Czytaj książkę: «Fausto»

Introducción
Hace ya algunos años un grupo señero de intelectuales, integrado por Alfonso Reyes (México), Francisco Romero (Argentina), Federico de Onís (España), Ricardo Baeza (Argentina) y Germán Arciniegas (Colombia), imaginaron y proyectaron una empresa editorial de divulgación sin paralelo en la historia del mundo de habla hispana. Para propósito tan generoso, reunieron el talento de destacadas personalidades quienes, en el ejercicio de su trabajo, dieron cumplimiento cabal a esta inmensa Biblioteca Universal, en la que se estableció un canon -una selección- de las obras literarias entonces propuestas como lo más relevante desde la epopeya homérica hasta los umbrales del siglo XX. Pocas veces tal cantidad de obras excepcionales habían quedado reunidas y presentadas en nuestro idioma.
En ese entonces se consideró que era posible establecer una selección dentro del vastísimo panorama de la literatura que permitiese al lector apreciar la consistencia de los cimientos mismos de la cultura occidental. Como españoles e hispanoamericanos, desde las dos orillas del Atlántico, nosotros pertenecemos a esta cultura. Y gracias al camino de los libros -fuente perenne de conocimiento- tenemos la oportunidad de reapropiarnos de este elemento de nuestra vida espiritual.
La certidumbre del proyecto, así como su consistencia y amplitud, dieron por resultado una colección amplísima de obras y autores, cuyo trabajo de traducción y edición puso a prueba el talento y la voluntad de nuestra propia cultura. No puede dejar de mencionarse a quienes hicieron posible esta tarea: Francisco Ayala, José Bergamín, Adolfo Bioy Casares, Hernán Díaz Arrieta, Mariano Gómez, José de la Cruz Herrera, Ezequiel Martínez Estrada, Agustín Millares Carlo, Julio E. Payró, Ángel del Río, José Luis Romero, Pablo Schostakovsky, Guillermo de Torre, Ángel Vasallo y Jorge Zalamea. Un equipo hispanoamericano del mundo literario. De modo que los volúmenes de esta Biblioteca Universal abarcan una variedad amplísima de géneros: poesía, teatro, ensayo, narrativa, biografía, historia, arte oratoria y epistolar, correspondientes a las literaturas europeas tradicionales y a las antiguas griega y latina.
Hoy, a varias décadas de distancia, podemos ver que este repertorio de obras y autores sigue vivo en nuestros afanes de conocimiento y recreación espiritual. El esfuerzo del aprendizaje es la obra cara de nuestros deseos de ejercer un disfrute creativo y estimulante: la lectura. Después de todo, el valor sustantivo de estas obras, y del mundo cultural que representan, sólo nos puede ser dado a través de este libre ejercicio, la lectura, que, a decir verdad, estimula -como lo ha hecho ya a lo largo de muchos siglos- el surgimiento de nuevos sentidos de convivencia, de creación y de entendimiento, conceptos que deben ser insustituibles en eso que llamamos civilización.
Los Editores
Propósito
Un gran pensador inglés dijo que «la verdadera Universidad hoy día son los libros», y esta verdad, a pesar del desarrollo que modernamente han tenido las instituciones docentes, es en la actualidad más cierta que nunca. Nada aprende mejor el hombre que lo que aprende por sí mismo, lo que le exige un esfuerzo personal de búsqueda y de asimilación; y si los maestros sirven de guías y orientadores, las fuentes perennes del conocimiento están en los libros.
Hay por otra parte muchos hombres que no han tenido una enseñanza universitaria y para quienes el ejercicio de la cultura no es una necesidad profesional; pero, aun para éstos, sí lo es vital, puesto que viven dentro de una cultura, de un mundo cada vez más interdependiente y solidario y en el que la cultura es una necesidad cada día más general. Ignorar los cimientos sobre los cuales ha podido levantar su edificio admirable el espíritu del hombre es permanecer en cierto modo al margen de la vida, amputado de uno de sus elementos esenciales, renunciando voluntariamente a lo único que puede ampliar nuestra mente hacia el pasado y ponerla en condiciones de mejor encarar el porvenir. En este sentido, pudo decir con razón Gracián que «sólo vive el que sabe».
Esta colección de Clásicos Universales -por primera vez concebida y ejecutada en tan amplios términos y que por razones editoriales nos hemos visto precisados a dividir en dos series, la primera de las cuales ofrecemos ahora- va encaminada, y del modo más general, a todos los que sienten lo que podríamos llamar el instinto de la cultura, hayan pasado o no por las aulas universitarias y sea cual fuere la profesión o disciplina a la que hayan consagrado su actividad. Los autores reunidos son, como decimos, los cimientos mismos de la cultura occidental y de una u otra manera, cada uno de nosotros halla en ellos el eco de sus propias ideas y sentimientos.
Es obvio que, dada la extensión forzosamente restringida de la Colección, la máxima dificultad estribaba en la selección dentro del vastísimo panorama de la literatura. A este propósito, y tomando el concepto de clásico en su sentido más lato, de obras maestras, procediendo con arreglo a una norma más crítica que histórica, aunque tratando de dar también un panorama de la historia literaria de Occidente en sus líneas cardinales, hemos tenido ante todo en cuenta el valor sustantivo de las obras, su contenido vivo y su capacidad formativa sobre el espíritu del hombre de hoy. Con una pauta igualmente universalista, hemos espigado en el inmenso acervo de las literaturas europeas tradicionales y las antiguas literaturas griega y latina, que sirven de base común a aquéllas, abarcando un amplísimo compás de tiempo, que va desde la epopeya homérica hasta los umbrales mismos de nuestro siglo.
Se ha procurado, dentro de los límites de la Colección, que aparezcan representados los diversos géneros literarios: poesía, teatro, historia, ensayo, arte biográfico y epistolar, oratoria, ficción; y si, en este último, no se ha dado a la novela mayor espacio fue considerando que es el género más difundido al par que el más moderno, ya que su gran desarrollo ha tenido lugar en los dos últimos siglos. En cambio, aunque la serie sea de carácter puramente literario, se ha incluido en ella una selección de Platón y de Aristóteles, no sólo porque ambos filósofos pertenecen también a la literatura, sino porque sus obras constituyen los fundamentos del pensamiento occidental.
Un comité formado por Germán Arciniegas, Ricardo Baeza, Federico de Onís, Alfonso Reyes y Francisco Romero ha planeado y dirigido la presente colección, llevándola a cabo con la colaboración de algunas de las más prestigiosas figuras de las letras y el profesorado en el mundo actual de habla castellana.
Los Editores
Estudio preliminar, por Francisco Ayala
Pocas cosas tan ocasionadas a perplejidad y tan condenadas a insatisfacción como el intento -por otra parte ineludible- de presentar la obra de un gran poeta vertida a idioma distinto del original: el más abnegado esfuerzo y el mejor éxito sólo alcanzan a ofrecer una sombra suplantadora, un trasunto flojo de sus más externos caracteres. Con esto debe contar el lector de lengua castellana que enfrenta la creación de Goethe: la figura del poeta que, sin duda, conoce bien mediante la biografía y la crítica, se le da a través de la obra misma empañada por el medio turbio que ha debido cruzar para llegar hasta él. Sería preciso para que así no ocurriese, el milagro paralelo de una creación repetida en nuestra lengua -y eso, en el caso dudoso de que su genio propio consintiera paralelismo tal... Pues bien: aquellas palabras originales que el autor escribió, y a las que el lector de la traducción no tiene acceso, revisten en el caso de Goethe un significado muy excepcional. "El lenguaje es el material del poeta -escribe, estudiándole, el filósofo alemán Wilhelm Dilthey-. Pero es algo más que eso, pues la belleza sensible de la poesía en cuanto a ritmo, rima y melodía constituye un reino propio de altísimos efectos, separables de lo que dicen las palabras... La fantasía verbal del poeta consiste en modelar y plasmar estos efectos, haciendo fijar fuertemente la atención, como el pintor hace con los efectos de sus líneas y colores. Goethe mandaba como un rey en este mundo del lenguaje... Le brotaba así de dentro el arte de la gran estructura rítmica libre, con su curso natural y su vivacidad: jamás una voluntad así de triunfar sobre la vida se expresa en semejantes ritmos. Rompió en su juventud todo el lenguaje tradicional... Se remontó para ello a su dialecto natal. Puso a contribución la energía viva de los verbos. Utilizaba inauditas combinaciones de palabras. Unía en ellas, de un modo nuevo, los verbos con los prefijos, combinaba el sustantivo con una partícula y el verbo con su objeto, o reforzaba la energía sensible del verbo prescindiendo de la partícula... Cada estado interior se expresa en una melodía verbal propia... Sobre esta base se erige su gran estilo. Aquí, en estas realizaciones, es donde se revela toda la fantasía verbal de Goethe. Y su poder es tan ilimitado, que toda nuestra poesía se hallará dominada en lo sucesivo por él..." Es claro que el lector extranjero de Goethe necesita renunciar a ese tesoro de emoción estética vinculado al lenguaje, por muy fiel que pueda ser la versión mediante la cual se verifique su contacto con el poeta. Fidelidad rigurosa pretende, ante todo, la que se ofrece aquí del Fausto. Para prepararla se han compulsado con el texto alemán, no sólo las que ya existían en nuestro idioma (y de modo muy especial la excelente de don José Roviralta Borrell), sino también las mejores francesas e inglesas: de esta manera se ha procurado la máxima aproximación a los contenidos que el autor expresara. Aproximación semejante está conseguida, sin duda, cuando se consigue, al precio oneroso de poner en prosa el verso, cuyas esencias peculiares han de quedar, por consiguiente, desvanecidas. Sin embargo, se conserva y transmite todo lo transmisible, cosa que no ocurre, en cambio, con las traducciones en verso, forzadas por la necesidad de éste a parafrasear el original y deformarlo con el fin de que se adapte a la nueva horma técnico-literaria, violencia tolerable cuando el traductor es también, por su parte, un poeta que utiliza el texto traducido como pauta para una creación propia; pero risible empeño cuando, según suele ocurrir, el versificador sólo consigue una deleznable caricatura como resultado de sus afanes. La prosa, con su mayor flexibilidad, es más capaz de plegarse a la idea poética original, aunque tenga que reproducir su son como en sordina. El lector debe, pues, ampliar imaginativamente sus amortiguados efectos hasta representarse el juego espléndido con que el verso, acomodando cada vez sus medidas y poniendo a contribución siempre todos los recursos del arte poética, expresa los más variados matices del sentimiento, desde el famoso monólogo con que se inicia la primera parte:
Habe nun, ach! Philosophie,
Juristerei und Medizin,
und leider auch Theologie
durchaus studiert, mit heissen Bemühn.
... Zwar bin ich gescheiter als alle die Lassen,
Doktoren, Magister, Schreiber und Pfaffen...
hasta las levísimas jaculatorias del final de la segunda:
Alles Vergängliche
ist nur ein Gleichnis;
Das Unzulängliche,
hier wird's Ereignis...
pasando por las apasionadas palabras del amor y de la angustia de Margarita, por el islote de prosa, tan eficaz y extraña, en medio del poema, del "día sombrío", por los traviesos epigramas donde el poeta juega con los temas de su actualidad con un humor chispeante:
Sanssouci, so heisst das Heer
von lustigen Geschöpfen;
auf den Füssen geht's nicht mehr,
drum gehn wir auf den Köpfen.
Pero, aun despojado de estos valores formales, queda siempre en el Fausto la fuerza de un pensamiento riquísimo y la plasmación de un mito, el último que nuestra civilizacion ha acuñado con el sello de la gran poesía. Como todos los mitos, el fáustico permite descubrir en sus orígenes una leyenda, montada a su vez sobre algún núcleo de realidad. Se sabe, en efecto, que la leyenda del hombre que vende su alma al diablo a cambio del disfrute de la vida mediante el logro de todos los impulsos de la voluntad, en cuanto se concreta en la figura del doctor Fausto, encuentra su apoyatura histórica en un cierto doctor Johannes Faust, que vivió aproximadamente de 1480 a 1540, y que, según los testimonios de sus contemporáneos, era juzgado charlatán e impostor por los más cultos, aunque tenido por otros en concepto de verdadero mago, provisto de fuerzas sobrenaturales que un pacto con el diablo había puesto en su mano. Con el tiempo, esta última visión del personaje fue consolidándose en leyenda y adquiriendo hechura literaria, a través de historietas populares de amplio curso. La leyenda irradió de ahí hacia fuera de Alemania, encontrando en Inglaterra su primera gran elaboración poética. Lo fue The tragical history of the life and death of Dr. Faustus, escrita por Marlowe, el dramaturgo contemporáneo y rival de Shakespeare. Era, pues, plurisecular la leyenda fáustica cuando Goethe la tomó por su cuenta. Probablemente su primer conocimiento de ella fue adquirido muy precozmente, durante la infancia, en los teatros de títeres, por los que circulaba la figura del protagonista acompañada ya por la del diablo estilizado bajo una grotesca apariencia que permitía juzgarlo, según la vieja usanza teatral, como contraparte cómica...
Todos estos datos, la apoyatura histórica de una obra, sus precedentes, la anécdota sobre la cual hubo de cuajar la leyenda con que opera luego el genio poético para crear un mito, son elementos valiosos, sin duda, para la crítica literaria; quizá indispensables en muchos aspectos, pero que nada de esencial nos explican acerca de él. ¿Qué pueden aclararnos los posibles modelos de Cervantes acerca del Quijote; qué los don Juanes históricos acerca del Don Juan; qué el doctor Johannes Faust acerca del Fausto goethiano? Todas las figuras reales que puedan haber actuado como estímulos sobre la imaginación del poeta, reciben de su creación, retrospectivamente, plenitud de sentido, completando y redondeando su deficiente realidad -deficiente, por cuanto humana- con los perfiles del mito. Lo que importa, pues, es la capacidad del creador para fundir en un arquetipo humano los elementos de la leyenda, y el modo cómo, según su individual naturaleza, tuvo que cumplir su obra.
Ahora bien: la naturaleza de Goethe era, en verdad, singularísima, hasta el punto de constituir un enorme problema psicológico, según ha evidenciado Ortega y Gasset en páginas definitivas. Ya Dilthey -el pensador germano a quien hicimos referencia antes- trató de definir esa peculiar naturaleza del poeta alemán y universal, compulsándola con la del universal inglés Shakespeare, por entenderlas en cierto modo opuestas y complementarias: "Resumiendo todos los rasgos característicos de la obra poética de Shakespeare -dice-, vemos que iluminan por contraste la tendencia fundamental que informa la poesía de Goethe... Shakespeare vivía principalmente en la experiencia del mundo, tendiendo todas las fuerzas de su espíritu a lo que en torno a él sucedía en el mundo y en la vida. El don más genuino de Goethe es, por el contrario, expresar los estados de su propio espíritu, el mundo de las ideas y de los ideales que vive en él. Aquél tiende con todas sus fuerzas y todos sus sentidos a asimilarse, a disfrutar, a plasmar dentro de sí toda clase de vida, los caracteres de todas clases. Éste mira constantemente a su interior y quiere utilizar siempre en última instancia lo que el mundo le enseña, para elevar y ahondar su propio yo. El trazar formas artísticas fuera de sí es para uno la suprema ambición espiritual de su vida; para el otro, en cambio, lo más importante es plasmar en obra de arte la propia vida, la propia personalidad". Diríase que este contraste, tal cual ahí aparece expuesto, pidiera reducción al contraste entre el genio dramático y el genio lírico: todas las circunstancias históricas que, en uno y otro caso, de acuerdo con la respectiva biografía, favorecieron el despliegue de las correspondientes direcciones espirituales, no podían significar nada decisivo frente a la innata condición del poeta; y por más que Goethe lamentara la pobreza material de la experiencia de su vida, la verdad es que él tuvo libertad, en una medida excepcionalmente amplia, para elegir el camino de esa vida, y que lo eligió, en efecto, imprimiéndole una dirección acorde con las intrínsecas necesidades de su genio poético, es decir, con la exigencia mas íntima de su naturaleza. Como ese genio era de lírica índole, el poeta elabora siempre en formas de arte "la propia vida, la propia personalidad". Y esto coincide de modo muy significativo con aquella pasmosa condición que Ortega ha evidenciado en él tan sagazmente; con la sorprendente indecisión vital de Goethe, con la indefinición de su personalidad en cuanto individuo lanzado a vivir: la experiencia lírica es subjetiva, y no requiere ese comprometerse a fondo que se ha echado de menos en la dilatada existencia del poeta.
Por eso, creo que podría tal vez llevarse adelante con buenos frutos aquella comparación y contraste de ambas figuras, con vistas a la creación del Fausto, parangonando su respectiva capacidad de animar leyendas y forjar mitos provistos de sustancia dramática. Tanto uno como el otro, Shakespeare como Goethe, se sirvieron sin empacho alguno de materiales tradicionales para transformarlos, darles vuelo y alzarlos así a los más elevados planos del espíritu. En la creación artística lo anecdótico, el caso ejemplar, se convierte en una expresión transparente que, para el drama, es expresión del destino, encarnada su aterradora impersonalidad en las circunstancias concretísimas de un arquetipo. Portador de un destino que puede ser, y que sin duda lo es en parte, el de cada ser humano, ese arquetipo se presenta ante nuestra imaginación como desprendido de aquellas circunstancias a través de las cuales recibe su realidad artística: concebimos a don Quijote, o a don Juan, con independencia de sus respectivas aventuras, caballerescas o eróticas, y más aún: ocurriéndoles incluso otras peripecias diferentes de aquellas que nos son conocidas. Las diversas versiones del don Juan, o el Quijote apócrifo de Avellaneda, los capítulos olvidados de Montalvo, y hasta, en fin, el Quijote de los que nunca leyeron el libro, lo demuestran. Pero esa entelequia, ese prototipo tan cargado de significación, ha surgido y se mantiene y cobra eficacia espiritual, no en la descripción de sus caracteres, tal como pudiera hacérnosla un filósofo, un psicólogo o un moralista, sino precisamente en aquellas concretísimas circunstancias de las que se desprende para comparecer ante nosotros con autonomía soberana, pero en función de las cuales ha sido creado. El toque del artista consiste en expresar lo universal bajo la forma de lo concreto, de un destino concreto, cuando se trata del poeta dramático.
Pues bien: universalidad más plena que aquella a que apunta el mito de Fausto no se me ocurre que pueda haberla dentro de lo susceptible de plasmación dramática. En el legendario personaje que Goethe configuró definitivamente para la literatura cobra expresión el ansia vital, con su raíz metafísica; un ansia donde se entrecruzan todos los impulsos que forjan los destinos humanos -tanto, que a ella puede asignársele en abstracto el Destino prometeico del hombre, o por lo menos, el destino del Hombre moderno en general, de este hombre moderno que contempla el universo desde el centro de su individual existencia, como campo de su incesante actuación. Así, pues, el empeño de la creación goethiana puede calificarse, en lo literario, de titánico, y a servirlo concurren desde luego los recursos asombrosos que era capaz de poner en juego para realizar la obra. A través de ella, parece inagotable la intuición del artista, que escruta la naturaleza manifestándose en la vida bajo todas sus formas, desde el punto mismo en que, desesperado el protagonista, en su afán de conocimiento, de los medios proporcionados por la razón y la tradición intelectual, proclama la acción como principio del mundo, y se lanza, en efecto, a actuar con frenesí fáustico. Pero la acción, la vida, lo conduce siempre de nuevo hacia la misma experiencia fundamental, situada en el fondo de las más diversas peripecias, por causa del carácter inmutable de la naturaleza, postulado básico de la filosofía de Goethe.
La tragedia radica en el hecho de que todas las formas de la acción, que son irrenunciables y tenidas por valiosas en sí mismas, contienen, sin embargo, un destino de error, y están cargadas con las terribles consecuencias de ese error, a las que no es posible escapar. La constante recaída en el yerro, y la siempre renovada afirmación del valor de la vida, pese a esos sus ineludibles yerros y al séquito de dolor que comportan, puede ofrecer el mejor indicio de la concepción goethiana del mundo. Comparemos dos casos, ambos extraídos del Fausto, para evidenciar con ellos de qué modo se repite esa misma estructura con diversos materiales. Ante todo, el hecho cardinal de la primera parte: la seducción de Margarita, donde se anuda la tragedia del hombre renovado que enfrenta la vida con una fuerza original. El apetito erótico le ha conducido esta vez hacia la acción, echando mano de los poderes diabólicos -las artes de Mefistófeles-, poderes que, por su procedencia, no pueden dejar de ser nocivos. En efecto: vemos cómo el narcótico dado a la madre de la joven no se limita a adormecerla, sino que la mata; vemos que la afortunada defensa del galán mata igualmente al hermano que lo acosaba; y que su fuga ante la justicia deja a la muchacha en el abandono, llevándola a la demencia y al crimen. El principio mismo de la acción alojaba ya en su seno el error y, con él, el destino trágico... Pero si de ahí pasamos a la segunda parte del poema, volveremos a encontrar, repetido, el mismo esquema con el incendio de la casita de Filemón y Baucis. Ahí Fausto se encuentra ya en el extremo de la ancianidad, y también sus apetitos son ahora secos, descarnados: ya no se trata de los cálidos impulsos del amor; lo que ahora desencadena el mal es la fría ambición, la codicia, la sed de dominio, pasiones propias del hombre caduco. Ya no entregará el tósigo por sus manos, ya no matará con sus manos, ya no será su cuerpo el que, seduciendo, ocasione directamente el daño: dará órdenes, que serán obedecidas con aterradora celeridad, con una diligencia espantosa, que extermina las ancianas vidas inocentes y, todavía, la vida joven de un pasajero casual. Bajo las cambiadas circunstancias, el Fausto viejo reincide, puesto que aún sigue viviendo, en los mismos yerros de la plenitud de su vida -sólo que este episodio postrero tiene un carácter tanto más horrible cuanto mínima es la justificación vital del desastre ocasionado. Si la tragedia de la seducción conmueve, la tragedia de la ambición, más que conmover, repugna- aunque no sea difícil descubrir detrás de esa repugnancia el sentimiento de una desolación atroz: es la vida que opera sobre su propia oquedad.
Mas ¿qué hay de común entre el Fausto enamorado y su tragedia, y el Fausto decrépito de la segunda parte? Nada más que la comunidad estructural de la humana existencia. Pues la ambición inmensa del mito elaborado por Goethe, empeñado en personificar la raíz metafísica de la vida, hincada en el suelo de la naturaleza y nutriéndose de sus jugos, le obliga a encaminar la acción de su héroe en todas las direcciones imaginables, presentarla bajo todas las posibles manifestaciones, multiplicar al infinito sus episodios, con lo que la personificación se hace evanescente, tirando un poco al símbolo y a la alegoría. Fausto quiere ser la cifra de todas las potencias vitales reunidas en un haz individual; en verdad, si no presenta el perfil de un destino humano, es porque le falta la univocidad -lo que equivale a decir: la limitación- de la vida encarnada y concreta.
Todavía en la primera parte, el poeta se mantiene dentro de la forma dramática, que a duras penas basta a contener su ímpetu lírico: pensamiento y sentimiento brotan a raudales, la rebasan por todas partes, desbordando el acontecer de la acción. El núcleo es, sin embargo, teatral en un sentido plenario, tanto que muchas de las escenas pueden ser ofrecidas como ejemplo entre los más altos de la correspondiente técnica: baste recordar la entrada de Margarita en su alcoba recién visitada por Mefistófeles, la huella de cuya presencia percibe inexplicable y vagamente; el diálogo de la tentación en casa de Marta; el prodigioso artificio de la escena del jardín, cuando sucesivas pasadas alternas de las dos parejas marcan las etapas de una seducción fulminante y, a pesar de ello, graduada en el tiempo; la escena de la prisión, con la angustia de la fuga en lucha contra la pesada fatalidad que le pone pies de plomo... Pero en la segunda parte el lirismo ahoga al drama, dando la impresión de que, en medio de su esplendor, se hubiera disuelto la concentración mítica. El aspecto filosófico del drama se destaca a un primer plano, de manera que la intuición fundamental de la naturaleza y de la vida se traduce aquí en pensamiento más que en acción, en sentimiento más que en acontecimiento, en palabras más que en obras. Aquel postulado: en el principio era la acción, que Goethe había establecido con una intención muy honda y sobre cuya base se erige toda su concepción del universo, es, reducido en su alcance, lema indudable de toda poesía dramática. Acción, precisamente acción; y de este modo, por efecto de esta exigencia fundamental, el drama presenta una severidad de línea a la que sólo con mucha dificultad sería capaz de ajustarse la inspiración lírica; ésta requiere una libertad muy amplia para poder dar cauce a los variadísimos estados subjetivos que reclaman tal forma poética. Pues bien, puesto a hacer obra dramática, Goethe, lejos de ceñirse al rigor de su postulado, transporta la gran riqueza de sus estados íntimos, de lírica esencia, a la estructura de su poema dramático, que adquiere, bajo tan inaudito caudal, un brillo, una diversidad y un movimiento -en puridad, distinto del movimiento dramático- que arrebatan y suspenden el ánimo de una manera por completo ajena a la emoción del arte teatral.
Falta ahí, en efecto, el carácter unívoco por cuya virtud la criatura fingida supera a las de carne y hueso en punto a humanidad, al concentrar en sí con la intensidad desesperada de un puro destino aquello que presta calidad a la vida del espíritu y la eleva sobre la mera biología, lo que humaniza al hombre. El Fausto no nos da un arquetipo humano como don Juan o el rey Lear o Tartufo; la superhumanidad de Fausto consiste más bien en que todos los destinos posibles, que el dramaturgo nos ofrece vinculados al carácter singular de su héroe, pero que juntos coinciden en la común estructura de la vida y de la naturaleza, se encierran en él como pura potencialidad, de manera tal que, sin desmentir jamás la raíz metafísica postulada, el héroe -como su mundo- aparece dotado de una plasticidad descomunal y, por así decirlo, vertiginosa. En verdad, todo cuanto le acontece a lo largo del poema no tiene otra significación que la de meros episodios; no constituye su tragedia: su tragedia no es algo en que se realiza su vida, sino que es precisamente la vida misma. Se comprende bien, por ello, que tales episodios resulten en principio intercambiables, y que el esquema se repita, según hemos tratado de ilustrar con un ejemplo, bajo muy diversas circunstancias. Esa tragedia de la acción, esto es, del vivir, con su destino de error y dolor, pertenece por igual a cualesquiera circunstancias, y está en el fondo de cualquier caso concreto. Por eso, por arraigar en zonas tan profundas, el poema goethiano se inclina hacia lo filosófico y sus figuras toman ante nuestros ojos un carácter leve de ilusión, apareciéndose como fantasmas, arrebatados y arrebatadores, pero carentes de verdadera sangre humana: son imágenes líricas.
Mas todo esto ¿no corresponde exactamente -pensamos- a aquel asombroso modo de ser que Ortega reconoció en la individualidad de Goethe, al estudiarla desde dentro?, ¿no coincide con la perpetua indefinición vital que permitió al poeta, hasta el límite último de la ancianidad, sucesivas poderosas renovaciones y que, en el terreno práctico, le hacía retener en perpetuas vacilaciones la decisión acerca de su propia existencia, manteniéndola siempre fresca, siempre juvenil, siempre en disponibilidad, aunque -por contrapartida- siempre con algún indefinible son de falsedad?... De ser así, como pienso, Goethe habría expresado en esta su obra capital la esencia íntima de su ser, volcando ahí la subjetividad más honda. Es decir, que bajo la apariencia dramática nos habría legado un magno poema lírico, tan variado como exigía la expresión del sentimiento y de la experiencia de sí mismo.
Desde el centro de esa subjetividad tendida hacia todas las vivencias íntimas, pero remisa ante las alternativas de las decisiones vitales (precisamente por no renunciar a ninguno de sus términos, puesto que cualquier elección implica renuncia a lo no elegido), Goethe trabaja su poema aportando a él la riqueza inaudita de su mundo, y brindándonos de este modo un espectáculo incomparable y -también en este aspecto- eminentemente teatral, en el que la realidad escénica está creada mediante el don de la palabra con un poder de ilusión que por ningún artificio podría ser igualado. Para darse cuenta de lo que pretendo sugerir con esto, repásese, por ejemplo, el comienzo del segundo acto de la parte segunda, aquella escena en que Mefistófeles sacude, para cubrirse con ella, la vieja pelliza de Fausto, haciendo salir una nube de insectos: es la palabra de Mefistófeles la que extrae todas esas alimañas del abandonado abrigo, dispersándolas hacia los más diversos escondites; y su turbamulta, evocada por la magia del verso goethiano, presta por sí sola testimonio cabal del tiempo transcurrido...
Ahora bien: los tesoros aglomerados en el Fausto son para el lector un regalo lastrado de graves exigencias. Se trata -nada menos- de la plenitud de contenidos espirituales de un Goethe. El poeta ha abierto su obra a la diversidad incalculable de sus experiencias, incorporando a ella -¡cuán líricamente elaborado!- el anecdotario de la vida en torno, desde la introducción del papel moneda, que le sirvió de pretexto para escenas tan maravillosas, o la aventura romántica de Lord Byron, hasta la maledicencia mordaz de los círculos literarios, a la que da entrada mediante personalismos que la erudición se ha afanado por individualizar. Pero, al mismo tiempo, incorpora el saber humanista del hombre que ha consagrado la mayor parte de sus horas y de sus días a las letras clásicas y que trata con absoluta familiaridad -incluso con leve desenfado, puesto que su condición de artista le salva de la pedantería- a las imágenes de la Antigüedad que acuden en tropel a poblar su orbe poético. En éste como en tantos otros aspectos, Goethe representa el gozne entre dos épocas: es el último gran portador de la actitud renacentista, con su formación clásica y su interés activo por las ciencias naturales, previo todavía a la especialización; pero, desde otro punto de vista, se nos aparece ya, más que como un precursor, como un maestro de la sensibilidad moderna. Tampoco debe el lector dejar de tomar en consideración este emplazamiento de su figura en la historia del espíritu al enfrentar la que sin duda es su obra capital: el Fausto.
Fausto
Dedicatoria
¡Otra vez próximas, sombras vacilantes, que una vez, hace mucho, os mostrasteis a mi turbada vista! ¿Intentaré yo reteneros esta vez? ¿Siento mi corazón inclinado todavía a aquel delirio? Estáis pugnando por acercaros a mí. Pues bien: podéis prevalecer, tal como del seno de los vapores y de la niebla os alzáis en torno mío. Mi pecho se siente juvenilmente estremecido por el aliento mágico que envuelve vuestro desfile.
Aportáis con vosotras las imágenes de placenteros días, y se alzan muchas sombras amadas; igual que una añeja leyenda medio olvidada, resurge con ellas el primer amor y la primera amistad; renuévase el dolor, y el lamento vuelve a seguir el laberíntico y extraviado curso de la vida, nombrando los bienes queridos que, engañados por la dicha, en horas risueñas, desaparecieron antes que yo.
No oyen los siguientes cantos las almas para quienes yo entoné los primeros; desperdigada está la multitud amada; extinguido, ¡ay!, el primer eco. Mi canción resuena para una muchedumbre desconocida, cuyo aplauso mismo inquieta a mi corazón, y aquellos que en otro tiempo se deleitaron con mi canto, si alientan aún, vagan por el mundo dispersos.
Y de mí se apodera un ansia largo tiempo ha no sentida, por esa plácida y augusta región de los espíritus; fluctúa ahora en imprecisos sones mi canción susurrante, parecida a las modulaciones del arpa eólica. Un estremecimiento me invade; las lágrimas suceden a las lágrimas; el apretado corazón siéntese blando y tierno; lo que poseo, me parece lejano, y lo desaparecido truécase para mí en realidad actual.
Preludio en el teatro
PERSONAJES
El Director
El Poeta Dramático
El Gracioso
DIRECTOR
Vosotros dos, que tantas veces me habéis asistido en apuros y tribulaciones, decidme: ¿qué esperáis de nuestra empresa en tierras alemanas? Bien quisiera yo complacer a la multitud, antes que todo, porque vive y hace vivir. Armados están postes y tablas, y todo el mundo espera una fiesta. Ahí están ya, sentados, con las cejas altas y muchas ganas de asombrarse. Yo sé cómo concitar el favor del espíritu del pueblo; no obstante, jamás estuve tan perplejo. Verdad es que no están habituados a lo mejor, pero han leído atrozmente. ¿Cómo haremos para que todo sea fresco y nuevo, y resulte, al par que significativo, ameno? Porque, a decir verdad, me gusta ver cómo el gentío afluye en torrente a nuestra barraca, y con penalidades violentamente repetidas, se estruja en la angosta puerta de la Gracia; cuando en pleno día, ya desde antes de las cuatro, anda a empellones hasta la taquilla, y, como en tiempo de hambre para obtener pan a las puertas de la tahona, casi se desnuca por un billete. Milagro tal, sólo el poeta puede obrarlo sobre gente tan heterogénea. ¡Oh! Hazlo hoy, amigo mío.
POETA
¡Ah! No me hables de esa abigarrada multitud, a cuyo aspecto huye de nosotros el espíritu. Aparta de mi vista la ondeante masa, que a despecho nuestro nos arrastra al remolino. No; llévame a aquel apacible rincón del cielo, donde sólo para el poeta florecen goces puros; donde el amor y la amistad hacen brotar y cultivan con mano divina bendiciones en nuestro corazón. ¡Ah! Lo que surge allí del fondo de nuestro pecho, lo que el labio balbucea tímido para sí, ya frustrado, ya tal vez logrado, desaparece tragado por la fuerza del impetuoso momento. Con frecuencia, no aparece la obra en su forma cabal sino después de haber estado presionando durante años. Lo que brilla, ha nacido para el instante; lo auténtico permanece intacto para la posteridad.
GRACIOSO
¡Ojalá no oyese hablar siquiera de la posteridad! Suponed que yo quisiese hablar de ella: ¿quién divertiría a los contemporáneos? También quieren ellos, y es justo. Además, la presencia de un gallardo mozo, creo yo, es siempre algo. Aquel que sabe expresarse con facilidad, no se inquietará por el humor del público; desea para sí una numerosa concurrencia a fin de impresionarla con mayor seguridad. Tened valor y mostraos ejemplar. Dejad que se oiga la fantasía con todos sus coros: razón, inteligencia, sentimiento y pasión; mas, advertidlo bien: no sin la locura.
DIRECTOR
Pero, ante todo, procurad que haya bastante acción. Se viene aquí para mirar, y lo que se quiere en primer término es ver. Haced desfilar muchas cosas ante los ojos, de suerte que el público se quede embobado mirando con la boca abierta, y al punto habréis sacado provecho en grande; sois un hombre muy bienquisto. A la masa no podéis dominarla sino por medio de la masa; cada cual escoge al fin algo para sí. Quien aporta mucho, aportará un poco a varios, y todos se van contentos a casa. Si dais una pieza, dadla también en piezas. Semejante guiso os saldrá bien; tan ligeramente servido como imaginado. ¿De qué vale presentar un todo? El público os lo desmenuzará al punto.
POETA
No sabéis cuán mezquino es un oficio tal. ¡Cuán poco digno del verdadero artista! La chapucería de esos pulcros señores, bien lo veo, es ya vuestra norma.
DIRECTOR
Un reproche tal no me hace mella alguna: el hombre que se propone trabajar bien, debe contar con los mejores instrumentos. Haceos cargo de que tenéis madera tierna que cortar, y mirad sólo para quién escribís. Si al uno le empuja el tedio, llega el otro ahíto de una comida opípara, y lo peor de todo es que muchos acaban de leer los periódicos. Corren hacia aquí distraídos, como si fuesen a una mascarada, y la curiosidad es lo único que presta alas a sus pasos. Las damas se exhiben poniendo el mayor esmero en su persona y atavío, y desempeñan de balde su papel. ¿Qué soñáis en vuestras alturas poéticas? ¿Por qué os regocija un teatro lleno? Mirad de cerca a los espectadores. La mitad están fríos; la otra mitad son toscos; éste, después del espectáculo, espera una partida de naipes; el otro, una noche de libertinaje en brazos de una mujerzuela. ¿Por qué importunáis, pobres insensatos, para tal fin a las graciosas Musas? Os lo repito: dad más y cada vez más, y de esta suerte nunca dejaréis de lograr vuestro objeto. No busquéis sino aturdir a la gente; el satisfacerla es difícil... Pero ¿qué sentís: entusiasmo o dolor?
POETA
Anda a buscarte otro criado. ¡No faltaba más que, por complacerte a ti, el poeta olvidara impíamente el supremo derecho, el derecho humano que le concedió la Naturaleza! ¿Cómo mueve él todos los corazones? ¿Por qué medios domina todos los elementos? ¿No es por la armonía que brota de su pecho y reconstruye el universo en su corazón? Cuando la Naturaleza, retorciéndolo con indiferencia, sujeta al huso el hilo sin fin; cuando la inarmónica multitud de seres deja oír una ingrata mezcolanza de sonidos, ¿quién divide el curso de esta siempre uniforme sucesión, vivificándola para que se mueva de un modo rítmico? ¿Quién llama lo particular a la consagración universal, donde vibra en magníficos acordes? ¿Quién hace desatarse la tormenta de las pasiones? ¿Quién enciende los crepúsculos en la mente grave? ¿Quién esparce todas las bellas flores primaverales al paso de la mujer amada? ¿Quién teje con insignificantes hojas verdes las honoríficas coronas para toda suerte de méritos? ¿Quién sostiene el Olimpo?, ¿reúne a los dioses? El poder del hombre revelado en el Poeta.
GRACIOSO
Utilizad, pues, esos bellos poderes, y llevad adelante los asuntos poéticos como se lleva una intriga amorosa. Uno se aproxima por casualidad, siente, se detiene, y poco a poco queda enlazado. Aumenta el placer, luego vienen las contrariedades; está uno embelesado; en esto, aparece el dolor, y antes que uno se dé cuenta de ello, he ahí una novela. Demos también nosotros un espectáculo parecido. Meted la mano en plena vida humana. Todos la viven, pero pocos la conocen, y dondequiera que la cojáis, allí ofrece interés. En abigarrados cuadros, escasa luz, mucho error y una chispita de verdad. Así se confecciona la mejor bebida que a todo el mundo conforta y reanima. Entonces se congrega la flor de la juventud ante vuestra pieza y presta oído a la exposición; entonces cada alma delicada chupa de vuestra obra para sí melancólico sustento; entonces se aviva ya éste, ya aquel afecto del ánimo, y cada cual ve lo que lleva en el corazón. Además, están dispuestos lo mismo a llorar que a reír, hacen honor a los vuelos del Poeta y gozan en la ilusión. Al hombre hecho nada hay que le satisfaga; aquel que está en camino de serlo, será siempre agradecido.
POETA
Devuélveme, pues, también aquellos tiempos en que yo mismo estaba todavía en camino, en que un copioso manantial de cantos brotaba de nuevo sin cesar, en que la niebla me velaba el mundo, en que el capullo me prometía aún maravillas, y cogía yo miles de flores que con profusión llenaban todos los valles. Nada tenía entonces, y, sin embargo, tenía bastante: el afán de verdad y el goce de la ilusión. Tórname aquellos indómitos impulsos, la honda, dolorosa felicidad, la fuerza del odio, la potencia del amor; ¡devuélveme mi juventud!
GRACIOSO
Desde luego, amigo mío, buena falta te hará la juventud si te acosan los enemigos en la pelea; si jóvenes encantadoras se cuelgan con vigor de tu cuello; si a lo lejos la corona de veloz carrera te aguarda desde la meta difícil de alcanzar, si tras violenta danza vertiginosa vienen noches de festín y bebida. Pero pulsar con brío y donaire las cuerdas de la lira familiar, dirigirse vagando con dulce extravío hacia el ideal que uno mismo se trazara: he aquí, viejos señores, vuestra tarea, y no por eso os respetamos menos. La vejez no nos vuelve infantiles, como dicen, sino que nos encuentra todavía cual verdaderos niños.
DIRECTOR
Ya se han cambiado bastantes palabras; mostradme al fin también hechos. Mientras os deshacéis en recíprocos cumplidos, puede hacerse algo de provecho. ¿De qué sirve tanto hablar de inspiración? A los hombres irresolutos nunca les llega. Si de poetas os preciáis, dad órdenes entonces a la Poesía. Bien sabéis lo que nos hace falta: queremos saborear bebidas fuertes; disponeos ahora mismo a preparárnoslas. Lo que no se hace hoy, estará por hacer mañana, y no hay que desperdiciar un solo día. Agárrese la resolución a lo posible con osadía y sin demora alguna, y luego no lo suelte y siga obrando, puesto que puede. Ya sabéis que en nuestros escenarios alemanes cada cual ensaya lo que le place; por lo tanto, no me escatiméis en este día ni decoraciones ni tramoya. Utilizad el grande y el pequeño luminar del cielo; podéis prodigar las estrellas. Agua, fuego, escarpadas rocas, animales, aves; nada falte. Así, pues, recorred a grandes pasos en la estrechez del escenario todo el círculo de la creación, y con prudente rapidez idos, desde el cielo, pasando por la tierra, hasta el infierno.
Prólogo en el cielo
PERSONAJES
El Señor, las Falanges Celestiales
Después Mefistófeles
Los tres Arcángeles se adelantan
RAFAEL
El sol, según antigua usanza, entona su cántico en competencia con las esferas hermanas, y con la rapidez del rayo sigue su prescrito curso hasta el fin. Su aspecto infunde fortaleza a los ángeles, aunque ninguno pueda sondearlo. Las obras sublimes hasta lo inconcebible son espléndidas como en el primer día.
GABRIEL
Y rápida, con inconcebible rapidez, gira en derredor la magnificencia de la Tierra, alternando los esplendores paradisíacos con la noche profunda llena de espantos. Salta espumante el mar en anchas oleadas al batir los profundos cimientos de las rocas; y rocas y mar son arrastrados en el raudo curso eterno de las esferas.
MIGUEL
Y rugen a porfía las tormentas desde el mar a la tierra y desde la tierra al mar, formando furiosas en torno una cadena de la más profunda acción. Relumbra el rayo devastador precediendo en su vía al estampido del trueno. Mas tus mensajeros, Señor, veneran el apacible curso de tu día.
LOS TRES
Tal espectáculo infunde fortaleza a los ángeles, aunque ninguno pueda comprenderte; y todas tus altas obras son espléndidas como en el primer día.
MEFISTÓFELES
Ya que de nuevo te llegas acá, ¡oh, Señor!, y preguntas cómo andan las cosas entre nosotros, y ya que en otro tiempo solías verme con agrado, aquí me ves también entre la servidumbre. Perdona, yo no sé decir palabras elevadas, aunque me escarnezca el corro entero. Mi énfasis te movería ciertamente a risa si no hubieras perdido la costumbre de reír. Del sol y de los mundos, nada sé yo qué decir, y sólo veo cómo se fatigan los mortales. El pequeño dios de la tierra sigue siendo de igual calaña y tan extravagante como en el primer día. Un poco mejor viviera si no le hubieses dado esa vislumbre de la luz celeste, a la que da el nombre de Razón y que no utiliza sino para ser más bestial que toda bestia. Se me figura, con perdón de vuestra Gracia, uno de esos cigarrones de largas patas, que sin cesar vuelan y saltan volando y cantan invariablemente en la hierba su vieja cantinela. ¡Y si al menos pudiera siempre estarse quieto en la hierba! No hay inmundicia donde no hunda la nariz.
EL SEÑOR
¿Nada más tienes que decirme? ¿Has de venir siempre a acusar? ¿Nunca hay para ti algo bueno en la tierra?
MEFISTÓFELES
No, Señor; encuentro lo de allá deplorable como siempre. Lástima me dan los hombres en sus días de miseria, y hasta se me quitan las ganas de atormentar a esos pobres.
EL SEÑOR
¿Conoces a Fausto?
MEFISTÓFELES
¿El doctor?
EL SEÑOR
Mi siervo.
MEFISTÓFELES
¡Singular manera tiene de serviros! ¡Caramba! No son terrenas la comida ni la bebida de ese insensato. El frenesí le lleva lejos, y sólo a medias tiene conciencia de su locura. Pide al cielo sus más hermosas estrellas y a la tierra cada uno de sus goces más sublimes; y ninguna cosa, próxima ni lejana, basta a satisfacer su pecho profundamente agitado.
EL SEÑOR
Aunque ahora me sirve sólo en medio de su turbación, presto le guiaré a la claridad. Bien sabe el hortelano, cuando verdea el arbolillo, que la flor y el fruto serán su adorno en años venideros.
MEFISTÓFELES
¿Qué apostáis? Aun le perderéis si me dáis licencia para conducirle poco a poco a mi camino.
EL SEÑOR
En tanto que viva sobre la tierra, no te está prohibido. El hombre yerra mientras tiene aspiraciones.
MEFISTÓFELES
Y os lo agradezco, porque con los muertos nunca me ha gustado meterme. Prefiero las mejillas carnosas y frescas. Para cadaveres no estoy en casa. Me pasa lo mismo que al gato con el ratón.
EL SEÑOR
Pues bien, es cosa tuya. Desvía de su origen a este espíritu, y si en él puedes hacer presa, llévatelo contigo por tu senda abajo; pero caiga sobre ti la confusión si te ves obligado a confesar, que, en su oscuro impulso, un hombre bueno sabe discernir bien el recto camino.
MEFISTÓFELES
Perfectamente; sólo que no durará esto mucho. No paso el menor cuidado por mi apuesta. Si alcanzo mi fin, permitidme proclamar mi triunfo a pleno pulmón. Tendrá que comer polvo, y con delicia, como mi prima, la famosa serpiente.
EL SEÑOR
Puedes aparecerte, pues, también a tu albedrío. Jamás odié a tus semejantes; de todos los Espíritus que niegan, el burlón es el que menos me molesta. Harto fácilmente puede relajarse la actividad del hombre, y éste no tarda en aficionarse al reposo absoluto. Por esta razón le doy gustoso una compañía que lo seduzca, e influya y obre como diablo. (A los Ángeles.) Pero vosotros, verdaderos hijos de Dios, regocijaos en la espléndida belleza viviente. Lo que deviene en una eterna acción y vida, os circunde con dulces barreras de amor, y a lo que se cierne cual flotante aparición afirmadlo con pensamientos duraderos.
El cielo se cierra. Los Arcángeles se dispersan.
MEFISTÓFELES
(Solo.) De tiempo en tiempo pláceme ver al Viejo, y me guardo bien de romper con él. Muy linda cosa es, por parte de todo un gran señor, el hablar tan humanamente hasta con el diablo.
Primera parte
La noche
En una estancia gótica, estrecha y de alta bóveda. Fausto, inquieto, en su sillón ante un pupitre.
FAUSTO
Con ardiente afán, ¡ay!, estudié a fondo la filosofía, jurisprudencia, medicina y también, por desgracia, la teología; y heme aquí ahora, pobre loco, tan sabio como antes. Me titulan maestro, me titulan hasta doctor, y cerca de diez años hace ya que llevo de las narices a mis discípulos de acá para allá, a diestro y siniestro... y veo que nada podemos saber. Esto llega casi a consumirme el corazón. Verdad es que soy más entendido que todos esos estultos doctores, maestros, escritorzuelos y clérigos; no me atormentan escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo... pero, a trueque de eso, me ha sido arrebatada toda clase de goces. No me imagino saber cosa alguna razonable, no me imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a los hombres. Por otra parte, carezco de bienes y dinero, de honores y grandezas mundanas. Ni un perro quisiera seguir viviendo. Por esta razón me entregué a la magia, para ver si mediante la fuerza y la boca del Espíritu, no me sería revelado algún arcano, merced al cual no tenga que seguir explicando con fatigas y sudores lo que ignoro yo mismo, y pueda conocer lo que en lo más íntimo mantiene unido el universo, contemplar toda fuerza activa y todo germen, sin verme así precisado a hacer más tráfico de huecas palabras.
¡Oh, luna, que brillas en toda tu plenitud! ¡Ojalá vieras por vez postrera mi miseria!, tú, a quien tantas veces a la medianoche esperaba yo velando junto a este pupitre; entonces, inclinado sobre papeles y libros, te me aparecías, consternada amiga mía. ¡Ah! ¡Si a tu dulce claridad pudiera al menos vagar por las alturas montañosas o cernerme con los espíritus en derredor de las grutas del monte, moverme en las praderas a los rayos de tu pálida luz, y, libre de toda la densa humareda del saber, bañarme sano en tu rocío!
¡Ay, dolor! ¿Todavía estoy metido en esa mazmorra? Execrable y mohoso cuchitril, a través de cuyos pintados vidrios se quiebra turbia la misma grata luz del cielo. Oprimido por esa balumba de libros roídos por la polilla, cubiertos de polvo, a los que rodea, hasta lo alto de la alta bóveda, ahumado papel; cercado por todas partes de redomas y botes; atestado de aparatos e instrumentos; abarrotado de cachivaches, herencia de mis abuelos... ¡He aquí tu mundo! ¡Y a eso se llama un mundo!
¿Y aún preguntas por qué tu corazón se oprime ansioso en tu pecho, por qué un dolor indecible paraliza en ti todo movimiento vital? En lugar de la naturaleza viviente en cuyo seno creó Dios a los hombres, sólo ves en torno tuyo esqueletos de animales y osamentas de muertos, todo confundido entre el humo y la podredumbre.
¡Huye! ¡Fuera de aquí! ¡Al ancho campo! ¿Acaso no es para ti suficiente salvaguardia este misterioso libro de la propia mano de Nostradamus? Entonces conocerás el curso de los astros, y si la Naturaleza te alecciona, entonces se te abrirá la potencia del alma, y te hablará como habla un espíritu a otro espíritu. Inútil es que la árida meditación te descifre aquí los sagrados signos. ¡Vosotros, espíritus que flotáis junto a mí, respondedme, si oís mi acento!
Abre el libro y ve el signo del Macrocosmos.
¡Ah! ¡Qué deleite invade súbitamente todos mis sentidos a la vista de este signo! Siento circular por mis nervios y venas, otra vez enardecida, una nueva y santa dicha de vivir. ¿Fue un dios quien trazó estos signos que calman el hervor de mi pecho, llenan de gozo mi pobre corazón, y mediante un misterioso impulso descubren en torno mío las fuerzas de la Naturaleza?
¿Soy un dios? ¡Se me hace tan claro! En estos simples rasgos veo expuesta ante mi alma la Naturaleza activa. Ahora, por vez primera, comprendo lo que dice el Sabio: "El mundo de los espíritus no está cerrado; tu sentido está obtuso, tu corazón está muerto. ¡Ánimo, discípulo, baña sin descanso tu pecho terrenal en los rayos de la aurora!"
Contempla el signo.
¡Cómo se entreteje todo en el Todo, obrando y viviendo lo uno en lo otro! ¡Cómo suben y bajan las potencias celestes pasándose unas a otras los áureos cubos! Con alas que difunden bendiciones, penetran desde el cielo en la tierra, llenando de armonía el Universo entero.
¡Qué espectáculo! Mas, ¡ay!, ¡sólo un espectáculo! ¿Por dónde asirte, Naturaleza infinita? Tus pechos, ¿dónde? Manantiales de toda vida, de quienes están suspendidos el cielo y la tierra, y contra los cuales se oprime el lánguido seno. Turgentes, manando, ¿y yo me consumiré así en vano?
Vuelve con despecho la hoja del libro, y percibe el signo del Espíritu de la Tierra.
¡Cuán diversamente obra en mí este signo! Estás más cerca de mí, Espíritu de la Tierra; siento ya más exaltadas mis fuerzas; ya hiervo como un vino nuevo. Siento bríos para aventurarme en el mundo, para afrontar las amarguras y dichas terrenas, para luchar contra las tormentas y permanecer impávido en medio de los crujidos del naufragio.
Anúblase el ambiente sobre mí... la luna vela su luz... mi lámpara se extingue. Exhálanse vapores... rojas centellas surcan el aire en derredor de mis sienes... un frío estremecimiento sopla desde la bóveda y se apodera de mí. Lo percibo: eres tú que flotas en torno mío, Espíritu implorado. ¡Descúbrete! ¡Ah!, ¡cómo se sobresalta mi corazón! Todos mis sentidos pugnan por abrirse a nuevas impresiones. Siento cómo mi corazón se entrega por completo a ti. ¡Aparece!, ¡aparece!, aunque me cueste la vida.
Coge el libro y pronuncia misteriosamente el signo del Espíritu. Surge de pronto una llama rojiza, y aparece el Espíritu en la llama.
ESPÍRITU
¿Quién me llama?
FAUSTO
(Volviendo la cabeza a otro lado.) ¡Espantosa visión!
ESPÍRITU
Me has atraído con fuerza; largo tiempo aspiraste en mi esfera, y ahora...
FAUSTO
¡Ay de mí! No puedo resistir tu presencia.
ESPÍRITU
Suspiras anhelante por contemplarme, oír mi voz y ver mi rostro; la poderosa instancia de tu alma me obliga a ceder. Aquí me tienes... ¡Qué mezquino terror se apodera de ti, criatura sobrehumana! ¿Qué fue del clamor de tu alma? ¿Dónde está aquel pecho que se creaba un mundo dentro de sí, lo llevaba y mantenía con esmero; aquel pecho que se henchía con estremecimientos de gozo para encumbrarse al nivel de nosotros, los Espíritus? ¿Dónde estás, Fausto, tú, cuyo acento llegaba hasta mí, y que con todas tus fuerzas pugnabas por alcanzarme? ¿Eres tú quien, al sentirse envuelto en los efluvios de mi aliento, tiembla en las profundidades vitales, un gusano que huye medroso y encogido?
FAUSTO
¿He de retroceder ante ti, engendro de la llama? ¡Soy yo, soy Fausto, tu igual!
ESPÍRITU
En el oleaje de la vida, en el torbellino de la acción, ondulo subiendo y bajando, me agito de un lado a otro. Nacimiento y muerte, un océano sin fin, una actividad cambiante, una vida febril: así trabajo yo en el zumbador telar del Tiempo tejiendo el viviente ropaje de la Divinidad.
FAUSTO
Tú, que vagas por toda la redondez de la vasta tierra, atareado Espíritu, ¡cuán cerca me siento de ti!
ESPÍRITU
Te igualas al Espíritu que tú concibes, no a mí.
Desaparece.
FAUSTO
(Anonadado.) ¡No a ti! ¿A quién, pues? Yo, imagen de la Divinidad, ¿ni tan siquiera me igualo a ti?
Llaman a la puerta.
¡Qué castigo! Lo conozco... es mi fámulo. Mi más bella felicidad, aniquilada. ¿Por qué ha de venir ese árido socarrón a desbaratar este mundo de visiones?
Entra Wagner con bata y gorro de dormir, llevando una luz en la mano. Fausto le vuelve la espalda con enojo.
WAGNER
Perdonad; os oí declamar. ¿Leíais, sin duda, una tragedia, una tragedia griega? Algo quisiera yo aprovechar en este arte, porque hoy día es cosa de gran efecto. No pocas veces he oído decir en son de elogio que un comediante podía instruir a un clérigo.
FAUSTO
Cierto, si el clérigo es un comediante; como ocurre a veces.
WAGNER
¡Ah! Cuando uno se halla así como encantado en su museo, sin ver apenas el mundo algún día festivo, y sólo de lejos, casi no más que con un anteojo, ¿cómo podrá dirigirlo por medio de la persuasión?
FAUSTO
No lo conseguiréis con todos vuestros afanes si no lo sentís, si ello no surge de vuestra alma y con encanto muy poderoso y sostenido no subyuga los corazones de todo el auditorio. Ya podéis estar siempre clavado en una silla, hacer una amalgama de todo, aderezar un guiso con los relieves de ajeno festín y sacar a fuerza de soplo mezquinas llamas de vuestro puñado de cenizas. Podréis así excitar la admiración de los niños y de los monos, si tal es vuestro gusto, mas nunca haréis llegar el corazón a los corazones si ello no os sale del corazón.
WAGNER
Sólo el discurso labra el éxito del orador. Me doy bien cuenta: todavía estoy muy atrasado.
FAUSTO
Buscad la ganancia honrada; no seáis un loco agitando sus cascabeles. La razón y el verdadero sentimiento se expresan ellos mismos con escaso artificio; y si deseáis decir algo serio, ¿qué necesidad tenéis de ir a caza de palabras? Sí; vuestros discursos, que tan brillantes son, y en los cuales rizáis recortes de papel para la humanidad, son pesados como el brumoso viento de otoño que murmura a través de las secas hojas.
WAGNER
¡Ay, Dios! El arte es largo y breve es nuestra vida. En mis esfuerzos de crítica llego a temer no pocas veces por mi cabeza y mi pecho. ¡Cuán arduos de conseguir no son los medios por los cuales se remonta uno a las fuentes! Y sin duda ha de morir el pobre diablo antes de haber andado sólo la mitad del camino.
FAUSTO
¿Crees tú que un árido pergamino es la fuente sagrada que, con sólo beber un trago de ella, apague la sed para siempre? No hallarás refrigerio alguno si no brota de tu propia alma.
WAGNER
Perdonad; es un vivo deleite transportarse al espíritu de los tiempos para ver cómo pensó algún sabio antes que nosotros, y considerar después qué lejos hemos llegado al fin.
FAUSTO
¡Oh, sí!, hasta las estrellas. Los tiempos pasados, amigo mío, son para nosotros un libro de siete sellos. Lo que llamáis espíritu de los tiempos no es en el fondo otra cosa que el espíritu particular de esos señores en quienes los tiempos se reflejan; y a decir verdad, todo ello resulta muchas veces una miseria tal que uno se aparta con asco al primer golpe de vista. Es un cesto de basura, un cuarto de trastos viejos, y a lo sumo un mal dramón histórico con excelentes máximas pragmáticas, de esas que tan bien cuadran en boca de títeres.
WAGNER
Pero, ¿y el mundo?, ¿y el corazón, y el espíritu humano? ¿Quién no desea saber de ello alguna cosa?
FAUSTO
Cierto; ¡lo que llaman saber! ¿Quién se atreve a nombrar al niño por su nombre verdadero? Los pocos que supieron algo de esto, y, bastante insensatos para guardarlo en su corazón, y descubrieron a la plebe sus sentimientos y sus ideas, fueron desde siempre crucificados o quemados. Pero dispensadme, amigo, la noche está muy avanzada, y es menester que por hoy hagamos punto aquí.
WAGNER
Con gusto hubiera seguido en vela para continuar con vos una plática tan instructiva; pero mañana, como primer día de Pascua, permitidme haceros alguna que otra pregunta. Con celo me he consagrado al estudio; verdad es que ya sé mucho, pero quisiera saberlo todo.
Vase.
FAUSTO
(Solo.) ¡Cómo nunca desaparece toda esperanza de la cabeza de aquel que siempre se aferra a cosas insulsas! Con ávida mano escarba la tierra buscando tesoros, y se da por satisfecho cuando encuentra lombrices. ¿Es posible que se deje oír semejante voz humana en este sitio, donde me rodeaba un mundo de visiones? Mas, ¡ay!, por esta vez te lo agradezco, ¡oh, tú, el más mísero de todos los hijos de la tierra! Tú me arrancaste de los brazos de la desesperación, que amenazaba trastornar mis sentidos. ¡Ah! Tan colosal era la aparición que a su lado no pude menos de juzgarme un pigmeo.
Yo, imagen de la Divinidad, yo que me figuraba estar ya muy cerca del espejo de la verdad eterna, que gozaba de mí mismo, bañado en la luz y el esplendor celeste, y había despojado al hijo de la tierra; yo, superior al querubín, yo, cuya libre fuerza, llena de presentimientos, ya pretendía osadamente correr por las venas de la Naturaleza, y, creando, aspiraba a gozar de la vida de los dioses, ¡cómo debo expiarlo! Una palabra potente como el rayo me ha anonadado.
No puedo pretender igualarme a ti. Si tuve poder para atraerte, no lo tuve para conservarte junto a mí. En aquellos felices instantes ¡sentíame a la vez tan pequeño y tan grande! Me rechazaste, despiadado, hacia la incierta suerte humana. ¿Quién me instruirá? ¿Qué debo evitar? ¿Tengo que ceder a aquel impulso? ¡Ay! Nuestras mismas acciones, lo mismo que nuestros sufrimientos, entorpecen la marcha de nuestra existencia.
En las más sublimes concepciones del espíritu se ingiere de continuo materia cada vez más extraña. Cuando llegamos a lo bueno de este mundo, lo mejor se califica entonces de engaño e ilusión. Los nobles sentimientos que nos dieron la vida se amortiguan en medio del bullicio mundanal.
Si la fantasía, llena de esperanza y con vuelo audaz, se extiende de ordinario hacia lo infinito, un breve espacio es suficiente para ella cuando una dicha tras otra naufragan en el remolino de los tiempos. Al punto anida la inquietud en el fondo del corazón, engendrando allí secretos dolores, y se agita intranquila turbando placer y reposo. Cúbrese sin cesar con nuevos disfraces y puede aparecer ora como hacienda y hogar, ora como esposa e hijo, o bien como fuego, agua, puñal o veneno. Tiemblas ante todo lo que no te afecta, y tienes que llorar sin tregua aquello que nunca perdiste.
No; no me igualo a los dioses. Harto lo percibo. Me asemejo al gusano que escarba el polvo: mientras busca allí el sustento de su vida, le aniquila y sepulta el pie del caminante.
¿No es polvo también todo cuanto llena estos cien estantes de los altos muros que me oprimen; ese fárrago, que con mil fruslerías me ciñe en este mundo de polilla? ¿Y es aquí dónde he de encontrar lo que me falta? ¿Tengo acaso necesidad de leer en estos mil libros que en todas partes se atormentaron los hombres, y que sólo acá y allá ha habido uno dichoso?
Y tú, vacía calavera, ¿qué gesticulas, cual si me dijeras que tu cerebro, desconcertado en otro tiempo como el mío, buscó la serena luz del día, y sediento de verdad, erró lastimosamente en el triste crepúsculo?
Vosotros, instrumentos, sin duda os burláis de mí con esas ruedas y esos dientes, cilindros y arcos. Yo estaba ante la puerta; vosotros debíais ser las llaves, y con todo y tener vuestras guardas bien rizadas, no movéis el pestillo. Misteriosa en pleno día, la Naturaleza no se deja despojar de su velo, y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu, no se lo arrancarás a fuerza de palancas y tornillos. Tú, vetusto ajuar que nunca utilicé, ahí te estás sólo porque mi padre se sirvió de ti. Y tú, vieja polea, ¡cómo te has ennegrecido desde que la triste lámpara ha humeado sobre este pupitre! Mucho mejor hubiera obrado yo disipando lo poco que poseo, que estarme aquí sudando agobiado por el peso de tal escasez. Lo que tú heredaste de tus padres, adquiérelo para poseerlo. Lo que no se utiliza es una carga pesada; sólo puede aprovechar aquello que crea el momento.
Mas, ¿por qué se fija mi vista en aquel sitio? ¿Es aquel pequeño frasco un imán de los ojos? ¿Por qué de improviso todo se vuelve para mí suavemente claro, como cuando de noche, en medio de la selva tenebrosa, nos baña el resplandor de la luna?
Yo te saludo, redoma singular, que con veneración bajo ahora de tu sitio. En ti honro el ingenio y el arte del hombre. Tú, agregado de benéficos jugos soporíferos; tú, extracto de todas las sutiles fuerzas mortales, da a tu dueño una muestra de tu favor. Te miro, y el dolor se mitiga; te tomo en mis manos, y mengua el afán, baja poco a poco la marea del espíritu. Siéntome arrastrado a la alta mar, el espejo de las olas brilla a mis pies, hacia nuevas playas me atrae un nuevo día.
Sostenido por leves alas, un carro de fuego flota en el aire, acercándose a mí. Dispuesto me siento a cruzar el éter por inusitada vía, lanzándome a nuevas esferas de pura actividad. Pero esa existencia sublime, esos deleites divinos, tú, que hace un instante eras un gusano, ¿los mereces? Sí; vuelve con ánimo resuelto la espalda al bello sol de la tierra. Decídete con osadía a forzar las puertas ante las cuales todos querrían pasar de largo. Llegó ya el momento de probar con hechos que la dignidad del hombre no cede ante la grandeza de los dioses; hora es ya de no temblar frente a ese antro tenebroso en donde la fantasía se condena a sus propios tormentos; de lanzarse hacia aquel pasaje, alrededor de cuya estrecha boca vomita llamas todo el infierno; de resolverse a dar este paso con faz serena, aun a riesgo de hundirse en la nada.
Desciende ahora, y sal de tu viejo estuche, copa de límpido cristal, en la que no pensaba desde hacía muchos años. Lucías en las regocijadas fiestas de mis antepasados, y alegrabas a los graves comensales según ibas pasando de uno a otro. La rica magnificencia de tus numerosas figuras con tanto arte labradas, la obligación que tenía el bebedor de explicarlas en rimas y de vaciarte de un solo trago, evocan en mí el recuerdo de más de una noche de la juventud. No te pasaré ahora a ningún vecino, ni haré gala de mi ingenio ensalzando tus primores. He aquí un licor que produce súbita embriaguez. Su parda onda llena tu cavidad. Yo mismo lo preparé y lo elijo para mí. Sea ésta mi libación postrera, que consagro, con toda el alma y como solemne y supremo saludo, al mañana.
Se lleva la copa a la boca. Tañido de campanas y canto en coro.
CORO DE ÁNGELES
¡Cristo ha resucitado! ¡Júbilo al mortal, que estaba encadenado por los funestos e insidiosos vicios hereditarios!
FAUSTO
¿Qué profundo rumor, qué armónico son arranca de un modo violento la copa de mis labios? ¿Anunciáis ya, broncas campanas, la primera hora solemne de la fiesta de Pascua? Y vosotros, celestes coros, ¿entonáis ya el himno consolador que largo tiempo ha, en la noche del sepulcro, salía de los labios de los ángeles, como prenda de nueva alianza?
CORO DE MUJERES
Con aromas lo ungimos nosotras, sus fieles; lo depositamos en el sepulcro, lo envolvimos con limpias vendas y blancos cendales, y ¡ay!, ¡no encontramos a Cristo aquí!
CORO DE ÁNGELES
¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz aquel que ama, aquel que ha resistido la dolorosa, saludable y aleccionadora prueba!
FAUSTO
¿Por qué venís a buscarme en el polvo, dulces y poderosos acentos celestiales? Resonad doquiera que haya hombres débiles. Oigo bien el mensaje, pero fáltame la fe, y el hijo predilecto de la fe es el milagro. No me atrevo a aspirar a esas esferas desde donde se deja oír la feliz nueva; y a pesar de ello, estos acentos a que estoy habituado desde mi niñez, me llaman ahora de nuevo a la vida. Otras veces, en medio del austero recogimiento del domingo, descendía sobre mí el ósculo de amor celeste; entonces resonaba, llena de presagios, la multitud del sonido de las campanas, y la plegaria constituía para mí un férvido deleite; un dulce e inexplicable anhelo me impelía a divagar por bosques y praderas, y bañado en ardientes lágrimas, sentía nacer un mundo para mí. Este canto anunciaba los alegres juegos de la juventud, la franca felicidad de las fiestas primaverales. Tal recuerdo, impregnado de sentimiento infantil, me impide ahora dar el último, el más grave paso. ¡Ah! Seguid sonando, dulces cantos celestes. Una lágrima corre, la tierra me recupera.
CORO DE DISCÍPULOS
Excelso y lleno de vida, el Sepultado ha ascendido ya glorioso a las alturas. En el goce de la nueva existencia, está cercano a la felicidad creadora, en tanto que nosotros, ¡ay!, permanecemos en el seno de la tierra para sufrir. Nos deja a nosotros, los suyos, languideciendo aquí abajo. ¡Ah, Maestro!, lloramos tu felicidad.
CORO DE ÁNGELES
Cristo ha resucitado del seno de la corrupción. Romped gozosos vuestras ligaduras. Para vosotros, que le glorificáis con vuestras obras, que dais pruebas de amor, que os partís el pan como hermanos, que recorréis la tierra predicando a los hombres y prometiéndoles la bienaventuranza, para vosotros el Maestro está cerca, para vosotros está ahí.
Ante la puerta de la ciudad
Salen paseantes de todas clases.
UNOS APRENDICES
¿Por qué vais por ese lado?
OTROS
Vamos a subir hasta la posada del Cazador.
LOS PRIMEROS
Pues nosotros nos encaminamos hacia el Molino.
UN APRENDIZ
Os aconsejo ir a la Venta del Agua
APRENDIZ 2.°
El camino hacia allá no es bonito.
LOS SEGUNDOS
Y tú, ¿qué piensas hacer?
APRENDIZ 3.°
Yo voy con los demás.
APRENDIZ 4.°
Venid cuesta arriba hacia Burgdorf. Con seguridad encontraréis allí las más lindas muchachas, la mejor cerveza y jaleos de primer orden.
APRENDIZ 5.°
Estás de muy buen humor, camarada. ¿Tienes comezón en el pellejo por tercera vez? Lo que es yo, no voy allá; le tengo horror al lugar.
UNA MOZA DE SERVICIO
No, no; yo me vuelvo a la ciudad.
OTRA
Segura estoy de que le vamos a encontrar junto a los álamos.
LA PRIMERA
Para mí no es muy divertido eso. Irá él a tu lado, y una vez en el corro, con nadie bailará sino contigo. ¿Qué me importan a mí tus diversiones?
OTRA
Es que a buen seguro hoy no estará solo. Ha dicho que con él iría el Cabeza-crespa.
UN ESTUDIANTE
¡Rayos! ¡Cómo andan aquellas garridas mozas! Ven, hermano; hemos de acompañarlas. Buena cerveza, tabaco fuerte y una criada acicalada: esto es lo que me gusta a mí.
UNA SEÑORITA
Mira, mira aquellos guapos muchachos. Vaya un gusto: pudiendo gozar de la mejor compañía, corren tras esas mozas de servicio.
ESTUDIANTE 2.°
(Al primero.) No tan aprisa. Ahí detrás vienen dos muy lindamente vestidas; una de ellas es vecina mía, y es una chica de la cual estoy muy prendado. Andan con su paso tranquilo, y acabarán por juntarse con nosotros.
ESTUDIANTE 1.°
No, señor camarada; no me gusta a mí tanta seriedad. ¡Aprisa!, no sea que se nos escape la pieza. La mano que empuña la escoba el sábado es la que mejor te acariciará el domingo.
UN BURGUÉS
No, no me gusta el nuevo burgomaestre. Ahora que lo es, se vuelve cada día más insolente. Y vamos a ver: ¿qué hace en favor de la ciudad? ¿Por ventura no van las cosas siempre de mal en peor? Debe uno obedecer más que nunca y pagar más que antes.
UN MENDIGO
(Cantando.) Vosotros, buenos caballeros, y vosotras, bellas damas, tan bien ataviadas y de mejillas encendidas; dignaos echarme una mirada compasiva y aliviar mi necesidad. No permitáis que toque yo aquí el organillo en vano. Sólo es dichoso aquel que quiere dar. Que este día, que todo el mundo celebra, sea día de cosecha para mí.
BURGUÉS 2.°
Para mí, nada hay mejor los domingos y días de fiesta, que hablar de la guerra y del bullicio de la guerra, mientras allá lejos, en Turquía, los pueblos pelean unos con otros. Se está uno tranquilamente a la ventana, vacía su copita contemplando cómo se deslizan río abajo los pintados barquichuelos; y luego, a la caída de la tarde, se vuelve satisfecho a su casa bendiciendo la paz y los tiempos de paz.
BURGUÉS 3.°
Sí, señor vecino; también dejo yo que las cosas vayan de ese modo. Ya pueden ellos romperse la crisma y puede llevárselo todo el diablo, con tal que en casa siga todo como estaba antes.
UNA VIEJA
(A las señoritas.) ¡Vaya! ¡Qué adornadas! ¡La hermosa sangre joven! ¿Quién no se encaprichará por vosotras? Pero no seáis tan orgullosas. ¡Ya está bien! ¡Cuando yo podría proporcionaros lo que deseáis!
UNA SEÑORITA
Vámonos, Águeda. Me guardo de ir en público con tales brujas. Por cierto que ella me hizo ver, en la noche de San Andrés, a mi futuro novio en persona.
OTRA
A mí me lo enseñó en el cristal. Vestía de militar, acompañado de varios calaverones. Pero, por más que miro a mi alrededor y le busco por todos lados, mi novio no quiere toparse conmigo.
SOLDADOS
Castillos con altas murallas y almenas, mozas arrogantes y esquivas quisiera yo conquistar. Audaz es la empresa, espléndido el galardón. Y dejamos que el clarín nos llame lo mismo al placer que al exterminio. ¡Esto es un asalto! ¡Esto es vida! Mozas y castillos, todo se ha de rendir. Audaz es la empresa, espléndido el galardón. Y los soldados marchando van.
Fausto y Wagner
FAUSTO
Libres de hielo están ya el río y los arroyos, merced a la dulce y vivificante mirada de la primavera. Verdea en el valle la dicha de la esperanza; el caduco invierno, en su debilidad, se ha retirado a los ásperos montes, y desde allí, en su fuga, no nos envía más que escarchas e imponentes granizos, que forman estrías sobre la verdeante campiña. Mas el sol no sufre blancor alguno; por doquiera se hacen sentir la formación y el esfuerzo; todo quiere animarlo con brillantes matices. Pero, a falta de flores en el campo, acepta al gentío engalanado con sus trajes de fiesta.
Vuélvete, Wagner, y desde estas alturas mira hacia atrás en dirección a la ciudad. Por la honda y sombría puerta sale una compacta muchedumbre abigarrada. Hoy van todos muy contentos a tomar el sol. Celebran la Resurrección del Señor, puesto que ellos, a su vez, han resucitado también, y de las ahogadas estancias de las bajas viviendas, de las trabas de profesiones y negocios, de la opresión de paredes y techos, de la aplastadora estrechez de las calles, de la respetable oscuridad de los templos, todos ellos son atraídos a la luz. Pero mira, mira cuán presurosa se esparce la multitud por campos y huertas; mira cómo el río mece en todas direcciones tantos graciosos esquifes, y cómo se aleja esta última navecilla, que de puro cargada está a punto de zozobrar. Hasta desde las lejanas veredas de la montaña brillan los vestidos de vivos colores. Oigo ya el barullo de la aldea. Aquí está el verdadero cielo del pueblo; llenos de alborozo, todos, grandes y pequeños, lanzan gritos de júbilo. Aquí soy hombre; aquí me permito serlo.
WAGNER
El pasearse con vos, señor doctor, es honroso y de provecho; pero no me extraviaría solo por aquí, pues soy enemigo de toda rusticidad. El chirriar de los violines, la algarabía, el juego de bolos, todo ello es para mí un ruido odioso en extremo. Se agitan como poseídos del espíritu malo, y a eso le llaman alegría, a eso le llaman canto.
Aldeanos bajo el tilo
Danza y canto.
Atavióse el zagal para el baile, con vistosa chaqueta, cintas y guirnalda; iba vestido que daba gozo verlo. No cabía más gente bajo el tilo, y todos danzaban ya como locos -¡Ole! ¡Ole! ¡Viva la alegría!- Y a compás iba el arco de violín.
A empujones, presto abrióse paso, y le dio con el codo a una muchacha. La fresca moza se volvió y dijo: -¡Vaya, que encuentro eso tonto! -¡Ole! ¡Ole! ¡Viva la alegría!- No seáis tan mal criado.
En tanto, reinaba en el corro la mayor animación; se bailaba a diestro y siniestro; las sayas flotaban al viento. Poníanse todos encendidos y acalorados, y apoyábanse jadeantes uno en el brazo de otro. -¡Ole! ¡Ole! ¡Viva la alegría!- Y las caderas contra los codos.
-Pero no me hagas tan confiada. ¡Cuántos no han engañado y dejaron chasqueada a su novia!- A pesar de esto, con piropos y zalamerías se la llevó él aparte, y desde el tilo resonaba a lo lejos: -¡Ole! ¡Ole! ¡Viva la alegría!- Gritos, y dale arco al violín.
VIEJO ALDEANO
Bello es por vuestra parte, señor doctor, el no desdeñarnos en el día de hoy y pasear entre este numeroso gentío siendo vos un sabio tan eminente. Aceptad, pues, el más bello jarro, que hemos llenado de fresca bebida. Os lo presento deseando vivamente que no sólo apague vuestra sed, sino también que cada gota que contiene sea un día más añadido a los de vuestra existencia.
FAUSTO
Acepto esa refrigerante bebida, y os retribuyo con ¡salud! y ¡gracias! a todos.
La gente se reúne alrededor formando círculo.
VIEJO ALDEANO
Ciertamente, muy bien hicisteis en dejaros ver por aquí en día alegre, ya que en otro tiempo y en calamitosos días os mostrasteis con nosotros muy benévolo. Más de uno hay aquí lleno de vida, a quien vuestro padre arrancó por fin al ardiente furor de la fiebre cuando puso término a la pestilencia. Y vos también, joven como erais entonces, acudíais a todas las casas donde había enfermos; llevábanse no pocos cadáveres, mas vos salíais de allí sano y salvo. Habéis soportado muchas duras pruebas; a nuestro salvador salvó el Salvador de lo alto.
TODOS
¡Salud al hombre acrisolado, para que nos pueda ayudar aún largo tiempo!
FAUSTO
Prosternaos ante Aquél de las alturas, que enseña a socorrer y envía el socorro.
Aléjase con Wagner.
WAGNER
¡Qué impresión debes sentir, oh, grande hombre, ante el respeto de esa multitud! ¡Ah!, ¡dichoso quien puede sacar tal fruto de sus dotes! El padre te muestra a su hijo; todo el mundo inquiere, se estruja y acude presuroso; enmudece el violín; párase el que está bailando. Echas a andar, y se colocan ellos en fila, vuelan los gorros por el aire, y poco falta para que se doblen las rodillas cual si pasara el Santísimo Sacramento.
FAUSTO
Subamos unos pasos más arriba hacia aquella roca, y descansemos allí de nuestro paseo. ¡Cuántas veces solo, pensativo y mortificado por la oración y el ayuno, vine a sentarme en este mismo sitio! Rico de esperanzas, firme en la fe, imaginaba yo arrancar del Señor de los cielos, a fuerza de lágrimas, suspiros y retorcimientos de manos, el término de aquel contagio. Las aclamaciones de la multitud resuenan ahora en mis oídos como un sarcasmo cruel. ¡Oh! Si pudieras leer en mi interior, verías cuán poco merecimos tal gloria el padre y el hijo. Era mi padre un oscuro hombre honrado, que de buena fe, pero a su manera, se metió a discurrir con afán quimérico sobre la Naturaleza y sus sagrados círculos. Acompañado de algunos adeptos, encerrábase en la negra cocina, y allí, con arreglo a recetas sin fin, operaba la transfusión de los contrarios. Un León rojo, audaz pretendiente, era allí casado con la Azucena en el baño tibio, y después, con flameante fuego descubierto, ambos eran torturados de una a otra cámara nupcial. Tras esto, aparecía en el vaso la joven Reina con variados colores, y quedaba hecho el remedio. Morían los enfermos, sin que nadie se cuidara de inquirir quién sanaba. Así es que con nuestros electuarios infernales, causamos en estos valles y montes más estragos que la peste misma. Con mis propias manos administré el tósigo a millares de pacientes; sucumbían los infelices, y yo debo vivir aún para escuchar los elogios que se tributan a los temerarios asesinos.
WAGNER
Pero ¿es posible que os desazonéis por ello? ¿No hace acaso bastante el hombre honrado que con toda conciencia y puntualidad ejerce el arte que se le transmitió? Si de joven honras a tu padre, aprenderás de él con gusto; si una vez hombre, acrecientas el caudal del saber, tu hijo puede alcanzar una meta más elevada.
FAUSTO
¡Ah! ¡Feliz aquel que abriga aún la esperanza de sobrenadar en este piélago de errores! Aquello que no se sabe es cabalmente lo que se utilizaría, y aquello que se sabe no puede utilizarse. Pero ¿a qué turbar con tan negras reflexiones los goces de esta hora deliciosa? Contempla cómo a los fuegos del sol poniente resplandecen las cabañas rodeadas de verdor. Declina el sol y se hunde en el ocaso; el día ha fenecido; pero el radiante astro, siguiendo su carrera veloz, despierta en otros parajes una nueva vida. ¡Ah!, ¡que no tenga yo alas para elevarme más arriba de la tierra y lanzarme anhelante en pos, siempre en pos de él! Entonces vería, en un perenne crepúsculo vespertino, el mundo silencioso a mis pies, abrasadas las cumbres todas de los montes, plácidos los valles, y el arroyuelo argentino correr trocada en oro su corriente. La abrupta sierra, con todos sus despeñaderos, no atajaría entonces mi carrera, semejante a la de los dioses. Ante los ojos atónitos, extiéndese ya el mar con sus abrigados senos. Pero el dios tiene trazas de hundirse y desaparecer por fin en lontananza. Con todo, despiértase un nuevo impulso, y con apresurado vuelo sigo adelante para saciarme de su eterna luz. Ante mí, el día; detrás de mí, la noche; el cielo arriba, las olas abajo. ¡Qué delicioso sueño! Y en tanto, el astro desaparece. ¡Ay! Con las alas del espíritu no se juntará tan fácilmente ninguna ala corpórea. Y a pesar de todo, es innato en cada hombre que su alma se lance hacia arriba y adelante, cuando por encima de nosotros, perdida en el espacio azul, la alondra emite sus notas estridentes; cuando más arriba de las escarpadas cumbres pobladas de pinos se cierne el águila con las alas extendidas, y dominando llanuras y mares, la grulla vuela afanosa hacia su país natal.
WAGNER
También he tenido yo a menudo mis horas de quimeras, pero no he sentido jamás todavía un impulso parecido. Pronto se hastía uno de la vista del bosque y de los campos, y nunca envidiaré las alas del ave. ¡Cuán otramente los goces del espíritu nos llevan de libro en libro, de hoja en hoja! ¡Cuán gratas y deleitosas se vuelven así las noches de invierno! Una vida feliz presta calor a todos los miembros, y si desarrollas un valioso pergamino, ¡ah!, entonces el cielo entero desciende hasta ti.
FAUSTO
Tú no tienes idea sino de una sola aspiración. ¡Ah!, ¡no aprendas jamás a conocer la otra! Dos almas residen, ¡ay!, en mi pecho. Una de ellas pugna por separarse de la otra; la una, mediante órganos tenaces, se aferra al mundo en un rudo deleite amoroso; la otra se eleva violenta del polvo hacia las regiones de sublimes antepasados. ¡Oh! Si hay en el aire espíritus que se mueven reinando entre la tierra y el cielo, descended de las áureas nubes y conducidme lejos, a una nueva y variada vida. Sí; a poseer yo tan sólo un manto mágico que me transportara a extrañas regiones, no lo cedería por las vestiduras más preciosas, ni por un manto real.
WAGNER
No evoquéis la bien conocida turba que, cual torrente impetuoso, se extiende por la atmósfera y por todos lados prepara al hombre mil diversos peligros. Del Norte, te acometen el agudo diente de los espíritus y sus lenguas afinadas como saetas; del Levante llegan, secándolo todo, los que se nutren de tus pulmones; si el Mediodía manda del desierto aquellos que amontonan ascua sobre ascua en derredor de tu cabeza, el Poniente aporta el enjambre que al principio recrea, para anegarte a ti y el campo y la dehesa. Escuchan ellos gustosos, plácidamente vueltos hacia el mal, obedecen de buen grado, porque de buen grado nos engañan; se fingen enviados del cielo, y susurran de un modo angelical cuando mienten. Pero vámonos. La tierra ha tomado ya un tinte gris, refresca el aire y cae la neblina. Al atardecer es cuando más se aprecia el hogar... ¿Por qué así te detienes y absorto miras hacia aquel sitio? ¿Qué puede sobrecogerte de tal modo en el crepúsculo?
FAUSTO
¿Ves aquel perro negro que anda vagando por entre los trigos y rastrojos?
WAGNER
Mucho rato ha que lo veía, y no me ha parecido que tenga importancia alguna.
FAUSTO
Obsérvalo bien. ¿Por quién tomas a ese animal?
WAGNER
Por un perro de aguas, que, a su manera, se empeña con porfía en seguir las huellas de su amo.
FAUSTO
¿Adviertes cómo, describiendo anchas espirales, corre en derredor nuestro y cada vez más cerca? Y si no me engaño, deja a su paso, a modo de torbellino, un rastro de fuego.
WAGNER
No veo sino un perro de aguas negro. Eso bien podría ser una ilusión de vuestros ojos.
FAUSTO
Paréceme que tiende sutiles lazos mágicos alrededor de nuestros pies, para formar luego una atadura.
WAGNER
Véole inseguro y temeroso saltar en torno nuestro porque, en lugar de su amo, ve dos desconocidos.
FAUSTO
El círculo se va estrechando; ya está cerca.
WAGNER
Bien ves que aquello es un perro y no un fantasma. Gruñe y vacila, se echa sobre el vientre, menea la cola... en fin, todas las costumbres del perro.
FAUSTO
¡Júntate con nosotros! ¡Ven acá!
WAGNER
Es un animal divertido como buen perro de aguas. Si te detienes, se pone derecho esperando tu mandato; si le hablas, quiere subírsete encima; pierdes alguna cosa, te la traerá, y tras de tu bastón se tirará al agua.
FAUSTO
Sin duda tienes razón; no encuentro vestigio de ningún espíritu. Todo ello no es más que adiestramiento.
WAGNER
Al perro, cuando está bien amaestrado, hasta el sabio llega a cobrarle afición. Sí, bien merece todo tu favor el aventajado discípulo de los estudiantes.
Entran por la puerta de la ciudad.
Gabinete de estudio
Entra Fausto acompañado del perro.
FAUSTO
Abandoné el campo y los prados, cubiertos por una densa noche, que con santo temor lleno de presentimientos despierta en nosotros el alma superior. Adormecidos están ahora los ímpetus desordenados, a la vez que toda actividad turbulenta; ahora se hace sentir el amor a la humanidad, se hace sentir el amor a Dios.
Estáte quieto, perro; no corras de acá para allá. ¿Qué estás olfateando ahí en el umbral? Échate detrás de la estufa. Te daré mi mejor almohadón. Ya que allá fuera, en el montañoso camino, nos divertiste con tus carreras y brincos, acepta ahora también mis agasajos, como huésped apacible y bienvenido.
¡Ah! Cuando en nuestra angosta celda de nuevo arde risueña la lámpara, entonces luce la claridad en nuestro pecho, en el corazón, que se conoce a sí mismo. Empieza la razón a hablar una vez más y la esperanza a reflorecer; el hombre suspira por los arroyos de la vida, ¡ah!, por la Fuente misma de la vida.
No gruñas, perro. Ese son animal no puede armonizar con los sagrados acentos que al presente embargan mi alma entera. Estamos habituados a que los hombres hagan burla de lo que no entienden, y murmuren a la vista de lo bueno y lo bello, que a menudo les causa enojo; y a ejemplo de ellos, ¿quiere el perro gruñir a eso?
Mas, ¡ay!, pese a la mejor voluntad, no siento ya el contento brotar de mi pecho. Pero ¿por qué ha de agotarse tan presto el manantial dejándonos sedientos otra vez? ¡De ello tengo yo tanta experiencia!... Esta falta, sin embargo, permite ser compensada, pues aprendemos a apreciar lo que está más alto que la tierra, suspiramos por una Revelación, que en ninguna parte brilla más augusta y bella que en el Nuevo Testamento. Siéntome impulsado a consultar el texto primitivo, a verter con fiel sentido el original sagrado a mi amada lengua alemana.
Abre un libro y se dispone a trabajar.
Escrito está: "En el principio era la Palabra"... Aquí me detengo ya perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir?
No puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien iluminado por el Espíritu. Escrito está: "En el principio era el Sentido"... Medita bien la primera línea; que tu pluma no se precipite. ¿Es el pensamiento lo que todo lo obra y crea?... Debiera estar así: "En el principio era la Fuerza"... Pero también esta vez, en tanto que esto consigno por escrito, algo me advierte ya que no me atenga a ello. El Espíritu acude en mi auxilio. De improviso veo la solución, y escribo confiado: "En el principio era la Acción".
Si he de compartir el cuarto contigo, perro, cesa de aullar, cesa de ladrar. No puedo sufrir a mi lado un compañero tan importuno; es menester que uno de los dos abandone la celda. Con pesar mío quebranto el derecho de hospitalidad. Franca está la puerta; libre tienes la salida... Mas, ¿qué veo? ¿Puede eso acontecer de un modo natural? ¿Es ficción vana? ¿Es realidad? ¡Cómo se agranda en todos sentidos mi perro de aguas! Empínase con violencia. Ésa no es la figura de un perro. ¿Qué fantasma he traído a mi casa? Ya se parece a un hipopótamo, de ojos encendidos como fuego y dientes formidables. ¡Oh, con seguridad eres mío! Para semejante ralea medio infernal es buena la clave de Salomón.
ESPÍRITUS
(En la galería.) ¡Ahí dentro hay uno preso! Quedaos fuera, que ninguno le siga. Cual zorro en la trampa cogido, temblando está un viejo lince del infierno. Pero estad ojo avizor. Volad aquí y allí, arriba y abajo, y se pondrá en libertad. Si podéis serle útiles, no le dejéis ahí encerrado, pues harto ha hecho ya por complacernos a todos.
FAUSTO
En primer lugar, para ir al encuentro del animal, me valgo de la fórmula de los Cuatro:
Que se abrase la Salamandra,
retuérzase la Ondina,
desvanézcase el Silfo,
afánese el Gnomo.
Quien no conozca estos elementos, su poder y propiedad, nunca será dueño de los espíritus.
Desaparece en llamas, Salamandra;
derrítete murmurante, Ondina,
luce con belleza de meteoro, Silfo,
aporta ayuda doméstica, Íncubo, Íncubo,
aparece y haz el remate.
Ninguno de los Cuatro se halla metido en el animal. Está echado con el mayor sosiego y me mira riendo con sorna. Ningún daño le he causado todavía. Has de oírme conjurar con mayor fuerza.
¿Eres tú, compañero, un fugitivo del infierno?: contempla este signo, ante el cual se humillan las negras falanges.
Ya se abulta con el pelo erizado. -¡Réprobo! ¿Puedes tú leerlo?, ¿el Increado, el Inefable, extendido por todos los cielos, el Traspasado por mano impía?- Fascinado detrás de la estufa, se hincha como un elefante, llena todo el espacio, va a disiparse en niebla. -No subas hasta la bóveda. ¡Échate a los pies de tu amo!- Ya ves tú que no amenazo en vano. Con una llama sagrada te chamusco. No esperes la luz tres veces ardiente. No aguardes el más poderoso de mis artificios.
Mientras cae la niebla, sale de detrás de la estufa Mefistófeles, vestido con traje de estudiante vagabundo.
MEFISTÓFELES
¿A qué viene ese alboroto? ¿En qué puedo servir al señor?
FAUSTO
¡Conque era ése el núcleo del perro de aguas! ¡Un estudiante andariego! ¡El lance me mueve a risa!
MEFISTÓFELES
Saludo al docto señor. Me habéis hecho sudar de lo lindo.
FAUSTO
¿Cómo te llamas?
MEFISTÓFELES
Baladí me parece la pregunta para uno que tanto desdeña la palabra, y que huyendo de toda apariencia, sólo busca el fondo de los seres.
FAUSTO
Entre vosotros, señores, se puede de ordinario adivinar el ser por su nombre, en donde se revela harto explícito, cuando se os apellida Dios de las moscas, Corruptor, Mentiroso. Veamos, pues: ¿quién eres tú?
MEFISTÓFELES
Una parte de aquel poder que siempre quiere el mal y siempre produce el bien.
FAUSTO
¿Qué viene a significar ese enigma?
MEFISTÓFELES
Soy el espíritu que siempre niega, y con razón, pues todo cuanto tiene principio merece ser aniquilado, y por lo mismo, mejor fuera que nada viniese a la existencia. Así, pues, todo aquello que vosotros denomináis pecado, destrucción, en una palabra, el Mal, es mi propio elemento.
FAUSTO
Te llamas una parte, y, sin embargo, entero estás ante mí.
MEFISTÓFELES
Dígote modestamente la verdad. Si el hombre, ese pequeño mundo extravagante, se tiene de ordinario por un todo, yo soy una parte de aquella parte que al principio era todo; una parte de las Tinieblas, de las cuales nació la Luz, la orgullosa Luz que ahora disputa su antiguo lugar, el espacio a su madre la Noche. Y a pesar de todo no lo ha conseguido, pues, por mucho que se afane, se halla fuertemente adherida a los cuerpos; emana de los cuerpos, embellece los cuerpos, y un simple cuerpo la detiene en su camino. Así, espero que no durará mucho tiempo, y que con los cuerpos desaparecerá.
FAUSTO
Ahora conozco tus dignos oficios. Nada puedes aniquilar en grande, y al presente lo intentas en pequeño.
MEFISTÓFELES
Y a decir verdad, no se ha adelantado gran cosa con esto. Lo que se opone a la nada, ese algo, ese mundo grosero, por más que ya lo haya intentado yo, no he podido hacerle mella alguna con oleadas, tormentas, terremotos ni incendios: tranquilos quedan al fin mar y tierra. Y tocante a la maldita materia, semillero de animales y hombres, no hay medio de dominarla absolutamente. ¡Cuántos y cuántos no he enterrado ya! Y a pesar de todo, siempre circula una sangre fresca y nueva. De continuar ello así, habría para desesperarse. Del aire, del agua, lo mismo que de la tierra, se desprenden mil gérmenes, en lo seco, lo húmedo, lo cálido, lo frío. A no haberme yo reservado la llama, nada quedaría para mí.
FAUSTO
Así, pues, ¿a la potencia eternamente activa, a la fuerza saludable y creadora, opones tú la helada mano del diablo, que en vano se crispa con perfidia? Trata de emprender otra cosa, extraño hijo del Caos.
MEFISTÓFELES
Ciertamente, ya nos detendremos más en ello las próximas veces. ¿Puedo ahora retirarme?
FAUSTO
No sé por qué lo preguntas. Ya te he conocido; visítame cuando gustes. Ahí está la ventana, ahí está la puerta; tienes también disponible seguramente el cañón de la chimenea.
MEFISTÓFELES
Lo confieso con ingenuidad. Un pequeño obstáculo me impide salir: ese signo pintado en vuestro umbral.
FAUSTO
¿El pentagrama1 te desazona? Ea, dime, hijo del infierno, si eso te detiene, ¿Cómo entraste, pues? ¿Cómo se dejó engañar un espíritu como tú?
MEFISTÓFELES
Míralo bien; no está trazado de la manera debida. Uno de los ángulos, el que mira hacia fuera, está, como ves, un poco abierto.
FAUSTO
En ello anduvo muy acertada la casualidad. Según eso, ¿tú serías prisionero mío? La cosa ha salido bien por azar.
MEFISTÓFELES
El perro de aguas nada advirtió al entrar de un salto. Ahora la cosa cambia de aspecto: el diablo no puede salir de la casa.
FAUSTO
Pero ¿cómo no sales por la ventana?
MEFISTÓFELES
Es ley para diablos y espectros, que por donde se colaron, por allí han de salir. Lo primero es libre para nosotros; de lo segundo somos esclavos.
FAUSTO
¿Conque el mismo infierno tiene sus leyes? Me gusta eso. ¿Luego se podría con toda confianza cerrar un pacto con vosotros, señores?
MEFISTÓFELES
De lo que se te prometa gozarás plenamente; nada se te descabalará. Pero eso no es para decirlo en tan breves palabras, y de ello hablaremos más tarde. Ahora te ruego con empeño, con el mayor empeño, que por esta vez me permitas salir.
FAUSTO
Quédate siquiera un instante más, sólo para contarme alguna bella historia.
MEFISTÓFELES
Ahora suéltame. Pronto vuelvo, y entonces podrás preguntarme a discreción.
FAUSTO
Yo no te armé lazo alguno, antes tú mismo te metiste en la red. Quien coja al diablo, téngalo sujeto; pues no le será tan fácil atraparlo por segunda vez.
MEFISTÓFELES
Si ello te place, dispuesto estoy también a quedarme aquí para darte compañía, pero a condición de hacerte pasar el tiempo de una manera digna con mis artificios.
FAUSTO
Bien me parece. A tu albedrío lo dejo, con tal que el artificio sea agradable.
MEFISTÓFELES
En esta hora, amigo mío, sacarás mayor provecho para tus sentidos que en la monotonía del año. Lo que te canten los sutiles espíritus, las bellas imágenes que produzcan, no son vano juego de encantamiento. También se recreará tu olfato y deleitarás tu paladar, y entonces tu alma quedará embelesada. No es menester preparación alguna de antemano. Nos hallamos reunidos ya. Empezad.
ESPÍRITUS
Desvaneceos, altas y sombrías bóvedas. Que aquí dentro, más embelesador, mire risueño el éter azul. Disípense las oscuras nubes. Centelleen las estrellitas, y soles más suaves luzcan entre ellas. La belleza espiritual de los hijos del cielo, en su vacilante curso, pase cerniéndose en el aire. El ardiente anhelo siga más allá, y las ondulantes cintas de las vestiduras cubran los campos, oculten la enramada, donde, embebecidos los amantes, se entregan uno a otro de por vida. ¡Emparrado junto al emparrado! ¡Sarmientos fecundos! El pesado racimo cae en la cavidad de la prensa estrujadora; precipítanse en arroyos los espumosos vinos y corren murmurando por entre límpidas piedras preciosas; dejan tras ellos las alturas; extiéndense en forma de lagos alrededor de multitud de verdeantes colinas, que en ellos se miran ufanas. Y el mundo alado saborea delicias, vuela al encuentro del sol y de las espléndidas islas que se mueven meciéndose sobre las ondas y donde oímos alegres coros y vemos en las florestas danzarines que se diseminan todos por la campiña. Algunos trepan hasta llegar a las cumbres; otros surcan nadando los lagos; ciérnense otros en los aires, y todos corren hacia la vida; todos se lanzan a la lejanía de las amorosas estrellas, cuyo favor aporta felicidad.
MEFISTÓFELES
¡Duerme! ¡Bravo, aéreos y sutiles rapazuelos! Le habéis adormecido muy a conciencia. Obligado os quedo por tal concierto. No eres hombre aún para tener sujeto al diablo. Rodeadle de placenteros ensueños; sumidle en un mar de ilusiones... Mas, para deshacer el encanto de este umbral, necesito un diente de ratón. No he menester conjurar largo tiempo; ya oigo el ruido que hace uno al correr por aquí, y al punto me escuchará. El señor de ratas y ratones, moscas, ranas, chinches y piojos te ordena que te aventures a salir para roer este umbral conforme él lo va punteando con aceite... ¡Hete ya aquí que vienes dando saltitos! Sobre todo anda listo en tu obra. La punta que con mágico poder me cerraba el paso, se halla más hacia delante en la arista. Una dentellada más, y asunto concluido. Ahora, Fausto, continúa soñando hasta que nos veamos de nuevo.
FAUSTO
(Despertando.) ¿Estoy engañado, pues, una vez más? ¿Así se desvanece el tropel de visiones, de suerte que un sueño falaz me hacía ver al diablo y se me escapó un perro de aguas?
Gabinete de estudio
Fausto, Mefistófeles.
Fausto
¿Llaman? ¡Adelante! ¿Quién vendrá a importunarme de nuevo?
MEFISTÓFELES
Soy yo.
FAUSTO
¡Adelante!
MEFISTÓFELES
Es menester que lo digas tres veces.
FAUSTO
¡Adelante, pues!
MEFISTÓFELES
¡Así me gustas! Confío que acabaremos por entendernos. Pues sí; para ahuyentar tus quimeras, héteme aquí como un noble hidalgo, con vestido rojo ribeteado de oro, ferreruelo de seda recia, la pluma de gallo en el sombrero, y una larga espada de aguda punta. Y ahora te aconsejo, en breves palabras, que te vistas también de un modo parecido, a fin de que, desembarazado y libre, sepas lo que es la vida.
FAUSTO
Cualquiera que sea mi vestido, sentiré sin duda el tormento de la estrecha existencia terrena. Soy demasiado viejo para andar en juegos, y demasiado joven para estar sin deseos. ¿Qué puede ofrecerme el mundo? "Es menester que renuncies". "Has de renunciar": He aquí la sempiterna canción que resuena en los oídos de todos y que, enronquecida, nos canta cada hora durante nuestra existencia entera. Con espanto me despierto por la mañana. Quisiera llorar lágrimas amargas al ver el día, que en su curso no saciará uno solo de mis anhelos, ni uno tan siquiera; que con porfiada crítica obstinada amengua hasta el gusto previo de todo placer; que contraría las creaciones de mi agitado pecho con las mil bagatelas de la vida. Y luego, cuando desciende la noche, debo tenderme intranquilo en el lecho, y ni aun allí encuentro reposo alguno, pues fieros ensueños vendrán a llenarme de sobresalto. El dios que reside en mi pecho puede agitar profundamente lo más íntimo de mi ser, pero él, que impera sobre todas mis facultades, nada puede mover por fuera, de suerte que la existencia es para mí una penosa carga; ansío la muerte y detesto la vida.
MEFISTÓFELES
Y, sin embargo, la muerte nunca es por completo un huésped bienvenido.
FAUSTO
¡Oh! ¡Feliz aquel a quien ella le ciñe las sienes con sangrientos lauros en medio del esplendor de la victoria! ¡Dichoso aquel a quien sorprende en brazos de una joven después de vertiginosa y frenética danza! ¡Ah! ¡Si extasiado ante el poder del sublime Espíritu, hubiese yo caído allí exánime!
MEFISTÓFELES
Y con todo, alguien se abstuvo aquella noche de beber cierto licor pardo.
FAUSTO
A lo que parece, el fisgonear es tu placer.
MEFISTÓFELES
No soy omnisciente, pero sé muchas cosas.
FAUSTO
Si unos dulces acentos que me eran conocidos me arrancaron a la horrible confusión engañando al último resto de mis sentimientos infantiles con el recuerdo de un tiempo feliz, maldigo todo cuanto cerca el alma con el señuelo de seducciones y prestigios, y en este antro de dolor la retiene fascinada mediante fuerzas que deslumbran y halagan. ¡Maldito sea por adelantado el alto concepto de que se rodea a sí mismo el espíritu! ¡Maldito el engaño de la apariencia que acosa a nuestros sentidos! ¡Maldito lo que en sueños se insinúa hipócritamente en nosotros con ilusiones de gloria y fama imperecedera! ¡Maldito lo que nos lisonjea como posesión, en forma de esposa e hijo, de sirviente y arado! ¡Maldito sea Mammón, cuando con tesoros nos incita a arrojadas empresas, cuando para el placer ocioso nos apareja mullidos almohadones! ¡Maldito sea el balsámico zumo de la uva! ¡Malditos sean los favores supremos del amor! ¡Maldita sea la esperanza! ¡Maldita sea la fe, y maldita sobre todo la paciencia!
CORO DE ESPÍRITUS
(Invisible.) ¡Ay, dolor; ay, dolor! Con puño poderoso has destruido el mundo seductor; se derrumba, cae en ruina. Un semidiós lo ha hecho trizas. Nosotros llevamos más allá los escombros a la Nada, y lloramos la belleza perdida. ¡Tú, poderoso entre los hijos de la tierra, reconstrúyelo más espléndido, créalo de nuevo en tu pecho! Emprende una nueva carrera de vida con espíritu sereno, y resuenen en seguida nuevos cantos.
MEFISTÓFELES
Éstos son los pequeños entre los míos. Escucha cómo, con sensatez de viejo, aconsejan el placer y la actividad. Pretenden atraerte al vasto mundo, lejos de la soledad, donde se paralizan los sentidos y los humores. Cesa de jugar con tu pesadumbre, que, cual buitre, devora tu existencia. La más ruin compañía te hará sentir que eres hombre entre los hombres. Con todo, no quiere esto decir que vayas a encajarte entre la chusma. No soy ninguno de los grandes, pero, a pesar de ello, si quieres junto conmigo emprender la marcha a través de la vida, me ofrezco gustoso a ser tuyo ahora mismo. Tu compañero soy, y si estás satisfecho de mí, soy tu servidor, tu esclavo.
FAUSTO
Y en cambio, ¿qué debo hacer por ti?
MEFISTÓFELES
Mucho tiempo aún te queda para eso.
FAUSTO
No, no; el diablo es egoísta, y no hace fácilmente por amor de Dios cosa alguna que sea de provecho para otro. Expresa claro tus condiciones. Un servidor semejante trae peligro a la casa.
MEFISTÓFELES
Oblígome a servirte aquí, a la menor indicación tuya, sin darme paz ni reposo; cuando nos encontremos otra vez más allá, tú has de hacer otro tanto conmigo.
FAUSTO
Poco puede inquietarme el más allá. Convierte primero en ruinas este mundo, y venga después el otro en buena hora. De esta tierra dimanan mis goces, y este sol alumbra mis pesares. Si algún día consigo arrancarme de ellos, entonces venga lo que viniere; si en el mundo venidero también se ama o se odia, y si igualmente hay en esas esferas un arriba y un abajo, no quiero saber de ello nada más.
MEFISTÓFELES
En este sentido puedes arriesgar la cosa. Oblígate; estos días verás con placer mis artificios. Doite lo que todavía no ha visto ningún mortal.
FAUSTO
¿Qué puedes darme tú, pobre diablo? El espíritu humano, en sus altas aspiraciones, ¿ha sido acaso nunca comprendido por tus semejantes? Sí, tú tienes un manjar que no sacia; tienes oro bermejo que, como el azogue, sin cesar se escurre de la mano; un juego en el cual nunca se gana; una joven que, reclinada sobre mi pecho, por medio de guiños se entiende ya con el vecino; la gloria, bello placer de los dioses, que se desvanece cual fugaz meteoro. Muéstrame el fruto que se pudre antes de cogerlo, y árboles que diariamente se cubren de nuevo verdor.
MEFISTÓFELES
No me arredra un encargo tal. Esos tesoros que dices, yo te los puedo ofrecer. Mas, amigo querido, también se acerca el tiempo en que podamos regaladamente comer en paz alguna cosa buena.
FAUSTO
Si jamás me tiendo descansado sobre un lecho ocioso, perezca yo al instante; si jamás con halagos me engañas hasta el punto de estar yo satisfecho de mí mismo; si logras seducirme a fuerza de goces, sea aquél para mí el último día. Te propongo la apuesta.
MEFISTÓFELES.
¡Aceptada!
FAUSTO
¡Choquen nuestras manos! Si un día le digo al fugaz momento: "¡Detente!, ¡eres tan bello!", puedes cargarme de cadenas, entonces consentiré gustoso en morir. Entonces puede doblar la fúnebre campana; entonces quedas eximido de tu servicio; puede pararse el reloj, caer la manecilla y acabar el tiempo para mí.
MEFISTÓFELES
Piénsalo bien; no lo echaremos en olvido.
FAUSTO
Pleno derecho tienes para ello. No me obligué con temeraria presunción. Tal como me hallo, esclavo soy. Que lo sea tuyo o de otro, ¿qué me importa?
MEFISTÓFELES.
Hoy mismo, en el banquete doctoral llenaré mis funciones de servidor. Una cosa no más... Por razones de vida o de muerte, te pido un par de líneas.
FAUSTO
¡Eso más! ¿También me pides un escrito, pedante? ¿No has conocido todavía ningún hombre ni palabra de hombre? ¿No basta que mi palabra hablada deba disponer de mis días para siempre? El mundo se desencadena sin cesar en todas sus corrientes, ¿y a mí ha de tenerme sujeto una promesa? Pero esta idea quimérica está arraigada en nuestro corazón; ¿quién quiere de buena voluntad librarse de ella? ¡Dichoso aquel que mantiene pura la fe en su pecho! Ningún sacrificio le pesará jamás. Pero un pergamino, escrito y sellado, es un espantajo ante el cual todo el mundo se amedrenta. La palabra expira ya en la pluma; la cera y la piel tienen el señorío. ¿Qué quieres de mí, espíritu maligno? ¿Bronce, mármol, pergamino, papel? ¿Tengo que escribir con buril, cincel, pluma? Te dejo enteramente libre la elección.
MEFISTÓFELES
¿Cómo puedes exagerar tu facundia con tal calor? Una pequeña hoja cualquiera es buena para el caso. Firmarás con una gotita de tu sangre.
FAUSTO
Si eso te satisface plenamente, pase como chanza.
MEFISTÓFELES
Es la sangre un fluido muy singular.
FAUSTO
No haya miedo alguno de que rompa yo este pacto. Cabalmente lo que prometo es la tendencia de todas mis energías. Demasiado me envanecí; no pertenezco más que a tu condición. El grande Espíritu me desdeñó, y ante mí se cierra la Naturaleza. Roto está el hilo del pensamiento; largo tiempo ha que estoy hastiado de todo saber. Apaguemos las ardientes pasiones en los abismos de la sensualidad. Bajo impenetrables velos mágicos, apréstese al punto toda maravilla. Lancémonos en el bullicio del tiempo, en el torbellino de los acontecimientos. Alternen uno con otro entonces, como puedan, el dolor y el placer, la suerte próspera y la adversa. Sólo por una incesante actividad es como se manifiesta el hombre.
MEFISTÓFELES
No se os fija medida ni término. Si os gusta golosear en todas partes, tomar alguna cosa fugitiva, buen provecho os haga lo que os deleite. Pero echad la mano y no seáis tímido.
FAUSTO
Bien sabes tú que no se trata de placer. Al vértigo me abandono, al más amargo de los goces, al odio amoroso, al enojo avivador. Mi pecho, curado ya del afán de saber, no debe cerrarse de hoy en adelante a dolor alguno, y lo que está repartido entre la humanidad entera quiero yo experimentarlo en lo íntimo de mi ser; quiero abarcar con mi espíritu lo más alto y lo más bajo, acumular en mi pecho el bien y el mal de ella, extendiendo así mi propio ser al suyo, y como ella, estrellándome yo también al fin.
MEFISTÓFELES
¡Oh! Créeme a mí, que hace muchos miles de años que estoy mascando ese duro manjar; desde la cuna hasta el sepulcro, ningún hombre digiere la vieja levadura. Cree a uno de nosotros: ese Todo no se ha hecho sino para un Dios; Él mora en un eterno esplendor; a nosotros nos ha puesto en las tinieblas, y únicamente a vosotros convienen el día y la noche.
FAUSTO
Pero ¡yo lo quiero!
MEFISTÓFELES
¡Sea en buen hora! Sin embargo, una sola cosa temo; el tiempo es breve y el arte es largo. Pienso que haréis bien en dar oídos a la razón. Asociaos a un poeta, dejad que el maestro divague en sus pensamientos y amontone sobre vuestra respetable testa todas las nobles cualidades: el arrojo del león, la agilidad del ciervo, la sangre ardiente del italiano, la constancia del Norte. Dejadle que os halle el secreto de aunar la grandeza de ánimo con la astucia, y de apasionaros, conforme a un plan, con fogosos ímpetus juveniles. Hasta tendría yo gusto en conocer a un tal señor; le apellidaría señor Microcosmos.
FAUSTO
¿Qué soy, pues, si no es posible llegar a conseguir la corona de la humanidad, hacia la cual tienden todos mis pensamientos?
MEFISTÓFELES
Tú eres, al fin y al cabo... lo que eres. Ponte pelucas de millones de bucles; calza tus pies con coturnos de una vara de alto, y a pesar de todo, seguirás siendo siempre lo que eres.
FAUSTO
Bien lo veo. En balde acumulé sobre mí todos los tesoros del espíritu humano, y cuando al fin me siento para descansar, ninguna nueva fuerza, a pesar de ello, nace en mi pecho; no soy más alto del grueso de un cabello, ni estoy más cerca de lo Infinito.
MEFISTÓFELES
Mi buen señor, vos veis las cosas exactamente como se ven de ordinario. Es preciso obrar con más tino, antes que huya de nosotros el placer de la vida. ¡Qué diantre! Tuyos son, sin duda, manos y pies, cabeza y c...;2 pero todo aquello de que yo disfruto buenamente ¿es menos mío por eso? Si puedo pagar seis caballos, ¿no son mías las fuerzas de ellos? Corro así velozmente y soy un hombre verdadero y cabal, como si tuviera veinticuatro piernas. ¡Ánimo, pues! Déjate de cavilaciones, y lancémonos de rondón en el mundo. Yo te lo digo: el hombre que se devana los sesos, es como una bestia a quien un mal espíritu hace dar vueltas por un seco erial, por todas partes rodeado de lozanos y verdes pastos.
FAUSTO
¿Cuándo empezamos eso?
MEFISTÓFELES
Partimos al instante. ¿Qué lugar de tortura es ése? ¿Puede llamarse vivir el aburrirse uno mismo y aburrir a los muchachos? Deja eso para el vecino maese Barrigón. ¿Por qué te afanas trillando la paja? Lo mejor que puedes saber no te atreves a enseñarlo a tus discípulos... Precisamente ahora oigo uno en el corredor.
FAUSTO
No me es posible recibirle.
MEFISTÓFELES
El pobre chico está esperando largo rato ha, y no puede irse desconsolado. Ven, dame tu ropón y tu gorro. Tal disfraz debe sentarme a maravilla. (Se cambia de vestido.) Ahora deja eso para mi ingenio. No necesito más que un breve cuarto de hora. Mientras tanto, prepárate para el hermoso viaje.
Vase Fausto.
MEFISTÓFELES
(Vestido con el ropón de Fausto.) Desdeña la razón y el saber, supremas fuerzas del hombre; déjate afirmar, por el espíritu de mentira, en las obras de ilusión y prestigio: te tengo incondicionalmente... Diole el destino un espíritu que, indómito, se lanza siempre adelante y, en su harto precipitado esfuerzo, salta por cima de los goces terrenos. Yo le arrastraré por una vida desordenada, por la trivial frivolidad; es preciso que se me revuelva, se obstine y se adhiera, e insaciable como es, verá suspendidos manjares y bebidas ante sus ávidos labios, sin que llegue a tocarlos. En vano implorará consuelo para él, y aunque no se hubiese dado al diablo, habría de perderse sin remedio.
Entra un Estudiante.
ESTUDIANTE
Poco tiempo hace que estoy aquí, y vengo sumiso para hablar y conocer a un hombre a quien todos me nombran con respeto.
MEFISTÓFELES
Vuestra cortesía me halaga en extremo. Veis un hombre como tantos otros. ¿Os habéis dirigido ya a otras partes?
ESTUDIANTE
Ruégoos que os intereséis por mí. Llego con la mayor voluntad, algún dinero y sangre joven. A duras penas consintió mi madre en separarse de mí. Bien quisiera yo aprender algo bueno.
MEFISTÓFELES
Entonces os halláis cabalmente en el sitio debido.
ESTUDIANTE
Francamente, quisiera volverme ya. Entre estos muros, en estos recintos, no me hallo a gusto en manera alguna. Es un espacio harto reducido, no se descubre nada de verdor, ningún árbol, y en esas aulas, en esos bancos, se me van el oído, la vista y el pensamiento.
MEFISTÓFELES
Eso no es sino cuestión de hábito. Tampoco, al principio, toma el niño de buen grado el pecho de su madre, pero bien pronto se alimenta con delicia. Así también, junto a los pechos de la sabiduría, sentiréis cada día acrecentarse vuestro afán.
ESTUDIANTE
A su cuello quiero colgarme con deleite. Mas decidme: ¿cómo puedo conseguirlo?
MEFISTÓFELES
Explicaos antes que vayáis más lejos. ¿Qué facultad elegís?
ESTUDIANTE
Quisiera llegar a ser muy sabio, y me gustaría comprender todo cuanto hay en la tierra y el cielo, la ciencia y la naturaleza.
MEFISTÓFELES
Estáis, pues, en el verdadero camino, pero no debéis dejaros distraer.
ESTUDIANTE
Conforme estoy en alma y cuerpo; pero sin duda no me vendría mal un poco de libertad y esparcimiento en las hermosas vacaciones de verano.
MEFISTÓFELES
Aprovechad el tiempo; ¡pasa tan pronto!... Pero el método os enseñará a ganarlo. Para ello, caro amigo, os aconsejo ante todo el Collegium logicum. Allí se adiestrará bien vuestro espíritu, aprisionado en borceguíes españoles, a fin de que así, más reflexivo, en adelante recorra con paso mesurado la vía del pensamiento y no divague tal vez como un fuego fatuo de aquí para allí, a diestro y siniestro. Luego se os enseñará durante muchos días que aquello que antes solíais ejecutar de un solo golpe con toda libertad, como el comer y el beber, es necesario hacerlo en uno, dos, tres tiempos. No hay duda que con la elaboración de las ideas pasa lo mismo que con una obra maestra de tejedor, en la cual una simple presión del pie pone en movimiento un millar de hilos, las lanzaderas se disparan hacia aquí y hacia allí, los hilos corren invisibles, y un golpe único forma de repente mil trabazones. Viene el filósofo, y os demuestra que ello debe ser de este modo: lo primero era así y lo segundo así, luego lo tercero y lo cuarto son así; y si lo primero y lo segundo no existiesen, lo tercero y lo cuarto jamás podrían existir. Los estudiantes de todas partes ponen esto sobre las nubes, mas no han llegado a ser tejedores. El que quiere conocer y describir alguna cosa viviente, procura ante todo sacar de ella el espíritu; entonces tiene en su mano las partes; lo único que falta, ¡ay!, es el lazo espiritual que las une. Encheiresin naturae llama a eso la química, que, sin saberlo, se burla de sí misma.
ESTUDIANTE
No puedo acabar de comprenderos.
MEFISTÓFELES
Pronto lo entenderéis mejor cuando aprendáis a reducirlo y clasificarlo todo como es debido.
ESTUDIANTE
Tan aturdido estoy con todo ello, como si dentro de la cabeza me diera vueltas una rueda de molino.
MEFISTÓFELES
En seguida, antes que ninguna otra cosa, es menester que os apliquéis a la Metafísica. En ella, ved de abarcar con espíritu profundo lo que no se adapta al cerebro humano. Para aquello que entra en él o deja de entrar, tenéis a vuestra disposición un nombre magnífico. Pero sobre todo, en este medio año observad bien el mejor método. Cinco horas de lección tenéis cada día; estad dentro al toque de campana. Venid bien preparado de antemano y tened bien aprendidos los parágrafos, a fin de que luego veáis más claro que el profesor no dice sino lo que está en el libro. No obstante, aplicaos de veras a escribir, como si os dictara el Espíritu Santo.
ESTUDIANTE
Eso no tendréis que decírmelo dos veces. Ya me figuro cuán provechoso es, puesto que lo que se posee en negro sobre blanco, puede uno llevárselo confiado a su casa.
MEFISTÓFELES
Elegidme, pues, una facultad.
ESTUDIANTE
A la Jurisprudencia no puedo acomodarme.
MEFISTÓFELES
No encuentro eso tan mal de parte vuestra. Bien sé lo que pasa con esta ciencia. Leyes y derechos se transmiten de un modo hereditario como una enfermedad perenne; van arrastrándose de generación en generación y avanzan lentamente de un lugar a otro. La razón se convierte en sinrazón, el beneficio en ofensa. ¡Desgraciado de ti que eres nieto! Del derecho que con nosotros ha nacido, de él, ¡ay!, nunca se trata.
ESTUDIANTE
Mi aversión crece al oíros. ¡Oh! ¡Dichoso aquel a quien vos adoctrináis! Ahora casi estoy por estudiar Teología.
MEFISTÓFELES
No quisiera yo induciros en error. Tocante a esta ciencia, es muy difícil evitar el falso camino; hay en ella tanto veneno escondido, que apenas puede distinguirse del remedio. También aquí lo mejor será que no escuchéis sino a un solo maestro y que juréis por su palabra. En suma, ateneos a las palabras. Entonces, entráis en el templo de la certeza por la puerta segura.
ESTUDIANTE
Pero la palabra debe entrañar un concepto...
MEFISTÓFELES
¡Desde luego! Pero no hay que apurarse mucho por eso, pues precisamente allí donde faltan los conceptos, se presenta una palabra en punto y en sazón. Con palabras se puede discutir a las mil maravillas, con palabras es posible erigir un sistema; en las palabras se puede creer a ciegas; de una palabra no se puede quitar ni una jota.
ESTUDIANTE
Perdonad si os detengo con tantas preguntas, pero no puedo menos de molestaros aún. ¿No podríais decirme también alguna palabrita de peso acerca de la Medicina? Tres años son un tiempo asaz breve, y ¡ay, Dios!, el campo es dilatado en exceso. Si uno tiene siquiera una indicación, esto permite orientarse más allá.
MEFISTÓFELES
(Aparte.) Ya estoy ahíto del tono árido; es menester que vuelva a mi papel de diablo. (Alto.) El espíritu de la Medicina es fácil de concebir. Estudiáis a fondo el grande y el pequeño mundo, para dejar al fin y al cabo que vayan las cosas como a Dios le plazca. Inútil es que divaguéis de un lado a otro en busca de sabiduría; cada uno aprende sólo aquello que puede aprender; sin embargo el que sabe aprovechar el momento oportuno, es el verdadero hombre. Por lo demás, estáis dotado de regular apostura, tampoco os falta osadía, y bastará que tengáis confianza en vos mismo, para que los demás la tengan en vos. Aprended sobre todo a gobernar las mujeres. Sus sempiternos ayes y gimoteos, repetidos de mil maneras diversas, hay que curarlos todos de un modo único, y con sólo portaros medio decentemente, dispondréis de todas ellas como se os antoje. Ante todo, un título debe darles plena garantía de que vuestro arte sobrepuja a muchas otras artes. De entrada palpáis entonces todas aquellas cositas, alrededor de las cuales otro va rodando años enteros. Sabed oprimir bien el pequeño pulso, y asestando pícaras miradas de fuego, ceñid con delicadeza el talle esbelto sin reparo alguno, para ver si está muy anudado.
ESTUDIANTE
Eso parece ya mejor. Al menos ve uno el dónde y el cómo.
MEFISTÓFELES
Toda teoría es gris, caro amigo, y verde el árbol de oro de la vida.
ESTUDIANTE
Os juro que eso me parece un sueño. ¿Me permitiréis que venga a molestaros otra vez para escuchar a fondo vuestra sabiduría?
MEFISTÓFELES
En lo que de mí dependa, lo haré gustoso.
ESTUDIANTE
No puedo en manera alguna retirarme sin presentaros antes mi álbum. Otorgadme esa muestra de fineza.
MEFISTÓFELES
Muy bien.
Escribe, y lo entrega.
ESTUDIANTE
(Lee.) Eritis sicut Deus, scientes bonum et malum.3
Cierra el álbum con respeto, y se despide.
MEFISTÓFELES
(Solo.) Sigue la vieja sentencia de mi prima la serpiente y de seguro que algún día te dará que sentir tu semejanza con Dios.
Entra Fausto.
FAUSTO
¿Adónde hay que ir ahora?
MEFISTÓFELES
A donde te plazca. Veremos primero el pequeño, y luego el gran mundo. ¡Con qué placer, con qué provecho vas a seguir de balde este curso!
FAUSTO
Pero con mi luenga barba, fáltame soltura en el trato de las gentes. La tentativa no me saldrá bien; jamás he sabido acomodarme al mundo. ¡Siéntome tan pequeño delante de los demás!... Siempre estaré perplejo.
MEFISTÓFELES
Todo se remediará, mi buen amigo. Sabrás vivir tan pronto como tengas confianza en ti mismo.
FAUSTO
¿Y cómo salimos de casa? ¿Dónde tienes los caballos, lacayo, carruaje?
MEFISTÓFELES
Extendamos sencillamente este manto, que nos ha de llevar por los aires. Para este atrevido viaje, te encargo sobremanera que no lleves ningún lío abultado. Un poco de aire ígneo, que yo prepararé, nos elevará pronto de esta tierra, y si somos ligeros subiremos con rapidez. Te felicito por el nuevo curso de tu vida.
El bodegón de Auerbach en Leipzig
Reunión de alegres camaradas.
FROSCH4
¿No quiere nadie beber? ¿Nadie reír? Ya os enseñaré yo a poner mal gesto. Vaya, que hoy estáis como paja mojada, vosotros que de ordinario ardéis siempre con llama viva.
BRANDER
Tuya es la culpa; no nos sales con nada, ni una simpleza, ni una porquería.
FROSCH
(Vertiéndole un vaso de vino sobre la cabeza.) Ahí tienes ambas cosas.
BRANDER
¡Recochino!
FROSCH
Puesto que lo quieres, no hay más remedio que serlo.
SIEBEL
¡Puertas afuera el que se desmande! A voz en cuello cantad coplas en rueda. ¡Emborrachaos y gritad! ¡Sus! ¡Hola! ¡Eh!
ALTMAYER
¡Ay de mí! Estoy perdido. ¡Venga algodón! Ese majadero me está desgarrando los oídos.
SIEBEL
Cuando retumba la bóveda, mejor se siente la potencia fundamental del bajo.
FROSCH
¡Muy bien! Y el que lo eche a mala parte, ¡afuera con él! ¡Ha tara lara la!
ALTMAYER
¡Ha tara lara la!
FROSCH
Las gargantas están afinadas. (Canta.) "¿Cómo se mantiene en pie todavía el amado Sacro Imperio Romano?"
BRANDER
¡Vaya canción fea! ¡Uf! Una canción política, una canción fastidiosa. Dad gracias a Dios todas las mañanas por no tener necesidad de cuidaros del Imperio Romano. Yo tengo al menos por una gran ventaja no ser Emperador ni Canciller. Pero tampoco debe faltarnos una cabeza. Elijamos Papa nosotros. Ya sabéis qué cualidad es la decisiva, la que enaltece al hombre.
FROSCH
(Canta.) "Levanta el vuelo, maese Ruiseñor; saluda diez mil veces a mi querida."
SIEBEL
A la querida, nada de saludos. De eso no quiero oír ni una palabra.
FROSCH
A la querida, saludo y beso. No serás tú quien me lo estorbe. (Canta.) "¡Cerrojo descorrido!, en la noche silenciosa. ¡Cerrojo descorrido!, el amado vela. ¡Cerrojo echado!, al despuntar el día."
SIEBEL
Sí, canta, canta y ensálzala y celébrala. Ya reiré yo a mi vez. Me engañó a mí, y lo mismo hará contigo. ¡Que le den por amante un diablillo que pueda refocilarse con ella en una encrucijada! ¡Que un viejo cabrón, al regresar del Blocksberg, con su voz temblona le dé aún las buenas noches al galope! Un bravo mozo de carne y hueso es demasiado bueno para esa perdida. No quiero saber de otro saludo que romperle a pedrada limpia los vidrios de su ventana.
BRANDER
(Golpeando la mesa.) ¡Cuidado!, ¡cuidado! ¡Obedecedme! Confesad, señores, que yo sé vivir: hay aquí presentes algunos enamorados, a quienes yo he de obsequiar, como se debe a su condición, con alguna cosa para pasar bien la noche. Estadme atentos. Ahí va una canción de novísimo corte. A grito pelado cantad conmigo el estribillo. (Canta.) "En un agujero de la despensa había un ratón; vivía solo de grasa y manteca, y había echado una tripita lo mismo que el doctor Lutero. La cocinera preparó su veneno, y entonces sintióse tan estrecho en el mundo, cual si tuviera amor en el cuerpo."
CORO
(Con algazara.) "Cual si tuviera amor en el cuerpo."
BRANDER
"Corre de aquí para allí, sale disparado, bebe con afán en todos los charcos, roe, araña toda la casa; de nada sirve su furor. Da muchos brincos de angustia, pero pronto se cansa el pobre animalito, cual si tuviera amor en el cuerpo."
CORO
"Cual si tuviera amor en el cuerpo."
BRANDER
"Corre azorado a la cocina en pleno día; cae junto al fogón, sacude las patitas y quédase tendido jadeando que da lástima. Ríese aún entonces la envenenadora. ¡Ay! Está ya en las últimas, cual si tuviera amor en el cuerpo."
CORO
"Cual si tuviera amor en el cuerpo."
SIEBEL
¡Cómo se divierten los badulaques! ¡Pues sí que hace falta gran habilidad, me parece a mí, para echar veneno a los pobres ratones!
BRANDER
¿Es que ellos disfrutan de tu favor?
ALTMAYER
¡Miren el barrigón de cabeza pelada! La desgracia le vuelve afable y tierno. En el hinchado ratón ve su perfecto retrato.
Entran Fausto y Mefistófeles.
MEFISTÓFELES
Ante todo, debo ahora introducirte en una alegre compaña, a fin de que veas cuán fácil es vivir. Para esa gente, cada día es una fiesta. Con un poquito de agudeza y mucho agrado, cada uno gira danzando en su estrecho círculo, como los gatitos al jugar con su cola. Cuando no se quejan de dolor de cabeza, y si el tabernero les fía, viven alegres y exentos de cuidados.
BRANDER
Ésos acaban de llegar de viaje; bien se echa de ver por su aspecto raro. No hace una hora que están aquí.
FROSCH
De veras, tienes razón. No me hables más que de mi Leipzig. Es un pequeño París, y educa a su gente.
SIEBEL
¿Por quién tomas tú a esos forasteros?
FROSCH
Dejadme a mí. En teniendo yo cerca un vaso lleno, les saco a esos camaradas lo que tengan dentro con la misma facilidad con que se le saca un diente a un niño. Paréceme que son de noble casa; tienen un aire altivo y displicente.
BRANDER
A buen seguro son charlatanes, ¡apuesto!
ALTMAYER
Tal vez.
FROSCH
Prestad atención. Voy a darles zumba.
MEFISTÓFELES
(A Fausto.) Esa gentecilla nunca huele al diablo, aunque la tenga él agarrada por el gañote.
FAUSTO
Recibid nuestro saludo, señores.
SIEBEL
Con mil gracias os lo devolvemos. (En voz baja, mirando de soslayo a Mefistófeles.) ¡Qué! ¿Cojea de un pie el tío ese?
MEFISTÓFELES
¿Podemos sentarnos también nosotros a vuestro lado? A falta de una buena bebida, que no es posible tener, la compañía nos deleitará.
ALTMAYER
Parecéis hombre muy mal acostumbrado.
FROSCH
Seguramente habréis salido tarde de Rippach. ¿Habéis cenado con maese Juan5 antes de partir?
MEFISTÓFELES
Hoy hemos pasado de largo por delante de su casa. La última vez que le hablamos nos dijo muchas cosas de sus primos, y nos encargó muchos saludos para cada uno de ellos.
Inclinándose hacia Frosch.
ALTMAYER
(En voz baja, a Frosch.) ¡Ahí tienes! No se mama el dedo.
SIEBEL
¡Es un tío ladino!
FROSCH
Espera un poco. Verás como le atrapo.
MEFISTÓFELES
Si no me engaño, hemos oído cantar un coro de voces adiestradas. Sin duda el canto debe resonar magnífico bajo esta bóveda.
FROSCH
¿Sois tal vez un virtuoso?
MEFISTÓFELES
¡Ah, no! La afición es grande, pero el talento escaso.
ALTMAYER
Cantadnos una canción.
MEFISTÓFELES
Muchas, si queréis.
SIEBEL
Pero que sea una pieza flamante.
MEFISTÓFELES
Cabalmente ahora mismo llegamos de España, hermoso país del vino y de las canciones. (Canta.) "Érase una vez un rey, que tenía una gran pulga..."
FROSCH
¡Oíd! ¡Una pulga! ¿Habéislo entendido bien? La pulga es para mí un curioso huésped.
MEFISTÓFELES
(Cantando.) "Érase una vez un rey, que tenía una gran pulga, a quien amaba no menos que a su propio hijo. Llamó a su sastre; el sastre acudió. -A ver, hazle un vestido al noble mozo,6 y tómale la medida para unos calzones."
BRANDER
Sobre todo, no se os olvide encarecer al sastre que le tome la medida con toda exactitud y, si tiene cariño a cabeza, procure que no hagan arrugas los calzones.
MEFISTÓFELES
"De seda y terciopelo quedó el bicho vestido; tenía cintas en el traje, en él llevaba también una cruz, y luego fue ministro y lucía una gran estrella. Entonces sus hermanos y hermanas llegaron a ser grandes personajes en la corte.
"Y los caballeros y las damas de palacio hallábanse muy molestados, la reina y su azafata sentíanse picadas y mordidas sin atreverse a aplastar con la uña los bichos ni a sacudírselos a fuerza de rascar. Pero nosotros los aplastamos y ahogamos al punto cuando nos pica alguno."
CORO
(Cantando con algazara.) "Pero nosotros los aplastamos y ahogamos al punto cuando nos pica alguno."
FROSCH
¡Bravo!, ¡bravo! ¡Linda canción!
SIEBEL
¡Así les suceda eso a todas las pulgas!
BRANDER
Alargad los dedos, y cogedlas con cuidado.
ALTMAYER
¡Viva la libertad! ¡Viva el vino!
MEFISTÓFELES
De buena gana bebería yo un vaso para ensalzar la libertad, si tan siquiera vuestros vinos fuesen un poquitín mejores.
SIEBEL
No queremos eso otra vez.
MEFISTÓFELES
Temo que se ofenda el tabernero; si no, regalaría a esta digna compañía con algo de nuestra bodega.
SIEBEL
Venga, venga, pues. Eso corre por mi cuenta.
FROSCH
Presentadnos un buen vaso, y haremos vuestro elogio. Pero no nos deis unas muestras mezquinas, porque si yo he de juzgar, quiero tener la boca bien llena.
ALTMAYER
(En voz baja.) Me huelo que son del Rhin.
MEFISTÓFELES
Traed acá un taladro.
BRANDER
¿Qué vais a hacer con él? Pero si no tenéis aún los toneles a la puerta...
ALTMAYER
Ahí detrás el tabernero tiene un esportillo con herramientas.
MEFISTÓFELES
(A Frosch, tomando el taladro.) Ahora decid que es lo que deseáis gustar.
FROSCH
¡Cómo se entiende! ¿Tanta variedad tenéis?
MEFISTÓFELES
Eso lo dejo al gusto de cada cual.
ALTMAYER
(A Frosch.) ¡Ajajá! Ya empiezas a relamerte.
FROSCH
Pues bien; si he de escoger yo, quiero vino del Rhin. No hay dones más ricos que los que ofrece la patria.
MEFISTÓFELES
(Haciendo un agujero en el borde de la mesa hacia el sitio donde está sentado Frosch.) Traedme acá un poco de cera para hacer luego los tapones.
ALTMAYER
¡Ah! ¡Ésas son artes de birlibirloque!
MEFISTÓFELES
(A Brander.) ¿Y vos?
BRANDER
Yo quiero champaña, y que sea bien espumoso.
Mefistófeles sigue taladrando. Uno de los camaradas ha hecho entre tanto los tapones de cera, con los cuales cierra los agujeros.
BRANDER
No siempre puede uno huir de lo extranjero; ¡lo bueno se halla muchas veces tan lejos!... El verdadero alemán no puede sufrir a los franceses, pero bebe con gusto sus vinos.
SIEBEL
(Mientras Mefistófeles se acerca a su sitio.) Debo confesar que no me gusta lo áspero. Dadme un vaso de legítimo dulce.
MEFISTÓFELES
(Mientras sigue barrenando.) Para vos, manará Tokay al instante.
ALTMAYER
No, señores; miradme cara a cara. Veo que os estáis burlando de nosotros.
MEFISTÓFELES
¡Ta, ta! Con unas personas tan nobles, la cosa sería un poco arriesgada. ¡Pronto! Decid sin empacho con qué vino puedo obsequiaros.
ALTMAYER
Con todos. No nos vengáis con tantas preguntas.
Después de hechos y tapados todos los agujeros.
MEFISTÓFELES
(Con ademanes y gestos extravagantes.) Racimos lleva la vid; cuernos el cabrón; jugoso es el vino; leña son los sarmientos; vino puede dar también la mesa de madera. Una profunda mirada en la Naturaleza, y cata ahí un milagro. ¡Creed tan sólo! Ahora quitad los tapones y bebed.
TODOS
(Mientras quitan los tapones y cae en los vasos el vino que ha pedido cada uno.) ¡Oh, fuente hermosa, que para nosotros mana!
MEFISTÓFELES
Sobre todo, tened cuidado de no derramar ni una gota.
Todos beben repetidas veces.
TODOS
(Cantan.) Estamos caníbalmente bien, como quinientos marranos.
MEFISTÓFELES
El pueblo es libre. ¡Ved qué bien le va!
FAUSTO
Me gustaría irme ahora mismo.
MEFISTÓFELES
Presta atención; la bestialidad va a manifestarse en toda su magnificencia.
SIEBEL
(Bebe sin precaución; el vino corre por el suelo y se convierte en llamas.) ¡Favor! ¡Fuego! ¡Socorro! ¡El infierno arde!
MEFISTÓFELES
(Conjurando la llama.) ¡Aplácate, elemento amigo! (A los compañeros.) Por esta vez, no ha sido más que una chispa del purgatorio.
SIEBEL
¿Qué significa eso? ¡Cuidado! Lo vais a pagar caro. Parece que no nos conocéis bien.
FROSCH
Guardaos de hacer eso otra vez.
ALTMAYER
Yo pienso que lo mejor será decirle con buenos modos que se largue tranquilamente.
SIEBEL
¡Qué, señor mío! ¿Quiere atreverse a hacer aquí mismo sus trápalas?
MEFISTÓFELES
¡Silencio, viejo tonel de vino!
SIEBEL
¿Aún querrás venirnos con desvergüenzas, palo de escoba?
BRANDER
¡Aguarda! Van a llover estacazos.
ALTMAYER
(Quita un tapón de la mesa y sale fuego en dirección a él.) ¡Que me abraso! ¡Que me abraso!
SIEBEL
¡Brujería! ¡Duro con él! El bribón está fuera de la ley.
Sacan los cuchillos y arremeten contra Mefistófeles.
MEFISTÓFELES
(Con gesto grave.) ¡Imagen y palabra mentidas muden el sentido y el lugar! ¡Estad aquí y allí!
Los compañeros se quedan atónitos mirándose unos a otros.
ALTMAYER
¿Dónde estoy? ¡Qué bello país!
FROSCH
Viñedos! ¿Veo bien?
SIEBEL
¡Y uvas al alcance de la mano!
BRANDER
Aquí bajo este verde emparrado, ¡mirad qué cepa! ¡Ved qué racimos!
Coge la nariz de Siebel; los demás hacen mutuamente lo mismo y levantan al aire sus cuchillos para cortarlas.
MEFISTÓFELES
(Como antes.) ¡Error, suelta la venda de los ojos! Y vosotros, recordad cómo se chancea el diablo.
Desaparece con Fausto; los compañeros se separan bruscamente unos de otros.
SIEBEL
¿Qué es eso?
ALTMAYER
¡Cómo!
FROSCH
¿Era eso tu nariz?
BRANDER
(A Siebel.) ¡Y tengo la tuya en la mano!
ALTMAYER
Ha sido un golpe que ha recorrido todos los miembros. Dadme una silla; desfallezco.
FROSCH
Pero, decidme: ¿qué ha ocurrido?
SIEBEL
¿Dónde está el bribón? Si llego a rastrearle, no se me escapará vivo.
ALTMAYER
Yo mismo le he visto salir por la puerta del bodegón cabalgando en un tonel. Tengo los pies como de plomo. (Volviéndose de cara a la mesa.) ¡Por mi vida! ¿Correría aún el vino?
SIEBEL
Todo fue farsa, mentira e ilusión.
FROSCH
Parecíame, sin embargo, que bebía vino.
BRANDER
Pero ¿qué ha sido de las uvas?
ALTMAYER
Y que me digan ahora que no ha de creer uno en milagros.
Cocina de Bruja
En un fogón bajo hay una gran marmita sobre el fuego. En el vapor que de ella se eleva aparecen figuras diversas. Una Mona está sentada junto a la marmita espumándola y cuidando de que no rebose. El Mono, con los pequeñuelos, está sentado cerca del fogón, calentándose. Las paredes y el techo están decorados con los más extraños arreos y útiles de las hechiceras.
Fausto, Mefistófeles.
FAUSTO
Asco me da ese estrambótico aparato hechiceresco. ¿Me prometes que yo me recobraré en ese caos de extravagancias? ¿Será menester que pida consejo a una vieja? Y ese asqueroso mejunje ¿me quitará treinta años del cuerpo? ¡Desdichado de mí si no sabes nada mejor! Ha desaparecido ya para mí la esperanza. ¿No ha descubierto algún bálsamo la Naturaleza ni un noble espíritu?
MEFISTÓFELES
Ahora hablas de nuevo sesudamente, amigo mío. Para rejuvenecerte, hay también un medio natural, pero se halla en otro libro y forma un curioso capítulo.
FAUSTO
Quiero saberlo.
MEFISTÓFELES
Bien está. Es un remedio que se logra sin dinero, sin médico y sin brujería. Vete en seguida al campo, empieza a cavar y remover la tierra, manténte tú y tu espíritu en un círculo muy reducido; susténtate con alimentos sencillos, vive como bestia entre las bestias, y no tengas por delito estercolar tú mismo el campo cuyas mieses recogerás. He aquí el mejor medio, créelo, para remozarte hasta los ochenta años.
FAUSTO
No estoy habituado a eso; no puedo avenirme a empuñar el azadón. La vida estrecha no es en modo alguno para mí.
MEFISTÓFELES
Entonces forzoso será que en ello intervenga la bruja.
FAUSTO
¿Y por qué ha de ser precisamente esa vieja? No puedes preparar tú mismo la pócima?
MEFISTÓFELES
¡Vaya un bonito pasatiempo! Entre tanto podría yo muy bien construir un millar de puentes. Para esa obra no bastan el arte y el saber; también se necesita paciencia. Un espíritu tranquilo se pasa trabajando así años enteros, y sólo el tiempo hace eficaz la sutil fermentación. Y todo cuanto para ello es menester, son cosas raras en extremo. No hay duda que el diablo es quien lo enseñó a la bruja, pero el diablo no puede hacerlo. (Reparando en los animales.) ¡Mira qué graciosa familia! Ésta es la criada; éste, el criado. (A los animales.) Parece que la señora no está en casa.
LOS ANIMALES
Para ir al festín, ha salido de casa por el tubo de la chimenea.
MEFISTÓFELES
¿Y cuánto tiempo suele correr de un lado a otro?
LOS ANIMALES
El tiempo de calentarnos las patas nosotros.
MEFISTÓFELES
(A Fausto.) ¿Qué te parecen estos delicados animales?
FAUSTO
Los más insulsos que he visto en mi vida.
MEFISTÓFELES
¡Quiá! Una cháchara como ésa es cabalmente la que sigo con más gusto. (A los animales.) Ea, decidme, muñecos malditos, ¿qué papilla es ésa que estáis revolviendo ahí?
LOS ANIMALES
Cocemos unas bazofias.
MEFISTÓFELES
Entonces tendréis un gran público.
MONO
(Acercándose a Mefistófeles y haciéndole carantoñas.) ¡Oh! Juguemos a los dados en seguida, y hazme rico dejándome ganar. Esto anda muy mal, y si yo tuviese dinero, estaría dotado de sentido.
MEFISTÓFELES
¡Qué dichoso se juzgaría el mono si pudiera jugar también a la lotería!
Entre tanto, los monos pequeños han estado jugando con una gran bola, y la hacen rodar hacia delante.
MONO
¡He aquí el mundo! Sube y baja y rueda sin cesar. Suena como vidrio. ¡Cuán pronto se quiebra! Está hueco por dentro. Por aquí brilla mucho, y por aquí aún más. Yo soy viviente. Amado hijo mío, atente a ello. Tú debes morir. Es de arcilla, y se hace añicos.
MEFISTÓFELES
¿Para qué sirve esa criba?
MONO
(Descolgándola.) Si fueras un ladrón, yo te reconocería al punto. (Corre hacia la Mona, y la hace mirar a través de la criba.) Mira a través de la criba. ¿Reconoces al ladrón y no te atreves a nombrarlo?
MEFISTÓFELES
(Acercándose a la lumbre.) ¿Y ese puchero?
EL MONO Y LA MONA
¡Necio mentecato! ¡No conoce el puchero! ¡No conoce la marmita!
MEFISTÓFELES
¡Descortés animal!
MONO
Toma el escobón que está aquí y siéntate en esta silla.
Invitando a Mefistófeles a sentarse.
FAUSTO
(Que durante este tiempo había permanecido delante de un espejo, ya acercándose a él, ya alejándose.) ¡Qué veo! ¿Qué celestial imagen se muestra en este mágico espejo? ¡Oh, Amor, préstame las más veloces de tus alas y condúceme a la región que ella habita! ¡Ah! Si me muevo de este sitio, si me aventuro a acercarme, no puedo verla sino como envuelta en niebla. ¡La más hermosa imagen de mujer! ¿Es posible que la mujer sea tan bella? ¿He de ver yo en este cuerpo tendido el compendio de todos los cielos? ¿Existe en la tierra cosa igual?
MEFISTÓFELES
Naturalmente, cuando todo un Dios se afana primero durante seis días, y al fin exclama: ¡Bravo!, por fuerza ha de resultar una cosa razonable. Por esta vez, mira hasta saciarte; yo sabré descubrir para ti un tesoro semejante, y ¡dichoso aquel que, en calidad de novio, tenga la buena fortuna de llevársela a su casa!
Fausto mira sin cesar en el espejo; Mefistófeles, arrellanándose en el asiento y mientras juega con el escobón, continúa hablando.
Heme aquí sentado como un rey en su trono. Aquí tengo el cetro; sólo me falta la corona.
LOS ANIMALES
(Que hasta ahora han hecho toda clase de movimientos extravagantes en revuelta confusión, llevan con grande algarabía una corona a Mefistófeles.) ¡Oh! Tened la bondad de embadurnar esta corona con sudor y sangre.
Los animales manejan con torpeza la corona y la rompen en dos pedazos, con los cuales saltan de un lado a otro.
¡Ya está hecho! Nosotros hablamos y vemos, nosotros oímos y rimamos.
FAUSTO
(Frente al espejo.) ¡Ay de mí! Aquí me vuelvo loco.
MEFISTÓFELES
(Señalando a los animales.) Ahora hasta casi comienza a darme vueltas la cabeza.
LOS ANIMALES
Y si ello nos sale bien, y si se concierta, resultan pensamientos.
FAUSTO
(Como antes.) Mi pecho se me empieza a quemar. ¡Alejémonos rápidos!
MEFISTÓFELES
(En la actitud anterior.) Vaya, al menos hay que reconocer que son poetas sinceros.
La marmita, que hasta entonces la Mona había descuidado, empieza a rebosar. De resultas de ello, surge una gran llama que sube hasta la chimenea. La Bruja desciende rápidamente a través de la llama dando espantosos alaridos.
BRUJA
¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Arre allá, maldita marrana! ¡Bestia condenada! ¿Así cuidas de la marmita? ¿Así quemas a la señora? ¡Maldito animal! (Viendo a Fausto y Mefistófeles.) ¿Qué es eso? ¿Quiénes sois? ¿Qué buscáis ahí? ¿Quién se ha metido aquí a hurtadillas? ¡Que el tormento del fuego os llegue hasta los huesos!
Mete súbitamente la espumadera en la marmita y lanza con fuerza una rociada de llamas sobre Fausto, Mefistófeles y los animales. Los animales dan gritos lastimeros.
MEFISTÓFELES
(Da media vuelta al escobón que tiene en la mano, y golpea con el mango a derecha e izquierda los vasos y cacharros.) ¡Partido! ¡Partido! Ahí está derramada por el suelo la papilla. Ahí por tierra está el vaso. No es sino pura diversión, carroña; llevo el compás de tu melodía. (Mientras la Bruja retrocede llena de furor y espanto.) ¿Me conoces ahora, estantigua, tarasca? ¿No conoces a tu amo y señor? No sé qué me detiene que no te zurro y no te hago pedazos a ti y a tus espíritus-monos. ¿No tienes ya respeto al jubón rojo? ¿No sabes distinguir la pluma de gallo? ¿Por ventura he ocultado este rostro? ¿Será menester acaso que me nombre yo mismo?
BRUJA
¡Oh! Perdonad, señor, mi grosero saludo. Pero no veo ningún pie de caballo. ¿Dónde están, pues, vuestros dos cuernos?
MEFISTÓFELES
Por esta vez, te escapas así; porque la verdad es que hace ya algún tiempo que no nos hemos visto. La cultura, que pule al mundo entero, ha alcanzado también al mismo diablo. El Fantasma del Norte no se deja ver ya. ¿Dónde ves tú cuernos, rabo ni garras? Y en lo que atañe al pie, del cual no me puedo privar, me perjudicaría ante las gentes. Por esta razón, desde hace muchos años, me valgo, como más de un mozalbete, de pantorrillas postizas.
BRUJA
(Bailando.) Casi pierdo el sentido y el juicio al ver aquí otra vez al señorito Satán.
MEFISTÓFELES
Guárdate bien, mujer, de darme tal nombre.
BRUJA
¿Y por qué? ¿Qué os ha hecho?
MEFISTÓFELES
Desde hace mucho tiempo está inscrito en el libro de la fábula. Mas no por eso han mejorado los hombres; están libres del Malo, pero los malos han quedado. Llámame señor barón, y así va bien. Yo soy un caballero como otro cualquiera. No puedes dudar de mi noble sangre. Mira: he aquí mis blasones.
Hace un ademán deshonesto.
BRUJA
(Riendo a carcajadas.) ¡Ja ja! Eso es de vuestro estilo. Sois un pícaro, como siempre lo fuisteis.
MEFISTÓFELES
(A Fausto.) Apréndelo bien, amigo mío. Ésta es la manera de tratar con las brujas.
BRUJA
Y ahora decidme, señores: ¿qué deseáis?
MEFISTÓFELES
Un buen vaso del licor que tú sabes. Pero he de pedirte del más añejo que tengas; los años doblan su fuerza.
BRUJA
Que me place. Aquí tengo una redoma, de la cual por golosina bebo yo misma de vez en cuando, y que no hiede ya lo más mínimo. Con mil amores voy a ofreceros un vasito. (En voz baja a Mefistófeles.) Pero si ese hombre lo bebe sin estar preparado, bien lo sabéis, no puede vivir ni una hora.
MEFISTÓFELES
Es un buen amigo, a quien eso ha de hacer bien; quisiera para él lo mejor de tu cocina. Traza tu círculo, pronuncia tus fórmulas, y preséntale una taza llena.
La Bruja, haciendo estrambóticos ademanes, traza un círculo en el cual dispone objetos extraños. Entre tanto, los vasos y las marmitas empiezan a sonar, haciendo música. Por fin, trae ella un grueso librote y coloca los Monos dentro del círculo, para que le sirvan de atril y tengan la antorcha. Hace a Fausto seña de acercarse.
FAUSTO
(A Mefistófeles.) No; dime: ¿en qué vendrá a parar todo ello? Esos chirimbolos extravagantes, esos ademanes frenéticos, esa farsa tan ridícula me son conocidos y asaz odiosos.
Darmowy fragment się skończył.