Czytaj książkę: «La España austera»

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JOSÉ CALVO POYATO (Cabra, 1951) es doctor en historia. Además de su faceta como investigador de la crisis dinástica de finales del siglo XVIII, es un importante divulgador de nuestro pasado con obras como De los Austrias a los Borbones, Así vivían en el siglo de Oro, Reinas viudas de España o Altamira, historia de una polémica. En Arzalia Ediciones ha publicado, con éxito, El milagro del Prado. Desde hace dos décadas cultiva la novela histórica donde ha dado obras como La Biblia Negra, El manuscrito de Calderón, Sangre en la calle del Turco, El espía del Rey o la reciente La ruta infinita. Su obra ha sido traducida al alemán, francés, italiano, ruso, portugués y polaco, entre otros idiomas.

Desde la desaparición de las cartillas de racionamiento en 1952 hasta la muerte Franco en 1975 tuvo lugar el llamado “milagro español”. Si a comienzos de los cincuenta el hambre no era solo un mal recuerdo, a mediados de los setenta los niveles de bienestar eran más que notables. Entre medias había surgido una amplia clase media como nunca antes en nuestra historia.

Desgraciadamente el enorme progreso económico no fue acompañado de las libertades públicas y los derechos ciudadanos, constreñidos por una dictadura no tan monolítica como a veces se ha dicho.

La España austera es un ameno acercamiento a la vida cotidiana de aquellos años: desde la vivienda, la alimentación, la higiene, la vestimenta y su extenuante aprovechamiento, hasta las distintas formas de ocio y descanso (vacaciones, futbol, televisión, cine, fiestas y celebraciones) pasando por la asfixiante moral, la enseñanza, el humor o el noviazgo y matrimonio de los españoles.

Todos estos cambios se produjeron al tiempo que el turismo se convertía en una importante fuente de divisas y en un disolvente de la mentalidad de los españoles que veían aparecer en su horizonte gris unos exóticos vecinos de los que llevaban décadas artificialmente separados.

Con su característico estilo divulgativo, José Calvo Poyato nos ofrece aquí una documentada mirada de la España de nuestros padres y abuelos, de los años que pusieron las bases imprescindibles de la prosperidad posterior.

Un puñado de imágenes poco conocidas complementan el retrato de ese cuarto de siglo que cambió España para siempre.

LA ESPAÑA AUSTERA

José Calvo Poyato
LA ESPAÑA AUSTERA

Del fin del racionamiento a la muerte de Franco


El autor y el editor quieren agradecer muy destacadamente a Juan Antonio Ríos Carratalá su generosidad al compartir las estupendas y desconocidas imágenes incluidas en este libro para su difusión.

La España austera

Del fin del racionamiento a la muerte de Franco

© 2020, José Calvo Poyato

Autor representado por Silvia Bastos, S. L. Agencia literária

© 2020, Arzalia Ediciones, S.L.

Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea

ISBN: 978-84-17241-63-6

Producción del ebook: booqlab

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

www.arzalia.com

Índice

Introducción

1. España se queda sin cartillas

2. Bula para la Iglesia

3. Unos pactos que no fueron tratado

4. El humor… posible

5. Los referéndums franquistas

6. Amenaza de bancarrota

7. El deporte en una España pobre

8. Una final contra la Unión Soviética

9. Fiestas y celebraciones

10. Grandes cambios en la higiene y… la moral

11. Los pisos cambian la vida

12. La indumentaria en tiempos de austeridad

13. La llegada de la televisión

14. …Y Massiel ganó Eurovisión

15. La escuela y la enseñanza

16. Los largos y cálidos veranos

17. La época dorada del séptimo arte

18. Del noviazgo controlado a la relación prematrimonial

19. La mesa y la comida

20. Cuando la vida estaba en las calles

21. Clandestinidad, disidencia y oposición

Epílogo

Bibliografía

A quienes vivieron, padecieron y disfrutaron aquellos años.

Introducción

Quienes vivieron el cuarto de siglo que va desde el comienzo de los años cincuenta de la pasada centuria hasta la muerte de Franco —noviembre de 1975— asistieron a una gran transformación de España. A principios de los cincuenta el hambre era una dura realidad a la que se enfrentaba gran parte de los españoles. Las cartillas de racionamiento, que se establecieron por primera vez durante la Guerra Civil en una disposición tomada por el Gobierno presidido por Largo Caballero y que afectaba a la zona controlada por la República, eran una triste realidad. En esas fechas todavía se formaban largas colas para adquirir determinados productos que, para muchas familias, era difícil encontrar fuera de los establecimientos que tenían asignada la venta de los alimentos objeto de racionamiento.

Cuando Franco moría, un cuarto de siglo después, el país, aunque se encontraba seriamente afectado por la llamada «crisis del petróleo», en nada se parecía al que conocieron quienes aguardaban pacientemente a que les tocase el turno de entregar al comerciante los cupones de las cartillas con las que se adquiría buena parte de los alimentos que entonces componían la cesta de la compra, mucho más elemental que la de nuestro tiempo. Baste señalar que los yogures eran considerados un producto medicinal y, quienes podían permitirse el lujo de comprarlos, habían de hacerlo en las farmacias.

El propósito de este libro es acercar al lector a unos años de nuestra historia reciente que quedaron emparedados entre los de la posguerra y esos otros, conocidos como la Transición, que permitieron transformar una dictadura en una democracia. Un proceso este de la Transición que unos defienden como un modelo —lo fue en su tiempo para muchos países del este de Europa que abandonaban las dictaduras comunistas— para salir de un régimen totalitario y caminar hacia un sistema democrático. Hoy otros consideran que fue una prolongación del franquismo, porque en España no ha habido una verdadera democracia, y se refieren a aquellos años con el despectivo nombre de «régimen del setenta y ocho». Estas páginas pretenden presentar al lector determinados aspectos de la vida cotidiana de ese cuarto de siglo, sin perder de vista la situación política, pues era la que determinaba buena parte de las realidades diarias con que convivían o coexistían.

Unas realidades que tenían que afrontar los españoles de entonces, que experimentaron importantes transformaciones, algunas de ellas radicales, en numerosos ámbitos de su existencia. De un país donde la miseria y el hambre afectaban a amplias capas de la población, se pasó a otro industrializado, con un nivel de vida que, para los parámetros de entonces, había dejado atrás no solo el subdesarrollo, sino la catalogación de país en vías de desarrollo.

Una consecuencia de esas transformaciones fue la aparición de una clase media, de la que España había carecido con anterioridad, cada vez más amplia y que, en gran medida, sería el soporte social que a la muerte de Franco sostendría el cambio político que, visto con la perspectiva de algunas décadas, se produjo sin grandes alteraciones, pese a los asesinatos de ETA o los protagonizados por otros grupos tanto de extrema izquierda, como el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) o los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), como de extrema derecha, caso del Batallón Vasco Español (BVE) o la Alianza Apostólica Anticomunista, conocida como la Triple A. También se superaban, no sin dificultades, las intentonas golpistas —la más grave fue la que tuvo como eje el asalto al Congreso de los Diputados por dos centenares de guardias civiles, al mando del teniente coronel Antonio Tejero, en 1981— que venían formando parte de nuestra historia desde las primeras décadas del siglo XIX.

Si ese tiempo comenzaba con una serie de acontecimientos que influyeron decisivamente en la evolución de los años cincuenta, su final estuvo marcado por la mencionada crisis del petróleo que, entrados los años setenta, sacudió a las economías occidentales y de una manera particular a la española, que había alcanzado un importante grado de industrialización y cuya fuente de energía era precisamente este combustible, importado en su totalidad. La crisis produjo una fuerte escalada de su precio, que se multiplicó por cuatro en muy pocos meses. Era el final del petróleo barato. Ese incremento llevó a una espiral inflacionista de consecuencias desastrosas para la economía española que se prolongaría hasta finales de la década de los setenta, cuando, para hacer frente a la gravedad de la situación, se firmaron, gracias a un amplio acuerdo de las fuerzas políticas, los conocidos como Pactos de la Moncloa, siendo presidente del Gobierno Adolfo Suárez.

Nuestro objetivo, como hemos apuntado, es acercarnos a las condiciones de vida imperantes en aquellos veinticinco años. Aproximarnos a la existencia cotidiana de aquellos españoles que, habiendo dejado atrás el hambre en la mayor parte de los casos, vivían, sin embargo, en situación de pobreza o cuando menos de austeridad. Algo que se tradujo en el aprovechamiento de las cosas, a las que se daba una segunda y hasta una tercera vida, ya que no era fácil olvidar las carencias extremas de épocas anteriores. Fueron años en los que paulatinamente mejoraba la situación, pero no desapareció la austeridad porque seguíamos siendo pobres.

También nos acercaremos a aquellos acontecimientos que, por diferentes razones, influyeron en la transformación que experimentó una sociedad en la que con frecuencia chocaban dos formas de entender las cosas: una apegada a criterios más tradicionales y otra que iba asimilando las novedades. Pese a la apariencia de carácter monolítico que ofrecía el Régimen, se produjeron cambios cada vez más profundos en lo que a comportamientos sociales se refiere. Un ejemplo lo tenemos en la paulatina, pero imparable, pérdida de influencia de la Iglesia conforme avanzaban los sesenta. Si el abandono de las prácticas religiosas fue una realidad cada vez más extendida, quienes permanecieron vinculados a la institución se encontraron con que las formas de esa religiosidad adoptaban importantes variaciones una vez que se cerraba, en 1965, el Concilio Vaticano II. Esos nuevos comportamientos fueron acompañados de una situación material que evolucionaba a pasos agigantados y que recibió un fuerte impulso durante los años del desarrollismo o, como gustaba denominarlos el Régimen, los años del Milagro Español.

Muchas de esas realidades que marcaron la vida cotidiana de los españoles no se podrían comprender o, cuando menos, no se entenderían de forma adecuada, sin tener presentes algunos de los acontecimientos —ciertamente capitales— que hoy se estudian en los libros de historia. Nos referimos, por ejemplo, a los Pactos de Madrid, firmados con los Estados Unidos en un momento (1953) en que las crecientes tensiones de la Guerra Fría otorgaban a la península ibérica —y particularmente a España— un extraordinario valor estratégico, a la luz de un posible conflicto bélico con la Unión Soviética. Franco era, como es sabido, un declarado anticomunista, lo que incrementaba la importancia del papel geoestratégico que podía desempeñar España. Esos pactos marcaron el principio del fin del aislamiento, con las repercusiones fundamentales que un hecho como aquel tuvo en la vida diaria.

Otro acontecimiento destacable sucedido por esas mismas fechas fue la firma de un nuevo concordato con la Santa Sede (1953) que otorgaba privilegios extraordinarios a la Iglesia católica. Era la plasmación en un acuerdo diplomático del reconocimiento del Régimen hacia el papel que la Iglesia había tenido durante la Guerra Civil y a la importante ayuda prestada a la rebelión militar por una institución cuyos miembros habían sufrido de forma muy dura la represión ejercida por los sectores más radicales y anticlericales en la España que permanecía fiel a la República. Las consecuencias de ese concordato fueron verdaderamente determinantes en no pocos aspectos de la vida diaria de los españoles.

Singular importancia tuvo, en un momento particularmente dramático para las finanzas del Estado, la puesta en marcha del llamado Plan de Estabilización (1959). Suponía un cambio radical en los planteamientos económicos del Régimen que, incluso concluido el aislamiento internacional, seguía otorgando prioridad a los fundamentos de la autarquía, al considerar Franco que la capacidad de autoabastecimiento y la no dependencia de importaciones del exterior eran elementos esenciales. La autarquía, una de las bases principales del franquismo, alentada por los planteamientos de defensa de una identidad nacional y resultado del citado aislamiento exterior, tuvo que ser abandonada. Pero mientras Franco la mantuvo contra viento y marea, hasta finales de los años cincuenta, cuando precisamente el citado aislamiento hacía algunos años que había quedado atrás —España ya era miembro de pleno derecho de la ONU desde el 14 de diciembre de 1955—, deparó imágenes que hoy resultan verdaderamente llamativas. Es el caso de la proliferación de los gasógenos como fuente de energía nacional, a falta de otros combustibles, o la circulación por las calles de nuestras ciudades de los pequeños y llamativos Biscúter, los automóviles que se seguían fabricando en la España de los años cincuenta; los Seiscientos no comenzaron a salir de la factoría de Martorell hasta 1957.

Dicho plan, que suponía situar a la economía española, muy necesitada de capitales exteriores, en la órbita del sistema capitalista que imperaba en el mundo occidental, se adoptó finalmente contra la voluntad de Franco, por extraño que pueda parecer, dado el poder absoluto que tenía. Sus consecuencias repercutieron notablemente en la vida diaria de los españoles. Permitió, muy poco después, la puesta en marcha de los Planes de Desarrollo impulsados por los llamados tecnócratas —parte importante de ellos ligados al Opus Dei— y con la presencia en el Gobierno de los llamados «López»: López Rodó, López Bravo o López de Letona.

Para comprender la importancia de estos hechos hemos de hacer hincapié en que desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial España era un país al margen de las naciones de su entorno. Los derrotados regímenes totalitarios imperantes en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini eran equiparados ideológicamente al franquismo, si bien hay historiadores que sostienen la existencia de ciertas diferencias. Los aliados occidentales, vencedores de la contienda, no vieron clara una intervención en la España de Franco, como esperaba el Gobierno republicano que se había mantenido en el exilio, porque las disensiones con Stalin y la Unión Soviética ya habían aflorado y estratégicamente no resultaba conveniente. Se optó, simplemente, por la retirada de las embajadas y el aislamiento diplomático, lo que supuso una terrible decepción para el Gobierno de la República en el exilio y para quienes resistían con las armas en la mano, principalmente en las zonas montañosas de España, esperando ajustar cuentas cuando, una vez finalizada la contienda mundial, los aliados se enfrentasen a Franco. A comienzos de la década de los cincuenta, por diferentes circunstancias, principalmente por razones militares y estratégicas, los Estados Unidos establecieron relaciones diplomáticas con el franquismo, y ello fue el principio del fin del aislamiento internacional al que el Régimen había sido sometido. Ello significó, entre otras cosas, que la España del hambre se convertía en el destino de un creciente turismo que en los años sesenta terminaría atrayendo a millones de europeos que, seducidos por el sol, las playas y los precios de unos servicios que para sus bolsillos resultaban irrisorios, no prestaban demasiada atención al hecho de que los españoles estuvieran sometidos a una dictadura. Con el turismo consolidado como una de las principales fuentes de ingresos de la economía española, que por esa vía lograba reducir de forma significativa el déficit de su balanza comercial, el Ministerio de Información y Turismo, cuando Manuel Fraga Iribarne era su responsable, lanzó una importante campaña de promoción internacional bajo el lema Spain is different, que llevó a muchos españoles a tener la convicción de que realmente éramos distintos.

En el terreno político también se vivieron cambios sustanciales que, no obstante, no afectaron a la esencia del Régimen: la autoridad de que estaba investido Franco y el omnímodo poder de que gozó, así como la eliminación de cualquier disidencia con los Principios del Movimiento Nacional. El franquismo se sustentaba sobre la base de un único partido, y fuera de ese campo solo era posible moverse en la clandestinidad. Pero, contra una opinión muy extendida, se dieron transformaciones relevantes en el seno del poder. El dictador se apoyó, según las circunstancias, en las diferentes «familias del Régimen», como se denominaron en la época. El papel de los falangistas, muy importante en los años inmediatamente posteriores a la finalización de la Guerra Civil, fue decayendo paulatinamente. Las camisas azules —una prenda fundamental en la indumentaria falangista— fueron sustituidas por las camisas blancas, sin que ese color se asignase a ninguna ideología concreta; más bien era el de los tecnócratas, que desembarcaron en el Gobierno a finales de los años cincuenta e impulsaron el desarrollismo de los sesenta.

Otro tanto ocurrió con la Iglesia, cuyo apoyo a Franco en los años cuarenta y cincuenta dio lugar al llamado nacionalcatolicismo. Recordemos que Franco entraba bajo palio en las iglesias, su figura estaba sacralizada, como si fuera un cruzado —así aparece representado en alguna de las pinturas de Sáenz de Tejada— que hubiera luchado en una guerra considerada por la Iglesia, en efecto, una cruzada contra el marxismo, y su nombre se invocaba en las misas, junto al del Papa. Pero tras el Concilio Vaticano II (1966) la Iglesia vivió una profunda trasformación que hizo aflorar serias reticencias en algunos sectores eclesiásticos respecto a la colaboración sin fisuras con el Régimen. Esto dio lugar, en los últimos años de la dictadura, a situaciones inimaginables una década antes.

Al tiempo que se vivían estos cambios que alteraban las relaciones internacionales y hacían evolucionar la estructura económica del país, con la aparición de una cada vez más amplia clase media cuyas aspiraciones eran mucho más limitadas que las de nuestro tiempo, se transformaba la mentalidad de los españoles y se modificaban sus pautas de comportamiento. Poco a poco, el sobrepeso —signo de elegancia y distinción social en los años del hambre— resultaba cada vez menos atractivo, aunque todavía quedaba lejos el rechazo social que el exceso de kilos provoca en nuestros días. En esos años cambiaron de forma radical los gustos relativos a la música, con el paulatino decaimiento de los géneros tradicionales y un interés creciente hacia la llamada «música moderna», que englobaba ritmos muy diversos —twist, rock and roll, soul—.

También se vivió una auténtica revolución en cuanto a las formas de ocio. Fue el tiempo en que los pick-up o tocadiscos se difundieron, lo que favoreció la penetración de nuevos bailes, se popularizaron los guateques y aparecieron las boîtes, nombre que entonces se daba a los locales que luego se denominarían discotecas. Hasta hubo cambios sustanciales en las bebidas; la cerveza iba sustituyendo al vino y se iniciaba el dominio de la Coca-Cola, tomada sola o combinada con alcohol de alta graduación, como ron o ginebra. También hizo acto de presencia el whisky, aunque esa era bebida al alcance de muy pocos bolsillos, algo que en parte vino a solucionar la creación de unas destilerías en Palazuelos de Eresma (Segovia), que en 1963 comenzaron a comercializar un whisky autóctono al que popularmente se bautizó con el nombre de «segoviano».

Los cines, que habían vivido su época dorada en los años cincuenta y sesenta, entraron en crisis a partir de los setenta, ante la dura competencia que supuso la televisión, convertida, junto con el automóvil, en el objeto más deseado de los españoles, una vez que muchas familias habían solucionado el grave problema de la vivienda. Este último se afrontó con la construcción de pisos, que dejaron de ser modelo exclusivo de las capitales para extenderse por pueblos y localidades pequeñas y vinieron a alterar el paisaje urbano, dando lugar a otra de las grandes transformaciones vividas durante este periodo.

La moralidad también experimentó profundos cambios y la estricta separación de sexos que presidió la educación en los primeros años del periodo que abordamos fue desapareciendo, relevada por los llamados centros de enseñanza mixtos, considerados en un primer momento como inadecuados para la educación. La creciente llegada de turistas ya mencionada significó la aparición de comportamientos que contrastaban fuertemente con los imperantes en la España de la época. Las playas fueron calificadas por buen número de eclesiásticos como lugares de pecado y perdición donde hombres y, sobre todo, mujeres se exhibían de forma impúdica. La España del velo iba quedando atrás al tiempo que ganaba terreno el bikini. Esos cambios en los hábitos tuvieron sus efectos en la religiosidad. Si los templos habían estado abarrotados en las misas dominicales durante los años del nacionalcatolicismo, cuando se planteaba la recristianización de España y eran muy celebrados los llamados cursillos de cristiandad, ahora se abría paso el laicismo, con las consecuencias que ello implicaría en muchos órdenes de la vida.

El desarrollo económico sustentado en una creciente industrialización del país —sobre todo en zonas muy concretas que fueron descaradamente beneficiadas por el Régimen, como Cataluña y el País Vasco— y los efectos del turismo, convertido a partir de mediados de los sesenta en un fenómeno de masas, cambiaron el signo de la población. La España rural y agraria comenzaba a vaciarse en beneficio de las grandes ciudades y de las áreas industriales, que ofrecían mejores condiciones laborales y más posibilidades de progreso social. Si la población rural a comienzos de los años cincuenta suponía más de la mitad de la totalidad de los españoles, en los últimos tiempos de la dictadura se había reducido de forma considerable, sin que en aquellos momentos se atisbara todavía el grave problema que se estaba generando y del que la opinión pública solo ha sido consciente en los últimos años.

Todas estas cuestiones y algunas más serán las que analizaremos en las páginas de este libro que, como hemos apuntado, pretende acercar al lector a algunos de los acontecimientos que resultaron cruciales. Pero sobre todo a aquellos aspectos que marcaban el día a día de las personas. Esa realidad dinámica significó una transformación radical de unos españoles que vivieron bajo la dictadura franquista, que con demasiada frecuencia ha sido presentada como una etapa monolítica en la que apenas hubo cambios. No fue así. Ni en las alturas del Régimen ni en la realidad cotidiana.

Es cierto que el poder de Franco, una vez que quedó asentado, fue incontestable. No es menos cierto que Franco buscó en cada momento las alianzas políticas que más convenían a sus intereses y eso supuso cambios importantes. Por otro lado, la España de la alpargata tenía pocos elementos en común con la del Seiscientos, como señalara Juan Eslava Galán en el título de una de sus obras dedicadas a este periodo.

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España se queda sin cartillas

Los conocidos como años del hambre —fundamentalmente los cuarenta— fueron la consecuencia de tres fenómenos que se superpusieron en el tiempo. En primer lugar, las carencias derivadas de la Guerra Civil, en la que se había destruido gran parte del tejido productivo español. Según Ramón Tamames1, el 70 por ciento de las vías férreas y del equipamiento ferroviario estaba en malas condiciones, y en porcentajes parecidos se encontraban las carreteras, en muchas de las cuales había desaparecido buena parte del firme. La producción industrial también estaba afectada, sobre todo en Madrid, donde se había combatido durante muchos meses con perniciosas consecuencias; en menor medida en zonas como Cataluña, que, tras la derrota republicana en la batalla del Ebro, apenas ofreció resistencia al avance franquista. Mucho más graves fueron los efectos del conflicto en la producción agraria, cuya caída en picado generó una grave falta de alimentos y artículos de primera necesidad.

En cuanto al segundo de esos fenómenos, recordemos que, una vez finalizada la Guerra Civil, la meteorología de los años cuarenta fue, en líneas generales, negativa, algo particularmente grave para un país cuya economía tenía un importante déficit de industrialización y seguía siendo esencialmente agrícola. Se padecieron importantes sequías, pertinaces en el lenguaje del Régimen, que alcanzaron su punto más grave en los años 1944 y 1945. Los niveles de producción que había antes de la guerra no se recuperaron hasta los años cincuenta y, en paralelo, las cifras del Producto Interior Bruto anteriores a la contienda no se igualaron hasta el año 1953. Son datos que nos dan una idea de la intensidad de la catástrofe.

El tercero de los factores que incidió de manera directa en el hambre de los españoles fue el aislamiento internacional a que se vio sometida la dictadura franquista una vez concluida la Segunda Guerra Mundial. Las consecuencias fueron la carencia tanto de alimentos como de bienes de consumo y de equipamiento industrial, algo que obligó al Régimen a plantear como uno de sus objetivos económicos la autarquía económica, prácticamente una de las pocas respuestas que podía dar ante aquella situación.

El hambre que padeció una buena parte de los españoles —no fueron pocos los que murieron como consecuencia de las graves privaciones— se prolongó durante más de una década. Por señalar solo un ejemplo, la provincia de Córdoba, cuya extensa campiña estaba dedicada al cultivo de cereales, tuvo en 1945 una cosecha de trigo que apenas llegó al 30 por ciento de la que se consideraba normal; ese año la tasa de mortalidad se incrementó en casi un 50 por ciento con respecto a los índices de los años inmediatamente anteriores.

El remedio frente al hambre vino a través del racionamiento de ciertos productos y el control para su adquisición, al menos oficialmente, con una cartilla expedida por la autoridad gubernativa, que se implantó por primera vez durante el gobierno de Largo Caballero —eufemísticamente denominado Gobierno de la Victoria—, mediante un decreto promulgado en marzo de 1937. Se establecía «en todos los Municipios de la España leal la tarjeta de racionamiento familiar». Así pues, en la menguante parte de España que estaba bajo el control de la República, el racionamiento fue una realidad desde dos años antes de que finalizase la contienda. Sin embargo, la imagen del racionamiento está asociada a la posguerra y a una decisión de las autoridades franquistas, algo que, ciertamente, responde a la realidad, pero que no debe hacer olvidar el precedente republicano.

El origen del que podemos denominar «racionamiento franquista» hay que buscarlo en una orden ministerial de 14 de mayo de 1939, cuando, para hacer frente a la situación de desabastecimiento que sufría el país, se establecieron cartillas, siguiendo el mencionado modelo implantado dos años antes en la zona republicana. La diferencia fundamental era que ahora la medida afectaba a toda España. Durante la década de los cuarenta estos documentos fueron obligatorios para poder adquirir ciertos productos, principalmente los que componían la base de la alimentación de los españoles de entonces, cuyo referente era el pan, con un carácter casi sacralizado: si por alguna circunstancia un trozo de pan caía al suelo se recogía inmediatamente y se besaba con unción para, acto seguido, comerlo sin la menor vacilación.

El Gobierno estableció unas raciones en función de la edad, el sexo e incluso el tipo de trabajo que se ejerciera. En cualquiera de los casos las cantidades asignadas resultaban insuficientes para cubrir las necesidades alimentarias. Había dos tipos de cartillas. Una permitía comprar carne —todo un lujo— y la otra, el resto de productos que quedaban racionados y que no siempre se hallaban en las tiendas dispensadoras. Las cartillas eran una consecuencia de la escasez, y ello hizo que en el recuerdo de los españoles quedaran como sinónimo de hambre y mala calidad, pues tal era la de los productos que con ellas podían adquirirse.

En un primer momento, las cartillas tuvieron un carácter colectivo; se extendían a nombre del cabeza de familia y las cantidades asignadas estaban en función del número de miembros de la unidad, del sexo y de las edades de los mismos. En 1943 estas cartillas familiares se sustituyeron por otras individuales. Oficialmente se indicó que con el cambio se buscaba combatir los fraudes y el contrabando de alimentos, pero la razón fundamental de la sustitución era la pretensión de ejercer un mayor control de la población. Por esas fechas el número de personas que tenía su correspondiente cartilla —la práctica totalidad de los españoles— se acercaba a los veintisiete millones.

Como hemos apuntado más arriba, las cantidades establecidas diferían de acuerdo a determinados criterios. Una mujer recibía el 80 por ciento de lo que se asignaba a un hombre, y lo que se estipulaba para los varones variaba a su vez en función de la clase de trabajo que desempeñaran. Estaban primadas determinadas actividades por la particular necesidad de esfuerzo físico. Las personas mayores de sesenta años —en la década de los cuarenta esa edad suponía una avanzada vejez— tenía fijadas cantidades inferiores, las mismas que las mujeres. A los niños se destinaba el 60 por ciento de lo que correspondía a un varón adulto. En cualquier caso, las raciones nunca alcanzaban el mínimo requerido para una adecuada alimentación, a lo que se añadía la escasa calidad de los productos objeto de racionamiento. Para hacerse con ellos había que entregar los cupones correspondientes en las tiendas señaladas a tal efecto, irregularmente abastecidas, lo que implicaba la necesidad de esperar largas colas.

Nos hemos referido a que el alimento básico para los españoles de la época era el pan, pero el pan de calidad, elaborado con harina de trigo —conocido en la época como pan blanco—, nada tenía que ver con el que se podía comprar con las cartillas de racionamiento. Se llegó a amasar pan de cebada, se elaboró con harina de algarroba y con harina de alverjones, cuya ingesta podía provocar importantes trastornos e incluso la muerte. El pan blanco se convirtió en un artículo de lujo que no estaba al alcance de la mayoría de los bolsillos. También resultaban muy difíciles de adquirir productos como el azúcar o el café, que dependían, sobre todo el segundo, de unas importaciones que ahora se encontraban cerradas, si bien el contrabando funcionó regularmente y tuvo la notable importancia que suele cobrar en situaciones de restricción.

Para beber una infusión a la que se daba el nombre de café, aunque no lo era, se buscaron sustitutos como la achicoria o la cebada tostada. Había establecimientos —sobre todo bares y tabernas, porque el número de cafeterías era escaso— donde su precio era muy diferente según la cantidad de café que se degustaba. Una infusión de cebada se servía por una perrilla, era el llamado «café de la chica», mientras que, si la infusión estaba hecha con café, era el «café de la gorda»2.

Los alimentos de calidad, como el chocolate o la mantequilla, altamente valorados, fueron objeto de un activo mercado negro, principalmente en las capitales, donde había más recursos económicos, aunque los problemas de abastecimiento eran mucho mayores que en el entorno rural, donde resultaba más fácil conseguir trigo, aceite, vino, verduras o frutas, auténticas bendiciones en aquel mundo donde imperaba la escasez.

Fue frecuente que muchas familias acomodadas, para poder conseguir alimentos o atender otras necesidades, se vieran obligadas a desprenderse de algunos bienes, como joyas u objetos de oro y plata, algo que suponía un desdoro y una pérdida de prestigio social. En esa tesitura, en lugar de acudir a los montes de piedad, habitualmente se recurría a los servicios de personas de confianza que actuaban como intermediarios. Iban a casas donde la situación económica era boyante y mostraban esas piezas —pendientes, pulseras, relojes, collares o aderezos que habían pertenecido a la familia— con el propósito de venderlas, sin revelar cuál era su procedencia; no obstante, a veces decir a quién habían pertenecido añadía un plus de categoría y una dosis no pequeña de morbo. También se daba el caso de que esas personas interpuestas mantuvieran contactos con posibles compradores en una localidad distinta a aquella donde tenían su residencia las familias que se desprendían de los objetos en cuestión: otra forma de dificultar la identificación de quienes se veían en la necesidad de deshacerse de ellos.

El racionamiento estimuló la imaginación y el ingenio de las amas de casa, que con medios muy limitados habían de buscar la forma de dar de comer a su familia. Aparecieron las llamadas recetas de subsistencia, con las que se elaboraba una tortilla de patatas sin huevos y sin patatas —algo, que, en principio, parecería imposible— o una sopa de marisco sin tener marisco alguno —a lo sumo con el bigote de una gamba—. Se utilizaron las mondas de algunos alimentos, como por ejemplo de las patatas, para hacer caldos que, si bien alimentaban poco, llenaban el estómago al tiempo que lo calentaban. Los huevos eran considerados un alimento rico en nutrientes, principalmente las yemas. Muchas amas de casa las apartaban a la hora de elaborar tortillas a la francesa, que se hacían solo con las claras y a las que se les daba color con condimento amarillo. Las yemas se reservaban para alimentar a los enfermos o para el paterfamilias, sobre todo si este había de realizar un trabajo que requiriese un importante esfuerzo físico. La costumbre propia de estos años de escasez de añadir yemas de huevo a la leche se mantuvo en vigor cuando mejoraron las condiciones, ya bien avanzados los años cincuenta; las madres solían incorporarlas batidas para mejorar la alimentación de los niños, por ejemplo, en caso de enfermedad.

En las situaciones de mayor necesidad se recurrió con frecuencia a la recolección de algunas especies silvestres que crecían en las cunetas de los caminos, en los montes o en los bosques, como cardos, alcauciles, tagarninas, setas o espárragos. Algunos de esos frutos son hoy considerados delicias gastronómicas.

El editor y gastrónomo catalán Ignasi Doménech publicó el libro Cocina de recursos, cuyo título resulta suficientemente significativo: se trata de un magnífico recetario de subsistencia con el que hacer frente a la falta de medios propia de la época. En sus páginas aparecían, además de la mencionada tortilla de patatas sin huevos ni patatas, las chuletas de arroz, así como algunos trucos que permitían, entre otras cosas, alargar las raciones de pescado frito u obsequiar con calamares sin que se tuviera ningún cefalópodo que cocinar. Esta última receta requería un poco de agua, algo de harina, una pizca de sal y unas gotas de aceite. Se cortaba una cebolla en ruedas de forma que se pudieran separar los anillos, que, sazonados al gusto, se pasaban por la pasta de harina y agua antes de freírlos en un aceite que no estuviera demasiado caliente. Toda una muestra de ingenio del que hubo de hacer gala una generación de amas de casa acuciadas por la necesidad y la escasez.

En el prólogo del mencionado recetario su autor escribió:

La obsesión de estos meses finales de 1938 es la comida. Observo a todas horas las conversaciones más variadas para resolver el problema de comer nada más que regularmente. En las fábricas, talleres, oficinas, en todas partes, todos los días, hace semanas y meses que no se suele soñar más que en la comida. En mi imaginación suelo ver grandes mercados repletos de vituallas frescas y toda clase de comestibles, llenos de todas clases de manjares apetitosos a precios razonables…

Esa situación, que se prolongaría durante más de una década, empezó a mejorar al comienzo de los años cincuenta. La primera señal de que la falta de alimentos y el hambre que se derivaba de ello empezaban a ser un recuerdo fue la supresión de las cartillas de racionamiento; también por entonces empezaron a cerrarse los llamados comedores del Auxilio Social, donde se atendían las necesidades alimentarias de parte de la población.

Su desaparición significaba que la venta de productos básicos como el pan, el aceite, el arroz, o los garbanzos dejaba de estar controlada por el Estado y, a partir de aquella fecha, podían adquirirse sin mayores restricciones que las impuestas por la capacidad económica de cada uno. Suponía un duro golpe para el contrabando, que en aquella España recibió el nombre de estraperlo3 en alusión a un caso de escandalosa corrupción política que se vivió durante la Segunda República, protagonizado por algunos miembros del Gobierno, familiares allegados a los mismos y dos delincuentes internacionales, Strauss y Perle, con cuyos nombres se configuró el acrónimo estraperlo, que sirvió para denominar el comercio fraudulento de los bienes más demandados y escasos en la España de los años del hambre: tabaco de cierta calidad, mantequilla, café, azúcar, miel de abeja —era más fácil encontrar miel de caña, cuya marca más acreditada era Nuestra Señora del Carmen—, chocolate o jamón.

Esos productos tenían unos precios inalcanzables para muchas economías, y su fraudulento comercio permitió enriquecerse a quienes se dedicaban a aquel negocio que estuvo muy extendido. Ante estos episodios de contrabando las autoridades actuaban a veces incautando los productos, pero en muchas ocasiones sus agentes hacían la vista gorda a cambio de recibir algún paquete de café, una botella de coñac, unas tabletas de chocolate… Estas prácticas con las que se habían enriquecido algunos desalmados empezaron a dejar de ser rentables conforme avanzaban los años cincuenta, aunque algunas mercancías, entre otras el tabaco rubio americano o determinadas bebidas de importación —ciertas marcas de whisky, por ejemplo—, siguieron siendo objeto de un intercambio ilegal que ha llegado a nuestros días.

La nueva situación no significaba que las carencias hubieran quedado atrás, la mayor parte de los españoles seguían siendo pobres y la alimentación a la que tenían acceso continuaba siendo deficiente, pero el horizonte aparecía cada vez más despejado. Los años cincuenta ofrecen ya imágenes muy diferentes. Las largas colas desaparecieron y las tiendas de comestibles y de ultramarinos mostraban las estanterías llenas de latas y botes de conservas, o embutidos arracimados y colgados de barras suspendidas del techo.

En esos años la capacidad adquisitiva de las familias era aún muy escasa. Una cosa era que el mercado ofreciera productos y otra muy diferente que pudieran comprarse. Una parte importante de los españoles eran pobres en el sentido que la expresión tenía en aquella época, bien diferente del que ha adquirido en nuestro tiempo. En la inmensa mayoría de los casos los salarios solo alcanzaban para cubrir las necesidades más elementales de las familias, lo que dio lugar a que en los inicios de los años cincuenta se produjeran protestas por el alza de los precios y el encarecimiento de la vida, protestas que el Régimen colocaba en la cuenta de células comunistas que, supuestamente, trataban de alterar la paz pública.

Aunque los medios de comunicación se encargaron de silenciarlo, en 1951 se registró en Barcelona un boicot a los tranvías por la fuerte subida del precio del billete. El boicot era una forma de protesta que, a diferencia de la huelga, no implicaba riesgo alguno para quienes lo llevaban a cabo. Se trataba, simplemente, de no utilizar aquel medio de transporte. Esta acción resultó muy efectiva: ante las graves pérdidas que suponía que durante varios días los antiguos usuarios no utilizaran los tranvías, la empresa concesionaria se vio en la necesidad de anular la subida.

La pobreza tenía como consecuencia la austeridad que marcó a aquella sociedad. Era particularmente grande en el medio rural, esencialmente vinculado a las actividades agrícolas. La falta estacional de trabajo, una vez que en el campo se daban por concluidas aquellas tareas que empleaban una gran cantidad de mano de obra, como la siega, la vendimia o la recogida de la aceituna, dejaba en una situación penosa a una ingente masa de jornaleros que quedaba sometida a un paro temporal que, sin la existencia de coberturas sociales, llevaba el hambre y la penuria a las familias. En esas circunstancias era una práctica común que en las tiendas de ultramarinos se comprase al fiado. Comprar al fiado y de fiado significaba hacerlo a crédito; es decir, sin abonar al contado el importe de lo que se adquiría, dejando el pago para más adelante. Ese crédito tenía un límite que dependía del criterio del tendero, que con frecuencia se establecía en función de cómo hubiera sido el pago de débitos anteriores. Estas situaciones no eran algo excepcional, sino que solían repetirse cíclicamente y se convertían en verdaderas tragedias cuando la cosecha era corta y el trabajo escaseaba, incluso en la época de la recolección. Cuando se llegaba al límite del crédito no se daba más al fiado, circunstancia que se hacía expresa con carteles que así lo indicaban, colocados en lugares bien visibles del establecimiento. Alguno de ellos lo señalaba con cierto ingenio: «Hoy no se fía, mañana sí».

La pobreza y la austeridad se extendían a capas de población muy amplias, no solo a los temporeros agrícolas. Los salarios en aquellas actividades laborales que no estaban sometidas a la estacionalidad de las faenas del campo no permitían tampoco muchas alegrías. En los años cincuenta, la clase media, que iría configurándose conforme avanzaban los años sesenta, era todavía muy débil, y en amplias zonas del mundo rural, prácticamente inexistente.

La escasez, las raciones y las penalidades también sirvieron como fuente de humor con que animar unos tiempos tristes. Algunas compañías de revista y variedades recorrían también los pueblos que disponían de infraestructura para ello. Se representaba el vodevil y se contaban chistes picantes; una parte de los espectáculos se dedicaba a la canción, y las vedettes, hasta donde la censura lo permitía, enseñaban partes de su anatomía, lo que daba lugar a no pocos escándalos. En cierta ocasión, durante la representación de la escena de un vodevil en la que un actor despreciaba la miga del pan porque se le hacía difícil tragarla, alguien entre el público gritó: «¡Para mí ese migajón, que es el que le falta a mi ración!».

Con el final de las cartillas de racionamiento la escasez de alimentos dejaba de ser la gran amenaza que había presidido la vida de los españoles durante los años cuarenta, pero su recuerdo seguía estando muy presente, y en el imaginario colectivo los recelos estaban muy lejos de disiparse. Incluso entre las clases más acomodadas se imponía una frugalidad que, más allá de la falta de recursos, se había convertido en una forma de vida en la época. Una forma de vida que se encuentra muy lejos de las actitudes que definen nuestro tiempo, donde la austeridad, considerada antaño una virtud, ha desaparecido porque la sociedad se mueve en parámetros hedonistas que han hecho del disfrute de lo material uno de sus principales objetivos.

Por otro lado, la desconfianza de los españoles en el Estado y la falta de fe en sus clases dirigentes4 hacía que fueran muchos los que pensaban que aquella apariencia de mejora podía no ser más que una operación de propaganda y que en cualquier momento la situación podría revertirse y volver otra vez el racionamiento, pese a las soflamas acerca del bienestar que empezaba a imperar en lo que el Régimen denominaba la España de Franco, como si se tratase de una extensa propiedad que el dictador tuviera derecho a manejar según sus particulares criterios.

Bastaba con mirar alrededor para darse cuenta de que la realidad en la que vivía inmersa buena parte de la población era muy diferente de lo que se pregonaba o podía deducirse de las imágenes ofrecidas en los cines por los documentales del NO-DO, en los que España aparecía como el mejor de los mundos posibles. No dejaban de abrirse modernas carreteras, se ponían en funcionamiento nuevas vías férreas, era continua la inauguración de fábricas… Incluso los trabajos más duros eran presentados de forma amable, como en el caso de los mineros que aparecen en la película Esa voz es una mina que, en 1955, dirigía Luis Lucia y tenía como protagonista a Antonio Molina, intérprete de uno de los grandes éxitos de la época: «Yo soy minero».

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1 Ramón Tamames: La República. La era de Franco.

2 El nombre de perrilla o perra chica proviene de la moneda de cinco céntimos de peseta que se puso en circulación en 1870, una vez que la peseta fue adoptada como moneda de España (1868). En el reverso aparecía un león, pero su imagen era tan extraña que la voz popular se refería a él como una perra. La moneda de cinco céntimos era la perra chica, mientras que la de diez fue bautizada como la perra gorda. Estas monedas de cobre fueron sustituidas en 1941 por otras del mismo valor, pero acuñadas en aluminio y ya sin la imagen del león, aunque popularmente siguieron denominándose perra chica o perrilla y perra gorda.

3 El caso del estraperlo se produjo en 1935, siendo presidente del Gobierno Alejandro Lerroux. El fraude consistía en trucar las ruletas de los casinos donde se había legalizado el juego. Cuando salió a la luz pública, el escándalo fue monumental y más aún cuando se supo que estaban implicadas algunas autoridades. Salpicó al propio presidente y llevó a la caída del gabinete. Al no poder recomponerse la situación, el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, se vio obligado a anticipar la convocatoria de elecciones, que se celebrarían en febrero de 1936.

4 En nuestra opinión el descrédito actual que afecta a los políticos y a la actividad política, rayano en el rechazo, para un elevado porcentaje de la población, que los considera uno de los principales problemas de la España de hoy, no supone una novedad. Ese descrédito se acentúa en ciertos momentos por determinadas causas. Pero la actividad política, por lo general, no ha gozado nunca del favor de los españoles. Aclaremos que tal rechazo no es una singularidad hispana, sino que suele estar bastante extendido también en otros países. Somos menos diferentes de lo que en el franquismo se empeñaban en hacernos creer cuando se popularizaba el Spain is different, como señuelo para atraer al turismo, impulsado por Manuel Fraga Iribarne cuando fue ministro del ramo, como hemos referido.

2
Bula para la Iglesia

Al año siguiente de la desaparición de las cartillas de racionamiento, en el mes de agosto de 1953, se firmaba en la Ciudad del Vaticano un nuevo concordato entre el Estado español y la Santa Sede.

La Iglesia, durante los años de la Guerra Civil, se había decantado de forma clara por el bando franquista. Brindó un importante apoyo moral y también económico a las tropas nacionales. Consideró la lucha contra la República una cruzada, principalmente porque el levantamiento militar —la proclama lanzada por Franco el 17 de julio concluía con un «¡Viva la República!» que, a tenor de cómo se desarrollaron posteriormente los acontecimientos, resulta ciertamente llamativo— lo era fundamentalmente contra el Frente Popular, que, en muy poco tiempo, como consecuencia de la intervención de la Unión Soviética en apoyo de la República, derivó en una lucha contra el comunismo. La guerra para la Iglesia católica se convirtió en una cruzada en defensa de la religión.

El apoyo que ofreció a Franco para acabar con una situación que había sido claramente contraria a sus intereses desde el momento en que se aprobaba una constitución, la de 1931, que declaraba al Estado laico, fue recompensado con una extensión de privilegios que quedaría ratificada en el concordato que ahora se firmaba con la Santa Sede.

Este nuevo acuerdo con el Vaticano venía a sustituir el que se había firmado un siglo antes (1851) bajo el reinado de Isabel II. Aquel buscó un acuerdo que permitiera normalizar las deterioradas relaciones diplomáticas con Roma, como consecuencia de la desamortización de los bienes eclesiásticos llevada a cabo por Juan Álvarez Mendizábal. Entonces se reconoció la católica como única religión de la nación española y se abordaba una cuestión sumamente importante, auténtico caballo de batalla cuya resolución está pendiente incluso en nuestros días, al establecer que la enseñanza estaría impregnada por los principios dogmáticos y morales del catolicismo en todos los niveles educativos.

En el artículo II se apuntaba lo siguiente:

… la instrucción en las Universidades, Colegios, Seminarios, y Escuelas Públicas o privadas de cualquier clase, será en todo conforme a la doctrina de la misma religión católica; y a este fin no se pondrá impedimento alguno a los obispos y demás prelados diocesanos encargados por su ministerio de velar sobre la pureza de la doctrina de la fe y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aún en las escuelas públicas.

Asimismo, se reconocía el derecho de la Iglesia a que las órdenes religiosas, legamente establecidas en España, pudieran abrir colegios destinados a la enseñanza de los jóvenes.

Ese concordato de 1851 estableció las bases de las relaciones entre la Iglesia y el Estado hasta el año 1931, cuando la nueva constitución de la Segunda República decretó el laicismo del Estado y dejó en suspenso su contenido, lo que convirtió en una continua fuente de problemas la relación del Gobierno con la Santa Sede. El régimen de Franco puso fin a esa situación de conflicto al establecer desde el primer momento su vinculación con la Iglesia católica. Era una postura completamente lógica, habida cuenta de que sus templos y bienes habían sido saqueados en muchos lugares que quedaron en zona republicana, y sus representantes, perseguidos, en no pocas ocasiones con verdadera saña, e incluso un elevado número de ellos ejecutados por el simple hecho de ser religiosos.

La rúbrica del nuevo concordato, que era en gran medida una actualización del de 1851, se hizo esperar porque en el Vaticano estaban escarmentados con la firma de convenios diplomáticos con regímenes dictatoriales. Cabe recordar los acuerdos de Letrán, establecidos con Mussolini, que ponían punto final a la cuestión de la incorporación de los Estados Pontificios a Italia, cuando fueron invadidos en 1870 por las tropas piamontesas. El concordato con el franquismo no fue rubricado hasta catorce años después de concluida la Guerra Civil, pese a los deseos del Caudillo, que pretendía haberlo hecho mucho antes.

Por parte española las negociaciones fueron dirigidas por el ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín-Artajo, y el embajador ante la Santa Sede, Fernando María Castiella. La firma, que tuvo lugar en la Ciudad del Vaticano el 27 de agosto de 1953, supuso un paso de vital importancia en el reconocimiento internacional del Régimen. Por otro lado, significaba la ratificación del predominio de la Iglesia católica, algo que resultaría determinante para numerosos aspectos de la vida cotidiana de los españoles, tanto desde la perspectiva pública como privada, a cambio de su identificación total con el Régimen. Suponía, en definitiva, dar carta de naturaleza a lo que ya se denominaba como nacionalcatolicismo, una tendencia que había tenido una de sus grandes manifestaciones en 1952, con la celebración en Barcelona del Congreso Eucarístico Internacional.

La recuperación de la religiosidad popular se materializó a través de numerosas manifestaciones públicas. En forma de novenas, cultos específicos a los santos patronos y patronas, romerías, procesiones… Se solemnizaron las primeras comuniones, los bautizos y la celebración de los matrimonios, que, necesariamente, habían de ser religiosos, mientras que el matrimonio civil era un mero trámite al que no se daba importancia.

Las procesiones, que habían pasado por momentos de dificultad durante la Segunda República, recuperaron el protagonismo durante la Semana Santa. Los imagineros volvieron a tener trabajo, ya que muchos de los pasos que concentraban la devoción de los fieles y eran sacados en andas habían sido destruidos. Bien porque los templos donde se les rendía culto fueron incendiados durante la República, bien porque en muchos lugares que quedaron al comienzo de la Guerra Civil en la zona controlada por el Gobierno republicano se cometieron desmanes contra las imágenes, destruyéndose muchas de ellas. Ciudades como Málaga, cuya Semana Santa contaba con valiosos ejemplos de la imaginería barroca —en buena parte pertenecientes a la escuela de Pedro de Mena—, vieron cómo desaparecían muchas de las piezas más veneradas por una parte importante de los malageños.

Volvían a circular entre las familias más religiosas pequeñas hornacinas portátiles que alojaban imágenes de culto en los domicilios particulares. Eran los propios devotos, que las tenían en su hogar veinticuatro horas, los encargados de trasladarlas, a la hora acordada, de una vivienda a otra. Durante la República las autoridades locales prohibieron esta costumbre por considerarla práctica perniciosa para la salud, ya que en muchas casas servían para acompañar a los enfermos, que fiaban su curación a la presencia de estos iconos religiosos, y se pensaba que podían actuar como vectores para el contagio.

Lo religioso, hasta en los detalles más nimios, impregnaba la vida diaria de los españoles —los niños entraban en sus casas al regreso del colegio gritando un «Ave María Purísima» que era respondido desde el interior con un «Sin pecado concebida». En muchos hogares se rezaba el ángelus —incluso se detenían algunas tareas laborales de forma momentánea a las doce del mediodía—, que era anunciado, algo que se mantiene en la actualidad, con un repique de campanas.

Tras la firma del concordato y a lo largo de los años cincuenta y sesenta formaron parte de la realidad religiosa los llamados «cursillos de cristiandad», con los que se pretendía asentar la fe de los devotos, al tiempo que se buscaba atraer a muchos de aquellos que habían manifestado su rechazo a la Iglesia durante los años de laicismo que presidieron la Segunda República. Se celebraron misiones basadas en la idea de que era una necesidad cristianizar de nuevo a España.

Asimismo, tanto en parroquias como en centros docentes, estuvieron muy presentes los ejercicios espirituales. En los institutos de Enseñanza Media se hacían compatibles con las clases, que se reducían durante algunas horas o incluso se interrumpían durante varios días para su celebración. En ellos se alternaban las pláticas, una especie de pequeñas conferencias que tenían mucho de sermones, en los que se exhortaba al cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, así como a la práctica de las virtudes cristianas. Un particular impacto tenían —no debe perderse de vista la edad de los alumnos— los asuntos que versaban sobre la carne, uno de los tres enemigos del alma, el peor enemigo de los jóvenes, incluso por encima del demonio. La testosterona, aunque entonces nadie tenía idea de lo que era aquello, estaba disparada. Tanto que corría el rumor, nunca confirmado, de que en los numerosos internados de la época se añadía a la leche de los desayunos una importante cantidad de bromuro —no se especificaba de qué clase— para inhibir los desaforados apetitos sexuales de los muchachos. El origen de esta leyenda hay que buscarlo en la difusión de la noticia de que en los campos de prisioneros, durante la Primera Guerra Mundial, era práctica habitual para rebajar la libido de los prisioneros. En aquellas pláticas se insistía en que los efectos derivados de la masturbación eran muy graves para la salud: se consideraba desde causa de epilepsia hasta motivo de ceguera o daño cerebral. Solían tener un gran impacto las alusiones a la condena eterna que suponían las penas del infierno, descritas con tal realismo que eran muchos los que tenían la impresión de que el lugar había sido visitado, en efecto, por quien lo describía con tanto realismo y tan gran número de detalles.

Los ejercicios espirituales eran impartidos por sacerdotes que no formaban parte del claustro de profesores. Solían ser miembros de alguna orden religiosa y destacaban entre ellos los jesuitas. La Compañía de Jesús tenía merecida fama en aquella materia. Algo que resultaba lógico, pues sus integrantes eran conocidos como los hijos de san Ignacio, fundador de la Compañía e iniciador de dicha práctica religiosa en el siglo XVI.

Las reacciones ante el anuncio de que iban a celebrarse los ejercicios, que solían coincidir con el tiempo de cuaresma, eran muy diferentes entre el alumnado, si bien había algo en lo que todos coincidían: eran días en los que cesaba la actividad académica y, por lo tanto, no había que asistir a ciertas clases que resultaban particularmente detestables —para unos eran las de latín y para otros las de matemáticas—, como era detestable la existencia de ciertos profesores que inspiraban un temor a sus alumnos que iba mucho más allá del respeto que había de guardarse. A partir de esa unanimidad, estaban los que consideraban aquello un «rollo» que había de soportarse, pero que era preferible a la rutina académica, y también quienes los entendían como un momento de poner en revisión sus vidas y hacer ciertos propósitos de mejora en lo referente a aspectos muy diversos.

En las parroquias se celebraban actividades religiosas de carácter más popular. Entre ellas, las denominadas misiones. A los eclesiásticos que las impartían, que no eran los párrocos, se les llamaba misioneros porque emprendían una especie de reevangelización destinada a extirpar la mala semilla que había sido sembrada por el laicismo y por las actitudes antirreligiosas —básicamente anticlericales— habituales durante la Segunda República. En muchas iglesias se dejaba testimonio del paso de los misioneros con alguna imagen que se tallaba expresamente para la ocasión o con una cruz a cuyo pie rezaba una leyenda alusiva a las misiones de un determinado año. Se compusieron canciones sobre la actividad pastoral de estos propagadores de la fe, a quienes se dedicaba una especial despedida.

Se consideraba de buena nota pertenecer a una o varias cofradías y hacer el camino procesional acompañando a la imagen. Era frecuente la asistencia de las autoridades civiles y que algunos pasos fueran escoltados por miembros de la Guardia Civil. Particular solemnidad revestía la procesión del Corpus Christi, que, según una larga tradición, en caso de salir por la tarde, había de recogerse antes de la puesta de sol para evitar los peligros que suponía el concurso de gentes de ambos sexos después de haber anochecido. Acompañaban al Santísimo Sacramento —la costumbre se sigue manteniendo en muchos lugares— los niños que habían hecho aquel año la primera comunión. Las calles por donde había de pasar el recorrido procesional se engalanaban de forma especial. Los balcones se cubrían con colgaduras —muchas de ellas eran la bandera de España—, se colocaban guirnaldas y se alfombraba el suelo con ramos de gayomba que florecía en los campos por aquellas fechas. Se entonaban cánticos religiosos durante el recorrido y en algunos puntos del mismo se levantaban pequeños altares.

Esa intensificación de la religiosidad no era obstáculo para que se dieran situaciones llamativas. Se cuenta que, durante el recorrido de una procesión en un pueblo de la costa granadina, se produjo un altercado. La imagen objeto de veneración era la de una Virgen dolorosa. Precediendo al trono marchaba una representación del clero de la localidad y, por detrás, acompañaban a la imagen las autoridades civiles y militares del pueblo; la comitiva iba escoltada por números de la Guardia Civil, en una simbiosis perfecta entre representantes del poder temporal y el espiritual. En un punto del recorrido un individuo gritó con fuerte voz —la noticia no aclara si el susodicho se encontraba en estado de ebriedad—:

Madre de los Dolores,

que mal acompañada vas.

Si granujas son los de delante,

peores son los de detrás.

El escándalo fue monumental y el espontáneo poeta fue a dar con sus huesos a una celda del cuartelillo. La notica no concretaba si el castigo fue a más o solo quedó en el mencionado encierro.

El nuevo concordato ampliaba los privilegios de la Iglesia española. Mantenía, al quedar establecida la confesionalidad del Estado, una importante dotación económica para el sostenimiento del clero secular y otorgaba a la institución una serie de privilegios fiscales tanto para los bienes de titularidad eclesiástica como para las actividades del clero. Permitía, igualmente, el control de aspectos fundamentales de la enseñanza —incluido el derecho a fundar universidades—, que había de adecuarse a los fundamentos religiosos sostenidos por Roma. El monopolio de la enseñanza de la religión católica en los centros públicos solo quedaba roto por la posibilidad de no asistir a las clases de religión para aquellos niños que pertenecieran a otra confesión religiosa. No se reconocía la existencia del agnosticismo y menos aún del ateísmo. Permitía la censura eclesiástica sobre los libros, las películas o las canciones…

El culto católico monopolizaba las celebraciones, con una sola excepción. Habida cuenta de que el concordato se firmaba en 1953, y en esa fecha España mantenía el control del Protectorado sobre una parte de Marruecos, sobre el enclave de Ifni y sobre el territorio de Sáhara, al que se daba el nombre de Río de Oro, en esos territorios se toleraba el islam.

La Iglesia tenía competencias exclusivas sobre las causas matrimoniales, al ser obligatorio el matrimonio canónico. Algo que lo convertía en indisoluble. Se ponía fin así a la existencia del divorcio, que había estado vigente durante la Segunda República y durante la Guerra Civil en la zona republicana. La imposibilidad de divorciarse no era obstáculo para que las parejas se separasen, pero el vínculo matrimonial no se disolvía. La separación estaba mal vista y eran contadas las que estaban dispuestas a afrontar el rechazo social que una decisión como aquella implicaba. Solo el llamado Tribunal de la Rota podía deshacer el vínculo del matrimonio, cuando la autoridad eclesiástica consideraba que se había recibido el sacramento faltando a alguno de los elementos esenciales para recibirlo. La obligatoriedad del matrimonio canónico hacía que el Libro de Familia se entregara a los contrayentes en el mismo templo donde se habían celebrado los esponsales. El documento era requerido en hoteles, hostales y pensiones cuando una pareja viajaba para poder compartir habitación. Era la forma de acreditar que estaban convenientemente casados y que cohabitar en un mismo dormitorio no suponía un atentado contra la moral. Esa situación se mantuvo en vigor hasta casi los momentos finales de la dictadura.

Técnicamente, el concordato de 1953 continúa vigente, pues no se ha derogado ni ha sido revocado y tampoco se ha firmado uno nuevo entre la Santa Sede y el Gobierno de España. No obstante, el contenido del mismo está sustancialmente modificado en algunos aspectos por lo acordado entre el Vaticano y España en los años 1976 y 1979. La Constitución española señala que el Estado es aconfesional, lo que viene a modificar sustancialmente el artículo primero del concordato vigente.

El nacionalcatolicismo, como una de las piedras angulares del Régimen, funcionó hasta bien entrados los años sesenta. Las cosas comenzaron a cambiar con la subida al pontificado de Pablo VI (1963) y la conclusión, el 8 de diciembre —coincidiendo con la festividad de la Purísima Concepción— de 1965, del Concilio Vaticano II. La Iglesia que salía de este concilio tenía muy poco que ver con la que había firmado el concordato de 1953 y, por otra parte, la España lanzada al desarrollismo de esos años había variado sustancialmente en lo referente a la moral y las costumbres.

La realidad religiosa de España a partir de ese momento se hizo mucho más compleja. Las directrices que emanaban del concilio significaban un cambio de postura de la Iglesia, lo que afectaba a sus relaciones con el régimen de Franco, pero ese planteamiento no fue aceptado por la totalidad del clero, y parte de la jerarquía eclesiástica manifestó sus reticencias para adaptarse a la nueva situación. Sin embargo, otra parte sí asumió las nuevas consignas del concilio. Para muchos fieles los cambios que impulsaban las nuevas circunstancias estaban en relación con el final de las misas en latín, que había sido la lengua en que se celebraban hasta entonces y que dejaba a la inmensa mayoría de los asistentes completamente al margen de lo que en ellas se escuchaba. A partir de entonces, la misa se diría en las lenguas vernáculas. El latín desapareció también de los demás rituales, por ejemplo, de las letanías —pequeñas súplicas dirigidas a la Virgen o a los santos— que acompañaban el rezo del rosario y que pasaron también a expresarse en idioma vernáculo; el ora pro nobis fue sustituido por el «ruega por nosotros». Otro cambio que influyó en las costumbres y afectó a la vida cotidiana fue la posibilidad de que las misas que se celebraban el sábado por la tarde, bajo ciertas condiciones, se consideraban válidas para cumplir con el precepto eclesiástico de oír misa entera los domingos y fiestas de guardar.

La nueva situación hizo que a finales de los sesenta y, sobre todo, en la década de los setenta muchas parroquias se convirtieran en centro de reuniones consideradas clandestinas, porque los asuntos que en ellas se trataban se entendía que estaban fuera de la legalidad establecida por el Régimen.

Las pastorales de algunos obispos desencadenaron graves crisis, como la que llevó al Gobierno a disponer la expulsión del de Bilbao, Antonio Añoveros, que, tras hacer pública una homilía en la cuaresma de 1974 en la que señalaba la identidad propia de los vascos, fue puesto en arresto domiciliario por orden del entonces presidente del Gobierno, Arias Navarro. Incluso se dispuso lo necesario para que fuera expulsado de España. La conferencia episcopal, presidida por el cardenal Tarancón, amenazó con excomulgar al Gobierno, que al final transigió y aceptó que Añoveros permaneciera en su sede episcopal. Pero este episodio señala hasta qué punto estaban tensionadas las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Por muchos lugares aparecieron pintadas con el mensaje «Tarancón al paredón». La homilía del obispo Añoveros se había hecho pública a los pocos meses de que Carrero Blanco fuera asesinado por ETA; desde finales de los años sesenta la organización terrorista había iniciado su larga historia de asesinatos, lo que llevó al Régimen a decretar estados de excepción.

En el llamado tardofranquismo, una parte del clero añoraba los tiempos del nacionalcatolicismo y los privilegios de que gozaba la Iglesia católica; otra parte, que había asumido los planteamientos del Concilio Vaticano II, mostraba una actitud de disconformidad con el Régimen que, en algunos casos, se manifestaba en un claro rechazo. Los sectores más conservadores señalaban que los templos no eran sitios adecuados «para hacer política», y fueron muchos los feligreses que dirigieron cartas a los obispos rechazando la conducta de los sacerdotes que atendían determinadas parroquias. No habían protestado cuando se invocaba el nombre de Franco en la celebración de la misa o cuando entraba bajo palio en las iglesias; tampoco cuando en las homilías se hacía una encendida defensa de los principios ideológicos en que se asentaba el franquismo. No fueron pocos los fieles que cambiaron de parroquia para no asistir a las celebraciones religiosas oficiadas por determinados sacerdotes. Hubo quien señaló, incluso, que algunas de estas misas carecían de validez canónica, dado el contenido de sus sermones.

Habían sido muchos años de nacionalcatolicismo y de complicidad entre el poder civil y el eclesiástico.

3
Unos pactos que no fueron tratado

A comienzos de los años cincuenta los españoles percibieron que, si bien desde un punto de vista político, España no experimentaba variaciones, algo estaba cambiando en otros órdenes. El peligro que había amenazado el poder de Franco en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial se alejaba definitivamente, y las expectativas de los republicanos se fueron desvaneciendo lentamente tras la derrota de las potencias del Eje Berlín-Roma-Tokio.

Es cierto que durante aquel terrible conflicto Franco se guardó mucho de no molestar a los aliados occidentales, pero la ayuda recibida durante la Guerra Civil lo emparentaban con los de Hitler y Mussolini. Sin embargo, las cosas no se desarrollaron como esperaba la resistencia interior protagonizada por los maquis y tampoco se hicieron realidad las esperanzas del exilio republicano. Unos y otros contaban con que los aliados intervendrían en España y ajustarían cuentas con el dictador una vez que acabase la contienda, pero las diferencias entre quienes habían luchado juntos —los aliados occidentales, principalmente Estados Unidos y Gran Bretaña, y la Unión Soviética— para acabar con el Reich de Hitler, que ya se manifestaron en el transcurso de la guerra, se hicieron mucho más patentes una vez que esta hubo concluido y el enemigo común había sido definitivamente derrotado.

Las iniciales desavenencias entre la Unión Soviética y los países de Occidente dieron paso a mayores tensiones que fueron en aumento entre 1945 y 1947, hasta desembocar en lo que se conocería durante varias décadas como la Guerra Fría. Esa situación de conflicto latente salvó la dictadura de Franco. Entre otras cosas por su anticomunismo declarado, pero sobre todo porque la posición geográfica de España ofrecía una capacidad de reacción desde la península ibérica, ante un hipotético ataque de la Unión Soviética, que no era factible desde otras partes de Europa; España estaba en una situación estratégica, caso de que se produjera una arremetida parecida a la guerra relámpago —blitzkrieg— lanzada por los alemanes al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

El nuevo escenario hacía que las potencias occidentales, que habían aislado al régimen de Franco una vez concluida la guerra, lo necesitasen ahora como aliado, ante los nuevos derroteros de la política internacional. El carácter autoritario del franquismo no permitía incorporarlo a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la estructura militar de los países occidentales. La OTAN era un club de países democráticos —aunque había excepciones, como el del Portugal de Salazar—, y la España de la época no cumplía ese requisito. La solución al dilema entre la necesidad de tener a Franco como aliado y la imposibilidad de integrar una dictadura en el sistema defensivo de las democracias occidentales llegó por la vía de un acuerdo bilateral entre España y los Estados Unidos de Norteamérica, que nunca hicieron ascos a cerrar tratados con regímenes autoritarios si ello convenía a sus intereses económicos, políticos o militares.

La firma de los pactos con los americanos vino precedida de algunas resoluciones que, aunque no puede decirse que pusieran fin al aislamiento al que se encontraba sometida España, permitían la reanudación de ciertas relaciones a nivel internacional. Así, antes de que acabase 1950 una resolución de la Asamblea General de la ONU dejaba sin efecto el veto que se había puesto a España para formar parte de la organización cuando se constituyó, al tiempo que recomendaba la reanudación de relaciones diplomáticas con el país. Esa resolución de la ONU, la número 386, que contó con una decena de votos en contra — mayoritariamente de países de la órbita soviética e hispanoamericanos, como México, Guatemala o Uruguay—, permitió, a partir de 1951, la incorporación de España a algunos organismos dependientes de la ONU o que se abrieran algunas embajadas en Madrid, como la británica o la francesa, además de la estadounidense.

Apenas había transcurrido un mes desde la firma del concordato con el Vaticano cuando, en septiembre de 1953, se rubricaban los conocidos como Pactos de Madrid con los Estados Unidos. Los norteamericanos se negaron a que se denominaran «tratado», como pretendían las autoridades españolas y era el deseo de Franco, por las reticencias expresadas en el Senado estadounidense a cerrar un acuerdo con la dictadura franquista: un tratado debía contar con la anuencia de dicha cámara, que la administración Eisenhower no tenía claro que pudiera lograrse.

Los altavoces del Régimen difundieron aquel acuerdo a los cuatro vientos. España, que tenía prácticamente sus fronteras cerradas, se convertía en aliada de la primera potencia mundial y había firmado unos pactos que eran extraordinariamente ventajosos. Los voceros del Régimen insistían una y otra vez en que España trataba de tú a tú a los Estados Unidos. No era así, pero lo cierto es que la situación suponía un paso decisivo para romper definitivamente el aislamiento internacional, amén de una serie de beneficios económicos a cambio de ceder, para su utilización por tropas norteamericanas —oficialmente se insistía en señalar que se trataba de un uso conjunto por los ejércitos de ambos países—, de una serie de bases militares, puntos de apoyo fundamentales ante un eventual enfrentamiento con los soviéticos.

Las negociaciones con los Estados Unidos para la instalación en territorio español de esas bases habían comenzado en abril de 1952, tras la entrevista entre Franco y uno de los máximos responsables de la marina estadounidense. Fueron unas negociaciones difíciles, por cuanto en la administración norteamericana del presidente Truman —hombre profundamente religioso, que llevaba mal el monopolio del catolicismo en España— no se deseaba que el acuerdo se entendiera como respaldo político a la dictadura franquista. Sería con la llegada a la Presidencia de Eisenhower cuando se disiparan las dudas sobre la necesidad estratégica que suponía para el ejército norteamericano contar con una serie de bases militares en suelo español, en caso de que la Guerra Fría desembocase en un conflicto armado contra la Unión Soviética.

La nueva administración norteamericana se mostró más propicia a acceder a algunas de las condiciones que planteaba España. El acuerdo se firmó en el palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, el 23 de septiembre de 1953. Esos pactos recogían tres cuestiones fundamentales. La primera, que los Estados Unidos suministrarían a España importantes cantidades de material de guerra —se trataba fundamentalmente de armamento anticuado que, en gran medida, había sido usado por las tropas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial— que para el ejército español, que todavía se servía del material italiano y alemán empleado durante la Guerra Civil, suponía una extraordinaria modernización. La segunda, que España recibiría una importante ayuda económica de los Estados Unidos que, a nivel popular, se visualizó con lo que se conoció como la llegada del queso, la leche y la mantequilla de los americanos. La tercera era la ayuda militar que, en caso de conflicto, se prestarían mutuamente los dos países. Lo que no se difundió es que esa hipotética ayuda solo se daría en circunstancias muy concretas y limitadas. Para el Régimen lo importante era hacer pública una alianza militar con la primera potencia del mundo.

Como contraprestación, el Gobierno español autorizaba que se establecieran en su territorio cuatro bases militares —tres aéreas y una naval— en Torrejón de Ardoz, Zaragoza, Morón de la Frontera y Rota, mediante las cuales España quedaba incluida en el sistema militar de Occidente. Lo que se hizo público fue que el territorio donde quedaban emplazadas las bases militares podría ser utilizado unilateralmente por los Estados Unidos en caso de «agresión comunista que amenace la seguridad de Occidente». El pacto firmado no contemplaba la posibilidad de almacenamiento de armas nucleares en dichas bases, punto que los norteamericanos incumplieron sistemáticamente, lo que originó protestas por parte de la administración española —realizadas siempre con mucha discreción—, que no sirvieron para nada.

Pese a las alharacas con que el pacto fue presentado por las autoridades franquistas, España siempre fue considerada por los Estados Unidos como un aliado de categoría secundaria, que lo único que podía ofrecer era su envidiable posición geográfica para el caso de que en Europa se desatase un conflicto con la Unión Soviética, algo que estuvo a punto de ocurrir en algunos momentos en que las relaciones se tensaron al límite, como ocurrió en 1962, con la denominada «crisis de los misiles», en alusión a los que los soviéticos habían instalado en Cuba, donde ya gobernaba con mano de hierro Fidel Castro.

Pese al sometimiento que suponían estos Pactos de Madrid —la simple existencia de cláusulas secretas lo evidencia—, la firma de aquel acuerdo fue mucho más que un balón de oxígeno para la dictadura, que solventaba de un plumazo alguno de sus mayores problemas. Los Estados Unidos dieron un gran impulso a su embajada en la capital y el acuerdo abría las puertas a que España ingresara en la ONU, cosa que no había sido posible cuando se creó aquel organismo, según los principios recogidos en la carta de San Francisco. A España se le negó formar parte de ella a petición de México, donde la influencia de los republicanos españoles era muy grande. Se impedía la entrada a países cuyos regímenes se hubieran instaurado con la ayuda de los ejércitos de quienes habían sido derrotados en la Segunda Guerra Mundial, en tanto en cuanto esos regímenes permanecieran en el poder. No se mencionaba a España, pero ese párrafo del capítulo III de la citada carta estaba redactado con la clara intención de vetar el acceso de España, mientras Franco se mantuviera al frente del país.

El fin del aislamiento no iba a producirse de forma inmediata, pero era algo que se encontraba en el horizonte. Franco salía políticamente fortalecido, y en el exilio republicano se perdieron las últimas esperanzas que algunos conservaban, cada vez con menos fundamento, de que las democracias occidentales acabasen con la dictadura.

Esas fueron las consecuencias políticas de los Pactos de Madrid, pero su importancia fue mucho más allá porque, propaganda del Régimen aparte, tuvieron una extraordinaria repercusión en la vida cotidiana de los españoles. Un cineasta tan sagaz como Berlanga comprendió de forma inmediata las enormes expectativas que, fuera de los círculos políticos y los ambientes militares, despertó la llegada del amigo americano entre la población. En diciembre de 1953 —dos meses más tarde de la firma de los acuerdos de Madrid— se estrenaba Bienvenido, Mister Marshall, una película que marcó toda una época1.

La compensación económica que España recibiría se elevaba a la cifra de mil quinientos millones de dólares —se trataba de una cantidad fabulosa para la época— a lo largo de una década. El destino de una parte sustancial de ese dinero era comprar productos norteamericanos, pues la potente industria estadounidense necesitaba dar salida a importantes excedentes de producción. Eso significaba, entre otras cosas, poder adquirir alimentos, bienes y equipamientos que escaseaban o de los que se carecía en España. Buena parte de la ayuda americana fue en forma de préstamos con interés, lo que establecía una gran diferencia con las ayudas recibidas bajo el denominado Plan Marshall por los países europeos occidentales, que fueron fundamentalmente donaciones, si bien con esos recursos habrían de comprarse también bienes norteamericanos. España fue tratada como un aliado menor y los acuerdos suscritos fueron mucho menos ventajosos que los destinados a la reconstrucción de Italia, Alemania o Francia.

Pese a todo, los acuerdos con los Estados Unidos significaban que la década de los cincuenta se podía afrontar en una situación muy diferente con respecto a los años anteriores. No solo en el terreno político y militar, también en aspectos importantes para la vida cotidiana. Ayudaron a cambiar algunas realidades y resultaron determinantes para dejar definitivamente atrás el hambre de los años cuarenta, si bien es cierto que las cartillas de racionamiento se habían suprimido en vísperas de la firma de estos pactos.

La apertura económica de un gigante como los Estados Unidos iba a aliviar de forma considerable las carencias materiales del Régimen, aunque Franco siguió apegado a la idea de la autarquía a lo largo de toda la década. Solo la difícil situación en la que se encontraba la economía española a finales de los cincuenta le hizo abandonar —desde luego con notables reticencias, según señalan algunos testigos de excepción que vivieron aquel momento— la utopía de impulsar un desarrollo económico con el lastre que suponía un modelo basado en el autoabastecimiento.

Los pactos con los americanos trajeron la leche en polvo, la mantequilla y el queso; su distribución entre los niños es una de las imágenes características de la escuela de aquellos años. Algunos de ellos apenas habían bebido leche y, desde luego, se sorprendían y se extrañaban de que no saliera de las ubres de vacas o cabras; resultaba extraordinario que aquellos polvos se disolvieran en agua para convertirse en leche. Se encomendó a Cáritas el reparto de estos alimentos en los centros educativos.

Llama la atención la cantidad de leche en polvo enviada por los norteamericanos a lo largo de la década que va de 1953 a 1963. En ese tiempo llegaron trescientas mil toneladas de este producto, que se convirtieron en tres mil millones de litros de leche. La ayuda alimentaria a España se mantuvo hasta fecha tan avanzada como 1968, aunque a algunos les cueste creerlo, habida cuenta de que la España de entonces se parecía muy poco a la de 1953.

La transformación de aquel polvo en leche apta para el consumo dio lugar a escenas curiosas. El trabajo, en muchos centros, era encomendado por los maestros a los propios alumnos, que se turnaban en la realización de estos menesteres. El proceso de elaboración solía llevarse a cabo durante el recreo, y la distribución tenía lugar en el patio, si es que el colegio disponía de uno, porque muchas escuelas de la época estaban muy lejos de ser los centros que hoy conocemos. Para empezar, se ubicaban en salas acondicionadas como aulas en bajos de viviendas o en alguna dependencia de un inmueble que tuviera capacidad para colocar los pupitres y acoger al número de alumnos que había de atender un maestro; las ratios eran muy superiores a las actuales y, además, en la misma clase convivían escolares con niveles diferentes de conocimientos. Lo que sí estaba establecido y se cumplía con absoluto rigor era la separación de sexos: unas escuelas eran para niños y otras para niñas.

Para el reparto de la leche, en las escuelas se disponía de un recipiente donde se calentaba —por procedimientos muy variados, estufas eléctricas, infiernillos de petróleo e incluso fuego de leña en las zonas rurales— el agua en la que se disolvía el polvo. En ocasiones eran los maestros, custodios de los sacos que contenían materia tan preciada —en ellos aparecía la bandera estadounidense impresa—, quienes se encargaban de estas tareas. Era indispensable que el agua alcanzase la temperatura aproximada a la ebullición para conseguir una disolución completa. Ocurría a veces que, por alguna circunstancia, el agua no se calentaba lo necesario y el polvo no se deshacía de manera correcta, lo que dejaba grumos blancos nadando en un líquido blancuzco, algo parecido a lo que ocurría con el Cola-Cao, que resultaba difícil de disolver en la leche de los desayunos si la temperatura no era la adecuada. Aunque, después de todo, este último percance solo lo padecían quienes disponían de medios para beber leche de la vaca o de la cabra… y comprar Cola-Cao, que dotaba de una fuerza extraordinaria a los deportistas que lo tomaban, según la canción de aquel negrito del África tropical.

En los desayunos escolares, la leche venía acompañada de un trozo de queso o una porción de mantequilla —que los niños extendían sobre un bollo de pan que ellos mismos traían—, también de procedencia estadounidense. Así, leche, queso y mantequilla constituían la tripleta alimentaria que llegó con los norteamericanos a las escuelas españolas en los años cincuenta. Para muchos de los escolares esa era la principal comida del día y algunos aprovechaban un descuido del maestro para ingerir aquel polvo que se convertía en una masa pastosa en la boca y que resultaba difícil de ensalivar, hasta el punto de que tenían que ayudarse con el dedo para poder despegarlo del paladar, y cuyo sabor resultaba poco agradable. Pero saciar el deseo de comer llevaba a hacer casi… cualquier cosa.

Los testimonios de quienes tomaban aquellos productos son muy variados. Algunos extrañaban el sabor de la mantequilla porque no la habían comido nunca anteriormente; otros pensaban que aquel queso, que sacaban de una lata, apenas tenía sabor comparado con el que se consumía en España. A otros, sin embargo, les parecía un queso excelente tanto por su aroma, mucho más suave, como por su textura, mucho más blanda. Desde luego, este de los americanos era muy diferente a los quesos manchegos de la época, recios, de fuerte sabor, curados y, en algún caso, hasta crujientes, esos que por las calles pregonaban hombres curtidos venidos de aquellas tierras con su capacho al hombro y, en la mano que les quedaba libre, la romana que utilizaban para pesar. Lo mismo ocurría con la leche. Había opiniones para todos los gustos. Pero pese a los problemas que, en ocasiones, se derivaban de su elaboración, lo cierto es que la leche en polvo de los americanos quitó mucha hambre, sobre todo en los años inmediatamente posteriores a la firma de los Pactos de Madrid.

Otra consecuencia —esta de ámbito mucho más restringido— que se derivó de los citados acuerdos fue la presencia de las familias de los militares estadounidenses en las bases que, eufemísticamente, el Régimen denominaba «de utilización conjunta hispano-norteamericana». Es cierto que así se las llamaba en los acuerdos y que los norteamericanos guardaron las apariencias permitiendo ciertas actividades de los españoles en ellas, pero en la práctica eran utilizadas casi exclusivamente por los extranjeros y en ellas había lugares donde los españoles tenían vetado el acceso.

La residencia de esas familias se ubicaba en el interior del recinto de las propias bases, lo que suponía un cierto aislamiento. Pero eso no fue obstáculo para que en las localidades donde estaban emplazadas se difundiera la noticia de cómo vivían los norteamericanos. Corrieron, como siempre ocurre en situaciones en las que no se puede acceder directamente al conocimiento de algo, numerosos rumores, muchos de ellos bulos sin fundamento, sobre sus hábitos y costumbres. Era una realidad que disponían de electrodomésticos, algo que en un país que hasta pocos meses antes había tenido racionados los alimentos parecía cosa de ensueño: frigoríficos, lavadoras, secadores, cocinas con horno incorporado… y automóviles, que quedaban muy lejos del alcance de la inmensa mayoría de las familias españolas. Se trataba de modelos que no existían en la pobre oferta del mercado interior. También se convirtieron en objeto de deseo las marcas de tabaco rubio americano, que además contaba con un filtro, popularmente llamado boquilla, lo que llevó a denominar esos cigarrillos «emboquillados».

En las zonas aledañas a las bases se difundió mucho el consumo de este rubio americano que con ciertas dificultades podía adquirirse en España en los estancos. Esa clase de tabaco procedía del contrabando, uno de cuyos puntos principales se localizaba en el Campo de Gibraltar. Fumar aquellos cigarrillos —Marlboro, Winston o Craven A— era un signo de distinción social que establecía una marcada diferencia con quienes habían de conformarse con las labores de la Tabacalera Española, de donde salían marcas como Peninsulares, Ideales o los populares Celtas, en sus variedades de cortos y largos, a las que se añadirían más adelante los Celtas Extra. Tabacalera también elaboraba un rubio, llamado Bisonte, sin boquilla como los americanos Chesterfield o Lucky Strike —al que popularmente se llamaba Luquitriqui—, que estaba muy lejos de las marcas americanas. Circulaba en la época un chiste en el que una mujer había convencido a su esposo de que los cuernos que lucía eran de fumar cigarrillos de la marca Bisonte.

Muy populares eran las cajetillas de picadura que era necesario liar en el papel de fumar de marcas como Bambú, La Pajarita o Indio Rosa. Por aquellos años liar tabaco era un aprendizaje necesario y había virtuosos capaces de hacerlo con una sola mano. Eran de uso común, en los ambientes más populares, las petacas para guardar la picadura, mientras que las pitilleras quedaban reservadas para caballeros elegantes o para las señoritas que fumaban, algo que no estaba bien visto. Fumar, como beber coñac, era cosa de hombres.

Los pactos con los Estados Unidos fueron decisivos para que el camino emprendido en 1951 con la incorporación de España a ciertos organismos dependientes de la ONU fuera abriendo paso a su entrada como miembro de pleno derecho. Al ingreso de España contribuyó que, tras la muerte de Stalin en 1953, se suavizaran las tensiones internacionales y que en la ONU se impusiera el criterio de que aquellos países que hubieran sido neutrales —la neutralidad de la España de Franco durante la Segunda Guerra Mundial fue muy relativa, bien es cierto— o formaron el grupo de los derrotados en dicha contienda entraran en la ONU. España fue uno de ellos.

El hecho, un verdadero acontecimiento al que el Régimen se encargó de dar una gran resonancia por lo que suponía de éxito político, sucedió el 8 de diciembre de 1955. Hubo quien relacionó la fecha con la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción, defendida en España mucho antes de que fuera declarado dogma de fe por Roma. En la asamblea no hubo ningún voto en contra, y solo dos abstenciones, las de México y Bélgica.

El tiempo del aislamiento internacional de la dictadura franquista había concluido.

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1 Más adelante haremos algún comentario sobre esta película de García Berlanga, que refleja de forma extraordinaria el ambiente en que se encontraba el mundo rural y las ilusiones derivadas de la llegada de los americanos. El cineasta utilizó de forma magistral las expectativas —el Régimen se encargó de alentarlas, porque se vendió como un éxito extraordinario en un momento en que había pocas cosas que vender— que habían despertado los pactos con los Estados Unidos, para hacer una crítica social profunda y atinada que solo se explica que escapara a la lupa de los censores porque estaban mucho más pendientes de la exhibición de la anatomía de los actores y actrices, algo que podía dar lugar a pensamientos libidinosos.

4
El humor… posible

Durante el franquismo, los humoristas, profesionales que buscaban la diversión del público mediante chistes, parodias o por otros medios, tuvieron que agudizar mucho su ingenio. Algo que no suele resultar particularmente difícil para los españoles. Tenemos fama de ingeniosos. En tiempos en que falta la libertad, de forma especial la libertad de expresión, esa capacidad ha de afinarse. Así ocurrió en el franquismo, una etapa durante la cual, para poder analizar la realidad, criticándola o satirizándola, cosa que no entraba en los planteamientos del Régimen, había que tirar de agudeza.

La risa tenía algo de subversivo y por esa razón algo de secretismo, al menos en lo que se refería al humor popular, representado principalmente por los chistes. Eran una forma de evadirse de la dura realidad que rodeaba a muchos, frente a esa otra parte de la población que se había creído que vivía en el mejor de los mundos posibles —el Régimen se encargaba de difundir los peligros que acechaban más allá de las fronteras patrias— y entendía que Franco era una especie de premio que la Providencia enviaba al pueblo español por los sacrificios que había hecho por Dios. Esa era la opinión que sobre el Caudillo sostenía el almirante Carrero Blanco.

El humor fue una especie de vía de escape porque el derecho a la risa suplía la falta de otros derechos. Era una suerte de vulneración de las normas imperantes. Una de las pocas transgresiones que, según Ana María Vigara y Pgarcía [sic], podían permitirse los españoles en aquella época. Tanto esta autora como Gabriel Cardona1 sostienen que los chistes durante el franquismo eran una reacción «hacia el exceso de poder». Eso explicaría que los chistes políticos y verdes fueran invectivas lanzadas contra el Régimen y contra las imposiciones de una Iglesia poderosa que imponía sus normas en todo lo referente a la moral, incluida la moral privada. Señalan que «Si había dos materias cotidianas a las que los españoles podían estar seguros de no tener libre acceso social, esas eran, sin duda, el sexo, rigurosamente vetado y reglado por la Iglesia, y la política, acaparada exclusivamente por el poder2. Y, en efecto, proliferaron los chistes sexuales (verdes, pícaros, picantes), como reacción directa contra la presión efectiva y persistente de la Iglesia en esa materia. Buena parte de ellos estaban relacionados con transgresiones del sexto mandamiento; se daba al sexo tanta importancia que el precepto conocía hasta cuatro formulaciones distintas: no fornicarás, no desearás a la mujer de tu prójimo —nada se decía sobre el deseo de la mujer sobre el hombre de la prójima—, no cometerás adulterio y no cometerás actos impuros.

También circularon otra clase de chistes que podemos considerar patrióticos. Eran los que comparaban en situaciones, por lo general, extremas a extranjeros de diferentes nacionalidades —no solía faltar un inglés— con un español, que se mostraba más ingenioso, más valeroso o en general dotado de mayores capacidades. Esa clase de chistes no planteaban mayores problemas, pero aquellos cuyo objeto era ridiculizar a Franco, también muy abundantes, había que contarlos en voz baja y en ambientes de confianza.

Por otro lado, los chistes eran, por regla general, una forma de expresión masculina; lo habitual era que se contaran entre hombres y no entre mujeres, habida cuenta de que estas quedaban más apartadas de la política y desde luego no era adecuado que contasen y ni tan siquiera oyesen los chistes verdes. En materia de sexo la mujer debía ser recatada. Su papel, si era madre, era ordenar a los hijos que fueran cuidadosos a la hora de contar chistes y, cuando ejercían de esposas, advertir a los maridos de lo inconveniente de difundirlos fuera de casa. No se admitía, ni en forma de broma, una crítica contra el Régimen; lo mejor, como opinaba el propio Franco, era mantenerse al margen de asuntos políticos. Se cuenta que en cierta ocasión aconsejaba a uno de sus adeptos en los siguientes términos: «Para evitar problemas, haga usted como yo: no se meta en política». Aunque reúne todos los ingredientes para ser considerado un chiste, la anécdota, al parecer, es real.

Franco aparece ante la historia como un personaje controvertido. Ha sido objeto de adhesiones inquebrantables y de odios profundos. Las diferencias acerca de cómo es entendida su persona y su actuación son profundas. Con Franco no caben medias tintas. En él todo es blanco o negro. Salvador de la patria de las garras de sus enemigos —las hordas marxistas— o un tirano sin sentimientos cuyo único objetivo, tras una guerra particularmente sangrienta, fue mantenerse en el poder, que ejerció de forma implacable durante casi cuatro décadas. Sin embargo, esas diferencias abismales a la hora de percibirlo y enjuiciarlo desaparecen cuando se habla de sus dotes humorísticas. Quienes le conocieron o al menos estuvieron cerca de él afirman que apenas se reía. Era un hombre que carecía del más mínimo sentido del humor y, sin embargo, según Gabriel Cardona3, es el personaje de la historia de España que más chistes ha generado.

Desde luego, muy pocas veces se le vio reír en público. El citado autor afirma que, tras haber analizado concienzudamente las imágenes de Franco en el NO-DO, únicamente aparece riéndose en tres ocasiones. Una, cuando se entrevistó con Hitler en Hendaya. Otra, cuando recibió a Evita, la esposa de Perón, en la visita que ella realizó a España en los momentos más duros del aislamiento internacional, durante la cual se le rindieron honores de jefe de Estado. Por último, cuando recibió en Madrid al presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower. Esa falta de sentido del humor —o, tal vez, precisamente por eso— hizo que se convirtiera en objetivo particular de muchos chistes. Algo que no siempre ha ocurrido con los personajes públicos. Sin que se sepa cuál es la razón de ello, algunos tienen un especial atractivo para ser blanco preferente de las invectivas del ingenio4.

Los chistes en los que Franco era protagonista, al menos aquellos en los que se le ridiculizaba, han sido vistos como una forma de expresión del rechazo a lo que significaba. Hay, incluso, quien considera —en nuestra opinión con notoria exageración— que son uno de los elementos definitorios del Régimen por su persistencia en el tiempo, ya que no fueron algo ocasional o circunscrito a un momento, sino que se mantuvieron a lo largo de todo el franquismo. Los chistes sobre Franco podían tener graves consecuencias si llegaban a oídos inadecuados. Incluso ya en los años del llamado tardofranquismo podían acarrear una sanción o ser causa suficiente para visitar la comisaría o el cuartel de la Guardia Civil.

Con motivo de la celebración, con grandes fastos, de lo que el Régimen denominó los Veinticinco Años de Paz (1964) se contaba que Franco, en un ardoroso discurso, afirmó: «¡Españoles! ¡Hace veinticinco años, nuestra patria estaba al borde del precipicio, adonde la habían llevado comunistas y masones! Hoy hemos dado un paso al frente».

Una de las políticas más importantes impulsadas durante el franquismo fue la construcción de grandes obras hidráulicas, principalmente pantanos. Bastantes de ellas estaban planificadas desde mucho tiempo atrás, pero no se habían llevado a cabo. Esos pantanos permitieron poner en regadío grandes extensiones de tierras hasta entonces de secano o simplemente improductivas. Los pantanos se convirtieron en emblema del Régimen: Franco y los pantanos formaban una pareja indisoluble y fueron objeto de numerosos chistes.

En uno de ellos se presentaba al dictador dormido, introduciendo inconscientemente una de sus manos en la escupidera, que todavía entonces era de uso común para orinar durante la noche, pues no en todas las viviendas existía cuarto de baño. Entre sueños, Franco murmuraba: «¡Españoles, queda inaugurado este pantano!».

Otro de los chistes más populares de la época, referido también a los pantanos, era el que contaba la inauguración del mar Mediterráneo:

En 1967 Franco había visitado la enorme presa que se había construido para aprovechar las aguas del Ebro en la localidad aragonesa de Mequinenza, que dio lugar al llamado Mar de Aragón. Estaba particularmente satisfecho con la obra y, finalizada la visita, prosiguió viaje hasta Tarragona, donde estaba previsto que inaugurara la ampliación del complejo petroquímico que allí se había levantado. Tenía que dar un discurso y el estrado dispuesto para la ocasión se encontraba muy cerca de la playa. Podía verse el Mediterráneo desde allí.

—¡Pueblo de Tarragona, numerosos años de trabajos sin desmayo, en los que se han invertido grandes sumas de dinero, han permitido concluir una obra tan extraordinaria como esta! ¡Una obra que pone de manifiesto nuestro cariño por esta tierra y la adhesión de los catalanes a nuestro glorioso Movimiento Nacional, como revela la muchedumbre que ha acudido a este singular acto!

El Caudillo se veía continuamente interrumpido en su discurso por los gritos de los tarraconenses que, una y otra vez, coreaban entusiasmados «¡España, España, España!» y «¡Franco, Franco, Franco!». Y continuó:

—¡Supone para mí una gran satisfacción inaugurar este pantano!

Un miembro del sequito le susurró al oído:

—Excelencia, lo que se inaugura es la ampliación de un gran complejo petroquímico.

Franco lo miró iracundo, enarcando las cejas.

—¿Entonces qué es esa masa de agua que tenemos delante?

—Eso es el Mediterráneo, excelencia.

El rumor que corría acerca de que el Real Madrid era el equipo del Régimen también dio pie a algunos chistes. En los momentos finales del franquismo, cuando eran frecuentes las enfermedades del dictador, se decía que, al despertarse después de haber estado sumido en un profundo sopor, Franco vio a varios de los doctores que formaban parte de su «equipo médico habitual», enfundados en sus batas blancas, rodeando la cama donde se encontraba.

—¿Quiénes son estos señores vestidos de blanco? —preguntó el Caudillo un tanto sorprendido.

—Son algunos de los doctores que se encargan de atender debidamente a su excelencia —respondió uno de sus ayudantes.

Franco permaneció en silencio unos segundos y luego gritó:

—¡Hala Madrid!

La Guardia Civil, convertida en el gendarme del Régimen, se caracterizó por los métodos expeditivos que empleaba. Llegado el momento de obtener información de aquellos sobre los que se tenía alguna sospecha, a veces sin fundamento, de haber cometido alguna falta, actuaba de forma contundente. El humor popular también convirtió esa contundencia en una diana para los chistes.

Fue muy conocido el que presentaba a miembros de la Guardia Civil buscando a un sujeto que había robado en un cortijo unos sacos de aceitunas. Las sospechas se centraban en un individuo que era autor de algunos hurtos y fechoría menores, conocido en la comarca. Había sido conducido al cuartel donde el guardia civil experto en interrogatorios se había encerrado con el sospechoso en el calabozo. Al cabo de pocos minutos salió de allí y se dirigió al despacho del comandante del puesto, un joven teniente recién salido de la academia, quien apenas llevaba una semana en el que era su primer destino.

—¡A sus órdenes, mi teniente!

El oficial se quedó mirándolo fijamente.

—¿Ya ha concluido usted el interrogatorio?

—Así es, mi teniente.

—¿Tan pronto?

—Sí, mi teniente. Si hubiera seguido dándole bofetadas hubiera admitido ser el toro que mató a Manolete.

Otro asunto, relacionado con la Guardia Civil, que se prestó a los chistes con frecuencia era la relación del cuerpo con los gitanos, que fueron objeto de una atención preferente por parte de la Benemérita. Uno de los más populares decía así:

Un gitano, que había robado un par de pollos —todo un lujo gastronómico en la época— fue sorprendido por una pareja de guardias civiles cuando acababa de desplumarlos, junto a la ribera de un río. El gitano arrojó los animales ya desplumados, con harto dolor de su corazón, al agua. Era necesario desprenderse del cuerpo del delito.

—¿Qué haces tú por aquí? —le preguntó uno de los guardias, sin muchos miramientos.

—Verá, mi cabo, estoy vigilando la ropa de dos que se están dando un baño en el río.

Por lo general, los chistes de los gitanos y la Guardia Civil ponían de manifiesto el ingenio del gitano para salir de situaciones comprometidas, mientras que los agentes no solían ofrecer la mejor imagen. En gran medida respondían a un concepto bastante extendido de que el cuerpo, tolerante con determinadas acciones de la llamada gente de orden, se mostraba inmisericorde con quienes no tenían ese rango o simplemente eran gitanos.

Buena parte de los chistes de la época eran los conocidos como chistes verdes. Gozaron de mucho predicamento porque suponían una transgresión carente de connotaciones políticas que, por lo general, resultaban bastante más peligrosas que las morales. Se trataba de chistes de cornudos y de mujeres infieles. La infidelidad del varón era mucho más tolerada y, en consecuencia, resultaba menos transgresora. Lo que en la mujer era adulterio en el hombre suponía únicamente «echar una canita al aire». No solían contarse delante de menores porque podía suponer un mal ejemplo para ellos y porque la moral de la época lo consideraba inconveniente. Había conversaciones de adultos y eran muchas las cosas de las que no se hablaba en presencia de los más pequeños. En esas circunstancias era frecuente utilizar una expresión que se hizo habitual en la época: «hay ropa tendida», un aviso para retraerse a la hora de habla de determinados asuntos o de utilizar ciertas expresiones. Tampoco solían pronunciarse palabras malsonantes, los conocidos como «tacos», en presencia de menores o representantes del sexo femenino; la época distinguía nítidamente entre el leguaje masculino y lo que para una mujer no resultaba tolerable escuchar y, por tanto, se utilizaba solo en presencia de hombres.

Uno de los pilares en los que se asentaba el poder del Régimen era el Ejército. No escapó al ingenio y la sátira de los chistes. Muchos de los que se le dedicaron entraban dentro de la citada categoría de verdes. Un ejemplo era el del capitán —la graduación podía variar, pero siempre subiendo en el escalafón: comandante, coronel…— que tenía por esposa una «tía buenísima».

El capitán tenía por asistente a un soldado fornido, hombre procedente del mundo rural, afable y servicial. Poco después de tomarlo a su servicio llegó a sus oídos un comentario que lo inquietó. El joven era hombre aficionado a las mujeres.

—Me han dicho que eres un buen semental —le espetó el capitán un día ante la sorpresa del muchacho.

—No… no le entiendo, mi capitán.

—¡Que eres un macho de varas! ¡Vamos, que se te dan bien las tías! —El soldado enrojeció y se encogió de hombros. No sabía lo que su capitán se proponía—. ¿Es eso cierto o no lo es? A mí me gustan los hombres que demuestran serlo, y eso incluye dar un buen repaso a las tías. [Es conveniente señalar, aunque el lector avisado no necesite de esta explicación, que por más que estas expresiones resulten hoy abominables, hay que situarse en la época].

—No se me dan mal, mi capitán —le confirmó el soldado, que, tras escuchar al oficial, estaba convencido de que aquello constituía un punto a su favor.

—A ver, hazte una paja.

—Mi capitán…

—¡Es una orden!

El soldado, un tanto avergonzado, obedeció.

Concluida la faena, el capitán le ordenó:

—Otra.

El muchacho lo miró perplejo y obedeció.

Tras el segundo envite, el capitán le ordenó de nuevo:

—Otra.

Así hasta cinco veces. El joven estaba al borde de la extenuación.

—Mi capitán, no puedo más. Estoy hecho polvo.

—Está bien. Ahora coge el coche, ve a mi casa y lleva a mi mujer a hacer la compra.

Tampoco el clero, el otro gran poder de la España de aquellos años, guardián de la moral pública, escapaba a los chistes relacionados con el sexo. Mostraban a sus integrantes, sometidos a la observancia del celibato, siempre deseosos de mujeres y aficionados a la carne.

El chiste se refiere a lo acontecido con motivo de una visita pastoral del obispo de Mondoñedo.

Su Ilustrísima llegaba a una aldea de su diócesis perdida en el mundo rural. La visita de un obispo a una pequeña localidad era todo un acontecimiento, y los feligreses lo recibían con enorme entusiasmo. Se celebró con toda solemnidad una misa y se confirmaron algunos vecinos. Después Su Ilustrísima se reunió con el sacerdote en la casa parroquial, donde este lo agasajó con una jícara de chocolate y con unos pasteles, y se interesó por algunos detalles de la vida de su anfitrión.

—Ilustrísima, mi vida aquí es muy tranquila. Pasan pocas cosas en un lugar tan apartado.

—¿Qué clase de vida llevas, además de tus obligaciones sacerdotales? ¿Cómo dispones de tu tiempo libre y entretienes tus ocios?

—Leo, ilustrísima. Leo mucho.

El obispo dio un sorbo a su chocolate y lo miró a los ojos fijamente.

—¿Estás todo el día leyendo?

—Bueno, soy aficionado a la caza y de vez en cuando cojo la escopeta y pego algunos tiros…

—Eso es muy sano.

—También dedico algún tiempo al huerto. Una parceliña que queda a la espalda de la iglesia.

—Eso está muy bien. El trabajo santifica.

—Recojo grelos, algunas coles, unas papas… y, sin faltar un solo día, mi chocolate y mi rosario —el cura vio que la taza del chocolate del señor obispo estaba vacía y gritó: —¡Rosario, más chocolate para el señor obispo!

Como es habitual en el género, muchos chistes recurrían a las palabras con doble sentido. En los años en que la leche en polvo era alimento importante para los escolares también su uso había llegado a muchos hogares, donde se utilizaba en lugar de la leche habitual, por considerarse un signo de modernidad.

En una casa de cierto nivel, suficiente como para poder permitirse tener una criada, se estaba preparando el desayuno de los niños, que habían de marcharse al colegio. Antes de que los pequeños aparecieran por la cocina, la criada pregunta a su señora, con el paquete de leche en polvo en la mano:

—¿Cuántos polvos hay que echar para hacer un litro de leche?

—No llevo la cuenta, pero por lo menos cincuenta, quizá alguno más.

Los chistes de la época tenían un tono machista que respondía al ambiente que entonces se respiraba. La mujer pasaba de la autoridad paterna a la del marido y en determinados ambientes era considerada algo parecido a un objeto.

Una amiga se encuentra con otra por la calle y comprueba que tiene un ojo amoratado.

—Carolina, ¿qué te ha pasado en ese ojo?

—Ha sido mi marido, Luisa.

La amiga se queda mirándola, un tanto perpleja.

—Pero… ¿tu marido no estaba de viaje?

—Eso era lo que pensaba yo.

A finales de los sesenta o entrados ya en la década de los setenta aparecieron numerosos chistes relacionados con las actitudes de los nuevos ricos, muchos de los cuales habían hecho sus fortunas con la construcción y otras actividades propias de los años del desarrollismo.

Un rico de nuevo cuño había sufrido un accidente de resultas del cual se había roto un brazo por varias partes, por lo que necesitaba ser intervenido.

—Tras la operación será necesario escayolar el brazo para dejarlo inmovilizado durante cuarenta días —le indicó el doctor.

—¿Escayolado? —preguntó un tanto indignado el paciente—, ¿va a utilizar escayola para inmovilizarme el brazo?

—Es la práctica habitual.

—¡Nada de escayola! ¡Utilice mármol! ¡Uno que traen de Italia y que es carísimo!

—¿Se refiere al mármol de Carrara? —quiso saber el médico, que no daba crédito a lo que oía.

—¡Ese, ese! ¡Que es muy caro!

Junto al humor popular había otro más elaborado, más profesional, el que sufría los efectos de la censura. Buen ejemplo de ello fue Miguel Gila, que triunfó en los años cincuenta, se exilió en los sesenta y no regresaría a España hasta 1977. Sus diálogos telefónicos —en realidad monólogos— vestido de soldado marcaron una época, al convertir al enemigo en un personaje que prestaba a su adversario material de guerra o aceptaba una tregua para los asuntos más absurdos. Toda una crítica a un Régimen donde lo militar era objeto de admiración reverencial.

También se inspiró el humor en el cine. Películas en las que intervenían Antonio Garisa, Fernando Fernán Gómez, Toni Leblanc, Antonio y José Luis Ozores, José Luis López Vázquez, Lina Morgan, Quique Camoiras, Paco Martínez Soria, Pajares y Esteso, que formaron pareja ya en los años del tardofranquismo…

Por lo que se refiere a las revistas de humor, el buque insignia era La Codorniz, que se publicó en España desde 1941 hasta 1978, cuando la recuperada libertad de expresión le hizo perder parte de su interés, hasta que finalmente desapareció. Fue fundada, curiosamente, por un falangista, Miguel Mihura —autor de Tres sombreros de copa—, que la dirigió hasta 1944, año en que fue sustituido por Álvaro de Laiglesia, cuyo nombre va indisolublemente unido al de esta publicación.

Cuando salió, en junio de 1941, su precio era de cincuenta céntimos. Desde entonces gozó del favor del público y provocó la irritación de las autoridades. Se definía como «la revista más audaz para el lector más inteligente». Era toda una declaración de intenciones: había que ser audaz para publicar La Codorniz en la España de aquellos años y el humor de sus páginas necesitaba de cierta capacidad por parte del lector para captar el mensaje entre líneas o vislumbrar el fondo que encerraban las viñetas de sus dibujantes. Trabajaron en ella los mejores humoristas, como Edgar Neville, Enrique Herreros, Ramón Gómez de la Serna, Antonio Mingote, Wenceslao Fernández Flórez, Enrique Jardiel Poncela, Miguel Gila o José María González Castrillo, que popularizó el seudónimo de Chumy Chúmez.

Sus más de tres décadas de existencia hicieron que su historia estuviera llena de multas, suspensiones y secuestros, aunque no es menos cierto que muchas de esas acciones punitivas estuvieron más en la imaginación de los lectores que en la realidad, hasta el punto de que terminaron creando una auténtica leyenda de heroísmo en torno a la publicación.

En sus páginas se hacía mucho humor absurdo y vanguardista. Pero lo más importante para una parte no pequeña de sus lectores era su capacidad para poner en solfa la realidad que mostraba el Régimen a través de su sistema de propaganda. Desde sus números se cuestionaron muchos de los tópicos que el franquismo difundía. Álvaro de Laiglesia llevaba a sus páginas realidades de la vida cotidiana. Según Santiago Aguilar5, La Codorniz buscó «un humor del absurdo que dinamitó los tópicos del franquismo… la revista se orientó hacia una crítica de la vida cotidiana cargada de pólvora en sus dibujos y en sus artículos». Utilizó mucho el doble sentido, lo que le permitía burlar a la censura y hacer realidad el subtítulo que, desde su portada, calificaba a sus destinatarios como lectores inteligentes. Era el lector el que completaba lo que ingeniosamente se le ofrecía. Reflejó tanto aspectos de la vida cotidiana como grandes acontecimientos. Se satirizaba a las personalidades y se trataban con humor cuestiones que resultaban incómodas para el franquismo.

La Codorniz alcanzó extraordinarios niveles de difusión, con tiradas muy elevadas. En los primeros años, unos treinta y cinco mil ejemplares, cifra muy alta si tenemos en cuenta que cincuenta céntimos era un precio prohibitivo para muchos, y otros, los que disponían de ellos, no podían destinarlos a comprar una revista. No perdamos de vista que estamos hablando de los primeros años de la posguerra. Bajo la dirección de Álvaro de Laiglesia se situó en torno a los ochenta mil ejemplares y en los números extraordinarios llegaron a superarse los doscientos cincuenta mil. Se trata de cantidades elevadísimas, teniendo en cuenta que los españoles nunca se han caracterizado por sus altos niveles de lectura6.

Se tensaban hasta el límite las posibilidades de crítica con un ojo puesto en la censura, que, en numerosas ocasiones, no fue posible esquivar. Más allá de ver recortadas o modificadas algunas viñetas, e incluso páginas enteras, la revista sufrió multas y, como se ha indicado, secuestros de ediciones, en alguna ocasión cuando se encontraban ya distribuidas en los quioscos, lo cual convertía los ejemplares que habían escapado a la recogida en verdaderos tesoros. La imaginación, los rumores y las exageraciones ponían en circulación afirmaciones acerca del número retirado que no siempre eran ciertas. Se hablaba, sin conocerlos, de los contenidos que habían motivado el secuestro, algo que no hacía sino aumentar el prestigio de la publicación.

Avanzada la década de los sesenta y durante los primeros años de los setenta la suspensión fue frecuente. Se prohibía su salida durante varias semanas y, cuando La Codorniz volvía de nuevo a estar a disposición del público, los ejemplares volaban literalmente, porque todo el mundo quería conocer lo antes posible la respuesta al castigo impuesto: a veces, los redactores, como el toro con casta, se crecían con la sanción. La salida resultaba efímera porque volvía a imponérsele otra vez la pena de suspensión.

La Codorniz formó para de la vida cotidiana de los españoles y se convirtió en un referente del humor crítico. Tanto es así que muchas de las cosas que salían del ingenio particular se atribuía a la revista. Se afirmaban cosas que nunca se publicaron en sus páginas y era tema de conversación una portada que nunca se imprimió. El propio Álvaro de Laiglesia lo confesaba en un libro publicado en 19817. Uno de los bulos que se expandieron aludía a la portada, que se hizo famosa, con que la revista habría salido tras uno de los periodos de suspensión, en la que se decía: «Bombín es a bombón como cojín es a X. Nos importan tres X que nos cierren la edición». Se adjudica a La Codorniz el chiste en el que el conocido como «hombre del tiempo» de televisión, en la época Mariano Medina, aparecía delante de un mapa y señalaba que se había impuesto en toda España un fresco general procedente de Galicia, juego de palabras que, habida cuenta de la condición de general y gallego de Francisco Franco, podía ser interpretado como una crítica. También se decía que el título de la revista había aparecido como Codorniz La, cuando, al nacer el nieto del dictador, el hijo del doctor Martínez-Bordiú y de Carmen Franco, decidieron alterar el orden de sus apellidos y llamarlo Francisco Franco Martínez Bordiú.

El final de La Codorniz, que durante tantos años había sido capaz de interesar a lectores que se declaraban franquistas y, desde luego, a quienes no comulgaban con las ruedas de molino del Régimen, vino con la llegada de las libertades que trajo la Transición; a partir de entonces perdió el interés de los lectores jóvenes. Se había quedado anticuada. Algunos de sus humoristas más señalados la abandonaron y nuevas formas de ejercer la crítica, como las de Hermano Lobo, se abrían paso. Con su final, en las postrimerías de 1978, desaparecía también una parte de lo que había sido la vida cotidiana de los españoles durante los años del franquismo.

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1 Gabriel Cardona: Cuando nos reíamos de miedo. Crónica desenfadada de un régimen que no tenía ni pizca de gracia.

2 Ana María Vigara Tauste y Pgarcía: «Sexo, política y subversión. El chiste popular en la época franquista».

3 Cuando nos reíamos de miedo, op. cit., p. 82.

4 Muchos recordarán cómo el recientemente fallecido ministro de Asuntos Exteriores del primer Gobierno de Felipe González, Fernando Morán López, fue objeto de toda clase de chistes. Se hizo célebre la expresión: «¿Conoces el último de Morán?», para referirse al más reciente de los chistes protagonizados por el ministro. El perfil público de Fernando Morán estaba muy lejos de mostrarlo como una persona que se prestase a las humoradas.

5 Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo: La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa).

6 Hoy esas cifras pueden parecernos pequeñas, cuando en los años de la Transición e inmediatamente posteriores hubo revistas que alcanzaron tiradas millonarias. Interviú, por ejemplo, llegó a superar con alguno de sus números la cifra de un millón de ejemplares en plena efervescencia del desnudo femenino. Pero no debemos perder de vista que estamos hablando de datos referidos a los años cincuenta y sesenta. En esas fechas la capacidad adquisitiva de los españoles era mucho menor.

7 Álvaro de Laiglesia: La Codorniz sin jaula.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
23 października 2025
Objętość:
417 str. 63 ilustracji
ISBN:
9788417241803
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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