Czytaj książkę: «El duelo»

Czcionka:

MANUEL NEVADO

JOSÉ GONZÁLEZ

EL DUELO

Crecer en la pérdida

Prólogo de

TEODORO HERRANZ


© del texto: Manuel Nevado Rey

y José González Fernández, 2020.

© del prólogo: Teodoro Herranz, 2020.

Realización de los gráficos: Grafime.

El dibujo de la página 115 es cortesía de

Centros para Mayores Casablanca.

© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: septiembre de 2020.

REF.: ODBO763

ISBN: 978-84-9187-709-7

AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL

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CONTENIDO

1  Prólogo

2  Introducción

3  1. La sociedad tanatofóbica

4  2. El duelo y su proceso

5  3. Tipos de duelo por fallecimiento

6  4. El síndrome de Ulises. Duelo migratorio

7  5. Duelo de pareja

8  6. Duelo infantil

9  7. La pérdida de un hijo

10  8. Aprendiendo a acompañarnos

11  9. Ejercicios y dinámicas para elaborar el duelo

12  Agradecimientos

Dedicamos este libro a todas las personas que nos han permitido ser sus acompañantes en sus duelos y a todos los alumnos y alumnas que, con sus preguntas, sus dudas y sus procesos de supervisión, nos hacen crecer como profesionales día a día.

A nuestros profesores, cuyas enseñanzas nos han guiado en el aprendizaje y, sobre todo, a la memoria de nuestros seres queridos fallecidos, quienes con sus ausencias nos enseñan el camino a seguir en la vida.

Gracias por ayudarnos a entender un poquito más que el duelo es la cuota que hay que pagar por haber amado.

PRÓLOGO

Para acercar este texto al lector, quisiera empezar por utilizar una de las acepciones que la RAE recoge del término «prólogo»: «Discurso que en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático».

A continuación, quiero subrayar el subtítulo de este libro, «Crecer en la pérdida». Parece difícil, a primera vista, unir la palabra «crecimiento» (desarrollo) con la palabra «pérdida», que cuenta entre sus sinónimos con términos como «menoscabo», «perjuicio», «disminución»… ¿Cómo es posible unir ambas palabras en una frase con sentido y con un propósito? Eso lo podremos ir conociendo y disfrutando a lo largo de los capítulos de este texto.

Permítanme que el discurso que precede a nuestro «poema dramático», que quiero entender como «estética en acción», parta de una imagen teatral. Cada ser humano tiene su propia obra dramática, su propia representación. El telón se levanta cuando venimos al mundo; frente a nosotros y junto a nosotros, en la platea y en el palco, están los coprotagonistas y espectadores de esta. Todos sabemos que la obra tendrá un final. A veces, lo vamos reconociendo, incluso anticipando; otras, es más sorprendente e inesperado. Algunas veces es más sereno y otras más abrupto, más desgarrador, pero, en cualquier caso, la obra tiene fecha de finalización y el telón se cerrará. El modo en que reaccionarán todos los participantes que acompañaron en distintos roles al protagonista serán sus propios duelos. Cómo serán esas reacciones ante la pérdida y cómo tratarlas es lo que vamos a poder aprender de la mano de este texto.

Pues bien, abrimos el telón de nuestra representación con palabras. En nuestra primera escena, los autores nos introducen en las fases del duelo, mostrando nuestra realidad más actual e inmediata. La que un día, en un lugar que todos considerábamos ajeno a nosotros, China, de la mano de un virus también lejano, hizo que la vida pasara a estar bajo amenaza. Todos vivimos y estamos viviendo la secuencia del duelo, a partir del «no es verdad», el enfado, la culpa, la pena… Como los autores nos dicen con una bella analogía, terminamos aceptando ver la Gran Vía vacía.

Esto nos pasa, esto lo reconocemos y podríamos describirlo, probablemente con palabras similares, pero este texto tiene el atrevimiento de ir un paso más allá, comprenderlo y explicarlo, es decir, avanzar en su conocimiento.

El primer acto de nuestra representación, «La sociedad tanatofóbica», nos muestra el miedo que la muerte ocupa en nuestras culturas y cómo nuestras respuestas individuales, en ocasiones, son la respuesta que guía el temor. ¿Quién de nosotros no se ha sentido torpe dando el pésame? Incluso ha necesitado ser acompañado más que acompañante en el dolor de alguien querido. Cómo podemos acercarnos a nuestros propios déficits y enriquecernos en recursos es uno de los logros de este capítulo. Pero, junto a ello, con un abundante trabajo de documentación actualizado, los autores nos señalan qué medios usamos como sociedad frente al temor a la muerte. Nos presentan dos herramientas que permiten facilitar la elaboración del duelo.

La primera es el humor. No la euforia hipomaniaca, que refleja justo lo contrario; el humor que se recoge en diferentes manifestaciones socioculturales y organizaciones como Payasos Sin Fronteras.

La segunda, los diferentes rituales que nos facilitan la despedida: epitafios, esquelas…, donde lo simbólico nos permite mantener unido lo que «ya» está separado. Quiero añadir, a los múltiples ejemplos que nos aportan los autores, uno especialmente querido para mí que incluye el valor del ritual y del humor: Jacob Levy Moreno pidió que en su epitafio se le recordara como «el hombre que introdujo la alegría en la psiquiatría».

Creo que los autores están creando el clima emocional necesario para que nos acerquemos al dolor de la pérdida en la siguiente escena: «El duelo y su proceso». En ella nos encontramos con un trabajo muy sistemático y amplio que parte de dos ideas, la elaboración del duelo y el proceso de aceptación. Los autores recogen en la primera el trabajo a realizar, y en la segunda la secuencia temporal, las fases por las que tenemos que transitar para atravesar el oscuro túnel de la pérdida. Recogen este proceso desde las posiciones más clásicas, como secuencias de etapas, a las más constructivistas, como tareas a realizar. El capítulo finaliza con un apartado en mi opinión especialmente importante para los profesionales, pero también para las personas que pasan por una situación de duelo: «La sintomatología de un proceso de duelo normal». Un duelo no se hace sin sufrimiento, pero ese sufrimiento acompaña al proceso de elaboración de este; no hay que leerlo partiendo de la patología.

Como ninguna vida es igual a otra, aunque todas tienen más de común que de diferente, los duelos también pueden ser clasificados por lo que los distinguen. Esta es la siguiente escena que nos muestran los autores bajo el título de «Tipos de duelo por fallecimiento». Aquí se recogen las diferentes y múltiples maneras de llevar a cabo las tareas que el duelo exige, se clasifican y se nos presentan: el duelo normal, el duelo patológico, el duelo crónico, el duelo anticipado, el duelo retrasado o inhibido, el duelo ambiguo. Sabemos que uno de los elementos que van a facilitar o dificultar la elaboración de los duelos es el tipo de muerte que la persona fallecida haya tenido. Con el mismo rigor y detenimiento nos explican las diferentes consecuencias emocionales que conllevan la muerte por accidente, por suicidio o por asesinato y la muerte sin cuerpo. Y, al final, nos encontramos con un análisis y presentación del modo de entender el duelo en la discapacidad intelectual, en personas mayores y en parejas, de una manera muy pautada y práctica.

No todos los duelos se refieren a la muerte. El duelo migratorio y el duelo de pareja también generan sufrimiento y por ello también tienen un lugar en este libro.

A veces, no querríamos abrir algunos telones ni querríamos que algunos dramas sucedieran, y, a pesar de su dureza, suceden, no los elegimos. De esos duelos se ocupan bajo el título «Duelo infantil». En este capítulo, los autores nos dotan de herramientas para acompañar a los menores frente a las pérdidas. Nos aportan numerosos modos y procedimientos para proteger a los niños sin incapacitarlos. Ocultar la realidad no les facilita adaptarse a ella. Aunque hay que saber cómo hacerlo en función de su desarrollo no solo emocional, sino también cognitivo. El concepto de muerte, de desaparición, y su comprensión están ligados a las propiedades del pensamiento infantil, como nos enseñaba Piaget. Siempre recuerdo con simpatía, trabajando con un grupo de niños de tres y cuatro años, cómo matábamos monstruos imaginarios, y cuando yo di por supuesto que el monstruo estaba muerto y el juego se había acabado, ellos me dijeron: lo revivimos y lo matamos otra vez. En relación con esta anécdota, cobran especial valor los principios que guían la comunicación de la muerte a los niños: «universalidad, irreversibilidad y progresividad». Todos nos morimos, no hay vuelta atrás, pero estar enfermo no significa que te vayas a morir. En el siguiente capítulo abordan una de las tragedias más devastadoras para el mundo afectivo de un ser humano, la pérdida de un hijo. Cómo acompañar y ayudar en estas circunstancias es otro de los logros que nos ofrece este texto. Y, por último, pero no menos doloroso, nos encontramos con el duelo perinatal, un duelo a veces incomprendido, a veces difícil de ser simbolizado, pero al que nunca se le debe quitar importancia.

La última escena se desarrolla en dos actos, «Aprendiendo a acompañarnos» y «Ejercicios y dinámicas para elaborar el duelo». En ellos podemos encontrar un amplio conocimiento de técnicas y procedimientos para enriquecer a la persona en duelo con recursos genéricos y específicos, para la sensación de evitabilidad, para la toma de conciencia, para la protesta emocional, para los duelos secundarios… Es la escena de la esperanza, la que nos permite darle sentido a nuestra función como psicoterapeutas y profesionales de la salud, en el proceso de estar al servicio de los dolientes.

Nuestro telón acaba de bajar, es el momento de hacer nuestra despedida, que no pérdida, de un libro que para mí será de consulta por la riqueza y amplitud de contenidos, por el detalle y actualización de estos, por la claridad y sistematicidad con la que se exponen. Invito a los lectores a que lo lean despacio, a que lo relean cuando lo necesiten y a que «crezcan en la pérdida».

TEODORO HERRANZ

Psicoterapeuta. Presidente de la Asociación para el Estudio de la Psicoterapia y el Psicodrama

Madrid, 28 de junio de 2020

INTRODUCCIÓN
NEGACIÓN

El 1 de diciembre de 2019, en la ciudad china de Wuhan, un grupo de personas fueron ingresadas en el hospital por una neumonía de origen desconocido y totalmente anómala en su origen, desarrollo y efectos. Este primer grupo de enfermos tenían una particularidad: la mayoría trabajaban en el mercado mayorista de mariscos de la ciudad. El día 8 de diciembre la Organización Mundial de la Salud señaló que esa extraña neumonía era consecuencia de un coronavirus, que quedó bautizado como COVID-19.

Como si fuera una pequeña profecía de lo que nos esperaba en el año 2020, la OMS informó el día 31 de diciembre de 2019, justo antes de Nochevieja, que en Wuhan los casos se estaban disparando. Ya no se circunscribían solamente a ese pequeño grupo de personas iniciales: la COVID-19 comenzaba a propagarse.

Poco a poco empezaron a aparecer en nuestros telediarios y programas informativos noticias que daban cuenta de que una ciudad china de nombre desconocido y con más de diecisiete millones de habitantes quedaba totalmente confinada. Sus habitantes no podían salir de sus casas. Oíamos hablar de cientos de muertos, nos llegaban informaciones confusas, nacía el miedo en la economía por las posibles consecuencias para nuestros bolsillos de lo que sucedía en China… Pero todo aquello todavía nos parecía lejano. Mientras, en España, los titulares seguían hablando de Cataluña, de la formación del nuevo Gobierno, de la Champions League y de La isla de las tentaciones.

Pero pronto el virus abrió sus alas y comenzó a extenderse por Asia y Oriente Medio, y a China se unieron Corea del Sur e Irán. Estos tres países se convirtieron así en los tres focos principales de la expansión de la enfermedad, mientras que en España la seguíamos viendo desde la lejanía de quien niega una realidad, de quien niega un duelo, en una reacción muy similar a la de quien está esperando que un especialista le dé una mala noticia: con temor a que llegue, pero negándose a querer recibirla.

A medida que se acercaba febrero, en Barcelona comenzaron a ultimarse los preparativos para la celebración del congreso más importante del mundo en el campo de la telefonía: el Mobile World Congress. Fue entonces cuando empezaron a surgir rumores sobre una posible cancelación debido al virus. Los medios económicos pusieron el grito en el cielo cuando las empresas participantes, esgrimiendo como justificación el miedo a la enfermedad, dieron inicio a un rosario de cancelaciones que provocó que, finalmente, el 13 de febrero se tomara la decisión de posponer el congreso, lo que supuso el primer gran golpe a nuestra economía.

Aun así, a pie de calle seguíamos viendo el virus de lejos y nuestra vida, a pesar de estas primeras reacciones, continuaba realizándose de espaldas a él y, por consiguiente —y como siempre en nuestra sociedad tanatofóbica—, de espaldas a la muerte.

Italia, nuestro país vecino, había detectado el primer caso de coronavirus el día 1 de febrero. No obstante, la negación (primera etapa del duelo) volvió a aparecer y, pese a todo, no se canceló la celebración prevista de varios partidos multitudinarios de fútbol, como el partido de ida de la Champions League entre el Atalanta de Bérgamo y el Valencia, que tuvo lugar el 19 de febrero y ha sido señalado recientemente como uno de los principales focos de infección y expansión del virus tanto por Italia como por España. Al fin, el día 7 de marzo Italia decretó el confinamiento total del país, si bien una semana antes ya se había decidido cerrar Lombardía. El éxodo de miles de italianos hacia el sur consiguió extender el virus a otras zonas de Italia.

En España, aunque se veía cerca, todavía continuábamos en la negación. El día 8 de marzo, en plena vorágine, miedo e incertidumbre por los primeros casos en nuestro país, se celebraron más de doscientos partidos de fútbol, manifestaciones y mítines multitudinarios de partidos políticos. El día 9 de marzo el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció las primeras medidas: colegios y universidades debían cerrarse y los espectáculos públicos se celebrarían a puerta cerrada. Aun así, y como la insensatez humana no conoce límites, ante la celebración el día 10 del partido de vuelta de la Champions League entre el Valencia y el Atalanta, que se jugaría en el campo de Mestalla sin público, la agrupación de peñas del Valencia pidió permiso para salir a la calle para recibir a su equipo y animarlo desde fuera del estadio. Pues bien, no solo se les concedió, sino que también se dejó pasar a más de tres mil seguidores del Atalanta, que, aunque no pudieron ver a su equipo, sí tuvieron libertad para pasear, beber y cantar por las calles valencianas, prueba evidente de que la sociedad continuaba viviendo de espaldas a lo que sucedía en China, Corea, Irán y Turquía, como se demostró también cuando los parques, tras el cierre de los colegios en ciudades como Madrid, se llenaron de nietos y de abuelos.

La situación, como no podía ser de otro modo, se desbordó: dejó de hablarse de Cataluña, de la Champions, a nadie le importaba ya la Liga de fútbol, ni siquiera se hablaba de La isla de las tentaciones ni de Supervivientes, el coronavirus lo atacó todo…

Pero, como dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, cuando el 13 de marzo se anunció el confinamiento, especialmente desde las grandes ciudades de Madrid, País Vasco y Cataluña, las carreteras se inundaron de coches con familias de viaje hacia sus segundas residencias mientras los informativos televisivos destacaban la noticia de un anciano de ochenta y ocho años diagnosticado de coronavirus que había sido trasladado a su casa para seguimiento domiciliario. Al entender que sus síntomas eran leves, no se le había ocurrido mejor idea que coger su automóvil y salir de la Comunidad de Madrid para dirigirse a Murcia, concretamente a la UCI, que es donde fue derivado varios días después de llegar a su segunda residencia.

ENFADO, IRA Y CULPA

Llegamos así a la segunda etapa del duelo: el enfado, la ira y la culpa. Sobre todo la culpa, pues nada hay más español que culpar de todo lo que nos ocurre al vecino sin mirar hacia nuestro interior, hacia nuestra propia responsabilidad. Somos así, miramos hacia atrás y nos sale la ira: «¿Por qué no se actuó antes?», «Debería haberse cerrado el país en febrero», «Los políticos son unos irresponsables»… Surgieron memes, fake news, vimos en nuestras pantallas a políticos con odio en la mirada y miles de ciudadanos irresponsables ocultaron a la mayoría silenciosa que cumplía las normas, cuidaba su higiene y respetaba los turnos.

TRISTEZA

Comenzaron las ruedas de prensa diarias y una persona pasó a formar parte de nuestras vidas. Entre militares llenos de estrellas y con aire solemne, políticos trajeados con barba y gomina y secretarias de Estado con traje chaqueta destacaba un señor desgarbado, despeinado, con aire de científico loco y cierto aspecto de faquir, Fernando Simón, que día tras día nos adentraba en la realidad del coronavirus: «Mil infectados, cinco mil, diez mil, treinta mil, ochenta mil…».

Llegaron las muertes de seres queridos, las despedidas sin abrazos, el miedo se apoderó de una sociedad atenazada que comenzaba por fin a aceptar esa pandemia mundial en la que todos y todas hemos terminado inmersos.

ACEPTACIÓN

El día 24 de marzo, el presidente del Gobierno anunció que alargaba el confinamiento otros quince días más. Ya se habían dejado de producir huidas hacia segundas residencias, las calles de Madrid se habían vaciado como en la mítica escena de la película Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, en la que Eduardo Noriega, en una pesadilla, se imaginaba la Gran Vía vacía, sin gente, sin coches. Pero no era una pesadilla sino la realidad, una realidad que se evidenció el día 30 de marzo del año 2020 cuando toda España se levantó conmocionada al conocer que Fernando Simón, quien hasta ese momento nos había ido proporcionando la evolución de altas, de fallecimientos y de nuevos infectados por la COVID-19, también había pasado a engrosar las filas de los nuevos contagiados.

En una sociedad tan tanatofóbica como esta en la que vivimos, el coronavirus había reventado la puerta de la información y el acceso a la muerte: seres queridos fallecidos sin posibilidad de ser despedidos, tanatorios y crematorios atestados, residencias de mayores al borde del caos, el Ejército vigilando las calles de Madrid, Barcelona o Bilbao. Miles de difuntos y de personas en duelos, víctimas de duelos inhibidos, sin la oportunidad del último abrazo, del último adiós. La COVID-19 nos ha mostrado los efectos más devastadores del final de la vida, del miedo a la muerte, y ha evidenciado los efectos de esta de una manera brutal, devastadora, sin llamar a la puerta ni pedir permiso.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
14 listopada 2024
Objętość:
233 str. 22 ilustracji
ISBN:
9788491877097
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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