Czytaj książkę: «Sideral»

Czcionka:

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Diseño: Randi Vergés

Maquetación: Emma Camacho

Primera edición en papel: Noviembre de 2013

Primera edición digital: Julio de 2020

© 2020, Contraediciones, S.L.

c/ Elisenda de Pinós, 22

08034 Barcelona

contra@contraediciones.com

www.editorialcontra.com

© 2013, Héctor Castells

ISBN: 978-84-18282-25-6

Composición digital: Pablo Barrio

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

ÍNDICE

1 PRIMERA PARTE3 de marzo de 199525 de diciembre de 199631 de enero de 197212 de julio de 199313 de febrero de 197212 de julio de 199314 de febrero de 197219933 de marzo de 199530 de junio de 2012PrehistoriasPrimera inocentadaMayo de 197622 de mayo de 2012BurbujitasSocialismo de chocolateLa letra sordaSeísmo o repeticiónThe color of the sky, that dayPánico y albornocesOasis y floresSoledades e inodorosCon Héctor, sin HéctorIrraEscotes o visadosPrimer conciertoIr o no irLuz de Luna11 de septiembre de 1989NoventasÀ bout de souffleEl anillo de Gollum

2 SEGUNDA PARTE1993, after the shame1984198793 espaguetis y un Lamborghini87 borradores y una cerilla93 triples, un retrato y el arcoírisPastel de cacahueteA sacoDebut12 de julio de 1996Noventa y cuatro colmenasRoedores en la cabezaEl preámbulo del hábitoBad HabitsTo become or become notNitsaHarina de otro costal23 de septiembre de 1994Marcianos como nosotros - 11 de noviembre de 1994La abuela del techno o la madre de IndianaLeire & timesRaül JonesSíndrome-iconoEnergía de mamutDiciembre de 1994GentlemanLa kresta de la ola3 de marzo de 1995IndependenciaPrepare the flashL’EireEscalera hacia el cieloPaz submarinaDe pajaritos, pajarracos y pajareosEnd of Nitsa

3 TERCERA PARTEAlmohadas y crucecitasKerryForniaKerrybean & BadalonaDavid y BorjaPulpos y lunas alemanasEl principio del pepinazo

4 CUARTA PARTEEl caos o la vidaLa negra mano de DiosSer o no ser (velocidad de las banderas)La paja y la sustanciaLa batalla de Argel

5 ÚLTIMA PARTEEl problemaEl penúltimo hostioteVelocidad antivacíoDavid y ClaudiaPopNot the end21 de mayo de 2006

6 EPÍLOGOChiscaAlfonso

7  POSTFACIO

8  AGRADECIMIENTOS

9  VOLÚMENES SIDERALES

Para Aleix y para mi padre, dondequiera que estén

Para La Cabrita, por estar siempre, mientras uno desaparece o no se encuentra…

Para Alfonso y Chisca, por sus agallas, por su elegancia, por su generosidad y por haber aceptado incondicionalmente todos los verbos y todas las derrapadas. Para Daniel y Adriana Vergés, por su confianza, su desprendimiento y por su historia. Para Randi Vergés, por lo mismo, por su ética, por nuestra eternidad y por su portada

Para Leire Zamora, por ser una entrevista interminable y una amiga hasta el final.


PRIMERA PARTE

¿De qué color serían los charcos si lloviera de colores?

Aleix Vergés.

3 de marzo de 1995

Aleix siente el corazón en la boca. Se está acostumbrando. Cierra los ojos y visualiza la pista giratoria, percibe la rotación de la Tierra y el crecimiento de la Luna. Siente los bombos cerca del pecho y el retumbar del bajo sincronizado con su taquicardia. Se incorpora, se lleva una mano al costado, levanta con la otra la aguja del Akiyama, su insobornable plato, su cuchillo de palo, e interrumpe la escucha desenfrenada del «Rez» de los Underworld. Esta noche comparte cabina con Darren Emerson. Será su debut junto a una estrella internacional y ni siquiera tiene dos platos en casa; de hecho, nunca los tendrá.

El cielo se ha abierto, las nubes se han cerrado y el jabón oscuro del firmamento se le ha confundido con las lágrimas. Últimamente, cuando entra en pánico, llora. Ha mirado por la ventana, y ha escrito la frase —«¿De qué color? ¿De qué puto color?»— y se ha sentido abstracto y foráneo y le ha sobrevenido el primer escalofrío. Al segundo se le han multiplicado las pupilas. Y al tercero ha sentido los huesos como estalactitas. Es el quinto ataque de pánico de su vida y Leire está al caer. Leire tiene dieciséis años, el pelo azul y la voz de Aleix metida en el oído.

—Vine, si us plau1 —le ha dicho a Leire.

Es una noche del 95. Internet es una alucinación norteamericana, los móviles son como zapatos ortopédicos y la cobertura es un elogio al parpadeo y a la inconstancia, solo al alcance de cuatro millonarios. Leire pulsa el botón del interfono y sube las escaleras hasta el último piso sin ascensor, que es donde vive toda la juventud independizada de los noventa.

Aleix está tumbado en el suelo. Contempla las formas del techo y siente un vacío en el pecho. La poesía es una trampa. El techno es una trampa. Él es un farsante. Y un embustero. No sabe pinchar.

La vocecita le suena estereofónica en la cabeza, surca su confianza como un esquiador borracho y le mina la autoestima con la sutileza de una máquina quitanieves en llamas. Y entonces abre su pastillero y contempla la hilera de Valiums, se come otros dos y quizá no sienta nada. Y luego mira a Leire y le pregunta de qué color serían los charcos si se pusiera a llover de colores. Y entonces se hace la luz de un relámpago y el resplandor ilumina a dos jóvenes muy delgados y muy heridos, y Leire le dice que los charcos serían siderales, multicolores, como su miedo. Y que podría bebérselos.

Y que le curarían.

Aleix sonríe por primera vez en mucho rato y le pregunta cómo está.

—Bé. Normal. És igual2 —dice ella. Y se cubre la boca porque se avergüenza de sus dientes. Leire se avergüenza de casi todo y se boicotea todo el tiempo. Se avergüenza de ser andrógina y hace todo lo posible por serlo. Quiere que los demás le digan lo que no quiere escuchar. Se lo merece. Tal es la violencia de su adolescencia.

—Tinc molta por de morir-me3 —dice Aleix.

—A mi m’encantaria morir-me4 —dice Leire.

Y entonces el pánico se detiene un segundo. Aleix parpadea. Bate las pestañas y se incorpora como si, en lugar de dos Valiums, se hubiese metido siete rayas. Tiene veintidós años y ciento ochenta pulsaciones por segundo.

—En sèrio? No t’espanta la mort?5

—A mi no m’importaria morir-me ara mateix6 —dice Leire.

Sonríe otra vez. Desearía arrancarse su absurda sonrisa con unos alicates y freírla en la sartén que ve tirada en el suelo, junto a las portadas de siete discos abiertos, de un diario escrito con una caligrafía psicodélica y unas pintorescas ilustraciones de colores; más cerca: un montón de cintas de casete en cuyos lomos se puede leer Sideral III, Sideral VI, Sideral II y Sideral I. Los ojos de Leire recorren la pequeña estancia deprisa y piensa que, una vez arrancada, podría arrojar su sonrisa por la ventana que tiene delante, recortada por un marco azul y blanco, en el que Aleix ha dibujado a un puñado de jóvenes de cinturas muy estrechas, ojos enormes y pestañas infinitas. Entonces su sonrisa caería al vacío y se estamparía contra el asfalto de la calle Gran de Gracia y un taxista tatuado y borracho se la llevaría por delante. Lo piensa todo en una calada, alentada por el porro de marihuana que se ha fumado en su casa, antes de pillar la moto y salir al rescate de Aleix.

Ahora se lía otro, y Aleix le dice que los porros son muy peligrosos y que su pelo es muy bonito y que si ella se muriese, él se suicidaría.

Y luego se quedan en silencio y Aleix respira normal. Y al cabo del rato se incorpora y se la queda mirando y le dice:

—A mi el que més por em fa del món es no saber estimar7.

Leire sonríe. La vergüenza se ha ido a tomar por culo.

—A mi el que més por em fa del món és pensar que mai seré estimada8 —dice ella.

Y entonces se miran y saben que nunca más volverán a estar solos.

25 de diciembre de 1996

Soy el astroniño, astroaleix, un satélite en órbita. Soy la razón desordenadora. Soy la desesperación que genero, lo inexplicable. Soy una fuerza de la gravedad no descubierta, un halo de luz sideral, fugaz. Un ángel caído, un demonio en potencia, el mal en acto.

Soy un invasor espacial y me siento desarraigado porque no sé cuál es mi procedencia. Un experimento de la ciencia, un hábil engañador. Soy Narciso atormentado e histriónico. Incómodo porque los niños se asustan al verme, y eso me altera.

Los perros me ladran si me cruzo en su camino y me imagino aplastándoles el cráneo contra el pavimento, sordo a sus aullidos de dolor.

Soy una media sonrisa ambigua. Falso como una promesa falsa. Mal construido por mí mismo. Torpe.

Del diario de Aleix Vergés.

31 de enero de 1972

Es el último día de enero y es un lunes triste en el Norte, otra mañana ceniza bajo el cielo del Imperio Británico. Ayer los paracaidistas de la Reina perdieron el juicio y abatieron a trece manifestantes desarmados en Derry, Irlanda del Norte: fue un domingo sangriento.

Hoy es un lunes blanco en la península ibérica y una jovencita inmaculada como su bata abre la ventana de su oficina, un lugar aséptico, lleno de guantes de látex y de tubitos de plástico, y un golpe de viento hace volar su ejemplar de El Correo Catalán.

La foto de los héroes caídos en la isla del Norte sale proyectada por la ventana y de repente flota por el claustro del hospital de Sant Pau, en Barcelona. Es una imagen caída del cielo y desciende hasta alcanzar las piernas de un tipo muy largo con una bata igualmente blanca. El joven doctor se agacha, agarra el ejemplar, lo despliega, observa la foto del crimen y admira a los héroes y desprecia a los militares. Ha salido al patio para estudiar de cerca a un puñado de ovejas pintadas de fucsia. Son ovejas experimentales, los ancestros de Dolly y de la clonación, mamíferos iridiscentes en la mañana de un país daltónico y sordo como su dictador. Dos pisos más arriba del patio, la joven —veintidós años, pelo oscuro, hombros redondos; espalda larga y recta— interrumpe su lectura, apoya su ejemplar de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? en el escritorio, contempla los movimientos del doctor y sonríe.

12 de julio de 1993

Es una tarde de verano y Sonic Youth tocan en la sala Zeleste. Barcelona es una ciudad cosmopolita bajo el suelo y un proyecto de escaparatismo en la superficie: ya no quedan chiringuitos en la playa y apenas quedan putas en el campo del Barça. Y proliferan los restaurantes de color blanco con palmeras de plástico. El 92 ha pasado como una estrella fugaz y ha dejado una secuela minúscula que pronto se hará grande. Gigante. Obscena. Es el síndrome mariposa. La sensación de que alguien ha acristalado el cielo, ha doblado los precios del suelo y ha instalado un circuito cerrado de televisión que fiscaliza tu parpadeo y registra tus sonrisas. Sopla un aire de urgencia y de disimulo, de rascacielos en la Barceloneta, alfileres sintéticos cerca del corazón y de drogas hepáticas y de diseño. La juventud empieza a bailar música electrónica y los arquitectos olímpicos se frotan las manos con el futuro de la especulación. Los gusanos de seda pronto serán digitales. Y el aleteo traerá una recesión de puta madre.

En unos años cualquiera podrá escudriñar la miseria de tu ventana abierta al mundo y estamparle un pulgar verde. O sentenciarlo con uno rojo. En unos años la tecnología habrá avanzado y nuestros movimientos se habrán reducido. El síndrome mariposa es un augurio youtubiano o facebookiano, la sensación de que las Olimpiadas no han terminado, de que los cientos, miles de reporteros llegados de todo el mundo se han dejado las cámaras conectadas con los círculos rojos parpadeando.

Es el nacimiento de la autoconsciencia. Y de las supermodelos.

La línea 1 es roja y vieja, y el vagón chirría y se sacude y no hay altavoces que anuncien las paradas que vienen a continuación. Hay un grupo de jeviolos de pie. Llevan camisetas de Anthrax, Megadeth y Mötley Crüe, y pantalones extremadamente ajustados. Siempre fue un misterio saber cómo coño se los quitaban. Beben Xibecas a morro, eructan como revolucionarios y agitan las greñas como cavernícolas. Justo enfrente de los cuatro jevis va sentado un tipo con la cabeza rapada que lleva una bomber negra, unas botas de cuero hasta las rodillas y unos tejanos lavados a la piedra. A su lado está una pareja que no pertenece a ninguna tribu urbana. Él se llama Gabi y ella se llama Sonia. Gabi le dice a Sonia que el skin es republicano o comunista. A Sonia le parece más bien nazi y socialdemócrata. Ambos observan el paisaje tribal hasta que un Jesucristo sin pupilas, un tipo que igual mide dos metros y pesa cincuenta kilos, se les sienta al lado y les pide dinero. Gabi se palpa los bolsillos y le dice que no, que no tiene.

Gabi es un tipo más bien bajito que tiene cintura de adicto a los cómics. Lleva una camiseta de El Inquilino Comunista, el grupo vasco que telonea a Sonic Youth. Sonia es morena y delgada, viste chupa tejana y luce flequillo egipcio. Los jevis arman barullo y beben deprisa, buscan una razón urgente para dirigirse al pelado y sentar precedente. Y el pelado mira al suelo y disimula, como la mayoría de los cabezas rapadas cuando están solos. Neonazis o comunistas. El metro llega a la parada de «Catalunya» y se baja la mitad del vagón. El rapado desaparece e irrumpen en su lugar cuatro mods. Cuatro flequillos que flotan sobre cuatro parkas. Los jevis les miran. Es como si al mirar a los mods se vieran a sí mismos deformados. Seguro que más esbeltos. Conviven como adolescentes en los probadores del Zara. El metro de Barcelona siempre fue mucho más cosmopolita que los barceloneses, criaturas herméticas y vergonzosas que raramente se comunican con los que vienen de fuera.

—Molaría que los mods les metieran a los jevis —le dice Gabi a su novia faraónica—. ¿Te imaginas?

Ella se ríe y las puertas del vagón se cierran, y el metro avanza hacia la siguiente parada. Gabi se da media vuelta y mira hacia el túnel, forma un óvalo con las manos y observa el resplandor de los cables negros y de las paredes carbónicas de la gruta subterránea. La luz del metro parpadea, el suministro eléctrico se corta y regresa en oleadas epilépticas, y Gabi se distrae. Y luego alza la vista y enfoca hacia el final del vagón: un destello ilumina una cabeza dorada y un rostro afilado, magnético.

Gabi se queda aturdido, con la vista clavada en la aparición, que se desvanece casi al instante. Otro fundido a negro por gentileza del cableado. La velocidad y el meneo atolondrado del metro disminuyen, la siguiente parada se acerca, y el suministro eléctrico se normaliza. Y entonces Gabi corrobora su alucinación; o sea, comprueba que es real. Hay un Bowie evolucionado al final del vagón. Es alto y delgado como un masái; rubio y estilizado como Suecia. Gabi está pegado a su aura irresistible. Y le dice a Sonia:

—¿Has visto a ese tío?

—¿A quién?

—A ese —dice Gabi y señala en dirección al final del vagón. Sonia sigue el curso del dedo y se topa con las greñas de un jevi y con la mano de un mod, que le está metiendo una anfetamina en la boca.

—No. ¿Dónde?

—No importa, creo que ya se ha ido.

Se bajan en «Marina» y enfilan las escaleras mecánicas, pero las escaleras no funcionan, nunca lo hicieron, y a Gabi le parece distinguir al arcángel en lo alto, pero le vuelve a faltar tiempo para corroborarlo.

13 de febrero de 1972

Han pasado dos semanas y es una mañana de febrero en la cafetería del mismo hospital. Hay cirujanos, pacientes, enfermeras, pantalones de pana y muchas personas santiguadas. Ella bebe sorbitos de café, mira por la ventana y tararea una de Jobim, cuyo recopilatorio Look to the Sky no para de escuchar. Mira el cielo. Ella siempre lo hizo. Mira el cielo para inspirarse. Otea nubes y piensa en positivo. Él lee su ejemplar de El Correo Catalán. O quizá se haya apropiado del de ella, de su ejemplar. A fin de cuentas ella es una lectora habitual de la cabecera. La prensa es la información. Y la información es una concesión del Régimen.

Nixon se ha ido a China a conocer a Mao; Paquito Fernández Ochoa se desliza en eslalon hacia su medalla desde una cima más inocente, seguro que japonesa. España, las cumbres, el oro y la nieve, un polvo extraño bajo el sol.

Él pasa las páginas sin prisa, descifra la suerte del mundo y organiza mentalmente la siguiente reunión clandestina del PSAN (Partit Socialista d’Alliberament Nacional). Lleva cuatro años afiliado. Conspira y propone. Organiza y debate. Es un ginecólogo largo como el baloncesto y barbudo como los rusos, en un país bajito y peludo como su dictador. Es febrero del 72 y la dictadura es más blanda y los fascistas más viejos y sus hijos más altos y más listos que ellos. Franco delegará en Carrero Blanco, David Bowie se preguntará si hay vida en Marte y un satélite de la NASA, el Mariner 9, registrará las primeras imágenes del planeta rojo.

El universo se expande y él alza la vista. Y la ve.

Tiene los ojos verdes, la piel cobriza, los pómulos rojos. Es casi más alta que el año en que vive. Trabaja en análisis clínicos, le gusta la bossa nova y sale con un cirujano gallego sin mucha samba. Él la mira anonadado, como si Potemkin ardiera. Como si Reus se sublevara y Wagner lo orquestara. Sus miradas se encuentran bajo la luz fluorescente y quizá nazca la esperanza de un planeta, la posibilidad de una galaxia.

12 de julio de 1993

El Inquilino Comunista demuestran por qué han sido la banda elegida para telonear a la Madre Superiora del Noise. Su actuación desata pequeños ciclones en las primeras filas del legendario Zeleste 1. Gabi y Sonia están en el segundo piso y contemplan las erráticas mareas humanas que se declaran cerca del escenario. Es el preámbulo de una apoteósica descarga decibélica.

Sonic Youth arrancan con «Cotton Crown» y atacan los acordes con su proverbial mezcla de poesía y ruidismo. Gabi y Sonia intentan comunicarse, pero la descarga les asfalta las vocales: solo emiten consonantes fracasadas. No hace falta decir nada. Tienen la piel de gallina, especialmente cuando suenan los primeros acordes de «Sugar Kane», que cae el cuarto o el quinto y es su tema favorito del último álbum. El denso humo del tabaco se confunde con el de las máquinas del escenario. Los ruidistas de Nueva York son cuatro siluetas a contraluz que alternan melodías y taladros. Huele a amplificadores chamuscados, desinfectante y cigarrillos. Gabi observa el vaivén del personal y sueña los macroescenarios que plantará en el futuro. En un par de años se inventará la primera edición de un festival en primavera. No se devana los sesos con el nombre: Primavera Sound. Sencillo y directo.

De pronto, le vuelve a suceder. Está todo a oscuras y un foco verde atraviesa la marea de cabezas y se deposita en la quijotera de San Pablo. Es una silueta larga como la que ha visto en el metro. Pero ahora observa algo radicalmente distinto. El fogonazo ilumina sendos cuernos de demonio, que le brotan a ambos lados de la cabeza.

Gabi se frota los ojos estupefacto. Pellizca a su novia. Señala de nuevo en dirección a su epifanía, pero el láser que iluminaba a San Pablo perfila ahora la silueta de otro espécimen muy alto. Es un adonis de mandíbula cuadrada y purpurina en los pómulos. La luz le confiere un resplandor esmeralda a su cabeza. Podría ser un replicante. Otro Blade Runner. Sonia se gira para mirar a Gabi y se quedan boquiabiertos, como el futuro.

14 de febrero de 1972

Él no es un revolucionario. Pero hoy se ha despertado y ha pensado que podría llamarse Ernesto. O Fidel. Podría enfrentarse a los tanques franquistas con una flor en la mano. El corazón le late con fuerza. Se acostó sumergido en su mirada y se ha despertado protegido por la memoria de sus párpados. Hay un ejemplar de La Vanguardia desplegado sobre la mesa de la cocina. Miguel Delibes firma la columna de opinión. Defiende a las perdices. Arranca la temporada de caza y España sigue siendo tan profunda como las águilas falangistas: la libertad es todavía el eco de un trabuco, de otro pájaro abatido.

Él elige cuidadosamente la ropa que se va a poner. Se decide por un jersey rojo con una franja blanca y un pico victorioso y una camisa blanca con una franja roja. Lo remata con la americana de pana granate. Se mira en el espejo y percibe el destello. Respira. Es la primera vez que le sonríe al espejo en mucho tiempo. Acaso sea la primera vez en su vida. Sabe que no está solo. Lo que todavía no sabe es que ya no volverá a estarlo.

Si no fuera tan alto, saltaría. Se olvida de desayunar y agarra los carpesanos en los que ha desglosado sus ideas. Esta noche tiene reunión con los miembros del PSAN. Sale de casa escopeteado. Tiene la barba erizada, el pelo crepado y el Méhari aparcado en el sitio de siempre. Es un coche rojo como su camisa y su americana. Como su jersey y como el bum bum de su corazón. También es un vehículo de plástico con el techo de lona. Podría abollarse con el meñique. Exactamente como el amor y como el bum bum de su corazón. Basta con pulsar el índice para que se encienda la radio y vibre la música. Aretha Franklin suena muy alto. Embraga y el coche se retuerce, la chapa cruje y el techo se ondula, y él siente que está al volante de un sedán automático y que el asfalto es un mineral en extinción. Todo fluye. La juventud, la magia, el buen tiempo. Es casi irritante.

Se detiene en el semáforo de la calle Sant Antoni Maria i Claret con Lepanto y menea la cabeza al son de la música como nunca antes. Y mientras lo hace, mientras se deja llevar por primera vez en su vida, un cuatro latas verde, un Renault 4 con las sirenas azules, se pega a su izquierda. Le lleva unos segundos percatarse.

Los dos tricornios hacen aspavientos. Podrían ser gemelos. Dos hombres sin afeitar que lucen sendos mostachos tan antiguos como el franquismo. El más bajito, que también es el más gordito, lleva un bigote delgado y escueto. Como Chaplin. Chaplin es lo primero que le viene a la cabeza. O no. Quizá sea Adolfo. Hitler.

El otro policía, el más alto, que también es el más delgado, luce un bigote espeso y oscuro, rectangular. Es un mostacho mucho menos ambiguo. Parece pintado con rotulador y solo es comparable a otro gran mostacho: el de Groucho Marx.

Él observa los bigotes, su extraña simetría, y se queda alucinado con sus sombreros ¿Será el brillo?, ¿la forma?…

«Son policías torero», se dice por lo bajini.

Está exultante, no lo puede evitar. Y le sale una mueca. Entonces el agente que va de copiloto le hace una seña con el dedo. «Hágase a un lado», dice en gestos. No hay que ser Einstein para entenderlo. Se hace a un lado, aparca el coche sobre el chaflán. Los guardias civiles dejan el suyo en doble fila. El conductor se queda en su puesto y el copiloto sale del vehículo y se aproxima a la ventanilla. Él la baja azorado.

—¿Se puede saber qué coño le parece tan gracioso?

—Nada, señor agente. Estaba cantando.

—¿Cantando? Documentación. Permiso de conducir. ¿Está drogado?

—Por supuesto señor agente, dice él

—¡Salga del coche, me cago en la hostia!

—Quiero decir —vacila—, quiero decir que por supuesto… la documentación.

El lapsus se le vuelve en contra y extiende la mano sobre la guantera y en lugar de pillar el permiso y el seguro del coche, pilla el seguro y el portafolios de la reunión.

El agente le hace ademán de que salga del coche y él intenta hacerlo con discreción. Pero como sabrá Aleix años más tarde, acaso quince, no hay discreción posible en un cuerpo que bordea el metro noventa. Sobre todo cuando vives en un país cuyo promedio apenas supera el metro sesenta y cinco. El policía observa el cuerpo infinito con una expresión en que se confunden el asco y la admiración. Les separa una distancia obscena. El segundo policía, el que se ha quedado al volante, decide salir del coche e interponer su cuerpo igualmente exiguo frente al gigante barbado.

—¿Adónde se dirige?

—A trabajar. Soy médico. Trabajo en San Pablo, en el hospital.

—En San Pablo, claro, dónde si no, dice uno de los dos agentes.

Es un agente en miniatura con sentido del humor. La tensión se humaniza.

El otro policía, el policía piloto, se acerca a la ventanilla del Méhari y ve el libro de Camus y extiende la mano para recibir la presunta documentación. Distingue la inscripción del PSAN, el partido socialista revolucionario, y se lleva la mano a la cartuchera. Defecto profesional.

Y acto seguido, algo le deslumbra. Es una mujer vestida de blanco —falda, chaqueta, zuecos— que lleva una inscripción roja en el pecho. Es más alta que las fuerzas de seguridad y sensiblemente más pequeña que el socialismo revolucionario. Irrumpe en el cruce como una estrella fugaz y dice:

—Alfonso, querido, ya me encargo yo de todo que tú tienes que irte a operar. Por favor agentes, disculpen al caballero. Tiene una operación a vida o muerte en cinco minutos, no se puede demorar más. Soy su esposa. Les ayudaré en todo lo que sea necesario —dice ella.

El ejemplar de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? asoma de su bolso como la promesa de un futuro sideral, lejos de los afeitados a navajazos y de las pistoleras; los agentes, deslumbrados por su presencia, por la seguridad del blanco y la inmediatez de su sonrisa, bajan la cabeza y se olvidan de que el médico mide casi dos metros y es insultantemente rojo.

1993

Ahora el otoño transcurre en la calle Nou de la Rambla. Aleix está en una tienda de golosinas y siente la electricidad estática en los poros de la piel. La calle es como el hachazo de un niño: un tajo estrecho y transversal que une las Ramblas con la falda de Montjuich. Aleix hunde una pala de plástico en una montaña de azúcar y se lleva un botín que podría dejarle sin dientes en un par de horas. La bolsa le cuesta seiscientas pesetas y contiene cocacolas picantes, lenguas ácidas —rojas y verdes— y nubes, montones de nubes. Son el contrapunto perfecto a la acritud de todo lo demás. El equilibrio de su dieta.

Aleix está en la flor de su vida. Todavía es un completo desconocido, pero la gente se da media vuelta cuando se cruza con él. Es como si le reconocieran. Las viejas, los niños, las putas, los policías y las pijas. Es magnetismo puro. Y lo sabe. Y le parece bien. Y lo detesta. Según.

Lleva un jersey a rayas verdes y blancas —y blancas y verdes— y unas All Star que eran azules cuando se las compró. Ahora están customizadas. Ha trazado una constelación de estrellas que surca el par y luego ha dibujado a sendos hombrecitos ahorcados a la altura de los agujeros por los que salen los cordones. Lo ha hecho con el rotulador plateado de siempre.

Pedro le espera fuera de la tienda. Pedro ha sido su profesor particular de Matemáticas. Ahora es el guitarrista y compositor de su nueva banda. Ayer se llamaban La Quinta Planta. Hoy son Mushrooms. ¿Mañana? Lo mismo mañana se llamen Peanut Pie y Aleix cante y toque la guitarra. De momento hacen rock psicodélico y Aleix es el bajista. Pedro no repara en el saqueo de azúcar de su discípulo. Se ha quedado pillado contemplando los dibujos de las All Star.

—Pero… ¿qué coño es esto? ¿Un niño muerto? —pregunta. Y señala al ahorcado a la altura del tobillo izquierdo.

Aleix sonríe.

—Iba a dibujar al Pequeño Príncipe, pero al final me ha salido un alegato en favor de Michael Jackson

—¡Hostia puta! ¿De Michael Jackson? —pregunta Pedro desconcertado.

—The one & only —dice Aleix.

—¿Pero cómo que un alegato? ¿En favor de qué? ¿De la pedofilia? —se pregunta Pedro en voz alta.

—No, joder. Un alegato en favor de Michael. Por el linchamiento, por toda la caña que le están metiendo. Le he suicidado para liberarle —dice Aleix con la convicción de un adolescente.

—Pero, a ver, Aleix, ¿de qué coño estamos hablando?

—Pues de la inocencia de Michael, joder.

—Pero ¿qué coño de inocencia ni qué hostias? ¿De la inocencia de un enfermo que se folla a niños de diez años en un rancho que se llama Nunca Jamás? No me jodas.

—Qué va, Pedro. ¿Te crees que se los folla? ¿En serio? No existe una criatura más asexual sobre la faz de la Tierra. Les invita a leche y a galletas y se distrae contemplando la infancia que nunca tuvo. Nunca jamás se atrevería a tocarles —dice Aleix—. A mí no me importaría que mis hijos merendaran en Nunca Jamás —y le sale una sonrisa que es casi una carcajada.

—A ti lo que te gustaría sería merendarte a Michael solito, cabronazo —sentencia Pedro.

Pedro lleva unas patillas largas y un cuello de camisa extraplano y extralargo con el que podría decapitar a quien se propusiera. Aleix tiene ganas de arrancárselo. De doblar los vértices de ese cuello y hacer un avión. Y de soplarlo. También tiene ganas de arrebatarle las gafas redondas que lleva puestas. Así que lo hace. Tal es su lógica. Si se le ocurre algo, lo hace. Aleix es un niño de acción y Pedro es un hombre de reflexión. Las lentes están graduadas y Aleix ve a Pedro a través de las dioptrías del guitarrista.

—Ya ves, nen. Tú fijo que eres de ciencias. No se ve un pijo —ex-clama Aleix.

Aleix contempla los pantalones de ante y la chupa larga y caucásica que Pedro lleva puesta. Sonríe. Lo ve claro: es un híbrido entre John Lennon y Lobezno. Y se lo dice, que es otra cosa que hace todo el tiempo: dice lo que piensa.

—Eres un híbrido entre Lennon y Lobezno.

—Me cago en la puta. Tú eres un marciano del copón —le contesta.

Se dirigen al Plataforma, un garito que está ligeramente por encima de la encrucijada en que se levantan el teatro Apolo y la discoteca Studio 54. Pretérito y futuro de una ciudad pequeña y tranquila que se ha vuelto popular y nerviosa. El batería de Mushrooms, Albert, toca esta noche con su otra banda. Se llaman Sosas Cáustica. Son dos chicas y él. Ana y Diana. Diana y Ana. Una pelirroja y una morena. Una guitarra y un bajo. Dos voces que flotan y embaucan, que ondulan y desinfectan, y que se mueven a lomos de la batería psicodélica y regresiva, sincopada y genuina, de Albert. Escuchan a Pavement y a Bauhaus. A Soft Machine, Nick Cave y My Bloody Valentine y no suenan a nada conocido.

Pedro y Aleix llegan a la sala; Pedro se pide una cerveza y Aleix una Coca-Cola.

—¿No bebes? —pregunta Pedro.

—Qué va. El alcohol me da asco —contesta Aleix.

Las Sosas también cantan en inglés. Casi todo el mundo lo hace. Casi todos menos Fernando Alfaro y Jota. Ellas cantan afónicas y sumergidas. Y luego se desgañitan y emergen cristalinas. Aleix está ardiendo. Se enamora de todo. De sus voces, de sus acordes, de su ritmo y de sus miradas. Le dice a Pedro que hay que acercarse al escenario. Y al cabo de un segundo se ha convertido en una putada de metro noventa y siete para todas las cabezas que va dejando atrás.

Una vez en primera fila, despliega sus largos brazos, relaja los músculos de la cabeza, se lleva la mano izquierda al bolsillo del culo, desenfunda los cuernos del demonio y se pone a bailar como lo haría Miles Davis si se hubiese comido un éxtasis. Claro que Davis nunca lo hizo. Y Aleix, de momento, tampoco.

Sus contoneos contagian a la mitad del personal y putean a la otra. Es la historia de su vida. División o influencia. Será una constante en escenarios más grandes o en lugares mucho más inadecuados. Pero, de momento, sucede en el Plataforma, que es un garito pequeño lleno de presuntas afinidades. La otra mitad, la mitad del personal que no baila, asiste al espectáculo muy circunspecta. Es una estampa que delata la superabundancia de críticos musicales entre el público, un fenómeno neta y tediosamente barcelonés. Es como si la música les petrificara.

Aleix es una putada para cualquier crítico y para cualquier novio. Es un desafío y un estímulo para todas las novias. Claro que no a todos les pasa lo mismo. Algunos metros por detrás de sus cuernos y de su ingravidez, está un tipo que apenas mide metro setenta y que ahora, definitivamente, corrobora que no está loco.

—¡Hostia puta! Mira, Sonia. ¿Lo ves? Es el tío del otro día. ¡Su puta madre! ¡Lleva cuernos de verdad! —exclama Gabi, con idéntica cara de futuro a la de hace una semana.


Aleix con los cuernos del diablo posando para la cámara de Leila Méndez.

Ha sido apoteósico. El sueño de un androide. La posibilidad de una galaxia.

Es la mujer de su vida. Ahora sí que lo tiene claro. La incertidumbre y la extrañeza le perseguían desde que, hace dos años, cancelara su boda. Ahora tiene treinta y dos y está convencido de que es el único soltero de su generación. Su amigo Salvador tiene treinta y tres y tampoco está casado. Pero Salvador es homosexual.

Él estuvo a un palmo del altar. Llevaban trece meses de novios. Ella bebía horchata y él fumaba caliqueños. Un día fueron a la playa del Garraf. Él se sintió como Meursault: miraba las olas, ignoraba su biquini y soñaba con acompañarla al cine y quedarse dormido. El matrimonio como una comedia neorrealista o como una siesta muy larga. Entonces tuvo claro que una cosa eran los héroes existencialistas y que otra cosa muy distinta era su vida.

Claro que no todos los principios felices terminan bien. Lo normal es que después de un arranque memorable, la fatalidad tarde un rato en aparecer. Pero lo normal nunca explicó lo extraordinario.

Él se ha librado de la policía y ha llegado a San Pablo y quizá haya pensado que San Pablo es él. Ese sí es un pensamiento que antecede a los momentos cumbre de la historia de la Fatalidad. Siempre arrancan con un hombre que se cree Dios.

Alejandro, Adolf, Francisco, Mou… No hay camino más rápido hacia el genocidio.

Siente «el helicóptero del amor» en el pecho, ese poder que solo te confiere el deseo. O el delirio. Y la grandeza.

Se pasará el día trabajando con el entusiasmo de quien sabe que, al final, le espera una recompensa. A las dos de la tarde ya ha visitado a todas sus pacientes y no tiene nada de hambre.

Se queda sentado en el escritorio, cierra los ojos y la visualiza. Ella camina de espaldas a cámara con una maleta en la mano. Lleva una falda discreta, pero una falda suficiente para insinuar la cadencia de sus piernas. Son el compás del mundo. Piensa en Truffaut. En los tacones de Buñuel y en los moños de Hitchcock. Es un hombre afortunado. Canceló su boda y ha encontrado a su musa. Se la llevará a París. Se comprará otra cámara de Super 8 y harán una película.

El concierto termina con un redoble de batería que parece tocado al revés. Como si el ritmo estuviera invertido. Ana y Diana acoplan sus instrumentos y el público estalla en otra ovación sorda: el noise no tiene piedad de Eustaquio. Ni de sus trompas.

—¡Qué hijo de puta! Me flipa cuando Alberto toca hacia atrás. Nunca entenderé cómo lo hace —dice Aleix.

—Aprendió a tocar con tambores de detergente. Los caminos del talento son inescrutables —le dice Pedro.

Los colegas de Ana, Diana y Albert se acercan al escenario y les abrazan. Y les besan. Son escenas de juventud y de indulgencia. De descubrimiento y empatía. A todas las generaciones les pasó siempre lo mismo, especialmente cerca de los escenarios. Gabi y Sonia también se aproximan. Gabi conoce a Albert y a Pedro del Communiqué, un pequeño garito del barrio de Hostafrancs que dirige desde hace unos meses. Se ha asociado con Serapi Soler, un pionero en la promoción, difusión, distribución, producción y representación de música alternativa. Serapi es el mánager de Parkinson DC, que son, junto a El Inquilino Comunista, lo mejor que dará el noise en España. Gabi y Serapi se asociarán bajo el nombre Murmur Town & La Gloria. Su oferta es sencilla: montan conciertos y los rematan con sesiones de música pop.

Gabi recuerda que Pedro y Albert tienen una banda, aunque no recuerda su nombre. A Gabi le caen bien. Y su instinto le dice que prometen. Su atención, en cualquier caso, sigue volcada en el masái albino y cornudo que les acompaña. No puede quitarle la mirada de encima. Albert se da cuenta y sonríe. Luego se gira, se acerca a Aleix, le susurra algo al oído, y Aleix se da media vuelta.

—Gabi, este es Aleix, nuestro bajista —dice Albert. Y añade:— Aleix, este es Gabi. Gabi es el promotor del Communiqué. Ella es Sonia, su novia.

Aleix se acerca y le da dos besos a Sonia y le estrecha la mano a Gabi.

Gabi no ha tenido nada tan claro en su puta vida. Le lleva un segundo darse cuenta. De repente, simplemente, lo sabe. Sabe que tiene al futuro delante. Un futuro largo, ambicioso, de metro noventa y siete, que le proyectará, directamente, a las estrellas.

A las cinco de la tarde sabe que será una película en la que arderán libros. Será la historia de un final y de un principio, como todas las películas. A las siete se levanta de su escritorio, abre la cajetilla de Ducados, se enciende un pitillo y piensa en su siguiente movimiento. Tiene que invitarla a cenar. Se imagina una mesa, dos velas y una oveja eléctrica. El hospital está lleno de ovejas fluorescentes. Se acerca a la ventana y las contempla. Sonríe. Y aspira de nuevo y exhala una nube. Otra bocanada blanca que se disuelve en la noche e ilumina la oscuridad.

Y entonces, la descubre. Está sentada en el último banco del claustro, casi escondida, a oscuras. Su silueta cobra forma lentamente en la noche de febrero. Pero… no está sola. Tiene a un tipo agarrado del brazo.

Es el puto gallego. Horror.

Da media vuelta y patea su escritorio. Respira. No puede. Agarra su máquina de escribir y grita muy fuerte por dentro y la sostiene en alto por fuera. Intenta respirar. No puede. Zarandea la máquina. Es el principio de otra odisea que conquistará el espacio, de otro orangután puteado que quiere quemar el futuro. Se quita la americana. El jersey. Siente que se desangra, que se le hinchan las venas del cuello. Se quita la camisa. La desgarra. Sus vestiduras se desparraman por el suelo como salpicaduras de sangre. Tan rojas y tan arrugadas. Aprieta los nudillos y piensa en su trabajo y los aprieta más fuerte y le sale un músculo nuevo a la altura de la mandíbula. Intenta respirar y lo consigue vagamente. Jadea.

Piensa en Camus. Los momentos culminantes de su existencia están surcados por las frases de su héroe.

«No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar.»

Es una frase que ha escrito en servilletas, que ha repetido en distintos idiomas, con los acentos cambiados y la cadencia trasquilada. Le sucede con muchas de las frases de Camus. Le asaltan cuando el semáforo está en rojo o cuando el sueño está en verde y las decisiones en ámbar. ¿Lo hago o no lo hago? Es un hombre de ciencia y de libros y está convencido de que la literatura es una voz extranjera que te nacionaliza, la penúltima frontera de la libertad. Camus tiene permiso de residencia entre sus sienes y sus tobillos, vivirá entre sus derrotas y sus conquistas. Sabe que le acompañará toda la vida. Y le tranquiliza. Respira. La vida le espera. Pero está alterado. Muy alterado. Solo han pasado veinticuatro horas. Veinticuatro horas para concebir un sueño y perderlo. Nada tiene sentido. Quizá París. Sí. París.

París siempre funciona.

Respira, jadea, respira. Sale escopeteado de su despacho, pilla el Méhari y pone rumbo a la ciudad del amor con el pecho descuajaringado.

3 de marzo de 1995

Soy el inocente que mató a la víctima. Soy el espía involuntario de los pensamientos perdidos. Soy el alma corrompida y soy la araña que teje mis trampas. Soy el caos a punto de ocurrir. Soy el asesinato a punto de cometerse. El hambre de una desgana fingida. El ansia infecciosa, contagiosa y nerviosa, de paz. La Rosa con más espinas. El sobresalto. Soy un saco donde tiran desajustes. Soy el ídolo que no se deja dirigir. Soy la foto que me hacen cuando disimulo. El escorpión que no sabe si logrará su objetivo antes que el fuego.

Soy el anticlímax y el punto álgido del placer inmaduro.

Del diario de Aleix Vergés.

El techno es un gran error. Es como si los Kraftwerk y George Clinton se quedaran encerrados en un ascensor y solo tuviesen un sintetizador para pasar el rato.

Derrick May.

Son las doce de la noche y Darren Emerson baja las escaleras del Nitsa, la discoteca que alumbrará a Sideral, un garito que se llamaba Don Chufo hasta hace muy poco y que se levanta en la plaza Joan Llongueras, junto a Catalunya Ràdio, en el corazón del españolismo y la aristocracia de la ciudad. A Emerson le quedan diecisiete peldaños para llegar hasta abajo y percibe el zumbido que trepa por la moqueta y nota el bombeo de su sangre en el pecho. Es una sensación a la que no escapa ni Dios que haya bajado estas escaleras, ni siquiera Emerson: el sonido te invade por la garganta cuando estás en lo alto y te ha poseído por completo cuando llegas al final. Le quedan quince peldaños y una chica con el pelo azul que corre escaleras arriba se cruza con él y se cubre la boca, y lo mismo Darren se pregunte si habrá cumplido los quince. Y mientras lo piensa, cree reconocer el bombo que sube desde las entrañas del club. Y sonríe.

Le separan doce escalones de la placenta y un tipo con la cabeza rapada y botas por las rodillas le rebasa por la izquierda; otro con pantalones erráticos de cuadros y una camiseta Adidas naranja y el pelo oxigenado lo hace por la derecha. A Emerson le parece escuchar el «Superman» de Laurie Anderson por encima de su canción «Mmm… Skyscraper I Love You». Lo piensa, esboza una sonrisa y niega con la cabeza. Es imposible. Aun así, a falta de ocho peldaños, su cabeza formula una asociación delirante: piensa en Dios y en Superman y le parece divino y demencial, y entonces un tipo con la mandíbula muy ancha y aspecto de troll millonario que va en idéntica dirección a la chica del pelo azul le sonríe y le dice algo así como «Bona sort, monstru!» cuando ya solo le separan cinco escalones del suelo. Quizá entonces Emerson ponga una cara rara, una expresión de desconcierto cósmico o de inspiración psicodélica. Y a su lado, Chito de Melero, el responsable de que esté aquí esta noche, un entusiasta que le ayuda a bajar los dos maletones acorazados que se ha traído de Londres y que mañana le conducirá hacia el Blau de Banyoles, la madre de los clubs catalanes, le dice: «He said: good luck», y entonces Darren Emerson quizá piense que entiende el catalán.

A falta de cuatro peldaños, Emerson observa a la pareja de siniestros que bajan por delante suyo con una parsimonia casi zen y vuelve a sonreír y se pregunta dónde coño está. Es Laurie Anderson. Y es su canción. El rascacielos murmulla y la mezcla es inexplicable, algo luminoso que le inspira y que no es ortodoxo ni canónico ni parece hecho con dos platos.

A falta de dos peldaños, Darren Emerson se da media vuelta deliberadamente y ve a cuatro universitarios, cuatro colegas que estudian Políticas en la Autónoma y van en camisa y tejanos. Y entonces comprende que las escaleras son el montacargas de la democracia electrónica, de un reino plural, inesperado y sonriente, en las entrañas de Barcelona.

Le queda un escalón y aterriza y mira hacia adentro y ve al tipo de metro noventa y siete que está en la cabina, y Chito le dice: «This is Sideral», y entonces Emerson sabrá para siempre que un día de 1995 hubo una constelación subterránea en Barcelona en la que un marciano orquestó un morreo entre Dios y Superman, mientras doscientos individuos irreconciliables lo bailaban al unísono, con la misma sonrisa en la boca. Una dentadura plural, como las piñatas de los ochenta, que no tardará en reventarse.

Es el año de su vida. El año de Emerson, el de Chito y el de Aleix, que hace dos horas se ha subido a un taxi con Leire y sus tres maletas y que ya pilota la cabina del Nitsa. Ahora que sabe que siempre estará acompañado, respira normal. Siente la proximidad de su ídolo y los bajos en el pecho, invoca a la pista giratoria, percibe el crecimiento de la Luna y aprieta los dientes y sabe que puede sincronizarlo todo. El miedo, las ganas, el amor, la amistad y los Valiums.

Hay un camino. Tendrá que haberlo.

30 de junio de 2012

Es una tarde caliente de julio y han pasado cuarenta años y ya no están en Sant Pau, sino en el paseo de la Bonanova. Él es más estrecho e igual de alto y tiene la barba plateada y los dedos surcados por venas delgadas y azules. Sus manos han asistido a partos monárquicos, han alumbrado sellos editoriales, han suscrito verdades y han padecido atrocidades. Ella conserva la piel cobriza y el amor por las melodías, la vida como una playa morada y vasca, los ojos verdes como el agua en que flotan las cenizas de su descendencia. Colgó su traje de enfermera y tuvo cuatro hijos y ya lleva dos nietos. Han pasado cuarenta años y hoy será un buen día para celebrarlo.

La Bonanova está más refrigerada que el barrio del Raval, pero sucumbe también a la canícula. Sucumbe distinto. Aquí no huele a pescado podrido ni se ven gatos famélicos. Huele a mimosa y a cruasán recién hecho, y los perros son grandes y peludos. O pequeños y bronceados. No hay rastro de vómitos ni de secreciones indignas de madrugada. Los plataneros y los eucaliptos protegen las lunetas de los Audis, los Volvos y los BMW. Los niños son más altos y más rubios y las tías son más delgadas y parecen más jóvenes; las calles más anchas y las casas más grandes. Es la parte alta de Barcelona, la falda del Tibidabo, de los bosques de Collserola y la carretera de las Aguas, donde niños que se llaman Nicolás y Eduardo y Aleix juegan al tenis en Can Caralleu y llevan relojes de pulsera con internet y estampan las raquetas contra el suelo y cuelgan las pelotas al vacío. Y el vacío es una ciudad simétrica y dormida que desemboca en el mar, que se contempla, panorámica y desahogadamente, desde sus alturas. En Barcelona, las clases sociales están estratificadas: arriba están los ricos, en medio los normales y abajo los pobres.

Hubo un tiempo en que los ricos estaban abajo y los pobres arriba. Luego la vida se desordenó y cayeron bombas del cielo y las familias se escindieron y los hermanos se mataron y los tíos fusilaron a los primos; y los primos a los suegros y los suegros a los cuñados. Hubo muchos tiempos y una sola noche, larga y roja, cuya metralla alcanzó a todos los nacidos en España durante los últimos trescientos años. Muchas generaciones podridas por la división carlista o por la División Azul o por la republicana, la Reconquista, la República, Cuba, la vergüenza de tantos crímenes en tantos lugares, la puta vergüenza de ser hijo de este país. Así que la historia del imperio es una sucesión de aberraciones desde la noche de los tiempos, la madrugada de los indígenas sin yugular, de norteafricanos deshidratados que morirán en el desierto, de iglesias asesinas, repúblicas fallidas; y del dictador del mostacho tenue, casi un rasguño, el mariscal del Ferrol, un asesino contrahecho que prohibió el catalán y el vasco. Que nos bombardeó desde Montjuich e impuso el fusil, distorsionó la cultura y emancipó las autopistas.

—Entonces, mamá… ¿Preferiste la ginecología a la cirugía? —pregunta Randi Vergés.

—Yo lo que no entiendo, mamá, es cómo elegiste a un ginecólogo con un Méhari rojo —dice Adriana.

—¡Y catalán! —añade Daniel.

—Vuestra madre antepuso sus ovarios a la patria, a los colores y al juicio, que es lo que cualquier mujer con dos dedos de frente haría en una situación como esa — sentencia el patriarca.

Estalla una carcajada colectiva. Hasta que la aludida toma la palabra:

—¿De verdad me lo estáis preguntando? —les pregunta en voz alta.

Y toda la familia la mira como siempre la miró: entre fascinada y expectante.

—Sí, mamá. Podríamos haber tenido abuelos en Vigo y conexiones mundiales con el narcotráfico. Por favor, ¿de qué estamos hablando? Si hasta tu hija podría ser la yerna de Rajoy —dice Randi, mirando a Adriana con una sonrisa que viaja en el tiempo, una sonrisa de pícara, de cheeky fucker, que Aleix también tenía.

—Pues nada. Tuve una visión. Eso fue lo que pasó. Me vi en Galicia, un 25 de diciembre, pelada de frío, con una resaca de órdago y una gaita por un lado y un botafumeiro por el otro, y me entró lo contrario de la morriña… ¡Me entró la amorriña por vuestro padre, desgraciados! —sentencia.

Y la familia entera prorrumpe en otra carcajada.

Es una tarde caliente de junio de 2012, una tarde después de la noche roja y vergonzosa de la puta Historia de España, y Alfonso Vergés y Chisca Tramullas celebran sus cuarenta años de matrimonio cerca de la cumbre de la ciudad, en la misma casa en la que han escrito la historia de su familia, los Vergés Tramullas. Casi tantos como años sin Franco. Casi tantos como tendría hoy Aleix, su primogénito. Pero Aleix ya no está. Sería casi aberrante que tuviera cuarenta años. No le hubiese hecho ni puta gracia. Así que ahora está de otra manera. Se fue un 19 de mayo de 2006, y desde entonces la vida es un desafío y un agujero. Y es esperanza y es descendencia.

La familia se ha reunido en la Bonanova. Los tres hermanos —Daniel, Adriana y Randi—, sus parejas y los nietos —Teo, hijo de Daniel, y Leo, de Adriana—. Es la primera vez que Adriana regresa a Barcelona con su primogénito desde que hace un año lo alumbrara en Barcelona. Adriana vive en el hemisferio de los desagües cambiados y pasa la mitad de su vida sumergida en el Pacífico. Es bióloga submarina y la primera doctora en edad de la universidad de Sídney. Una pionera. Exactamente lo que su padre quiso que fueran todos sus hijos. Números uno. Precursores. También está Leire, la compañera más longeva, la escudera que sobrevivió a las peores calamidades y a todas las adulaciones, y cuyo nombre bautizó el proyecto póstumo de Aleix. Y Guille, pareja de Leire desde finales de 2003. Al final del jardín está Anya Stafford, una irlandesa con cara de gato que estudió con Adriana en Galway. Al lado de Anya está Sean, su novio, un veterinario al que alguien bautizó como Indiana Sean —pronunciado «Shon»— después de un desenfrenado safari por Kenia.

Chisca Tramullas, la misma mujer que se hizo pasar por esposa de un tipo al que no conocía en 1972, la ávida lectora de K. Dick que dejó a un cirujano gallego en la estacada y apostó por la longitud revolucionaria de la ginecología, se mete dentro de casa, sube las escaleras que separan el jardín de su habitación y agarra una bolsa gigante. Dentro hay algo rectangular envuelto en papel de regalo. Podría contener una isla del tamaño de Irlanda. El paquete está junto a su mesilla de noche, en la que descansa un libro mucho más pequeño: Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett, un músico más conocido como Eels, que la tiene embaucada. Chisca se las apaña para cargar la geografía y bajar las escaleras. Llega a la cocina, pilla el iPod, cancela los grandes éxitos de Aphex Twin, su músico electrónico predilecto, y pone la playlist de doce horas que ha elaborado para la fiesta. Melanie, Françoise Hardy, Moustaki, Gilbert O’Sullivan, Procol Harum, Herb Alpert o Burt Bacharach deslizarán su folk setentero y sus voces soñadoras durante las próximas doce horas.

Chisca se mete en el salón y deja su regalo apoyado junto al piano en que Aleix empezó a tocar cuando tenía siete años. Interpretaba a Bach y se reía de Mozart. Movía los dedos deprisa y cantaba con voz de soprano. Pero nunca se lo tomó en serio. No hasta que a los diecinueve descubrió a Glenn Gould. Entonces se tomó en serio a Gould, pero hacía ya algunos años que el piano no lo tocaba. No volvería a hacerlo.

La historia de Glenn Gould es solo una de las infinitas voces, imágenes, frases y nombres que surcan el regalo que Chisca le ha hecho a Alfonso. Es un álbum gigante: un scrapbook. La historia ilustrada de cuarenta años de vida en pareja. Chisca conserva intactos los diarios que ha escrito durante toda su vida. Y las fotografías que ella misma disparó, amplió y reveló, de sus hijos, de sus coches, de sus viajes y de sus veranos. Hay recortes de prensa, entradas de conciertos y un montón de técnicas de compaginación elaboradas con retales, tejidos y pegamento. Un trabajo de tres años que Alfonso descubrirá en un rato, cuando todos los invitados se hayan largado y el jardín se haya convertido en un descampado de copas vacías, confeti aplastado y colillas extintas, cuando las lámparas de papel japonesas ardan solas bajo las estrellas y siga sonando la voz de la Hardy y diga que no hay retorno y que la eternidad era solo un día.


Los Vergés Tramullas disfrazados para el carnaval del colegio en 1982. De izquierda a derecha: Adriana, Randi, Aleix y Daniel.

Prehistorias

No se sabe bien dónde empiezan las historias. Lo que es seguro es que nunca terminan. Todo es augurio y todo es misterio. Se sabe que la sangre fluye por todas ellas. Que a menudo se derrama y que otras se concentra en hematomas. Se sabe que la genética tiene memoria y que los mismos huesos han crujido distinto en distintos lugares y en distintas décadas.

La ascendencia es el principio de la influencia y de la experiencia. De la violencia y de la negligencia. Sin embargo, lo normal, a no ser que seas aristócrata o historiador, es conocer tu Historia hasta tus abuelos. Y gracias. Lo normal es que apenas conozcamos vaguedades de nuestros bisabuelos. Y de los tatarabuelos, apenas un dato, probablemente engendrado por la fantasía.

Sería arrogante pensar que la sucesión y la herencia son insustanciales. Sin embargo, es un absoluto misterio cuál es su alcance. Es posible que exista una memoria subliminal de nuestros ancestros. En los borradores de su prólogo al libro de DJ Spooky, La ciencia del ritmo, Aleix Vergés escribió que la historia es «la historia de un sonido, de un eco que viaja a través del tiempo y de los tímpanos, y que se transmite como una vibración, como una percepción melódica del universo o como un ruido de fondo».

A Aleix le gustaba decir que «el subconsciente es la memoria de nuestras vidas anteriores». Como si nuestros sueños no nos pertenecieran. Como si formaran una larga cadena de préstamos inconscientes, una divisa inadvertida y onírica, de naturaleza infinita, como las bibliotecas de Borges.

Otra cosa es que conociera la historia de su bisabuelo Edelmiro. O de su bisabuela, María Ángeles.

Edelmiro Vergés Bartolí nació en Reus, Tarragona, un 22 de diciembre de 1870. Fue un bebé extra largo alumbrado en un descampado. Su nacimiento empleó a siete comadronas (cuatro tías y tres primas) y a un doctor que también era cura y ciclista, además de tío abuelo del recién parido. El parto se prolongó cincuenta y tres horas, un registro insólito y épico que atravesó un eclipse de sol total. Su madre, la tatarabuela Corintia, se quedó ciega tras arrojarlo sobre un cojín relativamente descauterizado. Estaba fundida. Sin energía. Viviría algunos días más sin ver la luz del sol. Y al cabo de los meses, se apagaría.

Edelmiro fue un hombre largo y barbudo como su descendencia y, antes de que pudiera decidir qué iba a hacer con su vida, tuvo que largarse para preservarla. Una mañana de finales de siglo, muy poco antes de la caída de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, se batió en duelo por un asunto de faldas en un callejón infecto de las afueras de Reus, exactamente donde hoy está la pista de aterrizaje de Ryanair.

Salió milagrosamente vivo y se exilió amenazado. Edelmiro era un hombre imprevisible y temperamental que soñaba con daguerrotipos y telescopios. Antes de largarse de Reus, se dedicó a la compraventa de cámaras fotográficas. Así fue cómo conoció a María Ángeles, una jovencita enigmática e inexpresiva que le vendió un tomavistas de seis objetivos. La transacción terminó en cita. Y la cita en pasión. Y la pasión en embarazo. Y el embarazo en matrimonio. Edelmiro se largó a Manila en 1899 con el bolsillo amortiguado por la generosidad de María Ángeles, una mujer con un sentido calculado y expansivo de la riqueza, que repararía la mayoría de sus ruinas venideras.

Edelmiro vivió en Manila una posguerra de sangre y de barro. De españoles y norteamericanos confundidos por la victoria, la derrota, el opio y la gonorrea. La ciudad era un lodazal de oportunidades, un escenario parecido al descampado en que nació su ideología revolucionaria.

Si la historia es el viaje de un sonido y nuestra memoria solo alcanza hasta nuestros bisabuelos, entonces Edelmiro fue el preámbulo ruidoso de Aleix. La primera nota de una mayúscula sinfonía del caos. Su sentido de la organización empezaba por el desequilibrio. Por una noción extrema y revolucionaria del orden. Edelmiro se describió siempre como un republicano. Nació en un descampado, bajo la dictadura de una monarquía absoluta y las consignas de una iglesia categórica. Y supo desde muy temprano que no solo no pertenecía a ninguna de las dos, sino que el sentido de su vida era ser, exactamente, lo contrario.

A Aleix le sucedió algo parecido: encontró el motivo en el reverso, y la razón en el cuestionamiento. Ambos fueron jóvenes creativos y caóticos que se comieron el fin de siglo antes que la madurez. En realidad, Aleix prescindió por completo de la madurez. Era lo que se esperaba de él, tal fue su revolución: vivir eternamente en la república de la juventud.

Edelmiro, en cambio, tuvo tiempo y ganas de hacerse hombre. Y nunca tuvo miedo de viajar. Desembarcó en Manila, se embriagó de su exotismo y encontró deprisa su lugar. No le fue tan difícil. Conocía la fertilidad del arroz y se asoció con trabajadores locales para destilarlo y embotellarlo. Los más entusiastas dicen que inventó el sake. Pero el sake llevaba siglos inventado. Lo cierto es que, como buen hijo del Delta del Ebro, tenía buena sintonía con los pantanos y los arrozales. La fortuna le duró poco, la perdió a la misma velocidad a la que la había amasado. Se enamoró de muchas filipinas, pero solo una le hizo perder la cabeza. Era una bailarina a la que evocaría secreta y erráticamente hasta el día de su muerte.

Edelmiro conoció en el exilio a otros catalanes, a más impostores, a revolucionarios ultraconservadores y a filipinos que desayunaban chorizo y adulaban a los Borbones. Conoció a tanta gente como sedujo. Y sedujo a todos los que conoció. Pero solo confió en dos individuos, sus dos únicos amigos de ultramar: Jean Noutel y Sean O’Sullivan.

Noutel era un estafador francés que se hacía pasar por ingeniero de caminos. Viajaba a lugares en guerra y conseguía contratos de reconstrucción de puentes y senderos. Cobraba cantidades industriales y las repartía entre los damnificados, que siempre eran habitantes del lugar. Presumía de haber conocido a Coco Chanel y de haber financiado su aventura costurera. Era un hombre exquisito y delgado, que fumaba cigarrillos aromatizados con melocotón y jamás repetía sus trajes ni sus sombreros. Le gustaba fantasear, adornar el pretérito y el futuro con nubes de Chanel y efluvios de Guerlain.

Noutel era un romántico, como Edelmiro. Eran dos negociadores que anteponían la aventura al enriquecimiento. Así que el día que conocieron a Sean O’Sullivan, un irlandés que trabajaba oficialmente para los servicios secretos norteamericanos y secretamente para los filipinos, sus contratos ganaron en ceros, y sus visados en sellos. O’Sullivan les presentó también a los náufragos del ejército español. Fue un momento de desorden, estampidas y cambios urgentes de ideología, y bebieron en cobertizos y jugaron al póquer en palacios clausurados.

Edelmiro no se casó con nadie, sedujo con sus aspavientos y su voz a todo el que salió a su paso y estuvo poco tiempo en muchas partes. Su independencia y su revolución quedaron eclipsados por la hipnótica bailarina, que estuvo cerca de arrebatarle la cordura. Ciego de deseo y de amor, la siguió hasta Borneo. Allí descubrió que era opiómana y comprobó que su amor no era suficiente para vencer a Morfeo.

O’Sullivan era otro hombre misterioso en un país extranjero. Su frase favorita era: «Nunca le preguntes a un extranjero los motivos de su exilio». A diferencia de Noutel, O’Sullivan iba siempre vestido con el mismo estilismo: camisa amarilla y pantalones de rayadillo. Se bebía los crepúsculos como un vikingo, pero nunca se le vio borracho.

Sean adoraba las historias de Edelmiro, su pasión por la vida y su talento para seducir. Tuvo claro enseguida que podía confiar en él y que sus negocios internacionales no podían tener mejor embajador. Así que le convenció para que dejase el Sudeste Asiático y se trasladara a los Alpes. Le contó que allí, en Suiza, el blanco no estaba en la arena, sino en la cumbre de las montañas. Y que todo el oro estaba protegido bajo tierra. Le contó que se fabricaban los mejores tejidos para la confección de ropa, le confió un secreto de muchos ceros y le hizo prometer que, en caso de desgracia en ultramar, repartiera el botín en una orilla del oeste de Cork.

Así que Edelmiro viajó hasta la falda de los Alpes y descubrió la lencería y el chocolate. El aburrimiento y el paraíso fiscal. Contactó a banqueros y a comerciantes y descubrió la precisión de los bordados y la nobleza de las telas. Volvió a Reus y le contó a María Ángeles sus aventuras en ultramar. Regresó de su último viaje con un reloj de cuerda que tenía cuatro esferas. Era un reloj extraño, como un prototipo o una versión abortada de algún dispositivo del futuro. Edelmiro lo dejó en la estantería más alta de la biblioteca de la casa, y Alfonso, el abuelo de Aleix, el padre de Alfonso, creció convencido de que el tiempo tenía cuatro dimensiones, tantas como esferas tenía el antiguo reloj.

Edelmiro regresó y María Ángeles se volvió a quedar embarazada, y Edelmiro cambió de planes y viajó muchas veces más a Irlanda, Suiza y Filipinas. Exportó arroz e importó anís. Compró sujetadores y vendió jamones. Fue un extranjero promiscuo y un padre y marido ausente cuya familia no paraba de crecer. Los vaivenes políticos de principios de siglo y las exigencias de María Ángeles y de sus hijos le obligaron a sentar cabeza. O, en última instancia, a pretenderlo.

En 1900 nació Alfonso, el abuelo de Aleix. A Edelmiro se le multiplicaba la familia. Necesitaba un golpe de efecto. Tiró de sus contactos en Manila y se afilió al partido del republicano Antonio Maura, en 1901. A los tres años, en 1904, Maura conquistó el poder y le nombró diputado. Su magnetismo y su labia conjugaban enormemente bien con su altura y su barba. El talento y las frases adecuadas, la casualidad y la despoblación, le elevaron hasta un cargo que siempre consideró azaroso. Del mismo modo que Aleix Vergés se vería convertido en disc jockey sin haber mezclado un disco en su vida, Edelmiro fue nombrado diputado sin tener ni puta idea de lo que era un escaño.

1904 fue un año convulso y errático. Edelmiro descubrió que en la política no existe ideología, ni hubo nunca revolucionarios, y decidió abandonarla para siempre con la caída del gobierno de su líder. Perseguido por las deudas y la incertidumbre, convenció a María Ángeles de dejar Reus y mudarse a Barcelona.

Allí montó el negocio que O’Sullivan le insistió en emprender con parte del dinero de Noutel: un tienda de bordados y tejidos suizos. Encontró un local en la calle Trafalgar de Barcelona, le pidió un préstamo a María Ángeles y, al igual que Gabi haría en el futuro, no se devanó demasiado los sesos para bautizar el negocio: se llamó La Suiza y se especializó en la venta de bordados y tejidos del país alpino.

Aleix creía en el viaje del sonido, en la longitud de un eco que rebasa los siglos, que provoca que escuchemos el retumbar ancestral de la Guerra Civil en nuestros tímpanos infantiles. Quizá en su cabeza vibraran los estertores filipinos. Puede que la influencia de los pitidos y de las coincidencias trazara idénticos destinos en dos individuos separados por ciento tres años y treinta y dos mil seiscientos crepúsculos. Luego todo se pierde. El olfato, la vista, el oído y hasta el tacto. La historia es un misterio y no hay ciencia exacta en la descendencia. Sin embargo, la matemática del ADN y de la casualidad escribió la poesía asimétrica de un bisabuelo y un bisnieto que vivieron conectados por un siglo y por el desorden, por el afán creativo y la ausencia absoluta de un sentido del límite.

Edelmiro tuvo siete hijos y todos heredaron el negocio de su padre. Aunque no todos se dedicaron a él. Alfonso, el abuelo paterno de Aleix, fue uno de los que se aventuraron. Su paciencia y su sentido del orden eran la negación de la impaciencia y el desorden de Edelmiro. Alfonso decidió abrir una segunda tienda. La bautizó como La Suiza, «hijos de E. Bartolí», en la Ronda de San Antonio con la calle Muntaner. Bajo la dirección organizada del abuelo Alfonso, la tienda funcionó como nunca antes y se convirtió en un negocio longevo y respetable que no solo estabilizaría las rentas de la familia, sino que sería también el escenario en que Alfonso conocería a su futura mujer, Matilde Torres, la abuela paterna de Aleix, una modista oriunda de Lagunarrota, corazón resquebrajado de Los Monegros, que se aprovisionaba en La Suiza, hijos de E. Bartolí, de las telas para sus bordados.

Alfonso Vergés Torres fue el segundo hijo de Alfonso y Matilde. Alfonso, el ginecólogo largo y barbudo, pionero e incansable, se desmarcó del negocio familiar, aunque no se distanció demasiado de su zona de influencia. Digamos que traspasó la lencería, atravesó la ropa interior y alcanzó el órgano que se escondía detrás. Así que desobedeció los mandatos familiares, pero se quedó en su órbita. Como ginecólogo.

Alfonso nunca durmió demasiado. El vértigo de los nacimientos le ha arrebatado muchos sueños, no ha tenido piedad de su inconsciencia. Ahora que está retirado de los partos, confiesa que lo más doloroso de su profesión es acostarse amenazado por la incertidumbre de no saber ni cómo ni cuándo te despertarás. Perder la conciencia sin saber si tu descanso será arrebatado en la cumbre del sueño por una vibración o por un pitido.

Tras la muerte de Aleix, el sueño de Alfonso se estropeó un poco más. La frecuencia del pitido se hizo más fuerte; la incertidumbre, más totalitaria. Una vez se quiebra el orden de la naturaleza, se abre un hueco perverso, una frecuencia diabólica. No existe prueba más dura para un ser humano. Alfonso y Chisca han encontrado trincheras poderosas para combatir la vibración del desorden. Chisca sabe que Aleix está en la música y la escucha de sol a sol. Viaja en la melodía y es casi imposible encontrarla en silencio.

Alfonso encontró refugio en la escritura. Al poco de morir Aleix, empezó a escribir su primera novela: Sueños y realidad, la historia de su madre, narrada en clave de realismo mágico. Y todavía con el pulso caliente, escribió la segunda: Nadie, su particular ajuste de cuentas con la muerte de Aleix.

«La protagonista del libro se llama Nadia. Y Nadia es Aleix. A falta de poder enfrentarme directamente a él, lo convertí en una chica. Entiendo que es un mecanismo de defensa, pero imagino que era la única forma que encontré para lidiar con el tema. Aleix se drogaba. A mí me costaba mucho aceptarlo. Así que, en el libro, preferí convertirlo en una puta», cuenta Alfonso.

Nadie es la historia de Nadia, una joven con un talento extraordinario para la danza que no encuentra su lugar en el mundo. Nadia es hija de Albert, el álter ego de Alfonso, un arquitecto viudo que vive solo en un caserón de una montaña de Barcelona. Albert recibe el encargo de diseñar la dirección artística de un espectáculo de danza inspirado en la teoría del caos.

«La personalidad de Aleix me sugirió muchísimo la teoría del caos», recuerda Alfonso.

Primera inocentada

Aleix Vergés Tramullas nació en Barcelona un día de coña: el 28 de diciembre de 1973, el día de los Santos Inocentes. Al principio, la coincidencia le haría gracia. Luego, le desconcertaría. No era extraño escucharle decir que su nacimiento había sido una broma desafortunada. El paso del tiempo siempre le dio pánico y, cuando cumplió los dieciocho, dejó de celebrar las inocentadas. Hubo una masiva excepción en 2003, cuando cumplió los treinta. Entonces sí hubo una fiesta por todo lo alto. Es posible que su psicodélico y permanente sentido del humor estuviera tocado por la fecha delirante en que nació.


Aleix y su padre, Alfonso, en Ibiza, 1975.

Aleix nació después de que su madre abortara dos veces. La primera fue en Grecia, durante su luna de miel. Alfonso y Chisca se casaron un 30 de junio de 1972, apenas cuatro meses después de convertir a la guardia civil en el testigo de su amor. A principios de julio, paseaban por las islas Cícladas en paños menores y gafas de sol. Eran jóvenes y estaban bronceados y condujeron a través de ruinas flotantes al volante del Méhari. Chisca estaba de tres meses y medio cuando abortó. Siempre pensaron que fue culpa del coche. A los pocos meses de regresar de Grecia, de nuevo en Barcelona, volvió a quedarse embarazada. Esta vez abortó a los dos meses y medio. Entonces Alfonso le hizo unas pruebas.

A la tercera fue la vencida. Aleix se llamó Aleix desde el primer aborto. Sabían que sería un niño. Lo sabían de un modo absolutamente intuitivo. Aleix por Alejo Carpentier y porque era el nombre del hijo de una compañera de Chisca en el hospital de Sant Pau. En la época, sin embargo, le inscribieron como Alejo, un nombre español, apostólico y romano. Alejo es un verbo triste, un nombre como una cuarentena, la distancia insalvable, que Aleix siempre detestó de un modo encarnizado y cercano.

Aleix fue el mayor de cuatro hermanos. Su hermano Daniel nació poco menos de un año después. Fue un 10 de enero de 1975. Chisca rompió aguas mientras un puente gigantesco se desplomaba en Tasmania. Daniel fue alumbrado la misma noche en que la cabeza de Malcolm McLaren engendraba su aborto más heroico, los Sex Pistols, en un sótano abyecto de Londres. Franco agonizaba, lo haría durante meses, y el temblor del recién llegado desató un disturbio en el pecho de Aleix, que padeció el primer ataque de asma de su vida. Le acompañarían hasta el final, aunque con el tiempo su violencia disminuiría.

Freud lo tenía claro: la enfermedad es una reacción al miedo a la soledad. Sus padres se largan a alumbrar al segundo y Aleix engendra un aborto de aire en su caja torácica. La soledad será siempre una amenaza difícil de combatir. La oscuridad y el silencio también serán enemigos insalvables, los peores consejeros cuando se vea orillado al desierto de la existencia.

La noche le produce terror desde muy temprano. Daniel, Adriana, Randi y sus padres se acuerdan de su voz. Cuajaba como nieve en la noche rusa. Dani la escucha muy cerca, casi como un rumor hipnótico, como un susurro o como una nana, como una vocecita protectora que le dormirá.

«¿Mamá, vigilas?» es el mantra de Aleix.

Lo repite cada cinco minutos durante la hora previa a la inconsciencia. Adriana se pregunta de qué tiene miedo. Se intenta imaginar los motivos, pero no acierta a encontrarlos. Ella está tranquila.

«¿Mamá, vigilas?»

Randi se acuerda de ser muy pequeña y de dormir con sus hermanos en la misma habitación. La voz de su hermano mayor repite el mantra y a ella se le contagia el temor. De hecho, Randi se acuerda a día de hoy de las medidas cautelares que tomará algunos años más tarde, cuando sus padres salgan a cenar fuera y ella se quede sola en casa:

«Cuando mis padres salían, yo me iba a la cocina, cogía un cuchillo gigante, volvía al salón, llamaba a mi mejor amiga y le decía que no colgara el teléfono, que yo tampoco lo haría; que si efectivamente lo hacía, si colgaba, tenía que llamar a la policía», recuerda. Randi dejaba el auricular descolgado durante toda la noche, hasta que sus padres regresaban, y lo mismo su amiga se dormiría durante la guardia; lo mismo, de vez en cuando, mientras comprobaba que la llamada seguía su curso, escucharía las voces de las Mama Chicho, un coro de vedettes, felices y entusiastas, que la tranquilizaban: «Cuando mis padres volvían, yo estaba con el cuchillo, el auricular descolgado y las Mama Chicho en la pantalla», recuerda Randi.

Aleix cargará desde muy pequeño con el peso de ser el «hermano mayor». Chisca reconoce que uno de sus errores fue permitir que creciera con esa sensación. No se puede hacer responsable a un niño de dos años de su hermano de uno. A menudo son frases lo que subestiman la comprensión del niño. «Compórtate, que eres el mayor», «Recuerda que eres el mayor».

Es posible que la influencia del apelativo «mayor» tuviera en él una dimensión exagerada, una dimensión que, desde muy temprano, no solo se manifestó en un instinto de protección desaforado hacia sus hermanos, sino también, posiblemente, en un extrañamiento de su identidad. Dormirse era como cancelar la protección. Y enfilar el reverso.

«¿Mamá, vigilas?»

Aleix escoltaba a sus hermanos en los pasos de cebra y se aseguraba de que nunca cruzaran en rojo. «Cruzar la calle era una auténtica maniobra militar. Asumía su responsabilidad y se volcaba de un modo desmedido en que lo hicieran correctamente», recuerda Alfonso.

Alfonso trabajaba a destajo y veía poco a sus hijos. Su carrera como ginecólogo fue meteórica desde el principio. Y de alguna manera, no dejaría de serlo hasta muchos años después. No solo fue uno de los primeros especialistas de su quinta en tener consulta privada, sino que también fue de los primeros en sugerir el uso de anticonceptivos y apoyar las interrupciones de embarazos no deseados. A principios de los ochenta fundaría el instituto CEFER para la reproducción asistida en la clínica Teknon de Barcelona, un proyecto pionero en fecundación in vitro e inseminación artificial.

El 26 de mayo de 1976, Chisca escribe en su diario: «Domingo, cosa rara, nos despertamos a las once. Luce el sol, descapotamos el Méhari y nos vamos a ver los leones (los clones, según Aleix). Hago merluza al horno y helado de fresones. Aleix estaba tan feliz que no paraba de repetir: “¿Verdad que papá no se irá al hospital?”».

Muchos años antes, a principios de los sesenta, cuando Chisca no había alcanzado todavía la adolescencia, Alfonso ya daba clases de Fisiología de la Reproducción en la Universidad Autónoma de Barcelona. Pese a que las clases tuvieron una gran aceptación y que Alfonso disfrutaba de ellas, su carrera académica no duraría demasiado. La ginecología le absorbió muy deprisa. Después de su paso por el hospital de San Pablo, recaló en el hospital de Sabadell y en la clínica Sagrada Familia y, al poco de nacer Aleix, estableció su consulta privada en la planta baja de su casa, en el paseo de la Bonanova de Barcelona.

Chisca acostaba a sus dos hijos a las ocho y media, y eran raras las veces en que Alfonso llegaba antes de las nueve. Y fueron muchos los fines de semana en los que tuvo que abandonar cenas, comidas, cumpleaños o funerales para atender a un parto. Así que entre el vacío del patriarca y el eco del adverbio, mayor, Aleix desarrollaría un sentido de la responsabilidad insólito en un niño de su edad.


Chisca, Aleix y Dani, 1975.

Mayo de 1976

Aleix tiene dos años y medio y los ojos despiertos. Ha cenado con su madre y su hermano y se ha acostado a las ocho y media.

Alfonso atiende a sus pacientes en la consulta situada en la planta baja de la casa y trabaja a deshoras para localizar al doctor Emile Thierry, un ginecólogo francés que ha diseñado un espátula visionaria. Es un alternativa a una de las pesadillas de Alfonso: los fórceps. Thierry es un maestro espatulero. Sin embargo, no hay nadie en Francia que crea en sus diseños. Alfonso lo hace a pies juntillas. Le parece un crack. Finalmente, consigue el teléfono de su casa. Thierry tiene 87 años y hace tiempo que vive convencido de que el invento morirá con él. Hasta que Alfonso le llama y le invita a Barcelona. Thierry no da crédito. «C’est une blague?» [¿Es una broma?], pregunta con cautela parisina. Alfonso le cuenta que no. Le confiesa que los fórceps le perturban. Son unas tenazas que parecen diseños frustrados y ancestrales de Transformers. Han aplastado la mayoría de cráneos contemporáneos. Su desafío es liquidarlos.

Thierry se pondría a bailar sardanas, si supiera.

La casa es grande y la noche de la Bonanova es silenciosa, y Aleix y Daniel ven la televisión, una caja roja que proyecta imágenes en blanco y negro de tipos calvos y con bigote, normalmente uniformados, que se mueven a cámara lenta. Aleix y Daniel apenas la ven. Pero escuchan a menudo las voces dulces o las sinfonías siniestras que salen de la caja. Solo de vez en cuando, mientras se desplazan de la cocina al salón, o del salón a su dormitorio, interceptan lo que sucede dentro. Hay un tipo que se llama Balbín que irrumpe cuando cae la noche y presenta un programa que se llama La clave pero que podría llamarse Eructo caníbal. Aleix le observa con terror.

Chisca ha descubierto que está embarazada. Ha decidido desmantelar el cuarto oscuro, recoger la ampliadora y matricularse en Filología. Tiene veinticuatro años y dos hijos y cierra los ojos y desea que le caiga la primera niña. La juventud es la posibilidad de ser corredor de fondo y de esprintar: ella descubre que será madre por tercera vez, se matricula en la Universidad y decide de qué colores pintará la habitación de los niños.

Alfonso asiste partos a todas horas y paga casi todas las facturas. Pasa el tiempo, pero casi todos los coches son Seat. Casi todos. Alfonso sigue conduciendo su Méhari rojo, y Chisca mete a los niños dentro y lo descapota y canta a Leonard Cohen. Y luego llegan a casa y les pone a Moustaki, y la tarde patina y ella cocina. Las luces de verdad se derriten y se encienden las de mentira, y las voces de la tele conjugan ecos militares con chicas de la Cruz Roja. Los niños se acuestan a las ocho y a veces se duermen lento y, otras, lo consiguen deprisa. Françoise Hardy les susurra palabras pacíficas, el eco de una Francia soberana, lejana, femenina, sensual y libertaria. Sin embargo, otros días cae la noche y los párpados fracasan y se escuchan voces de lobos y aullidos de Balbín.

Y entonces conciliar es un verbo que no se conjuga.

Hoy será la primera noche en que no funcione la chanson. Aleix se agarra a las cuerdas vocales de la Hardy y recorre el camino inverso: en lugar de dormirse, despierta. Le dice a su madre que no apague la luz. Bajo ningún concepto. Le aterra la oscuridad, la naturaleza sepulcral de los interruptores. Así será desde muy temprano y hasta muy tarde. Es una noche tórrida de mayo, Aleix tiene dos años y medio y son más de las doce y tiene los ojos abiertos como platos. No sabe si ha escuchado a Alfonso volver o si no.

La casa tiene dos pisos y no siempre se oyen los pasos del patriarca. La luz de la Luna alcanza su cama y la del pasillo se filtra por debajo de la puerta. Está protegido por dos resplandores tibios y se sumerge en su primer viaje hacia el final de la noche. Sabe que la oscuridad es una amenaza transitoria, que la mañana la devorará. Es una noche de mayo y el calor aprieta, y Aleix lo detesta y descubre el insomnio, la jungla infinita de la madrugada; la posibilidad de soñar despierto en lugar de hacerlo dormido. Su refugio es su imaginación. Esta noche levantará la primera de las ciudades imaginarias que surcarán los tres próximos años de su vida. Chisca entra en el cuarto a las siete de la mañana y se lo encuentra sentado en la silla, frente al escritorio, despeinado y taciturno.

—¿Estás bien, Aleix?—Sí. No he podido dormir, pero me he inventado una ciudad.

—¿Una ciudad?

—Sí. Es una ciudad de cera. Todos los edificios se pueden encender con una cerilla. Como una vela.

—Qué bonito —dice Chisca estupefacta.

—Y es una ciudad donde la gente no duerme. Y siempre es de noche. Pero si la gente trabaja mucho, entonces se hace de día. Pero si la gente no trabaja mucho, entonces no se hace de día. Hay muchos señores que hacen pan. Y hay señores que fabrican las calles. Y hay un edificio muy grande que hace mucha luz. Y hay una escalera muy alta, y si los señores más altos se suben y llegan hasta arriba, entonces pueden encender las luces de la ciudad. Me parece que las luces de la ciudad son las estrellas. Y la ciudad se llama la Ciudad de la Luz.


Aleix Vergés, 1977.

22 de mayo de 2012

Dani Vergés camina por la avenida Tibidabo de Barcelona, una cuesta de eucaliptos australianos y mansiones coloniales que conquistaron la amnistía fiscal. La avenida está surcada por los raíles del tranvía azul, que se abren paso sobre el suelo adoquinado desde principios del siglo XX. Aquí no hay edificios, tampoco apartamentos. Las fortalezas están protegidas por muros de piedra interminables. Hubo un tiempo en que todo esto era un inmenso descampado.

Hubo un tiempo en que todo era un inmenso descampado.

Hoy casi no hay peatones: se ve a una filipina con un pequinés. Se ve a una filipina que empuja a un viejo en silla de ruedas. Y luego se ve a una filipina que se protege de tres niños teutones. También se ven escuelas millonarias, restaurantes que son mansiones y mujeres que se tambalean. Nos detenemos en un cruce y dos mujeres muy esbeltas y muy perfumadas hacen microaspavientos. Nos ponemos a su altura y una le dice a la otra:

—No te preocupes, si tienes que salir y le has dado el día libre a tu filipina, yo te presto a la mía.

La avenida Tibidabo es una rampa severa y Daniel resopla como si buscara un paréntesis o un pino. Sigue el curso de la calle, que dobla un poco a la derecha. Al salir de la curva se ve un todoterreno aparcado en mitad de la calzada. Es un vehículo negro y reluciente como los zapatos de un nazi. Parece blindado y tiene las lunetas tintadas. Se abre la puerta del copiloto y se ven unas piernas largas y delgadas, unas medias de nylon oscuras que anteceden a una cintura del diámetro de un cereal, una cadera efímera como los noventa. Y luego el estómago plano, la blusa azul, el cuello bronceado, las mejillas irreales y la nariz operada. Es una mujer rubia. Podría ser de plástico. Lleva gafas de sol italianas y huele a Suiza. Lleva a un pequeño trepador rubio colgado de los brazos. Su hijo. Dani la saluda. Ella parece muy estreñida cuando sonríe. Él parece un samurái.

«Ya ves, esta iba conmigo al colegio. Es otra cosa que nunca entenderé como padre. Llevar a tu hijo al colegio en el que estudiaste, un muy probable escenario de frustraciones. No lo entiendo.»

El colegio Frederic Mistral asoma como una nave espacial por lo alto de la montaña. Parece un diseño de Van der Rohe.

El patio está lleno de niños escandinavos. No parece que ninguno haya conocido el bochorno afgano que gobierna el centro de Barcelona. Es un viernes pletórico de mayo a las cinco de la tarde, los niños se concentran en la entrada y sopla una brisa que no está quemada. No se ven turbantes, y se ve a niños negros de padres blancos. Esto parece Malmö. Un lugar en que todos podrían apellidarse Wilander o Sjöstrom pero con acento catalán.

El Frederic Mistral es un colegio en la cumbre de una escalinata.

«Cuando éramos pequeños, esta escalera parecía el fin del mundo. Recuerdo que teníamos unos chubasqueros amarillo y violeta, y que subíamos dando el cante, sabiendo que, tarde o temprano, el chubasquero atraería la atención de tipos más grandes y más gordos con ganas de liarla», recuerda Daniel.

Tras la escalinata, se accede al patio inferior. Una pista de cemento con gradas a un lado y una reja al otro. Los niños corren despavoridos en todas las direcciones.

«Fue justo aquí», dice Daniel, señalando al suelo. Es de cemento, pero está barnizado.

«Aquí recuerdo claramente un día que un gordo muy gordo me tenía aplastado boca abajo. No tenía escapatoria. Recuerdo la mano de David —así se llamaba el gordo— oprimiéndome la boca. Entonces vi unas Nike que se acercaban por el rabillo del ojo. Y de repente, el gordo ya no estaba. Aleix le pegó un patadote que lo hizo desaparecer. En el colegio, no había quien se atreviera a tocarme. Era una protección más del tipo “No lo toques, este es mío” que otra cosa. Cuando éramos pequeños, nos peleábamos todo el tiempo.Aleix me veía muy débil. Y le irritaba. Me veía débil por tener límites.


Daniel y Aleix Vergés jugando al ajedrez en Mallorca.

»Recuerdo que le encantaba que hiciera el payaso. Me pedía que lo hiciera. Yo abría la puerta de la habitación y me convertía en un personaje. Se descojonaba. Pero de ahí, pasaba a la ofensiva. Nadie me ha pegado nunca tan fuerte. Aleix estaba convencido de que yo me hacía el mártir. No sé. Es por lo del límite: yo tenía un sentido del límite que él no tenía. Yo, en un momento dado, prefería parar, no ir a más. Y creo que eso también le jodía un poco. Es más, de hecho creo que a veces le jodía contemplar cómo chavales físicamente más pequeños me metían. Aleix sabía que yo era más fuerte que muchos de los que me pegaban y le daba rabia que no hiciera nada al respecto. A mí, entonces, como ahora, me costaba horrores pensar en soltarle un puñetazo a nadie. Creo que me bloqueo», confiesa Daniel.

Límite. Una palabra clave. Recurrente. Constante. Apenas hay nadie que haya conocido a Aleix que no la mencione al evocarle. Los pedagogos, psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas y terapeutas que surcarán su vida desde los tres hasta los treinta y dos años improvisarán toda suerte de diagnósticos y solo coincidirán en uno: trastorno límite de la personalidad.

El psicoanalista y psicólogo clínico Juan Ignacio Bahima era menor de edad en septiembre de 1994, cuando Aleix empezó a pinchar en el legendario Nitsa, en la plaza Joan Llongueras de Barcelona. Juan Ignacio y Aleix se conocieron. No llegaron a trabar amistad, pero coincidieron muchas veces, hablaron otras tantas y compartieron amigos hasta el final. Para un futuro psicoanalista como él, alguien que disfrutó desde muy joven de los misterios y las contradicciones del comportamiento humano, Aleix encarnaba la quintaesencia de su vocación.

«Cada trastorno es un caso distinto, pero sí que es cierto que Aleix reunía todos los síntomas del límite. Básicamente, el trastorno límite se da en personas que dependen emocionalmente de los demás. Establecen relaciones súper intensas, pero les da tanto miedo perder ese vínculo que, a menudo, lo boicotean. El limítrofe acostumbra a ser un individuo con una sensibilidad muy aguda, que percibe las cosas con mucha más intensidad que la mayoría de la gente, ya sea desde un polo positivo o negativo. Normalmente su disyuntiva se traduce en un planteamiento del tipo: o estás conmigo o estás contra mí. Hipersensibilidad, sentimiento de vacío existencial, incapacidad para regular tus emociones, trastorno de la alimentación, un trastorno físico —la llamada dismorfofobia—, muchas vergüenzas. Cada paciente es distinto. Completamente. Y lo cierto es que Aleix lo tenía todo», dice Juan Ignacio Bahima.

El colegio es espectacular. Dejamos atrás el patio de abajo, subimos unas escaleras y llegamos a una pista de cemento con sendas porterías y tableros de baloncesto. Barcelona descansa a sus pies como la ciudad milenaria y soleada que es.

«Aquí arriba era donde salíamos a jugar de pequeños, en este mismo patio. Nos parecía mucho más grande. Allí —señala un muro de piedra que se levanta a nuestra derecha— había un bosque. Aleix se ponía aquí —señala el principio de la pista— y se quedaba clavado, a la espera. Siempre había varios partidos de fútbol en juego. Cada vez que le llegaba una pelota, la agarraba con las manos. Se esperaba a que le suplicaran que la devolviera. Entonces se quedaba mirando al resto de niños con cara desafiante, agarraba la pelota y la chutaba con todas sus fuerzas más allá de la reja. Las colgaba en la montaña. Una detrás de otra. Luego iba hasta el final del patio —ahora señala la reja que separa el patio de la ciudad—, se reunía con sus secuaces y conspiraba. Siempre fue un líder. Los niños le seguían y le temían, y las niñas estaban fascinadas con él. A mí me venían montones de ellas a preguntarme cosas. Yo era muy pequeño. Era algo que me molestaba y que me fascinaba a partes iguales. Querían saber cómo era, qué hacía. Desde muy pequeño. Era un poco escandaloso que todas las niñas se declararan tan tempranamente. Recuerdo una formación de ocho chicas organizándole una actuación para su duodécimo cumpleaños. Le cantaron el cumpleaños feliz», recuerda Daniel.

Aleix fue matriculado en el Frederic Mistral en junio de 1979 después de un tránsito misterioso y desafortunado por la Escuela Thau, en la carretera de Esplugues de Barcelona. Al igual que el Frederic Mistral, el Thau era un colegio que se reivindicaba como un centro de enseñanza moderno y creativo, que no creía en los crucifijos ni en la religión. Entre otras cosas, el Thau no te exigía estar bautizado para inscribirte. Aleix no lo estaba, pero el desconsuelo católico terminó por salpicarle. El Thau se proclamaba como un colegio laico, aunque era un tentáculo de la institución cultural del CIC (Centre d’Influència Catòlica), una fundación nacionalista y conservadora que nació en 1950 para «proteger los valores de la mujer y de la cultura catalanas». Luego el machismo tomó el relevo y por «cultura catalana» se entendió la historia financiera y empresarial de un puñado de apellidos compuestos y cuatribarrados, y de su descendencia.

Si la élite catalana puede presumir de algo, es, sin duda, de la obcecación y la solvencia con que ha mantenido intactos sus dominios. La propiedad privada se ha defendido con uñas y dientes de la inmigración, y sus caciques mantienen hoy casi intacto el latifundio de sus ancestros. Es como una pista de tenis que ha mantenido sus líneas intactas durante doscientos años. Una cancha donde siempre se cantó ¡Out!

Al poco de entrar en el Thau, la tutora de Aleix convocó una reunión con Alfonso y Chisca. Les dijo que su hijo presentaba «síntomas de inmadurez» y desaconsejaba que continuara en la disciplina del colegio, donde sus padres habían planeado que estudiara la Educación General Básica. Chisca se sigue preguntando a día de hoy cómo es posible discernir «síntomas de inmadurez» en alguien de cuatro años. Lo cierto es que, ya entonces, Aleix era un niño distinto. Un niño que alternaba los síntomas de inmadurez con los de madurez en su familia, donde se creía capaz de reemplazar a su padre, y que, según parece, mostraba «síntomas de inmadurez» en el colegio, donde sería sentenciado por hablar en «lengua castellana». En unos años, acaso catorce, Aleix será expulsado del CIC, cursando COU (Curso de Orientación Universitaria), precisamente por hablar castellano en los pasillos y denunciar que las clases de lengua castellana se imparten en catalán.

Burbujitas

Adriana Vergés no soporta las tardes de los viernes en el Frederic Mistral. El resto del tiempo, lo lleva bien. Saca buenas notas, mucho mejores que las de sus hermanos, sin apenas estudiar. No tiene dificultades de aprendizaje y está integrada en su clase. A veces se queda boquiabierta mirando por la ventana de su aula. Puede ver el mar. Contempla la simetría de Barcelona y su desembocadura azul, y respira hondo y sonríe. Es un paisaje que la relaja. El Mediterráneo es el escenario al que invoca desde su pupitre y desde la mesa del comedor. Cuando se duerme y cuando se despierta. Es la salida de emergencia de sus atolladeros, un punto de fuga que le recuerda a Mallorca, a todos los veranos que ha vivido hasta hoy. El mar es la posibilidad de saltar desde una roca y sumergirse, de desaparecer debajo del agua y bucear hasta un lugar desprovisto de ruidos, juicios y de hermanos que sufren.

Sin embargo, los viernes por la tarde, la digestión es extraña y la meteorología no le salva. Montserrat, la profesora de Ética, irrumpe en clase a las tres y media con sus zapatos de tacón, su bolso de cuero y sus gafas de pasta. Y entonces empieza el calvario. La clase de Ética se divide en dos secciones. Una se llama «Jo proposo» [Yo propongo]; la otra, «Jo critico» [Yo critico].

Adriana llega nerviosa a la primera y siempre propone lo mismo: una piscina y clases de natación. Es una propuesta relativamente descabellada. En un colegio como el Frederic Mistral, ni siquiera sería descabellado proponer un helipuerto. Sin embargo, ya le han dicho varias veces que es inviable, que tiene que proponer cosas más sencillas.

Pero Adriana tiene nueve años y mucho miedo a la segunda parte de la clase. Así que, a menudo, cuando la presionan para que cambie de propuesta, se queda en blanco y no le sale nada de la boca. Entonces se siente como si estuviera realmente debajo del agua. Los viernes por la tarde le provocan pesadillas. Montserrat le pregunta en sueños, y ella abre la boca para responder y, en lugar de palabras, le salen burbujas. El mundo submarino es su vocación: en ocho años se sumergirá en las aguas de Irlanda como estudiante de Ciencias del Mar y en quince afluirá a las de Sídney como doctora.

Adriana es una alumna modélica que tiene dos hermanos que lo son mucho menos. Sobre todo el mayor. Siempre la misma historia. Se termina la primera parte de la clase y arranca la segunda. No hay nada que pueda detener el tiempo. Ni siquiera el fondo del mar. Cada viernes a las tres arranca la segunda parte. Cada viernes se levanta un alumno distinto.

Hoy lo ha hecho Esther, una niña con pecas que habla con las ces pegadas a la lengua:

—Yo critico a Aleix Vergés porque nos escondió la cuerda elástica y porque dijo que me pondría un escorpión en la sopa.

Antes de que la profesora pueda asumir la protesta de su alumna, otros dos niños se incorporan simultáneamente en primera fila:

—Yo critico a Aleix Vergés por colgarme la pelota de fútbol y por enredarme los cordones de mis bambas en la canasta de baloncesto.

—Y yo critico a Aleix Vergés porque me ha escondido el desayuno en la escuadra de la portería.

Adriana nota el temblor de las aletas nasales. Hace fuerza con los ojos, levanta la cabeza y mira hacia el Mediterráneo, pero no puede contener las lágrimas.

La profesora pide un poco de calma. Cada viernes es la misma historia. Un ritual monótono que nadie será capaz de cambiar.

«Era muy fuerte. Su nombre salía en cada clase de Ética. No solo en la mía. También en la de Daniel. Y en todas las demás. En el Frederic Mistral, la política consistía en convocar al responsable del problema en el aula para que los afectados le denunciaran. Y a Aleix le llovían las acusaciones. Así que nunca podía dar la cara ante todos sus denunciantes. Su nombre salía en todas las conversaciones: era el tipo más famoso del colegio. Despertaba una mezcla de admiración y de rechazo. Tenía que probar todos los límites en todas las direcciones. A mí lo que más me sorprende es que nadie fuera capaz de detectar y proteger el potencial de Aleix. Era un niño de una creatividad insultante. Dibujaba, escribía, pintaba. Y no soportaba el tedio de la enseñanza. Y a menudo hacía lo que no debía. Pero la única respuesta era traerle a la clase de Ética y enfrentarle al resto del colegio y suspenderle en casi todas las asignaturas. No sé. En Australia, donde vivo ahora, los alumnos no suspenden. No hasta que llegan a la universidad. La política de catear solo sirve para minar la confianza del niño», dice Adriana desde el otro hemisferio.

Y la voz le sale por el lado zurdo del auricular.

Los Vergés Tramullas se completan como familia el 6 de enero de 1981. Entonces nace Randi, la más pequeña. «La llamamos Randi porque era el nombre de una paciente de Alfonso. Era una noruega encantadora que llevaba años intentando quedarse embarazada. Desgraciadamente, nunca lo consiguió. Así que, cuando yo me quedé, se lo consultamos y nos pidió que, por favor, lo hiciéramos, que le pusiéramos su nombre a nuestra hija», recuerda Chisca.

Así que Chisca tiene apenas treinta años, cuatro hijos y un marido que acaba de fundar el CEFER. La cartera de clientes de Alfonso empieza a llenarse de personajes de las páginas de sociedad. El trabajo aumenta y el tiempo disminuye todavía más, y él busca fórmulas para compensarlo. La primera es pedirles a sus hijos que vayan a darle un beso cuando vuelven del colegio. A fin de cuentas, tiene la consulta instalada en la planta baja de la casa de la Bonanova. Cada tarde, invariablemente, a eso de las cinco y media, Aleix, Daniel y Adriana, atraviesan bombos borbónicos y sortean proyectos de trillizos para aterrizar con sus mochilas cuadradas y sus rodillas peladas frente al escritorio de su padre.

Aleix es el hijo más conflictivo. Tiene problemas para conciliar el sueño y hace preguntas todo el rato. Daniel y Adriana también reclaman la atención de su padre con dudas, sospechas y síndromes varios. Alfonso decide proponerles que le visiten cada vez que tengan algún asunto serio que debatir. Si tal es el caso, les espera en la consulta. No importa la hora ni el momento. Les concederá audiencia siempre que lo consideren necesario.

«Daniel y Randi no venían nunca. Adriana lo hacía una vez cada dos meses. Y Aleix lo hacía muy a menudo. La muerte era una obsesión constante. Y la locura era otra. También se preguntaba, desde muy joven, hasta qué punto era normal anímica o psicológicamente. Y lo peor que le podían decir era que estaba loco. Le horrorizaba que se lo dijeran. Aleix quería respuestas para todas sus preguntas. Yo siempre me propuse no responderle categóricamente. Él quería verdades absolutas, y yo soy alguien que evoluciona a través de la duda. Ante la pregunta de si algo es correcto o no, yo le proponía que me lo dijera él. Aleix quería que yo le respondiera. Para hacer las cosas o para no hacerlas. Yo procuraba emplear un principio que en medicina me había funcionado siempre. Cuando un estudiante tiene una duda, le propongo que tome la decisión que crea más conveniente, siempre y cuando no acarree un peligro para el paciente. Si por ejemplo se trata de una exploración médica complicada y no le sale bien, al menos, se acordará. Siempre me ha parecido bien enseñarles a que cometan errores. En medicina da resultados. Con Aleix, muchos menos», recuerda Alfonso.

«Siempre fue un niño con problemas para conciliar el sueño. Era normal encontrártelo en la cama despierto en plena noche. O que se despertara tras haber tenido una pesadilla. Yo no lo llamaría insomnio, pero nunca durmió bien, a pierna suelta. Unas veces se imaginaba ciudades y otras temía a la muerte. Yo siempre intenté explicarle las cosas sin tomar partido, y explicarle la diferencia entre el bien y el mal, que enseguida tuvo muy clara. Claro que el hecho de distinguirlo no le frenaba para hacer lo que no debía. Al contrario. Siempre puso a prueba todos los límites», añade su padre.


Los Vergés Tramullas en Mallorca, 1983. De izquierda a derecha: Adriana, Dani, Randi y Aleix.

Socialismo de chocolate

Nando Cruz tiene dieciséis años, una facilidad insultante para resolver logaritmos neperianos y raíces cuadradas, y un ciclomotor con el que se desplaza de la Bonanova al Pueblo Nuevo; de su casa hasta discos Castelló, en la calle Tallers.

Nando tiene los pies en el suelo y se comporta como si la adolescencia fuese un doctorado en equilibrio. Mientras el resto de sus coetáneos siente deseos irrefrenables de quemarse los granos a lo bonzo y descubre los mayúsculos agujeros de su identidad, Nando camina tranquilo y respira sincronizado. Sabe lo que quiere y lo que no. Le flipa la música y no bebe, ni tampoco fuma ni se droga.

Y pasarán veintiocho años y su vida no habrá cambiado demasiado. La música seguirá siendo el motor que le desplace de un sitio a otro, tendrá una moto de más cilindrada y no habrá probado las drogas. Claro que en veintiocho años, Nando ya no será un adolescente, sino uno de los pocos periodistas musicales respetados de su país.

Ahora, sin embargo, estudia tercero de BUP y ha descubierto la música, el magnetismo irresistible de las melodías, y se le plantea la primera ecuación de bolsillo. Si X es igual a cero y una entrada para ver a El Último de la Fila cuesta mil quinientas pesetas, ¿cómo coño despejar la incógnita?

La respuesta es muy sencilla. Dar clases particulares de Matemáticas. Son ciencias exactas. Nando sabe cómo aislar cocientes y descifrar incógnitas. Es un adolescente que resuelve problemas y elude conflictos. Exactamente lo contrario de Aleix, el segundo alumno de su flamante agenda como profesor particular. Cecilia Hernández de Lorenzo, su profesora de mates en el Frederic Mistral, le ha llamado para proponerle a un nuevo estudiante. Es un niño indomable y sublevado. Se llama Aleix. Nando acepta el encargo y Cecilia le pasa el teléfono de los Vergés.

Para Nando, una hora con Aleix equivale a llenar el depósito de su Vespino y costearse la mitad de la entrada de cada concierto al que va. A Nando le gustaría comprarse más discos de los que se compra. De momento, tira más de casete. Si se compra discos, no le llega para entradas. Ve a Aleix una vez por semana y no encuentra la manera de domesticarlo. Aleix es un niño rebotado. «Muy rebotado. El típico chaval al que no le daba la gana esforzarse. Aunque si se lo hubiera propuesto, lo hubiera conseguido», recuerda Nando.

Nando le cuenta historias algebraicas y Aleix se levanta de la silla, mira por la ventana y le pregunta si le dejará conducir su Vespino algún día. Nando le dice que se siente y que apunte. Y Aleix se sopla el flequillo y consulta la calculadora de su Casio, un reloj analógico que se parece al futuro.

—¿Te gusta la música? —le pregunta Aleix.

—Me encanta la música, sí. De hecho, la música es matemática pura. A mí me ayudó mucho a entender las ecuaciones. Las matemáticas son pentagramas exactos —responde el maestro.

—¿En serio? —dice Aleix y le mira con escepticismo y fascinación.

—Por supuesto.

—¿Cuál es tu guitarrista favorito? —le pregunta Aleix.

—Hay muchos. Si quieres te lo cuento al final de clase. Nos quedan cuarenta minutos. Si me escuchas durante los próximos treinta y cinco, te cuento lo del guitarrista durante los últimos cinco.

No se sabe en qué momento se lo dijo ni cuáles fueron las palabras exactas. Pero, más o menos, tal fue la semántica de la conversación más trágica de la carrera de Nando Cruz como profesor particular. Sería al principio de su relación, cuando la esperanza no estaba perdida y la democracia era una niña sin pechos, y la parte alta de Barcelona vivía de espaldas al 17% de paro que azotaba al país. Nando sacaba a flote su economía sumergida en las azoteas de ginecólogos, economistas y abogados de la burguesía. En Madrid la movida sintonizaba la frecuencia del sótano de Felipe González. El humo del socialismo olía a chocolate, salía de la bodeguilla de la Moncloa y desplegaba la nube de su libertad en una ciudad de estilismos geométricos, cabelleras oxigenadas y películas en Super 8 en las que convivían guardias civiles, transexuales sorianos y terroristas sirios muy parecidos a Antonio Banderas.

Nando Cruz llevaba unas gafas cuadradas y había descubierto la voz clandestina de Manu Chao, la poesía insurgente de Manolo García y las ramas del roble más longevo y revolucionario de la historia del rock irlandés. Una banda cuyo nombre apelaba a la poesía del «tú también»; a la suma del tú y del yo como matemática de un todo melódico, de un fuego imperecedero. You too. O «me also». U2.

Nando Cruz no sabía en la que se estaba metiendo cuando le abrió las puertas de Tannhäuser al androide más largo de la Bonanova.

Así que fuiste tú el culpable…

No sé. Parece que sí. No era mi intención. Fue algo que terminó girándose en mi contra. De repente Aleix solo quería hablar de música. Yo creo que en su cabeza me recibía pensando: «Hostia, qué guay, tengo una hora de clase de música. Viene un tío a explicarme cosas de música». Y claro, era una putada porque yo luego tenía que pasar a ver a su madre y cobrar. Hubo un momento en que las clases eran una lucha por imponer el mayor porcentaje de matemáticas, en mi caso, y de música, en el suyo. Yo recuerdo negociar con él y proponerle hacer cincuenta minutos de mates y destinar los últimos diez a la música. Y obviamente a los veinte minutos ya se iba por la tangente.

¿Te engañaba?

Bueno, no mucho. Era muy descarado. Nada sutil. Y así, siempre. Era agotador. Hubo una segunda fase de nuestra relación en que yo propuse grabarle cintas de casete a cambio de que él estudiara. Y el muy puta, porque era muy puta, al salir de su habitación, cuando yo me encontraba con su madre para que me pagara, me decía: «Y acuérdate de traerme la cinta el próximo día». Era como decirme: «Te parecerá que hemos hecho lo que tú querías, pero, al final, hemos terminado haciendo lo que quería yo. O sea, aquí mando yo». Me dejaba en evidencia delante de su madre, el muy cabrón.

Y tú le pasabas cintas…

Pues sí. Con el tiempo, le pasé cintas con lo que escuchaba en la época. Igual en un casete estaban Decibelos, Ramoncín y Sopa de Cabra. De eso sí que me acuerdo. No le importaba la procedencia: con la música era voraz. Lo que fuera. Cualquier cosa que fuera música le interesaba. Lo absorbía todo.

Sembraste la semilla del eclecticismo…

Eso es. Y me hace mucha gracia, porque luego, con el tiempo, esa sería una de sus credenciales: el eclecticismo. Realmente lo llevaba de fábrica. Le podías pasar Loquillo o Saint Etienne y lo absorbía igualmente. Es algo que mantuvo hasta el final.

Luego, con los años, su fama como DJ creció y se propagó gracias a eso, a pinchar Nirvana en mitad de una sesión de techno. Era su sello. Y sería su cruz.

Totalmente. Era así. Y si lo cuentas, te dirán: «Es que se las daba de ecléctico, pero en realidad era una pose». Pero no lo era. Para nada. Aleix lo llevaba de serie. Recuerdo, de hecho, que llegó un punto en que me superó. Me lo encontré años más tarde, cuando empezaba a pinchar, y me contó que estaba trabajando como DJ y que hacía sesiones de música de baile y que, de repente, ponía a los Pixies. Y a mí me desconcertaba. En plan: ¿pinchas a los Pixies a las tres de la mañana?

Ya era así en el colegio. Protegía a sus hermanos con su vida y luego colgaba todas las pelotas que caían en su manos. Imprevisible. En el Frederic Mistral le precedía una fama de liante, de rebotado. Aunque con Aleix sucedía algo curioso. No sabías muy bien de dónde venía esa fama. Qué había hecho para merecérsela. Luego descubrías que sí, que si le decías «puedes pisar hasta aquí», él, vocacionalmente, iba a cuestionar tu límite.

El límite. Siempre el límite. Para un niño de doce años con aversión a los números y debilidad por las melodías, Nando Cruz fue un ángel caído del cielo, la mano más diestra y adecuada para descorrerle las cortinas de un mundo al que pertenecía de manera seminal, prenatal y definitiva. Le abrió los porticones del infinito y le vio volar hasta quemarse las alas.

Nando no solo comprenderá la complejidad de su insatisfacción, sino que será el primero que reconozca y que nutra un talento que pedía a gritos ser educado, escuchado y valorado. La historia de Aleix tiene un antes y un después de Nando Cruz. A partir de ahora, la música ha sido legitimada. Y el futuro de lo académico será, desde hoy, una auténtica chorrada sideral.

La letra sorda

Hache está delante del espejo del baño. Es el niño más bajo de su clase y apenas sale en el reflejo. Se ve la cabeza y el cuello a través de una mancha de pasta de dientes. Tiene doce años, pero aparenta nueve. Le falta altura, le sobra sentido del humor y está atormentado por la proximidad de la adolescencia. Es la palabra más larga y descorazonadora del diccionario. Adolescencia. En realidad, no lo es. Descorazonadora lo es más. Pero a Hache no le importa. El tiempo y el contexto le han catalanizado. Es un barcelonés charnego: su padre es madrileño y su madre es una Expósito que fue rescatada de un orfanato ibicenco por una familia de Sabadell. Viven en un entresuelo pequeño y, desde que nació Hache, veranean en el mismo cámping, en Salou. Son una familia modesta que ha hecho un gran esfuerzo para que su hijo reciba la educación que «nosotros nunca tuvimos». Así que Hache se ha pasado la infancia compartiendo pupitre con catalanes políglotas; niños y niñas de apellidos compuestos que viven en sobreáticos, veranean en el extranjero y conocen el sentido de la palabra «depresión» desde que cumplieron los seis años.

Hache alza su brazo desnudo y se aproxima al espejo. Se examina el sobaco izquierdo y piensa: «No, no, no, no, no, no, no». Hace exactamente lo mismo con el derecho. Se escruta las axilas en busca de pelos. Está decidido a arrancar todos los que encuentre. A no dejar rastro. Quiere cancelar el despertar hormonal, correr las cortinas y negar el crecimiento.

«Crecerá su puta madre», se dice.

De pronto una sombra cruza la mancha de pasta de dientes y distingue el vendaje blanco y aparatoso que lleva su padre en el brazo derecho.

Y entonces siente un pinchazo muy cerca del corazón.

Hoy es 15 de septiembre de 1987: hoy arranca el último año de su infancia en el único colegio de su vida: las escuelas Leber. Hoy empieza octavo de EGB y todavía no tiene ni puta idea de dónde estudiará el bachillerato. Hache no quiere enfrentarse al futuro, su padre no ha ido a currar y la luz de septiembre es demasiado rotunda para sus ojeras de invierno. Rafael se mueve más despacio y está más calvo y le dice a su hijo que se dé prisa, que hoy le lleva al colegio. Rafael se ha pasado el verano bajo una sombrilla, en el cámping. Ha bebido en pajita, ha embozado los desagües con bolas de pelo y ha dejado tabletas vacías de pastillas gigantes, esparcidas por todas partes.

Hache le mira y se siente estafado, y su padre le sonríe y le da un Bollycao. El verano se muere y los desayunos con él, y Rafael le pide a su hijo que por favor le deje acompañarle, que le apetece un montón. Hache mira al suelo y ve otra mata de pelo.

Bajan a la calle. El Seat Ritmo está aparcado junto al descampado, y Hache ve agujas, condones y gatos albinos, o gatos con mucha psoriasis, y piensa en la capa de ozono y en una película muda. Y hace un esfuerzo y se lo dice:

—Te quiero, papá.

Hache sabe que a su padre le quedan pocos aparcamientos por encontrar. Se imagina los rodeos y el depósito vacío y le entran ganas de insultarle y de llorar. De llamarle embustero y de desaparecer.

Pero se calla la boca, su padre le da al contacto y el coche se enciende y el piloto de la gasolina parpadea y la pletina arrastra una cinta inmemorial y cansada, y afluye la voz de Manzanita, que habla de primavera y de ramitos de violetas. Doblan por la calle Modolell y se meten por Vallmajor. El colegio se ve desde el final de la calle y Hache se prepara para bajarse. Y llegan a Copérnico a veinte por hora y el Leber está delante. La torre blanca de dos pisos, la reja, las vallas verdes y las cuatro palmeras viejas del patio; los dátiles aplastados, los 600, los Méharis, las mochilas cuadradas, los relojes holográmicos de Mazinger Z y los bocadillos de Nocilla envueltos en papel de plata. Las voces, todas las voces agudas de niños que llevan tres meses sin verse y que ahora son más altos y están más morenos y que han matado a su primera culebra o han aprendido a nadar sin burbujita se acumulan en la isleta que da al colegio.

De pronto, un niño muy largo y muy rubio, que lleva unos pantalones a cuadros y unas bambas con guadaña y un polo fosforito, irrumpe en mitad de la calzada, el Seat Ritmo lo embiste despacio y el niño se levanta por encima del capó y se estampa contra el parabrisas.

—¡Me cago en Dios! —exclama Rafael. Y se le queda la cara más amarilla de lo que ya la tenía.

—No pasa nada, papá —dice Hache, que reacciona mucho más deprisa y ya ha salido del coche.

Aleix Vergés está tendido sobre el capó del Seat Ritmo. Le da el sol en la cara y sonríe. Podría estar tumbado bajo un sauce en la Toscana. Hache flipa. No le da tiempo a preguntarle si está bien.

—Se está bien aquí —dice Aleix espatarrado sobre el capó.

—Me alegro de que te lo tomes así —dice Hache.

—Lo que me sabe mal es que no te haya pasado a ti —dice Aleix.

—¿Que no me haya pasado a mí? ¿El qué?

—El accidente. Yo venía con una cara parecida a la tuya. Pero ya estoy bien.

Entonces Rafael sale del coche y la luz del sol le salpica lugares prohibidos.

Aleix se levanta, borra la sonrisa y se pone solemne cuando ve a Rafael.

—Lo siento mucho, señor —dice.

Se incorpora lentamente, eclipsa la luz del sol y proyecta una sombra reparadora sobre la cabeza del padre. Hache está aturdido.

Aleix continúa:

—Ha sido culpa mía. He cruzado sin mirar. Es mi primer día de clase y el colegio es nuevo. No estoy acostumbrado. Lo siento mucho. De verdad, señor.

El padre de Hache se saca las gafas de sol y mira hacia arriba y siente un pinchazo en el cuello. Pero la medicación y la influencia ultravioleta le arrancan una sonrisa dopada.

—¡Eres un San Pablo! ¿Te has dado en la cabeza? —le pregunta Rafael mientras se le acerca y le pide que se agache. El sol le estalla en la cara y se pone las gafas.

—No, no. No me he dado ningún golpe. He caído de culo.

Rafael le pide que se dé la vuelta y le sube la camiseta y le explora la espalda. Hay una leve mancha roja por encima del cóccix.

—¿Seguro que no te has dado en la cabeza?

—Seguro que no —dice Aleix.

Hache observa el metro sesenta y cinco de su padre y el metro infinito de Aleix y siente un escalofrío de guardia civil en la rabadilla, que será el lugar donde se concentren la mayoría de las sensaciones de su adolescencia.

Entonces, aparece otro vehículo. Es un Seat 600 color azul fuerte conducido por una mujer que parece francesa. O suiza. Es rubia y delgada. Lleva a dos niños altos y rubios en la parte de atrás, que se bajan enseguida.

—¡Hola, Hache! —dice el rubio más alto.

Hache contempla el cuerpo de Luis, el único amigo que tiene en la clase B. Es otro hijo del 74 que ha aprovechado el verano para alargarse. Luis sin duda ha conquistado la barrera del metro ochenta. Le ha cambiado la voz y parece recién afeitado. Su hermano pequeño, Marc, tiene dos años menos, o sea, once, lleva un parche en el ojo y una mochila cuadrada y también parece haber aprovechado los desayunos de agosto mejor que Hache.

—¿Y quién es este? —pregunta Luis. Y señala a Aleix despreocupadamente con la cabeza.

—Es uno que se ha caído del cielo —dice Hache.

—¡Exacto! —dice Aleix. Uno que se ha caído del espacio sideral.

Luis sonríe y Hache también, y Marc, el hermano pequeño, parece contrariado detrás de su parche gigante.

—Los tres miran a Aleix como si realmente fuese un marciano, algo que les pasará a infinidad de personas, miles de veces, a lo largo de los próximos años.

Seísmo o repetición

El jueves 15 de septiembre de 1987, Aleix arrancó octavo de Básica por segunda vez en la única escuela de su vida en la que se sintió comprendido: el Leber. El Leber era un colegio pintoresco e inusual que se reivindicaba como un centro de «educación especial». El edificio era una antigua torre enclavada en la confluencia de las calles Copérnico y Vallmajor, en el residencial barrio de San Gervasio, y tenía un patio de unos seiscientos metros cuadrados, apenas provisto de una pista de fútbol de cemento, cuatro palmeras estimables y dos tableros de baloncesto. Cada curso estaba repartido en dos clases que raramente superaban los veinte alumnos.

El Leber se distinguía por un sistema pedagógico que no creía en los exámenes, y mucho menos en los veredictos. Hasta ese momento, hasta los diez años, los niños podían elegir el temario de sus asignaturas y, en lugar de notas, recibían informes sobre sus progresos. Así, por ejemplo, a los estudiantes de Historia de tercero de EGB se les ofrecía que votaran qué preferían: Egipto, Roma o Grecia. Y en virtud de lo que decidieran, estudiaban uno u otro imperio. El Leber fue un colegio privado que se distinguió durante años por fomentar una educación psicopedagógica e integradora, que no creía en la diferencia ni en la discriminación. Niños con deficiencias mentales, síndrome de Down u otras minusvalías estudiaban en las mismas clases que niños física, mental y presuntamente aptos al cien por cien.

Se trataba de convivir, de igualar y de no presionar, de estimular la imaginación del alumno y de no someterle a presión, juicio ni escrutinio. Si surgían conflictos de aprendizaje, una psicopedagoga que se llamaba Montse secuestraba al alumno o a la alumna conflictivo/a y le descubría la belleza del síndrome de Estocolmo.

El Leber era un colegio laico y feminista en un país católico y machista. No fomentaba la competitividad ni señalaba la diferencia, y de sus aulas salieron preadolescentes que ignoraban la semántica de los crucifijos y de las sotanas, que era exactamente lo que habían conocido todos sus profesores, su directora y los padres de todos sus alumnos. En un país que se había pasado la mitad del siglo XX bajo la dictadura asesina de un enano, la posibilidad de ofrecer aulas libres de Cristo y de su fiscalidad fue un sueño setentero y una realidad ochentera.

Aleix llegó del Frederic Mistral en un año convulso, el penúltimo en la vida del Leber. La hasta entonces directora, una mujer alta y delgada que se llamaba Lolín, traspasó el colegio después de vaciar su energía y no atinar con el heredero, un tal Pepe Marín, el hombre con calva de jesuita y mirada de inspector de hacienda que la relevó. Pepe Marín dirigió al colegio hasta un crepúsculo sucio y barriobajero que terminó cuando las profesoras dijeron basta. Renunciaron. Y se manifestaron. Fueron hasta casa de Pepe con pancartas de cartón escritas con rotulador, con silbatos y panderetas, y le llamaron ladrón, pesetero y sinvergüenza.

Aleix fue instalado en 8ºA, una clase de veintiún alumnos, trece chicas y ocho chicos, que llevaban toda la década estudiando juntos. Eran el grupo A de la promoción de alumnos del 74. Al otro lado del pasillo, quedaba el aula del segundo curso de la promoción, 8ºB. Pese a que el 74 fue el año del baby boom, del récord de fertilidad en la historia de España, la promoción del Leber era de una densidad vaga: veintiún alumnos en el A y diecinueve en el B. Así que cuando Aleix Vergés y Eduardo Marín, un pelirrojo que no tenía nada que ver con el director y que salía en un anuncio de Donuts y tardó media hora en ganarse su apelativo (el Pecas), ocuparon sus respectivos asientos en su flamante clase, la excitación entre sus compañeros podía prenderse con el gas de un mechero.

Aleix apenas se despeinó sobre la capota del Ritmo. Llevaba un polo fluorescente como su pelo y se convertiría en el irresistible catalizador del despertar hormonal de las niñas de su clase. Los niños, en cambio, sucumbieron a la cámara de aire de sus Nike John McEnroe. Se trataba de una edición limitada que jamás había cruzado el charco. La realidad era que el tío de Aleix era jugador de básquet profesional del Espanyol. Hubo un tiempo, en el siglo pasado, en que el Espanyol tenía un equipo de baloncesto. Y el tío de Aleix, Toni Tramullas, hermano de Chisca, fue durante años su base titular y, tras retirarse, se convirtió en el médico del equipo. Toni fue también el estilista deportivo de sus sobrinos.

La mayoría de las trece niñas volvieron del verano con los pechos contoneados y las uves a punto de caramelo. Hache regresó casi igual, como el resto de niños, excepto dos de ellos, Octavi y Jansy, que eran un año mayor que los demás y ya tenían la voz deformada y pelos en los huevos. El primero se hizo célebre después de reventar una cristalera de cuatro metros con una goma de borrar Milan 400. Perseguía a otro alumno que se llamaba Eric. Eric le había mordisqueado el bocadillo. El segundo, Jansy, era especial como la educación del colegio y su popularidad era más bien relativa. Jansy fue una suerte de pionero de las escuchas cacofónicas. Al año de terminar la escuela, grabó noventa minutos de susurros espectrales en la azotea de su casa, llamó a Aleix y a Hache, les invitó a beber Fanta y comer ganchitos y le dio al play de su reproductor. Aleix y Hache nunca volvieron a verle.

Después de las dos primeras horas de clase, había un recreo de media hora. Aleix salió al patio del colegio, alargó un brazo y se quedó agarrado al larguero de una portería. Algunos niños, especialmente Hache, llevaban toda la vida saltando con la ilusión de rozarlo con la punta de alguna uña. Y mientras Aleix estiraba su cuerpo y se enroscaba sobre el travesaño, el polo fluorescente se le dobló y descubrió la camiseta que llevaba debajo. El Pecas estaba a su lado y fue quien distinguió la boca de Sting.

—¿Quién es este?

—Sting. El de los Police —contesta Aleix como si le conociera. Y añade—: Es un defensor de los derechos humanos, lo único que importa en este mundo.

El Pecas dijo que estaba de acuerdo. Que los derechos humanos eran lo más importante del universo. Y el resto de niños lo suscribieron. Sabían lo que eran los humanos. Aunque quizá no tendrían muy claro por qué los derechos los antecedían. Pero lo simularon. Sus dos nuevos compañeros parecían criaturas llegadas del futuro. La fascinación se despertó casi al instante. Aleix era uno de los dos únicos niños del colegio que podía machacar las canastas. Jugaba al baloncesto y seducía a las niñas.

Aleix fue un niño acostumbrado desde muy temprano a ser el centro de atención. Era más alto y más rubio que su país, que la España bajita y morena que le parió. El físico le marcó, seguro. Aunque era su miedo, una nube panorámica e insaciable que viajaba encumbrada a su cabeza, lo que explicaba su tempranas contradicciones, sus arranques violentos y su maquiavélica habilidad para seducir. Tenía mano izquierda para lidiar con el liderazgo. Sin embargo, con el tiempo, se cansaría.

Los años fraguarán muchos diagnósticos y la sospecha del Tras-torno Límite, que entonces era una enfermedad recién descubierta. Hoy es una epidemia de dimensiones proporcionales a las que tuvo la dislexia en los ochenta o la anorexia en los noventa. La necesidad de seducir, de convocar a gente a tu alrededor que te recuerde lo mucho que molas, es, también, la necesidad de despreciar a todos los que se han creído tu mentira. Un pulgar que dice «Like». Una tormenta infinita de pulgares cayendo como fractales sobre el vacío de tu falacia. La posibilidad de un caos arranca con la imposibilidad del amor, con la certidumbre de la mentira.

The color of the sky, that day

Faltan solo dos días para Sant Jordi y la ciudad se llenará de rosas y de libros y de estelades, y Paulino, el profesor de Inglés del Leber, comparece con el mismo jersey de lana agujereado y la pelambrera imposible, una mata precaria y chamuscada de pelo que alguien parece haberle arrojado en plena coronilla. Quizá sea reimplantado. Aleix especula con que, en otra vida, la pelambrera en cuestión protegiera el perímetro de un coño. Su imaginación es perversa y el pelo de Paulino ha sido motivo de escarnio y carcajadas durante todo el curso. Pero si hay algo que ha desencadenado el caos y la excitación, la sorpresa y el delirio, ha sido su acento. Paulino tiene el embudo del Sur encajado en la lengua, una imposibilidad genética de renunciar a las jotas hundidas y a las efes que raspan. Es hijo de un pastor y una ama de casa, y su habla está empapada por una infancia de pueblo y de cabras, de meados de burra y de veranos sin vocales ni nubes. El eco de los valles y de las cunetas, de las carreteras de piedra y de la leche ordeñada, relumbra especialmente cuando dice «quince» en inglés. Paulino dice «fijtín».

La primera vez que la clase de 8ºA contó hasta el número diabólico, Aleix fue expulsado. Le salió una risotada demasiado honesta. Y hoy es abril y las niñas se preguntan si les lloverán rosas, y Aleix deja caer bolígrafos al suelo y escruta las medias verdes de Astrid, una niña con la cara sembrada de pecas y los ojos azules como el deshielo. «Astrid significa flor de primavera en sueco», dice ella. Y entonces el colegio entero traga saliva. Astrid significa «amor platónico» para la mitad de los alumnos del Leber. Astrid, el pétalo prohibido, imposible, de un verano escandinavo, será el destino inequívoco del polen de Aleix.

Es un día como un anuncio de café y pasta de dientes y Paulino intenta calmar el revuelo. Y entonces se atusa el roedor muerto de la coronilla, se yergue sobre la tarima y llama a la calma con esa cara de Bogart de Almendralejo tan única y tan impagable. Es casi un día de fiesta y Paulino mira fijamente a Aleix y manda callar a la clase.

—¡A ver coño, que ya eztá bieng!

Y de nuevo encara a Aleix. Y exclama:

—¡Aleics!

Y lo repite.

—¡Aleics, coño! —dice con el látigo de las ces y las eses, el cascabel del pueblo como el siseo de una serpiente.

—Aleics. Tel mi… Jau ar yu?

Y entonces a Aleix le sale la respuesta de su vida.

—The sky is blue.

—¡A la puta calle! —exclama Paulino con una patata azul en la carótida.

Pánico y albornoces

La frase «How are you, the sky is blue» se ha vuelto viral. Aleix se ha ganado un cielo azul, un paraíso de miradas, susurros y anónimos manuscritos en hojas de papel en los que admiradoras desconocidas le declaran amor eterno. No solo es el más alto y el más rubio, también es el héroe de todos los murmullos: ha desafiado al profesor de Inglés con una poesía, y el inquietante Pepe Marín le ha convocado a su despacho. Las niñas se muerden los labios, se suben las faldas y se concentran en los lavabos. La inscripción «I love Aleix» empieza a propagarse por armarios, pupitres y hasta en la corteza antigua de las palmeras.

Aleix ha encontrado en Hache y Eric Coll a sus mejores aliados de clase. La coreografía del apareamiento sucede deprisa. Hache y Eric ven en Aleix una amenaza y una posibilidad. No son los primeros ni serán los últimos. Aleix cuestiona todas las jerarquías y todos los órdenes. Lo hará toda su vida. Su actitud es desafiante y arrolladora. Eric y Hache le someten a un tercer grado para sopesarle.

—Vaya nombre, ¿no? Aleix. ¿Como Alejo? —pregunta Eric.

—No. No es como Alejo. Es Aleix. Odio ese nombre, no me lo vuelvas a decir en tu puta vida.

—Alejo —dice Eric. Y se ríe.

Aleix pone cara de asesino. Es muy convincente. Como si realmente lo fuera. Eric se asusta, pero lo disimula bien.

—Yo me llamo Eric. Y mi hermano se llama Marc.

Eric dirige una mirada a la carpeta de Aleix, que está forrada con una foto de Mark Knopfler, el líder y guitarra de los Dire Straits.

—¡Como Eric Clapton y Mark Knopfler! Tú y yo nos entenderemos —dice Aleix, que vuelve a ser un niño.

—Ya lo sabía —dice Eric.

Aleix será también el primero en probar los labios de su nuevo colegio. A mitad de curso empieza a salir con Jessica, que es una rubia de febrero. La primavera del 87 hará florecer casi todas las adolescencias del 74, aunque los nacidos a primeros de año llevan ventaja. Jessica se anticipa a todas sus compañeras de clase, especialmente a Julieta y a Astrid, nacidas después de julio, que se convertirán en sus sucesivas novias, ante la mirada estupefacta de la virginidad.

Jessica se aprovecha del divorcio de sus padres. Muchos viernes se queda sola en casa con su hermano mayor. Una coyuntura inmejorable para invitar a Aleix a su azotea de la calle Consejo de Ciento, donde le recibe con el pelo mojado y el albornoz abierto.

Aleix vuelve a casa de sus padres un sábado por la mañana y pilla el teléfono y se lo cuenta a Eric y a Hache, y ambos tienen la primera erección a larga distancia de su vida. Es un narrador poderoso. Desde muy jovencito.

«Cuando Aleix te contaba algo que le había sucedido o te ponía una canción que había descubierto, el mundo se detenía. Te implicaba de tal manera que parecía que todo lo que te había pasado hasta entonces fuera insustancial. Y entonces terminaba la historia o la canción y parpadeabas, y el mundo era ya un lugar distinto», recuerda Astrid Rousse, que será su primera novia. Claro que también era un maestro insuperable en hacer exactamente lo contrario, es decir, en hundirte en la miseria y despedirte del universo.

Luis se enterará de que alguien se le ha anticipado como Primer Morreador y se inventará una novia muy guarra y muy improbable en su pueblo de veraneo.

Aleix es el único alumno que tiene teléfono inalámbrico. Las pacientes de su padre le hacen regalos todo el tiempo. No se sabe si son millonarias o están muy agradecidas. El caso es que su casa es una feria de gadgets tecnológicos y que cada vez que alguien se pregunta por su procedencia, recibe la misma respuesta: «Es un regalo de una paciente». Aleix invita a menudo a sus nuevos amigos a casa. Y si no pueden ir a verle, les llama por teléfono. Portátil.

—¿En serio? —pregunta Eric—. ¿Tienes un teléfono portátil?

Aleix sube las escaleras, pone la cinta de Terence Trent D’Arby en el estéreo de doble pletina que tiene en su cuarto, sube el volumen y suena «If You Let Me Stay».

Eric se pega al auricular como una virgen suicida y sonríe como lo haría Einstein al descubrir la teoría de la relatividad.

Aleix se siente bien. Está integrado y todavía no se ha peleado con nadie. Nando le ha descubierto la música, y ahora duerme mejor y piensa menos en la muerte. No ha colgado ninguna pelota ni ha amenazado a ninguna niña con ponerle un escorpión en la sopa. Hache y Eric le respetan y las profesoras no le señalan. Nunca había tenido ningún profesor que llevara jerséis agujereados ni compañeros de clase que ignoraran el significado de la palabra «windsurf».

Hache le hace preguntas curiosas. Es un niño bajito que no habla demasiado. Tiene un sentido del humor surreal y una sonrisa que expresa tristeza y complicidad. Aleix siente la necesidad de protegerle desde que el padre de Hache le embistiera. El coche era tan viejo y Rafael estaba tan pálido…

Todo parece marchar sobre ruedas hasta que su frase fortuita, How are you, the sky is blue, empieza a circular por los pasillos y por los lavabos. Después del incidente con Paulino, ahora le espera Pepe Marín.

Pepe es un hombre misterioso. La leyenda cuenta que viene del colegio La Salle Bonanova. Aunque cuesta deducir si fue su director o su conserje. Sonríe como un político y las profesoras se ponen sombrías cuando se cruzan con él. Hay algo sospechoso en sus ademanes, en la forma en que se frota las manos y se anuda el jersey al cuello.

Aleix es un niño sensible e intuitivo y seguro que lo nota. Quizá no sepa disimularlo. Quizá la satisfacción que despide su rostro, la confianza de estar por primera vez en su vida en el lugar adecuado, despierte, a su vez, las sospechas de Pepe. Los hombres oscuros siempre recelaron de la alegría, y Aleix abre la puerta del despacho con una sonrisa tímida, pero con una sonrisa, al fin y al cabo. Pepe se la devuelve a medias, con otro ademán que delata la precariedad de su simulación.

—Hombre, Aleix. Llevaba un rato esperándote. Tenía ganas de verte —le dice Pepe. Y le ofrece asiento.

Aleix se lo agradece y se sienta. Casi un metro noventa de indolencia y de veranos en Mallorca. De pulseras fluorescentes en las manos y Nikes en los tobillos. El despacho es una habitación pequeña con estanterías llenas de libros. Les separa un escritorio de madera sobre el que se apilan dosieres y papeles. Pepe tiene una lámpara reclinable en su escritorio. Una de esas lámparas de aluminio que se agarran al canto de la mesa con pinzas y que se doblan como vertebrados. Pepe está sentado en una butaca opulenta. Ha corrido las contraventanas que tiene a su espalda y la habitación es un lugar inesperadamente oscuro a las cuatro de la tarde.

Pepe se frota las manos, cancela al político y sonríe con la boca escorada hacia la fatalidad. Como Mou. O como Francisco.

Y entonces lo hace. Agarra la lámpara, el único foco de luz que ilumina la estancia, la dobla en dirección a su rostro y deja que la bombilla le ilumine la cara.

Aleix contempla la estampa y siente un escalofrío. La luz cuartea el rostro del director, subraya la profundidad de su mirada, los agujeros de sus ojos y el brillo macabro de sus pómulos. Pepe le mira desafiante y, entonces, abre el círculo negro de su boca y le afluye el veneno a borbotones:

—Aleix Vergés. ¿Quién coño te crees que eres?

Aleix traga saliva y aprieta los labios. Siente un vértigo polar, la inmediatez de la caída.

—¿Te crees que la vida es una torre en la Bonanova y vacaciones en Mallorca? ¿Acaso te has pensado que puedes ir por el mundo haciendo lo que te da la gana? ¿Que el futuro será como este estúpido colegio?

Aleix sabe que no hay nada que decir. Tampoco podría hablar si lo intentara.

—Eres un puto niño malcriado. El año que viene irás a los Jesuitas y entonces descubrirás que eres un inútil, un pobre niño rico que no respeta a nada ni a nadie. La vida no está hecha para enfermos de la cabeza, ¿me entiendes? ¿Me entiendes, Aleix?

Aleix no puede hablar y Pepe lo sabe. Así que continúa.

—Eres un tarado. Lo sabes, ¿verdad? Nunca llegarás a nada. Los Jesuitas te descubrirán que hay que respetar un orden y una disciplina, y tú te darás cuenta de que no tienes ni una cosa ni la otra. Y entonces sabrás que vas a fracasar. ¿Me sigues, niño rico? ¿Me sigues, desgraciado? ¿A que ya no te hace tanta gracia estar en mi despacho?

Aleix tiene la cara cubierta de lágrimas. Le tiemblan las rodillas y aprieta los puños y no tiene fuerza. Se levantaría y se largaría. Y lo intenta, y no puede. Se propone sellarse los oídos, ignorar la voz del hijo de puta que tiene delante. Y lo consigue. Quizá no porque se lo haya propuesto, sino porque Pepe Marín ha dado en el clavo. Ha dicho la palabra prohibida y ha metido el dedo, el brazo y su lengua gangrenada hasta el fondo de la llaga. Chalado. Enfermo. Loco. Es la herida más profunda. El complejo más sordo e inconfesable, un miedo que en apenas cinco años se le manifestará en forma de un primer ataque de pánico.

Quizá la historia del pánico arranque hoy con la imagen de Pepe con la lámpara encajada por debajo de la papada. Una imagen que le acompañará hasta el final. Quizá Aleix vislumbre en la crueldad de su interlocutor el primer hueco de un agujero que ya nunca dejará de crecer. Hoy es un 19 de mayo de 1988 y Aleix se muere por primera vez.

Aquel año, Aleix cambió de nuevo de escuela. El Leber quedaba atrás, casi como un jardín de infancia permisivo, como la posibilidad efímera y alucinada de una educación sin ideología. Era una noche de abril de 1988 y un tipo cuyo apellido rimaba con Tejero acudió a la escuela a dar una charla a los padres de los alumnos de octavo. Tenía el ceño fruncido y el pelo repeinado y los ángulos de la cara simétricos a su apellido. Se llamaba Francesc Recuero y era el embajador de un nuevo plan de estudios pionero y experimental que iba a instalarse en los Jesuitas de Sarrià al año siguiente y que se había bautizado como CES: Curso de Educación Secundaria. Al menos eso es lo que les contó a los padres de los alumnos del Leber. Una vez terminado octavo, había que decidir adónde ir. Chisca y Alfonso no sabían qué hacer con Aleix. El verbo amortiguado y los aspavientos de Recuero les convencieron.

No parecía existir un destino más inadecuado para un joven de catorce años que apunta creativamente al infinito y académicamente al cero. Claro que… ¿adónde llevarlo? CES parecía un experimento que podía adaptarse a su complejidad. Lo cierto es que las palabras de Recuero sonaban mucho mejor que su aspecto. Y todo lo que dijo aquella noche en el Leber dibujaba un escenario que parecía diseñado para Aleix. CES no era BUP, pero tampoco era Formación Profesional, que eran las dos opciones que se le planteaban para seguir estudiando a cualquier niño español que hubiese completado la EGB.

CES era un híbrido entre ambas, un curso de iniciación al bachillerato de dos años en que el alumno elegía su plan de estudios. Había cuatro troncos: Administración, Imagen y Sonido, Letras y Ciencias. Al completar los dos años de CES, el alumno desembocaba o bien en 3º de BUP o bien en 3º de Formación Profesional. Aleix eligió Letras y enfilar el camino del BUP.

A finales de los ochenta muchos padres empezaban a confundirse con la longevidad de la sociedad del bienestar. Había un concurso de televisión en el que participó Jordi Labanda donde podías ganar un apartamento en la costa del Mar Menor. Cuando todavía no había nada parecido a una Ley de Costas.

Oasis y flores

Aleix recorre cada día la distancia que separa su casa, en el paseo de la Bonanova, de los Jesuitas. Un kilómetro que atraviesa manzanas de oro, balcones ampulosos y párquings en los que se concentran muchos millones de pesetas en válvulas y techos corredizos.

Lleva una sudadera de lana roja y unos pantalones tejanos agujereados, el pelo largo, los tirabuzones por todas partes y una camiseta comprada en una tienda de las Ramblas, con el rostro de John Lennon estampado en la parte de atrás. Estudia Letras Puras y cree en el amor puro, en la sangre limpia y en el odio duro.

Está rematadamente enamorado de Astrid y lleva medio año encaramado al mástil de la primera guitarra de su vida. Es una Admira española. Se la lleva cada día a la academia de la calle Muntaner donde ha empezado clases de guitarra. Luego llega a casa y se la cuelga en bandolera. Queda con Astrid y le muestra todo lo que sabe y le cuenta todo lo que quiere saber. A Astrid le fascina la cantidad de ideas que le bullen a su novio en la cabeza. En Sant Jordi, Aleix le regalará un cactus, le escribirá dos poemas y le dedicará una canción. A veces Astrid tiene melancolía de las rosas y de las convenciones. Otras no quiere colgar el teléfono. Aleix la llama cada tarde y hablan durante horas. La eternidad está en el auricular y se hace muy difícil colgarlo, asumir el final de ninguna conversación. Astrid lleva seis meses cenando con la oreja derecha incandescente. Aleix se desvive por distraerla, y a ella le impresiona la intensidad con que se esfuerza por salvarla del primer e insalvable agujero de su vida.

Astrid tiene catorce años y su padre está muy enfermo. Ni siquiera ha cumplido los cuarenta y cinco. Y no hay esperanza de que lo consiga. Aleix ignora la proximidad del desenlace, pero intuye la fatalidad y despliega los mecanismos de protección que desarrolló de pequeño.

Astrid ha sido una niña feliz. Sus abuelos están vivos, le gusta su colegio, estudia danza con Coco Comín y tiene una familia con muchos primos a los que adora. Sin embargo, la enfermedad de su padre es como una radiación en el pecho de un recién nacido. Algo abusivo e injusto. Pero el mundo es una boca grande que se te puede tragar en cualquier momento. Aleix lo sabe. La muerte ha sido uno de los motivos de su insomnio, una nube gigante en su cabeza de niño que la adolescencia parece haber disipado. Pero que no lo ha hecho. Para nada.

Es su segundo día en los Jesuitas y Aleix tiene clase de gimnasia. Su profesor se llama Ovidio, como el poeta. Ovidio tiene una hija que está muy buena. Se llama Thais, como la flor del oasis. La descendencia de la gimnasia jesuítica se busca en la mitología griega. Es retorcido, aunque quizá sea la única manera de conectar la religión y el deporte. Las instalaciones del colegio son imperiales: hay una pista de atletismo que rodea un campo de fútbol de tierra, un segundo campo de fútbol, una pista de cemento en la que Aleix debutará como jugador de baloncesto en dos años y hasta un pabellón cubierto, un pabellón que parece haber sido construido con prisas en algún suburbio de Cracovia, que se parece más a una cámara de gas que a una instalación deportiva para menores.

Es el segundo día de clase y Aleix se enfrenta a la asignatura que más detesta después de Religión, Latín, Lengua Castellana y Lengua Catalana. Pero está exultante.

Después del sueño del Leber, el regreso a la educación católica ha desprovisto de romanticismo la experiencia académica. En el Leber aprender fue un estímulo. En el San Ignacio será, más bien, un castigo. Claro que la adolescencia es un estado de ánimo efímero y mutante. Y cuando te sientes bien, no hay nada que te afecte. Eres el puto amo.

Aleix lleva dos días de clase. No confía en las asignaturas ni en los pasillos ni en la distancia retórica del profesorado. Sin embargo, está alucinado con la pintoresca variedad de sus compañeros. Es la primera vez en su vida que está rodeado de chavales que han crecido en entresuelos de extrarradio, en el polo opuesto a su torre de marfil, en la Bonanova. El reverso le entusiasma. El San Ignacio, de hecho, es un colegio de pijos. Pero todos están en BUP. CES es un híbrido entre FP y BUP, aunque parece, más bien, un reformatorio para adolescencias que apuntan a la delincuencia y la perdición.

Hubo un tiempo en que el vestuario podría haber sido blanco. En este momento es un lugar iluminado por un fluorescente estropeado donde se concentran las peores emanaciones del sudor adolescente. Aleix lleva puestas las Nike John McEnroe. A su lado, un chaval vagamente encorvado, muy dicharachero, que lleva el brazo izquierdo escayolado y el pelo peinado a lo Michael Douglas en Wall Street, desenfunda sus zapatillas violetas. Son una imitación desafortunada de una marca catalana que se llama Munich. Aleix no lo puede resistir.

—Ya ves. Qué guapas las bambas —le dice.

—Vaya, mira el pijomierda con sus Nike.

—¿Cómo que pijomierda?

Aleix le encara y el pequeño Michael alza el brazo escayolado como para decirle «déjame en paz». Sin embargo, calcula mal la distancia y le propina un escayolazo en todo el careto. Aleix se lleva las manos a la cara. Se ha llevado un galleto de puta madre. El pequeño Douglas está fascinado. Nunca antes había noqueado a nadie que fuera más alto que él y es muy probable que no vuelva a hacerlo en toda su vida.

Aleix exagera su reacción y abre los dedos de la mano sutilmente. Lo justo para continuar con el drama de la contusión y observar de extranjis a su oponente. Al verlo flipado, con las manos en la cabeza y los hombros encogidos y repitiendo «Pfuá, pfuá» con la elocuencia de un italiano, el jovencito Douglas deja de parecerle el jovencito Douglas. Ahora ve a un cruce entre Joe Pesci y Risitas, que es un perro al que también se conoce como Patán. Es un dibujo animado de los creadores de Los Picapiedra. Aleix sabe quién es Joe Pesci, un italoamericano al que Scorsese no para de escribirle personajes memorables, y también que el jovencito Douglas sabe de cine. Ayer, durante su primer día de clase, observó cómo sobresalía un ejemplar de la revista Dirigido por de su mochila.

Y, obviamente, se lo dice.

—¡Eres un cruce entre Joe Pesci y Risitas!

Y entonces se quita las manos de la cara y observa la cara de póquer de su nuevo amigo y se parte la caja. Ayer estuvo a punto de llover y Aleix le escuchó decir «Joé, tron, va a caer la de san puto es Cristo».

El pequeño Douglas se llama Israel, que es nombre de industrial vasco y de delincuente de Sant Feliu. De algún modo poético e improbable, en Israel coinciden ambos. El industrial y el delincuente. Michael Douglas y Woody Guthrie. Mario Conde y Bob Dylan.

Soledades e inodoros

Begoña Prat se acuerda del día que se hizo adolescente. Es más, se acuerda del minuto, casi hasta del segundo, si no de la centésima. Era una mañana triste de noviembre y estaba encerrada en el lavabo de su nuevo colegio. Tenía catorce años y sus grandes ojos azules estaban resquebrajados por el miedo y la novedad.

Begoña fue una niña de barrio hasta que sus padres le metieron un escuadrón a la economía y besaron las redes de la pasta. Entonces pasó de vivir en Sant Andreu a hacerlo en San Gervasio. Del extrarradio al sobreático de Barcelona, de las verdulerías y los viejos con boina a las pastelerías de lujo y las viejas enjoyadas.

El primer trauma es el nacimiento. Pinchar la burbuja. Sangrar y sollozar. Luego todo son besos y caricias. Hasta el día en que se derrumban los escenarios de tu infancia. Entonces arranca el ansia. Begoña cambió de barrio y de escuela en cuestión de días. Pasó de estudiar en una montaña modesta a hacerlo en la cumbre de la burguesía. Su primer colegio tenía nombre de poema catalán y estaba levantado frente al Cottolengo del Padre Alegre, un centro de acogida para leprosos y arruinados en el barrio del Carmelo. Se llamaba Virolai. El segundo, el San Ignacio, tenía nombre de onomástica sospechosa y se levantaba frente a las mansiones de los millonarios coloniales.

No es de extrañar, pues, que el día que Begoña cambió de montaña y se metió en la catedral de ladrillo rojo de los Jesuitas, sintiera frío. Y miedo. Gracias a Dios, lo mismo a San Ignacio, durante su cautiverio iba a aprender que en el Infierno también hay ángeles. Y que incluso, a menudo, los ángeles son también primos hermanos de Satán.

Aleix está sentado en una barandilla del patio con los cojones apuntando al vacío y la sonrisa cercana a la eternidad. Es un 11 de noviembre y el día está borroso. Una niebla fina ha engullido el Tibidabo, su falda verde y las crestas de sus mansiones, que se levantan por detrás de su cabeza. Frente a él, algo más allá de sus huevos, queda la pista de atletismo del colegio, un trazado en forma de U que envuelve un campo de fútbol de tierra. A veces se queda mirando a los niños-atleta. Los llama «escuálidos superdotados», que es la combinación de palabras que más le llena la boca. Le encantan las palabras que lo hacen, las que se le salen por las comisuras al pronunciarlas. Es simple y pura lujuria pronunciacional. «Frambuesa» es su favorita. Pero no se la ha inventado él. Lo de «escuálidos superdotados», en cambio, es de cosecha propia. Son niños largos y delgados que corren sin descanso. Completan el recorrido ovalado de la pista, sus trescientos metros, y repiten el trazado una y otra vez. Es una mañana al borde de la invisibilidad y los escuálidos superdotados se sumergen en la pista y desaparecen. Y al cabo del rato sus cabezas afluyen unos metros más allá.

—¿Lo ves, Israel? Los escuálidos superdotados son los auténticos héroes de la resistencia. Mientras tú vas al cine y yo toco la guitarra, ellos dan vueltas a la pista. Y luego nos vamos a comer algo y ellos siguen dando vueltas. Y volvemos por la tarde y hacemos campana y alguien ha cruzado la línea de meta otra vez. Llegan al final y vuelven al principio. No se detienen. Como el tiempo. Como la galaxia —dice Aleix.

El pasado es un reloj de cuerda que funciona raro, a veces más alimentado por la fantasía que por la auténtica cronología de lo que sucedió. Sin embargo, Israel conserva intactas las palabras de aquella mañana de noviembre: la referencia a los «escuálidos superdotados».

Y lo más curioso del caso es que no es el único. Otros implicados en la misma encrucijada del tiempo y del espacio evocan milimétricamente aquel día. ¿Sería la niebla? ¿La posición de los planetas?

La vida es una sucesión infinita de frases a bocajarro, de imprecisiones y de emulaciones, de ademanes y de mentiras, de suposiciones y cálculos erráticos. El caso es que lo que uno dice no siempre es lo que uno piensa. Es más bien lo que uno «puede» o «alcanza» a decir. A menudo ignoramos las palabras exactas, olvidamos los sintagmas, adjetivamos al revés o insinuamos que el circunstancial de lugar tiene un peso que, en realidad, queríamos otorgar al circunstancial de tiempo. Otras veces, sin embargo, de un modo casi milagroso, inexplicable, días que sucedieron sin muertes ni bodas, sin bautizos ni colisiones, sin hechos sustanciales ni episodios memorables, quedan registrados meridianamente en la memoria de distintos individuos como frases exactas, como palabras certeras.

El 11 de noviembre de 1988 el sol estaba más bajo; la vergüenza, más disminuida. Begoña se sintió protegida por la niebla y por un compañero de clase que, poco antes del patio, le sonrió y le preguntó si vivía cerca de la calle Aribau. «Yo también. Creo que te he visto por el barrio. Me llamo Nacho, ¿y tú?»

No hay nada como el reconocimiento para empezar a existir. Hasta ese día, se había pasado todos los descansos matutinos encerrada en el lavabo de chicas. Eludía su reflejo y se encerraba siempre en el cubículo que quedaba más cerca de los ventanales. Así podía escuchar las voces del patio, el eco de otros niños que corrían y se perseguían. De otros adolescentes que fumaban y conspiraban.

Begoña rompió la cáscara del váter apenas unos meses antes de que cayera un muro más viejo y más diabólico, el de Berlín. Y solo tres días antes de que un tal George Bush reconquistara el poder republicano en los Estados Unidos.

Se armó de valor, se parapetó en la niebla y salió al exterior. Se sentiría como un astronauta al pisar la Luna. Caminó sin rumbo, rodeó la pista de tierra y se cruzó con las piernas largas y constantes de los escuálidos superdotados. Subió la cuesta que daba a la piscina cubierta y sintió la proximidad del cloro y quizá se mareara. Aunque quizá la piscina solo existiera en su imaginación. La niebla cubría la montaña, parecía desplegarse sobre la cumbre de Barcelona como un gas lacrimógeno. Después de su autoinfligida cuarentena, estar flanqueada por tantos niños la abrumó. Respiró hondo, decidió salir al encuentro de la invisibilidad y, entonces, sucedió.

Aleix estaba sentado en la barandilla.

«Brillaba. Como si alguien hubiese tendido un hilo que venía del cielo. Tenía un aura inexplicable. Era un ángel. Me quedé perturbada. Me enamoré platónica e inmediatamente, aunque nunca pensé que fuéramos a cruzar nunca una palabra», confiesa Begoña.

Con Héctor, sin Héctor

La profesora de Lengua Castellana se llama María Bilbao y nunca sonríe. Se encarama a la tarima y saluda a la clase como una emperatriz puteada. Cada viernes por la mañana irrumpe en el aula del grupo F de primero de CES y recita los apellidos y los nombres de sus alumnos religiosamente

—Ruiz, Israel.

—Presente.

—Santomá, Eduardo.

—Presente.

—Sin, Héctor.

—Con Héctor mola más, contesta Héctor Sin.

Y estalla una carcajada general.

Aleix levanta la cabeza en busca del héroe de la mañana y le descubre dos filas por detrás. No le había visto antes. La adolescencia de Héctor Sin está mucho más desarrollada que la de la mayoría y es extremadamente musculosa. Lleva un chupa de cuero y unos pantalones arrapados que transparentan la corpulencia de sus muslos. Tiene el pelo crepado y sendas derrapadas en las sienes que serían entradas en cualquier otro lugar del universo. Pero se supone que tiene quince años. Y a los quince años nadie tiene entradas. Héctor Sin es una especie de Travolta de barrio que ha abusado de la gomina y de las pesas. Se apalanca sobre la silla y la cabeza de una serpiente asoma por su estimable bíceps izquierdo.

—Israel, ¿quién coño es ese tío? —le pregunta Aleix a su nuevo amigo.

—Uno que se marca unos pulsos que no veas: te deja la muñeca como la cintura de una Barbie, tron —contesta Israel.

Aleix se parte cada vez que Israel abre la boca. Nunca había escuchado a nadie hablar en un argot tan prolífico y desternillante.

—¿Pulsos de fuerza, dices? ¿Pulsos de uno contra uno, mano contra mano?

—Sí, tronco. Pulsos de «ahí te pillo la muñeca y ahí te la doblo como si fuera una polla blanda, tronco».

Aleix se vuelve a partir la caja.

—Tú sí que eres la polla —dice.

Y entonces suena el timbre que anuncia el final de clase y el aula F de primero de CES —el mismo habitáculo señalado por fuera con un letrero que decía «Aula F» y en el que alguien, probablemente Héctor Sin, ha escrito una jota delante, o sea, «Jaula F»— se convierte en un gallinero de carpesanos que se cierran y de gomas elásticas que estrangulan apuntes en los que nadie ha escrito nada.

Aleix se pregunta de dónde vienen los tatuajes de Héctor Sin. Y se pregunta algo más. Así que se incorpora y se dirige hacia su nuevo héroe. Tendrá que seducirle. No le queda otra.

Se planta frente al pupitre de Héctor, y Héctor le mira como si le volviera a subir el ácido que se metió ayer.

—¿Qué pasa? —pregunta Héctor.

—¿Echamos un pulso? —dice Aleix

Héctor le mira y sonríe.

—¿Estás seguro, nene? No vaya a ser que termines el día comiendo con pajita —le dice.

—¿Con pajita? La pajita me la voy a hacer más tarde. ¿Me lo echas o no?

—Pues claro que te lo echo, pringao.

Aleix y Héctor despejan la mesa e Israel distingue la proximidad del duelo y sale escopeteado de clase en busca de Dani Baraldés, uno de los dos cómplices que tiene entre los crucifijos y el mármol del suelo. Dani estudia cuatro jaulas más allá. El otro cómplice es Manolo, y Manolo ya está presente. Israel le grita a Aleix que no empiece hasta que haya vuelto, cosa que hace a los dos minutos. Se ha ido como una exhalación y su peinado ha padecido los estragos de la velocidad. Claro que si se trata de aerodinámica del peinado, su colega Dani Baraldés se lleva la palma. Dani tiene la cara alargada, los labios carnosos y un tupé que roza la bóveda católica del colegio. Lleva una cruzada de cuero y unas botas de cowboy con sendas espuelas, también una hebilla gigantesca en el cinturón, una especie de retrovisor plateado que evoca un pretérito en el que Elvis reinaba y las caderas funcionaban; un pedazo de hebilla que refleja el pupitre repentinamente convertido en cuadrilátero en el que Héctor Sin y Aleix Vergés se disponen a echar el pulso de su vida.

Es una mañana de diciembre en lo alto de Barcelona, aunque podría ser cualquier noche de marzo sobre la lona infecta de la camorra napolitana, con dos gallos sarnosos, mucho serrín, tatuajes y billetes arrugados de un millón de liras por todas partes. Pero es una mañana soleada de octubre en los Jesuitas y los gallos son dos adolescentes envueltos por un montón de carpetas forradas con fotos de Anthrax y de Rick Astley; un montón de caras lampiñas en las que arde el deseo y brotan los granos y los pelos.

Héctor Sin podría tener veinticuatro años y la libertad condicional; Aleix Vergés no más de quince y demasiadas pulseras en la muñeca, un reloj calculadora demasiado aparatoso y un polo de una marca francesa que insulta a los padres de la revolución y a los abuelos de todos los niños que tiene a su alrededor. Dice «Marithé et Françoise Girbaud». O «Metelé al Franchuá Siusplá», como dice Israel.

Tocan las doce en punto en el campanario de los Jesuitas. Aleix invoca al agujero negro de su ombligo y Héctor conecta con Mike Tyson y con el coño de su prima. La tensión es un puente levadizo que se detiene en el centro: el pulso se queda clavado en su cumbre. Pasan los minutos y solo se oyen sonidos estreñidos. Los antebrazos se hinchan, las venas suplican y los gritos conquistan el cielo y el suelo y estrangulan el final de los ochenta. Y el joven pijo con aspecto de marciano aprieta la mandíbula, inclina su cuerpo hacia la eternidad y le dobla el escafoides a su adversario.

—¡Hostia puta! ¡Qué fuerte! ¡Se lo ha follado! —exclama Dani Baraldés. Israel pone cara de repartidor de periódicos en una de Scorsese y a Héctor Sin le sale una mueca de dolor a perpetuidad que se quedará congelada en la memoria de todos los espectadores.

Irra

¿Qué hacía un niño como tú en un colegio como el San Ignacio?

Yo era un oportunista, tronco. Yo en ese colegio pintaba tanto como Botticelli en Vallecas, ¿sabes lo que te digo, tron? Era un enreda. En octavo de EGB, con el panorama de mediocridad que había en el San Ignacio, mi único colega era Manolo. Entonces Manolo tenía muchas movidas. Y era de los maletes. Empezábamos a fumar petas y el pegamento estaría al caer. Y claro, tío, a mí me querían echar todos los años. Siempre tenía movidas.

¿Qué pasaba en tu casa?

En mi casa pasó algo feo. Cuando yo tenía dos años, nació mi hermano. Y a los seis meses murió de muerte súbita. Entonces mi padre se largó de casa. Nos dejó. Nos quedamos mi madre, mi abuela y yo. Mi madre se refugió en el trabajo. Y le empezó a ir bien. Se quedó muy tocada, pero tuvo unos cojones que ya querrían para sí muchos hombres.

Pa cojones los tuyos, que te metiste a músico sin saber lo que era un re. O un la…

Ya ves. Pues sí. Lo que te decía. Yo era un enreda. En séptimo de EGB conocí a Daniel Baraldés. Hoy es uno de los mejores guitarristas de España, pero entonces era un chaval que empezaba. A mí la música me molaba mazo, pero no tenía puta idea de tocar. Así que me ofrecí para ayudar en lo que hiciera falta. Amenazas, contratación, envío obsesivo de maquetas a discográficas. Vaya. Básicamente mentí y especulé. Al año siguiente teníamos una banda armada. Dani era el líder. Cantaba y tocaba la guitarra. Y estaba Xavi Baró al bajo y Carles Iborra a la batería. Iborra era como Charlie Watts. Al poco se incorporó David Àlex Coma. Y yo me puse a tocar la armónica.

Y al año siguiente descubriste a Aleix y le fichaste… Eres el único mánager de su atropellada biografía…

¿En serio? ¿Fui el único?

No. Hubo dos tipos de Badalona, pero mucho más tarde…

Yo recuerdo que siempre te lo proponía a ti y tú siempre le decías que no. ¡Qué hijo de puta! Cuando Aleix llegó a primero de CES estaba claro que apuntaba al estrellato. El fichaje vino a mí. Aleix era un entusiasta y estaba obsesionado con la guitarra. Estaba un poco flipado con la música negra afeminada. O con dos negros anoréxicos. Terence Trent D’Arby y Prince. Por no hablar de Freddie Mercury. Hostias. Pues sí. Muy masculino, femenino. El caso es que un día me dijo que sus abuelos tenían una casa en Cerdanyola y que quizá podríamos ensayar en el garaje. Y claro, eso fue definitivo. Le hicimos una prueba y empezamos a ensayar en Cerdanyola. Y fue entonces cuando decidimos llamarnos Impresentables.

Escotes o visados

La experiencia de Cerdanyola ha unido al grupo. Los Impresentables ensayan los sábados en el Vallés y estudian de lunes a viernes en Sarrià.

Aleix se lleva especialmente bien con Dani e Israel.

Es otra semana que agoniza bajo los crucifijos, otro viernes que se suicida lento en el triste reloj de pared, y suena el timbre y estallan las hormonas. Quedan cuarenta y ocho horas de libertad por delante e Israel, Héctor Sin y Dani Baraldés se reúnen religiosamente en el pasillo para consumar el ritual de los viernes a las dos y media.

—Aleics, tron, vente, que la vas a flipar —le dice Israel.

Las cuatro adolescencias se concentran en la entrada principal del colegio, en la calle Carrasco i Formiguera. Todo el que quiera entrar o salir de la catedral de ladrillo tiene que pasar por aquí. El objetivo principal son los alumnos de BUP y COU y los cerebros universitarios que han entrado en el Institut Químic de Sarrià (IQS) para cursar estudios superiores. Aleix está excitado. Sabe que van a liarla, pero ignora lo que van a hacer.

—Mira, tron. Se trata de entrarle a las pijas y pedirles algo de suelto. Pa gasolina. O pa pillar el bus. Lo que te salga de la punta del nabo. La cuestión es sacarles unas perras pa bajarnos luego unas birrillas —le cuenta Israel.

—Pero si ya sabes que no bebo… ¿Tanta tontería para esta mier-da? —dice Aleix, y pone esa cara de Gioconda, de misterio en los hoyuelos, una expresión indescifrable que puede ser, alternativamente, el preámbulo de un galleto o de una carcajada. Y acto seguido se da media vuelta, chuta una lata arrojada en el suelo, simula irse, rectifica e intercepta a una rubia que tiene los dientes prominentes y un escote como el Halcón Milenario. Una rubia tetuda que estudia COU y es hija de un tiburón que fabrica betún para zapatos y nieta de un fascista que fabricaba el betún con comunistas. Y Aleix la observa, se le acerca un poco, mira a un lado, mira al otro, le mira las tetas y le dice algo. Y entonces ella sonríe, se encoge de hombros, se pone roja, se sopesa la melena, se cubre la boca con la mano, escruta el bolso, pesca el monedero, lo abre como si fuera su sonrisa y saca un billete de mil pesetas y un bolígrafo, apunta su número de teléfono y se lo encaja a Aleix en el bolsillo del culo. Despliega la coreografía calculada del derrame, como si todo esto, el colegio, la vida, el escote y la altura del marciano, no fuese real. Como si la anécdota estuviese filmada o el escritor comprado, o la realidad hubiera sido alterada.

«¡Le sacó mil pavos! A la primera. Así que te puedes imaginar el filón. Aleix tenía, entre otros talentos, el de puto recaudador, tronco. Todas las pijas le daban un pastón. Era increíble», recuerda Israel.

Aleix detesta la ebriedad, pero su mano izquierda para los escotes y los monederos de la realeza jesuítica costeará las tajas de Héctor Sin y de sus dos Impresentables favoritos hasta el final de CES.

No se sabe muy bien de dónde le viene el rechazo a la ebriedad. Adriana cuenta que Alfonso les contó de pequeños las miserias de las adicciones, la inconveniencia de las sustancias.

«Cuando éramos pequeños, el coche era el escenario de las grandes conversaciones. Ya fuera yendo al Frederic Mistral o a Cerda-nyola, a casa de los abuelos. Tan pronto nos explicaba las virtudes de los griegos, la importancia de la universidad o lo desaconsejable de tomar drogas. El discurso antidrogas funcionó, especialmente con Aleix», dice Adriana. El coche fue el lugar en que muchos niños de los ochenta padecieron largos monólogos de sus progenitores, monólogos angustiantes porque la única forma de escapar era abrir la ventana y saltar en marcha.

Alfonso les dará algunas charlas sustanciales que no impedirán que todos sus hijos, excepto Aleix, caigan en algún momento anterior a la mayoría de edad en la tentación del canuto o de la cerveza. Aleix, sin embargo, no solo no quiere saber nada del alcohol ni de las drogas, sino que algunas veces se disgusta y se entristece cuando sus amigos las consumen. Alecciona a sus hermanos sobre los peligros de la drogadicción y le escribirá una carta a Adriana, el día en que se entere de que su hermana se ha comido el primer ácido de su vida.

Aleix acompaña casi todos los viernes a Dani e Israel hasta el bar de la plaza de Sarrià, donde ellos beben cerveza y juegan al futbolín. Hoy se han venido Héctor y Sagar. Aleix pasa de jugar, se pide un Trina, sale al quiosco y se pilla un Rockdelux, cuatro Kojaks y un Sidral, y chupa azúcar y devora artículos mientras sus colegas beben y resbalan y se meten collejas y mean como cavernícolas. La tarde se desliza entre eructos y ojos como burbujitas. Héctor Sin se carga la cabeza de un delantero del Espanyol con la espuela de su bota izquierda. Tiene una elasticidad tan insultante como su juventud. Dani resbala y se pega un talegazo que le libra de la mitad de uno de sus palatales frontales. Rescata los añicos entre carcajadas y simula haber perdido la dentadura completa. Es una escena de delirio chuzo que excluye a las bebidas de naranja sin gas. Así que Aleix se incorpora, les mira con cara de resignación y les dice que se larga a casa a tocar la guitarra.

—Joé, tron, pero si falta lo mejor. No me seas aguafiestas —ex-clama Israel.

Y entonces Israel conoce el huracán ciclotímico. Aleix le encara con una seriedad desconocida, le agarra por el cuello y le amenaza.

—No intentes convencerme porque entonces voy a abrir la boca y te voy a hacer llorar, ¿lo pillas? —explota Aleix, y le suelta esa mirada polar que conecta con el hielo y te corta la respiración. Es una mirada que el tiempo alimentará, que se afilará cerca de las desgracias y de los desfiladeros del crecimiento y que dejará a un montón de víctimas con los ojos rojos y el corazón acelerado, en la desenfrenada cuneta de los noventa.

Israel, de momento, se libra de la estocada.

Aleix se larga y Héctor dice que él también. Héctor le dice a Aleix que si quiere le lleva de paquete en su Rieju trucada. Aleix accede y Dani e Israel se quedan empuñando delanteras decapitadas y fumando Ducados.

Israel lleva el catálogo del colegio en la mochila. Hoy lo han repartido entre todos los alumnos. Es un listín en el que aparecen los teléfonos, las direcciones y los nombres de los padres de todos los estudiantes del San Ignacio. De EGB, BUP, COU, CES y FP. Está ordenado alfabéticamente y resulta de lo más útil después de tres medianas. Entonces basta con pedir algo de suelto, meterse en una cabina telefónica e irrumpir en hogares sobrios como crapulines torcidos.

Llaman a una alumna que se apellida Van Campen y se ofrecen a su padre como jardineros.

—¿Señor Van Campen?

—Yo mismo.

—Le llamamos de los jardines Jesuitas. Sabemos que tiene un precioso tulipán pelirrojo.

—¿Perdón?

—No se preocupe, que nosotros le comeremos la flor del potorro a la Mónica a cucharadas —dice Israel, y cuelga antes de que le alcance el improperio del viejo.

Están borrachos y son vírgenes, tienen quince años, la edad de la eternidad suramericana, y se abrazan como cabezones vascos o como enanos catalanes, e Israel le cuenta a Dani lo mucho que le quiere y luego se tira un pedo y eructa, y le confiesa que se quiere follar a la profesora de Inglés, que quiere tocar la armónica en conciertos globales y que tienen que ir a por Aleix y hacer las paces: a falta de sexo, el único orgasmo será el pacifismo.

Y veinte minutos después, aparecen en el paseo de la Bonanova. Son las siete de la tarde de otro viernes sinuoso. La portera les deja pasar y Dani e Israel avanzan la recta que les separa de la torre de los Vergés como si fuera una espiral. Aleix está en su habitación con la guitarra colgada y le lleva dos segundos percibir el estrépito que llega de más allá de la ventana. Se incorpora, distingue a sus dos Impresentables en la cumbre de su desfachatez, se asoma y les dice que se acerquen y que aguarden un segundo. Y mientras Dani e Israel lo intentan, mientras juntan sus piernas y ejecutan sus pasos, Aleix sale escopeteado rumbo a la cocina, rellena de agua el cubo de la fregona, le mete lejía suficiente como para teñir a una manada de elefantes, sube a la habitación, se asoma de nuevo y derrama la cascada en el centro exacto de sus cráneos.

—¡Me cago en el pantocrátor y en la Virgen puta! —exclama Israel.

Dani se retuerce de la risa, se cae al suelo y se sigue descojonando. Están tan borrachos que ni siquiera notan el escozor de la lejía. Y mientras se revuelven en el suelo y reconstruyen la historia de la Virgen a la luz de la prostitución, Aleix irrumpe con un segundo cubo, esta vez rellenado exclusivamente de agua, y lo vacía de nuevo.

Un minuto más tarde, Chisca se asoma por la ventana del segundo piso y distingue las coronillas oxigenadas de Dani e Israel, y ve cómo Aleix les ofrece sendas toallas y lidera su destierro hacia un lugar mejor, acaso otro que no esté en el umbral de la consulta del ginecólogo que le parió. Son las siete de la tarde y Alfonso trabaja hasta las ocho, y una de sus clientas más populares, una actriz que ha trabajado con Almodóvar —una mujer que se llamaba Pepe cuando era menor y que se apellida Andersen ahora que se ha hecho mujer— irrumpe en mitad del pasaje justo cuando Israel decide liberar la erupción más ácida y fluorescente de la historia de sus vomitadas. Y mientras la lava verde afluye, la actriz ejecuta un movimiento digno de la Pávlova y elude el frenesí de un chorro que podría haberla dejado ciega.

Es la tarde más vibrante de su puta historia, la cumbre del rock & roll y de la adolescencia, y Aleix se siente tan embriagado como Dani e Israel, e Israel le dice a Aleix que ha venido hasta su puerta para confesarle lo mucho que le quiere y para proponerle un plan que les sobrevivirá. Y entonces hunde sus manos en su bolsa y saca un espray, y Aleix le mira con escepticismo y Dani hace ademán de usarlo como si fuera laca para el pelo. Israel le disuade y le cuenta que lo ha mangado para hacer «un grafitis». Hay que salir en busca de una pared, la que más les mole, y escribir el nombre de la banda.

—En serio, troncos, que hoy en día el grafitis es la mejor publicidad. Vosotros pensad que por cada pintada, fijo que hay doscientas treinta personas que se quedan con el nombre —dice Israel con la convicción cirrótica. Se comporta como un auténtico agente musical.

—Venga ya, Israel, por cada grafiti lo que te cae es una multa de cinco mil pelas —dice Aleix.

—Me cago en la de Dios es Cristo, tronco. ¡No me seas aguafiestas, pijomierda!

Se intercambian collejas, salen del pasaje y suben excitados por la Bonanova y la atraviesan entera con las cabezas estampadas como tapizado de leopardo. Dani tiene la dentadura retocada y la coronilla blanca. Si su madre no morirá en unas horas, cuando su hijo irrumpa en el umbral de su casa, será porque viene de una familia de corazones robustos. Cruzan en rojo, avanzan rubio platinos y llegan a Mayor de Sarrià y suben la calle. A los cinco metros descubren «la pared». Es una pared que está junto a una tienda de fotocopias y encuadernación a la que va medio colegio.

Israel lo ve claro: es el lugar adecuado. Comoquiera que tienen un grupo cuyo nombre suma cinco sílabas, deciden repartir democráticamente la redacción. Arranca Israel, le sigue Dani y luego viene Aleix. Es un viernes a las ocho de la tarde en la avenida más grande de Sarrià y el vandalismo se vuelve invisible. Aleix remata la última E con una filigrana caligráfica que Gutenberg hubiese sido incapaz de reproducir. Y entonces sucede. Los tres Impresentables se separan un poco de la pared para tomar perspectiva y leer la gloria de su nombre y descubren la belleza errática del alcohol, la juventud y la lejía: «IM PREN TA BLES». Quedará grabado para siempre en la memoria de la impresión callejera.

Primer concierto

Dani es el líder natural: tiene un don para la guitarra, es el cantante y el impulsor. Aleix no se atreve todavía a cuestionar su autoridad y procura empaparse todo lo que puede de su talento. Le observa y le pregunta sin parar. Y luego llega a casa, se cuelga la guitarra y somete los acordes y los punteos a la prueba del insomnio y de la eternidad. Toca y toca hasta que se desploma sobre el colchón con la guitarra colgada y los dedos encallecidos.

La música es el reverso de su apatía académica. Cuando no toca, escucha, y cuando no escucha, lee o se pilla vídeos de conciertos en directo. Uno de sus proyectos más entrañables es convertir a Astrid en bajista. El fracaso no le disuadirá de seguir intentándolo. Al poco, se lo propondrá a Hache. Y más adelante, a Luis, siempre con resultados igual de estrepitosos. La única que de hecho superará los dos primeros ensayos es Adriana, su hermana. «La verdad es que siempre me hacía tocar líneas de bajo muy repetitivas, casi siempre pensadas para el lucimiento del guitarrista», recuerda Adriana.

Aleix lleva desde octubre escuchando rockabilly, que es la música favorita de su hermano Daniel. La coincidencia abrirá un desacostumbrado filón comunicativo: por una vez Daniel es el que controla y el que le cuenta la historia de un sonido a su hermano. Dani e Israel le descubrirán a Buddy Holly, Eddie Cochran y a Muddy Waters. A los Rolling Stones los ha conocido él solito. Su pasión por John Lennon, por las lupas redondas, los derechos humanos y las proclamas antinucleares convive ahora con la juventud lisérgica y peluda de Keith Richards, un macaco encaramado a un mástil satánico, por quien profesa auténtica devoción. Es posible que el proceso de canonización de Keith en su vida tenga que ver con el anuncio de que los Rolling se han vuelto a juntar y que preparan una gira mundial que recalará en Barcelona al año siguiente. Será el primer gran concierto de su vida.

Cerdanyola ha servido para carburar un repertorio de versiones impregnadas por la humedad y el olor a neumático del garaje. Los más grandes empezaron igual. Aleix consulta las biografías del rockabilly en la gran enciclopedia ilustrada que preside uno de los salones de su casa. Descubre que Eddie Cochran no cumplió los veintitrés. Que murió en un taxi a las afueras de Londres. Y que Gene Vincent casi la palma a su lado. Y se queda noqueado cuando descubre que Ritchie Valens y Buddy Holly murieron en la misma avioneta. La combinación de muerte y juventud le perturba y le fascina y sofríe el repertorio de su primera banda.

Es un 19 de marzo de 1989 y huele a hormonas con jazmín y a guitarras con adolescente, y los Impresentables afinan sus instrumentos a la sombra de un pino glorioso que crece en el colegio de La Salle Bonanova cuya sombra se proyecta como un pulpo tridimensional sobre la terraza posterior de los Vergés Tramullas.

Dani, Aleix, Israel, Xavi y Carles forman un pequeño círculo, entrelazan los brazos, sincronizan sus taquicardias e invocan al Dios del Excremento. La melé se disuelve al grito de «Mucha mierda». Es una estrategia diseñada por Israel, el orquestador de todos los rituales que acompañarán a la banda de exigua biografía. Un día como hoy, de hecho, descubrirán que los directos desatan la verborrea atómica de su mánager.

Es un sábado primaveral y ayer los Communards tocaron en el Palau d’Esports, e Israel dice que el cantante, Jimmy Somerville, cantó con el culo suturado. Cuenta que hace dos semanas tuvo que ir de urgencias a un hospital muy triste de Birmingham con un cuadro de «embotellamiento anal».

—Te lo prometo, tronco: ¡le metieron una Coca-Cola por detrás! —exclama.

Dani Baraldés le mira con una expresión tan petrificada como su tupé. Ha conseguido contenerlo con cuatro quilos de gomina y ahora parece el ala disecada de un bebé velociraptor. Dani tiene quince años y los huesos muy largos y muy finos, y una Telecaster que le cuelga de su pecho enclenque como un platillo volante.

—Una Coca-Cola por el culo… ¿En serio? —le pregunta. Yo pensaba que tenía esa voz porque le habían cortado los cojones.

—Joé, Dani, tron, qué bruto que eres. No sabes todo lo que puedes llegar a meterte por detrás si dilatas lo suficiente —dice el Irra.

—Sí. Es como un parto, pero al revés. Yo lo sé porque mi padre es ginecólogo —dice Aleix.

Miente como un bellaco, pero es muy convincente, así que nadie sospecha. Y añade:

—En realidad dicen que puedes meterte por detrás el doble de lo que puedes sacar por delante —sentencia.

La incontinencia de Israel disimula un pánico más silencioso y vertical, el de Aleix Vergés, que lleva dos noches consecutivas sin dormir y que ha estado muy cerca de encerrarse en su cuarto y no comparecer.

Ahora, sin embargo, la concurrencia se apretuja frente al quinteto y todos sienten un cosquilleo más beneficioso que satánico. Los Vergés Tramullas se mezclan entre el público. Nando Cruz, Luis, Astrid, Eric y Hache también se cuentan entre los presentes. Está todo listo para empezar. Los Impresentables encaran a su público. Y de pronto Israel se da media vuelta y le dice a Aleix:

—Joé, tron. ¿Has visto Mujeres al borde de un ataque de nervios? Es una obra maestra absoluta. Vale que Almodóvar no es Billy Wilder. Pero ni falta que le hace —dice el de Sanfeta entre sudores y espasmos.

Aleix parpadea asombrado. Le mira y le dice:

—¿Te apetece ver «Jovencito patán al borde de puñetazo en la cara»? La proyectan justo ahora en mis nudillos —dice Aleix.

Y entonces Dani pilla el micro, da las buenas tardes y desgrana los primeros acordes del «Peter Gunn», el clásico instrumental de Henry Mancini. Será la canción que abrirá los cuatro directos de su historia. Luego caerán el «Bird Doggin’», de Gene Vincent, el «Summertime Blues», de Eddie Cochran, «Rock & roll en la plaza del pueblo», de Tequila, y «La Bamba», de Ritchie Valens, la primera canción que Aleix cantará en directo en su vida.

Nando Cruz no se ha olvidado de aquella tarde: «Me acuerdo de estar en el jardín de casa de sus padres. Y recuerdo perfectamente la sensación de mirarle y de pensar: llevo tres años dándole clases particulares, no consigo motivarle, no tiene paciencia alguna, es incapaz de dedicarse más de veinte minutos a algo. Y de repente recuerdo que dijeron algo así como “esta es la última”. Y siguieron tocando. Y tocando. Y Aleix, mi alumno desmotivado, desconcentrado, estaba consagrado a una dedicación. Volcado. Entregado. No había nadie que lo sacara de allí. Estaba en su salsa. Qué cabrón. Me había llamado para que fuera a verle. O más bien para exigírmelo. Tenía que ir. Y si no iba, me cortaba las cojones. O no me volvía a hablar en su vida. Siempre se le escapaba alguna amenaza. No es que me costara ir, pero tampoco tuve elección».

Ir o no ir

Israel no pierde ocasión para encajar su producto musical en el mercado. Lo cuela en todos lados, entre apretones de manos y palmaditas en la espalda. Tiene la clase de carisma que todos los políticos querrían para sí. Es entrañable y especulador. Sospechoso y contagioso. Se describe como un «enreda de Sanfeta». Sanfeta es Sant Feliu de Llobregat, su Macondo particular. Israel es igual de descacharrante e inagotable durante sus escarceos con los canutos y el pegamento como en sus charlas con adultos, a los que nadie tiene los huevos de dirigirse. Él no tiene problema. Le habla de sus Impresentables a varios tipos que llevan sotana. Lo intenta particularmente con uno que será acusado de pederastia pocos meses después. Y luego se dirige a los que visten de paisano. Habla con un catedrático de Latín muy sabio, el Pare Vila; con un tipo que lleva pajarita y esparce origamis por las repisas de las ventanas y con un genio de las matemáticas que ha fracasado en la integral del amor. Ninguno de estos últimos está implicado en un caso de pederastia.

Israel tiene quince años y es el crítico de cine de A Una, la revista del colegio. Es una revista de diseño religioso: los textos están maquetados como oraciones y parece que haya que santiguarse antes de leerlos. Hay una sección mensual llamada «Desde Cochabamba» en la que se informa de la evolución del colegio que los Jesuitas han abierto recientemente en la ciudad boliviana. A Israel se le enciende de nuevo la lucecita. Y esta vez la conecta con el interlocutor adecuado: Pepe Menéndez. Pepe es el jefe de estudios de BUP y COU y tiene una cualidad tan difícil de encontrar como un buen hombre: la empatía. Pepe es campechano y accesible, escucha a sus alumnos y descifra sus conflictos y sensibilidades. Así que a Israel le basta un segundo para sentir su onda y empezar a flotar.

«De repente, me sentí Bob Geldof y le pregunté si podíamos montar un concierto benéfico por Cochabamba. Le dije que estaría de puta madre, que funcionaría y que yo podía producirlo. Me dijo a todo que sí. Al final cobramos entrada, diría que doscientas pesetillas, y llenamos tres cuartas partes del aforo. No estuvo nada mal. El cartel lo formaban Impresentables y Sector Sur, que eran una banda que tenían hasta saxo y versioneaban a Dire Straits y The Cure. Yo estaba arriba, controlando las luces con el Iborra y fumando canutos con Dani Baraldés, mientras Xavi Baró se daba el filete con Natalia y ponía el suelo perdido de babas. Diría que fue en mayo», recuerda Israel.

Nacho y Begoña, los vecinos que se rescatan a principio de curso, serán los conductores de la gala. Begoña no se olvida de su procedencia. Ha dejado atrás la soledad del inodoro y se ha convertido en una adolescente laureada al conquistar el certamen de poesía de los Juegos Florales del colegio. Sus versos conjugan el desconsuelo adolescente y su amor platónico por Aleix, que todavía tardará año y medio en reparar en su existencia. La cita congrega a alumnos, padres, jesuitas, pederastas y matemáticos; corbatas, mocasines, billeteras que agitan talonarios y cheques que tiemblan como números impares. Al final los acontecimientos se precipitarán como una canción desafortunada de Manu Chao.

«El concierto de Impresentables por Cochabamba resulta clave para entender nuestra disolución. Hay mucho plano-contraplano: Aleix con la boca abierta y las niñas estupefactas; un solo de guitarra de Dani y el crucifijo del INRI; se ven las baquetas del Iborra y las joyas de las viejas. Y se ve a la familia. Aleix se dejó la piel. Cantó el «Great Balls of Fire» con un par de huevos. Sin embargo, al final del concierto su padre le hace un comentario sin malicia, un comentario honesto, en su línea. Le dice que le falla la voz. Que no le llega. Y Aleix se hunde», recuerda Israel.

Alfonso Vergés siempre le dijo lo que pensaba. Y siempre pensó que Aleix era un gran músico y un cantante mediocre. Quizá fue un momento inadecuado. Lo mismo, por una vez, las palabras requerían una película de eufemismos.

Aleix busca la legitimación de un padre al que admira. Es muy temprano y la adolescencia es tempestuosa, y de pronto el comentario declara la confusión de las hormonas y los pentagramas; un disturbio entre la esperanza y el vértigo. Aleix vive dentro de un cuerpo que no deja de alargarse. Se acerca peligrosamente a los dos metros y la sensación de distancia se incrementa. La adolescencia está al borde el colapso, los ríos se estrechan y su caudal se multiplica; las montañas se afilan y los cielos se vuelven tridimensionales. Aleix se derrumba.

Impresentables harán dos conciertos más antes de desaparecer. El siguiente será en la fiesta mayor del colegio Sagrado Corazón de Barcelona. Es un colegio de monjas. Entre las alumnas se cuenta la prima de Israel. Su influencia entre las esclavas de Cristo es fulminante: los hábitos sucumben también a la sonrisa de Sanfeta. Quien no lo hace es Aleix, derrotado por el miedo y la vergüenza, que inaugurará su historial de cancelaciones.

En los ensayos sucesivos al concierto de Cochabamba, Aleix se hunde. La voz se le apaga. Su eco le persigue y le avergüenza, y la música sucumbe al miedo por primera vez. Se convence de que es un farsante. De que está en el grupo porque ha puesto el local de Cerdanyola, de que Dani es mucho mejor y de que él es prescindible. Se siente eclipsado y disminuido. Se cuelga su flamante Stratocaster roja en bandolera y se mira por dentro. Ve a un estafador. Es otro pensamiento que le cruzará la cabeza en los momentos de mayor vulnerabilidad, un conflicto que plasmará en los primeros versos de su primer disco como líder y compositor de Peanut Pie en 1996:

Why are you coming at this place? / What are you watching all around? / What do you think you are going to see? / What do you thing I’m gonna do? / I wouldn’t mind if you stay or you go / You wouldn’t mind If I die or I don’t 9 .

Los primeros versos del disco de Peanut Pie plasman el pánico escénico de Aleix. Un aborto engendrado en la adolescencia que irrumpirá cuando las fuerzas flaqueen y la ilusión no funcione. Una vez se declare el miedo, estará vendido. Entonces empleará la violencia para boicotearse. La desesperación será siempre el preámbulo de las peores carnicerías mentales y, una vez encerrado en el entresuelo del pánico, solo habrá una solución: autodestruirse. La putada es que descubrirá muy pronto que la forma más exquisita e irreparable de autodestrucción consiste en destruir a los que quieres. Entonces llegas al corazón del dolor. Aleix pone a prueba sus límites y los de quienes le rodean. Y como en todo, una vez arranque el viaje, ya no habrá vuelta atrás. Le ha sucedido con sus hermanos, con Hache, con Astrid y con Luis. Y ahora le pasa con Dani Baraldés. Dinamita el ensayo con un puteo arbitrario que crece como un tsunami. Aleix se gira, la ola aumenta y la espuma se lo lleva todo por delante. Surfea en la cresta del desprecio, se recrea. No hay final en la caída, no hay descanso en el ataque. Lleva la situación hasta el límite y Dani le manda a tomar por culo con los ojos arrasados de lágrimas.

Luz de Luna

Aleix está apoyado en la barandilla de la piscina. Es una tarde de agosto y el crepúsculo baña la bahía de Andraitx, el suelo mejor especulado de Mallorca. El apartamento de los Vergés Tramullas se levanta sobre un risco que se llama Cala Llamp. Los apartamentos están encajados en las rocas como puñetazos inmobiliarios, aunque el paisaje todavía es virgen y mediterráneo. Se escucha el frágil oleaje que rompe cinco metros por debajo de la piscina, suena remoto como un bostezo de Buda, cuyos pliegues parecen estar exactamente reproducidos en la montaña que se levanta al otro lado de la orilla. Ahora que la luz se desvanece y que el cielo se desangra, Buda parece un volcán púrpura, un monje tibetano a punto de vomitar.

Claudia Schiffer está doscientos metros al Oeste. Se la puede ver con los prismáticos. Álvaro lo intenta, pero fracasa. Le parece ver a Armani. Es un tipo con el pelo blanco que lleva un bañador blanco como su pelo. Tiene que ser Giorgio. Qué fuerte. Álvaro flipa.

Adriana Vergés le observa y sonríe. Y observa a su hermano y le sale una mueca. Tiene casi trece años y ha descubierto la falacia de París y de las cigüeñas. Sabe que los olores nunca volverán a ser los mismos. Puede oler a pinaza y a gasolina, a mar salado y a hermano triste. Es todo de una claridad violenta y arrolladora.

«Aquel verano supe que Aleix nunca sería feliz», dice Adriana.

Aleix no descansa. Disfruta y padece. No se sabe muy bien cómo respira. Es joven, muy joven, y no tiene reparos. Vive a la velocidad de la urgencia. Se siente alternativamente frustrado y poderoso. Ha conocido a una niña vasca que se llama Elena. Es una niña atractiva. Se miran con deseo, flotan en la isla, arden por las noches. Es evidente.

Aleix le toca canciones. Elena se pone las gafas de sol y las lentes reflejan el cuerpo de su trovador descamisado, las bambas agujereadas y la cabeza despeinada. Aleix le propone que salgan a trepar tejados de madrugada. Quedan a la una en la piscina, cuando los adultos ya se han acostado, y trepan las tejas de Aldea Turquesa. Elena tiene sal en los labios y luz de Luna en los hombros. Es el primer romance a más de treinta grados, la primera madrugada exterior, y Aleix rebasa otro límite que le vale un sopapo. El padre de Elena les descubre como dos gatos en celo, monta en cólera y le propina un revés de boxeador zurdo.

La caída de Troya le cuesta la prohibición del windsurf y la guitarra durante la próxima semana. Pero hay soluciones para todo. Chisca siempre está a su lado cuando las cosas se ponen peliagudas. Así que le suaviza el encierro con una buena dosis de plástica. Le ha comprado una caja de rotuladores de colores, un marcador negro y otro plateado, dos subrayadores fluorescentes y unas tijeras, y le ha dado carta blanca para utilizar su revistero, en el que se acumulan las revistas del corazón y de interiorismo de los últimos cinco años.

Aleix descubre que hay vida más allá de las velas y de las inmersiones. Sus ojos buscan estímulos todo el rato. Su cultura visual floreció durante la convalecencia de su ataque más furibundo de asma, en mayo del 79. Chisca se acuerda porque fue el día que Margaret Thatcher conquistó el poder de su imperio colonial. Entonces, mientras la Dama de Hierro comparecía en Downing Street con su familia calavera y sus caderas hercúleas, mientras las televisiones españolas retransmitían en directo la muerte del feminismo y de la maternidad, Aleix se escurrió de las sábanas, eludió la imagen conservadora, bajó al salón y descubrió dos libros que le cambiaron el parpadeo para siempre: Miró y Egon Schiele.

«Recuerdo estar frente al televisor. Era la primera mujer que gobernaba en Europa. Yo no sabía en lo que se convertiría. Estaba simplemente fascinada con que una mujer hubiese llegado a presidenta. Y, de repente, me encontré a Aleix babeando sobre las láminas de Egon Schiele. Y cuando quise separarle, vi que tenía los pies colgando de las estrellas de Miró», recuerda Chisca. Aquel día descubrió la panacea para las sucesivas convalecencias de su hijo. En lugar de enchufarle al televisor, bastaba con sepultarle bajo los libros de Taschen.

Al igual que le sucede a sus tímpanos con la música, su ojos reciben las imágenes indiscriminadamente. No importa la procedencia ni el prestigio, cualquier imagen es el principio de una reconstrucción plástica del universo.

Mientras tanto, en Mallorca, a falta de los libros de Taschen y de los catálogos de arte de Barcelona, se sirve del Hola y del Diez Minutos para inaugurar su fecunda relación con el collage. Le bastan dos tardes para convertirse en un artista pop. Le ha cercenado la entrepierna a Marta Chávarri y la ha estampado en el centro la carta que le ha escrito a Eric. Y luego ha trazado un arcoíris y ha pegado la cabeza de Juan Pablo II en su aura. Los anuncios de cosméticos, de perfumes y de moda le fascinan igualmente y serán la piedra angular del centenar de misivas pop que elaborará a la largo de los próximos cuatro veranos.

«Era compulsivo. Devoraba revistas. No le importaba que fueran de decoración o del corazón. Y siempre terminaba destripándolas», recuerda Álvaro.

Álvaro es su amigo de verano. Aleix le ha convertido en su protegido balear. Álvaro tiene seis hermanos y vive en Algorta, a las afueras de Bilbao, y cada año, a mitad de julio, él y su familia desembarcan en Mallorca y ocupan dos apartamentos de Aldea Turquesa.

Aleix admira la procedencia de Álvaro, la autoridad de su acento, su vida heroica en la otra punta, en ese rincón de España que no es España, un país que se ha hecho célebre por los coches bomba y los encapuchados. Álvaro menciona las explosiones y los disparos como si hablara de vecinos y de gaviotas, con una naturalidad achacable a la vida en el campo y a la influencia aizkolari: es como si talara los verbos con la lengua. Álvaro es de pueblo y ha sido educado en el amor y en la abundancia. Es otro individuo que confundirá a Aleix con el futuro y que, tras conocerle, se planteará la existencia de vida en Marte. O en Venus.

«Aleix y yo nos conocimos una mañana de julio del 86. Nos miramos a los ojos y ya éramos amigos. En adelante, pasaría casi todos los veranos de mi vida con él. Aleix no solo me descubrió la música, sino que se propuso educarme a muchos niveles. Sobre todo en actitud. Siempre me decía que la vida era cuestión de actitud. Desde muy pequeño. Supongo que nunca había tenido un amigo que me hablara en términos existenciales. Decía que hay que enfrentarse a la vida con determinación. Y sin miedo. Yo no he bebido ni me he drogado en la vida porque Aleix me hizo prometerle a los quince años que nunca lo haría. Es la persona que más me ha influido y le debo casi todo lo que soy. Me adoptó casi de inmediato como a un hermano pequeño y se propuso descubrirme el mundo, educarme y protegerme de un modo vibrante e incondicional, como si en lugar de ser un año mayor que yo, lo fuera seis o siete», recuerda Álvaro emocionado.

Aleix intuye el abismo que separa sus universos y se propone a sí mismo como imperativo kantiano de su flamante amigo veraniego. Aleix habla claro y sentencia categórico. Distingue entre el bien y el mal con una lucidez meridiana. Espolea a los demás a que hagan todo lo que él es incapaz de hacer. Así que pilla a Álvaro por banda y le abre ventanas y puertas. Le asoma a los balcones de la música y del collage. Y le advierte sobre los peligros del futuro y sobre los beneficios de una vida moralmente intachable. Ha hecho lo mismo con Hache y con Astrid. Y lo hará con Leire, Mariona, Laia, David, Begoña, Isabel, Israel… La lista es infinita. Su pasión por abrirle los sentidos a los demás empieza muy temprano.

Aleix sabe que sus consejos son para los otros. Sabe cómo expresarlos y transmitirlos, pero no cómo aplicárselos. Aleix habla con intuición e inteligencia, es sumamente convincente. Transmite su amor por la música de una manera inmediata y no deja de observar en ningún momento al personal. Escanea a la gente, la lee, se distrae elucubrando con sus sueños y con sus debilidades. Y luego afloja frases largas de carrerilla en las que resuenan los ecos de hombres largos y barbudos. Lo que más le cautiva es la reacción de sus amigos cada vez que les propone una solución kantiana para el desorden de su miedo o para el calvario de su adolescencia. Poco a poco, el feedback será el estímulo que señale el camino. Aleix contempla los hoyuelos que se le forman a Álvaro cada vez que le toca una canción o le cuenta la vibrante historia de sus morreos, y siente el vértigo de la empatía, el latido de una pulsión emocional y creativa. Sus amigos más tempranos y sus hermanos serán los primeros espectadores de sus sesiones, pequeños happenings cuyo objetivo primordial es transmitir, compartir y emocionar.

«Como hermana, el regalo más grande que me hizo es la música. La de veces que gritaba mi nombre y me convocaba en su cuarto para escuchar una canción. Vibraba al descubrirla, al transmitirla. Y te cambiaba la mirada», recuerda Adriana.

Para Álvaro la música también es Aleix. «Me educaba. Recuerdo que me decía: David Bowie todavía no, esperaremos al verano que viene. Siempre elegía los discos o las canciones que creía que me podrían gustar. A mí la electrónica nunca me interesó: es una música que no entiendo. Pero Aleix tenía una discoteca infinita, así que siempre encontraba el disco adecuado. Yo me iba cada verano de Mallorca con un arsenal de cintas de casete. Me las grababa para que sobreviviera a los inviernos vascos. En 1993 me regaló Un soplo en el corazón, un disco de unos tipos vascos, como yo, que se llamaban Family. Siempre me hablaba de la música con una pasión gigantesca y contagiosa. Pero creo que Family fue la banda de la que me habló de manera más emotiva», cuenta Álvaro.

Aleix ve en los vascos una evolución honesta y autoritaria del dramatismo catalán. Álvaro es la primera ventana a la idolatría del pueblo de los caseríos y el chacolí. Un sentimiento que su amiga Leire convertirá en amor, en apenas cuatro años.

11 de septiembre de 1989

Los cuatro teléfonos inalámbricos de la Bonanova suenan a destiempo. Es una noche de chanclas y aftersun, y Adriana contesta al tercer tono y le sala una burbuja de la boca tan larga como el desconsuelo de la orfandad.

—¿Diga?

—Hola. ¿Está Aleix?

—Creo que sí, ¿de parte?

—Soy Hache.

—¡Qué tal, Hache! Voy a mirar arriba y te lo digo —dice Adriana. Y desaparece. Al poco rato se pone Aleix.

—¿Hache? ¿Qué tal tío? ¿Cómo te ha ido el verano?

—Bien. Bueno. Se murió mi padre el otro día.

—¿Le mataste tú, o qué?

—Te lo digo en serio, Aleix.

—Venga ya. No me jodas, Hache.

—Salió una necrológica en La Vanguardia. El 30 de agosto. Murió el 29. Míralo.

—Vale, vale. Pásate por casa esta noche, enano.

—No estoy en Barcelona. Estoy en Salou. En una cabina.

Y, de pronto, se corta la línea.

Aleix nunca se perdonará no haber estado a la altura. Es su peor pesadilla, algo que intuye desde que es pequeño: la vida puede volverse atroz en un segundo. Y la única forma de combatirla es estar acompañado. Hache es su mejor amigo y no ha sabido estar a su lado en el peor momento. Aleix se queda muy tocado. A partir de hoy, no solo redoblará sus esfuerzos por proteger a Hache y a Astrid, cuyo padre agoniza, sino que decide convertir su vida en un desafío contra la muerte y contra la soledad. Ni estará solo ni dejará solos a los demás. Su sentido de la pertenencia se vuelve integrista como la adolescencia y combatirá con violencia a todo el que amenace su esfera de seguridad. Las charlas de su padre y las sucesivas muertes de los padres de su amigo y de su novia apuntalan el romanticismo de su arquitectura emocional.

Noventas

Es una mañana luminosa, la primera del 90, y las grúas surcan el cielo de una ciudad que todavía no tiene mascota oficial para sus juegos olímpicos. Sobran animalitos domésticos y bestias de entresuelo. Los andamios se yerguen de Este a Oeste y encubren las fachadas de la especulación. Las rondas han abierto en canal el área metropolitana: una surcará las faldas del Carmelo y del Tibidabo; la otra conectará la orilla del mar con Montjuich y el aeropuerto. A partir de ahora será más fácil entrar y escapar de Barcelona. El flujo de dióxido, cemento y dinero se multiplica tanto como el entusiasmo de la prensa. El despertar a la década es la constatación de un proyecto faraónico que está a la vuelta de la esquina y que está destinado a convertir estas nalgas provincianas en un culo bamboleante e internacional. Todavía faltan dos años y medio, y las dos montañas principales lucen estimables agujeros. En Montjuich hay un socavón obsceno. Podría ser la fosa común de toda Judaica, de todos los caídos en el Monte Judío al que apela su nombre. Pero es el futuro Palau Sant Jordi, un pabellón deportivo diseñado por Arata Isozaki, un arquitecto que se hizo adolescente justo cuando el cielo de su país emulaba la forma del champiñón. A su lado hay una estructura metálica y blanca diseñada por Santiago Calatrava. Aleix dice que le recuerda al perfil de John Travolta. A su silueta del sábado noche, con el brazo en alto y la cadera desplazada sensualmente hacia la izquierda. Se llamará Torre de las Comunicaciones. En la latitud opuesta, y a una altura más insultante, en la sierra de Collserola, justo por encima de la residencia de los Vergés, se apuntalan las bases de otro palo metálico de nombre casi idéntico: Torre de las Telecomunicaciones. Se elevará muy por encima de la Torre de las Comunicaciones. La firma Norman Foster, que es un inglés casado con una sexóloga. El preámbulo olímpico llenará la ciudad de falos, de arquitectos con proyectos cilíndricos que aspiran a fundirse con las nubes, a follarse al cielo. La auténtica puntilla la pondrá Jean Nouvel en unos años, cuando se invente una polla fluorescente para celebrar el artificio del Fórum de las Culturas, la auténtica olimpiada de la especulación, una suerte de Barcelona 92 desprovista de ingenuidad, espíritu y deporte: un negocio redondo como el anillo de Gollum. Pero todavía faltan diez años, tantos crepúsculos y todas las muertes.

El final de CES es un pinchazo en el costado. En BUP no hay delincuencia hormonal ni motos trucadas ni conciertos prohibidos. BUP es la senda universitaria y discurre por paisajes mucho más conservadores que CES, un plan de estudios diseñado para eludir los centros de reclusión de menores y estimular la Formación Profesional. Muchos de sus nuevos compañeros de clase visten camisas de rayas, calzan mocasines y juegan al pádel los miércoles por la tarde y los sábados por la mañana. El delegado de su clase, sin ir más lejos, es un tipo que se llama Carlos y está afiliado a las juventudes del Partido Popular. Israel dice que un día le meterán de hostias. Israel es lo único bueno del curso que comienza. Hasta que descubre que también está Esther, que es una jovencita turolense que quizá, si no abriera la boca, podría colar como hija de francés y vietnamita. Aleix había conocido a Esther en CES y se había enamorado de su voz, una voz que le recuerda a un muñeco televisivo muy dulce, y de su procedencia: Esther es de Ademuz, un pueblecito de Teruel. Aleix tiene muy claro que Teruel no existe y que Esther podría ser una descendiente directa de Pocahontas. Y la trata como tal, como a una criatura insuperable de ciencia ficción que le ayudará, y mucho, a superar su triste realidad académica. En unos meses, acaso nueve, Esther le propondrá a Aleix que salga una noche de fiesta con sus amigas del pueblo. Más que nada para probarle la existencia de Teruel, que es una provincia que no solo existe en su voz de teleñeco, sino también en la historia de un grupo de amigas que llevan casi todos los veranos de su vida veraneando en el margen de la existencia. Aleix acudirá a la cita y, entonces, conocerá a una amiga de Esther que se llama Eva y que le cambiará la vida.

Aleix ha regresado de Mallorca mucho más rubio. Israel se lo dice: «Joé, tron, pareces Marilyn», y Aleix amenaza con pegarle. Dice que no es teñido, sino manzanilla. Champú de manzanilla. Ahora ya mide el metro noventa y siete con el que morirá y la cabeza le brilla con una fuerza interplanetaria.

Los profesores de BUP son más inexpresivos y emplean palabras más largas y les hablan de usted, algo que solo le había sucedido con la perturbadora María Bilbao, una profesora que le intimidó y cuyo recuerdo le despierta ahora una profunda melancolía.

Dani Baraldés se ha puesto a trabajar en la pastelería de la familia de uno de los poetas más estimables de la literatura catalana: J. V. Foix. Dani es vecino y su padre conoce a la familia de toda la vida. Ha hecho desaparecer sus pasteles bajo sombreros de copa y ha alumbrado a conejos blancos entre su repostería. El padre de Dani se llama Albert y es mago. Y los Foix le adoran. Así que el día que les cuenta que su hijo quiere aprender el oficio, le ofrecen trabajo, y así termina la historia de los Impresentables.

El desconsuelo académico y la tristeza adolescente se suman al vacío musical y a los artículos inadecuados en las páginas de sucesos, la sección más ojeada de la historia de la prensa. Aleix ha leído en La Vanguardia que dos jóvenes de Móstoles se han escapado de casa. Los periódicos y los telediarios han difundido sendas fotografías desenfocadas de las dos adolescentes. Aleix observa sus retratos pixelados con entusiasmo. Se llaman Soraya y Sonia. Son dos forajidas. Dos niñas con cuatro ovarios como cuatro botafumeiros. Se imagina sus funestas iniciales bajo el sol de Marbella y siente unas ganas irresistibles de largarse. Sonia y Soraya se han tirado una semana entre Fuengirola y Estepona. Conocieron a dos alemanes que conducían un descapotable y han vivido del cuento y de los cuadrados. Pura geometría teutona.

Al final la policía las ha interceptado en Málaga. Aleix también quiere escapar. Así que diseña un plan de evasión urgente. Nada muy elaborado. Es más bien un préstamo: lo toma de Sonia y de Soraya. Solo que, en lugar de Málaga, elige Gijón. Está a trece horas en autobús, una distancia suficiente para despistar a la policía y dar esquinazo a los jesuitas. Llama al teléfono de información, 080, y le dicen que los autobuses a Asturias salen de la estación del Norte. Ida y vuelta a Gijón sale por cinco mil pesetas. Pilla diez mil del bolso de su madre, se va a la terminal, se compra dos billetes y llega tarde a clase.

Se lo cuenta a Israel, le dice que tiene dos billetes rumbo a la libertad, e Israel le mira con cara de preocupación. Aleix lleva muy mal el rechazo. Exige en los demás la incondicionalidad que él profesa. Está comprometido. A muerte. Que Israel no comparta su pulsión le parece insultante. Así que se enfadan por primera vez en su historia.

«Joé tron, cuando el Aleics se enfadaba, ríete tú de las mujeres y de la furia de los Dioses», dice Israel. Aleix está rebotado, se da media vuelta y chuta una silla, grita por dentro y simula por fuera. Y como casi siempre que se pone de morros con un colega, el gran bosque de champiñones de la vida le propone una seta alternativa. Es un robellón que lleva dos años observándole y que había perdido toda esperanza de conocerle.

À bout de souffle

Hache tampoco se atreve. Le apetece salir en las páginas de sociedad, pero tiene una hermana muy pequeña y otra que no lo es tanto y una madre muy deprimida y un padre recién enterrado. Aleix merodea el pozo psicológico de Hache y le propone rescates y arneses. Sin embargo, él también necesita que le salven. Se empieza a cansar de ser el que siempre propone soluciones. Tiene los billetes en el bolsillo e ignora que Freud lo tiene agarrado por los cojones: es el momento en la vida en que tienes que matar a tus padres. Sigmund lo escribe y Aleix lo ejecuta. No quiere saber nada de sus padres, percibe el rumor apagado de la monotonía y le parece una injusticia. Desea que el amor sea una escalera infinita y que sus padres estén en la cumbre. Pero solo ve un descampado, el escenario abandonado de una superproducción. Se siente inmensamente lejos de sus hermanos y de los jesuitas; de la música, las pastelerías, los enredas de Sanfeta, del cáncer y de la puta madre que parió a la humanidad entera. Está sulfurado, los dieciséis le bullen como cangrejos freudianos en los huevos, y sale al patio y le roba una pelota a un grupo de niños y la chuta con toda su mala hostia en dirección a una cristalera. Aleix se defendió con el básquet, pero siempre fue un jugador de fútbol abominable. Su cañardo se aleja clamorosamente del ventanal y enfila un rostro mucho más probable, el de la poesía: los ojos azules de Begoña Prat se cierran de golpe y su nariz recibe un impacto que puede que le cambie la forma del tabique para siempre. Es uno de esos pelotazos absolutos en la cara que no se olvidan. Begoña cae fulminada, y Aleix se queda pálido y acude a su rescate con los cataplines extrañados por Freud y por la casualidad. Por la violencia y por la puta negligencia.

—Lo siento mucho, de verdad… ¿Estás bien?

Begoña abre los ojos y siente que el poema ya no es ella. Observa el resplandor del rostro de Aleix y siente una ráfaga de lirismo postraumático en el aire, la promesa de un soneto insuperable alrededor del aura de su agresor. Desearía que le llovieran pelotazos eternamente, congelar su vida en este momento. ¿Morirse? ¿Por qué no?

—Nunca he estado mejor —dice Begoña—. No te preocupes, Aleix.

—¿Cómo coño sabes mi nombre? —le pregunta Aleix como si fuera él la víctima del pelotazo.

—Porque me siento dos filas detrás de ti.

—¿En serio? Tienes la cara muy roja. Lo siento —dice Aleix.

—Y tú tienes el pelo muy amarillo. Pareces Marilyn —dice Begoña.

Aleix no se siente ofendido por el comentario. De hecho, le hace gracia la coincidencia: que Begoña tenga el mismo sentido del humor que Israel, la legitima.

—¿Cómo te llamas?

—Begoña.

—¿Te apetece venir a Gijón? Me voy en dos horas y me sobra un billete —dice Aleix.

La cara de Begoña alcanza un grado todavía mayor de fluorescencia.

Begoña está abrumada. Ha pasado de ser el poema a vivir en la poesía. Estamos a finales de noviembre, a principios de los noventa, y es el último otoño de la historia de la ciudad. A partir del 92 las estaciones se volverán transgénicas, los anuncios de El Corte Inglés perpetuarán la primavera y la publicidad, y la especulación olímpica y el escaparatismo turístico incrementarán la temperatura, corregirán las nubes y recalificarán el otoño y la caducidad de sus hojas. Las cámaras parpadean, el suelo se dobla y el cielo se acristala, y los circulitos rojos delatan la amenaza de una sociedad que todo lo quiere registrar.

Hoy, sin embargo, todavía huele a castañas y a gitanas analógicas, a envoltorios precarios de papel, cemento y hojarasca chamuscada, y Begoña entra en casa de sus padres con un masái marciano, y Eduard, su hermano mayor, lo ve todo desde la ranura de su puerta entreabierta, desde su habitación, un lugar forrado con fotos de águilas y campos de entrenamiento militar desde el que contempla fascinado las Nike y la guitarra en bandolera, los tirabuzones y la libertad. Y entonces el hermano ajusta la puerta y se siente rabioso. Aprieta los dientes, piensa en acelerar su incorporación al Ejército y en abatir greñas con subfusiles. Nunca se puede generalizar. Ni decir «nunca». Ni escribir «siempre». Todo es una trampa y una exageración, y es muy probable que todo lo que pasó por la cabeza de Eduard fuera muy parecido a lo que les pasaría por la cabeza a muchos alumnos de BUP cuando se cruzaban con Aleix. Del mismo modo, es muy posible que el miedo y el Ejército también atravesaran la cabeza de Aleix cada vez que se cruzó con los alumnos de BUP. La adolescencia es un campo de minas indiscriminado, la primera ciénaga de la paranoia y de la violencia.

Begoña saluda a su hermano desde el vestíbulo, simula que va sola, entra en su habitación, mete dos camisetas y dos jerséis en una mochila, sale de la habitación, se va a la cocina, se prepara dos bocadillos de paté y pan Bimbo, los envuelve en papel de plata y no piensa que la corteza y el hígado de pato puedan encontrar un domicilio permanente en sus muelas del juicio.

La estación del Norte es un lugar que no inspira nada bueno. Uno no sabe si la gente que se acumula en los andenes —uno aquí, otro más allá, tres al fondo; el de la izquierda, la mujer triste de la capucha y el adolescente— lleva toda la vida perdiendo un autobús o si es que nacieron aquí y nunca reunieron el valor suficiente para largarse. Lo mismo se pusieron a hablar, se contagiaron el miedo y aquí se quedaron. Igual se pusieron de acuerdo y convirtieron las cisternas de los lavabos en dormitorios y vivieron una vida hecha de insomnio y de sexo desesperado e insatisfecho que sabe que siempre será prisionero. Ahora están muertos y parpadean raro y «técnicamente, son necrófilos», como dice Begoña.

Aleix y Begoña averiguan dónde queda el andén diecisiete y se suben al bus a las diez de la noche, media hora antes de que parta.

Apenas han hablado desde que se han ido de casa de los padres de Begoña. Ha sido un silencio fluido, de asentimientos, pequeñas onomatopeyas y muchas sonrisas; un silencio engendrado por la vergüenza, la timidez y la inseguridad. A fin de cuentas, no se conocen de nada y no tienen ni puta idea de lo que están haciendo ni de dónde dormirán ni qué coño les dirán a sus padres. Begoña cree que si hace preguntas, se romperá el embrujo, y Aleix está convencido de que la magia consiste en no dar explicaciones.

El bus zarpa y se sumerge en la noche como un pequeño barco a la deriva. Begoña ha llamado a sus padres al trabajo y ninguno de los dos ha contestado. Le ha dicho a su hermano que se va a pasar el fin de semana a Girona y ha dejado una nota manuscrita. Aleix quería irse sin decir nada. Le estimula imaginarse a los periodistas en la consulta de Alfonso, las cámaras en el pasaje y el gran misterio de su paradero, flotando en la enigmática noche preolímpica. Iba a largarse sin decir nada, pero se ha pasado por casa a pillar la guitarra y unos casetes con los que quiere impresionar a Begoña, y se ha cruzado con Mari Carmen, la asistenta, y le ha presentado a su cómplice. Y luego, a la salida del pasaje, se ha cruzado con su hermana Randi, que tiene nueve años y se queda con todo, y con su abuela, que tiene setenta y siete y se queda con el doble de todo. Su abuela estaba rara y Randi ha preguntado: «¿Adónde vas? El avi está enfermo», como si en lugar de una niña, fuese una madre. O una policía, que, a veces, es el uniforme de la maternidad.

Aleix les ha presentado a Begoña, «Randi, abuela, esta es Verónica». Begoña ha puesto cara de poema y entonces Aleix se ha corregido y se ha disculpado, y la situación se ha hecho doblemente extraña. Su abuelo, el avi, el padre de Chisca, lleva unos días instalado en casa. Está enfermo, no hace falta que nadie se lo diga. Es un hombre sabio e imponente que tiene una voz profunda y debilidad por el terciopelo, la poesía inglesa y las óperas de Wagner. El avi le descubrió a los Beatles y las pajaritas; las bebidas granates y las posibilidades del garaje como lugar de ensayo. Ahora el motor ruge y el autobús atraviesa las calles cuadriculadas de la ciudad, las persianas plateadas de los negocios cerrados y las barras metálicas de los bares abiertos, y Begoña ve perros muy lentos a la luz de marquesinas estropeadas. El corazón le late deprisa, la boca se le seca y piensa por primera vez que se le ha ido la olla.

Y entonces Aleix la mira y le pregunta: «¿Te da miedo escapar?».

Aleix quiere sopesar el miedo de su compañera de huida para calibrar el suyo. Begoña flipa con la anticipación de Aleix y quizá respire más tranquila. Le confiesa que hacía tiempo que sentía ganas de escapar, más o menos desde que entró en los Jesuitas, hace dos años. Le cuenta que se encerraba en el lavabo todas las mañanas de septiembre y de octubre, y que llegó a considerar «hacer algo peor». A Aleix se le abren los ojos como platos. No hay nada que le perturbe tanto como el conflicto. Es casi una pasión. Una pulsión. Lo intuye por todas partes, lo siente arraigado a su eje, y su vida es un mecanismo sofisticado para eludirlo, cuando no para invocarlo.

La Diagonal se deshace como una lágrima en la lluvia y a Aleix le parece ver a una puta a la altura del campo del Barça. Los carriles se amplían y la ciudad desaparece, y Begoña le cuenta que hace dos años tuvo una depresión, que hasta entonces su vida había sido un relámpago, una luz constante.

—¿Y te daba miedo la muerte? —pregunta Aleix.

—No. O sea, me daba más miedo pensar en el suicidio que la muerte en sí misma, ¿me explico? —pregunta Begoña.

—Sí —dice Aleix. Y el autobús se desliza ahora por una Catalunya ignota, por desvíos que tienen nombres tan improbables como Esparraguera y Collbató.

Se quedan callados un rato y Aleix le confiesa que la muerte ha sido su obsesión desde pequeño. Que la ha pensado desde todas las posiciones y desde todos los ángulos y que, a veces, el pensamiento incorpora un escalofrío que le congela los huevos y le cancela el sentido del humor. Y le dice:

—Al final me he dado cuenta de que pensar en la muerte es como hacer una llamada desde una cabina telefónica con veinticinco pesetas y pasarte la conversación pensando que el dinero se va a terminar.

A Begoña la frase le fascina. Saca su libreta y la anota. Begoña es poeta y Aleix es un dividendo del margen, una estrella que surca la parte ovalada del cielo, su límite o su curvatura. Están juntos en un autobús rumbo a una ciudad que está a tomar por culo. Y entonces Aleix se incorpora, le dice a Begoña que le acompañe, dejan la penúltima fila y se van a la séptima.

—El tipo de atrás se la estaba pelando —susurra Aleix.

Begoña no da crédito.

—¿En serio?

—Completamente.

—Pero… ¿contigo o conmigo?

—Con ninguno de los dos. Es la muerte lo que le pone. Me ha escuchado hablando de ella y se le ha puesto dura —dice Aleix, que no puede aguantarse la sonrisa.

Begoña se parte la caja. Es lo que tiene la adolescencia. Y lo que tienen los viajes, el movimiento. Pasas en un segundo de hablar de tu miedo a la muerte a la depravación de tu vecino. La noche se cierra y el alumbrado nocturno despliega su hipnótica coreografía. El sueño les vence como un poste telefónico inmenso.


Aleix y Begoña.

El anillo de Gollum

Las Olimpiadas ya están aquí. Hay un montón de coches con las lunetas tintadas y muchas niñas rubias que hablan un catalán relativo y llevan un escote absoluto, niñas que se dirigen a la Barceloneta en compañía de marqueses y de condes, de hombres pequeños de apellidos interminables que llevan acreditaciones gigantes, cencerros de plástico que les glorifican como VIPS y que, a menudo, encubren la historia de un pederasta o de un delincuente. Los marqueses y los condes han conocido a voluntarios que les bajan las braguetas, a niñas cubanas que harán lo que sea por quedarse y a atletas rumanas lesionadas, a las que, ahora, pasean por los escenarios del desfalco y la recalificación, lugares donde antes había gitanos y chiringuitos, descampados adecuados para jugar a fútbol, grabar anuncios con Maradona, chutarse y comer barato. O para llevarte a tu novia y sumergirte en una playa cuajada de medusas y de pelusas. Hay cosas que han cambiado para bien. Hay otras que siempre serán un puto desastre.

Ayer por la noche Barcelona tenía más agujeros que el gueto de Varsovia. Esta mañana, sin embargo, no quedaba ni uno. Alguien ha enmasillado los orificios y ha escondido las vergüenzas debajo de la alfombra. Hay muchas putas encerradas en sótanos, mujeres atravesadas como mariposas en cajitas de cristal que están a punto de hacer el agosto de sus vidas, que podrán mantener a sus nietos o sus vicios a costa de un puñado de presidentes de repúblicas fallidas, ministros bananeros y consejeros delegados del Deporte y el Mamoneo internacional que viajan con maletines portentosos, valijas que han suplantado el sudor de cientos de miles de currantes por gloriosos fajos de billetes. La divisa de la honradez patrocina los excesos y las cúpulas, las acreditaciones VIP y los palcos privados.

En Montjuich, el Estadi Olímpic se eleva como un monumento nacionalsocialista. Un poco más allá, en el margen de la montaña que mira al cementerio, las plataformas del salto olímpico relucen como figuras riefenstahlianas.

Las Olimpiadas son un pretexto cojonudo para intercambiar maletines y pins con las banderitas de todos los países desfalcados, que son casi todos los que se presentan. La pasta corre a espuertas. Es un discurrir incoloro, inadvertido, mucho más discreto que el de la sangre de hace solo cinco décadas.

Ahora los más listos del lugar abren sus bolsillos, y los crímenes contra el suelo y contra el cielo, contra la arquitectura y la población sin recursos, se encubren con los tirabuzones, los dobles mortales y las piruetas semidesnudas en el aire de adolescencias vietnamitas, croatas, norteamericanas, inglesas, nepalíes y chinas, figurines de mazapán, de plástico y purpurina; de cuellos de cisne y muslos superdotados que se desploman en el aire como palomas fusiladas.

Aleix los observa boquiabierto en las piscinas Picornell. Lleva unas Adidas teñidas y las bermudas desabrochadas. Las anillas olímpicas están por todas partes. Esta mañana ha visto a Angola jugar contra España en Badalona y mañana tiene un partido de waterpolo, de nuevo aquí, en las Picornell, su escenario favorito, un lugar en el que verá a mucha gente de su edad vestida con camisetas que llevan los cinco aros del taladro estampados en el pecho. Niños y niñas que trabajarán sin descanso, de sol a sol, por amor a su ciudad, a la retransmisión mundial de su belleza, de sus mañanas soleadas y de sus crepúsculos calientes. Son voluntarios, una especie en extinción. En unos años volverán a ponerse de moda. Será una de las exigencias de la recesión: fabricar voluntarios.

Aleix ha visto a unos tipos que llevaban el dorsal en los gorros, que movían mucho las piernas para no hundirse y que apenas podían abrazarse después de marcar goles que no se veían. España ha ganado a Hungría, y Aleix mira más allá y ve los rascacielos de la Barceloneta, los helicópteros de los sultanes árabes y las bragas de las niñas danesas, y tiene unas ganas irresistibles de volver a colgarse la guitarra del cuello, de quedar con Néstor y con Mario, y volver a tocar versiones de los Héroes del Silencio. En unos años, acaso doce, tendrá un romance con una mujer de la que se enamorará pérdida e imposiblemente, como tantas otras veces: una chica de Zaragoza que se llama Nona y que tal día como hoy, una mañana de julio del 92, lo mismo ande por el Pilar, en Zaragoza, de la mano de un tipo que se hace llamar Enrique Bunbury. Es posible que todavía no se conozcan. Que Nona solo le haya visto pinchar un par de veces en el garito más cool de Zaragoza. Lo que es seguro es que, en unos años, cerca del cambio de siglo, se casarán. Aleix no había considerado jamás la música de los Héroes hasta que se ha incorporado a su nueva banda, Marea Baja, su primera aventura musical después de los Impresentables, un grupo de tres chavales que iban al Liceo Francés y tienen tendencias neogóticas y le descubren la poesía del apellido más pintoresco de Zaragoza. Marea Baja tocarán «Mar adentro» y «Entre dos tierras», canciones que hablan de la distancia del agua y de la proximidad del desierto, que ahora, aquí, en lo alto de Barcelona, en las Picornell, suena como un horizonte prometido.

Los catalanes de siempre se frotan las manos. Barcelona se convertirá en una callejón de Ámsterdam. O en un descampado de Teherán. O de Lima. Los que no tengan apellidos compuestos, ni conexiones con Madrid o con la senyera, los que no se llamen Vila d’Abadal, Muntanyola, Pujol Ferrusola, Trias Fargas o Trias de Bes, Vidal-Trias, Tria Ta Puta Mare, Mas i Gavarró o Sentmenat observarán el desembarco como sus abuelos hace cincuenta años, el día en que el cielo se pobló de mariposas erráticas que eyaculaban cilindros explosivos. El día H, después de una noche cualquiera, en que el enano del bigote cambió el destino de millones de individuos que no tenían ni puta idea de nada, que lo más parecido a la sociedad de la información que habían conocido eran las noticias transmitidas por vía oral sobre el precio del pan en la provincia vecina. Ayer por la noche, Barcelona era un pueblo. Esta mañana, es la sede mundial del Despiporre. Está todo lleno de cámaras, de círculos rojos que parpadean. Los precios del suelo, los del cielo y los del duelo se multiplican para los ciento cincuenta millones de ojos de todas partes que asisten alucinados a la desfloración de una ciudad virgen, pueblerina, de una capital de provincia que hasta el día de hoy no había tenido el arrojo de mirarse al ombligo, que, de hecho, vivía replegada en el entresuelo de la modestia y de la paranoia, de la vergüenza y del miedo a una invasión inminente. Pero lo cierto es que Pasqual Maragall ha hecho cosas muy buenas por un país al que su clase política, una clase masónica y españolista que simula hablar catalán y que forma parte de los Consejos de Administración de la Falange y del Valle de los Caídos, ha llevado hasta su última desembocadura.

Ha pasado el tiempo y han cambiado las nubes y la naturaleza de los crímenes, que ya no salpican ni circulan en bimotores estropeados. Ahora los crímenes se llaman Suiza y se llaman ceros, se llaman violaciones y derechos humanos, y se ejecutan impunemente, sin otras armaduras o uniformes que los trajes de esmoquin y de chaqué y un ligero olor a puta maltratada en el cogote. Ahora los asesinos se llaman Presidente del Comité Olímpico Internacional y marqués de Sentmenat, Montoliu o Vilallonga. Tipos que tienen nombres largos como lagartijas, que no tienen ni puta idea de hablar catalán y se reparten los edificios que, en unos años, abrirán el tajo más chungo de la triste historia de este suelo, cuando se derrumbe el cielo y se multipliquen los desalojos y el duelo, cuando sus cuentas corrientes se hayan largado de vacaciones con sus ceros a todos los paraísos cómplices de la desvergüenza.

SEGUNDA PARTE
1993, after the shame

Albert se ha despertado con una resaca de órdago. Abre un ojo y nota una sustancia viscosa depositada sobre su párpado izquierdo. Podría ser un mierda de paloma. O podría ser Baileys con purpurina. Intenta recordar lo que pasó, pero su memoria está tan espesa como la deyección. Se acuerda del concierto en el Plataforma. De un desliz en el cuarto tema y de un final inspirado. Luego la gente se agolpó en el escenario y él se puso a revolver sus bolsillos y descubrió la pastilla. Llevaba medio año persiguiéndola por los bolsillos de todas sus chupas, de todos sus pantalones y de todas sus camisas. Se la comió antes de recoger los instrumentos. Y ahora no recuerda si, después del concierto, los dejaron en el local de ensayo o en casa de Ana. ¿O era en la de Diana? Recuerda que cerró los ojos y que vio a su abuela. Todos sus ciegos arrancan con la misma imagen. Especialmente los más gloriosos. Luego la gloria se desvanece e irrumpe el mazo del olvido: el futuro es un lugar plagado de episodios memorables completamente borrados de cuajo.

Albert recapitula. Se acuerda de llegar al local de ensayo, pero no sabe si alguien le bajó la cremallera en el lavabo del bar Kentucky, un submarino rojo y etílico de la calle Arc del Teatre.

Aleix se puso los cuernos y Ana y Diana le tiraron las cartas. Albert tiene flashbacks. Ana y Diana se sacaron un tarot de la manga. El Kentucky era como Saigón, como una noche de marines colocados, de lámparas de queroseno estropeadas y kimonos arrasados por pintalabios. Había bebidas rojas y sombrillas dibujadas en el papel de la pared. Salió una carta con un anoréxico acurrucado. Parecía el caganer. Seguro que era un vaticinio funesto. Aleix dijo que las cartas eran como cuadros de Caravaggio. Y luego añadió: «Son como islas musulmanas ardiendo en la noche yugoslava». Exacto. Esa era la frase. Islas musulmanas ardiendo en la noche yugoslava. ¿De dónde coño la había sacado? Estaba sobrio como el Papa. Y entonces Aleix pilló otra carta y le salió la mujer encapuchada. Y ahí se rayó. Agarró otra carta, pilló el mechero y le prendió fuego. El Kentucky estaba muy rojo y las llamas eran muy amarillas. Menuda resaca. Su puta madre.

Albert se incorpora y se queda sentado al borde de la cama. Hay una mancha violeta en el trasero de sus pantalones de campana. El Kentucky era un desierto rojo. Pinchaba un finlandés. Dentro de unos años se hará famoso y le devolverá un disco que ayer le perdió. Hace música del fin del mundo, como buen finlandés. Cuando pincha se vuelve un poco más mediterráneo.

Albert se acercó a la cabina y Mika le dio vodka; el deshielo del Norte ardió en su tráquea sintética, y entonces le prestó el disco de Kevin Ayers que se acababa de comprar en el Wah Wah. Los finlandeses le despiertan una generosidad que sería inconcebible que le despertaran los catalanes. Se imagina un iglú y una sauna, y sonríe.

Se incorpora y tropieza con el tambor de detergente que ha reconvertido en batería. Coge el disco de Syd Barrett que yace bajo la tapa de yogur, aparta un puñado de espaguetis que han sucumbido al desierto del exilio y vuelven a estar duros, conecta el plato Vestax de juguete y limpia el tomate de la aguja.

El vinilo cruje como una salsa de alcaparras secas. Es un sonido orgánico, siciliano. La pastilla todavía flota entre sus pupilas y su saliva. Lo piensa y nota un pinchazo en la espalda. Se da media vuelta a cámara lenta y los rayos de sol le estallan en la cara. Ve claramente una radiografía en movimiento, a contraluz. Es una silueta como un negativo, que descorre las cortinas de plástico que cubren la ventana.

Ha sido esta mañana, sin duda. Al llegar de fiesta. Ha pillado el mantel de la mesa del comedor, se lo ha llevado a su cuarto y lo ha clavado con cuatro chinchetas en la ventana. Y ahora, una criatura que podría ser el padre del agente Mulder descorre el mantel y lo atraviesa. Albert se frota los ojos y se siente como un buceador con las gafas empañadas. Como un Travolta submarino abriendo la maleta de Pulp Fiction. Contempla el resplandor, el movimiento hipnótico de la figura que emerge de los pliegues de plástico, y le sube todo de nuevo. Se le acelera el pulso y hace ademán de llevarse el inhalador a la boca. Y entonces lo entiende. Y respira. O lo intenta.

—Ma cagu en la mare que et va parir fill de puta!10 —exclama.

Y se lleva la mano al pecho y luego se palpa los bolsillos como si llevara pantalones y percibe el sudor frío que se le desliza por las piernas. Siente a Syd Barret en los muslos, su voz invertebrada que se sincroniza con la distancia del inhalador, el puto Ventolin, que debe de estar en algún lugar del suelo de su madriguera, que ahora, literalmente, cruje bajo los pies de Aleix.

Aleix mide metro noventa y siete, y Albert vive en un entresuelo a dos manzanas de su casa y duerme con la ventana abierta. Hoy será la primera vez que trepe por la fachada y lo agarre por sorpresa por la espalda. Lo hará cincuenta mil veces más, pero nunca jamás se descojonará tanto del careto de su colega como lo ha hecho hoy. Es lo que tienen las primeras veces.

—Fill de puta —repite Albert. Y la voz le patina por la garganta ahogada como su respiración, como el asma que le obstruye el diafragma y le matiza la voz de un modo subatómico.

—Sembles un extraterrestre en calçotets11 —le dice Aleix mientras escruta el yacimiento de vinilos que se esparce por el suelo.

—I tu sembles un fill de puta a pal sec12 —le contesta Albert. Su elocuencia matutina se concentra en un insulto que podría repetir hasta la saciedad.

—Però nen, què cony tens a l’ull?13 —exclama Aleix.

—Hòstia puta… No ho sé? Què cony és?14

Aleix cierra los ojos y hunde sus manos en el suelo. Quiere pillar un disco al azar. Es lo que hace en El Corte Inglés y en Discos Castelló, en Wah Wah y en CD Drome. Y en casa de Pedro, de Albert y de Hache. La semana pasada le salió el de Spyro Gyra en El Corte Inglés. La primera vez que lo intentó le salió Bowie, el Space Oddity, en Galerías Preciados, hace tres años. Barcelona tiene cada vez más tiendas, y Aleix combate el tedio de la superabundancia con dosis de intuición. Siempre le funciona. Lo hace cuando la vista se le cansa. O cuando la fatiga le nubla el instinto. No le pasa muy a menudo, pero le pasa. Y entonces cierra los ojos y pilla los discos a boleo. Ahora los abre y el Screamadelica de Primal Scream afluye de los escombros como una piedra preciosa. Aleix contempla la portada y siente un escalofrío. Se le derriten los cojones, se le ponen los ojos como estrellas y percibe, de nuevo, que hay un hilo invisible que le conecta la nuca con la Vía Láctea.

—Albert, alguna vegada t’has sentit com un satèl·lit espatllat?15 —pregunta Aleix.

Albert le mira y sonríe.

—Cada dia quan em llevo… Cada matí sento que sóc un putu error sideral16 —dice Albert.

—Hòstia. Error sideral! —exclama Aleix. Y saca la libreta de su bolsa de mano, agarra el boli e incorpora el nombre a la lista. Es una lista escrita con su proverbial caligrafía anti Gutenberg. Parece que se haya tirado dos años para escribir cada palabra. Pero ahora lo hace en un santiamén y escribe «Error Sideral» sin más florituras. Y luce igual de retórica y elaborada que el resto de su caligrafía.

Super Eyes, Completo Cincomil, Deserted Venue y La Gran Espe-ranza del Pop. Y ahora, Error Sideral. Cinco nombres y una sola banda. Hoy se llaman Mushrooms. Ayer eran La Quinta Planta. Mañana está al caer.

Claro que para nombres, Screamadelica. Aleix lo repite y se le llena la boca: «ES-CRI-MA-DÉ-LI-CA». Qué gran título. Frambuesa. Escuálidos superdotados. Escrimadélica. La juventud es tan corta como largo es el léxico. Lo piensa. Luego lo anota. Y piensa en su nombre y en el léxico y entonces le sale otra palabra: Aléxico. Y la escribe. Aléxico. Le gusta. Mucho más que su nombre.

—L’has escoltat?17 —se pregunta Albert.

—El què? El so de les paraules o el disc?18

—Hòstia nen, a tu les drogues no et fan puta falta. El disc, collons! Si has escoltat Screamadelica, tros d’ase!19 —exclama Albert.

La aguja se desliza sobre vinilo y las guitarras del «Movin’ On Up» sugieren una playa jamaicana. Y entran los teclados, que prometen góspel del Misisipi. Y entonces afluye la boca de fresa de Bobby Gillespie y nace el futuro de la poesía sideral, el principio de otra odisea que conquistará el espacio y sobrevivirá a un puñado de simios.

Aleix Vergés nota el hilo invisible de la espina dorsal como nunca antes. Lo ve, ve el hilo, y piensa en el cable desprendido de un satélite, en una cuerda de fibra óptica que cuelga salvaje del espacio exterior.

Un puto error sideral.

«I was blind, now I can see.20»

—La Mare de Déu i la filla de puta que la va parir21 —dice embriagado de música. Cierra los ojos y se le abre la cabeza. Y entonces se deja caer panza arriba en la cama de su batería, que esgrime una sonrisa abierta y animada. Una sonrisa noventa por ciento pirula.

El Screamadelica suena durante una hora imperecedera. Se filtra por los orificios del cerebelo que regulan la eternidad y ya nunca dejará de existir en la memoria de sus grandes descubrimientos musicales. Cuando un disco le gusta, el disco muere con él. Y él con el disco. Es una historia de amor que arranca en Grecia y que termina en Can Tunis, como todas las historias de amor.


Albert y Aleix bailando en una rave, 1995.

Hay pocos discos que soporten la intensidad de Aleix sin un rasguño, sin una interrupción. Sabe que nunca había escuchado nada parecido. Y que, en adelante, esa es exactamente la sensación a la que consagrará cada segundo de su vida.

1984

Gemma tiene nueve años y está viva de milagro. Se ha muerto dos veces. La primera fue a las pocas semanas de nacer. Estaba en la cuna y dejó de respirar. Eran las doce de la noche y su padre se había acercado a darle el penúltimo beso, el que le «hidratara» la noche. Su padre se llama Bertín y se parece mucho al cantante. A menudo, distorsiona las letras y las incorpora a su vida: «Mi beso te hidrata la noche», le cantaba cada noche a la misma hora. Quizá el reloj biológico de Gemma lo registrara. Lo mismo su instinto de supervivencia se sobrepusiera a la guadaña: la muerte súbita se quedó en simulacro. Bertín la agarró entre sus brazos, le ventiló los pulmones y se la llevó al hospital.

Gemma juega con sus canicas siderales y prepara una sopa de estrellitas en su cocina de juguete en el piso de Cornellà. Tiene nueve años y una prótesis de titanio en la espalda. A falta de elasticidad vertebral, relaja las sienes y sueña constelaciones. Hoy es el cumpleaños de su hermano y han hecho una fiesta en casa. A Gemma le da vergüenza relacionarse con los amigos de su hermano. Al fin y al cabo se llevan cinco años y una prótesis. Ella juega con las canicas, se imagina que son planetas y traza un mapa astronómico sobre la tarima flotante de su habitación. Se ha quedado a oscuras, apenas iluminada por el resplandor de las esferitas y por la luz amarilla de las farolas largas y tristes que se levantan en la plaza en la que vive. Quiere hacerle un anillo a la canica Saturno, pero no encuentra la manera. Y de pronto, un destello cubre el diámetro de su bola y se queda boquiabierta. Levanta la vista en lugar de desviarla y descubre el zarpazo de una mirada azul. Es el ojo izquierdo del Jonathan, que le espía por la rendija de la puerta. Gemma no había visto nunca antes un color de ojos como el suyo. Se queda hipnotizada. Así será durante muchos años.

Aleix le pide a Albert que vuelva a poner «Damaged». Llevan cuatro escuchas consecutivas y Albert contempla las formas del techo y murmulla obscenidades. De repente llaman débilmente a la puerta. Albert se incorpora como un soldado llamado a filas. Siente el escroto en el párpado y la pirula en el culo.

—Què vols?22 —pregunta.

Y la vocecita de su abuela le dice que tiene a alguien al teléfono.

Albert le dice a Aleix que no se mueva y sale de la habitación. Aleix escucha cómo la abuela le pregunta a Albert:

—Què tens a l’ull?23

Aleix también se lo pregunta. Albert es cinco años mayor y podría ser el batería de los Doors. Aleix no había conocido nunca antes a nadie que se pareciera a los músicos de las revistas. Albert se viste con ropa de los sesenta y lleva una melena que parece una escarola. Tiene la mandíbula cuadrada como los griegos y los ojos azules como el Mediterráneo. Sus estilismos son un desafío al paso del tiempo y un homenaje a los sesenta. Le gusta hablar de música y de Historia. De subidones y discos descatalogados.

Aleix y Albert se conocieron hace dos años. Aleix coincidió con la hermana de Albert en el San Ignacio. Es la mejor amiga de Begoña. Se llama Isabel y tiene los ojos igual de azules y la piel mucho más elástica que su hermano. A Isabel le gustan Debussy y Dostoyevski. Su madre murió hace poco, lo que despierta el interés y la fascinación de Aleix, tan rebosante de empatía como de curiosidad. Ha aprendido a moverse delicadamente entre huérfanos heridos, a verbalizar los traumas de Astrid y de Hache. Así que ahora lo hace con Isabel, le pregunta por su madre suavemente, e Isabel se desahoga y se siente comprendida hasta el infinito. Es una de las virtudes de Aleix: empatiza como nadie con el conflicto y el desarraigo. Luego, con el tiempo, será capaz de dictar él mismo los términos del conflicto y de provocar el desarraigo. Será la naturaleza de la mayoría de sus relaciones, algo que de nuevo le conecta con el límite: un día son carne de paraíso y al siguiente son el pescado del infierno.

Es una tarde de septiembre del 91 e Isabel le dice a Aleix que su hermano toca en el KGB, una sala legendaria del barrio de Gracia por la que han desfilado las promesas del punk, el rock y el indie barcelonés y también algunos grandes nombres del pop británico, como Ride. Aleix dice que la acompaña. Se muere de ganas.

El escenario es una tarima armada con tablas de madera y rematada por unas cortinas de terciopelo falso en las que reluce un escudo forrado con piel de vaca. Se leen las siglas de los servicios secretos de la Unión Soviética. Aleix Vergés asiste al concierto y se siente como un comunista frente a la hoz y el martillo. No hay nada que le interese menos que estudiar; nada que le encienda tanto como la música. Le pregunta a Isabel quién compone las canciones de la banda. Isabel le dice que es Pedro, el guitarrista, y que, de hecho, Pedro es también su profesor particular de Matemáticas. «Un gran home24», dice Isabel. A la semana siguiente, Aleix ya le ha pasado el teléfono del guitarrista a su madre. Y Chisca le llama y le ficha. El fracaso matemático señala el sendero musical. Pedro es el único candidato de toda la ciudad capaz de reemplazar a Nando Cruz, y de superarlo: en cinco meses Aleix será el bajista de La Quinta Planta.

«Las clases eran exactamente igual que las que cuenta Nando Cruz, es decir, una negociación. A mí me agobiaba que su madre me estuviera pagando. La música era su único interés. Recuerdo que en una de las primeras clases, seguramente la primera, me puso nuestra maqueta, la de La Quinta Planta. Y de repente me pregunta: «¿Me puedes decir qué acorde es este?». El muy cabrón había sacado todas las guitarras de la maqueta, a excepción del acorde treinta y siete del tercer tema. Y me insistió e insistió. Hasta que no se lo dije, la clase no avanzó. Y cuando se lo dije, avanzó rumbo a otro acorde que no tenía claro. Aleix era un apasionado incombustible. Y era obsesivo e insaciable. Una auténtica esponja. Supongo que aquel día supe que mi carrera como profesor particular iba a ser un infierno», recuerda Pedro.

Darmowy fragment się skończył.

57,13 zł

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
723 str. 39 ilustracji
ISBN:
9788418282256
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki