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In memoriam de Gabriel Amunátegui*
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* Según los antecedentes recogidos en diversas publicaciones de la Universidad de Chile, Gabriel Amunátegui Jordán (1898-1955) es uno de los más grandes humanistas chilenos que reúne en su persona la calidad múltiple de historiador, profesor, servidor público y constitucionalista. Luego de completar sus estudios en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, asumió a partir de 1918 su calidad de profesor de historia e instrucción cívica. Por invitación de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile ejerció su labor de profesor en la Universidad Popular Lastarria y en la Escuela de Servicio Social. En 1920 se recibió de abogado y desde 1925 comenzó su carrera académica hasta que en 1936 llegó a ser profesor titular de derecho constitucional en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. En 1935 es nombrado Director de la Biblioteca Nacional donde impulsó la creación de bibliotecas en las escuelas públicas chilenas. Por su memoria de prueba es considerado el promotor y creador original de la justicia de menores en Chile y sus trabajos en el derecho público y constitucional están entre los mejores del siglo XX en nuestro país. Entre sus obras y reconocimientos destacan las siguientes: Premio universitario Eliodoro Gormaz por Justo y Domingo Arteaga Alemparte. Ensayo biográfico y juicio crítico, 1918; Premio Municipal de Literatura de Santiago 1952, categoría Ensayo, por Regímenes políticos publicada en 1951; y Premio universitario Manuel Egidio Ballesteros 1953 por Regímenes Políticos y ―además― por Partidos políticos publicada en 1952. En 1938 es nombrado Caballero de la Legión de Honor de la República de Francia y más tarde Comendador Do Cruxeiro do Sur de la República del Brasil. Su personalidad original y su cultura y profundidad intelectual tuvo enorme influencia en sus alumnos y en generaciones futuras de estudiosos de la historia, la política y el derecho en Chile. A pesar de su temprana muerte a los 57 años dejó una obra que es objeto de estudio y referencia por su actualidad en nuestros días porque constituye una contribución única para entender la historia de la civilización y la libertad en la República de Chile (Pablo Ruiz-Tagle, Decano, Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, Santiago, 18 de marzo 2021).
Título original: Cohesión social y Convención Constituyente 2021
Es propiedad del autor y coordinador: Juan Ignacio Correa Amunátegui
Primera edición: abril 2021, 1.500 ejemplares
Portada: Ediciones Cívicas Diagramación y diseño de portada: Pilar Alemparte Colaboración de producción y distribución: Editorial Catalonia
Queda hecho el depósito legal
Registro de Propiedad Intelectual N°2021-A-2114
ISBN: 978-956-402-975-7
ISBN Digital: 978-956-324-856-2
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Índice de contenido
PORTADA
CRÉDITOS
ÍNDICE
PRÓLOGO
NOTA LITERARIA
CHILE: UN ESTADO SOCIAL1
1. PUNTO DE INICIO
2. MARCO CULTURAL
2.1) Tras el abatimiento del absolutismo monárquico
2.2) Cartografía de los derechos fundamentales
2.3) Derechos individuales versus derechos sociales
2.4) Exigibilidad de los derechos sociales en la experiencia comparada
2.5) Separando aguas
3. BACHES EN EL CAMINO
3.1) Objeción de incapacidad judicial
3.2) Objeción de ilegitimidad democrática
3.3) Objeción de indeterminación de la prestación debida
4. REGLA DE EQUILIBRIO PRESUPUESTARIO
5. TRATADOS INTERNACIONALES SUSCRITOS POR CHILE
5.1) Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966)123
5.2) Pacto de San José de Costa Rica (1969)125
5.3) Protocolo de San Salvador sobre DESC (1988)
5.4) Derechos sociales
6. CHILE: UN ESTADO SOCIAL
6.1) Régimen político
6.2) Constitucionalización de los derechos sociales
6.3) La Constitución de 1980/2005174
6.4) Exigibilidad de los derechos sociales en Chile
7. LINEAMIENTOS PARTIDISTAS Y GRUPOS CONSTITUCIONALES Y EMPRESARIALES
7.1) Partido Demócrata Cristiano (PDC)
7.2) Partido Renovación Nacional (RN)
7.3) Partido por la Democracia (PPD)
7.4) Partido Convergencia Social (CS)
7.5) Alianza Política Convergencia Progresista (CP)
7.6) Centro de Estudios Horizontal
7.7) Conversaciones Constitucionales
7.8) Coalición de independientes
7.9) SOFOFA
8. REMEDIO JUDICIAL EQUITATIVO Y DESAGREGADO
9. PROYECTO CONSTITUCIONAL BACHELET
9.1) Tutela judicial ilimitada
9.2) Regla de Equilibrio Presupuestario
10. PROPUESTAS
10.1) Tratamiento diferenciados de los DCP y DESC
10.2) Incorporación de una competencia sustitutiva provisional
10.3) Colisión de jurisprudencia
10.4) Introducir la estabilidad macroeconómica como derecho social
10.5) Incorporar la vivienda digna como derecho social
10.6) Informe anual sobre progresos del estado social
¿POR QUÉ LA CONSTITUCIÓN AMERICANA CARECE DE GARANTÍAS SOCIALES Y ECONÓMICAS?*
INTRODUCCIÓN
I. PRECISIONES CONCEPTUALES PRELIMINARES
II. CRONOLOGÍA
A. La primera generación de redactores y la primera generación de derechos
B. La segunda generación en la primera: principio
C. Un problema
III. DESVÍO: ENMIENDAS Y EL NEW DEAL
A. Dificultades procesales
B. Derechos de segunda generación en el New Deal
IV. CONSTITUCIONES COMO INSTRUMENTOS PRAGMÁTICOS
V. LA EXPLICACIÓN CULTURAL
VI. LA EXPLICACIÓN REALISTA
CONCLUSIÓN
AGRADECIMIENTOS
COHESIÓN SOCIAL
Y CONVENCIÓN CONSTITUYENTE 2021
JUAN IGNACIO CORREA

PRÓLOGO
CONSTITUCIONES, DERECHOS Y MIEDOS
Dice Frederick Shauer que hay dos tipos de constituciones: las “constituciones de la esperanza” y las “constituciones del miedo”1.
Las primeras, como su nombre lo indica, son altamente optimistas. Sus arquitectos creen que la sociedad puede utilizar mecanismos establecidos en el propio texto constitucional para avanzar hacia la prosperidad y la igualdad, hacia estados superiores de libertad y bienestar. Todo lo que se necesita es una hoja de ruta ―la que está dada por las “aspiraciones” plasmadas en la constitución― y un sistema que establezca la organización política del estado y la protección de las minorías.
Las “constituciones del miedo”, de otro lado, están asociadas al escepticismo churchilliano. En 1947, el Primer Ministro británico dijo que “la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás, ensayadas de tiempo en tiempo”. En esta frase, Churchill presenta dos ideas: la primera es que no hay mejores sistemas que la democracia. La segunda es que, a pesar de su superioridad, la democracia a solas, o desnuda, no es un sistema perfecto. Churchill era un escéptico y temía que los gobiernos ―aún los gobiernos democráticamente elegidos― abusaran de su poder. Para quienes piensan como Churchill, los textos constitucionales deben protegernos de estos (probables) abusos, de las intromisiones inaceptables, de las imposiciones autoritarias que violan nuestra libertad y autonomía. Las constituciones, nos dicen, deben ser “protectoras”, deben establecer un catálogo claro y contundente de acciones que el estado no puede emprender, de políticas vedadas, ya que su implementación resultaría, simplemente, en una disminución de nuestras libertades personales.
Cada constitución es producto de su propio tiempo, del momento histórico en que es adoptada. La Bill of Rights de la constitución de Estados Unidos, la más antigua del mundo, es un claro ejemplo de un catastro de derechos adoptados en un momento histórico específico. Son diez preceptos que protegen a los ciudadanos de los miedos churchillianos. La Tercera Enmienda es, posiblemente, la que mejor ilustra tanto el carácter protector de la constitución estadounidense cuanto su particular momento histórico:
“Ningún soldado podrá, en tiempos de paz, ser alojado en una casa sin el consentimiento de su propietario, o en tiempos de guerra, de una manera distinta a la establecida por la ley”.
Mirada a través de los cristales contemporáneos esta enmienda es absurda, casi risible. Nadie se imagina a un pelotón de marines, armados hasta los dientes, siendo acuartelados en una casa particular.
Pero lo más interesante de esta enmienda, como de las otras nueve que conforman la Bill of Rights, es el lenguaje utilizado. Es una oración negativa que establece lo que no se puede hacer. La palabra operativa es “ningún”. No dice que algunos soldados se pueden albergar en una casa de familia, o que un número pequeño puede hacerlo, o que un destacamento de avanzada lo tiene permitido. No, lo que dice es que “ni uno solo” se alojará en casa particular si el propietario no lo consiente. Como se sabe, estas oraciones negativas son la tónica de la Declaración de Derechos Constitucionales de los Estados Unidos (Bill of Rights). La Primera Enmienda nos dice qué tipo de leyes el congreso no puede aprobar ―aquellas que restringen la libertad religiosa o el derecho de expresión― y la Segunda Enmienda establece que el derecho a portar armas no puede ser restringido, y así sucesivamente. Es por ello que estos derechos políticos ―muchos derivados de la Bill of Rights británica, adoptada luego de la Revolución Gloriosa en 1688― son conocidos como “derechos constitucionales negativos”.
El miedo también juega un rol central en el establecimiento de los “derechos constitucionales sociales”, a veces conocidos como “derechos de segunda generación” o “derechos positivos”. En su famoso discurso “Las Cuatro Libertades” de 1941, el presidente Franklin Delano Roosevelt dijo que era necesario ampliar los derechos de los ciudadanos de modo que estos pudieran gozar de cuatro libertades. Era necesario, apuntó FDR, que las personas tuvieran libertad de expresión y libertad de culto; debían liberarse de las necesidades (“liberty of want”, en inglés), y del miedo2. Esta idea fue la base de una serie de iniciativas legales y constitucionales, incluyendo el intento fallido, en 1944, por agregar a la constitución una segunda Declaración de Derechos, o Second Bill of Rights. Este proyecto incluía ocho derechos que, a través del tiempo, han sido incorporados en un gran número de constituciones en el mundo entero3:
• Derecho a un trabajo útil y remunerado.
• Derecho a una remuneración que provea una cantidad adecuada para alimentos, vestuarios y recreación.
• El derecho de cada agricultor de vender sus cosechas a precios que permita a su familia vivir decentemente.
• Derecho de todo empresario a trabajar en una atmósfera libre de competencia desleal y monopolios.
• Derecho de cada familia a una vivienda decente.
• Derecho a la salud y a la oportunidad una vida saludable.
• El derecho a la protección de los miedos de la vejez, enfermedades, accidentes y desempleo.
• Derecho a una buena educación.
La constitución chilena de 1980 (con su multitud de reformas posteriores) es, esencialmente, una “constitución del miedo”. Pero para entenderla es necesario reconocer que no todos los miedos son iguales. Los miedos, como tantas cosas, están circunscritos a su momento histórico. La constitución chilena actual es, por ponerlo de alguna manera, hija de la Guerra Fría. Fue diseñada para proteger al país de lo que sus redactores consideraban como la peor amenaza que se cernía sobre sus ciudadanos: el comunismo. Es, en sus orígenes, una constitución que pretendía proteger a los chilenos de un regreso al periodo 1970-73.
Aunque el proceso recién empieza, no es aventurado afirmar que la nueva carta fundamental chilena será una “constitución de esperanzas”, una constitución llena de aspiraciones y de metas loables y, por qué no decirlo, un poco ingenuas. De hecho, ya circula un documento elaborado por expertos cercanos al PS y al PPD que afirma que en la nueva constitución se “debe promover la igualdad de derechos y obligaciones entre mujeres y hombres dentro de la familia en relación con las tareas del hogar y el cuidado de los hijos”4.
Estados Unidos nunca aprobó la enmienda, impulsada por FDR, que hubiera consagrado los derechos sociales al nivel constitucional5. Pero su viuda, Eleanor, tomó el proyecto como propio y al terminar la Segunda Guerra lo promovió para que fuera adoptado en la recientemente creada Naciones Unidas. Un equipo de juristas y diplomáticos, entre los que se encontraba el chileno Hernán Santa Cruz, desarrolló la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Años después, la mayoría de los países miembros de la ONU suscribieron el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966. Estos dos documentos se convirtieron en las bases de otros acuerdos y tratados internacionales, y en el sustento jurídico y político de una serie de iniciativas tendientes a incorporar derechos sociales a un gran número de constituciones. Según la información recopilada en el Proyecto Constitute, en la actualidad 151 de las 202 constituciones analizadas establecen el derecho a la educación, 146 el derecho a la salud, y 128 el derecho de los ancianos a recibir apoyo financiero o material de parte del estado (derecho a pensiones).
Pero, como argumenta Juan Ignacio Correa en este importante texto, la incorporación de estos derechos de segunda generación no asegura que las prestaciones del caso ―se trate educación, salud, pensiones, vivienda u otras― sean provistas en forma eficiente y oportuna, y de una cierta calidad. Hay países con un impresionante catálogo de derechos que tienen condiciones sociales paupérrimas; muchos de ellos en la propia región latinoamericana. También hay naciones que no incluyen estos derechos en sus cartas fundamentales, y que proporcionan los servicios del caso de una manera más que adecuada. La historia sugiere que incorporar los derechos de segunda generación en la constitución no es condición ni necesaria ni suficiente para mejorar las condiciones sociales de los ciudadanos6. Sin embargo, hay en todo esto un nivel simbólico que no se puede ignorar. Incluso, podría decirse que en el tema constitucional hay una dimensión estética. No es lo mismo una constitución aprobada (aunque sea tan solo en su primera versión) en dictadura, que una discutida e implementada bajo democracia. Los dos textos pueden ser idénticos, pero el segundo es superior ―en lo estético y simbólico― que el primero.
Las preguntas centrales ―abordadas con elegancia, mesura y equilibrio por nuestro autor― son dos: cuál es el mecanismo para garantizar y hacer cumplir estos derechos, y cómo serán financiados. Desde luego, ambas preguntas se encuentran íntimamente relacionadas. El tema se hace más complicado si, además de incorporar derechos sociales, el nuevo texto incluye una cláusula sobre equilibrio fiscal o endeudamiento sostenible. ¿Qué pasa si para cumplir con un mandato constitucional relacionado con un derecho social, se termina violando la cláusula de la regla fiscal? ¿Cuál de los dos principios constitucionales tiene primacía? Desde luego, este es el tipo de dilema que los tribunales constitucionales han tenido que enfrentar desde tiempos inmemoriales. Pero el que sean casi rutina, no los transforma problemas de fácil resolución. Una solución posible, como ha indicado Cass R. Sunstein, es hacer como Sudáfrica, y establecer que los gobiernos harán el mayor esfuerzo posible, dentro de sus posibilidades presupuestarias, para cumplir con los derechos sociales7. Desde un punto de vista práctico, esto significa que en la medida que los países progresen, y sus capacidades financieras mejoren, podrán dar cumplimiento a estos derechos de una manera más completa.
Juan Ignacio Correa ha escrito una obra importante y necesaria para el momento chileno actual. Explica, comenta y ordena la discusión sobre derechos. La perspectiva es histórica y analítica a la vez. Desmenuza las opciones con una imparcialidad asombrosa para los tiempos que estamos viviendo. Estas notas/reflexiones/apuntes debiera ser lectura obligatoria para todo aquel que quiera participa en el proceso constituyente próximo. Pero no deben leerlo solo los postulantes a la Comisión Constituyente, sino que también quienes sigan el proceso en los márgenes.
Sebastián Edwards
Henry Ford II Distinguished Professor, UCLA
Los Ángeles, California
2 de diciembre 2020
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1 Schauer, Frederick: Constitutions of Hope and Fear, en The Yale Law Journal (2014), p. 528. Este punto, naturalmente, ha sido hecho por varios constitucionalistas, incluyendo Bruce Ackerman, quien ha aparejado el miedo con la humillación y la esperanza con el orgullo.
2 La copia original del discurso que FDR leyó ante la sesión conjunta del Congreso se puede consultar en: https://bit.ly/3fWnUsW
3 Esta lista fue presentada por el presidente Roosevelt el 11 de enero de 1944, pocos días antes de asumir por cuarta vez, como presidente de la Unión. Sunstein, Cass. R. (2009): The Second Bill of Rights: FDR’s Unfinished Revolution―And Why We Need It More Than Ever. Basic Books.
4 Disponible en: https://bit.ly/3mxLLBx.
5 Para a sorpresa de muchos, la constitución de los EE.UU. no incluye ningún derecho social. Dos comentarios caben hacer al respecto: Primero, las cortes –incluyendo la Corte Suprema, que actúa como tribunal constitucional– ha establecido que leyes amparando estos derechos son constitucionales. Segundo, las constituciones de todos los estados incluyen los derechos constitucionales básicos.
6 Edwards, S. & Marin, A. G. (2015): Constitutional rights and education: An international comparative study. Journal of Comparative Economics, 43(4), pp. 938-955.
7 Sunstein (2009).
NOTA LITERARIA
Las reglas diferenciadas establecidas en favor de los militantes de los partidos políticos en perjuicio de los independientes interesados en participar en la Convención Constituyente se traducen en que seguramente estos últimos tendrán una presencia menor a la deseada1. Los partidos definieron qué independientes les eran tolerables en sus listas. Los que no les generaron confianza, quizá por tener opinión propia, mirarán desde la vereda del frente.
Creemos que habrá ―al menos— dos aspectos que definirán la Nueva Constitución: por un lado, su régimen político (diseño de la distribución del poder entre el ejecutivo y el legislativo, centralismo versus descentralización, iniciativas populares en materias electorales y fiscalizadoras, sistema electoral en razón de la gobernanza, etcétera) y, por otro, la regulación que recibirán los derechos sociales.
Cualesquiera que sean las definiciones sobre dichas materias, todo texto constitucional debe superar antes que nada el test de la claridad. La jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos Ruth Ginsburg, fallecida el pasado mes de septiembre, creía que la forma de rebasar exitosamente ese examen era concibiendo la escritura como artesanía, preocupándose de cada detalle. Deben ser innumerables ―remachaba― los borradores que conforman un texto final. Lo ideal ―nos decía— es que nadie tenga que leer dos veces un párrafo para entenderlo. Contaba Ginsburg que, en sus diecisiete años como profesora universitaria, el día del examen escribía en el pizarrón: escritura clara y concisa2.
Estas opiniones de la jueza Ginsburg nos reconducen a Vargas Llosa, más bien a sus Cartas a un novelista. En ellas, el premio Nobel clama por el estilo de Flaubert: Le mot juste. El de la palabra justa-única, aquel que expresa cabalmente una idea. ¿Cómo encontrarla?, se pregunta Vargas Llosa. Muy sencillo: oyendo al oído. La palabra justa-única suena bien, tiene eufonía, está sacudida de la ingratitud de los ángulos agudos, de las sílabas guturales, de sus notas agrías o destempladas, no desentona ni chirría3.
Ginsburg narraba que su especial preocupación por la escritura la adquirió cuando era alumna en Cornell. Mientras oía a su profesor Vladimir Nabokov, que enseñaba literatura europea. ¡Un hombre enamorado del sonido de las palabras! De él aprendió la importancia de elegir las palabras correctas y presentarlas en el orden adecuado. El otro profesor que la sedujo a incorporarse al club de la buena escritura fue Robert E. Cushman, de quien fue asistente de la cátedra de derecho constitucional. Él le hizo ver, recordaba Ginsburg, la importancia de pasar sus escritos por un exigente tamiz literario eliminando los adjetivos. Opinión que me recuerda la advertencia de Vicente Huidobro: el adjetivo, cuando no da vida, mata4. También la estimuló a que sus composiciones fuesen más sobrias, sin sobregiros.
Este llamado a limar el estilo a través de la artesanía a la par como lo hacían los escribas del antiguo Egipto o los monjes copistas del medievo, en el ámbito de la redacción constitucional moderna deviene en la rigurosa labor de descubrir le mot juste y así expresar en forma cabal y concisa las ideas, deberes y derechos constitucionales.
Como también lo ha subrayado el Tribunal Constitucional al prevenir que las constituciones no deben incluir “normas superfluas o reiterativas que (…) confundan o den cabida a interpretaciones que permitan vulnerar la esencia de los principios y valores en que aquellas descansan”5.
El riesgo de esta contingencia se incrementa si los abogados coaptan la Convención Constituyente y el debate constitucional. Me viene a la memoria, y me asusta que resulte cierta, la siguiente prevención que sobre ellos se efectúa en la novela Los viajes de Gulliver: “Existe entre nosotros una asociación de hombres instruidos desde su juventud en el arte de demostrar con palabras multiplicadas para ese fin que lo blanco es negro, y lo negro blanco (…) de suerte que la misma esencia de lo que es la verdad, la mentira, la justicia y la injusticia se halla totalmente oscurecida”6. Esta verdadera espada de Damocles no puede amenazar el éxito de la Convención Constituyente, ni mucho menos inhibir a sus miembros de hacer bien la pega o que ellos se dejen llevar por el oleaje y terminen abandonando la metodología flaubertiana.
Como se verá en Chile: un Estado Social, artículo central de esta publicación, uno de los defectos de la actual Constitución es su falta de precisión llegado el momento de determinar y regular los derechos sociales [infra, subacápite 7.6)]. Nada se saca con lograr acuerdos y ser un constituyente dedicado si tal disciplina no se acompaña con horas de corrección hasta alcanzar un estilo coherente y unívoco.
Resulta esencial, nos desafía Vargas Llosa, purgar toda la exuberancia emocional y lírica en pos de la precisión. Aquel encuentro entre forma y fondo ―entre palabra e idea—, Flaubert lo ponía a prueba en «la gueulade» (en el vocerío). Leía en voz alta lo que había escrito, en una pequeña alameda de tilos que todavía existe, allá en Croisset, en Rouen, en la ribera del Sena. Allí declamaba a voz en cuello lo escrito y el oído le decía si había acertado o debía seguir experimentando hasta alcanzar aquella armonía que perseguía con inclaudicable tenacidad.
La escritura de la palabra justa-única privilegia lo esencial, excluye los colgajos y pleonasmos. Tiene presente que toda extensión innecesaria provoca no solo fatiga visual, sino que incluso molestia en el lector e intérprete. Al desechar las exageraciones o tergiversaciones el texto cobra vida, se llena de vitalidad. Si escribes sobre filosofía, la extensión podría no perjudicar. Pero si vas por una constitución debes rehuir el exceso. Lo importante es ser asertivo y privilegiar la claridad y ser conciso, concluía Ginsburg. La jueza era suspicaz, coincidente con Gulliver, sobre el uso/abuso de la “jerga legal”, tan llena de palabras rimbombantes y pomposas, y que muchos creen que al emplearla se colocan en un vacuo plano de superioridad. Si deseas comunicarte con el público —continuaba Ginsburg— no es necesaria esa jerigonza. Debes usar un lenguaje sencillo. Los textos jurídicos deben estar dirigidos al ciudadano común, a la audiencia no experta. Por lo mismo, las constituciones deben ser cortas, lo que no siempre se da. La constitución india es la más extensa, tiene 146.385 palabras, la brasilera 64.488, la mexicana 57.087, la chilena 25.821 y la islandesa 4.0897. Mientras más concisa mejor. Así, la ciudadanía la entenderá sin recurrir al filtro del lente de un intermediario (un profesor, un periodista o, peor aún, un opinólogo).
La Secretaría Técnica de la Convención Constituyente jugará un rol relevante en la prosecución de tales propósitos, pues como indicaba Ginsburg: “demasiados cocineros echan a perder el caldo (…). Existen sistemas legales que cuentan con comités de expertos que redactan la ley de acuerdo con las pautas políticas establecidas por el parlamento. Sé ―decía― que Suecia es un país que opera de esa manera, por lo que su legislación es más profesional que la nuestra”, cerraba.
Como se advierte hay un reto literario que asumir. La república espera confiada, pero preocupada, que este desafío sea asumido con seriedad y pulcritud ciudadana.
Carolina Squella
Socia fundadora de Correa Squella, reconocida como una de las diez abogadas más influyentes de Chile (Chambers & Partners, 2018).
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1 Sobre esta inquietud, ver columna Más democracia y menos fábulas de Juan Ignacio Correa publicada en La Tercera del 11 de noviembre de 2020, disponible —en su edición física y online— en: https://bit.ly/2GPe66K, accedida el 18 de noviembre de 2020. Al respecto, resulta ilustrativa la Encuesta Barómetro del Trabajo en la cual ante la pregunta: ¿En quién confía para redactar la nueva Constitución?, un 64% respondió que en los independientes y, en contraste, los partidos y parlamentarios solo recibieron un 6% de aprobación. Un extracto de esta encuesta se publicó en El Mercurio del 26 de noviembre de 2020, p. C-3. A su vez, la encuesta N°359 de Plaza Pública Cadem (4ª semana de noviembre de 2020) muestra que el 84% de los consultados prefieren que la Convención Constituyente esté integrada por independientes versus un 2% que opta porque sean militantes de los partidos políticos. Esta desconfianza coincide con la encuesta CEP de diciembre-2019, la que registró que la confianza ciudadana en los partidos únicamente llegó al 2%. No obstante esta abrumadora mayoría a favor de los independientes solo un 39,88% de los candidatos a la Convención Constituyente son independientes que se presentaron en forma autónoma de toda lista partidista (El Mercurio del 24 de enero de 2021, p. C-2, crónica confeccionada según datos del Servel).
2 Entrevista con Bryan A. Garner, un reconocido autor de más de docenas de libros sobre el uso correcto del lenguaje escrito, cuyo texto completo fue publicado en The Scribes Journal of Legal Writing, vol. 13, 2010, pp. 133 a 144, disponible en: https://bit.ly/2UWQDUJ, accedida el 31 de octubre de 2020.
3 Vargas Llosa, Mario: Cartas a un novelista, Editorial Ariel, Barcelona, 1997, pp. 59 y 60.
4 Huidobro, Vicente: Arte Poética, en El Espejo de Agua y Ecuatorial, Pequeño Dios Editores, Santiago, 2011, p. 13.
5 Tribunal Constitucional: sentencia de 26 de junio de 2001 (considerando 10°), rol N°325-01.
6 Swift, Jonathan: Los viajes de Gulliver, Random House Mondadori, Barcelona 2008, pp. 277 a 279.
7 Burr, Guillermo y Guzmán, Eugenio: ¿Qué sabemos sobre cuándo cambian las constituciones?, Facultad de Gobierno de la Universidad del Desarrollo, estudio comparativo extractado en El Mercurio del 22 de diciembre de 2019, en el cuerpo de Reportajes, p. D-11, cuyo texto completo se puede consultar en: https://we.tl/t-kYlX3UfIv7, accedido el 26 de noviembre de 2020.
CHILE: UN ESTADO SOCIAL 1
Resumen: Esta investigación muestra:
Que la noción de derechos económicos, sociales y culturales (reconocidos por la sigla DESC o más simple como derechos sociales, que es su denominación ya internalizada por la ciudadanía) tiene una pluralidad de significados. La acepción menos controversial es aquella que los identifica como prestaciones o créditos sin una especificación o conducta determinada a nivel constitucional ni especificar un servicio concreto ni la forma para exigirlos, si es que procede, ni cuáles son sus márgenes.
Que su aspecto más álgido es su exigibilidad judicial individual.
Que los derechos sociales elevan la intervención estatal, restringiendo la autonomía personal.
Que los tratados internacionales suscritos por Chile forman parte de su derecho interno entre los cuales destacan: el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas de 1966 y la Convención Americana sobre Derechos Humanos de la OEA de 1969.
Que tras la ratificación de esos tratados internacional (1989 y 1991), Chile pasó a ser jurídica y políticamente un estado social.
Que con fines expositivos los derechos fundamentales se subdividen en tres generaciones: la primera: los derechos civiles y políticos; la segunda: los derechos sociales; y, la tercera: los derechos colectivos o de solidaridad. Y en las últimas décadas ha surgido una cuarta: derechos asociados a los avances de la biomedicina, genética e informática.
Que los derechos civiles y políticos pueden concebirse como negativos (protegen al individuo con una esfera de inmunidad privada); y, los derechos sociales como positivos. O en otras palabras, por medio de los primeros los individuos se oponen al estado y a través de los segundos le exigen al estado.
Que razones de equidad inhiben que los derechos sociales se privaticen en beneficio de unos pocos.
Que hoy la discusión sobre los derechos sociales se enfoca a reglamentar un mecanismo de resguardo que permita constituir, si es el caso, en mora a los poderes políticos del cumplimiento de sus obligaciones sociales.
Que de las actuales veintiséis garantías constitucionales solo pueden reclamarse, aunque con restricciones, por vía de un recurso de protección, cinco que podrían ser consideradas derechos sociales: el resguardo de la salud, el derecho a la educación, la libertad de trabajo y su amparo, el derecho a la seguridad social y el derecho a la sindicación.
Que lo usual en los países donde la tutela constitucional está acotada a un catálogo cerrado de garantías, como sucede en Chile, España e India, entre otras naciones, los derechos sociales, con el propósito de poder exigirlos, son vinculados a otros que sí tienen esa tutela, como ocurre con el derecho a la salud subsumido en el derecho a la vida, que es el caso más emblemático y de diaria ocurrencia en Chile.
Que, en 2012, la Unión Europea acordó el Pacto Fiscal Europeo que obligó a sus miembros a incorporar una Regla de Equilibrio Presupuestario mediante disposiciones vinculantes, permanentes y preferentemente de rango constitucional, fijando que el déficit público no excedería del 3% del PIB y que su deuda pública no superaría el 60% del PIB.
Que la evidencia empírica registra que, en muchos países, incluidos los nórdicos, los derechos sociales no están reconocidos constitucionalmente y que, no obstante, son en forma satisfactoria proveídos por los sistemas públicos. Y que, en el reverso, algunas naciones que los tienen garantizados en sus constituciones, las respectivas prestaciones son suministradas en forma muy deficitarias.
Que esa misma evidencia muestra que varios países regulan constitucionalmente los derechos civiles y políticos de manera desagregada de los derechos sociales, metodología que es funcional a los diversos niveles de tutela consagrada.
Que los derechos sociales son una cuestión que debe ser resuelta a través de políticas públicas y no mediante sentencias judiciales.
Que principalmente existe tres reparos a que sea la judicatura la llamada a definir los derechos sociales: objeción de incapacidad judicial, ilegitimidad democrática e indeterminación de la prestación debida; cuestionamiento subsanados manteniendo la plena competencia a los tribunales para controlar la enorme dosis de discrecionalidad que posee la administración estatal, pero reorientando la revisión judicial de un modo que la judicatura sea deferente con la autoridad democrática y los equilibrios presupuestarios.
1. PUNTO DE INICIO
La encuesta Nº355 de Plaza Pública Cadem (octubre de 2020: post- plebiscito) muestra que el 39,1% del total del voto apruebo aspira a terminar con la desigualdad en materias de pensiones, educación y salud2.
A partir de este anhelo, se colige que los derechos sociales se tomaron el subconsciente de ese padrón electoral y que es posible aventurar que continuará permeando el debate constitucional.
Parece de la mayor relevancia, entonces, contar con un punto de inicio que dé cuenta del actual estado de la discusión sobre los orígenes de los derechos sociales y de las dificultades enfrentadas en su implementación. Cómo negar que una línea de base objetiva coadyuva a la existencia de una discusión racional e informada y despabila aquellos miedos que una determinada disposición del espíritu pueda inocular en los ciudadanos, temores que ―a veces― tuercen la discusión pública por caminos enroscados, pues “se sabe que la imaginación a menudo es más salvaje que la realidad”, como escribe el Premio Rómulo Gallegos, Javier Marías, en su última novela ―Berta Isla—3.
En esta investigación adhiero a la prevención metodológica del constitucionalista de la Universidad Católica de Valparaíso Eduardo Aldunate en cuanto a que la noción de los derechos sociales no es unívoca y que presenta una pluralidad de significados o polisemia, que, en aras de respetar la extensión de esta investigación, solo se menciona a título informativo, pero si hay un lector interesado en ellos lo reconduzco a su trabajo y a otro que también la advierte4.
También influyó en la opción elegida el gravitante trabajo de los profesores de la Universidad de Toronto Jung, Hirschl & Rosevear, que analizó 195 constituciones en función de diecisiete derechos sociales, evidenciando que un tercio de las naciones los reconocen como exigibles judicialmente, otro tercio solo como directrices programáticas o interpretativas y el restante tercio mezcla ambos caracteres5.
Dada la actual discusión constitucional pareciera que la acepción que más se aviene a la misma es aquella que identifica los derechos sociales como prestaciones o créditos de consagración constitucional sin una especificación o conducta determinada a nivel normativo (es decir, se reconoce el derecho a la salud, a la previsión social a la educación, entre otros, pero no se indica cuál es la prestación precisa a que dan derecho ni la forma para exigirlo, si es que procede, ni cuáles son los márgenes que deben respetar los órganos públicos al implementarlos).
Además, influyó en esta opción semántica la decisión del Tribunal Constitucional que, en el Caso Ley de Isapres, se inclinó por dicha acepción6.
Por último, observo que el aspecto más álgido de esta materia es si se reconoce a las personas legitimidad procesal individual para reclamar judicialmente la entrega de ciertos bienes particulares, ya sean físicos o servicios, o la transferencia en forma directa de valores.
2. MARCO CULTURAL
2.1) Tras el abatimiento del absolutismo monárquico
La Declaración de Derechos de Virginia adoptada el 12 de junio de 1776, citada como fuente material de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 17897, contempló como los principales derechos fundamentales, primeramente llamados civiles y políticos (DCP) y luego de primera generación8, los siguientes: i) la libertad ambulatoria; ii) la propiedad privada; iii) la seguridad personal; iv) el derecho de resistencia; y, v) las libertades de conciencia y de religión; imponiéndole al estado como una de sus esenciales finalidades su aseguramiento y encontrando en esa tarea la justificación de su existencia9.
Un siglo y medio después, en 1924, el crítico alemán del liberalismo Carl Schmitt sostuvo que solo era un derecho fundamental la libertad individual, pero no las exigencias sociales10, afirmación —como se verá en esta investigación— continúa siendo controversial.
En 1965, es decir, un año antes de que se adoptara en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 (reconocido bajo su sigla PIDESC), el discípulo de Max Weber, Karl Loewenstein, publicó su obra prima Teoría de la Constitución, en la cual expone los raciocinios esgrimidos en favor de los derechos sociales.
A su juicio, la creciente industrialización y el desarrollo de las ciudades llevó a que la lucha por la igualdad de los DCP, satisfecha por el sufragio universal y por el catálogo de los derechos fundamentales de primera generación, recién enumerados, garantizados por las constituciones liberales, pasara a ser considerado una abstracción formal o fórmula vacía que debía ser rellenado materialmente asegurando a todos un mínimo de seguridad económica y justicia social.
Las masas del mundo capitalista, sigue Loewenstein, sometidas a las fluctuaciones de las coyunturas propias de un sistema de oferta y demanda, con sus inevitables crisis, pasaron a reivindicar la seguridad económica.
En sus palabras: los más “débiles exigieron protección contra los económicamente poderosos; [pues los primeros] necesitaban servicios públicos y medidas legislativas político-sociales para protegerse del hambre, de la miseria, de la enfermedad y de la incapacidad de trabajo por la edad. El azote del paro laboral tenía que ser eliminado”11; agregando que los trabajadores y las organizaciones sindicales demandaban ser reconocidos como socios en el proceso económico, quienes —asevera Loewenstein en su descripción de este fenómeno— hasta entonces habían sido ignorados por la teoría liberal.
Esta transformación —nos recuerda— llevó a que el estado asumiera la función de planificar, regular, dirigir, controlar y supervisar la vida socioeconómica de los individuos, creando nuevos servicios públicos, prestaciones administrativas, transferencias económicas, directas o indirectas, dando así nacimiento al referido Estado de Bienestar o welfare state.
La consecuencia de este nuevo estatus de la intervención estatal en la vida privada elevó la interferencia gubernamental, nos advierte Loewnstein, a un grado máximo, en lugar de limitarse a un mínimo, como aspiraba el laissez faire, laissez passer, restringiendo la libertad del contrato o de la autonomía individual.
Bajo esta nueva filosofía social, el estado se obligó a satisfacer las exigencias de la comunidad y, como precisa Loewenstein, los requerimientos por una mayor seguridad económica y justicia social se plasmaron en una nueva generación de garantías constitucionales: los llamados derechos recogidos en el PIDESC y —antes, como precisa Hayek12— en los artículos 22 a 28 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos13, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948; los que no están destinados a garantizar la libertad frente al estado ni la protección contra el estado, sino que las pretensiones de los grupos colectivos ante el estado14; enfatizando que hoy ya forman parte del equipaje natural del constitucionalismo contemporáneo.
Opinión análoga expone el profesor germano-estadunidense Carl J. Friedrich al manifestar que estos derechos “no protegen al individuo contra el gobierno, o contra otros detentadores del poder, sino que requieren a los poderes públicos (…) [pues] ya no se puede tolerar que queden apartados de estos derechos [fundamentales], motejándolos de menos básicos que los antiguos [de primera generación] ni que se les ponga en tela de juicio por la dificultad que tiene su aplicación”15.
En este siglo, el citado profesor Aldunate, actualizando a Loewenstein, afirma que los derechos sociales disciplinan al poder social generando una contrabalanza frente a la desigualdad de los individuos, cuya garantía y protección “sigue el mismo modelo que la de los derechos civiles y políticos, en la medida en que se satisface con la provisión del respectivo marco normativo y su aplicación a través del proceso judicial en caso de infracción”16; opinión que el Tribunal Constitucional, en el 2008, ya había hecho suya en el citado Caso Ley de Isapres, recogiendo la posición del catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid Francisco Laporta17.
En el siglo 20, los derechos fundamentales de la primera generación padecieron la rivalidad de nuevos derechos de carácter económico social, los que, junto con los DCP, conforman en la actualidad “los soportes básicos del sistema de derechos fundamentales”18 y contribuyen ―agrega Nogueira― el acervo básico de justicia material a que toda persona tiene derecho y posibilitan un mayor y efectivo ejercicio de sus libertades19. Por lo mismo, tanto los DESC cuanto los DCP tienen las mismas garantías normativas constitucionales de reserva de ley y de esencialidad de contenidos; y ambos generan obligaciones estatales positivas y negativas: obligaciones de respeto, de protección, de promoción y de garantía o satisfacción20.
Otro aspecto interesante a destacar es que los controles de los derechos fundamentales de la primera generación han sido caracterizados como negativos, pues protegen al individuo con una esfera de inmunidad privada (“nadie puede interferir con mis acciones lícitas”, dice Atria citando en el artículo 4º de la citada Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 178921); y, por el contrario, que los resguardos de la segunda generación son reconocidos como positivos22; dicotomía que llevó al jurista checo-francés Karel Vasak a resucitar la opinión de que los derechos de la primera generación se basan en el derecho a oponerse al estado y los de segunda generación en el derecho a exigir al estado23.
Antes esta diferenciación estuvo presente en la mencionada Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, distinguiendo claramente entre derechos del hombre y los del ciudadano. Y como nos recuerda Iván Jaksic, al principio de la república, lo importante eran los derechos cívicos y políticos; pero ahora, en el siglo 21, la preocupación ―continúa el Premio Nacional de Historia de 2020― son los derechos sociales24.
A partir de esta distinción se afirma que los derechos o controles negativos, consistentes en libertades, se protegen tradicionalmente en el ámbito procesal invalidando el acto que los infringe, siendo la judicatura el estamento idóneo para poner término a la correspondiente violación.
Al revés y dado que los derechos o resguardos positivos no tienen un remedio único, sino que su transgresión o no satisfacción enfrenta decenas de soluciones políticas alternativas sobre el uso de los recursos públicos, a los tribunales se les tiende a negar una injerencia bajo la modalidad procesal tradicional25, marcada por la exigencia de un interés individual afectado y un criterio abstencionista del estado.
Por el contrario, las concepciones contemporáneas de los derechos sociales se enfocan en reglamentar los mecanismos de resguardo que permiten constituir, si es el caso, en mora a los poderes políticos del cumplimiento de sus obligaciones, nacionales e internacionales, sobre esta materia26.
A juicio del profesor de Harvard y asesor de Obama, Cass Sunstein, esta distinción (derecho negativo versus derecho positivo) tuvo un cierto respaldo histórico, pero hoy es una categoría irrelevante, pues —afirma— ambos requieren de la tutela gubernamental y no de su abstención. En su criterio, sin respaldo público ningún derecho fundamental, sea de la primera o segunda generación, existiría. Al respecto, Sunstein cita a Bentham para quien tanto la propiedad cuanto la ley nacen juntas, toda vez que previo al surgimiento del derecho no hubo propiedad; si se quitan las normas jurídicas toda propiedad cesa. Y remarca que “en el estado de naturaleza, la propiedad privada no puede existir, al menos no en la forma en que existe en una sociedad libre”27.
Así, concluye el jurista argentino Gargarella, teóricamente no resulta explicable dicho tratamiento diferenciado, más allá de la indiferencia u hostilidad de algunos frente al Estado de Bienestar28 o desde una perspectiva decimonónica.
Desde otra orilla se justica el tratamiento judicial privilegiado dado a los derechos civiles y políticos frente a los derechos sociales, destacando que los primeros pueden ser tutelados por una vía procesal sencilla, rápida y efectiva (como sería el recurso de protección)29, en cambio ―se sostiene― que los DESC cuestan mucho dinero y requieren de un intenso activismo estatal para su implementación (verbigracia, la construcción de viviendas). Pero la verdad es que los DCP (por ejemplo, la libertad de expresión) también exigen poner en marcha una amplia y costosa maquinaria institucional, como lo es el aparataje judicial requerido para su protección y promoción30.
De ahí que la visión que conceptualiza a los derechos sociales como aspiraciones políticas nominales para el futuro o postulados programáticos, como los llamó Schmitt31, cuya concretización se hace realidad solo a medida de que las condiciones socioeconómicas permitan su implementación, es una restricción que el Tribunal Constitucional chileno controvierte consignando que tal posición llevaría a «desactivar» la constitución invocando “la imposibilidad económica del Estado de darles satisfacción, convirtiendo así en virtuales las cláusulas fundamentales que aseguren su materialización”32.
A juicio del filósofo y jurista alemán Robert Alexy el clivaje esencial a su respecto está en definir, primero, si los DESC son o no vinculantes para la jurisdicción y, en ambos casos, definir cómo obligan al estado: generando reglas en beneficio de los ciudadanos o si solo son orientaciones programáticas que se solventan en diferente grado (mandatos de optimización)33. Observaremos ―infra subacápite 2.4)― que en la actualidad quedó en el pasado aquello de que los derechos sociales se satisfacen con prestaciones individuales o que pueden privatizarse en beneficio de unos pocos.
2.2) Cartografía de los derechos fundamentales
Me detengo brevemente en la suerte de árbol genealógico de los derechos fundamentales construido por Vasak, a partir de la idea de tres generaciones de los mismos, cuarenta y tres años atrás —en 1977— y que distinguió entre: primera generación: los derechos civiles y políticos; segunda generación: los derechos económicos, sociales y culturales; y, tercera generación: los derechos colectivos o de solidaridad34.
En las últimas décadas ha surgido una cuarta generación: derechos asociados a los avances de la biomedicina y genética y a las tecnologías de la información y comunicación.
Hoy esta nomenclatura forma parte del vocabulario estándar llegado el momento de enseñar la evolución temporal de los derechos fundamentales; pero igual debe considerarse que tal diferenciación suele tornarse borrosa, en especial, en países como Chile, España e India, entre otros, donde la acción de tutela constitucional está restringida a un catálogo cerrado de derechos. Por ende, obligan a identificar los derechos de una generación en su conexión teórica y práctica con derechos de otra generación, como sucede con el derecho a la salud (N°9 del artículo 19 de la actual Constitución) subsumido en el derecho a la vida (N°1 del artículo 19 en relación con el inciso 4° del artículo 1°, ambos de la actual Constitución), que es el caso más emblemático y de diaria ocurrencia en Chile35.
Cerrando este aspecto, el Comité de DESC de Naciones Unidas sostiene que una clasificación rígida de los derechos sociales sería incompatible con el principio de que las generaciones primera y segunda de derechos son indivisibles e interdependientes, más aún si con ella se reduce la capacidad de los tribunales para proteger los derechos de los grupos sociales más vulnerables y el control judicial de poder político36.
i) Derechos civiles y políticos o de primera generación: Se afirma que serían anteriores al estado al emanar de la naturaleza humana y que tendrían su origen en el pensamiento liberal que originó la idea del contrato social, como la libertad ambulatoria, de expresión o asociación.
Dentro de este registro se integra el subuniverso de los derechos del ciudadano, que, a diferencia de los anteriores, requieren de la organización social toda vez que como son derechos políticos —o en realidad, del individuo organizado con otros— otorgan el derecho a acceder a cargos públicos y elegir a sus representantes mediante el voto, entre otros derechos, su ejercicio requiere del estado37.
En concreto esta primera generación más allá del catálogo anunciado por Schmitt38, se relaciona con las atribuciones del individuo para disfrutar de la vida, la propiedad privada, la libertad ambulatoria, la igualdad, la seguridad personal, la libertad de expresión, la capacidad para organizarse políticamente y designar a los gobernantes a través de votaciones periódicas, entre otras, y se construye desde una filosofía política liberal contrapuesta a las monarquías absolutas39.
ii) Derechos de segunda generación: En la matriz de este catálogo encontramos al Estado de Bienestar europeo y a la idea de solidaridad [“dé cada cual de acuerdo con sus capacidades (verbigracia, a través de un sistema impositivo progresivo), a cada cual de acuerdo (con) sus necesidades”40] o a una básica reciprocidad41.
A diferencia de los derechos de la primera generación (abstencionista o de autolimitación estatal), la segunda generación requiere de una actuación estatal para su realización que se concreta en prestaciones y servicios sociales. Por eso algunos autores hablan de derechos de prestación o créditos, como se indicó al definir la acepción por la que se ha optado en esta investigación dentro de la citada polivalencia semántica o polisemia existente. Pero en determinados casos, “los derechos sociales ―por ejemplo, fundar sindicatos, afiliarse o no a ellos ir a la huelga―, no se trata ya de prestaciones, sino, igual que en el caso de los derechos personales, de un deber de abstención en orden a no interferir en acciones como esas, o sea, se trata de derechos que se vinculan con la libertad”42.
La finalidad humanizadora y liberadora que entraña la consecución de los derechos sociales hará que su cumplimiento oscile constantemente entre el polo axiológico y el empírico de las estructuras económicas, que, por definición, no contarán siempre con los recursos necesarios para materializar estos valores.
Entre estos derechos sociales destacan: a) a la educación; b) al trabajo; c) a la salud; d) a la seguridad social; e) al descanso y al ocio; f) a poseer un adecuado nivel de vida; g) a la participación en la vida cultural; y, h) incluso a un orden internacional garantizador de los mismos43.
iii) Derechos de tercera generación: Se sostienen sobre el Principio de Solidaridad, regulando y promoviendo la libre determinación de los pueblos, el derecho al desarrollo, a un medio ambiente sano o del derecho a la paz; los cuales ya habitan en las constituciones portuguesa (1976), española (1978)44 y también ―al menos, el derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación― en la chilena (desde el Acta Constitucional N°3 de 1976: N°18 del artículo 1° y luego recogido en el N°8 del artículo 19 de la actual Constitución).
Su énfasis está dado por un esfuerzo conjunto de los individuos con el estado para satisfacer otras cuestiones también hoy esenciales para el bienestar humano45, tales como: a) el derecho al desarrollo; b) el derecho a la autodeterminación de los pueblos; c) el derecho a la paz; d) el derecho a la protección de los datos personales; e) el derecho al patrimonio común de la humanidad; y, f) el derecho a gozar de un medioambiente sano y ecológicamente equilibrado46.
iv) Derechos de cuarta generación: Las generaciones anteriores se identifican como reacciones ciudadanas frente al poder prevalente en un momento político determinado. En cambio, la cuarta generación, cuyos contenidos específicos aún forman parte del debate, es consecuencia de la evolución científica y técnica (aunque algunos refutan tal posición expresando que también es una contención ante el poder informático47).
Tal como ocurrió —en 1449— con la invención de la imprenta de Gutenberg, hay coincidencia en que esta generación implica un remozamiento de ciertos derechos fundamentales clásicos de las generaciones anteriores en razón de los indicados recientes conocimientos científicos y de su aplicación a diversos campos de la vida del hombre. Ellos han significado el advenimiento de cambios sociales, nuevos valores y paradigmas éticos y, en definitiva, de todo un mundo ignoto de inéditas formas de organización social.
A este salto cualitativo apuntan estos neófitos derechos fundamentales subsumidos en toda una serie de problemas políticos y jurídicos, que llevan a reformular aspectos tan relevantes como la libertad de expresión y la democracia en la forma y extensión que hasta ahora los hemos vivido.
Entre los derechos de cuarta generación se mencionan: a) el derecho de acceso a la informática; b) el derecho de acceso a la sociedad de la información en condiciones de igualdad y no discriminación; c) al uso del espectro radioeléctrico y de la infraestructura para los servicios en línea sean satelitales o por vía de cable; d) el derecho a formarse en las nuevas tecnologías; e) el derecho a la autodeterminación informativa; y, f) el derecho al habeas data y a la seguridad digital.
En procura de un concepto más global y dado que esta generación todavía no concluye su proceso de decantación, parece que la siguiente clasificación que la subdivide en tres subgrupos da una visión sobre la potencialidad de la misma:
•) Derechos del hombre relativos a la protección al ecosistema: Referidos a la pervivencia futura de la vida humana y al patrimonio de la humanidad, categoría que incluye los derechos de las minorías. Y, en algunos casos, incluye un aggiornamento de derechos ya enunciados y regulados en la tercera generación, como el derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación;
•) Derechos de la vida humana: Responden a los desafíos planteados por las recientes tecnologías biomédicas y que, al igual que en el caso anterior, obligan a reformular el derecho a la vida y la salud, entre otros; y,
•) Derechos de la tecnología informática: Estos se especifican en aquellos enumerados en el precedente cuarto párrafo de este subacápite iv)48.
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