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Hugo Lovisolo

Vecinos Distantes



Lovisolo, HugoVecinos distantes: universidad y ciencia en Argentina y Brasil . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book. - (El rey está desnudo / L. Kulesz; 1)Traducido por: Pablo PalominoISBN 978-987-599-360-01. Ciencias. 2. Investigación. I. Pablo Palomino, trad. II. TítuloCDD 507

Traducción: Del Portugués Pablo Palomino

Corrección: Lautaro Lafleur

Diagramación y Diseño de Tapa e Interiores: Octavio Kulesz

Ilustración De Tapa

Ni Arriba Ni Abajo, 1993

Nicolás García Uriburu

Gentileza del Autor

© 2000, Libros del Zorzal

Buenos Aires, Argentina

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723 delzorzal@mail.com

Índice

Prólogo | 6

Introducción | 13

I Positivismo: Influencias e Interpretaciones | 19

II Einstein, un Viaje, dos Visitas | 63

III La Legitimación de la Ciencia en la Frontera | 82

IV Comunidades Científicas y Universidades en Argentina y Brasil | 106

V Consideraciones finales | 161

Bibliografía | 168

Prólogo

Prologar este libro implica una elección: prefiero hacerlo como un ejercicio de intuición y escribir desde la arrogante posición del lector, el mismo que fabrica el libro con su mirada placentera y crítica.

Placentera, ante todo, porque Hugo Lovisolo no parece compartir la creencia –tan extendida en los círculos académicos– según la cual el fárrago, el exhibicionismo bibliográfico y el aburrimiento son sinónimos de seriedad. Muy por el contrario, el libro fluye cómodamente ante el lector no iniciado en los vericuetos técnicos de las ciencias sociales

(salvo quizás el primer capítulo –más dedicado a cuestiones metodológicas–, que, recomiendo a mis colegas lectores, lean después de haberse internado en este mundo comparado, de vecinos distantes –o no tanto– que Lovisolo nos presenta aquí). Por momentos con ritmo de novela y tensión de crónica, como es el capítulo dedicado a la visita de Einstein, o con tono de susurro en un café porteño cuando glosa el libro de Ramón y Cajal (Reglas y consejos sobre la investigación científica: los teóricos de la voluntad), que preparan para el núcleo duro del libro; a saber, el capítulo sobre “Comunidades científicas y universidades en Argentina y Brasil”. Dicho sea de paso, este ensayo había sido ya publicado en la revista Redes1 , donde lo leí por primera vez.

Ya en aquella ocasión me llamó la atención el lúcido análisis de cierta pregunta y sentimiento que ronda –o por lo menos debería rondar– el imaginario de los científicos argentinos cuando vamos a Brasil, ya sea a dar un curso, o a participar de una reunión. O cuando aquí nos encontramos con nuestros colegas argentinos que debieron emigrar, se instalaron en las universidades e institutos de investigación brasileños y nos cuentan sus formas de trabajo, de financiamiento, la calidad de sus universidades, o su integración al mundo académico internacional. Es un sentimiento muy claro de envidia, que enseguida da paso a la autocompasión y a diversos recursos retóricos –muy argentinos por cierto–, que pretenden interpretar y mitigar aquella envidia de una manera poco dolorosa.

Al fin y al cabo, la comunidad científica argentina vive en estado de apocalipsis perpetuo, de protesta justa, y de lamento permanente (algunas veces lloroso). En los diálogos con científicos argentinos que publico mensualmente en el diario Página/12, suelo ofrecer de manera sistemática, casi de oficio, un espacio para la queja, que normalmente es siempre la misma: abandono y falta de interés por parte del poder político, falta de financiamiento para la ciencia; la comunidad científica argentina se percibe como víctima de un entorno que no comprende sus posibilidades y su potencial como motor del desarrollo social (hace treinta años se hubiera dicho “de la liberación nacional”)2 .

Es decir, hay una autopercepción básicamente externalista, que es la que explícitamente deja de lado Lovisolo en su análisis comparativo. Y no porque minimice las presiones de los sujetos o actores sociales y su rol protagónico como determinante de la constitución o no de las comunidades científicas y universidades “modernas” o actuales, sino porque es otro el foco de su interés. Se trata de las prácticas discursivas –y agregaría, teóricas y políticas– que pusieron en juego científicos e ideólogos universitarios en la Argentina y Brasil, y de la manera en que estas prácticas y estrategias explican o dejan de explicar lo que las respectivas comunidades llegaron a ser o a no ser. Empezando por la valoración diferencial que ambos países hicieron del impacto del positivismo –o mejor dicho de los positivismos–, ejemplificada por las distintas formas en que se recibió la visita de Einstein, y rastreada, más atrás aún (y en otro contexto, como el español finisecular) en el libro ya mencionado –y al parecer, bastante clarividente– de Ramón y Cajal.

Brevemente, la tesis que recorre el libro es que, mientras los científicos y universitarios brasileños eligieron el camino academicista y de renuncia, la comunidad científicouniversitaria argentina optó por el alternativocientificista. Entendiendo la palabra cientificismo como indicadora de una postura que considera a la ciencia y a la educación masiva como un programa global, un factor de cambio y desarrollo político y social.

Es importante –y crucial para la lectura de Vecinos Distantes– señalar que la definición de “cientificismo” que utiliza Lovisolo no es la corriente en el ámbito de los estudios sociales de la ciencia en la Argentina, donde los términos “cientificismo y positivismo” se emplean con fuerte contenido peyorativo y –especialmente el primero– con un significado casi inverso al que –a mi modo de ver, correctamente– le asigna Lovisolo. Se “acusa” de “cientificistas” precisamente a quienes adoptan una estrategia de tipo académico3 . Es posible que esta valoración negativa de la palabra se remonte al libro de Oscar Varsavsky Ciencia, Política y Cientificismo,en el que, desde una visión del mundo que quería en ese momento poner la ciencia al servicio de la Revolución (es decir, un programa puramente cientificista según la definición de Lovisolo), se caracterizaba como cientificista a quienes se refugiaban en la estrategia académica y de renuncia.

Naturalmente, Lovisolo no cae en el simplismo (que es el retintín externalista de los científicos argentinos) de adjudicar a aquella dicotomía –aún preponderante– los diferentes resultados obtenidos por la comunidad científicouniversitaria en Argentina y Brasil, sino que va un paso más allá y sitúa el núcleo del problema en las distintas formas en que Argentina y Brasil –por las razones que sean– lograron manejar las articulaciones entre esas estrategias en el interior mismo de la comunidad científicouniversitaria:acuerdista en el caso de Brasil

(en el sentido que el choque de estrategias pudo articularse), intolerante y excluyente en la Argentina como resultado de la preponderancia inicial del programa cientificista, encarnada en el peso histórico de la Reforma Universitaria. Y que a partir de ella se arrastró durante todo el siglo transformando la supuesta lucha por constituir una comunidad científica con los movimientos por la reforma democrática y social, más tarde la “liberación nacional” o la “revolución”, y la “equidad y solidaridad”, como se dice hoy.

Aunque a grandes rasgos comparto la tesis de Lovisolo, no estoy completamente de acuerdo con cierta valoración política negativa, que a pesar del distanciamiento del autor, se desprende involuntariamente de estas páginas. No creo que la Reforma Universitaria, nutrida por el programa iluminista y positivista, aun con todas sus deformaciones, pueda compararse, asimilarse, o lo que sea, al populismo fascistoide que apoyó masivamente la guerra de la dictadura argentina contra Inglaterra por la cuestión de las Islas Malvinas/Falkland, y considero que no pone en su correcta dimensión asesina el golpe del ‘76. En ese caso, la ruptura y la emigración no era

–pienso– una cuestión de estrategia discursiva menos o más tolerante sino un simple problema de supervivencia (como fue en su momento la emigración de científicos que huyeron del nazismo). Me parece que Lovisolo subestima un poco la estupidez y la capacidad criminal de los militares argentinos de entonces y de los sectores socioeconómicos que los apoyaron por acción u omisión. Es posible que sea verdad que un gobierno como el de Onganía “valorara” a la ciencia debido a los intereses militares, pero, verdaderamente, ignoro si en Brasil se quemaron libros, se condenó a los vectores y tensores como agentes subversivos, y se prohibió el Algebra Moderna.

También me gustaría apuntar algo sobre el problema de la universidad de masas, consolidada en Argentina como consecuencia de la demanda social y la mentada estrategia intervencionistacientificista, y que está, o por lo menos debería estar, en el núcleo de la reflexión sobre el tema en la Argentina, especialmente en el caso de la Universidad de Buenos Aires, una sola de cuyas Facultades tiene más alumnos que toda la Universidad de San Pablo o de Río. Y que malamente se cree solucionar ya sea con un rosario de dudosas universidades periféricas, ya sea con un sistema de posgrado que tiende –a mi parecer– a crear una rápida “macdonalización” de los estudios universitarios y a reproducir las falencias que, se supone, tendría que remediar. A saber: compraventa de títulos y producción en serie de profesionales. Y que tampoco suple el flojo sistema privado que, aunque con excepciones, sigue estando muy por detrás de la universidad pública.

En la Argentina, creo, se está produciendo una fatal combinación de lo peor de la ideología de la universidad de masas (el populismo estudiantil), con las ideologías neoliberales de mercado, que combinan supuestos indicadores de “eficiencia” y “excelencia” –conceptos por cierto dudosos de por sí, y más en un terreno científico, educativo y cultural–, con curvas de oferta y demanda, estimaciones de retorno de la “inversión” y cálculos de alumnos por metro cuadrado. Aunque esta combinación es ciertamente un freno para la construcción social de una comunidad científica y una Universidad articuladas a la brasileña, no comparto la tajante postura de Lovisolo sobre la imposibilidad de la constitución de núcleos dinámicos y articulados dentro de una Universidad masiva que, creo yo, debe cumplir en estas circunstancias no ya sólo la función de ser un formidable medio de ascenso social, sino de cubrir, tratar de cubrir, o mitigar, la creciente brecha en la exclusión que está transformando a la sociedad argentina; el pensamiento sociouniversitario –por lo menos hasta donde yo lo percibo– se inclina “externalistamente”, como señalaría Lovisolo, por una u otra solución. Personalmente considero que una cierta dosis de imaginación permitiría, mediante un sistema de “núcleos dinámicos” –evito expresamente utilizar la palabra “excelencia”–, lograr una síntesis aceptable. De paso, y como se desprende del mismo análisis de Vecinos Distantes, Brasil es un buen ejemplo de que la construcción de una comunidad científica y universitaria “moderna” no produce ni desarrollo, ni equidad, ni extiende la participación democrática. Justamente, es una de las ventajas del análisis comparativo elegido por Lovisolo: Argentina-Brasil, sin referencia a Estados Unidos o Europa, que son las imágenes casi exclusivas en las que sueñan con reflejarse quienes reclaman, con justicia, un mejor tratamiento para la ciencia y la técnica.

Releo este prólogo y siento que se alarga demasiado y que debo ponerle fin. Las reflexiones que, creo, disparará Vecinos Distantes en todos los lectores, hablan de la riqueza del libro y su alta densidad de ideas, unidas al placer que me produjo su lectura. Es la mirada de un científico que fue expulsado –como tantos otros– del sistema intervencionista cientificista argentino y se integró lúcidamente al sistema academicista y de renuncia brasileño, sin dejar de ver a la Argentina y que siente cariño y pertenencia por las dos culturas. No es un dato menor que en un libro de rigor académico se filtren las calles de Buenos Aires, los cafés y las librerías de viejo. Vecinos Distantes se estructura con rigor a la brasileña y conversa con el lector a la argentina. Es un diálogo absorbente al cual –en especial los integrantes de la comunidad científicouniversitaria– deberíamos prestar mucha atención. Nos dice, sobre nosotros mismos, y desde nosotros mismos, cosas que muchas veces no nos atrevemos a decir.

Leonardo Moledo

Buenos Aires, Café Rose’s, 21 de octubre de 2000

Introducción

Los cinco capítulos de este libro constituyen una unidad, aunque a primera vista parezca una compilación de artículos escritos en diferentes oportunidades4 . La unidad deriva tanto de la intención como del producto. El propósito original fue el de pensar el desarrollo de las comunidades científicas de Argentina y Brasil entre 1900 y 1970, aproximadamente, de modo comparativo, teniendo como referencia la paradoja entre las condiciones económicas, culturales y educativas, y los resultados en el campo del desarrollo de sus comunidades científicas. La paradoja tiene, en principio, una función heurística, orientadora de la investigación. Contra la opinión dominante que establece una relación funcional entre el desarrollo de las comunidades científicas y las condiciones de desarrollo económico, educacional y cultural, en este trabajo se persigue la hipótesis, y su demostración, de que el Brasil, pese a estar en peor situación que la Argentina desde el punto de vista de esas condiciones, avanzó más en la consolidación de una comunidad científica, sobre todo por la creación de un sistema sólido de posgrado e investigación.

El producto podrá descubrirlo el lector con sus propios ojos, mente y corazón, con sus sentidos, su razón y sus pasiones. Digo pasiones pues, creo, los sentimientos entre vecinos son muy fuertes y también lo son los de los intelectuales y científicos respecto de las universidades y las comunidades científicas. Los europeos llevan bastante ventaja sobre nosotros, cuentan con siglos de reflexión sobre sus vecinos, y por lo tanto de distanciamiento y también de humorización de sus pasiones. Descubrieron hace varios siglos que costumbres y valores parecerían ser diferentes de uno y otro lado de los Pirineos. El propio Kant, en el contexto de sus reflexiones sobre lo sublime y lo bello, se dedicó a caracterizar a alemanes, franceses, ingleses y españoles, con elocuentes pinceladas de humor. Carecemos de un trabajo colectivo semejante, más aun cuando la integración económica despunta con fuerza en el presente, creando condiciones cada vez más prácticas de interacción e integración. Bajo estas nuevas condiciones, conocernos de modo comparativo parece una tarea significativa, sobre todo si permite amenizar los prejuicios y los malentendidos que no raramente se derivan de ellos.

Estoy personalmente convencido de que la comparación sistemática o controlada entre procesos socioculturales de países de América Latina puede ser altamente productiva, en términos de conocimiento y también de comprensión de nuestras realidades. Tengo la impresión, y por lo tanto lanzo la apuesta, de que la veta comparativa con los Estados Unidos y con los países centrales de Europa perdió gran parte de su potencialidad heurística, tal vez por haber sido bastante explorada. Ese tipo de esfuerzo intelectual es de comparación con los distantes, con los no vecinos. En contrapartida, entiendo nuestro trabajo como una comparación con lo próximo, aunque a veces los vecinos nos parezcan bastante extraños e incluso, por momentos, extravagantes. Debemos reconocer, sin embargo, que Brasil es un país de América Latina que observa poco y de modo sistemático a sus vecinos. La prensa brasileña dedicó, y dedica, poco espacio y poco tiempo a los vecinos, aun cuando existen características significativas semejantes. Tomemos como ejemplo a Colombia, con la cual Brasil tiene semejanzas en la producción económica, en la formación étnica, involucrando las tres razas, en una construcción de la identidad cultural en la cual las actividades expresivas como la música y la danza popular tienen gran incidencia, y por último en el campo de la violencia. Pocos brasileños saben que Escalona, el gran compositor e intérprete de la música popular colombiana, se apasionó por una brasileña a la cual dedicó canciones, y que en una conocida telenovela colombiana sobre su vida ese amor fue el tema central. A pesar de ese suelo común, la mirada comparativa todavía no trabajó proximidades y diferencias. En otros países de América es mucho más fácil acompañar en la prensa local la cotidianeidad política y económica del Brasil. Tal vez esa diferencia sea producto de diferentes intensidades en una misma actitud básica. Desde el siglo XIX

los países hispánicos de América Latina compartieron con mucha intensidad dos sentimientos: por un lado se interrogaron en comunidad sobre “qué somos”, haciendo surgir la idea de una unidad posible, o sea, una idea de América Latina5 . Por el otro, cuando pretendieron dejar de ser aquello que supusieron que eran, partieron de la identidad, o sea de sí mismos, sin colocar a los otros países latinoamericanos como momento negativo. En Brasil, esos sentimientos latinoamericanistas parecen menos intensos y, en contrapartida, un vector de la construcción de la identidad, sobre todo en el campo del pensamiento político, fue la noidentidad con los otros países latinoamericanos, esto es, su especificidad o diferencia. Más aun, en el siglo pasado la fragmentación del mundo hispanoamericano era el mal a ser evitado. Los vecinos, con sus luchas internas, sus caudillismos y su fraccionamiento político, eran el lado negativo de la historia. Tal vez haya sido Varnhagen, pionero de la historiografía brasileña, quien definió la unidad del Brasil, y la gran virtud del Imperio, como una tarea a ser permanentemente realizada por las generaciones posteriores. Tengo la impresión de que si hay algún complejo de superioridad en el descuido de Brasil hacia sus vecinos, su raíz debe ser buscada en la unidad y en su valoración, de la cual el tamaño “continental” es un mero resultado.

Desde la Conquista, los vecinos cercanos heredaron tradiciones religiosas, políticas, culturales y posiciones económicas estructurales mucho más semejantes entre sí que las encontradas en la comparación con los vecinos distantes: Estados Unidos, Inglaterra y Francia, entre los privilegiados por nuestras reflexiones comparativas. Frente al telón de fondo de las semejanzas, emerge entonces con naturalidad la pregunta general: por qué y cómo fueron generadas las diferencias. Pretendemos dar pequeñas respuestas a esa gran pregunta en el campo restringido y parcial del desarrollo de las comunidades científicas, en sus vínculos con la educación y con los procesos de democratización en el sentido de igualación o de equidad.

El primer capítulo intenta pensar las incidencias y las diferencias entre los positivismos en Argentina y en Brasil. La idea básica es que ya en la adopción de visiones del mundo, de concepciones científicas y en la implantación de políticas, hay diferencias significativas. El lector no demasiado interesado en los antecedentes puede, si así lo quiere, pasar por encima de él. El segundo capítulo, complementario del primero, dirige su atención a la visita de Albert Einstein en

1925. A partir de tan sugerente visita, se retratan los contextos políticos y los estados de espíritu de los académicos, también para marcar las diferencias. El tercer capítulo intenta mostrar los argumentos de la estrategia academicista o de renuncia, entendida como un modo en que los científicos obtienen legitimidad y reconocimiento de su papel social en el mundo. En el capítulo cuatro, esa estrategia será contrapuesta a otra: la cientificista o intervencionista. Se argumenta que en Argentina dominó una estrategia cientificista o intervencionista, y en Brasil una estrategia academicista o de renuncia. Esos modos de decir y hacer se vincularon a tradiciones culturales y patrones de acción política, resultando, en el caso de Brasil, en un importante desarrollo de la comunidad científica (profesionalización y organización) y baja democratización de la enseñanza en general y de la universitaria en particular. Del lado Argentino, emergió una fuerte democratización del sistema de enseñanza acompañada de una baja legitimación de la comunidad científica. En el último capítulo intento vislumbrar las configuraciones posibles en el futuro a partir de una rápida síntesis del análisis sobre el pasado.

Los trabajos de investigación fueron realizados en el Centro de Pesquisa e Documentação, Fundação Getúlio Vargas

(CPDOC-FGV) y con apoyo financiero de la Financiadora de Estudos e Projetos (FINEP). Agradezco a todos los miembros de esa institución, mencionando especialmente a Alzira Abreu y Lúcia Lippi. Estoy personalmente convencido de que en las instituciones de enseñanza superior y de investigación en Brasil las mujeres están desempeñando un papel altamente significativo. Agradezco por lo tanto a las colegas del CPDOC. Diría que se caracterizan por la competencia, disposición y la vitalidad con que mantienen las casas de estudios e investigaciones activas, aireadas y confortables. Sea hecho el homenaje. Un agradecimiento especial para Dora Shwartzein, de la Argentina, que generosamente abrió sus archivos de entrevistas con científicos y profesores universitarios argentinos, y para Hugo Biagini, que cálida e inteligentemente apuntó senderos en el bosque enmarañado de la bibliografía argentina. Enrique Larreta, quien sugirió el nombre de “Vecinos Distantes”, merece mención especial. Enio Candotti es en parte responsable por la publicación, pues, luego de la lectura de algunos capítulos, declaró abiertamente que estaba entendiendo lo que ocurría en sus relaciones y diálogos con los científicos argentinos, sobre todo en el período en que fue el motor del lanzamiento de la revista Ciencia Hoy en la Argentina. Mejor estímulo que ese es difícil de ser imaginado. Otávio Velho significa para mí, y dentro del campo de las ciencias sociales, el amigo preocupado por la formación y crecimiento de las comunidades científicas en Brasil y un maestro en el ejercicio de la heterodoxia. A todos, mis reconocimientos.

I Positivismo: Influencias e Interpretaciones

Introducción

Existe un reconocimiento generalizado de la influencia que las ideas cientificistas ejercieron sobre el pensamiento latinoamericano, sobre todo en los cincuenta años comprendidos entre 1870 y 1920. Este reconocimiento, sin embargo, es bastante irregular, pues hay diferencias profundas en la caracterización del tipo de cientificismo o de positivismo, y en la valoración de su protagonismo en la configuración de los nuevos estados nacionales y de las políticas públicas en América Latina. Hay, también, cierto consenso en la ponderación de las influencias positivistas sobre las mentalidades y, en especial, sobre la cultura política. En el fondo se discuten, de modo general y con un énfasis particular en el caso brasileño, los beneficios o costos de los positivismos para las dinámicas de constitución de los Estados nacionales, y su vinculación con los autoritarismos. El haz de cuestiones involucradas es significativo y variado.

Los analistas del positivismo latinoamericano encaminan generalmente sus reflexiones a partir de la definición propuesta por Lalande. Según éste, el positivismo se caracteriza por la creencia de que: a) solamente es fecundo el conocimiento de los hechos; b) la certeza es dada por las ciencias experimentales y c) el contacto con la experiencia y la renuncia a todo a priori es la forma de evitar el error y la verborragia. El positivismo también presupone al cientificismo, esto es, la idea de que el espíritu y los métodos científicos deben extenderse a todos los dominios de la vida intelectual, política y moral, sin excepción6 .

Hay, sin embargo, otro sentido a través del cual podemos entender el positivismo: como creencia en la capacidad de la ciencia de “cerrar” el campo del conocimiento, sea que ese cerramiento ya haya sucedido, sea que venga a realizarse en el futuro. En esta dimensión, el positivismo se contrapone a una visión “abierta” o “inagotable” del conocimiento y de la actividad científica. Debemos aclarar, dado que es relevante para el despliegue de la argumentación general del trabajo, que en las últimas décadas pasó a ser llamado “cientificista” el investigador preocupado tan sólo por la producción de conocimiento y seguidor de los valores y las reglas de la vida científica o académica. Tal dislocamiento de sentido parece ocultar la actitud cientificista de una parte significativa de la intelectualidad latinoamericana, la cual a partir de la autovalorización del conocimiento científico de la realidad, legitima su voluntad de interferir o intervenir de forma privilegiada en la sociedad7 . Utilizaré en este texto el término cientificismo en su sentido clásico, reservando el término “academicismo” para designar las actitudes del investigador apenas comprometido con el conocimiento, los valores y las reglas de juego de la comunidad científica. Así, academicista será quien separa política de ciencia, pese a que esta separación pueda ser considerada, por el contrario, como una estrategia política8 .

Observemos, para ejemplificar la distancia todavía existente entre las valoraciones sobre los positivismos, que, en el caso de la Argentina, los positivistas son generalmente situados por sus analistas y críticos en la corriente emancipatoria del iluminismo, vinculados, desde el punto de vista ideológico, a la defensa del liberalismo y a la implementación de una convincente política educacional. Por el contrario, en Brasil domina la percepción de que el positivismo está vinculado con el organicismo y el autoritarismo, teniendo poca o ninguna influencia “positiva” sobre la educación, pese a que los objetivos de poblar y educar fuesen compartidos por los positivistas de ambos países9 . En Brasil la dominación del comtismo fue vinculada al reconocimiento de una cultura ibérica –antiindividualista, colectivista y integradora– que mejor correspondería a la dirección en que, se entendía, evolucionaba la humanidad10 .

Cuando nos situamos comparativamente en la perspectiva política de los países de América Latina, los cientificismos o positivismos aparecen caracterizados por una doble variabilidad: de un lado, las diferencias nacionales en la apropiación y recreación de las ideas sociales y de las orientaciones políticas de cuño positivista; de otro, la variedad de las interpretaciones y valoraciones, a veces francamente divergentes, de sus realizaciones en cada país. Podríamos designar las primeras diferencias como variabilidad del “objeto”, y las segundas, del “intérprete”. Consecuentemente, la variabilidad, en ambos niveles, se torna objeto espontáneo de reflexión. La variabilidad de los positivismos argentinos y brasileños será el objeto de estas notas, que, recalcamos, apenas pretenden enunciar posibles líneas de abordaje.

El objeto variabilidad es sin embargo confuso e inclusive mañoso. El análisis de su enunciación lleva a suponer la presencia natural de dos series de diferencias: la de los modos de existencia de los positivismos y la de los modos de su interpretación. Se supone, por consiguiente, la independencia entre las existencias de los positivismos (el plano del objeto) y de sus interpretaciones (el plano de la actividad del sujeto). Sabemos que esta independencia es falsa en dos sentidos. En primer lugar, porque cada generación, como es ampliamente reconocido, se afirma reinterpretando el pasado, la historia; en segundo lugar, porque esa reinterpretación puede también estar presa de la historia, esto es, de las propias tradiciones nacionales. Digamos, por lo tanto, que la interpretación de los positivismos no puede permanecer ajena a los efectos de los positivismos en el campo del pensamiento que los toma por objetos.

Ésta es nuestra hipótesis de lectura: la variabilidad de la interpretación de los positivismos es deudora y está marcada por la propia interpretación que los positivismos hicieron de las realidades nacionales y, especialmente, por sus reconstrucciones históricas. Así, teniendo en cuenta la manera por la cual los positivistas diagnosticaron el presente y presentaron sus propuestas de futuro, es estratégico el modo en que se situaron en relación con cada historia nacional, y en especial, en relación con los enfrentamientos en torno a su construcción.

En el desarrollo de nuestro marco de lectura daremos importancia a la descripción de las variabilidades filosóficas y políticas de los positivismos argentinos y brasileños. En el plano interpretativo nos apoyaremos, por un lado, en las versiones positivistas de las historias nacionales, y por el otro, en las oposiciones –autonomía o autoctonía vs. heteronomía, temporalidad vs. espacialidad y continuidad vs. ruptura– que permean los discursos de los analistas e historiadores de los positivismos. El significado de estas oposiciones y su papel estratégico se esclarecerán a lo largo del texto.

Cartografiando la Variabilidad

La diferencia filosófica

La definición clásica del positivismo incluye escuelas de pensamiento diferenciadas como el comtismo, el agnosticismo spenceriano, el darwinismo, el materialismo y el cientificismo, entre otras. Desde el punto de vista de esta clasificación, encontramos diferencias significativas en el desarrollo de los positivismos en Argentina y en Brasil. Ha sido señalado muchas veces el hecho de que el positivismo comteano y la corriente del Catecismo de la Humanidad ejercieron una reducida o casi nula influencia filosófica en la Argentina, desconociéndose allí intentos serios de formar una Iglesia Positivista. Al comenzar el siglo, el positivista comteano Pedro Scalabrini, fundador de la Escuela Normal de Paraná, se preguntaba sobre las razones de la escasa penetración de la doctrina en el país. Alfredo Ferreira, discípulo y continuador de su trabajo educacional, atribuía tal fenómeno a la propia ortodoxia comtista internacional. Leopoldo Zea (1963), cuando toma a Ferreira como ejemplo del comtismo en la Argentina, presenta una imagen tan distante del comtismo ortodoxo que casi imposibilita su reconocimiento como tal11 .

Los historiadores de las ideas y de la cultura argentinas enfatizan recurrentemente la presencia del darwinismo, del monismo evolucionista fundamentado en las concepciones de Darwin, Lamarck, Spencer y Ardigo12 . Más aun, cuestionan que una mentalidad positiva en el tratamiento de la realidad social haya surgido como resultado de la influencia comteana. Como veremos luego, los intérpretes atribuyen a los positivismos nacionales un carácter autóctono, endógeno, desde los análisis pioneros de Alejandro Korn13 .

Diferente, casi opuesto, es el caso de Brasil. Generalmente se insiste en la poderosa influencia del positivismo comteano, que se iniciaría con la penetración de las obras científicas de Comte en las escuelas politécnicas y militares. Influencia ampliada por la presencia de Benjamin Constant,

que si no llegó a figurar en la historia de la ciencia en Brasil, aseguró su lugar en la política por su participación en la instauración de la República. Se destaca el trabajo de difusión de la doctrina positivista realizado principalmente por Miguel Lemos y Teixeira Mendes, a partir de sus conversiones al comtismo bajo la conducción de Lafitte, luego de haber rechazado la seca erudición de Littré14 . Pese a que el Apostolado Positivista haya contado con pocos adeptos, se considera significativa su influencia durante los años iniciales de la Primera República. Benjamin Constant perteneció a sus filas hasta ser expulsado por sus diferencias con Teixeira Mendes, dueño este último de un carácter riguroso o fanático (se cuenta que ordenó quemar los libros de Lafitte ante su aceptación de cargos en el Estado Francés).

La dominación del comtismo parece haber sido profunda. Un testimonio indirecto es proporcionado por Anatole France. En 1908, en una conferencia pronunciada en la Academia Brasileña de Letras en Río de Janeiro, Anatole construyó su discurso para un público definido como positivista comteano: por eso atacó las contradicciones y prácticas de Lafitte, mostrando su oportunismo político y sus vinculaciones con la reacción conservadora, autoritaria y católica en Francia15 . Anatole France no tenía dudas de que en Brasil, o al menos en su capital política, dominaba el positivismo comteano. Testimonios de la época y revisiones históricas posteriores apuntan en el mismo sentido.

Podemos ver en la propia historia de la ciencia en Brasil la incidencia del positivismo comteano. Se afirma que, en el plano de la orientación de la producción científica, su fuerza habría sido un estorbo al desarrollo de la ciencia por su pretensión de haberla concluido. Los historiadores destacan el papel de apertura realizado por las críticas de Otto de Alencar y Amoroso Costa en el seno de la Academia de Ciencias y, recién en 1925, la importancia de la visita de Einstein al Brasil, para remover los obstáculos del comtismo, pese a que las reacciones frente a la novedosa teoría de la relatividad continuasen siendo fuertes entre los comteanos16 . De modo general, la remoción de la influencia de Comte se presenta como condición para el desarrollo de la idea de ciencia abierta, nunca concluida en Brasil.

La abundancia de indicadores del peso de la filosofía y doctrina comteanas no implica la ausencia de otras corrientes positivistas, ni del enfrentamiento con sus críticos. La escuela de Recife, en oposición a Río de Janeiro, se destacará por su difusión de las ideas spencerianas, sobre todo en el vigoroso trabajo de Sylvio Romero, que atacará duramente a los comtistas17 . San Pablo, otro centro regional importante, será considerado como un campo en el cual domina un positivismo comteano “no ortodoxo”. Tal definición fue producida sobre todo por comtistas asumidos que, en el plano político, defendían valores e instituciones no autoritarias. Figuras como las de Pereira Barreto y Alfredo Sales serían exponentes de un comtismo políticamente democrático o liberal18 . Con todo, según declaraciones de la época e interpretaciones posteriores, como veremos luego, el evolucionismo darwiniano y el haeckeliano no prosperarían suficientemente, manteniéndose la importancia del comtismo, tanto democrático como autoritario, por estar mejor adecuado a las condiciones intelectuales y organizacionales de la sociedad brasileña19 . Esta línea interpretativa, como veremos, fue retomada, entre otros, por Holanda (1956).

La preeminencia filosófica del comtismo solamente parece adquirir sentido al ser relacionada con su presencia política. Según Paim, desde el punto de vista filosófico el comtismo estaría en decadencia a mediados de la década de 1880, y su ascenso se debería, sobre todo, a su acción política y a su actuación en el campo de la prédica moral realizada en los periódicos y en la publicación de los opúsculos del Apostolado Positivista. Esto, consecuentemente, nos lleva en dirección a la variabilidad política.

Positivismo político: liberalismo y autoritarismo

Escogeremos dos conjuntos de cuestiones en la presentación de las diferencias políticas de los positivismos argentino y brasileño. Corresponden al primer conjunto las valoraciones sintéticas del papel de los positivismos: ¿habrían actuado en favor de la emancipación y de la modernidad, o habrían formado parte de la reacción contra ellas? ¿Se sitúan como continuidad de la tradición del iluminismo, o, por el contrario, se alían con su reacción? Aunque preguntas de esta naturaleza sean simplificadoras, nos parece que ese abordaje puede ser utilizado de forma heurística mientras seamos conscientes de sus límites y si consideramos que son, finalmente, cuestiones planteadas por los actores políticos.

El segundo conjunto de cuestiones se sitúa en el campo de los recurrentes dilemas políticos latinoamericanos: autoritarismo vs. democracia, derechos económicos vs. políticos, eficiencia y saber vs. participación y representación. Son dilemas que conforman ejes recurrentes de la discusión ideológica en América Latina. Como importante telón de fondo se coloca la actuación de los positivistas en la orientación y realización de las políticas públicas.

El haz de cuestiones involucradas nos impone ser sintéticos y, lo que es más grave, a veces inconclusivos, dado el carácter de las propias preguntas y las limitaciones de la investigación. Con todo, nos parece que la aproximación de algunas indicaciones será suficiente para cartografiar las principales diferencias.

Los positivistas argentinos se identifican y son identificados con la emancipación y con los valores del iluminismo. Se sitúan como seguidores de los fundadores de la emancipación argentina, de la Revolución de Mayo de 1810, entendida en un mismo movimiento como independencia de España y ruptura con sus tradiciones políticas. Mayo significará, al mismo tiempo, separación política, aspiración democrática de igualdad y libertad y rechazo de los valores de la contrareforma ibérica. De modo general, los positivistas se asumen como herederos de la tradición de Mayo, a la que interpretan como deudora de las revoluciones francesa y norteamericana. La guerra civil posterior a Mayo, el despotismo y la anarquía son interpretados como producto de la reacción frente a la emancipación y como continuidad de la contrareforma española. El mismo Ingenieros llevará esa interpretación de la lucha entre el bien –la emancipación y la razón– y el mal –los valores de la contrareforma– a una exposición maniquea y casi caricaturesca. Los valores de libertad e igualdad, la defensa del derecho de pensar por sí mismo en oposición al prejuicio, a la autoridad y a la tradición, son así constitutivos, para los propios positivistas, sus intérpretes y críticos posteriores, de la tradición positivista argentina20 .

Los críticos argentinos del cientificismo, del materialismo y del positivismo, esto es, los que pueden ser incluidos en la reacción espiritualista, como Korn, no niegan que los valores de la emancipación orientaron a los positivistas argentinos. Sus críticas apuntan sobre todo a la “irrealidad” de las posiciones que éstos asumen –el conocido tema, tanto en el Brasil como en la Argentina, de la democracia ideal o formal, siempre importada o inauténtica, frente a su inexistencia real– y a cuestionar el aniquilamiento voluntario de lo propio

–por la imposición de códigos culturales transplantados–21 . En verdad, la crítica de Korn puede ser leída como reconocimiento de la eficacia de los positivistas argentinos en la construcción del Estado y en el plano de sus políticas públicas, en especial la educacional, que tuvo como una de sus orientaciones dominantes la de formar la nacionalidad argentina. Ortega (1981), en una de sus primeras visitas a la Argentina, en 1916, observó agudamente que el Estado argentino era desproporcionado en relación a la sociedad. Un “artefacto”, legítimo y poderoso, que no se correspondía con la organización de la sociedad.

Análisis posteriores, como los de Soler (1968), reafirman el carácter emancipador del positivismo argentino, pese a que éste también sea calificado por algunos autores como “burgués” o al servicio de las clases dominantes22 . Hay, así, una gran confluencia –en la vinculación del positivismo argentino al movimiento de emancipación– que abarca a positivistas, críticos y analistas posteriores. Es como si una de las tradiciones de interpretación de la historia nacional –en la cual los positivistas se reconocen y para la cual colaboran– mantuviese su fuerza incluso en los análisis más cercanos a nosotros23 . En un análisis reciente, Schuster hace el siguiente comentario: “El cientificismo se presentará como una arma poderosa para enfrentar a las fuerzas sociales enemigas del laicismo, del liberalismo y de la descolonización de la nación argentina. Y es en este sentido que el positivismo argentino posee una significación sociopolítica ligada al pensamiento que sirvió de base al liberalismo democrático en vías de institucionalizarse” (1985:326).

Diferente es el caso en Brasil. Los desarrollos del positivismo comteano en la política y en la religión pueden ser entendidos como rechazo de los valores individualistas, e incluso del progreso material y temporal sin sus necesarias limitaciones espirituales. Con todo, este rechazo no es radical; significa antes una transacción o conciliación entre “razón” y “fe” o “sentimiento” (amor, piedad, etc.). La particular visión de los positivistas brasileños enfatiza la conciliación, noción que se tornó un potente operador en la interpretación de la historia brasileña. Esta concepción será reafirmada por Jackson de Figuereido, que destaca el mantenimiento de la espiritualidad y del amor en Comte, a pesar o por encima de su cientificismo24 .

Está ausente de nuestro trabajo la preocupación por la fidelidad interpretativa de los positivistas del Apostolado en relación al maestro Comte. Así, se entiende aquí por Comtismo la apropiación de la doctrina por los positivistas brasileños y, especialmente, por dos grandes figuras del Apostolado, Miguel Lemos y Teixeira Mendes. Sus posiciones filosóficas y políticas generales, tanto como las particulares, fueron difundidas por los periódicos de la época y por las ediciones de opúsculos y otros textos de la Iglesia y Apostolado Positivista del Brasil25 .

Es conocida la historia de la conversión de Miguel Lemos y Teixeira Mendes a la prédica del “segundo Comte”, el de la Religión de la Humanidad, a partir de la influencia de Lafitte26 . Para estos positivistas la elaboración de la Religión de la Humanidad habría sido posible por la conjunción del pensamiento científico de Comte con la espiritualidad de Clotilde de Vaux. Comte habría tornado científico el estudio de los fenómenos sociales o políticos introduciendo el método. Pero el “problema de la regeneración humana exigió todavía que la elaboración filosófica de Augusto Comte se combinase con la evolución moral de Clotilde de Vaux. De esa colaboración resultó en fin la Religión Universal, en virtud del predominio de la humanidad sobre la Patrias y las Familias, pero también sobre los Dioses que la misma Humanidad espontáneamente inventó...”27 .

Esta afirmación de la participación de la mujer en la formulación de la Religión de la Humanidad no posee un sentido igualitario construido de forma individualista. Lo contrario se aproxima más a la intención original. Se trata de la construcción del todo, de la unidad, a partir de diferencias. El hombre, Comte, manifiesta su superioridad científica o intelectual; la mujer, Clotilde, su fuerza moral y afectiva. El orden es la contribución de las diferencias. Esta construcción orgánica y su valor habían sido reconocidas en la crítica al cientificismo y al materialismo realizada por el escritor uruguayo Rodó en el Ariel de 1900. Diríamos, parafraseando a Octavio Paz, que la pareja formada por Augusto Comte y Clotilde de Vaux es para los positivistas “la metáfora del Universo”.

Metáfora que se construye con los contrarios, con los opuestos, en lugar de apoyarse en la semejanza o igualdad, en la “atomística” de los contractualistas.

En la percepción del orden como contribución de las diferencias, hay lugar también para la desigualdad entre las razas. Se hace posible atribuir a cada raza propiedades especiales, que pueden y deben ser armonizadas en un todo orgánico, a partir del conocimiento y de la intervención científica positivista. Es en esa cirugía científicamente realizada que las propiedades consideradas valiosas de cada raza pueden ser separadas para su reintegración en el todo orgánico. Hay una especie de teoría compensatoria, pues cada raza contribuye minimizando las propiedades negativas de las otras. Pasamos así de una contraposición o contrapeso de las pasiones, en el sentido elaborado por Hirschman

(1979), a la contraposición de las propiedades de las razas o de hombres y mujeres.

La distancia en relación a los valores individualistas del iluminismo y de los positivismos evolucionistas es notoria. Pese a que la emancipación a veces no desaparezca, cuando lo hace está situada en el contexto de una integración entre razón y sentimiento, entre individuo y grupo, que difiere del camino individualista y de selección natural que habría dominado en la Argentina. En ésta, la esperanza pasa por la supervivencia triunfante de los rasgos considerados positivos de las mejores razas que, como es sabido, residen en los blancos y, sobre todo, entre los no mediterráneos. El darwinismo o evolucionismo social argentino no pretende conciliar, contrapesar. Se trata de aportar las mejores características de la raza blanca, aumentando su participación por medio de la inmigración, y de ir mejorando el stock de rasgos existentes con una enérgica acción educacional.

Las diferencias en el plano de la emancipación inciden, sin duda, sobre nuestro segundo conjunto de cuestiones: la política y sus dilemas. En el caso de los positivistas argentinos es ampliamente notorio que fueron liberales en el plano político y que muchos de ellos se inclinaron por el socialismo, como el propio Ingenieros y Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista Argentino, que habría buscado integrar evolucionismo y marxismo28 . Situándose en la tradición de Mayo, aceptaron la democracia, la separación de los poderes, un poder legislativo que elabora las leyes, y el sufragio universal basado en el axioma de un voto por cabeza, pese a que el orden constitucional elaborado por Alberdi mantuviese la vigencia de un Colegio Electoral como contrapeso de la democratización29 . Durante mucho tiempo percibieron a la democracia como un sistema competitivo eficiente en el perfeccionamiento de las instituciones y de los hombres. El antiliberalismo no fue una marca dominante de los positivistas argentinos, aunque algunos mostrasen simpatías por el socialismo, como Ingenieros, quien saludó en un memorable discurso a la Revolución Soviética y destacó el valor de su elite en la conducción del pueblo30 .

Sin duda, liberales positivistas y socialistas compartían en el cambio de siglo en la Argentina valores e ideales semejantes a los descritos por Berlin (1981) para el panorama europeo de ese momento. Se destacaba, entre ellos, la confianza en la persuasión, fundada en la creencia en la razonabilidad de los hombres, cuyas vías fundamentales de ejercicio serían el espacio público y la educación. Se entendía por educación no solamente la educación básica –defendida igualmente por los positivistas brasileños– sino también la universitaria, a favor de la cual trabajaron los argentinos, en oposición a los comteanos brasileños, “democráticos” o “autoritarios”, que argüían contra su constitución. La posición antiuniversitaria en Brasil fue defendida por el comteano Pereira Barreto, considerado como democrático o noortodoxo. Según Barreto, la anarquía de las ideas vigentes en el país (esto es, la confusión de las etapas) impediría una acción universitaria coherente y homogénea. En el fondo, fue la idea liberal de universidad, en cuanto campo de diálogo, crítica y discusión, lo que fue rechazado tanto por los positivistas democráticos como autoritarios en Brasil.

En la Argentina, el movimiento de la Reforma Universitaria iniciado en Córdoba en 1918, que pretendía reformar una universidad vivida como escolástica y distante de las necesidades del pueblo, fue apoyado por los positivistas, que también contribuyeron para la constitución de nuevas universidades, siendo el caso más notorio el de la Universidad de La Plata, en la cual se destacó Joaquín V. González31 .

Es ampliamente reconocido por los positivistas argentinos el axioma de que el plano de las ideas no puede ni debe ser asimilado al de las prácticas. De hecho, hasta la ampliación del sufragio en 1912 por la llamada Ley Sáenz Peña, se mantiene firme en la Argentina un sistema político ampliamente excluyente32 . Los derechos económicos son más reales que los políticos en un país cuya proporción de inmigrantes extranjeros es desmesurada. Los positivistas se encargarían de nacionalizarlos por medio del sistema escolar, destacándose allí Ramos Mejía. Los contenidos y rituales creados en aquel tiempo todavía perduran en la escuela argentina. Estamos delante de una nacionalidad escolar, que, en este caso, es significativamente más importante que la sangre o la tierra33 .

No hay sin embargo, en la historiografía argentina, una tendencia que busque en la formulaciones y acciones de los positivistas las bases conceptuales de la ideología autoritaria ni los instrumentos de los autoritarismos posteriores. En verdad, los rasgos y la evolución del autoritarismo argentino son rastreados, preferentemente, en la “tiranía” rosista y en la posterior restauración nacionalista que se inspiraría en ideas y mentalidades espiritualistas, en un movimiento para retornar a lo que fuera rechazado en Mayo, especialmente la herencia hispánica. En contrapartida, en el Brasil, analistas importantes rastrean ambas dimensiones en las influencias ideológicas y políticoinstitucionales del positivismo comteano34 .

La elaboración ideológica del autoritarismo en las obras de Torres, Viana y Amaral, producidas esencialmente entre 1914 y 1940, para citar apenas algunos de los nombres más significativos, puede ser entendida como descendiente del linaje cientificista comteano denominado “autoritarismo instrumental”, como sugiere Wanderley Guilherme dos Santos

(1978). Los ejes de esta elaboración, que estarían ya presentes en las críticas de Torres y Viana al funcionamiento e ideología de la Primera República, se basaban en la pretensión de realizar un análisis científico que permitiese la crítica de las propuestas “liberales” como ilusorias35 .

Así, habría un país real que los constructores del autoritarismo declaran conocer científicamente, contrapuesto a un país ideal, inventado o copiado por los ideólogos “liberales”. El problema, entonces, es el de la inexistencia de adecuación entre el país real y el “idealismo en la constitución”. La sociografía científica del país real indicaría que las instituciones liberales no le son adecuadas. Esta falta de adecuación o correspondencia apenas podrá ser superada por la acción de un Estado autoritario, que puede ser un “instrumento” de mediación y construcción de las condiciones sociales, económicas y culturales adecuadas a las instituciones políticas liberales36 .

De acuerdo con esta argumentación, los “intelectuales” son los que pueden entender científicamente la “realidad”. De ese entendimiento deriva la legitimidad de sus intervenciones y la propia validez de los nuevos órdenes políticoinstitucionales que postulan como necesarios o adecuados. La presencia reiterada de la matriz cientificista es evidente. La contigüidad entre Comte y los autoritarios brasileños podría, por hipótesis, haber sido favorecida por la matriz ibérica, que habría incidido en la aceptación y divulgación del comtismo. En ese caso, existirían condiciones culturales favorables para la recepción de la doctrina positivista en el Brasil. Argumentación y contenidos semejantes habían sido desarrollados por Comte en la fundamentación de la conveniencia o adecuación de la Dictadura Republicana a los franceses y en el rechazo de las instituciones políticas inglesas: buenas para Inglaterra, no lo serían, sin embargo, para Francia37 .

Los autoritarios brasileños recrean los mismos argumentos. No se trata de discutir abstracta o idealmente (en el fondo éticamente) si la democracia es peor o mejor que la Dictadura Republicana. Se trata de adecuar las instituciones políticas a las condiciones de cada país. Así, el criterio es de adecuación o correspondencia y son los analistas científicos quienes pueden determinarla. La razón instrumental –adecuación o correspondencia– ocupa el lugar de los ideales valorativos o éticos. El Estado debe ser elaborado científicamente y dejar de lado las nebulosas teológicas o metafísicas que, por falta de adecuación, generan crisis permanentes y son anárquicas. De este marco general deriva, entre otras afirmaciones, el privilegio de la competencia sobre la participación y el papel intervencionista y regulador del Estado38 .

Encontramos entonces en el Brasil una elaboración bastante sólida de la doctrina autoritaria, de linaje comteano, realizada en nombre de la ciencia por intelectuales de prestigio nacional y a veces internacional. Intelectuales que actuaron notoriamente durante los gobiernos autoritarios de Vargas. Éste, a su vez, estaría formado por la experiencia castilhista de Río Grande del Sur, donde deben ser buscadas las realizaciones positivistas en el campo de las políticas públicas39 .

El movimiento comandado por Júlio de Castilhos instauró un régimen políticoinstitucional explícitamente inspirado en la doctrina de Comte sobre la Dictadura Republicana, una forma de gobierno y una Constitución cuya defensa fue realizada en importantes trabajos por Osorio y Monte Arraez40 .

Moralidad y competencia serían los valores orientadores y legitimadores de la Dictadura Republicana en Río Grande del Sur. El rechazo de la vida parlamentaria, limitada a la aprobación del presupuesto, y la reelección del ejecutivo son algunas de las características institucionales más salientes de ese régimen, vinculadas a la valorización de la organización y del orden por sobre la participación. En el autoritarismo instrumental la categoría de organización del Estado, de la Nación y del pueblo es central. Según analistas de peso, Vargas retomaría en sus gestiones presidenciales fórmulas e intenciones de su activa y juvenil experiencia castilhista41 . Habría así una continuidad de la doctrina y la práctica del autoritarismo, reforzada por nuevas elaboraciones intelectuales que, aun siendo cientificistas, abandonan las particularidades del pensamiento de Comte, aunque conserven como referencia significativa una cultura del autoritarismo basada en una visión cientificista, fundamento también de legitimación de la intervención o interferencia de los intelectuales42 . Sugerimos la hipótesis de que el espíritu, la mentalidad o la cultura de la doctrina comteana comienza a realizarse cuando sus agentes abandonan el hábito de fundamentarse en él de manera explícita. La cita cede su lugar al hábito de pensamiento.

Durante la Primera República, el positivismo, desde el punto de vista liberal, se habría constituido en freno al desarrollo de ideas, prácticas e instituciones liberales a nivel nacional. Portaría, entonces, un sentido negativo. Sus realizaciones positivas, en el campo de la organización institucional y de las políticas públicas, apenas comenzarían a hacerse efectivas a partir de los años 30. Antes de ese período, sólo en Río Grande del Sur tuvieron vigencia las políticas directamente inspiradas en la letra comteana.

Los positivistas y las políticas públicas

Los positivistas ortodoxos, especialmente los del Apostolado Positivista, presentan como principal realización política durante la Primera República el Servicio de Protección al Indio, en cuya fundación y orientación se destaca la participación del mariscal Cândido Rondon43 . A pesar de sus prédicas y polémicas en el campo del derecho, de la salud y de la educación, se considera que los positivistas no habrían conseguido una implementación significativa de sus ideas. En el plano de la política educativa el positivismo habría conseguido orientar el Estado para asumir responsabilidades en la educación básica. Pero su influencia no habría llegado más allá de la formulación de algunos programas educativos y obras que no modificaron las falencias de la política social del Brasil. Digamos que los positivistas no influyeron activamente en políticas que permitiesen cambiar los indicadores sociales de ese país.

No obstante, la prédica positivista sí habría contribuido en retardar la emergencia de la Universidad. Acompañando a Comte, tanto ortodoxos (autoritarios) como heterodoxos

(democráticos), insistieron sobre la no competencia del Estado en el campo universitario, especialmente a causa de la anarquía en la arena de las ideas que impedirían un espíritu y una acción universitaria coherentes y homogéneas. Los positivistas habrían contribuido de este modo al atraso en la creación de universidades en Brasil, cuya implementación apenas pasaría a ser pensada de modo “positivo” en los años 20, tras la reacción contra la concepción comteana de la ciencia y la formación del movimiento educacional liderado por la Asociación Brasileña de Educación (ABE). En el caso argentino, se acepta generalizadamente la influencia de los positivistas en el campo educacional, de la salud y del derecho44 . Los positivistas argentinos,

al contrario que los brasileños, habrían contribuido para modificar los indicadores sociales. Los críticos del positivismo argentino reconocen, en la propia crítica de los valores y los procedimientos, el poder de transformación de sus políticas.

El positivista ilustrado Pereira Barreto coincide, en términos de las grandes orientaciones políticas, con el pensamiento de los fundadores de la organización social y de la nación argentina: Alberdi y Sarmiento. Los grandes objetivos del Estado eran el poblamiento, efectivizado preferentemente por la inmigración europea y/o blanca, y la educación. Pese a que el positivismo argentino estuviese dominantemente imbuido del racismo biológico y de la creencia en la superioridad de la raza blanca –y admitiese ser la población nacional más europea de América Latina, lo que, vinculado al momento de violento progreso económico, condujo a un “argentocentrismo” e incluso a propuestas de imperialismo argentino45 –, esa corriente de pensamiento no subestimó a la educación como intervención capaz de mejorar a los individuos y formar una clase productora, colaborar para el progreso, crear la nacionalidad e integrar a ella las sucesivas levas de inmigrantes extranjeros. En un contexto de relativa homogeneidad racial, fruto de la violenta destrucción de la población indígena y del escaso peso de la negra, las diferencias por ventura existentes podrían ser compensadas por la educación, sin que se ignoren los efectos de los cruces raciales. Fue en la educación que los positivistas argentinos tuvieron su mayor éxito. De modo general, podría afirmarse que enfrentaron con bastante competencia la producción de indicadores sociales modernos.

No siendo el positivismo comteano dominante, los positivistas argentinos ignoraron su oposición a la intervención del Estado en el campo universitario. Al contrario, estimularon su creación y se promovieron socialmente ocupando cátedras. Joaquín V. González, que elaboró un código proteccionista del trabajo semejante en varios sentidos a las propuestas del Apostolado Positivista del Brasil, inspiró la Universidad de La Plata y, desarrollando los objetivos educacionales, creó la primera carrera de Ciencias de la Educación46 . Hay otros campos de políticas públicas, como la salud y la criminalidad, donde los positivistas argentinos actuaron destacadamente. Sin embargo, hay consenso en que su mayor incidencia fue en el campo educacional. Podrían ser expuestas otras diferencias políticas entre argentinos y brasileños, pero las enumeradas parecen ser suficientes en número y complicación para considerar estimulante el ejercicio de interpretación que proponemos.

De La Interpretación de los Positivismos

Las grandes oposiciones

Desde el punto de vista de la clasificación filosófica, el positivismo comteano tuvo una amplia repercusión en el Brasil. Se admite que los textos de Comte sobre las ciencias exactas fueron su camino de ingreso a las escuelas politécnicas y militares antes de 1870, implicando su influencia entre las clases medias y, especialmente, entre sus segmentos intelectuales. El Comte científico habría sido conocido, antes que el político y religioso, en el campo educacional, en la enseñanza científica y militar, donde se destaca Benjamin Constant.

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31 marca 2025
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9789875993600
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