Czytaj książkę: «Isaac Rabin»
Título original: Yitzhak Rabin. Soldier, Leader, Statesman
© Itamar Rabinovich, 2017.
© de la traducción: Albino Santos Mosquera, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO211
ISBN: 9788491870326
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
PRÓLOGO: MUERTE DE ISAAC RABIN, VIDA DE ISAAC RABIN
1. LA FORJA DE UN SOLDADO (1922-1948)
2. DE LA INDEPENDENCIA A LA GUERRA DE LOS SEIS DÍAS (1949-1967)
3. EMBAJADOR EN WASHINGTON (1968-1973)
4. PRIMER MANDATO (1974-1977)
5. CAÍDA Y AUGE (1977-1992)
6. LA POLÍTICA DE PAZ DE RABIN (1992-1995)
7. POLÍTICA, POLÍTICAS, INSTIGACIÓN Y ASESINATO (1992-1995)
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
Isaac Rabin no era un hombre carismático, sino más bien un capitán hábil y guiado por la lógica. No fue bendecido con la pasión profética de un Ben Gurión, ni con la cálida elegancia de un Levi Eshkol. No poseía la arrebatadora simplicidad de una Golda Meir, ni la energía populista de un Menájem Beguin. La multitud nunca reaccionó a sus palabras exclamando «¡Rabin, Rabin!». Pero su personalidad de ingeniero minucioso y de navegante de precisión encarnó como pocas el espíritu del nuevo Israel, un país que no busca redención, sino soluciones.
AMOS OZ, 1996
PRÓLOGO
MUERTE DE ISAAC RABIN, VIDA DE ISAAC RABIN
La mayoría de las muertes no son más que el final de una vida. Un asesinato político, sin embargo, es distinto de cualquier otra forma de fallecimiento. Es una muerte que adquiere su propia significación; una muerte con consecuencias. Un asesinato no solo es el punto terminal de la vida de una persona, también es el punto inicial de una nueva realidad que ese deceso mismo ha creado. El líder asesinado se erige en muchos casos en el protagonista de una nueva mitología nacida del recuerdo y la conmemoración misma del acto de su muerte, que hacen que veamos con otros ojos su vida y su historial político previos.
Tras el asesinato de Isaac Rabin en 1995, una conmocionada ciudadanía israelí comenzó a buscar elementos y precedentes con los que contextualizar lo ocurrido. Se invocó con insistencia el magnicidio de Abraham Lincoln, coincidiendo con la publicación de una nueva traducción al hebreo del «¡Oh, capitán, mi capitán!» de Walt Whitman, y con la composición de una melodía popular para ese poema. Pero se trataba de una analogía errónea. El cadáver del capitán de Whitman yacía sobre la cubierta de un barco que había llegado a puerto. Lincoln había completado su misión; su asesinato fue un acto de venganza contra aquel logro. Mucho más fiel era la analogía con la actitud de la derecha radical francesa y los colonos argelinos que habían intentado asesinar a Charles de Gaulle para frenar las negociaciones de paz del gobierno francés con el Frente de Liberación Nacional.1 De haberse materializado, aquel magnicidio habría abortado una solución al problema de Argelia. De hecho, el asesino de Rabin, Yigal Amir —un fanático judío ortodoxo de familia yemení—, se inspiró en Jean-Marie Bastien-Thiry, el oficial francés ejecutado en 1963 por su tentativa de asesinato de Gaulle. Amir apreciaba similitudes entre la situación en Francia en el apogeo de la crisis argelina y la problemática de Israel a comienzos y mediados de la década de 1990. Para él, Rabin era una versión israelí de De Gaulle: un héroe de guerra que se había desviado del camino correcto y al que había que matar antes de que cediera una preciada parte del territorio nacional.
Otra interesante analogía es la que algunos establecen con el asesinato del presidente John F. Kennedy. Como en el caso de Kennedy, también contra Rabin se incitó una campaña de animadversión previa a su asesinato en la que se le acusaba de traición y de desmanes aún peores. Con anterioridad a la llegada de Kennedy a Dallas, donde fue asesinado, se habían repartido por toda la ciudad octavillas con fotografías del presidente en las que se podía leer: «Se busca a este hombre por actividades sediciosas contra Estados Unidos».2 El asesinato de Kennedy generó igualmente cierto anhelo de revivir un periodo dorado perdido, reforzado por la imagen y el mito de un supuesto Camelot presidencial. El escritor Norman Mailer, por ejemplo, escribió que «durante un tiempo sentimos que el país era nuestro. Ahora ha vuelto a ser de ellos».3 Tras el asesinato de Rabin, sus partidarios, los miembros de la llamada «generación de las velas», y otras muchas personas también ansiaban revivir la que pasó a percibirse como una edad de oro en la historia y la política de Israel. Miles de jóvenes hicieron vigilia con velas encendidas en las inmediaciones del domicilio de Rabin y en el escenario del magnicidio. Hace veinte años que cada 4 de noviembre, aniversario del asesinato, se celebra una siempre concurrida concentración. A finales de 2015, tanto en las fechas previas como en las posteriores al vigésimo aniversario del magnicidio, se palpaba en Israel una especie de añoranza de Rabin que reflejaba tanto la sensación de pérdida que dejó como la extendida insatisfacción con los actuales dirigentes del país y con su incapacidad para hacer frente al endémico problema palestino.
El asesinato de Rabin puso asimismo de relieve un marcado contraste entre «nosotros» y «ellos». Amir mató a un hombre cuya vida y trayectoria representaban la esencia del establishment primigenio del Israel moderno: los orígenes europeos orientales, el movimiento laborista, el Palmaj (la unidad militar de élite del Israel preestatal) y las Fuerzas de Defensa de Israel (las FDI), y la laica y septentrional Tel Aviv. Los años que precedieron al asesinato se habían caracterizado por una especie de guerra cultural: un choque entre los colonos, la derecha radical y una gran parte de la comunidad ortodoxa, por un lado, y el sector secular moderado de la población israelí, por el otro, no solo a propósito del proceso de paz, sino también en cuanto a la orientación general del país. Como la violenta muerte de Kennedy en su día, la de Rabin iba a tener en los años siguientes una extraordinaria repercusión en esa guerra cultural. Pero por trascendental que el asesinato de Rabin fuera, es su vida —sus decisiones y sus actos— y no su muerte la que define su legado. El impacto y el legado de Kennedy están muy influidos por la crisis de los misiles de Cuba, por bahía de Cochinos, por el discurso de Berlín, por la deriva hacia la guerra en Vietnam y por el aura de glamur que creó a su alrededor. El legado de Lincoln consiste en el fin de la esclavitud, el mantenimiento de la Unión y la aportación de todo un modelo para el poder presidencial en Estados Unidos. El legado de Rabin viene determinado por la política de paz que impulsó en su segundo mandato como primer ministro, las audaces decisiones que tomó tanto en la cuestión palestina como en la siria, y la elevada calidad de su liderazgo.
La vida de Rabin es la fascinante historia de un israelí de nacimiento que creció y se crio en el establishment del Israel preestatal y pasó por los hoy consabidos estadios de muchos vástagos de aquel establishment: el colegio laborista, la escuela agrícola, el Palmaj, la guerra de 1948 y la carrera militar. El talento y la perseverancia de Rabin —y los ocasionales guiños de la fortuna— lo llevarían con el tiempo a la cima del escalafón militar y, finalmente, al sillón de primer ministro. Pero la suya no fue una ascensión tranquila ni fácil. Rabin no poseía el carisma de líderes como Moshé Dayán o Yigal Alón, a quienes ya se reconocía como tales siendo aún muy jóvenes. Él ascendió poco a poco y no llegaría a ser un verdadero líder hasta los años ochenta. El primer mandato de Rabin como jefe de Gobierno, en la década de los setenta, se vio lastrado por el escaso atractivo que despertaba su figura política entre la ciudadanía israelí. No sería hasta su impresionante actuación como ministro de Defensa en los ochenta cuando su singular combinación de autoridad y credibilidad lo facultarían para regresar de la segunda fila política y retomar el puesto de primer ministro.
Fue en ese segundo mandato de Rabin cuando su liderazgo evolucionó y se convirtió en un estadista. Demostró su capacidad para tomar decisiones audaces e históricas, para ir contra su propia tendencia natural y arrastrar a la gente consigo. Y el éxito de Rabin continúa ilustrando hasta hoy un aspecto crucial de la política israelí actual: la posibilidad de impulsar una política de paz efectiva cuando esta viene promovida por un líder centrista creíble, dotado de unas credenciales de seguridad capaces de persuadir a la siempre angustiada población israelí para hacer las concesiones y asumir los riesgos que el avance hacia la paz requiere. No es extraño que, en un país que continúa lidiando con los mismos problemas fundamentales que trataba de resolver en tiempos de Rabin, esté tan viva la añoranza por un líder de la talla y las cualidades del primer ministro asesinado.
1
LA FORJA DE UN SOLDADO (1922-1948)
«Salvo por su inteligencia y su tenacidad, no era un embajador al uso. Taciturno, tímido, pensativo y poco amigo de la charla trivial, Rabin poseía pocos de los atributos que se asocian normalmente con la diplomacia. Las personas repetitivas lo aburrían y los tópicos lo ofendían; por desgracia para él, no puede decirse que esas dos cosas escaseen en Washington. Detestaba la ambigüedad, que es la sustancia misma de la diplomacia. [Pero] su integridad y su brillantez analítica a la hora de llegar al fondo de un asunto eran asombrosas».1 Así de acertada y sutilmente describió Henry Kissinger a Isaac Rabin, con quien colaboró en Washington entre 1969 y 1973. Las cualidades que hicieron de él un embajador tan insólito como eficaz lo convertirían posteriormente en un político aún más insólito. Pero algunas de esas mismas cualidades explican también la transición que transformó a un político desmañado en un estadista impresionante.
Rabin nació en Jerusalén en 1922, hijo de Rosa Cohen y Nehemías Rabin (nacido Rubijev). De su infancia escribió que «la inspiración de las personalidades de mis padres, de nuestro hogar y también del colegio en el que estudié determinaron decisivamente mi camino. Prácticamente me veía destinado en mi infancia a una vida agrícola, en el kibutz, y si alguien me hubiera dicho que terminaría siendo un militar, casi me habría reído de él».2 Tanto el padre como la madre de Rabin habían nacido en el Imperio ruso y ambos se radicalizaron frente a la oscura autocracia de aquel régimen; llegaron a Palestina al término de la Primera Guerra Mundial. Rosa, a quien se conocía por el sobrenombre de «Rosa la Roja», era la progenitora dominante. Su poderosa personalidad está muy bien ilustrada por una fotografía que la capta desfilando en una manifestación del Primero de Mayo en Tel Aviv, con la barbilla levantada y una expresión decidida en los ojos y en el rostro. Rosa nació en 1890 en Gomel. Su padre era el adinerado ortodoxo antisionista Isaac Cohen, de quien su nieto heredaría el nombre de pila. Ya desde muy temprana edad destacó por ser una decidida individualista de convicciones izquierdistas, populistas y antisionistas. Recelaba de los grupos organizados y estructurados, por lo que no se sumó a los socialrevolucionarios rusos ni a la izquierda antisionista del Bund judío. Rompiendo con todos los moldes de una jovencita de familia judía ortodoxa tradicional, Rosa estudió en una escuela politécnica rusa. Se negó a aceptar la ayuda económica de su acaudalado padre e incluso llegó a escaparse de casa en pleno sabbat para asistir a clase. Su radicalismo izquierdista se canalizó a través de un populismo típicamente ruso preocupado por los pobres y los necesitados. Vivía entre trabajadores rusos que la adoraban, cortando leña en bosques propiedad del gran príncipe ruso (pero de los que la familia de Rosa era arrendataria). Su peligroso estilo de vida la puso en el punto de mira tanto de la policía secreta zarista como de la variante comunista que la sucedió. Radical genuina, el régimen comunista la decepcionó. Rosa dirigía una fábrica próxima a San Petersburgo (más tarde Leningrado) transformada en planta de producción de munición. En 1919, a raíz de su despido como directora por negarse a ingresar en el partido, los trabajadores se declararon en huelga. No tardó en verse en una comprometida situación de aislamiento: sin trabajo y señalada como persona peligrosa en unos tiempos tan políticamente tumultuosos como aquellos.
Rosa, que no era sionista, decidió visitar a su familia en Jerusalén para ver si podía encontrar su sitio en Palestina. Escribió en yidis a Berl Katzenelson, alto dirigente del movimiento laborista a quien conocía por conexiones familiares y le pidió que la aconsejara sobre si «la tierra de Israel solucionará mi problema». Preocupada por la idea de dejar la vida que conocía, Rosa le preguntó si creía que ella podría arreglárselas allí. «Viajar a la tierra de Israel me obliga a cortar con un estilo de vida para empezar otro; ya no hay vuelta atrás», escribió.3 El tío de Rosa, Mordecái Ben Hilel Hacohen, se había llevado consigo a su familia a Palestina en 1903 y vivía en Jerusalén, y ella tenía previsto quedarse un tiempo en su casa. En diciembre de 1919, en Odesa, se embarcó en el SS Ruslan, un navío que se haría posteriormente famoso en la mitología sionista. A bordo viajaba también un grupo de pioneros con destino a Kineret, un kibutz a orillas del lago Tiberíades.4 El SS Ruslan atracó en Jafa el 19 de diciembre de 1919.
A su llegada a Jerusalén, y a través de su primo David Hacohen, Rosa conoció a Moshé Sharet (nacido Shertok), futuro ministro de Exteriores y jefe de Gobierno de Israel. Sharet entregó a Rosa una carta para que se la llevara a su hermana, que estaba en Kineret, en la que le pedía a esta última que cuidara de la recién llegada. En la misiva, Sharet describía a Rosa como «una joven “importante”, ingeniera, socialista pero no bolchevique, aunque trabajó unos años en una fábrica bolchevique próxima a Petrogrado. [...] No ha visto una cara judía en años y ahora la idea la tiene un poco preocupada. También le inquieta la vida colectiva, a la que no está acostumbrada. Aquí está muy sola. El hogar de los Cohen le resulta asfixiante (ya sabes: una muchacha rusa inteligente, de la alta burguesía, que ha cortado todos los lazos con su familia y su círculo social, y que ya no los soporta)».5
Aunque llegó a Palestina no siendo sionista, Rosa se fue haciendo poco a poco una ferviente partidaria del movimiento. Tras una breve estancia en Kineret, se mudó a Jerusalén a vivir con sus parientes. Los árabes palestinos organizaron una revuelta en la Ciudad Vieja de Jerusalén en 1920 y Rosa acudió en ayuda de los residentes judíos, ejerciendo tanto de enfermera como de combatiente, pues había adquirido experiencia en defensa personal durante los pogromos en Rusia. Luego se trasladó a Haifa y se convirtió en activa organizadora del laborismo judío en el puerto de dicha ciudad, al tiempo que se ganaba el sustento trabajando en una tienda de sus parientes.
Poco se sabe de los primeros años de vida del padre de Rabin, Nehemías Rubijev. Nació en el seno de una familia pobre en un pueblecito cercano a Kiev y se sumó a la actividad revolucionaria contra el régimen del zar. Partió hacia Estados Unidos huyendo de un posible arresto y fue a parar a San Luis (Misuri), donde trabajó de sastre y participó activamente en sindicatos judíos. En 1917, Nehemías trató de alistarse en la Legión Judía, organizada por Zeev Yabotinski, para luchar con los británicos en Palestina, pero fue rechazado por razones médicas (problemas en una pierna). Nehemías se cambió el apellido a Rabin y probó suerte de nuevo en otra oficina de reclutamiento, esta vez con más suerte. Llegó a Palestina y allí se quedó. En 1920, convertido ya en uno de los miembros iniciales de la primera versión de la Haganá, la organización de autodefensa judía en la Palestina de la época del Mandato británico, Nehemías participó en la defensa del barrio judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén contra los árabes rebelados. Allí, en la Ciudad Vieja jerosomilitana, conoció a Rosa, que prestaba asistencia médica voluntaria. Nehemías fue arrestado por las autoridades británicas, que sofocaron las revueltas pero también encarcelaron a los defensores judíos por portar armas. Rosa y Nehemías se casaron en 1921 y se instalaron por un tiempo en Haifa. Rosa se mudó a Jerusalén para estar cerca de su familia cuando naciera Isaac, cosa que ocurrió el 1 de marzo de 1922. La pareja y el bebé se mudaron a Tel Aviv en 1923, donde Rosa trabajó en un banco y Nehemías hizo lo propio en la Palestine Electric Company. En 1924 nacería su hija, Raquel.
La familia vivió modestamente en una sucesión de pisos de dos dormitorios que algunos de los amigos de infancia de Rabin calificaban incluso de espartanos. Fuera de las horas de trabajo, sus padres participaban de lleno en actividades públicas; ambos pertenecían a la Haganá, Nehemías estaba muy implicado con los sindicatos y Rosa también lo estaba en el ayuntamiento de Tel Aviv y en un buen número de organizaciones benéficas. Era una familia que, al parecer, ponía más el acento en los valores que en las emociones; los niños se criaron básicamente solos e Isaac cuidaba a menudo de su hermana. La de los viernes era la noche familiar. En el pequeño piso en el que vivían, sin apenas muebles, se celebraban numerosas reuniones de sindicalistas y de miembros de la Haganá, pero los Rabin también alojaban a invitados llegados de fuera de la ciudad. Rosa era una mujer muy activa, conocida y respetada, pero se negaba a integrarse en ningún partido político o a asumir un cargo público de autoridad. Tenía un problema cardiaco y sus hijos vivían con el miedo constante a perderla. Y, de hecho, murió joven, en 1937: tenía cuarenta y siete años y su hijo Isaac, solo quince. Su funeral fue todo un acontecimiento público al que asistieron miles de personas, incluido David Ben Gurión, presidente de la Agencia Judía, la principal organización de la comunidad hebrea en el Israel preestatal. Para entonces, Ben Gurión era ya el líder indiscutido de la comunidad judía.
En muchos sentidos, la infancia de Rabin fue la típica de un muchacho criado en la corriente dominante del movimiento laborista en la Palestina del Mandato. Estudió en un colegio de primaria afiliado al movimiento laborista, ingresó en un movimiento de juventudes, continuó sus estudios en la escuela agrícola en un kibutz al este de Tel Aviv y, por último, acudió a uno de los mejores centros de educación secundaria avanzada del país: el Instituto Agrícola Kadoorie, a los pies del monte Tabor de Galilea. El Kadoorie —fruto de la donación de una familia adinerada de Hong Kong que construyó dos centros educativos de ese estilo en la Palestina del Mandato, uno para muchachos judíos y otro para árabes— era famoso por sus elevados niveles de exigencia académica y por su código de honor. Los maestros podían salir del aula cuando sus alumnos estaban en pleno examen, pues estaban seguros de que estos no iban a copiar. Rabin floreció en Kadoorie. Había sido un alumno de desarrollo tardío, debido a sus dificultades con la lectura y la escritura durante los dos primeros cursos de educación primaria. La llegada a su centro educativo de Eliezer Smoli, escritor y maestro inspirador, resolvió el problema. Ese desarrollo tardío sería algo característico de Rabin, que también se iniciaría «tarde» en otras facetas y fases de su vida. Con la ayuda de Smoli, Rabin obtuvo muy buenos resultados en los difíciles exámenes de ingreso en el Instituto Kadoorie y, ya en esta última institución, se reveló como un estudiante excepcional que incluso recibió un premio especial del alto comisionado británico en el momento de su graduación. Rabin consiguió así una beca pública que le permitió ir a Estados Unidos a estudiar Ingeniería Hidráulica en California. Pero los acontecimientos en Palestina y el estallido de la Segunda Guerra Mundial alteraron sus planes. Durante la Gran Revuelta Árabe de 1936-1939, Rabin conoció de primera mano los problemas de inseguridad a los que se enfrentaba la comunidad judía y recibió su primer adiestramiento en el empleo de armas. Tras su graduación, ya no pudo ir a California y se marchó con unos amigos a vivir y trabajar en varios kibutz, aunque sin ingresar de lleno en ninguno. En sus memorias y en otros relatos de su infancia y su juventud, Rabin menciona ese hecho, pero no lo explica. Según parece, su carácter un tanto individualista fue lo que le impidió integrarse en un colectivo.
No obstante, la vida de Rabin tenía otra dimensión importante en aquel entonces. Durante el verano, cuando no tenía clases, lo enviaban unos días a casa del tío de su madre, Mordecái Ben Hilel Hacohen, en Jerusalén. Ben Hilel era una figura imponente: además de escritor e intelectual, era un empresario adinerado. En su familia (tanto los familiares más próximos como los parientes más lejanos), se contaban algunas de las más destacadas figuras de la comunidad judía del Israel preestatal (el Yishuv). El hijo de Ben Hilel, David Hacohen, vivía en Haifa y se convirtió en el enlace con la inteligencia británica durante la Segunda Guerra Mundial. Una de sus hijas se casó con Arthur Ruppin, máximo responsable del Departamento Económico de la Agencia Judía. Ben Hilel y su familia estaban relacionados con las familias de Moshé Shertok, Eliyahu Golomb y Dov Hoz, que se contaban entre los líderes más destacados de aquel momento. Durante las temporadas que pasaba en casa de su tío abuelo, Rabin fue conociendo un entorno y un estilo de vida totalmente distintos a aquellos a los que estaba acostumbrado. La de los Hacohen era una vivienda espaciosa y elegante. Muy diferente de los pisos pequeños y apenas amueblados de los Rabin en Tel Aviv, la mansión Hacohen disponía de una gran biblioteca cuya organización fue encomendada al joven Rabin y a su primo, Rafael Ruppin, como una de sus tareas para el verano. Rabin incluso bajaba con su primo a jugar a la pista de tenis, deporte totalmente desconocido en su universo proletario de Tel Aviv.
Durante la última de sus estancias con sus parientes en Jerusalén, Rabin envió una reveladora carta a su amiga Hana Rivlin (nacida Guri). Ambos pertenecían a un pequeño grupo de estudiantes autodenominado Telem, cuyos miembros iban a las mismas escuelas en Tel Aviv y Guivat Hashlosha, y formaban parte del mismo movimiento juvenil de afiliación laborista. Era un grupo estrechamente unido; sus miembros conversaban sobre temas generales y personales con la seriedad y la apertura típicas de los movimientos juveniles de aquella época. La carta de Rabin a Guri arroja luz sobre cómo percibía él mismo la timidez y la reserva que definían su carácter. El 6 de agosto de 1937 escribió: «¿Soy yo el único miembro de Telem que se queda callado? Da igual. Eso no me libera [de la obligación] de expresar ideas bien expresadas, pero hay motivos que dificultan esa expresión [...]. Si quienes callan quieren ser parte de la sociedad, tienen que expresar lo que sienten y si no lo expresan es porque la sociedad les impidió hablar y, por muchas veces que lo intentaran siempre chocaron con el desprecio de esa sociedad [...]. Puede que yo tenga cierto complejo de inferioridad porque no estoy seguro de que a los miembros les interese lo que yo pueda decir».6
En 1941, Rabin se alistó en el Palmaj. El Palmaj, acrónimo de «unidades hebreas de choque», fue constituido por los dirigentes judíos ese mismo año con dos objetivos en mente. Uno era el de crear una fuerza militar permanente. La Haganá contaba con una pequeña estructura continua, pero carecía de una fuerza militar a tiempo completo. En 1941, acechaba la posibilidad de una invasión alemana. El mariscal de campo alemán Erwin Rommel avanzaba por el norte de África y, antes de ser derrotado por el mariscal de campo Bernard Montgomery en El Alamein, se creía probable que sus tropas invadieran Egipto y, a continuación, Palestina. La finalidad de las seis compañías del Palmaj no era frenar el ejército de Rommel, sino ralentizar su avance al tiempo que la comunidad judía se parapetaba para su autodefensa en la zona del macizo del monte Carmelo. En aquellos momentos, la Haganá y el Palmaj colaboraban estrechamente con los británicos. En junio de 1941, cuando los británicos se preparaban para invadir Siria y el Líbano —territorios controlados en aquel entonces por tropas leales a la Francia de Vichy—, varias brigadas de la Haganá recibieron la orden de colaborar en labores de reconocimiento y sabotaje. El jefe de la seguridad local preguntó a Rabin, que en esa época vivía en el kibutz Ramat Yohanan, si quería presentarse voluntario para una misión. Rabin dijo que sí y tuvo una entrevista con una de las jóvenes estrellas emergentes de la Haganá, Moshé Dayán. Fue el primer encuentro entre dos hombres cuyos caminos se cruzarían en muchas y significativas ocasiones, con diversos altibajos (en realidad, con más «bajos» que «altos»). En sus memorias, Rabin escribió lo siguiente sobre aquella entrevista: «Me preguntó qué tipo de arma sabía usar yo; le dije que estaba familiarizado con el revólver, el rifle y las granadas de mano, pero no con otras armas más pesadas o más sofisticadas. Tras un par de preguntas más, masculló secamente: “Es usted apto”».7 Rabin estaba ya integrado en el equipo de Dayán cuando este se internó en el Líbano el 7 de junio, en apoyo a la unidad australiana encargada de la invasión propiamente dicha. Aquella fue la operación en la que Dayán perdió un ojo: mientras observaba por sus prismáticos, fue alcanzado por el disparo de un tirador francés y, a partir de entonces, llevaría el parche por el que tan públicamente se caracterizaría su imagen en años posteriores. Dado que por entonces el rango de Rabin era muy bajo, se le encomendó en aquella misión la labor de subirse a los postes telefónicos para cortar las líneas. Fue su primera experiencia de combate. Posteriormente, ingresaría en el recién fundado Palmaj.
Rabin ascendió por el escalafón hasta convertirse en oficial de operaciones y, de hecho, en la mano derecha de Yigal Alón, el comandante general del Palmaj. Tras la fundación de esta fuerza militar en 1941, los dirigentes judíos tuvieron que afrontar la cuestión de cómo mantenerla. Las restricciones presupuestarias hicieron que el Palmaj fuese «adoptado» por el movimiento de los kibutz y, en especial, por Hakibutz Hameujad, una organización identificada con la Facción B, una de las que componían el Mapai, el partido dominante dentro del movimiento laborista en el Israel preestatal y también durante los primeros años de la política del Israel independiente. El líder de la Facción B, Isaac Tabenkin, era considerado un rival de Ben Gurión (en 1944, la Facción B se escindió del Mapai y formó un nuevo partido llamado Ajdut Haavodá). Para entonces, Ben Gurión se había convertido ya en líder del Yishuv (la comunidad judía en la Palestina del Mandato británico). Ben Gurión no era muy amigo del Palmaj. Él creía que la mejor opción para la generación joven de la comunidad judía de Palestina durante la Segunda Guerra Mundial pasaba por unirse a la lucha del ejército británico en Europa. Así se contribuiría a la guerra contra los nazis y a dar a miles de hombres judíos jóvenes una valiosa experiencia militar en las filas de un gran ejército moderno. Ben Gurión, hábil político además de estadista, tampoco se fiaba de la orientación política del Palmaj. Fuera como fuere, las unidades del Palmaj permanecieron principalmente ancladas en los kibutz, dividiendo su tiempo entre el trabajo y la instrucción. Fue así como una comunidad que andaba muy corta de recursos económicos se las arregló para mantener una fuerza militar permanente.
Rabin fue enviado al primer curso de jefes de escuadra del Palmaj, bajo las órdenes de Alón, un hombre apuesto y carismático apenas unos años mayor que él. Natural de Kfar Tabor, un asentamiento agrícola a los pies del monte Tabor, Alón había sido miembro del kibutz Guinosar, a orillas del lago Tiberíades, y, al igual que Rabin, se había graduado en el Instituto Kadoorie. Ahí nació una de las relaciones más importantes que tendría Rabin durante sus primeros años de carrera militar, pues Alón fue el responsable de su rápido ascenso: fue el descubridor del talento de Rabin y el cultivador de su figura como militar, y también quien lo convirtió en su oficial de operaciones (es decir, en su segundo a todos los efectos). En 1942, Rabin fue nombrado instructor y, luego, ascendido a jefe de pelotón. Uno de los que fueron jefes de pelotón al mismo tiempo que él recordaba años más tarde que Rabin se caracterizaba por su «original forma de pensar», propia de alguien «que no se atascaba en patrones convencionales, que se hacía preguntas, que reflexionaba sobre las cosas, que planteaba temas que no todos estaban dispuestos a aceptar, que desestimaba y restaba importancia a quienes eran populares y conocidos, y cultivaba en su lugar la amistad de aquellas personas que lo entendían y se avenían con él. En general, era un joven serio y un mando militar muy serio también que hacía bien su trabajo, aunque no se le consideraba nada fuera de lo común».8
En 1944, el Palmaj se transformó y pasó de ser una organización constituida en compañías a otra erigida sobre batallones. Rabin fue ascendido a instructor de batallón, lo que en la práctica equivalía a ejercer de subcomandante de batallón; en 1945, dirigió un importante curso para jefes de escuadra. Ese fue el puesto en el que Rabin comenzó a distinguirse como militar. Su profundo conocimiento de las cuestiones castrenses y del ejercicio del mando, y su talento para la instrucción, convirtieron aquel curso en una experiencia memorable para muchos. Al mismo tiempo, el curso contribuyó a acrecentar la reputación de Rabin. Uno de los graduados dijo que había sido el curso militar más relevante al que había asistido en toda su carrera, ni siquiera superado por una estancia en la prestigiosa École de Guerre francesa.
En 1945, Rabin vivió su primera experiencia como comandante de una operación militar a gran escala. En los primeros años, la actividad del Palmaj se había basado en colaborar con los británicos contra una posible invasión alemana. Cuando ese peligro desapareció, la colaboración terminó. Los británicos se convirtieron en rivales, cuando no en enemigos, y el Palmaj comenzó a dirigir sus operaciones contra ellos. La inmigración judía ilegal en Palestina era en aquel entonces un importante punto de enfrentamiento entre el Yishuv y las autoridades británicas. Para el Yishuv, la idea de que Gran Bretaña negara el acceso a aquellas tierras a supervivientes del Holocausto en Europa resultaba abominable. Para los británicos, esa era la política que debían seguir si querían mantener su papel de árbitro del conflicto entre judíos y árabes en Palestina. Los inmigrantes ilegales apresados en barcos que llegaban a tierras palestinas eran conducidos a un campo de internamiento de Atlit, al sur de Haifa. El cuartel general de la Haganá ordenó al Palmaj asaltar dicho campo, liberar a los allí detenidos y distribuirlos luego por varios pueblos judíos. El comandante de batallón Nahum Sarig estaba al mando de la operación, y Rabin era uno de sus adjuntos. La misión fue un éxito. Para la siguiente, Rabin y sus hombres recibieron la orden de hacer volar varias líneas férreas británicas, lo que llevaron a cabo sin sufrir baja alguna. Estaba previsto que su tercera operación fuese un ataque contra la comisaría de la policía británica de la localidad de Yenín. Para entonces, la colaboración con los británicos había dejado paso a una hostilidad abierta, pues los antiguos aliados en la guerra contra la Alemania nazi habían pasado a ser considerados no solo unos defensores de los árabes palestinos, sino también un obstáculo para la creación de un Estado judío en esas tierras. Pero Rabin resultó herido en un accidente de moto y pasó meses postrado en cama. Mientras se recuperaba, escribió con frecuencia a su hermana, Raquel, quien había ingresado joven en el kibutz Manara, en la frontera libanesa, donde todavía vive en la actualidad. Las cartas que Rabin le dirigió reflejan la cálida relación que mantenían y revelan una faceta desenfadada, humorística incluso, que solo compartía con su círculo más íntimo y que contrastaba con esa imagen suya a menudo más seria y áspera. El 17 de enero de 1946 escribió: «Puesto que mi “limitado” tiempo está en estos momentos racionalmente dividido entre la inactividad total y la inactividad a medias, he encontrado por fin un rato para escribir la obra literaria que tienes ahora ante ti. Para empezar, tengo que reproducir algunos detalles del objeto principal, que no es otro que mi gloriosa pierna envuelta en una escayola, una de las creaciones del honorable Dr. Pizer». En otra carta, Rabin parodiaba el estilo bíblico; otra terminaba con la firma «Tu hermano cojo».
El 29 de junio de 1946, día que pasó a formar parte de la historia israelí con el sobrenombre de Sábado Negro, las autoridades británicas arrestaron a miles de mandos de la Haganá y de dirigentes del Yishuv, y los internaron en un campo de detención de Rafah, en el Sinaí septentrional. Rabin, todavía escayolado, se hallaba entre los detenidos y pasó varios meses bajo arresto, durante los que siguió recibiendo tratamiento para la pierna herida. Al escritor israelí Natan Shajam, miembro del Palmaj y también arrestado entonces, le llamó la atención la presencia grave e imponente de Rabin. Así dejó constancia de su primer encuentro con Rabin en Rafah:
El asombro que [Rabin] me inspiró la primera vez que me encontré con él no decayó con el tiempo, al ir conociéndolo mejor. A pesar de que no me gustaban ni la ordinariez de su lengua (involuntariamente insultante), ni ese movimiento de desdén con la mano (que, a veces, se hacía incluso más ofensivo que las palabras mismas), y pese a que estaba rotundamente en contra de algunas de sus declaraciones públicas, en todos estos años nunca ha disminuido el respeto que siento por él. Su honestidad compensaba todos sus defectos. [...] La primera vez que lo vi [fue] en el campo de detención de Rafah. [...] Yo estaba de pie, tras la valla, para encontrarme allí con un alto mando de seguridad que estaba detenido en el otro campo. [...] Junto a él apareció cojeando un joven de pelo rubio con la pierna escayolada. [...] Me sentí incómodo ante la mirada fija de aquel joven desconocido. [...] Su severa mirada me indujo a hablar con brevedad e ir directo al grano. Luego me dijeron que aquel era Isaac Rabin, un joven comandante cuya reputación lo precedía. Yo no era ningún inocentón impresionable, [...] pero, aun así, la gravedad de aquel muchacho rubio de ojos azules me impactó. [...] No dijo ni una palabra; solo fijó aquella mirada fría en mí: no exactamente en mi rostro, sino más bien en algún punto ligeramente a la derecha de mi oreja derecha. [...] El caso es que, cuando miró tan fijamente hacia ese punto situado al lado de mi oreja derecha —que era adonde siempre miraba cuando escuchaba a los demás, salvo que se hubiera convencido ya de que su interlocutor había hablado demasiado, en cuyo caso se lo hacía saber muy a las claras y sin palabras, fulminándolo con esa mirada suya—, consiguió (o eso me pareció a mí) leerme como un libro abierto y descubrir en mí cierta frivolidad que impedía que él y yo pudiéramos ser amigos. Los hombres de acción no entablan amistad con personas de imaginación, que se limitan a contemplar las experiencias de aquellos desde fuera.9
Al acabar 1946, tras cinco meses de detención, Rabin fue liberado de Rafah cuando los británicos decidieron poner fin a esa fase de su conflicto con la dirección del Yishuv. Rabin fue nombrado comandante del segundo regimiento del Palmaj, dentro de la estrategia de expansión del propio Palmaj como parte de los preparativos del Yishuv para la colisión con los árabes palestinos y con los Estados árabes, que se preveía inevitable. Ben Gurión creó la cartera ministerial de Seguridad dentro de la Agencia Judía y se convirtió en el virtual ministro de Defensa del Yishuv. Había llegado a la conclusión, años antes, de que la instauración de un Estado judío en Palestina implicaría ir a la guerra contra los palestinos y que los Estados árabes se involucrarían en la contienda. Así que asumió la cartera de Defensa para preparar ese conflicto bélico; los preparativos avanzaban a un ritmo vertiginoso. Ese esfuerzo puso de relieve la tensión existente entre los mandos del Palmaj y los oficiales que habían regresado tras prestar servicio en el ejército británico. La tradición del Palmaj ponía especial énfasis en el combatiente individual y en la espontaneidad, mientras que la tradición de la Brigada Judía de las fuerzas armadas británicas hacía hincapié en los procedimientos previa y debidamente ensayados. Ben Gurión simpatizaba con la tradición británica. Desdeñaba el (para él escaso) valor militar del Palmaj y recelaba de la afiliación de este con sus rivales del movimiento laborista y de los kibutz. Estas tensiones continuaron siendo importantes durante la guerra de 1948 y en los momentos posteriores. Hasta entrada la década de los cincuenta, Ben Gurión no perdió ninguna ocasión para favorecer el ascenso de oficiales procedentes del ejército británico (y otras fuerzas armadas regulares) y para retrasar el de los oficiales del Palmaj. A los oficiales del Palmaj que habían permanecido en las FDI no les llegaría el turno de asumir el papel director principal de estas hasta unos años después, ya entrada la década de los sesenta.
Rabin no se quedó en el rango de comandante de batallón mucho tiempo. Alón, que tenía en muy alta estima las aptitudes de Rabin como estratega militar y como oficial de Estado Mayor, se lo llevó consigo al cuartel general del Palmaj en calidad de oficial de operaciones y de adjunto suyo. El comandante primero del Palmaj era Isaac Sadeh, una figura heroica y de más edad que contaba con experiencia militar rusa. Pero los dirigentes políticos preferían que fuese Alón quien actuase como jefe del Palmaj y optaron por mantener a Sadeh como comandante de campaña. En el cuartel general del Palmaj, la responsabilidad principal de Rabin a finales de 1947 y principios de 1948 era planificar los convoyes de suministros civiles y militares que se desplazaban por la sinuosa carretera que cruzaba las colinas de Judea, elevándose desde la llanura costera hasta Jerusalén y otros núcleos y pueblos judíos asediados. Esa seguiría siendo la responsabilidad de Rabin hasta su nombramiento como comandante de la Brigada Harel del Palmaj. Proteger los convoyes significaba defenderlos, pero también procurar tomar las zonas y las localidades por las que tenían que cruzar en su ruta hasta Jerusalén. También hubo momentos en que la brigada de Rabin fue enviada a esta última ciudad para que participara en la batalla por su control.
La guerra de la Independencia de Israel sería un hito que marcaría la carrera política de Rabin y uno de los periodos que moldearían su vida posterior, pues lo catapultó desde la categoría de oficial de rango medio en el Palmaj hasta convertirlo en uno de los más conocidos altos oficiales de las FDI. Rabin tomó parte en algunas de las campañas más difíciles e importantes de una guerra que le aportaría una gran experiencia militar y política. Los combates en Jerusalén y, en particular, en la ruta de acceso a la ciudad, donde su brigada sufrió un elevado número de bajas, tendrían un profundo y duradero impacto en aquel joven oficial.
La guerra de la Independencia duró más de un año y supuso un esfuerzo difícil y costoso. El Yishuv perdió en ella a un 1% de su población: 6000 personas de un total de 600000. Hubo momentos, sobre todo a comienzos de la primavera de 1948, en que dio la impresión de que el bando judío estaba a punto de perder la contienda. Aquella guerra civil en Palestina estalló oficialmente a raíz de la Resolución para la Partición aprobada por la ONU el 29 de noviembre de 1947, pero la violencia había comenzado ya con anterioridad a esa fecha. La guerra civil entre las comunidades judía y árabe duró desde noviembre de 1947 hasta el 15 de mayo de 1948. Durante esa primera fase, las partidas de tropas irregulares palestinas y de árabes voluntarios se centraron en atacar asentamientos judíos aislados y en lanzar emboscadas contra el tráfico judío de personas y suministros. Se puso especial empeño en bloquear la carretera de acceso a Jerusalén. El Plan de Partición preveía que Jerusalén tuviera estatus de ciudad internacional, pero ambos bandos se emplearon a fondo en intentar hacerse con el control de la histórica localidad, pues comprendieron a la perfección que ahí radicaba la clave del futuro del país. Bloquear la carretera hacia Jerusalén les resultó relativamente fácil a los palestinos, pues controlaban los altos de las colinas que dominaban el lecho fluvial vacío por el que discurría la serpenteante carretera. Conseguir refuerzos y suministros para la ciudad asediada representaba un desafío de primer orden para los dirigentes políticos y militares del Yishuv, y el trabajo de Rabin en el cuartel general del Palmaj consistía en planificar esos convoyes. El 15 de abril de 1948 fue nombrado comandante de la nueva Brigada Harel (que no era propiamente una brigada, pues estaba formada por dos batallones en vez de tres). Durante los dos meses siguientes, Rabin y sus hombres combatieron en algunas de las más feroces batallas de aquella guerra.
Fueron misiones imponentes y peligrosas para Rabin y sus hombres, y lo fueron por la virulencia de la guerra en sí, pero también por las dificultades planteadas por el politiqueo interno en las fuerzas armadas. Hubo que lidiar con líderes hostiles y con discordancias presentes dentro y fuera del propio ámbito militar. Durante aquellas arduas semanas, Rabin llegó a cuestionarse en varias ocasiones la idoneidad de las órdenes que se le iban transmitiendo.
Uno de los comandantes de los dos batallones de Rabin, Yosef «Yosef’le» Tabenkin —hijo de Isaac Tabenkin, líder de Hakibutz Hameujad y de Ajdut Haavodá (una de las facciones políticas del movimiento laborista), y uno de los potentados del movimiento de los kibutz—, se consideraba superior a Rabin y se negó a aceptar su autoridad.10 Rabin y Tabenkin ya habían chocado en el pasado y, de hecho, los dirigentes habían nombrado a Rabin para el puesto, en parte porque ya sabían que no se llevaba bien con Tabenkin. Pero Tabenkin simplemente rehusaba obedecer las órdenes y las instrucciones de Rabin, de modo que su regimiento actuaba por su propia cuenta la mayoría de las veces y no como una unidad de la Brigada Harel. Ese fue uno de los motivos por los que dicha brigada no fue empleada como si de una única entidad propiamente dicha se tratara, sino como una serie de unidades más pequeñas. En Jerusalén, la Brigada Harel recibió el encargo de prestar apoyo a las acciones de la Brigada Etzioni, comandada por David Shaltiel, otro mando militar difícil de controlar cuyas aptitudes castrenses eran bastante cuestionables. Tampoco había que olvidar el problemático factor de que, hasta el momento en que abandonó Jerusalén el 15 de mayo, el ejército británico obstruyó las acciones de las FDI en varias ocasiones. Y a partir de ese día, el ejército jordano, la Legión Árabe, se incorporó a la contienda. Era el mejor ejército árabe de aquel momento y el rey Abdalá de Jordania estaba decidido a reclamar como suya toda la parte de Jerusalén que sus tropas pudieran ocupar.
Rabin y sus hombres tuvieron éxito en su misión en lo que se refiere a la parte sur de Jerusalén, pero no tanto en la parte norte ni en los accesos a esta. Shaltiel presionó a Rabin para que le prestara apoyo en su campaña para salvar el barrio judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Rabin pensaba que el plan de Shaltiel era totalmente equivocado, pero como comandante compañero de filas no podía negarse a atender tal petición. Así que los hombres de Rabin, pese a su desacuerdo con la idea, participaron en la intentona de Shaltiel. La misión fracasó estrepitosamente. Los combatientes de la Harel se retiraron del barrio judío, que, finalmente, se rindió a la Legión Árabe jordana. El episodio se convertiría en raíz de una fuerte controversia entre Rabin y Shaltiel, y dejaría una cicatriz permanente en Rabin.
La Brigada Harel tuvo que pagar un precio atrozmente alto por los combates en la carretera hacia Jerusalén: el índice de bajas fue del 50%. Los hombres de Rabin quedaron apabullados y conmocionados por la situación. Uno de aquellos soldados, el novelista Yoram Kaniuk, escribiría en su novela 1948 que «antes de partir para la batalla, decíamos a los líderes de los kibutz que fueran cavando tumbas cuanto antes, porque pronto estaríamos allí de vuelta».11 Tan aturdidos estaban los combatientes de la Harel que cuando, el 14 de mayo de 1948, «una antigua radio del kibutz Maaleh HaHamisha, situado a unos pocos kilómetros de Jerusalén, nos trajo la voz de Ben Gurión —escribiría Rabin en sus memorias— proclamando la fundación del Estado de Israel, a nuestras agotadas tropas les costó mucho captar la trascendencia de aquellas palabras suyas. Un soldado, que estaba acurrucado en el rincón en un estado de absoluta extenuación, abrió un ojo adormilado y suplicó: “Eh, chicos, apagad eso. Me muero por dormir un poco. Ya oiremos todas esas bonitas palabras mañana”. [...] Ninguno de nosotros habría soñado jamás que así sería como recibiríamos el nacimiento de nuestro Estado».12
Rabin salió de la batalla por Jerusalén más experimentado, pero también más dolido. Como escribió en sus memorias, no podía entender por qué los dirigentes del Yishuv no se habían preparado antes y mejor para aquella guerra inevitable: «Ese [el 20 de mayo de 1948] fue para mí un día amargo, un día de examen de conciencia. Durante el periodo de los convoyes, en las jornadas de feroces combates en Jerusalén, antes y después de la invasión de los ejércitos árabes regulares, me acuciaba la pregunta de por qué aquella guerra nos había cogido tan mal preparados. ¿Era necesario?».13
En vísperas de la primera tregua, el 11 de junio de 1948, Alón asignó una nueva misión a Rabin. A Alón y al coronel voluntario estadounidense Mickey Marcus (cuyo verdadero apellido era Stone) los pusieron al mando de una fuerza relativamente numerosa bajo órdenes directas de Ben Gurión de proteger la carretera hacia Jerusalén. El objetivo era controlar posiciones clave más lejanas de la ciudad, como la localidad Palestina de Ramala y el bastión de Latrún.14
Ben Gurión había asignado una importancia primordial al control judío de Jerusalén y de las carreteras de acceso a la ciudad desde el principio mismo de la guerra, así que, antes de la tregua, quería asegurarse de que Israel disponía de libre acceso a la ciudad. Latrún era un punto clave en la carretera de Tel Aviv a Jerusalén; los intentos previos de las FDI por conquistar aquella localidad habían fracasado y tomarla se había convertido en una obsesión para Ben Gurión. El 10 de junio, Alón y Marcus habían llegado ya a la conclusión de que sus fuerzas estaban agotadas y no se hallaban en disposición de atacar Latrún. Para entonces, también estaban al tanto de que se había descubierto una ruta alternativa para acceder a Jerusalén, la llamada «carretera de Birmania», y que las FDI la estaban adecuando para su posterior uso. Aquellos dos altos oficiales temían enfrentarse directamente a Ben Gurión dándole en persona la noticia de que ni podían ni querían lanzar otro ataque sobre Latrún, así que pidieron a Rabin que lo hiciera por ellos. Rabin sabía perfectamente que se expondría así a las iras del Viejo, como fue finalmente el caso. Ben Gurión se enfadó tanto que incluso dijo al joven Rabin que «Yigal Alón se merecía que lo fusilasen».
Cuando el coronel Stone falleció en un trágico incidente a causa de los disparos de un soldado de guardia de las FDI que lo había confundido con un intruso, Rabin pasó a ser el adjunto de Alón y su jefe de operaciones. El periodo de la primera tregua se aprovechó para planificar la fase siguiente de la campaña dirigida a asegurarse el control de la carretera a Jerusalén y el área situada entre dicha ciudad y Tel Aviv. Al alto mando de las FDI le preocupaba la posibilidad de que el ejército jordano lanzara una ofensiva para abrirse paso a lo largo de esa zona y amenazar así tanto Tel Aviv como el área costera. Pero la planificación y la preparación durante esas semanas se vieron ensombrecidas por dos inoportunos problemas políticos en los que Rabin tuvo una implicación directa.
Uno de ellos fue el incidente del Altalena. El Altalena fue un barco enviado a Israel desde Francia por el Irgún, o Étzel, acrónimo de Irgun Tzevai Leumi, la derecha clandestina afiliada al movimiento revisionista y liderada por Menájem Beguin. Iba cargado de armas proporcionadas por el gobierno francés. Los franceses se decidieron a apoyar a esa organización derechista para así debilitar el componente izquierdista de la dirección política israelí, y también para respaldar las acciones militares del Irgún en Jerusalén con el fin de desgastar la posición de Abdalá, en quien París veía a un mero agente de los británicos. El Irgún se había disuelto a raíz de la fundación del Estado de Israel, pero no lo había hecho su delegación en Jerusalén, que, recordemos, había sido declarada ciudad internacional por el Plan de Partición. El Altalena arribó a las costas israelíes, al norte de Tel Aviv, el 20 de junio, y atracó en la propia Tel Aviv el 22 de junio, en las inmediaciones del hotel Ritz, sede del cuartel general del Palmaj. Ben Gurión exigió la rendición total de los combatientes que iban a bordo. Tenía la firme convicción de que para que Israel sobreviviera, nadie debía impugnar la autoridad del Estado, lo que significaba que no podían tolerarse bajo ningún concepto ejércitos ni milicias privadas. Son muchos los detalles del caso Altalena que todavía son objeto de controversia hoy en día, pero de lo que no hay duda es de que los hombres del Irgún que viajaban a bordo desembarcaron y que, en ese momento, se inició un enfrentamiento entre ellos y la pequeña fuerza que estaba destinada en el cuartel general del Palmaj. La posibilidad de una guerra civil judía se volvió tan real como aterradora. Rabin estaba aquel día en la mencionada sede del Palmaj visitando a su novia, Leah. Al ser el oficial de más alto rango allí presente, tomó el mando de la respuesta armada contra los hombres del Irgún. Al final, el papel de Rabin en el incidente del Altalena fue bastante menor y se limitó a los combates que se libraron en la playa; los papeles protagonistas de verdad los interpretaron Ben Gurión y Alón. Ben Gurión ordenó el bombardeo del navío por parte de la artillería de las FDI, que lo hundieron. Él mismo se referiría con orgullo a aquella acción bautizando el cañón que había hundido el Altalena como «Cañón [por “Canon”] Sagrado».* Por su parte, a Alón se le encomendó el mando de la operación general contra el Irgún en el área de Tel Aviv en los días posteriores a los combates en la playa.
Durante las décadas siguientes, el episodio del Altalena no dejó de ser un controvertido punto de tensión entre la derecha y la izquierda en la política israelí. En un peculiar giro de los acontecimientos, la relación de Ben Gurión con el líder del Irgún, Beguin, mejoraría a partir de 1967. En junio de ese año, Beguin y su partido se integraron en un gobierno de unidad nacional del que siguieron formando parte hasta el verano de 1970, lo que normalizó su presencia en la escena política israelí. El propio Ben Gurión se había retirado ya para entonces y situado por encima de las pugnas y las cuitas del día a día político de Israel. Gracias a ello, la mitología de la derecha redujo sensiblemente el papel de Ben Gurión en el incidente y su responsabilidad en el hundimiento del Altalena se hizo recaer en otros protagonistas: primero en Israel Galili y más tarde, a mediados de la década de los noventa (cuando la derecha israelí estaba demonizando a Rabin por haber firmado los Acuerdos de Oslo), pasó a aumentar la larga lista de «pecados» de Rabin.
Rabin tuvo una implicación menos directa en un segundo gran conflicto político de aquel periodo. Todo comenzó con una disputa en torno al nombramiento de un comandante para el Frente Central, considerado el frente crucial de la siguiente fase de los combates de la guerra. El problema subyacente seguía siendo la actitud hostil de Ben Gurión hacia el Palmaj. El alto mando de las FDI quería que Alón fuese ese comandante. Desde su nacimiento, el Palmaj había estado afiliado al Hakibutz Hameujad y al Ajdut Haavodá, y el líder de esta facción, Isaac Tabenkin, era rival de Ben Gurión. El Ajdut Haavodá se unió al Hashomer Hatzair en enero de 1948 para crear el Mapam, acrónimo del nombre en hebreo del Partido de los Obreros Unidos. El Hashomer Hatzair era un movimiento sionista marxista, mientras que el Ajdut Haavodá conjugaba el socialismo con el nacionalismo israelí. Ben Gurión recelaba mucho de ese Partido de los Obreros Unidos, un movimiento político prosoviético, y consideraba que el Palmaj venía a ser una especie de ejército privado del mismo. Ben Gurión respetaba las aptitudes militares y de liderazgo de Alón, pero no sentía el mismo aprecio ni por su ambición ni por su carácter. El candidato favorito de Ben Gurión, Mordecái Maklef, había servido en el ejército británico. Cuando Ben Gurión, enfrentándose a los dirigentes de las FDI, insistió en nombrar a su preferido para dirigir el Mando Central, varios generales decidieron presentar su dimisión. Se nombró entonces una comisión de mediación formada por cinco miembros del gabinete. Aquel comité, que celebró sus sesiones del 3 al 6 de julio e hizo comparecer ante sí a varios testigos —Rabin entre ellos—, entendió que su mandato lo facultaba para investigar mucho más que la cuestión de la relación entre Ben Gurión y Alón. En su interrogatorio a Rabin, por ejemplo, se centró en la malograda defensa de la Ciudad Vieja, y Rabin aprovechó la oportunidad para quejarse de la decisión tomada en su momento de acabar con el mando único para las operaciones militares en Jerusalén: «Creo que, al inicio de la operación, había un mando único, en él estaba Isaac Sadeh, era el jefe del “Estado Mayor jebuseo”. En todo caso, ese mando [...] creo que era importante en aquel entonces. Yo no era quién para exigir que tanto el mando que estaba por encima de mí como Shaltiel fueran apartados. Pero creo que fue un error dar poder a David Shaltiel y concederle la autoridad para emitir órdenes, pues él quedaba así como único responsable de la ciudad. Si hubo fallos militares es difícil de decir, porque si se dice algo, hay que demostrarlo y, para ello, habría que analizar la cuestión de la defensa de Jerusalén en su totalidad».15 Rabin creía que la importancia del episodio radicaba en cómo había exacerbado las tensiones y la desconfianza entre Ben Gurión y el Palmaj, y en las sombras que había arrojado sobre los altos mandos de este último. Como adjunto y protegido de Alón, Rabin no pudo evitar verse afectado por la actitud negativa de Ben Gurión hacia su protector, por lo que su progresión en las FDI se retrasó en 1948 y en años posteriores.
En cualquier caso, dos decisiones cruciales se habían tomado ya para cuando se reemprendieron los combates al término de la primera tregua, el 11 de julio de 1948: concentrar los mayores esfuerzos de las FDI en su Mando Central, en vez de en el sur, y confiar el mando de la operación a Alón. La operación recibió el nombre en clave LRLR (Lod-Ramla-Latrún-Ramala), aunque posteriormente se la conoció como Operación Danny. Tenía que llevarse a cabo en dos fases: la primera consistía en la conquista de Lod y Ramla, a fin de consolidar el control del recién creado Estado sobre el centro del país; la segunda era la conquista de Latrún y Ramala, dirigida a asegurar el control de la carretera a Jerusalén. La primera parte de la operación se completó con éxito y dos aspectos de esta quedaron grabados en la memoria colectiva de Israel. Uno fue la audaz incursión de Dayán, que facilitó la toma de Lod, un hecho que contribuyó a cimentar su reputación de comandante de campaña brillante y poco convencional. El otro fue la expulsión a gran escala de población civil árabe.
La cuestión de la expulsión ha planeado posteriormente sobre todos los debates historiográficos y políticos que analizaban el lado positivo y negativo de la guerra de 1948 y el grado de rectitud moral de Israel. Como alto oficial del Estado Mayor, Rabin no estuvo directamente implicado en los combates, pero sí influyó en la expulsión. De ello escribió con bastante franqueza en sus memorias, concretamente en una sección del libro que fue censurada en 1979 por el comité ministerial encargado de inspeccionar las memorias y los relatos de hechos históricos escritos por funcionarios públicos. Sin embargo, el traductor inglés del libro, Peretz Kidron, era un activista de la izquierda radical que filtró los pasajes censurados a la prensa internacional:
Mientras se libraban los combates, tuvimos que afrontar un problema complicado [...]: el destino de la población civil de Lod y Ramla, unos 50 000 habitantes en total. Ni siquiera Ben Gurión ofreció solución alguna; durante los debates sobre el tema en el cuartel general de operaciones, él guardó silencio, como era su costumbre en tales situaciones. Era evidente que no podíamos dejar a la población hostil y armada de Lod instalada en nuestra retaguardia, donde podía poner en peligro nuestra ruta de suministros hacia la (Brigada) Yiftah, que avanzaba hacia el este. Salimos y Ben Gurión nos acompañó. Alón reiteró su pregunta: «¿Qué hacemos con la población?». Ben Gurión gesticuló con la mano y dijo: «Echadlos».
Alón y yo consultamos un rato entre nosotros. Yo estuve de acuerdo en que era imprescindible echar a aquellos habitantes de allí. Los condujimos a pie hacia la carretera de Bet Horón, considerando que la Legión [jordana] se sentiría obligada a ocuparse de ellos.
«Echar» es un verbo que tiene una connotación ciertamente dura. Desde el punto de vista psicológico, aquella fue una de las acciones que más nos costó emprender.16
El incidente de Lod marcaría así un hito en el debate sobre la cuestión de los refugiados palestinos. Unos treinta años más tarde, el escritor israelí Ari Shavit otorgaría una dimensión casi épica a la suerte corrida por Lod: «Lod es nuestra caja negra. Dentro de ella yace el oscuro secreto del sionismo. La verdad es que el sionismo no podía tolerar Lod. [...] Para que el sionismo pudiera existir, Lod no podía existir. Para que Lod existiera, el sionismo no podía existir. Visto con la perspectiva que da el tiempo, queda totalmente claro».17
Sea cual sea la perspectiva que sobre aquellos hechos adoptemos en esta segunda década del siglo XXI, sin lugar a dudas estará muy lejos de las consideraciones que los líderes políticos y militares se vieron obligados a tener en cuenta en julio de 1948, cuando debatieron la cuestión de la población civil de Lod y Ramla.18
La segunda parte de la Operación Danny se saldó con un fracaso: tanto Latrún como Ramala permanecieron bajo control jordano y siguieron formando parte de Cisjordania hasta 1967. Pero la operación consolidó la relación entre Alón y su jefe de operaciones (y virtual segundo en el mando) Rabin. Según la describe la biógrafa de Alón, «aquí la combinación entre él [Alón] y Rabin fue ideal. Alón aportaba su liderazgo, su optimismo inagotable, la seguridad que irradiaba y su audacia planificadora. Rabin, por su parte, era quien convertía las ideas en planes operativos, detallados y precisos, que calculaban riesgos frente a posibilidades. Juntos formaban un equipo ganador. Para los soldados, Alón era el gran líder militar por quien estaban dispuestos a hacer un esfuerzo adicional. Rabin era un excelente número dos, aunque carecía de las cualidades que convertían a Yigal en objeto de admiración de sus soldados».19
La segunda tregua, declarada a partir del 21 de julio de 1948, fue aprovechada por las FDI para prepararse ante la siguiente fase de la guerra. Para entonces, la balanza ya se había inclinado claramente hacia el lado de Israel. Habían llegado armas nuevas y mejores, se había movilizado a más hombres, se habían aprendido las lecciones de la ronda previa de combates y se habían corregido errores. Las FDI pasaron enseguida a la ofensiva para sacar partido de la ventaja de la que disponían, a fin de terminar la guerra con una rotunda victoria. Pero la tregua también sirvió para atender otros menesteres.
Rabin aprovechó el respiro que se tomaron entonces los contendientes para casarse con la que era su novia desde hacía varios años, Leah Schlosberg. Rabin era un joven apuesto, atractivo en opinión de muchas jóvenes del Palmaj y de los kibutz en los que había estado, pero se enamoró de la guapa y vital Schlosberg. Fueron pareja varios años, una verdadera pareja de póster del Palmaj. Los orígenes de Leah —que había nacido en Alemania, en el seno de una familia judeogermana de clase media alta— eran muy distintos de los de Isaac. Era una mujer decidida y muy leída, le gustaban el arte y la literatura, y rara vez eludía expresar su opinión cuando tenía la oportunidad. Su unión matrimonial funcionó muy bien. Más tarde, cuando Rabin llegó a ser jefe del Estado Mayor, embajador y primer ministro, Leah se convirtió también en una figura pública muy pujante en los círculos de Washington, donde se distinguió como una anfitriona diplomática muy activa y exitosa. Frente a la timidez y el carácter introvertido de Rabin, Leah desempeñó un importante papel de conductora de la vida social de la pareja. Rabin escribió en sus memorias sobre la relación entre ambos:
El nuestro fue un romance en tiempos de guerra. Comenzó con un encuentro fortuito en una calle de Tel Aviv en 1944: una mirada, una palabra, un algo que se agitó en nuestro interior y, luego, un nuevo encuentro. Pero hubo obstáculos que nos impidieron profundizar en la relación. Yo estaba en el Palmaj y los permisos eran escasos. Intimamos más en 1945, cuando Leah ingresó en el Palmaj y sirvió en el batallón del que yo era subcomandante (una de las raras ocasiones en nuestra vida juntos en las que ella estuvo bajo mi mando). Yo hacía todo lo que podía por visitar con frecuencia el kibutz en el que ella estaba destinada y dábamos largos paseos por ahí en mi motocicleta. [...] Cuando ya habíamos empezado a tejer nuestros sueños de futuro, los británicos me arrestaron; nuestra única comunicación en ese tiempo era por carta. Luego llegó la guerra de la Independencia, con su cruenta lucha y su alto precio en vidas. Dejamos a un lado nuestros planes personales y Leah logró finalizar sus estudios de magisterio. Durante la segunda tregua, decidimos aprovechar la oportunidad y sellar nuestra unión.20
Como era habitual por entonces, la joven pareja no podía permitirse aún un piso propio, así que se mudaron a una habitación del domicilio de los padres de Leah, en el centro de Tel Aviv. Tuvieron que esperar hasta 1952 para trasladarse a una casa propia, en un barrio residencial para altos oficiales de las FDI.
El segundo hecho tuvo lugar en el kibutz Naan a partir del 14 de septiembre de 1948. Varias decenas de altos oficiales del Palmaj fueron invitados a una reunión con Ben Gurión. El Viejo endulzó las amargas noticias que tenía que darles felicitando al Palmaj por lo mucho que había contribuido al esfuerzo bélico, pero luego dijo a sus invitados que ya no existía justificación alguna para seguir manteniendo un alto mando separado: el Estado tenía un ejército y el Palmaj tenía que pasar a ser parte integral de este. Conservaría íntegras sus tres brigadas, pero tendrían que someterse plenamente a la autoridad de los respectivos mandos regionales. Rabin se abstuvo de participar en el debate que siguió. Estaba de acuerdo en lo fundamental con la postura de Ben Gurión, pero él creía que el Palmaj debía seguir contando con un Estado Mayor propio y que se le tenía que encomendar una misión especial que le permitiera preservar su legado y su espíritu. Se dio cuenta, sin embargo, de que si presentaba ese punto de vista tan complejo, los demás lo percibirían como un apoyo personal implícito a la decisión de Ben Gurión, así que optó por callar. Como era de esperar, ese proceso no terminó ahí y Ben Gurión acabó desmantelando por completo el Palmaj. Para él, se trataba de respetar el mismo principio que había guiado sus decisiones durante el incidente del Altalena. Si el nuevo Estado tenía alguna opción de sobrevivir como tal, solo podría hacerlo contando con un único ejército: las milicias privadas no podían ser toleradas.
A finales de septiembre de 1948, Israel ya estaba listo para reanudar los combates y poner un fin victorioso a la guerra. La opción de comenzar la ofensiva por el frente sur era la obvia, pues el ejército egipcio tenía el control del Néguev, la extensa, árida y escasamente poblada zona sur del país. Aquella era la reserva de terreno de Israel; por otro lado, la salida al mar Rojo en su extremo sur significaba un futuro acceso naval a África y Asia. Folke Bernadotte, el mediador de Naciones Unidas asesinado el 17 de septiembre por la Banda de Stern —un movimiento nacionalista radical clandestino—, recomendó en su informe (publicado póstumamente el 20 de septiembre) que el sur del Néguev no se incluyera en el territorio del nuevo Estado de Israel y se sustituyera por alguna otra parte del país. Egipto y, posiblemente, también Gran Bretaña consideraban el Néguev septentrional como un puente en tierra firme que conectaba el territorio egipcio (que, por entonces, todavía era un protectorado británico) con la parte oriental del mundo árabe. Así que no había tiempo que perder.
Se asignaron cuatro brigadas a ese frente sur. Alón era el comandante de aquella fuerza y Rabin, de nuevo su segundo y su jefe de operaciones. Pero la división de tareas entre ambos cambió y Rabin desempeñó un papel más importante y destacado en aquellas operaciones. Si hasta entonces se le veía como la mano derecha de Alón, a partir de ese momento se le empezó a considerar un estratega militar de primera, el oficial que había diseñado meticulosamente las principales operaciones en el sur y que luego había supervisado su puesta en práctica.
De octubre de 1948 a marzo de 1949, las FDI completaron tres grandes operaciones en el sur: Yoav, del 15 al 22 de octubre de 1948; Jorev, del 22 de diciembre de 1948 al 7 de enero de 1949, y Uvdá, del 6 al 10 de marzo de 1949. La Operación Yoav fue un éxito y abrió la carretera de acceso al Néguev, insertando así una cuña en el centro mismo del despliegue del ejército egipcio en la zona. La Operación Jorev, que pretendía expulsar al ejército egipcio del territorio del Mandato británico de Palestina, se completó con la única excepción de la «bolsa» de Faluya, donde una significativa fuerza egipcia permaneció asediada. Las tropas israelíes, victoriosas, penetraron en la península del Sinaí, territorio nacional egipcio. Por las presiones internacionales, y por su consabida preocupación por los límites políticos de toda acción militar, Ben Gurión ordenó a Alón y a Rabin (nada contentos con la idea) que retiraran sus tropas hasta la línea de la frontera internacional. Durante las operaciones Yoav y Jorev, las FDI hallaron una férrea oposición egipcia, pero el ejército de Israel operaba ya a una escala muy diferente que lo capacitaba para lanzar complejas operaciones combinadas por tierra, mar y aire.
El éxito de la Operación Jorev sirvió para que finalmente Egipto se sentase a la mesa de negociaciones. El 12 de enero de 1949 comenzaron las conversaciones para el armisticio en el hotel Roses de la isla griega de Rodas; las presidía Ralph Bunche, el nuevo mediador de la ONU. El segundo al mando de las FDI, Yigael Yadin, encabezaba el equipo militar que formaba parte de la delegación israelí. Rabin era miembro de dicho equipo en calidad de representante del frente sur y de experto de la delegación en los temas concretos que se iban a discutir allí. Alón, dolido todavía por la orden de retirarse del Sinaí, se negó a asistir. Rabin también estaba descontento con la forma en que se había procedido en general y tenía la sensación de que a las FDI se les había negado la oportunidad de infligir una derrota total al ejército egipcio, lo que les habría dado mayor ventaja en las conversaciones de paz. Durante las negociaciones, se opuso a la petición egipcia de desmilitarizar el área conocida como Auya al Hafir. Los diplomáticos del Ministerio de Exteriores adoptaron una línea más blanda. Atribuían especial importancia al hecho de que se llegara a una pronta conclusión de un armisticio con el principal Estado árabe y estaban dispuestos a hacer concesiones en materia militar. El punto de vista y el estado de ánimo de Rabin durante las reuniones se reflejan perfectamente en la carta que escribió a Alón el 10 de febrero de 1949:
Estoy convencido, basándome en todo lo que he visto y oído aquí, de que los egipcios necesitan mucho este acuerdo de armisticio, porque les permitirá sacar a la brigada que tienen atrapada en la «bolsa» [de Faluya] y reducir las fuerzas desplegadas en el sector costero. En mi opinión, toda concesión en este momento es prematura e innecesaria. A mi entender, tenemos mucho más margen que los egipcios y podemos perseverar más que ellos en una guerra de nervios. Estoy casi seguro de que prevaleceríamos en ella. Y si no, siempre estaríamos a tiempo de hacer alguna concesión entonces. [...] Estoy harto de política y de diplomacia.21
Las negociaciones egipcio-israelíes concluyeron el 24 de febrero de 1949. Rabin y sus colegas fueron desoídos. En virtud de una especie de compromiso, Rabin recibió autorización para abandonar la delegación el 20 de febrero, cuatro días antes de la firma, para ahorrarle la obligación de ser uno de los signatarios de un acuerdo al que se oponía.
Las negociaciones de Rodas fueron la primera experiencia diplomática de Rabin y su primera interacción real con árabes no palestinos. En aquellas reuniones aprendió una lección que tendría muy presente en las décadas siguientes: a Israel no le interesaba negociar con una «comunidad» de Estados árabes. En ese tipo de negociaciones, la dinámica de grupo siempre inclinaba la tendencia del colectivo árabe en el sentido del liderazgo planteado por el Estado más radical. A Israel le iba mejor pactando por separado con los distintos Estados árabes.
Pero de aquellas negociaciones de Rodas se pudo extraer también otra lección: Egipto era el único país árabe con un sentido de razón de Estado. Sus dirigentes fueron los primeros en llegar a la conclusión de que les convenía terminar la guerra; su acuerdo con Israel se firmó el 24 de febrero de 1949. Otros Estados árabes (Siria, en particular) se tomaron su tiempo, y no concluyeron sus negociaciones hasta julio de 1949. Pero incluso mientras se desarrollaban las conversaciones, Israel no cejó en su ofensiva hacia el sur y la concluyó —por medio de la Operación Uvdá— haciéndose con el control de todo el Néguev y asegurándose así una salida al mar Rojo en Um Rashrash (actual Eilat). Conducir con éxito a tan numerosa fuerza militar por territorio inexplorado constituyó una impresionante proeza logística.
Cuando la guerra terminó, en 1948, Rabin era teniente coronel, segundo de Alón en el Mando Sur. Se había ganado la reputación de ser un estratega militar y un oficial de Estado Mayor de primera. Tenía una gran experiencia adquirida sobre el terreno en puestos de alto mando, pero también en la mesa de negociaciones. Sin embargo, el legado más duradero de la guerra para Rabin sería el que se llevó de los difíciles combates en la carretera a Jerusalén. Como escribió en repetidos pasajes de sus memorias, Rabin tenía entonces la sensación de que las FDI no habían recibido preparación suficiente antes de la guerra de 1948 y que sus hombres y otros muchos habían pagado un precio muy alto por ello. Se prometió a sí mismo que esa falta de prevención no volvería a repetirse.
2
DE LA INDEPENDENCIA A LA GUERRA DE LOS SEIS DÍAS (1949-1967)
A medida que la guerra entraba en sus últimas semanas y, poco a poco, se iba instalando una nueva rutina de posguerra, la tensión entre Ben Gurión y los dirigentes del Palmaj alcanzó nuevos niveles. Algunos de los altos mandos del Palmaj fueron apartados de las FDI, mientras que otros optaron por irse en señal de protesta. Rabin prefirió quedarse. En sus memorias, lo justificó así: «En la encrucijada de mi vida personal en la que me hallaba, me dominaba un profundo sentido de responsabilidad moral, una especie de deuda de honor hacia los hombres que habían bloqueado el avance árabe con su valor y con su propio cuerpo. [...] En los momentos más trágicos de la guerra, [...] muchos de mis camaradas oficiales y yo asumimos un compromiso personal. [...] Dedicaríamos nuestra vida a asegurarnos de que el Estado de Israel no volviera a estar nunca mal preparado para responder a una agresión. [...] Construimos un ejército poderoso».1
Pero había más motivos que ese. Para empezar, las opciones disponibles en aquel Estado joven y todavía pobre eran limitadas. Rabin se identificaba con el Palmaj, pero también era el solitario independiente —el hijo de Rosa— que no había ingresado en ningún kibutz ni en el Ajdut Haavodá, y que tomaba sus propias decisiones. Era el mismo Rabin que, en la reunión del kibutz Naan en la que Ben Gurión y los líderes del Palmaj habían aireado sus diferencias, había optado por guardar silencio. Rabin estaba de acuerdo con la esencia de la decisión de Ben Gurión de desmantelar el alto mando del Palmaj, pero no quería alinearse con el Viejo en contra de sus camaradas. Las de Rabin eran posiciones políticas próximas a las del Ajdut Haavodá, pero se abstuvo de ingresar realmente en el partido. Como escribió a su hermana a mediados de la década de los cuarenta, «no soy un hombre de partido y, pese a que me identifico en algunos temas con el movimiento del Ajdut Haavodá, no logro ver en él ningún proyecto, ninguna voluntad de tomar la iniciativa, de liderar y mostrar el camino; es más bien una entidad moderada que se limita a apuntar un camino un tanto diferente al de los dirigentes actuales».2
Nada de esto afectó a su lealtad hacia Alón, a quien Ben Gurión apartó de su puesto en el Mando Sur y sustituyó por Dayán. Alón se encontraba de hecho en Europa visitando al ejército francés y, pese a aquella desautorización de que había sido objeto en Israel, alargó inexplicablemente su visita. La carrera de Alón había alcanzado su apogeo durante la guerra de 1948, pero empezó a declinar justo después. Aquel episodio fue un primer indicio de que la personalidad de Alón había sufrido un profundo cambio. Rabin mantuvo informado a Alón mientras estaba fuera y luchó por él en su nombre. Así relataba a Alón los esfuerzos que estaba haciendo por él, citando una carta que había escrito al entonces jefe del Estado Mayor, Yacov Dori, el 12 de octubre de 1949: «Le exigí una explicación por escrito en lo referente a ti. También añadí una petición verbal para reunirme con él. Pese a las tres solicitudes que presenté en un mismo día a su ayudante de campo, no recibí respuesta». Las cartas que envió a Alón estaban escritas en un código primitivo, y el nombre en clave elegido para referirse a Dayán era «el anticuario». Eran muy críticas con él. En una del 23 de octubre, Rabin escribió: «Dayán se ha presentado. Lo estoy domando un poco. El hombre no tiene ni idea. A mi juicio, carece del entendimiento militar mínimo para una escala superior a la de una compañía o un batallón. No tiene tacto alguno para tratar con las personas».3
La antipatía y la falta de aprecio eran mutuas. Dayán no perdió un segundo en apartar a Rabin de su puesto de segundo en el Mando Sur. Se le nombró entonces comandante de la 12.ª Brigada, que, según el criterio de aquel entonces, se consideraba una brigada acorazada. Pero esa solución no duró mucho. La 12.ª Brigada era vista por muchos como la Brigada del Palmaj, así que fue disuelta con el pretexto de que todos los elementos acorazados debían quedar concentrados en la 7.ª Brigada. Rabin envió una indignada carta al jefe del Estado Mayor criticando la decisión: «¿Me pregunto por qué y con qué fin? —escribió—. Se me ocurren dos posibles razones: o argumentos personales contra mí que yo no puedo entender, o argumentos contra la brigada por sus orígenes en el Palmaj».4
Las tensiones a propósito del Palmaj alcanzaron su punto máximo el 24 de octubre, día previsto para una concentración del Palmaj que debía servir como despedida oficial, pero también como acto de protesta. El Estado Mayor de las FDI emitió una orden que prohibía a los oficiales en activo participar en lo que, según consideraban, no dejaba de ser un acto político. Era muy importante para Ben Gurión que Rabin, en particular, no tomara parte, pues él era el oficial del Palmaj de más alto rango en las FDI. Su participación —o su ausencia— se notaría. Ben Gurión, que sentía cierta debilidad por Rabin, posiblemente también quería protegerlo de las consecuencias de la desobediencia directa de una orden. Así que lo invitó a su residencia de primer ministro aquel mismo día por la tarde, para mantener una conversación. Rabin deja claro en sus memorias que ya se estaba preparando para irse de casa de Ben Gurión cuando el Viejo le pidió que se quedase también a cenar. Rabin se disculpó y acudió a la concentración, sabedor de que pagaría un precio por aquel acto de desafío. Quedarse en las FDI era una cosa, pero la lealtad a sus amigos y colegas estaba por encima de todo.
Ben Gurión montó en cólera. Se tomó la conducta de Rabin como una ofensa personal y retrasó su ascenso durante una década. Ben Gurión no fue el único político contrariado por aquel incidente. En una reunión del gabinete, el líder del Partido Mizraji (el posterior Partido Religioso Nacional o Mafdal), Haim Moshé Shapira, dijo que «Rabin no es simplemente un jovencito que estaba confuso entre dos mandos: se reunió con el Sr. Ben Gurión, discutió con él, expresó con plena libertad lo que pensaba y, luego, ante el dilema de qué es más importante, la disciplina de partido o la disciplina militar, optó por la disciplina de partido. Imagínense que el segundo al mando en un frente, ante la primera prueba de fuego que lo obligara a elegir entre esas dos opciones, decidiera mantenerse fiel al partido. ¿Qué sucederá si el partido le ordena ir contra el gobierno? Se verá de nuevo enfrentado a la alternativa entre el partido y el gobierno y no sé yo por dónde saldrá ante ese dilema. [...] Lo digo muy a las claras: no estoy dispuesto a confiar el destino de una brigada a un comandante capaz de quebrantar la disciplina de semejante modo». Ese, de hecho, no sería el último choque entre Shapira y Rabin.
El incidente terminó cuando el jefe del Estado Mayor, Dori, tomó medidas disciplinarias el 21 de octubre de 1949. El encuentro de Rabin con Dori, transcrito en los archivos, fue un momento insólito: pocos altos oficiales con tan claras perspectivas de alcanzar el mando supremo son sancionados por no obedecer una orden. Las respuestas de Rabin a Dori fueron breves, secas y directas:
DORI: Se le ha convocado a un juicio disciplinario por infringir la disciplina. ¿Recibió usted la orden que prohibía la participación en la concentración?
RABIN: Recibí la orden.
DORI: ¿Participó usted?
RABIN: Sí.
DORI: ¿Cómo encaja el incumplimiento de esa orden con el juramento que usted prestó de obedecer todas las instrucciones que le dictara el mando supremo?
RABIN: No encaja de ningún modo. Admito haber incumplido la orden. Me guie por un sentido de lealtad personal hacia unos amigos [...] fue una cuestión de amistad. [...] Sentí que tenía que reunirme con mis amigos.
DORI: ¿Hubo alguna otra orden?
RABIN: No hubo ninguna orden más; fue una decisión personal. Es verdad que no obedecí una orden, pero no recibí órdenes de ninguna otra fuente.
DORI: ¿Cómo encaja eso con el juramento?
RABIN: Es cierto que había una orden, pero ninguna ley prohíbe a un soldado, en cuanto que ciudadano, participar en concentraciones públicas si está de permiso.
Rabin recibió una dura reprimenda oficial y fue rescatado de la difícil situación que vivió durante aquel periodo por Haim Laskov, que lo invitó a unirse a él en la Escuela de Comandantes de Batallón (un nuevo curso de formación militar inaugurado poco después del final de la guerra como parte de la institucionalización de las FDI) y, posteriormente, a sustituirlo como comandante director de esta. Rabin invitó a su vez a varios de sus colegas del Palmaj a trabajar con él en calidad de instructores. Para algunos de ellos, la invitación se convirtió en un incentivo para quedarse en (o para volver a) las FDI. Laskov, antiguo mayor en la Brigada Judía del ejército británico, era todo un modelo del exoficial británico que Ben Gurión prefería como antítesis de los oficiales del Palmaj. Pero, a pesar de poseer una experiencia militar muy distinta, Laskov y Rabin se llevaban estupendamente bien. Su colaboración y el papel desempeñado por los colegas de Rabin fueron cruciales a la hora de integrar tanto las lecciones de la guerra de 1948 como las dos diferentes tradiciones militares dentro de la doctrina que caracterizaba las FDI. Los cincuenta alumnos de la escuela terminarían convirtiéndose en los años siguientes en el núcleo central del mando de las FDI; juntos, los comandantes instructores y los aspirantes a comandante desarrollaron un nuevo lenguaje profesional en hebreo. El meticuloso método de Rabin podía resultar exasperante en ocasiones para sus alumnos, pero aceptaban y respetaban igualmente su autoridad.5 Rabin tenía una memoria excelente y combinaba sus aptitudes analíticas con una gran atención a los detalles. Incidía especialmente en la precisión y la perfección, cualidades que no siempre eran apreciadas por las personas que trabajaban a sus órdenes.
El siguiente destino de Rabin fue como jefe del Departamento de Operaciones del Cuartel General (CG), cargo que ejerció de enero de 1951 a diciembre de 1952. Se trataba de un puesto clave en la división más importante del CG. El departamento se encargaba de tres áreas: operaciones, seguridad presente, y organización y movilización de reservistas. Los documentos redactados por Rabin durante ese periodo reflejan su dominio de los asuntos militares, desde las cuestiones doctrinales hasta las de mando y control, pasando por las tácticas.6 Sus comentarios a un documento de estudio elaborado por el Departamento de Planificación de las FDI son un muy buen ejemplo del ejercicio de su cargo en aquellos meses. Rabin era un hombre agudo e incisivo que demostraba un profundo conocimiento del papel de la fuerza aérea en los conflictos armados modernos: hacía hincapié en que la función y la actuación de la aviación militar no tenían que venir determinadas por la propia fuerza aérea sin más, sino que también debían decidirlas el Estado Mayor. La principal contribución de Rabin al trabajo y la metodología de las FDI durante ese periodo fue llevar a cabo una transición desde la planificación militar de los tiempos de la guerra de 1948 hacia un tipo de planificación más ordenado y sistemático, como era el requerido por las FDI de posguerra. Dicha contribución quedaba perfectamente ilustrada en el trabajo que escribió el 24 de diciembre de 1951, «Planificación bélica en las FDI». Rabin establecía allí una distinción entre la planificación estratégica y la operativa, lo que resolvía el dilema al que se enfrentan todos los ejércitos modernos. Planificar un escenario hipotético podría dar pie a rigideces; el reto del estratega estriba en mantener un elemento de flexibilidad que permita a los mandos militares afrontar la realidad que pueda surgir cuando un plan preparado con antelación haya de aplicarse bajo unas circunstancias imprevistas.
Durante ese periodo, Rabin mejoró y consolidó su estatus y su reputación como pensador y estratega militar, y como oficial de Estado Mayor excepcionalmente eficiente. El general Israel Tal, legendario arquitecto de la división acorazada de las FDI, describió a Rabin como «la más alta autoridad intelectual en temas militares».7 Otro general de las FDI, Elad Peled, escribió: «Isaac era considerado entre los representantes de la generación de 1948 en las FDI como el profesional militar de más categoría. [...] En cada ejercicio, en cada maniobra, en cada conversación o debate al que asiste, todo el mundo le presta atención y sabe que está escuchando al admor [rabino jasídico], al profesional».8
La ascensión de Rabin en el escalafón de las FDI quedó patente cuando el jefe del Estado Mayor, Mordecái Maklef, decidió nombrarlo jefe de operaciones en 1953 y situarlo así como su segundo al mando, en vez de Dayán, con quien Maklef no congeniaba. Pero Ben Gurión, que sí le tenía cariño y mucho aprecio a Dayán y que, posiblemente, todavía se sentía dolido por la desobediencia de Rabin en aquel acto de concentración del Palmaj, abortó la iniciativa de Maklef.
En 1953, Rabin y su familia se encontraban en realidad en Inglaterra, en el Staff College («Academia de Oficiales») que el ejército británico tenía en Camberley. Rabin fue uno de los primeros oficiales que se envió a una academia militar occidental, en el marco de una política dirigida a evitar que las FDI cayeran en cierto provincianismo de ejército pequeño de un país aislado, y a integrar a Israel en el fondo (si no incluso en la forma) en el sistema de defensa occidental. Para Rabin supuso una oportunidad para abrirse al mundo exterior, aprender de la rica experiencia de un gran ejército, mejorar su dominio del inglés y pasar algo más de tiempo libre con su esposa, Leah, y su hija, Dalia (su hijo, Yuval, no nacería hasta 1955). Al regreso de Rabin, Dayán —a la sazón jefe del Estado Mayor— demostró que no le guardaba rencor al nombrarlo jefe de la División de Instrucción del CG y ascenderlo a un rango equivalente al de general de división. De hecho, Dayán hizo todo lo posible por convencer al ministro de Defensa, Pinjas Lavón, de que accediera al ascenso de Rabin. Los dirigentes del Mapai seguían considerando a Rabin como alguien políticamente poco fiable debido a su indisciplina durante el incidente de la concentración del Palmaj. Dayán calmó a Lavón diciéndole que la División de Instrucción no contaba con tropas bajo su mando y que, por lo tanto, Rabin no podría (ni aunque lo quisiera) incumplir una orden con la que no estuviera de acuerdo. Lavón siguió resistiéndose a aceptar aquel ascenso con el argumento de que, en aquellos momentos, las FDI tenían ya demasiados generales de división. Dayán le replicó por escrito que él también lo creía así, pero le pidió que hiciera una excepción con Rabin. Lavón finalmente consintió. El biógrafo de Dayán, Shabtai Tevet —que conocía muy bien tanto a Dayán como a Rabin—, elogia con razón a Dayán por su actuación en aquel episodio, cuando ascendió a Rabin a pesar de la tensa relación que existía entre ambos. Dayán, según explica Tevet, estaba decidido a transformar el espíritu de las FDI y consideraba que Rabin era el candidato perfecto para trasladar esas ideas suyas a un sistema de instrucción ordenado y eficaz. Pero pese a aquel apoyo político de Dayán, entre ambos hombres siempre existió una tensión constante. Supieron trabajar juntos de manera efectiva, pero su relación personal continuó siendo incómoda. Tevet escribió:
Es algo que se explica en parte por sus caracteres tan distintos. Rabin no sentía especial afecto por el modo de operar de Dayán. Pero también había diferencias típicas de la distancia entre un comandante de campaña puro y duro y un oficial de Estado Mayor igualmente típico, o entre un líder natural o carismático y un excelente profesional o tecnócrata, o entre un hombre que actuaba según sus instintos y su juicio práctico y un hombre racional de una lógica aplastante, o entre alguien que se sentía cómodo entre la gente y alguien caracterizado por su timidez. A esto cabría añadir la tendencia de Rabin a formular comentarios críticos y mordaces sobre sus superiores. [...] Fue Rabin quien acuñó la frase que persiguió a Dayán durante mucho tiempo: «Sabe usar la fuerza, pero no sabe construir una».9
En la cultura organizativa de las FDI, siempre ha sido costumbre que los oficiales sirvan tres o cuatro años en un puesto de alto mando para, luego, pasar a otro. El siguiente puesto de Rabin —el de comandante general del Mando Norte, que ejerció de abril de 1956 a abril de 1959— fue muy distinto. En lugar de un cargo de alto oficial del Estado Mayor, pasó a estar al mando de una entidad militar territorial que se encargaba de la seguridad de una parte del país limítrofe con Siria y el Líbano. El principal reto lo representaba gestionar la difícil relación fronteriza con Siria. Los Acuerdos de Armisticio de 1949 se consideraban en aquellos tiempos meras soluciones temporales de trámite que habría que reemplazar por unos tratados de paz propiamente dichos. Dado que eso no ocurrió, el conflicto se fue enconando. La política en Siria se iba militarizando y radicalizando por momentos; cuatro habían sido los golpes militares allí acaecidos entre 1949 y 1954. A mediados de los años cincuenta seguía presentando la apariencia de un régimen parlamentario, pero el poder y la influencia políticas reales estaban en manos de unos partidos y unas facciones militares de ideología radical. Los complejos y delicados acuerdos alcanzados en materia de labores de labradío en las zonas desmilitarizadas y de aprovechamiento del agua en torno al lago Tiberíades y el río Jordán eran fuente de continuas fricciones. Israel y Siria chocarían muchas veces a propósito del acceso sirio al lago Tiberíades, principal reserva hídrica israelí. El Acuerdo de Armisticio de 1949 con Siria definía como zona desmilitarizada el pequeño territorio que se extendía al oeste de la frontera internacional entre Siria y Palestina, controlado por el ejército sirio al término de la guerra. La soberanía de Israel sobre ese territorio era limitada y Siria se oponía al derecho israelí a cultivar tierras en aquellas áreas desmilitarizadas que hubieran sido propiedad árabe antes de la guerra de 1948. Cuando los tractores israelíes labraban esas fincas, los tiroteaban desde los altos del Golán. Rabin fue un férreo defensor de las posiciones de Israel frente a Siria y sus tres años en el Mando Norte acentuaron en él la impresión de que los sirios eran enemigos acérrimos y de que los altos del Golán tenían una importancia estratégica y táctica fundamental. Al ser comandante general del Mando Norte, Rabin no tuvo implicación alguna en la campaña del Sinaí de 1956, un verdadero trampolín que catapultó a Dayán hacia la fama y la gloria. La campaña del Sinaí se luchó en el sur y no tuvo repercusiones directas en las relaciones de Israel con Siria.
La llegada de 1959 marcó el fin del mandato de Rabin en el Mando Norte y fue un año muy importante para él. Al principio, pudo parecer incluso que iba a señalar el final de su carrera militar. Dayán, en su último año como jefe del Estado Mayor de las FDI, había intentado reconducir la trayectoria de Rabin por derroteros externos al ejército sugiriéndole que se matricularan los dos en la Universidad Hebrea cuando Dayán acabara también su mandato. Rabin dejó claro entonces que a él solo le interesaba estudiar en el extranjero: en concreto, hacer realidad su viejo sueño de estudiar Ingeniería Hidráulica en Estados Unidos. Dayán, en su calidad de jefe del Estado Mayor, descartó tal posibilidad y Rabin se quedó en el ejército. Gracias a que su relación con Laskov —sucesor de Dayán— era más amistosa, el nuevo jefe del Estado Mayor lo dispuso todo para que Rabin, que ya había completado su turno de servicio en el norte, estudiara en la Universidad de Harvard, en Cambridge (Massachusetts, Estados Unidos). Rabin y su familia se prepararon entonces para partir hacia Cambridge en el verano de 1959; pero en abril de ese mismo año, un ejercicio de movilización de reservistas mal gestionado por las FDI provocó una innecesaria alarma de guerra inminente. Ben Gurión apartó de sus puestos al jefe de la División de Oficiales de las FDI y al director de Inteligencia Militar, y Rabin fue nombrado nuevo jefe de la División de Oficiales del CG. Pasó a ocupar así el tercer cargo de más alto rango en la jerarquía de las FDI, tras el del jefe del Estado Mayor, Laskov, y el del adjunto de Laskov, Zvi «Tsera» Tsur, convirtiéndose así en un candidato con grandes posibilidades de relevar a Laskov al término del mandato de este.
Desde su nueva condición de jefe de la División de Oficiales, Rabin pudo integrarse en el reducido grupo de personas que configuraban la política de seguridad nacional de Israel y expandir así su actividad más allá de los estrictos confines de los asuntos militares. Ben Gurión andaba ocupado construyendo «la alianza de la periferia», un acuerdo de cooperación con vecinos regionales de Israel, como Turquía, Irán y Etiopía, opuestos a la Unión Soviética y al panarabismo revolucionario del presidente egipcio Gamal Abdel Náser. Rabin efectuó varios viajes a Etiopía para asesorar e instruir a militares de aquel país. Golda Meir, ministra de Exteriores en aquel momento, quería cultivar relaciones con África, y Rabin fue enviado al Congo. Participó también en el debate sobre la política de aprovisionamiento y se mostró en desacuerdo con el influyente director general del Ministerio de Defensa, Simón Peres. El conflicto entre los dirigentes civiles del sistema de defensa nacional y la alta jerarquía militar es endémico en Israel, como en casi cualquier otro país. En este caso, Rabin sostenía que las decisiones relativas al aprovisionamiento y las adquisiciones debían tomarlas los mandos militares y no los funcionarios civiles. Había otros muchos temas en los que Peres y Rabin tenían visiones opuestas. Peres abogaba por una orientación europea (Francia y Alemania, en particular) en lo que al aprovisionamiento de defensa se refería, mientras que Rabin y otros querían convertir a unos todavía reticentes Estados Unidos en una fuente fundamental de suministro de material militar. Peres, considerado el padre de la industria de defensa israelí, creía en la producción local, mientras que Rabin prefería comprarlo todo ya hecho del extranjero. Peres era el principal impulsor del proyecto de construcción del reactor nuclear de Dimona, sobre el que Rabin (y sus amigos de la facción del Ajdut Haavodá, Galili y Alón) tenía serias dudas. Él creía más bien en la disuasión convencional y prefería destinar los limitados recursos de Israel a ampliar y reforzar las FDI antes que a un caro proyecto nuclear. Rabin cambió de opinión en 1963, cuando se convenció de que Israel tendría muchas dificultades para sostener una interminable carrera armamentística con el mundo árabe. Esas serían las raíces de la rivalidad y la animosidad entre Rabin y Peres que tan relevantes se volverían para la política israelí en la década de los setenta.
El principal acontecimiento militar de ese periodo sería la llamada Operación Rotem: la remilitarización del Sinaí por parte de Egipto en 1960. Egipto estaba unido en aquel entonces (de febrero de 1958 a septiembre de 1961) a Siria en virtud de la llamada República Árabe Unida (RAU). La escalada de la tensión en la frontera sirio-israelí, generada por la fricción en las zonas desmilitarizadas y por el miedo a un ataque israelí a gran escala, animó a Egipto a enviar un gran número de tanques al Sinaí, contraviniendo así las disposiciones acordadas en 1957. Aquello cogió desprevenido a Israel, pero la situación terminó apaciguándose porque a ninguno de los dos bandos le interesaba un enfrentamiento militar. Fue todo un ejemplo de gestión exitosa de una crisis. Pero uno de los principales empeños de Rabin en los años siguientes sería desarrollar la capacidad de inteligencia necesaria para impedir que algo así volviera a cogerlos por sorpresa nunca más.
La finalización prematura del mandato de Laskov como jefe del Estado Mayor fue otro jalón en la lenta progresión de Rabin hacia la cima de la pirámide de las FDI. Ben Gurión sentía aprecio por Laskov, pero los conflictos de este con Peres y con varios altos oficiales terminaron cobrándose su precio. Rabin se sentía con derecho a suceder a Laskov como jefe del Estado Mayor, pero Ben Gurión optó por Tsur. Invitó a Rabin a una reunión para explicarle aquella elección. Rabin sabía perfectamente que Peres había presionado a favor de Tsur, pero Ben Gurión no le mencionó nada al respecto. En una carta personal dirigida a su amigo Uzi Narkís, que ejercía de agregado militar en la embajada en París, Rabin escribió: «Ben Gurión me ofreció una larga lista de explicaciones, comenzando por la antigüedad de Tsera, etc. [...] También habló de dos “pecados”: primero, el hecho de que yo hubiera desobedecido su orden yendo a la concentración del Palmaj [...] y, segundo, que cree que soy cauteloso en exceso. [...] Luego, le pregunté si debía quedarme en las FDI conservando mi puesto actual [...] con el riesgo que eso suponía de que se desarrollase una relación personal poco deseable [con Tsur]. Para no extenderme te diré que casi saltó de la silla y me preguntó entonces que cómo se me ocurría tener ideas así, y tal y tal. En cualquier caso, al final resulta que está de acuerdo con que, además de mi puesto de jefe de la División de Oficiales, se me asigne el estatus de jefe adjunto del Estado Mayor, aunque esa es una oferta que no ha venido originalmente de él».10
A Rabin se le concedió finalmente el título de jefe adjunto del Estado Mayor, otro paso en su arduo viaje hacia la jefatura militar suprema de las FDI. Pero el tramo final del trayecto no fue en absoluto tranquilo. La pregunta que Rabin le había formulado a Ben Gurión sobre las posibles tensiones futuras con Tsur se demostraría profética. A comienzos de diciembre de 1960, Tsur habló favorablemente de Rabin a Ben Gurión. El 8 de diciembre, el primer ministro escribió en su diario que «es Isaac, a juicio de Tsur, y no Haim [Laskov], quien dirige el ejército y es un buen dirigente. Conoce el oficio. Trabaja sin armar ruido». Sin embargo, cuando Tsur reemplazó finalmente a Laskov, su relación con Rabin comenzó a deteriorarse a marchas forzadas. Tsur no lo quería de segundo al mando y, tras un periodo trabajando juntos (aunque, eso sí, salpicado de agravios y quejas), le dijo que quería sustituirlo. Lo irónico del caso es que el principal valedor de Rabin en su conflicto con Tsur fue Ben Gurión, de manera que, cuando Tsur quiso apartarlo disimuladamente, Rabin insistió en verse con Ben Gurión para tratar de resolver el conflicto. Rabin había puesto sus miras en llegar a ser jefe del Estado Mayor y no quería apartarse de su objetivo. El 26 de febrero de 1963, Ben Gurión escribió en su diario a propósito de la posibilidad de sugerir un «permiso por estudios» a Rabin. «Tengo previsto —escribió— mantener a Tsur en su puesto durante dos años más y, si sigo ocupando el cargo, el puesto de jefe del Estado Mayor le estará luego reservado a él, a Isaac». Pero Rabin hizo caso omiso de aquella insinuación del primer ministro y decidió quedarse. Sabía de sobra que marcharse al extranjero mientras esperaba un ascenso era demasiado arriesgado.
Fue la decisión correcta. En la primavera de 1963, Ben Gurión optó por retirarse de la política. Antes de marcharse pidió a su sucesor, Levi Eshkol, que respetara la promesa que le había hecho a Rabin. Eshkol así lo hizo y, por añadidura, decidió poner fin al mandato de Tsur tras tres años. Rabin se convirtió en jefe del Estado Mayor el 1 de enero de 1964.
En aquellos años, la cúpula militar de las FDI estaba compuesta por un pequeño grupo de hombres capaces y ambiciosos; algunos de ellos eran amigos, mientras que otros eran rivales acérrimos. La competencia por los puestos de alto mando era feroz, pero moderada por un sentimiento de pertenencia a un mismo club. Algunas de esas relaciones, tanto buenas como malas, persistieron en las décadas siguientes, cuando varios de aquellos altos oficiales y funcionarios de defensa entraron en política y siguieron compitiendo por el poder y la influencia. Las relaciones de Rabin con Alón, Dayán, Peres, Ariel Sharón, Ezer Weizman, Haim Bar-Lev y Aarón Yariv se forjaron en las décadas de los cuarenta y los cincuenta y continuaron siendo una parte importante de su universo hasta bien entrados los años noventa.
Tras haber formado su gobierno el 26 de junio de 1963, Eshkol celebró dos importantes reuniones con el Estado Mayor de las FDI en las que se le informó detalladamente de la situación del ejército en aquel momento y de qué se estaba planeando. En la segunda reunión, mantenida el 8 de julio, Weizman, máximo mando de la fuerza aérea, argumentó que las fronteras de Israel en aquel momento planteaban un peligro y amenazaban la seguridad de la propia fuerza aérea y de sus campos de aviación. Las FDI, dijo, debían aspirar a expandir las fronteras del país, aunque esa estrategia no concordase con «el enfoque político». Rabin —quien, como jefe de la División de Oficiales que aún era, presentó una plataforma para el debate— tenía una visión diferente de la cuestión: «No creemos que, para cumplir la misión del Estado, para garantizar su existencia, la condición sea ampliar las fronteras. [...] En lo que a las tareas de las FDI respecta, [...] otorgamos la máxima prioridad a la defensa del Estado y de su integridad territorial, y a la protección de sus derechos de soberanía dentro de su territorio (y fuera de él). Y si ese es el objetivo, es mejor que se alcance sin guerras».11
Aquella declaración reflejaba muy bien qué concepto tenía Rabin de la seguridad nacional del país y cuál era su enfoque en cuanto a recurrir a la acción militar: fundamentalmente, defensivo. Él creía más en la disuasión que en el uso preventivo de la fuerza. Al mismo tiempo, y teniendo en cuenta la poca extensión de Israel, la ventaja árabe en cuanto a territorio y la dimensión de los ejércitos árabes, Rabin apoyaba la doctrina según la cual, en caso de guerra, Israel no debía centrarse en la defensa, sino en trasladar rápidamente la guerra a territorio del enemigo. Cuando le llegó el momento de ser jefe del Estado Mayor, Rabin construyó la fuerza militar del país y supervisó su planificación con la mente puesta en llevar a la práctica su concepto de la seguridad nacional de Israel.
La lenta progresión de Rabin hasta la cima de la pirámide de las FDI tuvo una consecuencia positiva para él: llegó al puesto de jefe del Estado Mayor convertido en el líder indiscutido del generalato de las FDI, tanto en autoridad moral como en poder efectivo. Rabin era el jefe del Estado Mayor de mayor edad hasta entonces durante el ejercicio efectivo del cargo: en concreto, fue el primero en superar los cuarenta años en el momento de acceder al puesto. Gracias a su servicio en varios puestos de las FDI, Rabin había acumulado una experiencia y profundidad que se sumaban a la autoridad de la que ya gozaba entre sus colegas y subordinados.
Rabin reunió a un equipo que todavía se considera el mejor Estado Mayor que jamás hayan tenido las FDI. Ezer Weizman, Haim Bar-Lev, Aarón Yariv, Zvi Zamir, Yeshayahu Gavish, Amos Jorev y David Elazar eran algunos de sus miembros destacados. Rabin también incluyó expresamente a tres oficiales poco convencionales: Ariel Sharón, Mati Peled e Israel Tal. Fue una fórmula que proporcionó originalidad y frescura a un equipo compuesto de excelentes generales al estilo tradicional. Ascender a Sharón fue el cumplimiento de lo que Rabin le había prometido a Ben Gurión: cuidar de Sharón. Ben Gurión era consciente de que el carácter de Sharón tenía una faceta problemática —se le consideraba indisciplinado y muy capaz de mentir—, pero lo admiraba por su condición de gran soldado, una opinión que Rabin compartía con él. En 1964, Sharón era un coronel al mando de una base de poca importancia y parecía haber entrado en el triste ocaso de su carrera militar. Rabin lo nombró segundo del comandante general del Mando Norte y le dijo que, si se comportaba como era debido durante un año, lo ascendería. El año transcurrió sin problemas y, un año más tarde, nombró a Sharón jefe de instrucción de las FDI, ascendiéndolo de paso al rango de general.
Como jefe del Estado Mayor, Rabin siguió conjugando una muy completa visión general de la situación con un excepcional dominio de los detalles. En vísperas de las operaciones e inmediatamente terminadas estas, solía ir allí y estudiar sobre el terreno hasta el más mínimo detalle de cada ejercicio, para lo cual hablaba con oficiales de menor rango y con soldados de tropa. La famosa incomodidad e impaciencia que le despertaban los eternos debates en las reuniones del Estado Mayor se transformaban en insólita paciencia y buen talante cuando Rabin hablaba con los soldados.
Entre 1949 y 1964, Rabin había ocupado varios puestos desde los que había ejercido un papel importante en la construcción de las FDI y en el diseño de su doctrina. Naturalmente, siguió haciendo lo mismo como jefe del Estado Mayor de las FDI. De particular importancia sería su colaboración con Weizman en el desarrollo de Kurnass, el plan secreto para la destrucción de las fuerzas aéreas árabes diseñado como táctica inicial en el caso de una futura guerra inevitable.
EL CAMINO HACIA LA GUERRA
Cuando Rabin comenzó su mandato como jefe del Estado Mayor de las FDI, en enero de 1964, la inteligencia israelí consideraba poco probable que el mundo árabe iniciase una guerra en un futuro más o menos cercano. En enero de 1964, una gran parte del ejército egipcio estaba empantanado en Yemen, en un esfuerzo inútil por ayudar al régimen republicano local a derrotar una rebelión tribal apoyada primordialmente por Arabia Saudí. En su primer día en el cargo, Rabin expuso su visión de la posición de la seguridad nacional de Israel a los miembros de su Estado Mayor: «Creo que no existe peligro de un ataque inmediato contra Israel, siempre y cuando seamos capaces de mantener un razonable equilibrio de poder; como mínimo, en su nivel actual. Pero es importante que inclinemos esa balanza a nuestro favor. Yo creo que es posible mantener un equilibrio de poder que, en la práctica, signifique la renuencia y la negativa (no solo presentes sino también futuras) de nuestros potenciales enemigos a entrar en conflicto con nosotros».12
No obstante, tres eran los fenómenos que se estaban materializando en aquel entonces y que modificarían los términos de la ecuación árabe-israelí hasta culminar —tres años y medio más tarde— en la crisis de mayo de 1967 y la guerra de los Seis Días: el declive del naserismo (y del régimen mismo de Náser) en Egipto, la reactivación del nacionalismo palestino y la radicalización de la política en Siria.
La fracasada aventura en Yemen fue solo un aspecto más de la decadencia del naserismo tras su apogeo a finales de los años cincuenta. Siria se separó de su unión con Egipto en septiembre de 1961, en lo que el experto estadounidense Malcolm Kerr llamó «la guerra fría árabe» de comienzos de la década de los sesenta, tanto contra los Estados árabes conservadores como contra los regímenes baasistas de Siria e Irak; Egipto pasó a ser más un cliente que un aliado de la Unión Soviética, y Náser comenzó a tener problemas para lidiar con las dificultades políticas y económicas que se le planteaban en su propio país. Una de esas dificultades —no del todo comprendida en Israel en aquel momento— se derivaba de la pérdida de control del rais egipcio sobre sus fuerzas armadas, que pasaron a ser un dominio exclusivo de su segundo al mando, el mariscal de campo Abdel Hakim Amer.
Durante el periodo álgido del naserismo, la mayoría de los palestinos eran fervientes entusiastas del régimen. Tenían la sensación de que sus cuentas pendientes se saldarían por fin cuando el mundo árabe se uniera y desarrollara la formidable fuerza necesaria para derrotar a Israel. Pero cuando el naserismo empezó a decaer, varios grupos palestinos (algunos de orientación islamista) comenzaron a organizarse para actuar por su cuenta. El más destacado de todos era Al Fatah, liderado por Yasir Arafat. Al Fatah («conquista», en árabe) era el acrónimo inverso del Movimiento (Árabe) para la Liberación de Palestina. Fundado a finales de los años cincuenta y mantenido en la clandestinidad hasta 1965, Al Fatah era un grupo nacionalista palestino con cierto tinte islamista cuyo objetivo era reavivar la dimensión palestina del conflicto árabe-israelí tras la derrota y la dispersión de 1948-1949.
Pero el más importante de los fenómenos que condujeron a la crisis de mayo de 1967 fue la radicalización de la política en Siria. Los tres años y medio de malograda unión con Egipto, que se prolongaron de febrero de 1958 a septiembre de 1961, avivaron el sentimiento de la diferencia siria. Siria se segregó de la unión, pero la secesión era más sencilla que reconstruir un sistema político nacional estable. Egipto se negó a reconocer la recién independizada Siria, y Náser conservaba todavía por entonces suficiente influencia como para privar al nuevo país de toda legitimidad. Arremetió contra los nuevos gobernantes sirios tachándolos de traidores a la causa del nacionalismo panárabe; los castigaba así por haber malogrado su más significativo logro: la primera unión entre dos Estados árabes.
En marzo de 1963, un grupo de oficiales afiliados al Partido Baaz dieron un golpe en Siria e instauraron allí el régimen baasista. Como el naserismo, el baasismo propugnaba la unidad árabe y una versión propia de socialismo árabe; sin embargo, tras un periodo de estrecha cooperación a finales de los cincuenta, Náser y el Baaz se habían convertido en enconados rivales. El nuevo régimen baasista sirio se sostenía sobre una base política muy reducida, constituida básicamente por una facción de las fuerzas armadas y por la pequeña ala izquierdista radical del partido, y tenía en su contra a la mayoría de los árabes musulmanes suníes. Pero hacia finales de 1963, el Baaz trató de convertir un problema en una oportunidad. Israel anunció que estaba a punto de finalizar el acueducto que llevaría agua desde el lago Tiberíades hasta el sur del país. Esa obra era considerada por el mundo árabe un punto de inflexión extraordinario porque, desde el momento en que el agua llegase a la árida parte meridional de Israel, este país podría incrementar su población y consolidar su existencia. En la década de los cincuenta, los gobernantes conservadores de Siria habían logrado frenar la primera iniciativa de construcción de aquel proyecto. ¿Cómo podrían sus sucesores radicales superar la humillación de no haber sabido parar esta otra nueva iniciativa constructora? La solución ideada por la dirección del régimen baasista consistió en anunciar que Siria declararía la guerra para detener tal proyecto. No se trataba simplemente de una fórmula para salvar la dignidad del régimen, sino también de una amenaza dirigida a Egipto: si los nuevos líderes radicales de Siria empezaban de verdad una guerra contra Israel y la perdían, ¿sería capaz Egipto de mantenerse al margen de esa contienda? Aquel era un riesgo que Náser no podía correr. Así que, para contener a los sirios, convocó una cumbre árabe en enero de 1964.
El propósito de aquella conferencia era abordar el nuevo desafío israelí. Náser esperaba reunir un consenso árabe para frenar a Siria. Pero la agenda de la cumbre de El Cairo se amplió: la respuesta árabe no se limitaría solamente a la cuestión del acueducto israelí, sino que también incluiría la formulación de una estrategia completa contra el enemigo sionista. Se tomaron entonces tres grandes resoluciones. La primera de ellas: desviar los afluentes del Jordán; la segunda: formar un «mando árabe unificado» para proteger los trabajos de desvío, y la tercera: fundar la Organización para la Liberación Palestina (OLP) con el fin de crear, por vez primera desde 1949, una entidad propia de los palestinos que transformara su problema de tal modo que, en vez de como una crisis de refugiados, se entendiera como un choque entre Israel y una entidad equivalente por el lado palestino. Al igual que sus rivales baasistas, Náser trataba de convertir la adversidad en una ventaja. Más que limitarse simplemente a contener a Siria, lo que se proponía con la instauración de aquel Mando Árabe Unificado basado en el poder militar era ejercer una presión sobre Arabia Saudí que le permitiera salir honrosamente de Yemen. De ese modo, serían los saudíes quienes tendrían la responsabilidad de acordar una solución política para Yemen que posibilitara que Egipto se llevara sus tropas de vuelta a casa y las situara bajo el nuevo Mando Árabe Unificado. La formación de la OLP iba dirigida no solo a Israel, sino también a Jordania, uno de los enemigos árabes conservadores de Egipto. Abdalá, abuelo del rey Huseín de Jordania, se había anexionado Cisjordania y concedido a los palestinos la ciudadanía jordana. La creación de una nueva entidad palestina representaba una amenaza directa para Jordania, a la que la nueva organización prometía arrebatar la lealtad de su propia población palestina.
La cumbre de El Cairo fue la primera de una serie de conferencias que establecieron el marco de las relaciones interárabes. Las principales decisiones de aquella cumbre se implementaron rápidamente. Se formó un Mando Árabe Unificado bajo la dirección de un general egipcio; también se fundó la OLP bajo la presidencia de Ahmed Shukeiri, un protegido de los egipcios, y se trazaron planes para desviar los afluentes del Jordán en Siria y el Líbano.
La puesta en práctica de esas resoluciones exacerbó el conflicto árabe-israelí y llevó a la crisis de mayo de 1967. La dirección de la OLP impulsó el afloramiento de los grupos palestinos auténticos que habían empezado a cristalizar en la década de los cincuenta. La actitud de estos hacia los Estados árabes era compleja: necesitaban contar con su apoyo y querían hacerlo, pero si algo habían aprendido de los acontecimientos de 1948 fue que tenían que ser ellos mismos quienes controlasen su propio destino, en lugar de convertirse en una mera herramienta de la política árabe. En enero de 1965, Al Fatah organizó su primer atentado terrorista, con el que intentó sabotear el Acueducto Nacional israelí. Comenzaba a recorrer así el camino de la reactivación del movimiento nacionalista palestino para convertirlo en un actor autónomo en la política árabe.
El inicio de los movimientos de tierras en Siria para las obras de desvío de las fuentes del Jordán añadió una nueva dimensión al conflicto de ese país con Israel. Desde 1949, el frente sirio había sido la línea de enfrentamientos más activa del conflicto árabe-israelí. La mayoría de los incidentes tenían que ver con disputas por las zonas desmilitarizadas y por los derechos de pesca en el lago Tiberíades. Israel estaba decidido a impedir que Siria completara las obras de desvío y a usar la fuerza para ello si fuera necesario. En 1964 y 1965, las FDI, dirigidas e inducidas por Rabin, demostraron que podían destruir la maquinaria y el material sirios con fuego de tanque, lo que limitaba el alcance de los combates y volvía innecesaria la apertura de hostilidades a gran escala. Siria contraatacó acogiendo a Al Fatah bajo su protección y prestando apoyo a sus actividades terroristas, muchas de las cuales cometían cruzando antes territorio jordano. Aquella era una forma no ya de devolverle el golpe a los israelíes, sino también de demostrar que el régimen sirio había asumido como suya una «guerra popular de liberación» contra Israel. Los portavoces del régimen argumentaban que, como en Vietnam, el modo de enfrentarse a un enemigo militarmente superior era abandonar los métodos de la guerra clásica y adoptar los de la «popular». Aquellas palabras encerraban también una crítica velada a Egipto y su modo tradicional de operar. Por otra parte, al animar a Al Fatah a llevar a cabo sus actividades terroristas cruzando Jordania, Siria buscaba provocar un conflicto entre su rival árabe conservador e Israel, y reducir con ello el riesgo de una represalia israelí contra el régimen de Damasco.
Enseguida se generó un ciclo de violencia creciente. La destrucción israelí del equipo sirio utilizado en las obras de desvío fluvial concitó las represalias sirias, tanto en sus propias líneas fronterizas del armisticio como a través de algún comando terrorista de Al Fatah. Israel tomó a su vez represalias contra tales ataques, lo que dio pie a una nueva ronda de violencia. A Siria no le costó provocar una escalada del conflicto bombardeando localidades israelíes desde las posiciones que dominaba en los altos del Golán. En noviembre de 1964, Rabin obtuvo permiso de Eshkol para usar la fuerza aérea con el objetivo de silenciar la artillería de Siria. Rabin sostenía que, en vista del uso masivo de la aviación militar estadounidense en Vietnam, a Washington le costaría mucho criticar que Israel recurriera a su superioridad aérea con el fin de proteger a su propia población civil.
Un nuevo golpe de Estado en Siria, el 23 de febrero de 1966, llevó al poder al ala extrema del Baaz y a sus aliados en las fuerzas armadas, con lo que el conflicto escaló una vez más. El nuevo régimen era más radical que el anterior y estaba más claramente dominado por miembros de las comunidades minoritarias del país: los alauíes, los drusos y los ismaelitas. Su fuerza descansaba, pues, sobre una base social sumamente limitada y fueron varios los momentos en los que se le pronosticó una caída inminente. Sus dirigentes estaban deseosos de recurrir a una política más aventurada, consistente en iniciar ataques directos e indirectos contra Israel, algo que preocupaba tanto a sus patrocinadores soviéticos como a Egipto. A Náser le inquietaban dos posibilidades: que el régimen cayera y fuera reemplazado por un régimen conservador aliado con sus rivales árabes, y que una guerra abierta contra Israel lo obligara a definirse. Estaba, pues, dispuesto a reconocer la legitimidad del Estado sirio restableciendo las relaciones diplomáticas con él y, de hecho, llegó incluso a firmar un tratado de defensa con Damasco en noviembre de 1966.
Si Náser esperaba que esas concesiones ayudaran a calmar la tensión, pronto vio defraudadas sus expectativas. En agosto de 1966 se produjo un importante enfrentamiento más arriba del lago Tiberíades, y el 7 de abril de 1967, seis aviones de combate sirios fueron abatidos por la fuerza aérea israelí cerca de Damasco. La insensata temeridad del gobierno radical sirio, y la convicción de Rabin y sus generales de que el único modo eficaz de contener a los sirios era lanzando respuestas cada vez más potentes, alimentaron un círculo vicioso perfecto. El ala más blanda del gabinete, encabezada por los ministros del Partido Religioso Nacional (PRN), se oponía sistemáticamente a esa línea de actuación —y, en especial, al empleo de la fuerza aérea—, pero, salvo excepciones, Eshkol hizo caso de las preferencias de Rabin. Según el momento de la historia de Israel, la formulación de la política de seguridad nacional ha basculado entre el primer ministro, el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor. Entre 1964 y 1967, Eshkol, pese a concentrar en su persona los cargos de primer ministro y de ministro de Defensa, mostró una clara tendencia a ceder esa función a Rabin, que se convirtió así en el artífice principal de la política de seguridad nacional. Y, como era característico en él, Rabin dedicó igual atención al panorama general de esa seguridad nacional que a detalles como el de la conveniencia del uso del fuego de tanques contra las excavadoras y los camiones sirios que trabajaban en las obras de desviación de los afluentes del río Jordán.
También hubo una dimensión jordana en todo ese proceso. En noviembre de 1966, un artefacto explosivo colocado por un comando palestino llegado de Siria a través de Jordania se cobró las vidas de cuatro soldados israelíes. Israel sabía muy bien cuál había sido el origen del comando, pero decidió tomar represalias no contra Siria, sino contra Jordania, amparándose en que este último país tenía la responsabilidad de sellar sus fronteras y su territorio para impedir tales actividades. El ataque israelí en represalia, llevado a cabo contra la comisaría de policía del pueblo de Samu, próximo a Hebrón (en el sur de Cisjordania), constituyó una operación a gran escala y un grave error de cálculo. Siria y Egipto, enemigos árabes radicales de Jordania, criticaron al régimen hachemí prooccidental y conservador de Jordania por su incapacidad para defender el territorio nacional y su población, y le instaron a introducir el servicio militar obligatorio. Semejante medida habría supuesto una «palestinización» del ejército jordano y, con ello, la pérdida del principal apoyo del régimen, que no era otro que la lealtad de los oficiales beduinos de las fuerzas armadas. Así que Jordania respondió mofándose del régimen naserista por «esconderse bajo las faldas de los soldados de la ONU», desplegados desde 1957 a lo largo de la frontera egipcia con Israel y en el estrecho de Tirán. Aquel fue un ejemplo clásico de la «guerra fría árabe» de la que hablaba Kerr. En cualquier caso, la conexión entre las pugnas interárabes y el conflicto árabe-israelí contribuyó en buena medida a la escalada que desembocó en la crisis de mayo de 1967.
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