Czytaj książkę: «Aguas turbulentas»

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Título original: The Falls

© Ian Rankin, 2002.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2003.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO371

ISBN: 9788491871996

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Cita

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Epílogo

Ian Rankin. John Rebus

Ian Rankin. Malcolm Fox

Notas

PARA ALLAN Y EUAN,

QUE LO PUSIERON EN MARCHA.

No por mi acento, del cual no perdí ni un ápice cuando vine a vivir a Inglaterra, sino más bien mi temperamento, esa parte típicamente escocesa de mi carácter, promiscua, agresiva, mezquina, morbosa y, pese a mis mejores de seos, profundamente deísta.

Era, y siempre seré, un prófugo asqueroso del museo de historia antinatural...

PHILIP KERR, «The Unnatural History Museum»

1

—Cree que yo la maté, ¿verdad?

Estaba sentado en el borde del sofá, la cabeza caída sobre el pecho. Tenía el pelo lacio, con flequillo largo, y las rodillas le temblaban como dos pistones; los talones de sus mugrientas zapatillas de deporte ni siquiera tocaban el suelo.

—¿Has tomado algo, David? —preguntó Rebus.

El joven alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, cansados, y en su rostro alargado y anguloso se apreciaba que no se había afeitado. Se llamaba David Costello. No Dave o Davy, sino David; eso lo había dejado claro. Nombres, etiquetas y clasificaciones son datos muy importantes. Los periódicos diferían en su descripción: era «el novio», «el desdichado novio» o «el novio de la estudiante desaparecida». Era «David Costello, de veintidós años» o «el estudiante David Costello de veintipocos años», que «compartía piso con la señorita Balfour» o era «visitante habitual» del «piso de la misteriosa desaparecida».

Tampoco el piso era un piso más, sino «el piso en la lujosa nueva ciudad de Edimburgo», el «piso de un cuarto de millón de libras de los padres de la señorita Balfour». John y Jacqueline Balfour eran «los atribulados padres», «el anonadado banquero y su esposa», y su hija era «Philippa, de veinte años, estudiante de historia del arte en la Universidad de Edimburgo», «guapa», «vivaz», «despreocupada», «llena de vida».

Y había desaparecido.

El inspector Rebus, que estaba delante de la chimenea de mármol, cambió ligeramente de posición y se desplazó hacia un extremo de la misma. David Costello siguió con la mirada el movimiento.

—El médico me recetó unas pastillas —dijo por fin.

—¿Las has tomado? —preguntó Rebus.

El joven negó despacio con la cabeza sin apartar los ojos de Rebus.

—No te lo reprocho —dijo Rebus metiendo las manos en los bolsillos—, te dejan unas horas aplatanado pero no cambian nada.

Hacía dos días que Philippa, «Flip» para los amigos y la familia, había desaparecido. No era mucho tiempo, pero era una desaparición inexplicable. Hacia las siete de la tarde habían ido a verla unos amigos al piso para confirmar que se reuniría con ellos una hora después en un bar del sector sur; era uno de esos pequeños locales modernos que habían surgido alrededor de la universidad a tenor del auge económico y del gusto por la iluminación discreta y los combinados carísimos.

Rebus los conocía porque había pasado por allí camino de la comisaría y al volver a casa.

No muy lejos había un pub anticuado donde se podían tomar combinados de vodka por una libra y media; sin embargo, las sillas no eran precisamente de lo último, y el personal, aunque sabía zanjar los altercados, no estaba muy al día en cuestión de cócteles.

La desaparecida salió del piso probablemente entre las siete y las siete y cuarto. Tina, Trist, Camille y Albie ya iban por la segunda ronda. Rebus había leído el expediente para verificar los nombres. Trist era el diminutivo de Tristram, y Albie, de Albert. Trist era pareja de Tina, y Albie, de Camille. Flip tenía que haber ido con David, pero este, como ella les anunció por teléfono, no iba a acudir.

—Otra ruptura —les dijo en tono despreocupado.

Antes de salir del piso había conectado la alarma, aquello era para Rebus algo nuevo: un piso de estudiante con alarma; echó la llave de seguridad, bajó un tramo de escalera y salió a la calle. Hasta Princes Street había una buena cuesta, y otra más para alcanzar el sector sur en la Ciudad Vieja. No era corriente que lo hiciera a pie; pero no había ningún registro en el teléfono del piso ni en el móvil que demostrara que hubiese llamado a alguna empresa de taxis. Luego, si había tomado uno, debió de ser sobre la marcha, en la calle.

Si es que había llegado a avistar alguno.

—Yo no he sido, ¿sabe? —dijo David Costello.

—No has sido, ¿qué?

—Quien la mató.

—Nadie ha dicho que lo hicieras.

—¿No? —replicó alzando la vista y clavándola en Rebus.

—No —respondió Rebus, pensando que en definitiva era su trabajo.

—Esa orden de registro... —empezó a decir Costello.

—Es algo rutinario en un caso como este —le informó Rebus.

Lo era, efectivamente: cuando se trata de una desaparición hay que comprobar todos los lugares en que puede hallarse la persona; se aplica el reglamento y se firma todo el papeleo para despejar cualquier incógnita. Había que registrar el piso del novio. Rebus podría haber añadido: «Lo hacemos porque nueve de cada diez veces el responsable es alguien conocido por la víctima». No son extraños los que buscan una víctima en plena noche, sino tus seres queridos los que te asesinan: cónyuges, amantes, hijos o hijas. Tu tío, tu mejor amigo; la persona en quien más confiabas. Te había engañado o la habías engañado tú. Sabías algo, tenías algo que les provocaba envidia o desprecio; o bien necesitaban dinero.

Si Flip Balfour estaba muerta no tardaría en aparecer el cadáver; si vivía y no quería que la encontraran, la tarea sería más difícil. Sus padres habían comparecido en la televisión rogándole que se pusiera en contacto con ellos; en la casa paterna había agentes para interceptar las llamadas en caso de que alguien pidiera un rescate, y la policía registraba el piso de David Costello en Canongate, esperando encontrar algo, y también el piso de Flip Balfour. «Protegían» a David Costello para impedir que los medios de comunicación se le acercaran demasiado. Eso le habían dicho al joven y en parte era verdad.

La víspera se había hecho el registro del piso de Flip, del que Costello tenía llaves. A él le habían llamado a su piso a las diez de la noche: Trist le preguntaba si sabía algo de Flip, que tendría que haber salido hacia Shapiro’s y no había llegado.

—Contigo no está, ¿verdad?

—En mí sería en el último en quien habría pensado —replicó Costello dolido.

—He oído que os habíais enfadado. ¿Por qué ha sido esta vez?

Trist se lo preguntó en tono dubitativo, un tanto en broma. Costello no contestó. Cortó la comunicación y llamó al móvil de Flip y, al saltarle el contestador, le dejó un mensaje para que le llamase. La policía había escuchado la grabación para detectar posibles indicios de falsedad en cada palabra, o frase. Trist volvió a llamar a Costello a medianoche; habían ido al piso de Flip y, como no estaba, preguntaron a otros amigos, pero nadie sabía nada. Aguardaron allí hasta que Costello llegó y abrió, pero en el piso no había ni rastro de Flip.

Todos pensaron que este caso pertenecía a la categoría de lo que la policía denomina «persona desaparecida», pero decidieron esperar a la mañana siguiente para avisar a casa de la madre de Flip en Lothian este. La señora Balfour marcó inmediatamente el 999. La mujer consideró que la centralita de la policía se la había sacado de encima, y llamó a su esposo al despacho de Londres. John Balfour era el socio mayoritario de un banco privado y, aunque el jefe de policía de Lothian y Borders no era cliente suyo, lo cierto es que al cabo de una hora ya había agentes asignados al caso por orden superior de la Casa Grande, es decir, de la Jefatura Central de Policía de Fettes Avenue.

David Costello abrió el piso a los dos agentes del Departamento de Investigación Criminal. Todo estaba en orden y no encontraron indicio alguno del posible destino de Philippa Balfour. Era un piso precioso, con el suelo de madera y paredes recién pintadas. El salón era amplio, con dos balcones, y había dos dormitorios, uno de ellos transformado en estudio. La cocina moderna era más pequeña que el cuarto de baño, recubierto de madera de pino. En el dormitorio había muchas pertenencias de Costello y su ropa estaba apilada en una silla con libros, CD y una bolsa de ropa sucia encima.

Cuando interrogaron a Costello al respecto, contestó que suponía que era cosa de Flip. «Nos enfadamos y seguramente reaccionó de esa manera», fueron sus palabras textuales. Sí, habían discutido en otras ocasiones, pero no recordaba que ella hubiese hecho un montón como aquél con sus cosas.

John Balfour llegó a Escocia en un jet privado que alquiló a un cliente comprensivo, y se presentó en el piso de la Ciudad Nueva casi antes que la policía.

«¿Y bien?», fue su primera pregunta, a la que Costello no supo responder más que con un «Lo siento».

Los del DIC, hablando en privado del caso, habían atribuido diversos significados a tales palabras: podría tratarse de una discusión con la novia que acaba mal, la mata, esconde el cadáver pero, frente al padre, mantiene su educación innata y balbucea una semiconfesión.

«Lo siento».

Había muchas maneras de interpretar esas palabras. Siento haber discutido con ella; siento que lo hayan molestado; siento que haya sucedido esto; siento no haberla cuidado; siento lo que he hecho...

Habían llegado también los padres de David Costello, que reservaron dos habitaciones en uno de los mejores hoteles de Edimburgo. Vivían en las afueras de Dublín. El padre, Thomas, era un hombre que «había hecho fortuna» y Theresa, la madre, era interiorista.

Dos habitaciones. En St Leonard’s se había hablado de aquel detalle de las dos habitaciones. Sí, era un matrimonio de un solo hijo, y vivían en una casa de ocho dormitorios.

Se había hablado aún más de por qué se ocupaba St Leonard’s de un caso ocurrido en la Ciudad Nueva; la comisaría más próxima al piso era la de Gayfield Square; sin embargo habían asignado especialmente a la investigación a agentes de Leith, St Leonard’s y Torphichen.

Todos interpretaban que alguien había movido los hilos para que se dejaran pendientes las demás investigaciones y se concentraran en el asunto de «la hija de un rico que se ha largado de casa».

Rebus, en su fuero interno, pensaba lo mismo del tema.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó—. ¿Café, té?

Costello negó con la cabeza.

—¿Te importa que...?

Costello lo miró un tanto perplejo, pero inmediatamente comprendió.

—Por supuesto —respondió—. La cocina... —añadió con un gesto.

—Sé dónde está. Gracias —dijo Rebus.

Cerró la puerta al salir y se detuvo un instante en el pasillo, contento de estar fuera del agobiante salón. Le palpitaban las sienes y sentía la tensión de los nervios oculares. Oyó ruido en el estudio y asomó la cabeza por la puerta.

—Voy a poner el agua a hervir —dijo.

—Buena idea —repuso la agente Siobhan Clarke sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.

—¿Alguna cosa?

—Té, gracias.

—No, quiero decir si...

—Ya. Todavía no tengo nada. Cartas a amigos y algunos fragmentos de sus trabajos de clase. Pero he de comprobar miles de correos electrónicos y necesitaría la contraseña.

—El señor Costello afirma que ella no se la dijo.

Clarke carraspeó.

—¿Qué significa eso? —preguntó Rebus.

—Significa que me pica la garganta —respondió Clarke—. Lo tomo con leche. Gracias.

Rebus la dejó, entró en la cocina, llenó la tetera y buscó bolsitas de té y tazas.

—¿Cuándo podré marcharme?

Rebus se volvió hacia Costello, de pie en la entrada.

—Sería mejor que no te marchases —respondió Rebus—. Los periodistas y las cámaras... te acosarán y te llamarán constantemente por teléfono.

—Lo descolgaré.

—Te sentirás como un prisionero.

Vio que el joven se encogía de hombros diciendo algo que no entendió.

—¿Cómo dices?

—Aquí no puedo quedarme —repitió Costello.

—¿Por qué no?

—No lo sé..., es que... —Volvió a encogerse de hombros y se pasó las manos por el pelo aplastándoselo hacia atrás—. Echo de menos a Flip y casi no lo aguanto. No dejo de pensar que la última vez que la vi tuvimos una discusión.

—¿Por qué motivo?

—Ni siquiera lo recuerdo —respondió Costello con una risa hueca.

—¿Fue el día en que desapareció?

—Sí, por la tarde. Me largué hecho una furia.

—Discutíais mucho, ¿no? —preguntó Rebus como quien no quiere la cosa.

Costello no contestó, se quedó mirando al vacío y negó despacio con la cabeza. Rebus dio media vuelta, cogió dos bolsitas de té Darjeeling y las echó en las tazas. ¿Estaba Costello a punto de confesar? ¿Escuchaba Siobhan detrás de la puerta del estudio? Les habían encomendado el cuidado de Costello, y formaban parte de un equipo que hacía turnos de ocho horas; pero también lo habían llevado allí por otro motivo, pues era evidente que les era útil para aclararles los nombres que iban apareciendo en la correspondencia de Philippa Balfour. Rebus quería, además, que estuviera allí porque quizá fuese aquel el escenario del crimen, y cabía la posibilidad de que David Costello tuviera algo que ocultar. En St Leonard’s había empate de opiniones; en Torphichen, las apuestas eran dos contra uno y, para los de Gayfield, Costello era el sospechoso.

—Tus padres dijeron que podías ir a su hotel —dijo Rebus, volviéndose hacia el joven—. Han reservado dos habitaciones. Así que probablemente hay una libre.

Costello no entró al trapo. Siguió mirando al policía unos segundos, se dio media vuelta y asomó la cabeza por la puerta del estudio.

—¿Ha encontrado lo que buscaba? —preguntó.

—Tardaremos aún —respondió Siobhan—. Lo mejor será que nos deje seguir.

—Ahí no va a encontrar nada —replicó él refiriéndose a la pantalla del ordenador; como ella no contestó, se irguió ligeramente y ladeó la cabeza—. ¿Es usted especialista?

—Es que es una tarea que hay que hacer —respondió ella en voz baja, como si no quisiera que se oyera fuera del cuarto.

Costello estuvo a punto de replicar, pero cambió de idea y volvió enfurecido al salón. Rebus entró con el té para Siobhan.

—Vaya estilo —dijo ella al ver la bolsita flotando en la taza.

—No sabía si te gustaba muy fuerte o no —repuso Rebus—. ¿Qué te ha parecido?

Clarke pensó un instante.

—Parece sincero.

—A lo mejor te dejas engañar por su carita de bueno.

Clarke resopló, sacó el sobre de té y lo echó a la papelera.

—Tal vez —dijo—. ¿A ti qué te parece?

—Mañana, conferencia de prensa —le recordó Rebus—. ¿Crees que podremos persuadir al señor Costello para que haga un llamamiento público?

Para hacer el turno de tarde llegaron dos agentes de Gayfield Square. Rebus se marchó a casa y se preparó un baño. Tenía ganas de estar un buen rato en el agua; echó lavavajillas bajo el chorro del agua caliente y recordó que era lo que hacían sus padres cuando él era niño. Llegaba sucio de jugar al fútbol y se daba un baño caliente con lavavajillas. No es que no pudiesen comprar gel de baño de burbujas, pero como decía la madre: «El lavavajillas está muy bien de precio».

En el cuarto de baño de Philippa Balfour había más de diez bálsamos, lociones de baño y aceites de burbujas. Rebus hizo recuento: maquinilla, crema de afeitar, pasta dentífrica, un cepillo de dientes y una pastilla de jabón; en el botiquín tenía tiritas, paracetamol y una cajita de condones. La abrió y vio que solo quedaba uno; la había comprado en verano. Al cerrar el armarito vio reflejado en el espejo un rostro gris, de pelo canoso y carrillos fláccidos incluso cuando sacaba barbilla. Esbozó una sonrisa y vio una dentadura que se había saltado las dos últimas citas con el dentista, quien ya lo había amenazado con borrarlo de la lista.

—Paciencia, amigo, que hay más que esperan —musitó dando la espalda al espejo para desvestirse.

La fiesta de jubilación del comisario Watson, alias el Granjero, comenzó a las seis. Era en realidad la tercera o cuarta fiesta, pero la última con carácter oficial. Habían adornado el Club de la Policía en Leith Walk con serpentinas, globos y una gran pancarta que decía: del arresto a un retiro bien merecido. En la pista de baile habían echado paja, completando la ambientación de una granja con un cerdo y una oveja hinchables. El bar estaba concurridísimo cuando llegó Rebus, quien en la entrada se cruzó con tres jefazos de la central que se iban. Miró el reloj y vio que eran las siete menos veinte. Habían concedido al jubilado cuarenta minutos de su precioso tiempo.

Por la mañana había tenido lugar una presentación en St Leonard’s a la que él no había asistido porque tenía servicio de vigilancia en el piso de la desaparecida, pero le habían explicado el discurso del ayudante del jefe de policía, Colin Carswell, y que otros oficiales de diversos destinos anteriores de Watson, algunos también retirados, habían pronunciado unas palabras. Estos eran los que se habían quedado para los festejos de la tarde y, por lo visto, se la habían pasado bebiendo a juzgar por las corbatas torcidas o ausentes y los rostros encendidos. Uno de ellos cantaba a voz en grito compitiendo con la música de los altavoces del techo.

—¿Qué quiere tomar, John? —dijo Watson levantándose de la mesa para acercarse a Rebus, que había ido a la barra.

—Tal vez medio whisky, señor.

—¡Sirva aquí media botella de whisky cuando pueda! —vociferó Watson al camarero que llenaba jarras de cerveza. Entornó los ojos y miró a Rebus—. ¿Ha visto a esos cabrones de la central?

—Me los he cruzado al entrar.

—Se han tomado un zumo de naranja, luego un simple apretón de manos y adiós. —Watson se esforzaba en no arrastrar las palabras para que no se le trabase la lengua y vocalizaba exageradamente—. Nunca había entendido del todo la expresión de «escoceses de pega», pero eso es lo que eran aquellos tipos.

Rebus sonrió y le pidió al camarero que le sirviese un Ardbeg.

—Pero que sea un buen doble —ordenó Watson.

—Ha estado poniéndose a gusto, ¿eh, señor? —preguntó Rebus.

—Han venido unos antiguos compañeros a despedirme —dijo Watson dando un fuerte resoplido y asintiendo con la cabeza en dirección a la mesa.

Rebus miró hacia allí a su vez y vio a un grupo de beodos.

Más atrás había un buffet dispuesto sobre unas mesas con sándwiches, panecillos con salchichas, patatas fritas y cacahuetes. Vio caras conocidas de la jefatura regional de Lothian y Borders. Macari, Allder, Shug Davidson y Roy Frazer. Bill Pryde charlaba con Bobby Hogan, y Grant Hood estaba junto a Claverhouse y Ormiston, de la Brigada de Investigación Criminal, tratando de aparentar que no le interesaba de qué hablaban. George Hi-Ho Silvers comenzaba a darse cuenta de la inutilidad de sus intentos de ligue con las agentes Phyllida Hawes y Ellen Wylie. Jane Barbour, de la central, charlaba con Siobhan Clarke, que había estado destinada un tiempo a sus órdenes en la Unidad de Delitos Sexuales.

—Si lo supieran los delincuentes harían su agosto —dijo Rebus—. ¿Quién hay en la comisaría?

—Sí, en St Leonard’s se han quedado en cuadro —contestó Watson echándose a reír.

—Ha venido mucha gente. No creo que haya tanta cuando yo me jubile.

—Me apostaría algo a que acudirá más —dijo Watson inclinándose—. Los primeros, los jefazos para asegurarse de que no es un sueño.

Rebus sonrió. Alzó el vaso y brindó por su jefe. Saborearon el whisky y Watson se pasó la lengua por los labios.

—¿Cuándo va a ser eso? —preguntó.

Rebus se encogió de hombros.

—Aún no llevo treinta años en el cuerpo.

—Poco le faltará, ¿no?

—Ni idea.

Pero mentía, porque casi todas las semanas pensaba que con treinta años de servicio tendría derecho a jubilarse con la pensión máxima, el ansiado objetivo de casi todos los policías: retirarse a los cincuenta en un chalecito junto al mar.

—Le voy a explicar una historia que no suelo contar —dijo Watson—. Mi primera semana en el cuerpo, estaba yo de servicio en el turno de noche, en el mostrador de atención al público, cuando entró un chaval, no tendría ni trece años, que fue directamente a mí. «He roto a mi hermanita», dijo. —Watson miraba al vacío—. Parece que le estoy viendo decirlo... «He roto a mi hermanita». Yo no sabía qué quería decir, pero resultó que la había empujado por la escalera y la había matado. —Hizo una pausa y bebió un trago de whisky—. Eso en mi primera semana en el cuerpo. ¿Sabe lo que me dijo el sargento? «La cosa irá a mejor». —Watson forzó una sonrisa—. Nunca he estado muy seguro de que tuviese razón... —Alzó de pronto los brazos y sonrió abiertamente—. ¡Ah, por fin! ¡Aquí está! Pensaba que me daba plantón.

Dio un abrazo asfixiante a la comisaria jefa Gill Templer secundado por un beso en ambas mejillas.

—No me diga que viene a animar la velada con el espectáculo de su persona... Perdone el lenguaje sexista —añadió haciendo amago de darse un palmetazo en la frente—. ¿Va a denunciarme?

—Lo dejaré pasar por esta vez —respondió Gill Templera cambio de una copa.

—Pago yo la ronda —dijo Rebus—. ¿Qué tomas?

—Un vodka largo.

Bobby Hogan llamó a voces a Watson para que zanjara una discusión.

—El deber me llama —se excusó Watson para dirigirse a la mesa con paso tambaleante.

—¿Es su numerito? —aventuró Gill Templer.

Rebus se encogió de hombros. La especialidad de Watson era recitar de carrerilla los libros del Antiguo y Nuevo Testamento y su récord era menos de un minuto; en aquella ocasión seguro que no iba a ser menos.

—Un vodka largo —dijo Rebus al camarero de la barra—. Y otros dos de estos —añadió alzando el vaso—. Uno es para Watson —aclaró al ver la mirada de Gill.

—Por supuesto —dijo ella con sonrisa de compromiso.

—¿Tienes ya fecha para tu fiesta? —preguntó Rebus.

—¿Cuál?

—La primera comisaria de la policía escocesa..., creo que merece una fiesta, ¿no?

—Me tomaré un zumo cuando me lo digan. —Vio que el camarero echaba un chorrito de angostura en su vaso—. ¿Qué tal el caso Balfour?

—¿Es mi nueva jefa quien lo pregunta? —replicó Rebus mirándola.

—John...

Era curioso cuánto podía expresar una sola palabra. Rebus no acababa de captar todos los matices, pero sí los suficientes.

«John, no insistas».

«John, sé que hay una historia entre nosotros, pero de eso hace mucho tiempo».

Gill Templer se había roto los cuernos por llegar a ocupar aquel cargo, pero sabía que, en cualquier caso, iban a fiscalizarla al máximo porque había muchos que se alegrarían de un fracaso por su parte, y entre ellos algunos que ella habría calificado de amigos.

Rebus asintió con la cabeza, pagó las bebidas y echó el resto del whisky en el nuevo vaso.

—Para que no beba más —dijo señalando con la cabeza a Watson, que ya recitaba los libros del Nuevo Testamento.

—Tú siempre sacrificándote por los demás —soltó Gill Templer.

Watson concluyó su retahíla y se oyó una ovación. Alguien contó que era un nuevo récord, pero Rebus sabía que no, era solo un cumplido protocolario como el reloj de oro de pulsera o de sobremesa. El whisky sabía a algas y a turba, y estaba convencido de que a partir de entonces, cuando bebiera Ardbeg, pensaría en aquel niño entrando en la comisaría...

Siobhan Clarke fue hacia ellos cruzando el salón.

—Enhorabuena —dijo dando la mano a Gill Templer.

—Gracias, Siobhan —contestó ella—. Quizá tú llegues algún día.

—¿Por qué no? —repuso Siobhan—. El que la sigue la consigue —añadió alzando un puño sobre la cabeza.

—¿Tomas algo, Siobhan? —preguntó Rebus.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada.

—Es casi para lo único que sirven —dijo Siobhan haciendo un guiño; se echaron las dos a reír y Rebus se alejó.

El karaoke comenzó a las nueve. Rebus fue a los servicios y notó el sudor enfriándosele en la espalda. Se había guardado la corbata en el bolsillo y tenía la chaqueta colgada en el respaldo de una silla junto a la barra. Ya se habían marchado muchos de los asistentes, algunos para incorporarse al turno de noche, otros porque habían recibido una llamada por el móvil o por el busca, pero ahora llegaban otros que venían de cambiarse el uniforme en casa. Una agente de la sala de comunicaciones de St Leonard’s se había presentado con falda corta y era la primera vez que Rebus le veía las piernas. Un bullanguero cuarteto de veteranos destinados en comisarías de Lothian oeste, donde había trabajado Watson, irrumpió con fotos del Granjero Watson de hacía veinticinco años. Les habían añadido huellas dactilares y la cabeza de Watson estaba unida a cuerpos de tíos cachas, algunos en posturas más que exageradas.

Rebus se lavó las manos y se echó agua en la cara y en la nuca. Como de costumbre, había solo secamanos eléctrico y sacó su pañuelo para usarlo como toalla; en aquel momento entró Bobby Hogan.

—¿Tú también estás borracho? —preguntó Hogan dirigiéndose a los urinarios.

—¿Acaso me has oído cantar, Bobby?

—Tú y yo deberíamos cantar a dúo «Mi cubo tiene un agujero».

—Seguro que somos los únicos que conocemos esa canción.

Hogan contuvo la risa.

—¿Recuerdas la época en que nosotros éramos los jóvenes reformistas?

—Hace un siglo de eso —replicó Rebus como hablando consigo mismo.

Hogan pensó que había oído mal, pero Rebus lo reiteró asintiendo con la cabeza.

—Bueno, ¿quién es el próximo homenajeado? —preguntó Hogan camino de la puerta.

—Yo no —dijo Rebus.

—¿No?

—Yo no puedo jubilarme, Bobby —respondió Rebus secándose de nuevo el cuello—. Me moriría.

Hogan lanzó un bufido.

—Lo mismo me sucede a mí, pero el trabajo también me está matando.

Se miraron un instante y Hogan hizo un guiño al abrir la puerta. Volvieron al salón ruidoso y agobiante y Hogan, al ver a un viejo amigo, lo saludó con los brazos abiertos. Uno de los colegas veteranos de Watson empujó un vaso hacia Rebus.

—Bebe Ardbeg, ¿no?

Rebus asintió con la cabeza, relamió un poco lo que se le había vertido en el dorso de la mano y, al ver de nuevo a un chiquillo entrando en la comisaría, alzó el vaso y lo apuró de un trago.

Sacó las llaves del bolsillo y abrió el portal del edificio. Eran llaves nuevas, relucientes, hechas aquel mismo día. Rozó la pared con el hombro camino de la escalera y subió agarrándose bien a la barandilla. Con la segunda y tercera llave abrió la puerta del piso de Philippa Balfour.

No había nadie y la alarma no estaba conectada. Encendió las luces. La gruesa alfombra parecía enroscársele en los tobillos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para avanzar, agarrándose a la pared. Las habitaciones estaban tal como las había dejado, pero faltaba el ordenador, trasladado a la comisaría, donde Siobhan estaba segura de que el servidor de Internet de Balfour les facilitaría la contraseña de la desaparecida.

En el dormitorio ya no estaba el montón de ropa de David Costello. Se imaginó que se la habría llevado el muchacho sin permiso, porque no podía sacarse nada del piso sin autorización de los jefes. Aquellas prendas habrían debido examinarlas primero los del equipo forense para tomar muestras; aunque ya había oído rumores de que tenían que apretarse el cinturón porque en un caso como aquel los gastos podían ser astronómicos.

Fue a la cocina a servirse un gran vaso de agua y luego se sentó en el salón en el mismo sitio que había ocupado David Costello. Le chorreó agua por la barbilla. Los cuadros abstractos de las paredes producían visiones raras y se desplazaban cuando movía los ojos. Se agachó para dejar el vaso vacío en el suelo y acabó a gatas. Algún cabrón le había echado algo en el whisky; no había otra explicación. Se dio la vuelta para sentarse y cerrar los ojos un instante. Personas desaparecidas: a veces es una pérdida de tiempo, porque al final aparecen o borran la pista si no quieren que las encuentren. Desaparecidos había muchos...; en la comisaría recibían constantemente descripciones y fotos de rostros ligeramente desenfocados como si ya fueran camino de convertirse en fantasmas. Parpadeó para abrir los ojos con fuerza y miró el techo y las elaboradas molduras. En la Ciudad Nueva, los pisos eran grandes, pero él prefería su barrio, había más tiendas y menos niebla.

Al Ardbeg tenían que haberle echado algo. Seguramente no volvería a beberlo para que no le evocara el fantasma del crío. Se preguntó qué habría sido de aquel chiquillo. ¿Lo habría hecho por accidente o ex profeso? Un chiquillo que ya sería padre, abuelo quizás. ¿Seguiría soñando con la hermana a la que había matado? ¿Recordaría al joven agente uniformado, nervioso, detrás del mostrador? Pasó las manos por el suelo. Era un suelo de madera bien pulido. No habían levantado aún los tablones; advirtió un hueco entre dos tablones y metió las uñas pero no consiguió nada y tumbó sin querer el vaso, que rodó por el suelo, llenando con su ruido el cuarto. Lo siguió con la vista hasta la puerta, donde lo detuvieron unos pies.

—¿Qué demonios pasa aquí?

Rebus se puso en pie. El hombre que tenía ante sí aparentaba cuarenta y tantos años y lo miraba con las manos en los bolsillos de un abrigo de lana tres cuartos; separó las piernas bloqueando el paso.

—¿Quién es usted? —preguntó Rebus.

El hombre sacó una mano del bolsillo y se la llevó a la oreja. Tenía un móvil.

—Voy a llamar a la policía —contestó.

—Soy policía —dijo Rebus sacando la identificación—. Inspector Rebus.

El hombre examinó el carné y se lo devolvió.

—Soy John Balfour —dijo en tono más suave.

Rebus asintió con la cabeza. Se lo había imaginado.

—Lamento que... —comenzó a disculparse mientras se guardaba el carné y sentía que la rodilla izquierda le flaqueaba.

—Usted ha bebido.

—Sí, lo siento. Vengo de una fiesta de jubilación. No estaba de servicio, si se refiere a eso.

—¿Puedo preguntarle qué hace, en tal caso, en el piso de mi hija?

—Naturalmente —replicó Rebus mirando a su alrededor—. Es que quería... ver si..., es decir...

No encontró las palabras.

—Haga el favor de marcharse.

Rebus inclinó levemente la cabeza.

—Por supuesto —dijo, al tiempo que Balfour se apartaba para dejarle paso sin que lo rozara.

Rebus se detuvo en el pasillo y se volvió ligeramente para disculparse, pero el padre de Philippa Balfour estaba junto a la ventana del salón y miraba a la calle agarrado a las contraventanas con ambas manos.

Rebus bajó la escalera con cuidado, ya casi sobrio, y cerró el portal sin mirar atrás ni hacia la ventana del primer piso. No había nadie por la calle y la calzada brillante por efecto del chubasco reflejaba la luz de las farolas. Solo se oía el ruido de sus zapatos subiendo la cuesta camino de Queen Street, George Street y Princes Street hacia el puente North Bridge. Era la hora de salida de los pubs, y la gente que volvía a casa andaba buscando taxi y a los amigos rezagados. Dobló a la izquierda en Tron Kirk y bajó hacia Canongate. Junto al bordillo había un coche patrulla con dos agentes, uno despierto y el otro dormido. Dos agentes de la comisaría de Gayfield; o les había tocado la china, o aquel ingrato turno de noche era un castigo del jefe. El que estaba despierto, con un periódico doblado e inclinado hacia la escasa luz del salpicadero, no reparó mucho en Rebus pensando que era un peatón, pero cuando este dio un golpe en el techo del coche soltó sobresaltado el periódico, que fue a caer en la cabeza del dormido, quien se despertó de un respingo, dando un zarpazo defensivo.

Mientras el cristal de la ventanilla bajaba, Rebus se inclinó hacia el agente.

—Llamada urgente de medianoche, caballeros —dijo.

—Casi me cago del susto —contestó el otro recogiendo las hojas del periódico.

Era Pat Connolly, que se había pasado sus primeros años en el Departamento de Investigación Criminal batallando contra el apodo de Paddy; su compañero era Tommy Daniels, quien sí parecía satisfecho, como en todo lo demás, con el suyo, «Distante», que decía bastante de su carácter. Despertado tan bruscamente de su sueño, al ver a Rebus, a quien conocía, se limitó a poner los ojos en blanco.

—Podrías habernos traído un café —dijo Connolly.

—Podría —replicó Rebus—. O un diccionario —añadió mirando el crucigrama del periódico, apenas rellenado con algunas palabras—. ¿Una noche tranquila?

—Solo algún forastero que pregunta una dirección —contestó Connolly.

Rebus sonrió y miró a un lado y a otro. Era el centro del Edimburgo turístico. Junto a los semáforos había un hotel; en la otra acera, una tienda de géneros de punto y otra de regalos, pastillas y licoreras. Cincuenta metros más allá, un artesano de faldas escocesas, y algo más lejos, agazapada entre otras sin luces, la casa de John Knox. La Ciudad Vieja había sido una vez todo Edimburgo: una estrecha columna vertebral que discurría desde el Castillo hasta Holyrood con escarpadas callejuelas laterales a guisa de costillas. Al aumentar la población y agravarse las malas condiciones higiénicas, se construyó la Ciudad Nueva, de una elegancia georgiana, como un reto a aquella Ciudad Vieja y a quienes no podían permitirse el traslado. A Rebus le intrigaba que, mientras que Philippa Balfour había elegido vivir en la Ciudad Nueva, David Costello hubiera optado por la Vieja.

—¿Está en casa? —preguntó.

—¿Íbamos a estar aquí de plantón, si no? —respondió Connolly mirando fijamente a su compañero, que se servía sopa de tomate de un termo. Distante olió el líquido con recelo y dio un trago—. Mire, quizás usted nos venga como anillo al dedo.

—¿Ah, sí?

—Sí, para zanjar una discusión sobre Deacon Blue. Wages Day, ¿es el primer disco o el segundo?

—Sí, ha sido una noche tranquila —dijo Rebus sonriendo—. El segundo —añadió tras pensarlo un instante.

—Me debes cincuenta libras —le recordó Connolly a Distante.

—¿Os importa que haga una pregunta? —dijo Rebus agachándose y sintiendo crujir las rodillas.

—Adelante —concedió Connolly.

—¿Qué hacéis si necesitáis mear?

Connolly sonrió.

—Si Distante está dormido, lo hago en su termo.

A Distante le salió el buche de sopa por la nariz. Rebus se puso en pie y sintió que la sangre le bombeaba las sienes; aviso a navegantes: resaca de fuerza diez a la vista.

—¿Va a entrar? —preguntó Connolly.

Rebus volvió a mirar hacia el piso.

—Me lo estoy pensando.

—Es que tenemos que tomar nota.

—Lo sé —dijo Rebus asintiendo con la cabeza.

—¿Viene de la fiesta de despedida de Watson?

—¿Por qué lo dices? —preguntó Rebus volviéndose hacia el coche.

—Bueno, porque ha bebido, ¿no? Quizá no sea el momento más indicado de ir a ese piso..., señor.

—Seguramente tienes razón..., Paddy —replicó Rebus camino del portal.

—¿Recuerdas lo que me preguntaste?

Rebus aceptó el café que le ofreció David Costello. Sacó dos paracetamoles del blíster y se los tomó con un trago. Era medianoche, pero Costello no dormía. Llevaba una camiseta negra, vaqueros negros y estaba en calcetines. Debía de haber hecho una escapada ilegal porque tenía en el suelo una bolsa con media botella de Bell’s, de la que solo faltaba un par de tragos. Bebedor no era, dedujo Rebus. No respondía al comportamiento de un bebedor ante una crisis; había recurrido al whisky, pero había tenido que comprarlo y no había liquidado la botella entera.

Era un cuarto de estar pequeño y al piso se accedía por una empinada escalera de caracol con escalones de piedra desgastados. Las ventanas eran minúsculas por tratarse de un edificio centenario de la época en que la calefacción era un lujo; cuanto más pequeñas fueran las ventanas, menos calor se perdía.

Separaban la cocina del cuarto de estar un peldaño y un tabique divisorio con una puerta de doble anchura. Como indicios de que a Costello le gustaba cocinar se veían cazuelas y sartenes colgadas de ganchos de carnicería. En la zona de estar no faltaban libros y discos compactos. Rebus echó una mirada a los discos: John Martyn, Nick Drake, Joni Mitchell. Tranquila pero cerebral. Los libros debían de ser textos de los estudios de literatura inglesa que seguía el joven.

Costello se sentó en un futón rojo y Rebus optó por una silla de respaldo recto. Eran muebles que tenían el aspecto de esos que colocan de reclamo fuera de las tiendas en Causewayside, cuya categoría de «antigüedades» incluye pupitres de los años sesenta y archivadores metálicos verdes, procedentes de remodelaciones de oficinas.

Costello se pasó la mano por el pelo y no dijo nada.

—Me preguntaste si pensaba que habías sido tú —añadió Rebus contestando a su propia pregunta.

—Había sido, ¿qué?

—El asesino de Flip. Me parece que dijiste: «Cree que la he matado yo, ¿verdad?».

Costello asintió con la cabeza.

—Es que es lógico, ¿no? Nos peleamos y es normal que me considere sospechoso.

—David, de momento eres el único sospechoso.

—¿De verdad cree que le ha sucedido algo?

—¿Qué crees tú?

—No hago más que estrujarme el cerebro desde el primer momento.

Permanecieron en silencio un rato.

—¿A qué ha venido aquí? —preguntó Costello de improviso.

—Ya te he dicho que iba camino de casa. ¿Te gusta la Ciudad Vieja?

—Sí.

—Es algo distinta de la Nueva. ¿No pensaste en trasladarte cerca de donde vive Flip?

—¿Qué insinúa?

Rebus se encogió de hombros.

—Quizá vuestras preferencias sobre Edimburgo arrojen cierta luz sobre vosotros dos.

—Ustedes, los escoceses, son a veces muy reduccionistas —dijo Costello con una risa seca.

—¿En qué sentido?

—Ciudad Vieja frente a Ciudad Nueva, católicos contra protestantes, costa este y costa oeste... Las cosas suelen ser algo más complicadas.

—Yo me refería a que los contrarios se atraen.

Se hizo otro silencio y Rebus examinó el cuarto.

—¿No revolvieron mucho?

—¿Quiénes?

—Los que hicieron el registro.

—Podría haber sido peor.

Rebus dio un sorbo al café fingiendo que lo degustaba.

—Aquí no habrías dejado el cadáver, ¿verdad? Quiero decir que solo los pervertidos hacen una cosa así. —Costello lo miró—. Perdona, me refería a que...; hablaba en teoría. No afirmo nada. Pero los de la científica no buscarían un cadáver. Ellos se ocupan de detalles que a nosotros nos pasan desapercibidos. Rastros de sangre, fibras, un cabello —añadió Rebus moviendo la cabeza despacio—. Los jurados creen todo eso. El criterio policial clásico ya no cuenta —dijo dejando la taza y metiendo la mano en el bolsillo para coger el tabaco—. ¿Te importa que...?

Costello se mostró indeciso.

—La verdad es que yo también me fumaría uno, si me lo ofrece.

—Por favor —dijo Rebus cogiendo un pitillo, encendiéndolo y tirando a continuación la cajetilla y el encendedor al joven—. Líate un porro si quieres —añadió—. Si es que fumas.

—No fumo.

—Veo que ahora la vida estudiantil es muy distinta.

Costello expulsó el humo mirando el cigarrillo como si fuera un objeto extraño.

—Supongo que sí —dijo.

Rebus sonrió. Eran dos adultos que charlaban afablemente fumando un cigarrillo. Cosas de la madrugada, la hora de la verdad, cuando los demás duermen y nadie escucha a escondidas. Se levantó y se acercó a la estantería de libros.

—¿Cómo os conocisteis? —preguntó cogiendo un libro y hojeándolo.

—En una cena. Conectamos de inmediato. A la mañana siguiente, después de desayunar dimos un paseo por el cementerio de Warriston y supe que la quería... Quiero decir que no era una simple aventura de una noche.

—¿Te gusta el cine? —preguntó Rebus al advertir que había una hilera de libros sobre el tema.

—Me gustaría escribir un guion algún día —respondió Costello mirándolo.

—Estupendo —concedió Rebus, que había abierto otro libro con una serie de poemas sobre Alfred Hitchcock—. ¿No fuiste al hotel? —añadió tras una pausa.

—No.

—Pero ¿has visto a tus padres?

—Sí.

Costello dio otra profunda calada al cigarrillo. Vio que no había cenicero y buscó con la vista algo adecuado: dos palmatorias. Una para Rebus y otra para él. Al dar la espalda a los libros, el pie de Rebus rozó algo: era un soldado de metal de apenas dos centímetros. Se agachó a recogerlo. Le faltaba el mosquete y tenía la cabeza torcida. Él no lo había roto, desde luego. Lo dejó con cuidado en un estante y se sentó.

—Entonces ¿anularon la otra habitación? —preguntó.

—Mis padres duermen en habitaciones separadas, inspector —respondió Costello levantando la vista del punto de la palmatoria en que había apagado la colilla—. No es ningún delito, ¿verdad?

—No soy quién para juzgar. Hace tantos años que mi mujer me dejó que ni lo recuerdo.

—Me apostaría algo a que lo recuerda bien.

—Culpable. —Rebus sonrió de nuevo.

Costello apoyó la cabeza en el respaldo del futón y bostezó.

—Tengo que irme —dijo Rebus.

—Termínese el café, al menos.

Rebus lo había acabado, pero asintió con la cabeza, decidido a no marcharse hasta que lo echaran.

—A lo mejor aparece. La gente hace a veces cosas extrañas, ¿no es cierto? O le da por echarse al monte.

—Flip no era de las que se echan al monte.

—Pero a lo mejor tenía pensado marcharse a algún sitio.

Costello negó con la cabeza.

—Sabía que la esperaban en el bar. No lo iba a olvidar.

—¿No? Imagínate que se encontró con alguien... y tuvo una reacción impulsiva, como en el anuncio.

—¿Con otro hombre?

—Es posible, ¿no crees?

Una sombra cruzó los ojos de Costello.

—No lo sé. Precisamente fue una de las cosas que pensé...: si habría conocido a alguien.

—¿Y la descartaste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque algo así me lo habría dicho. Es la manera de ser de Flip. Si se compra un vestido de mil libras o sus padres le regalan un vuelo en el Concorde, no puede callárselo.

—¿Le gusta ser el centro de atención?

—¿No nos sucede a todos de vez en cuando?

—No habrá hecho alguna tontería por el simple hecho de que la busquemos, ¿verdad?

—¿Fingir que ha desaparecido? —Costello negó con la cabeza y volvió a bostezar—. Creo que voy a acostarme.

—¿A qué hora es la conferencia de prensa?

—A primera hora de la tarde. Seguramente para que puedan incluirla en el informativo de la tele.

Rebus asintió con la cabeza.

—Tú no te pongas nervioso. Actúa tal como eres.

Costello apagó la colilla.

—¿De qué otra manera voy a actuar? —replicó haciendo ademán de devolver a Rebus el paquete y el encendedor.

—Quédatelos. A lo mejor te entran ganas de fumar.

Se levantó y sintió el pálpito de la sangre en el cráneo, a pesar del paracetamol. «Es la manera de ser de Flip». Lo había dicho en presente; ¿era un comentario casual o calculado? Costello se puso en pie con una sonrisa algo forzada.

—Al final no ha contestado a mi pregunta.

—Le doy un margen de confianza, señor Costello.

—¿Ahora sí? —replicó Costello metiendo las manos en los bolsillos—. ¿Irá a la conferencia de prensa?

—Puede ser.

—¿Y estará atento a cualquier lapsus, como sus colegas de la científica? —añadió el joven entornando los ojos—. Puede que sea el único sospechoso, pero no soy idiota.

—Entonces apreciarás que estemos del mismo lado de la mesa..., a menos que pienses lo contrario.

—¿Por qué ha venido aquí? No está de servicio, ¿verdad?

Rebus dio un paso hacia él.

—¿Sabes lo que se creía en otros tiempos, señor Costello? Antes se pensaba que las víctimas de un crimen retenían en los ojos la imagen del asesino... por ser lo último que habían visto, y algunos asesinos les arrancaban los ojos después de matarlas.

—Pero en la actualidad no somos tan ingenuos, inspector, ¿no es cierto? No se puede conocer a nadie ni descubrir su yo íntimo a simple vista —replicó Costello acercándose y abriendo más los ojos—. Mire bien por última vez porque la exposición va a cerrar.

Rebus le sostuvo la mirada con firmeza hasta que Costello parpadeó y rompió el hechizo; después se dio media vuelta y le pidió que se marchase. Cuando ya iba camino de la puerta, el joven lo llamó; estaba limpiando el paquete de cigarrillos con un pañuelo, hizo lo propio con el encendedor y le tiró ambos objetos a los pies.

—Creo que usted los necesitará más que yo.

Rebus se agachó a recogerlos.

—¿Por qué los has limpiado con el pañuelo?

—Hay que ir con cuidado —respondió el joven—. Pueden aparecer pruebas en cualquier sitio.

Rebus se irguió, pero no dijo nada. Cuando salía, Costello le dio las buenas noches y, solo cuando ya había descendido unos escalones, le devolvió la cortesía. Iba pensando en cómo el chico había limpiado la cajetilla y el encendedor. En todos los años que llevaba en el cuerpo nunca había visto hacer aquello a un sospechoso. Era prueba de que Costello esperaba verse acosado.

O quizá lo había hecho para que él lo creyera. En cualquier caso, el detalle le había mostrado la faceta fría y calculadora del joven, su capacidad de previsión...

2

Era uno de esos días fríos crepusculares, perfectamente posible en al menos tres estaciones escocesas, con un cielo como de pizarra y un viento que el padre de Rebus habría calificado de «cortante». Su padre le contó una historia una vez —en realidad muchas veces— sobre un crudo día de invierno en que entró en una tienda de comestibles en Lochgelly y se encontró con el tendero pegado a la estufa eléctrica. Él, señalando la vitrina refrigerada, le había preguntado: «¿Es esto su jamón de Ayrshire?», y el hombre contestó: «No, son mis manos, que las he puesto a calentar». Su padre le juró que era verídico y Rebus, que por entonces tendría siete u ocho años, se lo creyó; pero en esos momentos le parecía un chiste manido, algo que el viejo debía de haber oído y de lo que se había apropiado.

—Es raro verle sonreír —dijo su barista mientras le preparaba un doble con latte.

Esas fueron sus palabras: «barista», latte, la primera vez que le explicó en qué consistía su trabajo. Atendía un chiringuito instalado en una antigua caseta de policía en una esquina de los Meadows, al que Rebus acudía casi todas las mañanas camino de la comisaría. «Café con leche», decía él, y ella le corregía: latte. Él añadía: «doble», aunque ella se lo sabía de memoria; a Rebus le gustaba el sonido de la palabra.

—Sonreír no es delito, ¿no? —dijo mientras revolvía la espuma con la cucharilla.

—Usted lo sabrá mejor que yo.

—Y su jefe mejor que nadie —replicó Rebus pagando; echó la calderilla del cambio en el bote de margarina de las propinas y se encaminó a St Leonard’s. Seguramente la mujer no supiera que era policía... «Usted lo sabrá mejor que yo». Lo había dicho sin intención, por seguir la broma, mientras que la observación de él sobre el jefe, dueño de una cadena de quioscos, había sido intencionada, por tratarse de un antiguo abogado. Ella, sin embargo, no pareció darse cuenta.

Al llegar a St Leonard’s se quedó un rato en el coche para disfrutar del último cigarrillo con el café. Había dos furgones en la puerta trasera de la comisaría en espera de conducir a alguien ante el juez. Él había comparecido días atrás en un juicio como testigo de cargo y aún no sabía cuál había sido el veredicto. Se abrió la puerta y en lugar de ver a los agentes de su custodia, quien apareció fue Siobhan Clarke. Ella, al ver su coche, sonrió, negó con la cabeza por lo previsible de la escena y se acercó. Rebus bajó el cristal de la ventanilla.

—Los condenados hacen un buen desayuno —saludó ella.

—Buenos días a ti también, Siobhan.

—Te esperan en el despacho supremo.

—Y el jefe envía al sabueso más capaz.

Siobhan no dijo nada y sonrió para sus adentros mientras Rebus bajaba del coche. Cruzaban el aparcamiento cuando oyó que ella decía:

—Ya no es «el» jefe.

Rebus se detuvo.

—Lo había olvidado —dijo.

—Por cierto, ¿qué tal la resaca? ¿Se te ha olvidado alguna cosa más?

Al abrirle ella la puerta para cederle el paso, Rebus tuvo la fugaz imagen de un guardabosques abriendo una trampa.

Ya no estaban las fotos de Watson ni la máquina de café, pero quedaban algunas tarjetas de felicitación encima del archivador. Salvo esos detalles, el despacho era el mismo y no faltaba ni el montón de papeles en la bandeja de entrada ni el cactus solitario en el alféizar de la ventana. Gill Templer parecía a disgusto en aquel sillón; el corpachón de Watson lo había moldeado de una manera que hacía imposible que ella pudiera ajustar en él su esbelta figura.

—Siéntate, John. —Apenas lo había hecho, cuando añadió—: Y cuéntame qué sucedió anoche.

Apoyaba los codos en la mesa, con las manos juntas enfrentadas por la punta de los dedos, gesto muy habitual en Watson cuando trataba de ocultar la irritación o la impaciencia. Se le había contagiado de él, o era un aditivo a su nuevo cargo.

—¿Anoche?

—En el piso de Philippa Balfour, donde te encontró su padre. Por lo visto habías bebido —añadió alzando la vista.

—¿No bebimos todos?

—Algunos más que otros —replicó ella mirando una hoja de papel—. El señor Balfour pregunta qué es lo que hacías y, francamente, también a mí me pica la curiosidad.

—Iba camino de casa...

—¿Desde Leith Walk hasta Marchmont cruzas por la Ciudad Nueva?

Rebus advirtió que seguía con el vaso de café en la mano. Lo dejó en el suelo despacio.

—A veces lo hago —respondió—. Cuando no hay nadie, me gusta volver al lugar de los hechos.

—¿Por qué?

—Por si encuentro algo que no hemos advertido —contestó él.

Templer reflexionó un instante.

—No creo que eso sea todo.

Rebus se encogió de hombros sin decir nada mientras ella miraba de nuevo la hoja.

—A continuación decidiste hacer una visita al novio de la señorita Balfour. ¿Tú lo ves normal?

—Eso sí que fue camino de casa. Me paré a hablar con Connolly y Daniels y, al ver luz en el apartamento del señor Costello, subí a asegurarme de que todo iba bien.

—El esforzado poli —dijo ella haciendo una pausa—. ¿Será por eso por lo que el señor Costello ha creído conveniente mencionar tu visita a su abogado?

—No sé por qué motivo —replicó Rebus rebulléndose ligeramente en la silla y cogiendo el café para disimular su nerviosismo.

—El abogado está hablando de acoso y a lo mejor tenemos que suspender la vigilancia —añadió ella mirándolo fijamente.

—Escucha, Gill, hace mucho tiempo que nos conocemos —dijo Rebus—. No es ningún secreto mi manera de trabajar. Estoy seguro de que Watson habrá dejado constancia por escrito.

—Hablas del pasado, John.

—¿Qué quieres decir?

—¿Cuánto bebiste anoche?

—Más de lo debido, pero no fue culpa mía —replicó él, advirtiendo que ella enarcaba una ceja—. Estoy seguro de que alguien me echó algo en la bebida.

—Quiero que vayas al médico.

—Por Dios bendito...

—Por la bebida, por tu régimen de comidas, por tu salud en general... Quiero que hagas un tratamiento y lo que crea necesario el doctor. Y que lo cumplas.

—¿Alfalfa y zumo de zanahoria?

—Ve al médico, John.

No era una simple sugerencia. Rebus lanzó un resoplido y apuró el café.

—Es leche semidesnatada —dijo alzando el vaso.

Gill Templer estuvo a punto de sonreír.

—Es un comienzo —señaló.

—Escucha, Gill... —Rebus se levantó y tiró el vaso en la papelera impoluta—. La bebida no es problema. No interfiere en mi trabajo.

—Anoche sí.

Él negó con la cabeza, pero ella había endurecido su expresión. Finalmente lanzó un profundo suspiro y dijo:

—Antes de marcharte anoche..., ¿te acuerdas de ese momento?

—Claro —respondió Rebus, de pie ante la mesa con los brazos caídos.

—¿Recuerdas lo que me dijiste? —La cara de él le dio a entender que su mente estaba en blanco—. Me pediste que me fuera contigo a casa.

—Perdona —dijo él, esforzándose por hacer memoria, cuando la verdad era que no recordaba el momento en que había salido del club.

—Márchate, John. Yo me encargo de concertar la cita con el médico.

Rebus dio media vuelta, abrió la puerta y ya salía cuando ella lo llamó.

—Era mentira —dijo Templer sonriente—. No me pediste nada. ¿No vas a desearme suerte en mi nuevo cargo?

Rebus intentó en vano esbozar una sonrisa despectiva. Gill Templer sostuvo la suya hasta que él salió dando un portazo. Watson la había aleccionado perfectamente sobre John aunque no le dijo nada que Gill no supiese: «Le gusta demasiado la bebida, si acaso, pero es buen policía, Gill. Es solo que cree que puede prescindir de todos nosotros...». Tal vez era cierto, pero quizás estuviera también llegando el momento en que Rebus empezase a comprobar que eran los demás quienes podían prescindir de él.

Era fácil saber quién había estado en la fiesta de despedida; lo más seguro es que en las farmacias cercanas se hubieran vendido bastantes aspirinas, vitamina C y remedios contra la resaca. La deshidratación era generalizada, pues Rebus no había visto nunca tantas botellas de agua mineral, limonada y Coca-Cola. Los sobrios, que no habían ido a la fiesta o no habían bebido más que refrescos, sonreían satisfechos, silbando con prepotencia y haciendo el máximo ruido posible con cajones y armarios. El centro de investigaciones para el caso de Philippa Balfour estaba en la comisaría de Gayfield Square, la más próxima a su piso pero, como había tantos agentes asignados al caso, el espacio escaseaba y habían reservado un rincón en el Departamento de Investigación Criminal de St Leonard’s. Allí estaba Siobhan ocupada ante la pantalla y con un disco duro extra en el suelo; Rebus advirtió que, además de manipular el ordenador de Balfour, sostenía un teléfono entre el hombro y la mejilla sin dejar de teclear.

—Tampoco ha habido suerte —la oyó decir.

Rebus compartía su mesa con otros tres policías y se notaba. Tiró al suelo los restos de un paquete de patatas fritas y echó dos latas vacías de Fanta en la papelera más cercana. Sonó el teléfono y lo cogió, pero era un periodista tratando de puentear.

—Hable con el enlace de prensa —le contestó Rebus.

—No me fastidie.

Rebus se quedó pensativo, pues era el cargo anterior de Gill Templer. Miró a Siobhan.

—¿Quién se encarga ahora de las relaciones con la prensa? —preguntó.

—La sargento Ellen Wylie —dijo el periodista.

Rebus le dio las gracias y colgó. El cargo habría sido una buena promoción para Siobhan, sobre todo en un caso importante como aquel. Ellen Wylie era una buena policía de Torphichen, y seguro que a Gill Templer, como especialista en relaciones con la prensa, le habrían pedido consejo para el nombramiento; era posible incluso que ella misma hubiese adoptado la decisión optando por Ellen Wylie. Rebus se preguntó qué motivos habría tenido.

Se levantó y examinó todo el papeleo que habían pegado a la pared detrás de la mesa. Listas de turnos de tareas, faxes, listas de números de contacto y direcciones. Había dos fotos de la desaparecida, una de ellas había sido cedida a la prensa, que la publicó y difundió en una decena de artículos sobre el caso. Si no aparecía pronto sana y salva, no iba a quedar sitio en la pared y tendrían que eliminar los artículos de periódico, repetitivos, inexactos y sensacionalistas. A Rebus le llamó la atención la expresión «el desdichado novio». Miró el reloj y vio que faltaban cinco horas para la rueda de prensa.

Como Gill Templer había ascendido, en St Leonard’s se habían quedado con un inspector de menos; Bill Pryde aspiraba al cargo y pretendía imponer su autoridad en el caso Balfour. Rebus, que acababa de llegar a la sala donde se centralizaba el caso en Gayfield Square, se quedó maravillado al verlo. Pryde estaba elegante como nunca, con un traje que parecía recién estrenado, la camisa bien planchada y una corbata cara. Sus zapatos negros parecían un espejo y, si Rebus no se equivocaba, incluso había ido a la peluquería para arreglarse el poco pelo que le quedaba. Lo habían puesto al mando del personal para que designara los equipos encargados de hacer la rutina diaria de los interrogatorios y las visitas puerta a puerta. Estaban pasando por casa de todos los vecinos, a veces por segunda y tercera vez, y hablando con los amigos, estudiantes y profesores de la universidad; se verificaban los vuelos y el pasaje de transbordadores y habían enviado por fax la foto a ferrocarriles, empresas de autobuses y fuerzas de policía fuera de la jurisdicción de Lothian y Borders. Había que asignar a alguien la tarea de recopilar información sobre los últimos cadáveres aparecidos en Escocia, mientras otro equipo se centraba en los ingresos en hospitales. Quedaban, además, los taxis y las empresas de alquiler de coches. Todo requería tiempo y esfuerzos, fundamentalmente en cuanto a la faceta pública de la investigación, pero por otro lado habría que interrogar más específicamente al círculo más íntimo de familiares y amigos de la desaparecida. Rebus no pensaba que las indagaciones sobre posibles antecedentes dieran resultado alguno de momento.

Pryde terminó de dar instrucciones al grupo de policías y al dispersarse estos vio a Rebus, le dirigió un guiño y se le acercó frotándose la frente.

—Ten cuidado —advirtió Rebus—, ya sabes que el poder siempre corrompe.

—Perdona, pero es que estoy disfrutando —dijo Pryde bajando la voz.

—Eso es porque eres competente, Bill. En jefatura han tardado veinte años en reconocerlo.

—Corre el rumor de que tú rehusaste el cargo hace tiempo —dijo Pryde asintiendo con la cabeza.

Rebus resopló.

—Rumores, Bill. Igual que el disco de Fleetwood Mac. Mejor no escucharlos.

La gente que iba y venía por la sala cumpliendo las diversas tareas parecía ser parte de una coreografía. Unos se ponían el abrigo, cogían llaves y blocs de notas y otros se remangaban la camisa y se acomodaban ante ordenadores y teléfonos. Por una especie de milagro presupuestario, habían llevado unas sillas nuevas azul pálido, giratorias y con ruedas, y los que se habían adueñado de ellas las defendían haciéndolas rodar por la sala en vez de levantarse.

—Ya no se vigila al novio —dijo Pryde—. Órdenes de la nueva jefa.

—Lo sé.

—Por presión de la familia —añadió Pryde.

—Eso no afectará al presupuesto —puntualizó Rebus enderezando la espalda—. ¿Hay trabajo hoy para mí, Bill?

Pryde pasó hojas de su carpeta portapapeles.

—Hay treinta y siete llamadas del público —contestó.

—A mí no me mires —replicó Rebus alzando las manos—. Los chiflados y bandidos son para principiantes.

Pryde sonrió.

—Ya las he asignado —dijo señalando con la cabeza a dos agentes recién ascendidos de su condición de uniformados que atendían el teléfono, abrumados por la tarea.

Las llamadas inútiles constituían el trabajo más ingrato y en todos los casos de relevancia pública había que contar con una serie de confesiones y de pistas falsas. Había individuos que gozaban llamando la atención aun a costa de pasar por sospechosos. Rebus conocía a unos cuantos en Edimburgo.

—¿Ha llamado Craw Shand? —preguntó al azar.

—Tres veces declarándose culpable —respondió Pryde dando unos golpecitos en la lista.

—Dile que comparezca —ordenó Rebus—. Es la única manera de quitárnoslo de encima.

Pryde se llevó la mano libre al nudo de la corbata como si comprobara que todo estaba correcto.

—¿Conocidos? —sugirió.

—Rebus asintió.

—Conocidos —contestó.

Juntó las notas de los interrogatorios preliminares. Algunos agentes vigilarían la calle; Rebus con otros tres cubrirían por parejas los pisos a ambos lados de la casa de Philippa Balfour. Sumaban un total de treinta y cinco, tres de ellos vacíos, así que tocaban a dieciséis visitas por equipo, de un cuarto de hora más o menos; en resumen: cuatro horas de trabajo.

La compañera de Rebus, la agente Phyllida Hawes, hizo el cálculo sobre la marcha cuando subían las escaleras del primer piso. Realmente, a Rebus le extrañaba que se pudiera denominar «pisos» a aquellas casas georgianas de la Ciudad Nueva en la que abundaban las galerías de arte y las tiendas de antigüedades. Se lo hizo saber a Hawes.

—¿Casas de pisos? —sugirió ella sonriente.

Las plantas de los edificios eran de uno o dos pisos, algunos con el nombre del inquilino en una placa de latón o de cerámica. Pocos había que lo tuvieran en una simple etiqueta adhesiva.

—No creo que la Asociación Cockburn lo aprobase —dijo Hawes.

Los tres o cuatro nombres que figuraban en trozos de tarjeta debían de ser de estudiantes menos pudientes que Philippa Balfour, pensó Rebus.

Todos los rellanos estaban limpios y cuidados, con felpudos, maceteros e incluso tiestos colgados de la barandilla; las paredes, recién pintadas, y la escalera, bien barrida. En la primera casa, todo fue de perilla: en dos de los pisos no había nadie, dejaron la tarjeta en el buzón, y un cuarto de hora en cada uno de los otros dos. «Venimos a hacerle unas simples preguntas de seguimiento... por si tuviera algo que añadir». En ambos casos, los inquilinos dijeron que no y manifestaron que estaban aún muy sorprendidos de que hubiera sucedido algo así en una calle tan tranquila.

A una vivienda de la planta baja se accedía por un portal que daba acceso a algo muy distinto: un gran vestíbulo con suelo de mármol blanco y negro flanqueado por dos columnas dóricas. Su inquilino lo ocupaba hacía tiempo y trabajaba en «el sector financiero». Rebus se hizo una composición de lugar: diseñador gráfico, consultor profesional, animador social... y ahora sector financiero.

—¿Es que ya no hay trabajos de verdad? —preguntó a Hawes.

—Estos son los trabajos de verdad —respondió ella.

Estaban en la calle y Rebus, que fumaba un cigarrillo, vio que ella lo miraba.

—¿Quiere uno?

Hawes negó con la cabeza.

—Llevo tres años sin fumar.

—Estupendo —dijo Rebus mirando la calle arriba y abajo—. Si fuera una zona de casas de visillos ya estarían cotilleando.

—Si tuvieran visillos no se podría curiosear dentro y ver lo que uno se pierde.

Rebus aguantó el humo y lo expulsó por la nariz.

—La idea que yo me hacía de joven de la Ciudad Nueva era la de un barrio disoluto, con caftanes, hachís, fiestas y maleantes.

—Ahora ya no queda espacio para eso —dijo Hawes—. ¿Dónde vive usted?

—En Marchmont —respondió Rebus—. ¿Y usted?

—En Livingston. En aquel entonces no podía aspirar a más.

—Yo compré mi piso hace nueve años, cuando en casa entraban dos sueldos...

—No tiene por qué justificarse —dijo ella mirándolo.

—Lo que quiero decir es que en aquel entonces los precios no eran tan astronómicos.

Procuraba hablar sin soliviantarse, le había afectado la reunión con Gill y la broma que le había gastado, y haber fastidiado la vigilancia de Costello con su visita intempestiva al piso. Era posible que hubiera llegado el momento de hablar con alguien sobre lo de la bebida. Tiró la colilla en la calzada de piedras rectangulares brillantes que llamaban losetas; cuando llegó a Edimburgo, había cometido el error de llamarlas adoquines hasta que alguien le corrigió.

—En la próxima visita —dijo—, si nos ofrecen té, lo aceptamos.

Hawes asintió con la cabeza. Debía de tener treinta y tantos años o poco más de cuarenta y llevaba el pelo castaño largo hasta los hombros. Su cara era pecosa y regordeta, como si conservase el rostro de su infancia, y vestía un traje gris de chaqueta y pantalón con blusa esmeralda cerrada al cuello con un broche celta de plata. Rebus se la imaginó en el corro de una danza tradicional escocesa dando vueltas con la misma mirada de concentración que adoptaba en su trabajo.

Pasado el portal lujoso, bajando una escalinata curvilínea, estaba el «piso con jardín», así llamado porque le correspondía el jardín trasero de la casa. Las losas de piedra a lo largo de la fachada estaban cubiertas con macetas de flores. Tenía dos ventanas y otras dos a ras del suelo, indicio de que había un sótano al que debían de dar acceso dos puertas de madera que había frente a la puerta de entrada. Aunque ya las habían comprobado, Rebus trató de abrirlas, pero estaban cerradas con llave. Hawes miró sus anotaciones.

—Ya estuvieron aquí Grant Hood y George Silvers —reveló.

—Pero ¿cómo estaban las puertas, cerradas o abiertas?

—Se las abrí yo —dijo una voz a sus espaldas. Al volverse vieron a una anciana en el umbral de la puerta del piso—. ¿Quieren la llave?

—Sí, por favor, señora —contestó Phyllida Hawes.

La mujer entró en el piso y Hawes se volvió hacia Rebus haciéndole señal de que aquello era perder el tiempo, pero él levantó los dos pulgares.

El piso de la señora Jardine era como un museo de cretonas, cachivaches y figuritas de porcelana. El cubresofá de croché era una labor de dos semanas cuando menos. La anciana se disculpó por las latas y cazuelas que tenía en el suelo del invernadero diciéndoles que no terminaban nunca de arreglar el tejadillo. Rebus sugirió tomar allí mismo el té porque en el cuarto de estar cada vez que hacía un movimiento temía volcar algún adorno; pero en cuanto empezó a llover, la conversación fue amenizada con el concierto de las goteras, y las salpicaduras de la cazuela más cercana amenazaban con empapar a Rebus como si hubiese estado en la calle.

—Yo no conocía a la mocita —dijo la señora Jardine como entristecida—. Quizá si saliera algo más la habría visto alguna vez.

—Tiene usted un jardín muy bien cuidado —dijo Hawes mirando por los cristales.

Era decir poco porque el jardín alargado y estrecho era un césped impecable con flores a uno y otro lado del camino que lo surcaba.

—Gracias a mi jardinero —aclaró la anciana.

Hawes miró las notas del interrogatorio anterior: Silvers y Hood no habían anotado nada a propósito de un jardinero.

—¿Cómo se llama su jardinero, señora Jardine? —preguntó Rebus con toda naturalidad en tono cortés; pese a ello, la anciana lo miró preocupada. Él le ofreció una de sus propias magdalenas caseras con una sonrisa—. Es que tal vez yo necesite un jardinero —mintió.

Lo último que hicieron fue mirar en los sótanos; uno de ellos alojaba un viejo depósito de agua caliente y el otro estaba vacío y lleno de humedad. Se despidieron de la anciana, dándole las gracias por el té.

—Algunos tienen suerte —dijo Grant Hood, que los esperaba en la calle con el cuello de la gabardina subido para protegerse de la lluvia—. A nosotros, de momento, no nos han dado ni la hora.

Lo acompañaba Distante Daniels, a quien Rebus saludó con una inclinación de cabeza.

—Qué, Tommy, ¿haciendo doble turno?

Daniels se encogió de hombros.

—Se lo he cambiado a un compañero —respondió tratando de contener un bostezo.

—No haces bien tu trabajo —dijo Hawes a Hood dando unos golpecitos en el bloc de notas.

—¿Qué?

—La anciana tiene un jardinero —añadió Rebus.

—Ahora íbamos a hablar con los de la basura —dijo Hood.

—Ya hemos hablado nosotros —reveló Hawes—. Y hemos mirado también en los cubos de la basura.

Uno y otro se miraron como dispuestos a enfrentarse y Rebus pensó en mediar, pero él era de St Leonard’s, igual que Hood, y habría tenido que apoyarlo; en vez de hacerlo, optó por encender un cigarrillo. A Hood se le habían subido los colores. Era un agente del mismo rango que Hawes, aunque ella tenía más años de servicio, y él, aunque sabía que a veces con los veteranos era inútil discutir, no estaba dispuesto a callarse.

—Esto no ayuda en nada a Philippa Balfour —dijo en último extremo Daniels cortando la discusión.

—Bien dicho, hijo —añadió Rebus.

Era cierto. Las investigaciones laboriosas hacían que uno perdiera la perspectiva de lo esencial; te convertías en una ruedecita de la máquina y te volvías exigente para defender tu importancia. La propiedad de las sillas es una polémica fácil, algo que podía resolverse con rapidez, a diferencia del caso en sí, que crecía en proporción geométrica y hacía que uno se fuera empequeñeciendo hasta perder la perspectiva de lo fundamental, lo que el mentor de Rebus, Lawson Geddes, denominaba «lo determinante», es decir, que una o varias personas esperaban ayuda de ti y había un delito que resolver para enviar al culpable ante la justicia. Convenía recordarlo a veces.

Se separaron amigablemente; Hood anotó los datos del jardinero y prometió hablar con él. No tenían más remedio que volver a subir escaleras. Habían estado casi media hora en casa de la anciana, y los cálculos de Hawes dejaban bien patente esa otra verdad de que las indagaciones devoran tiempo; los días parecían volar sin que uno pudiera demostrar a qué se habían dedicado las horas, como si no se justificase el cansancio y solo quedase la certeza de la frustración de algo sin terminar.

Llamaron a otros dos pisos en la planta baja, en donde no había nadie, y a continuación, en la primera, les abrió la puerta alguien que Rebus conocía pero no acababa de situar.

—Estamos indagando sobre la desaparición de Philippa Balfour —dijo Hawes—. Creo que ya han hablado con usted dos colegas nuestros, pero nosotros hacemos el seguimiento.

—Sí, naturalmente —concedió el hombre abriendo más la puerta negra reluciente y mirando sonriente a Rebus—. Usted no recuerda de qué me conoce, pero yo sí. Siempre se recuerda a los novatos, ¿no? —añadió sonriendo aún más.

Los hizo pasar y, al presentarse como Donald Devlin, Rebus recordó quién era. En la primera autopsia a la que asistió cuando ingresó en Investigación Criminal, era Devlin quien hacía la disección, pues en aquella época era catedrático de medicina forense en la universidad y patólogo jefe de Edimburgo. Sandy Gates era su ayudante. Ahora el catedrático de medicina forense era Gates y su ayudante el doctor Curt. Vieron en las paredes del vestíbulo fotos enmarcadas del excatedrático recibiendo diversos premios.

—No recuerdo su nombre —dijo Devlin invitándolos a pasar al salón.

—Inspector Rebus.

—En aquel entonces sería agente, ¿no es cierto? —preguntó Devlin, y Rebus asintió con la cabeza.

—¿Está usted de mudanza? —preguntó Hawes al ver tantas cajas y bolsas de basura negras.

Rebus miró también. Había montones de papeles en precario equilibrio y cajones sueltos rebosantes de cosas que corrían el riesgo de desparramarse por la alfombra. Devlin contuvo la risa. Era un hombre bajo y grueso, de unos setenta años. Llevaba una chaqueta de punto deformada sin la mitad de los botones y usaba tirantes para sujetar los pantalones color gris marengo. Tenía un rostro regordete y surcado por venas, con pequeños ojos azules, velados por unas gafas de montura metálica.

—En cierto modo, sí —respondió recomponiendo sobre la calva unos escasos mechones de pelo—. Digamos que si «la de la guadaña» es el non plus ultra de los traslados, yo secundo gratuitamente su labor.

Rebus recordó que Devlin siempre hablaba así, utilizando el doble de palabras de las necesarias, con algún latinajo, y que antaño resultaba horroroso tomar notas cuando era él quien practicaba las autopsias.

—¿Se traslada a una residencia? —preguntó Hawes.

El anciano volvió a contener la risa.

—Lamentablemente, aún no. No, solo voy a deshacerme de algunas cosas que no quiero conservar y así será más fácil para los inquilinos que vengan a llenar la carcasa de mi morada cuando yo me vaya.

—¿Evitándoles molestias de tener que tirarlo?

Devlin miró a Rebus.

—Eso resume correctamente la situación —dijo con un gesto de aprobación.

Hawes cogió de una caja un libro encuadernado en piel.

—¿Va a tirar todo esto? —preguntó.

—Ni mucho menos —replicó Devlin chasqueando la lengua—. Ese volumen, por ejemplo, es una antigua edición de diagramas anatómicos de Donaldson que pienso donar al Colegio de Médicos.

—¿Sigue viendo al profesor Gates? —preguntó Rebus.

—Ah, sí, Sandy y yo nos tomamos a veces unas copitas. Él también se jubilará pronto para dejar sitio a los jóvenes, qué duda cabe. Nos engañamos pensando que la vida es cíclica, pero no es así. A menos que uno sea un budista convencido —añadió sonriendo por la observación.

—El hecho de ser budista no significa que uno se reencarne, ¿no es cierto? —preguntó Rebus para mayor deleite del anciano, mientras miraba un artículo de prensa enmarcado que había en la pared junto a la chimenea: hablaba de una condena por homicidio en 1957—. ¿Fue su primer caso? —aventuró.

—Pues sí. Una recién casada muerta a golpes por su esposo en Edimburgo durante el viaje de luna de miel.

—Sí que alegra el piso —replicó Hawes.

—También a mi esposa le resultaba macabro —explicó Devlin—. Volví a colgarlo cuando ella murió.

—Bien —dijo Hawes dejando el libro en la caja y buscando en vano dónde sentarse—, cuanto antes terminemos, antes podrá reanudar la limpieza.

—Encomiable pragmatismo —apuntó Devlin, que parecía dispuesto a que permanecieran allí los tres en medio de la enorme y desgastada alfombra persa, sin atreverse casi a moverse por no provocar un derrumbamiento de papeles.

—¿Tiene usted ordenadas las cajas, o podemos coger un par de ellas para sentarnos? —preguntó Rebus.

—Creo que será mejor que hablemos en el comedor.

Rebus asintió con la cabeza y, mientras lo seguían, su mirada fue a posarse en una invitación que había sobre la repisa de la chimenea, «de etiqueta y con condecoraciones» del Real Colegio de Médicos para un banquete en el Surgeon’s Hall.

El comedor estaba ocupado por una gran mesa con seis sillas rectas sin tapizar; para servir directamente desde la cocina había una ventana que los padres de Rebus habrían llamado un «agujero para fuentes», y un aparador pintado de oscuro lleno de cristalería y platería cubiertas de polvo. Las escasas fotos enmarcadas parecían especímenes primitivos del arte de la fotografía: una escena de estudio con góndolas venecianas y otras tal vez de obras de Shakespeare. La ventana alargada de guillotina daba a los jardines traseros del edificio, y Rebus vio que el jardinero de la señora Jardine había podado los setos, por azar o expresamente, de modo que vistos desde arriba parecían un signo de interrogación.

En la mesa había un rompecabezas a medio acabar del centro de Edimburgo a vista de pájaro.

—Cualquier ayuda será sumamente agradecida —dijo Devlin dirigiendo un gesto a las piezas.

—Sí que hay piezas —observó Rebus.

—Dos mil.

Hawes, que finalmente había optado por presentarse ella misma al anciano y que no acababa de sentirse a gusto en la silla, le preguntó cuánto tiempo hacía que estaba jubilado.

—Doce...; no, catorce años. Catorce años —contestó el hombre moviendo la cabeza de un lado a otro, admirado de lo rápido que pasaba el tiempo.

Hawes miró sus notas.

—En el primer interrogatorio dijo usted que aquella tarde estaba en casa.

—Así es.

—¿Y no vio a Philippa Balfour?

—De momento, su información es correcta.

Rebus, en vez de acomodarse en una silla, optó por recostarse en la ventana, cruzándose de brazos.

—Pero ¿sí que conocía a la señorita Balfour? —preguntó.

—Nos limitábamos a saludarnos.

—Pues ya hace casi un año que eran vecinos —añadió Rebus.

—Tenga en cuenta que estamos en Edimburgo, inspector Rebus. Yo hará casi treinta años que vivo en este piso...; me mudé a él cuando murió mi esposa. Aquí se tarda en conocer a los vecinos, y muchas veces se van sin que haya habido ocasión de hablar con ellos. Acaba uno por renunciar —añadió encogiéndose de hombros.

—Es una lástima —reconoció Hawes.

—¿Usted dónde vive...?

—Si me permiten... —interrumpió Rebus—. Volvamos al tema que nos incumbe.

Se había apartado del alféizar de la ventana y fue a apoyar las manos en la mesa para mirar las piezas dispersas del rompecabezas.

—Sí, claro —dijo Devlin.

—Usted no salió en toda la tarde. ¿No oyó nada extraño?

Devlin alzó la vista, quizá por efecto de la última palabra de Rebus.

—Nada —contestó al cabo de una pausa.

—¿Ni vio nada?

—No.

Hawes no solo estaba incómoda sino que además le irritaban aquellas respuestas. Rebus se sentó frente a ella tratando de cruzar la mirada, pero ella ya tenía una pregunta preparada.

—¿Tuvo usted alguna vez una discusión con la señorita Balfour?

—¿Por qué íbamos a discutir?

—Por nada —replicó Hawes con frialdad.

Devlin la miró y se volvió hacia Rebus.

—Veo que le interesa la mesa, inspector.

Rebus se percató de que estaba pasando los dedos por la superficie de madera.

—Es del siglo diecinueve —añadió Devlin—, obra de un colega anatomista. —Miró a Hawes y de nuevo a Rebus—. Recuerdo una cosa..., probablemente sin importancia.

—¿Qué?

—Un hombre que esperaba en la calle.

Rebus advirtió que Hawes iba a hacer una pregunta pero él se le anticipó.

—¿Cuándo?

—Un par de días antes de que desapareciera, y también la víspera —dijo Devlin encogiéndose de hombros, consciente del efecto que causaba su afirmación.

Hawes se había ruborizado y parecía estar a punto de gritar: «¿Es que no pensaba decirlo?».

—¿Afuera en la calle? —preguntó Rebus sin levantar la voz.

—Sí.

—¿Lo vio usted bien?

—Tendría veintitantos años —respondió Devlin encogiéndose otra vez de hombros—, pelo moreno corto..., descuidado, pero limpio.

—¿No era un vecino?

—Es posible. Yo solo digo lo que vi. Me dio la impresión de que esperaba a alguien, o algo. Recuerdo que consultó el reloj.

—¿No sería su novio?

—Ah, no; a David lo conozco.

—¿Ah, sí? —preguntó Rebus, que seguía mirando distraídamente el rompecabezas.

—De hablar con él, sí. Nos cruzábamos a veces en la escalera. Es un joven muy simpático...

—¿Cómo iba vestido? —preguntó Hawes.

—¿Quién? ¿David?

—El hombre que vio.

A Devlin pareció casi complacerle la mirada asesina con que Hawes acompañó la aclaración.

—Con chaqueta y pantalón —respondió, mirándose la chaqueta de punto—. No puedo precisar más porque yo no sigo las modas.

Y era cierto: catorce años antes llevaba el mismo tipo de chaqueta de punto bajo la bata verde de médico, y corbatas de lazo siempre torcidas. La primera autopsia es algo que no se olvida; se quedan grabadas las imágenes, los ruidos y los olores a los que después uno se habitúa: el raspar del metal en el hueso o el roce del escalpelo sajando carne. Algunos patólogos tenían un cruel sentido del humor y ante los «novatos» hacían una demostración exagerada, pero Devlin no; él siempre se concentraba en el cadáver como si estuviera a solas con él, y ejecutaba su labor de carnicería con un esmero y un decoro rayanos en lo ritual.

—¿Cree usted —dijo Rebus— que si reflexionara, recapacitando sobre su recuerdo, podría darnos una descripción más completa?

—Lo dudo, pero, desde luego, si cree que es importante...

—Es pronto para decirlo, como usted ya sabe, pero no podemos descartar nada.

—Por supuesto, por supuesto.

Rebus lo trataba como a un colega y estaba dando resultado.

—Incluso tal vez confeccionemos un retrato robot —prosiguió—. Así, si resulta ser un vecino o alguien conocido podemos descartarlo de inmediato.

—Lógico —concedió Devlin.

Rebus llamó por el móvil a Gayfield y concertó hora para el día siguiente por la mañana, y a continuación preguntó a Devlin si quería que le enviaran un coche.

—Me las arreglaré a pie. Todavía no estoy tan decrépito.

Pero le costó incorporarse y caminó con cierta rigidez al acompañarlos a la puerta.

—Gracias de nuevo —dijo Rebus estrechándole la mano.

Devlin asintió con la cabeza sin mirar a Hawes, que no le dio la mano y que, mientras subían al otro piso, murmuró algo que Rebus no entendió.

—¿Cómo dice?

—He dicho: malditos hombres. —Hizo una pausa—. Mejorando lo presente. —Rebus no replicó nada para dejarla que se desahogase a gusto—. Seguro que si hubiésemos sido dos mujeres policías no habría dicho nada.

—Yo creo que depende del modo de enfocarle las cosas.

Hawes lo miró furiosa como si hubiese dicho una frivolidad.

—Parte de nuestro trabajo —continuó Rebus— es fingir que nos agrada todo el mundo y simular que nos interesa cuanto dicen.

—Ese hombre...

—¿La ha puesto nerviosa? A mí también. Es un tanto pretencioso, pero es su manera de ser. Hay que dejarle. Tiene razón; a lo mejor no nos habría dicho nada porque lo consideraba irrelevante. Pero luego se abrió por fastidiarla a usted —añadió Rebus sonriendo—. Buen trabajo. La verdad es que no tengo muchas oportunidades de hacer de «poli bueno».

—No fue solo que me atacase los nervios —añadió Hawes.

—¿Pues qué?

—Me ha dado miedo.

—¿No es lo mismo? —replicó Rebus mirándola.

Hawes negó con la cabeza.

—El jueguecito de veteranos que se marcó con usted me irritó un poco porque yo quedé al margen, pero ese recorte de prensa enmarcado...

—¿El de la pared?

Hawes hizo un gesto afirmativo.

—Me puso los pelos de punta.

—Es un patólogo —dijo Rebus— y los patólogos tienen la piel más dura que la mayoría de nosotros.

Hawes reflexionó un instante y se permitió una media sonrisa.

—¿Qué pasa? —preguntó Rebus.

—Nada —respondió ella—, es que cuando nos marchábamos vi una pieza del rompecabezas debajo de la mesa...

—¿Y allí la ha dejado? —dijo Rebus sonriendo también—. Con ese buen ojo acabará siendo muy buena policía.

Rebus llamó al timbre de la siguiente puerta.

La rueda de prensa se celebró en la Casa Grande, con conexión directa a la sala de investigación, centralizada en Gayfield Square. Un agente se puso a limpiar con un pañuelo las huellas de dedos y las manchas de la pantalla del televisor, mientras otros cerraban las persianas para que no entrara el sol, que había hecho acto de presencia de improviso. Todas las sillas estaban ocupadas, había dos y en cada mesa tres agentes, y algunos almorzaban un tardío bocadillo acompañado de plátanos. Había tazas de té y de café, latas de zumo, y todos hablaban en voz baja. El encargado de filmar la rueda de prensa en la central se la estaba buscando.

—Parece mi hijo de ocho años con la cámara de vídeo.

—Ese ha visto demasiado cine experimental.

La verdad era que la cámara no paraba de hacer barridos y de caer en picado captando cuerpos de cintura para abajo, filas de pies y respaldos de sillas.

—Aún no han empezado —dijo uno más prudente.

Efectivamente, los otros operadores de televisión estaban montando sus equipos y el público invitado —periodistas con el móvil en la oreja— iba ocupando sus asientos entre murmullos. Rebus estaba al fondo de la sala, bien lejos del televisor, seguramente a propósito. Tenía a su lado a Bill Pryde con una cara de cansancio que trataba de disimular sujetando la carpeta portapapeles contra el pecho y consultándola de vez en cuando como si en ella fuesen a aparecer consignas milagrosas. Una vez bajadas las persianas, solo cruzaron la sala leves rayos de luz en los que flotaban motas de polvo que en otras circunstancias no se habrían visto. Rebus recordó las sesiones de cine de su infancia, aquel sentimiento expectante al encenderse el proyector, justo antes de comenzar la película.

Ya estaban casi todos sentados en la sala de conferencias. Rebus conocía aquel espacio anodino que reutilizaba para cursillos y actos como el presente. Al fondo habían montado una mesa larga y detrás una pantalla improvisada con la placa de la policía de Lothian y Borders. La videocámara de la policía giró y enfocó una puerta abierta por la que entraron varias personas, al tiempo que se hacía silencio en la sala. Rebus oyó el ronroneo de los motores de las cámaras y vio los fogonazos de los flashes. Eran Ellen Wylie y Gill Templer seguidas de David Costello y John Balfour.

—¡Culpable! —exclamó alguien situado frente a Rebus cuando la cámara enfocó el rostro de Costello.

Tomaron asiento los cuatro a la mesa ante una súbita formación de micrófonos, sin que la cámara se apartara del rostro de Costello, retrocediendo levemente para encuadrarlo hasta la cintura; pero fue la voz de Wylie, precedida de un carraspeo nervioso, la que surgió del altavoz.

—Buenas tardes, señoras y caballeros, gracias por venir. Antes de empezar haré un breve resumen del procedimiento y las reglas...

Siobhan estaba a la izquierda de Rebus sentada a una mesa junto a Grant Hood, que miraba al suelo, quizás escuchando lo que decía Wylie. Rebus recordó que aquellos dos habían trabajado muy armoniosamente en el caso Grieve unos meses antes. Siobhan miró a la pantalla y luego de un lado a otro; tenía una botella de agua y se entretenía arrancándole la etiqueta.

Rebus pensó que ella aspiraba a aquel cargo y se sentía dolida. Le habría gustado que dirigiera la vista hacia él para responder con una sonrisa o un gesto de comprensión, pero Siobhan volvió a fijar la vista en la pantalla. Wylie había concluido su discurso y ahora tomaba la palabra Gill Templer, quien resumió y amplió los datos sobre el caso sin titubeos dada su experiencia en ruedas de prensa. Rebus oyó a Wylie carraspear otra vez en segundo plano, como queriendo que Gill Templer terminara.

En cualquier caso, la cámara no hacía caso de las dos oficiales de policía y solo enfocaba a David Costello y a veces al padre de Philippa Balfour. Estaban los dos juntos y la cámara los encuadraba alternativamente, deteniéndose más tiempo en Costello. La imagen era perfecta hasta que el operador optó por ofrecer un plano general y tardó unos segundos en corregir el desenfoque.

—Culpable —repitió la voz.

—¿Hacemos apuestas? —propuso otro.

—A ver si os calláis —vociferó Bill Pryde.

Se hizo el silencio y Rebus fingió aplaudirle, pero Pryde volvió a consultar sus papeles antes de fijar la vista en la pantalla, en la que Costello comenzaba a hablar. No se había afeitado y vestía la misma ropa de la noche anterior. Desdobló y aplanó sobre la mesa una hoja de papel pero, cuando empezó a hablar, no la miró y dirigió la vista a una cámara y a otra sin decidirse por ninguna. Su voz era seca y floja.

—No sabemos qué ha sucedido con Flip y todos deseamos desesperadamente saber algo, sus amigos, su familia... —añadió mirando a John Balfour—. Los que la conocemos y la queremos necesitamos saber algo de ella. Flip, si nos estás viendo, ponte, por favor, en contacto con alguno de nosotros para que sepamos que estás..., que no te ha ocurrido nada. Nos tienes muy preocupados.

En sus ojos brillaron unas lágrimas incipientes y calló un instante, inclinando la cabeza; la levantó para coger el papel pero no encontró en él nada que no hubiese dicho y se volvió ligeramente de lado, buscando consejo. John Balfour le dio un apretón en el hombro y comenzó a hablar con voz estentórea, como si los micrófonos estuviesen mal ajustados.

—Si alguien retiene a mi hija, le ruego que se ponga en contacto conmigo. Flip tiene el número de mi móvil particular y me pueden llamar a cualquier hora del día o de la noche. Me gustaría hablar con usted, quienquiera que sea, para saber por qué ha hecho lo que ha hecho. Si hay alguien que sepa el paradero de Flip, al final de esta rueda de prensa aparecerá un número en la pantalla. Solo deseo saber que Flip está sana y salva. A quienes estén viendo en casa esta transmisión les ruego que se tomen unos segundos para mirar esta foto de Flip. —Las cámaras volvieron a enfocar un primer plano y él mostró la fotografía moviéndola de un lado a otro para que todas la captaran—. Se llama Philippa Balfour y tiene veinte años. Es mi hija. Si la han visto o creen haberla visto, hagan el favor de llamarme. Gracias.

Los periodistas rompieron a hacer preguntas, pero David Costello se había puesto en pie y se dirigía a la puerta.

—No es el momento... —se oyó decir a Wylie—. Les agradezco su presencia...

Pero la acosaban a preguntas mientras la videocámara enfocaba a John Balfour, que mantenía su compostura con las manos cruzadas en la mesa sin parpadear ante los fogonazos que proyectaban su sombra sobre la pared, a su espalda.

—No, realmente no...

—¡Señor Costello! ¿Quiere decirnos...? —gritaban los periodistas.

—Sargento Wylie —vociferó otro—, ¿puede indicarnos los posibles móviles del secuestro?

—Aún no conocemos los móviles —replicó Wylie como aturdida.

—Pero ¿admiten que es un secuestro?

—No..., no, no he querido decir eso.

En la pantalla se vio a John Balfour contestando a una pregunta de los periodistas apelotonados en primera fila.

—Pues ¿qué ha querido realmente decir, sargento Wylie?

—Es que... yo no he dicho nada de que...

A la voz dubitativa de Ellen Wylie se superpuso la voz imperturbable de Gill Templer. Ella conocía bien a los periodistas.

—Steve —dijo—, sabe perfectamente que no podemos especular con semejantes detalles. Si quiere inventarse una mentira para vender más ejemplares, es cosa suya, pero eso muestra muy poco respeto por los padres y amigos de Philippa Balfour.

Las siguientes preguntas las atendió Gill Templer, reclamando previamente calma. Aunque no la veía, Rebus se imaginó que Ellen Wylie estaría visiblemente acoquinada. Siobhan movía los pies arriba y abajo como si de pronto se le hubiera activado la adrenalina. Balfour interrumpió a Gill para indicar que quería contestar a un par de las preguntas planteadas; lo hizo con calma y seguridad, y después de eso dio fin la comparecencia.

—Un tío muy frío —dijo Bill Pryde antes de recuperar fuerzas para volver al trabajo.

Grant Hood se acercó a Rebus.

—¿En qué comisaría apostaban más a favor de la inocencia del novio? —preguntó.

—En Torphichen —contestó Rebus.

—Pues allí voy a apostar yo por culpable —dijo mirando a Rebus, que permaneció impasible—. ¡Vamos, hombre, si se le leía en la cara!

Rebus pensó en su visita nocturna a Costello y en la observación sobre el globo ocular y en cómo el joven se le había acercado diciendo: «Mire usted bien...».

Hood se alejó moviendo la cabeza de derecha a izquierda. Habían subido las persianas y a la breve tregua de sol había sucedido un cielo nuboso que cubría la ciudad. Enviarían la grabación de la comparecencia de Costello a los psicólogos para que detectaran el menor indicio de algo, cualquier fulgor en su mirada. Rebus no creía que encontraran nada. Siobhan se detuvo frente a él.

—Interesante, ¿no? —dijo.

—Me parece que a Wylie no se le da bien el trato con la prensa —contestó él.

—No habría debido estrenarse con un caso como este...; era meterse en la boca del lobo.

—¿No lo has pasado bien? —preguntó Rebus con toda intención.

—No me gustan los deportes violentos —replicó ella mirándolo y casi a punto de apartarse—. Bueno, ¿a ti qué te ha parecido?

—Creo que tienes razón en eso de interesante: muy interesante.

—¿Te has percatado? —replicó ella sonriente.

Rebus asintió con la cabeza.

—Costello no ha dejado de decir «nosotros», mientras que el padre decía «yo».

—Como si la madre no existiese.

Rebus reflexionó.

—Puede que signifique simplemente que el señor Balfour tiene un exagerado sentido de su propia importancia. —Hizo una pausa—. Bueno, es algo lógico en un ejecutivo de banco. ¿Qué tal va lo del ordenador?

Ella sonrió. «Lo del ordenador» era una expresión más que elocuente en cuanto a los conocimientos de Rebus sobre discos duros y elementos análogos.

—Ya tengo la contraseña —respondió ella.

—Lo que quiere decir...

—Que puedo leer sus últimos correos electrónicos... en cuanto vuelva a mi mesa.

—¿No hay manera de acceder a los más antiguos?

—Ya lo he hecho. Claro, que no se puede saber los que ha borrado —reflexionó un instante—; al menos, eso creo yo.

—¿No quedan almacenados en algún sitio..., en el ordenador central?

Siobhan se echó a reír.

—Estás pensando en las películas de espías de los sesenta y en esos ordenadores que ocupaban una habitación.

—Perdona.

—No te preocupes, no está mal para quien piensa que LOL significa Logia de Orange Leal.

Salieron de la sala y por el pasillo Rebus dijo:

—Voy a St Leonard’s. ¿Te llevo?

Ella rehusó con un gesto.

—He venido en mi coche.

—Muy bien.

—Parece que vamos a depender fundamentalmente del HOLMES.

Era una nueva tecnología que Rebus sí conocía, consistente en la centralización computarizada de datos del Ministerio del Interior para recoger datos y analizarlos a gran velocidad. Recurrir a ella significaba que al caso Balfour se le daba prioridad absoluta.

—¿No sería gracioso que apareciese después de haber estado por ahí de compras? —musitó Rebus.

—Sería un alivio —dijo Siobhan plenamente convencida—, pero no creo, ¿y tú?

—Tampoco —respondió Rebus lacónico.

Fue a comprar algo para comer antes de volver a St Leonard’s.

En su mesa volvió a repasar los expedientes centrándose en los antecedentes familiares. John Balfour pertenecía a la tercera generación de una familia de banqueros radicada en Edimburgo desde principios del siglo xx, en Charlotte Square. El bisabuelo de Philippa había traspasado la dirección del banco a su hijo en los años cuarenta, pero no se había retirado hasta la década de los ochenta, al asumir su nieto John Balfour la dirección. La primera iniciativa del padre de Philippa fue abrir una sucursal en Londres para canalizar allí el negocio. La hija había ido a un colegio privado en Chelsea, pero los padres se trasladaron al norte a finales de los ochenta tras la muerte del abuelo de la joven, que ingresó en un colegio de Edimburgo. La casa familiar, Los Enebros, era una mansión rural con casi seis hectáreas y media de tierra entre Gullane y Haddington. Rebus se preguntó cómo se sentiría Jacqueline Balfour con once dormitorios y cinco cuartos de baño y el marido en Londres cuatro días por semana como mínimo. El banco de Edimburgo ocupaba la sede primitiva en Charlotte Square y el director era un amigo de John Balfour llamado Ranald Marr. Ambos se conocían desde su época de estudiantes en la Universidad de Edimburgo y habían viajado juntos a Estados Unidos para hacer el máster en economía. Rebus pensaba que Balfour era un banquero mercantil, pero en realidad dirigía una pequeña banca privada con una cartera de clientes ricos que requerían asesoramiento en inversiones, en operaciones bursátiles, y tenían a gala el prestigio de un talonario de Balfour encuadernado en cuero.

En el interrogatorio a Balfour se había hecho énfasis en la posibilidad de un secuestro con móvil económico, por lo que no solo el teléfono del matrimonio, sino también los del banco en Londres y Edimburgo, estaban intervenidos. La policía se hacía cargo igualmente de la correspondencia por si llegaba alguna petición de rescate: cuantas menos huellas dactilares, mejor. Pero hasta el momento solo habían interceptado algunas notas de chiflados. Otra posibilidad era que se tratase de alguna venganza por una mala operación financiera, pero Balfour había sido terminante: él no tenía enemigos. En cualquier caso, no les permitió acceder a la base de datos de clientes del banco.

—Los clientes confían en mí. Sin esa confianza, el banco no es nada.

—Señor, con todo respeto, la vida de su hija quizá dependa...

—¡Soy perfectamente consciente de ello!

En resumen: se estimaba, tirando por lo bajo, que el activo de la Banca Balfour ascendería a ciento treinta millones de libras, de los que un cinco por ciento constituía la fortuna personal de John Balfour. Más de seis millones de razones para un secuestro de profesionales. Pero ¿un profesional no se habría puesto ya en contacto? Rebus no sabía qué decir.

Jacqueline Balfour, de soltera Jacqueline Gil-Martin, era hija de un diplomático y terrateniente con una finca familiar que constituía una espléndida parcela de 360 hectáreas en Perthshire. El padre había muerto y la madre se había trasladado a una casita de la finca; la tierra la administraba la Banca Balfour y la mansión familiar, Laverock Lodge, se había convertido en sede de conferencias y reuniones. Por lo visto, habían filmado en ella un drama para la televisión, pero el título no le decía nada a Rebus. Jacqueline había desdeñado los estudios universitarios para desempeñar diversos trabajos, fundamentalmente como ayudante personal de hombres de negocios. Dirigía la finca de Laverock cuando conoció a John Balfour en una visita al banco del padre de este en Edimburgo. Se casaron un año más tarde y dos años después nacía Philippa.

Hija única. John Balfour también lo era, mientras que Jacqueline tenía dos hermanas y un hermano, ninguno de los cuales vivía en Escocia. El hermano había seguido los pasos del padre y ocupaba un puesto diplomático en Washington. Rebus pensó que la dinastía Balfour tocaba a su fin, pues no se imaginaba a Philippa ansiando incorporarse al banco de papá, y se preguntó por qué el matrimonio no habría tratado de tener un hijo.

Detalles que, con toda probabilidad, no eran pertinentes a la investigación; sin embargo, era lo que a él le divertía del trabajo: establecer una red de relaciones, fisgar en las vidas de los demás, reflexionar y plantear preguntas.

Pasó a las notas sobre David Costello. Había nacido y estudiado en Dublín; los padres se trasladaron al sur, a Dalkey, a principios de los noventa. El padre, Thomas Costello, no parecía haber trabajado un solo día en su vida al tener asegurada la subsistencia con un fondo vitalicio creado por su padre, un promotor inmobiliario. El abuelo de David era propietario de excelentes terrenos en el centro de Dublín, con los que había hecho una fortuna, aparte de ser propietario de seis caballos de carreras; se dedicaba por completo a cosas por el estilo.

La madre, Theresa, era diferente: su origen podía calificarse de clase media-baja, pues la madre era enfermera y el padre maestro. De joven había ido a la escuela de bellas artes pero abandonó los estudios para ponerse a trabajar y ayudar a su familia al contraer la madre cáncer, circunstancia que dejó destrozado al padre. Había sido dependienta en unos grandes almacenes y después escaparatista, dando de ahí el salto a decoradora de interiores, primero de tiendas y después de gente rica; circunstancia en la que conoció a Thomas Costello. Cuando se casaron ya habían muerto los padres de ambos. Theresa probablemente no habría necesitado trabajar, pero siguió haciéndolo hasta crear su propia empresa, que evolucionó hasta convertirse en un negocio de cinco empleados y una facturación de varios millones. Tenía clientes en ultramar y la lista iba en aumento. Contaba ahora cincuenta y un años y no mostraba signos de cansancio. Su marido, un vividor un año más joven, aparecía en los recortes de periódicos irlandeses en carreras de caballos, fiestas y acontecimientos sociales por el estilo, sin que en ninguna de las fotos se viera a su esposa. En el hotel de Edimburgo habían pedido habitaciones separadas... Pero eso no era delito, como había dicho el joven Costello.

David había ingresado con retraso en la universidad a causa de un viaje de un año por el extranjero y ahora hacía el tercer curso del máster en lengua y literatura inglesa. Rebus recordó los libros que tenía en el cuarto de estar: Milton, Wordsworth, Hardy.

—¿Disfrutas con la visión, John?

—Estaba pensando, George —respondió Rebus abriendo los ojos.

—¿No te estabas durmiendo?

—Ni mucho menos —replicó él mirándolo furioso.

Al alejarse Hi-Ho Silvers, Siobhan se acercó y se apoyó en la mesa.

—¿Qué es lo que te tenía tan absorto? —inquirió.

—Me preguntaba si Rabbie Burns habría sido capaz de asesinar a una de sus amantes. —Ella lo miró sin decir nada—. O si alguien que lee poesía sería capaz de hacerlo.

—No veo por qué no. ¿No había en los campos de exterminio nazis comandantes que escuchaban a Mozart por las noches?

—¡Qué alegre observación!

—Sabes que siempre estoy dispuesta a hacerte el día más agradable. ¿Me haces un favor?

—¿Cómo podría negarme?

Siobhan le entregó una hoja de papel.

—¿Tú qué crees que significa esto?

Asunto: Hellbank

Fecha: 9/5

De: Programador@PaganOmerta.com

A: Flipside1223@HXRmail.com

«¿Has superado Hellbank? El tiempo pasa. Oclusión espera tu visita».

ProAMADOR

Rebus levantó la vista.

—¿Me das alguna pista?

—Es la copia de un correo electrónico —respondió ella cogiendo la hoja—. Philippa recibió diez o doce a partir del día en que desapareció. Pero este es el único que no va dirigido a su otro nombre.

—¿Su otro nombre?

—Los IS... —Hizo una pausa—. Los servidores de Internet permiten adoptar generalmente cinco o seis nombres de entrada a la red.

—¿Por qué?

—Para que puedas ser... distintas personas, supongo. Flipside 1223 es una especie de alias. Los otros mensajes van dirigidos a Flip guion Balfour.

—¿Y qué quiere decir?

Siobhan expulsó aire.

—Eso es lo que me pregunto. Quizá signifique que tenía una faceta que no conocemos. Con ese nombre de Flipside 1223 no hay ningún otro mensaje. Así que, o los fue borrando a medida que los recibía, o lo recibió por error.

—No parece casual, ¿no crees?

Siobhan asintió con la cabeza.

—Hellbank, Oclusión, PaganOmerta...

—Omerta es la ley del silencio de la mafia —dijo Rebus.

—Y ProAMADOR es la firma de Programador —indicó Siobhan—. Un toquecillo de humor juvenil.

Rebus volvió a leer el mensaje.

—Siobhan, no sé. ¿Qué te propones?

—Quisiera descubrir quién lo envió, pero no va a ser fácil. Lo único que se me ocurre es contestar.

—¿Decirle a quien sea que Philippa ha desaparecido?

—No, más bien fingir que es ella la que contesta —respondió bajando la voz.

—¿Crees que dará resultado? —preguntó Rebus con un tono de voz escéptico—. ¿Qué vas a decir?

—No lo he decidido.

Por la manera de cruzar los brazos, Rebus supo que lo haría.

—Díselo a la jefa cuando venga —aconsejó Rebus. Siobhan asintió con la cabeza y dio media vuelta para marcharse, pero él la llamó—. Tú, que fuiste a la universidad, ¿conocías a gente como Philippa Balfour?

—Esa gente es otro mundo —respondió ella con un bufido—. Ellos no tienen tutorías ni clases. A algunos solo los veía en los exámenes. ¿Y sabes qué?

—¿Qué?

—Que los cabrones siempre aprobaban.

Aquella noche, Gill Templer celebró su ascenso con una cena, pero antes fueron a tomar una copa al Palm Court del hotel Balmoral. Un pianista con esmoquin tocaba en un rincón y en la mesa tenían una botella de champán en un cubo con hielo y cuencos con cosas para picar.

—No olvidéis que después vamos a cenar —recordó Gill a sus invitadas.

Había reservado mesa en Hadrian’s a las ocho y media y eran apenas las siete y media, momento en el que llegó la que faltaba.

Siobhan se disculpó mientras se quitaba el abrigo que un camarero se apresuró a recoger en tanto otro le servía champán.

—Salud —dijo sentándose y alzando la copa—. Y enhorabuena.

Gill Templer alzó su copa y sonrió.

—Creo que lo merezco —admitió ante la aprobación general.

Siobhan conocía a dos de las presentes. Eran ayudantes del fiscal y había trabajado con ellas en diversos casos. Harriet Brough tendría cerca de los cincuenta; llevaba permanente (quizá fuera pelo teñido) y ocultaba sus formas con ropas gruesas de tweed y algodón; Diana Metcalf pasaba de los cuarenta, tenía el pelo rubio ceniza y unos ojos hundidos que, en vez de suavizar con maquillaje, exageraba con sombra oscura; siempre se ponía prendas llamativas, que contribuían a realzar aún más su figura de anoréxica.

—Os presento a Siobhan Clarke —dijo Gill—, una agente de mi comisaría. —La manera en que había dicho «mi comisaría» daba a entender que era la dueña, y Siobhan pensó que no andaba muy lejos de la verdad—. Siobhan, te presento a Jean Burchill. Jean trabaja en el museo.

—Ah. ¿En cuál?

—En el museo de Escocia —contestó Burchill—. ¿Lo conoce?

—Cené una vez en The Tower —respondió Siobhan.

—Bueno, no es lo mismo —dijo discretamente Burchill.

—No, quería decir... —Buscaba una manera diplomática de explicarlo—. Cené allí poco después de la inauguración y el hombre que me acompañaba...; en fin, fue una mala experiencia y no me quedaron ganas de volver.

—Está claro —dijo Harriet Brough, como si cualquier contratiempo tuviera su explicación en función del sexo opuesto.

—Bueno, esta noche somos todas mujeres y no hay problema —dijo Gill Templer.

—Siempre que no vayamos después a un club nocturno —añadió Diana Metcalf con ojos brillantes.

Gill Templer cruzó una mirada con Siobhan.

—¿Enviaste ese mensaje electrónico? —preguntó.

—No hablemos de trabajo, por favor —dijo Jean Burchill.

Las de la fiscalía aprobaron al unísono el comentario, pero Siobhan indicó a Templer con una inclinación de cabeza que había enviado el mensaje. Otra cuestión es que consiguiera engañar al destinatario. Por eso había llegado tarde, pues le había llevado su tiempo repasar todos los mensajes de salida de Philippa Balfour a sus amigos, tratando de encontrar el tono adecuado, el vocabulario y la sintaxis para resultar más convincente. Después de hacer más de diez borradores, al final optó por un texto sencillo. El caso era que algunos de los mensajes de Philippa eran más bien extensas cartas. ¿Y si sus anteriores mensajes a Programador habían sido también extensos? ¿Cómo reaccionaría el destinatario o destinataria ante una respuesta de estilo tan distinto? «Problema. Tengo que hablar contigo. Flipside». Y había añadido un número de teléfono, el de su móvil.

—He visto por televisión la rueda de prensa de esta tarde —dijo Diana Metcalf.

—¿Qué acabo de decir? —refunfuñó Jean Burchill.

Metcalf volvió hacia ella sus ojos oscuros y cansados.

—Esto no tiene que ver con el trabajo, Jean. El caso está en boca de todo el mundo. —Se volvió hacia Gill Templer—. No creo que fuese el novio, ¿y tú?

Gill se encogió de hombros.

—¿No ves? —terció Burchill—. Gill no quiere hablar de eso.

—Es más posible que fuera el padre —dijo Harriet Brough—. Mi hermano fue compañero suyo de estudios y es un tipo muy frío. —Hablaba tajantemente y con una seguridad que revelaba su formación de jurista. «Seguramente, ya de pequeña quería ser abogado», pensó Siobhan—. ¿Dónde estaba la madre? —preguntó a Templer.

—A pesar de que se lo pedimos, no tuvo ánimo para acudir —respondió ella.

—Peor que esos dos no lo habría hecho —dijo Brough cogiendo un puñado de anacardos de un cuenco.

Gill Templer puso de pronto cara de cansada, y Siobhan decidió cambiar de tema preguntando a Jean Burchill qué hacía en el museo.

—Soy conservadora, y mi especialidad son los siglos dieciocho y diecinueve —contestó Burchill.

—Su principal especialidad es la muerte —terció Harriet Brough.

Burchill sonrió.

—Es cierto. Reúno objetos sobre creencias y...

—Reúne más bien —interrumpió Brough mirando a Siobhan— ataúdes y fotos de niños muertos de la época victoriana. Me ponen nerviosa siempre que paso por la planta...

—Cuarta —añadió Burchill con voz queda.

Siobhan encontraba muy guapa a Burchill. Era pequeña y delgada, con el pelo castaño liso cortado a lo paje, tenía un hoyuelo en la barbilla y las mejillas bien formadas de un color rosado, apreciable incluso con la escasa luz del local. Se notaba que no llevaba maquillaje, y no lo necesitaba. Iba discretamente vestida con un conjunto de pantalón y chaqueta de tonos pastel, lo que en la tienda probablemente llamaban «marrón topo», un suéter gris de cachemira y una pashmina rojiza prendida en el hombro con un broche de Rennie Mackintosh. Tendría también cerca de cincuenta años, pero le sorprendió constatar que parecía tener quince años menos que todas las presentes.

—Jean y yo fuimos juntas al colegio —dijo Gill Templer—, pero después perdimos el contacto hasta que volvimos a encontrarnos hará unos cinco años.

Burchill sonrió al recordarlo.

—A mí no me gustaría encontrarme a ninguna de mis compañeras de colegio —dijo Harriet Brough con la boca llena de nueces—. Eran todas unas lerdas.

—¿Quieren más champán las señoras? —preguntó el camarero sacando la botella del cubo.

—Ya era hora —espetó Brough.

Entre el postre y el café, Siobhan fue a los servicios y se cruzó en el pasillo con Gill Templer.

—Qué eminencias, mis amigas —dijo Templer con una sonrisa.

—Ha sido una cena estupenda, Gill. ¿De verdad que no quiere que yo...?

—Eres mi invitada —respondió Templer tocándole el brazo—. No todos los días hay algo digno de celebrarse. ¿Crees que dará resultado ese mensaje? —añadió seria. Siobhan se encogió de hombros—. ¿Qué te pareció la rueda de prensa?

—La jungla habitual.

—A veces funciona —dijo Templer risueña.

Había tomado tres vasos de vino además del champán, pero el único indicio de que no estaba sobria era su modo de ladear levemente la cabeza y los párpados algo caídos.

—¿Puedo decirle una cosa? —preguntó Siobhan.

—No estamos de servicio, Siobhan. Di lo que quieras.

—No debería habérsela encomendado a Ellen Wylie.

Gill Templer la miró a los ojos.

—Habría debido encomendártela a ti, ¿verdad?

—No quiero decir eso. Es que estrenarse en el cargo con ese caso...

—¿Tú lo habrías hecho mejor?

—No es eso lo que quiero decir.

—Pues ¿qué es lo que quieres decir?

—Quiero decir que era la selva y usted la metió en ella sin mapa.

—Cuidado, Siobhan —dijo Templer con voz fría, haciendo una pausa para reflexionar y rematándola con un leve gesto despectivo mirando al pasillo—. Ellen Wylie me ha estado machacando la cabeza durante meses. Quería ocuparse de la coordinación de la prensa, y en cuanto he podido se la he dado. He querido comprobar si era tan apta como ella cree, pero me ha fallado —añadió acercando su cara a la de Siobhan, que ahora notó el olor a vino.

—¿Le ha sentado mal?

—Dejemos el tema, Siobhan. Ya he tenido bastante —replicó Templer alzando la mano. Parecía que iba a decir algo más, pero se limitó a hacer un gesto evasivo y a esbozar una sonrisa—. Ya hablaremos —añadió camino de los servicios. Empujó la puerta, pero de pronto se detuvo—. Ellen ya no es enlace de prensa. Había pensado en pedirte a ti...

La puerta se cerró detrás de ella.

—No me haga ningún favor —replicó Siobhan, pero le estaba hablando a la puerta.

Era como si Gill Templer se hubiera endurecido de la noche a la mañana y aquella humillación de Ellen Wylie fuese un primer signo de fuerza. El caso es que... realmente quería aquel cargo, pero al mismo tiempo se sentía a disgusto consigo misma porque había disfrutado en la rueda de prensa al comprobar el fracaso de Ellen Wylie.

Cuando Templer salió del servicio, Siobhan estaba sentada en una silla en el pasillo. Gill se detuvo ante ella y dijo:

—No nos agües la fiesta, mujer.

Y allí la dejó.

3

—Yo esperaba algún tipo de artista callejero —dijo Donald Devlin.

A Rebus le dio la impresión de que llevaba la misma ropa que en su primer encuentro.

El patólogo jubilado estaba sentado a una mesa junto al ordenador y al único agente de Gayfield Square que parecía conocer el programa de composición de rostros Facemaker, un banco de datos con ojos, orejas, narices y labios dotado de efectos especiales para alterar los detalles. Ahora Rebus comprendía cómo los viejos colegas de Watson habían injertado su cara a cuerpos musculosos.

—Las cosas han cambiado un poco —dijo Rebus.

Tomaba un café comprado en un bar, no tan bueno como el de su barista, pero mejor que el de la máquina de la comisaría. Había pasado una mala noche, se despertó sudoroso y temblando en el sillón del cuarto de estar. Pesadillas y sudores nocturnos. A pesar de lo que dijera cualquier médico, él sabía que tenía el corazón bien, pues lo notaba latir cumpliendo su función.

Pese al café se le escapaban los bostezos. El agente había terminado el dibujo y se disponía a imprimirlo.

—Hay algo... que no encaja —dijo Devlin por segunda vez. Rebus miró y vio un rostro anónimo, irrelevante—. Casi podría ser una mujer —añadió Devlin—. Y estoy seguro de que no lo era.

—¿Y si le ponemos esto? —preguntó el agente pulsando el ratón. En la pantalla se vio que al rostro le quedaba agregada una poblada barba.

—Ah, eso es absurdo —protestó Devlin.

—Es una broma del agente Tibbet, profesor —se disculpó Rebus.

—Yo hago lo que puedo, ¿sabe?

—Se lo agradecemos. Quite la barba, Tibbet.

Tibbet quitó la barba.

—¿Seguro que no era David Costello? —preguntó Rebus.

—A David lo conozco. No era él.

—¿Lo conoce bastante?

Devlin parpadeó.

—Hemos hablado en varias ocasiones. Un día nos cruzamos en la escalera y le pregunté qué libros llevaba. Me enseñó El paraíso perdido de Milton y estuvimos hablando de él.

—Fascinante.

—Sí que lo fue, créame. Ese chico es inteligente.

Rebus quedó pensativo.

—¿Le cree usted capaz de matar, profesor?

—¿Matar a alguien David? —dijo Devlin echándose a reír—. No le creo lo bastante cerebral, inspector. ¿Sigue siendo sospechoso? —preguntó tras una pausa.

—Ya sabe usted cómo trabaja la policía, profesor. Todo el mundo es culpable mientras no se demuestre lo contrario.

—Yo pensaba que era al revés: todo el mundo es inocente mientras no se demuestre su culpabilidad.

—Me parece que usted nos confunde con los abogados. ¿A Philippa ha dicho que no la conocía mucho?

—También me cruzaba con ella en la escalera pero, a diferencia de David, la joven nunca se paraba.

—¿Era un tanto engreída?

—Pues no sé qué decirle. Indudablemente se había criado en un ambiente enrarecido, ¿no cree? —Hizo una pausa como reflexionando—. En realidad, yo tengo una cuenta en la Banca Balfour.

—Entonces ¿conoce al padre?

Los ojos de Devlin centellearon un instante.

—Oh, no. Yo no soy un cliente importante.

—Quería preguntarle qué tal va su rompecabezas.

—Despacio. Pero ese es el placer intrínseco del juego, ¿no cree?

—Nunca me han atraído los rompecabezas.

—Pero le gustan los enigmas. Anoche hablé con Sandy Gates y me habló de usted.

—Buena ganancia haría la compañía telefónica.

Se sonrieron y volvieron al trabajo.

Al cabo de una hora, Devlin manifestó que la primera representación era la mejor. Tibbet había guardado todas las versiones.

—Sí, no es perfecta —dijo Devlin—, pero puede decirse que se aproxima —añadió haciendo un gesto de levantarse de la silla.

—Ya que está usted aquí... —propuso Rebus abriendo un cajón y sacando un expediente con fotos—, podría mirar unas fotografías.

—¿Fotografías?

—Fotos de vecinos y amigos de la universidad de la señorita Balfour.

Devlin asintió despacio con la cabeza, con poco entusiasmo.

—¿Se trata del proceso de eliminación?

—Si se encuentra usted con ánimo, profesor.

—Tal vez un té poco cargado para estimular la concentración... —sugirió Devlin con un suspiro.

—Creo que podremos ofrecerle un té suave —dijo Rebus mirando a Tibbet, que manipulaba el ratón. Rebus se acercó al ordenador y vio en la pantalla un rostro muy parecido al de Devlin al que había agregado unos cuernos—. El agente Tibbet se lo traerá —añadió.

Tibbet tuvo la precaución de guardar la imagen antes de levantarse.

Cuando llegó a St Leonard’s corría ya la noticia de otro registro no divulgado, este en un garaje de Calton Road donde David Costello guardaba su MG deportivo. La Unidad de Huellas Dactilares de Howdenhall lo había examinado sin descubrir nada relevante. Sabían de antemano que estaría lleno de huellas de Flip Balfour y no fue una sorpresa encontrar en la guantera objetos personales de la joven, como un lápiz de labios y unas gafas de sol. En el garaje no había nada comprometedor.

—¿Ni un congelador con candado? ¿Ni una trampilla que diera paso a una cámara de torturas? —preguntó Rebus.

Distante Daniels, que hacía de mensajero llevando el papeleo entre Gayfield y St Leonard’s, negó con un gesto.

—Un estudiante con un MG —indicó moviendo de nuevo la cabeza.

—El coche es lo de menos —dijo Rebus—. El garaje en que lo guarda costará más que tu apartamento.

—Dios, es posible.

Intercambiaron una amarga sonrisa. Todos andaban ocupados y la observación más relevante era la rueda de prensa de la víspera difundida por televisión y la actuación de Ellen Wylie, pero la tarea del momento consistía en verificar dónde había sido vista por última vez la desaparecida, lo cual requería muchas llamadas telefónicas.

—¿Inspector Rebus? —Rebus se volvió hacia la voz—. Venga a mi despacho.

Era su despacho, desde luego. Ella ya le había infundido su carácter, ya fuese por el ramo de flores sobre el archivador, que perfumaba el ambiente, o por efecto de algún espray. El sillón de Watson ya no estaba: lo reemplazaba un modelo más utilitario en el que Gill Templer se sentaba erguida y no repantigada como su antecesor, como alerta para ponerse en pie. Le tendió una hoja de papel y Rebus tuvo que levantarse de la silla para cogerla.

—Es un lugar llamado Los Saltos —dijo—. ¿Lo conoces? —Rebus hizo un gesto negativo—. Yo tampoco.

Rebus leyó la nota referida a una llamada telefónica en la que daban noticia de que había aparecido una muñeca en Los Saltos.

—¿Una muñeca? —preguntó.

—Quiero que vayas a echar un vistazo —contestó ella asintiendo con la cabeza.

—Me tomas el pelo —dijo Rebus riendo, pero al alzar la vista vio que Gill estaba seria—. ¿Es mi castigo?

—¿Por qué?

—No sé. A lo mejor por ir bebido al apartamento de la hija de Balfour.

—No soy tan mezquina.

—No sé qué pensar...

—Adelante, di lo que sea.

—Lo digo por lo de Ellen Wylie.

—¿Qué pasa con Ellen Wylie?

—Que no se lo merecía.

—¿Qué eres, su protector?

—No se lo merecía.

—¿Qué sucede, hay eco? —replicó ella llevándose la mano a la oreja.

—Te lo repetiré hasta que me escuches.

Se hizo un silencio y los dos sostuvieron la mirada. Sonó el teléfono y pareció por un instante que Gill no iba a contestar, pero al final descolgó sin dejar de mirar a Rebus.

—Diga —escuchó un instante—. Sí, señor. Voy enseguida. —Dejó de mirar a Rebus para colgar y lanzó un suspiro—. Tengo una reunión con el jefe en Fettes. Ve a Los Saltos, por favor.

—No te estorbo más.

—La muñeca estaba en un ataúd, John —dijo ella con súbita cara de cansancio.

—Será una broma de chiquillos.

—Quizás.

—Aquí dice Los Saltos en Lothian este —observó Rebus volviendo a mirar la nota—. Que se encarguen los de Haddington u otro sitio.

—Quiero que te encargues tú.

—No lo dirás en serio. Es una broma, ¿no? Igual que cuando me dijiste que había querido ligar contigo o que debería ir a un médico.

Ella negó con la cabeza.

—Los Saltos no es simplemente una localidad de Lothian este, John. Es donde viven los Balfour. —Hizo una pausa para que se diera cuenta—. Y la cita con el médico tienes que concertarla.

Salió de Edimburgo por la A1 sin mucho tráfico y con un sol de justicia. Para él, Lothian este eran campos de golf y playas rocosas, campos de labranza planos y poblaciones de la periferia celosas de su identidad. La zona tenía su historia negra por los campings para caravanas, refugio de muchos delincuentes de Glasgow, pero era fundamentalmente una región tranquila frecuentada por turistas de paso o ruta alternativa en el viaje hacia el sur de Inglaterra. Para Rebus, pueblos como Haddington, Gullane y North Berwick eran localidades cerradas y prósperas con tiendecitas y clientela local que veía con recelo la cultura de supermercado de la cercana capital. Sin embargo, Edimburgo ejercía su influencia, y los precios de la vivienda allí hacían que cada vez hubiera más gente que optase por vivir lejos de la ciudad, por lo que el cinturón verde se deterioraba con nuevas construcciones y centros comerciales. La comisaría de Rebus estaba precisamente en una de las principales rutas de entrada por el sudeste, y en los últimos diez años ya se notaba el aumento de tráfico en las horas punta, las lentas e implacables caravanas de salida provocadas por los que vivían fuera de Edimburgo.

No le fue fácil encontrar Los Saltos. Guiándose por su instinto más que por el mapa, se saltó un indicador y acabó en Drem. Pero se detuvo allí un rato para comprar dos paquetes de patatas fritas y una lata de Irn-Bru y comérselas en el coche con el cristal de la ventanilla bajado. Seguía pensando que lo habían mandado a aquel lugar por imposición jerárquica, para meterlo en cintura; porque para su nueva jefa Los Saltos no era más que una pequeña localidad lejana. Cuando acabó de comer comenzó a silbar una melodía que no recordaba bien, una canción sobre el tema de vivir junto a un salto de agua; tenía la impresión de que era de una cinta que le había grabado Siobhan como parte de su iniciación a la música posterior a los años setenta. Drem no era más que una calle principal, y bien tranquila. Pasaba algún camión de vez en cuando pero no se veía un alma. El tendero trató de entablar conversación, pero él dio el silencio por respuesta a sus observaciones sobre el tiempo y no quiso preguntarle por dónde se iba a Los Saltos para no parecer un puñetero turista.

Sacó la guía de carreteras y vio que Los Saltos era un puntito insignificante; le intrigaba aquel nombre que tal vez fuera una deformación local de otra palabra. Tras otros diez minutos por carreteras tortuosas y en suave tobogán, dio con el lugar. Habría tardado menos de no haber sido por los cambios de rasante con el sol de frente y un tractor que lo obligó a ir en segunda un buen rato.

Los Saltos no era lo que él esperaba. El centro era un tramo de la carretera con casas a ambos lados, separadas y con jardines bien cuidados, y una hilera de chalecitos en el linde de la carretera. En uno de ellos vio un letrero de madera en el que se destacaba claramente pintada la palabra CERÁMICAS. Pero al final del pueblo, aldea más bien, había lo que le parecieron unas casas grises de protección oficial de los años treinta con vallas rotas y triciclos en la calzada. Entre las viviendas y la carretera había una franja de césped en la que dos críos se chutaban sin gran entusiasmo uno a otro una pelota. Al pasar por delante de ellos lo miraron fijamente como si fuera un bicho raro.

De pronto, igual que había entrado en el pueblo, se vio de nuevo en pleno campo. Paró junto al arcén y vio a lo lejos lo que le pareció una gasolinera; pero no pensaba que necesitara repostar. En ese momento pasó el tractor que había adelantado aminorando la marcha para girar hacia un campo a medio arar. El que lo conducía no hizo el menor caso de él. Paró la máquina con una trepidante sacudida y saltó de la cabina, en cuyo interior sonaba una radio a todo volumen.

Rebus bajó del coche y cerró la puerta con fuerza, pero el campesino siguió sin preocuparse de su presencia. Rebus apoyó la palma de las manos en la cerca de piedra.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —contestó el hombre, sin dejar de hurgar en la parte de atrás del tractor.

—Soy agente de policía. ¿Sabe dónde puedo encontrar a Beverly Dodds?

—En casa, seguramente.

—¿Su casa, cuál es?

—¿Ve la casita con el letrero de cerámicas?

—Sí.

—Pues ahí.

El hombre cuya voz sonó neutra no había mirado apenas en dirección de Rebus y continuaba abstraído en las aspas del arado. Era robusto, con pelo negro rizado y barba también negra que enmarcaba su rostro arrugado y gordezuelo. Rebus pensó un instante en los dibujos cómicos de su infancia y en aquellas caras raras que podían mirarse igual dándoles la vuelta.

—Viene por lo de la muñeca, ¿no?

—Sí.

—Es una tontería que les haya llamado por eso.

—¿Usted no cree que tenga algo que ver con la desaparición de la señorita Balfour?

—Claro que no. Eso es cosa de los críos de Meadowside.

—Seguramente tiene razón. Meadowside, ¿son esas viviendas? —preguntó Rebus señalando con la cabeza hacia el pueblo; no veía a los niños, pero le pareció oír el rebote de la pelota no muy lejos.

El campesino hizo un gesto afirmativo.

—Ya le digo, una pérdida de tiempo. Un tiempo que ustedes pierden, me imagino, y que yo pago con los impuestos.

—¿Usted conoce a la familia?

—¿A cuál?

—La de los Balfour.

El campesino asintió de nuevo con la cabeza.

—Son los amos de estas tierras..., de casi todas, vaya.

Rebus miró a su alrededor y vio por primera vez que no había ninguna casa ni construcción aparte de la gasolinera.

—Creía que eran dueños solo de la casa y el terreno.

El campesino dijo que no.

—Por cierto, ¿dónde tienen la casa?

El hombre miró por primera vez a Rebus a los ojos, satisfecho de sus verificaciones mecánicas, y se limpió las manos en los vaqueros desgastados.

—Se llega por el camino del otro extremo del pueblo —contestó—. A cosa de un kilómetro y medio encontrará una gran verja. No tiene pérdida. Y Los Saltos está a medio camino.

—¿Una cascada?

—Un salto de agua. Querrá usted verlo, ¿verdad?

Más allá de los campos de labranza, la elevación del terreno era suave y costaba imaginar un salto de agua por allí.

—No quisiera gastar el dinero de sus impuestos haciendo turismo —contestó Rebus sonriendo.

—Pero qué va, esto no es turismo...

—¿Qué, si no?

—Aquello es el lugar del crimen —replicó el hombre exasperado—. ¿Es que no se enteran en Edimburgo...?

Del pueblo salía un camino cuesta arriba que cualquiera de paso habría pensado que no tenía salida, como había creído Rebus, o que era particular. Pero al cabo de unos metros se ensanchaba, y fue allí donde dejó el coche arrimado al lindero. Lo cerró por instinto reflejo de urbanita y saltó la cerca que separaba el camino de un campo donde pastaban unas vacas que le prestaron la misma atención que el labriego. Notó su olor y oyó los resoplidos y el ruido que hacían rumiando, mientras intentaba alcanzar una arboleda sin pisar las boñigas. Seguro que los árboles señalaban el curso del riachuelo donde estaría el salto de agua en el que la mañana anterior había encontrado Beverly Dodds el diminuto ataúd. Cuando vio la cascadita se echó a reír. Era un salto de agua de un metro.

«No es precisamente una catarata del Niágara», dijo para sus adentros agachándose frente a él. No sabía dónde había aparecido la muñeca, pero miró a su alrededor. Era un sitio pintoresco al que seguramente acudirían los lugareños, a juzgar por un par de latas de cerveza y envases de chocolatinas. Se puso en pie y contempló el entorno: pintoresco y aislado, pues no se divisaban casas, y dudaba que alguien hubiese visto quién había dejado la muñeca; suponiendo, claro, que no la hubiese arrastrado la corriente. Lo único visible era el curso sinuoso del riachuelo colina abajo, y pensó que corriente arriba sería todo monte. En el mapa no figuraba siquiera el riachuelo y la panorámica eran unas colinas peladas por las que se podía andar días seguidos sin ver un alma. Se preguntó dónde estaría la casa de los Balfour, pero acabó moviendo la cabeza de un lado a otro. ¿Qué más daba? Aquello..., muñeca o no muñeca, con o sin ataúd, era dar palos de ciego.

Se puso otra vez en cuclillas y metió la mano en el agua con la palma hacia arriba. Era clara y estaba fría. Cogió un poco en el hueco de la mano y la dejó escurrir entre los dedos.

—Yo no la bebería —oyó decir. Alzó la vista y vio a una mujer que salía de entre los árboles. Era delgada y llevaba un vestido largo de muselina que dejaba transparentar su cuerpo. Al acercarse se echó hacia atrás el pelo rubio largo y rizado que le tapaba los ojos—. Los labradores usan abonos químicos que van a parar al riachuelo —explicó—. Organofosfatos y vaya usted a saber qué —añadió estremeciéndose.

—Yo el agua no la pruebo —dijo Rebus incorporándose—. ¿Es usted la señorita Dodds? —preguntó, secándose la mano en la manga.

—Todos me llaman Bev —dijo ella tendiéndole una mano esquelética al extremo de un brazo delgado.

Huesos de pollo, pensó Rebus, con cuidado de no estrechársela con demasiada fuerza.

—Soy el inspector Rebus —dijo—. ¿Cómo sabía que estaba aquí?

—Estaba en la ventana cuando pasó en coche y al ver que entraba en el camino tuve esa intuición —dijo poniéndose de puntillas para acentuar su acierto.

A Rebus le recordaba una quinceañera, pero distaba mucho de serlo por las bolsas bajo los párpados y las arrugas de expresión alrededor de los ojos. Tendría más de cincuenta años, pero conservaba un espíritu juvenil.

—¿Ha venido a pie?

—Ah, sí —respondió ella mirándose las sandalias abiertas—. Me ha chocado que no viniera primero a mi casa.

—Quería echar un vistazo al lugar. ¿Dónde encontró exactamente la muñeca?

La mujer señaló hacia la cascadita.

—Justo al pie, en la orilla. Estaba totalmente seca.

—¿Por qué hace esa puntualización?

—Porque sé que habrá pensado si no la traería la corriente.

Rebus no dejó traslucir que, efectivamente, lo había pensado, pero ella pareció notarlo y volvió a erguirse sobre la punta de los pies.

—Y estaba muy a la vista —añadió—, así que no creo que se la olvidaran casualmente porque la habrían recogido.

—¿Ha pensado alguna vez en hacer carrera en la policía, señorita Dodds?

Ella lanzó un chasquido con la lengua.

—Llámeme Bev, por favor —dijo sin responder a la pregunta, aunque se notaba que le había complacido.

—No la habrá traído, claro.

Ella negó con la cabeza y, como volvió a caerle el pelo sobre la cara, se lo echó de nuevo hacia atrás.

—La tengo en casa.

Rebus asintió con la cabeza.

—¿Hace mucho que vive aquí, Bev?

—Ni siquiera tengo el acento, ¿verdad? —replicó sonriente.

—Le falta bastante —dijo Rebus.

—Soy de Bristol y pasé en Londres... muchos años, ya ni me acuerdo. Al divorciarme salí de estampida y acabé recalando aquí.

—¿Cuánto hace de eso?

—Cinco o seis años. La casa donde vivo siguen llamándola «casa de los Swanston».

—¿Por sus anteriores inquilinos?

Ella asintió con la cabeza.

—En Los Saltos son así, inspector. ¿De qué se ríe?

—Del nombre del lugar.

—Sí —añadió—, tiene gracia, ¿no? Un pequeño salto de agua y lo llaman «Los Saltos». Nadie sabe por qué. —Hizo una pausa—. Esto era un pueblo minero.

—¿Había minas de carbón? —inquirió Rebus frunciendo el entrecejo.

Ella estiró el brazo hacia el norte.

—A unos dos kilómetros. Las explotaron muy poco. Le hablo de los años treinta.

—¿La época en que construyeron Meadowside?

Ella asintió con un gesto.

—¿Ahora ya no hay minas?

—Hace cuarenta años que cerraron. Creo que la mayor parte de la gente de Meadowside está sin trabajo. Ahora es una zona de maleza, pero cuando construyeron las primeras casas era un prado. Después necesitaron seguir construyendo y edificaron más sobre él —añadió estremeciéndose otra vez—. ¿Cree que podrá dar la vuelta al coche?

Rebus asintió con la cabeza.

—Bien, no tenga prisa —dijo ella echando a andar—. Voy a preparar el té. Nos vemos en la Casa del Torno, inspector.

Lo del torno, explicó mientras ponía a hervir el agua para el té, era una referencia al torno de cerámica.

—Todo empezó como una terapia tras la ruptura —añadió haciendo una pausa—, pero descubrí que se me daba bastante bien y creo que a algunos amigos míos de entonces les sorprendió. —Por la manera de decirlo, a Rebus le pareció que esos amigos ya no contaban en su vida—. Así que tal vez el torno sea también las vueltas que da la vida —agregó cogiendo la bandeja y haciéndolo pasar a lo que ella llamaba «la sala».

Era una pieza pequeña de techo bajo llena de dibujos de colores y muestras de lo que Rebus imaginó obra de ella: platos y jarrones de cerámica vidriada azul, que él contempló detenidamente para que la mujer lo advirtiera.

—Son casi todas de las primeras —explicó quitándoles importancia—. Las conservo como recuerdo —añadió con un cascabeleo de pulseras mientras se echaba el pelo hacia atrás.

—Son muy bonitas —dijo Rebus.

Ella sirvió el té y le tendió una taza y un platillo de cerámica gruesa del mismo color azul. Rebus miró alrededor, pero no vio ningún ataúd ni ninguna muñeca.

—Lo tengo en el estudio —dijo ella como si le leyera el pensamiento—. ¿Quiere que lo traiga?

—Haga el favor.

Ella se levantó y salió a buscarlo. Rebus sentía claustrofobia. El té era una hierba sucedánea y pensó en echarlo en un jarrón, pero lo que hizo fue sacar el móvil para ver si había mensajes, mas la pantalla estaba en blanco y no daba señal. Quizá fuese por las gruesas paredes de piedra o porque el pueblo estaba en una zona sin cobertura; sabía que en Lothian este sucedía eso. El único mueble, aparte de la mesa, era una pequeña librería con libros de arte y artesanía sobre todo, y un par de volúmenes con el título de Wiccan. Rebus cogió uno.

—Es magia blanca. Fe en el poder de la naturaleza —dijo ella a su espalda.

Rebus dejó el libro y se volvió.

—Aquí tiene —dijo ella presentándole el ataúd como si fuese un objeto de culto.

Rebus avanzó un paso y ella se lo entregó con los brazos tendidos; lo cogió con cuidado, tal como ella esperaba, al tiempo que se le ocurría la idea de que aquella mujer estaba chalada y todo era un invento suyo. Pero el ataúd llamó su atención. Estaba hecho con una madera oscura, de roble viejo quizás, y lo habían ensamblado con clavos negros, como tachuelas de alfombra. Eran piezas medidas y bien serradas, con las aristas simplemente lijadas. Tendría unos veinte centímetros y no era obra de un carpintero; incluso Rebus, que era lego en la materia, lo advirtió. Ella abrió la tapa y fijó en él la mirada sin parpadear esperando sus observaciones.

—Estaba clavada, pero yo la abrí —añadió.

Dentro había una muñeca de madera con los brazos a los costados, de rostro modelado pero sin pintar y unos trozos de muselina a guisa de vestido. Era una pieza de talla rudimentaria en la que se notaban los surcos bastos de la gubia. Rebus intentó sacarla, pero no acertaba dado el escaso espacio entre la muñeca y los lados del ataúd. Y optó por volcarla sobre la palma de la mano. Su primer pensamiento fue comparar los trozos de tela con alguna de las de la sala, pero no había ninguna igual.

—La tela es bastante nueva y está limpia —musitó ella.

Rebus asintió con la cabeza. Tampoco el ataúd había estado mucho a la intemperie pues no había restos de humedad.

—Yo he visto cosas extrañas, Bev... —dijo Rebus con voz apagada—. ¿No había nada más en donde lo encontró? ¿Algo raro?

Ella negó despacio con la cabeza.

—Yo voy todas las semanas de paseo por allí y esto —dijo ella tocando el ataúd— fue la única cosa rara que encontré.

—¿No vio pisadas...? —sugirió Rebus, pero pensó que era exigirle demasiado.

—No advertí ninguna —respondió ella sin vacilar apartando la mirada del ataúd y mirándolo—. Y examiné el terreno porque estaba segura de que no podía ser cosa de magia.

—¿Hay alguien en el pueblo que trabaje la madera? ¿Un carpintero...?

—El más cercano está en Haddington, lejos de aquí. No conozco a nadie que..., quiero decir que ¿quién en su sano juicio va a hacer una cosa como esta?

—Sí, supongo que se lo habrá preguntado —replicó Rebus sonriendo.

—No se me ocurre otra cosa, inspector —añadió ella sonriendo también—. Mire, normalmente ni habría hecho caso de algo así, pero después de lo que ha pasado con la hija de los Balfour...

—No nos consta que haya pasado nada —contestó Rebus sin poder evitarlo.

—Pero debe de existir una relación, ¿no?

—Puede ser un chalado —replicó Rebus mirándola a los ojos—. Según mi experiencia, en todos los pueblos hay algún trastornado.

—No pensará que yo... —interrumpió la frase al oír el ruido de un coche que paraba ante la casa—. Ah, será ese periodista —añadió poniéndose en pie.

Rebus fue con ella hasta la ventana y vio que de un Ford Focus rojo bajaba un joven, mientras en el asiento del copiloto un fotógrafo acababa de ajustar el objetivo de una cámara. El primero se estiró y rotó los hombros como si acabase de hacer un largo viaje.

—Estuvieron ya otra vez —dijo ella—, cuando desapareció la hija de los Balfour y, como me dejaron la tarjeta, al suceder esto...

Rebus fue tras ella hasta el estrecho vestíbulo de la entrada.

—No ha sido una idea muy acertada, señorita Dodds —dijo conteniendo su indignación cuando la mujer estaba a punto de abrir la puerta.

Ella se volvió con la mano en el pomo.

—Inspector, al menos ellos no insinuaron que estuviera chalada.

Rebus estuvo a punto de replicar: «Pero lo harán», aunque pensó que ya no serviría de nada.

El periodista se llamaba Steve Holly y trabajaba para un periódico sensacionalista de Glasgow con delegación en Edimburgo. No tendría mucho más de veinte años, lo que era una ventaja porque a lo mejor escuchaba un consejo. Si hubiera sido un veterano, ni habría merecido la pena molestarse. Era bajo, gordito y llevaba el pelo cortado en una cresta con picos tiesos por el fijador que a Rebus le recordaron el alambre de espino de las granjas. Llevaba en una mano el bloc de notas y el bolígrafo y tendió la otra a Rebus.

—No creo que nos conozcamos —dijo de un modo que a Rebus le hizo pensar que conocía su nombre—. Le presento a mi ayudante artístico, Tony. —El fotógrafo, que llevaba una bolsa de material al hombro, lanzó un resoplido—. Bev, hemos pensado si podríamos ir a la cascada para hacerle una foto cogiendo el ataúd.

—Claro, por supuesto.

—Así nos ahorramos los preparativos de hacer una toma interior —continuó Holly—. No porque a Tony le moleste, pero si se le deja en un cuarto se pierde en creatividad y arte.

—¿Ah, sí? —dijo ella mirando complacida al fotógrafo.

Rebus contuvo una sonrisa al pensar que ella y el periodista daban muy distinto significado a los dos conceptos, tampoco a Holly se le escapó.

—Aunque, si quiere, después puede hacerle un buen retrato en el estudio —añadió.

—Estudio no puede llamárselo —replicó ella pensativa, pasándose un dedo por el cuello—. No es más que una simple habitación con el torno y algún dibujo que yo he forrado de papel blanco para aprovechar la luz.

—Hablando de luz —la interrumpió Holly mirando al cielo—, más vale que nos pongamos en marcha.

—Ahora es ideal y no durará mucho —dijo el fotógrafo.

Bev alzó también la vista y mostró su asentimiento de artista con una inclinación de cabeza. Aquella mujer sabía hacer su papel, pensó Rebus.

—¿Quiere quedarse aquí al cuidado de esto? —preguntó el periodista a Rebus—. No tardaremos más de quince minutos.

—Tengo que volver a Edimburgo. ¿Puede darme su teléfono, señor Holly?

—A ver dónde llevo una tarjeta —contestó el joven buscando en los bolsillos y sacando una cartera de la que extrajo una tarjeta.

—Gracias —dijo Rebus—. ¿Podríamos hablar un momento...?

Mientras llevaba al periodista aparte vio que Bev preguntaba al fotógrafo si la ropa que vestía era adecuada y le pareció que aquella mujer echaba de menos la presencia de otro artista en el pueblo. Rebus les dio la espalda para que no oyeran lo que iba a decir.

—¿Ha visto esa muñeca? —preguntó Holly. Rebus asintió con la cabeza y el periodista torció la nariz—. ¿No estaremos perdiendo el tiempo? —añadió en tono afable propiciando franqueza por parte de Rebus.

—Seguramente —respondió él mintiendo y convencido de que cuando Holly viese la curiosa talla tampoco lo creería—. Pero no viene mal una jornada fuera de Edimburgo —añadió en tono despreocupado.

—Yo no aguanto el campo —dijo Holly—. Echo de menos el monóxido de carbono. Me sorprende que hayan enviado a un inspector...

—No hay que desechar ninguna pista.

—Sí, por supuesto; lo entiendo, pero creo que con un simple agente o un sargento...

—Como le digo... —Holly se dio media vuelta dispuesto a seguir con su trabajo, pero Rebus lo agarró del brazo—. ¿Sabe que si esto resulta ser algún tipo de prueba podríamos desear que no se divulgara?

Holly asintió con la cabeza de un modo mecánico y replicó tratando de darle un acento americano:

—Que su gente hable con mi gente. —Dicho lo cual, se soltó de Rebus y se volvió hacia Bev y el fotógrafo—. Escuche, Bev, con ese vestido... Yo creo que como hace tan buen día estaría mejor con una falda más corta.

Rebus volvió al camino, sin detenerse ahora en la cerca, pensando qué encontraría. Medio kilómetro después llegó a un camino de coches más amplio de gravilla rosa que terminaba de pronto ante una verja alta de hierro forjado. Detuvo el coche y se bajó. La cancela estaba cerrada con candado y tras ella vio que el camino discurría en curva por una arboleda que le impedía ver la casa. No había ningún letrero, pero estaba seguro de que era Los Enebros. A ambos lados de la verja se alzaba una tapia de piedra, pero algo más lejos su altura disminuía. Bajó unos cien metros por la carretera principal, saltó por donde la tapia era ya más baja y se metió en la arboleda.

Pensó que si trataba de buscar un atajo podía acabar perdido entre bosques y regresó al camino de coches con la esperanza de no encontrarse con una curva tras otra. Pero fue precisamente lo que encontró. ¿Cómo llegaría allí el cartero?, se preguntó. Era un detalle que no debía de preocupar a John Balfour. Al cabo de cinco minutos de caminar divisó la casa. Era una construcción neogótica alargada con dos torretas en los extremos, de muros envejecidos color pizarra. No se molestó en aproximarse; ni siquiera sabía si había alguien, aunque supuso que habría algún tipo de vigilancia, algún policía que controlase el teléfono tal vez, pero no veía indicios. Delante de la casa había un césped cuidado flanqueado por parterres de flores y detrás del cuerpo principal del edificio se adivinaba una especie de prado. No veía coches ni cocheras; seguramente estarían en la parte de atrás. Le costaba imaginar que alguien pudiera vivir contento en un sitio tan adusto. Hasta la casa misma parecía alerta a cualquier manifestación de alegría o falta de corrección. Se preguntó si la madre de Philippa no se sentiría allí como una especie de pieza de museo. En ese momento vio un rostro fugaz en una ventana del piso de arriba. Sería tal vez un fantasma; pero un minuto después se abrió la puerta principal y una mujer bajó corriendo la escalinata hasta la entrada de grava, se dirigió hacia él, sin que Rebus pudiera verle la cara por el pelo alborotado; vio que tropezaba y se caía y echó a correr para ayudarla, pero ella se levantó rauda al ver que se le acercaba, sin preocuparse de las rodillas despellejadas, llenas aún de trocitos de grava, y recogió el móvil que se le había caído.

—¡No se acerque! —gritó apartándose el pelo de la cara. Rebus vio que era Jacqueline Balfour—. Perdone... —añadió arrepentida alzando las manos en gesto conciliador—. Lo siento, es que... Solo dígame qué quiere de nosotros.

En ese momento, Rebus comprendió que aquella acongojada mujer le tomaba por el secuestrador de su hija.

—Señora Balfour —dijo alzando igualmente las manos—, soy policía.

Cuando por fin dejó de llorar se sentaron los dos en la escalinata, como si quisiera evitar que la casa se apoderara otra vez de ella. Insistió en disculparse y Rebus volvió a decirle que era él quien se disculpaba.

—Pensé que no había nadie en la casa —dijo.

Pero había alguien más: por la puerta apareció una agente de uniforme a quien Jacqueline Balfour ordenó tajantemente que los dejase. Rebus preguntó si deseaba que él también se fuera, pero ella negó con la cabeza.

—¿Ha venido a decirme algo? —preguntó afligida, devolviéndole el pañuelo mojado de lágrimas; lágrimas causadas por él.

Rebus la instó a que se lo quedara y ella lo dobló cuidadosamente, pero volvió a desdoblarlo rompiendo otra vez a llorar. No había advertido aún la magulladura de las rodillas y, al sentarse, la falda le quedó entre las piernas.

—No hay noticias —dijo Rebus con voz queda, y al ver que lo miraba desesperada añadió—: Tal vez haya una posible pista en el pueblo.

—¿En el pueblo?

—En Los Saltos.

—¿Qué clase de pista?

Rebus se arrepintió de haberlo dicho.

—En este momento no estoy autorizado a desvelarlo —respondió, diciéndose que era un error pues ella no tardaría en contárselo por teléfono al marido y él le llamaría para preguntar. Pero aunque no lo hiciera o se le ocultase el extraño hallazgo, la prensa no guardaría tal prudencia.

—¿Philippa coleccionaba muñecas? —preguntó.

—¿Muñecas? —inquirió ella dando vueltas al móvil en la mano.

—Es que han encontrado una junto al salto de agua.

La mujer negó con la cabeza.

—No, muñecas no —respondió despacio, como pensando que debía haber habido muñecas en la vida de su hija y que esa carencia era un reflejo de lo mala que era ella.

—Probablemente no es nada —añadió Rebus.

—Probablemente —repitió ella.

—¿Está en casa el señor Balfour?

—Vuelve más tarde de Edimburgo —añadió ella mirando el teléfono—. No va a llamar nadie, ¿verdad? A los amigos de John les han recomendado dejar libre la línea, igual que a nosotros, por si llaman. Pero estoy segura de que no llamarán.

—¿Usted no cree que la hayan raptado, señora Balfour?

Ella dijo que no.

—¿Qué, entonces?

Ella lo miró con los ojos enrojecidos y bolsas bajo los párpados por falta de descanso.

—Está muerta —dijo casi en un suspiro—. ¿No lo cree usted también?

—Es demasiado pronto para pensar eso. Yo conozco casos de personas que aparecieron al cabo de semanas o de meses.

—¿Semanas o meses? No quiero ni pensarlo... Prefiero saberlo de inmediato.

—¿Cuándo vio a su hija por última vez?

—Hará unos diez días. Fuimos de compras por Edimburgo como de costumbre. No pensábamos comprar nada en concreto, pero comimos juntas.

—¿Ella venía a casa con frecuencia?

—Él la tenía envenenada —respondió Jacqueline Balfour negando con la cabeza.

—¿Cómo dice?

—David Costello. Envenenaba sus recuerdos, haciéndole creer que recordaba cosas inexistentes. La última vez que nos vimos, Flip estuvo preguntándome constantemente datos de su infancia; me dijo que había sido desgraciada, que no le prestábamos atención, que no la queríamos. Falsedades.

—¿Y era David Costello quien le metía esas ideas en la cabeza?

La señora Balfour se irguió y lanzó un profundo suspiro.

—Eso creo yo.

Rebus reflexionó un instante.

—¿Por qué cree que hacía una cosa así?

—Por ser quien es —respondió escuetamente la señora Balfour.

Sonó el teléfono de improviso y ella buscó torpemente el botón de conexión.

—¡Diga! Ah, querido, ¿cuándo vuelves? —añadió más tranquila.

Rebus aguardó a que terminase de hablar mientras pensaba en la rueda de prensa y en la manera de hablar de John Balfour, diciendo «yo» y no «nosotros», como si su esposa no padeciera ni existiera.

—Era mi marido —dijo, y Rebus hizo un gesto afirmativo.

—Pasa mucho tiempo en Londres, ¿verdad? ¿No se encuentra usted algo sola aquí?

—Tengo amigos —replicó ella mirándolo.

—No pretendía decir lo contrario. Además, me imagino que irá mucho a Edimburgo.

—Sí, una o dos veces por semana.

—¿Ve con frecuencia al socio de su esposo?

Ella volvió a mirarlo.

—¿A Ranald? Él y su mujer son probablemente nuestros mejores amigos... ¿Por qué lo pregunta?

Rebus hizo como que se rascaba la cabeza.

—No sé. Por dar conversación, supongo.

—Pues no lo haga.

—¿Darle conversación?

—No me gusta. Me da la impresión de que todos quieren hacerme caer en una trampa. Es como en las fiestas de negocios; John siempre me previene para que no diga nada, porque nunca se sabe si tratan de averiguar cosas del banco.

—Nosotros no somos de la competencia, señora Balfour.

—Claro que no —concedió ella con una leve inclinación de cabeza—. Discúlpeme. Es que...

—No tiene por qué disculparse —dijo Rebus poniéndose en pie—. Está usted en su casa y aquí manda usted, ¿no es así?

—Bueno, ya que lo dice... —respondió ella algo más animada.

Pero Rebus estaba convencido de que, con su marido en casa, quien mandaba y establecía las reglas era él.

Dentro de la casa encontró a dos colegas cómodamente sentados en el salón. La agente uniformada dijo llamarse Nicola Campbell y el otro policía era del Departamento de Investigación Criminal de la Jefatura de Policía de Fettes y se llamaba Eric Bain, pero solían llamarlo «Cerebro». Bain estaba sentado frente a un escritorio en el que había un teléfono de línea fija, un bloc de notas con un bolígrafo y una grabadora, además de un móvil conectado a un ordenador portátil. Al comprobar que el que llamaba era el señor Balfour, Bain se había colgado los auriculares del cuello mientras se bebía un yogur de fresa directamente del envase; al ver a Rebus, lo saludó con una inclinación de cabeza.

—Qué comodidad aquí —dijo Rebus mirando admirado el salón.

—Y un aburrimiento terrible —añadió Campbell.

—¿Para qué es el ordenador?

—Es la conexión de Cerebro con los chalados de sus amigos informáticos.

Bain esgrimió un dedo amenazador hacia ella.

—Forma parte de la tecnología de localización de llamadas —explicó concentrado en apurar el yogur, sin advertir que la agente movía los labios hacia Rebus diciendo «chalado».

—Lo que sería estupendo si valiera la pena —opinó Rebus.

Bain asintió con la cabeza.

—Se han recibido muchas llamadas de apoyo de amigos y familiares y una cantidad impresionante de chalados que naturalmente no he apuntado.

—Ten en cuenta que la persona que buscamos puede ser un chiflado —le advirtió Rebus.

—En este pueblo es muy probable que no falten —añadió Campbell cruzando las piernas.

Se había sentado en uno de los tres sofás del salón ante unos ejemplares abiertos de Caledonia y Scottish Field. Al ver más revistas en otra mesita detrás del sofá, Rebus tuvo la impresión de que eran de la casa y ya se las debía de haber leído.

—¿Por qué lo dice? —preguntó.

—¿Ha pasado por el pueblo? ¿No ha visto a esos albinos en los árboles tocando el banjo?

Rebus sonrió y Bain la miró perplejo.

—Yo no he visto ninguno —dijo.

La mirada de Campbell venía a decir: «Porque en un mundo paralelo tú estás en los árboles con ellos».

—Dime una cosa —añadió Rebus—. En la rueda de prensa, el señor Balfour mencionó su móvil...

—No debería haberlo hecho —respondió Bain negando con la cabeza—. Le habíamos advertido que no lo hiciera.

—¿No es fácil localizar un teléfono móvil?

—Son más escurridizos que las líneas fijas, desde luego.

—Pero ¿se pueden localizar?

—Hasta cierto punto. Hay muchos móviles dudosos en funcionamiento. A lo mejor localizas la cuenta de uno y te encuentras con que lo han robado hace una semana.

Campbell contuvo un bostezo.

—¿No ve lo divertido que es? —dijo mirando a Rebus—. Emoción tras emoción.

Rebus regresó sin prisas a Edimburgo; el tráfico era intenso en dirección contraria. Era la hora punta y los ejecutivos regresaban a la campiña. Rebus conocía a gente que iba a diario a trabajar a Edimburgo desde localidades tan alejadas como Borders, Fife y Glasgow. Todos lo justificaban por el precio escandaloso de la vivienda, ya que una casa adosada de tres dormitorios en un buen lugar de la capital podía costarte doscientas cincuenta mil libras o más, y por ese dinero era posible adquirir una gran casa independiente en Lothian este o una calle entera en Cowdenbeath. Rebus, por su parte, había recibido alguna visita imprevista que preguntaba si vendía su piso de Marchmont y cartas dirigidas al «señor propietario» de compradores desesperados. Porque en Edimburgo también sucedía eso: que por muy altos que fueran los precios no faltaban compradores. En Marchmont solían ser los propietarios de otros pisos con ánimo de especular, o padres que buscaban un piso para sus hijos cerca de la universidad. Él vivía en el suyo desde hacía veintitantos años y había visto el proceso de cambio del barrio, habitado actualmente por menos familias y gente mayor, pero por más estudiantes y parejas jóvenes sin hijos. Dos grupos bastante antagónicos, pues los que habían pasado toda su vida en Marchmont veían cómo sus hijos tenían que irse a vivir más lejos por no disponer de medios para comprar un piso cerca. Rebus ya no conocía a nadie en su edificio ni en las casas contiguas y, que él supiera, era el único propietario que ocupaba su piso. Pero lo más preocupante era que debía de ser también el inquilino más viejo y no dejaban de llegarle cartas y ofertas pese al aumento de precios.

Por eso se mudaba, aunque todavía no sabía adónde iba a ir. A lo mejor buscaba algo de alquiler, así tendría la opción de vivir un año en un chalé en el campo, otro año junto al mar y un par de años encima de un pub. Aquel piso de Arden Street era demasiado grande para él; los otros dormitorios siempre estaban libres y muchas noches él dormía en un sillón en el cuarto de estar. Un estudio sería más que suficiente para él.

Se cruzaba con Volvos, BMW y Audis deportivos y pensó si realmente deseaba irse a vivir a las afueras. Desde Marchmont podía llegar al trabajo a pie en quince minutos; era el único ejercicio que hacía. No le apetecía ir cada día en coche desde Los Saltos, por ejemplo, a Edimburgo. No había visto tráfico allí mientras había estado, pero a buen seguro no habría donde aparcar por la noche.

Precisamente buscando sitio para aparcar en Marchmont se percató de otro de los motivos para mudarse. Al final dejó el Saab en la línea amarilla y fue a comprar el periódico, leche, panecillos y bacon. Llamó a la comisaría y preguntó si lo necesitaban, pero le dijeron que no. Al llegar a casa sacó una cerveza de la nevera y se sentó en el sillón junto a la ventana del cuarto de estar. La cocina estaba más desordenada de lo habitual porque había metido en ella cosas del vestíbulo mientras cambiaban la instalación eléctrica, que no se había renovado desde hacía años. Seguramente desde que él había comprado el piso. Luego llamaría a un pintor para que diera una mano de pintura color magnolia que animara el piso. Le habían aconsejado no hacer muchas reformas, porque el comprador querría hacer las suyas propias. Simplemente cambiaría la instalación eléctrica y daría una mano de pintura. La agencia le había dicho que era imposible saber cuánto sacaría. En Edimburgo pones un piso en venta «a partir de» un precio determinado y esa cantidad puede subir hasta alcanzar un treinta o un cuarenta por ciento más. Tirando por lo bajo, calculaba que su piso de Arden Street valdría entre ciento veinticinco y ciento cuarenta mil libras, y como no había hipoteca pendiente era dinero contante y sonante.

«Podrías jubilarte con ese dinero», le había dicho Siobhan. Tal vez. Aunque se imaginaba que tendría que repartirlo con su exmujer, a pesar de que le había enviado un cheque por el valor de su parte poco después de separarse. Y reservaría una cantidad para su hija Sammy, que era otro de los motivos por los que lo vendía, o al menos es lo que él se decía. Tras el accidente, aunque ya no estaba en silla de ruedas, seguía obligada a andar con un par de muletas; subir dos pisos la mataba..., aunque no lo visitaba mucho, ni siquiera antes del accidente.

Él no tenía muchas visitas; no era buen anfitrión. Al marcharse su esposa Rhona, no volvió a ser capaz de llenar el vacío. Alguien calificó en cierta ocasión el piso de «guarida», y no dejaba de ser verdad. Hacía de refugio para él, y era lo único que pedía. En el piso contiguo de estudiantes sonaba música semicañera, parecida a la de Hawkwind de veinte años atrás, malo, lo que seguramente significaba que era un grupo de moda. Miró su colección, encontró la cinta que le había grabado Siobhan y la puso. Eran tres canciones de un disco de The Mutton Birds, un grupo de Nueva Zelanda o un sitio por el estilo, pero uno de los instrumentos estaba grabado en Edimburgo. Era todo cuanto ella le había dicho al respecto. La segunda canción se titulaba «The Falls» [Los Saltos].

Volvió a sentarse. Tenía en el suelo una botella de Talisker, de sabor limpio y fuerte, con su vaso al lado; se sirvió brindando a su reflejo en la ventana, se recostó en el sillón y cerró los ojos. No pintaría aquel cuarto; lo había hecho él mismo no hacía mucho con su viejo amigo y compinche Jack Morton, ya fallecido. Otro fantasma más. Se preguntó si los dejaría atrás al mudarse, pero lo dudaba; y en lo más profundo de su ser los echaría en falta.

La canción hablaba de pérdidas y de redención. Los lugares cambian y la gente también, y los sueños son cada vez más inalcanzables. Pensó que no le importaría dejar Arden Street. Era hora de hacer un cambio.

4

Al día siguiente, camino de la comisaría, Siobhan no pensaba más que en Programador. No había recibido ninguna llamada en el móvil y ya iba redactando mentalmente otro mensaje para enviárselo. A él o a ella, porque no había que descartar nada, pero estaba casi convencida de que era un hombre. «Oclusión», «Hellbank»..., le parecía notar un trasfondo masculino, aparte de que la idea de un juego por ordenador sonaba a cosa de tíos con anorak recluidos en su habitación.

El primer mensaje que ella había cursado, «Problema. Tengo que hablar contigo. Flipside», no había dado resultado al parecer. Iba a confesar quién era; le enviaría un mensaje diciéndole que era policía, que Flip había desaparecido y que se pusiera en contacto con ella. Había estado toda la noche con el móvil en la mesilla, despertándose cada hora para comprobar si la había llamado y no lo había oído. Pero no hubo ninguna llamada. Cuando estaba a punto de amanecer se vistió y salió a dar un paseo. Vivía en Broughton Street, en un barrio que se iba aburguesando; no era tan cara como la Ciudad Nueva colindante, era más parecida al centro. La mitad de su calle estaba llena de contenedores y sabía que a media mañana se llenaría de camionetas de la construcción peleándose por aparcar.

Paró a desayunar en un bar de los que abrían temprano y tomó una tostada con judías en salsa de tomate y un té tan fuerte que temió una intoxicación de tanino. En lo alto de Calton Hill se detuvo a contemplar la ciudad que se despertaba. A lo lejos, en Leith, un barco de contenedores ponía rumbo a alta mar. Al sur, los montes Pentland mostraban su manto de nubes bajas como manifestación de bienvenida. Aún no había mucho tráfico en Princes Street, solo autobuses y taxis en su mayor parte. Era la hora que más le gustaba de Edimburgo, antes de iniciarse la rutina diaria. Vio el hotel Balmoral destacándose entre otros edificios más próximos y pensó en la fiesta de Gill Templer, en la que había dicho que estaba muy atareada. Siobhan se preguntó si se había referido al caso Balfour o a su nuevo ascenso. El problema de su nuevo cargo era que llevaba un John Rebus incluido y ahora John Rebus era cosa de Templer y no de Watson. Se rumoreaba que John ya se había buscado un lío por ir bebido al piso de la desaparecida; tiempo atrás habían advertido a Siobhan que iba pareciéndose a Rebus, que adquiría sus defectos y sus virtudes. A ella no le parecía cierto.

No, no era verdad.

Bajó la colina hasta Waterloo Place; si doblaba a la derecha podía estar en casa en cinco minutos y doblando a la izquierda llegaría al trabajo en diez minutos. Dobló a la izquierda en dirección a North Bridge.

La comisaría de St Leonard’s estaba tranquila y en la sala del DIC notó olor a cerrado por la cantidad de personas que trabajaban allí a diario. Abrió un par de ventanas, se hizo un café poco cargado y se sentó a su mesa. Miró el ordenador de Flip: no había mensajes, y decidió seguir conectada mientras redactaba uno. Llevaba escritas un par de líneas cuando vio la señal de mensaje de entrada. Era de Programador, un simple «Buenos días».

Ella contestó: «¿Cómo sabías que estaba aquí?». Y obtuvo una respuesta inmediata: «Eso es algo que Flip no habría preguntado. ¿Quién eres?».

Siobhan tecleó a toda velocidad sin molestarse en corregir las faltas: «Soy una agente de plocía de Edimburgo. Investigamos la desaparición de Philippa Balfour».

Aguardó un minuto a que contestara.

«¿Quién?».

«Flipside», tecleó.

«Nunca me dijo su verdadero nombre. Es una de las reglas».

«¿Las reglas del juego?», tecleó.

«Sí. ¿Vivía en Edimburgo?».

«Estudiaba en la universidad. ¿Podemos hablar? Tienes el número de mi móvil».

La espera volvió a parecerle interminable.

«Prefiero hacerlo así».

«De acuerdo, ¿me dices qué es Hellbank?», tecleó Siobhan.

«Tienes que entrar en el juego. Dame un nombre para llamarte».

«Me llamo Siobhan Clarke y soy agente de la policía de Lothian y Borders».

«Me da la impresión de que es tu verdadero nombre, Siobhan. Has vulnerado una de las primeras reglas. ¿Cómo se pronuncia?».

«No es ningún juego, Programador», replicó Siobhan ruborizándose.

«Claro que es un juego. ¿Cómo se pronuncia?».

«Shi-vawn».

Se hizo una pausa más larga y ya iba a repetir el mensaje cuando llegó la respuesta.

«En contestación a tu pregunta, Hellbank es uno de los niveles del juego».

«¿Flipside participaba en un juego?».

«Sí. Oclusión es el siguiente nivel».

«¿Qué clase de juego?».

«Después».

«¿Qué quieres decir?», tecleó Siobhan.

«Ya hablaremos».

«Necesito tu ayuda».

«Pues ten paciencia. Podría cortar ahora mismo y no me encontrarías. ¿Es eso lo que quieres?».

«Sí». A Siobhan le dieron ganas de pegar un puñetazo a la pantalla.

«Después».

«Después», tecleó ella.

No hubo más mensajes. Había desconectado o seguía en la red, pero no respondía. No le quedaba más remedio que esperar, ¿o no? Entró en Internet y probó con todos los buscadores que conocía preguntando sitios relacionados con Programador y PaganOmerta. Encontró docenas de Programadores, pero le pareció que ninguno era el suyo. PaganOmerta no aparecía y separando las palabras obtuvo más de cien sitios, casi todos sectas de nueva era. Intentó Pagan Omerta.com y no había nada, era una dirección y no un sitio de la red. Cuando fue a hacer más café comenzaron a entrar los compañeros de turno; dos de ellos la saludaron, pero ella no estaba para nadie. Tuvo otra idea; se sentó a la mesa con el listín telefónico y el tomo de las páginas amarillas y cogió el bloc de notas y un bolígrafo.

Probó en primer lugar en tiendas de informática y finalmente le indicaron un establecimiento de cómics en South Bridge. Para ella, cómics eran títulos como Beano y Dandy, aunque una vez tuvo un novio obsesionado con 2000AD, circunstancia parcialmente responsable de la ruptura con él. La tienda fue una revelación. Tenían miles de títulos y libros de ciencia ficción, camisetas y diversos artículos. En el mostrador, una dependienta quinceañera hablaba sobre los méritos de John Constantine con dos colegiales. Siobhan no sabía si Constantine era un personaje de cómic, un escritor o un actor. Finalmente, los chicos advirtieron su presencia y dejaron de hablar para adoptar otra vez la actitud pazguata y desgarbada propia de los doce años. Quizá no estuvieran acostumbrados a ver mujeres escuchando. Seguramente no tendrían ni costumbre de tratar con mujeres.

—He oído lo que estabais diciendo y a lo mejor podéis ayudarme. —Ninguno de los tres abrió la boca y la dependienta se rascó una zona de acné en el cuello—. ¿Vosotros jugáis en Internet?

—¿Se refiere a cosas como Dreamcast? —preguntó la joven con cara de ignorancia—. Es de Sony —aclaró.

—No, quiero decir juegos dirigidos por una persona en los que te llega el contacto por el correo electrónico para ponerte pruebas.

—Juegos de rol —dijo uno de los colegiales asintiendo con la cabeza y mirando al otro en busca de confirmación.

—¿Habéis jugado vosotros alguna vez? —preguntó Siobhan.

—No —contestó el chico. Ninguno de ellos había jugado antes.

—Hacia la mitad de Leith Walk hay una tienda de juegos —dijo la dependienta—. Es una de D & M, pero a lo mejor pueden ayudarla.

—¿D & M?

—Dragones y mazmorras.

—¿Cómo se llama esa tienda? —preguntó Siobhan.

—Gandalf’s —dijeron los tres a coro.

Gandalf’s era un tiendecita situada, para decepción de Siobhan, entre un estudio de tatuajes y una tienda de patatas fritas. Menos prometedor aún era el hecho de que su sucio escaparate quedaba oculto por una reja sujeta con candados. Empujó la puerta y se abrió sin dificultad haciendo sonar un juego de campanitas. Era evidente que había sido antes una tienda de algo distinto, tal vez de libros de segunda mano, y que no se habían molestado en hacer reformas. En las estanterías había diversos juegos de salón y piezas sueltas que le parecieron soldados sin pintar. Los carteles de las paredes exhibían Armagedones de cómics y había manuales sobados y, en el centro, cuatro sillas y una mesa plegable con un tablero de juego. No había mostrador ni caja. Oyó abrirse una puerta al fondo que dio paso a un hombre de unos cincuenta años barrigudo, con barba gris, coleta y una camiseta de Grateful Dead.

—¿Es policía? —preguntó con voz taciturna.

—Departamento de Investigación Criminal —dijo Siobhan mostrándole la placa.

—Sólo debo dos meses de alquiler —farfulló el hombre acercándose al tablero, y Siobhan vio que calzaba sandalias abiertas viejas—. ¿Usted movería algo? —preguntó de pronto sin dejar de mirar las piezas del juego.

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Entonces, Tony está jodido —dijo sonriendo—. Con perdón. Estarán aquí dentro de una hora —añadió consultando el reloj.

—¿Quiénes?

—Los jugadores. Ayer tuve que cerrar antes de que acabaran. Anthony debió de ponerse nervioso por no poder ganar a Will.

Siobhan miró el tablero y no vio las fichas dispuestas con arreglo a una estrategia definida. El barbudo dio unos golpecitos sobre el montón de naipes que había a un lado.

—Esto es lo que cuenta —dijo irritado.

—Ah —exclamó Siobhan—, yo no conozco el juego.

—Sí, claro.

—¿Por qué lo dice?

—Por nada.

Pero Siobhan estaba segura de que insinuaba algo. Era un club privado para hombres y cerrado en todo al sexo contrario.

—No creo que pueda ayudarme —dijo mirando a su alrededor. Sentía picores y ganas de rascarse, pero se contuvo—. Me interesa algo un poco más técnico.

—¿Qué quiere decir? —replicó el hombre picado.

—Me refiero a juegos de rol con ordenador.

—¿Interactivos? —inquirió él abriendo los ojos con interés.

Siobhan asintió con la cabeza y él volvió a mirar el reloj, luego se acercó a la puerta y cerró con llave. Ella se puso en guardia, pero él simplemente se dirigió a la puerta del fondo y la invitó a pasar. Siobhan se sintió un poco como Alicia en la entrada del túnel, pero lo siguió.

Bajaron cinco escalones que desembocaban en una sala sin ventanas con poca luz en la que había montones de cajas —más juegos y accesorios, pensó ella—, un fregadero con una tetera y vasos en el escurreplatos. En una mesa de un rincón vio un ordenador que le pareció de última generación con una gran pantalla y un portátil al lado. Preguntó al hombre cómo se llamaba.

—Gandalf —contestó él risueño.

—Digo su verdadero nombre.

—Ya lo sé. Pero aquí es mi verdadero nombre —explicó el hombre sentándose ante el ordenador; lo enchufó y siguió hablando mientras movía el ratón.

Siobhan tardó un instante en percatarse de que era inalámbrico.

—Hay muchos juegos en Internet —continuó el hombre—. Se puede uno incorporar a un grupo que juega contra el programa o contra otros equipos, y hay ligas. ¿Ve? —añadió dando unos golpecitos en la pantalla—. Esta es la liga Doom. ¿Sabe lo que es Doom? —preguntó mirándola.

—Un juego de ordenador.

El hombre asintió con la cabeza.

—Pero en este se juega en colaboración con otros contra un enemigo común.

Siobhan leyó los nombres de los jugadores.

—¿En qué grado se conserva el anonimato? —preguntó.

—¿Qué quiere decir?

—Me refiero a si el jugador conoce contra quién juega o los nombres de los que forman el otro equipo.

—Si acaso, juegan con un nombre de guerra —respondió el hombre atusándose la barba.

Siobhan pensó en Philippa con su nombre secreto para el correo electrónico.

—Entonces, los jugadores pueden adoptar muchos nombres, ¿no?

—Ah, claro. Docenas. Gente que ha hablado contigo más de cien veces vuelve a ponerse en contacto con otro nombre sin que sepas que ya los conoces.

—¿Y pueden mentir?

—Si quiere llamarlo así... Esto es un mundo virtual y no hay nada «real». La gente puede inventarse vidas virtuales.

—Estoy investigando un caso en el que interviene un juego.

—¿Cuál?

—No lo sé, pero tiene niveles como Hellbank y Oclusión y lo dirige un tal Programador.

El hombre volvió a atusarse la barba. Al sentarse ante el ordenador se había puesto unas gafas de montura metálica y la luz del monitor se reflejaba en ellas velando sus ojos.

—No lo conozco —dijo al fin.

—A usted, ¿a qué le suena?

—Suena a juego de rol de localización sencilla, o SIRPS. El Programador asigna tareas o plantea preguntas y puede haber un jugador o docenas.

—¿Equipos?

—No es fácil saberlo —respondió encogiéndose de hombros—. ¿Cuál es el sitio de la red?

—No lo sé.

—No tiene muchos datos, ¿eh? —replicó él mirándola.

—No —admitió Siobhan.

—¿Es un caso muy importante? —añadió él con un suspiro.

—Se trata de una joven que ha desaparecido, que participaba en ese juego.

—¿Y no sabe si existe relación?

—Exacto.

—Preguntaré por ahí —dijo el hombre apoyando lentamente las manos en el vientre—. A ver si podemos localizarle a Programador.

—Si al menos tuviera idea de qué es lo que implica el juego...

El hombre asintió con la cabeza y ella recordó el diálogo con Programador cuando le preguntó sobre Hellbank y él le contestó: «Tienes que entrar en el juego».

Sabía que conseguir un portátil le llevaría tiempo, y aun así tendría que conectarse a Internet. Camino de la comisaría pasó por una tienda de informática.

—El más barato cuesta unas novecientas libras —dijo la vendedora.

Siobhan se estremeció.

—¿Y cuánto se tarda en conectarse a Internet?

—Depende del servidor que elija —respondió la mujer.

Le dio las gracias y siguió su camino. Podía seguir utilizando el de Philippa Balfour, pero no quería hacerlo por diversos motivos. De pronto tuvo una iluminación y cogió el móvil.

—¿Grant? Soy Siobhan. Podrías hacerme un favor...

El agente Grant Hood se había comprado el portátil por el mismo motivo que había adquirido un DVD, un minirreproductor para discos compactos y una cámara digital. Eran máquinas y la clase de compra con la que se impresiona a los demás. Indudablemente, cada vez que se compraba algún aparato nuevo, en St Leonard’s era el centro de atención durante cinco o diez minutos. Si no él, al menos el aparato. Pero Siobhan había advertido que Grant prestaba fácilmente sus artículos de alta tecnología a quien se los pidiera. Él no los usaba y, si lo hacía, se cansaba al cabo de unas semanas, o quizá nunca pasara de leer el manual; el de la cámara digital abultaba más que el aparato en sí.

Grant se prestó encantado a acercarse a su casa a prestarle el ordenador portátil. Siobhan le dijo que solo iba a utilizarlo para el correo electrónico.

—Ya está preparado —dijo Grant.

—Necesito tu dirección de correo y la contraseña.

—Pero así tienes acceso a mis mensajes —protestó él.

—A ver, Grant, ¿cuántos mensajes tienes tú a la semana?

—Algunos —respondió él a la defensiva.

—No te preocupes. Te los guardaré; y prometo no fisgar.

—Bueno, y luego está lo de mis honorarios —dijo Grant.

—¿Tus honorarios?

—Podemos hablarlo —añadió él con una sonrisa.

Siobhan cruzó los brazos.

—Bueno, ¿cuáles son? —preguntó.

—No lo sé. Tendré que pensarlo...

Hecha la transacción, Siobhan volvió a su mesa. Ya tenía un conector para adaptar el móvil al portátil, pero antes comprobó en el ordenador de Philippa Balfour si había mensajes de Programador. Nada. Tardó cinco minutos escasos en entrar en la red con la máquina de Grant y desde ella envió un mensaje a Programador dándole la dirección electrónica de Grant.

«Tal vez entre en el juego. Contesta. Siobhan».

Una vez enviado, dejó la línea abierta. El próximo recibo del móvil sería una fortuna, pero procuró no pensar en ello. De momento, el juego era la única pista que tenía y, aunque no hubiera deseado jugar, quería averiguar algo más sobre ello. Vio a Grant al otro lado de la sala hablando con otros dos agentes y mirando hacia ella.

«Que miren», se dijo.

Rebus fue a Gayfield Square pero no había novedades y, aunque la actividad seguía siendo frenética, era evidente que comenzaba a crearse un cierto ambiente de desesperanza. El ayudante del jefe había hecho acto de presencia para que le informasen Gill Templer y Bill Pryde, pero dijo bien claro que había que llegar a una «conclusión rápida». Era la misma expresión que habían repetido después Templer y Pryde, y por eso lo sabía Rebus.

—Inspector Rebus —dijo un agente uniformado delante de su mesa—, la jefa le está esperando, quiere hablar con usted.

En cuanto entró en el despacho, ella le dijo que cerrara la puerta. A falta de espacio, Gill lo compartía con otros dos agentes que hacían turnos, y olía a sudor.

—Habrá que empezar a utilizar los calabozos —dijo ella recogiendo los vasos de la mesa sin encontrar sitio para dejarlos—. Peor no podemos estar.

—No te preocupes —dijo Rebus—, yo no me quedo.

—No, por supuesto —replicó ella dejando los vasos en el suelo y derribando uno, aunque se sentó sin preocuparse del líquido vertido. Rebus se quedó de pie, pues no había más sillas en el cuarto—. ¿Qué tal te fue en Los Saltos?

—Llegué a una conclusión rápida.

—¿A cuál? —Ella lo fulminó con la mirada.

—Que será una buena historia para los periódicos sensacionalistas.

Gill asintió con la cabeza.

—Anoche leí algo en el periódico.

—La mujer que encontró, o que dice que encontró la muñeca, ha hablado con los periodistas.

—¿Que dice «que encontró»?

Rebus se encogió de hombros.

—¿Sospechas de ella?

—Vete a saber... —respondió Rebus metiendo las manos en los bolsillos.

—Hay quien puede saber algo. Una amiga mía, Jean Burchill, dice que deberías hablar con ella.

—¿Quién es?

—Es conservadora del museo de Escocia.

—¿Y sabe algo de esa muñeca?

—Tal vez. —Hizo una pausa—. Según Jean, no es ni mucho menos la primera que aparece.

Rebus reconoció ante su guía que nunca había estado en el museo.

—Conocía el antiguo porque llevaba a mi hija cuando era niña.

—Pero este es considerablemente distinto, inspector —dijo Jean Burchill.

—¿No tienen animales disecados ni postes de tótem?

—No, que yo sepa —replicó ella sonriendo. Cruzaron la sala de exposiciones de la planta baja a la izquierda del enorme vestíbulo enjalbegado y se detuvieron ante el ascensor; Jean Burchill se volvió hacia él mirándolo de arriba abajo—. Gill me ha hablado de usted —dijo.

Se abrió la puerta del ascensor y entró seguida de Rebus.

—Espero que bien —añadió él, tratando inútilmente de sonar intrascendente.

Burchill volvió a mirarlo y a sonreír. A pesar de su edad le recordaba una colegiala por su mezcla de timidez y conocimiento, de formalidad y curiosidad.

—Esta es la cuarta planta —dijo ella cuando el ascensor abrió las puertas. Caminaron por un pasillo estrecho lleno de sombras e imágenes mortuorias—. La sección de creencias —añadió apenas en un susurro—. Brujería, profanadores de tumbas y entierros.

Vio un coche funerario victoriano y junto a él un ataúd metálico, y no pudo contener la tentación de tocarlo.

—Es un féretro de seguridad —aclaró Jean Burchill, y al ver que Rebus se quedaba en blanco, añadió—: La familia del difunto encerraba el ataúd en uno como este los primeros seis meses para disuadir a los resurreccionistas.

—¿Quiere decir, a los profanadores de tumbas como Burke y Hare? —Era una historia que él conocía bien: robaban cadáveres para venderlos a la universidad.

Ella lo miró como una profesora a un alumno tozudo.

—Burke y Hare no desenterraban cadáveres. Eso es precisamente el quid de la historia. Asesinaban a gente y vendían los cadáveres a los anatomistas.

—Exacto —dijo Rebus.

Pasaron por delante de trajes de duelo y fotos de niños muertos y se detuvieron en la última vitrina.

—Aquí están: son los ataúdes de Arthur’s Seat.

Rebus miró y vio que eran ocho pequeños ataúdes de unos doce o quince centímetros, bien tallados y con clavos en la tapa, y en su interior había unas muñequitas de madera, algunas de ellas con ropa. Rebus no apartaba la vista de una con vestido a cuadros verdes y blancos.

—Hincha del Hibs —dijo.

—Todas estaban vestidas, pero la tela se pudrió. En 1836 —explicó ella señalando una fotografía de la vitrina—, unos niños que jugaban en Arthur’s Seat los encontraron en la entrada oculta de una cueva. Eran diecisiete, pero solo quedan estos.

—Se llevarían un susto —dijo Rebus mirando la fotografía, tratando de figurarse en qué parte de la montaña estaba tomada.

—El análisis del material sugiere que fueron hechos a principios de la década de 1830.

Rebus asintió con la cabeza. Los detalles figuraban en una serie de tarjetas pegadas a los objetos. Los periódicos de la época publicaron que las muñecas eran obra de brujas que hacían maleficios a individuos, pero otra teoría popular sostenía que las habían dejado allí marineros como amuletos de buena suerte antes de embarcarse.

—Marineros en Arthur’s Seat —musitó Rebus—. Esa sí que es buena.

—Inspector, ¿se trata de una observación homófoba?

Rebus negó con la cabeza.

—Lo digo simplemente por lo lejos que está del mar.

Ella lo miró, pero el rostro de Rebus no reflejaba nada.

Rebus miró otra vez los ataúdes. Él no era de los que apostaban, pero de haberlo sido se habría jugado algo a que aquellos ataúdes tenían alguna relación con el de Los Saltos. Quien había dejado el ataúd junto a la cascada conocía la colección del museo y había decidido hacer una copia con alguna intención. Miró las otras macabras vitrinas mortuorias de la sala.

—¿Es usted quien ha organizado esto? —preguntó.

Ella asintió con la cabeza.

—Pues debe de ser un tema de conversación muy recurrido en las fiestas.

—Le sorprendería saber cuánto —replicó ella tranquila—. ¿No sentimos todos curiosidad por lo que nos asusta?

En el antiguo museo de la planta baja se sentaron en un banco tallado parecido al costillar de una ballena. Había un estanque con peces y los niños estiraban los brazos, temerosos de tocarlos, retirándolos entre risitas en el último momento con el puño cerrado. Otro ejemplo de esa mezcla de curiosidad y temor.

Al fondo del amplio vestíbulo habían instalado un enorme reloj con un complejo mecanismo formado por esqueletos y gárgolas. A Rebus le llamó la atención una estatua de mujer desnuda envuelta en alambre de espino, y pensó que seguramente habría otras escenas de tortura aunque desde donde estaban no se veían.

—Es nuestro reloj del milenio —explicó Jean Burchill mirando el suyo de pulsera—. Faltan diez minutos para que dé la hora.

—Es interesante —dijo Rebus—: un reloj cargado de sufrimiento...

—No todo el mundo se percata de ello tan rápido —replicó ella mirándolo.

Rebus se encogió de hombros.

—Arriba, he leído en la vitrina algo que relacionaba las muñecas con Burke y Hare —dijo.

Ella asintió con la cabeza.

—Se trataría de un entierro simbólico de las víctimas. Diecisiete cadáveres vendidos para disección constituía un horrendo crimen, tanto más cuanto se decía que los muertos a los que se practicaba la disección no resucitaban el día del Juicio Final.

—Porque se les saldrían los intestinos —dijo Rebus.

Burchill hizo caso omiso de la observación.

—A Burke y Hare los detuvieron y este en el juicio testificó en contra de su compinche, por eso solo ahorcaron a William Burke. ¿Sabe qué sucedió con su cadáver?

La respuesta era fácil.

—¿Le hicieron la disección? —aventuró Rebus.

Ella asintió con la cabeza.

—Llevaron el cadáver al antiguo Colegio de Médicos, siguiendo la misma ruta que casi todas sus víctimas, y allí sirvió para una clase de anatomía. Los hechos se remontan a enero de 1829.

—Y los ataúdes datan de los primeros años de la década de 1830 —añadió Rebus pensativo. ¿No se había jactado alguien en cierta ocasión de poseer no sé qué objeto hecho con piel de Burke?—. ¿Qué fue después del cadáver? —preguntó.

—En la sala de medicina del museo hay un librito —respondió ella mirándolo.

—¿Hecho con piel de Burke?

Ella asintió con la cabeza.

—Es una lástima lo de Burke —prosiguió—. Parece que fue un hombre afable. Vino como emigrante a Escocia y la pobreza y la casualidad lo impulsaron a la primera venta. Alguien que fue a su casa y murió estaba cargado de deudas, y Burke sabía que en la boyante Facultad de Medicina de Edimburgo escaseaban los cadáveres.

—¿Vivía muchos años la gente en aquella época?

—Ni mucho menos. Pero ya le digo, decían que un muerto sometido a disección no iba al cielo y los únicos cadáveres disponibles para los estudiantes de medicina eran los de criminales ajusticiados. Solo con la ley de Anatomía de 1832 se puso fin al robo de cadáveres.

Su voz se fue apagando y pareció como si se hubiera perdido en la evocación del antiguo y sanguinario Edimburgo. Rebus divagaba también mentalmente pensando en ladrones de cadáveres y carteras de piel humana, brujerías y ahorcados. Junto a los ataúdes de la cuarta planta había visto una serie de adminículos de brujería como figuras con huesos, corazones de animales apergaminados con un clavo.

—Vaya lugar, ¿no?

Se refería a Edimburgo, pero ella pensó en el museo.

—Desde niña me he sentido aquí más tranquila que en ningún otro sitio de la ciudad. Tal vez le parezca morboso mi trabajo, inspector, pero serán aún menos las personas que reprueben el mío, que las que reprueben el que hace usted.

—Ha dado en el clavo —dijo Rebus.

—Los ataúdes me interesan porque constituyen un misterio. En la tarea de catalogación nos guiamos por las reglas de identificación y clasificación; las fechas de origen pueden ser dudosas, pero casi siempre sabemos qué es lo que estamos estudiando, ya sea un ataúd, una llave o unos restos romanos.

—Pero en el caso de estos ataúdes no saben concretamente qué significan.

Ella sonrió.

—Exactamente, y eso es frustrante para un especialista.

—Sé lo que se siente —dijo él—. A mí me sucede lo mismo cuando no se resuelve algún caso; no se me va de la cabeza.

—Le das vueltas y más vueltas..., elaborando otras hipótesis...

—Sí, o pensando en nuevos sospechosos.

Se miraron.

—Tal vez tengamos en común más de lo que pensamos —dijo Jean Burchill.

—Es posible, sí —admitió él.

El reloj comenzó a dar la hora pese a que la manecilla aún no estaba situada sobre las doce. Los visitantes se acercaron a él y el público infantil se quedó con la boca abierta al ver el movimiento mecánico de las llamativas figuras. Tras el toque de campanas sonó una música inquietante de órgano. El péndulo era un espejo y al mirarlo Rebus vio su propio reflejo, el de otros visitantes y el del edificio del museo.

—Vamos a observarlo de cerca —dijo Jean Burchill.

Se levantaron y se unieron al resto de espectadores. A Rebus le pareció reconocer dos figuras que representaban a Hitler y a Stalin accionando una sierra.

—Hay otros casos de muñecas aparecidas en otros lugares —reveló Jean Burchill.

—¿Ah, sí? —dijo Rebus apartando la vista del reloj.

—Lo mejor será que le envíe la información.

Rebus pasó el resto de aquel viernes esperando que acabase su turno de servicio. Había colocado en la pared las fotos del garaje de David Costello, formando un verdadero rompecabezas con las otras informaciones del caso. El MG era un descapotable azul oscuro y, aunque los especialistas en huellas no tenían permiso para eliminar las huellas del vehículo y de las ruedas, hicieron un examen a fondo. El coche no había sido lavado últimamente; de haberlo sido, le habrían preguntado a David Costello por qué. Habían recogido más fotos de las amistades de Philippa Balfour y se las habían mostrado al profesor Devlin, insertando entre ellas algunas del novio, lo que había motivado la protesta del profesor, que lo consideraba un «truco deleznable».

Habían transcurrido cinco días desde la noche del domingo y era el quinto desde la desaparición. Cuanto más miraba el rompecabezas de la pared, menos claro veía el caso. Pensó en el reloj del milenio, que era todo lo contrario: cuanto más se miraba, más cosas se veían por efecto de aquellas figuritas que surgían de los engranajes. Pensándolo bien, era como un monumento a los desaparecidos; también, en cierto modo, el montaje de la pared, con fotos, faxes, turnos de servicio y diagramas, era un monumento, pero este, al final, independientemente del resultado, se desmontaría y acabaría archivado en una caja.

No era la primera vez que reflexionaba al respecto; le había sucedido en otros casos, algunos no resueltos con entera satisfacción. Se esforzaba uno por no preocuparse, por mantener la objetividad, como decían en los cursillos de entrenamiento, pero costaba. A Watson le había quedado en el recuerdo aquel chiquillo de su primera semana de servicio en el cuerpo, y él tenía también sus recuerdos. Por eso, al acabar la jornada se fue a casa, se duchó, se mudó y se sentó en su sillón una hora con un vaso de Laphroaig y un disco de los Rolling Stones por compañía. Puso Beggars Banquet para la ocasión y, en realidad, bebió más de un vaso de Laphroaig, en medio de los rollos de alfombras del vestíbulo y de los dormitorios. Los colchones, los armarios..., aquello parecía un mercadillo; pero había paso hasta el sillón y de allí hasta el equipo de música. No necesitaba más.

Después de los Stones se tomó otro vaso de whisky, y puso «Hurricane», del disco de Bob Dylan Desire, caso histórico de injusticia y de falsa acusación. Sabía que eso sucedía, unas veces a propósito y otras sin querer. Él había trabajado en casos en que las pruebas señalaban inequívocamente a un individuo, y de pronto surgía alguien confesándose culpable. Y antes, hacía mucho tiempo, hasta se habían llegado a «inventar» un par de criminales por quitárselos de en medio o para satisfacer la exigencia pública de culpables. Y en ocasiones se sabía con certeza quién era el culpable pero era imposible demostrarlo en juicio. Recordaba a un par de policías que se habían pasado de la raya.

Brindó en memoria de ellos y vio su reflejo en la ventana del cuarto de estar. Brindó por él mismo hacia el cristal y luego fue al teléfono a llamar un taxi.

Destino: los bares.

En el bar Oxford entabló conversación con uno de los clientes habituales y le habló de su viaje a Los Saltos.

—Nunca había oído hablar de ese lugar —añadió.

—Ah, pues yo sí lo conozco —dijo su interlocutor—. ¿Wee Billy no es de allí?

Wee Billy era otro cliente habitual del Oxford que en aquel momento no estaba, pero que vieron entrar al cabo de veinte minutos con su uniforme de cocinero de un restaurante cercano. Se enjugó el sudor de la frente y se acercó a la barra.

—¿Ya has acabado? —le preguntó uno.

—No, he venido a fumarme un cigarrillo —respondió consultando el reloj—. Por favor, Margaret, una caña.

Mientras la camarera la llenaba, Rebus pidió otra copa y le dijo que le cobrara a él.

—A tu salud, John —dijo Billy sorprendido por la invitación—. ¿Qué tal?

—Ayer estuve en Los Saltos. ¿Es cierto que tú eres de allí?

—Sí, allí nací, pero hace años que no voy.

—Entonces ¿no conoces a los Balfour?

Billy negó con la cabeza.

—Yo ya estaba estudiando cuando ellos fueron a vivir al pueblo. Gracias, Margaret. A tu salud, John.

Rebus pagó y alzó su cerveza viendo cómo Billy vaciaba media jarra de tres sorbos.

—Dios, ahora me siento mejor.

—¿Hay mucho trabajo? —preguntó Rebus.

—Lo normal. ¿Así que investigas el caso Balfour?

—Yo y toda la policía de Edimburgo.

—¿Qué te ha parecido Los Saltos?

—Es pequeño.

Billy sonrió y sacó del bolsillo un librillo de papel y tabaco.

—Pero ha cambiado desde que yo vivía allí.

—¿Tú vivías en Meadowside?

—¿Cómo lo sabías? —preguntó Billy encendiendo el pitillo.

—Lo he adivinado.

—Soy hijo de minero. Mi abuelo trabajó toda su vida en la mina y mi padre también siguió sus pasos pero se quedó en el paro.

—Yo también me crie en un pueblo minero —reveló Rebus.

—Pues ya sabes lo que sucede cuando cierran la mina. Hasta ese momento, Meadowside estaba bien —dijo Billy mirando el botellero y recordando su niñez.

—Pues allí sigue —repuso Rebus.

—Ah, sí, pero ya no es lo mismo..., no puede serlo. Recuerdo a las mujeres limpiando la escalinata para dejarla como los chorros del oro, y a los hombres arreglando el jardín y acercándose a la casa del vecino a charlar o a pedir algo. —Hizo una pausa y pidió otra ronda—. Según me han dicho, ahora todos son yuppies. Los del pueblo no pueden aspirar más que a una vivienda en Meadowside y la gente joven se marcha, igual que lo hice yo. ¿Te hablaron de la cantera?

Rebus negó con la cabeza para que siguiera hablando.

—Hará cosa de tres años se habló de abrir una cantera en las afueras del pueblo. Puestos de trabajo y todo eso; pero cuando fueron a cursar la solicitud de autorización no la había firmado nadie de Meadowside, o no se la habían dado a firmar a nadie de allí. Total, que la cantera no se abrió. Y a partir de ahí comenzó la invasión de yuppies.

—¿Los yuppies?

—O como se los llame ahora. Gente influyente. Tal vez el señor Balfour tenga algo que ver, por lo que yo sé. Los Saltos... —añadió negando con la cabeza—; ya no es lo que era, John. —Apuró el cigarrillo y lo apagó en el cenicero. De pronto añadió—: A ti te gusta la música, ¿no?

—Depende.

—Lou Reed va a tocar en el Playhouse y tengo dos entradas.

—Lo pensaré, Billy. ¿Te da tiempo a tomar otra?

El cocinero volvió a consultar el reloj.

—Tengo que irme. Otro día, ¿de acuerdo?

—Otro día —contestó Rebus.

—Y dime algo de las entradas.

Rebus asintió con la cabeza y contempló a Billy abrir la puerta y perderse en la noche. Lou Reed era un nombre del pasado. «Walk on the Wild Side» era una de las canciones preferidas de Rebus; tocaba el bajo el mismo que compuso «Grandad» para aquel actor de televisión en Dad’s Army. A veces tenía exceso de información.

—¿Otra, John? —preguntó la camarera.

Rebus dijo que no.

—Me llama la mala vida —añadió bajándose del taburete y yendo hacia la puerta.

5

El sábado fue al partido de fútbol con Siobhan. El sol bañaba el estadio de Easter Road y proyectaba la larga sombra de los jugadores sobre el terreno. Durante un rato, Rebus estuvo siguiendo aquel baile de sombras irreal, como de marionetas, más que el juego mismo. Easter Road estaba lleno, como sucedía siempre que jugaban dos equipos locales o que uno de ellos jugaba contra el Glasgow. Aquel día era el Rangers y Siobhan tenía abono. Rebus estaba en el asiento de al lado gracias a la entrada que le había cedido otro socio que no pudo utilizarla.

—¿Es un amigo tuyo? —preguntó Rebus.

—He coincidido con él un par de veces en el pub después del partido.

—¿Es un buen chico?

—Es un buen chico casado —replicó ella riendo—. ¿Cuándo vas a dejar de intentar casarme?

—Era una simple pregunta —respondió él con sonrisa burlona.

Vio que había cámaras de televisión transmitiendo el encuentro y que enfocaban casi todo el tiempo a los jugadores y solo al público en algún barrido o a gente comiendo un bocadillo entre los dos tiempos; pero a él eran los hinchas los que realmente le interesaban. Se preguntaba qué experiencias podrían contar, qué tipo de vida llevarían, y no era el único, pues en torno a él había gente que se interesaba más por las payasadas de los espectadores que por el juego en sí. Siobhan, por el contrario, con los puños apretados sujetaba los extremos de su bufanda de hincha y se concentraba en el juego del mismo modo que lo hacía en las tareas policiales; gritaba a los jugadores y protestaba por las intervenciones del árbitro igual que otros aficionados cercanos a ella. El que Rebus tenía a su lado reaccionaba con igual fervor. Era un hombre gordo, con el rostro congestionado y lleno de sudor; Rebus temió que estuviera al borde del infarto. Lo oía farfullar en voz baja, y subir de tono, hasta lanzar un alarido final, tras el cual miraba a su alrededor sonriendo avergonzado; y vuelta a empezar.

—Tranquilo..., tranquilo, hijo —decía ahora a uno de los jugadores.

—¿Hay alguna novedad en tu investigación sobre el caso? —preguntó Rebus a Siobhan.

—Hoy es día de fiesta, John —respondió ella sin apartar la vista del terreno de juego.

—Ya lo sé, solo te lo preguntaba...

—Tranquilo..., así, despacio, hijo, sigue, sigue —decía el gordo aferrado al respaldo del asiento de delante.

—Podemos tomar una copa después —propuso Siobhan.

—Eso por descontado —respondió Rebus.

—¡Eso es, hijo, muy bien! —exclamó el gordo casi bramando.

Rebus cogió otro cigarrillo. Era un día resplandeciente, pero no hacía calor y soplaba viento del mar del Norte, que impedía el vuelo reposado de las gaviotas.

—¡Vamos! ¡Dale! —gritó el hombre—. ¡Vamos! ¡Éntrale a ese bárbaro!

Tras lo cual miró a su alrededor sonriendo avergonzado. Rebus encendió el pitillo y ofreció uno al hombre, quien rehusó con un movimiento de cabeza.

—Gritando me relajo, ¿sabe?

—Se relajará usted, amigo... —replicó Rebus, pero lo que siguió quedó ahogado por los gritos de protesta de Siobhan y de miles de espectadores puestos en pie para manifestar su criterio respecto a una falta que había pasado desapercibida tanto a Rebus como al árbitro.

El pub al que solían ir estaba a rebosar, pero no dejaba de entrar más público. Rebus echó un vistazo y sugirió ir a otro.

—Andando tardamos cinco minutos y estará más tranquilo.

—De acuerdo —dijo ella en tono de decepción porque la copa de después del partido era el pretexto para hablar de él y comentarlo entre aficionados, pero sabía que Rebus en ese terreno no se lucía mucho.

—Y quítate esa bufanda —ordenó él autoritario— que nunca se sabe si se tropieza uno con un hincha del Glasgow.

—Aquí no —replicó ella.

Y no andaba equivocada. Fuera del estadio, las fuerzas de policía eran numerosas y canalizaban prudentemente a los seguidores del Hibs por Easter Road y a los del Glasgow hacia los autobuses y la estación. Rebus tomó la delantera y atajaron por Lorne Street para llegar a Leith Walk, donde la gente que había salido de compras volvía cansada a sus casas. El pub que Rebus había elegido era un local anodino con ventanas de vidrios biselados y alfombra color sangre de toro llena de quemaduras de cigarrillo y manchas de chicle. En el televisor sonó un aplauso de concurso al tiempo que unos viejos en un rincón proferían palabrotas cada vez más gordas.

—Eres único invitando a una dama —protestó Siobhan.

—¿No le apetece a la dama un Bacardi Breezer o quizás un Moscow Mule?

—Tomaré una caña —replicó Siobhan.

Rebus pidió para él una caña de Eighty con un whisky. Mientras se sentaban, Siobhan dijo que era evidente que él conocía los bares más horrendos de Edimburgo.

—Gracias —contestó él sin el menor asomo de ofensa—. Bien —añadió alzando la cerveza—, ¿qué dice el ordenador de Philippa Balfour?

—Hay un juego en el que ella participaba del que no sé gran cosa. Lo dirige un tal Programador, con quien he contactado.

—¿Y qué?

—Pues estoy esperando a que me conteste —dijo ella con un suspiro—. De momento le he enviado diez mensajes y nada.

—¿No se le puede localizar de otro modo?

—Que yo sepa, no.

—¿Cómo es el juego?

—No tengo la menor idea —respondió ella dando un sorbo a la cerveza—. A Gill le parece que es una pista que no lleva a ninguna parte y me ha encargado que haga interrogatorios a estudiantes.

—Será porque tú has ido a la universidad.

—Ya lo sé. Si Gill tiene algún defecto es el de tomarse las cosas al pie de la letra.

—Pues ella de ti habla muy bien —dijo Rebus enarcando una ceja y ganándose un puñetazo en el brazo.

—Me ha ofrecido el cargo de enlace de prensa —añadió Siobhan cambiando de expresión y cogiendo la cerveza.

—Me lo imaginaba. ¿Vas a aceptarlo? —Siobhan negó con la cabeza—. ¿Por lo que sucedió con Ellen Wylie?

—No exactamente.

—¿Por qué, entonces?

Siobhan se encogió de hombros.

—Tal vez no esté preparada para ello.

—Estás preparada —dijo Rebus.

—Si lo miras bien, no es trabajo policial, ¿no te parece?

—Pero es un ascenso, Siobhan.

—Lo sé —añadió ella mirando la cerveza.

—¿Quién va a ocupar el puesto mientras tanto?

—Creo que Gill —respondió ella haciendo una pausa—. Encontraremos el cadáver de Flip, ¿verdad?

—Tal vez.

—¿Tú crees que sigue viva? —inquirió mirándolo.

—No —respondió él con aire sombrío.

Aquella noche después de ir a unos cuantos bares más, cercanos a su casa primero, tomó un taxi al salir de Swany’s para ir a Young Street. Iba a encender un cigarrillo cuando vio el letrero de «Prohibido fumar», al tiempo que el taxista le reprendía.

«Vaya policía que soy», se dijo. Había pasado el mayor tiempo posible fuera del piso porque los electricistas habían dejado la instalación el viernes a las cinco con la mitad de las tablas del suelo levantadas, cables por todas partes, el rodapié arrancado y las herramientas sin recoger porque, al saber que era policía, dijeron que «allí estaban seguras». Hablaron de volver tal vez el sábado por la mañana, pero no habían aparecido. Ese era el panorama que le esperaba el fin de semana: tropezones con tablas y rollos de cable. Por eso había desayunado en una cafetería y almorzado en un pub, y ahora le asaltaban deseos inconfesados de cenar unas asaduras de cordero y avena con salchicha ahumada de guarnición. Pero primero pasaría por el bar Oxford.

Había preguntado a Siobhan qué planes tenía.

—Darme un baño caliente y leer un buen libro —respondió ella.

Pero era mentira. Lo sabía porque Grant Hood no se había recatado de decir a media comisaría que había quedado con él en recompensa por haberle prestado el portátil. A Rebus no le parecía mal que ella no quisiera decírselo, pero como estaba al corriente no se molestó en tentarla con una cena india o una invitación al cine. Solo cuando se despidieron en la puerta de un pub de Leith Walk se le ocurrió pensar que quizás había sido una falta de cortesía por su parte. Si ninguno de los dos tenía planes para un sábado por la noche, ¿no habría sido lo más lógico que él le propusiese ir a algún sitio? ¿Estaría ofendida?

«La vida es corta», se dijo mientras pagaba el taxi y, al entrar en el pub y ver las mismas caras de siempre, siguió pensando igual. Pidió a Harry, el de la barra, el listín telefónico.

—Allí está —dijo Harry, tan atento como de costumbre.

Lo hojeó sin lograr encontrar el número que quería, pero recordó que le había dado su tarjeta de visita. La llevaba en el bolsillo y recordó que ella misma había añadido a lápiz el teléfono de su casa. Salió a la calle y sacó el móvil. Estaba seguro de que no le había visto anillo de casada. Sonaba el timbre del teléfono, pero no lo cogían. Un sábado por la noche, lo más probable...

—Diga.

—¿Señorita Burchill? Soy John Rebus. Perdone que llame un sábado tan tarde...

—No tiene importancia. ¿Sucede algo?

—No, no..., es que había pensado si podríamos vernos. Me tiene intrigado eso que mencionó sobre otras muñecas.

Ella se echó a reír.

—¿Quiere que nos veamos «ahora»?

—Bueno, más bien pensaba en mañana. Ya sé que es el día de descanso, pero podemos combinar trabajo y placer —dijo con una mueca de arrepentimiento por sus palabras. Habría debido pensar antes lo que iba a decirle y el modo.

—¿De qué manera? —replicó ella risueña. Se oía de fondo música clásica.

—¿Con un almuerzo?

—¿Dónde?

Eso, dónde. Ya ni recordaba la última vez que había invitado a alguien a comer. Lo ideal sería un lugar impactante, un sitio...

—¿No es usted de los que gustan de una buena fritura en domingo? —dijo ella como si hubiese notado su inquietud y quisiera ayudarlo.

—¿Tanto se me nota?

—Ni mucho menos, pero usted es un auténtico escocés, mientras que a mí, por el contrario, me gustan las cosas sencillas, frescas y saludables.

Rebus se echó a reír.

—Me viene a la cabeza la palabra «incompatible» —dijo.

—Quizá no. ¿Dónde vive?

—En Marchmont.

—Pues vayamos a Fenwick’s, que es perfecto —propuso ella.

—Estupendo —añadió él—. ¿A las doce y media?

—Iré con mucha ilusión. Buenas noches, inspector.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
01 sierpnia 2024
Objętość:
540 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788491871996
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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