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Redes cercanas. El capital social en Lima
Javier Díaz-Albertini F.


Colección Investigaciones
Redes cercanas: el capital social en Lima
Primera edición digital, noviembre de 2016
| © | Universidad de LimaFondo EditorialAv. Javier Prado Este N.° 4600Urb. Fundo Monterrico Chico, Lima 33Apartado postal 852, Lima 100Teléfono: 437-6767, anexo 30131fondoeditorial@ulima.edu.pe www.ulima.edu.pe |
Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Versión ebook 2017
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Teléfono: 51-1-221-9998
Avenida Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores
Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-380-9
Indice
Presentación
1. Principales objetivos, hipótesis e indicadores
2. Metodología
3. Organización del libro
Capítulo 1. Los espacios de nuestro entendimiento
1. Nuestro orden fragmentado y particular
2. Al rescate de las normas de convivencia
3. Una investigación exploratoria desde la estructura y el capital social
Capítulo 2. Las virtudes del capital social
1. Cuáles son los recursos y dónde se encuentran
2. Los beneficios del capital social
3. Capital social: ¿Solo valores de retorno económico?
4. Definiendo el capital social
Capítulo 3. La confianza
1. Las múltiples dimensiones de la confianza
2. La contribución de la confianza al orden social
3. Cuánto y en quiénes confiamos: La confianza interpersonal
4. Las implicancias de una confianza limitada a lo cercano e íntimo
Capítulo 4. La legitimidad de la norma
1. La confianza y la norma
2. Las condiciones que conducen a la legitimidad/efectividad de la norma
3. Un entorno poco integrado y excluyente
4. Sin acatamiento de normas, ¿existe orden?, ¿existe capital social?
Capítulo 5. La densidad de las redes
1. Capital social y redes
2. Nuestra asociatividad: Juntos pero no revueltos
3. El capital social en tanto redes: Estudios en el Perú
4. Jugando en “cancha chica”
Reflexiones finales
Anexo
Bibliografía
Presentación
Desde hace más de veinticinco años dicto cursos sobre la realidad nacional. En la primera semana de clase hago hincapié en que toda interpretación de la realidad es valorativa y que está informada, de un modo o de otro, por ciertos efectos producto de nuestra posición social.1 Con este señalamiento busco incentivar una actitud crítica con respecto a lo que los alumnos leen y escuchan en el aula. Asimismo, es una forma de alentar a que participen y presenten sus puntos de vista. Les advierto, sin embargo, que la apertura a opiniones solo tiene un límite claro: no se considera válido que, ante la diversidad de problemas que tiene el país, utilicen la sentencia “así somos los peruanos” como intento de explicarlos.
¿Qué hay detrás de esta sentencia que escuchamos con frecuencia al comentar la última viveza del corrupto, la dejadez de las autoridades, la laxitud en la aplicación de las normas (suspensión de las revisiones técnicas de los vehículos, permanentes amnistías para el pago de los arbitrios municipales y el impuesto predial), la falta de indignación de los ciudadanos ante hechos condenables? Sin duda expresa una serie compleja de actitudes, visiones y estados de ánimo. Es una clara señal del fatalismo que nos invade cuando vemos que el país no cambia y que la historia de frustraciones parece repetirse. Es una forma de justificarnos a nosotros mismos, ya que casi todos, de alguna manera, hemos sacado provecho de reglas poco claras y sanciones relativizadas. Pero también es un modo de no querer profundizar nuestra comprensión de cómo somos porque es un ejercicio difícil y, por qué no decirlo, doloroso.
Deambulamos, entonces, por el mundo echándole la culpa a una cultura que nos condena, pero de la cual, paradójicamente, muchas veces nos sentimos orgullosos. Cuantas veces he escuchado la leyenda urbana sobre un accidente en cadena en una autopista de un país europeo (normalmente se selecciona a alguno obsesivamente ordenado como Suiza o Alemania), en el cual estuvieron involucrados decenas de autos, menos uno que logró esquivar a todos. ¿Quién lo conducía?: un peruano, que acostumbrado a hacerle frente a micros, buses, mototaxis, triciclos y peatones que zigzaguean en las vías públicas, tenía la capacidad de esperar lo inesperado y los reflejos necesarios para actuar ante lo aleatorio.
Basta hurgar solo un poco para cuestionar esta sentencia fatalista. Siempre he trabajado en universidades en las cuales se cumplen los cronogramas, se respetan las normas y ni una sola vez se me ha acercado un alumno o alumna para “arreglar” una nota. He sido testigo de clubes sociales con niveles altos de convivencia pacífica y donde se respeta al personal cuando se le llama la atención por algún tipo de falta (conducir muy rápido, ocupar más sillas de las permitidas...). He viajado por el país y me he hospedado en comunidades campesinas y caseríos organizados, con niveles bajísimos de delincuencia y un alto sentido de pertenencia y compromiso con la localidad. He visto cómo en asentamientos humanos hay un profundo sentido de solidaridad en la adversidad y son raros los casos de inescrupulosos que intentan sacar provecho de sus vecinos. Y podría continuar con una larga lista de “otros” peruanos y peruanas que destacan como ciudadanos y vecinos en su quehacer cotidiano, en su participación en asambleas, en sus contribuciones voluntarias, en su sacrificio por la comunidad.
¿Por qué esta contradictoria diversidad de conductas y actitudes? ¿Nos encontramos ante dos subculturas en pugna por determinar nuestra identidad? ¿O será que estamos refiriéndonos a las mismas personas pero en diversos espacios y momentos? Estas preguntas me condujeron a diseñar una investigación exploratoria que intentara analizar y explicar por qué nos comportamos de estas maneras tan contradictorias. En este intento me anteceden muchos estudiosos, que desde diversas ópticas, especialmente en los últimos años, han examinado nuestra tendencia hacia la informalidad y la displicencia con respecto a la norma. Como veremos más adelante, algunos concluyen que el problema es el mismo marco jurídico que excluye a las mayorías y no deja otra opción que actuar al margen de estas; otros examinan los cimientos de nuestra cultura criolla y cómo la sociedad colonial permitía la laxitud para compensar la exclusión que sufrían los hijos de españoles nacidos en nuestra tierra; otros más se han fijado en las instituciones y cómo han fallado en su tarea de promover nuestros derechos y hacer cumplir las leyes; y para otros el problema es que se ha instalado entre nosotros la anomia, debido a que nuestros valores y normas no han cambiado al mismo ritmo que los procesos sociales y nos encontramos sin valores ni reglas claras para enfrentar las nuevas situaciones.
Este bagaje académico me ofrecía la base fundamental para examinar nuestras formas de sociabilidad desde una óptica poco explorada pero complementaria con lo avanzado hasta el momento. Desde hace unos años he estado trabajando el concepto de capital social, especialmente su relación con el desarrollo y la democracia, y encontré que sería una herramienta útil para indagar sobre los mecanismos detrás de nuestra acción colectiva. A pesar de sus múltiples definiciones, existe un amplio acuerdo de que el capital social se refiere al conjunto de recursos con que cuenta un actor social (individual o colectivo) por ser parte de determinadas estructuras o redes sociales. Es decir, los recursos que necesito (afectivos, materiales, informativos, etcétera) están en posesión de otros y otras, y mediante mis vínculos con ellos y ellas es que puedo satisfacer mis necesidades y lograr mis objetivos. En mis vínculos, entonces, es que hallo el capital social del cual dispongo.
Bajo esta óptica, los tipos de vínculos que tienen las personas influyen fuertemente en sus actitudes y conductas. Es evidente, por ejemplo, que mi conducta será diferente si consigo un préstamo de mis padres que si lo tramito en un banco. El monto del recurso —en este caso la cantidad de dinero— puede ser igual, pero las obligaciones adquiridas se enmarcan dentro de planos distintos de orientación de mi conducta. Asimismo, las consecuencias de mis acciones serán diferentes, por ejemplo, si me retraso en el pago.
La hipótesis general de esta investigación es que muchos de los principales vínculos que conforman las redes importantes de los peruanos siguen estableciéndose por la cercanía. Esto favorece el predominio de orientaciones particularistas hacia los demás, eso es, por reglas, acuerdos y contratos informales negociados de acuerdo a los criterios propios y subjetivos de las mismas relaciones. Con frecuencia estas orientaciones entran en contradicción con los valores y normas de carácter universalista que caracterizan la vida de sociedades e instituciones formales que, a pesar de existir, no han logrado calar suficientemente en la vida cotidiana o en los asuntos de mayor importancia de un conjunto significativo de los miembros de nuestra sociedad. Como consecuencia, el problema de nuestras acciones no solo puede ser analizado desde una vertiente cultural (los valores y las normas que hemos aprendido), sino que debe incluir un análisis de la estructura de nuestros vínculos y las condiciones bajo las cuales accedemos a los recursos y oportunidades sociales.
El concepto de capital social encaja perfectamente con esta tarea, ya que nos lleva a examinar cómo está constituido y cuáles son las principales características de los recursos sociales que favorecen la acción colectiva. Por ejemplo, la literatura sobre capital social señala que la confianza es un recurso valioso porque reduce la incertidumbre y los costos de transacción. Varios estudios y sondeos nacionales muestran que, en términos generales, los niveles de confianza interpersonal e institucional entre los peruanos son bastante bajos. Sin embargo, al indagar en una muestra representativa de limeños y limeñas sobre qué personas e instituciones son más confiables, se encontró una clara tendencia en señalar a los familiares como el único conjunto social que destaca por contar con niveles altos de confianza. ¿Qué implicancias tiene este hecho en las formas como nos organizamos, construimos nuestros valores, nos relacionamos, realizamos negocios, entre muchos otros factores? Este es el tipo de pregunta que intentaremos responder.
1. Principales objetivos, hipótesis e indicadores
Desde un inicio se planteó una investigación exploratoria cuyo énfasis estuviera puesto en medir tentativamente el capital social en Lima metropolitana. Sobre esta base, buscaba aproximarse al tipo de fuentes disponibles de capital social y de qué manera variaban según características seleccionadas de la población, como son el nivel socioeconómico, la edad y el género. Esta información nos permitiría, a su vez, apreciar cómo las fuentes predominantes de sociabilidad podrían conducir a ciertos patrones de relaciones interpersonales y conductas.
Se consideró pertinente utilizar como fuentes del capital social aquellas propuestas por los teóricos e investigadores más reconocidos en la temática, especialmente Bourdieu, Coleman, Putnam, y se tomó en cuenta el análisis crítico de Alejandro Portes. Los indicadores utilizados se construyeron sobre tres fuentes del capital social, a saber:
• La confianza interpersonal e institucional.
• La legitimidad y efectividad de las normas, definida como el nivel de creencia en la pertinencia de las normas, del cumplimiento de las diversas normas sociales (costumbres, hábitos sociales, ordenanzas, leyes) y la capacidad de las diversas organizaciones sociales de infligir sanciones. La efectividad de las normas depende, a su vez, del grado de institucionalidad existente en la sociedad.
• La densidad de las redes sociales, prestando especial atención a los tipos de vínculos existentes como medio para acceder a recursos y oportunidades.
Como veremos en el segundo capítulo, no existe un acuerdo unánime sobre la validez y la pertinencia de estos indicadores. Hay investigadores, como Portocarrero et al. (2006), que arguyen que variables como la confianza son difíciles de medir y que solo constituyen una aproximación (proxy) a lo que es el capital social. En su estudio del capital social en organizaciones sociales, por ejemplo, estos investigadores prefieren limitar la medición del capital en términos de los retornos económicos que reciben los individuos por participar en ciertas redes sociales. Lin (2001), por su parte, considera que al analizar la efectividad de las normas no se está midiendo capital social, sino cuán bien responden las normas a las expectativas de los individuos. Para este autor, las principales expectativas giran en torno al acceso a los recursos y oportunidades insertas en las relaciones o redes sociales. Si las normas formales cumplen bien con estos propósitos, entonces son efectivas.
En el fondo, esta discusión se alimenta del debate sociológico general y de los dilemas teóricos que han acompañado la disciplina desde sus inicios. Temas como el carácter y existencia de normas, su internalización y el efecto que tienen sobre la conducta humana, en qué forma contribuyen al orden o, en todo caso, a la ilusión de orden, siguen siendo importantes y vigentes. Sin duda, es cierto que resulta difícil especificar un conjunto reducido de factores que alientan y alimentan la sociabilidad y la acción colectiva humana. Sin embargo, es bastante claro que la confianza mutua, el cumplimiento de obligaciones y el estar inserto en una densa red de relaciones, son elementos esenciales que facilitan la acción colectiva y reducen los riesgos que conlleva asociarse a los demás. De por sí, estos elementos pueden ayudarnos a explicar por qué resulta más factible la convivencia social en algunas sociedades en comparación con otras. No consideramos que la discusión sobre lo que constituye o no recursos de “sociabilidad” radique en la importancia que tienen la confianza, las normas y las redes en la facilitación de la acción social, sino más bien si llegan a constituir un “capital” en el sentido de asegurar un flujo de beneficios futuros sobre la base de una inversión inicial. Esta es una duda importante porque si no cumplen con estas condiciones, haríamos mal en denominarlo “capital”.
Debido a que el término capital social aún está en plena construcción y depuración, también resulta apropiado el carácter exploratorio propuesto para esta investigación, ya que nos permite examinar un número mayor de variables e indicadores y observar cuán bien explica las formas como nos relacionamos. El sociólogo chileno Vicente Espinoza (2001) señaló muy bien que, por el momento, resultaba más conveniente ver el capital social como un concepto “sensibilizante”, en el sentido de que nos obliga a examinar los elementos que posibilitan que las personas se acerquen y construyan sociedad. Dependiendo de las particularidades de la confianza, de las formas de obligaciones mutuas y reciprocidades y de los tipos de vínculos que dominan en nuestras relaciones, generamos nuestras realidades sociales y formas específicas de orden social.
Sobre la base de estudios previos, fue posible perfilar algunas hipótesis de trabajo sobre el capital social en Lima. En términos generales, la evidencia apunta hacia niveles relativamente altos de un capital que podríamos denominar ‘microsocial’, es decir, de la sociabilidad propia de grupos relativamente pequeños y cercanos a los actores sociales. La mayoría de estos grupos cercanos (familia y parientes, comunidad o vecindad, clubes sociales), sin embargo, se encuentran desarticulados entre sí y del resto de la sociedad. En cambio, los niveles de capital ‘macrosocial’, aquel vinculado a las instituciones modernas, aún presentan serias limitaciones y debilidades, lo cual compromete la debida universalización de derechos y deberes y su plasmación en nuestras relaciones cotidianas.
Nuestra hipótesis es que esta divergencia o falta de interconexión entre lo micro y lo macro debería notarse con claridad en cada una de las fuentes de capital social propuestas (confianza, efectividad de normas, densidad de redes). En términos de confianza, la tendencia sería a lo que Fukuyama (1996) denomina una sociedad “familista”, significando que confiamos principalmente en los que forman parte de nuestro entorno familiar y de cercanía social. Esto se puede apreciar indirectamente en un estudio de valores realizado en 1996, en el cual solo 5 por ciento de los peruanos afirmaron que se podía confiar en la mayoría de la gente (Romero y Sulmont 2000). En comparación con otros cincuenta países del mundo, el Perú ocupaba el penúltimo lugar en términos de confianza interpersonal (en último lugar estaba Brasil con 3 por ciento y en primer lugar Noruega con 65 por ciento). En el mismo estudio, el país obtuvo índices muy bajos con respecto a la confianza en el sistema político, alcanzando solo 20 sobre 100 en el índice de confianza en las instituciones políticas. Mientras que en el caso de Brasil, a pesar de la baja confianza interpersonal, el índice era de 42 sobre 100.
Diversos estudios y encuestas señalan que las normas formales son poco efectivas y que existen niveles altos de lo que la institución Proética (2003, 2004, 2006) denomina “corrupción cotidiana”. La mayoría de los peruanos tienden a ser medianamente tolerantes con actos corruptos, deshonestos e incluso delictivos, como el hurto. Analistas como Santos (1999) y Vallaeys (2002) consideran que la efectividad de la norma está en función de: a) la percepción de que los otros son iguales en la interacción y, por ende, merecen los mismos derechos y consideraciones que espera tener uno mismo; y b) la capacidad sancionadora del grupo o entorno social. Así, las normas son más efectivas en algunas comunidades (campesinas, asentamientos), asociaciones (clubes, condominios, gremios) e instituciones (universidades), en las cuales se ve al otro como vecino, compañero, colega, amigo, socio y es una relación valorada. Las sanciones son efectivas porque el incumplimiento de la norma pone en juego la posibilidad de seguir participando plenamente en el grupo y por el estigma social.
Por último, las redes sociales en nuestra sociedad tienden a ser “insulares”, es decir, con pocos vínculos entre ellas. Este aislamiento entre redes es una de las manifestaciones estructurales de la exclusión y marginación en el país. De ahí que puedan existir niveles altos de asociatividad —medida como participación en grupos y organizaciones— pero niveles bajos de relaciones o vínculos transversales que interconecten sectores socioeconómicos, zonas geográficas, grupos étnicos, entre otros. Este relativo aislamiento afecta con mayor fuerza a los pobres y pobres extremos, ya que sus redes tienden a estar constituidas por individuos de su misma condición, existiendo así dificultades en la ampliación de oportunidades y el acceso a recursos económicos y políticos (Díaz-Albertini 2001, Tanaka 2001). La segregación entre redes, especialmente en términos de ingresos y estatus social, es uno de los factores detrás de la concentración de recursos en un número reducido de relaciones sociales. También explica la importancia de actores externos —como las organizaciones no gubernamentales (ONG)— ya que cumplen la función de intermediarios y vinculan a las comunidades y organizaciones aisladas con la sociedad formal. Según Narayan (1999), las sociedades constituidas fundamentalmente con grupos insulares tienden a la exclusión (cuando el Estado funciona) o al conflicto (cuando el Estado es ineficiente).2
Sobre la base de estas constataciones preliminares, se plantearon las siguientes hipótesis de trabajo:
• La confianza mutua en Lima tiende a estar limitada a las relaciones más cercanas, especialmente familia, amigos y comunidad (vecinos) debido a la debilidad de las instituciones formales.
• La efectividad de las normas (medida de acuerdo a nivel de cumplimiento y capacidad de infligir sanciones) está en directa relación con la cercanía de la institución u organización en la vida cotidiana del actor social.
• Los integrantes de los niveles socioeconómicos (NSE) de menores ingresos tienden a participar más en organizaciones sociales y en sus comunidades.
• Las redes sociales de los pobres tienden a ser horizontales y de vínculos fuertes con pocas relaciones verticales y acceso a recursos.
• Las redes sociales de los niveles socioeconómicos de mayores ingresos son más diversas, incluyendo horizontales y verticales, ampliando así su acceso a recursos sociales, económicos y políticos.
2. Metodología
Como analizamos en la sección anterior, las razones detrás de la decisión de realizar una investigación exploratoria fueron varias. En primer lugar, el concepto de capital social aún está en construcción y no existen acuerdos amplios sobre su definición y formas de medirlo. De ahí que lo que se intenta es una aproximación a su medición, que servirá para depurar indicadores y métodos. En segundo lugar, a pesar de que existen estudios parciales sobre capital social en Lima, normalmente limitados a sectores específicos de la ciudad, no se cuenta con un estudio a escala metropolitana, lo cual implica, entre otros factores, un análisis macrosocial.3 No se contaba, entonces, con experiencias previas que hubieran permitido una selección más rigurosa de variables e indicadores, al igual que mayor precisión en la formulación de hipótesis. En tercer lugar, y derivado de lo anterior, el interés era mostrar la pertinencia de cierta forma de examinar la realidad (estructural) y su relación con otros tipos de lecturas (histórica, legal, cultural, institucional). El interés en esta etapa era identificar las características más saltantes de los vínculos sociales a los que recurrimos los limeños y limeñas para diversos aspectos de nuestro quehacer económico, político y social.
Para esta identificación, se consideró pertinente utilizar dos principales fuentes de información:
• En primer lugar, las abundantes fuentes secundarias —estudios, investigaciones, sondeos— que han abordado los temas de confianza, capital social, institucionalidad, respeto a las normas, corrupción, redes sociales, percepción de igualdad, ejercicio de derechos, entre otros. Esta información permitió observar tendencias en la relación de los actores sociales con el medio institucional político, económico y social, a la vez que permitieron inferir las posiciones y actitudes asumidas con respecto a la formalidad. Asimismo, ofreció un marco comparativo para los resultados obtenidos en la encuesta aplicada en el marco de esta investigación. Durante el desarrollo del presente documento se hará mención y analizará este rico bagaje.
• En segundo lugar, se diseñó y aplicó una encuesta a una muestra representativa de la población adulta limeña para precisar diversos aspectos de nuestra sociabilidad. La encuesta estaba dirigida a captar la situación del capital social, principalmente en las tres dimensiones escogidas: la confianza, la efectividad de las normas y la densidad de las redes sociales. Por su carácter representativo, además, permitió comparar orientaciones y actitudes entre los diferentes niveles socioeconómicos.4
Para el desarrollo del cuestionario de la encuesta, se consultaron y revisaron múltiples experiencias de medición de capital social, las cuales describo brevemente en orden de importancia.
• Cuestionario integrado para la medición del capital social (Banco Mundial, 2002). Confeccionado por expertos del Banco Mundial, la propuesta de cuestionario se nutre de varias experiencias de encuestas aplicadas a escala mundial. En realidad son dos cuestionarios. El primero es para medir exclusivamente el capital social y consta de más de ochenta preguntas. El segundo es un cuestionario breve, diseñado para anexarlo a las llamadas “encuestas a hogares”.
• Barómetro de capital social en Colombia, encuesta realizada en 1997 a más de tres mil personas en todo el país. Con cerca de ochenta preguntas orientadas fundamentalmente a medir el grado de asociatividad y la participación.
• Informe de Desarrollo Humano en Chile del 2000 (PNUD, 2001), elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en el cual incluye una sección sobre capital social. En el estudio se realiza un inventario de las asociaciones u organizaciones y una batería de preguntas acerca de la confianza, asociatividad y reciprocidad.
• Encuesta a Hogares en Gran Bretaña del 2000 (Coulthart et al., 2002), que incluyó una sección sobre capital social y su relación con la salud. Las preguntas tienden a estar orientadas a las redes sociales, el sentido de pertenencia e identidad con la comunidad y la evaluación del presente y el futuro.
• World Values Survey (Los Estudios de Valores), que analiza, en términos comparativos, los valores compartidos en sociedades nacionales de cerca de setenta países. En 1997, 2001 y 2006 el Perú estuvo incluido en la muestra y los resultados pueden examinarse en <http://www.worldvaluessurvey.org/>.
• Encuestas de capital social en: a) Uganda y b) Tanzania, estudios patrocinados por el Banco Mundial en 1996-1997.
Al elaborar el cuestionario también interesaba formular las preguntas de tal manera que pudieran ser comparadas con los resultados de los estudios mencionados, especialmente los de carácter internacional (por ejemplo, estudios de los valores) y los netamente nacionales. Preocupados, además, con el efecto que pudiera causar el tedio y aburrimiento de un cuestionario largo y complejo, lo limitamos a cuarenta preguntas (véase el anexo).
3. Organización del libro
El libro está organizado en cinco capítulos. El capítulo 1 se inicia con una breve presentación de las dificultades que existen en la sociedad peruana para respetar las normas denominadas “formales”, a pesar de que la mayoría de las personas consideran que son importantes y que el país sería mejor si los ciudadanos y ciudadanas cumplieran con ellas. A continuación examinamos cómo estas dificultades han sido abordadas por las ciencias sociales y explicamos por qué es importante una aproximación estructural al estudio de esta problemática. Con el término estructural, nos referimos a las formas como tienden a construirse y ordenarse las relaciones sociales, principalmente en el proceso mismo de la interacción social.
En el capítulo 2, se da paso a una revisión del concepto de capital social y cómo es aplicado en la investigación. Para ello, primero revisamos brevemente el término y los principales debates al respecto. Esto nos permite ir depurando la definición para arribar, paulatinamente, a la que ha guiado el presente estudio. Al tomar posición con respecto a la teoría, las hipótesis y las principales variables, iremos respondiendo a algunas críticas, especialmente acerca de las fuentes y los efectos del capital social. Al finalizar el capítulo presentamos nuestra perspectiva y explicamos las principales fuentes de capital social: confianza, legitimidad de la norma y densidad de redes. El análisis de estas fuentes constituye los temas de los capítulos que siguen.
En el capítulo 3 iniciamos el análisis de los hallazgos y explicamos la confianza como fuente del capital social y las características que asume en la sociedad limeña. En un primer momento estudiamos el concepto en sí, buscando establecer los parámetros utilizados en la investigación. Luego examinamos los resultados de la encuesta y otras fuentes de datos, los cuales, como hemos adelantado, tienden a enfatizar el carácter “familista” de nuestra confianza. Finalizamos el capítulo con una discusión de las implicancias de este carácter, analizando el posible impacto que tiene sobre las formas como priorizamos nuestra acción y orientamos nuestra conducta y actitudes.
El capítulo 4 está dedicado a analizar la legitimidad de la norma y su grado de efectividad. Evidentemente, haremos esto desde el punto de vista de los actores sociales, enfatizando en sus opiniones acerca de los niveles de cumplimiento, las razones detrás de ello y cómo explican la debilidad de la norma formal. Antes de analizar los resultados de nuestra encuesta y de otros estudios, discutimos los procesos y las condiciones básicas detrás del proceso de interiorización y acatamiento de la norma. Sobre la base de los estudios realizados y nuestra encuesta inferimos la difícil relación que se construye entre los actores y los diversos contextos por los cuales transitan en su vida cotidiana. Trabajamos con una hipótesis principal: existe poca integración entre estos contextos, lo cual lleva a la conducta a una gran diversidad de orientaciones. Esto nos ayuda a entender por qué las instituciones son débiles y por qué no llegan a los diversos contextos. El énfasis del análisis está puesto en la oposición particularista-universalista y como la debilidad de las instituciones ha llevado a la personalización de los criterios en el cumplimiento de las obligaciones mutuas. Para algunos autores, como Vallaeys (2002), esto alimenta la “cultura del arreglo”.
El análisis de la densidad de redes es el tema del capítulo 5. Para ello, contaremos principalmente con información secundaria, ya que la encuesta que aplicamos solo tenía algunos referentes indirectos al tema. La discusión comienza con una revisión de la perspectiva de redes en las concepciones sobre el capital social. Luego describimos de manera sucinta las formas de participación más comunes en la sociedad limeña y continuamos con el análisis de redes realizado por diversas investigaciones. Enfocaremos nuestra atención en la ausencia o debilidad de redes transversales, es decir aquellas que permiten vincular a peruanos de diferentes posiciones sociales, y el probable efecto que tiene en nuestra estructura social. Este carácter insular de las redes encaja perfectamente con lo observado en términos de confianza (familista) y de la efectividad de las normas (particularismo).
Cierra el libro el acápite titulado “Reflexiones finales”, dedicado a elaborar las principales ideas y aportes de la investigación. Nos interesa indicar con claridad cuál es la agenda de investigación para el futuro y cómo podría contribuir a profundizar nuestro conocimiento de la difícil relación con la norma, cómo esto contribuye a la exclusión y los retos que plantea para la construcción de una sociedad democrática.
Durante el proceso de investigación conté con el análisis crítico de mis colegas de los cursos de Introducción a las Ciencias Sociales y de Problemática Nacional, agradezo a todos y especialmente a Liuba Kogan. Raquel Northcote fue —como siempre— entusiasta apoyando y acompañando todo lo que es importante en mi vida.
Finalmente, dedico el libro a Kai y Miguel, hijos fabulosos que cada uno —a su manera— evocan el verso sencillo de José Martí:
Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, —es
Que mi hijo va a despertar.
Capítulo 1
Los espacios de nuestro entendimiento
En el fondo, la alternativa es comer o ser comido. Abusar o ser abusado. La conchudez, la forma criolla del cinismo, se justifica como una suerte de “guerra preventiva”, como la única actitud realista que permite lograr la sobrevivencia. La idea es que no me queda más que adelantarme a hacer lo que no se debe, pues de otra manera otros lo harán y sería yo el perjudicado. Es claro que el problema es social y cultural antes que personal.
Gonzalo Portocarrero
ROSTROS CRIOLLOS DEL MAL
En el presente capítulo realizaremos un recorrido bastante singular, ya que transitaremos entre expresiones sociales —algunas cotidianas— de los mecanismos que utilizamos para generar “orden” y los intentos intelectuales (que también son expresiones) de explicarlos. Como veremos, hay una difícil correspondencia entre lo que sucede en la realidad y lo que los analistas consideran pertinente o importante.1 Esto se evidencia cuando se estudia la relación entre las normas “formales” y el papel que deberían jugar en el ordenamiento de comportamientos y sociedades.
Empezamos este capítulo con una descripción de cómo en el Perú construimos órdenes fragmentados y parciales, en los cuales tiende a dominar la informalidad, el personalismo y el contexto específico. La norma formal moderna con su pretendida “universalidad” está presente fantasmagóricamente en estos procesos variados de construcción, pero su efectiva incidencia en los patrones de conducta de los participantes no es algo que está sobreentendido, sino que es parte de las negociaciones entre los actores. En otras palabras, la normatividad conocida de forma pública no es necesariamente “reconocida” y aplicada, sino que pasa por un proceso de apreciación del contexto; de ahí la pertinencia de su acatamiento. Concluimos con la hipótesis de que lo informal —siempre entendido como una institucionalidad parcial basada en lo particular— es lo que domina la determinación de nuestra conducta, en la línea de lo que Buarque de Holanda (1994) llama la “exaltación de la personalidad” sobre cualquier otra voluntad social o colectiva.
Después pasamos a una constatación singular, por no decir paradojal: hasta hace poco, las ciencias sociales nacionales prestaban poca atención al papel de las normas formales en el orden social. Se analiza cómo estas disciplinas surgen con cierta fobia a la norma por considerarla “sospechosa”, “injusta” o “discriminatoria”, mientras que la informalidad representaba lo contrario. A partir de los años noventa, sin embargo, hay una paulatina reincorporación de lo normativo-formal en los análisis socioculturales debido a muchos factores, pero especialmente a la importancia que revisten los derechos humanos en las nuevas teorías de desarrollo y en las agendas de cambio social. Terminamos esta sección examinando brevemente algunas de las contribuciones recientes e importantes al campo de estudio del lugar de las normas, los valores y la ética en la conformación de una sociedad.
En la sección siguiente, se desarrolla lo que consideramos el aporte singular de esta investigación, que consiste en tratar de explicar por qué son tan poco efectivas nuestras normas formales desde una perspectiva estructural y, específicamente, desde el análisis del capital social. El primer paso al respecto es explicar qué significa una perspectiva o aproximación estructural y cómo el término capital social ayuda en este sentido. Luego, analizamos las implicancias de una aproximación estructural con respecto a otros referentes de la conducta humana, como son la cultura y las interacciones sociales (acción). Insistimos en que darle prioridad a lo estructural dentro de nuestro análisis, no significa una negación de la importancia del bagaje cultural y de la orientación interaccionista. Veremos cómo diversos teóricos han encontrado interesantes puntos de encuentro entre cultura-sociedad-actor social.
1. Nuestro orden fragmentado y particular
El documental Entre vivos y plebeyos presenta a tres personajes de la Lima actual, un microbusero, un hombre de negocios y una estudiante universitaria.2 Narra cómo, a pesar de las diferencias socioeconómicas y de situaciones de vida, los tres justifican y actúan bajo el dictado de la cultura de la “viveza”. El microbusero recoge y deja a los pasajeros en cualquier lugar de la vía pública y soborna a un policía porque no tiene licencia de conducir profesional. El empresario no utiliza los materiales e insumos requeridos y comprometidos para cumplir adecuadamente con la licitación que ha ganado para parchar una vía pública, aumentando su margen de ganancia, pero también los huecos y baches de nuestra ciudad. La estudiante prepara un “comprimido” para copiarse en un examen, porque no tuvo tiempo de leer los textos y libros que entraban en la prueba, a pesar de que había comprado versiones “piratas” de ellos. El mensaje al final del documental es que la viveza y la criollada hacen que los limeños se asemejen en estas conductas egoístas e individualistas que no contribuyen a un proceso de desarrollo nacional y no sientan las bases sobre las cuales se debería edificar la identidad nacional.
Al presentar este documental a un grupo de alumnos del curso Problemática Nacional, algunos manifestaron que era exagerado. Argüían que son muchas las personas que son honestas y respetuosas de las normas sociales y legales. En esencia, pensaban que solo proyectaba una imagen negativa de la ciudad de Lima y del Perú. Esto llevó a un interesante debate sobre cómo los limeños y limeñas interactúan y se relacionan entre sí. Sin duda, casi todos opinaron que los hechos presentados en el documental eran verdaderos y cotidianos, pero sí presentaron resistencias a imaginarse que la sociedad estuviera solo caracterizada por estas conductas.3 Mencionaron, por ejemplo, cómo miles de limeños cada día se organizan en torno a la producción de bienes y servicios públicos, en comités del Vaso de Leche o en comedores populares. Asimismo, conversaron acerca del trabajo voluntario o los altos niveles de convivencia pacífica y respeto mutuo que existían en sus propios barrios, clubes y otros espacios.
Esta doble visión de la sociedad limeña capta quizás, por lo menos en términos intuitivos, lo esencial de nuestra sociabilidad. La percepción es que los espacios públicos y formales son una “tierra de nadie”, donde las normas se relajan y transgreden, las sanciones se debilitan y cada cual debe imponerse sobre los demás o protegerse de ellos. Es el imperio de la viveza, y los quedados —aquellos que siguen las reglas— tienen todo que perder. A pesar de que este entorno genera agresividad y resentimiento, rara vez se traduce en violencia física porque también existe la tácita aceptación de que si alguien saca ventaja es porque otro dejó que así sea.4 Algunos analistas sociales consideran que estas formas de comportamiento son expresiones de una sociedad anómica, a la que comúnmente se denomina “cultura combi” (Neira 2006; Amat y León 2006).
La cultura combi tiene especial significado para los peruanos urbanos porque ofrece una imagen nítida de cómo visualizan e interpretan la sociedad contemporánea. A principios de los noventa, durante el primer gobierno de Fujimori, se liberalizó el transporte público, lo cual llevó al ingreso masivo de operadores privados, muchos de ellos con unidades de transporte que se denominaron “combis”, con una capacidad promedio de diez pasajeros.5 Según Baldoceda (1998) el nombre viene del término ‘Kombi’, un modelo de camioneta de pasajeros de la marca alemana Volkswagen, que fueron las primeras camionetas utilizadas para el transporte interurbano. En poco tiempo, Lima contaba con más de sesenta mil unidades (buses, micros, combis), aunque solo requería la mitad de ellas para satisfacer la demanda. Esto produjo una competencia salvaje entre las propias unidades y sus conductores. Debido a su tamaño, maniobrabilidad y velocidad destacaron por sus acciones temerarias en las vías públicas: invadiendo carriles, deteniéndose en cualquier lugar para recoger o dejar pasajeros, cruzando violentamente a otros vehículos, etcétera. Como resultado, se popularizó el apelativo de “combis asesinas” al convertirse en las principales responsables de los accidentes y las víctimas del tránsito urbano. Carlos Amat y León (2006), por ejemplo, incluye el modelo de comportamiento combi en su apreciación acerca de cómo los peruanos y peruanas se adecuan a la realidad, y describe su estrategia como: “[...] lograr ambiciones sin escrúpulos, satisfacer los apetitos sin límites” (p. 93).
En los espacios más íntimos o cercanos —la familia, los amigos, los paisanos, los grupos del mismo estatus— la conducta de las personas que cometen imprudencias o son prepotentes varía, evidenciándose un mayor respeto y observancia de las normas. Se podría decir que es así porque opera lo que Coleman (1994) define como closure o encierro, en el sentido de que la efectividad de las normas se sustenta en redes cerradas y las relaciones sociales forman una urdimbre densa que promueve la reciprocidad y el cumplimiento. El incumplimiento de normas en estos espacios tiene un costo muy alto, ya que representaría una ruptura con los intercambios sociales que son importantes para la vida del individuo.
Considero que no es correcto, sin embargo, asumir que esta doble visión —dividida entre lo público y lo próximo— conduzca hacia una dualidad en la conducta social, como si los individuos optaran por ciertos patrones en un espacio y por patrones diferentes en otro. Por el contrario, lo que tiende a existir es una continuidad. Aparentemente, lo que opera en la determinación del comportamiento de un buen número de limeños y limeñas son criterios particularistas que nacen de sus relaciones más cercanas: linaje, estirpe, comunidad, estatus. Esto, como hemos analizado en otra investigación (Díaz-Albertini et al. 2004),6 es común en las sociedades tradicionales o premodernas, previas a la construcción de un sentido universal de derechos y de la ciudadanía. Si mi compromiso hacia los demás está limitado por criterios particularistas, entonces solo reconoceré y respetaré aquellos con los cuales me identifico y así se restringe mi capacidad de empatía únicamente hacia mis similares o, en todo caso, hacia los que considero como iguales.
Esto significa que en los espacios públicos como zona de encuentro entre diferentes y desiguales —en los cuales deberían primar los criterios universalistas, de lo que Putnam (1994) llama reciprocidad generalizada—, la tendencia sería a “medir” a los demás de acuerdo a códigos personales, y así determinar el trato que merecen. Santos Anaya (1999) señala que en el Perú resulta difícil pensar y tratar a los demás en espacios públicos como individuos anónimos, es decir como ciudadanos sujetos de derechos universales. Por el contrario, este autor analiza cómo el mecanismo o lenguaje jerarquizador de “¿sabes con quién estás hablando?” cumple diversos propósitos en el proceso de medir y determinar el trato, los derechos y privilegios otorgados al “otro” u “otra”. De acuerdo con este mecanismo, una parte esencial de nuestras interacciones sociales en el mundo público consiste en ubicar y situar al otro u otra según criterios particularistas de posicionamiento social. Es decir, según las nociones que manejamos con respecto a clase, etnia, raza, linaje, procedencia, entre otros.
Lo que existe, entonces, es un arraigado sentido de lo particular, lo cual lleva a personalizar nuestra aproximación hacia otros, sean estos actores individuales o institucionales. Evidentemente, esto conduce a lo que Vallaeys describe como la “cultura del arreglo”:
[...] cuando a uno le conviene, se prefiere obviar la regla moral o jurídica conocida por su carácter público, universal, obligatorio, anónimo y abstracto, para desviar hacia el “arreglo”, concebido esta vez como privado (¡es entre nos!), particular (no se quiere que los demás hagan lo mismo), excepcional (¡por esta vez!), bien personalizado (¡porque somos amigos!), y concreto (en este caso). Una vez instalada la “cultura del arreglo”, cualquier nueva regla, ley o prohibición puede servir de instrumento para nuevos arreglos. De ahí el famoso y desesperante dicho “hecha la ley, hecha la trampa” (2002: 74).
Aunque se podría argumentar que estos mecanismos de diferenciación son comunes en cualquier sociedad y que han sido temática central en las diversas teorías de estratificación en la sociología, hay algunas especificidades que resultan altamente perniciosas para la sociedad peruana:
• En primer lugar, con frecuencia la diferenciación y exclusión no son reconocidas como problemas públicos. Como bien indicara Callirgos (1993) al analizar el racismo peruano, existe un “doble discurso” con respecto a la exclusión. El discurso público que insiste en la igualdad —en el caso del racismo que somos un país “mestizo”— y niega distinciones en la sociedad peruana. El discurso privado, por el contrario, está fuertemente informado por nociones y prácticas de exclusión, entre las cuales destaca el “ninguneo”.7 Al no reconocer el problema, este desaparece del debate público y, curiosamente, se convierte en una suerte de tema “tabú”. Las pocas veces que salta a la luz pública, rápidamente es acallado bajo el pretexto de que dicha discusión genera divisiones entre los peruanos.8 Según Gonzalo Portocarrero (2007), lo que opera en este caso es una “discriminación individualizada” debido a que en el país existe el racismo al mismo tiempo que el mestizaje. Esto implica que no existen comunidades raciales claras, sobre las cuales se ejercería una discriminación pública o colectiva. Cada individuo negocia y construye su identidad racial de acuerdo al momento y entorno en el que se encuentra, siendo posible pasar de discriminador a ser discriminado con suma facilidad.
• En segundo lugar, la debilidad de nuestras instituciones, especialmente las responsables de impulsar la defensa y el respeto de los derechos, no permite una actuación eficaz en la disminución de las desigualdades. La inoperancia, la corrupción, la incapacidad sancionadora y la lentitud de las instituciones estatales son prácticas que encajan perfectamente con el patrimonialismo o la apropiación privada de las funciones públicas.9 Al decir de Crabtree (2006) el “peso de la historia” juega un papel central en este sentido, ya que los cambios institucionales deben responder al contexto cultural más profundo. Portocarrero ubica este peso en la conformación, durante la Colonia, del sujeto criollo, “[...] minusvalorado, desconocido y despreciado [...]” por el discurso de la metrópoli, pero el cual —ante la débil legitimidad de la autoridad colonial— “[...] lo convoca a transgredir, a no tomar tan en serio las leyes que lo legislan” (2004: 14). Como bien señala este autor, toda transgresión, a su vez, debe tener víctimas, y la laxitud en el cumplimiento de normas ha significado en nuestra historia la injusticia y exclusión de los “otros”: indígenas, mestizos, negros. El criollo despreciado por la autoridad, sin embargo, no logra reivindicarse vía la “permitida” transgresión, sino que su práctica lo hace más despreciable, ya que lo aleja simultáneamente, por un lado, de las fuentes cercanas y afirmativas de su identidad (lo pluricultural, el mestizaje) y, por el otro, de las sociedades ordenadas que admira (la metrópoli, lo moderno, lo desarrollado).
• En tercer lugar, la exclusión socioeconómica se refleja en la persistente pobreza y desigualdad. Esto es de manera parcial producto de la falta de efectividad de las normas, especialmente las consagradas en la modernidad, siendo la equidad de oportunidades uno de sus principales baluartes. De ahí que nuestras instituciones y normas no solo son débiles, sino también ilegítimas porque, ante los ojos de la mayoría, no son operativas. Esto abre las puertas al fomento de otro tipo de transgresión: la de los débiles. Hace dos décadas, Scott (1985) estudió cómo los débiles reaccionaban ante las autoridades que consideraban injustas y explotadoras. Rara vez expresaban su malestar abiertamente porque reconocían que acarreaba diversos riesgos físicos, económicos y de supervivencia. Por el contrario, desarrollaban estrategias de resistencia a la autoridad basadas en transgresiones pequeñas y cotidianas, como podrían ser la burla, el arrastrar los pies, los pequeños hurtos, los errores intencionales, entre otros. Scott denomina este patrón de conducta como las “armas de los débiles” (weapons of the weak), las cuales no llevan a cambios significativos en la situación vivida, pero sí a una resistencia cotidiana y a una afirmación de las personas. Portocarrero (2004) utiliza el término “la astucia de los débiles”, pero añade que en el caso peruano esta se desarrolla en complicidad con el poder corrupto que se hace de la “vista gorda” ante una serie de actividades que se encuentran al margen de la ley, pero que permiten la supervivencia y el desarrollo de actividades económicas de amplios sectores empobrecidos. La piratería, la venta de productos de contrabando, el no respetar los reglamentos de seguridad para el transporte público (mototaxis), el no acatamiento de normas de higiene y calidad en la producción de alimentos, la venta de medicinas adulteradas, entre otros, son justificados en aras de la supervivencia de las personas porque no tienen trabajo.10
¿Cuán efectivas son las normas? Si definimos efectividad como su capacidad de incidir en la conducta de los miembros de una sociedad principalmente por medio del cumplimiento de obligaciones mutuas, entonces nos encontramos ante una situación compleja y relativa. Es así porque depende de qué normas, en qué contextos y con quiénes nos encontramos. La debilidad de las instituciones no permite atenuar esta relatividad al no establecer mecanismos imparciales y universales de acatamiento y sanciones.
2. Al rescate de las normas de convivencia
Como hemos señalado, muchas de las características y particularidades que marcan esta faceta de nuestra sociabilidad se han ido forjando desde el inicio mismo de la sociedad peruana. Sin embargo, recién en los últimos veinte años es que se aprecia una creciente preocupación por analizar los procesos detrás de estos patrones de comportamiento. Sin duda, la preocupación por la brecha o distancia entre la formalidad y la informalidad es muy anterior. Tal es el caso del aporte de Basadre al distinguir entre el Perú “oficial” y el “real”. Esta distinción respondía, no obstante, a una visión dual de la realidad peruana que permitía entender los mecanismos de exclusión que operaban desde el inicio de la República.
La dualidad, tema que se recoge en la mayoría de las interpretaciones de lo formal e informal, es una categoría ligada más a representar y explicar la exclusión y no tanto a la relativización de la regla. Y ha sido así porque por mucho tiempo solo una minoría era transgresora y la ley era utilizada para ahondar distinciones y asegurar privilegios.
Durante la segunda mitad del siglo XX, no obstante, hubo poco interés en las ciencias sociales nacionales en analizar el papel de las normas. Esto se debió a varios factores. En primer lugar, porque hasta los años ochenta las ciencias nacionales se encontraban fuertemente influenciadas por los principales paradigmas teóricos de la primera mitad del siglo XX, que hacían hincapié en la importancia de los intereses económicos y políticos al explicar la conducta individual o colectiva.
Como bien analiza Misztal (1996), al revisar el estudio de la confianza en sociedades modernas, desde el punto de vista de las escuelas estructurales, la situación de vida de los diversos colectivos los predisponían a tener ciertos intereses socioeconómicos “objetivos” y la conducta de los individuos estaba guiada por ellos.11 El análisis de clases sociales se prestaba muy bien a esta perspectiva, ya que le imputaba ciertos intereses a los individuos por el simple hecho de pertenecer a una posición estructural. Por otro lado, para las escuelas influenciadas por el liberalismo, de claro corte individualista, los intereses se basaban en el “egoísmo racional”, en la búsqueda del mayor beneficio individual.
En segundo lugar, las ciencias sociales se encontraban en una fase de alta ideologización, lo cual llevaba a que el analista en forma a priori imputara ciertas características al sistema social y a las conductas sociales. Delpino y Pásara (1991), por ejemplo, compararon cómo la informalidad era examinada por tres vertientes que denominaron la izquierdista, la neoindigenista y la liberal.
Para la primera, la informalidad era una expresión de una forma de organización económico-productiva no capitalista, que apuntaba hacia la generación de una economía popular alternativa, muchas veces denominada de “solidaridad”. Para la segunda, como mencionáramos anteriormente, la informalidad era un desborde popular que cuestionaba a la sociedad criolla y al Estado excluyente que la sostenía. Para la tercera, los informales eran una suerte de protocapitalistas que no podían desarrollarse debido a un sistema legal que ponía barreras a la iniciativa privada. La crítica de Delpino y Pásara es que todas estas lecturas solo se fijaban en un aspecto del fenómeno que estudiaban y tendían a ignorar aquellos elementos que relativizaban o cuestionaban su particular punto de vista.12
A pesar de las importantes diferencias en los enfoques e interpretaciones, estas tres fuentes ideológico-científicas compartían una posición similar con respecto a las normas sociales formales: eran consideradas como sospechosas por ser instrumentos que respondían a intereses poderosos y, por ende, sus funciones eran las de garantizar los privilegios de unos cuantos (los capitalistas para el izquierdista, los criollos para el neoindigenismo, los mercantilistas para el liberal) y oprimir a la mayoría. De esta forma se perdía de vista la importancia de las normas y de su acatamiento como parte esencial de la sociabilidad y de la convivencia social.
Estas interpretaciones colocaban al actor transgresor en el papel de “bueno” dado que sus acciones cuestionaban un orden injusto, construido sobre un ordenamiento legal que excluía a las mayorías. De ahí que lo “alternativo”, lo “chicha” y lo “informal” fueran considerados como mecanismos saludables que mostraban la vitalidad de los individuos y colectivos sociales, expresiones que apuntaban además hacia las nuevas normas e institucionalidades que deberían caracterizar una renovada sociedad peruana.
El desdén, la desconfianza, el carácter sospechoso de la norma formal y el supeditar los valores y normas a los intereses considerados “correctos” mostraron ser posiciones y actitudes sumamente peligrosas para nuestra sociedad. Estas concepciones llegan a su punto más extremo en la prédica hiperideológica de Sendero Luminoso que, según el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003):
[...] señalaba inequívocamente que los derechos humanos son construcciones ideológicas funcionales al orden social existente y que, por lo tanto, no tenían ningún valor para orientar la acción. Sendero Luminoso negaba que los individuos tuvieran realmente derechos por el hecho de ser seres humanos, y afirmaba que toda consideración humanitaria debía ceder paso a la exigencia de tomar el poder para los sectores sociales oprimidos, a quienes decían representar (215-216).13
Sin embargo, hacia finales de la década de los ochenta, comienza un proceso de reapreciación del papel de las normas y empiezan a ser vistas bajo nuevos ojos al considerarlas como elementos esenciales en la construcción de sociedades justas, estables y desarrolladas. El vuelco se observa en el tratamiento de lo informal, ahora visto como un aspecto negativo que permea, de una manera u otra, a todos los sectores sociales y no solo a los excluidos. Según esta mirada, la legalidad (o formalidad) ya no es vista tanto como una herramienta de exclusión de la mayoría, sino más bien como un sistema de reglas que ha devenido en una cuestión “relativa”, que es acatada o transgredida de acuerdo a múltiples factores relacionados con la conveniencia personal, la posición socioeconómica, las posibilidades reales de ser sancionado, entre otros. Las nuevas interpretaciones tienden a ver las normas como herramientas para la inclusión sobre la base de la vigencia y el ejercicio de los derechos ciudadanos.
Son varios los elementos que contribuyen a estas nuevas miradas, pero remarcaremos los siguientes:
• El debilitamiento del paradigma socialista significó la búsqueda de nuevas utopías y de mecanismos e instrumentos que plantearan la inclusión de las mayorías nacionales. Para muchos analistas, la construcción y el fortalecimiento de la democracia se va convirtiendo en el ideal para garantizar dicha equidad social. Temas centrales como la institucionalidad democrática, la ciudadanía y la participación ciudadana, la reintroducción del concepto de “sociedad civil” y de la concertación, todos tienen a los derechos ciudadanos como referente transversal ya que dependen del reconocimiento y vigencia de “reglas de juego” claras y acatadas por todas las partes. Asimismo, va tomando cuerpo y adquiriendo peso el “enfoque de derechos”, que postula que los derechos son universales, indivisibles e integrados, lo cual significa que no es posible ejercer plenamente uno de los derechos (los políticos, por ejemplo), si no se cuenta con las posibilidades legales y físicas para hacerlo:
Nadie [...] puede disfrutar completamente ningún derecho que supuestamente posee si carece de los elementos esenciales para una vida razonablemente saludable y activa (Shue, citado por O’Donnell, 2004: 59).
Resulta entonces esencial examinar los procesos de toma de conciencia de los derechos, de las capacidades para hacerlo y de las condiciones necesarias para garantizar su vigencia y exigibilidad. Esto implica un cambio importante en las nociones de ciudadanía y democracia en comparación con las manejadas en las décadas de los setenta y ochenta.14
• Las teorías orientadas hacia las clases sociales y sus luchas como mecanismos esenciales en la configuración de una sociedad moderna y democrática, van cediendo paso al concepto de “sociedad civil” como espacio de encuentro y diálogo ciudadano. A pesar de ser un término relativamente amorfo, la sociedad civil se irá convirtiendo en sinónimo de la “buena” práctica democrática debido a que se le caracteriza por su búsqueda de consenso y concertación, alrededor de reglas de juego establecidas y por establecerse (López 1997). Se fortalece así la idea que surge con el liberalismo económico de finales del siglo XVIII de que las sociedades estaban compuestas por tres sectores autónomos pero interdependientes: el Estado, el mercado y la sociedad (Wallerstein 2002).15 El renovado peso otorgado a la socie-dad civil —también denominado el “tercer sector”— lleva a reexaminar aquellos procesos que facilitan y promueven la convivencia y la acción colectiva. Como veremos más adelante, la introducción del concepto de capital social encaja justamente con esta preocupación.
• La década de 1990, como antesala a un nuevo milenio, fue una época de cumbres y conferencias internacionales fomentadas por las Naciones Unidas en las áreas de la demografía, el medio ambiente, el hábitat, la mujer, el desarrollo social, entre otros. Fueron procesos que movilizaron a los Estados y a millones de personas agrupadas en organizaciones de la sociedad civil a diseñar objetivos y planes de acción anclados en los derechos humanos. La suscripción de estos por los Estados miembro condujo a dinámicas continuas de estudios y evaluaciones de las realidades nacionales vis-à-vis con lo acordado.
• En la economía adquiere relevancia el neoinstitucionalismo, marco teórico que subraya la importancia del ordenamiento legal e institucional en el crecimiento y el desarrollo económico. El eje de su análisis son los “costos de transacción” y cómo estos se ven afectados por las instituciones existentes, definidas estas como “[...] las reglas de juego —ambas reglas formales y restricciones informales (convenciones, normas de comportamiento y códigos autoimpuestos de conducta)— y sus características de cumplimiento. Juntas definen la forma en que se conduce el juego” (North s/f). De acuerdo con Douglass North, premio Nobel de Economía y uno de los principales teóricos de esta corriente, el desarrollo económico se explica mejor enfocando los cambios institucionales y su efecto sobre los incentivos ofrecidos a las organizaciones sociales, y no tanto la evolución tecnológica o del capital físico y humano. Los arreglos institucionales afectan la conducta humana, incluyendo su racionalidad económica.
Desde varios frentes, vemos cómo se les atribuye a los valores y las normas un peso esencial en el desarrollo económico, político y social. Contrario a lo postulado en generaciones anteriores, las “buenas” normas son consideradas como allanadoras de las conductas conducentes a la libertad, el diálogo y la convivencia. Un ejemplo claro al respecto es lo señalado por el sociólogo Hugo Neira con respecto al papel de las normas y los derechos en la construcción de la identidad nacional y de un país democrático:
Hoy la verdadera identidad son los derechos ciudadanos. Es cierto que somos una sociedad habitada por varias culturas, pero no somos la sociedad más fragmentada del mundo. México es tan fragmentado como nosotros, igual que España, pero ¿qué hace que un catalán viva con tranquilidad su diferencia con el resto de españoles? ¿Qué hace que haya una identidad americana en Estados Unidos? ¿Qué tienen en común los norteamericanos? Absolutamente, nada. Ni los orígenes raciales o étnicos, hay anglo-americanos, ítalo-americanos, afro-americanos, asiático-americanos, Estados Unidos es el mosaico cultural más complejo del planeta, pero qué hace que todos digan yo soy norteamericano: los derechos ciudadanos. El derecho de ser igual al otro y de ser diferente al mismo tiempo. El tema de la identidad no es qué tipo de comida comemos, sino pasa por si dejan o no dejan entrar a un muchacho a una discoteca de Lima, si hay prejuicios al darle el trabajo a alguien [...] (2007).
Sin embargo, como hemos señalado, los peruanos y las peruanas tenemos una personalísima actitud y relación con respecto a las normas y esto no es noticia nueva. En numerosas encuestas de opinión, se capta con claridad el clamor de una vasta mayoría por vivir en una sociedad en la cual se respetan las leyes. Al mismo tiempo, no obstante, hay también una mayoritaria percepción de que son pocos los que normalmente las cumplen. Nos encontramos, entonces, en una situación interesante, de quiebre, con respecto al análisis de nuestra sociedad. Por un lado, observamos que hay un creciente convencimiento de que el camino al desarrollo humano integral está íntimamente ligado al reconocimiento, la promoción, el ejercicio y la vigencia de un conjunto de derechos, todos ellos sustentados en los principios de la igualdad y la justicia. Por el otro, se constatan las dificultades y obstáculos que existen en la sociedad peruana para el logro de estos principios. De ahí que no debe llamar la atención que en los últimos años se ha estado produciendo un cuerpo creciente de estudios y análisis que intentan explicar nuestra predisposición hacia lo informal y los arreglos personales y sugerencias de cómo se puede revertir esta situación. No pretendo realizar una revisión de los diversos aportes, sino arbitrariamente presentar y comentar algunos de ellos.
Gonzalo Portocarrero (2004) en su libro Rostros criollos del mal, incluye varios artículos sobre el tema del mal y la transgresión en nuestra sociedad caracterizada por lo “criollo” y la “criollada”. Lo analiza primero desde una perspectiva histórica, al examinar cómo el criollo —desde su desvalorada posición frente al peninsular— es cooptado por el sistema colonial vía la laxitud en la exigibilidad de la norma, sea por medio de la corrupción, la falta de sanción, la vista gorda y muchas otras conductas que abrían el camino a la excepción y la trampa.
Como anotamos anteriormente, Portocarrero señala que toda transgresión tiene víctimas, y la de los criollos normalmente eran los sectores excluidos y empobrecidos. Es a partir de la segunda mitad del siglo XX que la transgresión criolla comienza a ser incorporada en el repertorio de otros sectores como reacción a una urbanización acelerada, que no estuvo acompañada de procesos simultáneos de crecimiento del empleo y la institucionalización. Los restantes artículos desarrollan —desde diversas ópticas— cómo el mal criollo se manifiesta en la actualidad. Incluye una interesante investigación a jóvenes en la cual se analiza con profundidad la relación cínica hacia la norma y cómo la conveniencia personal se transforma en la vara con la cual se mide la conducta apropiada.
Portocarrero conjuga factores históricos (el surgimiento del “criollo”), estructurales (la debilidad de estructuras, el elogio a la transgresión, la incitación a la codicia) y subjetivos (el goce propio que produce el mal). Su gran aporte es enfocar en el actor social, que busca el goce fácil, a pesar de que produce en él o ella la mala conciencia o el resentimiento.
El estudio de la institucionalidad es otra aproximación interesante en el intento de entender la poca efectividad de nuestras normas formales. Normalmente enfoca las dificultades en la construcción de instituciones (institution building), especialmente las que conducen hacia el desarrollo humano, entendido este último como la institucionalidad democrática. El peso de las instituciones ha cobrado especial importancia desde las ciencias económicas, en un intento de explicar mejor los factores que facilitan las relaciones sociales (incluyendo las económicas) vía procesos que reducen los costos de transacción. En este sentido, el neoinstitucionalismo considera que el tipo de instituciones que se construyen en una sociedad, tiene una importante incidencia sobre su actuar económico y desarrollo.16 North (s/f) define las instituciones como “las reglas de juego” (formales e informales) y las “características de su ejecución”.
Recientemente John Crabtree (2006) editó un libro al respecto con sendos artículos sobre las características y el funcionamiento de diversas instituciones en nuestro país, como son los partidos políticos, la descentralización del Estado, las fuerzas de seguridad, los programas sociales, la reforma judicial, las empresas, entre otros. En la introducción, Crabtree señala:
[...] el período de Velasco vio la abolición o modificación de las viejas instituciones y prácticas, pero aún no se ha establecido una nueva institucionalidad que refleje normas más democráticas. En algunos sentidos, la nueva arquitectura institucional se está polarizando más que la anterior. De ahí que no resulte sorprendente que los intentos de diseñar reformas políticas democratizadoras no tuvieran eco entre la opinión pública. Está demostrado que alcanzar un grado de consenso en la sociedad acerca de lo que se necesita hacer es una meta difícil de lograr (2006: 8).
Las dificultades en hallar los consensos básicos que permitan la actuación institucionalizada democrática son producto de un complejo conjunto de factores que son analizados en este libro. Drinot, por ejemplo, examina cómo el racismo —y las desigualdades que surgen a partir de él— son fundamentales para entender el funcionamiento de nuestras débiles instituciones, sean estas públicas o privadas.
El carácter excluyente de muchas de las políticas públicas y las mismas concepciones con respecto al gasto estatal, están imbuidas con una concepción del “otro” no blanco “[...] como depositario y agente de la pobreza, el atraso cultural y el fracaso nacional” (2006: 25). Esta exclusión se ve reforzada, paradójicamente, por los programas sociales que deberían tener como función fundamental establecer y proteger los derechos sociales básicos de todos los ciudadanos. Francke analiza la evolución de estos programas en el país y constata que ha predominado un manejo clientelista, en el cual los criterios políticos partidarios y el personalismo propio de un sistema construido alrededor de un caudillo o patrón, han socavado las posibilidades de construir un sistema gestionado con eficiencia y eficacia.
Finalmente, existen muchos intereses en el país que serían afectados si existieran instituciones sólidas, y de ahí la resistencia o inacción frente a reformas institucionales orientadas a fortalecer el papel del Estado. Durand considera que “[...] la gran empresa se ha acostumbrado a operar con un Estado ineficiente y corrupto pero funcional para la defensa de sus intereses” (2006: 189). Se refiere a las resistencias a las diversas regulaciones (laborales, defensa de consumidor, ambientales, sanitarias) y las posibilidades de escabullirse debido a la corrupción.
Hay otras aproximaciones que corresponden más bien a la relación entre la ética y el desarrollo, tema que ha estado cobrando importancia en los últimos años, incluso desde las ciencias económicas.17 Amartya Sen (2003), premio Nobel de Economía, es uno de los que ha trabajado con más dedicación la relación entre virtudes como la honestidad, la confianza, la equidad y la justicia, con el proceso de desarrollo y el crecimiento económico. Para Sen, el medio y el fin del desarrollo es la libertad, pero:
[...] resulta difícil entender una perspectiva de libertad que no tenga a la equidad como elemento central. Si la libertad es realmente importante, no puede ser correcto reservarla únicamente para unos pocos elegidos. En este contexto es importante reconocer que las negaciones y violaciones de la libertad se presentan típicamente bajo la forma de negar los beneficios de la libertad a algunos aun cuando otros tienen la plena oportunidad de disfrutarlos. La desigualdad es una preocupación central en la perspectiva de la libertad (2003: 11).
De ahí que Sen considere que no basta el “esclarecido interés propio” para lograr una ética del comportamiento conducente al desarrollo, sino que son necesarias instituciones que impulsen los valores de la libertad y la justicia. Para él “[l]a fuerza de la conexión valorativa de la ética con el desarrollo depende de las instituciones, y existen significativos elementos para probar esos enlaces de forma más profunda” (2005: 37).
Françoise Vallaeys (2002) ha utilizado esta aproximación en el caso peruano, intentando entender las dificultades que enfrentamos para construir una sociedad democrática, en la cual se respeten los derechos y se cumplan las normas. En su opinión, el desarrollo necesita de confianza y esta se logra sobre la base de costumbres de conducta ética que permitan generar la expectativa de que las cosas ocurrirán como deben de ocurrir. Añade que esto no se puede lograr por decreto porque no se puede obligar a nadie a ser moral, mas sí se puede crear un ambiente social que promocione el cambio.
La situación actual de la sociedad peruana, sin embargo, es de crisis moral, producto de la desigualdad, el autoritarismo, el debilitamiento de la comunidad, los desplazamientos, entre otros fenómenos, que en conjunto se constituyen en formidables obstáculos a la búsqueda y el logro de intereses comunes y de consensos. Como consecuencia, prevalece la tendencia del “sálvese quien pueda” y del “todo vale”. Estas tendencias, según Vallaeys, no siempre se construyen en un vacío de valores, sino que con frecuencia tienden a edificarse sobre la base de valores tradicionales como la amistad, la lealtad y la jerarquía, pero que se vuelven perversos en una sociedad en proceso de modernización que busca construirse precisamente sobre la base de la igualdad, los derechos y la democracia.
Para Vallaeys, el patrón moral tradicional lleva a personalizar nuestras relaciones, condicionando el respeto a la norma o conducta ética de acuerdo con lo que nos conviene a nosotros o a nuestros allegados. Santos Anaya también examina la personalización de nuestras relaciones en su ensayo sobre la dinámica individuo-persona en la sociedad peruana:
En el Perú (como en otras sociedades de Latinoamérica —Brasil, por ejemplo—) nos resulta difícil pensarnos y tratarnos, en espacios públicos, como individuos anónimos que merecen igual trato y respeto. Los desconocidos o extraños no son para nosotros con-ciudadanos, sino más bien personas dotadas de características peculiares que exploramos con lupa lo más que podemos (1999: 6, cursivas en el original).
Santos señala que el lenguaje jerarquizador cobra vida en la expresión: “¿Sabes con quién estás hablando?”, que busca marcar distancias y privilegios entre el locutor y los demás. Este lenguaje, puntualiza el autor, se utiliza de diversas maneras: para el logro de un privilegio o excepción, para defenderse de la discriminación y para que se cumpla la ley.
En cada una de ellas se apela no al derecho, sino a una posición personificada, a arreglos sociales informales pero vigentes y a evocar privilegios muy propios de una sociedad con un pasado estamental que se niega a morir. El espacio público se convierte, así, en un escenario de pugnas por ubicarse en una jerarquía fugaz, en un orden forjado de acuerdo a personajes y circunstancias, más que de consensos entre individuos anónimos.18
Esta breve revisión nos muestra cómo la tendencia hacia lo particular, hacia la excepción y no la regla, está fuertemente arraigado en la sociedad peruana. Desde el mismo proceso histórico de nuestra fundación, en la cual se genera la excepción y la laxitud como mecanismo de cooptación de los criollos, hasta la actualidad, en que se ha convertido en una estrategia de supervivencia en una sociedad con instituciones débiles e inoperantes. Todo esto contribuye a generar una cultura que algunos llaman del “arreglo”, otros del “todo vale” y unos más la denominan “combi”.
Estas miradas diversas también concuerdan sobre la debilidad de las instituciones —especialmente las democráticas— y su efecto sobre la exclusión. Para Santos, esto se manifiesta de dos maneras. En primer lugar, en la ley injusta, aquella que tiene nombre propio, que beneficia a un grupo pequeño pero que causa daño a muchos. Esto le resta credibilidad al sistema de normas y a las instituciones que legislan. En segundo lugar, en la poca acción de las instituciones estatales para hacer valer los derechos de los individuos anónimos.
Después de examinar estas aproximaciones, nos podemos preguntar: ¿Es realmente necesario añadir otras miradas y perspectivas para entender nuestra relación con las normas? Considero que hay dos aproximaciones que no han tenido igual desarrollo en la pesquisa de esta temática. Por un lado, se necesita desarrollar más la mirada interna, es decir, qué ocurre en las mentes de las personas y cómo procesan el supuesto deseo de orden construido sobre la modernidad, al mismo tiempo que permanentemente se refugian en la excepción estamental y la premodernidad.
Desde la década de 1980, se ha ido construyendo un importante bagaje de estudios desde una perspectiva interna, en especial desde el psicoanálisis, para entender la identidad nacional, la vivencia de la injusticia, la pobreza, el terrorismo, la corrupción y, más recientemente, la discriminación racial.19 Pero aún existe un campo importante, casi virgen, para examinar cómo los procesos socioculturales responsables de la formulación y generación de normas inciden sobre la vida psíquica.
Por otro lado, nos falta un mejor entendimiento de lo normativo desde una perspectiva estructural, aspecto al cual quiere contribuir esta investigación. Lo que proponemos en este trabajo es tratar de entender la predisposición hacia lo particular y lo personal desde una mirada estructural. Es decir, observar cómo la configuración de nuestras relaciones sociales y su estructuración en grupos, redes y organizaciones nos conducen hacia el particularismo. Cómo, a pesar de los buenos deseos e intenciones, resulta más factible y hasta racional optar por conductas que debilitan la llamada sociedad formal e institucional; aquella que debería garantizar los derechos ciudadanos, principalmente la igualdad y la convivencia nacional.
3. Una investigación exploratoria desde la estructura y el capital social
Sin duda existen diversas formas de aproximarse al mundo de nuestras relaciones y cómo estas se estructuran. En el presente trabajo, no obstante, optamos por la utilización del término capital social. Como veremos más adelante, a pesar de que tiene múltiples definiciones y formas de medición, la mayoría de los analistas concuerdan que capital social se refiere a los recursos reales y potenciales que tienen los actores sociales (individuales y colectivos) por el hecho de ser integrantes de una determinada cultura y estructura social.
La idea detrás del concepto es relativamente sencilla e intuitiva. La mayoría de los recursos que una persona necesita y desea están en manos de otros (acompañamiento, cariño, influencia, bienes, servicios) y sus vínculos sociales son los que permiten acceder (o no) a ellos. Los vínculos sociales, sin embargo, no se crean de la nada. En primer lugar, están fuertemente determinados por factores adscritos, especialmente la familia, el parentesco, las relaciones de género, entre otros, los cuales influyen decisivamente durante toda la vida, pero especialmente en nuestros años formativos. El barrio, la escuela, los clubes, la universidad, el mundo de las relaciones sociales de nuestros padres, son algunos de los múltiples aspectos que inciden en el tipo de personas que conocemos y con quién nos relacionamos. En segundo lugar, el mantenimiento y la ampliación de vínculos requieren dedicación, normalmente de prácticas de reciprocidad y del cumplimiento de obligaciones mutuas. En este campo, las normas juegan un papel importante, ya que marcan e indican las conductas esperadas. Por ello, y para ser consecuentes con el término capital, algunos analistas hablan de “inversión” en las relaciones sociales (Lin 2000).
Al decir de White (1992), nuestra identidad se construye sobre la base de nuestros esfuerzos de ejercer control sobre una realidad que lejos de ser ordenada o predeterminada, es contingente a los espacios y relaciones que construimos. Es, en este sentido, que la estructura no es impuesta directamente sobre el individuo, pero sí tiene peso —a veces determinante— en la generación de espacios (por ejemplo la organización del territorio), en la distribución de recursos y oportunidades (estratos y clases sociales), en los conocimientos y capacidades que tenemos (vía el proceso de socialización).
Lo mismo ocurre con el establecimiento de vínculos y relaciones (por ejemplo, la tendencia a la homofilia), que sí tienen peso sobre cómo intentamos ejercer este control. Giddens (1986) considera que la estructura existe virtualmente —en recursos esenciales como la memoria, las capacidades, las reglas— y que toma vida (se actualiza) mediante la acción.
Las inversiones en las relaciones sociales varían según la clase de vínculo y las finalidades que cumplen. Por ejemplo, Lin (2002) diferencia entre los vínculos de acuerdo a cuán cercanos y afectivos son. Hay vínculos relativamente distantes, que por lo general nos sirven para sumar recursos y con los cuales tenemos una finalidad instrumental. Si necesitamos información sobre las posibilidades de empleo en una corporación grande, utilizamos nuestra red de contactos para obtenerla, instrumentalizando los vínculos para estos fines. Los vínculos cercanos, al contrario, sirven más bien para mantener (y no necesariamente sumar) los recursos ya poseídos. En estos casos, nuestra finalidad es de carácter expresivo. Esto tiende a ocurrir en las relaciones familiares y de amistad, vínculos en los cuales, además, la instrumentalización está mal vista.20 En resumen, el tipo de capital social que tenemos, es decir, el mundo de nuestros vínculos, sus características y estructura, tienen un peso esencial en cómo desarrollamos nuestra sociabilidad, en los recursos a los cuales tengo acceso o derecho a reclamar y, por ende, en cómo puedo satisfacer mis necesidades. Un ejemplo nos ayudará a comprender este punto.
¿Por qué se nos recomienda no prestarles dinero a los familiares? Es evidente que todos podemos responder esta pregunta porque sabemos que resulta difícil separar una relación afectiva de una transacción comercial financiera. Podemos imaginarnos una situación en la cual un hermano le presta dinero a otro y, debido a que el monto es cuantioso, el deudor ofrece su casa en garantía. Seguimos con nuestro ejemplo: el hermano deudor no cumple durante muchos meses, forzando a que el hermano prestamista ejecute la garantía y deje al deudor y a su familia en la calle. La tragedia llega a los medios televisivos y a nuestros sensacionalistas noticieros. Para la opinión pública, ¿quién sería el villano de nuestro relato?: ¿el hermano deudor y su “perro muerto” o el hermano prestamista que deja a su propia sangre en la calle y prioriza el “vil metal”? ¿Y si la situación hubiera sido la misma pero el prestamista fuera un banco?
Como indica Nan Lin, es evidente que hay vínculos que no nos significan “mayores ganancias” o que no agregan recursos a los ya disponibles, pero que son importantes porque nos acompañan, nos apoyan y nos brindan afecto y seguridad emocional. En otras palabras, nos brindan recursos sociales esenciales pero que no se pueden acumular individualmente como sí podría hacerlo con el capital económico. Hay otros vínculos, no obstante, en los cuales el cálculo racional e instrumental son pertinentes dado el tipo de recurso que controla. Esta diferencia tiene que ver más con aspectos estructurales que culturales. La cercanía del vínculo es un asunto de estructura social, comenzando con la institución de la familia, la comunidad, los amigos y el barrio. Nacemos con parte de esa estructura predeterminada, por ejemplo, nuestras relaciones adscritas, como en nuestro ejemplo, el hecho de ser hermanos. Estas posiciones — en este caso su cercanía— tienen efecto sobre nuestra conducta, más allá de la cultura particular que informa nuestras acciones.
Más adelante, en el capítulo 5, veremos cómo en una investigación se descubre que la mayoría de los clientes de los comerciantes ambulantes en el distrito de Independencia (Lima) se conocen entre sí (familiares, vecinos, amigos). El hecho de que la relación económica sea construida sobre la base de una relación cercana preexistente, conduce a serias restricciones en la orientación instrumental que debería ser parte de todo negocio o relación comercial. El capital social de estos comerciantes les asegura la clientela, pero debido a su tipo, reduce considerablemente el margen de lucro.
3.1 Relación cultura-estructura
Lo expresado no implica que la cultura ocupe un lugar secundario en la determinación de nuestra conducta, sino que existe más bien una relación estrecha y dialogante entre esta y la estructura. En este sentido, Ann Swindler (1986) argumenta que la cultura genera mecanismos mediante los cuales los individuos y los grupos organizan experiencias y evalúan la realidad. Esto lo hace proveyéndoles de un repertorio de ideas, hábitos, capacidades y estilos, que son seleccionados de acuerdo con las características propias de la realidad vivida, es decir, de la estructura. Quienes conducimos autos en el Perú conocemos bien el Reglamento de Tránsito y nuestras calles están repletas de señales que nos guían o advierten al respecto. Sin embargo, al conducir optamos con frecuencia por no seguir las normas, porque sabemos que los demás tampoco lo harán y porque la Policía no es eficiente cuando se trata de sancionar las infracciones. Cuando viajamos a un país con un tráfico ordenado y una Policía eficiente, la mayoría de nosotros no necesitamos reeducarnos al momento de alquilar y conducir un auto, sino que inmediatamente aplicamos lo ya conocido, porque resulta lo más apropiado en ese contexto. Así, se pone fin a la idea de que la cultura es un conjunto de normas, valores y usos monolíticos que llevan a los individuos y colectivos a un número sumamente reducido de patrones de conducta o pensamiento, opciones o reacciones.21 Por el contrario, al reconocer el carácter de repertorio, nos abre la puerta para entender cómo los actores sociales analizan realidades dinámicas y cómo crean y seleccionan modelos de conducta para adaptarnos a ellas.
Durston (1999), por ejemplo, analizó cómo en una zona de Guatemala caracterizada por una cultura fuertemente individualista, un proyecto logró establecer sistemas de cooperación que permitieron la formación de organizaciones comunales y de pequeños productores con acceso a diversas oportunidades y recursos como capacitación, asesoría organizacional, créditos, entre otros. De esta manera, se logró construir y fortalecer el capital social. De acuerdo con su análisis, en esta cultura existían remanentes de formas de solidaridad y cooperación practicadas en el pasado que fueron rescatadas a partir de las nuevas oportunidades que ofrecía el proyecto en cuestión. Es decir, en el “repertorio” de las personas existían habilidades y capacidades para la acción colectiva que recién cobraron sentido y utilidad cuando se dieron varias condiciones, entre ellas, la presencia de un actor externo que intervino con la dotación de recursos considerados importantes por las comunidades, y que sirvió como “colchón” de contención ante la posible opresión de los grupos de poder local que se sentían amenazados por los cambios operados. Cuestiona así dos ideas con frecuencia presentes cuando se trata de la relación entre cultura y cambio social. La primera es que la cultura genera procesos que se retroalimentan en términos positivos (“círculo virtuoso”) o negativos (“círculo vicioso”) y resulta muy difícil cambiarlos. La segunda es que los cambios culturales son lentos porque implican modificar modos de pensar y actuar que están sumamente enraizados en los individuos y colectivos:
[...] todas las culturas, lejos de ser conjuntos coherentes e inmutables de reglas y creencias, cambian constantemente y por ende incluyen una enorme gama o repertorio [...] de sentencias alternativas en desuso y fragmentos de sentencias que son re-elaborados y re-combinados diariamente por personas y grupos de acuerdo a los desafíos de adaptabilidad que los cambios en el entorno presentan constantemente a las culturas (Durston 1999: 15).
Es por ello, como mencionamos en la presentación del libro, que las ideas fatalistas de que “así somos los peruanos”, de que nuestra cultura nos condena o que esto “ni Dios lo arregla”, realmente solo captan una parte de nuestra problemática con respecto al cumplimiento de obligaciones y normas. La otra parte tiene que ver con nuestros vínculos y acceso a recursos sociales. Las reglas que seguimos, salvo en los pocos casos de total anomia, son las que mejor se ajustan a los intercambios, los grupos o las asociaciones en los cuales participamos o de los que formamos parte.
3.2 Relación estructura-acción
El respeto y el seguimiento de las reglas nos lleva a examinar otra difícil relación contemplada por las ciencias sociales. Al igual que la cultura, la estructura puede también concebirse como una suerte de camisa de fuerza. En efecto, mucha de la teoría sociológica ha sido planteada en este sentido, siendo los casos más conocidos los del funcionalismo, el estructuralismo y varias vertientes del marxismo. La idea de que la forma como se encuentra estructurada una sociedad puede predeterminar conductas, orientaciones, motivaciones, clases sociales y, con ello, intereses, antagonismos y procesos históricos; deja poco margen de juego al individuo —entendido como un actor social— y sus relaciones e inclinaciones personales. No se puede dudar de que el medio en el cual nos encontramos y la forma como está organizado tiene un importante peso en nuestras opciones. Este hecho no solo ha servido de fundamento para los planteamientos teóricos mencionados, sino que está en la base de cualquier pretensión de predicción de la conducta humana, sea para anticiparnos sobre quienes son más propensos a maltratar a sus hijos e hijas o para diseñar una estrategia de venta por medio de un estudio de mercado. La estructura, no obstante, no nos “cae del cielo”; no se reproduce por fuerzas ajenas a los actores sociales mismos. Depende de ellos y ellas —en sus interacciones cotidianas— la determinación de si siguen o cuestionan las normas formales existentes.
El dilema entre la “estructura” y la “acción” es tan clásico en la Sociología que está incluido en prácticamente todo texto universitario de introducción a esta disciplina. En pocas palabras, el dilema plantea la pregunta sobre hasta qué punto nuestra conducta está determinada por aquello que llamamos “sociedad”. Los adherentes de la estructura enfatizan el peso de la socialización, la internalización de valores y normas, del statu quo, de nuestra posición social (clase, género, raza, edad), en fin, de las llamadas fuerzas sociales (externas) sobre nuestro comportamiento. Un ejemplo claro de esta perspectiva se observa en la siguiente interpretación de las causas de la anorexia que hace el director general del hospital psiquiátrico Hermilio Valdizán, recogida en una nota de prensa del Ministerio de Salud:
[...] la anorexia es una enfermedad mental en la que existe la pérdida voluntaria por perder peso [sic] por un deseo obsesivo por adelgazar. Se origina por el culto al cuerpo y por la obsesión de estar demasiado delgada y responder a ciertos estereotipos que la adolescente observa por la televisión, las revistas de moda y los cánones de publicidad (2006).
En pocas palabras, nos dice que los estereotipos que prevalecen en la sociedad son el factor determinante en la anorexia. Aunque esta explicación es atractiva, resulta incompleta porque no aborda adecuadamente el conjunto de conductas que se aprecia entre las adolescentes, muchas de las cuales sufren de trastornos de alimentación contrarios, como son el sobrepeso y la obesidad. Para lograr una respuesta completa, tendrían que examinarse con mayor detalle los casos de anorexia e intentar descubrir los factores específicos que producen el trastorno. Para ello es necesario entrar al mundo de las interacciones y las relaciones sociales y cómo contribuyen a la definición y construcción de la realidad de estas jóvenes.
Al respecto, resulta interesante la propuesta para superar este dilema de Anthony Giddens (1986) en su teoría de la estructuración. Para este autor, la estructura vendría a representar los aspectos culturales y sociales de largo aliento que conforman el marco general de información y posibilidades. La estructura no es vista solamente como un aspecto “controlador” o “restrictivo” externo al individuo, que se impone sobre la base de valores, normas y reglas, sino que es el medio que facilita y habilita la acción humana. El lenguaje, por ejemplo, no solo nos “obliga” a expresarnos de cierta manera y a seguir reglas fijas de interacción, sino que permite comunicar, informar, representar, abstraer y crear. La acción, por otro lado, son las interacciones de carácter más inmediato y cotidiano. Es en las interacciones que las personas reproducen, modifican, ignoran o cuestionan el marco general de la estructura, sus reglas y recursos.
El análisis de Giddens se inicia con lo que considera un teorema central de la teoría de la estructuración, un planteamiento sugerente, pero poco común en algunas teorías sociológicas:
[...] every social actor knows a great deal about the conditions of reproduction of society of which he or she is a member [...]. The proposition that all social agents are knowledgeable about the social system which they constitute and reproduce is a logically necessary feature of the conception of the duality of structure (1986: 5).
[... cada actor social sabe mucho sobre las condiciones de reproducción de la sociedad de la cual él o ella es miembro (...). La propuesta de que todos los agentes sociales son conocedores de los sistemas sociales que constituyen y reproducen en su acción, es un aspecto lógicamente necesario de la concepción de la dualidad de estructura] (traducción y cursivas nuestras).
La estructura, entonces, no genera modelos de conducta impuestos sobre los individuos. Representa más bien una suerte de “orden virtual” que recién se actualiza con la acción humana intencionada (agencia). En otras palabras, la estructura solo cobra existencia en la acción humana misma, que necesariamente siempre ocurre en un marco temporal y espacial. En cualquier situación de acción, el actor social “lleva consigo” toda una gama de recursos provistos por las estructuras sociales. En primer lugar, posee el conocimiento de cómo se hacen las cosas; en segundo lugar, tiene en su haber prácticas sociales organizadas por la socialización recursiva de dicho conocimiento; en tercer lugar, ha adquirido capacidades que la producción de esas prácticas presupone. Es decir, conoce lo necesario para desenvolverse y lograr sus propósitos, a la vez que ha adquirido las capacidades para ponerlas en práctica. Debido a los recursos de que disponemos vía la estructura (conocimientos, prácticas, capacidades) resulta más probable que las personas, en sus interacciones, sigan lo indicado por el “guión” estructural.
La presencia de estructura, no obstante, sí puede evidenciarse, a pesar de que no existe como tal en el tiempo-espacio:
Structures do not exist in time-space, except in the moments of the constitution of social systems. But we can analise how “deeply-layered” structures are in terms of the historical duration of the practices they recursively organize, and the spatial “breadth” of those practices: how widespread they are across a range of interactions (Giddens 1986: 64-65).
[Las estructuras no existen en el tiempo-espacio, salvo en los momentos en que se constituyen los sistema sociales. Pero podemos analizar cuán “profundamente arraigadas” se encuentran las estructuras en términos de la duración histórica de las prácticas que recursivamente organizan, y la “amplitud” espacial de esas prácticas: qué cobertura tienen entre una gama de interacciones] (traducción nuestra).
Por ejemplo, cuando los peruanos viajamos a otros países, con frecuencia olvidamos que en ellos solo existe una moneda nacional y que las actividades comerciales tienen que realizarse con ese medio de intercambio. En nuestro país, el nuevo sol (nuestra moneda) y el dólar estadounidense (nuestra otra moneda) son utilizados en forma intercambiable. ¿Cómo llegamos a esta situación? Es un proceso largo, pero comienza con una moneda nacional débil y la búsqueda de una forma de protegerse de la inflación y las devaluaciones. Pero esta es una situación común en casi todo el mundo subdesarrollado —particularmente en América Latina— y el dólar ha tendido a ser la moneda “fuerte”.
La diferencia en el caso peruano es que, de una forma u otra, los respectivos gobiernos prohibieron o restringieron seriamente las posibilidades de ahorrar y poseer dólares. Pero siempre lo prohibieron “a la peruana”, es decir, con poca efectividad institucional. En la década de 1980, con la altísima inflación y devaluación, ahorrar dólares “informalmente” se convirtió en una práctica generalizada entre aquellos que podían guardar parte de sus ingresos y buscaron diversas formas de depositarlos en sus casas. Los “cambistas” informales o “paralelos” se apoderaron de una calle en el centro de Lima (Ocoña), para luego migrar a todos los distritos de la ciudad. Al mismo tiempo —a pesar de que estaba prohibido— muchos de los intercambios comerciales y algunos sueldos o alquileres se fijaban en esa moneda, y había que pagar en dólares o al “cambio del día”. Así, sucesivamente, el dólar se convirtió en una suerte de estándar económico. Cuando se liberaliza la economía en el gobierno de Fujimori, se formaliza la dualidad monetaria a tal punto que, a principios del nuevo siglo, cerca de 70 por ciento de las colocaciones y préstamos bancarios se ejecutaban en dólares.
Con el tiempo, si las interacciones cuestionadoras aumentan en cantidad y calidad, organizan “recursivamente” —como dice Giddens— un conjunto considerable de acciones sociales en el tiempo y el espacio; la estructura “macrosocial” es modificada, en este caso, para generar un sistema monetario sui géneris. Para una nueva generación, el sistema dual, con una preferencia por el dólar, constituye parte de la normalidad. A tal punto que, a pesar de que el nuevo sol ha sido una moneda más fuerte que el dólar en los últimos nueve años, la mayoría de las colocaciones y préstamos aún siguen realizándose en dólares.
La relación entre estructura y acción es fundamental para entender la problemática planteada en este estudio. En el fondo, nuestra preocupación podría resumirse en entender la relación entre el andamiaje que se ha construido en torno a la modernidad (instituciones, normas, sanciones) y las conductas realmente existentes. ¿Cómo y hasta qué punto la imagen de sociedad que decimos desear construir —y que parcialmente se refleja en los valores y normas formales— se actualiza (cobra existencia) en nuestra acción, en nuestro quehacer como agentes sociales? ¿Qué elementos de nuestras estructuras formales se transforman en “sistemas sociales”, es decir, en “[...] relaciones reproducidas entre actores o colectividades, organizadas como prácticas sociales regulares”? (Giddens 1986: 66, traducción nuestra). ¿Por qué estos elementos y no otros?
Las respuestas a estas preguntas, como mencionamos anteriormente, pueden ser diversas y desde diferentes ópticas. Hemos optado en esta investigación por hacerlo desde el marco conceptual del capital social, entendido como parte de los recursos estructurales de una sociedad. Pero antes de avanzar en la mirada específica de nuestra realidad, resulta esencial definir mejor lo que es capital social y cómo usaremos el concepto en este estudio.
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