Czytaj książkę: «Regreso a los bosques»

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NOTA IMPORTANTE: en ocasiones las opiniones sostenidas en «Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente sobre su propia salud, y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal.

Aunque se considera que las informaciones y consejos son exactos y ciertos en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.

© del texto: Ignacio Abella Mina, 2020.

© de las ilustraciones: Francisco Javier Guarga, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

www.rbalibros.com

Primera edición: marzo de 2020.

RBA INTEGRAL

REF.: ODBO701

ISBN: 9788491182191

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

Contenido


1  Introducción

2  PRIMERA PARTE: Temas y proyectos vitales 1. Tinta verde, el bosque de la poesía 2. Tradición oral, al rescate del tesoro perdido 3. El arte de contar cuentos alrededor de la hoguera 4. Acertijos y enigmas, el cultivo de la inteligencia 5. Bosques, las raíces del agua 6. Humus, Patrimonio de la Humanidad 7. El árbol monumental, un patrimonio a descubrir 8. Biodiversidad y supervivencia 9. Eucalipto, árboles que aniquilan bosques 10. La ley de la selva, ¿competencia o cooperación? 11. Árboles y arbustos, conociendo a nuestros vecinos 12. Y tú… ¿quién eres? La hermandad de los bosques 13. Adentrarse en los bosques

3  SEGUNDA PARTE: Plantar y cultivar 1. Haciendo bosques 2. Plantar un árbol 3. Adoptar una planta 4. El cultivo de la diversidad 5. Ginkgo, el árbol del abuelo y el nieto 6. El árbol de la palabra 7. La morera del patio 8. La nuez y el nogal 9. Nemeton, el círculo de la fronda

4  Epílogo

5  Agradecimientos

6  Notas

7  Bibliografía

A MI MADRE, TERESA MINA, QUE NOS SACABA AL CAMPO SIEMPRE QUE PODÍA Y AÚN HOY SE DETIENE PARA HACERNOS CONTEMPLAR LOS HERMOSOS ÁRBOLES DE LAS AVENIDAS Y LOS JARDINES FLORIDOS.

Se aprenden muchas más cosas en los bosques que en los libros; los árboles y las rocas os enseñarán cosas que no aprenderéis en otro lugar.

Bernardo de Claraval

Cartas, 106, 2 (siglo XII)

Introducción

Llamamos a los niños. Les decimos que se despierten. Decimos a los niños que todos los animales están despiertos. Salen de las guaridas donde durmieron. El ciervo los conduce. Viene del sotobosque donde mora, guiando a sus pequeños hacia la Luz del día. Nuestros corazones están contentos.

Canto de los pawnee a la luz del día

Cansado de que hayamos dejado de acudir a las arboledas para jugar, filosofar y caminar, el bosque mismo ha decidido ir a rescatar a los cachorros humanos, que por algún oscuro maleficio pasan el día encerrados en sus madrigueras, hipnotizados por pantallas y redes adictivas. A través de estas páginas descubrirás que la vida vuelve a reclamar lo que es suyo, a colarse por todas las grietas y resquicios de nuestra civilizada urbe, invitándonos a regresar a la selva de la que un día partimos.

Bajo esta premisa inicial hemos dedicado este libro a los más jóvenes de todas las edades. Desde el principio hasta el final, casi en cada línea, hemos pensado en vosotros, los que queréis iniciaros en el mundo de la naturaleza o el bosque, solos o en compañía. En este sentido, hay proyectos que se dirigen a los niños y jóvenes a partir de los nueve años, cuando tienen autonomía y las capacidades necesarias para abordar, e incluso liderar, proyectos de cierta complejidad. Otras propuestas serán factibles si se asumen con la ayuda de padres, profesores o monitores.

Pero también, por supuesto, nos dirigimos a adultos inteligentes de cualquier edad y condición que pretenden adentrarse en el universo de Mama Natura y sus mundos infinitos o buscan alternativas a un sistema educativo demasiado alejado del mundo natural y, por tanto, de la vida real. En todo caso, nuestra labor se reducirá en estas páginas a inspirar y polinizar, a ofrecer ideas, pautas y herramientas para que la curiosidad, la sensibilidad y el conocimiento nos conviertan en aprendices, exploradores, buscadores, investigadores, creativos y activistas. Todo ello sin olvidar que, en realidad, seguiremos siendo aprendices hasta el fin de nuestros días.

En definitiva, intentaremos que cualquiera que desee adentrarse en las distintas dimensiones de la naturaleza pueda hacerlo sin excusas ni dilaciones, siguiendo una serie de indicaciones que señalan algunos de los múltiples senderos. A través de estas propuestas podrás convertirte no solo en protagonista, también en autor, hacedor de tu propio camino en una selva llena de prodigios, de conciencia y vitalidad. Podemos pasar de admirar el bosque a plantarlo; de ser lectores y espectadores a escribir y componer los propios versos, relatos, ensayos…, de seguir las rutas marcadas a encontrar nuestros propios senderos y lugares secretos.

Nos internamos así en la exploración del mundo que nos rodea desde algunas de las diferentes perspectivas y formas de entender y contemplar la naturaleza: la ciencia, el arte y la poesía, la mitología, la experiencia directa, personal e intransferible… Al margen de la edad que tenga, cualquier persona puede cultivar, investigar sobre el parque o el bosque cercano, identificar los árboles, las plantas y los animales del propio entorno, aprender los lenguajes y los íntimos secretos de cada uno de ellos y las formas peculiares que tienen de vivir y relacionarse… Puedes pensar que a tus diez o a tus ochenta años es demasiado pronto o demasiado tarde, pero todo momento es propicio para empezar. Para componer un poema, una canción, un bosque, un huerto o un jardín. Para reencontrar los antiguos y siempre nuevos caminos que te conducen tanto a la espesura del bosque como al fondo de ti mismo. En este libro encontrarás algunas pistas para que puedas comenzar aquí y ahora.


Cada cierto tiempo surgen nuevos sistemas pedagógicos que cuestionan los modelos hegemónicos; el debate es sano e imprescidible, pero, mientras vivamos y crezcamos al margen de la naturaleza, no se producirá la revolución más urgente y necesaria, la que ha de devolvernos a nuestro medio vital. El cultivo del factor humano precisa un contexto natural para asimilar de manera experiencial que somos parte inseparable de esta biosfera que nos sustenta. Es en este campo donde día a día, hora tras hora, se libra esa batalla crucial por el futuro de un planeta que todos queremos «salvar», pero al que apenas conocemos de manera directa y vivencial.

Compruebo con frecuencia que, en las charlas sobre árboles y bosques, una de las cosas que más atrae la atención de los niños es el carácter y la vida de las personas que traemos como referentes, ya sea por su experiencia o por su dedicación al estudio o la defensa de la naturaleza. Creo que, en realidad, sucede lo mismo con los adultos. Por eso es tan importante emprender una revisión crítica de nuestras figuras de referencia, para destacar la ejemplaridad de los trabajos cotidianos y humildes, de la constancia y la creatividad, del compromiso y la defensa de nuestro paisaje local y global. Se impone reiniciar en este aspecto una nueva mentalidad con modelos verdaderamente ejemplares, sobre todo, claro está, cuando hablamos de educación. Si lo pensamos por un momento, nos daremos cuenta de que los «héroes» más famosos de nuestra civilización destacan muchas veces por su carácter competitivo y ególatra. Sucede también que el reconocimiento social lo obtienen sobre todo los hombres, y la Historia continúa honrando a santos, reyes, guerreros y conquistadores que han alcanzado la gloria con dudosas artes, en ocasiones haciendo gala de una extraordinaria prepotencia, crueldad o falta de escrúpulos.

Los modelos que aquí proponemos no son los más reconocidos y laureados, pero van dejando tras de sí una huella indeleble e inolvidable. En África la activista Wangari Maathai lideró el llamado Movimiento Cinturón Verde, por el que las mujeres se hacían responsables de la reforestación de sus paisajes. En pocos años, millones de árboles vistieron las tierras cada vez más desnudas y desérticas, aportando vida y prosperidad.

Inspirado en esta idea, Felix Finkbeiner, un niño alemán de nueve años, inició en 2007 el movimiento escolar Plant-for-the-Planet, que pretende plantar árboles por todo el mundo para frenar el cambio climático y hacer de este planeta un lugar más saludable y sostenible. El primer árbol fue plantado en la misma escuela de Felix y en solo tres años ya se habían plantado un millón de árboles en Alemania. Bajo el lema «Habla menos y planta más», la organización, dirigida por niños de casi cien países, recaba ayudas de instituciones y grupos ambientalistas para conseguir las plantas y ayudas necesarias y trabaja también en la formación de los propios niños para estos fines.1 Todo un ejemplo de la capacidad de acción y liderazgo de los más jóvenes para iniciar otras formas de gestión responsables y remover las cómodas posturas de los mayores.

A los quince años, la niña sueca Greta Thunbergh inició un movimiento contra el cambio climático que tiene una gran repercusión entre niños, jóvenes y adultos de muchos países. En agosto de 2018 comenzó en solitario una «huelga escolar por el clima», que con el tiempo ha sido secundada por miles de personas que reclaman políticas que antepongan los intereses ecológicos y humanos a los puramente económicos.

En Norteamérica, Julia Butterfly comenzó, casi sin proponérselo, todo un movimiento de defensa del árbol y el bosque. Tenía siete años cuando una mariposa se le posó en la mano mientras iba con su familia de excursión, y allí se quedó durante toda la caminata. Desde entonces la apodaron «Butterfly» (‘Mariposa’) y con este nombre se la conoce en todo el mundo.

A los veintidós años, después de un grave accidente de coche que la obligó a una larga recuperación, emprendió una búsqueda que la llevaría a un compromiso con la Tierra y a la defensa de los bosques. Una gran compañía maderera estaba provocando un desastre ecológico al cortar los bosques milenarios de secuoyas. Laderas enteras de las montañas se derrumbaban al quedar desnudas de las raíces que las sostenían, causando enormes inundaciones y avalanchas de lodo.

El 10 de diciembre de 1997, con veintitrés años, Julia decidió subirse a Luna, una enorme secuoya de 55 metros de altura, para impedir la tala inminente de este árbol y todo el bosque circundante. Su idea era relevar a otros activistas que habían montado una cabaña en la copa y permanecer allí unas semanas hasta que vinieran a sustituirla. Pero el relevo no se produjo y, con el apoyo de otros activistas, Julia continuó viviendo y resistiendo el acoso continuo de los maderistas:

Aparecieron helicópteros que me echaban chorros de agua. Quemaron los bosques durante seis días, el humo destrozó mis ojos y mi garganta, y me llené de ampollas. Luego montaron guardias día y noche para que no me pudieran suministrar comida. Acabé amargada, chillando, dando golpes, al borde de la locura. […] Para consolarme pensaba en las familias de Stanford que a causa de la tala del bosque sufrieron las inundaciones y se quedaron sin casa…

Julia resistió también los embates de vientos huracanados, terribles a esa altura, y las pavorosas tormentas, pero al mismo tiempo relata los momentos de profunda paz y el diálogo continuado con la secuoya que le daba asilo. Tras más de dos años de lucha y gracias al apoyo de grupos ecologistas, medios de comunicación y personalidades del arte y la cultura, Julia Butterfly arrancó a la todopoderosa compañía maderera un compromiso de que respetaría a Luna y el bosque a su alrededor. El 18 de diciembre de 1999 volvió a pisar tierra y desde entonces ha continuado su defensa de la naturaleza y los árboles, creando el Círculo de la Vida y plasmando la crónica de esta experiencia en un libro maravilloso titulado El legado de Luna.2

Julia Butterfly plantea en sus conferencias una pregunta retórica a quien quiera escucharla: «¿Cuál es tu árbol?». Podríamos traducir su significado como: «¿Y tú qué defiendes?». Quizás al final lo que mejor define a un ser humano es esta elección.3

A lo largo de este libro encontrarás otros héroes más o menos famosos e historias que pueden servir de ejemplo e inspiración. Todos ellos son simples muestras que tan solo tratan de ayudar a que cada cual encuentre su propio árbol, su pasión, su historia y su forma de vida conectada a la naturaleza que nos sustenta.

No obstante, desde el principio el autor reconoce ya la gran contradicción que supone escribir un libro sobre árboles después de haber afirmado en la cita inicial que los árboles enseñan más que los libros. La contradicción se vuelve casi insoportable si tomamos además conciencia de los árboles que se han derribado para publicarlo. Me gustaría creer que los lectores comprenderán y disculparán, leyendo estas páginas, la paradoja, mientras que la aportación al conocimiento y aprecio por los árboles y el bosque justificará de algún modo esta incoherencia.

La distancia entre naturaleza y cultura parece aumentar día a día. El desarrollo material y tecnológico son las únicas metas, el fin y el medio de una civilización que ha perdido sus raíces y camina hacia un futuro incierto e insostenible. En este contexto nos ha parecido necesario y urgente plantear estas propuestas de un retorno a la cordura, al amor hacia las plantas, los árboles y los bosques que nos sustentan y, en definitiva, a la propia felicidad mediante el respeto y el acuerdo con el entorno en el que vivimos.

En un mundo sobresaturado de historias, los seres humanos tenemos dificultades para ser dueños de la propia historia. Niños y adultos estamos expuestos a un medio delirante y hostil que hemos llegado a considerar normal: películas y videojuegos con contenidos de extrema violencia, actitudes y procesos competitivos que apenas dejan espacio a otras alternativas, un constante bombardeo de la publicidad que nos incita a consumir, una desconexión patológica con la tierra y el mundo natural, un entorno demasiado agresivo y contaminado… Nuestro universo tecnológico es una realidad paralela que ocupa un territorio cada vez más amplio de nuestro espacio vital; apenas nos queda un tiempo y lugar para vivir. Frente a este uso obsesivo de las pantallas y las redes sociales, la propuesta de regreso a la red de la vida resulta imprescindible para las personas más jóvenes y vulnerables, pero también para todas aquellas que pasan demasiadas horas conectadas a estas tecnologías adictivas. En este sentido, proponemos espacios de desconexión de teléfonos, ordenadores, televisiones y todo tipo de dispositivos electrónicos para poder conectar de nuevo con la familia, los amigos y vecinos… y, por supuesto, con el magma vital de nuestra biosfera, con los seres vivos que nos rodean y pueden aportarnos una gran dosis de realismo frente a los mundos cada vez más vacíos y virtuales en los que tendemos a sumergirnos.

Ciertamente hacemos propuestas que muchas veces terminan estrellándose con las realidades de cada momento y lugar. En ocasiones es preciso esperar a que el momento sea propicio para plantear un determinado proyecto: un grupo de maestros o profesores afines, una directiva, un AMPA o un gobierno del ayuntamiento proclives a estos cambios ayudarán sin duda a realizarlos. Pero en todo caso planteamos una serie de alternativas para poder llevar a cabo una serie de actuaciones mínimas, aunque sea en solitario, cuando es preciso trabajar en las situaciones más adversas. Creemos que los activismos que aquí planteamos como sistema de aprendizaje y de vida pueden resultar sugerentes y contagiosos en muchos sentidos, y por ello animamos al niño y al joven, al padre y la madre y al profesional de la educación, maestro o profesor, a iniciar el proceso de «vuelta al bosque» incluso en las condiciones más difíciles de falta de medios, apoyos o interés de los compañeros. Situaciones estas que por desgracia son muy comunes.

Sin embargo, no está de más recordar que a veces se produce el milagro y se presentan las condiciones idóneas para que surja una iniciativa realmente duradera y transformadora. La utopía realizada de Reggio Emilia propició un acuerdo entre los políticos, educadores y familias para crear un espacio educativo que, partiendo del arte, ha sabido generar todo un movimiento de gran alcance, capaz de facilitar el desarrollo de sensibilidades y aprendizajes creativos. Una de las claves más importantes fue la capacidad de los pioneros de dialogar e integrar a todas las partes. Por otro lado, no es casual que aquí hayamos comenzado por la poesía como elemento transformador de la conciencia, del mismo modo que podríamos haber incluido otros temas vitales, otras diferentes disciplinas artísticas que pueden servir para abordar el acercamiento a la naturaleza. De cualquier forma, tan solo un cambio profundo de mentalidad facilitará la transformación que precisa el ser humano para abandonar su rol de conquistador y consumidor inconsciente y compulsivo y para recobrar un poco de paz y el tiempo necesario para encontrar su propio lugar.

Desde estas páginas te proponemos que, de forma individual o colectiva, ya seas alumno o profesor, inicies este camino sin final que aquí bosquejamos. Prepárate a partir. Una vez que cruces el lindero jamás podrás retornar, entenderás que al fin has vuelto a tu hogar. Te harás jardinero y custodio, guardián y aliado.

Tras los primeros pasos en el mundo verde y sobre la hojarasca, comenzamos a sentir inevitablemente la necesidad espontánea y natural de conversar con ese entorno, de defenderlo y conservarlo, de emprender su restauración tanto en lo externo como en nuestro propio interior, en todo lo que representa la cultura del árbol y el bosque.

Primera parte Temas y proyectos vitales


Pueblo mío, en la ciudad oigo estas voces. Me llegan no solo por la lluvia o los pequeños crujidos de la capa de cemento. Se expresan también en las grietas de los pilares de cemento que tienen la forma de los árboles en invierno, y por los arcoíris en los charcos de aceite de la calle.

Jefe Gayle High Pine

A partir de aquí presentamos una serie de temas y proyectos o talleres diversos. A la investigación y el aprendizaje que conllevan estas propuestas, sumamos la vivencia, la acción directa y el compromiso. En una línea de trabajo y estudio en la que los aspectos más lúdicos y didácticos pueden integrarse con las actividades que nos permiten llevar a cabo una gestión e incluso una política de transformación del entorno, conservación del patrimonio y defensa de la naturaleza. Muchos de estos proyectos vitales pueden realizarse en solitario o con un grupo de compañeros; otros implican la coordinación y colaboración de diferentes entidades: de la escuela, instituto o universidad, asociaciones, instituciones… y, en este caso, tendremos el valor añadido de la cooperación necesaria.

1 Tinta verde,
el bosque de la poesía

La tinta verde crea jardines, selvas, prados, follajes donde cantan las letras, palabras que son árboles, frases que son verdes constelaciones.

Octavio Paz

(México, 1914-1998)

Fionn y el salmón del conocimiento

La leyenda irlandesa de Fionn comienza con el nacimiento del niño Demné, cuyo padre había muerto en una batalla. La madre, temiendo que los enemigos de su marido tomaran represalias contra su pequeño hijo, lo ocultó en el bosque de Sliabh Bloom, bajo la protección de dos druidesas que se encargarían de criarlo y educarlo en secreto. Y para que nadie pudiera reconocerlo, lo llamaron Fionn. El pequeño se convirtió enseguida en un hábil cazador, apuesto e inteligente. Incluso se cuenta que fue capaz de ganar siete partidas seguidas de ajedrez al mismísimo rey de Carbridge. Pero cuando este descubrió su identidad, le aconsejó que continuara escondido, pues ni él mismo podía protegerlo. El pequeño fugitivo estaba condenado por su desgraciado origen a un exilio perpetuo y, cuando cumplió los siete años, su madre decidió completar su educación llevándolo a aprender poesía a la casa del druida Finnéces, que vivía a orillas del río Boyne.

«Felices tiempos en que los jefes y los reyes del mundo pensaban todavía en aprender poesía», comentó el erudito Jean Markale al estudiar este pasaje de la epopeya.

Pues bien, el viejo Finnéces llevaba viviendo siete años junto a una poza de este río. Tanto al amanecer como al atardecer acechaba a un extraordinario salmón que vivía en aquellas aguas profundas y cristalinas. Según una antigua profecía, el primero que comiera su carne obtendría el conocimiento de todo lo que se puede saber y la inspiración poética. Se decía que estos salmones prodigiosos se alimentaban de los frutos de los nueve avellanos de la sabiduría y adquirían así sus maravillosas virtudes. Y ocurrió que, justo el día en que el pequeño Demné llegó a la casa de Finnéces, el anciano druida pescó por fin el salmón y, mientras iba a buscar un poco de leña, dejó a su aprendiz dando vueltas al pescado en el asador para que se cocinara a fuego lento. Antes de marchar le advirtió con severidad que no se le ocurriera probar ni siquiera una pizca del pescado. Pero el muchacho, en un momento de descuido, se quemó el pulgar e instintivamente se llevó el dedo a la boca para aliviar el dolor. En ese mismo instante adquirió los dones de la poesía y la sabiduría, y cuando Finnéces regresó con su atado de leña a la espalda, vio que los ojos de su pupilo resplandecían de pura inteligencia y le preguntó muy enfadado:


—¿Acaso te has atrevido a probarlo?

—No —contestó el muchacho azorado—, pero me quemé el pulgar y me lo he chupado sin querer.

—Ahora comprendo —repuso el druida—, sin duda este salmón te estaba destinado.

El pequeño comió entonces, por orden de su maestro, el resto del pescado y así fue como adquirió el conocimiento, aprendió el arte de la poesía y, con el tiempo, llegó a convertirse en una leyenda que traspasaría las fronteras de Irlanda. Pero esa es ya otra historia que dejaremos para cualquier ocasión en la que nos decidamos a relatar las leyendas de Fionn y sus Fianna, los legendarios guerreros nómadas que recorrían la verde isla defendiéndola con pasión y valentía de toda opresión e injusticia. Por el momento, nos contentaremos con transcribir algunos versos del poema que compuso Fionn, poco antes de abandonar la escuela de Finnéces, para mostrar el alcance de su arte poético:

Primero de mayo, es espléndido el color de los campos. El mirlo canta su estrofa completa, al filo del alba. Clama el cuco dando la bienvenida al verano. La amargura del mal tiempo pertenece ya al pasado. Las flores cubren el mundo y las abejas recogen su cosecha dorada. El arpa del bosque tañe su música…

Decía el poeta Robert Graves que esta metáfora del arpa del bosque equivale a la imagen clásica de la Musa cuchicheando al oído del poeta. Se trata de la inspiración por el sonido del viento en la copa de los árboles del soto, pues ante todo las Musas son espíritus o deidades de los árboles y el bosque. De esta manera, Fionn nos revela la fuente de su conocimiento, en una tradición en la que la naturaleza era al mismo tiempo el templo y la diosa, el aula y la maestra. La poesía era el lenguaje de la sabiduría, que nos permite conocer y sentir más allá de la razón. De ahí también el relato de la inspiración que obtuvo el dios Odín junto al árbol Yggdrasil, según cuentan los viejos libros de las Eddas:

Empecé así a germinar y a ser sabio y a crecer y a sentirme bien; una palabra dio otra, la palabra me llevaba, un acto llevó a otro, el acto me llevaba…

En el mismo sentido, Ryonen Gensô, la famosa poetisa japonesa, escribió poco antes de morir en 1711 lo que parece ser su testamento poético:

Sesenta y seis veces han contemplado estos ojos la belleza del otoño… La luz de la luna brilla sobre mi rostro. No preguntes más. Tan solo escucha con atención el rumor del viento que sopla en los pinos.

El árbol y el bosque han inspirado algunas de las páginas más relevantes de la literatura universal. En estas páginas hemos querido hacer un homenaje a algunos de los árboles y los poetas que mejor han sabido cantarlos; sin ir más lejos, los versos de Octavio Paz están poblados por bosques y jardines, e incluso los humanos, por el sortilegio de la poesía, podemos convertirnos en árboles: «Árbol de sangre, el hombre siente, piensa, florece / y da frutos insólitos: palabras…», dirá en uno de sus más hermosos poemas.

Todo el mundo puede ser poeta, nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde, tengamos nueve o noventa y nueve años. De hecho, todos llevamos un poeta dentro que, en el momento menos pensado, germina. Y quizás un buen día la poesía se convierta incluso en un motor de nuestra existencia. Cuando empezamos a escribir nuestros primeros versos, comprendemos que entramos en un espacio libre, sin pruebas ni exámenes, sin otras condiciones que las que queramos aceptar. Cuando preguntaron a Nicanor Parra en una entrevista cuál era la diferencia entre la prosa y la poesía, contestó lo siguiente: «Ninguna, el prosista escribe de lado y el poeta hacia abajo».

Es por ello quizá por lo que hemos decidido comenzar por la poesía como primer territorio para abordar este acercamiento a los bosques. La poesía se estudia en los libros de literatura, pero ante todo se compone y se lee, se declama y cultiva, y, como se irá viendo, en todas las culturas el bosque y el árbol son los grandes inspiradores, la residencia de divinidades y Musas cuya compañía el poeta busca por encima de cualquier otra. Seguramente nos falta comprender la importancia de la ética y la estética como contrapunto a los excesos de la ambición humana, de los afanes de consumo, conquista y supremacía. La literatura y los árboles pueden transformar el mundo de manera discreta, profunda y duradera.

El reino perdido

En el país de los árboles, el Roble es la leyenda, que danza y trenza la madreselva. En el país de los árboles, el Roble era un rey magnánimo y sabio. En el país de los árboles cuenta la yedra a quien escucha: Por un sortilegio el idioma del bosque cayó en el olvido y del rey caído el hombre hizo leña.

Nuestra propuesta es que busques tu inspiración poética en el bosque o en un lugar apartado, que entres en silencio, que silencies el móvil y todo aquello que pueda distraerte y perturbar la paz del lugar. Deja que los árboles te empapen con su luz y sus sombras…, a partir de ahí es cosa tuya encontrar el modo en que las palabras empiecen a brotar dentro de ti. Si nunca lo has hecho antes, hoy es el momento propicio para empezar a poemar. El siguiente paso puede ser compartir, leer en público tus propios versos o los de otros poetas. Descubrirás el goce supremo de los rapsodas y también la gran dificultad de recitar bien un poema. Es preciso contagiarse, entrar en el ritmo y el sentimiento y expresarlo con la fluidez y el tempo adecuados.

Como muestra hemos recogido aquí para tu disfrute un cesto de los preciosos frutos de algunos de los poetas más frondosos de nuestros bosques:

El álamo de Karlsplatz

Un álamo se yergue en Karlsplatz en medio de las ruinas de Berlín. La gente que pasa por la plaza contempla su verde follaje.

En el invierno del cuarenta y seis hacía frío y la leña escaseaba. Muchos árboles fueron talados, este fue su último año de vida.

Pero el álamo de Karlsplatz sigue mostrando su verde follaje. Gracias a los vecinos de la plaza que supieron conservarlo.

Bertolt Brecht

(Alemania, 1898-1956)

Puede ser sin título (fragmento)

Ocurre que estoy sentada bajo un árbol, a la orilla del río, en una mañana soleada. Es un suceso banal que no pasará a la historia. No son batallas ni pactos cuyas causas se investigan, ni ningún tiranicidio digno de ser recordado.

Y sin embargo estoy sentada junto al río, es un hecho. Y puesto que estoy aquí, tengo que haber venido de algún lado y antes haber estado en muchos otros sitios, exactamente igual que los descubridores antes de subir a cubierta.

El instante más fugaz también tiene su pasado, su viernes antes del sábado, su mayo antes de junio. Y son tan reales sus horizontes como los de los prismáticos de los estrategas.

El árbol es un álamo que hace mucho echó raíces. El río es el Raba, que fluye desde hace siglos. No fue ayer cuando el sendero se formó entre los arbustos. El viento, para disipar las nubes, antes tuvo que traerlas. […] Por alguna causa yo estoy aquí y miro. Sobre mi cabeza una mariposa blanca aletea en el aire con unas alas que son solamente suyas, y una sombra sobrevuela mis manos, no otra, no la de cualquiera, sino su propia sombra.

Ante una visión así, siempre me abandona la certeza de que lo importante es más importante que lo insignificante.

Wisława Szymborska

(Polonia, 1923-2012)

Un árbol (fragmento)

Un árbol sobre mis huesos. Nada más. No. Nada más. Silencio… […] Si me muero —que me muero— no me llevéis, no, al cementerio con los muertos. ¿Sabéis? Odio las manos cansadas de los sepultureros. Que me entierren cuatro niños cantando un romance viejo. Sí, en aquel cerro, ¿lo veis tras de mi ventana? Todos mis sueños, pájaros en vuelo sobre los pinos futuros y ciertos de tus bosques del mañana, mi Almería. Si mi muerte te da un árbol, muero. ¡Qué dulce la muerte mía sobre tus desnudos cerros!

Celia Viñas

(Lérida, 1915-1954)

Los árboles

Hablan poco los árboles, se sabe. Pasan la vida entera meditando y moviendo sus ramas. Basta mirarlos en otoño cuando se juntan en los parques: solo conversan los más viejos, los que reparten las nubes y los pájaros, pero su voz se pierde entre las hojas y muy poco nos llega, casi nada.

Es difícil llenar un breve libro con pensamiento de árboles. Todo en ellos es vago, fragmentario. Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito de un tordo negro, ya en camino a casa, grito final de quien no aguarda otro verano, comprendí que en su voz hablaba un árbol, uno de tantos, pero no sé qué hacer con ese grito, no sé cómo anotarlo.

Eugenio Montejo

(Venezuela, 1938-2008)

Cuando la puerta recuerda

Cuando la puerta recuerda cuando la mesa recuerda cuando la silla el armario el aparador la ventana recuerdan. Cuando recuerdan intensamente sus raíces sus savias sus hojas sus ramas todo lo que en ellos habitaba los nidos y las canciones las ardillas y los monos la nieve y el viento ― un escalofrío recorre la casa que vuelve a ser bosque entonces sólo oigo el manantial que fluye y un fuego arde en torno a mí para calentar mi noche helada de viajero perdido.

Hamid Tibouchi

(Argelia/Francia, 1951)

Y… como la ignorancia es muy atrevida, me atrevo a terminar con un pequeño poemario en forma de calendario, un ramillete de versos de cosecha propia:

ENERO

Por los campos desolados vienen y van cavilando. Hábito verde, botones morados. ¿Vienen o van los enebros bajo la luna de enero?

FEBRERO

El Loro es un laurel discreto. Como el guardián de un tesoro, oculta el hondo secreto, de la juventud eterna y de la pasión perpetua.

MARZO

Cabellos de verde y plata… que peina el agua… El Sauce, distraído… se mira en el río…

PRIMAVERA

Perdida en la niebla, la asamblea de los tejos discurre lenta e imperturbable como el curso de las constelaciones. ¡El día del acuerdo se acerca!

ABRIL

El Roble es el Señor del Bosque. Corcel del Viento, manjar del Fuego. Madre y nodriza del Agua. Para la Tierra sostén y sustento.

MAYO

Letanía del Fresno en el mes de mayo: que el buen viento te acompañe, que los senderos te traigan a mí, que la paz anide en tus ramas. Que nunca te olvides de ser feliz.

JUNIO

Canta el Cerezo la canción de junio por boca del mirlo. El árbol entiende todos los lenguajes del universo.

VERANO

Junto al camino, quieto y callado, un Pino, mira a la gente pasar.

JULIO

Rebaños de alcornoques recién esquilados, pacen los campos. Duele a la vista su herida abierta y en carne viva.

AGOSTO

Bajo el sol de agosto, la Tierra, vieja y presumida, abre una verde sombrilla. En la copa de la Encina, una cigarra se ha empecinado.

SEPTIEMBRE

Por las riberas del Arlanzón bajan los chopos en procesión. ―Ven con nosotros ―parecen decir―, ¡volarás alto si echas raíz!

OTOÑO

Llega otoño y cada año devuelve al suelo el Castaño lo que el suelo le prestó.

OCTUBRE

Risas, cuchicheos. Bandadas de niños reparten el botín de octubre. La nuez más sabrosa crece en el Nogal ajeno.

NOVIEMBRE

Por el Abedul, blanco y ligero, quisiera la Tierra tocar el Cielo. Con la nieve de noviembre, duerme, vela y sueña el abedular. Entonces el Cielo quisiera arraigar.

DICIEMBRE

La Olma nos trajo a su sombra, durante un verano eterno. Y cuando llegue el invierno, vendremos a tomar el sol, al amparo de la Olma.

INVIERNO

Cae el invierno pardo y frío. El espíritu del bosque, aterido, viene a refugiarse al Acebo, de verde y rojo vestido. Brillante, despierto y vivo.

2 Tradición oral,
al rescate del tesoro perdido

Mi amiga Ana María Moradiellos vive en Sotres, el pueblo más alto de Asturias, entre las montañas de los Picos de Europa. En invierno nieva tanto que es muy frecuente que queden incomunicados durante días. Antaño, cuando nevaba más y no había máquinas quitanieves, podían quedar aislados durante semanas en las que apenas salían de casa para atender al ganado o ir a la leñera a por unos tacos de madera para calentarse. Los días, y más aún las noches, podían hacerse interminables y Ana María me contaba que los niños y la gente del pueblo iban a la fragua de su abuelo Francisco para estar calientes y entretenidos. Allí se explicaban toda clase de cuentos e historias y lo mismo sucedía en las casas del pueblo antes de que llegara la televisión. Esta es una entre las mil y una leyendas de aquellos tiempos de cuento que aún se recuerdan con añoranza:

La leyenda del cuervo blanco

Contaban los más viejos del pueblo que hubo un rey de los cuervos que reinaba sobre todos los cuervos de aquellas montañas. Era un cuervo blanco, más grande e inteligente que los demás. Se creía que este cuervo maravilloso podía hablar con las personas, pero nadie en Sotres presumió de haberlo visto nunca, porque tan solo se presentaba, si acaso, a algún niño o pastor inocente que, de forma misteriosa, se olvidaba enseguida de lo que había visto.

Pues bien, hace mucho, muchísimo tiempo, había una familia de reyes poderosísimos y muy queridos por todos. Tenían un enorme poder, grandes riquezas y territorios inmensos. La corona iba pasando de padres a hijos durante generaciones y parecía que aquel linaje duraría eternamente, hasta que un día un sabio ermitaño les advirtió de que no debían matar jamás al cuervo blanco, ni siquiera tocarlo, porque este sería el fin de su estirpe. Aquella familia lucía con orgullo en su escudo el emblema de un cuervo con las alas abiertas y con una mitad pintada de blanco y la otra de negro, pero, sin que nadie reparara en ello, con el tiempo la parte negra iba avanzando en el dibujo, apoderándose poco a poco de la mitad de blanco.

Cuando la dinastía estaba a punto de cumplir un milenio, el hijo del rey, un mozo de dieciocho años que estaba aburrido y harto de cazar toda clase de animales (osos, lobos, venados…), se internó un día en el bosque persiguiendo una fiera y fue adentrándose más y más hasta que, de pronto, vio un ave maravillosa posada en un zarzal. Aquel pájaro era el cuervo blanco y, sin dudarlo un momento, el príncipe lo mató, llevándolo al palacio, donde lo mostró con orgullo a su padre como un raro trofeo. Al verlo, el rey le dijo desolado:

—Con este animal se termina todo lo que hemos sido.


Murió el muchacho aún antes que el padre y este murió a su vez de viejo, justo cuando se cumplían los mil años de la dinastía. Se cuenta que, en el último siglo de aquella familia, entre nietos y biznietos, el abuelo de aquel rey había llegado a tener cien descendientes y parecía del todo imposible que se extinguiera el linaje. Y, sin embargo, sucedió tal como se les había predicho y el último día de aquella era todos los escudos familiares llevaban como insignia un cuervo totalmente negro.

En los últimos años, Ana María Moradiellos, con su memoria prodigiosa, me ha contado, además del anterior, muchos otros cuentos e historias: de los modos de vida antiguos, de los lugares y de los árboles y los animales, que casi siempre tienen aquí nombres sonoros y sugerentes, diferentes de los de los pueblos vecinos. Toda esta memoria única y peculiar de cada pueblo y comarca se ha ido perdiendo en muchos lugares por simple olvido y falta de interés de las nuevas generaciones.

Somos muchos los que pensamos que precisamente en esta memoria radica una parte esencial de nuestra historia y tradición, por lo que recogemos y atesoramos las canciones y los refranes, los relatos y las costumbres, y otros rasgos de la cultura popular que se estudian en esa ciencia o disciplina llamada etnología o etnografía. Esta labor puede hacerla todo el mundo, empezando por recabar información en la propia familia o entre los vecinos.

Nuestra propuesta consiste en que individual, o mejor colectivamente, salgas a la búsqueda del tesoro de nuestra tradición. Basta una libreta para apuntar, o si lo prefieres, una grabadora de audio o de vídeo. Lo más importante es encontrar a esos sabios, casi siempre ancianos, que todavía recuerdan y nos pueden relatar las antiguas leyendas y tradiciones. Pero también los romances y poemas tradicionales, los refranes y dichos, las canciones y los cuentos de la zona… Todo ello puede recogerse en el contexto de un trabajo apasionante que consiste en recuperar la memoria de nuestra propia cultura y comarca. En especial en los pueblos, encontrarás algunos informantes que son auténticas enciclopedias del saber popular. En las ciudades, el conocimiento tradicional se ha diluido y olvidado en mayor medida, por lo que es preciso buscarlo entre los familiares o vecinos que han mantenido ese contacto con el campo y conservan valiosos recuerdos.

La recogida de datos e imágenes es de gran interés para el presente, pero aún más para un futuro en el que las generaciones que vendrán pueden encontrarse sin la memoria esencial de lo que fuimos. La memoria del propio paisaje, de nuestros viejos árboles, de las fuentes, de los topónimos (los nombres de cada lugar), de los antiguos senderos… puede también atesorarse antes de que se desvanezca en el olvido.

El siguiente paso puede ser la conservación y la transmisión de este legado. Conviene recoger y recopilar de manera ordenada las informaciones, y podemos también compartirlas y publicarlas en revistas escolares o publicaciones de todo tipo. Pero interesa también que la tradición oral continúe transmitiéndose oralmente y se mantenga el arte de contar, que puede convertirse en todo un oficio.

3 El arte de contar cuentos
alrededor de la hoguera


Cuenta la antigua leyenda que, en una aldea cercana al mar, vivía un herrero al que le gustaba contar historias y, cada vez que regresaba al pueblo después de una larga jornada haciendo carbón en los bosques, todos los niños le rodeaban pidiéndole que les contara lo que había visto ese día. Comenzaba entonces su maravilloso relato, poblado por toda suerte de misterios, sucesos y seres mágicos:

—Hoy estaba bajando hacia los acantilados, justo cuando empezaba a amanecer. Me he asomado a la mar para ver de dónde soplaban los vientos, y, de pronto, las he visto. Sobre una roca llena de algas verdes había siete sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine dorado… He estado un buen rato mirándolas embelesado, hasta que me he encaminado hacia el robledal. Se oía allí una música maravillosa y, de pronto, los he visto: un corro de faunos que cantaban y bailaban alrededor de Silvano… Me hubiera quedado toda la mañana, pero he continuado caminando hasta que…

Y así un día tras otro contaba prodigiosas aventuras para deleite de los niños y los que ya no eran tan niños. Pero un buen día, mientras bajaba hacia el acantilado, de pronto vio, sobre una roca llena de algas verdes, a siete sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro… Continuó asombrado su camino y al llegar al robledal comenzó a escuchar una música maravillosa y, de pronto, los vio: había un corro de faunos que cantaban y danzaban alrededor de Silvano…

Aquella tarde volvió a la aldea más pensativo que de costumbre, como embobado, y los niños comenzaron a rodearle pidiéndole que les contara lo que había visto ese día. Los miró despacio con sus grandes ojos negros y, agachando la cabeza, dijo muy bajito:

—Hoy no he visto nada…

Se volvió caminando despacio hacia su casa y desde aquel día dejó de contar cuentos.

Para reforzar la teatralidad, en la Hora del Cuento de las bibliotecas públicas de Nueva York se enciende una vela al comenzar el relato. En un contexto de campamentos y naturaleza, la hoguera nos retrotrae al tiempo y el pensamiento tribal que se han nutrido con la sabiduría de leyendas ancestrales en el círculo del fuego. Por supuesto, en los tiempos que corren y sobre todo en verano, esto de hacer hogueras puede ser muy peligroso, pero si encuentras el momento propicio y un lugar en el que sea adecuado y no esté prohibido, la hoguera y la noche te proporcionarán el escenario perfecto.

También en el aula o en otros espacios interiores hay un sortilegio infalible para atrapar la atención del público en un instante. Se trata de la yérgola, una especie de vela que se hacía enrollando simplemente la corteza exterior del abedul. Basta con buscar un abedul caído, la corteza se conserva mucho tiempo. Cortamos un pequeño trozo, como un folio, y lo enrollamos y dejamos secar con un cordel para mantener la forma de vela. Prende con una llama clara, dejando un aroma intenso y muy agradable y una sensación hipnótica que capta en un instante la atención de todos los presentes. Un recipiente metálico nos servirá para dejarlo cuando lo apagamos y tan solo falta asegurarnos, si lo hacemos en un espacio interior, de que no hay un sistema de detección de humos que pueda aguarnos la fiesta.

En definitiva, lo primero que hace el contador es crear la atmósfera, ese preludio en el que se aviva la expectación y hasta el nerviosismo, la sensación de que algo maravilloso va a suceder. El relato es una evocación de ese mundo mágico que está a punto de manifestarse. En el corro para la asamblea o el cuento recreamos el círculo en el que todos vemos y escuchamos y la atención se centra del mejor modo posible.


Nuestra propuesta: aquí hemos escogido, entre la inmensa biblioteca de la tradición oral de todos los pueblos, unos cuentos que pueden ser aprendidos y contados y también representados en el aula o en el campamento. Tú mismo puedes hacer tu propia búsqueda y selección de cuentos y leyendas y quizás un día te conviertas en un auténtico cuentista.

Basajaun y el secreto de la hoja de castaño

Cuentan las leyendas vascas que en las antiguas selvas que poblaban inmensos territorios, desde las montañas hasta la misma orilla del mar, vivieron unos extraños personajes de apariencia humana pero con rasgos animales y atributos casi divinos. Eran los Basajaun, los Señores del Bosque; poseían una fuerza formidable y un cuerpo enteramente cubierto de pelo. Eran ágiles como ciervos y protegían a los árboles y la naturaleza e incluso, se dice, ayudaban de vez en cuando a los humanos que anduvieran en apuros, si bien no toleraban de ningún modo en sus dominios a los leñadores y a los cazadores. Desde el principio de los tiempos, los Basajaun guardaron con celo los secretos de la agricultura y la molinería, del trabajo del hierro y los oficios que habrían de facilitar la llegada de la civilización. Los humanos no tenían estos conocimientos y vivían, por tanto, de un modo casi salvaje hasta que un hombre, Martintxiki, fue robándoles uno a uno, por medio de ardides y engaños, aquellos secretos a los Basajaun.

Se cuenta que el Basajaun fabricaba la sierra, pero Martintxiki no sabía hacerla porque no tenía el modelo. Ideó entonces una treta. Mandó a su criado a anunciar por todas partes a voz en grito que por fin había construido una sierra. Al oír esto el Basajaun, muy disgustado, le preguntó:

—¿Es que tu amo ha visto la hoja del castaño?

—No la ha visto, pero la verá —contestó el criado.

El criado contó después a Martintxiki lo sucedido y este, mirando los bordes en forma de sierra de la hoja del castaño, no tardó en comprender cómo se hacía. Fabricó así la sierra en su forja y muy contento se fue a casa a dormir.


Aquella misma noche, Basajaun bajó al taller de Martintxiki para comprobar si realmente el humano poseía al fin aquella herramienta tan peligrosa para los árboles y, cuando la vio, empezó a torcer los dientes de la sierra a mordiscos, uno a un lado y otro al otro, esperando inutilizarla. Pero sin saberlo, acababa de inventar el triscado de la sierra, que permite a esta herramienta cortar sin quedar trabada en la ranura y de este modo regaló también a la humanidad el truco del afilado. Así se propagó por el mundo el secreto de la fabricación de la sierra y desde aquel día ni siquiera los Basajaun han podido detener la aniquilación de su hogar, el bosque.

Se cuenta también que los Basajaun cultivaban la tierra, mientras que los humanos carecían de las semillas y los conocimientos precisos. Un día, Martintxiki se calzó unas botas muy altas y se acercó al lugar en el que los Basajaun guardaban sus montones de trigo. Eran más altos que el propio Martintxiki y estaban siempre bien custodiados, pero el hombrecillo se las arregló para entablar conversación con uno de aquellos gigantes peludos y apostó que sería capaz de saltar por encima de uno de aquellos montones. El Basajaun, divertido por el atrevimiento del humano, superó de un brinco el más alto de los montones sin apenas esfuerzo. Martintxiki dio un salto, pero cayó en mitad del montón para regocijo de su oponente. Pero ya había conseguido lo que pretendía, dentro de sus botas se habían metido unos buenos puñados de grano con los que habría de dar comienzo la agricultura.

Quedaba un problema por resolver. Nadie sabía en qué época sembrar. Entonces, Martintxiki comenzó a espiar a los Basajaun, hasta que un buen día escuchó a uno que canturreaba:

—Al nacer la hoja se siembra el maíz, al caer la hoja se siembra el trigo, por san Lorenzo, se siembra el nabo.

A partir de aquel día, la agricultura y la civilización se extendieron por todo el mundo.

Todas estas historias eran relatadas por nuestros bisabuelos, muchos de los cuales creían a pies juntillas en la existencia de estos genios peludos. José María Satrústegui recogió algunos testimonios en Valcarlos y Ondarrola, como el de un anciano que le dijo:

—No me importa decirlo, estoy convencido de que existían, ahora se han alejado, no sé por qué.

La memoria de Fintan

Cuentan los antiguos códices irlandeses que hubo un tiempo en que Irlanda estaba dividida en cuatro provincias y había un rey supremo que gobernaba toda la hermosa y verde isla desde su mismo centro, el ombligo de Tara. Un día la tribu de los Ui Nelly acudió a la corte pidiendo que se restablecieran sus territorios; alegaban que en los últimos tiempos el dominio real de Tara se había extendido a su costa.

Gobernaba a la sazón el rey Diarmat y, después de escuchar las quejas de los Ui Nelly con atención, no quiso pronunciarse sin escuchar antes el consejo de otros más ancianos y sabios. Convocó así a Fiachra, el viejo patriarca, el cual, después de escuchar las quejas de los Ui Nelly con atención, no quiso pronunciarse sin escuchar antes el consejo de otros más sabios y ancianos. Llamó a Cennfaelad, por aquella época arzobispo de Irlanda, el cual, después de escuchar las quejas de los Ui Nelly con atención, no quiso pronunciarse sin escuchar antes el consejo de otros más sabios y ancianos. Reclamó así la presencia de los cinco decanos de Irlanda, que, reunidos en grave consejo, evitaron a su vez pronunciarse sin escuchar antes el consejo del druida Fintan.

Se decía que el anciano Fintan era el único superviviente del diluvio universal, y acudió a la llamada del rey rodeado por un enorme cortejo. Eran todas las generaciones de sus descendientes, que ocuparon sus lugares en aquella magna asamblea a la que asistían todos los habitantes de Irlanda. El rey se puso en pie y le dio la bienvenida pidiéndole que tomara el asiento del juez. Sin embargo, viéndolo tan anciano, rogó al venerable druida que demostrara de algún modo que conservaba intactas su memoria y sabiduría. Se hizo un silencio tan clamoroso que hasta los pájaros y el viento parecieron detenerse a escuchar, y la voz profunda de Fintan comenzó a relatar su propia historia:

—Un día, caminaba por un bosque al oeste del Munster y recogí una baya roja de tejo que sembré en el jardín de mi casa. Allí germinó y creció hasta que se hizo tan alto como yo. Entonces lo trasplanté al prado cercano y creció tanto que cien guerreros podían refugiarse bajo su copa del viento y de la lluvia, del frío y del calor. Vivimos juntos durante incontables años, hasta que un día el árbol, de puro viejo, murió. Lo corté y con su madera hice: siete toneles, siete barricas, siete barriles, siete barreños, siete herradas, siete jarros y siete tazas. Usé mucho, mucho tiempo aquellos recipientes de tejo, hasta que, de puro viejos se deshicieron. Cuando quise rehacerlos solo pude construir una barrica de los toneles, un barril de las barricas, un barreño de los barriles, una herrada de los barreños, un jarro de las herradas, una taza de los jarros, y un dedal de las tazas. Pero ha pasado tanto tiempo que hoy no debe de quedar de todos ellos más que el polvo y ¡quién sabe dónde habrá ido a parar!

A continuación, Fintan resolvió el litigio contando cómo se habían establecido en una remota época las fronteras del reino, hasta dónde llegaban y cómo debían administrarse. Pero esa es ya otra historia que seguramente contaremos algún día en alguna otra hoguera.

El origen del fuego

Una leyenda de los indios nutka de Vancouver cuenta que, al principio del mundo, solo poseían el fuego los lobos, por lo que los demás animales decidieron que harían todo lo posible por conseguirlo. Tras varios intentos fallidos, Picoverde, jefe de todos los pájaros, le dijo al ciervo: «Vete a bailar a la casa del lobo. Nosotros te acompañaremos con nuestros cantos. Ata cortezas de cedro a tu cola y cuando te acerques al fuego la corteza se encenderá». El ciervo lo hizo así, pero cuando la corteza prendió, los lobos lo atraparon y le quitaron el fuego antes de que pudiera escapar. Picoverde envió entonces al pájaro Kwotiath y le dijo: «Toda la tribu te acompañará con sus cantos y tú cogerás el fuego». Todos los animales y todos los pájaros fueron a la casa de los lobos conducidos por Picoverde y Kwotiath. Antes de entrar en la casa cantaron una canción y otra cuando hubieron entrado. Entonces empezaron a bailar en círculo mientras los lobos, acostados cerca del fuego, les miraban. Algunos pájaros danzaron y volaron hasta las vigas, pero los lobos no les hicieron caso, atentos como estaban a la danza que se desarrollaba junto al fuego. Al fin, los pájaros que estaban sobre las vigas saltaron sobre el arco de hacer fuego que estaba allí colgado, lo cogieron y siguieron danzando mientras se lo daban disimuladamente a Picoverde y a Kwotiath. Todos continuaron la danza hasta que Picoverde y Kwotiath se escabulleron y volvieron a casa sanos y salvos. Kwotiath hizo funcionar el instrumento de hacer fuego y con el frotamiento saltaron chispas. Cuando los danzantes de la casa de los lobos supieron que Kwotiath había regresado, lanzaron un grito tremendo y huyeron. Se dice que de este modo los lobos perdieron el fuego para siempre.

Ragnarok, el Fin de los Tiempos

Las leyendas de los países nórdicos que Snorri recogió en la famosa saga de las Eddas hablan de un tiempo en el que los dioses paseaban sobre la Tierra y todos los seres se entendían entre sí. Había entonces un dios, Baldur, querido y admirado por todos por su sabiduría, su hermosura y su bondad. Pero un mal día, Freya, la madre de Baldur, se dirigió a sus iguales, los Ases, para hablarles de unos terribles sueños que presagiaban la muerte de su hijo. Reunido el consejo de los Ases en una grave asamblea en el Asgard, decidieron proteger a Baldur contra todo daño y encargaron a su madre que tomara juramento a todas las cosas y criaturas del mundo de que respetarían para siempre al dios. El fuego, el agua y el hierro, los metales y las piedras, los animales y los árboles, las enfermedades y los venenos dieron uno a uno su palabra. Pero el maligno Loki se acercó a Freya y le preguntó con disimulo si realmente había tomado juramento a todas las criaturas. La diosa confesó que tan solo una pequeña rama no había prestado juramento.

—Era tan joven y tierna que me pareció innecesario —confesó la diosa.

Se trataba del muérdago que crece sobre los árboles, sin tocar nunca el suelo, y Loki buscó un ramo tan grande como para hacer una lanza. Así que un día en que los Ases se divertían lanzando sus armas al invulnerable Baldur, Loki se acercó a Höðr, el dios ciego, y le ayudó a lanzar el venablo, que atravesó a Baldur matándolo al instante. La desolación y el llanto se apoderaron entonces del Asgard, el reino de los Ases, y Freya preguntó quién sería tan valiente como para bajar a los infiernos y rogar a Hel que permitiera regresar a su amado hijo. Hermód, el vigoroso hermano del difunto, se ofreció al instante y emprendió el camino a lomos de Sleipnir, el corcel de Odín, que con sus ocho patas vuela raudo como el viento. Hermód cabalgó durante nueve noches, descendiendo siempre hacia el norte, por valles tan profundos y oscuros que no podía verse nada. Al fin llegó a un puente cubierto de oro y Módgud, la doncella que vigilaba el paso, le dijo que el día anterior habían cruzado cinco huestes de difuntos.

—Pero —añadió— el puente no cruje bajo tus pies y no tienes aspecto de estar muerto. ¿Por qué cabalgas por los caminos de los infiernos?

Hermód le reveló entonces su misión y la guardiana, apiadada, le dejó pasar, de modo que el jinete continuó galopando por las tinieblas hasta llegar a las puertas del infierno. Allí suplicó a Hel que permitiera el regreso de su hermano, explicándole que había un gran duelo entre los Ases y todos los seres que habitan la tierra. La diosa Hel decretó entonces que, si verdaderamente Baldur era tan amado, le permitiría volver.

—Si todas las cosas, vivas y muertas, lo lloran, Baldur regresará con los Ases, pero permanecerá para siempre conmigo mientras haya una sola criatura que se niegue a derramar siquiera una lágrima.

Cuando Hermód volvió, los Ases se alegraron mucho ante esta nueva esperanza y enviaron inmediatamente sus heraldos en todas las direcciones para que imploraran lágrimas por Baldur. Todos se afligían por el dios bienamado: hombres y animales, tierra y piedras, árboles y metales…, desde aquel día aún puede verse cómo lloran cuando después de las heladas llega el calor.

Ya los mensajeros regresaban creyendo haber cumplido su misión, cuando encontraron en una cueva a una giganta llamada Thöck. Al pedirle las lágrimas por Baldur, ella contestó airada:

—Thöck llorará lágrimas secas por la pira de Baldur: ni vivo ni muerto me sirvió el hijo del hombre, que guarde Hel lo que es suyo.

Más tarde, los Ases descubrieron que el malvado Loki, instigador de la muerte de Baldur, había adoptado la forma de la giganta. Recibiría por ello su castigo, pero el mal ya se había hecho y el infierno quedó sellado hasta el Ragnarok, el fin de los días que vaticina la Vidente.


Muérdago con frutos.

4 Acertijos y enigmas,
el cultivo de la inteligencia
La Leyenda de Taliesin

Cuenta una leyenda irlandesa que, cuando el rey Maelgwyn apresó injustamente a su sobrino Elphin, un niño llamado Taliesin acudió a liberarlo. Por su prodigioso origen, Taliesin poseía las facultades de un poderoso bardo y profundos conocimientos de magia y poesía. Se presentó en el palacio del rey, que estaba rodeado por los veinticuatro bardos aduladores de la corte, y les retó a que resolvieran este enigma:

—Adivinad qué es esto —les dijo—: la poderosa criatura anterior al Diluvio que no tiene carne ni huesos, venas ni sangre, cabeza ni patas… En el campo y en el bosque… Sin mano, sin pie. Es tan extensa como la superficie de la tierra, y no nació ni fue vista…

Todos quedaron perplejos ante aquel atrevido chiquillo. Nadie supo contestar, ni siquiera Heinin, el jefe de los veinticuatro bardos. La respuesta, «el viento», la reveló el propio Taliesin con un violento vendaval que abrió puertas y ventanas y penetró en la estancia sobrecogiendo a todos. De este modo, el rey, temeroso del poder de aquel niño, liberó a Elphin. La sabiduría de Taliesin aparece en otros relatos, en los que confiesa el origen de su ciencia:

Yo soy Taliesin líder de los bardos de Occidente, conozco todas las ramas de los árboles.4

En las antiguas tradiciones, especialmente antes de que la escritura se utilizara de forma generalizada, el aprendizaje y la composición de enigmas, acertijos y poemas no solo constituían un procedimiento mnemotécnico, servían, además, para cultivar el ingenio y transmitir la sabiduría, y, asimismo, para mostrar un modo de pensar muchas veces más relacionado con la intuición que con el intelecto. La escuela del bosque se presta así al descubrimiento de enigmas y adivinanzas que la propia naturaleza nos plantea como si nos incitara a entrar en su gran juego.

Nuestra propuesta: te invitamos a que compongas y propongas tus propios acertijos basados en el universo de la naturaleza, del árbol y del bosque. No es necesario que la respuesta sea fácil o evidente, pero siempre habrá de tener un atisbo de ingenio que excite nuestra curiosidad o plantee formas de pensamiento alternativas.

En las tradiciones populares hay muchas adivinanzas que pueden servirnos de modelo: «Entra al zarzal sin arañarse», dice un antiguo acertijo vasco. La respuesta es «el sol», aunque podrían servir otras, como el mismo viento de Taliesin. También podemos utilizar imágenes de hojas, siluetas de aves, huellas, etc., e incluso imprimirlas en forma de naipes, como veremos enseguida, para usarlas como herramienta de aprendizaje y juego de identificación de los habitantes del bosque.

Aquí te proponemos algunos ejemplos de enigmas que puedes utilizar para empezar:

¡Ay de mí, tuve cola y la perdí!

(El sapo y la rana)


¿Hacia dónde mira el aprendiz de druida

cuando planta un árbol?

(Hacia el futuro)


¿Qué cáscaras casca el zorzal

en su yunque de piedra?

(Cáscaras de caracol)


¿Cuándo el árbol inmóvil se mueve y viaja,

camina o alza el vuelo?

(En su fase de semilla)


¿Dónde arraiga el retoño del aliso?

(En el cauce del río)


¿Cuál es el ser alado

más ligero del bosque?

(La semilla del abedul)


De tres en tres

enebro un millar de agujas.

De tres en tres las semillas,

en un fruto de tres años.

Dulce, ácido y amargo.

Verde, azulado y negro.

(El enebro)


Son muchos y es uno solo.

Cuanta más luz absorbe, más sombra dará.

Cuanto mejor lo conozcas, más te asombrará.

(El bosque)


¿Cuál es el pájaro del aire

que en el aire caza, bebe y duerme,

y que cuando cae al suelo

no puede emprender el vuelo?

(El vencejo)


En el vientre de un mirlo negro

yo he sido engendrado.

Yo soy patriarca y monarca del bosque.

Siempre verde, casi eterno.

Nazco en un lecho de piedra y al morir dejo

un legado de pura luz y profunda tierra.

(El tejo)


Mirando al norte,

¿hacia dónde gira y avanza el planeta?

¿Este u oeste?

¿Izquierda o derecha?

(Hacia tu derecha, hacia el Este)


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215 str. 60 ilustracji
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9788491182191
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Bookwire
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