Czytaj książkę: «¿Puede la ciencia explicarlo todo?»

¿Puede
la ciencia
explicarlo
todo?
John C. Lennox

| Editorial CLIE C/ Ferrocarril, 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: clie@clie.es http://www.clie.es Publicado originalmente en inglés por The Good Book Company, bajo el título Can science explain every thing? © John C. Lennox, 2019. Traducido y publicado con permiso de The Good Book Company. «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». El texto Bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Utilizado con permiso. © 2021 por Editorial CLIE |
¿PUEDE LA CIENCIA EXPLICARLO TODO?
ISBN: 978-84-18204-00-5
eISBN: 978-84-18204-01-2
Teología cristiana
Apologética
Acerca del autor
JOHN C. LENNOX está licenciado en Filosofía y Letras, Máster de Matemáticas, Máster de Bioética, Doctor en Filosofía y Doctor en Ciencias.
John Lennox es profesor emérito de matemáticas por la Universidad de Oxford. Es miembro emérito de matemáticas y filosofía de la ciencia en el Green Templeton College y es miembro asociado de la Said Business School.
Ha escrito extensamente sobre la relación entre la ciencia, la religión y la ética, y ha participado en numerosos debates públicos con personajes como Christopher Hitchens, Richard Dawkins, Lawrence Krauss, Stephen Law y Peter Singer, entre otros. Habla ruso, francés y alemán, y da conferencias por todo el mundo sobre matemáticas, ética empresarial, ciencia y teología.
John vive cerca de Oxford y está casado con Sally. Tienen tres hijos y tantos nietos que el número pone a prueba la capacidad de un matemático de Oxford.
El profesor Lennox aplica la lógica de un matemático para demostrar que la ciencia y la religión no son enemigos naturales, como algunos quieren que creamos. Su exposición, tremendamente accesible, está salpicada de colorido humor y de experiencias personales relacionadas con la emoción que provocan las conclusiones racionales, sensatas e íntegras que hallamos en los manuscritos más fidedignos del mundo antiguo. Desmonta mitos, aborda el tema de los milagros, la maldad y el sufrimiento, analiza meticulosamente el modelo estándar de la física, la teoría del Big Bang y el universo abierto. Pero ten cuidado, sobre todo si procedes de un trasfondo más bien escéptico: este es un libro que podría marcar una diferencia en tu cosmovisión e incluso en tu vida.
Sir Brian Heap, CBE, FRS Miembro distinguido, Centre of Development Studies; ex profesor del St Edmund’s College, Cambridge, Reino Unido
John Lennox analiza la relación entre la ciencia y el cristianismo de forma amena, amplia y que induce a pensar. Examina los documentos y las conclusiones de científicos prominentes, desde Newton hasta Hawking, sobre la religión, el universo, Dios y la Creación; y estudia el papel de la fe y del argumento racional tanto en la religión como en la ciencia. Recomiendo mucho este libro como lectura cautivadora y desafiante.
Dra. Cheryl Praeger Profesora de matemáticas, Universidad de Australia Occidental
De una manera clara, fresca y brillantemente sencilla, John Lennox responde a preguntas, disipa mitos y clarifica controversias, siendo como es un avezado especialista en el tema; y además lo hace con un estilo admirablemente conciliador. Recomiendo sinceramente ¿Puede la ciencia explicarlo todo?
Dr. Os Guinness, escritor y comentarista social
Con el encanto y el ingenio propio de un irlandés, y la lógica inatacable de su mente matemática, Lennox va desbastando las prolongadas controversias entre la ciencia y Dios. Usando un proceso intelectual notablemente racional, en este encantador y ameno tratado Lennox disecciona amablemente el materialismo y los argumentos de sus defensores.
Dr. James M. Tour, profesor de ciencias de los materiales y nanoingeniería, Rice University, Estados Unidos
Hoy en día muchos creen que la ciencia ha demostrado la inexistencia de Dios y ha vuelto irrelevantes las afirmaciones de la Biblia. Sin embargo, quizá nunca se han planteado seriamente las evidencias que respaldan tales creencias. Este excelente libro comienza explicando por qué estas son preguntas importantes, y luego pasa a demostrar cómo la ciencia es totalmente compatible con el cristianismo. Será especialmente de utilidad para los creyentes cristianos que nunca han pensado en la relación entre la ciencia y su fe, y para aquellos que se plantean seriamente las afirmaciones del cristianismo. Me ha resultado muy provechoso, y lo recomiendo encarecidamente.
Dr. John V. Priestley, profesor emérito de neurociencia, Queen Mary University of London, Reino Unido
Este es un libro ameno sobre un tema difícil. Este libro de Lennox, sencillo sin ser simplista, es un punto de acceso claro y comprensible a todo aquel que esté interesado en un ámbito controvertido que suele estar lleno de expresiones técnicas y oscurantistas. En esta obra tan accesible, Lennox expone hábilmente la racionalidad de las creencias cristianas dadas las evidencias que proporciona la ciencia.
Dr. Ransom H. Poythress, profesor adjunto de biología, Houghton College, Nueva York
Este fascinador libro nos ofrece una mirada fascinante, permite acercarnos al pensamiento y a la lógica de Lennox, tan clara como el agua. Recomiendo sinceramente este libro a todos los lectores que, al igual que yo, intentan reconciliar con el cristianismo determinados aspectos de la ciencia. Es una lectura excelente que nos induce a pensar.
Dr. Peter Török, profesor de física óptica, Universidad Tecnológica de Nanyang, Singapur
Humano, honesto y tremendamente legible.
Dr. Alec Ryrie, profesor de historia del cristianismo, Universidad de Durham, Reino Unido, y Gresham Professor of Divinity
Índice
Prefacio
Introducción: La química cósmica
1. ¿Se puede ser científico y creer en Dios?
2. Cómo llegamos hasta aquí: de Newton a Hawking
3. Desmontando mitos (I): la religión depende de la fe, la ciencia no
4. Desmontando mitos (II): la ciencia depende de la razón y el cristianismo no
5. En un mundo científicamente avanzado, ¿de verdad podemos tomarnos en serio la Biblia?
6. ¿Los milagros van demasiado lejos?
7. ¿Te puedes fiar de lo que lees?
8. Cómo refutar el cristianismo
9. La dimensión personal
10. Entrando al laboratorio: examinando la veracidad del cristianismo
Agradecimientos
Para Sally, en ocasión de nuestras bodas de oro,14 de septiembre de 2018.
Con mi profunda gratitud por tu amor,tu apoyo y tu estímulo inalterable,que han hecho posible tanto este libro como muchos otros.
Prefacio
He escrito este libro como respuesta a muchos jóvenes y adultos que me han pedido una introducción al “debate sobre Dios y la ciencia” que fuera más accesible que mi libro ¿Ha enterrado la ciencia a Dios? Además, muchos me pidieron que tratase de forma más concreta la relación entre el cristianismo y la ciencia en lugar de limitarme a las evidencias sobre la existencia de Dios. Espero que este libro responda de algún modo a sus peticiones.
John C. LennoxOxford, abril de 2018
Introducción:
La química cósmica
Si haces una búsqueda en Internet sobre el tema de la ciencia y la religión, solo harán falta un par de clics para convencerte de que te has metido en una zona de guerra.
En las cadenas de comentarios sobre prácticamente cualquier tema científico (desde la bioética y la psicología hasta la geología y la cosmología) descubrirás que ambas partes se agreden con hostilidad e intercambian insultos; seguro que nunca se te ocurriría juntar a ambos bandos en una mesa de negociación ni aunque las Naciones Unidas ordenasen un alto el fuego.
Existe lo que podríamos llamar, por conveniencia, “el bando científico”. Sus integrantes se consideran la voz de la razón. Creen que luchan por hacer retroceder la marea de ignorancia y superstición que ha esclavizado a la humanidad desde que salimos del lodo primigenio. Podemos resumir su postura de esta manera:
La ciencia es una fuerza imparable de progreso humano que ofrecerá respuestas para nuestras numerosas preguntas sobre el universo y resolverá, si no todos, muchos de nuestros problemas humanos: las enfermedades, la energía, la contaminación, la pobreza. En algún momento del futuro, la ciencia podrá explicarlo todo y responder a todas nuestras necesidades.
Es posible que también den por hecho que, en algún momento del futuro, la ciencia proporcionará respuestas para al menos algunas de nuestras grandes preguntas sobre la vida: ¿de dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene nuestra existencia?
En el otro extremo tenemos lo que podríamos llamar “el bando de Dios”. Sus miembros sostienen que detrás de todo lo que existe detectamos una inteligencia divina, e incluso afirman haber encontrado las respuestas a las mismas grandes preguntas que formulan los científicos, pero en un lugar muy distinto. Observan la complejidad y la maravilla de este universo y de nuestro planeta, increíblemente rico y diverso, y les parece evidente por sí mismo que hay una mente maravillosa detrás de nuestro hermoso y sorprendente mundo. Les extraña que pueda haber personas que no vean las cosas de la misma manera.
En ocasiones, el resultado es el enfrentamiento y el intercambio de insultos en controversias desmedidas que producen más calor que luz.
Por lo tanto, no es de extrañar que muchas personas lleguen a la conclusión de que Dios y la ciencia no se pueden mezclar, como cuando mezclamos sodio metálico o potasio con agua: se produce un intenso borboteo que genera fuego y calor y que concluye con un fuerte estallido.
Pero, ¿y si hubiera otro modo de abordar todo este asunto? ¿Y si nos han engañado para que nos aboquemos a una guerra sin sentido basada en información errónea y en una manera de pensar equivocada? No sería la primera vez. ¿Y si existiera una química cósmica diferente, una alternativa a la que acaba con una explosión?
DE DÓNDE VENGO
Si hablamos de geografía, provengo de Irlanda del Norte, que es un lugar que lamentablemente tiene mala reputación en lo relativo a “la cuestión de Dios”. Crecí en un país inmerso en un profundo cisma sectario y cultural, representado popularmente como la batalla entre “protestantes” y “católicos” (aunque, claro está, la situación era mucho más compleja). Esta situación provocó tres décadas de asesinatos brutales, atentados con bombas y terrorismo; esta etapa se conoce como “el conflicto norirlandés”.
En medio de estas circunstancias, mis padres me dieron un ejemplo estupendo. Eran cristianos, sí, pero no sectarios; en aquellos tiempos, mantener su postura era complicado. Mi padre evidenció su falta de sectarismo al contratar para su tienda a personas del otro bando religioso. Debido a esto le pusieron una bomba, y mi hermano resultó gravemente herido. El terrorismo afectó a nuestro hogar de una manera muy real.
Debo muchas cosas a mis padres, pero quizá la más destacable sea que me quisieron lo bastante como para concederme espacio para pensar por mí mismo; lamento admitir que esto no era algo muy habitual en mi país, dado que había mucha intolerancia y muchas opiniones inatacables. También estoy agradecido porque cuando ingresé en la Universidad de Cambridge en otoño de 1962 mis padres ya me habían animado a que leyera mucho y reflexionase a fondo sobre otras cosmovisiones que no eran cristianas.
Posteriormente he tenido el privilegio de hablar de estos temas y, durante los últimos veinte años, debatir en público los argumentos relevantes frente a destacados ateos, cuyo líder mundial probablemente siga siendo Richard Dawkins, que, como yo, es profesor en la Universidad de Oxford. Siempre he intentado tratar con respeto a personas que tienen cosmovisiones diferentes a la mía, descubrir cómo llegaron a esa postura y saber por qué les apasiona tanto.
Cabe la posibilidad de que estés leyendo esto y estés convencido de que la ciencia puede explicarlo todo y que en este mundo ya no hay lugar para Dios. También puede ser que sientas curiosidad y quieras formarte una opinión sobre el tema. Seas quien seas, espero que disfrutes leyendo la introducción a este tema, y que te estimule para abordar esta cuestión de una forma científica; es decir, con la mente abierta al resultado, sea cual sea, y con la disposición de seguir la evidencia hasta donde te conduzca, aunque hacerlo te produzca cierta incomodidad en algún sentido.
Me gustaría sugerir que la idea popular de que la ciencia y Dios son temas excluyentes no es cierta, y que resulta relativamente sencillo demostrar que no lo es. En este breve libro quiero examinar muchas de las malas interpretaciones que tienen las personas, no solo sobre la fe y la creencia en Dios, sino sobre la propia ciencia. Al hacerlo, quiero demostrar que existe una manera distinta de enfocar las cosas, un modo más racional, más razonable y más saludable que la idea del conflicto entre la ciencia y la religión (que está demasiado extendida).
Quiero sugerir que es posible un tipo diferente de química cósmica; que entre la ciencia y la religión se produce un tipo de reacción distinto que es más fiel al espíritu y a la esencia de ambas, y también más fructífero que ese debate cansado y arraigado que vemos a nuestro alrededor.
El hidrógeno y el oxígeno, como el potasio y el agua, también crean una mezcla explosiva, pero el resultado final no podría ser más distinto: el agua que refresca y da vida.
1
¿Se puede ser
científico y creer
en Dios?
“Pero en estos tiempos que corren, ¿es que es posible ser científico y creer en Dios?”
Este es un punto de vista que he oído expresar a muchas personas con el transcurso de los años. Pero sospecho que a menudo las dudas no expresadas son lo que impide a muchas personas tratar el tema de la ciencia y Dios con pensadores serios.
Como respuesta, me gusta formular una pregunta muy científica: “¿Por qué no?”. Y me responden: “Bueno, porque la ciencia nos ha proporcionado unas explicaciones maravillosas del universo y nos ha demostrado que Dios no es necesario. La creencia en Dios está anticuada. Pertenece a aquellos tiempos en que las personas no entendían el universo y optaban por la vía fácil diciendo que «lo hizo Dios». Esa concepción del «Dios que explica lo que ignoramos» ya no funciona. De hecho, cuanto antes nos libremos de Dios y de la religión, mejor”.
Entonces suspiro para mis adentros y me dispongo a mantener una larga conversación en la que intentaré desenredar las numerosas conjeturas, malentendidos y medias verdades que la gente ha absorbido, sin aplicarles un pensamiento crítico, de la sopa cultural en la que nadamos.
UN PUNTO DE VISTA HABITUAL
No es de extrañar que este punto de vista sea tan frecuente que se haya convertido en la postura por defecto de muchas personas, por no decir de la mayoría; es un paradigma que sostienen algunas voces importantes. Stephen Weinberg, por ejemplo, ganador del Premio Nobel de Física, dijo:
Este mundo necesita despertar de la larga pesadilla de la religión. Los científicos deberíamos hacer todo lo que esté en nuestra mano para debilitar la influencia de la religión, y esta podría ser, de hecho, nuestra mayor contribución a la civilización.1
Espero que no hayas pasado por alto el siniestro elemento totalitario de esta afirmación: “todo lo que esté en nuestra mano…”.
Esta actitud no es nueva. Me encontré con ella por primera vez hace cincuenta años, mientras estudiaba en la Universidad de Cambridge. En cierta ocasión me encontré en una cena oficial del colegio mayor, sentado junto a otro ganador del Premio Nobel. Yo nunca antes había conocido a un científico tan prestigioso y, para aprovechar al máximo la conversación, probé a formularle algunas preguntas. Por ejemplo, le pregunté cómo moldeaba su ciencia la cosmovisión que tenía, su imagen global del estatus y el sentido del universo. En concreto, me interesaba saber si sus amplísimos estudios le habían inducido a reflexionar sobre la existencia de Dios.
Enseguida me di cuenta de que aquella pregunta le hacía sentirse incómodo, y de inmediato di marcha atrás. Sin embargo, cuando acabó la cena me invitó a ir a su estudio. También había invitado a dos o tres de los estudiantes más veteranos, pero a nadie más. Me invitó a que tomara asiento y, por lo que recuerdo, los demás se quedaron de pie.
Me dijo:
—Lennox, ¿usted quiere hacer carrera en la ciencia?
—Sí, señor —respondí.
—Entonces — prosiguió— delante de estos testigos, esta noche, debe renunciar a esa fe infantil en Dios. Si no lo hace, su fe le convertirá en un paralítico intelectual, y al compararse con sus colegas siempre saldrá perdiendo. Sencillamente, no llegará lejos.
¡Toma presión social! Nunca en mi vida había pasado por nada semejante.
Me quedé sentado en la butaca, paralizado y atónito frente a la desfachatez de aquella agresión que no me esperaba. Lo cierto es que no sabía qué decir, pero al final conseguí balbucear:
—Señor, ¿qué puede ofrecerme usted que sea mejor que lo que tengo?
Como respuesta, me ofreció el concepto de la “evolución creativa” que expuso en 1907 el filósofo francés Henri Bergson.
De hecho, gracias a C. S. Lewis, yo conocía algunas cosas de Bergson y le contesté que no entendía cómo la filosofía de Bergson era suficiente para basar toda una cosmovisión sobre ella y para ofrecer un fundamento para el significado, la moral y la vida. Con la voz temblorosa y todo el respeto que pude reunir, le dije al grupo que me rodeaba que la cosmovisión bíblica me parecía mucho más enriquecedora y las evidencias de su veracidad más atractivas, de modo que, con el debido respeto, pensaba correr el riesgo y seguir defendiéndolas.2
Fue una situación asombrosa. Ahí tenía a un científico brillante intentando acosarme para que renunciase al cristianismo. Desde entonces, he pensado muchas veces que, si se hubiera dado la situación inversa y yo me hubiera sentado en aquella silla siendo ateo, rodeado de académicos cristianos que me presionaran para abandonar mi ateísmo, eso habría provocado un revuelo en toda la universidad y seguramente habría acabado con un expediente disciplinario para los profesores involucrados.
Pero la cuestión es que aquel incidente un tanto alarmante fortaleció mi corazón y mi mente. Me decidí a hacer todo lo que pudiera para ser el mejor científico que pudiese ser y, si alguna vez tenía oportunidad, animar a las personas a reflexionar sobre las grandes preguntas sobre Dios y la ciencia, para que llegasen a sus propias conclusiones en vez de verse acosadas o presionadas. En los años transcurridos desde entonces he tenido el privilegio de conversar reflexivamente con muchas personas, tanto jóvenes como mayores, con una actitud amistosa y con un análisis abierto sobre estas preguntas. Lo que encontrarás en el resto de este libro son algunos de los pensamientos y de las ideas que me han resultado más útiles para compartirlas con otros, y algunas de las conversaciones más interesantes e inusuales que he mantenido.
EL LADO OSCURO DE LA ACADEMIA
Aquel día aprendí otra valiosa lección: la existencia de un lado oscuro en el mundo académico. Hay algunos científicos que parten de ideas preconcebidas, que en realidad no quieren analizar las evidencias, y que parecen estar obnubilados no por la búsqueda de la verdad, sino por el deseo de propagar la idea de que la ciencia y Dios no tienen relación alguna y que quienes creen en Dios son, sencillamente, ignorantes.
En pocas palabras: eso no es cierto.
Es más, no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que es mentira. Piensa por ejemplo en el Premio Nobel de Física. En 2013 lo obtuvo Peter Higgs, un escocés que es ateo, por su investigación pionera sobre las partículas subatómicas y por su predicción (confirmada un tiempo después) de la existencia del bosón de Higgs. Algunos años antes, el premio lo recibió William Phillips, un estadounidense que es cristiano.
Si la ciencia y Dios no tuvieran relación, no habría cristianos ganadores del Premio Nobel. De hecho, más del 60 por ciento de los ganadores del Nobel entre 1901 y 2000 eran cristianos confesos.3 Quiero sugerir que lo que separa a los profesores Higgs y Phillips no es su física o su estatus como científicos; ambos han obtenido el Premio Nobel. Lo que los separa es su cosmovisión. Higgs es ateo y Phillips es cristiano. La conclusión es que la afirmación de aquellos eruditos que hace tantos años quisieron amilanarme en Cambridge, que decía que si quieres ser respetado dentro del mundo científico tienes que ser ateo, es obviamente falsa. No puede existir un conflicto esencial entre ser científico y tener fe en Dios.
Sin embargo, sí existe un conflicto muy real entre las cosmovisiones que defienden estos dos hombres tan brillantes: el ateísmo y el teísmo.
¿QUÉ ES EXACTAMENTE EL ATEÍSMO?
Hablando con propiedad, el ateísmo es sencillamente la ausencia de creencia en Dios. Sin embargo, esto no significa que los ateos no tengan una cosmovisión. Uno no puede negar la existencia de Dios sin propugnar toda una serie de creencias sobre la naturaleza del mundo. Este es el motivo de que el libro de Richard Dawkins El espejismo de Dios no sea un mero tratado de una página en el que afirma que no cree en Dios. Es un grueso volumen dedicado a su cosmovisión atea, el naturalismo, que sostiene que este universo/multiverso es lo único que existe, que lo que los científicos llaman “energía de masa” es el componente fundamental del universo, y que no existe nada más.
El físico Sean Carroll, en su libro superventas El gran cuadro: Los orígenes de la vida, su sentido y el universo entero, explica cómo concibe el naturalismo a los seres humanos:
Los humanos somos pellas de lodo organizado, que por medio de los actos impersonales de los patrones naturales han desarrollado la capacidad de contemplar, valorar y relacionarse con la intimidante complejidad del mundo que nos rodea… El sentido que encontremos en la vida no es trascendente…4
Esta es la cosmovisión en la que muchos ateos depositan su fe.
Mi cosmovisión es el teísmo cristiano. Creo que existe un Dios inteligente que creó, ordenó y sustenta el universo. Hizo a los seres humanos a su imagen, lo cual quiere decir que estos han recibido la capacidad no solo de comprender el universo que les rodea, sino también de conocer a Dios y a disfrutar de comunión con él. Para los cristianos, la vida tiene un significado glorioso y trascendente. Quiero demostrarte que la ciencia, lejos de minar este punto de vista, lo respalda poderosamente. Sin embargo, más adelante veremos que es al ateísmo al que la ciencia no proporciona apenas respaldo. Pero, antes de llegar ahí, me gustaría preparar el terreno ofreciéndote cierto contexto histórico para saber cómo llegamos a esta extraña tesitura de pensar que la ciencia y Dios no tienen nada que ver.
LECCIONES A TRAVÉS DE LA HISTORIA
Siempre he tenido facilidad para los idiomas; normalmente, las matemáticas y los idiomas van de la mano. En realidad, cuando era un pobre y esforzado alumno de primer curso en Cardiff, aproveché la oportunidad de obtener unos ingresos extra para mi familia (que iba en aumento) dedicándome a traducir del ruso al inglés algunos trabajos de investigación matemática.
Gracias a una curiosa cadena de acontecimientos, pocos años más tarde me vi a bordo de un destartalado avión ruso que aterrizó en la ciudad de Novosibirsk, en Siberia, donde pasaría un mes dando clases e investigando en la universidad de aquel lugar.
Por muy retrógrada que fuera la infraestructura tecnológica en aquellos tiempos de gobierno comunista, algunos de los matemáticos rusos eran líderes mundiales, y fue todo un privilegio conocerlos y pasar algún tiempo con los profesores y con sus alumnos. Pero todos se quedaron pasmados por lo mismo: ¡que yo creyera en Dios!
Al final el rector de la universidad me invitó a explicar en una clase por qué yo, siendo matemático, creía en Dios. Según parece, era la primera exposición de ese tipo que se impartía en aquel lugar en los últimos 75 años. El auditorio estaba atiborrado de gente, y había muchos profesores además de alumnos. Durante mi exposición, entre otras cosas, hablé de la historia de la ciencia moderna y conté cómo sus grandes pioneros (Galileo, Kepler, Pascal, Boyle, Newton, Faraday y Clerk-Maxwell) eran firmes y convencidos creyentes en Dios.
Cuando dije esto detecté cierta actitud airada entre el público y, dado que no me gusta que la gente se enfade durante mis exposiciones, hice una pausa para preguntarles por qué estaban tan irritados. Un profesor sentado en la primera fila me dijo:
—Estamos molestos porque esta es la primera vez que hemos oído que esos famosos científicos, sobre cuyos hombros descansamos nosotros, eran creyentes en Dios. ¿Por qué nadie nos lo había dicho?
Contesté:
—¿No es evidente que este hecho histórico no encaja con el «ateísmo científico» que les enseñaron? Luego procedí a señalar que la conexión entre la cosmovisión bíblica y el auge de la ciencia moderna era algo más que demostrado. Edwin Judge, un eminente historiador australiano especializado en historia antigua, escribe:
El cristianismo o, sobre todo, la doctrina bíblica de la Creación, es la creadora… de la metodología de la ciencia moderna. Ya no sostenemos el paradigma de los griegos, a pesar del hecho de que el mundo sigue considerándolo el origen de la ciencia. No lo es. El libro sobre la Creación es el origen de la ciencia moderna: el libro de Génesis.5
C. S. Lewis lo resume perfectamente cuando escribe: “El hombre se hizo científico porque esperaba encontrar una ley en la naturaleza, y esperaba una ley en la naturaleza porque creía en un Legislador”.6
Los historiadores de la ciencia recientes, como Peter Harrison, matizan más su formulación de la manera en que influyó el pensamiento cristiano sobre el panorama intelectual en el que nació la ciencia moderna, pero llegan a la misma conclusión básica: lejos de obstaculizar el surgimiento de la ciencia moderna, la fe en Dios fue uno de sus impulsores. Por consiguiente, considero un privilegio y un honor (no una vergüenza) ser tanto científico como cristiano.
Veamos algunos ejemplos de las convicciones de los grandes científicos. Johannes Kepler (1571-1630), que descubrió las leyes del movimiento planetario, escribió:
El principal objetivo de todas las investigaciones del mundo externo debe ser descubrir el orden racional que Dios ha impuesto en él, y que nos reveló en el lenguaje de las matemáticas.
Esto no fue una expresión de un mero deísmo, dado que Kepler en otros lugares reveló la profundidad de sus convicciones cristianas: “Creo única y exclusivamente en el servicio a Jesucristo. En él se encuentra todo refugio y solaz”.
Michael Faraday (1791-1867), que podría ser considerado el mayor científico experimental de la historia, era un hombre con una profunda creencia cristiana. Cuando yacía en su lecho de muerte, un amigo que le visitaba le preguntó:
—Sir Michael, ¿qué hipótesis tiene ahora?
Teniendo en cuenta que era un hombre que se había pasado la vida formulando hipótesis sobre una amplia gama de cuestiones científicas, descartando algunas y afirmando otras, su respuesta fue radical:
—¡Hipótesis no tengo ninguna, caballero! Tengo certezas. Doy gracias a Dios porque mi cabeza moribunda no descansa sobre especulaciones, porque sé en quién he creído y estoy convencido de que Él puede guardar hasta el fin de los tiempos todo lo que le he confiado.
Al enfrentarse a la eternidad, Faraday tenía la misma certidumbre que sustentó al apóstol Pablo siglos antes que él.
GALILEO
“Pero, ¿no es cierto que a Galileo lo persiguió la Iglesia?”, me preguntó otro miembro de mi público siberiano. “Sin duda eso demuestra que no existe armonía entre la ciencia y la fe en Dios”.
En mi respuesta señalé que en realidad Galileo fue un firme creyente en Dios y en la Biblia, y que siguió siéndolo toda su vida. En cierta ocasión dijo que “las leyes naturales están escritas por la mano de Dios en el lenguaje de las matemáticas”, y que “la mente humana es una obra de Dios, y una de las más excelentes”.
Además, la versión popular y simplista de esta historia se ha modificado para que respalde una cosmovisión atea. En realidad, al principio Galileo disfrutó de un alto grado de respaldo por parte de los religiosos. En un principio, los astrónomos de la poderosa institución educativa jesuita del Colegio Romano respaldaron sus descubrimientos astronómicos y le agasajaron por ellos. Sin embargo, se enfrentó a la vigorosa oposición de filósofos seculares a quienes molestaba su crítica de Aristóteles.
Esto no podía por menos que crear problemas; sin embargo, permíteme que lo subraye, al principio no los tuvo con la Iglesia. En su famosa “Carta a la señora Cristina de Lorena, gran duquesa de Toscana” (1615), Galileo afirmaba que eran los profesores académicos quienes se oponían a él hasta tal punto que intentaban influir en las autoridades eclesiales para que se pusieran en su contra. Para los académicos la cuestión estaba clara: los argumentos científicos de Galileo amenazaban el aristotelismo omnipresente en la academia.
Siguiendo la línea del progreso de la ciencia moderna, Galileo quería formular teorías sobre el universo basándose en las evidencias, no en argumentos fundamentados en la apelación a las teorías dominantes del momento en general y en la autoridad de Aristóteles en particular. Galileo observaba el universo a través de su telescopio, y lo que vio hacía pedazos algunas de las principales hipótesis astronómicas de Aristóteles. Galileo observó las manchas solares, que ensuciaban lo que Aristóteles enseñaba que era un “sol perfecto”. En 1604, Galileo divisó una supernova, que puso en tela de juicio la conclusión de Aristóteles de que los cielos eran inalterables, “inmutables”.
El aristotelismo era la cosmovisión dominante en aquella época, y constituyó el paradigma que marcaba cómo se hacía la ciencia, pero era una cosmovisión en la que ya empezaban a aparecer algunas grietas. Aparte de esto, la Reforma protestante desafiaba la autoridad de Roma, por lo que, desde el punto de vista de Roma, la seguridad religiosa cada vez estaba más amenazada. La atribulada Iglesia Católica Romana, que, como casi todo el mundo en aquellos tiempos, aceptaba la visión aristotélica del mundo, sintió que no podía permitir que se criticase en serio a Aristóteles, aunque circulaban rumores (sobre todo entre los jesuitas) de que la propia Biblia no siempre respaldaba la concepción aristotélica de las cosas.
Sin embargo, esos rumores aún no eran lo bastante fuertes como para evitar la poderosa oposición a Galileo que provendría tanto del ámbito académico como de la Iglesia Católica Romana. Incluso entonces los motivos de esa oposición no fueron meramente intelectuales y políticos. Los celos y, también hemos de decir, la propia falta de habilidad diplomática de Galileo, fueron factores que contribuyeron a ella. Por ejemplo, molestó a la élite de sus tiempos al publicar en italiano y no en latín, con objeto de empoderar intelectualmente al pueblo llano. Se había comprometido loablemente con lo que hoy día se llama la comprensión pública de la ciencia.
Galileo, de forma poco útil y corta de miras, también desarrolló la costumbre de denunciar con términos sarcásticos a aquellos que discrepaban de él. Tampoco es que ayudara a su causa la manera en que gestionó la solicitud oficial de que incluyese en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo: ptolemaico y copernicano el argumento del que había sido su amigo y mentor, el papa Urbano VIII, Maffeo Barberini. El papa sostenía que, dado que Dios es omnipotente, podía realizar cualquier fenómeno natural de muchas maneras, de modo que sería pretencioso por parte de los filósofos naturalistas afirmar que habían descubierto la única solución posible. Galileo, obediente, incluyó este argumento en su obra, pero lo puso en boca de un personaje corto de entendederas al que bautizó Simplicio (“tontaina”). Podríamos considerar que esto es un ejemplo clásico de cómo tirar piedras a tu propio tejado.
Por supuesto, no existe ninguna justificación para que la Iglesia Católica Romana utilizara el poder de la Inquisición para silenciar a Galileo, ni para que fueran necesarios varios siglos para rehabilitarlo. También hay que destacar que, de nuevo contrariamente a la creencia popular, Galileo nunca fue torturado, y pasó la mayor parte del subsecuente arresto domiciliario disfrutando de la hospitalidad de lujosas residencias privadas que pertenecían a sus amigos.
EL DESAFÍO A LA COSMOVISIÓN
La lección principal que podemos extraer es que fue Galileo, creyente en la cosmovisión bíblica, quien expuso una mejor comprensión científica del universo, no solo, como hemos visto, oponiéndose a algunos eclesiásticos sino enfrentándose a la resistencia y al oscurantismo de los filósofos seculares de su tiempo que, al igual que los miembros del clero, eran discípulos convencidos de Aristóteles.
Hoy día los filósofos y los científicos también tienen necesidad de mostrarse humildes a la luz de los hechos, incluso cuando es un creyente en Dios quien les llama la atención sobre aquellos. Que alguien no crea en Dios no es mayor garantía de ortodoxia científica que la creencia en él. Lo que está claro, tanto en la época de Galileo como en la nuestra, es que la crítica de un paradigma científico dominante está plagada de riesgos, independientemente de quién abogue por ella; y este hecho no les pasó desapercibido a los miembros de mi público académico ruso que vivían bajo un régimen totalitario.
Haciendo un comentario sobre “la cuestión Galileo” (y ese otro suceso icónico tan mal representado, el debate que mantuvieron Samuel Wilberforce y T. H. Huxley en Oxford en 1960), el historiador de la ciencia Colin Russell llega a la conclusión de que:
La creencia frecuente en que… las relaciones reales entre la religión y la ciencia durante los últimos siglos se han caracterizado por una profunda y persistente hostilidad… no es solo incorrecta desde el punto de vista histórico, sino que se trata de una caricatura tan grotesca que lo que cabría explicar es cómo pudo haber gozado del más mínimo grado de respetabilidad.7

1. New Scientist, número 2578, 18 de noviembre de 2006.
2. En aquel momento no lo sabía, pero, curiosamente, Bergson, que era judío, años más tarde derivó hacia conceptos ortodoxos sobre Dios y, en su testamento de 1937, confesó que se habría convertido al cristianismo de no haber sido por el creciente antisemitismo en Europa.
3. Según el libro 100 Years of Nobel Prizes (“100 años de Premios Nobel”, 2005), de Baruch Aba Shalev, que consiste en una exposición sobre los Premios Nobel concedidos entre 1901 y 2000, el 65,4 % de los premiados habían dicho que el cristianismo, en sus diversas formas, era su opción religiosa (423 galardonados). En general, los cristianos han obtenido un total del 78,3 % de todos los Premios Nobel de la Paz, el 72,5 % de los de Química, el 65,3 % de Física, el 62 % de Medicina, el 54 % de Economía y el 49,5 % de Literatura.
4. Sean Carroll, The Big Picture, pp. 3-5 (El gran cuadro: Los orígenes de la vida, su sentido y el universo entero, Pasado & Presente, 2017).
5. Citado en goo.gl/uPDpNC (consultada el 1 de agosto de 2018).
6. C. S. Lewis, Miracles, p. 140 (Los milagros, Ediciones Encuentro, 2017).
7. C. A. Russell, “The Conflict Metaphor and Its Social Origin”, Science and Christian Belief, 1 (1989), pp. 3-26.
2
Cómo llegamos hasta
aquí: de Newton a
Hawking
Es posible que el científico más celebrado de los tiempos modernos sea Stephen Hawking, que fue catedrático de Matemáticas en la Universidad de Cambridge, la misma butaca que ocupó sir Isaac Newton trescientos años antes. Newton era un firme y apasionado creyente en Dios y no percibía ningún conflicto entre su fe y la investigación científica; Hawking se declaraba ateo y dijo que tenemos que elegir entre la ciencia y Dios.
¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo pasamos de la creencia en Dios propia de Newton a la incredulidad de Hawking? ¿Se debió solamente al progreso de la ciencia? ¿O hay otro motivo?
Hay dos cosas a tener en consideración, que son evidentes pero que a menudo la gente pasa por alto.
AFIRMACIONES DE CIENTÍFICOS Y AFIRMACIONES CIENTÍFICAS
Al principio de su famosa serie televisiva Cosmos, el astrónomo y cosmólogo estadounidense Carl Sagan dijo: “El cosmos es todo lo que existe, ha existido y existirá”. Esta no es una afirmación científica que pueda colocarse en la misma categoría que, por ejemplo, el enunciado científico de que la gravedad obedece a la ley de la inversa del cuadrado. El problema es que muchas personas atribuyen a todas las afirmaciones hechas por científicos la autoridad que la ciencia merece por derecho, sencillamente porque las han expresado científicos.
Este proceder es arriesgado porque los científicos (incluso los más brillantes) pueden entender muy mal las cosas. Richard Feynman, un físico ganador del Premio Nobel, dijo que fuera de su campo un científico es tan ignorante como cualquier otra persona. Un ejemplo bastante flagrante de este error es el que nos ofrece Stephen Hawking en su libro La clave secreta del universo. Allí dice que “la filosofía ha muerto… Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”.8 Me parece bastante imprudente decir que la filosofía está muerta al principio de un libro cuyo tema principal es la filosofía de la ciencia, la verdad.
¿ES LA CIENCIA EL ÚNICO CAMINO A LA VERDAD?
También es un error sugerir que la ciencia es el único camino a la verdad. Esta idea, que está muy extendida hoy en día, compone la creencia que recibe el nombre de “cientismo”.
Piensa en ello: si la ciencia fuera la única vía hacia la verdad, tendrías que prescindir de la mitad de los departamentos de cualquier escuela o universidad: ya de entrada, los de historia, literatura, idiomas, arte y música.
En cierta ocasión Einstein dijo que los científicos son malos filósofos. Siento tener que decir que Hawking, a pesar de que era un científico brillante, evidenció sin duda esa debilidad. El diario The Guardian preguntó al Astrónomo Real de Gran Bretaña, el barón Rees de Ludlow, que era amigo de Stephen Hawking, qué pensaba sobre la declaración de Hawking en cuanto a que la creación del universo no necesitó de un Dios. Rees contestó: “Conozco lo bastante bien a Stephen Hawking como para saber que ha leído poca filosofía y aún menos teología, de modo que no creo que haya que conceder demasiado peso a sus conclusiones sobre estos temas”.9 En el obituario de Hawking volvió a expresar la misma opinión.
Lamentablemente, la idea de que la ciencia es el único camino a la verdad a menudo lleva a las personas a creer que “científico” es sinónimo de “racional”, es decir, aquello que se adecua a la razón. Esto es claramente falso, porque todas las disciplinas antes mencionadas (historia, literatura y demás) exigen el uso de la razón, como la mayoría de cosas en esta vida. La razón abarca muchísimo más que la ciencia.
Esta ilustración demostrará las limitaciones de la ciencia. Imagina que mi tía Matilda ha horneado un bizcocho, y se lo entregamos a un grupo de los mejores científicos mundiales para que lo analicen. Los bioquímicos nos informarán sobre la estructura de las proteínas, las grasas y otros componentes del bizcocho; los químicos, sobre los elementos contenidos en él; los físicos podrán analizar el bizcocho en términos de las partículas fundamentales; y los matemáticos, qué duda cabe, nos ofrecerán una serie de elegantes ecuaciones para describir el comportamiento de esas partículas.
Ahora ya sabemos cómo se hizo el bizcocho y de qué está hecho, pero imagina que ahora preguntamos a los científicos por qué se hizo ese bizcocho. La sonrisa en el rostro de tía Matilda evidencia que ella sabe la respuesta, porque fue ella quien hizo el bizcocho. Pero sin duda es evidente por sí mismo que los mejores científicos del mundo no serán capaces de decirnos, basándose en sus investigaciones, por qué ella hizo el bizcocho. Nunca lo averiguarán, a menos que ella les revele la respuesta. Las ciencias naturales pueden abordar las preguntas sobre la naturaleza y la estructura del bizcocho, pero no pueden responder “por qué”, la pregunta sobre el propósito.10 La ciencia tiene sus limitaciones.
El ganador del Premio Nobel sir Peter Medawar lo explicó así:
La existencia de un límite para la ciencia se ve claro en la incapacidad de esta para responder preguntas elementales e infantiles que tienen que ver con los orígenes y los finales. Preguntas como: “¿cómo empezó todo?”. “¿Para qué estamos todos aquí?”. “¿Qué sentido tiene vivir?”11
Existen tres argumentos frecuentes y relacionados que a menudo se utilizan contra la creencia en Dios que parecen científicos, racionales y lógicos pero que, en realidad, no lo son ni por asomo.
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