Czytaj książkę: «La salud del corazón»
Dr. Josep Brugada Terradellas
La salud del corazón

© Josep Brugada Terradellas, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: junio de 2019.
ref.: odbo538
isbn: 978-84-9187-451-5
depósito legal: b.13.224-2019
Coordinadora de la colección: Laura González Bosquet.
Redacción: Pablo Cubí del Amo.
dâctilos • preimpresión
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CONTENIDO
Introducción
Los factores fijos y los modificables
Es una cuestión de voluntad
Siempre en positivo
1. Un poco de historia
La brecha entre ricos y pobres
La enfermedad de la abundancia
¿Por qué ha cobrado tanta importancia la cardiología?
¿Tiene sentido salvar solo el corazón?
Una enfermedad que ha dejado de ser de hombres
2. Cómo funciona el corazón
Un músculo que no descansa
Arterias coronarias: los vasos que oxigenan el corazón
Nuestro pequeño generador eléctrico
El corazón se «exprime» 70 veces por minuto
Puede haber defecto de fábrica o de funcionamiento
¿Hay diferencias entre el corazón del hombre y el de la mujer?
3. Síntomas relacionados con el corazón: el dolor
¿Cómo puede ser el dolor en el pecho?
Algunos dolores pueden engañar
¿Qué es el síndrome de las microarterias?
Las membranas del corazón son muy sensibles
4. Los otros síntomas del corazón
Cansancio o sensación de ahogo
El mareo o desmayo
Las palpitaciones o arritmias
El vuelco del corazón
La taquicardia
La fibrilación auricular
La importancia de tomarse el pulso
Las arritmias después de un infarto
¿Qué es un soplo?
5. Pruebas básicas para revisar la salud cardiovascular
¿Hay riesgos si no tengo síntomas?
La entrevista: anamnesis
La exploración física y la auscultación
El electrocardiograma
El ecocardiograma
6. ¿Qué otras pruebas realiza el cardiólogo?
La prueba de esfuerzo
El Holter: controlado las 24 horas
Los dispositivos que puedes tener tú
La resonancia magnética
La radiografía de tórax
El SPECT, la medicina nuclear
El escáner
7. Las pruebas invasivas: ¿qué es el cateterismo?
Cateterismo coronario: las arterias por dentro
Los riesgos más habituales
El estudio electrofisiológico: mirando la red eléctrica
8. Factores de riesgo no modificables: ¿qué puedes hacer?
Sexo: ser mujer beneficia
La edad
La herencia genética
9. Factores de riesgo que puedes cambiar
La hipertensión: un valor clave
Diabetes: controla tu azúcar
El colesterol
10. Factores de riesgo que dependen de ti
El tabaco: no dejes que te consuma la salud
Una pandemia llamada sobrepeso
Sedentarismo: no te quedes parado ante un riesgo mortal
11. El estilo de vida más cardiosaludable
Los beneficios de la dieta mediterránea
El debate sobre el alcohol
El ejercicio que te conviene
Tómate la vida con calma
12. ¿Qué es la insuficiencia cardíaca?
Un problema de ahogo e hinchazón
No la confundas con la mala circulación
¿Duermes tumbado o incorporado?
Las causas de la insuficiencia
Cuidado con los líquidos y con la sal
Pésate cada mañana
¿Qué tratamientos hay?
Se puede resincronizar el corazón
La insuficiencia provoca arritmias
El país de los trasplantes
13. Enfermedades del ritmo cardíaco
La bradicardia: ¿por qué el corazón puede ir lento?
Podemos entrenar nuestro corazón
Síncope: ¿bradicardia o lipotimia?
¿Por qué al abuelo se le va la cabeza?
El marcapasos, la solución de las bradicardias
Tipos de taquicardias: el corazón acelerado
Las taquicardias más benignas
No todas son patológicas
Puede ser por falta de forma física o por tomar demasiados excitantes
¿Cómo se curan las taquicardias superiores?
¿Cómo detectar las taquicardias ventriculares?
Tratamientos para la arritmia ventricular
14. La arritmia del ictus
El riesgo de ictus: tómate el pulso
Los nuevos medicamentos
El tratamiento por ablación
15. Angina de pecho e infarto
¿Cómo se tratan las coronarias?
La operación de baipás
El código infarto, un protocolo de seguridad
Consecuencias del infarto
16. ¿Qué les puede pasar a las válvulas cardíacas?
A veces no se abren o se cierran bien
¿Por qué se producen estas anomalías?
Y si me dicen que tengo un prolapso...
¿Cómo se reparan las válvulas?
17. Las enfermedades congénitas
El corazón puede estar agujereado
¿Cómo se tratan las cardiopatías congénitas?
Cateterismo y cirugía, una labor conjunta
¿El niño podrá llevar una vida normal?
Un momento clave del nacimiento
18. Las enfermedades genéticas
Cuando el corazón es demasiado grande
El corazón roto y otros problemas eléctricos
¿Cómo se tratan estos problemas?
¿Sabes utilizar un desfibrilador?
19. ¿Hacia dónde vamos?
Tres últimos consejos
Introducción
El estudio del corazón es una asignatura muy compleja, por lo que muchos cardiólogos nos especializamos en un área determinada. En mi caso, escogí la electrofisiología cardíaca, que estudia los aspectos relacionados con el sistema eléctrico que permite al corazón contraerse y bombear. En mi consulta trato sobre todo problemas de arritmias. No hace mucho, tuve un paciente de 41 años que practicaba deporte con regularidad y cuyo corazón latía desacompasadamente. El procedimiento que le realicé no reviste mayores problemas, ya que lo he hecho cientos de veces. Más adelante lo veremos. Pude solucionarle el problema de manera ambulatoria y en apenas unos minutos. En cuanto acabé y cuando el paciente estaba a punto de salir de la consulta, me preguntó cuándo podía empezar a entrenar otra vez. «¿Qué tipo de entrenamiento?», le dije. Me contestó que quería prepararse para una carrera de cien kilómetros de recorrido que se celebraba en unos meses. Lo miré sorprendido y le recordé que el corazón le había dado un aviso; sería por alguna razón. Le aconsejé que se planteara si era conveniente someterlo a según qué esfuerzos.
Explico esta anécdota como ejemplo de una de las muchas razones por las que creo que este libro puede ser útil al lector. La cardiología es una de las dos grandes especialidades de la medicina en las que la participación del paciente es fundamental. La otra es la oncología. En toda especialidad existe una parte importante de prevención, pero en la cardiología es donde se hace más evidente. En temas de corazón hay un factor fundamental: nosotros, como pacientes, desarrollamos un papel tanto o más importante que el médico. Así de claro. Hay un montón de factores de riesgo evitables y que dependen de nosotros exclusivamente.
Los factores fijos y los modificables
En medicina decimos que hay una serie de factores que determinan el riesgo de padecer enfermedades. Algunos no dependen de nosotros, como los genéticos. La herencia es la que es y a cada uno le toca lo que le toca. Por ejemplo, la enfermedad congénita de un recién nacido es un factor de mala suerte. Un recién nacido no ha hecho nada malo y, probablemente, su padre o su madre tampoco para tener que asumir ese castigo. Es simplemente uno de esos factores que, hoy por hoy, no podemos controlar.
Otro factor de riesgo no modificable es la edad. Sabemos que con la edad las enfermedades cardíacas aumentan y no podemos hacer nada para evitarlo. Como tampoco podemos hacer nada respecto al factor de género. Así, los hombres tienen más riesgo de sufrir infartos y las mujeres poseen una variable hormonal que las protege.
Pero también hay factores que sí dependen totalmente de la persona. Son factores modificables, algunos a partir del tratamiento y otros gracias a la prevención. Los primeros son aquellos que podemos diagnosticar y que requieren una actuación concreta, que, si se sigue, evitará riesgos. Son los tratamientos que se administran a pacientes con la presión arterial alta (hipertensión), problemas para metabolizar el azúcar (diabetes) o exceso de colesterol en sangre (hipercolesterolemia). Aunque es verdad que todas estas enfermedades tienen a su vez un factor no controlable por nosotros. Una persona puede tener hipercolesterolemia familiar, que no es provocada por una mala alimentación sino por una genética que hace que su colesterol sea alto. Pero ¿puedes hacer algo al respecto? Claro que sí. Puedes evitar sumar a ese colesterol que ya estás fabricando en grandes cantidades más colesterol extra con una dieta poco equilibrada. Asimismo, si eres diabético, no eres culpable de padecer la enfermedad, pero sabes que, si no sigues unos hábitos alimenticios correctos, se descontrolará el nivel de azúcar en sangre y tendrás más riesgos para tu salud. Lo mismo pasa con la hipertensión. Si haces un poco de ejercicio físico, te cuidas y controlas el consumo de sal, sabemos que como mínimo vas a evitar que empeore tu situación. Tu hipertensión no se curará, pero tampoco aumentará. Es más, probablemente no necesitarás tanta medicación y te encontrarás mejor. Por tanto, el tratamiento de todas esas enfermedades es el resultado de una combinación de elementos.
Por otro lado, existen unos factores que son puramente responsabilidad de la persona. Tú decides si fumas o no. Si no fumo, tengo un riesgo medio de padecer una enfermedad cardiovascular; si fumo, estoy multiplicando ese riesgo por dos, por cuatro o por cinco, aunque dependerá de la cantidad y del tipo de tabaco consumido y también de otros factores propios de cada persona. No todas las personas que fuman un paquete de cigarrillos diario tienen exactamente el mismo riesgo. Esa es una de las excusas a las que se agarran los tabaquistas para defender su causa: «Mirad a Santiago Carrillo, que vivió hasta los noventa y cinco años y al final de su vida aún fumaba». No les vamos a quitar la razón. Es obvio que debía de tener una genética particular o algún otro factor personal que desconocemos que hacía que, efectivamente, el tabaquismo no le afectara en su longevidad. Pero la realidad estadística es que el tabaquismo es el factor individual evitable en la sociedad que más mata. Si erradicáramos el tabaco, la tasa de mortalidad actual descendería en un 10% o un 15%. Así de simple. Y no sería solo por una reducción de la incidencia de los casos de infarto entre la población, sino también por la disminución de diagnósticos de cáncer y de EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) y de otras enfermedades directamente afectadas por el tabaco.
Un último factor es si hago ejercicio o no. Yo asumo si quiero dedicar un poco de tiempo, apenas media hora o tres cuartos de hora diarios a caminar, a mantenerme en forma y a reducir el sedentarismo. Sobre esta cuestión quizá haya que apuntar también el hecho de que estamos llegando a un extremo en el que un factor positivo se está convirtiendo en un perjuicio. En este sentido, el ejemplo que ponía al principio es significativo. Actualmente asistimos a una especie de locura por los maratones o los medio maratones, que no están pensados para todo el mundo. Por esa razón, es necesario explicar a la gente que para disfrutar de una vida saludable hay que practicar ejercicio de forma moderada, sin estresarse, seguir una dieta sana y relacionarse con los demás.
Es una cuestión de voluntad
Lo triste es que la mayoría de las veces no es el desconocimiento el que hace que no se tomen estas decisiones personales, sino la falta de voluntad. Una parte significativa de la población se niega a hacer aquello que las autoridades sanitarias le recomiendan. Por eso creo que, probablemente, tenemos que cambiar de estrategia. Hay que dejar de hablar de prohibir y de utilizar conceptos negativos, dar la vuelta al discurso y plantearlo de forma positiva. Es decir, se trata de hacer salud. De este modo no diremos «evita la enfermedad», porque contra ese argumento siempre existe la justificación de que no todas las personas van a caer enfermas.
Por ejemplo, no hablemos de dejar el tabaco para evitar algo, hablemos de dejarlo para ganar calidad de vida; cansarse menos, encontrarse mejor. Hay que buscar ese cambio de mensaje, porque el que tenemos ahora solo funciona con los muy convencidos y deja a una parte importante de la población de espaldas a la realidad estadística. A estas alturas aún llegan a mi consulta pacientes que me preguntan si fumar es malo. En realidad, no me extraña; tiene un sentido. Lo que buscan esos pacientes es que algún especialista les relativice el riesgo, que les diga «bueno, tampoco pasa nada» y les ratifique en su convicción, porque lo único que quieren es seguir fumando.
Siempre en positivo
Por tanto, hay que vender la salud de forma positiva. No comparto esa creencia trasnochada de que los curas y los médicos siempre están prohibiendo. En mi caso, busco convencer y no prohibir. Como señala el dicho: «Si piensas que la salud es cara, prueba la enfermedad y te vas a enterar». Y ese es el espíritu que quiero transmitir en las siguientes páginas.
El corazón es el motor de todo nuestro cuerpo. Si el corazón se para, se detiene el flujo de la sangre y, con ella, el del oxígeno a todos los órganos de nuestro cuerpo, por lo que la persona fallece en pocos minutos. Por esa razón, es fundamental conocer y valorar nuestro corazón. Saber de su importancia, cómo tratarlo para que siga funcionando sin problemas muchos años. A lo largo de este libro también hablaremos de enfermedades, para saber cómo afrontarlas y reducir los riesgos para nuestra salud; y de esperanza, de todos los avances que han permitido tratar tantísimos problemas hasta hace poco incurables.
Espero que este libro te ayude a entender mejor qué pasa cuando tienes arritmias, un dolor en el pecho u otros síntomas y sepas valorarlos. Con su lectura aprenderás a reconocer desajustes naturales del pulso cardíaco sin mayor importancia y lo que podrían ser señales serias de alarma que exigen la atención urgente de un especialista para que realice las pruebas exploratorias pertinentes. En suma, espero que este libro sea una lección didáctica, como la que me gustaría que se impartiera en las escuelas y que los niños vieran ejemplificada en casa. Si fuera así, ganaríamos calidad de vida para todas las generaciones presentes y futuras.
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Un poco de historia
El interés por los problemas del corazón existe, como es lógico, desde el principio de los tiempos. El hombre de las cavernas ya debía de ser consciente de que cuando el corazón se para la persona muere. Como especialidad, la cardiología empezó a estudiarse durante la Antigüedad, y ya los griegos dejaron algunos escritos donde se planteaba que el corazón era el órgano central del cuerpo. Hipócrates y Aristóteles, al inicio del siglo iv a. C., fueron de los primeros en profundizar en su morfología.
A lo largo de los siglos se fueron haciendo avances que permitieron una mejor comprensión de los mecanismos por los que la sangre fluye a través del cuerpo humano. Pero hasta el siglo xix y principios del xx no se producirán avances importantes en el análisis fisiológico y anatómico del corazón. Paralelamente, se crean instrumentos que luego serán fundamentales para la especialidad. Por ejemplo, en 1816, el francés René Laënnec, un médico muy pudoroso al que le incomodaba acercar el oído al pecho femenino, inventó el estetoscopio para auscultar a una joven paciente. En 1895, el ingeniero alemán Wilhelm Röntgen descubrió los rayos X y abrió un nuevo y amplio horizonte de investigación. O, por citar uno más, en 1901 el médico holandés Willem Einthoven estableció los principios del electrocardiograma.
Durante toda la historia los principales problemas cardiovasculares han sido, por un lado, las enfermedades congénitas y, por otro, las infecciones. Las primeras están causadas por la mala formación de la estructura del corazón y vienen, por tanto, de origen (el feto ya las tiene). El corazón no se ha desarrollado adecuadamente, lo que puede suponer un gran abanico de problemas: desde una micropatología sin mayores consecuencias, que muchas veces pasa desapercibida, hasta enfermedades gravísimas que, en el caso de que el niño nazca con una de estas, pueden implicar muchas intervenciones quirúrgicas y una supervivencia baja. Por otro lado, las infecciones hacen referencia a las complicaciones de enfermedades aparentemente benignas, como una amigdalitis, que en el pasado no se trataban porque no se tenían los antibióticos adecuados y acababan provocando la destrucción de las válvulas cardíacas.
Pero cuando la cardiología hace un verdadero salto adelante es con el advenimiento de la sociedad de consumo masivo, durante los últimos setenta u ochenta años. Las enfermedades del corazón se convierten progresivamente en la principal causa de muerte en el mundo desarrollado y, al mismo tiempo, en uno de los temas de estudio fundamentales. Es entonces también cuando se hace patente la gran brecha, que persiste hoy en día, entre el desarrollo de la cardiología en los países ricos y en los países pobres.
La brecha entre ricos y pobres
Los problemas cardíacos con mayor incidencia en los países pobres siguen siendo, básicamente, los que están relacionados con las infecciones. Estas provocan varias tipologías de problemas que afectan a las válvulas cardíacas. Las anginas, la amigdalitis o los estreptococos, que en los países desarrollados nos pueden parecer hoy problemas menores, en los pacientes de los países pobres se acaban instalando en las válvulas cardíacas y las destruyen. Esa es la gran patología infecciosa de los países pobres. Nos puede parecer algo tercermundista; sin embargo, no es hasta mediados del siglo xx cuando en España se empieza a poner fin a esta problemática, coincidiendo precisamente con la fase de desarrollismo que vivió entonces el país. Hacia finales de la década de 1970 y durante los primeros años de la década de 1980, cuando España ya se ha integrado plenamente en el bloque de países desarrollados, estas patologías de las válvulas desaparecen prácticamente. En los países donde ese desarrollo aún no ha llegado o está en una fase muy incipiente, las enfermedades que afectan a las válvulas siguen siendo un problema mayor. El otro gran problema, como señalábamos al principio, hace referencia a la gran cantidad de enfermedades congénitas que no se detectan al nacer y que después causan numerosos problemas.
Los países ricos han dejado atrás esta fase, incluyendo España. Por un lado, se han empezado a tratar a todos los niños que pudieran tener problemas cardíacos desde muy pequeños, antes de que estos provocaran otras complicaciones o que, directamente, pudieran convertirse en una causa de muerte infantil. Por otro lado, desde finales de los años ochenta o principios de los noventa se ha extendido a toda la población el estudio prenatal del corazón con ecografías de alta definición, que permiten visualizar y detectar las cardiopatías congénitas en estadios muy precoces del embarazo, pudiéndose tomar, de acuerdo con los padres, las medidas mas adecuadas en cada situación.
La enfermedad de la abundancia
No obstante, en esta sociedad de la riqueza, en la que hemos conseguido evitar las infecciones y hemos controlado y buscado soluciones a los problemas congénitos graves, ha surgido el problema de la abundancia, que se llama arterioesclerosis. Como sabemos, esta enfermedad es la obturación de cualquier arteria del cuerpo. Comemos más de lo que necesitamos y no siempre nos nutrimos de los alimentos de origen natural más indispensables. Además, vivimos estresados, fumamos, hacemos poco ejercicio... Seguimos todos los factores de riesgo que se asocian con la arterioesclerosis y, por tanto, se diagnostican más casos, del mismo modo que hay más pacientes con hipertensión o diabetes. Y así como tenemos más arterioesclerosis tenemos más casos de lo que llamamos patología isquémica. A continuación explicaremos qué queremos decir con todo esto, que puede resumirse en una consecuencia más clara: hoy el infarto de miocardio se ha convertido en la primera causa de muerte en el mundo occidental.
Vamos a detallar estos conceptos, porque aparecerán con frecuencia a lo largo del libro. La arteriopatía isquémica es el nombre que damos a los problemas causados por la arterioesclerosis. Isquemia quiere decir ‘interrupción de la llegada de la sangre a un órgano’. La arterioesclerosis se manifiesta básicamente de tres formas, dependiendo del órgano al que no le llega la sangre. Si afecta a las arterias coronarias, las del corazón, se llama cardiopatía isquémica; si afecta a las cerebrales, ictus (embolia o isquemia cerebral), y si afecta a las periféricas, las que recorren el cuerpo hasta brazos y piernas, arteriopatía periférica. Las más graves, lógicamente, son el ictus y la cardiopatía isquémica. La arteriopatía periférica puede provocar problemas para caminar, por ejemplo, pero no supone un riesgo de muerte como sí pasa con las otras dos. La incidencia de la cardiopatía isquémica es un poco inferior en las mujeres que en los hombres y, por contra, la primera causa de muerte en las mujeres es el ictus. Pero eso es porque entre las mujeres se dan menos casos de enfermedades de corazón, no porque entre los hombres se produzcan menos diagnósticos de ictus.
¿Por qué ha cobrado tanta importancia la cardiología?
La cardiología ha avanzado notablemente en muy pocos años. La explicación de tal desarrollo es que ha habido mucho dinero de por medio. Los países donde ha crecido el estudio de estas enfermedades son aquellos que tienen posibilidad de pagar los tratamientos. Los laboratorios, la industria farmacéutica y las empresas fabricantes de aparatos médicos invierten mucho dinero en buscar soluciones a todos los problemas cardíacos. Y lo hacen porque la sociedad puede pagar sus descubrimientos. Por esa misma razón, la industria no invierte en la investigación de la vacuna de la malaria, pese a la grave incidencia de esta enfermedad en los países subdesarrollados, ya que este estudio cuesta una fortuna que nadie va a pagar. Por ello, toda la investigación que se realiza sobre la malaria es financiada por organismos públicos, como la ONU o la OMS, o por organizaciones altruistas y otros proyectos de desarrollo del tercer mundo. Las empresas privadas no invierten en algo que no les reporta beneficios, ya que saben que cuando obtengan la vacuna la van a tener que regalar. Nadie entendería que se descubriera la vacuna y no se utilizara a la espera de que las personas necesitadas tengan la capacidad económica de pagarla. Por tanto, se desentienden de esta investigación. Este mundo funciona así.
En lo que respecta a los temas relacionados con la cardiología y la oncología, que son los dos grandes problemas médicos de los países desarrollados —porque vivimos muchos años y tenemos más riesgos de sufrir problemas del corazón o de padecer un cáncer—, pasa todo lo contrario. Hay mucha gente dispuesta a gastar dinero en salud y las empresas privadas destinan todos sus esfuerzos en innovar e investigar, porque también hay mucho dinero que ganar. Esta circunstancia explica el gran salto que ha dado la cardiología en los últimos tiempos, que la ha convertido en la especialidad más sofisticada que existe en la actualidad desde un punto de vista tecnológico. Contamos con aparatos para todos los posibles problemas y cada día aparecen nuevos avances: catéteres, tubos, sistemas para cambiar una válvula o para poner un stent. Gracias al estudio realizado por una gran cantidad de investigadores, tenemos, por tanto, un sinfín de soluciones, que explicaremos en las siguientes páginas y que han dado esperanzas ante afecciones cuya curación parecía impensable hace unos pocos años.
¿Tiene sentido salvar solo el corazón?
Se ha avanzado tanto que nos encontramos incluso con otro problema que cada vez va a hacerse más significativo. Estamos curando tanto y tan bien los problemas de corazón en la vejez que las personas llegan a esta última etapa de su vida perfectamente del motor y no así del otro elemento importante del cuerpo humano: el cerebro. La investigación sobre las enfermedades relacionadas con el envejecimiento neuronal no ha conseguido aún progresos tan positivos. El resultado es que tenemos cada vez más pacientes que pierden la capacidad cognitiva y no se mueren porque hemos logrado mantener el motor, su corazón, en buenas condiciones. Antes, como había muchos más casos de fallos cardíacos, los de envejecimiento neuronal no eran tan numerosos. Hoy el envejecimiento de la población hace que se disparen los casos de personas discapacitadas por culpa del alzhéimer o de la demencia senil, mientras su corazón aún resiste.
A la larga, será un problema social muy grave. Los centros de salud se están llenando de personas totalmente dependientes, sin autonomía, con una capacidad cardíaca que les permitirá vivir muchos más años, porque les hemos hecho una «puesta a punto» del corazón para que este pueda seguir latiendo más tiempo. Por eso, desde los organismos de atención a la salud se está planteando la conveniencia de aumentar los fondos de investigación para tratar las enfermedades neurológicas e igualar su progreso al de la medicina cardiovascular. Pero ese no es un tema que atañe únicamente a los políticos y a los organismos públicos; hay que conseguir, sobre todo, que la empresa privada, que es la que más esfuerzo destina a la investigación y al desarrollo, asuma plenamente este reto.
Una enfermedad que ha dejado de ser de hombres
La incidencia de la enfermedad cardiovascular a lo largo de estas últimas décadas ha ido variando. Hace cuarenta años era muy raro tener en la consulta a una mujer con un infarto de miocardio. Decíamos que, probablemente, el ciclo menstrual y las hormonas ejercían un papel protector, y que solo cuando la mujer llegaba a la menopausia este posible beneficio se veía reducido. El infarto era un problema de hombres. Esto es verdad, y cuando yo empecé a ejercer la medicina había un amplio consenso al respecto. Sin embargo, el aumento de los factores de riesgo en la mujer que hemos visto en estos cuarenta años, sobre todo el tabaquismo, la hipertensión y la obesidad, han provocado un importante aumento de los infartos en este grupo de población. De hecho, ahora mismo se considera que la incidencia de los infartos en hombres y mujeres es prácticamente la misma. La diferencia es que en ellas la aparición de los infartos se retrasa entre cinco y diez años con respecto al hombre.
Todo esto puede seguir cambiando, ya que estamos hablando de estadísticas a largo plazo. Hay que tener en cuenta que entre las mujeres los factores de riesgo no disminuyen, sino todo lo contrario, por lo que puede que en las próximas décadas asistamos a la total equiparación de los casos de infarto. De momento, sin embargo, la principal causa de muerte femenina es el ictus.
Asimismo, esta historiología médica según la cual la mujer no suele tener infartos ha jugado en su contra a lo largo de los años: cuando se presentaba una paciente con un cuadro que podría relacionarse con un infarto, los médicos tendían a descartarlo porque no consideraban que esa fuera la primera opción. Buscaban otras posibles causas, con lo cual el tratamiento se retrasaba porque se consideraba menos urgente. Por tanto, como el tiempo es fundamental en el tratamiento de los problemas del corazón, este hecho hacía que la cardiopatía isquémica en las mujeres, cuando finalmente era diagnosticada, acabara siendo más grave. Actualmente estas percepciones van cambiando poco a poco, pero no del todo. Todavía hoy, si una mujer llega con un dolor en el pecho, es probable que el médico le reste importancia.
Los cardiólogos estamos haciendo campañas de formación para cambiar esta tendencia. En ellas explicamos que los síntomas de un infarto, en el caso de las mujeres, pueden ser un poco distintos y algo engañosos. No obstante, hay que pensar en la posibilidad de una cardiopatía isquémica, porque el objetivo es destapar una arteria obstruida. El infarto es la falta de riego al corazón por una arteria obstruida y, si esta no se desobstruye en las primeras horas, el daño será irreversible. Por eso existe el código infarto, un protocolo que se aplica en toda Europa para que, al detectar un caso, se actúe con la máxima celeridad. Se hacen todas las pruebas de confirmación rápidamente, incluso un cateterismo para destapar cuanto antes la arteria. Siempre que se actúe en las dos horas posteriores al dolor, se evitará probablemente un daño real en el corazón. Si se tarda más, una zona quedará afectada. Por eso, insistimos en que se dejen de tener dudas diagnósticas en los casos de las mujeres y en que se empiecen a aplicar los mismos criterios que en los pacientes de sexo masculino. Si un hombre llega con un dolor en el pecho por haber subido una escalera, lo primero que se hace es aplicar el código infarto para que los especialistas le den prioridad y verifiquen si ha tenido un infarto. Pues bien, tenemos que intentar que este protocolo se aplique también a los síntomas más difusos de las mujeres.
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Cómo funciona el corazón
La descripción del corazón es muy simple: se trata de una bomba que distribuye la sangre por todo el cuerpo y permite alimentar todas las células del organismo. Para funcionar, estas células necesitan una gasolina llamada oxígeno y, para que este pueda llegar a todas partes, es imprescindible un sistema conductor, es decir, la sangre. Por tanto, lo que hace el corazón es bombear la sangre para que circule por todas las células. Como cualquier bomba, el corazón está formado por varios elementos, de los cuales tres son los principales.
Un músculo que no descansa
El primer elemento es la bomba en sí. Está formada por un músculo hueco, aproximadamente del tamaño de nuestro puño, que es absolutamente perfecto. Este músculo funciona 24 horas al día, 365 días al año, durante décadas y décadas. No descansa nunca ni puede descansar porque, si dejara de bombear, nos moriríamos. Por tanto, este músculo tiene que ser muy potente, el más potente, porque no se puede estropear. Si falla el músculo, falla la bomba. Además, es un músculo muy especial, llamado miocardio, con dos propiedades únicas que veremos más adelante: la automaticidad y la conductividad. Hay músculos que ejercen un tipo de fuerza estática, como los del cuello, y sirven sobre todo para sujetar el peso de la cabeza. En su caso, el músculo del corazón, el miocardio, está muy interconectado y muy secuenciado, ya que debe iniciar su movimiento de manera muy acompasada y no nos vale que cada parte se active por su lado porque el trabajo es coordinado.

Como muestra la ilustración anterior, el corazón se subdivide en cuatro compartimentos: dos aurículas, situadas en la parte superior del órgano, y dos ventrículos. Son como estancias. Hay un muro que separa la aurícula y el ventrículo de la derecha del de la izquierda. Conviene en este punto explicar lo que es el sistema de riego sanguíneo para entender mejor cómo funciona el corazón. Tenemos un circuito cerrado, una red de tubos de distinto tamaño por los que circula la sangre para que llegue hasta el último rincón de nuestro organismo. Unos son anchos, los que entran y salen del corazón hacia el resto del cuerpo; otros, a medida que se subdividen, llegan a ser tan minúsculos como un pelo, por eso se les denomina capilares. La sangre que sale del corazón va por unos conductos que llamamos arterias, mientras que la que regresa al corazón va por unos conductos llamados venas.
A su vez, hay dos circuitos diferentes. La sangre mala, que ha consumido el oxígeno y regresa de las células al corazón, pasa a la aurícula derecha, que la impulsa al ventrículo derecho. De allí sale expelida hacia los pulmones. Entonces se oxigena y, ya enriquecida de nuevo, sigue su camino, llega a la aurícula izquierda, pasa al ventrículo izquierdo y este la expulsa con fuerza hacia el resto del cuerpo.
Para que la sangre circule en la dirección adecuada, se necesitan además unas compuertas que abran el paso exclusivamente en un sentido. Por eso el corazón también tiene unas válvulas que se abren y se cierran. Son cuatro: dos que conectan cada aurícula con su ventrículo y otras dos que abren el paso de los ventrículos hacia las arterias: la arteria pulmonar (que va a los pulmones) y la aorta (que distribuye la sangre por el cuerpo). Es un mero mecanismo automático, que resulta muy útil para que la sangre siga su camino y no se vaya hacia atrás.
Arterias coronarias: los vasos que oxigenan el corazón
Como cualquier motor, el corazón necesita energía para funcionar, que no es otra que la misma gasolina que proporcionamos al resto del cuerpo: el oxígeno. Este es imprescindible para que todo el proceso de bombeo se produzca de manera efectiva. El oxígeno de la sangre llega al corazón a través de las llamadas arterias coronarias. Estas arterias específicas del corazón son el segundo elemento importante.
Las arterias coronarias son unos ramales cortos que se originan en la arteria madre, llamada aorta. De esta salen ramas que van al cerebro, a los brazos, a la barriga, a las piernas, etc. Dos de estos primeros ramales son la arteria coronaria derecha y la arteria coronaria izquierda, que suministran sangre oxigenada directa y exclusivamente al corazón, por lo que son imprescindibles. Como el corazón está funcionando siempre y ha de recibir mucho oxígeno, es fundamental que las arterias se mantengan siempre limpias, ya que han de poder abastecer a ese músculo de forma suficiente y constante. Es un planteamiento distinto al de cualquier otro músculo del cuerpo, como, por ejemplo, los bíceps de los brazos. Los bíceps también son músculos fuertes a los que, en ocasiones, podemos exigir un gran trabajo. Sin embargo, en otros momentos van a estar inertes, tranquilos, y no tendrán la misma necesidad de oxígeno, apenas del suficiente para que las células sigan vivas. Con el corazón no tenemos ese planteamiento, ya que este trabajará más o menos rápido, pero siempre requerirá de una fuerte dosis de oxígeno para bombear sangre a todo el cuerpo. Por tanto, norma número uno: las arterias coronarias han de estar lo más limpias posible.
Nuestro pequeño generador eléctrico
El tercer elemento de este mecanismo, el sistema eléctrico, es el que regula la velocidad a la que debe funcionar la bomba. Puede parecer extraño que nuestro cuerpo tenga un pequeño generador de electricidad que manda descargas, pero así es. Ese generador está conectado, a su vez, con nuestro organismo para saber en todo momento qué cantidad de energía se requiere. No necesito la misma energía a mediodía, a pleno rendimiento, que a las cuatro de la madrugada, cuando estoy durmiendo y todos mis músculos, excepto el corazón, están en reposo. En esos momentos, una frecuencia baja de bombeo es suficiente para vivir. Si estoy haciendo deporte —por ejemplo, subiendo en bicicleta una cuesta— necesito que mi corazón se ponga a 180 pulsaciones por minuto, ya que le estoy exigiendo un gran esfuerzo a mis músculos y, por tanto, necesitan más oxígeno. ¿Cómo lo conseguimos? Pues abriendo mucho los vasos sanguíneos para que pase cuanta más sangre mejor y bombeando mucho el corazón. Para ello, el corazón ha de ir más fuerte y más rápido. Cuanto más fuerte y más rápido vaya, más sangre y más oxígeno se enviará.
Este sistema eléctrico funciona por capas. En la parte superior tiene un marcapasos natural, el nódulo sinusal, que es una estructura formada por células especiales de neuronas y músculos. Estas células especiales, llamadas células marcapaso, producen electricidad, como si fueran un pequeño generador, gracias a una propiedad natural que tenemos todos que se denomina automatismo. Esta electricidad se transmite desde el nódulo sinusal por las aurículas hasta el al nódulo auriculoventricular, que es la siguiente estación y que también es capaz de crear y transmitir electricidad. Desde allí el impulso eléctrico se distribuye a los ventrículos y provoca su contracción.
El resto de las células del corazón no tienen la propiedad de generar electricidad por sí mismas, de modo que únicamente se disparan cuando reciben el impulso eléctrico. En cambio, las células del nódulo sinusal, sí. Este sistema eléctrico funciona automáticamente, ya que no podemos decidir cuándo debe latir el corazón. Sin embargo, no es del todo independiente. El sistema nervioso vegetativo (que no es el consciente, sino el que transmite información a las vísceras o al iris del ojo para que se abra o cierre dependiendo de la luz) está conectado también con el sistema eléctrico. Por eso, las emociones que experimentamos, desde el amor hasta el odio, pueden mandar señales para que nuestro corazón lata más rápido. Cuando nuestros músculos se ejercitan y necesitan más oxígeno, también el sistema nervioso vegetativo le envía señales para que aumente los latidos.
El corazón se «exprime» 70 veces por minuto
El corazón se contrae y bombea la sangre de manera muy diferente a como nos lo podemos imaginar y a como suele representarse en los dibujos. Las paredes de un lado y de otro no se contraen y se juntan como si fuera una prensa. El movimiento del corazón se parece más bien al que haríamos para escurrir una toalla. El corazón se enrolla sobre sí mismo en un giro helicoidal, y de esta manera empuja la sangre hacia arriba; es decir, la «exprime» y la impulsa. El médico valenciano Francisco Torrent Guasp descubrió este movimiento allá por los años setenta. Como suele suceder, al trabajar lejos de los grandes centros de investigación, tardaron algún tiempo en prestar atención a sus investigaciones, aunque hoy, ya fallecido, está considerado como uno de los grandes cardiólogos del siglo xx.
Si nos paramos a pensar un momento en el trabajo ingente que hace nuestro corazón, nos quedaremos asombrados de lo perfecta que es su maquinaria, pues, proporcionalmente a su trabajo, la tasa de averías es pequeña. El corazón de un adulto late un promedio de 70 veces por minuto y en cada latido bombea unos 70 mililitros de sangre (el equivalente a una taza de café), lo que suma casi 5 litros de sangre por minuto, 300 litros por hora y 7.200 litros al día. Y latiendo más de cien mil veces en 24 horas, sin parar ni un segundo. ¿Te atreves a imaginar lo que eso supone al año? Pues casi 40 millones de latidos y cerca de dos millones y medio de litros o, para que nos hagamos una idea de la proporción, el equivalente a llenar más de una piscina olímpica. Cuenta los años que llevas vividos y suma piscinas. Realmente es digno de admiración.
Puede haber defecto de fábrica o de funcionamiento
Con todo, como no hay nada inmutable en nuestro cuerpo, también tenemos que asumir que nuestro corazón puede fallar. Cualquiera de los elementos principales de los que hemos hablado, como las válvulas, los conductos (las arterias coronarias) o el sistema eléctrico, se puede estropear. Como músculo, el corazón también puede tener las disfunciones que relacionamos con este tipo de fibras, como problemas musculares y contracciones prematuras, que trataremos en el apartado sobre las arritmias.
Otro problema es que la bomba presente un defecto de fábrica o que esté mal construida: es lo que llamamos cardiopatías congénitas. Por ejemplo, puede que el corazón tenga una aurícula en lugar de dos, que en vez de tener los ventrículos separados estén conectados por un agujero, o que el corazón esté girado y que los tubos estén mal conectados. Estos son algunos de los problemas que veremos más adelante y que hay que solucionar para que la sangre bombee bien oxigenada hacia todo el cuerpo.
¿Hay diferencias entre el corazón del hombre y el de la mujer?
No hay ninguna diferencia morfológica entre un corazón u otro porque sea de hombre o de mujer. Igual que no la hay entre el corazón de un asiático, de un negro o de un nórdico. Cuando se trata de trasplantes, el factor racial o de sexo no tiene ninguna relevancia. Se puede trasplantar el corazón de un hombre a una mujer y viceversa. Esta sería una de las premisas que tendría que hacer pensar a los racistas y a los sexistas del mundo. De hecho, ya se ha utilizado. Precisamente, era uno de los argumentos que se esgrimía en las campañas antirracistas en Estados Unidos: se enseñaban dos huevos, uno blanco y otro rubio, y, después de cascarlos, se exponían en dos platos para comprobar que era imposible distinguirlos. En otro anuncio se mostraba el corazón de un blanco y el de un negro y se preguntaba si alguien sabría diferenciarlos. Es imposible.
Un corazón puede tener un tamaño algo diferente, dependiendo de la corpulencia de la persona. Por eso, de media, los de las mujeres pueden ser ligeramente más pequeños, aunque eso no es una regla fija sino mera estadística. Por ejemplo, una mujer corpulenta tendrá el corazón mayor que un hombre bajo. La diferencia más significativa por la que históricamente la mujer ha sufrido menos del corazón se debe, probablemente, a la influencia beneficiosa que tienen las hormonas femeninas, que reducen el riesgo de que la sangre se quede taponada —aunque son diferencias debidas a la influencia externa (las hormonas) y no al corazón en sí—. Si ese corazón se traspasara a un hombre, se perderían los beneficios hormonales, de la misma manera que los indicios muestran que se reduce ese beneficio cuando la mujer entra en la menopausia y su ciclo hormonal varía.
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Síntomas relacionados con el corazón: el dolor
Hay una serie de síntomas que pueden alertarnos de que algo no está funcionando bien en nuestro corazón. Básicamente son cuatro: dolor torácico, palpitaciones, cansancio y pérdida de conocimiento. Los explicaremos en los dos próximos capítulos. De todas formas, no hay que entenderlo como un listado de alarmas gravísimas, pues cada uno de estos signos no significa obligatoriamente que tengamos un problema serio ni tampoco que sean exclusivos del corazón. Un desmayo puede ser una señal peligrosa o simplemente un mareo sin mayor importancia debido a una bajada de tensión o una bajada del nivel de azúcar. De la misma manera, el síntoma en el que nos centraremos primero, el dolor en el pecho —que es uno de los principales motivos de preocupación—, es algo que todos hemos sentido o sentiremos a lo largo de nuestra vida y que la mayoría de las veces no supone ningún problema cardíaco.
Se trata, pues, de señales que no nos deben hacer entrar en pánico, pero que, si se dan las condiciones que señalaremos, nos obligan a consultar al médico, para descartar que sea un problema cardíaco.
¿Cómo puede ser el dolor en el pecho?
El dolor en el pecho abarca muchas variables. Puede ser desde un simple pinchacito, porque sentimos un poco de molestia muscular en el pecho, hasta una señal de infarto. Cómo se presenta este dolor, en qué circunstancias, cuánto dura o cómo se alivia son los elementos que se planteará el médico para hacer un diagnóstico inicial y solicitar las pruebas correspondientes.
El dolor de pecho como aviso del corazón puede surgir en dos circunstancias. La primera es cuando hay una arteria tapada parcial o completamente, lo que puede provocar angina de pecho o un infarto de miocardio. El otro motivo de dolor es la inflamación de los tejidos cardíacos.
La angina se produce cuando la arteria no está tapada completamente y deja pasar una cantidad de sangre, aunque no siempre suficiente. Por tanto, el dolor aparece en determinadas circunstancias, por ejemplo, cuando caminas o subes una cuesta. Mientras caminas notas un dolor en el pecho que, al parar, se reduce. Es lo que los médicos conocemos como angina de esfuerzo. Vamos a ejemplificarlo para entenderlo mejor: imaginemos que la arteria es un tubo con la salida medio taponada. En circunstancias normales, si hay suficiente riego, no notaré nada en el corazón. Si, por el contrario, le exijo al corazón un esfuerzo extra, necesitará más oxígeno. Entonces puede que ese tubo con la mitad de diámetro taponado ya no deje entrar suficiente oxígeno. Si subo una cuesta en invierno y con mucho frío —circunstancias por las que se tiene que hacer un mayor esfuerzo—, mi corazón funcionará de forma acelerada y una parte de él se verá obligada a seguir bombeando con rapidez, por lo que se quejará a través del dolor. Luego, al parar, bajarán las pulsaciones y disminuirá la necesidad de oxígeno, con lo que el corazón dejará de protestar. Pero me estará avisando.
Si esa arteria se tapa del todo, la queja del corazón será inmediata. No se produce al hacer un esfuerzo, sino en el momento en que se tapa porque no le llega nada de oxígeno, incluso en reposo. La parte del corazón que sufre es la que hasta entonces era regada por esa arteria. Las arterias forman una suerte de ramas que se distribuyen por toda una zona del corazón. Si se tapona la rama madre, no llega oxígeno a ningún punto de esa zona. El dolor es intenso, profundo y no cede aunque no nos movamos. Nos preocupa, dura unos minutos e incluso puede venir acompañado de mareo y malestar intenso. La gran mayoría de las veces, la gente que sufre un infarto sabe que le está pasando algo serio. Es una sensación parecida a la muerte. Una de las manifestaciones más conocidas del dolor es que en un inicio puede irradiarse hacia el brazo izquierdo y también hacia la mandíbula. Estos signos hacen sospechar que se trata de un dolor de origen cardíaco.
En ocasiones, estos dolores pueden venir acompañados de vómitos. Esto ocurre en un tipo concreto de infarto de miocardio. Dependiendo de qué arterias estén taponadas, lo llamamos de una forma u otra: infarto anterior, infarto posterior, etc. Los infartos posteriores, que son los de la arteria coronaria derecha, presentan una serie de síntomas muy evidentes: mareo, malestar, vómitos. Es lo que se conoce como un cuadro vasovagal, por afectación de las terminaciones nerviosas que hay en esta zona del corazón.
Algunos dolores pueden engañar
Por tanto, el hecho de que el dolor pare al descansar es muy sintomático de la angina de pecho. Si es más permanente y profundo, es probable que sea de infarto. En cambio, si es un dolor permanente, que dura todo el día, lo más probable es que sea un dolor benigno, de tipo muscular, provocado por algún esfuerzo o un mal gesto. Cuando un paciente acude a la consulta y me explica «tengo un dolor durante todo el día», lo tranquilizo. Seguro que ese dolor no es cardíaco. Un dolor que dura horas suele afectar a la caja torácica, a las costillas o a los músculos. Hay muchos tipos de dolores en la caja torácica que pueden aparecer con el movimiento, lo que indica que es una señal muscular, producto de un golpe, etc.
¿Nos puede engañar el dolor? Pues a veces sí. Nos engaña sobre todo en el caso de las mujeres. Globalmente, el tipo de dolor es el mismo que en el hombre. Pero en ocasiones puede aparecer un dolor menos claro, un dolor más subintrante, que no coincide con las características que hemos explicado hasta ahora. Es un dolor que, como profesional, tengo que analizar más para discernir si es cardíaco. No es el típico dolor profundo que se irradia al brazo y que inmediatamente me pone en alerta de que es muy probable que sea de corazón. En algunas mujeres no es tanto un dolor como un malestar. Me gustaría ser más claro, pero lamentablemente en esta, como en la mayoría de las enfermedades, no hay patrones exactos. De ahí la importancia de la anamnesis, el interrogatorio del médico, que intentará deducir el diagnóstico por las respuestas del paciente. La Fundación Española del Corazón enumeró algunos de los síntomas más habituales en la mujer que pueden servir de referencia, aunque, como ya hemos apuntado antes, estos mismos síntomas a veces son indicio de otros trastornos más benignos y pueden crear una ansiedad innecesaria. Son los siguientes:
Falta de aire en reposo y presión en el pecho. Es una sensación indefinida que puede confundirse con un sofoco (en mujeres premenopáusicas) o con un ataque de ansiedad. A veces es un dolor intermitente, sin falta de aire.
Dolor en la espalda, el cuello, la nuca, la mandíbula, el brazo o el estómago. La disparidad de puntos es evidente y es difícil de relacionarlos con el corazón.
Sudor frío, náusea o mareo, síntomas que pueden confundirse con un corte de digestión.
Ciertamente, la mentalidad médica ha de ir cambiando. Antes, en una mujer no menopáusica se descartaba sistemáticamente la posibilidad de que sus síntomas fueran por un infarto. Hoy tenemos que ser vigilantes. Debemos pensar en el aumento de casos de infarto entre mujeres y barajarlo entre las posibilidades que se nos presentan según sus síntomas, ya sea un dolor torácico clásico o de algún otro tipo.
También pueden engañarnos los signos de los diabéticos. Por las características de la propia diabetes, las terminaciones nerviosas en estos pacientes han perdido sensibilidad, por lo que pueden no sentir prácticamente dolor y estar sufriendo un infarto sin ser conscientes de ello. Así pues, se quejan de una leve molestia cuando deberían sentir un dolor agudo. Los diabéticos son la parte de población a la que más tarde se le diagnostica y trata una dolencia cardíaca, porque muchas veces se diagnostica a posteriori, cuando ya se ha producido el infarto y ha dejado secuelas irreversibles.
¿Qué es el síndrome de las microarterias?
Queda por mencionar un dolor coronario que no se produce por angina de pecho ni por infarto. Se denomina síndrome de las microarterias. Si existe un problema en las ramificaciones finales de las arterias, cuando son ya muy pequeñitas, es muy difícil detectarlo. En las pruebas de exploración, como la herida es mínima, los aparatos no la detectan. Pese a ello, en algunas ocasiones produce dolores parecidos a los de una angina de pecho. Con el cateterismo (que permite entrar en las arterias y verlas por dentro) podemos llegar a ramificaciones muy finas; incluso algunas de un milímetro de diámetro, pero las más pequeñas de ese grosor ya no se pueden ver. Entonces, si después de constatar que todo el árbol coronario está normal, no hay obstrucción alguna y el paciente sigue manifestando dolor al hacer esfuerzos, podemos deducir que este se debe a las microarterias, aunque hay que decir que son casos excepcionales.
La solución en los casos de angina de pecho e infarto será realizar un cateterismo, que permite ensanchar las arterias obstruidas para que se desbloqueen y vuelva a pasar a través de ellas un caudal de sangre adecuado. Es obvio que en el caso de las microarterias esto no se podrá efectuar. Afortunadamente, hay otras opciones. Como no se puede llegar con un catéter para desobstruirlas, se usan medicamentos que también tienen la capacidad de expandir este tipo de arterias diminutas y de ayudarlas a que recuperen el flujo de sangre.
Las membranas del corazón son muy sensibles
Como ya sabemos, nuestro corazón es una bomba que se mueve continuamente. Para que lo haga sin problemas ni rozaduras, todo tiene que estar muy lubricado a su alrededor. El corazón tiene una doble bolsa, una dentro de otra: la interior se llama epicardio y la exterior pericardio. Forman un saco en el que se encuentra el corazón. Entre el epicardio y el pericardio no hay espacio; es decir, están juntos, pero no pegados, y engrasados el uno con el otro. En medio hay una especie de líquido que permite que el corazón resbale bien.
Si sufro una infección por un virus, por ejemplo un resfriado, y esta llega a afectar al pericardio, padezco lo que se conoce con el nombre de pericarditis. Se me inflama la bolsa. El pericardio inflamado roza con el epicardio y provoca dolor. En este sentido hay que aclarar que el corazón por dentro no duele, ya que no tiene sensores de dolor internos (terminaciones nerviosas que transmiten la sensación de dolor al cerebro). Por eso, cuando metemos un catéter en el corazón y actuamos dentro de él, quemando una zona, por ejemplo, el corazón no siente nada, no sufre. El dolor proviene de todos los vasos que salen del corazón, de las arterias y de las venas, que es donde están todas las enervaciones nerviosas. También los sacos están llenos de esos sensores, por eso la pericarditis es muy dolorosa y apenas una pequeña inflamación provoca un dolor intenso.
Ese dolor, además, aumenta con la inspiración, porque esta hace que las bolsas del corazón se expandan y se rocen más, con lo cual el dolor pericardítico hace que hasta dé miedo respirar. Cada vez que un paciente con esta dolencia inhala profundamente suelta un «¡ay!» y se frena. Esa es la característica típica de este dolor. Por lo demás, no hay que darle mayor importancia. En el 99,9% de los casos se trata de una inflamación benigna que tiene una solución sencilla. Se administra un antiinflamatorio, como es la aspirina, para que baje la inflamación. Solo queda esperar a que el cuerpo responda y el sistema inmunológico acabe con el virus, porque no es más que eso, un virus, y en estos casos se actúa como en cualquier otra infección vírica.
La mala noticia para quienes ya han sufrido una pericarditis es que se trata de un problema recurrente. El individuo que ha tenido una es susceptible de sufrir otras. Se cree que es porque una zona del saco no queda curada completamente y, en cuanto aparece otro virus, tiende a inflamarse de nuevo y a doler otra vez. El 30% de los niños —que son los más afectados por esta dolencia— y de adultos con pericarditis la sufren de forma repetida durante un tiempo, y con un dolor que puede llegar a ser muy incapacitante. Desde un punto de vista médico, no es un problema grave, pero hemos de reconocer que puede alterar la calidad de vida de quien lo padece.
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Los otros síntomas del corazón
Cansancio o sensación de ahogo
La disnea es el término médico con el que denominamos el cansancio anormal que puede sentir una persona. Es lógico estar cansado. Todos nos cansamos después de un esfuerzo en función de nuestras capacidades, de la edad, de la fuerza, etc. La disnea es el síntoma que avisa de que no circula suficiente oxígeno. El ejemplo clásico que ponemos es el del escalador que está subiendo una de las grandes montañas del mundo, como el Everest. Aunque esta persona tenga un corazón en perfecto estado, a medida que se aproxime a la cumbre disminuirá el oxígeno y podrá tener problemas para abastecerse. Está caminando y le falta el aire.
En el caso de un paciente con el corazón enfermo, la disnea indica que ese corazón no bombea suficiente sangre para transmitir oxígeno a las células. En lugar de expulsar una determinada cantidad de sangre en cada latido (ya vimos que la media era de 70 mililitros, el equivalente a una taza de café), empuja bastante menos. Esto recibe el nombre de insuficiencia cardíaca. La bomba no tiene fuerza; es decir, el músculo ha perdido capacidad para seguir bombeando y, por tanto, está enfermo. Normalmente es porque está dilatado y ha perdido elasticidad (la capacidad habitual de contraerse y expandirse). Sería como una goma que después de estirarla mucho ya no se encoge como antes. El corazón, como ya no consigue contraerse con fuerza, expulsa sangre muy débilmente.
Los médicos lo medimos con la fracción de eyección, que es la cantidad de sangre que expulsa el corazón en cada latido. La medida abarca desde la máxima expansión hasta la máxima contracción. Cuando llega sangre, el corazón se hincha; cuando la expulsa, se encoge. Si no expulsa mucha sangre, se encoge menos. Estos son los baremos. Lo habitual es que, en cada latido, el corazón expulse el 65% de la sangre que tiene almacenada. Nunca es el cien por cien, puesto que el corazón no se estruja hasta vaciarse. Ese 65% es la media que se estima normal. Se considera que hay una insuficiencia cardíaca cuando el corazón expulsa menos del 40% de la sangre. Si está por debajo del 30% estamos ante una disfunción ventricular severa. Los casos en los que apenas logra expulsar un 20%, o menos, son disfunciones ventriculares severísimas.
Así pues, sin apenas oxígeno, cualquier esfuerzo puede cansarnos y se nos hace imposible. Los médicos clasificamos los síntomas a partir de la escala (del 1 al 4) que estableció la New York Heart Association (NYHA):
1 La situación normal de una persona sana. Puede hacer cualquier esfuerzo sin que note ningún síntoma.
2 La persona tolera la actividad ordinaria, pero hay una ligera limitación en la actividad física, que se manifiesta en forma de disnea cuando el esfuerzo es intenso. Por ejemplo, va a correr y se cansa mucho. No es una molestia en las piernas porque no está en forma, sino que es un cansancio que le obliga a parar el ejercicio porque se ahoga.
3 La persona no puede hacer una vida normal. Afecta a su día a día en actividades habituales, como no poder ir a comprar o incluso tener dificultad para levantar el brazo cuando se está peinando.
4 La persona se ahoga incluso estando en la cama, en reposo. Es incapaz de realizar cualquier actividad física. Es el caso muy extremo de las personas mayores que están a punto de morir.
Las causas que provocan esta insuficiencia ventricular y que provocan la disnea son varias. Las veremos cuando tratemos las distintas enfermedades coronarias. Pueden ser desde un infarto hasta una cardiopatía dilatada, la más frecuente, en la que, como comentábamos, el corazón se ha dilatado por la vejez. Esta es la gran epidemia del siglo xxi: la insuficiencia cardíaca en la tercera edad, una patología que puede ser muy invalidante y conllevar ingresos reiterativos en el hospital.
También hay otros motivos por los que puede aparecer la disnea y que no son directamente atribuibles al corazón. El más común es el problema del fumador: si has fumado durante muchos años, no te llega suficiente oxígeno. Esto no ocurre porque el corazón bombee poca sangre, sino porque esa sangre no recibe suficiente oxígeno de los pulmones.
El mareo o desmayo
La pérdida de conciencia, síntoma al que los cardiólogos identificamos con el síncope, puede estar causado básicamente por un mecanismo a través del cual deja de llegar oxígeno al cerebro. Las neuronas o células cerebrales son las más sensibles de nuestro organismo a la pérdida de oxígeno. A los pocos segundos de no recibir oxígeno (apenas ocho o diez), las neuronas dejan de funcionar, lo que nos provoca la pérdida de conciencia. El resto de las células del cuerpo no son tan radicales y modulan la falta de oxígeno durante más tiempo. Por ejemplo, las células de los músculos pueden aguantar varios minutos sin recibir oxígeno, mientras que las de la piel pueden hacerlo varias horas. Las del cerebro, no. El desmayo puede actuar como un mecanismo de defensa, pues al perder el conocimiento y caernos la sangre oxigenada llega más fácilmente al cerebro y permite recuperarse. Esto es así porque se oxigenan las neuronas. Es, por tanto, un síntoma muy evidente.
Puede que no llegues a desmayarte, o que en lugar de ocho segundos la falta de oxígeno haya sido de solo cinco. En ese caso te mareas, pero no acabas de caer porque el oxígeno ha llegado de nuevo rápidamente al cerebro. En este caso se ha producido lo que conocemos como un presíncope.
Las causas del síncope son todas aquellas que impiden que el oxígeno llegue al cerebro. La más habitual es la lipotimia, que es benigna (la veremos en el capítulo 13) y que, aparte del susto, no tiene consecuencias. Otra muy conocida es el ictus. Si se tapona la arteria carótida, que sube a través del cuello, se provoca un infarto cerebral o ictus, que sí puede ser grave y que tendrá secuelas. Sin embargo, el que tratamos aquí, el síncope provocado por el corazón (el síncope cardiogénico), generalmente, no tiene secuelas inmediatas. Provoca una pérdida momentánea del conocimiento, pero la recuperación es rápida. Como la falta de oxígeno ha durado apenas unos segundos, las neuronas no sufren daños permanentes. La muerte neuronal no empieza hasta que las neuronas han estado cuatro o cinco minutos sin recibir oxígeno. De un síncope cardiogénico, en general, uno se recupera por completo. Lo más probable es que los problemas más relevantes surjan del desvanecimiento en sí, como, por ejemplo, de haberse dado un golpe contra el suelo.
Para explicar uno de los motivos del síncope cardiogénico es necesario recordar que todos tenemos un marcapasos natural que regula el ritmo de los latidos del corazón. Lo que pasa antes del síncope es que ese marcapasos se para. El marcapasos tiene una enfermedad y se detiene, lo que provoca una bradicardia extrema (descenso del número de pulsaciones) y una pausa sinusal, que es como lo denominamos los cardiólogos. El corazón deja de latir durante unos segundos, no tiene electricidad, se ha parado. Como explicamos al hablar del funcionamiento del corazón, el sistema eléctrico funciona por fases: si falla el nódulo sinusal, como el corazón es inteligente, puede enviar la orden para que al nódulo auriculoventricular, situado un poco más abajo, empiece a emitir impulsos y tome el relevo de ese marcapasos que ha fallado. Entre que el corazón se para y el siguiente nódulo toma el relevo pueden pasar unos segundos, tiempo durante el cual se produce el síncope.
Mi marcapasos funciona a 70 pulsaciones por minuto, y el nódulo auriculoventricular, a 50. Son menos pulsaciones, pero suficientes para volver a mandar oxígeno al cerebro. Si el bloqueo está más abajo del nódulo auriculoventricular, los cables de la parte inferior del corazón empezarán a mandar señales desde allí y crearán un marcapasos que podrá ir a 30 pulsaciones por minuto. Incluso si el bloqueo es prácticamente total y todos mis cables están estropeados, el ritmo ventricular será de 20 pulsaciones por minuto. Es decir, el corazón tiene mecanismos de relevo para crear electricidad desde otro punto y no pararse. Ese automatismo es nuestra válvula de salvación, aunque funcione cada vez más lento. Por eso, en casos extremos es suficiente para mandar un mínimo de oxígeno que permita la supervivencia, pero no para recuperar plenamente el conocimiento.
En resumen, cada vez que nos encontramos con un caso de síncope hay que estudiarlo para comprobar que no se trate de un bloqueo del marcapasos o de los cables. Cualquiera de las dos circunstancias podrá provocar que nos quedemos sin electricidad.
El síncope también lo puede causar justo el motivo contrario: una taquicardia ventricular. El ventrículo es la cavidad inferior y la principal responsable de expulsar la sangre. Una taquicardia se produce cuando el corazón late muy deprisa y alcanza, por ejemplo, las 220 pulsaciones por minuto. Como veremos en el siguiente apartado, si la taquicardia es supraventricular —de la parte superior del corazón— se suele notar una palpitación. Pero si la taquicardia es ventricular —de la parte inferior— el problema es más serio. Una taquicardia ventricular provoca que el corazón no se contraiga bien. Lo hace muy desordenadamente, lo que puede acabar teniendo la misma consecuencia que un bloqueo eléctrico: el corazón no bombea sangre. Y al final puede acabar entrando en lo que denominamos fibrilación ventricular, la arritmia más grave y letal que existe. Durante la fibrilación, la capacidad de contracción del músculo cardíaco es nula. Si sostuviéramos un corazón que late en la mano, en el momento en el que se produjera una fibrilación ventricular ya no notaríamos un latido, sino como si tuviéramos un saco de gusanos en la mano. Cada fibra se mueve por su cuenta, sin coordinación para impulsar la sangre. El corazón ya no actúa como una bomba, sino que simplemente fibrila; es decir, se mueve de forma caótica. Como el corazón no bombea la sangre y no sube el oxígeno, se produce una pérdida del conocimiento y, si no se pone remedio, la muerte súbita del paciente.
Las palpitaciones o arritmias
Las palpitaciones o arritmias denotan un cambio en el ritmo cardíaco. Habitualmente los latidos no se notan. Los percibimos cuando corremos, cuando subimos escaleras o cuando nos emocionamos; es decir, en momentos en que el corazón se acelera y cambia su ritmo habitual. Al ir más deprisa, aumenta la fuerza de palpitación y es ese cambio el que percibimos. En cuanto deja de producirse ese momento puntual, el corazón recupera su frecuencia ordinaria y dejamos de notarlo. En el día a día, no tendríamos que notar el corazón, ya que late de forma normal entre 60 y 100 veces por minuto. Cuando percibimos que está acelerado puede ser, básicamente, por tres razones: una extrasístole, una taquicardia o una fibrilación auricular (comúnmente llamada arritmia).
El vuelco del corazón
Si notamos una palpitación de forma inesperada, puede deberse a lo que popularmente se conoce como «un vuelco del corazón». Esta palpitación esporádica es una curiosa sensación en la que percibimos como si el corazón hubiera pegado un salto de golpe o como si hiciera una pequeña pausa y, de repente, volviera a arrancar. Para los médicos es una extrasístole, lo que significa que hay un latido del corazón antes de tiempo. Al anticiparse, desequilibra el ciclo cardíaco, que, como ya apuntamos, tiene que ser muy coordinado y acompasado. Ese latido que notamos más fuerte es el siguiente que se produce. Como ha pasado un poco más de tiempo por esa descompensación, el corazón se ha hinchado más y la contracción es más potente. Eso es lo que notamos.
Pero la extrasístole en sí no es un problema. Va a depender de otros factores. Las hay benignas y malignas. No es lo mismo si el corazón está enfermo o no. Es la palpitación más frecuente (seguro que todas las personas la habrán notado alguna vez en su vida). Si se produce de forma esporádica no supone ninguna alarma, más allá de la sorpresa que puede causar. En cardiología es la primera causa de consulta. Casi el 50% de las visitas son de pacientes que nos comentan que el corazón les da saltos. Si tienes un corazón normal y nunca te han diagnosticado nada, aparentemente no tendrías que pensar más en ello, ya que se tratará de una extrasístole benigna. En cambio, si tu corazón te ha dado algún aviso, habría que analizar el caso.
También puede ocurrir lo contrario. Hay personas que tienen extrasístoles a menudo y no las notan. Se produce sobre todo en los casos de las personas con un corazón enfermo. Como es un órgano afectado, la extrasístole no le provoca un latido ni muy fuerte ni muy potente, y la persona no lo percibe. Por tanto, en general, quien nota las extrasístoles es el individuo sano, y el hecho de sentir una puntualmente no es malo desde el punto de vista del pronóstico.
La taquicardia
La otra causa frecuente de las palpitaciones es la taquicardia, es decir, el cambio natural de frecuencia del ritmo del corazón que se da con la mayor o menor necesidad de oxígeno de nuestro cuerpo. Al hacer deporte, por ejemplo, podemos experimentar taquicardias normales, pero existen muchas otras ocasiones en las que también se pueden notar:
al emocionarse o al pelearse;
al tener fiebre;
al tomar un café, un té o un chocolate;
al consumir demasiado alcohol;
al tomar bebidas energéticas;
con algunos fármacos que provocan ese efecto secundario.
La taquicardia anormal se produce cuando se acelera el corazón cuando no debe. Si estoy tranquilamente viendo la tele y noto una taquicardia sin razón, tendré que prestarle atención. Son las llamadas taquicardias paroxísticas, que empiezan de golpe y se detienen de golpe. Su duración puede ser muy variable, de diez segundos a varias horas. Si duran unos segundos, no puedes hacer nada. Quizá sea una cosa puntual, pero si se repite has de consultarlo. Si tienes una taquicardia que dura horas, seguramente acabarás en urgencias para que te hagan un electrocardiograma y te den un diagnóstico. Esa es básicamente mi especialidad. La mayoría de mis pacientes son personas con taquicardias paroxísticas provocadas por un cortocircuito eléctrico del corazón, que ya veremos al tratar las enfermedades.
Otra diferencia entre las taquicardias habituales y las paroxísticas es que las primeras suelen tener un inicio y un final algo más escalonado, es decir, nos vamos acelerando progresivamente. Las paroxísticas funcionan como un interruptor: el corazón empieza a acelerarse repentinamente y, de golpe, se para.
La fibrilación auricular
Desde un punto de vista médico, las arritmias son cualquier trastorno del ritmo del corazón. Tanto el vuelco como las taquicardias son tipos de arritmias, mientras que lo que se conoce popularmente como arritmia es lo que nosotros, los cardiólogos, llamamos fibrilación auricular, que consiste en una pérdida completa del ritmo normal del corazón. Nuestro marcapasos natural deja de funcionar y aparece un ritmo caótico. Se produce en la parte superior del corazón, en las aurículas, que alcanzan las 300 o 400 pulsaciones por minuto. No son seguidas, sino muy irregulares. Eso hace que las diferenciemos claramente de la taquicardia paroxística. La percepción de la palpitación de una taquicardia es como si se tratara de una metralleta. La de una fibrilación auricular, en cambio, es más parecida al ruido de una cafetera clásica cuando borbotea. Lo que tú percibes es que el corazón se acelera, frena y se vuelve a acelerar.
Este ritmo caótico, que empieza en las aurículas, se transmite al nódulo aurículo-ventricular, que ejerce de filtro y es el que nos salva la vida. Si el nódulo aurículo-ventricular no estuviera entre la aurícula y el ventrículo, como nuestras aurículas van a 400 palpitaciones por minuto, nuestros ventrículos también alcanzarían las 400 palpitaciones y nos moriríamos, porque no bombearía bien la sangre. Por suerte, el nódulo aurículo-ventricular, cuando le llegan esas 300 o 400 palpitaciones, solo deja pasar la mitad, o menos, y eso permite que nuestros ventrículos empujen la sangre a un ritmo más adecuado.
El gran riesgo de la fibrilación auricular se llama ictus. Por tanto, cuando se tienen estas arritmias hay que acudir al médico para que haga un diagnóstico y pueda hacer un tratamiento con anticoagulantes.
La importancia de tomarse el pulso
Uno de los problemas con los que nos encontramos los médicos es que, a veces, el paciente puede tener una arritmia, una fibrilación auricular, sin saberlo. En este caso estamos ante una fibrilación auricular silente. Puede pasar que no notes que el corazón te está latiendo de esta manera caótica. Por eso es tan importante que la gente se tome periódicamente el pulso, y se realizan campañas en este sentido. Las maneras de fomentar esta costumbre se estudian en todo el mundo. Se puede hacer en las farmacias, automáticamente, con aparatos que comprueban si tu pulso es regular o irregular. Si es regular, no pasa nada; si es irregular, hay que ir al médico para que nos haga un diagnóstico y asegurarnos de que no sea una fibrilación auricular, con riesgo de ictus.
Las arritmias después de un infarto
Por tanto, en general, hay que analizar las arritmias. Un vuelco o una taquicardia por una causa ordinaria son habituales y benignas. Una taquicardia repentina y sin causa aparente o una fibrilación auricular deben estudiarse siempre. Si ya has tenido un ataque cardíaco, la vigilancia es especialmente importante. En un infarto, una parte de tu corazón ha quedado afectada y esa zona puede ser otro causante de arritmias. El motivo es que en esa área dañada, que ha estado sin oxígeno cierto tiempo, han quedado células muertas y otras vivas, y se pueden producir más fácilmente cortocircuitos eléctricos. La primera complicación del infarto a largo plazo es la taquicardia ventricular, la misma que acabamos de ver como causante del desmayo.
Fíjate que hablo ahora de un problema en un circuito eléctrico del ventrículo, la cavidad inferior, que es grave porque la taquicardia ventricular puede degenerar en una fibrilación ventricular. Como hemos visto, la fibrilación ventricular es el movimiento inconexo (recordemos el ejemplo de la bolsa de gusanos) en el que el ventrículo no es capaz de bombear la sangre; por tanto, voy a perder el conocimiento y voy a tener una muerte súbita. Si no detienen esa fibrilación con un desfibrilador antes de diez minutos, no hay nada que hacer. De ahí la importancia de que haya desfibriladores distribuidos en lugares públicos y de poder tener uno a mano cuando se necesita.
¿Qué es un soplo?
El soplo es un signo casi siempre benigno; sin embargo, preocupa mucho, sobre todo porque es una noticia que suelen dar los pediatras a los padres sobre sus hijos durante una de las primeras consultas. Un soplo es simplemente un ruido. Al circular, la sangre hace un ruido que puede ser más o menos audible en función de por donde pasa. El 99% de los soplos detectados en la infancia son lo que conocemos como soplos inocentes, es decir, que escuchamos la sangre cuando atraviesa las distintas válvulas del corazón. No tiene la más mínima importancia, no supone ninguna patología y es algo totalmente natural. Esos soplos infantiles desaparecen a medida que el corazón se va agrandando porque las estructuras se adaptan y la sangre fluye ya sin hacer tanto ruido.
¿Por qué se mencionan? Porque siempre que hay un soplo tenemos que descartar que se haya producido un problema en las válvulas. Ese podría ser un motivo por el que se oye la sangre. En el caso de una válvula que no abre o cierra bien, la sangre hará más ruido de lo normal al pasar. El corazón tiene que trabajar mucho más para hacer pasar la sangre por esa abertura, que se ha vuelto más pequeña por culpa de la válvula. Entonces la presión aumenta, la velocidad de la sangre también lo hace y eso provoca el ruido.
Por lo tanto, ante la noticia de un soplo infantil, hay que tener sobre todo tranquilidad, porque la inmensa mayoría de las veces no supone nada. Se ha de estudiar simplemente para descartar que no haya una patología que provoque la obstrucción de la sangre. En este sentido, se recomienda hacer un ecocardiograma para verificar que las válvulas funcionan bien, y podemos olvidarnos del asunto. Si se trata de un soplo que refleja un problema, casi siempre una obstrucción en el paso de la sangre, se tendrá que actuar en consecuencia. Tanto en un caso como en otro, existen varios tratamientos. Pero, como he señalado, los soplos infantiles como indicio de una patología son minoría.
En el caso de las personas mayores, ese soplo, por el contrario, suele ser una señal de alerta. Lo más habitual en una persona de ochenta años, por ejemplo, es que si oyes un soplo sea porque una de las válvulas se ha calcificado. Esa es una de las razones de la auscultación de los adultos: cerciorarnos de que no hay un soplo, que indicaría que las válvulas están perdiendo elasticidad, que ya no se abren bien. Las válvulas han envejecido, se han endurecido y pueden quedar, como se denomina en medicina, estenosadas; es decir, que no se abren todo lo que se tendrían que abrir y que la sangre ha de circular por un conducto más pequeño y con más presión para poder salir.
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