Czytaj książkę: «Cuentos escogidos (con índice activo)»
Jacob Ludwig Karl Grimm
Cuentos escogidos
(con índice activo)
e-artnow, 2021
EAN 4064066374723
Índice
Las tres hilanderas
El hijo ingrato
Juan el fiel
El judío en las espinas
El príncipe rana
La reina de las abejas
Hermanito y hermanita
El pobre y el rico
Blancanieve y Rojarosa
Rapunzel
La carga ligera
La bella durmiente
Los músicos de Brema
La Cenicienta
El pescador y su mujer
Los dos compañeros de viaje
Dios te socorra
El señor Sabelo-todo
Juan en la prosperidad
El hombre de la piel de oso
Juanita y Juanito
El joven gigante
El oso y el reyezuelo
Los doce cazadores
El sastrecillo valeroso
El festín celestial
Los tres pelos de oro del diablo
Pulgarcito
El dinero llovido del cielo
Los tres herederos afortunados
Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo
La madre vieja
La ondina del estanque
Los tres ramos verdes
Los seis compañeros que lo consiguen todo
La liebre y el erizo
El huso, la lanzadera y la aguja
El abuelo y el nieto
La mesa, el asno y la vara maravillosa
Los tres hermanos
La sepultura
La manirrota
Los enanos mágicos
I
II
III
La hija de la Virgen María
Los huéspedes importunos
Por faltar un clavo
Blancanieves y los siete enanitos
Caperucita Roja
El Enano Saltarín
El gato y el ratón hacen vida en común
Hansel y Gretel
Juan el Listo
Los regalos de los gnomos
Los Viajes de Pulgarcito
Las tres hilanderas
Índice
Allá en aquellos tiempos había una joven muy perezosa que no quería hilar. Su madre se incomodaba mucho; pero no podía hacerla trabajar. Un día perdió la paciencia de manera que llegó a pegarla, y su hija se puso a llorar a gritos. En aquel momento pasaba por allí la Reina, y oyendo los sollozos, mandó detener su coche y entró en la casa preguntando a la madre por qué pegaba a su hija con tanta crueldad, que se oían en la calle los lamentos de la niña. La mujer, avergonzada, no quiso contarla la pereza de su hija, y la dijo:
-No puedo hacerla que suelte el huso ni un solo instante, quiere estar hilando siempre, y yo soy tan pobre que no puedo darla el lino que necesita.
-Nada me gusta tanto como la rueca -la respondió la Reina-; el ruido del huso me encanta, dejadme llevar a vuestra hija a mi palacio, yo tengo lino suficiente e hilará todo lo que quiera. La madre consistió en ello con el mayor placer, y la Reina se llevó a la joven.
En cuanto llegaron a palacio la condujo a tres cuartos que estaban llenos de arriba abajo de un lino muy hermoso.
-Hílame todo ese lino -la dijo-, y cuando esté concluido, te casaré con mi hijo mayor. No te dé cuidado de que seas pobre; tu amor al trabajo es un dote suficiente.
La joven no contestó; pero se hallaba en su interior consternada, pues aunque hubiera trabajado trescientos años, sin dejarlo desde por la mañana hasta por la noche, no hubiera podido hilar aquellos enormes montones de estopa. Así que se quedó sola, echó a llorar, permaneció así tres días sin trabajar nada. Al tercero, vino a visitarla la Reina y se admiró de ver que no había hecho nada; pero la joven se excusó, alegando su disgusto por verse separada de su madre. La Reina aparentó quedar satisfecha con esta excusa, pero la dijo al marcharse:
-Bien, pero mañana es necesario empezar a trabajar.
Cuando se quedó sola la joven, no sabiendo qué hacerse, se puso a la ventana. Estando allí vio venir tres mujeres, la primera de las cuales tenía un pie muy ancho y muy largo, la segunda un labio inferior tan grande y caído que la pasaba y cubría por debajo de la barba, y la tercera el dedo pulgar muy largo y aplastado. Se colocaron delante de la ventana, dirigiendo sus miradas al interior del cuarto, y preguntaron a la joven qué quería. Refiriolas su disgusto y ofrecieron ayudarla.
-Si nos prometes -la dijeron- convidarnos a tu boda, llamarnos primas tuyas, sin avergonzarte de nosotras, y sentarnos a tu mesa, hilaremos tu lino y concluiremos muy pronto.
-Con mucho gusto -las contestó-; entrad y comenzaréis en seguida.
Introdujo a estas tres extrañas mujeres e hizo un sitio en el primer cuarto para colocarlas, poniéndose en seguida a trabajar. La primera hilaba la estopa y hacía dar vueltas a la rueda; la segunda mojaba el hilo; la tercera le torcía y le apoyaba en la mesa con su pulgar y cada vez que pasaba el dedo echaba una madeja del hilo más fino. Siempre que entraba la Reina escondía la joven a sus hilanderas y la enseñaba lo que había hecho, llenándose la Reina de admiración. En cuanto estuvo vacío el primer cuarto pasaron al segundo y después al tercero, concluyendo en muy poco tiempo. Entonces se marcharon las tres jóvenes, diciendo:
-No olvides tu promesa, que no tendrás de qué arrepentirte.
Cuando la joven enseñó a la Reina las piezas vacías y el hilo hilado, se fijó el día de la boda. El Príncipe estaba admirado de tener una mujer tan hábil y trabajadora, y la amaba con ardor.
-Tengo tres primas -le dijo-, que me han hecho mucho bien, y a las que no quiero olvidar en mi felicidad; permitidme convidarlas a mi boda y sentarlas a nuestra mesa.
El Príncipe y la Reina no la pusieron ningún obstáculo. El día de la boda llegaron tres mujeres magníficamente ataviadas, y la novia les dijo:
-Bien venidas seáis, queridas primas.
-¡Oh! -exclamó el Príncipe-, tienes unas parientas bien feas.
Dirigiéndose después a la que tenía el pie ancho:
-¿De qué tienes ese pie tan grande? -la preguntó.
-De hacer dar vueltas a la rueda -le contestó-, de hacer dar vueltas a la rueda.
A la segunda:
-¿De qué tienes ese labio tan caído?
-De haber mojado el hilo, de haber mojado el hilo.
Y a la tercera:
-¿De qué tienes ese dedo tan largo?
-De haber torcido el hilo, de haber torcido el hilo.
El Príncipe, asustado al ver aquello, juró que desde allí en adelante no volvería su esposa a tocar la rueca, librándola así de esta odiosa ocupación.
El hijo ingrato
Índice
Un día estaba un hombre sentado con su mujer a la puerta de su casa, y se hallaban comiendo con mucho gusto un pollo, el primero que les habían dado aquel año las gallinas. El hombre vio venir a lo lejos a su anciano padre y se apresuró a ocultar el plato para no tener que darle, de modo que sólo bebió un trago y se volvió en seguida.
En aquel momento fue el hijo a buscar el plato para ponerle en la mesa, pero el pollo asado se había convertido en un sapo muy grande que saltó a su rostro, al que se adhirió para siempre. Cuando se intentaba quitarle de allí, el horrible monstruo lanzaba a las gentes miradas venenosas como si fuera a tirarse a ellas, así es que nadie se atrevía a acercarse. El hijo ingrato quedó condenado a sustentarle, pues, si no, le devoraba la cabeza, y así pasó el resto de sus días vagando miserablemente por la tierra.
Juan el fiel
Índice
Había una vez un rey muy viejo que cayó malo. Conociendo que iba a morir, hizo llamar al fiel Juan, que era al que más quería de sus criados, y le llamaban así porque había sido fiel a su amo toda su vida. En cuanto llegó le dijo el rey:
-Mi fiel Juan, conozco que se acerca mi fin: sólo me da cuidado la suerte de mi hijo; es todavía muy joven, y no sabrá siempre dirigirse bien; no moriré tranquilo si no me prometes velar por él, enseñarle todo lo que debe saber, y ser para él un segundo padre.
-Os prometo -respondió Juan- no abandonarle, y servirle lealmente, aunque me cueste la vida.
-Entonces, ya puedo morir en paz -dijo el viejo rey-. Después de mi muerte le enseñarás todo el palacio, todas las cercanías, las salas, los subterráneos con las riquezas en ellos encerradas; pero no le dejes entrar en la última cámara de la galería grande, donde está el retrato de la princesa de la Cúpula de Oro, pues si ve este cuadro, experimentará hacia ella un amor tan increíble que le hará exponerse a los mayores peligros. Procura librarle de esto.
El fiel Juan repitió sus promesas, y tranquilo el viejo rey, inclinó su cabeza en la almohada y expiró.
En cuanto dejaron en la tumba al anciano rey, Juan refirió a su joven sucesor lo que había prometido a su padre en el lecho de muerte.
-Estoy dispuesto a cumplirlo -añadió-, y os seré fiel como lo he sido a vuestro padre, aunque me cueste la vida.
En cuanto pasó el tiempo del luto, dijo Juan al rey:
-Ya podéis conocer vuestra herencia. Voy a enseñaros el palacio de vuestro padre.
Le llevó por todo él, por lo alto y por lo bajo, y le enseñó todas las riquezas que llenaban las magníficas habitaciones, omitiendo sólo el cuarto en que estaba el peligroso retrato. Había sido colocado de tal manera que, en cuanto se abría la puerta, se le veía en seguida, y estaba tan bien hecho que parecía vivir y respirar y que nada en el mundo era tan hermoso ni tan amable. El joven rey vio desde luego que el fiel Juan pasaba siempre delante de esta puerta sin abrirla, y le preguntó el motivo.
-Es -respondió el otro- porque hay en el cuarto una cosa que os dará miedo.
-Ya he visto todo el palacio -dijo el rey-, quiero saber lo que hay aquí.
Y quería abrir por fuerza.
El fiel Juan le contuvo diciéndole:
-He prometido a vuestro padre, en su lecho de muerte, no dejaros entrar en este cuarto, de lo que podían resultar grandes desgracias para vos y para mí.
-La mayor desgracia -replicó el rey- es que mi curiosidad no quede satisfecha. No descansaré hasta que mis ojos lo hayan visto todo. No salgo de aquí hasta que me hayas abierto.
El fiel Juan, viendo que no había medio de negarse, fue, lleno de tristeza el corazón y suspirando mucho, a buscar la llave entre las demás. En cuanto abrió la puerta, entró el primero, procurando ocultar el retrato con su cuerpo; todo fue inútil: el rey, levantándose sobre la punta de los pies, le vio por encima de sus hombros. Pero al ver aquella imagen de una joven tan hermosa y deslumbrante de oro y de pedrerías, cayó sin conocimiento en el suelo. Levantole el fiel Juan y le llevó a su cama.
-¡El mal está hecho! ¡Dios mío!, ¿qué va a ser de nosotros?
Y le hizo tomar un poco de vino para que recobrase las fuerzas.
La primera palabra del rey, cuando volvió en sí, fue preguntar de quién era aquel hermoso retrato.
-El de la princesa de la Cúpula de Oro -respondió el fiel Juan.
-El amor que me ha hecho concebir es tan grande -dijo el rey- que si todas las hojas de los árboles fueran lenguas, no bastarían para explicarle. Mi vida depende en lo futuro de su posesión. Tú me ayudarás, tú que eres mi fiel criado.
El fiel Juan reflexionó por largo tiempo de qué modo convenía arreglárselas, pues era muy difícil el presentarse delante de los ojos de la princesa. Por último, imaginó un medio, y dijo al rey:
-Todo lo que rodea a la princesa es de oro; sillas, tazas, copas y muebles de todas clases. Vos tenéis cinco toneladas de oro en vuestro tesoro; hay que dar una a los plateros para que hagan vasos y alhajas de oro de todas hechuras; pájaros, fieras, monstruos de mil formas, en fin, todo lo que debe agradar a la princesa. Nos pondremos en camino con estas joyas y procuraremos probar fortuna.
El rey mandó venir a todos los plateros del país, y trabajaron noche y día hasta que todo estuvo concluido. Entonces lo embarcaron en un navío. Juan el fiel tomó el traje de comerciante y el rey hizo otro tanto para que nadie pudiera conocerle. Después se hicieron a la vela y navegaron hasta la ciudad en que habitaba la princesa de la Cúpula de Oro.
El fiel Juan desembarcó solo y dejó al rey en el navío.
-Quizás -le dijo-, traeré conmigo a la princesa; procurad que todo esté en orden, que se hallen a la vista dos vasos de oro y que el navío esté adornado como para una fiesta.
En seguida llenó su cinturón de muchas alhajas de oro y se fue derecho al palacio del rey.
En cuanto entró, vio en el patio una joven que sacaba agua de una fuente con dos cubos de oro. Cuando se volvía para marcharse, distinguió al extranjero, y le preguntó quién era.
-Soy comerciante -le respondió.
Y abriendo su cinturón, la enseñó sus mercancías.
-¡Qué cosas tan bonitas! -exclamó.
Y poniendo sus cubos en el suelo, se puso a mirar todas las joyas, una tras otra.
-Es preciso -dijo- que vea todo esto la princesa: ella os lo comprará, porque la gustan mucho los objetos de oro. Y cogiéndole por la mano, le hizo subir al palacio, porque era una doncella.
Gustaron tanto los diamantes a la princesa, que dijo a Juan:
-Está tan bien trabajado, que te lo compro todo.
Mas este la contestó.
-Yo no soy más que el criado de un comerciante muy rico; todo lo que veis aquí no es nada en comparación de lo que mi amo tiene en su navío: en él veréis las más preciosas y hermosas obras de oro.
Quería que se las trajesen, pero Juan dijo a la princesa:
-Hay muchas: se necesitaría mucho tiempo y mucho espacio; vuestro palacio no sería suficiente.
Excitose más con esto su curiosidad, y exclamó por último:
-Pues bien, conducidme a ese navío, quiero yo misma ver los tesoros de tu amo.
El fiel Juan la acompañó muy alegre al navío; y al verla el rey le pareció más hermosa todavía que su retrato; el corazón le saltaba de alegría; cuando subió a bordo la ofreció el rey la mano; durante este tiempo el fiel Juan, que se había quedado detrás, mandó al capitán levar el ancla y largarse a toda vela. El rey bajó con ella a la cámara y la enseñó una a una todas las piezas de la vajilla de oro, los platos, las copas y los pájaros, las fieras y los monstruos. Pasaron así muchas horas y mientras estaba ocupada en examinarlo todo, no conoció que el navío estaba navegando. Cuando bubo concluido dio gracias al pretendido comerciante y se dispuso a volver a su palacio, pero al llegar al puente vio que estaba en alta mar, muy lejos de la tierra, y el navío navegando a todo trapo.
-¡Me han vendido! -exclamó llena de espanto-. ¡Me han robado! ¡Caer en poder de un comerciante! ¡Mejor quisiera morir!
Pero el rey, presentándole la mano, la dijo:
-Yo no soy comerciante, soy un rey, y de tan buena familia como la vuestra. Si os he robado con una astucia, no lo atribuyáis más que a la violencia de mi amor. Es tan grande, que cuando he visto vuestro retrato por primera vez, he caído sin conocimiento al suelo.
Estas palabras consolaron a la princesa, se conmovió su corazón y consintió en casarse con el rey.
Mientras navegaban en alta mar, el fiel Juan, estando un día sentado en la popa del navío, distinguió en el aire tres cornejas que vinieron a colocarse delante de él. Escuchó lo que decían entre sí, pues comprendía su lenguaje.
-¿Conque se lleva ya a la princesa de la Cúpula de Oro? -decía la primera.
-Sí -respondió la segunda-, pero no es suya todavía.
-Cómo -dijo la tercera-, ¿pues no está sentada a su lado?
-¿Qué importa? -repuso la primera-; cuando desembarquen presentarán al rey un caballo alazán, él querrá montarle; pero si lo hace, el caballo se lanzará a los aires con él y no volverán a tener noticias suyas.
-¿Pero se puede evitar eso? -dijo la segunda.
-Sí -contestó la primera-, siempre que otra persona se lance sobre el caballo, y cogiendo una de las pistolas que lleva en la silla le deje muerto en el acto. Así se librará el rey. Pero ¿quién puede saber esto? Además de que el que lo sepa y lo diga será convertido en piedra desde los pies hasta las rodillas.
La segunda corneja dijo a su vez.
-Yo sé algo más todavía; aun suponiendo que muera el caballo, el joven rey no por eso poseerá a su prometida. Cuando entren juntos en palacio, le presentarán al rey en una bandeja una magnífica camisa de boda que parecerá tejida de oro y de plata, pero que no es en realidad más que de pez y azufre; si el rey se la pone se quemará hasta la médula de los huesos.
-¿No hay ningún recurso para evitarlo? -dijo la tercera.
-Hay uno -respondió la segunda-. Es preciso que una persona, provista de guantes, coja la camisa y la eche al fuego. Quemada la camisa se salvará el rey. Pero ¿de qué sirve esto, si el que lo sepa y lo diga se convertirá en piedra desde las rodillas hasta el corazón?
La tercera corneja añadió:
-Yo sé algo más todavía; aun en el caso de que quemen la camisa, no poseerá el rey a su prometida. Si hay baile en la boda y baila en él la reina, se desmayará de repente y caerá como muerta, y lo quedará en realidad si no hay alguien que la levante en seguida y la chupe tres gotas de sangre que la saldrán en el hombro derecho, las que escupirá en seguida. Pero el que lo sepa y lo diga será convertido en piedra desde la cabeza hasta los pies.
Después de esta conversación echaron a volar las cornejas. El fiel Juan que las había oído, comenzó desde entonces a ponerse triste y silencioso. Callar era exponer al rey a una desgracia, pero hablar era buscar su propia perdición. Al fin se dijo:
-Salvaré a mi señor, aunque me cueste la vida.
Al desembarcar sucedió todo lo que había dicho la corneja. Presentaron al rey un magnífico caballo alazán.
-Voy a montar en él -dijo- para ir a palacio.
E iba a meter el pie en el estribo, cuando, pasando por delante de él el fiel Juan saltó encima, sacó la pistola de la silla y tendió al caballo muerto.
Los otros criados del rey, que no amaban mucho al fiel Juan, dijeron que era preciso ser loco para matar un animal tan hermoso y que iba a montar el rey. Pero el rey les dijo:
-Callad, y dejadle obrar; su lealtad es a toda prueba, y habrá tenido sus razones para hacerlo así.
Llegaron a palacio y en la primera sala hallaron colocada en un azafate la camisa de boda, que parecía ser de oro y de plata.
Iba el príncipe a tocarla pero el fiel Juan le desvió, y cogiéndola con guantes la arrojó al fuego, que la consumió en el mismo instante. Los demás criados se pusieron a murmurar.
-¡Qué atrevimiento! -dijeron-. ¡Ha quemado la camisa de boda del rey!
Pero el joven rey insistió todavía.
-Sin duda tiene sus razones; dejadle obrar, pues su lealtad es a toda prueba.
Celebráronse las bodas. Hubo un gran baile, y la novia comenzó a bailar. Desde aquel momento el fiel Juan no la perdió de vista. De repente sintió como debilidad, y cayó muerta en el suelo. Arrojose sobre ella en seguida, la levantó y la llevó a su cuarto; y allí, echándola en la cama, se inclinó sobre ella y la chupó tres gotas de sangre del hombro derecho, que escupió en seguida. En el mismo instante volvió a respirar y recobró el conocimiento; pero el joven rey que lo había visto todo y que no comprendía la conducta de Juan, acabó por incomodarse y le mandó prender.
Juan el fiel fue al día siguiente condenado a muerte y conducido al cadalso. Estando subido ya en la escalera, dijo así:
-Todo hombre que va a morir puede hablar antes de su fin. ¿Se me da permiso para ello?
-Te lo concedo -dijo el rey.
Entonces refirió cómo había oído en el mar la conversación de las cornejas, y cómo todo lo que había hecho era necesario para salvar a su amo.
-¡Oh, mi fiel Juan! -exclamó el rey-; te perdono, hacedle bajar.
Pero a la última palabra que había pronunciado Juan el fiel, cayó sin vida, convertido en piedra.
La reina y el rey lo sintieron mucho.
-¡Ay! -decía el rey-, tanta abnegación ha sido muy mal recompensada.
Hizo llevar la estatua de piedra a su alcoba, cerca de su lecho, y siempre que la veía, repetía llorando:
-¡Ah, mi fiel Juan, quién pudiera volverte la vida!
Al cabo de algún tiempo, la reina dio a luz dos hijos gemelos que crio felizmente y que fueron la alegría de sus padres.
Un día en que la reina estaba en la iglesia; y los dos niños jugaban en el cuarto con su padre, se dirigieron sus ojos a la estatua y no pudo dejar de repetir todavía, suspirando:
-¡Ay, mi fiel Juan, por qué no he de poder salvarte la vida!
Pero la estatua, tomando la palabra, le dijo:
-Puedes si quieres, sacrificando lo que tienes más querido.
-Todo cuanto tengo en el mundo -exclamó el rey-, lo sacrificaré por ti.
-Pues bien -dijo la estatua-; para que recobre la vida tienes que cortar la cabeza a tus dos hijos y frotarme de arriba a abajo con su sangre.
El rey palideció al oír esta terrible condición, pero pensando en la abnegación de este fiel criado que había dado su vida por él, sacó su espada y con su propia mano cortó la cabeza de sus hijos y frotó la piedra con su sangre. La estatua se reanimó en el mismo instante, y Juan el fiel se presentó delante de él vivo y sano. Pero entonces dijo al rey:
-Todo sacrificio por mí tendrá su recompensa.
Y tomando las cabezas de los niños las colocó sobre sus hombros y frotó sus heridas con su sangre: en el mismo momento volvieron a la vida y se pusieron a saltar y a jugar, como si no hubiera sucedido nada.
El rey estaba lleno de alegría. Cuando supo que había vuelto la reina, hizo ocultarse a Juan y a sus hijos en un armario grande. En cuanto entró la preguntó:
-¿Has rezado en la iglesia?
-Sí -le contestó-, he pensado constantemente en el fiel Juan, tan desgraciado por causa nuestra.
-Querida mujer -la dijo-, podemos volverle la vida, pero nos costará la de nuestros hijos.
La reina palideció y se oprimió su corazón; respondió sin embargo:
-Le debemos ese sacrificio a causa de su abnegación.
El rey contento de ver que había pensado como él, fue a abrir el armario, e hizo salir al fiel Juan y a los dos niños.
-Gracias a Dios -añadió- le hemos salvado y tenemos nuestros hijos.
Y refirió a la reina lo que había pasado, y vivieron todos juntos muchos años.
El judío en las espinas
Índice
Un hombre rico tenía un criado que le servía con la mayor fidelidad: era el primero que se levantaba por la mañana, y el último que se acostaba por la noche. Cuando había alguna cosa difícil que hacer de que huían los otros, se ponía siempre a ejecutarla sin vacilar; nunca se quejaba y siempre estaba contento y alegre. Al espirar el plazo de su ajuste, no le pagó su amo. Con esta astuta conducta, pensaba para sí, ahorro mi dinero, y no pudiendo marcharse mi criado, queda a mi servicio.
El criado no reclamó; el segundo año pasó como el primero, tampoco recibió su salario, pero no dijo nada y continuó con su amo.
Al terminar el tercer año, el amo acabó por acordarse; llevó la mano a su bolsillo pero no sacó nada. El criado se decidió por último a decirle:
-Señor, os he servido fielmente, durante tres años; sed bastante bueno para darme lo que en justicia me pertenece; quiero marcharme a ver el mundo.
-Sí, amigo mío, sí, le respondió su avaro amo; sí, tú me has servido bien y te se pagará bien.
En seguida sacó tres ochavos de su bolsillo y se los dio uno a uno:
-Te doy un ochavo por cada año. Esto hace una fuerte suma; en ninguna parte te hubieran dado un salario tan grande.
El pobre muchacho, que no entendía de monedas, tomó su capital y dijo:
-Ya tengo el bolsillo bien repleto; ¿qué cosa mala puede sucederme en adelante?
Se puso en camino por valles y montes, cantando y saltando con la mayor alegría. Al pasar cerca de un chaparro encontró un hombrecillo que le dijo:
-¿Dónde vas tan alegre? No tienes muchos cuidados, a lo que veo.
-¿Por qué he de estar triste? -respondió el joven, estoy rico y llevo en mi bolsillo el salario de tres años.
-¿A cuánto sube tu tesoro? -le preguntó el hombrecillo.
-A tres ochavos, en buenas monedas y bien contados.
-Escucha -le dijo el enano- yo soy un pobre que está en la última miseria; dame tus tres ochavos; yo no puedo trabajar, pero tú eres joven y ganarás con facilidad el pan.
El joven tenía buen corazón; se compadeció del hombrecillo y le dio sus seis maravedís, diciendo:
-Tómalos, por el amor de Dios; yo puedo muy bien pasarme sin ellos.
Entonces repuso el enano:
-Tienes buen corazón; desea tres cosas, y por cada ochavo que me has dado obtendrás una de ellas.
-¡Ah!, ¡ah! -dijo el joven- ¿entiendes de magia? Pues bien, si es así, quiero que me des, en primer lugar, una cerbatana que no yerre nunca el blanco; en segundo lugar, un violín que obligue a bailar a todos los que le oigan tocar, y por último, quiero que cuando dirija una pregunta a alguno se vea obligado a contestarme.
-Todo lo tienes ya -dijo el enano-; y entreabrió el chaparro, donde se hallaban el violín y la cerbatana, como si los hubiera depositado expresamente, y se los dio al joven añadiendo:
-Cuando pidas alguna cosa, nadie podrá negártela.
-¿Qué puedo desear ya? -se dijo a sí mismo el muchacho; y se volvió a poner en camino.
Un poco más lejos encontró un judío con su larga barba de chivo, que estaba inmóvil escuchando el cántico de un pájaro, colocado en lo alto de un árbol:
-¡Maravilla de Dios! -exclamaba-. ¡Que un animal tan pequeño tenga una voz tan grande! Quisiera cogerle. ¿Pero quién se encargará de ponerle sal debajo de la cola?
-Si no quieres más que eso -dijo el muchacho-, el pájaro estará bien pronto en el suelo; -y apuntó tan bien, que el animal cayó en las espinas que había al pie del árbol.
-Anda, pícaro -dijo al judío-, y coge tu pájaro.
El judío se puso en cuatro pies para entrar en las espinas.
En cuanto estuvo en medio, nuestro buen muchacho, por divertirse un rato, cogió su violín y se puso a tocar. En seguida comenzó el judío a menear los pies y a saltar, y, cuanto más tocaba el violín, con mayor ardor bailaba. Pero las espinas despedazaban los andrajos del judío, le arrancaban la barba y le llenaban el cuerpo de sangre.
-¡Ah! -exclamó-; ¿qué música es esa? Dejad vuestro violín, yo no quiero bailar.
Pero el muchacho continuaba, pensando:
-Tú has desollado a bastante gente, que te desuellen a ti las espinas.
El judío saltaba más alto cada vez, y los pedazos de sus vestidos quedaban colgados en el chaparro.
-¡Desgraciado de mí! -exclamaba-; te daré lo que quieras si dejas de tocar; te daré una bolsa llena de oro.
-Ya que eres tan generoso -dijo el muchacho-, voy a dejar de tocar; pero no dejaré de hacerte cumplida justicia; bailas con la mayor perfección. -A estas palabras tomó su bolsa y continuó su camino.
El judío le vio partir, y cuando le hubo perdido de vista, se puso a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Miserable músico, violín de taberna, espera que te coja! Te haré correr de tal modo que gastarás las suelas de tus zapatos. ¡Maldito canalla! ¡Ponte cuatro maravedises en la boca, si quieres valer dos cuartos! -y otras injurias que le dictaba su imaginación.
En cuanto se hubo calmado un poco, y se alivió su corazón, corrió a la ciudad a buscar al juez.
-Señor, apelo a vos; mirad como me han despojado y robado en el camino real. Las piedras del camino habrán tenido compasión de mí: ¡mis vestidos despedazados, mi cuerpo desollado!, ¡mi pobre dinero robado con mi bolsillo!, ¡buenos ducados, a cuál más hermosos! ¡Por amor de Dios, haced prender al culpable!
-¿Es un soldado, -preguntó el juez-, quien te ha puesto así, a sablazos?
-No tenía espada -dijo el judío-, pero llevaba una cerbatana al hombro y un violín al cuello. El malvado es fácil de conocer.
El juez envió sus gentes en persecución del culpable: el guapo mozo había andado de aquí para allí por el camino; no tardaron en encontrarle, y hallaron encima de él el bolsillo lleno de oro. Cuando compareció ante el tribunal:
-Yo no he tocado al judío -dijo-; yo no le he quitado su oro; él me lo ha dado voluntariamente, para que callase mi violín, porque le desagradaba mi música.
-¡Dios me proteja! -exclamó el judío-, coge las mentiras al vuelo como las moscas.
Pero el juez no quiso creerle y dijo:
-He ahí una mala defensa, los judíos no dan su dinero sin más ni más -y condenó al muchacho a la horca, como ladrón en despoblado.
Cuando le conducían a la horca, el judío le gritaba todavía:
-¡Canalla!, perro músico ya vas a pagar lo que mereces.
El muchacho subió tranquilamente la escalera con el verdugo, pero en el último escalón se volvió y dijo al juez:
-Concededme una cosa antes de morir.
-Te la concedo -dijo el juez-, a menos que no pidas la vida.
-No os pido la vida -respondió el joven-; permitidme solamente por última vez tocar un aire en el violín.
El judío dio un grito de dolor:
-Por amor de Dios, no se lo permitáis, no se lo permitáis.
Pero el juez dijo:
-¿Por qué no darle ese último placer?
Además no podía negársela, a causa del don que tenía el muchacho de hacerse conceder todo lo que pidiera.
El judío gritó:
-¡Ah, Dios mío! Atadme, atadme bien.
El buen muchacho cogió su violín, y al primer golpe del arco todo el mundo comenzó a moverse y a menearse; el juez, el escribano, los criados del verdugo, y se cayó la cuerda de las manos del que quería atar al judío. Al segundo golpe, todos comenzaron a saltar y a bailar: el juez y el judío al frente saltaban más altos que los demás. La danza se generalizó por último, bailando todos los espectadores, gordos y flacos, jóvenes y viejos; hasta los perros se levantaban sobre sus patas traseras para bailar también. Cuanto más tocaba, más saltaban los bailarines: las cabezas chocaban entre sí y la multitud comenzó a gemir tristemente. El juez exclamó perdido el aliento:
-Te concedo el perdón, pero deja de tocar.
El buen muchacho colgó su violín al cuello y bajó la escalera. Se acercó al judío, que estaba en el suelo y procuraba recobrar su aliento.
-Pícaro -le dijo-; confiesa de donde te viene tu oro, o cojo mi violín y vuelvo a empezar.
-¡Lo he robado, lo he robado! -exclamó el judío-. Tú lo habías ganado bien.
De aquí resultó que el juez cogió al judío y le hizo ahorcar como ladrón.
El príncipe rana
Índice
En aquellos tiempos, cuando se cumplían todavía los deseos, vivía un rey, cuyas hijas eran todas muy hermosas, pero la más pequeña era más hermosa que el mismo sol, que cuando la veía se admiraba de reflejarse en su rostro. Cerca del palacio del rey había un bosque grande y espeso, y en el bosque, bajo un viejo lilo, había una fuente; cuando hacía mucho calor, iba la hija del rey al bosque y se sentaba a la orilla de la fresca fuente; cuando iba a estar mucho tiempo, llevaba una bola de oro, que tiraba a lo alto y la volvía a coger, siendo este su juego favorito.
Pero sucedió una vez que la bola de oro de la hija del rey no cayó en sus manos, cuando la tiró a lo alto, sino que fue a parar al suelo y de allí rodó al agua. La hija del rey la siguió con los ojos, pero la bola desapareció, y la fuente era muy honda, tan honda que no se veía su fondo. Entonces comenzó a llorar, y lloraba cada vez más alto y no podía consolarse. Y cuando se lamentaba así, la dijo una voz:
-¿Qué tienes, hija del rey, que te lamentas de modo que puedes enternecer a una piedra?
Miró entonces a su alrededor, para ver de dónde salía la voz, y vio una rana que sacaba del agua su asquerosa cabeza:
-¡Ah! ¿eres tú, vieja azotacharcos? -la dijo-; lloro por mi bola de oro, que se me ha caído a la fuente.
-Tranquilízate y no llores -la contestó la rana-; yo puedo sacártela, pero ¿qué me das, si te devuelvo tu juguete?
-Lo que quieras, querida rana -la dijo-; mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas y hasta la corona dorada que llevo puesta.
La rana contestó:
-Tus vestidos, tus perlas y piedras preciosas y tu corona de oro no me sirven de nada; pero si me prometes amarme y tenerme a tu lado como amiga y compañera en tus juegos, sentarme contigo a tu mesa, darme de beber en tu vaso de oro, de comer en tu plato y acostarme en tu cama, yo bajaré al fondo de la fuente y te traeré tu bola de oro.
-¡Ah! -la dijo-; te prometo todo lo que quieras, si me devuelves mi bola de oro.
Pero pensó para sí: «¡Cómo charla esa pobre rana! Porque canta en el agua entre sus iguales, se figura que puede ser compañera de los hombres.»
La rana, en cuanto hubo recibido la promesa, hundió su cabeza en el agua, bajó al fondo y un rato después apareció de nuevo, llevando en la boca la bola, que arrojó en la yerba. La hija del rey, llena de alegría en cuanto vio su hermoso juguete, le cogió y se marchó con él saltando.
-¡Espera, espera! -la gritó la rana-. Llévame contigo; yo no puedo correr como tú.
Pero de poco la sirvió gritar lo más alto que pudo, pues la princesa no la hizo caso, corrió hacia su casa y olvidó muy pronto a la pobre rana, que tuvo que quedarse en su fuente.
Al día siguiente, cuando se sentó a la mesa con el rey y los cortesanos, y cuando comía en su plato de oro, oyó subir una cosa, por la escalera de mármol, que cuando llegó arriba, llamó a la puerta y dijo:
-Hija del rey, la más pequeña, ábreme.
Se levantó la princesa y quiso ver quién estaba fuera; pero, en cuanto abrió, vio a la rana en su presencia. Cerró la puerta corriendo, se sentó en seguida a la mesa y se puso muy triste. El rey al ver su tristeza la preguntó:
-Hija mía, ¿qué tienes? ¿hay a la puerta algún gigante y viene a llevarte?
-¡Ah, no! -contestó-; no es ningún gigante, sino una fea rana.
-¿Qué te quiere la rana?
-¡Ay, amado padre! Cuando estaba yo ayer jugando en el bosque, junto a la fuente, se me cayó al agua mi bola de oro. Y como yo lloraba, fue a buscarla la rana, después de haberme exigido promesa de que sería mi compañera; pero nunca creí que pudiera salir del agua. Ahora ha salido ya y quiere entrar.
Entre tanto llamaba por segunda vez diciendo:
-Hija del rey, la más pequeña, ábreme; ¿no sabes lo que me dijiste ayer junto a la fría agua de la fuente? Hija del rey, la más pequeña, ábreme.
Entonces dijo el rey:
-Debes cumplirla lo que la has prometido, ve y ábrela.
Fue y abrió la puerta y entró la rana, yendo siempre junto a sus pies hasta llegar a su silla. Se colocó allí y dijo:
-Ponme encima de ti.
La niña vaciló hasta que lo mandó el rey. Pero cuando la rana estuvo ya en la silla:
-Quiero subir encima de la mesa -y así que la puso allí, dijo-: Ahora acércame tu plato dorado, para que podamos comer juntas.
Hízolo en seguida; pero se vio bien que no lo hacía de buena gana. La rana comió mucho, pero dejaba casi la mitad de cada bocado. Al fin dijo:
-Estoy harta y cansada, llévame a tu cuartito y échame en tu cama y dormiremos juntas.
La hija del rey comenzó a llorar y receló que no podría descansar junto a la fría rana, que quería dormir en su hermoso y limpio lecho. Pero el sapo se incomodó y dijo:
-No debes despreciar al que te ayudó cuando te hallabas en la necesidad.
Entonces la cogió con sus dos dedos, la llevó y la puso en un rincón. Pero en cuanto estuvo en la cama, se acercó la rana arrastrando y la dijo:
-Estoy cansada, quiero dormir tan bien como tú; súbeme, o se lo digo a tu padre.
La princesa se incomodó entonces mucho, la cogió y la tiró contra la pared con todas sus fuerzas.
-Ahora descansarás, rana asquerosa.
Pero cuando cayó al suelo la rana se convirtió en el hijo de un rey con ojos hermosos y amables, que fue desde entonces, por la voluntad de su padre, su querido compañero y esposo y la refirió que había sido encantado por una mala hechicera y que nadie podía sacarle de la fuente más que ella sola y que al día siguiente se marcharían a su país.
Entonces durmieron hasta el otro día y en cuanto salió el sol se metieron en un coche tirado por siete caballos blancos que llevaban plumas blancas en la cabeza y tenían por riendas cadenas de oro; detrás iba el criado del joven rey, que era el fiel Enrique. El fiel Enrique se afligió tanto cuando su señor fue convertido en rana, que se había puesto tres varillas de hierro encima del corazón para que no saltase del dolor y la tristeza. Pero el joven rey debía hacer el viaje en su coche: el fiel Enrique subió después de ambos, se colocó detrás de ellos e iba lleno de alegría por la libertad de su amo. Y cuando hubieron andado un poco del camino oyó el hijo del rey una cosa que sonaba detrás, como si se rompiera algo. Entonces se volvió y dijo:
-¿Enrique, se ha roto el coche?
-No señor, no se rompió,
es tan solo una varilla
de las que en mi corazón
para impedir se saltase
por la pena y el dolor
puse, mientras en la fuente
estabais, cual rana, vos.
Todavía volvió a sonar otra vez y otra vez en el camino y el hijo del rey creía siempre que se rompía el coche, y eran las varillas que saltaban del corazón del fiel Enrique porque su señor era libre y feliz.
La reina de las abejas
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Allá en aquellos tiempos hubo un rey que tenía dos hijos, que se fueron en busca de aventuras, lanzándose a todos los excesos de la disipación, por lo que no volvían a su casa paterna. Fue a buscarlos su hermano menor, al que llamaban el Simple, pero cuando los encontró comenzaron a burlarse de él, porque en su sencillez pretendía saber dirigirse en un mundo donde se habían perdido ellos dos, ellos dos que tenían mucho más talento que él.
Habiéndose puesto en camino juntos encontraron un hormiguero. Los dos hermanos mayores querían llenarle de tierra para divertirse viendo la ansiedad de las hormigas que correrían por todas partes cargadas con sus huevos; pero su hermano el Simple les dijo:
-Dejad en paz a esos animales; no consentiré que les hagáis daño.
Poco después encontraron un lago en el que nadaban no sé cuantos patos. Los dos mayores querían coger un par de ellos para mandarlos asar, pero el menor se opuso diciendo:
-Dejad en paz a esos animales; no consentiré que los mate nadie.
Mucho mas allá todavía distinguieron en un árbol una colmena tan llena de miel que corría por el tronco abajo. Los dos mayores querían prender fuego el árbol para ahumar a las abejas y apoderarse de la miel; pero su hermano el Simple los contuvo, diciéndoles:
-Dejad en paz a esos animales; no consentiré que los queméis.
Los tres hermanos llegaron por último a un castillo cuyas caballerizas estaban llenas de caballos convertidos en piedras, y en las que no se veía a nadie. Atravesaron todas las salas y llegaron al fin delante de una puerta cerrada con tres cerraduras. En medio de la puerta había un pequeño postigo por el que se veía una habitación; desde él distinguieron a un hombre de poca estatura y cabellos grises que estaba sentado delante de una mesa. Llamaron una y dos veces sin que les oyera en la apariencia; a la tercera se levantó, abrió la puerta y se adelantó hacia ellos; después, sin pronunciar ni una palabra, los condujo a una mesa que estaba llena de toda clase de manjares, y en cuanto hubieron comido y bebido, llevó a cada uno a una alcoba diferente.
Por la mañana se presentó el anciano al mayor de los hermanos y mandándole por señas que le siguiera, le condujo delante de una mesa de piedra, en la que estaban escritas las tres pruebas que era necesario hacer para desencantar el castillo. Consistía la primera en buscar en el musgo, en medio de los bosques, las mil perlas de la princesa que estaban allí sembradas; y si el que las buscaba no las había encontrado todas antes de ponerse el sol sería convertido en piedra. El hermano mayor pasó todo el día buscando las perlas; pero, cuando llegó la noche, apenas había encontrado ciento, y fue convertido en piedra como estaba escrito en la mesa. El hermano segundo acometió la aventura al día siguiente, pero no fue más afortunado que su hermano mayor; apenas encontró doscientas perlas y fue convertido en piedra.
Llegó por último su vez al tercero, que era el Simple. Comenzó a buscar las perlas en el musgo; pero como esto era muy difícil y muy largo, se sentó en una piedra y se puso, a llorar. Hallábase en esta situación, cuando el rey de las hormigas a quien había salvado la vida llegó con cinco mil de sus súbditos, y estos pequeños animales no necesitaron más que un instante para encontrar todas las perlas y reunirlas en un montón.
La segunda prueba consistía en sacar la llave del dormitorio de la princesa, que estaba en el fondo del lago. Cuando se acercó el joven, los patos, a quienes habla salvado, salieron a su encuentro, se sumergieron en el agua y le llevaron la llave.
Pero la tercera prueba era la más difícil; consistía en saber cuál era la más joven y la más hermosa de las tres princesas dormidas. Las tres se parecían completamente y la única cosa que las distinguía era que antes de dormirse la mayor había comido un terrón de azúcar, mientras que la segunda había bebido un sorbo de almíbar, y la tercera había tomado una cucharada de miel. Pero la reina de las abejas, a quien había salvado el joven del fuego, vino en su socorro; fue a oler la boca de las tres princesas, y se quedó parada en los labios de la que había comido la miel; el príncipe la reconoció así. Entonces se deshizo el encanto, salió el castillo de su sueño mágico, y todos los que se hallaban convertidos en piedra tomaron la forma humana: El supuesto Simple se casó con la más joven y más hermosa de las princesas, y fue rey después de la muerte de su padre. En cuanto a sus dos hermanos, se casaron con las otras dos hermanas.
Hermanito y hermanita
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Un hermanito tomó a su hermanita de la mano, y la dijo:
-Desde que ha muerto nuestra madre no hemos tenido una hora buena; nuestra madrastra nos pega todos los días, y si nos arrimamos a ella, nos echa a puntillones. Los mendrugos del pan que quedan son nuestro alimento, y al perro que está debajo de la mesa, le trata mucho mejor que a nosotros, pues le echa alguna vez un buen pedazo de pan. Dios tenga piedad de nosotros, ¿si lo supiera nuestra madre? Mira, ¿no será mejor irnos a correr el mundo! ¡Acaso nos vaya mejor!
Caminaron todo el día atravesando campos, prados y sierras, y cuando llovía decía la hermanita:
-Dios llora lo mismo que nuestros corazones.
Por la noche llegaron a un bosque muy espeso, y estaban tan fatigados por el hambre, el cansancio y el disgusto, que se acurrucaron en el hueco de un árbol y se durmieron.
Cuando despertaron al día siguiente, el sol estaba ya en lo alto del cielo y calentaba con sus rayos el interior del árbol.
Entonces dijo el hermanito:
-Tengo sed, hermanita, si supiera dónde hay una fuente, iría a beber. Me parece que he oído sonar una.
Se levantó el hermanito, tomó a su hermanita de la mano y se pusieron a buscar la fuente. Pero su malvada madrastra era hechicera, había visto marcharse a los dos hermanitos, había seguido sus pasos a hurtadillas, como hacen las hechiceras, y había echado yerbas encantadas en todas las fuentes de la selva. En cuanto encontraron una fuente que corría murmurando por entre las piedras, el hermanito quiso beber, pero la hermanita oyó decir a la fuente por lo bajo.
-El que de mi agua bebe, tigre se vuelve; el que de mi agua bebe, tigre se vuelve.
La hermana le dijo:
-Por Dios, hermano, no bebas, pues te volverás tigre y me harías pedazos.
El hermanito no bebió aunque tenía mucha sed, y dijo:
-Esperaré basta llegar a otra fuente.
Cuando llegaron a la segunda fuente, la oyó decir la hermanita:
-Quien de mi agua bebe, lobo se vuelve; quien de mi agua bebe, lobo se vuelve.
La hermanita le dijo:
-No bebas por Dios, hermanito, pues te volverías lobo y me comerías.
El hermanito no bebió, y dijo:
-Esperaré hasta que lleguemos a la primera fuente, pero entonces beberé aunque digas cuanto quieras, pues estoy seco de sed.
Cuando llegaron a la tercera fuente, la hermanita la oyó murmurar estas palabras:
-El que de mi agua bebe, corzo se vuelve.
La hermanita le dijo:
-¡No bebas por Dios, hermanito, porque te volverías corzo y huirías de mí!
Pero el hermanito se había arrodillado cerca de la fuente y comenzó a beber; apenas tocaron sus labios el agua se convirtió en corzo.
La hermanita echó a llorar sobre su pobre hermano encantado, y el pobre corzo lloraba también sin menearse de su lado.
La niña le dijo por último:
-No tengas cuidado, mi querido corzo, que no me separaré de ti.
Entonces se quitó su liga dorada, e hizo un collar con ella al corzo, después arrancó algunos juncos y tejió con ellos una soguilla, con la que ató al animal y se le llevó metiéndose con él en un bosque. Después de haber andado mucho tiempo, llegaron por último a una casita, donde entró la niña, y habiendo visto que no estaba habitada, dijo:
-Aquí podemos detenernos y quedarnos a vivir.
Entonces buscó musgo para que pudiera descansar el corzo, y todas las mañanas salía, cogía raíces, frutas salvajes y nueces, y cogía también yerbas frescas que comía el corzo en su mano y estaba muy contento y saltaba de alegría delante de ella. Por la noche, cuando la niña estaba ya cansada, y había rezado sus oraciones, reclinaba su cabeza en la espalda del corzo, que la servía de alfombra y se dormía dulcemente, y se hubiese creído feliz con este género de vida, con sólo que su hermano hubiera tenido todavía su forma humana.
Pasaron así algún tiempo en aquel lugar desierto, pero llegó un día en que el rey de aquel país, tuvo una partida de caza en el bosque, que resonaba con las tocatas de las trompas, los ladridos de los perros y los alegres gritos de los cazadores.
El corzo oyó todo aquel ruido y sentía no encontrarse cerca.
-¡Ah!, dijo a su hermanita, déjame ir a la cacería, no puedo resignarme a estar aquí.
Y la suplicó tanto que cedió al fin.
-Mira, le dijo, no dejes de volver a la noche, cerraré las puertas para que no entren esos cazadores, y para que te conozca, dices cuando llames:
-Soy yo, querida hermanita, abre corazoncito mío; si no dices eso, no abriré la puerta.
El corzo se lanzó fuera de la casa, muy contento y alegre de gozar del aire libre.
El rey y sus cazadores vieron al hermoso animal, y corrieron en su persecución sin poderle alcanzar; cuando se creían próximos a cogerle, saltó por encima de una zarza y desapareció. En cuanto comenzó a oscurecer, corrió a la casa, y llamó diciendo:
-Soy yo, querida hermanita, abre corazoncito mío.
Se abrió la puerta, entró en la casa y durmió toda la noche en su blanda cama.
Al día siguiente volvió a comenzar la caza, y cuando oyó el corzo de nuevo el son de las trompas y el ruido de los cazadores, no pudo descansar más, y dijo:
-Hermanita, ábreme, tengo que salir.
La hermanita le abrió la puerta, diciéndole:
-No dejes de venir a la noche y de decir la palabra convenida.
Cuando el rey y los cazadores volvieron a ver al corzo con su collar dorado; echaron todos tras él, pero era demasiado listo y ágil para dejarse coger: los cazadores le habían cercado ya de tal modo a la caída de la tarde, que uno de ellos le hirió ligeramente en el pie, de forma que cojeaba, y a duras penas pudo escaparse. Un cazador se deslizó tras sus huellas hasta llegar a la casita donde le oyó decir:
-Soy yo, querida hermanita, ábreme, corazoncito mío.
Y vio que le abrían la puerta y que cerraban en seguida. El cazador conservó fielmente estas palabras en la memoria, se dirigió a donde estaba el rey y le refirió lo que había visto y oído.
El rey dijo:
-Mañana continuará también la caza.
La hermanita se asustó mucho cuando vio volver al corzo herido, le lavó la sangre de la herida, le aplicó yerbas y le dijo:
-Ve a descansar a la cama, querido corcito, para curarte.
Pero la herida era tan ligera, que al día siguiente el corzo no sentía nada, y cuando volvió a oír en el bosque el sonido de la cacería, dijo:
-No puedo parar aquí, necesito salir, no me cogerán con tanta facilidad.
Su hermanita le dijo llorando:
-Hoy te van a matar, no quiero dejarte salir.
-Me moriré aquí de disgusto, si no me dejas salir, la contestó; cuando oigo la corneta de la caza, me parece que se me van los pies.
La hermanita no pudo menos de ceder, le abrió la puerta llena de tristeza, y el corzo se lanzó al bosque alegre y decidido.
El rey apenas le vio, dijo a los cazadores.
-Perseguidle hasta la noche, pero no le hagáis daño.
En cuanto se puso el sol, dijo el rey al cazador:
-Ven conmigo y enséñame la casa de que me has hablado.
Cuando llegaron a la puerta, llamó y dijo:
-Soy yo, querida hermanita, ábreme, corazoncito mío.
Se abrió la puerta y entró el rey, hallando en su presencia a una joven de lo más hermoso que había visto nunca.
La joven tuvo miedo cuando vio que en vez del corzo, entraba un rey con la corona de oro en la cabeza; pero el rey la miró con dulzura y la presentó la mano, diciéndola:
-¿Quieres venir conmigo a mi palacio y ser mi esposa?
-¡Oh, sí!, contestó la joven, más es preciso que venga conmigo el corzo, no puedo separarme de él.
El rey dijo:
-Permaneceré a tu lado mientras vivas, y no carecerás de nada.
En aquel momento entró el corzo saltando, su hermanita le ató con la cuerda de juncos, tomó la cuerda en la mano, y salió con él de la casa.
El rey llevó a la joven a su palacio, donde se celebró la boda con gran magnificencia, y desde entonces fue S. M. la reina y vivieron juntos mucho tiempo. El corzo estaba muy bien cuidado y saltaba y corría por el jardín del palacio; sin embargo; su malvada madrastra, que había sido la causa de que los dos niños abandonaran la casa paterna, e imaginaba que la hermanita había sido devorada por las fieras del bosque y que su hermanito, convertido en corzo, había sido muerto por los cazadores, cuando supo que eran tan felices, y vivían con tanta prosperidad, se despertaron en su corazón el odio y la envidia, comenzando a agitarle e inquietarle, y se dedicó a buscar con el mayor cuidado un medio para hundir a los dos en la desgracia. Su hija verdadera, que era tan fea como la noche y solo tenía un ojo, la reconvenía diciéndola:
-La ventura de llegar a ser reina es a mí a quien pertenece.
-¡No tengas cuidado, la dijo la vieja, procurando apaciguarla; cuando sea tiempo!, me hallarás pronta a servirte.
En efecto, en cuanto llegó el momento en que la reina dio a luz un hermoso niño, como el rey estaba de caza, la hechicera tomó la forma de una doncella, entró en el cuarto en que se hallaba acostada la reina y la dijo:
-Venid, vuestro baño está cerca, os sentará muy bien, y os dará muchas fuerzas; pronto, antes que se enfríe. Acompañada de su hija, llevó al baño a la reina convaleciente, le dejaron allí, y después salieron, cerrando la puerta. Habían tenido cuidado de encender junto al baño un fuego parecido al del infierno, para que la joven reina se ahogase pronto.
Después de esto, cogió la vieja a su hija, la puso un gorro en la cabeza y la acostó en la cama de la reina; la dio también la forma y las facciones de la reina, pero no pudo ponerla el ojo que había perdido, y para que no lo notase el rey, la mandó estuviera echada del lado de que era tuerta.
Cuando a la caída de la tarde volvió el rey de la caza y supo que le había nacido un hijo, se alegró de todo corazón y quiso ir a la cama de su querida mujer para ver cómo estaba.
Pero la vieja les dijo en seguida:
-No abráis, por Dios, las ventanas; la reina no puede ver la luz todavía; necesita descanso.
El rey se volvió no recelando se hallaba sentada en su lecho una reina fingida.
Pero cuando dieron las doce de la noche y todos dormían, la nodriza que estaba en el cuarto del niño, cerca de su ama, siendo la única que velaba, vio abrirse la puerta y entrar a la verdadera madre. Sacó al niño de la cuna, le tomó en sus brazos y le dio de beber. Después le arregló la almohada, volvió a ponerle en su sitio, y corrió las cortinas. No se olvidó tampoco del corzo, se acercó al rincón, donde descansaba y le pasó la mano por la espalda. Salió después sin decir una sola palabra, y al día siguiente, cuando preguntó la nodriza a los guardias si había entrado alguien en palacio durante la noche, la contestaron:
-No, no hemos visto a nadie.
Volvió muchas noches de la misma manera sin pronunciar una sola palabra; la nodriza la veía siempre, pero no se atrevía a hablarla.
Al cabo de, algún tiempo la madre comenzó a hablar por la noche y dijo:
¿Qué hace mi hijito?
¿Qué hace mi corcito?
Volveré dos veces más,
y ya no vendré jamás.
La nodriza no la contestó, pero apenas había desaparecido, corrió a contárselo al rey, quien dijo:
-¡Dios mío! ¿qué significa esto? Voy a pasar la noche próxima al lado del niño.
En efecto, fue por la noche al cuarto del niño, y hacia las doce, se apareció la madre, y dijo:
¿Qué hace mi hijito?
¿Qué hace mi corcito?
Aun volveré otra vez más,
y ya no vendré jamás.
Después acarició al niño como hacía siempre, y desapareció. El rey no se atrevió a dirigirla la palabra; pero a la noche siguiente se quedó también en vela. La reina dijo:
¿Qué hace mi hijito?
¿Qué hace mi corcito?
El rey no pudo contenerse más, se lanzó hacia ella y la dijo:
-Tú debes de ser mi querida esposa.
-Sí, le contestó soy tu mujer querida.
Y en el mismo instante recobró la vida por la gracia de Dios, y se puso tan hermosa y fresca como una rosa.
Refirió al rey el crimen que habían cometido con ella la malvada hechicera y su hija, y el rey las mandó comparecer delante de su tribunal, donde fueron condenadas. La hija fue conducida a un bosque, donde la despedazaron las bestias salvajes apenas la vieron y la hechicera fue condenada a la hoguera, pereciendo miserablemente entre las llamas; apenas la hubo consumido el fuego, volvió el corzo a su forma natural, y hermanito y hermanita vivieron felices hasta el fin de sus días.
El pobre y el rico
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Murió una vez un pobre aldeano que fue a la puerta del Paraíso; al mismo tiempo murió un señor muy rico que subió también al cielo. Llegó San Pedro con sus llaves, abrió la puerta y mandó entrar al señor, pero sin duda no vio al aldeano, pues cerró dejándole fuera y desde allí oyó la alegre recepción que hacían al rico en el cielo con músicas y cánticos. Cuando quedó todo en silencio volvió por fin San Pedro y mandó entrar al pobre. Esperaba éste que a su regreso volverían a continuar los cánticos y músicas, más todo continuó en silencio. Le recibieron con mucha alegría, los ángeles salieron a su encuentro, pero no cantó nadie. Preguntó a San Pedro por qué no había música para él como para el rico, o si era que en el cielo reinaban las mismas diferencias que en la tierra. -No, le contestó el Santo, el mismo aprecio nos merecéis uno que otro, y obtendrás la misma parte que el que acaba de entrar en las delicias del Paraíso; pero mira, pobretones así como tú, llegan aquí a centenares todos los días, mientras que ricos como el que acaban de ver entrar, apenas viene uno de siglo en siglo.
Blancanieve y Rojarosa
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Una pobre mujer vivía en una cabaña en medio del campo; en un huerto situado delante de la puerta, había dos rosales, uno de los cuales daba rosas blancas y el otro rosas encarnadas. La viuda tenía dos hijas que se parecían a los dos rosales, la una se llamaba Blancanieve y la otra Rojarosa. Eran las dos niñas lo mas bueno, obediente y trabajador que se había visto nunca en el mundo, pero Blancanieve tenía un carácter más tranquilo y bondadoso; a Rojarosa la gustaba mucho más correr por los prados y los campos en busca de flores y de mariposas. Blancanieve, se quedaba en su casa con su madre, la ayudaba en los trabajos domésticos y la leía algún libro cuando habían acabado su tarea. Las dos hermanas se amaban tanto, que iban de la mano siempre que salían, y cuando decía Blancanieve: -No nos separaremos nunca, contestaba Rojarosa: -En toda nuestra vida; y la madre añadía: -Todo debería ser común entre vosotras dos.
Iban con frecuencia al bosque para coger frutas silvestres, y los animales las respetaban y se acercaban a ellas sin temor. La liebre comía en su mano, el cabrito pacía a su lado, el ciervo jugueteaba delante de ellas, y los pájaros, colocados en las ramas, entonaban sus mas bonitos gorjeos.
Nunca las sucedía nada malo; si las sorprendía la noche en el bosque, se acostaban en el musgo una al lado de la otra y dormían hasta el día siguiente sin que su madre estuviera inquieta.
Una vez que pasaron la noche en el bosque, cuando las despertó la aurora, vieron a su lado un niño muy hermoso, vestido con una túnica de resplandeciente blancura, el cual las dirigió una mirada amiga, desapareciendo en seguida en el bosque sin decir una sola palabra. Vieron entonces que se habían acostado cerca de un precipicio, y que hubieran caído en él con solo dar dos pasos más en la oscuridad. Su madre las dijo que aquel niño era el Ángel de la Guarda de las niñas buenas.
Blancanieve y Rojarosa tenían tan limpia la cabaña de su madre, que se podía cualquiera mirar en ella. Rojarosa cuidaba en verano de la limpieza, y todas las mañanas, al despertar, encontraba su madre un ramo, en el que había una flor de cada uno de los dos rosales. Blancanieve encendía la lumbre en invierno y colgaba la marmita en los llares, y la marmita, que era de cobre amarillo, brillaba como unas perlas de limpia que estaba. Cuando nevaba por la noche, decía la madre: -Blancanieve, ve a echar el cerrojo, y luego se sentaban en un rincón a la lumbre; la madre se ponía los anteojos y leía en un libro grande; y las dos, niñas la escuchaban hilando; cerca de ellas estaba acostado un pequeño cordero y detrás dormía una tórtola en su caña con la cabeza debajo del ala.
Una noche, cuando estaban hablando con la mayor tranquilidad, llamaron a la puerta. -Rojarosa; dijo la madre, ve a abrir corriendo, pues sin duda será algún viajero extraviado que buscará asilo por esta noche.
Rojarosa fue a descorrer el cerrojo y esperaba ver entrar algún pobre, cuando asomó un oso su gran cabeza negra por la puerta entreabierta. Rojarosa echó a correr dando gritos, el cordero comenzó a balar, la paloma revoloteaba por todo el cuarto y Blancanieve corrió a esconderse detrás de la cama de su madre. Pero el oso las dijo: -No temáis, no os haré daño; solo os pido permiso para calentarme un poco; pues estoy medio helado.
-Acércate al fuego, pobre oso; contestó la madre, pero ten cuidado de no quemarte la piel.
Después llamó a sus hijas de esta manera: -Blancanieve, Rojarosa, venid; el oso no os hará daño, tiene buenas intenciones.
Entonces vinieron las dos hermanas, y se acercaron también poco a poco el cordero y la tórtola y olvidaron su temor.
-Hijas, las dijo el oso, ¿queréis sacudir la nieve que ha caído encima de mis espaldas.
Las niñas cogieron entonces la escoba y le barrieron toda la piel; después se extendió delante de la lumbre manifestando con sus gruñidos que estaba contento y satisfecho. No tardaron en tranquilizarse por completo; y aún en jugar con este inesperado huésped. Le tiraban del pelo, se subían encima de su espalda le echaban a rodar por el cuarto, y cuando gruñía, comenzaban a reír. El oso las dejaba hacer cuanto querían, pero cuando veía que sus juegos iban demasiado lejos, les decía:
-Dejadme vivir, no vayáis a matar a vuestro pretendiente.
Cuando fueron a acostarse, le dijo la madre:
-Quédate ahí; pasa la noche delante de la lumbre, pues por lo menos estarás al abrigo del frío y del mal tiempo.
Las niñas le abrieron las puertas a la aurora, y él se fue al bosque trotando sobre la nieve. Desde aquel día, volvía todas, las noches a la misma hora, se extendía delante de la lumbre y las niñas jugaban con él todo lo que querían, habiendo llegado a acostumbrarse de tal modo a su presencia, que nunca echaban el cerrojo a la puerta hasta que él venía.
En la primavera, en cuanto comenzó a nacer el verde, dijo el oso a Blancanieve:
-Me marcho, y no volveré en todo el verano.
-¿Dónde vas, querido oso? le preguntó Blancanieve.
-Voy al bosque, tengo que cuidar de mis tesoros, porque no me los roben los malvados enanos. Por el invierno, cuando la tierra está helada, se ven obligados a permanecer en sus agujeros sin poder abrirse paso; pero ahora que el sol ha calentado ya la tierra, van a salir al merodeo; lo que cogen y ocultan en sus agujeros no vuelve a ver la luz con facilidad.
Blancanieve sintió mucho la partida del oso, cuando le abrió la puerta se desolló un poco al pasar con el pestillo, y creyó haber visto brillar oro bajo su piel, más no: estaba segura de ello. El oso partió con la mayor celeridad, y desapareció bien pronto entre los árboles.
Algún tiempo después, envió la madre a sus hijas a recoger madera seca al bosque, vieron un árbol muy grande en el suelo, y una cosa que corría por entre la yerba alrededor del tronco, sin que se pudiera distinguir bien lo que era. Al acercarse distinguieron un pequeño enano, con la cara vieja; y arrugada y una barba blanca de una vara de largo. Se le había enganchado la barba en una hendidura del árbol, y el enano saltaba como un perrillo atado con una cuerda que no puede romper; fijó sus ardientes ojos en las dos niñas, y las dijo:
-¿Qué hacéis ahí mirando? ¿por que, no venís a socorrerme?
-¿Cómo te has dejado coger así en la red, pobre hombrecillo? le preguntó Rojarosa.
-Tonta curiosa, replicó el enano; quería partir este árbol para tener pedazos pequeños de madera y astillas para mi cocina, pues nuestros platos son chiquititos y los tarugos grandes los quemarían; nosotros no nos atestamos de comida como vuestra raza grosera y tragona. Ya había introducido la cuña en la madera, pero la cuña era demasiado resbaladiza; ha saltado en el momento en, que menos lo esperaba, y el tronco se ha cerrado tan pronto, que no he tenido tiempo para retirar mi hermosa barba blanca que se ha quedado enredada. ¿Os echáis a reír, simples? ¡Qué feas sois?
Por más que hicieron las niñas no pudieron sacar la barba que estaba cogida como con un tornillo.
-Voy a buscar gente, dijo Rojarosa.
-¿Llamar gente? exclamó el enano con su ronca voz; ¿no sois ya demasiado vosotras dos, imbéciles borricas?
-Ten un poco de paciencia, dijo Blancanieve, y todo se arreglará.
Y sacando las tijeras de su bolsillo le cortó la punta de la barba. En cuanto el enano se vio libre, fue a coger un saco lleno de oro que estaba oculto en las raíces del árbol, diciendo:
-¡Que animales son esas criaturas! Cortar la punta de un hacha tan hermosa! El diablo os lleve.
Después se echó el saco a la espalda y se marchó sin mirarlas siquiera.
Algunos meses después fueron las hermanas a pescar al río; al acercarse a la orilla vieron correr una especie de saltamonte grande, que saltaba junto al agua como si quisiera arrojarse a ella, echaron a correr y conocieron al enano.
-¿Qué tienes? dijo Rojarosa, ¿es que quieres tirarte al río?
-¡Qué bestia eres! exclamó el enano, ¿no ves que es ese maldito pez que quiere arrastrarme al agua?
Un pescador había echado el anzuelo, mas por desgracia el aire enredó el hilo en la barba del enano, y cuando algunos instantes después mordió el cebo un pez muy grande, las fuerzas de la débil criatura no bastaron para sacarle del agua y el pez que tenía la ventaja atraía al enano hacia sí, quien tuvo que agarrarse a los juncos y a las yerbas de la ribera, a pesar de lo cual le arrastraba el pez y se veía en peligro de caer al agua. Las niñas llegaron a tiempo para detenerle y procuraron, desenredar su barba, pero todo en vano, pues se hallaba enganchada en el hilo. Fue precisa recurrir otra vez a las tijeras y cortaron, un poco de la punta. El enano, exclamó entonces encolerizado. -Necias, ¿tenéis la costumbre de desfigurar así a las gentes? ¿No ha sido bastante con haberme cortado la barba una vez, sino que habéis vuelto a cortármela hoy? ¿cómo me voy a presentar a mis hermanos? ¡Ojalá tengáis que correr sin zapatos y os desolleis los pies! y cogiendo un saco de perlas que estaba oculto entre las cañas, se le llevó sin decir una palabra y desapareció en seguida detrás de una piedra.
Poco tiempo después envió la madre a sus hijas a la aldea para comprar hilo, agujas y cintas, tenían que pasar por un erial lleno de rosas, donde distinguieron un pájaro muy grande que daba vueltas en el aire, y que después de haber volado largo tiempo por encima de sus cabezas, comenzó a bajar poco a poco, concluyendo por dejarse caer de pronto, al suelo. Al mismo tiempo se oyeron gritos penetrantes y lastimosos. Corrieron y vieron con asombro a un águila que tenía entre sus garras a su antiguo conocido el enano, y que procuraba llevársele. Las niñas, guiadas por su bondadoso corazón, sostuvieron al enano con todas sus fuerzas, y se las hubieron también con el águila que acabó por soltar su presa; pero en cuanto el enano se repuso de su estupor, les gritó con voz gruñona: -¿No podíais haberme cogido con un poco más de suavidad, pues habéis tirado de tal manera de mi pobre vestido que me le habéis hecho pedazos? ¡Qué torpes sois! Después cogió un saco de piedras preciosas y se deslizó a su agujero, enmedio de las rosas. Las niñas estaban acostumbradas a su ingratitud y así continuaron su camino sin hacer caso, yendo a la aldea a sus compras.
Cuando a su regreso volvieron a pasar por aquel sitio, sorprendieron al enano que estaba vaciando su saco de piedras preciosas, no creyendo que transitase nadie por allí a aquellas horas, pues era ya muy tarde. El sol al ponerse iluminaba la pedrería y lanzaba rayos tan brillantes, que las niñas se quedaron inmóviles para contemplarlas. -¿Por qué os quedáis ahí embobadas? las dijo, y su rostro ordinariamente gris estaba enteramente rojo de cólera.
Iba a continuar un dicterio, cuando salió del fondo del bosque un oso completamente negro, dando terribles gruñidos. El enano quería huir lleno de espanto, pero no tuvo tiempo para llegar a su escondrijo, pues el oso le cerró el paso; entonces le dijo suplicándole con un acento desesperado: -Perdonadme, querido señor oso, y os daré todos mis tesoros, todas esas joyas que veis delante de vos, concededme la vida: ¿qué ganaréis en matar a un miserable enano como yo? Apenas me sentirías entre los dientes; no es mucho mejor que cojáis a esas dos malditas muchachas, que son dos buenos bocados, gordas como codornices? Y zampáoslas en nombre de Dios.
Pero el oso sin escucharle, dio a aquella malvada criatura un golpe con su pata y cayó al suelo muerta.
Las niñas se habían salvado, pero el oso les gritó: -¿Blancanieve? ¿Rojarosa? No tengáis miedo, esperadme.
Reconocieron su voz y se detuvieron, y cuando estuvo cerca de ellas, cayó de repente su piel de oso y vieron a un joven vestido con un traje dorado. -Soy un príncipe, las dijo, ese infame enano me había convertido en oso, después de haberme robado todos mis tesoros; me había condenado a recorrer los bosques bajo esta forma y no podía verme libre más que con su muerte. Ahora ya ha recibido el premio de su maldad.
Blancanieve se casó con el príncipe y Rojarosa con un hermano suyo y repartieron entre todos los grandes tesoros que el enano había amontonado en su agujero. Su madre vivió todavía muchos años tranquila y feliz cerca de sus hijos. Tomó los dos rosales y los colocó en su ventana, donde daban todas las primaveras hermosísimas rosas blancas y encarnadas.
Rapunzel
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Había en una ocasión un matrimonio que deseaba hacía mucho tiempo tener un hijo, hasta que al fin dio la mujer esperanzas de que el Señor quería se cumpliesen sus deseos. En la alcoba de los esposos había una ventana pequeña, cuyas vistas daban a un hermoso huerto, en el cual se encontraban toda clase de flores y legumbres. Se hallaba empero rodeado de una alta pared, y nadie se atrevía a entrar dentro, porque pertenecía a una hechicera muy poderosa y temida de todos. Un día estaba la mujer a la ventana mirando al huerto en el cual vio un cuadro plantado de ruiponches, y la parecieron tan verdes y tan frescos, que sintió antojo por comerlos. Creció su antojo de día en día y, como no ignoraba que no podía satisfacerle, comenzó a estar triste, pálida y enfermiza. Asustose el marido y la preguntó:
-¿Qué tienes, querida esposa?
-¡Oh! le contestó, si no puedo comer ruiponches de los que hay detrás de nuestra casa, me moriré de seguro.
El marido que la quería mucho, pensó para sí.
-Antes de consentir en que muera mi mujer, la traeré el ruiponche, y sea lo que Dios quiera.
Al anochecer saltó las paredes del huerto de la hechicera, cogió en un momento un puñado de ruiponche, y se lo llevó a su mujer, que hizo enseguida una ensalada y se lo comió con el mayor apetito. Pero la supo tan bien, tan bien, que al día siguiente tenía mucha más gana todavía de volverlo a comer, no podía tener descanso si su marido no iba otra vez al huerto. Fue por lo tanto al anochecer, pero se asustó mucho, porque estaba en él la hechicera.
-¿Cómo te atreves, le dijo encolerizada, a venir a mi huerto y a robarme mi ruiponche como un ladrón? ¿No sabes que puede venirte una desgracia?
-¡Ah! la contestó, perdonad mi atrevimiento, pues lo he hecho por necesidad. Mi mujer ha visto vuestro ruiponche desde la ventana, y se le ha antojado de tal manera que moriría si no lo comiese.
La hechicera le dijo entonces deponiendo su enojo:
-Si es así como dices, coge cuanto ruiponche quieras, pero con una condición: tienes que entregarme el hijo que dé a luz tu mujer. Nada le faltará, y le cuidaré como si fuera su madre.
El marido se comprometió con pena, y en cuanto vio la luz su hijo le presentó a la hechicera, que puso a la niña el nombre de Rapunzel (que significa ruiponche) y se la llevó.
Rapunzel era la criatura más hermosa que ha habido bajo el sol. Cuando cumplió doce años la encerró la hechicera en una torre que había en un bosque, la cual no tenía escalera ni puerta, sino únicamente una ventana muy pequeña y alta. Cuando la hechicera quería entrar se ponía debajo de ella y decía:
Rapunzel, Rapunzel,
echa tus cabellos
subiré por ellos.
Pues Rapunzel tenía unos cabellos muy largos y hermosos y tan finos como el oro hilado. Apenas oía la voz de la hechicera, desataba su trenza, la dejaba caer desde lo alto de su ventana, que se hallaba a más de veinte varas del suelo y la hechicera subía entonces por ellos.
Mas sucedió, trascurridos un par de años, que pasó por aquel bosque el hijo del rey y se acercó a la torre en la cual oyó un cántico tan dulce y suave que se detuvo escuchándole. Era Rapunzel que pasaba el tiempo en su soledad entreteniéndose en repetir con su dulce voz las más agradables canciones. El hijo del rey hubiera querido entrar, y buscó la puerta de la torre, pero no pudo encontrarla. Marchose a su casa, pero el cántico había penetrado de tal manera en su corazón, que iba todos los días al bosque a escucharle. Estando uno de ellos bajo un árbol, vio que llegaba una hechicera, y la oyó decir:
Rapunzel, Rapunzel,
echa tus cabellos
subiré por ellos.
Rapunzel dejó entonces caer su cabellera y la hechicera subió por ella.
Si es esa la escalera por que se sube, dijo el príncipe, quiero yo también probar fortuna.
Y al día siguiente, cuando empezaba a anochecer se acercó a la torre y dijo:
Rapunzel, Rapunzel,
echa tus cabellos
subiré por ellos.
Enseguida cayeron los cabellos y subió el hijo del rey. Al principio se asustó Rapunzel cuando vio entrar un hombre, pues sus ojos no habían visto todavía ninguno, pero el hijo del rey comenzó a hablarla con la mayor amabilidad, y la refirió que su cántico había conmovido de tal manera su corazón, que desde entonces no había podido descansar un solo instante y se había propuesto verla y hablarla. Desapareció con esto el miedo de Rapunzel y cuando la preguntó si quería casarse con él, y vio que era joven y buen mozo, pensó entre sí:
-Le querré mucho más que a la vieja hechicera.
Le dijo que sí, y estrechó su mano con la suya, añadiendo:
-De buena gana me marcharía contigo, pero ignoro cómo he de bajar; siempre que vengas tráeme cordones de seda con los cuales iré haciendo una escala, y cuando sea suficientemente larga, bajaré, y me llevarás en tu caballo.
Convinieron en que iría todas las noches, pues la hechicera iba por el día, la cual no notó nada hasta que la preguntó Rapunzel una vez:
-Dime, abuelita ¿cómo es que tardas tanto tiempo en subir, mientras el hijo del rey llega en un momento a mi lado?
-¡Ah, pícara! la contestó la hechicera. ¡Qué es lo que oigo! ¡Yo que creía haberte ocultado a todo el mundo, y me has engañado!
Cogió encolerizada los hermosos cabellos de Rapunzel, los dio un par de vueltas a su mano izquierda, tomó unas tijeras con la derecha, y tris, tras, los cortó, cayendo al suelo las hermosas trenzas, y llegó a tal extremo su furor que llevó a la pobre Rapunzel a un desierto, donde la condenó a vivir entre lágrimas y dolores.
El mismo día en que descubrió la hechicera el secreto de Rapunzel, tomó por la noche los cabellos que la había cortado, los aseguró a la ventana, y cuando vino el príncipe dijo:
Rapunzel, Rapunzel,
echa tus cabellos
subiré por ellos,
los encontró colgando. El hijo del rey subió entonces, pero no encontró a su querida Rapunzel, sino a la hechicera, que le recibió con la peor cara del mundo.
-¡Hola! le dijo burlándose, vienes a buscar a tu queridita, pero el pájaro no está ya en su nido y no volverá a cantar; le han sacado de su jaula y tus ojos no le verán ya más. Rapunzel es cosa perdida para ti, no la encontrarás nunca.
El príncipe sintió el dolor más profundo y en su desesperación saltó de la torre; tuvo la fortuna de no perder la vida, pero las zarzas en que cayó le atravesaron los ojos. Comenzó a andar a ciegas por el bosque, no comía más que raíces y hierbas y sólo se ocupaba en lamentarse y llorar la pérdida de su querida esposa. Vagó así durante algunos años en la mayor miseria, hasta que llegó al final desierto donde vivía Rapunzel en continua angustia. Oyó su voz y creyó conocerla; fue derecho hacia ella, la reconoció apenas la hubo encontrado, se arrojó a su cuello y lloró amargamente. Las lágrimas que batearon sus ojos, les devolvieron su antigua claridad y volvió a ver como antes. La llevó a su reino donde fueron recibidos con grande alegría, y vivieron muchos años dichosos y contentos.
La carga ligera
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En una ocasión había una buena vieja que vivió con una manada de gansos en un desierto en medio de las montañas, donde tenía su habitación. El desierto se hallaba en lo más espeso de un bosque, y todas las mañanas cogía la vieja su muleta e iba a la entrada del bosque con paso trémulo. Una vez allí, la buena vieja trabajaba con una actividad de que no se la hubiera creído capaz al ver sus muchos años, recogía hierba para sus gansos, alcanzaba las frutas salvajes que se hallaban a la altura a que podía llegar, y lo llevaba luego todo a cuestas. Parecía que iba a sucumbir bajo semejante peso; pero siempre le llevaba con facilidad hasta su casa. Cuando encontraba a alguien le saludaba amistosamente.
-Buenos días, querido vecino, hace muy buen tiempo. Os extrañará sin duda que lleve esta hierba; pero todos debemos llevar acuestas nuestra carga.
No gustaba, sin embargo, a nadie el encontrarla y preferían dar un rodeo, y si pasaba cerca de ella algún padre con su hijo, le decía:
-Ten cuidado con esa vieja; es astuta como un demonio; es una hechicera.
Una mañana atravesaba el bosque un joven muy guapo; brillaba el sol, cantaban los pájaros, un fresco viento soplaba en el follaje, y el joven estaba alegre y de buen humor. Aún no había encontrado un alma viviente, cuando de repente distinguió a la vieja hechicera en cuclillas cortando la hierba con su hoz. Había reunido ya una carga entera en su saco y al lado tenía dos cestos grandes, llenos basta arriba de peras y manzanas silvestres.
-Abuela, le dijo, ¿cómo pensáis llevar todo eso?
-Pues tengo que llevarlo, querido señorito, le contestó; los hijos de los ricos no saben lo que son trabajos. Pero a los pobres se les dice:
Es preciso trabajar,
no habiendo otro bienestar.
-¿Queréis ayudarme? añadió la vieja viendo que se detenía; aún tenéis las espaldas derechas y las piernas fuertes: esto no vale nada para vos. Además, mi casa no está lejos de aquí: está en un matorral, al otro lado de la colina. Treparéis allá arriba en un instante.
El joven tuvo compasión de la vieja, y la dijo:
-Verdad es que mi padre no es labrador, sino un conde muy rico; sin embargo, para que veáis que no son sólo los pobres los que saben llevar una carga, os ayudaré a llevar la vuestra.
-Si lo hacéis así, contestó la vieja, me alegraré mucho. Tendréis que andar una hora; ¿pero qué os importa? También llevaréis las peras y las manzanas.
El joven conde comenzó a reflexionar un poco cuando le hablaron de una hora de camino; pero la vieja no le dejó volverse atrás, le colgó el saco a las espaldas y puso en las manos los dos cestos.
-Ya veis, le dijo, que eso no pesa nada.
-No, esto pesa mucho, repaso el conde haciendo un gesto horrible; vuestro saco es tan pesado, que cualquiera diría que está llenó de piedras; las manzanas y las peras son tan pesadas como el plomo; apenas tengo fuerza para respirar.
Tenía mucha gana de dejar su carga, pero la vieja no se lo permitió.
-¡Bah! no creo, le dijo con tono burlón, que un señorito tan buen mozo, no pueda llevar lo que llevo yo constantemente, tan vieja como soy. Están prontos a ayudaros con palabras, pero si se llega a los hechos, sólo procuran esquivarse. ¿Por qué, añadió, os quedáis así titubeando? En marcha, nadie os librará ya de esa carga.
Mientras caminaron por la llanura, el joven pudo resistirlo; pero cuando llegaron a la montaña y tuvieron que subirla, cuando las piedras rodaron detrás de él como si hubieran estado vivas, la fatiga fue superior a sus fuerzas. Las gotas de sudor bañaban su frente, y corrían frías unas veces, ardiendo otras, por todas las partes de su cuerpo.
-Ahora, la dijo, no puedo más, voy a descansar un poco.
-No, dijo la vieja, cuando hayamos llegado podréis descansar; ahora hay que andar. ¿Quién sabe si esto podrá servirte para algo?
-Vieja, eres muy descarada, dijo el conde.
Y quiso deshacerse del saco, mas trabajó en vano, pues el saco estaba tan bien atado como si formara parte de su espalda. Se volvía y revolvía, pero sin conseguir soltar la carga.
La vieja se echó a reír, y se puso a saltar muy alegre con su muleta.
-No os incomodéis, mi querido señorito, le dijo, estáis en verdad encarnado como un gallo; llevad vuestro fardo con paciencia; cuando lleguemos a casa os daré una buena propina.
¿Qué había de hacer? tenía que someterse y arrastrarse con paciencia detrás de la vieja, que parecía volverse más lista a cada momento mientras, que su carga era cada vez más pesada. De repente toma carrera salta encima de su saco, y se sienta sobre él; aunque estaba ética, pesaba doble que la aldeana más robusta. Las rodillas del joven temblaron; pero cuando se detenía, le daba en las piernas con una varita. Subió jadeando la montaña y llegó por último a la casa de la vieja, en el mismo momento en que, próximo a sucumbir, hacía el último esfuerzo. Cuando los gansos distinguieron a la vieja extendieron sus picos hacia arriba, sacaron el cuello hacia adelante, y salieron a su encuentro dando gritos de ¡hu! ¡hu! Detrás de la bandada iba una muchacha alta y robusta pero fea como la noche.
-¡Madre! dijo a la vieja ¿os ha sucedido algo? Habéis estado fuera mucho tiempo.
-No, hija mía, la contestó, no me ha sucedido nada malo, por el contrario, este buen señorito, que ves aquí, me ha traído mi hierba, y además, como yo estaba cansada, me ha traído también a cuestas. El camino no me ha parecido muy largo, estábamos de buen humor y hemos tenido una conversación muy agradable.
La vieja, por último, se dejó caer al suelo, quitó la carga de la espalda del joven, los cestos de sus manos, le miró alegremente, y le dijo:
-Ahora sentaos en ese banco que está delante de la puerta, y descansad. Habéis ganado lealmente vuestro salario y no le perderéis.
Después dijo a la joven que cuidaba los gansos:
-Vuelve a casa, hija mía, no está bien que te quedes aquí sola con este señorito; no se debe poner la leña junto al fuego, podría enamorarse de ti.
El conde ignoraba si debía reírse o llorar.
-Una mujer de esa clase, dijo por lo bajo, no podía esperar mucho de mi corazón, aunque no tuviera más que treinta años.
La vieja sin embargo, cuidó a los gansos como si fueran sus hijos; después entró con su hija en su casa. El joven se echó en el banco bajo un manzano silvestre. La atmósfera estaba serena y no hacia calor; alrededor suyo se extendía una pradera de prímulas, tomillo y otras mil clases de flores; en su centro murmuraba un claro arroyo, dorado por los rayos del sol, y los blancos gansos se paseaban por la orilla o se sumergían en el agua.
-Este lugar es delicioso, dijo; pero estoy tan cansado, que se me cierran los ojos; quiero dormir un poco, siempre que el aire no me lleve las piernas, pues están tan ligeras como la hierba.
En cuanto durmió un instante vino la vieja y le despertó menéandole.
-Levántate, le dijo; no puedes quedarte aquí. Te he atormentado un poco, es verdad; pero no te ha costado la vida. Ahora voy a darte tu salario; tú no necesitas dinero, ni bienes; te daré otra cosa.
Diciendo esto le puso en la mano una cajita de esmeralda, de una sola pieza.
-Guárdala bien, le dijo, te traerá la fortuna.
El conde se levantó y viendo que estaba descansado y había recobrado sus fuerzas, dio gracias a la vieja por su regalo y se puso en camino sin pensar un instante en mirar a la hermosa ninfa. Se hallaba ya a alguna distancia cuando oía todavía a lo lejos el alegre grito de los gansos.
El conde permaneció tres días perdido en aquellas soledades antes de poder encontrar el camino. Por último llegó a una ciudad, y como no le conocía nadie, se hizo conducir al palacio del rey, donde el príncipe y su mujer estaban sentados en su trono. El conde puso una rodilla en tierra, sacó de su bolsillo la caja de esmeralda y la depositó a los pies de la reina. Le mandó levantarse y fue a presentarla su caja. Pero apenas la había abierto y mirado, cuando cayó en tierra como muerta. El conde fue detenido por los criados del rey, e iba a ser puesto en prisión, cuando la reina abrió los ojos y mandó que le dejaran libre, y que salieran todos, porque quería hablarle en secreto.
Cuando se quedó sola la reina se echó a llorar amargamente y dijo:
-¿De qué me sirven el esplendor y los honores que me rodean? Todas las mañanas despierto llena de cuidados y de aflicciones. He tenido tres hijas, la menor de las cuales era tan hermosa que todas la miraban como una maravilla. Era blanca como la nieve, colorada como la flor del manzano, y brillaban sus cabellos como los rayos del sol. Cuando lloraba no eran lágrimas las que caían de sus ojos, sino perlas y piedras preciosas. Cuando llegó a la edad de trece años, mandó el rey venir a sus tres hijas delante de su trono. Era digno de ver cómo abría todo el mundo los ojos cuando entró la menor; creía uno presenciar la salida del sol. El rey dijo:
-Hijas mías, ignoro cuando llegará mi último día; quiero decidir desde hoy lo que debe recibir cada una de vosotras después de mi muerte. Las tres me amáis, pero la que me ame más tendrá la mejor parte.
Cada una dijo que era ella la que amaba más a su padre.
-¿No podríais, repuso el rey, «explicarme todo lo que me amáis? Así sabré cuáles son vuestros sentimientos.
La mayor dijo:
-Amo a mi padre como al azúcar más dulce.
La segunda:
-Amo a mi padre como al vestido más hermoso.
Pero, la menor guardó silencio.
-¿Y tú, dijo su padre, cómo me amas?
-No sé; respondió, y no puedo comparar mi amor a nada.
Pero el padre insistió en que designara un objeto. Al fin dijo:
-El mejor de los manjares no tiene gusto para mí si carece de sal; pues bien, yo amo a mi padre como a la sal.
-Puesto que me amas como a la sal, recompensaré también tu amor con sal. Repartió su reino entre sus dos hijas mayores, e hizo atar un saco de sal a la espalda de la más joven, y mandó dos criados que la condujesen a un bosque inculto. Todos nosotros hemos llorado y suplicado por ella, más no ha habido medio de apaciguar la cólera del rey. ¡Cuánto ha llorado, cuando ha tenido que separarse de nosotros! Ha sembrado todo el camino con las perlas que han caído de sus ojos. El rey no ha tardado en arrepentirse de su crueldad, y ha hecho buscar a la pobre niña por todo el bosque, pero nadie ha podido encontrarla. Cuando pienso en si se le habrán comido las fieras salvajes no puedo vivir de tristeza; a veces me consuelo con la esperanza de que vive todavía y que está oculta en una caverna, o que ha encontrado un asilo entre personas caritativas. Pero lo que me admira es que cuando he abierto vuestra caja de esmeralda encerraba una perla semejante en todo a las que caían de los ojos de mi hija, por lo que podéis imaginar cuánto se ha conmovido a esta vista mi corazón. Es preciso que me digáis cómo habéis llegado a poseer esta perla.
El conde la refirió que la había recibido de la vieja del bosque que le había parecido ser una mujer extraña y tal vez hechicera, pero que no había visto ni oído nada que tuviera relación con su hija. El rey y la reina tomaron la resolución de ir a buscar a la vieja, esperando que allí donde se había encontrado la perla hallarían también noticias de su hija.
Estaba la vieja en su soledad, sentada a la puerta junto a su rueca e hilaba. Era ya de noche, y algunas astillas que ardían en el hogar esparcían una débil claridad. De repente oyó ruido fuera: los gansos entraron del matorral a la habitación, dando el más ronco de sus gritos. Poco después entró la joven a su vez. Apenas la vieja la saludó y se contentó con menear un poco la cabeza. La joven se sentó a su lado, cogió su rueca y torció el hilo con la misma ligereza que hubiera podido hacerlo la muchacha más lista. Permanecieron dos horas así sentadas sin decirse una palabra. Sintieron por último ruido junto a la ventana y vieron brillar dos ojos de fuego. Era un mochuelo que gritó tres veces ¡hu! ¡hu! La vieja, sin levantar apenas los ojos, dijo:
-Ya es tiempo, hijo mía, de que salgas para hacer tu tarea.
Se levantó y salió.
¿Dónde iba? Lejos, muy lejos, al prado junto al valle. Llegó por último, orilla de una fuente, a cuyo lado se hallaban tres encinas. La luna, se mostraba redonda y llena encima de la montaña, y daba tanta luz, que se podía buscar un alfiler. La niña levantó una piel que cubría su rostro, se inclinó hacia la fuente y comenzó a lavarse. Cuando hubo concluido, metió la piel en el agua de la fuente para que blanquease y se secara a la luz de la luna. ¡Pero qué cambiada estaba la niña! Nunca se ha visto nada semejante. En cuanto desató su trenza gris, sus cabellos dorados brillaban como rayos del sol, y se extendieron como un manto sobre todo su cuerpo. Sus ojos lucían como las estrellas del cielo, y sus mejillas tenían el suave color rosado de la flor del manzano.
Pero la joven estaba triste. Se sentó y lloró amargamente. Las lágrimas cayeron unas tras otras de sus ojos y rodaron hasta el suelo entre sus largos cabellos. Hubiera permanecido allí largo tiempo, si el ruido de algunas ramas que crujían en un árbol próximo no hubiera llegado a sus oídos. Saltó como un corzo que ha oído el disparo del cazador. La luna se hallaba velada en aquel instante por una nube sombría; la niña se cubrió en un momento con la vieja piel y desapareció como una luz apagada por el viento.
Corrió hacia la casa temblando como la hoja del álamo. La vieja estaba a la puerta de pie; la joven quiso referirla lo que la había sucedido, pero la vieja sonrió con cierta gracia y la dijo:
-Todo lo sé.
La condujo al cuarto y encendió algunas astillas. Pero no se sentó junto a su hija; cogió una escoba y comenzó a barrer y a sacudir el polvo.
-Todo debe estar limpio y arreglado aquí, dijo a la joven.
-Pero madre mía, repuso esta, es muy tarde para comenzar este trabajo. ¿A qué viene eso?
-¿Sabes la hora que es? la preguntó la vieja.
-Aún no son las doce, repuso la joven, pero ya han dado las once.
-¿No recuerdas, continuó la vieja, que hace tres años hoy que has venido a mi casa? El plazo ha concluido, no podemos continuar más tiempo juntas.
La joven dijo asustada:
-¡Ah! buena madre, ¿queréis echarme? ¿dónde iré? Yo no tengo amigos, ni patria, donde hallar un asilo. He hecho todo lo que habéis querido y habéis estado siempre contenta conmigo, no me echéis.
La vieja no quería decir a la niña lo que iba a suceder.
-No puedo permanecer aquí más tiempo, la dijo, pero cuando deje esta morada, es preciso que la casa y el cuarto estén limpios. No me detengas, pues, en mi trabajo. En cuanto a ti no tengas cuidado; hallarás un techo en el que podrás habitar y quedarás contenta también con la recompensa que te daré.
-Pero decidme lo que va a pasar, preguntó la joven otra vez.
-Te lo repito, no me interrumpas en mi trabajo. No digas una palabra más: ve a tu cuarto, quítate la piel que cubre tu rostro, y ponte el vestido que traías cuando has venido a mi casa; después quédate en tu cuarto hasta que yo te llame.
Pero debo volver a hablar del rey y de la reina, que habían partido con el conde para ir a buscar a la vieja a su soledad. El conde se había separado de ellos durante la noche, y se vio obligado a continuar solo su camino. Al día siguiente le pareció que estaba en el buen camino, y continuó andando hasta cerca del anochecer. Entonces subió a un árbol para pasar la noche, pues temía extraviarse. Cuando alumbró la luna el terreno, distinguió una persona que bajaba de la montaña. Llevaba una vara en la mano, por lo que conoció que era la joven que guardaba los gansos que había visto en la casa de la vieja. ¡Ah! dijo, viene hacia aquí, ya veo a una de las dos hechiceras: la otra no puede escapárseme.
Pero ¡cuál fue su asombro cuando la vio acercarse a la fuente, quitarse la piel; cuando la cubrieron sus dorados cabellos y se mostró más hermosa que ninguna de las mujeres que había visto en el mundo! Apenas se atrevía a respirar, pero alargaba el cuello todo lo que podía; a través del follaje, y la miraba sin volver los ojos; ya fuese que se hubiera inclinado demasiado, o por cualquier otra causa, crujió de repente una rama, y vio a la joven en el mismo instante oculta bajo la piel; saltó como un corzo y habiéndose ocultado la luna en aquel momento, se escapó a sus miradas.
Apenas hubo desaparecido, bajó el joven del árbol, y se puso a perseguirla a toda prisa. No había dado más que algunos pasos, cuando vio entre el crepúsculo dos personas que marchaban a través de la pradera. Eran el rey y la reina que habían distinguido desde lejos una luz en la casa de la vieja y se dirigían hacia aquel lado. El conde les refirió las maravillas que había visto cerca de la fuente y no dudaron que hablaba de su perdida hija. Avanzaron alegres y bien pronto llegaron a la casa. Los gansos estaban colocados a su alrededor, dormían con la cabeza oculta bajo las alas, y ninguno se movía. Miraron por la ventana dentro de la habitación, y vieron a la vieja sentada e hilando con la mayor tranquilidad, inclinando la cabeza y sin mover los ojos. El cuarto estaba tan limpio como si estuviera habitado por esas pequeñas sílfides aéreas que no tienen polvo en los pies. Pero no vieron a su hija. Lo miraron todo durante algunos momentos, se animaron por último, y llamaron suavemente a la ventana.
Se hubiera dicho que los esperaba la vieja, pues se levantó y les dijo con su voz rústica:
-Entrad, ya sé quién sois.
En cuanto entraron en el cuarto, añadió la vieja:
-Hubierais podido ahorraros ese largo camino, si no hubierais echado injustamente, hace tres años, a vuestra hija que es tan buena y tan graciosa. Nada ha perdido, pues durante tres años ha guardado gansos, en cuyo tiempo no ha aprendido nada malo y ha conservado la pureza de su corazón. Pero estáis suficientemente castigados con la inquietud en que habéis vivido. Después se acercó al cuarto, y dijo:
-Sal, hija mía.
Se abrió la puerta y salió la hija del rey vestida con su traje de seda, con sus cabellos dorados y sus ojos brillantes. Se hubiera dicho que descendía un ángel del cielo. Corrió hacia su padre y su madre, se lanzó a su cuello, y abrazó a todos llorando sin poder contenerse. El joven conde se hallaba a su lado y cuando le vio, su rostro se puso encarnado como una rosa; ella misma ignoraba la causa. El rey dijo:
-Querida hija, ya he repartido mi reino; ¿qué podré darte a ti?
-No necesita nada, dijo la vieja; yo la doy las lágrimas que ha vertido por vosotros; son otras tantas perlas más hermosas que las que se hallan en el mar y son de un precio mucho mayor que todo vuestro reino. Y en recompensa de sus servicios, la doy mi pequeña casa.
La vieja desapareció en cuanto dijo estas palabras. Oyeron entonces crujir ligeramente las paredes, y cuando se volvieron encontraron la pequeña casa convertida en un soberbio palacio; una mesa real se hallaba delante de los huéspedes, y los criados iban y venían alrededor.
La historia continúa todavía; pero mi abuela que me la ha referido había perdido un poco la memoria y olvidó lo demás. Creo, sin embargo, que la hermosa hija del rey se casó con el conde; que permanecieron juntos en el palacio, y que vivieron en la mayor felicidad todo el tiempo que Dios quiso. Si los gansos blancos que se guardaban cerca de la casa eran otras tantas jóvenes (no lo echéis a mala parte) que la vieja había recogido a su lado, si tomaron figura humana y quedaron en calidad de damas al lado de la reina, no puedo decirlo aunque lo presumo. Lo cierto es que la vieja no era una hechicera, sino una buena hada que no quería más que hacer bien. Probablemente también fue ella quien concedió a la hija del rey a su nacimiento el don de llorar perlas en vez de lágrimas. Esto no sucede ahora, pues entonces los pobres serían bien pronto ricos.
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