Czytaj książkę: «Las sombras del poder»
Título original: The impossible dead
© John Rebus Limited, 2018.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO337
ISBN: 9788491871521
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
UNO
1
2
3
4
DOS
5
6
7
TRES
8
9
10
CUATRO
11
12
13
14
CINCO
15
16
17
18
19
SEIS
20
21
22
SIETE
23
24
25
OCHO
26
27
NUEVE
28
29
30
DIEZ
31
32
33
ONCE
34
35
DOCE
36
37
38
39
40
TRECE
41
42
43
CATORCE
44
RAIAN
RAIAN
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NOTAS
EN MEMORIA DE DAVID THOMPSON
UNO
1
—No está aquí —dijo el sargento de recepción.
—¿Y dónde está?
—De servicio.
Fox miró fijamente al hombre, consciente de que no serviría de nada. El sargento era uno de esos veteranos que creían estar de vuelta de todo y se enfrentaban a lo que fuera. Fox buscó el siguiente nombre en la lista.
—¿Haldane?
—Está de baja.
—¿Michaelson?
—También ha salido con el inspector Scholes.
Tony Kaye se encontraba justo detrás de Fox, a su izquierda. Poco antes, Fox ya sabía lo que iba a decir su compañero.
—Esto es una tomadura de pelo.
Fox se volvió hacia Kaye. Ahora la noticia correría como la pólvora por toda la comisaría: misión cumplida. Asuntos Internos había llegado a la ciudad, sin haber encontrado a nadie en casa, dando muestras de irritación. El sargento del mostrador apoyó el peso en el otro pie, tratando de no parecer demasiado satisfecho ante el giro inesperado de los acontecimientos.
Fox se tomó unos instantes para estudiar el entorno. Los avisos colgados en las paredes no revelaban nada extraordinario. Aquella era una comisaría moderna, lo cual significaba que lo mismo podía ser la recepción de la consulta de un cirujano que una oficina de la Seguridad Social, siempre que se hiciera caso omiso del cartel que advertía que el nivel de alerta había pasado de bajo a moderado. Nada que ver con Fox y sus hombres: habían llegado informes de una explosión ocurrida en los bosques de Lockerbie. Seguramente fuera obra de unos críos; además, había sucedido lejos de Kirkcaldy. No obstante, todas las comisarías del país debían de haber recibido la notificación.
Junto al botón del mostrador, un cartel escrito a mano rezaba pulse si desea ser atendido, cosa que Fox había hecho tres o cuatro minutos antes. Detrás colgaba un falso espejo a través del cual el sargento seguramente observaba a los recién llegados: el inspector Malcolm Fox, el sargento Tony Kaye y el agente Joe Naysmith. La comisaría esperaba su visita. De hecho, se habían programado entrevistas con el inspector Scholes y los sargentos Haldane y Michaelson.
—¿De veras cree que es la primera vez que nos la juegan? —le preguntó Kaye al sargento—. Quizá sea usted el primero al que entrevistemos.
Fox le echó un vistazo a la segunda hoja que llevaba en la carpeta.
—¿Y su jefa, la comisaria Pitkethly?
—Todavía no ha llegado.
Kaye consultó su reloj de forma exagerada.
—Está reunida en la central —explicó el sargento.
Joe Naysmith, que se encontraba a la derecha de Fox, parecía más interesado en los panfletos que había sobre la mesa. A Fox le gustó: denotaba tranquilidad y confianza, la seguridad de que esos agentes serían interrogados, de que las maniobras de evasión no eran nada nuevo para Asuntos Internos.
«Asuntos Internos»: el término estaba desfasado, aunque Fox y su equipo no podían evitar utilizarlo; al menos, entre ellos. Ese había sido el título oficial hasta hacía muy poco. Ahora se suponía que conformaban el Departamento de Ética Profesional. Al año siguiente volvería a cambiar de nuevo: se había barajado el nombre de Normativa y Valores, pero no había gustado. Eran Asuntos Internos sin más, los policías que investigaban a otros policías. Por eso los demás policías nunca se alegraban de verlos.
Y rara vez cooperaban de buen grado.
—¿Por central se refiere a Glenrothes? —le preguntó Fox al sargento de recepción.
—Exacto.
—¿Cuánto se tarda en coche? ¿Veinte minutos?
—Si no se pierden...
En ese momento empezó a sonar el teléfono que había tras el sargento.
—Siempre pueden esperar —dijo mientras se volvía para alzar el auricular, darle la espalda a Fox y responder en voz baja.
Joe Naysmith sostenía un panfleto sobre seguridad nacional. Se repantingó en una de las sillas que había junto a la ventana y se dispuso a leer. Fox y Kaye se miraron.
—Y tú ¿qué opinas? —preguntó Kaye al fin—. Ahí fuera hay una ciudad entera esperando a que la exploren...
Kirkcaldy era una población costera de Fife. Kaye los había llevado en coche. Se hallaba a cuarenta minutos de Edimburgo, circulando casi siempre por el carril rápido. Mientras cruzaban el puente de Forth, habían comentado la larga hilera de tráfico que se divisaba al otro lado de la autovía, con destino a la capital, al comienzo de otra jornada de trabajo.
—Vienen aquí a robarnos el trabajo —bromeó Kaye, haciendo sonar el claxon y agitando la mano. Naysmith parecía conocer la región.
—Kirkcaldy era famosa por el linóleo. Y por Adam Smith.
—¿Con quién jugaba? —preguntó Kaye.
—Era economista.
—¿Y Gordon Brown? —añadió Fox.
—También es de Kirkcaldy —confirmó Naysmith, asintiendo despacio.
En ese momento, en la recepción de la comisaría, Fox sopesaba sus opciones: o bien se sentaban a esperar, lo cual los pondría nerviosos, o bien llamaba a su jefe en Edimburgo para formular una queja. Luego, su jefe llamaría a la central de Fife y ya se vería qué ocurriría. Era el equivalente del mocoso que va corriendo a contarle a papá que su hermano mayor ha perpetrado una travesura.
O...
Fox miró de nuevo a Kaye. Este sonrió y golpeó el panfleto de Naysmith con el reverso de la mano.
—Ponte el salacot, joven Joe —dijo—. Nos vamos a la selva.
Aparcaron el coche en el paseo marítimo y contemplaron Edimburgo, que se erigía al otro lado del estuario de Forth.
—Parece que allí hace sol —protestó Kaye mientras se abotonaba el abrigo—. Ojalá te hubieras puesto algo que abrigara más que esa chaqueta de lanilla ¿eh?
Joe Naysmith ya estaba inmunizado contra los comentarios sobre su última compra de diseño, pero se levantó el cuello de la chaqueta. Soplaba un fuerte viento del mar del Norte. El agua estaba revuelta y los charcos que salpicaban el paseo dejaban a las claras que la marea solía rebasar el rompeolas. A las gaviotas parecía costarles mantener el vuelo. Había algo extraño en el trazado de aquel paseo marítimo: prácticamente no se había utilizado. Los edificios parecían darle la espalda al paisaje y mirar hacia el interior de la ciudad. Fox lo había visto en otros lugares de Escocia: desde Fort William hasta Dundee, los urbanistas parecían negar la existencia del litoral. Nunca lo había entendido, aunque dudaba que Kaye y Naysmith pudieran serle de ayuda.
Joe Naysmith propuso pasear por la playa, pero Tony Kaye se encaminaba ya hacia los senderos que subían la colina, en dirección a las tiendas y los bares de Kirkcaldy. Visto lo visto, Naysmith se dispuso a buscar ochenta y cinco peniques sueltos para abonar el aparcamiento. La angosta calle principal estaba en obras. Kaye cambió de acera y continuó el ascenso.
—¿Qué hace? —protestó Naysmith.
—Tony tiene olfato —explicó Fox—. Cuando busca un bar, no se conforma con cualquier antigualla.
Kaye se detuvo frente a una puerta, se cercioró de que podían verlo y entró. El Pancake Place era luminoso y amplio y no estaba demasiado concurrido. Ocuparon una mesa en un rincón e intentaron parecer clientes habituales. Fox se preguntaba si era cierto que los policías de todo el mundo solían actuar así. Le gustaban las mesas esquineras, desde donde podía atisbar cuanto ocurría o estaba a punto de suceder. Naysmith aún no había aprendido esa lección y parecía satisfecho con sentarse de espaldas a la puerta. Fox se había apretujado junto a Kaye, escudriñando la sala; solo se encontró a varias mujeres absortas en sus conversaciones y que hacían caso omiso de los tres recién llegados. Estudiaron la carta en silencio, pidieron y esperaron unos minutos a que la camarera regresara con la bandeja.
—El bollito tiene buena pinta —dijo Naysmith, mientras cogía el cuchillo y se disponía a disfrutar de un alimento bajo en grasas, según anunciaba la etiqueta.
Fox había llevado la carpeta consigo.
—No quiero que os pongáis demasiado cómodos —dijo, y vació el contenido sobre la mesa—. Mientras se enfría el té, podéis refrescaros la memoria.
—¿Merece la pena correr ese riesgo? —preguntó Tony Kaye.
—¿Qué riesgo?
—Una mancha de mantequilla en la portada. No quedará muy profesional cuando hagamos las entrevistas.
—Hoy me siento con arrestos —repuso Fox—. Me la jugaré...
Tras un suspiro de Kaye, los tres empezaron a leer.
Paul Carter era el motivo por el que habían viajado a Fife. Carter ostentaba el cargo de agente y había sido policía durante quince años. Tenía treinta y ocho y pertenecía a una familia de policías: su padre y su tío habían servido en el Cuerpo de Fife. El tío, Alan Carter, había presentado la demanda original contra su sobrino. En ella lo acusaba de adicción a las drogas, de solicitar favores sexuales y de amiguismo. Después, dos mujeres salieron a la palestra y aseguraron que Paul Carter las había detenido por conducta etílica, pero que se ofreció a retirar los cargos si se mostraban «complacientes».
—Pero ¿de verdad alguien dice «complacientes»? —farfulló Kaye mientras leía hacia la mitad de una página.
—Los tribunales y los periódicos —respondió Naysmith, apartando las migas de su copia con las notas del caso.
Malcolm Fox tenía algunos de esos artículos de prensa delante de él. Había fotos que mostraban a Paul Carter abandonando los juzgados al final de una jornada de declaraciones. Llevaba un corte de pelo de tazón y la cara picada de acné, mientras le lanzaba una mirada asesina al fotógrafo.
Habían transcurrido cuatro días desde que se dictara la sentencia de culpabilidad y el juez había comentado que los colegas del agente Carter parecían «deliberadamente estúpidos o deliberadamente cómplices», lo cual significaba que sabían desde hacía años que Carter era un mal policía, pero lo habían protegido, habían mentido por él, y tal vez incluso habían tratado de falsificar declaraciones de testigos y de presionarlos para que no hablaran.
Todo ello había empujado a Asuntos Internos a la ciudad. El Cuerpo de Policía de Fife necesitaba saber y, para garantizar a la ciudadanía (y, lo que es más importante, a los medios de comunicación) que la investigación iba a ser rigurosa, le había pedido a un equipo vecino que dirigiera las pesquisas. A Fox se le había entregado una copia con las Consideraciones sobre el proceso de suspensión de Fife, además de un informe por escrito del jefe de Policía en el que resumía por qué los tres agentes investigados seguían en activo, lo cual, aseguraba, era «lo mejor para el Cuerpo».
Fox bebió un sorbo de té y leyó por encima otra página de notas. Casi todas las frases habían sido subrayadas o resaltadas. Los márgenes estaban llenos de preguntas, inquietudes y signos de interrogación garabateados por él mismo. Se lo había aprendido casi de memoria y podría haberse levantado para recitárselo a los clientes del bar. Puede que incluso estuviesen cuchicheando sobre el tema. En una ciudad de esas dimensiones debía de haber tomas de postura y hasta opiniones inconmovibles. Carter era un canalla, un sinvergüenza y un depredador. O acaso lo habían engañado un yonqui de baja estofa y un par de novias baratas. ¿Qué mal había causado con sus actos? Y en especial, ¿qué había hecho exactamente?
Poca cosa, salvo desprestigiar al Cuerpo de Policía de Fife.
—Me recuerda un poco a Colin Balfour —intervino Tony Kaye—. ¿Os acordáis?
Fox asintió. Era un policía de Edimburgo a quien le gustaba visitar las celdas cuando alguna mujer pasaba la noche allí. La acusación mostraba sus reservas, pero una investigación interna precipitó su expulsión del Cuerpo.
—Es curioso que acabara hablando su tío —comentó Naysmith, reconduciendo la conversación al caso que los ocupaba.
—Pero después de jubilarse —añadió Fox.
—Aun así... Debió de sembrar cizaña en la familia.
—Puede que tengamos una historia —dijo Kaye—. Ahí hay mala sangre.
—Tal vez —coincidió Naysmith.
Kaye dio un manotazo sobre el montón de papeles que tenía frente a él.
—¿Adónde nos lleva todo esto? ¿Cuántos días vamos a andar de un lado para otro?
—Los que haga falta. Quizá solo una semana o dos.
Kaye lanzó una mirada desdeñosa.
—¿Solo para que el Cuerpo de Policía de Fife pueda decir que tiene una manzana podrida y no una fábrica de sidra entera?
—¿La sidra sale de las fábricas? —preguntó Naysmith.
—¿Y dónde crees que la hacen si no?
Fox no se molestó en intervenir. Estaba elucubrando de nuevo sobre el protagonista, Paul Carter. No tenía sentido intentar interrogarlo, aunque estuviera disponible. Había sido hallado culpable y arrestado, pero aún no le habían impuesto una condena. El juez de distrito estaba «deliberando». Fox opinaba que Carter iría a la cárcel un par de años y que tal vez lo incluyesen en el Registro de Delitos Sexuales. Sin lugar a dudas, estaría proponiendo una apelación a sus abogados.
Sí, hablaría con su equipo legal, pero no con Asuntos Internos. No conseguiría nada delatando a sus compañeros de comisaría, a quienes lo habían defendido. Fox no podía ofrecerle ningún tipo de acuerdo. A lo sumo, podían aspirar a que se le escapara algo. Si es que llegaba a hablar.
Cosa que no iba a hacer.
Fox dudaba que nadie fuese a abrir la boca. O, más bien, hablarían, pero no dirían nada que mereciera la pena. Los habían avisado con mucha antelación de que llegaba ese día. Scholes. Haldane. Michaelson. El juez los había señalado por sus testimonios contradictorios o confusos, por enturbiar las aguas, por sus lapsus de memoria. El comisario Laird, su superior inmediato en el Departamento de Investigación Criminal (DIC), había eludido las críticas, al igual que una agente llamada Forrester.
—Con quien tendríamos que hablar es con Forrester —dijo Kaye de repente, aparcando su discusión con Naysmith.
—¿Por qué?
—Porque su nombre de pila es Cheryl. Mis años de experiencia me dicen que eso la convierte en mujer.
—¿Y?
—Y si un compañero suyo fuera un moscón, seguramente habría tenido un pálpito, habría estado rodeada de tíos cuando empezaron a correr rumores... Tiene que saber algo. —Kaye se puso en pie—. ¿Otra ronda?
—Déjame comprobarlo primero. —Fox sacó el teléfono y buscó el número de la comisaría—. A lo mejor Scholes ha vuelto ya de hacer pipí.
Fox marcó el número y esperó, mientras Kaye le tocaba la nuca a Naysmith y le ofrecía sus servicios como peluquero.
—¿Sí?
Era una voz de mujer.
—Con el inspector Scholes, por favor.
—¿De parte de quién?
Fox miró a su alrededor.
—Llamo del Pancake Place. Ha estado aquí y pensamos que se ha dejado algo olvidado.
—Espere, le paso con él.
—Gracias.
Fox colgó el teléfono y se dispuso a recoger todos los documentos.
—Bien hecho —observó Tony Kaye. Después le dijo a Naysmith—: Ponte la chaqueta de lanilla, Joe, y arranca el martillo neumático.
2
El inspector Ray Scholes se tocó el cabello, corto y negro. Estaba sentado en la única sala de interrogatorios de la comisaría. Fox había dejado en sus manos la elección del lugar, siempre y cuando tuviera una mesa y cuatro sillas.
—Y un enchufe —añadió Joe Naysmith.
El enchufe era para el adaptador. Naysmith había montado la videocámara y acababa de terminar con la grabadora de audio. Había dos micrófonos. Uno de ellos apuntaba a Scholes y el otro estaba centrado, entre Fox y Tony Kaye. Este tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido. Ya le había dicho a Scholes cuánto le gustaba su pequeña argucia.
—Yo no calificaría de «argucia» un caso oficial de la policía —replicó Scholes—. Por otro lado, esto podría considerarse prácticamente una pérdida de tiempo.
—¿Solo «prácticamente»? —respondió Malcolm Fox, que estaba ocupado con la documentación.
—Todo listo —anunció Naysmith.
—¿Podemos empezar? —le preguntó Fox a Scholes.
Este asentía cuando le sonó el teléfono. Respondió identificándose como «Ray Scholes, enemigo público número uno». Por lo visto, al otro lado de la línea estaba su novia, quien le pedía que comprara algo para cenar. Pero sabía lo de Asuntos Internos.
—Sí, están aquí —contestó Scholes arrastrando las palabras, con la mirada clavada en Fox.
El aludido se pasó un dedo por delante de la garganta para indicarle que colgara, pero Scholes no tenía prisa. Cuando por fin terminó la llamada, Fox preguntó si podía apagar el teléfono. Scholes meneó la cabeza.
—Nunca se sabe cuándo va a ocurrir algo importante.
—¿Cuánto tardará en sonar de nuevo? —preguntó Fox—. ¿Será ella todo el tiempo o ha repartido la tarea entre sus amigos? —Se dirigió a Tony Kaye—: ¿Cada cuánto suelen hacerlo? ¿Cada cinco o diez minutos?
—Diez —repuso Kaye con rotundidad.
Fox volvió a centrarse en Ray Scholes.
—Dudo que pueda hacer algo que no se haya intentado cien veces. Así que ¿por qué no apaga el teléfono?
Scholes logró esbozar una sonrisa e hizo lo que le pedían. Fox se lo agradeció con un cabeceo a modo de asentimiento.
—En su opinión, ¿era Carter un buen policía? —preguntó Fox.
—Lo sigue siendo.
—Ambos sabemos que no va a volver.
—¿Por qué odian tanto a los policías?
Fox miró al hombre que se sentaba al otro lado de la mesa. Scholes rondaba los treinta y cinco años, pero parecía más joven. Tenía el rostro pecoso y los ojos de color azul celeste. Una extraña imagen centelleó en la memoria de Fox: una gran bolsa de canicas que tenía de pequeño. Su favorita era una de color azul pálido, cuyas imperfecciones solo eran visibles al escrutarla, girándola lentamente entre los dedos...
—Es una pregunta original... —le contestó Tony Kaye a Scholes—. Dudo que nos la planteen más de varias docenas de veces al mes.
—No entiendo por qué quieren castigar a todos los que han trabajado con Paul.
—A todos, no —especificó Fox—. Solo a los que ha mencionado el juez.
Scholes resopló.
—¿A eso lo llama juez? Pregúntele a cualquier miembro del Cuerpo. Colin Cardonald es quien debe llevarse la puñalada. En diversos casos ha hecho todo lo posible por poner trabas al acusado...
—Siempre hay alguno de esos —reconoció Kaye.
—¿Hubo algún problema entre el juez Cardonald y el agente Carter? —preguntó Fox.
—Alguno.
—¿Y entre el juez y usted? —Fox esperó sin obtener respuesta—. ¿Me está diciendo que el juez Cardonald escogió algunos nombres por rencor?
—Sin comentarios.
—Hace casi un año se presentó una denuncia contra Paul Carter, ¿no es cierto? Incluso su tío dijo que Carter había reconocido que se aprovechó de una mujer. Se abrió una investigación.
Fox buscó de manera ostentosa la página en cuestión que contenían sus notas.
—No pudieron probar nada —aseveró Scholes.
—Al principio, no. Solo cuando Teresa Collins decidió que ya había tenido bastante... —Fox hizo una pausa—. ¿Conocía usted al tío de Carter?
—Era policía.
—Eso es un sí, entonces. ¿Por qué cree que dijo lo que dijo?
Scholes se encogió de hombros.
—¿Otra rencilla? ¿Y las tres mujeres: la denunciante original y las dos que salieron a declarar más tarde? ¿También lo hicieron por rencor? Muchos rencores me parecen contra su amigo, el «poli bueno» Paul Carter.
Fox se inclinó hacia delante, fingiendo interés en algunas páginas concretas. Los recortes de prensa estaban sobre la mesa, a la vista de todos. Kaye y Naysmith sabían que a veces el silencio resultaba útil y que cuando Fox volvió a recostarse en la silla no lo hizo porque se hubiera quedado sin preguntas. Naysmith comprobó el equipo; Kaye estudió su reloj de pulsera.
—¿Hemos terminado con los entrantes? —preguntó Scholes al final—. ¿Vamos a por los platos principales?
—¿Los platos principales?
—Cuando intentan arrastrarme con Paul. Cuando se inventan que mentí en el juicio, que traté de coaccionar a los testigos...
—Teresa Collins asegura que estaba usted en el coche con Carter cuando se le acercó y le dijo que iría a su casa ese mismo día para mantener relaciones sexuales.
—Eso no es cierto.
—Cuando presentó la denuncia, usted la telefoneó e intentó que la retirara.
—No.
—Su teléfono móvil aparecía en el de ella. Fecha, hora y duración de la llamada.
—Como ya dije en el juicio, fue una equivocación. ¿Cuánto duró la llamada?
—Dieciocho segundos.
—Exacto. En cuanto me di cuenta, colgué.
—¿Por qué tenía su número?
—Estaba anotado en un trozo de papel que había sobre una mesa de la oficina.
—¿Le entró la curiosidad y por eso llamó al número misterioso?
—Eso es.
Tony Kaye meneaba la cabeza lentamente; se mostraba incrédulo.
—Así que niega haberle dicho... —Fox consultó de nuevo sus notas— que «retirara la puta denuncia»?
—Sí.
—¿Salía con Carter cuando no estaban de servicio?
—Alguna cerveza de vez en cuando.
—Y algún club... Excursiones a Edimburgo y Glasgow en sus días libres...
—No es ningún secreto.
—Exacto. Trascendió todo en el juicio.
Scholes resopló.
—Unos polis se hacen amigos y, como les gusta tomarse una copa de vez en cuando, ya salen en portada.
—Carter era agente; usted, inspector.
—¿Y?
—Que nunca había conseguido un ascenso. Tenía el rango más bajo del Departamento de Investigación Criminal y llevaba tanto tiempo en el Cuerpo como usted.
—No todo el mundo quiere un ascenso.
—No todo el mundo se lo merece —espetó Fox—. En el caso de Paul Carter, ¿qué ocurrió?
Scholes se disponía a responder cuando se abrió la puerta de la sala de interrogatorios y apareció una mujer uniformada.
—Siento interrumpir —dijo, aunque no parecía sentirlo en absoluto—. Pensé que estaría bien saludar.
La agente vio que Naysmith apagaba las grabadoras. Se dirigió a la mesa y se presentó como la comisaria Isabel Pitkethly. Fox se levantó como a desgana y le tendió la mano.
—Inspector Malcolm Fox —dijo.
—¿Todo en orden? —Pitkethly miró en derredor—. ¿Disponen de todo lo que necesitan?
—Estamos bien.
Medía casi treinta centímetros menos que Fox, pero tenían más o menos la misma edad, poco más de cuarenta años. Llevaba una media melena castaña y sus ojos azules centelleaban detrás de las gafas. Lucía una blusa azul reglamentaria con charreteras en los hombros y una falda oscura que le llegaba justo por encima de las rodillas.
—¿Ray se está comportando?
Pitkethly soltó una carcajada nerviosa y Fox se percató de que las últimas semanas habían hecho mella. Probablemente se sentía como el capitán de un barco hermético y ahora la estructura se había visto dañada desde dentro.
—Acabamos de empezar —informó Tony Kaye sin molestarse en disimular su enojo.
—Es curioso. Pensaba que íbamos a comer queso con galletas —repuso Scholes.
—Inspector Scholes, debe asistir usted a otra reunión dentro de cinco minutos —dijo Pitkethly—. La fiscalía tiene que preparar un caso...
Scholes se puso en pie a toda prisa.
—Caballeros, ha sido un placer.
—¿Cuándo volverá a honrarnos con su presencia? —preguntó Fox a Pitkethly.
—Probablemente a media tarde.
—A menos que el fiscal tenga otros planes.
Scholes había vuelto a encender el teléfono y estaba leyendo los mensajes.
—¿Un par de llamadas perdidas?
Scholes miró a Fox y sonrió.
—¿Cómo lo ha adivinado?
Pitkethly parecía preguntarse lo mismo.
—¿Podemos hablar un momento en mi despacho, inspector?
—Iba a proponérselo ahora mismo —contestó Fox.
Un minuto después, Kaye y Naysmith se encontraban solos en la sala de interrogatorios.
—¿Lo recojo todo? —preguntó Naysmith, con la mano apoyada en el trípode.
—Será lo mejor. Vete a saber si Scholes y su equipo no piensan entrar con el propósito de pasear la polla por todas partes...
—Siéntese —indicó Pitkethly desde el otro lado de la mesa.
Fox permaneció de pie. La mesa estaba vacía. Había otra situada en ángulo recto, sobre la cual descansaban un ordenador y una bandeja atestada. La ventana daba al aparcamiento. No había cachivaches sobre el alféizar, ni tampoco fotografías de seres queridos. Las paredes estaban desnudas, salvo por un cartel de prohibido fumar y un almanaque.
—¿Lleva mucho tiempo aquí? —preguntó Fox.
—Unos meses.
—¿Y antes?
Fox notó que estaba molesta: por alguna razón era él quien formulaba las preguntas. Pero la educación exigía una respuesta.
—Glenrothes.
—¿Jefatura?
—¿No iría más rápido consultando mi expediente?
Fox alzó las manos a modo de disculpa y, cuando Pitkethly le indicó que se sentara, decidió no negarse por segunda vez.
—Lamento no haber estado aquí esta mañana —comenzó—. Esperaba poder mantener esta conversación con usted antes de que empezara su trabajo.
Parecía un discurso preparado... porque lo era. Con toda probabilidad, Pitkethly tenía amigos en la Jefatura de Glenrothes y había ido allí a pedir consejo para lidiar con Asuntos Internos. Fox podría haberle escrito el guion él mismo. En la mayoría de los casos, algún mandamás lo había invitado a su despacho para soltarle la misma historia.
La plantilla es muy buena.
Tenemos trabajo que hacer.
A nadie le interesa que los agentes sean apartados del servicio.
Por supuesto, nadie quiere tapaderas.
Pero daba igual...
—De modo que si pudieran trasladarme cualquier asunto a mí primero...
Pitkethly se había ruborizado. Fox imaginó lo mucho que debió de alegrarse cuando le ofrecieron estar al mando de una comisaría. Y ahora, eso.
Le habían explicado lo que debía decir, pero no había tenido tiempo de ensayar. Empezó a bajar el tono de voz y se aclaró la garganta, lo cual estuvo a punto de provocarle un ataque de tos. A Fox le gustaba todavía más por su aparente torpeza. Se dio cuenta de que tal vez no había echado mano de influencias, aunque la hubieran citado en Glenrothes.
«Esto es lo que debe transmitirle, comisaria...».
—¿Quiere que le traiga algo para beber? —preguntó Fox—. ¿Un poco de agua?
Pero ella declinó la invitación con un gesto. Fox se inclinó hacia delante.
—Por si sirve de algo —dijo—, intentaremos ser discretos. Y rápidos. Eso no significa que no vayamos a cuidar los detalles. Le pro meto que seremos exhaustivos. Y no podemos facilitarle ningún dato. Nuestro informe irá directo a su jefe. Lo que haga con él ya es cosa suya.
Pitkethly se había recompuesto y asintió, con los ojos clavados en los de Fox.
—Causar problemas no es nuestro cometido —prosiguió.
También había pronunciado aquel discurso en numerosas ocasiones y en salas muy similares a aquella.
—Solo queremos la verdad. Queremos saber si se han seguido los procedimientos y cerciorarnos de que nadie cree estar por encima de la ley. Si puede ayudarnos a transmitir ese mensaje a sus agentes, estupendo. Si podemos utilizar una sala como base de operaciones, mucho mejor. Debe poder cerrarse con llave y necesitaré todos los juegos. Espero poder dejarla en paz en una semana.
Fox decidió no añadir «o dos».
—Una semana —repitió Pitkethly.
Fox no sabía si lo consideraba una buena o una mala noticia.
—Esta mañana me han dicho que el sargento Haldane está de baja...
—Tiene gripe —confirmó ella.
—Sea gripe, parálisis o peste, tenemos que interrogarlo.
Pitkethly asintió de nuevo.
—Me aseguraré de que esté al corriente.
—También nos sería útil un poco de información sobre la zona; dónde podemos comer decentemente o tomar un bocadillo. Pero que sean lugares que no frecuenten sus agentes.
—Pensaré en ello.
Pitkethly se puso en pie. Era su manera de anunciar el final de la reunión. Fox permaneció en su asiento.
—¿Alguna vez ha sospechado del agente Carter?
Le llevó unos momentos decidir si respondía, pero al final meneó la cabeza.
—¿Y alguna de las mujeres que trabajan aquí...? —insistió.
—¿Qué?
—Cotilleos en los baños... avisos sobre una mano demasiado larga...
—Nada —afirmó.
—¿Nunca ha tenido dudas?
—Ninguna —repuso con firmeza mientras se dirigía hacia la puerta y se la abría a Fox. Este se tomó su tiempo y le dedicó una sonrisa al pasar junto a ella. Kaye y Naysmith lo esperaban al final del pasillo.
—¿Y bien? —preguntó Kaye.
—Más o menos como esperaba.
—Puede que Michaelson ande por aquí. ¿Quieres que sea el próximo?
Fox negó con la cabeza.
—Volvamos a la ciudad a comer algo y a dar una vuelta en coche.
—¿Para habituarnos a este lugar? —aventuró Kaye.
—En efecto —confirmó Fox.
3
Kirkcaldy tenía estación de ferrocarril, equipo de fútbol, un museo, una galería de arte y una universidad que llevaba el nombre de Adam Smith. Había calles bordeadas por robustas casas victorianas de fina estampa, algunas de las cuales habían sido reconver tidas en oficinas y empresas. Hacia las afueras se alzaban las viviendas de protección oficial, algunas tan recientes que aún había solares en venta, un par de parques, al menos dos institutos y algunos edificios altos de los años noventa. El dialecto no era inescrutable y los tenderos se detenían a charlar frente a las panaderías y los quioscos.
—Me estoy quedando dormido —comentó Tony Kaye.
Viajaba de copiloto en su propio coche. Joe Naysmith iba al volante y Fox, en la parte trasera. El almuerzo había consistido en unos bocadillos y bolsas de patatas fritas. Fox había telefoneado a su jefe en Edimburgo para referirle un informe preliminar. La llamada no había durado más de tres minutos.
—¿Y bien? —preguntó Kaye mientras se volvía en su asiento para establecer contacto visual con Fox.
—Me gusta —respondió este, contemplando la escena en movimiento.
—¿Quieres que te diga qué veo yo, Fox? Veo a gente que debería estar trabajando a estas horas del día. Gorrones y heridos de guerra, viejos con un pie en el otro barrio y condenados por conducta antisocial.
Joe Naysmith había empezado a tararear la melodía de What a Wonderful World.
—En todos los coches que hemos adelantado —prosiguió Kaye impertérrito—, el conductor o bien era traficante de drogas, o bien se lo había llevado puenteándolo. Las aceras necesitan un manguerazo y la mitad de los niños también. Sabes todo lo que necesitas sobre un lugar cuando la tienda más grande parece llamarse Artículos con Tara. —Hizo una pausa para provocar un mayor efecto—. ¿Me estáis diciendo en serio que os gusta esto?
—Tú ves lo que quieres ver, Tony, y luego dejas volar la imaginación.
Kaye se volvió hacia Naysmith.
—Y en cuanto a ti, ni siquiera habías nacido cuando salió la canción, así que cállate.
—Mi madre tenía el disco. Bueno, el casete. O puede que el CD.
Kaye volvió a mirar a Fox.
—Por favor, ¿podemos volver, hacer nuestras preguntas, que nos respondan lo que les venga en gana y salir pitando de aquí?
—¿Cuándo empezaron a comercializar los CD? —preguntó Naysmith.
Kaye le propinó un puñetazo en el hombro.
—¿Qué haces?
—Estás torturando la caja de cambios. ¿Es la primera vez que conduces o qué?
—De acuerdo —se rindió Fox—, tú ganas. Joe, llévanos de vuelta a la comisaría.
—¿Izquierda o derecha en el próximo cruce?
—Ya estoy harto —dijo Tony Kaye y se dispuso a abrir la guantera—. Voy a conectar el navegador.
El sargento Gary Michaelson se había criado en Greenock pero había vivido en Fife desde que tenía dieciocho años. Había asistido al Adam Smith College y había realizado su formación policial en Tulliallan. Era tres años más joven que Ray Scholes, estaba casado y tenía dos hijas.
—¿Los colegios son buenos aquí? —le había preguntado Fox.
—No están mal.
Michaelson no mostró reparos en hablar de Fife, de Greenock y de su familia, pero cuando el tema derivó hacia el agente Paul Carter, se mostró tan parco en palabras como Scholes.
—Si no estuviera mejor informado —comentó Fox en un momento dado—, diría que lo han puesto a prueba.
—¿A qué se refiere?
—Que le han sugerido qué no debía decir. Puede que lo haya instruido el inspector Scholes.
—Eso no es cierto —insistió Michaelson.
Tampoco era cierto que hubiese alterado o borrado las notas que había tomado durante una entrevista realizada en casa de Teresa Collins, y en la misma sala de interrogatorios en la que se hallaban sentados en ese momento. Fox recitó parte del testimonio de Teresa Collins:
—«Puedes acusarme de lo que quieras, Paul, pero no creas que vas a volver a ponerme la mano encima». ¿No dijo eso?
—No.
—El veredicto dice otra cosa.
—No puedo hacer nada al respecto.
—Pero hubo cierta historia personal entre Carter y la señorita Collins. Es imposible que usted no estuviera al corriente.
—Es ella quien dice que fue una historia.
—Los vecinos lo veían ir y venir.
—Conocemos a la mitad, por cierto.
—¿Me está diciendo que son unos mentirosos?
—¿Usted qué cree?
—Lo que yo crea o deje de creer carece de importancia. ¿Qué ocurre con la página que faltaba en su cuaderno de notas?
—Derramé café encima.
—Las páginas de debajo parecen estar bien.
—No puedo hacer gran cosa al respecto.
—Así pues, ¿sigue manteniendo...?
Durante toda la entrevista, Fox se cuidó de establecer contacto visual con Tony Kaye. Sus infrecuentes contribuciones al interrogatorio denotaban una irritación en aumento. No estaban llegando a ninguna parte y era muy poco probable que lo hicieran. Scholes, Michaelson y Haldane, que supuestamente había contraído la gripe, no solo disponían de mucho tiempo para coreografiar sus respues tas, sino que también habían conseguido dominar la rutina de los tribunales.
Teresa Collins mentía.
Las otras dos demandantes eran unas oportunistas.
El juez había ayudado a la fiscalía siempre que había podido.
—La cuestión —dijo Fox pausadamente, cerciorándose de que captaba la atención de Michaelson— es que cuando el equipo local de Ética Profesional estudió las alegaciones, reconoció que ahí podía haber algo. Y no lo olvide: fue la señorita Collins quien inició todo el proceso...
Fox dejó que el mensaje calara unos instantes. Michaelson seguía concentrado en un tramo de pared situado sobre el hombro izquierdo de su interlocutor. Este era enjuto, presentaba una calvicie prematura y en algún momento de su vida le habían roto la nariz. Además, una cicatriz de unos tres centímetros le recorría la barbilla. Fox se preguntaba si habría sido boxeador aficionado.
—Fue otro agente de policía —prosiguió—. El tío de Paul Carter. ¿También está llamándolo mentiroso?
—No es policía; es expolicía.
—¿Y qué diferencia hay?
Michaelson se encogió de hombros y se cruzó de brazos.
—Hay que cambiar la batería —terció Naysmith antes de apagar la cámara.
Michaelson se estiró y Fox oyó cómo le crujían las vértebras. Tony Kaye estaba de pie, moviendo las piernas como si tratara de facilitar el riego sanguíneo.
—¿Falta mucho? —preguntó Michaelson.
—Eso depende de usted —respondió Fox.
—Bueno, nos pagarán igualmente a todos al final de la jornada, ¿eh?
—¿No tiene prisa por volver a su puesto?
—No tiene ninguna importancia, ¿verdad? Esclarecen un delito y hay dos o tres más a la vuelta de la esquina.
Fox vio que Joe Naysmith rebuscaba en la bolsa de material. Él se sabía observado, levantó la cabeza y tuvo el acierto de mostrarse contrito.
—La de recambio todavía está cargándose —dijo.
—¿Dónde? —preguntó Tony Kaye.
—En la oficina. —Naysmith hizo una pausa—. En Edimburgo.
—¿Eso significa que ya hemos terminado? —preguntó Gary Michaelson con los ojos clavados en Malcolm Fox.
—Eso parece —repuso Fox de mala gana—. Por ahora...
—Vaya manera de perder todo el día —rezongó Tony Kaye, y no era la primera vez que lo hacía.
Habían desandado el camino hacia Edimburgo sin apenas abandonar el carril rápido. En esa ocasión, el grueso del tráfico se dirigía hacia Fife y el embotellamiento afectaba a la parte del puente de Forth que daba a Edimburgo. Su destino era la Jefatura de Policía situada en Fettes Avenue. El inspector jefe Bob McEwan seguía en la oficina. Señaló el cargador de batería que se hallaba junto a la tetera y las tazas.
—Me estaba preguntando qué hacía ahí —dijo.
—Ya no es necesario que lo haga —respondió Fox.
La sala no era grande, ya que Anticorrupción formaba un equipo reducido. La mayoría de los agentes de Asuntos Internos trabajaba en una oficina más espaciosa, en el mismo pasillo donde Ética Profesional gestionaba las tareas de enjundia. Ese año, McEwan parecía pasar gran parte del tiempo en reuniones dedicadas a la reestructuración de todo el departamento.
—Básicamente doy por perdido un trabajo —dijo—. Nada que debáis considerar un quebradero para esas cabecitas vuestras...
Kaye había echado el abrigo sobre el respaldo de la silla y estaba sentado a su mesa, mientras Naysmith se dedicaba a cambiar las baterías del cargador.
—Hemos realizado dos entrevistas —le anunció Fox a McEwan—. Ambas, un poco breves.
—Me figuro que habrán encontrado cierta resistencia.
Fox hizo una mueca con la boca.
—Tony cree que estamos hablando con las personas equivocadas, y empiezo a estar de acuerdo con él.
—Nadie espera un milagro, Malcolm. Antes me ha llamado el subinspector. Esto lleva su tiempo.
—Si es más de una semana, a lo mejor conecto una manguera al tubo de escape —musitó Kaye.
A la postre se sentaron a repasar las grabaciones. A medio proceso, McEwan consultó su reloj y dijo que debía marcharse. Entonces Kaye recibió un mensaje de texto.
—«Reunión urgente con tu mujer y una botella de vino» —recitó y le dio una palmada en el hombro a Fox—. Cuéntame qué tal va, ¿de acuerdo?
Durante cinco minutos, Fox notó que Naysmith se mostraba inquieto. Eran las cinco pasadas, así que le dio a su joven colega permiso para marcharse.
—¿Estás seguro?
Fox señaló la puerta y pronto se quedó solo en la oficina, pensando que tal vez debería haber elogiado a Naysmith por su trabajo detrás de la cámara. Tanto la imagen como el sonido eran impolutos. Tenía un cuaderno en el regazo, pero estaba en blanco, con la salvedad de espirales, estrellas y otros garabatos. En ese momento recordó algo que había dicho Scholes sobre Asunto Internos: que querían «castigar a todos los que han trabajado con Paul [Carter]». Carter era historia. ¿Qué razón había para suponer que Scholes y los demás iban a seguir incumpliendo las normas? Por supuesto, se protegerían los unos a los otros, mostrarían lealtad, pero tal vez habrían aprendido la lección. Fox sabía que podía poner la investigación en modo crucero, que podía formular las preguntas, anotar las respuestas y no llegar a grandes conclusiones. De todos modos, tal vez fuera ese el desenlace. Por tanto, ¿qué sentido tenía dejarse la piel? Para Fox, ese era el subtexto de la jornada, lo que Tony Kaye rabiaba por decir. Los tres agentes habían sido nombrados y sometidos a escarnio ante el tribunal. Ahora eran objeto de una investigación interna. ¿Acaso no era castigo suficiente?
En el Pancake Place, Kaye había mencionado a Colin Balfour. Asuntos Internos había armado una acusación lo bastante sólida como para que lo expulsaran del Cuerpo, pero en el último momento no implicaron a los dos o tres agentes que habían intentado organizar una tapadera. Esos agentes seguían trabajando. Nunca más hubo un solo atisbo de problemas.
No hay queja, como suele decirse.
Fox detuvo la grabación con el mando a distancia. Lo único que demostraba era que estaban haciendo lo que se esperaba de ellos. Albergaba serias dudas de que los jefes de la comisaría de Fife necesitaran recibir peores noticias; solo aspiraban a decir que los comentarios del juez no habían caído en saco roto. Scholes, Haldane y Michaelson debían seguir negándolo todo. Y eso significaba que Tony Kaye tenía razón. Era con los otros agentes del Departamento de Investigación Criminal con quienes debían hablar si querían ser exhaustivos. ¿Y el tío de Carter? ¿No debían escuchar también su versión de los hechos? A Fox le intrigaban las motivaciones de aquel hombre. En el juicio, su testimonio había sido breve pero efectivo. Según contó, su sobrino lo había visitado una tarde después de tomar unas copas. Se había mostrado locuaz, charlando de cómo había cambiado la profesión desde los tiempos de su tío. No se podía economizar tanto y había menos incentivos.
«Pero yo recibo una gratificación que quizá tú y mi padre nunca tuvisteis...».
Fox recordó que llevaba un par de días sin hablar con su padre. Su hermana y él se turnaban para visitarlo. Probablemente estaría en la residencia de ancianos en aquel momento. Al personal le gustaba que la gente evitara las horas de la comida y, a media tarde, muchos de los «clientes» (como insistían en llamarlos los trabajadores) ya estaban preparados para acostarse. Fox se dirigió hacia las ventanas y contempló la ciudad crepuscular. ¿Era Edimburgo diez veces más grande que Kirkcaldy? Desde luego, sí era mayor. De vuelta a su mesa, encendió el ordenador y se sentó a realizar una búsqueda.
Casi una hora después, iba en el coche con rumbo a Oxgangs. Había un supermercado cerca de su casa y se detuvo el tiempo suficiente para comprar un curry que calentar al microondas y una botella de Appletiser, además del periódico vespertino. La noticia de portada trataba sobre un traficante de drogas que, tras ser declarado culpable, había sido encarcelado. Fox conocía al agente que había llevado el caso; Asuntos Internos lo había investigado dos años antes. Ahora sonreía ante las cámaras. Misión cumplida.
«¿Por qué odian tanto a los policías?». Era la pregunta que había formulado Scholes. Hace mucho tiempo, el Departamento de Investigación Criminal podía actuar con negligencia y salir airoso. La labor de Fox consistía en impedírselo. No seguiría allí siempre; en un año o dos regresaría al DIC, trabajaría codo con codo con aquellos a quienes había escrutado, e intentaría meter entre rejas a traficantes sin interpretar las normas a su manera, temeroso de Asuntos Internos, llegando a despreciarlos. A veces se preguntaba si podría trabajar con agentes que conocían su pasado, llevar lo que todo el mundo tildaba de casos «como es debido»...
Dejó el periódico en el fondo de la cesta, cubierto por el resto de la compra.
El bungaló estaba a oscuras. Había pensado en comprar un reloj de esos que se encendían al anochecer, pero sabía que no lograría disuadir a los ladrones. Tenía pocas cosas de valor: después de la tele y el ordenador, buscarían en vano. Cerca de allí, un par de casas habían sufrido robos en el último mes. Incluso llamó a su puerta un agente, preguntando si había visto u oído algo. Fox no se molestó en identificarse como policía. Se limitó a negar con la cabeza y el agente asintió y se fue a otro sitio.
Cumpliendo con su deber.
Preparar el curry le llevó seis minutos. Fox encontró un canal de noticias en la televisión y subió el volumen. El mundo parecía asolado por guerras, hambrunas y desastres naturales. Un terremoto aquí, un tornado allá... Estaban entrevistando a un experto en cambio climático, que advirtió a los espectadores de que debían acostumbrarse a esos fenómenos: a las inundaciones, sequías y olas de calor. El entrevistador se las arregló para devolver la conexión al estudio con una sonrisa en los labios. Puede que, una vez fuera de foco, empezara a correr de un lado a otro, arrancándose mechones de pelo y dando voces, pero Fox tenía sus dudas. Pulsó el botón interactivo del mando a distancia y ojeó los titulares de Escocia. No había nada nuevo relacionado con la explosión frente a Lockerbie. El estado de alerta en Fettes era moderado, al igual que en Kirkcaldy. Lockerbie: como si ese pozo de ignorancia no hubiera visto suficiente a lo largo de su historia... Fox puso un canal de deportes y estuvo viendo los dardos mientras engullía la comida que quedaba.
Acababa de terminar cuando sonó el teléfono. Era su hermana, Jude.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Se llamaban por turnos y era el suyo, no el de Jude.
—Acabo de ir a ver a papá.
La oyó sorber una lágrima.
—¿Está bien?
—Se le olvida todo.
—Lo sé.
—Uno de los cuidadores me ha dicho que esta mañana no ha llegado a tiempo al cuarto de baño. Le han puesto pañal.
Fox cerró los ojos.
—Y a veces se le olvida mi nombre o del año en que estamos.
—También tiene días buenos, Jude.
—¿Y cómo lo sabes? ¡El hecho de que pagues las facturas no significa que puedas desentenderte!
—¿Quién se desentiende?
—Nunca te veo por allí.
—Sabes que no es cierto. Lo visito cuando puedo.
—No es suficiente. Ni por asomo.
—No todos podemos llevar una vida ociosa, Jude.
—¿Crees que no estoy buscando trabajo?
Fox volvió a cerrar los ojos con fuerza: «Te has metido en un jardín, Malc».
—No me refería a eso.
—¡Te referías exactamente a eso!
—No empecemos, ¿eh?
Se impuso el silencio unos instantes. Jude suspiró y empezó a hablar de nuevo.
—Hoy le he llevado una caja de fotografías. Pensé que podríamos verlas juntos, pero parecía inquieto. No dejaba de decir: «Están todos muertos. ¿Cómo pueden estar todos muertos?».
—Iré a verlo, Jude. No te preocupes por eso. Quizá lo mejor sea llamar antes, y si el personal cree que no merece la pena visitarlo ese día...
—¡No estoy diciendo eso! —Volvió a alzar la voz—. ¿Piensas que me importa ir a verlo? Es nuestro padre.
—Ya lo sé. Tan solo...
Fox hizo una pausa y entonces formuló la pregunta que creía que se esperaba de él.
—¿Quieres que vaya?
—No es a mí a quien tienes que ir a ver.
—Tienes razón.
—¿Lo harás?
—Por supuesto.
—¿Aunque estés ocupado?
—En cuanto cuelgue —le aseguró Fox.
—¿Y volverás a llamarme para contarme qué te ha parecido?
—Estoy convencido de que se encuentra bien, Jude.
—Tú quieres que se encuentre bien. Así no tendrás mala conciencia.
—Voy a colgar, Jude. Voy a colgar el teléfono e iré a ver a papá.
4
Sin embargo, el personal de Lauder Lodge tenía otros planes.
Fox llegó allí pasadas las nueve. Se oía un televisor atronando en el salón. Había trasiego de gente; por lo visto, se trataba del cambio de turno.
—Su padre está acostado —le anunciaron a Fox—. Debe de estar durmiendo.
—Entonces no lo despertaré. Solo quiero verlo un minuto.
—Procuramos no molestar a los clientes cuando están acostados.
—¿Antes no se quedaba despierto hasta las noticias de las diez?
—Eso era antes.
—¿Están dándole alguna medicación nueva? ¿Hay algo que yo no sepa?
La mujer se tomó unos momentos pasa sopesar si la estaba acusando de algo y luego suspiró resignada.
—¿Solo un minuto, dice?
Fox asintió y ella hizo lo propio. Cualquier cosa con tal de no complicarse la vida.
La habitación de Mitch Fox se encontraba en un nuevo anexo junto a la propiedad victoriana original. Fox pasó frente al dormitorio que, hasta hacía un par de meses, había sido el hogar de la señora Sanderson. Esta y el padre de Fox habían trabado una honda amistad durante su estancia en Lauder Lodge. Fox había acompañado a Mitch al funeral; apenas si se congregaron más de doce personas en la capilla del crematorio. No asistió ningún familiar, pues no se había podido localizar a ninguno. Había un nuevo nombre en la puerta de su vieja habitación: D. Nesbitt. Fox tuvo la sensación de que, si arrancaba la pegatina, habría otra debajo con el nombre de la señora Sanderson y tal vez otro debajo de esa.
No se molestó en llamar. Tan solo giró el pomo y entró. Las cortinas estaban echadas y la luz apagada, pero la farola procuraba una buena iluminación. Fox podía distinguir la forma de su padre bajo el edredón. Casi había llegado a la silla situada junto a la cama cuando una voz seca le preguntó qué hora era.
—Y veinte —le dijo Fox a su padre.
—Y veinte, ¿qué?
—Las nueve.
—¿Y qué te trae por aquí? —Mitch Fox encendió la lámpara y se dispuso a incorporarse. Su hijo se le acercó para ayudarlo—. ¿Ha ocurrido algo?
—Jude estaba un poco preocupada.
Fox vio sobre la silla una caja de zapatos llena de viejas fotos de la familia. La cogió, tomó asiento y se la apoyó en el regazo. El cabello de su padre, ralo, casi como el de un bebé, había adquirido un tono amarillento. Tenía la cara más delgada que nunca y la piel parecía un pergamino. Sin embargo, los ojos resultaban nítidos y apacibles.
—Ambos sabemos que a tu hermana le gusta montar pequeños dramas. ¿Qué te ha dicho?
—Que tu memoria ya no es la que era.
—¿Acaso lo es la de alguien? —Mitch señaló la caja de zapatos con la cabeza—. ¿Porque no pude decirle el lugar exacto en el que se tomó una foto hace cincuenta años?
Fox levantó la tapa de la caja y sacó un puñado de instantáneas. Algunas incluían leyendas al dorso: nombres, fechas y lugares. Pero también había interrogantes. Muchos interrogantes... y lo que parecía la mancha de una lágrima. Fox pasó un dedo por encima y le dio la vuelta a la fotografía. Su madre, sentada al borde de una rocalla, mecía a dos niños en su regazo.
—Esta es de hace treinta años —dijo Fox, sosteniendo la foto en alto para que la viera su padre.
Mitch la observó.
—Podría ser Blackpool —aventuró—. Sois Jude y tú...
—Y mamá.
Mitch Fox asintió lentamente.
—¿Hay agua por ahí? —preguntó.
Fox miró, pero no había ninguna jarra en el armario situado al lado de la cama.
—¿Me puedes traer un poco?
Fox se dirigió al cuarto de baño contiguo. La jarra estaba allí, junto con un vaso de plástico. Entonces comprendió que el personal no quería que Mitch bebiera agua por la noche, al menos si ello podía causar problemas por la mañana. La bolsa de pañales para la incontinencia se encontraba junto a la pileta, a la vista de todos. Fox llenó la jarra y el vaso y se los acercó a su padre.
—Buen chico —dijo este.
Varias gotas le recorrieron la barbilla al beber, pero no necesitó ayuda para depositar el vaso al lado de la cama.
—¿Puedes decirle a Jude que no se preocupe?
—Claro.
Fox volvió a sentarse.
—¿Y podrás hacerlo sin discutir?
—Lo intentaré.
—Hacen falta dos para pelearse.
—¿Estás seguro? Creo que Jude podría apañárselas bastante bien en una habitación vacía.
—Puede, pero tú no siempre ayudas.
—¿Ahora estamos discutiendo tú y yo? —Fox vio a su padre esbozar una sonrisa cansada—. ¿Quieres que me vaya para que puedas dormir?
—Yo no duermo. Tan solo estoy aquí tumbado, esperando.
Fox sabía cuál sería la respuesta a la siguiente pregunta, de modo que no la formuló. En lugar de eso, le contó a su padre que había pasado un día infructuoso en Fife.
—A ti te encantaba —le dijo Mitch.
—¿El qué?
—Fife.
—¿Cuándo he estado yo en Fife?
—Solíamos visitar a mi primo Chris.
—¿Dónde vivía?
—En Burntisland. La playa, la piscina al aire libre, los campos de golf...
—¿Cuántos años tenía?
—Chris murió joven. Echa un vistazo, tiene que andar por ahí.
Fox se dio cuenta de que su padre se refería a la caja de zapatos, así que volcó el contenido sobre la cama. Algunas fotos estaban sueltas, y otras, guardadas en sobres con sus negativos correspondientes. Eran una mezcla de imágenes en color y blanco y negro, algunas de ellas de boda. (Fox desdeñó aquellas en las que aparecían Elaine y él; su matrimonio no había durado mucho). Había instantáneas borrosas de vacaciones, navidades, cumpleaños y salidas de trabajo. A la postre, Mitch le tendió una en particular.
—Ese de ahí es Chris. Lleva a Jude sobre los hombros. Era un tipo grande, alto y fornido.
—Entonces ¿esto era Burntisland?
Fox estudió la fotografía. Jude tenía la boca abierta y le faltaban algunos dientes. Era imposible dilucidar si estaba riéndose o aterrorizada por la distancia que mediaba hasta el suelo. Chris sonreía a cámara. Fox trató de recordarlo, pero fue incapaz.
—Puede que fuera su jardín trasero —dijo Mitch Fox.
—¿De qué murió?
—Accidente de moto. Era un tarado. Míralos a todos. —Mitch pasó la mano sobre las fotografías esparcidas—. Muertos y enterrados, y prácticamente olvidados.
—Pero algunos seguimos aquí —matizó Fox—. Y me gusta que sea así.
Mitch golpeó a su hijo en el dorso de la mano.
—¿De verdad me encantaba Fife?
—Había un parque cerca de Saint Andrews. Fuimos un día allí y nos montamos todos en un tren. Si buscamos bien, puede que encontremos alguna foto. También había muchas playas, y una vez al año, un mercado en Kirkcaldy...
—¿Kirkcaldy? Precisamente vengo de allí. ¿Cómo es posible que no lo recuerde?
—Una vez ganaste un carpín. El pobrecillo estaba muerto al día siguiente. —Mitch clavó la mirada en su hijo—. ¿Tranquilizarás a Jude?
Fox asintió y su padre volvió a darle un golpecito en la mano antes de tumbarse de nuevo sobre las almohadas. Permaneció allí sentado una hora y media más, viendo fotografías, y apagó la lámpara justo antes de irse.
DOS
5
—Será una broma, ¿no?
—Es cuanto podemos ofrecerles —dijo el sargento que estaba sentado detrás del mostrador.
Parecía tan complacido por el desenlace que había tenido aquella mañana como el día en que les informó de que ninguno de los entrevistados estaba disponible.
—La puerta cierra y la llave es suya si la quieren.
—Es un almacén —dijo Joe Naysmith cuando encendió la luz.
—Con una bombilla de cuarenta vatios —observó Tony Kaye—. Podemos traer unas antorchas.
Alguien había colocado tres sillas desvencijadas en el centro de la habitación y no quedaba espacio para una mesa, por pequeña que fuese. Las estanterías estaban repletas de cajas, viejos archivadores identificados con un código y el año, además de material de oficina roto y desechado.
—¿Sería posible hablar con la comisaria Pitkethly? —le preguntó Fox al sargento.
—Está en Glenrothes.
—Qué raro.
El sargento llevaba la llave colgando del dedo.
—Al menos podemos dejar el material aquí —razonó Naysmith.
Fox soltó un resoplido y cogió la llave al sargento.
Mientras Naysmith iba en busca del material que guardaban en el coche, Fox y Kaye se quedaron contemplando el interior del almacén. De repente, el pasillo se llenó de agentes uniformados o vestidos de paisano que pasaron ante ellos con una sonrisa de suficiencia.
—Yo no pienso meterme ahí de ninguna manera —dijo Kaye meneando lentamente la cabeza—. Parecería un maldito conserje.
—Pero Joe tiene razón. Aquí podemos guardar las cosas entre entrevista y entrevista.
—¿Podemos acelerar el proceso de algún modo, Malcolm?
—¿A qué te refieres?
—Tú y yo podríamos hacer una entrevista cada uno y acabaríamos en la mitad de tiempo. Los únicos a los que debemos grabar son Scholes, Haldane y Michaelson. El resto son solo charlas informales, ¿no?
Fox asintió.
—Pero solo hay una sala de interrogatorios.
—No todos los entrevistados trabajan en la comisaría.
Fox miró a Kaye.
—Tú lo que quieres es terminar con esto cuanto antes.
—Es una manera básica de gestionar el tiempo —replicó Kaye con un destello en la mirada—. Y resulta más rentable para el contribuyente en apuros.
—¿Y cómo nos los repartimos? —preguntó Fox cruzándose de brazos.
—¿Tienes algún favorito?
—Me gustaría intercambiar unas palabras con el tío del imputado.
Kaye lo meditó y asintió.
—Coge mi coche. Yo probaré con Cheryl Forrester.
—Me parece bien. ¿Qué hacemos con Joe?
Se volvieron justo cuando Joe Naysmith abría la puerta al final del pasillo con la pesada bolsa negra colgada del hombro.
—Lancemos una moneda al aire —propuso Kaye, mostrando una pieza de cinco peniques—. Quien pierda se lo queda.
Minutos después, Malcolm Fox se dirigía al Ford Mondeo de Kaye. Naysmith no lo acompañaba. Ajustó el asiento del conductor y buscó el navegador por satélite en la guantera, lo conectó y lo fijó en el salpicadero. El código postal de Alan Carter figuraba en el registro y lo encontró tras una breve búsqueda. El navegador realizó un rastreo rápido y le indicó la dirección correcta. Pronto se encontró en la carretera del litoral en dirección al sur, hacia un lugar llamado Kinghorn. Según los carteles, la siguiente localidad era Burntisland. Pensó otra vez en Chris, el primo de su padre. Tal vez la motocicleta se hubiera estrellado en ese mismo tramo. El trayecto debía de ser una gozada para los motoristas, con sus curvas suaves, el mar a un lado y una pronunciada colina al otro. ¿Aquello era una foca cabeceando en el agua? Fox aminoró un poco la marcha. El conductor que llevaba detrás le dio una ráfaga de luz y lo adelantó haciendo sonar el claxon.
«Sí, sí», murmuró Fox mientras consultaba el navegador. Su destino estaba cerca. Pasó junto a un camping de caravanas y puso el intermitente para tomar un desvío a la derecha. Era un camino empinado, con surcos, y se formaban nubes de polvo detrás del coche. No quería abollar el preciado coche de Kaye, así que acabó circulando en primera, a ocho kilómetros por hora. El ascenso continuó. Según el navegador, estaba en medio de ninguna parte y se había pasado de largo. Fox detuvo el coche y se bajó. Tenía una buena panorámica de la costa, con hileras de caravanas a la izquierda y un hotel a la derecha. Consultó la dirección de Alan Carter: Gallowhill Cottage. La carretera estaba a punto de adentrarse en una zona boscosa. Algo llamó la atención de Fox: una voluta de humo por encima de los árboles. Se sentó de nuevo al volante y puso primera.
La casa se hallaba cerca de la cima de la colina, justo donde moría el camino, frente a una barrera que conducía a los campos. Había algunas ovejas desperdigadas. Los cuervos, silenciosos, se deslizaban entre los árboles. El viento era cortante, aunque el sol asomara por detrás de un banco de nubes.
La chimenea seguía escupiendo humo. Había un Land Rover de color verde oliva aparcado a un lado, junto a un gran montón de troncos ordenados con esmero. Entonces se abrió la puerta principal emitiendo un chirrido. El hombre que apareció en el umbral representaba casi la parodia de un policía corpulento y alegre. El rostro de Alan Carter era rubicundo, y en las mejillas y la nariz se entrecruzaban delgadas venas rojas. Le brillaban los ojos, y los botones de la rebeca estaban tensados al límite de su capacidad. Debajo llevaba una camisa de cuadros con el primer botón desabrochado, lo cual daba cierto respiro a la copiosa mata de vello gris que asomaba. Aunque era prácticamente calvo, conservaba unas patillas pobladas que casi se juntaban a la altura del mentón.
—Sabía que tendría visita —gritó Carter con una de sus manos rechonchas apoyada en el marco de la puerta—. Debería haber pedido cita. Por lo visto, de un tiempo a esta parte ando más ocupado que nunca.
Fox llegó hasta él y se dieron la mano.
—¿No forma usted parte del gremio, entonces? —preguntó Carter.
—No.
—Hace tiempo, la mayoría de los polis a quienes conocía eran masones. Si hubiera venido entonces, muchacho...
El pasillo era corto y estrecho, y buena parte de él estaba ocupado por estanterías, una hilera de abrigos y una selección de botines. El salón era pequeño y sofocante, merced a un fuego avivado con abundantes troncos.
—Tiene que estar caliente para Jimmy Nicholl —dijo Carter.
—¿Quién?
—El perro.
Un decrépito border collie de ojos legañosos miró a Fox desde una cesta situada cerca de la chimenea.
—¿Por qué se llama así?
—Es el entrenador de Raith. No ahora, claro, pero Jimmy nos llevó a Europa. —Carter se interrumpió y miró a Fox—. ¿Tampoco le gusta el fútbol?
—Antes, sí. Me llamo Fox, por cierto. Inspector Fox.
—«La Brigada de la Suela de Goma». ¿Todavía lo llaman así?
—O eso, o Asuntos Internos.
—Y seguro que a la espalda cosas peores.
—Y a la cara también.
—¿Le apetece una taza de té o prefiere tomar algo más fuerte?
Carter señaló con la cabeza una botella de whisky que reposaba sobre una estantería.
—Un té bastará.
—Es un poco temprano para la «criatura» —concedió Carter—. Tardo solo un minuto.
Carter se dirigió a la cocina. Fox lo oyó verter agua en una tetera. Su voz retumbó por el pasillo.
—Cuando leí el alegato de Cardonald supe que tendrían que iniciar una investigación. Pero usted no es de aquí. Alguien de la zona habría conocido el nombre de Jimmy Nicholl. Además, su coche es de Edimburgo...
Carter había regresado al salón y parecía satisfecho de sí mismo.
—¿Por la matrícula? —preguntó Fox.
—Por la pegatina del concesionario que lleva en la ventanilla de atrás —corrigió Carter—. Siéntese, muchacho.
Carter señaló una de las dos butacas.
—¿Con leche y azúcar?
—Solo leche. ¿Todavía se dedica a la seguridad, señor Carter?
—¿Ahora me está demostrando que ha investigado? —dijo sonriendo—. La empresa sigue siendo mía, sí.
—¿Y qué hacen exactamente?
—Porteros para bares y clubes, guardias de seguridad, protección para dignatarios que llegan de visita.
—¿Pasan muchos dignatarios por Kirkcaldy?
—Lo hacían cuando Gordon Brown era primer ministro. Y to davía les gusta jugar al golf en Saint Andrews.
Carter abandonó el salón para ir en busca de las bebidas y Fox se acercó a la ventana. Había una mesa con montones de documentos y revistas. Los papeles estaban guardados en carpetas, y sobre un mapa de Fife varias localizaciones aparecían señaladas con círculos negros. Las revistas parecían ser de los años ochenta y, al coger una, Fox vio que debajo había un periódico fechado el lunes, 29 de abril de 1985.
—Debo de parecerle una urraca —dijo Carter al entrar en el salón con una bandeja.
La colocó en una esquina de la mesa y sirvió té para ambos. Sobre un plato con motivos decorativos había media docena de galletas de mantequilla.
—¿Es usted soltero? —preguntó Fox.
—Su investigación es decepcionante. Hace dos décadas, mi mujer se fue con otro, a quien yo doblaba en edad por aquel entonces.
—Lo cual la convierte en una asaltacunas.
Carter movió un dedo.
—Tengo sesenta y dos años. Jessica tenía cuarenta, y el niñato, veintiuno.
—¿No ha habido nadie desde entonces?
—Por Dios, ¿esto es una entrevista de Asuntos Internos o un servicio de citas? De todos modos, está muerta. Que Dios la acoja en su seno. Tuvo un hijo con el niñato.
—¿Y ninguno con usted? —Carter torció el gesto—. ¿Le dolió?
—¿Y por qué iba a dolerme? Puede que mi hijo o mi hija hubiera salido tan mal como mi sobrino.
Carter señaló las sillas y ambos se sentaron con su bebida. Fox notaba una leve picazón en los ojos, que intentó mitigar parpadeando.
—Es por el humo de la chimenea —explicó Carter—. No se ve, pero está ahí. —Extendió el brazo y le ofreció a Jimmy Nicholl media galleta de mantequilla—. Tiene los dientes en condiciones. Piénselo, los míos no están mucho mejor.
—¿Lleva quince años retirado?
—Sí, llevo fuera del Cuerpo todo ese tiempo.
—¿Su hermano fue policía en la misma época que usted?
—Le faltaba un año para jubilarse cuando su corazón se dio por vencido.
—¿Fue más o menos entonces cuando su sobrino ingresó en la policía?
Alan Carter asintió.
—Puede que lo hiciera por eso. Nunca pareció tener un... don para ello. ¿Cuál es la palabra que estoy buscando?
—¿Vocación?
—Exacto. Eso es lo que Paul no tuvo nunca.
—¿No se alegró de que siguiera la tradición familiar?
Alan Carter guardó silencio unos instantes; luego se inclinó hacia delante lo mejor que pudo y apoyó la taza en una rodilla.
—Paul nunca fue un buen hijo. Tuvo a su madre como una esclava hasta que el cáncer se la llevó. Después, le llegó el turno al padre. Durante el funeral, lo único que parecía interesarle era el valor de la casa y cuánto esfuerzo le supondría vaciarla.
—Entonces no eran ustedes amigos, precisamente. Sin embargo, acudió a visitarlo...
—Creo que había estado de fiesta toda la noche. Era pasado mediodía. A saber cómo trajo el coche hasta aquí sin destrozarlo... —Carter miró la hoguera—. Quería fanfarronear un poco. Pero también era un sensiblero. Ya sabe cómo nos sienta a veces la bebida.
—Es una de las razones por las que no puedo beber.
Fox le dio un sorbo al té. Era oscuro y fuerte, y le recubrió la lengua y la garganta.
—Vino aquí a alardear. Decía que era mejor policía que ninguno de nosotros. Él era el dueño de Kirkcaldy y no debía pensar que lo fuera yo, aunque me escondiera tras un ejército de guardaespaldas.
—Tengo la sensación de que son palabras literales.
—Hay que tener buena memoria. Cada vez que me citaban para prestar declaración, me lo sabía de memoria. Es una manera de impresionar a un jurado.
—¿Así que al final le habló de Teresa Collins?
—Así es. —Carter asintió para sí, todavía observando el chisporroteo del fuego—. Solo mencionó su nombre, pero dijo que había habido otras. Pensaba que en el Cuerpo ya no quedaban hombres de su ralea. A lo mejor es usted demasiado joven para recordarlo.
—¿Estaba lleno de racistas y machistas? —Fox hizo una pausa—. Y masones...
Carter soltó una leve carcajada.
—Todavía lo está —continuó Fox—. Tal vez no sea tan generalizado como antes, pero sigue igual.
—Supongo que, debido a su trabajo, ve más cosas que la mayoría.
Fox respondió con un encogimiento de hombros, dejó la taza vacía en el suelo y rechazó el ofrecimiento de Carter de llenársela de nuevo.
—Cuando vino aquí su sobrino, ¿mencionó a Scholes, Haldane y Michaelson?
—Solo de pasada.
—¿No dijo que se tomaban la justicia por su mano?
—No.
—¿Y no había oído rumores en ese sentido?
—Yo diría que su labor termina ahí.
—Hummm...
Pareció que Fox estaba plenamente de acuerdo.
—El Cuerpo de Policía querrá seguir adelante.
—Eso mismo pienso yo. —Fox cambió de postura y la silla crujió—. ¿Puedo preguntarle algo más sobre su sobrino?
—Dispare.
—Bueno, una cosa es desaprobar lo que, según usted, hizo...
—¿Y otra ir más allá? —Carter frunció los labios—. No hice nada al respecto..., al menos, no en aquel momento. Pero al tumbarme en la cama por la noche, pensaba en el padre de Tommy (Paul. Era un buen hombre. Un hombre extremadamente bueno. Y la madre de Paul también; era una mujer encantadora). Me preguntaba qué pensarían ellos. Luego estaba Teresa Collins. No la conocía, pero no me gustaba cómo hablaba de ella, así que mantuve una conversación en privado.
—¿Con quién?
—Con el comisario Hendryson. Ya no trabaja allí. Creo que está jubilado.
—Su sustituta es una mujer apellidada Pitkethly.
Carter asintió.
—Fue Hendryson quien echó el balón a rodar.
—Pero no pasó nada, ¿verdad?
—Teresa Collins no hablaba; al menos, al principio. Sin ella, la gente de Asuntos Internos de Fife no tenía nada que investigar.
—¿Tiene alguna idea de por qué cambió de opinión?
—A lo mejor, tampoco podía dormir.
—¿No le quedan amigos en el Cuerpo, señor Carter?
—Se han jubilado todos.
—¿Y el comisario Hendryson?
—Él llegó después, más o menos.
—De modo que usted acudió a Hendryson y él trajo al equipo local de Asuntos Internos. No llegaron muy lejos. Pero esas dos mujeres dieron un paso al frente y fue entonces cuando Teresa Collins decidió cooperar.
—Algo así.
Fox permaneció sentado un momento. Alan Carter no parecía tener prisa por que se fuera, pero no había nada que lo retuviera allí, excepto el calor del fuego y la compañía silenciosa.
—De aquí a Edimburgo hay un buen trecho, ¿verdad, inspector? —dijo Carter en voz baja—. Estas son las tierras baldías, donde las cosas suelen resolverse con discreción.
—¿Lamenta lo que le ha ocurrido a su sobrino?, ¿que apareciera en todos los medios de comunicación?
—Dudo que le haya «ocurrido» nada. —Carter se golpeó la sien con los dedos—. Al menos aquí.
—Pero está en la cárcel. Eso es duro para la familia.
—La familia soy yo. Soy el único que queda. —Carter hizo una pausa—. ¿Siguen con vida sus parientes?
—Mi padre, sí —repuso Fox.
—¿Tiene hermanos?
—Solo una hermana.
—¿Se llevan bien? —Fox prefirió no responder—. Si es así, tiene más suerte que la mayoría. A veces hay que trazar una línea entre uno y los seres queridos. —Carter dibujó una horizontal imaginaria con el dedo—. Puede que duela un tiempo, pero eso no significa que no haya que hacerlo.
Fox permaneció sentado unos momentos; entonces se levantó y su anfitrión hizo lo propio. El hombre estaba casi embutido en la butaca, pero Fox no creyó que fuera a aceptar su ayuda.
—Macarrones con queso: esa es mi perdición, ¿eh, Jimmy?
El perro irguió las orejas al oír su nombre. Fox se había detenido junto a la mesa del comedor.
—Si tuviera que describirlo —comenzó Fox—, diría que es usted ordenado. Los abrigos en el perchero, las botas dispuestas en fila. Las galletas tienen que servirse en un plato, no directamente del paquete. Y eso me lleva a preguntarme una cosa... —Pasó la mano por encima de la mesa—. No acapara cosas porque sí, ¿verdad? Hay cierto criterio...
—Un poco de investigación histórica.
—¿En 1985?
—Más o menos.
—¿Finales de abril, tal vez?
—Continúe. Cuénteme qué ocurrió.
—¿En abril de 1985? —Fox intentó pensar, pero al final se rindió.
—Dennis Taylor derrotó a Steve Davis en el billar inglés —respondió Alan Carter mientras lo acompañaba hasta la puerta.
6
A la agente Cheryl Forrester le gustaba formular preguntas del tipo: «¿Cuánto tiempo lleva en Asuntos Internos? ¿Existe un proceso de selección? ¿Cuántas personas trabajan allí? ¿Es para toda la vida o durante un período estipulado? ¿Por qué son agentes, pero no se dirigen a ustedes como tales? ¿Cuál ha sido el caso que más le ha sorprendido? ¿Cómo es la vida nocturna en Edimburgo?».
—Está muy cerca en tren, ¿sabe? —le dijo Joe Naysmith.
—He estado allí muchas veces.
—Entonces, seguramente conoce la vida nocturna mejor que nosotros —terció Tony Kaye.
—Me refiero a los lugares que visita la gente de allí...
—Agente Forrester, no hemos venido aquí a dar consejos turísticos.
—A mí me gusta el Voodoo Rooms —interrumpió Naysmith, quien al ver la mirada de su compañero se guardó para sí otro comentario.
El problema era que el entusiasmo de Forrester era casi contagioso. El calificativo de «efervescente» debió de acuñarse para ella. Tenía el pelo castaño y rizado, la piel bronceada y una cara redonda con pecas y grandes ojos también castaños. Llevaba seis años en el cuerpo, los dos últimos en el DIC. Desde el principio les dijo que estaba demasiado ocupada para tener novio.
«Estoy convencido de que lo habrán intentado muchos», había observado Kaye, tratando de sacar a relucir el nombre de Paul Carter, pero ella había desviado la conversación preguntándole a Naysmith si Asuntos Internos trabajaba de nueve a cinco, a lo cual respondió hablándole de la furgoneta de vigilancia y de que una operación podía dilatarse incluso un año.
—¿Un año de su vida? Espero que se vean resultados al final.
Y así prosiguió, hasta que, a la postre, Kaye golpeó la mesa con los nudillos. Volvían a encontrarse en la sala de interrogatorios, pero sin el equipo de grabación. Forrester, al percatarse de que era digna de censura en algún sentido, cerró la boca con fuerza y juntó las manos.
—Como ya sabe —dijo Tony Kaye—, se han presentado ciertas alegaciones contra algunos compañeros suyos. ¿Le importaría decirnos qué opina al respecto?
—¿De las alegaciones o de mis colegas?
—¿Por qué no de ambos?
Forrester hinchó las mejillas.
—Me quedé boquiabierta cuando me enteré. Creo que nos pasó a todos. Había trabajado con el agente Carter durante casi dieciocho meses y jamás... Bueno, nunca me había parecido que fuera así.
—¿Ha llevado a cabo alguna misión con él?
—Sí.
—¿Ha viajado en coche con él?
—Sí.
—¿Y nunca dijo nada? ¿Nunca le pidió que esperara mientras entraba en una casa o un piso?
—Con ese propósito, no.
—Las comisarías de Policía son lugares terribles para el cotilleo...
—No puedo decir que nunca oyera nada.
Forrester miró a Kaye con sus ojos grandes y presuntamente inocentes.
—Sus colegas del DIC: Scholes, Haldane, Michaelson...
—¿Qué les pasa?
—Cuando empezaron a investigar a Carter, debieron de hablar del tema.
—Supongo que sí.
—¿Hubo algo que le llamara la atención? ¿Hicieron piña?
Forrester adoptó un semblante reflexivo y negó con la cabeza lentamente pero con aplomo.
—¿Alguna vez se sintió excluida? ¿Tal vez cuando iban al pub juntos?
—Algunas noches vamos al pub, sí.
—Debieron de hablar del caso.
—Sí, pero no se mencionaba cómo falsificar pruebas.
—¿Estaba usted allí cuando Michaelson derramó café sobre su cuaderno?
—No.
—¿Y nunca vio a Teresa Collins ni oyó a Carter hablar por teléfono con ella?
—No.
—¿Cómo es posible que no tuviera que comparecer usted en el juicio como testigo? Me da la sensación de que le habría venido muy bien a Carter.
—La verdad es que no lo sé. Lo único que podría haber declarado es lo que acabo de contarle.
—¿Carter nunca intentó seducirla?
Se impuso el silencio en la sala. Forrester se miró las manos y volvió a levantar la cabeza.
—Jamás —aseguró.
—¿Y esa es la verdad y no lo que le han pedido que diga?
—Es la verdad. Tráigame una biblia y juraré sobre ella.
—Si no encontramos una biblia —interrumpió Naysmith—, ¿le serviría una carta de cócteles?
Cheryl Forrester se echó a reír, mostrando su dentadura anacarada y perfecta.
Al final de la entrevista, Naysmith se ofreció a acompañarla al DIC.
—No la van a atracar —dijo Kaye en tono de reprimenda, pero Naysmith desoyó el comentario.
Kaye decidió salir a tomar el aire. En el aparcamiento, una gaviota estuvo a punto de colisionar con él, pero al final impactó contra el parabrisas de un MG. No había rastro del Mondeo, ni tampoco de Fox. Kaye sacó el teléfono móvil y comprobó los mensajes. Tenía tres, uno de ellos de Malcolm. De vuelta a la comisaría, mantuvo el dedo en el timbre hasta que llegó el sargento al mostrador con la misma mirada negra y cordial de siempre.
—Me llevaré al comisario Laird si está por aquí —dijo Kaye.
—No estoy seguro.
—De acuerdo, no importa.
Kaye recorrió el pasillo y subió las escaleras hasta el segundo piso. El Departamento de Investigación Criminal comprendía varias oficinas. Cheryl Forrester se encontraba en una y Naysmith hablaba con ella desde el umbral, con los brazos cruzados y un pie delante del otro. Kaye le dio un golpecito al pasar y abrió la puerta de una oficina diáfana adyacente. Scholes y Michaelson levantaron la mirada de su escritorio. Scholes estaba al teléfono y Michaelson rastreaba la pantalla del ordenador con un ratón. Otro hombre, ligeramente mayor que ellos, se hallaba en el centro de la sala. Se había quitado la americana y llevaba una camisa remangada. Tenía una piel cerosa de un tono aceitunado, el pelo canoso a la altura de las sienes y bolsas en los ojos. Estaba leyendo un fajo de papeles.
—¿Comisario Laird?
Kaye le tendió la mano, pero Laird aún no lo había mirado. Anotó un par de palabras en el margen de una hoja y se guardó el bolígrafo en el bolsillo.
—¿Es usted Fox? —preguntó arrastrando las palabras.
—Sargento Kaye —corrigió él mientras retiraba la mano.
—¿Dónde está Fox?
—Probablemente pidiendo una segunda opinión sobre la gripe de Haldane.
—Bien... —Laird por fin se dignó a mirar a Kaye a los ojos—. Es usted un cabrón impertinente, ¿no?
—Depende de la situación, señor.
Kaye vio que tenía delante a un hombre que creía en las tropas que capitaneaba y que las defendería hasta el final. Forrester no había sido de utilidad porque no podía serlo, pero Laird era otra cosa. No les diría nada porque no se lo merecían. Lo dejaba entrever en su tono, en sus maneras y en su porte, con los pies muy separados. Kaye se había encontrado con tipos así muchas veces. Se los podía desarmar, pero requería tiempo y esfuerzo; semanas y un empeño incesante.
El mensaje de Fox fue: «Preguntadle a Laird por qué trajeron a Pitkethly». Era una pregunta razonable y Kaye sabía por qué era mejor no trasladársela a la propia Pitkethly: probablemente lo ignoraba. Laird había servido en el régimen anterior. Era veterano. Si había una historia que mereciera la pena contar, Laird podía ser el indicado para hacerlo.
Pero tras unos segundos en compañía de aquel hombre, Kaye se dio cuenta de que eso no iba a suceder.
—Mi jefe —dijo— me ha pedido que le pregunte una cosa.
—Pues escúpala.
Pero Kaye se limitó a menear la cabeza.
—Creo que no lo haré.
Entonces se dio la vuelta y se fue. A medio pasillo, agarró a Naysmith del cuello de la camisa y se lo llevó.
7
La plaza de aparcamiento del Mondeo estaba ocupada por un Astra con el motor encendido. De hecho, el único espacio que quedaba libre era el reservado a la comisaria y Fox dejó el coche allí. Al llegar a la entrada del edificio, miró en dirección al conductor del Astra. Su cara le resultaba familiar.
—Ya iba siendo hora —dijo Tony Kaye mientras salía de allí con Naysmith detrás—. Recibí el mensaje, pero me di cuenta de que Laird no iba a darme ninguna alegría.
—Pero la inspectora Forrester ha estado simpática y cooperadora —apostilló Naysmith.
Kaye lo fulminó con la mirada.
—¿Cooperadora? —repitió—. Nos ha dado la raíz cuadrada de un rebuzno. —Luego, volviéndose hacia Fox—: Dime que te ha ido peor que a nosotros. Nos hemos perdido al menos cinco veces. Encontramos al tío, pero está chiflado... Foxy, ¿me estás escuchando?
Fox seguía concentrado en el Astra.
—Ese es Paul Carter —dijo.
—¿Qué?
Fox echó a andar hacia el coche, que dio marcha atrás y enfiló la salida del aparcamiento. El inspector dio unas cuantas zancadas y se detuvo. Kaye lo alcanzó y ambos vieron cómo se alejaba con el estruendo de un tubo de escape modificado.
—¿Estás seguro?
Fox lo miró fríamente.
—De acuerdo —dijo Kaye —. Estás seguro.
Fox sacó el teléfono y llamó a la oficina del fiscal. Le hicieron saltar de una extensión y de una oficina a otra hasta encontrar a quien pudiera facilitarle las respuestas necesarias. Paul Carter había sido puesto en libertad bajo fianza a las ocho y cuarto de la mañana, a falta del dictamen judicial.
—Las celdas están abarrotadas —informaron a Fox—. El juez Cardonald pensó que era una de las apuestas menos arriesgadas. Sus movimientos están restringidos. No puede acercarse a ninguna de las tres mujeres.
—¿Quién ha pagado la fianza?
—No era muy elevada.
—¿Y ha sido idea del juez? ¿De Colin Cardonald?
—Supongo que sí.
—¿Al juez no le cae bien la policía?
—Tranquilícese...
Pero Fox había colgado.
—Está en la calle —confirmó a sus compañeros.
—¿Quieres que lo traigamos para charlar un rato? —preguntó Naysmith.
Fox negó con la cabeza.
—¿Qué demonios estaba haciendo aquí? —añadió Kaye.
—Poniéndose al día con sus colegas —dedujo Fox.
Entonces se volvió hacia las ventanas del primer piso de la comisaría. Ray Scholes estaba asomado a una de ellas con una taza en la mano y ofreció un brindis imaginario a Fox antes de dar media vuelta.
—Eso no cambia nada —afirmó Tony Kaye.
—No —coincidió Fox.
—Y todavía no nos has contado qué tal te ha ido con su tío.
—Pues me parece un buen tipo. —Fox hizo una pausa—. Me ha caído bien.
—Ni la mitad de bien que Forrester a Joe. —Kaye estudió el aparcamiento—. ¿Dónde está mi Mondeo?
—He tenido que ocupar la plaza de Pitkethly.
—Pues será mejor que lo mueva, ¿no?
Kaye extendió el brazo para que le entregara las llaves.
—Mejor aún —dijo Fox—. Vamos a buscar un sitio donde comer. Corre de mi cuenta.
Kaye lo miró.
—¿Dónde está la trampa?
Fox torció la boca.
—Primero daremos una vueltecita por la ciudad.
—¿Por si vemos un Astra plateado? —preguntó Kaye.
Fox le dio la llave.
Después de media hora infructuosa, acabaron de nuevo en el Pancake Place. Como pagaba Fox, Kaye pidió sopa y panqueque de pescado con salsa Mornay. Estaba libre la misma mesa de antes.
—¿Dónde vive Carter? —preguntó Joe Naysmith.
—En la urbanización Dunnikier —dijo Fox—. Pasamos ayer por allí.
—Ayer atravesamos muchas urbanizaciones.
—La de las casas adosadas, con pavimentado y antenas parabólicas.
—Así no estás acotando mucho las opciones.
—Podríamos ir y ver qué le parece que aparquemos delante una hora o dos —propuso Kaye.
—¿Con qué fin? —preguntó Fox.
—Molestar. Podríamos instalar la furgoneta de vigilancia y pincharle el teléfono y el ordenador.
Naysmith parecía interesado.
—Necesitaríamos el permiso de jefatura —afirmó Fox—. Y no nos lo darán.
—¿Por qué no? —preguntó Naysmith frunciendo el ceño.
—Porque estamos aquí por Scholes, Haldane y Michaelson. Carter queda fuera de nuestra competencia.
—Bueno, ¿y si les pinchamos el teléfono a ellos? —sugirió Naysmith.
Fox lo miró.
—La vigilancia es un juego totalmente nuevo, Joe. Dudo que nadie en jefatura los considere peces lo bastante gordos para merecerlo. Además, no somos de aquí. Tendría que ser una operación conjunta de Fife y el departamento local de Asuntos Internos.
Naysmith reflexionó unos momentos y volvió a probar su caldo escocés. El teléfono de Fox empezó a sonar. Era la comisaria Isabel Pitkethly.
—Paul Carter ya no se encuentra bajo custodia —le dijo ella.
—Lo sé.
—Parece que el juez sigue teniendo un poco de fe en él.
—Sí.
—Si decide apelar, las alegaciones contra mis agentes pueden ser cuestionadas en el juicio.
—No es asunto mío, comisaria.
—¿A qué se refiere?
—Yo no trabajo para el tribunal o la acusación. Sus jefes en Glenrothes me dan instrucciones, y hasta el momento no han dicho nada de cancelar la investigación. —Fox hizo una pausa—. ¿Ha hablado con Carter?
—Por supuesto que no.
—Hace una hora estaba enfrente de la comisaría.
—No lo sabía.
—Pues Scholes sí. Tal vez debería usted preguntarle por qué lo ocultó.
—No hace mucho que he vuelto de jefatura.
—Parece que pasa mucho tiempo allí. ¿Poniéndolos al día en persona?
Pitkethly lo ignoró.
—¿Todavía no han terminado aquí?
—Ni de lejos.
—Lo veré luego, entonces. A propósito, inspector...
—¿Sí, comisaria?
—Ni se le ocurra volver a aparcar en mi plaza.
La tarde consistió en una sesión estéril en la sala de interrogatorios con el comisario Laird —no había nada inusual en la jubilación del comisario Hendryson; había llegado su hora, eso era todo— y una visita al achacoso sargento Haldane. Lo encontraron repantingado en el sofá del salón, tapado con un edredón mientras su madre le procuraba té, remedios fríos y consejos avezados.
—¿No pueden esperar a que se encuentre mejor? —dijo a los tres intrusos.
Al final pactaron que Haldane se personara en la comisaría al cabo de un par de días para poder llevar a cabo una entrevista al uso.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Kaye después de subirse al coche.
—A la urbanización Dunnikier —respondió Fox.
Kaye sonrió, como si conociera la respuesta con antelación. Su destino se hallaba en la otra punta de la ciudad y el tráfico era lento.
—Es la hora de salida de los colegios —comentó Naysmith, observando a los alumnos uniformados en la acera.
—Estás hecho un auténtico Hércules Poirot —farfulló Kaye.
Finalmente doblaron la calle de Carter.
—Es esa casa de ahí —dijo Fox.
—¿La del Astra plateado a la entrada? —dijo Kaye—. Hércules Poirot y Sherlock Holmes.
—¿De quién es el otro coche? —preguntó Naysmith.
—Es de Ray Scholes —respondió Fox.
—¿Estás seguro?
—Si el que sale de la casa es él...
Y lo era. Scholes y Carter se abrazaron, y este desapareció en el interior y cerró la puerta. Scholes se percató de la presencia del Mondeo, pero no pareció sorprendido ni molesto. Fox lo vio montarse en su VW Golf negro por el espejo retrovisor.
—¿Le presentamos nuestros respetos? —preguntó Kaye al aminorar en un cruce.
—No.
—Entonces ¿qué?
—Volvemos a Edimburgo.
—Estoy de acuerdo.
—Y para pasar el rato haremos un concurso. —Fox se inclinó hacia delante y asomó la cabeza entre los dos asientos delanteros—. ¿Qué recordáis de 1985? Concretamente, de finales de abril...
La manera que tuvo Kaye de insistir en que tomaran algo en el Minter’s antes de separarse fue ir directamente al pub y aparcar enfrente.
—Pago yo —dijo, y pidió una pinta para él, media para Naysmith y un zumo de tomate para Fox.
Por su experiencia, el camarero sabía que la «media» de Naysmith era broma y sirvió dos pintas de Caledonian 80. Llevaron las bebidas a una mesa y Kaye preguntó a Fox cuánto tiempo hacía que no se tomaba una copa.
—He perdido la cuenta.
—De acuerdo —respondió Kaye enjugándose una franja de espuma del labio superior.
—¿Sabéis? —dijo Joe Naysmith—. La operación de vigilancia no es mala idea.
—Eh —advirtió Kaye moviendo un dedo—, no estamos trabajando.
—Yo solo digo que así plantearíamos normalmente un caso.
—Pensaba que ya lo había explicado... —argumentó Fox.
Naysmith asintió.
—Pero, corregidme si me equivoco, es el único camino viable. Pongamos que pedimos permiso a Bob McEwan y lo preparamos todo sin que nadie en Fife lo sepa. Luego, cuando tengamos algo...
—Si es que llegamos a tener algo —corrigió Fox.
—Vale, si llegamos a tener algo.
—Y eso es mucho suponer —añadió Kaye.
—Sí, pero lo que haríamos entonces es presentarlo en la Jefatura de Fife como un hecho consumado.
—Este muchacho me está despistando con tanta verborrea —protestó Kaye a Fox.
—Para empezar, ¿qué te hace pensar que McEwan aceptaría? —le preguntó Fox a Naysmith.
—Se lo pediríamos de manera educada.
—Claro, la educación es su debilidad —replicó Kaye con una sonrisa socarrona.
—Insisto —le dijo Fox a Naysmith—, tendría que ser una misión de Fife.
—¿Y qué tiene de malo preguntárselo? Tú debes de conocer a alguien en Asuntos Internos...
Fox dudó unos momentos antes de responder.
—No creo que seamos santos de su devoción. Estamos trabajando en el que debería ser su territorio.
—Pero ¿conoces a alguien o no? —reiteró Naysmith.
—Sí —respondió Fox, volviéndose hacia Kaye.
Este se encogió de hombros.
—No creo que funcione.
—¿Y por qué no?
—Una operación de vigilancia precisa la aprobación de arriba. ¿No habíamos quedado en que Glenrothes no quiere que descubramos nada?
—Pero si se niegan ante su propio Departamento de Asuntos Internos —adujo Naysmith—, levantarán sospechas.
Kaye seguía con la mirada fija en Malcolm Fox.
—¿Tú qué dices, Foxy?
—Es un campo de minas protocolario.
—Con un poco de suerte, no saltaremos por los aires al primer paso que demos.
—Solo teléfonos fijos y móviles —terció Naysmith— para escuchar qué dice Carter a sus colegas del DIC.
—Tendré que pensarlo —dijo Fox a la postre.
Kaye dio un manotazo a Naysmith en la rodilla.
—Eso significa que lo hará. Bien jugado, Joseph. Y, por cierto, la próxima ronda la pagas tú...
Una vez en casa, Fox calentó otra comida preparada en el microondas y se la llevó a la mesa. No encendió el televisor; estaba absorto en sus pensamientos. Después de recogerlo todo, llamó a su hermana y se disculpó por no haberlo hecho antes.
—A ver si lo adivino: has estado ocupado.
—Pues resulta que es cierto.
Fox se pellizcó la piel del tabique nasal.
—Pero ¿has ido a ver a papá?
—Ayer por la noche, como te prometí. Volvía a ser él cuando yo llegué.
—Ah, ¿sí?
—Estuvimos viendo algunas fotografías.
—¿Y no se puso nervioso?
—No demasiado.
—Entonces, a lo mejor es cosa mía. ¿Es ahí donde quieres llegar? ¿Crees que exagero?
—No, Jude, estoy seguro de que no. Y vi la bolsa de pañales en el cuarto de baño.
—Si empieza a hacérselo encima, lo echarán.
—Lo dudo.
—Querrán que esté en casa con uno de nosotros.
—Escucha, Jude...
—¡Yo no puedo, Malcolm! ¿Cómo voy a arreglármelas?
—No se lo van a quitar de encima.
—¿Por qué? ¿Porque sigues soltando pasta para pagar la cama y la comida? Eso está bien mientras no les cause molestias.
—¿Te quedarías más tranquila si fuésemos a verlos?
—Ve tú. A mí me odian.
—No es cierto.
—Me tratan como a un perro. Tú no lo ves porque eres el que saca la chequera. Pero ya está bien, ¿no? Serás tú quien se lleve casi toda la herencia. Es a ti a quien quiere, es de ti de quien siempre habla cuando estoy allí. De mí no habla nunca. Yo solo soy un mulo de carga, ¡como los putos cuidadores!
—¿Te estás oyendo, Jude?
Sin embargo, era Fox quien oía a su hermana al tiempo que sus quejas se prolongaban y ganaban en intensidad. Recordó la fotografía de cuando era niña, encaramada a los hombros de Chris, rebosante de una energía desenfadada que ahora había destilado en aquello.
«A veces hay que trazar una línea...».
Fox colgó y conectó el teléfono al cargador. Se tiró del labio inferior, contemplando el aparato y preguntándose si sonaría, con Jude encolerizada al otro lado.
Pero no sonó, así que preparó un té y pensó si podría haberle dicho algo para arreglar las cosas: ofrecerse a visitar a su padre más a menudo; organizar una comida para los tres un fin de semana... «Es a ti a quien quiere... Yo solo soy un mulo de carga».
Con un suspiro, encendió el ordenador, preguntándose qué información podría recabar sobre el año 1985, mientras el doloroso recuerdo de la llamada telefónica empezaba a desvanecerse.
TRES
8
—Entonces ¿no eres un fantasma?
—La última vez que me miré al espejo era de carne y hueso.
Fox se disponía a extender una mano, pero vio las de ella acercándose. Hizo ademán de cogerlas, pero se dio cuenta de que era el preludio de un abrazo. Con torpeza, la correspondió.
—¿Han pasado tres años o cuatro? —preguntó ella.
Tres o cuatro años desde su escarceo en la conferencia «Criterios de conducta» celebrada en la Academia de Policía de Tulliallan, de todos los lugares posibles.
—No llega a cuatro. No has cambiado nada.
Fox dio un paso atrás para sopesar mejor qué tenían de cierto sus palabras. Se llamaba Evelyn Mills y eran más o menos de la misma edad, pero ella envejecía muy bien. Estaba casada en el momento de su aventura y, a juzgar por el anillo que llevaba en la mano izquierda, seguía estándolo. Se encontraban en el paseo marítimo de Kirkcaldy. Había llovido copiosamente, pero la tormenta se había disipado. Sobre ellos se deslizaban unas nubes gruesas desmenuzadas. Se atisbaban dos cargueros en el horizonte. Fox lo interiorizó todo, a la espera de que ella hiciera algún comentario sobre su aspecto.
—Entonces ¿sigues en Asuntos Internos? —preguntó Evelyn.
Fox se metió las manos en los bolsillos y luego se encogió de hombros.
—Y tú también.
—Hummm...
Evelyn pareció estudiarlo con atención. Entonces entrelazó un brazo con el de Fox y echaron a andar en silencio.
—Lo de Paul Carter te ha beneficiado —dijo Fox final mente.
—Pero no fue culpa nuestra, ¿verdad? Fueron los testigos. Aun así... Otro día, y ante otro tribunal, quizás habrían cambiado las tornas.
—No habría cambiado nada —insistió Fox.
—No habría cambiado nada... Somos tan buenos en nuestro trabajo que tienen que arrastrarte hasta aquí desde la bulliciosa metrópolis.
—Guarda las distancias, Evelyn. Así nadie podrá acusarte de investigar por tu cuenta.
—¿Crees que haríamos algo así?
—No seré yo quien señale a nadie. —Fox hizo una pausa—. Si te sirve de consuelo...
—No busco consuelo, Malcolm.
Con la mano que le quedaba libre le apretó el antebrazo, con lo que Fox supo que estaba postulándose como aliada y no como enemiga.
—Carter ya está en la calle —le informó Fox—. ¿Lo sabías?
Evelyn asintió. Se dirigían hacia el muelle situado en el extremo norte del paseo marítimo. Había un solitario barco pesquero amarrado, pero ni rastro de vida, salvo algunas gaviotas de aspecto feroz.
—Hemos pensado que estaría bien saber qué les dice a Scholes y a los demás.
—Ah, ¿sí?
—Fijo y móviles.
—¿De cuatro agentes?
—Tres: la apelación de Carter (suponiendo que la presente) sería un festín si lo espiamos.
—No sé si podemos llegar a tanto, Malcolm.
—¿Es una cuestión de personal o de recursos?
Evelyn exhaló ruidosamente.
—Si te soy sincera, ambas cosas. Tienes delante de ti al Departamento de Asuntos Internos de Fife: soy yo. Siempre puedo solicitar algunas unidades en caso de emergencia...
—¿Es lo que hiciste cuando Alan Carter presentó la demanda original?
Evelyn asintió, y se apartó el pelo de la cara.
—El mejor amigo de Scholes es Carter. Si tuviera que investigar a alguien, sería a él.
—Ayer lo vimos saliendo de casa de Carter.
—¿Me estás diciendo que la vigilancia ya está en marcha?
Fox meneó la cabeza de nuevo.
—Pasábamos por allí.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Pasabais por la urbanización Dunnikier?
—Es un decir.
Evelyn escrutó su rostro y soltó una risotada.
—Dios mío, qué cosas hacemos... —dijo.
Fox no sabía si se refería a su trabajo o si estaba rememorando aquella noche en Tulliallan, pero prefirió no arriesgarse a preguntar.
—¿Eres consciente de que tendría que consultarlo con mi jefe? —dijo Evelyn tras meditar unos instantes—. ¿Y de que él tendría que acudir al suyo?
Fox asintió.
—¿Puedo decirles que ha sido idea tuya?
Fox asintió de nuevo.
—¿Y todo esto para demostrar que unos compañeros cerraron filas en torno a uno de los suyos?
—Y que fue perjudicial para ellos —le recordó Fox.
Evelyn se deslizó un dedo por la nariz; una nariz que, de repente, Fox recordó haber besado. Aquella noche había bebido mucho. Él era el que estaba sobrio, el que solo debería haberla acompañado hasta la puerta del dormitorio. Pero tenía una tetera en la habitación y sobres de café instantáneo. Y una cama individual muy estrecha...
—¿En qué piensas? —le preguntó Fox.
—En que me estoy congelando.
—Sea cual sea la respuesta, gracias por reunirte conmigo.
Esta vez, Evelyn le dio una palmada en el brazo y se dirigieron hacia el coche. Llegaron hasta él en silencio, y ella le preguntó dónde había aparcado. Fox señaló con la cabeza en dirección al centro de la ciudad. Evelyn abrió el coche y se subió. Era un Alfa Romeo con el interior azul oscuro.
Fox le cerró la puerta y Evelyn encendió el motor y bajó la ventanilla.
—Hace unos meses estuve en Fettes dirigiendo una misión. Me planteé llamar a tu puerta.
—Deberías haberlo hecho.
Evelyn quitó el freno de mano, lo saludó y se fue. Fox se quedó allí hasta que el coche desapareció de su campo visual. Entonces, cruzó la calle y se dirigió al bar del centro comercial Mercat. Kaye y Naysmith lo esperaban allí, tomando un café y leyendo sus periódicos de cabecera: The Daily Record y The Guardian, respectivamente.
—No pidas nada —le advirtió Kaye a Fox—. Ni punto de comparación con el otro bar.
—Pero está más cerca del coche —le recordó Fox.
Kaye tenía la mirada clavada en él, a la espera de su informe.
—Es un quizá —reconoció mientras se sentaba a la mesa.
Kaye abrió las fosas nasales y se inclinó para olisquear el abrigo de Fox.
—Chanel número 5, a menos que esté perdiendo el olfato. Por tanto, tu contacto no es un tío.
—¿Quién es Hércules Poirot ahora? —musitó Joe Naysmith sin molestarse en apartar la mirada del periódico.
«En la sala de interrogatorios, no», había insistido Teresa Collins. De hecho, no quería que fuese cerca de «ese lugar apestoso», motivo por el cual Fox propuso su casa. Era el piso superior de un dúplex en Gallatown. Gary Michaelson había informado de que no era la zona más recomendable de la ciudad. A Fox no le disgustaba: había barrios mucho peores en Edimburgo. Eran casas adosadas y semiadosadas, muchas de ellas compartidas, con muros salpicados de guijarros y abundantes antenas parabólicas. Madres jóvenes, algunas de ellas embarazadas otra vez, empujaban los cochecitos de sus bebés mientras hablaban por teléfono. Unos cuantos adolescentes con gorras de béisbol fruncieron el ceño cuando el Mondeo se detuvo junto al bordillo y gruñeron por instinto cuando los tres hombres se apearon. Fox pulsó el timbre que llevaba el nombre de «Collins».
—¡Está abierto! —exclamó una voz.
Fox giró el pomo y empezó a subir el pronunciado tramo de escaleras. Alguien estaba celebrando una fiesta en el primer piso.
—Eminem —dijo Naysmith.
—A mí me suena a ruido —farfulló Tony Kaye.
Teresa Collins estaba sentada en una butaca en un salón despejado, balanceando una pierna sobre el reposabrazos, con un cigarrillo encendido en la boca. Llevaba unas mallas negras de licra y una camiseta púrpura con la inscripción porn star en lentejuelas.
—No hacía falta que se acicalara para nosotros —le dijo Kaye mientras estudiaba un póster tridimensional de Beyoncé que había colgado sobre la chimenea.
La música que llegaba del piso de abajo hacía vibrar los cristales de las ventanas.
—Olvidé preguntar —intervino Collins— si debería haber llamado a mi abogado.
—Aquí es usted la víctima —le recordó Fox y presentó a los visitantes.
Había otra butaca, pero estaba cubierta por la colada. En materia de ropa interior, Teresa Collins parecía decantarse por los tangas.
—«Víctima» suena bien —dijo y dio otra calada al cigarrillo.
Había un televisor de pantalla plana y una caja de Freeview* en una esquina del salón. En un estante, por lo demás vacío, descansaban la base y los altavoces de un reproductor de MP3. La alfombra beis había acumulado un impresionante número de quemaduras de cigarrillo.
—Todo el mundo necesita buenos vecinos, ¿eh? —anunció Kaye, mientras taconeaba en el suelo.
—Son majos.
El pie que colgaba del reposabrazos seguía el ritmo, y el otro se agitaba frenéticamente.
—¿Estimulantes para contrarrestar los efectos de la metadona? —conjeturó Fox.
—No encontraréis nada sin receta —replicó ella.
—No estamos buscando nada. Como le dije por teléfono, estamos investigando a los colegas de Carter.
—Eso decís vosotros.
—Estaría bien que me creyera.
Parecía como si Collins tuviera problemas para centrar su atención en él.
—Adelante, pues —dijo al fin—. Hacedme las puñeteras preguntas de siempre...
—¿Solía venir por aquí el agente Carter?
—Sí.
—¿Le vio algún vecino?
—Eso dijeron, ¿no?
—No fue muy discreto por su parte. ¿Y sus compañeros no la visitaban nunca?
—Scholes lo hizo una vez. Pero eso fue al principio, cuando querían que me convirtiera en una soplona.
—¿Scholes no estuvo aquí cuando Carter le pidió uno de esos favores?
Collins negó con la cabeza.
—A lo mejor lo esperaba en el coche. —Parecía agitada—. Cuando los vuestros se enteraron de todo, fue Scholes quien me llamó para intentar advertirme.
—Sé que no es fácil volver a hablar de esto.
—Creía que se había acabado. ¿Ahora qué pasará? Como él está en las últimas, ¿no dejaréis de perseguirme hasta que pierda la chaveta o me suicide?
Fox guardó silencio unos instantes.
—¿Sabe que existen organizaciones benéficas que podrían ayudarla?, ¿números a los que llamar?
—¿Rape Crisis* y toda esa historia? —Teresa Collins meneó la cabeza con determinación—. Yo solo quiero que me dejen en paz. —Exhaló una voluta de humo y se limpió los restos de ceniza de la camiseta—. Ahora está en la cárcel. Es lo único que pido...
—¿Y si no lo estuviera?
En cuanto las palabras salieron de su boca, Naysmith supo que había cometido un error. Las miradas fulminantes de Fox y Kaye se lo confirmaron.
—¿Me estáis diciendo que anda suelto?
Los pálidos ojos de aquel rostro aún más pálido estaban a punto de salírsele de las órbitas.
—Tendrían que habérselo comunicado —intervino Fox en voz baja.
—¿Está...?
Collins se levantó y miró por la ventana.
—Le han advertido que no se acerque a menos de medio kilómetro de usted —dijo Fox para intentar tranquilizarla—. Si lo hace, volverá a prisión de inmediato.
—Qué chachi —respondió ella en un tono cargado de sarcasmo—. Seguro que cumple, ¿verdad? Ese gilipollas es un ciudadano ejemplar...
Collins se apartó de la ventana.
—¿Y si digo que todo era mentira, que me lo inventé para meterlo en un lío?
—Entonces será usted la que acabará entre rejas —advirtió Fox, que dejó su tarjeta de visita sobre el reposabrazos—. Ese es mi número. Si lo ve rondando por aquí, llámeme.
—Habéis venido a amenazarme —afirmó Teresa Collins, señalando con un dedo tembloroso—. Para intimidar a alguien, tres son suficientes. Y esa historia de que está en la calle... Estáis aquí para contármelo, ¿verdad? Primero Scholes, Haldane y Michaelson, y ahora vosotros tres.
—Le aseguro que somos...
—¡Iré a los periódicos! ¡Eso haré! ¡Armaré un escándalo!
—¿Quiere calmarse, Teresa?
Fox levantó las manos en señal de rendición. Dio un paso al frente, pero ella se volvió otra vez y abrió la ventana.
—¡Socorro! —gritó—. ¡Que alguien me ayude!
Fox se dio cuenta de que Kaye estaba esperando a que tomara una decisión.
—La llamaré —dijo Fox a Collins, alzando el tono de voz con la esperanza de que lo oyera—. Más tarde, cuando haya tenido la oportunidad de...
Con un ademán les indicó a Kaye y Naysmith que se marchaban. Los vecinos del piso de arriba estaban curioseando desde el rellano.
—Está histérica —explicó Fox antes de bajar las escaleras.
Ninguno de los asistentes a la fiesta del primer piso los había oído, y, si lo hicieron, no movieron un dedo. Pero los niños estaban en la acera, plantados frente a Fox y sus compañeros. El inspector les mostró su identificación.
—Atrás —ordenó.
—La habéis violado —dijo una voz en tono acusador.
—Solo está enfadada.
—Claro, ¿y de quién es la culpa? Vuestra...
—Por el amor de Dios —espetó Tony Kaye—. ¡Mirad mi coche!
Alguien había volcado el contenido de una papelera sobre el capó y el parabrisas: envases de comida rápida, colillas de cigarrillo, latas de cerveza aplastadas y lo que parecían restos de una paloma muerta.
—Hay un lavado de coches en esta misma calle. Cuesta solo tres libras —sugirió un miembro del grupo.
—Cinco, si les decís que sois de la bofia —añadió otro.
Se oyó una risa, que Fox agradeció. La situación empezaba a calmarse, y Teresa Collins había dejado de chillar y había cerrado la ventana.
Sin embargo, Tony Kaye parecía furioso. Embistió contra los jóvenes, pero Fox lo agarró del brazo.
—Tranquilo, Tony, tranquilo. Vámonos de aquí, ¿eh?
—Pero esos gilipollas...
—Al coche —ordenó Fox.
Kaye tardó un poco en obedecer. Utilizó los limpiaparabrisas para apartar algunos escombros, y al dar marcha atrás, pisó el acelerador a fondo para desplazar otros del capó.
—Te juro por Dios que pienso volver aquí con un bate —masculló, mientras la banda pasaba junto al coche propinándole alguna que otra patada o manotazo.
Kaye aceleró y puso primera, luego realizó un giro de ciento ochenta grados para desembarazarse de casi toda la basura que quedaba.
—Olvídalo, Kaye —dijo Joe Naysmith—. Esto es Gallatown.
—Te crees muy gracioso, ¿no?
Tony Kaye se inclinó y le dio un fuerte puñetazo en la cabeza.
—Ríete ahora, imbécil...
9
—Ha sido rápido —dijo Malcolm Fox.
Evelyn Mills estaba al otro lado de la línea. Habían autorizado el dispositivo de escuchas.
—Mi jefe cree que no es necesario dar parte a los de arriba —explicó.
—¿Por qué no?
—Supongo que sabe que habrían puesto trabas.
—Me cae bien tu jefe.
—La verdad es que me recuerda un poco a ti.
—Entonces me siento halagado. ¿Cuándo estarás operativa?
—Necesito un ingeniero de telecomunicaciones que nos ayude con la línea terrestre.
—¿«Nos»?
—Colaborarán dos jóvenes del DIC. El teléfono móvil llevará más tiempo. Primero tendremos acceso a los números marcados y las llamadas recibidas... —Evelyn hizo una pausa—. Ya sabes cómo funciona.
—Cierto.
Fox la oyó suspirar.
—Hoy terminarán con la línea fija; mañana, en algún momento, harán todo lo demás. Es improbable que Scholes envíe correos electrónicos a Carter, así que tenía pensado obviar la vigilancia informática.
—Me parece bien. Y gracias de nuevo, Evelyn.
—Para eso están los amigos abandonados, ¿no?
—Correcto.
—Solo una cosa: Scholes no es idiota. Eso podría explicar por qué fue a casa de Carter. Así mantienen conversaciones en privado. Puede que lo único que consigamos sean mensajes de texto para organizar más encuentros.
—Lo sé.
Evelyn suspiró de nuevo.
—Por supuesto que lo sabes. Siempre me olvido de lo mucho que nos parecemos. Quizá por eso conectamos tan bien en aquella ocasión.
—¿Estás segura de que quieres añadir algo más? Puede que no sea una línea tan segura como nos gustaría.
Evelyn estaba riéndose cuando Fox finalizó la llamada.
—Parece que tenemos algo —dijo Kaye.
Los tres estaban hacinados en el almacén con la puerta ligeramente entornada para que Joe Naysmith vigilara a posibles espías y holgazanes.
—Todo debería estar listo mañana. Puede que tengamos el teléfono fijo esta misma noche.
—Qué eficiencia. ¿Podrías compartir con nosotros el secreto de tu éxito?
—No.
—Al menos el nombre de la chica...
—Además —añadió Naysmith, volviéndose hacia sus compañeros—, fuera lo que fuese, pensaste que no debía decirlo a través de una línea poco segura.
Naysmith se sobresaltó cuando alguien llamó a la puerta y la abrió. Allí estaba la comisaria Pitkethly, y parecía enfurecida.
—O mucho me equivoco, o ustedes tres acaban de hacerle una visita a Teresa Collins, ¿cierto?
Fox se puso en pie.
—¿Se ha quejado? —preguntó.
—Podríamos decirlo así. Encontraron su nombre en una tarjeta de visita que había en la butaca cuando entraron con la camilla.
Pitkethly vio de inmediato el efecto que habían tenido sus palabras y guardó silencio para saborear mejor la incomodidad de los tres rostros que tenía ante sí.
—Un transeúnte la vio embadurnando la ventana con la sangre de los cortes que se había hecho en las muñecas y llamó a una ambulancia.
Ahora los tres estaban de pie, mirando a Pitkethly. Kaye fue el primero en hablar.
—¿Está...?
—Está en el hospital. Las heridas no parecen demasiado graves. La cuestión es qué la empujó a hacerlo y, por su mirada, diría que acabo de averiguarlo.
—Estaba histérica —espetó Naysmith—. La dejamos sola...
—Después de tranquilizarla, obviamente —dijo Pitkethly, hurgando en la herida—. Esa mujer ha vivido una experiencia traumática. Es frágil por naturaleza, y tiene un historial de consumo de drogas. Supongo que no se fueron así por las buenas.
—No responderemos —afirmó Fox, recuperando un poco la compostura.
—Puede que tengan que hacerlo.
—Redactaremos un informe.
—¿Lo pactarán de antemano?
La pregunta provenía del comisario Peter Laird, que acababa de aparecer junto a Pitkethly. Fox intuyó que había otros espectadores en el pasillo, así que esquivó a la comisaria y se asomó para comprobarlo. Laird no se molestó en disimular el placer que sentía ante aquel giro de los acontecimientos.
—O sea —prosiguió Laird, cruzándose de brazos—, que querrán cerciorarse de que las versiones encajan.
—Pero ¿se pondrá bien? —le preguntó Joe Naysmith a Pitkethly.
—Ahora ya es un poco tarde para hacerse el preocupado —repuso ella.
Fox se plantó delante de la comisaria.
—Ya basta —dijo. Luego, a Kaye y a Naysmith—: Larguémonos de aquí.
—¿Tan pronto?
Laird agitaba los dedos de una mano mientras recorrían el pasillo.
—Necesitaré esas declaraciones —exclamó Pitkethly.
Cuando Fox abrió la puerta que daba al mundo exterior, vio a Scholes entrar a toda prisa desde el aparcamiento.
—Parece que me he perdido la fiesta —dijo con una sonrisa.
Fox no le hizo ningún caso, pero Kaye le propinó un empujón con el hombro que a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio. Scholes no reaccionó. Sus carcajadas los siguieron hasta el Mondeo.
—¿Adónde vamos? —preguntó Kaye.
—A casa —dijo Fox.
No cruzaron palabra en varios kilómetros. Fue Naysmith quien rompió el silencio.
—Pobre mujer.
Kaye asintió.
—¿Pensáis que deberíamos habernos quedado?
Kaye miró a Fox, pero vio que no iba a responder. Estaba observando por la ventanilla del acompañante, casi rozándola con la frente.
—Yo no veo que hayamos hecho nada malo —dijo Kaye, forzando más la certidumbre de la que sentía—. Éramos nosotros los que estábamos poniéndola frenética, así que nos fuimos.
—Pero ¿no fui yo al decirle que Carter había quedado libre...?
—Nuestro cometido no consiste en ocultarle los hechos, Joe.
—Parece que os habéis aprendido los informes al dedillo —interrumpió Fox.
—Era su manera de pedir ayuda a voces —insistió Kaye—. Todos lo hemos visto.
—Yo no —precisó Naysmith.
—Pero ya sabes cómo es ese tipo de gente. Si hubiera querido matarse de verdad, no se habría asomado a la ventana para enseñarle a todo el mundo lo que había hecho.
—¿Y si no hubiera pasado nadie?
—Entonces habría llamado ella misma a la ambulancia. Como te decía, suele ocurrir.
—No puedo evitar pensar...
—¡Pues no pienses! —le espetó Kaye a Naysmith—. Volvamos a la civilización y redactemos lo sucedido. —Miró de nuevo a Fox—. Venga, Malcolm, apóyame con esto. Podía explotar en cualquier momento. Tuvimos la mala suerte de que ocurrió cuando ocurrió.
—Podríamos haber intentado tranquilizarla.
—Por si lo has olvidado, estaba desgañitándose. Dos minutos más allí y nos habrían arrinconado todos los chalados del barrio. —Kaye asió el volante con ambas manos—. Yo no creo que hiciéramos nada malo —insistió.
Fox vio que circulaban de nuevo por la M90 y que ya habían pasado Inverkeithing.
—Tienes que hacerme un favor —susurró.
—¿Cuál?
—Justo antes del puente hay un área de descanso. Para y déjame bajar.
—¿Vas a vomitar?
Fox negó con la cabeza.
—¿Entonces?
—Tú para.
Kaye puso el intermitente para desplazarse al carril central, vio el cartel del área de descanso e indicó de nuevo la maniobra. Era una zona para vehículos de gran tonelaje; desde allí trasladaban su carga al otro lado del estuario. Fox se bajó del coche y sintió que el tráfico lo succionaba hacia la calzada. Sin embargo, una acera conducía a un camino que cruzaba el puente.
—Estás de broma —le gritó Kaye.
—Necesito un poco de aire, eso es todo.
—¿Y qué demonios se supone que debemos hacer?
—Esperadme al otro lado, tan cerca de las antiguas cabinas de peaje como podáis.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Naysmith, pero Fox meneó la cabeza, cerró la puerta y se subió el cuello de la chaqueta.
Había recorrido treinta o cuarenta metros cuando el tráfico le permitió al Mondeo pasar junto a él haciendo sonar la bocina una vez. Fox los saludó y siguió andando. Nunca había cruzado el puente de Forth de aquella manera, pero sabía que lo frecuentaban corredores y turistas. El ruido de la autovía era atronador, y la caída al estuario de Forth parecía vertiginosa; pero Fox siguió adelante, inhalando aire contaminado. En sentido contrario se le acercaba una mujer paseando un perro. Llevaba el pelo envuelto en una bufanda y lo saludó con un gesto y una sonrisa, a los cuales Fox correspondió sin demasiado acierto. A su izquierda divisaba el puente del ferrocarril, en gran parte cubierto por obras de mantenimiento. También había islas allí abajo, y a la derecha, el puente de Rosyth. El viento le azotaba las orejas, pero tenía la sensación de que se lo merecía. Kaye tenía razón, por supuesto: era un grito de auxilio más que un intento de suicidio serio. Pero daba igual. Le arrojaron una bomba con la noticia de Paul Carter y luego se fueron. Ni una sola llamada a los servicios sociales o a quienquiera que estuviese dispuesto a cuidar de ella. ¿Un vecino? ¿Un familiar que viviera por la zona? No: se habían preocupado más por ellos mismos y por el maldito Mondeo.
Fox no se había topado con tanta violencia ni con tanta tragedia en los años que llevaba en el cuerpo. Unas cuantas peleas entre borrachos cuando lucía uniforme y un par de casos desagradables de asesinato en el DIC. Parte del atractivo de Asuntos Internos era que al departamento no le interesaba que se quebrantaran huesos, sino normas. Investigaban a los agentes que cruzaban líneas rojas, pero no eran hombres violentos. ¿Lo convertía eso en un cobarde? A su juicio, no. ¿Era menos policía por ello? Tampoco. Pero por naturaleza evitaba los enfrentamientos, o se cercioraba de que no llegaran a aflorar. Por ese motivo sentía que le había fallado a Teresa Collins. Cada momento que pasó con ella podría haber sido distinto y haber deparado un desenlace más provechoso.
Fox se frotaba la cara con las manos al caminar. Apretó el paso. El viento parecía incluso más cortante al acercarse al tramo central del puente. Ahora se hallaba en medio del estuario de Forth, y unos cables de acero lo sostenían en el aire. Dependía de que ellos desempeñaran su labor y no se rompieran repentinamente. Sin saber muy bien por qué, echó a correr, primero al trote y después más rápido. ¿Cuándo había corrido por última vez? No se acordaba. La carrera se prolongó solo unas docenas de metros y, al final, se quedó sin resuello. Dos corredores de verdad lo miraron al pasar.
—Estoy bien —les dijo, gesticulando con la mano.
Puede que él también se lo creyera. Sacó el teléfono e hizo una fotografía de la panorámica como recuerdo. Ahora tenía bajo sus pies South Queensferry, con sus tempestuosos trayectos en yate y barco hasta Inchcolm Abbey. Empezó a buscar el Mondeo, pero no lo veía. ¿Se habrían hartado de él y lo habrían abandonado? Volvió a observar los pocos vehículos que había aparcados y entonces oyó un claxon a su espalda. Al volverse vio a Kaye, que acababa de cruzar el puente.
Fox abrió la puerta del copiloto.
—¿Cómo lo has conseguido? —preguntó.
—Joe estaba preocupado por si saltabas —explicó Kaye—. Así que seguimos la rotonda, volvimos a Fife e hicimos lo mismo al otro lado... Y aquí estamos.
—Me alegra saber que os preocupáis.
—Fue Joe, recuerda. Yo te habría dejado en paz.
Fox sonrió, se montó en el coche y se puso el cinturón de seguridad.
—Gracias de todos modos —dijo.
—¿Ha sido un paseo agradable? —preguntó Naysmith desde el asiento trasero.
—Me ha despejado un poco la cabeza.
—¿Y? —preguntó Kaye.
—Estoy bien.
—Juraría que te hemos visto corriendo.
Fox miró fijamente a Tony Kaye.
—¿Tengo pinta de corredor?
Kaye esbozó una media sonrisa.
—La verdad es que no.
—Entonces no estaba corriendo, ¿no?
—Esa es su versión de los hechos, inspector. —Kaye miró a Joe Naysmith por el retrovisor—. Nosotros siempre tendremos la nuestra. Pero mientras tanto, ¿debo suponer que volvemos a la base?
—A menos que quieras pasar antes por un lavado de coches. —Fox vio que Kaye meneaba la cabeza—. De acuerdo. Vamos a comprobar si la noticia llega a Bob MacEwan antes que nosotros.
10
—¿Y bien? —preguntó McEwan cuando entraron en la oficina. Tenía la cintura apoyada en la mesa de Fox y las manos metidas en los bolsillos.
—Se ha enterado, ¿no?
—Por el subinspector de Policía de la comisaría de Fife, el mismo hombre que nos pidió ayuda en su momento.
—Pero ¿está satisfecho con el resto de nuestros progresos? —preguntó Kaye.
—No es momento para ocurrencias, sargento Kaye —le espetó McEwan—. Supongo que alguno de ustedes me explicará qué diablos ha ocurrido.
—Fuimos a interrogarla a su casa —empezó Fox—. Cuando se enteró de que Carter ya no estaba bajo custodia, se puso histérica.
—Nos dimos cuenta de que nuestra presencia no ayudaba —añadió Kaye—. La prudencia es la madre de la ciencia y tal...
—¿En qué estado se encontraba cuando la dejaron?
—Temblaba un poco —decidió responder Naysmith.
—¿Que temblaba un poco? —repitió McEwan—. ¿Y el griterío que oyeron los vecinos?
—Es cierto que gritaba un poco —reconoció Fox.
—¿Dijo que la policía la estaba intimidando?
—Malinterpretó la situación, señor.
—Me parece que no fue la única. —McEwan se pellizcó la nariz y cerró los ojos. Siguió hablando sin abrirlos—. Eso les da alas ¿lo saben?
—¿El subinspector quiere que nos sustituyan?
—Creo que se lo está pensando.
—No habría aceptado que la entrevistáramos en comisaría, Bob —explicó Fox con tono pausado—. Teníamos que acudir nosotros a ella.
McEwan abrió los ojos de nuevo, parpadeando como si necesitara enfocar.
—¿Le dijisteis vosotros que Carter estaba en la calle?
—Fue culpa mía —admitió Naysmith.
McEwan gesticuló con la cabeza.
—Bien —dijo—, será mejor que plasméis sobre el papel vuestra versión de los hechos y ya veremos qué opina Glenrothes. ¿Hay algo más que deba saber?
Fox y Kaye se miraron.
—No, señor —respondió Fox.
Las noticias sobre la operación de vigilancia a Scholes podían esperar: seguro que el jefe ya tenía bastante con una pequeña bomba cada vez.
Más tarde, Fox fue a la cantina a tomar café, y recordó que no había probado bocado desde el desayuno. Lo único que quedaba del almuerzo eran bocadillos de huevo y berros, así que puso uno en la bandeja, además de un Kit Kat y una manzana golden. Cuando sonó el teléfono, no pensaba responder, pero reconoció el nombre que aparecía en pantalla.
—Hola, Evelyn —dijo.
—Ay —respondió Mills.
—¿Te has enterado?
—Aquí prácticamente no se habla de otra cosa. La prensa local también parece estar al tanto. Ya sabes cómo lo tergiversarán todo.
—Pueden intentarlo.
—¿Mostraba tendencias suicidas?
—No más que cualquiera de nosotros. —Fox se limpió con una servilleta el chocolate fundido que se le había pegado a los dedos—. ¿Todavía podrás ayudarnos?
—Espero que sí.
—En ese caso..., ya veremos.
—¿Qué significa eso?
—Significa que mi jefe podría echarse atrás.
—Dale un empujoncito.
Se hizo el silencio hasta que Evelyn le preguntó cómo se encontraba.
—Bien.
—Pues no lo parece.
—No pasa nada.
Fox miró la bandeja. Solo había dado un mordisco al bocadillo, pero el Kit Kat ya era historia. El café despedía un lustre aceitoso y no le apetecía comerse la manzana.
—No te queda más remedio que contar la verdad —dijo Mills—. Dales tu versión de los hechos.
Fox podría haberle dicho: «Ese es el problema». Todas las historias tenían varias versiones. La propia podía diferir de las de todos los demás. En el piso de Collins, ¿habían sido pragmáticos, cobardes o insensibles? Otros decidirían cuál era la respuesta, y podía no ser cierta en absoluto.
—¿Malcolm?
—Sigo aquí.
—¿Necesitas hablar con alguien? Podemos quedar para tomar una copa.
—No bebo.
—¿Desde cuándo?
Parecía sorprendida de veras.
—Desde mucho antes de conocerte.
—He debido de olvidarlo. —Hizo una pausa—. Aun así, podríamos vernos.
—En otra ocasión, ¿de acuerdo?
Fox le dio las gracias y colgó. Luego empezó a deslizar la manzana por la mesa, de la mano izquierda a la derecha y vuelta a empezar.
Nadie propuso un viaje a Minter’s después del trabajo. Pero cuando salían de la oficina, Naysmith hizo algo poco corriente: les tendió la mano a Fox y a Kaye. Después, Fox cayó en la cuenta de que era una reafirmación de la idea de equipo. Sacó el Volvo del aparcamiento y puso rumbo a casa. Casi había llegado a Oxgangs cuando se descubrió tomando un desvío hacia la carretera de circunvalación. Era hora punta, pero ahora que había aclarado sus ideas, no tenía prisa. Siguió las señales en dirección al puente de Forth.
Habían pasado frente al Hospital Victoria en uno de sus recorridos por Kirkcaldy. Parecía un terreno en obras, y en realidad lo era: junto al vetusto complejo original, se alzaba un nuevo edificio reluciente a medio terminar. Fox mostró su identificación a la entrada y dio el nombre de Teresa Collins. Le indicaron a qué pabellón debía dirigirse y le mostraron dónde se encontraban los ascensores. Por fin llegó a un control de enfermería.
—Las visitas están prohibidas —le contestaron cuando preguntó por Teresa, así que mostró de nuevo su identificación.
—No quiero molestarla si está despierta —explicó.
La enfermera se quedó mirándolo. Tal vez se preguntaba de qué le serviría Teresa dormida. Pero a la postre dijo que iría a comprobarlo. Fox le dio las gracias y la observó mientras se alejaba. Detrás de él había seis sillas de plástico alineadas junto a las puertas batientes de la sala. En ellas estaba sentado un joven, enfrascado en unos mensajes de texto. Entonces se levantó, se acercó al dispensador y se aplicó espuma antibacteriana.
—Toda prudencia es poca —dijo, frotándose las manos.
—Cierto —coincidió Fox.
—¿Policía? —aventuró el joven.
—¿Y usted es...?
—Tiene pinta de policía, y me precio de conocer la mayoría de las caras del Departamento de Investigación Criminal en esta ciudad. Edimburgo, ¿no? ¿Ética Profesional? Oí que andaban por aquí.
El joven estaba hurgando en la pantalla de su teléfono. Cuando se lo mostró, Fox se dio cuenta de que también hacía las veces de grabadora.
El muchacho de cabello rubio rojizo y anorak negro era periodista.
—Si no le importa que le pregunte, ¿ha estado hoy en el piso de Teresa Collins?
Fox se mantuvo impertérrito y no contestó.
—Me han descrito a tres agentes de policía vestidos de paisano... —El periodista lo miró de arriba abajo—. Y es usted el calco de uno de ellos. ¿Inspector Malcolm Fox?
Por más que trató de evitarlo, el semblante de Fox debió de cambiar. El periodista dibujó una sonrisa asimétrica.
—Su nombre aparecía en una tarjeta que dejaron en una butaca —añadió.
—¿Qué tal si me dice cómo se llama? —susurró Fox.
—Me llamo Brian Jamieson.
—¿Trabaja para un periódico local?
—A veces. ¿Puedo preguntarle qué ocurrió en el piso?
—No.
—Pero ¿estuvo usted allí? —Aguardó la respuesta durante unos instantes—. Y ahora ha venido aquí...
Fox se volvió y siguió la dirección que había tomado la enfermera, que apareció por una esquina.
—Está adormecida por los sedantes. Nos la quedaremos solo una noche. Servicios Psicológicos la evaluará por la mañana.
Tras lo cual, Fox sabía que la enviarían a casa o la trasladarían a otro lugar.
—Si espera veinte minutos —añadió la enfermera—, es probable que se quede frita.
Fox miró a Jamieson.
—¿Sabe que es periodista?
La enfermera asintió.
—¿Qué le ha preguntado?
—No le he dicho nada.
—¿Seguridad no puede echarlo de aquí?
La enfermera volvió a fijar su atención en Fox.
—No está molestando a nadie.
—¿Ha pedido hablar con ella?
—Ya le han informado de que eso es imposible.
—¿Y por qué sigue aquí?
El tono de la enfermera se tornó más frío.
—¿Por qué no se lo pregunta usted? Y ahora, si me disculpa...
La enfermera pasó junto a él y regresó a su mesa, donde estaba sonando el teléfono. Fox siguió allí medio minuto más. Jamieson se había sentado de nuevo y no paraba de teclear. Cuando vio que Fox se acercaba, levantó la cabeza.
—¿Qué espera sonsacarle? —preguntó el policía.
—Eso es justamente lo que iba a preguntarle yo a usted, inspector.
—¡Otro no! —protestó la enfermera al teléfono.
Al sentirse observada, se volvió y tapó el auricular con una mano. Jamieson iba a apuntar a Fox con el micrófono del teléfono, pero bajó el brazo en el último momento. Entonces se dio la vuelta y se marchó. Fox no se movió. La enfermera estaba terminando la llamada y agitando la cabeza ligeramente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Fox.
—Un hombre acaba de intentar suicidarse —respondió—. Puede que no sobreviva.
—Espero que no todas las noches sean así —observó Fox.
La enfermera hinchó las mejillas y resopló.
—Normalmente ocurre un par de veces al año. —En ese momento se percató de la ausencia de Jamieson—. ¿Se ha ido?
—Creo que ha sido gracias a usted.
La joven puso los ojos en blanco.
—Debe de estar en urgencias, si conozco bien a Brian.
—Parece que sí lo conoce.
—Salía con una amiga mía.
—¿Para quién trabaja?
—Para gente de todo tipo. ¿Cómo se denomina a sí mismo...?
—¿Periodista a tiempo parcial?
—Eso es.
El teléfono volvió a sonar. La enfermera hizo un gesto de exasperación y levantó el auricular. Fox se planteó qué opciones tenía ante sí, le dedicó una leve inclinación a modo de saludo y se dirigió a los ascensores.
En la máquina expendedora de la planta baja compró una botella de plástico de Irn-Bru. «A partir de mañana, nada de azúcar», se prometió a sí mismo al salir. El cielo estaba oscuro. Fox sabía que no podía hacer otra cosa que marcharse a casa. Se preguntó si el presupuesto de la investigación daría para una habitación de hotel en la zona. Había visto un lugar tras la estación de trenes, cerca del parque y del campo de fútbol. Así se ahorraría el trayecto a la mañana siguiente. Pero ¿qué haría durante el resto de la noche? Un restaurante italiano... Un pub, quizá... Había algunas ambulancias aparcadas a la entrada del hospital. Dos enfermeros vestidos de verde estaban echando a Brian Jamieson. El periodista levantó las manos en un gesto de rendición y se dio la vuelta, llevándose el teléfono a la oreja.
—Lo único que sé es que ha intentado volarse la cabeza. El disparo no puede haber sido muy grave, porque seguía con vida en el trayecto hacia aquí. No sé si todavía respira... —Jamieson vio que estaba a punto de pasar junto a Fox—. Un segundo —le dijo a su interlocutor.
Parecía que iba a darle la noticia, pero Fox se lo impidió.
—Ya lo he oído —dijo.
—Es espantoso.
Jamieson meneaba la cabeza. Tenía los ojos abiertos como platos y no parpadeaba. Los pensamientos se agolpaban en su mente.
—¿Hay muchas armas en Kirkcaldy? —preguntó Fox.
—A lo mejor era granjero. Tienen armas, ¿no? —Vio que Fox estaba mirándolo—. Ha ocurrido a las afueras de la ciudad —explicó—. En algún punto de la carretera de Burntisland.
Fox intentó dejar de mostrar interés.
—¿Sabe cómo se llama la víctima?
Jamieson negó con la cabeza y miró de nuevo a los enfermeros.
—Pero lo averiguaré —respondió con la misma sonrisa de suficiencia de antes—. Observe.
En efecto, Fox observó a Jamieson. Lo vio llegar a las puertas del hospital hablando de nuevo por teléfono. Hasta que no desapareció en el interior del edificio, Fox no se dirigió presuroso hacia el coche.
El cordón policial se encontraba en el cruce de la carretera principal con el sendero que conducía a la casa de campo de Alan Carter. Fox notó cierta acidez entre el estómago y la garganta. Maldijo en voz baja, se detuvo en el arcén y salió. El coche patrulla aparcado tenía las luces de sirena encendidas, y bañaba la noche de un azul frío y eléctrico. Un agente solitario trataba de tender una cinta entre los postes situados a un lado y otro de la carretera para delimitar el escenario del crimen. El viento le había arrebatado un extremo de la cinta y trataba de dominarlo. Fox ya había sacado su identificación.
—Inspector Fox —le dijo al agente—. Antes de que haga eso, tengo que pasar.
Fox se subió al coche y vio al policía maniobrando para abrirle paso. El inspector lo saludó con la mano e inició el lento ascenso por la colina.
Había luces encendidas en la casa y solo un vehículo fuera, el Land Rover de Carter. Cuando Fox cerró la puerta del Volvo, oyó una voz que le gritaba:
—¿Qué demonios está haciendo usted aquí?
Ray Scholes se hallaba en el umbral con las manos en los bolsillos.
—¿Es usted Alan Carter? —preguntó Fox.
—¿Y qué pasa si lo soy?
—Estuve ayer aquí.
—Pues es un cenizo, ¿no?
—¿Qué ha ocurrido?
Fox estaba justo delante de Scholes, mirando hacia el pasillo.
—Ha intentado suicidarse.
—¿Y por qué iba a hacer tal cosa?
—Si yo viviera aquí, a lo mejor haría lo mismo.
Scholes olisqueó, miró de nuevo a Fox, se dio la vuelta y entró.
Fox dudó.
—¿No necesitamos...?
Miró a Scholes a los pies.
—No es el escenario de un crimen, ¿verdad? —respondió Scholes mientras entraba en el salón—. El cordón es solo para impedir que algún rarito venga a meter las narices. Lo que sí me pregunto es qué haremos con el perro.
Fox había llegado hasta la puerta del salón. La hoguera había quedado reducida a unas pocas ascuas. A su izquierda, Jimmy Nicholl yacía jadeando en su cesta, con los ojos entreabiertos. Fox se agachó y le acarició la cabeza y el lomo.
—No ha dejado ninguna nota —dijo Scholes, y se llevó una tira de chicle a la boca—. Al menos, yo no la he visto. —Pasó una mano por encima de la mesa—. Es difícil saberlo con todo este desorden.
Desorden.
Había papeles por todas partes, fuera de sus carpetas, arrugados, algunos cortados en tiras y otros esparcidos por el suelo. Los que quedaban sobre la mesa presentaban manchas de sangre, y había un charco más oscuro en la silla que ocupaba Carter.
—¿Una pistola? —preguntó Fox, que tenía la boca seca.
Scholes señaló la mesa con la cabeza. Estaba medio oculta bajo una revista. Al inexperto Fox le pareció un revólver anticuado.
—¿Cómo se encontraba cuando habló con él? —preguntó Scholes.
—Parecía estar bien.
—Hasta que usted llamó a su puerta.
Fox hizo caso omiso de la observación.
—¿Quién lo encontró?
—Un amigo suyo que siempre da un paseo desde Kinghorn. Toman un par de vasos de whisky y después se larga. Pero hoy entró tan pancho y se encontró con esto. Pobre cabrón...
Fox quería sentarse, pero no podía. No sabía por qué; sencillamente, no le parecía apropiado. En ese momento sonó el teléfono de Scholes. Escuchó unos momentos, soltó un gruñido y colgó.
—Ha muerto en la ambulancia —dijo.
Ambos guardaron silencio. El único sonido era el de la fatigosa respiración del perro.
—¿Hablaron los dos sobre Paul? —preguntó Scholes al final.
Fox hizo caso omiso de la pregunta.
—¿Dónde está ese amigo suyo?
—Michaelson se lo ha llevado a casa. —Scholes consultó el reloj—. Espero que se dé prisa. Tengo una cerveza esperándome en el pub.
—Usted conocía a Alan Carter. ¿No le entristece?
Scholes seguía mascando chicle cuando miró a Fox a los ojos.
—Sí, me entristece —respondió—. ¿Quiere verme gimiendo y apretando la mandíbula? ¿Tengo que levantar el puño? Era policía... —Hizo una pausa—. Y luego dejó de serlo. Y ahora está muerto. Que tenga suerte allá donde esté.
—También era el tío de Paul Carter.
—Eso es cierto.
—Y el primer demandante.
—Quizá lo hizo por eso, por un sentimiento de culpa abrumador. Podemos fingir que somos psicólogos de salón toda la noche si le apetece, pero acaba de llegar mi transporte.
Fox también oyó el motor de un coche que se acercaba a la casa.
—¿Qué van a hacer? —preguntó—. ¿Precintar el lugar?
—No tenía pensado quedarme a dormir. Hemos echado un vistazo y hemos visto lo que teníamos que ver. A partir de ahora, los agentes pueden ocuparse de todo.
—¿Quién es su familiar más cercano?
Scholes se encogió de hombros.
—Puede que fuera Paul.
—¿Se lo han comunicado?
Scholes asintió.
—Viene hacia aquí.
—¿Qué sensación tuvo cuando se lo dijo?
El silencio se fue adueñando del salón mientras Scholes miraba a Fox.
—¿Por qué no se larga de una vez a Edimburgo? Porque yo, de usted, no estaría aquí cuando llegue Paul.
—¿Y usted no se queda? Creía que era amigo suyo.
Scholes inclinó la cabeza; obviamente, se le acababa de ocurrir alguna cosa.
—Espere un momento. ¿Qué está haciendo aquí?
—Eso no es asunto suyo.
—Ah, ¿no? —Scholes arqueó una ceja—. Me cercioraré de incluirlo en el informe. —Hizo una pausa—. Subrayado y en mayúsculas.
Gary Michaelson se encontraba en el umbral de la sala, mirando a Fox.
—Ya decía yo que aquí olía mal —observó. Luego, dirigiéndose a Scholes—: ¿Cómo le permites pasearse por el escenario de un crimen?
—¿Un qué?
—El amigo de Carter asegura que no se habría suicidado jamás. Dice que habían hablado de ello, de lo que harían si padecían un cáncer o algo así. Carter le dijo que se aferraría a la vida.
—Pues algo lo hizo cambiar de opinión —especuló Scholes.
—Y otra cosa: su amigo dice que, si Carter hubiera tenido un arma, él lo sabría. También hablaron de disparar a las gaviotas por el ruido que hacían. —Michaelson miró la cesta—. ¿Qué vamos a hacer con el perro?
—¿Lo quieres? —preguntó Scholes—. ¿Sabemos cómo se llama, al menos?
—Jimmy Nicholl —intervino Fox—. Se llama Jimmy Nicholl.
El perro levantó las orejas.
—Jimmy Nicholl —repitió Scholes, cruzándose de brazos—. Tu dueño podría haber tenido un poco de decencia y haberte llevado con él, ¿eh, Jimmy? —Y después, dirigiéndose a Michaelson—: ¿Listos?
Fox se debatía entre quedarse e irse, pero Scholes no iba a darle opción.
—Fuera, fuera, fuera —dijo.
—El perro —protestó Fox.
—¿Lo quiere?
—No, pero...
—Pues déjelo en manos de los profesionales.
Al salir se toparon con el azul de las sirenas: era otro coche patrulla con una furgoneta sin identificar detrás.
—Todo vuestro —le gritó Scholes al conductor.
Pero había que maniobrar. Eran demasiados vehículos en muy poco espacio. Alguien tuvo la idea de abrir la verja que daba al campo contiguo. Dieron marcha atrás, un giro de tres cuartos y ya estaban de camino. Scholes y Michaelson se aseguraron de que el Volvo de Fox circulara delante de ellos. Al acercarse a la carretera principal, el mismo agente de antes retiró el cordón para permitirles pasar. Había un ciclomotor blanco aparcado junto a su coche. Brian Jamieson se hallaba sentado en el sillín, con un pie en el asfalto para mantener el equilibrio. Estaba hablando por teléfono otra vez, e interrumpió la conversación tras reconocer al conductor del Volvo. Fox mantuvo la mirada fija en la carretera, y Scholes y Michaelson lo siguieron a lo largo de tres kilómetros.
CUATRO
11
—Eres un gafe.
Fox miró a Tony Kaye.
—Eso dijo Scholes también.
Era la mañana siguiente y estaban de nuevo en Kirkcaldy. Habían descartado volver a utilizar el almacén, así que se adueñaron de la sala de interrogatorios.
—La necesitaremos todo el día —había informado Fox al sargento de recepción.
Este no había opuesto resistencia. Se limitó a asentir y volver a sus documentos.
Fox se preguntaba si no estarían regodeándose por lo de Teresa Collins.
—No —dijo en voz alta, sentado ya en la sala de interrogatorios—. «El hombre está de luto...».
—¿No? —repitió Joe Naysmith, que acababa de llegar con una silla que sobraba en el almacén.
—Da igual —contestó Fox.
Kaye había ido a un bar a por café, que les había llevado en vasos de cartón. Fox lo había llamado la noche anterior para contarle lo de Alan Carter.
Kaye fue directo al grano.
—¿Casualidad? —preguntó.
—Tiene que serlo —respondió Naysmith mientras le retiraba la tapa al vaso y añadía dos cartones de leche del tamaño de un dedal.
—No lo sé —repuso Fox—. Anoche, Scholes insinuó que podía sentirse culpable. A lo mejor se enteró de que su sobrino estaba en libertad y podía presentar una apelación.
—¿Y por eso se apunta a la cabeza con una pistola? —aventuró Kaye con aire de incredulidad.
—Un revólver —corrigió Fox.
—Tiene que haber algo más, Malcolm.
—O menos —apostilló Naysmith.
—No pensaste en grabar la entrevista, ¿verdad? —le preguntó Kaye a Fox.
—No fue algo tan formal como una entrevista... Pero la respuesta es que no.
—Imagino que esto nos dará un respiro. Si los tenemos ocupados, puede que Teresa Collins deje de copar los titulares.
—Puede.
—¿Nadie ha hablado contigo?
Fox negó con la cabeza.
—Que yo sepa, seguimos en el caso.
—Tal cual está.
Fox recibió la observación encogiéndose de hombros.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Naysmith.
—Buena pregunta —dijo Kaye, rascándose la cabeza—. ¿Foxy?
—Hay dos víctimas más con las que podríamos hablar —respondió Fox, incapaz de transmitir entusiasmo.
—¿Las chavalas borrachas? —Kaye sonó más apasionado—. Es una idea.
—¿Y qué hay de la operación de vigilancia? —añadió Naysmith.
—Puede que ya esté en marcha —respondió Fox.
—También podemos quedarnos aquí todo el día mirándonos el ombligo —propuso Kaye—. En el Mondeo tengo una baraja de cartas...
—Todavía hay montones de preguntas que hacerle al inspector Scholes —les recordó Naysmith—. Apenas habíamos comenzado cuando tuvo que ausentarse.
—Eso es cierto.
Fox se terminó el café, tratando de percibir algún vestigio de sabor en el último trago.
—Y deberíamos hacerle otra visita al comisario Laird —añadió Kaye—. Aunque se mofe de nosotros.
—Siento mencionarlo —dijo Naysmith—, pero tampoco hemos terminado con Teresa Collins...
—Dejémosla en paz de momento —decidió Fox.
—¿Scholes, entonces? —preguntó Kaye mientras se levantaba—. ¿Quieres que vaya a buscarlo?
—Yo lo haré, Tony. Acábate la bebida.
Pero cuando se dirigía a las escaleras, Fox divisó la silueta inconfundible de Ray Scholes caminando en dirección contraria. Lo acompañaba un anciano encorvado, en cuya espalda había posado el brazo. Iban camino de recepción. Sin embargo, Scholes no escoltó al visitante hasta la salida, sino que se limitó a indicarle adónde debía dirigirse antes de regresar a su oficina. En tonces vio a Fox y aminoró el paso. De pronto se le resaltó la mandíbula.
—Sigo pensando que me traerá mala suerte —dijo.
—Puede. Lo necesitamos en la sala de interrogatorios.
Scholes negó con la cabeza.
—Ahora no. Puede que haya movimiento con Alan Carter.
Fox no pudo evitar preguntar.
—¿Qué clase de movimiento?
—No es asunto suyo.
Dicho esto, Scholes se fue en dirección a la escalera. Fox lo observó, y luego se dio la vuelta y se encaminó hacia recepción. El visitante todavía estaba allí, hablando con el sargento. Se estrecharon la mano y, cuando por fin abrió la puerta principal, Fox lo siguió.
—¿Adónde va? —le espetó el sargento de recepción, pero no le prestó atención.
El anciano había descendido las escaleras y parecía algo desconcertado.
—¿Necesita que lo lleve a Kinghorn? —preguntó Fox—. Puedo hacerlo si quiere.
El hombre lo miró. Era miope, pero no llevaba gafas. El poco pelo que le quedaba era negro como el azabache. Fox se fijó en que estaba teñido. Tenía los ojos pequeños y hundidos y la boca contraída, como si hubiera olvidado ponerse la dentadura.
—Puedo ir andando —dijo después de estudiar a Fox—. ¿Lo conozco?
—Me llamo Fox. Lo siento, no sé cómo se llama usted.
—Teddy Fraser.
—¿Fue usted quien encontró al señor Carter?
Fraser asintió con solemnidad. Fox se dio cuenta de que llevaba una estrecha corbata negra y una camisa raída. De nuevo, el luto.
—Es muy triste —murmuró para sus adentros.
—¿Acaba de estar con el inspector Scholes?
—Sí.
—Solo vi al señor Carter una vez, pero me cayó bien.
—Era difícil que cayera mal.
—¿Ha venido andando hasta aquí esta mañana, señor Fraser?
—Me gusta caminar. No está tan lejos.
—Es una carretera muy transitada.
—Hay algunos atajos.
—Encontrar a Carter debió de ser espantoso...
—¿Espantoso? —Fraser soltó una risotada fría—. Podríamos decirlo así.
—Me refiero a que... En realidad, no lo conocía, pero parecía estar bien.
Fraser asintió de nuevo.
—No tenía ningún problema. El inspector dice que están verificando su estado de salud, por si el doctor le dio una mala noticia. Pero me lo habría dicho, ¿no? Entre nosotros no había secretos.
—¿Se conocían desde hacía mucho?
—Fuimos juntos al colegio. Nos llevábamos dos años, pero formábamos parte del mismo equipo.
Fox no quiso mencionar que Fraser parecía mucho mayor. Si solo le llevaba dos años, no tendría más de sesenta y cuatro.
—¿Fútbol? —preguntó.
—Fuimos campeones de Fife dos años consecutivos.
Fraser parecía tan orgulloso de pronto que Fox se preguntó qué podría haberle procurado la misma satisfacción después de aquello.
—¿En qué posición jugaba el señor Carter?
—De delantero. Era un auténtico depredador. Veintinueve goles en una temporada. Batió el récord de la escuela. Si el pastor no lo menciona en el funeral, me pondré en pie para recordárselo a todo el mundo.
Fox sonrió.
—¿Qué quería el inspector Scholes?
—Ah, solo ha hablado de la pistola, y me ha preguntado en qué postura encontré a Alan y si había movido algo.
—¿Lo hizo?
—Cogí el teléfono y llamé a emergencias.
—Pero el señor Carter no estaba muerto, ¿verdad?
—Prácticamente.
—¿Intentó reanimarlo?
—Respiraba, aunque no estaba consciente. Pero ¿una pistola? Alan jamás tuvo una. ¿Y la puerta abierta? —Fraser meneó la cabeza con vigor—. Siempre la tenía cerrada, aunque supiera que yo iba a ir. Si me oía, me esperaba en el umbral; de lo contrario tenía que llamar y Jimmy Nicholl se ponía a ladrar.
—¿La puerta no estaba cerrada?
—No oí ladridos cuando llamé. Pensé que habrían salido a dar un paseo, aunque el perro apenas podía recorrer unos metros sin que le fallaran las piernas. Así que esperaba que la puerta estuviera cerrada. —En ese momento pareció recordar algo—. De hecho, ni siquiera estaba cerrada del todo. Eso es... Cuando llamé, se abrió un poquito.
—Supongo —dijo Fox, ejerciendo de abogado del diablo— que, si planeaba hacer lo que hizo, pudo dejar la puerta abierta para que lo encontraran.
Fraser se planteó esa idea, pero la desestimó con un resoplido.
—¿Sabe que estoy cuidando de Jimmy Nicholl? Es lo menos que puedo hacer. Alan mimaba mucho a ese perro. ¿Me está diciendo que no lo habría llevado a un veterinario antes de quitarse la vida?
Fraser torció el gesto.
—¿Puedo preguntarle algo, señor Fraser?
—Me llamo Teddy, hijo. Todo el mundo me llama Teddy.
—¿En qué estaba trabajando? Todos esos papeles que tenía sobre la mesa...
—Historia antigua.
—El año 1985 no queda tan lejos.
—Para algunos, sí. Se lo demostraré ahora mismo.
Fraser hizo una pausa, preparado para calibrar la reacción de Fox. Juntó las manos y entonces mencionó un nombre.
—Me ha pillado —reconoció Fox al cabo de unos instantes—. ¿Quién es Francis Vernal?
—Será mejor que lo averigüe usted mismo.
—¿Por qué estaba el señor Carter tan interesado en él?
—Creo que no lo estaba; al menos, al principio.
—No le sigo.
—En aquella época, Alan era poli. Por eso recibió el encargo.
—¿Alguien le pagaba por estudiar el año 1985? ¿Era un caso en el que había trabajado?
Fraser hundió su dedo huesudo en el pecho de Fox, marcando el ritmo de las palabras que diría a continuación.
—Será-mejor-que-lo-averigüe-usted-mismo.
Dicho lo cual, realizó una leve inclinación a modo de saludo, dio media vuelta y echó a andar a un ritmo más brioso de lo que Fox habría pronosticado. En realidad, le dolía donde el hombrecillo le había atizado, y se frotó la zona con la palma de la mano. De nuevo en el interior de la comisaría, el sargento de recepción estaba esperando.
—Venga aquí —dijo desde el otro lado del mostrador.
Fox se acercó a él.
—Espero que no haya estado incordiando a Teddy...
—Me ha devuelto todos los golpes. ¿Lo conoce?
—Desde hace siglos.
—¿Y conocía también a Alan Carter?
—Trabajé con él. —El sargento hinchó el pecho—. Era de la vieja escuela.
—La única vez que lo vi tuve la misma sensación. Lo siento.
El sargento hizo una mueca.
—Ni siquiera sé cómo se llama —dijo Fox en tono de disculpa.
—Robinson. Alec Robinson.
Fox le tendió la mano y, después de un leve titubeo, Robinson se la estrechó.
—Es un placer —dijo Fox, arrancando una sonrisa al policía.
—Lamento haberle hecho sudar tinta —respondió el sargento—. Ya sabe cómo son estas cosas...
—Me he encontrado en peores situaciones, créame. —Fox hizo una pausa—. ¿Puedo preguntarle una cosa? ¿Vio muchas veces a Alan Carter en sus últimos años?
—Lo cierto es que no. En el fútbol o en alguna reunión...
—Pero le gustaba mantenerse ocupado, ¿no?
—Creó su empresa desde cero.
Robinson parecía impresionado, de modo que Fox asintió.
—El día en que lo vi parecía seguir estándolo —informó al sargento.
—Ah, ¿sí?
—Estaba realizando un trabajo sobre Francis Vernal.
El semblante del sargento se endureció.
—¿Le importaría arrojar un poco de luz sobre este asunto?
—No soy la persona indicada para hablar de ello —confesó finalmente Robinson.
—Entonces ¿quién lo es?
—¿Ahora? —Robinson ponderó la respuesta—. Probablemente, nadie.
De nuevo en la sala de interrogatorios, Fox señaló a Joe Naysmith.
—Necesito que me hagas un favor. ¿Tienes un portátil?
—No.
—Imagino que habrá algún ordenador libre por aquí.
—¿Qué necesitas?
—Buscar algo en Internet.
—Puedo hacerlo con el teléfono.
—¿Puedo imprimirlo?
Cuando Naysmith negó con la cabeza, Fox le dijo que solo le servía un ordenador.
—¿Qué hay que buscar?
—Francis Vernal.
—¿Te refieres al abogado? —preguntó Tony Kaye. Fox se volvió hacia él—. Murió en un accidente de tráfico en los años ochenta.
—Continúa.
Kaye se encogió de hombros.
—Yo era niño... —Hizo una pausa—. Ahora que lo pienso, ¿no se pegó un tiro?
—¿Antes o después del accidente?
Kaye volvió a encogerse de hombros y Fox desvió su atención hacia Naysmith, quien captó la indirecta y se marchó.
—¿De qué va todo esto? —preguntó Kaye cuando Naysmith cerró la puerta.
—Algo en lo que estaba trabajando Alan Carter.
—¿Y qué tiene que ver con nosotros?
—Puede que nada.
—¿Puede que nada? Pensaba que ibas a traernos a Ray Scholes. Joe ha preparado la cámara y todo.
Fox reparó por primera vez en el trípode. La grabadora de audio estaba sobre la mesa, flanqueada por unos micrófonos.
—Dice que está ocupado.
—Bravo por él. Vámonos de vacaciones hasta que se digne honrarnos con su presencia.
—Las dos mujeres —dijo Fox—. ¿Por qué no vas a hablar con ellas?
—¿Estás intentando deshacerte de mí?
—Creí que te apetecía.
—Supongo que es mejor que quedarme aquí sentado viendo cómo giran los engranajes en esa cabeza tuya.
—De acuerdo, entonces.
—Pero primero tienes que contarme qué está pasando.
—Nada. Ha muerto un hombre. Me caía bien, y su comedor era una especie de templo a una persona llamada Francis Vernal.
—¿Y quieres saber por qué?
—Y quiero saber por qué. —Fox hizo una pausa, con los ojos clavados en los de su colega y amigo—. ¿Te sirve?
—Lo que haga falta por llevar una vida tranquila. —Kaye se levantó de la silla y volvió a meter los brazos en las mangas de la americana—. ¿Me llevo a Junior conmigo?
—Si lo necesitas...
—¿No anda ocupado con un encargo tuyo?
—Puede esperar.
—Y mientras nosotros recorremos esas peligrosas calles, ¿qué harás tú exactamente?
—Controlar la operación de vigilancia, informar a McEwan del suicidio, tratar de arrinconar a Ray Scholes... No estaré holgazaneando.
—De acuerdo. —Kaye asintió lentamente—. Pero te echaremos de menos, ya lo sabes. Joder, puede que incluso te mandemos una postal.
12
Fox no tenía la culpa de que Evelyn Mills no cogiera el teléfono. Con Bob McEwan sucedía lo mismo, y Ray Scholes se hallaba en paradero desconocido. Fox se encontraba una vez más en la recepción de la comisaría, leyendo una notificación colgada en la pared. Era un anuncio de una empresa local de taxis. Cinco minutos después viajaba en el asiento de copiloto de un Hyundai blanco abollado. El conductor ardía en deseos de saber más acerca del suicidio, pero Fox no soltó prenda. Habían retirado el cordón y no había actividad alguna fuera de la casa. El taxista le preguntó si quería que esperara.
—Buena idea.
El hombre apagó el motor. Parecía que iba a bajarse del coche, pero Fox se lo impidió.
—Aquí no hay nada que ver —le dijo.
El conductor encendió la radio y Fox oyó música de baile mientras se encaminaba hacia la puerta principal.
Estaba cerrada.
Rodeó la casa, pero no había puerta trasera. Miró a través de la ventana del salón. Vio salpicaduras de sangre en el interior de dos cristales. Fox rozó con los dedos un pequeño tiesto apoyado en el alféizar. Lo levantó y vio que debajo había una llave. O bien era una copia, o bien la había dejado la policía. Abrió la puerta y entró.
La cesta de Jimmy Nicholl ya no estaba en el salón. Fox pensó si debería haberle preguntado a Teddy Fraser cómo se encontraba el perro. ¿Las mascotas no acostumbraban a morir poco después que sus propietarios? La habitación olía a hoguera. En la chimenea yacían los restos de un tronco calcinado y una capa de ceniza cubría el mantel. Fox empezó a ojear los documentos que descansaban sobre la mesa. Obviamente, los recortes de prensa guardaban relación con la vida y la muerte de Francis Vernal. Un extenso artículo llevaba por título «La agitación interior del patriota activista». A Fox le pareció que los medios de comunicación de la época no habían tardado en sustituir los elogios por algo más enjundioso: la vida privada del difunto. Había una foto borrosa de su atractiva esposa y se mencionaba «el abuso de la bebida y una serie de romances» de Vernal. Varios periódicos recogían la misma foto del abogado, en donde se lo veía pronunciando un discurso en un mitin del PNE, el Partido Nacional Escocés. El acto se había celebrado frente a una fábrica condenada al cierre. En la imagen, Vernal aparecía en plena ebullición, con el puño apretado, la boca abierta y mostrando los dientes. Fox miró por la ventana para comprobar si el taxista seguía dentro del coche. Estaba silbando y había abierto un periódico.
Francis Vernal había fallecido la noche del domingo 28 de abril de 1985, el mismo día en que Dennis Taylor se enfrentara a Steve Davis en la final del Mundial de Billar Inglés. Su coche había sido encontrado por el conductor de una furgoneta tras salirse de la carretera cerca de Anstruther. Era un Volvo 244, y debía de circular a gran velocidad. Vernal ocupaba el asiento del conductor. Trasladaron su cuerpo sin vida al Hospital Victoria, momento en el que el agujero de bala que presentaba a un lado de la cabeza fue identificado como tal. Bebía y fumaba mucho, y también era proclive a brotes de depresión. Sus queridos nacionalistas se habían estancado en las encuestas, y parecía que no iba a vivir lo bastante para ver cumplido su sueño de una república socialista escocesa. Fox hojeó el periódico y encontró algunos pasajes subrayados. Las notas manuscritas de Alan Carter eran prácticamente ilegibles. Algunas constituían auténticas diatribas. No había rastro alguno de ordenador de sobremesa o portátil, lo cual significaba que nada había sido mecanografiado. Fox se preguntaba quién le habría encargado el trabajo y por qué. De repente, una fotografía le llamó la atención. Era otro mitin, pero anterior. A juzgar por su estampa, Vernal debía de rondar los veinte años. Tenía un poco más de cabello, y el pecho y la cintura más delgados, pero también aparecía con la boca bien abierta y el puño apretado. Junto a él había otro joven, y Fox se sorprendió mucho al reconocerlo: era Chris —el primo de su padre—, con el mismo aspecto que en la instantánea en la que llevaba a Jude sobre los hombros. Fox cogió la foto de la mesa y la observó. Vernal la había recortado de The Fife Free Press. No había fecha, tan solo unas líneas explicativas: un pícnic del PNE en el campo de golf de Burntisland: «El destacado abogado Francis Vernal, de Edimburgo, pronuncia el discurso de la tarde». Y Chris Fox a su lado, riendo y liderando los aplausos.
Fox recorrió el salón un par de veces con la fotografía en la mano. Luego se la guardó en el bolsillo y miró a su alrededor por temor a que alguien se hubiera dado cuenta. Había un teléfono sobre una cómoda situada detrás de la puerta y, al dirigirse hacia el aparato, vio una agenda junto a él. Estaba abierta y le habían dado la vuelta. Fox la cogió y vio que estaba abierta por la página de los apellidos comenzados por C. El nombre de Paul Carter estaba allí, con sus números fijo y móvil. Fox hojeó la agenda sin saber muy bien qué buscaba. Cayeron varias tarjetas de visita y se agachó a recogerlas. Una era de un restaurante indio, y otra, de un taller mecánico. Pero la tercera pertenecía a un hombre llamado Charles Mangold, socio del bufete de abogados Mangold Bain, con dirección en la Ciudad Nueva de Edimburgo. Fox anotó los detalles en su cuaderno, golpeteó el auricular del teléfono con el bolígrafo y volvió a escrutar la página de la letra C. Había tres nombres allí, uno tachado con una línea gruesa, lo cual signifi caba probablemente que la persona ya no formaba parte de la vida de Alan Carter o que había fallecido. Eso le dejaba solo dos nombres.
Uno de ellos era el de Paul Carter.
Fox levantó el auricular y marcó el 1471. La voz computarizada le informó de que el último número que había llamado a ese teléfono era el móvil de Paul Carter. Dicha llamada se había producido la noche anterior, apenas una hora antes de que encontraran el cuerpo de Alan Carter. Fox colgó el teléfono y empezó a abrir los cajones de la cómoda que había debajo. Estaba limpia y ordenada: Alan Carter archivaba los extractos bancarios y los recibos de servicios domésticos. Las facturas de teléfono eran detalladas. Nada apuntaba a que Alan hubiera llamado a su sobrino en los últimos seis meses. No lo hizo porque no estaban unidos. ¿Acaso no lo había dicho el propio Alan? Pero Paul, poco después de su puesta en libertad, había sentido la necesidad de hablar con su tío. Fox se preguntaba por qué. Examinó otra vez la habitación. ¿De dónde provenía aquel caos? ¿Se habría enojado Alan Carter por algún motivo y eso lo llevó a arrojar los papeles de la mesa? ¿Tal vez lo había hecho otra persona?
Fox se estremeció al oír que alguien repiqueteaba en la ventana. Era el taxista. Fox asintió para hacerle saber que ya salía. El hombre se entretuvo a contemplar la escena. El inspector dejó la agenda en su sitio, asegurándose de que todo quedaba tal como lo había encontrado —a excepción de la fotografía que había tomado prestada—, y se fue.
El conductor se excusó.
—No es que me importe, pero el taxímetro marca ya treinta libras...
—No hay problema —le dijo Fox.
Cerró la puerta principal de la casa y deslizó la llave bajo el tiesto.
—¿Volvemos al punto de partida? —preguntó el taxista.
—Eso es —respondió Fox mientras se acomodaba en el asiento del acompañante.
Ahora, las llamadas realizadas a casa de Ray Scholes y desde ella quedarían registradas y grabadas. La noticia llegó a través de un mensaje de texto remitido por Evelyn Mills. También habían contactado con el proveedor de red de su teléfono móvil, y dentro de poco tendrían acceso a la información de las llamadas entrantes y salientes, pero no a las llamadas propiamente dichas, a menos que llevaran la solicitud más allá e invirtieran dinero y personal en ello.
Fox había logrado hablar con Bob McEwan, a quien le anunció la muerte de Alan Carter. McEwan parecía distraído —salía de una reunión presupuestaria y le aguardaba otra—, y agradeció a Fox el input, una palabra que probablemente había aprendido en la reunión anterior.
Fox le dijo a Kaye que intentaría localizar a Ray Scholes, pero que ahora tenía otro cometido: el despacho de la comisaria Isabel Pitkethly.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó esta, quitándose las gafas y frotándose los ojos.
—Me resulta un poco incómodo —respondió Fox.
Pitkethly mostró un interés repentino, y se resituó las gafas para estudiarlo mejor. Cuando le indicó con gestos que se sentara, Fox hizo lo que le pedía, y restregó las manos contra la pernera del pantalón.
—¿Y bien? —preguntó la comisaria, con los codos apoyados en la mesa y las palmas de las manos juntas.
—Al parecer, el tío de Paul Carter se ha suicidado.
—Estoy al corriente de ello.
—Ocurrió poco después de recibir una llamada telefónica de su sobrino...
Pitkethly meditó sus palabras unos instantes.
—¿Y eso qué importa?
—No tenían una relación muy estrecha —continuó Fox—. Sería bueno averiguar por qué Paul realizó esa llamada.
Pitkethly se recostó en la silla.
—¿Por qué? ¿Qué cambia eso?
—Puede que nada —reconoció Fox.
—Y, en todo caso, ¿cómo sabe que se produjo esa llamada?
—Marqué el 1471.
—¿Desde la casa del difunto? ¿Y qué demonios lo llevó hasta allí, inspector?
Fox no encontraba una respuesta, de modo que guardó silencio.
—Eso está fuera de sus competencias —le advirtió Pitkethly.
En ese momento alguien llamó a la puerta y asomó la cabeza el sargento Michaelson. Iba a decir algo, pero rectificó al ver que Pitkethly estaba acompañada.
—Volveré en otro momento —dijo.
—¿Qué sucede, Gary?
Michaelson pareció sopesar sus opciones, pero no le entusiasmaba decirlo.
—La cuestión es que Alan Carter no puede estar muerto, señora.
Pitkethly lo miró.
—¿Qué?
—Que no puede estar muerto.
—¿Por qué no?
Fue Fox quien formuló la pregunta y no Pitkethly.
—Porque la pistola que utilizó no existe. No está en circulación desde hace unos veinte años.
—Eso que dice no tiene ningún sentido.
Michaelson le mostró una hoja de papel. Fox no pudo distinguir si se trataba de un fax o de un correo electrónico impreso. El agente se acercó a la mesa de la comisaria y se la entregó. Pitkethly se tomó su tiempo para leer el texto completo y entonces miró a Fox.
—Terminaremos nuestra pequeña charla más tarde.
Pitkethly se puso en pie y Michaelson se fue con ella. Fox los siguió unos pasos hasta que ella lo detuvo.
«No es competencia suya» fue todo cuanto dijo antes de dirigirse al DIC. Michaelson volvió la vista y dedicó a Fox una enorme y fría sonrisa de satisfacción.
Fox frunció los labios mientras los veía alejarse. Entonces tuvo una idea.
Alec Robinson tardó un rato en responder al intercomunicador. Fox dedujo por qué.
—¿Se ha enterado? —dijo Robinson.
—De algo —trató de escabullirse Fox—. Me ha sorprendido lo rápido que ha ocurrido todo.
Robinson asintió.
—No hay tantas armas en Fife —explicó—. El registro se informatizó el año pasado. No entiendo por qué lo fecharon con antelación, pero así fue.
Fox no acababa de comprenderlo.
—Hace veinte años... —dijo.
—Como le indicaba, no salimos a la calle con muchas armas de fuego.
—No, pero cuando lo hacen... —Fox todavía daba palos de ciego.
—Se desguazaban y se fundían; así se hacía antes, una o dos veces por año, cuando había suficientes como para que mereciera la pena.
Fox asintió.
—Y según los archivos ¿esa pistola fue desechada?
Robinson lo miró.
—Creí que lo sabía.
—Solo estoy parcialmente informado. —Fox se cruzó de brazos—. Entonces ¿cómo es posible que aparezca de repente en casa de Alan Carter? A lo mejor la robó...
Robinson se encogió de hombros.
—No sabría decirle si llegó a estar en el arsenal. De todos modos, las armas no se guardaban aquí. Diría que estaban en Glenrothes.
Fox exhaló ruidosamente.
—Es un misterio —dijo.
—Exacto —coincidió Robinson. Luego, clavando la mirada en Fox—: No me diga que ahora se abrirá otra investigación. Lo que nos faltaba...
Darmowy fragment się skończył.