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Jorge L. Ahumada

Posmodernidad y posmodernismo

Textos desde el psicoanálisis en tiempos de posverdad


Prefacio

Hace algo más de dos décadas, en 1997, publiqué en portugués “La crisis de la cultura y la crisis del psicoanálisis”, que luego encabezó mi libro Descubrimientos y refutaciones. La lógica de la indagación psicoanalítica;1desde entonces, el tema de los cambios socioculturales a lo largo del siglo y su incidencia en las psicopatologías me ocupó de modo creciente. La pregunta de fondo, que a muchos nos preocupa y cierra este libro, salta a la vista: ¿Es sustentable la posmodernidad?

No soy, desde luego, el primero en plantearse esta pregunta en el psicoanálisis: hace ya casi un siglo, Sigmund Freud, en “El malestar en la cultura” (1930) y luego en las “Nuevas conferencias introductorias” y en “Por qué la guerra” (1933) abordó, sin ocultar su preocupación, los cambios socioculturales y sus efectos.

A punto de partida en el movimiento romántico −signado desde sus inicios literarios por la traslación del modelo del arte a la vida cotidiana− y a más de los vastos temas de la posmodernidad y el posmodernismo, los textos presentados enfocan los magnos cambios acaecidos en las psicopatologías desde los inicios vieneses del psicoanálisis hasta la época actual. Los capítulos finales despliegan evidencias provenientes de la etología no disponibles en la época de Freud, reformulando y actualizando conceptos centrales del psicoanálisis para acercarse a lo que está en juego en las psicopatologías de hoy.2 El Addendum ahonda en la dinámica de las nuevas psicopatologías.

Anotaba Albert Einstein hace más de ocho décadas: “Mirar con los propios ojos, tener la capacidad de sentir y de evaluar en vez de sucumbir al poder sugestivo de las modas en boga”:3 colocaba así a hombros de cada uno la tarea de deslindar entre falsedad y verdad. Este consejo de Einstein vale más aún hoy, ante los protagonismos mediáticos y los nihilismos académicos en tiempos de posverdad.

El Capítulo 1: “Del insight a la auto-creación. Vicisitudes de la interpretación desde la modernidad hasta la posmodernidad” se publicó, por invitación, en la Revista Uruguaya de Psicoanálisis Nº 98, p. 184-209, 2003. Copyright Revista Uruguaya de Psicoanálisis 2003. Agradezco a la Revista Uruguaya de Psicoanálisis su permiso de republicación.

La versión inicial del Capítulo 2: “Transgresión y reparación. Dos vertientes del arte y de la vida cotidiana” se publicó en portugués, por invitación, en Psicanálise em Revista (Recife). Se republicó en versión ampliada en la Revista de Psicoanálisis 40: 741-753, 2003. Copyright 2003 Revista de Psicoanálisis. Agradezco a la Revista de Psicoanálisis su autorización de republicación.

El Capítulo 3: “La vía hacia el desconocimiento: la identidad en la era postmoderna” se presentó, por invitación, en la Asociación Psicoanalítica de Madrid en mayo de 2007. Publicado online en inglés en internationalpsychoanalysis.net 2008. Copyright Jorge L. Ahumada 2008.

El Capítulo 4: “La verdad en la era de la posverdad” se publicó en inglés, por invitación, en co-autoría con la Dra. María Inês Nyswander E. Carneiro (Rio de Janeiro), con el título de “Tradición y verdad en la era posmoderna: implicancias para la vida diaria, la academia y el psicoanálisis”, en American Imago 63: 293-314, 2006. Copyright Johns Hopkins University Press 2006. Agradezco a Johns Hopkins University Press y a American Imago su permiso de republicación.

El Capítulo 5: “El asedio al insight” se publicó en inglés, por invitación, en la sección “Controversias psicoanalíticas” del International Journal of Psychoanalysis, respondiendo a la pregunta “La naturaleza y la práctica psicoanalítica (por ejemplo, en relación con la sexualidad) ¿están determinadas por desarrollos extra-analíticos, sociales y culturales?” International Journal of Psychoanalysis 97: 839-851, 2016. Copyright Institute of Psychoanalysis 2016. Agradezco al Institute of Psychoanalysis y a Taylor & Francis su autorización de republicación.

El Capítulo 6: “Nuestra herencia instintiva y la evolución del pensar: de la inferencia táctica al conocimiento de sí” y el Capítulo 7, “¡Liberados! Notas sobre tiempos de autocreación y violencia” desarrollan y amplían lo planteado en “Unbridled! Thoughts on times of self-begetting and violence”, publicado por invitación en el American Journal of Psychoanalysis, en prensa. Copyright American Journal of Psychoanalysis 2020. Agradezco al American Journal of Psychoanalysis su permiso de republicación.

El Cierre “¿Es sustentable la posmodernidad?” contiene fragmentos de lo publicado en “Lo inconsciente, de las neurosis a la post-verdad” en Perspectivas actuales de lo inconsciente.4 Agradezco a Editorial Asociación Psicoanalítica Argentina la autorización de republicación. También agradezco al Institute of Psychoanalysis y a Taylor & Francis por autorizar la republicación de mi “Respuesta a Robert A. Paul”.5

El Addendum “La dinámica mimesis-autismo en las psicopatologías de hoy” se publicó en francés, por invitación de André Green, en su libro Les voies nouvelles de la thérapeutique psychanalytique. Le dedans et le dehors. Paris: Presses Universitaires de France, 2006. Copyright Presses Universitaires de France 2006. Agradezco a Presses Universitaires de France su permiso de republicación.

Agradezco a la Dra. Maria Inês Nyswander E. Carneiro, coautora del Capítulo 4. Un agradecimiento especial al Dr. Elias M. da Rocha Barros (São Paulo), al Prof. Dr. Roberto Doria Medina y al Dr. Ricardo Moscone por su lectura y sugerencias y al Arq. Jorge Canale por su asesoramiento estilístico.

1 Asociación Psicoanalítica de Madrid/ Ed. Biblioteca Nueva, 1999.

2 Retomo allí brevemente lo desarrollado en un libro en coautoría con Luisa C. Busch de Ahumada: Contactando al niño autista. Cinco intervenciones psicoanalíticas tempranas exitosas (2017).

3 Einstein, A. 1934, p. 17.

4 Ahumada, J.L., Lo inconsciente, de la neurosis a la post-verdad. Perspectivas actuales del inconsciente. Coleccion Pilares del Psicoanálisis en la Contemporaneidad. Editorial Asociación Psicoanalítica Argentina, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 1ª edición, 2017, pp. 185-202.

5 Ahumada, J.L. (2016). Is the nature of psychoanalytic thinking and practice (e.g., in regard to sexuality) determined by extra-analytic, social and cultural developments?, Insight under siege. Psychoanalysis in the autistoid age, The International Journal of Psychoanalysis, 97:3,839-851, DOl: 10.1111/1745-8315.12566. Response to Robert A. Paul, The International Journal of Psychoanalysis, 97:3, 853-863, DOl: 10.1111/1745-8315.12534.

CAPÍTULO 1
Del insight a la auto-creación Vicisitudes de la interpretación desde la modernidad a la posmodernidad

La corporeidad de lo psíquico y los procesos de individuación se ubican para Freud en el núcleo del advenimiento de nuestro ser personal. Así, en “El yo y el ello”1 afirma que el Yo es primero y fundamentalmente un Yo corporal, una diferenciación del Ello a efectos de la percepción; esto es, de lo que se logre ir captando (y pensando) a punto de partida de lo experimentado. A partir de la corporeidad de lo psíquico, el logro de una identidad personal implicó para Freud un complejo proceso de diferenciación e individuación a través de la niñez y la adolescencia hasta llegar a la adultez, proceso que abarca una parte del psiquismo, no la totalidad de nuestra vida psíquica. La concretitud e indiferenciación de nuestras dependencias emocionales primarias y la conflictiva ligada a ellas se perpetúa en nuestras relaciones durante nuestro decurso vital, como se hace evidente en la importancia que adquiere en el Freud final su concepto ampliado de lo inconsciente no reprimido como zócalo de la personalidad.

Conviene ceñir la vastedad de nuestro tema distinguiendo el posmodernismo (como ideología filosófica y académica heredera del romanticismo, que extiende a la vida cotidiana el modelo del arte) de la posmodernidad como la época sociocultural en la que vivimos, donde la realidad cotidiana y la realidad política se pliegan al modelo mediático del espectáculo signado, afirma un autor mayor de la izquierda literaria norteamericana, por la infinitización del presente y la incapacidad de elaborar las experiencias personales a raíz del “olvido” del tiempo histórico.2 El posmodernismo académico, sostiene Fredric Jameson, se asienta en el pasaje de la parodia hacia el pastiche, pasaje donde la ironización romántica se vacía más y más de contenido.3 A esto cabe agregar que en la eclosión de lo novedoso la celebración se torna omnipresente.4

Entre nosotros, en El asedio a la Modernidad, Juan José Sebreli (1991) enfatizó el translado masivo al plano político de la concepción wagneriana de la “obra de arte total”. Ya en la época del surgimiento del nazismo, señala, Goebbels postulaba el predominio de la imagen fusionando en la “obra de arte total” la propaganda política y la estetización, al modo de un todo retórico englobando lo real. Por esas épocas, en un ya lejano 1937, el historiador y filósofo del arte Roger Collingwood5 anotaba que bajo el impacto mediático la prevalencia social de la diversión bifurcaba la experiencia en una parte “real” y otra consistente en un “hacer creer” ilusorio, con lo cual entraba en bancarrota la realidad cotidiana, configurando un cambio fundamental de nuestras experiencias personales.

En el pasaje a la cosmovisión de la posmodernidad los procesos de evolución psíquica viran en la sociedad global y también en el ámbito del psicoanálisis, pues el eje del tratamiento y la función de la interpretación pasan del insight a la autocreación, tema tratado en otros trabajos.6 No se me escapa que abordar el tema del psicoanálisis en la posmodernidad implica adentrarse en un campo minado, dada la turbulencia emocional que habita la interfase entre las cosmovisiones moderna y posmoderna.

El contexto académico de la segunda mitad del siglo XX estuvo signado por distintas variantes del llamado “giro lingüístico” de la filosofía y las disciplinas del hombre, donde la retórica y el orden del discurso se autonomizaron reviviendo impulsos nucleares de la vertiente romántica. Tomaré como guía el eje que va desde el romanticismo a Nietzsche y Foucault, para pasar luego al posmodernismo psicoanalítico.

El romanticismo como matriz del pasaje hacia el posmodernismo

Siendo legión quienes comentan los temas del pasaje a la actual sociedad mediática sería abrumador nombrarlos; no lo es menos mapear los hitos filosófico-literarios que desde la crisis de la razón y el surgimiento del romanticismo marcan el camino académico hacia el posmodernismo. El historiador de las ideas Isaiah Berlin ubica ahí un punto de viraje, un cambio radical del marco conceptual, donde los problemas previos pasan a vivirse como remotos, obsoletos o ininteligibles, como “restos de confusiones de un mundo ido”.7 En el modelo romántico del arte, afirma, la creación se da a partir de la nada, ex nihilo: el arte, convertido en la actividad autónoma fundamental del hombre, no es imitación ni representación sino expresión, mostrando la chispa divina de cada uno, sicut Deus.

Aunque la abrogación de las nociones de verdad y falsedad suele atribuirse a la insistencia de Nietzsche en la “muerte de las evidencias”, el tema puede rastrearse casi un siglo antes. Cabe atribuir al romanticismo raíces alejadas en las tradiciones germánicas del Volk y, en territorio filosófico, en los idearios de Giambattista Vico y de Jean-Jacques Rousseau, a quien el filósofo de la historia y del arte Roger Collingwood8 considera el padre del romanticismo. El filósofo polaco-norteamericano Lészek Kolakowski ubica como manifiesto inicial de la ideología romántica a la conferencia inaugural de Friederich Schiller en Jena en 1789, abriendo el cuestionamiento de la idea de conocimiento y la contraposición frontal de subjetividad y conocimiento. Para Schiller, advierte Kolakowski, hechos y eventos son ensamblajes arbitrarios, donde “cualquier construcción, cualquier selección, cualquier estructura... vale tanto como cualquier otra”.9 Allí la subjetividad presente engendra el pasado, con la singular ventaja de que queda de lado la necesidad de aprender.

Por su parte, el historiador de las ideas de Oxford Isaiah Berlin ubica también en Schiller −en su obra como dramaturgo− el pasaje desde la cosmovisión moderna hacia el romanticismo, con la expansión de la noción de libertad y la idea de que es función preclara de lo humano desprenderse de la naturaleza. Idea vehiculizada por la voluntad, no por la razón y, menos aún, por los afectos, dado que el hombre los comparte con los animales. La idea de libertad se desamarra de toda idea de razón y la voluntad se contrapone en calidad de desafío a la naturaleza y a la convención.10 Allí, donde la subjetividad emerge del desafío, el personaje de la Medea de Racine, quien para vengarse del abandono por parte de Jasón mata a los hijos concebidos en común, es para Schiller una heroína trágica, quien exhibe en el crimen su libertad y autonomía triunfando sobre el amor maternal, esto es, sobre la naturaleza.

Actuar, ser amo de uno mismo en vez de ser actuado en forma pasiva es lo esencial. Con su énfasis en el protagonismo Gottlob Fichte, otrora discípulo de Kant, revierte la postura de su maestro para quien el hombre es un engranaje a merced de fuerzas externas.11 Rastreando en lo literario las raíces de la cosmovisión romántica, Isaiah Berlin destaca el borramiento de los límites entre filosofía y literatura y la extensión del modelo del arte a todos los ámbitos: en el arte, sostiene Schiller, el hombre se autonomiza de las cadenas de la causalidad. La prioridad del modelo del arte exacerba en Fichte una celebración de la voluntad y la acción donde la autoconciencia como sujeto surge de la confrontación: siendo que la necesidad de actuar genera nuestra conciencia del mundo y la autoafirmación, transformarse a sí mismo y transformar al mundo por el ímpetu de una voluntad indomable es deber sagrado. Pierden validez los intentos de objetivar los fines humanos pues no cabe descubrirlos sino crearlos: la creación es creación a partir de la nada, en una estética de la creación pura que abarca toda acción y toda ética. La imaginación deviene generativa tal como la voluntad de Dios generó al mundo y no hay lugar para reglas dadas pues solo existirán las que creamos.12 Análogamente, conocer consiste en imponer un sistema cuyas leyes no se tomarán de los hechos sino de nosotros mismos.13

Aún antes de Schiller, de Hölderlin, de Fichte y de Nietzsche, en la ancestral tradición germánica el peso salvífico del Dichter, destaca el crítico literario George Steiner en Una lectura contra Shakespeare, no se transmite fácilmente a otras culturas: así, el término “poeta” usado en inglés −y, agrego, en otras lenguas− no da lugar a las dimensiones adánicas del término germano. El auténtico Dichter, sostiene con fervor Steiner, es excepcional. Cito sus términos:

“La verdadera Dichtung da testimonio. ‘Conoce objetivamente’ en el sentido concreto en que la nominación de las formas vivientes del Edén por parte de Adán correspondía precisamente a la verdad. (...) Como Adán, el Dichter nomina lo que es, y su nombrar define, encarna su verdadero ser.”14

Tal “conocer objetivo” de la Dichtung como decir poético se distingue netamente, añade, del conocer cotidiano y del conocimiento científico. En el caso de Martin Heidegger, afirma Steiner, “el Dichter... ‘habla el Ser’. Es ‘el pastor del Ser’; en la custodia del Dichter el hombre se acerca más a lo que es (a lo que podría ser si es que va a ser hombre).”15 Tal función es a la vez ética y salvífica. Destaco a mis fines que Heidegger fue eje del pensamiento francés de la posguerra −la época de las “tres H”, Hegel, Husserl y Heidegger− y que ahí la función poética asume valor profético: el Dichter relata eventos futuros desde el lugar de los dioses, con lo cual la retórica instituye la realidad.

En el arte romántico, la obra de Richard Wagner ilustra la expansión de las expectativas de un renacer emancipatorio que avanza desde el drama musical hacia la sociedad global, aunando en su “obra de arte total”, dice el historiador de Oxford J. W. Burrow16, el papel de la tragedia en la Grecia antigua con la tradición del Volk de las mitologías teutónicas. Que ahí el Mythos asume la magna función de la re−creación avala a Roger Collingwood17 en la afirmación de que el mito asume siempre la forma de una teogonía.

Solo el mito libera en las tradiciones del Volk y de la Dichtung, del pueblo y su enunciación, que compartían Wagner y Nietzsche. El romanticismo significó para Wagner, dice Burrow, a la vez “la aprehensión inmediata, poética, de lo verdadero en formas inaccesibles al pensamiento analítico, y... la creación colectiva de un pueblo, de un Volk”,18 en vías a la redención espiritual mediante la revitalización del mito en el arte.

Por su parte Enrique Racker, en medulosa consideración de la obra y personalidad de Wagner cita a Thomas Mann: “Wagner reconoce que su arte y su dolencia son una sola y misma enfermedad”,19 subrayando que llamaba delirio consciente a su arte. Por motivos de espacio no detallaré las idas y vueltas del tema, que Racker desglosa magistralmente en el periplo de sus dramas musicales: diré solo que en cuanto a la dimensión teológico−demiúrgica de la producción wagneriana y más generalmente del romanticismo, Racker destaca que casi todos los héroes wagnerianos son a la vez deicidas y crucificados y anota que hacia el final, cayendo en la enfermedad mental, Nietzsche se identificaba con el Crucificado.20

El exaltado sentido wagneriano de cumplir una misión sublime se acicatea en el caso de Nietzsche por su convicción de la afinidad profunda entre el filósofo y los fundadores de religiones.21 Habiéndome referido a estos temas nietzscheanos en otro trabajo,22 me limitaré a resumirlos. Para Nietzsche la pérdida del mito es la pérdida del hogar primordial, del mítico seno materno, la pérdida de la extática ilusión artística, y la pérdida de la autoaniquilación orgiástica del impulso dionisíaco en el seno de la Unidad Primordial y es, por ende, la ruina de la tragedia y el ocaso del héroe épico −Prometeo, Edipo, Orestes− que tras diferentes máscaras es siempre el Dionisos de los misterios sufriendo los desgarros de la individuación. El artista asume el rol del artista supremo, Prometeo, pues, sostiene, en la concepción aria lo sublime solo se logra a través de un crimen: la transgresión es la suprema virtud prometeica en los esfuerzos del individuo de devenir un ser humano único, contraponiéndose a la moral semítica y cristiana, la moral de los esclavos que deberá ceder ante una nueva aurora en la renacida primacía de Dionisos.23

Las vicisitudes del pasaje por vía del romanticismo hacia la negativa posmoderna de la posibilidad de conocimiento válido se anuncian en Nietzsche desde el vamos en los Cuadernos sobre la verdad de comienzos de la década de 1870 donde, señala Breazeale, sostiene que el arte es más honesto que la ciencia pues restablece la legitimidad de la ilusión, que había sido denigrada por la ciencia.24 Dicha contraposición se amplía en Más allá del bien y del mal, en palabras que merecen citarse in extenso:

“Hay verdades que son reconocidas mejor por mentes mediocres que les son afines; hay verdades que sólo tienen encanto y seducción para los espíritus mediocres: llegamos a este quizás desagradable enunciado recién ahora, cuando el espíritu de ingleses respetables pero mediocres −menciono a Darwin, John Stuart Mill, y Herbert Spencer− comienza a predominar en las regiones medias del gusto europeo. En verdad, ¿quién puede dudar de la utilidad de que a veces tales espíritus reinen? Sería un error suponer que los espíritus de tipo elevado que planean en sus propios rumbos sean especialmente hábiles en cuanto a determinar y recolectar muchos hechos pequeños y comunes y extraer luego de ellos conclusiones; por el contrario, al ser excepciones, están desde un comienzo en desventaja en cuanto a ‘reglas’. Finalmente, tienen algo mejor que hacer que la mera adquisición de conocimientos −ser algo nuevo, significar algo nuevo, representar nuevos valores. Quizás la brecha entre conocer y poder ser sea mayor y más enigmática de lo que se supone: quienes pueden hacer cosas en el gran estilo, los creativos, deben quizás carecer de conocimientos −mientras que para los descubrimientos científicos del tipo de los de Darwin una cierta estrechez, una aridez, y una inteligencia industriosa, algo inglés en resumen, podrían no ser una mala disposición.”25

Poco cabe agregar a esta contraposición entre la mediocridad adscripta al conocer, a la indagación y la interpretación en el ámbito de las ciencias y la alta estima acordada al poder ser en un género interpretativo diferente, el “gran estilo” del protagonismo artístico. Solo cabe agregar que, pese a esa tajante valuación nietzscheana, en la indagación psicoanalítica no valen los protagonismos a gran estilo, debemos conformarnos con algo más asequible y más modesto: deslindar hechos pequeños y comunes y colegir de ellos conclusiones, en un doble trabajo de las evidencias por parte del analizado y del analista.

Ocurre que la exigencia de certezas distorsiona la relación de conocimiento, allanando el camino para negar de plano, en áreas cruciales, la posibilidad de conocer. Tal sucede con Nietzsche, a quien una vivencia abrumadora de crasa injusticia por no acceder al conocimiento absoluto lo lleva a sostener que “la verdad mata −se mata aún a sí misma.”26 La exacerbada vivencia de injusticia ante la ausencia de acceso a una versión hiperbólica de la verdad coincide con una visión formalista, prístinamente cartesiana, de qué es ciencia, según la cual “todas las leyes de la naturaleza son sólo relaciones entre x, y, y z. (...) Estrictamente hablando, el conocimiento tiene solo la forma de una tautología y es por ende vacío.”27 Cuando conocer se equipara a la certidumbre lógica y matemática, se abre −como ocurrió con Descartes− un hiatus entre el pensar, la res cogitans −supuestamente transparente para sí misma− y nuestra corporeidad, considerada mecánica y ajena a nuestro verdadero ser en vez de vérsela como constitutiva: esto conlleva un clivaje entre lo empírico como meramente natural y lo autoexpresivo –verbal o protagonizado− como esencia humana. Bajo tales supuestos, Nietzsche procede a enarbolar, en pro de los valores de la vida, las banderas de la “muerte de las evidencias”. Acometiendo contra la idea filosófica de la verdad como certeza ideal, se propone “doblegar el conocimiento a través de los poderes que engendran mitos”28 en una infatigable lucha en pro del arte y contra el conocimiento: alza pues la retórica de autocreación dionisíaca en contra de la ascesis de la moral judeocristiana y de la argumentación socrática.

La cosmovisión nietzscheana no admite la objetivación ni el conocimiento, pues cualquier perspectiva es expresión de la voluntad y toda pretensión de objetividad implica un autoengaño.29 La resultante del nihilismo evidencial en la “muerte de las evidencias” es un vector romántico central, el pasaje −en célebres términos de Karl Marx− del reino de la necesidad al reino de la libertad. Pero si Marx ubicaba su motor en los determinismos económicos y en las virtudes emancipatorias adjudicadas al proletariado, en el análisis de Nietzsche los términos centrales −coincido con Fredric Jameson−30 de dominación y ressentiment organizan su metanarrativa de la historia universal, cuyo motor es el resentimiento de quienes, privados de la única salida válida, la del actuar pleno, se preservan del daño mediante venganzas imaginarias. La tradición judeocristiana, afirma, en una astucia ideológica da vuelta la masculinidad aristocrática de los Herrenmenschen, los amos que Nietzsche personifica en los antiguos griegos, revirtiéndolo hacia el ethos de la caridad y privándolos de su vitalidad y su insolencia aristocrática.

Tal metanarrativa, en términos del deseo en rebelión contra una realidad inclemente y opresiva, otorga a Nietzsche su instrumento central para pensar el devenir histórico, las genealogías, a partir de la segunda de sus Meditaciones Intempestivas, “Sobre los usos y las desventajas de la historia para la vida”.31 Plantea que servirá a la historia solo en la medida en que la historia sirva a la vida, que el olvido es esencial para cualquier tipo de acción y que la fama surgida de los raros momentos de creación establece los enlaces de inmortalidad entre las eras, vehiculizando la protesta ante el paso de las generaciones y lo transitorio de las cosas. Las genealogías, advierte Fredric Jameson, no son narrativas históricas sino perspectivas diacrónicas apuntando a volver perceptible, a la manera de los rayos X, la articulación de un sistema presente, a modo de mensaje socio-simbólico: dichas ideologías del deseo son menos un modo interpretativo que una cosmovisión, cuyo motor de base es la transgresión.32

El engarce entre la narrativa nietzscheana, apuntando a “doblegar el conocimiento a través de los poderes que engendran mitos”33 y el ideario intelectual francés de la posguerra se dio en la enseñanza de Alexandre Kojève, quien contó entre sus alumnos a Georges Bataille, Maurice Merleau-Ponty, Pierre Klossowski, Jean Wahl, André Breton y Jacques Lacan, en tanto Sartre se hacía llegar los apuntes. En rotundo rechazo de nuestra naturaleza animal y de nuestras dependencias afectivas y corpóreas, para el Hegel nietzscheano de Kojève no hay verdad alguna en la ciencia: solo el discurso filosófico aporta verdad, puesto que abarca lo Real concreto, esto es, la totalidad de la realidad del Ser.34 Ahí el hombre se define como tal en base a su Negatividad, esto es, a su capacidad de negar lo dado en sí mismo y en el mundo, en tanto que el deseo genuinamente humano de reconocimiento implica una lucha a muerte, en la negación del deseo natural (o animal) de autopreservación. La verdadera humanidad se da en el enfrentamiento, en la lucha a muerte: vale, pues, para Kojève lo que el escritor Robert Musil destacaba en la preguerra: que los filósofos son gente violenta y agresiva que no teniendo ejércitos a su disposición intenta someter al mundo generando sistemas de ideas.35 En esa línea de dominación se ubica la afirmación de Richard Rorty de que, dado que la filosofía no puede ser ya regina scientiarum, la reina de las ciencias como lo fue hasta la Edad Media, debe tornarse en dominatrix scientiarum:36 el discurrir del filósofo se coloca a sí mismo por encima de las indagaciones de las ciencias.

Como sostuve en otro lugar,37el discurso filosófico de Kojève implementa una dialéctica de autocreación de donde resulta, siguiendo los pasos de Fichte y de Nietzsche, una versión protagonística de la verdad. La manifestación límite de dicho estilo de protagonización emancipatoria a través de la transgresión es la célebre proclama nietzscheana −a un tiempo nihilista y anarquista− en La voluntad de poder: “¡Todo es falso! ¡Todo está permitido!”38

Por fuera de la herencia romántica, en una raíz diferente del “giro lingüistico” de la filosofía del siglo XX, la obra de Ludwing Wittgenstein provee una oportunidad adicional de asistir al modo en que la pretensión de certezas empíricas al modo logicista−cartesiano conduce, como ocurrió con Nietzsche, a una renegación de la empiria aún en instancias cotidianas. Son de especial interés sus notas Sobre la certeza, escritas en sus últimos 18 meses de vida y publicadas por su albacea literario Georg-Henrik von Wright en 1969. Para decir brevemente lo que amplío en otro lugar,39 Wittgenstein sostiene en las Investigaciones filosóficas que no debemos buscar e indagar hechos nuevos sino entender lo que ya está a la vista y que, en vez de intentar penetrar los fenómenos, debemos investigar si estos son posibles y qué enunciados hacemos sobre ellos. Por lo cual, afirma, su investigación es de índole gramatical, preguntándose ¿Qué es el lenguaje? ¿Qué es una proposición? en busca de respuestas dadas de una vez, independientemente de toda experiencia futura.40

Wittgenstein se ubica así en las antípodas del aforismo latino Nomina sunt consequaentia rerum (los términos verbales son consecuencia de los eventos). También en las antípodas de San Jerónimo, traductor de la Biblia al latín y patrono de los traductores, quien ya en los siglos V−VI destacó que no se traduce de palabra a palabra sino de sentido a sentido: tenía bien en claro que el sentido de lo que acaece precede a las palabras y les provee su apoyatura. La prioridad del sentido de lo que sucede en la pragmática de nuestra vida diaria se hace obvia en la inédita cascada de anglicismos que ante los nuevos eventos de la era electrónica invaden nuestra lengua: online, e-mail, delivery, take-away, default ¡para no mencionar marcas comerciales metamorfoseadas en neo-verbos cotidianos, como twittear, googlear o whatsappear!

Dicha prioridad del sentido sobre las palabras –de la pragmática, incluso de la pragmática inconsciente, sobre la semántica− subyace al distingo de los niveles freudianos de las Dingworstellungen (las presentaciones-cosa) y las Wortworstellungen (las presentaciones-palabra) representando a los eventos. Al sostener que los problemas del conocimiento son problemas gramaticales, Wittgenstein transforma el lenguaje en una ontología, esto es, un absoluto, soslayando del todo las relaciones y evidencias fácticas.41

Las notas finales de L. Wittgenstein ni siquiera admiten el argumento de George Moore “He aquí una mano, y he aquí otra”, pues lo vinculado a lo fáctico, por obvio que sea, no le ofrece la clase de certeza que deriva del cálculo matemático: “El cálculo es absolutamente confiable, es ciertamente correcto”.42 Y luego agrega:

“Si todo habla en favor de una hipótesis y nada en contra de ella, entonces tendríamos certeza de su verdad. Podría ponérselo así. Pero, ¿coincide eso ciertamente con la realidad, con los hechos? La pregunta nos indica que estamos dando vueltas en círculo. Existe desde ya la justificación, pero la justificación se topa con un límite.”43

Desde ya, cualquier justificación, tanto en la vida cotidiana cuanto en las ciencias (incluso en las ciencias ideales puramente ideativas, como las matemáticas o las lógicas) se topa con límites, a ser abordados y resueltos en ulteriores indagaciones. Visto su requerimiento de verdad como certeza a priori, utilizando como medida de la veracidad de las teorías en los muy diversos campos del conocimiento empírico las cualidades del cálculo correspondientes a un ámbito puramente ideal, se entiende que Wittgenstein aduzca que Copérnico o Darwin no descubrieron teorías verdaderas sino solo un punto de vista fértil.44 Lo mismo, desde ya, valdría para Freud. Ante tal exigencia de certezas absolutas cabría responder con Albert Einstein que “quienquiera ose erigirse como árbitro en el campo de la Verdad y el Conocimiento naufraga ante las risas de los dioses.”45

Interpretación y emancipación

En una breve intervención en el coloquio de Royaumont en 1964 donde se le propuso el tema “Nietzsche, Freud, Marx”, Michel Foucault articula la idea posmoderna de la interpretación y sienta las bases que retomaría años más tarde Paul Ricoeur46 en términos de “hermenéutica de la sospecha”.

Aduciendo que el lenguaje desborda su forma propiamente verbal pues en el mundo muchas cosas hablan sin ser lenguaje, tales como la naturaleza, el mar, el murmullo de los árboles, los animales, los rostros, las máscaras, los gestos mudos, las enfermedades, aventura Foucault que Marx, Nietzsche y Freud abrieron una nueva posibilidad de interpretación, fundamentando la posibilidad de una hermenéutica donde nosotros, intérpretes, nos interpretamos a nosotros mismos tal como debemos interrogar a esos intérpretes que fueron Freud, Nietzsche y Marx. De ese modo, dice, “somos perpetuamente reenviados en un perpetuo juego de espejos”,47 donde la interpretación se refleja siempre sobre sí misma y modifica la naturaleza misma del signo. La interpretación, afirma, llega a ser al fin una tarea infinita, en tanto que su carácter inacabado, siempre recortado, permaneciendo en suspenso al borde de ella misma, determina un rechazo del comienzo. Tomando como modelo lo inacabado de la interpretación en psicoanálisis por “la inagotabilidad, en el carácter infinito e infinitamente problemático de la relación del analizado y del analista”, y citando la idea de Nietzsche de que “perecer por el conocimiento absoluto podría bien ser parte del fundamento del ser”, afirma que cuanto más lejos va la interpretación tanto más se avecina la hermenéutica interpretativa a una región absolutamente peligrosa “donde no sólo la interpretación alcanza su punto de retroceso sino que va a desaparecer como interpretación, causando tal vez la desaparición del intérprete mismo.”48 Lo que está en juego en dicho punto de ruptura de la interpretación podría muy bien, afirma, ser algo así como la experiencia de la locura que fascinó a Nietzsche: la experiencia de la locura sancionaría un movimiento de la interpretación, acercándose al infinito de su centro, donde el intérprete se hundiría calcinado.

Absolutizando la autonomía de la interpretación sostendrá que

“si la interpretación no puede lograrse del todo es, simplemente, porque no hay nada que interpretar. No hay nada de absolutamente primario que interpretar pues en el fondo todo es interpretación; cada signo es en sí mismo no la cosa que se ofrece a la interpretación, sino interpretación de otros signos.”49

Y luego continúa: “la interpretación no aclara una materia a interpretar que se le ofrece pasivamente; no puede sino apoderarse violentamente, en una interpretación ya hecha que debe invertir, revolver, despedazar a golpes de martillo.”50 Tal como él lo entiende,

“Freud no interpreta signos sino interpretaciones. En efecto, bajo los síntomas, ¿qué descubre Freud? No descubre, como suele decirse, ‘traumatismos’; pone al descubierto fantasmas, con su carga de angustia, es decir, un núcleo que es ya en sí una interpretación. La anorexia, por ejemplo, no reenvía al destete como el significante reenviaría al significado, sino que la anorexia como signo, síntoma al que hay que interpretar, reenvía a los fantasmas del mal seno materno, que es en sí mismo una interpretación, que es en sí mismo un cuerpo parlante. Por eso Freud no interpreta otra cosa en el lenguaje de sus enfermos que lo que éstos le ofrecen como síntomas; su interpretación es la interpretación de una interpretación.”51

Y añade que la interpretación precede al signo, que este no es sino una interpretación que no se asume como tal, una verdad que tiene por función recubrir, con lo cual pierde su ser simple de significante. Concluirá, siguiendo a Nietzsche, que la interpretación vuelve siempre sobre quien la plantea y que el principio de la interpretación no es otro que el intérprete, debiendo interpretarse siempre ella misma en un tiempo circular. Los signos son, por ende, el peligro supremo de la interpretación. La muerte de la interpretación consiste en creer que hay signos originarios, primarios, señales coherentes y sistemáticas, en tanto que la vida de la interpretación es creer que no hay sino interpretaciones en una hermenéutica donde el lenguaje no cesa de implicarse a sí mismo en la región medianera de la locura y el puro lenguaje donde, afirma, podemos reconocer a Nietzsche.52

Superponiendo significados metafóricos y literales −esto es, prescindiendo de todo rigor− tal variada conjunción de elementos de disímiles niveles (la naturaleza, el mar, el murmullo de los árboles, los animales, los rostros, las máscaras, los gestos mudos, los traumatismos psíquicos) pasa a ser hablante, con lo cual Foucault plantea una vigorosa hipérbole del voluntarismo interpretativo y de la omnipresencia de la interpretación que, dejando de ser instrumento de indagación, deviene fin en sí misma. Comentando este trabajo crucial, el filósofo francés Vincent Descombes destaca que allí se resumen las tesis centrales del “nietzscheanismo francés” de la posguerra, añadiendo que Foucault presenta sus tesis en el tono de quien aporta la vía de una liberación gozosa en la buena nueva de una “vida de la interpretación”.53

Cierto es que, como detalla el Capítulo 6, en un sentido amplio todo lo psíquico es interpretativo y esto abarca nuestra naturaleza instintiva: desde el comienzo de la vida animal y más aún en los mamíferos superiores los instintos son inferenciales, pero esto difiere del todo de lo que plantea Foucault. El aforismo romano Res ipsa loquitur (los hechos hablan por sí) que introdujo Cicerón y tiene amplio uso jurídico, no remite a que las piedras o las nubes se expresen, sino a que, en la evaluación de los asuntos humanos, la articulación de los eventos adquiere primacía. Volviendo a los instintos, el término alemán Trieb deriva de la forma verbal Treiben, con fuerte connotación de ser llevado por o arrastrado por, al modo en que es arrastrado un trozo de madera en un arroyo o un barco a la deriva por los vientos, las corrientes y las olas. Los impulsos instintivos son, pues, aquello que nos arrastra, que nos arrastra sin que lo sepamos, y son, insiste Freud, la parte más oscura y más importante del psicoanálisis.

Lo cual signa dos vertientes harto diferenciables en cuanto al pluralismo: por un lado, el reconocimiento de la pluralidad de métodos e interpretaciones en los ámbitos científicos, intelectuales y académicos, al no existir formas definitorias de resolver diferencias sino a través de la progresiva indagación y evaluación de las distintas evidencias en juego y, por el otro lado, la ideología posmodernista (que, con base en la infinitud de los significados posibles y de los métodos, tomados como equiparables y sustituibles)54 impone al modo de mandato la irrelevancia de cualquier planteo evidencial.

Tal como ocurría con Nietzsche, una concepción formalístico−mecanicista de qué es ciencia rige el pensamiento de Foucault,55 quien contrapone ámbitos científicos formalizados que proveen conocimiento científico (connaissance) y ámbitos arqueológicos puramente discursivos donde el saber (savoir) surge en prácticas diversas ubicadas a un mismo nivel: la ficción, la reflexión, las narraciones, las reglas institucionales y las decisiones políticas. Aquí no se trata de ciencias sino de “disciplinas” cuyas “prácticas discursivas” se emancipan de evidencias.56

Con lo cual, en el universo foucaultiano, solo la formalización imprime carácter de cientificidad y solamente en las ciencias formalizadas –esto es, las ciencias puramente ideativas desligadas de la empiria como las matemáticas y las lógicas y, además, en las ciencias exactas− admitirá la existencia de evidencias a las cuales atenerse. La pregnancia del “realismo teórico” adjudicado a la formalización se desplaza al lenguaje discursivo −en el caso de Foucault, bajo el rótulo de “discursividad”. Este realismo retórico puramente verbal supone substituir de pleno derecho a la indagación de las evidencias pertinentes: estamos de lleno en el ámbito de la posverdad.

Cuando el lenguaje desborda su forma verbal (pues para Foucault en el mundo las cosas hablan sin ser lenguaje) la oratoria interpretativo-discursiva desborda a su vez sobre las cosas, interpretándose indefinidamente a sí misma en forma circular en una deriva interminable donde –como ya cité− “somos perpetuamente reenviados en un perpetuo juego de espejos.”57 Y atestigua la violencia que se autoatribuye tal “realismo retórico” lo que mencioné pero merece retomarse: que en esta nueva versión de la filosofía del martillo nietzcheana “la interpretación no aclara una materia a interpretar que le se ofrece pasivamente; no puede sino apoderarse violentamente, en una interpretación ya hecha, que debe invertir, revolver, despedazar a golpes de martillo.”58 La violencia protagónica del apoderamiento retórico asume, pues, libre vía.

Pasemos ahora a los tres usos que Nietzsche adscribió a la genealogía y retoma Foucault en Nietzsche, la genealogía, la historia. El primero, el uso paródico o farsesco, es destructor de la realidad, oponiéndose al tema de la historia como rememoración o reconocimiento. El segundo uso apunta contra la identidad buscando su disolución sistemática, se opone a los eventos históricos como continuidad o representantes de una tradición y toma la forma del carnaval o la charada. El tercer uso sacrifica al sujeto del conocimiento, dirigiéndose contra la verdad y la historia en cuanto conocimiento, en la idea de que todo conocimiento asienta en la injusticia por no lograr acceder a una verdad universal. El término alemán Schadenfreude (alegrarse con el mal de otros o con el daño causado a otros), emergiendo una y otra vez en la obra de Nietzsche, está al servicio de estos usos retomando, a más de 20 siglos de distancia, el uso que en la antigüedad griega el sofista Gorgias de Leontini adjudicaba al risus sophisticus: destruir con la risa la seriedad de los argumentos del adversario, pues al destruir la seriedad de lo que está en juego se destruye cualquier planteo evidencial. La burla y la coerción habitan el núcleo del escritor-guerrero nietzscheano, como afirma en Así habló Zarathustra: “Valientes, despreocupados, burlones, coercitivos −así nos desea la sabiduría: pues la sabiduría es mujer y ama solo a los guerreros.”59 Y hacia el final, en Ecce Homo,60 su autobiografía intelectual, reitera: “Mucho más allá de todo terror y de toda lástima, convertirse uno mismo en la eterna alegría del Devenir –esa alegría que incluye también la alegría de la destrucción.” 61 A esto se unen el odio a la idea de desarrollo y el rol de la genealogía como ciencia curativa, rastreando trazas residuales de venenos para prescribir el mejor antídoto.62

Se abre así el camino el libre juego de la voluntad de ilusión, como indicó ya en 1913 Hans Vaihinger respecto de Nietzsche.63 Marcando las diferencias, en el psicoanálisis, la indagación de la historia personal a través de la reminiscencia y de la historicidad que se va desplegando en los recuerdos y en la relación transferencial, apunta a reintegrar lo hasta ahí desconocido, posibilitando el desarrollo de un sujeto de conocimiento, del todo a contracorriente de los tres usos nietzscheanos.

El desbocamiento de la voluntad de ilusión revierte la valuación de cordura y locura: la cordura deviene una carga injusta a la libertad primordial del sujeto en tanto que el delirio, el discurso que libera a la pasión de todo límite se convierte en principio moral. Ya en su Historia de la locura, Foucault64 celebró en la locura de Sade, Goya y Nietzsche una afirmación soberana de la subjetividad y en su violencia, la verdad del descubrimiento de un magno poder aniquilatorio, contrabalanceando la violencia que se halla, insiste, ínsita en la razón. Convertido el borramiento de los límites en principio moral, sostendrá que tras la experiencia de mayo del 68 deben abrogarse las barreras entre el bien y el mal, entre la inocencia y la culpa, entre la normalidad y la anormalidad, eyectando todo lo relacionado con el conocimiento por ser cómplice con lo sucedido “hasta ahora”. Lo existente “hasta ahora” se toma por falso y eminentemente injusto al atarnos a una identidad: blandiendo el martillo filosófico de la demolición interpretativa, afirma en una entrevista, trayendo a plena luz la estría anárquica que subtiende su obra que

“La sociedad futura se esboza, quizás, a través de experiencias como la droga, el sexo, la vida comunitaria, otra conciencia, otro tipo de individualidad… El ‘conjunto de la sociedad’ sólo debe tomarse en cuenta como el objetivo a destruir (…) un emprendimiento revolucionario se dirige precisamente no sólo contra el presente sino contra la ley de lo ‘hasta hoy’ presente.”65

Siendo que para Foucault la sexualidad apunta centralmente a maximizar el placer, veamos sus aportes finales sobre el placer y la política de la identidad.

En una entrevista hacia el fin de sus días, en 1983, ahonda en su problemática personal respecto de las vivencias de placer:

“Tengo siempre la impresión de no experimentar el verdadero placer, el placer completo y total que, para mí, se liga a la muerte. El verdadero placer sería tan profundo, tan intenso, me sumergiría tan totalmente que no sobreviría. Un ejemplo, claro y simple: una vez me atropelló un auto en la calle, y durante dos segundos quizás tuve la impresión de que iba a morir y experimenté un placer muy, muy intenso (...) hasta hoy éste es uno de mis mejores recuerdos. Están también ciertas drogas que me permiten acceder a alegrías terriblemente intensas que no soy capaz de lograr por mí mismo (...) no puedo darme, no puedo dar a otros los placeres intermedios cotidianos que no significan nada para mí, y soy incapaz de organizar mi vida dándoles un lugar.”66

En otra entrevista, poco después, hablando de la política de la identidad, sostiene que la sexualidad es parte de la libertad que gozamos en este mundo: es nuestra propia creación, mucho más que un aspecto secreto de nuestro deseo; el sexo no es una fatalidad sino una posibilidad de acceder a una vida creativa, a un permanente devenir donde nos creamos a nosotros mismos como obra de arte. Se trata de crear una nueva vida cultural donde las drogas deben convertirse en elemento de nuestra cultura (son ya un elemento de nuestra cultura) y donde cualquier identidad dada restringe nuestro derecho de ser libres. La relación con uno mismo, dice, no debe ser de identidad sino de diferenciación, de creación, de innovación: “Es muy fastidioso ser siempre el mismo.”67 La estética desplaza a la ética, en camino a constituirse en “el obrero de la belleza de la propia vida.”68

Foucault es taxativo en cuanto a lo que apunta a destruir: la identidad, el “conjunto de la sociedad”, lo hoy presente junto con las normas de lo “hasta hoy” presente, además de todo lo relacionado con el conocimiento por ser cómplice con lo sucedido “hasta ahora”: instituye, pues, un mandato global de destrucción de lo recibido y lo dado. Lo cual retoma una línea no solo presente en Nietzsche sino también en el inicio mismo del movimiento romántico, pues la obliteración de lo existente como apertura hacia un futuro edénico precede en décadas a Nietzsche: así, Isaiah Berlin cita a Jakob Lenz, voz inicial del Sturm und Drang: “Dios caviló ante el vacío y de allí surgió un mundo. Destruyan. Algo surgirá. Oh, sentirse como Dios.”69 Es, en cambio, de una desopilante vacuidad en sus propuestas sobre el futuro social: el borramiento de los límites como principio moral, experiencias como la droga, el sexo, la vida comunitaria, otra conciencia, otra individualidad y la sustitución de la ética por una estética de la propia vida. Tal es la conclusión final de la “filosofía con el martillo”.

Recordemos la frase de Hölderlin, que el hombre es un dios mientras sueña y un mendigo mientras piensa: Foucault –quien se describe en más de una ocasión como simplemente nietscheano− vehiculiza en lo cultural al modo de una “obra de arte total” la admonición de Nietzsche: “Imaginar otro mundo más valioso como expresión del odio hacia un mundo que nos hace sufrir: el ressentiment de los metafísicos contra el presente es aquí creativo”.70 Aunque lo escriba en francés en el original alemán, el tema es que el resentimiento surgido del odio deviene fuente de inocencia. Pese, pues, a sus intentos de deslindarse del romanticismo, vemos que, como señala Habermas,71 allí las fuerzas vitales clivadas redescubriertas por el romanticismo −los sueños, las fantasías, la locura, la excitación orgiástica, el éxtasis− alojan a un Otro de la razón, encarnando la felicidad primordial de una completud fusional. Se apunta, como reclamara Foucault72 en el prefacio de Historia de la locura, a un acto de escisión para instituir una cesura entre lo inmisericorde de la cordura y la experiencia de los placeres edénicos del punto cero de unidad mítica originaria.

Abolido el sujeto del conocimiento, lo que no existió hasta ahora toma la posta a través de la frescura del deseo, volviéndose asertórico. Si la noción sartreana de la libertad asentaba en el poder teológico de autocrearse desde la nada, ya mucho antes, en Nietzsche, el juego de los renaceres asentaba en la inocencia en cuanto voluntad de poder en ascenso: siendo la verdad puramente expresiva se volatilizan conocimiento y método. Como afirma en Zarathustra: “La inocencia del niño, y el olvido, un nuevo inicio, un juego, una rueda que se mueve por sí, un primer movimiento, un Sí sagrado.”73 La finalidad redentora última implica, en términos freudianos, la vigencia soberana del principio de placer: “Transformar cada ‘Eso era’ en un ‘Así quiero que sea’ −sólo a esto llamo redención.”74

La “astucia de la razón” hegeliana cede su lugar a la astucia de lo espontáneo, de lo novedoso y de lo transgresivo, en tanto que el desdén hacia el aprendizaje por la experiencia eyecta el crecimiento psíquico y la sensatez. Hay aquí poco o ningún lugar para hacer consciente lo inconsciente, si nos atenemos al aforismo 426 de La voluntad de poder: “No debemos analizarnos, no debemos ‘conocernos’.... debemos desconfiar de corazón de mirarse el ombligo, pues para nosotros cualquier forma de autoobservación cuenta como una forma de degeneración del genio psicológico.”75

El psicoanálisis clásico y el psicoanálisis romántico

Valga, para finalizar, comentar un texto que, en pro de adecuarse al espíritu de una época donde prima la retórica por sobre la Durcharbeitung freudiana, esto es, por sobre la elaboración psíquica, despliega sin reservas el enfoque del posmodernismo: me refiero al libro del filósofo−psicólogo Carlo Strenger La búsqueda de Voz en el psicoanálisis contemporáneo76, donde adhiriendo, dice, a una postura narrativa que pone el acento en un pluralismo lúdico y en los valores posmodernos de la intersubjetividad y la mutualidad, contrapone en el psicoanálisis una postura clásica que toma como eje el insight y el logro de madurez psíquica y una postura romántica centrada en acceder a la plenitud del deseo. Colocándose bajo la égida de Nietzsche y Foucault, en lo que aduce es una concepción plenamente democrática de la psicoterapia, sitúa al psicoanálisis en una estética de la experiencia donde, en lucha abierta contra la tiranía de la identidad, el deseo inconsciente es fuente última de la verdad de la vida.

Son sus supuestos de base: a) la primacía de la cosmovisión del terapeuta; b) que la sintomatología, sobre todo en cuanto a los universos del sadomasoquismo y de la perversión, debe enfocarse como un proyecto de autocreación consciente por parte del paciente, como su manera de transformarse y transformar su vida en una obra de arte; c) que las significaciones se crean, no se descubren; d) que las tareas de la individualidad se modificaron mucho durante el siglo, habiendo la heterosexualidad perdido sus laureles en un contexto social donde lo que antes se hubiese tomado como transgresivo deviene en estilos de vida alternativos y e) que cabe combinar una ausencia de vínculos y anclajes emocionales significativos con expectativas aparentemente ilimitadas, lo cual me parece ser principio rector, definitorio de la ideología posmodernista.

Además de considerarlas como creaciones, Strenger reconoce que las neosexualidades son modalidades de manejarse ante traumas tempranos; no obstante, achaca al psicoanálisis instrumentar “una noción ilusoria de teoría”77, con el remanido argumento que ya visitamos en Nietzsche, en Foucault y en Wittgenstein, que una teoría es una estructura formalizada y por ende, sostiene, “no hacemos mayormente teoría en el sentido fuerte, científico.”78 Considera, pues, que las conceptualizaciones psicoanalíticas son creaciones metafórico-míticas, un conjunto de metanarrativas que rigen disciplinas del sí mismo en continuidad con las religiones y filosofías de la antigüedad y que en el tratamiento se aprende el lenguaje y las convenciones de una disciplina del sí mismo apoyado en la relación paciente-terapeuta y en temas-guía (en su caso, un ideal estético del sujeto, acercando la función del terapeuta a la del literato). No extraña que en tal clima adjudique poco o ningún lugar a las cuestiones del método en cuanto indagación, al punto de sostener que “la enseñanza y la tarea clínica son análogas.”79

A ojos de Strenger, Freud, paradigma de clasicismo psicoanalítico, es un pesimista cultural (un estoico) que juzga inevitables los choques entre nuestra naturaleza instintiva y las demandas de la realidad, al tiempo que sostiene con pasión que es posible lograr la madurez psíquica por lo cual, aduce, niega a los pacientes todo menos el insight: su interés en el inconsciente deriva, dice, del modo en que este ataca la racionalidad, sin expectativas de hallar tesoros ocultos ni interés en secretos románticos, en una moral de madurez y dignidad. Aunque reconoce al pasar que se trata de cuestiones de grado pues muchas buenas interpretaciones combinan ambas posturas y además difieren según que un paciente dado tienda a mirarse desde dentro o desde fuera, Strenger (para quien identificarse con la cosmovisión del analista es, reitero, parte nuclear del tratamiento) juzga muy diferente que el paciente incorpore de su terapeuta una actitud clásica o una actitud romántica centrada en el entusiasmo y el logro de la plena subjetividad rescatando el amor que subyace, aduce, tras lo agresivo, lo destructivo, lo perverso o lo incomprensible.80

Reverdece así, en el nivel terapéutico, una idea que atraviesa la visión romántica: que bajo lo inmisericorde de las dificultades cotidianas no puede sino haber un paraíso del que fuimos privados, en una injusticia radical por parte de la vida y la sociedad. Se trata de una idea-eje de la visión romántica (la rebelión de Prometeo) desde sus orígenes hasta el romanticismo tardío de Nietzsche para quien, recordemos, los filósofos se emparentan con fundadores de religiones, idea que en los filósofos líderes del posmodernismo como Foucault pasa cada vez más al plano político.

Colocando en la estela de Ferenczi a Winnicott y a Heinz Kohut como principales psicoanalistas románticos, Strenger se sorprende de que no se remitan a la narrativa romántica central, la lucha del individuo contra un destino adverso que no le permitió ser quien hubiese podido ser. Rehaciendo el camino que la psicopatología de los padres no permitió, en su visión de la terapia los deseos son necesidades y el riesgo no está del lado de la gratificación sino de la retraumatización instaurada por la historicidad, al punto que, asevera, “historizar las experiencias equivale a introducir la dimensión moral en la experiencia”81 –eso ocurre pues en el curso del historizar lo acaecido se da lugar a la aparición de la culpa.

El planteo de Winnicott de un primer estadio de ilusión de omnipotencia sin registro de la exterioridad de la madre, sosteniendo la ilusión de que el deseo crea el pecho, contexto donde para Strenger las rupturas de la individuación se vivencian como violaciones y determinan el “falso self”, lo lanzan sin más a priorizar la función de la utopía y a equiparar el espacio potencial winnicottiano a un paraíso ideal de libre improvisación. Supone −pues todos tenemos, dice, una imagen de cómo quisiéramos que fuese la vida− que la realidad debiera adecuarse a las necesidades, siendo un atropello moral que eso no suceda: a esto, bajo el rótulo de protesta ontológica de la subjetividad, otorga el rol de eje de la vida psíquica −ontológica es, reitero, el término filosófico para postular algo como un absoluto. Dichos supuestos tienen, reconoce, un atractivo tremendo, pudiendo llevar a un impasse terapéutico maligno (riesgo señalado por Ferenczi y en más detalle por Michael Balint)82, pero para la visión romántica, insiste, eso significa que el nivel de regresión de la conexión con el self verdadero no fue alcanzado aún. Vemos que en la visión de Strenger el self verdadero opera según el modelo freudiano del Yo-placer purificado, y que este nietzcheano ferviente soslaya el peso de la Schadenfreude, el disfrute malicioso del sufrimiento ajeno.

Sus ejemplos clínicos (pues de algún modo hay que llamarlos) intentan ilustrar, a partir del sadomasoquismo de su entrevistada Tamara y del filósofo Michel Foucault, la manera en que domeñaban su infancia traumática según la narrativa heroica de luchar contra el destino en vez de aceptarlo en forma pasiva, haciendo de sus vidas una obra de arte. Resulta, empero, llamativo el relato de Tamara del instante donde, ante el surgimiento de un recuerdo traumático crucial, ubicó los inicios de su masoquismo. Un día de verano, cuando tenía seis años, su padre enfurecido le gritaba por no obedecerle; aterrada y rabiosa, pensó “si disfrutara del dolor, sería una misma persona con papá, y ya no me podría lastimar”. En la identificación con el agresor asentaban sus impulsos de transtocarse en varón, de transformar el dolor en placer y de construir su identidad en lucha incesante contra toda norma o convención.

Tanto Tamara como Foucault habitaron asiduamente, dice Strenger, el mundo del sadomasoquismo. Tamara buscaba hombres en bares de mala muerte, seleccionándolos según le parecieran aptos para aportarle los rudos juegos de dominación que eran su máximo placer en la vida, tendía a buscar situaciones de riesgo y usaba como diario alimento toda clase de drogas. Su identidad se armaba en torno a su constante lucha contra toda norma o convención, sintiendo que si su lucha cesaba dejaría ella de existir: por su necesidad perentoria de mantener su militancia triunfal contra los límites rehusó entrar en tratamiento. En cuanto a Foucault, apoyando en un todo en James Miller,83 señala que su proficua actividad en el anonimato de los burdeles sadomasoquistas gay de San Francisco apuntaba a explorar los límites del sufrimiento y el placer, del terror y el deleite, buscando formas de contacto sexual –fist-fucking incluido−84 que atravesaran toda barrera y le permitieran acceder sin quebrarse a sus temores más profundos. La reversión del sufrimiento extremo en placer eufórico pasa a ser núcleo de la identidad personal.

Strenger prioriza, desde la infancia en adelante, una necesidad de autoría personal edificada sobre rupturas adversivas, partiendo de la idea de base de una humillación subjetiva irrenunciable al confrontar haber nacido de los padres en vez de ser el propio progenitor como causa sui, como causa de sí mismo; el deseo humano de individualidad y autoría, indica, culmina en el deseo de autocreación y de tal forma ser Dios. Que eso no ocurra es una humillación, que ubica en el centro del complejo de Edipo.

Retoma así una magna estría nietzscheana presente desde su escrito inicial, El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música, donde los griegos áticos apelaban a la “voluntad” como espejo transfigurador para ocultar o velar a sus ojos los poderes de la naturaleza sobre nuestras vidas.85 En la rebeldía ante lo inmisericorde de la realidad (incluso la realidad de haber nacido de los padres) asienta un magno viraje adversivo en el papel de la interpretación pues ahí, como sostuvo Foucault, la vida de la interpretación nos reenvía a un perpetuo juego de espejos que, potenciando la retórica de autoría personal, vehiculiza en la interpretación infinita los placeres de la transgresión. Donde está el éxtasis está el Paraíso:86 aquí, en la euforia triunfal de la ruptura adversiva.

Va de suyo que el cuidado de la espontaneidad del analizado es, desde Freud en adelante, parte constitutiva de cualquier análisis: a eso apuntan la asociación libre y la neutralidad benevolente del analista. El pasaje de la pasividad a la actividad ante las situaciones traumáticas desempeña para Freud un rol fundamental, requiriendo del Durcharbeitung, el proceso de elaboración, en vez de suponer rupturas adversivas transgresivas como plantea el posmodernismo, donde el analista asume la función profética del Dichter. Recordemos que, para Freud, Ananké, diosa de la necesidad, es la patrona de la cordura, del todo a contrapelo de los planteos posmodernos cuyo festival eufórico revierte todos los valores. Que Strenger considere su postura como plenamente democrática va a contrapelo de la primacía acordada a la Weltanschauung del analista y a la identificación del analizado con tal cosmovisión: vuelve, pues, a la era pre-analítica de la sugestión.

El posmodernismo generaliza a la vida cotidiana y académica la hipérbole romántica del modelo del arte, en un subjetivismo voluntarista –la voluntad de ilusión− que abroga la necesidad de conocer. Y ese magno avatar, la abolición del sujeto del conocer y su sustitución global por el sujeto de la autoexpresión, revierte los lugares de la cordura y la locura en una apuesta en favor de las rebeldías de las escisiones narcisísticas, incorporadas cada vez más como estilos alternativos de vida a la normatividad social de la posmodernidad. En algo debo coincidir con Strenger: lo que entendíamos como psicopatologías (y esto vale tanto para las perversiones como para las adicciones) se transmuta más y más en ideologías compartidas que marcan lo “políticamente correcto” en el ámbito social.

Aclara las cosas que Strenger, quien goza de muy amplio predicamento en los medios universitarios norteamericanos, se presente actualmente como psicólogo existencial y no ya como psicoanalista. En lo que al psicoanálisis concierne, las posturas posmodernistas van del todo a contracorriente de la indagación de evidencias freudiana, a cuyo espíritu creo atinado atenerse.

1 Freud S. 1923.

2 Jameson F. 1981.

3 Jameson F. 1991, p. 16.

4 La bibliografía dedicada al tema de la sociedad posmoderna llenaría bibliotecas: son hitos Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932), la obra de Marshall McLuhan en la década del 50, Guy Debord con La sociedad del espectáculo (1967), La era del vacío (Gilles Lipovetzky, 1982), la obra de Baudrillard sobre la hiperrealidad mediática y el éxtasis de la negación y los aportes de Neil Postman (1992) sobre la cultura de la diversión en el ámbito del Tecnopolio.

5 Collingwood R. 1937.

6 Ahumada J. L. 1994, 1995, 1997, 2001a, b; Etchegoyen y Ahumada 2002; 2003a, b; Ahumada y Carneiro 2006, 2006a, b, 2010, 2011a, b, 2014, 2016a, b, c, 2017, 2019, 2020.

7 Berlin I. 1960, p. 168.

8 Collingwood R. 1946, p. 86.

9 Kolakowski L. 1975, p. 242.

10 Albert Camus planteó una postura opuesta: que no hay libertad sin inteligencia.

11 Berlin I. 1975, pp. 220-222.

12 Berlin I. 1975, p. 225-228.

13 Resalta la importancia prioritaria que atribuyeron sus contemporáneos al influjo del pensamiento de Fichte en la obra de Hegel, que a su muerte este fue enterrado, como alto honor, junto a la tumba de aquel. De él deriva, en buena medida, el método filosófico de Hegel, incluyendo el ciclo tesis-antítesis-síntesis, siendo esta última un nuevo límite que pasará a trascenderse en una nueva reflexión. Inwood M. J. 1995.

14 Steiner G. 1986, pp. 121-122.

15 Steiner G. 1986, pp. 122-123.

16 Burrow J. W. 2000.

17 Collingwood R. 1946.

18 Burrow J. W. 2000, p. 210.

19 Racker E. 1948, pp. 32-33.

20 Racker E. 1948, p. 78n.

21 Nietzche F. 1872b, p. 19.

22 Ahumada J. L. 2001a.

23 La reiteración del tema del nacimiento y del renacer en Nietzsche captó la atención de oídos psicoanalíticos: Helene Deutsch señaló el rol crucial del éxtasis y la rabia en dicha ruta hacia la inmortalidad, enfatizando el objetivo último: “un estado permanente de unificación beatífica con su madre.” Deutsch H. 1969, p. 33.

24 Breazeale D. 1999, p. xxxvii.

25 Nietzche F. 1886, p. 381.

26 Nietzche F. 1873, p. 92.

27 Nietzche F. 1872b, p. 51

28 Nietzche F. 1872b, p. 19.

29 Ackermann R. J. 1990, p. 145.

30 Jameson F. 1981, p. 201.

31 Nietzche F. 1874.

32 Jameson F. 1981.

33 Nietzche F. 1872b, p. 19.

34 Kojeve A. 1947, p. 178.

35 Citado por Bouveresse J. 2000, p. 145.

36 Rorty R. 1978.

37 Ahumada J. L. 2001a.

38 Nietzsche F. 1901, p. 326.

39 Ahumada J. L. 2008.

40 Wittgenstein L. 1953, pp. 36e-37e.

41 Black M. 1961.

42 Wittgenstein L. 1969, p. 7e.

43 Wittgenstein L. 1969, p. 27e.

44 Wittgenstein L. 1980, p. 18e.

45 Einstein A. 1953, p. 28.

46 Ricoeur P. 1970. Para un examen detallado de la obra de Paul Ricoeur en su relación con el psicoanálisis véase Ahumada y Gomberoff (2014). Baste señalar aquí que su noción de una “hermenéutica de la sospecha” intenta asimilar figuras harto divergentes en métodos e idearios como son Marx, Nietzsche y Freud.

47 Foucault M. 1967, p. 567.

48 Foucault M. 1967, p. 570.

49 Foucault M. 1967, p. 571.

50 Foucault M. 1967, p. 571.

51 Foucault M. 1967, p. 571.

52 Foucault M. 1967, p. 574.

53 Descombes V. 1991, p. 79.

54 Jameson F. 1981, p. 31.

55 Foucault M. 1969.

56 Foucault M, 1971a.

57 Foucault M. 1967, p. 567.

58 Foucault M. 1967, p. 571.

59 Nietzsche, F. 1885, p. 40.

60 Señalé que para Racker los personajes de Wagner eran a la vez deicidas y crucificados. Lo mismo vale para Nietzsche, pues en la Gaya Ciencia anuncia la “muerte de Dios” en tanto que el título de su autobiografía intelectual, Ecce Homo (He aquí al Hombre) retoma palabras de Cristo en la Cruz.

61 Nietzsche F. 1888, p. 868.

62 Foucault M, 1971b, pp. 152-153.

63 Vaihinger H. 1913.

64 Foucault M. 1961.

65 Foucault M. 1971c, pp. 234-235.

66 Foucault M. 1983a, pp. 1352-1353.

67 Foucault M. 1984, p. 1558.

68 Foucault M. 1983b, p. 1493.

69 Berlin I. 1975, p. 230.

70 Nietzsche F. 1901, p. 311.

71 Habermas J. 1985, pp. 306-307.

72 Foucault M. 1961.

73 Nietzsche F. 1885, p. 25.

74 Nietzsche F. 1885, p. 153.

75 Nietzsche F. 1901, pp. 230-231, cursivas mías.

76 Strenger C. 2002.

77 Strenger C. 2002, p. 43.

78 Strenger C. 2002, p. 232.

79 Strenger C. 2002, p. 227.

80 Se ubica así de nuevo en las antípodas de Freud, para quien “en casi todos los casos, cuando se da un ligamen emocional intenso hacia alguien encontramos que bajo el tierno amor se da una intensa hostilidad inconciente. Es el caso típico, el prototipo de la ambivalencia de las relaciones humanas”. Freud S. 1913, p. 60.

81 Strenger C. 2002, p. 157.

82 Balint M. 1968.

83 Miller J. 1992.

84 Práctica en que un empleado introducía su puño, enguantado y aceitado, en el ano de los clientes.

85 Nietzsche F. 1872a, p. 964.

86 Postman N. 1988.

CAPÍTULO 2
Transgresión y reparación: dos vertientes del arte y de la vida cotidiana

La tendencia a alinear al psicoanálisis tras el modelo del arte, en el contexto de la omnipresencia de los fenómenos de hiperrealidad en la actual era de los medios, me lleva a reflexionar acerca de las variadas incidencias del modelo del arte sobre la vida cotidiana. El punto de partida de mi reflexión lo dan las explosivas declaraciones de Karlheinz Stockhausen poco después del Martes Negro −los ataques terroristas sobre la costa Este de los Estados Unidos el 11 de septiembre del 2001− dejando en claro −y forzando al extremo− una postura surgida con el romanticismo: la visión del arte como transgresión, impactando en la experiencia límite como vía hacia la autocreación. La contrapartida de tal postura es la visión del arte como reparación, para lo cual tomaré como modelo las reflexiones de Andrew Peto en su trabajo –memorable y casi olvidado− sobre la Pietà Rondanini de Miguel Ángel.1

La violencia inusitada de los acontecimientos del Martes Negro, golpeando como una maza sobre el diapasón de nuestro adormilado universo, despertó ecos disímiles. Entre los más insólitos están las declaraciones del célebre compositor Karlheinz Stockhausen, quien provocó una ola de escándalo al sostener desde Alemania que los ataques terroristas del 11 de septiembre fueron la mayor obra de arte en el curso de la historia:

“Esa gente provoca en un solo acto lo que en la música no alcanzamos siquiera a soñar, pues practicamos durante diez años de modo fanático para un concierto y luego morimos. Es la mayor obra de arte de todo el cosmos. Yo no podría hacerla. Si nos comparamos con eso, los compositores no somos nada.”2

Por su parte, comentando en la Sociedad Británica de Psicoanálisis las palabras de Osama bin Laden “la tormenta de aviones no se detendrá, y hay miles de jóvenes dispuestos a morir tal como los americanos están dispuestos a vivir”, se preguntaba el psicoanalista inglés Ronald Britton3 qué de útil, si es que algo, podemos aportar los analistas ante tales asuntos. Recordaba Britton viejas sagas nórdicas del siglo IX que anticipan el credo de Al-Qaeda: “Quienes mueren al servicio del dios en muerte violenta en batalla o en el sacrificio tienen entrada en su ámbito... el héroe será bienvenido con festines y hospitalidad pues murió libre de temor”. También hacía memoria de la primera analista que describió el impulso destructivo, Sabina Spielrein, en su trabajo La destrucción como causa del devenir del ser4 quien apoyando en Nietzsche afirmaba que el amor y la muerte están juntos desde la eternidad y la voluntad de amar implica la voluntad de morir. En las sagas nórdicas y en las óperas wagnerianas que ahí se fundan, las mujeres solo entraban al Valhalla como siervas de Odín, ofreciendo carne y su cuerpo a los guerreros: no siendo así solo las autorizaba a entrar la muerte sacrificial y al quemarse en la pira del guerrero accedían en la otra vida al matrimonio vedado en esta. Vida y muerte pasaban a revertirse pues, anota Britton, en tales ámbitos la idea de la muerte evocaba una unión eterna más que una pérdida, mientras que la continuación de la vida se vivía como persistencia de la separación.

Viene también aquí al caso un paciente de otro psicoanalista inglés, John Steiner,5 quien ante el desastre de las Torres recordó que su hermano solía construir torres de cubos para luego destruirlas triunfalmente, poniéndolo a él tan nervioso que apenas participaba del juego. Lo cual −salvadas las notorias diferencias de edad y método− no difiere en demasía del nihilismo apocalíptico que Stockhausen asume y adjudica al arte.

Intentando encontrar el contexto para hacer inteligible tan explosiva postura, y bajo el título La violencia ¿una obra de arte?, el crítico de arte Fermín Fèvre6 concluía que una visión a vuelo de pájaro del arte del siglo XX con sus sempiternas rupturas y sus forcejeos desacralizantes lo muestra insertado en un paradigma de violencia. Desde los esfuerzos de los fauves (fieras) para destruir las armonías cromáticas hasta los expresionistas, desde la prosecución de los automatismos psíquicos por parte de los dadaístas y la fragmentación del plano por los cubistas, se asumió que los impulsos heroicos hacia la transgresión de lo dado se verían legitimados en un futuro, asentando en una especie de infalibilidad hegeliana alimentada por todas las ideologías dominantes desde el marxismo hasta el capitalismo liberal, en tanto que las tecnologías de los medios masivos arrimaban la violencia a la vida cotidiana. Así, dice Fèvre, nos vemos rodeados de violencia tanto en la vida como en el arte.

Cabe suponer que Walter Benjamin y Georges Bataille coincidirían desde el surrealismo. En un artículo escrito entre las dos guerras, titulado Surrealismo, Benjamin planteaba que tanto el futurismo como el dadaísmo y luego el surrealismo tomaron como objetivo llevar a cabo una política poética para “ganar las energías de la intoxicación para la revolución”,7 que el surrealismo descubría en la escena política una esfera reservada en un ciento por ciento a la imagen y que con la fusión de arte y tecnología, la acción, apoyando en la tecnología, “pone en juego su propia imagen y existe en el absorberla y consumirla” hasta que no queda miembro sin arrancar en una descarga donde la realidad se transciende a sí misma.8 Bataille, por su parte, sostuvo en 1945 que el objeto surrealista “se encuentra esencialmente en la agresión, siendo su tarea aniquilar o reducir a la nada.”9 La nada, afirmaba, monta un juego sin motivo o razón, implementado en la rivalidad.

Tanto desde la izquierda –tal el caso de los suprematistas rusos− cuanto desde el llamado “modernismo reaccionario” del nazismo, la estetización de la política adoptó a partir de la primera década del siglo XX la forma de obra de arte total, apuntando a la creación de un espacio social congregante: Hitler –dice Sebreli en Las aventuras de la vanguardia− había aprendido de Gustave Le Bon y de Georges Sorel que “la imagen, antes que la palabra, es el más poderoso instrumento para movilizar a las masas.”10

Por extraño que parezca, no faltaron tras los atentados del Martes Negro comentarios periodísticos en veta similar. Planteando la autoexpresión como la tarea esencial del artista contemporáneo, para Plagens (2001) el videoclip del segundo avión explotando en la torre posee una belleza indudable y terrible, comparable con las fotografías de la detonación del dirigible Hindenburg en 1937. Recordaba Plagens al futurista fanático Filippo Marinetti, admirador de Mussolini, quien sostuvo que “la guerra es bella porque crea nuevas arquitecturas tales como ... las espirales de humo de las aldeas incendiadas.”11 En verdad, mucho antes del surgimiento de Mussolini y extremando la guerra nietzcheana entre arte y conocimieno, Marinetti había sido pionero de los belicismos de toda índole. Ya en 1909, en su Manifiesto del Futurismo, sostuvo que

“ahora el arte sólo existe en la lucha. Queremos glorificar la guerra –única higiene de este mundo− el nihilismo, el patriotismo, la tarea destructiva de los anarquistas, las bellas ideas por las que uno muere y el desprecio hacia las mujeres. Queremos destruir los museos, las bibliotecas y las academias de todo tipo”12.

En esta visión apocalíptica del arte, ubicable en los comienzos del siglo XX en el futurismo de Marinetti, quien fue inspirador del dadaísmo y el surrealismo y en no desdeñable medida también del fascismo, se inscriben las también sorprendentes declaraciones de Jean Baudrillard: “Si el arte es bueno, es fundamentalista. Es radical y destruye la realidad. Pero cuando el terrorismo de verdad llega, el arte se repliega.”13

Cabe acercar la queja fundamentalista –y a la vez tan pueril− de Stockhausen al no conseguir emular en la música la potencia destructiva y la supuesta belleza del ataque terrorista, a las explosiones agresivas del hermanito del paciente de John Steiner. Una comparación similar efectuó la crítica literaria Angela Leighton recordando una frase del poeta T. S. Elliot: “Es preferible, de un modo paradójico, hacer el mal que no hacer nada: eso, al menos, nos hace existir.”14 Se trata, dice Leighton, del grito del enfant terrible inflándose en la excitación exultante de la transgresión.

El clamor de Stockhausen por los panteones de lo cósmico y lo eterno es útil por ilustrativo, al mostrar a viva luz que el artista puede alimentar en forma sea solapada, sea manifiesta, el disfrute del papel del héroe guerrero. Hace ya más de un siglo el historiador del arte Jacob Burckhardt exponía, en sus conferencias en la Universidad de Basilea, publicadas póstumamente en 1905, que el dicho de Heráclito “la guerra es el padre de todas las cosas” solía citarse como prueba del carácter divino de la guerra, ley suprema de la naturaleza. El guerrero, agregaba, está henchido del gozo de la destrucción: la guerra limpia el aire como las tormentas, acera los ánimos y restaura las virtudes heroicas.15 Si el terrorista-héroe pretende devenir artista del futuro, a su vez y, tal como surge con claridad meridiana de los explosivos comentarios de Stockhausen, el artista intenta asumir el rol del héroe guerrero.

En cuanto al tema de la violencia en las idolatrías de la vida cotidiana en esta Sociedad del Espectáculo viene al caso por ilustrativo un comentario periodístico de Osvaldo Barone16 narrando la visita de cortesía a un expresidente argentino preso, enjuiciado por delitos en la función pública, que realizó ese ídolo persistente, el exfutbolista Diego Maradona luciendo con total desparpajo una iconografía hereje: en su cabeza un turbante a la bin Laden y en su cuerpo sendos vistosos tatuajes del Che Guevara y Fidel Castro. El ídolo Maradona consiguió convertirse, decía Barone, en un ser inenjuiciable, lo cual remite a su vez a un público o a un mundo que no puede o no quiere discernir entre el acto genial y el disparate: lo sublime y lo perverso se vuelven igualmente populares y susceptibles de compartir cualquier escenario. El ídolo se asume en el papel de una desproporción heroica al encarnar y enfrentarse por sí con el mundo en el marco de un nuevo ámbito: la hegemonía de una realidad de la imagen a la vez ficcional y fáctica17 donde todo puede borrarse con la tecla Delete. De ahí que la eternizada y eufórica imagen del ídolo, por gordinflona y sofocada que esté, se emplee con éxito para todo uso.

Viene aquí al caso lo señalado hace un cuarto de siglo por Baudrillard:

“hoy, la realidad misma es hiperrealística. El secreto del surrealismo era que la realidad más banal podía volverse surreal en momentos privilegiados, que todavía derivaban del arte y de lo imaginario. Ahora toda la realidad cotidiana, sea política, histórica, o económica se incorpora a la dimensión simulativa del hiperrealismo; vivimos ya en la alucinación ‘estética’ de la realidad... la fascinación estética está en todos lados.”18

Como lo ejemplifica esa breve imagen de Maradona, en el reino hiperrealista de lo efímero a futuro presente –para usar una expresión de Habermas−19 los ídolos, fábulas vivientes, encarnan contra toda evidencia una versión mítica del futuro, un preámbulo viviente de la eternidad.

Henos aquí frente a un mito central de la posmodernidad, entendida como la época que sigue al olvido del sentido histórico. Hemos perdido, dice Fredric Jameson, la capacidad de retener el pasado, viviendo un perpetuo presente y un perpetuo cambio. La función de los medios de información es relegar las experiencias históricas lo más rápido posible, esto es, ayudarnos a olvidar; los medios, agentes de la amnesia de la historia, convierten la realidad en imágenes y fragmentan el tiempo en una perpetua serie de presentes.20 La omnipresente eclosión jubilosa de la novedad configura una orgía de obliteración eufórica del decurso del tiempo. La euforia de la posmodernidad asienta, pues, en un sempiterno canibalismo, en una apoteosis transgresiva desde la novedad, en un gozoso papel de aniquilar y reducir a la nada.

Señalaba André Green en un escrito final que “el hombre no sólo depende de su animalidad originaria, sino que ésta adopta en él una tonalidad de locura”21 y, como destacó el literato austro-norteamericano George Steiner, los ambientes académicos no son ajenos a la violencia: el odium permea las disputas y una acidez sin perdón signa las luchas de los mandarines, aun ante lo efímero o lo trivial.22 Con lo cual este abanderado del esteticismo y desde siempre enemigo acérrimo del psicoanálisis se aventura a pensar que en las luchas académicas se pone en juego −de modo, concede por una vez, “quizás subconciente”− la envidia del intelectual enclaustrado ante quienes son capaces de poner a prueba sus capacidades y creencias en una pragmática de la vida cotidiana.

Tomar contacto en la vida diaria, además del arte y de la academia, con las vastas áreas de superposición entre lo sublime y el disparate y entre el esteticismo y un belicismo con el cual las desvariadas expresiones de Stockhausen no dejan de ser consonantes, sirve para aproximarnos, apuntando a recobrar algún grado de sensatez, a lo subrayado por Richard Wollheim –uno de los muy pocos filósofos con conocimiento profundo del psicoanálisis− en cuanto a los límites del modelo del arte y de la creatividad artística: que para ser viable la creatividad del artista debe tener como componente central el autoconocimiento, pues si al realizar su obra el artista fracasa en acceder a un insight se deslizará hacia el error o el delirio en una visión ideal de sí mismo, que debiera haber podido reconocer y rechazar como falsa.23 En otros términos, para Wollheim la obra de arte no goza de un más allá respecto de lo que desde otros ámbitos conocemos en términos de la articulación y los interjuegos entre la posición depresiva y la posición esquizoparanoide: puede funcionar en ambos sentidos, hacia el insight y hacia el delirio. La realización de la obra de arte pone en tensión, muchas veces extrema, dicha articulación y, por ende, las interfases entre cordura y locura.

Sirva como ejemplo de esto último lo observable en la vasta exposición retrospectiva de uno de los pintores argentinos mayores de la primera mitad del siglo XX, Benito Quinquela Martín, realizada en Buenos Aires. Quinquela, hijo de padres desconocidos criado en un orfelinato hasta los seis años y pintor por antonomasia de la boca del Riachuelo, el antiguo puerto de Buenos Aires, realizó durante una larga estadía en Europa su mejor ciclo, que culminó con un célebre cuadro, Atardecer en la Boca, un verdadero descenso a los infiernos. A partir de allí, Quinquela fue dejando los colores violentísimos que en medida creciente signaron ese ciclo, volviendo de a poco hacia la dominancia de los azules de su pintura anterior. Cabe conjeturar que sintió en carne propia que en las turbulencias emocionales de su descenso hacia sus infiernos interiores arriesgaba perder pie en la cordura.

Valdría, creo, para ejemplificar ciertos aspectos del papel de la reparación en el proceso artístico que se plasma en la postura de Wollheim, el trabajo señero de Freud “Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci”24 mostrando que la rememoración del vínculo con la madre en su pintura era la condición de creatividad de su arte; pero, habiéndome ocupado del tema en otra ocasión,25 prefiero retomar un magistral trabajo de Andrew Peto La Pietà Rondanini. La neurosis infantil de Miguel Ángel26 que recorre la historia de la última y más trágica labor del artista, ocupado en los últimos diez años de su vida en el intento de resolver el dilema inconciente básico: si el pecho materno era dador de vida en eterna unión extática o si, por el contrario, la unidad dual de la madre y el niño implicaba la aniquilación del hijo.

Repasemos, pues, dicho trabajo, aunque esta breve glosa no aspire a hacerle justicia. Relata Peto que en fecha 3 de diciembre de 1555 murió Urbino, el fiel sirviente que lo había cuidado durante 24 años. Antes de morir pidió a Miguel Ángel, llegado ya a sus 80 años, que diera conclusión a su Piedad. Cegado por una de sus terribles furias ante la muerte de quien lo atendía, Miguel Ángel atacó el grupo escultórico −destinado a ser parte de su sepulcro− destrozando una pierna del Cristo y causando otros daños. Se le aportó entonces otro mármol donde esbozó una nueva Piedad en la cual trabajó hasta 1564, seis días antes de su muerte. Peto muestra que su ataque a la anterior Piedad, la llamada Piedad florentina, y luego su sostenido esfuerzo en sus últimos diez años para crear entre cortes y amputaciones esa otra Piedad, representan la sublimación de sus conflictos infantiles principales, intentando a través de tres, o quizás cuatro versiones de la Pietà Rondanini, dar una solución creativa a su sempiterno tema: unirse en amor eterno a la madre que lo había abandonado, al tiempo que luchaba contra la fusión aniquilante con ella.

La rabia aniquilante por el abandono y el deseo amoroso de fusión se entrelazan en Miguel Ángel de forma inextricable con el deseo de ser el único poseedor de la madre y el único poseído por ella, por un lado, y por el otro, con el deseo de retener al padre o de ser simultáneamente el padre y el hijo: esto se condensa en su Piedad florentina, donde resultan poco distinguibles las facciones de la cara del Cristo y la de José de Arimatea −que es su autorretrato.

En la obra de su vejez extrema el artista abandona la figura del padre y se identifica con Cristo, cuyo peso muerto descansa casi totalmente en brazos de la madre (en vez de identificarse, como en su Piedad florentina, con José de Arimatea) y es notable que en la versión final el cuerpo de Cristo proviene de lo que había sido el cuerpo de la madre, en tanto que la cabeza de este Cristo último (quizás otro autorretrato de Miguel Ángel) se talló a partir del seno derecho de la Virgen.

Lo cual recrea ante el contacto con la muerte la unidad fantaseada y perdida con la madre, intentando revertir en forma completa el trauma del abandono infantil. La fusión extática se paga con una emaciación creciente de madre e hijo acercándose la fusión a la muerte. Aquí, dice Peto, la emaciación final y la muerte coinciden con el amor eterno y la unidad con la madre.

Vemos que la reparación no se logra en plenitud, ni se agota el interjuego de amor y odio. Pero muy lejos está esto de la destrucción en pro de la autocreación por la que clama Stockhausen y cuya dinámica señalara Ronald Britton: la destrucción en busca de una autocreación −en oculta fusión con la madre primordial− por parte del héroe guerrero. A esa destrucción se acerca en todo caso Miguel Ángel actuando la violencia de la transgresión hacia sus objetos de amor en las crisis de furia al atacar el grupo familiar de la Pietà del Duomo florentino, acercándose a la actitud ideologizada por Stockhausen y Baudrillard y a la del hermanito del paciente de John Steiner derribando sus torres de cubos. A tales infinitizaciones de la dinámica fálica cabe contraponer la interminabilidad del proceso de duelo, magistralmente ilustrada por su tarea final en la Pietà Rondanini. Las dinámicas fálicas, dice con razón Fausta Ferraro, se absolutizan por no tolerar dependencias, vulnerabilidades ni límites;27 cabe agregar que tales dinámicas fálicas entran en juego en ambos sexos, como mostró más arriba el ejemplo de Medea. Y aún antes, en la prehistoria de la Grecia antigua, en magno ejemplo de falicismo femenino las amazonas, míticas guerreras escitas, cabalgantes infatigables, amputaban un atributo de su femineidad, su seno derecho, que obstruía el libre manejo del arco y las flechas.

Que las vivencias fusionales coexisten con la implosión del choque con la muerte lo avala la convicción de los terroristas del Martes Negro de que 40 vírgenes los esperaban en el paraíso. Pero, aunque Stockhausen pretendiera colocar las imágenes del Martes Negro en el contexto de una apoteosis del arte, corresponde enmarcar su exabrupto –así como su fascinación por las imágenes y por la espectacularidad de los atentados mismos− en el marco más amplio de la apoteosis de la dinámica fálica en los protagonismos de la Sociedad del Espectáculo.

No importa cuántas vírgenes entren en juego en los escenarios celestiales para restaurar la mítica vivencia de Unidad Primordial: esto será parte de las autoterapias del delirio buscando atajos militantes o artísticos hacia la eternidad. Ninguna obra de arte traerá a la vida a los muertos, ni podrá calmar el dolor de los deudos o atenuar los desgarros en nuestra condición humana.

1 Peto A. 1979.

2 New York Times, 2001.

3 Britton R. 2001.

4 Spielrein S. 1912.

5 Steiner J. 2001.

6 Fèvre F. 2001.

7 Benjamin W. 1955, p. 190.

8 Benjamin W. 1955, pp. 191-192.

9 Bataille G. 1945, p. 190.

10 Sebreli J. J. 2000, p. 304

11 Plagens P. 2001, p. 55.

12 Burrow J. W. 2000, p. 234.

13 Libedinsky J. 2001, p. 10.

14 Leighton A. 2001, p. 14.

15 Burckhardt J. 1905, p. 232.

16 Barone O. 2001.

17 Jameson F. 1991, p. 277.

18 Baudrillard J. 1976, p. 146.

19 Habermas J. 1985.

20 Jameson F. 1983, p. 125.

21 Green A. 2010, p. 158.

22 Steiner G. 2001.

23 Wollheim R. 1993, p. 11.

24 Freud S. 1910.

25 Ahumada J. L. 1990.

26 Peto A. 1979.

27 Ferraro F. 2001.

CAPÍTULO 3
La vía hacia el desconocimiento: la identidad en la era posmoderna

El tema de la identidad tardó en entrar en juego en la discusión psicoanalítica, por más que los estados disociativos fueran frecuentes en el campo inicial del psicoanálisis, las histerias; luego tomó rápido auge. Los cambios centrales de la psicopatología a lo largo del siglo XX, pasando desde las neurosis clásicas y los trastornos del carácter hacia los estados narcisísticos y luego los fronterizos y los estados autísticos muestran trastornos más y más notorios de la identidad personal.

Pese a una pléyade de comentarios sobre los cambios en la sociedad amplia a lo largo del siglo, el psicoanálisis mantuvo como herramienta conceptual básica el modelo clásico de las neurosis y la metapsicología que de ahí deriva. Ronald Fairbairn, Erik Erikson y Donald Winnicott, Wilfred Bion, Eugenio Gaddini y André Green se destacan entre las excepciones, en tanto que Margaret Mahler y Frances Tustin, apoyando en lineamientos ferenczianos, abrieron nuevos esquemas conceptuales, dando mayor lugar a los trastornos de la diferenciación self-objeto, nucleares a mi entender en la temática actual de las patologías de la identidad.

Así, en una conferencia de 1967, Winnicott ubicó como principales aportes de Fairbairn la búsqueda de objeto y la temática del sentirse real como opuesto al sentirse irreal. Le era claro hace ya cinco décadas que “nuestros pacientes, más y más, necesitan sentirse reales, y si no lo logran la importancia de la comprensión se vuelve en extremo secundaria.”1 Que en el contexto actual de la Sociedad del Espectáculo, donde sentirse real no puede en modo alguno darse por descontado, la comprensión se vuelva −como señala Winnicott−- de importancia muy secundaria, subyace a la fácilmente malentendida crisis del psicoanálisis, que a mi entender es mucho menos una crisis conceptual que la resultante de cambios en los pacientes y en la sociedad toda. Desde ya, que a lo largo y a lo ancho de la sociedad la comprensión se vuelva secundaria coloca al psicoanálisis –y a la cultura toda− ante un serio problema. Lo que sigue apunta a ampliar este comentario crucial de Winnicott.

La identidad en la Sociedad del Espectáculo

El término Sociedad del Espectáculo lo introdujo Guy Debord en 1967, pero la idea de vastos cambios en la sociedad global por la primacía del entretenimiento se enunció décadas antes. Tal idea permea la obra maestra de Aldous Huxley, Un mundo feliz,2 y llevó 80 años atrás al historiador y filósofo del arte Roger Collingwood en su libro Los principios del arte3 a un vigoroso comentario que merece citarse in extenso.

La diversión, dice Collingwood, no es útil sino solo placentera, dándose una barrera estanca entre el mundo de la vida diaria y el mundo de la diversión; las emociones ahí generadas se descargan en la diversión misma, en un “hacer-creer” (make-believe): la experiencia se escinde así en dos partes, la diversión y la vida práctica. El “hacer-creer” de la diversión difiere radicalmente del juego de los niños, que es un tipo muy serio de trabajo, mientras que la diversión es hedonista: en el Renacimiento, cuando el arte como diversión desplazó al arte como magia, surgió la novela aportando una sexualidad de “hacer-creer”, fácilmente excitable, en tanto que la época isabelina asistió al surgimiento literario de los terrores del “hacer-creer” (lo que hoy se llama thriller) y luego a las delicias del poder y del deseo de aventura, así como a los de la malicia −el deseo de que otros sufran, en especial si son mejores que nosotros; la malicia es, sostiene, fuente perpetua de placer.

La bifurcación de la experiencia en una parte “real”, y un “hacer-creer” llamado diversión conlleva, en su punto de crisis, la bancarrota emocional de la vida práctica; esto ocurre en el marco de una constante avidez de diversión y una incapacidad para interesarse en los asuntos corrientes, en el inobviable trabajo de ganarse la vida y en las rutinas sociales. Para Collingwood, quien fue máximo experto de su época en la Roma antigua y en la Britania romana, estamos ante una enfermedad que lleva a la muerte de las sociedades, de la cual murió la civilización grecorromana. Que tal enfermedad es hoy endémica lo muestra, afirma, el crecimiento sin precedentes de la industria de la diversión, la convicción de que la clase de trabajo del que depende la civilización es un engorro insoportable, la avidez por aportes crecientes de diversión y el uso de drogas para calmar los nervios y distraerse de los tediosos e irritantes temas cotidianos. Anota que el aburrimiento pasó a ser un estado psíquico recurrente llevando a intentos febriles de expulsarlo con más diversión o mediante actividades peligrosas o criminales. Al perder eficacia dichos remedios, la dosis se incrementa.

Los paralelos históricos, admite Collingwood, son guías ciegas y no sabemos si nuestra civilización seguirá la ruta de la civilización romana; pero el paralelo lo alarma y no halla modo de detener la bifurcación de la experiencia en una parte “real” y una parte de “hacer-creer”, situación donde la vida ordinaria va a pura pérdida.

Una pléyade de autores de Riesman a Baudrillard, de Lyotard a Bourdieu, de Postman a Lipovetzky retomaron estos temas tras los escritos pioneros de Aldous Huxley y de Collingwood. Menciono además el libro de Riesman La muchedumbre solitaria4, que señaló el rol cada vez mayor del grupo de pares e introdujo los términos “auto-dirigidos” y “hetero-dirigidos”.

Cuarenta años después de Collingwood, otro historiador, Christopher Lasch, quiso entender cómo las fuerzas históricas tornan más y más problemático el concepto de sí-mismo, apoyando en fuentes psicoanalíticas desde Freud hasta Melanie Klein y, en especial, en Kernberg. En La cultura del narcisismo5 sostiene que la cultura de la competitividad lleva la lógica del individualismo al extremo de la guerra de todos contra todos y la búsqueda sin límites de la felicidad conlleva una preocupación narcisística consigo mismo. Las estrategias de supervivencia narcisística, planteadas como emancipación de las condiciones represivas del pasado para liberarse de la cultura que condujo a las neurosis, llevaron a una “revolución cultural” que reprodujo las peores características de la civilización en colapso que intentaba cuestionar. Adquisitivo en el sentido de que su avidez no tiene límites, el nuevo narcisista, que en lo superficial parece tolerante y relajado, es extremadamente competitivo en su demanda de aprobación y aclamación; requiere gratificaciones inmediatas y vive en la agitación de perpetuos deseos insatisfechos. Lasch subraya que el ocaso del sentido del tiempo histórico erosiona la preocupación por la posteridad y la responsabilidad hacia ella, tanto en lo social como en la vida personal. Para el narcisista el mundo es un espejo: pese a sus ilusiones de omnipotencia depende de la validación de los otros pues no puede vivir sin una audiencia que lo admire. Esto se da en el contexto de una reproducción mecánica de la cultura: en la proliferación de lo visual y lo auditivo de la Sociedad del Espectáculo habitamos un remolino de imágenes y ecos; las cámaras y las máquinas de grabación alteran las cualidades de la experiencia, con lo cual buena parte de la vida moderna se torna en una enorme cámara ecoica, en una sala de espejos. Coincide Baudrillard6 destacando que, en la efusión aséptica de la comunicación, en el contacto e intercambio ilusorios arribamos a un ideal clónico en el cual el sujeto se vuelve una metástasis indecidible de sí mismo, una pura repetición donde cada acto y cada evento se refracta en una imagen o una pantalla técnica: toda acción quiere ser fotografiada, filmada, grabada, y en su fluir hacia tales memorias tornarse eternamente reproducible y con ello, eterna.

Vale allí como salud psíquica tirar por la borda las inhibiciones y acceder a la gratificación inmediata de cualquier impulso: el viaje interior del narcisista no discierne sino un vacío en tanto que el mundo, aún en su vacuidad, es un espejo de sí mismo. A contrapelo de quienes afirman que en la sociedad actual la deplección de la participación en la esfera política resulta de un retraerse desde la esfera pública hacia la privada, Lasch sostiene que nuestra sociedad, lejos de alentar la vida privada a expensas de la vida pública, lleva a que las amistades, amores y matrimonios profundos y duraderos sean cada vez más difíciles de lograr. La erosión de la intimidad duradera deriva de una huida de los afectos; las relaciones personales son más y más riesgosas, pues no habiendo la seguridad de lo permanente, más y más gente adscribe a un distanciamiento emocional, buscando o disfrutando de la sexualidad solo en tanto y en cuanto limitan su involucración afectiva en la relación. Como decía un paciente de Warren Poland (comunicación personal): “Yo fornico; yo no amo.”

La personalidad “liberada” de nuestro tiempo, con su encanto, su pseudo comprensión de lo que le ocurre, su pansexualidad promiscua, su superficialidad protectora, su evitación de la dependencia, su incapacidad para afrontar los duelos, su rechazo y temor al envejecimiento y la muerte, su incapacidad para identificarse con la posteridad o sentirse parte de un flujo histórico, constituye para Lasch un modelo realista, pues es la mejor manera de manejar las condiciones y ansiedades de la vida actual. Que además transforma la familia, pues una sociedad que siente no tener futuro no atiende a las necesidades de la próxima generación; lo que considera la peste de nuestra sociedad, el omnipresente sentido de discontinuidad histórica, ejerce efectos devastadores sobre la familia. Al intento de los padres de lograr que los niños se sientan queridos y amados subyace, dice, la frialdad resultante de la distancia surgida de sentir que no se tiene nada que transmitir a la próxima generación, a más de la prioridad otorgada al propio derecho de disfrutar: la combinación de distancia emocional con el intento de convencer al niño de que goza de una posición privilegiada en la familia es para Lasch la receta para obtener una personalidad narcisista. En el Posfacio añade que el avance en las tareas empresarias depende menos de las capacidades que de la “visibilidad” o del encanto personal: la densidad del clima interpersonal en las organizaciones estimula y premia atender a la impresión causada en otros, la tendencia a tratar a los demás como espejos del propio ser. La proliferación de imágenes visuales y auditivas en la Sociedad del Espectáculo lleva a que casi todos manifiesten, en grado variable, rasgos narcisísticos: cierta superficialidad protectora, un temor de comprometerse y un desprenderse con facilidad, el deseo de mantener abiertas las opciones, el malestar ante cualquier dependencia personal y una incapacidad para la lealtad y la gratitud. La omnipresencia de las imágenes mediáticas y la sobreexposición a ilusiones manufacturadas conducen a una notoria indiferencia hacia la realidad, cuando no al colapso de la idea misma de realidad −confirmando de tal modo, a medio siglo de distancia, los temores de Collingwood.

Coincidiendo con la bifurcación de la experiencia en una parte “real” y una parte de “hacer-creer”, Lasch señala que un “nuevo analfabetismo” campea en todos los niveles educativos y no solo a nivel de la educación masiva. Cita al efecto el informe de un comité de la Universidad de Harvard afirmando que “a los docentes de Harvard no les importa la educación”, en tanto que un estudio de la Universidad de Columbia señala que habiendo los docentes perdido la idea de cuál es el nivel admisible de ignorancia, ocurre que en una clase de 25 alumnos nadie oyó hablar nunca del complejo de Edipo, ni tampoco de Edipo mismo. Tal derrumbe de la literalidad no se debe solo, en su opinión, a fallas del sistema educativo: los maestros se quejan más y más de los estudiantes ineducables, reflejando una retracción general respecto de cualquier disciplina intelectual.

Lasch retoma esos magnos temas en El self mínimo: la supervivencia psíquica en tiempos tormentosos7, señalando que los cambios en el significado del término “identidad” aclaran la conexión entre los cambios en la percepción del sí-mismo y la cambiante percepción del mundo exterior. En el lenguaje corriente el término identidad retiene connotaciones de permanencia y continuidad, de individualidad y personalidad duradera: esta definición más antigua del término identidad se aplica a las personas y a las cosas, dando por descontado su tranquilizadora solidez, su demarcación y su continuidad, cualidades que se pierden en la sociedad actual; tal definición supone la creencia en un mundo público duradero en contraposición a la transitoriedad de las personas individuales. Pero a partir de la década del 50 psiquiatras y sociólogos comenzaron a referirse a un sí-mismo fluido, proteico y problemático, acordado y sostenido socialmente, definido sobre la base de sus roles sociales, a los grupos de pertenencia o a una manipulación deliberada de la propia impresión sobre los demás, la “presentación del sí-mismo”. Esta nueva definición psicosocial de la identidad en torno del mito de Proteo, dice con razón Lasch, borronea los límites entre el sí-mismo y los otros al tiempo que debilita o elimina la articulación entre identidad y continuidad de la personalidad.

Que la identidad ahora se defina como proteica se inserta, a mi entender, como espero ir ilustrando, en la línea de un vuelco hacia lo expresivo de la civilización occidental a lo largo de dos siglos −a partir de lo que el historiador de las ideas de Oxford Isaiah Berlin8 llamó la revolución romántica. Pero antes de entrar en este tema me parece atingente reiterar la distinción entre el término posmodernidad, referible a las características de la época que habitamos y el término posmodernismo, una ideología interpretativa en el ámbito académico de las características centrales de nuestros tiempos posmodernos vistos como vehículos de emancipación.

Los caminos hacia el sí-mismo proteico: la ideología
posmodernista como heredera del impulso romántico

La tradición intelectual nuclear de Occidente, sugiere Isaiah Berlin,9 apoya desde Platón o quizás desde Pitágoras en tres dogmas no cuestionados:

a) que todas las preguntas genuinas tienen una y solo una respuesta verdadera;

b) que las respuestas a dichas preguntas son en principio cognoscibles;

c) que las proposiciones verdaderas no pueden ser incompatibles unas con otras sino que, tomadas en conjunto, deben ser compatibles y formar un todo armónico.

Hay, dice Berlin, amplias discrepancias sobre dónde buscar dichas respuestas: en los textos sagrados, en los distintos filósofos o en la ciencia, pero aún así los pensadores desde Bacon hasta hoy daban por cierto que debía existir una solución, que por la voluntad divina o el esfuerzo humano sobrevendría la liberación de la humanidad. El surgimiento de las ciencias exactas –“la rebelión de la materia”− dio lugar a leyes y reglas validadas por la experiencia empírica en un vasto esfuerzo por predecir y controlar a la naturaleza y también a los hombres en cuanto entes naturales. Recién hacia el final del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, argumenta Berlin, surge un violento desprecio hacia las reglas junto con un clamor por la libertad de autoexpresión de los grupos, los movimientos y los individuos, llevara adonde llevara dicha libertad: eso ocurrió en los estudiantes de las universidades alemanas enarbolando por sobre todo su integridad, su independencia, su luz interna, su propia visión ideal. El fracaso, cuando no el martirio, se valoró por encima del éxito, ubicando al heroísmo por sobre el placer para llevar adelante los derechos supremos de una imaginación liberada, de una voluntad sin trabas, indomable −es la revuelta romántica de Prometeo contra los dioses del Olimpo.

Los pensadores del Iluminismo, argumenta Berlin, ubicaron a la naturaleza sea en términos de divina armonía, sea como una gran unidad orgánica u artística, sea como un mecanismo exquisito creado por el relojero divino, sea como eterna, aunque no creada; tanto para los racionalistas como para los empiristas este fue un modelo del cual los hombres se apartan a su costo. Los grandes enciclopedistas franceses, Helvétius y Holbach, d’Alembert y Condorcet llevaron el tema a su punto extremo: bajo la guía de la mecánica newtoniana supusieron que similares leyes causales regían para los hombres, los animales y el mundo exterior todo, leyes cuya operancia era en principio deducible partiendo de un conjunto de verdades últimas como los teoremas de la geometría y las leyes de la física y la química; con lo cual sería asequible una armonía plena, por ser del todo compatibles unas con otras.

Frente a tal planteo, en la revuelta contra Francia y el materialismo francés, y en la idea de que el peor pecado era degradar o humillar a los seres humanos forzándolos contra su voluntad en algún lecho de Procusto se dio, especialmente en Alemania, que poetas y filósofos sostuvieran que lo más noble es servir al propio ideal cualquiera sea el costo. En un giro radical de categorías, el tema de si un ideal es verdadero o falso cesa de importar o se vuelve ininteligible. El ideal, advierte Berlin,10 surgió como imperativo categórico de servir a la luz interior. En la concepción de Fichte del hombre como demiurgo el objetivo último es la autorrealización, en una especie de acto estético sublime: el sí-mismo como principio activo, creativo, impone su voluntad soberana a un mundo de materia inerte que se le resiste; las respuestas no emergen del conocimiento reflexivo sino de la acción misma, abriendo el camino a las violencias de un Carlyle o de un Nietzsche. En el acmé del ideal romántico la tragedia entra en la vida corriente como parte de su esencia: en su extremo hallamos la doctrina de la sacralidad del heroísmo y del martirio, contrapuesta a la búsqueda de armonía y de sabiduría.

Advierte Berlin que las grandes analogías imaginativas, transfiriendo principios de una esfera determinada a otros terrenos, juegan un papel fatal en la historia del pensamiento y la acción humanos. La primacía romántica del modelo del arte, donde los valores surgen de un acto creativo de la imaginación donde coinciden la libertad y el poder, y donde ser libre es asumir la libertad de llevarse por delante lo que esté en nuestro camino pasó, a partir de Fichte, al terreno político: el líder de hombres y de movimientos sociales torciendo a los otros hacia sus propios fines indomables se equiparó al libre creador, abriendo el camino a los totalitarismos. Del mismo modo, señala Berlin,11 el subjetivismo condujo a una reversión de valores en el marco de una moral de la autoaserción: henos ante la primacía de la integridad y la pureza por sobre la capacidad para el descubrimiento y el conocimiento, ante una primacía del conflicto y la guerra por sobre el compromiso, ante una primacía del excluido y el rebelde por sobre el manso y el civilizado y ante una celebración de la voluntad respecto del pensamiento reflexivo. Señala, además, que en el contexto romántico el término “realismo” se vuelve peyorativo, connotando un compromiso espurio con valores inferiores: allí el árbol del conocimiento nos priva del árbol de la vida. En el modelo romántico del arte la creación es creación a partir de la nada, ex nihilo: el arte es la actividad autónoma fundamental del hombre; no es imitación ni tampoco representación, es expresión, siendo la creación la chispa divina que se halla en cada uno, sicut Deus. En la celebración de los autoengendramientos expresivos los rotundos términos de Fichte “Soy sólo mi propia creación”12 se perpetúan hoy en la ideología del posmodernismo y en los acaeceres socioculturales amplios que subyacen al surgimiento del sí-mismo proteico de la posmodernidad.

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Objętość:
251 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789878362243
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