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IGNACIO OLAVIAGA WULFF
Hace mucho
Amor en el lejano oeste

Olaviaga Wulff, Ignacio
Hace mucho : amor en el lejano oeste / Ignacio Olaviaga Wulff. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2327-3
1. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
A todos aquellos que supieron ver al artista que hay en mí,
incluso antes que yo, y a los que confiaron en él una vez que lo identifiqué.
A mis padres, Elena y Luis, a mis hermanos, Javier y Mercedes,
y a mis abuelos, Papu y Iaiá, en cuya casa de veraneo se escribieron
las primeras páginas de este libro, hace casi veinte años.
She said “I don’t mind, if you don’t mind
(Ella dijo “no me importa, si a ti no te importa...)
‘cause I don’t shine if you don’t shine”
(...porque yo no brillo si tú no brillas”)
Put your back on me
(Pon tu espalda sobre mí (apóyate))
Put your back on me
(Pon tu espalda sobre mí)
Put your back on me
(Pon tu espalda sobre mí)
The Killers— Read my mind
( “Leer mi mente” traducida al español, letra original en idioma inglés)
Y si viene un río gris, que separe al mundo en dos
quisiera quedar del mismo lado, nena, que vos
Cosas de la civilización
Cosas de la civilización
Los Piojos— Civilización
Tabla de contenidos
1 Capítulo 1
2 Un encuentro especial
3 Capítulo 2
4 Visita a Don Augusto en el hospital
5 Capítulo 3
6 Gonza vuelve a la escuela
7 Capítulo 4
8 Un día en la huerta
9 Capítulo 5
10 El almuerzo que no fue
11 Capítulo 6
12 La vida continúa
13 Capítulo 7
14 Ana se enfrenta a su padrastro
15 Capítulo 8
16 La revancha de Gonza
17 Capítulo 9
18 Una clase (muy) particular
19 Capítulo 10
20 Riña en El Rincón
21 Capítulo 11
22 Ana se enferma
23 Capítulo 12
24 El verdadero diagnóstico
25 Capítulo 13
26 Misión de rescate a la tierra de Los Rebeldes
27 Capítulo 14
28 Agonizando
29 Capítulo 15
30 El amor todo lo cura
31 Epílogo
32 El primer día del resto de sus vidas
Landmarks
1 Table of Contents
Capítulo 1
Un encuentro especial
Hace mucho, mucho tiempo, en un pueblito del lejano oeste, encontrábamos a dos jóvenes llenos de energía, vigor y ganas de vivir. Pero ni ella ni él tenían una vida divertida. Ana era la menor de cuatro hermanas que vivían con su padrastro. Ella trabajaba como maestra en el colegio del pueblo, y a pesar de tener dieciséis años, era respetada por todos los chicos, incluso los que eran más grandes que ella. En sus tiempos libres ayudaba a sus tres hermanas mayores en la cantina “El Rincón”, que era de su padrastro. Ana tenía una excelente relación con ellas, dado que prácticamente la habían criado luego de la muerte de su madre, cuando “Anita” era tan sólo una niña. Ahora, si bien no era adulta, se desenvolvía como tal y su apariencia era la de una mujer en sus veintitantos. Tenía el pelo negro ondulado, los ojos color madera y algunas pecas que salpicaban sus pómulos y su figura curvilínea.
Del otro lado del pueblo, casi en el límite suroeste, vivía Gonzalo. Chico atrevido, aunque responsable, Gonzalo (“Gonza” para su familia y amigos) ayudaba a sus padres en el almacén, acomodando lo pesado y haciendo los repartos. Él era hijo único, puesto que el negocio apenas podía darles de comer a ellos tres. Vivían en una casa pequeña pero cálida que quedaba detrás del local. En sus ratos libres durante el día, Gonza solía jugar con amigos en la esquina del almacén. Era como un hermano mayor para ellos: alto, rubio y bastante fuerte para su contextura esbelta.
Un buen día, René y Marta (sus padres) le encomendaron ir a hacer un mandado a la escuela del pueblo. Más precisamente, a llevar unos listones de madera para hacer algunos bancos extra. Para llevar a cabo dicha encomienda, Gonza solicitó ayuda a su amigo Joaquín. “Joaco” era uno de “los chicos de la esquina” y asistía al colegio tres veces por semana, más que nada para almorzar. Apenas terminaron de cargar las maderas en el carro emprendieron viaje hacia la escuela, que quedaba a unas veinte cuadras del almacén. El rubio llevaba las riendas y el moreno controlaba que no se cayera ningún listón. En el camino iban hablando:
—No sabé lo que é “la seño”, é réquete güeña, y ademá… ademá…—se reprimió Joaquín.
—¿Además qué Joaco?—su amigo lo instó a que terminara la frase.
—Ademá é réquete linda—respondió el menor al lograr vencer su timidez.
—Jaja ¿así que te gusta tu maestra?—preguntó Gonza con un dejo socarrón — ¡A Joaco le gusta su maestra, a Joaco le gusta su maestra!—comenzó a exclamar a viva voz el conductor del carro.
—¡Callate gil! No dije que me gutaba—se cubrió el moreno.
—Sí dijiste y le voy a contar—lo provocó el rubio.
—Te mato si le decí algo—replicó Joaquín en tono amenazante, y agregó—Aparte a vó también te va a gutá, ya vá vé.
—No pongas excusas.
Dicho esto llegaron a la escuela. En realidad, no era más que un salón grande con muchas ventanas y tres escalones en la entrada que daban a la calle. Las paredes, que solían ser muy blancas, ahora eran color crema oscuro debido al polvo que se fue acumulando a lo largo de los años. Una vez se hubieron detenido, los jóvenes saltaron del carro, ataron el caballo al palenque y se aprontaron a bajar las maderas del mismo. Gonzalo había pasado un par de veces por ahí pero nunca había entrado, ni tampoco le interesó hacerlo alguna vez. Tocó la puerta, pero Joaco se mandó de una. El mayor hizo lo propio entonces.
Al entrar, Gonza sintió algo extraño, algo poco usual. “Será porque nunca entré” pensó. Pero era algo más. Había algo diferente a lo que él esperaba encontrar, que nada tenía que ver con que él no asistiera a una hacía casi dos años. Pensó unos segundos mientras caminaba con las maderas en brazos ¡Eso era! Las maderas eran para hacer bancos extra, sin embargo, todos estaban sentados en el piso.
—Hola “seño” ¿cómo le va?—saludó Joaco, sonriente—¡Hola chico’!
—Hola Joaco—contestaron casi al unísono los chicos.
De repente, se levantó una chica que estaba en medio de ellos, con un libro en la mano. Gonzalo se quedó petrificado. Era la chica más bonita que jamás había visto. Ella ni lo miró, sino que dirigió toda su atención al moreno, a quien regaló una hermosa sonrisa al saludarlo.
—¿Cómo te va Joaco? ¡Qué bueno tenerte hoy por acá!—exclamó “la seño”, alegre de que el menor hubiera asistido al colegio fuera de sus días habituales.
—No seño, vine a ayudá al Gonza a traé la’ madera’—respondió, adivinando la intención de la encargada del aula, mientras señalaba a su compañero.
—Hola, soy Ana, la maestra de la escuela—lo saludó discretamente.
—Gonzalo, mucho gusto—atinó a responder el blondo, haciendo un esfuerzo por reaccionar.
—Pueden dejar las maderas ahí, está bien—indicó la docente con un gesto de la mano.
—No, no, las dejamos donde más le convenga doña—se ofreció Gonza, como para entablar conversación.
—Ana, decime Ana. Bueno, entonces pueden dejarlas por allá—respondió la morocha, que vestía su guardapolvo blanco como de costumbre, el cual disimulaba su bella figura, pero no conseguía hacer lo propio con su cara.
—¿Necesita algo más doña?—preguntó servicialmente el recién llegado.
—Doña no, Ana—le indicó la maestra.
—Ana no doña, Gonza—bromeó el almacenero.
En ese momento todos largaron una carcajada que no le gustó nada a la docente. Gonza se reía por dentro, pero no hizo ningún gesto mientras acomodaba en el piso los listones que cargaba. Había logrado llamar su atención y más aún, le había tocado el orgullo frente a toda su clase.
—Gonza, no la molesté a “la seño” que no le guta—le advirtió Joaco.
—Dejá Joaco, no importa—dijo Ana, queriendo ocultar su enojo.
—Bueno doña, está listo—insistió el almacenero, procurando causar alguna reacción en la maestra, quien continuaba luchando por no hacerlo.
—Gracias, hasta luego—dijo para que dejaran el recinto de una buena vez—. Chau Joaco—agregó cordialmente, para remarcar la diferencia de emociones que le generaba cada uno.
—¿Quiere que se los arme doña?—ofreció el rubio, en un último intento de salirse con la suya.
—¡No, gracias!—respondió Ana contundentemente.
—¿Va a necesitar algo más?—Gonza iba a todo o nada.
—¡Sí, dar clase, que bastante falta le haría señor!—bramó esta vez la morocha.
—¿Está segura de lo que dice doña?—inquirió el joven, casi sin poder creer que había conseguido hacerla enojar.
—¡Apostaría mis ojos a que sí!—respondió totalmente fuera de sí la maestra, que parecía haber olvidado por un segundo que continuaba de pie en medio de los alumnos.
—No le apuesto nomás porque, si perdiera, no podría pagarle ni con todo lo que tengo—retrucó el almacenero.
Anita se sonrojó por un instante. Lo que aquel hombrecito le había dicho le cambió todo el esquema y, a decir verdad, le había gustado. Hacía un tiempo que nadie le decía algo lindo. Siempre había hombres que la piropeaban en el bar, aunque más que piropos eran puras guarangadas dignas de un repudio mucho mayor a la simple indiferencia con la que Anita respondía con tal de no generar problemas en el negocio de su padrastro.
En ese momento, uno de sus alumnos se levantó con la intención de intervenir. Era Rodolfo Vega, un chico alto y robusto a pesar de sus quince años. Rodolfo era pobre pero muy honrado. A pesar de no ser muy inteligente, era el “protector de la seño”. Siempre la cuidaba y la acompañaba. Así sentía que la protegía, por más de que ella sabía defenderse bien sola y él era bastante torpe para enfrentarse a cualquiera, tenía mucho corazón. Lanzó una mirada a Gonzalo y Anita se dio cuenta en seguida. Entonces le dijo que se sentara y él, luego de unos segundos, obedeció contra su voluntad. Rodolfo había dejado en claro que la maestra valía mucho, que se tendría que hacer cargo si insinuaba algo y que no cualquiera podía hacerlo, ni de cualquier manera. Había que ser muy hombre para intentar conquistar a “la seño” y más aún, había que probarlo.
Pero para eso habría tiempo más adelante. Mientras tanto, Gonzalo y Joaquín se despidieron y salieron del colegio o, mejor dicho, del salón. Luego de desatar al caballo, cada uno tomó su lugar en el carro. El mayor tomó las riendas y, casi por inercia, dio al equino la orden de avanzar; luego permaneció inmóvil. Su mirada estaba enfocada en el horizonte, pero en realidad parecía haber quedado guardada dentro de esa clase que acababa de ver por primera vez. En su mente no había otra cosa más que la imagen de Ana, “la seño”.
Desde el momento en que entró hasta entonces, Gonza quedó atrapado, o hipnotizado quizás, por esta chica tan especial. Por su figura, pero también por su forma de ser: educada pero desafiante, indiferente y al mismo tiempo correcta, amable y recia. Era la mujer de sus sueños, como nunca había conocido una. Y recordaba cada mirada que cruzaron, que, aunque fueron pocas, dejaron en claro que había algo entre ellos (o al menos así lo pensaba él).
—¿Vite que é “réquete” linda?—preguntó el menor, que ya no tenía que vigilar que no se cayeran las maderas.
—Eh ¿qué?—atinó a responder el conductor, volviendo lentamente de aquel mundo en el que estaba sumido: el de sus pensamientos.
—¡Se ve que te pegó fuerte eh! Dede que salimo’ no dijite una sola palabra y ni siquiera me escuchá—le reprochó el moreno para torearlo.
—No digas pavadas ¿querés? Estaba pensando en las cosas que tengo que llevar a casa de vuelta—argumentó Gonza en su defensa, ya con un poco más de lucidez.
—Sí, sí, dale. A vé ¿qué tené que llevá?—indagó Joaco para desafiarlo.
—El pan—inventó el rubio, movido por su orgullo de no dar el brazo a torcer ante su amigo.
Éste, que ya sabía cómo eran las cosas y solamente estaba vengándose de su amigo por lo que le había dicho en el viaje de ida, entendió que ya era suficiente y que por más que se negara a admitirlo, internamente Gonza sabía que era verdad de lo que estaba siendo “acusado”. Por eso optó por dejarlo ir y siguió el rumbo de la charla.
—¡Uy no!—exclamó Joaco—¡En lo de la señora Lópe’ etá el perro loco!—agregó preocupado.
—No seas miedoso Joaco—lo tranquilizó el mayor—está atado.
—No le tengo miedo, solo que no me guta—respondió Joaquín, quien era ahora el que intentaba disimular sus sentimientos.
—Después podemos pasar por lo de Don Augusto, que seguro tiene algo rico para el camino.
Y continuaron charlando unos minutos más hasta que llegaron al primer destino: la panadería de la señora López. Como de costumbre, quien los recibió fue un enorme perro negro enseñando sus filosos colmillos cada vez que ladraba. Los muchachos, manteniéndose lejos de su alcance, ingresaron al local. Se trataba de la típica panadería, con las masitas y medias lunas en el mostrador, y los distintos tipos de pan en grandes canastos ubicados sobre los estantes que formaban el pasillo del vendedor. Por la única ventana y por la puerta que daba a la calle entraba toda la luz del lugar. La señora López era ya anciana y su pelo completamente blanco. Según contaba la madre de Gonza, la panadera solía ser delgada y atractiva cuando era joven. Con el paso del tiempo y la llegada de los hijos, fue ganando algunos kilos, pero su sonrisa se mantenía intacta.
—¿Qué van a llevar chicos?
—Lo de siempre señora López.
—Aquí está, un “kilito” de pan—dijo la señora, haciéndoles entrega de la bolsa que previamente había colocado en la balanza.
—Nada más, muchas gracias—le respondieron, haciendo entrega de las monedas correspondientes—¡Hasta luego señora López!
—Hasta luego chicos—saludó ella mientras los veía alejarse hacía el carro.
Al salir se cruzaron con el automóvil del doctor Mercury, el médico del pueblo. Iba tan apurado que enseguida se levantó una nube de polvo tras su paso. Seguramente iba al asilo de ancianos a atender a alguno de urgencia; de otra manera los hubiera visto. Sin asignarle mayor importancia, los jóvenes se montaron al carro y, cumpliendo con el recorrido previamente pautado, se dirigieron hacia lo de Don Augusto. Al llegar, sin embargo, estaba todo cerrado; no había luz alguna dentro, por lo que no pudieron ver si había movimiento.
—Es extraño ¿no? Don Augusto siempre está en su negocio de golosinas hasta las ocho de la noche—le dijo el almacenero a su amigo.
—Y recién son la’ cuatro ¿Qué le habrá pasado?
—No sé, pero hay que averiguarlo, vamos a casa primero.
Y siguieron su camino al almacén, donde entraron luego de dejar al caballo pastando en la vereda.
—Hola hijo, hola Joaco ¿cómo están?—saludó la madre de Gonzalo, que estaba acomodando unas latas cerca de la entrada.
—Hola Marta, hola Don René—saludó su amigo, que ya era prácticamente un hijo más allí.
—¿Cómo estás Joaco?—agregó el padre, que se encontraba detrás del mostrador arreglando una pieza.
—Mamá, papá ¿saben por qué estaba cerrado lo de Don Augusto?
—Sí hijo—respondió su madre con cara de preocupada—es terrible.
—Pero ¿qué pasó?—inquirió Gonza ansioso.
—Lo asaltaron hace dos horas. Según nos dijo Clotilde (la vecina de enfrente), habrían sido dos hombres que se lo llevaron y lo dejaron tirado en un zanjón todo lastimado.
—¿Y la policía dónde etaba?—agregó Joaquín.
—Ellos llegaron más tarde, avisados por un vecino, que al ver el local cerrado tocó la campana y como nadie respondía, prefirió pecar de molesto que de despreocupado. Empezó a preguntar a otros vecinos si sabían por qué había cerrado tan temprano o si lo habían visto salir. Una mujer comentó que lo había visto cerrar el local e irse en compañía de dos hombres, quienes supuso habrían sido familiares que lo estaban ayudando. Oído esto, el vecino fue inmediatamente a dar aviso a la policía para que los fueran a buscar.
—¿Y qué pasó después?—insistió Gonza, ansioso por saber el final de la historia y, sobre todo, por conocer el estado de Don Augusto.
Doña Marta tomó aliento y lo soltó largamente, antes de proseguir:
—Lo encontraron a los pocos minutos en un zanjón en dirección a las colinas y a dos cuadras del hospital, así que afortunadamente lo pudieron trasladar de a pie entre dos. Al mismo tiempo un tercero avisó al doctor, ya que hoy era su día libre.
—¡Ahora entiendo por qué estaba tan apurado!—interrumpió su hijo.
—¡Pobre Don Auguto!—agregó el jovencito moreno—¡Justo a él que é réquete güeno!
—¿Y cómo está?—preguntó Gonza sin dejar pasar segundo.
—No muy bien—esta vez era su padre quien hablaba, dándole un respiro a su mujer, a quien conocía como nadie y sabía perfectamente que estas cosas le afectaban, incluso al contarlas—. Tiene algunos cortes en la cara y los brazos, de la paliza que le propinaron los indeseables esos al resistirse a ser llevado, pobre hombre.
—¿Qué te parece Joaco si lo vamos a visitar, eh?—sugirió el mayor.
— ¿Le parece bien Doña Marta?—repreguntó Joaquín quien, a pesar de la condición económica de su familia, tenía modales bien arraigados.
—Claro, me parece una gran idea ¿y a vos René?—hizo extensiva la pregunta a su marido.
—Por supuesto—contestó él—pero no lo aturdan—les advirtió—. Tampoco se queden mucho si lo ven cansado, ya que probablemente esté sedado y necesitará descansar para reponerse de semejante sacudón.
—Sí, sí. Adiós mamá, adiós papá—los saludó Gonza, ansioso por salir.
—Adiós Marta, adiós Don René—exclamó Joaco a las apuradas.
—¡Hasta luego chicos!—alcanzó a despedirse la señora Martínez y agregó—¡Saludos a Don Augusto!
Capítulo 2
Visita a Don Augusto en el hospital
Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando Joaco y Gonza llegaron al hospital. Dejaron el carro a un costado, donde el tordillo pudiera pastar. La entrada principal daba a la calle J. Newbery, que era la segunda más importante del pueblo. Sobre esa misma calle, a unas veinte cuadras en dirección al este, se encontraba la cantina El Rincón, propiedad del padrastro de Ana, cuyo nombre fue otorgado por encontrarse precisamente en el extremo noreste del pueblo. Como sucede en la mayoría de los casos, la vivienda de la joven maestra y sus hermanas estaba ubicada justo arriba.
—Acá a una’ quince o veinte cuadra’ vive la seño—dijo Joaco antes de ingresar al hospital mirando en dirección a la casa.
—¿Cerca del Banco Hudson?—preguntó Gonza con disimulado interés.
—Enfrente—especificó Joaquín.
—Querrás decir “casi enfrente”, porque si mal no recuerdo, ahí hay un bar.
—Te acordá bien—contestó el más joven, poniendo cara de obviedad.
Perplejo al no entender lo que quiso decir, Gonza preguntó “¿Entonces?”. Su tono era inquisitivo y su mirada, atónita. Su compañero no cambió el semblante, sino por el contrario, enfatizó su tono burlón al responder:
—Y bueno, é ahí donde vive.
—¿En un bar?—la pregunta que desató la risa de Joaco.
—¡Jajaja, no nabo, tiene su casa arriba!—le respondió el moreno, mientras lo empujaba por el brazo casi a la altura del hombro.
—Callate y entremos—ordenó el mayor ofendido, a la vez que procesaba la valiosa información que su amigo le acababa de proporcionar.
Al traspasar la puerta de entrada se dieron cuenta de que era mucho más oscuro de lo que recordaban. Estaban parados frente a una señora de grandes dimensiones que se encontraba detrás de un pequeño mostrador de madera que hacía las veces de recepción. Hacia los costados se dibujaban dos pasillos. Al término del breve intercambio de palabras con la recepcionista, tomaron el pasillo izquierdo hasta el final y luego a la derecha, adentrándose en el edificio. El suelo y las paredes eran de cemento. El pasillo tenía habitaciones en ambos costados y cada una era identificada con un cartel blanco indicando su número en azul. Hacia el final del corredor, de unos treinta metros aproximadamente, se desplegaba una escalera cuya parte superior recibía un rayo de sol proveniente del segundo piso. Subieron y efectivamente había mucha más luz, debido a las ventanas en los espacios comunes.
Los dos adolescentes se detuvieron frente a una puerta y sólo después de mirar el número por segunda vez, decidieron tocar. Una voz grave y disfónica los autorizó a entrar.
—Es él—afirmó Gonza, reconociendo el tono agradable, aunque algo ronco, del kiosquero.
Una vez adentro, se encontraron con una cama vieja que hacía las veces de camilla, sobre la cual reposaba el lastimado pero sonriente Don Augusto. La habitación contaba con una mesita y unos estantes que contenían medicamentos.
—¡Chicos, qué sorpresa! ¿Cómo están?—exclamó el anciano, disimulando el esfuerzo, para dejar traslucir su alegría de verlos.
—Muy bien ¿y usted?—respondieron los dos al unísono.
—Acá ando, ya estoy recuperado y me tratan como a un inválido—se quejó el viejo que, a pesar de su edad, estaba acostumbrado a valerse por sí mismo.
—Nos enteramos de lo que le sucedió—dijo Gonza, tomando la palabra—y queremos darle una paliza a esos sinvergüenzas ¡Espere que los encontremos, le van a venir a pedir perdón de rodillas!
—No hijo, no vale la pena. Ya se llevaron lo poco que tenía para vivir—respondió el paciente con cierta desazón.
—¿Usté lo’ vio? ¿Sabe quién fue?—preguntó Joaco.
—Sí—dijo al fin, como si no tuviera ganas de recordarlo—son Los Rebeldes. Viven en las afueras de la ciudad, detrás de las colinas, porque no están de acuerdo con nuestras reglas. Afirman que prefieren vivir en libertad, pero en realidad coexisten con el desorden y el caos. Se podría decir que viven en una villa de emergencia, aunque ellos prefieren llamarle “colonia”.
—¿Entonces—preguntó Gonza, extrañado—qué les ha hecho usted para que lo traten así?
—Verás hijo—su tono era como el de un padre—el desorden en el que viven es tan grande que no hay suficiente producción para alimentar a todas las familias. También necesitan algunos insumos básicos como medicamentos, ropa y aceite de cocina. Pero en mi opinión, estos bandidos vinieron en busca de cigarrillos para comercializarlos en la colonia. De otro modo, no veo razón para que hayan saqueado el kiosco, excepto por el poco dinero que tenía o un antojo de dulces.
Joaco y Gonza comenzaron a reírse como solían hacerlo en cada encuentro en el kiosco; aunque esta vez era otro el lugar y la condición física de su anfitrión era más frágil, su sentido del humor seguía intacto. Era una de esas personas que transformaban el peso de los años y las malas experiencias en alegría y ganas de vivir. Al contrario de Los Rebeldes, Don Augusto amaba el pueblo, al que conocía como la palma de su mano y al que vio crecer desde sus inicios, con unas pocas casas alrededor de la plaza. Hoy reunía cerca de dos mil habitantes y contaba con código postal propio, estación de ferrocarril y próximamente instalarían líneas telefónicas.
Pasaron casi dos horas entre risas y cuentos, cuando el médico entró a la habitación.
—Llegó “el botón”—susurró Don Augusto, elevando luego el volumen—me parece que se acabó la fiesta por hoy chicos. El doctor me tiene que hacer el chequeo diario, así que si Dios quiere los veré en el kiosco en un par de días.
—¡Adiós Don Augusto!—se despidieron los jóvenes, e hicieron una reverencia al doctor previo a dejar la habitación.
Antes de salir del hospital, saludaron a la recepcionista, quien apenas les devolvió el saludo levantando las cejas sin sacar la vista de la planilla que tenía enfrente. Una vez afuera, desataron al tordillo, que había dejado de comer y ahora miraba a Gonza como diciéndole que se quería ir. Como era costumbre, el mayor tomó las riendas mientras el joven moreno se ubicó del lado del acompañante. El carro se puso en marcha sin que el rubio hiciera un movimiento de riendas, guiado por la voluntad de su corcel.
Durante el regreso, los muchachos hablaron de Don Augusto, de Los Rebeldes y de lo que iban a hacer al día siguiente. A Gonza le esperaba un día muy atareado: debía abrir el almacén y atender la caja hasta el mediodía, momento en que lo relevaría su padre, para que él pudiera ir a la estación a recibir la mercadería que llegaba en el tren de las catorce horas. A su vez, tenía un par de encargos que repartir antes de que anochezca, más los que se pudieran agregar en el transcurso del día. Joaco, por su parte, debía asistir a la escuela desde las ocho, hora del desayuno, hasta alrededor de las quince. Minutos más, minutos menos, esa era la hora en que los chicos terminaban de almorzar y partían para sus casas.
Gonza le ofreció a Joaco si quería que lo pasara a buscar por la escuela al regresar de la estación, tratando de disimular su interés por ir a la escuela con un “total, sólo me tengo que desviar tres cuadras”. Hacía falta mucho más que eso para engañar al chico de quince años que iba a su lado. No obstante, Joaco decidió aceptar la propuesta sin discutir y al cabo de algunos minutos llegaron a su casa. Tenía un pequeño jardín en la entrada con juguetes desparramados. La ventana que daba al frente estaba iluminada y se oían gritos de niños desde adentro.
—Se etán peleando po’ la comida—comentó Joaco con una sonrisa de afecto. Le agradaban esas peleas porque lo hacían sentir en casa—. Siempre lo’ tengo que separá yo ¡No’ vemo’ mañana Gonza!
—Chau Joaco, hasta mañana—se despidió viendo al otro entrar a su casa con el ceño fruncido para simular enojo y poniendo voz de mando poco creíble.
Mientras subía al carro, Gonza observó entre las cortinas que Joaco saludaba a su madre y se sentaba en la mesa con sus cuatro hermanos menores. Su padre, por su parte, trabajaba en el campo, a unos cincuenta kilómetros del pueblo. Venía a la casa los fines de semana y luego volvía a trabajar. Siempre traía algo de lo que había cosechado para su patrón, además de un poco de dinero, que su mujer administraba cuidadosamente durante la semana. El mayor de sus hijos era la autoridad de la casa en dichos períodos, ya que a su madre le habían “tomado el tiempo” y no les infundía temor alguno.
Gonza llegó al almacén justo antes de que anochezca, guardó el carro y ató al caballo en el palenque de enfrente. Luego le llevó agua en un balde que había bajo la canilla de afuera del almacén.
—Hola hijo—saludó Marta en su tono habitual. Sin embargo, le causó más alegría que de costumbre ver a su hijo, dado que, a excepción de dos ancianos, era la única persona que visitaba el local en todo el día—¿Cómo estás?
Luego de besar a su madre en la mejilla, le dijo “muy bien ma ¿y vos?”. A lo que ella, con aire de aburrimiento y algo de resignación respondió “como todos los jueves”.
Por lo general, el jueves era el día de menor clientela, y con la suba de impuestos de la semana anterior, eso se hizo aún más evidente. Aunque el aumento no fue inmenso, tuvo repercusión en la economía de muchas familias del pueblo. Todo era un poco más difícil desde entonces, ya que la gente dejaba de comprar productos como aceitunas y algunos aderezos prescindibles a la hora de cocinar. Había que empezar a “rebuscárselas”, como se suele decir. Afortunadamente, tanto la familia de Gonza como la de Joaco conocían de eso y bastante.
En ese momento entró René “Hola hijo” lo saludó, y volviéndose a su esposa agregó “querida, está hirviendo el agua”.
—¿Qué hay para comer, ma?—preguntó el joven.
—Guiso de lentejas—contestó yéndose Marta.
—¿Cómo estaba Don Augusto, hijo? ¿Lo pudieron ver?—quiso saber René.
—Sí, estuvimos con él. Estaba en una sala de terapia menor. Fuimos con Joaco y como siempre nos hizo reír ¡Pobre!—exclamó Gonza recordando la imagen de Don Augusto inquieto en la camilla—. Hizo todo lo posible para disimular lo que le molestaba estar ahí y lo inútil que se sentía. Por fortuna, si sigue mejorando saldrá en dos días; en mi opinión, no aguantaría más que eso tampoco—miró a su padre y ambos se echaron a reír.
Capítulo 3
Gonza vuelve a la escuela
Un rayo de sol se fugaba entre las cortinas, para posarse sobre sus ojos. Se levantó dando un salto. “¡Me quedé dormido!” pensó Gonza, mientras se ponía su pantalón marrón claro y alpargatas blancas. La noche anterior se había acostado con la camisa que ahora ensayaba planchar con sus manos, sin mucho éxito. Las vueltas que había dado hacía apenas unas horas sin poder conciliar el sueño la habían arrugado demasiado.
Había permanecido despierto hasta comenzada la madrugada, imaginando cómo sería aquel encuentro en la escuela; como una hermosa visión que daba vueltas en su cabeza una y otra vez, y a la cual no quería poner fin. Contrastando con la tenue luz de su habitación, la de sus pensamientos resultaba enceguecedora: en su mente, se encontraba en el colegio parado frente a la mujer más linda que había visto. Pensaba en lo que le diría cuando fuera a buscar a Joaco ese día. Se le había ido una hora ideando excusas para hablarle y otra más pensando en cómo la saludaría, antes de lograr dormirse. No quería dejar nada librado al azar.
Eran pasadas las siete y el almacén debió estar abierto desde hacía rato. Gonza pasó por el baño y se lavó los dientes. Atravesó el pasillo en puntas de pie mientras escuchaba los ronquidos de su padre. La ventana del pequeño living-comedor daba luz a toda la casa. Pasó rápidamente por la cocina sin probar bocado y abrió la puerta que daba al almacén.
Allí estaba su madre, limpiando los estantes de detrás del mostrador. Ya había terminado de sacar afuera todo lo que guardaban por las noches. También había hecho un cartel con las ofertas del día y lo había pegado en la ventana que daba a la vereda.
—Buenas noches—lo saludó Marta irónicamente, sin dejar lo que estaba haciendo—¿Te quedaste dormido hijo?—agregó con cierto desconcierto.
—Buen día ma—respondió su hijo sin seguirle la corriente, consciente de que su madre tenía razón—¿Ha venido algún cliente hoy?
—Tenés suerte, pero en pocos minutos empezarán a… mirá, ahí viene el primero—le dijo Marta, que ahora observaba a su hijo atendiendo al recién llegado.
Después de aquel, llegaron otros tres. Una pareja y su hijita, que llevaron latas de atún, arvejas y choclo. Antes de que paguen, ya habían entrado otros dos más, de los cuales uno llevó fósforos y carbón, mientras que el otro encargó tres bolsas de avena para ese día o el siguiente a más tardar.
Así fueron pasando las horas y gracias a Dios, los clientes también. Su padre entró al almacén poco antes del mediodía y, dado que había poca clientela en ese momento, Gonza le pidió autorización para salir. Caminó hasta la esquina, donde solían juntarse los muchachos. Debido a que era hora del almuerzo, sólo encontró sentado en la vereda al “Rafa” Benítez. Era un chico delgado, de pelo castaño oscuro y tez morena. Tenía quince años y, pese a no ser bajo, aparentaba menos; su postura encorvada no ayudaba. Su familia era bastante pobre y por eso llevaba puesto siempre el mismo jardinero y las mismas alpargatas. Estaba jugando a la payana con cinco piedras de la calle cuando el rubio lo saludó:
—Ey Rafa ¿cómo estás?
—Hola Gonza—replicó éste, levantando su cabeza con aire sorprendido—¿No tendría’ que está trabajando vo’?
—Sí, vengo sólo un ratito ¿Van a jugar a la pelota hoy?—preguntó Gonza.
—Ajá—afirmó el más joven—vo’ jugá ¿no?
—Hoy no puedo—respondió el almacenero forzando un tono de desilusión—. Tengo que hacer unos mandados. Vine para avisar nomás—agregó el rubio.
—¿Mañana podé?—inquirió con genuino interés Rafa, que estimaba bastante al mayor por defenderlo cuando lo molestaban por su encorve. Si bien los otros jóvenes se habían apaciguado un poco, su agradecimiento seguía intacto y por eso le gustaba que participara de los partidos.
—Creo que sí—dijo Gonza, que conocía y compartía el aprecio que sentía—¡nos vemos mañana Rafa!
—¡Ta mañana Gonza!—sacudió su brazo derecho durante unos instantes y luego volvió a ponerlo en acción; levantó una piedra y la arrojó al aire, al tiempo que recogió las otras cuatro, para luego completar la jugada atrapando la que ahora caía, sin dejar que toque el suelo.
—¿Seis por ocho?—dijo Ana, mientras movía su cabeza en busca de un candidato. Frente a ella habían alrededor de cuarenta caritas con variadas expresiones. Estaban los que se escondían detrás del banco (los más visibles) por no haber repasado las tablas, que eran la mayoría. También los que miraban el techo pretendiendo ser invisibles a la maestra. Los que sí habían estudiado, que levantaban la mano y, por último, aquellos que hablaban entre sí sin enterarse de su actual lección (como era el caso de Joaco y su compañero de al lado, en la anteúltima fila)—a ver ¡Carolina!
Apenas la nombró, se levantó una niña de diez años, pelirroja y de mediana estatura. Ana la había elegido al ver sus ganas de participar con el brazo en alto.
—Cuarenta y ocho señorita Ana—habló de corrido y le dedicó una sonrisa victoriosa al terminar.
—¿Y ocho por seis?—replicó la maestra rápidamente, devolviéndole la sonrisa.
Carolina desvió la mirada hacia un rincón del techo, pensativa, como intentando descifrar un acertijo. Al cabo de unos instantes admitió que no sabía la respuesta.
—¿No habías estudiado Carolina? Recién me diste el resultado de una multiplicación de igual dificultad—le consultó la docente al frente de la clase, que había buscado desorientar a la niña, pero supuso que con algo de lógica hallaría la respuesta.
—Lo que pasa es que—se apuró a dar las razones de su contratiempo para mitigar la vergüenza que sentía—sólo estudié hasta la tabla del siete señorita—se justificó, con la inocencia que caracteriza a los niños.
Algunos de sus compañeros que sí sabían la respuesta se reían por lo bajo, pero Ana serenamente la defendió. Había comprendido que estaba nerviosa porque era una chica muy cumplida, que no solía dejar algo sin repasar, y eso le había nublado un poco la mente.
—Siendo así, no tenés por qué saberlo. Vamos hasta el siete—y subiendo la voz exclamó—¡¿Siete por cuatro?!
—Veintiocho—acertó enseguida, con renovada y sorprendente confianza. Caro había superado la prueba.
Así pasaron las horas, hasta que llegó la del almuerzo.
—¡Todos a sentarse!—ordenó Ana cuando el reloj marcó las dos de la tarde—¡Los secretarios de hoy vengan conmigo!
Dicho esto, la siguieron cinco alumnos, entre los cuales estaban Joaco y Rodolfo Vega. Los secretarios estaban seguidos en la lista de nombres y cambiaban según el día, pero siempre eran cinco. La maestra abrió la puerta que daba a la calle y salió. Los cinco la siguieron como era habitual, dejando atrás el usual alboroto del recinto a esa hora. Se dirigieron a la casa de al lado, cuya dueña era una anciana de nombre Estela. Ella era la cocinera del colegio desde el día de su inauguración, un año y medio atrás, luego de presentarse voluntariamente aduciendo que desde que falleció su marido no tenía a nadie a quien cocinarle.
La señorita y sus alumnos ingresaron por la puerta verde de la cocina que daba a la calle. Saludaron a Estela, quien con su delantal blanco haciendo juego con su cabello ya les tenía preparadas dos bandejas con vasos, platos y cubiertos. A Rodolfo y a Joaco les había tocado llevar la gran olla de estofado de carne y arroz. Ana y las otras chicas, por su parte, llevaron las bandejas más cuatro jarras de agua hasta la clase.
Los alumnos restantes, en tanto, habían agrupado los pupitres para formar cuatro mesas de aproximadamente diez cada una. Joaco y Rodolfo apoyaron la olla en el escritorio de “la seño” y comenzaron a servir el estofado. Las mujeres repartían los utensilios, la bebida y los platos que los varones iban llenando. Al terminar se sumaron a la mesa de la maestra, quien luego de dar gracias y desearles buen apetito, se sentó entre ellos.
Antes de probar bocado, Joaco preguntó a su vecina:
—¿Cómo hicieron tan rápido lo’ banco’ y la’ silla’? Ayé la’ dejamo’ cerca del mediodía y hoy ya etán toda’ hecha’ ¿Quién lo hizo?—Ana lo miró con ternura antes de contestarle.
—Tengo entendido que fueron José y Jesús, los carpinteros, quienes los hicieron durante la noche…—y se quedó pensando en aquello.
—Son bueno’ carpintero’—replicó el muchacho.
—Sí, son buenos—coincidió la joven maestra—realmente hicieron un buen trabajo. Ahora es nuestro turno de aprovecharlo. Comé, que se te va a enfriar.
El aire era una mezcla de risas, gritos y bromas, con el aroma del suculento estofado de la señora Estela. Las conversaciones iban desde instrumentos musicales y novios, hasta bailes y fútbol. Cuando hubieron terminado de comer, los secretarios y Ana alcanzaron todo de vuelta a la casa contigua. A su regreso, llevaron un cajón de manzanas y las repartieron a cada alumno, para evitar revuelo con los lugares asignados. Era una rutina que Ana les había inculcado como parte de su formación, de personas educadas y, además, civilizadas.
Al ocupar sus lugares nuevamente, el moreno volvió a hablar:
— ¿Le gutaría velo de nuevo?—le preguntó a su maestra con una sonrisa cómplice, y se quedó mirándola con atención e intriga.
—¿De qué hablás Joaco?—dijo la joven, pretendiendo no saber de qué hablaba, o de quién.
—Hablo de Gonza, mi amigo, el que vino ayé—le respondió abriendo sus manos, en señal de que era evidente.
—Perdón ¿a qué viene esa pregunta?—alcanzó a decir, disimulando sin mucha destreza su incomodidad—. Quiero decir ¿por qué me lo preguntás?—agregó, más serena.
—Porque él se muere po’ vela de nuevo—se precipitó a decir en voz más baja, como queriendo preservar el secreto que acababa de dejar salir—Tanto así seño, que hoy vendrá a bucame sólo pa’ vé si la ve, aunque sea un ratito.
—¿Él te dijo eso?—preguntó ella, esta vez sin resguardar su interés.
—No seño, él me dio otro motivo, pero yo sé que é así.
—¡Pues yo no quiero verlo!—interrumpió Ana, con un tono tan elevado que varios niños se volvieron hacia ella. Al cabo de unos instantes retomaron sus conversaciones y entonces le dijo a Joaco—. Me hizo quedar mal frente a todos ustedes…
—No fue mi intención ofenderla—respondió una voz que provenía de la ventana que estaba detrás de ellos.
Era Gonza el que habló, que había llegado a buscar a su amigo y quién ahora acaparaba la atención del salón entero. Lo sabía y le gustaba. Sin dudarlo, entró por esa misma ventana y continuó hablando, como si fuera el modo de ingreso habitual. En tanto, Rodolfo Vega se acercó por las dudas a su protegida y, a juzgar por su semblante, estaba dispuesto a pelear si Gonza la volvía a ofender. Pero este ya se había percatado de eso y procuró ser cortés, no tanto por miedo al grandote, sino para no generar un revuelo que pudiera arruinarle ese momento.
—Si así lo hice, le ruego me disculpe—agregó quitándose la boina, ya en tono más suave.
—Sí, lo hizo—afirmó Ana, mirándolo desafiante mientras hacía una pausa para enfatizar—. Y no lo arreglará tan fácil, lo ayer sucedido estuvo completamente fuera de lugar.
—Justamente por eso quiero enmendarlo ¿Qué le parece si la invito a cenar hoy?
Inmediatamente se levantó un murmullo en la clase. Una parte de ella estaba ciegamente atraída a aceptar su propuesta; sin embargo, haría caso a su otra parte, que no estaba dispuesta a dejársela tan fácil.
—Hoy estaré ocupada—le respondió, con un dejo de altanería.
—¿Mañana?—insistió él, habiendo previsto la noche anterior que esa sería su respuesta.
—También—y podría haber seguido preguntando hasta el día del Juicio Final, que ella hubiera contestado lo mismo: “también”.
—¿Qué puedo hacer entonces?—dijo Gonza para sacarla de su esquema.
—Mmm—ahora sí pensó unos segundos antes de responder—. Tengo una idea. Mañana es el día de siembra en la huerta. Si quiere remediar lo que hizo, preséntese a las ocho de la mañana con una pala, un rastrillo y dispuesto a trabajar.
—¡Ahí estaré!—exclamó entusiasmado el joven.
Capítulo 4
Un día en la huerta
Amaneció a las seis y media del día siguiente, del sábado para ser más preciso, con el sonido militar de los gallos de la vecina, Doña Clotilde. Ella era una señora mayor y llevaba su pelo grisáceo abrazado a la nuca por un rodete inmutable frente al paso del tiempo. Su carácter alegre y buena predisposición la hacían parecer diez años más joven. Era su vecina de confianza, con quien se ayudaban mutuamente en momentos de necesidad. Ella ya estaba jubilada hacía unos diez años y contaba también con la pensión de su difunto esposo.
Gonzalo se cambió, higienizó y fue a la cocina, donde Marta y René lo esperaban con el mate y las tostadas. Estaban hablando de las provisiones que debían reponer en el almacén, de cuándo llegarían las cargas en tren y de qué cosas deberían empezar a dejar de lado en sus encargos. Al entrar, Gonza escuchó a su madre mencionar el comino y a su padre agregar el estragón, el laurel y “racionar” las pimientas.
—Buen día ma, buen día pa—saludó, dando a continuación un beso a cada uno.
—Buen día hijo—respondió Marta, mientras René seguía pensando acerca de lo anterior—¿cómo has amanecido?
—¡De maravilla!—les informó Gonza, sin motivo aparente (al menos para sus padres) para tanta euforia y ánimo. Mas no les extrañó, debido a que era joven y tenía bastante energía, lo cual les parecía motivo suficiente.
Abrieron el almacén a las siete y cada uno se encargó de lo suyo. Media hora después, el joven pidió permiso para retirarse a “ayudar a un amigo”. Luego del “sí” de Marta, corrió a su cuarto.
—Ay, este chico René ¡Qué bendición hemos recibido con él!
—De veras que sí.
Gonzalo se colocó el jardinero y fue en busca de la pala que estaba en el armario de herramientas. El mismo se encontraba afuera, donde guardaban la mercadería y él su bicicleta. Allí encontró también un pequeño rastrillo; con esos utensilios salió en busca del carro. Montó en él, y con un movimiento de riendas, el tordillo comenzó a caminar.
La huerta quedaba a cinco cuadras del colegio, sobre la calle del hospital. Ésta era, a su vez, la misma de la cantina “El Rincón”, que se ubicaba en el límite que daba al este con el desierto y al norte con las Colinas del Oro. Su nombre deriva de una vieja leyenda que afirmaba que los antiguos jefes de las tribus que habitaron esas tierras habían encontrado grandes cantidades de dicho metal precioso. A raíz de esto, los pobladores realizaron decenas de excavaciones en distintos lugares de aquellas colinas, pero ninguno logró traer al poblado más que polvo y azufre. Sin embargo, por alguna extraña razón, decidieron mantener su nombre.
Pasó a buscar primero a su amigo Joaco, siempre dispuesto a acompañarlo a donde el blondo fuera y que, además, debía ayudar ese día. Bastaron dos aplausos para que el moreno saliera de su hogar.
— ¿Qué hacé Gonza?—le dijo, mientras se acercaba para saludarlo.
—Todo bien ¿vos Joaco?—contestó durante lo que finalmente fue un abrazo.
—¿A dónde llevá esa’ flore’?—preguntó a Gonza señalando los jazmines que había en el carro.
—Las encontré en el camino, son para tu maestra ¡Espero que le gusten!
—Sí, seguro—afirmó su compañero con un dejo de ironía. Conociendo a “la seño”, suponía que así sería, pero mostraría todo lo contrario—mejor dejala’ acá—le recomendó.
A dos cuadras ya se divisaban algunas personas en la huerta, debido a que el arado del suelo era la única elevación con que se cortaban los rayos del sol. Uno metros más cerca, algunas caras se dejaban reconocer. La pequeña Carolina sostenía unos rabanitos, mientras que un niño cavaba tres agujeros en uno de los montículos rectilíneos de tierra. A unos pocos pasos se encontraba Ana, que observaba con atención a Rodolfo Vega palear en el centro de la huerta para colocar una planta que a esa distancia no llegaban a distinguir. Había unos metros más adelante, un chico y una chica arrodillados, extrayendo del suelo plantas de lechuga.
—Ahí etá la que te va a hacé laburá como un perro hoy—se burlaba Joaco mientras señalaba a su maestra con la cabeza.
—Que me haga lo que quiera—le respondió intrépidamente el mayor—pero yo la voy a volver loquita a ella, vas a ver.
—¡Vah a tené que trabajá mucho eh! Mirá que nunca la vi a la seño salí con nadie. Ni siquiera la vi andá pensando así, como piensan la’ mujere’ cuando se enamoran—le mostraba a su compañero inclinando la cabeza y desviando su mirada a ninguna parte—. Siempre anda muy concentrada enseñándono’ a nosotro’ y ayudándono’ con nuestro’ problema’—le confesó su amigo.
El carro seguía avanzando al paso del animal, sin detenerse, por lo que ya se encontraban a una cuadra. La maestra, al oír los vasos del caballo, volteó en dirección al carro. No llevaba puesto su usual guardapolvo blanco, sino un pantalón vaquero y una camisa vieja, botas en los pies y las manos llenas de tierra. En el momento en que ella vio de quién se trataba se le iluminaron los ojos, al igual que los del joven almacenero. Como era de esperar, ella corrió la mirada un segundo después.
Llegaron a la entrada de la huerta y bajaron del carro. Ataron al caballo al cerco, que consistía en postes de madera de un metro de altura, unidos por dos tablas de dos metros de largo en posición horizontal. El marrón oscuro de los montículos de tierra contrastaba con el de las calles, que era mucho más claro. Eran aproximadamente diez montículos de tierra de quince metros de largo cada uno. A esta altura se encontraban salpicados de rojo por los tomates, de violeta por las remolachas, verde por las lechugas y naranja por las calabazas. Quedaban varios espacios por sembrar y para eso habían llegado estos muchachos con su pala y su rastrillo.
—Hola seño, ya llegamo’—le avisó Joaco, aunque ya todos sabían que estaban allí.
—Hola Joaco, hola mmm…—dudaba Anita con una mezcla de enojo y disimulo difícil de definir (y de creer). Si algo era seguro, era que ella recordaba bien su nombre después del día en que se conocieron.
—Gonzalo—dijo este, completando la frase de la seño, con sus ojos verdes puestos en los suyos.
—Sí ¿qué tal?—preguntó con forzado desgano para parecer indiferente, sin perder su semblante de enojo y sin mostrar la atracción que sentía hacia él, sobre todo cuando él la miraba de esa forma—¿Están listos?
—Para lo que sea—se anticipó el mayor.
—¿Qué tenemo’ que hacé?—preguntó Joaco, que, a diferencia de su compañero, se refería por completo al trabajo en la huerta.
—Deben rastrillar esos dos montículos—señalando los de más a la derecha—y rearmarlos con la pala. Luego hacer agujeros cada treinta centímetros en ambos y plantar estas semillas—les entregó una pequeña bolsa—. Cuando hayan hecho eso, avísenme y les daré otra tarea.
Los dos muchachos se dirigieron hacia donde les había indicado la joven maestra y comenzaron a trabajar en lo encomendado. Joaco saludó a algunos de sus compañeros mientras que Gonza rastrillaba. Se pusieron a hablar en voz baja para que la seño no escuchara.
—Se pasó tu profe con el trabajo que nos dio. Encima quiere que le avisemos cuando terminemos así nos da más—refunfuñó el almacenero.
—Todo po’ tu culpa—le reprochó el moreno.
—¿Por mí culpa? Es ella la que nos dio esto para hacer recién ¿o te olvidaste? Yo tampoco quiero hacerlo.
—Digo que etamo’ acá porque vo’ la moletate. A mí me tocaba vení recién la semana que viene y ahora tengo que vení la’ do’ vece’—le retrucó Joaco, subiendo un poco el tono.
—¡Che, qué amargo! Era para ponerle un poco de humor a la situación ¿Me vas a decir que no te reíste?—dijo el otro, bajando el tono porque Ana pareció escuchar algo y miró para ese lado, pero rápidamente volvió la cabeza y siguió con lo que estaba haciendo.
—Digo que si en vé de ofendela, la hubiera’ invitado a salí diretamente, ninguno de lo’ dó etaría acá laburando—reafirmó el menor, que con audaz sutileza o enojada sinceridad (o ambas), llevó a su amigo a morder el anzuelo y aceptar el reto.
—¿Decís que no me animo a hacerlo ahora?—indagó Gonza en una defensiva desafiante.
—¡Sí!—exclamó Joaco, que volvió a llamar la atención de la maestra, y esta vez de algunos chicos también.
—¡Bueno, bueno, de vuelta al trabajo!—ordenó Ana para disimular un poco.
Los chicos volvieron a sus labores, incluso los dos de la derecha, aunque el mayor no demoró mucho en retomar el diálogo:
—Vas a ver que sí me animo—aseguró en voz baja—y hoy te lo voy a probar—sentenció.
Continuaron haciendo los montículos y una vez realizados, comenzaron a sembrar las semillas de calabaza cada treinta centímetros. El sol no cesaba de ascender e irradiar calor a los jóvenes labradores. La seño paleaba como un alumno más e incluso se le empezaba a notar un brillo en la frente y pómulos. El hecho de que Ana estuviera realizando el mismo esfuerzo que él, al almacenero lo seducía aún más. La miraba constantemente. A veces de reojo, otras de frente, sin darse por enterado siquiera que debía disimular un poco si no quería recibir una trompada de Rodolfo, quién hacía lo mismo para con él.
En verdad le hubiera gustado poder hacerlo, pero verla con sus mejillas húmedas de sudor lo seducía a tal punto que, concentrarse en cualquier otra cosa le resultaba imposible. Ella por su parte, se obligaba a no mirarlo. Sin embargo, las veces que fue inevitable verlo, sintió un cosquilleo en la panza al notar su transpiración.
—Si la mirara’ un poco meno’, ella te miraría un poco má—le dijo Joaco con sabiduría.
—Es que está tan linda—contestó el rubio casi suspirando, y dos segundos más tarde tomó conciencia de lo que le había dicho su amigo—¿Qué, ella me mira?—inquirió sorprendido.
—¡Dieciocho año’ y no sabé nada de mina’! Parece que mira a otro lado, pero en realidad te está viendo a vó—le explicó, como si estuviera exponiendo una ley de la física—. Ademá, la profe no é de hielo.
—¿Estás seguro de eso vos?—bromeó Gonza, que no perdía su sentido del humor ni aún distraído o nervioso.
—¡Jajaja!—rio Joaco—Má o meno’—y su amigo se sumó a la carcajada.
—¿Ya terminaron ustedes?—les preguntó Ana desde el centro de la huerta. Una vez más todos voltearon expectantes a la respuesta.
—Enseguida “seño”—respondió Gonza.
—No’ faltan tré semilla’—agregó Joaco.
—Bueno, después tienen que regar las lechugas y cosechar las remolachas que estén maduras—les ordenó, mientras comenzaba a saludar a algunos que sí habían terminado.
—Uy—susurró Gonza—parece que nos va a hacer quedar hasta lo último—teniendo en cuenta que solo quedaban siete chicos ahora.
—Capá é tu día de suerte—comentó el morocho, también en voz baja.
Pasaron a hacer lo que se les había encomendado hace un instante, mientras el resto iba finalizando y partiendo rumbo a sus hogares. El sol se encontraba encima de ellos y el calor apenas se soportaba. La huerta quedó completamente sembrada y además de ellos, sólo quedaban la seño, Carolina y Rodolfo. Terminaron de regar y sacaron tres remolachas cada uno.
—¿Dónde la’ ponemo’?—preguntó Joaco.
— En este canasto—señaló Ana una canasta con algunas verduras que habían cosechado otros alumnos ese día.
—¿Quiere que se lo lleve a algún lado?—preguntó Gonza, sin otro objetivo que entablar conversación.
—No, gracias. Rodolfo sabe a dónde llevarlo ¿verdad?—dijo mirando al grandote.
—Sí—asintió este, contra su voluntad, ya que al hacerlo la estaría dejando a solas con el almacenero “fanfarrón”. No obstante, era muy obediente e incapaz de contradecir a su amor platónico, por lo que tomó la canasta y partió resignado.
En ese momento el almacenero tuvo una revelación. Lo que inicialmente parecía una negativa por parte de la maestra (una más), era en realidad todo lo contrario ¿Podría haber sido la casualidad? ¿O algo que quizás ella no meditó en este ajedrez de miradas que venían jugando desde el día en que se conocieron? No, claro que no. Ana era una gran jugadora. No dejaría librado al azar un movimiento así, por lo que comprendió que esta era su manera de “darle el pie” para que ahora él hiciera su jugada. Era el momento de actuar, y así lo hizo.
—Bueno señorita (lo de “seño” había mutado), ahora que he enmendado mi ofensa ¿puede considerar mi invitación a cenar?
—¡Ah! ¿Usted piensa que esto termina acá?—exclamó la maestra, quitándose el sudor de la frente con su manga, en un intento de resistencia que todos sabían no llegaría a ningún lado—. Aquí hay mucho por hacer. Tendría que volver la semana que viene junto con Joaco como para que siquiera lo piense.
Y agregó, antes de que el muchacho pudiera contestar:
—Igualmente, no puedo aceptar una invitación a cenar.
—¿Y se puede saber por qué no?—preguntó Gonza, quien sentía que se la estaba poniendo un poco más difícil de lo esperable o incluso necesario.
—Mire, eso no le incumbe—respondió la joven, haciendo un esfuerzo por ser reservada, pese a que sentía deseos de explicarle el por qué y compartir algo más de su vida con él.
—Porque la seño trabaja de noche también, gil—se interpuso el menor, sin medir lo que estaba haciendo. En ese momento, Ana le lanzó una mirada fulminante que lo hizo retrotraer un poco y llamarse a silencio. Enseguida el mayor tomó la posta.
—Ah, disculpe, no lo sabía—ensayó Gonzalo, sin mucho éxito.
—No, está bien, no tenía por qué saberlo. Pero bueno, ahora lo sabe—dijo Ana, algo avergonzada; no tanto por tener dos trabajos, ni por la índole del segundo (aunque tampoco la enorgullecía), sino porque parte de su intimidad le había sido revelada a este muchacho de ojos claros, y no parecía que fuera a ser el final. Más bien, todo lo contrario.
En un instante, el mayor de los tres comprendió que, dada la nueva información con la que contaba, debía modificar su estrategia.
—¡Entonces un almuerzo! Sé que trabaja de lunes a viernes en la escuela, y los sábados en la huerta, como hoy. Pero ¿qué tal el domingo? ¿Mañana? ¿Está libre mañana al medio día?
—Mmm—pensó unos instantes, como revisando su agenda mental, mientras analizaba las posibilidades a favor y en contra, como buena jugadora de ajedrez. Luego prosiguió—creo que no tengo compromiso mañana al medio día.
—Bueno, en ese caso es un hecho—se antepuso el rubio antes de que pudiera agregar algo—¡nos vemos mañana al medio día para almorzar!
—¿Se puede saber a dónde iremos?—preguntó Ana, ahora más relajada.
—Eso déjemelo a mí. Usted esté lista a la una, que yo me encargo del resto—le dijo el rubio, regocijándose de su victoria.
Darmowy fragment się skończył.