Czytaj książkę: «Dos criadores»

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JORGE TORRES ZAVALETA

Dos criadores

Las últimas luces


Torres Zavaleta, Jorge

Dos criadores : las últimas luces / Jorge Torres Zavaleta. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Deldragón, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8322-13-1

1. Narrativa Argentina. 2. Caballos Deportivos. 3. Estancias. I. Título.

CDD A863

Diseño de interior y armado de cubierta: Laura Restelli

Diseño de cubierta: Ian Sabanes

Imagen de tapa: Carapálida (1954) ganador del Gran Premio Jockey Club.

Por Claro e India por Parlanchín.

Invicto: ganador Polla de Potrillos y otros premios. Récord en 1400 M.

1´ 22” 1/5. Y el mejor tiempo para la Polla de Potrillos: 1´35” 1/5 en 1600 M.

Criador: Haras Malal Hue en Chapadmalal.

(Archivo: Jorge Torres Zavaleta.)

© 2020, Jorge Torres Zavaleta

Derechos de edición en castellano

reservados para todo el mundo.

© 2020, Ediciones Deldragón

edicionesdeldragon@gmail.com

www.edicionesdeldragon.com

ISBN 978-987-8322-13-1

Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

ÍNDICE

1  1. 1968

2  2. Fabricia

3  3. En el potrero

4  4. Dos maneras de criar

5  5. Dos rivales

6  6. Vida en Buenos Aires y la estancia

7  7. La relación con mi padre

8  8. En el Tattersall de Palermo

9  9. Un desafío

10  10. En el stud de Augusto

11  11. El peón

12  12. Aiskan y otros temas

13  13. Espionaje

14  14. En Mau Mau

15  15. Visita de Aiskan 2

16  16. La disyuntiva de Lapistoy y otros temas

17  17. En las carreras de Palermo: conversación en la tribuna

18  18. Una mañana en el stud de Jaime

19  19. El apronte de Courvoisier

20  20. Martín y Fabricia

21  21. Vuelta a casa y nuevos planes para el potrillo

22  22. Antes de dormir: con las yeguas y los potrillos

23  23. Fabricia y el Morning

24  24. Expectativa en el stud

25  25. Conversación en el stud y vuelta a casa

26  26. Primera carrera de ganadores del Morning

27  27. Expectativa en el stud 2. Don Arturo

28  28. Preocupación por el potrillo. La lesión

29  29. La estrategia

30  30. Con Fabricia en una fiesta

31  31. La reacción de Fabricia

32  32. Primer clásico: el Montevideo

33  33. En lo de Augusto. Penny Post

34  34. Vuelta del padre del campo

35  35. La Polla de Potrillos

36  36. Reaparece Courvoisier

37  37. El Gran Premio Jockey Club

38  38. El desarrollo del Gran Premio Jockey Club

39  39. Con Fabricia y mi padre en Tortugas: una salida

40  40. En el stud de Augusto

41  41. Con Fabricia en La Biela

42  42. El Gran Premio Nacional

43  43. La fiesta del año

44  44. En plena fiesta

45  45. Amanecer en la fiesta

46  46. El Gran Premio Carlos Pellegrini

47  47. Los finales, las últimas luces

48  Comentarios sobre la obra de Jorge Torres Zavaleta

…una obra de un hombre no es más que esta larga marcha para volver a encontrar por los desvíos del arte las dos o tres imágenes simples y grandes sobre las cuales el corazón se abrió por primera vez.

Albert Camus, El revés y el derecho

1 1968

En ese entonces, el mundo era más lento pero estaba igual de desquiciado. En junio de 1968, yo estuve en la Rural con mi familia y pude ver a Onganía, como un soberano, recorrer en carruaje la pista central saludando con dignidad acartonada, el labio —leporino, según se rumoreaba— oculto tras los mostachos de morsa, el pelo recortado pegado a las sienes. Todo el mundo se movía inventando negocios en ese momento. Yo, en cambio, recién adolescente, ensayaba mis primeros cuentos, como un marinero que se prepara para su primer abordaje.

En el 68 parecía que los viejos serían eternos; los jóvenes se manifestaban en París, Perón continuaba con sus manejos desde Puerta de Hierro y nuestra vida parecía inalterable.

Mi abuelo se levantaba temprano; a veces iba con él a ver el apronte de sus caballos en San Isidro o Palermo, donde los principales dueños de los haras eran personajes míticos. Por entonces el público burrero todavía se identificaba con las chaquetillas de cada stud como con las camisetas de los clubes de fútbol. Los colores, como les decíamos, tenían, tanto para los dueños de los studs como para el público adicto, algo de glorioso. En ese devaneo entre el éxito y el fracaso se había debatido toda la vida de mi abuelo; sostener el entusiasmo exigía temple. Y si bien muchas veces —más de las que hubiéramos querido reconocer— había que apechugar, el hambre de triunfo cada tanto adquiría una fuerza renovada, no solo debido a los problemas financieros cada vez más acuciantes, sino a la aparición de un gran caballo o incluso de un crack.

Como decía mi padre, lo más increíble era que mi abuelo tenía suerte. Mi abuelo no lo consideraba así; muy por el contrario, se consideraba un paciente artesano que a través de los años había sabido preparar o sentar la base de una gran floración en el haras, que se renovaba año tras año, aunque a veces eso no ocurría, lamentablemente; pero hasta que no terminaba la temporada su fe le permitía pensar que el juego no estaba hecho y ya habría, según él, un próximo crack en los potreros. Así que mi padre, a quien no le gustaban los vaivenes de las carreras, pero que no podía sustraerse a las emociones que nos brindaban, venía con nosotros a Palermo o a San Isidro cuando los potrillos de cada haras se disponían a demostrar de qué material estaban hechos. A mí me gustaban esas ocasiones.

Ahí en Palermo frecuentaba una cantidad de gente a la que fui conociendo poco a poco y formaban la fauna de esos años. Había un señor, Cané, el más joven de todos en ese grupo de personas bastante mayores; era un carrerista fanático, con intereses más amplios, muy entusiasta de Hudson, que una vez me dijo que consideraba a Kafka el mejor escritor del siglo. Había señoras y señores que entonces me parecían de mediana edad a los que ahora recuerdo bastante jóvenes, y algunas chicas y muchachos medio desconcertados entre toda esa gente mayor. Y a veces iba Mora con Santiago y aunque solo fueran unas pocas horas, estar ahí con ella significaba para todos —según creo— una ocasión especial. Si algo faltaba, era que estuviera ahí como cualquiera, y solo cuando partía a su vida en Francia, y tardaba años o meses en volver, nos dábamos cuenta de que había sido toda una ocasión. Y también en aquel año, mientras dos cracks dirimían su supremacía, estaba Fabricia, y eso sí era algo muy especial para mí.

2 Fabricia

A los siete años, yo había andado con ella de la mano en la Rural, cerca del corral redondo donde se lucían los caballos que tanto mi abuelo como González Carranza presentaban en la muestra de ese año. Tenía un aire tímido que me encantaba, piel trigueña, pelo dorado oscuro, ojos verdes y una cara bien armónica, de nariz pequeña y boca expresiva, y, si bien me daba un poco de vergüenza andar de la mano con ella, me parecía lo mejor que podíamos hacer. Sus padres vivían entre Europa y la Argentina y hasta que se establecieron acá nos habíamos encontrado en los años siguientes muy de vez en cuando.

A partir de los dieciséis años nos vimos en fiestas; luego un fin de semana en la quinta de unos amigos; siempre me sentí conectado con ella y me parecía que a ella le pasaba lo mismo conmigo. A veces, el gran misterio es por qué una mujer determinada nos gusta, pero en el caso de Fabricia para mí era claro que tenía algo especial, como reservado, que me producía ganas de avanzar. Ella fue, en la Rural, la que me ofreció su mano y ese gesto quedó en mí, y mientras caminábamos cerca del corral con sus empalizadas blancas donde daban vueltas los caballos para ser seleccionados y ubicados en las distintas categorías, yo sentía que esa situación era un gran privilegio. De todas maneras, hasta entonces, ese año del alazán con la estrella en la frente, el Mornin, como ya lo conocían en el stud, la situación de ambas familias nos mantenía un tanto alejados. La rivalidad entre González Carranza y mi abuelo era como una fosa entre los dos grupos. Los mayores no se visitaban y sus hijos tampoco; las relaciones eran de simple cortesía y los buenos modales enmascaraban una acérrima rivalidad, porque las rivalidades más enconadas se dan entre la gente que tiene como pasión su oficio o su ocupación, sea el que sea. González Carranza y mi abuelo fueron protagonistas principales de las grandes carreras, cada uno tenía su grupo, no solo familiar sino de amigos y, para evitar momentos incómodos en las carreras, cada grupo familiar se ubicaba en lugares distintos. Así que, aun cuando estábamos bastante cerca, no era fácil salir del grupo sin quedar en evidencia.

Todo ese tiempo, hasta que fuimos adolescentes, Fabricia y yo nos habíamos portado lo mejor posible, pero entonces yo no estaba dispuesto a perder más tiempo. Habíamos empezado a vernos a escondidas a principios de año, nos íbamos tomar algo o a caminar un poco en las horas del colegio, sin que nadie se enterara. A mí ella me gustaba no solo por su aspecto, sino también, por esa timidez que me parecía enmarcaba una gran hondura de sentimientos.

Uno, muchos años más tarde, a lo mejor no tendría tanto romanticismo, pero a esa edad, con todo el tiempo por delante, con una chica educada como ella, que siempre había vivido como en cajita de cristal, yo tenía claro que debía ser cuidadoso. Paradójicamente, eso me la acercaba, no expresábamos ni las tres cuartas partes de lo que pensábamos, de alguna manera íbamos juntos hacia una meta.

Hasta lo que yo alcanzaba a saber, sus padres eran complicados. La madre pertenecía a una familia en muy buena situación —como decía mi abuela— y con su marido y Fabricia pasaron muchos años en Francia, donde estaba depositada gran parte de la fortuna familiar. Era, por lo poco y esporádicamente que la llegué a conocer, una mujer que daba la impresión de tímida rectitud, reservada pero amable, con algo intangible que, en menor grado, tenía su hija. Aunque eran argentinos, toda su raíz familiar estaba establecida en Francia, y a veces Fabricia me hablaba del departamento grande en París. Por suerte, Buenos Aires le gustaba; decía que las chicas argentinas daban su amistad más rápido que las francesas. Pero, por comentarios que fui recogiendo años más tarde, creo que sus compañeras de colegio, y otras chicas que conoció acá, si bien la querían, tenían un problema parecido al mío con ella, por ese aire levemente intangible de Fabricia, que a mis ojos le daba cierto prestigio y me hacía sentir la necesidad de estar a su lado.

El padre de Fabricia, hijo mayor de González Carranza, era muy amigo de uno de los hermanos de mi padre. Según todos decían, Owen era buena gente, aunque de menor entidad que el padre que, además del haras y de atender sus campos, había hecho sus incursiones en la política, aunque con resultados cuestionables, según aseguraba mi abuelo. Owen era considerado con afecto por casi todo el mundo, pero la opinión prevaleciente era que su envergadura resultaba decididamente menor a la de su padre. Nunca le faltó nada y nunca había hecho, salvo en los deportes, en los que se destacó, un gran esfuerzo; a diferencia de González Carranza era un hombre de bastante buen carácter, a quien las francesas consideraban charmant, de gran éxito y, según se comentaba, fue un enfant gâté desde siempre. Era, según me parecía entonces, un tanto intrascendente, aunque a esa edad mía me resultaba difícil saber qué puntos calzaba. Ambos padres adoraban a su hija Fabricia. Su hermana mayor hacía rato había tomado las riendas de su propia vida. Tenía un aire de calma competencia y después de recibirse en una carrera que no se cursaba en la Argentina aún, se instaló en Europa por su cuenta y estaba por casarse con un conde francés de situación muy sólida y dueño de un lindo castillo en la Provenza. De esta manera, la familia inmediata se había dividido un poco y, mientras hacían tiempo en la Argentina, Owen arreglaba ciertos negocios, esperando que Fabricia terminara el colegio; ya era su penúltimo año y después se vería. Vivían en la gran casa de González Carranza, que no quedaba lejos de la de mis abuelos. Todo el mundo decía que, a pesar de lo tímida que era, Justine, la mujer de Owen y madre de Fabricia, era tan educada y principesca que, si bien González Carranza tenía unos humorazos que podían envolver el cuarto donde estaba en una especie de nube negra, siempre se comportó en su trato con ella como si Justine fuera un miembro de la realeza que, a fuerza de buenos modales, se deslizaba sobre cualquier equívoco o impaciencia. La gente decía que después de probarla un poco había llegado a admirarla. Si algo sabía Justine, a esa altura, era mantener una fachada casi imperturbable.

Owen —que en realidad se llamaba Federico, pero un profesor de inglés lo había apodado así porque cuando no entregaba los deberes decía Oh, well— era a veces un tanto indiscreto. Owen era más que indiscreto. Tenía un barco famoso donde invitaba a las mujeres más lindas, desde boutiqueras vistosas hasta chicas de buen ver y señoras ya separadas y, como era íntimo del hermano menor de mi padre, que se había divorciado bastante rápidamente, ambos organizaban juntos salidas y la pasaban perfecto. Cuando yo era chico, a eso de los catorce años, mi tío me invitó a su propio barco y había allí una cantidad de señoras muy lindas, encantadoras y bien arregladas, que, para congraciarse aún más con mi tío, creo yo ahora, me hicieron mil carantoñas, por lo que volví a casa disgustadísimo con mi padre porque me parecía que no había derecho de que no hiciera una vida así. Mis padres nunca permitieron que volviera a ese barco y ese fue uno de los momentos en los que me di cuenta de que, si uno quiere que sus deseos progresen, hay que usar un poco la picardía y el silencio, o por lo menos cierta cautela, y no ir por ahí expresándose a fondo, porque en ese caso no se sabe cómo van a ser las reacciones de los demás.

Fabricia, desde ya, nunca iba al barco de su padre. Justine era alérgica a ese ambiente y dejaba que ese fuera el territorio de Owen. Allí jugaba fuera de los límites cotidianos, sin flejes, digamos, y ella, que en eso era muy francesa, hacía manga ancha y, además, según parece, lo quería mucho, así que dejaba que esa fuera su zona franca y fingía que lo que sucedía ahí no era de su incumbencia. Owen, en Buenos Aires, no era de salir de noche; si tenía un asunto, como decían entonces, era a la tarde, hora en que debía estar en su escritorio. Pero de todas maneras, como declaró mi tío, que tenía un humor ligero, el pobre ya cumplía con ir al escritorio a la mañana. Sin embargo, a comer a la casa, nunca faltaba y esas, decía Fabricia, eran comidas bastante aburridas donde González Carranza a veces estaba, como dicen los españoles, mirando el plato con albóndigas o, si se encontraba de buen humor, comentaba lo mal que estaba el país, aunque desde hacía unos años estaba más optimista con Onganía. La mujer de González Carranza era buenaza aunque medio plasta, sin mucho carácter. Las personas que más admiraba eran su marido y sus hijos y pocas veces se le escuchó una opinión independiente.

El otro hijo de González Carranza, el segundo, no vivía con ellos. Se había recibido joven de abogado, a su debido tiempo; tenía un campo que trabajaba y un buen estudio de abogacía y colaboraba como comentarista político en distintos semanarios. Se trataba de un hombre, creo, de pocas convicciones, salvo las del momento político en que escribía. Tenía el gran defecto, pienso ahora, de llevar en sí una naturaleza demasiado plástica, que buscaba encontrar siempre lo mejor de cada época y de esa manera se adhería a cada una de nuestras equivocaciones, que ya eran muchas. Yo no le tenía mucha simpatía, porque una vez que fui a misa el domingo, y me ubiqué a su lado por casualidad, me persigné con la mano izquierda y él me dijo, aunque me conocía poco: “M´hijo, uno solo se persigna con la mano derecha, ¿no?”. Y hubo algo en su voz que no me gustó. Porque si bien Owen, el padre de Fabricia, en el fondo era un poco como su madre y lo que más le importaba era la vida privada o tal vez la íntima, Vicente se parecía más a su padre, en el sentido de que creía, me parece, que la vida era, desde todo punto de vista, una relación de fuerzas antagónicas, una especie de combate. Además, había ido a un colegio jesuita donde le habían enseñado a conocer los defectos del contrincante y dado una pátina de cultura, cosa que González Carranza no tenía y tampoco el padre de Fabricia. En ellos, los modales servían como un pasaporte, al revés de lo que pasaba con mi abuelo y mi padre, que de esa manera revelaban, a mi modo de ver, un buen contenido, lo cual hacía que su trato agradable tuviera verdadero sentido. Vicente admiraba a Maquiavelo, pero creo que sin entender que lo que estaba bien para un principado de los Borgia no era lo ideal para una república; no era afecto a El Banquete de Platón, decía que se trataba de una cantidad de degenerados chismorreando, pero sí aprobaba la República, un libro más serio, que por algo expulsaba a los poetas; sostenía que Alemania había tenido sus razones y que el pacto de Versalles había sido una vergüenza. Admiraba cautelosamente a Rosas, pero no lo decía con frecuencia porque muchas familias de gente conocida no lo habían pasado bien en esa época. No era peronista; a la familia de Justine el régimen les había expropiado muchos bienes. No obstante, aunque tenía alguna simpatía por el General, que por lo menos no era comunista, siempre adhirió, como muchos de sus contemporáneos, a todo lo que fuera militar. Para la época de esta historia era un firme sostenedor de todo aquello que a mí, con una mente no entrenada para la abogacía, las finanzas o la economía, me parecía bastante estúpido. Yo en el fondo presentía que era mi enemigo natural.

Y después de vivir un poco y de haber acumulado experiencia todavía me pregunto por qué esa gente tomaba en serio a personajes como Onganía. ¿Acaso porque no había otro? ¿O porque los otros militares eran parecidos a él? ¿O porque ellos eran parecidos? ¿O tal vez porque todo el país, cada uno a su manera, aunque en algunos casos se tratara de gente capaz, se había vuelto tan estúpido como el mundo entero, enredado en una cantidad de venganzas, retribuciones e intereses que nos fueron hundiendo durante los cuarenta años siguientes?

3 En el potrero

—¿Pero a vos te parece, papito?

—No veo por qué no. Miralo bien. ¿No te parece que tiene algo? ¿Y sabés una cosa? Lo más importante es lo que no se ve.

—Ah, claro. Así uno puede decir cualquier cosa.

—No te creas. Pensá en todo el material genético que lleva, imaginate las condiciones que se van a dar todas juntas cuando corra en las pistas.

—Papito, yo creo que exagerás.

Estábamos mirando la figura de un lindo alazán tostado con una estrella en la frente, un potrillo de mediana alzada, de anca poderosa, paleta inclinada y linda cabeza, tal vez un poco fuerte. Mi abuelo decía que los caballos de esa familia tenían mucho nervio a la hora de correr; el problema era que a veces los hijos de las yeguas de esa línea tenían tendencia a mancarse, un problema en las cuerdas de la manos. A veces las crías tenían pichicos demasiado cortos, pero él creía que el padrillo nuevo había compensado muy bien ese defecto.

—No, Antonio. Este es una fija. Hace como cuarenta años que vengo con la ilusión de crear un caballo perfecto. A este lo fui armando a partir de sus tatarabuelos, porque todos los elementos de su pedigree, menos el que me faltaba, están en este haras; al padrillo nuevo lo compré justamente para estos casos. Es como armar un edificio de departamentos, un piso a la vez, con sangres complementarias, que se refuerzan unas a otras.

—Pero, papito, ¿vos sabés realmente lo que pasa con los genes?

—Mirale el físico. Observá el porte que tiene y cómo galopa; los deja atrás a todos. Yo te puedo rastrear en cada uno de sus ancestros sus distintas cualidades y defectos; puedo intuir, te diría saber, a esta altura es bastante probable, todo acerca de sus genes recesivos y dominantes. No, Antonio, este caballo puede ser un crack. Y si es un crack, cuando sea padrillo va a producir más cracks y aunque lo vendamos eso va a valorizar toda nuestra producción y vamos a salir de las dificultades.

—Bueno, ojalá que sí. Pero la deuda se puede volver inmanejable.

—Si yo no me hubiera endeudado un poco más con el padrillo nuevo no tendríamos la posibilidad de producir otros cracks.

Estábamos en el coche de caballos, traqueteando por los potreros, que tenían el nombre de nuestros padrillos: Amsterdam, Botafogo, Bahram, Craganour, Rustom Pasha, palabras que traían sus historias y romances y evocaban carreras en Europa y Argentina y en donde crecieron generaciones de potrillos que habían pastado con sus madres en esos campos ondulados, rodeados de pinos marítimos y álamos.

Me parecía el lugar más lindo del mundo, sentía que era como vivir dentro de una obra de arte única y perfecta.

El lugar se había ido formando poco a poco; mi tatarabuelo luchó contra los indios, que quemaron cinco veces sus edificaciones. No les hacía ninguna gracia que su padre hubiera tratado de instalarse ahí, desde la época de Rivadavia. Al morir don Tarcisio, Calfucurá, que entonces tenía ciento un años y estaba armando una gran confederación de indios, arrasó las edificaciones nuevas cuando su viuda ya había llevado a los hijos a cursar el colegio en Inglaterra.

Años después, al volver al campo, a los veintitantos, basándose en los conocimientos adquiridos durante su experiencia inglesa, mi bisabuelo Eduardo dividió los potreros, plantó los árboles, construyó los galpones, la padrillería, los puestos y la casa, diseñó los jardines y sembró las pasturas. Su vida había sido novelesca, pero a esa altura, a mis dieciocho años de entonces, yo aún no conocía bien todo ese esfuerzo. Sabía que había muerto, bastante comprometido económicamente, cuando mi abuelo ya tenía treinta años. Él hablaba pocas veces del padre, que en su época llamaban el lord del campo de las sierras; se concentraba siempre en el presente. Si bien empleó una buena parte de su vida en controlar y remediar las alternativas de la fortuna de su padre, su vida de criador había sido fructífera, siempre logró zafar de los aprietes económicos y su objetivo era lograr cracks generación tras generación. Los demás, salvo la tía Bruna, que era la más fanática, lo acompañaban por timidez y educación.

Mi abuelo a veces decía que había nacido con cucharita de oro, aunque que se la habían sacado bien pronto. A través de las narraciones familiares lo que quedaba claro era que su padre se había fundido durante la presidencia de Alvear, aunque algunas versiones hablan de Justo. Sea como sea, mi bisabuelo y Alvear eran amigos y según se comentaba, Alvear nunca lo apoyó en sus reclamos y la relación se resintió. La tía Bruna insistía en que Alvear había estado muy mal. Mi bisabuela Felisa apadrinó en los primeros vericuetos sociales a la mujer de Alvear, Regina Pacini, la ex-cantante de ópera que renunció a su arte de gran intérprete por acompañar a don Marcelo.

Así que ahí estaba mi abuelo, con una deuda que se hacía más grande año tras año y un padrillo nuevo en el que depositaba todas sus esperanzas. Era el padre del potrillo que le gustaba.

Yo dije:

—Me gusta. Tiene algo.

Mi abuelo respondió:

—Sí. Te llena el ojo, como decía mi padre.

Muy de vez en cuando mi abuelo citaba alguna frase del iniciador del campo de las sierras, tal como lo llamábamos entonces, porque su nombre, Eduardo, que era también el de mi abuelo, no nos parecía suficiente para dar la idea de lo que había hecho: el campo de las sierras que todos nosotros adorábamos.

Era un cálido y blando paraíso, a pesar de las tensiones familiares. Lo que ocurría era que al ser el lugar tan especial nos parecía imposible no ser felices ahí. Pero las complicaciones se superponían como las generaciones incesantes de los pedigrees y esa tierra amada pedía año a año mayores sacrificios. Lo cierto era que resultaba difícil pretender vivir de todo eso.

—Bueno —le dijo mi abuelo a mi tío Antonio—. ¿Te animás a probar?

Tenía el control total. Mis tíos se dedicaban a otros menesteres y él llevaba las riendas. Manejaba su propio imperio y lo que él decía era palabra santa.

—Mirá —dijo el tío Antonio—. Vos vas a hacer lo que quieras y los demás te vamos a acompañar.

El tío Antonio había estado toda la vida al lado de su padre, siempre con la idea de sucederlo cuando el momento fuera propicio. Pero mi abuelo tenía voluntad de mando y una salud de hierro y a las cansadas Antonio se había dedicado a negocios propios, aunque siempre se mantuvo en el campo de las sierras. En cierta forma, él figuró desde siempre como el futuro dueño; porque en mi familia había una relación un tanto medieval con la tierra, y mi madre, aunque era la mayor, no tenía casi injerencia y tampoco la pidió. Mi padre nos contaba sus opiniones a ella y a mí, y por eso yo creo que, en contraste con mis primos, yo era más realista para valorar los problemas. Antonio era el mayor de los varones, era el siguiente en la cadena de mandos y yo asistía desde un palco lejano a esa función. Dijo, creo que de mala gana:

—No te preocupes, estamos con vos.

Pero mientras hablaba abría y cerraba los dedos de las manos.

El alazán galopaba delante de nosotros, parecía que les sacaba metros al resto con cada paso y se me ocurrió que era un mecanismo perfecto. Pero, sin haber demostrado aún sus condiciones en las pistas, sin carreras ganadas a su favor, solo valía como un buen potrillo más y, aunque mi abuelo dictaminara que tenía potencial, también hubiera sido útil que entrara en nuestras arcas lo más pronto posible el precio de su venta en el Tattersall. Sí, este caballo está muy bien, pensé. Por lo que alcanzaba a ver era inobjetable y además tenía personalidad, un nervio y un magnetismo que hacían que uno se fijara en él.

—Está bien, si a vos te parece, se guarda y no hay más qué hablar —dijo Antonio después de una corta pausa.

—Con un poco de suerte, este es el crack del año —dijo mi abuelo—. Acordate: se llama Morning Glory, de pura casualidad le puse un nombre bien auspicioso.

Y volvimos hacia la caballeriza al trote acompasado de las tordillas.

4 Dos maneras de criar

A esta altura creo que hay dos maneras de lograr un caballo de carrera excepcional: una es producirlo aplicando la pura brutalidad. Otra es construir con una mezcla de arte y oficio la genética de un crack supremo.

El primer método era el de González Carranza. Se había inspirado en el ejemplo de Saint Simon, un padrillo inglés, gran corredor y jefe de raza, que tenía características tan dominantes que lograba hijos que eran copias casi exactas. Saint Simon era todo un crack, con récords de pista, y como padrillo casi siempre prevalecía sobre la sangre de las yeguas. Como si hubiera creado clones, o fotocopias, pienso ahora, y las madres funcionaran tal cual un papel en blanco. Eduardo pensaba que el método de González Carranza no solo era difícil sino que subestimaba la complejidad de esa empresa; algo mecánico que uno podía querer imponer, sonaba fácil, sí, pero eso mismo era muy difícil de lograr. González Carranza estaba convencido de que el padrillo que resultara de ese método sería como un troquel que acuñaría cracks idénticos. Por eso usaba y descartaba sus padrillos, pero en el camino hacía combinaciones genéticas interesantes. Como aborrecía las variaciones que se apartaban del paradigma que intentaba imponer, se desilusionaba rápidamente con sus experimentos si no lograban inmediatamente lo que pretendía; unas pocas temporadas con el mismo padrillo eran suficientes; si no funcionaba prácticamente de entrada, lo vendía.

Mi abuelo, en cambio, buscaba que cada padrillo estuviera varios años en el stud. Cinco años para él eran poco y nada, decía, porque solo podrían demostrar cabalmente sus condiciones con una serie de yeguas que él iba variando al ver los productos. Concebía su propio método como un arte inexacto. A través de las sangres y tipos físicos, a través de cualidades y defectos, a través de las familias de varias generaciones, cada individuo con sus características, tanto familiares como individuales, buscaba la mezcla perfecta para ensamblar el crack que reuniera todas las virtudes, dejara latentes los defectos, complementara las cualidades y quebrara todos los récords en las pistas de San Isidro y Palermo.

González Carranza y mi abuelo se habían tratado ya de jóvenes. Se conocían desde siempre en el mundo de las carreras y ambos fueron parte de un grupo de amigos que habían pasado temporadas durante los años veinte en París. Pero aunque se siguieron viendo con muchos de ese grupo, sobre todo con don Arturo, quien se transformó en amigo de toda la vida, con González Carranza la amistad no prosperó.

Mis abuelos no habían sido parte del núcleo central de ese círculo, porque mi abuelo estaba a esa altura muy concentrado ayudando a su padre, el primer Eduardo, que ya se hacía grande, en la administración del campo de las sierras. Pero aunque no pasaron tanto tiempo en París como otros personajes, ellos, junto con Mora y don Arturo, habían estado presentes, con otros amigos, el famoso 2 de octubre de 1928 en el Cabaret Florida, en la Rue des Batignolles de Montmartre, cuando debutó Carlos Gardel. Durante esa temporada, que marcó el inicio de su éxito internacional, lo siguieron fielmente a medida que el tango copaba la noche y los salones más respetables de París. Gardel cantó en casa de ellos de recién casados, en su casa de Talcahuano en Buenos Aires. De él les quedó un gran recuerdo y una frecuentación esporádica durante toda la vida de Gardel.

Y yo conocí a Mora y a don Arturo de chico, ambos venían de visita, desde siempre, al campo de las sierras, en distintos meses del verano; aún tenían la ilusión de que podían ocultar el hecho de que habían sido amantes ocasionales aunque persistentes durante cincuenta años, cosa que todo el mundo sabía. Mora venía con su marido, Santiago Covarrenas, que fue dueño de uno de los haras más importantes en Francia. Santiago había ganado tres veces el Arc de Triomphe, pero durante la guerra los alemanes ocuparon el haras de Chantilly, le comieron las yeguas, le castraron los padrillos para transformarlos en caballos de carro y, si bien a las cansadas les boches pagaron un resarcimiento —porque además le ocuparon su gran departamento del primer piso de la Rue del Mariscal Fayolle—, nunca quiso volver a la actividad. Le había llevado años reunir un lote tan selecto de yeguas y de potrillos, era como tener un cantero de flores lindas, vistosas y nobles y ver que alguien pasaba a lo bruto una guadaña. Tenía el temperamento de criador de mi abuelo y eran parientes por algún vericueto, que en esos años no me preocupé por averiguar. Todo ese banco genético que construyó Santiago durante años había sido otra de las víctimas de esa guerra, no de las más importantes, decía Santiago, quitándole importancia, pero quedó un poco viudo del haras. Donó una flota de ambulancias a Francia durante la guerra, hizo un hospital, además; y ya nunca retomó la actividad. Desde entonces se limitó a vivir su vida con Mora y supervisar o controlar a sus administradores, y ahora se habían dado una vuelta por la Argentina para ver los grandes clásicos. Santiago había residido casi siempre en Francia, pero venía cada tanto a la Argentina y él y Mora siempre pasaban un tiempo en el campo de mis abuelos. Pero la verdad es que por más que todos fueran amigos y aunque Santiago, que estaba perdidamente enamorado de Mora, siempre tuvo buen trato con Arturo, porque ninguno de los tres iba a rebajarse a admitir que vivían una situación irregular, don Arturo y Mora nunca pasaron juntos, salvo una vez, años después de la muerte de Santiago, una temporada en el campo de las sierras. Durante todo ese año de 1968 ella y Santiago fueron varias veces a la casa de mis abuelos; y don Arturo, su novio eterno, charlaba con ellos en las carreras como si no tuvieran nada que ver, pero todo el mundo lo sabía, incluso Santiago, aunque ahí no había nada que decir porque Mora era algo aparte, como intangible y siempre encantadora y tenía el don de hacer que uno supiera que su interlocutor era la persona más interesante y atractiva y por un rato uno se sentía más que uno mismo, como si te sirviera a vos mismo en bandeja de plata. En una palabra: era encantadora y su misión en la vida era fascinar, como a mi manera de ver lo hacía Fabricia con menos deliberación, pero ella era un secreto que me preocupaba por guardar.

Todos ellos formaban parte del núcleo de las carreras, un grupo de personas entendidas, de primera napa, como una vez dijo don Arturo sobre mis abuelos y Santiago, a quien todos le reconocían sus dotes de criador y cuyos éxitos en Europa daban lustre, tanto a los argentinos como a nuestro turf.

En los años veinte, época muy anterior a la mía, cuando todos ellos eran jóvenes, estaba muy presente el padre de mi abuelo, que aún no tenía la salud quebrantada por las dificultades económicas. En ese entonces era uno de los personajes más famosos de la Argentina y un partícipe central de las actividades de nuestro campo. Dos veces intendente de Mar del Plata, creó las canchas de polo de Palermo y fue un gran productor, no solo de caballos de carrera sino, previamente, de los hackneys. Importó padrillos de carrera de Inglaterra, que resultaron de gran influencia en el turf argentino. Además, crio caballos de polo y hacienda shorthorn con los que ganó muchísimos campeonatos y premios en La Rural, ovejas lincoln y southdown. Como dijo una vez la tía Bruna, criaba todo lo que pudiera encontrar y mejorar. Inspirado en las grandes casas de campo inglesas que conoció de chico, diseñó un gran parque, trazó jardines, plantó árboles, hizo galpones equiparables a los del puerto de Buenos Aires, instalaciones para los caballos de carrera, una casa de estilo Tudor para el mayordomo, otra más chica para el electricista a cargo de los enormes motores Blackstone que estaban en la usina, galpones para la cuida de los productos y una linda padrillería con un potrerito atrás. Como verán, tenía una enorme capacidad para hacer cosas. Toda esa historia que crearon él y su mujer, tenía para mí algo parecido a la magia, porque antes de todo eso no había nada en el campo de las sierras, solo el vacío que había que llenar. Y esa obra fue el trasfondo de lo que nos tocó vivir, ya a fines de los sesenta, cuando algunas luces todavía brillaban.

Hasta ese otoño de 1968, yo sabía poco de González Carranza. Para mí, que era un chico y todavía no había unido todos los cabos sueltos de la historia, ese hombre con cara de tormenta a veces caía con otra gente a lo de mi abuelo durante los veranos, pero como no era conversador no me quedaban muchos rastros de él. Fue Fabricia la que me llevó a interesarme por su personalidad y opiniones, Fabricia y el alazán. Y durante toda esa temporada viví las alternativas de mi amor por ella, que fue desplegándose hasta el momento en que ocurrió el hecho que le dio una nueva forma a la vida de ambos. Todo eso se entremezcló con los resultados de las carreras y la rivalidad y la división entre ambas familias y de nuestros dos abuelos, que si podían no se hablaban; y más durante esos meses en que la competencia se desplegaba ante las tribunas de San Isidro y Palermo en una de las batallas más enconadas desde la época de Yatasto. Ambos apoyábamos a esos dos créditos y cada uno quería, naturalmente, que ganara el caballo de su familia, pero todo eso no era nada comparado con el creciente amor, las escapadas y las trampas para evadir las miradas de los adultos, porque ambos sabíamos que nuestra relación no era libre de manifestarse, por lo menos no hasta que yo tuviera una carrera, no en las pistas sino la Facultad de Derecho. En esos años, cuando el mundo parecía tan abierto para nosotros, sin embargo, creo que nos sentíamos encerrados, no solo en nuestras familias, sino con la vida que llevábamos. Y por más que el simple hecho de coincidir en alguna fiesta o en alguna salida nos alegrara la semana, eso no era ni de lejos suficiente, y yo a veces iba hasta la casa de ella, que no quedaba lejos de la mía. A las nueve de la noche desde una parte de la vereda que estaba a la sombra de algunos grandes árboles cuyas ramas altas se volcaban sobre la calle y creaban un área de oscuridad casi impenetrable, atisbaba la ventana de su cuarto; sin moverme de ahí, porque en esa época no era cuestión de tocar la puerta así nomás y hacerse anunciar. Hubiera sido un modesto escándalo y dado entidad a toda clase de comentarios y suspicacias que nos hubieran impuesto trabas sobre la muy relativa libertad de la que disponíamos.

Yo le dije una vez:

—Deberíamos escaparnos.

Ella contestó:

—¿A dónde?

—A cualquier lado.

Ella me dio las dos manos.

—¿Y después? No. Terminá la facultad. Podemos esperar.

Pensaba a largo plazo. Pensaba para que tuviéramos una vida juntos. Pensaba con más profundidad que yo, que a veces me arrebataba y solo podía hacer planes con las puras ganas de estar juntos. Pero sabía que todo eso eran ilusiones, aunque a veces surgían como tentadores espejismos: ir al campo de un amigo y vivir en un puesto abandonado, por ejemplo, cosas que hoy ni consideraría porque, más allá de no tener siquiera veinte años, sin fortuna propia, siempre dependiendo de los grandes, yo no tenía autonomía y ella tampoco, así que lo más que podía pretender era ser aceptado como un festejante manso, amigo de la casa, estudiar Derecho —que no me gustaba nada—, y esperar que la vida nos fuera arrimando soluciones, mientras asistíamos a la campaña de los dos principales caballos de nuestros abuelos en una rivalidad que estuvo llena de alternativas y que se fue intensificando mes a mes.

5 Dos rivales

Fueron rivales desde siempre y quizá por eso, salvo en las carreras, mi abuelo Eduardo y González Carranza no se veían con frecuencia. Pocas cosas distancian tanto como tener todo un ambiente en común y escasa simpatía y afinidad. Además, González Carranza no era hombre de confraternizar, aunque según parece de joven trató de ser uno de los muchachos. Al revés de mi abuelo, que aunque reservado tendía vínculos con la gente —sobre todo si les apasionaban los caballos—, era más bien frío, como un metal que se hubiera petrificado en una forma insólita. Cuando lo conocí, en ese mismo otoño de 1968 al empezar mi historia con su nieta, sentí que, más allá de los buenos modales, había una especie de muralla que impedía ver lo que había detrás.

En esa época, cuando empecé a acompañar a mi abuelo al hipódromo, ambos criadores orillaban los setenta y cinco años. Si bien el haras de González Carranza era menos antiguo que el de mi abuelo, que había fundado su padre, ya los caballos de González Carranza también triunfaron durante décadas. Lo curioso es que en todo ese tiempo los créditos y grandes ganadores de ambos pocas veces habían coincidido en los grandes clásicos. En la misma temporada nunca compitieron con caballos equiparables, siempre hubo uno que prevalecía desde el vamos sobre el otro. Así que la rivalidad se dio solo en carreras menores y, hasta ese año en que vivimos bien a fondo el duelo entre los dos cracks, ambos studs nunca compitieron en serio. Es cierto que en varias oportunidades algunos caballos prometedores habían coincidido en carreras de uno o dos ganadores o hasta de clásicos menores de principios de la temporada, pero la fortuna nunca tiró los dados de forma pareja. Además, aunque a lo largo de su historia ambos habían producido varios grandes caballos, fue siempre en años distintos, como si la suerte no quisiera que compitieran aun en las reuniones importantes de San Isidro o Palermo. Y por más que los otros grandes haras también fueran protagonistas principales, ellos dos, tanto por la calidad de los productos como por una serie de rachas de suerte, impedían el total predominio del otro.

Mi abuelo pretendía estar por encima del clamor de la batalla, pero yo creo que de los dos era el que más tirria tenía; los métodos de crianza de González Carranza eran completamente distintos a los suyos. En realidad era una cuestión de temperamentos. En cuanto a González Carranza, no se inmutaba. El método de él era de él y no había nada más que decir. Mi abuelo a veces afirmaba que, si todos los criadores lo adoptaran —aclaro que González Carranza no lo divulgaba pero era algo que se comentaba ampliamente en las carreras—, la crianza de caballos purasangre se reduciría a lograr clones, como diríamos ahora, mellizos del padre, como decía despectivamente mi abuelo. Él prefería experimentar a su manera teniendo en cuenta condiciones y defectos de cada familia y de cada individuo, explorando, a través de los pedigrees y las características físicas y temperamentales, los secretos de la genética. En eso, mi abuelo era un deportista a la antigua que, si bien conoce todos los trucos, se precia de respetar las reglas y considera que las normas no escritas, que pocos se molestan en verbalizar, son útiles porque constituyen el fundamento mismo de la actividad, como un río que fluye sobre un lecho de piedra dura y entre peñascos inmutables. Él valoraba competir en esas condiciones. Ciertos límites eran buenos; como un pintor que conoce los márgenes del lienzo donde traza su obra. Yo creo que además mi abuelo daba mucho valor a esas restricciones porque así, con el arte o la ciencia o el puro azar, el ambiente aventurero de las carreras nunca se extinguiría. Y la vida, pensaba yo, a lo mejor de vez en cuando podría ser un jolgorio, si uno tenía la gran suerte de producir un crack. Él no lo veía así, no eran trucos ni suerte, sino puro conocimiento. Al contrario, quería creer que planteaba el destino de sus caballos desde el vamos, cuando consolidaba sus planes con el conocimiento de cada individuo, de sus padres y el diseño de sus pedigrees.

Alguno de mis tíos, cuando algún producto no rendía tanto, comentaba que estaba perdiendo la mano. Pero mi abuelo había aprendido a no criticarse si sus purasangre no estaban a la altura de las expectativas, quizá porque, según deseaba, el siguiente crack siempre estaba por aparecer a la vuelta de la esquina. Además, durante su vida de criador y carrerista, había producido grandes ejemplares, tanto machos como hembras, potrillos y potrancas, caballos más grandes, hasta matungos rendidores de varias temporadas, galopadores aguerridos capaces de cumplir seis años en las pistas. Pero sobre todo había logrado una abundante serie de caballos clásicos que deslumbraron a los conocedores y sobre los que se escribieron cantidad de artículos en las revistas de turf más renombradas.

Mi abuelo alguna vez dijo que González Carranza solo había logrado caballos que —a pesar de algunos grandes premios innegables y más allá de algunos triunfos, que él no desconocía—, apenas llegaron a ser de una medianía superior. Por comentarios que se conocían en el ambiente, González Carranza creía que el método de mi abuelo era precisamente la falta de método y la improvisación más desaforada. Pero, por más créditos que sacara, creo que sus productos no tenían el aura de leyenda que tuvieron varios de los caballos de mi abuelo. Y la verdad es que ambos siempre pretendieron lograr un gran crack que dejara invisibles a los demás.

Era mi primer año afuera del colegio y me parecía increíble estar libre y acompañar algunas mañanas a mi abuelo. Porque aunque yo supiera que sería imposible que ese mundo durara y que la crianza de caballos de carrera no podría ser mi vocación permanente, ese ambiente singular me resultaba muy atractivo y todavía no estaba tan cercado como lo estuve unos pocos años después.

Los haras competían con sus colores tradicionales: el campo de las sierras, Alma Hue, con la chaquetilla rosa pálido, gorra negra y mangas blancas, y la de González Carranza de gorra turquesa, chaquetilla naranja y mangas turquesa. También estaban los colores tradicionales de los otros haras, grandes y chicos, importantes o no, o de dueños independientes, algunos propietarios de sus caballos, otros, miembros de un consorcio o de una simple sociedad, porque en ese momento el turf todavía era una gran pasión.

No lo sabíamos, pero vivíamos el último momento de su gran popularidad. Y a eso, sin duda, contribuyeron los dos grandes caballos de esa gran generación: uno, el de González Carranza; el otro, el de mi abuelo. Fue una de las más grandes generaciones de todos los tiempos del turf argentino, dijeron después los entendidos, solo comparable a la generación de Botafogo y Yatasto.

Siempre es difícil comparar un caballo más o menos bueno con otro. Hay pingos que rinden más en distancias cortas, otros que son fondistas natos; algunos que prevalecen desde el principio de la carrera; varios que, gracias a un gran jockey, de pronto surgen desde cualquier lado para imponerse de golpe, cosa que en esos años aún lograba Leguisamo —Legui como lo llamaba Gardel, el Pulpo como le decían algunos—, con muchos de su créditos. Pero el caballo completo, el gran velocista que también va a la distancia, que tanto puede correr adelante desde el vamos como surgir desde atrás como una avalancha y arrebatar un triunfo que parece cantado, ese caballo realmente único, de una superioridad inaudita, tiene algo de mágico.

Es una gran rareza que de repente aparezcan en la misma generación dos cracks absolutos trenzados en una lucha a muerte, algo que a todo carrerista le alborota la sangre, pero que encuentra contadas veces en su vida. Y por eso, en su momento, ambos potrillos, el de González Carranza y el de mi abuelo, que desde su debut en distintas carreras se destacaron sobre todos los demás productos, produjeron titulares que se fueron haciendo más y más grandes. Los caballos de carrera ocupaban en esa época mucho espacio en los diarios. Si bien el fútbol ya era muy popular, no se había constituido aún en la gran pasión excluyente y quienes se dedicaban a criar caballos eran personajes: los artífices de una actividad que le daba trabajo a mucha gente, desde veterinarios, jockeys, aprendices, herreros y vareadores, y que comenzaba con los nacimientos y la permanencia de los productos en los cuadros más resguardados del haras y continuaban al año siguiente con su debut ante el gran público burrero de San Isidro o Palermo.

6 Vida en Buenos Aires y la estancia

Nosotros vivíamos con mi abuelo en Palermo Chico en una casa que ocupaba la esquina de dos calles tranquilas. Desde ahí, como un genio que abandona la botella, mi abuelo salía hacia el mundo donde ocurrían cosas y se mezclaba con jockeys, entrenadores, cuidadores, apostadores y personajes de toda laya que a mí me parecían el material humano que le da forma a las mejores aventuras.

Teníamos una buena relación que se había construido desde mi infancia. A la mañana yo iba al colegio y él a Palermo o San Isidro; pero durante las vacaciones en el campo de las sierras coincidíamos en nuestros horarios y rutinas. Yo iba a visitarlo casi todas los días mientras se afeitaba en un gran cuarto de vestir muy soleado, con un ventanal que daba hacia los lejanos jardines del parque. En esas ocasiones, conversábamos sobre la vida cotidiana de la estancia y del futuro de nuestros créditos.

En esos años, aunque habíamos producido algunos buenos caballos, la aparición de grandes ejemplares se estaba espaciando más de la cuenta. Pero mi abuelo no perdía las esperanzas; al contrario, las renovaba cada año, como si después de cada cosecha los nuevos brotes tuvieran que ser más fuertes. Durante el otoño y el invierno y luego en primavera, en sus periódicas visitas a la estancia, iba atisbando cada producto, desde las primeras semanas de nacidos hasta la época de mandarlos a la cuida para que un equipo de grandes expertos, a cargo de Luis Antonelli, muy criollo, de bigote aluvional teñido por el tabaco en el centro y ojos sesgados hacia abajo y muy penetrantes, los prepararan para los remates de ese año. Y después, luego de una larga espera que coincidía con el verano, cuando veíamos en el coche de caballos los ejemplares que habían nacido ese año anterior; estábamos atentos a las noticias de Augusto, nuestro cuidador, que además era tanguero y a quien yo siempre le tuve aprecio. Luego, por fin, ya en Buenos Aires, venía el debut, generalmente en marzo o en abril o, en el peor de los casos, más adelante, porque a veces se postergaba por alguna lesión, cuando a las nuevas esperanzas del campo de las sierras les llegaba la hora de competir con los rivales de su propia camada y de otros haras. La verdad es que, hasta entonces, a pesar de todo, en esos años nos faltaron caballos, tanto potrillos como potrancas, que tuvieran no solo fondo, sino más velocidad.

Pero ese año, por primera vez en varias temporadas, Augusto, nuestro entrenador, que había sucedido al gran Juan Lapistoy —compañero de aventuras de toda la vida de los caballos de mi abuelo— iba dejando atrás un cierto aire fúnebre, por algo los tíos lo habían apodado el Ciprés, y asentía levemente si miraba nuestro nuevo pingo en las mañanas de otoño de Palermo. Yo iba poco a esos entrenamientos donde todo el mundo hípico calibraba a los futuros contendientes, en ese ambiente con sus boxes, su alfalfa, sus pisos de ladrillo, sus baldes donde reposaban jabones de glicerina que tenían el color acaramelado de un marrón glacé; era, con sus olores y relinchos y el sonido de los cascos, un mundo tan completo como el que podía ofrecer un buen cuento. Y me gustaba comprobar que cada caballo tenía su individualidad y que, a lo largo del entrenamiento, si tenía condiciones, era como si le creciera un alma, porque de a poco, con la rutina y los estímulos del entrenamiento, su individualidad se perfilaba y a medida que lo iban conociendo, peones y variadores lo definían, se acercaban a su carácter, fabulaban sobre él con un dejo de aceptación resignada en el caso de los caballos más comunes y un matiz de admiración cada vez más pronunciado cuando se transformaba, no solo ya por su expectativas, sino por sus triunfos, en el gran crédito del stud y los colores del haras volvían a participar en los grandes premios.

En las mañanas, durante el verano, mi abuelo se situaba ante un gran lavabo con altas patas de metal sobre el que había un espejo ovalado de marco blanco y al costado derecho una repisa con tres cepillos plateados y frascos de colonia. Bajo el repecho de la ventana había un escritorio de roble con fotografías en blanco y negro y la silueta de una foto sobre madera de mi abuela en los años veinte. Conversábamos sobre la actividad y las esperanzas del haras mientras se pasaba la brocha enjabonada por el mentón y las mejillas.

Contra la pared derecha, al lado de la escalera que bajaba al cuarto de armas, había una gran bañadera. En el otro extremo, hacia el parque, un cuartito con una ventana angosta y alta y nada más que un inodoro y un bidé; al cerrar la puerta quedaba aislado y los actos más privados se reducían a ese espacio. Así, el amplio lugar donde conversábamos cuando mi abuelo se afeitaba funcionaba como cuarto de vestir y estudio mañanero y tenía una linda vista a los jardines y al parque. Había frente a la bañadera un gran armario de roble americano, color alazán claro, con gavetas que contenían camisas, corbatas y medias, clasificadas por texturas y colores. A los dos nos gustaba iniciar de este modo nuestro día. Yo me despertaba, me vestía rápido, tomaba el desayuno a las apuradas y me iba a verlo. Por lo general, conversábamos de manera espontánea, pasábamos revista a los acontecimientos del día anterior y surgían relatos acerca de los distintos temas de la estancia, que en ese momento yo empezaba a conocer más a fondo, con la esperanza de ayudar en algo.

Pero cuando recorríamos los potreros mirando los potrillos y las potrancas, había largos silencios de su parte que yo intuía poblados de pensamientos. Mi abuelo siempre decía que lo que le importaba de un caballo era la impresión que le dejaba y que para eso era necesario apartar los preconceptos. Y aunque era un maniático de los pedigrees procuraba, según me dijo, poner la mente en blanco, para sentir de una vez qué o quién era realmente ese potrillo que estaba ante sus ojos. Luego, más tarde, volvía a los pedigrees, los estudiaba preferentemente a la mañana o a la tardecita en su escritorio, antes de bañarse para bajar a comer, y en algún momento, me dijo una vez, todas esas impresiones se animaban en una sola sensación dominante, que a veces coincidía con lo que había entrevisto desde el vamos.

Nos acercábamos a los potrillos, mi abuelo detenía con suavidad el coche para ver mejor los del primer lote, que eran, en general, los que habían nacido más temprano, desde julio hasta septiembre del año anterior. Y mientras estábamos ahí, quietos gracias a la mansedumbre de las tordillas gordas, los productos se iban acercando con cautela y al fin teníamos la ocasión de verlos bien de cerca. Mi abuelo no los dejaba aproximarse demasiado para que no se engancharan con el coche o patearan; por más que fueran mansos, siempre procuraba evitar el riesgo de algún accidente.

De vez en cuando, él hacía que el coche, que manejaba con destreza —quien le había enseñado a manejar esos vehículos y otros más complejos como los mail coaches fue su padre que era experto en el tema—, diera una vuelta alrededor de algún potrillo. Desde el principio de ese verano se fijó, me fui dando cuenta, en el potrillo, no de manera ostentosa, sino con toda tranquilidad, simplemente como una forma de familiarizarse. A veces ni se acercaba, lo dejaba pastar o galopar con los otros, florearse por momentos en carreras improvisadas y a mí me parecía que de esa manera él se iba preparando para tener una opinión genuina. Como si al mirarlo ya pudiera adivinar qué clase de performance iba a tener.

Hay que decir, por lo menos eso me parece ahora, que el potrillo transmitía algo propio, una especie de estado de atención. Como si tuviera muchas luces prendidas y se expresara, pensé al final del verano, plenamente en cada acción. Era un alazán con una pequeña estrella blanca en la frente, que sin ser demasiado alto, tenía buena alzada. La paleta era poderosa y la grupa, inclinada si uno lo miraba de costado, daba a entender que podía ser un buen fondista, pero si uno lo veía de atrás, advertía que era más redonda de lo que aparentaba y eso podía indicar, dijo mi abuelo, que también anduviera bien en las distancias cortas o que simplemente tuviera más pique, una capacidad de acelerar tanto en el arranque como más tarde, que puede venir muy bien en cualquier momento de la carrera. A mí me gustaba su mirada. Sin dejar de ser mansa era directa y firme, como si su carácter estuviera ahí por entero. Aunque tenía nervio no parecía asustadizo y su cabeza, sin ser quizá todo lo linda que uno espera de un caballo con ese pedigree era, decía mi abuelo, propia de los grandes caballos de esa línea, que demostraban en su perfil un poco tosco el alcance de su voluntad.

A mí me parece que una de las peores cosas de un caballo, ya sea de andar o de carrera, es que sea demasiado nervioso, porque con ese temperamento uno debe ser cuidadoso, como si el caballo fuera una bomba a punto de explotar y cualquier ocasión pudiera transformarse en peligrosa. Porque quizá lo malo de cuando un caballo se asusta es que todo es un de repente y ni él sabe lo que va a hacer ni lo que puede suceder. Y como uno tampoco puede preverlo lo mejor es simplemente afirmar las piernas y estar dispuesto a que ocurra lo que sea. Pero tampoco es bueno que un caballo sea demasiado manso, como apagado, porque eso demuestra falta de fuerza o de sangre y el pingo da la impresión de carecer de ese fuego sagrado de los cracks, que siempre tienen respuesta ante las más severas exigencias. Y que, además, sin volverse locos, están a la altura de lo inesperado.

Mi abuelo decía que en eso el potrillo tenía una ascendencia que no era del todo típica del haras. Había comprado a la madre en el remate de una cabaña chica que, sin embargo, tenía algunas buenas yeguas. Era, por su abuela materna, parienta de una de las yeguas fundadoras de nuestro haras, esa línea se había extinguido por una mezcla de fatalidad y mala suerte y él había podido reincorporarla con el agregado de sangre de distinta procedencia ya que el padrillo, sin ser un caballo destacado, convergía dos generaciones atrás con las principales sangres del turf europeo y argentino moderno y a él le producía emoción ver en su pedigree tantos planetas bien alineados. La cruzó con el padrillo nuevo que había importado de Inglaterra, que también tenía algunos ancestros que podían combinarse bien con esa madre y ahí se sentó a esperar. O, mejor dicho, una vez que el producto nació a mediados de agosto —era un potrillo temprano y eso también era bueno—, lo empezó a observar, primero como quien no quiere la cosa, con un interés que tal vez se ocultaba a sí mismo.

7 La relación con mi padre

Una historia anterior afectó a toda mi familia. Mi hermano menor murió en la epidemia de polio a mediados de los años cincuenta. Él tenía tres años y yo cuatro. Yo también estuve enfermo, pero me recuperé totalmente, sin secuelas. Cuento esto porque creo que fue una especie de línea divisoria; allí se acabó nuestro paraíso, aquellos largos veranos sin mayores problemas, y empezó para mí una vida más conflictiva, donde yo lo extrañaba mucho —éramos chicos pero habíamos sido muy amigos—, y aún sin darme cuenta del todo, cuestionaba la justicia de Dios y el mismo orden de las cosas. A partir de entonces, al principio de manera instintiva, luego con un pensamiento más razonado, me fue muy difícil creer en cualquier religión, especialmente la católica, pero eso es, tal vez, un tema aparte; hoy en día la creencia que más aprecio es el budismo, porque no promete nada: ni bienaventuranzas ni castigos eternos. Solo brinda, en apariencia, paradojas para despertar a la verdadera vida consciente y, como vía de acceso, un sutil equipaje para viajar liviano.

Mi padre comenzó a pasar más tiempo conmigo. Yo era su foco de atención cuando salía de sus propios pensamientos. Me gustaba charlar con él mientras andábamos a caballo o antes de que yo me fuera a dormir. Había muchas cosas que nos gustaban a los dos, pero también disentíamos en otras. Pocas veces, casi ninguna, logré imponer mi opinión o mi voluntad, aunque no dejaba de intentarlo con más éxito a medida que pasaban los años.

En esa época, los grandes mandaban y hasta los dieciséis años a mí no se me ocurría que pudiera ser de otro modo. Con mis padres siempre hicimos los programas que le gustaban a él y, la verdad, a mí no se me cruzaba por la cabeza cuestionar sus decisiones. A mediados de los cincuenta y aún a principios de los sesenta, todavía reinaba una rigidez de hábitos y costumbres que podían resultar bastante victorianas.

Uno reacciona contra la gente que quiere precisamente porque los tiene a mano. Mi padre amaba el campo sobre todas las cosas, dejaba muchas otras de lado y tal vez por eso de más grande yo fui ampliando por mi cuenta cada vez más mi red de intereses.

A partir de diciembre, en cuanto se terminaba el colegio, todas las mañanas y todas las tardes salíamos al campo, así que desde bastante chico me acostumbré a andar a caballo durante horas y ya de adolescente podía pasar una jornada de ocho horas —cuatro a la mañana, cuatro a la tarde— sin sentir que eso era algo especial. No es que hiciéramos programas muy variados, pero cuando salía —muy pocas veces— al campo en la camioneta, me sentaba a su lado y entonces me hablaba de los cultivos, especialmente del trigo que se iba a cosechar a mediados de diciembre en esos días largos que parecía que nunca iban a terminar, de tal o cual personaje del pueblo, de alguna anécdota del polo, de los puesteros, de la cantidad de hacienda que debía contener tal o cual cuadro y, por supuesto, cuando llegué a una edad donde le parecía que podía entenderlo, del haras de mi abuelo. Él se llamaba Eduardo, pero en la familia le decían papito u Otropapá y lo tenía a mi padre cada vez más preocupado. Era menos expansivo que mi abuelo, pero yo me conectaba mucho con su realismo. Mi abuelo, con todas sus virtudes y siendo más divertido y mejor conversador, por su carácter no podía comunicarme la realidad de las cosas porque él mismo no las veía o no les daba la importancia que les daba mi padre.

Después, cuando tuve que manejar un campo, encontré que dentro de mis memorias estaba grabada a fuego la conformación buena de los distintos tipos de caballos y de la hacienda, lo cual fue muy útil.

La verdad es que, si bien el campo me gustaba, muy pronto mi padre advirtió que, a pesar de mi buena voluntad, yo no iba a distinguirme en las tareas campestres. Además de mi pasión por la pintura yo era un ávido lector y entonces él me veía más como abogado, cosa que a los quince años no me entusiasmaba. Lo de pintor ni figuraba en su agenda. En Buenos Aires lo veía poco pero en el campo lo pasábamos bien juntos; teníamos, en el fondo, caracteres parecidos: éramos sensibles, orgullosos, apasionados, cabezones y rencorosos. Él me aceptaba, sí, pero siempre a su manera. De vez en cuando, me organizaba algunos sobresaltos como para saber si yo tenía temple, pero de eso hablaré más adelante. Mientras tanto viví muchas experiencias con él que recuerdo con una mezcla de asombro y gratitud.

Y así, por ejemplo, en una tarde llena de nubes cruzamos la zanja de Alsina, que estaba en un extremo del campo; después me enteraría de su conexión con Alma Hue, nuestro campo de las sierras de mi abuelo Eduardo. Él me dijo: “Aquí está” y me empezó a contar la historia de cómo se habían cavado en pocos meses cientos de kilómetros bajo las órdenes de un ingeniero belga y cómo, a partir de entonces, los indios para volver a sus toldos tenían que arrear ovejas, tirarlas a la zanja y pasar por encima de ellas con sus vacas, lo cual demoraba considerablemente su retirada. Entonces, las tropas del ejército los alcanzaban y ellos, para huir, debían dejar toda la hacienda que no habían logrado cruzar. A Alsina todavía lo critican, dijo mi padre, pero lo de él fue un progreso.

Otro verano, creo que yo era más chico, sacó el viejo jeep colorado que había en un galpón y fuimos con mi madre hasta otro potrero apartado. Era un verano de seca. Había poca agua en los molinos, las vacas caminaban cabeza gacha bajo el sol inclemente y de pronto estuvimos ante una bajada tras la cual aparecía un enorme desierto; allí, meses antes, había estado la laguna, que yo había visto con frecuencia. Bajamos rebotando, a los bandazos, mi padre siguió manejando con decisión y al rato dijo:

—Estamos en el cauce de la laguna Alsina, es una de las más grandes de la provincia de Buenos Aires, tiene veinte mil hectáreas. Véanlas con esta seca que dura tantos meses.

Íbamos levantando altas nubes de polvo y el jeep lucía como descolorido por la tierra suelta. El cielo atrás de nosotros estaba casi gris. Ese verano la laguna Alsina era un gran desierto. Recién al rato mi padre —más tarde, cuando tuvo su avioneta y volábamos juntos, entendí que podía ser bastante imprudente, pero esa es otra historia—, se convenció de que no había agua por ningún lado y subimos de nuevo a los potreros de su campo.

Con el tiempo descubrí que en mi padre convivían dos facetas: la del aventurero que tomaba riesgos y la del hombre de campo y de negocios que rumiaba sus asuntos y sabía llevar su destino con la misma firmeza con que manejaba sus caballos. Pero también tenía un costado un poco ingrato: le gustaba medir a la gente y las cosas podían volverse peligrosas. Me viene ahora a la memoria una: yo tendría veintidós años y estábamos en un palenque donde había varios caballos atados. De pronto él se paró delante de uno de ellos, un doradillo que tenía ojos opacos y cara de alunado, y dijo: “¿Querés probar este? Eso sí, es medio bravo. Pocos duraron arriba de él”. Miré al caballo, no me gustaba ni su actitud ni su aspecto; de paso vi que el palenque tenía una cantidad de árboles y lo primero que pensé era que hubiera sido mejor montarlo afuera del casco, en campo abierto, así uno podría dejarlo correr. Esos árboles, ahí, con el caballo corcoveando, podían ser bien peligrosos. Pero a mi padre no le iba a decir que no lo iba a montar y tampoco que era mejor llevarlo a campo abierto. Eso estaba descartado. Enseguida se acercó al doradillo, le sacó el cabresto, le tapó la cabeza con su campera, el caballo no podía ver nada y se quedó quieto y con mis más y mis menos subí al recado. El lomo del doradillo se hundió levemente. Lo que sucedió enseguida fue que papá le sacó de repente la campera que le tapaba los ojos y ahí mismo el caballo se puso a corcovear de una manera que yo nunca había visto. Eran saltos altos, a veces casi verticales, apenas aterrizaba y enseguida volvía a elevarse mientras bajaba la cabeza. Yo me agarraba de las riendas y del recado como podía, apretaba las piernas, me sostenía con alma y vida, como garrapata. No duró poco el asunto porque con mi padre ahí, yo no solo me veía en situación de emergencia, sino que estaba empeñado en vencerlo, así que, cuando al rato daba señales de amainar, lo taloneaba y el caballo redoblaba sus esfuerzos, pero me parecía que se estaba cansando. Tuve la gran suerte de que no se tiró contra un árbol, aunque no tuve tiempo de pensar en eso. La furia del animal me obligaba a apretar las piernas y agarrarme de las riendas y del cojinillo con alma y vida. Estuvo por tirarme varias veces, me despegué bastante, pero me mantenía agarrado a pesar de todo. Al fin, el caballo se cansó, de milagro no me había tirado al diablo, y de a poco sus corcoveos fueron perdiendo ímpetu y altura y, cuando vi que no se movía, me bajé temblando del susto, de los rebotes y del cansancio, y ahí estaba mi padre muy colorado y con una gran sonrisa. Entonces vi claramente en sus ojos una mirada de orgullo. No dijimos nada, quizás un muy bien de él, ni siquiera estoy seguro, pero sé ahora que estaba conforme conmigo en ese momento. Tal vez fue el momento en que estuvo más conforme en su vida, porque pocos años más tarde, cuando me dediqué a la literatura y me mudé, tuvo un disgusto extremo y dejamos de hablarnos durante varios años.

8 En el Tattersall de Palermo

Una vez por año, durante las ventas de los purasangre en primavera, el mundo del turf se reunía en el Tattersall de Palermo. Durante los remates de los productos, pasaban mozos ofreciendo champagne, gin tonics, copetines y bocaditos de toda especie. Ahí, en esa época, uno todavía podía ver a los principales dueños de los grandes haras: Bebecita R. —alta, flaca, de la que mi abuelo se reía un poco porque, cuando miraba los caballos de su propiedad, llevaba una gran cesta colgada del brazo de donde extraía zanahorias para sus productos; mi abuelo, más sobrio, se contentaba con ofrecerles un terrón de azúcar, y solo de vez en cuando. También estaban los hermanos B., niños mimados desde sus primeros años y ahora unos sesentones muy bien trajeados y exdeportistas destacados que me transmitían la sensación de estar con gente que no era demasiado amable. También recuerdo a Roger W., judío-francés muy querido por todo el ambiente del turf, con una mujer encantadora, dueño de un haras menor pero influyente. Luego estaba Ramón C., alto, de pelo oscuro y porte impecable, siempre muy elegante y casado con una de las mujeres más bonitas y seductoras de su época, pero con tanta reputación de aburrido que se decía que, en Francia, en un night club, se había quedado dormido al lado de Brigitte Bardot. Todos ellos eran, sí, la última floración de los grandes haras del país y en esa época a todos aún los acompañaba la suerte. Los cracks de cada stud se alternaban año a año, pero hay que reconocer que, si bien Bebecita les pasó el trapo con G. dos temporadas enteras y que los B. también lograron un éxito enorme con un gran crack que luego fue un gran padrillo, los caballos de mi abuelo y los de González Carranza aún eran temidos por sus rivales y siempre tenían candidatos para los premios importantes.

Pero en esa etapa, como dije, después de muchos triunfos que duraron décadas, nuestros caballos ya no lograban ganar tanto o, por lo menos, no en el nivel de los grandes clásicos. Ganaban tres o cuatro carreras, algún clásico mediano, pero faltaba una locomotora que arremetiera y se llevara todo por delante. Mi abuelo decía que ya iba a llegar y las mañanas en que yo lo encontraba en el living de arriba, ante su escritorio inglés, estudiando los libros de pedigrees, sentía que estaba ante un erudito que dominaba todas las ramas de su arte y que bien podría lograr el caballo mágico que pretendía. En cambio, me parecía cada vez más, que González Carranza era como un nazi que pretendía estampar de un solo golpe violento sobre la madre un sello que anulara las diferencias que aportaban las yeguas. Llevaba su teoría del clon tan lejos, que las crías de esos caballos siempre tenían un nombre que tenía que ver con el padre, como si la madre, la línea materna que siempre preocupaba tanto a mi abuelo, no tuviera ningún valor. Mi abuelo, en cambio, daba importancia a las madres y pasábamos muchas tardes en los potreros, donde buscábamos dilucidar si sus características eran o no dominantes y cómo se complementarían con el bagaje genético de nuestros padrillos. Luego de esa inspección visual había que estudiar la historia de sus hermanos o hermanas, de sus tíos, tíos abuelos y bisabuelos para así tener un árbol genealógico de esa familia con la esperanza de que con el padrillo adecuado se produjera, desde aquello que conocíamos, una floración perfecta.

Naturalmente, Morning Glory no había pasado por el remate de los productos en el Tattersall. Pese a las objeciones de los tíos y de los apremios cada vez mayores de la situación financiera, fue creciendo y llegó en marzo a la cuida, el lugar en Florencio Varela donde se preparaban los potrillos antes de su venta en los remates del Tattersall. De ahí, en vez de ir a la ventas de primavera, fue directamente a lo de Augusto. En los meses previos a las ventas, fuimos a visitarlo varias veces. Recuerdo verlo ir al paso cerca de una fila de ombúes por una orden expresa de mi abuelo. Luis lo llevaba de la brida con la mano alzada como si sostuviera un ramo de flores, y todos nos sentimos orgullosos porque ese caballo transmitía en su andar una tremenda convicción que siempre nos alegraba. A esa altura mi abuelo ya sabía que, si Augusto le daba el visto bueno, cosa que sería inevitable, dijo, lo iba a hacer competir en las grandes carreras del año siguiente. Pero primero debía ganar una para caballos sin antecedentes, es decir, en la categoría perdedores, que significa tanto caballos que no han corrido como caballos que no han ganado todavía. Esas competencias son de tiro corto a mediano de entre 1400 y 1600 metros. Si ganaba, iría a ganadores de una carrera, también de la misma distancia. Había que ir eligiendo la ocasión, venteando los comentarios sobre los otros potrillos, bien atentos a ver qué oportunidades se presentaban. Recién después vendrían los grandes premios, cada vez más importantes, para culminar en diciembre con el Pellegrini, donde se enfrentaría no solo con los potrillos de su generación, sino con las potrancas más destacadas y los caballos adultos de cuatro años y más, tanto argentinos como extranjeros. Sí, esa sería la carrera más brava, pero si nuestro alazán era de verdad un crack, su triunfo no sería más de lo que todos nosotros a esa altura esperábamos.

Pero había un problema: ese año González Carranza también tenía un crack. O por lo menos un caballo de gran presencia, un zaino oscuro grande con una ancha lista blanca en la frente, que ya se estaba haciendo la reputación de ser muy importante. Además, había otra contra: el cuidador de González Carranza, Javier Cáceres, no solo era un verdadero maestro, sino lo que en el ambiente se llamaba un gran compositor en el difícil arte de preparar potrillos. Ya se estaba comentando que Javier confiaba ciegamente en el potrillo de González Carranza. Javier empujaba sus productos; Javier no tenía los inconvenientes de Augusto; al contrario, hacía debutar rápidamente a sus créditos, muchas veces a las pocas semanas de que González Carranza los entregara. Él hacía que las cosas fueran fáciles o por lo menos que lo parecieran, sin los repliegues dubitativos de Augusto.

Así que ahí teníamos una desventaja de la que surgía un escenario que nos provocaba una gran desazón: que el potrillo de González Carranza debutara antes y fuera creciendo con cada victoria, mientras Morning Glory se llenaba de moho por la falta de coraje de Augusto y así perdiera la primera parte del año. Lo cual significaría que tal vez no estuviera tan bien preparado para las grandes carreras. Y eso era algo que no debía suceder, según pensaba mi abuelo. Para Morning Glory, él quería éxitos y, si me permiten el juego de palabras, del inglés al castellano, éxitos mañaneros, es decir, temprano. Quería que ese caballo debutara con la fresca, digamos, de los primeros meses del año y que fuera creciendo con una serie de triunfos que, vistos más tarde, parecerían inevitables. Esa es la manera gloriosa e indiscutible de los cracks, para quienes una derrota, si es que ocurre, no es más que un traspié debido a una causa de fuerza mayor, como ocurrió con Arcuri, que no le dio rienda a Botafogo en la ocasión en que lo batió Grey Fox. No, a Morning Glory no iba a pasarle eso, sería un glorioso crack tempranero que iluminaría las pistas con sus triunfos. Cada una de sus carreras debía ser un jalón que lo llevaría a la gloria, con lo cual su nombre acabaría por representarlo cabalmente. Yo entendía ese gusto de mi abuelo por nombrar sus productos. En los pedigrees, los nombres indican una línea, por lo general la materna, y derivan unos de otros en conceptos relacionados. Así se crean familias cuya pertenencia se nota a simple vista. Por ejemplo, Morning Glory, hijo de Gloriana, una yegua muy buena que había ganado cinco carreras, sin llegar a las mejores. Gloriana a su vez era hija de Light of August y esta hija, a su vez, de Eternal Sunrise. Así que toda esa línea de productos, tanto potrillos como potrancas, estaba relacionada con la luz y eso se había originado hacía mucho tiempo, a principios de siglo XX, cuando mi bisabuelo Eduardo compró en Inglaterra un gran caballo llamado Sun of England, que cruzó con la trastatarabuela de nuestro pingo. A esta potranca fundadora la llamaron Sol de Noche. Se ve que tomaron lo del sol y lo de la luz, por lo menos para esa línea, y a la noche la dejaron de lado. Desde entonces, hasta llegar nuestro potrillo, tanto mi bisabuelo como mi abuelo se las ingeniaron como para que esa secuencia fuera una especie de razonar poético, como sucede cuando los nombres están bien puestos.

Esa línea no perdió vigencia, aunque por un tiempo su continuidad en el haras estuvo bastante comprometida. Y eso fue porque en un momento dado varias de las yeguas de esa línea se vendieron, murieron o tuvieron accidentes y la que sería abuela de Morning Glory había quedado en el haras de nuestro amigo Roger. Durante varios años mi abuelo hizo un trabajo fino por recuperarla y lo invitó al campo de las sierras en varias temporadas. Al fin, su amigo cedió y mi abuelo se la compró o la cambió por otras yeguas, eso nunca estuvo claro, y la cruzó con un padrillo que venía muy bien, pero ese era nada más que el primer paso. Lo que él quería era una hija de esa madre con la sangre del padrillo jefe, que ya se hacía viejito —que en su pedigree tenía jefes de raza y potrancas interesantes—, y quería hacer esa cruza para sacarle cría con el padrillo nuevo cuya compra, sin que lo supieran los tíos, estaba manejando. Y de todas esas vueltas salió Morning Glory, que era su gran obra de creación de esos años, como el cuadro de un gran pintor que va dando forma a su concepto durante un largo proceso de previsión, revisión, arrojo, paciencia y decantación.

9 Un desafío

Ese verano fue el último en que salí a cazar palomas con mis amigos, los chicos del herrero. Fue también el último en que estuve contento de estar solo, de andar por el campo sin precisar de nadie, ni siquiera de Fabricia. Tuve, en los siguientes años, muchos momentos en mi vida donde ese vacío de extrañarla no existió o había menguado de tal manera que se hizo casi imperceptible, mientras yo no buscara escuchar ese dolor. Y luego, ya de más grande, hubo más amores y cada uno borró a su manera los anteriores. Pero ese año algo encendió en ambos una chispa que de pronto fue tomando fuerza y se convirtió en una linda fogata. Porque a partir de marzo, cuando reencontré a Fabricia en Buenos Aires, en un cóctel bastante numeroso en casa de mi abuelo para el grupo de las carreras al que ella fue con Justine y Owen y hasta González Carranza, me di cuenta de que su presencia era un extra que me hacía sentir mejor, como si yo estuviera más a cargo de las cosas y, me parecía, yo me ponía a la altura de esa situación. Cuando estaba con ella me parecía haber crecido varios años. Y no es que Fabricia fuera aniñada, al contrario, tenía una gravedad y un carácter amable que me hacía pensar que no estaría satisfecho hasta conocerla mejor. Ya la había visto varias veces en las primeras reuniones de las carreras, pero me costó inventar una excusa para acercarme y hablarle directamente. Fue recién en la tercera reunión en Palermo, en el debut del alazán, cuando junté fuerzas, aprovechando que todos ya se conocían aunque sea de vista, para decirle que, si estaba dispuesta, podíamos ir a la redonda a ver desfilar al alazán de su abuelo. Ella dijo que sí casi enseguida, pero con la suficiente vacilación como para que yo viera que le costaba un poco superar su timidez. Así que sin ponernos de acuerdo fuimos bajando cada uno por su lado las escaleras de la tribuna central y, una vez que estuvimos más allá de las miradas indiscretas de tantos parientes, nos acercamos y caminamos juntos hasta donde desfilaban los caballos recién ensillados. Y ahí estaban, cómo no, tanto mi abuelo como el de Fabricia, los dos en extremos opuestos, y yo pensaba que mi abuelo jamás hubiera ido a ver el caballo del otro.

Courvoisier iba a tener su debut el domingo siguiente. Todo el mundo decía que sus tiempos eran buenos; en La Rosa, la revista de los entendidos del turf, los columnistas Turilo y Becho, que sabían todo lo que pasaba, anticipaban una buena carrera con Courvoisier como animador principal. Pero con el alazán, que corría antes, esa misma tarde, también se deshacían en elogios y resultaba difícil decidir de cuál caballo estaban más prendados.

Fabricia dijo:

—Me gusta. Tiene clase.

Y ahí me fui enterando de que a ella también le encantaban los caballos, que esperaba algún día poder criar como su abuelo o hasta encargarse del haras si Owen ya no andaba para esos trotes. Y mientras tanto estaban el colegio y las primeras fiestitas y descubrimos que pronto íbamos a coincidir en la que sería la fiesta del año, así que debía aprovecharla, insistían las tías, porque la dueña de casa era una de las últimas ricachonas a la antigua que consideraba que había que celebrar a su nieta con una gran recepción, no por ser su cumpleaños, sino por el simple hecho de ser su nieta. Y allí se iban a encontrar prácticamente todos los chicos y chicas conocidos de Buenos Aires. No es que me gustaran mucho las fiestas, pero bailar con Fabricia era algo que no me quería perder.

—¿Y?, ¿qué hacen acá ustedes?

Era González Carranza, que se nos había ido acercando sin que nos diéramos cuenta, como un lobo silencioso, pensé, y nos miraba con una cara que pretendía ser irónicamente amenazante, como si por un momento el sol brillara por entre un resquicio de nubes apelmazadas.

—Estoy viendo a nuestro rival —dijo Fabricia.

La expresión de González Carranza cambió un poco, pero hizo un esfuerzo y siguió sonriendo, lo cual se manifestaba en un tirón de su comisura izquierda.

—¿Ah sí? No estoy seguro de que sea un rival de fuste, por lo menos no todavía. Vamos a ver cómo se desempeña ahora.

De pronto, como si recién me viera, se dirigió a mí:

—Y usted, jovencito, ¿qué opina?

Me sorprendió mi respuesta a medida que la decía.

Sin vacilar dije:

—Para opinar tendría que verlo a Courvoisier.

—No me digas. ¿Te considerás un entendido?

Sentí que enrojecía. ¿Cómo responder?

Lo miré a los ojos y dije:

—Aprendo con mi abuelo.

Durante un rato, los tres miramos los caballos mientras se aprestaban los jockeys.

—Los de ahora, aunque hay algunos buenos, no son lo que eran antes. Por ejemplo, Leguisamo —dijo González Carranza.

—Creo que mi abuelo también piensa lo mismo —dije.

—Trabajó con tu abuelo mucho tiempo y después unos cuantos años conmigo. Ahora ya está grande, pero fue el mejor.

Aureliano Antúnez se subía al alazán.

—Ese no es tan buen jinete —dijo González Carranza—, yo creo que el mío, un rosarino de apellido Villegas, es mucho mejor.

—Abuelo —dijo Fabricia—, ¿por qué no llevamos a Martín a ver a Courvoisier?

—¿Para que nos dé su opinión? —sonrió González Carranza.

—No —dijo Fabricia—, pero ahora corre el de ellos, que lo vea a Courvoisier ya que lo van tener que enfrentar.

—Bueno, al fin y al cabo ¿por qué no? —dijo González Carranza—. Todos los tiempos de las partidas están a la vista, menos algunas que nos reservamos. A lo mejor la visita de este joven hace la diferencia y lo retiran al alazancito ese de una vez por todas.

Yo sentí que la rabia me quemaba.

—Voy a ver a su crédito —dije— .Y agregué, en voz más baja—: a ver si es para tanto.

—Ah, tenés agallas —dijo González Carranza, que me había oído perfectamente—. Eso no está mal, mientras no pierdas la línea. Vamos, Fabricia, ya es hora de ir subiendo al palco. Arreglá con él. Otro día lo invitamos a ver un buen caballo.

10 En el stud de Augusto

—A ver qué impresión te hace.

Su cortesía era una de las cosas que más me gustaban de mi abuelo, en él era una forma sutil de alentar a los otros. Ahora, mientras mirábamos la pista donde se entrenaban los productos, deseaba hacerme participar de los posibles éxitos del potrillo. No es que le importara en realidad mi opinión. Se iba a guiar por sus propias impresiones. Llegaba a ellas con un primer golpe de vista, respaldado por un paciente proceso de observación y, una vez consolidado su juicio, confiaba en su opinión a puño cerrado. Yo sabía lo que opinaba del alazán.

Le dije, superando cualquier duda:

—La verdad, tiene algo.

Lo miramos pasar delante de nosotros con un galopón a punto de ser rápido; el jockey, el famoso uruguayo Antúnez, iba apilado pero tranquilo, con el cuerpo suelto. Como si los dos estuvieran perfectamente de acuerdo en estar ahí, en esa mañana de sol y viento fresco a mediados de marzo, antes de todas las carreras importantes de la temporada.

—Se está adaptando bien —dijo mi abuelo.

Era cierto. El potrillo tenía un aire de confianza y daba la impresión de que podía ser especial. Tenía resto, me parecía, y espíritu de sobra. Que realmente tuviera las condiciones necesarias para ser un crack, eso ya lo iríamos viendo; mientras tanto, recién estábamos en la primera etapa de su primera campaña y era lógico que nos hiciéramos ilusiones.

De todas formas, Morning Glory se podía mancar, o simplemente aflojar de una mano u otra o tener un problema de pichicos o de sobrecoronas —aunque tenía vasos amplios—, o podía aparecerle las temidas corvazas y esparavanes en los garrones. Eso hubiera sido grave, una verdadera pesadilla, porque podía eliminarlo de todas las reuniones importantes, por lo menos hasta mitad de año, y entonces tendría que ir contra reloj para recuperar entrenamiento. Por suerte no era el caso, y el potrillo y nuestras ilusiones seguían intactos.

—Ahí viene Augusto —dijo mi abuelo.

Augusto era nuestro cuidador, “el dandy más elegante de Palermo” como lo describía La Blanca, pero también un hombre introvertido y cauteloso, que rara vez arriesgaba una opinión decidida sobre sus pupilos. Me divertía verlo con mi abuelo porque no podían ser más distintos; los modales expansivos, las anécdotas y las bromas lo encerraban en un silencio enrarecido que de a poco iba conformado un interrogante casi teológico. Pero, como decía mi abuelo, “sabía”, y si en los últimos años no había coronado del todo nuestros viejos éxitos, no era de él toda la culpa. En su trayectoria había tenido, cómo no, varios cracks tanto de nuestro haras como de otros dueños, hacía ya tiempo, pero la verdad era que su administración del éxito era de tan bajo perfil y tan prudente, que mi abuelo a veces me decía, un tanto exasperado, que ya que Augusto tenía un apellido italiano, hubiera sido lógico que fuera mucho más expresivo. No es que se entendieran mal. Los dos se respetaban y Augusto, a pesar de su cautela, era uno de los dos o tres mejores cuidadores del país, o tal vez el mejor, decía mi abuelo, después de haberse tomado un whisky. A su manera, Augusto era un personaje y su modo distante escondía una inteligencia de lo más observadora y alerta. Pero tenía algo asordinado que irritaba a mi abuelo quien, en el fondo, más que la realidad buscaba, con el narcisismo propio de todo artista, que alguien le hablara bien de sus caballos.

Para mí, el modo de Augusto tenía que ver con la melancolía del tango, no del tango canción de Gardel, melódico y expresivo y en el fondo alegre, sino de un tango más introvertido y melancólico, igualmente valedero, con más orquesta, incluso, capaz de muchas cosas profundas que a primera vista hasta podían resultar un poco ingratas pero que se te van metiendo en el corazón hasta que uno piensa que ese sonido, de los años cuarenta y cincuenta, es la voz más valedera, armónica y, para bien o para mal, moderna de Buenos Aires. Y Augusto, que ya se estaba haciendo grande —tenía quince años menos que mi abuelo, así que frisaba los sesenta— tenía, quizá gracias a sus trajes cruzados, un aire ceremonioso con su cara surcada de líneas paralelas en las mejillas, sosteniendo el eterno cigarrillo como si fuera un anillo de sello, con un aire remoto y a la vez atento, mientras inspeccionaba sus créditos y daba una vuelta con alguna indicación en voz baja a los vareadores.

Pero en esta ocasión, Augusto, en vez de quedarse a conversar con nosotros, nos estrechó la mano y siguió viaje, y como el potrillo ya estaba volviendo vi que le hacía una seña al jockey, que lo sofrenó. Mientras todos nos acercábamos, observamos que Augusto miraba las manos del alazán de manera insistente.

—¿Y? —preguntó, levantando la vista—. ¿Cómo lo ve, Antúnez?

—Bien, don Augusto. Está bien. Yo no le noto nada.

—¿Qué? ¿Pasa algo? ¿Le pasa algo al potrillo, Augusto?

—No, don Eduardo. Puede que sea nada. Pero el otro día nos pareció que aflojaba un poco de la mano derecha.

—¿Y usted qué dice, Antúnez? —preguntó mi abuelo.

El jockey lo miró a Augusto como pidiéndole permiso y en cuanto vio que solo le devolvía la mirada, sin cambiar de expresión se le atropellaron las palabras.

—El otro día medio que tropezó al salir del box, don Eduardo. Pisó mal, solo eso, pero al día siguiente estaba medio sentido. Fue la semana pasada, cuando usted todavía estaba en el campo. Pero ahora está perfecto, ya lo ve, de lo más garifo, don Eduardo.

—¿Vos qué pensás, Augusto?

—Y… Yo opino que hay que observarlo un poco. En todo caso, en vez de debutarlo a fin de mes, esperamos a mediados o fines de abril. Puede que para entonces esté bien consolidado.

Mi abuelo hizo un leve movimiento de impaciencia. Como si le dijera a Augusto, por favor, no me lo empieces a demorar de entrada. Estaba lejos de permitir que su natural impaciencia arruinara sus créditos, pero a la vez, como confiaba en el potrillo, lo quería ver debutar pronto para encarrilarlo en la gran serie de clásicos de los productos de dos y tres años.

Yo lo veía perfecto, de pelo estaba en muy buena condición, las extremidades no parecían hinchadas, y los pichicos, esos balancines entre el nudo y el vaso que son el amortiguador del choque de los cascos, parecían nítidos y en buenas condiciones, con el pelo liso, sin derrames de ninguna especie. Tenían, para nuestro crédito, me parecía, la extensión justa y el ángulo adecuado; lo que no me gustaba era que, como otro caballo nuestro, y ese sí que había sido un crack, tenía una rodilla ligeramente virada hacia fuera, pero mi abuelo había dicho de entrada que eso no tenía importancia, como no la tuvo en el caso del zaino, años atrás. Todo eso era historia antigua y a ese caballo mi abuelo lo había vendido por una buena suma y ahora, como de nuevo le estaba faltando plata, los tíos otra vez empezaban a murmurar por lo bajo. Decían que el abuelo Eduardo era un gran inconsciente, que la deuda de nuevo se le estaba escapando de las manos y que muy probablemente el alazán era solo una promesa muy dudosa; no se daban así como así dos caballos como el zaino, decían. Nada más improbable que apareciera otro crack relativamente pronto. A eso mi abuelo contestaba que era como decirle a un pintor que había producido un gran cuadro que por el hecho de crear algo de gran calidad le sería más difícil sacar otro muy bueno. Al contrario, contraatacaba, si sale uno, salen dos o tres o más, uno ya te muestra que eso es posible, esa es la mejor señal; y justamente, que apareciera un caballo —y además no era uno solo, era una buena cantidad a lo largo de los años— demostraba que ahí había material genético para muchos ejemplares; como en el caso del pintor de su ejemplo, insistía. Y cada temporada irían saliendo obras maestras distintas; lo que les pedía era confianza, porque ahora, estaba seguro, iba llegando el momento en que podría ir coronando su obra y los próximos años serían los mejores del haras. El late manner de los grandes pintores producía muchas veces sus mejores cuadros, dijo una vez, mientras tomaba su whiskicito de la noche; ahí aparecía todo lo que uno conocía de la vida entera, así que, ¿por qué no podría ocurrir con los caballos?

Esas razones irritaban mucho a mis tíos, que eran hombres más bien exactos y que no compartían ni poco ni mucho sus comparaciones con algo tan volátil como el arte. Y en cuanto a los caballos de carrera, cada vez menos, a medida que aumentaban las dificultades económicas. Así que él quedaba en eso solo.

Le dije a Augusto:

—Decime, ¿cómo lo ves?

—Bien, Martín, yo creo que este algo puede hacer.

—¿Y vos, Otropapá?

Nadie le decía abuelo. Era una simple costumbre, a los nietos nos quería. Era con los hijos, a los que también quería mucho, que a veces tenía problemas. Tenía todos nuestros cumpleaños bien anotados en una libretita de cuero con sus iniciales en letras doradas, que descubrí años después entre sus pertenencias.

—Yo le pongo unas fichitas —dijo mi abuelo. Moderaba su opinión para no ofender a Augusto—. Hay que cultivar la esperanza, che —insistió—. Para mí, con este capaz que acertamos un pleno.

Él no jugaba. En eso yo decía que era medio budista. A su manera era desapegado. Para él lo importante era un crack; lo que realmente valía era la gloria. Decía que muchas fortunas entran al hipódromo pero que pocas vuelven a salir. Su apuesta fuerte siempre era por los caballos. Se veía más que nada como un criador. Nunca apostaba a sus cracks; era como bajar a una pista inferior donde lo espléndido de producir algo único se transformaba en simple lucro, en emoción barata, creo yo, que pensaba. Porque en realidad, lo que más quería era la calidad suprema, algo que fuera un hecho indiscutible, donde el público no tuviera más remedio que abrir la boca y decir, ah, sí, claro, esto es realmente bueno. Y cuando unos años después leí a Roberto Arlt y vi esa frase sobre la prepotencia del trabajo, cuando yo iba dejando la pintura, porque no me parecía original lo que hacía, fui entendiendo su punto de vista y, más aún, me fue pareciendo natural, porque una cosa es mejor cuando se va imponiendo por sus propios méritos y cuando a la gente le gusta de veras, sin propaganda ni publicidad.

Augusto dijo:

—No se preocupe, don Eduardo. Hay que darle su tiempo, sin quemar etapas.

Todos sus consejos tenían que ver con la paciencia, decía mi abuelo: cuando uno tiene un verdadero crack es el caballo el que está apurado. Él temía que Augusto demorara demasiado las cosas. Y había carreras para ganar, ya se nos venían encima algunos de los primeros grandes premios para los productos de dos años. En poco tiempo, la gente empezaría a hablar de determinados potrillos, y él quería que el alazán estuviera entre ellos, que ya mismo fuera siendo cabeza de su generación. Y en esto tenía sus argumentos, porque decía que con esa sangre el potrillo podía mostrar sus condiciones de entrada; la de él no era una sangre lenta. Al contrario, venía de familias precoces, cuyos productos, si bien eran fondistas, no dejaban de ser rápidos. Le tenía gran confianza a esa sangre que él había armado a través de los años, como si hubiera hecho injertos entre los principales árboles genealógicos del haras y los hubiera cruzado con una planta de otro sitio, para lograr un producto que reuniera todas las condiciones.

De todas maneras, esa mañana no estaba dispuesto a dejar pasar por alto las actitudes de Augusto, que a veces parecía un tronco flotando tranquilo en un remanso, según me dijo una vez.

—Mire, Augusto —propuso, con su autoridad de conocedor—, a este caballo no hay que postergarlo. Los potrillos de esta línea son precoces y lo que necesitan es fogueo. Si no, pueden empezar a aburrirse. Necesitan competir, estos son corredores de raza. Yo estoy seguro de que este potrillo es de esos.

Augusto no estaba dispuesto a ceder tan fácil.

—Don Eduardo, por ahora hay que cuidarlo. Lo que no quiero es que se estropee.

De repente hizo una gambeta hacia el corazón de mi abuelo, a su orgullo de criador empedernido:

—Este es demasiado bueno como para arriesgar.

Pero mi abuelo dijo que ya íbamos a ver. Él lo quería anotar para alguna carrera que lo exigiera un poco, antes de las Polla de Potrillos, alguna linda carrera, precisó, de unos 1500 metros, para probarlo realmente en las pistas y que fuera una buena puerta de entrada hacia lo mejor de la temporada. Naturalmente, hasta que llegara el momento tendría que ir haciendo sus méritos. Antes del clásico debía triunfar en la categoría perdedores y luego en la de ganadores de una carrera.

—Mire, Augusto, ahora varéelo tranquilo; dentro de dos días le vamos a dar una corrida más fuerte y después, si anda, procederemos. Vamos a ver qué sucede —repitió—, ¿no le parece, Antúnez? —apeló. El jockey tensó las piernas y levantó un poco la mano izquierda, no se sentía cómodo con el diálogo, me pareció, quizá porque entendía las razones de ambos. Pero como era un jinete excepcional, gran experto en todo lo que se refiriera a la conducción de los créditos, su opinión era clave. Yo creo que mi abuelo quería tenerlo como aliado. Sabía que era un jockey impetuoso capaz de batallar duramente una carrera y llevar al triunfo a caballos de carácter surtido. Y sabía que se iba a sentir muy bien arriba de un crack, como ya había ocurrido con el zaino. Él tenía una buena opinión de Aureliano Antúnez y más, le tenía mucha fe arriba de un caballo excepcional. No iba a perder una carrera ganada como le había ocurrido al jockey de Botafogo. No, Aureliano era un gran valor y lo había demostrado de sobra. Cuidaba los caballos pero no solo sabía exigirlos, si llegaba el caso, sino permitirles que mostraran todas sus condiciones sin timidez ni apocamientos. En eso era un jockey capaz de darle rienda a un crack y dejar que solito se devorara la cancha; además, era un gran experto en graduar una carrera y juzgar cuándo era indispensable darle rienda o demorarlo.

Miré al alazán, era de buena estatura, aunque tirando a mediano, con una vivacidad en la mirada y el tranco que ya estaba haciendo que los otros vareadores se fijaran en él. En el mundo del turf no había secretos y, si Morning Glory era bueno, pronto todo el mundo de las carreras lo iba a tener en cuenta. Pero por ahora la clave era que debía ganar pronto su primera competencia.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
301 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789878322131
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki