Czytaj książkę: «Augustus Carp»
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AUGUSTUS CARP
Contenido
Portada
Newsletter
Página de créditos
Sobre este libro
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Notas
Sobre el autor
Créditos
Augustus Carp
V.1: mayo de 2020
Título original: Augustus Carp, Esq. by Himself
© M. Franklin, 1924
© de la traducción, Claudia Casanova, 2012
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Aideé Morales Garnica
Publicado por Ático de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@aticodeloslibros.com
www.aticodeloslibros.com
ISBN: 978-84-18217-14-2
THEMA: FBC
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita usar algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Augustus Carp
Una sátira contra la hipocresía
Administrador de una parroquia, superintendente de la catequesis y presidente de la Liga por la Pureza de San Potamus, Augustus Carp tiene por costumbre exponer los pecados y defectos de los demás mientras, al mismo tiempo, es perfectamente capaz de ignorar los propios.
Desde su más tierna infancia, Augustus emprende continuas campañas contra la lascivia, la bebida y el tabaco, mientras a su vez cae en muchos otros vicios en nombre de la piedad. Cuanto más en serio se toma Carp a sí mismo y más enardecidamente lucha contra los pecadores, más hace reír al lector, que verá fácilmente a través de la supuesta caridad cristiana del protagonista.
La vida de Carp recorre un abanico de situaciones vergonzosas que van desde su incapacidad de bajar de los autobuses sin caerse, pasando por sus problemas crónicos con las flatulencias o su cruzada para salvar a una linda actriz de teatro de los pecados de su profesión, hasta una borrachera de proporciones épicas producida por el consumo desmesurado de un misterioso «zumo de frutas».
Escrito en 1924, Augustus Carp es un gran clásico de la literatura de humor inglesa moderna.
«Una farsa sublime y feroz.»
The New Yorker
«Incomparable. Una divertida sátira contra la hipocresía.»
The New Statesman
«La voz narrativa de Augustus es una obra maestra de ironía controlada, que se revela en cada palabra y en cada giro de su elegante sintaxis.»
The Washington Post
«Carp es piadoso, hipócrita, glotón, no demasiado brillante y, sí, el criticón más célebre del sur de Londres.»
London Review of Books
«Autobiografía burlesca de un egocéntrico, estirado y puritano zoquete que se perdona sus numerosos defectos en nombre del cristianismo mientras condena a los demás por los mismos actos. Muy divertida.»
Library Journal

Servidor a la edad de veintiún años en una fotografía ahora en poder del reverendo Simeon Whey.
Capítulo I
Ninguna disculpa por haber escrito este libro. Un deber imperativo en las actuales circunstancias. Descripción de mis padres y de su apariencia personal. Descripción de Mon Repos, Angela Gardens. Larga ansiedad previa a mi nacimiento. Alegría intensa cuando por fin tiene lugar. Decisión de mi padre respecto a mi nombre de pila. Temprana selección de mi primer padrino.
Es costumbre al publicar una autobiografía, según he comprobado, escribir un exordio que incluya algún tipo de disculpa. Pero hay ocasiones, y sin duda la presente es una de ellas, en que hacerlo es manifiestamente innecesario. En una época en que los valores morales han sido violentados o están a punto de desaparecer; en que todos los periódicos publican diariamente imágenes de violencia, divorcios e incendios provocados; cuando un buen número de chicas jóvenes fuma cigarrillos y, según me aseguran, incluso cigarros puros; cuando las mujeres maduras, madres de infelices niños, se adentran en el mar en bañadores de una sola pieza y los hombres casados, cabezas de sus familias, prefieren el parpadeo del cinematógrafo al credo de Atanasio, en una época así obviamente es un deber cuya elusión resulta injustificable el ofrecer al mundo un ejemplo mejor.
Esa es mi sensación, cada vez con mayor urgencia, desde hace un tiempo —tengo ahora cuarenta y siete años —. Y cuando no sólo mi esposa y sus cuatro hermanas, sino también el cura de mi parroquia, el reverendo Simeon Whey, acudieron a mí para sugerirme que emprendiera esta labor, sentí que retrasarla habría sido un pecado. Soy perfectamente consciente de que a muchos el pecado no les impresiona. Y me resulta igualmente familiar el hecho de que otros niegan incluso su existencia. Pero yo no me cuento entre ellos. En todos los terrenos soy un implacable enemigo del pecado. Lo he reprochado continuamente a otros y me he abstenido estrictamente de cometerlo. Y por ese motivo he considerado que debía escribir este volumen.
Me propongo, en primer lugar, tratar de mi entorno en mis primeros años y de la influencia que sobre mí ejerció mi padre, convencido como estoy de que todo hombre (y, en menor grado, toda mujer) es producto enteramente de sus decisiones y actos personales. No puedo pretender, por supuesto, atribuir demasiada importancia a la mera influencia paterna. Sin embargo, es indudable que desempeña un cierto papel en las vidas de todos y cada uno de nosotros. Y aunque mi padre poseía numerosos defectos, como descubrí y pude decirle posteriormente, se las arregló para descargar sobre mi persona la fuerza de un carácter frecuentemente noble.
No niego que ese fuera su deber, claro está. Pero el deber bien hecho es lo bastante escaso como para merecer su justo reconocimiento. Y hoy en día, cuando la paternidad se toma tan a la ligera y es con tanta frecuencia accidental, ciertamente no es excesiva la atención que podamos destinar a un comportamiento tan distinto, incluso opuesto.
Decía pues que en el momento de mi nacimiento, y hasta el día en que murió, mi padre fue un funcionario cuya posición entrañaba ciertas responsabilidades, puesto que era el recaudador de facturas pendientes de la Compañía del Agua. Además, también era el agente más respetado y que gozaba de la mayor confianza de la compañía de seguros por robo o incendio Durham y West Hartlepool; acólito de la iglesia de Santiago el Menor, e inquilino de Mon Repos, en Angela Gardens. Esta era una de las treinta y seis casas admirablemente concebidas, que pertenecían a un estilo arquitectónico similar y ricamente ornamentado, cuyas puertas delanteras, todas y cada una de ellas, estaban flanqueadas y coronadas por vidrios azules y bermellones en forma de diamante. Y aunque es cierto que esta casa en concreto había sido bautizada por su dueño en un idioma foráneo, el lector no debe suponer que su nomenclatura recibiera la aprobación de mi padre. Por el contrario, no solamente protestó, sino que tanta era su desconfianza acerca de la moral francesa que siempre insistió, tanto frente a los demás como a sí mismo, en emplear una pronunciación estrictamente inglesa.
Mi padre, que era de una altura media tirando a bajo, se había inclinado hacia una figura corpulenta, incluso de joven, una característica que también yo heredé y que él se esforzó en retener hasta el final de sus días. Tampoco perdió un ápice —o, al menos, no lo bastante como para que se reparase en ello— del abundante pelo que crecía en su cráneo, ni su bigote brillante y lustroso, o su voz extraordinariamente poderosa. Poseía un profundo timbre grave, que en momentos de intensa emoción se convertía súbitamente en un falsete agudo, y nunca vacilaba, si se trataba de una causa que le mereciera respeto, en emplearlo a fondo. Los ojos de mi padre eran singularmente pálidos, de un azul sin parpadeos, que contrastaba con su tez rubicunda; era el afortunado dueño de una nariz excepcionalmente grande y bien perfilada, mientras que en sus enormes orejas, con sus lóbulos desvergonzadamente protuberantes, se manifestaba la rara facultad del movimiento independiente.
Mi madre, por el contrario, no presentaba apenas característica alguna que pudiera calificarse de hermosa, en el sentido estricto de la palabra, aunque era algo más alta que mi padre, y poseía unos ojos de parecido tono azul. Su nariz, igual que la de mi padre, era grande, pero se había erigido sobre facciones menos pronunciadas, y la zona ligeramente rojiza bajo su labio inferior podría ser confundida, a ojos de ciertas personas, con una desfiguración. No obstante, había heredado un carácter en apariencia tranquilo, además de quinientas libras, y era descendiente de la rama de Walworth Road de la gran familia de los Robinson. Era la mayor de las nueve hijas de Mortimer Robinson, un comerciante de víveres muy conocido, y mi padre sostenía, aunque sin éxito, que estaba emparentada con Peter Robinson, de Oxford Street, aunque al mismo tiempo afirmaba, medio en broma, que también era pariente del personaje ficticio conocido como Robinson Crusoe. Era de costumbres limpias, se movía en silencio por la casa y obedecía invariablemente el más mínimo deseo de mi padre; así pues, a menudo mi progenitor me confesaba que muy pocas veces había lamentado seriamente el haberla elegido como esposa.
Por lo tanto, contando con el capital suficiente no solamente para amueblar su casa sino para satisfacer el primer año de alquiler y apartar, además, una cantidad para las emergencias, cualquier observador ignorante podría suponer que mi padre estaba libre de preocupaciones. Sin embargo, no era el caso: se vio obligado a hacer frente, casi de inmediato, a una de las penurias más severas de su vida de casado. A pesar de que deseaba ardientemente que la familia creciera, la Providencia tardó nueve meses y medio en responder a sus plegarias, y mientras semana tras semana la cuna permanecía vacía, solamente su fe inquebrantable le salvó de la desesperación. Por fin llegó el momento, y mi padre me lo describió tan vívidamente que todavía comparto su júbilo triunfante.
Nací a las tres y media de una mañana de febrero, mientras el mundo estaba cubierto con un fino manto de nieve. A esa hora, la tía de mi madre, la señora Emily Smith, abrió la puerta del dormitorio y apareció en el rellano. Mi padre había salido de la casa para inclinarse sobre la verja, y seguía en esa posición cuando ella abrió la puerta, pero la madre de mi madre, junto a otra de las tías de mi madre, estaban al pie de las escaleras con las cabezas inclinadas. Boca abajo en el salón, estiradas en posturas incómodas, cinco de sus ocho hermanas arrancaban unas horas de sueño alterado, mientras dos compañeras del Sindicato de Madres estaban de rodillas en la parte posterior de la casa, en la cocina. De no ser porque dos de las hermanas de mi madre aún no se habían sometido, por aquel entonces, a una extracción de amígdalas, la casa entera habría estado sumida en el más absoluto silencio.
La madre de mi madre fue la primera que vio a la señora Smith, aunque, por así decirlo, fue a través de una neblina. La señora Smith fue la primera en hablar, con voz trémula por la emoción.
—¿Dónde está Augustus? —dijo ella. Augustus era el nombre de mi padre.
—Acaba de salir —dijo la madre de mi madre.
Algo cayó pesadamente en el linóleo del vestíbulo. Era una gota de sudor de la frente de la señora Smith.
—Dígale —declaró— que es el padre de un niño.
La madre de mi madre emitió un notable grito, y mi padre llegó a su lado en un santiamén. Como he dicho, su rostro siempre estaba colorado, pero en ese instante pareció estar literalmente incendiado. Las dos compañeras del Sindicato de Madres de mi madre, acompañadas de las cinco cuñadas de mi padre, se agolparon en el vestíbulo. La señora Smith se inclinó por encima de la barandilla.
—Un niño —exclamó—. ¡Es un niño!
—¿Un niño? —repitió mi padre.
—Sí, un niño —dijo la señora Smith.
Hubo un momento de silencio, y luego la Naturaleza tomó las riendas. Mi padre estalló en lágrimas, sin el menor ápice de vergüenza. La madre de mi madre le dio un beso en el cuello al tiempo que las dos compañeras del Sindicato se lanzaron a entonar un himno. Unos instantes más tarde, las cinco hermanas de mi madre se pusieron a proclamar simultáneamente la doxología. Entonces, mi padre recobró el sentido y levantó la mano.
—Le llamaré Augustus, como yo —dijo.
—¿O tín? —sugirió la madre de mi madre—. Tín, como el santo.
—¿Tín? ¿Qué quiere decir? —repitió mi padre.
—Agus-tín —sugirió la señora Emily Smith.
Pero mi padre sacudió la cabeza.
—No, será como he dicho. Mejor tus que tín.
Entonces, las cinco cuñadas se unieron a los cánticos que sus dos compañeras no habían sido capaces de abandonar, hasta que mi padre, que no cesaba de reflexionar a la velocidad de un rayo, volvió a levantar la mano.
—Y le ofreceré al vicario la ocasión de ser el primer padrino de Augustus.
Luego inspiró profundamente, echó sus hombros hacia atrás, ladeó la barbilla y cerró los ojos; y con todo el vigor de su inmensa voz, él también se sumó a la doxología.
Capítulo II
Las penurias de mi infancia. Variedades de indigestión. Sufro de un eritema local. Circunstancia de la generosidad paterna. Dificultad frente a la selección de un segundo padrino. Solución inesperada al problema. Ceremonia de mi bautizo. Huida por los pelos. ¿Fue una negligencia culpable? Mi padre transfiere su visita semanal al templo a Santiago el Más Menor, en Peckham Rye.
No me propongo abordar en detalle la porción de mi vida que transcurre desde mi nacimiento hasta mi bautizo, debido a limitaciones de espacio. Quizá constituya un consuelo para los sufridores más débiles el saber que, desde el principio, la mala salud que me ha convertido en un mártir de por vida desempeñó un papel esencial en la configuración de mi fuerza de voluntad y mi carácter. Singularmente bien formado, de tez sanguínea y casi dos kilogramos de peso, la Providencia consideró que debía purgarme casi inmediatamente sin ayuda medicinal. Nunca quedó claro si se debió, como mi padre argumentó con vehemencia, con el permiso de la Supervisión Divina, a excesos dietéticos o falta de discreción por parte de mi madre. Pero el hecho es que, durante varias semanas, sufrí de indigestión en las dos direcciones principales.
Por dos veces, así pues, hubo que retrasar mi bautizo debido a cuestiones de salud. Me han relatado que durante horas yacía boca arriba, con las rodillas encogidas y los puños apretados, en un angustioso intento por suprimir los gemidos que estaba demasiado débil como para contener. Una y otra vez, la madre de mi madre, la tía que había estado a su lado al pie de la escalera y otras hermanas de mi madre recomendaban formas alternativas de alimentación. Pero aunque intentaban todas y cada una de estas formas, según los deseos de mi padre, no fue hasta dos meses después, y tras someterme a un cruel periodo de inanición, cuando mi estado mejoró, aunque posteriormente siempre me he visto sujeto al peligro de volver a caer en dicha aflicción en cualquier momento de excitación indebida.
Sin embargo, castigado como estaba en mi interior, no pude escapar al castigo exterior. Tan pronto como empecé, en muy pequeña medida, a asimilar alimentos, me convertí en la víctima de un desafortunado mal cutáneo, conocido como eritema, según me han informado. Felizmente, fue un fenómeno local, pero dio lugar a una profunda irritación, que demostró tener un carácter peculiarmente obstinado, según me ha asegurado mi padre en numerosas ocasiones. Naturalmente tímidos, debido al lugar de la inflamación, mis padres se resistían a revelárselo ni siquiera al médico de la familia, de modo que agotaron hasta el último remedio que conocían sin procurarme el más mínimo alivio. Aunque rezaban noche tras noche, mis dolores eran tremendos, y me han contado que incluso extremos; casi cada hora, desde la cena hasta el desayuno a la mañana siguiente, mis gritos quebraban la oscuridad.
Por fin, a causa de su gran sensibilidad, e incapaz de seguir siendo testigo mudo de mi agonía durante un día más, mi padre se sintió obligado a trasladarse a una habitación más alejada, aunque lo hizo con la mayor renuencia. Pero fue en este gesto de generosidad casi quijotesco donde brilló, si cabe, con mayor fulgor. Desde el día en que contrajo matrimonio hasta el día de mi nacimiento, y tan pronto como el médico permitió a mi madre que abandonara el reposo, mi padre se había acostumbrado a recibir cada día, a primera hora, una taza de té. Para ello, despertaba a mi madre unos cinco minutos antes de las seis de la mañana. Sin embargo, ahora que ocupaba un dormitorio distinto y que mi madre se pasaba casi toda la noche en vela cuidándome, mi padre fue tan generoso que excusó a su esposa de su obligación diaria, si por casualidad ella estaba durmiendo a esa hora. Huelga decir que se trata de una sugerencia que mi madre se negó a aceptar, y en verdad creo que, en el fondo de su corazón, eso era lo que mi padre esperaba de ella. Incluso he llegado a considerar dicho incidente, en tiempos recientes, como un ejemplo de cierta debilidad de carácter por parte de mi progenitor. Pero jamás he sido capaz de pensar en ese detalle sin sentir afecto por él, ni de dejar de mencionarlo en ciertas ocasiones.
El hecho de que el temperamento de mi padre, por otra parte, fuese excepcionalmente imperturbable quedó corroborado por las circunstancias que rodearon la elección de mi segundo padrino. Como mi padre me ha contado varias veces, esto dio pie a un debate de lo más prolongado y angustioso, y conllevó enormes cantidades de correspondencia, algunas de cuyas cartas se han conservado en el archivo de la familia. Con determinación despiadada, la misma que yo más tarde heredaría, mi padre se dispuso a descubrir y denunciar cualquier tipo de acto reprobable; y debido a su inveterada costumbre de informar a las autoridades de cualquier abandono del deber en ellos y en sus subordinados, e impulsado por la pasión por la verdad que le empujaba, en cada ocasión, a corregir al instante lo que él consideraba contrario a lo recto, le quedó necesariamente poco tiempo para cultivar el fácil arte de la amistad. Entre sus conocidos, en efecto, había muy pocos que llegasen ni remotamente a aproximarse a su estándar de exigencia, y no había encontrado ninguno que, en conciencia, fuera apto para depositar en él su amistad personal.
Por esa razón, cuando llegó el momento de desposarse, prescindió de los servicios de un padrino de boda. Y aunque finalmente el vicario aceptó hacer las veces de padrino, llegó el momento en que era imperioso buscar un segundo padrino, hasta el punto en que la cuestión se convirtió en un problema casi insoluble. Era manifiestamente imposible esperar un candidato adecuado entre las personas que nos visitaban ocasionalmente, y el carácter de mi padre le había aislado hacía tiempo de sus parientes masculinos más cercanos, de modo que decidió apelar al sentido del deber público de los estamentos superiores de la Iglesia de Inglaterra.
El resultado no fue insatisfactorio, tal y como demuestran varias cartas que aún obran en mi poder. Todos respondieron a mi padre con la mayor de las cortesías, aunque ninguno de ellos pudo acceder a las peticiones que les formulaba, debido a un sinnúmero de compromisos previos y similares. Así, el deán de San Pablo nos mandó una nota de su puño y letra, deseándome lo mejor en la vida; el obispo de Londres confiaba en que las aspiraciones de mi padre para mi santidad personal se vieran satisfechas, mientras el arzobispo de Canterbury le ordenó a su secretario, en cambio, que expresara su agradecimiento frente al ofrecimiento de un honor que solamente las exigencias de su posición como primado de la Iglesia le impedían aceptar. Huelga decir que las personas del gobierno con las que mi padre se puso en contacto tuvieron una respuesta muy distinta. Ni el primer ministro ni el secretario de Interior consideraron necesario enviar ningún tipo de contestación, mientras que el presidente de la Cámara de Comercio se limitó a expresar que lamentaba declinar su petición. Y no obstante, al final, como suele suceder, la solución se demostró sencilla. Dice el poeta que basta con levantar una piedra para empezar a construir un edificio.1 Mi padre volvía preocupadísimo a casa una noche cuando, de repente, vio su reflejo en el escaparate de una tienda de quesos. Era como si la Providencia, según dijo, le hubiera posado la mano en el hombro. Por un momento, el sobresalto fue casi excesivo. Hasta el punto de que un miembro de las fuerzas policiales le pidió que siguiera andando y que no obstruyera la calzada. Pero la solución estaba ahí, mirándole de frente. Involuntariamente, levantó el borde de su sombrero. Él era la solución.
Junto a mi tía, la señora Emily Smith, que estaba encantada de ser mi madrina, todo parecía propicio para la feliz consumación de mi bautizo, y no se hubiera podido hallar un grupo más alegre y respetuoso en cualquier otro templo metropolitano. Al ser el párroco padrino, la ceremonia en sí la ejecutó el primer coadjutor, por sugerencia de mi padre, mientras que el segundo se situó a mano derecha del párroco, entre mi madre y mi padre, como deferencia hacia su condición de administrador adjunto de la parroquia.
Así que a la izquierda del primer coadjutor se colocó mi padre, flanqueado sucesivamente a su izquierda por el sacristán. El círculo alrededor de la fuente se completaba con la señora Emily Smith, la madre y el padre de mi madre, sus ocho hermanas y la tía que se había quedado con la madre de mi madre al pie de la escalera. Una suave llovizna de abril refrescaba el exterior, y la primera parte del servicio había transcurrido sin sobresaltos cuando, de repente, sucedió algo que muy bien podría haber terminado en la más trágica e irreparable de las catástrofes. De repente, justo cuando me entregaban al primer coadjutor, se produjo una exacerbación espontánea de mi eritema tan violenta que hizo que, entre convulsiones, yo resbalara de sus manos.
Digo que resbalé pero, como mi padre tuvo buen cuidado de puntualizar inmediatamente después del fin del servicio, si yo hubiera sufrido el más mínimo y demostrable daño, sin duda habría puesto el asunto en manos de abogados. Lo que sucedió, sin embargo, fue que al caer de su abrazo me quedé en equilibrio en el extremo de la pila bautismal y luego caí hacia delante, en colisión con el párroco, que trastabilló hacia atrás en un esfuerzo por salvarme. Del balanceante cura salí disparado, lo que creo que es una expresión militar, hacia a los pies del segundo coadjutor, que se convirtió inesperadamente en un instrumento de la Providencia. Yo no practico, ni tampoco apruebo demasiado, ningún tipo de ejercicio atlético. No obstante, quizá fuera una suerte que ese coadjutor en concreto resultara ser un hábil jugador de cricket. Pues justo cuando mi cabeza estaba a unos centímetros del suelo, y todos los rostros habían empalidecido ante lo inevitable, lanzó su mano hacia delante y logró agarrarme por la parte que técnicamente se conoce como enaguas.
—¡Bien hecho, señor! —exclamó el coadjutor principal, y luego por unos momentos la emoción le embargó.
El párroco, aún blanco como una sábana, recuperó el equilibrio.
—Pobrecito Augustus —dijo mi madre—. Es su eritema.
Mi padre la miró, frunciendo el ceño.
—Eso no viene al caso —dijo. Entonces, durante poco más de medio minuto, hubo un silencio estentóreo, quebrado, según me han dicho, por mí mismo, cuando el segundo coadjutor me entregó al primero. Fue cuando mi padre intervino.
—No, no. Otra vez, no —dijo—. Nunca, nunca otra vez por nada del mundo.
Volvió a instalarse el silencio entre los presentes, y de nuevo fui yo quien lo rompió. Mi padre estaba de pie, sujetándome y temblando de emoción. El párroco inspiró profundamente.
—¿Se sigue adelante con el bautizo? —preguntó.
—Sin duda —confirmó mi padre—. Pero quedará en otras manos.
Fue otro detalle que revelaba su carácter dominante, y también su innato sentido de la justicia.
—No soy insensible a los servicios que ya nos ha prestado —le dijo al coadjutor principal—. Pero en interés de la vida de mi hijo, seguramente estará usted de acuerdo en que no puedo volver a entregarlo a su cuidado.
El coadjutor inclinó la cabeza, pero no articuló respuesta alguna. Mi padre me entregó a su segundo, una vez más. Por un instante, este vaciló, pero a petición del párroco, aceptó el privilegio de concluir mi bautizo. Más tarde hubo cierta discusión, según me cuentan, durante la cual mi padre se defendió más que galantemente y terminó por absolver al párroco de sus deberes de padrino y notificándole su decisión de elegir otro templo como destino de sus visitas dominicales.
Para un hombre de la posición de mi padre, se trataba de un paso muy grave, pero no dudó en darlo. Y en efecto, en un año —como siempre me enorgullezco de recordar— ya había alcanzado el puesto de administrador adjunto en las tareas de la parroquia de la iglesia de Santiago el Más Menor, en Peckham Rye.
Capítulo III
Los estudios de mis padres en la educación de los hijos. Incidente exitoso de rechazo a la vacuna. Más ejemplos de la consideración de mis padres hacia los demás. La mala salud de mi madre. Mis padres contratan a una criada. De su apariencia y carácter. Características físicas de su hijo. Deplorables resultados sociales de la guerra. Presunción permanente del hijo de la criada. Le desairo. Afecto hacia un conejo gris. El cañón del hijo de la criada y el uso que hace del mismo. Escenas de violencia e intervención de mi padre. Intervención de la criada. Un párroco negligente. ¿Era también inmoral? Mi padre decide cambiar de templo y transfiere las visitas dominicales a Santiago el Menor de Todos.
Aparte de la mala salud de la que ya he hablado, y que se alternó con periodos de relativo bienestar, siempre he pensado que mis primeros cinco o seis años de vida fueron un periodo de lo más fructífero. Mi madre empezó a documentarse y leyó varios volúmenes sobre la infancia, a instancias de mi padre y siguiendo sus deseos y casi diríase sus órdenes, entre ellos: Las quejas de los niños, del doctor Brewinson, La dieta de la infancia, de la señora Podmere, Primeros pasos en la religión, del reverendo Ambrose Walker, El bebé y el infinito, de Wilbur P. Nathan, La ropa y los más pequeños, de la señora Wood-Mortimer, y el Diccionario de medicina doméstica de Jonathan y Cornwall. Cada uno de estos títulos, con la excepción del diccionario, fue obtenido en la biblioteca más cercana, y mi madre se acostumbró a partir de entonces a consagrar su hora de descanso por la tarde al análisis de estos volúmenes.
Así pues, mi madre, de acuerdo con las sugerencias de mi padre, se pasaba estudiando un capítulo cada tarde, o alternativamente tres páginas y media del Diccionario de medicina doméstica. Mi padre, tras regresar de la oficina y después de que mi madre lavara los platos de la cena —pues en aquella época no podíamos permitirnos una criada—, se sentaba a preguntarle lo que había leído durante el día, realizando casi diríase un examen. Si, como solía suceder dado que mi madre no estaba particularmente inclinada a la labor estudiantil, sus respuestas no satisfacían a mi padre, entonces él le imponía la juguetona tarea de repasar su lectura antes de irse a dormir. En dichas ocasiones, siempre que mi padre no se hubiera retirado para descansar, volvía a interrogarla cuando mi madre pasaba a darle las buenas noches. Si, por el contrario, las respuestas eran juiciosas y adecuadas, esa noche ella obtenía un beso adicional. Mi madre se aplicó con tanta seriedad a la tarea que empezó a bajar de peso, casi hasta perder el atractivo, y una vez, tras fallar el examen durante tres noches consecutivas, terminó por echarse a llorar. Por dicho estallido de debilidad femenina, mi padre la perdonó cuando ella le pidió perdón, y se limitó a señalar que lo que estaba en juego era mi futuro, por lo cual resultaba natural que no pudiera rebajar su nivel de exigencia.
Queda patente que desde el principio se me consideraba una tarea sagrada, encomendada al cuidado de mis padres, y esto solamente es un pequeño ejemplo del inmenso e infatigable cuidado con el que mis padres se volcaron en su deber. Al menos, bastará para poner de manifiesto que no subestimaban la altísima misión a la que se enfrentaban. Especialmente mi padre, quien, mientras los meses se deslizaban quizá con excesiva rapidez, desarrolló hacia mí un irrefrenable cariño y por esa razón, entre otras, escapé al tormento de las vacunas. Aunque el Diccionario de medicina doméstica de Jonathan y Cornwall abogaba por esta operación basándose en motivos históricos, mi padre poseía un instintivo, aunque no menos bien razonado, horror al bisturí. Le aquejaban con frecuencia molestos forúnculos y siempre daba instrucciones de no sajarlos, ya que prefería aplicarles cataplasmas hasta que la propia Naturaleza se ocupaba de su evacuación. Tampoco puedo decir que en mi caso su decisión no estuviera justificada por completo, si bien es cierto que he padecido, y sigo padeciendo, aparte de la referida indigestión, varias formas de neurastenia, una fuerte tendencia al eccema, a los dolores de cabeza occipitales, los eructos y reflujos gástricos, y la distensión flatulenta del abdomen. Sin embargo, y pese a que nunca me vacunaron, siempre he sido inmune a la viruela.
Una presciencia parecida bastó para protegerme de la angustia y la indignidad del castigo corporal. Pues aunque en principio mi padre era un ardiente defensor de esta práctica, y de hecho la aplicaba a varios de los hijos de sus parientes, jamás necesitó utilizarla en mi caso, según me dijo, ni tampoco se propuso infligirme ese castigo. Fue la derogación de esta regla, que no tuvo lugar hasta mi séptimo año, de la mano del hijo de una poderosa mujer de la limpieza oriunda de Hibernia, lo que me reveló por vez primera, en un estallido de conocimiento que jamás olvidaré, algunas de las más abyectas profundidades de la iniquidad humana.
Sucedió que poco después de mi sexto cumpleaños, mi padre se vio obligado a contratar a una criada, debido en parte al desvanecimiento que sufrió mi madre. Durante varios meses se había quejado de que le faltaba el aliento, siempre poco antes de emprender diversas labores domésticas, como la limpieza de los suelos, hacer la colada, el barrer las escaleras del porche y el cuidado y limpieza de las botas y zapatos. Con su habitual consideración, mi padre inmediatamente eximió a su esposa de otras tareas propias de su función, como el hornear pan dos veces a la semana, y tejer los calcetines y medias de toda la familia. Además, la excusó también de ocuparse de mis lecciones diarias de latín y aritmética. Puesto que estas asignaturas implicaban no poca preparación previa, eso fue por supuesto un considerable alivio, aunque se obtuviera poniendo en riesgo mi propio futuro intelectual. Sin embargo, a pesar de estas concesiones, mi madre siguió encontrándose muy débil, y finalmente, tal y como he referido, se hundió en la inconsciencia.
Durante un breve periodo de tiempo, pues, y tras consultar a los médicos, mi padre decidió buscar ayuda exterior, y con un notable sacrificio financiero contrató a una persona llamada señora O’Flaherty. Era la viuda de un sargento jefe y una de las señoras que contribuía a la limpieza de la iglesia. El párroco de Santiago el Más Menor la recomendó vivamente y, en ciertos aspectos que conducían a engaño, no estaba desprovista del encanto superficial de los miembros de su raza. Estaba ominosamente desarrollada, tanto por encima como por debajo de la cintura, y sus rasgos poseían una engañosa alegría, ciertamente despojada de inteligencia, pero muy animada. Esto, junto con un rostro dotado de cierto atractivo, bastaron por un tiempo para imponerse frente al carácter de mi madre.
Desde el principio mi padre albergó dudas con respecto a su carácter, pero dada la recomendación del párroco, decidió ofrecerle un empleo. Durante los primeros dos meses, aparte de su costumbre de canturrear, no se halló causa alguna de quejas en su comportamiento. Mi padre llegó incluso, a petición de mi madre, a permitir que la mujer trajera a su hijo más pequeño a vivir con nosotros. Se trataba de un rapaz algo vulgar y exuberante, unos meses más joven que yo.
Que este bribonzuelo, prácticamente una rata de alcantarilla, después se convirtiera en soldado en el Ejército, y más tarde alcanzara el rango de mayor en la última guerra, e incluso recibiera, según tengo entendido, algún tipo de condecoración o medalla al mérito, es uno de los trastornos sociales más lamentables de los que este conflicto bélico es responsable.
Desde el primer momento, con la sensible visión que la Providencia solamente concede a ciertos infantes, estudié al intruso con la mayor de las suspicacias. Obviamente había heredado el aspecto físico de su madre y, por lo que parecía, también las inclinaciones del padre, puesto que su principal herramienta de diversión consistía en un pequeño cañón, equipado con un muelle para imitar la propulsión del arma original. Se ofreció a prestarme el juguete en varias ocasiones durante su primera visita a la casa, pero yo decliné sus avances y me trasladé a otra estancia, donde proseguí estudiando el libro de los apóstoles, escrito para los jóvenes por un clérigo de Somersetshire.
Sin embargo, inasequible al desaliento e imperturbable frente a mi reticencia, que debería haberle bastado si se hubiera tratado de un niño con el más mínimo sentido de la empatía, Desmond, pues tal era su pretencioso nombre, repitió su ofrecimiento en el curso de su segunda visita. De nuevo rechacé su propuesta y me retiré, y posteriormente le mencioné el incidente a mi padre, que al instante dio órdenes de que, en el futuro, el chico de la señora O’Flaherty permaneciera dentro de los confines de la cocina.
—Me hará el favor de dejarle claro a su hijo —le dijo— que no puede molestar al mío, y que el hecho de que se le admita en mi casa no quiere decir que también pertenezca a nuestro círculo social.
Desafortunadamente, debido a la rapidez de su elocución, se produjo un leve defecto en la pronunciación de mi padre, y en lugar de «círculo social» dijo «cirso culal», y jamás olvidaré la mueca vulgar, apenas disimulada, con la que la señora O’Flaherty le prometió que se encargaría de solucionar el asunto.
Sin embargo, el sábado siguiente, un hermoso día de junio, mientras los geranios del jardín se ofrecían al paseante espléndidamente, Desmond O’Flaherty empezó a hacerme proposiciones de nuevo, desde la puerta abierta de la cocina. La entrada del salón volvía a estar entreabierta y yo quedaba claramente a la vista, pues estaba reclinado en el sofá. Al instante, reparé en que había traído su cañoncito con él, y que la punta estaba dirigida hacia mí. El chico me informó de que tenía el bolsillo lleno de guisantes secos para que hicieran las veces de munición y a continuación me invitó a participar en un juego de innegable carácter militar.
Me negué, y aún hoy recuerdo hasta el más mínimo detalle de lo que siguió. Me encontraba acariciando plácidamente un conejo gris, al que tenía mucho cariño y que había bautizado un par de días antes con el nombre del principal profeta, Isaías, cuando oí un ligero sonido metálico y, al instante siguiente, algo me golpeó en el dorso de la mano. No pude reprimir un grito de dolor, e involuntariamente apreté la mano encima de Isaías, el cual giró el cuello repentinamente como si fuera a morder mi dedo índice. Comprendí, gracias a mi dominio del Diccionario de medicina doméstica, las consecuencias fatales que de ese ataque podían derivarse, así que le arrojé lo más lejos de mí que pude y procedí a dejarme caer al suelo, sumido en la angustia y el más grande de los terrores. Con una expresión de reproche que me hirió en el alma, Isaías se refugió detrás del armonio, y en el mismo instante llegó una risa estridente desde donde estaba Desmond.
Exceptuando al hijo y a la madre, me encontraba solo en casa, pero no dudé en avanzar hacia la cocina y aplastar el cañoncito con el pie. Por dos veces lo pisoteé, con lo que me parecía una justísima indignación, y en un par de segundos lo había reducido a un montón de madera. Por un instante, Desmond se quedó callado. Le había cogido por sorpresa, sin duda. Pero entonces se abalanzó sobre mí con una especie de estruendo, y me golpeó con fiereza en la cara, que ya estaba arrasada por mis propias lágrimas. Traté de escapar mientras contenía una cascada de sollozos. Pero sus apetitos bestiales aún no estaban satisfechos. Volvió a golpearme por segunda y aún por tercera vez, en el cuello en ambas ocasiones, y a continuación prosiguió asaltándome, esta vez con su pie en la parte baja de mi espalda. Mis gritos, que ya alcanzaban la categoría de alaridos, atrajeron por fin a la señora O’Flaherty en el preciso instante en que mi padre regresaba del trabajo y abría la puerta de la entrada. En un santiamén me tomó entre sus brazos y le conté, entre sollozos, la horrenda historia. Noté que se echaba a temblar violentamente y después de recuperar el control, me depositó dulcemente en el suelo, a un lado. Luego avanzó hacia Desmond y señaló el aplastado cañoncito.
—Recoge eso —ordenó— y abandona esta casa para siempre.
Desmond replicó con insolencia que no pensaba hacerlo y mi padre se limitó, por toda respuesta, a soltarle un sopapo en toda la mejilla. Por un instante Desmond le miró furioso; luego bajó la cabeza. Después, cogió carrerilla y se abalanzó sobre mi padre, golpeándole con ambos puños. Mi padre se vio obligado a dejarse caer encima de una dura silla de madera que había en el vestíbulo, puesto que no se esperaba dicha reacción en absoluto, y de nuevo distinguí una sonrisa maligna en el rostro de la señora O’Flaherty. Pero su retirada fue momentánea, pues apartó al pequeño salvaje lejos de sí, y le propinó sendos golpes con su bastón. Sobradamente merecidos y con la misma puntería, el primero acertó al malvado primero en el costado y el segundo dividió el tegumento de su frente. Aunque se resentía de la embestida, mi padre se levantó sin pestañear y se disponía a reemprender su discurso, cuando la señora O’Flaherty reveló su verdadera naturaleza y le agarró ferozmente por los hombros. Como ya he dicho, era una mujer de físico repulsivamente sobredesarrollado, y empezó a sacudir a mi padre con tanta violencia que se le cayó la parte superior de la dentadura al suelo.
—¡Desgraciado! —chilló, blasfemando—. ¡Serpiente asquerosa, insufrible pedante avasallador!
Entonces, para mi horror y no menos para el de mi padre, le levantó, izándole del suelo. Por un instante, o así me lo pareció, creí estar a punto de caer víctima de una compasiva lipotimia. Pero no fue así, y distinguí a la señora O’Flaherty cuando hundió la cabeza de mi padre en su cubo. Se trataba de un cubo de lo más vulgar, que estaba lleno casi hasta los bordes con agua más bien sucia, y además contenía el trapo con el que solía lavar el suelo, rebosante de negritud. Por tres veces repitió la acción, llegando incluso a sumergirle la parte de atrás de las orejas, y cuando por fin le soltó y mi padre pudo recuperar el aliento, comprendí que jamás le había visto en un estado de tamaña agitación.
Siempre dueño de una elocuencia envidiable, emprendió tal denuncia de la conducta de esa mujer, correctamente suavizada para que ella alcanzara a entenderle, y fue su discurso de una severidad que superaba incluso a la de los escritos del tocayo de mi conejo. Una y otra vez, apasionadamente a pesar de sus dificultades respiratorias, se sintió obligado a conminar al Creador para que condenara al alma de la mujer a su justa perdición. Y cuando la señora O’Flaherty le tendió la parte superior de su dentadura, la arrojó al suelo con desprecio, una vez más. Finalmente, le ordenó que abandonara la casa al momento, y le informó con toda franqueza que pensaba denunciarla por asalto.
—Eso, eso. Quedará muy bien en los periódicos —dijo ella—. Primero le parte a un niño la cabeza con su bastón y luego usted termina con su propia cabeza metida en un cubo.
La malevolencia con la que pronunció estas palabras fue casi inconcebible. Pero como me dijo mi padre cuando la señora O’Flaherty hubo partido, planteaba cuestiones de la mayor gravedad que exigían una profunda reflexión por su parte. Pues aunque personalmente —in propria persona—2 pudiera ser su deber llevar a la mujer frente a un tribunal, no era menos importante, en tanto que administrador adjunto de una parroquia de la Iglesia de Inglaterra, evitar la publicidad negativa que pudiera producirse. Se inclinó finalmente por esto último y, en tanto que ejemplo de lo que podría llamarse su calidad de hombre de estado eclesiástico, siempre me ha parecido que arrojaba una peculiar luz sobre uno de los aspectos más sublimes de su carácter. Sin embargo, en cuanto a la negligencia, poco menos que rayana en lo criminal, del párroco de la iglesia de Santiago el Más Menor, siempre he albergado mis sospechas. De hecho, como mi padre le indicó abiertamente, no puedo sino pensar que su relación con la señora O’Flaherty no era todo lo correcta que debiera, pues no sólo censuró lo que, tras escuchar a mi padre referirle lo ocurrido, calificó de acción precipitada, sino que la tarde siguiente un conocido de mi padre le notificó que la señora O’Flaherty estaba fregando el suelo de la iglesia.
En esas circunstancias, no le quedó más remedio a mi padre que presentarse al momento en la parroquia, donde se enfrentó al párroco exponiéndole lo que ya he mencionado sobre su relación con la señora O’Flaherty, por lo demás muy natural. Pero su respuesta, por lo que me contó mi padre, no fue ni cristiana ni caballerosa y, por lo tanto y a su pesar, mi padre se vio obligado a transferir de nuevo sus visitas dominicales a un nuevo templo. Era un paso muy grave, pero la experiencia en la iglesia de Santiago el Menor le había preparado para ello y, en menos de cinco meses, se había convertido en uno de los prohombres cristianos que colaboraban en los servicios religiosos de Santiago el Menor de Todos, en Kennington Oval.

Mi querido padre en sus años mozos (extraído de un grabado de los parroquianos de la iglesia de Santiago el Menor).
Capítulo IV
Posteriores años de adolescencia y cruces adicionales. Progreso en mis estudios y en la música. Destaco en un juego en el mes de mayo. Destinado al internado Hopkinson. La Providencia vuelve a intervenir. Me convierto en una víctima de la dermatofitosis. Efectos devastadores de una pomada. El señor Balfour Whey y sus hijos. Un juez de paz brutal. Mi padre obtiene daños y perjuicios.
A pesar de quedar físicamente destrozado por el ataque que había sufrido mi persona a manos de Desmond O’Flaherty, las consecuencias espirituales y mentales de dicho ataque fueron aún más graves y prolongadas. Consciente por primera vez de la existencia en mi época de una depravación que hasta entonces ignoraba, durante varias semanas me resultó imposible recuperar mi anterior compostura o, de hecho, aventurarme sin compañía más allá del jardín de la casa. Tampoco podía, ni siquiera, contemplar la posibilidad de la llegada de una sucesora de la señora O’Flaherty.
Por ese motivo, aunque mi salud seguía debilitada, mi madre se vio obligada a retomar sus antiguas obligaciones, mientras que mi padre se reafirmó en su decisión de posponer mi escolarización durante otros tres o cuatro años. Previamente ya se inclinaba por esa opción, en parte debido a las protestas que yo me había obligado a hacerle y en parte por su deseo de ayudarme el máximo posible a soportar las cruces con las que la Providencia me había obligado a cargar. Muy por encima de la media en peso y número, ahora comprendo, por supuesto, que esas cruces eran un privilegio. Pero en los primeros días de mi niñez, pusieron a prueba mi fe hasta el límite.
Muchas veces, por ejemplo, después de una larga mañana de estudio solamente interrumpida por una ocasional taza de chocolate, me lanzaba con avidez a una sencilla pero abundante comida de cerdo asado y tarta de mermelada sólo para encontrarme, una o dos horas más tarde, retorciéndome de agonía en el sofá o incluso en algunas ocasiones viéndome llamado a que la comida volviera a salir por donde había entrado. Esta fue, quizá, la lección más dura de todas. Pero me hace feliz decir que al final la aprendí. Y todavía recuerdo el orgullo con el que mi padre, que se apresuraba a volver al salón con el receptáculo adecuado, me encontró por primera vez consolándome con algunos versículos apropiados de uno de los primeros capítulos del Libro de Job.
Ese solo incidente, como solía decir mi padre, era justificación más que suficiente de su decisión de posponer mi escolarización; y estoy bastante seguro de que si me hubiera visto expuesto a la propincuidad de muchachos de hechuras más duras, jamás habría sobrevivido para prestar servicio, como adulto, a los hombres y mujeres de mi tiempo. Ni tampoco, estoy seguro, habría alcanzado el nivel de desarrollo intelectual que logré entre mi sexto y mi undécimo cumpleaños. No solamente me había familiarizado de cabo a rabo con la Biblia, sino también con los evangelios apócrifos; era diestro en las divisiones simples y conocía la geografía de las Islas Británicas. También había terminado la lectura de la historia de Inglaterra hasta la era de la Reina Ana. Sentía una devota pasión por la música y de forma autodidacta había aprendido a tocar, de memoria, un buen número de tonadas e himnos conocidos, incluyendo algunas de las melodías más rápidas y sincopadas, de los fallecidos Moody y Sankey.3 Bajo la sabia guía de mi padre, también me deleitaba como corresponde a un niño con literatura ligera. Por ejemplo, pronto fui capaz de recitar de memoria algunas de las obras del poeta Longfellow, y aún recuerdo el goce que sentía al leer una obrita de ficción en la que Martín Lutero era uno de los personajes principales.
A pesar de lo feliz que era con algún volumen como los mencionados, con una libra o dos de chocolate y mi conejo Isaías, o bien dedicando una larga tarde de verano a leer el Libro de Himnos que acompañaba al Libro de Oración Común,4 también me gustaba salir a dar una caminata junto a mi padre, o incluso ejercitarme más enérgicamente con camaradas más jóvenes y apropiados a tal efecto. Emily Smith, la nieta de la señora Emily Smith, tía de mi madre, era una de esas compañías: una criatura amable, desafortunadamente albina, pero dotada de una naturaleza profundamente religiosa y compasiva.
Era uno o dos años mayor que yo y vivía con su abuela en New Cross, y junto a ella y algunos de sus compañeros de escuela, dedicaba mi tiempo a juegos sanos que llenaban nuestras tardes de alborozo. Uno de nuestros pasatiempos favoritos, según recuerdo, era el juego del escondite, que combinaba esfuerzos físicos y mentales a un tiempo; el otro, que nos gustaba mucho menos, era conocido como «Nueces en mayo».
El juego empezaba formando dos equipos iguales, y los miembros de cada equipo se quedaban uno al lado del otro, encarados en la misma dirección y sosteniendo las manos del otro. Los dos grupos se disponían, uno frente al otro, alegremente preparados para el juego, dejando suficiente espacio entre ambos para avanzar y retirarse. El equipo que resultara previamente escogido empezaba a aproximarse al otro, cantando al unísono una melodía ya establecida, con los siguientes e incongruentes versos:
Vamos a buscar nueces en mayo,
En mayo nueces, nueces en mayo
Vamos a buscar nueces en mayo
Una helada y fría mañana, vamos.
Estaba claro que no íbamos a buscar nueces en mayo; eso era obvio. Pero la risa inocente que esas palabras nos arrancaban era suficiente, en mi opinión y la de mis camaradas, para eliminar cualquier semblanza de mentira deliberada. Entonces, le tocaba el turno al equipo que había guardado silencio y que no se había movido: avanzaban al son de la segunda estrofa, preguntando festivamente cuál de ellos sería el escogido como el símbolo de las nueces de mayo. El primer grupo respondía designando al miembro elegido del segundo equipo, y estos procedían a inquirir, muy pertinentemente, mientras seguían avanzando:
¿A quién mandaréis a buscarla (o buscarlo, si fuera yo),
A buscarla (o buscarlo, si fuera yo), a buscarla (o buscarlo, si fuera yo)?
¿A quién mandaréis a buscarla (o buscarlo, si fuera yo),
A buscarla (o buscarlo, si fuera yo), una helada y fría mañana, a quién?
Entonces, los miembros del primer equipo seleccionaban a uno de sus camaradas para que fuera el emisario del mensaje, y con la misma melodía y gesto similar, anunciaban su elección al otro equipo. Se procedía a doblar por la mitad un pañuelo, para situarlo en la hierba, en paralelo y a medio camino de los dos equipos de jugadores, alegres y expectantes. Así, la nuez simbólica y su designado buscador tenían que enfrentarse el uno al otro a ambos lados del pañuelo extendido, agarrarse de las manos y pugnar por hacer que el contrincante cruzara el límite que marcaba el pedazo de tela. El ganador resultante se «quedaba con la nuez», jugador que pasaba a formar parte del equipo victorioso, y el juego seguía así con jolgorio renovado.
Al final lo que solía suceder era que uno de los equipos absorbía por completo al otro, y como yo solía estar en el bando de los que absorbían, mis servicios se solicitaban con gran frecuencia. Pronto descubrí, de hecho, que a pesar de mi mala salud, el juego de las nueces se me daba especialmente bien. Puesto que había heredado en gran medida la poderosa y sonora voz de mi padre, lograba imprimir un efecto dominador en los intercambios vocales preliminares, mientras que mi físico resultaba de notable ayuda en los estadios finales del juego. Pues aunque no era alto, tenía los brazos singularmente esbeltos, mi abdomen era grande y estaba bien protegido; mientras que mis pies, de longitud y anchura excepcionales, y arcos casi imperceptibles, me permitían conservar un tenaz control de la firmeza de mi postura cuando se trataba de derribar al oponente más allá del pañuelo.
Me convertí en un especialista del juego, tanto así que cuando fui a la escuela descubrí con amarga decepción que mi pasatiempo favorito ni siquiera estaba incluido en el programa de clases. Más tarde he sabido de las críticas que recibe dicho juego, tanto por motivos morales como físicos, e incluso mi amigo el párroco reverendo Simeon Whey alberga graves dudas con respecto a su idoneidad. En muchas ocasiones, hemos pasado largas veladas debatiendo acerca de sus efectos en el carácter cristiano, lo confieso. Pero me regocija confirmar que ha llegado a aprobarlo, incluso frente a otros. En efecto, como más de una vez le he dicho, tomándole el pelo, sus objeciones reales a dicho juego proceden de un factor personal; esto es, la falta de destreza en su práctica, que han constituido el grueso de sus prejuicios al respecto. Aunque es un notable jugador en el juego de las corrientes, así como en los múltiples juegos de palabras disponibles para el entretenimiento, en el juego de las nueces rara vez ha logrado, si es que alguna vez lo ha conseguido, evitar que le derribaran más allá del pañuelo. Sin embargo, fruto de mi vehemente defensa, ha permitido que dicho juego constituya uno de los espectáculos más destacados de nuestras reuniones anuales de la Escuela Dominical. Creo, además, que muchas de nuestras maestras aceptarían ser testigo de que sigo conservando mi vieja habilidad en el juego de las nueces.
Así fue como llegué a mis doce años, y aunque albergaba notables dudas, mi padre por fin decidió mandarme a una institución educativa del vecindario. La escuela Hopkinson para Hijos de Caballeros se encontraba en Jasmine Grove, una ubicación muy conveniente, al sur de Camberwell, e incluía en su digno exterior elementos característicos de casi todos los estilos arquitectónicos. Envuelta en un camino semicircular de gravilla, con puertas de entrada y salida, estaba flanqueada a ambos lados, y aislada por detrás, por un patio asfaltado.
Frente a las escaleras de entrada, dos pilares de color chocolate soportaban un pórtico clásico, y las ventanas de las estancias del primer piso estaban rodeadas de molduras propias del gótico. Las ventanas del primer, segundo y tercer piso respondían a un estilo más sencillo de arquitectura georgiana; sin embargo, de las esquinas anteriores del techo se elevaban torreones normandos. Entre ambas torres, el conjunto de tejas isabelinas ofrecía un contraste agradable, y había dos chimeneas, cada una de ellas equipada con un pararrayos, decoradas con relieves moriscos.
El sucesor del señor Hopkinson, fundador original de la escuela, era el señor Septimus Lorton. Unos setenta u ochenta hijos de los caballeros de Peckham y Camberwell asistían a dicha institución. Tendré más que decir acerca del señor Lorton más adelante, pero justo una semana antes de lo que habría sido mi primer semestre allí, la tierna e inescrutable Providencia volvió a intervenir. El agente de la nueva aflicción fue un parásito comúnmente conocido como tiña, del cual, en un breve periodo de tiempo, se habían establecido en mi cabeza no menos de cuatro colonias. Siendo así, mi escolarización volvió a posponerse por segunda vez, y por añadidura me vi obligado a sacrificar, por orden del médico y para evaluar con más detalle la extensión de la enfermedad, la mayor parte de mi abundante y atractiva mata de cabello castaño. Me reconcilié fácilmente con la primera consecuencia de la enfermedad; pero a la segunda, lo confieso, no pude resignarme con igual soltura. Así, noche tras noche mojé mi almohada con las lágrimas que apenas lograba contener durante el día. Pero aún no había sucedido lo peor. Pues cuando surgió una quinta y rebelde colonia, el médico al frente del caso aprovechó la ocasión para recetarme una pomada totalmente injustificada. Acabó con los parásitos, es cierto. Pero tan salvaje fue el efecto del violento medicamento que, a resultas de la terrible angustia que sentí, todo mi pelo desapareció.
Incluso en esta, probablemente la hora más negra de mi existencia, la Providencia había dispuesto un arcoíris en medio de la desesperación que desde entonces nunca ha dejado de reconfortarme. Herido en lo más profundo de su indignada paternidad, mi padre tomó medidas de inmediato contra dicho médico. Mientras, tanto la señora Emily Smith, abuela de mi pequeña camarada, y la tía que había permanecido al pie de las escaleras con la madre de mi madre, se ocuparon de cubrir mi lastimera cabeza con gorritas aterciopeladas, hábilmente bordadas con lirios.
No obstante, quizá el resultado más importante derivado de este episodio, aparte de los daños y perjuicios que mi padre logró arrancar al médico, fue la amistad de por vida que surgió entre nosotros y la familia Whey. El señor Balfour Whey era un compañero más joven de la congregación de mi padre en Santiago el Menor de Todos, además de un abogado de reputación creciente y padre de dos muchachos, Simeon y Silas. Al mayor ya me he referido como el párroco de la localidad en la que resido. Silas, en cambio, murió en circunstancias muy perturbadoras que explicaré cuando llegue el momento; era media hora más joven que Simeon, y por eso se les solía considerar prácticamente gemelos.
Ambos eran jóvenes cristianos de mi edad, y cada uno de ellos tenía problemas con el habla; los dos estaban destinados a ser ordenados miembros de la Iglesia de Inglaterra. Lo que nos unió en ese punto tan difícil de nuestras vidas fue el curioso hecho de que, además de otros problemas, también ellos sufrían de tiña. Habían recibido, para su fortuna, un tratamiento adecuado y por lo tanto habían conservado todo el cabello. Su padre comprendió al momento que este detalle constituiría un testimonio incontestable contra el execrable médico que habíamos decidido denunciar.
El señor Balfour Whey ya había aceptado ser el representante legal de mi padre, con la condición de que si el caso fracasaba su cliente quedaría exento del pago de costas, mientras que si ganaban se repartirían los daños y perjuicios en términos previamente acordados y equitativos. Se contrató a un abogado escocés para su asistencia, en condiciones similares, y jamás olvidaré la noble determinación de los dos devotos y dedicados caballeros. Con la asistencia del escocés, si bien algo cara, necesaria teniendo en cuenta las circunstancias, el equipo demostró ser demasiado potente para el médico, un joven que no contaba con abogados, e incluso para el juez del condado, un personaje de aspecto siniestro y claro adicto al alcohol. No obstante, fue un combate difícil; la parcialidad del juez se hizo patente desde el primer día. Una y otra vez, cuando mi padre se levantaba de su asiento para protestar, el juez le ordenaba que guardase silencio en un tono de voz que ningún caballero debería utilizar para dirigirse a otro. En otra ocasión, cuando la tía de mi madre, la señora Emily Smith, y la tía que había permanecido con la madre de mi madre al pie de las escaleras, se levantaron al unísono para gritar: «¡Oh, impúdica mentira!» tras una falsa afirmación del médico, el juez llegó a amenazar con expulsarlas de la sala.
Tampoco fue educado con las ocho hermanas de mi madre, una serie de esforzadas jóvenes que se traían sus labores a la sala, llegando a decir que si seguían haciendo ruido con sus agujas de tejer, también mandaría echarlas. Mi padre se levantó al instante para objetar ante ese tratamiento de las damas, con un discurso apasionado y rebosante de dignidad. El juez, ese hombre prepotente y presuntuoso, se ocupó de cerrarle la boca no sin dificultad. Incluso con Simeon y Silas Whey, que cubrieron su Biblia de besos, se comportó de tal manera que los pobres muchachos perdieron la natural alegría que sentían al subir al estrado de los testigos. Pues aunque era cierto que sus problemas de habla se multiplicaron a causa de su nerviosismo, algo perfectamente normal, no solamente optó por considerar sus testimonios irrelevantes sino que también les comunicó que no entendía nada de lo que decían. Por un instante se quedaron mudos. Pero luego, como una sola mujer, las ocho hermanas de mi madre se pusieron en pie, igual que la señora de Balfour Whey, la señora Emily Smith, y la tía que había permanecido con la madre de mi madre al pie de la escalera. Guiadas por mi padre, clamaron: «¡Qué vergüenza!», haciendo temblar hasta el techo, mientras el abogado escocés, en un gesto que jamás he vuelto a ver, arrojó al suelo los papeles que había en su escritorio y se hundió, sin decir palabra, en su sillón.
Probablemente nadie de los presentes había sido testigo de algo parecido, e incluso el juez se quedó ligeramente sorprendido ante el volumen del resentimiento que había suscitado. Finalmente, alterado y con un nítido temblor en la voz, ordenó que prosiguiera el juicio. Y cuando yo, en tanto que último testigo de la acusación, presté juramento enfundado en mi gorrita de terciopelo, su tez cambió de color tan acusadamente que fue objeto de comentario generalizado por parte de los asistentes.
Fijé la mirada en el juez, siguiendo el consejo de mis abogados, y permanecí erguido aunque no inconmovible, durante las observaciones preliminares de los mismos. «He aquí un muchacho», dijo con voz suave y vibrante del suplicante convencido y consumado, «el único muchacho, no, el único hijo, la esperanza solitaria de sus padres entregados. Con una salud delicada, demasiado como para asistir a la escuela hasta entonces —establecimiento de estudio al cual sus habilidades le tienen destinado— y que llevaba esperando ese momento con todo el fervor que Su Señoría puede ver grabado en su semblante, ese instante de formar parte de la academia del conocimiento, que debería haberse formalizado siete semanas antes del hecho. Pero, ¿qué sucede entonces? Su Señoría lo sabe. Su Señoría lo ha oído. Es el asunto que nos ocupa. Puesto que el tiempo es dinero, su carrera se ha visto mermada; pero no sólo eso, sino que se ha visto sujeto a una mutilación de su persona, cuyos efectos morales son imposibles de evaluar. Un día era un chico feliz, y podría añadirse sin retorcer indebidamente la verdad, feliz y atractivo, y al siguiente se ve reducido, bien por intenciones aviesas o por malévola negligencia, o incluso aún por falta de conocimientos, al espectáculo que el testigo ofrece a Su Señoría —si bien con todas las reticencias del mundo, que Su Señoría sabrá apreciar— para que inspeccione con detalle».
En este punto, una discreta oleada de compasión y horror recorrió al público presente; y quizá fue significativo el hecho, como el señor Whey hizo notar a mi padre, de que el juez no mandó callar a la concurrencia. Luego, tras unas breves preguntas, puesto que, como declaró mi abogado, no deseaba alargar mi tormento, me pidió que retirara mi gorrita y le mostrara a Su Señoría lo que había debajo. Fue un esfuerzo, pero lo logré, y el efecto sobre el juez fue instantáneo. A pesar de su palidez, hasta ese instante había conservado indicios de su grosero estilo de vida. Pero ahora, hasta el último vestigio de color le abandonó, e incluso pareció perder peso, contrajo las pupilas hasta que parecieron alfileres, fijándolas en mi cráneo con una mirada demacrada y aun así fascinada. Gotas de sudor brillaban en su frente. Luego, con una profunda exhalación como si fuera una rueda de bicicleta pinchada, se cubrió los ojos con la mano, y supe instintivamente, mientras volvía a ponerme la gorrita, que habíamos ganado el caso.
Por supuesto, hubo más debates e intercambios de información técnica, pero al público debieron parecerle una ristra de declaraciones sin la menor importancia. Pronto, mi padre y mis tías y tías abuelas me abrazaban, con la feliz conciencia de que había triunfado el bien. No terminó ahí la cosa. Pues gracias al dinero que recibimos por los daños y perjuicios, mi padre y yo pasamos un mes en Scarborough, mientras que una firma de crecepelos me pagó una notable suma por la copia de una fotografía de mi persona que mi padre, con buen tino, había tomado. Dos años más tarde, pagaron la misma suma por una fotografía de mi cabeza, ya cubierta de pelo, y reprodujeron ambas, con el nombre de otra persona y el intervalo de tiempo transcurrido menguado con objetivos comerciales, para ilustrar los efectos de una sustancia que, según tengo entendido, desde entonces se ha convertido en un producto de lo más rentable.
Capítulo V
Primeras experiencias en la escuela Hopkinson. Espero encontrar compañeros espirituales entre los maestros. No es así. Disculpas del señor Muglington. Me golpea una pelota de fútbol. Posterior disculpa del señor Beerthorpe. Hábitos degenerados de mis compañeros de escuela. Terrible descubrimiento y secuelas. Asombrosa ineptitud del señor Lorton. Asalto coordinado contra mi persona. Me rescata mi padre, que obtiene una disculpa pública.
Debido a los retrasos sucesivos causados por mi mala salud, el ataque contra mi persona de Desmond O’Flaherty, la repentina invasión de tiña y la desnudez craneal que trajo consigo la pomada, tenía casi catorce años cuando por fin pude ir a la escuela. Incluso entonces, cabían dudas sobre si mi padre debió haber tomado aquella decisión. Pues aunque en ese tiempo mi salud era algo menos precaria, las penosas experiencias que había tenido que sufrir me habían elevado, de forma natural y prácticamente en todos los aspectos, por encima de la mayoría de mis contemporáneos. Y aunque era verdad, claro está, que Simeon y Silas Whey terminarían por convertirse en caros y estimados compañeros de mis aventuras, mi edad mental y espiritual era mucho más elevada que la de las personas que se habían cruzado en mi camino hasta entonces. Pensé que solamente entre los maestros y educadores de la escuela podría albergar la esperanza razonable de encontrar compañeros apropiados y a mi altura.
Por eso desde el principio decidí fomentar en mis tutores la percepción de que yo sería una conexión firme y valiosa, no sin poner mis servicios igualmente a disposición de mis compañeros de estudio. Durante los primeros días no fue tarea fácil, debido a la natural confusión que el incidente de mi entrada en la escuela había causado, y solamente después de proferir algunas observaciones informativas, logré difundir mis propósitos.
Por ejemplo, cuando nuestro tutor, el señor Muglington, me preguntó si sabía cuál era la capital de Bélgica, le respondí que pese a que no había tenido la fortuna de disfrutar de una visita en persona a dicha ciudad, me habían informado con cierta verosimilitud de que la urbe recibía el nombre de Bruselas, tan indisolublemente asociada con la conocida brassica.5 Aunque se trataba de un hombre de aspecto más bien repulsivo, adornado con un bigote de color jengibre, yo había acompañado mis palabras con una sonrisa amistosa. Pero él se limitó a mirarme fijamente, debo confesarlo, con expresión singularmente ruda y ofensiva.
—Veamos —dijo—. Creo que su nombre es Carp.
—Augustus Carp —repliqué— de Angela Gardens.
—Entonces tenga la bondad de recordar —respondió— que en el futuro debe limitarse a contestar la información que se requiera de usted, y nada más.
Se trataba, por supuesto, de la declaración de un hombre vengativo y de mente peculiarmente estrecha, hasta ahora instalado por azar en una posición de autoridad que evidentemente había alimentado sus inclinaciones más perniciosas. Pero como yo aún ignoraba hasta qué punto era un ejemplo deplorablemente típico de la clase a la que pertenecía, pasó una cantidad de tiempo considerable hasta que pude contener los sollozos que sus infamantes palabras habían causado en mi ánimo. Por supuesto, no perdió un momento y se aprovechó vilmente de mis emociones.
—Quizá —observó, con una burlona y malvada expresión— cuando haya terminado de meditar mi respuesta, será tan amable de enumerar las principales exportaciones de Finlandia.
Me alegra decir que, más tarde, gracias a la inmediata e imperativa exigencia de mi padre, se vio obligado a pedirme perdón en presencia de mi progenitor y del director de la escuela, el señor Septimus Lorton. Sin embargo, al instante comprendí que no era una disculpa basada en un arrepentimiento real y de corazón, y aunque le aseguré que en lo que a mí respectaba el incidente estaba cerrado, quedó claro que jamás podría concederle el privilegio de mi amistad.
Tampoco estaba en mi destino recibir una respuesta más satisfactoria a los siguientes avances que consideré mi deber emprender. Estaba excusado, por razones morales, del estudio del francés por petición expresa de mi padre, y en lugar de eso se me permitió recibir lecciones adicionales de alemán, impartidas por el señor Beerthorpe. Era un hombre de complexión fornida y muy miope; para corregir ese defecto, llevaba unas gafas excepcionalmente gruesas. Al principio, su amistad me atrajo, pero pronto descubrí que su carácter no era más que espuria amabilidad. También me resultó embarazoso descubrir que casi todo el mundo se refería a él por la primera sílaba de su apellido, añadiéndole un apéndice vocal que le confería el mote de «El Cervezas».6
Si el interfecto lo sabía o no, eso yo lo ignoraba. Pero opté por distanciarme de dicha práctica a la menor oportunidad, como un acto de bondad y justicia hacia mi persona. Así, un día en que actuaba de árbitro de un partido de fútbol, me acerqué y posé mi mano en su codo, diciéndole que me gustaría intercambiar algunas palabras con él.
—¿Eh? ¿Qué? —dijo—. ¡Falta!
Y soltó un pitido tremendo con un diminuto silbato. Me pilló desprevenido y no pude evitar sobresaltarme, tapándome los oídos.
—Bueno, ¿qué pasa? ¿Cuál es el problema? —preguntó.
—Quizá podríamos buscar un lugar más tranquilo para hablar.
—Pero bueno, ¿qué pasa? —exclamó y añadió—: ¡Cuidado!
Se apartó bruscamente para dejar pasar un balón. Al perder el muro de contención del señor Beerthorpe, yo no fui tan afortunado y recibí el impacto del proyectil aéreo en la parte superior de mi cuello y mi oreja izquierda. Durante unos instantes fui incapaz de seguir hablando. Si la pelota hubiera tenido una forma más cónica, parecida a un huevo, de esas que tan habitualmente se utilizan para el mismo tipo de celebraciones bárbaras, el golpe habría tenido consecuencias más graves e incluso fatales. Cuando hube recuperado la capacidad de hablar, sentí una ligera decepción al ver que el señor Beerthorpe seguía soplando cruelmente con su silbato, en una lejana esquina del campo de deportes. En esas circunstancias, cualquier otro muchacho habría abandonado su propósito. Pero a pesar de lo que después siguió, siempre me enorgulleceré de no haberme dejado arredrar por el desafortunado principio de mi tarea. Acercándome por segunda vez, volví a tocarle el codo.
—Por el amor de Dios, ¿sigue ahí? —exclamó.
Naturalmente, parpadeé un poco ante su interjección, y le recordé que seguía pendiente mi comunicación.
—Está bien, está bien. Venga, vamos.
Le entregó el silbato a un muchacho que andaba cerca.
—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó.
Entramos en un aula vacía.
—Primero, me agradaría que aceptara esto —dije yo, entregándole una caja de media libra de chocolates, adornada con muy buen gusto con un lazo de color amarillo. Proseguí—: Es una pequeña muestra, aunque espero que aceptable, de mi deseo de inaugurar relaciones amistosas con su persona.
Se quedó mirándome con la boca abierta durante un instante, y luego se oyó un sonido gutural en la parte posterior de su garganta.
—Pero bueno, muchacho. ¿No pretenderá decirme que ha interrumpido un partido de fútbol para traerme aquí y darme media libra de chocolatinas, verdad?
—No del todo —dije—. No era esa mi intención primordial, aunque debo confesarle que me siento herido por el tono de su voz. También deseaba informarle de que es usted objeto de una continuada indignidad, con la que personalmente disiento sobremanera.
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué demonios quiere decir?
Volví a sobresaltarme por segunda vez, y en esta ocasión bajé mi voz.
—Pensé que debía saber que el resto de los alumnos se refieren a usted —confío en que sin la menor justificación— con el apodo de «El Cervezas».
Durante lo que quizá fueron doce o trece segundos, el silencio solamente se rompía cuando los jugadores del partido que seguía en marcha gritaban. Pero observé que las mejillas del señor Beerthorpe se teñían, arreboladas, y que sus ojos miopes parecían salirse de sus órbitas. Era un espectáculo verdaderamente repulsivo, y entonces su verdadero carácter salió a relucir, igual que pasó con el señor Muglington. Igualmente embriagado con la mezquina autoridad que su posición le confería, su conducta general al igual que sus palabras, fueron aún más duras y viles.
—Mire, joven Como-se-llame, no me importa su apellido ni tampoco quiero saberlo. Pero si vuelve a soltarme una impertinencia como esa, informaré de su comportamiento al director. Y ahora, váyase de aquí, y llévese esas chocolatinas.
A pesar del terrible golpe que suponían sus palabras, y de las lágrimas que mojaban mis mejllas, reuní valor para levantar la mano.
—Un momento, señor —interrumpí—. Ha habido un malentendido, y quizá ha sido una estupidez por mi parte pensar que podría haber sido de otro modo. Pero debo aclararle, por mi bien y por el de la escuela a la que ambos pertenecemos, que seré yo quien me veré obligado a informar del lenguaje y las formas con que me ha tratado hoy usted.
Rojo hasta un punto que jamás he vuelto a presenciar, abrió su boca una o dos veces en silencio. Luego se limpió la frente con el dorso de la mano y dijo:
—Más bien diría que le he contestado con la mayor contención, teniendo en cuenta lo que me ha dicho.
—Al contrario —objeté—. Me veo en la obligación de recordarle que ha mentado por dos veces a Nuestro Señor.
—¡Por los clavos de Cristo! —balbuceó.
Abrí la puerta y declaré:
—Esa la tercera vez. Tendrá noticias mías.
Había logrado conservar mi autocontrol, pero supuso un esfuerzo tan grande, que quedé físicamente debilitado y destrozado, sufriendo una gastritis posterior que me privó de varios minutos de sueño, así como la mayoría de mis cenas. Sin embargo, gracias a una segunda y más tajante entrevista entre mi padre y el señor Lorton, durante la que se reveló que el señor Beerthorpe era el padre de cinco desafortunados hijos, él también se vio obligado a presentar sus excusas a mí y a mi padre, así como a jurar que dominaría su tendencia a la blasfemia. Tanto mi padre como yo estuvimos de acuerdo en que había proferido su disculpa con la mayor de las reticencias y, desde luego, no albergaba la menor esperanza de alcanzar la feliz comunión de mentes y espíritus entre el señor Beerthorpe y yo, que una vez había deseado con tanta ilusión.
Mientras tanto, no había desdeñado el cultivo de la camaradería con mis compañeros, por mucho que me resultaran insípidos, y más de una vez ofrecí mis servicios espirituales a algún alumno despistado o falto de experiencia. No sabría decir si mis ofrecimientos cayeron en saco roto. Pero no sería sorprendente, teniendo en cuenta el comportamiento estándar del profesorado, que el estado moral de los pupilos dejara mucho que desear. Por ejemplo, diariamente se violaba la regla que prohibía la ingesta de dulces durante las horas dedicadas al estudio, y no solamente la infringían los más jóvenes, sino muchos alumnos mayores que yo. Las exhibiciones de violencia eran de lo más común en la hora del patio, e incluso oía numerosas veces a los que se tenían por hijos de caballeros proferir la palabra «maldito».7
No fue hasta mitad del semestre, sin embargo, y en presencia del señor Lorton, a la hora más sagrada de la semana escolástica, cuando comprendí que existía un espíritu malvado, y ese instante de lucidez me dejó completamente paralizado. El señor Lorton, más dotado para la organización que para la erudición, más dueño que profesor, limitaba sus actividades pedagógicas a las lecturas y exposición de las Sagradas Escrituras. A tal efecto, visitaba cada clase una vez a la semana, en rotación, y empleaba como manual de texto la Biblia Escolar Lorton, publicada por su hermano, el señor Chrysostom Lorton. Recuerdo que habíamos estudiado el Segundo Libro de los Reyes y reflexionado acerca del malvado reinado de Pecajías, cuando el señor Lorton repentinamente le preguntó al delegado de la clase si podía decirle el nombre de su sucesor.
Era Pecaj, hijo de Remaliah, claro está. Yo estaba familiarizado con ambos desde hacía muchos años. Pero por desgracia, mi posición en el centro de la clase me impidió dar una respuesta inmediata. Sin embargo, me di cuenta al ver cómo, uno tras otro, todos los chicos revelaban con su silencio las simas de su ignorancia, de que probablemente la gracia de la Providencia me había escogido para ser el instrumento de su ilustración. Cuál fue mi horror cuando ese hermoso día de otoño, con el sol de noviembre entrando por la ventana, observé a Harold Harper, el chico que estaba a mi izquierda, y a Henry Hancock, a mi derecha, estudiando con ahínco el Segundo Libro de los Reyes bajo la protección que les conferían sus pupitres. A pesar de que conocía bien la calaña de aquellos chicos, jamás los habría imaginado capaces de tal felonía. Cuando Henry Hancock se puso en pie y sin vacilar dijo: «Pecaj, hijo de Remaliah», fue como si cada sílaba fuera un puñal clavado en lo más hondo de mis órganos vitales. Pálido de ira, me levanté de un salto.
—¡Señor! Henry Hancock le engaña. Ha leído la respuesta del libro abierto de las Escrituras.
Hubo una pausa mortal.
—Y no sólo eso: ¡Harold Harper estaba a punto de hacer lo mismo!
El señor Lorton se quitó las gafas.
—Hancock y Harper, en pie.
Así lo hicieron, con la mayor de las reticencias.
—Hancock y Harper, ¿es verdad eso? —exigió.
Guardaban silencio, pero sus rostros les traicionaron, igual que la indiscreta Biblia de Harper, que cayó al suelo con un golpe seco.
—Hancock y Harper —dijo el señor Lorton—. Me avergüenzo de vosotros. Copiaréis una frase de castigo cincuenta veces.
—¡Señor Lorton! —exclamé, destrozado—. ¡En nombre de la justicia para con mi persona, que sí conocía la respuesta correcta sin necesidad de mentir ni cometer sacrílega trampa, y también para con mis compañeros de estudio, por no decir nada de las propias Sagradas Escrituras, estos dos tramposos deberían recibir un castigo menos trivial y más severo!
El señor Lorton se puso las gafas, volvió a quitárselas y empezó a limpiar los lentes.
—Hanper y Harcock —dijo—. Quiero decir, Harcock y Hanper, tal y como Carp acaba de recordarnos, habéis cometido un grave pecado. Pero espero que la denuncia, em, pública de vuestra desfachatez, dejará honda huella en vuestros ánimos.
—Señor Lorton, ¡eso son sólo palabras! —protesté, cada vez más frustado.
—Pero muy serias, de lo más serias —aseguró—. Además, escribirán las cincuenta líneas de castigo. Y ahora, quizá Smith Major quiera decirnos quién era Argob.
Me quedé petrificado ante la levedad con la que el propio dueño de la escuela pudo soportar una denuncia tan clarificadora. Permanecí en pie varios segundos, totalmente incapaz de pronunciar ni una sílaba. Y cuando por fin me dejé caer en mi banco, asombrado y solo, fue como si me hubieran arrancado de una vez por todas de la niñez (y en efecto, así fue). Porque la cosa no acabó ahí. Cuando salimos a jugar al patio, me vi rodeado de una masa acosadora, evidentemente sobornada por Harper y Hancock, que se proponían atacarme y propinarme una paliza. A empujones, de un lado a otro, me arrancaron el cuello de la camisa, me dieron un puñado de bofetones y solamente gracias al ejercicio desaforado del poder de mis pulmones pude atraer la atención de un adulto. Incluso estoy casi seguro de que el señor Muglington y el señor Beerthorpe observaban la escena pasivamente tras una cortina, y no fue sino mi propio padre el que me apartó del camino de la tragedia.
Por pura casualidad, estaba visitando a un cliente a un par de calles de distancia, y al momento reconoció mis chillidos como oriundos de la carne de su carne, y abandonándolo todo corrió a ayudarme, justo cuando el señor Lorton también hacía su entrada en el patio. Pero mi padre llegó primero, y jamás olvidaré el trueno estentóreo de sus gritos. Tomó a cada uno de mis agresores de la mano y los sacudió como si fueran campanillas al viento, mientras emitía interjecciones con un falsetto que hacía de contrapunto a mis notas más alarmadas. Un pequeño grupo de maestros, pálidos y demudados, permanecía arrebujado contra el muro de la institución, mientras un caudal cada vez mayor de vecinos y comerciantes locales empezaban a ocupar todo el asfalto frente a la escuela. Luego, con una imprecación final y suprema, arrojó a los dos rufianes en medio de sus compañeros, y me estrechó contra su pecho, abriéndose paso entre la multitud que le vitoreaba. Quizá fue el momento más importante de su carrera, pero, como yo, tuvo que pagar por él. Durante las dos semanas siguientes vivimos confinados en habitaciones adyacentes, con mi madre cuidándonos día y noche. Después, a pesar de lo alterado que aún estaba, mantuvo una tercera entrevista con el señor Lorton, en la que insistió en unas disculpas en público como única alternativa a una demanda judicial.
Darmowy fragment się skończył.