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Padres e hijos


Padres e hijos (1862) Iván Turgénev

Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Edición: Octubre 2021

Imagen de portada: Pixabay

Traducción: Ana Lev

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  .

2  I

3  II

4  III

5  IV

6  V

7  VI

8  VII

9  VIII

10  IX

11  X

12  XI

13  XII

14  XIII

15  XIV

16  XV

17  XVI

18  XVII

19  XVIII

20  XIX

21  XX

22  XXI

23  XXII

24  XXIII

25  XXIV

26  XXV

27  XXVI

28  XXVII

29  XXVIII

.

A la memoria de

Visarion Grigorievich Blielinski

I

—¿Y qué, Piotr? ¿No se divisa nada todavía? —preguntaba el 20 de mayo de 1859 un señor de algo más de cuarenta años, saliendo con la cabeza descubierta al zaguán de hostería situada en el camino. Vestía abrigo, cubierto de polvo, y pantalones a cuadros. Preguntaba a un mozo mofletudo, de barbilla incipiente y pequeños ojuelos opacos.

Todo en el criado denotaba un hombre de la nueva generación: pendiente color turquesa en la oreja, cabello de color indefinido y perfumado, camino y respondió:

—Pues no, no se ve nada.

—¿Nada? —respondió por segunda vez el criado.

El señor lanzó un suspiro y se sentó en un pequeño banco (lo presentaremos a nuestro lector mientras permanece sentado, con las piernas encogidas, mirando pensativo a su alrededor).

Se llama Nikolai Petrovich Kirsanov. A unas quince verstas(1) de la hostería posee una buena hacienda, con unas doscientas almas, o de dos mil desiatinas(2) de tierra, como dice desde que deslindó sus tierras de las de los campesinos y organizó una “granja”. Su padre había sido general y combatió en 1812. Hombre rudo, poco ilustrado, aunque bastante bueno, fue haciendo lo que pudo: primeramente tuvo a su mando una brigada, después una división, y vivió de un modo permanente en provincia donde, a merced de su graduación, desempeñó un papel bastante importante.

Nikolai Petrovich nació en el sur de Rusia y al igual que su hermano Pavel, al que nos referiremos más adelante, se educó en casa hasta la edad de catorce años, rodeado de preceptores de poca monta, serviles ayudantes y demás personajes pertenecientes al regimiento y al estado mayor. Su progenitora, de soltera Agathe Koliasina y de generala Agazfokleia Kusminishna Kirsanova, era una mujer mandona, usaba tocadas crinolinas y crujientes vestidos de seda. En la iglesia era la primera en acercarse a la cruz, hablaba en voz alta, permitía que los niños le besaran la mano por la mañana y los bendecía por la noche. En pocas palabras, vivía a su gusto.

Nikolai Petrovich, lejos de distinguirse por su valor, se había ganado el calificativo de cobarde. Sin embargo, como correspondía a un hijo de general, debía incorporarse al ejército, lo mismo que su hermano Pavel. Y justamente el mismo día que llegó la noticia de su nombramiento, se rompió una pierna.

Después de guardar cama durante dos meses se quedó cojo para toda la vida. En cuanto cumplió dieciocho años lo llevó a Petersburgo y lo dejo en la universidad. Por entonces su hermano Pavel alcanzó el grado de oficial en el regimiento de la guardia. Ambos jóvenes se alojaron juntos en un departamento, bajo la lejana custodia de un tío segundo por línea paterna, Ilia Koliasin, alto funcionario. El padre volvió a su división y con su esposa, y sólo de cuando en cuando enviaba a sus hijos grandes cuartillas de papel gris, escritas con negligente letra de escribano, que firmaba con las palabras: “Piotr Kirsanov, general-mayor”, rubricadas con rebuscados trazos.

En el año 1835 Nikolai Petrovich se graduó de licenciado y ese mismo año el general Kirsanov, que fue relevado en el servicio por cometer una falla al pasar revista, tuvo que pedir el retiro e instalarse con la esposa en Petersburgo. Se disponía a alquilar una casa junto al parque Tavricheski y hacerse miembro del aristocrático Club Inglés, cuando falleció repentinamente de un ataque de apoplejía. Agazfokleia Kusminishna lo siguió a la tumba poco después. No podía acostumbrarse a la vida tranquila de la capital y la nostalgia del ambiente militar acabó con ella.

Entre tanto Nikolai, todavía atado a sus padres y con pesar de éstos, se enamoro de la hija del funcionario Prepolovienski, antiguo dueño de su departamento. Era una joven agraciada y hasta instruida, que leía en las revistas sesudos artículos en la sección de ciencias. Tan pronto acabó el luto, Nikolai se casó con ella, dejando el ministerio de rentas, donde su padre lo había colocado por recomendación.

Vivió feliz, primeramente en una dacha, cerca del Instituto Forestal, luego, en la ciudad, en un lindo departamento con pulcras escaleras y frío recibidor, y más tarde en la aldea, lugar en el que se instalaron definitivamente y donde pronto nació su hijo Arkadi. El matrimonio llevaba una vida plácida y tranquila: nunca se separaron, leían juntos, tocaban el piano a cuatro manos, cantaban a dúo. Ella plantaba flores y cuidaba aves del corral. Él salía de caza de cuando en cuando y se ocupaba de la hacienda. En cuanto a Arkadi, se criaba plácidamente y sin ruido. Y así pasaron diez años como un sueño.

En el año 1847 la esposa de Kirsanov falleció y él soporto a duras penas el golpe; encaneció en unas semanas. Y se disponía a salir para el extranjero con el fin de distraerse aunque fuera un poco, cuando llegó el año de 1848(3) y se vio obligado a regresar a la aldea, donde después de un periodo bastante largo de inactividad comenzó a reformar su hacienda. En el año 1855 llevó a su hijo a la universidad y vivió con él tres inviernos en Petersburgo, sin salir apenas de casa y procurando hacer amistad con los jóvenes compañeros de Arkadi. El último invierno no pudo desplazarse y aquí lo tenemos en el mes de mayo de 1859, totalmente encanecido, regordete, algo encorvado y esperando a su hijo que lo mismo que él en otro tiempo, ha recibido el título de licenciado.

El criado, quizá por cortesía o quizá por librarse de la vigilancia del señor, entró en el portal y encendió su pipa. Nikolai Petrovich bajó la cabeza y comenzó a contemplar las viejas escaleras del zaguán. Un hermoso gallo de abigarrado plumaje se paseaba pausadamente por ellas, pisando fuerte con sus patas amarillentas, mientras una gata manchada lo miraba con hostilidad, acurrucada en la barandilla. El sol abrasaba y el fondo del zaguán de la hostería despedía olor a pan de centeno reciente. Nuestro Nikolai Petrovich soñaba despierto. A su mente acudían constantemente las mismas palabras: “Mi hijo... Arkacha... licenciado.” Trataba de pensar en alguna otra cosa, mas de nuevo volvían a su imaginación las mismas ideas. Recordaba a su difunta esposa... “¡No llegó a ver esto!”, musitó abatido... Una paloma azul se posó en el camino y se apresuró a beber en un charquito, cerca del pozo, Nikolai Petrovich se puso a contemplarla, pero en aquel instante su oído percibió el traqueteo de unas ruedas que se aproximaban...

—¡Creo que ya se viene! —exclamó el criado, saliendo del portal.

Nikolai Petrovich se levantó de un salto y fijo la vista en el camino. Apareció un tarantas(4) tirado por una tríada de caballos de relevo. En el coche se divisaba la silueta de un joven con un gorro de estudiante y las fracciones del rostro amado...

—¡Akarcha! ¡Akarcha! —gritó Kirsanov, y echó a correr agitando los brazos.

Unos instantes después sus labios besaban la mejilla lampiña, tostada por el sol y polvorienta, del joven licenciado.

(1) Una vesrtá es una antigua unidad de medida rusa que equivale a 1,066.8 metros. A su vez equivale a 500 sazhen, que miden 2.13 metros cada uno.

(2) Una desiatina, también antigua unidad de medida rusa, equivale a 10,925.4 metros.

(3) En ese año el zar Nicolás prohibió los viajes al extranjero debido al brote de la revolución en Francia.

(4) Carruaje de cuatro ruedas.

II

—Deja que me sacuda primero, papascha —exclamó Arkadi, con sonora voz juvenil, aunque algo ronca por el viaje, respondiendo alegremente a las caricias de su padre—, te voy a llenar de polvo.

—¡No importa, no importa! —repetía sonriendo enternecido Nikolai Petrovich, sacudiendo un par de veces el polvo del cuello del capote de su hijo y de su propio abrigo.

—¡Déjame que te vea, déjame! —añadió apartándose, y enseguida se dirigió con paso apresurado a la hostería, diciendo— ¡Que traigan inmediatamente los caballos!

Nikolai Petrovich parecía mucha más emocionado que su hijo; se mostraba aturdido, intimidado. Arkadi lo contuvo.

—Papasha —dijo—, permíteme que te presente a mi buen amigo Basarov, de quien te he escrito con tanta frecuencia. Es tan amable que ha accedido a ser nuestro huésped.

Nikolai Petrovich se volvió rápidamente y se acerco a un joven de elevada estatura que acababa de apearse del coche y estrechó con fuerza la mano enrojecida, que aquél tardó en tenderle.

—Encantado y agradecido por su buena intención de visitarnos; espero... Por favor, ¿Su nombre y patronímico?

—Evgueni Vasilievich —respondió Basarov con voz perezosa, pero varonil, abriendo el cuello de su larga camisa y mostrando a Nikolai Petrovich su rostro, largo y enjuto, frente alta, nariz achatada en su parte superior y aguda en la punta, grandes ojos verdes y patillas de color de arena. Animado por una plácida sonrisa, aquel rostro expresaba seguridad en sí mismo e inteligencia.

—Espero, amable Evgueni Vasilievich, que no se aburra usted con nosotros —continuó Nikolai Petrovich.

Los labios finos de Basarov se movieron ligeramente, mas no hubo respuesta. El joven se echó atrás la visera descubriendo sus cabellos de un rubio oscuro, largos y espesos, que no lograban ocultar su anchurosa frente.

—Bueno, Arkadi —dijo de nuevo Nikolai Petrovich volviéndose a su hijo—, ¿enganchemos ya los caballos o prefieres descansar?

—Ya descansaremos en casa, papasha, manda que los enganchen.

—¡Enseguida, enseguida! —exclamó el padre—. Vamos, Piotr, ¿no has oído? Ocúpate de ello, rápido.

Piotr, que como aleccionado sirviente, no había tenido la mano del señorito, limitándose a hacerle una reverencia desde lejos, desapareció de nuevo tras el portalón.

—También para tu carruaje hay una tríada de caballo —brindó obsequioso Nikolai Petrovich, mientras Arkadi bebía agua jarrita de hierro que le trajo la dueña de la hostería y Basarov fumaba su pipa—, sólo que mi coche es de dos asientos y no sé si tu amigo...

—Él ira en el tarantas —le interrumpió a media voz Arkadi—. Por favor no seas tan ceremonioso con él, es un chico estupendo, muy sencillo, ya lo verás.

El cochero de Nikolai Petrovich sacó los caballos.

—¡Vamos barbudo, gira! —dijo Basarov al cohcero.

—¿Has oído, Mitiuja, lo que te ha dicho el señor? —observó otro cochero que estaba allí con las manos metidas en las aberturas traseras de su larga zamarra—, te ha llamado barbudo.

Mitiuja se sacudió el gorro y tiró de las riendas del sudoroso corcel.

—¡Rápido! ¡Rápido, muchachos, que habrá para vodka! —exclamó Nikolai Petrovich.

Al cabo de unos minutos los caballos estaban ya enganchados y padre e hijo se acomodaron en el coche.

Piotr se encaramó en el pescante. Basarov subió de un salto al tarantas, reclinó la cabeza en la almohada de cuero y ambos carruajes arrancaron.

III

—Por fin te has licenciado y has vuelto a casa —dijo Nikolai Petrovich tocando cariñosamente a su hijo, ya en el hombro, ya en la rodilla.

—¿Y el tío? ¿está bien? —preguntó Arkadi, quien pese a la sincera alegría, casi infantil que lo embargaba, se apresuró a llevar el tono emocional de la conversación hacia el cauce normal.

—Está bien. Hubiera querido venir conmigo a recibirte, pero finalmente cambió de opinión.

—¿Estuviste mucho tiempo esperándome?

—Unas cinco horas.

—¡Qué bueno eres, papascha!

Arkadi se volvió súbitamente y beso la mejilla de su padre.

Nikolai Petrovich rió.

—Ya verás qué estupendo caballo te he preparado. Y tu habitación ha sido empapelada.

—¿Hay también habitación para Basarov?

—Habrá también una para él.

—Por favor, papascha, sé amable con él. No puedo expresarte hasta qué punto estimo su amistad.

—¿Hace poco que lo conoces?

—Sí, hace poco.

—Por eso no lo vi el año pasado. ¿Cuál es su ocupación? —Estudia ciencias naturales. Pero sabe de todo. El año que viene quiere doctorarse.

—¡Ah! En la facultad de medicina —observó Nikolai Petrovich, y calló. Luego señalando con el dedo, agregó—: Piort, ¿serán campesinos nuestros aquellos que pasan?

Piotr miró en la dirección que le indicaba su señor.

Unos cuantos carros, tirados por caballos sin arreos, rodaban ligeros por el angosto camino. En cada carro iban uno o dos campesinos, con las pellizas desabrochadas.

—Exactamente —respondió Piort. —¿Y dónde irán? ¿A la ciudad?

—Es de suponer que a la ciudad. Irán a la taberna —añadió despectivamente Piotr, y se inclinó ligeramente hacia el cochero, como aludiéndolo. Más éste ni siquiera se inmutó; era un hombre de viejo temple, que no hacía caso de alucinaciones por el estilo.

—Este año me dan mucho que hacer los campesinos —continuó Nikolai Petrovich dirigiéndose a su hijo—. No pagan obrok(5), ¿qué harías?

—Y con tus jornaleros ¿estás contento?

—Sí —musitó entre dientes Nikolai Petrovich—. Lo malo es que les pegan; pero de todos modos no se afanan de verdad. Estropean los arreos. Aunque hay que decir que no han arado mal. Sí se muele, habrá harina. ¿Es que acaso ahora te interesa la hacienda?

—Lástima que aquí no hay sombra —observó Arkadi sin dar respuesta a la última pregunta de su padre.

—He puesto una gran marquesina sobre el balcón, en la parte norte —dijo Nikolai Petrovich—, ahora podremos comer al aire libre.

—Se parece a una dacha... mas no tiene importancia. ¡Lo que vale es el aire de aquí! ¡Qué aroma tan magnífico! De verdad creo que en ningún otro lugar hay un olor como el de estos confines. Y este cielo...

Arkadi se detuvo de pronto, lanzó una mirada hacia atrás, en dirección a Basarov, y se calló.

—Es natural —apuntó Nikolai Petrovich —, Tú has nacido aquí y debe parecerte que todo tiene algo de especial.

—Pero papacha, qué más da el lugar donde nazca el hombre. — Sin embargo...

— No, es absolutamente lo mismo.

Nikolai Petrovich miró de lado a su hijo. El coche había recorrido ya media versta antes que la conversación se reanudase entre ello.

—No recuerdo si te notifiqué el fallecimiento de Egoravna, tu antigua aya(6) —profirió Nikolai Petrovich:

—¿De veras? ¿Pobre vieja! Y Prokofich, ¿vive?

—Si y no ha cambiado nada. Continúa echando barriga. En general, no hallarás grandes cambios en Marino.

—¿Tienes el mismo intendente?

—De intendente sí he cambiado. He decidido no tener más antiguos domésticos, o al menos, no confiarles ningún puesto de responsabilidad. Ahora tengo un intendente de la pequeña burguesía que parece un chico activo. Le he designado doscientos cincuenta rublos anuales.

—Bueno —añadió Nikolai Petrovich pasándose la mano por la frente y las cejas, lo cual ere siempre en él indicio de turbación—. Acabo de decirte —añadió— que no hallarás grandes cambios en Marino... Pero eso no es del todo cierto. Creo mi deber prevenirte que, aunque...

Tartamudeo un instante y finalmente continuó en francés:

—Un moralista riguroso encontraría inoportuna mi sinceridad; en primer lugar, lo que te voy a decir no se puede ocultar, y en segundo, tú sabes que yo siempre he tenido mis principios particulares respecto a las relaciones entre padre e hijo. Naturalmente que tienes derecho a censurarme. A mi edad... Para decirlo de una vez... Se trata de esa muchacha... de aquella chica de quien probablemente has oído hablar...

—¿Fiechnika? —preguntó Arkadi con desenfado.

Nikolai Petrovich se sonrojo.

—Por favor, no la nombres en voz alta. Sí, Fiechnika; ahora vive conmigo. La instalé en casa, había dos habitaciones pequeñas. No obstante, todo eso se puede cambiar.

—¿Cambiar, papacha? ¿Para qué?

—¿Me parece violento, ante tu amigo.

—Por Basarov no te preocupes, él está encima de todo eso. —Lo malo es que el pabellón lateral no vale nada.

—¡Ea, papacha, parece que estuvieras disculpándote. ¿No te da vergüenza?

—Claro que tiene que darme vergüenza —respondió Nikolai Petrovich enrojeciendo cada vez más.

—¡Basta, papacha, basta! Hazme el favor —exclamó Arkadi sonriendo cariñoso —.

“¡Disculparse de eso!”, pensó para sus adentros, mientras se adueñaba de él un sentimiento de indulgente ternura hacia su bondadoso y blando padre, mezclado con una sensación de cierta superioridad oculta.

—¡No hables más de eso, por favor! —repitió una vez más, complaciendo espontáneamente al percatarse de su propia instrucción y sentido de la libertad.

Nikolai Petrovich lo miró y sintió una punzada en el corazón... Mas inmediatamente se repuso.

—Estos ya son nuestros campos —dijo después de un largo silencio.

—Y aquél parece nuestro bosque —contestó Arkadi.

—Si, el nuestro. Pero lo vendí. Este año lo talarán.

—¿Por qué lo vendiste?

—Necesitaba dinero. Además esa tierra pasa a los campesinos. —¿Los que no te pagan el obrok?

—Eso es cosa suya; por lo demás, algún día pagarán.

—¡Lastima de bosque! —señaló Arkadi mirando a su alrededor.

Los parajes que atravesaban no podían denominarse pintorescos. Campos y más campos se extendían hasta la misma línea del horizonte, ya elevándose suavemente, ya descendiendo de nuevo. Aquí y allí se divisaban pequeños arbustos. Serpenteaban los barrancos, recordando al que los contemplaba la imagen de los mismos en los antiguos planos de los tiempos de Ekaterina.

Aparecían también riachuelos con escarpadas orillas y diminutos estanques con un mal dique, y aldeúchas con pequeñas cabañas de madera de oscuros tejados medio desmantelados, con paredes de seco ramaje entretejido, y las bostezantes portezuelas de parajes desiertos, y las iglesias, una veces de ladrillo con el estuco desconchado a trechos, otras de madera con las cruces torcidas y los cementerios ruinosos.

Akadi sentía que el corazón se le oprimía cada vez más. Como si fuera a propósito, los campesinos que encontraban a su paso montaban cansadas cabalgaduras, iban vestidos de harapos, como mendigos. En el borde del camino se alzaban sauces con la corteza desgarrada y las ramas rotas. Vacas flacas de ordinario pelambre pastaban ávidamente la hierba, como si acabasen de liberarse de amenazadoras garras. Y al conjuro del miserable aspecto de aquellos exhaustos animales, en medio de un hermoso día primaveral, se le pareció el níveo espectro del invierno, triste e infinito, con sus borrascas, heladas y nieves...

“No, pensó Arkadi, no es rica esta comarca. No sorprende por el bienestar ni el amor al trabajo. No, no puede quedarse así, son necesarias transformaciones..., pero ¿cómo realizarlas? ¿Cómo proceder...?”

Así reflexionaba Arkadi... y mientras lo hacía, la primavera se iba imponiendo. Todo alrededor reverdecía con destellos dorados; todo palpitaba y brillaba amplía y dulcemente bajo el apacible hálito del viento cálido: los árboles, los arbustos y la hierba. Por doquier cantaban las alondras con largos y sonoros trinos. Las avefrías ora gritaban batiendo las alas sobre los prados, ora revoloteaban en silencio sobre los terrones. Destacando su negro plumaje sobre las verdeantes espigas, iban de un lado para otro los grajos, que desaparecían después de entre los ondulados trigales, asomando de cuando en cuando sus cabecitas. Arkadi miraba extasiado y paulatinamente fueron disipándose sus reflexiones... Se quitó bruscamente el capote y miró a su padre con alegría infantil, abrazándolo de nuevo.

—Ya queda poco —observó Nikolai Petrovich—. En cuanto salvemos ese montículo se verá la casa. Viviremos a placer, Arkadi. Tú me ayudarás en la hacienda, si ello no te aburre. Es necesario que nos unamos estrechamente, que nos conozcamos bien, ¿verdad?

—Claro —respondió Arkadi—, pero ¡qué maravilloso día hace hoy!

—Es por tu llegada, hijo mío. Sí, la primavera brilla en todo su esplendor. Además, estoy de acuerdo con Puchkin, que en Evgueni Oneguin dice:

¡Cómo me entristece tu llegada, Primavera, tiempo de amar! Que...

—¡Arkadi, mándame una cerilla, no tengo con qué encender la pipa! —resonó la voz de Basarov desde el carruaje.

Nikolai Petrovich se calló. Arkadi, que había empezado a escuchar a su padre con cierto asombro, mezclado de compasión, se apresuró a sacar del bolsillo una cerillera de plata, que pasó a Basarov por medio de Piort.

—¿Quieres un cigarro? —gritó de nuevo Basarov.

—Pásame uno —respondió Arkadi.

Piotr volvió al coche y le entregó la caja de cerillas junto con

un gran puro que Arkadi encendió al instante extendiendo en torno suyo un fuerte olor acre a tabaco malo. Nikolai Petrovich, que jamás había fumado, apartó sin querer la nariz, aunque lo hizo de un modo imperceptible, para no ofender a su hijo.

Al cabo de un cuarto de hora ambos carruajes se detuvieron ante el soportal de una casa nueva de madera, pintada de gris, y con tejido de chapa de hierro en color rojo. Aquello era Marino, la Nueva Solvodka, o como lo llamaban los campesinos, el caserío de Bobili.

(5) Tributo en dinero o especie que pagaba el campesino al terrateniente en Rusia durante el feudalismo.

(6) Nana.

IV

La numerosa servidumbre no salió al zaguán a esperar a los señores. Apareció solamente una niña de unos catorce años y tras ella salió de la casa un mozo muy parecido a Piort, vestido de chaqueta gris de librea, con botones blancos con blasones. Era el criado de Nikolai Petrovich quien abrió en silencio la portezuela del coche.

Nikolai Petrovich, su hijo y Basarov atravesaron una sala oscura, casi vacía, tras la puerta de la cual asomó el rostro de una joven, y se dirigieron al salón, amueblado y decorado a la última moda.

—Ya estamos en casa —dijo Nikolai Petrovich quitándose el gorro y sacudiéndose el cabello—. Lo principal ahora es cenar y descansar.

—Eso de comer, desde luego, no está mal —observó Basarov estirándose y dejándose caer en un diván.

—Sí, sí. ¡Rápido! ¡Que nos sirvan rápidamente la cena! —exclamó Nikolai Petrovich golpeando el suelo con los pies, sin ningún motivo aparente—. A propósito, ahí está Prokofich.

Entró un hombre de unos sesenta años, de cabello blanco, delgado y de tez morena. Vestía frac color marrón con botones metálicos y llevaba un pañuelo rosa en el cuello. Hizo una reverencia, besó la mano de Arkadi, saludó al huésped y se retiró hacia la puerta cruzando los brazos tras la espalda.

—Ahí lo tienes, Prokofich —le dijo Nikolai Petrovich—. ¿Cómo lo encuentras? por fin ya lo tenemos en casa...

—Su aspecto es excelente —profirió el viejo inclinándose de nuevo, pero inmediatamente frunció el entrecejo—. ¿Desea el señor que se sirva la mesa? —preguntó con acento grave.

—Sí, claro, haga el favor. Pero quizás desea usted pasar antes a su habitación, Evgueni Vasilich.

—No, gracias. No hace falta. Ordene solamente que me lleven allí la maleta y esta pequeña prenda —respondió Basarov quitándose al capote.

—Está bien. Prokofich, llévate también su capote.

Prokofich tomó desconcertado la “pequeña prenda” de Basarov y elevándola con ambas manos por encima de la cabeza, salió de puntillas.

—Y tú, Arkadi, ¿no quieres pasar un momento a tu habitación?

—Sí, tengo que asearme —respondió Arkadi, y ya se dirigía hacia la puerta cuando entró en el salón un hombre de mediana estatura, vestido con un traje oscuro de corte inglés, corbata corta a la última moda y zapatos de charol.

Era Pavel Petrovich Kirsanov. Aparentaba unos cuarenta y cinco años. Sus cabellos grises, cortos, tenían reflejos plateados. Su rostro cetrino, pero sin arrugas, extraordinariamente correcto y pulcro, como tallado con fino y leve cincel, mostraba las huellas de una gran hermosura. Sobre todo destacaban los ojos, unos ojos claros, brillantes y rasgados. Todo el aspecto del tío de Arkadi, elegante y de buena casta, conservaba una esbeltez juventud y esa tendencia a ir siempre erguido, que generalmente desparece después de los veinte años.

Pavel Petrovich sacó del bolsillo del pantalón su hermosa mano, de largas y sonrosadas uñas, mano que embellecía aún más la nívea blancura del puño, abrochado por un único botón de ópalo, y se la tendió a su sobrino.

Después del previo choque de manos europeo, lo besó tres veces al estilo ruso, rozando con sus perfumados bigotes la mejilla de Arkadi y diciendo después:

—¡Bienvenido!

Nikolai Petrovich lo presentó a Basarov. Pavel Petrovich inclinó ligeramente su gentil figura, mientras que sus labios apenas dibujaron una sonrisa; pero no le tendió la mano, y por el contrario se la guardó de nuevo en el bolsillo.

—Ya creía que no vendría hoy —dijo con voz agradable y cariñoso ademán, mostrando sus maravillosos dientes blancos—. ¿Acaso ha ocurrido algo en el camino?

—No ha ocurrido nada —respondió Arkadi—, nos hemos retrasado un poco, eso es todo. Y ahora tenemos un hambre canina. Dile a Prokofich que se dé prisa, papá, yo vuelvo enseguida.

—Espera, voy contigo —dijo Basarov levantándose súbitamente del diván.

Ambos jóvenes salieron.

—¿Quién es ése? —preguntó Pavel Petrovich.

—Un amigo de Arkadi, muy inteligente, según dice.

—¿Va a ser nuestro huésped?

—Sí.

—¿Ese melenudo?

—Sí, claro.

Pavel Petrovich repicó con las uñas en la mesa.

—Encuentro que Arkadi s'est dégourdi(7) —observó—. Me alegra su llegada.

En el transcurso de la cena se habló poco. Basarov, sobre todo, apenas dijo nada, aunque comía mucho. Nikolai Petrovich contó varios episodios de su vida de granjero, como él la llamaba, comento las disposiciones del gobierno, habló de los comités, de los diputados, de la necesidad de adquirir máquinas, etcétera. Pavel Petrovich, que jamás cenaba, se paseaba pausadamente por el comedor, bebiendo de cuando en cuando de su copa, llena de vino tinto, y habiendo de muy en tarde en tarde alguna observación, o, mejor dicho, alguna exclamación, como “!Ah! ¡Eh! ¡Hum!”, Arkadi comunicó algunas novedades de Petersburgo, pero experimentaba esa clase de embarazo que suelen sentir los jóvenes cuando han dejado de ser niños y regresan al lugar donde están acostumbrados a verlos y considerarlos como niños. Se extendía en detalles sin motivo, evitaba el término papascha, sustituyéndolo incluso una vez por la palabra “padre”, aunque la pronunció más bien entre dientes. Con excesiva desenvoltura llenó el vaso mucho más de lo que él mismo deseaba y lo apuró todo. Prokofich no le perdía de vista, aunque no decía nada. Después de la cena cada cual se fue por su lado.

—Es extravagante tu tío —dijo Basarov a Arkadi, sentándose cerca de su lecho con batín y fumando en pipa—. ¡Ostentar semejante elegancia en una aldea! ¿Y las uñas? ¡Qué uñas! Parecen uñas para mostrarlas en una exposición.

—Lo que tú no sabes —respondió Arkadi— es que en tiempos fue un verdadero león(8). Alguna vez te contaré su historia. Fue un hombre guapo, que traía de cabeza a las mujeres.

—¿Deberás? Entonces continúa siendo fiel a su vieja costumbre. Lástima que aquí no haya a quien conquistar. Estuve observándolo todo: el cuello impecablemente estirado, la barbilla tan esmeradamente afeitada. ¿No encuentras todo eso ridículo, Arkadi Nikolaievich?

—Tal vez, pero de veras, es buena persona.

—Un fenómeno arcaico. Tu padre sí que es un buen hombre. Es malo recitando versos y dudo que entienda algo en la administración de la hacienda, pero es bonachón.

—Mi padre es oro puro.

—¿Has notado que se turba?

Arkadi asintió con la cabeza, como si él mismo no se turbase. —Es algo asombroso —continuó Basarov—, estos viejecitos

románticos excitan su sistema nervioso hasta la irritación y... llegan a perder el equilibrio. Bueno, me retiro. En mi habitación hay un lavado inglés, aunque la puerta no se cierra. De todos modos es digno de estímulo lo del lavado inglés. ¡Qué progreso!

Basarov salió. Arkadi experimentaba una sensación de alegría y bienestar. Era dulce dormir en la casa paterna,

En el lecho hogareño, bajo una manta confeccionada por manos amadas, tal vez las manos cariñosas, incansables, bondadosas de su nodriza. Al evocar el recuerdo de Egorovna, Arkadi suspiró y le deseó eterno descanso en el reino de los cielos. Nunca rezaba por sí mismo.

Tanto él como Basarov se durmieron enseguida, pero los otros moradores de la casa tardaron mucho en conciliar el sueño.

El regreso de su hijo había emocionado a Nikolai Petrovich. Se acostó sin apagar la vela y con la cabeza apoyada en el brazo meditó largo rato. Su hermano permaneció en su despacho sentado en un moderno sillón hasta muy entrada la noche, ante la chimenea, en la que ardía con débil chisporroteo el cabrón de piedra.

Pavel Petrovich no se desvistió, sólo sustituyo sus zapatos de charol por unas pantuflas rojas chinas. Tenía en las manos del último número del Galignani(9), pero no leía.

Mira fijamente la chimenea en la que centellaba una llama azul, ya languideciendo, ya reanimándose... Dios sabe donde vagaban sus ideas, más no solo vagaban en el pasado. La expresión de su rostro, taciturno y reconcentrado, era la de un hombre que no sólo se entregaba al recuerdo. Entre tanto, en una pequeña habitación trasera, ataviada con una toquilla azul celeste y con un pañuelo blanco sobre los oscuros cabellos, permanecía sentada en un gran baúl, la joven Fienichka, que, medio dormía, ,miraba y escuchaba atreves de la puerta entreabierta, tras la cual se veía una cuna y se oía la respiración acompasada de un niño dormido.

(7) Francés: “se ha despabilado”

(8) Así se les llamaba a los tenorios bien vestidos, en esa época. (9) Galignani’s Messenger. Periódico fundado en 1814 y cerrado en 1884.

V

A la mañana siguiente Basarov fue el primero en despertarse y en salir de la casa. “Vaya —pensó mirando su alrededor—, el lugar no es muy bonito que digamos.”

Cuando Nikolai Petrovich deslindó sus tierras con los campesinos tuvo que agregar a su nueva finca unas cuatro desiatinas de campo completamente liso y pelado.

Construyó la casa, las oficinas y la granja; plantó un jardín y cavó un estanque y dos pozos. Pero los arboles jóvenes crecían mal, el estanque recogía muy poca agua y la de los pozos tenía un sabor salobre. Sólo un espacio rodeado de lilas y acacias se desarrollo normalmente. Allí a veces almorzaba o tomaba el té.

En unos instantes Basarov recorrió todos los senderos del jardín, entró en el establo, en la cuadra, encontró a dos muchachos con los que enseguida hizo amistad, y se fue con ellos a buscar ranas a un pequeño pantano, sito a una versta de la finca.

—¿Y para qué quieres las ranas, barín(10)? —preguntó uno de los muchachos.

—Verás —le respondió Basarov, que poseía una habilidad especial para infundir confianza en las gentes del pueblo, aunque nunca era tolerante con ellas y las trataba con desgano—: Cojo la rana, la abro y miro lo que pasa dentro de ella, y puesto que nosotros somos lo mismo que las ranas, sólo que andamos con los pies, de esa forma sé también lo que pasa dentro de nosotros.

—¿Y de qué te sirve eso?

—Para no equivocarme si te pones enfermo y me toca curarte. —¿Acaso eres médico?

—Sí.

—Vaska, ¿has oído? El barín dice que tú y yo somos lo mismo que las ranas, ¿Qué te parece?

—A mí me dan miedo las ranas —respondió Vaska, un chico de unos siete años, rubio como el lino, vestido con una casaquilla gris de cuello tieso y con los pies descalzos.

—¿Por qué te dan miedo? ¿Acaso muerden?

—¡Vamos, filósofos, al agua! —les dijo Basarov.

Entre tanto, Petrovich también se había despertado y se encamino al instante a la habitación de Arkadi, que ya estaba vestido. Padre e hijo salieron a la terraza, situándose bajo el alero de la marquesina. En una mesa, cerca de la barandilla, ya estaba dispuesto el samovar(11) con agua hirviendo. Apareció la misma niña que recibió a los viajeros y dijo con un hilillo de voz:

—Fidosina Nikolaievna no se encuentra bien del todo y no puede venir. Me ordena les pregunte si desean servirse ustedes mismos el té o quieren que envié a Duniasha.

—Yo mismo lo serviré —se apresuró a responder Nikolai Petrovich.

—Arkadi, ¿cómo lo prefieres, con crema o con limón?

—Con crema —respondió Arkadi, y después de un breve silencio añadió—: ¡Papascha!

—¿Qué? —profirió Nikolai Petrovich mirando a su hijo con turbación. Arkadia bajó los ojos.

—Perdona, papascha, si mi pregunta te parece inoportuna —comenzó—, pero tu sinceridad de ayer me anima a corresponder del mismo modo... ¿No te enfadarás?

—Habla.

—Tú me infundes valor para preguntarte... ¿No crees que Finichka...? ¿No crees que ella no vine a servir el té porque estoy yo aquí?

Nikolai Petrovich se volvió ligeramente.

—Quizá —dijo al fin—. Ella supone..., le da vergüenza... Arkadi lanzó una rápida mirada a su padre.

—No tiene por qué darle vergüenza. En primer lugar, ya conoces mi modo de pensar —a Arkadi le gustaba mucho pronunciar esas palabras—, en segundo lugar, ¿acaso quiero yo causar la más ligera molestia en tu vida, en tus costumbres? Además, estoy seguro de que no pudiste hacer una mala elección; si has permitido que viva contigo, bajo el mismo techo, es porque ella lo merece. En todo caso un hijo no es quién para juzgar padre, y mucho menos yo. Y sobre todo a un padre como tú que jamás limitó mi libertad en ningún sentido.

Al principio a Akardi le temblaba la voz. Se sentía generoso, pero al mismo tiempo, tenía la impresión de que estaba sermoneando a su padre. Sin embargo, que la voz propia influye grandemente en la persona y Akardi pronunció las últimas palabras con firmeza, incluso produciendo efecto.

—Gracias, Akardi —dijo con voz sorda Nikolai Petrovich, y pasó sus dedos de nuevo por sus cejas y su frente—. Tus suposiciones en verdad justas. Claro que si esa joven no lo mereciese... No se trata de un capricho pasajero. Me cuesta trabajo hablar contigo de esto, mas tú debes comprender que para ella era violento venir aquí, estando tú, el mismo día de tu llegada.

—En ese caso yo mismo iré a verla —exclamó Akardi, en un nuevo arranque de generosidad, levantándose de un salto—. Le explicaré que no debe avergonzarse de mí.

—Arkadi —balbuceo—, por favor, espera. Allí... No te he advertido...

Pero Akardi ya no lo oía, pues había abandonado la terraza a toda prisa. Nikolai Petrovich lo siguió con la vista y se dejó caer en la silla lleno de turbaciones. Su corazón empezó a latir con fuerza... Era difícil adivinar, lo sentía; quizás imaginara las futuras relaciones con su hijo, o creería que Arkadi lo hubiese estimado más de no haberle hecho confidencias y al mismo tiempo se reprochaba a si mismo su propia debilidad. Todos esos sentimientos lo embargaban, pero a manera de sanciones y no muy precisas. Mientras tanto el sonrojo no desaparecía de su rostro y su corazón no cesaba de latir.

Se oyeron pasos acelerados y Arkadi entró en la terraza.

—¡Ya nos hemos presentado, padre! —exclamó éste, denotando en su rostro cierta expresión de cariñoso y benevolente triunfo—. Fiedosia Nikolaievna, efectivamente, no se encuentra del todo bien y vendrá después. Pero, ¿cómo no me anunciaste que tengo un hermano? Anoche mismo lo hubiera besado sin esperar a hoy.

Antes que Nikolai Petrovich tuviera tiempo de estrechar a su hijo contra su corazón, Arkadi se levantó y se echó en sus brazos. —¿Qué es eso? ¿Otra vez abrazándose? —resonó detrás la voz de Pavel Petrovich. Padre e hijo se alegraron igualmente de su aparición en aquel momento. En la vida hay situaciones conmovedoras, de las cuales deseas salir cuanto antes.

—¿De qué te asombras? —inquirió alegremente Nikolai Petrovich—. Hace un siglo que esperaba a mi Arkadi... Desde que llegó ayer no he podido expansionarme a mis anchas.

—No me asombro en absoluto —observó Pavel Petrovich—; por el contrario, estoy dispuesto a abrazarle yo también.

Akardi se acercó a su tía y sintió de nuevo en las mejillas el contacto de sus bigotes perfumados. Pavel Petrovich se sentó en la mesa. Llevaba un elegante traje inglés de mañana y de tocado un pequeño fez, aunque, que lo mismo que la corbata, anudada con descuido, hacía alusión al albedrío de la vida de la aldea, aunque el apretado cuello de la camisa, que no era blanca, sino mas abigarrada, como corresponde al atuendo matinal, se ajustaba, inexorablemente, como de costumbre, en la rasurada barbilla.

—¿Dónde está tu nuevo amigo? —preguntó.

—¿No está en casa. Generalmente madruga y se va por ahí.

Ante todo, no hay que prestarle atención. No le gustan las ceremonias.

—Si salta a la vista —Pavel Petrovich empezó a untar con parsimonia la mantequilla en el pan—. ¿Y estará mucho tiempo con nosotros?

—Ya veremos. Ésta aquí de paso. Va a ver a su padre.

—¿Y donde vive su padre?

—En nuestra misma provincia, a unas ochenta verstas de aquí.

Posee allí una pequeña finca. Antes era médico de regimiento.

—¡Tate! Por algo me preguntaba yo donde había oído ese apellido. Basarov. ¿Recuerdas, Nikolai, que en la división de papá había un medico que se apellidaba Basarov?

—Creo recordarlo.

—Exactamente. Entonces el médico es su padre. —Pavel Petrovich se atusó los bigotes—. Bien y este señor Basarov, ¿Qué es?

¿Qué es Basarov? ¿Desea usted, tío, que le explique quién es Basarov?

—Hazme ese favor, querido sobrino.

—Pues es un nihilista.

— ¿Cómo? —preguntó Nikolai Petrovich, mientras que Pavel

Petrovich quedaba inmóvil, con el cuchillo en el aire, untado de mantequilla.

—Es un nihilista —repitió Arkadi.

—Nihilista según tengo entendido, proviene del vocablo latino nihil, que significa nada —dijo Nikolai Petrovich—. Y en consecuencia, ¿ese término define a una persona... que no reconoce nada?

—Di mejor, que no respeta nada —aclaró Pavel Petrovich, volviendo a untar mantequilla.

—Que todo lo considera con sentido crítico —observó Arkadi.

—¿Y no es lo mismo? —preguntó Pavel Petrovich.

—No, no es lo mismo. Nihilista es una persona que no acata ninguna autoridad, que pone y no acepta ningún principio, por muy respetable que sea.

—¿Y acaso eso está bien?

—Según como se mire tío. Para unos está bien; para otros muy mal.

—¿De veras? Bueno, eso no va con nosotros. Pertenecemos al siglo pasado y creemos que sin principios —Pavel Petrovich pronunció esa palabra suavemente, con acento francés mientras Akardi, por el contrario, la pronunciaba con acento ruso—; sin admitir esos principios, como tú dices, es imposible dar un paso, es imposible respirar. Vous avez changé tout cela(12). Dios nos dé salud y nos conceda honores. A nosotros sólo nos tocará admirarnos, señores... ¿Cómo dijiste?

—Nihilista —precisó Arkadi.

—Antes había hegelianos y ahora, nihilistas. Veremos cómo vas a existir en el vacío en un espacio sin aire.

Pero ya es hora del chocolate. Hermano, haz el favor de llamar.

Nikolai Petrovich tocó el timbre y llamó: “¡Duniasha!” Mas en lugar de Duniasha, acudió a la terraza la misma Fienichka. Era ésta una joven de unos veintitrés años, blanca y dulce, de ojos y cabello oscuros, con rojos y gordezuelos labios infantiles y manos pequeñas y finas. Llevaba un aseado vestido de percal y sobre sus hombros torneados echaba con soltura una pequeña pañoleta nueva de color azul celeste. Traía una taza grande de chocolate que puso ante Pavel Petrovich, dando muestras de enorme turbación. Un rubor ardiente cubrió su lindo rostro. Bajó la mirada y se detuvo ante la mesa, apoyándose en la misma punta de los dedos. Parecía avergonzada de haber venido y al mismo tiempo, se sentía con derecho de hacerlo. Pavel Petrovich frunció el ceño severamente y Nikolai Petrovich quedó confuso.

—Buenos días, Fienichka —musitó entre dientes.

—Buenos días —respondió ella con voz tenue, pero sonora. Y mirando de reojo a Arkadi, que le sonría amistosamente, salió silenciosa. Andaba contoneándose ligeramente, pero lo hacía con discreción.

Por unos instantes reinó el silencio en la terraza. Pavel Petrovich, que estaba tomando su chocolate, levantó súbitamente la cabeza y dijo a media voz:

Efectivamente, Basarov se acercaba a través de los macizos de flores. Traía el gabán y los pantalones manchados de lodo. Una planta de pantano rodeaba el ala de su viejo sombrero. En la mano derecha traía un pequeño saco en el que se movía algo vivo.

Con paso acelerado llegó a la terraza y saludando con un ademán de cabeza, dijo:

—Buenos día, señores, perdonen que haya llegado con retraso al té. Tengo que colocar en su sitio a estas cautivas.

—¿Qué son? ¿Sanguijuelas? —preguntó Pavel Petrovich. —No, son ranas.

—¿Y usted se las come o las cría?

—Las utilizo en mis experimentos —respondió con indiferencia Basarov, entrando en la casa.

—Entonces las abrirá —observo Pavel Petrovich—. No cree en los principios, pero en las ranas, sí.

Arkadi miró con lastima a su tío y Nikolai Petrovich se encogió de hombros a escondidas. Pavel Petrovich comprendió que su agudeza no había sido afortunada y desvió el tema. Habló de la hacienda y del nuevo intendente, que la víspera se había quejado del trabajador Foma, que era un alborotador y se había sobrepasado. “Creía que era un Esopo —dijo entre otras cosa—, pero se mostraba por todas partes como un estúpido; viviría y con su tontería moriría.”

(10) Señor.

(11) Recipiente de origen ruso, provisto de un tubo interior donde se ponen carbones, que se usa para calentar el agua del té.

(12) “Ustedes han cambiado todo eso.”

VI

Basarov volvió a sentarse a la mesa y se apresuró a tomar su té. Ambos hermanos se contemplaron en silencio, mientras que Arkadi miraba de reojo alternativamente a su padre y a su tío.

—¿Estuvo lejos de aquí? —preguntó Nikolai Petrovich. —Tienen ustedes un pequeño pantano cerca del soto.

He espantado unas cinco chochas(13). Arkadi, ahí tienes caza para ti.

—¿Y usted no caza?

—No.

—¿Se dedica principalmente a la física? —inquirió a su vez Pavel Petrivich.

—Sí, a la física, y en general a las ciencias naturales.

—Dicen que los germanos han progresado mucho últimamente en ese terreno.

—Sí, los alemanes son nuestros maestros a este respecto —respondió Basarov con desgano.

Pavel Petrovich había usado la palabra “germanos”en vez de “alemanes” en un tono irónico que, sin embargo, nadie captó.

—¿Tan elevada es su opinión de los alemanes? —preguntó

con refinada cortesía Pavel Petrovich, que comenzaba a sentir irritación en su interior. Su naturaleza aristócrata se sentía digna ante el tremendo desparpajo de Basarov. El hijo de un simple médico no sólo no se turbaba, sino que contestaba con sequedad, de mala gana, y el tono de su voz traslucía cierta grosería, incluso descaro.

—Los sabios de allá son capaces.

—Bien, bien. Probablemente su opinión no es tan lisonjera respecto a los sabios rusos.

—Tal vez no lo sea.

—Es una abnegación digna de encomio —profirió Pavel Petrovich enderezándose y echando hacia atrás la cabeza. “Mas cómo entonces, Arkadi Nikolaievich nos ha dicho hace unos momentos que usted no admite ninguna autoridad ni cree en ellas?

—¿Y para qué voy a reconocerlas? ¿Y en qué voy a creer? Si me demuestran un hecho, yo lo acepto, eso es todo.

—¿Es que los alemanes sólo demuestran hechos? —preguntó Pavel Petrovich, en tanto su rostro adquiría una expresión tan indiferente y lejana, como si todo él se hubiese trasladado mas allá de las nubes.

—No todos —respondió con un breve bostezo Bararov, que evidentemente no deseaba continuar el debate.

Pavel Petrovich miró a Arkadi como diciendo: “¡Sí que es cortés tu amigo!”

—Por lo que a mí se refiere —prosiguió Pavel Petrovich, no sin cierto esfuerzo—, yo, pecador de mí, no tengo apego a los alemanes. A los alemanes rusos ni los menciono, pues ya sabe la clase de pájaros que son. Y tampoco me son simpáticos los alemanes de Alemania. Los de otros tiempos todavía podría pasar: tuvieron un Schiller o un Goethe... Mi hermano, sobre todo, siente gran admiración por ellos. Pero entre los de ahora sólo hay químicos y materialistas...

—Un buen químico es veinte veces más útil que cualquier poeta —le interrumpió Basarov.

—¿Ah, sí? —Profirió Pavel Petrovich, que como en estado de soñolencia arqueó ligeramente las cejas—. ¿Entonces usted niega el arte?

—El arte de hacer dinero, sí. ¡Y basta de hemorroides!—articuló, con énfasis, Basarov, con una sonrisa despectiva.

—Bien, bien ¡Qué bromas las suyas! ¿Entonces usted lo rechaza todo? ¿Es decir, sólo cree en la ciencia?

—Ya le dije anteriormente que no creo en nada. ¿Qué es la ciencia, hablando en términos generales? Hay ciencias como hay oficios, títulos, pero la ciencia en general no existe en absoluto.

—Estupendo ¿Y respecto a las otras normas establecidas en la sociedad, sostiene usted la misma opinión negativa?

—¿Es que se trata de un interrogatorio? —preguntó Basarov.

Pavel Petrovich palideció levemente y Nikolai Petrovich juzgué oportuno intervenir en la conversación.

—Ya hablaremos en otra ocasión con más detalle, amable Evgueni Vasilich —dijo—; conoceremos su opinión y expresamos la nuestra. Por mi parte estoy encantado de que conozca usted las ciencias naturales. He oído decir que Liebig ha hecho sorprendentes descubrimientos para mejorar los abonos del campo. Usted me podría ayudar en mis labores de agronomía, durante algún consejo útil.

—Estoy a su disposición, Nikolai Petrovich. En cuanto a Liebig, ¡qué lejos estamos de él! Primeramente hay que aprender el abecedario y luego, pasar a la ciencia.

Pero nosotros todavía no conocemos ni la “a”.

Ya veo que de verdad no eres consumado nihilista, pensó Nikolai Petrovich y añadió en voz alta:

—De todas forma, me permitirá recurrir a usted sí llega el caso. Y ahora, hermano, creo que va siendo hora de que hablemos con el intendente.

—Sí —contesto Pavel Petrovich levantándose de la silla sin mirar a nadie. Está visto que no se puede vivir encerrado en una aldea durante cinco años, lejos de las grandes inteligencias, pues te conviertes en un perfecto imbécil. Procuras no olvidar cuanto te han enseñado y de pronto, ¡zaz!, resulta que todo eso no es más que un disparate y te dicen que la gente sensata ya no se pr ocupa de cosas tan irrelevantes y que tú eres un trazo viejo. ¡Qué le vamos hacer! Evidentemente, los jóvenes son más inteligentes que nosotros.

Pavel Petrovich giró sobre sus talones y salió lentamente. Nikolai Petrovich lo siguió.

—¿Siempre es así tío? —preguntó Basarov a Arkadi con frialdad, en cuanto la puerta se hubo cerrado en pos de los hermanos. —Escucha, Evgueni, has estado demasiado duro con él —observó Arkadi—. Lo has ofendido.

—¡Cómo que voy a mirar a estos aristócratas provincianos!

No hay en ellos más que amor propio, costumbres leoninas y fatuidad. Podría haberse quedado en Petersburgo si tiene esa mentalidad... Bueno ¡que vaya con Dios! Sabes, he encontrado un ejemplar bastante raro de escarabajo acuático, un Dytiscus marginatus. Te lo voy a enseñar.

—Prometí contarte su historia —replico Arkadi.

—¿La historia del escarabajo?

—¡Basta ya, Evgueni! La historia de mi tío. Verás que no es el hombre que imaginabas. Es más digno de compasión que de ironía.

—No lo discuto, pero ¿por qué te preocupa? —Hay que ser justo, Evgueni.

—¿Y a qué viene eso?

—No, no, escucha...

Y Arkadi le narró la historia de su tío. El lector la conocerá en el capitulo siguiente.

(13) Peces.

VII

Pavel Petrovich Kirsanov se educó primeramente en casa, lo mismo que su hermano menor Nikolai, y después ingresó en el cuerpo de pajes. Después de la inflación se destacó por su extraordinaria belleza; poseía, además, confianza en sí mismo, era un poco burlón y tenía agudas ocurrencias, de modo que no podía gustar menos.

En cuanto se graduó oficial, comenzó a aparecer por todas partes. Lo llevaban en palmitas y él mismo se mimaba también, incluso hacia tonterías y era melindroso, loco cual emperador, le iba bien. Las mujeres se volvían locas por él. Los hombres lo calificaban de fatuo, pero en secreto lo envidiaban. Como ya se ha dicho, vivía en un departamento con su hermano, a quien quería sinceramente, aunque no se parecía en nada a él. Nikolai Petrovich cojeaba un poco, sus facciones eran menudas, agradables, aunque algo tristes, con pequeños ojos negros y cabello escaso y lacio. Gustaba del ocio, pero también le agradaba la lectura y evitaba, por temor, la vida de sociedad. Por el contrario, Pavel Ptrovich no pasaba una sola velada en casa, tenía fama de valiente y ágil (estuvo a punto de poner de moda la gimnasia entre la juventud de su medio), y había leído solamente unos cinco o seis libros franceses. A los veintiocho años era ya capitán; tenía por delante una brillante carrera, pero de pronto, todo cambió.

En aquellos tiempos, se dejaba ver de cuando en cuando, en sociedad, a la princesa R. Todavía se le recuerda. Su esposo era un hombre distinguido, educado y de buenas costumbres, aunque de escasa inteligencia. No tenían hijos.

La princesa llevaba una vida extravagante; tan pronto salía para el extranjero, como regresaba inesperadamente a Rusia. Tenía fama de mujer frívola y se entregaba con pasión a toda clase de diversiones, bailaba hasta el agotamiento, reía y bromeaba con jóvenes, a los que recibía antes del almuerzo en la penumbra del salón. Y de noche lloraba y rezaba, no encontraba sosiego en ningún sitio y con frecuencia vagaba en la habitación hasta el amanecer, retrocediendo las manos con tristeza, o bien permanecía sentada, toda lívida y fría, con el libro de los salmos. Pero en cuanto llegaba el día, se convertía de nuevo en dama mundana, salía en su carruaje, reía, charlaba y se lanzaba al encuentro de todo cuando podía brindarle la mejor diversión. Tenía un cuerpo maravilloso; trenza, pesada y rubia como el oro, le caía por debajo de las rodillas, pero nadie diría de ella que era una belleza.

En su rostro lo único bonito eran los ojos, y ni siquiera éstos, que eran pequeños y grises, sino su mirada, una mirada rápida y profunda, serena hasta la osadía y pensativa hasta la melancolía. Algo extraordinario, brillaba en aquellos ojos enigmáticos, incluso cuando la princesa hablaba de las mayores nimiedades. Vestía con exquisita elegancia. Pavel Petrovich la conoció en un baile y se enamoró apasionadamente de ella. Bailaron una mazurca, en el transcurso de la cual la princesa no dijo nada sensato.

Acostumbrado al éxito, también en esta ocasión logró rápidamente su fin, pero lo fácil del triunfo no lo decepcionó, sino que se sintió todavía más estrechamente ligado a aquella mujer, en la que incluso cuando se entregaba por completo, parecía quedar algo oculto e inaccesible, en lo que nadie podía penetrar. Solo Dios sabía lo que anidaba en su alma. Se diría que se hallaba en poder de fuerzas misteriosas, que ni ella misma conocía y que jugaba con ella a su antojo. Su insuficiente inteligencia no podía vencer su juego. Nada había lógico ni consecuente en su carácter. Las únicas cartas que hubieran podido suscitar las justificadas sospechas de su esposo, estaban dirigidas a un hombre que era casi un extraño para ella, y, sin embargo, su amor se manifestaba en forma triste. Ya no reía ni bromeaba con su elegido, lo escuchaba y lo miraba con desconocimiento. A veces, casi siempre de súbito, ese desconcierto degeneraba una expresión salvaje, mortal. Se encerraba en su alcoba y la doncella, con el odio pegado a la cerradura, podía oír sus sollozos ahogados. Más de una vez, al regresar a su casa después de un encuentro amoroso, Kirsanov sentía esa amarga y desgarradora contrariedad que se va adueñando de nosotros después de un fracaso rotundo. “¿Qué más puedo desear?”, se preguntaba. Y, sin embargo, un dolor constante le oprimía el corazón. Una vez le regaló un anillo con una esfinge grabada en una piedra.

—¿Es una esfinge? —preguntó ella.

—Si —dijo—, y la esfinge es usted.

—¿Yo? —exclamó ella levantando hacía él su mirada enigmática—. ¿Sabe que eso es muy halagador? —añadió con una leve sonrisa, aunque sus ojos lo seguían mirando del mismo modo extraño.

Pavel Petrovich no era feliz ni siquiera mientras la princesa R. lo amaba. Pero cuando ésta lo olvidó, cosa que no tardo en suceder, estuvo a punto de perder el juicio. Le atormentaban los celos, la asediaba por doquier, hasta que ella hastiada de aquella insistente persecución, salió para el extranjero. Pavel Petrovich se retiró del servicio, pese a los ruegos de la princesa. Pasó cerca de cuatro años en distintos países, siguiendo su huella con el propósito de perderla de vista. Se avergonzaba de sí mismo, su flaqueza lo exasperaba, mas todo era inútil: la imagen de aquella mujer, una imagen incomprensible, casi absurda, pero fascinante, había calado demasiado hondo en su alma. En Baden, en cierta ocasión, consiguió reanudar con ella sus antiguas relaciones, La princesa parecía no haberlo amado nunca tan apasionadamente, y al cabo de un mes todo concluyó de nuevo. La llama se había avivado por última vez, apagándose para siempre. Presintiendo lo inevitable de una separación, él quiso continuar al menos siendo amigos, como si la amistad con semejante mujer fuera posible... Ella abandonó sigilosamente Baden y desde entonces evitó toda clase de encuentros con Kirsanov. Éste regresó a Rusia y trató de vivir como antaño, pero no consiguió encarrilarse. Vagaba de un lugar a otro como hechizado. Todavía seguía saliendo de viaje, conservaba todas costumbres de hombre de mundo, tuvo ocasión de vanagloriarse de dos o tres nuevas conquistas, pero ya no esperaba nada especial de sí mismo ni de los demás y no emprendía nada. Envejeció, encaneció. Frecuentar por las tardes el club, aburrirse mortalmente, discutir con indiferencia entre solteros, todo eso se convirtió en una necesidad para él, cosa que como se sabe, es un mal síntoma. Ni qué decir tiene que no pensaba ni por asomo en el matrimonio. De esa forma pasaron volando diez años, diez años insípidos, estériles y rápidos, como espantosa rapidez. En ningún sitio corre el tiempo tan veloz como en Rusia. Dicen que en la cárcel corre más rápido aún. Una vez, en el transcurso de un almuerzo en el club Kirsanov se enteró de la muerte de la princesa R. Había fallecido en París cuando estaba al borde de la locura. Se levantó de la mesa y durante largo rato vagó por los salones del club, deteniéndose como clavado ante los jugadores de naipes, pero no regresó a casa antes que de costumbre. Al cabo de algún tiempo recibió un paquete a su nombre en el que se hallaba un anillo que en otro tiempo regalara a la princesa. Ella había trazado una cruz sobre la esfige y ordenó que le dijeran que la clave del enigma estaba en la cruz.

Esto sucedía a comienzos del año 1848, justamente cuando Nikolai Petrovich apenas había visto a su hermano desde que éste se instalara en la aldea: Las bodas de Nikolai coincidieron con el comienzo de su amistad con la princesa. A su regreso del extranjero fue a ver a su hermano con la intención de pasar con él al menos dos semanas y gozar viéndolo feliz, pero sólo vivió con él una semana. La diferencia de situación entre ambos hermanos era demasiado evidente. En 1848 esa diferencia se hizo menor: Nikolai Petrovich había perdido sus recuerdos. Después de la muerte de la princesa trataba de no pensar en ella. Sin embargo, Nikolai conservaba el sentido de la vida ordenada y veía a su hijo Pavel, por el contrario, solterón, se iba aproximando a ese vago y tenebroso periodo de la vida, tiempo de pesares con hálito de esperanza y de esperanzas con matices de pesares, cuando ha pasado la juventud y todavía no ha llegado la vejez.

Para Pavel Petrovich esa época era más difícil que para cualquier otro hombre, pues habiendo perdido su pasado lo había perdido todo.

Una vez Nikolai Petrovich le dijo:

—No te invito a Marino —así llamaba a su aldea, en honor a su mujer— porque allí te aburrirías, incluso en vida de la difunta, y ahora supongo que morirías de tedio.

—Entonces todavía era necio y vanidoso —respondió Pavel Petrovich —. Si desde entonces no me he vuelto más razonable al menos me he serenado y ahora, por el contrario, si tú me invitas, estoy dispuesto a alojarme para siempre en tu casa.

Nikolai Petrovich abrazó a su hermano por toda respuesta. Sin embargo, transcurrió todavía año y medio antes de que Pavel Petrovich se decidiera a realizar su propósito. Pero una vez en la aldea, ya no se movió de allí, ni siquiera aquellos tres inviernos que Nikolai Petrovich pasó con su hijo en Petersburgo. Comenzó a leer principalmente en inglés y, en general, ordenó toda su vida al estilo inglés. Rara vez se veía con los vecinos y sólo salía para asistir a las colecciones, en las que permanecía callado casi todo el tiempo. Sólo a veces exponía algún criterio liberal, más bien para mofarse e intimidar a los terratenientes de vieja escuela, sin acercarse tampoco a los representantes de la nueva generación. Unos y otros lo consideraban orgulloso y alguno que otro lo respetaba por su porte aristocrático, por la fama de sus conquistas, por elegancia en el vestir y porque siempre se alojaba en las mejores habitaciones de los mejores hoteles; porque siempre comía bien e incluso, en una ocasión, se sentó a la mesa con Wellington y Luis Felipe, porque en toda ocasión llevaba consigo su neceser de plata auténtica y una baño portátil, porque olía a una inusitado perfume extraordinariamente noble, porque jugaba magistralmente al whisht y siempre perdía y, finalmente , lo respetaban por su honradez sin tacha. Las damas lo tenían por melancólico encantador, pero él no quería saber nada de mujeres...

—Ya ves, Evgueni, qué injustamente has juzgado a mi tío —añadió Arkadi—. Sin contar con que más de una vez sacó a mi padre de apuros, entregándole todo su dinero. Quizás tú no sepas que no se han repartido la hacienda, pero disfruta ayudando a cualquiera y, dicho sea de paso, siempre defiende a los campesinos, si bien es cierto que, al hablar con ello, frunce el ceño y huele un frasco de colonia...

—Claro, serán los nervios —le interrumpió Basarov.

—Tal vez, pero su corazón es de lo más bondadoso.

Y no tiene nada de necio. Si supieras qué consejos tan útiles

me dio siempre, sobre todo..., sobre todo, en lo concerniente al trato con las mujeres.

—¡Claro está! Gato escaldado del agua fría huye. Conocemos esto.

—En resumen, Evgueni, es profundamente desgraciado, créeme, y me parece un pecado despreciarlo.

—¿Y quién lo desprecia? —replicó Basarov—. Sin embargo, yo creo que el hombre que juega toda su visa a la carta del amor de la mujer y cuando esa carta pierde, se anonada y de hunde hasta tal punto que ya no es capaz de nada, no es un hombre, no es un macho. Dices que es desdichado y eso tú lo sabrás mejor, pero yo creo que todavía no se la ha quitado la tontería. Estoy seguro de que se cree en serio un hombre capaz porque lee el Galignani y una vez al mes dispensa al mujik del castigo corporal.

—Ten en cuenta su educación, la época en que vivió —repuso Arkadi.

—¿La educación? —objetó Basarov—. Cada uno tiene que educarse a sí mismo. Como yo, por ejemplo... ¿Y en cuanto a la época, ¿por qué va uno a depender de ella? Es mejor que ésta dependa de nosotros. No, amigo, todo eso no es más que libertinaje, vaciedad. ¿Y qué son esas misteriosas relaciones entre hombre y mujer? Nosotros, los fisiólogos, conocemos esas relaciones. Estudia la anatomía del ojo: ¿de dónde procede esa mirada que tú calificas de enigmática? Todo eso es sólo romanticismo, disparates, podredumbre, literatura. Vamos mejor a ver al escarabajo.

Y ambos amigos se encaminaron a la habitación de Basarov, que ya se había impregnado de olor a medicina y cirugía, mezclado con un tufo de tabaco.

VIII

Pavel Petrovich estuvo poco tiempo en la entrevista de su hermano con el intendente, hombre alto, muy delgado, con dulzona voz de tísico y ojos pícaros, que a todas las observaciones de Nikolai Petrovich respondía: “Por supuesto”, “claro está”, y trataba de demostrar que los campesinos eran, casi todos, unos borrachos y ladrones.

La hacienda, que desde hacía poco se llevaba de un modo nuevo, rechinaba como una rueda sin engrasar y crujía como madera húmeda. Nikolai Petrovich no se desalentaba, pero suspiraba con frecuencia quedándose pensativo. Arkadi había dicho la verdad: Pavel Petrovich ayudó más de una vez a su hermano. En más de una ocasión, al verlo tan preocupado y buscando el modo de salir de apuros, se había acercado a él con las manos en los bolsillos diciendo: Mais je puis te donner de l'argent(14), y se lo daba. Pero ese día, él mismo no lo tenía y prefirió retirase. Le hastiaban los menesteres de la hacienda, y siempre le parecía que Nikolai Petrovich, pese a su afán y amor al trabajo, no llevaba los asuntos como debiere, aunque no hubiera podido precisar en qué se equivocaba.

“Mi hermano no es lo suficiente práctico —se decía—, lo engañan”. Nikolai Petrovich, por el contrario, tenía en mucha estima el sentido práctico de su hermano y siempre le pedía consejo. “Yo soy un hombre débil, blando, toda mi vida la pasé en estos lugares retirados —solía decirle—. Tú en cambio, no en vano has vivido tanto tiempo en sociedad, conoces mejor a la gente, tienes una vista de águila.” Pavel Petrovich, como respuesta a esas palabras, daba media vuelta, pero no sacaba a su hermano del error.

Dejando a éste en su despacho, Pavel Petrovich se dirigió por un pasillo, que separaba la parte delantera de la casa de la parte posterior, hasta que llegó a una portezuela, se detuvo ante ella pensativo, se atusó los bigotes y llamó.

—¿Quién es? ¡Entre! —resonó la voz de Fienichka.

—Soy yo —respondió Pavel Petrovich y abrió la puerta.

Fienichka se levantó súbitamente de la silla, en la que estaba sentada con su niño, y dejando al pequeño en los brazos de una joven, que enseguida salió con él de la habitación, se apresuró a arreglarse el pañuelito que llevaba en la cabeza.

—Perdone si le he molestado —comentó Pavel Petrovich sin mirarla—. Sólo quería pedirle un favor... Creo que hoy van a salir para la ciudad... Ordene que traigan té verde.

—Como usted mande —respondió Fienichka—. Pero veo que usted ha hecho innovaciones aquí —añadió, lanzando a su alrededor una rápida mirada que se posó también en el rostro de Fienichka.— Me refiero a las cortinas —precisó, al ver que ella no lo había comprendido.

—¡Ah, sí, las cortinas. Nos las trajo Nikolai Petrovich. Pero hace ya tiempo que están puestas.

—Es que hace tiempo que yo no venia a visitarla. Ahora esto está muy acogedor.

—Gracias a Nikolai Petrovich —musitó Fienichka.

—¿Está usted mejor aquí que en el otro pabellón? —preguntó Pavel Petrovich con amabilidad, pero sin la menor sonrisa.

—Claro que estoy mejor.

—Ahora lo habitan las lavanderas.

—¡Ah!

Pavel Petrovich calló, —Ahora se irá —pensó Fienichka; pero no se iba, y ella permanecía ante él como clavada en el suelo, jugando timidamente con sus dedos.

—¿Por qué ordenó que se llevasen al pequeño? A mi me gustan los niños, enséñemelo.

Fienichka se ruborizó de turbación y alegría. Temía a Pavel Petrovich, pues éste casi nunca le dirigía la palabra.

Duniasha —gritó—, tráiganme a Mitia —Fienichka trataba de usted a todos los de la casa—. Si no, espere, hay que vestirlo primero —añadió dirigiéndose a la puerta.

—¿Qué más da? —observó Pavel Petrovich.

—Enseguida vuelvo —respondió ella, saliendo con ligereza.

Pavel Petrovich se quedó solo y esta vez miró a su alrededor con especial atención. La pequeña habitación de techo bajo, en la que se hallaba, estaba muy limpia y era muy confortable. Olía a pintura reciente, a manzanilla y a melisa. A lo largo de las palabras se veían sillas con asientos en forma de lira, compradas en Polonia, todavía en vida del general. En un rincón se encontraba una cuna, tras una cortina de muselania, junto a un baúl de hierro forjado con tapa redonda. En el rincón opuesto ardía una lámpara ante un cuadro, grande y oscuro, del milagroso Nikolai el Taumaturgo. Un diminuto huevecillo de porcelana, con una cinta roja, pendía del pecho del santo, sujeto a una aureola. En las ventanas había tarros con mermelada del año anterior, tapados cuidadosamente, que relucían con luz verde. En los papeles de las tapaderas, la misma Fienichka había escrito con letra grande: “Grosella”. A Nikolai Petrovich le gustaba aquella mermelada. Del techo, prendida en un cordón largo, colgaba una jaula con un jilguero rabicorto, que piaba y saltaba insaciablemente. La jaula se balanceaba y daba sacudidas, por lo que las cañamones caían al suelo. Sobre una pequeña cómoda colgaban retratos de Nikolai Petrovich en diferentes posturas y bastante malos, hechos por un artista que se detuvo de paso, allí mismo había una muy mal lograda de la misma Fienichka: en un marco oscuro, con la vista extraviada, sonreía forzadamente. Y encima de ese cuadro, Iermolov, ataviado con burka(15) miraba amenazadora los lejanos montes del Cáucaso, por debajo de un alfiletero en forma de zapatilla que se caía justamente sobre la frente.

Pasaron cinco minutos; se oía cuchichear en la habitación contigua. Pavel Petrovich tomó un libro grasiento de la cómoda, un tomo suelto de Los tiradores de Masalski, y comenzó a hojearlo. De pronto se abrió la puerta y entró Fienichka con Mitia en los brazos, recién lavado y peinado, vestido de camisita roja con el cuello bordado. El niño respiraba profundamente, moviendo todo su cuerpo y agitando sus manitas, como hacen los niños sanos. Toda su gordita figura expresaba la evidente satisfacción que le causaba la elegante camisita que le había puesto. Fienichka se había acicalado y se había puesto una pañoleta más bonita, pero hubiera podido quedarse como estaba anteriormente.

¿Acaso existe en el mundo algo más cautivador que una madre, joven y bella, con un niño robusto en los brazos?

—¡Está hermoso! —dijo Pavel Petrovich, acariciando a Mitia. El niño fijó su mirada en el jilguero y comenzó a reír.

—¡Es el tía! —dijo Fienichka, inclinando ligeramente el rostro hacia el niño, mientras Duniasha colocaba sobre el alféizar de la ventana una vela aromática encendida, poniendo debajo de ella una moneda.

—¿Cuántos meses tiene? —preguntó Pavel Petrovich. —Seis, pronto cumplirá siete, el día once.

—¿No serán ocho, Fienichka Nikolaievna? —preguntó Duniasha con cierta turbación.

—Claro que no; serán siete —el niño rió de nuevo, se fijó en el baúl y de pronto cogió con sus cinco dedos la nariz y los labios de su madre—. ¡Travieso! —dijo Fienichka sin apartar el rostro de sus manitas.

—Se parece a mi hermano —observó Pavel Petrovich.

¿Y a quién ha de parecerse? —Penso Frienichka.

—Sí —continuó Pavel Petrovich como si hablase consigo mismo—. La semajanza es indudable.

Y miró atentamente, casi con tristesa de Fienichka.

—Es el tío —repitó ella, en un susurro.

—¿De modo que estabas aquí, Pavel? —resonó de pronto la voz de Nikolai Petrovich.

Pavel Petrovich se volvió rápidamente y frunció el ceño; pero su hermano lo miraba con tanta alegría y gratitud que no pudo menos que corresponderle con una sonrisa.

—¡Es precioso tu chiquillo! —dijo, mirando su reloj—. Entré un momento para encargar el té.

Y adoptando una expresión indiferente, salió inmediatamente de la habitación.

—¿Vino así, espontáneamente? —preguntó Nikolai Petrovich a Fienichka.

—¿Y Arkadi no ha vuelto?

—No... No —profirió Nikolai Petrovich, titubeando y frotándose la frente—. Hubiese sido preciso antes... ¡Hola chiquitín! —añadió, animándose súbitamente y besando la mejilla del niño. Después se inclinó ligeramente y depositó un beso en la mano de Frienichka, cuya blancura inmaculada destacaba sobre la camisa roja de Mitia.

—Pero qué hace usted, Pavel Petrovich? —balbuceó ella, bajando la mirada y elevándola después lentamente... Fascinaba la expresión de los ojos de Fienichka al mirar hacia arriba, sonriendo con ternura y calidez.

Nikolai Petrovich conoció a Fienichka del siguiente modo: en cierta ocasión, hacía unos tres años, tuvo que pasar la noche en la posada de una ciudad lejana. Le sorprendió agradablemente la limpieza de la habitación que le habían destinado, la blancura de la ropa de cama —¿Será alemana la patrona —pensó. Pero resultó que era rusa. Una mujer de alrededor de cincuenta años, vestida con pulcritud, de rostro agradecido e inteligente y conversación moderada. Nikolai Petrovich conversó con ella a la hora del té y quedó agradablemente impresionado. Él acababa de instalarse en su nueva finca y, no queriendo tener consigo siervos, buscaba jornaleros. La patrona, por su parte, se quejaba del escaso número de viajeros que paraban en su posada en los malos tiempos que corrían. Nikolai Petrovich le ofreció una colocación en su casa, en calidad de ama de llaves. Ella accedió. Su marido había fallecido hacía tiempo, dejándole una sola hija, Fienichka. Al cabo de dos semanas, Arina Savishna, como se llamaba la nueva ama de llaves, llegó a Marino con su hija y ambas se instalaron en el pabellón. La elección de Nikolai Petrovich fue acertada. Arina puso orden en la casa. De Fienichka, que había cumplido apenas diecisiete años, no hablaba nadie y pocos la habían visto. Hacía una vida recatada, sencilla. Tan sólo los domingos, Nikolai Petrovich observaba en algún rincón de la iglesia parroquial el fino perfil de aquel pálido rostro. Así transcurrió más de un año.

Una mañana, Arina entró en el despacho de Nikolai Petrovich y después del reverencioso saludo de costumbre, le pidió si podía socorrer a su hija, a la que le había saltado una chispa al ojo. Nikolai Petrovich, como todos los hombres caseros, entendía algo de medicina y hasta tenía en casa un botiquín homeopático. Inmediatamente pidió a Arina que trajera a la enferma. Fienichka se asustó al enterarse de que el barón la esperaba; no obstante siguió a su madre. Nikolai Petrovich la condujo a la ventana y cogió su cabeza con ambas manos. Examinó atentamente su ojo enrojecido e inflamado, después preparó al instante colirio y, rompiendo en jirones su pañuelo, le mostró cómo se prepara una compresa. Fienichka lo escuchó y se disponía a salir cuando su madre le dijo: “Besa la mano del señor, tontuela.” Mas Nikolai Petrovich no le tendió su mano sino que, visiblemente turbado, él mismo besó la cabeza inclinada de Fienichka. Ésta sanó rápidamente del ojo, pero la impresión que había producido en Nikolai Petrovich no fue tan pasajera. No se borraba de su imaginación aquel rostro puro, lleno de ternura, un poco levantado con temor. Sentía el contacto de aquel cabello suave, veía esos labios inocentes entreabiertos, a través de los cuales brillaban, húmedos como perlas, unos dientecillos nacarados. Comenzó a contemplarla en la iglesia con gran atención, trató de entablar conversación con ella. Al principio Fienichka se mostraba arisca y una vez, al caer la tarde, viendo que él se acercaba por un angosto sendero, a través de un campo de centeno, se metió entre las crecidas y espesas espigas mezcladas con ajenjos y acianos para evitar el encuentro. Nikolai Petrovich, que divisó su cabecita entre las espigas doradas, desde las que ella lo miraba como una fierecilla, le gritó cariñosamente:

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