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CLAROSCURO

Javier González Alcocer

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Editado por Tregolam (España)

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1ª edición: 2021

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Para Pilar, mi esposa,

para Javier, mi hijo,

y para Beatriz, mi madre

Convivimos con personas de las cuales creemos saberlo todo. Es un error, en ocasiones la verdad es cruel y dolorosa.

Casualidad: combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar; acontecimiento fortuito.

Los muertos y los vivos, por mucho empeño que pongan en no coincidir, entremezclan sus existencias.

En un pueblo de Valladolid, invierno de 1987

El invierno comienza a ceder en su fuerza. Los últimos días de febrero se dejan tentar por temperaturas menos radicales.

En el pueblo de Rodón, a las seis de la tarde, los únicos lugares donde se agrupa la gente es en los cafés; las calles se encuentran escasas de transeúntes. Con la proximidad de la noche, que un habitante de la localidad se deje ver en el cementerio es algo inusual, esa contingencia ellos ya la conocen.

Los dos muchachos han saltado la tapia sin ningún problema, son adolescentes en buena forma física, acostumbrados a hacer deporte. Recorren el camposanto leyendo las distintas tumbas, hasta que la voz de uno de ellos logra que ambos se detengan junto a una lápida.

—Perfecto —comenta el que ha visto la tumba—, ya tenemos cada uno solucionada la huida.

—Sí, Rafael suena bien, me gusta el nombre —sentencia con voz firme el otro—. Este muerto me lo quedo yo.

CAPÍTULO PRIMERO

Todavía no ha amanecido, los últimos jirones de la noche persisten en ser amos y señores; las calles de la capital inician el nuevo día, con la pereza de un oso que ha concluido su hibernación.

El autocar, mientras permanece aparcado junto a la acera, mantiene el motor apagado y las luces de emergencia encendidas. Corta uno de los dos carriles de la calle López de Hoyos, pero debido de lo intempestivo de la hora, el tráfico no se ve afectado.

Manuel, el conductor del vehículo, un hombre cuarentón de estómago prominente, con rostro de Papá Noel, va cerrando, uno a uno, los portones laterales que llevan el equipaje; comprueba de manera metódica, que queden bien afianzados.

Se sitúa junto a la puerta delantera y observa cómo los últimos integrantes del grupo, que hacían fila para subir, se adentran en el autobús; del interior llega el sonido de voces que se expresan en tono menguado, pero excitadas ante la proximidad de la marcha.

—¿Ya están todos? —le pregunta a la mujer que se encuentra a su lado.

María vuelve la cabeza hacia el conductor, frisa los cuarenta años, pero su energía y carácter jovial, unido a un rostro todavía respetado por las arrugas, la hacen parecer más joven.

—Sí —responde con esa voz cantarina que sus alumnos conocen tan bien—, estamos al completo. Curso segundo A de bachillerato del instituto Jorge Manrique, listo para su viaje de fin de estudios.

Mientras Manuel sube los tres escalones y se acomoda frente al volante, María hace corrillo con varios de los padres que han venido a traer a sus hijos.

—Cuídelos —le dice una madre, vestida con chándal y el pelo algo alborotado.

—Más bien, intente que no acaben con usted —el comentario viene de un padre, hombre de estatura elevada, que a esa hora tan temprana ya va perfectamente afeitado y vestido de manera pulcra.

La profesora sonríe, antes de responder:

—Son buenos chicos, lo pasaremos bien, y sé que no van a dar ningún problema —añade haciendo un gesto que abarca a todos con sus manos—. Podéis estar tranquilos.

Cuando el autocar echa a andar lentamente, los familiares que quedan en la acera dedican los últimos saludos de despedida con sus manos en alto. Dentro del vehículo, alguno devuelve el gesto, para regresar con rapidez a la conversación que compartía con sus compañeros.

Un minuto después, una curva en la calle hace desaparecer el transporte; las madres y padres se encaminan a sus obligaciones diarias, con un pensamiento en su cabeza: “Ojalá el conductor sea un hombre prudente.”

El destino que tiene el viaje, elegido por la mayoría de los alumnos, es París; aunque jamás llegarán allí.

Veinte años después, primavera del 2007

Como muchas alboradas, sus ojos están abiertos. Una noche más el sueño ha sido escaso, otra madrugada de parsimonioso insomnio le anuncia un día de cansancio en todo su ser. Durante la primavera se acentúa el despertarse a las pocas horas de haberse acostado, y ya no encuentra manera de regresar al descanso nocturno. “Es en esta época cuando los recuerdos se recrudecen, durante el resto del año se mantienen más adormecidos, pero al aproximarse la fecha de aquel viaje, todos los rostros regresan para que jamás los olvide.” Permanece acostada sobre su perfil derecho, mirando por la ventana que, poco a poco, le anuncia que el día va dejando atrás a la noche. Los pensamientos se le agolpan, descarrilando, como en otras ocasiones, sobre los más confusos. “Me queda esa sensación indefinida que tengo dentro de mí, que me asalta de forma inesperada, de que algo no está en su lugar adecuado. Miro a todas partes buscando el motivo de esta intranquilidad, y no logro dar con nada que amortigüe la opinión de encontrarme ante algo que no soy capaz de distinguir.”

La mujer, incapaz de permanecer por más tiempo en la cama, se levanta. Conoce bien cada rincón de su casa, por lo que no enciende las luces. Llega hasta la cocina, donde comienza a prepararse un café. “Ojalá lograra quitarme de mi cabeza este sentimiento de frustración por no poder discernir qué es lo que no puedo encajar. Le doy vueltas y vueltas, pero mi cerebro se niega a darme la solución. A veces tengo la impresión de estar ciega.” Eva Garcilaso suspira profundamente, como el vencido en la batalla.

—¡Despierta, despierta! —el hombre mece con suavidad el hombro de la mujer que yace a su lado en la cama, esta se agita mientras susurra vocablos ininteligibles. Él insiste levantando unos decibelios el tono—: ¡Despierta, cariño!

Ella abre los ojos, su mente todavía continúa vagando por el mundo de los sueños. Tarda unos segundos en despertar del todo y darse cuenta de que se encuentra en su habitación, junto a su esposo. Tiene el cabello empapado en sudor, y unos escalofríos le recorren las entrañas; se abraza con fuerza al cuerpo de su marido.

—Tranquila, ya ha pasado, estabas teniendo una pesadilla —la cobija contra su torso, mientras le mesa la melena de pelo lacio.

—Quería despertar, pero no podía —son sus primeras palabras, con tono ronco, vacilante.

—Pero ya lo has hecho, y estás aquí conmigo —la besa suavemente en la frente.

—Estaba en una cueva —las imágenes de la pesadilla acuden a su cabeza, en fragmentos rotos como pedazos de papel de una hoja escrita y arrojada al viento—, ante mí pasaba mi hermana y otros compañeros de su curso, pero su cabeza no era más que una calavera y sus ropas recubrían tan solo un esqueleto —se refugia aún más contra el cuerpo de él—. Querían tocarme y sus bocas desdentadas hablaban, pero yo no entendía nada de lo que querían decirme, era horrible. Todos, todos…

—Ya, ya ha pasado —desliza su cuerpo hasta situar su rostro junto al de su mujer, le acaricia el rostro con ternura—. Estamos juntos en nuestra habitación, en nuestra cama. Nadie te va a coger ni a tocar —sonríe buscando que ella se anime, que olvide el mal sueño.

Verónica le corresponde por fin, le besa en la boca y siente cómo la barba de Alfredo le acaricia su piel.

Media hora más tarde, Alfredo observa cómo su mujer prepara el desayuno, café y tostadas para ambos. “Nunca acaban por desaparecer esos sueños, hay épocas de mayor tranquilidad, pero en cuanto se acerca la fecha, regresan para atormentarla.”

La música sale del interior de los coches, a la máxima potencia que dan los equipos instalados en ellos, desparramándose por el aire de la madrugada del jueves.

Se han congregado más de treinta automóviles, los jóvenes que han llegado beben y danzan como si fueran guerreros de una tribu, en la que el alcohol y el ritmo machacón y estridente fuesen sus dioses.

El terreno, un vasto espacio donde viejos muros permanecen a duras penas en pie, tiene repartida una multitud de piezas y utensilios desvencijados, recuerdo de que un día tuvo vida y actividad; ahora solo es un lugar que da cobijo a fiestas clandestinas, botellones lejos del control de las autoridades.

—Montemos un escenario —es una muchacha de casi dieciocho años al que pronuncia estas palabras; viste pantalones ajustados, camiseta de marca y zapatos de tacón. Sus ojos verdes están vidriosos, el alcohol comienza a tomar el control de sus ideas y de su cuerpo.

Está rodeada de un grupo de varios chicos y chicas, semejantes a ella en la cantidad de bebida consumida.

—¿Qué dices? —le pregunta otra joven que se mueve bailando de manera distorsionada.

—¡Que montemos un escenario! —alza la voz, de manera que su frase se convierte en un chillido que atrae la atención del resto de sus amigos.

Aprueban la idea al unísono, cavilan dónde colocarlo y qué utilizar para instalarlo. Intercambian distintas opiniones, y ello conlleva que más gente del resto de la fiesta, todos de alguna manera se conocen, intervenga en la diatriba.

Deciden colocarlo junto a la pared más alta, un muro de seis metros de altura que en su día formaba un rectángulo con otros tres. Todo el conjunto formaba una nave de trescientos metros cuadrados.

Como base apilan unos bidones herrumbrosos, los van girando hasta situarlos cercanos, unos a otros. Como plataforma eligen una plancha de hierro: cinco metros de largo por dos de ancho; algunas de las chicas ya se imaginan bailando encima. Se aúnan cuatro de los chicos para levantarla, resoplan mientras la ponen encima de los improvisados pilares.

Colocan los coches de manera que los faros alumbren de manera indirecta el improvisado tablado. La música se eleva más todavía y varias de las chicas se animan a bailar sobre la plancha de metal, primero de manera algo modosa; después, los movimientos se dejan llevar, y cada una de ellas ejercita el sonido a su manera.

Mario está obnubilado viendo cómo se mueve Candela en el escenario; no es su novia, ni tan siquiera han intimado, pero algo le dice que esta noche puede ser que acaben liándose. Mientras su mente vaga sobre esta posibilidad, sus pies se mueven sobre la tierra que hasta hace poco ocupaba la plancha de hierro; otros amigos suyos aporrean la misma superficie, levantando en ocasiones jirones de arena.

Candela, exhausta, acaba bajándose de la tarima; sus pasos la llevan hasta el grupo de amigos con los que ha venido, en el que se encuentra Mario. Se sitúa a su lado y lo mira a los ojos mientras le dice:

—Estoy muerta.

—No me extraña, no has parado desde hace un buen rato —le contesta Mario, se acerca para hablarle al oído—: Bailas muy bien.

—Gracias —responde ella pensando que Mario es muy guapo. Sabe, como solo la intuición de las mujeres puede adivinarlo, que la desea. Por un instante sus ojos van del rostro de él hasta el suelo, quizás para evitar que Mario pueda ver que ella también lo ansía.

Mario está esperando que le vuelva a mirar para decirle que se tomen algo juntos, más apartados del resto, pero los ojos de Candela no regresan, él tan solo puede ver su pelo negro. De repente, ella lo mira y le dice algo que no acaba de entender. Mario frunce el ceño antes de hablar:

—No sé qué dices.

Candela sonríe un momento, por sus venas el whisky corre libremente. Esquiva a Mario, da dos pasos y se agacha; no dobla las rodillas, vestida con una minifalda negra, el joven tiene la oportunidad de disfrutar de una perspectiva de las piernas de Candela, hasta un límite más allá de lo aconsejable para muchas madres.

Mario no acaba de entender por qué Candela no se incorpora, y tampoco por qué cuando lo hace, suelta un grito que consigue acallar el ruido infernal que dominaba el ambiente. Lo han escuchado todos; tocados por una corriente invisible que les une, acallan los equipos de música. Se escuchan las primeras disquisiciones, ambiguas, perdidas en su forma.

—¿Qué ocurre?

—¿Quién ha gritado?

—¿Pasa algo?

Mario se encuentra con los ojos de Candela, que lo mira sin decir nada; analiza su mente embotada de alcohol. Al incorporarse, ella ha tirado algo hacia el cielo.

—Es, es… —balbucea Candela.

El joven se acerca hasta la muchacha, de alguna manera es consciente de que el ruido ha desaparecido; por ello, su pregunta la escuchan todos excepto una pareja que está apartada, dentro de un coche, en una posición bastante placentera para ambos.

—¿Qué te pasa, Candela?

Ella tarda en responder, su voz sale compungida, su mirada va hacia donde ha arrojado lo que recogió del suelo:

—Es una mano —su mirada se fija en el suelo, unos metros más allá de donde se encuentran.

Mario frunce sus cejas, pasa de largo junto a ella y camina hasta donde le dirigen los ojos de Candela. Surgen rumores entre los otros jóvenes, pasos inciertos, parejas que se dan la mano de manera inconsciente.

Mario pone su rodilla en tierra; sus dedos, finos y largos, rozan los huesos de un miembro semejante al suyo, en cuyo dedo anular brilla un anillo que es de oro. Fue lo que hace un escaso minuto llamó la atención de Candela, que logró que desviara su mirada de Mario.

El joven se incorpora lentamente, mira hacia atrás y sus grandes ojos abarcan el improvisado escenario, las dos chicas que permanecen en él, los coches con sus maleteros abiertos, el confuso grupo de jóvenes de su misma edad que se encuentran allí. Las palabras le salen autónomas:

—Es una mano —hace una pausa antes de añadir—: Es el esqueleto de una mano.

El coche se detiene frente a la cancela, es vieja de aluminio descolorido por el tiempo; una figura se acerca corriendo y la abre. El automóvil, momentáneamente detenido, reinicia la marcha parsimonioso, como un caracol que se ha tomado un descanso en un jardín soleado.

La misma persona que ha franqueado el paso al vehículo se sitúa a la altura del conductor y le indica que le siga; con la mano le hace gestos inconfundibles. Los dos hombres que van dentro del coche no quitan los ojos de la figura que les precede; esta se detiene, gira sobre sí misma, y se acerca hasta el coche.

—¿Son policías? —hay algo de intranquilidad en el rostro del joven, que desaparece cuando ambos ocupantes le muestran sus placas.

Durante unos momentos el muchacho no aparta la vista de las identificaciones policiales, hasta que estas regresan a su lugar de origen, los bolsillos interiores de las chaquetas de los agentes.

—Está ahí tirada, tendrán que bajar para verlo —son las palabras que le salen a Mario.

La puerta del acompañante del conductor se abre con lentitud, el hombre que hasta ahora ocupaba el asiento lo abandona. Es de estatura media, complexión delgada, con el pelo moreno rizado y facciones regulares que le confieren un rostro normal, en el que destacan unos ojos verdes de mirada apacible. Observa al joven, vestido de manera tradicional, pero con el rostro níveo, en el que tiene incrustados unos ojos que muestran el nerviosismo que lleva dentro; el inspector Javier Tordo deja que su templada voz salga de sus labios bien delineados.

—¿Qué ocurre? —mientras pronuncia las dos palabras se acerca a Mario, controlando que sus manos estén siempre a la vista. Sabe que su compañero se encuentra atento a todo, le imagina recorriendo con ojos de búho, detrás de las gafas, toda la escena.

—La vimos por casualidad, tirada en la arena —la mirada de Mario abandona el rostro del inspector, y se dirige hacia un lugar indeterminado.

Sebastián Yagüe tiene una cabeza proporcionalmente más grande que el resto de su cuerpo, que es flaco y de estatura elevada. La boca muestra casi siempre un rictus de seriedad, que se acompasa con un entrecejo fruncido; sus ojos oscuros están en un continuo estado de desasosiego. Sus casi cincuenta años se le marcan profusamente en las arrugas de su frente y en las bolsas bajo sus ojos.

Ha bajado a tiempo de escuchar las palabras de Mario. Mira a su compañero, que enarca las cejas en un rictus de incomprensión; ambos hombres fijan su atención en la misma dirección que llevan los ojos de Mario.

Es el inspector Javier Tordo el primero en echar a caminar, Mario lo sigue unos pasos por detrás; cierra la comitiva el subinspector Sebastián Yagüe, próximo al muchacho, atento a cualquier gesto extraño por parte de este.

Los ojos verdes del inspector abarcan, de manera alternativa, la chatarra acumulada en distintos lugares; montones de destartalada maquinaria. El alba, que todavía impera con su luz escasa sobre todo el terreno, no le permite identificar con claridad de qué tipo de desvencijado utillaje se trata. Pero sus ojos buscan un cuerpo, que es lo que su mente ha intuido al escuchar las palabras del joven; aguza su mirada en pos de esa idea, pero no encuentra nada.

Javier se detiene, gira la cabeza para interrogar a Mario, que se ha parado en cuanto lo ha hecho el inspector.

—No veo a nadie tirado en la arena —es un tono mesurado, de absoluta calma, procedente de alguien paciente.

Mario, sin decir nada, reinicia la marcha, pasa junto a Javier, y unos metros más adelante se detiene. Desde la perspectiva de ambos policías, es como si el muchacho hubiera decrecido unos centímetros.

—Parece que donde está, el terreno estuviese más bajo —Sebastián dirige las palabras a su compañero, aunque no aparta la vista de Mario.

Javier camina hacia donde se encuentra el chico, dejando atrás el comentario del subinspector; no solo el descenso de estatura del joven ha llamado su atención, no aparta la vista de un objeto que no logra visualizar con claridad. Se detiene antes de meterse en ese pliegue del terreno, se coloca en cuclillas y observa a escasos dos metros lo que atraía su mirada. Los pasos de su compañero no consiguen que distraiga su atención.

Sebastián queda un segundo junto a su superior, después lo adelanta, teniendo cuidado en no interponerse en su camino. No llega tampoco a la pequeña vaguada donde está Mario, pero se acerca lo suficiente hasta el objeto antes de que su voz transcriba lo que ve:

—Restos de una mano, solo los huesos.

Ambos policías se miran desde la distancia, se alzan desde sus posiciones de observación. Javier delimita que la zona que se hunde es un rectángulo de unos cinco metros de largo por algo más de un metro de ancho.

—¿Cómo te llamas? —dirige la pregunta a Mario, que permanece petrificado mirando la esquelética mano. La voz del inspector le saca de sus pensamientos, y se vuelve hacia él, que aguarda una respuesta.

—Mario García —la voz es tenue.

—¿Cómo la encontrasteis? —realiza la disquisición usando adrede el plural.

—La vimos anoche…

Al inspector no se le ha escapado que el joven ha aceptado el plural, por lo que interrumpe la respuesta del joven.

—¿Quiénes disteis con ella?

Mario recapacita, sabe que ha cometido una torpeza, teniendo en cuenta las conversaciones con sus amigos ante el hallazgo

—Quería decir que yo la vi…

—Si no quieres que te acuse inmediatamente de perjurio —Javier ha valorado que el joven está nervioso, que su rostro muestra lo que son señales de una noche de fiesta. Ha utilizado el plural en las primeras palabras, así que presionarle acusándole de mentir a la autoridad debería dar los frutos deseados. Su tono, hasta ahora pausado, por unos instantes se vuelve seco y frío—: No te inventes nada.

Mario recapacita, es el único que optó por avisar a la policía, los demás dijeron que no querían saber nada, que si llegaba la autoridad y les pillaban con todo lo que tenían allí para colocarse, se les caería el pelo. Le advirtieron que lo negarían todo, que jurarían que nunca habían estado en aquel lugar. Candela le dijo adiós con la mano mientras se iba en el coche de sus amigas, no es como esperaba acabar la noche. Sus palabras salen lentas, pero sin titubeos:

—Estábamos de fiesta, ya saben, música, algo de alcohol —no tiene ninguna intención de mencionar las otras sustancias—, y alguien propuso montar un escenario —su mirada, por unos segundos, va hacia la improvisada tarima del fondo—. Quitamos unas planchas de aquí, pesaban mucho —hace una pausa antes de añadir—: Al cabo de un rato, vi eso en el suelo.

Javier medita la declaración del joven. “Jóvenes de fiesta, alcohol, música y drogas. Por eso te has quedado tú solo, los demás estarán muy preocupados con lo que llevaban encima. Aunque lo relevante es lo que está tirado en el suelo, así que por ahora, el festejo es lo de menos.”

—Acércate —le dice con un tono de calma.

Mario obedece y llega hasta Javier, que le indica con la mano mientras habla:

—Mira dónde estabas —le deja unos segundos para observar—. ¿Fue de esa zona de la que recogisteis las planchas?

Mario asiente con la cabeza y responde sin que le falle la voz:

—Sí, seguro, las levantamos de allí.

Sebastián se ha acercado hasta el escenario, usando los pies calcula una medida aproximada y después regresa a la zona más hundida del terreno; coteja las dimensiones.

—A primera vista encaja, y el peso de esas planchas explicaría por qué esta zona está más hundida —levanta la mirada y la cruza con la de Javier—. Podría ser una especie de agujero, con arena que lo cubre.

Ya hay más luz, el día va ganando terreno poco a poco, aunque un cielo encapotado se niega a proporcionar la claridad que ansía el inspector Tordo.

Recorre el perímetro rectangular. “Desearía percibir qué hay dentro, tener una vista como la de esos superhéroes del cine.” Abandona esa idea y se agacha con parsimonia ante lo que le parece una protuberancia en el suelo. Viste un abrigo corto de color gris, recién comprado en una tienda de la calle Ayala; saca uno de los dos bolígrafos que siempre lleva, y como si fuese un niño en la playa, empieza a juguetear con la arena.

El subinspector Yagüe se acerca hasta él con pasos cortos, de vez en cuando mira a Mario, que tiene toda su atención fija en el inspector.

Pasan los minutos, la mano diestra de Javier parece el brazo de una excavadora en miniatura, que realiza un trabajo delicado y meticuloso.

Ninguno de los tres puede decir cuánto tiempo transcurre; hipnotizados por un encantador invisible, han olvidado el correr de los minutos. Es Mario el que rompe el silencio. Su voz es clara, su aseveración no muestra dudas, como si fuera un renombrado profesor dando una clase magistral:

—Es un cráneo.

La policía científica tarda media hora en llegar. Javier Tordo ha obviado llamar a sus compañeros de la comisaría, ha preferido recurrir a la autonómica y, más concretamente, a alguien de la que conoce su gran capacidad de trabajo. El juez de guardia llega cinco minutos después. Javier les explica la situación y lo que han encontrado.

El juez Joaquín San Pedro es un hombre de baja estatura, dejó de luchar con su peso hace tiempo, cuando comprendió que el deporte no iba con él, y prefirió seguir disfrutando, con moderación, de una buena comida o un buen vino, acompañándose de vez en cuando de algún puro exquisito, la pipa es el sustituto ocasional.

San Pedro camina hasta el lugar donde se encuentran los restos, le siguen Tordo y la inspectora Paloma Roncal, una mujer morena de piel y pelo, que anuda en una coleta, de rostro serio que roza la cuarentena, aunque lo mantiene alejado de afeites, excepto en determinadas ocasiones. Es la que dirige uno de los equipos de la policía científica. Quedan atrás, como espectadores sin entrada de una representación de un teatro, en el que el guion se escribe sobre la marcha, dos ayudantes de Paloma, el chófer del juzgado que ha trasladado al juez San Pedro, y Sebastián, el compañero de Tordo, que junto a su coche custodia al joven Mario sentado en su interior.

Los inspectores Javier y Paloma ya se conocen, aunque no tienen, ni mucho menos, una relación estrecha, tan solo la que ha surgido de las aportaciones del trabajo de ella en dos investigaciones de él; con el juez San Pedro, Javier es la primera vez que trabaja.

—¿Qué tenemos, inspector? —el tono es riguroso, no por ello despectivo; se expresa mientras contempla los restos que hay sobre la arena, como si fueran la secuencia de una vieja película de vaqueros.

Javier Tordo pasa a relatarle las circunstancias que conoce hasta el momento: una fiesta nocturna, el descubrimiento de un resto humano, y la posterior aparición de otro.

—¿El muchacho que tienen en el coche es quien les avisó? —Joaquín recorre con paso lento el perímetro exterior de la superficie arenada.

—Sí —responde el inspector—, los demás no quisieron saber nada y se largaron.

Joaquín lo mira con sus ojos azules, expresivos y tremendamente curiosos; no le hace falta pronunciar ninguna palabra para obtener una respuesta a una pregunta que resulta obvia.

—No creo necesario que busquemos al resto de la gente que se encontraba aquí anoche, las declaraciones van a ser las mismas que las del joven —Tordo decide dar un dato más—: Mario García es su nombre.

Joaquín se detiene, echa un vistazo a su alrededor para después mirar alternativamente a los dos policías.

—Hagan su trabajo —omite el decir ‘correctamente’, lo ha subrayado con su tono—, y manténganme informado de las novedades que encuentren.

Se despide alzando la mano, su paso mantiene un ritmo tranquilo, muy similar al de su voz.

—Iremos sacando la arena con cuidado —desde que llegó, Paloma está valorando cómo realizar su trabajo, localizando el lugar donde amontonará la sílice que vaya acumulando. Sumergida en sus pensamientos, la voz de Javier le llega lejana, aunque se encuentra a su lado:

—Nos vamos a comisaría, si encuentras algo, me llamas.

Paloma asiente sin decir nada, todo lo que no sea la labor que tiene por delante, queda traspasado a un segundo plano. Al alejarse, Javier la escucha decir:

—Hay que mover mucha tierra, tendré que traer a todos los miembros de mi equipo —como colofón, una cuestión que ya baraja la mente del inspector—: A ver qué encontramos ahí debajo.

Son las siete de la tarde cuando el tono de llamada de su teléfono móvil le indica a Javier Tordo que alguien le requiere. Se lleva la mano al bolsillo de su abrigo, y sin dejar de emplear el paso rápido con el que habitualmente camina, echa un vistazo para ver el nombre que sale en la pantalla; al leerlo pulsa la tecla que abre la comunicación.

—Buenas tardes, Paloma —esquiva a un hombre que, como él, habla por un móvil con la cabeza gacha.

—Hola Javier, deberías pasarte por aquí. ¡Ponedlo al otro lado! —sigue un momento de silencio—. Perdona, es que he traído más material y lo estoy organizando —no deja que Javier la interrumpa—. Como te decía, lo mejor es que vengas en cuanto puedas.

Sabe que Paloma es una profesional competente, curtida en muchos casos. Le ha llamado la atención que las dos veces que le ha indicado que vaya, ha bajado su tono de voz.

—De acuerdo, no tardaré mucho en llegar.

No hay despedidas por parte de la inspectora de la policía científica. Javier regresa a su domicilio pensando que la ropa de deporte que lleva en la bolsa deberá esperar a otro día para ser utilizada.

La primavera no lleva instalada en la capital el tiempo suficiente como para que las horas de luz lleguen hasta las ocho de la tarde. Cuando Javier llega al recinto decrépito y abandonado, la oscuridad impera por todas partes. Solo se encuentra apartada de un lugar, aquel donde potentes focos iluminan una zona de trabajo.

Javier cuenta hasta diez agentes de la unidad científica, ralentiza sus pasos dejando que su mirada vague por el entorno; una mirada indiferente para un neófito, calculadora para los que han sufrido su persistencia y perseverancia.

Hay unas mesas de trabajo sobre las que están diseminados huesos humanos. Se acerca hasta esa zona y sus ojos centran su atención en las osamentas. Su mente trabaja al tiempo que observa. “Paloma ha traído muchos agentes, y lo cierto es que, visto lo que hay aquí, se va a necesitar un amplio dispositivo para cuadrar semejante galimatías. Esto parece un macabro puzle.” No hay tiempo para que continúe elucubrando, una voz a su espalda le saca de sus pensamientos:

—No esperaba semejante panorama cuando llegue aquí esta mañana.

Javier no se da la vuelta, persiste en observar los restos de los que fueron algún día seres humanos; la inspectora Roncal se coloca junto a él.

—¿Cuántos cadáveres habéis encontrado? —formula la pregunta al tiempo que recuenta cráneos, de cuencas vacías, semejantes a puertas entreabiertas que aguardan ser escuchadas.

—Hasta el momento tenemos veinticinco calaveras y cientos de huesos —no hay queja en su tono, más bien tesón; Paloma sabe que se encuentra ante un caso espectacular.

Javier se gira, por un momento mira a Paloma, un breve análisis le lleva a pensar que es una mujer muy atractiva. Aparta el pensamiento y camina hasta el lugar donde esta mañana jugueteaba con su bolígrafo y desenterraba el primer cráneo. Hay montones de tierra algo más lejos, donde un par de técnicos se dedica a cribar la arena; parecen antiguos buscadores de oro, solo que las pepitas que encuentran son pequeños huesos.

Por un momento, se le vienen a la cabeza las imágenes de las fosas comunes encontradas en los campos de concentración nazis: un enjambre de esqueletos humanos reposando en el sueño eterno.

—Como ves, es una especie de piscina; por el lugar donde nos encontramos, que es un viejo taller de autobuses, diría que es el tipo de foso que hay en los talleres mecánicos para mirar bajo los autocares.

Javier recuerda la chatarra amontonada en distintos lugares, la ubicó dentro del sector de la automoción, con vehículos completamente desguazados. Asiente al comentario de su compañera, que prosigue hablando:

—Esos lugares suelen tener alrededor de un metro y medio de profundidad —aparta la mirada de Javier, que continúa observando la disposición de los esqueletos—. Ya estamos en el fondo; bajo esa arena que ves, hemos comprobado que solo hay hormigón.

—¿Cuándo crees que tendrás todos los cuerpos fuera? —Javier la escruta con la mirada, alejando el más mínimo desorden en su cabeza.

—Trabajaremos toda la noche, antes del alba no quedará nada ahí dentro —señala con la cabeza hacia el lugar del enterramiento, lo que le permite poner distancia con el inspector.

—¿Habéis encontrado alguna identificación? —antes de que Javier termine la frase, Paloma saca del bolsillo de su mono de trabajo una bolsa de plástico; dentro va un carnet de identidad.

El inspector, con gesto pausado, recoge de la mano de ella el envoltorio, quizás hay un segundo de más en el roce de sus dedos y en la mirada que entrecruzan.

Javier, sin mediar palabra, se aleja hasta su coche; del maletero saca unos guantes de látex, que le permiten manipular las pruebas sin dejar marcas. Se sienta dentro de su automóvil y extrae el carnet plastificado: es la foto de un muchacho a la izquierda, lee el nombre y los apellidos en un susurro:

—Carlos Gómez de Vivar, nacido el ocho de julio de mil novecientos setenta —añade realizando una rápida cuenta—: Ahora tendría treinta y siete años.

Sale del vehículo y regresa al recinto; Paloma, que le ve acercarse, acorta el camino andando hacia él.

—No hemos encontrado más —lo dice adivinando su interpelación, antes de que la pronuncie.

Javier sonríe un instante ante la presunción de ella al adivinarle el pensamiento, y deja escapar otra pregunta:

—¿Siempre adivinas?

—En muchas ocasiones interpreto a la perfección mi papel —no hay vanidad en su voz, sino algo más esquivo.

Javier, sin dejar de mirarla, saca su teléfono móvil. Se pone en contacto con su comisaría y pide a un compañero que introduzca en el ordenador el nombre que aparece en el carnet de identidad.

—Desaparecido en el año 1987 —es la contestación que recibe de Luis, un subinspector de mediana edad al que Javier puede imaginar colocándose las gafas de pasta para leer en la pantalla del ordenador—. ¡Coño! —exclama la voz que le llega al tímpano del inspector.

—¿Qué pasa, Luis? —inquiere Javier, ahora puede verle pasándose la mano por el mentón, en el que luce una eterna perilla de color rojizo.

—Este es uno de los que iba en aquel autobús que nunca se encontró.

—Refréscame la historia, no recuerdo ese asunto —Javier busca en su memoria, pero sabe que hace veinte años, todavía le quedaban dos para entrar en el cuerpo.

—Hace dos décadas, una clase de chavales de instituto se iban de viaje, pero desaparecieron, ellos y el transporte en el que iban —Javier empieza a recordar, lo leyó en los periódicos, que lo calificaban como el caso más trágico acaecido en España. Un asunto polémico, que aglutinó hojas y hojas de prensa; la falta de pruebas y el tiempo lo fue arrinconando en el olvido.

El inspector sabe que Luis es un hombre práctico, poco dado a los detalles, por lo que decide hacerle una petición más:

—¿Cuántos integraban el viaje?

Un momento de silencio antes de responder, el tiempo que tarda el subinspector en encontrar el dato:

—Treinta y siete alumnos, una profesora y el conductor.

—Gracias, Luis —Javier no desea que su compañero le haga preguntas, de ahí lo rápido que corta la comunicación.

Durante la conversación, Paloma no ha dejado de mirarle. Ahora que el inspector ha colgado, sus ojos castaños le interrogan.

—Tienes que encontrar catorce cráneos más —da un paso hacia ella, y mesurando la voz añade—: Y un autocar.

Paloma no dice nada, al cabo de un momento gira la cabeza en ambas direcciones; ella también identificó los restos diseminados como piezas de vehículos.

El juez Joaquín San Pedro lleva entre sus labios una pipa apagada, regalo de Navidad de su mujer e hijos; no tiene humor para fumar, pero el gesto de colocarla en su boca ha sido mecánico.

Son las nueve de la noche y una llamada del inspector Javier Tordo le ha levantado de la mesa en la que, junto a su familia, estaba empezando a cenar; quince minutos después, un coche oficial le recogía. Está a punto de llegar al escenario de una pesadilla.

Durante el día realizó alguna discreta averiguación para saber qué tipo de policía es el inspector Tordo, siempre le gusta saber con quién está trabajando.

“Riguroso en su trabajo, escrupuloso y metódico en todos los casos que ha trabajado; un tipo de fiar, de los que no dejan nada al azar. Empezó en el norte y hace cinco años le trasladaron a la capital, ningún problema en sus destinos. Es cordial con los compañeros, no se le conocen vicios, y está soltero; parece un buen profesional, lo cual me lleva a que, si me ha pedido que vaya a estas horas, es que han descubierto algo importante.”

El coche se detiene junto a la cancela que custodia un agente de uniforme, que al ver las credenciales de Joaquín, le franquea el paso. Guarda la pipa en un bolsillo.

El magistrado se apea, le recibe el frescor de la noche primaveral, se ajusta el abrigo de paño azul oscuro. Echa a caminar pero detiene sus pasos con un cierto sobresalto; Javier Tordo, silencioso, está parado frente a él.

—Buenas noches, señoría, gracias por venir.

“Parece un fantasma aparecido de la nada, es un hombre educado.” La frase le suena de alguna lectura, y la ha encajado ante la brusca aparición del inspector.

—Buenas noches, inspector, ¿qué tenemos?

Javier, con las manos en los bolsillos de su abrigo, se toma su tiempo antes de entregarle al juez el carnet de identidad, protegido dentro de la bolsa de pruebas.

—Carlos Gómez de Vivar —la experiencia ha enseñado a Joaquín a ser paciente, y sabe perfectamente cuando alguien desea continuar hablando, por lo que aguarda las siguientes explicaciones—: Junto con otros treinta y seis compañeros de su misma clase, una profesora y un conductor de autobús, desapareció hace ahora veinte años; parece que los hemos encontrado.

Joaquín sopesa la información, y todo se le viene a la memoria, aunque en esas fechas él ocupaba plaza en Valencia; surgen indicios de haber escuchado noticias en los diarios e informativos de las televisiones. Fue un caso que durante años conmovió al país: investigaciones que no conducían a ninguna parte, padres desesperados clamando justicia, y cómo no, todo tipo de charlatanes aprovechados, dando cada cual una versión inverosímil.

Javier se aparta a un lado para ofrecerle al juez la posibilidad de acompañarle; no duda en caminar hacia adelante. Ambos hombres llegan hasta la fosa, cubierta de tierra hasta el día de hoy. Joaquín asimila la escena que antes ha contemplado Javier, Paloma se acerca caminando deprisa.

—Buenas noches —saluda al magistrado.

Joaquín realiza la misma pregunta que le ha hecho a Javier, como si este no le hubiera contado nada.

—¿Qué han encontrado, inspectora?

—Hasta el momento un amasijo de huesos que habrá que clasificar, y treinta y siete cráneos —mira a Javier, sabe que la cifra no coincide con los desaparecidos, pero es lo que había en el foso.

—Seamos claros —Joaquín mira a los dos—, han hallado un carnet de identidad de uno de los jóvenes desaparecidos en el trágicamente famoso autocar que nunca se llegó a encontrar. La cantidad de restos hace pensar que puede pertenecer al conjunto total, excepto por la salvedad de que eran treinta y nueve el número de los ocupantes del vehículo —su tono mesurado rezuma una profunda claridad—. Falta dar con otros dos cráneos y con el autocar.

Paloma asiente, en cuanto tuvo el recuento, supo que todavía no había terminado su trabajo.

—Este lugar parece un desguace abandonado —comenta la mujer—, desmantelaremos toda la chatarra y veremos si encontramos partes de algún vehículo grande —Joaquín la mira interrogativamente—. Peinaremos toda la zona hasta dar con los cráneos que faltan —el juez asiente satisfecho.

—¿Qué le hace falta para realizar su trabajo, dentro del plazo más breve de tiempo? —dirige su mirada hacia la inspectora, con la fuerza de alguien dispuesto a aceptar el envite.

—Más personal, algo de maquinaria y forenses que encajen todos los restos humanos —ella ya tenía la respuesta en la cabeza.

—Cuente con todo, le firmaré la autorización pertinente —se toma un instante para realizar el siguiente comentario—: Secreto sumarial, no hay declaraciones a la prensa y si a alguno de los que trabajen aquí se le escapa algo, me encargaré de juzgarlo personalmente; déjenselo claro a su gente.

Javier sabe cuándo alguien está diciendo algo que va a cumplir, y este es uno de esos momentos.

—¿Precisan algo más, antes de que me retire?

Es el inspector quien responde, su mente ha trabajado deprisa ante la tarea que se le presenta; mira a Paloma un fugaz segundo. “Las horas de trabajo se acumulan y a veces, el cerebro tarda en encajar todas las piezas.” Es un pensamiento raudo.

—Tienen que proporcionarnos los datos concretos sobre ese autocar.

Paloma mira a Javier, no puede decir que le incomode que haya hecho la petición, aunque sabe que esos datos solo los necesita ella, por lo menos en este momento. “Siempre está atento, inspector,” piensa mientras escucha la respuesta del juez.

—Marca, modelo, matrícula, números de serie de las piezas —Joaquín detalla cuanto hace falta para, si encuentran restos, saber que pertenecen al vehículo que están buscando—. Mañana los tendrán.

Una nube de silencio pasa entre los tres, Joaquín interroga a ambos agentes con la mirada; al no hallar respuesta, pone fin a la reunión con una última petición:

—Inspector, como ha hecho hoy, ante cualquier novedad, sea la hora que sea, avíseme —tan solo añade un escueto ‘buenas noches’.

Los dos policías ven alejarse al magistrado, camina con pasos cortos pero siempre erguido.

—Este asunto va a levantar ampollas —Paloma no deja de mirar hacia la silueta de Joaquín, que se ha perdido en la noche. Siente la presencia de Javier por algo más que las palabras que pronuncia.

—Se abrirán viejas heridas —gira su cabeza y mira el perfil de Paloma—, y habrá que responder ciertas preguntas incómodas, como ¿quién enterró los cuerpos?

Desliza las manos bajo la blusa de la mujer, siente en sus dedos la piel de ella y acaricia cuanto encuentra a su paso con mayor intensidad. Permite que una de sus manos abandone la calidez que sentía para que desabroche los botones de la prenda. Las bocas se buscan con ansia, devorándose con cada beso.

Los labios del hombre se embeben del cuello de ella y continúan en descenso hacia sus pechos, tan solo cubiertos por un sujetador que comienza a perder su posición ante la insistencia de él.

La falda de ella se alza, y la camisa que cubría el torso del hombre cae de su lugar ante el afán de ella. Desliza dedos y uñas por una piel que conoce bien, baja la mano y siente en ella la tensión que hay tras los pantalones, busca una hebilla que abre y unos botones que se rinden.

Los dedos del hombre se introducen, quizás demasiados bruscos, en la hendidura de la mujer, un pequeño grito le pide que ponga más cuidado; el juego continúa, el tanga de ella se resbala por sus piernas. Sabe que aún es pronto, pero siente la urgencia de él.

De estar apoyados contra una pared pasan a caer sobre una cama; una lamparita de noche permite que ambos se perciban sin tapujos, unos rostros y cuerpos que no se ven por primera vez en aquella situación.

La mujer, tumbada en la cama, se deja hacer; la lengua de él consigue que comience a arquear su cuerpo. Se apoya en sus codos inquieta, excitada, para volver a dejarse caer sobre el lecho. No contiene sus palabras cuando dice:

—Entra —el tono es un vaivén que va de un ruego a una orden.

Sin decir nada, el hombre se dispone a cumplir el imperativo tras un instante de pausa, antes de tomar una decisión: con brusquedad la gira, ella colabora colocándose de rodillas.

La mujer cierra sus manos sobre el cobertor de la cama, espera la embestida, que todavía no se produce. De nuevo, insistiendo en alargar el momento, logrando que las oleadas de placer aumenten, la boca del hombre juega a recorrerla, a entrar en unas cavidades cada vez más húmedas.

Al notar que se coloca de pie detrás de ella, espera, como en otras ocasiones, la brusca penetración. En realidad la ansía, quiere que la llene entera con su verga; pero él, consciente del momento, entra despacio, poco a poco, y empieza un juego sensual, lento, en el que los dedos del hombre se entretienen además en otros lugares.

—No puedo más —susurra la mujer—, entra hasta el fondo.

Se funden en un ritmo frenético, él empuja cada vez con mayor intensidad, ella solo desea sentirse más poseída a cada instante. El placer recorre el cuerpo de ambos y así será durante el tiempo que dura el juego amoroso.

Es cerca de la una de la madrugada cuando el inspector Javier Tordo abandona el hotel, tan solo observado por las luces que iluminan las calles de la capital.

CAPÍTULO DOS

El comisario Raimundo Crespo es un hombre al que le gusta cuidarse. Lo denotan su cabello pulcramente peinado, que mensualmente tiñe para esconder las canas que ganan terreno con inusitada rapidez, su rostro de rasurado diario, las manos con manicura quincenal, los trajes que viste, siempre impecables, y sus lustrosos zapatos. Su mujer es más joven que él, convive con ella en habitaciones separadas. Alto, delgado, se mantiene siempre en la línea justa: frío y distante con sus subalternos, a los que considera instrumentos útiles para encumbrar su carrera, y servicial con sus superiores, contra los que después despotrica por considerarlos por debajo de su nivel.

Hijo de un diplomático, este le facilitó el acceso al cuerpo de la policía. Raimundo, en su juventud, tenía aires intrépidos, pero a la primera escaramuza con unos indeseables, en la que una joven salió mal parada, se vieron que no eran tales; salió de aquel lío con la ayuda de su progenitor. Colocado en un puesto de compromiso, subió por el escalafón con las debidas recomendaciones. Actualmente dirige la comisaría del distrito de Barajas, aguardando el próximo ascenso, que espera en breve, debido a sus denudados esfuerzos con los jefes.

Vestido siempre correctamente, hoy se ha esmerado un poco más; tiene una reunión donde se dilucidará su siguiente puesto. Lleva días pensando en ese ágape, aunque también su cabeza se encuentra envuelta en un torrente de imposibilidades. Desde hace meses está en una encrucijada, de la que busca una salida: quiere deshacerse de su esposa, según sus propias conclusiones necesita sacarla de su vida. “Maldita la hora en que me casé,” medita mientras sube las escaleras para llegar a su despacho. “Ahora eso es un problema para todo; a punto de recibir un puesto de importancia, me encuentro con un matrimonio acabado. Pero Francisco Clavijo, mi mentor, me ha dejado claro que divorciarme ahora no sería bien visto por los superiores. ¡Serán majaderos! Como si ellos fueran ejemplos de virtud.” Se serena descansando un segundo en el rellano entre la primera y la segunda planta. “Habrá que asistir a actos a los que no ir con mi esposa dará lugar a los chismorreos, y eso no lo voy a consentir.” Reemprende la ascensión con el rostro teñido de enfado. “Tengo que conseguir librarme de ella, lograr que, de una u otra manera, desaparezca.”

Continúa dándole vueltas al asunto, ajeno a todo lo que no sea sus profundas meditaciones y la comida del medio día. La presencia del inspector Javier Tordo aguardando en la antesala de su despacho no le resulta nada agradable; le había pedido a su secretaria que cancelara las dos reuniones que tenía previstas con el personal de la comisaría, para estar absolutamente concentrado en su entrevista a la hora del almuerzo.

—Buenos días, comisario —Javier se ha puesto en pie al ver entrar a su jefe, aunque no apresuradamente, sino con languidez. Sabe que su presencia no anunciada, punto incuestionable para todos los integrantes del edificio, hará que Raimundo curve los labios en un gesto de reproche.

El comisario omite devolver el saludo y, sin detenerse, habla en un tono displicente:

—Ahora no tengo tiempo, y sabe además que hay que concertar cita para cualquier reunión —arruga el ceño porque escucha pasos detrás de él; considera al inspector Tordo un tipo competente, que cuando ha requerido informarle de algo, ha seguido el cauce adecuado; hasta le cae bien.

—Siento la urgencia de mi presencia, pero el asunto es de la máxima prioridad —Javier está dentro del despacho, Raimundo lo mira enfadado porque ha traspasado el linde de su territorio sin permiso; pero entiende que ese hombre no estaría allí si no ocurriera algo grave. Hace un gesto brusco con la mano para que Javier se acerque.

El inspector cierra la puerta a su espalda; antes de dar un paso, Raimundo le advierte:

—Cinco minutos.

—Ayer inicié una investigación que, con el transcurso de las horas, se ha encaminado en una dirección inesperada —su tono es el de un consumado conferenciante—. ¿Recuerda el caso de los jóvenes que se fueron de viaje de fin de curso y desaparecieron?

Raimundo, que sigue con cara de estar concediéndole un último deseo a un condenado a muerte, recapacita sobre la pregunta del inspector; no le interesan mucho los temas policiales, pero sí sabe de lo que le habla Javier.

—¿Y? —hay impaciencia en su tono.

—Todo indica que los hemos encontrado —no hay triunfalismo en su aseveración, localizar cadáveres no le produce ninguna satisfacción.

Raimundo se queda en silencio, asimila las palabras del inspector y comienza a valorar lo que le pueden suponer en su trayectoria profesional.

“Es el caso que mantuvo en vilo a todo el mundo hace veinte años; tener la posibilidad de resolverlo ahora me pondría en una posición inmejorable, pero si no se logra nada, podría ser negativo para mi futuro. Habrá que ir con cuidado.”

—¿En qué situación nos encontramos exactamente? —quiere saber hacia dónde debe inclinar su balanza.

Javier le relata todo lo ocurrido el día anterior, incluyendo la orden del juez respecto al secreto sumarial. Una vez concluida su exposición, aguarda las opiniones de Raimundo, que por experiencia sabe que serán carentes de toda utilidad.

—Bien, inspector —adopta un tono de magna superioridad—, se cumplirá la orden del magistrado. Quiero que me informe detalladamente de todo lo que ocurra. Mantengan el caso alejado de los demás integrantes de la comisaría, y deje un escrito a mi secretaria al finalizar su jornada —como ve que Javier continúa sentado, añade—: Eso es todo.

El inspector asiente dos veces con la cabeza, antes de confirmar que ha entendido las órdenes.

—Así lo haré, tendrá cumplida información del avance de las investigaciones.

Raimundo contempla al inspector alejándose hacia la puerta, valora la posibilidad de premiarle por el buen criterio que ha tenido de venir a informarle. Javier sale del despacho sin haber recibido el cumplido; a él, eso le resulta totalmente indiferente.

—¿Qué tal ha ido con el ilustre comisario? —el subinspector Sebastián Yagüe realiza la pregunta a Javier desde detrás de su mesa, en cuanto este llega hasta su altura.

—Insustancial, como siempre. Ambiguo para que nada le salpique —contesta sin mostrar irritación en su tono, está acostumbrado a la forma de tratar los asuntos por parte del comisario—. Quiere saber lo que vayamos averiguando mediante un informe diario.

—Este caso trajo de cabeza a mucha gente hace veinte años, y ahora que se encuentran los cuerpos —el subinspector recibió una llamada tardía por parte de Javier, donde de manera escueta le ponía al corriente de los hallazgos—, el comisario únicamente necesita un informe diario — el sarcasmo asoma en todas las sílabas.

Javier mantiene una mirada neutra, carente de cualquier expresión. Mete las manos en los bolsillos de pantalón gris, perfectamente planchado, al igual que el resto de su atuendo, muy al contrario que el de Sebastián.

—Esas son las órdenes —pone algo de severidad en su tono, para proseguir de una manera más distendida—: Tenemos una investigación por delante, cuanto antes empecemos, mejor. Dejemos de lado estos detalles absurdos.

El subinspector medita las palabras de su superior, en muchas ocasiones le desconcierta que, después de cinco años trabajando juntos, nunca sabe realmente lo que de verdad piensa el inspector. Lo considera un excelente profesional, comprometido con las investigaciones, alejado de la desgana o la holgazanería, aunque de su vida personal conoce lo justo; parece un tipo solitario con el que, por causas laborales, come de vez en cuando. Se encuentra cómodo con él, le trata como a un igual, aunque siempre lleva el peso de las investigaciones. Sabe que Javier conoce mucho de su vida personal, pero no le importa. En el fondo, le gusta trabajar con él, a pesar de no saber en realidad cómo es.

—Creo que deberíamos afrontar esta investigación como si fuese un caso que jamás hubiese existido, al menos de momento —Javier continúa de pie, no obliga a su subalterno a acercarse hasta su mesa, son detalles a los que resta importancia.

—¿Por qué no quieres consultar lo que se investigó entonces? —a Sebastián, por el tono, le ha sorprendido la propuesta de Javier.

—Por dos razones: la primera, porque lo que se estudió hace veinte años no sirvió para nada, el resultado evidente es que no se encontró ni el autocar ni sus ocupantes —da un paso hacia adelante para aproximarse más al subinspector—. Y la segunda es que si esto lo queremos mantener de manera discreta, debemos dejarlo donde está, y solo recurrir a ello en caso necesario.

Sebastián Yagüe le da su conformidad, como una res antes de fenecer, con un solitario asentimiento de su enorme cabeza.

—Comenzaremos comprobando el itinerario que pudo seguir el autocar, no parece que el lugar donde se encuentran los restos diste mucho de donde se encuentra el instituto.

—Lo podemos ver de inmediato —en el rato que llevaba esperando a que llegase Javier, ha consultado algunos datos básicos: el nombre del instituto y su situación son algunos de ellos—. La escuela se llama Jorge Manrique, y se encuentra en la calle López de Hoyos —Javier rodea el escritorio del subinspector mientras este habla.

Sebastián teclea en el ordenador la localización del lugar donde se encuentran los cadáveres y la del instituto; todo lo demás lo realiza el satélite que habita en algún lugar del espacio.

—El tiempo estimado entre los dos puntos es de doce minutos —comenta el subinspector.

Javier se queda mirando la pantalla mientras le dice a Sebastián:

—Imprime el recorrido, que vamos a realizarlo nosotros.

La hoja de papel sale de la máquina con lentitud, como un perezoso cocodrilo en busca de sus horas de sol.

Los dos hombres abandonan el edificio de la comisaría. Contemplados desde unos ojos anónimos, se vería a una pareja dislocada en sus hechuras, en sus maneras de vestir, probablemente en sus vidas, aparentemente ajenas la una a la otra.

Esa mañana de primavera, el cielo de Madrid se ha levantado hosco, grises nubarrones amenazan con descargar el agua que portan sobre una urbe que cada año crece un poco más.

Detienen el automóvil, que conduce el subinspector, junto a la puerta de entrada del instituto; son las ocho y media de la mañana y grupos de estudiantes acceden a esa hora a las aulas, ajenos a la presencia de los dos policías.

—¿Sabemos a qué hora se inició el viaje? —la mirada de Javier se fija en la mole del edificio.

—Temprano, si no recuerdo mal lo que leí en aquella época —contesta el subinspector.

Un coche pasa y les pita, están ocupando un carril de conducción a una hora de mucho tráfico.

—A esa hora y en esa época, habría menos vehículos que ahora —comenta taciturno Javier—. De todas formas, vamos a ver cuál sería el camino lógico para llegar al lugar en el que terminaron.

Inician la marcha siguiendo las indicaciones del plano que obtuvieron en la comisaría; Javier lo lleva en las rodillas. Bajan la calle López de Hoyos hasta la glorieta del mismo nombre, suben por Francisco Silvela hasta desembocar en la avenida de América. Luego toman la carretera de Barcelona, y unos kilómetros más adelante, acceden a un polígono industrial por una vía de servicio.

Un cartel anuncia la próxima construcción de un conjunto residencial de viviendas de lujo, que incluye las consabidas zonas verdes, piscina, gimnasio y demás accesorios que incremente el precio de los pisos. Hasta que eso ocurra, el panorama es muy distinto: hay naves que llevan cerradas mucho tiempo, solares donde se apilan restos olvidados de maquinaria en desuso. Ya conocen el trayecto hasta el lugar donde se han hallado los cadáveres.

—Detente aquí —pide Javier—. De momento no me han avisado de ningún otro descubrimiento, de nada sirve que nos acerquemos más. ¿Qué opinas del recorrido?

Sebastián medita su respuesta, después se expresa enfocando su mirada sobre su jefe. Hoy las bolsas bajo sus ojos están algo más pronunciadas:

—Un camino corto, que pudo llevar algo menos de esos doce minutos que nos ha dado el ordenador, teniendo en cuenta que al salir temprano, no habría circulación. Este lugar lleva abandonado desde hace mucho tiempo, es fácil pensar que llegara hasta aquí sin ser visto. En aquella época, los autocares no llevaban GPS, así que al conducirlo al lugar donde lo hemos encontrado, se desvaneció para el mundo.

Javier piensa en las palabras del subinspector, puede imaginar al vehículo lleno de jóvenes desplazándose por el albor del día; intenta ser el conductor, saber qué motivo le llevó hasta aquel paraje de abandono y deterioro. Para ser más exactos, lo que le llevó a la tumba.

—Sí, es probable que el trayecto se realizara en menos tiempo; además, como en aquellos tiempos no existían los teléfonos móviles, nadie pudo avisar de que se salían de la ruta marcada —Javier deja de mirar a su compañero y pierde la vista en el triste panorama que tiene enfrente—. ¿Qué hizo que acabasen aquí? —acentúa la palabra final—. ¿Cómo logró alguien que el conductor accediera a llegar hasta esta zona?

Sebastián, que ha escuchado atentamente las dilucidaciones del inspector, añade las suyas propias:

—¿Estamos hablando de un secuestro y un asesinato múltiple?

—Dudo que interrumpieran el viaje de mutuo acuerdo —hay cierto sarcasmo en el tono de Javier, que regresa rápido a su mesura habitual—: Indudablemente, sí. Alguien secuestró ese autocar, lo que hiciese con sus ocupantes ya nos lo dirán los forenses, pero como acto final, enterró los cuerpos.

Sebastián asiente silencioso, lleva varios años como subinspector de homicidios, siempre bajo el mando de otros. Su carrera policial ha seguido un camino llano y sencillo. Casado y con dos niños, todo le suele parecer bien, incluso que no le asciendan; esto le deja fuera de tener mayores responsabilidades en cualquier asunto. Se mantiene en un estatus de absoluta tranquilidad. Ahora valora que el caso ante el que se encuentran es de otro calado, y no sabe si le gusta. Las palabras de Javier le traen de regreso a la realidad:

—Hay tres interrogantes que se unen en este caso de manera aberrante: ¿quién?, ¿cómo?, ¿por qué? —calla, sabe que de momento no tiene respuesta para ninguno—. Vuelvo a las primeras cuestiones, ¿qué hizo al conductor desviarse de la ruta?

—Alguien le obligó a tomar este camino —es la respuesta lacónica de Sebastián, nacida entre sus otras cavilaciones.

—En eso estoy de acuerdo, lo cual me lleva a otra cuestión: ¿alguien que estaba dentro, o bien una persona que se subió durante el trayecto? —su tono apacible envuelve el ambiente dentro del vehículo de una calma que necesita Sebastián; para él, es el mejor superior con el que ha trabajado nunca.

—Si fue uno de los que montaron al principio, estamos ante tres posibilidades: la profesora, alguno de los alumnos, o el mismo conductor. Si tuvo lugar durante el recorrido, quizás hubo un accidente simulado, se pararon para ayudar y les secuestraron —Sebastián nota cómo se anima al exponer sus ideas, algo dentro de él se está despertando.

Javier ha escuchado atentamente las palabras del subinspector, es un hombre al que le gusta atender a las exposiciones de otros.

—Faltan por aparecer dos cuerpos; si eso sigue así, barajaremos la hipótesis de que el secuestro lo realizó alguien que se montó al inicio del viaje —baja la ventanilla, el aire es fresco y eso le gusta—. Sería bueno saber cómo eran los que iban en el autocar, y no es mal momento para comenzar esa labor.

—¿Volvemos al instituto? —Sebastián Yagüe coloca la marcha atrás en la palanca de cambios, mientras espera la respuesta de Javier.

—Allí estudiaban, y fue el lugar de partida del viaje; veamos qué podemos averiguar de manera que no levantemos revuelos.

Aparcan en una zona de estacionamiento controlado, sobre el salpicadero, el subinspector deja un distintivo de coche oficial.

Es un edificio cuya parte frontal da a la calle López de Hoyos, ventanas rectangulares se superponen a la puerta de acceso, como vigías de un castillo. Llegan a la entrada tras subir unos escalones, desgastados por soportar cada día el peso de los jóvenes que los recorren; son viejas losas para lozanas piernas.

Un pasillo largo se abre ante sus ojos, con puertas cerradas a ambos lados; son las aulas que en este momento se hallan ocupadas. A la izquierda de ambos policías, sobre la madera ajada de una puerta, un cartel negro con letras blancas anuncia la secretaría del centro.

—Busquemos algo más distinguido —comenta Javier, echando a caminar por el corredor; como perro fiel, Sebastián le sigue.

Se detiene ante unas escaleras; Javier inicia el ascenso, un escalón por detrás el subinspector, parece su guardia pretoriana. Acceden a la primera planta, hay una más arriba, pero el inspector se adentra en esta.

Va primero hacia la izquierda, en las puertas se ven identificaciones de los cursos. Su mirada recorre las paredes, de las que cuelgan orlas de las distintas promociones; se detiene ante una, situada en el centro del pasillo. Sebastián, que no se ha movido del rellano de la escalera, camina hacia su jefe cuando este le hace una indicación con la mano para que se acerque.

—Toma un par de fotos —le dice mientras contempla el retrato del curso que hace veinte años desapareció.

El subinspector realiza la operación con su teléfono móvil, de manera rápida y discreta. Con Javier delante, recorren el otro extremo del pasillo; se paran ante una puerta con la palabra ‘Dirección’ escrita en el centro.

Dos golpes con los nudillos son respondidos desde el interior por una voz femenina, que con un imperativo ‘adelante’, les franquea el paso.

Ambos hombres se adentran en un despacho amplio, dos librerías ocupan la pared frontal, en ellas se apilan manuscritos de diversa índole. Una ventana permite que la luz del día haga innecesaria la eléctrica. Frente a ellos, una mesa de trabajo, sólida a pesar de los años de servicio, se muestra ordenada; en su superficie impera la presencia de un portátil en plena actividad. Tras la mesa, sentada con la espalda recta y el rostro con expresión interrogante, una mujer cuya juventud pasó hace ya muchos años; el tiempo inmisericorde le ha colocado finas arrugas alrededor de los ojos, y las canas se ocultan tras un tinte tenue, aunque el porte continúa siendo vivaz.

—Buenos días —la voz de la directora es sosegada, en espera de una presentación por parte de los dos hombres, a los que no conoce de nada.

—Buenos días, soy el inspector Javier Tordo, y mi compañero es el subinspector Sebastián Yagüe —observa la reacción de la mujer, un ligero gesto de extrañeza pero ni el menor signo de nerviosismo.

—Soy Eva Garcilaso, la directora del instituto —hace un gesto con las manos abarcando el despacho, antes de añadir—: Pero eso ya lo habrán imaginado. Siéntense, por favor.

Los dos hombres ocupan las incómodas sillas preparadas para las visitas, Javier lo hace pensando que tal vez sean de esa manera para que la gente no se quede mucho tiempo.

—¿En qué puedo ayudarles? ¿Ha ocurrido algo con algún alumno y no me he enterado? —el tono sugiere que dentro del recinto, cuanto acontece pasa a ser de su dominio.

—Permítame primero que le pregunte si lleva mucho tiempo trabajando aquí —Javier quiere saber qué tipo de información puede obtener, si vivió los hechos o simplemente los conoce de oídas.

—Treinta años hizo el mes pasado —contesta Eva con cierta satisfacción en su voz, como la de una persona que llega a la meta, aunque sus ojos continúan mostrando inquietud por la presencia de los dos policías.

El inspector cruza una pierna sobre la otra, con cuidado. Sus pantalones grises están bien planchados, al igual que la americana y la camisa de finas rayas, sobre la que descansa una corbata recién adquirida; es un hombre al que le gusta vestir bien, sin discordancias. No cree que deba andarse con circunloquios.

—Entonces, ¿vivió de cerca el desgraciado suceso de la desaparición del curso de segundo A? —lleva años manteniendo conversaciones para obtener información; su tono, como casi siempre, es un remanso de tranquilidad.

Eva observa a ambos, aunque en quien fija su mirada es en Javier. Sin prisa responde:

—Sí, en efecto —no añade nada más, pero la reminiscencia le ha hecho romper en pedazos su calma; a su mente acuden viejas imágenes de padres desconsolados, noches de insomnio, interrogatorios en los que siempre respondía lo mismo: nada.

—¿Recuerda a los integrantes del curso? —Javier nota el cambio, el semblante de Eva se torna mustio, la mirada franca se oscurece; es el proceso de reabrir heridas, lo conoce bien.

—A todos —tensión, pena, amargura, todo mezclado se registra en la voz y en los ojos grises de la directora.

Javier, ante semejante sinceridad, decide seguir una línea directa; sus sensaciones desde que traspasó el umbral del despacho es que se encuentra ante una mujer sin tapujos, con la cara como espejo del alma, que se ha hecho añicos con su pregunta. Se reafirma en su primera decisión de ir directo al grano; desde ayer, cuando constató que habían dado con los restos de un caso que nunca llegó a esclarecerse, le acompaña la sensación de haber cruzado una puerta de camino incierto, por lo que su deseo es marcar rápido una senda para no extraviarse.

—Hace ya mucho tiempo que ocurrió, pero en ocasiones la distancia en los acontecimientos turbios nos deja algún recuerdo, que sin saber por qué, se nos graba en la memoria, como si no quisiera abandonarnos; algo anterior al suceso quizá, algo que en su momento nos parecía incongruente, incluso que aún hoy nos lo parece, pero que sigue ahí —Javier deja que Eva asimile sus palabras—. Después de veinte años, ¿recuerda algo que ocurriera en los días o semanas anteriores a la desaparición?

Solo se escucha la leve respiración de los tres, habría que aguzar mucho los oídos para que llegase el rumor del interior de las aulas, que se alza lentamente, como una tempestad que se abre paso desde el infinito; se acerca la hora del recreo.

—Todas las preguntas tienen un porqué inspector. Como bien ha dicho, todo ocurrió hace veinte años, entonces ¿a qué viene ahora revolver el pasado? —Eva intuye que la policía no acude después de dos décadas porque ese día no tengan nada mejor que hacer; siente todavía el dolor de la pérdida de sus alumnos, cada día los recuerda, por lo que no se empeña en indagar.

Javier esperaba la pregunta, por lo que ya había preparado una respuesta:

—Tan solo zanjar pequeños detalles —no le deja de brindar a Eva la fuerza de su mirada; para él, hasta que los más mínimos detalles no encajan, los casos no se cierran, pero eso la directora no lo sabe.

Eva asiente con un pestañeo de sus párpados, entiende que el inspector no le va a decir nada más; lo ha percibido en sus intensos ojos verdes, en la calidez de su explicación, en el aplomo sin fisuras que emana de ese hombre.

—Sigo recordando aquellos días, el paso del tiempo no ha logrado que desaparezcan de mi memoria los rostros de aquellos alumnos; los conocía bien, les impartía matemáticas desde hacía dos años. Eran un grupo de adolescentes con toda la vida por delante —el silencio de los dos hombres le alisan la senda para que continúe hablando, las palabras brotan en una letanía carente de altibajos—. La mayoría sacaban la asignatura sin problemas, el ‘bien’ era la nota general; por abajo estaban cuatro o cinco alumnos que necesitaban algo de ayuda extra, y por arriba destacaban un par de ellos, recuerdo haber comentado con algún compañero que estaban dotados para las matemáticas —hay nostalgia en sus ojos, posiblemente pensando que podrían haber llegado lejos en los estudios.

—¿Hubo alguna incorporación de algún alumno nuevo en ese segundo año? —la pregunta del inspector saca a Eva de sus evocaciones, como una salva de cañón que busca un blanco incierto.

—No, eran los mismos del ciclo anterior —la escueta respuesta no admite dudas sobre su veracidad.

Javier deja que el tiempo se deslice en el despacho, como la salmodia lenta de un canto antiguo; no hay prisa en la conversación.

—El curso estaba terminando —deja que su voz se apague con la última sílaba, Javier intuye que lo mejor es ofrecer unas palabras de salida, y esperar qué ocurre. La experiencia le dice que el tiempo no borra los hechos importantes, solo los adormece. Si la directora conoce algún detalle, tal vez insignificante para ella, pero que él valorará desde un prisma diferente por insípido que parezca, saldrá a la luz.

Eva adormece sus párpados un instante, como buscando en su memoria los recuerdos.

—Cierto, estábamos en los últimos coletazos. Los exámenes estaban terminando, había dejado a cuatro alumnos para una recuperación en junio —Eva siente que los ojos del inspector la aprecian, por una aseveración tan concreta después de tantos años—, pero iban a aprobar —esas últimas palabras son un epitafio para un hecho que ella hubiera deseado, pero que jamás se cumplió—. La preparación del viaje tenía a los jóvenes y a María envueltos en un trasiego de reuniones para cerrar los trámites del hotel, el transporte, recaudar las últimas aportaciones que debía hacer cada alumno; el aire de feliz ajetreo envolvía aquellos días.

—¿Usted no intervenía en la preparación del viaje? —inquiere Javier, que traza en su cabeza un esquema al que debe poner precisión.

—No, como directora se me informaba del destino al que habían decidido ir, y del modo en el que realizarían el traslado —añade en tono ajado—: También de aquellos lugares que deseaban visitar —una pausa para reciclar recuerdos—. La idea era que los alumnos se involucraran al máximo y fueran ellos los que hiciesen todo el trabajo, siempre asesorados por María, que a la postre, como tutora del curso, sería quien los acompañaría.

Las manos de Javier, de dedos finos con unas uñas bien cuidadas, se deshacen del nudo donde coexistían, de manera armoniosa, sobre el regazo del inspector.

—A París —deja caer la afirmación con cautela, sus ojos se tornan una milésima más pequeños, es un gesto imperceptible—. ¿Fue el único destino propuesto?

Eva intenta analizar la pregunta del inspector, su mente no ha dejado de preguntarse, desde que esos dos hombres irrumpieran en su bien ordenado despacho, qué puede estar ocurriendo. Las palabras le salen mientras sigue buscando una respuesta:

—Cuando un suceso tan terrible se infiltra en tu vida, deja grabados detalles que seguro que de otra manera se olvidan. Del viaje de fin de curso del año pasado no sabría decir qué opciones se propusieron, aparte de la que se aceptó. Pero aquel año, recuerdo que se presentaron Berlín y Londres, además de París; ganó la capital francesa por mayoría.

Asiente de manera ligera, Javier sabe que no dispone de ninguna base para esta investigación; solo tiene esta puerta que abrió hace veinticuatro horas. Debe de continuar por donde le marca su instinto:

—¿Qué más ocurría por aquellos días en el instituto?

Eva expira el aire, como el tenue aliento de una abuela que debe hablar de acontecimientos que le escaldan el alma.

—Reuniones con profesores para zanjar los problemas o las posibilidades de algunos alumnos, esquematizar con los tutores de los cursos el planteamiento para el siguiente año, asistir a la final que jugaba el equipo de balonmano de tercero en la liga madrileña de institutos, más o menos lo habitual de cada final de curso —arrima un colofón a sus palabras—: Las mismas acciones con diferentes actores, que comenzaré a realizar en pocos días.

El inspector decide seguir resbalando con parsimonia por la mente de Eva, piensa que, ya que han hablado del contorno, deben empezar a sondear el núcleo:

—¿Cómo era María, la tutora del curso? Una profesora que se aventura con toda una clase de adolescentes sería una mujer con amplia mano izquierda, y al mismo tiempo un carácter férreo —solo puede realizar el comentario poniendo en sus palabras una nota de complicidad, para darle a Eva un aliento de apoyo.

La directora se toma su tiempo antes de contestar; nunca ha hablado con nadie de María. Eva es una mujer que no se ha casado, ha mantenido varias relaciones que jamás se consolidaron, y su vida educativa, con los años, le ha aportado más que sus amoríos; eso se dice ella misma, para darse ánimos cuando la cama solitaria se le hace insoportable. Con un hermano con el que mantiene un sobrio contacto en navidades, y unos padres, ya fallecidos, que se quedaron en un pueblecito de Asturias, la tragedia de hace veinte años se la tragó sola. Su única amiga era María, y desapareció de su vida.

—María era una mujer nacida para la profesión de maestra. Su calidad como educadora y como persona, era, era… —la voz, después de tanto tiempo silenciada en referencia a María, se queda muda, no encuentra el calificativo adecuado; este llega como por un camino de hierba fresca—: Impresionante.

—Seguro que cuando ocurrió todo, compañeros míos le preguntarían por estas mismas cuestiones que le estoy planteando ahora —Javier quiere dar una vuelta, antes de regresar a la profesora—, incluyendo a María —espera a que la directora confirme su aseveración con un gesto de la cabeza—. Esa mujer, a la que intuyo que tenía un enorme aprecio, desapareció para siempre. Veinte años después, me gustaría preguntarle si recuerda algún comentario que ella le hiciese, si estaba preocupada por algo —decide añadir un tiro más sin apuntar—, si la inquietaba de alguna manera el viaje con aquel curso.

Eva no guarda en su memoria las facciones de los investigadores que la interrogaron y las preguntas que le hicieron, se han diluido en la espesura intratable del tiempo; pero está segura de que nadie se sentó entonces frente a ella, como lo hace ahora este hombre, inquiriéndola de manera asombrosamente pausada, hasta cierto punto tranquilizadora, teniendo en cuenta la polvareda que ha levantado en su interior.

Nunca, durante estos años, la directora ha sentido dentro de sí que ocultase información durante la investigación que tuvo lugar hace dos décadas; en veinte años tan solo la tristeza, el insomnio, y unas enormes dosis de turbación por no saber el paradero de aquel grupo de estudiantes y de su amiga María, han sido sus más leales compañeros.

—Ya no recuerdo qué me preguntaron, pero es evidente que las respuestas que les di no sirvieron para nada —un rictus de amargura cruza las arrugas del rostro—. Inspector, no se crea que no me he preguntado en muchas ocasiones si no supe ver en los días anteriores al suceso algo que debería haberme advertido de lo que pasó. Por desgracia, o soy poco perspicaz, o es que realmente no había nada que ver —en sus palabras hay notas de rabia, desazonada con los años, que no pasan desapercibidas a Javier.

—En todos los cursos siempre existen discrepancias entre los estudiantes; las viví en mi época de colegio e instituto —realiza una pausa, quiere elegir bien las palabras—. Riñas que en la mayoría de las ocasiones no son más que eso, pequeñas peleas sin consecuencias posteriores —Javier no realiza ninguna pregunta, se limita a mirar a Eva invitándola a hablar, si es que lo desea; en sus ojos no muestra premura.

—Nada que se saliese, como usted bien ha dicho, de una riña entre adolescentes —la respuesta ha sido rápida; entre todas las que ha dado, la más apresurada.

Javier es consciente del detalle, se toma unos segundos para encarar de manera regulada la pequeña escotilla que ha abierto la directora, sabe que debe ser prudente; su sensación es que está diseccionando los sentimientos de Eva sin una preparación previa, sin ningún tipo de anestesia; no le gusta, pero sabe que es necesario. Decide averiguar si la directora lo mencionó hace veinte años.

—Si en su momento no habló con nadie de ello, es porque fue un hecho totalmente circunstancial —aguarda la respuesta a la pregunta no formulada.

—Sería aventurado por mi parte, e implicaría faltar a la verdad, certificar que se lo dije al policía que trató conmigo —sigue hablando de manera que su tono se vuelve dolido—. Tal vez, ni siquiera me preguntó.

Javier asiente con un parpadeo de sus ojos. “Es probable que nadie realizara esa observación a la directora, o si se la hicieron, ella pudo omitir la respuesta. ¿Por qué?” Eva, que no aparta sus ojos grises del inspector, intuye sus pensamientos.

—En momentos tan tristes para todos, mencionar un altercado, acaecido semanas antes, me pudo parecer fuera de lugar, porque aun después de tanto tiempo, sigo pensando que no guarda relación alguna con la desaparición del autocar.

—No dudo de que sea así —las palabras de Javier mantienen una modulación relajada—. Pero ¿qué ocurrió? En su memoria se ha quedado guardado, aunque no sea más que por recordar cosas o momentos de aquellos estudiantes —quiere quitar cualquier sentimiento de culpa de Eva.

—Con esa edad, lo sabemos todos, las hormonas de los jóvenes andan muy revueltas. Acontecen los primeros enamoramientos y las primeras desilusiones —se toma un par de respiraciones antes de proseguir, de traer a su memoria nombres y rostros que se han ajado en el olvido—. Carmen Glosario, una jovencita de notas excelentes, con una maravillosa melena y una sonrisa encantadora, comenzó a salir con Julián Grande, un muchacho no muy brillante pero sí espabilado y guapo. Se les veía andar por los pasillos del instituto cogidos de la mano —en sus ojos todavía los puede ver, Javier lo nota con claridad—. Había otro muchacho, Ramón García, atractivo y genial en historia, que al parecer flirteó con Carmen, y Julián se lo recriminó en medio de toda la clase; acabaron ambos en mi despacho conducidos por María, en cuya asignatura había ocurrido el altercado. Después de llamarles al orden, les conminé a solucionar sus diferencias de una manera civilizada.

Ante el silencio de Eva, Javier interviene para que acabe de contar la historia:

—¿Qué pasó con la pareja? —su pregunta saca a Eva del ensimismamiento en el que se había introducido.

—Lo dejaron —hay cierto pesar en su respuesta, en todos y cada uno de sus recuerdos—. A Carmen no le gustó nada aquella salida de tono de Julián.

—El acercamiento del otro muchacho, ¿tuvo después algún resultado con la jovencita?

—Que yo sepa, no, pero para serle sincera, tampoco sabía con exactitud quién salía con quién, y a veces, esas relaciones duraban poco tiempo.

Javier se toma su tiempo antes de seguir preguntando, quiere dejar que el peso de la historia se asiente en el despacho.

—La tutora, María, ¿le hizo referencias sobre más problemas entre los dos muchachos?

Eva niega con la cabeza antes de hacerlo con su voz:

—No, se limitaron a no hablarse. María me comentó en una ocasión que a Julián se le veía contrariado, algo despistado en clase, pero al final, sus notas fueron las de siempre.

Javier almacena los tres nombres en su memoria. Analiza que es el único hecho relevante del que ha podido hablar la directora, por lo que estima que es el momento de abandonar aquel despacho.

—No la molestamos más, le agradecemos su tiempo —añade con una leve sonrisa— y sus recuerdos.

Ambos policías se incorporan de sus asientos, a Javier le confirman sus huesos la primera impresión de incomodidad de las sillas.

—Supongo que algún día me vendrá a contar a qué se debe esta conversación —la frase suena en las espaldas de los agentes, es Javier el que gira su cabeza mientras abre la puerta.

—No lo dude, aunque hasta ese momento le rogaría que lo que hemos hablado, no saliese de estas cuatro paredes.

Se observan con el entendimiento que da la claridad de las miradas francas; Eva sabe que volverá a ver a ese policía.

Salen del instituto sin tropezarse con nadie por el camino, van en completo silencio. Sebastián, conocedor de las rutinas de su superior, se limita a caminar a su lado; sabe que a su jefe, tras un interrogatorio, le gusta la ausencia de palabras. Aguarda que sea él quien rompa el mutismo, como en otras ocasiones.

El subinspector coloca la llave de contacto en su lugar, pero no la gira; no le hace falta virar la cabeza y mirar a Javier para saber que este se encuentra concentrado en algún lugar que tan solo el inspector conoce.

Afuera, en la calle, los transeúntes forman un desfile dispar de personas, que van de acá para allá, cada cual con su propio mundo donde hay alojo para risas, llantos, alegrías y penas. Sebastián observa el pequeño altercado que una mujer, de aspecto serio, viste traje de chaqueta, gafas de pasta y maletín, le está montando a un motorista que ha detenido su vehículo, con un frenazo, demasiado cerca de ella.

La voz del inspector llega a Sebastián lenta, como si todavía su mente anduviese entretenida en otra cosa distinta a la que plantea:

—Una primera conversación no siempre trae datos relevantes; en el caso de esta última, supongo que más adelante podremos valorarla adecuadamente.

Sebastián resuelve comentar algo más, la entrevista con la directora le ha supuesto una sorpresa:

—Esta mujer no esperaba que dos policías se presentaran en su despacho para traerle el desgraciado pasado a su mesa —no hay reproche en su tono, el tiempo que lleva junto a Javier le pone en el mejor puesto de observación sobre la manera de actuar de este. “No hay dudas en sus interrogatorios, plantea las preguntas con la querencia del que sabe la respuesta.” Es algo que en alguna ocasión le ha comentado a su esposa.

—No contábamos con embarcarnos en un caso como este —Javier sigue mirando la calle López de Hoyos—, lo hemos encontrado de una manera accidental, debemos seguir un camino similar si queremos sacar algo en claro.

Sebastián asiente en silencio, su jefe no ha dejado un caso sin resolver, siempre ha logrado atar todos los cabos, aunque en ocasiones sus pruebas no hayan sido suficientes para juzgar al culpable.

—Deberíamos saber más del lugar donde han aparecido los restos, ¿no crees? —ahora sí mira a Sebastián.

Este asiente en silencio, una vez más, al mismo tiempo arranca el coche; sabe dónde puede conseguir esa información.

Paloma Roncal delimita con la mirada el contorno del recinto; sus ojos castaños muestran los inequívocos signos de las pocas horas de sueño. El número de agentes a su cargo ha incrementado su equipo convencional hasta llegar a un total de veinte. En el mismo perímetro, se han instalado cinco forenses; todos se encuentran ensimismados en su labor.

La inspectora ha descansado durante cuatro horas; a las siete abandonaba el lugar, aunque después de dormitar inquieta ha regresado con un buen desayuno en su estómago, no quiere que la fatiga por falta de alimento le impida alargar la jornada por un número de horas impredecible.

Avanza hacia el interior de la nave semiderruida. Los patólogos realizan su trabajo amparados por la intimidad que les proporciona un gran hospital de campaña; clasifican las disparejas osamentas, van estructurando los esqueletos, como complejos rompecabezas que requieren de una inmensa paciencia. Camina entre los médicos sin realizar preguntas, deslizándose con lentitud entre los seres vivos que trabajan en las tiendas y los restos que desenterraron durante el día de ayer; sale como entró, sin que nadie haya reparado en su presencia.

A su espalda quedan los forenses, pero centra su atención en sus investigadores: tres grupos de trabajo que ella misma organizó antes de alejarse por unas horas del lugar, y de los que solo faltan los de su propio equipo; les dio licencia hasta medio día para que regresaran.

Los equipos de labor han ido clasificando los restos de chatarra; apilan en montones diferentes las piezas que pertenecen a automóviles, y las que son de vehículos de gran tamaño: camiones, tractores, autocares e incluso autobuses. Para identificar las distintas partes de los vehículos cuentan con la ayuda de un par de portátiles, en los que visualizan y cotejan las formas y medidas de los fragmentos.

Sigue caminando, deteniéndose por unos momentos junto a cada una de las tres pilas de restos; los reconoce pertenecientes a autos de gran tamaño. Hay un gran número de viejas y herrumbrosas piezas en todos los montones: puertas, ruedas, asientos, volantes, lo que a ojos de la inspectora parecen radiadores, depósitos de gasoil y una gran variedad más de elementos mecánicos.

—¿Cómo va la búsqueda? —la pregunta, realizada con tono elevado, la dirige hacia los subinspectores que comandan cada unidad.

Estos se acercan hasta su superiora, enfundados en monos de trabajo de color azul oscuro. La inicial de su nombre, su apellido y su graduación la llevan grabada en el lado izquierdo, encima de un bolsillo a la altura del pecho; Ignacio Pardo, un hombre de elevada estatura, con el cabello prematuramente agotado para sus treinta y cinco años, y el rostro redondo, donde destacan unos grandes ojos azules, es el primero en responder:

—Hay bastantes piezas que pertenecen a vehículos de grandes dimensiones, estamos apartando aquellas que podemos manejar porque su peso no es excesivo; del resto, que también corresponden al mismo género de autos pero que no nos es posible desplazar, las marcamos con una etiqueta identificativa.

La inspectora visualiza unas pegatinas de color azulado en distintas formas metálicas: motores, cigüeñales, grupos de transmisión, todo evidentemente inmóvil sin la maquinaria adecuada.

—¿En cuánto tiempo estiman que tendremos separados los elementos que buscamos? —no dirige la pregunta a ninguno en concreto, conoce a los tres subinspectores y no es la primera vez que están a sus órdenes, aunque sí la primera de manera conjunta, por lo que no desea dar preponderancia a ninguno de ellos, aunque personalmente la tenga.

La respuesta se la da un hombre que lleva sus cincuenta años de manera soberbia: delgado, cabello espeso, de rizos negros, falto de canas, rostro de facciones suaves con escasas arrugas, ojos marrones de fuerte intensidad. La devoción de la inspectora hacia el subinspector Alejandro Martínez es escasa, y el sentimiento es recíproco, quizás porque los galanteos propuestos por Martínez siempre han sido cortados de raíz por Paloma, y él no es un hombre acostumbrado a ser menospreciado por el sexo femenino.

—Varias horas, no podría estimar el tiempo con precisión —la acentuación por parte del subinspector de la palaba ‘estimar’, la misma que ha utilizado ella para realizar la pregunta, realizada de forma velada, no le pasa inadvertida, aunque la deja a un lado, sin más.

—Es difícil precisar cuánto tiempo necesitamos para separar todas las piezas, pero diría que para última hora de esta tarde puede que ya lo hayamos logrado —la voz, con un fuerte acento gallego, procede de Íñigo Cadalso, un hombre de estatura baja y anchas espaldas que su atuendo no consigue ocultar. El rostro macizo, de cejas espesas y nariz chata, parece una piedra marmórea, los ojos pequeños, de mirada ardua tras unas gafas cuadradas, muestran que nada se le escapa, atentos a cualquier contingencia. Es una persona que reconoce los méritos de su superiora, ganados en diligencias complicadas que supo sacar a delante, y en las que en algunas ocasiones colaboró. Su trato ha conllevado una amistad que se acentúa con los años— pero diría que para última hora de esta tarde puede que ya lo hayamos logrado.

Paloma agradece con una mirada fugaz, que Íñigo interpreta sin dejar señal de ello, el apunte del subinspector; antes de que pueda hablar, la voz profunda de Martínez resuena en el pequeño corrillo formado por los cuatro agentes:

—Llevamos doce horas trabajando sin descanso, hay que plantearse un alto —realiza su trabajo sin falta alguna, y jamás se le ha podido reprobar un mal comportamiento o una investigación defectuosa, pero el subinspector no es hombre de regalos, se ajusta a su jornada con precisión, y negocia cada hora extra fuera de su horario habitual. Como él dice, ‘mi tiempo no es solo del cuerpo de policía’.

Paloma es consecuente con el comentario de Martínez, al que conoce en sus formas de actuar; tiene bien planificado el trabajo, por lo que responde sin vacilar:

—Bien, se descansará por turnos. Primero el equipo de Pardo —echa un vistazo a su reloj—, son casi las doce, a las ocho tenéis que estar de vuelta —el aludido da su confirmación con un rígido asentimiento de cabeza—. En dos horas se va tu equipo, Martínez, y en ocho horas estáis de regreso.

—De acuerdo, a las diez estaremos aquí —su tono es más parecido al que concede una gracia, que al que asume una orden.

A Íñigo le realiza un comentario remetido en la cortedad de las palabras:

—Luego vosotros —como el subinspector se limita a realizar un solo parpadeo con los ojos, la inspectora continúa hablando—: Aclarado este punto —mira, sobre todo a Martínez—, ya sabemos cada uno lo que hay que hacer —el tono es escueto, pero ciertamente resolutivo.

Paloma observa cómo los integrantes del equipo de Pardo abandonan sus quehaceres, caminando lentos, algo encorvados los hombros; el peso de las horas les está pasando factura.

Camina hacia el grupo del subinspector Cadalso, que sin descanso sigue clasificando todo tipo de destartaladas piezas.

—No nos has dicho qué vamos a hacer con las piezas que no podemos mover —comenta el subinspector.

—Viene de camino un camión grúa que nos ayudará a mover las que nos interesen; no creo que tarde mucho en llegar.

Íñigo mantiene alerta no solo sus ojos, que no se apartan del movimiento de sus subalternos, sino también su instinto para saber cuándo dar un paso más allá en una conversación profesional; sea porque Paloma permanece callada junto a él, o bien porque se le ha negado el acceso al interior del enorme hospital de campaña, decide probar suerte.

—¿Se puede saber ya lo que buscamos exactamente, inspectora? —no es peyorativo el tratamiento, tan solo deja claro que se somete a la jerarquía, y que si no le parece oportuno, aceptará de buen grado que no le responda.

A Paloma no le sorprende la pregunta, sabe que el subinspector es hombre de deshacer interrogantes, y está segura de que por la cabeza de este pasan varios, como el hecho de no conocer qué ocurre tras la enorme tela de campaña.

—Cuando estén separadas todas las piezas, solo nos quedaremos trabajando dos equipos: el tuyo y el mío —se queda en silencio y gira la cabeza para mirar a los ojos de Íñigo—: El asunto es confirmar si se encuentran las que pertenezcan a un autocar —sus labios se cierran un instante, dejando que Íñigo asimile la información, y que su mente empiece a barajar de qué le está hablando. Añade en un leve susurro—: A uno muy concreto.

Han comido con frugalidad en un pequeño restaurante alejado de la comisaría. Es un local por el que de vez en cuando Javier Tordo se pasa a degustar uno de sus platos preferidos, cocochas de merluza; pero hoy el ágape ha sido menos rebuscado: ensalada campera y un yogur para el inspector, sopa de cocido, filete de ternera a la plancha y flan casero para Sebastián. Ante la extrañeza de Javier por haber elegido los platos menos calóricos, el subinspector ha solventado la duda con una torva explicación:

—Mi mujer dice que tengo que adelgazar, que me estoy descuidando demasiado.

Javier ha dibujado una leve sonrisa en sus labios antes de aducir:

—Me parece un buen consejo.

Pero de eso hace ya varias horas, ahora se encuentran en su zona de trabajo, dentro de la sala que ocupan otros agentes de policía. Sebastián rastrea en su ordenador quién es el propietario del terreno y Javier escribe las primeras impresiones del caso.

Lleva años realizando la misma rutina, sigue la misma pauta desde que investigó su primer caso: una vez concluida la jornada, no solo redacta el consabido informe oficial, sino que de modo particular, también transcribe todas las particularidades del caso, incluidas sus conclusiones. Hace años utilizaba cuadernos, pero la tecnología le ha llevado a tener un ordenador, en el que archiva, en carpetas diferentes, cada proceso con su epígrafe correspondiente.

Mientras su mente baraja de distintas formas los datos que tiene, sus ojos, con acertado disimulo, escrutan al resto de sus compañeros; a pesar de que la sala es amplia, la situación de su mesa le permite ojear adecuadamente el ir y venir del resto de policías que la ocupan, hasta un total de diez. No ha detectado ninguna mirada extraña, alguien que le observe con un interés deshilvanado.

“Todavía nos mantenemos en estado de bendito aislamiento, ¿cuánto tiempo durará? Es algo que no se puede prever. Mientras que estemos así, trabajaremos ajenos a intromisiones que nos puedan entorpecer. Un caso como este puede levantar ampollas, no de los compañeros que ya estén jubilados, sino de aquellos que en su día no lograron aclarar nada, y que todavía estén en activo. Podrían verse afectados por críticas posiblemente absurdas, pero que pondrían en entredicho sus actuales investigaciones, cuestionando su valía. Que el autocar se haya encontrado a diez minutos del instituto va a resultar un estilete para valorar qué tipo de investigación se llevó a cabo y quién fue el responsable.” Detiene sus pensamientos en ese preciso punto, sobre el que su cerebro ya ha realizado algún análisis, aunque de momento ha optado por dejarlo aparcado. La voz de Sebastián le trae de nuevo al mundo real con cierta lentitud:

—Javier —como ve que su jefe no responde, alza un poco la voz y repite de nuevo el nombre—, Javier.

El inspector mira a su subordinado, que le indica con un gesto de la mano que se acerque. Con pasos rápidos Javier se sitúa a la espalda de Sebastián, que se retira hacia un lado para quedar de frente a su superior.

—He accedido al Registro de la Propiedad por cauces oficiales. Tarda un tiempo en confirmar una serie de consignas antes de permitir el acceso; de hecho, he necesitado que el juez de este caso mandara un auto para que contestaran con prontitud.

Javier no interrumpe al subinspector, sabe que al comenzar a trabajar juntos, a Sebastián le costaba mantener una conversación con él. Ahora, con la familiaridad que da el paso de los años, le gusta explicar con detalle sus acciones; a Javier le parece bien, no le resulta nada pesado si con ello logra que Sebastián trabaje a gusto junto a él. Es consciente de que se obtiene más de una persona si se le permite extenderse en ciertos asuntos, esos que no son importantes, pero que en ciertas circunstancias, son necesarios.

—La primera anotación catastral, en la que se incluyen las lindes y la descripción del terreno, data de 1959, el propietario era un tal Prudencio García —con el dedo va señalando sobre la pantalla del ordenador lo que dice con la voz—. La siguiente anotación es para el cambio de propietario —mira a su jefe—, en el año 1979 el solar pasó a ser del Ayuntamiento de Madrid.

Javier introduce ambas manos en el bolsillo de sus pantalones y, leyendo el texto sobre la pantalla, se asegura de que Sebastián no se equivoca.

—¿No hay más cambios de propietarios? —pregunta al subinspector mientras relee la información.

—No, aquí lo que dice el Registro —toma aire antes de dar sus conclusiones— es que el actual propietario es el Ayuntamiento de Madrid.

—¿Podemos estar seguros al cien por cien? —insiste Javier.

Sebastián se queda callado, su jefe le mira sin pestañear. Deduce, lo puede leer en los ojos de Javier, que no dan tregua al subinspector, que en esta respuesta no hay lugar para los errores.

—Tanto como lo que muestra esta pantalla —algo en el gesto de Javier le dice que esa conclusión es totalmente insuficiente—, aunque necesitaríamos el documento oficial certificado por el Registro —el subinspector aguarda como un colegial el beneplácito de su maestro.

Javier se toma unos segundos antes de contestar, sabe que la respuesta de Sebastián es correcta. Pero su cabeza da vueltas pensando en cómo obtenerlo en el menor tiempo posible.

—Eso es exactamente lo que necesitamos —Sebastián, sin darse cuenta, sonríe de manera algo confusa—, y la urgencia en este caso requiere que el juez San Pedro nos facilite una orden que permita obtener el certificado lo antes posible.

Sebastián observa cómo el inspector se encamina hacia su mesa y levanta el auricular del teléfono fijo.

La decisión la toma a las nueve de la noche, cuando juzga, con suficiente consistencia, que el trabajo restante de aislar las piezas que corresponden a vehículos de distinto tamaño es cuestión ya de poco tiempo.

Todos los integrantes de su equipo se encuentran todavía con suficiente energía para continuar unas horas más. El grupo del subinspector Ignacio Pardo, fresco después de ocho horas de descanso, está contribuyendo, con las energías renovadas, a que la tarea no se dilate más de dos o tres horas, según las previsiones de la inspectora Roncal; por ello decide que no necesita la ayuda del equipo de Alejandro Martínez.

“¿Ves cómo en el fondo la providencia ayuda, y no vas a tener que soportar de nuevo al engreído de Alejandro?” Lo piensa mientras busca el teléfono del subinspector en la lista de contactos y pulsa la tecla de llamada.

—Dígame —la voz de Martínez suena con el tono de alguien que ha sido importunado.

—Buenas tardes, subinspector Martínez —responde Paloma, está segura de que en la pantalla del móvil del policía sale identificado quién le llama, pero como es algo que no puede ver, reprenderle por no tratarla con el grado que corresponde le parece absurdo—. Le informo que no es necesario que acuda al servicio programado a las diez de la noche de hoy —no quiere dejar nada al azar—, comuníqueselo a los integrantes de su equipo; yo lo haré a la central, para que sepan que le pueden asignar un nuevo caso.

—Pero inspectora…

No está dispuesta a entrar en ninguna discusión, su tono se torna gélido al decir:

—Esas son las órdenes, buenas noches, subinspector —corta la llamada sin aguardar respuesta.

“Supongo que ahora el apelativo de ‘puta’ le estará resonando en la boca,” medita mientras guarda el móvil en el bolsillo de su mono de trabajo.

—Vete para casa —son las tres palabras que le dijo Javier a Sebastián cuando abandonaban la comisaría—, es viernes y ya es tarde.

—¿Pero no íbamos a ver a su señoría? —Sebastián se ha quedado clavado en la acera, hay cierto tono de reproche en su voz.

—Para hacer esa gestión me basto yo solo, Sebastián —le responde con suavidad.

Con los años ha ido conociendo a su compañero. De él sabe que le gusta estar con su familia y que el trabajo policial lo lleva con profesionalidad, pero sin un entusiasmo ecuménico; tiene claro que puede contar con él y que, cuando se han encontrado en alguna situación de apuro, Sebastián ha respondido cubriéndole las espaldas. De ser dos extraños, poco a poco se van convirtiendo, juzga Javier, en una pareja bien avenida, que con la persistencia de la convivencia se van respetando cada día más. Se acerca al subinspector, que se ha quedado parado unos pasos atrás; mientras lo hace, le observa los ojos, eternamente saltarines. “Parece que la chispa de la curiosidad por fin te ha entrado, querido Sebastián.” Es el concepto que encuentra en las pupilas del subinspector.

—Son las ocho de la tarde, y este trámite simplemente es comunicarle al juez lo necesitamos. Mañana ya podremos recoger ese documento que nos hace falta —se ha situado frente a Sebastián.

El subinspector analiza las palabras de su jefe, hasta él mismo se ha sorprendido de que la hora de regresar a casa no se le ha venido a la cabeza en todo el día. Pero lo que más ha llamado su atención es el detalle, distinto a la investigación de otros casos, de que en este, sin saber por qué, algo le llama poderosamente a inmiscuirse hasta el fondo. Desea investigar y no perderse ninguna pincelada.

“Javier tiene razón, es un poco absurdo que vayamos los dos, y además le dije a mi hija que repasaría con ella el examen de historia del lunes.” No entra en sus parámetros fallarles a sus hijos, lo que le ayuda a convencerse de no asistir al encuentro con el juez.

—¿Estás seguro? —hay un punto menos de convicción en la interpelación.

—Completamente. Mañana quedamos a las nueve en la comisaría —responde Javier—, dile a tu mujer que hoy no te has saltado la dieta —dice estas palabras ya medio girado, ocultando la sonrisa socarrona que se plasma en su boca.

Llegar hasta la audiencia le lleva tres cuartos de hora de transporte público, sabe que moverse por Madrid, en ciertos momentos del día, es una misión complicada.

Este tiempo le ha permitido meditar sobre el primer informe que ha dejado para su superior, el comisario Raimundo Crespo, que ha sido escueto: ha adjuntado un plano de situación para explicar la proximidad entre el instituto y el lugar donde han encontrado los restos, y una recortada explicación sobre la entrevista con la directora. No ha añadido nada más, y al dejarlo en el despacho del comisario, ha comprobado que ni él ni su secretaria se hallaban en él, así que ha deducido que hasta la mañana siguiente su documento no sería leído. No le sorprende que Crespo no sienta interés alguno por lo que hayan podido descubrir, siempre actúa de igual manera en referencia a todos los casos, excepto en los que la prensa estima que puede ser provechoso.

“En cuanto el comisario analice hasta qué punto este asunto va a remover los rotativos, se pondrá muy pesado, y a medida que la presión aumente, él se tornará asfixiante.” Esta última idea la tiene próximo al edificio en el que tiene su siguiente cita.

Se identifica a los agentes de la entrada, que tras comprobar mediante una llamada al despacho del juez que le está esperando, le franquean la entrada.

Joaquín San Pedro tiene su despacho en la segunda planta. Una estancia antigua de techos altos, con molduras rococó rodeando el perímetro; el suelo es una tarima ancestral pulida hace bastante tiempo, las tablas que la conforman crujen al paso del inspector.

La puerta del despacho se encuentra abierta, la sala que lo precede se halla desierta, los ayudantes del juez salieron hace rato. Una suave luminosidad sale a través del hueco por el que a Javier le llega la voz del magistrado.

—Adelante, inspector —el crujido del suelo lo ha delatado—, no sea tímido.

Joaquín no está sentado en su habitual sillón de trabajo, un vetusto mueble que hace juego con la mesa, abarrotada de legajos; por el contrario, se ha instalado en una butaca de la misma época que el resto del mobiliario. A juego con una hermana gemela, conforma, junto a una mesa baja, un triunvirato independiente, aunque no discordante con el conjunto.

Cierra el expediente que estaba estudiando y con un gesto de la mano, acompañado de su voz de profesor, se dirige a Javier:

—Tome asiento, inspector.

—Buenas tardes, señoría —sin rechistar, como un aplicado alumno, sigue la indicación de Joaquín.

—Supongo que hay novedades o circunstancias perentorias que le hacen requerir de una rápida acción judicial —lo dice mirando a Javier con franca seriedad, aunque sin dejar de mantener un tono mesurado.

Javier, como es su costumbre, cruza una pierna sobre la otra, la espalda erguida en el asiento sin asomo de rigidez; su naturalidad es absoluta.

—Hemos indagado la propiedad del terreno donde se descubrieron los cadáveres —fija sus ojos verdes en el semblante serio de Joaquín—, en el registro el propietario que aparece es el Ayuntamiento de Madrid, y lo es desde antes de que desapareciera el autocar, señoría.

—Deje el tratamiento para cuando estemos en público o en el juzgado —el tono no admite contraposiciones; después sigue un silencio largo y espeso.

—Necesita una orden para obtener una copia simple, ratificada de puño y letra por el registrador de la propiedad al que competa esa zona no es una pregunta, la afirmación es contundente—. Como hoy es viernes, si le expido el edicto ya, mañana puede ir al registro y obligar al registrador a tener la información de inmediato, perfectamente documentada y avalada.

El público inexistente lo habría entendido a la perfección; Javier Tordo se limita a asentir con un leve movimiento de cabeza, aunque sabe cuándo debe acompasar sus acciones con sus palabras.

—En efecto es lo que necesito. No hay lugar para los errores cuando se investiga un crimen, sea el que sea —no añade el tratamiento, Joaquín se lo ha dejado claro y a Javier no le gusta que le repitan dos veces la misma cuestión—. Hay que cerciorarse de que el propietario es el ayuntamiento, sin lugar a dudas.

—Me parece lo adecuado —el juez realiza una pausa, en la que sus ojos se pierden por un instante hacia la ventana; solo ve oscuridad—. Es un dato preocupante —su mente marcha rápida—que los restos hayan aparecido en un terreno que supuestamente pertenece a la administración pública, y no me malinterprete —Javier no ha movido ni un ápice los músculos de su rostro—. No lo digo desde un punto de vista político, le aseguro que para mí es más que superfluo, sino desde el punto de la investigación en sí.

Javier aguarda ante el silencio del juez, espera a que sus miradas se crucen de nuevo; entonces, la voz de Joaquín continúa con su exposición:

—¿Es que en su día no se buscó el autocar desaparecido en un terreno que pertenece al ayuntamiento de la capital de España? —Joaquín tensa su mentón—: Me parece bastante incongruente, teniendo en cuenta que no haría falta ni una orden de registro —deja le idea en el aire sin añadir nada más, es como una voluta de humo que se obstina en desaparecer.

—De ahí la urgencia en corroborar ese dato —sentencia Javier—, estamos en un solar, que todo preconiza que será público, con las evidencias de treinta y siete cadáveres que hasta ahora jamás se habían encontrado —decide añadir un dato más—: Un lugar que se encuentra a diez minutos del instituto. Sí, es algo más que preocupante que en su momento no se realizara una comprobación del lugar.

Se instala el silencio entre ambos, la pregunta que tiene Joaquín en la mente le sale escueta:

—¿Y si el enterramiento de los cadáveres fuera reciente?

—Esa posibilidad nos la dirán los forenses, que sin duda sabrán con exactitud cuánto tiempo llevan sepultados en el lugar los restos —Javier ya ha valorado esa posibilidad, y no tiene intención de dejar mucho tiempo sin obtener una respuesta.

Joaquín se incorpora del asiento meditando la respuesta del inspector, con pasos cortos se dirige a la mesa donde trabaja habitualmente; se toma su tiempo para instalarse, cuando está cómodo empieza a mover los dedos sobre las letras del teclado.

—Le redacto la orden —comenta mientras escribe. Otro silencio, nuevamente interrumpido por el juez—: El dato que nos confirme la datación del enterramiento es importante.

Javier se levanta, camina hasta quedar en pie cerca del escritorio de Joaquín, que no aparta la vista del documento que está redactando hasta que no pulsa la opción de imprimir; solo en ese instante mira a los ojos al inspector.

—Lo obtendré de inmediato, si los forenses pueden confirmarlo.

Joaquín San Pedro firma el documento que acaba de expedir y se lo entrega a Javier. Sabe que las palabras del inspector prolongarán la ya de por sí ilimitada jornada un rato más.

—Espero su llamada.

Javier abandona el despacho, con un templado ‘buenas noches’. El juez San Pedro lo ve partir, se alza del sillón y se acerca al ventanal, las luces de Madrid lo reciben con la profusión habitual. Lleva casi treinta años trabajando para impartir la ley; en su camino quedan preguntas sin respuesta, momentos en los que dudó de la veracidad de su trabajo, situaciones en las que el pulso de otros, menos comprometidos con la esencia de la justicia, hubiese temblado, pero el suyo no. Ha soportado presiones, algunas veladas, amenazas, súplicas, incluso llantos de reos. Pero la inquietud que ya sintió la noche anterior, en la reunión que sostuvo junto a los restos de unos cadáveres recién exhumados, no le ha abandonado en todo el día.

“Vamos a caminar por una cuerda muy floja en todo este caso.” Los parpadeos que surgen de la luminiscencia de la urbe le resultan completamente ajenos. “¿Dónde encontrar una red que nos proteja ante un tropiezo? Será imposible hallarla, podremos mantener alejada a la prensa un tiempo, pero después serán como tiburones a por carnaza. Se nos tasará cada paso que demos, y se reabrirá la antigua investigación. Saltarán a la palestra charlatanes con hipótesis descabelladas, y volverán a entrometerse en la vida de esas familias. Cargarán, no solo la prensa, sino también aquellos jerarcas que deseen verse libres de culpas, contra todos los que investigaron el caso en su momento, con el manido ‘depuraremos responsabilidades’.” Unas gotas de bilis le recorren el estómago. “Chupatintas de despacho, solo preocupados por el cargo que ocupan.” Habla desde la experiencia de un hombre que ha lidiado con políticos mequetrefes; el semblante se le torna recio. “No hay lugar para andarnos con divagaciones, todo va a correr en contra nuestra.”

Se aleja del ventanal, si por un instante parece que los hombros le pesan, se quita la sensación irguiéndose y apretando los dientes.

El comisario Raimundo Crespo, después de comer con su contacto dentro del ministerio del Interior, fue a recapacitar sobre la conversación mantenida a uno de sus lugares predilectos: el club de golf Puerta de Hierro.

Es una institución a la que tiene acceso gracias a su padre, que le facilitó una acción, de un interesante valor económico, hace ya tres décadas, que con el correr de los años ha ido aumentado exponencialmente su importe.

Raimundo se siente a gusto en este lugar, en invierno en alguno de los dos salones interiores para los socios, y cuando llega el buen tiempo disfrutando de la terraza que da al campo de golf. Por lo menos dos veces por semana pasa unas horas en el club; los años de dedicación le han ido, poco a poco, granjeando una serie de amistades, que él considera necesarias.

Escoge una de las cómodas butacas, situadas frente a los enormes ventanales que tiene el salón. En el exterior, el cielo, que ha permanecido cubierto todo el día, se resiste a dejar pasar la luz, y continúa pertinaz en no arrojar ni una gota de agua; parece que desea mantener a los madrileños en la incertidumbre, como si se tratara de un cómico demasiado espeso en sus chistes.

Pide un café con leche y una copa de coñac, el camarero le conoce desde hace tiempo y la comanda es la habitual. Nadie del resto de ocupantes de la estancia se encuentra entre los que considera elementos que puedan reportarle algo interesante, por lo que su mente intenta acotar los pros y contras de la conversación mantenida durante la comida.

“Mi ascenso está a punto, eso ha quedado claro, es cuestión de tres o cuatro semanas, ahí ha estado muy sincero Francisco Clavijo.” Su imagen regresa a su mente: un hombre recién cumplidos los sesenta años, de rostro y silueta oronda, con los ojos pequeños, jugueteando de la comida al vino del que no se recata, y de ahí al trasero de las mujeres que pasan por delante. “Pero como a mí, el descubrimiento de esos restos le ha creado alarma. Lo ha catalogado como ‘un asunto espinoso que debemos llevar con especial cuidado si no queremos que nos salpique’; me gusta que hable en plural, aunque sé que si algo se torciera, pasaría al singular con rapidez.” El camarero se presenta con una bandeja impecable, sirve con cierta parsimonia la bebida. Una vez solo, retoma el hilo de sus pensamientos. “No puedo dejar que nada estropee mi nuevo puesto en el ministerio como subdelegado; es un cargo que me puede llevar hasta bastante más alto en poco tiempo, si me manejo bien.” El café le inunda el paladar, lo saborea despacio. “Pero para que todo siga la línea que he trazado, hay que mantener controlado ese caso del autocar. Si estoy alerta e informado, puedo adelantarme a cualquier contrariedad que pudiese ensuciar mi carrera; siempre están los investigadores del sumario para que carguen con las culpas, que a fin de cuentas son los que pueden cometer los errores.” No le tiembla el pulso cuando se lleva la copa de balón a los labios. “Si todo acaba bien, como superior suyo puedo atribuirme los méritos que precise, en eso no habrá problema.”

La tarde declina con rapidez, y las luces, hábilmente dispuestas para que no molesten a los ocupantes de la sala, se encienden dando al ambiente un aspecto más tenue.

Raimundo pide una segunda copa de licor, se entretiene en olerlo mientras observa cómo una mujer atraviesa la estancia; alta, delgada, melena corta recogida en una cola de caballo, suave maquillaje que ayuda a alejar de un observador avispado los cuarenta años que tiene. Viste un traje de Carolina Herrera de un pálido color verde, que se amolda perfectamente a las curvas de su figura; lo combina con blusa blanca y zapatos de alto tacón, que todavía la dan más empaque.

Se acomoda en un rincón en una cómoda butaca, de manera que queda de espaldas al resto de las personas. El comisario no pierde detalle de la atención que le dispensa el camarero, que tarda unos minutos en servirle un cóctel.

Raimundo deja de mirar a la mujer, y dedica unos minutos a pasear sus ojos por el salón. “Gente habitual, cada cual a lo suyo. Para estos, disfrutar de la vida es su manera natural de vivir, un lugar privilegiado en el que los que están, no valoran cuánto puede costar entrar aquí. Hoy es viernes, pero para muchos de ellos, lo es toda la semana.”

Tras esta digresión se levanta, y sin dejar de mirar de reojo todo el entorno, se acerca hasta la mujer que, sola, disfruta de su bebida; sin pedir permiso, se sienta frente a ella. La sala casi desaparece de sus ojos, él queda oculto al resto por la posición de los asientos.

—Hola —saluda ella, después de dejar el vaso sobre la mesa.

Raimundo inclina la cabeza, a modo de contestación.

—Llegas un poco tarde, Gabriela —no desea que suene a reproche—, me ha dado tiempo a cavilar sobre una interesante comida que he tenido hoy.

Ella lo mira despacio.

—Bonito traje —su voz es cadenciosa, con un acento suave que parece colombiano—, te queda bien.

—Gracias —responde con seguridad Raimundo, dando solvencia a su tono—. Tú estás muy guapa, el aliento de alguno se ha congelado cuando has atravesado el salón —un reguero de orgullo acompaña el comentario.

La sonrisa de la mujer es graciosa, casi de sonrojo, en unos labios bellamente tallados en su rostro de líneas suavemente acompasadas.

Por espacio de media hora conversan, sin que los ojos de Raimundo puedan dejar de posarse en las distintas partes de la anatomía de la mujer. Gabriela acepta de buen grado sus miradas, incluso las provoca aún más, realizando un insinuante juego de ojos. En medio de una frase de ella, Raimundo la interrumpe:

—Sal tú primero, en cinco minutos te sigo.

Gabriela se queda callada, parece que le ha molestado la interrupción, pero unos segundos después dice con voz arrobada:

—Creía que no lo ibas a decir nunca.

Javier Tordo ha tardado cuarenta minutos en regresar a la comisaría, la suerte en un transbordo en el metro le ha restado algo de tiempo a este segundo viaje. Después, tan solo ha empleado un cuarto de hora en desplazarse en coche hasta el terreno, que mantiene bajo custodia la policía.

Se identifica, por segunda vez en pocas horas, ante un agente con cara de aburrimiento; se encuentra bien acomodado dentro de un coche patrulla, así que bajarse para abrir la cancela metálica lo hace con un ritmo que raya en la desidia. Javier ni lo mira cuando pasa a su lado dentro de su propio automóvil, le enerva la indolencia.

Aparca sin dejar de observar la enorme tienda de campaña que se yergue, como una gran concha fluorescente, en lo que hasta hace poco era un terreno abandonado.

Se demora en abandonar su vehículo, aprovecha para estirar el cuello con calma, hacia ambos lados; siente que las horas que lleva en pie, desde las siete de la mañana, comienzan a pasarle factura. Aun así, nota que todavía le queda algo de vigor; sin perder más tiempo, decide adentrarse hacia lo que queda de nave.

Bordea la tienda, con la mirada va observando cómo ha cambiado el paisaje. Lo que antes era una algarabía de piezas, ha pasado a ser tres montones, dispares entre sí en tamaño y forma, pero con el denominador común de reunir piezas pertenecientes a autocares.

Entre toda la marabunta de despojos, el camión grúa parece el soldado indemne después de abatir a todas las tropas enemigas; junto a él, Javier divisa a Paloma, que conversa con un hombre de espaldas anchas.

Se sitúa detrás de ambos y se anuncia con tono mesurado.

—Buenas noches.

Paloma gira la cabeza, tarda unos instantes en responder, quizás buscando las palabras adecuadas:

—Ya me extrañaba a mí no verte en todo el día —el tono es distendido, casi añade unas gotas de regañina, aunque bien disimulada, que a la propia Paloma se le antoja demasiado familiar. Cambia el tono para presentar a su compañero—: El subinspector Cadalso, su equipo va a colaborar en todo lo que precisemos, el resto de unidades que solicité ya no es necesario.

La voz de Javier la interrumpe para ser él mismo quien se presente:

—Javier Tordo —los dos hombres se estrechan la mano, un apretón franco—, soy el inspector que lleva el caso.

—A sus órdenes, inspector —es la escueta respuesta del subinspector. Íñigo Cadalso es un hombre cabal, al que le gusta saber con qué tipo de superior trata, aunque en este caso, en el que posiblemente trate al inspector indirectamente, no hace más que limitarse a aguzar los sentidos y no perder detalle de la conversación entre los dos inspectores.

—Habéis separado diferentes montones, ¿los de la derecha podrían pertenecer a autocares? —la lógica es la que realiza la disquisición.

—Sí —responde Paloma—, son los trozos que se han podido manejar sin tener que usar ningún tipo de maquinaria —la frase y la mirada de la inspectora van hacia el vehículo que tienen a sus espaldas—. Para el resto se ha traído esto.

Javier ni lo mira, prefiere seguir con atención las explicaciones de Paloma. Ella, que ha detenido por un instante el torrente de palabras, siente que aparte de escucharla, él está trazando un inquietante juego con sus ojos.

—¿Cómo distinguís que las piezas apartadas no pertenecen a otros vehículos de grandes dimensiones? —ha involucrado en la consulta a Íñigo, mirándolos alternativamente; Paloma deshace las dudas de Javier.

—Con fichas técnicas. Hemos topado con partes de vehículos de grandes dimensiones, pero al cotejar con las fichas la mayoría pertenecían a autobuses; de hecho… —deja la frase en suspenso, siente que el juego de los ojos verdes de Javier comienza de nuevo. Echa a caminar hacia las paredes donde se apilan las piezas; le inquieta la mirada del inspector, con la que tropieza de nuevo al detenerse junto a la chatarra, aunque prosigue con sus explicaciones—: De hecho, gran parte de los restos que aquí se apilan fueron en su día autobuses de las líneas que circulan por Madrid.

Íñigo se limita a asentir una vez, aparta sus ojos de la chatarra para, con el disimulo de la experiencia, seguir observando qué más sucede entre los dos inspectores. Después de un breve silencio, Javier se dirige a ambos, es un hombre educado y no le gusta dejar a nadie fuera:

—Sería acertado pensar que este lugar fue, en su momento, el sitio donde se desmontaban los vehículos que, por las razones que fuesen, dejaban de utilizarse —su mente ha unido las palabras de Paloma al descubrimiento del propietario del terreno. “Teniendo en cuenta la cantidad de autobuses que circulan por Madrid, tiene su lógica que el ayuntamiento disponga de un lugar donde deshacerse de los autobuses que ya no sirven.”

—Sí, puede ser, a la vista de lo que hay —Paloma, que de manera deliberada se está inmiscuyendo en el juego que plantea Javier, ha respondido más pendiente del verde de las pupilas del inspector que de sus propias palabras. Se recrimina en silencio por ello: “Estate a lo que debes, y céntrate en tu trabajo.” Decide darle al inspector una noticia que sabe que le va a interesar—: Se han encontrado varios asientos con impactos de proyectil.

Javier se da la vuelta mientras a sus labios asoma una cuestión. Mira a Íñigo y después, con estudiada calma, a Paloma.

—¿Cuántos?

—Ocho, con tres o cuatro balazos cada uno —responde con lentitud Paloma—, hay hasta un total de treinta y dos asientos más que podrían encajar y pertenecer al mismo autocar, los restos de tapicería, la reseña del fabricante, y la numeración que, aunque borrosa, estamos convirtiendo en legible, nos dan una probabilidad muy alta —realiza una pausa, los ojos de Javier la miran con intensidad, en sus labios es incapaz de distinguir si hay un deje de sonrisa o de concentración—. Pero tan solo ocho tienen restos de haber recibido disparos.

Parece que Javier se va a aproximar aún más a la inspectora, los labios de ella se entreabren, como si quisiera decir algo, para detener o precipitar lo que fluye en su interior. “Qué te está pasando, parece que estás en la barra de un bar ligando, ¡por favor, contrólate.” Javier detiene su movimiento, la mira y, como quien abandona un náufrago en una isla, dedica su atención al subinspector.

—¿Ahora qué haréis? ¿Uniréis piezas, como si se tratara de un rompecabezas? —ha trazado cada gesto con estudiada preparación, consciente de lo receptiva que se encuentra Paloma. “Me encanta este juego, y prolongarlo le añade un alto valor de tensión.” Mira de nuevo a la inspectora. “Tranquila, todo a su momento.”

—Ese es el siguiente paso —Paloma utiliza un tono lo más neutro que puede, aunque continúa devolviendo los envites con sus pupilas castañas, rendidas cada vez más al inspector Javier Tordo—, pero necesitamos la ficha técnica que corresponde al vehículo concreto que estamos buscando.

—Que la tiene la empresa fabricante del mismo —las palabras son como de pasada, rememorando la conversación mantenida con el juez la noche anterior.

En ocasiones la casualidad mezcla las situaciones; las palabras finales de Javier van acompañadas del sonido de su teléfono móvil, que le avisa que tiene una llamada entrante. Se lleva el aparato al oído, sin que su rostro muestre ningún signo de sorpresa, y sin perder de vista a sus contertulios.

—Dígame —es su corta respuesta; tras escuchar en silencio, tan solo añade—: Ahora mismo voy, no se preocupe —un nuevo silencio antes de despedirse tan parcamente como comenzó la conversación—: Adiós.

—Enseguida regreso —lo dice mientras se aleja, aunque detiene sus pasos y con la cabeza medio ladeada, realiza un apunte—, no os mováis de aquí.

La voz de Paloma le llega con cierta cacofonía por la enormidad de la nave.

—Hasta que no tengamos esos documentos, poco podemos hacer ya.

—¿A dónde va? —es la pregunta que realiza Íñigo cuando Javier ha desaparecido, tragado por la zona en la que la iluminación que han dispuesto los técnicos muere.

—No lo sé, pero si no regresa en cinco minutos nos vamos —responde con cierta ofuscación ante la imprevista reacción del inspector, Paloma siente que el juego tiene otras variantes de hechos y formas, y se hace una pregunta: “¿De verdad quieres involucrarte en eso que insinúa Javier? Piensa que tal vez te estás equivocando, tu interpretación de sus miradas y gestos puede ser errónea.” Sus ideas se ven interrumpidas al ver avanzar la figura de Javier, con pasos cortos y rápidos; algo en ella se alivia, tal vez el saber que lo tendrá a su lado otra vez.

Una leve sonrisa acompaña el gesto del inspector al tenderle un sobre cerrado, de tamaño medio, a la inspectora. Clava su mirada en sus ojos, antes de decirle:

—La justicia ha actuado con diligencia, un secretario del juzgado aguardaba en la puerta con este envío.

Paloma rasga el sobre para acceder al contenido, lo que le da tiempo para apartarse de las pupilas de Javier. En esos momentos, en su cabeza continúa bailoteando la pregunta que no se ha respondido.

—Parece que el juez quiere que dispongamos de todos los instrumentos necesarios para resolver este caso —son las palabras de la inspectora, con un sentimiento de reconocimiento ante lo rápido que ha actuado Joaquín San Pedro.

—¿Vais a comenzar ahora con la reconstrucción? —pregunta Javier, que se adelanta unos pasos, dejando a su espalda a ambos policías.

—Sí —es tajante la respuesta de Paloma consultando su reloj, que marca la una de la madrugada—, trabajaremos hasta las cuatro —mira a Íñigo, que asiente con los párpados—. Después nos iremos a descansar y mañana reanudaremos el trabajo sobre las doce de la mañana.

Javier posa una mirada breve en los ojos castaños de la inspectora, que ella rehúye de manera consciente.

—Buenas noches, espero que les sean provechosas las próximas horas —sabe que su despedida debe de ser correspondida.

—Buenas noches, inspector —responde Íñigo, girando su cabeza con una mueca en los labios, difícil de interpretar.

—Hasta mañana —acompasa Paloma que, aunque de manera fugaz, se deja ver en las pupilas de Javier.

—En efecto, mañana vendré a verte —con rapidez se gira, dejando que sus palabras floten por la nave; Javier es siempre consciente de lo que dice, y cuando ha decidido plantear una búsqueda de algo más, ciñe bien cada sílaba. Aunque en esta ocasión, los velados recuerdos de las caricias de otra mujer le persiguen más que de costumbre; también es consciente de este hecho.

La directora Eva Garcilaso, a pesar del frescor de la noche, ha dejado la ventana ligeramente abierta, los ruidos de la ciudad invaden su espacio como seres conocidos, colegas diarios que en las noches de insomnio, recorren con ella el largo camino de la alborada.

Su mente continúa inmersa en la visita que recibió durante la mañana; de su cabeza no se aparta la conversación mantenida y los dolorosos recuerdos que han resurgido.

Evoca, sin poder remediarlo, imágenes de aquellos años, reminiscencias de diálogos, un complejo entramado de resguardados fotogramas que envolvía con tesón dentro de sí, pero que esta noche, liberando ataduras, flotan por su habitación. Aunque lo que más le preocupa es saber el motivo de aquella reunión.

“¿A qué se debe que, tras veinte años, la policía se presente para hablar del caso? ¿Por qué motivo revuelven el pasado?” Se gira en el rebujo que forman las sábanas. “¿Es que han dado con algo? ¿Será posible que, después de tanto tiempo, hayan encontrado alguna pista de lo que sucedió?” Abre los ojos y la oscuridad de la habitación los envuelve. “¿Qué otro motivo podría haber?”

—Dios mío, dios mío, los han encontrado, algo tienen, si no esa visita de la policía sería absurda —no se da cuenta de que habla, de que ha convertido sus pensamientos en un bisbiseo aletargado—. Dios mío —repite varias veces, apagándose el sonido casi muerto de su voz—. No hay otra respuesta, han descubierto el lugar donde fue a parar el autocar, y al encontrarlo, también han dado con el curso, con María —se incorpora hasta quedar sentada en la cama, hunde la cabeza entre sus manos—. Tanto tiempo, tanto tiempo y por fin vuelven. Tal vez ahora, esa idea confusa que nunca logró encajar se coloque en su sitio, ese detalle que veo pero que no entiendo, quizás se enfoque de otra manera —los sollozos la invaden, inundan sus ojos, las mejillas ajadas fenecen en las palmas de sus manos, una idea se plasma en su cerebro—: Tengo que hablar con Verónica.

Javier no se marcha de la nave, sino que se encamina al interior del hospital de campaña. Sus pasos cautos no despiertan de su labor a ninguno de los cuatro forenses que se encuentran en ese momento trabajando.

Durante sus años en el cuerpo, ha compartido casos con diferentes especialistas en el arte de trazar las líneas correctas en esas muertes que le obligan a intervenir a él; desde que le conoció, su relación con Federico Montes ha sido de enorme camaradería, llevando su amistad fuera de los asuntos policiales: cenas, copas y charlas hasta la madrugada.

Le reconoce por la tonsura de su pelo, que los años han ido acrecentando sin piedad. Al avanzar las distintas formaciones óseas, colocadas longitudinalmente, parecen una formación de soldados rindiéndole los honores.

—¿Hoy no vas a dormir? —con su pregunta Javier no logra que Federico se descentre de su trabajo, aunque la respuesta llega sin demora:

—Creo que no, teniendo en cuenta la que has liado. ¿A quién se le ocurre encontrar tantos cadáveres juntos? ¿Te aburrías, o qué?

Javier se sitúa en paralelo a su amigo, Federico es un hombre de rostro alargado y estrecho, como una caricatura; nariz ganchuda y barba que parece que nunca termina de afeitar, delgado, de andares desparramados, con un vestir despistado y carente de cualquier elegancia. Pero su cerebro funciona con una gran capacidad: forense, pianista, y maquetista de viejas batallas que colecciona en su casa. Le mira por encima de sus gafas redondas durante un instante, para regresar con diligencia al hueso que está examinando.

—Simplemente atendí una llamada, y ya sabes, la diosa casualidad me tenía preparado un plato para digerir con mucha paciencia —no hay ningún sentimiento de reproche en su tono, más bien de agrado.

—Treinta siete cadáveres —la afirmación es rotunda—, es un caso de una enorme envergadura. No recuerdo nada igual en este país, a excepción de las fosas comunes de la guerra, y ahí ya sabíamos que los asesinos eran por igual de los dos bandos.

Unos instantes para la reflexión, Javier tiene asimilado que se encuentra ante una situación de enorme trascendencia; y ya lo ha digerido, sabe encajar con tranquilidad los vaivenes de la vida.

—No hace falta que te diga que las presiones van a ser máximas.

Federico le mira, parece un viejo quijote, sabio y algo delirante, con una cabeza que hila fino siempre, por lo que Javier aprecia sus comentarios. Sus palabras son una petición de ayuda, necesita información, antes incluso de que se emitan los informes. El forense no duda en ponerse de su lado.

—Lo imagino, sobra decir que cuentas conmigo —tras el comentario continúa enfrascado en el análisis que realiza.

Javier no tiene la menor duda en proporcionar a Federico los datos corroborados de que dispone hasta el momento:

—¿Recuerdas un autocar lleno de adolescentes que desapareció hace veinte años? —Javier ha posado sus manos bien formadas sobre la superficie que hace de mesa, pasa un dedo sobre la superficie de un fémur—. Encontramos en el foso un carnet perteneciente a uno de los estudiantes desaparecidos.

Federico mira a su amigo, enarca una vez las cejas, es el sencillo gesto con el que acepta la información, que por otro lado su febril mente cataloga de manera precisa. Recuerda la enorme confusión que levantó aquel caso y las diferentes especulaciones que se trazaron. Deja el trabajo antes de hablar:

—Te diré que hasta ahora, hemos cotejado treinta y cinco esqueletos de hombres y mujeres con una edad entre quince y diecisiete años, y dos de adultos, un hombre de unos cincuenta años y una mujer cercana a los cuarenta y cinco. Todo apunta a que son los restos de los ocupantes de aquel autocar.

Ambos hombres guardan silencio durante unos instantes, tal vez barruntan el alcance de sus descubrimientos.

—Estamos ante un caso complicado —Federico muestra preocupación en su tono. Recuerda cuántas especulaciones se hicieron entonces, y también cómo sectores de la prensa y políticos de pacotilla arremetieron contra policías y forenses, tachándoles de incapaces—. Mucha gente va a lanzarse en picado sobre nosotros.

—De momento tenemos algo a nuestro favor, y es que nadie sabe qué es lo que hemos descubierto. Será una ventaja no tener a los periodistas encima. Debemos aprovechar el tiempo al máximo.

—Trabajaremos sin descanso —Federico es muy consciente de la envergadura del sumario, y de que cada minuto va a ser importante. Cuanta más información logren obtener antes de que comiencen las intromisiones, más posibilidades tendrán de dar con algo consistente.

Javier asiente, sabe que puede contar con el forense, que se involucrará al máximo en la investigación, y se lo agradece con un asentimiento de cabeza. Acto seguido se sumen de nuevo en los vericuetos del trabajo de Federico.

—¿Ya están completos los esqueletos? —pregunta el inspector echando un vistazo alrededor, y comprobando que todavía quedan multitud de huesos en una montonera.

Federico entiende la pregunta ante la mirada de Javier, le responde con absoluta precisión:

—Lo que queda son huesos menores. Los cráneos y pelvis nos han dado el sexo, las dentaduras la edad, ya solo nos dedicamos a ir encajando el resto —lleva muchos años conviviendo con la muerte, y viejos huesos no le inmutan, de ahí que su tono sea tan profesional.

Javier tiene preparado un esquema mental de cuestiones para las que necesita respuesta, y comienza a desgranar sus disquisiciones:

—¿Sabemos ya los años que han transcurrido desde su muerte?

—La datación es sencilla para una fecha que para nosotros puede ser larga, pero que para los huesos es casi actual —arquea las cejas antes de dar su veredicto—: Veinte años.

Javier asiente, completamente entregado a una conclusión que tenía por segura a un noventa por ciento, pero que ahora la ciencia eleva a un cien por cien.

—¿Cómo murieron, Federico? —con la mirada abarca toda la tienda, parece que congrega a los esqueletos a que escuchen y den su aprobación al análisis de su amigo.

—Diría que ejecutados —somera respuesta que acompaña señalando una de las osamentas, se acercan los dos hacia un extremo de la mesa. Federico coge en su mano la calavera—. Hemos encontrado signos de disparo desde diferentes ángulos en casi todos los cráneos; los menos tienen las costillas con signos de haber recibido dos o tres tiros —con el dedo índice señala un agujero a la altura de la sien—. Es una apreciación basada en la experiencia, todavía hay que cotejar bien los indicios para que esa sospecha se convierta en una afirmación rotunda.

Javier mira la calavera, quizás buscando en las cuencas vacías una respuesta a las preguntas que tiene en mente.

—¿Dónde crees que los ejecutaron, en el interior del autocar o hicieron una fila con ellos y los fueron matando? ¿Qué opinas? —Javier busca confirmar lo que el equipo de la inspectora Paloma ha descubierto: las perforaciones en los asientos indican que el lugar de las ejecuciones fue dentro del vehículo.

—Tienes que darnos algo de tiempo para poder dar detalles más específicos —Federico posa de nuevo el cráneo en su lugar, tomándolo de las manos de Javier con suavidad—. Sí te puedo decir el tipo de arma que se utilizó: pistola automática del calibre treinta y ocho, y fueron tres las que se usaron.

—Gracias por los datos —le dice Javier con un tono de gratitud—, me dan la confirmación que necesitaba para saber que los restos pertenecen a aquel curso escolar.

—A medida que tenga más cosas te las comunico, serás el primero en saberlo —Federico da una palmada en el hombro a Javier—. Por cierto, ¿quién dirige al equipo de la científica? —sabe que es una mujer, y ha deducido que su amigo habrá recurrido, si las circunstancias se lo han permitido, a alguien en quien confíe.

—La inspectora Paloma Roncal. Ya he estado con ella en otros casos, es una gran profesional —hay un punto de reconocimiento en el tono que detecta de inmediato Federico.

—Perfecto entonces, porque para solucionar este asunto, necesitas a profesionales de verdad.

El inspector sabe que, de momento, no hay más que pueda sacar de aquel lugar, y que cuenta con la ayuda que necesita dentro de aquella enorme tela.

—Me marcho entonces, te dejo que continúes —se estrechan la mano con la fuerza de dos viejos camaradas.

—Whisky, mañana, si te viene bien —es la frase de despedida de Federico Montes a un Javier Tordo que ya casi ha salido.

—Te llamo —es su respuesta.

El restaurante Lamucca se encuentra en la calle Prado, a la altura del número dieciséis, vía que transcurre entre la plaza Santa Ana y la Carrera de San Jerónimo. La puerta de entrada tiene un pequeño zaguán donde hay una mesa, ocupada en ocasiones por clientes disfrutando de un pitillo.

Javier Tordo atraviesa la puerta, se detiene un instante y recorre con la mirada el lugar que tan bien conoce: una sala enorme en la que mesas y sillas de madera para los comensales se distribuyen de la manera más conveniente, dependiendo del público. Antiguos muebles sirven de alacenas, o depositan en su interior botellas y cuberterías; sobre las mesas, dispuestas sin manteles, hay un escueto quinqué. Un nutrido grupo de camareros de diversas nacionalidades sirven de manera rápida, como si actuaran en un guion muy bien ensayado. La iluminación es tenue, la música de ritmo variado, pero en un tono que siempre permite conversar.

Javier avanza dos pasos y su mirada topa con el jefe de sala, Esteban, que viene hacia él con una sonrisa en los labios y la mano extendida.

—Buenas noches, Javier —allí su presencia es familiar.

—Buenas noches, Esteban —estrecha su mano—, veo que como siempre, esto se encuentra lleno a rebosar.

—Por suerte sí, estoy haciendo cábalas para tener contento a todo el mundo —su mirada se aparta del inspector y con ojo experto, observa al pequeño grupo de gente que acaba de acceder al local, su mente empieza a pensar dónde sentarlos—, pero me apaño bien.

Javier sabe que no es buen momento para entretener a Esteban con una charla, aunque si se queda hasta el cierre, como en otras ocasiones, podrán hablar disfrutando de una margarita.

—Yo me busco sitio en la barra —lo dice antes de que Esteban le haga el ofrecimiento de instalarle—, tú sigue a lo tuyo, que si no esto se descontrola.

El inspector avanza dejando a su derecha una pequeña zona de mesas altas, que no tiene ni un sitio libre. Carlos, el camarero de la barra, lo saluda; es un treintañero de pelo rizado negro y rostro agraciado, con un cuerpo que cuida en el gimnasio. Junto a él está Esmeralda, una mulata de larga melena y rostro risueño, sus grandes ojos llaman la atención de cualquiera; viste una camiseta negra con el nombre del local, todos los integrantes del servicio la llevan, y unos pantalones ajustados que dejan a las claras las sinuosas curvas de su cuerpo.

Javier saluda a ambos levantando la mano, no le hace falta pedir su consumición, saben lo que bebe: primero una cerveza helada de barril, después una margarita clásica.

Mientras deja que la frialdad de la birra le calme la sed, va observando con detenimiento a las personas que cenan en el local. “Hay de todo, como siempre, es lo bueno de este sitio, lo variopinto de la clientela: adultos que buscan una noche diferente en un local distinto, homosexuales pregonando su existencia sin cortarse, jovencitas con las faldas demasiado cortas que esperan encontrar una aventura lejos de niñatos de su edad, mujeres maduras con excesivo escote, recorriendo con la mirada, cual aves de presa, a cualquiera que puedan llevarse esa noche a la cama.” Desvía sus ojos cuando una mujer le mira sin inmutarse durante demasiado tiempo. “Esto es lo que me gusta, que puedes encontrarte con una noche inesperada, o disfrutar tan solo mirando.”

A su derecha hay otra mujer, ya la vio nada más entrar, de unos cuarenta años, morena, pelo largo, ojos color miel, atractiva, ligeramente pintados los labios; viste un vestido de color granate que se le ajusta a una figura que tienta los ojos de Javier.

Aprovecha para cambiar de bebida y así aproximarse a ella, que queda a su espalda, conversando con dos amigas; un nuevo contingente de clientes entra, a la espera de que les asignen mesa, engrosando la zona cercana a la barra.

Todo sucede sin que nadie repare en lo que está aconteciendo, la mano de Javier palpa sin inmutarse las nalgas de la mujer morena. Cuando él ceja en sus movimientos, es ella la que inicia un suave contoneo, discreto, envuelto en el ambiente incomparable de Lamucca.

Las tres mujeres se besan, despidiéndose; como si nada ocurriera, ella se gira.

—Mira que te gusta mi culo —le suelta a Javier, después lo besa con fuerza, mientras sus manos lo atraen hacia ella.

Javier aprieta las nalgas, ella tiene claro que lo que siente contra su pelvis va subiendo de tamaño, y sabe muy bien hasta dónde es capaz de llegar, lo cual le provoca un tibio cosquilleo entre las piernas.

—Tu culo y el resto de tu cuerpo —le susurra al oído—, y ya sabes para qué —la besa despacio por el cuello.

—Lo recuerdo de ayer por la noche —no deja que se aparte de ella ni un milímetro—, pero lo mejor sería que volvieses a insistir —pega su boca al oído de Javier antes de decirle—: Y cuanto más adentro, mejor.

Javier sonríe ante el comentario, a su cabeza acuden las imágenes de su primer encuentro. Dos semanas atrás disfrutaba de su segunda margarita, acomodado en una de las sillas altas junto a uno de los ventanales; sus ojos habían caído repetidas veces sobre una mujer que cenaba en compañía de otra. La vio abandonar la mesa, ocasión que aprovechó para valorar su figura, que le resultó altamente inspiradora; ella, que iba camino de los aseos situados en la planta inferior, se tomó su tiempo al bajar las escaleras para desafiarle con la mirada y sonreírle con los labios. Javier las había visto beber vino durante la cena, y decidió que era el momento de dar el primer paso: encargó al camarero que les sirviera dos margaritas. Aquella noche compartieron la cama, aunque no sus nombres; de hecho, todavía mantienen su anonimato.

—Pocas cosas sabemos el uno del otro —sus rostros están muy cercanos, comiéndose con los ojos—, me gustaría saber al menos tu nombre.

La mujer hace un mohín con los labios y le responde socarrona:

—¿Y para qué lo quieres saber, Javier?

Este, que nunca le ha dicho cómo se llama, piensa rápido, aunque se imagina casi al instante cómo lo ha averiguado.

—¿Cuál de los camareros te lo ha dicho?

—Da lo mismo —le pasa la mano por el rostro—, me llamo Alba.

—¿Y qué más cosas les has sonsacado a esta pandilla de cotillas? —inquiere Javier con media sonrisa.

—Poca cosa más —Alba bebe de la margarita de él—, eso tú ya lo sabes, porque aquí, aparte de tu nombre y que vienes mucho, tu vida diaria no está a su alcance.

—Entonces perfecto, estamos empatados —le susurra Javier—. Si deseamos saber más de nosotros, preguntémonos el uno al otro —hay cierto tono de desafío en su tono.

Ella apura la bebida y sonríe antes de decirle:

—Quizás más tarde, cuando esté satisfecha, te interrogue.

Gabriela acaricia con suavidad el estómago del comisario Raimundo Crespo, pasa la yema de los dedos por su piel, que reacciona erizándose.

—¿Qué tal fue la comida? —le pregunta mientras su mano se desliza un poco más abajo y comienza a jugar con el vello púbico de él.

—Bien, ya me han asegurado el puesto; ese presuntuoso de Clavijo me certificó que seré subdelegado del ministerio del Interior —hay orgullo en su tono—. Sabía que este momento llegaría, y una vez dentro, mi carrera seguirá avanzando.

Gabriela se incorpora y le besa en la boca, su mano continúa jugueteando y de nuevo, hace que los labios de Raimundo sientan el sabor de los suyos. Lo mira a los ojos y encuentra en ellos un bosquejo de preocupación; lo detecta enseguida, es casi un año de relación y para Gabriela, Raimundo no tiene secretos, poco a poco los ha ido deshilachando.

—¿Qué ocurre? Algo te inquieta —vuelve a colocar la cabeza sobre el pecho de él, mientras su mano comienza a acariciarle el pene.

—Me gusta que siempre sepas cuando me ocurre algo, te preocupas por mí y eso me hace sentir bien.

—Ya sabes lo que siento por ti, te quiero, y lo que te pase es parte de mi vida, Raimundo —su voz es un placebo para los oídos del comisario.

—Ha entrado un nuevo caso —comienza Raimundo, le explica a su amante las circunstancias y las consecuencias que puede traer, buenas o malas según transcurra la investigación—. Eso es lo que me mantiene intranquilo, ahora que iba a dar un salto tan importante, va y aparece este absurdo caso.

—Raimundo —Gabriela recorre sus ojos con intensidad—, eres un hombre muy capaz para todo, si controlas bien a tus subalternos y estás atento a cómo se va desarrollando todo el proceso, seguro que ocurra lo que ocurra, saldrás beneficiado —realiza una pausa, su mano roza la erección de Raimundo, que comienza a acariciarle los senos—. Y ten en cuenta que, si logras obtener resultados señalando a un culpable, la resolución de un caso que tuvo tanta repercusión te catapultaría a la fama.

Gabriela se tumba boca arriba, separa las piernas y conduce a Raimundo hacia su interior; diez minutos después todo ha terminado, entre sonidos guturales de él y suspiros entrecortados de ella.

Cuando una hora más tarde el comisario abandona la casa de Gabriela, esta le ve alejarse desde el balcón de su habitación; tiene el rostro triste y la mirada perdida. Se da una ducha y en la cocina, se sirve un vaso de agua, que bebe lentamente; después, se sienta en el salón y enciende su ordenador.

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Ograniczenie wiekowe:
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Objętość:
370 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788418411816
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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