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Colección Investigaciones

Universos en expansión. Antología crítica de la ciencia ficción peruana: siglos XIX-XXI

Primera edición digital: abril, 2019

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Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN 978-9972-45-489-9

Índice

Introducción

Capítulo 1. Ciencia ficción: ¿hacia una teoría unificada?

Preámbulos

¿Es posible la teoría unificada?

La utopía: elemento transversal de la ciencia ficción (CF)

Capítulo 2. Un panorama tentativo de la ciencia ficción peruana

Los primeros tramos

La ciencia ficción peruana: un desafío a las previsiones

El siglo XIX: el horizonte formativo

Modernismo: la conciencia de lo nuevo

Vanguardia: ampliación del horizonte

Década de 1950: la conexión hacia el futuro

La Edad de Oro: 1968 a 1977

De los turbulentos ochenta hasta nuestros días

Capítulo 3. Antología crítica de la ciencia ficción peruana

Nota introductoria

Ciencia ficción peruana: ¿blanda o dura?

Tematología

Siglo XIX

Julián del Portillo

Modernismo

Clemente Palma

Abraham Valdelomar

Vanguardia

Manuel A. Bedoya

César Vallejo

Década de 1950

Héctor Velarde

Eugenio Alarco

Década de 1960

José B. Adolph

Década de 1970

Juan Rivera Saavedra

Harry Belevan

Década de 1980 hasta nuestros días

Adriana Alarco de Zadra

Luis Freire Sarria

Aland Bisso

Enrique Prochazka

Carlos Herrera

Jorge Valenzuela Garcés

Tanya Tynjälaä

José Donayre Hoefken

Daniel Salvo

César Anglas Rabines

Luis Arbaiza

Alexis Iparraguirre

Pedro Novoa Castillo

Carlos Vera Scamarone

Giancarlo Stagnaro

Yelinna Pulliti Carrasco

Carlos Saldívar

Carlos de La Torre Paredes

Alejandra P. Demarini

Referencias

Introducción

En los últimos veinte años, se han producido recomposiciones significativas en el sistema literario del Perú. Géneros que experimentaron largo tiempo una suerte de invisibilidad por parte de los agentes oficiales y pontífices de opinión —encargados de moldear el canon a la medida de sus intereses— se desarrollaron por vías alternas y establecieron su propia dinámica, sometida a las búsquedas de autores no integrados a las corrientes principales o que decidieron instalarse por cuenta y riesgo en terrenos fronterizos. La crítica convirtió a estas tradiciones ocultas en apenas una curiosidad, o en una práctica evasiva o escapista sin mayor relevancia en el panorama general.

El discurso hegemónico u oficial orientado desde la academia, que elevó a las escrituras realistas a una especie de sitial excluyente respecto de cualquier otra poética, petrificó a la literatura del país en un limbo donde solo el realismo y su mímesis constituirían la marca genética de la narrativa, lo que no ocurrió con la poesía, que acusó un desarrollo acorde con los modelos de Occidente y atravesó por casi todas las etapas, graficando así un diálogo fructífero y hasta original con los centros metropolitanos de la creación.

A fines del siglo XIX, desde las esferas del poder político, se intentaba construir una representación ideológica de sujetos también invisibles o estigmatizados como un obstáculo para la inserción de los ideales del progreso: los indígenas. Mediante esta visión paternalista, la vieja oligarquía se propone un rescate o una asimilación de lo que se considera un problema para sus aspiraciones de adscripción a un orbe civilizado.

Por su parte, el modernismo, primera corriente estética genuinamente hispanoamericana (Paz afirmó en Los hijos del limo que fue “nuestro Romanticismo”), se interesó no solo por el exotismo alrededor del incomprendido universo indígena, sino también por lo macabro, lo gótico, lo onírico, la ciencia y el ocultismo. Lo anterior fue precisamente germen de lo que más tarde desembocaría en las primeras muestras de narrativas no realistas: la fantástica y la de ciencia ficción. La segunda de estas prácticas será el núcleo de la presente aproximación a modos apartados de las líneas convencionales en la historia de la narrativa peruana.

En las dos vertientes destacaron creadores cuya genealogía corresponde al modernismo como sustrato formativo e identidad temprana: Clemente Palma, Ventura García Calderón, Abraham Valdelomar y César Vallejo. Son escritores de intereses múltiples y cosmopolitas, interesados por el cultivo de diversos registros. Esta inquietud intelectual y expresiva los lleva a explorar mundos alternativos, extraños e insólitos, con reminiscencias de Poe y sus discípulos franceses parnasianos o simbolistas —Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé—. Las razones de por qué la tradición emergente que parecían estar edificando no prosperó o se prolongó sin intermitencias aún son materia de abordaje en estudios contemporáneos, como los efectuados por Elton Honores o Audrey Louyer.

La presente antología crítica se plantea, como objetivo primordial, dar cuenta de la ciencia ficción escrita en el Perú desde el periodo aludido líneas arriba hasta nuestros días. Las razones de esta elección pueden resumirse en una sola: se trata de una corriente anómala en una literatura marcada por la estética realista y producida en una sociedad alejada de las metrópolis culturales.

Desde que Julián del Portillo publicara por entregas una novela atípica titulada Lima de aquí a cien años (1843), en el diario El Comercio, sonó la primera campanada paradójica que caracterizaría al género en nuestro país por más de ciento cincuenta años. Solo habían pasado veintiún años desde la ruptura política con España y un escritor del cual existen pocos datos fehacientes asumía la tarea de apostar por el futuro en un contexto anárquico devastado por el caudillismo. El acontecimiento, mucho más tarde reivindicado por especialistas como Daniel Salvo —voz contemporánea de la ciencia ficción (CF) nacional—, debió enfrentar posteriormente el olvido, en un país que parecía exigir apego a la realidad en cantidades torrenciales.

Cuando la obra de Portillo apareció, aún se encontraban a gran distancia en el tiempo los primeros textos de Julio Verne y de H. G. Wells. ¿Cómo en un país atrasado que no era sino prolongación de una antigua metrópoli expoliadora e insertó en las colonias su ideología de castas feudales se generaba una obra semejante? Los protagonistas, merced a un ingenuo recurso —la intervención de un hechicero— despiertan un siglo después en una ciudad apenas reconocible, donde la transformación operada por la tecnología ha hecho de la urbe un espacio organizado bajo patrones de funcionalidad racionalista.

Es precisamente una narración utópica inusual, y en apariencia imposible para un medio donde la ciencia estaba en una fase primigenia, germinal, de escaso interés para gobiernos y élites dominantes, que no veían en ella un instrumento de desarrollo en la búsqueda de esa República superior en la que sí creía Portillo. La Ilustración, que sirvió de base filosófica e ideológica a la secesión de España, no logró que las disciplinas experimentales formaran parte de un proyecto a largo plazo, con visión de país. Pero sí la hizo esa naciente literatura, precisamente en un territorio paupérrimo, cuya sociedad estamental y racista prolongaba todos los modelos imperantes durante trescientos años de presencia española.

Salvando las distancias, con Portillo y Lima de aquí a cien años ocurrió algo similar a lo que sucedió con algunos autores iniciadores de la modernidad poética: no es fácil explicar cómo pudieron surgir en una periferia cultural. Los casos de Eguren o Vallejo son, en ese sentido, muy ilustrativos. Se convierten en figuras anómalas, fuera de lugar: creadores de una dimensión semejante o paralela a la de los portavoces de las grandes vanguardias europeas —aquella que se consolidará en 1922, cuando aparecen Ulises de Joyce, La tierra baldía de Eliot y, por supuesto, Trilce, un poemario que quiebra por completo el horizonte de expectativas y coloca a su autor en la plana mayor de la literatura de su época—.

Esa misma crítica esclerotizada a la que ya hemos aludido no solo se encargó de satanizar a Clemente Palma (otro de los padres fundadores de la CF peruana) y de casi eliminarlo de la historia —luego del maltrato a Vallejo—, sino que además colocó a la gran producción narrativa del poeta nacido en Santiago de Chuco en un lugar bastante secundario, sin reparar en el hecho de que colecciones como Escalas o Contra el secreto profesional también estaban inaugurando otro momento para la prosa en el Perú.

A efectos de una aproximación objetiva y coherente al asunto, se ha dividido el libro en tres capítulos. El primero, “Ciencia ficción: ¿hacia una teoría unificada?”, es un recorrido necesariamente detallado a lo largo de los principales planteamientos teóricos en torno del género. Se ha recurrido a la bibliografía clásica y de mayor prestigio en el mundo académico de la actualidad. Todos estos materiales cuentan con una traducción española bastante correcta. Dada la naturaleza del trabajo, centrada en el desarrollo de la ciencia ficción en el Perú, hemos creído conveniente utilizar estas versiones, a pesar del origen indudablemente extranjero —en especial, anglosajón, de gran parte de los documentos—. Es el caso de los libros de Suvin, Jameson, Ferrini y Amis, varios de ellos pioneros en las investigaciones sobre el tema. Todos aportan incuestionables instrumentos en la caracterización de la CF, en la cual destacan como ejes conceptuales el extrañamiento cognoscitivo, el novum (desarrollado por Suvin) y la utopía, presentes en la mayoría de los estudiosos del tema.

El segundo capítulo, “Un panorama tentativo de la ciencia ficción peruana”, recorre la historia del género del Perú a partir del siglo XIX, hasta llegar a los autores contemporáneos. Se lleva a cabo una evaluación de los principales cultores mediante referencias críticas a sus obras más destacadas. La mayor parte de ellos figura en la antología que cierra el volumen. Los periodos abordados son modernismo, vanguardismo, generaciones del 50, 60 y 70 y, finalmente, la producción desde 1980 en adelante. Se presta especial énfasis a aquellos escritores que han realizado una auténtica contribución a esta práctica literaria en cada uno de los periodos mencionados.

El panorama no intenta agotar, obviamente, un canon o establecer líneas definitivas o tendencias inamovibles. Se trata de un mapeo, de un estado de cosas susceptible de modificaciones importantes, a medida que nuevos escritores y tendencias consoliden su posición en el sistema. De ahí que al final se incluya una lista amplia de narradores en actividad, muchos de ellos bastante jóvenes, llamados a ocupar un lugar protagónico en el futuro cercano. Por ahora, se trata de proyectos en construcción que se irán enriqueciendo, tanto en el plano de la forma como en el de los contenidos.

Y, en último término, figura la antología propiamente dicha. Esta se ha configurado de acuerdo con la periodificación ya aludida, siguiendo un estricto criterio valorativo de la contribución del autor; sea este recurrente cultor de la CF, o bien visitante eventual. Un ejemplo del primer caso es José B. Adolph; del segundo, Luis Freire. No se ha seguido un criterio generacional, pues varios autores llegaron a este campo muy tardíamente, como lo ilustra la escritora Adriana Alarco de Zadra, perteneciente a la generación del 50 y quien, sin embargo, empieza a publicar relatos de ciencia ficción junto a escritores surgidos en las décadas de 1990 y 2000.

Antes de la antología, se incluye una justificación de las elecciones y una concisa propuesta de tematología (es decir, las predilecciones de los autores peruanos acerca de grandes temas del género). Es obvio que también influye, como en todo ejercicio semejante, el gusto personal del que articula el conjunto. No obstante, el tamiz de aquello que debe de ser considerado como propuesta original o innovadora ha sido también afinado con los consabidos riesgos de las exclusiones.

Cada autor partícipe cuenta con una ficha crítica que antecede al cuento seleccionado, con el objetivo de especificar con detalles más precisos los contornos del creador y de la obra, atendiendo especialmente a la tradición a la que se adscribe. Uno de los parámetros en esta determinación es la oposición entre ciencia ficción dura y blanda (aclaramos para la segunda de estas que no es en absoluto peyorativa respecto de la primera). La diferencia radica en el enfoque: una construye universos en los cuales los detalles técnicos y científicos se exponen con rigurosidad y afán de exactitud; la otra se interesa en los efectos y en las consecuencias socioculturales que provoca la ciencia y sus alcances. Eso no significa que la ciencia ficción dura sea documentalista u objetiva, ni que la segunda no se interese por el rigor. Son modalidades de construcción que no se excluyen mutuamente, sino que pueden compartir elementos o instalarse en territorios híbridos.

A diferencia de otras tentativas similares, nuestra antología es la primera en plantear una visión integradora de la ciencia ficción escrita en el Perú como reflejo de su complejidad en tanto nación en proceso. Ninguno de los pocos precedentes ha tomado en cuenta ni la teoría sobre el género ni su dinámica. No es una muestra, cuestión aclarada por el escritor y estudioso José Donayre Hoefken, en el sentido que no supone una fotografía del momento. Por el contrario, Universos en expansión. Antología crítica de la ciencia ficción peruana: siglos XIX-XXI intenta un abordaje teórico que permita dilucidar, finalmente, el proceso de construcción de este género en nuestro país. También, establece marcas distintas a las exploradas por el crítico Elton Honores, quien es autor de la valiosísima Historia de la ciencia ficción peruana (tesis para optar el grado de doctor en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos [UNMSM], aún inédita), que no incluye una selección de textos.

Los destinatarios naturales son los estudiantes de diversas áreas de las ciencias humanas y sociales, en general; y, en particular, los alumnos de literatura interesados cada vez con más entusiasmo en la CF peruana —en difícil pero ahora sostenida emergencia, y mejor atendida en la actualidad por los agentes del sistema literario—. Además, por supuesto, se orienta al público no especializado que también ha centrado su atención en estas prácticas culturales alternativas, en un escenario donde el realismo aún es vigoroso en sus distintas vertientes. Se espera que el libro se convierta en una referencia durante las próximas décadas para todos los investigadores peruanos, hispanoamericanos y extranjeros que se decidan a recorrer estos planetas.

Es de lamentar que, por un asunto de cesión de derechos, no puedan figurar textos de Alberto Hidalgo, José Estremadoyro y Enrique Congrains Martin. No ha sido posible localizar a los herederos de estos importantes autores, ya fallecidos. Aun así, su presencia en el panorama está debidamente argumentada.

Para concluir, es indispensable mencionar y agradecer a los autores que aceptaron generosa y amablemente integrar esta antología, lo cual se materializó en el permiso escrito para reproducir sus obras. En lo que respecta al gran autor y estudioso Daniel Salvo, la gratitud se afianza en el hecho de haber facilitado el acceso a importante bibliografía. Casos especiales son los de José B. Adolph y Héctor Velarde: sus deudos también se sumaron a la iniciativa y facilitaron las gestiones de un modo encomiable. Por último, un agradecimiento al Instituto de Investigación Científica (IDIC) de la Universidad de Lima por su permanente apoyo al proyecto que hoy se hace realidad en este volumen.

Capítulo 1

Ciencia ficción: ¿hacia una teoría unificada?

Preámbulos

Una delimitación teórica de lo que hoy denominamos ciencia ficción o ficción científica requerirá de un inevitable recorrido previo por el tiempo, pues solo de ese modo será factible cumplir con un objetivo primario: precisar los contornos de esta particular modalidad narrativa y despejar las variables de su naturaleza frente, por ejemplo, a la llamada literatura fantástica, problema que en la actualidad carece de una solución concreta, como bien sugiere Lorca (2010). Este argentino brinda una propuesta eficaz en torno del tema de la historicidad de la CF relacionada con el desarrollo tecnológico; a él volveremos en otras partes del presente trabajo.

Para Pringle (1995), la solución es más práctica y está asociada a una visión más integradora de los géneros: “Ciencia ficción es una forma narrativa fantástica que explota las perspectivas imaginativas de la ciencia moderna” (p. 11). No debe descartarse un punto de vista que parece deshacerse del problema fácilmente, puesto que representa la mirada de más de un estudioso con prestigio.

Ferrini (1971) también parece ubicar el género en un casillero semejante: “Toda historia de ciencia ficción contiene, por lo menos, un prodigio que parece no admitir más clave que el símbolo o la alucinación. Después, mediante un singular postulado, fantástico, pero no sobrenatural, improbable e imposible, acaba descifrándolo” (p. 6).

En diversos periodos, la narrativa de varias latitudes se ha interesado por la edificación de ficciones especulativas acerca de otras realidades o de otros mundos, tanto ubicados en la Tierra como en regiones alejadas de ella. El primer escollo es, obviamente, el hecho de que la ciencia, como teoría y praxis —en su fase premoderna—, apenas habría sido capaz de proporcionar elementos de apoyo o inspiración a relatos que, más bien, apuntaban a ejercer los poderes de la imaginación o la fantasía sin freno, cuando el conocimiento de la realidad aún distaba mucho del que, en siglos posteriores, sustentaría el inicio del género propiamente dicho.

En otras, palabras, el discurso y el método científico no se habían convertido aún en un paradigma modelador de las sociedades o de sus aspiraciones a otras posibles formas de organización o de interacción en el seno de las comunidades humanas. Lo que se produce, al parecer en abundancia, son construcciones que, por temática e inclinaciones, han sido destacadas por muchos especialistas como parte del edificio aludido: una especie de proto-ciencia-ficción, cuyos orígenes se remontarían a la Antigüedad. Ello aunque la ciencia, tal como se concibe desde la Era Moderna y la Ilustración, no sirva de impulso a las figuraciones de esta larga y primera fase, puesto que, como tal, no existía sino en estado embrionario.

Investigadores reconocidos por sus grandes aportes, como Suvin (1984), gustan de defender esta postura inclusiva, que suele partir de Luciano de Samosata (siglo I d. C.), autor de la Historia verdadera, libro en el cual se narra un delirante viaje a la Luna. En ese texto quedan planteadas diversas tentativas acerca de cómo podrían ser los habitantes selenitas y cuáles serían sus costumbres; por otro lado, también es cierto que los escritores producen sus historias desde los parámetros sicológicos y culturales impuestos por la época en que vivieron. Luciano no habría logrado escribir de otro modo, pues era un hombre de su tiempo y, como uno de ellos, su visión solo llega a lo que las coordenadas intelectuales le permiten.

En su indispensable Metamorfosis de la ciencia ficción, el croata Suvin perfila una trayectoria hiperbólica iniciada por Luciano, que se extenderá por casi dos mil años de continuidad hasta Tomás Moro, Rabelais, Cyrano de Bergerac (también gestor de un increíble periplo lunar) o Swift, con sus Viajes de Gulliver. Si algo de ciencia aparece en estas ficciones como elemento articulador, está supeditada a los lentísimos avances que había experimentado por oleadas desde su emergencia en Jonia, hacia el siglo V a. C., pero que no transformaría la vida de la humanidad sino hasta muchos siglos después.

El inglés Kingsley Amis (1966) es más enfático al respecto, cuando afirma que las imágenes del autor griego no pasan de “extravagancias acumuladas unas sobre otras”, sin ninguna base objetiva. Las observaciones de Amis son dignas de tomarse en cuenta, puesto que su obra El universo de la ciencia ficción constituye uno de los primeros intentos sistemáticos por despejar los terrenos del género y ubicarlo dentro de las expresiones artísticas contemporáneas, frente a una serie de prejuicios académicos que, por aquel entonces, hace medio siglo, y aún en los años siguientes, colocaban a la CF en una zona marginal o periférica de la literatura universal. Muchas de sus ideas están vigentes y han sido retomadas por otros estudiosos, especialmente en el asunto de la utopía, tema que parece recurrente, tanto en los mejores exponentes de la CF como en la perspectiva asumida por los estudiosos posteriores; tales como Ketterer (1976), Jameson (2009) y el mismo Suvin, quienes destinan varias páginas a lo que parece convertirse en un motivo central.

A Tomas Moro, autor de Utopía —que brindaría su nombre a una serie de narraciones que postulaban una humanidad evolucionada e ideal—, se le recuerda como el consecuente consejero de Enrique VIII que fue enviado al suplicio por oponerse al divorcio del monarca. Y es especialmente evocado por haber inaugurado una tradición narrativa que se ramificaría en varias direcciones, a partir de sus reflexiones acerca de un modelo político ideal entrevisto como posibilidad en el futuro, que no correspondía a un lugar o tiempo particulares. En su momento volveremos a las concepciones de Moro.

En cuanto a Rabelais y a Swift, Suvin (1984) los considera piedras angulares afines a Moro, con el añadido de que tanto Gargantúa y Pantagruel como Viajes de Gulliver parecen ser más bien antiutópicas y satíricas, pues ambas piezas, escritas con una diferencia de doscientos años, se dedican a fustigar a la sociedad francesa y británica, respectivamente, contra las que sus autores esgrimen las armas de la crítica de impronta renacentista, en el caso de Rabelais, y liberal, tratándose de Swift. Ambos, a través de viajes a dimensiones fantásticas, donde la exageración es el norte, sacuden las bases morales sobre las que se habitan sus contemporáneos.

En todo caso, la aspiración al progreso de la humanidad se aprecia con matices implícitos en Rabelais; este se basa en una reivindicación de los mecanismos pedagógicos que hagan del sujeto un ser libre y con discernimiento propio, frente al desgastado método escolástico que había entrado en crisis durante el siglo XVI. En el caso de Swift, el asunto de la superación del hombre queda mucho más velado, pues los tonos son escépticos y sombríos, nada alentadores con respecto a sus congéneres más primarios. Congéneres a quienes satiriza en la isla donde habitan los caballos sabios, hounnhyms, que han esclavizado a humanos degenerados, yahoo, bestias irracionales que desempeñan un rol inverso en un mundo dominado por una especie que ha evolucionado en dirección precisamente contraria a la humana.

En la visión de un buen número de especialistas, este componente ha sido inseparable de la CF hasta la actualidad; aunque, al igual que en el caso de Luciano de Samosata, el término ni siquiera existía. El ya citado Ketterer (1976) alude a una “imaginación apocalíptica” también inherente a este tipo de narraciones, coincidiendo en alguna medida con los conceptos sumamente inclusivos de Savin. Para Ketterer, que no usa los términos en un sentido catastrófico, la clave del enfoque reside en el hecho de que la CF nace de una inquietud prospectiva a propósito de “un final de los tiempos” o, en un registro más contemporáneo, una proyección hacia lo que vendrá (parafraseando una novela de Wells llevada al cine por William Cameron Menzies). A esto retornaremos luego.

No obstante, eso no impide aceptar que también muchas piezas magistrales han abordado el lado destructivo y oscuro de esa posteridad, un efecto exclusivo de las miserias humanas y de su capacidad como especie para fagocitarse a sí misma. Y aunque no toda la literatura de ciencia ficción se inscribe dentro de lo que calza bajo el rótulo de anticipación, ese aspecto visionario es uno de los más frecuentados por los autores capitales y por los menos dotados, o por quienes la cultivan dentro de fórmulas estereotipadas y poco profundas. De ello se infiere fácilmente que, como en todo campo literario, la CF también está sometida a los patrones de producción y consumo que, junto a los textos canónicos, determinan la existencia de obras menores y superficiales.

A pesar de todas las aproximaciones, justificables en diversos grados, no es sino hasta comienzos del siglo XIX cuando el movimiento romántico avanza por Europa, desde Alemania e Inglaterra, que es factible datar el nacimiento de la ciencia ficción en su acepción propiamente dicha. La razón como paradigma había entrado en crisis en el arte y en las sensibilidades. El neoclasicismo, precepto oficial de la Ilustración en terrenos estéticos, ya poco tenía que hacer frente a la agresiva embestida del irracionalismo; que redescubre, en las perspectivas de ilustrados como Rousseau y Goethe, a la naturaleza como fuente de misterio e inspiración. La narración gótica, aquella que transcurre en atmósferas viciadas por lo sobrenatural y en escenarios lúgubres, se genera en el seno de un agotamiento del modelo instalado en el siglo precedente, que había pretendido someter cada resquicio de la actividad humana a las implacables leyes de la razón.

Es una época de grandes contradicciones y anhelos libertarios que ve al hombre como un potencial sustituto de Dios, en tanto este ya sería capaz de manipular las leyes naturales. Sin embargo, dada la fuerte impronta de las pasiones y de la intuición, también existe una preocupación por un orden secreto e invisible que, de ser vulnerado, acarrearía un descontrol de inimaginables resultados. E. T. Hoffmann, uno de los pioneros, hizo eco de aquellos conceptos en una narración considerada hoy canónica, “El hombre de arena”, en la cual introduce la figura de una autómata, Olimpia. Estas inquietudes no habían pasado el marco de una mera curiosidad de feria y de exhibiciones en los salones de las clases dominantes. Con Hoffmann hace su aparición en la literatura uno de los motivos esenciales del género, extendido hasta nuestra época: el ser artificial con aspecto humano, capaz de parecerse a él en todos sus detalles.

No obstante, quien propiciará un giro definitivo hacia la modernidad será una escritora inglesa, consorte del poeta Percy B. Shelley. Como resultado de un desafío, en el cual la leyenda incluye a Lord Byron y a su propio esposo, Mary W. Shelley (1797-1851) publicó en 1818 Frankenstein o el moderno Prometeo. Para la mayoría de expertos, esta novela, ubicada aún dentro de los predios del terror gótico y de la narración fantástica, debe ser considerada una suerte de año cero respecto al surgimiento de la ciencia ficción. Su influencia a lo largo de casi doscientos años ha sido determinante para el proceso que implicaría construir la identidad de un tipo de ficciones, cuyo motor son los avances científicos en tanto fuente de inspiración, con el aditivo de que, según Scholes/Rabkin (1982), al ser humano “le resultaba concebible un futuro diferente, un futuro, concretamente, en el que los nuevos conocimientos, los nuevos hallazgos, las nuevas aventuras y mutaciones, conformarían una vida radicalmente alejada de los esquemas familiares el pasado y del presente” (p. 17). Para estos autores, el periodo en el cual se inscribe la novela de Mary Shelley ya es capaz de abordar los conceptos tanto de lo natural como de lo sobrenatural, dentro de una mutabilidad histórica.

Víctor Frankenstein, médico obsesionado por crear vida en el laboratorio, empleará una fuerza ya aceptada por la comunidad científica de su tiempo: la electricidad. Con ella logrará que una criatura fabricada sobre la base de retazos (diversas partes de cadáveres de ajusticiados) despierte y adquiera conciencia de sí misma, y se rebele posteriormente contra su padre-creador, a quien buscará destruir en una persecución hasta los confines del planeta. La poderosa imagen, inspirada en el mito del titán Prometeo (quien concede el fuego del conocimiento a los mortales y se granjea el castigo de los dioses), inaugura la manipulación de la naturaleza y, además, los riesgos de que el hombre desafíe con su soberbia a aquello que debería conducirse con normalidad.

El gran mérito de la autora es situar las acciones en un contexto reconocible, fidedigno y, también, transgredirlo con la irrupción del monstruo que no nace espontáneamente, por una disfunción genética, sino por la intervención humana, que no contempla la posibilidad de que el experimento pueda salirse del cauce e instalar el terror y la destrucción en el seno de la sociedad donde se produjo tal desviación. A partir de Shelley y durante todo el siglo XIX, esos motivos seguirán amalgamándose, iniciando su alejamiento progresivo de los ingredientes fantásticos y delineando sus propios códigos, cada vez más enraizados en las modificaciones que la ciencia ejerce sobre los actores sociales.

Será el francés Julio Verne (1828-1905) quien encarne con perfiles más definidos o concretos esa irrupción de la ciencia en la vida de las personas comunes y corrientes. Su fértil imaginación y su alianza comercial con el editor Hetzel resultarán fructíferas. A lo largo de casi medio siglo de carrera, se convertirá en un autor de enorme popularidad y fama internacional, especialmente entre los jóvenes, dada la naturaleza de sus historias, que aprovechan al máximo las posibilidades de la geografía, la física, la mecánica, la biología y la astronomía, entre otras disciplinas, de gran expansión en su tiempo. De este ejercicio surgían novelas que, en su momento, no fueron aceptadas por la academia —guiada por criterios bastante prejuiciosos— como verdadera literatura. Sus anticipaciones, basadas en la comprobación meticulosa y en sus investigaciones previas, dotan a sus narraciones de una verosimilitud asombrosa. Sin embargo, en realidad no es inventor absoluto de las novedades tecnológicas que despliega en sus obras: la nave sumergible, por ejemplo, pues ya estaba en fase experimental cuando Verne publicó su emblemática Veinte mil leguas de viaje submarino (1869-1870).

Por otro lado, Suvin (1984) considera que la mayor parte de sus figuraciones no son sino extrapolaciones de la tecnología de su época, con poca consistencia objetiva. No obstante, abrió inmensas rutas en todos los frentes de la imaginación, al introducir además una sensibilidad romántica; primero heroica y en función de hombres rebeldes, oscuros y marginales, como Nemo, que emprenden proyectos de difícil resolución o viven enfrentados permanentemente a un sistema —la serie de los Viajes extraordinarios— y, en un segundo momento, una signada por los temores y la desconfianza acerca de la civilización y de su capacidad para pervertirlo todo. Sus últimos libros constituyen sombrías alegorías del totalitarismo que se avecina en el horizonte de Europa y el mundo. Practicó varias modalidades narrativas: la novela histórica, el relato de aventuras, la novela robinsoniana, pero su legado en los terrenos de la ciencia ficción son innegables. La reivindicación de la que ha sido objeto lo ubica no solo como visionario, sino como uno de los hitos de la literatura en lengua francesa.

El británico Herbert G. Wells (1866-1946) representa la culminación de un proceso complejísimo de reconfiguraciones a propósito de un género todavía innominado cuando este autor publicó sus primeros libros; los que, al igual que los de Verne, están teñidos de una visión personal acerca de los seres humanos y sus formas de organización política y social. Nacido en el seno de la clase obrera, la identificación de Wells con una ideología cuestionadora de un orden establecido se perfila en casi todas sus narraciones más representativas (Lorca, 2010), muchas veces canalizadas a través de la velada sátira. Para Amis (1966), está más interesado en las consecuencias nefastas del progreso científico o tecnológico que en los avances mismos (p. 34). Su longeva existencia le permitió comprobar en el terreno algunas de sus más espeluznantes visiones. Fue testigo de dos conflictos mundiales que, en cierto modo, ya están anunciados en La guerra de los mundos (1898), novela que describe al detalle una violenta invasión extraterrestre. Esta coloca a la humanidad al borde de su aniquilación. De manera similar a Verne —con quien parece haber mantenido una rivalidad (Suvin, 1984), pues el francés le achacaba a su colega británico no manejar nociones científicas sólidas—, Wells apuesta por una contextualización exacta de los acontecimientos relatados en sus obras.

Con él aparece en esta literatura el sujeto-alienígena, enemigo, síntesis de todos los temores del hombre hacia lo desconocido o el otro, el cual siempre será considerado como una amenaza procedente del exterior, pero que en el fondo es una proyección de los humanos, a quienes no se acepta en igualdad de condiciones debido a que encarnan diferencias insalvables desde el punto de vista cultural o de cosmovisión. En un periodo en el que Inglaterra era una potencia colonial, Wells sugiere que el verdadero oponente es el interior, saturado de absurdos prejuicios. Todas sus alegorías quedan marcadas por su escepticismo alrededor del progreso y sus contradicciones. Asimismo, emerge el anhelo de transitar por el tiempo y la colonización del espacio por parte de la humanidad. Puede afirmarse, entonces, que Wells —siguiendo nuevamente a Suvin— constituye una especie de línea divisoria entre la ciencia ficción clásica y la moderna, de la que el inglés es directo responsable, con sus virtudes y defectos.

¿Es posible la teoría unificada?

El consenso sobre el nacimiento del término ciencia ficción afirma que este fue creado por un editor luxemburgués instalado en los Estados Unidos, llamado Hugo Gernsback (1884-1967). López Martín (2011) elabora un listado de los vocablos utilizados alguna vez para designar al género: “fantaciencia”, “utopía científica”, “literatura futurista” o “literatura de anticipación”. Gernsback utilizó las palabras por primera vez en 1926; apareció en la portada de la revista Amazing Stories. Fue escritor, inventor y activo animador de publicaciones de gran tiraje —el llamado pulp, en alusión al tosco papel con que eran impresas estas revistas—. Gernsback debe ser reconocido en el mismo nivel de Verne o Wells (Suvin, 1984) por su aporte a la difusión masiva de un género que, muy pronto, se instalaría en el imaginario colectivo. En ese sentido, creó una iconografía en la que abundan extraterrestres, naves espaciales, autómatas, astronautas, científicos dementes, mundos colonizados y tecnología novedosa, a la que era adepto. Con Gernsback no solo surge una denominación inamovible, sino la masificación de historias de diversa calidad, que originarían una verdadera industria, con sus ventajas y limitaciones. Más allá de su condición de hábil hombre de negocios, la particular mirada de este empresario de los medios resulta crucial en el inicio de una nueva era. La revista se publica hasta nuestros días y se ha convertido en un verdadero ícono.

Los Estados Unidos e Inglaterra, por razones ya expuestas, han dado al mundo escritores de la talla de Bellamy, Asimov, Bradbury, Dick, Matheson, Vonegutt, Henlein, Pohl, Anderson, Clarke, Le Guin, Serling1, Hoyle, Orwell o Leiber, entre otros maestros que grafican la llamada adultez problemática del género (Gubern, 1969)2. Todos ellos, desde sus poéticas particulares, utilizaron esta narrativa con el fin de expresar reflexiones angustiantes o proféticas acerca de la humanidad, sus contradicciones y destino. Cada uno amplió, en su momento, las fronteras de una modalidad escritural; en principio, periférica. No obstante, el incremento del interés académico en torno a ella hace presumir que su posición es cambiante en la institución literaria. Aunque, por supuesto, no es infrecuente que aparezcan cuestionadores de los grandes exponentes. Por ejemplo, Asimov o Bradbury son sometidos a esa revisión por Amis (1966). Iconoclastas como este novelista inglés parecen desconfiar de la popularidad mediática en el caso de autores con cierto perfil. Lo cierto es que dichos escritores, junto al británico Arthur C. Clarke3, son, con toda probabilidad, los mayores representantes que haya dado el género durante el siglo pasado; no solo por haberlo llevado a un altísimo nivel de difusión y protagonismo en diversos espacios, sino por la profundidad de sus conceptos y su indagación sobre la naturaleza humana y la civilización, así como la calidad literaria inobjetable.

Del mismo modo, debe destacarse sin duda la existencia y auge actual de tradiciones no anglosajonas, cultivadas en naciones tan distintas entre sí, como Rusia, Francia, Japón, China, Brasil, Cuba, México y Argentina; solo por citar países ubicados fuera del entorno anglosajón que han sabido establecer los lineamientos de un género con marcas locales. Como suele decirse en circunstancias similares y citando a Ortega, en estas sociedades la ciencia ficción dependerá solo de sus propias circunstancias, no de imitar los modelos impuestos por la hegemonía de casi un siglo por parte de la producción en lengua inglesa, sino por proponer vías inspiradas en sus problemas y en cómo se conciben a sí mismas. Ello de cara a un futuro cada vez menos impresionante y más cercano a todos, gracias a los acelerados procesos de globalización.

Hoy, segunda década del nuevo milenio, la ciencia ficción se halla inmersa en el llamado movimiento centrípeto (Lorca, 2010), cuyos intereses primordiales se inclinan hacia los cyborgs y a la realidad virtual; sus correlatos o entornos históricos son la inteligencia artificial, la ingeniería genética, los dispositivos electrónicos y el capitalismo posindustrial, entre otros. Solo faltaría comprobar si la globalización colocará a todas las culturas en el mismo nivel, reclamando para sí una cuota de apropiación en igualdad de condiciones, incluso en latitudes donde la ciencia y la tecnología se hallan en una fase emergente, si se comparan con sociedades más desarrolladas. O si siempre prevalecerán las estéticas surgidas en áreas que atravesaron por todas las fases, desde los modos de producción feudal hasta la etapa posindustrial. Eso solo el futuro lo dirá.

Respecto de una caracterización teórica del género, ya existen lineamientos suficientes para una propuesta más o menos integral. Los abordajes han proliferado con el tiempo. Desde hace por lo menos medio siglo, diversos autores han intentado delinear la esencia de la ciencia ficción como una tradición narrativa, con sus propias marcas estéticas y conceptuales. En un principio, la mirada fue una suerte de reivindicación ante el desdén del sistema literario que, influido por la popularización y la consecuente abundancia de productos menores, la apartaron a un lugar periférico.

Los primeros estudiosos, como el norteamericano Forrest Ackerman (1916-2008), no parten de un discurso organizado, pues este apenas existe; sino de su propio entusiasmo como lectores ciertamente bastante críticos y divulgadores febriles, así como autores ocasionales o más o menos prestigiosos. A lo largo de su extensa carrera, Ackerman se convirtió en una referencia debido a su labor editorial, que extendió el conocimiento del género de la ciencia ficción y lo fantástico a medios cada vez más heterogéneos. Fue coleccionista notable y obseso de todo cuanto remitiera a ellos. No es el mundo académico, entonces, el que genera los primeros instrumentos de análisis, sino el espacio de las ediciones en gran escala, mediante revistas y muestras antológicas que incluyen textos a manera de exposiciones de motivos o prólogos. En estos emerge un deseo de fijar límites y poéticas, no guiados por criterios rigurosos ni siguiendo alguna metodología.

Otros ámbitos señalados por Amis (1966) son los círculos de escritores o de aficionados a esta producción, quienes tanto en los Estados Unidos como en Europa se encargarán de modelar, con aciertos y errores, ciertos parámetros que luego servirán de sustento a los teorizadores que empezarán a trabajar con ritmo sostenido desde la década de 1970. Esto ocurre en consonancia con la apertura de la academia a los discursos poco prestigiosos o calificados como subliteratura y la emergencia de la llamada condición posmoderna (término sugerido por el francés Lyotard en 1979), en contextos socioculturales que han alcanzado su máxima expansión industrial. Como todos los cambios de paradigma, el proceso es casi imperceptible en su génesis. Serán las mismas corrientes teóricas de cuño europeo, como el estructuralismo y especialmente la semiótica (Barthes, Eco, Todorov), las que pondrán en valor modos escriturales que un crítico tradicional, inhibido por sus prejuicios, habría dudado en estudiar como auténticos discursos literarios y culturales.

Otro tanto ocurrirá en las universidades norteamericanas, que poco a poco fungirán de plataformas a investigaciones y tesis cada vez más sofisticadas que ya no se inhiben en ampliar los alcances de sus contenidos. A la vanguardia de estas tendencias se encuentra Frederic Jameson, quien mediante el instrumental marxista enfocado hacia la crítica al capitalismo industrial también se acercará a la ciencia ficción en libros innovadores, como Arqueologías del futuro, acerca del recurrente tema de la utopía, ya comentado en pasajes anteriores, y que se convierte en uno de los ejes impulsores de estas construcciones.

El escollo inicial es deslindar si la ciencia ficción es un casillero autónomo respecto de la literatura fantástica o es un desprendimiento de aquella, como lo sostiene Bravo (1993). Si atendemos a la definición de Amis (1966), ya nos situaremos en un terreno más firme, pero aún susceptible de reformulaciones:

Ciencia ficción es aquella forma de narración que versa sobre situaciones que no podrían darse en el mundo que conocemos, pero cuya existencia se funda en cualquier innovación de origen humano o extraterrestre, planteada en el terreno de la ciencia o de la técnica, o incluso en el de la pseudo-ciencia o la pseudo-técnica. (p. 14)

Pese a las limitaciones que la propuesta de Amis anuncia, por el carácter ambiguo o genérico de su tratamiento del tema, ya aparecen en estas cuestiones que los especialistas posteriores desarrollarán con un mayor bagaje de recursos. Por ejemplo, la idea de la innovación, a la que otros también accederán como uno de los rasgos fundamentales de lo que una narración de esta naturaleza debe incluir. Además de constituir un temprano intento de establecer coordenadas, la aseveración de Amis alude también a las inconsistencias que el género debe enfrentar en manos de escritores imaginativos, pero sin el rigor necesario al momento de construir ficciones verosímiles. Es decir, se sugiere de un modo más o menos explícito que la ciencia ficción puede estar sustentada en un conocimiento exhaustivo de física o astronomía; o bien, prescindir de cualquier base teórica sólida, al optar por la intuición o la inventiva, reproduciendo la diferencia entre las disciplinas duras o débiles.

En todo caso, también se aprecia en la mirada de Amis un componente muy significativo de la época: los vuelos de las misiones Apolo, que aún se encontraban en una fase intermedia de preparación, al igual que los lanzamientos soviéticos. Lo mismo podría afirmarse de las computadoras o de la inteligencia artificial, que aún se hallaban fuera de la experiencia cotidiana del hombre común, quien solo era capaz de concebirlas dentro de lo que proporcionaban los múltiples desarrollos a través de la literatura, el cine o la televisión, que ya habían desplazado el género a otras plataformas de consumo masivo. De ahí que fuese comprensible que analistas como Amis concibieran que los hechos descritos eran irrealizables, de acuerdo con los patrones del mundo conocido entre fines de la década de 1950 y mediados de la de 1960.

Suvin (1984), por su parte, apoyándose en los avances de la teoría literaria, pretende fijar los elementos de una poética, en un sentido que parece la prolongación de los asertos de Amis en cuanto a la llamada innovación. Sin embargo, en este caso, Suvin introduce la categoría de extrañamiento, desarrollada por algunos formalistas rusos:

La CF parte de una hipótesis ficticia (“literaria”) que desarrolla con rigor total (“científico”)… El resultado de esa presentación fáctica de hechos ficticios es el enfrentamiento de un sistema normativo fijo (…) con un punto de vista o perspectiva que conlleva un conjunto de normas nuevo. (p. 28)

Según este planteamiento, son dos sistemas los que entrarán en una especie de colisión: uno, cifrado en leyes reguladoras de la realidad aceptadas por la convención social y, otro, en las leyes que dominan el horizonte ficcional y fijan su propia posibilidad de realización. Estas no representan, en modo alguno, un rechazo de las normas del primer nivel, sino una continuación o, mejor aún, una proyección hacia un estadio temporal más o menos cercano, que cobra coherencia por ser continuación de un mundo anterior a él. Lo imaginativo, que pertenecería al segundo plano, se moviliza dentro de un territorio de coordenadas lógicas y no cuestionadoras del orden real, como ocurre en la literatura fantástica clásica.

A pesar del gran aporte de Suvin en cuanto a la articulación de instrumentos caracterizadores de este discurso que se apartan de los lugares comunes, su propuesta es aún insuficiente para dar cuenta de la complejidad del fenómeno en zonas ajenas al mundo anglosajón o zonas adyacentes. Esto, por ejemplo, lo hace notar Cano (2006). Precisamente, este investigador rescata las precisiones mencionadas, pero sugiere ampliar los límites de una definición como la de Suvin, para dar cabida en ella a los desarrollos de la CF en ámbitos como el hispanoamericano, ya que hasta ese momento las propuestas crean la impresión de que el género puede reducirse a una enorme lista de temas o motivos, como los viajes espaciales o las guerras interplanetarias (p. 25). Lo que a Cano parece preocuparle es contar con un marco conceptual que logre convertirse en una herramienta eficaz para la comprensión del fenómeno en otras sociedades y que desarrollaron, por diversas razones, una tradición alterna desde fines del siglo XIX. También es materia de inquietud el hecho de que no se le asigne a la CF una dimensión artística. El argentino plantea un reconocimiento de la modalidad a partir de tres rasgos:

El diálogo que establece con el discurso de la ciencia, la reflexión crítica sobre el efecto social de los avances tecnológicos y, en tercer lugar, la reflexión filosófica y la disección artística de la categoría temporal. (p. 26)

Este modelo, de gran valor en la delimitación de aquello que debe ser considerado propio del género, tiene exigencias presentes, de modo embrionario, en las posturas de Amis o Suvin. No habrá en él demasiado espacio para la llamada proto-ciencia-ficción, puesto que supone el ascenso del discurso científico y su metodología como elemento permanente de referencia o interacción. Tampoco incluirá narraciones o relatos donde esté ausente la dimensión cuestionadora acerca del impacto tecnológico en las sociedades contemporáneas. Por último, estarán vedadas de ingreso aquellas narrativas que no incorporen cuestiones que atañen a las grandes preguntas sobre el hombre y su destino, lo mismo que aquellos textos que no cumplan con la condición estética; es decir, literaria, según lo establecido por el sistema de la cultura. Hay, en consecuencia, una aspiración canónica, pues la aplicación de semejantes criterios de determinación se orienta claramente a textos y autores que desplacen al género a un terreno descontaminado de elementos empobrecedores o vulgares o determinados por una industria que impone consignas de mercado. Todos los representantes de la CF, encarada desde este punto de vista, deberían cumplir con esta caracterización; desde Mary Shelley hasta las voces más recientes, y no solo dentro de los linderos de la cultura que la originó al interior de contextos industriales.

Sobre la cuestión antes esbozada respecto a la pertenencia de la CF o no a los dominios de lo fantástico, algunos estudiosos han defendido esa filiación del género en un intento por ubicarla dentro de una categoría general. Miranda (1994) sigue esa línea teórica. Para él, la ciencia ficción es una rama de la literatura fantástica gestada durante el Romanticismo. Muy cerca de ella figuran la literatura infantil (los cuentos de hadas o narraciones feéricas), metafísica (el universo) y especulativa (el tiempo), de horror y policial (p. 120). No deja de ser un enfoque coherente, aunque quizás vaya en sentido contrario a las tendencias más contemporáneas, que suelen insistir en una separación tajante entre lo fantástico propiamente dicho y la CF:

Lo primero que reclama nuestra atención es la denominación: ciencia ficción. Conlleva, inherente a sí misma, una oposición de términos que acaso comporta un oxímoron. Por un lado, “ciencia” connota un conocimiento racional, sistemático, verificable, exacto y, sin embargo, falible (…). Frente a ella, la “ficción” comporta elementos de imaginación, fantasía, ilusión. Es la invención literaria, poética, que no se ciñe a la racionalidad, la sistematización, la verificabilidad, la exactitud de un conocimiento o experiencia. (Miranda, p. 121)

Pese a cierto esquematismo, el ángulo adoptado por Miranda no se contrapone en forma absoluta a los otros autores ya comentados. Comparten, por ejemplo, la preocupación por una suerte de discurso base o normativo —el del pensamiento científico—, que alcanza su gran expansión en el siglo XX, y una modelización de este a través de los mecanismos inherentes a la imaginación y sus resultados, que deben cumplir alguna función estética dentro de los sistemas de producción en el que han sido escritos.

Miranda introduce otras premisas interesantes, como el “asombro” y el “deslumbramiento” (p. 123), aunque esos conceptos parecen recordar más a las consideraciones de Todorov (1980) en torno de la narrativa fantástica en sentido estricto, a la que el crítico búlgaro asignaba las nociones de vacilación del lector o de un personaje ante sucesos que cuestionan la mímesis realista y sus leyes o hacen peligrar las certezas acerca del funcionamiento de un mundo ordenado y sin fisuras.

Siguiendo a Moore (1965), Miranda destaca también el didactismo —apego a la exactitud de los contenidos científicos— unido al entretenimiento, por un lado; del otro, una CF no exacta desde el punto de vista de los datos o detalles técnicos, pero que alcanza un alto valor literario (p. 123), aspecto en el cual coincide con Cano (2006) como parte de su propuesta para una definición del género. Por último, en este abordaje ciertamente no tan orgánico, pues carece de un eje integrador de todas las vertientes, Miranda incluye la ideología como un componente esencial en muchas obras de importancia, que nutre a parábolas poderosas sobre la humanidad sometida al totalitarismo y al control del pensamiento, como en Farenheit 451, de Bradbury. Lo mismo podría afirmarse de 1984, la clásica novela de George Orwell sobre un estado del futuro que controla al sujeto hasta el punto de privarlo de su intimidad (p. 124). Y es ese futuro el que se convierte en un horizonte:

La CF no tiene como función descubrir cómo será el Futuro, dicen algunos críticos. Sin embargo, el Futuro es materia esencial en la CF. La imaginación permite a los escritores adelantarse, en sus libros, al planteamiento de proyectos o descubrimientos científicos y tecnológicos importantes. (Miranda, 1994, p. 124)

Si bien es cierto que el futuro, como resultado de una serie de factores lógicos, es una de las fuentes alimentadoras de la CF desde sus orígenes modernos, no es quizás el concepto más preciso para caracterizar a estas narrativas. Miranda acierta en lo puntual: ninguna obra de CF es un tratado de futurología, en el sentido que se le da al término desde una óptica disciplinaria. Por lo tanto, no debe verse en ellas más que una figuración imaginativa acerca de lo que la posteridad implica como constructio para una sociedad, y que los autores proyectan a sus creaciones, partiendo de los presupuestos o paradigmas acerca de la ciencia que su tiempo le brinda a cada uno y a los receptores. Sin embargo, el concepto de futuro es aún insuficiente para convertirse en un eje delimitador infalible, si el objetivo es desentrañar la naturaleza del género.

Suvin (1984), en ese sentido, aporta una herramienta de mayores perfiles, a pesar de la crítica a la que también puede —y debe— ser sometido. Es, como ya se ha sugerido, uno de los autores capitales en el ascenso de un corpus flexible o dúctil acerca de la materia que interesa delimitar en esta investigación. Para ello, rescataremos lo que él denomina novum, concepto que parece haber calado con firmeza. Toma prestado el término de Ernst Bloch4:

Novum de innovación cognoscitiva es un fenómeno o una relación totalizadora que se desvía de la norma de realidad del autor o del lector implícito (…) aunque la CF válida tiene profundas afinidades con la poesía y con la prosa realista innovadora, su novedad es “totalizadora” en el sentido de que significa un cambio de todo el universo del relato o, al menos, de aspectos de importancia fundamental (…) La tensión esencial de la CF se da entre los lectores, que representan un cierto número de tipos de hombre de nuestro tiempo, y lo Desconocido u Otro totalizador y por lo menos equivalente introducido por el novum. (p. 95)

Traducido como “novedad” o “lo nuevo”, la propuesta de Suvin ha sido adoptada por la mayoría de investigadores, o por lo menos mencionada como una referencia en casi todos los planteamientos contemporáneos. Obsérvese que no involucra directamente al futuro como un escenario indispensable o imprescindible en la determinación de la identidad de un texto específico. Orienta el peso de la calificación al papel que ejercerá el lector o decodificador. Por lo tanto, nos encontramos ante un sistema de racionalidades que legitiman el conocimiento del mundo inherente a la CF; por otra parte, quien le atribuye una significación a este deberá experimentar una suerte de choque entre esas normas y las que transforman por completo el que está conociendo en el acto de lectura. Ese “Desconocido” u “Otro”, designado por Suvin, no está basado en la fractura de los paradigmas de la ciencia vigentes; que no están en entredicho, sino que puede ser explicado por ellos; aunque en principio surja como un elemento desestabilizador que no se encuadra fácilmente dentro de los parámetros afirmados en el mundo o realidad cotidiana, que ese sujeto acepta como los suyos.

Víctor Bravo (1993) también hace eco de la otredad sustentada por Suvin mediante el concepto de novum, pero desde una perspectiva mejor anclada en los trabajos de Todorov, pues, como ya se ha afirmado, Bravo considera a la CF como una vertiente de lo fantástico. Para el crítico, esa alteridad es uno de los factores que permiten dotar al género de una identidad próxima a lo que él denomina reducción:

La ciencia-ficción se funda en el desarrollo racionalista (reductor) de uno de los centros generadores de lo fantástico: la otredad. Podría decirse incluso que la ciencia-ficción se expresa a través de la reducción de tres formas concretas de la otredad: la otredad del ser (creación de monstruos, de homúnculos, de robots…), la otredad espacial (concepción de otro espacio, cuarta dimensión…) y la otredad temporal (viajes en el tiempo, visión desde el futuro…). (p. 139)

No es difícil verificar las afinidades entre estos dos enfoques, aunque el punto de partida sea distinto en cuanto a la independencia o no de lo fantástico. El mérito de la visión de Bravo, que realiza un estudio centrado en las especificidades hispanoamericanas, es la posibilidad de expandir las consideraciones clásicas sobre la CF y alcanzar un consenso sobre las principales líneas temáticas o, por lo menos, las más frecuentadas por autores de diversos tiempos y latitudes. Aunque sea cuestionable la idea de sugerir que todos los asuntos visitados por el género encajarían en las reducciones de lo fantástico propuestas, no pueden descartarse los puntos de intersección entre esa alteridad y el novum de Suvin, que es, igualmente, otro aporte sólido a la teoría.

Lo que a estas alturas queda establecido es que el futuro no es la materia hegemónica de estas construcciones ficcionales, como sugiere Miranda, sino apenas una de sus posibles plataformas o vías, quizás privilegiada por la CF más popular o sus representaciones en medios como el cine, la televisión y el cómic. Representaciones que, desde su impronta de masificación, siempre se interesaron por explotar estos asuntos a través de fórmulas básicas o, en la mayoría de casos, sin densidad estética o reflexiva, pues el objetivo era alcanzar utilidades elevadas. Ello obviando todo lo que, según esta visión pragmática, obstaculizara el interés del espectador o lector. Suvin (1984, pp. 109-111) insiste en ese punto. Y al aclararlo, comenta algunos procedimientos de la CF, cuestiona la llamada extrapolación —una convención adoptada por gran parte del género—, que estuvo vigente por mucho tiempo, y luego propone su reemplazo por la analogía.

El primero de estos modelos parte de una hipótesis cognoscitiva establecida en el relato y lo desplaza al futuro de manera directa, como anticipación de las grandes crisis que afectan al tiempo del autor. En el segundo, la cognición surge del sentido final de la historia; su proyección a la problemática vivida en el contexto del autor es por lo general oblicua o indirecta.

El extrapolar un rasgo o una posibilidad tomado del ambiente del autor puede ser un recurso literario de “hiperbolización” legítimo en los relatos de anticipación, en otra CF (por ejemplo, aquella situada en el espacio, y no en el futuro). Sin embargo, el valor cognoscitivo de toda CF, incluyendo los relatos de anticipación, está en su referencia analógica al presente del autor, y no en predicción alguna, sea parcial o global. La cognición de CF se basa en una hipótesis estética más bien afín a los procedimientos de la sátira o lo pastoral que a los de la futurología o los programas políticos. (p. 111)

Lo que en definitiva parece cuestionar Suvin es el riesgo de confundir la totalidad del género con la reconstrucción de un tiempo posterior y remoto, que nace de las condiciones imperantes en el periodo histórico del autor. Sugiere que el valor intrínseco de la modalidad, desde el punto de vista genérico, radica en que el vínculo analógico (similitud, identidad por semejanzas) se articula sobre la contraposición con el presente del escritor. En otras palabras, todo relato de CF, en sentido estricto, no debería ser considerado como ensayo futurológico o predicción de ningún tipo, sino como una crítica a las circunstancias o un determinado orden de cosas experimentado por el creador del universo ficticio en el marco histórico que habita5. En consecuencia, la CF habla más acerca de lo contemporáneo que de cualquier especulación sobre una posteridad, apoyada en comprobaciones fehacientes en sus mínimos detalles.

La utopía: elemento transversal de la ciencia ficción (CF)

Son varios y heterogéneos en sus propuestas los autores que han explorado el concepto de utopía como eje que recorre a la ciencia ficción desde sus primeras fases y, en especial, desde el ascenso de la Modernidad. Al respecto, no existe una manera uniforme de encarar el tema, pero en la mayor parte de quienes han propuesto sucesivas aproximaciones, es factible observar que esta categoría se convierte en un elemento de trascendencia como sustento filosófico del género y de sus metas más ambiciosas en términos estéticos. Ketterer (1971, p. 25), por ejemplo, vincula a la CF con la literatura apocalíptica, es decir, una forma narrativa que se remonta a civilizaciones antiguas preocupadas por su destino en las postrimerías del tiempo, es decir, por una revelación de los acontecimientos venideros (si atendemos al significado preciso del término griego). Para este autor, la ciencia ficción sería “la manifestación más pura de la imaginación apocalíptica”. Sin embargo, el crítico tiene puesta la mira sobre la narrativa norteamericana más que en otras tradiciones, por lo que su enfoque se limita a un recorrido a lo largo de la historia de esa literatura y cómo debió construir su propia mitología a falta de un pasado cultural que pudiera igualarse al de otros pueblos americanos antes de la conquista europea.

Aun así, no deja de ser interesante que la crítica más sólida —con los sesgos impuestos por cada estudioso, ya que se trata de un corpus muy extenso— coincida en que la utopía, como planteamiento de una alteridad ideal —en los términos originales fundados por Tomas Moro en el siglo XVI— se haya convertido en un impulso animador de las obras magistrales del género y en su norte principal, que cada creador, de acuerdo con sus intereses, ideología y época, trasladará al discurso ficcional.

Por su parte, Cano (2006) orienta su perspectiva al estudio de la ciencia ficción hispanoamericana —de hondas y lógicas raíces occidentales—, advierte también que la narrativa de corte utópico, remontable hasta Platón (y referencia capital de Moro), pasó de un largo periodo marcado por lo espacial —ubicación de mundos alternos en zonas apartadas y casi inaccesibles de la Tierra— a una categoría temporal (p. 63). Esto, según Cano, comienza a manifestarse hacia finales del siglo XVIII. De hecho, tal premisa es acertada, puesto que es una época en la cual el colonialismo europeo ha llegado a una fase de alta expansión, tanto en América como en Asia, África —y Oceanía, en menor grado—, lo que ha hecho de las distancias un concepto más relativo o más concebible, o por lo menos, mejor anclado en las realidades que la propia civilización occidental establecía a medida que ocupaba la mayor parte del mundo conocido.

El cambio de paradigma señalado por Cano es una consecuencia de los procesos de mundialización que se iniciaban precisamente cuando Moro publica, en 1516, su visión acerca de una comunidad que no existe en un lugar específico o concreto. A través de esta construcción imaginaria (y analógica, en el sentido propuesto por Suvin), el pensador inglés somete a la Inglaterra y Europa de su tiempo a una revisión exhaustiva de su fracaso como medio de realización de la humanidad y de sus potencialidades. Crea las bases de una República superior y modélica que contrasta, por oposición radical, con el mundo de sus contemporáneos, en el cual él mismo debió lidiar con las miserias de la política.

Los avances de la cartografía, durante la Ilustración del siglo XVIII, convierten al planeta en un algo cada vez más tangible y concreto para el hombre común, superando de este modo supersticiones y creencias erróneas en torno de los continentes y los países alejados, que poco a poco se transforman en realidades que deben ser estudiadas y dominadas por el sistema hegemónico capitalista alimentado desde Inglaterra. Esta, gracias a sus agresivas políticas externas, largamente había reemplazado al Imperio español en el control de las rutas de navegación, en el tráfico de los bienes y en la acumulación de riquezas, sobre la base de la expoliación de las culturas y pueblos víctimas de la colonización. Eso parece haberlo anticipado Moro doscientos años antes, en los albores de la dominación que ejercería su isla sobre el mundo, al imponer sus patrones y estructuras a un orbe que poco a poco se hacía más pequeño. No es casual, entonces, que la sociedad creada por Moro también se ubique en una ínsula de localización indeterminada y sea un reflejo inverso de su propia sociedad. Y solo en el siglo XVII, luego de la Revolución de Cronwell, se produciría el tránsito hacia el parlamentarismo y a una disminución del poder del monarca, que la misma actitud de Moro ante las pretensiones de Enrique VIII también anunciaría con su consecuente ejecución.

Es evidente, por lo tanto, que, a comienzos del siglo XIX, todo estaba dispuesto para que aquel pensamiento utópico nacido de las inquietudes de un humanista inglés de la primera mitad del XVI diera paso a la ampliación de las fronteras. Ya no sería el dominio terrestre el muro infranqueable, sino que esta se extendería hacia el tiempo:

Ciertamente, el desplazamiento espacial conserva su valor como uno de los rasgos de la utopía; sin embargo, el centro de la atención del relato se mueve hacia una reflexión sobre las relaciones que el presente establece con el pasado y el futuro, ofreciendo diferentes vías de desarrollo para las narraciones de CF. El descenso al interior de la tierra o la exploración de regiones ignotas se convirtieron en alternativas para imaginar el pasado terrestre en obras como Viaje al centro de la tierra (1864) de Jules Verne, The Lost World (1912) de Arthur Conan Doyle, y las narraciones del mundo de Pellucidar de Edgar Rice Burroughs (1914). En contraposición al viaje subterráneo, la conquista del espacio exterior se constituyó en el motivo por excelencia para efectuar una indagación en el futuro de los seres humanos. (Cano, 2006, p. 65)

Naturalmente, ya no se trata de los sueños extravagantes de Luciano o Cyrano de Bergerac, sino de una problemática más compleja y anclada definitivamente en el horizonte de la ciencia, convertida en legado del racionalismo y en el sustento brindado a las ficciones por las leyes de la naturaleza; que serán utilizadas no solo para contextualizar las historias, sino para hacerlas verosímiles a partir de un conjunto de postulados irrebatibles y de cumplimiento irrestricto. Tales son las premisas que guiarán las novelas de Verne, De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, que hacia la segunda mitad del siglo XIX ya no se parecen en nada a los intentos anteriores por situar acciones fuera del planeta. Aunque estas transcurren bajo una serie de referencias contemporáneas y se recurre a tecnología existente en la época del autor, el valor de estos libros y otros, como los de Wells, consiste en otorgarle solidez a los usos posibles de las máquinas en la construcción de una nueva etapa para la humanidad. En ese sentido, y como el mismo Cano (2006) también considera, la teoría de Darwin acerca del origen de las especies y el evolucionismo instaló otra experiencia cognitiva en torno de la realidad.

No obstante, en algún momento, ese optimismo inicial cederá el paso a una concepción sombría y escéptica respecto de la materia, lo que es visible en el último Verne o en casi toda la producción de Wells. Lorca (2010) asocia estos fenómenos a la Revolución Industrial, que también es un factor de gran importancia en la formación de un nuevo tipo de sociedad; y, por ende, de una reconfiguración tanto de los estratos que la integran como del rol del ser humano. Este proceso determinará el progresivo reemplazo de la mano de obra por la producción en serie y la tecnificación. Asimismo, propiciará el abandono del campo; a tal punto que las ciudades se verán transformadas por el ascenso de una nueva clase, la obrera, antagónica de la burguesía propietaria de las fábricas. Lugar donde labora esta masa de asalariados bajo deplorables condiciones y sin ningún tipo de beneficio o seguridad social, conceptos ubicados aún a muchas décadas y que solo se plasmarán en los primeros tramos del siglo XX. Aun así, los artefactos empiezan a cubrir territorios más visibles e introducirse en el género que, a esas alturas, va camino a una adultez condicionada por las circunstancias económicas:

Desde su creciente rol como centro del proceso productivo, la máquina ingresa y se asienta en el imaginario social y el horizonte literario. La CF pronuncia entonces un presagio a través del protagonismo de maravillosas maquinarias: el desarrollo científico y tecnológico le depara al hombre capacidades incrementadas y nuevas aptitudes en su relación con el ambiente, con el universo material y con los organismos vivos, con todos los seres concebibles (…) Todo este conjunto, la primera tentativa de la CF, configura un movimiento centrífugo del imaginario tecnológico: la ciencia y la tecnología tienden el alcance corporal y sensorial hacia el exterior, hacia el entorno del hombre y su más allá. (Lorca, 2006, pp. 31-32)

El argentino enfatiza en la visión del progreso de la especie que los primeros cultores modernos del género desarrollaron con ciertos atisbos de ingenuidad o confianza en la posibilidad de que la especie sea capaz de un crecimiento no solo material, sino ético, de un cambio de conciencia que lo llevara a otro nivel. En resumidas cuentas, las máquinas constituyen instrumentos que, proyectados hacia una etapa posterior de la evolución, representarían un salto cualitativo para los seres humanos; quienes podrían disponer de mucho tiempo libre, luego de satisfacer sus necesidades prácticas, para la reflexión y el cultivo del espíritu, mientras que los artefactos se encargan de las labores más tediosas o peligrosas. Semejante entronización de la tecnología como instrumento del progreso desempeña una función significativa en el planteamiento de Lorca.

La utopía proyectada en un tiempo venidero, más o menos lejano, y en los desplazamientos a otras dimensiones, que en realidad habla del presente —según la analogía de Suvin—, también puede ser altamente escéptica y desconfiada. Amis (1966, p. 104) lo destaca cuando se refiere a autores posteriores, quienes ya no creen que los avances técnicos y científicos garanticen semejante paso en la historia de la humanidad. En su estudio fundador, el inglés sostiene que, por una marcada tendencia de su tiempo, los autores de CF más representativos —como el Bradbury de Fahrenheit 451— describen sociedades embrutecidas por las proezas materiales traducidas en las máquinas; que forman un entorno ambiguo y amenazante, el cual llega a desnaturalizar y deshumanizar a la misma especie. Estamos, en consecuencia, ante una categoría que empezó a incubarse a fines del siglo XIX y los inicios del siglo XX —la Primera Guerra Mundial fue un acontecimiento determinante en su gestación—: la antiutopía o, como prefieren denominarla varios autores, distopía, a la que también pertenecen obras de la trascendencia de Un mundo feliz, de Huxley; 1984, de Orwell; o La naranja mecánica, de Burgess. En estas novelas, ubicadas en un futuro indeterminado, la libertad se ha visto reducida a grados demenciales. El individuo, que vive bajo el control de estados totalitarios, ha perdido su esencia bajo la férula de sistemas que utilizan artefactos de gran sofisticación para ejercer su dominio brutal sobre todas las esferas de la actividad humana.

Por último, Jameson (2009) concentra su atención en el desarrollo del pensamiento utópico y sus realizaciones. Este crítico norteamericano de filiación marxista se interesa por la CF en tanto considera a la utopía, anclada con firmeza en la tradición iniciada por Moro en el Renacimiento, como una expresión de aquel género preexistente a su propia definición como tal. Así lo sostienen casi todos los autores que hemos comentado al abordar la historicidad de esta narrativa antes de que se propusiera un vocablo definitivo para conceptualizarla. Su estudio de amplio espectro, ya mencionado (Arqueologías del futuro. El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción), se ha convertido, junto al de Suvin, en una fuente obligatoria para la búsqueda de una poética suficientemente flexible: una caracterización del género que no se aparte de las condiciones de su producción en un marco ideológico o político, y que no obvia la dimensión estética de los textos. Ello queda explicitado a inicios del capítulo quinto, titulado “El gran cisma”:

Si la utopía es de hecho “un subconjunto socioeconómico de la ciencia ficción”, el nuevo e inesperado conflicto terminológico la enfrenta con lo que hoy se identifica genéricamente como “fantasía”, que de hecho tiene un linaje histórico más antiguo que la propia ciencia ficción (…) Sean o no legítimas, las pretensiones científicas de la ciencia ficción prestan al género utópico una gravedad epistemológica que cualquier parentesco con el género fantástico no puede sino debilitar y deshilachar seriamente: las asociaciones con Platón y Marx son credenciales más dignas para el texto utópico que los viajes fantásticos a la luna en Luciano o Cyrano. (Jameson, 2009, p. 79)

El giro de Jameson es relevante. Se aproxima, en gran medida, a los asertos de Suvin, quien dedica un capítulo entero de Metamorfosis de la ciencia ficción a desentrañar la relación entre las corrientes utópicas y el género literario moderno que, según ambos autores, terminó por instalar (o absorber) a la utopía como un dominio al interior de sus búsquedas.

Esta suerte de simbiosis entre las preocupaciones por la edificación de una sociedad igualitaria y de bienestar para el individuo que la integra y una práctica literaria que instrumentaliza tales deseos colisiona, de acuerdo con Jameson, con la ascendente industria de “lo fantástico” (pp. 79-80). Esta puede confundir los campos de acción, e incluso relegar a la ciencia ficción de calidad literaria a un plano secundario, ante la arremetida de productos que tampoco representan lo más prestigioso de la llamada tradición fantástica.

Capítulo 2

Un panorama tentativo de la ciencia ficción peruana

Los primeros tramos

Elaborar un cuadro amplio de la ciencia ficción en el Perú enfrenta algunas dificultades en el origen, pues se cuenta con escasas referencias al respecto. Esto conllevaría, si atendemos solo a los indicios de la superficie, severas dudas acerca de la existencia de una tradición apoyada en escritores y producciones canónicas. De hecho, no fue sino hasta la década pasada, gracias a investigadores como Daniel Salvo, Elton Honores1, Giancarlo Stagnaro o Cristian Elguera, cuando surgirían las primeras tentativas sistemáticas u organizadas de acuerdo con alguna metodología o criterio formalizador.

En el pasado más o menos reciente la inexistencia de estas aproximaciones ha sido una constante, pues el sistema literario, rígido y encorsetado por usos conservadores, apenas tomó en cuenta estas prácticas como parte de una periferia respecto las llamadas corrientes principales, y las consideró más bien como elementos anómalos o extraños al desarrollo de las convenciones culturales en el país. Con esta actitud, a la zaga de las tendencias imperantes hace varias décadas en países como México o Argentina, la academia no hacía nada más que demostrar su miopía y facilismo frente a corrientes estéticas que, a pesar de que habían existido, fueron silenciadas o situadas apenas como una curiosidad poco digna de estudio o atención rigurosa.

Situación similar atravesó la narrativa fantástica, cuya ruta es paralela a la recorrida por la ciencia ficción en cuanto a visibilidad y atención por parte de los sectores más prestigiosos de la llamada institución literaria.

Esta aridez crítica, antes de la década de 1990 o del 2000, no refleja la vitalidad que la ciencia ficción había ostentado desde su acta de nacimiento en el Perú, promediando el siglo XIX, con el hoy sumamente comentado Lima de aquí a cien años, de Julián del Portillo, que apareció por entregas en el diario El Comercio. En la actualidad, ese texto constituye una suerte de piedra angular, cuya singularidad radica en el hecho de que cuando apareció ni Jules Verne ni H. G. Wells habían publicado sus obras, a las cuales se les adjudica ahora el calificativo de piedras angulares del género.

Seguirá siendo tema de debate o confrontación si realmente el libro de Del Portillo pertenece al género o si se trata solo de un accidente o una casualidad. No obstante, ya deberíamos estar lo suficientemente convencidos de que no existe el azar en la literatura, o en cualquier otra expresión de carácter estético. Toda obra de esta naturaleza está determinada por un conjunto de variables sociales e históricas. Estas forman el marco de producción que hace factible el surgimiento de un determinado artefacto cultural.

Si bien es cierto que un texto literario no es un reflejo o calco de la realidad, sino una representación simbólica de ella —lo que le otorga una autonomía de sentido como universo ficcional respecto de lo fáctico—, es innegable que los discursos literarios transfieren inquietudes o preocupaciones propias de un colectivo en una fase de su desarrollo histórico. El autor, dentro de su sensibilidad, formación y mirada personal, no puede evadir esas influencias externas; por lo tanto, escribe dentro de ciertos parámetros. De ahí que Lima de aquí a cien años, novela a la que retornaremos luego, no debe ser considerada solo fruto de una inspiración o un caso aislado, dado que responde a coordenadas o claves que eran patrimonio de su época y fueron interiorizadas por el productor del texto.

Aquí se presenta otra dificultad, en parte esgrimida por opinantes de diversa calidad y que afecta a las historias literarias de la mayoría de países del área: la inexistencia de avances tecnológicos semejantes a los que se produjeron en Europa desde fines del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX que justificaran la creación de una literatura influida por las grandes transformaciones materiales y sociales propiciadas por los inventos y las innovaciones de todo orden. Estas generaron la llamada Revolución Industrial en el Viejo Continente y contribuyeron a la consolidación del capitalismo, así como de la burguesía emergente que reemplazó a la nobleza en el control de los medios de producción, la banca y la política.

Asimismo, sentaron las bases de una creciente obsesión por el futuro de la humanidad. Tales procesos fueron más lentos y tardíos en nuestro continente y, en mayor medida, respondían a un trasvase desde las metrópolis. ¿Por qué, entonces, se escribe ciencia ficción o por lo menos antecedentes de ella en naciones donde no se habrían completado las condiciones suficientes o las determinaciones externas para ello, si se reduce todo a un mero mecanismo de acción-reacción? Ahí radica justamente el riesgo de cargar todo el peso sobre la órbita de las externalidades, pues se obvia que también subyacen a las orientaciones estéticas las transferencias culturales o ideológicas, como las ocurridas en la segunda mitad del siglo XIX, cuando los referentes del cambio de paradigmas, como Poe en Estados Unidos, llegan a Hispanoamérica vía las apropiaciones y relecturas efectuadas por la primera generación de escritores modernistas, como Martí y Darío.

También, se produce una visible asimilación de los hitos y conquistas del parnasianismo y el simbolismo, precisamente las dos escuelas poéticas de la Francia del segundo Imperio que habían logrado calzar con la nueva sensibilidad de la creación literaria y artística en general que representaban las obras de E. A. Poe, a quien Baudelaire introdujo mediante traducciones y exultantes declaraciones que lo anunciaban como el profeta de un nuevo tiempo.

Este movimiento, considerado nuestro “Romanticismo” por Octavio Paz (1974), debido a los perfiles singulares que asumió como un intento de escisión respecto de las prácticas dominantes, insertó no pocas inquietudes estéticas e intelectuales ejercidas en aquel momento por los ejes dominantes. En todos los países donde se asentó, el modernismo exploró o cultivó una serie de temas y atmósferas, entre los cuales destacaba no solo el siempre comentado esteticismo sensorial y el exotismo, sino el tratamiento de aspectos más ligados con lo mórbido, lo espectral y el misterio implícito en la naturaleza de las cosas. Esta se ofrece al hombre como objeto de estudio y de explicación de sus leyes, pero también como fuente de preguntas y temores ante aquello que no es del todo gobernable y puede salirse de control cuando se manipulan sus leyes o principios.

El positivismo, por su parte, ya había extendido su influjo en el pensamiento de la época, despertando el interés de muchos creadores acerca de la posibilidad de someter los dominios sociales a un abordaje imaginativo, en el cual el método científico sirviera de plataforma para la especulación, cuando no para la crítica del presente a partir de lo prospectivo y de la utopía, ya aludida en la primera sección de este trabajo.

Son, por lo tanto, varios elementos los que, en la segunda mitad del siglo XIX —trasvasados desde Europa a Hispanoamérica—, se conjugarían para servir de orientación y estímulo a una nueva generación de autores, quienes encuentran en la ciencia un fértil terreno para la elaboración de obras que se distanciaban de los cánones o de las convenciones. A ello hay que añadir un espíritu crepuscular, de final de un tiempo para fundar otro, presente en la mayor parte de los autores más representativos de esta corriente. Dependiendo de cada escritor particular y de la sociedad en que vive, las primeras manifestaciones de lo que hoy llamamos ciencia ficción iniciarán su derrotero. Ello, obviamente, será más concreto o mejor articulado en países donde la modernización y el sentido de progreso o fe en el futuro haya calado mejor como parte de un proyecto de construcción nacional. Esto ocurriría en Argentina y posteriormente en México —aunque las diferencias entre estas construcciones político-nacionales también fueron innegables—.

El primero de estos países se apoyó en las doctrinas de Domingo Faustino Sarmiento, insigne pedagogo, enemigo acérrimo del tirano Juan Manuel de Rosas, quien sometió a la República emergente a un sanguinario control. A la caída del dictador, Sarmiento, escritor, periodista y político, fue elegido presidente. De inmediato emprendería la tarea de llevar a efecto sus idearios, a través de una profunda reforma del sistema educativo e inspirado en los modelos europeos, especialmente el francés2. Por otro lado, también era un convencido de que el país debía avanzar hacia el futuro prescindiendo de los elementos nativos u originarios; es decir, las tribus de indígenas, para quienes el proyecto en cuestión no tenía cabida. Ello moldeó una expansión genocida en la ocupación de extensas áreas ubicadas al sur del territorio, especialmente la región conocida como Patagonia. Fue el gobierno de Roca, en la última década del siglo XIX, el responsable de la Expedición del Desierto, de infausto recuerdo para los indígenas. Sarmiento también fue partidario de repoblar las áreas con inmigrantes procedentes de Europa, en un intento por forjar una visión de país a contracorriente de lo que constituía su realidad étnica y cultural.

En el caso de México, también esta nación había enfrentado severos dilemas desde su génesis en 1810. Al contrario de Argentina, su población indígena había sobrevivido. Esto, de manera similar al Perú, creó las condiciones para un mestizaje que no dejaba de ser tributario de las grandes civilizaciones desarrolladas en su territorio. Su historia posterior a la Independencia está saturada de acontecimientos dramáticos: la guerra con Estados Unidos, que, en su plan expansionista hacia el Océano Pacífico, despojó al país de casi la mitad de su territorio. Luego, las castas dominantes dirigieron su mirada hacia Europa, promoviendo la presencia de un emperador a quien le cederían la corona de México.

Esta involución hacia usos monárquicos supuestamente erradicados determinó una ruptura en el tejido del país. Monárquicos y liberales se enfrentaron en una guerra sin cuartel luego de la elección del indígena zapoteca Benito Juárez como presidente de la República. Con la llegada de Maximiliano de Habsburgo a México, acompañado de Carlota de Bélgica, hija de Leopoldo, el monarca que exterminó a la población del Congo, se da inicio a unos de los periodos más turbulentos. El desastre de este absurdo intento de perpetuación del imperialismo culminó con la derrota de las tropas francesas de ocupación —enviadas por Napoleón III—, quienes sostuvieron una feroz guerra contra las tropas mexicanas leales a la República3. La población indígena tuvo una participación notable en las acciones de resistencia a los invasores. El fusilamiento de Maximiliano en Querétaro, ordenada por el mismo Juárez, cerró el conflicto y abrió un nuevo capítulo de reformas liberales, entre las cuales figuraba la estricta separación del Estado y la Iglesia, cuyos bienes fueron confiscados. Este primer ciclo de modernización sería continuado por Porfirio Díaz, un caudillo que había luchado contra los franceses. Su gobierno dictatorial de casi treinta años, amparado en sucesivas reelecciones, acentuó las brechas entre una élite política europeizante y las masas de extracción campesina sometida al poder local de terratenientes y latifundistas. Hacia inicios del siglo XX, el sistema entró en crisis y las contradicciones se acentuaron. Sectores intelectuales de origen burgués, caciques locales y militares se alzaron contra Díaz, generando el proceso conocido como la Revolución Mexicana; que sacudió al país por una década, desde 1910. Luego del fin del conflicto, hacia 1920, las tentativas de modernizar al país culminaron con la instauración de un régimen de partido único (el Partido Revolucionario Institucional [PRI]) que gobernó por casi setenta años. Una serie de medidas impulsaron la industrialización. La apertura al mundo fue una de las preocupaciones centrales del Estado, cristalizada en reformas de todo orden, que involucraron políticas editoriales de grandes alcances. Estas permitieron el surgimiento de una industria que puso al día a México en torno de los avances científicos, tanto en las disciplinas formales como en las humanísticas.

Tanto en el caso de la Argentina como en el segundo que proponemos como ejemplo, las condiciones para los primeros atisbos del género ya estaban preanunciadas, incluso desde las últimas décadas del siglo XIX. Cada una de estas naciones se transformó en un paradigma de adscripción de ideales programáticos: ubicarse en la órbita universal, al ritmo del progreso técnico y social que las clases dirigentes habían perseguido a través de varias generaciones. Y el modernismo, el movimiento artístico al que hemos hecho referencia, se constituyó en el magma sobre el cual se dieron las primeras tentativas de utilizar la ciencia como tema en la elaboración de narraciones aún impregnadas del Romanticismo, en ciertas vertientes, y de la literatura gótica.

La ciencia ficción peruana: un desafío a las previsiones

En la esfera estrictamente nacional, la ciencia ficción es una recién llegada a los estudios literarios. Con excepción de los trabajos mencionados en el apartado anterior, tampoco existen aproximaciones muy organizadas en relación con la necesidad de dotar al género de una carta de identidad que caracterice sus peculiaridades frente a otras tradiciones nacionales. Por lo tanto, el presente trabajo es apenas una tentativa por construir un panorama de tal práctica en un medio cultural que apenas la ha aceptado como existente o de interés dentro del sistema literario hegemónico —el dominado por el realismo urbano y los sellos multinacionales—. Solo en los últimos años, la proliferación de obras, gracias a la febril actividad de sellos independientes que operan ya no necesariamente al margen, ha hecho de la CF nacional algo visible y mejor atendido por los escasos medios de difusión que aún existen. Es esa oferta alternativa la que ha permitido el paulatino cambio de posición del género, así como la existencia de plataformas virtuales dedicadas al tema. Al respecto, ha sido de mucha importancia la labor del escritor Daniel Salvo4, ferviente defensor no solo de esos medios de difusión, sino de la ampliación del acceso a través de tecnologías recientes, como el e-book y afines.

Y en los medios académicos, idéntico papel ha cumplido el investigador sanmarquino Elton Honores, quien todos los años, en febrero, organiza en la Casa de la Literatura Peruana el Congreso Nacional de Narrativa Fantástica y de Ciencia Ficción, con singular respuesta del público interesado, participación de especialistas y creadores, venta de libros y significativas menciones en la prensa. Incluso el registro habitual imperante hasta hace unos años —mohines prejuiciosos o irónicos por parte de los redactores o entrevistadores— ha variado ostensiblemente, en clara demostración de que hoy ya no es correcto pasarla por alto o desvirtuarla a través de la ridiculización. Todo ello ha hecho de esta actividad una verdadera institución y un espacio de intercambio cada vez mejor posicionado.

De igual modo, la reciente aparición de antologías como Se vende marcianos. Muestra de relatos de ciencia ficción peruana (2015), editada por otro de los exponentes destacados, José Donayre Hoefken, evidencia una vez más la febril actividad que no presenta visos de estancamiento, sino de expansión, en consonancia con lo que ya ocurre en otros países del continente. Se trata, sin duda, de la más amplia selección contemporánea que se haya emprendido en el Perú al respecto. A pesar de que es un volumen temático, centrado en la posibilidad del contacto entre humanos y especies alienígenas, es lo suficientemente abundante como para discernir hacia dónde están orientándose los escritores y qué antecedentes los nutren —también, las diversas calidades de estos—.

Otra muestra de este vigor creativo es ¡Bienvenido Armagedón! (2013), colección editada por el narrador Carlos Rengifo, cuyo registro temático es el fin del mundo y el temor que una imaginaria hecatombe provocaría aquel año. Las dos selecciones han sido publicadas por el sello Altazor, probablemente el más representativo de todos en la atención dispensada a las poéticas no tradicionales. Ambos lanzamientos han cosechado, además, ventas apreciables, lo que desmentiría el prejuicio acerca de su escaso interés en grandes contingentes de lectores. Y otras casas, como Editorial San Marcos, también han dado cabida a autores de esta tendencia y asegurado, al mismo tiempo, una eficaz distribución de los textos en el ámbito nacional. Lo mismo puede afirmarse del sello Arsam, cuyo segmento preferencial es el llamado Plan Lector (PL), que funciona en todos los colegios del país. Con sus aciertos y limitaciones, el PL ha incrementado las posibilidades de que los autores obtengan difusión y firmen contratos con algunas ventajas económicas, a contracorriente de la informalidad en un ambiente donde ni siquiera existen agentes literarios que velen por los derechos de los escritores, ni regulaciones claras al respecto.

La introducción a Se vende marcianos no surge de una premisa positiva para explicar la posición de la CF peruana o su establecimiento como una tradición. Es pertinente examinar, por lo tanto, cuál es el punto de partida en la justificación de este intento por despejar un camino bastante accidentado. Ello coincide con algunas de las cuestiones abordadas en la primera sección de este capítulo:

Al parecer, lo que explica mejor la aparición y proliferación de narraciones de ciencia ficción es el desarrollo industrial y tecnológico de ciertos países, sobre todo los anglosajones, y esto es así desde mucho antes de que se pusieran de moda los avistamientos y abundaran los testimonios de abducción. (Donayre Hoekfen, 2015, p. 13)

Donayre sostiene ese punto de vista a raíz de un comentario anterior, donde afirma que a pesar de ser el Perú un país con un gran legado prehispánico y patrimonio natural (los Incas, la cultura Nasca o lugares como Marcahuasi o Chilca) asociados a creencias en torno de su factura extraterrestre, nunca ha sido una cantera de escritores del género. Pero, líneas abajo, parece apuntar a lo contrario:

Si bien, en los últimos años, se ha podido rastrear una suerte de tradición peruana de lo fantástico, la ciencia ficción no ha tenido un peso relevante en este proceso aún en construcción. Sin embargo, ha habido una repentina producción de esta clase de registro, que además cuenta con espacios de difusión y actividades académicas que promueven su rastreo, investigación, análisis y crítica, lo cual ha tenido un impacto nada deleznable en los medios y en los lectores. (Donayre Hoefken, 2015, pp. 13-14)

Donayre sugiere que la ciencia ficción peruana no ha mantenido un espacio independiente o autónomo respecto de la narrativa fantástica, y ha permanecido, por lo tanto, entrecruzada u ocupando espacios liminares o bien indiferenciados de aquella. A lo mismo parece apuntar Martínez Gómez (1992, p. 150) en su presentación cronológica de los principales exponentes de ese género, como Adolph o Rivera Saavedra, ambas destacadas figuras de la generación del 50, aunque de producción tardía, pues son autores que dieron a conocer sus obras narrativas entre las décadas de 1960 y 1970.

Las propuestas extranjeras no han sido muy acertadas desde el punto de vista académico, por su falta de rigor en cuanto a la necesidad de aclarar los límites entre la literatura fantástica propiamente dicha y el género que nos ocupa. Es el caso de “La ciencia ficción peruana”, de Carlos Abraham, texto incluido en la sección “Panorámicas” de un número especial de la Revista Iberoamericana, que fue dedicado íntegramente al tema (2012)5. Es indudable el interés del trabajo de este escritor e investigador argentino, director de la conocida revista Nautilus, pues es uno de los primeros en la búsqueda de establecer un canon. No obstante, el problema metodológico es visible: menciona a libros y autores que no cumplirían plenamente con los presupuestos que sostienen teóricamente a la ciencia ficción de raigambre local, pues no enfatiza en los deslindes a los que nos hemos referido en líneas anteriores, y que en los últimos años parecen asumir más relevancia en los abordajes académicos. El propio investigador sostiene que no perderá de vista la narrativa fantástica y el terror (Abraham, 2013, p. 407), lo que resta claridad a los alcances o propósitos del trabajo.

Aun así, el aporte de Abraham al edificio canónico es saludable a efectos de una visión de conjunto histórica y debe tomarse en cuenta, tal como lo hizo Martínez Gómez (1992) con “Intrusismos fantásticos en el cuento peruano”, que hace más de un cuarto de siglo —también con algunos defectos de apreciación o superficialidad— brindó uno de los más completos panoramas de la literatura fantástica peruana —más allá de que el título graficara con bastante aproximación el carácter advenedizo de esta práctica dentro una tradición dominada por el realismo—.

Abraham abre su rastreo histórico refiriéndose precisamente a la hegemonía de los conceptos decimonónicos sobre la imitación de lo real en el desarrollo de la narrativa peruana:

La ciencia ficción goza de una larga tradición en las letras peruanas, lo que puede ser llamativo para quien esté acostumbrado a guiarse por los tratados historiográficos convencionales. Estos reducen la narrativa del siglo XIX y buena parte del siglo XX al realismo costumbrista, dividido en dos vertientes: la criolla (ambientada en la costa y en las zonas llanas, y que describe las vivencias de personajes de raza hispánica) y la andina (ambientada en las tierras altas, y que describe las vivencias de personajes de raza quechua). (Abraham, 2012, p. 479)

Aunque el tratamiento o enfoque del argentino persiste en el reduccionismo (las orientaciones realistas son más heterogéneas de lo que él supone: no toma en cuenta ni al indigenismo ni al neorrealismo urbano de la década de 1950), en el resto de su aproximación al tema sí satisface los objetivos generales señalados. La elección de la mayoría de los autores responde a la búsqueda de una representatividad legitimada por el sistema literario, en el cual no es posible incorporar a todos los que cultivan el género, que ha visto incrementado su número en años recientes. Abraham opta por lo canónico o, al menos, por creadores que se desplazan continuamente por alguna de las tendencias actuales con algún aporte significativo.

Al contrario de su propuesta, seguiremos un patrón de periodicidad, lo que permitirá vincular a la ciencia ficción peruana con las diversas etapas por las que ha atravesado nuestra literatura. Es imposible desgajarla de los movimientos estéticos que, a lo largo del tiempo, configuran un devenir arraigado en lo local, pero también en lo regional y, finalmente, en lo universal. Asimismo, tampoco es factible separar a la ciencia ficción peruana de los fenómenos sociales y sus modos de simbolización en la literatura, como ya se ha señalado en el anterior apartado de este capítulo. Ello no desvirtúa, por otro lado, el hecho de que la literatura implica un determinado uso del lenguaje que se desvía de aquello considerado trivial o cotidiano para establecerse en otro nivel de significación: el de la sugerencia o el de la connotación, cuyas interpretaciones también están determinadas colectivamente.

Para efectos de nuestro panorama, dividiremos la estructura en los siguientes periodos: Siglo XIX, modernismo, vanguardia, y décadas de 1950, 1960, 1970 y de 1980 hasta nuestros días. En cada uno se hará énfasis tanto en los creadores canónicos como en otros que, a pesar de que no han alcanzado tal condición, sus obras tienen algún interés pero no la trascendencia de los autores centrales.

El siglo XIX: el horizonte formativo

Ya es consensual el hecho de que la novela Lima de aquí a cien años (1843), de Julián del Portillo (1818-1862), es un caso insólito dentro de la literatura peruana. Poco se sabe del autor, quien, como era costumbre en su época, publicó esta obra por entregas en el diario El Comercio. No hay duda de que estamos, a decir de la mayoría de los críticos, ante un testimonio único, pues aparece apenas veintidós años después de la Independencia en un contexto castigado por el caudillismo, las facciones antagónicas que desangran al país naciente y la inestabilidad política. La inexistencia de modelos precedentes en nuestros predios ha alimentado la idea de que fue un producto aislado, casi una mutación espontánea.

Por las características de la obra, no puede ser llamada proto-ciencia-ficción, aunque tampoco se pliega exactamente a lo que se conocería como CF casi ochenta años después de su publicación. No está supeditada al anclaje de la tecnología, pues en el Perú, como la mayoría de naciones independizadas de la metrópoli española, el desarrollo humano y material era bastante precario. Las estructuras mentales y sociales heredadas de la Colonia, con sus rígidas jerarquías sociales y castas, todavía pesaban notablemente en la vida y mentalidad de los habitantes. Los protagonistas despiertan en 1943, luego de que sus conciencias han sido suspendidas. La intromisión de un personaje con perfiles de hechicero o genio, que hace posible la peripecia de los dos compañeros, delata que la novela alberga componentes fantásticos más afines a Hoffmann y a la creencia en lo sobrenatural como impulsora de la creación; las cuales germinaron en el Romanticismo temprano e impregnaron a toda una generación antes del modernismo. Sin duda, Del Portillo sienta un precedente que no volverá a ser frecuentado sino hasta fines del siglo con el ascenso del modernismo, aunque no con el afán totalizador y profético de la novela que sí comparte, con obras posteriores, la búsqueda utópica de un porvenir que se presenta incierto o difícil, dadas las vicisitudes del presente.

El concepto de novum (Suvin, 1984) involucra más bien un renacimiento, una vuelta al punto de partida ejemplificado por la restauración del Imperio de los Incas —lo que confirma las convicciones románticas del autor, quien proyecta esa sensibilidad acerca de un mundo ideal, según la perspectiva de los sujetos a los que el genio ha encantado para permitirles el acceso a un conocimiento vedado para la mayoría—.

Modernismo: la conciencia de lo nuevo

Como punto culminante de una búsqueda incesante por trazar la frontera cultural entre Europa e Hispanoamérica, el llamado modernismo se desarrolla en el continente entre 1885 y 1905. En este lapso, se fraguaron una serie de transformaciones derivadas de la superación de la mentalidad colonial a la que ya hemos hecho referencia. A pesar de tratarse de un movimiento literario con profundas raíces en Europa, los escritores son conscientes de un imperativo: sentar las bases de otro paradigma estético e intelectual que finalmente influiría en la antigua metrópoli, iniciando el camino hacia las vanguardias.

Aguilar (2002) sostiene que el modernismo busca “la originalidad frente a la despersonalización, esteticismo frente a la vulgaridad burguesa, necesidad de profesionalización en el incipiente mercado de demanda y elitismo ‘aristócrata’ frente al avance democratizador, pero también cosmopolitismo y exotismo como una realización radicalizada del universal moderno” (p. 186).

Pero otros críticos, como Gutiérrez Girardot (2004), destacan, en la génesis del modernismo, aspectos derivados en parte de la aceptación de los principios positivistas, llamados a reemplazar los credos religiosos por otros emplazados en lo secular o profano:

Efectivamente, la secularización del siglo XIX (la del XX lleva a otros extremos) fue no solo una “mundanización” de la vida, una “desmicularización” del mundo sino a la vez una “sacralización” del mundo como los principios de fe que rigieron estas dos tendencias y las metas que se propusieron: la fe en la ciencia y el progreso, la perfección moral del hombre, el servicio a la Nación. (pp. 80-81)

En este lapso, un autor como Clemente Palma (1872-1946), profundamente influido por el espíritu de su época, escribe narraciones que se enmarcan dentro de varias de las tendencias exploradas por el modernismo. No pocos de sus cuentos están teñidos de un interés creciente por la ciencia, como ya había ocurrido con el argentino Leopoldo Lugones. En algunos instantes, ello escapa a la misma curiosidad para convertirse en un medio de expresión de inquietudes colectivas. Un nuevo paradigma de valoración de la realidad emerge lentamente entre las nuevas generaciones de escritores, que no son solo cajas de resonancia de aquello que se practica en las metrópolis culturales, sino que intentan animar a las historias de un aire contemporáneo y localista. Palma, en narraciones como “El día trágico”, incluido en la segunda edición de Cuentos malévolos (1913), ficcionaliza la psicosis colectiva que provocó el paso del cometa Halley en 1910. Es probable que este cuento, ambientado en Lima con meticulosidad de detalles (como la referencia al diario El Comercio), recree además ciertas pesadillas colectivas que ya habían hollado el imaginario popular, a treinta años de la derrota del Perú ante Chile en la Guerra del Pacífico. Subsiste además cierta atmósfera afín a la descrita por H. G. Wells en La guerra de los mundos (1898).

En ambos autores es visible el miedo antes experimentado por multitudes ante la irrupción del novum (Suvin, 1984), pero esta vez canalizado por una intimidación externa: la otredad, que amenaza con extinguir a la humanidad que asiste inerme al fin de sus días. A pesar de que ambos escriben desde sociedades marcadamente distintas (la Inglaterra industrial de fines del siglo XIX, en lenta decadencia como imperio ultramarino, y el Perú, que apenas está completando el proceso de reconstrucción luego de la catástrofe de 1879), son muchas las coincidencias en los modos de representar el sentimiento de pánico ante aquello que sobrepasa las posibilidades del ser humano y la permanente caída de este ante aquello que lo desborda.

Mora (2000), crítica chilena a quien se le deben trabajos exhaustivos sobre el modernismo y, en especial, la obra de Palma, no duda en adscribir una parte de la producción temprana de este autor a la ciencia ficción, aun cuando el término, como sabemos, solo fue utilizado a partir de la década de 1920, con los emprendimientos de Hugo Gernsback. Tanto la narración aludida, como “Cuento futuro”, “Un paseo extraño” y “La última rubia”, podrían incorporarse al género. Sin embargo, por sus características, como la presencia del humor, la autora sugiere que se tratan más bien de parodias, pues junto a elementos tecnológicos y experimentos un tanto extravagantes coexisten la alquimia u otros elementos precientíficos (Mora, 2000: pp. 101-102). Ello obligaría quizás a replantear la posición de estos cuentos dentro del canon peruano. Por otro lado, también es un hecho que las codificaciones acerca de la ciencia ficción y sus alcances temáticos aún no se hallaban tan constituidas en los primeros años del siglo XX.

No cabe duda de que la obra más representativa de Palma en estos terrenos es XYZ (1934). Esta novela contiene todos los elementos para ser la pieza clave en la emergencia de una ciencia ficción peruana y, además, parte sustancial del canon hispanoamericano. Son muchos los investigadores (Mora, 2000; Cano, 2006; Sumalavia, 2006) que han visto en esta pieza ingredientes únicos de anticipación basados en los productos de la cultura de masas. Por aquellos años, la industria del cine ya se hallaba imbricada en el gusto popular y en el tiempo destinado al ocio. La cultura norteamericana comenzaba, igualmente, a influir en el modo de vida de sociedades de menor desarrollo material.

Las periferias excoloniales experimentan así, de manera más o menos progresiva, transformaciones que las derivarían a un temprano acortamiento de las distancias geográficas o temporales, pues los inventos que hacia inicios del siglo XX aún estaban identificados con la mera curiosidad de feria —como el propio cinematógrafo de los Lumiere— ahora eran parte de la vida cotidiana y se hallaban al alcance de quien, es obvio, tuviera la capacidad económica suficiente para adquirirlos. De este modo, Palma imagina un aparato que duplica a los personajes de los filmes norteamericanos, quienes se sitúan así en la realidad, propiciando con ello situaciones que luego afectarán la vida de los que, confiados en el dominio de los elementos, verán quebradas sus expectativas y se sumirán en el caos.

El argentino Luis Cano (2006), por ejemplo, intenta vincular la novela de Palma con motivos presentes en etapas anteriores:

El motivo central de la obra (la creación de vida en el laboratorio) se reconoce como una extensión del proceso que ocupó a los alquimistas y nigromantes de la Edad Media. Incluyendo una alusión directa a la obra de “Raimundo Lulio”, en la que da cuenta de la irreverencia de los procedimientos empleados por los referidos investigadores (37). Además, el narrador menciona el sueño de restauración de la juventud en la obra de Goethe (72), las obras de Verne y Wells (“esta aventura de los andrógenos, que naturalmente nadie creerá, y se tomará como una fantasía extravagante de un retrasado Julio Verne o Wells”, 247), The Picture of Dorian Grey, y un par de alusiones a la problemática de la isla en L’ile mystérieuse de Verne y Treasure Island de Stevenson. (Cano, 2006, pp. 152-153)

La obra de Palma, evidente síntesis de una tradición ya señalada por Cano, también anticipará la novela de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel (1940), texto que narra la historia de un hombre que arriba igualmente a una isla solitaria. En ella, luego de una serie de situaciones ambiguas y misteriosas, descubrirá la existencia de una máquina, suerte de proyector que ha eternizado a los antiguos habitantes del lugar. El artefacto reproduce una y otra vez las experiencias vividas por ellos, a las que el visitante asiste para, al final, acometer el intento de incorporarse a esa simulación dramática de una realidad que ha desaparecido para siempre. Sin duda, por la visión y tratamiento de los temas, las obras de Palma que se han señalado establecen una línea fundamental en el desarrollo de una ciencia ficción que, tributaria de las transformaciones técnicas, intenta construir una identidad propia que comience a incorporar una perspectiva más local que sea, a su vez, representación de los proyectos modernizadores que la sociedad peruana enfrentará a un ritmo distinto de los países centrales donde la CF anunciara su emergencia desde el siglo XIX.

Vanguardia: ampliación del horizonte

Sobre las primeras manifestaciones de la vanguardia en el Perú como superación de los usos modernistas y, en general, de las poéticas del siglo XIX, existen consensos críticos que colocan a Abraham Valdelomar (1888-1919) en una posición limítrofe: es un creador ubicado justo en la frontera de cancelación de una era y el inicio de otra. Como fundador de Colónida, un grupo renovador por excelencia, se convierte en un activista de los nuevos tiempos no solo a través de la revista del mismo título, sino de varios medios de prensa de la época, como Variedades.

En efecto, es factible rastrear en varios de sus trabajos, tanto narrativos como poéticos, ese espíritu recusador de lo establecido, en permanente búsqueda de lenguajes y medios expresivos novedosos que canalicen las sensibilidades en torno del afán rupturista propio de estos movimientos, igualmente dictados por la influencia o hegemonía cultural de las grandes capitales europeas.

Luego de la Primera Guerra Mundial, la atmósfera evidente de transformaciones que preexistía en Europa, antes del conflicto, se radicaliza y fragmenta. La influencia del futurismo o el surrealismo no se dejan esperar. Incluso, la vanguardia peruana adquiere un vuelo inusitadamente creativo y cosmopolita con el grupo “Orkopata”, conducido por los hermanos Peralta, cuyos ejes se asientan en Puno, Cusco y Arequipa, ciudades conectadas con todas las novedades y los vientos de cambio que llegaban al sur peruano desde Buenos Aires, a través del territorio boliviano. Las tempranas experiencias del indigenismo se fusionan con la irrupción de nuevos usos o praxis, y con un vuelo de originalidad y desafío inexistentes en la capital.

En su irregular “Panorama”, el argentino Abraham (2012) le atribuye a Valdelomar una incursión en estos registros a través de narraciones como “El círculo de la muerte”, que plantea ingeniosamente el estudio de estadísticas de suicidas por parte de un hábil empresario. Ello le permite idear un grotesco espectáculo circense de seres humanos que se autoinmolan ante un público ávido de emociones. El otro cuento al que alude Abraham es “Finis desolatrix veritae”, historia con evidentes influencias del Wells de La máquina del tiempo. Ambas narraciones se inscriben en un terreno fronterizo entre el relato de crítica social o política y la especulación negativa acerca de los supuestos avances de la humanidad.

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892 - París, 1938), poeta que marcará el tránsito del modernismo a una mirada universalista plenamente humana en medio de las grandes contiendas bélicas y políticas del siglo XX, exploró la narrativa con brillantez en libros como Contra el secreto profesional y Escalas. Los textos incluidos en estas colecciones incorporan una sensibilidad decadentista, lindante con lo gótico, en el planteamiento de las ficciones fantásticas que Vallejo cultiva a través de un lenguaje poético y abundante en sugerencias de todo corte.

“Los caynas o el paso regresivo” grafica el interés de Vallejo por un tema tan polémico como el de la evolución del ser humano desde un estado de primate inferior hasta la conquista de la naturaleza y la modificación del entorno. En este relato, los habitantes de un pueblo parecen haber emprendido el proceso contrario: han sufrido un retroceso hacia las condiciones primigenias de la humanidad. En 1963, Pierre Boulle, un novelista francés, publicaría una célebre novela titulada El planeta de los simios, que en buena parte coincide con las adelantadas ideas de Vallejo, medio siglo antes.

Alberto Hidalgo (Arequipa, 1897 - Buenos Aires, 1967) es un caso particular en el desarrollo de la vanguardia peruana. Trasplantado muy joven a la Argentina (en Lima, había pertenecido al círculo de Valdelomar), donde conoció a Borges y a toda la generación martinfierrista y ultraísta, carece de una filiación precisa o fácilmente adscrita a las tendencias de la época. Su caudalosa obra poética, en la cual trató de imponer un lenguaje y estética personales, denominados simplismo, va de la mano con su fama de libelista, lo que le granjeó el rechazo y odio de muchos políticos contemporáneos y de colegas, de quienes se alejó abruptamente. Es célebre, por ejemplo, el ataque al dictador Sánchez Cerro, de quien fue enemigo acérrimo e implacable. Influido por el futurismo, publicó precisamente en Argentina su único libro de narraciones, Los sapos y otras personas (1927). En este libro Hidalgo delata su fascinación por la tecnología de la época, como ascensores y tranvías, así como por la ciencia y su ejercicio en un mundo fugaz que el autor somete al filtro de su mordacidad y actitud contestataria. Varios relatos de esta colección extienden afinidades evidentes con algunas de las rutas que la CF hispanoamericana estaba asumiendo en su aún vacilante construcción, a medio camino de las determinaciones externas y la búsqueda de planteamientos originales acordes con las propias transformaciones que las sociedades enfrentaban como parte de sus proyectos modernizadores.

Cierra el ciclo vanguardista de la ciencia ficción peruana Manuel A. Bedoya (Callao, 1888), un escritor que fue muy popular y exitoso en España, con novelas de corte policial y de aventuras. Gracias a Elton Honores, en 2015 apareció, a casi cien años de su publicación original, El hijo del doctor Wolfann. Un hombre artificial (1917), narración escrita durante los días de la Gran Guerra (1914-1918). Esta catástrofe, que acarrearía el fin de una era de certezas, fue vivida de cerca por el autor, quien se encontraba en Europa durante esos días funestos. De ahí la fuerza de muchas de sus ideas e imágenes, tributarias de Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley —principal referencia de Bedoya—, lo mismo que La Eva futura, de Villiers de L’isle. Con estos antecedentes y una visión crítica frente a los imperialismos europeos, gesta una historia de enorme valor distópico, pues anticipa el uso de soldados fabricados en laboratorio para satisfacer las ansias de poder de los países centrales. La riqueza imaginativa de Bedoya suple al rigor; no se trata de una CF de pretensiones ajustadas a la comprobación exacta. Un claro ejemplo es el recurso del cual se vale el autor para explicar cómo nace la criatura, bastante alejado de cualquier sustento teórico o experimental. Sin embargo, Bedoya formula anticipaciones impresionantes, como el de las células madre, descubrimiento que no sería posible sino hasta más de medio siglo después.

Década de 1950: la conexión hacia el futuro

Desde 1950 en adelante, la ciencia ficción peruana parece experimentar un segundo aire, luego del aletargamiento acaecido durante la década de 1940; en la que no registra actividad, si nos atenemos a los datos brindados por los especialistas.

Tanto Elton Honores (2010) como Daniel Salvo (2004) coinciden en que este es un periodo de tránsito hacia una expansión que conduciría al género a un progresivo afianzamiento. La coincidencia con hechos trascendentales para la historia de la ciencia y de la técnica no es gratuita. Son los años del inicio de la carrera espacial que, en el marco de la Guerra Fría, llevan a cabo los Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1945, las explosiones atómicas en Hiroshima y Nagasaki, que marcaron el fin de la segunda contienda global, lanzaron a la humanidad a una nueva era, en la cual, por primera vez, se tomaba conciencia del poder destructivo inherente a la manipulación de la materia.

El Perú, durante esos años, soportará una vez más la presencia de una dictadura militar: la del general Manuel Odría, quien gobierna entre 1948 y 1956, luego de la caída del gobierno democrático encabezado por José Luis Bustamante y Rivero (1945-1948). El socavamiento del régimen, a cargo del Partido Aprista, lleva al país a una crisis de envergadura, lo que lleva a los militares a una nueva ruptura del orden constitucional. Una vez tomado el control, Odría desata una feroz persecución contra políticos de oposición, especialmente de izquierda, y obliga al APRA a replegarse a la clandestinidad, con su líder, Haya de la Torre, asilado en la Embajada de Colombia por un tiempo prolongado.

Gracias a la bonanza económica, en gran parte debida al incremento en las exportaciones de materia prima que genera la guerra de Corea, el régimen logra cierta ascendencia y reconocimiento por parte de los sectores medios y populares, quienes se benefician con la construcción de viviendas de bajo costo (las llamadas unidades vecinales) y una serie de obras públicas que modernizan a la capital y a otras ciudades. Esto crea adhesiones y genera el fortalecimiento del odriismo como fuerza política, aunque esto nunca se reflejara en el plano electoral, ya que la Unión Nacional Odriista (UNO), el partido fundado por el dictador, no ganó ninguna de las elecciones en las cuales participó —incluso aliado con sus antiguos enemigos apristas—.

Y en las postrimerías del régimen, antes de las elecciones de 1956 que gana Manuel Prado, un nuevo medio de comunicación se instala en los hogares, como gran modelador de gustos y mecanismo de control ideológico que los primeros broadcasters intuyeron como futura industria: la televisión, cuyas primeras transmisiones de prueba —para un flamante canal del Estado— se emitirán desde el último piso del Ministerio de Educación, el primer rascacielos construido en el Perú y que cambiaría el perfil de la ciudad. La elevación del poder adquisitivo de las nuevas capas medias hace factible que esta tecnología, en un mundo hasta entonces dominado por la radio y el cine, transforme la visión acerca del mundo y establezca nuevos parámetros en el imaginario colectivo, esencialmente hollado por la penetración del mercado norteamericano y sus productos6.

No es, precisamente, un escenario abundante en obras y creadores. Llama ciertamente la atención de que ninguno de los autores pertenecientes a la llamada generación del 50 se interese por la ciencia ficción en el momento al que hacemos referencia.

Debe tomarse en cuenta que escritores nacidos después de 1920 solo darán a conocer sus textos en las cuatro décadas posteriores, como José B. Adolph, Juan Rivera Saavedra y Enrique Congrains Martin7, respectivamente. En otras palabras, los miembros de la llamada generación del 50 no se constituyen en agentes protagónicos de inmediato, pues estaban dedicados al periodismo o a la producción literaria de otra naturaleza. La actividad correrá a cargo de autores nacidos muchos años antes. El consenso señala a Héctor Velarde (1898-1989) —arquitecto de profesión y escritor que cultivó el humorismo con mucho éxito— como uno de los pocos autores interesados por las posibilidades de la ciencia ficción, pero desde un punto de vista cáustico o irónico, enfocado sobre todo en las transformaciones de las costumbres y la influencia de un modo de vida cada vez más artificial en los habitantes de Lima.

El aporte de Velarde se concentra en Un hombre con tongo (1950) y La perra en el satélite (1958). A decir de Salvo (2004), estamos ante el caso aislado de un autor de tono crepuscular, quien utiliza los recursos del humor a la manera de una barrea contra la inevitable extinción de un mundo que parecía inalterable, donde todo estaba en su lugar y cada elemento era parte de una tradición sin fisuras. Honores (2010), por su parte, destaca la condición especulativa de estos libros respecto de la lenta inserción de la tecnología en la vida cotidiana8.

En los dos libros de Velarde es visible la preocupación por una suerte de crisis y un descontento frente a la pérdida de la identidad y del arraigo a elementos del pasado que la modernidad, cual vendaval, avasalla sin remedio. Entre líneas, subyace la nostalgia por el paraíso perdido: la ciudad que el autor conoció y en la que vivió toda su existencia está cambiando sin remedio.

Otro autor representativo de esta fase es Eugenio Alarco (1908-2005), historiador y ensayista, quien también exploró algunas de las temáticas más identificadas con el género en las novelas La magia de los mundos (1952) y Los mortales (1966). En ellas, este autor perfila la existencia de una humanidad futura dividida entre aquellos que han alcanzado la vida eterna y los que han quedado postergados respecto de esta posibilidad. Más allá del valor literario, poco apreciado por Abraham (2012, p. 415), quien se refiere a un estilo sobrecargado de adjetivos, el interés de estas novelas —a pesar de sus limitaciones artísticas— radica principalmente en los planteamientos distópicos: los hombres siguen estableciendo jerarquías entre ellos, a pesar de la desaparición de los conflictos sociales y de las guerras devastadoras. Y un grupo se arroga el derecho de decidir quiénes merecen alcanzar la inmortalidad.

La Edad de Oro: 1968 a 1977

En la siguiente década, ya en plena era espacial, un nombre es casi excluyente de cualquier otra propuesta vinculada con la CF. Es, obviamente, el de José B. Adolph (Stuttgart, 1933 - Lima, 2008). A diez años de su muerte, el consenso acerca de su importancia para el género en el Perú se ha visto consolidado gracias a una copiosa proliferación de artículos, ponencias y tesis universitarias en torno de su obra.

Trasplantado a Sudamérica desde la cultura europea, en un periodo de crisis que culminaría con la Segunda Guerra Mundial desatada por el Tercer Reich, la obra de Adolph se inicia con la publicación del libro de cuentos El retorno de Aladino (1968) y, a lo largo de cuatro décadas, explorará las diversas posibilidades ofrecidas por la CF en un medio que hasta entonces no la había desarrollado más allá de ciertos tratamientos temáticos o coincidencias, sin estar necesariamente conectado con los grandes centros de producción, principalmente los Estados Unidos.

A diferencia de sus contemporáneos, como Velarde o Alarco, que publican varios años antes, Adolph es un autor que decide inscribirse en los confines adultos y problemáticos, a la manera de creadores modernos como Asimov, Bradbury, Ballard, Heinley, Clarke, Leiber, Lem o Vonnegut, algunos de los cuales parecen haber sido sus principales referencias durante su formación como escritor. Esa visión cuestionadora de la civilización y de sus problemas vía el lenguaje de la CF se prolongará durante toda la primera parte de su obra, que alterna esta corriente con tratamientos afines a la tradición de la literatura fantástica, terrenos en los cuales también es calificado como uno de los contribuyentes de rol protagónico en el Perú.

Daniel Salvo (2010), uno de los más enterados conocedores de la obra de Adolph, intenta una caracterización de lo que él denomina, en un detallado artículo, “La Edad de Oro de la ciencia ficción peruana”. Para el escritor e investigador iqueño, Adolph practica una modalidad “que lo hermana con la vertiente más especulativa del género, no basada en el regodeo tecnológico o aventurero, sino en especulaciones sobre el sentido último de la vida, la inteligencia, la humanidad, la religión” (p. 138). A lo largo de su producción, sobre todo en los cuatro volúmenes de cuentos que siguen a El retorno de Aladino, Adolph, quien fue más reconocido fuera de su país de adopción, abordará la CF como un medio capaz de transmitir reflexiones teñidas de escepticismo e ironía acerca de la sociedad de su época. En otras palabras, el corpus principal de estos relatos se halla en Hasta que la muerte (1971), Invisible para las fieras (1972), Cuentos del relojero abominable (1973) y Mañana fuimos felices (1975). En ellos se instala el núcleo exploratorio de Adolph y su visión de los asuntos tratados anteriormente por el género. Relatos como “Tesis”, “El complejo de Caín”, “El falsificador” “Los mensajeros”, “Hasta que la muerte”, “Inauguración” o “Artemio y Multical”, remiten a unos precedentes más o menos codificados, como Asimov o Clarke. Sin embargo, no estamos frente a un autor simplemente epigonal, sino ante alguien que utiliza los tópicos con el propósito de moldear abordajes originales que no se limiten a la mera imitación o al tributo a las fuentes inspiradoras.

Adolph propone una visión muy personal de la sociedad y de los seres humanos bajo una pátina de ironía y velado sarcasmo acerca de las múltiples contradicciones: una especie imperfecta y temerosa a pesar de sus grandes conquistas tecnológicas. Ello permanecerá latente incluso en obras tardías, como Los fines del mundo (2003). No hay duda de que este escritor marcará un hito en el hasta entonces inseguro e incipiente territorio de la CF escrita en el Perú. Con su obra perdurable, extendida a novelas distópicas como Mañana las ratas (1984) —en esta plantea un futuro sombrío en el cual una corporación global se ha entronizado para ejercer el control sobre las muchedumbres pauperizadas en ciudades derruidas como Lima—, la CF de factura nacional parece anunciar los primeros síntomas de una madurez posible.

José Manuel Estremadoyro, incluido por Abraham y Salvo en sus respectivos panoramas, es autor de dos novelas aparecidas a comienzos de la década que, de algún modo, cancelarán el ciclo de las obras que aún abordan la ciencia ficción con una perspectiva complaciente, recurriendo a planteamientos ya bastante socorridos. Se trata de Glaskaan, el planeta maravilloso (1971) y su continuación, Los homos y la Tierra (1971). Para Salvo (2010), Estremadoyro acomete la llamada space opera, es decir, las trepidantes aventuras en el espacio exterior. Destaca particularmente la segunda, hilarante; tema en el que también incide Abraham (2012), quien efectúa una reseña de las dos novelas. Asimismo, presta atención a la carga humorística de los libros de este autor, casi una curiosidad en su tiempo, pero que hoy es una pieza a tomar en cuenta en la emergencia del género y su proyección. Incluso la vía ensayada por Estremadoyro parece haber sido retomada desde los 2000 por jóvenes autores, bajo la influencia no necesariamente de estas novelas, sino del cine y productos de audiencia popular9.

El otro nombre relevante de este periodo de consolidación es Juan Rivera Saavedra (Lima, 1930). Dramaturgo e historiador del teatro peruano, su copiosa producción incluye un libro de microrrelatos, titulado Cuentos sociales de ciencia ficción (1976), cuya trascendencia en términos literarios y de afirmación para un género invisible por el sistema es semejante a la de Adolph10. De manera similar, Rivera Saavedra también intenta una confrontación de los problemas contemporáneos, utilizando para tales efectos la tecnología aeroespacial y la robótica. Su visión es sombría y escéptica acerca de un auténtico progreso de la humanidad, que sigue debatiéndose en las aguas del racismo, la expoliación de pueblos enteros y la riqueza inconmensurable de unos cuantos frente a la pobreza de grandes masas situadas en los países periféricos o tercermundistas. Al igual que Adolph, Rivera Saavedra recurre al sarcasmo y al humor negro a la hora de juzgar críticamente a los humanos sometidos con largueza al imperio de las máquinas que él mismo creara en sus afanes por dominar la naturaleza o transformarla (Martínez Gómez, 1992). Se trata de una pieza única en los anales de la ciencia ficción peruana, que ha sido redescubierta por cultores más jóvenes deseosos de reconocerse en una tradición propia y no solo en los referentes canónicos de los Estados Unidos o Europa.

Con la aparición de estos dos escritores, tan afines en concepción y en tratamiento de los temas, la CF del país dio un paso de importancia crucial que la desplazó desde la ingenuidad o el simplismo de los primeros días hasta un nuevo registro, en el que se instalarán los escritores posteriores. Es decir, los que empiezan a pergeñar sus obras desde comienzos de la década de 1980 hasta nuestros días, cada vez más acuciados por la necesidad de que el género plantee con mirada crítica problemas del mundo actual, proyectados hacia un futuro medianamente cercano.

De los turbulentos ochenta hasta nuestros días

Este ciclo, prolongación del inaugurado por El retorno de Aladino (1968), coincide con el inicio de la violencia política desatada por el grupo maoísta Sendero Luminoso en el sur andino (Ayacucho, 1980), que luego se extendería a gran parte del territorio peruano. Durante doce años, el Estado y esta facción escindida del Partido Comunista, liderada por Abimael Guzmán, libraron una guerra con altos costos humanos y materiales. Se calcula, gracias a las cifras de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que en aquel lapso murieron aproximadamente setenta mil personas, entre civiles, policías, soldados y miembros de los alzados en armas, al que luego se sumaría el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).

La ciencia ficción posterior a Adolph y Rivera Saavedra está enmarcada, por lo tanto, en uno de los periodos más sombríos de nuestra historia. La guerra interna se agudiza, además, por la inoperancia de los sucesivos gobiernos que, desde Belaunde Terry hasta Fujimori, intentaron resolver militarmente una situación que necesitaba un delicado y, al mismo tiempo, firme manejo político. A la inutilidad del gobierno acciopopulista (1980-1985), la corrupción galopante del encabezado por García (1985-1990) —con el desastre económico fruto de la demagogia e igual infestación de corruptos—, se plegó, en un tercer momento, el régimen encabezado por Alberto Fujimori, quien, con el apoyo de los apristas, derrotó al novelista Mario Vargas Llosa en las elecciones presidenciales de 1990. Dos años después, en 1992, Fujimori dio un autogolpe, revelando de cuerpo entero la impronta autoritaria de un gobierno que golpearía duramente a la institucionalidad a través de una serie de acciones en contra de los derechos humanos y los poderes del Estado. Gracias a una alianza con empresarios de los medios de comunicación y la cúpula militar dominada a su antojo por su asesor Vladimiro Montesinos, Fujimori avaló crímenes como los de la Cantuta y Barrios Altos, amén de asesinatos selectivos de sindicalistas valiosos; como Pedro Huilca, tenaz opositor de la dictadura.

La nueva ciencia ficción peruana dialoga, en consecuencia, con un mundo sometido a los fantasmas de la desintegración y de la inviabilidad del país, en tanto aspiración a convertirse en una República superior y moderna. Esta, por el contrario, parece haber retrocedido al siglo XIX, es decir, a los tiempos de feroces pugnas entre caudillos luego de la Independencia del dominio español. Un sentimiento apocalíptico, del cual Mañana las ratas (1984) es un ejemplo representativo, resultaba, entonces, inevitable. La utopía, ese concepto tan anclado en la construcción del género desde sus inicios, es aquí refutada por las condiciones objetivas de una sociedad que se autofagocita o autoconsume en un baño de sangre colectivo, sin esperanzas de superar esos obstáculos.

Los periodos formativos y libros de Enrique Prochazka (Lima, 1960) y Carlos Herrera (Arequipa, 1961) se insertan de este modo en una dinámica que cuestiona la hegemonía del realismo en la literatura peruana. En efecto, ambos escritores proponen, junto a Gonzalo Portals (1961) o Carlos Schwalb (1955), vías desterritorializadoras11 en la ficción, que ya no son tributarias de Ribeyro o Vargas Llosa, sino que ensayan el planteamiento de universos narrativos exploratorios de las tendencias no realistas y se alimentan de referencias o claves distintas.

Generacionalmente, se encuentran sometidos todavía a las referencias literarias propias de su formación intelectual y artística. Por otro lado, asumen con soltura y sin pudor referentes de la cultura de masas, a la que han accedido principalmente mediante la televisión; pero no son ajenos, en absoluto, al cine y a las publicaciones gráficas de enorme tiraje. Practicarán, en consecuencia y en sucesivos libros, una CF que tributa tanto a los productos de prestigio como a las manifestaciones más populares. Esto trae un efecto inmediato: la disolución de las fronteras.

Prochazka está considerado como uno de los escritores más importantes del Perú contemporáneo, y no solo en los géneros de orientación fantástica. Cultiva un perfil reservado y es poco asiduo a participar en coloquios, congresos o a conceder entrevistas a los medios. Sus libros, orillados por el siempre cuestionable calificativo de culto, han permitido, desde Un único desierto (1997) hasta Cuarenta sílabas, catorce palabras (2005) —sin obviar la nouvelle Casa (2004)—, solidificar la ciencia ficción local, al reelaborar con profundidad los antiguos tópicos (incluso los tratados por autores menos canónicos), como los viajes en el tiempo y la obsesiva, recurrente preocupación por la creación de máquinas que ocasionen la extinción de la humanidad. Sus canteras académicas de origen, como la filosofía, han derivado no pocas de sus ficciones a una velada disquisición ética y especulativa en torno de la civilización. En Casa son evidentes las referencias a 2001. Odisea del espacio (1968), el filme de Stanley Kubrick que supuso un punto de no retorno en la historia del cine y del género, en particular. Sin duda, Prochazka, luego de Adolph —cuyas resonancias también se explicitan en varias de sus narraciones—, es un eje indiscutible de la nueva ciencia ficción peruana e hispanoamericana.

El caso de Carlos Herrera es similar. Diplomático de profesión, es uno de los narradores destacados de la década de 1980. Su primer libro, Morgana (1988), anunció un giro en las tendencias de la época, todavía visiblemente influidas por el neorrealismo urbano y el neoindigenismo posterior a Arguedas. En un contexto donde las exploraciones afines a Borges y Bioy Casares no habían sido frecuentes —a pesar de los logros de la generación del 50—, ni parecían fomentar un interés en las nuevas promociones, Herrera decide ir precisamente en sentido contrario a lo previsible, o a lo que la institución literaria había determinado como línea central. De ahí que los libros posteriores del escritor arequipeño constituyan siempre apuestas sólidas por instalarse en territorios excéntricos o periféricos, respecto de las tendencias en boga a fines de tan calamitoso periodo, y en una ruta paralela a la recorrida por Prochazka. Sus incursiones en la ciencia ficción, sobre todo en el volumen de cuentos Las musas y los muertos (1997), denotan una mirada refinada y cáustica, producto de lecturas heterogéneas, la formación cosmopolita y una búsqueda expresiva que escape a las fórmulas convencionales del género, sin que esto signifique perder de vista las claves esenciales o las codificaciones que todos los autores han heredado, necesariamente, de una tradición.

En un segundo tramo, es indispensable mencionar a tres autores que, desde diversas estéticas y diálogos con el canon de la CF, configuran la plataforma más sólida en la articulación de un horizonte que ya comienza a mostrar ciertas marcas distintivas e intereses quizás diferenciados de los precedentes inmediatos: José Donayre Hoefken, Daniel Salvo y Alexis Iparraguirre.

José Donayre Hoefken (Lima, 1966) publica, en 1999, una novela compleja y original: La fabulosa máquina del sueño. Constituye su primer libro y se trata de una ficción perturbadora, en la que los territorios de la imaginación y la realidad forman un continuum instrumentalizado por un artefacto imposible, misterioso y perverso que, de algún modo, también escapa al control de sus creadores. Un aspecto relevante del texto es el uso del lenguaje, por momentos experimental y orientado a la expansión constante de sus posibilidades, acorde al universo representado. Abraham (2012) destaca que el libro de Donayre se ubica en un dominio donde se entrecruzan la ciencia ficción y la literatura fantástica.

La obra en sí ya resultaba absolutamente atípica dentro de las tendencias imperantes a fines de la década de 1990. En cierta medida, habita en ella una alegoría poderosa —cifrada y poética, como es toda alegoría— acerca de la descomposición de las identidades como producto de la manipulación y de la violencia que la terrible máquina personifica. JDH ha seguido incursionando en el género posteriormente en libros de cuentos, como Entre dos eclipses (2001), y otra novela, La trama de las moiras (2003). En estas obras los elementos propios de la CF están menos anunciados, pero, aun así, demuestran el conocimiento del autor y la comodidad de la que hace gala para insertarlos en sus ficciones, siempre impregnadas de una oscuridad o un hermetismo deliberado e inquietante.

Daniel Salvo (seudónimo de Julio Viccina, Ica, 1967), como ya se ha comentado a lo largo del presente trabajo, es probablemente el autor de factura más clásica y, al mismo tiempo, el que más ha elaborado textos de ciencia ficción inspirados en la precaria realidad peruana y en la dramática historia del país. Al igual que Adolph y Rivera Saavedra, utiliza el género para plantear parábolas sobre la injusticia social, la intolerancia, el racismo y la inviabilidad de un colectivo con tendencia a la involución y a la anomia. Abogado de profesión, desarrolló en paralelo una profusa labor de investigador y crítico, con la virtud de no hacer distinciones entre las producciones de prestigio y las de alcances más mediáticos. Su generosa labor de difusión sobre autores peruanos, a través de una serie de soportes virtuales, lo colocan en una posición singular: una especie de aduana, de gran central por la que transitan textos y creadores con el único propósito de que estos sean leídos. Creyente fiel del e-book y el Kindle, y escéptico ante los mecanismos de distribución tradicionales, su importante obra solo fue conocida en revistas y antologías hasta que se decidió, en 2014, a publicar una selección de sus relatos en el volumen físico El primer peruano en el espacio, texto que debe sumarse a los grandes hitos de la ciencia ficción peruana, como El retorno de Aladino, Casa, La fabulosa máquina del sueño o El fuego de las multitudes. Salvo, sin lugar a dudas, es quien más ha contribuido a que la ciencia ficción local alcance una suerte de visibilidad que contradice largamente los lugares comunes acerca de su condición periférica o de mera curiosidad.

En tercer término, debe incluirse a Alexis Iparraguirre (Lima, 1974) como cierre de este grupo de autores determinantes. Su libro El inventario de las naves (2005), galardonado con el importante premio de narrativa concedido por la Pontificia Universidad Católica del Perú, fue una verdadera revelación, y no solo de Iparraguirre como autor de talento, capaz de elaborar textos renuentes a ubicarse en un casillero único, con universos ficcionales autosuficientes o autocontenidos, emparentados quizás con los planteamientos de Donayre Hoefken —lo mistérico, lo apocalíptico, las referencias literarias y la impronta metaficcional, aparte de una gran preocupación por el estilo—, pero también distintos en cuanto al sentido de la estructura; es decir, a la construcción de los discursos. En El inventario de las naves Iparraguirre desarrolla una serie de inquietantes relatos —en torno del escape de esta realidad a través de una sustancia sicotrópica— que, al final, desembocan en uno solo, el que lleva el título del libro: clara alusión a un pasaje de la Ilíada, ligado a una posible catástrofe planetaria. El esperado retorno de Iparraguirre ocurrió precisamente en 2016, cuando la Editorial Emecé del Grupo Planeta publicó El fuego de las multitudes, volumen que consta de cuatro narraciones de gran factura literaria. La ciencia ficción, en la perspectiva de Iparraguirre —especialmente en cuentos como “Albedo” y “Demonio atómico”—, vincula el relato del ascenso de la civilización y sus logros con la locura inherente al ser humano: el desequilibrio crónico que lo lleva a ejecutar acciones donde la tecnología no lo redime, pues ha quedado solo como una cáscara despojada de significado: la razón o la fe en el progreso ya dejó de ser la fuerza generadora para una humanidad más bien proclive a caer bajo la férula de los poderes más oscuros y siniestros. Estos dos libros sitúan a su autor dentro del canon, y son una buena muestra de la madurez que está alcanzando el género en el Perú.

Las escritoras peruanas, al contrario de lo que ocurre en otros países, no han incursionado en la ciencia ficción de un modo decidido o como un objetivo central. La autora más destacada y reconocida es Tanya Tinjälä (Callao, 1963), quien radica hace muchos años en Finlandia, donde enseña inglés y francés. Al igual que Salvo, es una verdadera animadora cultural, pues está dedicada a difundir el género en blogs y espacios similares. Tinjälä es autora de la novela La ciudad de los nictálopes (2003), libro destinado, en principio, a un público juvenil que, como en muchos casos similares, logra traspasar esas fronteras, pues su problemática atañe sobre todo a una amarga crítica al mundo construido por adultos. La protagonista vive en una ciudad futurista en la que todas las necesidades son automáticamente resueltas para lograr el bienestar del individuo. Pero esta urbe, una especie de entidad artificial que vela por los sujetos, llega a convertirse en una cárcel, en una atadura que anula la inventiva y la creatividad. De este modo, se propician ansias de libertad entre los habitantes. La novela fue muy exitosa en la órbita del llamado plan lector.

También es interesante citar el caso de Adriana Alarco de Zadra (Lima, 1937), de educación cosmopolita, pues se educó en los Estados Unidos y en Italia, donde reside. Especializada en literatura infantil, ha abordado la ciencia ficción en repetidas ocasiones. Alejandra Paredes Demarini y Yelinna Pulliti Carrasco son dos nombres recurrentes en antologías y en distintos foros, y quienes junto a Tynjälä deben ser consideradas como representantes de una emergente literatura de ciencia ficción femenina, parcela lamentablemente dominada todavía por los varones. Sin embargo, en poco tiempo, esto debería cambiar, como ya ha ocurrido en el género fantástico con la escritora Yeniva Fernández (Lima, 1969), por ahora la única representante destacada en estos dominios entre las nuevas generaciones.

Casos interesantes son los de escritores no identificados con el género como un registro constante, pero que han llegado a él por afinidades electivas o coyunturas particulares en algún momento de sus trayectorias. Son los casos de escritores reconocidos, como Carlos Calderón Fajardo (1946-2015), Luis Freire Sarria (1945), Nilo Espinoza Haro (1950) y Jorge Valenzuela Garcés (1962). Dos de ellos, Freire y Valenzuela, han sido incluidos en la antología.

Otro caso significativo es el de Giancarlo Stagnaro (Lima, 1975), precoz escritor que a comienzos de los noventas, cuando tenía catorce años, publicó Hiperespacios, una novela de anticipación que combina elementos clásicos de la space opera con la cultura de los mass media. Hoy es un respetado crítico, profesor universitario e investigador que radicó muchos años en los Estados Unidos. Se esperan de él más incursiones en este género. Precisamente, su tesis doctoral aborda la problemática de la ciencia ficción peruana, trabajo que se suma con grandes méritos, por la seriedad y el rigor asumidos, al de Elton Honores.

También es oportuno mencionar a Pedro Novoa Castillo (Huacho, 1974), un escritor galardonado en múltiples ocasiones y que se orienta a varios registros, como el realista y el fantástico. Su libro de cuentos, Cacería de espejismos (2013), es uno de los más sólidos conjuntos de narraciones de ciencia ficción que se hayan publicado durante los últimos años, debido a que incluye una mirada que excede las convenciones y los tratamientos típicos o desgastados.

Finalmente, hay una lista larga de escritores, de heterogéneas edades, en proceso de construcción o afirmación de una obra propia, que han aprovechado al máximo los nuevos soportes tecnológicos en comunicación para difundir sus obras y tender redes globales. Varios de ellos apuntan a consolidarse durante los años venideros.

Entre ellos, es pertinente mencionar a Alfredo Dammert, Carlos de la Torre Paredes, Luis Bolaños, Alberto Casado, Luis Arbaiza, Luis T. Moy, Carlos Vera Scamarone, César Anglas, Carlos Saldívar, Hans Rothgiesser, Jorge Casilla, Carlos Scotto, Raúl Quiroz, Francisco Bardales, Alberto Benza, Miguel A. Vallejo, Aland Bisso, Jorge Ureta, Benjamín Román Abram, Antoanette Alza Barco, Jeremy Torres-Montero, Luis Zuñiga, Horacio Vargas, Juan José Cavero, Enrique Kawamura, Jesús Salcedo, Carlos Bancayán, Aurora Seldon, Víctor Coral, Amador Caballero, Fernando Luque, Sandro Bossio, Augusto Murillo, Francisco Bardales, Giulio Guzmán, Jim Rodríguez, Alejandro Neyra, Carlos Echevarría, Andrea Rivera, Manuel Antonio Cuba, Iván Bolaños, José Dellepiane, Antony Llanos Sánchez, Doménico Chiappe, Bianca Miosi, Sebastián Esponda, Giuseppe Albatrino, Fred Guerra Velásquez, José Manuel Balta, Ethel Bazán Vidal, Antonio Castro Cruz, Arturo Delgado Galimberti, Miguel Franco Ulloa, Abram Jara Támara, Zózimo Roberto Morillo, Paul Muro Lozada, Pablo Nicoli Segura, Martín Palma Melena, Iván Paredes Córdova, Andrés Paredes, Jorge Revilla, Isaac Robles, Luis J. Torres, Pablo Salazar Calderón Galliani y Carlos Yushimito. Es evidente que la lista no se agota aquí y debe ser revisada constantemente.

El tiempo dirá quiénes se integran a un canon o bien persisten en la escritura dentro de estos parámetros, siempre sometidos a los vaivenes del cambio y las dinámicas propias de cada periodo.

Capítulo 3

Antología crítica de la ciencia ficción peruana

Nota introductoria

Es un lugar común establecer justificaciones que sustenten los criterios de una antología. Una reunión de textos como la que sigue a esta nota estará, como siempre se ha dicho, circunscrita a una serie de factores. Y, además, sometida a las críticas de los especialistas y conocedores en relación con su particular configuración.

A diferencia de una muestra, como lo ha hecho saber el escritor y editor José Donayre Hoefken a propósito de Se vende marcianos (2015) —ejercicio que supone una visión amplia y no rigurosa de un determinado instante de producción narrativa de la CF peruana—, las antologías se desplazan en dirección contraria: se proponen construir, con objetivos más o menos canónicos, una selección lo más exigente y rigurosa posible en materia del corpus trabajado.

En este caso no hay novedades: nuestro propósito, luego de demostrar que efectivamente contamos con una tradición de larga data en el género, es destacar las contribuciones valiosas de autores que llegaron a los linderos de la ciencia ficción por una serie de afinidades electivas. Estas fueron consecuencia de la época en que escribieron (incluso, cuando ni siquiera se había acuñado el término, lo que ocurriría solo en la década de 1920), pasando por aquellos interesados en aprovechar algunos aspectos de esta práctica, hasta desembocar en autores contemporáneos que se asumen a sí mismos, en mayor o menor medida, como escritores a tiempo completo de estos terrenos, compartidos en más de un caso con el ejercicio de la narrativa fantástica propiamente dicha. Obviaremos la discusión sobre si la CF es parte o no de esta literatura. En el primer capítulo hemos intentado realizar los deslindes correspondientes.

Pretendemos brindar una visión panorámica de los textos más representativos de la CF peruana; sin embargo, también es necesario defender una postura estética y el aporte particular a la construcción de un sistema literario que por muchos años fue casi invisible, más allá de la escasa y hasta peyorativa atención que se le dispensaba en diversos ámbitos. En el panorama del segundo capítulo hemos seguido una línea evidentemente cronológica, que ha dictado finalmente la configuración de esta antología.

La separación en seis grandes periodos tampoco agota el asunto o anula la posibilidad de pensar en otras maneras de organizar los textos y autores. Sin embargo, la coincidencia con investigadores del nivel de Elton Honores o Daniel Salvo es un buen punto de sustentación, aunque existan naturales diferencias en cuanto a los autores propuestos. Por ejemplo, no se ha tomado en cuenta la novela del poeta y artista plástico Jorge Eduardo Eielson, Primera muerte de María, porque consideramos que su propósito —cuando utiliza ciertos tópicos del género— es distinto al que plantean autores decididos a escribir clara y explícitamente desde las convenciones o códigos argumentados por Darko Suvin acerca del novum o extrañamiento cognoscitivo. Estos, de acuerdo con lo expuesto en el primer capítulo, son condiciones sine qua non para considerar una obra dentro de la denominada ficción científica o no.

Hemos procurado adecuarnos a los instrumentos de Suvin, puesto que, por ahora, su obra Metamorfosis de la ciencia ficción sigue constituyendo el más importante estudio teórico a la fecha. En consecuencia, nuestra elección también se ha visto determinada por la necesidad de adecuar el conjunto a ciertas herramientas indispensables en la búsqueda de una identidad para los textos canónicos del género en el Perú.

Examinando la lista de creadores incorporados y por todo lo expuesto anteriormente, es sencillo concluir que, desde el siglo XIX hasta la década de 1970, la ciencia ficción de raigambre nacional cuenta con una reducida lista de representantes. Al mismo tiempo, la escasez de nombres revela la colocación periférica de este particular dominio narrativo, cuyo germen habita en el mundo industrial europeo, la consolidación del capitalismo y el ascenso de la racionalidad como paradigma, desde el siglo XVIII.

Entre 1843, año de la aparición de Lima de aquí a cien años, y mediados del siglo XX, la CF peruana atraviesa por su gran periodo formativo o, como sugiere Roman Gubern al explicar la evolución del género, “ingenuo”, sin que ese vocablo implique una calificación despectiva. En otras palabras, hasta Eugenio Alarco (y esto se puede ampliar a José M. Estremadoyro), quien publica sus novelas a fines de la década de 1960 —el segundo no figura en la antología, pues fue infructuoso obtener la cesión de derechos—, la primera ciencia ficción cultivada en el país se caracterizaría por su carácter naif, sin preocupación por la llamada verosimilitud objetiva de los presupuestos narrados. Es imaginativa y a veces tenuemente crítica (los casos disímiles de Palma, Valdelomar o Velarde son muy gráficos), y ostenta ribetes particulares, como el humor negro o la ironía, que otros escritores recorrerán más tarde.

No le interesa la comprobación fehaciente de las leyes científicas en las situaciones, aunque parta del discurso u objetos propios de esa forma de conocimiento de la realidad como elemento impulsor. Se trata de coincidencias o apropiaciones de gran parte de la producción de Verne y Wells, cuyas obras gozarán de gran difusión desde fines del siglo XIX, a través de su inclusión en colecciones destinadas a un circuito masivo y en varios formatos.

La primera ciencia ficción escrita en el Perú, más que la proyección directa de esos autores sobre la narrativa del momento, está mediatizada por los intereses temáticos y estéticos del modernismo, sin que aún los mass media y sus referentes dejen una huella significativa. No obstante, hacia la década de 1920, con el asentamiento de la vanguardia y de su apertura a otras plataformas —el cine, por ejemplo, o la radio—, este periodo formativo, quizás influido por la presencia de la cultura de masas y sus productos representativos —de raigambre norteamericana—, parece tornarse un tanto más complejo que sus precedentes, sin perder ese carácter intuitivo, débil o blando. Así sería denominada la CF que se interesa no tanto en los detalles técnicos comprobables al milímetro, sino en las atmósferas o en los efectos que las innovaciones o los experimentos provocan en los contextos sociales.

En efecto, en las obras de Vallejo y Bedoya se desliza una tímida orientación hacia la problemática contemporánea: la posibilidad de que el ser humano involucione, la lucha contra la medicina entrevista como negocio perverso o las consecuencias nefastas de la creación de la vida en laboratorio. Resulta evidente que se han operado transformaciones en la búsqueda de contenidos y, sobre todo, en la mirada de los escritores que deciden elaborar estas historias no como proyectos exclusivos dentro de su escritura, sino como una de tantas manifestaciones expresivas. Es un aspecto también presente en la obra humorística de Héctor Velarde. La ciencia y sus aristas absurdas ingresan al cúmulo de sus inquietudes. Es un observador agudo de una realidad —la limeña— en un momento específico: la década del odriismo, marcado por la dictadura militar y el ingreso del Perú e Hispanoamérica a una modernidad contradictoria, compleja, irresuelta, todavía anclada con firmeza en las jerarquías estamentales, en los complejos de casta y en una severa brecha socioeconómica y cultural.

Hacia 1968, el género parece encontrarse anquilosado, diluido entre obras dispersas o curiosas, o la escasísima atención de críticos interesados en una producción de carácter local que se asume o bien excéntrica, o bien inexistente. El retorno de Aladino, un clásico moderno de José B. Adolph publicado aquel año, marcará el inicio del momento, siguiendo otra vez a Gubern, “adulto y problemático” de la ciencia ficción peruana. Los cuentos que lo integran, que destilan una perspectiva sombría no exenta de sarcasmo, humor negro y tragicomedia, constituirán un cambio de paradigma en todos los órdenes: cosmovisión, desarrollo de los temas y sentido de pertenencia a una tradición.

Adolph será el primer escritor en el Perú que no llega al género por mero divertimento o exploración estética, sino que desplegará una autoconciencia y una voluntad deliberada de inscribirse en una específica forma de practicar un uso literario. Actuaría, en consecuencia, como una bisagra o puente.

Muy cerca de Adolph en esta manera emergente de encarar la especificidad de esta narrativa desde sus propias codificaciones está Rivera Saavedra. Este autor, en Cuentos sociales de ciencia ficción (1977), elige el formato breve y utiliza el sustrato del pensamiento marxista en la edificación de un mundo plagado de tecnología, que se usa para la explotación salvaje de seres humanos por parte de quienes llevan las riendas y el control político de la sociedad. Su contribución, pese a que no volvió a cultivar el género, es tan esencial como la de Adolph. Con ambos, la CF peruana cuenta con dos figuras que se identifican plenamente con esta literatura y concentran en ella sus quehaceres. Otros autores, más identificados con lo fantástico en términos clásicos y parte del canon reconocido por la institución literaria, también postularán una CF más personal, con apropiaciones de ciertos motivos propios de la cultura massmediática, difundida ampliamente por la televisión y el cine desde la década anterior. Entre ellos, es indudable la mención a Harry Belevan. Estos abrirán el camino para la gran explosión, suscitada desde 1980 hasta nuestros días.

Lo ocurrido desde el retorno a la democracia aún espera sondeos profundos. Desde ese año, en sincronía con los acontecimientos políticos que golpearon al país —la violencia subversiva en contra del Estado peruano—, la ciencia ficción experimentó un crecimiento significativo. Esto llevó al género a un cambio en su posición dentro del sistema cultural y literario. Las razones ya han sido expuestas en la sección precedente. Pero, no está de más enfatizar en algunos hechos importantes: primero, que escritores pertenecientes a otras generaciones comenzaron a desarrollar un interés por la CF en tanto es núcleo central de su producción; por ejemplo, Adriana Alarco de Zadra.

En segundo lugar, son los escritores nacidos a fines de la década de 1950 y durante la década de 1960 quienes fortalecen la existencia de una línea, gracias a su lectura y conocimiento de la tradición y el diálogo con los productos de consumo masivo, con los cuales crecieron.

En tercer término, es destacable la importancia de la globalización, en la que se da el crecimiento exponencial de nuevas tecnologías comunicativas; no solamente en el campo de nuevos temas, sino en el protagonismo de las plataformas virtuales de reciente data. Esto hará factible que muchos autores jóvenes, sobre todo los nacidos desde la década de 1970, dada su condición de nativos digitales, ya no encuentren obstáculos para difundir su producción fuera del libro clásico.

En cuarto lugar —quizás el fenómeno más relevante—, la emergencia de una escritura femenina de CF, paralela a la de las autoras reconocidas dentro de las poéticas fantásticas, como Carlota Carvallo, Pilar Dughi, Viviana Mellet o Yeniva Fernández. Son los casos de Alarco de Zadra, Tynjälaä, Pulliti y P. Demarini, quienes integran la punta de lanza de un movimiento que en la actualidad se asocia casi mayoritariamente a los circuitos de los blogs, las páginas web o redes sociales. Ellas, con una obra que ya excedió esos límites, confirman que en el Perú ya se está produciendo otro cambio de gran significación: la CF no es patrimonio exclusivo de los varones, y las escritoras, con su sensibilidad, inteligencia y mirada crítica, tienen mucho que aportar al canon en los próximos años. Esto ya ocurre en Argentina, Cuba, Chile o México, por citar casos del mundo hispanoamericano. En esas sociedades, las prácticas en torno de la CF no se comprenderían sin la participación de sus autoras de renombre y de las jóvenes que dan sus primeros pasos, con originalidad y sentido del riesgo, en estos predios.

Igualmente, debe destacarse la existencia de autores nacidos en provincias, como Bisso, Salvo, Novoa y Herrera. Es cierto que se hallan afincados en el circuito capitalino, centralista y absurdamente aislado del dinámico interior del país; no obstante, y por lo menos como hecho simbólico, demuestra en pequeña escala que en diversas ciudades del Perú existen creadores que una nueva antología estará obligada a difundir, con los mismos criterios aplicados a la producción comentada. Será un intento justo por desentrañar la madeja de una ciencia ficción regional que está aguardando su momento, muchas veces mejor conectada que su par limeña con las redes internacionales, congresos y revistas especializadas.

Ciencia ficción peruana: ¿blanda o dura?

El diálogo de la ciencia ficción peruana con la tradición universal ha sido fructífero y no puede aislarse de las grandes problematizaciones surgidas desde la década de 1960, cuando el género comenzó a interesar a la esfera académica desde la semiótica, los estudios culturales e, incluso, las escuelas de impronta psicoanalítica y marxista. Ya se ha descrito el proceso formativo y la consolidación del género. La pregunta que encabeza el apartado responde a conceptos teóricos atendidos por diversos especialistas. Aclaremos, una vez más, que no son términos peyorativos, sino categorías que permiten colocar a los textos en territorios que se definen por los intereses y el tratamiento de los escritores, a propósito de los temas. O bien, de tendencias a acentuar, con suma atención por los detalles, el sustento científico de las historias.

Verne, desde sus primeras novelas, es uno de los iniciadores de esta corriente basada en el conocimiento exhaustivo y en la información comprobable, de modo que ello garantizara la verosimilitud. Con el tiempo, a esta perspectiva se le llamó, con los matices, respectivos, “ciencia ficción dura” (Pringle, 1995). Su fuente principal era, es obvio, la rigurosa formación de los escritores en algún dominio o campo de la ciencia. Asimov, Hoyle y Clarke (entre otros) formarían posteriormente la columna vertebral de esta orientación, dados sus quehaceres especializados.

Por su parte, Bradbury, un autodidacto, se encuadró en otro tipo de escritura, no tan interesada en las certezas, sino en una suerte de tono especulativo y poético situado más cerca de la reflexión y de las contradicciones humanas. A esa línea se le denominó “ciencia ficción blanda” (Pringle, 1995). Lo mismo puede afirmarse de Vonnegut o Lem. Sin embargo, ello no es obstáculo para hablar también de campos intermedios entre ambas actitudes. Muchos autores de ciencia ficción dura desarrollan también miradas subjetivas e imaginativas en torno del impacto de la ciencia y la tecnología en las sociedades y, por su parte, los creadores afiliados a la CF blanda también poseen un conocimiento amplio de la ciencia, sin el cual los textos no podrían adscribirse de ningún modo al género.

En el Perú, la balanza parece inclinarse hacia esta última por varias de las razones expuestas en el panorama del segundo capítulo. En una sociedad todavía premoderna, débilmente institucionalizada y poco democrática, paupérrima desde el punto de vista industrial y del desarrollo humano, proclive a las posiciones conservadoras o autoritarias, homofóbica, machista —que solo a cuentagotas ha ingresado al manejo de ciertas claves de la modernidad (y de la posmodernidad apenas como un saber y una visión fragmentaria y dispersa)—, la CF no podía desarrollarse igual que en otras latitudes.

En un contexto de contornos incluso semifeudales en cuanto a la tenencia y uso de los medios de producción, con escasa atención por las ciencias formales en los dominios escolares y universitarios, la mayor parte de autores optó por el autodidactismo y el apoyo en lo imaginativo, más que en el conocimiento pormenorizado de las leyes de la física, de la robótica o de la biología. No obstante, al producir sus obras en un contexto signado por desajustes estructurales muy visibles y escandalosos, esa misma realidad precaria también nutrió una heterogeneidad crítica y una visión irónica en un número significativo de autores.

Muchos de los proyectos particulares se sostienen sobre las bases de un universo peruano absurdo, ilógico, que va a contracorriente de aquello que Popper llamó “sociedad abierta”. La modernidad no se ha completado en el país, solo se han adaptado algunos de sus síntomas más cosméticos; ello no garantiza la conquista de una República superior o que se hayan alcanzado los ideales de bienestar y libertad para todos los ciudadanos, sin importar diferencias culturales o sociales. De ahí que al escritor peruano de CF le atañan mucho más los efectos de la tecnología y del pensamiento científico en las colectividades que la exposición pormenorizada de los diversos contenidos u objetos del conocimiento científico.

Autores como Arbaiza, Vera Scamarone y Anglas representarían esa línea dura en ciertos aspectos —dada su formación académica—; aun así, hay un elemento idiosincrático y local en cada uno que impide colocarlos en el mismo territorio de sus pares norteamericanos, ingleses, japoneses o rusos, puesto que en aquellas comunidades la ciencia sí logró transformar la vida de las personas, para bien o para mal. Ello porque en todos los casos devino eje de los proyectos de edificación de identidades nacionales y de institucionalidad, así como del progreso material (no necesariamente mental, pues se trata de sociedades posindustriales que han derivado en el hedonismo y la soledad autodestructiva del sujeto).

En el Perú, la impresión predominante es la de una tradición a la que le ha costado mucho, primero, la visibilidad y, con posterioridad, tomarse en serio a sí misma. Parece que un grueso de autores recaló en el género de un modo “ancilar”, citando al mexicano Alfonso Reyes en El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria, o resignados a la condición periférica. En otras palabras, arribaron a ella no porque sintieran una inmediata afinidad o tuvieran un interés envolvente en este género, sino que la consideraron un medio o instrumento para expresar en realidad otros propósitos, como el de la más o menos velada crítica a las carencias mencionadas.

Y esta sería, al fin y al cabo, una de las marcas características que, con el transcurso del tiempo, cristalizó en las ideas de los contemporáneos: que los anhelos utópicos de la modernidad, desde sus inicios en el siglo XVI, están condenados a la imperfección y a lo fallido. Prevalece, por lo tanto, una visión fatalista y escéptica acerca de que los grandes paradigmas de la revolución científica, desde Kepler y Galileo, sean instrumentos eficaces para alcanzar un nuevo nivel de conciencia con respecto a las relaciones entre los humanos y su posición en el mundo.

Tematología

Para terminar, ¿cuáles son los temas preferidos por los escritores peruanos de ciencia ficción desde el siglo XIX hasta nuestros días? Hemos decidido cerrar esta investigación con una tentativa clasificatoria que no agota, por supuesto, otras perspectivas. Se ha elaborado en exclusiva con los materiales seleccionados.

Lo interesante es descubrir en el inventario tendencias, adscripciones, disensos o ensayos de otras rutas creativas por las que nuestros autores se desplazarán en años próximos. Consta de siete grandes zonas. Algunos se instalan en dos o más dominios simultáneos: el futuro utópico o distópico; la inteligencia artificial; la existencia de vida alienígena; experimentos genéticos; viajes espaciales; anomalías o singularidades en el continuum; por último, el cuestionamiento del discurso de la ciencia y de la tecnología como certezas irrebatibles.

a. El futuro o anticipación (utópico / distópico): Del Portillo, Palma, Alarco, Tynjälaä, Salvo, Stagnaro, Arbaiza, Novoa, Polliti, Saldívar, Donayre, Anglas, Vera Scamarone, Valenzuela.

b. Inteligencia artificial: Bedoya, Rivera Saavedra, Adolph, Saldívar.

c. Vida alienígena y colonización del espacio: Alarco, Alarco de Zadra, Freire, Anglas, Novoa, Bisso, Stagnaro, Prochazka.

d. Experimentos genéticos: Bedoya, Vera Scamarone, Demarini.

e. Anomalías o singularidades en el continuum: Vallejo, Herrera, Salvo.

f. Viajes espaciales: Stagnaro, Anglas, De La Torre Paredes.

g. El cuestionamiento del discurso de la ciencia y de la tecnología como certezas irrebatibles: Valdelomar, Velarde, Belevan, Adolph, Prochazka, Iparraguirre, Valenzuela.

¿La predilección por el futuro que una breve revisión del listado señala debería ser explicada por la simple asimilación, por parte de los sistemas subalternos o periferias, de los principales temas de la CF desarrollados en las metrópolis culturales hegemónicas? No es tan simple la respuesta. En las sociedades que incorporaron tan precariamente los emblemas de la modernidad capitalista, la imagen del futuro siempre fue la panacea de los políticos demagogos y expoliadores desde la fundación de la República. En colectividades signadas por la desigualdad, desarticulación y la escasísima movilidad social, el porvenir es asumido con un filtro escéptico y fatalista respecto de sus promesas.

En cuanto a la vida alienígena, la preocupación por la otredad o por el otro ajeno o desconocido también es bastante clara en el rol tematológico. La producción de CF peruana, a propósito de este tema, revelaría esa disgregación cultural entre sujetos heterogéneos que no son capaces de entender al próximo, entrevisto como diferente e indigno de confianza, o de construir proyectos nacionales a gran escala que acepten esa unidad dentro de la diversidad. Los cuentos que plantean una coexistencia entre seres de diversas especies, unidos por ciertos objetivos comunes, pueden leerse a la luz de un anhelo ciertamente utópico de que aquello estigmatizado por las diferencias de cultura o clase se transforme en una aceptación de principios inalienables dentro de un sistema democrático: la igualdad ante la ley y el derecho de todos los ciudadanos a ejercer su libertad sin discriminaciones o exclusiones que en el Perú son cotidianas y sublevantes. No nos extendemos hacia los demás apartados de la lista, no porque sean de menor interés o importancia, sino porque exigen sus propias instancias de aproximación. Sin embargo, estamos seguros de que también habrán de reflejar que una ciencia ficción de impronta local se aproxima a ellos con la misma capacidad inquisitoria en torno de una realidad tan caótica como indigna para un gran segmento de esta colectividad, que apenas entrevé un rumbo.

Siglo XIX

Julián del Portillo
(Lima, 1818-1862)

La crítica sigue discutiendo la genealogía de Lima de aquí a cien años (1843). Es un texto insólito para un momento en el cual la literatura peruana apenas estaba despercudiéndose de los modos europeos o metropolitanos, a escasos veintidós años de la separación política de España.

De su autor es poco lo que se sabe, salvo que se dedicó al periodismo. Publicó esta novela de ficción futurista por entregas, en el diario El Comercio (fundado en 1839), formato muy habitual en el siglo XIX. Revela una gran imaginación especulativa, anclada en un interés —quizás de linaje romántico— por el pasado del Perú, cuando aún no se había consolidado un Estado luego de la Independencia. El país emergente está sometido a las luchas intestinas entre caudillos militares. En eso podría sustentarse la génesis de un libro muy adelantado para su tiempo: las preguntas y dudas de un intelectual acerca del destino de la nación que surgía accidentadamente luego de una guerra de liberación prolongada. Subyace al texto un anhelo de orden, de alcanzar un norte claro, que no se avizora en el panorama contemporáneo, ensangrentado por el militarismo y las pendencias interminables entre caciques que se arrebatan el poder unos a otros.

El carácter fundacional y anticipatorio de Lima de aquí a cien años es indiscutible, como ya lo han comentado Daniel Salvo o Marcel Velásquez, pues cuando esta obra fue dada a conocer, la ciencia ficción aún no existía como un género literario con características propias en Europa. El gran mérito de Del Portillo es haber fraguado una historia ingeniosa, que refleja con habilidad preocupaciones de su época. Es una típica narración utópica, que también trasunta la confianza en un progreso social, en una República superior factible, pero en la lejana posteridad, a un siglo de distancia, cuando se hayan superado por fin todos los obstáculos del presente. Por otro lado, está marcada por los problemas exteriores del país naciente, sobre todo en el fallido proyecto de una confederación con Bolivia.

También destaca por las proyecciones inspiradas en elementos ampliamente reconocibles, como los de la ciudad de Lima, sobre los que parece concentrarse Del Portillo. Su preocupación principal gira alrededor de la planificación urbanística y de la búsqueda de un bienestar basado en el equilibrio entre la técnica y el ser humano. En la literatura hispanoamericana de aquel instante no existen piezas que se le aproximen en ambición o carácter visionario. Pese a las fórmulas un tanto convencionales, más propias de los cuentos populares (la participación de un hechicero que duerme a los protagonistas), los elementos próximos a la ciencia y a la tecnología encarados como medios de ascenso para la humanidad convierten a esta novela en un hito. Si la ciencia ficción comenzó en el Perú, aún es un tema discutible. No obstante, el carácter innovador de Lima de aquí a cien años situará a esta novela en una posición imposible de obviar en la construcción de un género dentro de la historia de la literatura peruana.

Obra principal: Lima de aquí a cien años (1843).

LIMA DE AQUÍ A CIEN AÑOS
(Fragmento)

PRIMERA PARTE

Lima, 1 de junio de 1943

Amigo mío y compañero de suerte:

Cuando aquella noche en que reunidos, lamentábamos solos la suerte de la patria y la nuestra, nos arrebató de este mundo ese genio sublime y poderoso que por cien años ha paralizado nuestra existencia terrestre, fue sin duda porque las súplicas fervientes y verdaderas que dirigíamos al cielo llegaron al trono del Eterno, y apiadado de nuestro dolor, nos quiso reservar para ver por nosotros mismos la suerte feliz que desde entonces estaba reservada a nuestra patria. ¡Cuán feliz ha sido nuestro destino, amigo mío! ¿Quién hubiera pensado ahora, cien años [después], que Lima sufriera en tan corto periodo una tan mágica transformación? ¿Quién hubiera creído que debería tan pronto llegar el día en que la palabra querrá se borrara del Diccionario de la Academia Americana, y la palabra revolución infamase al que tan solo la pronunciare?… Fiel a nuestro compromiso, voy a describirte el estado en que he encontrado esta nuestra Lima, esta nuestra patria querida, que causó en un tiempo amargos llantos a más de un genio sublime que hoy reposa en la tumba, no dudo que por tu parte me correspondas describiéndome, a la vez, el estado en que has encontrado la antigua capital de los Incas, a ese Cuzco, al que tu alma está ligada por tan dulces recuerdos.

Figúrate que al volver a entrar en el goce de la existencia material me encontré a bordo de un buque bastante hermoso y elegante, en el que la gente hablaba lengua inglesa; lo primero que pregunté fue a dónde nos dirigíamos.

—iCómo! ¿No sabe U. que dentro de tres días entraremos en el puerto de Lima?

Me dijo un hombre de unos cuarenta años con quien entré en conversación.

—¡Qué fortuna! ¿Con que dentro de tres días veré la mansa y tranquila bahía del Callao?

—¿Qué Callao es ese, señor?, si hace más de cuarenta años que no es puerto; U. habría estado muchos años ausente de Lima, sin duda.

—¡Cien años!…

Al decir yo esto, la luz de la bitácora reflejó sobre mi cara, y comparando mi partner la fecha de que yo hablaba, con lo joven que demostraba ser, se creyó insultado; pidiome satisfacción, la que me fue fácil darle refiriéndole nuestra suspensión extraordinaria de vida; a lo que habiéndose tranquilizado le supliqué tuviese la bondad de contestarme a todas las preguntas que pudiera hacerle, lo que aceptado por él comencé por preguntarle.

—¿Cuál es ahora el puerto de Lima?

—El puerto de Lima —me dijo—, es hace más de 40 años Lima; el arte y la constancia en el trabajo les ha probado al fin a los americanos, del mismo modo que al grande hombre, que para el hombre nada hay imposible.

—¿Y dónde está ese puerto?

—En la portada de Monserrate, un hermoso canal conduce con la ayuda de un pequeño buque de vapor los más grandes buques hasta delante de la ciudad, y los pequeños entran por sí solos; cuando lleguemos podrá U. por sí mismo ver el aspecto tan bello que presenta y el movimiento tan grande que hay en él.

—¡Qué me dice U.! A la verdad que creo que he de estar viendo y aun no lo he de creer, me deja U. atónito.

—¡Pues no se admire U. tan pronto, porque esta obra por maravillosa que a U. parezca, no lo es tanto como otras muchas que U. verá!

—Y dígame U. ¿a qué nación debemos todo esto?, ¿es a la Inglaterra acaso?

—A ninguna, al resultado del sufrimiento que enseñó al fin, a los americanos, que la paz y la unión son las únicas fuentes de la felicidad, con tal que se reúnan al trabajo y a la perseverancia; en cuanto a la Inglaterra ya lleva veinte y cinco años que yace en el olvido; lástima, país tan fecundo en industria.

—¿Pero qué olvido es ese, pues que no está tan poderosa como siempre?

—Ignoro si debajo del mar que la cubrió ejerce algún imperio; en cuanto a nosotros los de sobre el mar, solo hablamos de ella como por recuerdo, y la tenemos colocada entre Pompeya y Herculanum.

—¡Pobre! ¡Quién lo hubiera dicho; que la reina de los mares, la antigua Albión, la fiera Inglaterra, iría a ahogar el eco de su voz en el fondo de ellos! ¿Y por ventura la Francia se ha hundido también?

—No, señor, la Francia sigue, a la sombra de un gobierno bien establecido, una marcha majestuosa; y sin haberse vuelto a elevar a la altura del grande Imperio romano, excita la envidia de las naciones por su industria, su prosperidad y su inalterable paz.

—De modo que tanto la felicidad de América cuanto la de Francia las atribuye U. a la paz y al trabajo.

—No solo la de esas dos, sino también la de la Rusia, que hoy es la primera nación del mundo; los tres últimos emperadores que ha tenido han fomentado las ideas liberales, y entrando por medio de la industria y el comercio en un contacto directo con la China y las demás naciones del mundo. Esas masas de salvajes no hace mucho, son hoy las que asombran al mundo con su poder y sus conocimientos; estoy seguro de que en el puerto de Lima encontraremos por lo menos seis u ocho buques rusos.

Ni me atreví a preguntar más y me bajé a mi camarote, porque casi no quería creer todo lo que oía y sentía mi cabeza flojear, por fortuna el sueño se apoderó de mí y dormí perfectamente; al día siguiente, subí sobre cubierta a las ocho de la mañana y lo primero que vi fue una joven que se divertfa en dejar agitar por el fuerte N. E. que reinaba sus lindos crespos de ébano.

—iOh! ¡Dios mío! ¿Para qué habéis dado al corazón del hombre ese poder de amar al primer instante, aun antes de pensar; si le habéis negado el poder de hacerse amar del objeto que lo inspira?

Fue la primera expresión de mi alma al ver la belleza de esta joven; figúrate, amigo, que el ébano se eclipsara junto al brillo de sus crespos, y el marfil empalideciera puesto en contraste con esas perlas que ella encierra en un círculo de coral; en sus mejillas hay un suave colorido de jazmín y rosa, y su frente virginal resplandece pura como el sol; ¿no has visto alguna vez, amigo mío, una de esas vírgenes de Byron, de esas que de un modo lánguido y suave parecen contemplar el cielo? ¡Pues, tal es la expresión de su mirada! Dulce y suave encanto de la vida es para el hombre que se le presente durante la existencia la poética contemplación de una beldad rara.

No me atreví ni a saludarla, pero en el interior de mi corazón juré amarla eternamente…

Dos días después, un marinero nos anunció la tierra, y esta noticia que antes hubiera sido para mí tan agradable, me afligió porque sabía que iba a perder de vista al ídolo de mis pensamientos.

A las dos de la tarde, divisamos claramente la tierra, y a las cinco y media entramos con una ligera brisa en el gracioso puerto de Monserrate, en el que nuevas impresiones esperaban a tu amigo.

Maravillado quedé, a la verdad, al ver tan linda obra del hombre, y repitiendo las palabras del inglés dije: “¡Vea U. el resultado de la paz y del trabajo!”.

Multitud de buques de diversas naciones, entre los que flotan orgullosos muchos balleneros rusos, adornan un hermoso estanque que toma desde Monserrate hasta muy cerca del Puente; y aunque la hora era ya algo avanzada el movimiento comercial era tan grande que sobrepasaba al que hace un siglo admirábamos juntos en el antiguo puerto de Burdeos.

Mi primer pensamiento fue el de bajar a tierra, el que realicé al momento, porque aún no habíamos echado la ancla al agua cuando multitud de botes se disputaron el honor de conducirnos.

Puedo asegurarte, amigo mío, que solo las torres de la Catedral, que al momento conocí, pudieron hacerme reconocer este sitio que fue en un tiempo el lugar favorito de mis meditaciones; entonces era tan solitario y triste, y bien se podía vivir en él sin que alma viviente lo supiese; hoy, apenas se puede caminar distraído porque se sufriría un fuerte encuentro, ya sea con los de a pie, o bien con la multitud de coches, birlochos, caballos que lo atraviesan sin cesar.

Mi intención era la de dirigirme a la plaza para comer, ya fuese donde Coppola o en la Bola de Oro; por fortuna alcé la vista y a medida que camino fui leyendo unos tablones enormes, en uno decía French Hotel, en otro English Hotel, en otro Café de París; por último, vi uno que decía Hotel Ruso, y me decidí a entrar en él.

Difícil me sería pintarte la magnificencia de este establecimiento; sin embargo, contando con tu bondad por mi pobre estilo descriptivo haré un esfuerzo para dártelo a conocer. La puerta es tan grande que dos coches pueden entrar a un tiempo en un patio hermosísimo, cuyo piso formado de piedras grandes perfectamente picadas e igualadas, es tan suave como era duro el que teníamos en otro tiempo en todos nuestros patios, a la derecha hay una puerta de mamparas sobre la que se lee “Billar para caballeros”; a la izquierda otra igual sobre la que dice “Billar general”; al frente de la calle hay tres puertas igualmente de mamparas; en la del medio se lee “Entrada general”. En la de la derecha “Sala de señoras”, en la de la izquierda “Sala de caballeros”; yo lo primero que hice fue entrar a la sala de señoras, pues como tú sabes en todas las cosas de este mundo siempre prefiero aquellas que tienen más relación con ellas. Encantado quedé al penetrar en ella; los muros son de madera de cedro en la que están embutidas unas hermosísimas lunas de reflejo, las que hacen aparecer a esta sala tan grande como la que más en el famoso Versailles: el techo es un cielo raso blanco con sus molduras doradas y sus adornos en relieve, el piso de madera encerada, las mesas de nogal pulido y su cobertor de mármol de venitas con su filete de oro, las que están rodeadas de taburetes de caoba con asiento de terciopelo carmesí, y si a esto reúne algunas señoritas elegantes formando el complemento, y servidas por jóvenes aseados, inteligentes y políticos, verás que el tal hotel ruso es una nueva maravilla.

En fin, comí perfectamente y por un precio acomodado, y salí para dirigirme a la plaza; ¡oh, amigo mío!, ¡cuál fue mi sorpresa al ver el alumbrado!, ¡qué luz, Dios mío! ¡Qué armonía y sencillez en la disposición de los fanales, los que colocados de tres en tres en cada calle y colgados al medio por unas cadenitas que atraviesan de una acera a otra, parece que duran hasta las cinco de la mañana! ¿Te acuerdas, Carlos, de los indecentes y tristes faroles del siglo en que nacimos?, que más bien parecían lámparas sepulcrales que luminarias de hombres; pues, admírate más al saber que estos de ahora son infinitamente más baratos. ¡Consecuencia del orden y del trabajo, y nada más, amigo mío!

Tú sabes que siempre fui sensible de los pies y que no pasaba día que no imprecase sobre ese enlozado fantásticamente caprichudo, que en otro tiempo no nos dejaba caminar y que parecía deseoso de detener nuestra marcha; pues, amigo mío, otros tiempos y otras cosas, tienes a Lima más cómoda en su piso que la mejor ciudad del mundo añejo; unas veredas de maderas perfectamente iguales, elevadas de un pie sobre el centro de la calle, y con sus columnitas de tres en tres varas de distancia, para impedir el desvío de los carruajes, te facilita el modo de correr toda la ciudad en un momento y con la misma comodidad que sobre el más suave tapiz de Persia; es preciso confesar que si el ocupar nuestra alma en ideas elevadas y poéticas procura a nuestro ser distracciones inefables, no por eso es menos agradable a la vez, una buena mesa, un buen alumbrado, un piso suave y cómodo, y todas aquellas pequeñeces que son casi indispensables a esta, nuestra pobre naturaleza, ¡sobre todo al hombre que desde la cuna mama con la educación la molicie de las grandes ciudades! En fin, continué caminando con aquel desembarazo que procura al cuerpo una luz clara y un piso agradable, y miré hasta la antigua calle de las Mantas de la que no queda hoy ni aun el nombre, pues todo el jirón que abraza la distancia desde el puerto hasta la plaza tiene hoy el nombre de “Calle del Puerto”, el que se ve repetido, en cada esquina, en una tablilla negra con letras blancas. Al entrar a la plaza lo único que conocí fue la matriz que se me presentó soberbia con sus erguidas torres y la pila que parece encorvarse bajo el peso de la ancianidad, de todo lo demás no queda ni sombra; el palacio aunque colocado en el mismo sitio, merece hoy con justicia este nombre, pues sobre las ruinas del lugar que así se llamaba antiguamente, se ha elevado hoy un edificio bello y majestuoso, edificado según el estilo compuesto del día que yo creo participa más del griego que ningún otro; en sus cuatro frontispicios hay reunida a la elegancia aquella majestuosidad que debe anunciar a todos el santuario donde reposan nuestras leyes y donde como una recompensa honorable de la patria reside el ciudadano bastante benemérito para recibir la noble misión de hacerles dar puntual cumplimiento; al recordar la antigua ribera y fierro viejo no pude menos que exclamar: “¡Oh, tiempo de costumbres! Cuánto desearía que los que amé en un tiempo pudieran gozar, en mi compañía, tan dulces impresiones”.

¿Te acuerdas, Carlos, de aquella hermosa galería que se hallaba al medio del Palacio Real en París? ¿De aquella galería que encantaba y sorprendía a todo extranjero? Pues, amigo mío, con recordarla tiene una idea clara de los portales modernos de Lima; el lujo, la comodidad y el buen gusto se hallan ahí reunidos, y al pasear por ellos no se tiene que extrañar nada absolutamente…

En la esquina de uno de ellos se eleva una columna redonda de piedra en cuyo extremo hay un crucero formado por letras de fierro que contienen los nombres de las cuatro direcciones que desde ese punto se pueden tomar, nombres que se prolongan hasta sus extremos; más abajo se leen una porción de anuncios impresos sobre toda clase de asuntos. Entre los que se distinguen dos cuadros de caoba, el uno encierra el aviso del teatro de comedias, en él leí: “Para esta noche, Las Amazonas vengadas, tragedia en verso por el señor C. L., joven limeño”; en el otro (el aviso de la opera) leí: “La Nueva Julieta, imitación sobre un tema favorito de Rossini por el señor L. C. [que también es del país]”. Al recordar aquellos cartelones llenos de disparates con que adornaban los actores, en otro tiempo, nuestros antiguos portales, dignos más bien de excitar la curiosidad de habitantes de aldeas y ver esos cuadritos tan sencillos y elegantes, exclamé: “El progreso es general”.

Alucinado con los dos convites de espectáculos, me puse a meditar a cuál me dirigiría: por fin la música tuvo más imperio sobre mi corazón y me puse en camino (después de haber preguntado dónde era el local) por la calle de La Paz [antes Mercaderes] hasta la plaza de los italianos [antiguamente segunda plazuela de San Juan de Dios] donde se eleva majestuoso el bello edificio que los limeños tienen dedicado a las más tiernas musas; toda la plazuela estaba cubierta de carruajes de todas formas y tamaños, el edificio se halla hacia al frente de la plaza y lo ocupa todo él; sobre seis gradas de piedras de un pie de alto cada uno se elevan unas hermosísimas columnas rostrales con sus magníficos capiteles, las que sostienen unos remates del estilo griego, sobre las que reposan doce estatuas de piedra blanca, en el centro se ve a Apolo rodeado por ambos lados de sus hermanas, y a los extremos se hallan, a la derecha, Minerva; a la izquierda, Mercurio.

Penetrado de admiración entré en el interior, tomando antes un billete de asiento de orquesta; el teatro estaba lleno de gente y la señal se dejó oír al momento en que yo entraba. Una orquesta grandiosa comenzó a encantarme con su acento divino, y nada vi, mis sentidos todos se concentraron en uno solo; ¡qué acentos tan suaves, qué melodía tan armoniosa; en ella encontraba la variedad enérgica de Rossini, la suave melodía de Bellini, los caprichos de Donizetti, la gravedad sentimental de Beethoven y un no sé qué que tardé mucho en comprender, un no sé qué que fue enviado desde el Cielo a la inspiración americana!, un no sé qué, en fin, con que Dios o la naturaleza, la influencia del clima o de las costumbres ha puesto a todas las acciones, pensamientos y producciones de las diferentes naciones del mundo.

La orquesta concluyó su introducción y con el telón levantado la escena apareció a mis ojos, clara y radiante como una fantasía de Schubert… salió Julieta y una triple salva de aplausos arrancó de su pecho acentos de amor y de ternura. iOh!, amigos que en un tiempo amé, ¡por qué yacéis tranquilos en la tumba, por qué no os levantáis para venir a admirar conmigo a esta bella Julieta, limeña por la sangre y por el corazón!… Pero mi buen Carlos, perdóname, no puedo decirte más sobre la música, mi pluma vacila al recordar las impresiones que sentí en esta noche; en fin, el primer acto concluyó y por cinco minutos no cesaron ni los aplausos ni las coronas que desde los palcos arrojaban sobre el lugar que acababa de magnetizar Julieta con sus acentos, con sus lágrimas de amor.

Darmowy fragment się skończył.

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
16 stycznia 2025
Objętość:
483 str. 6 ilustracji
ISBN:
9789972454899
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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