Czytaj książkę: «Una mujer endemoniada»

Título original: A Hell of a Woman
© Jim Thompson, 1954
© Traducción de Antonio Padilla, 2012
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
OEBO200
ISBN: 978-84-9006-303-3
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
Otros títulos
1
Había salido del coche y corría hacia el porche cuando la vi. La mujer escudriñaba por entre las cortinas de la puerta, y un relámpago iluminó el oscuro cristal un instante, encuadrando su cara como en una fotografía. Y en absoluto se trataba de una imagen bonita; la mujer estaba tan lejos de ser de una belleza arrebatadora como yo. Pero algo en aquel rostro me estremeció. Tropecé en un socavón y estuve a punto de caer al suelo. Cuando volví a levantar la vista, la mujer había desaparecido y las cortinas estaban inmóviles.
Subí los escalones cojeando, dejé en el suelo la maleta con el muestrario y llamé al timbre. Me alejé un paso de la puerta y esperé. Hacía lo posible por esbozar una amplia sonrisa, sin dejar de echarle una ojeada al jardín.
Era una vivienda grande y anticuada, situada más o menos a un kilómetro más allá del campus de la universidad del estado, y era la única casa en toda aquella manzana. A juzgar por su aspecto y situación, pensé que probablemente había sido una granja en el pasado.
Volví a llamar al timbre. Esta vez mantuve el dedo pegado en él, escuchando cómo resonaba, estrepitoso y chillón, en el interior de la casa. Abrí la mosquitera y me puse a aporrear la puerta. Era el tipo de cosas que uno hacía cuando trabajaba para los almacenes Pay-E-Zee. Estaba acostumbrado a que las personas se escondieran cuando me veían venir.
La puerta se abrió de sopetón mientras yo continuaba aporreándola. Miré un segundo a aquella tipa y reculé lo que se dice de inmediato. No era la joven, la chavala de expresión angustiada que había visto escudriñar entre las cortinas. Esta era una vieja con una napia tan curva como el pico de un halcón y unos ojillos mezquinos y muy juntos. Tendría unos setenta años —no sé cómo una persona puede convertirse en algo tan feo en menos de setenta años—, pero se la veía sana y feliz, a su manera. En la mano llevaba un bastón muy grueso, y tuve la impresión de que estaba más que dispuesta a usarlo. Contra mis costillas.
—Discúlpeme por la molestia —dije con rapidez—. Soy el señor Dillon, de los almacenes Pay-E-Zee. Y me preguntaba si...
—Largo de aquí —ladró la vieja—. ¡Fuera de aquí ahora mismo! En esta casa no compramos a mercachifles ambulantes.
—No me ha entendido bien —dije—. Como es natural, estaríamos encantados de abrirles una cuenta, pero, de hecho, yo llamaba para pedirle cierta información. Tengo entendido que en esta vivienda estuvo trabajando para ustedes un señor llamado Pete Hendrickson. Si no me equivoco, este caballero se ocupaba de los trabajos en el jardín y demás. Me pregunto si sería tan amable de decirme dónde podría encontrarlo.
La vieja vaciló un segundo, entornó los ojos y me miró con expresión taimada.
—Les debe dinero. Es eso, ¿verdad? —preguntó—. Y quieren encontrarlo para que les pague de una vez.
—En absoluto —mentí—. De hecho, es justamente al revés. El señor Hendrickson nos pagó por equivocación una suma excesiva, y quisiéramos...
—¡Sí, claro! —soltó, con una desagradable risotada—. ¡Me está diciendo que ese borracho holgazán, que ese inútil les ha pagado de más! Pero resulta que a Pete Hendrickson no hay quien le saque nada que no sean trapacerías y excusas.
Sonreí artificiosamente y me encogí de hombros. Lo normal es hacer las cosas de otra manera, pues incluso tu peor enemigo rarísimamente está dispuesto a chivarle tu paradero a un cobrador que anda tras tu pista. Pero muy de vez en cuando, te encuentras con alguien miserable de verdad, alguien que disfruta de que a otro le caiga una buena tunda del cielo. Y eso era lo que pasaba con aquella vieja bruja.
—Mala gente y un vago de cuidado —describió—. No daba golpe y encima quería cobrar el doble por no hacer nada. Se suponía que estaba trabajando para mí, pero se buscó un segundo empleo a mis espaldas. Le dije que iba a arrepentirse...
Me dio la dirección de Pete, así como el nombre del lugar donde estaba trabajando. Se trataba de un invernadero en Lake Drive, a tan solo unas manzanas de donde me encontraba en ese momento. Llevaba diez días trabajando allí. Todavía no había cobrado su primera paga, pero ya le faltaba poco.
—Anoche se presentó aquí lloriqueando y suplicándome —dijo ella—, con la intención de que le prestara unos cuantos dólares para resistir hasta la primera paga. ¡Ya puede suponer lo que le dije!
—Me lo imagino —dije—. Y bien, ya que estoy aquí, me gustaría mostrarle algunos artículos muy especiales que...
—¡Ya! ¡Ni hablar! —Empezó a cerrar la puerta.
—Permítame enseñárselos un momento —dije. Me agaché y abrí la maleta con el muestrario. Empecé a sacar de todo, hablando a toda pastilla, sin dejar de observar su rostro en busca de una expresión de interés—. ¿Qué me dice de esta colcha? Sale muy bien de precio. ¿O de este neceser de baño? Sale prácticamente regalado, señora. ¿Necesita unas medias? ¿Un chal? ¿Guantes? ¿Zapatillas para andar por casa? Si no tengo su talla aquí mismo, siempre puedo...
—Que no. Ni hablar. —Meneó la cabeza con firmeza—. No tengo dinero para semejantes caprichitos, joven.
—No hace falta dinero —dije—. Casi no hace falta. Basta con abonar una entrada muy pequeña por cualquiera de estos artículos o por todos ellos, y luego usted misma puede ir pagando a su mejor conveniencia. Puede tomarse todo el tiempo que quiera para completar el pago.
—Sí, claro. —Soltó otra risotada—. Igual que Pete Hendrickson, ¿no? Mejor váyase a otra parte, joven.
—¿Y qué me dice de la otra señorita? —apunté—. ¿De la señorita más joven? Seguro que en la maleta tengo alguna cosa que le encantaría.
—Ya —gruñó ella—. ¿Y cómo cree que ella podría pagarlo?
—Con dinero, diría yo —respondí—. Aunque igual tiene algo mejor que darme.
Me estaba mostrando impertinente a propósito, que quede claro. No me gustaba aquella vieja y ya le había sacado todo cuanto podía sacarle. Así que, ¿para qué ser cortés con ella?
Empecé a meter todas las cosas de nuevo dentro de la maleta, de cualquier manera, pues aquel material no era del que se rompía fácilmente. Y ella entonces me habló otra vez, y en su voz percibí una nota ladina y fisgona que me hizo levantar la cabeza de golpe.
—¿Le gusta esta sobrinita mía, joven? ¿La encuentra guapa?
—Pues sí, claro —respondí—. Me ha parecido una señorita muy atractiva, sí.
—Y es muy obediente también, joven. Si le digo que haga una cosa, la hace al momento, y ya puede ser lo que sea.
Le dije que eso era estupendo, o excelente, o algo por el estilo. Lo que se suele decir en esta clase de situaciones. La vieja señaló la maleta con el muestrario.
—Ese juego de cubertería, joven. ¿Por cuánto lo vende?
Abrí el estuche y se lo enseñé. Le dije que en realidad no tenía pensado venderlo; era una ganga tal que yo mismo pensaba quedármelo.
—Un juego para ocho personas, señora, y cada pieza tiene un baño de plata de primera calidad. Normalmente pedimos setenta y cinco dólares por un juego así, pero estamos liquidando estos últimos que nos quedan por treinta y dos con noventa y nueve.
Asintió con la cabeza, sonriéndome con astucia.
—¿Le parece que mi sobrina...? ¿Cree que ella podría pagarle ese juego, joven? ¿Podría usted arreglarlo de alguna forma para que mi sobrina pudiera pagárselo?
—Eh... Seguro que sí —dije—. Primero tendría que hablar con ella, como es natural, pero...
—Déjeme a mí —respondió—. Usted espérese aquí.
Entró, dejando la puerta abierta. Encendí un cigarrillo mientras esperaba. Y no, puedo jurar sobre un montón de biblias que no tenía la menor idea de lo que la vieja loca se traía entre manos. Me daba cuenta de que era una tipa de lo más ruin, pero hasta la fecha no había conocido a muchas personas que no lo fueran. Y pensaba que su comportamiento era propio de una mujer chiflada; a la mayoría de los clientes de los almacenes Pay-E-Zee les faltaba algún tornillo que otro. Quienes tenían dos dedos de frente no entraban en tratos comerciales con una empresa como la nuestra.
Seguía a la espera, y me estremecí ligeramente cuando de pronto cayó un nuevo relámpago. Me pregunté cuántos puñeteros días iba a seguir lloviendo de ese modo. Llovía desde hacía casi tres semanas seguidas, y la lluvia me había fastidiado el trabajo a base de bien. Las ventas habían caído en picado, y, de los cobros, mejor ni hablar. Cuando el tiempo es así de lluvioso, resulta sencillamente imposible realizar un buen trabajo puerta a puerta. Resulta imposible conseguir que la gente te abra. Y con una cuenta de clientes como la mía, plagada de trabajadores temporales y demás, tampoco servía de mucho que al final te abrieran la puerta. Los habían puesto a todos de patitas en la calle a causa del mal tiempo. Y ya podías decirles de todo y amenazarles, que no ibas a conseguir que te dieran lo que no tenían.
Me pagaban un salario de cincuenta a la semana, poco más que lo justo para moverme en coche. Mis verdaderas ganancias tenían que proceder de las comisiones, y no me estaba sacando ninguna. Bueno, sí que me estaba sacando algo, claro, pero ni de lejos lo suficiente para salir adelante. Me mantenía a flote manipulando mis cuentas, embolsándome parte de los cobros de las letras y alterando las fichas de las cuentas pendientes a conveniencia. Ahora mismo debía más de trescientos dólares, y si a alguien se le ocurría irse de la lengua antes de que pudiera arreglar el asunto...
Mascullé una imprecación. Tiré el cigarrillo al jardín. Me volví hacia la puerta, y allí estaba ella...: la chica.
Tendría veintipocos años, o eso creo, aunque nunca he sido muy bueno a la hora de adivinar la edad de una mujer. Tenía el pelo espeso, rubio y ondulado, tirando a corto, y sus ojos eran oscuros; quizá no fueran los ojos más grandes que hubiera visto jamás en una chica, pero en aquel rostro blanco y delgado daban la impresión de serlo.
Llevaba un vestido blanco ceñido, del tipo que llevan las camareras y las peluqueras. El profundo escote en pico dejaba ver que la muchacha estaba muy bien dotada. Pero más abajo..., pues no mucho, la verdad. Los chicos de la escuela de agricultura —yo tenía una o dos cuentas en dicha escuela— la hubieran comparado con una res sin muchas carnes pero buena lechera.
Abrió la puerta mosquitera. Cogí la maleta con el muestrario y entré.
Todavía no me había dirigido la palabra, y tampoco me la dirigió en ese momento. Me había dado la espalda y había echado a andar por el pasillo casi antes de que yo entrara en la casa. Andaba con los hombros un tanto encogidos, como si se inclinara hacia delante. La seguí, pensando que quizá no tenía mucha chicha en el trasero pero que la forma de este tampoco estaba nada mal.
Pasamos por la sala de estar, el comedor, la cocina. Ella seguía por delante, y yo tenía que apretar el paso para no quedarme rezagado. A la vieja no se la veía por ninguna parte. Los únicos sonidos que se oían eran los de nuestras pisadas y los de los truenos ocasionales.
Empezaba a tener una sensación desagradable y como de náusea en la boca del estómago. Si no hubiera estado tan obligado a conseguir una venta, me habría largado al momento.
Había una puerta que salía de la cocina. La cruzó; le seguí, andándome con cierto cuidado, sin apartar los ojos de ella. Quería decirle alguna cosa, pero sin saber qué demonios podía ser esa cosa.
Era un pequeño dormitorio, un cuarto con una cama, por así decirlo, y un lavamanos anticuado, con un cuenco y una jarra. Las persianas estaban echadas, pero por los contornos se filtraba bastante luz.
Cerró la puerta y se volvió; comenzó a luchar con el cinturón del vestido ajustado. Y en ese momento capté la onda, lógicamente, pero ya era lo que se dice demasiado tarde. Demasiado tarde para detenerla.
El vestido cayó al suelo. La chica no llevaba nada debajo. Se dio media vuelta.
Yo no quería mirar. Me sentía enfermo, furioso y avergonzado... Y eso que yo no soy de los que se avergüenzan fácilmente. Pero no podía evitarlo. Tenía que mirar, aunque fuese lo último que mirara en el mundo.
Un verdugón atravesaba su cuerpo, un verdugón como el producido por un hierro al rojo. O por un palo. O por un bastón... Y había una gota de sangre...
Seguía de pie, con la cabeza gacha, a la espera. Tenía los dientes apretados, pero yo veía cómo le temblaba la barbilla.
—Por Dios. Por Dios, guapa... —dije.
Y me agaché y recogí el vestido. Porque la quería; diría que la había estado deseando desde el mismo momento en el que la había visto en la puerta, como una imagen iluminada por el relámpago. Pero no iba a aprovecharme así de ella, ni aunque me pagaran por ello.
Así que empecé a vestirla otra vez con ese pingajo suyo, pero las cosas no salieron según lo previsto, y no terminé de hacer lo que me proponía. No de inmediato, por lo menos. Estaba ocupado en ponerle aquella maldita cosa, mientras le decía que no llorara, que era una chica estupenda y maravillosa, y que ni por asomo iba a hacerle daño. Y ella al final levantó la vista y me miró a la cara, y supongo que le gustó lo que vio en ella, del mismo modo que a mí me gustó lo que vi en su rostro.
Se apretó contra mí y hundió la cara en mi pecho. Me rodeó con sus brazos; puse los míos en torno a su cuerpo. Nos quedamos así juntos, abrazándonos el uno al otro como si nos fuera la vida en ello. Le acaricié la cabeza y dije que no tenía ninguna maldita razón para llorar. Le dije que era una chavala estupenda y una chica maravillosa y que el viejo Dolly Dillon iba a cuidar de ella.
Es divertido del carajo, ahora que lo pienso. Extraño, quiero decir. Yo —un tipo como yo— me encontraba en un dormitorio con una mujer desnuda entre los brazos y ni siquiera prestaba atención a que estuviera desnuda. Me limitaba a pensar en ella sin fijarme en su desnudez.
Sin embargo, eso fue lo que pasó. Justamente eso fue lo que pasó. Puedo jurarlo sobre un montón de biblias.
2
Al final conseguí calmarla un poco. La ayudé a ponerse el vestido otra vez, y nos sentamos en el borde de la cama. Nos pusimos a hablar en voz baja.
Su nombre era Mona, y su apellido era el de su tía, Farrell. Por lo que ella sabía, claro está. Lo único que conocía era cuanto la vieja bruja le había dicho. No recordaba haber vivido con ninguna otra persona. Que ella supiera, no tenía otros familiares.
—¿Por qué no te largas de aquí? —le pregunté—. Tu tía no podría impedirlo. Se metería en un lío de los gordos si lo intentara.
—Yo... —Negó vagamente con la cabeza—. No sabría qué hacer, Dolly. Ni adónde ir. Yo... simplemente no sabría cómo hacerlo.
—Qué carajo. Puedes hacer cualquier cosa —dije—. Puedes ponerte a trabajar en lo que sea. Como camarera. De acomodadora en un cine. De vendedora en una tienda. Como mujer de la limpieza, si no encuentras otra cosa.
—Es verdad, pero... Pero...
—Pero, ¿qué? Puedes hacer lo que te dé la gana, guapa. Si no quieres, no tienes por qué decirle que te marchas. Sencillamente, vete y no vuelvas nunca más. Porque de vez en cuando sales de la casa, ¿no? Ella no te mantiene aquí encerrada todo el tiempo, ¿verdad?
No... Sí... Asintió con la cabeza. Salía bastante de casa. Para ir al centro o de compras por el barrio, para comprarle a la vieja lo que necesitara.
—¿Y bien? —dije.
—No..., no puedo, Dolly...
Suspiré. Me daba cuenta de que efectivamente no podía. Estaba demasiado hundida, carecía de seguridad en sí misma. Pero si pudiera contar con alguien que la sacara de allí, que cuidara de ella hasta que madurase un poco...
Me estaba mirando con una expresión de disculpa. De humildad. Suplicándome con los ojos. Bajé la mirada.
¿Y qué demonios quería que hiciera yo? Ya estaba haciendo lo que se dice mucho más de lo que me correspondía.
—Bueno —dije—. Por el momento no te va a pasar nada. Y voy a dejarte el juego de cubertería. La vieja no tiene por qué saberlo... Así que te dejará en paz un rato.
—Dolly...
—Será mejor que empieces a llamarme Frank —dije, tratando de desviar su atención del tema principal—. ¡Dolly...! —me burlé de mí mismo—. ¡Menudo nombrecito para un tiparraco tan grandullón y feo como yo!
—Tú no eres feo —protestó ella—. Eres guap... ¿Es por eso por lo que te llaman Dolly? ¿Porque eres tan..., tan...?
—Pues sí —respondí—. Porque soy un menda de lo más guapo. Conmigo no hay quien pueda, y es que soy un tipo muy duro de pelar.
—Eres buena persona —dijo ella—. Hasta ahora no había conocido a nadie que lo fuera.
Le dije que el mundo estaba lleno de buenas personas. Me habría costado lo suyo tratar de demostrárselo, pero, en todo caso, eso fue lo que le dije.
—Todo te irá de maravilla, una vez que te hayas ido de aquí. Así que, ¿por qué no tratas de ayudarte a ti misma un poquito? ¿O me dejas que te ayude? Puedo decirle a la policía lo que...
—¡No! —Me agarró del brazo con tanta fuerza que estuve a punto de dar un brinco—. ¡No, Dolly! Me lo tienes que prometer.
—Pero, niña... —dije—. Todo eso que ella te ha estado diciendo es pura patraña. A ti no van a hacerte nada en absoluto. Es a ella a quien van a...
—¡No! ¡No me creerían! Les diría que estoy mintiendo, y luego me obligaría a decirles que sí. Y luego... Y después, cuando estuviera a solas conmigo...
La voz le falló hasta sumirse en un silencio compungido. Volví a rodearle el cuerpo con el brazo.
—Muy bien, guapa —dije—. Ya pensaré en otra solución. Tú por el momento no hagas nada y... —Me detuve, al recordar lo rápido que la vieja me había hecho su oferta—. ¿Has tenido que hacer cosas así antes, Mona? ¿Ella te ha obligado?
No dijo palabra, pero asintió con la cabeza. Un ligero rubor se extendió por el delicado blanco de su cara.
—¿Con personas que estaban de paso? ¿Como yo mismo?
Volvió a asentir con dificultad.
—En su..., en su mayoría...
Eso era lo bueno, si me pilláis la idea. Su tía terminaría por intentar engatusar al fulano menos indicado —al fulano idóneo, mejor dicho—, y meterían a la vieja en la cárcel en un abrir y cerrar de ojos.
—Pues bueno, ya no se aprovechará más de ti —dije—. No, no pienso olvidarme de ti. Y que ella sepa, todo va a marchar sobre ruedas. Esa es la idea, ¿entiendes? Volveré cargado con muchas otras cosas bonitas, y no quiero que vuelvas a pasarlo mal.
Levantó la cabeza otra vez y sus ojos escudriñaron mi rostro.
—¿Hablas en serio, Dolly? ¿Vas... vas a volver?
—Acabo de decírtelo, ¿no? —respondí—. Voy a volver y te sacaré de aquí tan pronto como yo mismo pueda irme. Eso sí, vamos a necesitar un poco de tiempo. Mi situación es un tanto complicada. Lo que pasa es que..., bueno, estoy casado.
Asintió con la cabeza. Estaba casado. ¿Y qué? Eso a ella le daba lo mismo. Supongo que tenía que darle lo mismo después de haber pasado por tantas cosas.
—Pues sí —proseguí—. Llevo años casado. Y con este trabajo que tengo me las veo y me las deseo para ganarme la vida.
Lo que tampoco le impresionó demasiado. Todo cuanto Mona sabía era que yo tenía muchísimo más en la vida que ella.
Su forma de comportarse no dejaba de irritarme un poco, pero en el fondo también me gustaba. Mona confiaba en mí a más no poder, estaba convencida de que yo podría arreglar la situación, por difícil que fuese. No habían sido muchas las personas que habían confiado en mí de esa manera. ¿Muchas? Qué demonios: ninguna.
Me sonrió con timidez. Era la primera vez que me sonreía de veras desde que la había conocido. Me cogió la mano y acarició su pecho con ella.
—¿Quieres... quieres hacerlo, Dolly? Contigo no me importaría.
—Quizá la próxima vez —dije—. Ahora mismo, lo mejor es que me largue.
La sonrisa se desvaneció. Empezó a preguntarme si me molestaba que lo hiciera con otros. Le dije que cómo iba a molestarme, por Dios, y le estampé un beso que la hizo soltar un gemido.
Yo la deseaba, pero no iba a montármelo con ella. Y cuando una chica te ofrece algo así —lo único que puede ofrecerte—, hay que ser muy pero que muy delicado a la hora de rechazarlo.
Saqué el juego de cubertería de la maleta y lo dejé sobre el tocador. Le di otro beso, le dije que no se preocupara por nada y me fui.
La vieja arpía, su tía, estaba en el pasillo, sonriendo de oreja a oreja y frotándose las manos. Me entraron ganas de soltarle un buen mamporro en su jeta repugnante, pero, por supuesto, no lo hice.
—Tiene usted todo un hallazgo ahí dentro, señora —dije—. Y cuide bien de ella, porque pienso volver a por más de lo mismo.
Soltó una risa sardónica y sonrió con satisfacción.
—Pues tráigame un abrigo de los buenos, joven —dijo—. ¿Tiene usted abrigos de invierno de los buenos?
—Tengo abrigos para dar y regalar —dije—. Y que no son de segunda mano, ojo. No soy de los que comercian con artículos de segunda mano. Y por eso le digo: si vengo por aquí y me encuentro a otro fulano en la cama, se acabó el trato.
—Usted déjeme arreglarlo, joven —respondió al punto—. ¿Cuándo va a volver?
—Mañana —respondí—. O quizá pasado mañana. Pienso volver cuando mejor me plazca, así que no trate de jugar a dos bandas conmigo. O ya puede despedirse del abrigo.
Me prometió que no lo haría.
Abrí la puerta y volví corriendo al coche.
Seguía lloviendo a cántaros. Se diría que iba a continuar lloviendo para siempre. Y ahora le debía a la empresa otros treinta y tres dólares. Treinta y dos con noventa y cinco para ser exactos.
—Te lo montas de fábula, Dolly —me dije en voz alta—. Pues sí, Dillon, te lo montas como nadie... ¿Es que piensas que ese sujeto, Staples, es tonto de remate? ¿Piensas que por eso tiene el encargo de vigilar de cerca a los pájaros como tú? ¿No sabes que Staples es el hijo de perra más cabrón y encallecido de cuantos trabajan en la cadena Pay-E-Zee?
Maldita sea, pensé. Maldito sea todo y mil demonios en conserva.
Conecté el motor y puse el coche en marcha. No eran más que las cuatro y media. Tenía tiempo de sobras para acercarme al invernadero y ver a Pete Hendrickson antes de que concluyera la jornada laboral.
Y si Pete no se portaba bien y no cumplía con lo suyo...
De pronto, sonreí para mis adentros. Frunciendo el ceño a la vez... Seguro que Pete Hendrickson se lo había montado con aquella pobre chica, con Mona. Apostaría lo que fuese. La vieja habría hecho lo posible por pagarle de esa forma, y Pete tampoco le habría dicho que no. Al momento se habría olvidado de sus facturas y letras pendientes —y si yo luego tenía que andarlo buscando por toda la ciudad, pues mala suerte— y se lo habría montado con ella. Y si al final en realidad no se lo había montado con ella, lo que estaba claro era que seguía siendo un indeseable.
Y yo necesitaba cobrar hasta el último centavo de lo que nos debía.
Aparqué delante del invernadero, es decir, frente a la puerta de la oficina. Rebusqué en la guantera del coche y saqué un fajo de papeles, que examiné con rapidez.
Encontré su contrato de venta, un contrato que nos autorizaba a retirar dinero de su salario. Había que mirar bien el documento debido a la letra pequeña, pero estaba claro. Todo era perfectamente legal e incontestable.
Entré con el contrato en la oficina y se lo mostré al jefe de Pete. El hombre aflojó la pasta como lo haría una máquina tragaperras. Treinta y ocho pavos, y sin rechistar. Contó los billetes para mí, y luego yo los conté a mi vez. Y él en ese momento dijo a uno de los empleados que hiciera venir a Pete.
Terminé de contar los billetes a toda prisa y me largué volando.
Contratos vinculados al salario y órdenes de embargo... Como es natural, a los patronos no les gustan ni los unos ni las otras. No les gusta que les importunen con cosas así, ni les gustan los trabajadores que les traigan problemas. A Pete iban a ponerlo de patitas en la calle. Y yo me decía que más me valía estar en otro lugar cuando eso sucediera.
Conduje calle abajo hasta llegar a una taberna. Pedí una gran jarra de cerveza, me fui con ella a uno de los reservados del fondo del local y me bebí la mitad de una sentada. A continuación puse un contrato en blanco sobre la mesa y anoté una venta en metálico a Mona Farrell por valor de treinta y dos con noventa y cinco.
Un problema menos. Con eso estaba justificado lo del juego de cubertería, con un beneficio de cinco dólares. Y si ahora dejara de llover de una vez y me cayeran en suerte unas cuantas semanas buenas...
Empecé a sentirme un poco mejor. Ya no estaba tan hecho polvo y desesperado. Pedí otra jarra de cerveza, que esta vez me fui bebiendo a sorbitos. Pensé en lo estupenda e inocente que era Mona y me pregunté por qué no podía haberme casado con ella en lugar de con una maldita foca como Joyce.
Y es que Joyce... Menudo carrerón que llevaba Joyce. La señorita Culogordo, incapaz de pegar sello en la vida, siempre con el cigarrillo en los labios, dispuesta a dejarse manosear por el primero que pasara. En su momento pensaba que estaba cañón, pero de eso hacía muchísimo tiempo, amigos. Estaba claro que había ido de primo por la vida, pero hacía tiempo que me había quitado la venda de los ojos. Joyce... Me había casado con una holgazana sin remedio, una egoísta y una pelandusca de tres al cuarto.
¿Por qué no podía haberme casado con Mona?
¿Por qué todo tenía que salirme siempre mal?
Eché un vistazo al reloj de pared. Las seis menos diez. Fui hasta el teléfono y marqué el número de los almacenes.
Staples me respondió con su voz de siempre. Melosa, zalamera, suave. Le dije que había salido a hacer un cobro fuera de la ciudad y que mejor pasaría por la oficina al día siguiente por la mañana.
—No hay problema, Frank —dijo—. ¿Y cómo va todo, por lo demás? ¿Ha dado ya con el paradero de Hendrickson?
—Aún no —mentí—. Pero la jornada ha ido bastante bien. He vendido uno de esos juegos de cubertería al contado.
—Buen chico —dijo—. Pero ahora sería interesante que diera con la pista de Hendrickson.
Su voz se recreó en el apellido. Subrayándolo. Staples estaba a más de siete kilómetros de distancia, pero tuve la impresión de que se encontraba justo a mi lado. Sonriéndome ladino, observándome, a la espera de que yo mismo me delatara.
—¿Y bien, Frank? —insistió—. ¿Qué tiene que decirme sobre esos treinta y ocho dólares que Hendrickson nos adeuda?
3
—¿Y qué demonios cree que he estado haciendo? —dije yo—. No es que me haya pasado el día con el trasero pegado a la silla en un agradable despacho con calefacción. Deme un poco de tiempo, por Dios.
El teléfono enmudeció un momento. Y Staples entonces soltó una risa queda.
—No puedo darle demasiado tiempo, Frank —dijo—. Ya que está metido en faena, ¿por qué no pone un poco de esfuerzo adicional? ¿Eh? Utilice ese cerebro privilegiado que tiene. No sabe lo contento que me pondría si por la mañana se presentara usted con el dinero de ese Hendrickson.
—Pues ya seríamos dos —contesté—. Haré lo que pueda.
Le di las buenas noches y colgué. Me bebí el resto de la cerveza, sin disfrutar mucho del trago.
¿Se trataba de una indirecta por parte de Staples? ¿De una advertencia? ¿A qué venía esa insistencia suya en esta cuenta de cliente en particular? Hendrickson era un tramposo, eso estaba claro, pero casi todos nuestros clientes lo eran también. Era raro que pagasen las letras sin necesidad de obligarlos. Nos compraban a nosotros porque no podían obtener crédito en ningún otro lugar. ¿Cómo se explicaba que, entre más de cien remolones y gorrones entre los que escoger, Staples me hubiera pegado la bronca precisamente por Hendrickson?
La cosa no me gustaba. Podía ser el principio del fin, el primer paso en dirección a la cárcel. Porque, si me pillaba sacando dinero de una cuenta, Staples comprendería que también lo había estado sacando de las demás. Ya se encargaría de revisar todas las otras.
También era verdad que Staples ya me había hecho cosas así antes. Así más o menos. Te podías deslomar currando, y al final la jornada podía resultar bastante buena, pero en lugar de una palmadita en la espalda te llevabas un chorreo como el de esta noche. Ya me entendéis. Es posible que alguna vez hayáis trabajado para tipos así. Hacen caso omiso de lo que puedas haber conseguido y en su lugar te aprietan las clavijas en referencia a otra cosa. A la primera maldita cosa que se les ocurre. Eso también forma parte de tu trabajo. ¿Y qué haces ahí parado?
Así que... tenía que ser eso, concluí. Esperaba que lo fuera. A Staples nunca podías contentarlo. Cuanto más hacías, más te obligaba.
Me acerqué a la barra y pagué la consumición. Fui a la puerta, asomé la cabeza y contemplé la lluvia. Me subí el cuello del abrigo y me preparé para echar a correr hacia el coche.
Estaba anocheciendo temprano, pero todavía no era oscuro del todo. Había bastante buena visibilidad, y de pronto le vi junto al extremo del edificio. Un fulano robusto y grandullón, vestido con ropa de trabajo, inmóvil de pie bajo los aleros de una casa en construcción.
Me iba a ser imposible llegar al coche sin pasar por su lado.
Me dije que me había parado a echar un trago un poquito demasiado cerca del invernadero.
Volví a la barra y pedí una botella grande de cerveza para llevar. Agarré la botella por el cuello y salí afuera.
Es posible que no me viera en primera instancia. O quizás estaba tratando de hacer acopio de decisión. En todo caso, yo ya estaba casi a su altura cuando de repente salió de bajo los aleros y me bloqueó el camino.
Me detuve y di un paso o dos atrás.
—Hombre, Pete —dije—. ¿Cómo va eso, amigo?
—Es usted un hijo de perra, Dillon —espetó—. Me ha dejado sin trabajo. ¡Pero ahora le voy a dar lo suyo!
—Vamos, Pete, vamos... —dije—. Usted mismo se lo ha buscado. Confiamos en usted, hacemos lo posible por tratarle bien, y usted a cambio...
—¡Mentiras! Lo que me vendió era basura. El traje es una birria... ¡Ni que fuera de papel! ¡Tendría que estar en la cárcel, vendedor de morralla, ladrón estafador! Yo tenía un buen trabajo, y porque no quiero pagar por basura... ¡Usted...! ¡Se va a enterar, Dillon!
Bajó la cabeza y convirtió sus dos manazas en sendos puños. Di un nuevo paso atrás y agarré la botella con fuerza. La llevaba oculta tras la pantorrilla. Él aún no la había visto.
—La cárcel, ¿eh? —solté—. Y que lo diga usted, que ya ha estado en varias cárceles... Porque es verdad, ¿no, Pete? Y como siga haciendo el tonto conmigo, pronto va a estar en otra más.
Fue un palo de ciego por mi parte, pero sirvió para que vacilara un segundo. Uno no podía andar muy equivocado al suponer que un cliente de los almacenes Pay-E-Zee tenía que haber pasado por el talego alguna vez.
—¿¡Y qué!? —barbotó—. Sí que he estado en la cárcel, pero ya cumplí mi condena. Y eso no tiene nada que ver con todo esto. ¡Y usted...!
—¿No sería una condena por violación? —dije—. ¡Reconózcalo de una vez, maldita sea! ¿O es que no lo hizo? ¿O es que no se benefició a esa pobre chica enferma a la que están matando de hambre?
Me encaré con él, sin darle ocasión a negarlo. Tenía clarísimo que lo había hecho, y me volvía medio loco al pensarlo.
—¡Ven aquí, hijo de perra! ¡Ven aquí, gorilón asqueroso! —insistí—. ¡Ven aquí a por lo tuyo!
Y entonces vino volando a por mí.
Esquivé su arremetida, mientras hacía oscilar el botellón como si fuera un bate de béisbol. Mis pies resbalaron en el barro. Le di de lleno en el puente de la nariz, y se desplomó informe. Eso sí, me dio con el puño derecho antes de estrellarse contra el suelo. El puñetazo, arrastrado, me dio bajo el corazón. Salí rebotado contra la pared del edificio; de lo contrario, me habría ido al suelo lo mismo que él.
Permanecí doblado sobre mí mismo un momento, sintiendo como si nunca más en la vida fuera a poder respirar otra vez. Finalmente, logré rehacerme un poco y me acerqué trastabillando a su cuerpo.
No había perdido el conocimiento por entero, pero ya no tenía ningunas ganas de pelea. No tenía sentido soltarle un nuevo mamporro o pegarle un patadón en la cabeza. Lo agarré por el cuello de la guerrera y lo arrastré junto a la pared del edificio. Lo apoyé contra la pared, para salvaguardarlo un poco de la lluvia y para que no lo atropellaran. Después abrí la cerveza con un pedrusco y se la puse en la mano.
No era la clase de tratamiento que esperaba recibir. O al que estaba acostumbrado. Me miró con ojos de perro apaleado. Me dejé llevar por un impulso —o acaso fuera una corazonada— y saqué cinco monedas de dólar del bolsillo, que dejé en su regazo.
—Siento lo de su empleo —dije—. Igual puedo conseguirle otra cosa... ¿Quiere que pregunte por ahí? Si me entero de algo, se lo digo.
Asintió lentamente con la cabeza, mientras se limpiaba la sangre de la nariz.
—Sí, sí, por favor... Pero, pero... ¿Por qué, Dillon? ¿Señor Dillon? ¿Por qué primero me hace esto y luego...?
—No tenía más opción. —Me encogí de hombros—. Si en la empresa me dicen que cobre un dinero, yo tengo que cobrarlo. Y si me dice usted que quiere pelea, también tengo que pelearme. Si por mí fuera, en fin, ya lo verá usted. Soy muy capaz de tratarlo como a un hermano. De darle dinero de mi propio bolsillo, de encontrarle el trabajo que haga falta.
Bebió un sorbo de la botella; bebió un nuevo sorbo. Eructó y meneó la cabeza.
—Qué mala pata —dijo—. ¿Por qué hace usted estas cosas, señor Dillon? Tan buena persona como es... ¿Cómo se explica que trabaje para esa mala gente?
Le dije que ahí me había pillado, que suponía que, como yo era tan buen tipo, la gente entonces se aprovechaba de mí. Luego le dije que se tomara la cosa con calma y me marché a casa.
Las costillas me dolían una barbaridad, y no conseguía quitarme a Staples de la cabeza. Pero a pesar del dolor y de la angustia, me eché a reír con estrépito... ¡Menudo pájaro! Si la gente insistía en seguir diciéndome que era un fulano con un corazón de oro, igual terminaba por creérmelo. Y sin embargo... Pues bien, ¿dónde estaba la gracia de todo el asunto? ¿Qué carajo era lo que me llevaba a reírme así?
Nunca le había hecho daño a nadie si podía evitarlo. Le había echado un cable a más de uno, sin tener por qué hacerlo. Hoy mismo, por ejemplo, justamente hacía un momento. No estaba mal, ¿eh? Cuántos otros tipos habrían pasado de montárselo con Mona y luego le habrían echado un pequeño cable a un menda que hubiera tratado de matarlos?
Pete, de hecho, lo había visto claro. El problema no era yo, sino mi empleo. Y yo no sabía cómo librarme de él, del mismo modo que no sabía cómo había ido a parar a un trabajo así. Yo...
¿Alguna vez os habéis parado a pensar en el trabajo? ¿En los empleos que la gente pilla, quiero decir? Igual ves a un fulano que es peluquero de perros, o a otro que está junto a la cuneta, armado con una pala y apilando estiércol de caballo. Y en ese momento te preguntas: ¿cómo es que el muy infeliz se dedica a algo así? Y el hecho es que el fulano tiene pinta de ser bastante listo, tan listo como todo el mundo, más o menos. ¿Cómo carajo puede ganarse la vida haciendo esas cosas?
En ese momento te sonríes un poco y lo miras por encima del hombro. Te dices que el menda estará chiflado, creo que me explico, o que igual no tiene ninguna ambición. Pero entonces te miras bien a ti mismo y de pronto dejas de hacerte preguntas sobre el otro tipejo... Cuentas con tus manos y tus pies. Andas bien de salud, tienes un aspecto presentable y en lo referente a la ambición... ¡pues tienes toda la que haga falta! Eres joven, si consideramos que un hombre de treinta años es joven, y eres fuerte. No tienes muchos estudios, pero sí más que muchos otros que han llegado a lo más alto. Y, sin embargo, a pesar de todo esto que tienes —a pesar de todo cuanto has podido usar para abrirte paso en la vida—, no has llegado demasiado lejos. Y algo te dice que tampoco vas a ir mucho más lejos, si es que vas más lejos en absoluto.
Y no hay nada que en este momento puedas hacer al respecto, por supuesto, pero no puedes evitarlo y sigues teniendo esperanzas. No puedes evitarlo y sigues preguntándote si...
... Si quizá fuiste demasiado ambicioso. Quizás ese fue el problema. No te veías trabajando cuarenta años seguidos para pasar de botones a presidente de la empresa de turno. Así que te pusiste a currar como vendedor a domicilio de suscripciones de revistas, de costa a costa. Y luego te salió otro empleo similar, que era un chollo, o eso parecía, por lo menos. Y estuviste metido en el asunto hasta que encontraste algo mejor, algo que daba la impresión de estupendo. Y de vender una cosa pasaste a vender otra: ofertas especiales de té y café, vajillas, pólizas de seguros a precio de risa, cupones para revelados fotográficos, parcelas en el cementerio, medias y calzas en general, concentrados de carne y lo que hiciera falta. Recaudaste fondos para las organizaciones de caridad. Compraste viejas piezas de oro. Volviste a meterte en las revistas y el café y el té. Te sacabas bastante dinero, doscientos al mes a veces. Pero cuando hacías el promedio, entre las buenas semanas y las malas, al final no era tanto. Cincuenta o sesenta a la semana, bueno, setenta a lo mejor. Más de lo que podrías sacarte, quizá, trabajando en una gasolinera o en un bar. Pero tenías que deslomarte para ganar aquella pasta, y seguías sin mejorar. Continuabas donde siempre, en el punto de partida. Y ya no eras un chaval.
Así que un día llegas a esta ciudad y ves este anuncio. Se busca vendedor puerta a puerta y cobrador de letras. Buenas ganancias para la persona trabajadora. Y te dices que quizás esta vez sí. El empleo parece estar bien; la ciudad tiene pinta de estar bien. Así que pillas el trabajo y te quedas a vivir aquí. Y por supuesto, ni el uno ni la otra están bien, son lo mismo que todo lo anterior. El empleo es un asco. La ciudad es un asco. Tú mismo das asco. Y no hay una sola puñetera cosa que puedas hacer al respecto.
Lo único que puedes hacer es seguir arrastrándote, como hacen los otros. Como hace el fulano que es peluquero de perros, y el fulano que se pasa el día apilando estiércol de caballo. Y detestas lo que estás haciendo. Y te detestas a ti mismo.
Y sueñas con que un día...
4
Vivíamos en una pequeña pocilga de cuatro habitaciones junto al límite del distrito comercial. El barrio no era ningún chollo, eso estaba claro. Nuestra casa estaba situada entre un negocio de desguace de automóviles y una vía secundaria del ferrocarril. Pero para nosotros sí que era un chollo. Allí estábamos igual de bien o igual de mal que en cualquier otro lugar. Ya podíamos meternos en un palacio o en una choza, que el resultado siempre era el mismo. Si la vivienda no era una pocilga en primera instancia, se convertía en pocilga en un dos por tres.
Todo cuanto hacía falta era que entrásemos a vivir en ella.
Entré mientras me quitaba el abrigo y el sombrero. Los dejé sobre la maleta del muestrario —la maleta por lo menos sí que estaba limpia— y eché una mirada en derredor. El suelo estaba sin barrer. Los ceniceros, atiborrados de colillas. Los periódicos de días anteriores, esparcidos por todas partes. Los... Maldita sea, nada era como tenía que ser. No veías más que suciedad y desorden, allí donde mirases.
El fregadero de la cocina estaba lleno de platos sucios; la cocina estaba sembrada de sartenes grasientas y pegajosas. Joyce se había hartado de comer, o eso parecía, y por supuesto había dejado la mantequilla y todo lo demás fuera de la nevera. Y ahora eran las cucarachas las que se estaban dando un festín. Aquellos bichejos verdaderamente vivían de fábula en nuestro hogar. Qué demonios, tenían mucho más para comer que yo mismo.
Asomé la cabeza en el dormitorio. Se diría que un ciclón lo había devastado. Un ciclón y una ventisca de polvo.
Abrí la puerta del baño de un patadón y entré.
Era uno de sus días productivos, supongo. Tan solo eran las siete de la tarde y hasta se había puesto algunas ropas. No muchas; apenas un liguero en la cintura, unas medias y unos zapatos. Pero en su caso, estaba lo que se dice la mar de bien.
Se pasó una barra de carmín por los labios, mirándome con los ojos entrecerrados a través del espejo del armarito de los medicamentos.
—Bueno, bueno, bueno... —dijo con voz arrastrada—. ¡Pero si es el rey en persona! Y tan amable como siempre.
—Muy bien —dije yo—. Puedes volver a ponerte la bata. Ya te he visto otras veces antes y sigo diciendo que por las aceras circula mejor material.
—¿Pero, cómo...? —Los ojos le centellearon—. ¡Si serás cabrón! Cuando pienso en todos los hombres estupendos de los que me olvidé para casarme contigo, no sé cómo...
—¿Que te olvidaste de ellos? Más bien querrás decir que te los trabajaste a todos, ¿no es eso?
—¡Eres un mentiroso del carajo! Yo n-nunca... —Dejó caer la barra de carmín en el lavamanos y se giró en redondo hacia mí—. Dolly —dijo—. ¡Dolly, cariño...! ¿Qué es lo que nos pasa?
—¿Y a ti qué te parece que nos pasa? —apunté—. Todos los días salgo a trabajar, me deslomo durante horas seguidas, ¿y qué es lo que saco a cambio? Lo que se dice nada de nada, eso es lo que saco. Ni siquiera una cena medio potable o una cama limpia. Ni siquiera un lugar en el que pueda sentarme sin verme invadido por un montón de cucarachas.
—Yo... —Se mordió la lengua—. Lo sé, Dolly. Pero siempre terminan por volver, los bichos esos, y da igual lo que haga. Y ya puedo pasarme el día entero trabajando, que este lugar siempre tiene la misma pinta. Y, bueno, yo creo que lo que pasa es que sencillamente me canso, Dolly. No le veo ningún sentido a la cosa. Aquí no hay nada que funcione como tiene que ser. El fregadero se atasca continuamente, y el suelo está lleno de grietas y...
—¿Y qué me dices de todos los sitios donde hemos vivido antes? ¿Es que te ocupaste de mantenerlos limpios y bonitos?
—Nunca hemos vivido en un lugar bonito de verdad, Dolly. Nunca hemos vivido en una casa que pudiera arreglar de verdad. Siempre nos hemos estado metiendo en agujeros como este.
—Querrás decir que esas casas se convirtieron en agujeros —contesté—, después de que te pasaras el día sin dar golpe, dejando que todo se fuera deteriorando. Porque a ti todo eso te importa una mierda. Maldita sea, para que lo sepas, tendrías que haber visto cómo se las arreglaba mi madre, lo bonita que siempre estaba la casa donde vivíamos. Éramos siete hermanos en un edificio de varias plantas sin agua caliente, en un barrio pobre, pero todo estaba siempre limpio y reluciente y...
—¡Ya vale! —chilló—. ¡Resulta que no soy tu madre! ¡Yo no soy ninguna otra mujer! Soy yo, ¿te enteras de una vez? ¡Yo, yo!
—¿Y estás orgullosa de serlo? —pregunté.
La boca se le abrió y se le cerró. Me dedicó una larga mirada morosa y volvió el rostro hacia el espejo.
—Muy bien —dije—. Muy bien. Estás hecha toda una princesita, y yo soy un canalla. Me hago cargo de que no lo tienes fácil. Me hago cargo de que todo iría mucho mejor si yo ganara más dinero, y ojalá pudiera, por Dios. Pero no puedo, y no me queda otra. Así que, ¿por qué no tratamos de tomarnos lo mejor posible las cosas como son?
—Contigo ya no hablaré más —dijo ella—. Tendría que haberme dado cuenta hace tiempo de que hablar contigo es perder el tiempo.
—Maldita sea —solté—. Lo siento, ¿vale? Me he pasado el día entero bajo la lluvia mientras tú estabas tumbada en el catre, y cuando vuelvo a casa me encuentro con una pocilga asquerosa, y resulta que estoy harto y cansado y preocupado y...
—Tú sigue con el rollo de siempre —espetó—. Sigue con tu rollo de rey de la casa.
—¡Ya te he dicho que lo siento! —dije—. Te pido disculpas. Y ahora, ¿por qué no sacas a esos animales tuyos de compañía de la mantequilla y me preparas algo de cenar?
—Hazte tú mismo tu maldita cena. Total, lo que pueda hacerte de cenar tampoco te va a gustar.
Dejó la barra de carmín y cogió un lápiz para las cejas. Un dolor fulgurante y cegador irradió por mi frente.
—Joyce —repuse—. Ya te he dicho que lo siento, Joyce. Te pido por favor que me hagas algo de cenar, Joyce. Por favor, ¿me has oído? ¡Por favor!
—Ya puedes seguir pidiendo por esa boca —contestó—. Es un placer decirte que no.
Siguió a lo suyo con el lápiz para las cejas. Como si yo no estuviera allí.
—Nena —dije—. Escúchame bien. Porque estoy hablando muy en serio. Más vale que muevas el culo de una vez y te metas en la cocina ahora que sigues teniéndolo pegado al cuerpo. Como sigas fastidiándome la vida un minuto más, juro que vas a necesitar una maleta para cargar con él.
—Qué monadas dices, de verdad —dijo ella.
—Hablo en serio, Joyce. Y es la última vez que te lo digo.
—¡Larga vida al rey! —Hizo un ruido con los labios—. Aquí tienes un besito, rey mío.
—Y aquí viene otro para ti —respondí.
El puñetazo se lo largué desde la altura del cinturón, el gancho de izquierda más fino de la historia. Joyce giró sobre los tacones altos de sus zapatos cayó sobre su trasero, hasta meterse de lleno en la bañera llena de agua sucia y jabonosa. Y por Dios que el chapuzón le estropeó el maquillaje.
Apoyé la espalda en la puerta, riéndome. Salió como pudo del baño, chorreando agua espumosa y viscosa, y echó mano a una toalla. Yo no le había hecho daño de verdad, ya me entendéis. Qué demonios, si me hubiera propuesto soltarle un gancho completo de abajo arriba, le habría arrancado la cabeza.
Empezó a secarse, sin decir palabra, y dejé de reírme, un poco. Pero entonces dijo algo que era para troncharse, pero que a la vez también resultaba un poco triste. Lo dijo con aire pensativo y con voz suave, como si fuera la cosa más importante del mundo.
—Este era mi último par de medias de las buenas, Dolly. Me has destrozado el único par bueno que me quedaba.
—Vamos, ya está bien... —respondí—. Te daré otro par. Tengo varios en la maleta del muestrario.
—Esas medias no puedo llevarlas. No terminan de ajustar bien en el talón. Ya veo que tendré que irme con las piernas al aire.
—¿Irte? —dije yo.
—Me voy. Ahora. Esta noche. No quiero nada de ti. Puedo empeñar mi reloj y mi anillo y sacarme lo suficiente para ir tirando hasta que encuentre un trabajo. Lo único que quiero es largarme de aquí.
Le dije que muy bien, si tantas ganas tenía de portarse como una tonta: sus zapatos del número cinco no estaban clavados al suelo.
—Pero creo que harías mejor en pensarlo un poco antes. Mejor harías en quedarte un tiempo, por lo menos, hasta que te salga un empleo. En un poblachón como este no hay clubes nocturnos, ya lo sabes.
—Ya encontraré algo. Ninguna ley me obliga a quedarme en esta ciudad.
—¿Y por qué demonios no buscaste un trabajo antes? —dije—. Si hubieras echado una mano, si hubieras tratado de ayudar en algo...
—¿Y por qué tenía que hacerlo? ¿Por qué iba a querer hacerlo? ¿Por qué iba a tener que ponerme a trabajar para un hombre que sería incapaz de decir una palabra amable en la mismísima iglesia? —Levantó la voz y volvió a bajarla—. Muy bien, Dolly, ya te lo he dicho antes. Yo soy yo, y no otra persona. Quizá tendría que haber hecho muchas cosas, y quizá tú también, pero no las hemos hecho y tampoco las haríamos si tuviéramos una segunda oportunidad. Y ahora, si me lo permites..., voy a asearme un poco.
—¿Y ahora a qué vienen todos estos malditos remilgos por tu parte? —dije—. Aún estamos casados.
—No vamos a seguir estándolo, si puedo arreglarlo. Y por favor, ¿vas a irte de una vez, Dolly?
Me encogí de hombros y eché a andar hacia la puerta.
—Muy bien —dije—. Me voy al centro a cenar alguna cosa. Buena suerte y da mis recuerdos a los chicos de la brigada antivicio.
—Dolly..., ¿es lo único que se te ocurre decir en un momento como este?
—¿Y qué quieres que diga? ¿Colorín, colorado, este cuento se ha acabado?
—¿No...? ¿No...? ¿No vas a darme un beso de despedida?
Volví la cabeza hacia el espejo.
—¿Eso? —dije—. Tienes tres oportunidades para responder a esa adivinanza, guapa, pero la respuesta sigue siendo que no.
Enfilé la puerta y le di la espalda como un maldito estúpido. Lo siguiente que pasó fue que recibí un porrazo en la cabeza con un cepillo para la ropa. Me dolió muchísimo, y los insultos que me estaba dedicando a gritos tampoco eran muy agradables. Pero no volví a sacudirle; ni siquiera le respondí con nuevos insultos. Ya había dicho bastante, pensé. Ya había hecho lo suficiente.
Maté un par de horas cenando y manipulando las fichas de mis clientes, y volví a casa.
Joyce se había ido, pero su recuerdo pervivía, no sé si me explico. Me había dejado un pequeño recuerdo. Las ventanas del dormitorio estaban abiertas de par en par, y la cama estaba empapada de agua de lluvia. Mi ropa..., bueno, pues ya no tenía más ropa.
Joyce había vertido tinta sobre todas mis camisas. Había echado mano a unas tijeras y recortado unos grandes agujeros en mi traje, el otro traje que tenía, porque no tenía más. Había cortado en trizas mis corbatas y pañuelos. Y había metido en el retrete todos mis calcetines y la ropa interior.
Una chica estupenda, ¿no os lo decía? Todo un primor. Si volvía a encontrármela, iba a tener que devolverle la broma de algún modo.
Puse manos a la obra y arreglé el estropicio en la medida de lo posible, y serían las dos de la madrugada cuando finalmente me tumbé en la sala de estar. Exhausto, quemado, haciéndome preguntas. No lo entendía, la verdad. Si un fulano no le gustaba y no tenía intención de llevarse bien con él, ¿por qué se había tomado tantísimo trabajo para pescarlo?
La había conocido en Houston hacía tres años. Yo por entonces estaba al cargo de un equipo de vendedores de suscripciones de revista, y ella trabajaba como chica de los cigarrillos en un garito de mala muerte al que me acercaba casi cada noche. Y bien, desde el principio empezó a darme cuartelillo. Por la forma en que se apretaba contra mi mesa, uno pensaría que Joyce venía a ser un segundo mantel. Me resultaba imposible echar un trago sin verla a través del culo de mi vaso. Y... Y, bueno, una cosa llevó a la otra, y empecé a acompañarla a casa al final de su turno. ¿Y qué otra cosa va a hacer un fulano, cuando la chica insiste en ofrecérsele de esa forma? Durante varias noches la dejé en su puerta, y ella una noche me dejó pasar al interior. Y tenía uno de esos pequeños apartamentos modernos tan bonitos. Yo nunca había visto ninguno igual. Supongo que en el edificio contaban con servicio de limpieza, y como Joyce vivía sola, tenía el pisito muy apañado. Tampoco es que yo me pusiera a inspeccionarlo. En aquel momento tenía otra cosa en mente. Así que le dije: ¿cómo lo ves si nos lo montamos, guapa? Y... ¡patapam! Al momento me soltó un guantazo en los morros. Di un respingo y me dirigí hacia la puerta. Se puso a llorar. Me dijo que la tomaría por una cualquiera si me decía que sí, que no querría casarme con ella y que luego siempre se lo echaría en cara. Y yo entonces le dije: vamos, guapa, no te lo tomes así. ¿Qué clase de hombre piensas que...?
¡No, no, un minuto! Me parece que lo estoy confundiendo todo. Creo que fue Doris quien se puso en ese plan, la chica con quien estuve casado antes de Joyce. Pues sí, seguro que fue Doris... ¿O fue Ellen? En fin, tampoco es que importe mucho; todas eran muy parecidas. Todas resultaron ser lo mismo. Y, bueno, como decía, le dije: ¿qué clase de hombre piensas que soy? Y ella entonces dijo... Todas ellas dijeron... Creo que eres un buen tipo. Y yo... me quedé dormido.
Darmowy fragment się skończył.