Czytaj książkę: «Festín de serpientes»

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HARRY CREWS «Nací el 7 de junio de 1935 al final de un camino de tierra en el condado de Bacon, Georgia. Un camino muy largo. Mi padre murió cuando yo era un bebé y mi madre, sin otra cosa que simple coraje, tras toda una vida de desesperación y falta de alternativas, nos crió a mí y a mi hermano. Asistí a la Universidad de Florida. Tras dos años ahogándome entre la Verdad y la Belleza, dejé la Universidad por una moto Triumph. Me dirigí al oeste una clara mañana de primavera con siete dólares y cincuenta y cinco centavos en el bolsillo. Estuve en la cárcel de Glenrock, Wyoming; un indio blackfoot al que le faltaba una pierna me dio una paliza en una reserva de Montana; fregué platos en Reno; recolecté tomates en las afueras de San Francisco; un hombre que se creía Cristo me expulsó el demonio que llevaba dentro en Colorado Springs y en Chihuahua me hice amigo de un piloto obsesionado con las alforjas de motos… Volví cojeando a la Universidad de Florida, purificado y santificado, dispuesto a absorber todo lo que quedara de Verdad y Belleza. Y así están las cosas. Actualmente doy clases de inglés en Fort Lauderdale, Florida. Estoy casado con una chica muy guapa que sabe escribir a máquina. Hemos tenido dos hijos. El mayor se ahogó en 1964. El otro tiene cuatro años.»

Desde entonces Harry Crews bebió mucho, se drogó bastante y publicó más de veinte libros. Murió el 28 de marzo de 2012, a los 76 años, por complicaciones de una neuropatía. En su última entrevista puso las cartas sobre la mesa: «Mira, si tu intención es escribir sobre la dulzura, la luz y toda esa mierda, consíguete un trabajo en Hallmark».

FESTÍN DE SERPIENTES

FESTÍN DE SERPIENTES

Harry Crews

Traducción Javier Lucini


Este libro es para Johnny Feiber: tanto en los buenos tiempos como en los malos, jamás he alzado mi copa junto a un amigo mejor.

Título original:

A Feast of Snakes

Atheneum, Macmillan Publishing Company, 1976

Primera edición Dirty Works: Mayo 2019

© Harry Crews, 1976

© 2019 de la traducción: Javier Lucini

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (con la asistencia reptil de Tomás González Cobos, que estuvo en Sand Mountain manipulando serpientes y está curado de espanto)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»

Maquetación y correcciones: Marga Suárez

ISBN: 978-84-19288-17-2

Producción del ePub: booqlab

«Si tan solo pudiese vivir en ese terreno cercano a la locura como en la época de mi infancia, donde todo era violento, intenso y de infinitas posibilidades: que el sol y la luna estallasen sobre mi cabeza.»

RICHARD EBERHART


Ella sentía la serpiente entre sus pechos, la sentía ahí y le encantaba que estuviese ahí, enroscada, formando una S oscura y tumescente, siempre rígida y dispuesta al ataque. Le encantaba cómo lucía cosida al jersey de cuello de pico del instituto, el remarcado diseño de sus manchas en forma de diamante brillando al sol. Estaban a quince grados, un calor inusual para principios de noviembre en Mystic, Georgia, y podía oler el leve aroma almizclado de su propio sudor. Le gustaba el sudor, le gustaba la sensación que le producía, pringoso como el aceite, lubrificando las articulaciones de su cuerpo, los huesos, los músculos tonificados y flexibles, ahora tensos y bloqueados, dispuestos a saltar (dispuestos al ataque) en el momento en que la banda que tenía a sus espaldas se arrancara con el himno del equipo: «Seguid luchando, Crótalos Mortíferos del Instituto de Mystic».

Sintió una gota de sudor en la zona lumbar que resbaló hasta quedarse un instante suspendida antes de deslizarse por la suave ranura que separaba las fauces flexionadas de su culo. Al sentir el sudor ahí abajo, entrecerró automáticamente los ojos para ver si podía reconocer a Willard Miller, el Jefe Serpiente de los Crótalos de Mystic, su Jefe Serpiente, entre los demás chicos con casco y uniforme blanco que formaban las líneas de confrontación al otro extremo de la pista. Cuando chocaron, sus suaves y casi tiernos gruñidos llegaron a sus oídos a través del verde campo de entrenamiento.

Trató de distinguir el sonido de Willard del de los demás jugadores y le pareció conseguirlo; pensó con asombro en lo mucho que se parecía aquel sonido al de los desgarrados bufidos que le soltaba al oído cuando la embestía brutalmente sobre el capó del Corvette. Apenas había diferencia, el mismo ruido cuando anotaba en el campo que cuando anotaba entre sus piernas. Hiciera lo que hiciera, siempre era ruidoso y violento, y acababa empapado, porque tenía tendencia a babear.

Al ver que el director de la banda alzaba la batuta, tensó los músculos y volcó todo su peso hacia la punta de los pies. En el momento en que la música restalló a su alrededor, con el bombeo de las tubas y el traqueteo de los tambores, comenzó a pavonearse como si fuese el fin del mundo. Desde los laterales del campo llegaba el repiqueteo seco e impresionante de la serpiente de cascabel. Habían venido algunos hinchas con sus calabazas. Calabazas grandes como melones, con forma de calabacín amarillo de cuello curvo, llenas de semillas deshidratadas para que al agitarlas hiciesen vibrar el aire con el sonido genuino de una serpiente. Durante los partidos, las gradas de los seguidores de los Crótalos de Mystic ponían los pelos de punta. Aquellas semillas deshidratadas podían oírse a tres kilómetros de distancia, zumbando como si fuese el mayor nido de serpientes jamás imaginado por Dios. En Mystic, durante la temporada de fútbol, nadie se alejaba mucho de su calabaza. A veces se podía ver a gente cargando con ellas por las calles del pueblo, en el supermercado o dentro del Simpkin’s, la única tienda de ropa y complementos de Mystic.

Ahora la banda se había desplegado adoptando la forma de una serpiente. Los miembros de la banda utilizaron los marcadores de las yardas para ir posicionándose a paso ligero, alzando bien alto las rodillas y sin dejar de agitar los instrumentos, de tal manera que toda la serpiente vibraba al sol. Los tambores se situaron bajo uno de los postes de gol, retumbando a todo trapo, y ella estaba bajo el poste del campo contrario, plantada en las fauces de la serpiente, con los brazos rígidos a modo de colmillos. Se había mimetizado con la música. No tenía que pensar para actuar. De todas las majorettes (y había otras cinco), ella era la que levantaba más las rodillas y la que marchaba con la sonrisa más amplia, la piel más lustrosa y la dentadura más perfecta. Lo llevaba en la sangre y, por eso mismo, su único defecto (de tener que señalar uno) era que su mente tendía a dispersarse. No le hacía falta pensar ni concentrarse como las demás chicas para ejecutar sus movimientos. Por lo tanto, a veces, se aburría con los ejercicios y dejaba vagar la imaginación. Incluso ahora, mientras hacía sus cabriolas, con la espalda arqueada y la pelvis propulsada hacia adelante, le hacía guiños a Joe Lon Mackey, que estaba bajo las gradas de la zona de anotación.

Allí era donde solía ponerse cuando iba a verles entrenar y no le sorprendió, hasta se alegró, porque le dio algo en que pensar. No les separaban ni seis metros, él estaba de pie en las sombras, con un saco de arpillera en una mano y una bolsa de papel marrón en la otra. De vez en cuando, se llevaba la bolsa de papel a los labios. Él le guiñó el ojo la primera vez que ella se plantó bajo el poste de gol. Ella le devolvió el guiño y le dedicó su inmensa sonrisa. Siempre le había gustado. Joder, ¿a quién no? Pero en realidad no le conocía tan bien como le gustaría. Su hermana, que asistía a la Universidad de Georgia, en Athens, su hermana Berenice, esa sí que le conocía bien.

Su hermana y Joe Lon habían sido lo más de lo más en Mystic, Georgia, de hecho, habían sido lo más de lo más en todo el condado de Lebeau, y Joe Lon podría haber ido a la Universidad de Georgia, en Athens, o a donde se le hubiese antojado, de haber sido un buen estudiante. Eso era lo que decía todo el mundo en Mystic: Joe Lon Mackey no es un buen estudiante. Pero es que era bastante peor que eso y todos lo sabían. Nunca se llegó a demostrar con pruebas fehacientes si Joe Lon sabía leer. La mayor parte de los profesores del instituto de Mystic que habían tenido el privilegio de darle clase pensaban que, probablemente, no. Pero, aun así, les gustaba, incluso sentían auténtico amor por él, veneraban al alto y rubio Joe Lon Mackey, seleccionado nada menos que en la categoría «All-American» como mejor jugador amateur, cuyo excepcional sosiego en el terreno de juego todos habían decidido tomar por cortesía. Detentaba el prestigio de ser el muchacho más atento de todo el condado de Lebeau, aunque era de sobra conocido que había hecho unas cuantas cosas bastante reprobables, como lo de la vez que se llevó a aquel viajante de comercio al July Creek y lo ahogó, con casi todo el equipo titular mirando desde arriba, en la orilla, donde estaban poniéndose ciegos de cerveza.

Ella se perdió el silbido del director de la banda que marcaba el momento en que la serpiente tenía que disponerse al ataque y, por consiguiente, las otras cinco chicas que configuraban la cabeza de la serpiente estuvieron casi a punto de llevársela por delante. Se había quedado con los brazos extendidos a modo de colmillos, lanzándole guiños a Joe Lon, que seguía en las sombras llevándose la bolsa de papel a los labios y preguntándose si Berenice volvería a casa para el rodeo, en el momento en que la chica que tenía justo detrás, al alzar las piernas, le dio un rodillazo en el riñón que casi la propulsó al suelo. Se recuperó justo a tiempo y bufó por encima del hombro: «Quieres que te patee el culo, ¿es eso?».

La chica le respondió algo, pero se perdió en el barullo de las tubas. Bajo las gradas, Joe Lon Mackey se acabó la media pinta de Jim Beam y lanzó la bolsa de papel con la botella dentro hacia los hierbajos. Se sacó del bolsillo dos tabletas de chicle Dentyne y se las metió en la boca. Acto seguido, se encendió un pitillo. Había ido a ver a Candy (a la que casi todo el mundo, menos sus padres, el doctor y la señora Sweet, llamaba Hard Candy1), porque le recordaba a Berenice y a todas las cosas que podían haberse hecho realidad y nunca lo hicieron. Hacía dos años, Berenice estaba en el último curso y era la jefa de las majorettes, y él, Joe Lon, era el Jefe Crótalo.

Se decía que Joe Lon, en un día cualquiera de su último año en el instituto, podía haber formado parte de la alineación defensiva de la mejor universidad del país. Pero no fue así. Jamás llegaría a poner los pies en un campo de fútbol universitario, a pesar de haber sido invitado a visitar más de cincuenta universidades. Pero no pasaba nada. Él ya había tenido lo suyo. Eso era lo que se decía a sí mismo unas diez veces al día: «No pasa nada. Por Dios, yo ya he tenido lo mío».

Se llevó la mano al bolsillo trasero de sus Levi´s y sacó una hoja de papel azul. Estaba prácticamente desgastada de tanto doblarla. La desplegó de una sacudida y la expuso a la luz. Decía: «Te veré cuando lo de las serpientes. Amor. Berenice». Y unas cuantas equis bajo el nombre. La carta le había llegado a la tienda hacía tres días. Se había pasado buena parte de la tarde intentado descifrar lo que ponía y, una vez logrado, no se sintió en absoluto complacido. Pensaba que ya lo había superado, que ya estaba en paz con todo eso. Dobló la carta y se la metió de nuevo en el bolsillo. Pero de camino a la camioneta volvió a sacarla, la rasgó a conciencia con los dientes y la mano libre, y fue esparciendo los pedacitos por el pasillo sombrío que atravesaba las gradas.

Se dirigió a la pequeña carretera que bordeaba el campo de entrenamiento y contempló a Willard Miller, que ahora tenía la posesión del balón. Le estaban haciendo correr contra los mierdecillas, contra los más canijos del equipo de reserva que habían decidido meterse en el equipo de fútbol sabe Dios por qué, dado que casi nunca les sacaban en los partidos y sus cuerpos no servían más que para hacer de maniquíes de placaje para los jugadores más robustos. Vio cómo arremetía tres veces seguidas por el centro. Era importante hacerle correr de vez en cuando contra los mierdecillas. Así podía practicar sus movimientos sin riesgo de lesionarse. También le brindaba la maravillosa posibilidad de arrollar a gente y pisotearla, machacar cabezas y manos, y patear costillas hasta saciarse.

Joe Lon sintió que los músculos de las piernas se le estremecían al ver cómo Willard se desembarazaba con una finta de uno de los mierdecillas para, acto seguido, con el pobre chaval volteado y batido en el suelo, lanzarse de cabeza contra él sin motivo alguno. Bueno, qué cojones, todo tenía que acabar, tanto lo bueno como lo malo. En esta vida había otras cosas aparte de pisotear a alguien. Lo principal era resistir y no dejar que te afectase. Joe Lon encendió los faros y partió hacia el crepúsculo de primeros de noviembre.

Se había pasado la mayor parte del día empinando el codo, pero no le había hecho el menor efecto. Pasó por delante del mástil sin bandera de la oficina de correos y de la cárcel, donde vio el Plymouth trucado de Buddy Marlow, con la enorme estrella de la oficina del sheriff pintada en la puerta, aparcado bajo un cinamomo deshojado, y siguió avanzando por el centro del pueblo, donde varias personas le saludaron con la mano al verle. Él no les devolvió el saludo. Aunque, al final, hubo dos que se pusieron a agitar sus calabazas y él tuvo que alzar la mano y sonreír, pero en realidad ni los vio. Le atormentaba la idea de volver a casa con Elfie y los niños, a ese tráiler en el que vivía en un estado permanente de furia asfixiante.

Había plantado el tráiler a las afueras del pueblo, al borde de un terreno de cuatro hectáreas que compró y transformó en una mezcla de camping y parque de caravanas. Avanzó despacio por el estrecho camino de tierra que conducía hasta el tráiler y pasó bajo la gran pancarta que él mismo había colgado entre los dos postes telefónicos que había conseguido de oferta por mediación de la REA2. La pancarta estaba impresa con letras claras de más de medio metro: bienvenidos al rodeo anual de serpientes de cascabel de mystic.

Había luz en el tráiler, un modelo doble instalado sobre una terraza de hormigón, y por la ventana pudo ver la sombra de su mujer, Elfie, afanándose en la cocina. Aparcó la camioneta, cogió el saco de arpillera de la parte de atrás y se dirigió hacia el portalón de un pequeño recinto cerrado con candado. Sacó la llave y lo abrió. Al fondo había varios toneles de metal. La parte superior de los toneles estaba cubierta por una rejilla metálica. Pateó un par de toneles y el pequeño recinto se vio de inmediato invadido por el traqueteo seco y constante de las serpientes de cascabel. Cogió de un rincón una vara con un gancho de alambre en la punta, dejó el saco en el suelo y esperó.

La boca del saco se movió y apareció la cabeza achatada de una serpiente. Parecía estar sonriendo y, nada más salir, se puso a agitar su lengua bífida para tantear el aire y saborearlo. Acto seguido, se produjo una ondulación y, detrás de la cabeza, surgió otro buen trozo de serpiente, puede que de unos diez centímetros de grosor. Joe Lon actuó con rapidez y seguridad, y al segundo la tuvo enroscada al extremo de la vara.

–Sorpresa, hija de puta –dijo Joe Lon, y la soltó en uno de los toneles.

Se quedó un rato asomado al tonel, intentando distinguirla, pero lo único que se atisbaba era un retorcimiento de sombras en el fondo, la ebullición incesante de algo grueso y lento.

Volvió a poner la rejilla metálica, arrojó la vara a un rincón y se encaminó a la puerta del tráiler.

Elfie estaba en el fregadero cuando él entró en la cocina. Por detrás seguía pareciendo la chica con la que se casó. El cabello rojo le llegaba hasta la rabadilla y seguía igual de resplandeciente, como si irradiase luz. Las caderas redondeadas y rellenitas sin llegar a resultar pesadas. Pantorrillas esbeltas y tobillos finos. Pero, claro, en cuanto se daba la vuelta era un desastre. Aquellos pechos exprime-pelotas que lucía orgullosa hacía dos años eran ahora dos enormes colgajos bamboleantes. Y aunque no estaba gorda, parecía que se había tragado una pelota de baloncesto. El vientre le brotaba de esa manera tan inverosímil por debajo del ombligo. La cocina olía como si hubiese estado cocinando mierda de bebé.

–Aquí huele como si hubieses estado cocinando mierda de bebé, Elf –dijo Joe Lon.

Había un niño gordo de dieciocho meses amarrado a una trona. Junto a él, en un moisés azul, otro niño gordo de dos meses.

Elfie se volvió y sonrió. Sus dientes eran una ruina. El médico dijo que tenía algo que ver con el hecho de haber dado a luz dos veces en tan poco tiempo.

–Joe Lon, cielo, he intentado mantenerte la cena caliente.

–Hay que joderse, Elfie –dijo él–. ¿Es que no piensas ir nunca a arreglarte esos dientes? Ya te di el dinero.

Ella dejó de sonreír y cerró los labios cohibida.

–Joe Lon, cielo, no he tenido tiempo, con los bebés y todo lo demás.

En Mystic no había dentista. Tendría que ir a Tifton, y el viaje le llevaría casi todo el día.

–Deja a los putos críos con quien sea y ve ya de una puñetera vez a que se ocupen de tu boca. Cada vez que te veo esos dientes me pongo enfermo.

–Lo que tú digas, Joe Lon, cielo. –Se apresuró a poner la comida en la mesa y se sentó enfrente de los dos bebés–. ¿No quieres lavarte las manos ni nada?

–Estoy bien así.

Ella retiró del horno unos escuálidos panecillos blancos y se los puso delante. A todo lo demás había que sumarle que era una cocinera lamentable. Joe Lon cogió del plato uno de aquellos panecillos grasientos, lo abrió por la mitad y lo empapó de salsa de jamón de Virginia3. Ella se sentó delante de su plato pero no comió nada, se limitó a mirarle apretando los labios de manera improcedente.

–¿Has tenido un mal día en la tienda, Joe Lon, cielo?

Había estado de lo más tranquilo hasta entrar en el tráiler y ahora, sentado a la mesa, se estremecía de furia. No tenía ni idea de dónde procedía esa furia. Simplemente sentía la necesidad de abofetear a alguien. No la estaba mirando, pero sabía muy bien que ella seguía sin quitarle ojo de encima, sabía que su plato seguía lleno y sabía que sus labios estarían temblando e intentando formar una sonrisa. Le ponía enfermo de vergüenza y, al mismo tiempo, ardía en deseos de matarla.

–Dejé al negro a cargo de la tienda –dijo él–. Y me fui a cazar serpientes.

El panecillo pringoso se le había quedado atravesado en la garganta y una enorme burbuja gaseosa de whisky ascendió a su encuentro. No iba a ser capaz de acabarse aquella bazofia. No iba a ser capaz de comer nada.

–¿Y qué conseguiste? –preguntó ella con un hilillo de voz. Al ver que no le respondía, insistió–. ¿Conseguiste algo?

El bebé amarrado a la trona estaba aporreando la bandeja que tenía delante con una cuchara sopera. Al momento, se cansó de aporrear la bandeja, lanzó la cuchara al moisés y le dio al otro bebé en la cabeza haciendo que se pusiera a chillar entre grandes sollozos ahogados. El bebé de la trona se quedó tan sorprendido que empezó también a dar patadas, a soltar alaridos y a ahogarse. Joe Lon, que ya estaba a punto de explotar, saltó de la silla. Agarró el panecillo grasiento de su plato y se inclinó sobre la mesa. Elfie no se movió. Dejó las manos posadas en su regazo. Ni siquiera alzó la mirada. Siguió mirando al frente mientras él le introducía el panecillo chorreante por el escote del vestido de algodón, entre sus doloridos pechos colgantes. Acercó su cara a la suya. Casi tocándola.

–Pues he conseguido una cosa –exclamó–. ¿Quieres saber lo que he conseguido? Pues lo que he conseguido es estar hasta los mismísimos cojones de ti y de estos dos mocosos de mierda.

Ella no le miró ni una sola vez y la única muestra que dio de haberle escuchado fue el temblor de sus labios, ahora mucho más evidente. De camino a la puerta del tráiler, Joe Lon derribó una silla a patadas y, antes de salir, oyó cómo su mujer unía su llanto al de los críos. Cuando llegó a la camioneta parecía que el tráiler entero se había puesto a llorar. Se apoyó tembloroso en el guardabarros con la sensación de que iba a vomitar. Casi nunca sentía el impulso de llorar, pero en los últimos tiempos, y cada vez con mayor frecuencia, le entraban unas ganas locas de ponerse a soltar alaridos. Gritar era, por regla general, lo más parecido a un llanto a lo que él podía aspirar, y ahora tuvo que amordazarse con la mano para no ponerse a aullar como un perro trastornado.

Dios, deseó no ser tan hijo de puta. Elf era una mujer casi tan follable como la mejor que pudiera imaginarse un hombre, es lo que él sentía. Desde luego, casarse con ella estando de tres meses y volverla a dejar preñada antes de que el primero tuviese apenas seis, no es que le hiciera a su cuerpo ningún bien. Y a él le dejó con los nervios destrozados. Joder, vale, sí, era de prever. Pero eso no significaba que tuviese que tratarla como a un perro. Por amor de Dios, la estaba tratando como a un puto perro. Parecía que era superior a sus fuerzas. No sabía por qué seguía con él.

Se puso a contemplar el camping de cuatro hectáreas, sabiendo que al día siguiente se llenaría de cazadores de serpientes, de radios estridentes y de toda clase de ruidos, y se preguntó si sus nervios serían capaces de soportarlo. Respiró hondo, contuvo el aire y lo dejo escapar poco a poco. No servía de nada darle vueltas. De una u otra manera, no importaba. La caza estaba en marcha (el ruido y la gente) y tanto si era capaz de soportarlo como si no, nada iba a cambiar. Lo que necesitaba era un buen lingotazo. Volvió a echar un vistazo al tráiler, donde la silueta oscura de su protuberante mujer se movía tras la ventana iluminada, se metió de un brinco en la camioneta y se alejó rugiendo por el camino como si algo le persiguiera.

Al llegar a la tienda no pudo seguir conteniendo los aullidos. A través de la puerta abierta de la fachada vio a George sentado en un taburete detrás del mostrador. No había coches ni camionetas a la vista. Joe Lon estacionó a un lado de la pequeña tienda, poco más que un cobertizo, y se puso a aullar. Sabía que George le estaría oyendo y eso le contrarió, pero a George no le pillaría de nuevas, ya le había oído antes. No diría nada. Eso era lo bueno de los negros. Jamás dejaría entrever que había visto o escuchado lo que fuera.

Al final, Joe Lon se bajó de la camioneta y entró en la tienda. No miró a George a los ojos porque cuando aullaba parecía que había estado llorando, se le ponían los ojos rojos, se le sonrojaba la nariz y la cara. Ahora se arrepentía de haber despedazado la carta de Berenice. Le hubiese gustado tenerla a mano para mirarla mientras se bebía una cerveza.

–Pásame una cerveza, George –dijo.

George abandonó el taburete y entró al cuartito que había detrás del mostrador, no más espacioso que un armario ropero. Joe Lon ocupó el taburete donde estaba el negro y encajó los tacones de sus botas camperas en el travesaño. Sacó unos chicles y se encendió un Camel. Al momento, regresó George con una lata de Budweiser de las grandes.

–¿Qué has vendido hoy? –dijo Joe Lon.

–No mucho –dijo George.

–¿Cuánto? –dijo él–. ¿Dónde tienes tus anotaciones?

George se sacó del bolsillo de la pechera del peto una hoja de papel pautado arrancada de un bloc. En la parte de arriba había una hilera de pequeñas marcas y en la parte de abajo otras dos. Significaba que George había vendido veinte botellas de cerveza, cinco medias pintas de whisky, catorce pintas y una botella de las grandes, todas del bueno. También diez frascos de moonshine4.

–Coño, no está mal para un jueves –dijo Joe Lon.

–No, señor, nada mal para un jueves –dijo George.

–Ya me ocupo yo –dijo Joe Lon–. Puedes irte a casa.

George no se movió. Apartó la mirada del rostro de Joe Lon hasta casi ponerse a mirar el techo.

–¿Cree que podría llevarme una botellita de algo? Aunque no lleve dinero encima.

–Píllate media pinta de moonshine –dijo Joe Lon–. Te lo apuntaré. Y ya que vuelves a meterte ahí atrás tráeme a mí una botella de whisky, del bueno.

George trajo el whisky y lo puso delante de Joe Lon en el mostrador al mismo tiempo que dejaba caer la media pinta de moonshine en el hondo bolsillo trasero de su peto.

Joe Lon había sacado otra hoja de papel pautado del cajón que tenía delante.

–Que me parta un rayo si no tardas casi menos en destilarlo que en bebértelo, George.

–Me lo va a decir a mí –dijo George.

–Ya estás en números rojos y no estamos más que a jueves –dijo Joe Lon.

–No estamos más que a jueves y ya estoy en números rojos –dijo George sacudiendo la cabeza.

George seguía sin largarse, así que Joe Lon dijo:

–No querrás además un préstamo, ¿verdad? Ya estás en números rojos.

–No, señor, no quiero dinero. Ya estoy en números rojos.

–¿Entonces qué pasa?

–El señor Buddy. Ha vuelto a encerrar a Lottie Mae.

–Jesús.

–Sí, señor.

–¿Y por qué?

–Dice que es una mujer de vida alegre.

–Jesús.

–Sí, señor.

Cuando Buddy Marlow se encaprichaba de una mujer y ella se negaba a pasar por el aro, la metía un tiempo entre rejas, si podía. El mismo día que le eligieron sheriff y Director de Seguridad Ciudadana del condado de Lebeau, empezó a encerrar a todas las señoritas que se negaban a pasar por el aro. Por lo general, eran negras, aunque no siempre. A veces también blancas. Sobre todo vagabundas que estaban de paso y habían caído en desgracia. Si ponía la mira en una de esas y la pobre infeliz se negaba a pasar por el aro, la encerraba sin importarle del color que fuese, aunque viajase en compañía de un hombre. Ya le había llamado a rendir cuentas un investigador de la oficina del gobernador, dos veces, pero, como seguía diciéndole a Joe Lon, nunca iba más allá de cantarle las cuarenta con un montón de gilipolleces acerca de que debía ser un ejemplo para la comunidad. ¿Acaso no había sido el mejor ala defensiva que había tenido el equipo del Instituto Tecnológico de Georgia? ¿Acaso no había sido elegido por unanimidad «All-American» dos años consecutivos y habría llegado a ser un profesional de la hostia si no se hubiese jodido la rodilla derecha? ¿Y acaso no había ido de cabeza a Vietnam y había pisado uno de esas cañas afiladas que los vietnamitas embadurnaban con sus propios excrementos? ¿Acaso no tuvieron que amputarle esa misma pierna por muy «All American» que fuese? Que no le tocasen mucho los huevos, él ya había pagado sus deudas con creces y ahora había llegado su turno.

–Veré qué puedo hacer –dijo Joe Lon.

–¿Haría eso, señor Joe Lon? ¿Verá qué puede hacer?

–Hablaré esta noche con él o mañana a primera hora.

–Si pudiera ser esta misma noche...

–Esta noche o mañana a primera hora.

Rasgó el precinto del whisky con la uña del pulgar y se metió un buen trago entre pecho y espalda. George se dirigió hacia la puerta. Joe Lon agitó la botella en el aire y jadeó un poco. Le había metido un trago más largo de lo que pretendía. Acompañó al whisky con un poco de cerveza mientras George aguardaba, mirándole pacientemente desde la puerta.

–¿Lummy consiguió los tronos?

Lummy era el hermano de George. Los dos trabajaban para Joe Lon Mackey. Y antes de trabajar para Joe Lon ya habían trabajado para el padre de Joe Lon. Nunca se les había dicho a cuanto ascendía su salario. Y a ellos nunca se les había ocurrido preguntar. Lo que sí sabían siempre era si habían sobrepasado o no esa cantidad en sus cuentas. Si la habían sobrepasado, mal. Si no, bien. Aunque, por lo general, todo el mundo estaba en números rojos con todo y a nadie le daba muchos quebraderos de cabeza.

Como George no respondió, Joe Lon insistió:

–Los tronos, ¿los consiguió?

El rostro de George permaneció vacío de toda expresión.

–Los tronos. –No se trataba de una pregunta. Se limitó a repetirlo.

–Los cazadores empezarán a llegar mañana –dijo Joe Lon–. Como no haya tronos en el camping vamos a tener un problema.

–Un problema –dijo George.

–¿Qué? –dijo Joe Lon.

George dijo:

–¿Qué de qué?

–¡Los cagaderos, George, por Dios! –dijo Joe Lon–. ¿Consiguió Lummy los putos cagaderos o no?

La cara de George se relajó por unos instantes y esbozó una sonrisa. Arrastró un poco los pies, se sacó el moonshine del bolsillo trasero, se quedó mirándolo, lo acarició y se lo volvió a meter en el bolsillo.

–Veamos, sí, Lummy se trajo los cagaderos desde Cordele, con el camión.

–No los he visto en el camping –dijo Joe Lon–. Y debería haberlos visto.

–Es que aún no los ha descargado del camión, pero estar, están todos. Los vi con mis propios ojos. Señor Joe Lon, no va a haber ningún problema con los cagaderos.

–Siempre que estén instalados ahí fuera cuando los cazadores empiecen a llegar.

–Usted bébase su whisky tranquilo, señor Joe Lon. Ni se preocupe. Lummy y yo estamos con eso.

La puerta mosquitera se cerró de golpe a sus espaldas y Joe Lon le dio otro buen tiento a la botella. No le estaba sentando muy bien, no parecía hacerle el menor efecto. Sabía que nada iba a serle de ayuda hasta que viese a Berenice y se pusiese en ridículo o no. Tenía la abrumadora sensación de que se iba a poner en ridículo. De que acabaría destrozando algo. Probablemente su vida. Bueno, por lo menos tenía los cagaderos. El año pasado se pasó dos semanas limpiando Mystic de mierda humana. Asistieron tres veces más personas que en cualquiera de los años precedentes.

El rodeo de serpientes de cascabel llevaba celebrándose desde tiempos inmemoriales, pero hasta hacía más o menos doce años se había tratado de una cosa meramente local, unos cuantos vecinos y unos cuantos granjeros de los alrededores. Se organizaba un pícnic y puede que una carrera de sacos o una competición de tiro y arrastre con caballos, y luego todo el mundo se metía en el bosque a ver cuántas serpientes de cascabel podían extraer de la tierra. Se zampaban las serpientes, bebían un poco de whisky de maíz y con eso se daban por contentos hasta el año siguiente.

Pero, con el tiempo, la caza de serpientes comenzó a atraer a forasteros. Se corrió la voz y la gente empezó a venir, al principio solo unos pocos de Tifton o Cordele, y en ocasiones hasta de un lugar tan alejado como Macon. Y desde entonces no hizo más que crecer. El año pasado asistieron dos personas de Canadá y cinco de Texas.

Mystic, en Georgia, resultó ser el mejor coto de caza de serpientes de cascabel del mundo. Ahora se entregaban premios a la serpiente más pesada, a la serpiente más larga, al mayor número de serpientes capturadas, a la primera serpiente capturada y a la última serpiente capturada. Además, había un concurso de belleza. Miss Crótalo de Mystic. Y mierda. Mierda humana en cantidades inimaginables. Este año, sin embargo, habían sido previsores y tenían los tronos. Cagaderos químicos.

El teléfono comenzó a sonar. Era su padre. Quería que Joe Lon le mandase a George con una botella.

–No está –le gritó al teléfono–. Ya se ha ido.

–Entonces mándame a quien sea. Maldición, estoy que escupo algodón.

–Aquí no estoy más que yo. ¿Qué ha pasado con la botella que te dejé esta mañana?

–Se me cayó y se rompió.

–Y una mierda.

–Joe Lon, un día de estos voy a tener que pegarte un tiro, hablarle así a tu padre…

–¿Y quién se va a hacer cargo de la tienda entonces? Lo mismo Beeder podría hacerse cargo de la puñetera tienda. Llevarte tu puto whisky. Lo mismo apaga esa tele de una puta vez y comienza a comportarse como una persona normal. Mándamela ahora mismo y le doy una botella para ti.

–Hijo, no tienes corazón, decir esas cosas de tu única hermana. El Señor Cristo Dios Jehová ya se encargará de que te alcance un rayo.

Joe Lon quiso gritarle bien clarito al teléfono que no había sido precisamente el Señor Cristo Dios Jehová el que había alcanzado con un rayo a su hermana. Pero se contuvo. No serviría de nada. Ya habían pasado por eso demasiadas veces.

–Muy bien –dijo al final–, olvídalo. Yo mismo te lo llevaré. Luego.

–¿Luego cuándo?

–Cuando pueda.

–No tardes, hijo, mis viejas piernas me están matando.

–Vale.

Justo al colgar el teléfono, llegó un coche. Se detuvo pero no se bajó nadie. Un coche lleno de negros. Suspiró. Joe Lon Mackey llevando moonshine a un coche lleno de negros. ¿Quién lo hubiera dicho? Se miró las piernas al dirigirse al cuartito que había detrás del mostrador. ¿Quién se hubiera podido imaginar que esas ruedas, esos neumáticos capaces de recorrer cuarenta yardas en cuarta o quinta, iban a acabar así? Bueno, en este puto mundo cualquier cosa podía acabar de cualquier manera. Así era el puto mundo. Soltó un escupitajo al bajar las medias pintas de moonshine del estante.

Durante la siguiente hora vendió más de lo que se había vendido en todo el día, la mayor parte a negros que paraban el coche bajo la única luz esmirriada que colgaba del poste que había delante de la tienda. Ojalá Dios hiciera posible que se les permitiera entrar en la tienda para que él no tuviese que salir a llevarles el moonshine cada vez que se presentaban. Por supuesto, se les permitía entrar. Solo que no se les permitía entrar. Así había sido durante los veinte años que su padre había estado al frente de la tienda y así había seguido siendo desde que Joe Lon le tomó el relevo. En realidad, él no había mantenido aquella costumbre. Simplemente se quedó así. Y nadie se había quejado nunca porque si uno quería beber en Mystic, Georgia, más le valía llevarse bien con Joe Lon Mackey. En el condado de Lebeau estaba prohibida la venta de cualquier alcohol con mas graduación que la cerveza, y como Joe Lon había llegado a un acuerdo con el contrabandista de turno, su local era el único en sesenta kilómetros a la redonda en el que uno podía agenciarse un trago de verdad.

Dio buena cuenta del whisky que tenía delante, acompañándolo con largos sorbos de cerveza, y para cuando el Corvette blanco de Hard Candy se detuvo delante de la tienda, ya estaba empezando a tomarse las cosas con más filosofía. El Corvette era el viejo coche de Berenice y a Joe Lon le hizo recordar todo lo que había estado intentando olvidar. Willard se adelantó a Hard Candy y entró antes que ella. Le sacaba dos o tres centímetros a Joe Lon y tenía pinta de ser bastante más corpulento. Sus ojos daban la impresión de no parpadear nunca cuando te miraban y tenía unas orejas diminutas. Pelo corto y una cabeza redonda y achatada que más que posarse sobre su enorme cuello parecía sepultarse en él. Llevaba unos Levi´s y una camiseta del instituto con una pequeña serpiente impresa en el pecho. Deportivas desgastadas sin cordones. Se sentó en un taburete frente al mostrador, delante de Joe Lon, y los dos admiraron la entrada de Hard Candy, con aquellos andares suyos tan particulares que siempre le hacían parecer que se estaba pavoneando. Se sentó en el taburete que estaba al lado de Willard. Nadie había abierto la boca. Los tres se quedaron sentados, sin sonreír, mirándose.

Al final fue Willard el que rompió el hielo:

–Hard Candy y yo estamos muertos de aburrimiento.

–Pues yo tengo un muermo encima que ni te cuento –dijo Joe Lon.

–Supongo que no sería mucho pedir una puta cerveza en este local –dijo Willard.

–Supones bien –dijo Joe Lon.

–Que sean dos –intervino Hard Candy.

–Hard Candy, como no dejes de caminar así, vas a acabar consiguiendo que alguien te siga hasta el bosque y te haga algo muy desagradable –dijo Joe Lon.

–Dios te oiga –dijo ella.

–Yo me conozco a un «alguien» que ya se lo ha hecho –dijo Willard.

Joe Lon fue a por las cervezas. Al volver, dijo:

–¿Quieres darle un meneo a la botella de whisky?

–Nos hemos drogado un poco para darnos vidilla, creo que debería tomármelo con calma y centrarme de momento en la cerveza.

–Muy bien.

–A tomar por culo.

–Ya decía yo –dijo Joe Lon.

–No deberías –dijo Hard Candy.

Willard hizo borbotear la botella cuatro veces y la dejó sobre el mostrador. Hard Candy se apoderó de ella.

–Probablemente muramos –dijo ella, un poco sin aliento al volverla a dejar sobre el mostrador.

–Probablemente.

Permanecieron un rato sentados mirando la puerta, escuchando el tictac de los bichos que impactaban contra la rejilla metálica.

–Me temo que va a ser un rodeo de mierda –dijo Joe Lon.

–Si seguimos con esta temperatura, ni lo dudes –dijo Willard–. Ahora mismo ahí fuera estaremos a diez o doce grados. Joder, ni que fuera verano. Con este calor no va a haber una sola serpiente que quiera quedarse en su hoyo.

Siguieron sentados contemplando la puerta. De vez en cuando, pasaba un coche por la calzada bajo el poste de luz. Hard Candy se volvió hacia Joe Lon.

–¿Crees que podríamos darle de comer a una? –dijo.

–Vamos a esperar un poco más –dijo Joe Lon–. Lo mismo viene alguien y sacamos algo de pasta.

–¿Y no querrá comer alguna de las cabronas que tienes ahí atrás? –preguntó Willard.

–Siempre procuro dejar a una con hambre –dijo Joe Lon.

Estuvieron otro rato mirando la puerta sin decir nada.

–Joder, no viene ni Dios –dijo Willard–. Tráete al bicharraco ese para que nos haga su numerito.

–Va, una apuesta –dijo Hard Candy. Al abrirlo, su pequeño bolso de mano vomitó unos cuantos billetes.

–No acepto dinero de colegas –dijo Joe Lon.

–Si vas a apostarte algo con él por esa serpiente –dijo Willard–, más vale que te ahorres el trámite y le des directamente la pasta. A este no le ganas ni de puta coña.

–A veces pierdo –dijo Joe Lon, sonriendo.

–Ve a por la puñetera serpiente –dijo Willard–. Joder, me apuesto contigo lo que quieras.

–Tú no vas apostarte nada conmigo –dijo Joe Lon.

–Ya verás cómo sí –dijo Willard.

Los dos se habían levantado de sus taburetes y se habían inclinado el uno sobre el otro por encima del mostrador. Sonreían, pero sus cuerpos despedían una evidente tensión.

–El día que pretendas obligarme a hacer algo –dijo Joe Lon–, acuérdate de traerte el almuerzo. Porque te va a llevar un buen rato.

–Puede que se me ocurra algo por lo que seguro que querrás apostar –dijo Willard.

–Puede –dijo Joe Lon.

Entró en el cuartito de atrás y le siguieron. Apenas había luz. Les llevó un momento adaptarse a la penumbra. Botellas de varios tamaños alineadas en los estantes de ambos lados. Pero al fondo, en el estante del centro, en lugar de botellas, cinco jaulas de alambre de medio metro cuadrado y más o menos la misma altura. En cuatro de las cinco había una serpiente de cascabel. En la quinta, ratas blancas. Joe Lon dio un manotazo al lateral de una de las cajas. La serpiente ni se movió. No emitió el menor sonido. Igual que las otras.

–Hace tanto que las tengo que seguro que podría manipularlas sin ningún problema –dijo Joe Lon.

–¿Y por qué no lo haces? –dijo Willard Miller mostrando su dentadura perfecta.

–Lo haría si quisiera –dijo Joe Lon.

–Joder, pues que en eso consista la apuesta –dijo Willard–. El que pierda tiene que morrearse con la serpiente.

Joe Lon se le quedó mirando un buen rato.

–Tampoco vas a ganarme a eso.

–Puedo ganarte a lo que sea. –Willard seguía sonriendo, pero en su forma de decirlo hubo algo que no tenía nada de sonriente.

–Harías bien en sacar tu culo de aquí, ahora que todavía puedes –dijo Joe Lon.

–Si nunca nos apostamos nada, ¿cómo sabes que no puedo vencerte? –dijo Willard.

–Lo sé y punto –dijo Joe Lon.

–Yo cojo la rata –dijo Hard Candy.

Se acercó a la jaula, la abrió por arriba y metió el brazo. Al sacar la mano tenía una rata blanca agarrada por la larga cola rosada. Colgaba bocabajo inmóvil, con las patitas extendidas y rígidas. Salieron del cuartito tras los pasos de Joe Lon hasta el mostrador sobre el que depositó la jaula de la serpiente.

–¿No es una preciosidad la muy cabrona? –dijo Joe Lon.

–No hay nada más bonito en el mundo que una puta serpiente –dijo Willard.

–Yo soy igual de bonita que una serpiente –dijo Hard Candy.

Los dos la miraron. Se había puesto a juguetear con la rata, la seguía sujetando por la cola y la rata rascaba desesperada la superficie del mostrador. Con la mano libre le daba golpecitos cordiales en el cráneo.

–Casi igual –dijo Willard, dándole otro viaje a la botella de whisky de Joe Lon–, pero no tanto.

Joe Lon se apoderó de la botella.

–Tiene razón, no eres tan bonita como una serpiente.

–¿Qué van a saber de belleza un par de descerebrados como vosotros? –dijo ella.

Joe Lon sacó un cronómetro de debajo del mostrador. Era el reloj que le había regalado el entrenador cuando batió el récord estatal de las doscientas veinte yardas.

–Solo por diversión, ¿tú qué dices? –preguntó Joe Lon.

–Que ataca a la rata en ciento cuatro segundos. Y se la zampa en tres minutos y medio.

–Quieres decir tres minutos y medio después del ataque.

–Correcto –dijo Willard.

Joe Lon se inclinó hasta poner la nariz a poco más de un centímetro de la jaula. La serpiente estaba estrechamente anudada en un rincón, lo único que destacaba del bulto era la cabeza y la cola. La lengua ondeante no dejaba de entrar y salir de su boca. Sus ojos sin párpados miraban fijamente a Joe Lon. La cabeza era ancha, más ancha que el cuerpo, y aplastada, con una especie de lustre que sugería humedad. Ahora tenía la cola rígida, aún no había empezado a menearla.

–Esta cabrona va a atacar enseguida, puede que en veinte segundos. Sí, yo digo que en veinte segundos. Y la rata va a desaparecer, con cola y todo, en dos minutos y medio. Dos minutos y medio en total. Es decir, dos minutos y diez segundos después del ataque. –No había dejado de mirar la jaula mientras hablaba. Ahora se incorporó y retrocedió–. Venga, suelta a esa pequeña desgraciada ahí dentro.

–Estoy jugando con ella –dijo Hard Candy.

–Ya la tienes desquiciada y confusa con tanto golpecito en la cabeza –dijo Willard–. Deja ya de putearla y haz lo que dice Joe Lon.

Ella se puso la rata en la palma de la mano. Le acarició la cabeza con el pulgar, delicadamente. Frunció los labios y le susurró:

–Nadie va a hacerte daño, ratita. Solo vamos a dejar que la serpiente te mate un poquito.

La jaula contaba en la parte superior con una puerta abatible con resorte que se abría solo hacia abajo. Depositó la rata encima. Se deslizó hacia adentro y la rata cayó. La puerta volvió a cerrarse al momento. Joe Lon puso en marcha el cronómetro. La rata aterrizó de pie, se dio la vuelta y comenzó a olisquearse la cola. Miró a la serpiente, se sentó sobre las patas traseras y empezó a lamerse las delanteras. El cuerpo grueso de la serpiente se movió para formar una elevada curva de ataque por debajo de su ancha cabeza aplanada.

Ninguno de los tres vio el ataque; lo que vieron fue que el cuerpo de la rata sufría de pronto una sacudida, como si hubiese sido atacada por una fuerza invisible. Estaba sentada tan campante, sin moverse y, en una fracción de segundo, salió disparada por los aires y aterrizó panza arriba. La serpiente había vuelto a retirarse a su rincón, con el cuerpo de nuevo anudado y aparentemente enroscado sobre sí mismo, y lo único que se distinguía era su cabeza plana y seca.

Casi de inmediato, la serpiente se deslizó retorciéndose del lugar al que se había retirado y fue aproximándose muy despacio a la rata inmóvil. Le rozó la espalda, deslizó su cabeza achatada por su vientre peludo y entre las patas, como si la estuviera midiendo. Finalmente, abrió la boca, desencajó la mandíbula inferior y, lentamente, con suma delicadeza, como una amante, fue succionando la cabeza de la rata sobre su lengua esquiva y temblorosa. En el momento en que la cabeza desapareció, la puerta de la tienda se abrió de golpe y una voz bramó:

–¡Valientes hijos de puta, os he vuelto a pillar haciéndole putadas a un animalito!

Se giraron los tres a la vez para ver a Buddy Matlow plantado en la entrada con su sombrero de vaquero y su pata de palo. Cuando volvieron a centrarse en la jaula, de la rata ya no se veía más que la cola, larga, rosa y lampiña, que sobresalía de la boca de la serpiente como una lengua imposible.

–Menuda pandilla de cabrones degenerados estáis hechos –dijo Buddy Matlow, viendo cómo desaparecía la fina cola lampiña dentro de la serpiente–. Nunca me cabrá en la cabeza que pueda haber gente capaz de hacerle esas cabronadas a un animalito.

–Pero si no hemos hecho nada –dijo Joe Lon–. Serpiente y cena. Solo mirábamos.

–No voy a denunciarte –dijo Buddy Matlow–. No hace ni una hora que yo mismo le di de comer a mi serpiente en el calabozo. Así que tráeme una lata de cerveza, de las grandes, y un vaso de ese moonshine que escondes por ahí.

–¿Cuántas veces tengo que decirte que no vendo nada en vaso? –dijo Joe Lon.

–No pensaba pagarlo –dijo Buddy.

–Mucho barullo para un puto tullido, ¿no creéis? –dijo Willard Miller–. Yo, de haber sido tan tonto como para pisar un palo cubierto de mierda chinorri, cada vez que tuviera que pedir algo me aseguraría de pedirlo por favor.

Los finos labios de Willard sonreían casi con timidez por encima del borde de la lata de cerveza, pero sus ojos oscuros se mantenían planos, duros y apagados.

–Has estado arrollando a demasiados mierdecillas y te crees lo más porque has leído sobre tus hazañas en el Wire Grass Farmer–dijo Buddy. Bajó la mirada y examinó con indiferencia su muñón–. Y el día menos pensado me parece que voy a tener que meterte este pedazo de roble por el culo para echarle un vistazo a tu hígado.

Sentada entre ambos, Hard Candy le dio otro trago al whisky. Estaba eufórica por todo el speed que se habían metido y un leve barniz de sudor le perlaba el labio superior. Estaba disfrutando un montón con todo lo que estaba pasando y lo único que deseaba ahora es que fuese de verdad, deseaba que de repente ellos se embistiesen desde sus taburetes y se enredasen en una masa uniforme sobre el suelo de madera, deseaba oler un poco de sangre. Pero sabía que la cosa no pasaría a mayores. Que sería como si hubiesen estado hablando del tiempo.

–¿Vas a querer algo de aquí atrás, Willard? –Joe Lon estaba en la puerta del cuartito con una cerveza en una mano y un vaso lleno de moonshine en la otra.

Willard vació la cerveza que tenía delante y la dejó en el mostrador.

–Hard Candy y yo nos tenemos que ir. –Sonrió, le lanzó un beso a Joe Lon y Hard Candy y él se bajaron de sus taburetes.

Joe Lon y Buddy Matlow contemplaron la portentosa salida de Hard Candy. Cualquiera hubiera dicho que marchaba al frente de la banda del instituto con su bastón de majorette. Toda codos y rodillas en alto, sacudiendo rítmicamente su pétreo cuerpecito. Cuando salieron, Joe Lon le acercó la cerveza y el vaso a Buddy.

–¿No crees que podrías volver a meter la puta serpiente ahí dentro? –dijo Buddy–. Me gustaría beberme esto sin tenerla aquí delante.

Los dos bajaron la vista hacia la jaula y no pudieron despegar los ojos del grueso bulto que formaba la rata dentro de la serpiente. Joe Lon escuchó el enorme rugido del motor y el berrido de los neumáticos del Corvette sobre la grava, hasta que accedieron a la carretera y dejaron doscientos metros de caucho quemado sobre el asfalto antes de meter segunda. Solo entonces Joe Lon levantó la jaula y la volvió a guardar en el cuartito de atrás. Salió con otra cerveza para él y se sentó en el taburete, delante de Buddy Matlow.

–Ese muchacho es de lo que no hay, ¿eh? –dijo Buddy.

–Ajá.

Bebieron en silencio durante unos segundos, escuchando los chasquidos de la noche contra la mosquitera.

–Me gustaría que te acabaras eso y te largaras de aquí cagando leches. Ningún negro va a parar si ve tu coche aparcado ahí fuera.

Pero lo dijo sin pensarlo. Era lo que siempre le soltaba. Un acto reflejo. En realidad se la traían bastante floja el coche con la estrella del sheriff en la puerta y Buddy Matlow. Estaba pensando en el Corvette, en el berrido del caucho, en la potencia que te invadía cuando le pisabas a fondo. Había sido el coche de Berenice antes de marcharse a la universidad. Él solía ponerse al volante, solía hacerlo zumbar por las carreteras del condado de Lebeau. Y sabía exactamente a dónde se dirigía Willard en ese momento. Él también solía hacerlo. Formaba parte del paquete de ser el Jefe Serpiente de los Crótalos de Mystic. Se dirigía al botiquín del doctor Sweet, del que Hard Candy tendría una llave, lo mismo que Berenice tuvo la suya en su día. Entrarían y Willard se metería lo que le diera la gana (un poquito de lo que fuera para venirse arriba o quizá un poquito de cualquier otra cosa para quedarse medio grogui), ella se llenaría sus pequeños bolsillos y luego se lanzarían en picado a la campiña oscura e intentarían decidir qué hacer con la noche.

Hubo un tiempo en que esa era la única decisión que había que tomar: qué hacer con la noche. Pero entonces Berenice se graduó y el matasanos de su padre le compró un Austin-Healy, así que el Corvette pasó a ser propiedad de Hard Candy, Berenice se largó a la Universidad de Georgia y Joe Lon relevó a su viejo y se puso a despachar whisky en la tienda. Intentó desprenderse de aquellos recuerdos, pero no pudo. Miró a Buddy, se había echado hacia atrás el sombrero y saboreaba tan campante el contenido del vaso con los ojos medio cerrados y sin ver nada, mientras él, por ningún motivo en particular (salvo quizá por la carta que había despedazado bajo las gradas), volvía a ver la noche que precedió a la caza de serpientes de su último año de instituto, cuando ya sabía que jamás iría a la universidad pero Berenice sí. Se volvió a ver a sí mismo, triste, con el corazón destrozado, apoyado en la puerta del Corvette blanco, y a Berenice, dentro, sonriéndole. Los dos iban puestos hasta arriba de dexedrina y la expresión del rostro de Berenice se veía ligeramente descentrada, un poco chiflada, como solía ser habitual. Muchas veces tenía esa expresión estando serena, aun sin haberse metido nada.

–Vamos a echarle un ojo al foso de las serpientes –había sugerido ella.

–Me da igual –dijo él.

No podía dejar de pensar en que ya nunca volvería a llevar el balón, en que estaba destinado a despachar whisky de negros. Se dejó caer frente al volante y con un solo rugido ascendente puso el coche a ciento noventa; de hecho, en aquella ocasión se cargó la aguja del cuentakilómetros. Pero no sintió el menor placer. Veía su vida con demasiada claridad, sabía muy bien dónde iba a acabar, y Berenice, mientras tanto, sentada a su lado, con esa cara de chiflada, completamente ajena a la velocidad, exhibiendo sus muslos y canturreando «Dixie» con una voz aguda y desafinada. Él siempre la había amado porque estaba como una puta cabra y porque todo se la sudaba. Y esa noche la odió precisamente por esas mismas razones.

El foso en el que se soltaban las serpientes de la caza estaba en el campo de fútbol del instituto de Mystic, donde siempre había estado, desde la primera vez que se celebró el rodeo. El Corvette entró en el campo derrapando con un rugido. La elevada ola de arena que lanzó al aire en forma de cola de gallo resplandeció bajo la luna llena. Al borde del campo reposaban las sombras de dos robles inmensos, como dos lagos oscuros. Al final, Joe Lon detuvo el coche en una de esas sombras, pero no sin antes haber hecho tres trompos alrededor del tronco del árbol.

Al conducir se le había pasado buena parte del colocón, así que en cuanto paró hizo saltar con el pulgar la tapa de una botella fría de Budweiser que cogió del cubo de hielo que llevaba Berenice entre las piernas. Le dio por reír, pero sin el menor asomo de humor. Una risa que ni siquiera sonó afable.

–Me gustaría pasar por encima de ese puto árbol.

–Tendrías que hacerlo –dijo ella–. Nos agenciamos una rampa y saltamos por encima, como el Evel ese, como coño se llame5.

Joe Lon extendió el brazo, sacó otra botella de cerveza y la abrió.

–Toma, pásatela por la cara. Te sentará bien.

Ella cogió la cerveza.

–Nada va a lograr que me sienta bien esta noche –dijo ella.

–Ya se me ocurrirá algo –dijo él.

–Eso espero.

–Nunca dudes del Jefe Serpiente –dijo él–. Te dije que nunca dudases.

–Se me olvidó –dijo ella.

–Pues que no se te olvide –dijo él.

Abrió la puerta y salió del coche. Ella también salió y dio la vuelta para reunirse con él. Sin hablar, pero como atendiendo a una señal, se encaminaron hasta el centro del campo y se quedaron, uno al lado del otro, contemplando el edificio del instituto. Estaba hecho de ladrillo rojo y tenía cuatro columnas blancas en la fachada. Allí mismo, en la parte delantera, tallada en una losa de cemento, estaba la inscripción: instituto unificado del condado de Lebeau, Mystic, Georgia. Casi parecía de día bajo la luz de la luna y estaban situados sobre la tierra apisonada, equidistantes entre el foso de madera y alambre de las serpientes y otra estructura construida con planchas de madera bruta recién aserradas. La estructura de la derecha era una especie de escenario con un cartel pintado en cada lado. En todos ponía lo mismo: reina crótalo.

–Sácame la polla –dijo Joe Lon–. Tengo que mear.

Sin mirar, pero sin el menor titubeo, ella extendió el brazo y le bajó la bragueta de los Levi´s con la mano izquierda. Se la sostuvo mientras vaciaba el depósito, un gran chorro espumante sobre la tierra teñida de luna que se extendía a sus pies.

–Es como si este puto año no fuese a acabar nunca –dijo él.

Ella se la sacudió bien mientras hablaba, se la volvió a meter y le subió la cremallera.

–Es como si llevase una eternidad en este pueblo –dijo él.

–Será diferente en la universidad –dijo ella–. Al menos eso espero, para mí. No me vendrá mal una temporada de algo diferente.

Ella se iría en otoño a la Universidad de Athens para ser la majorette más portentosa de la historia de Georgia. Y pretendían que él fuese a la Universidad de Alabama para reventar huesos bajo las órdenes de Bear Bryant6, aunque ambos sabían que no iría a ninguna parte que no fuera el pequeño comercio en el que su padre se ocupaba de que nunca faltara whisky de contrabando en la trastienda.

–Para eso quedan nueve meses –dijo él–. Y cualquier cosa para la que haya que esperar tanto es como si no fuese a ocurrir nunca.

–Voy a echarte de menos –dijo ella.

–Ya me imagino.

–Es imposible olvidarse de un Jefe Serpiente.

Mientras hablaban habían ido aproximándose al foso de las serpientes. Un cuadrado de unos seis metros de largo por seis de ancho formado por planchas de contrachapado. El contrachapado se alzaba a un metro veinte del suelo y por encima habían extendido una red metálica. Dentro habían cavado una zanja de medio metro de profundidad. Ahí dentro se pesarían las serpientes, las marcarían y las juntarían durante la caza.

–Creo que te quiero –dijo ella–. Creo que te querré siempre.

Él alzó la vista hacia la luna brillante y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, muy despacio. Al final paró y fijó su mirada impasible y ligeramente ebria en Berenice:

–Vas a tener que hacer algo con esta conversación. Porque me cago de aburrimiento.

–Podríamos ir al coche a por otra cerveza –dijo ella huraña y bajando la voz.

–Eso ya lo hemos hecho –dijo él–. Y no me apetece volver a hacer lo que ya hemos hecho.

Se acercó a ella, la levantó y la acomodó bajo su enorme brazo. Sus generosas piernas de animadora pendían por detrás y arqueó la espalda para mirarle con la cara relajada y vacía de toda expresión. Él sabía que ella solo estaba medianamente interesada en lo que le tenía reservado. Era muy dado a agarrarla así de repente y hacer lo que se le antojara con ella.

Dio la vuelta hasta el otro lado del redil de contrachapado y alambre. Había una pequeña puerta con dos goznes metálicos cerrada con un gancho. La abrió. Aferró bien a Berenice bajo el brazo izquierdo y con el derecho señaló el fondo de tierra del foso.

–Mira todas esas serpientes –dijo.

Se quedaron mirando la tierra apisonada teñida de luna.

–Ahí dentro hay veneno más que suficiente para matar a todos los habitantes de Mystic –dijo ella.

–Para matar al mundo entero –dijo él.

–Lo veo –dijo ella–. Colmillos de serpiente colgando de las gargantas de todo el mundo.

–De las tetas –dijo él–. Bocas de serpiente mamando de todas las tetas.

–Y mordiendo pollas –dijo ella.

–Transformándose en pollas –dijo él saltando al foso–. Pollas y serpientes. Serpientes y pollas, tiernas y astutas.

–Suéltame en medio de todas esas serpientes –dijo ella.

La dejó tendida bocarriba sobre el suelo de tierra. Ella comenzó a retorcerse lentamente, mirándole a los ojos. Los cabellos desgreñados enmarcaban la cabeza de Joe Lon a la luz de la luna.

–Oh, Dios, qué frías están tus serpientes. –Empezó a sobarse el vientre–. Las siento aquí. Me cubren. –Se sobó los pechos–. Y por aquí. –Ahora tenía los ojos cerrados. La boca ligeramente entreabierta–. Un baño frío de serpientes –dijo–. Estoy helada y llena de serpientes. Están en mi sangre. Se arrastran por mi corazón. –Abrió los ojos y vio que él seguía de pie junto a ella, hermoso y fuerte, con la luz de la luna escindiéndose en su espalda y sumiendo su rostro en una sombra profunda–. Túmbate aquí conmigo, Joe Lon. Tiéndete sobre estas serpientes.

Él retrocedió.

–No.

Era una puta chiflada, siempre lo había sido, y a veces le daba miedo. Siempre estaba haciendo cosas de chiflada y diciendo cosas de chiflada, y a veces le daba miedo. A veces, en la negra oscuridad, empezaba así y él sentía que algo se le reblandecía y se le revolvía en el estómago.

–Tienes miedo –dijo ella–. ¿Te dan miedo las serpientes?

–No le tengo miedo a nada, joder. Lo mismo me da que camine, se arrastre o vuele por el aire –dijo Joe Lon.

–Entonces ven a tumbarte conmigo. Tengo frío. Voy a morirme en medio de todas estas serpientes heladas.

Él tendría que haberse puesto a patearla o a pisotearla, pero no lo hizo. Se arrodilló despacio y luego se tendió sobre ella. Se quedaron muy quietos durante unos instantes. Entonces él se movió y se tumbó a su lado, bocarriba.

–¿Las sientes? –dijo ella–. ¿Sientes las serpientes?

Él emitió una especie de gruñido neutro.

–Estamos enterrados hasta los ojos entre gruesos cuerpos de serpientes –dijo ella–. Y tú también vas a morir. Así que será mejor que sigas, Joe Lon, que sigas y que tengas miedo.

Ahora ella se había puesto a tocarle con las dos manos, vacilante, apretando y estrujando, con los dedos extendidos y muy pegados, deslizándose por su cuerpo como si fueran las cabezas gemelas de dos serpientes ciegas, o así se lo pareció a él, tendido allí, empapado en sudor frío.

Ella detuvo las manos y se encaramó a horcajadas sobre él, haciendo que su cuerpo se enroscase y se retorciese deliberadamente, simulando los movimientos flexibles y sinuosos de una serpiente. Comenzó de nuevo a tocarle. Ahora movía todo el cuerpo, las piernas, el tronco, las manos. Y de pronto todo se apaciguó, pareció detenerse de golpe.

–La he encontrado –susurró ella–. La Reina Serpiente de todas las serpientes.

Joe Lon seguía bocarriba, con los ojos muy apretados y la piel de su ancha cara demacrada y pálida.

–Y que lo digas, joder –susurró.

–Mira –dijo ella–. Oh, mírala. La muy zorra ataca; sabes que le has mordido, hija de puta.

Él abrió lo ojos, alzó la cabeza y la miró, le había desabrochado los Levi´s y su polla se alzaba curva ante su cara. Ella siseó y él sintió el roce de su cálido aliento. Su lengua, oscura bajo la sombra de sus cabellos, entraba y salía de su boca como una flecha.

Él volvió a posar la cabeza en el suelo y dijo:

–De acuerdo.

Volvió a cerrar los ojos y pensó en la paja que ella le hizo bajo las gradas de la zona oriental del campo de entrenamiento cuando estaba en décimo curso. Y, acto seguido, en la primera vez que él le pidió una cita, y estaban en su camioneta Ford besándose hasta casi explotar, detrás del puesto de zarzaparrilla R&W de Tifton, a donde habían ido un viernes por la noche para ver una película, porque en Mystic no había cine, y luego ir a algún sitio a cenar unas hamburguesas que ni siquiera llegaron a pedir porque él se abalanzó sobre ella y la atrajo frente al volante y comenzaron a besarse y a temblar y a manosearse con ambas manos, y ya desde entonces siempre sería así. Hasta que acabaron el instituto se dedicaron a abalanzarse el uno sobre el otro como si estuviesen en guerra.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
10 lipca 2025
Objętość:
212 str. 5 ilustracji
ISBN:
9788419288172
Wydawca:
Tłumacz:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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