Czytaj książkę: «Melanie Klein. Envidia y gratitud»
Índice de contenido
Epígrafes
Prólogo de Solange Matarasso
Aclaraciones
Referencias cronológicas
Biografía de Melanie Klein
Nociones esenciales antes de abordar el texto
Historia de la obra
Cuestiones fundamentales
La pulsión de muerte
Vida y muerte/amor y odio
Lo constitucional
La realidad psíquica y el mundo interno
El giro objetal
El mundo interno: la “asamblea de ciudadanos”
El mundo interno en armonía
Fantasía inconsciente. Fantasías originarias
De qué manera es legítimo hablar de fantasías inconscientes tempranas
La escena originaria, fuente de la fantasía inconsciente
Noción de triangulación
La frustración y el duelo
Vida intrauterina, impulso a la idealización y sentimiento oceánico
El conocimiento inconsciente del pecho y la anticipación de su encuentro
Elementos de la conjugación de la escena primaria: fantasía de la figura parental combinada, complejo de Edipo temprano e impulso epistemofílico
Teoría de las posiciones
La Posición depresiva
La Posición paranoide-esquizoide
La identificación proyectiva
La transición entre las posiciones
Envidia/gratitud: una matriz
La envidia, la expresión más perniciosa del odio
La gratitud, expresión primigenia del amor
Ni la gratitud ni la envidia son afectos puros
La matriz
Guía de lectura
Análisis del texto
Ideas centrales
Lo constitucional
El yo temprano y sus funciones principales
Ansiedad primordial
Gratitud
Envidia primaria y envidia excesiva
Celos
Voracidad
La objetología kleiniana
Idealización
Creatividad materna
El complejo de Edipo y la envidia excesiva
Culpa temprana
Procesos de escisión inadecuados
Mecanismos de defensa
Dependencia y desamparo
Análisis de la transferencia
Contratransferencia
Propuestas
Título
Adiciones
El pecho bueno primario en el núcleo del yo
Gratitud
La mecánica de la envidia
Imposibilidad de elaborar las ansiedades paranoides y depresivas a causa de la envidia excesiva
Envidia y voracidad
Intolerancia a la frustración más envidia excesiva más odio y resentimiento
Triangulación, gratitud y envidia excesiva
Escena de frustración
Trascendencia
Cómo fue recibido Envidia y gratitud
La nueva controversia
El problema moral de la envidia constitucional
La “desestimación” kleiniana del ambiente
Algunas críticas
Los peligros del peor de los pecados en la clínica
Desarrollos kleinianos de Envidia y gratitud
Hanna Segal
Herbert Rosenfeld
Wilfred R. Bion (por Solange Matarasso)
Donald Meltzer (por Solange Matarasso)
Desarrollos recientes
Lecturas sugeridas
Bibliografía general
Obras de Melanie Klein
Escuela Kleiniana
Diseño de la colección
Maia F. Miret
Portada
Beatriz Hernández
Logotipos
Gabriela Domínguez
Diagramas
“Imprescindibles” , Miguel Kolteniuk
“Escuela Kleiniana”, Margarita Moya y Jaime del Palacio
Primera edición, 2019
Primera reimpresión, 2019
Segunda reimpresión, 2019
Segunda edición corregida, 2021
Derechos reservados conforme a la ley
Prohibida su reproducción parcial o total
© ANALYTIKÉ EDICIONES
Magisterio Nacional 206
La Joya, Tlalpan
14000 Ciudad de México
ISBN: 968-607-8676-78-1
Se editó para publicación digital en noviembre de 2021.
La gratitud es una de esas cosas que no pueden adquirirse.
O bien nace con el hombre o, de lo contrario,
ningún beneficio bastará para hacerla brotar.
G.S. LORD HALIFAX
La verdadera señal de que se ha nacido
con grandes cualidades es haber nacido sin envidia.
F. LA ROCHEFOUCAULD
Nada sienta mejor a la vida que la gratitud.
J.W. GOETHE
¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!
Todos los vicios, Sancho, tienen un no sé qué de deleite consigo;
pero el de la envidia no tal, sino disgusto, rencores y rabias.
M. DE CERVANTES
Pensar, ¿qué quiere decir?
Significa: ¿decir la gratitud?
M. HEIDEGGER
El hombre que se lamenta de infelicidad podría,
por lo menos, participar de la dicha de sus amigos;
la envidia lo priva de esta oportunidad.
J. DE LA BRUYÈRE
Pocas veces quien recibe lo que no merece,
agradece lo que recibe.
F. DE QUEVEDO
PRÓLOGO
Un psicoanalista kleiniano o post kleiniano lo es en la medida en que contempla, tanto en su perspectiva teórica de la mente como en su práctica y en su visión de la psicopatología, el tema medular de la envidia y el de su par contrapuesto, la gratitud.
El postulado de 1955 según el cual existe una dotación instintiva de vida y de muerte en cada individuo que se representa en las emociones de amor y odio y se expresa, finalmente, en la gratitud y la envidia (Moya, 2018), subvierte el orden kleiniano anterior a esta propuesta. La nueva visión parece sugerir un cambio de dirección que nos lleva a suponer que dado que existen gratitud y envidia de forma primaria, el individuo humano es capaz de buscar y encontrar al pecho y desarrollar amor u odio por él, según sea el caso y, por ello, devenir en un buscador de la vida, o convertirse en un buscador de la no-vida de los objetos degradados, mutilados y carentes de ética y belleza.
Esta subversión es sorprendente, aunque no excepcional cuando se piensan las situaciones en la clínica que llevan a replantear las teorías existentes. Freud teorizó primero los impulsos anales y sólo después encontró que éstos estaban insertos en una cadena en la que un eslabón previo, el impulso oral, anidaba como punto de arranque para el desarrollo de la libido. De igual forma, Klein supuso primero la existencia de la Posición depresiva, pero su gran capacidad de observación clínica y de captación intuitiva la llevaron a concluir que una posición previa, la paranoide-esquizoide, era la punta de lanza del desarrollo mental.
Finalmente, las teorizaciones kleinianas se reorganizaron después de 1955, cuando Melanie Klein presentó por vez primera su teoría relativa a la envidia y a la gratitud. Se comprendieron bajo una nueva luz conceptos como el de Posición paranoide-esquizoide, que ahora podía ser vista en sus dos caras, una de las cuales resulta ser el punto de arranque, normal y necesario, del desarrollo mental, y la otra, la patológica, queda afectada por los impulsos agresivos que habitan el espacio interno desde el origen mismo de la vida postnatal. De la misma forma, se redimensiona la noción de identificación proyectiva para diferenciar una modalidad capaz de destruir agresiva y ofensivamente a un objeto bueno por el hecho de serlo, de otra cuya finalidad es ocupar el interior de la mente y el cuerpo de la madre como un refugio defensivo ante la amenaza y el desvalimiento que producen al sí-mismo las emociones agresivas tanto internas como externas.
La envidia y la gratitud, como las planteó Klein, son indispensables para comprender tanto el funcionamiento mental en desarrollo como la psicopatología y el trabajo clínico de los analistas desde una teoría de la observación. Si bien Freud ya había hablado de la envidia, referida a la situación de la mujer frente al hombre por la posesión del pene, la noción kleiniana, desde el inicio de su teorización, pero más enriquecida a partir de 1955, la vuelve universal, medular y fundante del psiquismo.
Es bien sabido que la noción de envidia primaria —no así la de gratitud primaria— ofendió a muchos psicoanalistas que se resistieron y se resisten a suponer que el sujeto humano pueda venir equipado, psíquica y físicamente hablando, con tales elementos malignos. Pareciera que contemplan a la criatura como un ente que nace puramente bueno y que adquirirá la malignidad a lo largo de su recorrido por el mundo de los eventos inter-vinculares; pareciera que el mal es impuesto desde el exterior.
No cabe duda que un ambiente psicótico, por ejemplo, afectará profundamente cualquier posibilidad de desarrollo mental (sólo un loco lo negaría). Pero es también cierto que existen dotaciones psíquicas que nos obligan a leer la realidad interna y externa y a significarla de formas distintas y que trascienden con mucho el ámbito del entorno del sujeto, el ambiente.
Se puede entender, sin regateos, que existan personas en el terreno del arte o la ciencia cuyas capacidades pueden conducirlas a cimas extraordinarias de desarrollo y creatividad. ¿Se diría de Mozart, cuyas primeras composiciones fueron realizadas a los cinco años de edad, que fue un gran músico porque el ambiente lo determinó? Curiosamente, este talento o dotación natural es algo creíble, un don, y aceptado por los psicoanalistas cuando opera en el campo del arte o la ciencia, pero no así para pensar a una criatura humana cuyo talento sea sobresaliente para la expresión profunda y hasta “creativa” de la agresión y la malignidad. Los Mozart nacen; los Hitler se hacen, se nos diría.
No se trata de una discusión causalista respecto de la génesis de los impulsos destructivos; toda explicación causal en psicoanálisis, como lo propone Bion, no es más que la necesidad de afirmar que una teoría es falsa y otra verdadera. Una teoría de la mente, piensa Bion, debe evaluarse en función de su utilidad para la comprensión de un problema psíquico determinado. Tasar a una teoría como superior y a otra como inferior o pensar en las teorías psicoanalíticas desde una perspectiva causalista cae inevitablemente en la alucinosis.
Así pues, debemos considerar las teorías de la envidia en Klein como útiles para abordar los problemas y las vicisitudes del desarrollo mental. Y decimos las teorías, porque se trata de al menos dos: la envidia que, junto con la gratitud, oscila en la relación con los objetos permitiendo odiarlos, amarlos, repararlos, sufrir el tiempo que transcurre entre que los odiamos y los volvemos a querer y gozar de los reencuentros para producir eso que llamamos “el sentimiento de estar vivos”, y la envidia que es fuente de resentimientos, amarguras, soledades, tiranías y sometimientos, que excluyen al individuo que la padece del mundo de los objetos vivos, bellos y verdaderos.
La envidia y la gratitud se tornan así en postulados sobre los que aquellos que se denominen kleinianos o post kleinianos habrán de tejer, con el compromiso de sostener una absoluta congruencia, sus desarrollos acerca de la mente, de la psicopatología y de la clínica. Nadie que se piense como kleiniano podrá obviar que el ser humano porta emociones contradictorias dentro de sí y que dichas emociones le harán construir la lente con la que mirará al mundo y a sí mismo. Para Melanie Klein la mente no es una tabula rasa. En calidad de postulado, la envidia y la gratitud primarias no es necesariamente una verdad que pueda demostrarse o de la que se puedan desprender evidencias concretas, pero es la base de un cuerpo teórico cuya congruencia y riqueza ha dado lugar a desarrollos que hoy forman lo más importante de la disciplina psicoanalítica.
Margarita Moya y Jaime del Palacio, que han dedicado ya muchos años al estudio del pensamiento kleiniano, nos ofrecen ahora este texto en la colección “Los Imprescindibles del Psicoanálisis”.
Ciertamente, la teoría de la envidia y la gratitud fueron imprescindibles en la evolución de las ideas de los psicoanalistas kleinianos y de los llamados post kleinianos (Segal, Rosenfeld, Bion, Meltzer...), así como de muchos otros que no se inscriben en estas líneas de pensamiento. La originalidad y la frescura de este libro lo ponen en un lugar destacado en la amplia literatura consagrada a este tema, y debe ser igualmente imprescindible para todos aquellos que han elegido trabajar con la mente humana, con sus grandes expresiones creativas y con su gran capacidad destructiva.
SOLANGE MATARASSO
Ciudad de México, 2018
ACLARACIONES
Muy tempranamente los psicoanalistas argentinos iniciaron la traducción al español de toda la obra de Melanie Klein. Lo hicieron muchas veces al ritmo en que ella misma la producía. Cuando en los años setenta del siglo XX la editorial Paidós decidió seguir la pauta establecida por Roger Money-Kyrle, el editor de los Writings of Melanie Klein, el trabajo estaba hecho.
Desafortunadamente, la edición de Paidós nunca fue revisada, erratas y errores fueron perpetuados de tal modo que en momentos producen equívocos muy importantes en la lectura. Además, la traducción ha envejecido mal. En el caso del trabajo motivo de este libro, algunos errores corrompen el texto original y hacen imposible la comprensión de ideas que de suyo son muy complejas y que no siempre fueron transmitidas con claridad por su propia autora. Por esta razón decidimos volver a traducir todas las citas. Señalamos la ubicación de los textos tanto en la edición inglesa (i.) como en la de Paidós (e.).
Decidimos, también, resolver algunas cuestiones que se han prestado a cierta confusión en favor de lo que creímos un espíritu kleiniano más genuino. Así, es cierto que Melanie Klein, como Freud, emplea el vocablo ‘yo’ (‘ego’, ‘self’, en inglés) para referirse a la instancia psíquica definida por Freud en El yo y el ello (1923) y a la personalidad misma, la persona en su conjunto, lo que en ocasiones genera malos entendidos. Se ha dado por sentado que Hartmann (1950) zanjó la cuestión de una vez por todas al sugerir el empleo de ‘self’ para significar la “Personalidad total de un sujeto en la realidad, incluyendo su cuerpo y su organización psíquica; la ‘propia persona’, por contraste con ‘las otras personas’ u objetos externos al sí mismo” (Moore-Fine, 1990: 378). El ‘yo’ sería un conjunto de funciones entre las cuales una de las más importantes es la adaptación a la realidad. El español tomó el anglicismo ‘self’ y lo generalizó. El problema es menos trivial de lo que parece y no es éste el lugar para discutirlo; baste decir que el uso de ‘self’ promovido por la Psicología del yo se ha prestado, entre otros infortunios, al deslizamiento relacional, interpersonal, del psicoanálisis actual. Nosotros escribimos ‘sí-mismo’ ahí donde la edición inglesa dice ‘self’ para subrayar la naturaleza intrapsíquica del pensamiento kleiniano.
De igual manera, retomamos la expresión ‘paranoide-esquizoide’ en lugar de la consagrada ‘esquizo-paranoide’ que nos parece especialmente desafortunada entre otras razones porque invierte la aparición de los fenómenos en el tiempo: las ansiedades persecutorias son inaugurales; las defensas esquizoides, aunque son las primeras, les siguen en el tiempo. Puede parecer fútil; no por eso dejamos de intentarlo.
Por su parte, projective identification sitúa los dos fenómenos en un orden temporal: primero se proyecta, luego ocurre la identificación. Sin duda ‘identificación por proyección’, ‘identificación con lo proyectado’, parecerían traducciones más adecuadas. Advertimos solamente del absurdo que encierra la locución ‘identificación proyectiva’, aunque seguimos empleándola.
Algunas precisiones. En la terminología kleiniana hay problemas de traducción irreductibles. Es el caso de lo que Freud quiere significar por Spaltung, es decir, el hecho de que el hombre se divide con respecto de sí mismo, y que en español se ha traducido como disociación, clivaje, escisión... El concepto es central. Klein misma manifestó su preferencia por clivage cuando discutió el problema con sus traductores franceses, tal vez por esa razón se adoptó clivaje; sin embargo, el vocablo nunca acabó por adquirir carta de naturalización en español y terminó desechándose. Nosotros tradujimos siempre escisión.
Tradujimos spoil por ‘despojar-arruinar’ en un intento de dar cuenta del ataque envidioso al pecho que incluye tanto el componente oral e introyectivo de la voracidad (robar, saquear, vaciar hasta secar, es decir, ‘despojar’) como el componente anal y proyectivo (fecalizar, es decir, ‘arruinar’) de la envidia.
Melanie Klein escribió “bueno” y “malo”, entrecomillados, para subrayar el matiz teórico de los conceptos. Aquí prescindimos de las comillas en todos los casos (ella misma no fue consistente en su uso): hoy, todo lector mínimamente informado entiende la peculiaridad de esos términos.
Escribimos Posición con mayúscula, arbitrariamente, para destacar la cualidad de nombre propio de los procesos paranoides-esquizoides y los depresivos.
Es bien sabido que la Standard Edition, editada por James Strachey, traduce indistintamente los vocablos alemanes Instinkt y Trieb por ‘instinto’. Los psicoanalistas franceses tradujeron Trieb por pulsion, lo que parece más coherente. Así, Todestrieb se traduce al francés como pulsion de mort. Al parecer Freud quiso distinguir entre un término plenamente biológico, Instinkt, y otro, Trieb, que está en el límite de lo biológico y lo puramente psicológico. El término ‘pulsión’ se generalizó en las lenguas romances.
El concepto de instinto está desacreditado no sólo en psicoanálisis; para los biólogos no es más que un comportamiento estereotipado. El término está justificado por el uso, no por su claridad o su utilidad científica.
Melanie Klein emplea siempre ‘instinct’ para designar las grandes polaridades vida/muerte, pero ‘drive’, ‘impulse’, ‘urge’ (‘impulso’) para nombrar las cualidades eferentes de ciertos afectos (‘destructive impulse’, p. ej.); sin embargo, se encuentra con frecuencia una sinonimia entre ‘instinct’ e ‘impulse’. Por ejemplo, puede hablar en un mismo párrafo de “epistemophilic impulse” y de “epistemophilic instinct” (Klein, 1928: 188, i.; 195, e.). Nosotros empleamos pulsión cuando se habla de Trieb en Freud, e instinto e impulso cuando se está claramente en la esfera kleiniana.
En la traducción de anxiety, no hacemos diferencia entre ‘ansiedad’ y ‘angustia’, aunque preferimos ‘ansiedad’.
Gracias a la investigación bibliográfica de Harry Karnac es posible ahora datar cada uno de los trabajos kleinianos y conocer su fuente. Remitimos siempre al lector no sólo a la edición de Paidós, sino también al catálogo definitivo de la obra de Melanie Klein que figura en las últimas páginas de este libro.
Finalmente, con frecuencia señalamos la fecha de 1955 como el punto de partida de la teoría de la envidia y la gratitud primarias, sin embargo, las referencias son al texto de 1957. Debe recordarse que la presentación de la teoría ocurrió en el congreso de Ginebra en el verano de 1955. El texto de esa presentación no fue publicado. Al año siguiente, Melanie Klein impartió una conferencia con el título de “A Study of Envy and Gratitud”, que era una versión ampliada de la presentación de Ginebra, en la Sociedad Británica de Psicoanálisis. Esta variante fue publicada por Juliet Mitchel en 1982 en The Selected Melanie Klein, y no ha sido traducida al español. Finalmente, en 1957 apareció Envy and Gratitude: A Study of Unconscious Sources, una versión aún más amplia en forma de libro, que es la que se recoge en las Obras completas tanto en inglés como en español con el nombre de Envidia y gratitud.
Solange Matarasso, con quien sostenemos una amistad cercana y cariñosa, ha sido nuestra maestra y la interlocutora apasionada y crítica de nuestras ideas. En el Seminario Klein, Bion y Meltzer, en el que perseveramos durante ya más de veinte años, su lectura de los textos y sus propuestas han sido siempre un punto de partida para aspirar al entendimiento humilde que no sea una mera alucinosis o un delirio de claridad. Por estas razones le pedimos que escribiera las secciones Wilfred Bion y Donald Meltzer en el apartado Trascendencia de este libro. Nadie lo habría hecho mejor. Nuestro reconocimiento admirado y agradecido.
REFERENCIAS CRONOLÓGICAS
1882
Nacimiento de Melanie Reizes en Viena el 30 de marzo. Es la cuarta hija de Moriz Reizes y Libussa Deutch después de Emilie, Emmanuel y Sidonie
El Imperio Alemán, el Imperio Otomano y el Imperio Austro-Húngaro firman el Tratado de la Triple Alianza
F. Nietzsche, La gaya ciencia
1886
Muerte de Sidonie Reizes
J.-M. Charcot, Lecciones sobre las enfermedades del sistema nervioso dictadas en la Salpêtrière (1885-1887)
1888
H. James, Los papeles de Aspern
1895
S. Freud, Estudios sobre la histeria.
Nace Anna Freud
Th. Fontane, Effie Briest
1896
Lightner Witmer abre la primera clínica de psicología en el mundo.
W. James y J. Dewey, The Reflex Arc Concept in Psychology.
E. Titchener, Outline of Psychology.
M. Proust, Los placeres y los días
1898
Los esposos Curie descubren la radioactividad del radio y el polonio
1899
L. Tolstoi, Resurrección.
J. Conrad, El corazón de las tinieblas
1900
Muerte de Moriz Reizes
S. Freud, La interpretación de los sueños
J. Conrad, Lord Jim.
Muerte de F. Nietzsche
1901
Melanie se compromete con Arthur Klein
S. Freud, Sobre el sueño y Psicopatología de la vida cotidiana
1902
Muere Emmanuel Reizes en Génova
H. James, Las alas de la Paloma.
E. Husserl, Investigaciones lógicas.
E. Titchener, Manual de psicología experimental.
1903
Melanie y Arthur Klein se casan el 31 de marzo y se establecen en Rosenberg
Nace Salvador Dalí.
Fallece Paul Gauguin.
G. Moore, La refutación del idealismo
1904
Nacimiento de Melitta Klein
1905
S. Freud, Tres ensayos de teoría sexual
1907
Nacimiento de Hans Klein.
Los Klein se mudan a Krappitz
J. Joyce, Música de cámara
1908
Primer encuentro entre Sigmund Freud y Sándor Ferenczi
F. Nietzsche (posth), Ecce Homo
1909
Mudanza de los Klein a Svabhegy, Budapest
S. Freud, “Análisis de la fobia de un niño de cinco años” (caso Juanito)
1910
S. Ferenczi funda la Sociedad Psicoanalítica Internacional.
Karl Abraham crea la Sociedad Psicoanalítica de Berlín.
Revolución mexicana.
R. M. Rilke, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.
B. Russell y A. N. Whitehead, Principia Matematica (1910-1913)
1911
La familia Klein se muda a Rozsdamb, Budapest
S. Freud, “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico”
1912
Posiblemente Melanie inicia un tratamiento “con un famoso especialista en trastornos nerviosos”
B. Russell, Los problemas de la filosofía.
G. E. Moore, Ética.
1913
E. Jones funda la Sociedad Psicoanalítica de Londres
E. Husserl, Ideas.
M. Proust, Por el camino de Swann
1914
Nacimiento de Erich Klein.
Muerte de Libussa Deutsch.
Melanie lee Sobre el sueño, de S. Freud.
Posible inicio de análisis con S. Ferenczi.
Arthur se enlista en el Ejército
S. Freud, “Introducción del narcisismo”.
S. Ferenczi es llamado a servir como médico en el Ejército
Inicio de la I Guerra Mundial (agosto 1)
J. Joyce, Dublineses
1915
S. Freud, Trabajos sobre metapsicología
F. Kafka, La metamorfosis.
V. Woolf, Fin de viaje
1916
Arthur regresa a Budapest como inválido de guerra
S. Ferenczi regresa a Budapest a trabajar en un hospital de servicios neurológicos
Se inicia el movimiento Dada en Zurich.
Albert Einstein presenta la Teoría de la Relatividad General.
J. Joyce, Retrato del artista adolescente
1917
S. Freud, Duelo y melancolía
Revolución de Octubre en Rusia.
Sufragio femenino en la Unión Soviética
1918
Melanie Klein asiste al V Congreso de Psicoanálisis en Budapest y escucha por primera vez a S. Freud
S. Freud, “De la historia de una neurosis infantil” (el Hombre de los Lobos)
Abdicación del Kaiser.
Armisticio (nov 11).
Creación de la República de Weimar.
Sufragio femenino en Reino Unido y Canadá.
Desaparición del Imperio Austro-Húngaro
J. Joyce, Exiliados
1919
Melanie expone su primer trabajo, (análisis de su propio hijo Erich) (Der Famielienroman in statu nascendi) en la Sociedad Húngara en septiembre y se convierte en miembro de la Sociedad de Budapest.
Arthur Klein se traslada a Suecia y Melanie se marcha con sus hijos a Rosenberg, durante el “Terror Blanco” en Hungría
E. Jones reorganiza la Sociedad Psicoanalítica Británica
Sufragio femenino en Francia, Austria, Polonia, Checoslovaquia y Alemania
K. Jaspers, Psicología de las concepciones del mundo.
V. Woolf, Noche y día
1920
Publicación de los primeros artículos de M. Klein (1920 y 1921).
Melanie conoce a Joan Riviere, a Hermine Hug-Hellmuth y a K. Abraham en el I Congreso Internacional en la Haya.
Fundación de la Clínica Tavistock de Londres.
S. Freud, Más allá del principio de placer.
E. Jones funda la International Journal of Psycho-Analysis.
Creación del Policlínico de Berlín, primer centro de formación en psicoanálisis.
Sufragio femenino en los Estados Unidos.
J. Piaget, La representación del mundo en el niño.
D. H. Lawrence, Mujeres enamoradas.
1921
Melanie se traslada a Berlín con Erich.
Melitta se queda en Budapest y Hans en un internado en los Tatras
M. Schlick crea el Círculo de Viena (1921-1936).
L. Wittgenstein, Tractatus Logico-philosophicus
1922
M. Klein es admitida como miembro asociado de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín.
Anna Freud es admitida como miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.
J. Joyce, Ulises.
T. S. Eliot, La tierra baldía.
G.E. Moore, Estudios filosóficos
1923
Intento de reconciliación entre Melanie y Arthur Klein
S. Freud, El yo y el ello
R. M. Rilke, Elegías de Duino y Sonetos a Orfeo.
M. Scheler, Naturaleza y formas de la simpatía
1924
M. Klein inicia su análisis con K. Abraham.
Melitta se casa con Walter Schmideberg.
Separación definitiva de Melanie y Arthur Klein.
M. Klein expone “La técnica del análisis de niños pequeños” en el VIII Congreso Psicoanalítico Internacional en Salzburgo.
Encuentro con Alix Strachey.
Expone “Principios psicológicos del análisis infantil” frente a la Sociedad de Viena.
Se establece el Instituto Británico de Psicoanálisis.
La Sociedad Británica de Psicoanálisis coeditora asociada de Hogarth Press para las International Psycho-Analytical Series
A. Breton, Manifiesto del surrealismo.
Th. Mann, La montaña mágica.
A. Schnitzler, La señorita Elsa
1925
Klein conoce a Chezkel Zvi Kloetzel.
Dicta conferencias en Londres.
Encuentro con Susan Isaacs
K. Abraham preside la IPA.
James Strachey lee un resumen del pensamiento kleiniano ante la Sociedad Británica.
Muerte de K. Abraham
V. Woolf, La señora Dalloway
1926
M. Klein se muda a Londres.
Rompimiento con Kloetzel
S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia.
Inauguración de la Clínica de Psicoanálisis en Londres
A. Schnitzler, Relato soñado
1927
Klein es elegida como miembro pleno de la Sociedad Británica de Psicoanálisis.
Presenta “Estadios tempranos del conflicto edípico” en el X Congreso Internacional en Innsbruck
E. Jones organiza el Simposio de análisis infantil en la Sociedad Británica de Psicoanálisis
H. Bergson Premio Nobel.
J. Joyce, Poemas manzanas.
M. Proust, En busca del tiempo perdido (1913-1927).
E. M. Hemingway, Adiós a las armas.
V. Woolf, Al faro.
M. Heidegger, Ser y tiempo
1928
Melitta se reúne con su madre en Londres
B. Brecht, La ópera de los tres centavos con música de K. Weil.
D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley.
V. Woolf, Orlando
1929
M. Klein inicia el análisis de Dick
“Jueves negro” en Wall Street (oct 24).
Inicio de la Crisis
A. Döblin, Berlin Alexanderplatz.
W. Faulkner, El sonido y la furia.
Th. Mann (Premio Nobel), Los Buddenbrook.
R. M. Rilke, Cartas a un joven poeta.
V. Woolf, Una habitación propia.
M. Heidegger, Kant y el problema de la metafísica.
L. Wittgenstein, Algunos comentarios sobre lógica formal
1930
Melanie Klein presenta “La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo”, trabajo de gran importancia para el desarrollo del pensamiento psicoanalítico
R. Musil, El hombre sin atributos (1930-1943)
1931
M. Klein inicia el análisis didáctico de W. Clifford Scott
La República de Weimar en crisis
V. Woolf, Las olas
1932
Publicación de El psicoanálisis de niños.
Llega Walter Schmideberg a Inglaterra
Triunfo nazi en las elecciones del Reichstag.
Seis millones de desempleados en Alemania
1933
C.S. Kloetzel se establece en Palestina
Paula Heimann llega a Inglaterra.
Muerte de S. Ferenczi
Hitler Canciller del Reich obtiene poderes plenos.
Alemania abandona la Sociedad de Naciones.
Exilio de psicólogos, psiquiatras y otros profesionales perseguidos por los nazis
1934
M. Klein se trata con Sylvia Payne por una depresión.
Muere Hans Klein.
Melitta y E. Glover se unen en contra de Melanie.
Presenta “La psicogénesis de los estados maniaco-depresivos” en el XIII Congreso Internacional en Lucerna, en este trabajo introduce la Posición depresiva
1935
M. Klein presenta “Contribución a la psicogénesis de los estados maniaco-depresivos” ante la Sociedad Británica de Psicoanálisis.
Erich inicia su análisis con D. Winnicott
Conferencias de intercambio entre Londres y Viena.
Anna Freud publica El yo y los mecanismos de defensa
Las Leyes de Núremberg en Alemania limitan libertades de los judíos
M. Heidegger, Introducción a la metafísica.
L. Wittgenstein, Los cuadernos azul y marrón
1936
M. Klein presenta sus investigaciones sobre el destete
Pronunciamiento de Franco.
Guerra Civil española
J. Joyce, Collected Poems
1937
M. Klein es operada de la vesícula biliar.
Presenta en colaboración con Joan Riviere Amor, odio y reparación
Bombardeo de Guernica
1938
Los Pick llegan a Inglaterra.
Melanie presenta “El duelo y su relación con los estados maniaco-depresivos” en el Congreso en París
S. Freud llega a Londres
Triunfo de Franco, derrota de la República Española ~ La noche de los cristales rotos (noviembre 9), acto terrorista nazi contra los judíos en Alemania y Austria
1939
Muere Arthur Klein
Michael Balint llega a Londres.
Muerte de S. Freud (septiembre 23)
Alemania invade Polonia.
Inglaterra declara la guerra a Alemania.
Inicio de la Segunda Guerra Mundial
J. Joyce, Finnegans Wake.
B. Brecht, La vida de Galileo
1940
Muere Emilie Reizes Pick.
M. Klein se muda a Pitlochry (Escocia)
S. Freud, “La escisión del yo en el proceso defensivo” y “Esquema del psicoanálisis” (posth.)
Derrota de Francia ante Alemania.
Armisticio.
Gobierno de Vichy
E. M. Hemingway, Por quién doblan las campanas
1941
Klein inicia el análisis de Richard.
Regresa a Londres en septiembre
B. Brecht, Madre Coraje y sus hijos
1942
Reuniones extraordinarias en la Sociedad Psicoanalítica Británica.
A. Freud, E. Glover y Melitta cuestionan la legitimidad psicoanalítica de las teorías kleinianas.
Inicio de la Controversias el 21 de octubre
Entrada de los E.U.A. a la guerra.
Instauración de la “solución final” que pretende exterminar a la población judía de los territorios ocupados por Alemania
A. Camus, El extranjero
1943
Susan Isaacs presenta su trabajo “Naturaleza y función de la fantasía”
T. S. Eliot, Cuatro cuartetos.
J. P. Sartre, El ser y la nada
1944
M. Klein presenta “La vida emocional del bebé” en el marco de las Controversias.
Inicia los análisis de H. Segal y de H. Rosenfeld
E. Glover renuncia a la Sociedad Británica de Psicoanálisis.
A. Freud renuncia a la comisión de formación.
S. Payne presidenta de la Sociedad Psicoanalítica Británica
Los aliados en Normandía.
Liberación de París
J. Joyce, Stephen el héroe
1945
Melitta emigra a los Estados Unidos.
M. Klein inicia el análisis de W. R. Bion (1945-1953)
Conferencia de Yalta.
Suicido de Hitler.
Capitulación de Alemania.
Bombardeo de Hiroshima.
Capitulación de Japón
J. P. Sartre, ¿El existencialismo es un humanismo?.
M. Merleau-Ponty, La fenomenología de la percepción.
G. Bataille, La experiencia interior
1946
M. Klein presenta “Notas sobre algunos mecanismos esquizoides” en el que introduce el concepto de identificación proyectiva y de Posición paranoide-esquizoide
Se establecen en la Sociedad Británica de Psicoanálisis los programas “A” y “B” y el Grupo Intermedio
1947
John Rickman, miembro del Grupo Intermedio, presidente de la Sociedad Británica de Psicoanálisis.
E. Jones se convierte en biógrafo oficial de S. Freud
Plan Marshall para la reconstrucción de Europa
1948
Muere S. Isaacs
Creación del Estado de Israel
1949
W. Faulkner recibe el Premio Nobel
1951
Publicación de Desarrollos en psicoanálisis para conmemorar el 70 aniversario de M. Klein.
Muere C. Z. Kloetzel
1952
M. Klein celebra sus setenta años
S. Beckett, Esperando a Godot
1953
M. Klein inicia su autobiografía
E. Jones publica el primer volumen de la biografía de S. Freud
Muerte de Stalin
R. Barthes, El grado cero de la escritura.
M. Heidegger, Introducción a la metafísica.
L. Wittgenstein, Investigaciones filosóficas (posth.)
1954
M. Heidegger, ¿Qué significa pensar?
1955
Creación de la Fundación Melanie Klein Trust (1° de febrero).
Publicación de Nuevas direcciones en psicoanálisis.
M. Klein presenta su trabajo sobre envidia y gratitud en el XIX Congreso Psicoanalítico Internacional en Ginebra (julio 24).
P. Heimann renuncia a la Fundación Melanie Klein.
Inicia el análisis de D. Meltzer
1956
M. Klein lee ante la Sociedad Británica de Psicoanálisis “A Study of Envy and Gratitude”.
Comienza a trabajar en la futura publicación del caso Richard con ayuda de Elliot Jaques
Centenario del natalicio de S. Freud.
D.W. Winnicott es elegido presidente de la Sociedad Británica de Psicoanálisis
Revolución en Hungría.
Operación de Suez
1957
Publicación del libro Envidia y gratitud
William Gillespie presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional.
E. Jones, Vida y Obra de Sigmund Freud
1958
M. Klein imparte una serie de pláticas a un grupo de psicoanalistas. Muere Ernest Jones
1959
Deterioro de la salud de M. Klein.
Expone su trabajo sobre la soledad en el XXI Congreso de Copenhague
J. Joyce, Escritos críticos.
1960
M. Klein, diagnosticada de cáncer de colon, es intervenida a principios de septiembre y muere el día 22 de ese mismo mes a la edad de 78 años
BIOGRAFÍA DE MELANIE KLEIN
(1882-1960)
Melanie Klein, Reizes por su apellido de soltera, nació en Viena en 1882. Su padre, Moriz, originario de Lvov, una ciudad de Galitzia, era un judío centroeuropeo sumamente cultivado. Debía ser rabino, pero su destino era romper con las tradiciones: estudió medicina y al terminar la carrera se divorció de la esposa que le había sido asignada y a quien ni siquiera conoció antes de la boda. Más tarde, durante una estancia en Viena en 1875, se casó con Libussa, una joven hermosa a la que llevaba 24 años.
Moriz Reizes y Libussa Deutsch se establecieron en un pequeño poblado cerca de Hungría. Al año siguiente nació Emilie, luego Emmanuel y después Sidonie con sólo un año de diferencia entre cada uno. Melanie nació en 1882, ya en Viena, en donde la familia decidió establecerse.
Los hermanos fueron determinantes en la vida de Melanie. Sidonie, apenas cuatro años mayor, inició a la niña en la lectura y en la aritmética antes de morir de tuberculosis a los ocho. Con Emmanuel, Melanie compartió un vínculo más intenso aún: cuando, a los catorce años, la joven decidió, premonitoriamente, convertirse en psiquiatra, el hermano la apoyó y la preparó para el ingreso en el Gymnasium (el equivalente de la escuela secundaria y preparatoria). Más tarde abandonaría ese anhelo y, aparte algunos cursos sobre arte y literatura, nunca más volvió a un aula universitaria. Escribió en alemán y en inglés; consideraba el francés su segunda lengua. Lectora voraz, tocaba el piano y en sus últimos años la gratificaba particularmente la amistad con artistas, filósofos, músicos y poetas.
Emmanuel era un joven emocional y físicamente frágil, con grandes ambiciones intelectuales. Murió en 1902; lo mató en Italia la tuberculosis, la inquietud, la desnutrición, el alcohol, las drogas, la pobreza; la voluntad de autodestrucción. Melanie guardaría siempre un amor, una admiración y una culpa desmedidas por la figura trágica de su hermano.
Las dificultades económicas de la familia, que se agudizaron a la muerte de Moriz en 1900, parecen haber urgido el compromiso de Melanie con Arthur Klein, un joven químico amigo de Emmanuel. El matrimonio se celebró hasta 1903. La pareja se estableció en Rosenberg, la pequeña población en donde nacerían sus hijos Melitta y Hans. Pronto, Melanie comenzó a padecer de los nervios y a deambular de sanatorio en sanatorio durante largas temporadas mientras su madre, Libussa, se ocupaba de los niños. Recuérdese que muchos sanatorios europeos de la época eran más bien centros de descanso y recreación en los que la socialización formaba parte del tratamiento. Al parecer, en uno de ellos, de acuerdo con sus propios poemas, Melanie “conoció el amor”.
En 1910 el matrimonio se instaló en Budapest; Libussa también, con la pareja, de manera permanente. En su autobiografía (Milton, 2020: 60-81), Melanie habla de la relación con su madre como de uno de los pilares de su vida: “La amé profundamente, admiré su belleza, su intelecto, su intenso deseo de conocimiento.” Estos sentimientos, sin embargo, se llevaban mal con la posesividad, el carácter intrusivo y manipulador que se atribuye a Libussa.
Al estallar la Primera Guerra (1914), Arthur se enlistó en el ejército austrohúngaro. En julio nació Erich, el tercer hijo. En ese año, también, Melanie leyó Sobre el sueño (1901) de Freud y Libussa murió, aquejada de cáncer. En una fecha no establecida con certeza (tal vez 1912) comenzó un tratamiento con Sándor Ferenczi; con mayor seguridad, el análisis ocurrió en 1916 y se prolongó hasta 1919. Con el estímulo de su analista, Melanie comenzó a practicar y se inscribió en la Sociedad Psicoanalítica de Budapest. La situación política en Hungría se volvió turbulenta. En 1919,
Arthur se instaló en Suecia. En 1921 Melanie se trasladó a Berlín con Erich de siete años para ingresar en la Policlínica Psicoanalítica —el primer centro de formación en psicoanálisis—, creada por Karl Abraham, Max Eitingon y Ernst Simmel. Melitta y Hans, adolescentes, se quedaron con los abuelos. En 1924 inició un análisis con Karl Abraham que se interrumpiría nueve meses después, a la muerte del maestro.
Después de la I Guerra, Berlín se recuperaba de su fama de ciudad inferior respecto de otras capitales europeas. Bajo el káiser Guillermo II había sido un lugar rígido y formal. El fin de la monarquía dio lugar a la nueva República de Weimar que se sostenía en medio de una democracia turbulenta en la que convivían nazis, socialistas, comunistas. Una inflación descontrolada hizo del ahorro algo inútil; los berlineses vivían en un presente que trataba de olvidarse del futuro inmediato en el que quizá no habría para comer.
Berlín se convirtió en el centro de movimientos de vanguardia. Walter Gropius fundó la escuela de arquitectura de Bauhaus. El dadaísmo se trasladó desde Zurich y echó raíces entre los artistas [...]. Berlín se nutría de altas dosis de modernismo con las novelas de Alfred Döblin, del teatro de Bertolt Brecht y las radicales composiciones musicales dodecafónicas de Alban Berg y Arnold Schönberg, y albergaba una extraordinaria industria fílmica ejemplificada por el trabajo de F.W. Murnau, G.W. Pabst, Fritz Lang y Josef von Sternberg. El modernismo cultural y la revuelta en contra de la tradición habían sido prevalentes en ciudades europeas como Viena y París; ahora estos valores se asentaban en el Berlín weimariano (Makari, 2012: 478).
Unos años antes Berlín había rechazado el freudismo. Ahora Abraham escribía a Freud, “Berlín clama por el psicoanálisis.”
Melanie Klein compartía con frecuencia la vida relajada de la gran ciudad (museos, conferencias, bailes, cenas, cafés...), con una amiga inglesa, Alix Strachey, también psicoanalista, y que se analizaba igualmente con Abraham. En su correspondencia con su esposo, James Strachey, Alix describe a la Melanie de ese momento:
Se arreglaba elaboradamente, como una especie de Cleopatra de profundísimo escote, fleco y colorete... Excitada y temerosa, con la determinación de tener mil aventuras... Una especie de Semíramis heterosexual vestida con la mayor elegancia, esperando arrojarse sobre alguien repentinamente (Meisel y Kendrick, 1985: 167).
En 1925 Melanie conoció a Chezkel Zvi Kloetzel, un periodista y escritor de libros infantiles y sostuvo con él una relación amorosa intermitente que duraría hasta la muerte de Kloetzel en 1951.
Desde 1921, Melanie había comenzado a trabajar como psicoanalista de niños en el marco de la Policlínica. Entre ese año y 1925, trató a veintidós pequeños pacientes que habían de ser el punto de referencia de la creación del psicoanálisis infantil. En 1922 mudó su consultorio a su casa y al año siguiente empezó a emplear juguetes como parte del tratamiento.
Alix Strachey era también un miembro activo de la élite cultural inglesa. En la casa de Leonard y Virginia Wolf, en el barrio londinense de Bloomsbury, se reunía un grupo de amigos, entre los que se contaban Alix y James —y de manera central Lytton, hermano de James— que tuvo una influencia inmensa no sólo en la vida cultural de Inglaterra sino, de varias maneras, de Europa y del mundo. Los Wolf sostenían Hogarth Press, la editorial en la que las obras de Freud y Klein serían publicadas. Relacionados por vínculos familiares, o de amistad, los participantes del grupo fueron los escritores, pintores, críticos de arte, filósofos, psicoanalistas más influyentes de Inglaterra. George Moore, Bertrand Russell, el propio Ludwig
Wittgenstein, tres de los filósofos más importantes del siglo, estuvieron asociados directa o indirectamente con el grupo. El economista John Maynard Keynes, inspirador de la economía de post guerra y el mayor artífice del Estado de bienestar, figura central de la política, siempre dispuesto a intervenir en favor de sus amigos, constituyó una gran ayuda para que intelectuales y psicoanalis-
tas continentales pudieran residir en Inglaterra. Bloombsbury, pues, influyó profundamente en el pensamiento ético, literario, estético, económico, filosófico y psicoanalítico tanto como en las actitudes modernas frente a la sexualidad, el feminismo, la política.
En este clima estimulante y altamente favorable, Alix promovió un ciclo de conferencias de Melanie Klein en Londres en enero de 1925 para la Asociación Británica de Psicoanálisis. “Las tres semanas que pasé en Londres dando dos conferencias por semana —escribiría Melanie— fueron una de las épocas más felices de mi vida... Esas tres semanas fueron muy importantes en mi decisión de vivir en Inglaterra” (Grosskurth, 1991: 153).
La temprana muerte de Abraham, la hostilidad de los colegas frente a una mujer sin estudios formales y que proponía las más osadas teorías y emprendía las más atrevidas aventuras analíticas y, sobre todo, la entusiasta recepción de sus ideas en Londres, la decidieron a emigrar. En 1926, Melanie Klein se instaló en Inglaterra con Erich. Pronto llegó Melitta, de 24 años, a reunirse con su madre y su hermano menor. Hans permaneció en el continente hasta su muerte unos años más tarde.
En ese tiempo Melanie Klein era, para Alix Strachey, a la vez la única analista de niños que sabía lo que hacía y una persona confusa. “Su mente es un horrible desorden; sin embargo, creo que contiene la clave de muchas cosas.” “Una mujer más bien limitada..., pero es tan extraño cuando se descubre lo perspicaz y realmente inteligente que es en sus análisis.” “Es una mujer loca. Pero no hay duda de que su mente está llena de cosas de gran interés” (Meisel y Kendrick, 1985).
Los primeros años de Londres fueron el inicio de una productividad y un reconocimiento que no cesarían de crecer. Pronto se encontró analizando a los hijos de Ernest Jones, el patrón del psicoanálisis inglés, su admirador, y quien la había invitado a residir en Inglaterra. Muchos de los hijos de los colegas ingleses pasaron por su consultorio al tiempo que ella observaba y pensaba..., y escribía.
La International Journal of Psycho-analysis, fundada por Freud en 1910 y dirigida entonces por Jones, dio cuenta de esa etapa en que cristalizaron los principios teóricos y clínicos del psicoanálisis de niños. La importancia del juego en el desarrollo infantil; los estadios tempranos del complejo de Edipo; la calidad de las primeras ansiedades; la formación del pensamiento a través de la simbolización… Los puntales del psicoanálisis kleiniano fueron puestos en los primeros cinco años que siguieron a su llegada a Londres. Esos escritos (doce trabajos seminales) se recogieron en su primer libro, dedicado “A la memoria de Karl Abraham con gratitud y admiración”. El psicoanálisis de niños (1932), escrito en alemán, fue traducido al inglés por Alix Strachey. En los agradecimientos Klein menciona a algunos de quienes entonces formaban su mundo de relaciones: Ernest Jones, Edward Glover, Alix y James Strachey, Nina Searl, Joan Riviere y su propia hija, Melitta.
El entusiasmo que causaron en Londres las ideas kleinianas parece reflejado en un incidente recogido por Winnicott: James Strachey, su analista, habría interrumpido una sesión para hablarle, emocionado, de Melanie Klein (Winnicott, 1993: 225).
Pero las diferencias con la teoría clásica produjeron una creciente hostilidad en Viena. La discusión con Anna Freud que ya había surgido desde 1927 a propósito de las distintas maneras de concebir el psicoanálisis infantil comenzaron a tornarse amargas.
Un episodio depresivo tal vez desencadenado por la partida a Israel de Kloetzel, el amante intermitente que la visitaba, y por la muerte de Sandor Ferenczi en 1933, la llevó a emprender un tratamiento con Silvia Payne. En abril de 1934 su hijo Hans cayó por un precipicio durante una excursión por las montañas. Melitta sentenció: suicidio. Y aunque Erich, el hijo menor, lo negó categóricamente varios miembros de la Sociedad Británica lo creyeron. Melanie habría sido la culpable por su deficiente desempeño como madre.
En un estado de profunda conmoción describió —en “Contribuciones a la psicogénesis de los estados maníaco depresivos”, (1935)— uno de los intentos más exitosos de elaborar las propias emociones. El pensamiento británico en torno a la teoría de las relaciones objetales proviene de la ideas contenidas en ese texto.
Después de las prohibiciones nazis en Alemania a partir de 1933, las asociaciones psicoanalíticas de Viena y de Londres fueron las únicas que quedaron vivas. Los embates vieneses contra Melanie Klein no cesaban. Ernest Jones en su papel del más eficiente diplomático organizó en 1935 una serie de intercambios entre ambas asociaciones para analizar la obra de Klein y mantener la discusión en un nivel científico. Melitta, distanciada de su madre, acusó a Klein de plagio, de no entender la naturaleza del amor materno; Glover, en otro tiempo amigo, ahora apoyó a Melitta, su paciente. Otto Fenichel y Michael Balint atacaron; Nina Searl, Ella Sharpe, John Bowlby, John Rickman, algunos de ellos amigos, ex pacientes, supervisados, se mantuvieron a distancia y evitaron el compromiso (Zaretsky, 2012: 385ss).
Las descripciones de Melanie Klein en esa época eran las de una persona siempre preocupada, en un estado de ensoñación en el que constantemente surgían nuevas ideas. Virginia Wolf la describió en 1939 como “...una mujer de carácter y fuerza, con cierto —¿cómo diría?— no oficio, sino sutileza sumergida: una especie de trabajo subterráneo. Un tirón, un giro como una corriente submarina, amenazadora. Una señora campechana, con unos ojazos brillantes e imaginativos” (Zaretsky, 2004: 386).
La amargura del odio de Melitta se compensaba con una relación cálida y frecuente con su hijo Erich y su familia. En 1937 nació su nieto Michael a quien Melanie amó siempre.
La llegada a Londres de los analistas alemanes y austríacos emigrados, con los Freud a la cabeza (1938), expulsados por el nazismo, complicó las cosas para Klein, que entonces contaba con muchos seguidores. La Asociación se convirtió en un remedo de la guerra en que las hostilidades no eran menos violentas. Freud murió en 1939 y Anna se constituyó en la heredera universal de su legado. Los bombardeos alemanes sobre Londres dificultaban el trabajo; Melanie se trasladó a Cambridge con Susan Isaacs y más tarde a Pitlochry, en Escocia, en donde residiría durante un año mientras trataba a Richard, un niño de siete años, el personaje central de su último libro.
Las Controversias (Controversial Discussions), el nuevo intento de Jones por mantener la disputa en términos civilizados después de 1935, iniciaron formalmente en 1941 y finalizaron en 1945. El tema central del debate sería la validez y el estatus de las ideas introducidas por Melanie Klein. Para ella y para sus seguidores, se trataba de “salvar la vida”, es decir, si podían ser considerados psicoanalistas o no. Las vilezas y las abyecciones menudearon en uno y otro bando; amigos se convirtieron en enemigos acérrimos.
Un grupo que reconocía deber tanto a Freud como a Klein, optó por mantenerse a igual distancia de unos y otros. Se hablaba de “la ambición y el egoísmo sorprendentemente desinhibido de Melanie Klein”. Bowlby sentenció que si bien Ana Freud rezaba en el altar de san Sigmund, Melanie Klein lo hacía en el de santa Melanie. La propia Melanie Klein recriminó a Jones el haber llevado a los Freud a Inglaterra cuando hubieran podido ir a otra parte.
James Strachey sintetizó:
Mi propio punto de vista es que la señora K.[lein] ha realizado algunas importantísimas aportaciones al psicoanálisis, pero es absurdo creer que (a) estas ideas cubren la totalidad del campo o (b) que tienen un valor axiomático. Por otra parte, pienso que es igualmente absurdo que la señorita F.[reud] sostenga que el psicoanálisis es un coto reservado a la familia F. y que las ideas de la señora K. son fatalmente subversivas.
Estas actitudes de ambas partes son puramente religiosas y constituyen la antítesis misma de la ciencia (Grosskurth, 1991: 275).
Las Controversias terminaron en un “arreglo” que identificó al grupo kleiniano, al annafreudiano y al intermedio, pero dividieron al psicoanálisis en tres grandes tipos de práctica: Escuela kleiniana, Escuela de relaciones de objeto y annafeudismo, más tarde, Psicología del yo.
La tradición inglesa y las condiciones externas favorecían al pensamiento kleiniano. La Segunda Guerra produjo una modalidad de sufrimiento que no había estado presente en la Primera. Londres fue bombardeado intensamente; más tarde lo serían las ciudades alemanas. El Holocausto, las invasiones nazis de otros países, precipitaron un cambio decisivo en la concepción del psicoanálisis.
Tres millones y medio de niños fueron evacuados de Londres. La sociedad se convirtió en una familia sufriente. La imagen paradigmática fue la escultura de Henry Moore, Madonna and Child, que fue develada en 1943. El reverendo Hussey diría en esa ocasión: “La Santísima Virgen es imaginada como cualquier niño pequeño pensaría esencialmente en su madre, no como pequeña y frágil, sino como el grande, seguro y sólido origen de la vida” (Zaretsky, 2012: 396). El grupo social no se entendió como un fenómeno contingente al que se sumaban los individuos, sino como el medio en el cual las personas encuentran su realización o su sufrimiento.
Eran, pues, los temas kleinianos y post kleinianos.
Melitta, que había dejado de creer, si alguna vez lo hizo, que la suya era una madre suficientemente buena, emigró a los Estados Unidos al término de la Guerra. Madre e hija nunca volvieron a dirigirse la palabra.
Entre tanto, la creatividad de Melanie no cesaba y nuevas ideas fluían. En 1952 Melanie cumplió 70 años. Las celebraciones incluyeron la publicación de Desarrollos en psicoanálisis (1952), que reunía artículos de Joan Riviere, Susan Isaacs y Paula Heimann, sus colaboradoras más cercanas hasta ese momento, además del trabajo central de
la propia Klein, “Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del bebé”, la gran síntesis que ponía a punto la teoría. Igualmente,
apareció el número doble de homenaje de la International Journal of Psycho-analysis dirigido por Paula Heimann y Roger Money-Kyrle, que incluía artículos de muchos de sus colaboradores, y que constituyeron el corpus de Nuevas direcciones en psicoanálisis (1955).
Podía hablarse con rigor de una Escuela kleiniana y ésta se implantaba en el mundo: Françoise y Jean Baptiste Boulanger traducían al francés El psicoanálisis de niños, traducción para la que Jacques Lacan se había ofrecido. Arminda Aberastury había iniciado años antes (1948) la traducción de lo que estaba conformándose como las Obras completas de Melanie Klein al español, y desde la Argentina el psicoanálisis latinoamericano quedó impregnado de las concepciones kleinianas en ocasiones de una manera predominante. Sólo los Estados Unidos, en donde los refugiados fieles al annafreudismo eran mayoría, y constituyeron la llamada Psicología del yo, mostraron siempre su rechazo a las ideas kleinianas.
En 1955, en el Congreso de Ginebra Melanie Klein leyó un provocador artículo “A Study of Envy and Gratitude”, que es su última aportación al corpus teórico y clínico del psicoanálisis, y que ocasionó fuertes reacciones de rechazo incluso entre amigos y colaboradores cercanos como D. Winnicott y Paula Heimann, quien se sintió directamente aludida y ofendida (Grosskurth, 1991: 434).
La salud y las fuerzas menguaban. Como Cervantes en sus últimos días, Melanie Klein llevaba la vida sobre las ganas que tenía de vivirla: siempre aparecía elegantemente arreglada aunque la artritis la obligara a caminar con bastón. Era evidente que se fatigaba con facilidad, pero la capacidad creativa no disminuía. Envidia y gratitud, como libro, apareció en 1957 después de haber sido presentado en 1955 y publicado en 1956. Aun a pocos días de su muerte, seguía corrigiendo el manuscrito del Relato del psicoanálisis de un niño, que recogía el tratamiento de Richard y que aparecería póstumamente. Era el último de los grandes casos clínicos del psicoanálisis en el siglo XX.
A principios de 1960, con la esperanza de recuperar sus fuerzas perdidas como consecuencia de la anemia, intentó una estancia en un sanatorio suizo. Un poco más tarde, en Londres, se le diagnosticó cáncer de colon.
Melanie Klein murió el 22 de septiembre de 1960.
En la ceremonia funeraria, su amiga cercana, la pianista Rosalyn Tureck, interpretó el Andante de la Sonata en re menor de Bach, una de las melodías más hermosas y sencillas del gran maestro.
NOCIONES ESENCIALES
ANTES DE ABORDAR EL TEXTO
HISTORIA DE LA OBRA
“Freud fue el primer analista en emplear el concepto de envidia tanto en la idea de envidia del pene como en el proceso en que los miembros de un grupo pueden experimentar una rivalidad envidiosa en el curso de una idealización común del líder (Freud 1921). Abraham (1919) empleó la idea de envidia para explicar un ataque destructivo que ciertos pacientes emprenden contra el trabajo psicoanalítico. Eisler (1922) observó que la envidia deriva del instinto oral. En su trabajo de 1932, ‘Los celos como mecanismo de defensa’, Joan Riviere considera los celos patológicos como un mecanismo de defensa frente a la envidia oral inconsciente hacia los padres en coito. Fue Melanie Klein, sin embargo, la primera en hacer de la envidia un concepto central de su teoría psicoanalítica” (Spillius, 2007: 140).
Hacia 1957, después de casi cuarenta años de trabajo, tres años antes de su muerte, Melanie Klein se había forjado un prestigio mundial como creadora del psicoanálisis de niños y, más importante aún, como refundadora del psicoanálisis de adultos: había ampliado los horizontes de la disciplina al tratamiento de la psicosis y había cambiado para siempre algunos de los paradigmas del psicoanálisis clásico.
En 1919, en Budapest, alentada por S. Ferenczi, su analista, había iniciado el tratamiento de un niño. A partir de 1921, en Berlín, animada y sostenida por K. Abraham, su segundo analista, había empezado una práctica que pronto culminó en un genuino psicoanálisis infantil. En los primeros años londinenses el psicoanálisis de niños se consolidó como una disciplina por su propio derecho y M. Klein la defendió contra posiciones que ella juzgó siempre menos analíticas, sobre todo las de Anna Freud.
La adhesión de M. Klein a la teoría del instinto de muerte a partir de 1932 le había permitido ver de una manera distinta la destructividad y el sadismo pero, también, había abierto un lugar para los instintos de vida, es decir, el amor. Por vez primera, el concepto de amor adquirió un sentido complejo que trasciende con mucho el ámbito psicoanalítico. A la luz de la importancia y la trascendencia de la idea del amor como preocupación por el objeto, cuidado, reparación y, más tarde, gratitud, el modelo kleiniano no podría ser acusado de pesimista en cualquier sentido serio.
En 1934 tuvo lugar uno de los acontecimientos más significativos de la historia del psicoanálisis: M. Klein presentó su “Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos”. La Posición depresiva, propuesta en ese artículo, se convirtió en la fuente de todo el pensamiento británico acerca de las relaciones objetales y marcó la diferencia del modelo kleiniano de la mente respecto de las tendencias freudianas prevalecientes. Con ello, la significación de su aportación al psicoanálisis parecía quedar fuera de toda duda.
Y, sin embargo, otra vez tuvo que defenderse, de nuevo frente a Anna Freud. Las llamadas Controversias (1941-1945) fueron una serie de discusiones científicas en las cuales Melanie Klein y sus aliados debían probar —frente a Anna Freud y los suyos— que el pensamiento kleiniano podía llamarse psicoanalítico. De no hacerlo con suficiencia pesaría sobre ella la amenaza de expulsión de la Sociedad Británica. La respuesta kleiniana fue una serie de aportaciones ‘probatorias’ que hoy forman parte del corpus teórico del psicoanálisis.1
En los años que siguieron, la creatividad de M. Klein no tuvo más límite que su capacidad de trabajo.
Quizá su mejor respuesta a las Controversias fue la continuación de su avance en la investigación del desarrollo temprano. En 1946 publicó “Notas sobre algunos mecanismos esquizoides”, ensayo en el cual presenta la Posición paranoide-esquizoide y, en dos párrafos, un nuevo descubrimiento que habría de tener una fortuna inmensa de tal modo que el psicoanálisis quedó permeado por las consecuencias de esa intuición. La identificación proyectiva suscitó un inmenso interés no sólo por su poder explicativo del desarrollo normal y patológico, sino porque permitió entender mejor la comunicación que se establece entre analista y paciente. Su papel en la transferencia ha llevado a que los dos fenómenos sean (mal) entendidos como uno solo.
Entonces, y en el mismo año en que se publicó su minuciosa exploración de la identificación proyectiva, “Sobre la identificación”, 1955 (que en realidad había empezado a escribir desde 1953), leyó, el 24 de julio, en el XIX Congreso de Psicoanálisis en Ginebra, un trabajo sobre la envidia y la gratitud. En febrero de 1956 dictó, en la Sociedad Británica de Psicoanálisis, una conferencia con el título de “Un estudio sobre la envidia y la gratitud”, que era una versión ampliada de su participación de Ginebra. Una ampliación aún mayor fue publicada un año después en forma de libro: Envidia y gratitud. Un estudio de las fuentes inconscientes (1957). Es la última gran aportación teórica de Melanie Klein, y es el texto que aparece en sus Obras completas tanto en inglés como en español. El presentado ante la Sociedad Británica un año antes no fue publicado sino hasta 1986 y no existe de él traducción al español, a pesar de su indudable interés.
En el apartado correspondiente (Trascendencia. Cómo fue recibido Envidia y gratitud) nos ocupamos de las adhesiones y las críticas; pero no podemos soslayar ahora que, en tanto que la mayoría de las reacciones se centran en la crítica hacia la envidia excesiva primaria, el papel que Klein otorga al amor (la gratitud) tanto en el desarrollo del psiquismo como en la determinación de la salud mental pasa casi inadvertido. Y sin embargo, es con respecto a la teoría de la gratitud inmediata, no mediada por la reparación, que el concepto final de envidia adquiere todo su sentido (Petot, 2016b: 318).
Ciertamente, la noción de envidia tenía ya un lugar en la teoría psicoanalítica. Freud había teorizado sobre la envidia del pene en la mujer y sobre sus vínculos con las pulsiones agresivas. La consideraba un elemento fundamental de la sexualidad femenina. La envidia del pene, y todo su complejo simbolismo, aparecía a partir del descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos: la niña desea poseer un pene como el niño. En el curso del complejo de Edipo, la envidia del pene tomaba dos formas derivadas: deseo de poseer un pene dentro de sí (principalmente en forma de deseo de tener un hijo); deseo de gozar del pene en el coito (Laplanche y Pontalis, 2013: 118).
Esta noción siempre tuvo gran importancia para Freud debido a la función central que asignaba al falo en ambos sexos. En la clínica, había anticipado que esta envidia podía conducir a un análisis interminable.
Con el trasfondo de la crítica de la teoría freudiana de la sexualidad femenina iniciado por Karen Horney (1924), M. Klein (1932) pareció entender mejor a Freud: reconocía la presencia de la envidia en los deseos del bebé de destruir todo cuanto posee la madre, en particular, el pene paterno (en el caso de la niña, no por temor de la castración sino de la intrusión). En 1932, igualmente, Joan Riviere estableció el vínculo que une a la envidia con el deseo del bebé de apoderarse del pecho materno y de arruinarlo.
Envidia y gratitud no propone una transformación del modelo kleiniano como podría pensarse de Más allá del principio de placer (1920) o de El yo y el ello (1923) que establecieron una segunda tópica en la teoría freudiana. Se trata de algo que M. Klein “añadió”. La adición sin duda altera concepciones anteriores, supone nuevas propuestas y enriquece otras ya planteadas. De estas adiciones, modificaciones y matices nos ocupamos en los apartados Análisis del texto y Trascendencia.
Finalmente, los trabajos de los años anteriores a Envidia y gratitud, sobre todo los de 1952, se caracterizan por consignar los elementos que componen la Posición paranoide-esquizoide y la Posición depresiva en el proceso del desarrollo del aparato mental normal y en ciertas condiciones de perturbación. En esta descripción, Klein incluye conceptos tales como frustración, gratificación, voracidad, avidez, envidia, celos, culpa, creatividad, reparación, pero su papel y la relación que mantienen entre sí es de una naturaleza distinta.
En cuanto a la noción de gratitud sólo viene a ocupar su lugar a partir de 1955. Entre 1923 y 1955 el término gratitud aparece muy pocas veces y siempre acompañando a otros conceptos.
Un elemento que tiende a ignorarse cuando se habla de esta aportación es que envidia y gratitud es una visión binaria de la mente que concibe a estos dos fenómenos como una matriz. No se trata de dos elementos postulados por separado; son indisociables. Y, sin embargo, la numerosa producción de trabajos consagrados al estudio y a la descripción del fenómeno de la envidia da cuenta, por un lado, del impacto que éste tuvo en la comunidad psicoanalítica, y del escándalo que produjo. Pero, por otro, de la tendencia a olvidar a su par constitucional. En el propio texto de M. Klein es llamativa la desproporción en cuanto al espacio destinado a cada uno de los conceptos: del total de páginas menos del diez por ciento está destinado a la gratitud, lo que corroboró la impresión (equivocada) ya establecida de que a Klein y a sus seguidores sólo interesaba el aspecto negativo de las motivaciones humanas (Steiner, 2017).
En el texto Envidia y gratitud la proporción es, aproximadamente, de cinco a uno: envidia se menciona 246 veces contra 48 de gratitud. En una búsqueda general en los cuatro tomos de los Writings of Melanie Klein (las obras completas) encontramos sólo 72 veces el vocablo “gratitud” en distintos contextos.
En los dos diccionarios clásicos del pensamiento kleiniano (Hinshelwood, 1992; Spillius, 2011), la entrada correspondiente a ‘Gratitud’ tiene apenas alrededor de diez líneas.
11 Susan Isaacs, “Naturaleza y función de la fantasía” (1943); Paula Heimann, “Algunas funciones de la introyección y proyección en la temprana infancia” (1943); Paula Heimann y Susan Isaacs, “La regresión” (1943); Melanie Klein, “La vida emocional y el desarrollo del yo en el bebé con referencia expresa a la posición depresiva” (1944). Posteriormente (1952) éstos, y otros trabajos en los que participó Joan Riviere, fueron publicados en Desarrollos en psicoanálisis (2000).
CUESTIONES FUNDAMENTALES
La pulsión de muerte ~ Lo constitucional ~ La realidad psíquica y el mundo interno ~ Fantasía inconsciente-Fantasías originarias ~ La escena originaria, fuente de la fantasía inconsciente ~ Teoría de las posiciones ~ Envidia y gratitud, una matriz
En Más allá del principio de placer (1920), Freud expuso una especulación que, entonces, a la mayoría de los freudianos pareció inaceptable. Esa conjetura explica el conflicto psíquico como una oposición y una lucha entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte. Esto supone que en el interior del ser humano existe una fuerza que presiona hacia la autodestrucción.
La pulsión de muerte
Hasta 1920 la libido había sido la energía única de las pulsiones, y de sus vicisitudes nacía el conflicto psíquico; es decir, éste era el resultado de las luchas entre los impulsos libidinales y su realización o su frustración. Las batallas que Freud y sus seguidores libraron desde el principio del siglo hasta 1920 y que habían logrado situar, contra viento y marea, a la libido en el centro y a la psicosexualidad como la base de la explicación del psiquismo, ahora quedaban supeditadas a un principio superior: la oposición entre vida y muerte.
Hasta entonces, el aparato psíquico en el modelo freudiano de la primera tópica era regulado por la necesidad de mantener un equilibrio dinámico (homeostasis) a través de dos principios reguladores, placer-displacer/realidad. El ser humano sería, por definición, un buscador de placer; sólo las exigencias de la realidad y el síntoma neurótico le impedían conseguirlo. La experiencia clínica, sin embargo, contradecía con demasiada frecuencia esta hipótesis. ¿Cómo explicar el hecho de que ciertos pacientes librados de sus síntomas recayeran en el sufrimiento? ¿Cómo entender el sadismo y el masoquismo que los pacientes depresivos, los drogadictos, los perversos o los psicóticos llevan al extremo? ¡Ciertamente, las explicaciones libidinales no bastaban!
En su libro de 1920, Freud introduce la nueva elucidación pulsional. Sigue la pista de una tendencia paradójica del ser humano hacia su propia destrucción a través de la observación de los fenómenos de repetición de experiencias de displacer que forman una verdadera compulsión. Por esa vía, propone que más allá del placer, hay un impulso de muerte que lucha con los impulsos vitales (Eros) de los cuales la libido es parte. En cada fragmento de sustancia viva estarían activas estas dos clases de pulsiones. De qué modo se encuentran juntas, formando una mezcla desigual, es algo que no puede representarse, pero es éste un postulado necesario de la hipótesis.
Como consecuencia de la unión de los organismos elementales unicelulares en seres vivos pluricelulares se habría conseguido neutralizar la pulsión de muerte de las células singulares y desviar hacia el mundo exterior, por la mediación de un órgano particular, las mociones destructivas. Este órgano sería la musculatura y la pulsión de muerte se exteriorizaría ahora —probablemente sólo en parte— como pulsión de destrucción dirigida hacia el mundo exterior y a otros seres vivos (Freud, 1920: 42).
Es decir, el sistema muscular desvía una parte de la pulsión de muerte, pero otra permanece en el interior. Y si es posible hacerse una idea de la mezcla, sería igualmente posible hacerse la imagen de una desmezcla:
En los componentes sádicos de la pulsión sexual, por ejemplo, estaríamos ante un ejemplo clásico de una mezcla pulsional al servicio de un fin; y en el sadismo devenido autónomo, como perversión, el modelo de una desmezcla, si bien no llevada al extremo (Freud, 1920: 42).
Las nociones de mezcla y desmezcla (fusión/defusión, intrincación/desintrincación, unión/desunión, vínculo/desvínculo, de acuerdo con la traducción que se prefiera) abrieron la concepción de la pulsión de muerte a la teoría y a la clínica. Así, por ejemplo, el ataque epiléptico sería producto e indicio de una desmezcla pulsional; las neurosis obsesivas, las regresiones libidinales mostrarían esa desmezcla con el predominio de las pulsiones de muerte, mientras que la evolución de las etapas del desarrollo hasta la fase genital requiere de un tipo de desmezcla que supone un suplemento de los componentes eróticos. En la ambivalencia, la desmezcla sería originaria, de tal manera que habría que considerar que en ese caso la mezcla ni siquiera fue consumada.
En la reacción terapéutica negativa vinculada a las neurosis más severas; en la melancolía, el componente destructivo se ha depositado en el superyó y se vuelve contra el yo:
Lo que ahora gobierna en el superyó es un cultivo puro de la pulsión de muerte que a menudo logra efectivamente empujar al yo a la muerte, cuando el yo no consiguió defenderse antes de su tirano mediante el vuelco a la manía (Freud, 1923: 54).
Las incidencias de la pulsión de muerte se convirtieron, pues, para algunos, en una dilucidación central de la patología y, además, en las propias vicisitudes de la destrucción y el odio.
Vida y muerte/amor y odio
Melanie Klein aceptó formalmente el concepto de instinto de muerte en 1932. Ciertamente, lo hizo de una manera ‘distinta’: radical por una parte; descentrada, por otra. Tanto que es necesario preguntarse si entendía lo mismo que Freud cuando éste hablaba de la dualidad instintiva.
Abraham había destacado desde 1911 el papel del odio como equivalente del componente sádico de la libido. Más tarde, en 1924, cartografió la historia de los impulsos destructivos a partir del cambio sucesivo de sus metas: el sadismo aparecía en la fase oral-canibalística y era conceptualizado como uno de los fines pregenitales del instinto sexual... ¡Pero Abraham no recurrió nunca a la pulsión de muerte en sus explicaciones a pesar de que su estudio capital sobre la evolución de la libido apareció cuatro años después de Más allá del principio de placer (1920)! Aunque puede decirse que la nueva dualidad pulsional parece estar presente en su trabajo. Entre tanto, Freud había reordenado el sistema de tal modo que la pulsión de vida se hacía cargo de la libido, mientras que la pulsión de muerte comenzaba a incluir, dificultosamente, los aspectos destructivos de la mente. “El problema económico del masoquismo” (1924) apareció en el mismo año que el estudio sobre la libido de Abraham. El sadismo y el masoquismo serían ahora, para Freud, el producto de la operación de la pulsión de muerte en el individuo. Más tarde confiesa que ya no puede pensar de otra manera que tomando en cuenta la pulsión de muerte (Freud, 1930 [1929]: 115).
Desde los primeros momentos de su trabajo, Melanie Klein había privilegiado los componentes agresivos; de hecho, seguía la observación de Freud (1915) de que el odio es algo distinto de lo sexual y constituye uno de los componentes primarios del yo. A partir de 1932, Klein comienza a hablar en términos de la nueva polaridad instintiva. Había comprendido las consecuencias de dos líneas de El yo y el ello (1923): “Nos está permitido —escribía Freud ahí— sustituir la oposición entre las dos clases de pulsiones [vida/muerte] por la polaridad entre amor y odio” (Freud, 1923: 43). Y, además, recogió el desafío:
Hemos partido de la gran oposición entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte. El propio amor de objeto nos enseña una segunda polaridad de esta clase, la que media entre amor (ternura) y odio (agresión) ¡Si pudiéramos poner en relación recíproca estas dos polaridades, reconducir la una a la otra! (Freud, 1920: 52).
M. Klein ocupó el resto de su vida en establecer relaciones entre las dos tendencias, pero lo hizo en buena parte de una manera emocional. Para ella, el instinto (pulsión) no era un estímulo que producía una tensión que sólo secundariamente se relaciona con un objeto contingente; siempre había entendido la libido y la agresión como tendencias intrínsecamente intencionales, es decir, estaba en su naturaleza dirigirse a un objeto del cual el sujeto tenía una expectativa aun antes de nacer. Amor y odio no son, para ella, precisamente instintos, sino emociones propiamente dichas y, sobre todo,
vínculos: las emociones como estados mentales intencionales2 sólo adquieren significado en una relación de objeto (vincular) determinada (Greenberg y Mitchell, 1983: 131).
Se alejó entonces de la concepción del sadismo de Abraham, con quien no podía compartir la idea de una fase pre ambivalente puesto que para ella desde el principio el conflicto amor/odio inauguraba la ambivalencia aunque ésta tomara la forma de escisión permeable. Pero también dejó de lado una parte del andamiaje freudiano; por lo pronto, la idea de narcisismo primario que era absolutamente incompatible con un yo activo y responsable desde el inicio de la vida.
Amor y odio son, para ella, los polos de atracción y rechazo de las tendencias psíquicas desde el principio, y es así como hay que entender, en la mayor parte de los casos, el uso que M. Klein hace de la dualidad pulsional freudiana.
En la amenaza destructiva desde dentro en el recién nacido a causa de la desmezcla pulsional desencadenada por el nacimiento, Klein sitúa el surgimiento de la angustia, primera emoción humana percibida por el sujeto: “...los impulsos destructivos (instinto de muerte) constituyen el factor primario causante de ansiedad” (Klein, 1952d: 88, i.; 97, e.).3
Antes ya había afirmado igualmente que,
...si suponemos la existencia de un instinto de muerte también debemos suponer que en las capas más profundas de la mente hay una reacción a este instinto en la forma de temor a la aniquilación de la vida. Así, a mi entender, el peligro que surge del trabajo interno del instinto de muerte es la primera causa de ansiedad (Klein, 1948b: 29, i.; 38, e.).
“El aporte kleiniano puede ser considerado como la contribución clínica más fundamental a la teoría de la pulsión de la muerte” (Laplanche, 1998:29). Las razones se exponen a continuación.
El motor del psiquismo, entonces, es la lucha entablada por las dos emociones: el odio (muerte) lucha por destruir el amor (vida). El primer producto de esta lucha es una angustia de aniquilación.
Así pues, el big-bang psíquico, seguiría en principio el programa que Freud había trazado: la experiencia del nacimiento perturbaría el equilibrio prenatal entre los instintos, y produciría una desmezcla que activaría el instinto de muerte y despertaría en el yo inmaduro la capacidad para percibir un monto incontenible de ansiedad, un temor de aniquilación que sería necesario desviar hacia afuera, al menos en parte.
Al tiempo que se produce esa desviación del instinto de muerte hacia afuera y hacia el objeto, en palabras de M. Klein,
...se produce una reacción intrapsíquica de defensa contra la parte del instinto que no ha podido ser exteriorizada. Porque el peligro de ser destruido por ese instinto de agresión provoca, creo, una excesiva tensión en el yo, que es sentida por éste como una ansiedad, de modo que se ve en el comienzo mismo de su desarrollo ante la tarea de movilizar la libido contra su instinto de muerte. Sin embargo, sólo puede llevar a cabo en forma imperfecta esa misión, ya que, debido a la fusión de los dos instintos, no puede ya, como lo sabemos, efectuar una separación entre los mismos. Se produce una división en el ello, o en los planos instintivos de la psique, debido a la cual una parte de los impulsos instintivos es dirigida contra la otra (Klein, 1933a: 250, i.; 255 e.).
En esta medida defensiva del yo, ve la raíz del superyó cuya violencia se explica porque es producto de “intensísimos instintos destructivos” y porque contiene, con una cierta proporción de impulsos libidinales, cantidades excesivas de impulsos agresivos.
La proyección y la introyección son dos capacidades constitutivas del psiquismo humano que, junto con otras, constituyen ‘procedimientos’ mentales con los cuales el yo se defiende del peligro de aniquilación desde dentro. De esta manera, se puede entender de qué modo el objeto sobre el que se ha proyectado el instinto de muerte, la amenaza de destrucción, se vuelve “malo” (“me odia”), porque la acción destructiva depositada en él regresa:
El pecho “malo” es también introyectado y esto intensifica, como podemos suponer, la situación de peligro interno, o sea, el temor a la actividad del instinto de muerte en el interior. Porque la internalización del pecho “malo”, la porción del instinto de muerte que ha sido desviada hacia fuera, con todos sus peligros asociados se vuelve otra vez hacia adentro y el yo liga su temor a sus propios impulsos destructivos al objeto interno malo (Klein, 1948b: 31, i.; 40, e.).
Así, parece más explicable la formación en la mente del bebé de imágenes monstruosas y fantásticas de los padres, porque percibe que su ansiedad surge de sus impulsos agresivos como temor hacia un objeto externo: ha desplazado la fuente de ansiedad hacia afuera y convierte a sus objetos en objetos peligrosos. Ese peligro pertenece a sus propios impulsos agresivos. Así, su temor hacia los objetos será proporcional a sus impulsos sádicos.
Sin embargo, un factor ambiental interviene:
...incluso el niño muy pequeño responde a la sonrisa de la madre, a sus manos, a su voz, al hecho de que lo alce en brazos o atienda sus necesidades. La gratificación y amor que el bebé experimenta en esas situaciones le ayudan a contrarrestar la ansiedad persecutoria e incluso los sentimientos de pérdida y persecución despertados por la experiencia del nacimiento (Klein, 1952d: 64, i.; 73, e.).
Durante varias décadas, Klein en consonancia con Freud consideró la proyección como el primer acto del yo: el instinto de muerte era desviado hacia fuera y proyectado en el objeto, lo que ocurría con la consecuente (re)introyección de un objeto malo, amenazador, persecutorio, terrorífico. Pero en su conferencia seminal, “Notas sobre algunos mecanismos esquizoides” (1946), advierte que las primeras introyecciones son aún más primitivas que las proyecciones. El primer acto mental es la introyección de un objeto bueno.
Este primer objeto interno bueno actúa como un punto central del yo. Contrarresta los procesos de escisión y dispersión, contribuye a la cohesión e integración y constituye un factor en la construcción del yo (Klein, 1946: 6, i.; 15, e.).
Aunque este objeto bueno primario (sin el cual la vida psíquica no sería posible), condensado en el pecho y en sus características simbólicas, será un motivo fundamental en la modulación del modelo kleiniano de la mente y ocupará un lugar central en la teoría de la envidia primaria (ver el apartado, más adelante, El objeto bueno en el núcleo del yo, y el correspondiente en el Análisis del texto, más abajo), es necesario preguntarse primero: ¿de qué modo se hace posible la introyección-proyección de estos dos órdenes, el vital y el destructivo, en un solo objeto? Mediante otro procedimiento mental, la escisión, que permite mantener separados lo ‘bueno’ y lo ‘malo’.
Al quedar escindido el propio yo, el objeto se escinde; en consecuencia, es vivido a la vez —pero separadamente— como protector de la vida y como persecutorio.
Téngase en cuenta que en la ambivalencia el objeto es vivido al mismo tiempo como bueno y como malo. En la escisión, recuérdese, el objeto es vivido alternativamente como bueno o como malo, y cada una de estas posibilidades es una situación total.
Objeto idealizado, bueno, en la medida en que concentra todos los aspectos amorosos, vitales, positivos que deben mantenerse separados de los persecutorios. Objeto persecutorio, malo, porque amenaza con la aniquilación. (Klein suele entrecomillar estos términos para subrayar su subjetividad: “bueno” y “malo”, para el bebé.) Escindido, porque la escisión mantiene la distancia gracias a la cual el objeto bueno queda a salvo frente a los ataques del objeto malo. La vida se defiende de la muerte; el amor del odio.
Introyección, proyección, escisión, idealización son procesos estructurales y estructurantes de la mente y, a la vez, procedimientos defensivos, “mecanismos de defensa”. A ellos debe añadirse la negación, que permite ignorar las situaciones de frustración o de angustia y que borra la existencia misma del objeto persecutorio. Asimismo, la omnipotencia permite crear la convicción ilusoria de que el deseo equivale a la realidad.
Lo constitucional
La gran síntesis que está en la base del surgimiento del psicoanálisis incluyó de un modo fundamental la teoría de la evolución de Darwin (1809-1882) y, paralelamente, la de la herencia filogenética postulada por Lamarck (1744-1829) y admitida, con importantes reservas, por Darwin. Pero, sobre todo, las ideas de Ernst Haeckel (1834-1919) el gran naturalista alemán (creador del término ‘ecología’), uno de los responsables de la popularidad de Darwin y de la difusión de la filogenia lamarckiana, fueron empleadas por Freud para explicar un gran número de fenómenos psíquicos, de tal manera que pudo ser acusado de “biólogo de la mente” (Sulloway, 1992). Haeckel elaboró la llamada teoría de la recapitulación, que tuvo una inmensa difusión y según la cual el desarrollo de un embrión de toda especie repite el desarrollo evolutivo de esa especie totalmente, de modo que la ontogenia reproduciría la filogenia.4 La teoría de la recapitulación podía recoger sin conflicto las ideas de Lamarck, el primer naturalista que postuló una teoría de la evolución (y creó el término ‘biología’).
La biología aceptó durante el siglo XIX y parte del siglo XX las teorías darwinianas y lamarckianas, así como la creencia en la recapitulación; más tarde, algunas de esas certezas cayeron en el descrédito y en nuestros días se recupera su parte más verosímil y se tiene en cuenta que ni aún las teorías darwinianas más difundidas tienen una comprobación verdaderamente científica (Gould, 2012).
Freud se formó como biólogo en una época en que estas ideas tenían un valor axiomático. Al aplicar la recapitulación al psiquismo humano, encontró que su desarrollo supone la presencia de muchos rasgos innatos, heredados de otros momentos de la historia de la especie: la analogía entre la vida emocional infantil y la de los pueblos ‘primitivos’; la comparación entre las fases del desarrollo de la concepción humana del universo y el estadio del desarrollo de la libido de un individuo (Freud, 1913 [1912]: 90). La escena originaria habría pasado de generación en generación de tal modo que ahora pertenece a la fantasía. El complejo de Edipo, la teoría de la horda primitiva y del parricidio primigenio están relacionados con el totemismo de los pueblos ‘salvajes’. El yo, para Freud, guarda contenidos filogenéticos que están presentes en las fantasías primordiales.
Con frecuencia sorprende el parecido entre las observaciones de Darwin, las de Freud, Melanie Klein o Donald Winnicott a propósito de las emociones y las conductas infantiles; de hecho, las fantasías tempranas atribuidas a los bebés parecen un ensayo de la lucha por la vida. Darwin fue sin duda el primer observador de bebés. Llevó, durante los primeros tres años de la vida de su primer hijo, un diario en el cual consignaba el desarrollo mental y conductual del niño. Más tarde estableció criterios de comparación de los índices de desarrollo de sus ocho hijos. En sus “Apuntes biográficos de un bebé” (1877), el primer ensayo en su género, escribió:
...los vagos pero muy reales temores de la infancia, que son independientes de la experiencia, ¿son los efectos heredados de peligros reales y supersticiones abyectas de los viejos tiempos salvajes? Esto se ajusta adecuadamente con lo que sabemos de la transmisión de caracteres bien desarrollados anteriormente y que aparecerán en los descendientes en un período temprano de la vida para después desaparecer (Sulloway, 1992: 245).
Como Freud, Klein atribuyó ciertos fenómenos psíquicos a la herencia: el juego infantil sería una expresión arcaica de la historia de la especie que emplea un lenguaje que resulta más familiar en los sueños. (Su convicción acerca de la herencia filogenética parece ser la razón por la cual rechazó el concepto bioniano de un pecho como categoría a priori (Bion, 1962); ésta era una noción filosófica —kantiana— que a ella parecería inaceptable porque la expectativa del pecho sería innata, es decir, creada en la mente del individuo por la herencia de caracteres adquiridos por la especie.)
‘Innato’, ‘constitucional’, ‘ínsito’, son términos que Melanie Klein emplea más o menos indistintamente. Pensaba que la mente surge a la vida con “tendencias” y que, por ejemplo, el bebé nace con la expectativa de un pecho absolutamente satisfactorio. Su adopción, en 1932, de la última dualidad pulsional de Freud la llevó a acentuar esta convicción. Ahora, la lucha instintiva está condicionada por las dotaciones de amor y de odio, y éstas están determinadas constitucionalmente.
El rechazo de la pulsión de muerte entre muchos psicoanalistas podía ocurrir sin dificultad porque en el contexto clínico se puede prescindir de la nueva dualidad pulsional. Les parecía que marcaba una regresión con respecto de la doctrina anterior al acentuar el aspecto filosófico (y biológico) del psicoanálisis en detrimento de su aspecto propiamente psicológico: en la clínica, no tenían que lidiar con la pulsión de muerte. Les parecía que el paso freudiano, reduccionista y concreto, sufría aquí una especie de izquierdismo especulativo, místico. No estaban lejos de pensar, y sin duda con razón, que si otro que Freud hubiera desarrollado las consideraciones contenidas en Más allá del principio de placer (1920), lo hubieran considerado como heterodoxo. Él mismo se consideró un hereje.
Sacha Nacht, que tuvo un papel importante en la implantación del psicoanálisis en Francia, consideraba que la hipótesis de la pulsión de muerte sacudía por lo menos dos de los conceptos fundamentales de la teoría psicoanalítica general: el de conflicto psíquico y el de agresividad. Si se adopta la teoría del instinto de muerte, el conflicto psíquico ya no puede ser la consecuencia de la mera experiencia vivida: evidentemente es innato. El conflicto no se ha interiorizado secundariamente después de haber sido experimentado como una oposición entre el sujeto y lo que le rodea: es desde el comienzo intrapsíquico. Por lo tanto, el hombre ya llega al mundo ‘dividido contra sí mismo’. Es un conflicto vivo que permea todos los niveles de la existencia. No es posible para el ser humano salir de una tensión que probablemente es necesaria para la conservación de la existencia humana. En estas condiciones, el conflicto del recién nacido con su entorno se hace tanto inevitable como secundario. Un razonamiento idéntico se aplica a la agresividad que, siempre dentro de esta misma hipótesis, se convierte en instinto autónomo. No extrae más su fuerza de la experiencia vivida de todo individuo sino del destino universal, ineludible a la materia (Nacht, 1971: 53-55).
Sin embargo, ni para Freud ni para Klein los instintos de vida y de muerte operan en modo alguno en el marco de un determinismo ciego. La “experiencia vivida” tiene un peso, como lo tiene la libertad individual, y la insistencia kleiniana en la responsabilidad psíquica es una prueba de ello. (Véase el apartado, La desestimación kleiniana del ambiente, más adelante.)
El trabajo de los instintos de acuerdo con la teoría kleiniana es, ciertamente, más complejo que lo que supone el planteamiento de Nacht. Recordemos que para M. Klein los instintos se adhieren desde el principio de la vida a objetos. Su insistencia en el impacto que tiene la introyección del objeto bueno primario en la construcción de la mente, en cuanto al desarrollo que esto supone para el yo y para toda la personalidad, está determinado en última instancia por el predominio —o no— del instinto de vida. Los aspectos libidinales favorecen el reconocimiento de la presencia del objeto bueno y de las experiencias gratificantes que de él proceden. Los aspectos destructivos proyectados en el pecho forman el objeto malo.
La ansiedad persecutoria que resulta de la amenaza de la desmezcla instintiva obliga al yo a escindirse y a escindir el pecho materno en un objeto bueno benéfico y en un objeto terrorífico. Estos objetos primarios, parciales, serán los prototipos de los futuros objetos internalizados que constituirán el núcleo del superyó y que formarán la asamblea de ciudadanos del mundo interno.
La fuerza del yo —que refleja el estado de fusión entre los dos instintos— está, creo, constitucionalmente determinada. Si en la fusión el instinto de vida predomina, lo que implica la mayor importancia de la capacidad para el amor, el yo es relativamente fuerte y está mejor capacitado para tolerar la ansiedad que surge del instinto de muerte y para contrarrestarla.
Hasta dónde la fuerza del yo puede mantenerse y crecer, está en parte determinado por factores externos, en particular por la actitud de la madre hacia el bebé.5 Sin embargo, incluso cuando el instinto de vida y la capacidad para el amor predominan, los impulsos destructivos son deflexionados hacia afuera y contribuyen a la creación de objetos persecutorios y peligrosos que son reintroyectados. Más aún, los procesos primarios de introyección y proyección conducen a cambios constantes en la relación del yo hacia sus objetos, con fluctuaciones entre los objetos internos y externos, buenos y malos, de acuerdo con las fantasías y emociones del bebé, así como bajo el impacto de sus experiencias reales. La complejidad de estas fluctuaciones engendrada por la permanente actividad de los dos instintos subyace al desarrollo del yo en su relación con el mundo externo tanto como con la construcción del mundo interno (Klein, 1958: 239, i.; 244, e.).
Karl Popper, el filósofo de la ciencia, afirma categóricamente que la teoría de las ideas innatas es absurda, y sin embargo reconoce que todo organismo tiene reacciones o respuestas innatas, y entre ellas, respuestas adaptadas a sucesos venideros.
Conjeturo que los animales y los hombres tienen lo que he llamado conocimiento innato, o de manera más especial, expectativas innatas y disposiciones innatas. Estas respuestas pueden ser nombradas como expectativas, sin que esto implique que sean conscientes. El recién nacido espera, en este sentido, ser alimentado (y hasta podría decirse, ser protegido y amado). En vista de la estrecha relación existente entre expectativa y conocimiento, se puede incluso hablar, en un sentido totalmente razonable, de conocimiento innato. Este conocimiento no es, sin embargo, válido a priori; una expectativa innata, por fuerte y específica que sea, puede ser equivocada. (El recién nacido puede ser abandonado, y morir de hambre). Así, nacemos con expectativas, con un conocimiento que, aunque no es válido a priori, es psicológica o genéticamente a priori, es decir, anterior a toda experiencia observacional (Popper, 2000: 76).
Melanie Klein es innatista, y también constitucionalista: las expectativas, las disposiciones o tendencias que condicionan el resultado de la lucha instintiva son explicadas en términos de dotaciones constitucionales y, por ello, son innatas. La envidia y la gratitud primarias no tendrían sentido si no estuvieran concebidas sobre una base de montos de amor y de odio constitucionales. ¿Sin embargo, en qué grado ocurren estas dotaciones? Las magnitudes de instinto de vida o de instinto de muerte presentes en la mezcla o liberadas en la desmezcla no son, por supuesto, cuantificables. Por eso el principio económico freudiano en ella se vuelve una “política económica” (Meltzer), es decir, tendencias, orientaciones, intensidad de las emociones.
El desarrollo de la biología moderna y de la antropología estructural realizaron una deconstrucción de las analogías extremas en que muchas veces cayó el pensamiento freudiano. No hay tal cosa como pueblos “salvajes” o “primitivos” que representen la “infancia de la humanidad”, y el psicoanálisis se ha alejado de esas concepciones. Melanie Klein, a pesar de sus creencias innatistas, fue quien dio un primer salto cualitativo. Al concebir el desarrollo en términos de posiciones que, en su pensamiento último, ni siquiera son sucesivas, abandonó la concepción de fases libidinales.
De acuerdo con Meltzer, los modelos de la mente, freudiano, kleiniano y bioniano, se relacionan entre sí para conformar una línea continua de desarrollo.
Esta línea conduce a la concepción de un sistema para la vida mental que incluye tanto el significado como la emoción, en el que la comprensión se transforma en una estructura de la personalidad, y que cuenta con un área ilimitada de discurso referente a un sistema no causal infinitamente variable con una capacidad potencial de crecimiento fuera del alcance de los modelos evolutivos darwinianos (Meltzer, 1987: 51).
La realidad psíquica y el mundo interno
Al finalizar la Interpretación de los sueños (1900), después de haber introducido su propuesta de un inconsciente personal y dinámico y haber formulado su primer modelo de la mente (capítulo VII) y luego de haber mostrado que los sueños expresan invariablemente el deseo inconsciente, Freud declara:
Lo inconsciente es lo psíquico verdaderamente real, nos es tan desconocido en su naturaleza interna como lo real del mundo exterior, y nos es dado por los datos de la conciencia de manera tan incompleta como lo es el mundo exterior por las indicaciones de nuestros órganos sensoriales (Freud, 1900: 600).
Y a punto de terminar la obra fundante del psicoanálisis:
Y si ya estamos frente a los deseos inconscientes en su expresión última y más verdadera es preciso aclarar que la realidad psíquica es una forma particular de existencia que no debe confundirse con la realidad material (Freud, 1900: 607).
Freud llamó “espacio psíquico” a ese lugar que adivinó detrás de los síntomas neuróticos, de las manifestaciones de la psicosis, de los sueños. Se trataba de una tentativa de entender lo inconsciente, la sede de esa realidad que no hay que confundir con la otra, la material.
Así pues, muchas actividades mentales (la mayoría) ocurren en ese espacio interno imaginario —y a la vez peculiarmente concreto—, en el que se desarrolla una realidad particular que se siente con frecuencia más real y que se relaciona con la existencia externa de tal manera que la condiciona al tiempo que es condicionada por ella. De esa realidad tenemos asomos y evidencia en los llamados retoños o derivados del inconsciente (lapsus, síntomas, sueños, actos fallidos...).
La realidad psíquica apunta fundamentalmente al deseo inconsciente y a las fantasías que lo articulan (Laplanche y Pontalis, 2013: 352). Las fantasías tienen para el neurótico la misma realidad y el mismo papel patógeno de los traumas reales, de tal manera que carece de importancia si los acontecimientos infantiles fueron reales o no: el hecho de que tengan un lugar en la fantasía los vuelve tan fácticos como la realidad misma. Estas fantasías, como núcleo de la realidad psíquica, parecen formar parte de lo más profundo del psiquismo y constituir el origen tanto de la vida mental como de la experiencia humana de la vida fáctica.
A partir de la observación clínica, Freud consideró que cuatro fantasías eran primordiales. Las fantasías de vida intrauterina, escena originaria, castración, y de seducción, han sido transmitidas filogenéticamente de generación en generación y son en efecto el origen, la matriz, o los ‘esquemas’ de la vida de fantasía y el núcleo último de la realidad psíquica.
El giro objetal
“Duelo y melancolía” (1917) puso en claro la importancia de la introyección y la proyección y, especialmente, de la asimilación del objeto. El duelo no transcurre entre representaciones del sistema Inconsciente, sino gracias a una estructura psíquica distinta del yo: el objeto interno. Cuando Freud escribe la frase célebre, “la sombra del objeto ha caído sobre el yo” podemos asumir que esa sombra (objeto interno) mantiene relaciones personales con las instancias: reprocha, castiga... (Baranger, 1971: 395).
El pensamiento de Abraham en torno al objeto contribuyó a que éste pasara de ser el lugar en que la pulsión se descarga y se convirtiera en otro que establece la identificación y la identidad, y tuvo ya una influencia importante en la elaboración de “Duelo y melancolía” (1917). Y, sabemos, Abraham fue no sólo el analista sino el maestro amado y admirado de Melanie Klein.
Una última reflexión de Freud, a sus ochenta y dos años, fue dedicada al mundo interno. El Capítulo IX del Esquema de psicoanálisis (1938), solamente tres páginas inacabadas, es particularmente revelador y plantea un problema que Melanie Klein habría de llevar a su máximo desarrollo:
...un fragmento del mundo exterior ha sido resignado como objeto, al menos parcialmente, y a cambio (por identificación) fue acogido en el interior del yo, o sea, ha devenido un ingrediente del mundo interior (Freud, 1940 [1938]: 207).
Freud se refiere aquí al superyó, que nace de la identificación con los padres reales pero que se porta con el yo más severamente que ellos. Ahí, Freud insiste en la relación particular entre el superyó y el yo que, por lo demás, también es en parte el resultado de la identificación con otros: el primero ordena, el segundo se rebela u obedece o se somete. Abordó la relación intrapsíquica que sigue a la proyección como una relación objetal interna:
Repárese en ese yo que se vincula ahora como un objeto con el ideal del yo desarrollado a partir de él, y que posiblemente todas las acciones recíprocas entre objeto exterior y yo-total que hemos discernido en la doctrina de las neurosis vienen a repetirse en este nuevo escenario en el interior del yo (Freud, 1921: 123).
Puede decirse, pues, que una cosa es la introyección del objeto destinada a asimilarse en el yo o en el superyó (identificación) y otra muy distinta es que el objeto siga su existencia intrapsíquica sin integrarse en el yo o el superyó (Baranger, 1971: 65). Es decir, el mundo interno se puebla con las instancias (yo, superyó) y con objetos que se relacionan entre sí y con las propias instancias.
Varias consecuencias se desprenden de la idea de mundo interno. La relación entre el superyó y los objetos internos es una entre un conjunto más integrado y una variedad de objetos menos integrados, en continuo cambio. El superyó es el resultado de una pluralidad de objetos de historia dispar, con distintos niveles de integración y funcionamiento a veces contradictorio, lo que explica su labilidad.
Igualmente, se desprende de aquí una concepción del objeto que dista mucho de algo rígido, estructurado de una vez por todas; por el contrario, la fluidez, la constante variación y el origen distinto de los personajes de esa ‘asamblea’ hacen pensar en un teatro interno, un escenario en el interior del sí-mismo, en donde se representan siempre relaciones personales y son mayormente inconscientes. Aun si se trata de partes de personas, éstas se portan como si fueran individuos completos.
Fue en buena parte la discusión sobre la formación del superyó lo que consolidó el giro objetal y dio concreción a la idea kleiniana de mundo interno. Hay una diferencia cualitativa entre las relaciones que tenemos con las figuras que pueblan nuestro mundo interno y las que tenemos con el superyó y con el yo, por más modelados que éstos puedan estar sobre las personalidades de nuestros padres (Riviere, [1955a] 1972: 335).
Ahora bien, si la realidad psíquica freudiana en su núcleo duro, en su matriz, está formada por un conjunto de fantasías a través de las cuales se articula el deseo, se pone en escena, esta articulación y esta puesta en escena ocurren a través de otras fantasías. Y este haz constituye la estructuración misma de la mente. La realidad psíquica, que Freud empieza a enriquecer con objetos de la fantasía surgidos de la matriz de las fantasías originarias y de la realidad fáctica por los procesos de introyección y proyección, tiene lugar en un espacio psíquico, verdadero mundo interno y éste, lo mismo que la realidad psíquica, han quedado confundidos con la fantasía, a tal punto que Hanna Segal pudo decir que “...ahora se llama fantasía lo que Freud llamara realidad psíquica” (Segal, 1979: 101). Sin embargo, es importante discernir entre una y otra para evitar confusiones innecesarias aunque de alguna manera se pueda estar de acuerdo con el dicho de Segal.
Freud nos dice, para explicar la génesis del yo, que un individuo es un ello psíquico incógnito e inconsciente en cuya superficie está ubicado el yo, y que esta instancia obedece a un proceso adaptativo impuesto por el contacto con la realidad exterior; pero, también, que el yo es el resultado de identificaciones que conducen a la formación de un objeto de amor catectizado por el ello dentro de la persona (Freud, 1923).
Desde el principio, y hasta el final de su vida, Freud fue añadiendo elementos que enriquecían una visión u otra. Estos elementos formaron una masa crítica en la que el aspecto personal se hizo cada vez más visible. “Introducción del narcisismo” (1914) y “Duelo y melancolía” (1917) al exponer una teoría de la identificación sobre la base de la proyección y la introyección, condujeron a la inevitable ‘personalización’ del objeto. En la melancolía, el yo convive con la sombra del objeto muerto o se ilumina con su resplandor (manía); el objeto fantasmal resultante sostiene complejas relaciones con el yo de tal manera que termina conviviendo con él. Además, el caso del Hombre de los Lobos (1918) introdujo la escena originaria como una fantasía universal: los padres copulan mientras el niño observa y reacciona con excitación o resentimiento o celos... Esa imagen visual, concreta, se convirtió pronto en uno de los esquemas estructurantes del desarrollo. Es decir, en un componente sine qua non de la realidad psíquica; en la fantasía originaria por excelencia.
Además, al lado de explicaciones pulsionales o estructurales, o personales (objetales), Freud se refería con frecuencia a un “mundo interno”. El caso Schreber (1910) lo había llevado a la intuición de un lugar en que, “sustraído el amor”, no quedan sino ruinas que el psicótico intenta reconstruir mediante el delirio y la alucinación. Schreber le enseñó que mientras más arcaico y regresivo es un estado psíquico más dominan impulsos violentos, y más aterrador es ese mundo interno (Baranger, 1971: 62).
Mundo interno y realidad psíquica no son, en efecto, sinónimos. Acaso la realidad psíquica es el “...núcleo duro [...] que es justamente esta ‘expresión última y más verdadera’ de nuestros deseos inconscientes” (Laplanche, 1987: 111-112). La raíz primigenia y fundamental que constituye la matriz de la fantasía, “el vientre del tiempo” (Shakespeare), y que constituye la parte más arcaica y regresiva del propio mundo interno. La realidad psíquica es esa parte resistente, irredimible, contumaz, del mundo interno; el deseo inconsciente y las fantasías ligadas a él. No por nada la realidad psíquica es el asiento de las fantasías originarias, tanto porque son primordiales como porque dan origen ellas mismas a las demás y, más todavía, porque la propia realidad psíquica explica su origen (Laplanche y Pontalis, 1986).
Así pues, el trabajo del propio Freud permitió postular el hecho de que otras personas, partes de ellas (yo mismo, el objeto perdido, los padres en coito; objetos parciales), habitan el interior del sujeto, constituyen un verdadero mundo. Esta tendencia objetal llevó a una línea de investigación que Abraham comenzó a desarrollar, pero correspondió a Melanie Klein elaborarla como una compleja teoría de relaciones de objeto.
El mundo interno: La “asamblea de ciudadanos”
A juicio de Klein, el descubrimiento de la existencia de la realidad psíquica es uno de los principios fundamentales del psicoanálisis y lo que lo distingue de todos los otros aspectos de la ciencia mental (Klein, 2017: 75).
La idea de realidad psíquica que Klein sostuvo no se diferencia sustancialmente de la freudiana como la matriz de la fantasía. La importancia de la fantasía en el pensamiento kleiniano es lo que lleva a H. Segal a refundir una en la otra. Sin embargo, es necesario tomar en cuenta las modificaciones que el propio Freud hizo al plantear la segunda tópica y considerar que M. Klein inició su trabajo en la época en que se modificaba la teoría pulsional. El Inconsciente no es ya, a partir de 1923, un sistema sino una cualidad de las instancias: el yo y el superyó pueden tener aspectos inconscientes; sobre todo el ello, pero ya no existe el sistema Icc, y esto debe ser considerado en la conformación del mundo interno kleiniano —una verdadera ampliación metapsicológica— compuesto por la realidad psíquica, el ello (que Klein no menciona sino muy rara vez), el superyó, el yo y objetos internos (ver Cuadros, págs. 78-79).
Melanie Klein adoptó desde muy temprano el aspecto personal iniciado por Freud y ampliado por Ferenczi y sobre todo por Abraham para construir su propia idea de mundo interno en la medida en que las relaciones que ahí se establecen ocurren entre un conjunto de objetos introyectados que tienen a la vez una función estructurante de las instancias psíquicas (yo y superyó) y una existencia independiente de ellas.
¿Cómo se forma este mundo? ¿Cómo se puebla?
En la primera realidad del niño no es exageración decir que el mundo es un pecho y un vientre lleno de objetos peligrosos, peligrosos a causa del impulso del propio niño a atacarlos. En tanto que el curso normal del desarrollo del yo es evaluar gradualmente los objetos externos a través de una escala realista de valores, para el psicótico, el mundo —y esto en la práctica significa objetos— es valorado en el nivel original; es decir, que para el psicótico el mundo es todavía un vientre poblado de objetos peligrosos (Klein, 1930b: 233, i.; 238-239, e.).
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