Czytaj książkę: «Reducciones»

Czcionka:


© LOM ediciones Primera edición, 2012 ISBN: 978-956-00-0394-2 eISBN:9789560012753 RPI: 224.981 Motivo de portada: Longko Williche. Fotografía atribuida a Hugo Rasmussen, 1908. Archivo fotográfico, Sección Antropológica. Museo Nacional de Historia Natural, Santiago de Chile. Tomado del libro En los confines de Trengtreng y Kaikai, LOM ediciones, 1994. Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 688 52 73 | Fax: (56-2) 696 63 88 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

A Elsa Maribel (el amor, el tiempo, la patria nómada).

A Mariel, Guillermo y Sebastián (los hijos que sostienen mi palabra).

A Matilde Huenún (nutricia raíz nonagenaria).

A René y María Luisa (los padres atizando la memoria).

A Mauricio, Eugenia y Margarita (fraternos en la Ciudad de las Sirenas).

A Daniel, Francisca, Cristina, Marina, Luisa, Juanita y Mónica (sembrando en la Gran Tierra del Sur).

A Roberta Bacic (indeleble en la amistad sagrada).



¿Cheú kam ta tuquimn pú peñi?

¿Cheu kam ta tuquimn pú peñi?

Mari, mari ulmn ulmn ema,

Tiva Senañ Saweñ kawiñ

Tiva Senañ tami llahuiñ.

Tivu naqeai tamn koSaq em.

Dladkiaimi tivu tañi mapu.

¿Dónde habéis estado, hermanos?

¿Dónde habéis estado, hermanos?

Buenos días, señores ricos,

este es mi lugar floreciente,

estos son mis frutos.

Aquí caerán vuestros cantos.

Te entristecerás aquí en mi tierra.

(Collag de Elías Necul, 1887)

Los archivos de la niebla (notas para leer Reducciones de Jaime Luis Huenún)1

qué me dices, Salazar, cómo te explico sus albricias

(Jaime Huenún)

Quien suba hasta lo alto de la colina en la que se emplazan las instalaciones de la Misión de Quilacahuin, en la provincia de Osorno, sur de Chile, y dirija su mirada en dirección suroeste, verá el imponente río Rahue allá abajo hasta donde se pierde la mirada. En días tranquilos, cual lenta serpiente de azogue, el río se desplaza hacia el Pacífico partiendo en dos mitades las fértiles vegas del valle de Quilacahuin. Pero el Rahue no siempre es manso. Las copiosas lluvias invernales del sur chileno lo vuelven un animal feroz, turbio, enrabiado, tanto que a menudo no cabe en su cauce e inunda los terrenos aledaños reiterando un viejo gesto natural que, a primera vista, parece catastrófico, pero que no es sino el trabajo entrelazado –una “ceremonia de amor”– de la tierra acogedora unida a las “aguas potras”, como diría nuestro poeta Huenún. Los vivientes de esos lugares, conocedores de los cambios de humor de las estaciones, construyen casas –muy modestas en la mayoría– cuyo primer piso es una especie de bodega o corral inundable, al tiempo que la vida familiar acontece en lo que sería el segundo piso al que se accede por escaleras exteriores.

Quilacahuin, cuya fama por los territorios de Osorno se debe a que produce legumbres singularmente tiernas y sabrosas (las lentejas de Quilacahuin son una delicia completa), es una tierra bella, pero de contrastes brutales: la imponente misión de Quilacahuin, con su templo católico, su colegio, su consultorio médico, sus dependencias para visitantes y turistas, construidas en lo alto de una colina desde la que se domina el amplio valle así como una no menor extensión de la cordillera de la costa osornina, recuerda demasiado de cerca el viejo castillo feudal europeo, vigilante, omnipresente, esa especie de lugar temible en el que moraba el Señor, quien, desde una suerte de panóptico poderoso, controlaba y vigilaba a los siervos de allá abajo.

Huenún Villa proviene de la clase de los “siervos”. Me refiero a quienes viven de lo poco que (les) va quedando después de largos y crueles despojos de tierra, de memoria y lengua; despojos que vienen desde el siglo XVI pero que, para el caso mapuche-huilliche, como Huenún lo consigna en su libro, adquirieron características de genocidio cultural a partir de mediados del siglo XIX. Migraciones forzadas del campo a la ciudad (a los baldíos de la ciudad, habría que decir); asesinatos y aun masacres (v. g., la de Forrahue en 1912 documentada en Reducciones); niñas y niños tempranamente obligados a trabajar como sirvientes en las casas y haciendas de las élites económicas de la República, o arrancados del seno familiar e internados en escuelas católicas donde los disciplinaban para la desmemoria (como le ocurrió a Matilde Huenún Huenún); tristes orfandades comunitarias de dioses y padres reducidos a hilachas; exilios en la propia tierra de pronto ocupada por extraños; ruka reducida a rancha o a barracón municipal o a callampa urbana en barrios que no son barrios:2 de esto habla el libro Reducciones. Y habla de esto porque el libro es, por sobre todo, un documento de barbarie escrito con los materiales que conforman la obliterada historia del sistemático exterminio de la cultura indígena en los territorios Sur Patagonia del continente; alegato sostenido contra la vergüenza colonial y republicana que las agencias oficiales del Estado chileno que tratan con la memoria nacional velan lo suficiente como para que los indígenas de antaño no pasen de ser héroes ficcionalizados de una historia más o menos remota. Y para que los de hoy no sean vistos más que como agitadores resentidos, en potencia o en acto, a los que hay que reprimir, dividir o eventualmente comprar con prebendas, dinero o promesas de algún deslumbrante desarrollo cuya plusvalía no va a parar precisamente a las comunidades originarias.

Sin embargo, y contra la laminación forzada de la cultura aborigen, la memoria radical mapuche y mapuche-huilliche, cual porfiada corriente en el subsuelo de la nación chilena, ha sobrevivido contra viento y marea. Y aún más: en los últimos años se ha fortalecido, dando paso a un proceso de reetnización cuyos alcances están todavía por verse. Como fuere, el reclamo por reconocimiento cultural viene, de un tiempo a esta parte, brotando incontenible por las fisuras de una sociedad olvidadiza pero que, por emergencia incontrarrestable de nuevas realidades socioculturales, poco a poco ha ido aceptando su naturaleza pluricultural e historizando más y mejor su pasado, proceso en el que la poesía de las memorias culturales ha venido cumpliendo, dicho sea de paso, un rol nada despreciable.

Pero si Reducciones se redujera (valga la aliteración) a un recuento de tropelías y estropicios cometidos contra los mapuche y mapuche-huilliche a lo largo de cinco siglos, sí que sería una poesía reducida: reducida a lamento, a victimización invasora y paralizante de la subjetividad. Y la consecuencia sería un peligroso adelgazamiento del espesor semiótico de una historia de colonialismo que ha devenido daño identitario ¡qué duda cabe! para los pueblos indígenas. Pero, tal como Huenún certeramente lo tematiza en su libro, esta misma historia ha dado paso a la emergencia de nuevas identidades que toman la forma de mestizajes múltiples, dinámicos, subversivos, dolorosos a veces. Nuevas identidades surgidas, en última instancia, de la necesidad de sobrevivir y que, por lo mismo, se tornan estratégicamente funcionales a la diversidad cultural-política que entra en juego a la hora de negociar con (y ser parte de) la modernidad nacional-global.

Huenún, atento al romanceo de muertos y vivos, registra la porfiada persistencia de voces que parecían apagadas hace tiempo, pero que, en rigor, subsisten y crecen en cada hueso mondo en los cementerios del tiempo y los lugares –tanto en cementerios que tienen tumbas como en aquellos hechos solo de tierra y aire– , voces que están ahí murmurando en las raíces invisibles de los canelos talados y en los pocos que aún quedan en las cordilleras de Chile, que hablan a través de las letras tristes de las rancheras mexicanas cantadas a tono de alcohol pendenciero y lluvia; en fin, voces que se hacen notar en viejos archivos de bibliotecas y museos que describen a los indios como raras excrecencias del género humano (a veces ni siquiera alcanzan a entrar en el rango de los humanos), descripciones que, por su misma incapacidad de salir del excluyente etnocentrismo del “civilizado”, documentan la barbarie blanca que se manifiesta en un sofisticado y perverso uso de la razón cognoscente disfrazada no obstante de ciencia objetiva; algo que viene a remachar una incapacidad de base de la así llamada cultura “occidental-cristiana” para empatizar con la otredad radical.

Tal polifonía torna a Reducciones en un vasto y persistente relato de resistencia. Mas también lo es de capitulaciones, de derrotas, de nomadías a la tierra hollada de la que crecen palabras igualmente holladas, llenas de remiendos. El libro se nos propone, pues, como un mosaico de voces y sujetos, subalternos los más, que hablan un español salpicado con los retazos de un idioma originario ya perdido; un hablar entonces en una especie de lengua entre –lengua escorada, la llamará Rodrigo Rojas–3, lengua champurria, la llamará el propio Huenún, que se arma con pedazos, que no siempre calzan, de este mundo y del otro: léase lengua de Castilla y lengua de la Futahuillimapu –grandes tierras del sur–, pero asimismo mezcla de cosas de la tierra de abajo y de arriba, de la mirada y de la visión: lengua, pues, trabada por los cruces y asimetrías culturales. Todo esto configura una textualidad que registra pulsiones que se encaminan tanto a lo que podríamos llamar la desetnización como a la reetnización de los sujetos, movimientos que a la vez se oponen y se complementan de maneras asimétricas en tanto responden a cambiantes estrategias de sobrevivencia subalterna que implica tanto capitulaciones como insubordinaciones identitarias según momento y lugar. El resultado es una heterogeneidad cultural (y psíquica) siempre en proceso, plástica ante la mutabilidad constante de las relaciones de poder y de la eficacia de los modelos inter e intraculturales. No por nada la cultura mapuche-huilliche, muy mestizada a estas alturas de la historia por cierto, ha producido y está produciendo poetas modernos, como Huenún mismo,4 que pueden, según necesidades de representación discursiva, entrar y salir (digámoslo así) de las estéticas que circulan en localías “premodernas”, populares, periféricas, bárbaras diría Faustino Sarmiento, así como de la sofisticada modernidad estética de cuño urbano y primermundista, modernidad esta en la que el componente étnico y territorial periférico no instituye (o lo hace muy excepcionalmente) poéticas de la memoria recuperativa.

Si bien Reducciones se inaugura con la sección “Entrada a Chauracahuin” (topónimo indígena que designa lo que hoy es la ciudad de Osorno y sus alrededores), visto el libro desde la perspectiva que el propio título del volumen sugiere, tal “entrada” denota la imposibilidad de entrar a un Chauracahuin pleno, no reducido a residuos de un pasado que sobrevive a pedazos. Chauracahuin dejó de ser el de antes a partir del momento en que los españoles, en el siglo XVIII, lo pusieron al fin bajo la égida de la Corona y más tarde, en el siglo XIX, los chilenos y los colonos alemanes y sus descendientes, con las respectivas franquicias del Estado-nación de entonces, lo hicieron suyo y lo transformaron en unidad productiva a expensas, claro, del desalojo de los habitantes originarios y del consecuente empobrecimiento de estos5. El Chauracahuin que la poesía de Huenún puede rememorar es una mezcla mestizada de memoria, imaginación y deseo de sutura de las heridas históricas que en su momento provocó, y aún provoca, la violencia colonial; heridas que si no se las visibiliza y reconoce como constitutivas de la sociedad chilena, identificando a los agentes que las han infringido y a sus víctimas, pero igualmente evidenciando los discursos que las revelan, las encubren, las naturalizan desde diversas orillas etnoculturales, se vuelven dramáticamente dañinas para los tránsitos dialógicos entre culturas. Reducciones, podríamos decir, es un libro escrito contra aquellas perversas formas de relaciones interculturales que, con la excusa del respeto a la diferencia o a la diversidad cultural, estimulan subrepticiamente la exclusión o la discriminación perpetuando vergonzosas injusticias como si estas fuesen parte de la “normalidad” social.

La ficción poética, llevada a la tarea de tener que lidiar con la realidad “fuerte” de las materialidades históricas efectivamente acontecidas, pareciera ser una palabra “débil” que se refugia en el tranquilo remanso de las metáforas y que no hace sino evocar sombras (“cantos de sombra”, diríamos en palabras de Léopold Sédar Senghor, poeta que cantó su África en un francés expropiado a los amos blancos).6 La poesía, si se la mide con la vara de la acción efectivamente transformadora de la realidad, parece “una historia de locos”, como bien dice Cisneros –el poeta, que no el cardenal–; pero, como el propio poeta peruano acota, es con la poesía que se formulan las “inmensas preguntas celestes”.7 Así, al evocar esas sombras-voces de ayer y hoy, la poesía de Huenún recupera huellas de lo vivido, denuncia acciones injustas que han quedado silenciadas en los recodos de la historia, construye discursivamente propuestas de sujetos que nos interpelan a que nos sacudamos de las asfixiantes categorizaciones con que la ciencia blanca (léase historia, antropología, fisiología humana incluso; cf. sección “Cuatro cantos funerarios”, los que, paradójicamente, no son cantos sino informes que “cantan”/denotan más la muerte de la cultura blanca europea incapaz de tratar con su otredad) clasifica y califica las sociedades e individuos según presuntos grados de civilización, escala en la que los sujetos indígenas llevan siempre la peor parte. La palabra “débil” se hace entonces “fuerte” y desafiante.

Nos hallamos, pues, ante una poesía que viaja a contracorriente por el río turbio de la historia hurgando en los residuos y sedimentos que yacen invisibilizados en su lecho. Río que en Reducciones se corporiza en el Rahue, que divide Osorno en dos mitades étnicas socialmente desiguales y que fluye, aguas abajo, por la vegas de Quilacahuin. Río Rahue que Huenún, mediante el poder evocador y constructor de mundos que detenta la palabra poética, pondrá patas arriba para que se vuelvan a oír los gritos de los antiguos boteros: los Manquilef, los Rauque, los Huenteo, los Huisca, los Huenún… y los cantos de las bandurrias contribuyan a la poesía trayendo de vuelta la sombra benefactora de los ancestros del poeta cuando estos, llamados por las nubes de la vida y la muerte, subían los repechos de su tiempo. La fuerza de una poesía como la de Reducciones no pasa por la defensa de una determinada doctrina que modele una cierta acción política de “intervención rápida” cuyos efectos podrían ser inmediatos y mensurables; su eficacia, si se puede así decir, viene del hecho de ser un discurso que trabaja a favor del fortalecimiento de subjetividades arrojadas a la intemperie de un mestizaje que se vive como experiencia de deterioro o pérdida de una identidad pasada de alcances colectivos. Y tal fortalecimiento del sí mismo8 –o arropamiento de la subjetividad, sería mejor decir–, acontece en la medida en que la poesía dota a los sujetos de una memoria de liberación que transmuta la tragedia en ceremonia de amor y vida al otorgar carta de ciudadanía a todos los cantos: los fúnebres; los que transmiten la serena contemplación de una muchacha que baila y se pierde tras el polvo que levantan los pies de los danzantes; los que recrean/rememoran los lugares sagrados que la naturaleza cobija en los bosques, el mar, los ríos; los que denuncian o atestiguan la colonización de la mente y las palabras; los que relatan experiencias autobiográficas del poeta y que son cruciales para que su palabra cobre su cuota de realidad cotidiana tanto como su cuota de visión metafísica: el pewma (sueño visionario) que pone al poeta vidente indígena en concomitancia con el poeta vidente moderno –Rimbaud, por ejemplo– a la hora de leer los signos numinosos de las cosas; en fin, los cantos que interpelan a los agentes constructores profesionales de narrativas históricas (al historiador Gabriel Salazar, por ejemplo).

En este libro, como ya sugerí, el concepto de “reducción” aparece vaciado de su acepción de empequeñecimiento en el sentido negativo del término. Y a la inversa: se llena de una significación afirmativa que connota la ampliación del cronotopos Chauracahuin a la condición de metonimia del mestizaje latinoamericano y, en rigor, de cualquier mestizaje acontecido como resultado de violencia colonial institucionalizada y sostenida en el tiempo. Entrar a Chauracahuin no es simplemente revisitar y dar cuenta de un lugar o de un paisaje realmente existente, Osorno en este caso; es, por sobre todo, asomarse a la tragedia de la historia y hacer de ella y con ella una poesía que atestigüe la trashumancia, las traducciones y mutaciones identitarias de quienes hasta ahora han sido los perdedores de la modernidad latinoamericana. Huenún hace de las “reducciones” históricas puntos de encuentro y confluencias de memorias y lenguajes varios que, en su conjunto y siempre en permanente reconfiguración, constituyen e instituyen los lugares poéticos de la vida que son, al mismo tiempo y por complemento, los de la muerte; los lugares de los sueños visionarios y de la mirada cotidiana de lo que está ahí; lugares que hacen las palabras con las que se sostiene el interminable nütram de la poesía y de la vida: la champurria de los condenados de la tierra.

No se vea, pues, como un mero recurso retórico haber optado por la multiplicidad de voces a la hora de conformar la textura discursiva de Reducciones. La (re)construcción de una “narrativa” mestiza que haga justicia a los ancestros literarios de Huenún, a las genealogías de su lengua poética, toma la forma de una trama textual de varia lección: el texto documental, cronístico; el relato autobiográfico y testimonial; el poema en verso libre que asume con frecuencia un tono versicular; el epigrama que evoca una escena lírica particular que recuerda el haiku japonés y que retrata una acotada interacción entre el yo hablante y la naturaleza (ver la sección “Envíos”); fotografías de archivos familiares e históricos; fragmentos de cantos indígenas tradicionales; textos “científicos” de antropólogos, fisiólogos y anatomistas europeos decimonónicos; reescrituras de crónicas hispánicas coloniales que conservan su español arcaico así como textos que evocan la lengua de Castilla hablada en clave de un mapudungun triturado por la maquinaria de la colonización; todo ello, y más, conforma una polifonía que permite un constante y productivo desplazamiento por los territorios de la memoria y la imaginación insubordinadas.

La polifonía no obedece tampoco al archirrepetido tópico de la fragmentación o la muerte del sujeto, o a un juego citacional sustentado en la tesis de que todo es lenguaje y/o que el simulacro ha copado todo el espacio de lo real. Nada de eso. Si hay algo determinante en Reducciones, es su poderoso realismo poético que se expresa precisamente en la diversidad textual que viene a evidenciar la diversidad instituyente del sujeto lírico, al que, por otra parte, no hay que ver como un sujeto, un yo particular, sino como una instancia plural de dialogicidad y romanceo. Y no podría ser de otro modo si el propósito es, como en efecto lo es, atestiguar, documentar con la poesía y en ella, la construcción de un mundo poético que no pretende sino ser la expresión de identidades culturales (y políticas) entrecruzadas, que se han venido haciendo con los restos de ya fenecidos modos de ser y vivir rurales o pueblerinos, pero que ahora, en los inicios del siglo XXI, cobran sentido restituyente de una memoria cultural insurgente. Son los materiales formantes de identidades mestizas abocadas a la acumulación de fuerzas simbólicas que les permitan operar con alguna ventaja en el escenario de una modernidad nacional y global que hasta hace muy poco no ha sido nada reconocedora del indígena o indígena-mestizo subalterno. La poesía de Huenún –y no solo la que hallamos en Reducciones– es parte sustancial de este proceso que, siendo literario, y dadas las circunstancias, es, y no podría sino ser, radicalmente cultural y político.

“Seguiremos escribiendo sobre abuelas”, nos notifica el poeta. Y cómo no, si de lo que se trata es justamente de escribir sobre abuelas y abuelos, porque de ellos, del recuerdo de su palabra, emana la fuerza iluminadora de la poesía, y de la poesía la potencia sanadora de una historia de oprobio y daño. De la remembranza de sus cotidianidades oscurecidas tanto tiempo por la niebla espesa de las injusticias mañosamente olvidadas, viene la raíz vital de una palabra poética cuyo sentido último es construir puentes de memoria que visibilicen a tantos y tantos que han sido arrojados a los territorios baldíos y desechables del “progreso” de la nación. Cotidianidades que por la poesía justamente dejan de ser olvido y se vuelven presencia constructora de un tiempo venidero en que la muerte no tendrá otro señorío que el que le otorga el orden natural de las cosas. Visión inagotable de una tierra reducida a población callampa en las ciudades de la República, a pequeñas parcelas pobres en los faldeos cordilleranos de San Juan de la Costa, a plantaciones de pino y eucalipto en tierras que cobijaron antiguos bosques en los que floreció el copihue aferrado con todos sus zarcillos al oloroso melí, reducida a poesía de los vencidos. Vencidos tal vez, mas no rendidos.

“Ya vendrán tiempos mejores / hermanito/ para izar los sangrados estandartes/ en llanuras y montañas/ liberadas por los pewma/ de la Banca y la Escritura” (“En la ruka de David”). Nótese que el poeta escribe “sangrados” y no “desangrados”. Nótese el valor liberador de los pewma mapuche. Nótese el reclamo por un nuevo orden que no sea el de la Banca y la Escritura, nuevo orden que no pase por encima de los cuerpos, las aguas, el cielo, el viento que mueve el árbol de la poesía. Reducciones “es un libro en crecimiento arbóreo”, sentencia Huenún. Habrá entonces que plantar este árbol en lo alto de las colinas de Quilacahuin para que desde sus ramajes en movimiento podamos otear el amplio horizonte de las cosas visibles, pero sobre todo el de las invisibles. No para arrasar con la iglesia o el colegio o el hospital básico de la Misión de Quilacahuin, como en su momento, y para inmensa desgracia de la humanidad, sí lo hicieron los españoles conquistadores en México, en Perú; como los estados nacionales, a su turno, igualmente hicieron y aun peor (recordemos el genocidio de la así llamada “Guerra del Desierto” en Argentina y su homóloga, la “Pacificación de la Araucanía” en Chile, o el exterminio de los indígenas de la Patagonia chilena en pleno siglo XX). Para que el árbol de la memoria y el conocimiento florezca para todos en todas las estaciones de todos los años. Y que no quede solo la imagen de un canelo polvoriento y moribundo que el poeta conociera en su infancia y que resultó ser uno que plantara Gabriela Mistral en la plaza de Osorno en 1938 en un gesto de homenaje a la gente morena que habitaba y aún habita un Chauracahuin de miserias.

Para que la memoria iluminada de María Matilde Huenún Huenún, niña-mujer-madre-abuela octogenaria, quede fulgurando en los bellos amaneceres de Quilacahuin.

Sergio Mansilla Torres

Universidad Austral de Chile

Instituto de Lingüística y Literatura

Valdivia, Chile.

1 Trabajo que forma parte de la ejecución del Proyecto Fondecyt 1110026.

2 En las riberas del Río Damas, afluente del Rahue y que bordea la parte noreste de la ciudad de Osorno, existieron por años los “barracones municipales”. Se trataba de largo galpones dispuesto de modo paralelo, divididos longitudinalmente y con unas 10 habitaciones por lado que hacían las veces de “departamentos”, separados los galpones por callejuelas estrechas sin pavimentar. Con grifos comunes, sin más instalaciones sanitarias que pozos negros de uso compartido, eran paupérrimos en materia de servicios básicos. Se construyeron en los años de 1950 y los últimos fueron erradicados recién en la década de 1980. La mayoría de sus habitantes, de origen indígena-mestizo, provenían de áreas rurales, campesinos sin tierras, inquilinos expulsados de los fundos agrícolas. Huenún mismo se cría en la población “Nueva Esperanza” (sector Francke de Osorno, noroeste), originalmente un campamento resultado de una toma de terreno a inicios de la década de 1970 por gente sin casa y sin tierra. Agradezco al constructor de casas José Huisca Molina, el Maestro Pepe, haberme informado sobre los barracones municipales de Osorno en los que vivió de niño.

3 La lengua escorada. La traducción como estrategia de resistencia en cuatro poetas mapuches. Santiago: Pehuén, 2009.

4 De la territorialidad sur huilliche, en años recientes han surgido, por filiación o afiliación, poetas como Graciela Huinao, Faumelisa Manquepillán, César Millahueique, Paulo Huirimilla, Bernardo Colipán, Adriana Paredes Pinda, Roxana Miranda Rupailaf, entre otros.

5 Recordemos que Osorno ha tenido tres fundaciones. La primera en 1553 por Pedro de Valdivia; se llamó entonces Santa Marina de Gaete. La segunda en 1558 por el gobernador García Hurtado de Mendoza; se llamó San Mateo de Osorno. En esa oportunidad acompañó al gobernador el poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga con quien Huenún dialoga en Reducciones. Tras su destrucción en 1602, es refundada nuevamente en 1792 durante el mandato de Ambrosio O’Higgins, padre de quien sería más tarde el fundador de la República de Chile, Bernardo O’Higgins.

6 Cantos de sombra. Madrid: Visor, 1980 (1945, primera edición).

7 Cf. Antonio Cisneros. Poesía, una historia de locos (1962-1980). Madrid: Hiperión, 1990, y Las inmensas preguntas celestes. Lima: Jaime Campodónico, 1992.

8 Tomo la expresión de Harold Bloom: “Se lee para fortalecer el sí mismo (el self) y averiguar cuáles son sus intereses auténticos”. Cómo leer y por qué. Bogotá: Norma, 2000. Tomo la cita de una versión digital sin paginar.

Entrada a Chauracahuin

Entrada a Chauracahuin

Cuando recobremos el pasado, la tierra abrirá sus secretos (Manuel Rauque Huenteo, Compu, Chiloé)

Una noche de mi niñez, a fines de la década del 70, supe por boca de mi abuela que un árbol ya entonces polvoriento y moribundo, desflorado para siempre en la raíz y el agua, era el canelo que Lucila Godoy había plantado en la señorial Plaza de Armas de la ciudad de Osorno.

Mediaba el mes de mayo de 1938 cuando la sociedad osornina rindió tributo blanco a aquella mujer morena. Poetisa prestigiada por el laurel de unos lejanos juegos florales capitalinos, beata de Pentateuco y maestra ejemplar, conseguía en ese entonces acceder a los primeros planos sociales y literarios a pesar del color diaguita de su piel y del cielo aymara prendido en sus verdes pupilas de vicuña.

Y dado el caso -como también ocurrió con Rubén Darío, quien tenía sangre chorotega en su palabra bruñida- no importaba que dicha mujer grandota llevara, en su aura y en su tuétano, la sombra y la luz aborígenes de sus valles transversales.

Menos importaba, por supuesto, que el gesto de transterrar el retoño indio a suelo citadino significara cumplir un velado encuentro con sus diezmados y ocultos hermanos huilliche, pues no se me antoja pura casualidad que diera tierra al brote sagrado en el centro de una de las ciudades del país donde más marca la diferencia de raza.

Desde la llegada del colono europeo, la ciudad de Osorno se levantó de las cenizas a que los roces a fuego redujeron los bosques y los sueños de Chauracahuin, el nombre originario de estos territorios. Abrir a incendio y hacha la húmeda e impenetrable selva del pellín y del laurel, chamuscar el pelaje pardo del pudú, derretir los pequeños cuernos del huemul con las brasas del coigüe derribado, fueron algunos de los afanes que permitieron convertir los campos de los huilliche en haciendas y llanuras productivas. Ahora en las grandes praderas de los fundos osorninos pastan las vacas Holstein y los rojos toros Hereford.

Antes, los altos hombres rubios uncidos al arado, la violencia y la ley, cercaron con fiereza los terrenos que el gobierno había estampado a favor de sus nombres. Así, la aldea pronto se hizo pueblo. Surgieron los molinos, las curtiembres, las fábricas de cerveza y de alcohol industrial, las prósperas barracas y las pequeñas y medianas empresas navieras. Sobre los ríos Rahue y Damas se construyeron rústicos puentes para agilizar el transporte de troncos nativos, cosechas de cereales y carbón vegetal.

Las misiones religiosas, por su parte, tuvieron paso expedito para entrañar con mayor dedicación en el indiaje bárbaro, la luz y el rigor del catecismo católico. Pero ni los avemarías ni los padrenuestros con que la congregación de capuchinos bávaros pacificaba a los indígenas, pudo impedir un sinnúmero de refriegas y desalojos sanguinarios. Uno de ellos -conocido como la Matanza de Forrahue de octubre de 1912- dejó 15 comuneros muertos, hombres, mujeres y niños. Forrahue (“lugar de huesos”, del che sungún, la lengua de los hombres del sur) es todavía una cicatriz en la memoria de los viejos huilliche de San Juan de la Costa. Cuentan ellos -cacique Paillamanque, abuelo Gamín- que en las noches de cerrazón se arrastra la carreta de Juan Acum Acum, uno de los primeros en caer. Dicen que en la carreta van los muertos de Forrahue sin morir aún del todo, y que los bueyes fantasmas avanzan y retroceden haciendo un círculo en la noche, confundidos por el clamor de los moribundos.

Los periódicos de la época (El Progreso de Osorno, La Aurora de Valdivia) consignan el pavoroso saldo que dejó la orden judicial en contra de los comuneros y a favor del particular Atanasio Burgos:

Como aún quedaban por despojar trece casas, el mayor Frías ordenó que quedasen veinte carabineros, al mando del oficial señor Espinoza, para acompañar al receptor don Guillermo Soriano, quien debía seguir efectuando el lanzamiento al día siguiente. Serían las 5 y media de la tarde, más o menos, cuando regresaba a Osorno el resto de la tropa. La caravana no podía ser más fúnebre... dos carretas repletas de muertos, cuatro con heridos y dos con los reos.

(El Progreso de Osorno, 21 de octubre de 1912)

Aunque ya en 1793, con el Tratado de Paz o Parlamento del río Rahue o de las Canoas, los españoles delimitaron las posesiones territoriales huilliche, iniciando a la vez la refundación y repoblamiento de la ciudad de Osorno destruida durante el levantamiento general mapuche de 1598, no fue sino hasta 1840 que comenzó la escalada de desalojos y usurpaciones legales. Después de terminado el proceso de otorgamiento de propiedades a través de los títulos de Comisario (así llamados porque era el Comisario de Naciones -cargo instaurado por la Corona Española- quien debía relacionarse con los mapuche y atender sus problemas y demandas) la población huilliche fue progresivamente sometida al tinterillaje, al matonaje a sueldo y a la política implícita del Estado de “mejorar la raza”. La llegada de los migrantes alemanes a Chauracahuin, gracias a la Ley de Colonización de 1851, terminó por acorralar definitivamente a gran parte de la población huilliche en pequeñas reducciones situadas en la pre-cordillera de Los Andes y en la Cordillera de la Costa Osornina.

Las sucesivas maniobras ilícitas empleadas por colonos alemanes y chilenos para apoderarse de terrenos indios, no cesaron con la llegada del siglo XX. Y si bien la ciudad crecía en lo económico gracias a la industriosidad germana y a la tierra transformada en vastos fundos ganaderos y cerealeros, las comunidades mapuche-huilliche padecían el rápido declinamiento de su cultura y forma de vida. Muchas familias huilliche convertidas al catolicismo, entregaban sus hijos a las Misiones Religiosas apostadas en lugares estratégicos del otrora territorio indígena. Allí los niños recibían comida, techo e instrucción en un régimen de internado con reglas monacales. En este proceso civilizatorio y cristianizante, se cortaba de raíz el cordón umbilical de la lengua che sungún, y se adiestraba a los alumnos en labores domésticas y agrarias con el objetivo de integrarlos al sistema económico vigente:

Tendría yo unos 9 años cuando mi mamita me llevó a la misión de Quilacahuin. Nosotros éramos de Río Bueno, del campo. Allí tenía mi mamá una ranchita. Ella hacía de todo, tejía en su telar, hacía quesitos, tejía mantas y choapinos, me acuerdo. De todos partes venían a comprarle mantas, le mandaban a hacer frazadas. Después todo eso se terminó. El pedacito de tierra donde vivíamos era una sucesión. Parece que llegaron parientes a reclamar ese pedazo de tierra y se perdió todo. Y qué le iba a hacer mi mamita, ella era sola, se tuvo que ir a trabajar al pueblo y a mí me dejó interna en la misión, ella no me podía ir a ver. Allí en la misión nos enseñaban a leer, las mujeres aparte y los hombres aparte. También nos enseñaban a coser, a tejer, a cocinar. Había una monjita viejita que era muy buena. Cuando me veía llorando me decía: no llores, hijita, ayúdame mejor aquí. Y yo le ayudaba a hacer pan o a coser. Después, como al año sería, mi mamita se puso de acuerdo con una gringa de Cancura y me puso a trabajar. Yo era niña de mano y tenía que ayudar a las otras empleadas.

(María Matilde Huenún Huenún, 90 años)

La incorporación creciente y sostenida de mano de obra indígena en las empresas urbanas, arrastró a familias enteras a los márgenes de la ciudad. Otras tantas fueron integradas al trabajo agrario bajo el sistema del inquilinaje y de empleo temporal. Los “cholos” -como son denominados los huilliche emparentándoselos, por una cuestión de piel, a los afroperuanos- arribaron a un sector específico: el barrio Rahue de Osorno. Allí, en los conventillos de las calles República y Victoria, o en la ribera oeste del río Rahue (río de la greda), asentaban sus modestas pertenencias, mirando las luces de una ciudad que aún hoy continúa negándolos.

Sin embargo, la memoria de otros tiempos todavía alumbra a los más de 50.000 huilliche que habitan las reducciones de San Juan de la Costa, Lago Ranco, Chiloé, y los sectores costeros y precordilleranos de la provincia de Valdivia. Y aunque la lengua originaria solo sobreviva en un puñado de ancianos, quedan todavía ceremonias a que convocan comuneros de diversos credos y linajes.

Este año con la gran sequía que tuvimos, hasta los pajaritos se estaban muriendo (las bandurrias no tenían de dónde sacar semillas de la tierra). Era una hambruna grande que venía. Entonces, con gran interés y respeto dijimos: bueno, vamos a hacer una rogativa chica, vamos a ir a pedir permiso allá este año, a pedir consentimiento al abuelito Huenteyao. Fuimos a Pucatrihue a pedir el agua. Partimos el día viernes y llegamos acá el día sábado en la mañana. Ya estaba todo listo para empezar la rogativa. Regamos todo por aquí con el agua de mar que trajimos. En la noche empezó a tronar; el día domingo era un aguacero inmenso, en la mañana bailando, adorando, tocando el kultrún, tocando la trutruca de la alegría del agua que cayó. Fue la respuesta grande que nos dieron. Es una creencia enorme que hay y un respeto enorme que hubo. Hay gente incrédula que a veces lo protestaba. Ahora sí saben que hay un gran poder en esta rogativa.

(Leonardo Cuante -Q.E.P.D.-, cacique de Pitriuco, Río Bueno)

Punotro, Costa Río Blanco, Pualhue, Pucatrihue, Lafquenmapu, son algunas de las localidades que realizan el lepún y el nguillatún, pequeñas y grandes rogativas donde los comuneros bailan wuchaleftu y vierten sangre de chivos y corderos a la tierra.

En estas ceremonias, la oración comunitaria va enlazada a la música de banjos y acordeones, kultrunes, guitarras y trutrucas, instrumentos que mezclan el ritmo del wuchaleftu (danza huilliche) con los sones de la cueca costina y la ranchera mexicana.

Insomnes y solemnes, alegres y contritos durante los tres días que celebran nguillatún, los huilliche alzan sus ruegos rodando hacia los viejos arcos de la sangre y la memoria. Huenteyao viene a ellos en un soplo de aire frío, en una nube. Invisible se aposenta en el laurel rodeado de pájaros marinos. Contempla el trabajo espiritual de los mortales y escucha sus cantos y plegarias. Vuelve luego al obscuro roquerío que es su casa y, envuelto por la bruma y el oleaje, duerme y sueña bajo el sol.

Los fieles, mientras tanto, desarman la rueda del ritual y reparten los ramos de laurel que pondrán en las puertas de sus casas. Contra toda brujería servirán esas hojitas, contra todo mal agüero que les dañe los días por venir. Mañana volverán a los trabajos materiales, a dar un año más de sombra y de sudor a las rojas sementeras. Y a las playas de Maicolpi y Pucatrihue, tras las matas de collofe y los bancos de mariscos, nuevamente marcharán.

Y después, hacinados en los buses campesinos, compartiendo el largo viaje con gallinas y corderos, llegarán a la ciudad. Por un día dejarán la Tierra del Latúe (planta amarga del delirio y de los brujos). En la Feria de Rahue venderán animales y verduras, y los frutos recogidos en el monte. Comerán y beberán en las cantinas aledañas, donde bandas mexicanas cantan cantos de violencia y de dolor. Y en la noche del regreso dormirán frente a los campos, en huilliche borrachera dormirán.

Los viajes, las vigilias

1 Izamos la bandera de la nieve en nuestros huesos, -las estrellas de la muerte río arriba- y caímos al barranco. Fuego hicimos, blanco fuego en la noche aullante de las piedras. Cómo te llamas, río. Cuál es tu nombre, árbol. Dónde te mueres, viento. Escuchan los caballos ahora el rumor de nuestra sangre en el sueño. Mañana uno de ellos caerá bajo el hacha de nuestra hambre. En la roca lucirá su cráneo como un sol diminuto en el limpio amanecer de las montañas. 2 Detengamos por fin nuestros pasos frente al mar que es la sombra extendida de las verdes montañas. Partamos con calma el pan de la mañana, bebamos sin apuro la sidra avinagrada por el sol y los caminos. No somos extranjeros en la patria de la arena, no somos extranjeros en las costas de la luz. 3 Entonces fundamos un pueblo. Las barcas iban y venían cargadas con peces sin nombre. Olvidamos para siempre la nieve, las monturas, el afilado viento de las serranías. Abrimos ventanas en las piedras para respirar el cielo desnudo de la medianoche. Cuál es tu nombre, estrella sin luz. Dónde te ocultas, pájaro sin trino. Las fogatas ondulaban encima de las rocas para recibirnos. El jardín estaba lleno de almas cortadas, de pájaros que buscaban en la hierba un poco de aire. Esta aldea se llama Clemencia. Aquí las mujeres se hunden en los ojos de los perros silvestres. Miremos a los niños trepar los árboles parlantes, contemplemos sus sombras que iluminan nuestras sombras al atardecer. 4 Me dieron la tierra roja y oscuros bailes y cantos para despertar. Mi tierra, la cuenca vacía de los dioses, las playas de greda ante el furor del sol y montes quemados en la raíz y el aire. Aquí las piedras labradas desde el sueño. Aquí palabras ocultas bajo el viento. Mi tierra, andándome con cardos y pastores, hundiendo su luna en mi mirada. Nada más allá de mi mirada, nada sino la ceniza que el oleaje deja a las rocas y a los bosques frente al mar. Mi tierra, el salto de culebras de espesura abriendo la neblina en los juncales. Mi tierra, los muertos en el arco del conjuro bailando y delirando bajo el sol. Mi tierra, la danza, el lento apareo después de la embriaguez.

Malocas

Así vinieron ellos, con hachas y cuchillas,

derribando solares, púlpitos y alcobas.

¿Habrá visto, Usía, las púberes mancebas

aullando sobre el lomo de los indianos lóbregos?

Sus nombres: Huichapán, el puma come perros,

Pafián, el venenoso, Troquián, el matancero.

Cómo olvidar sus rostros aquí en las chicherías

si aún vienen huyendo, huyendo por los ríos.

Bramando en los degüellos, azotando los llanos,

cortando con sus lanzas la gris zarza mojada.

Heridos balbucean la idioma de la muerte,

nombrando sus linajes bajo el cielo del sud.

Tú eres Paichil, el lobo, sobrino de los brujos,

hermano de Naipil, la culebra de monte.

Tú eres Nahuel, el tigre, y hueles a cautiva,

a pecho de cristiana llorando junto al fuego.

Cómo olvidarlos, oye, si en cada boca muerta

escucho las injurias de aquellos pendencieros.

Robáronme el azúcar, un chal, tabaco negro,

alforjas, candelabros y un rosario español.

Por eso aquí les traigo las hijas de la noche

para que al fin entibien sus catres de ciprés.

Nos dicen animales: yo soy lobo toruno

y mis cachos relumbran cada vez que aparezco.

Sobre el agua verdosa estoy hecho un encanto

y te tomo mi niña hasta hacerte reír.

Estoy hecho un encanto y doy miedo al trampero

que camina bordeando los ríos de la luz.

¡Aléjate! -le grito- que mi ojo tuerto arde

y quema mi mirada tu torvo corazón.

Navego, sí, navego, por tu triste cabeza,

cuando llueve en los montes sin pausa y sin amor.

Aquestos son los hijos de su propia ignorancia,

idólatras del aire donde vive la nada;

nos dicen ver a diario lo que nunca veremos,

por eso, antes del alba, alzados morirán.

¿Contemplaste tu cráneo, Zorro Azul, en el río,

la cabeza del Cóndor en mi estaca de luma?

¿Me soñaste, acaso, ayuntar tus hermanas,

las feroces infieles de esta tierra final?

No fue, hijo, que viéramos sus muertes miserables,

ya secos y avarientos en la su extremaunción,

contando sus doblones, leyendo la vulgata,

amarillos de oro, de humedad y dolor.

Solo vimos despiertos lo que en sueños veían

y olvidaban temprano para no enloquecer:

hambrientas alimañas mordisqueando en los bosques

pellejos castellanos hediendo bajo el sol.

Traduce a su merced los niños del demonio

bailando entre las nubes la sajuria del mal.

Traduce, comisario, ese veneno alado

que emana de los sueños de esta gente falaz.

Maloca: incursión bélica, asalto militar sorpresivo.

Sajuria: danza que mezcla aires hispanos y huilliche.

Che Sungún

E fablan lingüa bárbara,

vuesa merced,

como cogida del rayo,

torcida reciamente

al modo de las frondas

en tierras de espesuras.

Non caigo en el sentido

desta idioma de árboles,

áspera como pellejo

de merino soleado.

¿Será de faz montuna o

dirá piedad e amor?

Non creo sea fácil

darlos al catecismo

sin convertirlos antes

al acento espaniol.

Verbigracia, excelencia:

los niños parturientos

ploran como entre nos,

mas los cuncos mayiores

al tiempo de penar

gimen, claman sus dioses

con voces de graznar.

Quitar habré de cuajo

el cordón desta idioma

y entrañaré en sus testas

el Alma y la Verdad.

Che Sungún: lengua de los hombres del sur, hablada masivamente por la población huilliche hasta comienzos del siglo XX.

Puente de las piedras tigres

¿Quién fabla, quién susurra

sobre el puente anublado por las aguas?

¿Quién gime entre las piedras como un crío

reñido y azotado por el padre?

Piedras que del tigre tenéis sangre

¿por qué vienen a mí las feas almas

de los yndios atronados

por mi roto arcabuz?

Sin estrellas queda aquí mi lengua

picoteada por los traros

y las águilas del monte.

¿Dónde el capitán al que seguía

sobre el barro y en la lluvia

deste infame bosque interminable?

Corona de torrente mi Dios queda,

mirando aquesta daga

mellada por la sangre de los cuncos

en el Sud.

Cuncos: grupo huilliche que habitó la Cordillera de la Costa, entre Valdivia y Puerto Montt.

Alonso de Ercilla parlamenta y fuma frente al levo alzado de Chauracahuin

¿Qué zapato en la locura pisa y llora?

¿Por qué caminos las estrellas se quedan

en los ojos que las vieron morir?

¿En qué tiniebla se cierran los párpados

de los que aún no nacen,

germinados de muerte

y cruel velocidad?

Este es el cuchillo, el animal yerto y salado,

la noche que humedece el sexo y el rosal,

el canto de las piedras,

el río que pasa y en silencio te moja,

y este es el cielo en tu terrible ensoñación.

Come entonces y procrea y caza

y quémate en la llama que alumbra

la cara de tus muertos

y dibuja en la roca el corazón del tiempo

como el niño que escribe su ancho nombre

en la tibia arena del atardecer.

Levo o lof: antiguo espacio territorial ocupado por un conjunto de familias huilliche a partir del cual se funda su identidad y su cultura.

Chauracahuin: nombre huilliche del territorio que hoy corresponde a la provincia de Osorno, sur de Chile.

Sermón en lengua de Chile (Luis de Valdivia, 1621)

No penséis ni digáis

q ay un Dios en el cielo y otro en la tierra y en el mar.

No digáis q ay un Dios del mayz y otro del trigo,

uno que truena y otro q hace llover,

y otro q quita enfermedades

y da salud a los hombres.

No ay un Dios de Españoles y otro de Indios.

Vuestros viejos no sabían nada;

para conocer a Dios eran

como niños sin razón.

Haveys de hazer burla de lo q sin fundamento dezían,

cosa de burla es quanto

referían y contavan.

El diablo engañó a vuestros viejos

diciendo q se llamaua Pillán y Huecuvoe.

Ni el Pillán ni el Mareupuante ni el Huecuvoe

pueden quitar los pecados,

ni pueden salir con la sangre q se hazen vuestros hermanos

los pecados de los hombres.

No hay Mareupuante ni Huecovoe ni cosa alguna

q sea Pillán.

El sol no tiene vida,

pues lo q no tiene vida

¿cómo puede tener hijo?

Y lo q no vive en sí:

¿cómo puede dar vida a otros?

Tú lo que no tienes

no lo das a otro.

Pues ¿cómo el sol q no vive ni tiene vida

puede dar vida a los hombres enteramente?

El sol no vive

ni si tuviera hijo viviera su hijo.

Y si el Mareupuante no tiene vida

¿cómo os avía de dar la vida a vosotros?

Mentira muy grande es dezir q el sol tiene hijo.

Y como no hay Mareupuante,

assi es mentira dezir que ay Pillán.

Pillán: poderoso espíritu que habita las montañas y los volcanes.

Mareupuante: antigua divinidad solar.

Huecuvoe: también llamado huecufe. Es el espíritu del mal y la destrucción.

Darmowy fragment się skończył.

39,85 zł

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
115 str. 10 ilustracji
ISBN:
9789560012753
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki