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Joseph Kessel
Mermoz

| Kessel, JosephMermoz / Joseph Kessel. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Julia Bucci.ISBN 978-987-599-496-61. Crónica de Viajes. I. Bucci, Julia, trad. II. Título.CDD 910.4 |
Traducción: Julia Bucci.
Ilustración de tapa: Nicolás Arispe.
Ilustración de contratapa: María Rabinovich.
Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina.
Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Ambassade de France en Argentine.
Obra publicada a con el concurso del Ministerio Francés encargado de la Cultura - Centro Nacional del Libro
Ouvrage publié avec le concours du Ministère Français chargé de la Culture - Centre National du Livre
© Éditions Gallimard, 1938
© Libros del Zorzal, 2007
Buenos Aires, Argentina
Prohibida su venta en España
Libros del Zorzal
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Mermoz, escríbanos a: info@delzorzal.com.ar
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Índice
Prefacio | 5
Libro ILos primeros pasos
I. El niño bueno | 10
II. El mal soldado | 35
IIIEl piloto del Levante | 48
Libro IILa línea
I. En la calle | 86
II. El hombre del cigarrillo | 109
III. La lección española | 124
IV. Casablanca-Dakar | 142
Libro IIIEl conquistador de las Américas
I. El burócrata | 194
II. Día y noche | 215
III. A los 27 años… | 230
IV. La meseta de los tres cóndores | 257
V. La gran trampa | 278
Libro IVEl llamado del Atlántico
I. El “Comte de La Vaulx” | 286
II. El “Arc-en-Ciel” | 319
III. La “Croix du Sud” | 357
Prefacio
Durante mucho tiempo, la sola idea de este libro me resultó insoportable. Un dolor estéril frenaba en mí cualquier movimiento en esa dirección. Sin embargo, llegó un día en que sentí que ya no podía eludirlo.
Jean, tuve la magnífica suerte de ser tu amigo. Debíamos redactar juntos este relato. A menudo, soñamos con instalarnos –lejos de todo y de todos– en una playa solitaria y, entre el sol, las olas y los juegos físicos, en los que te destacabas, reconstruir tu existencia, etapa por etapa.
Pero nuestros pasos rara vez se cruzaban. Es difícil robar un mes de ocio al viento, a la tormenta, al cielo y al espacio. Año tras año posponíamos nuestro objetivo. Pensábamos que teníamos tiempo...
Y resulta que una mañana emprendiste tu vuelo hacia la más misteriosa de las aventuras humanas.
Debo, pues, comenzar solo, y concluir solo, la tarea en la que querías ayudarme. Yo esperaba una alegría tan clara, tan orgullosa. Ahora, lo sé, mientras la lleve a cabo, más de una vez me detendrá un sollozo que no podrá liberarse en lágrimas: el irresoluble, el árido sollozo viril.
Pero no es la certeza del dolor lo que me asusta en el instante en que, finalmente, me decido a hacerlo.
Recuerdo tu voz, tu rostro, tus enojos y tu risa. Y también los silencios que, a veces, extendían entre nosotros su agua secreta y fecunda y en los cuales, al mirarte mientras reflexionabas, te comprendía y te sentía mejor.
¿Cómo puedo pretender, en medio de los brillantes actos con los que jalonaste tu camino, resucitarte, a ti, entero, verdadero y mil veces más valioso que ellos?
No eran sino la trascripción de tu ser y, sin embargo, eres su prisionero. La convención, que despoja, reseca y deforma, ya te había escogido como blanco cuando estabas entre nosotros y cuando, para defenderte de ella, tenías unos músculos de acero, una maravillosa vitalidad animal y la más pura simpleza. Hoy, te rodea por todos lados. En torno tuyo se ha compuesto una imaginería más sepulcral que la muerte. ¿Tengo los suficientes recursos internos como para arrancarte del bronce de la gloria, disipar la glacial alabanza y restituirte en tu carne, en tu corazón, en tu violencia y tu humanidad, en tu perpetua conquista y victoria sobre ti mismo?
Estabas hecho de la más rica amalgama. No he conocido a ningún otro hombre cuya presencia sobre la tierra haya sido tan benéfica como la tuya. Y me aterra, sin falsa humildad, tener que reconstituir tu paso por la tierra.
Y hay algo más.
Conozco rasgos y actos tuyos que nos pertenecen sólo a nosotros. Quisiera contar aquí algunos de ellos. Me parece que por violentos, carnales y chocantes que puedan resultar a los ojos del vulgo, te pintan tan bien como tus proezas. Eras un hombre y no una estatua. Y de allí provenían tu grandeza y tu ejemplo.
¿Tengo derecho a servirme de mis hallazgos y de tus confesiones? ¿Por dónde pasa la línea divisoria entre la verdad y la indiscreción inútil? Pienso que no existe nada que deba ocultarse acerca de los movimientos de una sangre que es profunda y pura. Tú también lo pensabas. Pero, ¿y los demás, aquellos ante quienes quisiera hacer que tu completa y humana verdad resplandeciera? ¿Qué soy capaz de hacerles comprender y aceptar? Tú me lo habrías dicho. Habríamos hecho juntos la selección. Pero hoy...
Y, de nuevo, dudo.
Sin embargo, recuerdo que cuando estaba triste, desalentado, sin gusto ni estima por nadie y, especialmente, por mí mismo, cuando estaba dispuesto a renunciar al esfuerzo, a vivir una vida fácil, pequeña y baja, pensaba: “Está Mermoz... va a regresar por sobre el Atlántico... Frente a él, sólo frente a él, me avergonzaría. Va a regresar y no me negará un poco de su virtud.”
Y retomaba la sorda batalla que todo hombre debe librar, hasta su muerte, contra sí mismo.
Entonces, Jean, te lo ruego, te lo ruego, ayúdame de nuevo esta vez. Acompáñame en este barco que me conduce, a través del Océano que tantas veces sobrevolaste, al lugar donde encontraré tu más hermosa huella. Y dame, amigo, el aliento que me falta para componer un doble para tu rostro que no te traicione.
A bordo del Asturias, 12 de agosto de 1937.
Los viajes de Mermoz

Libro I Los primeros pasos
I. El niño bueno
La plaza principal de Aubenton, en el municipio del Aisne, se parece a muchas otras plazas de muchos otros pueblos de Francia. Alrededor de ella se encuentran el ayuntamiento, la panadería, el estanco y la escuela. Un poco más atrás, la iglesia. En una esquina se mece el letrero del Hôtel du Lion d’Or. El 31 de julio de 1937, por la tarde, se detuvo un pequeño automóvil cerca de su escalinata. En el asiento, inmóvil y casi sin expresión, se hallaba sentada una mujer de edad, vestida de negro. Ésta observó fijamente el Lion d’Or, la plaza, luego nuevamente el Lion d’Or.
–En aquel tiempo –dijo, con una voz muy baja y como descolorida–, el hotel tenía caballerizas. Se alquilaban coches. Y la peluquería no existía.
Regresó a su silencio, a su inmovilidad. Al cabo de algunos segundos, sin embargo, murmuró:
–Era allí... en la planta baja, en la tercera ventana... En una pequeña habitación baja.
Meneó la cabeza y agregó:
–No había vuelto aquí desde el día en que me llevé a Jean.
La mujer que hablaba de ese modo, frente a la casa donde había nacido Jean Mermoz y veinte meses después de que éste desapareciera en el Atlántico, era su madre.
Me resulta imposible no colocar su imagen en el umbral de este libro. Sé que ella me lo reprochará. Esbozará esa sonrisa incómoda, indecisa, modesta y de tan poderoso encanto, que también tenía Mermoz. Con sorpresa y desaprobación, me preguntará:
–¿Por qué habló de mí? Sólo se trata de Jean... No debió hacerlo.
Sí debía. El lazo de la sangre y el lazo del espíritu nunca han sido más aparentes ni eficaces como el que unía a estos dos seres. Una sola mirada bastaba para reconocer con admiración la fuente de donde el atleta de tan claro rostro había extraído su fuerza y su delicadeza, sus escrúpulos y su voluntad.
Mermoz vivió una vida muy diferente, se lanzó en un combate eterno, prestigioso. Su arena fue el desierto, el océano, el cielo. Pero sus recursos internos se los debía por completo a la mujer que nunca salió de Francia y quien, luego de quince años de trabajar como enfermera, se dedicó especialmente a curar los males de los desahuciados, pues no podía negarles nada.
La señora Mermoz había tenido una juventud melancólica, sofocada. La alegría, que constituye su elemento natural, le había sido negada por las sucesivas enfermedades y las complicaciones familiares. Su matrimonio, acordado apresuradamente, había sido desdichado. Al dejar París, se fue a vivir a Aubenton, al hotel del Lion d’Or, del cual era propietario su marido. Tenía poco más de veinte años. Su soledad espiritual era completa. Consideraba que su existencia estaba fallida para siempre.
Todo cambió el día en que la señora Mermoz sintió en ella el temblor de una nueva vida. Pero su alegría se vio alterada por un temor espantoso. Por razones que no es importante dar a conocer, temió que su hijo –estaba segura de que sería un varón– viniera al mundo desprovisto de las virtudes que ella quería para él. Esto se volvió una obsesión. Durante nueve meses, repitió este deseo: “Que sea honesto, que sea valiente, que sea bueno, leal y recto”.
Hasta el término del embarazo, libró, día y noche, ese combate desesperado, inspirado, contra las sombras que ella creía que amenazaban a su hijo.
Cuando la madre de Mermoz me contó esto, luego de treinta y cinco años, su rostro contenía el reflejo de la lucha en la que había estado involucrado todo su ser.
–Creo –concluyó con una sonrisa dulce y tímida–, creo que eso influyó un poco en el carácter de Jean.
El 9 de diciembre de 1901, Mermoz vino al mundo en una pequeña habitación baja, detrás de la tercera ventana de la fachada del Lion d’Or, que da sobre la plaza principal de Aubenton. Pesaba mucho y se parecía a Hércules en la cuna.
El nacimiento de este niño no apaciguó la desavenencia que, desde el día de su boda, había separado a la señora Mermoz y su marido. Por el contrario, ésta se fue agravando. Las escenas se volvieron más frecuentes, más duras. La joven mujer soñó muchas veces con irse. Pero la época, el medio, la educación que había recibido y, por sobre todo, la falta absoluta de recursos le prohibían dicha evasión. En aquellos tiempos, no era fácil dejar al marido en un pequeño municipio cerrado sobre sí mismo.
Una noche, una discusión más violenta que las otras despertó de un sobresalto al niño. El shock le provocó una crisis nerviosa. Al día siguiente mismo, la señora Mermoz abandonó para siempre el Lion d’Or y Aubenton y se llevó a su hijo, que tenía dieciocho meses, a Mainbressy.
Éste es un pueblo muy pequeño en las Ardenas. Como mucho 20 kilómetros lo separan de Aubenton y el paisaje no varía demasiado entre un lugar y el otro. Está compuesto por finas y suaves ondulaciones del terreno, cubiertas de prados y bosques. Hay mucho aire y espacio entre esos relieves, esos cerros, esas colinas que se suceden y se renuevan hasta perderse de vista. Pero los pliegues del suelo y la cortina de árboles recortan el horizonte en volúmenes regulares. Una suerte de economía rústica, llena de lucidez y de prudencia ha modelado las pasturas y los campos. Las viviendas modestas se inscriben allí con sencillez.
Una de ellas pertenecía a los padres de la señora Mermoz. Su padre, luego de haber administrado un comercio de calzado en la calle Richelieu, en París, había decidido retirarse al campo en los primeros días del siglo y había elegido Mainbressy.
El otoño del año 1903 comenzaba a iluminar los bosques cuando la señora Mermoz llegó buscando asilo con su hijo. Fue recibida sin calidez. Hay que comprender dicho recibimiento. En ese entonces, las costumbres no admitían que una mujer joven abandonara el hogar conyugal por su propia voluntad. Las veladas eran largas y los comentarios serían interminables alrededor del fuego, en las casas, en los municipios de los alrededores. Aunque una mujer estuviera sufriendo, las costumbres exigían que permaneciera con su marido. Había que aceptar los avatares de la vida. Ésta no estaba hecha para divertirse.
“La vida no está hecha para divertirse.”
Esta máxima había regido toda la infancia y toda la juventud de la señora Mermoz. Había perdido a su madre de tan pequeña que no conservaba ningún recuerdo de ella. Su padre volvió a casarse muy pronto y le dejó a su segunda mujer la tarea de criar a sus dos hijas. Ella se dedicó a hacerlo con una devoción perfecta, una solicitud y una grandeza moral dignas de admiración. Pero su austeridad era inflexible. La risa y la dulzura no tenían ningún lugar en su sistema de educadora. Hacía reinar bajo su techo la rígida virtud de un convento. Su imperiosa voluntad gobernaba toda la casa.
Es fácil imaginar cuál fue su reacción cuando vio llegar a su casa, de improviso, a la fugitiva de Aubenton. Admitió las razones que le dio la señora Mermoz, pero sin estima ni adhesión profundas. En torno a la joven se instaló un clima glacial, que duraría diez años. Un mudo reproche y una condena que, para no hacerse oír, eran bastante explícitos, le recordaron constantemente que había faltado a una disciplina de la que todo, en la casa donde se había refugiado, mostraba el inalterable rigor. La joven mujer soportó sin una palabra de rebelión esa reprobación silenciosa. Sabía, sin embargo, que había nacido para otra ley, la de la generosidad de la vida, tanto en sus alegrías como en sus penas. Pero pensaba en su hijo, lo veía crecer y se sometía sin discusión.
Jean Mermoz crecía bien. Era un niño alto, delgado y rubio. De mirada pensativa y expresión seria. Jugaba sin hacer ruido.
La señora Gillet continuaba aplicando al niño la regla que había utilizado para sus hijastras. Lo amaba profundamente, pero no lo demostraba. Las caricias, los besos, la indulgencia y la sonrisa estaban proscritos sin piedad. Un niño no necesitaba esas atenciones. Desde los albores de la vida, sólo debía conocer las exigencias del deber.
Cuando la señora Mermoz quería besar a su hijo, debía hacerlo a escondidas, como si estuviera en falta.
Esa dulzura contenida, clandestina, esa austeridad sin descanso y esa opresión llevada hasta la exaltación fueron duras tanto para la madre como para el niño. Pero en el caso de algunas naturalezas elegidas, el exceso de rigor las fortalece en vez de deformarlas.
Un régimen similar habría podido endurecer para siempre a un niño ordinario y, al mismo tiempo, volverlo temeroso e hipócrita. Pero en Mermoz el efecto fue el contrario.
Sin duda, no necesitaba tanta severidad para sentir en su madre una reserva inagotable de dulzura y de amor. Pero, en el desierto, el oasis es más verde que toda la vegetación de un mundo saturado de agua. Y los pocos minutos en que la señora Mermoz podía abrazar a su hijo deben de haberlos unido en un vínculo inexpresable.
Sin duda, para que Jean Mermoz fuese consciente del deber y de su primacía espiritual, no era necesario que se excluyera de su infancia la diversión, el placer ingenuo y la dulzura. Pero, ¿cómo no creer que las costumbres adquiridas en la edad más maleable desarrollaron en él, hasta obtener la fuerza de un instinto, el imperio de la voluntad y el sentido del sacrificio?
Sin embargo, hubo un terreno donde la señora Gillet se vio obligada a renunciar a su intransigencia. Ella era muy creyente y practicaba escrupulosamente. Habría querido compeler a su nieto a la misma piedad. Pero su marido no la compartía en absoluto. La señora Mermoz, luego de haber atravesado en su adolescencia una crisis de misticismo violento, se había alejado por completo de la religión. Respetaba la libertad espiritual y quiso que su hijo la conservara. Nadie tenía derecho, pensaba, a conducirlo inconscientemente a un dogma o a alejarlo de él. Cuando llegara el momento, él sabría elegir por sí mismo. Y supo imponer su convicción. Jean Mermoz fue bautizado –a los nueve años– y tomó la primera comunión. Pero esas formalidades fueron las únicas concesiones que consintió su madre. El niño nunca fue a misa ni se confesó. Como lo había previsto la señora Mermoz, resolvió el debate esencial mucho después y a su manera.
Entre los rasgos de aquella época donde ya se deja entrever el fruto de una formación, sólo uno basta. A los ocho años, Jean había ido un domingo a visitar a una tía que lo quería mucho. Ésta acababa de hornear un pastel de manzanas y le ofreció un trozo al niño. Éste se negó.
–Come tranquilo –insistió la tía–. Tu abuela no se enterará, te lo prometo.
–Pero yo lo sabré –respondió el pequeño Mermoz.
Hallamos esa seriedad precoz, esa conciencia y ese respeto por sí mismo en todo el desarrollo de su infancia. A los diez años, Jean Mermoz era muy fuerte, muy fino, muy serio. Nunca mentía. Nunca lloraba. Aparte de su madre, no tenía amigos y no deseaba tenerlos. No era pendenciero. Evitaba a las personas turbulentas. Su juego preferido era desarmar y rearmar una y otra vez un viejo reloj. Tenía un gusto pronunciado por la mecánica. Pero más le gustaba leer o escribir historias que él inventaba. Y, en especial, lo apasionaba el dibujo.
Los trabajos del campo no le interesaban, tampoco los animales. Si acompañaba gustoso a su madre en sus paseos, era por el placer de estar con ella. Realizaban con facilidad caminatas de 20 a 30 kilómetros. Preferentemente, iban a las ruinas de la abadía de Bellefontaine. Allí, cerca de un estanque cubierto de plantas, entre restos de muros ennegrecidos y columnas truncas a través de las cuales se curva el vasto cielo, aún se ve, extendida sobre su propia tumba, con casco y escudo en mano, la imagen de piedra del Sir de Rumigny, el fundador.
Nada permitía adivinar en ese niño tan obediente al joven camorrero, de risa combativa y amorosa, de terribles enojos, de alegrías tumultuosas, que un día haría rugir sus motores sobre las tierras y los mares. En cuanto a su vocación, Jean Mermoz no tuvo el menor presentimiento.
Poco antes de la guerra, se realizó, en Béthény, una de las fiestas aeronáuticas más importantes de aquellos milagrosos tiempos de la aviación. Se encontraban allí todos los que habían logrado hacer volar las increíbles máquinas: Latham, Blériot, Pégoud.
El entusiasmo de los espectadores tenía algo de religioso: sentían que asistían a un nacimiento. La aviación salía de su limbo. De pronto, el cielo estaba al alcance del hombre.
La familia de Mermoz, que en ese entonces tenía doce años, lo había llevado, ese día, a Béthény.
Él observó todas las evoluciones con una mirada curiosa, pero muy calma. Su primo, que también estaba allí, gritaba que sería aviador.
–Yo no –dijo Jean–. La mecánica y el dibujo me gustan más.
Esos gustos convencieron a su madre y a sus abuelos de enviarlo como interno a la Escuela Superior Profesional de Hirson.
De aquella época datan las primeras de las innumerables cartas de Mermoz a su madre. Las tengo frente a mí. La letra es compacta, aplicada y poco infantil. El tono es serio, orgulloso. El trazo, apretado, breve, contenido. Nunca una queja. El agua sale helada de los lavabos, el joven tiene las manos resquebrajadas, un profesor lo golpea duramente. Él se limita a anotar los hechos con una suerte de alegría superior. La educación de Mainbressy no había sido vana.
Sin embargo, en su casa se desarrollaba un drama silencioso. La señora Mermoz, separada de su hijo, sintió que ya no podría soportar mucho tiempo más la frialdad que la rodeaba. Todo tenía sentido mientras Jean estaba allí. Sin él, todo se volvía imposible.
Sin decir nada sobre sus intenciones, la señora Mermoz aprendió costura. Era muy habilidosa. Le ofrecieron un puesto de costurera en una casa de vestidos y abrigos en Charleville. Lo aceptó. Eso significó la ruptura con sus padres. Ellos habían aceptado, a regañadientes, que su hija dejara a su marido. Al menos había ido a refugiarse a su casa. En última instancia, podían tolerarlo. Pero que se fuera sola a una ciudad, a trabajar, era algo indecente, una traición. Una mujer debe quedarse con su familia. Si no, está perdida.
La señora Mermoz partió, sin embargo, a Charleville, llena de coraje y esperanza. Cada día de trabajo y cada progreso la acercaban a la vida en común con su hijo. Pronto, la suerte pareció responder a su esperanza. La propietaria de la casa de costura que la empleaba, ya anciana y casi ciega, le anunció que en poco tiempo le pediría que la reemplazara.
Eso significaba que su seguridad material estaría garantizada. La señora Mermoz pasaría las vacaciones de verano junto a Jean.
Las vacaciones de verano de 1914 se inauguraron con el ruido de los cañones. La invasión se extendió sobre los departamentos del este. La señora Mermoz partió a Mainbressy.
Sus padres se habían ido, llevando a su hijo consigo, sin avisarle y sin decir adónde iban.
Antes de volver en sí y de poder orientarse, la señora Mermoz vio aparecer las patrullas alemanas en el pueblo.
La pequeña casa de Mainbressy donde Jean Mermoz vivió su infancia sigue intacta. Aquí está el gran salón comedor de la planta baja, con su estufa, donde se desarrollaron tantas veladas austeras. Aquí está el jardín que desciende en una suave pendiente sobre un brumoso valle, y sus manzanos, y sus conejos. El verano pasado, cuando iba a verlos, los abuelos de Mermoz aún vivían allí. El abuelo era muy recto. A los noventa años aún se podían hallar los rasgos de su hija y de su nieto en su rostro. Quince kilómetros de caminata no lo asustaban. Una suave y lúcida malicia habitaba sus ojos claros y no sé qué fuerza vital, muy pura, que era la marca de tres generaciones. Uno sentía una sorda emoción frente al testimonio intacto de la permanencia de la sangre. La edad había marcado más a su mujer. Pero en su rostro se detectaban rastros de belleza y regularidad inflexibles. Su hija iba a verlos a menudo. Cada domingo iban a almorzar a su casa en Rocquigny, el municipio vecino. Un gran cariño y un entendimiento profundo unían a estos tres seres. ¿Quién podría haber imaginado que dos de ellos, con la mejor fe del mundo, habían infligido a su hija el más cruel de los sufrimientos? Cuando los observaba, yo pensaba en todas las tragedias donde nadie es culpable y en todas aquellas que seguirán desgarrando a los hombres hasta que no encuentren un lenguaje en común para sus sentimientos.
Durante tres años, la señora Mermoz no supo dónde estaba su hijo e incluso si estaba vivo.
Vivía en la casa de sus padres. Había sido excluida de ella mientras ellos estaban allí, pero decidió regresar para defenderla de los saqueos. Vivió de los productos de la huerta, del gallinero, de la conejera. Sufrió las miles de vejaciones inevitables que conocieron durante la guerra todos los habitantes de las regiones invadidas. Sin embargo, los servicios de la ocupación alemana no fueron quienes causaron el mayor daño a la señora Mermoz.
Mucho más sufrió al ver cómo, poco a poco, el temor, la acritud, la desconfianza y la intriga desgarraban al pueblo y acometían contra ella. A medida que pasaba el tiempo, que la vida se volvía más penosa, que la perspectiva de la liberación retrocedía sin cesar, los corazones se endurecían, un egoísmo mezquino y ávido prevalecía por sobre todos los demás sentimientos. Esos tres años fueron para la señora Mermoz una verdadera asfixia. Completamente aislada de Francia, sin ningún auxilio a su alrededor, sin ninguna comunicación humana, enferma, creyó que desaparecería antes de saber qué había sido de su hijo. Ya no miraba ni tocaba, más que con abatida desesperanza, esos objetos que lo recordaban en la triste casa de Mainbressy –ropas de su infancia, juguetes empolvados, torpes trabajos de escolar–, y que, como talismanes, la habían sostenido al comienzo de aquella larga tortura. ¿Dónde estaba Jean? ¿Qué hacía? ¿Qué vida llevaba? Día y noche, estas preguntas obsesionaban la mente de la desdichada mujer mientras que las estaciones se sucedían, sin misericordia, en la sangre de los hombres.
Ahora bien, si la señora Mermoz hubiese tenido el don de ver a la distancia, habría reconocido, entre los alumnos que iban al liceo de Aurillac, al joven alto, reservado, pensativo y rubio, que era su hijo. El abuelo de Jean Mermoz ya había vivido la invasión de 1870. Recordaba que, en ese entonces, se había extendido a media Francia. Se había refugiado, pues, en Auvergne con su mujer, su nieto y la familia de su segunda hija.
Súbitamente desarraigado y trasplantado a una tierra más rigurosa, bajo un cielo más rudo, Jean Mermoz disfrutó físicamente de los favores del aire y la pureza del país montañoso. Pero su soledad afectiva fue terrible. No quería a nadie más en el mundo que a su madre. Para él estaba como muerta.
Un fuerte contraste acababa de hacerle comprender la dimensión de su abandono. Cada día veía a su primo y a su prima, cuya edad era cercana a la suya, abrirse a la dulzura de una madre indulgente. A los abuelos no se les ocurría intervenir. Ella tenía marido. Su vida se adecuaba a las costumbres. Era justo que dispusiera a gusto de sus hijos.
Para Jean continuaba la educación monástica de Mainbressy. Y se acercaba a la adolescencia, es decir, a la edad en que la necesidad de intercambio, de confidencia, se vuelve casi trágica a fuerza de intensidad. Fuerzas sordas, una esperanza y una ansiedad confusas y poderosas exaltan y agobian alternadamente el corazón. Se vuelve preciso contarlas, compartirlas...
Jean no tenía a nadie. Por un juego fatal, su reserva se convirtió en timidez, su humor serio en melancolía, su sensibilidad natural se afinó al extremo. Demasiado orgulloso como para mostrarlo o quejarse, ni siquiera a sí mismo, aprendió precozmente a componerse un mundo con sus propios recursos. Pero, ¿cuántas veces y con cuánta intensidad debió de llamar internamente a su única amiga, a su única compañera, su madre, de quien había sido separado en las vacaciones de 1914?
Y de pronto un día, en 1917, la vio aparecer.
En efecto, en ese año, unos acuerdos internacionales pautaron la repatriación de determinada cantidad de habitantes retenidos en países ocupados: los ancianos, los niños y los enfermos. La señora Mermoz formó parte del primer grupo que llegó a la Francia libre desde las Ardenas, a través de Suiza.
Es inútil describir detenidamente los sentimientos de Jean Mermoz y su madre cuando ésta llegó a Aurillac. Jean había crecido, sus hombros se habían ensanchado, su voz, que la señora Mermoz escuchaba con encantada sorpresa, estaba mutando. El niño se había convertido en un adolescente. Había estado tres años lejos de su madre. Durante aquella interminable separación, no habían podido tener ninguna comunicación. Pero poco importaba. Su reencuentro fue tan simple y natural como si sólo hubieran estado separados un día. De inmediato comenzaron nuevamente a pensar en voz alta uno delante del otro.
El recibimiento de la señora Mermoz por parte de sus padres fue cordial. Ellos sintieron que el rigor de sus principios había sido superado por el de aquella dura prueba. Le propusieron a su hija que viviera con ellos. Pero eso era imposible para la señora Mermoz.
No había huido de la tutela de Mainbressy, no había agonizado durante meses y meses en la más funesta ansiedad para ver su cariño coartado y admitir que, tras haber hallado a su hijo por milagro, debía volver a compartirlo en una lucha desigual.
Sentía, en cada una de sus células, el sufrimiento de las horas perdidas y desiertas. Quería recuperarlas, conocer cada movimiento, cada respiración de Jean. También adivinaba en él esa urgente necesidad de resurrección de a dos. Para ello, ya tenían los años contados. En el joven alto, con la voz cambiada, ya se sentía despuntar al hombre.
Pese a las súplicas del propio Jean, la señora Mermoz tuvo la valentía de dejarlo para ir a buscar trabajo.
Finalmente, el destino resultó favorable. Una parienta mayor conocía muy bien a Léon Bourgeois. La señora Mermoz lo conoció en su casa. El hombre de Estado le ofreció un puesto de enfermera en el hospital de Laënnec y le consiguió a Jean una beca de mediopensionista en el Liceo Voltaire.
Unos días después, estaban en París.
Se instalaron en un taller en el número 14 de la avenue du Maine.
Era una zona tranquila y libre del barrio de Montparnasse, poblada por una pequeña burguesía, artesanos y falansterios de artistas. La modicidad del alquiler –850 francos al año– era muy relativa para la señora Mermoz. Cada mes de trabajo en el hospital Laënnec sólo le dejaba 150 francos. Su vivienda absorbía, pues, la mitad de su salario. Pero no dudó en su elección y Jean la aprobó por completo. Más allá del hecho de que ni ella ni su hijo se destacaron demasiado por el sentido del ahorro, en esa decisión se hallaba la satisfacción de una necesidad quizá inconsciente, pero de una fuerza irresistible.
El taller lleno de ventanales e inundado de luz no se limitaba a su propia superficie. Se reflejaba, por decirlo de algún modo, indefinidamente, en otros talleres igual de vastos, igual de luminosos, igual de vacíos y habitados por pintores o escultores. La juventud, la pobreza, la despreocupación, la locura y la esperanza les hacían compañía.
Luego de Mainbressy, luego del internado de Hirson, luego del cautiverio en el territorio invadido, luego de la soledad afectiva de Aurillac –en fin, luego de años y años de opresión, vigilancia, claustro, encierro y separación–, Jean Mermoz y su madre de pronto se hallaban solos, dueños de sus movimientos y de sus sentimientos, en el campo de libertad más maravilloso del mundo: la bohemia de París.
Un cambio tan brusco y total podría haber sido peligroso. En aquella época, la señora Mermoz era una mujer joven y Jean entraba en la adolescencia. Las costumbres afables y fáciles, el abandono, la violencia y la licencia de los instintos en naturalezas cuyo único código moral era la belleza de una línea, de un color o de un volumen, la mezcla de la exaltación y el desenfreno, de la miseria y el éxito milagroso, todo eso formaba una suerte de torbellino capaz de disgregar a los caracteres débiles.
Pero la señora Mermoz y su hijo tenían esa integridad natural tan poco frecuente, que permite vivir en cualquier medio y escoger de él, instintivamente, las cosas agradables o fecundas que puede ofrecer, sin jamás dejarse afectar por él.
Si bien la bohemia de Montparnasse les aportó sus canciones, su sed de belleza, su espíritu vivaz, su ausencia de convenciones y de prejuicios, fue sólo por transmisión espiritual y como por ósmosis. Ya que, aunque vivían entre las más turbulentas e invasoras criaturas de la Tierra, la señora Mermoz y su hijo casi no tuvieron contacto directo con ellas.
Se bastaban mutuamente. Vivían el uno para el otro.
A veces, al ver a una joven madre y a un hijo grande llevar una existencia estrechamente unida y trenzada como una trama del mismo grano, he experimentado un sentimiento singular. Me parecía que ese entendimiento perfecto y esa luminosa dependencia transformaban las leyes de la naturaleza. Me resultaba difícil, casi imposible, admitir que no hubieran gozado de una misteriosa infracción. A tal punto el hijo de esta mujer dependía sólo de ella, que me parecía que lo había engendrado sola. Impresión, lo sé, lógicamente inadmisible, pero que se habría impuesto a mí por completo, estoy seguro, si hubiese conocido a la señora Mermoz y a su hijo en la avenue du Maine.
Tal es la fuerza del amor y de la verdadera paternidad.
La señora Mermoz me ha dicho con frecuencia: “Fue el periodo más feliz de nuestra vida”.
En su caso, no podemos dudarlo. Cuando pensamos en las condiciones de existencia que precedieron su llegada a París y en las alarmas que luego alimentaron su vida, desde el primer hasta el último vuelo de Jean Mermoz, comprendemos la exaltación y la patética añoranza con las que se refería a esos años de oasis en Montparnasse.
Pero, en el caso de su hijo, ¿también son ciertas esas palabras? ¿No conoció el apogeo de su vida, la realización más integral de sí mismo en otros momentos?
Cada persona tiene una obra, un amor que engendrar y satisfacer, y cuando los realiza, se siente muy cerca de los dioses.
En el caso de la señora Mermoz, era su hijo. Para su hijo, era la conquista de los elementos y los mundos. Ambos alcanzaron, durante algunos años, la plenitud. Es algo envidiable.
Fue una singular existencia la de ese joven alto de dieciséis años, hombros robustos y un rostro tan fino que parecía frágil.
En vez de dejarse cautivar por el espejismo de la gran ciudad, por las trampas de su fascinante jungla, Mermoz, más que nunca, se replegó sobre sí mismo, ya que era evidente que él y su madre sólo eran uno.
Parecería que su genio interior, presintiendo la curva de su destino, le hubiera murmurado en esas horas decisivas: “Apúrate a aprender, apúrate a meditar. Ya no tienes mucho tiempo por delante. Pronto conocerás las amistades y los amores violentos, pronto conocerás las riñas y el vino y las tierras ardientes alimentarán tus músculos y tu sangre. Luego, vendrán la cosecha de los países, los mares y los cielos y la gloria con sus reveses. Disfruta esta vida estudiosa, profunda, íntima, de la que aún dispones, date prisa.”
Hasta su enrolamiento en el ejército, Jean Mermoz no bebió una sola copa de alcohol, no conoció a las mujeres. Franqueó ingenuamente la edad difícil que forma o deforma por siempre la pureza de un corazón, como si se preparara a pronunciar sus votos.
Su agenda era muy simple. Pasaba todo el día, mientras la señora Mermoz trabajaba en Laënnec, en el Liceo Voltaire. Por la tarde, se reencontraba con su madre. Él le contaba sobre las horas que acababa de pasar. Ella le contaba los descubrimientos de un oficio que cada día la invadía más. Por su intermedio, él penetraba en los secretos del sufrimiento humano, en los humildes dramas del hospital y los recursos de la bondad. Después de cenar, tomaba un libro. Su avidez por la lectura era voraz. Prefería a los poetas por sobre todas las cosas. Repetía sus versos hasta el hartazgo, hasta el agotamiento y se dormía susurrándolos.
En sus días libres –jueves y domingos–, no pensaba en salir, sino en dibujar. Tuve la extremada sorpresa de encontrar en Rocquigny una carpeta llena de desnudos firmes y nítidos, donde se siente, al mismo tiempo que la ingenuidad del autodidacta, una aguda sensibilidad a las formas, un innato sentido del trazo.
Recuerdo haber preguntado con estupor:
–¿Entonces Jean tenía modelos?
La señora Mermoz sonrió suavemente:
–¿De dónde habríamos sacado el dinero? –dijo.
–Pero ¿Jean no sacaba a esos individuos de su cabeza, verdad?
–No, por supuesto. A través de nuestros ventanales se veían muchos otros talleres. Siempre había algún modelo en uno o en otro, en el de un pintor, en el de un escultor. Jean aprovechaba la pose.
Su relación con los artistas se detenía ahí.
No le gustaban mucho el tumulto, los excesos ni la vitalidad exuberante de sus vecinos. Prefería los poemas de Samain, de Verlaine, de Baudelaire, la meditación, la extremada reserva, el tímido y ferviente estudio de su ser interior. Nada anunciaba su faceta violenta, tormentosa y vuelta hacia el exterior. Nada salvo aquello que la preparaba, es decir, un hambre insaciable, bárbaro, heroico.
No podemos llamar exactamente pobreza a la situación material de la señora Mermoz y su hijo en la avenue du Maine, pero se ubica en el límite extremo que separa la privación intolerable de la miseria.
Tras pagar el alquiler, la señora Mermoz disponía mensualmente de una suma de 75 francos. En 1918, el precio de las cosas no era, sin duda, el que hoy está en curso y la moneda francesa aún tenía su valor pleno. Sin embargo, incluso entonces, era más que difícil satisfacer las necesidades de dos personas con 2,5 francos por día. Sobre todo si una de ellas era un adolescente vigoroso y en plena formación. La mayor parte de los escasos recursos de los que disponía la señora Mermoz servían para alimentar a su hijo. La guerra, en su último estadio, imponía restricciones. La cantidad de pan destinada a cada habitante de París se medía estrictamente por medio de tarjetas. Por suerte, la señora Mermoz, como enfermera, tenía derecho a una doble ración. Se la reservó completamente a Jean, y durante muchos meses ella no probó bocado.
En cuanto al resto, realizaba el milagro cotidiano al que están acostumbradas tantas amas de casa humildes en París. Jean estaba vestido con decencia y pulcritud. Podía comprar libros en ediciones populares y de vez en cuando pasearse por la gran ciudad con algunos centavos en el bolsillo. Él no pedía más que eso.
El deseo del lujo y la envidia nunca lo rozaron. La riqueza era una entidad que no le interesaba en absoluto. En ese periodo se establecieron definitivamente en él, gracias a los vecinos del taller y a la vida que llevaba, el desprecio por las convenciones, el respeto por los tesoros del espíritu, el desdén por los bienes materiales, un maravilloso sentido humano y la noción justa de la dignidad.
Cuando rodea a un ser puro y sano, la privación es la mejor escuela. Por sí misma enseña la jerarquía de los valores.
Al igual que el pan, el carbón también estaba racionado y se entregaba según el sistema de las tarjetas. La señora Mermoz no tenía los medios para que se lo enviaran a su casa, ni el tiempo ni la fuerza de ir a buscar ella misma su provisión. Así, pues, Jean se encargaba de hacerlo con una carretilla. Ahora bien, en uno de esos trayectos, se encontró un día con dos de sus compañeros del Liceo. Naturalmente, él vestía su ropa más gastada. Tenía las manos negras y tiraba con todas sus fuerzas de la carretilla. Les sonrió alegremente a los muchachos de su clase y los interpeló. Ellos siguieron de largo, simulando no reconocerlo.
Jean le contó el incidente a su madre encogiéndose de hombros, con una suerte de piedad que ya entonces era viril. Luego concluyó:
–Son unos imbéciles. Nunca comprenderán cuán contento me pone ayudarte.
Ese desdén no disimulaba ninguna herida de amor propio. Para comprender el valor de ese sereno orgullo, debemos recordar la edad que tenía Mermoz, una edad en la que reina la falsa vergüenza.
Durante ese periodo, Jean sólo tuvo un amigo, que ya era un hombre hecho y derecho.
Fue la señora Mermoz quien lo descubrió. Los servicios de la Asistencia Pública le habían encargado que visitara y organizara el quinto distrito para la lucha preventiva contra la tuberculosis. Ese terrible inventario de la miseria y la enfermedad, durante el cual subía diariamente más de doscientos pisos, condujo una mañana a la señora Mermoz a un pobre apartamento de la calle Cardinal-Lemoine. Le habían señalado que un gran herido de guerra se debatía allí contra una suerte de perpetua agonía.
Cuando entró por primera vez en ese lugar, el enfermo, preso de una sofocación atroz y sin creer ya en nada ni en nadie, la echó brutalmente. Sucedió lo mismo en la segunda entrevista. En la tercera, el enfermo sintió vergüenza y recibió a la señora Mermoz. A partir de ese momento, no pudo prescindir de ella.
Vivía de milagro. La aorta, los pulmones, los riñones, el estómago, todo había sido arruinado por una conmoción que había afectado la totalidad de su organismo. Los dolores eran tales que los médicos, que ya no creían que el desdichado tuviera una oportunidad de vivir, le prodigaban éter en dosis masivas para calmarlo.
Al ver la indigencia y la tortura en los que se debatía, la señora Mermoz lo trasladó a su casa. Mientras ella recorría los tugurios, Jean cuidó al enfermo. Entre ellos se estableció una gran amistad, que nunca cesaría de manifestarse.
Max Delty tenía, en ese momento, el doble de años que Jean Mermoz. Sin embargo, su relación no se resintió por esa diferencia de edad. Hablaban de igual a igual.
En el cuerpo humano existe un punto de aferramiento a la vida que la ciencia es incapaz de develar. Aunque había sido condenado por toda la Academia, Max Delty, sin embargo, se recuperó. Sus crisis se espaciaron y pudo retomar su profesión de cantante de operetas.
Fue contratado por el teatro Bouffes du Nord y pudo, gracias a ese ingreso, mejorar la alimentación en el taller.
A menudo, Jean Mermoz iba a buscarlo a pie al teatro y regresaban juntos, también a pie, conversando sobre arte, canciones, la guerra y la vida, hasta la avenue du Maine. Pero nunca hablaban de aviación.
Y, en realidad, hasta los dieciocho años, Jean Mermoz no pensó en ser aviador. Y ni una sola vez, en el fragor de una guerra que exaltaba en todo el país los actos de los pilotos y los nombres de Guynemer, Nungesser y Fonck, sintió el deseo de manejar una máquina alada.
En la avenue du Maine, la ambición, o más bien el sueño de Jean Mermoz, fue modelar rostros y torsos en la tierra obediente.
Pero para hacer escultura, había que tener una vida material asegurada. Al menos eso pensaba Jean Mermoz. Ese temor del futuro constituía la prueba misma de la falsa vocación, pues cuando se introdujo en la verdadera, Mermoz no se preocupó por semejantes inquietudes.
De cualquier modo, y aún equivocado sobre su propia persona, Mermoz decidió prepararse para la École Centrale. En 1918 había pasado la primera parte de su examen de bachillerato de ciencias. El verano siguiente se presentó al examen definitivo. El veredicto fue: aprobado en el escrito, reprobado en el oral. Esto lo abrumó.
Incluso le provocó una suerte de crisis nerviosa, lo cual es muy fácil de explicar. Mermoz amaba las letras y las artes y le costaban mucho las matemáticas. Ahora bien, la carrera que él creía que debía seguir exigía su estudio exclusivo. Él quiso reemplazar con asiduidad y con empeño el don que le faltaba. Dejó de salir, no escuchó más a su madre, que le suplicaba que se distrajera. Condenó a su cuerpo, hecho para el espacio y el ejercicio violento, a estar inclinado inmóvil sobre una mesa. Y, al mismo tiempo, la crisis de crecimiento desbarataba su organismo.
El resultado de esa limitación a la que él mismo se condenaba no se hizo esperar. Padeció dolores de cabeza crónicos. Su mirada se ensombreció. Ya no podía leer otra cosa que los versos más desesperados de Baudelaire y de Verlaine. A veces se quejaba de un cansancio extremo. Y pronto mostró una señal peligrosa de ello.
Un día, su madre, que quería distraerlo a toda costa, lo había llevado a una pequeña sala de cine, cerca de la estación Montparnasse. Ambos dejaron juntos sus asientos, pero a la salida ella ya no lo encontró. Luego de algunos minutos de espera, se quedó sola en el vestíbulo, donde comenzaban a apagar las luces. Afuera, la señora Mermoz no reconoció a su hijo entre los transeúntes. Lo llamó, lo buscó, sin encontrarlo.
Corrió hacia la avenue du Maine. Jean no tenía la llave del taller. Pero tampoco descubrió ningún rastro de su presencia en los alrededores de la casa. De golpe, la ansiedad se abatió sobre la señora Mermoz. Recordó todas las manifestaciones mórbidas que había observado en su hijo y tuvo miedo del invisible amigo que Jean poseía en él. Como una loca, sin propósito, sin pensar, la señora Mermoz se puso en marcha. ¿Quién la guiaba? Hasta el día de hoy, ella no puede decirlo.
Recorrió todo el barrio de Montparnasse, atravesó el de los Inválidos, llegó hasta el Sena. En la penumbra nocturna, le pareció reconocer una silueta familiar en la orilla. Descendió. Muy cerca del agua, Jean Mermoz se inclinaba...
Su madre lo llevo a la avenue du Maine, sin preguntarle nada, y lo acostó. Él se durmió profundamente.
Al día siguiente, no tenía ningún recuerdo de su fuga. Y nunca la recordó. Un médico al que consultaron se mostró muy preocupado. Temía una meningitis evolutiva, lenta.
La señora Mermoz, que nunca se había servido de la autoridad para con su hijo, fue inflexible. Le prohibió continuar sus estudios para los exámenes de octubre y lo envió a la casa de sus padres en Aurillac.
Jean Mermoz regresó cuatro meses después, transformado por el aire puro, una vida sana y ruda y el final del crecimiento. Estaba tranquilo, estaba fuerte. Sus músculos ligaban y desligaban en él sus armoniosos nudos. Sus hombros comenzaban a conquistar una anchura olímpica. Miraba derecho frente a él. Sus ojos reían de nuevo.
Era un hombre que se reconocía como tal y que comprendía que se había equivocado de camino.
–Cuando termine el Liceo –le dijo a su madre–, no entraré a la École Centrale. Nunca seré ingeniero, eso no es para mí.
Pero aún oscilaba.
Max Delty conocía a un secretario de redacción en el Journal. Le presentó a Jean Mermoz en una cena. La falta de entrenamiento del joven con la bebida hizo que abandonara la mesa descompuesto. Ese fue el único resultado de aquella entrevista.
Varios meses transcurrieron en vanas búsquedas de trabajo. La inactividad, el sentimiento de que era una carga para su madre, que acababa de ser nombrada jefa de enfermeras en Pontoise, le pesaban cada vez más. Decidió enrolarse. Luego del servicio militar, vería las cosas con más claridad.
Pero en esa etapa donde se jugaba su destino, Mermoz no pensó primero en la aviación. Vacilaba entre la caballería y la infantería alpina.
Todo se decidió en un pequeño café de Pontoise.
Mientras miraba cómo Max Delty bebía un aperitivo, Jean Mermoz le contaba sus proyectos y sus dudas.
–¿Por qué no intentas ser aviador? –le preguntó Max Delty–. Es el arma más libre y con la mejor paga. Y, además, tengo un amigo allí que quizá pueda ayudarte.
–¿Por qué no? –dijo Jean Mermoz.
En junio de 1920, con dieciocho años de edad, se enroló.
Le pregunté muchas veces a Jean Mermoz sobre el sentimiento que experimentó en ese instante.
–Ninguno –me repitió–. Ninguno salvo el deseo de terminar de la mejor manera con el servicio.
–¿Pero cómo explicas esa indiferencia frente a la aviación –insistía yo–, cuando, después de los dieciocho años, no has podido concebir la existencia fuera de ella?
–No sé –decía Mermoz–. Realmente...
Sin embargo, lo sabía. Creo. Pero su modestia y su reserva lo volvían incapaz de expresar sus sentimientos más profundos. Ahora bien, para satisfacer mi exigencia, Mermoz habría tenido que entregar más que una aspiración secreta, más que su corazón: el sentido de toda su vida. Y su verdad.
Lo presentí cuando hablaba con él. Pero no lo supe de forma evidente y plena sino después de su desaparición. Para escribir este libro, he registrado cada carta de Mermoz, he escrutado cada uno de sus pasos. Sólo entonces pude ver que esa ignorancia de una vocación marcaba la primera etapa de la sublime persecución a la que Mermoz había dedicado toda su existencia.
Si no comprendemos eso, no comprendemos nada de aquella vida. No podemos acceder a su núcleo real. Sólo los actos reflejos permanecen perceptibles. Sin la búsqueda constante, ardiente y dolorosa de su verdad, Mermoz no habría sido más que un gran piloto. Pero fue mucho más que eso y mucho mejor. Y la sorprendente actitud de su adolescencia respecto de la aviación es la prueba más valiosa. Pues muestra la disponibilidad absoluta de un alma que no necesita nada más que su propia liberación y que duda acerca del medio para asegurarla.
En la tierra existen dos clases de hombre. La primera –de sofocante abundancia– se conforma con satisfacer las necesidades elementales de la existencia. Las preocupaciones materiales y los problemas familiares limitan su campo. El amor, a veces, proyecta allí su sombra, pero de forma estrictamente egoísta y reducido a la escala del resto.
La otra clase, aunque está sometida al yugo del hambre, el placer carnal y el afecto, lleva más alto y más lejos su ambición. Para desarrollarse y simplemente para respirar, necesita un clima más bello, más puro, más espiritual. Debe traspasar los límites ordinarios, exaltar al ser más allá de sí mismo, someterlo a una gran fuerza invisible y elevarlo hasta ella. La pobreza del hombre la hiere, la desespera. Sólo la atrae lo inaccesible como la redención y la victoria sobre la condición humana.
A esa sangre elegida, a su cima, a su elite, pertenecía Mermoz por su herencia materna, por su educación, por toda su naturaleza. Para vivir, debía evadirse de la vida.
En la avenue du Maine, no lo sabía. Pero su retraimiento sobre sí mismo, su precoz meditación, el amor por los libros, la pasión por las artes, todo en él revelaba la necesidad mística.
El ruido de los motores y los prodigios de la mecánica no entraban en ese terreno. Jean Mermoz, a los dieciséis años, no estaba lejos de considerar el avión como un automóvil perfeccionado. No le interesaba demasiado.
En realidad, si entonces le hubiera gustado pilotear, no habría sido él mismo. Se habría parecido, simplemente, a muchos otros jóvenes realistas y audaces, hábiles con las manos, de mirada segura y corazón firme, a los que les gustaba el más nuevo de los deportes, el más peligroso y el más glorioso.
Para amar la aviación, la naturaleza de Mermoz exigía otra cosa.
Lo supo más tarde cuando, ya conociéndose, me decía:
–También podría haber sido meharista o misionario.
El destino le proporcionó la ruta mejor hecha para su gran brío y la más propicia para tocar fácil y ampliamente la imaginación de los hombres. Pero lo que ante todo le hacía falta era una forma de vida, un instrumento en armonía con sus músculos, su corazón y su alma que le abriera la pista del viaje interminable.
Por no haber comprendido eso, había estado cerca de caer inconsciente en el espeso oleaje del Sena. Y también estaba ciego y sordo cuando se puso, en Bourget, el uniforme de soldado de aviación.
II. El mal soldado
Cuando Mermoz hablaba del aprendizaje de piloto que realizó en Istres, luego de cuatro meses de clases en Bourget, siempre adoptaba un rostro casi de odio y las crudas palabras del vocabulario de soldado transformaban, sin que él se diera cuenta, su lenguaje.
No era el recuerdo de las pruebas, las vejaciones y las estúpidas injusticias lo que endurecía de ese modo sus rasgos y su voz, pues después había conocido días más difíciles. Lo que Mermoz no le podía perdonar al régimen que pesaba sobre el campo de aviación de Istres en 1920 era que casi había hecho que perdiera el gusto por la aviación incluso antes de permitirle volar.
–¡Los canallas desalentaron a decenas! –decía.
Resultó ser, en efecto, que el campo de aviación de Istres fue, luego de las hostilidades, una suerte de vertedero para los grados menores de los batallones de disciplina y los regimientos de Joyeux. Allí donde habrían sido necesarios entrenadores de almas para jóvenes ingenuos y apasionados, colocaron carceleros... Detestaban todo lo que se alejaba de la más vulgar rutina. No estaban acostumbrados a la aviación. Aún tenían presente en el recuerdo, como un desafío, la imagen de los pilotos de guerra en uniforme de fantasía que tenían el privilegio de poder lavarse antes de morir. Desconocían todo el costado heroico y alado de la profesión. Sólo veían lo que podía suscitar envidia.
¿Cómo podían comprender el espíritu de aventura y el amor por los horizontes, vedados a los cuerpos clavados en la tierra? Para ellos, los alumnos pilotos sólo eran unos engreídos, ambiciosos y detestables. Merecían un entrenamiento especial. Más que cuidado, los brigadas y sargentos de los batallones disciplinarios aportaron sadismo a dicho entrenamiento. Sólo obtenían su gracia los débiles que cedían y, tras pedir la exclusión, renunciaban al vuelo.
Mermoz, por su naturaleza y su educación, era más sensible que sus compañeros. Sufrió mucho. Pero también era más estoico. Resistió más.
Por más que le hicieron acarrear piedras, pelar patatas, vaciar los servicios, tapar y volver a tapar los mismos agujeros, nada dio resultado. Había ido a Istres para aprender a pilotear. Y pilotearía. Subiría a esas máquinas que veía de lejos, detenidas frente al hangar, junto a la pista, una planicie inmensa desplegada bajo el bello cielo azul y cruel, lleno de luz.
Mermoz ignoraba todo acerca de cómo manejarlos, de su secreto e influencia. Pero una sorda emoción y una suerte de ansiedad impaciente y bienaventurada comenzaban a insinuarse en él cuando las miraba despegar del suelo. Entre sus faenas, silencioso y tímido, merodeaba alrededor de los aviones, escuchaba ávidamente la dura y justa jerga de los mecánicos, los relatos de los pilotos. Envidiaba su relación simple, su entendimiento profesional. El potente ruido de los motores repercutía en su corazón como una alarma singular. El espacio, la claridad, el viento y el cielo extendidos alrededor de los aparatos y los hombres que los manipulaban, suscitaban en el joven soldado un presentimiento confuso que le cortaba la respiración. Le parecía estar en el umbral de un mundo maravilloso.
Se prometió a sí mismo que nada le impediría penetrar en él.
Su voluntad se endurecía, como se endurecían con el mistral sus delicados rasgos, y, por los trabajos del campo, sus finas manos.
No pensó ni por un segundo en compartir la condición de los furrieles, los administrativos, los encargados de la tienda de ropa, los ordenanzas, todos ex alumnos pilotos y acerca de los cuales los suboficiales habían tenido razón. Todo su ser se rebelaba contra esos campamentos de barracas que rezumaban un aburrimiento y una sumisión apáticos, contra esas tibias células y aquellos funcionarios en uniforme.
Sin embargo, en Istres se producían muchas muertes. Demasiadas. A los alumnos les daban aviones sin aliento, agotados por la guerra, mal reconstruidos, mal reparados. Se sostenían de milagro. No perdonaban el menor error. Ni siquiera esperaban que se cometiera alguno. Entre las chatarras de aquellas máquinas, puestas criminalmente a su disposición, los jóvenes morían por decenas.
Montones de piedras y montones de entierros, en eso consistía la mayor parte de la instrucción de los principiantes en Istres. Fue Mermoz quien lo dijo.
En esas condiciones, el campo de aviación concluyó rápidamente en él lo que la cura de Aurillac había comenzado. Difícilmente habríamos reconocido en el alumno piloto Jean Mermoz al esteta de la avenue du Maine, de cabellos ondulantes y chalina negra, que se colmaba hasta el exceso con los versos de Baudelaire. El uniforme raído y demasiado estrecho para sus hombros, los borceguíes reglamentarios que deformaban sus pies, el casco debajo del cual escondía el cabello que le habían dejado no constituían los elementos esenciales de su transformación. Ésta era, sobre todo, interna. Una gran y profunda simplificación se operaba en el joven, acostumbrado a los sueños del taller y a la exclusiva influencia de su madre.
Se endureció para el combate. Comprendió que la línea de su vida dependía de su firmeza, de su obstinación. Su lenguaje se volvió más despojado, más rudo. Sus pensamientos también. El cuartel, los ladridos de los suboficiales, la desnudez de las barracas del campo, el contacto permanente con la injusticia, el espectáculo reiterado de la muerte, todo contribuyó a su brusco desarrollo viril.
Si bien la escuela de Istres no hizo que Mermoz perdiera nada de su sensibilidad y su poder de entusiasmo, los envolvió con la armadura que exigía la vida. Asimismo, le enseñó el compañerismo y la amistad.
El alumno piloto Coursault, un joven delgado, decidido y valiente, había llegado a Istres unos días antes que Mermoz. En cuanto vio en el terreno y en las faenas a ese soldado que llevaba con orgullo un rostro fino y resuelto, sintió simpatía por él. Lo puso al tanto de los métodos de la escuela, le señaló a los brigadas más coléricos. Coursault y Mermoz tenían la misma edad, el mismo gusto fuerte y leal por la aventura. La misma impaciencia y la misma pobreza. Coursault, probablemente, era más simple y Mermoz, más reservado. Pero esa diferencia no hizo sino enriquecer su relación. Se unieron rápida y poderosamente, con esa amistad que prescinde de las palabras, pero que, en la primera juventud, tiene algo de sagrado. Un entendimiento de ese tipo en las condiciones en que se encontraban los dos alumnos pilotos no duplica las fuerzas, las decuplica. Responde a todas las necesidades, a todos los ataques.
Los dos soldados unieron de inmediato sus recursos. Recibían 5 centavos por día; con esa suma debían satisfacer hábitos de perpetuos hambrientos, que el comedor dejaba terriblemente insatisfechos, y costear sus distracciones. Nunca resolvieron más que de forma imperfecta estos dos problemas.
Para el del alimento, tenían acceso al Hogar del Soldado. Allí, por 6 centavos, podían obtener un cuarto de litro de chocolate, que servía para ayudarlos a ingerir el pan en cantidades monstruosas.
Pero un cuarto de litro para dos era poco.
Se dieron cuenta, entonces, de que en una lata de conservas cabía casi el doble. Simularon haber perdido su vaso metálico de un cuarto de litro y uno de ellos se presentó en el Hogar del Soldado con el nuevo recipiente poco reglamentario. Gran tipo, el camarero lo llenó hasta el borde. El cuarto de litro pasaba a costar sólo 3 centavos.
En cuanto a las distracciones, no variaban demasiado. Cada domingo, había baile en el pueblo de Istres, que se hallaba a pocos kilómetros del campo. Coursault y Mermoz frecuentaban las veladas en que se bailaba. Usaban alternadamente un par de zapatos amarillos, único elemento de elegancia que les permitió su prima.
Dependiendo de las semanas, tenían 1 ó 1,5 francos para gastar, lo cual no superaba una consumición para cada uno. Pero ellos se interesaban más por las muchachas que por la bebida. Y ya Mermoz, por su belleza y su encanto, hallaba pocos corazones que lo rechazaran. Conoció amores fáciles y efímeros. Sintió nacer en él una necesidad física tan enérgica, tan exigente como la del hambre. Su vigor muscular, la castidad de su adolescencia, el gusto por la vida, la rudeza del campo, lo condujeron de repente a una suerte de avidez carnal que ya no lo abandonaría.
Ésta no fue del agrado de los seductores del pueblo, celosos de los aviadores. Coursault y Mermoz aprendieron a utilizar sus puños. Eran fuertes y ágiles, les gustaban los juegos brutales. Supieron hacerse respetar.
Pero Mermoz no había ido a Istres por el chocolate del Hogar del Soldado ni por las muchachas morenas. Él quería volar. Lo dijo, lo repitió, insistió, escribió pedidos, reclamos. En fin, insistió tanto que sus superiores comprendieron: ni las faenas más desalentadoras, ni los castigos, ni los accidentes le quitarían a ése el gusto por el aire. Mermoz fue aceptado en la pista ya no para romper piedras, sino para aprender a pilotear.
Tuvo la suerte de dar con un instructor que amaba apasionadamente la aviación. Reclutado durante la guerra y sin tener la edad suficiente, había llegado hasta a falsificar su documento. Para cuando terminaron las hostilidades, ya era sargento y había sido condecorado. Recién entonces se dieron cuenta del fraude. Lo destituyeron del grado y lo enviaron a Istres. Se dedicó especialmente a instruir a Mermoz. Pero los penosos trabajos que no tenían nada en común con la aviación interrumpían sin cesar el entrenamiento, que duró tres meses.
Entrenamiento en tierra... Doble comando... Finalmente, Mermoz voló solo.
El primer vuelo de Jean Mermoz...
Cuando despegó, ceñido dentro de su mono, con un rostro de niño estudioso, el cuerpo tenso, un poco de sudor en las sienes, sólo pensaba en seguir correctamente los preceptos de su instructor, en dominar la primera prueba. Cuando regresó, tenía los mismos gestos, la misma aplicación de alumno atento. Pero si hubiera podido medir la dimensión de lo que había sucedido en él durante aquella media hora, Mermoz habría sido el primero en sorprenderse. Sin saberlo, acababa de descubrir el sentido del mundo y de su vida.
Felices son los hombres que de pronto encuentran, en la revelación de una profesión, la satisfacción de sus deseos, hasta ese momento inciertos, y la disciplina para la que están hechos. Aún más felices son aquellos que, ricos en pasiones contradictorias, encuentran en esa profesión la llave de sí mismos, la solución de su ser interior y el punto de equilibrio entre las tendencias que los desgarran.
La infancia de Mermoz se había desarrollado de tal forma que había adquirido, al mismo tiempo, el gusto y el sufrimiento por la soledad. Su adolescencia se había orientado hacia los terrenos del sacrificio, el espíritu y la exaltación. Al mismo tiempo, su corazón necesitaba alegría; sus músculos, movimientos violentos y peligrosos. El vuelo le dio todo eso. Estaba solo a bordo de su aparato, pero la tierra y el cielo eran sus compañeros. Se olvidaba de los hombres, cuya pobre sustancia comenzaba a intuir. El viento más puro circulaba alrededor de las alas y el fuselaje. Las ligeras nubes se acercaban a él. Las rutas del mundo se abrían. Y él mismo las bautizaba. Todo era joven fuerza, joven belleza, paz profunda y libertad. Los versos de los poetas, las formas de los cuadros, los sueños, los juegos, todo estaba realizado, colmado.
Y en medio de un rugido regular y potente como el de los órganos y el océano, esa calma, ese silencio, ese misterio vertiginoso...
Mermoz tuvo la sensación de que los velos se rasgaban uno por uno, de que se acercaba a una verdad inmanente, de que aprendía a servirla.
Para colmo, su motor se averió y Mermoz supo aterrizar en vuelo planeado. Realmente era el amo del mundo.
“La fiebre del aire y de la aviación se apoderó de mí”, escribió a su madre esa misma tarde.
Había elegido al azar la aviación, como la manera más agradable de librarse del servicio militar. De pronto, intuía que era el camino hacia el infinito.
Mermoz fue admitido para pasar las pruebas del certificado de piloto.
Los aviones de Istres difícilmente admitían semejante ambición. Ya en el primer intento, su motor se detuvo por completo en la partida. Accidente que, por lo general, es mortal. Mermoz acabó con una pierna y la mandíbula dañadas.
No esperó a estar completamente curado y volvió a intentarlo doce días después. Al final de su circuito, aterrizó en Orange. Un mistral impetuoso lo hizo volcar. Pudieron haberlo expulsado, pero la confianza de su instructor lo salvó. Le concedieron una última oportunidad.
Pero el tiempo estaba en su contra. Tormentas, lluvias y vientos de una violencia excepcional se opusieron a su partida. Él esperó con exaltación y angustia. Si por culpa suya, del aparato o de las condiciones atmosféricas volvía a fracasar, significaría el fin de toda esperanza. Debería cumplir los cuatro años de servicio a los que lo obligaba su enrolamiento dando medias vueltas y manejando armas.
Una mañana, no pudo contenerse y, pese a un tiempo espantoso, despegó. Cuando regresó a tierra, había ganado la partida. El 29 de enero de 1921, recibió su diploma.
En el mes de abril, el caporal piloto Jean Mermoz fue enviado a Metz, al campo de aviación de Frescaty,1 en una escuadrilla.
La escuadrilla...
Hoy cuesta imaginar el poder de esa palabra en un joven piloto en la época en que Jean Mermoz dejó la escuela de Istres. La escuadrilla tenía entonces el prestigio del coraje guerrero, de la libertad en la disciplina, del gesto individual en la acción de masa, de la camaradería en tierra y aire. La escuadrilla significaba a la vez la aventura, el claustro y el permiso sin frenos.
En el tren que se dirigía a Metz, Mermoz llevó consigo esta noción novelesca y verdadera. Los campos de aviación de aquellos tiempos estaban llenos de historias sobre las Cigüeñas, los Conejos, las Ballenas, los Canguros... Los monitores y los oficiales, que acababan de salir de la guerra, habían formado parte de aquellas formaciones prestigiosas.
–En nuestra escuadrilla... –decían.
Y se ponían a soñar en voz alta.
Y Mermoz pensaba: “Por fin yo también formo parte de una escuadrilla”.
Unas horas después de su llegada, esta noción perdió su significado.
Cuartel, dormitorio, reglamento, comedor, control puntilloso, suboficiales fríos, cerrados y desconfiados, un teniente que se ocupaba más de los botones de la guerrera que del mérito de los pilotos, eso fue lo que encontró Mermoz en lugar de la gran fraternidad de su esperanza. Y para evadirse de aquella miseria, ni siquiera tenía el recurso de volar. Se economizaba la gasolina, los motores, se reducía el entrenamiento a la irrisoria duración de 2 a 3 horas por mes.
En pocos meses, Mermoz se había abierto al verdadero instinto de sí mismo. En cuanto vio y comprendió lo que era su escuadrilla –y le bastó con pocos días– decidió dejarla. Primero pensó en Marruecos. Luego, como estaban solicitando voluntarios para el Levante, se inscribió entre ellos. Su amigo Coursault, que lo había seguido a Metz, no vaciló demasiado.
La sola espera de la partida le dio a Mermoz el coraje para resistir la vida de la guarnición sin pasar de la sala de policía a la prisión y de la prisión al consejo de guerra. Siria representaba para él la libertad, el espíritu de espacios milenarios y vírgenes a la vez. Y la continuación natural de lo que había descubierto en su primer vuelo. Quería volver a sentir, a cualquier precio, aquel sabor a alba y a soledad radiosa, a poder, a poesía. Tenía una necesidad imperiosa de ello, que no podía nombrar, como si una parte inexplorada de sí mismo, y la más importante, exigiese el derecho a vivir.
Los incidentes de servicio no hacían sino avivar su impaciencia.
Una mañana en que se había sentado cerca del conductor, en el camión que conducía a los pilotos al campo, vio venir a un caporal que le ordenó, con brutalidad, que cediera el asiento de privilegio.
–¿A título de qué? –preguntó Mermoz.
–Caporal más antiguo que tú en la escuadrilla.
Mermoz saltó al suelo.
–Yo soy el caporal Mermoz –gritó–. Setenta y cinco kilos para servirte.
El otro observó los hombros de su adversario, los puños cerrados, el rostro de pronto rojo de furia, y fue a sentarse dentro del camión. Pero presentó una queja. La suerte quiso que Mermoz hubiera sido nombrado caporal en Istres unos días antes que su enemigo en Metz. De ese modo, el altercado no tuvo consecuencias, pero se produjeron otros sin tregua, igual de tontos, igual de pueriles y que, en la ociosidad mecánica de la jornada militar, cobraban dimensiones desmesuradas.
Por ejemplo, cuánta energía, esfuerzos, habilidad y obstinación debió desplegar Mermoz para conservar los siete centímetros de cabello que el reglamento permitía a los pilotos y que disgustaban a su jefe de escuadrilla. Para reducir la tolerancia autorizada, éste último había encontrado un sólo sistema: enviaba a sus hombres a prisión, lo cual le daba derecho a raparlos. Y Jean no le temía a la celda, sino al peluquero. La lucha duró durante toda su estadía en Metz, es decir, casi seis meses. Mermoz resultó vencedor del miserable combate.
Una vez, sin embargo, su jefe creyó haber ganado la partida. Mermoz realizaba uno de los pocos vuelos que le permitía el racionamiento de gasolina. Estaba haciendo evoluciones sobre el campo cuando, de pronto, vieron que su aparato descendía antes de la hora pautada y aterrizaba sin tener en cuenta el viento. El jefe de la escuadrilla corrió hacia la carlinga:
–¿Qué diablos hace? –comenzó con vehemencia.
–Mire, mi teniente –dijo Mermoz con su voz más calma.
Maniobró los comandos. Ninguno respondía.
–Pero entonces... Pero entonces... –murmuró el oficial–. ¿Aterrizó con el motor?
–Hice lo que pude, mi teniente.
–Pero es muy difícil para un novato. Está muy... Está muy bien –dijo el jefe de la escuadrilla.
Mermoz había dominado su primer golpe duro.
Si se le hubieran presentado otros desafíos y otras victorias de esa naturaleza, lo habrían preservado del aburrimiento, del tedio y de sus efectos casi inevitables. Pero sólo volaba 3 horas al mes. Y las tardes de Metz eran largas y los permisos siempre le eran negados; esos permisos que tanto le gustaban y que pasaba junto a su madre, en Pontoise, dando interminables paseos en bote con amigos simples y francos.
Su pobreza y la de Coursault eran tan duras que para ostentar alguna insignia estaban limitados a representar los galones de caporal con cordones de zapatos y a dibujar con tinta la insignia de piloto en el cuello de sus guerreras.
¿Qué distracciones quedaban, pues, al alcance de un joven sin un centavo, pero muy apuesto? Las de la carne y, en una ciudad austera como lo era Metz –ciudad de guarnición y de una burguesía cerrada–, las de la carne fácil. De las mujeres que Jean Mermoz conoció en ese entonces en los bares pobres, los cines baratos y los hoteles de última categoría, había olvidado hasta sus rasgos y su cantidad, pero hablaba de ellas sin desdén.
Le habían dado gustosas e impulsivas el placer y el olvido fugitivos. Comenzaba su vida de eterno transeúnte.
A través de esas conquistas, Mermoz tuvo acceso a las drogas o, más bien, a una de ellas: la cocaína. La utilizó como un medio de evasión, como una puerta abierta a un mundo que no contenía un dormitorio lleno de reclutas ruidosos, ni inspecciones, ni pertrechos, ni maquinillas para cortar el pelo. Durante algunos meses, Mermoz fue un caporal a la deriva que, entre peleas callejeras dudosas y luchas sin gloria contra sus jefes, hallaba su evasión en una habitación amueblada, cerca de una muchacha cocainómana, con quien compartía el lecho y el paraíso artificial.
Al mismo tiempo, escribía a su madre cartas de una delicadeza infinita, de una gran y profunda ternura, donde comenzaba a perfilarse el sentido de la protección, donde se asomaba una sorprendente y precoz reflexión. En ellas no aparecía nada de aquellas horas turbias. ¿Quizá no quería mencionárselo a la señora Mermoz? Sin embargo, él le contaba todo. Pienso, más bien, que en el fuego de su juventud, en la conciencia de las fuerzas incorruptibles que llevaba dentro de él, no le daba importancia.
De cualquier modo, fue un ser doble el que, el 9 de septiembre, se embarcó finalmente hacia el Levante: el adolescente puro de la avenue du Maine y el caporal de los barrios bajos de Metz.
Un santo nunca nace armado con la santidad como con una coraza. Un héroe nunca sale ya cocido de un molde prefabricado. La grandeza del hombre está en su complejidad. El resto no es sino una imagen color de rosa. Sólo la tristeza, la mediocridad, incluso la escoria en la que vivió Mermoz en Metz pueden dar su verdadero valor a estas líneas que trazó antes de partir:
“Ahora, mamita, quedémonos los dos solos, para que te bese, para que te tome una vez más entre mis brazos. Y además, para qué tantas palabras, tantas frases: Te amo. Una caricia para mi perro y un buen recuerdo para todos mis recuerdos.”
Se largaron las amarras...
III El piloto del Levante
El transporte Syrie llevaba a aviadores, infantes y mulos al Levante. La misión de Mermoz y de su amigo Coursault durante el viaje consistió en ocuparse de estos últimos. Pero la absurda misión no alteró su alegría y tampoco las riñas que debieron mantener con los suboficiales de la infantería y de las cuales siempre resultaron vencedores.
La roda del barco se abría paso en un mar liso y violeta. El otoño mediterráneo prolongaba el verano. Mermoz pasaba todas las noches en el puente, entre una pila de cordajes y hasta en su sueño de niño respiraba el aire vivo, empapado de sal, mientras titilaban las estrellas sobre su cabeza. Aún no tenía veinte años. Navegaba para tomar el mundo y a sí mismo por asalto.
Luego de ocho días bajo los fuegos del atardecer, apareció Beirut. Un hombre muy joven, en el que se mezclaban singularmente la miel de la poesía y el poderoso germen de la aventura, una sensibilidad casi femenina y la más masculina noción de la existencia, miraba con ojos ávidos de colegial y de conquistador la puerta multicolor del Oriente.
Cuando saltó sobre el muelle, Mermoz tuvo un gesto en el que se pintaron maravillosamente su edad y su exaltación. Su fortuna y la de Coursault ascendía a 6 centavos y él era el tesorero. Extrajo violentamente la moneda de su bolsillo, la tiró al mar. Luego, le dijo a su amigo:
–Ahora, amigo, a trabajar. Basta de beber, basta de bromear. Comienza una nueva vida.
Esa misma noche, en el comedor de los suboficiales pilotos adonde habían ido a cenar, Mermoz y Coursault se encontraron con un compañero, Albert Lécrivain, quien propuso una partida de écarté 2.
–De acuerdo –dijo Coursault, que era muy bueno en ese juego–. Pero una botella de champaña por mano.
–Ve a buscar una botella –aceptó Lécrivain.
Coursault ganó once. Mermoz y él se acostaron completamente borrachos. Es difícil que las ofrendas propiciatorias y las resoluciones ascéticas resistan a las ocasiones que se presentan a los veinte años.
Los dos amigos sólo pasaron tres noches en Beirut. El comandante Denain, que dirigía la aeronáutica del Levante, los asignó a un campo de entrenamiento situado a pocas leguas de Saida.
Saida es el nombre actual de la antigua Sidón fenicia. Un aroma a especias flota a lo largo de sus tiendas, de sus arcadas bajas y recuerda el perfumado botín que transportaban en el pasado las galeras de Tiro hacia las costas mediterráneas. El paisaje de los alrededores está impregnado de una serenidad y una suavidad profundas. El mar, el cielo y las colinas se unen de manera imperceptible en el resplandor del sol y el aroma de los naranjales. El andar de los transeúntes es el mismo que el de las edades que no conocían la corrupción de la prisa y la agitación.
Una soledad casi total rodeaba el campo donde Mermoz debía perfeccionarse en el vuelo. No había ninguna vivienda en 20 kilómetros a la redonda. Sólo pastores, vagabundos, recolectores de naranjas y caravaneros atravesaban la región. Allí, Mermoz reconoció su sueño de escuadrilla.
No más faenas, no más vejaciones, no más vanidad jerárquica medida según el grosor o el color del galón. La disciplina no se veía alterada, pero era humana, inteligente. El compañerismo nacía de una bella y peligrosa profesión ejercida en común. El aislamiento, la distancia, la singularidad del lugar adonde los había llevado el deseo de aventura, el canto de los motores, la espera de misiones en regiones sublevadas unían a los jóvenes de la misma forma en que por unos años lo había hecho la guerra con sus mayores. Pero, en vez de la triste arcilla de Champaña, del infierno de Verdún, de los barros del Somme, su vida de monasterio tenía como fondo un mar radiante, el cálido terciopelo de las noches de Oriente y el aroma de los naranjos.
Mermoz atracó en una suerte de paraíso. La abundancia de la comida del comedor, excelente, estaba a la medida de su inmenso apetito. Pasaba sus ratos libres en la playa, nadando, leyendo, haciendo culturismo y entrenándose en el boxeo francés, en el que era temible.
A lo largo del mar, como un friso eterno, desfilaban cortejos de camellos en dirección a San Juan de Acre y Jerusalén. Sobre pequeños burros, que desaparecían bajo su carga, algunos grupos de árabes trotaban hacia Damasco, punto de confluencia de las caravanas del desierto sirio y cantaban melodías salvajes acompañados de una flauta de caña.
Cada vez que veía que una mujer los seguía a pie, a veces más cargada que el borriquillo, Mermoz hacía descender al hombre e instalaba a su estupefacta compañera en su lugar.
Luego, con ingenua satisfacción, volvía a recostarse sobre la arena y acompañaba con el pensamiento a los viajeros hasta Beirut, por el camino que conocía, a través de una vegetación suave y suntuosa, desordenada mezcla de palmeras, datileras, durazneros, granados, vides, moreras y esos aromáticos naranjos cuyas enormes y jugosas frutas comía de a decenas. E intentaba imaginar las rutas que aún ignoraba y que pronto le pertenecerían.
En efecto, el aprendizaje de Mermoz llegaba a su fin. Se acercaba la hora en que sería enviado al cielo del Levante.
Cuando había llegado a Siria, Mermoz contaba con algunas decenas de horas de vuelo. Era un principiante. Su expediente contenía las siguientes anotaciones:
En G-3, muy buen alumno, un poco nervioso, pero capaz de una gran perfección.
En Nieuport, piloto muy elegante, regular, preciso y de sangre fría, con mucha energía.
Pese a la frialdad voluntaria del trazo, Mermoz aparece bien dibujado: no había nada brillante en él, nada ostensivo y siempre estaba el deseo rabioso de mejorar.
Ya desde el final de la escuela, él había elegido su forma de comportarse. Le decía a Coursault:
–La aviación no es un juego. Su verdadero objetivo es partir del punto que uno quiere para llegar adonde se quiere. Eso es todo.
Un día del verano pasado, yo almorzaba en el campo de Avord. Coursault, ascendido a oficial luego de diecisiete años de servicio en la aviación militar, aún no se había instalado, razón por la cual me había invitado a hospedarme en la casa de un brigada mecánico amigo suyo. En el pequeñísimo comedor reinaba no sé qué fuerza simple que llegaba directo al alma. Coursault hablaba de Mermoz, que ya no estaba. Relataba muy bien y con facilidad recuerdos de juventud, de misiones, de peleas, de borracheras, de melancolía, de alegrías puras, de vuelos victoriosos y de golpes duros... Una memoria singular permitía que Coursault desplegara, como una serie de imágenes en movimiento, el curso de aquellos años lejanos. Una sorprendente alegría de elocución, un discurso siempre franco, justo y recto las resucitaban al igual que una alucinación.
–¿Cómo piloteaba Jean en Saida? –le pregunté a Coursault.
Fue la única vez que el hombre alto, tan categórico y decidido, vaciló en responder.
–Mire –dijo finalmente con esfuerzo–, me veo obligado a confesar que, en Siria, yo era mejor piloto que él.
Era evidente que Coursault sufría. No por modestia, sino que se trataba de algo mucho mejor. Coursault le reconocía a Mermoz en todo –instrucción, carácter, magnetismo, fuerza moral– la primacía absoluta. Y le dolía, casi físicamente, tener que admitir que él, Coursault, había superado en un momento a Mermoz en su profesión.
–Sólo que hay una diferencia –continuó Coursault de inmediato–. Yo no progresé demasiado. Jean mejoró constantemente, porque quería hacerlo, porque nadie ha sido más obstinado que él en la perfección. Y en Nancy, dieciocho meses después, ya era mejor que yo.
En el campo de Saida, Mermoz pudo satisfacer por primera vez su sed de aire. Allí no regateaban la gasolina. Mermoz volaba. Sobre las planicies, los vergeles, las montañas, las plantaciones de naranjos, la costa. Cada partida, cada viaje, cada aterrizaje constituían una lección. Testeaba el motor, los comandos, aprendía a descifrar sus fallas, a sentir sus posibilidades extremas y a asociar sus nervios con los reflejos del aparato. El amor nacido en Istres se apoderaba, cada día, de una nueva parte de su ser.
El joven piloto fue calificado primero entre todos sus compañeros de entrenamiento. Y recibió, para él sólo, un aparato nuevo.
–Una joyita de 350 mil francos –dijo exultante–. Mía. Toda mía.
Sólo un caballero nacido para vivir a caballo, y que toma posesión de un purasangre, puede sentir en todas sus fibras la infantil y solemne alegría de Mermoz aquel día. Éste prodigó a su primer avión cuidados religiosos. Lo hizo repintar, lo hizo barnizar. Constantemente daba vueltas a su alrededor, subía de un salto a la carlinga, descendía, volvía a subir, lo admiraba, lo halagaba, lo acariciaba con las manos y con la mirada.
A veces, sin embargo, una suerte de remordimiento anticipado venía a alterar esa felicidad. Mermoz pensaba que pronto se iría con una escuadrilla activa al desierto y que ese bello aparato inocente le serviría, sobre las regiones insumisas, para bombardear y ametrallar a las tribus beduinas sublevadas.
–Esta caza “civilizadora” me repugna –escribió unos días antes de abandonar Saida.
Por más que se repitiera que los beduinos estaban en guerra abierta contra la ocupación francesa y que todo infiel que cayera en sus manos estaba destinado a la muerte luego de ser mutilado, no podía aceptar, en su alma, la misión destructora. No hay nada más revelador que ese escrúpulo.
En el momento en que comienza a emerger, Mermoz tiene aquella edad que, por lo general, aún está gobernada por completo por los instintos y el gusto por el juego. Su audacia es tal que no es consciente de ella. Le gustan los deportes violentos, las aventuras difíciles y riesgosas. El peligro lo exalta. Su cuerpo y su rostro exigen la victoria. Todo parece predestinarlo a las violentas alegrías del guerrero. Pero él no quiere eso. La perspectiva de fundirse como un ave rapaz en el cielo soleado, de dispersar las caravanas, de propagar el terror en los campamentos enemigos ha embriagado de forma inconsciente y cruel a muchas cabezas jóvenes. Pero Jean Mermoz, apenas salido de la adolescencia, ya poseía a tal punto el serio sentido, el patético sentido del hombre, que no podía dar su adhesión a aquello que lo mata. Ya era visible esa gran y seria suavidad de atleta que, más que sus hazañas, siempre y en todas partes le aseguró el respeto y el amor.
Me parece oír el diálogo interno de ese joven que aún no tiene veinte años, que acaba de reír, cantar, beber con sus compañeros o que sale empapado del mar cálido y, tras entrar al sofocante dormitorio de la barraca de los pilotos, se cuestiona sobre el derecho que tiene de salir a la caza de los beduinos:
–Son nuestros enemigos –le dice una voz.
–Estaban en su tierra –responde otra–. Son libres. Son orgullosos.
La primera continúa, tranquilizadora:
–Son unos fanáticos, unos salvajes.
Pero la otra, despiadada, dice:
–Acuérdate de aquel comerciante de Saida que te recibió tan bien y en la casa del cual bebiste arac fraternalmente y fumaste el narguile. Recuerda esa boda en la montaña a la que fuiste invitado y donde se bailaron danzas tan bellas en tu honor. Las personas que vas a bombardear y a ametrallar son los hermanos de tus anfitriones. Sin embargo, debes hacerlo, estás aquí para eso.
Y el caporal Mermoz sueña. Se le aparecen las dificultades y la complejidad del mundo. Una carga invisible pesa sobre sus hombros, que no saben ceder.
“Madre querida –escribió entonces–, padecemos el mismo mal... Tú también debes de haber sentido ese desmoronamiento de todas las ilusiones, de todas las esperanzas... Cuántos cadáveres, cuánta chatarra en este insondable precipicio que somos nosotros mismos. Debemos consolidar nuestra voluntad para impedirnos descender demasiado. Ese es, creo, el secreto de la calma y la felicidad posibles.”
La melancolía siempre habitó a Mermoz. Cuando lo conocí, tenía más de treinta años. Había recorrido el mundo, cruzado las puertas de la gloria, conocido la vida en su esplendor y en su miseria. Durante mucho tiempo creí que la gran tristeza que a veces dejaba traslucir era el fruto inevitable de una vasta experiencia. Tuvo que desaparecer para que sus cartas me la mostraran ligada a sus primeros pasos en la gran aventura. Provenía de la herencia que le había transmitido una madre ansiosa, de su infancia solitaria y meditativa y, sobre todo, de su imposible deseo de perfección e infinito. Y comprendí por qué, cuando descansaba, su sonrisa tenía tanto alcance, por qué sus ojos tenían un atractivo tan patético. No importa la edad en la que se pinte a Mermoz, el retrato nunca estará completo si no aparece representada su inquietud espiritual.
Entre los vuelos, los juegos y los escrúpulos, Mermoz concluyó su estadía en el campo de entrenamiento.
Antes de su designación definitiva, Mermoz y Coursault fueron enviados por unos días al campo de Damasco. Llegaron por la noche y no fueron presentados a nadie. Como las chinches los despertaron temprano, salieron de la barraca antes de que amaneciera, vestidos solamente con shorts. En la pista, se encontraron con un hombre de perilla gris en calzoncillos.
–¿Están entrenando, jóvenes? –preguntó.
–Claro que sí, abuelo –respondieron los dos pilotos–. ¿Y tú?
–Yo también. ¿Me llevan con ustedes?
–Si quieres.
Coursault y Mermoz eran campeones de cross. Procuraron cuidar la respiración de su compañero, pero al cabo de una vuelta, éste abandonó.
–Prefiero invitarles un café –dijo.
Los tres hombres se dirigieron a la cantina.
–¿Un poco de ron? –propuso el “anciano” de perilla.
–Un poco de ron –aceptaron Mermoz y Coursault.
Y fue entonces cuando el cantinero preguntó:
–¿Del suyo, mi comandante?
Los dos caporales dejaron caer sus tazas humeantes y, sobre sus flancos desnudos, extendieron los brazos en posición de firmes.
–Ya está –suspiró el comandante Berdal, llamado Cara de Acero y jefe del grupo aéreo de Damasco–. Éramos amigos. Ahora vuelvo a ser un superior.
¿Cómo a Mermoz no iba a gustarle Siria, aun antes de conocer Palmira?
Entre las imágenes deslumbrantes o confusas que han acumulado en mi memoria las etapas cuya cantidad ya no recuerdo, se destacan cinco o seis con una precisión y una plenitud particulares y como sagradas. Cada vez que regreso a contemplarlas, me proveen una voluptuosidad espiritual a través de la cual siento que me acerco a la profunda sustancia del universo. Mi llegada a Palmira constituye una parte de ese invaluable tesoro.
Yo venía de Damasco, en un avión militar. El día declinaba cuando el aparato se adentró en la brecha que abría la cadena montañosa del desierto. Salió de ella, como empujado por los rayos del sol poniente. En ese púrpura etéreo que parecía atravesarnos con su llama, distinguí una hondonada inmensa, rodeada por completo de dunas y montes, en medio de la cual se erigía un vasto templo. Y ese templo era Palmira que, cercada por las columnatas resquebrajadas, los arcos rotos, las formas misteriosas y los signos secretos de otra época, reunía sus minúsculas casas blancas como un rebaño inmóvil sorprendido en la concavidad del desierto. La luz, en el espacio vacío, árido, almenado por todas partes, poseía una vida sobrenatural. Era la única flor, el único fruto de las taciturnas extensiones. Y el miserable reducto humano, acurrucado entre las ruinas grandiosas, humildemente sometido a su protección, parecía reunir en sí los trágicos elementos de lo efímero y de la eternidad.
El piloto, un sargento bajo y fornido, bronceado y risueño, aterrizó el aparato en una pista desnuda.
Cerca de una tienda, coronada por la manga veleta, un automóvil Ford, prehistórico, recompuesto hasta el punto de que ya no tenía forma parecía un extraño animal descansando. Cuando nos sentamos en el vehículo, el sargento me dijo:
–Esto es todo lo que queda de la escuadrilla de Palmira. La región se ha vuelto muy tranquila. Hace cuatro años, lo era mucho menos. Trabajé aquí junto a muy buenos compañeros.
Citó algunos nombres. Quizá el de Mermoz figuró entre ellos. ¿Por qué habría de recordarlo? En 1926, yo ignoraba todo acerca de aquella existencia.
Mermoz tocó el campo de aviación de Palmira la tarde del 4 de diciembre de 1921. Como la hora y la estación se asemejaban a aquellas en que, desde los aires, descubrí la aldea real, puedo imaginar fácilmente con qué violencia esa majestuosidad desmedida marcó una sensibilidad más joven, más exaltada, más religiosa que la mía. Mermoz conservó aquel místico deslumbramiento por el resto de su vida. El desierto, de por sí, transmite la sensación de algo divino. Pero cuando ese desierto fue, antiguamente, la sede de un poderoso imperio, cuando migajas de monumentos señalan la dimensión del fasto y el prestigio desvanecidos, cuando se sabe que una reina ardiente y bella gobernó allí a pueblos desaparecidos, la poesía de los siglos, del polvo humano y de una sombra magnética vuelve más densa y más viva la acción de las arenas y las piedras que, de pronto, parecen pobladas de sortilegios.
Toda Palmira se levantaba en el antiguo emplazamiento de un sólo templo, el del Sol. Éste elevaba sus capiteles deteriorados y las desvencijadas arcadas sobre las frágiles viviendas beduinas. Y hasta los vergeles y los jardines se hallaban dentro de aquellas ruinas gigantescas. ¿Cuáles fueron, pues, las dimensiones de la ciudad en la época en que era la capital de la reina Zenobia, donde las caravanas afluían desde todos los extremos del Imperio, donde los cultivadores, los sacerdotes, los cortesanos y los escribas animaban sus avenidas, sus templos, sus campos, sus tiendas, donde la soberana viviente ya tenía acceso a la leyenda?
Sólo unas columnatas dispersas, algunos pilares clavados en la arena, la vaga silueta en ruinas de un palacio, o de una tumba, sembrados a lo largo de kilómetros, sirven de alimento confuso e infinito a la imaginación.
Ningún rostro ha estado tan rodeado por el espacio y la soledad como el de Mermoz. Cuando se lo evoca, siempre es necesario desplegar detrás de sus rasgos un fondo de arena, o de océano, o de bosque virgen, o de picos vertiginosos. Pero es singularmente bello que la revelación del espacio y de la soledad se le haya presentado cuando aún no era mayor y en un lugar donde la muda vehemencia del desierto se mezclaba con los rastros de una civilización fabulosa.
Cuando Mermoz aterrizó en la capital muerta de la reina Zenobia, Palmira era el desierto africano en estado puro. Todo a su alrededor, a lo largo de decenas de leguas, la arena sin rastros de vegetación. No había rutas. Sólo una o dos pistas apenas perceptibles para los camellos. Por otra parte, las caravanas eran poco frecuentes. El desierto estaba surcado por tribus beduinas hostiles. La guarnición estaba compuesta por treinta senegaleses y una compañía francesa meharista, reclutada entre los nómades del país, de fidelidad dudosa. Como un puesto sitiado, Palmira se protegía detrás de cuatro hileras de alambre de púas. La comunicación y el abastecimiento dependían por completo de los aviones. Y estos mismos dependían del estado bastante precario de los motores de la época y del tiempo que, con sus tempestades y sus lluvias torrenciales, sus tormentas de arena, muchas veces volvía imposible volar.
En pocas palabras, Mermoz se vio cortado del resto del mundo. Todos los detalles de su existencia estuvieron, desde el primer día, impregnados de ese nuevo elemento. Se acostaba bajo la tienda en una cama desmontable, que había traído en su avión. Comía camello espolvoreado con arena, la cual se mezclaba en todo, en la comida, en la bebida, en el aire que respiraba. Para el más mínimo objeto –jabón, papel de carta–, debía esperar la llegada de un compañero de Damasco o la problemática llegada de una caravana. El eco de los acontecimientos de Europa, incluso de Siria, no llegaba a ese retiro lunar. Estos perdían su importancia, su sentido. No existía nada más que el desierto vigilado por las montañas, el templo transformado en hormiguero y las gigantes ruinas.
Entonces, en aquella suerte de guarnición alada en que se había convertido la escuadrilla, se establecieron los códigos de los grupos humanos que viven a merced de la naturaleza y de sus propios recursos. Las convenciones y los grados no contaban. En ese súbito despojo, el mérito y la dignidad de cada uno ocuparon el rango que les correspondía. No había nada que satisficiera mejor a Mermoz, que siempre toleró con impaciencia la injusticia y la falsa clasificación de los valores.
En diez días, contó alegremente seis misiones. Cada una de ellas podía conducirlo a la muerte. Él lo sabía. Pero los hombres muy jóvenes han sido bendecidos con la gracia de que su instinto no acepta lo que su razón sí. Y sólo viven según su instinto.
La filosofía de la escuadrilla era simple. Mermoz la resumía de la siguiente manera: “Hay que aceptar la vida tal como viene”.
Y la gran cuestión para él, así como para sus compañeros, en ese fin de diciembre, fue celebrar las fiestas como correspondía. Por primera vez, iba a pasarlas lejos de su madre, de sus amigos, de aquella infancia prolongada, protegida, a la cual aún seguía atado por tantas fibras. En los diez años que siguieron, Mermoz no tuvo, ni una sola vez, la oportunidad de festejar la Navidad y el Año Nuevo cerca de sus seres queridos. España, África y América lo retuvieron. Pero entonces ya estaba acostumbrado, empapado de su profesión de errante. En Siria, la noche del 24 de diciembre de 1921, unos días después del fin de sus veinte años, la misteriosa y muerta Palmira lo marcó con el desgarrador sello de la distancia.
Pese a los esfuerzos conjuntos de la escuadrilla, el festín fue pobre. El mal tiempo impedía el abastecimiento. La lluvia que sumergía los alrededores de Damasco impedía que los aviones despegaran. Y, en Palmira, hasta el pan escaseaba. La escuadrilla tenía un horno, pero no había harina ni madera. Algunos avispados robaron harina en el pueblo hostil, otros arrancaron hierba para el fuego. La regaron con combustible y encendieron el fuego. Por desgracia, la liga que desprendió no tenía nombre. Debieron sentarse a la mesa sin pan. El menú, fruto del ingenio y de una perseverancia infinitos, fue el siguiente:
- Cordero a la vinagreta
- Pierna de cordero
- Costilla de cordero
Como único postre, medio cuarto de aguardiente. Eso no impidió ni los cantos, ni las risas, pero muchos de los que fueron a acostarse hambrientos bajo sus tiendas pensaron con melancolía en la cena familiar.
La cena de Año Nuevo se anunció aún peor. La lluvia había redoblado su violencia. El terreno de Palmira, por lo general tan seco, era sólo un lago de lodo. La cena de Navidad había agotado las escasas provisiones y las pobres bebidas. Reinaba una semihambruna.
El 31 de diciembre, de pronto, hacia la mitad del día, los pilotos pararon las orejas bajo sus tiendas empapadas. Al principio incrédulos, debieron ceder ante la evidencia. Un ruido de motor perforaba el monótono tamboril de la lluvia y se aproximaba al campo. Salieron de sus refugios. Un avión hacía las maniobras de aterrizaje. Por las particularidades del aparato, reconocieron al compañero que lo conducía. Era un famoso bebedor.
–¿Pero cómo hizo para despegar de Damasco con este tiempo? –se preguntaron.
Después se enteraron de que el campo estaba tan blando que, para partir, el piloto había circulado sobre una pista de tablones colocados directamente sobre el barro. Pero en Palmira, el suelo, es decir, el fango, estaba desnudo. El avión se dio vuelta por completo. Sus compañeros corrieron a socorrer al piloto. Lo encontraron cabeza para abajo, debajo del aparato. Ahora bien, mientras ellos procuraban retirarlo de los escombros, éste se puso a injuriarlos:
–¡Banda de imbéciles! –gritó–. ¡Idiotas! Piensen en las botellas. Les traigo un cargamento y van a dejar que se pierda todo.
Fue tan insistente que se ocuparon primero de las bebidas. Y él, con los hombros en el barro, sujetado al asiento del piloto por su cinturón, seguía gritando:
–Dense prisa, por Dios, el maletero va a ceder y el vino es bueno.
El maletero no cedió, liberaron al compañero y el año 1922 fue recibido dignamente.
Ese año, Jean Mermoz perteneció a Palmira. El primer contacto ya estaba hecho. La visión afiebrada de los primeros días se había calmado. Aún ignoraba la noción de la partida, con su cortejo de nostalgias anticipadas y las impaciencias confusas del porvenir. La dureza perdía su sentido en una arena inmóvil sobre la cual jugaba la sombra de los siglos. Mermoz se encontró en ese estado privilegiado para el verdadero conocimiento, donde uno no va hacia las cosas, sino que deja que las cosas vengan a uno. Formó parte de Palmira, como la arena, como las ruinas, como el sol. Y Palmira, a cambio, modeló su mejor sustancia de hombre. Eso se produjo sin que él se diera cuenta, día a día, entre su trabajo habitual y sus ocupaciones familiares. Sólo que esa labor y aquellas distracciones eran de tal naturaleza que le otorgaron un poder de fuerza interior y de pureza contra el que más adelante se estrellaron los más sutiles demonios. En esa vida, activa y mineral al mismo tiempo, cada semana aportó una conquista, una alegría y una virtud.
Mermoz se entrega a ejercicios de atleta. Corre, lanza pesos. Monta a caballo con los espahíes, a camello con los meharistas. Sus hombros se ensanchan. Su pecho se infla. Su cuello sostiene con mayor firmeza el fino rostro de largos cabellos rizados.
Por la tarde, en los charcos fangosos que se estancan entre dos dunas, Mermoz y Coursault pescan ranas. Y mientras las estrellas metálicas se elevan sobre el océano moreno de la arena, aguardan, en silencio, sosteniendo una suerte de ballesta con flechas en forma de arpón fabricadas por ellos mismos.
Para cazar, han hallado, no se sabe dónde, un viejo fusil de pistón, que cargan con “cuerdas de piano” picadas muy fino, a modo de perdigón. En las noches de luna, salen al acecho de las gacelas, detrás de las vallas alambradas. Saben que, en principio, está prohibido salir de su recinto después del atardecer. Pero piensan que la suerte vela por ellos. A tal punto que, una noche en que Coursault se aventura primero, con toda la atención absorbida por el ligero avance de una sombra de animal, seis beduinos lo atacan. Pero un huracán recae sobre ellos. Mermoz, impulsado por todas sus jóvenes fuerzas, da golpes con los puños, los pies, la cabeza. En unos instantes, la banda se dispersa. En las manos de Coursault, a quien le cuesta comprender, tiembla el viejo fusil cargado con alambres cortados en pedacitos.
Desde hace varias semanas, la escuadrilla está privada de cartas. Entre Siria y Francia, los medios de comunicación aún están mal organizados. El correo sólo funciona de forma intermitente. Y, una vez llegado a Beirut, el correo todavía debe llegar a Damasco y, en Damasco, aún espera durante un tiempo indefinido la caravana o el avión.
Mermoz se encuentra entre aquellos que sufren más por esa falta de novedades, por ese silencio. El apasionado afecto hacia su madre se preocupa. Así como les ocurre a todos los jóvenes de buena familia, Mermoz, a medida que crece, invierte los roles y adopta a su madre como hija. Le implora que se cure, que evite las fatigas a las que la fuerzan la profesión de enfermera y el inagotable corazón. Está enferma... Se debe a él... Él la guía. De lejos, le transmite su juventud, su vigor, su fe en la vida.
En respuesta a tanto amor, no se oye ningún eco. Pareciera que una falla infranqueable separa a Francia de Palmira. Pero, una bella mañana, un avión aterriza, avanza hacia las tiendas y el piloto se incorpora en su carlinga para gritar antes de descender:
–Traigo cartas.
El avión es asaltado. Los compañeros casi se pelean. Finalmente, cada uno obtiene su paquete. Mermoz cuenta sus sobres. Son cuarente y cuatro y la mayoría lleva la letra de su madre. Se sienta allí mismo, contra una rueda del avión. Los otros se apoyan contra el fuselaje, bajo las alas. Mermoz comienza a leer.
El piloto que acaba de llegar lo interpela:
–Oye, amigo, también está esto para ti.
Mermoz mira sin comprender bien la botella de coñac que le tiende el compañero y hace un gesto de negación, impaciente.
–¿Podemos probarlo? –pregunta el piloto.
Mermoz, con la cabeza entre las manos y los largos cabellos ensombreciendo su frente y sus mejillas, no responde. El piloto destapa la botella, da un trago, se la pasa al vecino. Éste, distraídamente, acerca el pico a sus labios, sin perder de vista su carta. El siguiente hace lo mismo. La botella circula en ronda. Los jóvenes beben y leen al mismo tiempo. El cielo es duro. El sol golpea. Están felices. Cuando la botella llega a Mermoz, está vacía. ¡Qué le importa! Apenas va por su quinceava carta. Está embriagado de afecto.
Mermoz descubre Deir es-Zor sobre el Eufrates. Sobrevuela las caravanas y la eterna pista y los incontables meandros del viejo río que sobrevive a las grandes civilizaciones que alimentó.
Mermoz explora Damasco, curvada entre sus montes rojizos y su vergel milagroso. Damasco, la árabe, la inaccesible, la reina del misticismo y la voluptuosidad. Damasco, la de los cuentos y los poemas, con sus zocos, sus mezquitas, su sueño patético y florido.
De aquella ciudad, que en cada oportunidad lo deja deslumbrado, Mermoz lleva a Palmira, a su casa, un botín que contempla con una alegría y una seriedad de niño religiosas. Son chales, alfombras, almohadones, telas pintadas. Con ellos decora su habitación, es decir, su tienda. Acomoda su cama como un diván. Los muros de tela se cubren de colores vivos. En ese reducto de 5 metros cuadrados, disfrazado con los paños beduinos y las telas de Damasco, Mermoz se encierra para reflexionar, soñar, reencontrarse con la atmósfera de la avenue du Maine, con su ingenuidad y su juego de artista. Imagina que ya no está en el desierto africano, sino en un sexto piso de Montmartre. La ilusión se vuelve completa el día en que recibe dos paquetes de libros de parte de su madre. Entre aquellos volúmenes, las obras de los poetas son las más numerosas.
Su formato es minúsculo. La edición es barata. La tapa está salpicada de florcillas. He visto algunos de ellos en Rocquigny, en la casa de la señora Mermoz.
–Yo no era rica –decía–. Entonces compraba lo más liviano y lo más barato.
También vi las telas que ornaban la tienda de Mermoz en Palmira. En esos adornos un poco desteñidos, en esos pequeños libros un poco marchitos, subsistían no sé qué vida ingenua, no sé qué frescura de colegio, de taller, algo conmovedor, auténtico, algo pueblerino que Mermoz siempre conservó. Y eso me permite verlo –un joven alto de veinte años–, extendido sobre su cama diván, bajo la tienda florida de arabescos islámicos y, entre dos vuelos sobre el desierto, leyendo en voz alta a Musset, Baudelaire o La vida de Bohemia. De vez en cuando, levanta la cabeza, echa una mirada a uno de los tesoros que trajo de las orillas del Eufrates, de los zocos de Damasco, lanza un suspiro de bienestar. Aprende el encantamiento de la soledad.
Pero el desierto vela. Sin la menor advertencia, un ciclón surge del cielo calmo y del sol inmóvil. No se sabe si cae sobre el campamento o si lo levanta. Trombas de arena humean hasta el firmamento, de pronto oscuro. Un viento de una violencia salvaje corta, muerde, desgarra, arranca. Las tiendas tiemblan, se desploman, se vuelan. Los hombres se vuelven ciegos. Los animales enloquecidos se recuestan. Una furia amarilla invade el universo. El refugio de Mermoz se abre en dos, como destripado por una inmensa espada. El huracán derriba, golpea, dispersa todos los adornos.
“Hay que aceptar la vida tal como viene –piensa Mermoz–. Los días malos se van volando y son reemplazados por los buenos.”
Tiene razón. Sobre su frente se asoma la sombra de Sherezade y de Las mil y una noches.
A tres kilómetros del campo de aviación, se encontraba un conjunto de tumbas. Una de ellas era la de la reina Zenobia. Y en un subterráneo junto a ella, manaban fuentes de agua caliente y sulfurosa que en la Antigüedad eran famosas por sus propiedades benéficas.
Más de una vez, Mermoz, arrastrado por su exaltación, había dormido en la tumba de la soberana. Había admirado sus pinturas. Se había prohibido y le había prohibido a sus compañeros llevarse el más mínimo recuerdo. A menudo se había bañado en el subterráneo.
Podía hacerlo todos los días, salvo el viernes, que estaba reservado a los jefes de los alrededores. Pero aquella prohibición despertó su curiosidad y la de Coursault.
Un viernes, los dos amigos se dirigieron a las fuentes de la reina Zenobia.
En la tumba de la reina, los recibe un silencio absoluto. Penetran bajo tierra por la entrada que suelen usar, se desvisten, se sumergen en el agua caliente que defiende y fortifica. Cuando están por salir, Mermoz aguza los oídos, calla a Coursault. Oyen voces del otro lado de un muro que parece cerrar el subterráneo. Remontan la corriente sulfurosa. El muro se reduce progresivamente y, de pronto, a través de una grieta, descubren un hermoso cuerpo femenino.
Conteniendo la respiración y agazapados contra la pared porosa, observan. En la penumbra, se dibuja otra desnudez. Las dos mujeres conversan y Mermoz y Coursault comprenden lo suficiente el árabe como para adivinar que una es la sirvienta y la otra su ama, y que ésta última es la mujer de un jeque beduino. Seguramente, afuera vigilan guardias y esclavos. Un jefe jamás permitiría que su esposa saliera sin protección. Si sorprendiera a un infiel contemplando el rostro desvelado, prohibido a las miradas de los hombres, lo mataría sin piedad. Y aquí sí que se trataba de un rostro. Fascinado, Mermoz no se mueve. De pronto, la bañista se vuelve, muestra sus rasgos infantiles. Descubre la cabeza de cabellos rizados encastrada en la fisura, casi contra la suya. Su boca se entreabre. Si grita, significa la muerte para los sacrílegos.
Inmóvil, Mermoz la observa, la observa. Transcurren unos segundos. En el subterráneo, la fuente cálida murmura. La joven, en vez de gritar, sonríe. Sólo entonces Mermoz se va.
Regresará con frecuencia, los viernes a la hora del crepúsculo, a la tumba de la reina Zenobia. Regresará solo.
Así, Mermoz conoció del desierto, el aislamiento, la meditación, el ciclón y las más delicadas imágenes. Pero aún no había recibido en su piel, en su carne, su verdadera marca. No había sentido su aliento a muerte. Sin embargo, en el reloj de arena de Palmira, aquel instante se acercaba.
La primavera breve y violenta se había apoderado de las dunas. En cada lugar donde se estremecía un punto de agua, se abría paso una vegetación pobre y efímera. Las tribus beduinas se habían puesto en movimiento, en busca de nuevas pasturas. Descendían del Eufrates hacia el sector de Palmira. La efervescencia guerrera crecía poco a poco.
En tres meses, Mermoz se había impuesto a sus jefes. Estos habían comprendido que podían contar, más que en cualquier otro, con ese joven serio cuyo único placer era estar en el aire. Lo designaban para las misiones más difíciles y con el peor de los tiempos. Mermoz, por su parte, se afianzaba en su profesión. Se reconocía el mérito de no haber fallado ni un segundo desde su primer día de pilotaje. Había dominado sus nervios y poseía una calma que él consideraba la garantía esencial de la seguridad. Y, aunque era consciente de que sólo era un novato al lado de algunos pilotos viejos, sentía que había superado el estadio del aprendizaje.
En la primera semana de marzo de 1922, acompañado por un teniente observador, le encargaron que fuera a lanzar desde el aire un mensaje sobre Homs y que, al mismo tiempo, reconociera un grupo armado que había sido señalado en ese recorrido.
Al regreso, la tripulación se vio atrapada por el mal tiempo. Lluvia, bruma, nubes... Tras perder su ruta, Mermoz continuó durante 4 horas hasta agotar por completo el combustible y, finalmente, debió aterrizar en medio del desierto, a 180 kilómetros de Palmira.
Dos tribus nómades acampaban en los alrededores del lugar donde había aterrizado el aparato: una era hostil a los franceses y la otra favorable. Los aviadores se pusieron bajo la protección de ésta última. El teniente partió a lomo de camello hacia Palmira para que les enviaran carburante. Mermoz se quedó cerca del avión.
Dos beduinos armados le hicieron compañía para protegerlo de los saqueadores vecinos que querían destruir el “tayera”. Mermoz se acostaba debajo de las alas del avión, comía cuscús, les enseñaba francés a sus compañeros. Como no tenía reloj, había establecido un reloj solar para contar las horas. Fueron bastante largas. La aventura, en efecto, duró cuatro días, y la pelea amenazaba incesantemente con encenderse. En la mañana del quinto día, llegó la columna de rescate. Estaba compuesta por el mecánico de Mermoz, un guía, algunos meharistas y camellos de carga que transportaban gasolina.
Llenaron el depósito. Mermoz y el mecánico despegaron con alegres saludos para sus amigos beduinos, seguros de que llegarían a Palmira en menos de dos horas.
El avión abordaba las montañas que velaban sobre la capital de la reina Zenobia y sus pasajeros ya adivinaban el resplandor del oasis y de las ruinas, cuando el motor comenzó a reducir el régimen y a desprender un calor sospechoso. De pronto, comenzaron a brotar llamas. Mermoz cortó todo, se colocó en vuelo planeado y apagó el incendio. Entonces se hallaba a 1.800 metros de altura. Con la hélice baja, planeó buscando un terreno posible y aterrizó correctamente sobre una suerte de montura entre dos picos.
Mermoz comenzó por tranquilizar a su alarmado mecánico:
–No estamos lejos de la escuadrilla –dijo–. Te sacaré de aquí, te lo prometo.
Luego, examinó el aparato. El avión era irreparable. Hasta resultaba imposible utilizar el agua del radiador, pues el motor en llamas la había evaporado. Mermoz pensó. Si estuviera detenido en el desierto, en un terreno plano, los aviones de Palmira que saldrían en su búsqueda podrían encontrarlo. Pero en ese macizo montañoso, en ese caos de rocas estériles, ¿qué ojo humano podría divisar la minúscula mancha del avión?
Quedarse allí significaba condenarse a morir de sed. Debían, pues, regresar a pie al oasis. Mediante una estimación grosera, calculando el espacio recorrido en vuelo desde su punto de partida, Mermoz estimó que se hallaba a un centenar de kilómetros de la escuadrilla. Cien kilómetros –a condición de no equivocarse de ruta– a través de un territorio sin agua y en plena rebelión.
–Está bien –dijo Mermoz a su mecánico–. Llegaremos. En marcha.
Eran las tres de la tarde. El sol, muy caliente, hacía manar el sudor de sus cuerpos. El terrible trabajo de deshidratación comenzaba. Cuando el día desapareció, los dos hombres se detuvieron. Para orientarse, Mermoz debía esperar a que salieran las estrellas. Había decidido descender a la llanura lo más tarde posible, para no correr el riesgo de ser capturados por los beduinos. Conocía la suerte que le esperaba si los capturaba una tribu hostil. Los comedores de escuadrilla estaban repletos de historias atroces y verídicas al respecto.
La del teniente piloto Luciani y el sargento ametrallador Giovacchini, que lo acompañaba, muestra por sí sola la dimensión de la guerra larvada del desierto. La tripulación había tenido que aterrizar en el desierto, del lado del Eufrates, en medio de tribus insumisas. Al ser capturados por un grupo de nómades hostiles, los dos hombres fueron torturados salvajemente. El teniente, en calidad de jefe, fue objeto de una barbarie particular. Mientras aún estaba vivo, le abrieron el pecho para retirar su corazón. Al sargento, acribillado a golpes, lo dieron por muerto y lo abandonaron en la arena. De noche, recobró la conciencia y se arrastró hasta un puesto francés. Largos cuidados y una constitución excepcional concluyeron el milagro. Se salvó. Unos meses después, una compañía de meharistas se apoderó de los verdugos, que debieron presentarse ante la corte marcial. El sargento compareció como testigo.
–¿A cuál de los acusados reconoce? –le preguntó el presidente.
–A ése y a áquel –dijo el sargento corso.
Al mismo tiempo que él designaba a los dos hombres, los derribó de un disparo.
Mermoz me contó esta tragedia un día mientras almorzábamos en los Campos Elíseos. No sé si ésta fue anterior o posterior a su aventura en las montañas de Palmira. Pero conocía muchas más del mismo estilo, cuando descansaba a la espera de la salida de los astros en el silencio de la arena y la noche.
Las estrellas aparecieron. Mermoz subió a un pico y trazó su camino según el mapa celeste. Caminó toda la noche, seguido por su mecánico. Cuando llegó el día, el sol le sirvió de guía. Y allí comenzó la verdadera lucha. Contra las piedras que se desmoronaban, los rodeos de la montaña, el calor creciente con el paso de las horas, el cansancio que quebrantaba las piernas y los riñones. Y, sobre todo, contra la sed. Ya no tenían saliva en la boca, o era tan espesa que parecía pez: una tenaza de fuego les apretaba la garganta. Y la transpiración terminaba de agotar los cuerpos resecos, achicharrados.
Sin embargo, Mermoz condujo la marcha con su paso medido de atleta, reconfortando al mecánico, vigilando los alrededores. El día terminó. Aún estaban en la montaña. Y aún seguían allí después de una noche de marcha.
Cuando llegó el nuevo amanecer, los dos hombres habían llegado al pie de la cadena de montañas, pero no veían Palmira. El instinto de Mermoz le insinuó que no podría resistir mucho tiempo más. Sus piernas ya flaqueaban. De la arena se levantaban fantasmas. Su lengua llenaba monstruosamente su boca. Sin importar el peligro de encontrarse con beduinos enemigos, había que tomar el camino más corto.
Mermoz, en la llanura, divisó una pista (más tarde supo que ésta iba de Deir es-Zor a Palmira) y se dirigió hacia ella. Como su mecánico ya no podía avanzar, lo arrastró hasta el camino de las caravanas. Allí, el infeliz no pudo tenerse en pie por mucho tiempo. Se cayó. Luego de sacudir en vano la masa inerte, Mermoz la cargó sobre sus hombros y siguió caminando. Al poco tiempo, comenzó a tambalearse.
“Si avanzo un poco más, habrá una posibilidad más tanto para él como para mí”, pensó confusamente, como si se tratara de extraños.
Dejó al mecánico y continuó. Unas horas después, se derrumbó a lo ancho de la pista. Había hecho, sin una gota de agua, 40 kilómetros en plena montaña y 20 kilómetros en el desierto. Su cálculo resultó ser correcto. Había caído frente a Palmira. Una patrulla de meharistas, conducida por un brigada bretón que realizaba su ronda habitual, lo encontró inánime. Tenía los labios azules. Su lengua, hinchada al extremo, sobresalía de la boca.
Mientras algunos hombres, apresurando a sus meharíes, se lanzaban al rescate del mecánico, Mermoz fue llevado a la escuadrilla. No recobró la conciencia hasta la noche. Y sólo para luego sumergirse en el sueño durante dos días. Pero apenas estuvo en pie, pidió volar. Trataba con la muerte de igual a igual.
Ya había recibido la gran consagración.
Por medio de su aventura, Mermoz había rozado el umbral que nunca vuelve a cruzarse. Un leve error de cálculo en la dirección a seguir, un debilitamiento físico o moral sobrevenido algunas horas antes y lo que los meharistas habrían llevado de vuelta a Palmira habría sido su cadáver, si es que lo hallaban. Mermoz se había probado a sí mismo que tenía la sangre fría, la clarividencia y la resistencia necesarias para enfrentar lo peor. Cuando, al despertar, lo visitó el mismo deseo de regresar al aire, debió de sentir que su verdadero matrimonio con la aviación estaba consumado. Ahora sabía lo que era la proximidad de la muerte. Pero prefería morir volando a vivir sin volar.
Ya desde su aprendizaje en Istres, había descubierto cuál era su destino. Pero luego de su alucinante marcha a través de los montes y el desierto tuvo la seguridad profunda, íntima, adquirida de una vez y para siempre y en la cual se deja de pensar. El acento heroico de Mermoz nació ese día.
Aquí se esbozan los elementos de un problema que a veces plantean, acerca de una gran personalidad, la envidia o simplemente el rechazo de la grandeza, naturales en algunos espíritus. ¿Por qué, se preguntarán, atribuir tanta importancia a una avería? Sin ella, ¿Mermoz habría sido un piloto menos bueno? ¿Y su mérito no habría sido el mismo? Y, si escapar de un accidente hace tanto por la gloria, ¿acaso otros aviadores no tuvieron accidentes similares o más peligrosos, más duros, a los que sobrevivieron? ¿Es justo que un hombre saque mayor provecho de un acontecimiento desdichado que de una serie de éxitos sin historia y que se hable de él de una forma diferente que de sus compañeros sometidos a los mismos golpes?
No sé si es justo. Pero sé que sólo las grandes pruebas, las grandes caídas, los grandes logros y las grandes oportunidades hacen grande a un hombre. Una vida nutrida de ellos no puede ser considerada, no obstante, como una serie de coincidencias felices. El rayo no cae siempre en el mismo lugar. Para atraerlo, es necesaria una sustancia propicia. El peligro y el triunfo sólo acuden a las personas escogidas y las coronan sólo a ellas; y Mermoz poseía esa sangre noble. En Siria, debido al aterrizaje en los montes de Palmira, el timón de su aparato comenzó a trazar el camino épico.
En la escuadrilla, no se equivocaron. No quiero hablar de las felicitaciones que recibió de su capitán ni de las que le prodigó el comandante Denain, gran maestro de las fuerzas aéreas del Levante, durante una visita de inspección. Tampoco hablaré de la propuesta de condecoración que, por otra parte, se perdió en los papeleos redactados por su jefe de escuadrilla. Lo más importante fue la actitud de sus compañeros y de sus oficiales.
La manera en que había escapado a la muerte, el relato de su mecánico, la simplicidad de su despertar, su voluntad de volar de inmediato le valieron ese indefinible respeto sin artificios, esa inflexión especial en la amistad, que es la mejor recompensa para un hombre entre sus compañeros.
En cuanto a sus jefes, para reemplazar a su viejo Breguet, perdido en la montaña y que una columna había ido a quemar, le confiaron un aparato último modelo, el primer avión sanitario del desierto.
–Ya no me queda nada más que desear –dijo Mermoz.
Para comprender la calidad de su felicidad, hay que recordar la aprensión que había mostrado ante la idea de tener que bombardear algún día las tribus disidentes.
En vez de tener que incendiar, herir, matar, su precisión y su conciencia de piloto y de hombre lo designaban para salvar heridos y enfermos perdidos en la arena.
Comenzó a volar al rescate de los afiebrados, los mutilados para quienes la rápida atención de un médico o de un cirujano era cuestión de vida o muerte. Qué milagro representaba para aquellos infelices que, durante días y días, fueron zarandeados a lomo de camello y que estaban ensangrentados, agotados, ver llegar a ese mensajero de la salud, de la esperanza, con su avión resplandeciente. Mermoz se convirtió en un camillero alado.
No podemos evitar pensar en su adolescencia, impregnada de relatos de hospital y de la inagotable caridad de la señora Mermoz, enfermera en Laënnec y que, en el mismo instante en que él volaba sobre el desierto hacia las salas de operación, pasaba sus días en el dispensario de Pontoise, del que era responsable.
En las incontables cartas que Mermoz escribió a su madre, pocas palabras son tan conmovedoras como éstas:
“El enfermo estaba muy cansado y el médico mayor le aplicó inyecciones durante todo el camino. A 1.200 metros de altura. Sólo faltabas tú, mamá querida.”
Ya entonces Mermoz no “regateaba” en el trabajo. Desde el momento en que tuvo su avión sanitario, su esfuerzo no conoció más límites. Aterrizó en todos los lugares donde es posible posar las ruedas de un aparato para recoger a aquellos que necesitan su ayuda. Volaba sobre el Eufrates. Estaba en Damasco. Estaba en Beirut. Regresaba a Palmira y volvía a irse. Algunas semanas recorría miles de kilómetros, lo cual para un joven piloto, en aquella época y con los aparatos de ese entonces, representaba un enorme desgaste físico y nervioso. Pero él no pensaba en ello. Mejor aún, se embriagaba con su cansancio. Estaba orgulloso de entregar sus músculos veinteañeros y su nuevo conocimiento del aire para una obra humanitaria. Volaba y socorría. Su necesidad vital y su sed de servir se entremezclaban maravillosamente.
Pero toda exaltación se paga y, en especial, aquella que exige el desgaste del organismo en un clima terrible.
En el mes de julio, dos huracanes de arena devastaron por completo la escuadrilla. Los pilotos vivían bajo tierra con una frescura relativa de 48º a la sombra. De regreso de una evacuación sanitaria y justo cuando aterrizaba, Mermoz sintió que iba a desvanecerse. La cabeza le dio vueltas, se le aflojaron las piernas. Toda su piel le pareció estar en llamas. El gran esfuerzo al que había resistido durante nueve meses ahora lo derribaba. Apenas tuvo fuerzas para salir de la carlinga y tambalearse hasta su cama. Permaneció inconsciente tres días en un refugio subterráneo, mientras el viento de arena cubría el desierto con su amarillo espanto.
Luego de salir del coma, durante un tiempo, Mermoz no fue del todo el mismo. Su cuerpo, que seguía entrenando rigurosamente, recobró pronto su vigor. Pero su sistema nervioso, sin duda, estaba quebrantado. Mermoz se dio cuenta, con repentina y dolorosa sagacidad, de que Palmira sólo consistía en algunas hectáreas de terreno limitado por cuatro hileras de alambre de púas y 200 kilómetros de desierto. De que su vida sentimental se limitaba a las cartas recibidas y a las cartas por venir. De que el transcurso de las horas sólo se volvía perceptible en los instantes en que sonaban los cuatro toques de clarín del día. Fuera de eso, la extensión sin eco. Los ruidos del mundo se perdían, ahogados por la arena. El cerebro vacío, confuso, no salía de su apatía más que para el trabajo aéreo y luego, cansado, volvía a caer en la inercia total. El calor infernal (al mediodía el termómetro alcanzaba casi los 70º), el alimento y el agua dudosos, la falta de confort elemental, los compañeros y él mismo transformados en perros irascibles por esas condiciones de existencia, todo se combinó para volver intolerable la depresión anímica de Mermoz.
Vivió constantemente, por decirlo de alguna manera, en el punto de quiebre. Y cruzó dos veces ese punto límite. El primer caso me lo relató Coursault; el segundo, Mermoz.
Tras haber partido en una misión, haber tenido un desperfecto y haber permanecido ausente durante mucho tiempo para que repararan su motor, Coursault regresó a Palmira sólo al cabo de varias semanas. Según la tradición, trajo consigo un importante cargamento de alcohol. Luego de festejar como correspondía su regreso en compañía de algunos compañeros, abandonó el comedor junto a Mermoz. Los dos amigos querían celebrar solos la alegría de reencontrarse.
Era una noche de luna llena. El desierto y las ruinas se confundían en un centelleo donde no había lugar para el hombre. Coursault y Mermoz, ya ebrios, tenían una botella llena de coñac cada uno.
–¿Adónde vamos? –preguntó Coursault.
–Al fin del mundo –respondió Mermoz.
El fin del mundo era la cuádruple hilera de alambrado. Se dirigieron allí. Un tirador senegalés, ébano de África, montaba guardia. Unos perros se respondían lúgubremente en el vacío del Tempo del Sol, en las chozas beduinas.
Mermoz bebió y habló, habló y bebió. Tenía tan sólo veinte años. A su lado tenía a un amigo. Estaba embriagado de alcohol, de cansancio, de desierto, de soledad. Se puso a llorar, a gemir como los perros del Templo del Sol. Y Coursault hizo lo mismo. Y ambos sollozaron hasta los primeros rayos del implacable sol que se elevaba sobre la tierra vacía.
Coursault volvió a irse. Mermoz se quedó sin su compañero preferido para combatir los miasmas de la arena y del gran horno. Entonces, se acordó de la cocaína y de cómo, en Metz, ésta le permitía escapar a las tenazas del aburrimiento. En Siria, esa droga era moneda corriente. Mermoz se procuró un poco y la consumió durante una semana. Pero los dioses prohibidos son celosos. No permiten sino su culto. Y Mermoz, mientras piloteaba, notó que sus reflejos le desobedecían. Fue algo apenas perceptible, pero fue suficiente. A los veinte años, al igual que el día antes de su muerte, los gestos del vuelo eran sagrados para él. No bien aterrizó en Palmira, Mermoz corrió a tirar el polvo blanco que le quedaba en una duna alejada del campo. Pero ya había adoptado el hábito y sus nervios estaban envenenados. Al día siguiente, Mermoz se encontró en un terrible estado de abstinencia. Y aunque sabía que su búsqueda era absurda, regresó a la duna.
–Y allí –me dijo–, como un animal, en cuatro patas, hurgué, escarbé la arena con la estúpida esperanza de hallar algunas partículas de estupefaciente. Desde entonces, nunca más volví a tocarlo.
Revelo aquí esta confidencia porque, antes que nada, quiero mostrar la ascensión de Mermoz hacia su verdad. Es inseparable de la lucha que le exigió. Y el gesto mitológico de Mermoz, siete años después, bloqueando con su espalda un avión que iba a abismarse en un precipicio de los Andes, no tendría su completo valor si no dominara, por todas las etapas superadas, aquella búsqueda animal en la arena de Palmira.
Esa misma arena, ese mismo desierto, que por un instante habían dividido a Mermoz, le devolvieron, debido a la victoria que obtuvo contra ellos, una noción más justa de su fuerza, una mayor severidad respecto de sí. Nada fortalece tanto la voluntad como las debilidades y los errores para quien puede superarlos. Ésta se forja a través de sus cobardes seducciones. Cuando Mermoz se puso nuevamente en pie luego de su búsqueda inútil y exploró lo que ésta tenía de degradante, renunció de una vez y para siempre a las evasiones artificiales. Supo que el auxilio no podía venir sino de sí mismo. Se sintió más seguro y más puro.
Pese al calor, que no amainaba, y al trabajo agotador que continuó realizando, volvió a encontrar la paz interior.
Renunció al vino, duplicó los ejercicios físicos, se forzó a leer aún más. Se olvidó de sí para compenetrarse con las humildes existencias que lo rodeaban. Una mañana, sorprendió a un soldado llorando. Lo interrogó suavemente y se enteró de que el desdichado iba a ser reenviado a Francia por tuberculosis, de que era incapaz de trabajar y de que lloraba pensando en su futuro. Mermoz lo reconfortó cada día y, cuando el soldado partió, le entregó una carta para su madre. Ésta recibió al enfermo de Palmira, como Jean lo había previsto. El soldado le escribió a Mermoz y en su carta llamó a su madre “Providencia”. Mermoz le agradeció a su madre con las siguientes palabras:
“Es una alegría tan sana hacer un poco de bien. Es lo único de lo que no se puede prescindir. Es una felicidad fácil de obtener. El desdichado tiene derecho a la benevolencia de los que son más felices que él.”
Y, en ese momento, Mermoz se sentía feliz. Finalmente acababa de ser nombrado sargento con una bonificación de un año de sueldo. Al fin conocía la magnífica alegría de enviar algunos miles de francos a su madre. Había recibido una condecoración. En el aniversario de la muerte de Guynemer, había sido designado para recibir el banderín de la escuadrilla de Palmira. Sus jefes le pedían, sólo a él, consejos para los vuelos peligrosos. Él se los daba sonrojándose, pero como si fuesen órdenes y con un tono natural de mando. Los oficiales los seguían sin ofenderse. A los veinte años, se anunciaba el poder de un gran carácter.
El hecho de haber conocido el sabor de la muerte y el de la decadencia, y el haberlos dominado, le dio a Mermoz una fuerza singular. Nuevos golpes lo azotaron. Y se recuperó de ellos pronto y sin quebrantamiento nervioso. Devoraba el inevitable cordero en cantidades prodigiosas y los dátiles de a racimos enteros. Por la mañana, comía seis huevos. Pese a eso, era tan delgado como musculoso.
Lo que mejor saboreaba, cuando se presentaba la ocasión, eran los placeres de las ciudades de las que se veía privada su potente juventud. A menudo, iba a Damasco a realizar evacuaciones sanitarias. En general, regresaba inmediatamente después de cumplir su misión. Pero, dos o tres veces, su jefe, que lo apreciaba y quería que se distrajera, le exigió que se quedara allí unos días. Las comidas gargantuescas y las rondas por el barrio reservado se sucedían, entonces, sin menoscabar su salud, ni su inocencia, ni su equilibrio.
Por la mañana, iba al mercado, cuyo color y rumor lo maravillaban. Entonces, lo acompañaba un mono llamado Boubou, que pertenecía a una de las escuadrillas de Damasco. Éste era experto en huevos y así lo habían descubierto: los huevos que los soldados cocineros traían del mercado eran en su mayoría incomibles. Pero los que Boubou robaba y escondía en el granero del heno siempre eran excelentes. Mermoz había tenido la idea de llevar al animal consigo. Y hasta los comerciantes árabes más astutos temblaban ante su olfato.
El 24 de diciembre encontró a Mermoz en Damasco. Acababa de transportar a dos enfermos urgentes en su avión. Podía pasar la noche en la gran ciudad y vengarse de la comida famélica del año anterior. No lo pensó ni un instante. El aprovisionamiento de Palmira, si bien había hecho algunos progresos, aún era precario. Mermoz cargó su aparato con todas las provisiones que le permitieron sus recursos y reemprendió el vuelo. Esa noche, en la escuadrilla representaron una revista de fin de año escrita por él.
Mermoz era un compañero perfecto, pero no prodigaba su amistad. Amable con todos y dispuesto a ayudar a cada uno, no se abría demasiado. Dicha reserva se debía a su timidez, a una profunda vida interior y al sentimiento de que como el don de la amistad debía ser total, no toleraba la dispersión.
He conocido a algunos hombres para quienes la palabra “amigo” era sagrada. Yo mismo he basado una gran parte de mi existencia en aquella noción. Pero nunca vi a alguien que la tuviera tan santamente grabada en el corazón como Mermoz. Entre tantas otras, es una de las bellas lecciones que su presencia ha dejado sobre la Tierra.
En Palmira, Mermoz tuvo dos amigos. Uno viejo, si puede decirse, Coursault, con quien compartía todo: sábanas y toallas, dinero, uniformes, alegrías y tristezas; y uno nuevo: Étienne.
Siempre es pueril y mezquino buscar una jerarquía en los sentimientos profundos. En un hombre que tiene el corazón tan amplio como para amar muchas veces o a muchos seres, no hay término medio en las amistades, especialmente en Mermoz, cuya naturaleza no podía admitir en el orden de los afectos nada que no fuese absoluto. El juego de matices diferencia más que la intensidad. En ese plano, puede decirse que Étienne inspiró en Mermoz un cariño de una tranquila perfección.
Los dos jóvenes se conocieron en Palmira. Étienne era aún más cerrado, más reservado que Mermoz. Lo que Mermoz moderaba con su belleza, dulzura y encanto, en Étienne cobraba una forma desagradable. Todos lo consideraban un oso.
Era un joven de estatura mediana, de rostro anguloso, salpicado de pecas y de aspecto ascético. Tenía gestos lentos y delicados, hablaba poco, pero con frases muy correctas, con un suave acento de la región de Champaña. Su único parecido con Mermoz residía en sus largos cabellos rizados. Ambos se observaron en silencio durante un tiempo y de pronto, sin que nadie fuese capaz de adivinar la evolución de sus sentimientos, se observó un entendimiento absoluto entre ellos. Nunca manifestaban su afecto. Pero cuando estaban juntos, conformaban un bloque. Mermoz protegía a Étienne y Étienne profesaba hacia Mermoz una adoración ciega, testaruda, fijada de una vez por todas, como lo estaba su rostro de hombre de tierra adentro. Esto fue así, luego, en Francia y en América. Esa amistad dejó su huella en los cuatro continentes.
Vuelo, peligros, pureza, amistad, Mermoz había aprendido en Palmira todo lo que necesitaba para vivir. Había experimentado el sortilegio que conocen los seres de calidad que han entregado una parte de su vida al desierto. En su sustancia subterránea se había filtrado el demonio de las arenas y de la soledad. Esos largos días de sol agobiante, esa noche lunar, inhumana, donde, cerca de los alambrados, había sollozado, haciendo eco a los perros de Palmira, el espeso viento amarillo que arrancaba las tiendas, habían sido como encantamientos inexplicables. Sin saberlo, había conocido su verdad. Y no tomó conciencia de la dimensión de ese privilegio hasta el instante en que debió enfrentar la hora de la partida. Había llegado el año 1923. Terminados sus dieciocho meses en Siria, iba a regresar a Francia. Y le escribió a la señora Mermoz:
“Mamita, sobre todo, no digas que soy egoísta. Te quiero con toda mi alma y te extraño. No es necesario que te lo diga. Tú lo sabes. Pero mi temperamento independiente, y hasta diría casi salvaje, se encuentra en perfecta armonía con esta inmensa soledad, que es terriblemente salvaje. Y de allí proviene lo que podría llamar mi serenidad. Por momentos, me parece que he cambiado. ¿En qué sentido? Aún no podría decirlo.”
Mermoz acababa de cumplir veintiún años. ¿Qué iba a hacer en Francia, luego de su permiso y sus últimos meses de servicio? Por nada del mundo quería quedarse en el ejército. La aviación civil lo atraía imperiosamente. Pero, luego de haber forzado a su madre a una tan larga separación, ¿cómo condenarla a una separación de por vida? Pero ¿cómo renunciar a una profesión que ya formaba parte dé su carne?
“Me resultará difícil abandonar la aviación –decía–. Me da la sensación de haberla practicado siempre. Se adapta tan bien a mi carácter que en ella encuentro, incluso, una seguridad completa. Pero te tengo a ti. Te quiero más que a nada en el mundo y ¿qué no haría para darte toda la felicidad y la calma que te mereces y que tanto necesitas?”
Así hablaba el amor de Mermoz hacia su madre. Pero el otro amor, que el infierno de Istres y la bendición de Palmira le habían hecho descubrir, era implacable. La decisión, fuera de él, estaba tomada.
El 12 de enero, Mermoz dejó Palmira y la despidió con un adiós donde dejó mucho de sí mismo. Presintió que allí había pasado días que, en el curso de una vida, no vuelven a encontrarse.
Unos años más tarde, Mermoz se enteró de que habían construido un hotel cerca del Templo del Sol. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas y dijo muy bajo:
–Nunca más podré regresar.
Libro II La línea
I. En la calle
Mermoz y Coursault se embarcaron en el Lotus a finales de febrero, habitados por la única preocupación de obtener de sus tres meses de permiso todos los placeres posibles.
Siria los devolvía a sus hogares con los bolsillos llenos, más viriles y con la orgullosa conciencia de los peligros superados y de haber hecho bien aquello que debían hacer. El retorno adoptaba los colores de la sublimación habitual en los viajeros que regresan de una larga ausencia. Les parecía que Francia era nueva, tierna y que les abría los brazos. Era ella, y ya no el desierto, la que producía espejismos.
Los dos amigos se encontraban maravillosamente ataviados para ir a su encuentro. El reglamento no tallaba para nada en sus atuendos. Tan sólo sus gustos los habían inspirado. Uniforme azul claro de cuello abierto, corbata de fantasía, kepí de caballería azul con forro rojo, pieles de oficiales, vara y un pasado que a los veintiún años ya era glorioso, ¿acaso no tenían motivos para sentirse la sal de la tierra?
La única escala, la de Alejandría, se adaptó de manera perfecta a ese particular estado de ánimo. Los egipcios atravesaban, por entonces, una crisis de anglofobia extrema y su secular amistad hacia Francia se veía llevada hasta la exaltación. Los dos pilotos fueron recibidos como triunfadores. En los restaurantes, los espectáculos, las calles y los barrios reservados, se los celebró a cuál mejor. Los cambistas mismos, que no suelen conmoverse por nada, les vendían libras esterlinas a 50 centavos por debajo de la cotización.
El Lotus levó el ancla. Desde el puente, Mermoz y Coursault vieron fundirse la tierra del Oriente. Apenas había desaparecido ésta de su vista cuando un escalofrío estremeció a Mermoz. Éste reconoció de inmediato el golpe súbito: la “punzada”.
–Me voy a acostar –dijo–. Mañana, ya habrá desaparecido.
Pero en Marsella debió desembarcar en camilla. Por un fenómeno singular, pero bastante frecuente, el mal que en el Levante sólo lo había rozado se abatió sobre él con la más rigurosa virulencia en cuanto abandonó sus costas.
Permaneció inconsciente durante toda la travesía y tan sólo los sobresaltos de su cuerpo, abandonado a una fiebre voraz, probaron que aún estaba vivo. Lo que la señora Mermoz encontró cuando le llevaron a Jean a Pontoise fue una suerte de moribundo. No es difícil imaginar el espanto que en ese momento se apoderó de aquella mujer nerviosa, enferma, extenuada por las largas vigilias y que, durante casi dos años, había vivido obsesionada con el retorno de su hijo. Había temido morir de alegría al volver a verlo y el espectáculo de esa palidez cadavérica y esa horrenda delgadez por poco la mata.
Diez días después, la señora Mermoz trataba con un ogro risueño y de vitalidad exultante. Las constituciones como la de Mermoz no permanecen mucho tiempo entre la vida y la muerte. Y su madre ahora contemplaba, con maravillado estupor, las hazañas de un apetito insaciable.
Pero, muy pronto, aquel pozo sin fondo dejó de ser el único objeto de su asombro. El hijo que había partido hacia el Levante y el hijo que de allí regresaba no eran en absoluto idénticos. En este atleta de bronce, cuya delgadez resaltaba los hombros heroicos, le costaba reconocer a su niño y, aunque los largos cabellos eran los mismos, esos cabellos que ningún brigada había conseguido hacer cortar, ahora proyectaban su sombra sobre un semblante muy diferente. Una audacia racional, una seguridad de hombre hecho, una impaciencia contenida, una firmeza de jefe, eso es lo que la señora Mermoz aprendía a leer, poco a poco, en la alta y ancha frente combada y en los labios aún algo pueriles. Y en sus ojos veía un resplandor fijo y lejano, como interior y concentrado en un astro invisible, que le inspiraba temor.
En ese momento, casi sin palabras, ambos decidieron que la profesión de Jean no habría de ser otra que la aviación.
Con toda la vehemencia de una doble resurrección, Mermoz hincó sus blancos dientes en la vida. Era rico. Se había llevado consigo 17 mil francos de Siria y Coursault otros 15 mil. Una vez más pusieron en común sus fondos y los dividieron en tres partes iguales, cada una de las cuales debía asegurar los placeres del mes. Con el kepí azul con forro rojo inclinado sobre la oreja y vara en mano, ambos partieron a tomar la felicidad por asalto.
Borracheras, mujeres, peleas... Tenían la sensación, similar a la que algunos años antes habían experimentado los soldados del frente con permiso, de que se merecían todo. ¿Acaso los civiles que los rodeaban habían conocido los vientos de arena, las averías, la lengua que se hincha de sed y los aullidos de los perros en el Templo del Sol bajo el claro de luna?
En sus escapadas, Mermoz y Coursault se complementaban de maravilla. Coursault desconocía por completo la timidez que le impedía a Mermoz dar los primeros pasos hacia las mujeres. Así pues, él las abordaba y el encanto y la belleza de Mermoz actuaban a continuación. Pero en las riñas, Mermoz perdía toda reserva. Y su fuerza natural, su entrenamiento, su conocimiento del boxeo francés lo volvían temible, como pudieron comprobarlo los vendedores de un periódico de derecha cuando, al estallar una reyerta en el suburbio de Montmartre, Mermoz dejó tendidos en la acera a seis de ellos.
Tal vez la señora Mermoz habría sido capaz, con su mera presencia –era demasiado indulgente con su hijo como para actuar de otra manera–, de atemperar sus ardores dionisíacos. Pero las exigencias de su profesión y la organización de los nuevos establecimientos de la Asistencia Pública la mantenían lejos de Pontoise. Cuando la primera parte de su presupuesto se hubo agotado –mucho antes de la fecha prevista–, Coursault se fue a recuperar el aliento junto a su familia en Fénières y Mermoz junto a sus abuelos en la casa de su infancia, en Mainbressy.
El 1ro de mayo, se reencontraron en Pontoise. La señora Mermoz había regresado para preparar su partida hacia Lille, donde había sido nombrada enfermera en jefe del pabellón de tuberculosos en el nuevo hospital. Florecían las lilas y el muguete, las aguas del Oise parecían rebarnizadas por la primavera. Los dos amigos recurrieron con impaciencia a la segunda porción de sus finanzas.
Entre dos crisis terribles que calmaba a fuerza de éter, Max Delty, el amigo de la adolescencia de Jean, participaba en sus juergas. Cuando sus guardias se lo permitían, la señora Mermoz se les unía, con un sentido de la juventud y una facultad de comprensión admirables.
El presupuesto previsto para la segunda etapa de la licencia se agotó aún más pronto que el primero. Y, una noche en París, los dos amigos se encontraron completamente desprovistos de dinero y con dos mujeres del brazo. Por casualidad, la señora Mermoz partía esa misma noche para Lille y la casa de Pontoise estaba libre. Jean y Coursault embarcaron a sus efímeras amigas para la campiña. Ellas se mostraron encantadas. Tarde en la noche, después de haber realizado caminatas y de haber practicado canotaje, las dos parejas regresaron a la casa. Las cosas estaban en su sitio, pues la mudanza no se llevaría a cabo hasta algunas semanas más tarde. Todos tenían hambre y sed. Mermoz fue a buscar los víveres y las botellas que quedaban en la cocina. El festín concluyó en la ebriedad.
Sólo había una cama doble en la habitación de la señora Mermoz. Se acostaron los cuatro allí y se quedaron dormidos. Antes de desvestirse, Coursault había querido entrar al baño y lo había encontrado cerrado.
–Mamá se llevó la llave por descuido –había dicho Jean.
Coursault fue el primero en despertarse. Con una vaga mirada recorrió la habitación, se acordó de la víspera, sonrió. Pero su sonrisa se cortó en seco. La puerta del baño estaba entreabierta. Le dio un puñetazo a Mermoz, que ni siquiera se movió. Hicieron falta tres o cuatro sacudidas para hacerle recuperar la conciencia.
–Jean, la puerta del baño está abierta –murmuró Coursault.
Mermoz se apartó los cabellos ondulados de la frente y dijo:
–Estás completamente borracho, déjame dormir.
Iba a sumergirse nuevamente en el sueño cuando un sobresalto lo hizo incorporarse. Unos pasos familiares subían la escalera. Pasaron algunos segundos y luego apareció su madre en el umbral.
Llevaba un gorro y un delantal blancos y, en sus manos, una bandeja con cuatro tazas de chocolate humeante y cuatro croissants calientes. El sobresalto de Mermoz y de Coursault había despertado a las muchachas, que se frotaban los ojos. Sin embargo, con una perfecta seriedad, la señora Mermoz dijo:
–Soy la nueva empleada de la limpieza, señor Jean; su madre me pidió que cuide de usted.
Mermoz tomó por la nuca a las dos pobres muchachas aleladas y gritó con voz de trueno:
–Afuera, afuera ya mismo...
Madame Mermoz se volvió hacia la ventana con una risa difícil de disimular.
En la misma casa, Mermoz había instalado una habitación que era la copia exacta de la que había tenido bajo la tienda de campaña en Palmira. Las mismas telas, los mismos almohadones, las mismas alfombras... Consagraba a aquella pieza una adoración mística. Subía de rodillas los escalones que conducían hasta ella.
Mucho antes del término de su permiso, Mermoz y Coursault habían agotado el último tercio de sus reservas sirias. En junio, cuando se unieron nuevamente al regimiento 21 de bombarderos en Nancy, ya no les quedaba más que una moneda de 10 centavos. Frente a la reja del cuartel, Mermoz la arrojó y dijo:
–Volvemos a empezar.
El gesto era el mismo que en Beirut. Pero en esta repetición hay algo que incomoda: el desafío reemplaza a la fe. Una desenvoltura que se percibe como brutal reemplaza la exaltación que poseía a Mermoz cuando éste desembarcó en el Levante. Tres meses de desenfreno habían empañado un poco el reflejo de Palmira. El espíritu ya no ocupaba su rol esencial en Mermoz. Las exigencias físicas concentradas en dieciocho meses en un cuerpo tan potente y joven se habían tomado una revancha demasiado intensa. Mermoz salía de ellos desconcertado –porque estaba hecho para vivir en control de sí mismo– y como anestesiado. A tal punto que había consentido a hacer lo que en Siria le parecía imposible: permanecer en el ejército. Iba a Nancy con la determinación de prepararse para la Escuela de Versailles y convertirse en oficial piloto.
Su suerte –y la de la aviación francesa– quiso que el régimen de la tercera escuadrilla, a la que fue asignado, le evocara los peores recuerdos de Istres y de Metz.
Para empezar, lo separaron de Coursault, asignado a otra escuadrilla del regimiento. Luego, se le prohibió llevar el bello atuendo de fantasía que creía haberse ganado legítimamente por medio de sus hazañas en Siria. Los galones comenzaron a pesar otra vez en un joven que había olvidado su importancia durante un servicio libre y noble y una licencia desenfrenada. Sin duda, y pese a su nueva impaciencia, Mermoz habría podido sacar partido de una disciplina que necesariamente era más dura en Francia, así como lo había sacado del alimento insuficiente y mediocre de Nancy que, no obstante, las dificultades de la región no excusaban. Habría podido comprender que debía aceptar reemplazar las misiones sobre el desierto y la vida señorial de Palmira por las revistas, las guardias y la instrucción de los jóvenes soldados. Y el vuelo –el vuelo nocturno, sobre todo, nuevo para él– lo habría consolado de esas miserias provisorias.
Pero él no podía soportar la injusticia y la persecución incesante, mezquina y encarnizada. Y enseguida se hizo blanco de ellas.
El teniente que lo había recibido, al ver su estatura, lo designó como instructor de educación física de los nuevos reclutas. Mermoz hizo su trabajo a conciencia. Una mañana, el teniente fue a supervisar su curso. Hacía mucho calor. Mermoz estaba sin su guerrera, con el cuello desnudo. El teniente hizo detener los ejercicios y, parándose delante de Mermoz, indicó a su vez algunos movimientos. Al mismo tiempo, pronunció un breve discurso sobre los beneficios de la educación física. Pero el oficial era bajo, esmirriado y de hombros asimétricos. Y detrás de él, repitiendo con fidelidad militar sus movimientos, estaba un joven hercúleo de excepcionales músculos. Una incontrolable carcajada sacudió a la sección. El teniente se dio vuelta y comprendió... Desde ese instante, detestó a Mermoz y, como se dice en el oficio, comenzó a perseguirlo.
¿Para qué revelar aquí los episodios de aquella lucha miserable? Son una repetición de los de Metz. Pero en Nancy, Mermoz ya no era un recluta. El sentimiento de su valor, de sus acciones en combate y la fraternidad siria (¿Dónde está Palmira?, exclamaba sin cesar, con punzante añoranza), le volvían insoportables las constantes vejaciones. Elevó una solicitud de designación a Marruecos. Le fue denegada porque su liberación del servicio se hallaba demasiado próxima.
Entretanto, uno de los empleados administrativos, que era amigo suyo, lo puso al corriente de las notas que su teniente había inscrito en su expediente y que pueden resumirse así: “Suboficial falto de inteligencia, sin instrucción, no sirve para otra cosa que para pilotear.”
Una apreciación de este tipo era inhibitoria para el éxito de un aspirante a oficial. Mermoz exigió la comunicación de aquellas notas. El teniente se negó. Mermoz apeló al capitán de la escuadrilla. Este último, que tenía un espíritu justo, confrontó a los dos hombres, anuló las notas y puso al teniente bajo arresto. Pero era demasiado tarde. Mermoz sentía ya un rechazo definitivo por la carrera militar. El recuerdo de Palmira no le permitía tanta paciencia y abdicación. Su determinación en el rechazo era tan firme como a la hora de actuar. Las exhortaciones de su capitán y las del coronel que comandaba el regimiento, que había quedado impactado por la claridad y la clase de una conferencia dada por Mermoz, fueron en vano. Mermoz renunció a la Escuela de Versailles y solicitó un cambio de cuerpo. A finales del mes de agosto, se incorporó al primer regimiento de caza de Thionville.
A su llegada, tuvo una sensación de liberación. Su estadía en Nancy le había enseñado a no ser difícil, pero también poseía una generosidad natural y una inclinación a confiar desde un primer momento en la vida y los hombres. A partir de las palabras de los pilotos que lo recibieron, concluyó que en el primer regimiento existía la camaradería y que allí se volaba mucho y bien. Por otra parte, si en Thionville estaba separado de Coursault, allí se reencontró con Étienne, su compañero de Palmira, que ya constituía una verdadera parte de sí mismo. Y se hizo nuevos amigos: Guillaumet, piloto con una clase ya sorprendente, de rostro claro y apacible, y Henri Fournier, fornido, bromista, soldado imprevisible, irreverente, a quien sólo le gustaban las bromas y los placeres de la mesa. Mermoz estuvo a punto de agarrarse a golpes con él cuando se presentó en el puesto de guardia (Mermoz prefería servirse de sus puños antes que de sus galones de soldado). Pero todo terminó de mil maravillas en torno a unas cuantas botellas en la cantina.
En una palabra, Mermoz sentía y pensaba que sus últimos ocho meses en el oficio militar se desarrollarían con tranquilidad. Pero un factor de orden general y otro, absolutamente inadmisible, puesto que concernía a su vida personal, convirtieron Thionville para Mermoz en una cárcel.
Los suboficiales pilotos confirmados por el tiempo, el conocimiento y el coraje escaseaban en el regimiento. Se los forzaba a volver a entrar en el servicio. Ahora bien, Mermoz ya había solicitado a la Compañía de Navegación Aérea Latécoère un puesto de piloto civil para cuando fuera dado de baja. La respuesta que recibió de Toulouse le sembró la esperanza de ser contratado en ese momento, sin demasiada espera. Pero aunque no hubiera tenido esa perspectiva, Mermoz no habría firmado el reenganche. Sentía con todo su ser que “regresar a las filas” equivalía para él a un suicidio. Quizá lo dijo con demasiada vehemencia. De cualquier manera, la actitud de sus jefes con respecto a él cambió, al igual que con respecto a todos los pilotos que actuaron como él. Las pequeñas facilidades que tornan tolerable la disciplina le fueron negadas y todas las faenas –la guardia, la instrucción de los reclutas, las inspecciones y las marchas forzadas– lo agotaron.
Si no hubiera intervenido ningún elemento nuevo, Mermoz, me parece, se habría librado de esas vejaciones sin un daño demasiado marcado. Pues se había endurecido. Había sabido sobrellevar Istres, Metz y Nancy, sin un solo castigo. Veterano de las escaramuzas de cuartel, habría terminado su servicio con una relativa inmunidad. Pero el odio de un oficial lo cambió todo.
Darmowy fragment się skończył.