Czytaj książkę: «Hidalgo»

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Este libro es para mis libertadores:

Paty y Demián, los soportes de mi rebeldía.

Y, por supuesto, también es para Ismael,

el nuevo rebelde.

¡MUERAN LOS GACHUPINES!

Mi padre es gachupín,

el profesor me mira con odio

y nos cuenta la Guerra de Independencia

y cómo los españoles eran malos y crueles

con los indios —él es indio—,

y todos los muchachos gritan que mueran

los gachupines.

Pero yo me rebelo

y pienso que son muy estúpidos:

Eso dice la historia

pero ¿cómo lo vamos a saber nosotros?

SALVADOR NOVO,

La historia

No existe el verdadero Hidalgo.

ALEJANDRO ROSAS,

Cara o cruz: Miguel Hidalgo

El recuerdo de un acontecimiento del pasado depende de lo que se diga de él.

MARÍA DEL CARMEN VÁZQUEZ MANTECÓN,

Puente de Calderón, las versiones de un célebre combate

1

El cura bribón detuvo sus pasos delante del que alguna vez fue su amigo. El cadáver de Riaño estaba encuerado. La plebe le arrancó la ropa, y sin tentarse el alma lo dejó con las nalgas al aire. A como diera lugar querían encontrarle la cola de los diablos; pero, por más que lo hurgaron, ningún rastro hallaron de Lucifer. Él sólo era un gachupín, un militar de rango, alguien que se negó a rendirse y entregar a su mujer. Su cara se veía cerosa, de la comisura de los labios ya no le goteaba sangre. El pequeño charco donde se paraban las moscas verdes y panzonas empezaba a cuajarse. Su ojo izquierdo estaba reventado, la negrura de los humores terrosos le marcaban el cachete y la sien. Si el ensotanado hubiera tenido los tamaños para tocarlo, la consistencia chiclosa se le habría quedado pegada hasta el fin de sus días. Las traiciones nunca se borran. El plomazo que vino de quién sabe dónde fue certero o, tal vez, una funesta casualidad fue la que le dio rumbo a la bala. Riaño apenas pudo retorcerse antes de que las garras de la pálida le rajaran el pecho para arrancarle el alma.

—Los muertos tienen malas maneras —murmuró el cura—, siempre se me quedan viendo a los ojos.

Sus dedos no se dignaron a trazar la cruz sobre el muerto, el hombre que fue su amigo sólo merecía freírse en el Infierno.

Con calma se acomodó los dos pistolones que traía en la cintura; durante toda la batalla sus manos no se acercaron a ellos. Otros mataban en su nombre.

La patada que le dio a Riaño no fue muy fuerte. Quería que su único ojo mirara las losas de la alhóndiga. Delante de Hidalgo, los muertos también debían portarse como lo mandaba. El intendente de Guanajuato no fue el primero ni el único que se escabecharon ese día, pero todos los cadáveres tenían que cuadrarse delante de él. Si don Miguel era el capitán general de la leperada, su mando se extendía sobre los vivos y los difuntos.

Apenas se detuvo unos instantes para ver su bota. El brillo absoluto se había perdido por culpa de Riaño.

Suspiró casi resignado y siguió avanzando hacia el patio.


En ningún lado se veían sobrevivientes. Los únicos que gritaban y se arrebataban el botín eran sus hombres, sus hijos buenos que ajustaban cuentas con el pasado. Más de tres perdieron la vida a manos de sus compadres por no entregarles una barra de plata, un puñado de monedas o el saco de maíz que se echaron sobre el lomo con ganas de matar el hambre que les marcaba las costillas desde que el tiempo existe. Ustedes saben que no miento: los miserables ni siquiera respetaban a sus iguales. En el momento en que el viento de las brujas los tocó, el Diablo los hizo suyos.

Las gachupinas estaban tiradas a mitad del patio.

Ninguna tenía la ropa completa, a todas se les veían las piernas abiertas y la falda alzada. Muchas tenían los dedos mochos y las orejas desgarradas. Sólo Dios sabe si les arrancaron las joyas antes de profanarlas y rajarles el gaznate como si fueran cerdos de matadero. Los hombres no tuvieron mejor destino. Ahí estaban, embrocados y con el trasero herido por el puñal que buscaba los signos del que no tiene sombra.

Hidalgo, el más cabrón de todos los curas, se quedó parado a mitad del patio de la alhóndiga.

El olor del azufre quemado y la carne chamuscada lo obligó a fruncir la nariz.

Los muertos no le importaban, pero la peste lo incomodaba. En esos miasmas se agazapaban las enfermedades que podían metérsele en el cuerpo y, para acabarla de fregar, el humo ceniciento lo obligaba a sentir los rescoldos del miedo que marca a los animales cuando la muerte los lame. Todos los caídos lo habían sudado y sus humores se sentían en el aire encerrado.

Don Miguel apretó la quijada, el cuero de guajolote de su papada se tensó para revelar las venas.

Apenas tuvo que mover un poco la mano para que el matasiete se acercara a su lado.

El Torero tenía el alma negra y su charrasca siempre estaba dispuesta. Una palabra del cura bastaba para que su filo le rajara las tripas a cualquiera que no le llenara el ojo. Aunque ustedes no me crean, desde el día en que tomó la decisión de levantarse en armas en Dolores, nadie se atrevía a llevarle la contra. Él fue el último que llegó a la casa de los Domínguez para unirse a los levantiscos y, sin que nadie pudiera meter las manos para jalarle las riendas, se convirtió en el primero en mandar.

Cuando la conspiración se descubrió, los que no fuimos encarcelados terminamos obedeciéndolo. En menos de lo que canta un gallo nos dimos cuenta de sus alcances y no nos quedó de otra más que agachar la cabeza. El momento en que lo llenaríamos de grilletes aún no llegaba y, cuando se hizo presente, ya era muy tarde. Ustedes, aunque yo se lo implorara, no me dejarían entrar a su celda para vengarme.


—Mándeme, padrecito —le dijo el Torero.

Su voz sonaba mustia. Lo único que le faltaba era que agachara las orejas y metiera el rabo entre las patas para arrastrarse delante de su amo.

Ese tono no era el suyo.

Cualquiera que lo hubiera visto en la pulquería o mientras se echaba un buche de chínguere acompañado por sus amiguetes sabía que sus palabras se escuchaban impostadas. Los que conocían sus horrores no podían creer tanta mansedumbre en el hombre que devoró a sus víctimas. El dulce sabor de la grasa de las mujeres lo tenía marcado en el alma.

Todos conocíamos sus dos caras.

—Párate ahí con tus muchachos —le contestó don Miguel mientras señalaba la puerta destrozada que aún humeaba—, que nadie se lleve las barras de plata. Nosotros las necesitamos más que ellos.

El Torero asintió, y antes de dar el primer paso se atrevió a hacerle una pregunta a su patrón.

—¿Nomás las barras?

—Sí, sólo las barras... Si no se quedan con las monedas y la comida nos darán la espalda en un santiamén. Total, si se tragan los granos y les da más hambre, seguro que hay un pueblo más adelante.


Por más que quisiera, Hidalgo no podía engañarse. El estandarte que se agenció en Atotonilco no bastaba para disimular sus pecados, la Guadalupana estaba horrorizada por sus crímenes y su manga ancha con los saqueos y los asesinatos. A lo mejor por eso había veces que se quedaba viendo a la nada mientras sus labios se movían para rogar la clemencia que no merecía.

Dicen que el niño Dios lloraba sangre cuando en los caminos se escuchaban los gritos de su gente. Los aullidos de la horda eran el presagio de la desgracia que no podía ser detenida con los rezos ni las procesiones. Por más que sahumaron sus imágenes, la Virgen de los Remedios y el santo Santiago les dieron la espalda a sus fieles.

Algún pecado mortal habrían cometido. O quién quita y era otra cosa: la Virgen Gachupina parecía derrotada y no se veía para cuándo alzaría la cabeza.


De los miles que llegamos a Guanajuato para atacar la alhóndiga sólo unos pocos éramos hombres de ley. Los soldados de a deveras apenas nos notábamos entre la chusma enloquecida. Los uniformes se ahogaban entre los andrajos, y los bicornios no tenían manera de opacar los sombreros rajados donde se asomaban las greñas de los zaragates. Los pelos tiesos y sebosos eran el recuento de su vida. A pesar de los meses que ya pasaron, las imágenes de lo que hacían no se me pueden salir de la cabeza.

Cuando llegaba la noche y se encendían las lumbradas, sus mujeres se les acercaban y metían las manos en su mata grasienta. Querían despiojarlos y aplastar a los bichos entre sus uñas mugrosas. Algunas miraban la mancha que se les quedaba pegada y la lamían como si fuera un manjar. Por más que robaran y se retacaran, el hambre no podía salírseles del cuerpo.

Ellos estaban embrutecidos por el chínguere y Nuestro Señor los repudiaba por sus diabluras. Allá, en sus templos ajados, los altares se miraban destruidos y en la entrada se apilaban las estatuas de los santos descabezados. Si ellos no les cumplían, el machete los degollaba y ponían otro para adorarlo mientras el jícuri los llenaba de visiones diabólicas.


Ustedes van a fusilarme y no puedo mentir. Diga lo que diga, mi destino está decidido. La mayoría de los desharrapados estaban ahí para silenciar los chillidos de sus tripas y cobrar venganza, para saquear y perder la vida con tal de no abandonar a sus compadres en la fiesta de las calacas. Los que ayer eran unos bandidos ya eran unos matagachupines. Las ansias de botín eran lo único que los hacía seguir juntos y los animaba a gritarle vivas a la Guadalupana antes de lanzarse a la matanza. Hidalgo estaba dispuesto a protegerlos de los castigos divinos y, en esos días, también los alejaba de la horca de los tribunales. Si nosotros buscábamos otra cosa, a ellos les valía una pura y dos con sal. Los criollos de buena cuna no entrábamos en sus planes enloquecidos.

Muchas de sus mujeres los siguieron con los hijos colgándoles del rebozo o prendidos de su teta seca y flácida. Por más que quisieran, sus hombres no podían dejarlas así como así. Los conocían de sobra y por eso tenían que traerles la rienda corta para que no terminaran revolcándose con otra. Esas chimiscoleras siempre estaban sucias, andrajosas; sus ojos de serpiente se clavaban en las tiendas de todos los lugares por los que pasábamos. Su mirada estaba prieta y tenía la marca de los pecados capitales. La ira, la gula y la avaricia se retorcían como culebras en su alma que le perdió el miedo al Todopoderoso. Las milpas que se secaron por falta de lluvia las maldijeron con los tlacuaches rabiosos que anidaban en sus tripas para mordisquearlas.

Ellas aprendieron rápido y nada se tardaron en enseñarles a sus hombres.

Cuando los levantiscos abandonaban un pueblo, las puertas de las tiendas se miraban quebradas y las alacenas vacías. Nadie recogería las zurrapas que se quedaban en el piso, los perros esqueléticos en cuyos lomos se miraban los pelos entiesados por la rabia serían los únicos que se las tragarían. A esas alturas, ningún marrano quedaba en las calles para alimentarse de la basura, todos habían sido sacrificados mientras que los chillidos les brotaban del gañote a fuerza de martillazos.

A los que estaban detrás del mostrador más les valía dejarlas hacer y pegarse a la pared con ganas de volverse una sombra, una transparencia que los protegería de sus garras. Los que se atrevieron a tratar de detenerlas se enfrentaron a la mala muerte. Los arañazos en la cara, las mordidas que sólo se aflojaban cuando el sabor herrumbroso de la sangre les llegaba al pescuezo, los jalones de greñas y las infinitas puñaladas se tardaban en arrancarles la vida. Ellas eran iguales a los zopilotes cuando se disputan una vaca muerta.

Dios sabe que no miento. Desde que salimos de Dolores, los hijos del cura eran idénticos a las langostas, pero lo que había pasado en Guanajuato no tenía nombre.


Ese día, después de que dejó atrás el cuerpo de Riaño y se detuvo en el patio, Hidalgo salió de la alhóndiga sin sentir una mancha en su alma. Las arrugas que le fruncían la cara eran las marcas de su entripado. La bilis negra se le subió a la sesera y sólo con tres fajos de aguardiente podría atreguarse la rabia. Por más que lo intentó, el Torero apenas pudo recuperar algunas barras. Las más estaban en manos de los matadores, de los que fueron capaces de arrebatárselas a quien fuera y se jugarían la vida con tal de no entregarlas.

Aunque deseara otra cosa, don Miguel sabía que no tenía caso tratar de quitárselas; la lealtad de los malvados se compra con riquezas y, aunque el hígado le ardiera por la muina, tenía que hacerse el imbécil delante de los ladrones. Ellos eran el pueblo que emparejaba las cosas y seguía los mandatos de la ley del Talión.

¿Para qué lo niego?, Hidalgo era como ellos.

Estoy seguro de que sólo quería vengarse. Quién quita y el recuerdo de su hermano Manuel era lo único que lo impulsaba como una lumbre que no se apaga. O, en un descuido, capaz que sus bravatas y sus crímenes eran la única manera que tenía para escapar de las habladurías y la Inquisición.


Sus pasos eran cuidadosos, muy cuidadosos.

La calle era de bajada, el empedrado herido se sentía resbaloso por las huellas de la matanza y las explosiones que lo destriparon.

De cuando en cuando levantaba la vista y trataba de encontrarme.

Por más que quisiera no podía negar que yo estaba contrapunteado por lo que había pasado. Desde que salimos de San Miguel ya me las debía, y la lista de sus deudas crecía a cada paso que dábamos. Pero Hidalgo nunca tuvo la costumbre de pagar sus préstamos.

Lo miré desde lejos.

No quería oírlo, por eso me fui al trote por las calles más enredadas.

2

Cuando llegamos a Guanajuato, los gachupines ya nos esperaban. Las palabras que nos anunciaban corrían como un reguero de pólvora con sobrado azufre. Yo marchaba al frente con mis dragones y mis soldados de a pie, detrás de nosotros caminaba la leperada que mal cantaba el alabado y maldecía a los europeos.

Nos detuvimos cerca, muy cerca. El cansancio de la marcha se nos tenía que salir del cuerpo antes de dar batalla.

El campamento todavía no se levantaba, pero el cura pidió su escribanía y le mandó dos cartas a Riaño. En una le exigía que entregara la ciudad sin disparar un tiro, en la otra le ofrecía la posibilidad de que su mujer lo abandonara para salvar la vida. Él la recibiría gustoso y la protegería.

A golpe de vista, la amistad marchita parecía notarse en esas letras que recordaban sus pláticas en francés. Sin embargo, el intendente no podía olvidar el pasado. Más de una vez pescó a Hidalgo mirando a su esposa en las tertulias. La calentura estaba marcada en las pupilas que no se alejaban de sus pechos. Las habladurías sobre los bastardos que dejaba regados no eran verdades a medias. Su pico de oro era capaz de romper la aduana de los escotes y alzar los telones de las faldas.

La respuesta de Riaño no se tardó en llegar.

Guanajuato no se rendiría, su esposa y sus hijos permanecerían a su lado.

Cuando terminó de leer el pliego, Hidalgo alzó los hombros y medio torció la boca. Esa mujer no era como las que actuaban en sus comedias, y su naturaleza tal vez no podría entiesarse delante de una dama que lo ensordecería con sus maldiciones.

Las palabras del intendente no eran una sorpresa. Riaño nunca traicionaría al rey.

—Vamos a ver de qué cuero salen más correas —me dijo don Miguel sin esperar mi respuesta.

Se trepó en su caballo y sin más ni más empezó a gritarles a sus pelafustanes.

—¡Vamos a matar gachupines! ¡Ellos son los diablos que esconden las colas! ¡Ellos les quitaron todo lo que se merecen! ¡Dios de la venganza, yo te llamo para que protejas a mis hijos! ¡Mueran los europeos! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

La plebe leperuza comenzó a bramar mientras avanzaba hacia las calles.

Mis hombres y yo nos hicimos a un lado para dejarlos pasar. Nuestro tiempo era distinto del que marcaba la vida de los muertos de hambre, los criollos bien nacidos somos otra cosa.

En esos instantes, la suerte aún nos sonreía. Las tropas de Calleja seguían atoradas en San Luis y las que venían de la capital no llegarían a tiempo para salvar a Riaño y sus hombres.

Por más que rezaran, los gachupines estaban abandonados a su suerte.


Nadie estaba dispuesto a detenernos. Las puertas de las casas sentían la fuerza de las trancas y las ventanas se enceguecían por los postigos claveteados. El silencio era duro y parecía anunciar el golpe de un ciclón. Adentro, las mujeres se hincaban delante de las imágenes mientras sus dedos recorrían las cuentas del rosario para pedir el milagro que no llegaría. El miedo de que nadie les diera el viático y les trazara la cruz con el santo aceite estaba embijado en su alma.

Los hombres apenas armados se asomaban entre las rajaduras de las maderas con tal de adivinar las intenciones de los pelagatos que tenían el hocico colmado de espumarajos. Algunos estaban dispuestos a cargarse a todos los que pudieran antes de que los muertos de hambre desgarraran a sus esposas y sus hijas.

Ninguno de ellos tuvo la suerte de entrar a la alhóndiga.

El edificio macizo apenas le abrió la puerta a la gente que Riaño eligió por su buena sangre, los mestizos y las castas se quedaron con un palmo en las narices. Las gruesas paredes de cal y canto eran el recuerdo de las naves en las que enfrentó a sus enemigos en las marejadas. El intendente era marino y la alhóndiga se revelaba como su último buque.


Ahí íbamos. Nada nos enfrentaba.

A fuerza de alaridos, la gentuza de color quebrado se convenció de que nadie se atrevería a darles un plomazo en la barriga. Todos tenían las tripas retacadas con lo que se tragaron cuando el sol apenas despuntaba. Los miserables no eran como nosotros: a fuerza de mirar a la muerte, los soldados aprendimos que antes de la batalla hay que purgarse, sólo así pueden curarse las heridas del vientre sin que la mierda invoque la fiebre. La caca mata más que los plomos.


Cada vez gritaban más recio, y así siguieron hasta que la alhóndiga se mostró delante de todos. La gente de Guanajuato no bajaría las armas como la de San Miguel y la de Atotonilco, que los dejó hacer y deshacer mientras sus ojos se clavaban en el suelo.

Una orden bastó para que los soldados de los parapetos que cerraban las calles jalaran el gatillo. El estruendo enmudeció los bramidos. Cuando la humareda se fue al cielo, vimos los cuerpos de los pobres diablos que se quedaron tirados. Unos se arqueaban y otros suplicaban que les arrancaran la vida para terminar con sus dolencias.

Un paso adelante era una invitación a la muerte. La turba estaba tan apelotonada que ningún plomazo se perdía.

Las ganas de echarse para atrás mordieron a muchos, pero no había manera de que lo lograran. La gentuza seguía avanzando y los obligaba a mantener el paso sin que su destino importara.

Cada cuerpo que pisoteaban hacía más grande la parte del botín que les tocaría.

Los soldados de Riaño siguieron disparando. El orden de sus descargas tenía el ritmo de un péndulo que mochaba los hilos de la vida de los que estaban en la calle.

Así siguieron durante un rato, pero no podían matar ni herir a los suficientes para detener el avance.

Cuando la muchedumbre estaba a punto de alcanzarlos, los gachupines se retiraron.

La puerta de la alhóndiga aún estaba abierta y los esperaba para resguardarlos sin que se atrevieran a usar las bayonetas. El combate cuerpo a cuerpo era un lujo que no podían darse: los defensores eran poco más de una centena y la leperada sumaba miles.


Llegamos a la plaza que está mero enfrente de la alhóndiga. El miedo alentaba los pasos de los patarrajada y los bandoleros. El golpe de la puerta que se atrancó le entregó el lugar a la mudez. Durante un instante nos quedamos parados, absolutamente callados. Ni siquiera los perros ladraban. Ellos, junto con las ratas y los gatos, huyeron de las calles para zambutirse en sus madrigueras.

Nunca nos habían enfrentado de esa manera.

Los gañanes bajaron sus armas con el culo fruncido. Las paredes del edificio eran indestructibles. En la azotea y las ventanas se asomaban los fusiles de los europeos.

Sin que nadie lo dijera ni lo mandara, la plebe comenzó a separarse. Muchos tomaron las calles y comenzaron a rodear la alhóndiga.


Riaño estaba en la azotea, tenía un sable en la mano.

Su voz retumbó y los plomazos cayeron sobre nosotros.

Los indios respondieron con las piedras que lanzaban con sus hondas y las flechas que no alcanzaban a herir las gruesas paredes. Las cuatro cuartas de cal y canto podían aguantar eso y más. Nuestros fusileros trataron de enfrentarlos, pero no tenían manera de protegerse. Con una pizca de puntería, los defensores de la alhóndiga daban cuenta de ellos. Sin embargo, la furia los hizo seguir avanzando.

Los que se quedaban tirados en el camino eran una nueva razón para vengarse.

A como diera lugar, querían tumbar la única puerta. Pero cada vez que se acercaban los disparos se cargaban a los que lo intentaban. Es más, cuando eran muchos los que llegaban con teas y un barril de pólvora, de la azotea caían las negras esferas que tronaban y los destripaban con la metralla. Yo vi a uno de esos deteniéndose las tripas y empujándoselas para que volvieran a su sitio. No lo logró, un balazo terminó con su sufrimiento. La mirada de ese hombre se volvió plácida y más de tres se llenaron de envidia cuando lo vieron. Ese piojoso ya no tenía que seguir luchando, tampoco sufriría el horror de que las mutilaciones retrasaran su muerte.

La carnicería no se detenía y más de una vez pensé que la derrota terminaría por alcanzarnos. Por más que fueran los patanes del cura, los que estaban dentro de la alhóndiga valían por diez.

De pronto, los zumbidos de las hondas comenzaron a escucharse en las casas más altas. Las piedras que lanzaban eran certeras. El primer español que cayó tenía la cabeza rota y los sesos se le asomaban entre los huesos quebrados.

La muerte era una lluvia implacable.

A los defensores no les quedó de otra más que huir de la azotea. Por más que quisieran dispararle a la indiada, sus fusiles eran más lentos que las hondas. Las ventanas también se volvieron peligrosas, la puntería estaba labrada en las piedras.


Riaño estaba atrapado, el populacho nada se tardaría en incendiar la puerta. Entonces tomó la única decisión que le quedaba: salió con sus mejores hombres para enfrentar a los atacantes. Los disparos mataron a muchos y su sable le rajó la cara y el cuerpo a otros tantos. Se jugaban el todo por el todo. Los europeos estaban seguros de que —si lograban resistir unos cuantos días— los refuerzos se mirarían en los cerros y la turba de Hidalgo sería ultimada. Los cañones cargados de metralla los despedazarían con cada tronido.

Los piojosos se echaron para atrás. Ninguno sabía pelear como un soldado de a deveras.

Pero el Diablo estaba del mismo lado que el cura. Un balazo le dio en la cara a Riaño. Sus hombres lo vieron trastabillar, el viejo sable cayó de su mano y, antes de que rodara por el piso, lo cargaron y se metieron en la alhóndiga.

Lo acostaron en uno de los graneros y la muerte lo atrapó después de que se arqueó por las convulsiones. Su hijo mayor gritaba que le abrieran la puerta para salir a vengarse, su esposa sólo se quedó tiesa delante del difunto. Aunque lo deseara, no podía entender la matanza que provocaba el sacerdote que muchas veces estuvo en su casa y se decía amigo de su marido.

Los españoles detuvieron al joven y las discusiones se soltaron de la rienda.


El miedo a la muerte les nubló la sesera a los gachupines. Algunos exigían que se alzara la bandera blanca para pactar la rendición con Hidalgo, otros gritaban que debían defenderse hasta que cayera el último hombre y, por supuesto, también estaban los que apenas pudieron hincarse para suplicarle clemencia al Cielo. Los tres curas que estaban en la alhóndiga no se daban abasto para darles una hostia y perdonarles sus pecados sin escuchar las confesiones.

El orden de la defensa estaba quebrado.

Nadie tomaba el mando de las tropas.

Los ruidos de las llamas de la puerta se fundieron con los porrazos que le daban.

Alguien gritó que estaba a punto de caer.

Los pocos que pudieron organizarse se formaron delante de ella con los fusiles listos. Detrás de los soldados se miraba uno de los sacerdotes que sostenía una cruz mientras gritaba Vade retro Satana. Cuando las maderas se rajaron y entraron los gañanes con los pelos chamuscados, los plomazos no los detuvieron. El cura que sostenía la Santa Imagen fue el primero en caer.

Sólo Dios pudo contar cuántas veces alcanzaron a jalar el gatillo los defensores. Si fueron tres, cinco o diez, no importa. Los endiablados entraron al edificio y la matanza empezó.

Nadie se salvó, ni siquiera los sacerdotes fueron perdonados.


Apenas había pasado un rato cuando el cura bribón se acercó a la alhóndiga indefensa. A la hora de la verdad, siempre se portó como lo que era: un collón por los cuatro costados. Pero, en esos momentos, su miedo ya no importaba, nadie podía sorrajarle un tiro en la cara. Con su mano trazaba la señal de la cruz sobre los miserables que corrían para matar y robar. Las ansias de sangre y el saqueo estaban benditos.

3

Por más que traté de perderme en el laberinto de las callejas, los hombres del Torero terminaron por encontrarme. A como diera lugar, Hidalgo quería verme. Mi caballo avanzaba entre las monturas de los matasiete; a cada paso que dábamos, las lagañas se me cuajaban por los horrores. Las perrillas hediondas se adueñarían de mis párpados, y cuando se reventaran el pus me llenaría los ojos de nubes. Las casas eran saqueadas y las tiendas estaban heridas de muerte. Un pelagatos jalaba a una española de las greñas para meterla en un callejón. Su mirada no dejaba duda sobre el destino que le esperaba, su mano izquierda apretaba sus partes con ganas de atreguarse las urgencias que pronto serían desfogadas.

Empuñé mi sable. Cuando estaba a punto de desenvainarlo, uno de los achichincles del Torero me detuvo.

—Eso va después, mi capitán; al patrón le urge verlo.

Lo miré a la cara.

El signo de la muerte estaba tatuado en su mirada.

—Pues hay que apurarse —le contesté mientras le clavaba las espuelas a mi caballo.


No tardamos mucho en llegar. Hidalgo estaba en una de las casas que cayeron en sus manos. Lo miré con calma, sus manos recorrían lentamente los pocos libros que ahí se encontraban. El color de las cubiertas de pergamino casi se fundía con el de sus dedos. Las manchas que los puros le dejaban se mezclaban con las huellas oscuras de los lomos donde alguien escribió su nombre con unas letras que se esforzaban por parecer claras. Los hombros caídos se le notaban sin su gabán y la leve curvatura de su espalda resaltaba por la ropa tensa.

Me miró y sonrió.

—El dueño de esto tenía mal gusto, no hay nada que valga la pena leer —me dijo con calma.

Por más recio que se escucharan, los gritos de la calle no le llegaban a las orejas ni lo obligaban a perder el compás de su respiración. Su pecho huesudo mantenía el ritmo a pesar de la matanza.

Después de que volvió a mirarme, se sentó como si nada pasara.

A su lado estaban apiladas las barras de plata que rescató de la alhóndiga. Aunque la mayoría se escapó de sus manos, no eran tan pocas las que estaban ahí. Una sobre otra tenían más de una vara de alto.

—Ven, siéntate... acompáñame. Dios sabe que tenemos que platicar.

Me quité el capote y lo dejé sobre la escribanía junto con mi bicornio. Me aposenté con calma mientras los pasos del Torero se acercaban.

—Usted dirá —le dije a don Miguel.

Mis palabras me sorprendieron, en cada una de sus letras se notaba la furia atragantada.

—Tienes que entenderme... lo que sucede es necesario, la justicia divina tiene un precio y siempre hay que pagarlo. Nadie se deja matar por nada, y lo que está pasando nos da lealtades y convierte nuestro nombre en la voz del pánico. Entiéndeme, Ignacio, con esto ganamos dos veces. Cuando las palabras corran no habrá ninguno que tenga los tamaños para enfrentarnos; el tal Calleja del que tanto hablas terminará culeándose antes de enfrentarnos.

Con calma tomó un puro.

Lo olisqueó y tuvo que chocar su yesca varias veces contra el eslabón antes de que la lumbre brotara.

El aroma del tabaco me llegó a la nariz mientras su rostro se escondía tras el humo.

—Lo que está pasando no tiene nombre —le repliqué tratando de mantener la calma—, cada saqueo, cada mujer profanada y cada gachupín degollado nos dejan solos. Necesitamos apoyos, soldados de a deveras, y no vendrán si las cosas siguen como van. Es más, si usted lo piensa, también soltaría a los españoles que tiene prisioneros. Un gesto de piedad nos abriría el corazón de la gente. Véalos, todos pasan las de Caín menos el militarete que le llena el ojo.

El tono de mi voz era duro, pero las ganas de gritarle se me atoraban en el gañote.

—¿Qué quieres que hagamos? ¿Que matemos con flores y sonetos? Yo sólo permito algunas cosas.

—Algunas, no todas —le repliqué.

Hidalgo le dio otro jalón a su puro y sonrió.

La sorna estaba labrada en su cara.

—De acuerdo, ¿qué quieres?

—Pena de muerte para los saqueadores y los criminales.

—Está bien, concedido —murmuró sin voltear a verme—, pero eso será mañana, esta noche es de mis hijos.

Cuando iba a levantarme, el cura me tomó del brazo.

—No te vayas, aún tenemos pendientes.

Mientras volvía a acomodarme en mi asiento, sus palabras se escucharon.

—Mañana tengo que volver a Dolores.

La mirada me traicionó.

—No es por ella —me dijo Hidalgo al adivinar mis pensamientos—, hay gente con la tengo que hablar...

Sólo asentí moviendo la cabeza.

—Quedas a cargo de Guanajuato, sólo una cosa te recalco: no castigues de más a mis hijos, ellos son buenos y están emparejando las cosas.


Él se fue y mis hombres apenas pudieron detener el saqueo. Por más ganas que teníamos de disparar contra la plebe, apenas podíamos darles de cintarazos y golpes con la hoja del sable. A media mañana tuve que tirar el mío, estaba chueco y ya no entraba en la vaina. Ningún herrero, por bueno que fuera, podía limpiarle la vergüenza.

La posibilidad de que levantáramos las horcas en la plaza de Granaditas estaba cancelada, el cura se vengaría de mis soldados si se atrevían a llegar tan lejos. Con la mano en la cintura soltaría a sus perros en contra nuestra. Los miles de desharrapados podían matarnos en un santiamén. Juan Aldama y yo teníamos miedo, pero aún confiábamos en que la guerra podía cambiar su rumbo. Nosotros no éramos unos bandoleros y sólo queríamos que en estas tierras mandaran los criollos.


En la noche, mientras los gritos de horror no se ahogaban, las noticias de Dolores comenzaron a llegarme. Ninguna me sorprendió, sólo ocurría lo que tenía que pasar.

Calleja avanzaba desde San Luis, a su paso los árboles se miraban colmados con racimos de cadáveres. Cada vez que entraba a un pueblo mandaba juntar a los hombres y los iba contando: uno, dos, tres, cuatro, cinco y, al llegar al décimo, sus soldados lo separaban para ahorcarlo. Si era un levantisco o si nada tenía que ver con nosotros no tenía importancia. Su mensaje era claro, brutal: el mecate era la advertencia definitiva para los que quisieran pasarse de la raya. Todos los condenados se hincaban delante de Calleja y le juraban que los alzados los obligaron a sumarse a la turba, otros le decían que jamás habían levantado la mano en contra de sus amos y que Dios sabía que eran agachones.

Esas palabras eran en vano, la muerte los había marcado.

Yo estaba seguro de que la matanza devoraría al Reino. Nadie puede asesinar impunemente. Desde que el cura permitió las escabechinas y el pillaje, todos sabíamos que la respuesta de las tropas españolas sería brutal y nuestra soledad se volvería absoluta.

A esas alturas, mis palabras habían perdido su sentido. Hidalgo era sordo cuando le decía que ése no era el camino, y lo mismo pasaba cuando en mi voz se escuchaba una verdad sin mancha: sólo podríamos ganar la guerra si nos quedábamos con pocos hombres bien armados y entrenados...

4

Cuando volvió de Dolores nada nos dijo del avance de Calleja. Él es un zorro con la lengua prieta. Por más que le hicimos, no hubo manera de que soltara prenda. Los hilos que metíamos con ganas de sacar una hebra se enredaban con su palabrerío. A don Miguel le encantaba oírse, el sonido de su voz lo hechizaba, y con tal de seguirse escuchando era capaz de decir cualquier cantidad de tarugadas. Sólo Dios sabe cuánto tiempo llevaba en el güiri guara, pero Aldama y yo estábamos hartos de oírlo perorar. De no ser por los que nos apoyaban en las tropas de Calleja nada sabríamos de nuestro enemigo.

Los ojos de Juan estaban colorados y los párpados le pesaban; por más que lo intentaba, la cara se le jalaba por los bostezos contenidos. Dos horas de palabrerío, de órdenes y contraórdenes, de puntadas y chifladuras derrotaban a cualquiera. Al final, el hartazgo lo venció y el ruido del aire que jalaba para seguir despierto obligó a que lo miráramos.

—No se desesperen —nos dijo—, hay dos personas que necesitan conocer.

Asentimos y los que aguardaban deteniéndose las quijadas entraron con calma.

Uno tenía la cárcel marcada en el cuerpo, el otro posaba como sabelotodo. Su largo pescuezo lo igualaba a un pájaro maltrecho. La manzana brotada con tres pelos enroscados delataba sus envidias, mientras que la piel que le colgaba de las mejillas era la cicatriz de sus miserias. Su flacura no era casual, y el libro que sostenía debajo del sobaco sólo fingía los saberes que no tenía. La cara se le miraba amarillenta. Era una mala señal. Cuando un pajarraco de ese color entra a las casas, la enfermedad y el mal están en sus alas. El color de Judas siempre es peligroso y anuncia las desgracias. Martínez era uno de esos tipejos que siempre están dispuestos a vender a su madre.

Mis ojos también se detuvieron en el preso, su historia repetía la misma de siempre: no importaba cuál fuera el lugar al que llegáramos, don Miguel ordenaba que las puertas de la cárcel se abrieran. Según decía, ninguno de los enjaulados merecía estar en ese lugar. Todos eran mártires, todos eran víctimas de la injusticia y, por supuesto, no eran culpables de nada. Él era el primero que los recibía a las puertas del presidio para besarlos y abrazarlos.

Ellos no eran como los españoles que capturaba para engrilletarlos.

Todos los gachupines eran culpables y los suyos debían pagar un rescate para recuperarlos casi enteros. Es más, si las cosas se ponían difíciles, podría intercambiarlos por un prisionero que de verdad le importara... como su hermano Mariano, que lo seguía y lo apoyaba. Él era su hombre de confianza, el único que guardaba las monedas y las barras de plata. En esos días, Mariano valía la vida de cientos de europeos; ahora no vale nada.

Cuando cante el gallo, el pelotón terminará con su existencia.


Los recién llegados se sentaron sin darnos los buenos días. Su gesto estaba atufado.

Al único al que se acercaron fue a Hidalgo.

Él les extendió la mano para que se la besaran como si fuera sagrada.

—Ellos dos —nos dijo— nos abrirán la puerta de la victoria.

—¿Cómo? —se atrevió a preguntar Aldama.

—Este caballero de luminosa inteligencia —le respondió Hidalgo mientras señalaba a Martínez— nos ayudará a forjar los cañones que necesitamos. Véanlo y llénense los ojos de sabiduría... estudió en el Seminario de Minería y entiende mejor que nadie los secretos de esas armas. Él sabe más que la Enciclopedia de estos menesteres. El caballero que está a su lado es un gran maestro en la creación de monedas. ¿Cómo será de bueno gracias a su oficio que se dedicó a falsificarlas hasta que los rufianes lo atraparon para meterlo a la cárcel?

Mientras Hidalgo hablaba, yo me pasaba la mano por la cara.

La barba de tres días me raspaba las palmas. Mis patillas estaban más enmarañadas que de costumbre y preferí no empeorarlas.

—Bien —le dije a don Miguel—, las monedas son cosa suya, pero los cañones...

—En tres o cuatro días estarán listos para que los pruebe —me contestó el Sabelotodo con ansias de atajar mis preguntas.

Sin decir una palabra más, Aldama y yo nos levantamos.

El Torero entró al cuarto y se acercó a Hidalgo. Algo le murmuró al oído.

—Está bien, hijo mío, ve con Dios y que la Virgen te proteja en el camino —le dijo don Miguel a su matasiete.


Martínez cumplió su palabra y nos llevó delante de sus cañones. La sonrisa de chunga no tenía manera de borrarse de la cara del cura. Estaba feliz de que su hombre me venciera sin que pudiera darle batalla. Su confianza en ese imbécil no tenía límites, por eso le entregó el mando de la artillería y nunca se lo quitó a pesar de las consecuencias. En el fondo se parecían: los dos eran unos falsos ilustrados que sólo engañaban a los imbéciles y los iletrados.

—Se ven bien —le dije a don Miguel—, ya sólo falta calarlos. Usted sabe, hay veces que los ojos engañan y la lengua miente.

Hidalgo, con un cuidadoso ademán que remarcaba su victoria, me indicó que podíamos hacerlo.

Mis hombres cargaron el primer cañón y lo dispararon.

Una gruesa rajada le brotó en el lomo.

—No aguantó —murmuré sin miedo a que me oyeran.

Mis suaves palabras y mis hombros que se alzaron les devolvieron la afrenta al cura y al Sabelotodo.

Lo que se veía no podía negarse.

Uno a uno fuimos probando los otros cañones. Apenas el último resistió el primer estallido.

—¿Ves? —machacó Hidalgo—. Éste es suficiente para vencer a los gachupines. Yo lo bautizo como “El liberador de América”.

Cuando sus manos terminaron de trazar la cruz sobre el cañón era claro que ninguna derrota lo sacaría de sus trece. Las locuras que le revoloteaban en la cabeza no podían ser rebatidas por la realidad.

Nada le dije del falsificador que brillaba por su ausencia. Su nombre y sus actos ya pertenecían al terreno de lo innombrable. Antes de que le entregara la primera moneda al cura, se largó con diez barras de plata y Mariano se quedó con un palmo de narices.

Por más que la piense, su pregunta no tiene respuesta. Capaz que se lo tragó la tierra... ni siquiera el Torero pudo hallarlo para cobrarle las que debía.


Después de su victoria a medias y el encabronamiento completo, don Miguel insistió en que lo acompañara. A como diera lugar tenía que estar en el nombramiento de las nuevas autoridades de Guanajuato.

Los dos íbamos al paso y, cuanto más nos acercábamos a la casa donde nos esperaban, el silencio se hacía más atoludo.

Uno de los criados nos abrió las puertas.

—Antes eras más conversador —me dijo y apresuró el paso para encontrarse con los principales que ahí estaban.

Ninguno aceptó los cargos que les ofreció.

Aunque el miedo los atenazaba, estaban seguros de que no podríamos quedarnos para siempre. Más temprano que tarde, Guanajuato sería recuperado por los realistas. La certeza de que Calleja terminaría colgándolos bastaba para que de sus labios brotara la negativa. Además, los principales le habían jurado fidelidad al rey y no podían aceptar las órdenes de Hidalgo sin manchar su honor.

El cura no estaba de vena para aceptar sus desplantes ni para tratar de convencerlos. ¿Quiénes eran para decirle que no?

Los miró hito a hito.

Sus ojos se quedaban fijos en los rostros de los que ahí estaban.

Al final, se les paró enfrente y comenzó a hablar.

—Ustedes tienen la sangre podrida, son unos traidores, unos cobardes.

Uno de los principales trató de interrumpirlo.

—Cállese —le ordenó Hidalgo con voz helada—, usted y los demás tienen hasta el amanecer para aceptar los cargos. Entiéndanlo, el rey y el virrey no son nada. Yo soy todo.


Al día siguiente, ninguno llegó a la reunión. Todos huyeron con sus familias y lo poco que pudieron cargar. El cura bufaba por la furia y a gritos llamó a su secretario. Le dictó sentencia de muerte a los que se negaron a obedecerlo, y en otro pliego la pluma trazó los nombres de los que no podrían negarse.

Don Miguel no buscaba a los que se la hicieron, sino a los que podrían pagársela.

Sin embargo, el Diablo hizo de las suyas: el Torero volvió de los rumbos de Michoacán.

—Todo se hizo como usted lo ordenó —le dijo al cura con voz melosa.

Hidalgo dejó de apretarse la nunca y sonrió.

—Tráelos.

El sonido de los pies que se arrastraban llenó el corredor.

Algunas de las autoridades de Valladolid habían sido capturadas en las cercanías de la ciudad. Sus deseos de largarse los entregaron a los lobos.

—Bienvenidos, señores —les dijo Hidalgo mientras les hacía una reverencia marcada por la chunga—, es una lástima que no puedan esperar hasta que se sirva la cena para sentarnos a conversar. ¿Quién soy yo para detenerlos? Ustedes tienen asuntos más importantes que atender en la cárcel.

Sin más ni más se dio la media vuelta para ir a dormir la siesta.

El sueño de los justos lo reclamaba.


—Valladolid es nuestra —me dijo don Miguel después de contarme quiénes estaban tras las rejas—. Por favor, queridísimo, prepara la salida de nuestras tropas para mañana.

Mi voz estaba apagada. Sólo alcancé a mover la cabeza.

5

Si Valladolid estaba cerca o lejos era un asunto que no me importaba. ¿Qué caso tenía hacer un entripado que a nada me llevaría? Por más que la arreáramos, la chusma era tan lenta como un gusano gordo. Nada necesitaba para detenerse y prender las hogueras para sus ollas tiznadas. Los revoltijos de frijoles y maíz podían olerse a leguas. La pestilencia de la manteca rancia que usaban en sus fritangas siempre estaba acompañada con los gritos y las presunciones de los barbajanes. Mientras las tortillas se adentraban en las jícaras y el hocico les chacualeaba como si fueran carroñeros, los bribones alardeaban de ser los más matadores y haberse robado miles de monedas en Guanajuato. Las pocas que cargaban —y que en un santiamén perderían en los dados y las barajas— palidecían junto al tamaño de la fortuna que ocultaron.

Los que no le tenían miedo a Dios juraban que las enterraron en un lugar que sólo ellos conocían y que nadie podría descubrir por más señas que tuviera. Sus ensalmos al Coludo no podían ser en vano. Allá, lejos de la codicia de los otros, la tierra y el Diablo las amamantarían para hacerlas más grandes y brillosas. Después de algunos meses de ser acariciados por el Maligno, los medios reales se convertirían en escudos, y los tlacos verdosos tendrían el fulgor del oro. Vayan ustedes a saber si esto que les digo es cierto, pero el caso es que ninguno volvió por su riqueza. Las balas y las horcas fueron el precio de su avaricia.

Lo que sí es una verdad de las buenas es que, hasta que el perdón del Todopoderoso los alcance, sus espectros rondarán en los caminos para suplicarles a los andantes que las desentierren y las entreguen en el primer templo que se les cruce. Sólo así lograrán que un cura les haga sus misas. Yo no entiendo de estas cosas, pero a mí se me hace que así podrán lavar sus pecados y dar el paso que —por más que quieran— jamás los llevará a la diestra del Padre. Sus espíritus, aunque ya estén en el más allá, seguirán engañándose y buscando maneras de burlar la justicia divina, pero los perros carboneros con ojos de lumbre les morderán las pantorrillas para llevarlos al único lugar que se merecen. Tras su limbo únicamente estará la eternidad del Infierno.

De nada les servirá que lleguen delante de san Pedro con toda su doctrina y que los rezos de los curas le anuncien su presencia: el que la hace la paga y, además, ninguno de ésos fue enterrado con la cabeza apuntando al norte. Da igual dónde se quedaron tirados, el polvo terminó tragándoselos y sus caras apuntan al lugar de Satán.


En una de tantas paradas, el cura se quedó sentado. Sus hombros cargados se notaban más que de costumbre. El silencio que lo marcaba desde que salimos de Guanajuato era una grieta en la lápida de su alma. La mirada se le perdía en el horizonte y el papel que sostenía en la mano se resistía a ser presa del viento. La hoja se agitaba y el sonido que provocaba parecía gobernar su vida. A leguas se notaba que quería estar solo. La caldera del vientre le ardía para espesar el humor incurable de la soberbia.

El Torero y los suyos casi habían formado un círculo que los alejaba de los miserables.

Ellos, desde el día que don Miguel los sacó de la cárcel en Dolores, se convirtieron en su jauría. Si habían matado y violado, o si profanaron los templos y las sagradas imágenes, fueron perdonados y bendecidos. A esas alturas, esos malvivientes ya habían aprendido que los desharrapados no debían mirarle la cara cuando estaba alicaído.

Delante de los muertos de hambre debía mostrarse como el mandamás invencible, como el único que podía abrir las puertas de la Gloria, mientras que el peladaje bramaba y agitaba sus sombreros con una imagen de la Guadalupana pegada con cola o apenas detenida con unos alfileres oxidados.

Lo miré con calma.

El momento de hablar tal vez había llegado.

Me acerqué. El Torero volteó a verlo.

Con un leve movimiento, don Miguel le indicó que me permitiera aproximarme.


—Mira —me dijo mientras me acercaba el papel.

Sus ojos eran oscuros. El verde lodoso de sus pupilas se había ido para siempre. La voz se le oía pastosa por la rabia que le espesaba las babas.

Lo leí con calma.

Ninguna de las palabras me sorprendió.

Ése era el castigo que nos merecíamos por lo que hicimos y dejamos hacer. Los dos habíamos pecado por palabra, obra y omisión. Aunque quisiéramos escapar, la posibilidad de sacarle la vuelta al Infierno estaba muerta: la Santa Iglesia nos repudiaba y nos maldecía desde el cabello hasta los pies y desde la piel hasta el tuétano. Y todos los que se atrevieran a tendernos la mano se enfrentarían al mismo castigo. Don Manuel Abad, el obispo de Valladolid, nos entregaba a las llamas eternas y la oscuridad sin redención.

Ante esas palabras no podíamos rebelarnos. Desde el día que se publicó el edicto, Lucifer nos esperaba en las profundidades de la Tierra para sumergirnos en el río de sangre que cuidan los endemoniados con cuerpo de caballo y torso de hombre. Por más que lo deseáramos, jamás podríamos huir de su torrente. Cada vez que lo intentáramos, los guardianes diabólicos nos atraparían y nos atormentarían hasta que volviéramos a su cauce para atragantarnos los coágulos de los indefensos que murieron por nuestra culpa.

Le devolví el papel.

Él lo dobló con calma antes de guardarlo en su bolsa.

Lentamente me señaló con el índice.

—Los amigos siempre traicionan —murmuró con ganas de que apenas lo escuchara—. Riaño prefirió la muerte a estar a mi lado, y ahora Manuel me condena y me maldice. Tú lo sabes bien... este papel está claveteado en la puerta de todos los templos del Obispado sin que sus letras se borren por la lluvia y sin que nadie se atreva a arrancarlo. De nada valieron las tardes que pasamos juntos, las conversaciones que tuvimos tampoco le atreguaron las ganas de condenarme, pero el viento se llevará sus palabras. Desde antes que nos levantáramos en armas Manuel ya me tenía ojeriza, por eso me dio la espalda sin que le importaran las consecuencias de sus actos. Dios sabe que terminará en manos de mis hijos, del pueblo bueno que sabe cómo cobrar sus deudas.

—Pero...

No pude terminar mis palabras.

Hidalgo levantó la mano para que me callara.

—Aquí ya no hay peros —me interrumpió sin necesidad de recordarme que era el único dueño del pandero—. Este papel no vale nada, cuando entremos a Valladolid los curas firmarán los documentos que lo convertirán en una metida de pata. Te juro por Dios que tendrán que arrancarlo de todas las iglesias y delante de mí lo quemarán mientras se arrodillan para que los bendiga. No han entendido que el rey es nada, que el obispo es nada, y que yo soy todo. Yo soy el principio y el fin, el alfa y el omega, el que todo lo puede, el único que puede sanar las almas y abrirle las puertas del Cielo al pueblo. Yo soy el predestinado...

Esas palabras las había dicho una y cien veces con tal de convencerse de que era invencible y que su voz derribaba los muros, quebraba cadenas y mataba fuereños.


Durante un instante quise ponerle la mano en el hombro para ofrecerle consuelo. A pesar de que estábamos contrapunteados, aún era capaz de tenerle lástima. En esos días, mis ansias de acuerdo todavía no se ahogaban en la sangre derramada ni se enmudecían por los gritos nacidos de la rapiña. Es más, la traición que a nada estuvo de entregarme a las manos de Calleja para que me destripara no tenía espacio en mi cabeza.

No pude tocarlo, eso me habría condenado más de lo que estaba.

Nuestro Señor y la Santa Virgen saben que sus pecados son más grandes que los míos. Nunca fingí tener las manos santas ni prometí la castidad que no respetaría.

Dios sabe que no les miento, las palabras torcidas perdieron su sentido.

En esos momentos, valía más que regresara con mis hombres. Los reclamos de los soldados eran los míos, y sus silencios culposos eran mi voz encarcelada. Sin embargo, antes de dar el primer paso volví a mirarlo.

Don Miguel no imaginaba que yo conocía la historia de sus odios.

6

Apenas habían pasado unos años desde el día que don Manuel Abad le levantó la canasta. Tanto fue la olla al pozo que terminó quebrada. Por más que fuera su amigo, la honradez del obispo de Valladolid no podía quedar mal parada. Con ganas de ser más que los demás, don Miguel renegó de la historia de su padre, el hombre de vista débil que cuidaba la hacienda de otros; el suyo no era un destino que le cuadrara a alguien de sus tamaños. A como diera lugar tenía que ser un señorón, y todos tenían que curvar el espinazo delante de su presencia. Poco a poco, a veces por las buenas y muchas otras por las malas, juntó alguna riqueza, y con sus hermanos se aventuró a comprar más tierras.

Los ranchos de los Hidalgo crecieron y él era feliz cuando se metía a los corrales para torear.

En las noches que festejaban a san Miguel, la peonada lo veía clavando las banderillas encendidas y enfrentando cornamentas de fuego. Los bufidos de la bestia que se achicharraba por las llamas y los cohetones que tenía en las astas lo hacían parecer más macho de lo que era y se creía. Pero, por más que fingiera, su estoque jamás fue preciso. Los toros que capoteaba siempre debían ser rematados a machetazos mientras el cura se pavoneaba para que la indiada aplaudiera.

Las palmas de los peones no eran sinceras, todas eran premiadas con comida y bebida. Si era o no un gran matador, a nadie le importaba un bledo. Lo único que les interesaba a las piojosas eran el jelengue y los arrimones que se darían mientras bailaban el jarabe gatuno y el chuchumbé. Un fajo de la bebida que era más transparente que el agua y más fogosa que el aguardiente bastaba para que le gritaran las maravillas que no tenía.

A la hora de la hora, a Hidalgo le faltaban los tamaños para enfrentarse a las bestias y su cuerpo nunca quedó marcado por las corridas; en cambio, yo las tengo labradas en la cara. Mi nariz chueca es la prueba de que le entré sin miedo a los capotes y las coleadas.


La vida de Hidalgo era muelle. Nada ni nadie podía jalarle la rienda a sus entretenes. En Dolores, no reparaba en gastos para jugar al teatro y mirar a sus fieles en el tablado mientras de mala manera recitaban los parlamentos de El hombre de la corte y Los amores de Ovidio. Si las obras del tal Moliere y del llamado Racine eran despedazadas, a él le venía guango y todo lo premiaba con risas y palmas. ¿Quién podía dudar de sus pareceres? Todos estaban ciertos de que era el gran ilustrado en un pueblo que no conocía la o por lo redondo.

Lo único que le interesaba de los tablados eran las criollas y las gachupinas que terminaban por convencerse de que eran las actrices que podrían ocupar un lugar en los escenarios de París, donde las flores rebosarían de sus camarines y los aplausos las ensordecerían. Ya después, cuando la calentura de la comedia se les enquistara en la carne, las penetraría en su lecho mientras que las palabras en francés y otomí les gritaban los insultos que la lujuria le reclamaba.

Cada vez que las embestía y su cuerpo se arqueaba para derramar sus semillas, las voces de chienne y nxupaxi le brotaban del hocico. Él no era como los mulatos que esperaban la llegada del tiempo de calores para agenciarse una hembra y un petate.


Por más toros con las astas mochas que medio matara y por más comedias que se presentaran en Dolores, la deuda de los Hidalgo no era poca cosa. Manuel Abad les prestó dinero para su negocio, y al cabo de varios años se hartó de esperar los pagos. De nada servían las rogativas que le mandaba a don Miguel. Ninguna carta era suficiente para que parara su carro y cumpliera sus compromisos.

Un día —vayan ustedes a saber cuándo, pero de esto no hace mucho— los justicias de Valladolid llegaron para quitarles sus haciendas. El edicto que traían les ordenaba sacarlos de la casa grande y dejarlos a la mitad de la vereda. La deuda los alcanzó como un toro salvaje. A fuerza de palabras que juraban que todo era un error, sus hermanos pudieron ganar unos días para tratar de aclarar las cosas. Según ellos, don Miguel era el encargado de hacer los pagos, y por más que le preguntaron, jamás negó olvidarlos. Por la cruz de Cristo juraba que, peso sobre peso, los había abonado a la deuda que tenían con el Obispado.

Las voces y los ruegos de sus hermanos eran estúpidos.

El error que reclamaban no existía. El cura bribón nunca le entregó una moneda partida por la mitad al obispo de Valladolid. Todas se las gastó en sus jelengues con la seguridad de que la próxima cosecha sobraría para dar y repartir. Según sus extravíos, las secas pronto se terminarían y las bolsas rebosarían de la plata que le embarraría en la cara al prelado. Pero se equivocó de cabo a rabo: las lluvias se negaron a obedecer sus sueños, y por más cuchillos que enterró en el monte, ningún rayo jalaron para reventar las nubes.

Las haciendas se perdieron y la miseria volvió a rondar a su familia hasta que se adueñó de su mesa.


Por más cartas que le mandó, don Manuel Abad nunca creyó que Hidalgo usara ese dinero para socorrer a su grey y mejorar el pueblo que tenía a su cargo. Los ratos que pasaron juntos le descubrieron sus debilidades: era un fatuo, un tramposo, un cura solicitante y putañero que se zurraba en el confesionario y la santidad de la casa parroquial.

Al final, su hermano Manuel fue el pagano de la desgracia.

Manuel no era como Mariano, que siempre estuvo dispuesto a acompañarlo hasta el mismo Infierno que a nada está de abrirnos la puerta. Los que lo vieron dicen que, después de que perdieron las tierras, la manía se apoderó de su cabeza. Por más baños fríos que le dieron, su razón siguió extraviada. Las imágenes de santa Dymphna que le restregaron en las sienes tampoco sirvieron de nada, el milagro de los locos que sanó antes de que la degollaran no se repitió en casa de los Hidalgo. Las palabras del médico que le dictaminó fiebres extrañas con ciertos resabios de melancolía parecían imbatibles.

Vayan ustedes a saber si Manuel se atreguaba a ratos, o si sus males conocían el sosiego cuando los calores mermaban y la luna se ocultaba. Ella, aunque no aluce, es una mujer veleidosa y actúa por capricho. La certeza de que se moriría de hambre lo obligaba a tirarse al piso y arrastrarse como la más baja de las bestias. Ahí buscaba y rebuscaba en los rincones hasta que daba con una cucaracha que devoraba para retacarse las tripas que todo lo reclamaban. Las patas y los trozos de carapacho que se le quedaban pegados en los dientes pronto eran lamidos para no desperdiciarlos.

La pudrición se le metió en el cuerpo y, antes de que pasara un año, el Todopoderoso se apiadó y su alma seca se fue al Cielo.

Su cuerpo contrahecho no se parecía al que fue alguna vez, la vida se le fue por la cola y su último aliento se ahogó en el vómito donde flotaban trozos de los carapachos de los bichos que se tragaba.

Mientras Manuel se retorcía en su cama hedionda para tratar de romper sus ataduras, don Miguel se metía a la Iglesia y le gritaba a Dios que lo ayudara, que le sacara los males del cuerpo y le devolviera la luz a la cabeza de su hermano. A los parientes que se le acercaban para tranquilizarlo los tomaba del cabello y los obligaba a hincarse delante del altar para que también rezaran con grandes voces.

Nadie los escuchó en el Cielo y de nada sirvió que matara a palos a su perro más querido como un sacrificio para Cristo. Y, cuando le avisaron de la muerte de Manuel, se convirtió en lo que ahora es... un hombre que se sueña todopoderoso e invoca el alma de su hermano para que regrese de donde nadie vuelve.


Don Miguel nunca reconoció su culpa. Según él, el único responsable de la locura y la muerte de su hermano era el obispo de Valladolid. El odio al prelado no se le salió del pecho. Don Manuel Abad tenía la obligación de esperar a que le pagara hasta que le sobrara la plata.

Aunque de dientes para fuera se esforzaba por mostrar su arrepentimiento y de cuando en cuando le mandaba unas monedas a su cuñada y sus sobrinos. Lo que sentía era distinto, con tal de no mirarlos los obligó a que se fueran a la capital del Reino. Allá, lejos de él, jamás podrían mostrarse para embarrarle en la cara los hechos que ansiaba negar y que todos pagamos por una carta secreta que le mandó el virrey cuando estábamos a nada de tomar la Ciudad de México.

A mí no me consta, pero no faltan los que dicen que, el día que entramos a San Miguel, mientras sus hombres saqueaban la ciudad, se metió a la catedral para visitar la tumba de su hermano. Cuentan que se hincó delante de la lápida y le prometió a su ánima que la venganza sanaría su demencia en el Paraíso.

Don Manuel Abad y todos los peninsulares pagarían su muerte y sus males. Ellos le arrancaron un trozo de su carne y le arrebataron sus diversiones.

7

Nuestros pasos eran lentos, las palabras que relataban la matanza de Guanajuato pronto nos rebasaron. El horror de los crímenes silbaba como el viento que arranca las cruces de los panteones y desentierra los esqueletos de los impíos. Mientras avanzábamos, más de tres vallisoletanos se apartaron de sus hembras. Si en esos momentos las tocaban, sólo invocarían a Lucifer. Y, como debe ser, todavía se alejaban más cuando les llegaba la regla. La sangre muerta que les brotaba de su parte era la huella del pecado, la invitación al mal fario que olían los perros que se ponían en brama.

La gente de Valladolid se refugió en los templos y las procesiones se adueñaron de las calles.

Al ritmo de los tambores y del temblor de las llamas de las ceras, los rezos que le pedían un milagro a Jesús y a su Santa Madre se oían en todos lados mientras que los ojos ciegos de los santos eran incapaces de detenerse en los balcones. Estaban fijos en el vacío, en la mudez que se adueñaba de la ciudad en las noches.

Todas las plegarias fueron en vano.

La corte celestial estaba sorda, Satán andaba suelto.


Los rumores empezaron a trotar en el empedrado y se adueñaron de las vecindades de Valladolid: algunos decían que los lanceros habían huido a quién sabe dónde, otros murmuraban que los soldados que llegarían para protegerlos ya colgaban de los árboles, y unos más estaban ciertos de que el fin del mundo estaba a la vuelta de la siguiente esquina o que reptaba entre los cerros cercanos.

El dragón de siete cabezas y la puta de Babilonia avanzaban al frente de los insurrectos. A los aterrados ya sólo les quedaba una carta: encerrarse en sus cuartos y latiguearse hasta que sus pecados quedaran pagados. Lo que pasara después sería el último castigo que recibirían antes de que Dios perdonara sus almas.


En las noches, el ruido de los carruajes y los carromatos interrumpía el sueño de los vallisoletanos. Más de uno se asomó entre los postigos y vio cómo los principales huían de la ciudad. Cargaban lo que podían con tal de salvarlo del saqueo. El recuerdo de los mandamases que fueron capturados por el Torero les carcomía los dentros. Nuestro Señor era el único que sabía lo que ocurrió cuando el cura infame los entregó a la plebe enloquecida. Las imágenes de los hombres con las tripas de fuera, de los que fueron ultimados a patadas y de los que jamás tuvieron la oportunidad de decir su última plegaria no podían salírseles de la sesera que se retorcía para tratar de averiguar lo que nunca se sabría. Fuera cual fuera, el destino de los cautivos era la brújula que apuntaba el rumbo de la huida.

Muy cerca de esos carruajes también se miraba a los sacerdotes más encumbrados, sólo los curas de menor estofa se quedaron en Valladolid para resistir la andanada. Don Manuel Abad apenas y pudo ser visto entre las cortinas del palanquín que cargaban sus negros esclavos, cuyas libreas coloradas se convirtieron en harapos antes de que llegara a su destino. Sabía que la muerte lo acechaba desde que firmó la excomunión de Hidalgo. Sus rezos, por más enjundiosos que fueran, no tenían la fuerza para alejar a los endemoniados que se acercaban a la ciudad.

Delante de la gente, ninguno de los principales aceptó que se le quemaban las habas por largarse lo más lejos que pudiera. Todos dijeron que alguien reclamaba su presencia en otros rumbos, que el virrey y el arzobispo los llamaban a México para conocer sus pareceres sobre la insurrección o que tenían una manda pendiente en San Juan de los Lagos. Esa Virgen era la única que estaba a la mano para pedir un milagro, la de los Remedios estaba muy lejos y apenas la habían adornado con la banda de generala de las tropas realistas.

Pasara lo que pasara, no querían ser recordados como cobardes. Sin embargo, cuando hablaron, nadie creyó en sus palabras, las ojeras y el temblor de sus manos los desnudaron delante de todos. El miedo gobernaba sus patas y el tic tac de los péndulos los acercaba a la fatalidad.


La oscuridad nada tardó en volverse más negra. Los espantos se apoderaron de la ciudad que a cada instante tenía más clara su indefensión. A la hora de la verdad, los cañones y los fusiles se quedarían abandonados sin que nadie se atreviera a tocarlos para enfrentar a la horda del cura herético. Las mujeres y los niños fueron entregados a los conventos con el anhelo de que Dios los protegiera de los salvajes que bebieron sangre en Guanajuato. Con un poco de suerte, la plebe endiablada no profanaría las casas de Dios. A ratos, el milagro de la salvación aún parecía estar cerca.

Las calles se convirtieron en un lugar donde sólo los hombres se miraban, únicamente las pordioseras seguían firmes en las esquinas para pedir limosna. Y, cuando los varones creían que los ojos de sus vecinos apuntaban para otro lado, comenzaron a cavar en sus patios o a quebrar los muros de sus casas. En algún lugar debían esconder lo que tenían para salvarlo de las garras de los gañanes. No se daban cuenta de que las paredes con el enjarrado fresco eran un imán para los hijos del cura.

Cuanto más cerca estábamos, los que tenían amigos y parientes en la sierra también comenzaron a largarse. La ley de que el muerto y el arrimado a los tres días apestan no podía detenerlos. A como diera lugar, tenían que alejarse del mal que se acercaba, y con las pocas monedas que cargaban algo podrían darle a quienes les abrieran la puerta en un caserío a mitad de la nada. Sólo la plata levantaría las aldabas.

La piedad estaba muerta antes de que los encurados entraran a la ciudad. Todos estaban seguros de que los hombres de Calleja no llegarían a tiempo para salvarlos.

8

Yo lo sabía, pero Hidalgo ignoraba mis palabras. De nada valía que le pidiera que algunos de los suyos montaran guardia para enfrentar a los bandoleros que mandaban en esas tierras. ¿Quién de ustedes se atreve a decirme que miento? Los campos de Michoacán eran propiedad de los bandidos y los asesinos. Sus grupos no eran de dos ni de tres, muchos sumaban cientos, y no faltaban los pueblos enteros que se dedicaban al pillaje. Más allá de las ciudades, el Obispado era un lugar sin ley y los arrieros eran las presas anheladas. Lo que se decía de Tierra Caliente no era mentira: cuando sus habitantes estiraban la pata, siempre regresaban por sus sarapes para aguantar el frío de ultratumba. Las llamas del averno no tenían el calor que se sentía en los rumbos donde el sol y el crimen les curtían la piel a los desalmados.

Aunque quisiera negarlo, sabía lo que iba a suceder.

Cuando apenas nos faltan dos jornadas para llegar a Valladolid, la polvareda comenzó a notarse en el camino.

Las nubes ocres no mentían.

El viento no las levantaba, los jinetes que se acercaban eran un demonial.

A toda prisa alisté a mis hombres para el combate.

Las líneas de fusileros estaban dispuestas, sus armas apuntaban a la vereda. Ningún dedo temblaba en el gatillo, y después de que lo jalaran se lanzarían a la carga con las bayonetas por delante. En ese instante sabríamos de qué color pintaba el rojo. Los de caballería teníamos los sables desenvainados y las espuelas dispuestas. Ninguno hizo el mínimo esfuerzo para traer y alistar el cañón que Martínez fundió en Guanajuato. Un tronido podía llevarnos entre las patas sin que el honor del Sabelotodo se manchara. Esa arma estaba condenada a nunca matar a los enemigos, los buenos hijos de Hidalgo serían sus únicas víctimas.


Como si nada pasara, don Miguel se acercó y con una seña nos ordenó que bajáramos las armas.

—Ellos también son mis hijos —nos dijo con voz fuerte para que los desharrapados lo oyeran.

La polvareda cada vez estaba más cerca y así siguió hasta que, mero enfrente de nosotros, unos tipejos desmontaron.

Los tres bandoleros que avanzaban hacia nosotros tenían a sus espaldas a más de una centena de malvivientes. En sus caras se miraban las cicatrices que trazaban el mapa de su protervia. El que parecía el mandamás tenía la piel pinta y cacariza, sus bigotes se pasaban de ralos y su mirada estaba más torcida que un clavo usado. El sarape de sobrados colores y dudosa procedencia se tensaba sobre su vientre. La manteca de su timba no se ondulaba con los pasos ni seguía el ritmo de sus espuelas de plata. A fuerza de pulques y tragazones, su grasa era maciza como la de una pata de cerdo.

—Padrecito —le dijo a Hidalgo—, aquí estamos para lo que nos mande.

Don Miguel le ofreció su mano y el criminal se hincó para besarla.

El resto de los ladrones desmontó.

Uno a uno se fueron arrodillando para que los bendijera. Si él había liberado a los presos diciendo que no eran culpables, los asaltantes estaban convencidos de que sus pecados serían perdonados y sus raterías festejadas.

La cruz invertida los protegía y las balas jamás tocarían sus cuerpos. Ellas los atravesarían como si fueran espíritus y su carne no sería herida. Las palabras que le achacaban milagros a don Miguel no eran pocas, y más de tres miraban al cielo para encontrar las señales que lo protegían.

Cuando se terminaron las cruces y el besamanos, el cura bribón se acercó al lugar donde yo estaba.

—No te preocupes —me dijo—, estos buenos cristianos no se formarán con tus hombres. Vale más que el Torero los tenga a su mando.

9

Llegamos. Los pocos principales que seguían en la ciudad salieron para encontrarnos antes de que pisáramos sus calles. Ahí estaban, a mitad del camino polvoso y flanqueados por los árboles con las ramas desnudas. Tenían la mirada baja y los hombros gachos, más de uno se había confesado antes de apersonarse ante nosotros. A esas alturas, los ruegos eran lo único que les quedaba para no terminar en la picota. Cuando el cura se detuvo y caracoleó su caballo, apenas pronunciaron unas palabras: Valladolid se rendía sin presentar batalla. Lo único que suplicaban era que los saqueos y las profanaciones no la hirieran de muerte. Los insurrectos podríamos entrar en paz, y en santa paz debíamos mantenernos hasta que el camino nos volviera a llamar.

Sus peticiones eran pocas. Don Miguel les aseguró que todas se cumplirían a carta cabal: ningún templo sería profanado, sus hombres no entrarían a los conventos ni al colegio de niñas, y las casas de los europeos serían respetadas junto con sus personas. Las razones para que aceptara eran claras. El dinero que necesitara don Miguel era un asunto que podía acordarse sin problemas ni tacañerías. Todo era cosa de que dijera una suma y harían todo lo que estuviera a su alcance para juntarla. La vida tenía un precio y los gachupines estaban dispuestos a pagarlo.

Ninguno de los principales se atrevió a exigirle que firmara sus compromisos. A lo mejor no sabían que sus palabras se torcían con los ventarrones de los caprichos.


La calle ancha sonaba como el zumbido de un chiflón atorado. Las ventanas estaban cerradas y los balcones se miraban vacíos; en más de tres colgaban los crespones que se adelantaban al luto. Nadie estaba ahí para darnos la bienvenida, las voces que debían gritar los vivas a Hidalgo estaban encarceladas. El silencio era implacable.

Así seguimos hasta que nos ordenó detenernos.

Don Miguel desmontó con parsimonia, y el Torero se embrocó en cuatro patas para que no tuviera problemas al bajarse del caballo.

No es que el cura estuviera viejo ni tullido. A pesar de sus canas, todavía las podía... ése era un acto para que a todos les quedara claro quién era el que mandaba.

Lentamente comenzó a caminar hacia la catedral.

Sus pasos resonaban como si fueran el eco de las calacas que golpeaban los ataúdes.

Hidalgo sabía que las miradas lo seguían detrás de los cortinajes. No le tenía miedo a la ojeriza. Ese mal nada podía contra el dueño de la muerte, el que tenía el poder de los ojos de venado.

El único que iba a su lado era su matasiete, con la mano metida en el gabán. A nadie engañaba, sus dedos acariciaban el arma que saldría a relucir si alguien se atrevía a acercarse de más.

Las puertas del templo estaban cerradas, su excomunión se miraba en una de ellas.

A gritos llamó a los curas para ordenarles que arrancaran el papel y las abrieran.

Yo vi cómo entraba, también miré cómo los sacerdotes se hincaban y levantaban la vista al Cielo para pedir clemencia. Cuando anduve averiguando sobre su destino, lo único de lo que pude enterarme es que, cuando le entregaron su alma al Altísimo, todos tenían en las tripas el edicto del obispo. El hombre que les rajó la carne juraba que vio esos papeles masticados y con la tinta embarrada.


Mientras los gañanes levantaban sus campamentos y tumbaban los árboles de las plazas para alimentar las hogueras, Hidalgo recibió a los curas que seguían en la ciudad. Todos le pidieron perdón por los errores del obispo y suplicaron por su vida mientras invocaban los días que pasó en Valladolid.

Los recuerdos del Colegio de San Nicolás no le ablandaron el alma.

A esas alturas de nada valía si esos hombres fueron sus alumnos o si los gobernó cuando era rector. Habían dejado de ser lo que eran. Ahora eran los enemigos que no merecían un dejo de piedad. Ninguno sabía que don Miguel abandonó el colegio con la mano en la cintura para ganarse unos pesos en un curato que parecía lucrativo.

Después de que le besaron la mano y suplicaron que los bendijera, los curas le ofrecieron lo único que podían darle: un solemnísimo Te Deum para disculparse y ratificar que la excomunión estaba derogada. En esa misa, la catedral se engalanaría y los coros se alzarían para alabar las glorias de don Miguel, mientras un sacerdote rogaría por su victoria en el altar.

—Ahí estaré —les respondió y sin más los dejó con la palabra en la boca.

Sus pasos comenzaron a perderse en el pasillo.

Cuando iba a despedirme, una voz me obligó a encoger la mano.

Hidalgo me quería a su lado. No estaba dispuesto a que esos curas recibieran una sola muestra de respeto.

—Mira, Ignacio —me dijo—, yo no puedo arrodillarme delante de unos perros. Tú irás al TeDeum en mi nombre... sabes que sobran los pretextos para justificar mi ausencia.


Esa noche entré a la catedral, que tenía todas las velas prendidas. La luz de las ceras blancas era la dueña de todo el espacio, las de sebo no apestaban el templo ni ponían en entredicho a las flamas que se negaban a chisporrotear. Ninguno de los sacerdotes se atrevió a preguntarme por el cura. Todos conocían su entripado. Los que lo habían tratado de tiempo, sabían de lo que era capaz cuando los humores del hígado se apoderaban de su sesera. Su bilis negra mataba.

Valía más que las cosas se quedaran como estaban y nadie las meneara. Las explicaciones que podía darles apenas serían malas mentiras.


La misa empezó y los rezos se transformaron en un murmullo acompasado.

Las santas palabras tenían un destinatario preciso: Benito, el santo que aplacaba las furias y alejaba a los matones y los endiablados. Todos los gachupines y los criollos de bien estaban hincados y sus susurros revelaban sus miedos. Ninguno tenía los ojos abiertos cuando la súplica llegaba a sus labios: “Protégeme de mis enemigos, del Maligno Enemigo en todas sus formas”. Sin embargo, el nombre del verdadero demonio jamás fue pronunciado. Sus siete letras sólo rebotaban en las cabezas de los que ahí estaban.

Los ruegos a san Benito se volvieron carroña mientras se escuchaban en el templo. El santo, por más poderes que tuviera, no tenía manera de detener los horrores. Mientras el sacerdote alzaba la hostia, Hidalgo desencadenó a sus perros.

Las casas de Dios fueron saqueadas. Los cálices se llenaron de chínguere y pulque, los vestidos de las vírgenes y las santas se convirtieron en los ropajes de las chimiscoleras que pecaban mientras se zurraban de risa, y muchos retablos alimentaron las hogueras que aluzaban sus bailes lúbricos y grotescos. Si la catedral no se había rendido, ningún templo merecía ser respetado.


Antes de que se terminara la misa, uno de mis hombres me susurró lo que estaba pasando.

Una palabra bastaba para que arremetieran en contra de la leperada.

Me levanté y caminé hacia la puerta.

Ahí me esperaba el Torero.

—No se preocupe, mi capitán —me dijo—, lo que pasa tiene la bendición del patrón.

Aunque tenía la sangre caliente me regresé a mi lugar.

En el preciso instante en que la misa se terminó, me largué de la catedral con la deshonra a cuestas. Todas nuestras promesas fueron en vano. Para no variar nos habíamos pasado el octavo mandamiento por el puente más chaparro. Cada una de sus palabras estaba embarrada con la mierda del cura.


El ruido de los cascos de mi caballo sonaba como los martillazos del Diablo. El silencio lo volvía más recio y las chispas de las herraduras brotaban sin que fuera a toda carrera. Mi camino no tenía rumbo y terminó llevándome a casa de Mariano Michelena para encontrarme con el pasado.

El abandono se miraba en las paredes y los balcones desvencijados. Las telarañas eran las dueñas de los ventanales y las marcas de las patas de las ratas mostraban a las dueñas del lugar. Desde hacía meses, la basura se amontonaba en la entrada y nadie salía a barrerla. La dejadez de la casa era el recuerdo de mi primer fracaso.

Ahí, en las tertulias que organizaba Michelena, todo comenzó antes de que el nombre del cura nos pasara por la cabeza. En esos días, ni sombra llegaba. Esa vez a nada estuvimos de levantarnos en armas. Si lo hubiéramos logrado, todo sería distinto: los criollos estarían de nuestro lado y los soldados se hubieran acercado para jugarse la vida. Nuestra insurrección no sería una turba sanguinaria, sino un asunto de militares y caballeros, de gente de bien que lograría que nos tocara lo que por derecho nos correspondía. Los americanos podíamos mandar en América y ser leales al rey que estaba en manos del corso. El pleito sólo era en contra de los fuereños y las leyes que nos ninguneaban.

A mí me da igual que ustedes quieran negarlo. No hay manera de tapar al sol con un dedo: ninguno de los que conspirábamos con Michelena era un loco; las ideas afrancesadas no nos nublaban las entendederas ni nos hacían perder el tiempo con los libros que a nada llevaban y todo lo enredaban. Nuestros reclamos eran justos y no necesitaban los pliegos que le hicieron perder la razón a Hidalgo. Pero, ahora que lo pienso, es posible que todo empezara antes de que nos reuniéramos en casa de don Mariano.

Los chirridos de las cigarras que alebrestaban las almas se iniciaron cuando nos acantonaron cerca de Veracruz. Ahí teníamos que estar, listos para enfrentar a los franceses que pronto desembarcarían para apoderarse del Reino.

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Data wydania na Litres:
30 grudnia 2025
Objętość:
222 str. 5 ilustracji
ISBN:
9786075573885
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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