Czytaj książkę: «El abuelo pampa»
Sobre este libro
Durante un largo invierno, un viejo indio, nacido de padres pehuenches asentados en las tolderías del cacique Pincen, en Potrillo Oscuro, en la provincia de La Pampa cuenta a sus tres nietos varones la historia de su vida y la de su pueblo.
Índice
Sobre este libro
Vocabulario
Material Consultado.
Agradecimientos
Introducción
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capitulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Epílogo
Datos del autor.
Héctor A. Cirigliano.
Vocabulario
Materiales de consulta
| Cirigliano, HéctorEl abuelo pampa / Héctor Cirigliano.–1a ed.–Gualeguaychú: Tolemia, 2020.Libro digital, EPUB ISBN 978-987-3776-15-11. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.CDD A863 |
Fecha de catalogación: Enero de 2021
Ilustración de portada: Andrés F. Negroni
Conversión a eBook: Daniel Maldonado
ISBN 978-987-3776-15-1
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Impreso en Argentina. Printed in Argentina
Reservados todos los derechos, incluso el de reproducción en todo o en parte, en cualquier forma.
El abuelo pampa
Héctor Cirigliano
Vocabulario
Material Consultado.
Las palabras de origen Mapuche fueron extraídas del Diccionario Mapuche Español (comentado) de Esteban Erize – Editorial Yepun – Bahía Blanca.
El texto consta de alrededor de 65.000 palabras y 309.000 caracteres.
A Nico, Gabi, Tomi y Manu, quienes inspiraron este relato.
Agradecimientos
Deseo agradecer a todos los que colaboraron para que estas páginas se hicieran realidad, tras un arduo trabajo que me permitió conocer muchos aspectos de la vida de los pueblos que habitaron la llanura pampeana.
La idea nació luego de leer dos libros que un día dejó un paciente en mi consultorio y que me resultaron muy interesantes y de mucha utilidad en los viajes por las regiones descriptas en el relato. Se trataba de “La lanza rota”, de Dionisio Shoo Lastra y el Diccionario Mapuche Español, de Esteban Erize. Esos fueron los textos que despertaron mi interés sobre el tema aborigen y me inspiraron un cuento corto sobre un capitanejo pampa y una cautiva.
Cierto día, charlando en el club con mi gran amigo, el profesor Leonardo Killian, coautor de El camino del arco, le comenté la idea de escribir un libro de ficción. El tema sería la historia de un abuelo pampa, relatada desde el interior de la toldería, con la visión de un nativo. Le pareció interesante y me animó a realizar el proyecto. A él debo agradecer la gran cantidad de información y los numerosos libros que puso a mi disposición para llevar a cabo la tarea.
También quiero agradecer al Dr. Antonio Sadovskis que me acercara varios textos muy valiosos sobre la vida en los fortines de la frontera interior y sobre las leyendas y costumbres mapuches, que me resultaran de gran utilidad para aclarar muchas dudas sobre la vida de esa gente.
A la Dra. Cristina Furatini, compañera de trabajo y amiga, que me acercó un libro sobre la vida del cacique Saihueque, el “Señor de las Manzanas”, como era conocido el sur.
A mis amigos y mi familia que me alentaron a llevar a término el proyecto, y especialmente a mi esposa que tuvo la paciencia de escuchar el relato de muchas partes del libro a medida que iba tomando forma.
Un agradecimiento muy especial a Patricia Rodríguez Kiernan, ex alumna de mis clases de tiro con arco en el Club Universitario de Arquería, que me ofreció sus servicios de correctora literaria para revisar el desarrollo gramatical del texto.
Y por último, quiero agradecer a la vida que me permitió conocer todas las regiones descriptas en el libro y a muchos personajes que con sus recuerdos y anécdotas me dieron la oportunidad de ahondar en muchos aspectos de los temas tratados.
Nací en un pueblo que en sus orígenes fue un fortín de frontera, a pocas leguas del Salado, que era conocido como fuerte “Las Estacas” por los palos clavados en el piso que demarcaban las manzanas que hoy dan forma a la ciudad de Chacabuco, en el oeste de la provincia de Buenos Aires.
Allí viví mis primeros años en el campo, donde cursé la escuela primaria. En esos campos, situados a veinte kilómetros del pueblo, en mis correrías encontré piedras de boleadoras, recorrí cañadas y pajonales cazando patos y perdices, pesqué bagres en el Salado y escuché muchos cuentos de boca de un viejo peón, don Miguel, descendiente de aborígenes que habitaron la región, vecina a los toldos de Coliqueo.
Todas esas experiencias vividas en el campo en los años de niñez y juventud me permitieron vislumbrar lo que debe haber sido la vida en las tolderías y en la frontera durante el siglo XIX y hoy, luego de mucho investigar pude dar forma a este relato, que aunque de ficción encierra muchos de los acontecimientos ocurridos en épocas en que nuestro país se estaba consolidando como Nación.
Héctor A. Cirigliano
Introducción
Este relato se pierde en la noche de los tiempos, en una época lejana, cuando nuestro pueblo fue creado por la fuerza de los dioses y la naturaleza. Mi bisabuelo se lo contó a mi abuelo, él a mi padre y mi padre a mí. Como ustedes perdieron al que fuera su padre peleando contra los soldados, cuando eran muy pequeños, soy yo, este viejo abuelo pampa quien les va a contar noche tras noche de este invierno, las leyendas y la historia de nuestro pueblo. Historia que fue pasando de generación en generación, para que ustedes la trasmitan a sus hijos y así no se pierda en el olvido. Tal vez algún día sus hijos o sus nietos aprendan a escribir como los huinca y puedan dejarla en un libro, para que la conozcan todos nuestros descendientes.
Así comienza este abuelo pampa, golpeado por la continua lucha y la dura vida en las tolderías a contar a sus nietos Nahuel y Nehuen, hijos de Lipang Milla (Brazo de Oro) , quien fuera su hijo mayor, y al pequeño Pehuen, el único hijo de Millaray (Flor de Oro), la menor de sus dos hijas, una larga historia, mezclada con sus propias aventuras y los mitos y costumbres de los pueblos del sur, que habitaron la Patagonia central y la inmensa llanura pampeana, ese enorme mar de hierbas que se pierde en el oeste en los contrafuertes de la cordillera.
Bajaron de las montañas y avanzaron ocupando territorios del dilatado desierto de pastos duros, lagunas de aguas dulces o saladas, ríos y bosques de chañar, piquillín y caldenes. Desplazaron en su avance a otros pueblos que ocupaban la región a la llegada de los conquistadores. Esos desplazados eran los verdaderos pampas, que estaban emparentados con los querandíes y se extendían más allá del Salado en sus correrías de caza y recolección hechas a pie, porque no conocían el caballo. Eran más altos y fuertes que los invasores del oeste pero fueron asimilados o exterminados, no se sabe a ciencia cierta lo que pasó y desaparecieron para dar lugar a la nueva etnia de lengua común que ocupó la región en épocas relativamente recientes, luego de la llegada de los españoles a Chile.
Son hechos reales y míticos que se van encadenando uno tras otro para dar forma a la larga historia dela gente de la tierra, como ellos mismos se llamaban, mapuches, gente de la tierra.
Pueblos que ocuparon el oeste y el este de la cordillera de los Andes, desde el sur de la actual Mendoza hasta Chubut y desde la cordillera hasta el Atlántico por el este. Ellos mismos se llamaron puelches, gente del este.
Al oeste de la cordillera ocuparon toda la franja que llega al Pacífico y se llamaron ngulluches. Bautizados araucanos por los conquistadores españoles, posiblemente porque provenían de la región de Rauco.
La base fue una lengua común, con variantes regionales para los diversos pueblos que se distribuyeron por una región tan vasta. Las tribus del norte, conocidas como picunches, las del centro, en los grandes pinares de las montañas, en la región del Quillen y del Aluminé se llamaron pehuenches, las del sur huiliches, distribuidos en el País de las Manzanas cerca de la “laguna grande” del Nahuel. Las que habitaron el norte de la gran llanura, los ranqueles, también llamados ranculches, era la gente de los montes y los pampas que se aventuraron hasta las costas bonaerenses. Más abajo estos grupos llegaron hasta el Río Negro y Chubut, diseminados por los desiertos patagónicos.
Por arriba estaban los huarpes, ocupando parte de Mendoza y San Juan, y hacia el centro los comechingones, en Córdoba y parte de San Luis, ambos grupos pertenecientes a otras etnias. Por debajo, los tehuelches, más altos, robustos y mansos que los araucanos, divididos en dos grandes grupos, los vecinos a los mapuches y los que estaban bien al sur de la Patagonia.
Este es un relato de ficción, cuyos personajes viven sus aventuras de acuerdo a hechos históricos narrados por numerosos investigadores, militares y exploradores que recorrieron la región, algunos vivieron entre ellos como los cautivos, y nos trasmitieron sus conocimientos, sus costumbres y su lengua. Lengua que no fue escrita y que fue recopilada por estudiosos y misioneros y que dejó en nuestro país y en Chile numerosos accidentes geográficos y poblaciones con nombres propios en lengua mapuche, como una marca indeleble de aquellos primeros pobladores del sur del continente.
Los personajes históricos, tanto civiles como militares que se mencionan, tuvieron una acción relevante en los hechos ocurridos en épocas tan tumultuosas vividas durante la formación de nuestro país después de largas luchas protagonizadas durante la guerra de la independencia, las invasiones inglesas, guerras civiles entre federales y unitarios, guerras contra países limítrofes como la guerra contra Paraguay y lucha contra los pueblos que habitaban nuestras pampas, que puede considerarse otra guerra interna entre militares y civiles, porque los pueblos ya establecidos desde mucho tiempo atrás eran parte de nuestra nación, aunque los invasores que penetraron desde el otro lado de la cordillera lo hicieron con el propósito de llevar hacienda cimarrona o marcada para comerciarla en Chile.
La guerra contra el indio, como siempre llamaron los conquistadores a los pueblos originarios, comenzó cuando chocaron intereses económicos, que es la forma en que comienzan casi todas las guerras. Los criollos bonaerenses comenzaron las grandes vaquerías en la “pampa bárbara”, realizando enormes matanzas de reses con el solo fin de apoderarse de los cueros y el sebo comercializados con Europa. La carne la dejaban para consumo de las alimañas. Grandes nubes de caranchos y animales carroñeros se disputaban los restos de las vacas abandonadas, con los perros cimarrones que abundaban en la región.
Por otra parte, los habitantes naturales de la llanura comenzaron a ver menguar la hacienda baguala que crecía en la pampa y que era objeto de su intercambio con los pueblos del lado oeste de la cordillera. Ese era su negocio. A causa de ello, y para seguir con su comercio, comenzaron a malonear para llevarse el ganado de las grandes estancias que fueron apareciendo al este del Salado, que en esa época era el límite natural entre el “mundo civilizado” y el desierto.
Las políticas encaradas por los diferentes gobiernos de la naciente República fueron muchas veces erróneas, sin tomarse en cuenta la verdadera dimensión del problema sociocultural que se enfrentaba. En lugar de tratar de integrar los pueblos autóctonos a la población rural y darles parcelas de terreno para que las trabajaran, se hicieron acuerdos donde se entregaba un racionamiento anual consistente en yeguas para consumo, azúcar, yerba y aguardiente entre otras cosas. En muchos de los casos esto no llegaba a los toldos y era comercializado por los encargados de llevar esos racionamientos. Además era una política equivocada, porque lo más acertado hubiera sido entregarles herramientas y semillas y enseñarles a cultivar la tierra.
Hubo avances y retrocesos en las relaciones con los caciques, que aprovecharon las guerras civiles y la guerra con el Paraguay para recuperar el espacio perdido en épocas de paz.
Una larga frontera interior demarcada por fortines miserables, con soldados sin equipo apropiado y sin caballos aptos para luchar y perseguir a los malones producía una pérdida constante de hombres y recursos, mientras que los naturales, excelentes conocedores de todos los vericuetos de la pampa, se movían con total libertad pasando la línea de fortines para arrebatar el ganado y llevar cautivos a las toldería.
Más tarde se cavó una zanja de cientos de kilómetros, que demandó un enorme trabajo humano, con el objeto de parar las invasiones y que no sirvió para nada. Los guerreros la pasaban sin inconvenientes y siguieron entrando hasta el final.
Namuncurá, hijo del terrible Calfucurá, fue el último cacique que resistió los embates del Ejército Argentino y después huyó a la cordillera. Allí se entregó al ejército y fue trasladado a Buenos Aires, donde fue bien tratado por las autoridades, que más tarde le concedieron ocho leguas de tierras en la zona de Aluminé, donde vivió en paz hasta su muerte, el mismo año en que murió su hijo, el célebre Ceferino.
Namuncurá había sido bautizado con el nombre de Manuel, y era su padrino el general Justo José de Urquiza.
Todo cambió cuando en lugar de mantener la política de una guerra defensiva que no servía para nada, se tomó la determinación de llegar a los propios toldos de las tribus diseminadas en el desierto y obligarlas a integrase a la nación, como lo hicieron algunas de ellas, o abandonar el terreno y retirarse del otro lado del Río Negro, para volver al lugar desde donde habían invadido la llanura.
En muy poco tiempo la enorme extensión de tierra conquistada pasó a ser parte del Estado Argentino, y del Estado, esas miles de leguas pasaron, en poco tiempo, a manos de especuladores sin escrúpulos, como lo hacía notar el comandante Prado, luego de la Conquista del Desierto.
Eran tres cuerpos de ejército los que entraron a la inmensa llanura poblada por unos pocos miles de hombres de lanza dispersos en sus tolderías, que hostigaron durante mucho tiempo a las poblaciones fronterizas.
Una columna entró siguiendo los contrafuertes de la cordillera. La segunda entró por el centro del desierto, paralela a la primera. Y la columna principal del Ejército expedicionario, comandada por el general Julio Argentino Roca atravesó la llanura pampeana saliendo desde Azul hasta el Fuerte Argentino. Desde allí mandó una columna hacia Carmen de Patagones con orden de remontar el Río Negro. Continuó su marcha para cruzar el Río Colorado por el paso Alsina y se dirigió hacia el oeste siguiendo el curso del río hasta Choique Mahuida.
Desde ese punto siguió avanzando para llegar a las márgenes del Río Negro, frente a la isla de Choele Choel, al atardecer del 24 de mayo de 1879.
Capítulo I
No hay pueblo de la tierra, por más primitivo que sea, que bajo una forma u otra no tenga entre sus mitos la leyenda del Diluvio. Los Mapuches no han escapado a esta regla.
Diccionario comentado Mapuche-Español – Esteban Erize
–Vengan, siéntense acá, cerca del fuego, que esta ruca que levantamos con tanto esfuerzo entre los pehuenes nos protege del frío y del viento que viene del sur. En estas largas noches de invierno, como les prometí hace un tiempo, les voy a contar algunas historias que ustedes no conocen y deseo que se mantengan vivas en el recuerdo de nuestra gente.
–Abuelo –preguntó Nehuen–, ¿hace mucho que vivimos aquí, en esta ruca escondida en el bosque, cerca del lago?
–No, no hace tanto –contestó el viejo–. Vinimos hace seis inviernos, cuando ustedes eran muy chicos. Tuvimos que dejar la llanura, que era nuestro hogar porque los huincas nos empujaron hacia las montañas con sus soldados y sus armas de fuego.
Cuando llegaron las tropas nuestro pueblo ya estaba diezmado, debilitado y para no morir o ser prisioneros de los cristianos, los que pudimos escapamos al sur, a refugiarnos en las montañas. Algunos caciques se sometieron y se quedaron cerca de la frontera. Fue una huida muy penosa, porque los más viejos y las mujeres no resistían el tremendo esfuerzo. Los caballos estaban agotados y nos quedaban muy pocas provisiones porque huimos antes que nos dieran alcance las tropas.
El charque era escaso y no podíamos cazar por el camino para no retrasarnos. Muchos murieron al costado de la huella, dejando sus huesos como mudos testigos de esa tragedia y a los débiles o enfermos debimos abandonarlos a su suerte para no caer en manos de los soldados, que nos arrinconaron contra la cordillera.
Yo ya estoy viejo y no puedo pelear, y mi hijo mayor, Lipang Milla, el padre de ustedes dos, les dijo a Nahuel y Nehuen, murió por una bala de los soldados y sus huesos descansan sobre un médano, en la llanura que fue su cuna.
Mis dos hijas se fueron del lugar donde vivían con sus maridos, cuando supieron del ataque de las tropas y nunca más supimos de ellas. Con nosotros quedó Pehuen, el hijo de Millaray y de Zoilo, un gaucho que se escapó de la frontera buscando una vida mejor en la toldería. Tal vez algún día podremos reencontrarnos y reunir a la familia que hace mucho formamos con la abuela.
La abuela, mientras limpiaba los cacharros de la cocina escuchaba el relato de su compañero de tantos años y se le llenaban los ojos de lágrimas.
–Muchas mujeres, viejos y chicos emprendimos el largo viaje hacia las montañas, por una rastrillada, guiados por algunos guerreros que vivían del otro lado de la cordillera y que nos condujeron por caminos que solo ellos conocían, hasta llegar a las orillas del Aluminé y afincarnos aquí, entre los bosques de pehuenes, el lugar desde donde habían salido mis padres Pehuenches y al que regresamos ahora, vencidos y cansados.
Fueron días de marcha sin descanso, para alejarnos del peligro y mantener nuestra libertad. A orillas de la senda fueron quedando los más débiles pero seguimos sin detenernos, cruzando ríos y montañas y al fin llegamos.
Construimos la ruca en un lugar protegido, cerca del agua y con otras pocas familias formamos el pequeño poblado, lejos de las armas y de la ambición de los cristianos que deseaban nuestras tierras. Mejor dicho, las tierras que no eran propiedad de ningún hombre. Nosotros no entendíamos cómo puede uno ser dueño de la tierra, de una laguna, de una montaña o de un bosque. La naturaleza las creó y pertenecen a todos los hombres. Todos tenemos derecho a disfrutarla y a cuidarla, no a destruirla apropiándose de ella. Pero el hombre civilizado pensaba distinto y por eso peleamos tanto tiempo hasta que se agotaron nuestras fuerzas.
Ahora las cosas están más tranquilas, los ánimos se apaciguaron y podemos seguir con nuestro estilo de vida y nuestras costumbres, pero debemos estar siempre alertas, porque la ambición del hombre blanco es mucha y pueden volver para quitarnos lo poco que nos queda.
Los chicos escuchaban al abuelo y no comprendían como los cristianos los obligaron a dejar sus lugares de cacería, sus toldos y abandonar la llanura. ¿Por qué no pudieron quedarse y vivir en el suelo que los vio nacer? ¿Por qué no podían vivir todos en paz y armonía y aprender a trabajar la tierra donde nacieron?
–Yo extraño la llanura –dijo el viejo–, aunque mis padres nacieron entre los pehuenes y siendo jóvenes se fueron al desierto, cuando también cruzaron los chilenos. Extraño la inmensidad de la pampa, porque yo nací y viví en ella hasta que debimos partir, pero aquí, en esta tierra de pehuenes, a orillas del Aluminé pienso terminar mis días. Pero eso está lejos todavía, quiero verlos crecer y hacerse hombres para que aprendan a defender nuestras tradiciones. Después me iré contento. Les voy a contar como apareció nuestro pueblo sobre esta hermosa tierra. De dónde venimos y cómo fuimos creados por los dioses. Es una larga historia.
Nahuel y Nehuen escuchaban atentos, mientras que el pequeño Pehuen dormitaba bien abrigado por un quillango.
–Hace mucho tiempo, cuentan los viejos pehuenches, la tierra estaba toda cubierta de agua. Los primeros pobladores no tenían lugar donde vivir y conseguir alimento y para salvarse y no morir de hambre tuvieron que subir a las montañas. En grandes caravanas, llevando lo poco que tenían llegaron a las partes más altas y secas, tratando se salvarse de la gran inundación que amenazaba con tapar toda la tierra.
La lluvia caía en forma continua y siempre era de noche, todo lo cubría la oscuridad. Kai Kai Filu, la serpiente mala hacía subir las aguas que querían tragarse todo a su paso y Tren Tren Filu, la serpiente que protegía a los hombres arqueaba el lomo para que las montañas se elevaran sobre las aguas.
También se refugiaron en las montañas todos los animales que pudieron salvarse, los guanacos, los ñandúes y los peludos y así nuestros antepasados encontraron con que alimentarse mientras esperaban que bajaran las aguas.
Como el cielo siempre seguía negro y los hombres tenían que pasar a otros cerros a buscar leña para calentarse y cocinar los animales que cazaban, le pidieron al Antü el padre Sol que les alumbrara el camino para no ahogarse en las lagunas y los pozos llenos de agua.
También querían la luz del sol para que los pillanes, espíritus de los muertos malos que rondaban en la oscuridad no entraran en el corral de los muertos. Entonces Antü, el Sol, rey de los cielos, mandó a su esposa Kuyen, la Luna para que alumbrara las tinieblas y los espíritus de los muertos malos no pudieran entrar. Pero como la luna inició su camino en épocas de tantas lluvias y tempestades, llevando el fuego en sus manos, el fuego se enfrió en el largo camino y por eso la luna alumbra con luz fría y no da calor. Pero se cumplió con el propósito y los muertos malos no pudieron entrar en el corral de los muertos y quedaron para siempre vagando en el aire. A medida que las aguas descendían, los hombres fueron bajando de las montañas y ocupando la llanura donde también llegaron los guanacos, los ñandúes y todos los demás animales y así pudieron reiniciar su vida, cazando en los grandes pastizales.
Así fue como nuestros antepasados comenzaron a poblar la región a ambos lados de la cordillera. La gente del oeste, que los cristianos llamaron Araucanos, y la gente del este, los puelches, que formaron varios grupos y de acuerdo a la zona que ocupaban se los llamaba picunches a los del norte, vecinos de los huarpes, más abajo los pehuenches, en los grandes bosques de pehuenes, donde ahora estamos nosotros y en el sur los huiliches.
Los ranculches, que también llamamos ranqueles son la gente de los totorales y montes, que bajaron de los faldeos de la cordillera para ocupar los montes del centro de la gran llanura y las salinas grandes, que eran codiciadas por los cristianos. Algún día les contaré como eran las caravanas que enviaban los huinca a buscar sal a nuestros territorios.
Más abajo y al naciente estaban los pampas, parientes de los querandíes, que habían llegado a poblar las tierras al oeste del Salado, pero que fueron desplazados por las tribus que bajaron de las montañas. Yo no alcancé a conocerlos, pero lo supimos por los viejos de la toldería, que contaban esas historias. Ellos fueron los primeros en enfrentarse a los cristianos, cuando bajaron de los barcos que los traían desde el otro lado de las aguas grandes.
La primera vez los huinca se fueron y abandonaron todo, hasta los caballos y las vacas, pero al tiempo volvieron, ocuparon el este de la llanura y después de muchas luchas nos empujaron hacia la cordillera.
Mañana les voy a contar donde nací y como fueron mis primeros años en la toldería. Ustedes vayan a dormir que yo lo voy a acostar a Pehuen, que se quedó dormido escuchando la historia. Él todavía es muy chico y no comprende bien todo lo que pasó con su familia.
Capítulo II
Esto es hermanos, nuestra tierra Pampa, donde nada se detiene, donde nada pasa.Es el viento arriero y los cerros andan. Esto es hermanos, nuestra tierra pampa, donde hay muchas yeguas, donde hay muchas vacas. Y muchos guanacos, venados y gamas. Esta es hermanos, nuestra tierra pampa, donde hay buenos pastos y buenas aguadas, caldén y algarrobo tienen buenas ramas. Esta es hermanos nuestra tierra pampa. Vivimos en toldos. Cuando el tiempo cambia, cambiamos los toldos. Así es nuestra casa. Esta es hermanos, nuestra tierra pampa. No es la tierra estrecha. La tierra es bien ancha. Por mucho que quieran a todos les alcanza. Esta es hermanos, nuestra tierra pampa.
Narrado por Hernán Deibe, 1944 – Cuentan los Mapuches, César A. Fernández
–Abuelo, anoche prometiste contarnos cómo era el lugar donde naciste, allá en el desierto como vos le decís, y lo que hacías en la toldería cuando eras como nosotros, que no nos acordamos casi nada de la vida en la pampa. Sólo Nahuel que es el más grande se acuerda de alguna cosa –comentó Nehuen.
–Muy pocas –dijo Nahuel–, por eso quiero escuchar al abuelo, que vivió tantos años en la llanura.
Los tres chicos estaban atentos al relato del abuelo, que trataba de hacerlo entretenido, para mantenerlos despiertos mientras recordaba su larga vida.
Los mapuches siempre fueron amantes de los relatos y les gustaba reunirse en torno al fuego y pasar largas horas escuchando historias y leyendas.
También solían pasar horas y horas en los parlamentos, discutiendo razones hasta llegar a un acuerdo. El que tenía dotes de orador era muy respetado. Cuentan que algunos caciques les tomaban una prueba de oratoria a los mocetones de quince o dieciséis años para incorporarlos como conás, guerreros.
El viejo pehuenche era uno de esos cuitrufe, narradores que sabían hacerse oír y los chicos esperaban ansiosos el momento.
–De acuerdo –dijo el viejo–. Hace muchos años mi madre me trajo a este mundo en un toldo hecho con cueros de caballo cosidos con venas de avestruz, sostenidos con troncos clavados en la tierra. Vivíamos cerca de la toldería de Pincén, entre los montes, muchas leguas al oeste de las sierras que eran un refugio para nuestra tribu en épocas de sequía. En uno de sus cerros hay una piedra enorme, más grande que la ruca, que se balancea sin caerse desde hace mucho tiempo y sigue siempre en su lugar. Alguna noche les contaré una hermosa leyenda sobre la forma en que apareció la piedra que se mueve en los cerros. A mi me la contó la machi de la toldería cuando era chico, un día que el sol quedó tapado por la luna durante un tiempo y después reapareció con todo su brillo. Siempre me acuerdo de ese día. La gente estaba muy asustada porque se puso oscuro y las mujeres le hacían plegarias a Nguenechen.
La otra mahuida, más alta y grande, hacia el sur era la de la Piedra Agujereada, que en su cerro más elevado tiene un enorme hueco como una ventana desde donde se ve el cielo. También había en esa mahuida una cueva, como una gran rajadura en la montaña, donde se reunían los diablos y las brujas y cuenta la leyenda que allí entraron dos grandes loncos, Calfucurá y Paine. Calfucurá para pedir el poder de adivinar los pensamientos y ser el jefe supremo de los pampas, y Paine para tener el poder de dominar a los leones del desierto. Por eso nuestra gente los respetaba tanto.
Al suroeste de las sierras estaban los toldos de mi pueblo, a orillas de un arroyo de aguas claras y varias lagunas donde nos bañábamos y bebían los caballos y las vacas que nos servían de alimento. Era una hermosa región, con leña y agua en abundancia y entre los montes había pastos tiernos para los animales.
Yo nací a orillas de la laguna, cercana a la toldería. Las mujeres de nuestra tribu estaban acostumbradas a ese ritual. Cuando sentían que el hijo venía al mundo se iban caminando despacio a la orilla y allí buscaban un lugar protegido para que el pequeño viera la luz. Como yo era muy curioso, al crecer me contó como fue mi nacimiento.
Ni bien dejé el vientre de mi madre, me llevó a la costa y me bañó en el agua fresca. Después me envolvió en un suave quillango de piel de guanaco que había llevado y me dejó recostado en la orilla, sobre la gramilla. Se bañó ella, como hacían todas las mujeres después de parir, se vistió y volvió caminando a los toldos, entonando una dulce canción que aprendió de su madre. Al poco tiempo ya estaba de nuevo en sus quehaceres, como hacían de todas las mujeres de la pampa.
La costumbre del baño mañanero la teníamos todos los habitantes de la toldería. Así lo aprendí desde chico y lo seguimos haciendo toda la vida. Todas las mañanas, bien temprano, las mujeres para que no las vieran desnudas, iban solas y se bañaban. Después iban los hombres y los chicos que se levantaban más tarde y así comenzábamos el día, mientras las mujeres preparan algo para comer. Esa costumbre la manteníamos tanto en invierno como en verano.
En invierno había días que teníamos que romper la escarcha de la orilla con un palo para poder entrar en el agua. Así crecimos fuertes y libres de enfermedades y aprendimos a soportar desde chicos los rigores del frío.
Cuando tenía algo más de dos inviernos, mi madre esperaba otro hijo, y para destetarme porque todavía seguía mamando, comenzó a fregarse los pechos con el jugo de un yuyo muy amargo que le dio la vieja adivina de la toldería. Al querer mamar, el horrible gusto hizo que rechazara el pecho y así en poco tiempo lo abandoné. Yo lo supe porque cuando fui más grande se lo vi hacer a otros chicos de los toldos y me acuerdo la cara que ponían cuando empezaban a chupar el pecho de la madre, mojado con ese jugo asqueroso.
–¿A nosotros también nos hicieron eso? –quiso saber Nahuel.
–No –dijo el abuelo–, porque Lucía no quiso y crió a los hijos con las costumbres de los cristianos.
Cuando llegaron los cristianos nos trajeron males que antes no existían en nuestra tierra. Nos trajeron la viruela, una enfermedad que dejaba marcas en el cuerpo y en la cara, que hizo estragos entre nuestra gente. Los más débiles morían como moscas porque no estaban preparados para ese mal, y los que se salvaban quedaban marcados para toda la vida.
El otro mal fue el alcohol, el pulcu huinca. La mayoría de la gente, hombres y mujeres se aficionó al aguardiente y a la ginebra degradando a nuestro pueblo y dejándolo a merced del huinca. Contaban los antiguos que todo era distinto antes de la llegada del conquistador. Nunca les creímos a los hombres que llegaron del otro lado de las aguas grandes, de sus bocas salían mentiras y engaños y no cumplían con los tratos hechos con nuestros caciques. Ellos dejaban los tratados escritos en papeles, pero para nosotros valía más la palabra, pero no la respetaron. Por eso nosotros reaccionamos de esta forma con el huinca. Cómo podemos dejar que nos roben, nos maten, nos traigan sus pestes y sus vicios y así se arruine nuestra cultura, nuestras costumbres, nuestra forma de vida. Somos gente como ellos, no somos animales ni bestias feroces, pero defendemos lo que consideramos nuestro.
Así fui creciendo y pasando los inviernos como lo hacían los demás chicos de la tribu, con nuestros juegos y el contacto con la naturaleza.
Cuando llegué a los cuatro años mi padre me regaló un caballo alazán, muy manso y me dijo que ya tenía edad para agujerearme las orejas, como se hacía con todos los niños y niñas de esa edad. Los cristianos le dicen bautismo, lo hacen mojándole la cabeza con agua al chico y agradeciendo a su dios.
Cuando llegó el día llevaron al caballo a un descampado frente a los toldos y le manearon bien las patas. Después los hombres lo hicieron acostar en el suelo donde quedó tendido y quieto. Nuestros caballos estaban acostumbrados a todo y no era necesario castigarlos a rebencazos como hacen los gauchos.
A mi me pintaron el cuerpo y la cara con pinturas de varios colores y me acostaron sobre el caballo, mirando hacia el lugar donde sale el sol.
Alrededor del caballo estaban todos los principales de la tribu, el cacique, la machi, los familiares y amigos de mi padre formando una rueda. Más atrás hacían otro círculo las mujeres que rezaban y cantaban pidiendo a los dioses salud y larga vida para mí.
Esto mismo que les cuento se lo hicimos a ustedes tres.
–Si abuelo –dijo el más pequeño–. Yo de eso me acuerdo porque me dolió mucho, pero no lloré y me aguanté el pinchazo.
–¡Ah! Ese toro, que aguanta como un hombre –dijo el viejo sonriendo–. Cuando estábamos todos en la ceremonia, uno de nuestros hermanos agarró un hueso de choique bien afilado y con mucha punta. Con el hueso me perforó las dos orejas y me pusieron unas crines para que no se cerrara el agujero. Después de un tiempo, cuando estaban curados me pusieron aros de plata. Los usábamos las mujeres y los hombres.
Con el mismo hueso le fue haciendo un raspón en la mano o en la pierna a todos los que me rodeaban y esa sangre se la ofrecieron a Huecuvü, el mayor de los espíritus malignos, para que no me hiciera daño. Nosotros en la llanura le decíamos Hualicho. Había que estar bien con él y ofrecerle algo a cambio para no enojarlo.
Cuando terminó todo carnearon una yegua gorda y se hizo una gran reunión con parientes y amigos para festejar el acontecimiento. Después que terminaron de comer y tomar pulcu, todos los parientes trajeron los huesos del costillar y los amontonaron delante de mí. Mi padre me dijo que por cada uno de esos huesos me iban a traer un regalo y yo me puse muy contento. Después de unos días me trajeron un ternero, una yegua y aros de plata para las orejas. Así fue mi bautismo, aunque yo era chico y no me acuerdo bien de todo lo que pasó ese día.
De chico aprendí a montar. Tendría cinco o seis años cuando acompañaba a mi abuelo a recoger huevos de patos silvestres y de gallaretas a la gran laguna. Los poníamos en un canasto de juncos tejidos para no romperlos. Él sabía la época de anide y siempre encontrábamos grandes cantidades que cocinábamos en el fogón, entre las cenizas calientes. En abril o mayo anidaban los cisnes y en primavera los patos y las gallaretas. También juntábamos yuyos medicinales para la curandera de la tribu, que ya era muy vieja y no podía hacerlo. El abuelo conocía muchos yuyos y se los llevaba al toldo. Allí la Machi los dejaba secar y después los usaba cuando alguno de los nuestros caía enfermo. Los cristianos usan otros remedios, pero nosotros aprovechamos lo que nos da la naturaleza. Las curanderas conocen yuyos para todas las enfermedades y los saben usar de diferentes maneras.
Bueno, por esta noche terminamos, ahora a sus catres a dormir bien abrigados con sus cueros. No hagan ruido que la abuela y Nampe duermen. Mañana seguiremos con otra historia.
Capítulo III
…A la avestrucera la empleaban entonces los gauchos, lo mismo que los indios, con una mano arrojaban con fuerza al aire una de las bolas conservando la otra y al impulso del tirón la boleaban y tiraban…
La lanza rota – Dionisio Schoo Lastra
–Abuelo, hoy queremos que nos cuentes como eran esas grandes cacerías en la llanura, de las que siempre hablaste –dijeron Nahuel y Nehuen a coro. Pehuen asentía con su cabecita.
–Vos dijiste que a ustedes les gustaba mucho cazar, y que se reunían grandes grupos de gente para prepararse mucho tiempo antes –comentó Nahuel.
–Bueno, trataré de contarles lo que recuerdo de aquellos tiempos en que salíamos a bolear guanacos, gamas y ñandúes. Era una de las cosas que más nos gustaba hacer, además de conseguir carne fresca para el invierno y cueros y plumas para cambiar en la frontera por ropa y vicios.
Era muy distinta, según lo que me contaron los viejos, la forma de cazar antes que llegaran los cristianos. No teníamos caballos y todo lo hacíamos a pie, recorriendo grandes distancias con nuestras armas. Nuestros antepasados además de boleadoras y lanzas usaron arco y flecha. Cuentan que eran muy buenos arqueros y podían flechar animales a gran distancia. Más al sur, los tehuelches y otros pueblos siguen usando el arco, pero nosotros lo dejamos cuando aprendimos a amansar al caballo.
–¿De qué hacían los arcos abuelo? –preguntó Nehuen.
–Los arcos los hacían con cañas colihue, lo mismo que las flechas. El arco era una caña más gruesa y flexible o a veces se partían y se ataban superpuestas con tientos finos de cuero de guanaco para hacerlos más resistentes. En los lugares donde no había cañas se hacían con una rama flexible de árboles de la zona. Las cuerdas estaban hechas con tendones y tientos bien retorcidos y engrasados para protegerlos de la humedad. De eso casi siempre se encargaban las mujeres, que eran más habilidosas. Se sujetaban bien en las puntas del arco por medio de un nudo y así se armaba el arco, con la cuerda bien tirante. Medía un metro y medio más o menos y era fácil de llevar. Las flechas eran cañas más delgadas y bien rectas. Se les sacaban las hojas con una piedra afilada y se pulían con arena gruesa. Después se ataban todas juntas para mantenerlas bien derechas y se dejaban secar en la ruca o en el toldo. Si eran torcidas se enderezaban con fuego y un cuero húmedo. Las puntas las hacía algún artesano muy diestro, que conocía las piedras y las sabía golpear para sacar los mejores trozos y darles filo y punta. Tenían lugares especiales donde hacían las puntas, que se llamaban picaderos. Cuando encontraban vidrio cerca de los volcanes hacían flechas muy buenas y filosas, aunque usaban muchos tipos de piedra, según la zona de la tribu. También hacían puntas de hueso de los animales que cazaban y algunas de madera dura para animales más chicos. La cuestión era cazar algo para comer. Nuestros vecinos, los Tehuelches usaron más el arco y cuentan que bien al sur lo siguen usando.
–¿Vos usaste arco, abuelo? –preguntó el más chico.
–Muy poco. Aprendí a usarlo en los toldos de los manzaneros, porque había unos guerreros tehuelches que llevaban arco y me enseñaron, pero lo mío eran las boleadoras y la lanza. Es muy difícil con una flecha pegarle a un choique a la carrera, en cambio bolearlas es más fácil.
Antes del caballo los cazadores salían a pie y trataban de rodear a los animales y acorralarlos para poder acercarse y así flecharlos o bolearlos. Para cazar al ñandú eran mejores las boleadoras y para el guanaco el arco, si el cazador se podía acercar lo suficiente. Había puntas de flechas para guanacos, más grandes y pesadas y otras más chicas para cazar pájaros.
En mis tiempos salíamos a caballo. Éramos grupos de más de cien cazadores que íbamos montados en los mejores caballos, los más rápidos y ágiles. También venían mujeres y chicos que llevaban caballos de refresco y los toldos para armar en la zona de caza. Nos quedábamos dos o tres meses. En los toldos fijos quedaban sólo los viejos, los enfermos y las mujeres que esperaban un hijo .Teníamos que alejarnos bastante de la toldería y llevábamos carne seca para alimentarnos. Agua siempre encontrábamos en la llanura. A veces, aunque no estuviera el agua en la superficie cavábamos en la base de algún médano y comenzaba a brotar el agua fresca que había quedado almacenada de las últimas lluvias. Los más baqueanos conocían todos los secretos de la pampa y en poco tiempo improvisaban un aljibe.
Nosotros casi siempre llevábamos boleadoras de dos bolas, porque eran más livianas y fáciles de llevar. Las de tres piedras eran buenas pero más pesadas y se enredaban más, por eso usábamos las de dos bolas.
Cada uno llevaba dos o tres boleadoras avestruceras y una bola perdida, colgada en la montura. También le decíamos bola guacha, porque era una sola.
–¿Cómo era esa bola?s– preguntó Nehuen.
–Era más o menos del tamaño de un puño, recubierta en cuero sobado y sujeta con una cuerda de cuero trenzado de cuatro tientos, de más de una brazada de largo –respondió el viejo–. Con esa arma cazábamos a los chulengos, que cansados por la huida se apartaban de la madre. Perdidos, se acercaban al caballo y los matábamos de un solo bolazo en la cabeza. Su carne es mucho más sabrosa y tierna que la de los guanacos grandes. La de los machos es casi incomible, pero el cuero lo usábamos como abrigo. De las hembras de guanaco, además de la carne y la piel sabíamos usar el cuero de la ubre seca para hacer una especie de cofre apoyado sobre los pezones como si fueran pequeñas patas. Eso lo aprendimos de nuestros vecinos del norte, los huarpe, que eran muy buenos trabajando el cuero. Las mujeres usaban esos cofrecitos para guardar sus adornos.
También usábamos la bola perdida para defendernos de los leones, aunque casi nunca atacaban al hombre. El más peligroso era el nahuel (tigre), que se escondía en los grandes pajonales pero era muy raro encontrarse frete a frente con uno.
–¿Vos viste algún nahuel abuelo? –preguntó el chiquito con cara de miedo.
–Vi algunos muertos, pero por suerte no me encontré con ninguno en el desierto, ya casi no quedan. Leones sí, y cacé varios en los montes de caldén con la ayuda de los perros.
Para cazar guanacos y ñandúes, primero buscábamos una zona donde había un grupo grande de animales y formábamos un círculo de dos o tres leguas que se iba cerrando alrededor de nuestras presas. Cuando querían escapar, a los que pasaban más cerca los boleábamos y así podíamos cazar muchos animales que daban suficiente carne para guardar y tener comida en el invierno. Además, usábamos los cueros para hacernos ropa y muchos elementos útiles para la vida en la toldería. Con los cueros de los animales más jóvenes se hacían los quillangos, que eran suaves y muy abrigados, para soportar los duros inviernos en la llanura.
De los ñandúes usábamos casi todo. La carne que era muy sabrosa y la que más nos gustaba. Recuerdo la picana asada después de las cacerías. Del interior de los huesos se sacaba la grasa y con ella la curandera fabricaba una pomada para las heridas y los dolores. También se usaba el cuero, las plumas, los tendones y las venas, con las que se cosían los cueros de potro para armar los toldos.
Con el buche, la machi preparaba un remedio para el estómago. Hacíamos secar el buche al sol, y cuando estaba duro y reseco la curandera lo molía bien en el cudi, entre dos piedras y lo guardaba en una bolsita de cuero. Cuando había algún hermano con indigestión le daba a tomar un poco de ese polvo disuelto en agua que en poco tiempo lo curaba.
Con el cuero del cogote hacíamos bolsas para llevar el tabaco o para guardar otras cosas en el toldo. Los gauchos también usaban esas tabaqueras.
Las plumas, junto con los cueros de gamas, zorros y guanacos las cambiábamos en las pulperías de la frontera por yerba, azúcar, agua ardiente y cuchillos. Los pulperos hacían buenos negocios y teníamos que sudar para sacarles las mercaderías.
Las gamas son más chicas que los guanacos pero la carne no es muy buena, aunque el cuero siempre se utilizaba en la toldería. Pero también cazábamos y comíamos otros animales. Siempre la naturaleza nos proporcionaba alimento.
–¿Qué animales eran abuelo? –preguntó Pehuen que estaba muy atento a lo que relataba Calquín.
–Vizcachas, peludos, piches, perdices, martinetas, palomas –continuó el viejo. Siempre teníamos algo para comer y lo que sobraba lo guardábamos salado para usarlo en nuestras correrías o en el invierno. Cerca de la toldería había salinas de donde sacábamos chasi (sal) para cocinar y para guardar la carne.
Los cristianos también se metían en el desierto a buscar sal. Los caciques en esa época no atacaban a los huinca y decían que las cosas que había en la pampa las había puesto Dios y era para todos. Esto era antes de que Calfucurá llegara a Salinas Grandes y las cosas cambiaran. Los cristianos hacían una gran caravana con carretas y soldados y se llevaban grandes cargamentos para salar cueros. Por esos años, cuentan los viejos que los cristianos entraron con 500 o 600 carretas, miles de bueyes, caballos, soldados y gente para cargar la sal en las carretas. Tardaban más de dos semanas en llegar y llevaban comida y animales vivos para alimentarse. Ellos mandaban los cueros al otro lado de las aguas grandes. En esos tiempos no había guerra con los cristianos porque éramos pocos y la pampa alcanzaba para todos. Después la cosa cambió y no se animaron más a meterse en el desierto.
Nosotros con la carne de huaca (vaca) y de cahuello (caballo) hacíamos charque. Las mujeres se encargaban de cortarla en lonjas muy delgadas, con los cuchillos que cambiábamos a los cristianos por cueros y plumas de ñandú. Las salaban bien por los dos lados y la colgaban al sol en lazos y tiras de cuero atados a postes bien altos para que no la comieran los perros. Después de unos días, la carne estaba bien seca y se podía guardar para el invierno o para llevar en las cacerías o al malón.
–¿Y cómo la llevaban abuelo?– preguntó Nehuen.
–Era muy fácil –dijo el viejo–. Metíamos en charque en las vejigas secas de los animales que carneábamos o lo atábamos a la montura con tientos y siempre teníamos algo para masticar sin bajar del caballo.
–¿Y qué otros animales cazaban? –preguntó el más pequeño.
–A vos te hubieran gustado –dijo el viejo–. Cazábamos los pichones de chingue, zorrinos como los llama la abuela, y los llevábamos a los toldos para que jugaran los chicos. Los zorrinos grandes cuando los cazan tiran un chorro de orina con un olor muy fuerte que le hace mal a los perros cuando le da en los ojos. Hay que agarrarlos de la cola y tenerlos colgados para que no puedan tirar a los ojos ese líquido hediondo. Con las pieles de los zorrinos, que son negras con una franja blanca, las mujeres hacían unos quillangos muy bonitos. Esos quillangos los cambiábamos en la frontera por ropa y yerba porque les gustaban mucho a los pulperos y los vendían a la gente de los poblados.
El europeo cuando ocupó las costas del Río de la Plata y luego los habitantes de las ciudades y los pueblos que fueron creciendo al amparo de la civilización no podían creer que esos pueblos vivieran sin trabajar, en sus toldos de la llanura.
Lo que sucedió fue un choque muy grande de culturas que no permitieron ver con claridad de ambas partes, a los grupos humanos que las integraban y fueron considerados enemigos. El conquistador, y luego los criollos, en lugar de tratar de integrar a los salvajes, como los denominaban, buscaron todos los medios para desplazarlos y ocupar sus fértiles territorios para la cría de ganado. Nunca se empleó una política a fondo para enseñarles a trabajar la tierra, a cultivar el suelo y a manejar los animales en asentamientos permanentes. En lugar de proveerles de materiales de labranza y semillas intercambiaban yerba, azúcar, aguardiente y otros elementos que hicieron que el habitante de la llanura se acostumbrara a ellos. Principalmente el alcohol que los fue deteriorando y envileciendo de una manera notable.
Junto a ello los desplazaban por la fuerza y ocupaban sus lugares de cacería. Por eso la reacción de esos pueblos y los malones, para vengarse de los cristianos, apoderarse de sus bienes y también de sus mujeres haciéndolas cautivas.
Había caciques muy astutos, que sabían tejer alianzas con los blancos y conseguían mercaderías y hacienda, pero al menor desacuerdo cambiaban de parecer y se aliaban a otros caciques para atacar la frontera.
Ellos habían nacido en un lugar privilegiado, con animales de todo tipo para su alimentación. Con hierbas comestibles y medicinales. Con innumerables lagunas y ríos, lo que les permitía tener agua en cualquier época de año y con salinas para conservar el alimento. Con árboles que les daban sombra y leña. Lo único que tenían que hacer era recoger lo que les brindaba la naturaleza y con eso vivían sin privaciones. Era un verdadero paraíso, con clima benigno al que ya estaban habituados y dispersos en una enorme extensión. Y además, sus baqueanos conocían palmo a palmo la enorme llanura y sus serranías y sabían guiar a su gente a los lugares donde había comida, agua y refugio en las temporadas de escasez.
Cuando llegó el conquistador el choque cultural fue tremendo y de allí todos los enfrentamientos, las luchas, los malones, las matanzas de indios y de cristianos y por último, cuando las fuerzas y los recursos de las tribus estaban agotadas, la campaña del desierto que terminó con la débil resistencia si es que quedaba alguna para esa época. La superioridad de las armas y el debilitamiento de la gente concluyeron con la expulsión y el exterminio de las tribus que quedaban y la ocupación y el reparto de las tierras por parte de los vencedores.
Muchas de esas tierras quedaron en manos de proveedores del Estado corruptos que hacían tratos con algunos jefes militares y con civiles. Sobre facturaban o no entregaban lo convenido en equipos y provisiones y compraban a los caciques las haciendas robadas en otra parte de la provincia. De esa manera amasaron enormes fortunas en perjuicio del Estado y de los pueblos que poblaban la llanura, que en muchos casos reaccionaban con razón ante esas circunstancias.
Calquín siguió recordando sus cacerías.
–A veces salíamos dos o tres a bolear, cuando no había comida y para vender algunas plumas. Con el caballo bien liviano íbamos por la llanura buscando algún choique para poder comer. Era difícil encontrarlos porque se metían entre los yuyales agachados y se quedaban bien quietos. Cuando alguno salía, con una bola en la mano se tiraba la otra al aire y se revoleaba con fuerza tirándola a las patas del avestruz. Según la distancia se tiraba con una, dos o tres vueltas.
Era costumbre que al caer el bicho, se lo mataba y con la sangre fresca se mojaba el hocico del caballo para que conociera el olor. Así, cuando había un choique escondido en las cortaderas, el caballo se paraba y miraba para ese lado. El cazador, prevenido desataba un par de bolas y cuando el animal se levantaba lo atropellaba y le hacía un tiro antes que se alejara mucho. Había que ser muy rápido y hábil para cazarlos.
Bueno –dijo el viejo–, ahora a dormir que para mañana les tengo preparada una sorpresa. Descansen bien que nos vamos a levantar temprano.
Los chicos obedecieron al viejo y se metieron entre sus mantas protegidos por la tibieza de la ruca.
Capítulo IV
Espíritu de la tierra del pehuén:
Estás viéndome en tu pensamiento,
y en el semblante de tu ser
sólo buen sentimiento se ve;
dame un lindo arrebol,
gran espíritu que en el cielo estás;
y que tu pensamiento también
siempre el bien en mi cabeza
y me haga sentir esto pronto!...
Rogativa al Pehuén Mapu Cushe.
Recopilado por Gregorio Álvarez, 1981.
Cuentan los Mapuches, César A. Fernández
El viejo se levantó temprano esa mañana. Encendió el fuego con unas astillas y puso el agua a calentar. Tomó unos mates con un trozo de pan y despertó a los nietos.
–Levántense, que vamos a hacer un largo paseo.
Los chicos se levantaron y desayunaron un mate cocido con pan de piñones. Se abrigaron con sus ponchos y los gorros de lana y salieron con el abuelo.
El día era soleado y no hacía tanto frío. Ensillaron los caballos y partieron al tranco. El abuelo llevaba en ancas de su oscuro a Pehuén, y los dos mayores iban juntos en el alazán. Los dos viejos caballos los habían acompañado cuando cruzaron el desierto para volver a las montañas, al enterarse del avance de las tropas que esta vez, sin ninguna duda iban hacia las tolderías.
–Hoy vamos a Batea Mahuida –dijo el viejo–. Salimos temprano para poder llegar arriba antes del mediodía.
Durante un rato costearon el lago que reflejaba los rayos del sol matinal y luego entraron al sendero del bosque de pehuenes, acercándose al cerro mientras charlaban.
Había una suave brisa y sólo se oía el canto de los pájaros entre las ramas.
Batea Mahuida es un cerro bajo que en su cima tiene un cráter volcánico, que encierra una laguna de aguas transparentes y quietas, protegidas por las paredes del volcán apagado hace mucho tiempo, que se elevan varios metros en todo su perímetro. La vista desde arriba es extraordinaria.
El abuelo guio los caballos por la parte de atrás del cerro, por el oeste.
–Por acá es más fácil subir los últimos metros andando –le dijo a los chicos que miraban el panorama.
Siguieron cabalgando hasta un pequeño bosque de cohiues y allí dejaron a los caballos atados a la sombra de los árboles, en un pastizal rodeado de viejos troncos caídos.
Comenzaron a subir lentamente y, a medida que se acercaban a la cima, el terreno se hacía más inclinado y difícil, con arena volcánica y piedras sueltas. Pehuen caminaba tomado de la mano del abuelo que lo ayudaba a subir. Los dos jadeaban remontando la ladera inclinada. Cansados y sedientos llegaron hasta el punto más alto y se sentaron a recuperar aliento en una enorme roca de la cumbre.
La vista desde ese punto era espectacular. Mirando hacia el oeste, a la cordillera, se divisaban los altos picos con nieves eternas de la Pire Mahuida y varios conos volcánicos del lado chileno, el Llaima, el Sollipulli y el Villarica, con sus penachos de humo recortados en el azul del cielo. Por el paso cercano escaparon muchos mapuches chilenos al otro lado de las montañas, para ponerse a salvo de las tropas que llegaron hasta esa región y se metieron en el valle del Bio Bio, cerca de Lonquimay.
Hacia el sur había quedado el Aluminé, con su espejo plateado que reflejaba los árboles de la orilla y algo más atrás el Moquehue, el lago de los mosquitos, de color turquesa, unido al primero por un pequeño riacho, bordeado de árboles añosos. A los dos lagos los rodean grandes bosques de pehuenes de casi cuarenta metros de altura y otros árboles autóctonos que resaltan la belleza del paisaje. En la cercanía hay varias lagunas de aguas transparentes como la de Cohuilla y la más grande llamada Matethue.
Más al sur todavía, siguiendo por el camino pedregoso paralelo al límite con Chile se llega al Ñorquinco y al hermoso río Pulmarí que lleva sus aguas al lago que le da su nombre. En ese valle hubo una batalla donde murieron mapuches y soldados, casi al final de la campaña. Después está el lago Rucachoroy, que en mapuche es la casa de los loros. Y más lejos el Quillén, donde abundan las frutillas silvestres y en sus aguas se refleja el cono nevado del volcán Lanin, donde viven los Pillán, los espíritus de los muertos.
–Algún día, en el verano iremos a conocer esos lugares donde mi abuelo cazaba cuando era joven –dijo el viejo–. Allí se podrán bañar en el Pulmarí y dejarse arrastrar por la corriente agarrados de algún tronco. Toda esta es la Pehuen Mapu, la tierra donde nacieron mis padres.
Entonces el abuelo los hizo mirar al noreste y les dijo con voz quebrada.
–Allá, muchas leguas después del horizonte, en el lugar donde se levanta el sol, allá está el lugar donde yo nací, donde nació el que fuera su padre y donde vieron la luz ustedes, aunque no puedan recordarlo. De allí venimos y tal vez algún día ustedes puedan volver para visitar el lugar donde descansan, enterrados cerca de la punta de un médano, mirando al oeste, los huesos de quien fuera su padre. Y más lejos todavía –dijo Calquín–, en el lugar donde termina la pampa están las aguas grandes. Por esas aguas, montados en sus barcos vinieron los cristianos a disputarnos nuestras tierras.
Los muchachos quedaron extasiados ante la imponencia del paisaje y le hicieron mil preguntas al viejo, que les contestaba mirándolos con cariño.
Permanecieron un largo rato en la cima, charlando y recuperando el aliento después de la caminata y el ascenso.
Calquín miró hacia el cielo y señalando hacia el lado de la cordillera dijo:
–Epu mañque (dos cóndores).
Los chicos levantaron la vista siguiendo el vuelo de las enormes aves que planeaban a mucha altura buscando algún animal muerto entre los cerros.
–Ahora vamos a bajar a la laguna del cráter. Tengan cuidado con las piedras sueltas y sigan el sendero –dijo el viejo.
En hilera fueron rodeando la laguna hasta llegar a un sitio donde se podía bajar sin riesgo hasta la orilla. Bajaron y fueron a mojarse las manos y la cara en el agua fría.
Por suerte la nieve que había caído la noche anterior era poca y podían avanzar con seguridad por el angosto camino.
El viejo comenzó a rodear la orilla seguido de los chicos y fue recogiendo algunas hierbas medicinales que crecían al borde del agua. Sus ojos estaban acostumbrados a reconocer los yuyos curativos y siempre tenía una buena provisión en la ruca.
Descansaron un rato, sentados sobre las piedras de la orilla, tirando guijarros al agua. Pasado el mediodía comenzaron a descender hacia el lugar donde habían dejado los caballos. Los chicos llegaron jadeando porque bajaron dando saltos, sobre las piedras sueltas, porosas y livianas de la ladera. Calquín llegó al rato, ayudándose con un palo que encontró arriba. Se sentaron sobre los viejos troncos caídos en el bosquecito donde pastaban los caballos y comieron unas tortas asadas a las brasas con carne fría, junto a un puñado de piñones tostados, que el abuelo había guardado en una bolsa de cuero, atada a la montura.
El viejo pehuenche se tiró un rato sobre la hierba, apoyado en un tronco caído, descansando al abrigo del sol tibio de la tarde. Nehuen y el pequeño Pehuen juntaban “barbas del diablo” de los ñires y jugaban poniéndoselas en la cara como si fueran barbas verdaderas, sostenidas por los gorros de lana tejidos por la abuela.
Al verlos Calquín recordó una vieja leyenda.
Llamó a los chicos y les dijo:
–Vengan que les voy a contar por qué esas barbas están enganchadas en los ñires.
Los chicos lo rodearon sentados en el pasto, esperando ansiosos el relato del abuelo mientras descansaban después de la caminata por la ladera del volcán.
Así comenzó el viejo su relato:
–Hace mucho tiempo los mapuches se habían olvidado del padre Antü y no le hacían rogativas cada doce lunas. Tampoco le hacían ofrendas de sacrificios vivos partiéndolos en cuatro, nuestro número mágico, y repartiendo las partes a los cuatro puntos del cielo y de la tierra. Se comían todo, hasta el corazón y no le dejaban nada a los pillanes.
Los pillanes vivían en un valle embrujado, donde hay piedras con muchas formas de animales y de cosas. Allí se tiraban rocas enormes que cruzaban el cielo, el fuego brotaba de las grietas y el polvo cubría todo el valle. Retumbaban los truenos y todo era caos. Antü no quería salir a iluminar la Mapu que estaba destruida.
–¿Y qué pasó entonces? –preguntó el pequeño, con cara de miedo.
–Hubo una gran pelea porque también estaba el Trauco, el dueño de las montañas y del agua y desde arriba los amenazaba a los gritos. Les voy a tirar rocas y fuego del volcán, los voy a destruir con fuego y piedras.
Y empezó una lucha terrible. De los dos lados había demonios que querían ayudar a los poderosos que se enfrentaban.
También apareció el demonio del Curef, del viento, que tanto mal hacía a los hombres y a las bestias y desató una tormenta terrible, con truenos, relámpagos y ráfagas heladas porque quería pelearlo al Trauco. Todos los espíritus empezaron a rugir y los aullidos eran aterradores. Entonces, la montaña azul, que estaba cubierta de hielo, también se enfureció. Empezó a tirar piedras, barro, nieve que hervía por el fuego del volcán y de adentro salía la roca derretida que bajaba a los valles.
Los pillán tiraban enormes rocas para todos lados y el cielo se ponía rojo por los rayos y el fuego que arrojaban los volcanes que hacían temblar la tierra. Mientras todo eso sucedía el padre Antü dormía.
Los animales corrían desesperados entre las rocas y no sabían cómo protegerse. Las plantas morían quemadas por el fuego y la lava ardiente que bajaba arrasando todo a su paso. Se abrían enormes grietas que se tragaban a las plantas y los animales. Algunas plantas se aferraban a las rocas o a los grandes árboles para no caer al precipicio ardiente.
La tierra cambió de forma. Algunas montañas crecieron y otras se tragaron a los cerros vecinos. Los ríos cambiaron de curso y en los huecos aparecieron nuevos lagos.
La lucha era feroz y el Curef Huecuvü empezó a tambalearse y a perder fuerzas porque la puntería de su encarnizado enemigo era mejor.
El pillán empezó a caer hacia el abismo arrastrado por una enorme roca que caía hacia el fondo. Rodaba desesperado golpeando en todos lados y dando manotazos con sus enormes brazos pero no podía sostenerse de nada. El Curef había quemado todo y las paredes de roca ardían.
Pero el poderoso Trauco le estaba ganando a su enemigo, el Curef Huecuvu.
Cuando ya se precipitaba al abismo rugiente y no tenía donde agarrarse, lo salvó su larga barba que se venía prendiendo de las platas espinosas y de las enredaderas. Al llegar más abajo se enredó de un ñire que estaba bien afirmando a la montaña, con sus fuertes raíces sólidamente agarradas a las enormes rocas. Se enredó a las ramas como un lazo con la barba y se salvó del terrible fin.
Agradecido el Curef le dijo al ñire, desde ahora te voy a proteger y para eso te dejo mi barba. Donde esté el ñire no voy a entrar con mi fuerza destructora y ni el hielo ni la nieve van a romper tus ramas.
Desde esos lejanos tiempos el ñire tiene colgadas las barbas del Curef, que con los meses del año van cambiando de color hasta ponerse grises. El único que tuvo el honor de tener esas barbas que lo protegen fue el ñire. A veces el Curef pasa cerca y le acaricia la barba con un suave soplo, como señal de agradecimiento.
Cuando terminó el relato los chicos juntaron un buen montón de barbas bien secas para llevarlas a la ruca. Con las barbas del Curef y ramitas secas podían encender el fuego del fogón con facilidad.
Luego del descanso montaron los caballos y emprendieron el regreso, comentando la leyenda contada por el viejo y lo que habían visto en el paseo. Cruzaron el bosque donde los últimos rayos del sol se filtraban entre los enormes pehuenes y llegaron al rancho cansados y hambrientos, después de un día de aventuras con el abuelo.
Mientras comían le contaron a la madre y a la abuela Lucía lo que habían visto. La abuela los escuchaba con una sonrisa.
–Si me aguantan las piernas, algún día de sol vamos a subir con Nampe, todos juntos porque quiero ver lo que me contaron. Yo siempre viví en la llanura y nunca subí a una montaña.
–Esta noche no habrá historias –dijo el viejo–. Mañana seguiremos con lo que les estoy contando. Ahora a descansar y dormir temprano. Ya está haciendo frío y esas nubes que se ven hacia las montañas anuncian una nevada. Escuchen al Curef, que anda silbando entre los pehuenes.
Terminaron de comer y se acostaron abrigados con los quillangos, mirando los reflejos del fuego en el fogón. El silencio de la noche cubrió al bosque y envolvió a la ruca.
Capítulo V
…La vida de esta gente debe, por cierto, ser muy interesante y siempre lamenté muchísimo no haber tenido tiempo para tirar la ropa y visitar alguna tribu, lo que de tenerlo, habría hecho con certeza, porque, con las debidas precauciones, había poco que temer; pues sería curioso ver a los jóvenes divirtiéndose en las llanuras en tal estado de naturaleza salvaje…
Viaje a través de las Pampas y los Andes – Sir Francis Bond Head
…Yo admiré mucho a esa gente y sus toldos levantados, que eran de cuero de caballos, cosidos juntos, estirados tan fuertemente que se podía batir sobre ellos como sobre un tambor…
Florian Paucke, 1749-1767
Durante el día los chicos fueron a recoger leña al monte, con el abuelo. Trajeron una buena cantidad y la amontonaron cerca del fogón, para mantener la ruca caliente en esos día tan crudos.
Los chicos también trajeron unas cuantas ramas de radal, que como tiene resina enciende con rapidez el fuego aunque esté lloviendo o nevando. Lo habían aprendido del abuelo, que siempre encendía el fuego con facilidad.
Por la noche, como era costumbre, se sentaron junto al viejo esperando el relato.
–¿Qué nos vas a contar hoy? –preguntó Nahuel.
–Hoy les voy a contar cómo era mi vida cuando era un chico como ustedes, cuando todavía no había crecido lo suficiente para ser un guerrero.
Como les dije antes, vivíamos cerca de una hermosa laguna, rodeada de juncos y totoras, que se llenaba de aves silvestres de todo tipo. En la época de anide íbamos en grupo a recoger huevos de gallareta y de pato. Había miles, y en la toldería los comíamos asados en las cenizas del fogón. Les hacíamos un agujero arriba y con un palito mezclábamos la clara y la yema para que se cocinaran bien parejos. Entre los pastizales juntábamos huevos de perdiz.
También juntábamos plumas de ganso y de flamencos, que los guerreros usaban para adornar las lanzas y atarle a las boleadoras, para que no se perdieran entre los pastos cuando erraban el tiro.
Nos entreteníamos con boleadoras que nos hacían los mayores y practicábamos con cualquier bicho que se ponía a tiro. Volvíamos locos a los perros que, cansados, se escondían en los toldos para que no los boleáramos. Así nos hacíamos muy duchos en el manejo de un arma que para la llanura era esencial. También jugábamos con lanzas hechas con una rama recta, sin chuza, con la punta envuelta en cuero para no lastimarnos. Pasábamos todo el día corriendo y jugando y crecíamos fuertes y ágiles.
Y lo que hacían todos los chicos y mocetones era loncotear, agarrarse de los pelos y tirar con todas las fuerzas. Era un juego rudo que también lo hacían los mayores. Había que resistir y tener cuidado en que no cayera una lágrima, porque era señal de debilidad. El que lagrimeaba era un flojo, el que más aguantaba era toro.
Decirle toro a un muchacho o a un hombre era una muestra de respeto por su valentía y su hombría. Al toro de las pampas se lo respetaba por su fuerza y su fiereza.
De esta forma nos hacíamos hombres, jugando, peleando, imitando a los mayores.
También teníamos juegos que íbamos aprendiendo de los mayores: la chueka, que se jugaba con un palo y una bolita de madera, los dados y el juego de las habas. Ya les voy a ir enseñando esos juegos para que se entretengan.
En las grandes cacerías ayudábamos a las mujeres a cuerear y limpiar a los animales que mataban los hombres. Estaqueábamos los cueros al sol para secarlos y llevarlos a los toldos y salábamos la carne fresca para hacer charque.
Cuando teníamos que trasladarnos a otro lugar para buscar pastos frescos y agua para los animales, ayudábamos a las chinas a desarmar los toldos, enrollar los cueros y cargarlos a los caballos más grandes y viejos para llevarlos al lugar elegido por el cacique. Allí los volvíamos a levantar, clavando los palos en la tierra y poniendo los cueros bien tirantes, unidos con venas de choique.
Y una de las primeras cosas que nos enseñaban los mayores era a montar. De chicos montábamos en pelo y casi todos teníamos nuestro caballo, que era lo más preciado para nosotros, para movernos por la llanura.
–Abuelo, ¿y qué pasaba con las chicas cuando iban creciendo? –preguntó Nahuel.
–Con las mujeres el asunto era diferente. Cuando estaban listas para ser madres, se hacía una especie de ceremonia que en nuestro idioma se llama curenguequel. En un toldo se colocaba a la chica y todos los vecinos y la parentela lo rodeaba. Iban pasando de a uno a saludarla y le llevaban un trozo de carne de yegua.
La chica, cuando se daba cuenta que se estaba haciendo mujer le decía a su madre o a alguna mujer de la familia lo que sucedía. Lo enteraban al padre y este, sin pérdida de tiempo sacrificaba una yegua gorda para convidar a los amigos al festejo. Allí se hartaban de carne y sangre de yegua y se emborrachaban con pulcu, celebrando el acontecimiento.
La chica estaba en el fondo de un toldo decorado con ponchos, sentada en una especie de tarima cubierta de cueros de carnero y de guanacos y allí recibía a la gente de los toldos vecinos, que iban a saludar a la familia. Cuando ya todos estaban enterados, la hacían sentar sobre una manta de lana y la madre la tomaba por delante y una pariente cercana por detrás. Así la llevaban paseando por la toldería mientras que una vieja iba al frente cantando y rezando para ahuyentar los malos espíritus y pedir por la salud y la felicidad de la nueva mujer que se integraba a la tribu.
El abuelo continuó su relato después de remover las brazas y poner algunos leños en el fogón. Los chicos escuchaban con atención.
Después las mujeres se encaminaban en grupo hacia la laguna más cercana, asegurándose de que nadie las siguiera, era cosa de ellas. La vieja que iba al frente entraba al agua y arrojaba puñados al aire mientras seguía rogando por la salud y la nueva vida de la chica. Cuando terminaban los rezos entraban la demás mujeres y sumergían por tres veces a la joven en las aguas de la laguna. La llevaban hasta la orilla, la recostaban sobre una manta y la secaban y limpiaban bien. Al terminar la vestían con las mejores ropas que tenía y la acompañaban a la toldería donde comenzaba una nueva vida.
–Abuelo, ¿y esa chica ya podía buscar marido? –preguntó el más pequeño.
–Si tenía algún pretendiente arreglaba con el padre y, si se ponían de acuerdo con las yeguas y los aperos de plata que ofrecía el novio, se casaban. Mientras tanto era libre de hacer su vida y cualquier muchacho podía entrar al toldo sin que el padre o los hermanos dijeran nada. Le hablaba y si la chica aceptaba se iba con ella a su toldo, sin que nadie dijera nada de su forma de actuar. Era dueña de su vida y de su cuerpo hasta casarse y tener hijos. Después de casada debía obedecer al marido. Se tenía que encargar de los quehaceres del toldo, cuidar a los hijos, recoger leña para cocinar y calentarse y tejer mantas y ponchos para el invierno.
Si enviudaba volvía a ser libre y podía hacer la misma vida que las solteras. Además, no podían raptarla, y primero tenía que pasar un año sin acercarse a ningún hombre.
–Y vos, abuelo, ¿cuántas mujeres tuviste? –preguntó el mayor.
–Tenía una china, pero cuando conocí a tu abuela fue mi única mujer y con ella tuvimos a los tres hijos, a tu padre y a las dos mujeres.
Los caciques y los capitanejos tenían varias mujeres en su toldo, porque para la gente era una muestra de poder y de riqueza.
Cuando teníamos edad y fuerza suficiente para pelear nos uníamos a los guerreros de la toldería y empezábamos como conás, hombres de lanza. Ya podíamos salir de cacería y malonear en las estancias y poblados de los cristianos. Así pasábamos los años más felices, junto a los demás muchachos de la tribu.
Y ahora al catre, a descansar.
Los chicos se acostaron bien abrigados y Calquín se quedó un largo rato recordando aquellos años mozos vividos en la inmensidad de la llanura. Mientras los recuerdos desfilaban por su mente se quedó dormido. Por fin estaba encontrando la paz después de tantos años de lucha.
Darmowy fragment się skończył.