Czytaj książkę: «Escapando del laberinto del abuso espiritual»
Escapando del laberinto
del abuso espiritual
EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago,Chile
www.ediciones.uc.cl
Escapando del laberinto del abuso espiritual.
Cómo crear culturas cristianas sanas.
Lisa Oakley y Justin Humphreys
Escaping the Maze of Spiritual Abuse: Creating Healthy Christian Cultures, London 2019 (spck.org.uk)
Versión española
© Inscripción Nº 2021-A-5024
Derechos reservados
Junio 2021
ISBN N° 978-956-14-2827-0
ISBN digital N° 978-956-14-2828-7
Portada: laberinto de la catedral de san Martín de Lucca, Italia
Diseño: Χάριτος γραφική
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Diagramación digital: ebooks Patagonia
info@ebookspatagonia.com www.ebookspatagonia.com
Oakley, Lisa, autor.
Escapando del laberinto del abuso espiritual: cómo crear culturas cristianas sanas / Lisa Oakley y Justin Humphreys; edición española preparada por Samuel Fernández; traducción de Melissa Chávez Argandoña, English UC Language Center.
Incluye bibliografía.
1. Vida cristiana.
2. Autoridad – Aspectos religiosos – Cristianismo.
I. t.
II. Humphreys, Justin, autor.
III. Escaping the Maze of Spiritual Abuse: Creating Healthy Christian Cultures. Español
2021 248.4 + DDC23 RDA
Escapando del laberinto
del abuso espiritual
Cómo crear culturas cristianas sanas
Lisa Oakley y Justin Humphreys

Contenidos
Prólogo a la edición en español
Presentación por Mark Stibbe
Introducción
1. El cuadro emergente del abuso espiritual
2. El problema de la definición, ¿de qué estamos hablando?
3. ¿Cuáles son las características del abuso espiritual?
4. ¿Cómo te hace sentir? El impacto del abuso espiritual
5. Responder bien al que cuenta su historia de abuso espiritual
6. El desafío de un liderazgo auténtico
7. Crear culturas más seguras y entornos más sanos
8. ¿Cuál es el siguiente paso?
Bibliografía
Siglas
LO Lisa Oakley, The Experience of Spiritual Abuse in the UK Christian Church. PhD, Manchester Metropolitan University, 2009.
O&K Lisa Oakley – Kathryn Kinmond, Church Experience Survey, investigación realizada entree 2021 y 2013.
O&HLisa Oakley – Justin Humphreys, Understanding Spiritual Abuse in Christian Communities, investigación realizada en 2017.
Prólogo a la edición en español
Lisa Oakley y Justin Humphreys han escrito un libro pionero y, a la vez, de alerta, análisis y reflexión sobre el abuso espiritual en ambientes religiosos. L. Oakley ya había publicado en conjunto con Kathryn Kinmond, Breaking the Silence on Spiritual Abuse (Palgrave Macmillan, 2013), una amplia investigación académica sobre abuso espiritual, pero se le había solicitado insistentemente que escribiera un libro similar al alcance del público general. Su coautor, J. Humphreys ha sido responsable de una plataforma de consejería, prevención y educación en abuso espiritual llamada thirtyone:eight, que hace referencia al versículo 31,8 del libro de los Proverbios, “abre tu boca en favor del que no tienen voz, por los derechos de todos los desvalidos”, que es un esfuerzo por construir ambientes eclesiales sanos y seguros. El resultado ha sido un libro fresco, ágil y accesible, de enorme utilidad para grupos religiosos de diferentes confesiones, educadores y líderes religiosos, y también terapeutas que deben lidiar con traumas asociados a la coerción espiritual.
El abuso espiritual es una forma del abuso emocional y psicológico que, no obstante, utiliza los recursos que provee la religión para ejercer coacción sobre personas y grupos. Ofrecer una definición precisa de abuso espiritual ha debido afronta una doble tensión. Por una parte, la que proviene de las iglesias, que le preocupa asociar ambos términos (puesto que el espíritu es el vehículo característico de la libertad) y que buscan trazar el límite respecto de una labor de la guía espiritual que implica muchas veces obediencia y resignación. ¿Dónde se trazan los límites para las exigencias de obediencia, mansedumbre y humildad que son propias de la vida religiosa? Y, por otra parte, los especialistas que no ven razón para agregar algo específico a las definiciones corrientes de abuso emocional y psicológico, y rara vez sopesan las particularidades de la coacción religiosamente motivada. En el desfiladero de ambas objeciones, los autores han logrado sacar adelante el concepto de abuso espiritual y han abierto un área de investigación, alerta e intervención que lleva consigo la promesa de crear ambientes de vida y de dirección espiritual más sanos para todas las obras religiosas, parroquias, conventos, colegios y residencias.
Tras una larga actividad de investigación empírica, este libro es capaz de identificar con cierta precisión los síntomas propios del control coercitivo. Algunos de estos síntomas se repiten por doquier: la presión del líder para proporcionar cada vez más tiempo y servicio para la obra (ojalá dedicación exclusiva), la exacerbación de la unidad de creencias del grupo (todos debemos pensar lo mismo), la intolerancia frente al disenso (no haga preguntas), la exigencia de guardar silencio sobre lo que sucede dentro del grupo (la ropa sucia se lava en casa), la petición de rendir cuentas sobre cada cosa, de manera frecuente y minuciosa, el sentimiento de pertenecer a un grupo selecto y exclusivo (portador de ideas y un modo de vida superior al del resto). Pero hay especificidades del abuso propiamente espiritual comenzando por el uso coercitivo de las Escrituras para fundamentar exigencias de obediencia y docilidad indebidas, hasta extremos como el uso de 2 Samuel 7,14: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Y si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres”. La invocación del nombre de Dios, el uso de la vocación ministerial para imponerse sobre los demás, o la amenaza de consecuencias espirituales para quienes disienten son diversas formas de presión que configuran propiamente el abuso espiritual. Este libro está basado casi enteramente en la experiencia de la iglesia anglicana, donde las Escrituras juegan un rol preponderante y la apelación del ministerio pastoral es menos apremiante para los fieles (aunque se previene respecto de la “adoración del pastor”). Por ello, este libro no ofrece una reflexión específica sobre las condiciones institucionales del abuso espiritual en ámbito católico, pero abre una línea de investigación fructífera que puede ser aprovechada para un análisis comprensivo y comparado en diversas confesiones religiosas.
Este libro muestra su principal fortaleza no solamente en la definición y delimitación cuidadosa del concepto de abuso espiritual, sino en su propuesta acerca de las condiciones para crear una cultura sana y segura en ambientes religiosos. En esto se aprovecha la vasta experiencia de consejería y prevención de thirtyone:eight. Una cultura organizacional debe promover conductas reflexivas, compartidas y sostenidas en el tiempo, que se vuelven una práctica corriente en los grupos religiosos. No basta con escribir manuales de prevención ni ofrecer recomendaciones de buenas prácticas. Un ambiente eclesial saludable debe animar a todas las personas a conservar su libertad de actuar y pensar (algo que se muestra en la posibilidad real de disentir en la organización), contar con mecanismos regulares de supervisión, brindar medios de apoyo para quienes experimentan problemas, exigir una formación adecuada para quienes ejercen posiciones de liderazgo (entre otras cosas, porque se ha visto que mucho del abuso se produce sin malicia ni premeditación) y propender hacia una toma de conciencia general acerca de la realidad del abuso espiritual que aumente la alerta y la capacidad de respuesta. Un amplio abanico de observaciones que provienen de la experiencia de muchísimos casos de abuso analizados por los autores y una miríada de consejos muy detallados sobre la manera de reconocer y actuar sobre los síntomas de abuso dan la tónica de un libro indispensable para abrir la reflexión sobre el abuso espiritual que también se ejerce en nuestros ambientes eclesiales y que necesitamos urgentemente evitar y prevenir.
Eduardo Valenzuela
Centro CUIDA
Pontificia Universidad Católica de Chile
Presentación por Mark Stibbe
Para mí el 2017 fue un año traumático. Justo antes de que comenzara, Cathy Newman de Channel 4 News me pidió que nos reuniéramos para conversar sobre John Smyth, consejero de la reina ya retirado al que estaba investigando. Cuando recibí su correo electrónico fue un shock escuchar su nombre de nuevo. John Smyth había sido un referente en los campamentos cristianos a los que asistí en Iwerne Minster, Dorset, a finales de los años 70 y principios de los 80. Mucha gente lo conocía por ser la mano derecha de la activista social Mary Whitehouse en la misma época, a quien ayudó a procesar a aquellos que consideraba culpables de blasfemia e inmoralidad. Algunas personas lo conocían como un orador cristiano popular y dinámico dentro del mundo anglicano-evangélico conservador. Otros, unos 20 de nosotros, lo conocíamos como un abusador de hombres jóvenes y niños durante nuestra época escolar y universitaria. Cuando Cathy me llamó, me fui a pique. Con el trauma ya enterrado, casi no había pensado en él durante 35 años y mucho menos hablado de lo que sucedió.
Si bien me tomó varios días recuperarme, acepté ver a Cathy extraoficialmente y nos reunimos en un Starbucks cerca de Londres en noviembre de 2016. Me dijo que sabía mucha de las cosas que Smyth había hecho y quería confirmar si yo era una de sus víctimas. Le dije que sí. En ese momento, no estaba preparado para hablar en cámara. Después de conversar con varias de sus víctimas –algunas todavía muy heridas como para hablar en público– sentí que tenía que ser la voz de aquellos cuyas vidas Smyth había dañado, y en algunos casos arruinado. En diciembre de ese año, permití que Cathy me grabara en cámara. La entrevista apareció en dos grandes titulares de noticias en el Reino Unido, a principios de febrero de 20171. Posteriormente, también hablé sobre el encubrimiento del abuso, y el maltrato de los sobrevivientes de Smyth en la BBC y otros medios de comunicación2.
Para los sobrevivientes del abuso de Smyth –que ahora estábamos conectados– comenzó un lento y doloroso proceso de lidiar no solo con una, sino con dos historias de nuestras vidas. En primer lugar, estaba la forma en que Smyth fue protegido descaradamente cuando Mark Ruston reveló sus actos por primera vez en 1982, y cómo los sobrevivientes fuimos descuidados vergonzosamente. Descubrir lo que realmente sucedió en aquel entonces y también más recientemente, implicó una investigación rigurosa. Todo esto sirvió para destapar un patrón familiar cuando se trata de abuso histórico: la tendencia de una institución u organización a protegerse a sí misma y su reputación en lugar de apoyar a aquellos que han quedado traumatizados.
En segundo lugar, estaba la historia del propio Smyth. Algunos nos preguntamos cómo es que más de 20 jóvenes supuestamente inteligentes fuimos engañados por él hasta el punto de creer que Dios quería que nos golpeara salvajemente con un bastón. En el caso de uno de mis amigos, 800 veces durante el transcurso de un día. ¿Cómo llegamos a aceptar un trato tan brutal? ¿Cómo se las arregló Smyth para obtener nuestro consentimiento?
Después de que se supo la noticia en 2017, me propuse tratar de responder esa pregunta y fue durante ese tiempo que encontré un libro de la Dra. Lisa Oakley y la Dra. Kathryn Kinmond, Breaking the Silence on Spiritual Abuse [Romper el silencio sobre el abuso espiritual]. Comprarlo me costó un ojo de la cara (¡una de las muchas razones por las que agradezco este nuevo volumen!), pero valió la pena cada peso. Al leerlo, me di cuenta de que las autoras estaban describiendo exactamente lo que nosotros vivimos en manos de Smyth. Sí, su abuso tenía un componente físico que eran las golpizas mismas. Sí, también tenía un componente psicológico y emocional. Pero lo que John Smyth nos hizo fue ante todo un abuso espiritual. Sin la dimensión espiritual de su comportamiento, no habría habido ningún abuso. Nunca habría logrado obtener nuestra cooperación a lo largo del tiempo.
En este nuevo libro que marca un hito, del que Lisa es coautora con Justin Humphreys, el abuso espiritual se define como “una forma de abuso emocional y psicológico, que se caracteriza por un patrón sistemático de comportamiento coercitivo y controlador en un contexto religioso. Este puede tener un impacto profundamente dañino en quienes lo experimentan”. He vivido el abuso espiritual en este sentido tres veces en mi vida, en primer lugar, a manos de John Smyth. Él me expuso a un patrón sistemático de control coercitivo en el contexto de los campamentos de Iwerne y en el foro cristiano en el que estos campamentos influyeron, a través de él, en mi escuela. Decir que su forma de abuso espiritual hizo un daño enorme sería quedarse corto.
En el capítulo 3, los autores describen 12 características del abuso espiritual. Podría escribir un libro completo sobre cómo estos rasgos eran visibles y tangibles dentro del grupo de jóvenes y niños de Smyth, pero me limitaré a hacer un resumen.
La coerción para amoldarse
Mientras era alumno en la escuela, y especialmente mientras estudiaba en la universidad, la presión que sentí para conformarme con la versión legalista del cristianismo de Smyth fue a veces abrumadora. Empleó tácticas clásicas de “interiorismo”, como las describió tan elocuentemente C. S. Lewis: “Era tan terrible ver la cara de ese otro hombre, ese rostro afable, reservado y deliciosamente sofisticado, volverse repentinamente frío y despectivo, al saber que has sido juzgado por el círculo interior y te ha rechazado”3. Leer eso ahora, especialmente la descripción del rostro de quien ejerce la coacción me pone la piel de gallina, porque describe perfectamente a Smyth. Como líder espiritual, me presentó un rostro cálido y afable mientras me adecuaba con su enseñanza. Yo sabía que rebelarse de cualquier forma contra sus puntos de vista significaría un rechazo. Jugaba con el miedo que todos teníamos que su rostro se volviera repentinamente “frío y despectivo”.
Aprovechamiento
Smyth se aprovechaba de los muchachos que necesitaban una figura paterna y una familia. Todos éramos alumnos de internado. Todos habíamos experimentado la ruptura de los lazos con los padres, la familia y el hogar. Todos estábamos abiertos a las preocupaciones paternas de Smyth y a la hospitalidad que él y su esposa, Anne, ofrecían en su casa de Hampshire. Smyth elegía a niños atractivos que tenían una necesidad desesperada de apego seguro. Hablaba de ser un “padre espiritual” para nosotros, usaba el lenguaje espiritual para apelar a nuestra necesidad psicológica de sentirnos dignos de amor y pertenencia.
Manipulación
Los métodos de manipulación de Smyth tomaron muchas formas, porque su “artimaña” (para citar a uno de los profesores de Winchester College) era extrema. Su principal táctica era convertir las Escrituras en un arma y usarlas para inducir una religión de miedo y obediencia. Al carecer de una teología sólida del Espíritu Santo – especialmente el ministerio de adopción del Espíritu– nos manipuló a todos para que volviéramos a recaer en el temor (Romanos 8,15). En lugar de convertirnos en hijos espirituales de un padre perfecto, nos convertimos en esclavos de un hombre que asumió el lugar y el papel de padre en nuestras vidas. El miedo se volvió una forma de vida.
Posición divina
Cuando el canónigo Mark Ruston escribió su informe en marzo de 1982 donde exponía la horrorosa y criminal escala de los abusos, planteó que Smyth había socavado los principios fundamentales de la Reforma al establecerse como mediador entre las víctimas y Dios, reduciendo así la eficacia de la expiación. Es cierto, pero fue peor que esto. Smyth nos dijo que “como Dios es tu padre en el cielo, no puede serlo en la tierra, por eso yo seré tu padre espiritual”4. Eso es peor que hacer el papel de mediador, es erigirse como Dios, asumiendo una posición divina.
Rendición de cuentas forzada
Como padre espiritual, Smyth insistió en una relación de despiadada rendición de cuentas entre sus víctimas y él mismo. Nos dijo que no solo teníamos que hablarle de nuestros planes, sino también de nuestros pecados. Recuerdo que era particularmente estricto con las películas. Consideraba que la mayoría de las películas eran del diablo, así que la única que vi en el cine durante mi época universitaria fue Carros de fuego, un film que mostraba la versión del “cristianismo musculoso” de Smyth. Sobre todo, estaba profundamente obsesionado con la masturbación, y con frecuencia nos preguntaba si habíamos caído en ella, lo que generó en todos nosotros una visión tortuosa de la sexualidad humana que, en algunos casos, todavía afecta a algunas de las víctimas.
El ejercicio de control a través del mal uso de las Escrituras
Apenas sé por dónde empezar. Como muestra gráficamente la película El libro de los secretos, la Biblia puede usarse para oprimir a la gente, así como para liberarla, dependiendo del carácter de quien la use. Smyth usaba y abusaba de los pasajes de las Escrituras todo el tiempo, y lo hacía para ejercer control espiritual sobre sus víctimas. Uno de sus versículos favoritos era “aún no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre” (Hebreos 12,4), que reinterpretó de manera sutil y siniestra, y luego empleó como una de las muchas justificaciones para golpearnos hasta que sangráramos. También usó pasajes de las Escrituras sobre los padres que no perdonan la vara y los padres que castigaban a sus hijos, incluso si esa disciplina no era agradable en ese momento (Hebreos 12,5-13).
Censura a la toma de decisiones
Recuerdo vívidamente a Smyth vigilando en forma constante mis decisiones de manera intrusa, especialmente mis elecciones sobre lo que estaba y no estaba permitido en la sexualidad humana y las relaciones. Una vez me dijo que no podía tomarle la mano a una chica hasta que tuviera 25 años. Este es un ejemplo típico de su obsesión de que mantuviéramos una vida de extrema pureza sexual. Insistía en que fuéramos despiadados con el pecado, especialmente el pecado sexual, citando pasajes como Colosenses 3,5-6: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”. Usaba esta metáfora de “haced morir” para animarnos a clavar nuestros pecados en la cruz, especialmente la masturbación. Con el tiempo, esta metáfora se transformó en una aplicación física más literal, con crueles golpizas en el cobertizo de su jardín.
La exigencia de secreto y silencio
Fue solo después del reportaje de Cathy Newman en 2017 que comencé a reconectarme con otras víctimas de Smyth. Cuando lo hice, se volvió inquietantemente claro cómo todos habíamos ocultado secretos no solo a nuestros padres y profesores, sino también entre nosotros durante los años de nuestro abuso (desde 1977 hasta 1982 en mi caso). No cabe duda de que esto fue debido a Smyth.
La exigencia de obediencia al abusador
Smyth usaba su autoridad espiritual no solo para exigir nuestra obediencia, sino para insistir en ella. Usaba Hebreos 13,17 para justificar esta sumisión, como lo han hecho muchos otros líderes espiritualmente abusivos. “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta”. Esta obediencia debía ser total e incuestionable. Toda mi espiritualidad se centraba en complacer a Smyth.
El aislamiento como medio de castigo
Cuando me enamoré de una estudiante de la Universidad de Cambridge –una compañera inglesa y miembro de la Unión Cristiana– Smyth condujo hasta Cambridge y me pidió que eligiera entre ella y él. La elegí a ella.
Desde ese momento, no solo Smyth sino también mis amigos más cercanos (que también fueron víctimas de Smyth) me aislaron e intimidaron. El líder de la Unión Cristiana de mi universidad trató de protegerme durante esta fase, enfrentándose a Smyth y diciéndole que me dejara en paz. Recién el año pasado me confesó que quedó tan traumatizado por cómo lo había tratado él que no aprobó sus exámenes de segundo año. Estaré para siempre agradecido por la forma en que trató de intervenir y detener la coerción y el control que estaba presenciando. Nunca dejaré de horrorizarme por la intimidación espiritual a la que fue sometido.
Superioridad y elitismo
Smyth creía que solo aquellos que se habían convertido en sus hijos espirituales –y que formaban parte del grupo de víctimas que golpeaba en su cobertizo– estaban realmente transitando por el estrecho camino de la salvación. Él estaba especialmente interesado en los escritos de un hombre llamado S. D. Gordon, y su libro favorito era Quiet Talks on Power. En uno de los capítulos, el autor habla de “una bifurcación del camino”. Los que siguen un camino son cristianos que pactan. Los que siguen el otro son los verdaderamente comprometidos. Smyth y los miembros de su grupo eran los que habían elegido el camino correcto. El orgullo espiritual aquí es grotesco. Combinado con el elitismo ya incrustado en la cultura de los internados, este sentido de autoridad espiritual creó un cóctel letal.
A partir de estas breves experiencias, tal vez puedas ver por qué leer sobre el abuso espiritual brindó tal epifanía en mi lenta recuperación del trauma de todos estos recónditos recuerdos de John Smyth. El abuso de Smyth fue principalmente espiritual. Centrarse en las golpizas y reducir su abuso a algo simplemente físico no es simplemente intentar negar la existencia del abuso espiritual, es malinterpretar el proceso del abuso. Cuando Smyth abusó de mí, no fue solo el acto de golpearme, fue todo lo que me llevó a someterme a ese acto. Es también que me haya escogido y corrompido. Todo eso era abusivo, y se basaba en la creencia espiritual de que Dios es nuestro Padre en el cielo, pero no en la tierra, y por lo tanto él, Smyth, tenía que ser ese padre para nosotros. “Yo seré un padre para él, y él me será a mí hijo”, fue su declaración sobre mí (2 Samuel 7,14). Con el tiempo, empezó a citar el resto del versículo para justificar los golpes: “Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres” (2 Samuel 7,14). Decir que solo los azotes fueron abusivos es una simplificación excesiva.
Considero que el libro Escapando del laberinto del abuso espiritual: Cómo crear culturas cristianas sanas no es solo una lectura importante, es vital. Durante el cuarto de siglo que fui vicario, experimenté abuso espiritual a manos de otro líder cristiano, y luego de alguien de una de mis congregaciones5. El abuso espiritual es un fenómeno real y muy generalizado, como lo demuestran tan elocuentemente los dos autores de este volumen. Su propósito no es destruir la Iglesia, es sanarla o, más bien, ayudarla a “crear culturas sanas”, algo que celebro. A lo largo de los años, se le ha dado demasiada atención al crecimiento de la Iglesia y no suficiente atención a su salud. Las cosas sanas crecen, ese es el patrón divino dentro del mundo de la naturaleza y, de hecho, dentro del reino de los cielos.
Soy de la opinión que este libro –que se basa en amplia y convincente evidencia empírica, científicamente reunida– debería ser leído por todas las personas de todas las denominaciones religiosas y en todos los puestos de liderazgo. Debería convertirse en la regla de oro para el liderazgo de servicio en todas las organizaciones cristianas, y debería ser estudiado e implementado por todos aquellos que estén recibiendo formación sobre liderazgo espiritual, en la etapa más temprana posible.
El apóstol Pablo insistió en que todos deberíamos tener la mentalidad de Cristo y adoptar una actitud de humildad y una postura de servicio (Filipenses 2,5-11). Luego citó un himno conocido por su comunidad cristiana en Filipos, en el que se celebra y adora a Jesucristo por no aferrarse a la igualdad con Dios, sino por despojarse de sí mismo, eligiendo convertirse en ser humano. Este acto de vaciamento –en griego, kénosis– no lo hizo para someter a los seres humanos a abusos, como fue el caso de algunos de los dioses de la mitología griega, quienes vinieron a la tierra para abusar de las mujeres6. Fue para servirnos a través de su vida humilde y, finalmente, para morir por nosotros en la cruz.
Esto es lo opuesto al abuso espiritual. De hecho, este es el antídoto para el veneno del abuso espiritual, un veneno que ha debilitado, durante demasiado tiempo, el cuerpo de Cristo. En nuestro mundo post Weinstein, haríamos bien en prestar especial atención a este excelente, innovador e indispensable libro.
Jesucristo nunca parte la caña quebrada, ni apaga la mecha humeante (Isaías 42,3). Nunca es abusivo espiritualmente, y tampoco deberíamos serlo nosotros. Jesucristo trae justicia en la fidelidad (Isaías 42,3), y nosotros también deberíamos hacerlo, especialmente cuando se trata de aquellos que han sufrido abuso espiritual y por quienes nunca se ha hecho justicia. No podemos hacer menos.
John Smyth, quien murió en 2018, escapó de la justicia humana a la que pasó su vida representando, justo después de que la Fiscalía de la Corona decidiera que el caso que había armado la policía de Hampshire había superado con creces el umbral probatorio necesario y que era hora de que Smyth fuera interrogado. La justicia para los sobrevivientes de Smyth, como para tantas otras víctimas de abuso espiritual, no puede hacerse aquí en la tierra, pero podemos lograr algo más. Podemos trabajar para erradicar todas las formas de abuso dentro de la Iglesia, incluyendo el abuso espiritual. Podemos crear culturas sanas. Podemos establecer lugares seguros para que las personas más vulnerables encuentren el camino a casa en los brazos de amor del Padre.
Al embarcarnos en esa búsqueda, tendremos a Lisa Oakley y Justin Humphreys como mentores y guías preocupados. Y por eso debemos estar agradecidos.
Mark Stibbe
Escritor
1. Reportaje del Channel 4 News (Archbishop apologises for historic abuse: the full story). El New York Times ofrece un resumen de mi historia sobre los abusos de Smyth (Dozens Say Christian Leader Made British Boys “Bleed for Jesus”).
2. El reportaje de BBC 1 News, fue realizado por Fiona Lamdin.
3. C. S.Lewis, “The Inner Ring”. Se trata de una conferencia pronunciada en 1944,en el King’s College, Universidad de Londres.
4. Para más información, véase mi artículo sobre los “Savage Fathers” en el periódico Church of England Newspaper <www.churchnewspaper.com/52014/archives>.
5. N.E.Mark Stibbe fue ministro de la Iglesia de Inglaterra y vicario de St. Andrews, Chorleywood, por 12 años.
6. Queda mucho trabajo teológico por hacer acerca de cómo Jesús representa una alternativa a las divinidades abusivas de la religión y de la mitología antiguas, y cómo el mismo Jesús en la cruz se convierte en una víctima de abuso. En lo que respecta a las reflexiones sobre lo primero, estoy en deuda con mi amigo el Dr. Crispin Fletcher-Louis y su artículo inédito, “The Rare Word ἁρπαγμός (Philippians 2.6b): A Fresh Solution”.
Introducción
¿Por qué ahora es el momento adecuado para este libro? Hay otros en esta área (Blue, 1993; Enroth, 1994; Dupont, 2004; Johnson y VanVonderen, 2005; Davis-Weir, 2015; Diederich, 2017). Uno de esos fue coescrito por uno de los autores de este libro (Oakley y Kinmond, 2013). Si bien hay pocos textos que se basen en alguna investigación, gran parte del trabajo hasta la fecha se ha centrado en los Estados Unidos. Esas historias son importantes y, de hecho, parte de lo que hemos escrito aquí se basa en ese material.
Sin embargo, la historia británica es igualmente importante y rara vez se toma en cuenta. El libro Breaking the Silence on Spiritual Abuse se basó en una investigación en el Reino Unido (Oakley y Kinmond, 2013). Desde su publicación, muchos han pedido un libro que sea más fácil de entender. Para ser honesto, el tema clave ha sido a menudo: “¿No puedes escribir algo más barato?”. Además, es necesario considerar este tema dentro de una perspectiva cristiana. Por lo mismo, este volumen combina la investigación, la lectura, el trabajo de casos y las historias en lo que esperamos sea un libro fácil de leer, con un precio asequible.
Ambos autores contribuimos desde nuestra propia experiencia y comprensión personal y profesional y, aunque cada capítulo tuvo un autor principal, ambos aportamos a lo que ahora estás leyendo a través de un proceso de desafío mutuo y colaboración. Las citas que aparecen a lo largo de este libro son frases textuales de aquellas personas que se consideran a sí mismas víctimas de abuso espiritual, aunque sus nombres reales fueron cambiados. Estas citas se usan para destacar un punto o proporcionar un ejemplo de la experiencia vivida, y se recogieron a través de tres piezas clave de la investigación. En primer lugar, el doctorado de Lisa sobre el abuso espiritual en la fe cristiana en el Reino Unido7, que recogió historias detalladas de abuso espiritual de individuos de diversas denominaciones cristianas (las citas tomadas de este estudio se indican con la abreviatura LO). En segundo lugar, una encuesta sobre la experiencia de la Iglesia8 que se llevó a cabo entre 2012 y 2013, en la que 525 personas respondieron a preguntas relacionadas con las características clave del abuso espiritual (las citas tomadas de este estudio se indican con la sigla O&K). Finalmente, el material recopilado a partir de una investigación más reciente sobre este tema9, llevada a cabo por Lisa y Justin en 2017: en esta encuesta, 1.531 personas respondieron preguntas específicas sobre el abuso espiritual, de las cuales 1.002 indicaron haber tenido la experiencia personalmente (las citas tomadas de este estudio se indican con la sigla O&H). Por lo tanto, el libro tiene una clara base probatoria, pero está escrito de una manera que debería permitir un fácil acceso para entender los hallazgos y las implicaciones de nuestra investigación.
Vivimos en una época en la que se han descubierto muchas historias de abusos. El escándalo que rodea al productor de cine de Hollywood Harvey Weinstein ha llevado a un creciente reconocimiento del abuso como una experiencia a menudo oculta, algo más común de lo que se solía reconocer. Somos parte de un tiempo en que se presta cada vez más atención a la coacción y el control. En 2013, la definición británica de violencia y abuso doméstico cambió para incluir el control coercitivo como una forma de abuso y un factor en esta experiencia. Hasta la fecha, esto se refiere a los que están –o han estado– en una relación íntima o en una relación familiar entre sí. Sin embargo, muestra que se está comenzando a reconocer que la coacción y el control son dañinos, y que necesitamos saber más sobre ellos. Si bien muchas de las historias compartidas son externas al contexto de la fe cristiana, a medida que se cuentan más historias, existe una comprensión cada vez mayor de que el control coercitivo ocurre en estos contextos.
Por lo tanto, es oportuno e importante pensar en esta cuestión ahora. La Iglesia a menudo se encuentra en la posición de tener que responder a las acusaciones de abuso y, por lo tanto, con frecuencia es vista como reactiva, respondiendo a los testimonios a medida que aparecen. Nuestra esperanza es que este libro sea, al menos en parte, proactivo, que exponga los temas y nos ayude a pensar en ellos, para que la Iglesia pueda estar a la vanguardia en enfrentar el control coercitivo y ayudar a otros a hacerlo.
En ocasiones hemos recibido críticas porque nuestro trabajo se centra en la fe cristiana y la gente siente que al hacerlo podríamos estar dándole al mundo otra razón para criticar a la Iglesia. Pero nuestra investigación se centra en la fe cristiana porque es la que ambos compartimos. Es el contexto de fe en el que trabajamos, entendemos y nos sentimos más conectados. No estamos diciendo que el abuso espiritual solo ocurre dentro del contexto de la fe cristiana. En eventos multi-religiosos nos han dicho que nuestro trabajo es transversalmente relevante en las tradiciones religiosas, y en el futuro otros podrían escribir sobre el abuso espiritual en diferentes tradiciones. Si bien estamos centrados en la fe de la que somos parte, y en apoyar a la Iglesia Cristiana para prevenir y responder mejor al abuso espiritual, de ninguna manera estamos diciendo que el abuso espiritual solo ocurre en el contexto cristiano.
* * *
A Lisa le gustaría agradecer principalmente a los sobrevivientes que han compartido sus historias y a todos los participantes de las encuestas de manera que podamos entender mejor esta área. Para algunos esto significó un costo mayor, por lo que es importante comenzar dándoles las gracias. Palabras de Lisa:
No quisiera dejar de agradecer a mis directores del doctorado por su apoyo al comienzo de mi camino de investigación en esta área. Estoy muy agradecida de que la Dra. Kathryn Kinmond haya continuado trabajando conmigo y mejorando la calidad de la investigación y el trabajo en esta área, y por su infalible amistad. También agradezco el constante apoyo de la organización benéfica Thirtyone:eight en mi trabajo sobre el abuso espiritual. Es gracias a su estímulo y financiamiento que pudimos continuar este trabajo al punto de escribir un libro. En esta labor, Justin Humphreys ha sido una fuente de apoyo, un amigo crítico y un dedicado coautor. Su determinación de “hacer lo correcto” y de defender a los vulnerables es admirable.
También estoy agradecida de aquellos –demasiados para nombrarlos– que me han animado a lo largo de los años a seguir adelante. En este camino, he recibido apoyo de grupos religiosos, círculos académicos y organismos oficiales.
Pero nada de esto hubiera sido posible sin mi familia: mi marido, Tim, mis hijas y yernos, Bethan, Sarah, Jacob y Will, y mis increíbles padres John y Margaret. Ellos son mi mayor fuente de apoyo y mi mayor alegría. Aunque mi fe es central y profunda, no siempre hablo de ella, pero define quién soy. Mi esperanza es que este libro sea una herramienta que ayude a la Iglesia para que sea un lugar donde la gente esté segura y pueda florecer en todo lo que está destinada a ser.
Justin quiere agradecerles a todos aquellos que han compartido alguna parte de su camino hasta ahora, más recientemente, a sus amigos y colegas de Thirtyone:eight y al consejo directivo por su fiel apoyo y estímulo. Palabras de Justin:
Al tratar un tema tan emotivo y lleno de perspectivas divergentes, nunca dejan de sorprenderme las fuentes de apoyo que se han hecho evidentes a lo largo del camino. Igualmente, tengo el privilegio de mirar hacia atrás a lo largo de muchos años, en los que he podido ver personas y experiencias que han formado mi propio camino cristiano: desde ser alentado en mis propios dones y ministerio cuando era joven, recibir la confianza para compartirlos públicamente como adulto, hasta las tranquilas palabras de sabiduría compartidas por amigos y líderes de la Iglesia. Espero que todos sepan quiénes son y lo increíblemente agradecido que estoy.
Creo que Escapando del laberinto del abuso espiritual no existiría sin el trabajo de mi buena amiga y colega Lisa Oakley. Ha sido un privilegio compartir en este proyecto y en muchos otros en los últimos años. Me sigue inspirando tu persistencia, coraje y amor puro por la Iglesia. Sin tu fe en que este libro era posible, habría un permanente vacío en el que muchas personas seguirían luchando sin respuestas a sus experiencias y preocupaciones.
Finalmente –y como siempre– sin el amor, la fe y la dedicación de mi esposa Hayley, gran parte de lo que lo que soy y busco ser no sería posible. Para acuñar un término muy usado: ¡eres mi roca! Sabiendo que sigo siendo un valioso “trabajo en progreso” al servicio de mi Salvador, rezo para que este libro aporte algo positivo al cuerpo de Cristo en todo el mundo.
Lisa y Justin
7. N.E. Lisa Oakley, The Experience of Spiritual Abuse in the UK Christian Church, 2009. Tesis de Doctorado (PhD), Manchester Metropolitan University.
8. N.E. El nombre de la investigación es Church Experience Survey y parte de sus resultados están publicados en Lisa Oakley – Kathryn Kinmond, “Developing Safeguarding Policy and Practice for Spiritual Abuse”, The Journal of Adult Protection, 16 (2014) 87–95.
9. N.E. Lisa Oakley – Justin Humphreys, Understanding Spiritual Abuse in Christian Communities, 2017.
1
El cuadro emergente del abuso espiritual
“Sería útil que este tema fuera más ampliamente reconocido, explicado y explorado en las iglesias de todas las denominaciones” (O&H).
Navegar por el laberinto
Cuando era niño o joven –dice Justin– recuerdo haber sentido emoción, miedo, y ganas de competir y colaborar cuando recorría laberintos en parques temáticos y casas de campo históricas. De niño entraba en ellos con una sensación de emoción porque quería ser el primero en encontrar el camino hacia la salida, antes que mis amigos o familia. En ocasiones, mi entusiasmo se convertía en miedo, ya que invariablemente volvía a los mismos puntos que ya había pasado varias veces antes y me preguntaba si alguna vez encontraría la salida. Llegar a callejones sin salida y entrar en caminos que eran solo vueltas de regreso al mismo lugar eran parte del desafío planteado por el diseñador del laberinto. La analogía del laberinto es una imagen poderosa del camino que emprenderás en este libro. Para llegar a explorar las características de las culturas cristianas sanas debemos primero navegar la difícil experiencia del abuso espiritual.
Puede parecer extraño pasar un tiempo considerable discutiendo el abuso espiritual en un libro que también busca explorar la creación de culturas cristianas sanas. Sin embargo, creemos que realmente no podemos explorar lo que es sano sin antes examinar lo que no lo es. Si realmente queremos construir culturas más sanas debemos entrar en el laberinto, mirar los callejones sin salida, investigar los caminos en círculo, explorar las múltiples rutas y finalmente encontrar la salida. Además de esto, también dedicaremos tiempo a considerar lo que es sano, ya que centrarse en lo que es bueno y sano es igualmente útil para evitar lo que no lo es. Así estaremos en una mejor posición para guiar a otros a través del laberinto e, idealmente, evitar que algunos entren en él.
¿Quién quiere estar en una Iglesia como esta?
“¡Eso me pasó a mí, y nunca nadie me creyó!” Los ojos de la mujer estaban llenos de lágrimas cuando se detuvo frente a mí en un salón repleto de gente –recuerda Lisa–. Estábamos tratando el tema del abuso espiritual y por primera vez ella escuchó su historia en voz alta. El impacto fue tan grande que en medio de la charla fue incapaz de permanecer en su asiento. Necesitaba hablar y ser escuchada. La imagen de ese momento está grabada en mi mente. Su dolor y alivio eran claramente visibles mientras hablaba: el sufrimiento de lo que había experimentado y el alivio de finalmente escucharlo en palabras. Estaba claro que su historia –y la de muchos otros– requería ser oída y respondida. Necesitábamos entender cómo la coerción y el control pueden desarrollarse en las relaciones cristianas, ya que “deja a la gente sintiéndose aplastada e indefensa” (LO). La Iglesia está lentamente aceptando el hecho de que el abuso sexual ocurre dentro de sus muros y que pasan cosas horribles en lugares donde no debería. Necesitamos alzar la mano sobre el abuso espiritual y reconocer que a veces las cosas han salido mal. Personas han sido controladas y han salido dañadas. Como dijo alguien, ella se sintió “insegura en un lugar que debería ser seguro” (LO).
Por otro lado, en una conferencia nacional que dirigió el CCPAS (ahora Thirtyone:eight) y que se celebró en 2017 en el Reino Unido para los coordinadores de prevención, hubo un debate sobre la cultura eclesiástica sana y sus características clave. Esta discusión incluía estar en una Iglesia donde podías hacer preguntas, estar en desacuerdo (¡con respeto!), trabajar en tu propio itinerario espiritual y ser nutrido mientras alimentabas a otros. Tras la conversación, se planteó la pregunta: “¿Quién quiere pertenecer a una Iglesia como esta?” La respuesta fue unánime: todos querían pertenecer a una institución sana. No fue una respuesta sorprendente, pero surgió dentro de una discusión sobre el abuso espiritual. Las personas que asistían a la conferencia habían estado en un itinerario, que comenzó con ellos explorando el abuso espiritual y que terminó con ellos enfocándose en la cultura sana de la Iglesia. Al principio de la charla se les animó a decir que “lo mejor estaba por venir”.
Para explorar el tema de la cultura sana de una manera equilibrada, debemos considerar qué tan buenas pueden ser las cosas y, al mismo tiempo, ser honestos cuando van mal. Este es el itinerario que nos gustaría emprender en este libro. Para ello, dedicaremos tiempo a comprender y explorar lo que es el abuso espiritual y lo que causa en la gente, y luego pasaremos a revisar lo que es un liderazgo sano y una cultura cristiana sana.
El desafío de explorar el abuso espiritual
“La verdad es que la gente no quiere que el mundo piense que la Iglesia que predica amor no puede vivirlo” (LO)
Explorar este tema es un desafío. Un encuestado declaró que el silencio sobre el abuso espiritual “a menudo deja a las víctimas transitando por un camino solitario e incomprendido, y el silencio nos impide darnos cuenta de la magnitud del problema en nuestras iglesias” (LO). El tema del abuso espiritual es difícil de abordar para cualquier cristiano, atraviesa el corazón del mensaje del amor, la libertad y la gracia. Puede hacernos sentir incómodos, inquietos e inseguros. En sí mismo suscita fuertes reacciones de los cristianos. Una persona nos dijo que al plantear esto, ¡estábamos “haciendo el trabajo del diablo”! Otro sugirió que nuestro trabajo podría “hacer colapsar a la Iglesia”. En cualquier otro contexto esto podría haber sido suficiente para que decidiéramos rendirnos y desistir, ¡pero esto es demasiado importante!
Hay dos razones que grafican por qué es tan importante pensar en esto. Primero, porque la comunidad de fe cristiana está llamada a llevar esperanza a los corazones rotos. Cuando las personas están heridas y dañadas, debemos ser un modelo de cómo responder bien y cómo cuidar profundamente. Se nos llama a no rehuir a los que están sufriendo. Tiene que haber un lugar para conversar sus historias y reconocerlas. Tiene que haber un espacio para considerar lo que viene después. ¿Cómo avanzas cuando te han herido de esta manera? ¿Qué apoyo se necesita, y cómo se puede proporcionar?
Segundo, porque hay una verdadera esperanza para el futuro. La Biblia nos dice que la Iglesia es el plan de Dios. A él se le ocurrió la idea, y por lo tanto tiene que ser posible que lo que sucede en la Iglesia y los contextos cristianos sean el mejor modelo de cómo nos tratamos y cuidamos unos a otros. Alguien planteó la pregunta recientemente: “¿Cómo puedes hacer lo que haces, ver lo que ves y aun así tener fe y pensar que la Iglesia es buena?” Es una pregunta razonable. Aunque lo que realmente me estaba preguntando era “¿cómo puedes ver los temas de abuso en la fe cristiana y aun así creer en Dios y su Iglesia?” Era una pregunta relativamente fácil de responder. “Cuando veo lo que falla en la Iglesia, me entristece y, a veces, me hace enojar. Pero cuando la Iglesia es todo lo que está llamada a ser, puede ser un lugar de esperanza”.
Este libro proporciona un espacio para conversar sobre el abuso espiritual y cómo responder a él, y también para explorar el liderazgo y la cultura sana en el contexto de la Iglesia, la organización sin fines de lucro, la compañía o el grupo comunitario. Nos han preguntado quién debería leer este libro. La mejor respuesta viene de una de las personas que compartió su historia.
“Esto es abuso, y la gente necesita saberlo” (LO).
Existe el peligro de que un libro como éste pueda considerarse relevante únicamente para los líderes de la Iglesia o para aquellos que han tenido la experiencia de la cultura eclesial o el abuso, o para aquellos con algún interés en ellas. Si bien esto es válido, la verdad es que este libro es importante para todos los que se consideran cristianos y no cristianos.
Es importante estar abiertos, desde el principio, a un libro que está escrito desde la perspectiva cristiana, que hace referencia a nuestra propia fe cristiana y al contexto más amplio de la misma, y que incluye referencias de la Biblia.
Esperamos que este libro ayude a las personas a comprender mejor cómo la coerción y el control pueden suceder en un entorno de fe, o entre personas de fe en entornos no religiosos, y el impacto que esto tiene en quienes lo experimentan. Ayudará a los lectores a reflexionar acerca de cómo utilizan el poder en ciertas situaciones y cómo podrían formar parte de la construcción de una cultura sana. Tal vez ahora es el momento, como nos dijo un sobreviviente, de “despertar y oler el café” (LO) y discutir abierta y honestamente el abuso espiritual.
La historia hasta ahora
En casa –cuenta Lisa– tengo una colección de libros que mi marido llama mi “biblioteca de rarezas”. Es una colección de todos los libros que he podido encontrar publicados sobre el tema del abuso espiritual. Cuando la biblioteca estaba abajo, mi esposo solía poner las fotos de nuestro matrimonio delante de estos libros cuando nos visitaban, especialmente si eran personas nuevas en la Iglesia.
Esta colección cuenta una historia. Uno de los mensajes es que los problemas de coerción y control han existido en la Iglesia durante mucho tiempo. Una de mis posesiones más preciadas es una edición del libro de Richard Baxter, El Pastor Reformado (1981), escrito por primera vez en 1656. En él su autor habla de la manipulación y el control. No usa el término abuso espiritual, ya que aún no se había desarrollado el concepto, pero los sellos distintivos están ahí.
Hay libros como Churches That Abuse (Enroth, 1993), Healing Spiritual Abuse - How to Break Free from Bad Church Experiences (Blue, 1993) y quizás el más conocido, El sutil poder del abuso espiritual (Johnson y VanVonderen, 2005).
Estos libros se centran en las experiencias de abuso espiritual. Demuestran que mucho de lo que hablamos ahora tiene sus raíces en lo que se llamó “pastoreo agobiante”, que a menudo se encuentra en las iglesias domésticas, así como otras expresiones de la Iglesia. Un sello distintivo del liderazgo en estos entornos era el requisito de que los seguidores fueran sumisos, estuvieran dispuestos a compartir detalles de sus vidas y de consultar al “pastor” antes de tomar decisiones importantes, incluyendo las opciones relativas al trabajo y a la pareja. Cuando este modelo de liderazgo y discipulado de la Iglesia comenzó a ser criticado, muchas iglesias domésticas se disolvieron, y muy pronto en los Estados Unidos comenzó a usarse el término “abuso espiritual”. Muchas de sus características reflejan el control que existe en el pastoreo agobiante.
El trabajo en el área del abuso espiritual ha continuado desarrollándose, pero todavía se encuentra en sus primeras etapas. Hemos tenido muchas conversaciones en las que nos han dicho “seguimos en el mismo lugar, al igual que con el abuso doméstico hace 50 años”. El mensaje que rescatamos de esto es que hace 50 años la gente empezó a darse cuenta de que el abuso doméstico sucedía y que era real. Esto nos llevó a entender que no se trataba solo de un “asunto doméstico” y que no era “culpa de las mujeres”. Como en todas las formas de abuso, el conocimiento sigue creciendo en la medida en que se cuentan historias y se comparten las investigaciones. Ahora reconocemos a las víctimas masculinas y femeninas de la violencia y el abuso doméstico, y admitimos que los niños pueden ser violentos con sus padres o cuidadores. Sabemos que los adolescentes experimentan esto y que los servicios se desarrollan continuamente para satisfacer sus necesidades.
En relación con el abuso espiritual, el término se utiliza cada vez con más frecuencia. Se está empezando a entender de qué se trata, algunas políticas de prevención de la Iglesia mencionan esta forma de abuso, se están llevando a cabo conferencias que incluyen charlas sobre este tema, pero todavía hay mucho trabajo por hacer y muchos obstáculos que superar o repensar.
El elefante en la habitación
En unas vacaciones recientes –cuenta Lisa–, salí una noche con mi familia a tomar algo. Había una plaza en la que tocaban música en vivo, con mesas y sillas para sentarse y relajarse. También había un elefante de plástico gigante afuera de una tienda cercana. Mi yerno dijo, a modo de broma, que probablemente había llegado el momento de que “habláramos sobre el elefante en la habitación”.
Es muy importante ser abierto y honesto al comienzo de este libro, y aceptar que el abuso espiritual puede ser un verdadero elefante en la habitación. Nuestra más reciente encuesta muestra una considerable preocupación por explorar este tema y las posibles consecuencias para la Iglesia.
“Me preocupa que esto abra las puertas a acusaciones falsas de parte de algún miembro insatisfecho de una comunidad cristiana y que se desperdicie mucho tiempo, esfuerzo y dinero, y se empañen las vidas de buenos líderes en el proceso” (O&H).
Muchas de las respuestas que recibimos nos decían que había que hablar al respecto, pero teníamos que asegurarnos de tener mucho cuidado. “Este proyecto me pone nervioso” (O&H). Si bien volveremos a explorar estas preocupaciones con más detalle en el capítulo 2, queremos ser honestos y abiertos desde el principio: esta es un área desafiante y compleja que causa cierta ansiedad y preocupación. Una vez más, reiteramos nuestro deseo de explorar este tema, de hacer justicia a quienes lo han experimentado y de promover culturas sanas y seguras para el futuro.
“¡Si sigues haciendo lo que estás haciendo, nadie será capaz de liderar!” (O&H)
Las culturas sanas incluyen líderes juiciosos que nutren y estimulan al resto. Un obstáculo –y uno de los mayores retos que se plantean al trabajar en esta área– es el posible impacto que podría tener en los líderes y en el liderazgo la discusión sobre el abuso espiritual. A menudo se plantea la preocupación de que, si discutimos temas de coerción y control, los líderes serán incapaces de dirigir eficazmente. Muchos han comentado que su trabajo ya es bastante difícil y que se les debe permitir ejercer autoridad. Otros han reflexionado sobre la posibilidad de que se hagan acusaciones falsas. Si bien nos parece importante abordar brevemente este tema al comienzo de este libro, habrá una reflexión más detallada al respecto en el capítulo 6.
“Mi preocupación principal son las acusaciones falsas contra líderes buenos y piadosos, que tal vez no han tomado precauciones para protegerse” (O&H).
Sin embargo, el mensaje más fuerte que recibimos fue que no dejáramos de hacer nuestro trabajo, pero que entendiéramos que los líderes también lo experimentan.
“El abuso espiritual también ocurre al revés, donde los líderes de las iglesias son abusados por su comunidad cristiana, son manipulados y son objeto de abuso verbal y chismes” (O&H).
“Creo que la gente asume que el abusador suele ser la persona con más poder, por ejemplo, el líder de la iglesia, pero creo que los líderes de la iglesia están sobreexigidos y, a menudo, no están protegidos de ser abusados por miembros de su iglesia” (O&H).
A lo largo de nuestra investigación, la gente nos pidió que consideráramos cómo podemos proteger y nutrir mejor a los líderes religiosos y ayudarlos a responder cuando experimentan actos de control no deseado. Queremos hacer una pausa y señalar que muchos de ellos son víctimas de este tipo de comportamiento y necesitan apoyo para enfrentarlo. De hecho, sería bueno para el liderazgo y la formación ministerial incluir estos temas.
Pero, para que haya equilibrio es importante entender que –como muestran los relatos– los que están al mando sí coaccionan y controlan a los demás.
“Esto pasa cuando el líder o los líderes principales de una iglesia operan con su propia autoridad mientras abusan y manipulan a la comunidad cristiana y empiezan a tomar el lugar de Dios en sus vidas” (O&H).
Muchas historias de abuso espiritual incluyen el papel del liderazgo o de un líder en su relato, y muchas de las respuestas a la encuesta se referían al control por parte ellos. Obviamente, puede ser más fácil controlar a los demás si tienes una posición de liderazgo, ya que podemos sentir que es más difícil cuestionar o argumentar en contra de las autoridades. Sin embargo, también hay muchos ejemplos de líderes que ejercen esta autoridad con cuidado, compasión y por el bien de sus seguidores. Allí donde la coerción y el control forman parte del patrón de comportamiento de un líder, hay razones que lo explican . A veces es simplemente un mal uso y abuso del poder y de la autoridad que va con el cargo. Y hay otros casos en los que el control coercitivo por parte de los líderes ha sido extremo y no puede ni debe ser justificado. Sin embargo, a veces debemos tratar de entender de dónde viene este comportamiento.
“El uso inapropiado del poder organizativo en un ambiente religioso: usar tu posición de poder espiritual para manipular a otros de formas que son inaceptables (y no cristianas)” (O&H).
En algunos casos, los líderes se sienten fuera de control, sin apoyo y no están realmente equipados para hacer las tareas que se les pide que lleven a cabo. Más tarde tendremos tiempo para considerar plenamente estas cuestiones, pero por ahora hay que reconocer que el liderazgo es difícil y a menudo ejercemos una enorme presión sobre los líderes para que sean “todo para todos”. Esto puede llevar a desarrollar formas de comportamiento poco sanas para hacer frente a las presiones y expectativas de los demás. Por ejemplo, a menudo colocamos a las personas en posiciones de liderazgo porque reconocemos que tienen talento para un grupo particular (por ejemplo, niños pequeños) o para un tema específico. Podemos nombrar líder de la pastoral juvenil a alguien que haya demostrado fortaleza para estar al lado de los jóvenes y apoyarlos. Promovemos a esa persona para que lidere el trabajo con jóvenes. Sin embargo, no le enseñamos a conducir a las personas batallar con las críticas, trabajar en equipo, etc., y presionamos al líder para que expanda y desarrolle el trabajo con jóvenes. Y luego nos sorprendemos cuando todo sale mal y la gente termina herida. Tenemos que trabajar para establecer cómo apoyamos y desarrollamos a los líderes en todos los niveles de las iglesias y organizaciones cristianas. Por otro lado, si los apoyamos y nutrimos, deberíamos sentirnos capaces de confrontar a aquellos que son controladores o coercitivos y abordar estos comportamientos por el daño que causan.
“¡No se trata solo de los líderes! (O&H)
Para poder ofrecer una imagen completa del abuso espiritual necesitamos entender que cualquier persona puede controlar y coaccionar a otra. En el liderazgo, este control puede ser de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. Una pareja poderosa en una comunidad cristiana puede controlar lo que pasa en la iglesia y coaccionar al líder. También puede ser de igual a igual. Por ejemplo, una persona que trabaja con niños puede coaccionar y controlar a su par.
La coerción a menudo se trata de dos cosas. En primer lugar, el contexto. En muchas iglesias u organizaciones cristianas, ciertos individuos pueden tener mayor estatus, ser más escuchados y tener más poder que otros. Esto puede estar relacionado con el cargo o el tiempo que llevan en una iglesia, qué tan activamente involucrados están o, incluso, con la cantidad de dinero que donan. Hay un sinfín de razones por las que algunas personas pueden ser escuchadas y ser capaces de controlar a otras, en particular si ocupan una posición de confianza y respeto.
“Un miembro respetado que abusa de su posición de confianza, para manipular a otra persona, invoca “instrucciones” de Dios que no pueden ser cuestionadas” (O&H).
En segundo lugar, está la relación de poder personal entre los involucrados. En las relaciones, quienes ostentan autoridad y la forma en que ésta se utiliza es muy importante. La discusión sobre el poder será retomada a lo largo de este libro, ya que es fundamental para este tema.
En resumen, al igual que con otras formas de abuso, el abuso espiritual puede sucederle a cualquiera y cualquiera puede coaccionar y controlar a otro. Sin embargo, no le sucede a todo el mundo, y el hecho de estar en un contexto cristiano no hace que el control coercitivo sea más o menos probable.
Cada uno tiene su propia historia
Hay diferentes historias y relatos de abuso espiritual y a lo largo de este libro haremos referencia a algunos de ellos; asimismo, compartiremos citas de nuestra reciente encuesta. Sabemos que algunas personas han experimentado un control extremo, mientras que para muchas otras ese control ha sido más sutil. Por lo mismo, no hay una sola historia que nos represente a todos, por lo que buscamos incluir una gran variedad de vivencias en este libro. Estamos extremadamente agradecidos con aquellas personas que han tenido el valor de compartir sus testimonios y reconocemos el costo personal que tuvo hacerlo. Solo a través de este intercambio podemos realmente comprender este asunto de una mejor manera. Las historias nos proporcionan una base sobre la cual podemos construir modelos de comportamiento y culturas cristianas en el futuro que sean mejores y más sanas. Este primer relato ilustra el tipo de desafío que abordaremos en este libro.
La historia de Steve
Comencé a participar en una iglesia por primera vez hace unos cinco años. Era una de las más amigables a las que había asistido. Las personas parecían muy interesadas en mí y me sentí como en casa. Era como una gran familia. Pensé que pertenecía y que era realmente bienvenido. Era, ciertamente, lo que había estado buscando en una iglesia.
Durante un tiempo fui feliz y no fue hasta que llevaba un par de años que la situación empezó a cambiar. Dentro de la iglesia se hacía un gran énfasis en estar presente en todas las reuniones. Nos dijeron que esto era porque nos ayudaba, y que si faltábamos nos perderíamos. Una noche no pude asistir a una reunión porque no me sentía bien. Al día siguiente recibí una llamada del ministro preguntando por qué no había estado en la reunión. Le expliqué que no me sentía bien. No pareció muy contento con mi respuesta y me dijo que me habrían cuidado si hubiera ido. Le pedí disculpas y le dije que estaría en la de esa noche. Cuando colgué el teléfono no pude entender por qué me había disculpado por estar enfermo, pero igual me cuestioné y me pregunté si podría haber ido a la reunión después de todo. Decidí que debía tratar de asistir a todas las reuniones en el futuro.
Durante un tiempo todo siguió bien y me empecé a involucrar más en la vida de la iglesia. Con el tiempo comencé a dirigir el trabajo con el grupo de jóvenes. El ministro me dijo lo talentoso que era con la juventud y cómo la iglesia había estado rezando por contar con alguien como yo. Me hizo sentir bien y feliz de poder ayudar en este grupo. Pasé mucho tiempo con el ministro y su familia, y fui parte de muchas cosas en la iglesia. Pasaba la mayor parte de mi semana ahí, pero estaba feliz de hacerlo. En retrospectiva puedo ver que las personas recibían un trato especial cuando se involucraban más y a menudo eran vistas como “espiritualmente especiales”. Ahora puedo ver que este “ser especial” se usaba para que la gente siguiera haciendo lo que la iglesia quería que hicieran y para que otros se esforzaran más en involucrarse.
En ese momento me sentía parte de la iglesia y tenía un gran sentido de pertenencia. Sabía que las decisiones no se discutían y que con cierta frecuencia la gente se iba y, cuando esto ocurría, se hablaba mal de esas personas. Sin embargo, en ese momento creía lo que decían de la gente y pensaba que su salida era culpa de ellos y así continué siendo feliz.
Todo iba bien hasta que organicé un viaje a un concierto cristiano con el grupo de jóvenes. El ministro me llamó y me dijo que debería haber pedido permiso para organizar el evento. Le contesté que lo había hecho porque estaba a cargo del trabajo con los jóvenes. Él se enojó mucho conmigo y me respondió que yo causaba problemas, y que mi actitud no ayudaba. Incluso sugirió que no era un buen modelo a seguir para los jóvenes. Me recordó que yo no estaba a cargo y que todas las decisiones sobre los jóvenes debían pasar por él, me citó la Biblia sobre ser sumiso a los líderes y colgó el teléfono.
Quedé devastado. Se suponía que el viaje ayudaría a los jóvenes. Me dolió mucho lo que dijo sobre mí y mi influencia en los jóvenes. Más tarde lo llamé para conversar sobre lo que me había dicho y era otra persona. Descartó mis preocupaciones y dijo que no se había enfadado en absoluto, que solo estaba cuidando de mí y que le preocupaba que yo estuviera trabajando demasiado y quería asegurarse de que descansara. Por eso quería que consultara las cosas con él para asegurarse de que no me autoexigiera demasiado. Nuevamente terminé disculpándome y diciéndole lo agradecido que estaba por su apoyo.
Al terminar esa llamada telefónica quedé muy confundido. Me sentía muy culpable y pensaba que quizás había malinterpretado la situación y que el ministro me estaba tratando de ayudar. Es extraño mirar hacia atrás y pensar que me culpaba a mí mismo. Pensé que había algo malo en mí que me hizo malinterpretar lo que me dijo. Ahora me doy cuenta de que el ministro tenía la habilidad de hacerte pensar que tú lo habías malentendido y que tú eras el responsable, cuando en realidad era al revés y él tenía la culpa.
Después de esto las cosas siguieron bien durante algunas semanas y realmente traté de comportarme adecuadamente. Una noche uno de los jóvenes se me acercó y me pidió un consejo sobre un tema que le preocupaba. Lo escuché y le di algunas sugerencias de cosas que podía hacer. Al día siguiente, mientras charlaba con el ministro mencioné la conversación que había tenido con el joven. El ministro se enojó mucho y me dijo que se suponía que tenía que consultar todo con él y que no tenía permitido dar consejos. Me volvió a recordar la necesidad de someterme a los líderes y me señaló que llevaba un tiempo sintiendo que Dios quería que yo descansara del trabajo con los jóvenes, ya que necesitaba un respiro. Le dije que no quería, pero cuando llegué a casa me había dejado un mensaje telefónico diciéndome quién sería mi reemplazo. Me pidió que le entregara toda la información sobre los jóvenes a esa persona. Desde entonces muchos me han dicho que el ministro habló mal de mí y dijo que no era apto para el trabajo con los jóvenes, que había tratado de apoyarme, pero que por el bien de ellos había tenido que dejarme ir.
Luego de que me obligaran a renunciar ya nada fue igual. Se me hacía difícil lidiar con la situación cuando los jóvenes me preguntaban por qué los había dejado, porque se les dijo que había sido mi decisión. Me resultó difícil aceptar que el ministro señalara que Dios le había dicho que yo tenía que renunciar. No sabía cómo argumentar en contra de eso. Me pregunté por qué Dios se lo había dicho a él y no a mí, pero muchos en la iglesia pensaban que Dios hablaba directamente con el ministro y, por lo tanto, no cuestionaban lo que él decía.
También empecé a ver que gran parte de lo que ocurría en la iglesia era controlado, algo que también me costó aceptar. Me di cuenta de que el ministro tomaba todas las decisiones. Sabía que no podía seguir en la iglesia, tenía que irme. Llamé al ministro y le expliqué que me iba. Se enojó mucho y me dijo que lo estaba traicionando a él y a la iglesia, y que no estaba bien que me fuera. Que Dios no me bendeciría si me iba. Según él me costaría mucho acostumbrarme a otra iglesia. Le dije que tenía que irme y me colgó el teléfono. Poco tiempo después vino a verme y me dijo que Dios tenía planes para mí y que debía quedarme y resolver mis problemas. Le dije que no eran MIS problemas y que necesitaba irme. No volví a la iglesia después de eso.
Cuando me fui, el ministro le dijo a la gente de la iglesia que yo era un irresponsable y que lo había herido profundamente. Perdí a varias amistades, ninguno se acercó cuando me fui. En realidad, ya no veo a nadie de ahí. Según lo que he oído la gente sigue marchándose, pero nada parece cambiar y el ministro sigue en su cargo.
Después de irme pasé por uno de los momentos más oscuros de mi vida. Toda la experiencia fue más profunda y dolorosa de lo que puedo explicar. Es como si ya no te conocieras a ti mismo, quién eres, qué piensas y en qué crees. Creo que de alguna forma perdí el sentido de quién era. No logras entender cómo es que te absorbió la situación y por qué no viste lo que estaba pasando. Ahora se me hace difícil hacer amigos y soy reacio a abrirme a las personas por miedo a que abusen de mi confianza. De hecho, me cuesta mucho confiar. En cuanto a la iglesia, recién estoy pensando en volver a alguna. Toda esta experiencia es muy difícil y abusiva, y usan a Dios para justificar el comportamiento controlador y manipulador. La gente necesita saber que esto es real y que está ocurriendo en las iglesias de todo el país.
Esta historia incluye algunos de los elementos clave del abuso espiritual que exploraremos en los próximos capítulos. También comienza a ilustrar el impacto que el control coercitivo tiene en una persona. Si bien en esta historia quien se comporta de esta manera es el ministro de la iglesia, es importante reiterar que este tipo de conducta no está ligada a los cargos de liderazgo.
¿No le pasa esto sólo a las personas “vulnerables”?
A menudo nos preguntan si algunas personas son más vulnerables al abuso espiritual que otras. Si bien hay un libro en esta área que sugiere precisamente eso, el abuso espiritual es complejo y es una forma bastante simplista de ver las cosas, lo que podría ser peligroso. Si pensamos que esto solo les sucede a las personas “vulnerables”, podríamos considerar que estamos “seguros” o que somos “inmunes”, y no es tan simple. Más adelante, exploraremos lo que sucede en una experiencia de abuso espiritual. Por ahora, basta con decir que suele ocurrir que haya largos períodos llenos de momentos positivos y esto hace que uno se cuestione cuando empiezan a suceder cosas negativas. Con frecuencia es sutil y no es nada fácil de detectar. Cualquiera puede vivirlo.
Es importante señalar que cuando tenemos un “niño o adulto en riesgo de daño” debemos ser especialmente cuidadosos con la coerción y el control. También debemos tener en cuenta a las personas que ya están recibiendo los servicios de una iglesia u otro organismo, y considerar qué tipo de ayuda y apoyo adicional pueden necesitar. Asimismo, deberíamos pensar en cómo podemos asegurarnos de que se les ofrezca opciones sobre las que tengan capacidad de decisión.
¡Esto no sucede en nuestra iglesia!
Tuve una experiencia muy interesante en un seminario cristiano. En dicha ocasión el orador explicaba por qué era muy poco probable que el abuso espiritual ocurriera en su denominación, ya que no operaban con modelos que fomentaran el control coercitivo. Además, según él, tenían una clara estructura de información y la gente sabía a dónde acudir para obtener ayuda y apoyo. Tras estas audaces declaraciones, uno a uno los miembros de esta comunidad se levantaron para contar sus historias y experiencias de abuso espiritual. Todas nuestras investigaciones hasta la fecha aportan pruebas de que el abuso espiritual no está vinculado a una denominación o expresión de la iglesia (Oakley, 2009; Oakley - Kinmond, 2013; Oakley - Kinmond, 2014; Oakley - Kinmond - Humphreys, 2018). Nuestra encuesta más reciente muestra que las personas que se identifican como víctimas de abuso espiritual vienen de una amplia gama de denominaciones e iglesias independientes.
Algunos escritos sugieren que esto es más común cuando los feligreses creen en el ministerio del Espíritu Santo (Enroth, 1994), en particular cuando hay una creencia de que el Espíritu Santo habla a través de palabras e imágenes. Ciertamente, es posible distorsionar tal ministerio para controlar a otra persona, deliberadamente o no. Sin embargo, es importante entender que hay muchas iglesias sanas que siguen tales tradiciones cristianas. Probablemente no sea útil empezar diciendo que ocurre aquí, pero no acá. La verdad es que, como con otras formas de abuso, el control coercitivo puede ocurrir en cualquier denominación o expresión de la iglesia. El lenguaje puede ser diferente, las historias se enmarcarán en contextos, pero las características del abuso espiritual serán las mismas.
¿No basta mantener la postura teológica correcta?
El abuso espiritual no está vinculado a una postura confesional, y tampoco a una posición teológica particular. Un encuestado señala la importancia de separar el abuso espiritual de las posturas teológicas de la siguiente manera.
“Una de las cosas más importantes para mí y mi familia era separarlo de la teología” (O&H).
Por lo tanto, mantener una postura teológica no es en sí mismo necesariamente espiritualmente abusivo. Por ejemplo, hay una serie de opiniones sobre las donaciones de dinero. Para algunas iglesias el diezmo (dar el 10% de tus ingresos) es una creencia fundamental. Algunas se cuestionan si se trata del 10% de los ingresos brutos o netos. En otras expresiones de la iglesia, se incentiva la donación, pero la cantidad entregada se ve como un asunto privado y no como algo que la iglesia deba dictar. Aunque se puede argumentar que ambas cuestiones son bíblicas, la enseñanza sobre cualquiera de ellas y la adopción de una u otra práctica no es en sí misma abusiva desde el punto de vista espiritual. Lo que importa es cómo se comparte y se practica la postura que tienes. Cuando se mantienen de manera controladora y coercitiva, esto puede ser perjudicial y puede derivar en un abuso espiritual. Si presionas constantemente a los individuos para que donen, pides estados de cuenta bancarios para mostrar que están donando y sugieres que dar es una medida de la relación que alguien tiene con Dios, entonces esto tendría el sello de abuso espiritual.
Este es un punto importante que hay que señalar desde el principio, pues muchas personas tratarán de utilizar el lenguaje del abuso espiritual para apoyar su propia postura teológica sobre algún tema. Pueden sugerir que pensar de manera diferente es espiritualmente abusivo, mientras que los que tratan de proteger la libertad religiosa quieren asegurarse de que se puedan adoptar todas las posturas teológicas. Sin embargo, cualquier postura teológica debe ser compartida y practicada con una actitud de gracia, libertad y respeto.
¿Qué vas a hacer al respecto?
Al final de una conferencia muy concurrida –dice Lisa–, después de que hablé sobre el abuso espiritual, un delegado se acercó y me preguntó: “Bien, sabemos que esto está sucediendo, pero ¿qué vas a hacer al respecto?”.
Este libro trata de abordar esta pregunta. Primero, exploramos qué es realmente el abuso espiritual y cuáles son sus características clave. Segundo, consideramos la forma en que se puede abordar el abuso espiritual, de manera individual y colectiva. Definiremos lo que es útil para responder a una historia de abuso espiritual y tomar medidas. También consideraremos el papel del liderazgo y la necesidad de apoyo, y cómo es un liderazgo sano. Luego hablaremos de la cultura, y finalmente resumiremos y plantearemos algunos pasos a seguir en el capítulo 8.
Todos somos parte de la cultura en la que estamos. Nuestra idea es explorar las características de una cultura cristiana sana. El propósito de este libro es obtener una respuesta y prevenir. Buscamos discutir el abuso espiritual y dar voz a quienes han tenido esta experiencia. Nos esforzamos por definir en qué consiste una respuesta sana y útil.
También nos interesa mucho entender cómo prevenir este comportamiento en el futuro. Nuestro objetivo es permitir un “reconocimiento de la herida” (O&H), proporcionar sugerencias para “un apoyo continuo que permita procesar el daño hacia la curación” (O&H) y ayudar a desarrollar “un sistema sólido que trate el tema en el futuro” (O&H).
Un podcast de Malcolm Duncan (2017) contenía esta frase: “Lo malo puede usarse para el bien, lo bueno no se puede eliminar y lo mejor está por venir”. Para nosotros, esto resume el itinerario que recorrerán los lectores con este libro: examinar la difícil realidad del abuso espiritual y aprender de él; explorar ejemplos de liderazgo y cultura sanos; y anhelar un momento en que este tema se aborde de manera amplia y cuidadosa: que el futuro se vea mejor que el presente.
2
El problema de la definición, ¿de qué estamos hablando?
“Se necesita que esté claramente definido para que cualquier persona pueda entender, sin importar su habilidad de comprensión” (O&H).
Esto no es un laberinto
El libro That’s Not a Maze [Esto no es un laberinto] está hecho de páginas que parecen un gran dibujo semejante a un laberinto. Es difícil ver algún orden o encontrar sentido a lo que hay. Sin embargo, con un poco de orientación y con los consejos del libro, pronto descubres que, si conectas diferentes partes del dibujo y diferentes rutas a través del laberinto, hay imágenes escondidas en su interior. Hay una mariposa, un auto y otros dibujos para colorear. Es simplemente cuestión de unir las partes correctas y descubrirlos. Respecto del abuso espiritual, todavía hay muchas cosas que no están claras y diferentes opiniones acerca de si existe; qué imagen tiene y cómo deberíamos llamarlo. Este capítulo explorará los muchos problemas que enfrentamos cuando tratamos de definir el abuso espiritual.
Abrir la caja de Pandora
“Se necesitan definiciones muy claras del abuso espiritual para evitar que el término pierda su significado y se convierta en un concepto que lo abarca todo y que impida a la Iglesia vivir un desafío genuino, amoroso y muy necesario” (O&H).
Definir el abuso espiritual es muy difícil: “He oído que otras personas lo mencionan, pero no estoy seguro de qué es, es difícil de expresar con palabras” (O&K). Durante los últimos 15 años ha sido un desafío agotador desarrollar una definición de abuso espiritual que abarque los diferentes aspectos de esta experiencia y que sea universalmente aceptada. Hemos tenido innumerables reuniones, discusiones y conversaciones sobre si debiésemos usar el término en absoluto. A algunas personas les preocupa que al explorar este tema y utilizar este lenguaje, amenacemos la libertad religiosa y la libertad de mantener puntos de vista sobre una serie de temas. Alguien dijo una vez: “Si sigues hablando de abuso espiritual, terminaremos en una situación en la que nadie podrá rezar con nadie, nadie podrá desafiar a nadie y en la que el trabajo de la Iglesia se verá amenazado”. Es cierto que cualquier libro en esta área, escrito por cristianos, debe tener en cuenta el impacto que puede tener en la Iglesia. Sin embargo, es igual de importante asegurarse de no silenciar a la gente o negarse a hablar de estas experiencias para proteger a la Iglesia. En realidad, además de causar daño a las personas, hace poco por proteger a la Iglesia. Más bien, nuestro objetivo es discutir de manera abierta y honesta los temas para construir una respuesta y un apoyo adecuados.
Cuando redactamos este documento, no había un acuerdo sobre cómo definir este concepto, o incluso si era el mejor término a utilizar. De hecho, a principios de 2018, una variedad de artículos en los medios de comunicación cristianos debatían si el término debía usarse porque ya existía o si todavía estábamos a tiempo de cambiarlo (Alianza Evangélica, 2018; Kandiah, 2018). Un artículo posterior sugería que la “caja de Pandora” de los abusos espirituales estaba abierta y que ahora el desafío era abordarla (Norman-Walker, 2018). Lo que está claro, a partir de nuestra investigación y trabajo en esta área, es que es necesario que haya un término que describa las experiencias exploradas en este libro para que la gente tenga un lenguaje que le permita hablar de sus experiencias. Además, es necesario un término que nos permita a todos pensar la mejor manera de prevenir y responder a estas experiencias.
La voz del sobreviviente
Nos hemos dado cuenta cada vez más de lo vital que es escuchar e incluir la voz de los sobrevivientes en cualquier discusión sobre el abuso. La frase “nada acerca de nosotros, sin nosotros” es muy relevante. A menudo la voz de los sobrevivientes ha estado ausente, o subordinada a los que están en posiciones de poder por su papel o profesión. Al escribir este libro nos comprometimos a asegurar que las voces de aquellos que han tenido esta experiencia sean escuchadas y respalden los temas presentados. Es por eso que aparecen tantas citas. Gebotys, O’Connor y Mair (1992) sugieren que las definiciones de abuso de los sobrevivientes suelen ser diferentes de las elaboradas por los profesionales. Queríamos que cualquier definición se elaborara conjuntamente, aprovechando la experiencia vivida por los sobrevivientes y las enseñanzas de las investigaciones académicas, sin dejar de lado los marcos reglamentarios en los que se sitúa el abuso. Estábamos decididos a contar con la opinión de los sobrevivientes en todas las etapas, por lo que les pedimos que leyeran la versión final de este texto y nos dieran su opinión antes de publicar.
También estábamos conscientes de la necesidad de escuchar el nombre que le querían dar los sobrevivientes a su experiencia. El galardonado autor cristiano Mark Stibbe (2018a) escribió un conmovedor artículo en el Church of England Newspaper sobre su experiencia como víctima de John Smyth (el infame consejero de la Reina y líder del campamento en el Reino Unido, ahora fallecido). En él afirma:
“Solo hay un término que describe satisfactoriamente lo que me pasó a mí y a las otras víctimas: abuso espiritual” (Stibbe 2018a).
Mark, como muchos otros que han experimentado el control coercitivo en un contexto religioso, se refiere a esto como “abuso espiritual”. También señala el malestar que muchas de las víctimas sintieron cuando se elaboró un artículo en el que se sugería que su abuso era únicamente “abuso físico”, sin preguntarles si pensaban que el “abuso espiritual” describía de mejor manera sus experiencias.
Necesitamos saber de qué estamos hablando
Varios comentarios en nuestra investigación reciente sugieren que la gente no tenía claro exactamente lo que significaba el término. Se dieron distintas respuestas que mostraron que hay una necesidad real de desarrollar una clara definición de abuso espiritual.
“Creo que esta área de abuso espiritual no está bien definida y por lo tanto una definición más clara sería útil” (O&H).
Sin embargo, los que respondieron también señalaron que no era una tarea fácil. Como era de esperar, el término en sí mismo suscitó preocupación en algunas personas.
“La frase abuso espiritual es fuerte en el sentido de que tiene dos palabras opuestas... el abuso es, en definitiva, negativo, y la mayoría de la gente ve la palabra ‘espiritual’ en el contexto de la Iglesia como algo más cercano a Dios y, en definitiva, positivo. El simple hecho de escuchar la frase perturba a la gente que no confía en la prevención... entender completamente o ser capaz de definirla rápidamente ayudaría” (O&H).
En el capítulo 1 comenzamos a explorar algunas de las dificultades asociadas con el trabajo en el campo del abuso espiritual. Cuestiones sobre el liderazgo, la doctrina, quién lo experimenta, dónde ocurren estas experiencias: todas estas son consideraciones difíciles e importantes. Sin embargo, como se ha dicho, lo que no podemos dejar de lado es el daño y el perjuicio que experimentan las personas. Por lo tanto, aunque es difícil llegar a una definición o incluso a consensuar un término, es un camino que debemos hacer. En el presente capítulo examinamos algunas de las definiciones clave de este término que se han utilizado anteriormente. También plantearemos si el abuso espiritual debe considerarse como una forma separada de abuso. Estos debates contribuirán a fundamentar la definición de abuso espiritual que se ofrece en este capítulo. ¡Por favor, evita la tentación de ir directamente a leerla!
Empecemos por el principio
El término “abuso espiritual” es relativamente nuevo (Ward, 2011). Comenzó a utilizarse en los Estados Unidos para describir experiencias de comportamiento controlador vinculado a creencias espirituales. Gran parte de la literatura en esta área viene y sigue viniendo de ahí. En un principio, la atención se centró muy claramente en las personas que estaban en posiciones de liderazgo y que abusaban de sus seguidores.
“El abuso espiritual ocurre cuando un líder con autoridad espiritual usa esa autoridad para coaccionar, controlar o aprovecharse de un seguidor, causando así heridas espirituales” (Blue 1993, p. 12).
En cierta medida, este enfoque en los líderes como abusadores se mantiene en las definiciones recientes: “El abuso espiritual ocurre cuando un líder cristiano causa daño a otros actuando de manera egocéntrica para beneficiarse a sí mismo” (Nelson, 2015). Sin embargo, como se describe en el capítulo 1, los líderes pueden abusar espiritualmente de aquellos de quienes son responsables y también pueden experimentar este abuso ellos mismos. Esto ha llevado a algunos a definir el abuso espiritual de una manera diferente para mostrar que los líderes no son los únicos que actúan así. “El abuso espiritual ocurre cuando la gente usa a Dios, o su supuesta relación con Dios, para controlar el comportamiento de otros para su beneficio” (Diederich, 2017).
Todavía recuerdo –dice Lisa– haber estado sentada escuchando a alguien contarme su historia de abuso espiritual y sentirme conmovida por la forma en que el hombre declaró apasionadamente: “Esto es abuso, y la gente necesita saberlo”. A lo largo de los años muchos nos han dicho lo dañados que están por sus experiencias. La profundidad de la emoción compartida me pesó mientras hacía mi doctorado. Quería contar la historia del abuso espiritual para construir una definición que fuera útil, pero que reflejara el dolor personal ligado a la experiencia. En un momento dado, sentí que me estaba desviando de este camino, que estaba escribiendo algo académico, pero no exacto. Lograba reflejar los hechos de la experiencia, pero no el impacto o la profundidad del daño. Si bien en el capítulo 4 estudiamos con mayor profundidad las huellas del abuso espiritual, es importante plantearlo aquí porque mi necesidad de hacerle justicia a la experiencia dio forma a la definición de abuso espiritual que desarrollé por primera vez.
“El abuso espiritual es la coerción y el control de un individuo sobre otro en un contexto espiritual. El individuo experimenta el abuso espiritual como un ataque personal profundamente emocional... Este abuso puede incluir: manipulación y aprovechamiento, rendición de cuentas forzada, censura de la toma de decisiones, exigencia de secreto y silencio, coerción para amoldarse, mal uso de las escrituras o del púlpito para controlar el comportamiento, exigencia de obediencia al abusador, suposición de que el abusador tiene una posición ‘divina’ y aislamiento de los demás, especialmente de los que son externos al contexto abusivo” (Oakley - Kinmond 2013, p. 21).
Esta definición de abuso espiritual se ha usado muchas veces desde entonces, especialmente en el Reino Unido. A menudo he conversado con personas que han experimentado abuso espiritual, quienes me han dicho lo útil que ha sido esta definición para ellos. Sin embargo, durante el último año, muchas conversaciones en diferentes reuniones se han centrado en la necesidad de crear una definición que no solo describa lo que sucede, sino que también pueda utilizarse para determinar si se ha traspasado algún umbral. Hay una tensión en que, por un lado, lo que parece necesario es una definición que ayude a la persona promedio a entender la experiencia: “Una definición de abuso concisa, para que cualquiera en la Iglesia pueda reconocerlo” (O&H). Por otra parte, es necesario que haya una definición que sea útil para los que toman decisiones sobre la conveniencia de remitirse a organismos legales. “Necesito algo que me ayude a decir, mira, este comportamiento es abuso y tenemos que tomar medidas” (O&H). Se argumenta que se necesitan definiciones de abuso para saber cuándo se debe intervenir (Giovannoni y Becerra, 1979). No es una tensión fácil de manejar. Stibbe (2018b) se refiere a este mismo dilema de la dificultad de reconocer el punto de transición del comportamiento de “exhortación a coacción”. Al momento de escribir este texto, quienes sufren o han sufrido abuso espiritual cuentan con pocas oportunidades para contarlo, y no tienen la confianza de que se tomarán medidas concretas al respecto. Esto se debe, en parte, a la falta de reconocimiento y a la ausencia de una definición de abuso espiritual que apoye la identificación y la respuesta. Por consiguiente, la definición debe reflejar el daño causado, pero también permitir a los profesionales determinar si se ha traspasado un umbral (y si es necesario, tomar medidas y responder).
Pasarse del límite
“Necesitamos pautas claras sobre lo que es y lo que no es abuso espiritual, lo que es un ejercicio apropiado de la autoridad y lo que es pasarse del límite” (O&H).
En 2016, acababa de terminar de hablar en una conferencia –cuenta Lisa– y miraba cómo las manos de las personas se levantaban para hacer preguntas, y esperaba la pregunta de siempre: “¿Dónde está la línea? ¿Cuándo el abuso espiritual se convierte en abuso espiritual? La primera persona que preguntó fue un ministro, quien señaló que tiene que haber una verdadera claridad sobre lo que es y no es abuso espiritual. Agregó: “¿Cuál es la diferencia entre guía y control? ¿Cuál es la diferencia entre desafío bíblico y coerción?” Sus preguntas además de ser genuinas eran importantes. Muchas veces nos han sugerido que hay tantas zonas grises que es imposible decir realmente qué es y qué no es abuso espiritual.
Estamos de acuerdo en que es difícil definir y emitir juicios sobre comportamientos particulares. Aunque esto también es válido en muchas otras formas de abuso. Si bien algunos comportamientos son claramente abusivos sexualmente, a menudo no está claro cuándo se ha cruzado el umbral del bienestar o del delito. En 2017, el movimiento #MeToo hizo tomar conciencia a la gente sobre el número de personas que había sufrido abuso o acoso sexual. Esta campaña fue muy importante para visibilizar el nivel de abuso que muchas mujeres experimentaron. Sin embargo, también dio lugar a un gran debate sobre lo que se considera o no acoso y abuso sexual. Está claro que el comportamiento que es realmente abusivo y acosador es inaceptable. Lo que también es evidente es que, aunque hubo un debate, nadie sugirió que esto significaba que no debíamos hablar del abuso sexual. De hecho, muchos argumentaron que el movimiento y la respuesta al mismo demostraban lo mucho que necesitamos hablar de estos temas y entenderlos más claramente. De la misma manera, argumentamos que es necesario hablar e intentar definir el abuso espiritual, aunque sea difícil y haya muchas preguntas.
Darmowy fragment się skończył.