Czytaj książkę: «Frontera»

Czcionka:


KAPKA KASSABOVA

Frontera

Un viaje al borde de Europa

Traducción de Cristina Lizarbe

www.armaeniaeditorial.com

Título original: Border. A Journey to the edge of Europe (Granta Books, 2017)

Primera edición: mayo 2019

Segunda impresión: enero 2020

Primera edicion ebook: agosto 2021

Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte


Copyright © Kapka Kassabova, 2017

Copyright de la traducción © Cristina Lizarbe, 2019

Copyright de la ilustración de cubierta © Gerasimof, 123RF.com, 2019

Copyright del mapa © Elzbieta Toton, d2d.pl, 2018

Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2019, 2021

Armaenia Editorial, S.L.

www.armaeniaeditorial.com

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes,

la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o prestamo públicos.

ISBN: 978-84-18994-18-0


Dedicado a aquellos que no han conseguido cruzar

al otro lado, antes y ahora

Con un alegato en favor de la conservación de los bosques

«A la gente se le olvida que solo somos invitados en esta tierra, que venimos a ella desnudos y que nos marchamos con las manos vacías».

Esma Redžepova, cantante gitana


Índice

14 MAPA

17 PRÓLOGO

21 frontera

23 La montaña de la locura, I

27 PARTE UNO: EL STRANDJA ESTRELLADO

29 via pontica

31 La Riviera Roja

37 strandja

41 El pueblo del valle

53 agiasma

55 Todo comienza con un manantial

69 cheshma

71 Un hombre ocioso

77 415

79 Alambrada en el corazón

83 klyon (1961-1990)

85 La tumba de Bastet

103 agua fría

105 Peregrinos

111 expiación

113 Ciento veinte pecados

119 sozialistischen persönlichkeit

121 Viaje al telón de acero

141 zmey

143 La bola de fuego

153 PARTE DOS: LOS CORREDORES DE TRACIA

155 tracia

159 El amigo de las palomas

173 memleket

175 Una chica entre idiomas

189 komshulak

191 El sacerdote bailarín

203 rosa damascena

205 Si eres sincero

215 corredores

217 Todo el mundo viene al café de Ali

223 via antica

225 Historias desde el puente

233 fantasmas

235 Una historia de amor kurda

245 el manantial de la doncella de piernas blancas

247 La Choza del Pollo

259 PARTE TRES: LOS PASOS DEL RÓDOPE

261 rhodopaea, rhodopaeum, rhodopensis

265 El pueblo donde vivías para siempre

279 el juicio

281 Camino a la libertad

297 historia de dos reinos

301 Drama

313 línea metaxás

317 La montaña de la locura, II

327 agonía

329 El hotel que estaba encima del mundo

335 ursus arctos

337 La diosa del bosque

347 tabaco

349 La mujer que caminó durante una semana



355 PARTE CUATRO: EL STRANDJA ESTRELLADO

357 lodos

361 Al río

381 kaynarca

383 El monje de la felicidad

393 eterno retorno

395 La buena sirena

401 muhhabet

403 El último pastor

409 uroki

411 Cómo romper un hechizo

423 AGRADECIMIENTOS Y FUENTES



Prólogo

Este libro cuenta la historia humana de la última frontera de Europa. Ahí donde Bulgaria, Grecia y Turquía convergen y divergen, donde las fronteras son lo que son. Es también donde comienza algo parecido a Europa y donde acaba algo que no llega a ser Asia.

Esta es su geografía a grandes rasgos, pero el mapa te llevará solo hasta cierto punto, antes de terminar en un bosque ancestral repleto de sombras y que vive al margen del tiempo. Pues bien, es ahí a donde yo acabé yendo. Puede que en todas las zonas fronterizas resuenen las frecuencias del inconsciente; después de todo, las fronteras están allá donde el tejido es más fino. Sin embargo, en esta región fronteriza resuena un tono especialmente similar al de una sirena y se distingue por tres razones. La primera, por las cuestiones sin resolver de la Guerra Fría; la segunda, porque se trata de uno de los espacios naturales más grandes de Europa; la tercera, porque ha sido una confluencia continental desde que existen los continentes.

En Europa del Este, mi generación cumplió la mayoría de edad con la caída del Muro de Berlín. Esta frontera ensombreció mi infancia búlgara durante la última etapa del «socialismo de rostro humano», como rezaba aquel desafortunado eslogan. Así que era natural que acabara involucrándome enseguida en este viaje a lo largo de la frontera. En cuanto hay una frontera cerca, resulta imposible no involucrarse, no querer exorcizar o transgredir algo. La simple presencia de una frontera es una invitación. Vamos, susurra, cruza esta línea. Si te atreves. Cruzar la línea, ya sea a plena luz del día o al abrigo de la noche, aúna el miedo y la esperanza. Y, en alguna parte, está esperando un barquero al que no se le puede ver la cara. La gente muere cruzando fronteras y, a veces, simplemente estando cerca de ellas. Los afortunados renacen al otro lado.

Una frontera controlada de forma activa siempre resulta agresiva: es el lugar donde el poder adquiere de repente un cuerpo, por no decir un rostro humano, y una ideología. Una ideología obvia en lo que concierne a las fronteras es el nacionalismo: la frontera está ahí para separar un Estado nación de otro. Pero una ideología más perniciosa es el centralismo en la práctica: la creencia de que el centro de poder puede emitir órdenes a distancia con impunidad y sacrificar la periferia; lo que queda fuera del punto de vista dominante, queda fuera de la memoria. Y las zonas fronterizas siempre son la periferia, siempre quedan fuera del punto de vista dominante.

Curiosamente, vivir en un país sin fronteras es lo que me ha animado a emprender este viaje fronterizo. Vivo en la Escocia rural, que es una especie de periferia si consideramos que el centro es el «cinturón central» de Edimburgo y Glasgow, y algo aún más parecido a una periferia si el centro es Londres. Escocia siempre ha sido una tierra de diversidad y de libertad, de islas y de excentricidades. Pero, en Escocia, la era del burócrata corporativo con rostro humano acaba de empezar, y cada día que pasa otra regla centralista más reprime a las comunidades remotas, se destruye otro bosque más para hacer espacio a una cantera, hay parques eólicos que parecen no girar, hay torres de alta tensión gigantes que parecen no conducir electricidad. Surgen eriales de ganancias subvencionadas ahí donde antes había espacios naturales peculiares. Mientras observaba el brutal nivelado de las Tierras Altas escocesas, sentí curiosidad por mis periferias balcánicas nativas. Quería saber qué estaba ocurriendo allí veinticinco años después de haberme marchado.

Si dividimos las fronteras políticas en blandas y duras, la frontera de este libro tiene la dureza de medio siglo de Guerra Fría: Bulgaria al norte y Grecia y Turquía al sur marcan la línea de corte entre los países del Pacto de Varsovia del bloque soviético y los estados miembros de la otan en el área de influencia occidental. En resumen, era el telón de acero más meridional de Europa, un Muro de Berlín cubierto de árboles y oscurecido por los ejércitos de los tres países. Era mortífero y sigue provocando punzadas de pavor hoy en día.

La frontera greco-búlgara se ha ablandado ahora con la adhesión compartida a la Unión Europea. Las fronteras turco-búlgaras y turco-griegas han perdido su antigua dureza pero han adquirido una nueva: el síntoma son las nuevas vallas de alambre colocadas para frenar el flujo humano procedente de Oriente Medio. Dio la casualidad de que estuve allí justo cuando el flujo se estaba convirtiendo en una hemorragia. El movimiento global y las barricadas globales, el nuevo internacionalismo y los antiguos nacionalismos, esta es la enfermedad sistémica que afecta al corazón de nuestro mundo y que se ha extendido de una periferia a otra, porque ya no quedan lugares remotos. Hasta que te pierdes en el bosque.

Pero el impulso emocional inicial que había detrás de mi viaje era simple: quería ver los sitios prohibidos de mi infancia, los pueblos y ciudades fronterizos antes militarizados, los ríos y los bosques que habían sido zonas prohibidas durante dos generaciones. Me acompañó mi rebeldía, porque nos habían encadenado como a perros maltratados durante mucho tiempo detrás del telón de acero. Y también mi curiosidad: quería conocer a la gente de una terra incognita. Cuando Heródoto escribió «Respecto a Europa […] nadie ha concretado nunca si existe un mar ya sea al este o al norte de ella»1, en el siglo v a. C., podía haber estado hablando de esta parte del continente a principios del siglo veintiuno. Como he dicho, compartía la ignorancia colectiva respecto a estas regiones no solo con otros europeos que están lejos, sino también con las élites urbanas de los tres países de esta frontera. Para aquellos que no viven ahí o no visitan el lugar, esta frontera es otro país más, un poco como el pasado, donde las cosas se hacían de forma distinta.

Siempre que acabas hablando de los Balcanes, resulta inevitable el viejo y cansino tropo del puente, pero en ningún sitio esto es más visiblemente cierto que en el sureste de los Balcanes, el umbral de acceso cotidiano entre lo que solemos llamar el Este y el Oeste.

Paradójicamente, este sigue siendo un pliegue oculto de la matriz global. Algunos de los reinos que he atravesado son tan hermosos que podrían provocarte un ataque al corazón, pero solo los botánicos y los ornitólogos los visitan, los contrabandistas y los cazadores furtivos, lo heroico y lo perdido. Y también están los lugareños.

Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero yo creo que la historia la escriben sobre todo aquellos que no estuvieron ahí, que puede que sea lo mismo. Tenía un deseo: mirar a la cara a los que están allí, escuchar sus historias, comer con ellos, aprender palabras nuevas. ¿Cómo es vivir en una zona fronteriza tan repleta de mitos antiguos y modernos, con semejante magnetismo físico? Ninguno de nosotros puede escapar de las fronteras: entre uno mismo y los demás, entre la intención y la acción, entre el sueño y el despertar, entre la vida y la muerte. Puede que la gente de la frontera pueda contarnos algo acerca de los espacios liminales.

El viaje que describo aquí es circular y sigue los contornos de los reinos naturales que se encuentran dentro de la zona fronteriza. Empieza en el mar Negro, al borde de las enigmáticas cordilleras de Strandja, donde las corrientes mediterráneas y las balcánicas se encuentran; baja hacia el oeste hasta las llanuras de Tracia con sus corredores de tráfico y de comercio; entra en los pasos de los montes Ródope, donde cada cumbre tiene su leyenda y ningún pueblo es lo que parece; y acaba en el lado opuesto del principio, Strandja y el mar Negro.

Los nombres se han cambiado, con unas pocas excepciones, y he combinado de vez en cuando datos topográficos y biográficos en aras de la intimidad de las personas y de la economía narrativa. La riqueza natural de la región merece más espacio, pero he centrado mi atención en la historia humana. En ella, las fronteras son omnipresentes, visibles e invisibles, blandas y duras, pero esta antigua tierra salvaje que las precede es limitada. Tal vez porque esta frontera es todavía una tierra salvaje que sigo teniendo presente a través de su gente y sus fantasmas.

Kapka Kassabova

Las Tierras Altas de Escocia

frontera

Según el Oxford English Dictionary:

1. línea que separa dos países;

2. tira o banda, especialmente una decorativa, colocada en el borde de algo.

La montaña de la locura, I

Este momento tuvo lugar a mitad de camino. En lo alto de los montes Ródope, en la frontera greco-búlgara, una carretera serpenteante ascendía por la garganta del río y, en la cima, donde acababa la carretera, había un pueblo fantasma con las ventanas arrancadas y una fuente de piedra sin agua. Allí ya no vivía nadie. Más allá de la carretera y del pueblo estaban solo los bosques de robles, una tierra de nadie. Creemos que vamos a ir por la vida sin conocer lo sobrenatural excepto en películas, pero en aquel pueblo experimenté algo que me aterrorizó hasta lo más hondo. Sigo sin saber si fue «real», pero todavía llevo dentro las sensaciones que lo acompañaron.

Había ido a aquel rincón olvidado de las montañas buscando algo y había derivado en esto. Tal vez esto era lo que había estado buscando. De todos modos, ahora me encontraba bajando a toda prisa el cañón de este bosque áspero lleno de jabalíes y barrancos, sin un alma en veinte kilómetros a la redonda, con aquel sol implacable martilleándome la cabeza como un juicio por algún crimen de hacía mucho tiempo.

Entre las cumbres, en lo alto, había un acantilado que se llamaba «El juicio», un lugar desde el que se habían arrojado cuerpos al abismo de tiempo que hay entre los primeros sacrificios humanos de los tracios y los últimos años de la Guerra Fría. Pero yo iba en la dirección contraria, colina abajo rumbo al pueblo habitado más cercano, que estaba lejos, igual que todo lo que yo podía comprender.

La sensación de que esto no era personal, de que no era solo mi miedo, era, a posteriori, correcta. Estaba captando las frecuencias de hechos que la montaña había albergado. No eran frecuencias naturales, sino frecuencias de la frontera, las frecuencias de un bosque marcado con las iniciales de aquellos que, en el siglo veinte, eran jóvenes y estaban desesperados. Había venido por sus historias, pero ¿estaba yo a la altura de la tarea?

La gente me había dicho que las cosas y las personas desaparecen aquí, pero nada desaparece del todo. Lo siento ahora, como una presencia a mis espaldas. A pesar de que era mediodía y el sol estaba en lo alto, la montaña de Orfeo había oscurecido. Encontré una ramificación del río y me paré a beber. El agua helada me quemó la garganta. Sabía que el nacimiento del río Mesta (en búlgaro, Nesto en griego) estaba al otro lado de la frontera, al norte, en la cordillera más alta de la península balcánica, y que su curso recorría 234 kilómetros antes de encontrarse con el Egeo (pero, ¿qué han hecho los datos por la gente necesitada?) Este no era un río normal. Al otro lado de la frontera había una cueva abismal con una catarata llamada «la garganta del diablo» y cuyo sonido era atronador. Dicen que es por donde Orfeo entró en el inframundo. Nada de lo que entra vuelve a salir, incluyendo los últimos espeleólogos que desaparecieron allí en la década de 1970, un hombre y una mujer. Incluso Orfeo, la única criatura que resurgió de aquel reino ctónico, fue despedazado al final por las delirantes ménades y su cabeza acabó en el Hebrus, que recorre 480 kilómetros hasta llegar al Egeo. ¿Su crimen? Había cambiado de bando en sus últimos años de vida y había cruzado dos peligrosos límites: de su antiguo mentor y dios de los misterios nocturnos, Dioniso, al dios del sol, Apolo; y de amar a las mujeres a amar a los hombres. Cruzar límites ni siquiera es seguro para los dioses, aún menos para los mortales.

Río abajo me encontré con una mujer y dos hombres cargando una pequeña barca con barras de pan. Un montón de barras de pan. Tenían el pelo largo y rostros que parecían alegrarse de algo. Mi miedo se convirtió en fascinación. Me invitaron a cruzar el río con ellos. Y allí, al otro lado…

Pero eso lo dejo para más adelante.

¿Qué es una frontera cuando las definiciones de los diccionarios no aciertan? Es algo que llevas dentro sin saberlo, hasta que vienes a un lugar como este. Caes en el abismo donde un lado es luminoso y el otro oscuridad, y el eco multiplica tu deseo, distorsiona tu voz, se la lleva lejos, a una tierra lejana que tal vez hayas pisado antes.

PARTE UNO

EL STRANDJA ESTRELLADO

Tú también te irás, dijo el pastor.

¿Y si me quedo?

Si te quedas… te doy un mes. ¿Ves ese roble? Ahí es donde te ahorcarás.

Georgi Markov, Las mujeres de Varsovia2

vía póntica

Por tierra, fue una calzada romana que conectaba el Danubio con el Bósforo. Por aire, sigue siendo una ruta migratoria para las aves. La Vía Póntica toma su nombre del mar Negro, antes llamado Pontus Euxinus , el mar hospitalario. Aunque antes de que los griegos de Mileto lo colonizaran era conocido como Pontus Axinus3, el mar inhóspito, porque navegarlo era peligroso y sus orillas las poblaban piratas y bárbaros (es decir, no griegos). Ovidio pasó tiempo exiliado en la costa oeste de este mar, escribiendo sus Tristes y compadeciéndose de sí mismo por vivir entre los getas, una tribu tracia de bárbaros (es decir, no romanos):

Aquí estoy, en las heladas orillas del Euxinus;

cuyo nombre, según los sabios antiguos, es Axinus.4

Pobre Ovidio, demasiado solemne como para pasarlo bien. Desde su época, los bárbaros y las civilizaciones han ido y venido, y algunos se han quedado, pero hay algo póntico que no ha cambiado. Si vas a las playas del sudoeste del mar Negro, donde Bulgaria y Turquía comparten en el agua una frontera invisible, donde los barcos se deslizan entre el Bósforo y Odesa, aún se puede ver el cielo eclipsado por las cincuenta mil cigüeñas que se dirigen a África en un solo día de septiembre.

Pero entonces, todavía era verano.

La Riviera Roja

Verano de 1984, playas del sur de Bulgaria. Ya habían llegado todos los pájaros, y también los veraneantes: los que se parecían a nosotros y los exóticos, con su rubio plumaje, sus coloridas toallas de playa y su aire de permisividad. Lo único que ensombrecía el caluroso cielo eran las carroñeras gaviotas que atacaban las pequeñas bandejas de plástico de espadín frito y con sal que todo el mundo comía.

Alcé la vista de las arenosas páginas de mi libro, escrito por el emocionante escritor estadounidense Jack London, cuyo personaje en Martin Eden se suicida ahogándose porque convertirse en un escritor de éxito carecía de significado moral en el mundo capitalista. Mi libro favorito de este autor era La llamada de lo salvaje, una aventura que había salido mal (sí, pero ¡vaya aventura!) Anhelaba aventuras de casi cualquier tipo. Si empezabas a nadar en esta playa y seguías hacia el sur, como mi padre, que podía desaparecer en el mar durante horas, pasabas los bancos de medusas gigantescas y la famosa zona de camping y de playa para nudistas y gente bohemia, no para familias anodinas como la nuestra, acababas en Turquía.

Aunque Turquía estaba en la misma orilla del mar Negro, se encontraba al otro lado de la frontera, y las cosas que llevaban la palabra frontera, granitza (hasta el sonido era espinoso, como el gra-gra de las gaviotas) era mejor evitarlas, hasta yo sabía eso. Por ejemplo, viajar al extranjero era ir «más allá de la frontera», que era algo intolerable, un lugar del que no había vuelta atrás. De hecho, a aquellos que viajaban al extranjero y no regresaban los llamaban no retornados. Los condenaban in absentia y hacían sufrir a sus familias en su lugar. El único caso que conocía era el del marido de mi profesora de piano, a quien nunca vi en persona, porque estaba más allá de la frontera y, por tanto, de lo tolerable. Él era uno de los cientos de músicos búlgaros que habían viajado fuera por conciertos y se habían convertido en no retornados. El precio que pagaban era el riesgo de no volver a ver su hogar.

A medida que ibas siendo consciente poco a poco de por qué esa frontera estaba ahí (para que la gente como nosotros no pudiera marcharse), desarrollabas una permanente sensación como de frontera dentro de ti, como de indigestión. Aquel verano yo tenía diez años, la edad suficiente para sumirme en los torbellinos de la pasión. Mi objeto de deseo era un chico rubio mayor que estaba de vacaciones con sus padres. Nosotros habíamos venido desde Sofía, ellos habían venido desde Berlín, y durante dos semanas de delicioso tormento nos espiamos el uno al otro desde nuestras toallas de playa, acompañados por el tufillo de crema Nivea y el deseo preadolescente. Pero la falta de experiencia hizo su aparición, y cuando me encontré en la cola de los helados con él a mi espalda, alto y dorado como un Apolo, olvidé todas y cada una de las palabras de ruso –nuestra lengua en común– que había aprendido en la escuela. Cuando su familia se marchó, me pasé un día entero llorando. No había duda de que estábamos hechos el uno para el otro.

Lo que ninguno de nosotros podía saber era que la playa estaba llena de ojos de espías. Se concentraban sobre todo, tanto en número como en glamour, en el mítico International Youth Centre que había cerca de allí, donde, durante treinta años, la dorada juventud del bloque del Este venía de fiesta y a pavonearse en concursos de belleza, festivales de Neptuno y tardes de música en la playa. Estas playas no eran normales y corrientes. Esto era la Riviera Roja, el escaparate del bloque comunista, en las paternales palabras de Kruschev, que estaba convencido de la «especial intensidad del afecto de los búlgaros por nosotros». Aquí, alemanes del Este y del Oeste, noruegos, suecos, húngaros, polacos y checoslovacos venían a jugar en los complejos turísticos Golden Sands y Sunny Beach, que habían brotado en la década de 1960 y que se habían convertido rápidamente en la industria con mayor rendimiento para el Estado. Porque esto era turismo totalitario y todo era propiedad del Estado, incluso la arena. Nosotros nos quedábamos en una habitación alquilada de forma ilegal en la casa de un lugareño, ilegal porque solo los hoteles del Estado podían hacer negocios de forma legal. Nuestra tranquila ciudad costera se llamaba Michurin en honor al biólogo ruso que revolucionó los cultivos. Michurin, con su clima mediterráneo, fue el emplazamiento de un excéntrico experimento agronómico al estilo soviético, en el cual los científicos intentaron cultivar eucaliptos y árboles de caucho, té y mandarinas. Cierto, esta fértil tierra producía ya nueces y almendras, higos y vides, pero lo importante era demostrar que el socialismo maduro podía controlarlo todo, desde el curso de la historia hasta el comportamiento de los microorganismos.

Era un lugar en el que uno de cada dos camareros estaba al servicio de la Seguridad del Estado búlgara, mientras un «grupo operativo» entrenado de forma especial y formado por agentes checos, de la kgb y de la Stasi disfrazados de veraneantes, vigilaba a los hedonistas. Los alemanes del Este eran conocidos entre los lugareños como «los sándalos», porque solían escaparse a hurtadillas de la playa por la noche ataviados con sus sandalias y su ropa de playa y se sumergían en Strandja, el oscuro bosque de la granitza, con su espinoso gra-gra.

Los que no iban por el bosque, iban por la costa, en trajes de buceo y con barcas inflables de playa y colchonetas, y remaban hacia el sur, hacia Turquía, que parecía estar muy cerca hasta que el mar los arrastraba. Al otro lado de aquel mar sin marea que era el mar Negro –con su noventa por ciento de agua anóxica debajo de la capa superior oxigenada– estaba la Unión Soviética.

Echaba de menos a mi flechazo alemán e ignoraba que mis anhelos se repetían en otros cuerpos de la playa que iban en busca de pareja, para líos de una noche, para comerciar, para hacer intercambios, para casarse. Para encontrar una manera de cruzar la frontera. Desde sus inicios en la década de 1960, la Riviera Roja ha sido un mercado humano donde la puja más alta no era el amor, sino la libertad. Y el precio más alto que podías pagar era tu vida. Muchos lo hicieron.

Había un gran trecho desde la playa hasta la frontera turca, y aquella ruta atravesaba las colinas boscosas de Strandja, que proyectaba una sombra propia de la medianoche sobre los soleados complejos turísticos. Lo único que sabíamos de Strandja era que estaba lleno de ríos, rododendros y reptiles, y que en sus pueblos se celebraba un rito de fuego en el que la gente caminaba sobre brasas. Para mayor confusión, la práctica de aquel rito la había prohibido el Estado, excepto en sitios oficiales como el International Youth Centre, donde las personas que caminaban sobre las brasas eran gente aprobada por el Estado, así como los osos bailarines encadenados que traían para entretener a los visitantes; eran osos oficiales. Y para visitar Strandja necesitabas un permiso oficial del Ministerio de Asuntos Internos llamado lista otkrit. En otras palabras, no se podía visitar.

—¿Por qué no podemos ir a Strandja? —pregunté cuando el chico alemán se había ido y el helado había perdido su sabor.

—No se nos ha perdido nada allí —dijo mi padre.

—El bosque está lleno de soldados —dijo mi madre.

Había un muro electrificado de alambre de espino a lo largo de toda la frontera. Aquellos que se adentraban en el bosque podían leer la señal de advertencia dirigida a ellos en los dos principales idiomas de la desesperación:

внимание гранична зона!

Achtung Grenzzone!

Pero si habías caminado lo suficiente como para leer esta señal, durante días y noches por aquel bosque de reptiles, ¿por qué ibas a volver atrás?

Si la inocencia es la sensación de que el mundo es un lugar seguro y justo, aquel verano empecé a perder la mía. ¿Por qué no podíamos seguir los pasos de la familia alemana a Berlín? ¿Por qué no podíamos –nosotros o, para el caso, la familia alemana– ir a Turquía, que estaba justo ahí, bajando por la costa? ¿Por qué un alemán había tenido que cruzar la frontera volando en un globo aerostático, como contaba la historia apócrifa, a menos que aquello fuera cierto? Porque vivíamos en una prisión al aire libre. Un sentimiento de rebeldía melancólica comenzó a germinar.

Seis años después, «los sándalos» ya no tenían necesidad de venir hasta aquí para escapar porque el Muro de Berlín había caído. Nuestra familia cruzó la frontera, aunque no aquélla, sino otra frontera imaginaria sobre el Pacífico, rumbo a una nueva vida en Nueva Zelanda, un lugar con otra clase de playas.

Volvía a ser verano cuando llegué, treinta años más tarde.

En el aeropuerto de Burgas, las viñas bordeaban la pista de aterrizaje y el aire olía a gasolina y a sexo inminente. Había volado desde Edimburgo con una aerolínea chárter y el avión iba lleno de hombres tatuados y mujeres de risotadas y maquillaje estridentes. Pisé el suelo búlgaro en compañía de rusos húmedos y alborotados, jóvenes escandinavos granudos por culpa de las hormonas y familias de piel clara de otras latitudes del norte. Los consumidores turísticos de Europa eran despachados como carne enlatada desde esta irritante ciudad portuaria hacia los vibrantes complejos turísticos de Golden Sands y Sunny Beach. Mi Riviera Roja se había convertido en un feliz infierno del capitalismo global.

Alquilé un coche y pasé por los lagos salados multicolor del golfo de Burgas. Los cantos ahogados de pelícanos, cormoranes y martines pescadores, el olor a higos maduros, al verano polvoriento y vigoroso de la crema Nivea, las grúas del puerto y los barcos gigantescos, que eran como ciudades inmóviles. Aquí comenzaban las oscuras colinas de Strandja.

Cogí la tranquila carretera de la costa, que había visto por última vez hacía treinta años desde la parte de atrás del Škoda familiar. Antes de que la carretera se dirigiera tierra adentro, me detuve en la última ciudad costera: la tranquila Michurin de mi infancia. Pero había recuperado su antiguo nombre, Tsarevo, y, por un instante, fui incapaz de encontrarla en el mapa porque para mí siempre será Michurin. Los intentos de cultivar eucaliptos y árboles de caucho habían acabado hacía tiempo y se había vuelto a los higos, las vides, las almendras y las nueces nativos. A lo largo de la carretera que se adentraba en la ciudad, había mujeres y hombres en pantalones cortos sentados en taburetes y con letreros escritos a mano: «Se alquilan habitaciones». En la época de la Riviera Roja, podían haberlos detenido por «piratas».

Me comí un plato de espadín frito en el puerto. Los niños saltaban en el agua entre gritos y todo sabía a lágrimas. Pero estaba aquí por el antes prohibido Strandja, no por el mar. Hice de tripas corazón y seguí con el viaje.

Strandja: supe que estaba dentro porque el tráfico se detuvo de repente y el bosque me engulló. La carretera se volvió discontinua y el verde de aquella jungla la envolvió; el verde estaba lleno de lagunas con musgo y santuarios megalíticos de piedra empleados en cultos dionisíacos del pasado. El único tráfico que vi fue una pareja gitana que me adelantó con su coche de caballos y me deslumbró con una sonrisa de dientes de oro, como si todo fuera bien.

Cuatro caballos negros sin montura paseaban tranquilamente y echaron a galopar en cuanto oyeron el motor. Se separaron para dejar que mi coche siguiera adelante y se cerraron a mi paso como en una película muda.

Mi destino era un pueblo de la frontera metido en un valle; pensaba pasar un tiempo allí y explorar la zona. Desconcertada por la ambigua red vial y las señales torcidas que apuntaban a la espesura, me perdí. Cuando me detuve en aquella carretera desierta para abrir el maletero del coche y buscar una botella de agua, oí un crujido de ramitas y fui a investigar. Siempre es una mala idea. Dentro del bosque, sentí que algo se me acercaba por todos lados. Me entraron moscas parecidas a mosquitos en la nariz y la boca y, mientras corría de vuelta al coche, casi piso un nudo de víboras inquietas. Seguí conduciendo con las manos temblorosas.

Unas vistas brutales se abrieron bajo la carretera ascendente, como una bofetada que te hace tambalearte. Vértigos de terciopelo, un mundo plegado en sí mismo, como si tuvieras que jugártela y aventurarte para aparecer en el otro lado de un abismo.

strandja

La última cordillera del sureste de Europa. Superficie: 10 000 kilómetros cuadrados. Antigüedad: trescientos millones de años. Comienza en el mar Negro por el este y disminuye hasta acabar en las llanuras tracias hacia el oeste. Se formó poco a poco gracias al choque y la separación de las placas euroasiáticas, cuyo último y drástico resultado fue el estrecho del Bósforo. Los cañones fluviales de Strandja le deben su forma al continuo hundimiento de la costa del mar Negro. Aunque el pico más alto de Strandja mide solo 1 031 metros, ahí arriba te sientes cerca de las estrellas, muy cerca. En la zona turca, a la cordillera la llaman Yildiz, la estrellada.

Como Strandja no experimentó la última edad de hielo, sus hábitats conservan plantas de la era terciaria, por lo que es un auténtico museo al aire libre de especies reliquia, incluyendo el clásico y original Rhododendron ponticum, que se planta en otras partes del mundo pero que ha vivido aquí de forma continua desde el Terciario. Veintitantas especies de reptiles crían en este paraíso de aves, anfibios, reptiles y mamíferos donde hay algo seguro: aunque las personas son escasas, nunca estás solo en el bosque.

Strandja conserva todavía lugares de culto megalíticos y otros misteriosos restos de los antiguos tracios, que dejaron vestigios no escritos de su existencia. Los escasos restos escritos que existen son enigmáticos, como esta amistosa inscripción en piedra del siglo ii a. C., en griego: «Forastero, tú que has venido hasta aquí, ¡cuídate!». Para los antiguos griegos, los tracios eran extranjeros –los «recién llegados, de las tierras más remotas», escribió Homero en la Ilíada5, si es que se pueden considerar recién llegados a tribus que estaban ya bien establecidas en estas tierras en el 4000 a. C. Aunque no fue hasta mediados del segundo milenio a. C. cuando se convirtieron en una población étnica cohesionada. Homero fue el primero que mencionó a los tracios y escribió sobre su rey Reso, cuyos ejércitos aparecieron junto a los troyanos en la guerra greco-troyana, con sus caballos blancos como la nieve y «veloces como el viento» y sus cuádrigas de oro y plata que «parecían algo que ningún mortal debería llevar, pues eran propias de dioses inmortales». Volveremos a lo del oro.

Antes del siglo xiv d. C., cuando aparecieron los turcos selyúcidas, Strandja estaba salpicada por la cambiante frontera bizantino-búlgara, y en alguna parte de Strandja estaba Paroria, el complejo monasterial del gran anacoreta Gregorio del Sinaí. Su influyente y quietista filosofía del hesicasmo fue la primera forma de rezo psicosomático parecida a la meditación extática. Pero Paroria desapareció sin dejar rastro.

Tradicionalmente, los habitantes de Strandja hablaban búlgaro y griego y vivían de los molinos, la explotación forestal, el carbón y la construcción de barcos, pero las dos grandes riquezas de la montaña eran el oro y la ganadería. Dentro del Imperio otomano (1300-1900), Strandja gozaba de un estatus especial: como era propiedad de la familia del sultán estaba casi exenta de impuestos y libre de colonizadores extranjeros. De hecho, desde la antigüedad hasta las guerras de los Balcanes (1912-1913), la población de Strandja ha estado muy aislada. Hoy en día, la frontera búlgaro-turca disecciona las cordilleras. Si contamos a las personas que hay en ambos lados, en Strandja solo viven cerca de ocho mil personas.

Sobre el tema del oro. A los tracios les encantaba y lo extraían en Strandja de manera extensa, y tanto buscadores de tesoros como arqueólogos siguen encontrando artefactos de oro puro increíbles. Fue en estas costas pónticas donde, en el 4600 a. C., las primeras joyas de oro de la humanidad, joyas que podían lucirse en el cuerpo, se colocaron en una necrópolis (la Necrópolis de Varna). Las antiguas minas revelan también una intensa extracción de plata, cobre, hierro y mármol, sobre todo después de la guerra de Troya. Hay quien dice que Strandja es como un queso suizo gigante lleno de viejos túneles y secretos subterráneos sellados.

Conocer estos datos sobre Strandja parecía ser un buen comienzo, hasta que llegué al pueblo del valle.

El pueblo del valle

El pueblo del valle estaba al final de la carretera. Se descendía a él a través de un bosque mixto que era la última reserva protegida de los Balcanes. Las caras de los ciervos aparecían y desaparecían en la luz verde y los pájaros carpinteros golpeteaban mensajes en código.

Alquilé una casita de dos plantas en la última calle, construida hacía poco por sus ausentes propietarios. Las dos casas que tenía al lado estaban abandonadas y sus jardines repletos de frutales silvestres que arrojaban peras doradas a mi patio. Una tortuga cruzaba el césped por la mañana y volvía a cruzarlo al atardecer. Las casas abandonadas tenían tres siglos de antigüedad y revestimientos de madera, y también una curiosa teja extraíble en el tejado para dejar entrar la luz, o tal vez para espiar a los vecinos.

Hasta la década de 1990, allí habían vivido dos mil almas; ahora eran menos de doscientas. La escuela permanecía vacía con sus ventanas rotas, y también la panadería, la tienda de comestibles y los edificios militares. Los meandros del río se desbordaban dos veces al año, además de desbordar el propio pueblo, y hasta el siglo veinte la gente conservó una tradición del Antiguo Egipto: recogían los residuos fértiles de la crecida del río con artilugios hechos a partir de ramitas entretejidas y sujetos a los nogales que bordeaban las orillas. Los nogales seguían ahí, cargados de amargos frutos verdes.

El pueblo fue bautizado con el nombre del mercader griego que lo fundó, ya que fue un pueblo de habla griega hasta las guerras de los Balcanes, cuando millones de personas perdieron una patria o peor, y ganaron una casa vacía en un país extranjero con las cazuelas todavía calientes. En el triste carrusel llamado «intercambio de poblaciones», los hablantes de griego de los pueblos cercanos al mar Negro como este habían huido a los pueblos de los alrededores de Tesalónica, y en su lugar llegaron refugiados búlgaros procedentes de Turquía. Los musulmanes de ambos países fueron expulsados a Turquía. Esta catástrofe civil fue solo el estribillo del largo canto fúnebre del Imperio otomano.

Una impresionante iglesia ortodoxa, antes llamada Constantino y Elena en honor a los santos protectores locales, resaltaba en la línea del horizonte con su campanario de madera. Los iconos habían permanecido intactos desde que los griegos se habían marchado cien años atrás, dejando un regalo involuntario para los búlgaros que llegaron. Poco después, hubo un incendio en la iglesia. La gente del pueblo lo contempló hasta que oyeron gritos humanos y entonces corrieron hacia las llamas, pero allí no había nadie; los iconos estaban gritando.

Más allá de mi jardín, solo había antiguos caminos ganaderos y colinas boscosas hasta llegar a Turquía. Por la noche, los chacales se acercaban a los alrededores del pueblo y aullaban, y los perros del pueblo respondían a sus aullidos con más aullidos en una orquesta infernal. Como no podía dormir, me senté en el balcón y seguí los ojos amarillos que había en los alrededores del bosque. Unos avispones del tamaño de gorriones invadieron la casa y los aplasté con libros rusos de tapa dura que había en las estanterías porque, según dicen, el aguijón de un avispón puede matarte. Guerra y paz resultó ser ideal.

Mi vecino más próximo al otro lado de la calle era un antiguo jugador y campeón de baloncesto muy alto. Había perdido a su mujer y a su hijo y pasaba los veranos aquí, en la antigua casa familiar, aunque su jardín tenía el mismo aspecto descuidado del resto. Se le iluminó la cara cuando me vio:

—¿También te has enamorado de Strandja?

No esperó mi respuesta.

—Ya lo verás. Quédate otra semana más y no serás capaz de marcharte. O te irás y te pondrás enferma. Así se las gasta la montaña.

Me eché a reír demasiado pronto.

La plaza del pueblo era destacable por dos cosas. La primera, un anillo de piedra construido en el suelo donde una vez al año, en el panagyr o fiesta del pueblo, se encendía un fuego y los adoradores del fuego, llamados nestinari, pisaban las brasas mientras sujetaban iconos. La segunda, un café-bar que era una especie de cuartel general del chismorreo. Desde aquí se avistaba a los recién llegados, que incluían a los turistas que se dirigían a Estambul y cuyos sistemas de navegación por satélite los habían traído hasta aquí porque era el camino a Turquía más corto a vuelo de pájaro. La gente llamaba a este local La Disco, porque en el sótano había un poste de hierro anclado en el suelo que servía como pista de baile, aunque no vi bailar a nadie nunca.

Los propietarios eran una pareja local: un hombre hablador y rollizo de rasgos pequeños llamado Blago y la esbelta Minka, una mujer de pocas palabras. Te ponía lo que habías pedido en la mesa con un cortante y fatalista «Que aproveche». Detrás de sus ojos grises parecía haber sueños monolíticos, como si su rostro hubiera sido esculpido a partir de las colinas, joven pero anciana.

Blago se pasaba el día sentado y fumando, con aquella cabeza rapada que recordaba a un faro. Me contó cómo, en su niñez, que también había sido la mía, cuando los griegos vinieron a visitar los hogares de sus antepasados, la milicia popular agrupó después a los niños y les preguntó: «¿Habéis cogido alguna cosa de los griegos?». Los niños no pudieron mentir, así que la milicia les confiscó los chicles, los bolígrafos y el chocolate y luego les rapó la cabeza.

—Para enseñarnos lo que era coger cosas de los capitalistas —dijo Blago y resopló—. No pongas esa cara. Era lo normal. Como cuando nos convocaban en la plaza siempre que pillaban a algún sándalo en la alambrada. Teníamos que verlo.

—¿Ver qué?

—Los maltrataban —dijo—. Todavía puedo recordarlos como si fuese ayer. Jóvenes. Esposados. En sandalias. A veces ensangrentados por los perros. Recuerdo su ropa oscura para camuflarse con el bosque. Ése era el enemigo, decían nuestros policías. Y nosotros nos lo creíamos. Porque si no, no se habrían metido en semejante lío, ¿no?

Blago apagó el cigarro.

—Que aproveche—. Minka me puso una ensalada delante y se sentó a contemplar las colinas.

Minka había sido testigo de lo que llamaba «la caída libre» de su precioso pueblo. Existían dos motivos: la Guerra Fría y la frontera, que parecían ser lo mismo.

En otoño de 1944, el Ejército Rojo llegó, y Bulgaria, convulsionada hasta entonces por una alianza homicida con la Alemania nazi, se convulsionó ahora por un golpe de Estado suicida, que se completó con los tribunales populares que repartían condenas a muerte con un desenfreno soviético. Había sido una economía agraria (la Unión Agraria era el partido más grande, y cerca de un 70 por ciento de las personas trabajaban la tierra), pero en cuanto el Partido Comunista asumió el poder absoluto, la colectivización comenzó. Por supuesto, la colectivización era un eufemismo del robo por parte del Estado, pero aquellos que lo señalaban eran asesinados, exiliados, enviados a campos de trabajo o silenciados de otra forma. La Unión Agraria fue ilegalizada, así como el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores y todos los demás. Los que perdieron su tierra, que fueron todos los que tenían tierras, tuvieron dos opciones: emigrar a las fábricas de las nuevas ciudades del plan quinquenal o seguir trabajando una tierra que ya no era suya y cumplir con las imposibles cuotas del plan de cinco años que duró cuarenta y cinco.

Mi bisabuelo era uno de los viticultores modernos del país y cofundador de Gamza, una próspera cooperativa vinícola de la zona norte de la cordillera de los Balcanes. De la noche a la mañana se convirtió en «enemigo del pueblo», escapó de la ejecución por muy poco y lo despojaron de su pensión; pasó sus últimos diez años compartiendo un piso diminuto en Sofía con su hija, que lo mantenía, aunque nunca perdió el brillo en los ojos ni su gusto por el vino. Curiosamente, y a pesar de esta rápida y furiosa industrialización, las exportaciones principales siguieron siendo las mismas: tabaco, frutas y verduras, productos que Bulgaria suministraba a todo el bloque del Este.

Con el tiempo, la industrialización produjo los resultados que tendrían que haber sido el motor de la revolución que no fue: en este país tan rico en tierras afloró una sociedad en la que la población rural y la urbana se vieron desposeídas por igual.

—Es un poco irónico —dije.

—Eso es la historia para ti —dijo Blago con una sonrisita—. Lo único que hace es fabricar ironías.

—Vivir aquí es como un chiste sin la frase graciosa —dijo Minka.

La familia de Minka había vivido en el pueblo desde siempre; como a todo el mundo durante la época de la Guerra Fría, no les estaba permitido vivir o trabajar en ninguna otra parte. Pero si vivías aquí también necesitabas un sello especial del Ministerio de Asuntos Internos porque se trataba de una zona fronteriza.

—Trabajando de forma forzada. Marcados —dijo Minka con una expresión imperturbable—. Aun así, aquella época era mejor. Simplemente porque había gente. ¿Y ahora?

Para la década de 1970, la industrialización había sido un éxito, en el sentido de que se habían construido muchas grandes estructuras, incluyendo embalses como el que había inundado la antigua ciudad de Seutópolis, el yacimiento tracio más grande que se ha excavado hasta la fecha. Era lo justo: el comunismo iba con prisa, no tenía tiempo para cuestiones tan burguesas como el pasado o el medioambiente. Pero con toda esta laboriosa actividad en marcha, los pueblos y las ciudades fronterizos fueron desangrándose y perdiendo la vida. A finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, el Estado intentó darle un empujón a la economía local abriendo minas de cobre y ofreciendo vivienda prácticamente gratis. Pero fue demasiado poco y demasiado tarde.

Luego, con la brutal caída en picado del poscomunismo de la década de 1990, el mercado libre arrasó de la noche a la mañana las viejas estructuras de la economía planificada. El ejército fronterizo se levantó y se marchó. La gente emigró en masa. La naturaleza salvaje se cerró sobre la tierra como después de un apocalipsis.

—Ya no hay forma de ganarse la vida —dijo Minka—. La única esperanza es el ecoturismo.

—Pero mira las carreteras —dijo Blago.

Había tantos baches en las carreteras, que tenías que echarte un rato en una habitación a oscuras después de cada trayecto en coche.

Tirado en un rincón del jardín del alcalde había un viejo letrero pintado a mano:

¡Viva la unión internacional de las clases obreras, de todas las fuerzas del progreso unidas en la lucha contra el imperialismo por la paz, la democracia y el socialismo!

Una utopía que había salido mal justo por las razones por las que debería haber salido bien merece un minuto de silencio y muchos de reflexión, y aquí había salido aún peor que en otras partes, por eso la visión de las cosas de los lugareños era algo que solía experimentarse en la guerra: el desengaño colectivo. En el pueblo del valle no había socialistas de salón, ni antiglobalistas, ni anticomunistas, ni anticapitalistas. Solo supervivientes. Las mujeres eran mayores, los hombres solitarios y los niños habían desaparecido. Olvidados por la justicia, los supervivientes celebraban los pequeños éxitos, y la vida en el pueblo del valle era agradable y discontinua.

—Estoy a cargo de un pueblo moribundo, de una muerte anunciada —dijo el alcalde. Se había unido a nosotros en las mesas de fuera para tomar un café—. Como decía mi tía abuela cuando la lectura de las brasas no era buena, cherna chernilka, negro-negrísimo. Lo único que está en mi mano es hacer que la vida de la gente sea lo mejor posible, y no es algo difícil, son felices con muy poco.

Su tía abuela se había dedicado a leer fortunas, pero el alcalde era un hombre pragmático. Era un mecánico de coches que se había pasado la vida en Burgas con grasa hasta los codos, e iba por ahí en chancletas y pantalones cortos arreglándole el coche a todo el mundo sin cobrar nada por ello. Pero ni siquiera un pragmático podía evitar tener sueños de vez en cuando, y amaba tanto su pueblo que había construido un parque infantil para los niños ausentes.

*

Pasaba día y noche en La Disco contemplando cómo las águilas flotaban inmóviles sobre las colinas y esperando que ocurriera algún milagro. Los milagros aquí parecían ser tan inevitables como los desastres. Pasé tardes explorando la biblioteca del pueblo, donde la literatura que se había publicado en mi adolescencia estaba ordenada alfabéticamente en las estanterías y un bibliotecario se encargaba de abrirlas y cerrarlas con llave, a pesar de que solo tres personas usaban la biblioteca con frecuencia: un amable expastor de noventa años que me dijo de forma confidencial que una vida de libros y colinas es la única vida que vale la pena, la rusa guapa y Nedko.

La rusa guapa trabajaba en silvicultura marcando árboles y encargándose del mantenimiento de los caminos con otras dos personas. Una de ellas era un conocido gaitero, un hombre rollizo y de cara rubicunda que no se separaba jamás de su gaita. Se la llevaba al trabajo y, durante los descansos para comer, solía sacar su pequeña petaca de rakia, se sentaba en el tronco de algún árbol y tocaba las antiguas y agridulces melodías de Strandja.

—Cuando la gaita abre la garganta, todos olvidamos nuestros problemas —dijo la rusa guapa—. Y, de todas formas, los árboles son una compañía mucho mejor que los humanos.

Estaba casada con un matemático que en su momento había sido brillante y que ahora era un hombre que se bebía media botella de rakia a la hora del almuerzo. Tenían tan poco dinero que ella no había podido volver a Rusia en treinta años. Una mañana, se inclinó sobre su café y suspiró:

—No dejes la colada en el jardín durante la noche.

—Sí —dijo Nedko—. Mi madre también lo dice.

Nedko era amigo suyo. Era un chico guapo de ojos azules y rostro bronceado. Había sido cocinero en un restaurante, pero se había visto obligado a pasar una década entera cuidando de sus padres enfermos. Los treinta se le habían acabado ya, su madre seguía postrada en la cama y, a pesar de que no había duda de que él la quería muchísimo, tenía el aspecto atormentado que otorga la responsabilidad. Vivía en una casa en lo alto del pueblo con una vista inmensa de las boscosas colinas que te llenaba de una profunda alegría.

—Hay mujeres que deambulan por el pueblo durante la noche y echan agua maldita y tierra de cementerio en la ropa de la gente. Te pones la ropa y estás maldito —dijo él.

—No te rías —dijo la rusa guapa—. Un día encontré un crucifijo negro en mi puerta. En mi ignorancia, lo cogí. Fue hace veinte años. Desde entonces solo he tenido mala suerte. No cojas jamás un crucifijo del suelo con las manos.

—Aquí hay mujeres —dijo Nedko— que echan el mal de ojo. No pueden evitarlo.

—¿Quiénes son?—. Miré a mi alrededor, ya sin reírme. La verdad es que una de las mujeres ancianas me había mirado de una forma que me había dejado completamente helada.

Nedko meneó la cabeza. —No se puede decir sus nombres. Pero todo el mundo lo sabe.

En otra mesa estaba sentado S., un afable emigrado jubilado que había vivido en Polonia durante treinta años pero que volvía a casa de sus padres todos los veranos.

—No sé por qué —dijo—. Aquí estoy más solo que la una.

Conducía un brillante Land Rover y alardeaba de que tenía tantos hijos como nietos, tantos coches como casas, y de que, desde muy joven, había tenido una suerte increíble con las mujeres. Había crecido en los barracones que había tras la alambrada de espino con su padre, que era guardia fronterizo. Había visto de todo con sus ojos infantiles. Por ejemplo, a un alemán que usó un detector de metales para burlar la alarma de la alambrada de espino; los guardias lo descubrieron con el siguiente alemán que trató de hacerlo con menos éxito.

Los soldados eran idiotas y estaban aburridos, dijo el emigrado, y se entretenían cazando jabalíes y haciendo salchichas con ellos. Y había un gran problema, dijo el emigrado meneando la cabeza, ni una sola mujer. De vez en cuando, la visita de una esposa o de una puta. Él no habría durado, habría intentado escapar.

—Ahora que lo pienso, sí escapé, claro que lo hice—. Se echó a reír con amargura. —Hui de esos malditos comunistas que lo envenenaban todo con su mirada. ¡Eso sí que era mal de ojo! Daba igual lo bien que lo pasaras. Y tenía una suerte increíble con las mujeres.

S. me cayó bien y me pregunté por qué su mujer polaca no venía nunca con él.

Un domingo se celebró una fiesta en La Disco. Se había colocado un rellano de cemento en la casa de alguien, un pequeño éxito que había que celebrar. Minka estaba cocinando en el sótano y todo el mundo se había sentado fuera en una mesa larga.

Las madres ancianas masticaban trozos de cerdo, tomaban tragos de rakia y se reían, dejando al descubierto los dientes que les faltaban. Habían enterrado maridos y más; podían permitirse reír.

Un acordeonista se sentó en el centro; su apodo era El Pequeño6 , pero no era pequeño, tenía una estatura normal. A su lado estaba su hijo, un chico de pómulos marcados y mirada desconfiada, de carácter reservado. No como el Gran Stamen, que era tan grande que se salía de las chancletas; su risa era como un disparo en el oído. Su sonrisa era puro apetito, como la de un caníbal joven y amable. La mesa, la jarra de cerveza, este pueblo, todo se le quedaba pequeño. Durante la semana manejaba una máquina forestal en el bosque, algo apropiado para un gigante. Como todo el mundo aquí, el Gran Stamen era descendiente de refugiados procedentes de pueblos al otro lado de la frontera, en Turquía, donde las casas familiares abandonadas iban desmoronándose a medida que pasaban las estaciones.

—Eh, Pequeño —le dijo alguien al acordeonista—, ¿cuál es tu canción favorita?

—¡«El comunismo ha acabado»! —estalló Stamen y todos se rieron, excepto un par de personas que echaban de menos el pasado porque el presente era muy malo.

—No —dijo El Pequeño—, mi favorita es esta.

Y tocó una canción sobre un pastor que tiene un secreto pero solo puede contárselo a las colinas. El Pequeño había sido pastor de cerdos y, antes de perder su granja y convertirse en empleado del servicio forestal estatal, su voz se había escuchado por todas las colinas, a todas horas.

—Todavía sigo cantando, ¡y lo hago cada noche, oh, sí! —dijo—. Porque bebo y no puedo beber sin cantar.

Cada vez que abría su antiguo acordeón alemán y las venas de su cuello se tensaban y cantaba con su voz de enfisema, temía que fuera su última canción. Todo el mundo bebía mucho. Todos excepto D., que estaba sentado en un extremo y bebía Fanta. D. tenía cuarenta años y unas maneras suaves, amables. Había sido cocinero en los complejos turísticos de la costa hasta que, una noche en el pueblo, se enfadó estando borracho y golpeó a un hombre hasta hacerlo papilla. No hacía mucho que había salido de la cárcel; se había hecho apicultor hacía poco y aquel verano había conseguido su primera cosecha de miel de Manov, una valiosa variedad que las abejas recogían del bosque de robles. Antes de que me marchara, me dio un panal lleno de empalagosa miel negra. Él no tocaba la miel, era como si su penitencia le impidiera experimentar demasiado placer.

La siguiente canción la pidió un policía joven. Iba de patrulla por las ciudades y complejos turísticos de la zona sur del mar Negro. —¿Cómo es el trabajo? —le pregunté.

—Una locura en verano —dijo— y tranquilo en invierno. La mayoría son borrachos. Los británicos son los peores borrachos. Sus mujeres son como elefantes cabreados.

La policía búlgara, en un guiño al pasado, trabajaba hombro con hombro con las patrullas policiales alemanas a lo largo de este último puesto fronterizo de Europa, porque era el final del recorrido para todo tipo de prófugos, contrabandistas y malhechores internacionales.

—Vienen aquí a esconderse —dijo señalando las oscuras colinas que emergían por todas partes—. Y míralo. ¡Es perfecto!

Pronto cogería su arma y su coche y cruzaría el bosque rumbo a Tsarevo para su patrulla nocturna. Pero ahora tocaba un tambor gigantesco de piel de cabra y sus palillos eran dos antenas de coche rotas.

Alguien pidió una balada folk llamada «Nueve años», que contaba la historia de un hombre enamorado de una mujer que le echa una maldición a todo hombre lo suficientemente loco como para vivir con ella. Después de nueve años, los hombres se consumen y mueren. La madre del protagonista le suplica que no vaya con ella. —Pero ¿qué son nueve años, madre? —dice él—. ¡Ya he echado a perder toda una vida sin ella!

Algunos hombres tenían novias en otras ciudades, algunos estaban divorciados y otros no tenían a nadie. Las mujeres eran viudas o estaban casadas, como Minka y la rusa guapa. «Nueve años» era un tema lento y el ambiente cambió, la pena se volvió opresiva, como si las pérdidas de todos se juntaran allí de repente. Las colinas se oscurecieron con nubes de tormenta.

Ivan se removió en su rincón y echó mano a su rifle. Era el más joven de todos, un guardia fronterizo con una expresión completamente ausente. Cuando el último acorde se acercaba a su final, cruzó la plaza vacía con resolución. El terror me atenazó la garganta, y entonces colocó el rifle en posición, apuntó a la tormenta que se avecinaba y disparó una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Los cartuchos vacíos cayeron en el anillo de cemento para el fuego.

Volvió y apoyó el rifle en la pared.

—Eso está mejor —dijo, y se sentó.

—Yo necesito muchos más cartuchos para sentirme mejor, pero no es el momento —bromeó Stamen y la tensión se disipó. El acordeonista se limpió la cara con un pañuelo. Estaba segura de que mis tímpanos no volverían a ser los mismos.

—Esto es lo que la vida de soltero le hace a nuestra cabeza —dijo Stamen empujando un plato de cerdo hacia mí—. Come. Lo que necesitamos son mujeres, mujeres agradables que puedan cantar. ¿Por qué no te quedas?

—O al menos ven una vez al año, como yo —dijo el polaco emigrado.

—Todas estas grandes casas vacías —dijo la rusa guapa—. Pidiendo gente a gritos.

—Nuestra iglesia no ha visto una boda en veinte años —dijo la madre de Stamen.

Entonces, los cielos se abrieron y una cortina de agua cayó sobre la plaza vacía. La mesa se dispersó. Me fui a casa y recogí mi colada del tendedero antes de que anocheciera. No creía en el mal de ojo, pero por si acaso, por seguridad.

Cuando la lluvia paró, me senté en el balcón a esperar que los chacales emergieran de la niebla, y la idea de tener que dejar este pueblo, como acababa haciéndolo todo el mundo tarde o temprano, se me clavó de tal forma, me dio tanta pena, que yo misma podría haber aullado.

agiasma

Palabra griega que significa manantial sagrado y curativo. En el pasado, los manantiales eran lugares de culto para los tracios, cuya adoración a la diosa Madre se encarnaba en los santuarios, similares a una matriz, y las húmedas grutas de Strandja, donde se recibían los rayos del dios Sol, hijo y amante de la diosa.

Miles de años después, la relación humana con los agiasmas perdura, tal vez porque el agiasma hace de mediador entre el reino material y el reino mágico, entre la noche del invierno y la incubación (Caos) y el sol del verano y el renacimiento (Cosmos).

A partir del mes de mayo, el agua comienza a fluir libremente. Los agiasmas se han abierto, dice la gente. Se acude a ellos para lavarse la cara y la conciencia, curar males y maldiciones y dar la bienvenida a la nueva estación. Si cuelgas una tira de tela de tu ropa en un árbol próximo, dejarás atrás tu enfermedad o una pequeña parte de tus penas. Los árboles acaban tan cargados de telas que en invierno, cuando los manantiales cortan su flujo, las gruñonas autoridades van a limpiar el desastre.

Una mañana, me llevaron a un lugar en lo más profundo del bosque fronterizo. Lo llamaban el Gran Agiasma.

Todo comienza con un manantial

La excursión al Gran Agiasma comenzó en La Disco. Me uní al convoy que se deslizaba por el cañón hasta un lugar fuera del mapa. Aquel lugar era un claro en el bosque fronterizo atravesado por pistas de caza y carreteras ganaderas. Más allá de los barracones fronterizos abandonados e infestados de serpientes donde el afable emigrado polaco había pasado su infancia y cuya entrada de baldosas rotas estaba decorada con un fantasmagórico eslogan:

En la frontera nacional, orden nacional

Viajé en una furgoneta de la época soviética con mujeres del pueblo. El conductor hizo lo que pudo con la carretera desenterrada, pero aun así saltamos arriba y abajo en aquellos duros asientos hasta que los dientes restantes de la boca colectiva castañetearon. Las mujeres llevaban iconos apoyados en el regazo, como si fueran niños, «vestidos» con encajes y tela roja, pero cuando les eché un vistazo por debajo, me sorprendieron sus caras humanas con ojos expresivos.

—Algunos son muy antiguos —dijo una mujer de rasgos anchos y masculinos. Los iconos más antiguos tenían tres siglos. Las mujeres los cuidaban como si fueran huérfanos.

—Por eso solo los sacamos de la iglesia el día de Constantino y Elena —dijo una mujer llamada Despina. Vivía en mi calle y tenía un jardín exuberante y un marido postrado en cama.

—¿Qué tal lo estás pasando en nuestro pueblo, corazón? —dijo otra mujer que siempre estaba comiendo chicle. Me caía bien; tenía una expresión franca que decía Esas cosas pasan—. Pronto habrá cerezas. En la ciudad no hay cerezas como estas.

—Puede que tengan cerezas en Escocia —dijo Despina.

—No, en Escocia tienen whisky —corrigió la mujer del chicle, y me guiñó un ojo—. Y los hombres llevan faldas de cuadros, ¿a que sí?

Hubo risitas. Como señal de que formaba parte del grupo, me dieron un icono para que lo llevara en mi regazo. Evité mirar a la mujer de los intimidantes iris azules que no decía nada y que quizá, o no, echaba mal de ojo.

—No tenemos muchas visitas, cielo —dijo otra mujer, antigua cocinera del comedor de la escuela—. Tenías que haber visto cómo era el pueblo antes.

—La escuela, la biblioteca —dijo Despina—. Los huertos, los campos, los rebaños. Miles de cabezas de ganado. Nuestro pueblo era rico.

—Lo pasado, pasado está —dijo la mujer del chicle.

—Hace unos pocos años fuimos a Meliki —dijo la mujer de rasgos masculinos— a visitar a los griegos. Una gente encantadora.

—Una gente encantadora —convino todo el mundo. Los griegos de Meliki eran descendientes de aquellos que habían dejado atrás los iconos un siglo antes. Todavía practicaban el ritual de caminar sobre el fuego, llamado anastenaria en griego y nestinarstvo en búlgaro.

—También hemos estado en el Strandja turco —dijo la mujer del chicle—, en nuestros antiguos pueblos. Para ver las casas de nuestros padres. Pero allí ya no vive nadie. Solo hay ruinas.

—Pueblos vacíos —dijo la mujer de rasgos masculinos. Era barrendera y la gente la llamaba «El Oído» porque tenía un oído extraordinario y podía interceptar una conversación susurrada a varias calles de distancia, dentro de las casas y puede que incluso dentro de la cabeza de la gente. La veía todos los días con su escoba barriendo polvo invisible de la plaza vacía, sintonizada a alguna frecuencia más allá de las colinas. Trataba de no pensar en nada cuando pasaba a su lado, pero ella siempre me miraba fijamente con sus ojos estrábicos, y yo me estremecía.

La furgoneta se detuvo por fin. La gente estaba reuniéndose en el claro.

El claro se conocía como La Patria, una auténtica proeza de la metonimia. Había presenciado reuniones de adoradores del fuego, músicos, juerguistas, videntes místicos y borrachos normales y corrientes durante cientos de años, y tal vez miles, hasta finales de la década de 1940, cuando el culto a la naturaleza quedó interrumpido por el culto a Stalin. Mi generación había crecido en el último coletazo de esa interrupción.

Había calderos de sopa de cordero burbujeando en los fuegos y las mujeres de la furgoneta se pusieron a remover el guiso. Había cinco plataformas de madera llamadas odarche, una para cada uno de los cinco pueblos a lo largo de la frontera en los que se adoraba al fuego. Vacías, parecían plataformas de ejecución. La gente venía ahora hacia ellas en pequeñas procesiones desde el río y colocaban iconos encima. Parecía una escena sacada de El hombre de mimbre. En vez de rezar, los portadores de iconos ejecutaban una danza ritual circular en ese punto con pequeños pasos y gestos de manos. El olor del paganismo era inconfundible bajo el incienso ardiente de la ortodoxia.

Al son de una gaita y un tambor, o tupan, me uní a la pequeña procesión que se dirigía al río, donde las mujeres, sin tocar el agua, desnudaban a los iconos y los lavaban, luego los volvían a vestir y los colocaban en las plataformas.

Las mesas de madera, al igual que las plataformas, eran elementos fijos y todo este lugar era un arreglo permanente para fiestas. El ambiente orgiástico se notaba ya en el aire a mediodía. Tuve la sensación de que el ritual de los iconos tenía un significado más allá de la fe, la festividad o la cultura. Allí se estaba representando algo más. Lo sentía, pero no era capaz de ponerle nombre; era algo que tenía que ver con la frontera.

Había griegos de visita que habían traído sus propios iconos, y un grupo de mujeres griegas estaban agachadas en el río. Esta había sido la tierra natal de sus antepasados y sus abuelos estaban enterrados en el pueblo del valle, por lo que La Patria era también un lugar para una clase especial de turismo: el turismo ancestral.

Me dirigí al sendero de las colinas que conducía al Gran Agiasma, que acababa de abrirse. Y era algo importante, porque en cuanto se abría el Gran Agiasma, lo hacían también todos los manantiales de Strandja. Se me acercó una chica y me tocó el hombro. Iba vestida de blanco, como una ninfa.

—Hola —dijo—, soy Iglika—. Iglika significa «prímula». —¿Cómo te llamas?.

Paré en seco. Su piel era una galaxia de oro, su pelo un río de trigo. Parecía sacada de una canción. Una preocupación supersticiosa me vino a la mente; ¿cómo puedes ir por la vida siendo así sin que nadie te eche un mal de ojo? Le dije mi nombre. Se echó a reír con unos dientes como perlas.

—¡Tu nombre significa «gota de agua»! —dijo, y me colocó la mano sobre su fría palma—. Tienes afinidad con el agua. Creo que somos bastante parecidas. Verás, estudié en la Universidad de Manchester durante dos años. Pero no puedo vivir en Manchester. Nadie puede vivir en Manchester. Y me volví.

Habló durante todo el camino hasta llegar al Gran Agiasma, burbujeaba como un manantial, pero cuando llegó nuestro turno en la cola de gente, desapareció revoloteando. Iglika era de un pueblo llamado Paso porque está cerca de uno de los pocos pasos que existen a lo largo de los 147 kilómetros del río Veleka, que nace en una colina turca y esculpe cañones por todo Strandja antes de unirse al mar Negro sin pararse a pensar en fronteras. Los ríos son fronteras en la mente mítica. Por eso los iconos «se lavaban» aquí.

Aquel día no volví a ver a Iglika. La gente de mi pueblo del valle me dio la bienvenida a su mesa. La sopa de cordero se vertía en boles y se iba pasando; se trataba del kurban, cocinado a partir del cordero sacrificado a primera hora de la mañana. Kurban (del árabe qurban) significa la muerte sacrificial de un animal, a veces al son de un tambor y una gaita, que sigue acompañando a las grandes celebraciones en la Grecia y la Bulgaria rurales, tanto cristianas como musulmanas, aunque no había visto un kurban hasta entonces. En el pasado, todos los pueblos en los que se adoraba al fuego tenían su propio cuchillo, su hacha y su tocón de árbol sacrificiales. Todo esto había desaparecido, pero quedaban las pequeñas capillas o konaks en la periferia de los pueblos que adoraban al fuego y que solían estar construidas en lo alto de un manantial; en ellas se bendecía y se perfumaba con incienso a los iconos antes de llevarlos a procesiones como esta.

—Hay una iglesia en el pueblo de Zabernovo, en Strandja, construida en lo alto de un manantial y un antiguo sitio de culto —dijo alguien detrás de mí con una sincronización perfecta. La mujer tenía un pelo rubio ceniza, rostro de nicotina y mirada reservada. Estaba sentada lejos de las mesas, sobre la base de un roble gigante, como si siempre hubiera estado ahí. Se llamaba Marina.

La iglesia de ese pueblo, siguió, albergaba un pozo donde tenía lugar el acto de lucha mítico, el original. Incluso hoy en día, si te acercas al pozo en el momento exacto del ciclo estacional y sabes cómo mirarlo, un hombre y un buey negro salen del pozo al anochecer y luchan hasta el alba. No hay ganador. Con el primer canto del gallo, vuelven al interior del pozo.

Marina era etnógrafa y, después de treinta años en Burgas, había vuelto a Strandja y a su pueblo fronterizo natal para cuidar de sus padres. No me preguntó qué estaba haciendo allí; sabía leer a las personas.

Por encima de nosotros, el bosque de robles se balanceaba sin emitir ningún sonido y el cielo tenía el aspecto juvenil del verano. Había niños y octogenarios, alcohólicos y etnógrafos. Se podía distinguir a los forasteros como yo, parecíamos cohibidos. Los lugareños tenían rostros agrestes, caras que no se ven en las ciudades. Los hombres servían potentes bebidas de elaboración casera. Una persona se encargaba de velar por los iconos que había en cada plataforma.

—Teofanía —dijo Marina—. La creencia de que los iconos son manifestaciones humanas de los dioses y, por lo tanto, mediadores entre lo mortal y lo divino.

Le pregunté por qué el Gran Agiasma llevaba el adjetivo «gran». A mí me parecía bastante pequeño.

—No hay que tomarse las cosas de forma literal—. Una sonrisa apareció en la cara de Marina y me contó la siguiente historia.

En la antigüedad, un ciervo divino venía cada primavera y limpiaba el manantial con sus cuernos hasta que el agua empezaba a fluir. Luego, se ofrecía voluntariamente para que lo sacrificaran como kurban. Lo hacía todos los años. Por eso no hay que disparar nunca a un ciervo en este bosque, por si resulta ser el divino, el de los cuernos dorados que, desde la Edad de Bronce, corre hacia el sol de la nueva estación y cuya encarnación terrenal es el fuego, dijo Marina.

Aunque me daba la impresión de que hoy en día el bosque pertenecía a las distintas mafias de la caza que disparaban a lo que les daba la gana.

—Así es como se abría el Gran Agiasma —concluyó—. Y, por eso, los adoradores del fuego de todas las generaciones sintonizan aquí por primera vez con el fuego. Abrirse, desnudarse, bañarse, vestirse, moverse en círculos en dirección contraria a las agujas del reloj: son ritos que llevan con nosotros desde hace mucho tiempo.

Pero ¿cuál era la conexión con el fuego?

—Es obvio —dijo Marina—. Hoy es la festividad del fuego de los santos Constantino y Elena. Ellos son solo una variación del doble culto a la diosa Tierra y a su hijo y amante el dios Sol. Representaciones de la dualidad dionisíaca-apolínea que es la esencia del culto al fuego. Lo solar y lo ctónico se juntan. Brevemente. Solo pueden juntarse brevemente.

Los ciervos cazaban y eran cazados. Madres e hijos eran amantes.

—Así es como funciona la mente metafórica—. Marina sonrió con sus dientes manchados de nicotina. Por supuesto, lo que yo quería saber en realidad era cuándo veríamos a los caminantes sobre el fuego.

—El fuego es un misterio nocturno —dijo Marina.

—¿Eso quiere decir que tenemos que esperar todo el día?—. Pero, de repente, Marina había desaparecido. Como el espíritu de un árbol.

—Tradicionalmente, las brasas del kurban se convertían en el suelo que había que pisar —dijo alguien de mi mesa. Era un joven con pinta extraña y que estaba sentado sin beber ni gota. Era pálido y tenía ojos de insecto; la impresión de conjunto era la de alguien con la piel fría de un reptil. Era uno de los nestinari locales.

Entonces llegó la banda: un hombre con un tambor enorme, el gaitero rollizo, un acordeonista gitano de melancólicos rasgos egipcios y un joven cantante con una cara similar a un girasol. Su llegada aportaba novedad, como si se hubiera abierto una puerta y se hubiera colado dentro un chorro de luz. Todo su cuerpo resplandecía. La gaita se acercó por el camino emitiendo una única nota trémula, el sonido del tiempo, arcaico, no el de la mente consciente. El primitivo golpeteo del tupan estableció el ritmo, luego el acordeonista captó la triste melodía y el de la cara de girasol abrió la garganta.

La emoción se apoderó de la multitud. Como si el claro del bosque se hubiera quedado en suspenso con todos nosotros allí, cada una de las figuras quedó capturada con una bebida en la mano, echada sobre la hierba, tratando de ver en el río como si fuera un espejo.

—Un nestinar auténtico siempre tiene algún otro don —dijo Marina. Volvía a estar sobre las raíces de su árbol. —Ya sea una canción o una profecía.

En la época de la i Guerra Mundial, dijo, en Urgari, un pueblo cercano, hubo una gran nestinarka llamada Zlata. Profetizó con una cruel precisión qué jóvenes de su pueblo no volverían. Otros nestinari podían ver el futuro en un pedazo de carbón y, por alguna razón, aquí el futuro siempre era negativo. Las mujeres griegas que estaban de visita eran las nietas de aquellas ancianas anastenarides que, justo antes de las guerras de los Balcanes, habían caminado sobre el fuego y lo habían visto todo con sus otros ojos: la guerra, el exilio, las casas, los animales y los niños perdidos, el largo camino lleno de saqueos en dirección a Grecia.

—Por qué —se lamentaban mientras se cubrían con ceniza—, para qué sembrar los campos, para qué criar bebés, para qué construir casas. Vuh vuh vuh, ¡negro, negrísimo!

Las casas abandonadas que había junto a la que había alquilado yo habían sido suyas y sabían que no volverían a verlas incluso antes de que las perdieran. Durante el éxodo masivo de gente cruzando la nueva frontera después de las guerras de los Balcanes, algunas familias habían perdido bebés y niños en el bosque. Toda clase de grupos paramilitares atacaban a los refugiados de cualquier credo, y los más jóvenes no se libraban de ello. Era el típico problema balcánico: una guerra que fue más terrible para los civiles que para los combatientes y cuyas secuelas todavía resuenan de fondo.

—Fuego y agua —dijo Marina—. Es una terapia colectiva. Sin ella, la gente se volvería loca—. Siguió: —Fuego y agua. Purificadores pero destructivos. Por eso los que caminan sobre el fuego tienen algo que canalizar.

—¿Canalizar qué?

—El sufrimiento —dijo Marina, y apagó el cigarrillo en la raíz de un árbol—. Todos sabemos lo que es el sufrimiento. Pero sobrevivir a él, cruzar el fuego y el agua, permite que los demás también lo hagamos. Por eso la pasión por el fuego no es algo que pase de padres a hijos. Es un saber que procede de otra parte.

Desde los inicios del culto al fuego –que tal vez se remonten a la antigüedad–, los adoradores del fuego y sus comunidades acudían al Gran Agiasma para estar en sintonía con la nueva estación, con su fuego-sol, su agua-vida y su bosque-hogar. Los primeros anastenarides-nestinari conocidos procedían de los pueblos de habla griega y búlgara de Strandja. En la época otomana esta zona se conocía como kyor kaz, la región ciega. ¿Por qué aquí? Nadie lo sabe, y los dos pueblos que constituían el feudo del culto al fuego –Madjura (población: 0), Pirgopulo (población: 0)– ya no aparecen en ningún mapa, sus casas ardieron durante un levantamiento contra los otomanos a principios del siglo veinte y sus nombres se convirtieron en fantasmas de la frontera, invocados solo en forma de recuerdos. Hoy en día, estarían situados en Turquía.

Solían ser mujeres en edad reproductiva o mayores, y cuando llegaba mayo o junio se apoderaba de ellas una especie de arrebato apasionado, un deseo febril por el fuego. No había nada más. Se olvidaban del trabajo en los campos, de los niños y del decoro propio de los municipios pequeños. Se quedaban heladas y tiritaban, se les iban los ojos, se soltaban la melena, se rasgaban la ropa y se precipitaban al fuego con gemidos de lamento y de pasión. Vuh vuh vuh.

Los testimonios escritos más antiguos del culto al fuego en Strandja datan solo de 1800, pero existen investigaciones que lo remontan a nuestros viejos amigos los tracios. Cierto, la élite tracia y sus reyes-sacerdotes y reinas-sacerdotisas practicaban los rituales solares del orfismo y la plebe practicaba los éxtasis ctónicos de los ritos dionisíacos. Pero independientemente de si los traciólogos tienen razón o están siendo un poco fantasiosos, hay una cosa clara: el cristianismo es solo una hoja de parra que oculta una práctica espiritual primitiva. Normalmente, el éxtasis del fuego comienza con una mujer o un hombre y va propagándose por toda la comunidad durante el día y la noche del festival. Los sacerdotes locales solían participar de forma discreta en las festividades del fuego, aunque la Iglesia Ortodoxa sigue condenándolo por considerarlo brujería. No es ninguna sorpresa, la Iglesia Ortodoxa nunca ha sido famosa por su actitud liberal. De hecho, la Iglesia Ortodoxa griega consideraba la práctica una abominación tan tremenda, que los anastenarides griegos tenían que retocar un poco sus instrumentos y cambiar la gaida (gaita) de piel animal por la menos animal lyra (violín).

Las historias orales de los grandes caminantes sobre el fuego reflejan la naturaleza del culto: consiste en buscar el equilibrio entre el mundo humano y el mundo espiritual. Zlata solía quedarse helada justo antes del festival. Solía abrazar el hornillo al rojo y se colocaba brasas en las manos para calentarse. Una vez, por vergüenza, su marido le impidió que caminara sobre el fuego. Ella sufrió una embolia al instante y se quedó paralizada. Pero luego escuchó el ritmo del tupan, similar a las pulsaciones de la sangre, echó la manta a un lado y se levantó de la cama. Como si fuera sonámbula, se acercó al fuego y caminó sobre él. La temporada siguiente, el marido se descubrió a sí mismo gimiendo Vuh vuh vuh y corriendo hacia el fuego. Él también había sido poseído. ¿La venganza de los santos Constantino y Elena quizás? En cualquier caso, Zlata y su marido se convirtieron en un dúo y recobraron la salud y la buena suerte. Por poco tiempo. Luego él murió y la dejó con seis niños.

Otra caminante sobre el fuego, llamada Kerka, se adentró en él en un estado bastante avanzado del embarazo de su sexto hijo. Se desplomó sobre las brasas en un ataque de éxtasis, cayó boca abajo. La bebé sobrevivió y Kerka incluso profetizó su futuro: te casarás dos veces y tendrás un hijo a los cuarenta y ocho. Nadie se lo creyó, pero ocurrió así exactamente. La hija, Kostadinka, ahora es una mujer anciana y vive sola en un pueblo de la costa de Strandja; es tan pobre que las visitas saben que tienen que llevar un kilo de harina y una botella de aceite. ¿Por qué? Porque le gusta hacer una ofrenda de pan en la konak, o capilla, local. Es la única konak con una cama dentro, y no es una cama cualquiera. Una vez, Kostadinka se cayó y se hizo daño en la pierna. La herida se infectó y con el tiempo apareció la gangrena, pero era tan pobre que no podía permitirse ir al médico. Una noche, febril, vio a su madre muerta entrando en casa y Kostadinka se lamentó: Madre, me muero. Claro que te mueres, dijo Kerka, no te estás cuidando nada. Esto es lo que tienes que hacer. Hornea una hogaza de pan, llévala a la capilla como ofrenda y duerme allí. Kostadinka siguió las instrucciones. A la mañana siguiente, su herida comenzó a curarse.

Pero ya no quedan grandes nestinari en Strandja. Es un arte que se está perdiendo, no dejaba de oírlo. El gaitero rollizo era hijo de uno de los últimos. Las repetidas rachas de persecución, primero por parte de la Iglesia y luego por parte del Estado comunista, sellaron la comunión femenina con el fuego. El Estado tenía sus propios nestinari de imitación aprobados y lo practicaban para los turistas en los complejos turísticos costeros kitsch de la Riviera Roja (a veces con osos encadenados), pero la práctica real estaba penalizada.

Marina suspiró. —Arrestaron al propio bosque. Aun así, en los últimos cuatro mil años, el culto al fuego no ha desaparecido. Sigue habiendo esperanza.

El bosque iba rodeándonos con sus agiasmas burbujeantes, sus tirabuzones de música, las caras inclinadas, la savia corriendo por nuestros cuerpos. Me sentía dentro de un sueño. Bueno o malo, eso no lo supe. Marina sonrió enigmáticamente.

—Lo has sentido —dijo—. La energía está muy concentrada aquí. Tienes que estar lista para recibirla. De lo contrario, te hace enfermar. Hay lugares así en Strandja. Si te quedas aquí, te encontrarán.

—Me estoy quedando aquí —dije. Marina me miró sin establecer contacto visual, era uno de sus desconcertantes trucos.

—Ten cuidado —dijo ella—. Strandja no es para todo el mundo. Es una montaña que no te deja acceder a ella.

Todo el mundo parecía drogado. El bosque era como un opiáceo.

—Y no te deja escapar —añadió Marina.

De repente, me di cuenta de por qué era importante venir a este bosque. No tenía nada que ver con los santos Constantino y Elena.

Detrás de los rostros de las mujeres mayores, de sus hijos y nietos lejos en países extranjeros, se habían librado guerras frías y calientes, se habían borrado del mapa regímenes políticos y ejércitos enteros, y solo aquellos iconos con expresión humana seguían en sus regazos; entonces supe por qué. Era una historia que no se contaba, pero sí se cantaba, se bailaba y se purgaba en el fuego y el agua todos los años. Mientras el Imperio otomano iba desmembrándose poco a poco y las guerras de los Balcanes arrancaban a la gente de su tierra, esas personas se vieron obligadas a cruzar esta frontera bajo amenaza de muerte. Luego, durante medio siglo, se les prohibió cruzarla de vuelta bajo amenaza de muerte. Por eso era importante venir aquí, tan cerca de la frontera espacialmente y a la vez tan lejos de ella en el tiempo.

Por la tarde, el equipo de los iconos se apiñó en la furgoneta soviética y emprendió el camino de vuelta al pueblo con los iconos vestidos en sus regazos.

—Necesitan descansar —dijo la mujer del chicle, y me guiñó un ojo cuando se iba.

Cuando anocheció, un hombre rastrilló las brasas y el tambor y la gaita empezaron con sus melodías para el ritual de caminar sobre el fuego. Tres, una por cada fase del ritual. La primera se llamaba «Partida» y, con ella, la banda y los caminantes sobre el fuego dieron tres vueltas alrededor de las brasas en el sentido contrario a las agujas del reloj. Con este ritmo de anhelo y de deseo, el tipo de música que hace que sientas como si pertenecieras al bosque, comenzó la fase ctónica. La segunda melodía, «Posesión», acompañó a los nestinari dentro del fuego. Los dos hombres reptilianos y dos mujeres griegas se adentraron en las brasas, cada uno con la cara de un icono pegada al pecho. Los cuatro pisotearon las brasas y se dejaron pasar sin contacto visual y sin cruzarse en el camino del otro. No era una cuestión de conexión con las personas, se trataba de conectar con el fuego, y los iconos ayudaban a eso.

Existen varios detalles que distinguen a los nestinari de Strandja de otros caminantes sobre el fuego tradicionales, susurró Marina. Pisar las brasas hasta que se convierten en ceniza. Los dones extra que tienen. Y lo más importante de todo: en el pasado, la comunión física con el fuego era la culminación de un calendario de rituales que abarcaba todo el año y que presentaba distintas encarnaciones de los dos elementos primitivos: fuego-hijo-dios y cueva-noche-diosa.

Era como estar dentro del subconsciente colectivo. Las dos mujeres griegas procedían del pueblo donde mejor se conserva el ritual, pero solo lo practica un grupo cerrado de iniciados en el que no se admiten forasteros, y es este proteccionismo lo que ha conservado a los anastenaria griegos en su forma más auténtica. El calor de las brasas lamía a los espectadores. Mi pelo estaba a punto de entrar en combustión. No recuerdo la tercera melodía, la que se llamaba «En el fuego».

Éxtasis: sentirse fuera de uno mismo. El éxtasis lleva experimentándose de forma colectiva en estos bosques desde la época de las festividades dionisíacas. Pero ése es solo un tipo de éxtasis. Algunos historiadores creen que acudir a la antigua Tracia es ir demasiado lejos en la búsqueda de la primera chispa. Un investigador local especula que los monjes hesicastas de Paroria podrían haber sido los anastenarides originales. Después de todo, existen ciertas similitudes: la meditación intensa, el cambio de la temperatura corporal, la disolución del ego y la comunión con una energía divina. También están los gestos: de la misma manera que los monjes hesicastas practicaban una meditación oscilante, aquí había una costumbre (perdida en el caos demográfico de las guerras de los Balcanes) en la que los anastenarides balanceaban su cabeza y la golpeaban contra iconos de la Virgen María. Por último, los símbolos materiales: en los iconos de los antiguos, santa Marina camina sobre un suelo de color rojo fuego mientras brotan serpientes de su falda, y la Virgen María va vestida de rojo. Rojo como el «vestido» que los iconos llevaban ese día, rojo como los mantos de los santos Constantino y Elena. Los monjes de Paroria se dispersaron cuando llegaron los soldados del Islam en la década de 1350, pero ¿es posible que dejaran este legado secreto a la población civil?

—Sssss —siseó una de las mujeres griegas sobre las brasas, como una serpiente.

Desconcertada, miré a Marina, pero su cara iluminada por las brasas estaba girada hacia el cielo nocturno. Según me dijeron después, el siseo era en honor a santa Marina, la santa patrona de las serpientes y del fuego.

—Estáte atenta a la bola de fuego —dijo Marina—. A veces aparece, es hacia esta época del año.

La misteriosa bola de fuego que avistaba la gente de Strandja y que tal vez fuera un dragón volando. Alcé la vista hacia aquel cielo espectral y vi galaxias moviéndose.

Unos pocos días después, fui a hacer un recado al pueblo de Paso, que contemplaba desde arriba su escarpado valle fluvial, y vi a Iglika con uno de los pálidos nestinari. Era por la tarde y estaban en casa de la abuela de ella, a la sombra de las parras. Al resguardo de la luz solar, parecían gemelos de alguna latitud láctea de visita –breve– a la Tierra.

El caminante sobre el fuego me saludó con una sonrisa solemne. Le pregunté cómo se sentía.

—Cargado —dijo desde cierta distancia—. El fuego me recarga.

Cuando saludé a Iglika, no se acordaba de nuestro encuentro en el Gran Agiasma, tal vez ni siquiera de la propia fiesta. Tenía los ojos completamente vacíos. Y cuando cogí su fría palma en un apretón de manos formal, a mí también me entró la duda.

cheshma

De la palabra turca çeşme. La fuente para beber que había en todos los arcenes balcánicos donde atas al caballo, llenas tu piel de cabra de agua, cortas una rodaja de sandía y tiras los desperdicios en el contenedor más próximo. A veces una placa señala el lugar de descanso de un héroe local o recuerda a un ser querido. Como primo cotidiano del agiasma, el cheshma es hospitalidad sin un anfitrión, los Balcanes sin fronteras. El agua es buena y te apetece quedarte, las mariposas te hacen cosquillas.

Pero si te entretienes, ocurren cosas. Había parado en un cheshma que había junto a la carretera, a la salida de una tranquila aldea. Cuando me di la vuelta, el hombre ya estaba allí.

Un hombre ocioso

Estaba bronceado y se movía como si la carretera fuera suya.

—Solo he venido a ver qué pasaba —dijo con una sonrisa cortés. Iba tan elegante, era tan diferente a los lugareños, que resultaba difícil adivinar su edad—. Te he visto desde casa.

Me miró de arriba abajo. Estaba a la altura de mi coche.

—¿Te importa tomarte un café con nosotros?—. Vio la duda en mi cara. —¿Zumo de naranja? Estamos justo ahí.

Señaló la casa palaciega medio escondida por un muro que yo misma había pasado de largo antes, maravillada ante su elegante muestra de estilo gánster barroco, el tipo de casa que no esperas ver en estos pueblos fantasmales. Más tarde, cuando le describí el encuentro a un lugareño de «mi» pueblo, me respondió: —Ah, sí, el de la mujer que saca la basura con el culo al aire.

Aparqué fuera del muro de estilo hacienda y entré con recelo. La piscina del jardín estaba salpicada de estatuas de yeso de fauna exótica.

—Mi mujer es austriaca, una anestesista retirada —dijo él de forma ambigua, y se metió en casa a por los refrescos.

Su esposa estaba repanchingada en bikini sobre una chaise longue. Me sonrió con unos ojos que eran como dos rendijas. Tenía el pelo rubio platino y la piel caoba.

—Nuestros perros —dijo ella, y me dijo los nombres de los dos pastores alemanes. Antes los criaban para cazar personas, unas mascotas adorables para la vida en la frontera durante el comunismo.

—Me llevo a los perros cuando salgo a cazar —dijo mi anfitrión, que apareció con un vaso de zumo para mí, whisky para él y nada para su mujer—. Pero no mato. Ya tengo de todo. Además, no me hace falta matar.

—Siéntate, relájate—. La mujer señaló una silla junto a la suya. Tomé asiento con gesto rígido.

—¿Conoces a alguien que pueda comprar esta casa? —dijo el hombre—. Está a la venta.

Les pregunté por qué la vendían.

—Por qué, por qué. Nos mudamos a España. Ya hemos tenido suficiente de esto, de aquí. Construimos la casa de nuestros sueños, lo único que queremos es vivir bien, pero cada vez que salgo de casa solo veo gitanos.

—Gitanos—. Su mujer meneó la cabeza, su sonrisa era como un corte en su rostro equino. —Tenemos que tener las puertas cerradas todo el tiempo.

—La gitanización de este país ha alcanzado proporciones de epidemia. Tienes que haberlo notado —dijo él con gesto sombrío y me miró por encima de su whisky buscando mi complicidad, entonces cambió de tema—. ¿Estás sola? ¿Qué estás haciendo en esta selva?

La puerta cerrada del muro funcionaba eléctricamente, con un código.

—Busco historias acerca de la frontera —dije. Me miró con dureza.

—¿Como qué?

—Ya sabes —dije. Lo sabía. Se metió en casa y volvió con una hoja de papel.

—Déjame enseñarte algo, porque hay cosas que no sabes, bonita —dijo, y empezó a dibujar—. Esto de aquí es el río Rezovo. Por ahí es por donde más solían cruzar los alemanes del Este. Pensaban que solo era un bosque, que no era como Berlín. Pan comido. Pero había algo más. Porque la alambrada de señuelo estaba aquí… y la de verdad estaba aquí—. Dibujó la doble alambrada.

—Cuando esos listillos no conseguían cruzar al otro lado, sus familiares o amigos o cualquiera que estuviera esperándolos allí lo sabían… Y luego, cuando volvían a Berlín, se comían dos años de cárcel. Algunos no salían vivos de allí. Pero primero les daban una buena paliza. Tenían un departamento especial para eso. Y después de unos pocos días, cantaban como ruiseñores.

Detrás de una espiral de humo, su mujer sonrió de forma vaga e irónica.

—¿Cómo sabes todo esto? —pregunté.

—Porque por aquel entonces trabajaba en el Centro Cultural de Berlín. Tenía un pasaporte para moverme por toda Europa, aunque nunca abusé de él. Por supuesto, hice de mensajero entre Berlín Este y Berlín Oeste. Pero llevo tiempo siendo un hombre ocioso.

—¿Qué tipo de mensajero?—. Aunque yo ya lo sabía.

—Oh, cartas, cosas en sobres—. Me guiñó un ojo. —Nada siniestro.

Había estado en nómina de la Seguridad del Estado. El Centro Cultural de Berlín era un señuelo detrás del cual se llevaba a cabo el trabajo «cultural» de verdad: espionaje, contrabando y desviación de fondos públicos.

—Ya veo que eres una ingenua. Las cosas no eran tan blancas o negras —continuó con una repentina pasión—. No había inocentes, solo oportunistas. Iban pidiéndolo a gritos, intentaban engañar al sistema. Pero el sistema era más listo. ¿Crees que los lugareños eran inocentes? ¡Ja! Coge a un pastor local, un alma sencilla. El tipo de persona en la que un fugitivo joven que se muere de hambre y de frío y que está perdido en el bosque puede confiar cuando el pastor le dice «quédate aquí, te traeré algo de comer». Entonces va y se lo cuenta a los de la patrulla fronteriza. Esposas y auf wiedersehen. Y al pastor le regalan un reloj. Un reloj soviético. Así eran los amables lugareños.

Un reloj soviético a cambio de una vida humana.

—¿Ves esa torre de ahí?—. Señaló la antena de transmisión en lo alto de la colina más cercana. —El Estado la usaba para escuchar a escondidas. En el resto del país bloqueaban la transmisión de ondas, pero aquí, en la frontera, las sintonizaban y escuchaban.

Su mujer había cerrado los ojos y estaba concentrada en su baño de sol.

—El Estado comunista y sus protegidos se llevaron miles de millones. Robaron todo lo que pudieron robar del país. Se llevaron antigüedades y fortunas enteras dentro de maletines. ¿Y sabes por qué muchas de esas mismas personas han aguantado en el poder hasta hoy? Porque son profesionales. No se les puede vencer.

—¿Y tú? —dije—. ¿Qué me cuentas de ti?

—¿Yo?—. Levantó las manos para expresar neutralidad. —Me quedé en el extranjero—. Señaló a su esposa con la cabeza. —Volví hace solo un par de años. Para vivir la buena vida. Pero no es posible.

—Los gitanos —dijo su mujer—. Odio a esos gitanos.

—No solo ellos. Es todo el mundo. ¿Estás sola? Debes mantenerte alejada de los hombres de los Balcanes. Son muy malos.

—Sí —dijo su mujer abriendo un ojo con gesto coqueto—. Los hombres de los Balcanes son malísimos.

Se quitó la parte de arriba del bikini y, por un horrible instante, pensé que iban a proponerme un trío. Tenía los pechos tan bronceados como el resto del cuerpo.

—Machistas, racistas, retrógrados, chovinistas —dijo él. Entonces se volvió hacia mí—. ¿Quién te paga por esto? Alguien tiene que estar pagándote.

—Soy escritora —dije—. Por desgracia, nadie me paga por nada.

Rio cínicamente y meneó la cabeza.

—En los buenos tiempos teníamos métodos para la gente como tú —dijo.

—¿A qué te refieres con la gente como yo?—. Ya había entendido lo de métodos.

—Progresistas —dijo—. Gente que va por ahí haciendo preguntas. Es una pena. Fue una época dorada en muchos aspectos.

Era hora de darles las gracias por el zumo. Alargué la mano para coger la hoja con su dibujo.

—Deja que te dé mi número —dijo él—, por si se te ocurre alguien que pueda comprar la casa.

Me quitó la hoja, arrancó una esquina y garabateó algo en ella, luego rompió el resto en trozos pequeños e hizo un montoncito con ellos sobre la mesa de cristal.

Su reloj no era soviético, era suizo.

—Vuelve alguna vez —dijo su mujer con una sonrisa. Me pregunté cuánto de aquello entendía o si le importaba siquiera, pero no era el momento.

Él cruzó la puerta electrificada conmigo hasta llegar al coche y, cuando estaba ya sentada al volante, se inclinó hacia mi ventana abierta y dijo de pasada:

—No vayas por ahí removiendo el pasado, bonita. No le interesa a nadie.

—A mí me interesa —dije.

Dio un golpecito en el techo del coche como despedida.

Las únicas personas que vi de camino al pueblo fueron dos hombres llenos de arrugas sentados en un banco desplomado y enfundados en esos conjuntos de color azul desteñido típicos de los obreros y que el Estado solía dar «gratis» a la gente, como hacen las cárceles con los reclusos. Si los tocara, tal vez descubriera que algún mecanismo interno se había parado en el tiempo, hace unos veinticinco años exactamente.

Volví al cheshma y vacié mi botella con una mano temblorosa. La puse bajo el chorro durante un buen rato y dejé que rebosara antes de mirar la esquina arrancada donde había escrito su número.

Pero no había ningún número, únicamente un mensaje que decía: «Solo tienes una vida».

415

El número de turistas extranjeros «desaparecidos» entre 1961 y 1989, según citan distintas fuentes en base a los registros de los archivos del Ministerio del Interior búlgaro. No sé si este es el número auténtico, pero sí sé que ni un solo soldado ni político ha sido procesado por ello. A muchos de esos 415 los enterraron en tumbas sin nombre los mismos soldados que los habían disparado. Eran alemanes, polacos, checos, húngaros, chechenos y otros ciudadanos de la Unión Soviética, generalmente parejas jóvenes, viajeros en solitario o dos amigos. Las razones por las que dieron este desesperado paso eran diversas: la sensación de estar atrapado socialmente, disputas familiares, problemas amorosos, eludir el servicio militar, el deseo de reunirse con la familia o la persona amada que estaba en el Oeste. Bulgaria tenía una engañosa reputación de amabilidad por su «frontera verde», mucho más fácil de cruzar que el muro de Berlín. Las víctimas más frecuentes de esta frontera, sin embargo, eran los búlgaros; durante el transcurso de la Guerra Fría, cientos de ellos se llevaron un tiro, a veces mujeres y niños. También escaparon cientos de ellos.

Entre otras nacionalidades, las cifras más altas procedían de la rda. Los intentos de los alemanes del Este por cruzar esta última frontera entre el Pacto de Varsovia (Bulgaria) y la otan (Turquía y Grecia) se estiman en torno a 4 000. De ellos, el 95 por ciento eran arrestados por los guardias fronterizos búlgaros y se les imponían penas de prisión. Uno de ellos era un joven dj de Leipzig llamado Thomas: los perros lo habían atacado y le habían pegado un tiro en la pierna 1981. El ejército lo llevó al hospital de Burgas, donde se la amputaron antes de repatriarlo. Volvió treinta años después para pisar justo ese punto de la alambrada donde su cuerpo y su vida habían cambiado para siempre, y para encontrarse con la enfermera que había cuidado de él en Burgas.

Burocráticamente, los alemanes eran un caso especial: los dos gobiernos hermanos firmaron un acuerdo «para evitar que los ciudadanos de la República Democrática Alemana escaparan al oeste a través de la frontera de la República Popular de Bulgaria, detener a los infractores de la ley y entregárselos a los correspondientes órganos de poder», y a finales de la década de 1960 –según se ha dicho– la Stasi fue más allá: creó un fondo, a través de su embajada en Sofía, para premiar a los soldados búlgaros que mataran a los ciudadanos alemanes errantes. Había otros incentivos: medallas por «servicios excepcionales», permisos extra y a veces incluso vacaciones en la rda.

Una de las últimas víctimas de esta frontera fue un chico de 19 años de Leipzig llamado Michael que fue ejecutado por un guardia de veinte años con un disparo a bocajarro en la mejilla y murió desangrado a cien metros del territorio griego. Fue en julio de 1989, cuatro meses antes de la caída del Muro de Berlín. Sus padres, divorciados, viajaron a Sofía para ver su cuerpo y su madre pasó el resto de su corta vida intentando que procesaran al guardia. Michael había estado toda la adolescencia planeando su huida de un futuro ya escrito. Se había llevado consigo todos sus ahorros: 790 marcos y una moneda de oro.

Alambrada en el corazón

Era una casa de pueblo corriente y destartalada con una valla baja de piedra, botas de agua de goma en la puerta y un cartón tapando una ventana rota. El jardín susurraba con sus rosas y sus pequeñas manzanas tempranas que te llenaban la boca de acidez cuando les pegabas un mordisco. El aguardiente casero de ciruela fermentaba en cubas de cien litros cerca del grifo exterior. El perfume leñoso de los bulbosos y dulces tomates corazón de buey me alcanzó desde la puerta cuando alargué la mano para abrirla.

Aquí vivía un anciano al que quería ver porque durante las décadas de 1960, 1970 y 1980 había sido cabo en la 7ª división del ejército fronterizo.

No vayas, me advirtieron los lugareños, no está bien de la cabeza. Nadie habla con él, no tiene amigos, arrastra la mala suerte desde que hizo aquellas cosas.

Al otro lado de la puerta había un gran monolito de piedra conmemorativo dedicado a un guardia fronterizo que había sido, como rezan las palabras favoritas de la autocompasión balcánica, «asesinado salvajemente por los turcos» en 1948. Este era su padre, y luego afloró la retocada historia de un héroe, aunque no había sido ningún héroe, sino un espía traicionado por sus colegas y llevado a la fuerza a Estambul. Era un rompecabezas de maquinaciones y agentes dobles en el que estaban implicadas las contrainteligencias búlgara, soviética y turca, y daba la impresión de que aquel salvaje asesinato no lo habían cometido «los turcos», sino la mgb, sucesora de la asesina de masas nkvd y madre de la kgb.

En la puerta había clavada una placa conmemorativa que mostraba el retrato de un joven sonriente vestido con un uniforme del ejército. Se llamaba Nasko y había muerto en 1986. Algo en sus inteligentes ojos de color avellana me rompió el corazón al instante. Era la esperanza.

Encontré al anciano en el gallinero de la parte trasera de la casa, persiguiendo a las gallinas con una carretilla vacía. Era corpulento y fuerte, tenía el pecho hundido, e iba vestido de camuflaje de los pies a la cabeza y calzaba botas del ejército con los cordones desatados. Cuando me vio, dejó de soltar improperios a las gallinas y dejó la carretilla en el suelo.

—¿Qué pasa?—. Se me acercó y me miró fijamente con un amenazador ojo azul. Ahí donde tendría que haber estado el otro ojo, la piel estaba cosida y plana. Di un paso atrás. Iba sin afeitar y su olor era agrio, a sudor y a los tragos de la noche anterior.

—Estoy visitando el pueblo —dije y añadí: Siento lo de su mujer.

Su esposa había muerto la semana anterior. Por un instante, creí que iba a empujarme escalones abajo junto con una ristra de obscenidades. Pero dijo «siéntate» y acercó una silla de plástico para mí y otra para él. Me preguntó mi nombre y de dónde era, y luego nos quedamos en silencio. Tenía las manos inquietas en el regazo, unas manos enormes y nudosas. Las imaginé retorciéndole el pescuezo a una gallina. Pero cogió una ciruela azul de una rama baja y me la dio.

—¿Qué le ha pasado en el ojo? —pregunté con voz ronca, y coloqué la ciruela en mi regazo.

—Una infección —respondió—. Y la semana pasada mi señora murió. Todo ha desaparecido. No sé por qué, pero mi vida no ha salido bien.

Entonces, dijo: —Tenía un hijo. Nasko.

Le empezó a temblar la mandíbula y, de repente, empezaron a brotarle lágrimas de su único ojo.

—Un chico espabilado, un buen chico. Iba a convertirse en oficial. De comunicación por radio. Él era nuestra esperanza.

—¿Qué ocurrió?

—Un accidente, dijeron. Su superior lo mandó a volar una cantera con dinamita. Para sacar piedra para la villa de algún general. En plena noche. Uno de los detonadores le dio a una piedra suelta. La piedra lo cortó en dos.

Los «accidentes» de los soldados habían sido algo tan común hasta 1990 que su muerte no se investigó y, de todas formas, los soldados eran tan prescindibles como los fugitivos a los que tenían que cazar.

—Mi chico… muerto en un instante. Porque un general quería una villa.

Las lágrimas también le brotaban ahora de la cuenca vacía.

—Luego, en 1989, el mundo se puso patas arriba. Todo el dinero que había ahorrado se convirtió en polvo de la noche a la mañana. Y había perdido a Nasko.

Me quedé toda la mañana, esperando una confesión, una pista, una declaración de algún tipo. A través de sus lágrimas, me echó una mirada de alarma.

—¿Eh? No te oigo.

No oyó aquella pregunta repetidas veces.

—Mi vida no ha salido bien —repitió.

Se puso contento cuando le pregunté por el resto de su familia. El hijo de su hija estaba en la policía fronteriza.

—¿Y qué le parece eso? —dije.

Se volvió hacia mí, confundido, como si le hubiera hablado en otro idioma.

—Es un buen chico —dijo.

—Cuatro generaciones de guardias fronterizos —insistí.

—Sí—. Sonrió vagamente y vi la duda en su cara.

Esto es lo que yo había oído de susurros de los lugareños. Aquí, donde la realidad y los hechos habían sido tan definitivos, los rumores seguían siendo la moneda preferida.

La gente decía que había ejecutado a una pareja de checos, o tal vez polacos. Porque eran el enemigo, porque esto hacía más fácil la vida en los barracones: así no había necesidad de rellenar formularios. Los habían enterrado en el bosque, en tumbas poco profundas.

La gente decía que había echado gasolina sobre dos jóvenes de etnia turca y les había prendido fuego. Porque estaban tratando de cruzar la frontera, porque eran «los turcos», porque podía.

La gente decía que había visto a un soldado de su división intentando escapar, como a veces hacían aquellos que estaban de servicio obligatorio en la frontera, y le había pegado un tiro por detrás. Porque los traidores merecían la muerte, porque no soportaba ver a un hombre alcanzar la libertad.

Sin embargo, los relatos eran contradictorios. Tal vez estos crímenes no eran suyos, o no solo suyos. Tal vez, a lo largo del tiempo, se había convertido en un cómodo depositario del lado oscuro de otras personas.

En cierto momento, me di cuenta de que yo también estaba llorando. Hay cosas que no tienen remedio, y para eso están las lágrimas. Su frío ojo azul tenía ese destello de astucia animal del superviviente, que en los seres humanos es la necesidad de ser amado, de ser justo, de forma que puedas vivir contigo mismo. La gente decía que había cambiado, que se había encerrado en sí mismo, que se había vuelto loco, y entonces su hijo había muerto. Eso es lo que decía la gente, en voz baja y con una mezcla de pena, repulsión y vergüenza.

Los hombres como él, fanáticos honestos, monstruos Frankensteinianos de la máquina totalitaria, cargaban con la maldición de llevar el telón de acero en el corazón, para que los hombres ociosos pudieran servirse whisky y rememorar los días dorados.

—¿Te vas ya? —dijo sobresaltado, como si despertara de un sueño—. No te he ofrecido nada. Me estoy volviendo olvidadizo. Vuelve alguna vez. Llévate unas ciruelas, vamos.

Arrastró los pies hasta el ciruelo y, con una mano temblorosa, empezó a recoger la fruta apresuradamente y a amontonarla sobre su brazo, contra el pecho, hasta que las ciruelas comenzaron a caerse al suelo de cemento con un violento golpe seco.

klyon (1961-1990)

El nombre de mascota que los soldados de la frontera búlgara le dieron al muro de alambrada, electrificado y con sistema de alarma, que atravesaba el bosque y aislaba el país de sus vecinos. El nombre oficial era Saorajenieto, La Instalación y, al parecer, La Instalación estaba ahí para evitar que los enemigos penetraran. Pero si miras la parte superior de la alambrada, las partes de ella que aún quedan en pie, ves cómo señala al verdadero enemigo: el de dentro.

En aquella zona gris, los soldados vivían, contaban los meses e incluso los años hasta su permiso prometido y a veces morían a sus propias manos o por la de una camarada que se había vuelto loco. Su única compañía consistía en los perros entrenados para dar consuelo a unos y cazar a otros. Había dos tipos de guardias fronterizos: los soldados de carrera como el hombre tuerto y los de diecinueve que cumplían los dos años obligatorios de servicio militar y a los que les había tocado la frontera como destino. El servicio fronterizo era el menos deseado porque los coroneles que estaban al mando de las Fuerzas Fronterizas eran famosos por ser, en palabras de un exsoldado, «demonios disfrazados de humanos». Otro antiguo guardia me dijo: «Cuando no tienes contacto con el mundo exterior, pueden hacerte creer cualquier cosa». Con su bien engrasada brutalidad feudal, la vida en La Instalación era el microcosmos perfecto de una sociedad totalitaria.

La franja de tierra que recorría en paralelo toda La Instalación era conocida como «el surco de la muerte». Hasta las huellas de los pájaros podían verse en este terreno cuidado con tanta dedicación.

La tumba de Bastet

Había oído historias acerca de este lugar a lo largo de los años y ahora había ido a verlo con mis propios ojos. Estaba tan cerca de la frontera que me llegó un mensaje al móvil: «Turkcell te da la bienvenida a Turquía».

Para llegar aquí hacía falta un guía con un vehículo todoterreno. El guía se llamaba Niki, y el joven Niki era bajo aunque de hombros anchos; aún no había cumplido los treinta pero ya tenía canas. Conducía una icónica furgoneta de estilo soviético cuyos dueños solían llamar cariñosamente uazka. Las uazkas se fabrican en Rusia, en la planta automovilística de Uliánovsk; el modelo no había cambiado desde la década de 1940 y Niki llevaba a los visitantes en este vehículo desde la última ciudad de la frontera hasta Turquía –era un viaje breve–, y también por el bosque.

No encontramos tráfico, excepto, de repente, un par de hombres sin afeitar y con mochilas que tenían el aspecto que tiene cualquiera cuando ha cruzado Turquía a pie. Eran sombras humanas. Cruzamos las miradas cuando pasamos junto a ellos. No hicieron ningún gesto.

¡Para!, le dije a Niki. Tal vez pudiéramos ofrecerles alguna cosa. Pero Niki siguió adelante e hizo una llamada con el móvil. —Dos chicos en la carretera a la altura de la salida que va al Gran Yacimiento —recitó. Y eso fue todo.

—Quieren entregarse —dijo, cronometrando mi expresión—. Por eso van por la carretera y no se esconden en el bosque. Por lo menos los de la patrulla vendrán y los llevarán hasta la comisaría, les ahorrarán el paseo.

—Pero… —dije.

—Ahora veo a tipos como estos todos los días. No puedo involucrarme.

—Pero, ¿no sientes nada?

—Claro —dijo, y salió de la carretera y se metió en una pista ascendente—. Pero yo no puedo parar la guerra de Siria, ¿a que no?

Estuve de acuerdo con eso, aunque no cambió el hecho de que no nos habíamos parado a ofrecerles alguna cosa a dos hombres que lo necesitaban todo. Aquel año, los refugiados todavía cruzaban la frontera de dos en dos y no en cientos y miles.

Cruzamos la entrada abierta y herrumbrosa del klyon con el coche.

—Esta entrada ha estado cerrada hasta el año pasado —dijo Niki—. Había que tener una llave.

¿Dónde se conseguía la llave?

—No se podía conseguir. Había que venir con un guía local que la tuviera.

¡La habían tenido cerrada durante veinticinco años, desde el final de la Guerra Fría!

Niki, que tenía veinticinco años, no podía entender por qué yo estaba tan alterada. Para él, el klyon era solo la exposición de un museo sobre la mítica era comunista cuando toda esta zona, incluyendo la preciosa ciudad de la frontera, se conocía como «zona fronteriza número uno». Pero, al parecer, existía otra razón por la que esta franja del klyon se había mantenido cerrada durante tanto tiempo.

La siguiente historia que había oído comienza en 1981, dentro del klyon, y se remonta a una época desconocida del Antiguo Egipto. Resulta imposible separar la verdad de las teorías conspiratorias; los únicos datos ciertos son las muertes.

En 1981, un zapador de una unidad local del ejército fronterizo fue convocado a una reunión ultrasecreta con arqueólogos del Departamento de Patrimonio Cultural. Empezó a sudar, porque cuando un simple mortal recibe una invitación de este tipo, sabe que no se trata de una invitación. Iba a participar en una expedición confidencial a una colina remota de Strandja, dentro del klyon.

La zona era conocida topográficamente como el Gran Yacimiento porque cerca de allí se habían encontrado varios estratos de asentamientos antiguos: un complejo de culto circular de origen tracio llamado Mishkova Niva, con un altar para sacrificios y un santuario con inscripciones de sacerdotes órficos; una necrópolis de túmulos; un fuerte tracio romanizado; una residencia vacacional romana y una red de antiguas minas de cobre. Desde la cima de la colina de 700 metros de altura se podían ver las inmensas colinas verdes de Turquía.

Y si mirabas la colina desde abajo, decían que tenía forma –más que la mayoría de las colinas con forma piramidal– de pirámide egipcia. Las únicas personas que habían venido aquí eran soldados de servicio fronterizo y arqueólogos de la Guerra Fría. Esto había mantenido las ruinas en buenas condiciones. Pero los buscadores de tesoros de los últimos veinticinco años habían depredado la necrópolis y de alguna forma habían conseguido arrasar la torre romana por completo. Niki y yo nos quedamos mirando la necrópolis con forma de sol. Durante el día, aquel lugar emanaba su propia energía aguda.

—No me sorprende —le dije a Niki— que los puñeteros buscadores de tesoros campen a sus anchas. Siguen un camino muy trillado.

Niki sonrió con una educada indiferencia.

A principios de la década de 1980, los barones comunistas crearon un Departamento de Búsqueda de Tesoros dentro de la Academia de las Ciencias búlgara; se animó a los ciudadanos a que informaran de lugares donde pudieran encontrarse antigüedades. Los ministros, los viceministros y los oficiales importantes iniciaban excavaciones arqueológicas secretas, luego apartaban rápidamente a los arqueólogos de la excavación y, después de haber extraído los tesoros y habérselos llevado, sin que se documentaran, ni se detallaran, ni ningún ojo mortal volviera a verlos, los yacimientos se volaban por los aires. Se dice –¿y qué no, en esta historia?– que se encontraron tesoros de un valor incalculable: las riquezas de oro del siglo catorce del último zar búlgaro, Iván Sisman, y de Lisímaco, que sucedió a Alejandro Magno. Nada pudo detener el saqueo del país por parte de los señores del Comité Central del Partido Comunista, algunos de los cuales ni siquiera podían deletrear la palabra «arqueología». Las antigüedades se vendieron en el mercado negro internacional y el efectivo se movió mediante valijas diplomáticas, con la ayuda de personas como nuestro hombre ocioso. El núcleo del contrabando de antigüedades del este al oeste era Viena. Con las ganancias, los camaradas enviaban a sus esposas y amantes de compras a París, mientras ellos se refugiaban en sus cabañas de caza y sus residencias en la costa para beber whisky e irse de putas. Los días dorados. Los «días dorados» los retrata de forma inolvidable la obra The Truth That Killed de Georgi Markov, por la que además él mismo fue asesinado por un agente secreto en el puente de Waterloo, en Londres, tres años antes de que la hija de su verdugo, Lyudmila Zhivkova, ordenara el comienzo de los trabajos aquí, en el Gran Yacimiento. ¿Estoy desvariando?

Niki se encogió de hombros con las manos en los bolsillos.

—Todo eso pasó antes de mi época. Solo soy un guía.

Por aquel entonces, Lyudmila Zhivkova era la mujer más poderosa del país: ministra de Cultura, hija del Jefe de Estado y secretario general del Partido Comunista, Todor Zhivkov, y prueba visible de que la primera dinastía totalitaria de Europa del Este estaba en acción. Zhivkova, sin embargo, no parecía ser la típica hija de un dictador. Parecía desafiar el filisteísmo de los compinches de su padre adoptando una vida excéntrica. A finales de la década de 1970, empezó a crear un culto en torno a los megaproyectos que iniciaba. Uno de ellos era la Asamblea de la Paz de los Niños del Mundo, que trajo miles de niños a mi ciudad natal, Sofía. Tuvimos que juntarnos en un gigantesco complejo de cemento a las afueras de la ciudad, donde se representaba a cada país con una campana. Se bautizó como «Campanas de la paz» y cantamos canciones compuestas para ese momento cuando fuimos de visita con la escuela a conocer a los niños del mundo. Pero yo nunca hablé con los niños del mundo. Solo tocamos las campanas de sus países, educadamente, en fila, porque estaba claro incluso para una niña de ocho años que aquel evento no estaba organizado para nosotros, sino para Zhivkova y su séquito, que saludaban con la mano desde las plataformas del público con gestos que recordaban a la señal de los emperadores romanos para ejecutar a alguien, y luego desaparecían en limusinas con los cristales tintados. Aunque era imposible distinguir el destello de la megalomanía del aura mesiánica, había algo distinto en ella. Tal vez el simple hecho de que era una mujer en el poder y se atrevió a alzar una voz de locura distinta entre aquel coro zombi de trajes marrones. Sus discursos y escritos tenían un tono agudo y eran totalmente incomprensibles.

Lyudmila estaba obsesionada con las antigüedades. Un antiguo buscador de tesoros que trabajó con los arqueólogos en aquella época cuenta la siguiente historia. Un día, cuando tenía treinta y pocos años, Lyudmila llegó a la excavación de un gran tesoro en el interior de una tumba tracia. Los arqueólogos habían encontrado una impresionante corona de oro de una princesa-sacerdotisa (la realeza tracia tenía un estatus sacerdotal y practicaba rituales). Cuando Lyudmila vio aquella corona deslumbrante, la cogió y fue a ponérsela en la cabeza. El equipo se apresuró a detenerla: «No lo hagas, es de mal agüero, ¡no puedes jugar con los objetos de las tumbas!». Por supuesto, ella se puso la corona en la cabeza igualmente. Poco después, sufrió un accidente de coche casi fatal que le provocó una lesión en la cabeza y empezó a llevar turbantes blancos. El antiguo buscador de tesoros no volvió a ver jamás aquella corona de oro.

Lyudmila era producto de su época, la descendencia de una gerontocracia feudal que babeaba y le chupaba la sangre y la vida a la nación para garantizarse la vida eterna a sí mismos. En definitiva, no cuestionó nada, simplemente era el siguiente organismo draculiano. Los obreros que construyeron sus monumentos faraónicos en tiempo récord trabajaron los fines de semana sin remuneración para cumplir el plan quinquenal en solo un año; los trataron como mano de obra esclava.

Pero también era una manifestación de un vicio de la psique colectiva. Las décadas de materialismo dialéctico impuesto tenían que producir un mecanismo de compensación y, de cierta forma, ella encarnaba el vacío espiritual que reside en el corazón del poder absoluto. Y en el vacío puede suceder cualquier cosa. El dogma soviético no había conseguido reemplazar el trasfondo de misticismo que impregna la psique búlgara. Las personas habían vivido próximas a la tierra durante milenios, y unas pocas décadas de ingeniería social soviética los habían asustado y los habían vuelto recelosos, pero los misterios de la tierra seguían ahí. Se comunicaban con aquellos que podían sintonizarlos. Y Lyudmila quería hacerlo.

Dicen que todo empezó con un mapa. Un buscador de tesoros cuyo nombre puede que fuera Mustafa, o no, se presentó un día en casa de una vidente llamada Vanga, pidió que lo recibiera. Vanga, la vidente más famosa de Europa del Este, canalizaba historias procedentes del pasado y el futuro. La gente viajaba desde Moscú y Belgrado para verla en su ciudad, al pie de unas colinas con velos de vapor y llenas de manantiales termales en la zona de la frontera con Grecia. Esta es la historia de Vanga.

Nacida en 1911 en la ciudad macedonia de Strumica, a Evangelia «Vanga» Gushterova la atrapó un extraño tornado y el polvo le dañó los ojos. Una cirugía ocular en Belgrado no consiguió devolverle la vista, y para los trece años era ciega, huérfana y pobre hasta la médula. Pero, en medio de todo esto, Vanga empezó a comunicarse con un mundo invisible, a adquirir conocimientos sobre plantas medicinales y a tener sueños proféticos. Una noche de 1941, la noche antes de que las potencias del Eje invadieran su ciudad, recibió la visita de un jinete divino que le habló y le indicó que permaneciera en la Tierra todo el tiempo que fuera posible. Su misión era ayudar a la gente. Al día siguiente, empezó a irradiar luz, a emitir distintas voces y a describir acontecimientos del pasado y del futuro. No durmió «durante un año», dijo su hermana, no podía parar de canalizar. Fue el inicio de su vida como oráculo y curandera, y gente de todas partes acudía a ella con sus penas, incluyendo a su futuro marido, que fue a preguntarle por los asesinos de su hermano. Aunque ella sabía quiénes eran y predijo su ruina, no le reveló sus identidades. No busques venganza, le aconsejó ella, porque rebotará en tu descendencia. Su consejo moral consistía siempre en ser amable y perdonar a los demás, porque nada desaparece. El destino de una persona no podía cambiarse, lo único que ella podía hacer era ver la «película» de la vida de alguien y dar cuenta de ello. A pesar de su determinismo, Vanga aconsejaba y consolaba a la gente en una época en la que la psicoterapia se consideraba demasiado burguesa.

Cuando los soviéticos llegaron en 1945, se libró por muy poco de una ejecución como agente subversivo. Durante años, resultó ideológicamente incómoda, una bruja, un anacronismo, una enemiga del pueblo, un insulto al marxismo-leninismo. El Gobierno la encarceló, la intimidó, trató de silenciarla. Pero nadie pudo venderla, comprarla ni callarla. Y había otro problema: era demasiado popular, no solo entre la gente corriente, sino también entre la élite política. Empezaron a depender de ella en secreto –puede que, después de todo, existiera algo más allá del materialismo dialéctico–, así que, en un golpe de pensamiento creativo, en 1967 el Estado la puso en nómina en el recién creado Instituto de Sugestología. Se convirtió en una vidente oficial –le asignaron un chófer– y en una útil fuente de ingresos para el emprendedor Estado comunista, que se embolsaba luego las generosas cantidades que le pagaban sus visitas. De vez en cuando, el propio dictador Zhivkov o uno de sus ministros enviaban una limusina con los cristales tintados para traerla a sus residencias en las afueras de Sofía. ¿Y quién era especialmente cercana a ella? Lyudmila Zhivkova, por supuesto. Hasta tal punto, que la sobrina de Vanga fue contratada en el Ministerio de Cultura. La sobrina de Vanga, entrometida y en su papel exaltado de «hija» de la vidente, como se llamaba a sí misma, siempre estaba cerca, escuchando, grabando.

Crecí con los rumores acerca de Vanga y conocíamos a gente que había ido a verla, pero a pesar de que conservaba su toque llano, se había convertido en propiedad de la élite. En la década de 1980, había que ser alguien o conocer a alguien para poder verla, y no era el caso de mis padres, unos científicos normales y corrientes. Los agentes de la Seguridad del Estado habían pinchado su casa –para escuchar a sus visitas de la Yugoslavia de Tito– y ella lo sabía y se reía porque era uno de los chistes internos del totalitarismo crepuscular.

Por eso Mustafa debía de estar sudando cuando apareció con su mapa amarillento y pidió por favor si podía ver a Vanga para que lo ayudase con el mapa, porque había un gran tesoro enterrado allí, pero él no era capaz de descifrar los jeroglíficos.

A Vanga no le gustaban los buscadores de tesoros, pero dejó pasar a Mustafa. Con sus ojos cosidos, percibió el mensaje del mapa. Y el mensaje era espectacular pero terrorífico. Mustafa se quedó sin su mapa y lo enviaron a casa.

El lugar marcado en el mapa se encontraba en Strandja, le dijo Vanga a su sobrina, sabía exactamente dónde estaba la colina. Dentro no había ningún tesoro, sino un sarcófago negro de granito con una inscripción de un texto antiguo con un mensaje para la humanidad del milenio pasado. Los que participaron en la expedición que había llevado el sarcófago por el agua desde Egipto hasta Tracia fueron asesinados en el acto, para que los ríos de sangre borraran todo recuerdo de ello. Pero la humanidad no está preparada para el mensaje que contiene, advirtió Vanga. Si lo tocas, pagarás el precio.

Naturalmente, lo siguiente que ocurrió fue que la sobrina de Vanga, que había estudiado Egiptología, les enseñó el mapa a unos expertos. Enseguida llegó a oídos de la del turbante y su entorno. El descifrado de los símbolos resultó imposible, pero lo que sí fue posible, ya que Lyudmila entró fatalmente en acción, fue la visita al lugar que Vanga había descrito con bastante detalle, y se prepararon para excavar. Y eso fue lo que hizo el primer equipo: en la primavera de 1981 fueron al Gran Yacimiento, donde estaba ahora con Niki.

Estábamos contemplando una cara vertical de la roca, debajo de ella había una cueva llena de agua estancada. Habría que sumergirse y bucear para entrar allí. Le había preguntado a Marina si quería acompañarme, pero no le gustaba venir aquí por lo que la expedición le había hecho a la colina. —No hay que irrumpir, la tierra debe invitarte a pasar —me dijo. Marina conocía buscadores de tesoros que se habían quedado con antigüedades y habían sufrido desgracias personales que solían implicar la muerte.

Había cinco o seis de ellos en el equipo de excavación: el director de Patrimonio Cultural, un historiador que respondía al nombre de «profesor Mutafchiev», íntimo de Zhivkova; la omnipresente sobrina de Vanga; el minero jefe de la Compañía de Extracción Minera de Strandja; un periodista; un numismático; un conductor. En este relato de creciente misterio no hay narradores fiables, pero lo que es casi seguro es que acamparon aquí la noche del cuatro de mayo (según la sobrina de Vanga, pero no según otros) y, justo antes del alba, esperaron hasta que los rayos «del sol y de la luna» aparecieran juntos, precisamente lo contrario que les habían indicado Vanga que hicieran. Luego salieron huyeron.

—¿Has estado aquí por la noche? —le pregunté a Niki. Él me miró.

—Tendrías que pagarme mucho dinero para que pasase la noche aquí.

—¿Conoces a alguien que lo haya hecho?

—Conozco a todo tipo de gente—. Miró hacia otro lado. —A veces hay encuentros de médiums y astrólogos que pasan la noche aquí. Dicen que la energía es exorbitante.

Lo que la sobrina de Vanga y el profesor Mutafchiev dijeron haber visto lo han descrito otras personas desde entonces, pero con variaciones. Los rayos lunares-solares dibujaron círculos sobre la cara de la roca, luego un triángulo, y después (según dijo la sobrina de Vanga) apareció una proyección espectral, «como si se encendiera una pantalla de televisión en la roca», de dos figuras: un anciano con barba y un objeto redondo en una mano y un hombre o mujer más joven con un tocado cónico alto de tipo faraónico. Eran tridimensionales, como si salieran de la roca para acercarse al grupo, cuyos miembros se quedaron paralizados hasta que la visión desapareció. Entonces se largaron inmediatamente de allí. La proyección no volvió a aparecer en las siguientes visitas.

Los deseos de Lyudmila eran órdenes, y enviaron a continuación un equipo reconfigurado al yacimiento: el profesor Mutafchiev estaba al mando, y esta vez contaban con refuerzos militares, incluyendo el zapador local, que juró no decir una sola palabra. Sigue sin haberlo hecho.

Se abrieron paso excavando la colina y descubrieron galerías mineras de la época tracia y romana, como había en muchas de las colinas de Strandja.

Cuando todo hubo acabado, los lugareños dijeron que se habían removido toneladas de tierra y lo que habían encontrado lo habían cargado en camiones del ejército y se lo habían llevado, pero nadie dijo qué había dentro de los camiones. Otros dicen que había un coche con matrícula austriaca presente en la excavación, por la conexión con el mercado negro de Viena. Pero hay quien dice que la kgb estaba pendiente del proyecto, y su interés por la zona se remontaba a finales de la década de 1940, cuando puede que un equipo soviético excavara las minas. Lo que explica, dicen algunos, los números de 1949 del periódico Pravda que se encontraron dentro. Un conductor local de carretillas en el puerto de Burgas daba fe de que un equipo soviético había cargado estatuas antiguas, ¡pero solo mitades, de la cintura para arriba, había dicho!

Un relato conspiratorio no estaría completo sin los nazis. Durante la ii Guerra Mundial, dos unidades alemanas se instalaron aquí con el principal objetivo de espiar a través de las líneas de transmisión de la radio, las mismas que más tarde usarían los comunistas. Resulta que uno de sus puestos estaba aquí, en lo alto del Gran Yacimiento. El gusto de los nazis por lo oculto lleva a que algunos lleguen a la conclusión de que su objetivo real era hurgar dentro de las viejas minas, lo que explica, dicen algunos, los desperdicios alemanes encontrados dentro de las minas. Uno de los alemanes murió aquí en un extraño accidente, atropellado por un camión que conducía su amigo mientras construían búnkeres en el bosque. Su tumba está cerca, dijo Niki, pero se negó a llevarme.

La sobrina de Vanga afirmó, de forma poco convincente, que había quemado el mapa original. Un poco tarde para eso, debió de haber comentado Vanga, pero para entonces ya sabía que era inútil detener a las personas que marchaban rumbo a la destrucción. Lo había intentado varias veces, y el caso de su hermano fue el más doloroso durante la ii Guerra Mundial, ya que predijo su muerte a los veintitrés y le suplicó que no se uniera a la resistencia; aun así, él volvió a su Macedonia natal, donde fue capturado por los nazis y ejecutado el día de su vigésimo tercer cumpleaños.

Por motivos que solo ella conocía, Lyudmila Zhivkova había visitado a lamas en el pasado, y le habían dicho que había un antiguo sarcófago enterrado en territorio búlgaro. Por eso ella y Mutafchiev esperaban encontrar, como mínimo, a Bastet, la divinidad egipcia con cabeza de gato.

Bastet, hija de Ra, el dios Sol, protectora de la feminidad, generadora de luz y alegría, principio vital. Bastet, que llevaba la clave cosmológica de la civilización humana en sus patas de gato. Si Lyudmila conseguía descubrir a Bastet, las dos se unirían y gobernarían no solo un pequeño satélite soviético, no solo los Niños del Mundo, no solo el Antiguo Egipto, sino, bueno, todo el Cosmos.

Esta es la versión oficial de lo que se encontró en las antiguas minas antes de que la expedición acabara. Niki me hizo una lista de los elementos: granito negro, pero ningún sarcófago; artefactos del primer siglo d. C.; antiguas herramientas agrícolas; una vieja vía férrea para transportar mineral en vagonetas; perforaciones nazis; periódicos soviéticos y búlgaros de en torno a 1950; cerámica romana; lámparas de aceite medievales. Entonces, la gente empezó a enfermar y a morir.

Lyudmila fue la primera que desapareció. Su esoterismo exasperaba ya a la kgb y, por tanto, también a la rama de su propio aparato de la Seguridad del Estado dirigida por la kgb (al contrario que la rama prooccidental; ambas libraban discretamente su propia guerra fría), que la consideraba una figura apostática. No es ninguna sorpresa que su repentina muerte en julio de 1981, unos pocos días antes de su trigésimo noveno cumpleaños, se convirtiera en el tema de las teorías conspiratorias relativas a la kgb, que afirmaban que además de ser una mesías era también una mártir potencial. Pero, probablemente, fue víctima de un aneurisma cerebral debido a complicaciones derivadas de su accidente de coche. Murió en su bañera justo cuando la excavación secreta estaba adentrándose en el yacimiento.

Poco después del grandioso funeral de Estado, el equipo volvió al yacimiento con la aprobación del Ministerio de Recursos Minerales, que simpatizaba con el proyecto. Pero, en cuanto el equipo llegó, el secretario local del Partido que estaba ocupándose de ellos fue corriendo a decirles que el ministro acababa de morir. Mientras tanto, los soldados que habían llevado para hacer el trabajo empezaron a desarrollar parálisis en las extremidades, se les infectaron los ojos y se dice que dos de ellos murieron poco después de que acabaran su servicio.

En cualquier caso, parecía haber algún tipo de radiación en el yacimiento, alguna clase de campo energético para evitar que los intrusos penetraran en los niveles más profundos de las minas. Más tarde, alguien me recomendó que limpiara toda la tierra que se hubiera pegado a mis sandalias. Por si acaso. Como había señalado el profesor Mutafchiev al principio, no crece nada en uno de los lados del Gran Yacimiento, ni siquiera hierba. De todas maneras, el suelo de esa parte me pareció un poco rocoso.

Luego, al parecer, el arquitecto que diseñó el terraplenado de la excavación de las minas tuvo un accidente de coche y entró en coma. Con Zhivkova desaparecida, sus enemigos en la rama de la kgb de la Seguridad del Estado iniciaron una enérgica purga en el entorno de ella. El profesor Mutafchiev fue llevado a juicio y lo condenaron a quince años, supuestamente por malversación de fondos públicos, pero como la malversación era la principal actividad de toda la élite del partido, los motivos reales de su destitución siguen clasificados de momento, aunque la lógica apunta a juegos de poder dentro del politburó.

El profesor Mutafchiev había sido el cerebro de la expedición y siguió obsesionado con el Gran Yacimiento durante el resto de su vida, acortada por su estancia en prisión. Solía tener un sueño recurrente en el que veía su cuerpo echando humo y un águila sobrevolándolo en círculos. Al parecer, el equipo que trabajaba en la tumba de Tutankamón habló de un sueño similar antes de que comenzaran a enfermar.

Las fuerzas especiales de la Seguridad del Estado volaron la entrada y sellaron las minas. Y por si volarlo, inundarlo y mantenerlo dentro del klyon no fuera suficiente, las fuerzas especiales de la Seguridad del Estado patrullaron la zona hasta 1989. Algunos lugareños dicen que había una «muralla viva» adicional de miles de víboras criadas por uzbekos especialmente para este fin por todo el sur del mar Negro, conforme a algo llamado decreto número 56. ¿Por qué uzbekos? ¿Por qué víboras? ¿El decreto número 56 leía: «Cumplamos el plan quinquenal de serpientes en solo un año»?

Los caminos hacia la locura son numerosos. Resulta complicado definir uno de los capítulos de esta historia como el más lunático, pero las víboras criadas por uzbekos son difíciles de superar.

El joven zapador que había ofrecido su vida por contrato sobrevivió. Al numismático lo apartaron enseguida de la excavación. El minero jefe siguió trabajando en la Compañía de Extracción Minera hasta que cerró en la década de 1990 y vació de gente el precioso pueblo fronterizo de Marina.

¿Y qué fue de Mustafa, el buscador de tesoros? Descrito por la sobrina de Vanga como un hombre nervioso aferrado a un mapa roto, él fue la primera víctima. No de Bastet, sino de los agentes de la Seguridad del Estado de Zhivkova, que al parecer lo «interrogaron» con tanta brutalidad que acabó muriendo luego por las heridas internas. Sin embargo, esto es imposible de confirmar y ninguno de los testigos o comentaristas mencionan su nombre; Bastet era más real para ellos que Mustafa.

Los miembros del equipo de búsqueda de tesoros de Zhivkova buscaban nada menos que secretos celestiales, pero bajo sus pies descansaban huesos recientes. El bosque de la frontera alberga fosas comunes de la década de 1950, cuando a aquellos que protestaban contra la nacionalización de su tierra simplemente los traían aquí y les pegaban un tiro.

Cuando le pregunté acerca de esto, Niki dijo que no le gustaba hurgar en el pasado. Sabía dónde estaban, pero sus amigos las consideraban «tumbas de bandidos».

—Porque si te pegan un tiro y te entierran en el bosque, ¿qué otra cosa puedes ser?

No lo decía en broma, lo comprobé. Según su lógica, si tuviera que pegarme un tiro y enterrarme en el acto, en ese mismo momento, sería culpa mía.

Muchos de los que estaban en las «tumbas de bandidos» habían formado parte en realidad de un movimiento de resistencia nacional de la primera década y media de terror soviético. Se autodenominaban Goryani u «hombres del bosque», porque los proscritos escapan a las colinas, y estaban emparentados con los Hermanos del Bosque de los países bálticos. Su rebelión no era ideológica, sino visceral; eran gente joven del campo en su mayoría, campesinos que habían presenciado la confiscación de tierras ancestrales, la humillación ritual de sus familias y la destrucción de sus comunidades. Un Goryanin que había cumplido dos condenas en un campo de trabajo picando piedra dijo sencillamente: «Lo que estaban arrasando era el alma de la gente. Contra eso nos rebelábamos». Cumplió dos condenas porque cuando acabó la primera, le pidieron que denunciara en público a los Goryani; se negó. Se juzgó, ejecutó o envió a campos de trabajo a un número desconocido de Goryani, se exilió a sus familias y se añadieron sus nombres al libro negro del Estado.

Pero Niki no sabía esto porque es algo que sigue sin estar presente ni en las lecciones de historia ni en el discurso público. Los Goryani fueron uno de los movimientos de resistencia más grandes y duraderos contra el terror soviético en Europa del Este, pero tienen la boca llena de tierra.

Caminé de vuelta a la entrada oxidada, Niki conducía despacio detrás de mí. Estaba demasiado asustada como para exponer mis espaldas, aunque ahora también me sentía incómoda respecto a Niki. No era por nada en concreto, solo tenía la sensación de que no era lo que parecía. Por un sombrío instante, creí que me estaba llevando en círculos por algún motivo que solo él conocía. Porque los caminos forestales que había dentro del klyon dibujaban círculos. No conducían a ninguna parte. Eran los caminos interiores del surco de la muerte, transitados solo por guardias fronterizos y fugitivos, antes y ahora.

La sobrina de Vanga escapó a las enfermedades, los accidentes y el oprobio y en la década de 1990 escribió una exitosa biografía de Vanga.

El profesor Mutafchiev pasó ocho años en prisión y, aunque salió de allí con la salud deteriorada, no había perdido el tiempo dentro: empezó a trabajar en Homo Sapiens on Homo Sapiens, un enrevesado «estudio» con un regusto a la mesiánica exultación de Zhivkova y que combina astronomía, historia antigua y una crisis nerviosa. Consideraba el mapa un jeroglífico y procedió a descifrar sus símbolos, creando un asombroso diagrama reconstruido de una galaxia de estrellas cefeidas que muestra cómo la disposición de la tumba «sellada herméticamente y de tres pisos» del Gran Yacimiento es una imagen reflejada de una parte clave de la galaxia. Entre los símbolos que descifró había una Bastet con cabeza de gato que representaba a la diosa Madre; una tortuga de dos cabezas que representaba la Tierra; y una bandada de pájaros que representaba a los seres intergalácticos que viajaban a la Tierra y nos dejaban como legado yacimientos antiguos como este. Nuestra tarea era descifrarlos. Las personas que habían escoltado el sarcófago desde Egipto no habían sido asesinadas, sino que se habían asentado en estas zonas para velar la tumba (en la visión de Vanga llevaban máscaras, como mimos). En ese caso, una parte de los habitantes de Strandja son descendientes suyos. En la cara de la roca había marcas que servían como instrucciones codificadas para las cámaras que había en el interior y que estaban bloqueadas con enormes losas talladas por seres humanos.

Recapitulemos: dentro del Gran Yacimiento hay un portal intergaláctico que nos dejaron los creadores de las pirámides egipcias «auténticas» (se sugiere que también existen pirámides falsas) y de otros yacimientos megalíticos de Oriente Medio y de Strandja, antes llamado Haemimont, escribe Mutafchiev con demasiada imprecisión para ser un historiador. El Gran Yacimiento contiene un mensaje de nuestros antepasados más antiguos, a muchos años luz de la Tierra, lo que también explica la naturaleza de la visión solar que experimentó el equipo. El sarcófago y su mensaje fueron sellados en una cámara que, si se abre, liberaría una radiación desconocida. Imagino a ese hombre, caído desde lo alto del poder directo al sucio suelo de la celda de una cárcel, flaco, acribillado por el cáncer, con sus gafas de cristales gruesos, dibujando diagramas de galaxias para no tener que mirar dentro de sí mismo.

Lo que me choca de este relato, aparte de su contenido, es su completa falta de forma. Deliberadamente equívocos, los relatos del profesor Mutafchiev y de la sobrina difieren en puntos clave: fechas, las figuras que vieron en la cara de la roca y los frutos de la excavación. Esto sucedió en 1981, pero ha adquirido el halo crepuscular de una historia antigua que tantas veces nos han robado. En una teoría conspiratoria, Zhivkova mantenía una comunicación secreta con los británicos respecto a unas imágenes por satélite del Gran Yacimiento que mostraban un enorme hueco hecho por seres humanos dentro de la colina. Porque los rusos, los nazis, los comunistas y nuestros antiguos antepasados extraterrestres no eran los únicos que estaban interesados en el Gran Yacimiento, también estaba metido el mi5.

La sobrina de Vanga dijo que lo único que encontraron dentro fue un gran hoyo, pero es solo cuestión de tiempo que se descubran sus misterios. Los cronistas más serios especulan que el equipo encontró unos depósitos de oro poco espectaculares y los vendieron en el Oeste para conseguir efectivo. O tal vez no encontraron nada. Un vacío en el que se proyectó todo esto con la febrilidad del histérico subconsciente colectivo.

En El mito del eterno retorno7, Mircea Eliade sugirió que las culturas prehistóricas se basan en una cosmología en la que la realidad terrenal es un reflejo de alguna dimensión celestial y las acciones humanas tienen significado solo dentro de un modelo divino proyectado. Por esta razón, el arcaico concepto del tiempo no es lineal e histórico, sino que es circular y se rige por unos patrones repetidos de forma infinita. En eso consisten el culto al fuego, la creencia en los agiasmas y todas las prácticas místicas y espirituales. Las mentes que había detrás de la expedición comunista se habían limitado a sintonizar unas vibraciones de naturaleza prehistórica.

Al parecer, Vanga también experimentó visiones de un ente al que llamó «los otros», y los otros vivían en otra galaxia, de donde procedía la civilización humana. Después de todo, nos recuerda su sobrina, Vanga identificó tres tipos de tiempo: el gran tiempo, el tiempo y los tiempos. El Gran Yacimiento obedece al gran tiempo. Puede que Vanga se diera cuenta de algo cuando «leyó» el mapa: no desde el punto de vista de los hechos, sino del de las metáforas.

*

En el camino de vuelta pasamos por los barracones de la frontera. Había dos guardias aburridos en la carretera vacía, con los rifles al hombro. Nos pararon, querían compañía.

—¿Algún problema? —dijo Niki.

—Nada —dijo uno de ellos dándole un mordisco a un pastelito.

—¿De dónde eran los dos refugiados? —pregunté desde el asiento del copiloto.

—Egipto —dijo uno. El otro meneó la cabeza y suspiró. Los miré, dos chicos uniformados en un mundo desequilibrado. Si se cambiaran la ropa con los dos egipcios, ¿se daría cuenta alguien? ¿Importaría en el mundo del gran tiempo?

Más tarde, me contaron que detrás de su fachada despreocupada, Niki era un apasionado buscador de tesoros. Que se conocía todas y cada una de las piedras del bosque, todos y cada uno de los rastros humanos y animales. Que había visto cosas indescriptibles con otros buscadores de tesoros, lo que explicaba su pelo gris.

Hay rumores de que un nuevo equipo está abriendo de nuevo las minas inundadas, y puede que Niki esté entre las primeras personas que le echen un vistazo a lo que sea que hay ahí dentro. Le deseo suerte.

agua fría

El nombre del último cheshma antes del tramo del bosque en tierra de nadie. Los lugareños lo llaman Kreynero, una distorsión de las palabras «agua fría» en griego, kryo nero. Se encuentra en una vieja carretera de pastoreo que se dirige a Turquía, justo a la salida del pueblo del valle, y su pila de piedra aún tiene esculpida una estrella soviética borrosa con fecha de 1971. El agua del Kreynero hace honor a su nombre: es fría, sabrosa y tan pesada como el hierro. Da igual cuánto bebas, no puedes saciarte. Y da igual de dónde vengas, dicen que si bebes de él tres veces seguirás volviendo a este valle que se encuentra entre Bulgaria y Turquía, aunque no parece ninguno de los dos sitios. Es como un lugar sin país.

Seguirás volviendo aunque no sepas por qué.

Peregrinos

Una tarde, cuando la niebla se levantó del río, fría y viscosa sobre la piel como un fantasma, llegó un chico belga al pueblo del valle. Llevaba un sucio sombrero de piel encima de la quemadura del sol y había caminado veinte kilómetros para llegar aquí. Estaba sentada junto a las luces para mosquitos de La Disco con un plato de hígado frito. Yo era la única cliente. Dejó la mochila en el suelo y pidió una cerveza.

—¿Dónde está la gente? —preguntó él.

Me encogí de hombros. Había visto los viejos y abollados cuatro por cuatro desaparecer en la niebla: era una buena noche para cazar jabalíes. Minka le puso una cerveza delante.

—Que aproveche —dijo con rotundidad, y se sentó en su mesa a mirar la niebla.

—¿Por qué has caminado un trecho tan largo? —le pregunté al belga.

—Je ne sais pas —dijo, encogiéndose de hombros, exhausto y a medio camino entre contento y triste.

Pero sí lo sabía. Estaba creando un inventario de plantas de la montaña de esta región –treinta mil de momento, dijo–. Para estar cerca de las plantas hay que andar. El año anterior se había recorrido la cordillera de los Balcanes. Este año, Strandja. El próximo, los Ródope.

—Soy jardinero —dijo—. ¿Sabes dónde puedo pasar la noche?

Miró en dirección al final del pueblo, donde el río seguía un camino sinuoso hacia una tierra de nadie, marcada por el Kreynero, y más allá solo había tortugas grandes que continuaban su viaje y pequeñas capillas con agiasmas subterráneos que burbujeaban de repente.

—¿Puedo ir por ahí? —preguntó.

Por ahí está la frontera, dije.

Pareció sorprendido. —¿Qué país está por ahí?

Turquía, dije, y pareció desconcertado. No pensaba desde el punto de vista de los países, pensaba desde el de los ecosistemas. Lo llevé a la calle empinada donde vivía Ivo, el herborista. Estaba ocupado colocando rodajas de calabacín sobre la mesa de la cocina para que se secaran al aire.

Ivo tenía un heroico bigote blanco y había dirigido un negocio de hierbas medicinales hasta que se produjo la catástrofe: un camión que llevaba un envío de plantas quedó atrapado en una riada en el Danubio. No tenía seguro y la quiebra lo obligó a retirarse aquí, a la casa de vacaciones que había comprado hacía veinticinco años cuando su hija estaba marchitándose en la ciudad por culpa de una enfermedad de los bronquios. Tenía que ver con las plantas y la altitud de aquí, en Strandja había algo que curaba, dijo Ivo. Su hija se recuperó y siguió su camino, pero Ivo se quedó.

En el jardín de Ivo crecían berenjenas pesadas como granadas. Y fabricaba un ungüento curativo especial que lo arreglaba todo, desde cortes profundos hasta dolores de espalda, desde la psoriasis hasta la alopecia. La receta era un secreto porque esperaba patentarla y hacer un poco de dinero por fin.

—Están muy ricos en los risottos —dijo refiriéndose a los calabacines—. ¿Quién es el chico?

A continuación, hubo un complicado diálogo en alemán, francés, ruso, flamenco e inglés. De todos estos, los dos jardineros no tenían ni un solo idioma en común, pero no les hacía falta. Aquí estaban todas las plantas que compartían, frescas y secas, en muselina y en jarrones, colgadas en manojos y creciendo de manera audible en la negra tierra de la noche.

Enfrente del herborista estaban los belgas irlandeses. Estaban construyendo dos casas para un propietario danés. Venían todos los veranos: el paterfamilias, la esposa, cuatro hijos rubios y distintos amigos tatuados. Bajaban al pueblo por las tardes a comprar cerveza por cajas.

¿Cómo se puede tardar diez años en construir dos casas?, murmuraban los lugareños. Cualquiera pensaría que estaban construyendo Versalles. Aunque su costumbre en La Disco era muy bienvenida.

—Que aproveche —dijo Minka mientras ponía espumosas jarras de cerveza delante de los distintos belgas. El irlandés era un emprendedor. Tenía una fábrica que producía mesas de billar («ahí es donde hago dinero»), una consultoría para extranjeros que compran inmuebles en Bulgaria y Rumanía («pobres desgraciados») y quería comprar una fábrica de la época soviética que estaba en la costa («una pesadilla»). Los hijos eran treintañeros, de mirada absorta, y el tono dorado de su juventud había comenzado a desvanecerse. Su padre, mientras tanto, había olvidado envejecer.

Pero ¿por qué venir desde tan lejos para construir una casa en medio de edificios militares que se caían a trozos y camiones soviéticos oxidados, en lo alto de aquella colina olvidada?

El irlandés belga se encogió de hombros.

—Porque es bonito. Además —dijo en su inglés de irlandés belga—, en cuanto pierdes tus raíces, no importa mucho a dónde vayas, ¿no crees?—. Me miró con un interés repentino. —¿Y tú qué estás haciendo aquí?

Me encogí de hombros. Precisamente, cuando has perdido las raíces cada lugar al que vas importa muchísimo. Pero él había seguido adelante con sus hijos. Dos años después dejaron de venir y dejaron sin terminar las casas de los daneses en lo alto de la colina. Tal vez solo habían bebido una vez del Kreynero.

Una tarde estaba sentada en mi mesa habitual de La Disco con un zumo de cereza importado de Turquía a través de Alemania –a pesar de que en los jardines abandonados que había aquí llovían cerezas– cuando un tropel de ciclistas llegó a la plaza. Eran españoles.

—Españoles no —me corrigió el hombre que estaba sentado en la mesa de al lado—. Vascos.

Tenía la pierna vendada. —Un esguince —dijo en español—, y ahora no puedo montar en bicicleta. Tengo que sentarme con el conductor y mirar a los demás.

No parecía resentido por ello, pero sus ojos de insecto estaban inquietos, buscaban algo sobre lo que posarse. Mientras los otros sacaban las bicicletas de la camioneta blanca siguiendo las instrucciones de su guía, él pidió un zumo de cereza.

—¿Vives en Escocia?—. Se le iluminó la cara. —Escocia tiene que conseguir la independencia. Porque así los vascos podremos hacerlo después.

Era el verano del referéndum por la independencia escocesa.

—Hasta me haría terrorista y me metería en eta si hace falta, porque son héroes. El colonialismo español debe acabar. El colonialismo inglés también. ¡Abajo el imperialismo!

—Que aproveche—. Minka le puso el zumo delante.

Cambié de tema.

—¿Por qué monto en bicicleta? Porque así te mantienes cerca de tu entorno —dijo—. Lo huelo, lo toco. He ido en bicicleta por toda Europa: Francia, España, Italia, Croacia. Pero Bulgaria es la zona más increíble de todas.

—¿De verdad?

—Oh, sí, porque es salvaje. Y lo salvaje se está muriendo. En cuanto desaparezca, ya no volverá.

—He oído que el País Vasco también es bonito —dije intentando no mencionar España.

—No es cuestión de belleza, ¿sabes? Las raíces van más allá. Esté donde esté, nunca olvido que soy vasco.

Se levantó y cojeó hasta la camioneta mientras sus amigos se alejaban en sus bicicletas por la carretera desconchada que conducía a Kreynero, con gritos de alegría. Antes de subirse a la cabina del conductor, me dijo adiós con la mano y gritó en español:

—¡Saludos a los escoceses de parte de los vascos!

Le devolví el saludo de parte del pueblo escocés, tratando de no hacerlo también de parte del inglés o del galés, ¿y debería pensar siquiera en Irlanda del Norte?

Otro desconocido se sentó en la mesa más alejada, llevaba una cámara. Había llegado discretamente, como queriendo ser invisible. No había coche, había conseguido que alguien lo trajera. Tenía cuarenta y tantos y un rostro emotivo que se alegraba y se entristecía con facilidad. Empezamos a charlar.

Se llamaba Nevzat y era turco, de un pueblo de la montaña justo al otro lado de la frontera.

Darmowy fragment się skończył.

52,73 zł