar entre sus brazos. No se le ocurrió ofrecer resistencia. Se limitó a aceptar que así era como tenía que ser.

Por eso, cuando aquella cabeza oscura se inclinó hacia ella, elevó automáticamente la suya para encontrarse con la boca de él y aceptar su beso.

Pero cuando aquel beso llegó, no tuvo nada de ternura, sino la fiereza y exigencia del roce de una llama que la quemara en la piel, encendiendo sus sentidos. Fue como un grito salvaje y estremecedor que la hizo ponerse en pie y levantar los brazos para aferrarse a su cuello y a sus hombros poderosos, buscando apoyo.

La mente de Serena se llenó de una niebla roja, que quemó todo rastro de pensamiento coherente. Cada centímetro de su piel parecía bañado en miles de alfileres que intensificaban el deseo de ser acariciada por él. Y en lo más profundo de sí, en la zona más femenina de su cuerpo, un hambre insaciable comenzó a latir y la obligó a apretarse contra él.

Con un gemido de deseo, Rafael puso las manos en las caderas de Serena. Luego, acarició su cintura y la suave curvatura de sus nalgas, que apretó contra sí. No podía escapar de aquel deseo, de la urgencia de su miembro erecto que delataba el poder de la pasión que lo devoraba.

La mente de Serena se llenó de imágenes absurdas. Imágenes que la acercaban, paso a paso, hacia la cama, llevando a aquel hombre con ella. Se imaginó tumbada en la colcha de color melocotón, atrapada por el cuerpo duro y fuerte de él. Las manos de él que, siguiendo el ejemplo de las suyas, le quitaban impacientemente la ropa para que no hubiera nada entre las manos de Rafael y su cuerpo desnudo. Pensó…

Pero, de repente, su imaginación dejó de funcionar e irrumpió la realidad.

Las manos fuertes y bronceadas de Rafael le habían sacado la camisa de los pantalones y empezaban a meterse debajo de la tela de algodón, encendiendo la piel a su paso. La acariciaban lentamente, en círculos, y subían inexorablemente en dirección a sus pechos, cubriéndolos suavemente.

—Rafael…

Fue un grito ahogado, silenciado por besos cada vez más apasionados.

Respondiendo al deseo que la devoraba, Serena se apartó ligeramente y comenzó a desabrocharle impacientemente la camisa para poder también ella acariciarlo. Al tocar su piel caliente, no pudo evitar un suspiro de satisfacción. Un suspiro que se convirtió en un gemido de placer cuando las manos de él acariciaron de nuevo sus senos. Un suspiro que pasó a ser un grito ahogado cuando él tocó sus pezones con los pulgares, con un movimiento circular que la hizo estremecerse.

Serena no se dio cuenta de que la puerta seguía parcialmente abierta ni de los ruidos que había en el pasillo, aunque sí notaba el calor del sol que entraba por la ventana a su espalda, y que era otro elemento de placer para sus sentidos.

—Creo que el señor Cordoba está dentro en estos momentos —dijo una voz desde el pasillo.

Al oír su nombre, Rafael levantó bruscamente la cabeza con la mirada de un depredador al que acaban de interrumpir, con todos los músculos en tensión, la respiración entrecortada, el oído presto… Cuando el hombre que había dicho aquello pasó de largo, Rafael miró fijamente a Serena y su boca hizo una mueca mitad diversión, mitad desgana.

—Este no es momento ni lugar para ello —le dijo, soltándola y retrocediendo unos pasos al tiempo que se colocaba la camisa.

De ardiente y exigente amante, Rafael había pasado a ser una persona distante y práctica. El cambio había sido tan brusco, que ella no pudo evitar soltar un pequeño grito de protesta.

—Rafael… —comenzó, pero él hizo un gesto con la cabeza para silenciarla mientras se pasaba una mano por el pelo para borrar el desorden creado por sus manos.

—Ahora, no —insistió él con una precisión fría que cayó sobre su piel encendida como gotas de hielo—. Y si fuera inteligente, tampoco en ningún otro momento.

—No… —Serena se calló, incapaz de creer lo que había oído.

¿Por qué habría dicho él algo así?

El cuerpo de Serena todavía estaba excitado, su corazón le latía a toda velocidad, pero lentamente, sin quererlo, la invadió una terrible sensación de abandono y frustración por el placer que había experimentado antes y que le era negado en esos momentos. Tenía la sensación de haber estado a punto de tocar las estrellas y que se las habían arrebatado brutal y cruelmente.

—¿Ahora no?

No fue capaz de repetir el resto.

—Señorita Martin… Serena…

En un abrir y cerrar de ojos, Rafael había recuperado totalmente el control de sí mismo. Su aspecto era casi perfecto de nuevo. Su cabello estaba bien peinado, su camisa abrochada y su corbata estaba bien colocada alrededor de la columna bronceada de su cuello. Incluso parecía haber borrado todo lo que acababa de pasar entre ellos con la misma facilidad con la que se había quitado la pintura de labios de Serena.

—Perdóname. Nunca debería haber ocurrido. Te pido disculpas por mi comportamiento.

La formalidad de sus palabras, la dureza de sus ojos, la golpearon brutalmente. Notó un sabor desagradable en la boca y un nudo en el estómago. ¿Cómo podía Rafael, en un segundo, convertir algo tan especial y maravilloso en un monstruoso error?

—No hace falta que te disculpes…

El tono de ella fue igual de distante y frío. Luego, sin pensarlo, hizo lo mismo que acababa de hacer él. Se alisó la ropa y se pasó la mano por el cabello.

—No se puede decir que me hayas forzado. Era consciente de lo que estaba ocurriendo.

—¡Serena! No te acuerdas de lo que te ha ocurrido el año pasado ni de lo que te ha ocurrido hace un mes. Hasta que no recuerdes lo que ha pasado en esos doce meses, con quién estuviste ese tiempo, no puedes tomar decisiones sobre el futuro.

—¿Con quién estaba? ¿Lo sabes tú?

Serena creyó ver en los ojos de Rafael algo parecido a la desesperación antes de que los cerrara, escondiendo así sus pensamientos.

—Aunque lo supieras, no dirías nada, ¿verdad? —insistió ella—. Ya lo sé… son órdenes de la doctora.

—No tengo derecho a tocarte.

—¿Y si yo te quisiera dar ese derecho?

Ella supo lo que iba a responder incluso antes de que la pregunta terminara de salir de sus labios.

—No puede haber nada entre nosotros mientras no recuperes la memoria —repitió con firmeza—. Nada.

—Entonces, tú… ¿no quieres que me vaya a vivir contigo?

—Todo lo contrario. Sigo pensando que mi plan es el mejor.

—¿Tu… plan? Pero si no quieres…

Los ojos de Rafael se posaron sobre el cuerpo de ella con la intensidad de un rayo láser.

—¿De verdad has creído que esa era la razón por la que te he invitado a mi casa?

En ese momento, hablaba como un español nativo. Alto y arrogante como un torero que entra a matar, la cabeza erguida, la mandíbula fuertemente apretada y los rasgos de la cara duros y furiosos, rechazando las implicaciones de la pregunta de ella. Lo había insultado, pensó Serena. Insultado y humillado, y aunque no se había apartado de ella físicamente, se dio cuenta de que, mentalmente, estaba a bastantes kilómetros de distancia.

—Lo siento… —dijo Serena con tristeza, pero él hizo un gesto con la mano.

—No te preocupes. Te lo he propuesto pensando en Tonio…

—¡Tonio! —Serena casi escupió la palabra—. ¿Qué tiene que ver Tonio con todo esto?

—Todo —replicó Rafael—. Soy un hombre de negocios, Serena. Tengo intereses en Inglaterra, España y en toda Europa. Trabajo muchas horas. Me pueden llamar en cualquier momento para cualquier problema. Tonio es solo un bebé. Necesita amor y cuidados, alguien que esté con él…

—Alguien como yo —terminó ella la frase por él.

Rafael hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Quieres que sea una especie de niñera…

Su voz sonó extraña, aunque no podía saber si era de alegría o por la tristeza que la invadía. Serena sentía que ambas cosas estaban muy cercanas y notó que le picaban los ojos. Parpadeó varias veces, decidida a reprimir sus lágrimas.

Eso era lo que él había querido todo el tiempo. ¿Cómo había sido tan ingenua? Había pensado que él se había enamorado, que se sentía atraído por ella. Se había creído que la invitaba a su casa porque quería conocerla mejor, pero él en todo momento había pensado en resolver del mejor modo sus problemas, el problema de él y el de ella, de un modo frío y totalmente práctico.

Ella necesitaba una casa. Rafael podía ofrecerle una. Él necesitaba que le cuidaran a su hijo y había decidido que ese era un servicio que ella podía ofrecerle como pago por el alojamiento y la comida. La atracción física no tenía nada que ver con ello.

—Pero si yo no sé nada de bebés.

—Ya aprenderás.

Una vez más él rechazó sin piedad las objeciones de ella.

—Me fijé en cómo lo miraste la primera vez que lo traje. No tengo intención de dejarlo con una mujer para quien sea solo un trabajo. Quiero a alguien que sienta algo especial por él.

Alguien que no tenga vida propia, pensó Serena con amargura, entrelazando las manos y mirando hacia el suelo para que Rafael no pudiera ver la expresión de sus ojos. Ella no tenía dónde ir y él lo sabía. Podía habérselo ofrecido como un trabajo, pero sabía demasiado bien que tenía todas las cartas en su mano.

Pero entonces, pensó en Tonio, en sus enormes ojos y en el modo en que su pequeña manita había agarrado su dedo, envolviendo su corazón.

El bebé era la carta más valiosa de Rafael. Él debió verlo en su rostro, en la ternura que no había podido disimular al conocer al niño. Al verlo el primer día, se conmovió profundamente. No podía dar la espalda a aquel bebé que la necesitaba y Rafael lo sabía.

—Necesitas una casa, un lugar donde pasar tu convalecencia y recuperar tus fuerzas. Por otra parte, Tonio necesita una niñera. Puedes vivir en mi casa, hay sitio suficiente. Tengo un ama de llaves que te hará compañía si crees que la necesitas. Te pagaré un sueldo decente. Creo que es algo que nos conviene a todos.

—Sí, eso parece.

Era un acuerdo muy sensato, se dijo Serena. Y quizá, si lo hubiera sugerido el día anterior, ella podría haber pensado que era la respuesta a todos sus problemas. Pero eso solo podría haber sido antes de que él la abrazara, antes de que la besara de aquel modo que había cambiado para siempre la relación entre ellos.

Porque después de que ella se hubiera dejado llevar por su fantasía, en el futuro tendría que conformarse con el recuerdo de aquel beso.

—Entonces, ¿estás de acuerdo?

¿Tenía otra opción?

—¿Serena? —repitió Rafael con impaciencia—. Necesito una respuesta.

Y ella solo podía darle una. De manera que asintió lentamente.

—Acepto.

Era, evidentemente, la respuesta que él había esperado. El gesto afirmativo de su cabeza oscura confirmó a Serena que él jamás había esperado otra respuesta. Luego, echó hacia atrás el puño blanco de su camisa y consultó el reloj de oro que llevaba en la muñeca.

—Ahora tengo que irme —informó con la seriedad y el pragmatismo de un hombre de negocios—. Pero volveré mañana por la mañana. La doctora Greene dice que te dará el alta entonces, así que podremos irnos en cuanto lo haga. ¿Te parece bien a las diez y media?

—Sí.

Pero cuando él se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta, ella se sintió muy sola. Todos sus sentimientos, todo el deseo que él había despertado momentos antes, volvieron con tal intensidad que no pudo evitar un grito de desesperación.

—¡Rafael!

El tono de su voz le hizo detenerse.

—¿Qué pasa? —preguntó, dándose la vuelta.

—Tú… dijiste que, mientras yo siguiera sin recuperar la memoria, no podía haber nada entre nosotros… pero, ¿y si todo cambiara? ¿Y si recuperara la memoria y descubriera todo sobre mí? ¿Qué pasaría entonces?

—Si eso ocurriera, si recordaras lo que pasó, entonces todo sería muy diferente.

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