Czytaj książkę: «El inocente»

Czcionka:

Título original: The Innocent

© Harlan Coben, 2005

© Traducción de Esther Roig, 2006

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO303

ISBN: 978-84-9006-776-5

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Créditos

Dedicatoria

PRÓLOGO

NUEVE AÑOS DESPUÉS

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EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

En recuerdo de Steven Z. Miller

A los que tuvimos la suerte de tenerlo como amigo. Intentamos estar agradecidos por el tiempo que tuvimos, pero es muy difícil.

Y a la familia de Steve, sobre todo Jesse, Maya T. y Nico. Cuando seamos lo bastante fuertes, hablaremos de vuestro padre, porque era el mejor hombre que hemos conocido.

PRÓLOGO

Nunca quisiste matarlo.

Te llamas Matt Hunter. Tienes veinte años. Creciste en un barrio de clase media alta de las afueras, en el norte de Nueva Jersey, no lejos de Manhattan. Vives en la parte más pobre de la ciudad, pero es una ciudad muy rica. Tus padres trabajan mucho y te aman de forma incondicional. Eres el hijo de en medio. Tienes un hermano mayor al que adoras y una hermana menor que toleras.

Como todos los chicos de tu ciudad, creces preocupado por tu futuro y por la universidad que te admitirá. Estudias mucho y sacas unas notas buenas, aunque no espectaculares. Tu nota media es un «excelente bajo». No llegas al diez pero casi. Realizas actividades extraescolares bastante provechosas, incluido un trabajo de tesorero en la escuela. Eres atleta de élite en los equipos de fútbol y baloncesto, y lo bastante bueno para jugar en la División III, pero no para obtener una beca económica. Eres un listillo y tienes mucho encanto. En cuestión de popularidad, estás apenas por debajo del escalón superior. Cuando haces el examen de aptitud escolar, tu puntuación sorprende a tu tutor.

Apuntas a las universidades más prestigiosas, pero están fuera de tu alcance. Harvard y Yale te rechazan de entrada. Penn y Columbia te ponen en la lista de espera. Acabas yendo a Bowdoin, una pequeña universidad de élite de Brunswick, Maine. Te encanta. Las aulas son pequeñas. Haces amigos. No tienes novia formal, pero tampoco te apetece tenerla. En tu segundo año, entras en el equipo de fútbol de la universidad como defensa. Juegas en el equipo de baloncesto junior por tu cuenta, y ahora que el escolta senior se ha graduado, tienes muchas posibilidades de jugar valiosos minutos.

Es entonces, al volver al campus entre el primer y el segundo trimestres de tu penúltimo año, cuando matas a alguien.

Pasas unas maravillosas y frenéticas vacaciones con la familia, pero la práctica del baloncesto te atrae demasiado. Das un beso de despedida a tus padres y vuelves al campus en coche con tu mejor amigo y compañero de cuarto, Duff. Duff es de Westchester, Nueva York. Es bajo y de piernas gruesas. Juega de right tackle en el equipo de fútbol y está en el banquillo del de baloncesto. Es el mayor bebedor del campus: Duff nunca pierde un concurso de tragar cervezas.

Conduces.

Duff quiere parar de camino, en la Universidad de Massachusetts en Amherst, Massachusetts. Un compañero del instituto es miembro de una fraternidad muy salvaje que celebra una fiesta a lo grande.

No te entusiasma la idea, pero no eres un aguafiestas. Te sientes más cómodo en reuniones íntimas donde conoces a casi todos. Bowdoin tiene unos 1.600 estudiantes. La Universidad de Massachusetts tiene casi 40.000. Estamos a principios de enero y hace un frío glacial. Hay nieve en las calles. Te ves el aliento mientras entras en la fraternidad.

Duff y tú tiráis los abrigos al montón. Pensarás a menudo en eso a lo largo de los años, en esa forma despreocupada de lanzar los abrigos. De habértelo dejado puesto, de haberlo dejado en el coche, de haberlo dejado en otro sitio...

Pero nada de eso pasó.

La fiesta no está mal. Es una salvajada, sí, pero para ti es una salvajada más bien forzada. El amigo de Duff quiere que os quedéis a pasar la noche en su habitación. Aceptáis. Bebes mucho —se trata de una fiesta universitaria, al fin y al cabo— aunque ni de lejos tanto como Duff. La fiesta decae. En cierto momento los dos vais a recoger los abrigos. Duff tiene una cerveza en la mano. Recoge su abrigo y se lo echa al hombro.

Entonces vierte algo de cerveza.

No mucha. Sólo una salpicadura. Pero es suficiente.

La cerveza cae sobre una cazadora roja. Ésa es una de las cosas que recuerdas. Fuera hacía un frío glacial, veinte bajo cero, pero alguien sólo llevaba encima una mísera cazadora. Lo otro que nunca te quitarás de la cabeza es que la cazadora era impermeable. La cerveza salpicada, que era poquísima, no habría estropeado la cazadora. No la habría manchado. Se podía enjuagar con facilidad.

Pero alguien grita:

—¡Eh!

Él, el dueño de la cazadora roja, es un chico grande, pero no enorme. Duff se encoge de hombros. No se disculpa. El chico, el señor Cazadora Roja, se enfrenta a Duff cara a cara. Es un error. Sabes que Duff es un gran luchador con una mecha muy corta. Todas las facultades tienen un Duff, el tipo que nunca te imaginas que pueda perder una pelea.

Ése es el problema, por supuesto. Todas las facultades tienen un Duff. Y de vez en cuando tu Duff tropieza con su Duff.

Intentas ponerle fin, reírte de ello, pero tienes a dos chiflados atiborrados de cerveza con las caras rojas y los puños cerrados. Se ha lanzado un desafío. No recuerdas quién lo ha lanzado. Salís todos fuera, a la gélida noche, y te das cuenta de que os habéis metido en un lío.

El chicarrón de la cazadora roja va acompañado de amigos.

Ocho o nueve amigos. Duff y tú estáis solos. Buscas al amigo del instituto de Duff —Mark o Mike no sé qué— pero no se le ve por ninguna parte.

La pelea empieza enseguida.

Duff baja la cabeza como un toro y carga contra Cazadora Roja. Cazadora Roja se aparta y atrapa a Duff en una llave de judo. Le pega un puñetazo en la nariz. Con una llave sigue agarrando a Duff por la cabeza y vuelve a pegarle un puñetazo. Y otro. Y otro.

Duff tiene la cabeza baja y se retuerce como un loco, pero sin ningún efecto. Hacia el séptimo u octavo puñetazo Duff deja de retorcerse. Los amigos de Cazadora Roja lo vitorean. Los brazos de Duff caen a los lados.

Quieres detenerlos, pero no sabes cómo. Cazadora Roja hace su trabajo metódicamente, sin apresurarse en los puñetazos, tomando impulso. Sus colegas le aclaman. Exclaman «oh» y «ah» con cada plaf.

Estás aterrado.

Tu amigo está recibiendo una paliza, pero tú estás básicamente preocupado por ti mismo. Eso te avergüenza. Quieres hacer algo, pero estás asustado, espantosamente asustado. No puedes moverte. Sientes las piernas como si fueran de goma. Sientes un hormigueo en los brazos. Y te odias por eso.

Cazadora Roja suelta otro puñetazo a Duff en la cara. Afloja la llave. Duff cae al suelo como una bolsa de ropa sucia. Cazadora Roja le da una patada en las costillas.

Eres el peor de los amigos. Tienes demasiado miedo para ayudar.

Nunca olvidarás esa sensación. Cobardía. Es peor que una paliza, piensas. Tu silencio. Esa horrible sensación de deshonra.

Otra patada. Duff gime y rueda sobre su espalda. Tiene la cara manchada de rojo carmesí. Después sabrás que sus heridas eran menores. Ojos morados y numerosas laceraciones. Eso será todo. Pero entonces parece estar malherido. Sabes que él nunca se habría quedado quieto permitiendo que te dieran una paliza como ésa.

No puedes aguantar más.

Te apartas del público.

Todas las cabezas se vuelven hacia ti. Por un momento nadie se mueve. Nadie habla. Cazadora Roja respira con dificultad. Con el frío le ves el aliento. Estás temblando. Quieres parecer racional. «Eh —dices—, ya ha recibido bastante.» Gesticulas apaciguadoramente. Pruebas tu sonrisa encantadora. «Ha perdido la pelea. Ya está. Has ganado», le dices a Cazadora Roja.

Alguien salta detrás de ti. Unos brazos te rodean como una serpiente, ciñéndote en un abrazo de oso.

Estás atrapado.

Ahora Cazadora Roja viene a por ti. El corazón te late contra el pecho como un pajarito en una jaula demasiado pequeña. Echas la cabeza hacia atrás. Chocas con la cabeza contra la nariz de alguien. Cazadora Roja está más cerca. Le esquivas. Alguien más sale del corro. Tiene el pelo rubio y una tez rubicunda. Te imaginas que es otro colega de Cazadora Roja.

Se llama Stephen McGrath.

Va a pegarte. Le esquivas como un pez en el anzuelo. Vienen más a por ti. Te entra el pánico. Stephen McGrath te pone las manos en los hombros. Intentas soltarte. Te retuerces frenéticamente.

Entonces te sueltas y le agarras el cuello.

¿Te lanzaste sobre él? ¿Tiró él de ti o tú le empujaste? No lo sabes. ¿Uno de los dos perdió pie en la acera? ¿Fue culpa del hielo? Rememorarás ese momento infinidad de veces, pero la respuesta nunca será clara.

De un modo u otro, os caéis.

Tus dos manos siguen en su cuello. En su garganta. No lo sueltas.

Al caer se oye un ruido sordo. Stephen McGrath golpea con la parte trasera de la cabeza contra el borde de la acera. Se oye un sonido horripilante, infernal, un crac, algo húmedo y superficial y que no se parece a nada que hayas oído antes.

El sonido señala el final de la vida que conocías.

Siempre lo recordarás. Ese horrible sonido. Nunca te abandonará.

Todo se detiene. Miras abajo. Los ojos de Stephen McGrath están abiertos e inmóviles. Pero tú ya lo sabes. Lo sabes por la forma inerte que de repente ha adoptado el cuerpo. Lo sabes por ese crac horripilante e infernal.

La gente se dispersa. Tú no te mueves. No te mueves durante un largo rato.

Todo sucede muy rápido entonces. Llegan guardias de seguridad del campus. Después la policía. Les cuentas lo que ha pasado. Tus padres contratan a una magnífica abogada de Nueva York. Te dice que alegues defensa propia. Lo haces.

Y sigues oyendo ese horrible sonido.

El fiscal se burla. «Señoras y señores del jurado —dice—, ¿el acusado resbaló con las manos agarradas al cuello de Stephen McGrath? ¿Espera que nos lo creamos?»

El juicio no va bien.

A ti te da todo igual. Antes te importaban las notas y los minutos que jugabas. Qué lastimoso. Amigos, chicas, jerarquía social, salir adelante, todas esas cosas. Se han evaporado. Los ha sustituido el horrible sonido de ese cráneo golpeando contra el asfalto.

En el juicio, oyes llorar a tus padres, sí, pero son las caras de Sonya y Clark McGrath, los padres de la víctima, las que te obsesionan. Sonya McGrath te mira fijamente durante todo el juicio.

Te desafía a mirarla.

No puedes.

Intentas escuchar al jurado cuando anuncia el veredicto, pero esos otros sonidos interfieren. Los sonidos no cesan nunca, nunca te dejan, ni siquiera cuando el juez te mira severamente y te condena. La prensa está observando. No te mandarán a una prisión blanda para chicos blancos, tipo club de campo. Ahora no. En año de elecciones, no.

Tu madre se desmaya. Tu padre intenta aguantar el tipo. Tu hermana sale corriendo de la sala. Tu hermano, Bernie, se queda paralizado.

Te ponen las esposas y te llevan fuera de la sala. Tu educación no te ha preparado mucho para lo que te espera. Has visto la tele y has oído muchas historias sobre violaciones en prisión. Eso no te sucede —no hay agresiones sexuales—, pero te dan una paliza con los puños en tu primera semana. Cometes el error de identificar al que te lo ha hecho. Te dan dos palizas más y pasas tres semanas en la enfermería. Años más tarde, seguirás encontrando sangre en la orina de vez en cuando, un recuerdo de un puñetazo en el riñón.

Vives con un miedo constante. Cuando vuelven a dejarte con los demás internos, aprendes que la única forma de sobrevivir es unirte a una absurda pandilla de vástagos de la Nación Aria. No tienen elaboradas ideas ni una visión grandiosa de lo que debería ser Estados Unidos. Básicamente les gusta odiar.

Seis meses después de tu condena, tu padre muere de un infarto. Sabes que es culpa tuya. Quieres llorar, pero no puedes.

Pasas cuatro años en la cárcel. Cuatro años, el mismo período que la mayoría de estudiantes pasan en la universidad. Estás a punto de cumplir veinticinco años. Te dicen que has cambiado, pero no estás muy seguro de que sea verdad.

Cuando sales, tu paso es incierto. Como si el suelo debiera ceder bajo tus pies. Como si la tierra pudiera tragarte en cualquier momento.

En cierto modo siempre caminarás así.

Bernie, tu hermano, está en la puerta esperándote. Bernie acaba de casarse. Su esposa, Marsha, está embarazada de su primer hijo. Te abraza. Casi sientes como si los últimos cuatro años se esfumaran. Tu hermano hace una broma. Te ríes, ríes de verdad, por primera vez en mucho tiempo.

Te equivocabas, tu vida no acabó aquella noche fría en Amherst. Tu hermano te ayudará a encontrar la normalidad. Incluso llegarás a conocer a una hermosa mujer. Se llama Olivia. Te hará inmensamente feliz.

Te casarás con ella.

Un día —nueve años después de cruzar aquella puerta— te enterarás de que tu hermosa mujer está embarazada. Decidís comprar móviles con cámara para estar en contacto constante. Mientras estás trabajando, suena ese móvil.

Tu nombre es Matt Hunter. El teléfono suena por segunda vez. Y tú lo contestas...

NUEVE AÑOS DESPUÉS

1

RENO, NEVADA

18 de abril

El timbre de la puerta sacó a Kimmy Dale de su pacífico sueño.

Se agitó en la cama, gimió y miró el reloj digital de la mesita.

Las 11:47 de la mañana.

A pesar de que fuera de día, la caravana seguía a oscuras. Así era como le gustaba a Kimmy. Trabajaba de noche y tenía el sueño ligero. En su época de cabeza de cartel en Las Vegas se había pasado años probando persianas, cortinas, estores, antifaces, hasta que encontró una combinación que impedía que el implacable sol de Nevada se inmiscuyera en su sueño. Los rayos de Reno eran un poco más clementes, pero seguían buscando y explotando la más mínima rendija.

Kimmy se sentó en su inmensa cama. El televisor, un modelo sin marca que había comprado de segunda mano a un motel local que se había decidido por fin a hacer reformas, seguía encendido con el volumen apagado. Las imágenes flotaban fantasmagóricamente en un mundo distante. Ahora mismo dormía sola, pero ésa era una condición en flujo constante. Había una época en la que cualquier visita, cualquier pareja en potencia, traía consigo esperanza a su cama, aportaba un optimismo —éste podría ser él—, que, en el fondo, Kimmy reconocía como ilusorio.

Ya no había esperanza.

Se levantó despacio. El pecho hinchado por la última cirugía estética le dolió con el movimiento. Era su tercera operación en aquella zona, y ya no era una niña. Ella no quería hacerlo, pero Chally, que creía tener ojo para esas cosas, había insistido. Sus propinas estaban bajando. Su popularidad se desvanecía. Así que aceptó. Pero la piel de la zona estaba demasiado tensa por los últimos abusos quirúrgicos. Cuando Kimmy se echaba boca arriba, esas malditas cosas caían hacia los lados y parecían ojos de pez.

El timbre de la puerta volvió a sonar.

Kimmy se miró las piernas de ébano. Treinta y cinco años, no había tenido hijos, pero las venas varicosas crecían como gusanos. Demasiados años de pie. Chally querría que se las operara también. Seguía estando en forma, todavía tenía un tipazo y un trasero espectacular, pero vaya, treinta y cinco años no son dieciocho. Tenía algo de celulitis. Y esas venas. Como un maldito mapa en relieve.

Se metió un cigarrillo en la boca. La caja de cerillas era de su actual lugar de empleo, un local de estriptís llamado Eager Beaver. En una época había sido cabeza de cartel en Las Vegas, con el nombre artístico de Black Magic. No echaba de menos esos días. En realidad, no echaba de menos ningún día.

Kimmy Dale se echó encima una bata y abrió la puerta del dormitorio. La sala no tenía protección contra el sol. El resplandor la agredió. Se tapó los ojos y parpadeó. Kimmy no tenía muchas visitas —nunca llevaba clientes a casa— y se imaginó que sería un testigo de Jehová. A diferencia de casi todo el resto del mundo libre, a Kimmy no le importaban sus intrusiones periódicas. Ella siempre invitaba a pasar a los enardecidos religiosos y les escuchaba con atención, envidiosa de que hubieran encontrado algo, deseando poder creer en sus tonterías. Como con los hombres de su vida, esperaba que éste fuera diferente, que éste la convenciera y ella fuera capaz de creer.

Abrió la puerta sin preguntar quién llamaba.

—¿Es usted Kimmy Dale?

La chica que esperaba en la puerta era joven. Dieciocho, veinte años, algo así. Y no, no era testigo de Jehová. No tenía su sonrisa de cabeza hueca. Por un momento, Kimmy se preguntó si sería uno de los fichajes de Chally, pero no podía ser. La chica no era fea ni mucho menos, pero no era para Chally. A Chally le gustaban llamativas y rutilantes.

—¿Quién eres tú? —preguntó Kimmy.

—Eso no importa.

—¿Cómo dices?

La chica bajó los ojos y se mordió el labio inferior. Kimmy vio algo vagamente familiar en ese gesto y sintió una punzada en el pecho.

—Conocía a mi madre —dijo la chica.

Kimmy jugó con el cigarrillo.

—Conozco a muchas madres.

—Mi madre —dijo la chica— era Candace Potter.

Kimmy pestañeó al oírlo. Hacía más de treinta grados fuera, pero de repente se apretó la bata.

—¿Puedo pasar?

¿Dijo Kimmy que sí? No sabría decirlo. Se apartó y la chica se metió en la caravana.

—No comprendo —dijo Kimmy.

—Candace Potter era mi madre. Me dio en adopción el día en que nací.

Kimmy intentó mantener el tipo. Cerró la puerta de la caravana.

—¿Quieres beber algo?

—No, gracias.

Las dos mujeres se miraron. Kimmy cruzó los brazos.

—No estoy segura de lo que quieres —dijo.

La chica habló como si lo llevara ensayado.

—Hace dos años me enteré de que era adoptada. Quiero mucho a mi familia adoptiva, o sea que no quiero que se imagine algo equivocado. Tengo dos hermanas y unos padres maravillosos. Han sido muy buenos conmigo. No se trata de ellos. Es sólo que... cuando te enteras de algo así, necesitas saber.

Kimmy asintió, sin saber muy bien por qué.

—Así que empecé a buscar información. No fue fácil. Pero hay grupos que ayudan a los hijos adoptados a encontrar a sus padres biológicos.

Kimmy se sacó el cigarrillo de la boca. Le temblaba la mano.

—Pero sabrás que Candi... Me refiero a tu madre... Candace.

—... está muerta. Sí, lo sé. La asesinaron. Me enteré la semana pasada.

Kimmy empezaba a sentir las piernas como si fueran de goma. Se sentó. Los recuerdos se agolpaban y dolía. Candace Potter. Conocida como «Candi Cane» en los clubes.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Kimmy.

—He hablado con el detective que investigó su asesinato. Se llama Max Darrow. ¿Se acuerda de él?

Oh, sí, se acordaba del viejo Max. Ya lo conocía antes del asesinato. Al principio, el detective Max Darrow apenas se había molestado en investigar. Lo consideraba un caso de baja prioridad. Una stripper muerta, sin familia. Otro cactus moribundo en el paisaje, eso era lo que Candi era para Darrow. Kimmy se había involucrado, intercambiando favores por favores. Así funciona el mundo.

—Sí —dijo Kimmy—, le recuerdo.

—Ahora está retirado. Me refiero a Max Darrow. Dice que saben quién la mató, pero que no saben dónde está. Kimmy sintió que se le saltaban las lágrimas.

—Fue hace mucho tiempo.

—¿Mi madre y usted eran amigas?

Kimmy logró asentir con la cabeza. Todavía lo recordaba todo, por supuesto. Candi había sido más que una amiga para ella. En esta vida no se encuentran tantas personas con las que puedas contar de verdad. Candi había sido una, tal vez la única desde que había muerto su madre cuando Kimmy tenía doce años. Habían sido inseparables, Kimmy y esa chica blanca, y a veces se habían hecho llamar, profesionalmente al menos, Pic y Sayers, por la vieja película La canción de Brian, y entonces, como en la película, la amiga blanca murió.[1]

—¿Era prostituta? —preguntó la chica.

Kimmy meneó la cabeza y dijo una mentira que sonaba a verdad.

—Nunca.

—Pero hacía estriptís.

Kimmy no dijo nada.

—No la estoy juzgando.

—¿Qué quieres, pues?

—Quiero saber cosas de mi madre.

—Ahora ya no importa.

—A mí me importa.

Kimmy recordó cuando se enteró de lo que había pasado. Estaba actuando, cerca de Tahoe, haciendo un número para el público de mediodía, el mayor grupo de fracasados de la historia de la humanidad, hombres con polvo en las botas y agujeros en los corazones que la visión de mujeres desnudas no hacía más que ensanchar. Hacía tres días que no veía a Candi, pero era normal porque Kimmy estaba de viaje. En aquel escenario fue donde empezó a oír los rumores. Se dio cuenta de que había pasado algo malo. Rezó para que no tuviera que ver con Candi.

Pero sí tenía que ver con ella.

—Tu madre tuvo una vida muy dura —dijo Kimmy.

La chica se sentó, extasiada.

—Candi creía que encontraríamos la forma de salir de esto, ¿sabes?

Al principio creía que sería con algún tipo del club. Nos vería y nos llevaría lejos, pero eso es una estupidez. Algunas de las chicas lo intentan. Pero nunca funciona. El hombre quiere una fantasía, no a ti. Tu madre lo aprendió muy deprisa. Era una soñadora, pero con un objetivo.

Kimmy se calló, abrumada.

—¿Y? —apremió la chica.

—Y entonces ese cabrón la aplastó como si fuera una cucaracha.

La chica se agitó en la silla.

—El detective Darrow me dijo que se llamaba Clyde Rangor.

Kimmy asintió.

—También mencionó a una mujer llamada Emma Lemay. ¿Era su compañera?

—En algunas cosas, sí. Pero no conozco los detalles.

Kimmy no lloró al enterarse de la noticia. Estaba por encima de eso. Pero había dado la cara. Se había arriesgado, contando al maldito Darrow lo que sabía.

La verdad es que en esta vida no hay muchas ocasiones de defender tus principios. Pero Kimmy no traicionaría a Candi, ni siquiera entonces, cuando era demasiado tarde para ayudarla. Porque cuando Candi murió, también murió lo mejor de Kimmy.

Por eso habló con la policía, sobre todo con Max Darrow. El asesino —y sí, ella estaba segura de que habían sido Clyde y Emma— podía matarla también a ella, pero no se echaría atrás.

Sin embargo, Clyde y Emma no la habían agredido. Habían huido.

De eso hacía diez años.

—¿Sabía que yo existía? —preguntó la chica.

Kimmy asintió lentamente.

—Me lo dijo tu madre, pero sólo una vez. Le dolía demasiado hablar de ello. Tienes que comprenderlo. Candi era demasiado joven cuando ocurrió. Quince o dieciséis años. Te separaron de ella en el momento en que naciste. Ella ni siquiera supo si habías sido niño o niña.

El silencio se hizo pesado. Kimmy deseó que la chica se marchara.

—¿Qué cree que ha sido de él? Me refiero a Clyde Rangor.

—Estará muerto —dijo Kimmy.

Pero no lo creía. Las cucarachas como Clyde no mueren. Salen de la madriguera y siguen haciendo daño.

—Quiero localizarlo —dijo la chica.

Kimmy la miró.

—Quiero encontrar al asesino de mi madre y entregarlo a la justicia. No soy rica, pero tengo algo de dinero.

Las dos se quedaron calladas un momento. El ambiente era pesado y pegajoso. Kimmy no sabía cómo decirlo.

—¿Puedo decirte algo? —empezó.

—Por supuesto.

—Tu madre se mantuvo firme hasta el final.

—¿Firme en qué?

Kimmy siguió:

—Casi todas las chicas se rinden. Pero tu madre nunca lo hizo. No se la podía doblegar. Ella tenía sueños. Pero no podía ganar.

—No lo entiendo.

—¿Eres feliz, niña?

—Sí.

—¿Sigues estudiando?

—Acabo de empezar la universidad.

—La universidad —dijo Kimmy con una voz soñadora—: Tú.

—¿Qué pasa conmigo?

—Eso, tú eres el logro de tu madre.

La chica no dijo nada.

—Candi, tu madre, no querría verte mezclada en esto. ¿No lo comprendes?

—Creo que sí.

—Espera un momento.

Kimmy abrió un cajón. Ahí estaba, como siempre. Ya no la tenía a la vista, pero la fotografía estaba encima de todo. Candi y ella sonriendo al mundo. Pic y Sayers. Kimmy miró su propia imagen y se dio cuenta de que la jovencita que llamaban Black Magic era una desconocida, que Clyde Rangor también podría haberla hecho desaparecer a ella a puñetazos.

—Toma —dijo.

La chica cogió la fotografía como si fuera porcelana.

—Era preciosa —dijo la chica.

—Mucho.

—Parece feliz.

—No lo era. Pero hoy lo sería.

La chica levantó la barbilla.

—No sé si puedo mantenerme alejada de esto.

«Pues entonces —pensó Kimmy— tal vez seas más parecida a tu madre de lo que crees.»

Se abrazaron y prometieron estar en contacto. Cuando la chica se marchó, Kimmy se vistió. Fue al florista y pidió una docena de tulipanes. Los tulipanes eran las flores preferidas de Candi. Condujo cuatro horas hasta el cementerio y se arrodilló frente a la tumba de su amiga.

No había nadie más. Kimmy limpió el polvo de la diminuta lápida. Ella misma había pagado la parcela y la lápida. Candi no descansaría en un cementerio para pobres.

—Hoy ha venido tu hija —dijo en voz alta.

Soplaba una ligera brisa. Kimmy cerró los ojos y escuchó. Le pareció oír la voz de Candi, tanto tiempo silenciada, suplicándole que cuidara de su hija.

Y allí, con el ardiente sol de Nevada quemándole la piel, Kimmy prometió que lo haría.

2

IRVINGTON, NUEVA JERSEY

20 de junio

—Un móvil con cámara —murmuró Matt Hunter meneando la cabeza.

Miró al cielo en busca de guía divina, pero lo único que vio fue una enorme botella de cerveza.

La botella era una visión familiar, lo que veía Matt cada vez que salía de su desvencijada casa de dos pisos con la pintura descolorida. Con la parte superior a seis metros de altura, la famosa botella dominaba el perfil de la ciudad. Pabst Blue Ribbon había tenido una destilería allí, pero la había abandonado en 1985. Hacía años, la botella había sido una magnífica torre de agua con placas de acero bañadas en cobre, esmalte reluciente y una tapa dorada. De noche los reflectores iluminaban la botella para que los habitantes de Jersey la vieran desde muy lejos.

Pero ya no. Ahora el color era de un marrón de botella de cerveza por el óxido. La etiqueta de la botella había desaparecido hacía tiempo. Siguiendo su ejemplo, el antiguamente sólido vecindario que la circundaba no sólo se había disgregado sino que prácticamente se había esfumado. Hacía veinte años que nadie trabajaba en la fábrica de cerveza. Pero, a juzgar por su estado ruinoso, se podría pensar que hacía mucho más.

Matt se paró en el último escalón del porche. Olivia, el amor de su vida, siguió andando. Agitaba las llaves del coche en la mano.

—Creo que no deberíamos —dijo.

Olivia no se detuvo.

—Vamos. Será divertido.

—Un teléfono debería ser un teléfono —dijo Matt—. Una cámara debería ser una cámara.

—Vaya, qué profundo.

—Un chisme que es ambas cosas... es una perversión.

—Tu especialidad —dijo Olivia.

—Ja ja. ¿No ves el peligro?

—Pues no.

—Una cámara y un teléfono en uno —Matt se calló, pensando en lo que iba a decir— es..., no sé, es mezclar dos especies, si lo piensas bien, como en uno de esos experimentos de las películas de serie B que escapan al control y destruyen todo lo que encuentran.

Olivia lo miró.

—Eres más raro...

—No estoy seguro de que debamos comprarnos móviles con cámara, nada más.

Ella apretó el mando a distancia y los seguros de las puertas del coche se liberaron. Fue a abrir la puerta. Matt dudó.

Olivia volvió a mirarlo.

—¿Qué? —preguntó él.

—Si los dos tenemos móviles con cámara —dijo Olivia—, podría mandarte porno mientras estás trabajando.

Matt abrió la puerta.

—¿Verizon o Sprint?

Olivia le sonrió de una manera que le aceleró el corazón.

—Te quiero, ya lo sabes.

—Yo también te quiero.

Los dos estaban dentro del coche. Ella se volvió a mirarlo. Él detectó su inquietud y estuvo a punto de volverse.

—Todo irá bien —dijo Olivia—. Lo sabes, ¿no?

Él asintió y simuló una sonrisa. Olivia no se lo tragaría, pero el esfuerzo contaría para algo.

—Olivia —dijo.

—¿Sí?

—Continúa con el porno.

Ella le dio un puñetazo en el brazo.

Pero la inquietud de Matt volvió en cuanto entraron en la tienda de Sprint y empezaron a oír hablar del compromiso para dos años. La sonrisa del dependiente tenía algo de satánico, como el diablo de una de esas películas en que un tipo ingenuo vende su alma. Cuando el dependiente sacó un mapa de Estados Unidos —«las zonas que no eran turísticas», les informó, estaban en rojo brillante— Matt empezó a desconectar.

En cuanto a Olivia, no podía reprimir su emoción, pero es que la esposa de Matt tenía un don natural para el entusiasmo. Era una de esas escasas personas que encuentran alegría tanto en lo grande como en lo pequeño, uno de esos rasgos que demuestran que, sin duda en su caso, los opuestos se atraen.

El dependiente no dejaba de parlotear. Matt no le escuchaba, pero Olivia le dedicaba toda su atención. Le hizo un par de preguntas, por pura formalidad, pero el dependiente ya sabía que ese cliente había mordido el anzuelo, y estaba no sólo pescado y bien pescado, sino ya frito y casi engullido.

—Permítanme que prepare el papeleo —dijo el dependiente, apartándose.

Olivia cogió a Matt del brazo, con la cara radiante.

—A que es divertido.

Matt hizo una mueca.

—¿Qué?

—¿Le has hablado del porno?

Ella rió y apoyó la cabeza en su hombro.

Por supuesto, el atolondramiento de Olivia y su sonrisa inalterable se debían a algo más que a un cambio de móviles. Comprar los móviles con cámara era sólo un señuelo, un indicador de que algo iba a ocurrir.

Un bebé.

Hacía dos días, Olivia se había hecho una prueba de embarazo en casa y, de una forma que a Matt le había parecido cargada de significado religioso, había aparecido una cruz roja en la tira blanca. Se quedó en silencio, asombrado. Llevaban un año intentando tener un hijo, casi desde que se habían casado. La tensión del fracaso constante había convertido lo que antes era una experiencia espontánea y casi mágica en una serie de obligaciones bien orquestadas de toma de temperatura, señales en el calendario, abstinencia prolongada y ardor concentrado.

Ahora lo habían dejado atrás. Era pronto, le había avisado ella. «No nos entusiasmemos demasiado.» Pero Olivia estaba resplandeciente, no se podía negar. Su positivo estado de ánimo era una fuerza, una tormenta, una marea. Matt no tenía nada que decir en contra.

Por eso estaban allí.

Los móviles con cámara, había insistido Olivia, permitirían que la futura familia de tres compartiera su vida de una forma que la generación de sus padres no podía ni imaginar. Gracias al móvil con cámara, ninguno de los dos perdería ningún momento clave, o ni que fueran banales, del niño: el primer paso, las primeras palabras, o el primer día en el parque, todo.

Al menos ése era el plan.

Una hora después, cuando volvieron a su mitad de la casa bifamiliar, Olivia le dio un beso rápido y empezó a subir las escaleras.

—Eh —gritó Matt, levantando el teléfono nuevo y arqueando una ceja—. ¿Quieres probar el vídeo?

—El vídeo sólo dura quince segundos.

—Quince segundos. —Lo pensó, se encogió de hombros, y dijo—: Habrá que alargar los preliminares.

Olivia gimió ostensiblemente.

Vivían en lo que estaba considerado una zona sórdida, a la sombra curiosamente reconfortante de la botella de cerveza gigante de Irvington. Hacía nueve años, cuando acababa de salir de la cárcel, Matt sentía que no se merecía nada mejor (y no era una mala idea porque tampoco se lo podía permitir) y a pesar de las protestas de la familia, se limitó a alquilar un piso. Irvington es una ciudad cansada, con una gran parte de población afroamericana, probablemente más del ochenta por ciento. Se puede llegar a la conclusión de que se sentía culpable por sus años de cárcel. Matt sabía que las cosas nunca son tan sencillas, pero no tenía mejor explicación, aparte de que no se sentía capaz todavía de volver a vivir en una zona residencial. El cambio sería demasiado rápido, el equivalente terrenal a un cambio súbito de presión.

De un modo u otro, aquel barrio —la estación de servicio Shell, la vieja ferretería, la charcutería de la esquina, los borrachos tirados en la acera, los atajos al aeropuerto de Newark, la taberna escondida cerca de la vieja cervecería Pabst— se había convertido en su hogar.

Cuando Olivia llegó de Virginia, Matt se imaginaba que insistiría en que cambiaran a un barrio mejor. Ella estaba acostumbrada a algo, si no mejor, sí diferente, y él lo sabía. Olivia había crecido en un pueblecito de Virginia llamado Northways. Cuando Olivia empezaba a caminar, su madre se había ido. Su padre la crió solo.

Joshua Murray, que era ya un padre mayor —tenía cincuenta y un años cuando Olivia nació—, se esforzó mucho por crear un hogar para él y su hijita. Joshua era el médico del pueblo de Northways, un médico de familia que trataba todo, desde el apéndice de Mary Kate Johnson de seis años hasta la gota del viejo Riteman.

Según Olivia, Joshua era un buen hombre, y un padre cariñoso y maravilloso que amaba con locura a su única hija. Eran ellos dos solos, padre e hija, viviendo en una casa de ladrillo de la calle principal. La consulta de su padre estaba en el lado derecho del paseo de entrada. Casi todos los días, Olivia volvía corriendo de la escuela para echar una mano con los pacientes. Animaba a los niños asustados o parloteaba con Cassie, la enfermera recepcionista de toda la vida. Cassie también era «una especie de niñera». Si su padre estaba ocupado, Cassie preparaba la cena y ayudaba a Olivia con los deberes. En cuanto a Olivia, adoraba a su padre. Su sueño —aunque ahora se daba cuenta de lo ingenuo que era— había sido ser médica y trabajar con su padre.

Pero durante el último año de Olivia en la universidad, todo cambió. Su padre, el único familiar que Olivia había conocido, murió de cáncer de pulmón. La noticia dejó a Olivia destrozada. La vieja ambición de ir a la facultad de medicina —siguiendo los pasos de su padre— murió con él. Olivia rompió su compromiso con el novio de la universidad, un estudiante de medicina llamado Doug, y volvió a la vieja casa de Northways. Pero vivir allí sin su padre era demasiado doloroso. Acabó por vender la casa y se trasladó a un complejo de apartamentos en Charlottesville. Aceptó un empleo en una empresa informática que exigía viajar mucho, y así fue en parte como ella y Matt retomaron su relación.

Irvington, Nueva Jersey, estaba muy lejos de Northways o Charlottesville, Virginia, pero Olivia le sorprendió. Quiso que se quedaran en el piso, por miserable que fuera, para poder ahorrar dinero con vistas a la casa de sus sueños, ahora fuera de su alcance.

Tres días después de comprar los móviles con cámara, cuando Olivia volvió a casa subió directamente a la otra planta. Matt se sirvió un refresco de lima y cogió un puñado de pretzels en forma de cigarro. Cinco minutos después la siguió. Olivia no estaba en el dormitorio. Miró en el pequeño estudio. Estaba frente al ordenador, dándole la espalda.

—Olivia.

Ella se volvió y le sonrió. Matt siempre había despreciado la vieja idea de que una sonrisa podía iluminar una habitación, pero Olivia podía hacerlo, tenía una de esas sonrisas «que hacen girar el mundo». Su sonrisa era contagiosa. Era un catalizador sorprendente, que añadía color y textura a la vida de Matt, alterándolo todo en una habitación.

—¿En qué piensas? —preguntó Olivia.

—En que estás muy buena.

—¿Incluso embarazada?

—Sobre todo embarazada.

Olivia apretó una tecla y la pantalla se apagó. Se puso de pie y le besó suavemente la mejilla.

—Tengo que hacer la maleta.

Olivia se iba a Boston en viaje de trabajo.

—¿A qué hora es tu vuelo? —preguntó.

—Creo que iré en coche.

—¿Por qué?

—Una amiga mía abortó después de un viaje en avión. No quiero arriesgarme. Ah, y pienso ir a ver al doctor Haddon mañana por la mañana, antes de irme. Quiere confirmar la prueba y comprobar que todo va bien.

—¿Quieres que te acompañe?

Ella denegó con la cabeza.

—Tienes que trabajar. Ya vendrás la próxima vez, cuando me hagan una ecografía.

—De acuerdo.

Olivia volvió a besarle, demorándose en sus labios.

—Eh —susurró—. ¿Eres feliz?

Matt iba a soltar una bromita, algo ingenioso. Pero no lo hizo. La miró directamente a los ojos y dijo:

—Mucho.

Olivia se apartó, sin dejar de mirarlo con aquella sonrisa.

—Voy a hacer la maleta.

Matt la vio alejarse. Se quedó un momento en el umbral. Sentía el pecho ligero. Por supuesto que era feliz, y eso le daba un miedo terrible. Lo bueno es frágil. Eso lo aprendes cuando matas a un chico. Lo aprendes cuando te pasas cuatro años en una cárcel de máxima seguridad.

Lo bueno es tan efímero, tan tenue, que puede ser destruido con un suave soplo.

O por el sonido de un teléfono.

Matt estaba trabajando cuando el móvil con cámara vibró.

Miró el identificador de llamadas y vio que era Olivia. Matt seguía trabajando en la vieja mesa de socio de su hermano, esa clase de mesas en las que dos personas se sientan frente a frente, aunque el otro lado estaba vacío desde hacía tres años. Su hermano Bernie había comprado la mesa cuando Matt salió de la cárcel. Antes de lo que la familia denominaba eufemísticamente «el incidente», Bernie tenía grandes planes para los dos, los hermanos Hunter. No quería que nada se interpusiera. Matt dejaría atrás aquellos años. El incidente había sido un bache en el camino, nada más, y ahora los hermanos Hunter volvían a estar en marcha.

Bernie era tan convincente que Matt casi empezó a creerle.

Los hermanos compartieron la mesa durante seis años. Ejercieron la abogacía en aquella misma sala: Bernie atendía el derecho corporativo y lucrativo mientras Matt, que no podía ser un abogado de verdad por sus antecedentes, se ocupaba de lo contrario, lo no lucrativo ni lo corporativo. Los compañeros abogados de Bernie consideraban raro el acuerdo, pero intimidad no era algo que ninguno de los hermanos deseara. Habían compartido habitación toda la infancia, Bernie en la litera de arriba, una voz desde lo alto en la oscuridad. Los dos añoraban aquellos días, o al menos Matt. No estaba cómodo a solas, sino con Bernie en la habitación.

Durante seis años.

Matt apoyó las palmas de las manos en la superficie de caoba. Ya debería haberse librado de la mesa. El lado de Bernie estaba intacto desde hacía tres años, pero a veces Matt aún miraba hacia allí esperando verle.

El móvil con cámara volvió a vibrar.

En aquel instante Bernie lo tenía todo —una esposa estupenda, dos hijos estupendos, una gran casa en las afueras, era socio de un gran bufete de abogados, tenía buena salud, era querido por todos—; al siguiente, su familia echaba tierra sobre su tumba e intentaba entender lo que había pasado. Un aneurisma cerebral, dijo el médico. Lo llevas encima durante años y un día, pam, acaba con tu vida.

El móvil estaba en «vibración-timbre». Dejó de vibrar y el timbre empezó a tocar la vieja canción de Batman de la tele, la de la letra trabada que básicamente consistía en tararear na-na-na un rato y después gritar «¡Batman!».

Matt se quitó el móvil del cinturón.

Su dedo se detuvo sobre la tecla de respuesta. Era un poco raro. Olivia, a pesar de estar en el ramo de la informática, era malísima con los aparatos. Apenas usaba el teléfono, y cuando lo hacía, sabiendo que Matt estaba en el despacho, lo llamaba por la línea fija.

Matt apretó la tecla de respuesta, pero apareció un mensaje diciendo que se transmitía una fotografía. Eso también era curioso. A pesar de su excitación inicial, Olivia aún no había aprendido a usar la prestación de cámara.

Sonó el intercomunicador.

Rolanda —Matt la calificaría de secretaria o ayudante, pero de hacerlo, ella lo mataría— se aclaró la voz.

—Matt.

—Sí.

—Marsha por la línea dos.

Sin dejar de mirar la pantalla, Matt cogió el teléfono, para hablar con su cuñada, la viuda de Bernie.

—Hola —dijo.

—Hola —dijo Marsha—. ¿Olivia sigue en Boston?

—Sí. Precisamente, ahora mismo me está mandando una foto con el móvil nuevo.

—Oh. —Hubo un breve silencio—. ¿Vas a venir hoy?

Como un paso más para la vida en familia, Matt y Olivia estaban mirando una casa cerca de la de Marsha y los niños. Estaba en Livingston, la ciudad donde Bernie y Matt habían crecido.

Matt se había cuestionado sobre la prudencia de volver allí. La gente tenía buena memoria. Por muchos años que pasaran, siempre sería objeto de murmullos e insinuaciones. Por una parte, Matt ya hacía tiempo que estaba por encima de esas necedades. Por otra, le preocupaban Olivia y el hijo que nacería. La maldición del padre que caía sobre el hijo y todo eso.

Pero Olivia comprendía los riesgos. Era lo que ella quería.

Más que eso, el estado de hipertensión de Marsha —Matt no sabía qué eufemismo utilizar— pesaba. Había sufrido una breve crisis un año después de la muerte de Bernie. Marsha había tenido que «descansar» —otro eufemismo— durante dos semanas, y Matt se instaló en su casa y se ocupó de los niños. Marsha ya estaba bien —era lo que todos decían—, pero a Matt le tranquilizaba la idea de estar cerca de ellos.

Hoy, un perito inspeccionaría la casa nueva.

—Pensaba salir dentro de poco. ¿Por qué? ¿Pasa algo?

—¿Podrías pasarte?

—¿Por tu casa?

—Sí.

—Claro.

—Si es un mal momento...

—No, claro que no.

Marsha era una mujer preciosa, cara ovalada que a veces parecía roída por la tristeza, y mirada nerviosa, hacia arriba, como queriendo comprobar que la nube negra está aún en su sitio. Era una reacción física, por supuesto, un reflejo más de su personalidad, como ser bajito o tener cicatrices.

—¿Todo va bien? —preguntó Matt.

—Sí, estoy bien. No es importante. Es que... ¿Podrías encargarte de los niños un par de horas? Tengo un asunto de la escuela y Kyra sale esta noche.

—¿Quieres que me los lleve a cenar?

—Eso sería estupendo. Pero no a un McDonald’s, ¿vale?

—¿Un chino?

—Perfecto —dijo ella.

—Entendido, ya pasaré.

—Gracias.

La imagen empezó a aparecer en la cámara del móvil.

—Hasta luego —dijo.

Ella se despidió y colgó.

Matt volvió la atención al móvil. Miró fijamente la pantalla. Era diminuta. Tal vez tres centímetros, no más de cinco. El sol brillaba ese día. La cortina estaba abierta. La luz hacía difícil la visión. Matt hizo visera con la mano alrededor de la pantallita e inclinó el cuerpo para hacerle sombra. Funcionó bastante bien.

Un hombre apareció en la pantalla.

Seguía siendo difícil distinguir los detalles. Parecía tener treinta y tantos años, la edad de Matt, y tenía el pelo muy oscuro, negro azabache. Llevaba una camisa roja abotonada hasta abajo. Tenía una mano levantada como si saludara. Estaba en una habitación con paredes blancas y una claraboya. El hombre tenía una sonrisa arrogante en la cara, de las que dicen «soy mejor que tú». Matt le miró. Sus ojos se encontraron y Matt habría jurado que había visto un destello burlón en ellos.

Pero Matt no le conocía.

¿Por qué su esposa habría sacado una foto de aquel hombre?

La pantalla se hizo negra. Matt no se movió. El fragor de caracol de mar permanecía en sus oídos. Seguía oyendo otros sonidos —un fax lejano, murmullos, el tráfico rodado— pero como a través de un filtro.

—Matt.

Era Rolanda Garfield, la susodicha ayudante/secretaria. El bufete no había visto con buenos ojos que Matt la contratara. Rolanda era una barriobajera para los camisas almidonadas de Carter Sturgis. Pero él había insistido. Era uno de los primeros clientes de Matt y una de sus pocas victorias penosamente logradas.

Durante su estancia en la cárcel, Matt había conseguido suficientes créditos para licenciarse. Le dieron la licenciatura poco después de salir. Bernie, una figura poderosa en el superbufete de Newark de Carter Sturgis, pensó que podría convencer al colegio para que hicieran una excepción y dejaran entrar a su hermano ex convicto.

Se equivocó.

Pero a Bernie no era fácil desanimarlo. Entonces convenció a sus socios de que aceptaran a Matt como un «paralegal», un término magníficamente amplio que, más o menos, significaba «hacer el trabajo de baja categoría».

Al principio, a los socios de Carter Sturgis no les hizo ninguna gracia. No era de extrañar, claro. ¿Un ex convicto en su inmaculado bufete? No podía ser. Pero Bernie apeló a su supuesta humanidad: Matt sería bueno para las relaciones públicas. Demostraría que el gabinete tenía corazón y creía en las segundas oportunidades, al menos en teoría. Era inteligente. Sería un buen fichaje. Más aún, si se encargaba del gran volumen de casos no lucrativos del gabinete, permitiría a los socios seguir excavando en los bolsillos bien provistos sin distracción de los desfavorecidos.

No había opción: Matt trabajaría barato, ¿qué remedio le quedaba? Y el hermano, Bernie, un auténtico hacedor de dinero, se marcharía si no lo aceptaban.

Los socios consideraron el escenario: ¿hacer el bien y salir beneficiados? Es la lógica en la que se basa toda beneficencia.

Los ojos de Matt permanecieron en la pantalla en blanco del teléfono. Su pulso dio un brinco. «¿Quién es este tipo del pelo negro oscuro?», se preguntó.

Rolanda apoyó las manos en las caderas.

—Tierra llamando a Marte —dijo.

—¿Qué? —se sobresaltó Matt.

—¿Va todo bien?

—¿A mí? Sí, claro.

Rolanda hizo una mueca.

El teléfono volvió a vibrar. Rolanda se quedó con los brazos en jarras. Matt la miró de nuevo. Ella no pilló la indirecta. Casi nunca las pillaba. El teléfono volvió a vibrar y después empezó a sonar la melodía de Batman.

—¿No contestas? —dijo Rolanda.

Matt miró el teléfono. El identificador de llamadas volvió a mostrar el número de su esposa.

—Eh, Batman.

—Enseguida —dijo Matt.

Con el pulgar tocó la tecla verde de envío, rozándola un instante antes de apretarla. La pantalla volvió a iluminarse.

Esta vez apareció un vídeo.

La tecnología iba mejorando, pero el tembloroso vídeo normalmente tenía una calidad dos pasos por debajo de la película de Zapruder.[2] Por un par de segundos, Matt tuvo dificultades en distinguir lo que sucedía. El vídeo no duraría. Matt lo sabía. Diez, quince segundos como mucho.

Era una habitación. Eso lo veía. La cámara enfocaba un televisor sobre una cómoda. Había un cuadro en la pared —Matt no distinguía el tema— pero la impresión general le hizo concluir que se trataba de una habitación de hotel. La cámara se detuvo en la puerta del baño.

Y entonces apareció una mujer.

Su pelo era rubio platino. Llevaba gafas de sol oscuras y un vestido azul provocativo. Matt frunció el ceño.

¿Qué demonios era aquello?

La mujer se quedó quieta un momento. Matt tuvo la impresión de que no sabía que la cámara la enfocaba. La lente se movió hacia ella. Hubo un destello de luz, el sol que entraba por la ventana, y después volvió a enfocarse todo.

La mujer se acercó a la cama y Matt contuvo la respiración.

Reconoció la forma de caminar.

También reconoció la forma de sentarse en la cama, la sonrisa incierta que siguió, la forma de levantar la barbilla y cruzar las piernas.

No se movió.

Al otro lado de la habitación oyó la voz de Rolanda, ahora más suave:

—Matt.

La ignoró. La cámara bajó como si la depositaran sobre algo, probablemente en la cómoda. Seguía apuntando a la cama. Un hombre caminó hacia la rubia platino. Matt sólo podía ver la espalda del sujeto. Llevaba una camisa roja y tenía el pelo negro muy oscuro. Al acercarse bloqueó la vista de la mujer. Y de la cama.

Los ojos de Matt empezaban a ver borroso. Parpadeó para volver a enfocar. La pantalla de LCD de la cámara empezó a oscurecerse. Las imágenes temblaron y desaparecieron y Matt se quedó sentado, mientras Rolanda le miraba con curiosidad, las fotografías en el lado de la mesa de su hermano todavía en su sitio, y estaba seguro —bueno, casi seguro, la pantalla sólo tenía tres o cuatro centímetros, ¿no?— de que la mujer de la habitación del hotel, la mujer de la cama del vestido provocativo, que llevaba una peluca rubia platino y era en realidad castaña, se llamaba Olivia y era su esposa.

3

NEWARK, NEW JERSEY

22 de junio

Loren Muse, investigadora de homicidios del condado de Essex, estaba sentada en la oficina de su jefe.

—Espera un momento —dijo—. ¿Me estás diciendo que la monja tenía implante de mamas?

Ed Steinberg, el fiscal del condado de Essex, estaba sentado detrás de su mesa frotándose su considerable tripa. Tenía ese tipo de corpulencia que visto desde atrás ni siquiera le hacía parecer gordo, sólo con el trasero plano. Se echó hacia atrás y cruzó las manos en la nuca. La camisa tenía las axilas amarillentas.

—Eso parece, sí.

—Pero murió por causas naturales —dijo Loren.

—Eso creíamos.

—¿Ya no?

—Yo ya no pienso nada —dijo Steinberg.

—Ahora podría hacerte un chiste, jefe.

—Pero no lo harás —suspiró Steinberg y se puso las gafas de leer—. La hermana Mary Rose, una profesora de estudios sociales de décimo curso, fue hallada muerta en su habitación del convento. Sin signos de lucha, ni heridas, tenía sesenta y dos años. A primera vista, una muerte corriente, un infarto, una embolia, algo por el estilo. Nada sospechoso.

—¿Pero? —añadió Loren.

—Pero ha surgido algo.

—Creo que es más exacto decir que «se ha sumado» algo.

—Ya está bien. Para.

Loren levantó las palmas de las manos hacia arriba.

—Sigo sin entender qué hago aquí.

—¿Qué te parece porque eres la mejor investigadora de homicidios de todo el condado?

Loren hizo una mueca.

—Ya, sabía que no tenía gracia. La monja —Steinberg se bajó las gafas de leer— enseñaba en St. Margaret’s High. —La miró.

—¿Y qué?

—Que tú estudiaste allí, ¿no?

—Repito: ¿y qué?

—Que la madre superiora tiene influencias en el cuerpo. Te ha pedido a ti.

—¿La madre Katherine?

Él echó un vistazo al papel.

—La misma.

—¿Te cachondeas o qué?

—No. Pidió un favor. Preguntó por ti.

Loren meneó la cabeza.

—La conoces, supongo.

—¿A la madre Katherine? Sólo porque siempre me mandaban a su despacho.

—Vaya. ¿No eras una niña buena? —Steinberg se llevó una mano al corazón—. Me dejas sin habla.

—Sigo sin entender por qué me quiere a mí.

—A lo mejor cree que serás discreta.

—Odiaba ese colegio.

—¿Por qué?

—Tú no fuiste a una escuela católica, ¿a que no?

Él levantó la placa con su nombre que había sobre la mesa y señaló las letras una por una.

—Steinberg —leyó lentamente—. Fíjate en Stein. Fíjate en Berg. ¿Ves muchos apellidos de éstos en la iglesia?

Loren asintió.

—Ya. Para mí es como enseñar música a un sordo. ¿Con qué fiscal trabajaré?

—Conmigo.

Eso la sorprendió.

—¿Directamente?

—Directa y únicamente. Nadie más se meterá en esto, ¿entendido?

Ella asintió.

—Entendido.

—¿Preparada, pues?

—¿Preparada para qué?

—Para la madre Katherine.

—¿Qué pasa?

Steinberg se levantó y dio la vuelta a la mesa.

—Está en la habitación de al lado. Quiere hablar contigo en privado.

Cuando Loren Muse estudiaba en la St. Margaret’s School para chicas, la madre Katherine medía tres metros y medio y tenía aproximadamente cien años. Los años la habían encogido y retardaban el proceso de envejecimiento, pero no mucho. La madre Katherine llevaba un hábito cuando Loren iba al St. Margaret’s. Ahora vestía indumentaria innegablemente casta, pero mucho más informal. El equivalente religioso a Banana Republic, se imaginó Loren.

—Las dejaré a solas —dijo Steinberg.

La madre Katherine estaba de pie, con las manos unidas en posición de plegaria. La puerta se cerró. Ninguna de las dos dijo nada. Loren conocía la técnica. Ella no hablaría primero.

En su penúltimo año en la Livingston High School, Loren había sido etiquetada de «estudiante problemática» y la habían mandado a St. Margaret’s. Entonces Loren era una niña diminuta, de apenas metro y medio de altura, y no había crecido mucho posteriormente. Los otros investigadores, todos varones y más listos que nadie, la llamaban Tapón.

Investigadores. Si no les paras los pies, te hacen pedazos.

Pero Loren no siempre había sido una niña problemática. Cuando estaba en la escuela elemental, era una muchachota pequeñaja, un azogue que pegaba patadas a la pelota y antes habría muerto que ponerse algo rosa. Su padre trabajaba para empresas de transporte. Era un hombre tranquilo y cariñoso que cometió el error de enamorarse de una mujer demasiado hermosa para él.

El clan Muse vivía en la sección de Coventry de Livingston, Nueva Jersey, una zona de los suburbios muy por encima de sus recursos sociales y económicos. La madre de Loren, la cautivadora y exigente señora Muse, había insistido en ello porque, maldita sea, se lo merecía. Nadie, lo que se dice nadie, miraría a Carmen Muse por encima del hombro.

Agobiaba a su marido, exigiéndole que trabajara más, que pidiera más préstamos, que encontrara la manera de seguir adelante, hasta que —exactamente dos días después de que Loren cumpliera los catorce— él se voló los sesos en su garaje biplaza.

Visto en perspectiva, Loren había llegado a la conclusión de que su padre probablemente era bipolar. Ahora lo veía. Tenía un desequilibrio químico en el cerebro. Un hombre se suicida y no es justo echar la culpa a los demás. Pero Loren lo hacía. Echaba la culpa a su madre. Se preguntaba cómo habría sido la vida de su cariñoso y tranquilo padre si se hubiera casado con alguien menos ambicioso que Carmen Valos de Bayonne.

La joven Loren se tomó la tragedia como era de esperar: se rebeló como una loca. Se dio a beber, a fumar, se juntó con indeseables, se acostó con más de uno. Era injusto que a los chicos con múltiples parejas sexuales se los reverenciara mientras que a una chica se la trata de furcia. Pero por mucho que a Loren le fastidiara admitirlo, por mucho que intentara consolarse racionalizándolo desde un punto de vista feminista, la verdad era que su grado de promiscuidad era adversamente (aunque directamente) proporcional a su grado de amor propio. Es decir que, cuando su autoestima estaba baja, ascendía su tendencia a desmadrarse. Los hombres no parecían sufrir el mismo destino, o, si era así, lo disimulaban bien.

La madre Katherine rompió el silencio.

—Me alegro de verte, Loren.

—Lo mismo digo —dijo Loren con una voz insegura muy poco propia de ella. ¿Es que empezaría a morderse las uñas otra vez?—. El fiscal Steinberg me ha dicho que quería usted verme.

—¿Nos sentamos?

Loren se encogió de hombros. Se sentaron. Loren se cruzó de brazos y se encogió un poco en la silla. Cruzó las piernas. Recordó que tenía un chicle en la boca. La cara de la madre Katherine mostró desaprobación. Para no dejarse intimidar, Loren aceleró la masticación hasta convertirla en un rumiaje bovino.

—¿Quiere contarme qué pasa?

—Ésta es una situación delicada —empezó la madre Katherine—. Exige... —Miró hacia arriba como si pidiera ayuda al Señor.

—¿Delicadeza? —acabó Loren.

—Sí. Delicadeza.

—De acuerdo —dijo Loren, arrastrando la palabra—. Se trata de la monja con tetas nuevas, ¿no?

La madre Katherine cerró los ojos, y los abrió de nuevo.

—Sí. Pero creo que has olvidado lo más importante.

—¿Qué?

—Que ha muerto una profesora estupenda.

—Se refiere a la hermana Mary Rose. —Pensando: «Nuestra Señora del Escote».

—Sí.

—¿Cree que murió por causas naturales? —preguntó Loren.

—Sí.

—¿Pues?

—Es difícil hablar de ello.

—Me gustaría ayudar.

—Eras una buena chica, Loren.

—No, era una pesada.

La madre Katherine disimuló una sonrisa.

—Bueno, sí, eso también.

Loren le devolvió la sonrisa.

—Hay distintas clases de liantas —dijo la madre Katherine—. Eras rebelde, sí, pero siempre tuviste buen corazón. Nunca fuiste cruel con los demás. Para mí, eso ha sido siempre la clave. A menudo te metías en líos para proteger a alguien más débil.

Loren se echó hacia delante y se sorprendió a sí misma: le tomó la mano a la monja. La madre Katherine también reaccionó con sorpresa al gesto. Miró a Loren con sus ojos azules.

—Prométeme que lo que te contaré quedará entre tú y yo —dijo la madre Katherine—. Es muy importante. Sobre todo con este ambiente. Si se huele el escándalo...

—No taparé nada.

—No quiero que lo hagas —dijo ella, dedicándole el tono teológico de ofensa—. Es necesario llegar a conocer toda la verdad. He pensado muy en serio en dejarlo —hizo un gesto con la mano—, en olvidarlo. A la hermana Mary Rose la enterrarían discretamente y se acabó.

Loren sostenía la mano de la monja. La mano de la mujer mayor era oscura, como si estuviera hecha de madera de bálsamo.

—Haré lo que pueda.

—Debes entenderlo. La hermana Mary Rose era una de nuestras mejores profesoras.

—¿Enseñaba estudios sociales?

—Sí.

Loren rebuscó en los archivos de la memoria.

—No me acuerdo de ella.

—Llegó cuando tú ya te habías graduado.

—¿Cuánto tiempo había estado en St. Margaret’s?

—Siete años. Y te diré algo: era una santa. Sé que la palabra parece exagerada, pero no hay otra forma de describirla. La hermana Mary Rose nunca aspiró a la gloria. No tenía ego. Sólo quería hacer lo correcto.

La madre Katherine apartó la mano. Loren se echó hacia atrás y volvió a cruzar las piernas.

—Adelante.

—Cuando nosotras..., me refiero a dos hermanas y a mí misma, cuando la encontramos por la mañana, la hermana Mary Rose iba en camisón. Ella, como nosotras, era una mujer muy modesta.

Loren asintió, con intención de animarla.

—Nos angustiamos, por supuesto. Había dejado de respirar. Intentamos hacerle el boca a boca y compresiones en el tórax. Un policía local nos había visitado hacía poco para enseñar a los niños técnicas de salvamento. Y lo intentamos. Así que le hice las compresiones y... —Se le quebró la voz.

—¿Y entonces se dio cuenta de que la hermana Mary Rose llevaba implantes mamarios?

La madre Katherine asintió.

—¿Lo comentó con las otras hermanas?

—Oh, no. Por supuesto que no.

Loren se encogió de hombros.

—La verdad es que no entiendo el problema —dijo.

—¿No?

—La hermana Mary Rose probablemente tuvo una vida antes de ser monja. Quién sabe cómo era.

—Ése es el problema —dijo la madre Katherine—. No la tenía.

—No sé si la entiendo.

—La hermana Mary Rose llegó desde una parroquia muy conservadora de Oregón. Era huérfana y entró en el convento a los quince años.

Loren se lo pensó.

—¿Entonces no tenía ni idea de que...? —Hizo un gesto torpe pasándose las manos frente al pecho.

—Ni la menor idea.

—¿Cómo se lo explica, entonces?

—Creo —dijo la madre Katherine mordiéndose el labio— que la hermana Mary Rose se presentó con algún subterfugio.

—¿Qué clase de subterfugio?

—No lo sé. —La madre Katherine la miró expectante.

—Y ahí es donde entro yo —dijo Loren.

—Bueno, sí.

—Quiere que averigüe qué se traía entre manos.

—Sí.

—Discretamente.

—Es lo que me gustaría, Loren. Pero tenemos que saber la verdad.

—¿Aunque sea mala?

—Sobre todo si es mala. —La madre Katherine se levantó—. Esto es lo que se hace con las cosas malas del mundo, sacarlas a la luz de Dios.

—Sí —dijo Loren—. A la luz.

—Ya no eres creyente, ¿verdad, Loren?

—Nunca lo fui.

—Bueno, yo no diría tanto.

Loren se levantó, pero la madre Katherine seguía mirándola desde arriba. «Sí —pensó Loren—, tres metros y medio.»

—¿Me ayudarás?

—Sabe que sí.

4

Pasaron los segundos. Matt Hunter se imaginó que eran segundos. Miró fijamente el teléfono y esperó. No pasó nada. Su mente estaba completamente paralizada. Se reactivó y al momento deseó que volviera la parálisis.

El teléfono. Le dio la vuelta en la mano mirándolo como si no lo hubiera visto nunca. La pantalla, se recordó a sí mismo, era pequeña. Las imágenes temblaban. El tinte y el color estaban apagados. El deslumbramiento también era un problema.

Asintió para sí mismo. «Sigue así.»

Olivia no era rubia platino.

Bien. Más, más...

Él la conocía. La amaba. Él no era precisamente un buen partido. Era un ex convicto con pocas perspectivas. Tenía tendencia a retraerse emocionalmente. Ni amaba ni confiaba con facilidad. Olivia, en cambio, lo tenía todo. Era hermosa, inteligente, se había licenciado summa cum laude en la Universidad de Virginia. Incluso tenía un poco de dinero heredado de su padre.

Aquello no ayudaba mucho.

Sí. Sí, porque, a pesar de todo, Olivia le había elegido a él, al ex convicto con cero perspectivas. Era la primera mujer a la que había hablado de su pasado. Ninguna otra había durado tanto para llegar a ese punto.

¿Su reacción?

Bueno, no todo había sido idílico. La sonrisa de Olivia, esa sonrisa desarmante, se había ensombrecido un momento. Matt quiso dejarlo inmediatamente. Quiso marcharse porque de ninguna manera quería ser el responsable de ensombrecer, ni que fuera un momento, aquella sonrisa. Pero el pestañeo no había durado mucho. El resplandor volvió enseguida con todo el voltaje. Matt se había mordido el labio aliviado. Olivia le había tomado la mano por encima de la mesa y, en cierto sentido, ya no la había soltado.

Pero ahora, sentado allí, Matt recordó los primeros pasos dubitativos cuando salió de la cárcel, el cuidado con que entrecerró los ojos y cruzó la puerta, aquella sensación —aquella sensación que nunca le abandonaría del todo— de que el fino hielo bajo sus pies podía resquebrajarse en cualquier momento y hundirlo en aguas heladas.

¿Cómo explicar lo que acababa de ver?

Matt comprendía la naturaleza humana. Es más, comprendía la naturaleza subyacente. Había visto cómo el destino lo maldecía, a él y a su familia, lo suficiente para tener una explicación o, si se quiere, una antiexplicación para todo lo que sale mal: en resumen, no hay explicación.

El mundo no es ni cruel ni alegre. Sencillamente es azaroso, está lleno de partículas que se cruzan como un rayo, sustancias químicas que se mezclan y reaccionan. No existe un orden de verdad. No hay una maldición programada del mal ni protección de la virtud.

Caos, chicos. Es el caos y basta.

Y en el remolino de ese caos, Matt sólo tenía una cosa: Olivia.

Pero allí sentado, en su despacho, con los ojos fijos en el teléfono, su cabeza no quería dejarlo. Ahora, ahora mismo, en este preciso momento... ¿qué estaba haciendo Olivia en la habitación de un hotel?

Cerró los ojos y buscó una salida.

A lo mejor no era ella.

De nuevo: la pantalla era pequeña; el vídeo, tembloroso. Matt siguió insistiendo en ello, ondeando racionalizaciones parecidas a una bandera en el asta, esperando que alguna cuajara.

Pero no cuajó nada.

Sentía una opresión en el pecho.

Las imágenes lo avasallaban. Matt intentó batallar con ellas, pero eran apabullantes. El cabello negro azabache del hombre. Aquella sonrisa condescendiente. Pensó en la manera de echarse hacia atrás que tenía Olivia cuando hacían el amor, mordiéndose el labio inferior, los ojos medio cerrados, los tendones del cuello en tensión. Imaginó también sonidos. Primero gemidos apagados. Después gritos de éxtasis...

Basta.

Levantó la cabeza y vio que Rolanda seguía mirándole.

—¿Querías algo? —preguntó Matt.

—Quería.

—¿Qué?

—Hace tanto rato que estoy aquí que lo he olvidado.

Rolanda se encogió de hombros, giró sobre sí misma y salió del despacho, dejando la puerta abierta.

Matt se levantó y se acercó a la ventana. Miró la fotografía de los hijos de Bernie vestidos con el equipo de fútbol. Bernie y Marsha habían utilizado aquella foto para su felicitación navideña de hacía tres años. El marco era uno de esos chismes de bronce falso que venden en farmacias o ferreterías. En la fotografía, los hijos de Bernie, Paul y Ethan, tenían cinco y tres años y sonreían. Ahora ya no sonreían así. Eran buenos chicos, adaptados y todo eso, pero seguían viviendo con una tristeza subyacente, ineludible. Si los mirabas de cerca, las sonrisas actuales eran más cautas, un pestañeo en el ojo, un miedo a perder algo más.

¿Qué podía hacer?

Lo evidente, decidió. Llamar a Olivia. A ver qué pasaba.

Parecía racional por una parte y ridículo por otra. ¿Qué creía que pasaba? ¿Oiría de su esposa un jadeo pesado, una risa masculina de fondo? ¿O respondería con su habitual voz luminosa? Y entonces, ¿qué? Diría: «Hola, cariño. Oye, ¿qué es ese rollo del hotel? —En su cabeza ya no era una habitación de hotel, sino un motel de mala muerte, cambiar la «h» por la «m» le daba un nuevo significado—. ¿Y la peluca rubia platino y el tipo de la sonrisa de pelo negro?».

Aquello no procedía.

Se estaba dejando llevar por la imaginación. Seguro que había una explicación lógica. Quizá no la viera todavía, pero eso no significaba que no existiera. Matt recordaba haber visto especiales en la tele sobre los juegos de manos. Veías el truco y no tenías ni idea de cómo se hacía, pero en cuanto te lo enseñaban, te preguntabas cómo podías haber sido tan estúpido de no haber caído la primera vez. Esto era lo mismo.

Al no ver otra alternativa, Matt decidió llamar.

El móvil de Olivia estaba programado en su teclado con el número uno. Apretó la tecla y la mantuvo apretada. El teléfono empezó a sonar. Miró por la ventana y contempló la ciudad de Newark. Como siempre, sus sentimientos por la ciudad eran contradictorios. Ves su potencial, su vitalidad, pero sobre todo ves la decadencia y meneas la cabeza. Por alguna razón recordó el día en que Duff fue a verle a la cárcel. Duff se había echado a llorar, con la cara roja, como un chiquillo. Matt sólo podía mirarle. No había nada que decir.

El teléfono sonó seis veces antes de que saliera el buzón de voz de Olivia. El sonido de la voz animada de su esposa, tan familiar, tan... suya, hizo que su corazón se tambaleara. Esperó pacientemente a que Olivia terminara. Entonces sonó el bip.

—Hola, soy yo —dijo. Notaba la tensión en su voz y se esforzó por disimularla—. ¿Podrías llamarme cuando tengas un momento? —Calló.

Normalmente acababa con un rápido «te quiero», pero esta vez apretó la tecla de fin sin añadir lo que siempre le había salido con naturalidad.

Siguió mirando por la ventana. En la cárcel, lo que finalmente acabó con él no fue ni la brutalidad ni la repulsión. Todo lo contrario. Fue cuando todo aquello se convirtió en norma. Al poco tiempo a Matt empezaron a caerle bien sus hermanos de la Nación Aria, incluso disfrutaba de su compañía. Era un tipo perverso de síndrome de Estocolmo. La supervivencia es el secreto. La mente cambia para sobrevivir. Todo puede convertirse en normal. Eso fue lo que dio que pensar a Matt.

Pensó en la risa de Olivia. En que ella lo había apartado de todo aquello. Se preguntó ahora si aquella risa era real o sólo otro cruel espejismo, algo para ridiculizarlo con cariño.

Entonces Matt hizo algo muy raro.

Levantó la cámara alejándola de él, al brazo de distancia, y se hizo una foto. No sonrió. Sólo miró a la cámara. La fotografía ya estaba en la pequeña pantalla. Se miró la cara y sin estar seguro de lo que veía.

Marcó el número de Olivia y le mandó la foto.

5

Pasaron dos horas. Olivia no le devolvió la llamada.

Matt pasó aquellas dos horas con Ike Kier, un socio senior consentido que llevaba el pelo gris demasiado largo y peinado hacia atrás. Era de una familia acaudalada. Sabía relacionarse y poca cosa más, pero a veces con eso era suficiente. Tenía un Viper y dos Harley-Davidson. Su mote en el despacho era Mediana Edad, abreviado de crisis de la mediana edad.

Mediana Edad era lo bastante listo para saber que no era demasiado listo. En consecuencia, utilizaba mucho a Matt. Sabía que Matt estaba dispuesto a hacer el trabajo pesado y mantenerse en segundo plano. Esto permitía a Mediana Edad mantener las grandes relaciones corporativas con los clientes y dar buena imagen. Se imaginaba que a Matt le disgustaba, pero no tanto para hacer algo al respecto.

El fraude corporativo podía no ser bueno para Estados Unidos, pero era muy lucrativo para el gabinete de abogados de guante y camisa blancos de Carter Sturgis. Ahora estaban discutiendo el caso de Mike Sterman, el presidente de un gran laboratorio farmacéutico llamado Pentacol, que había sido acusado, entre otras cosas, de retocar los libros para manipular los precios de las acciones.

—En resumidas cuentas —dijo Mediana Edad, regalando a la sala su mejor voz de barítono para el jurado—, ¿nuestra defensa será...? —Miró a Matt esperando una respuesta.

—Echarle la culpa al otro —dijo Matt.

—¿Qué otro?

—Sí.

—¿Eh?

—Echaremos la culpa a quien podamos —dijo Matt—. Al jefe de finanzas —el cuñado de Sterman y su ex mejor amigo—, al departamento de informática, a lo que se nos ocurra, a los contables, a los bancos, a la junta, a los empleados de menor nivel. Diremos que algunos de ellos son unos gánsteres, que cometieron errores involuntarios que resultaron fatales.

—¿No es contradictorio? —preguntó Mediana Edad, uniendo las manos y bajando las cejas—. ¿Alegar a la vez malicia y errores? —Calló, le miró y asintió.

Malicia y errores. A Mediana Edad le gustaba el sonido.

—Pretendemos confundir —dijo Matt—. Si le echas la culpa a muchos, nada queda. El jurado acaba pensando que algo se hizo mal, pero no sabe a quién echarle la culpa. Los apabullamos con hechos y cifras. Sacamos a la luz todos los posibles errores, todas las «t» sin rabo y las «i» sin puntos. Nos comportamos como si todas las discrepancias fueran catastróficas, aunque no lo sean. Lo cuestionamos todo. Nos mostramos escépticos con todos.

—¿Y qué hay del bar mitzvah?

Sterman había celebrado un bar mitzvah de dos millones de dólares para su hijo, fletando un avión a Bermudas, donde habían actuado Beyoncé y Ja Rule. La cinta —de hecho era un DVD con sonido surround— se mostraría al jurado.

—Un gasto legítimo de empresa —dijo Matt.

—¿Cómo?

—Piensa en los invitados. Ejecutivos de los grandes laboratorios. Grandes clientes. Funcionarios gubernamentales de la FDA que aprueban los medicamentos y conceden licencias. Médicos, investigadores, todo. Nuestro cliente estaba agasajando a los clientes, una práctica empresarial americana legal desde antes del Boston Tea Party,[3] que se hizo por el bien de la empresa.

—¿Y el detalle de que la fiesta se celebrara en ocasión del bar mitzvah de su hijo?

Matt se encogió de hombros.

—Eso va en su favor, en realidad. Sterman estuvo genial.

Mediana Edad hizo una mueca.

—Piénsalo. Si Sterman hubiera dicho: «Celebro una gran fiesta para ganar clientes importantes», bueno, eso no le habría ayudado a crear las relaciones que estaba buscando. Así que Sterman, que es gato viejo, apostó por algo más sutil. Invita a los asociados de su empresa al bar mitzvah de su hijo. Así los pilla desprevenidos. Les parece encantador, ese padre de familia que los invita a algo personal en lugar de meterlos en una rígida celebración empresarial. Sterman, como cualquier gran ejecutivo brillante, tomó un camino creativo.

Mediana Edad arqueó una ceja y asintió lentamente.

—Oh, eso me gusta.

Matt ya se lo imaginaba. Miró el móvil, para asegurarse de que seguía encendido. Lo estaba. Comprobó si había mensajes o llamadas perdidas. No había nada.

Mediana Edad se levantó.

—¿Seguimos con los preparativos mañana?

—Claro —dijo Matt.

Se marchó. Rolanda metió la cabeza por la puerta. Miró hacia el pasillo en dirección a Mediana Edad, se colocó un dedo en la parte baja de la garganta y emitió un sonido ahogado. Matt miró el reloj. Era hora de ponerse en marcha.

Fue rápidamente al aparcamiento de la empresa. Su mirada vagaba, centrándose en todo y en nada. Tommy, el encargado del aparcamiento, le saludó con la mano. Todavía ensimismado, Matt le devolvió el saludo. Su plaza estaba atrás, bajo las cañerías que chorreaban agua. El mundo seguía su sistema de castas, incluso en los aparcamientos, como bien sabía él.

Alguien estaba limpiando un Jaguar verde perteneciente a uno de los socios fundadores. Matt se volvió. Una de las Harleys de Mediana Edad estaba allí, tapada con un plástico transparente. Había un carrito de la compra volcado, con tres de las cuatro ruedas arrancadas. ¿Qué se podía hacer con un carro de una rueda?

Los ojos de Matt vagaron por encima de los coches de la calle, la mayoría taxis ilegales, y notó un Ford Taurus gris porque la matrícula era MLH-472, y las iniciales del propio Matt eran MKH, casi igual, y esa clase de cosas le servían de distracción.

Pero una vez en el coche —de nuevo solo con sus pensamientos— otra cosa empezó a mortificarlo.

Bien, pensó, haciendo un esfuerzo para ser racional, suponiendo lo peor, que lo que había visto en la cámara fuera el momento inicial de alguna cita...

¿Por qué iba a mandarle la foto Olivia?

¿Qué sentido tenía? ¿Quería que la pillaran? ¿Era una petición de auxilio?

No encajaba.

Pero entonces se dio cuenta de otra cosa: Olivia no se lo había mandado.

Venía de su teléfono, sí, pero ella —suponiendo que fuera Olivia la de la peluca rubia platino— no parecía consciente de que la cámara la enfocara. Recordaba haberlo pensado. Ella era el tema de la filmación, lo filmado, por decirlo de algún modo, no quien filmaba.

¿Quién lo mandaba entonces? ¿Era el señor Cabellos Negros? En tal caso, ¿quién había hecho la primera foto, la de Cabellos Negros? ¿Se la había hecho él mismo?

Respuesta: No.

Cabellos Negros tenía la palma de la mano levantada, como saludando. Matt recordaba haber visto un anillo en su dedo, o lo que creía que era un anillo. No le apetecía mucho ponerse a mirar la foto otra vez. Pero pensó en ello. ¿Podría ser una alianza? No, el anillo estaba en la mano derecha.

Sea como fuere, ¿quién había sacado la foto de Cabellos Negros?

¿Olivia?

¿Por qué se la mandaría ella? ¿O se la habían mandado sin querer? ¿Habría apretado alguien una tecla equivocada?

Parecía improbable.

¿Había una tercera persona en la habitación?

Matt no lo había visto. Le dio unas cuantas vueltas más, pero no se le ocurrió nada nuevo. Ambas llamadas se habían originado en el teléfono de su esposa. Eso estaba claro. Pero si ella tenía una aventura, ¿por qué querría que lo supiera?

Respuesta —y, sí, sus razonamientos se estaban volviendo circulares—, no lo querría.

Entonces ¿quién?

Matt pensó otra vez en la sonrisa engreída de Cabellos Negros. Y su estómago se revolucionó. Cuando era más joven, era demasiado sensible. Ahora parecía mentira, pero Matt había sido demasiado sensible. Lloraba si perdía un partido de baloncesto, aunque no fuera de competición. Cualquier disgusto le duraba semanas. Todo aquello cambió la noche que Stephen McGrath murió. Si la cárcel te enseña algo, es a blindarte. No muestras nada. Jamás. No te permites sentir nada, ninguna emoción, porque la explotarían o te la robarían. Matt intentó hacer lo mismo ahora. Intentó amortiguar la sensación de opresión en su estómago.

No podía.

Volvieron las imágenes, algunas horribles mezcladas con recuerdos maravillosamente dolorosos, los que más dolían. Recordó un fin de semana que Olivia y él habían pasado en una pensión victoriana de Lenox, Massachusetts. Recordaba haber esparcido almohadas y mantas frente a la chimenea de la habitación y haber abierto una botella de vino. Recordaba a Olivia sosteniendo el pie de la copa, la forma como le miraba, la forma como el mundo, el pasado, sus indecisos y temerosos pasos se habían desvanecido, el fuego, que se reflejaba en sus ojos verdes, y entonces pensó en ella estando así con otro hombre.

De repente le asaltó otra idea: una idea tan horrible, tan insoportable que casi perdió el control del coche.

Olivia estaba embarazada.

El semáforo se puso rojo. Matt casi lo rebasó. Apretó los frenos en el último momento. Un peatón, que ya empezaba a cruzar la calle, retrocedió de un salto y le amenazó con el puño. Matt no soltó las manos del volante.

Olivia había tardado mucho tiempo en concebir.

Los dos tenían más de treinta años y en la cabeza de Olivia sonaba su reloj biológico. Ella deseaba tanto crear una familia... Durante mucho tiempo sus intentos de concebir habían fracasado. Matt había empezado a pensar —y no porque sí— que la culpa podía ser suya. En la cárcel había recibido buenas palizas. En la tercera semana que estuvo allí, cuatro hombres le habían agarrado y le habían separado las piernas mientras un quinto le pateaba la ingle. Casi se había desmayado de dolor.

De repente Olivia estaba embarazada.

Quería acallar su cerebro, pero no había manera. La rabia empezó a imponerse. Era mejor, pensó, que el dolor, el apabullante dolor de que le arrebataran otra vez algo que adoraba.

Tenía que encontrarla. Tenía que encontrarla inmediatamente.

Olivia estaba en Boston, un viaje de cinco horas desde donde estaba Matt. A paseo la inspección de la casa. Conduce y ve a verla.

¿Dónde se alojaba?

Lo pensó un momento. ¿Se lo había dicho? No se acordaba. Ésta era otra cosa con los teléfonos móviles. Ya no te preocupas tanto por eso. ¿Qué diferencia había entre estar en el Marriott o en el Hilton? Era un viaje de trabajo. Estaría de un lado para otro, en reuniones y cenas, y pasaría poco tiempo en su habitación.

Evidentemente era más fácil localizarla en su móvil.

Entonces ¿qué?

No tenía ni idea de dónde se alojaba. Y aunque lo supiera, ¿no sería más prudente llamarla primero? Pero la habitación que había visto en la cámara del teléfono podía no ser la misma. Podía ser de Cabellos Negros. Supongamos que sabía en qué hotel estaba. Supongamos que se presentaba, llamaba a la puerta y entonces, qué, ¿Olivia abría con un salto de cama y aparecía Cabellos Negros detrás de ella con una toalla alrededor de la cintura? ¿Qué haría Matt entonces? ¿Romperle la cara? ¿Señalarle con el dedo y gritar: «¡Ajá!»?

Intentó llamarla otra vez al móvil. No obtuvo respuesta. No dejó otro mensaje.

¿Por qué no le había dicho Olivia dónde se alojaría?

Está bastante claro a estas alturas, ¿no, Matt?

El telón rojo cayó sobre sus ojos.

Suficiente.

Probó en su despacho, pero saltó directamente su contestador: «Hola, soy Olivia Hunter. Estaré fuera de la oficina hasta el viernes. Si es urgente, habla con mi ayudante, Jamie Suh, marcando su extensión, el seis cuatro cuatro...».

Eso fue lo que hizo Matt. Jamie contestó al tercer timbre.

—Despacho de Olivia Hunter.

—Hola, Jamie, soy Matt.

—Hola, Matt.

Mantuvo las manos al volante y habló utilizando el manos libres, que siempre le hacía sentir raro, como si fueras un chalado que hablara con un amigo imaginario. Cuando hablas por teléfono, deberías tener el aparato en la mano.

—Quería preguntarte algo.

—Adelante.

—¿Sabes en qué hotel se aloja Olivia?

No tuvo respuesta.

—¿Jamie?

—Sigo aquí —dijo ella—. Lo miraré si esperas un momento. Pero ¿por qué no la llamas al móvil? Es el número que dejó para los clientes si había alguna urgencia.

Matt no sabía muy bien cómo contestar a eso sin parecer desesperado. Si le decía que lo había intentado y le había salido el buzón de voz, Jamie Suh se preguntaría por qué no podía esperar a que ella le devolviera el mensaje. Se estrujó el cerebro buscando algo que pareciera plausible.

—Sí, ya lo sé —dijo—. Pero quería mandarle unas flores. Una sorpresa.

—Ah, ya. —Su voz no traslucía ningún entusiasmo—. ¿Es una ocasión especial?

—No. —Después añadió sin ninguna convicción—: Pero es que la luna de miel aún no ha acabado.

Se rió de su lastimosa gracia. Aunque Jamie no. Hubo un largo silencio.

—¿Sigues ahí? —dijo Matt.

—Sí.

—¿Puedes decirme dónde se aloja?

—Lo estoy mirando. —Se oyeron sus dedos tecleando el ordenador. Después—: Matt...

—Sí.

—Me llaman por la otra línea. ¿Puedo llamarte cuando lo encuentre?

—Claro —dijo, muy poco entusiasmado.

Le dio su teléfono móvil y colgó.

¿Qué diablos pasaba?

Su teléfono volvió a vibrar. Miró el número. Era de su despacho. Rolanda no se molestó en saludar.

—Problemas —dijo—. ¿Dónde estás?

—Acabo de llegar a la Setenta y ocho.

—Vuelve. Washington Street. Van a desahuciar a Eva.

Matt maldijo en voz baja.

—¿Quién?

—La pastora Jill está allí con esos dos gordinflones que tiene por hijos. Han amenazado a Eva.

La pastora Jill. Una mujer que se había sacado el título de pastora en la red y montaba cosas de caridad para los jóvenes mientras cobraran lo suficiente en vales de comida. Los timos que se hacen contra los pobres van más allá del delito. Matt hizo girar el coche a la derecha.

—Voy para allá —dijo.

Diez minutos después paró en Washington Street. El barrio estaba cerca de Branch Brook Park. De pequeño, Matt solía jugar a tenis allí. Jugó en competiciones una temporada, y sus padres le llevaban a los torneos en Port Washington cada dos fines de semana. Incluso llegó a entrar en la lista de los menores de catorce años. Pero la familia dejó de ir a Branch Brook mucho antes de eso. Matt nunca comprendió qué le había ocurrido a Newark. Había sido una ciudad próspera y maravillosa. Los más ricos se fueron mudando durante la migración suburbana de los años cincuenta y sesenta. Era natural, por supuesto. Sucedía en todas partes. Pero Newark estaba abandonada. Los que se marcharon —incluso los que sólo se alejaron unos kilómetros— nunca miraron atrás. En parte fue culpa de las revueltas de finales de los sesenta. En parte fue por simple racismo. Pero había algo más en este caso, algo peor, y Matt no sabía exactamente qué era.

Bajó del coche. El barrio era predominantemente afroamericano. Como casi todos sus clientes. Matt pensó en ello un momento. Durante su estancia en la prisión, oyó la palabra con «n» más veces que ninguna otra. Él mismo la había dicho, para encajar al principio, pero se volvió menos repulsiva con el tiempo, lo que evidentemente era lo más repulsivo de todo.

Al final había tenido que traicionar todo lo que siempre había creído, la mentira suburbana liberal de que el color de la piel no importaba. En la cárcel, el color de la piel era lo único que importaba. Fuera, en un mundo enteramente diferente, importaba lo mismo.

Su mirada se paseó por el escenario. Se detuvo en un interesante amasijo de graffiti. En una pared de ladrillo desconchado, alguien había pintado con aerosol dos palabras en letras de diez centímetros de alto.

¡PUTAS MENTIRAS!

Normalmente Matt no se habría parado a mirar algo así. Pero lo hizo. Las letras eran rojas e inclinadas. Aunque no supieras leer, habrías percibido la rabia. Matt pensó en su autor, en lo que le había impulsado a escribir eso. Se preguntó si aquel acto de vandalismo habría diluido la ira del creador o habría sido su primer paso hacia una mayor destrucción.

Caminó hacia el edificio de Eva. El coche de la pastora Jill, un Mercedes 560 completamente equipado, estaba allí. Uno de sus hijos hacía guardia con los brazos cruzados y la cara apretada en una mueca. Los ojos de Matt iniciaron otra vez su barrido. Los vecinos estaban fuera y cerca. Un niño pequeño de unos dos años estaba sentado sobre un viejo cortacéspedes. Su madre lo utilizaba de cochecito. Hablaba sola y parecía tensa. La gente miraba a Matt, un blanco no era una rareza, pero despertaba curiosidad.

Los hijos de la pastora Jill lo miraron furiosos al verle acercarse. La calle quedó en silencio, como en una película del Oeste. La gente se preparaba para un espectáculo.

—¿Cómo estáis? —preguntó Matt.

Los hermanos podrían haber sido gemelos. Uno siguió mirando a Matt. El otro empezó a cargar las pertenencias de Eva en el maletero. Matt no pestañeó. Siguió sonriendo y caminando.

—Quiero que dejéis de hacer eso ahora mismo.

Brazos Cruzados dijo:

—¿Tú quién eres?

La pastora Jill salió. Miró a Matt y también puso mala cara.

—No puedes echarla —dijo Matt.

La pastora Jill lo miró por encima del hombro.

—Esta residencia es mía.

—No, es propiedad estatal. Tú dices que son alojamientos de caridad para los jóvenes del municipio.

—Eva no ha seguido las normas.

—¿Qué normas?

—Somos una institución religiosa. Tenemos un código moral estricto. Eva lo violó.

—¿Cómo?

La pastora Jill sonrió.

—No creo que sea de su incumbencia. ¿Puedo preguntar cómo se llama?

Sus dos hijos intercambiaron una mirada. Uno dejó en el suelo las cosas de Eva. Se volvieron a mirarlo. Matt señaló el Mercedes de la pastora Jill.

—Bonito coche.

Los hermanos fruncieron el ceño y avanzaron hacia él. Uno hizo crujir el cuello mientras trotaba. El otro abrió y cerró los puños. Matt sentía que le hervía la sangre. Curiosamente, la muerte de Stephen McGrath —el «incidente»— no le había vuelto temeroso de la violencia. Tal vez de haber sido más agresivo aquella noche, no menos... pero ahora ya no importaba. Aprendió una lección valiosa sobre los enfrentamientos físicos: no se puede predecir nada. Está claro, el primero que pega suele ser el que gana. El más grande también suele salir victorioso. Pero una vez que se empieza, una vez que el rojo tornado se apodera de los combatientes, puede suceder cualquier cosa.

Crujecuello dijo otra vez:

—¿Quién eres?

Matt no pensaba arriesgarse. Suspiró y sacó su teléfono con cámara.

—Soy Bob Smiley, del Canal Nueve de Noticias. Eso los detuvo. Apuntó la cámara en su dirección y fingió que la encendía.

—Si no les importa, voy a grabar lo que hacen aquí. El equipo del Canal Nueve de Noticias llegará en tres minutos para grabar unas tomas mejores.

Los hermanos miraron a su madre. La cara de la pastora Jill cambió a una beatífica sonrisa, por falsa que fuera.

—Ayudamos al traslado de Eva —dijo—. A un lugar mejor.

—Ah...

—Pero si prefiere quedarse...

—Prefiere quedarse —dijo Matt.

—Milo, vuelve a meter sus cosas en el apartamento.

Milo, alias Crujecuello, miró a Matt rabioso. Matt levantó más la cámara.

—Mantén esa pose, Milo.

Milo y Puños Cerrados empezaron a sacar las cosas de la furgoneta. La pastora Jill fue corriendo a su Mercedes y esperó en el asiento de atrás. Eva miró a Matt desde la ventana y silabeó un «gracias» en silencio. Matt asintió y se fue.

Fue entonces, al volverse, sin mirar nada en concreto, cuando vio el Ford Taurus gris.

El coche pasaba a unos treinta metros detrás de él. Matt se quedó clavado. Había Ford Taurus grises a montones, por supuesto, quizás era el coche más popular del país. Ver dos el mismo día no era especialmente raro. Matt se imaginaba que probablemente había otro Ford Taurus en aquel mismo tramo de calle. A lo mejor dos o tres. Y no le sorprendería enterarse de que uno de ellos fuera gris.

Pero ¿tendría una matrícula que empezara por MLH, tan parecida a sus propias iniciales, MKH?

Sus ojos se quedaron pegados a la matrícula.

MLH-472.

El mismo coche que había visto frente a la oficina.

Matt intentó controlar su respiración. Sabía que podía tratarse sólo de una coincidencia. Haciendo un esfuerzo, incluso pensaba que era una fuerte posibilidad. Una persona podía ver el mismo coche dos veces en un día. Sólo estaba, ¿cuánto?, a un kilómetro de su oficina. Aquél era un barrio bastante congestionado. No era una gran sorpresa.

En un día normal —es más, casi cualquier otro día— habría permitido que esa lógica lo convenciera.

Pero no hoy. Dudó, pero no mucho rato. Después se dirigió al coche.

—Eh —gritó Milo—, ¿adónde vas?

—No pares de descargar, grandullón.

Matt no había dado ni cinco pasos cuando las ruedas delanteras del Ford Taurus empezaron a girar para salir de la plaza. Matt apresuró el paso.

Sin más ni más, el Taurus dio un salto adelante y salió disparado hacia la calle. Las luces traseras blancas se encendieron y el coche retrocedió. Matt se dio cuenta de que el conductor pensaba hacer un giro de 180 grados. El conductor apretó el freno y giró el volante rápida y violentamente. Matt estaba a sólo un par de metros de la ventana trasera.

Matt gritó:

—¡Espera!

Como si pudiera servir de algo. Echó a correr y saltó frente al coche.

Un error.

El Taurus resbaló con la grava, chirrió y salió disparado hacia él.

No redujo la velocidad, ni vaciló. Matt saltó a un lado. El Taurus aceleró. Matt estaba en el suelo, en horizontal. El parachoques le dio en el tobillo. Una explosión de dolor se le difundió hasta el hueso. El impulso lanzó a Matt por los aires. Cayó de cara y se protegió encogiendo el cuerpo y rodando. Aterrizó de espaldas.

Por un momento, Matt se quedó pestañeando de cara al cielo. La gente se agolpó a su alrededor.

—¿Se encuentra bien? —preguntó alguien.

Él asintió y se sentó. Se palpó el tobillo. Lacerado, pero no roto. Alguien le ayudó a ponerse de pie.

Toda la escena —desde que había visto el coche hasta que éste había intentado atropellarle— había durado quizá cinco o diez segundos. Sin duda no mucho más. Matt miró a lo lejos.

Alguien le había estado siguiendo, como mínimo.

Se palpó el bolsillo. El móvil seguía allí. Fue cojeando al apartamento de Eva. La pastora Jill y sus hijos se habían marchado. Se aseguró de que Eva estaba bien. Después se metió en su coche y respiró hondo. Pensó en lo que tenía que hacer y decidió que el primer paso era bastante obvio.

Marcó el número de su línea privada. Cuando Cingle contestó, Matt preguntó:

—¿Estás en el despacho?

—Sí —dijo Cingle.

—Estaré allí dentro de cinco minutos.

6

En cuanto la detective de homicidios del condado Loren Muse abrió la puerta de su apartamento, la agredió una ráfaga de humo de tabaco. Loren no la evitó. Se paró y aspiró hondo.

Su apartamento jardín estaba en Morris Avenue, en Union, Nueva Jersey. Nunca había entendido el concepto «jardín». El lugar era un asco: todo ladrillo, sin personalidad, y no había nada que recordara al verde. Aquélla era la versión de Nueva Jersey del purgatorio, una parada, el lugar donde las personas estaban de paso en su camino ascendente o descendente en la escala social y económica. Las parejas jóvenes vivían allí hasta que podían permitirse una casa. Los pensionistas poco afortunados volvían allí cuando sus hijos volaban del nido.

Y, por supuesto, las mujeres solteras al borde de la madurez que trabajaban demasiado y salían poco, también acababan allí.

Loren tenía treinta y cuatro años, y tenía citas en serie en las que, en palabras de su fumadora madre que estaba en ese momento en el sofá, «nunca se cerraba la venta». Lo de ser policía tenía eso. Al principio atraía a los hombres y después los hacía huir, cuando se acercaba la fecha del compromiso, alias caducidad. En aquel momento salía con un tal Pete a quien su madre había etiquetado de «fracasado sin remedio», valoración que a la propia Loren le costaba discutir.

Sus dos gatos, Oscar y Felix, no se veían por ninguna parte, pero eso era normal. Su madre, la bonita Carmen Valos Muse Brewster lo que sea, estaba echada en el sofá mirando Jeopardy! Veía el concurso casi cada día y jamás había sabido contestar una pregunta.

—Eh —dijo Loren.

—Este piso es una pocilga —dijo su madre.

—Pues límpialo. O mejor aún, lárgate.

Carmen acababa de romper con su marido número cuatro. Su madre era una mujer guapa, bastante más guapa que su anodina hija, que había salido más a su padre suicida. Todavía era sexy, aunque un tanto pasada. Su belleza empezaba a decaer, pero seguía teniendo mejores citas que Loren. Los hombres adoraban a Carmen Valos Muse Etcétera.

Carmen apagó el televisor y dio otra calada al cigarrillo.

—Te he pedido mil veces que no fumaras aquí —dijo Loren.

—Tú fumas.

—No, mamá, lo he dejado.

Carmen enarcó las grandes cejas en su dirección, pestañeando seductoramente por pura costumbre.

—¿Lo has dejado?

—Sí.

—Oh, vamos. ¿Dos meses? Eso no es dejarlo.

—Ya son cinco meses.

—Es lo mismo. ¿No fumabas aquí?

—¿Y qué?

—¿Qué más da, entonces? La peste no se ha marchado ni mucho menos. Esto no es una de esas habitaciones de hotel para no fumadores. ¿No?

Su madre le lanzó la consabida mirada sentenciosa, mirando a Loren de arriba abajo, como hacía siempre, y como siempre juzgándola defectuosa. Loren esperó el inevitable consejo de belleza «sólo para ayudar»: necesitas un corte de pelo, deberías ponerte ropa más ajustada, ¿por qué te gusta parecer un muchacho?, ¿has visto los nuevos sujetadores pushup de Victoria’s Secret?, un poco de maquillaje no te mataría, las bajitas nunca deberían salir sin tacones...

Carmen abrió la boca y sonó el teléfono.

—Que no se te olvide —dijo Loren.

Descolgó el teléfono.

—Eh, Tapón, soy moi.

«Moi» era Eldon Teak, un abuelo caucasiano de sesenta y dos años que sólo oía música rap. Era forense del condado de Essex.

—¿Qué hay, Eldon?

—¿Te ha tocado el caso de la Monja Cañón?

—¿Así la llamáis?

—Hasta que se nos ocurra algo más divertido. A mí me gustaba Nuestra Señora del Valle o Montañas Monte Santo, pero a nadie más.

Loren se frotó los ojos con el dedo índice y el pulgar.

—¿Tienes algo para mí?

—Lo tengo.

—¿Qué?

—Que la muerte no fue accidental.

—¿La asesinaron?

—Sí. Con una almohada sobre la cara.

—Vaya, ¿cómo es posible que les pasara por alto?

—¿Cómo es posible que le pasara por alto a quién?

—¿No la habían clasificado como muerte por causas naturales?

—Sí.

—Bueno, Eldon, a eso me refería: cómo es posible que les pasara por alto.

—Y yo te he preguntado a quién te referías.

—A quien la examinó originalmente.

—Nadie la examinó originalmente. Ésa es la cuestión.

—¿Por qué no?

—Estás de coña, ¿no?

—No. ¿No debería haber sido evidente de entrada?

—Ves demasiada televisión. Cada día mueren trillones de personas, ¿no? La esposa encuentra al marido muerto en el suelo. ¿Te crees que le hacemos una autopsia? ¿Te crees que comprobamos si es un asesinato? La mayoría de las veces ni siquiera acude la policía. Mi viejo la palmó hace diez años. Mi madre llamó a la funeraria, un médico le declaró muerto, lo recogieron y basta. Así es cómo funciona normalmente y tú lo sabes. Aquí se muere una monja, y a cualquiera que no sepa exactamente qué debe buscar le parece que es por causas naturales. Yo nunca la habría puesto sobre la mesa de no haber dicho algo tu madre superiora.

—¿Estás seguro de que fue una almohada?

—Sí. Una almohada de su habitación, de hecho. Tiene la garganta llena de fibras.

—¿Y debajo de las uñas?

—Están limpias.

—¿No es un poco raro?

—Depende.

Loren meneó la cabeza, intentando entenderlo.

—¿Tienes una identificación?

—¿Una identificación de qué?

—De la víctima.

—Creía que era la Hermana Silicona o algo así. ¿Para qué necesitamos una identificación?

Loren miró su reloj.

—¿Cuánto rato te vas a quedar en la oficina?

—Un par de horas más —dijo Eldon Teak.

—Voy para allá.

7

Así es como encontraste al amor de tu vida.

Son las vacaciones de primavera de tu primer año de universidad. Casi todos tus amigos se van a Daytona Beach, pero la madre de un viejo amigo del instituto, Rick, trabaja en una agencia de viajes. Os consigue unas tarifas bajísimas para ir a Las Vegas, así que seis amigos y tú os vais a pasar cinco noches en el Flamingo Hotel.

En la última noche, vais a un nightclub en el Caesars Palace porque habéis oído que es un local estupendo para estudiantes de vacaciones. El nightclub, por supuesto, es ruidoso y está hasta los topes. Hay demasiados fluorescentes. No es tu sitio ideal. Estás con amigos, intentando oír lo que dicen por encima del estruendo de la música, cuando miras hacia la barra.

Entonces ves a Olivia por primera vez.

No, la música no se apaga ni suenan arpas celestiales. Pero te ocurre algo. La miras y sientes algo en el pecho, una punzada cálida, y notas que ella también lo siente.

Normalmente eres tímido, no sabes cómo acercarte a las mujeres, pero esa noche no puedes equivocarte. Te acercas a ella y te presentas. Todos tenemos alguna noche especial como ésa, piensas. Estás en una fiesta y ves a una chica guapa y ella te mira y empezáis a hablar y conectáis de una forma que os hace pensar en toda una vida en lugar de una noche.

Hablas con ella. Hablas durante horas. Ella te mira como si fueras la única persona del mundo. Os vais a un sitio más tranquilo. La besas. Ella responde. Empiezas a acariciarla. Os acariciáis toda la noche y no deseas que vaya más allá. La abrazas. Hablas. Te encanta su risa. Te encanta su cara. Te encanta todo de ella.

Os dormís abrazados, vestidos, y te preguntas si algún día volverás a ser tan feliz. Su cabello huele a lilas y bayas. Nunca olvidarás ese olor.

Harías lo que fuera para que durara, pero sabes que no durará. Este tipo de intercambios no están hechos para durar. Tienes una vida, y Olivia tiene un novio «en serio» en casa, en realidad es su prometido. Esto no tiene nada que ver. Aquí estáis vosotros dos, en vuestro propio mundo, durante un breve espacio de tiempo. Empacáis una pequeña vida en aquella noche, un ciclo completo de cortejo, relación, ruptura, en aquellas pocas horas.

Al final, tú volverás a tu vida y ella volverá a la suya.

No os molestáis en daros los números de teléfono, ninguno de los dos quiere fingir, pero te acompaña al aeropuerto y os despedís con un apasionado beso. Tiene los ojos húmedos cuando la sueltas. Vuelves a la facultad.

Sigues con tu vida, claro, pero nunca la olvidas del todo, ni aquella noche o cómo era besarla o cómo olían sus cabellos. Sigue contigo. Piensas en ella. No cada día, quizá ni siquiera cada semana. Pero sigue allí. El recuerdo es algo que sacas de vez en cuando, cuando te sientes solo, y no sabes si te consuela o te duele.

Te preguntas si ella también lo hace alguna vez.

Pasan once años. No la ves en todo ese tiempo.

Ya no eres la misma persona, por supuesto. La muerte de Stephen McGrath te desvía de la norma. Has cumplido condena en la cárcel. Pero ahora eres libre. Te han devuelto la vida, crees. Trabajas en el gabinete de abogados Carter Sturgis.

Un día te conectas e introduces su nombre en el Google. Sabes que es una estupidez y es inmaduro. Te das cuenta de que probablemente se casó con su prometido, tiene tres o cuatro hijos, quizá lleve el apellido del marido. Pero es un gesto inofensivo. No irás más allá. Sólo sientes curiosidad.

Hay varias Olivia Murray.

Buscas un poco más y encuentras una que podría ser ella. Esta Olivia Murray es directora de ventas de DataBetter, una consultoría que diseña sistemas de ordenador para empresas de tamaño medio. El sitio web de DataBetter tiene las biografías de sus empleados. La suya es breve, pero menciona que se graduó en la Universidad de Virginia. Ahí era donde iba tu Olivia Murray cuando la conociste hace tantos años.

Intentas olvidarlo.

No eres de los que creen en el destino o la predestinación, más bien al contrario, pero seis meses después, los socios de Carter Sturgis deciden que el sistema informático de la empresa necesita ponerse al día. Mediana Edad sabe que aprendiste programación durante tu estancia en la cárcel. Propone que formes parte de la comisión que desarrollará una nueva red para la oficina. Propones varias empresas que hagan una oferta.

Una de ellas es DataBetter.

Llegan dos personas de DataBetter a las oficinas de Carter Sturgis. Estás aterrado. A última hora, simulas una urgencia y no asistes a la presentación. Sería demasiado presentarse así. Dejas que los otros tres miembros de la comisión se encarguen de la entrevista. Te quedas en tu despacho. Te tiemblan las piernas. Te muerdes las uñas. Te sientes idiota.

A mediodía, llaman a la puerta de tu despacho.

Te vuelves y Olivia está allí.

La reconoces inmediatamente. Te sienta como un golpe físico. La punzada cálida ha vuelto. Apenas puedes hablar. Miras su mano izquierda. El dedo anular.

No lleva anillo.

Olivia sonríe y te dice que está en Carter Sturgis haciendo una presentación. Intentas asentir. Su empresa está haciendo una oferta para instalar el sistema informático de la casa, dice. Ha visto tu nombre en la lista de personas que deberían haber asistido a la reunión y se ha preguntado si serías el mismo Matt Hunter que conoció hace tantos años.

Todavía asombrado, le preguntas si le apetece tomar un café. Ella duda, pero dice que sí. Cuando te levantas y pasas a su lado, le hueles el pelo. Las lilas y las bayas siguen allí, y temes que se te humedezcan los ojos.

Os saltáis los típicos preliminares de puesta al día, a ti te parece estupendo. Te enteras de que en esos años ella también ha pensado en ti. El prometido desapareció hace tiempo. No se ha casado.

Tu corazón se hincha aunque te niegues a creer en tu suerte. No puede ser posible. Ninguno de los dos cree en el concepto de amor a primera vista.

Pero ahí estáis.

En las semanas siguientes descubres lo que es amor de verdad. Ella te enseña. Un día le cuentas la verdad sobre tu pasado. Ella lo supera. Os casáis. Ella se queda embarazada. Sois felices. Lo celebráis comprándoos móviles con cámara.

Y entonces, un día, recibes una llamada y ves a la mujer que conociste durante aquellas vacaciones de primavera —la única mujer que has amado— en una habitación de hotel con otro hombre.

¿Por qué habrían de seguirle?

Matt mantuvo las manos sobre el volante mientras daba vueltas a las posibilidades en la cabeza. Las fue repasando. Ninguna le convencía.

Necesitaba ayuda, de la buena. Y eso representaba visitar a Cingle.

Llegaría tarde a su cita con el perito de la casa. No le importaba mucho. De repente el futuro que se había permitido imaginar —casa, verja, la siempre hermosa Olivia, los 2,4 hijos, el perro labrador— parecía aterradoramente poco realista. Se estaba engañando, pensó. Un asesino convicto volviendo a los suburbios donde había crecido y creando una familia ideal; de repente, parecía un mal culebrón.

Matt llamó a Marsha, su cuñada, para decirle que llegaría más tarde, pero salió su contestador. Le dejó un mensaje y metió el coche en el aparcamiento.

En un edificio con mucho cristal, no muy lejos de la oficina, está MVD o Most Valuable Detection, una gran empresa de detectives que Carter Sturgis empleaba. Por norma general, Matt no era aficionado a los detectives privados. En la ficción eran tipos muy enrollados. En la realidad eran, en el mejor de los casos, policías retirados (con énfasis en la parte «tirados») y, en el peor, tipos que no habían llegado a polis y entraban en esa fauna peligrosa conocida como «aspirantes a polis». Matt había visto a muchos aspirantes trabajando como guardianes de prisión. La mezcla de fracasos y testosterona imaginaria producía consecuencias volátiles y a menudo poco agradables.

Matt se sentó en el despacho de una de las excepciones a la norma: la preciosa y controvertida Cingle Shaker. Matt no creía que ése fuera su nombre real, sino el que utilizaba profesionalmente. Cingle medía metro ochenta y tenía los ojos azules y el pelo de color miel. Su cara era bastante atractiva. Su cuerpo causaba arritmias cardíacas: era capaz de provocar un accidente de tráfico. Incluso Olivia había exclamado «Uau» al conocerla. Decían los rumores que Cingle había sido una rockette en Radio City Music Hall, pero que las demás chicas se quejaban de que estropeaba la «simetría». Matt no tenía ninguna duda.

Cingle tenía los pies apoyados en la mesa. Llevaba botas camperas que le añadían cinco centímetros a su altura, y vaqueros oscuros ajustados como mallas. En la parte de arriba, llevaba un jersey de cuello alto negro que en algunas mujeres podría considerarse ceñido pero que en el caso de Cingle se podía considerar legítimamente apto de recibir una denuncia por indecencia.

—Era una matrícula de Nueva Jersey —dijo Matt por tercera vez—. MLH-472.

Cingle no se había movido. Apoyó la barbilla en la L formada por su pulgar y su dedo índice. Le miró a los ojos.

—¿Qué? —dijo Matt.

—¿A qué cliente tengo que facturar?

—A ningún cliente —dijo Matt—. Me lo facturas a mí.

—Entonces a ti.

—Sí.

—Mmm. —Cingle bajó los pies al suelo, se estiró y sonrió—. ¿Es personal, entonces?

—Vaya —exclamó Matt—, eres buena. Te digo que me lo factures a mí, que es para mí, y, pam, deduces que es personal.

—Son años de ser detective, Hunter. No dejes que eso te intimide.

Matt se esforzó por sonreír.

Ella no dejó de mirarle.

—¿Quieres oír una de las diez reglas del Libro de resoluciones de Cingle Shaker?

—No, francamente.

—Resolución número seis: Cuando un hombre te pide que busques una matrícula por motivos personales, puede ser sólo por dos razones. Una —Cingle levantó un dedo—: cree que su esposa le engaña y quiere saber con quién.

—¿Y dos?

—No hay dos. Te he mentido. Sólo hay una.

—No es eso.

Cingle meneó la cabeza.

—Normalmente los ex convictos mienten mejor.

Matt lo dejó pasar.

—Vale, pongamos que te creo. ¿Por qué, dime, quieres que te localice esa matrícula?

—Es personal. ¿Te acuerdas? Me facturas a mí, a mí, personal.

Cingle se levantó, cuan larga era, y se puso en jarras. Lo miró con mala cara. Matt no exclamó «Uau» como Olivia, en voz alta, pero tal vez lo pensó.

—Piensa en mí como tu consejera religiosa —dijo ella—. La confesión es buena para el alma, ya lo sabes.

—Sí —dijo Matt—. Religión. En eso estaba pensando. —Se sentó—. ¿Me ayudarás o qué?

—Está hecho. —Lo miró un momento más. Matt no se arredró. Cingle volvió a sentarse y puso otra vez los pies sobre la mesa—. Lo de ponerme de pie y en jarras normalmente ablanda a los tíos.

—Soy de piedra.

—Sí, claro, así es más divertido.

—Ja, ja.

Ella volvió a mirarlo inquisitivamente.

—Quieres a Olivia, ¿verdad?

—No voy a hablar de eso contigo, Cingle.

—No tienes que contestarme. Te he visto con ella. Y a ella contigo.

—Entonces ya lo sabes.

Ella suspiró.

—Dame otra vez esa matrícula.

Matt se la dio y esta vez Cingle la apuntó.

—No tardaré más de una hora. Te llamaré al móvil.

—Gracias. —Matt fue hacia la puerta.

—Matt.

Se volvió a mirarla.

—Tengo cierta experiencia en estas cosas.

—Me consta.

—Abrir esta puerta —Cingle blandió el papelito con el número de matrícula— es como iniciar una pelea. En cuanto llamas ya no se sabe lo que pasará.

—Vaya, Cingle, qué sutil.

Ella hizo una mueca.

—La sutileza se acabó para mí el día que entré en la pubertad.

—Hazme este favor, ¿de acuerdo?

—Lo haré.

—Gracias.

—Pero —levantó un dedo índice—, si consideras necesario seguir adelante, quiero que me prometas que me dejarás ayudarte.

—No seguiré adelante —dijo Matt, y la expresión que vio en la cara de ella le dejó claro lo poco que le creía.

Matt estaba entrando en su antigua ciudad de Livingston cuando volvió a sonar el móvil. Era Jamie Suh, la ayudante de Olivia, que por fin le devolvía la llamada.

—Lo siento, Matt. No encuentro la reserva del hotel.

—¿Cómo es posible? —soltó Matt sin pensar.

Hubo un silencio demasiado largo. Intentó suavizarlo.

—A ver, ¿lo normal no es que deje el nombre del hotel? Por si hay alguna urgencia.

—Tiene el móvil.

Matt no supo qué decir.

—Además casi siempre le reservo yo el hotel —añadió Jamie.

—¿Esta vez no lo hiciste?

—No. —Y añadió rápidamente—: Pero tampoco es muy raro. A veces lo hace ella misma.

Matt no supo qué deducir de eso.

—¿Has hablado con Olivia hoy?

—Ha llamado esta mañana.

—¿Te ha dicho dónde estaría?

Hubo otro silencio. Matt sabía que su comportamiento se consideraría más allá de la normal curiosidad marital, pero decidió arriesgarse.

—Sólo ha dicho que tenía varias reuniones. Nada concreto.

—De acuerdo, si vuelve a llamarte...

—Le diré que la estás buscando.

Después Jamie colgó.

Otro recuerdo le asaltó. Él y Olivia habían tenido una pelea fenomenal, una de esas discusiones brutales en las que sabes que no tienes razón pero no bajas del burro. Ella se marchó llorando y no llamó durante dos días. Dos días enteros. Él la llamaba pero no contestaba. La buscó pero no la encontró. Aquello se le incrustó en el corazón, lo recordó en ese momento. La idea de que no volviera nunca más le dolía tanto que le costaba respirar.

El inspector de la casa estaba a punto de terminar cuando él llegó. Hacía nueve años, Matt había salido de la cárcel después de cumplir cuatro por matar a un hombre. Ahora, por increíble que pareciera, estaba a punto de comprarse una casa, compartirla con la mujer que amaba y criar a un hijo.

Meneó la cabeza incrédulamente.

La casa formaba parte de un tramo de la urbanización construido en 1965. Como casi todo Livingston, la zona había sido agrícola. Todas las casas eran muy parecidas, pero si eso había desanimado a Olivia, lo había disimulado muy bien. Había contemplado la casa con un fervor casi religioso y había susurrado: «Es perfecta». Su entusiasmo disipó todas las dudas sobre regresar a su ciudad que Matt podía seguir albergando.

Matt estaba en lo que pronto sería su jardín delantero e intentó imaginarse a sí mismo viviendo allí. Se le hacía raro. Ya no se sentía de allí. Eso lo había sabido hasta... bueno, hasta Olivia. Ahora había regresado.

Un coche patrulla paró detrás de él. Bajaron dos hombres. El primero iba de uniforme. Era joven y estaba en forma. Echó un vistazo policial a Matt. El segundo vestía de civil.

—Hola, Matt —gritó el hombre del traje marrón—. Cuánto tiempo.

Hacía mucho tiempo, desde el instituto al menos, pero Matt reconoció inmediatamente a Lance Banner.

—Hola, Lance.

Los dos hombres cerraron las puertas del coche de un portazo como si hubieran coordinado sus movimientos. El uniformado cruzó los brazos y permaneció en silencio. Lance se acercó a Matt.

—¿Sabes que vivo en esta calle? —dijo.

—No me digas.

—Sí.

Matt no dijo nada.

—Ahora soy detective de la policía.

—Felicidades.

—Gracias.

¿Cuánto tiempo hacía que conocía a Lance Banner? Desde segundo curso, al menos. Nunca fueron amigos, ni enemigos. Jugaron en el mismo equipo de la Liga de Alevines durante tres años. Fueron juntos a una clase de gimnasia en octavo y a una clase de estudio en el primer año de instituto. Livingston High School era un instituto grande: seiscientos chicos por curso. Ellos se movían en círculos diferentes.

—¿Cómo te ha ido? —preguntó Lance.

—Muy bien.

Salió el perito. Llevaba un sujetapapeles en la mano.

—¿Qué te ha parecido, Harold? —preguntó Lance.

Harold levantó la cabeza y asintió.

—Muy sólida, Lance.

—¿Seguro?

Algo en su tono hizo que Harold se detuviera. Lance volvió a mirar a Matt.

—Éste es un buen barrio.

—Por eso lo hemos elegido.

—¿Estás seguro de que es una buena idea, Matt?

—¿El qué, Lance?

—Volver aquí.

—He cumplido mi condena.

—¿Y crees que con eso acaba todo?

Matt no dijo nada.

—Ese chico que mataste sigue muerto, ¿no?

—Lance...

—Ahora soy el detective Banner —dijo.

—Detective Banner, vengo a ver...

—He leído tu caso. Incluso llamé a un par de compañeros, para enterarme de lo que había pasado.

Matt lo miró. Tenía manchas grises en los ojos. Había engordado. Los dedos le escocían y a Matt no le gustaba la forma como le sonreía. La familia de Lance Banner había trabajado aquella tierra. Su abuelo, o quizá su bisabuelo, había vendido aquella tierra por una bicoca. Los Banner seguían considerando Livingston su ciudad. Ellos eran la tierra. El padre bebía demasiado. Lo mismo que los dos aburridos hermanos de Lance. En cambio, a Matt, Lance siempre le había parecido bastante listo.

—Entonces ya lo sabes: fue un accidente —dijo Matt.

Lance Banner asintió lentamente.

—Es posible.

—Entonces ¿a qué viene esto, Lance?

—A que eres un ex convicto.

—¿Crees que debía ir a la cárcel?

—Es difícil de decir —dijo, frotándose la barbilla—. Pero, por lo que he leído, creo que tuviste mala suerte.

—¿Y?

—Y te pringaron. Fuiste a la cárcel.

—No te entiendo.

—La sociedad quiere vender esa mierda de la rehabilitación en público, y a mí me da igual. Pero yo —dijo, señalándose a sí mismo— sé cómo va. Y tú —dijo, señalando a Matt— sabes cómo va.

Matt no dijo nada.

—Puede que fueras una bellísima persona cuando entraste. Pero ¿vas a decirme que eres la misma persona ahora?

Era una pregunta sin respuesta. Se volvió y se fue hacia la puerta.

—A lo mejor el inspector de la casa encuentra algo y te da una excusa para retractarte —dijo Lance.

Matt entró y acabó los trámites con el perito. Había algunos detalles —algún problema de cañerías, un distribuidor de electricidad sobrecargado— pero todo problemas pequeños. Cuando terminaron, Matt fue a casa de Marsha.

Aparcó en la calle bordeada de árboles donde vivían sus sobrinos y su cuñada... ¿Se la seguía considerando cuñada si el hermano había muerto? Sin duda «ex» sonaba fatal. Los niños, Paul y Ethan, estaban en el jardín recogiendo hojas. Estaban con la canguro, Kyra, una estudiante de primer curso de la universidad que seguía unas clases de verano en la Universidad William Paternon. Le alquilaba una habitación a Marsha encima del garaje. Kyra había venido muy bien recomendada por alguien de la iglesia de Marsha, y aunque Matt era al principio escéptico con la idea de tener a una canguro viviendo en casa (aunque fuera una universitaria), tenía que reconocer que el acuerdo funcionaba de maravilla. Kyra resultó ser una chica fantástica, una cara nueva rebosante de una alegría muy necesaria, procedente de uno de los estados con «I» del Medio Oeste, nunca se acordaba de cuál.

Matt bajó del coche. Kyra hizo visera con la mano sobre los ojos y le saludó con la otra. Sonreía como sólo sonríen los jóvenes.

—Hola, Matt.

—Hola, Kyra.

Los chicos oyeron la voz de Matt y volvieron la cabeza como perritos al oír a sus dueños hurgando en el cajón de las chucherías. Se lanzaron hacia él gritando:

—¡Tío Matt! ¡Tío Matt!

Matt sintió que se le aligeraba el peso del pecho. Una sonrisa se dibujó en sus labios al ver correr a los niños hacia él. Ethan se agarró a la pierna derecha de Matt. Paul se colgó de su cintura.

—McNabb la pasa —dijo Matt, haciendo su mejor imitación de Greg Gumbel—. ¡Cuidado! Strahan ha atravesado la línea y tiene una pierna...

Paul lo soltó.

—¡Quiero ser Strahan! —exigió.

Ethan no quiso saber nada.

—¡No, yo quiero ser Strahan!

—¡Eh, los dos podéis ser Strahan! —dijo Matt.

Los dos pequeños miraron a su tío como si fuera el tonto de la clase.

—No puede haber dos Michael Strahan —dijo Paul.

—Eso —se apuntó el hermano.

Entonces apretaron los hombros y volvieron a lanzarse sobre él. Matt representó a un quarterback a punto de ser derribado a lo Al Pacino. Se tambaleó, buscó desesperadamente un apoyo imaginario, falló un pase con su invisible balón, y finalmente cayó a cámara lenta.

—¡Uau! —Los chicos se levantaron, chocaron las palmas de las manos y se golpearon pecho contra pecho.

Matt gimió incorporándose y Kyra disimuló una risita.

Paul y Ethan seguían con su danza de celebración cuando apareció Marsha en la puerta. Estaba muy bonita, pensó Matt. Llevaba un vestido y maquillaje. Su pelo estaba cuidadosamente despeinado. Las llaves del coche se balanceaban en su mano.

Al morir Bernie, ellos dos se habían hundido y habían intentado crear algo a la desesperada donde Matt pudiera ejercer de marido y padre.

Fue un desastre.

Matt y Marsha, después de un tiempo prudencial —seis meses—, una noche, sin hablarlo, pero sabiendo lo que iba a pasar, se emborracharon. Marsha tomó la iniciativa. Le besó, le besó con pasión y después se echó a llorar. Aquello había sido el final.

Antes del «incidente», la familia de Matt había tenido mucha suerte, o había sido ingenuamente feliz. Matt tenía veinte años y sus abuelos seguían vivos y con buena salud; en Miami y en Scottsdale. La tragedia había golpeado a otras familias, pero había esquivado a los Hunter. El incidente lo había cambiado todo. Los había dejado mal preparados para lo que pasó después.

La tragedia tiene esta forma de funcionar: en cuanto se instala dentro, elimina las defensas y permite a sus secuaces un fácil acceso donde nutrirse. Tres de sus cuatro abuelos murieron durante la permanencia de Matt en la cárcel. La angustia mató a su padre y minó a su madre. La madre huyó a Florida. Su hermana huyó a Seattle, al oeste. Bernie tuvo el aneurisma.

Así, sin más, todos desaparecieron.

Matt se levantó y saludó a Marsha con la mano. Ella le devolvió el saludo.

—¿Puedo marcharme? —preguntó Kyra.

Marsha asintió.

—Gracias, Kyra.

—De nada. —Kyra se cargó la mochila—. Adiós, Matt.

—Adiós, guapa.

Sonó el móvil de Matt. El identificador de llamadas le dijo que era Cingle Shaker. Hizo un gesto a Marsha indicándole que tenía que contestar. Ella le dio a entender que no se preocupara. Matt se acercó a la calzada y contestó.

—Hola.

—Tengo información sobre la matrícula —dijo Cingle.

—Adelante.

—Es de alquiler. Un Avis del aeropuerto de Newark.

—¿Significa esto que hemos llegado a un punto muerto?

—Para muchos investigadores, sin duda. Pero tú cuentas con una experta o casi.

—¿Casi?

—Intento ser modesta.

—No te va, Cingle.

—Ya, pero se intenta. He llamado a un contacto del aeropuerto. Me lo ha mirado. El coche lo ha alquilado un tal Charles Talley. ¿Le conoces?

—No.

—Creía que el nombre te sonaría.

—No.

—¿Quieres que investigue a ese Talley?

—Sí.

—Te llamaré.

Colgó. Matt recogía la antena cuando vio al mismo coche patrulla doblando la esquina. Redujo la velocidad al pasar frente a la casa de Marsha. El policía uniformado que había hablado con él le miró. Matt le devolvió la mirada y sintió que se le encendía la cara.

Paul y Ethan se quedaron mirando el coche patrulla. Matt se volvió a Marsha. Ella se percató. Matt intentó sonreír y quitarle importancia. Marsha frunció el ceño.

Entonces su teléfono volvió a sonar.

Sin dejar de observar a Marsha, Matt se llevó el teléfono a la oreja sin mirar el identificador.

—Hola —dijo.

—Hola, cariño, ¿cómo te ha ido?

Era Olivia.

8

Las series televisivas convencían a la gente de que los policías se reunían habitualmente con los forenses en el depósito, frente a un cadáver. En realidad eso pasaba raramente. Loren estaba encantada de que fuera así. No era remilgada ni nada de eso, pero prefería que la muerte siguiera siendo impactante. No hacía bromas en un escenario. No intentaba bloquearse o utilizar otros mecanismos de defensa para evadirse. Para Loren un depósito era un ambiente demasiado práctico, demasiado informal, demasiado mundano con el asesinato.

Estaba a punto de abrir la puerta del despacho de Eldon cuando salió Trevor Wine, un investigador de homicidios como ella. Trevor estaba gordo y era de la vieja escuela. Toleraba a Loren como a una simpática mascota que a veces se mea en la alfombra buena.

—Hola, Tapón —dijo.

—¿Tienes un homicidio?

—Sí. —Trevor Wine se subió el cinturón. Tenía el tipo de gordura donde la cintura nunca está en el mismo sitio—. Víctima de arma de fuego. Dos tiros en la cabeza a quemarropa.

—¿Robo, banda, qué?

—Puede que haya sido robo, pero seguro que nada de bandas. La víctima era un blanco jubilado.

—¿Dónde han encontrado el cadáver?

—Cerca del cementerio judío de Fourteenth Avenue. Creemos que es un turista.

—¿Un turista en ese barrio? —Loren hizo una mueca—. ¿Qué hay para ver?

Trevor simuló una risotada y le puso la mano carnosa en el hombro.

—Te lo diré cuando me entere. —No añadió «nena», pero fue como si lo hubiera hecho—. Hasta luego, Tapón.

—Sí, hasta luego.

Se fue y Loren abrió la puerta.

Eldon estaba sentado a su mesa. Llevaba una camisa y unos pantalones de médico nuevos. Eldon siempre iba vestido así. Su despacho no tenía personalidad ni color. Al aceptar el puesto, Eldon tenía pensado cambiarlo, pero cuando alguien entraba en esa habitación para oír detalles de la muerte, no quería nada que estimulara sus sentidos. Así que se conformó con una decoración neutra.

—Toma —dijo Eldon—, cógela.

Le lanzó algo. Instintivamente Loren lo cogió. Era una bolsa de plástico, transparente y amarilla. Dentro había una especie de gel. Eldon tenía una bolsa igual en la mano.

—¿Esto es...?

Eldon asintió.

—Un implante de mama muy usado y por lo tanto muy sucio.

—¿Se me permite decir «puaf»?

—Adelante.

Loren sostuvo la bolsa contra la luz y frunció el ceño.

—Creía que los implantes eran transparentes.

—Empiezan siéndolo, al menos los salinos.

—¿Éstos no son salinos?

—No. De silicona. Y se han estado macerando en tetas desde hace más de una década.

Loren intentó no poner cara de asco. Dentro había una especie de gel. Eldon arqueó una ceja y empezó a amasar el implante.

—Para ya.

Se encogió de hombros.

—En fin, éstos pertenecen a tu hermana de los Melones Inmaculados.

—¿Y me los enseñas por...?

—Porque nos dan pistas.

—Soy toda oídos.

—Primero, son de silicona.

—Eso me has dicho.

—¿Recuerdas hace cinco o diez años cuando hubo aquel gran pánico del cáncer?

—Los implantes perdían.

—Eso. Así que las empresas se vieron obligadas a pasarse al salino.

—¿No están volviendo ahora a la silicona?

—Sí, pero el caso sigue siendo que éstos son viejos. Muy viejos. Tienen más de una década.

Loren asintió.

—Bien, de acuerdo, es un comienzo.

—Hay más. —Eldon sacó una lupa. Volvió a jugar con uno de los implantes—. ¿Ves esto?

Loren cogió la lupa.

—Es una etiqueta.

—¿Ves el número del fondo?

—Sí.

—Es el número de serie. Está en casi todos los implantes quirúrgicos: rodillas, caderas, mamas, marcapasos, todo. El aparato tiene que llevar un número de serie.

Loren asintió.

—Y el fabricante guarda los registros.

—Exactamente.

—Así que, si llamamos al fabricante y le damos el número de serie...

—Sabremos el nombre real de la madre con los superiores grandes.

Loren levantó la cabeza.

—Gracias.

—Hay un problema. Loren se apoyó en su silla.

—La empresa que fabricó los implantes se llamaba SurgiCo. Quebró hace ocho años.

—¿Y sus archivos?

Eldon se encogió de hombros.

—Lo estamos investigando. Mira, es tarde. Hoy no encontraremos nada. Espero descubrir adónde han ido los archivos mañana.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—Me preguntaste por qué no había fibras debajo de las uñas.

—Sí.

—Le estamos haciendo un análisis completo de toxicidad. Podría ser que estuviera drogada, pero yo no lo creo.

—Tienes otra teoría.

—La tengo.

—¿Cuál?

Eldon se echó hacia atrás y cruzó las piernas. Se volvió a un lado y miró la pared.

—Tenía unas pequeñas laceraciones en la parte interior de los bíceps.

Loren entornó los ojos.

—No te sigo.

—Si un hombre fuera muy fuerte y, no sé, entendido, podría agredir fácilmente a una mujer dormida —empezó, con un deje en la voz, como si hablara con un niño—. La colocaría boca arriba, o tal vez ya durmiera en esa posición, se sentaría sobre su pecho, le bloquearía los brazos con las rodillas, y eso, siendo cuidadoso y profesional, se haría sin dejar marcas, hasta asfixiarla con la almohada.

La temperatura de la habitación bajó diez grados. La voz de Loren fue apenas un suspiro.

—¿Crees que fue lo que pasó?

—Tendremos que esperar a los resultados de los análisis —dijo Eldon, apartando la mirada de la pared y volviéndose hacia ella—. Pero sí. Sí, creo que fue lo que sucedió.

Ella no dijo nada.

—Hay una cosa más que respalda mi teoría. Podría ayudarnos. —Eldon puso una fotografía sobre la mesa. Una instantánea de la monja. Tenía los ojos cerrados como si fueran a hacerle un masaje. Tenía sesenta y pocos años, pero la muerte había borrado las arrugas—. ¿Sabes algo de huellas dactilares en la piel?

—Sólo que son difíciles de sacar.

—Casi imposible, si no encuentras el cadáver inmediatamente. La mayor parte de los estudios nos dicen que intentemos sacar huellas en el escenario si es posible. Como mínimo los del laboratorio deberían asegurarse de que el cadáver se rocía con cola inmediatamente para conservar las huellas antes de que se lleven a la víctima.

Los detalles forenses no eran el punto fuerte de Loren.

—Ajá.

—Bueno, ya era demasiado tarde para nuestra monja cadáver. —La miró—. ¿Lo pillas? Monja cadáver en lugar de novia cadáver.

—Como si las tuviera delante ahora mismo. Sigue.

—Bien, he intentado algo experimental. Por suerte el cadáver no fue refrigerado. La condensación que se concentra en la piel se lo carga todo. En fin, pensé en utilizar el papel semirrígido de tereftalato de polietileno. Ése es el que usamos basándonos en la electricidad estática que atrae las partículas de polvo...

—Alto. —Loren levantó la palma de la mano en la clásica señal de «stop»—. Saltémonos el casting de CSI. ¿Has sacado huellas del cuerpo?

—Sí y no. Encontré manchas en ambas sienes. Una parece un pulgar, la otra podría ser un dedo anular.

—En las sienes.

Eldon asintió. Se sacó las gafas, las limpió, volvió a colocárselas sobre la nariz y las adaptó.

—Creo que el asesino le cogió la cara con una mano. Con la palma, como un jugador de baloncesto, apretándole la nariz con la parte baja.

—Por Dios.

—Sí. Entonces le empujó la cabeza hacia abajo mientras se colocaba encima.

—Pero ¿las huellas, qué? ¿Puedes identificar algo con ellas?

—Lo dudo. Huellas parciales como mucho. No sería suficiente en un juzgado, pero hay un nuevo programario que puede ser útil, no sé, para llenar vacíos, como quien dice. Si tienes a alguien, sería suficiente para confirmarlo o eliminarlo.

—Podría ayudarnos.

Eldon se puso de pie.

—Voy a ponerme manos a la obra. Tardaré un día seguramente, quizá dos. Te avisaré cuando tenga algo.

—De acuerdo —dijo Loren—. ¿Algo más?

Fue como si una sombra le cruzara la cara.

—Eldon.

—Sí —dijo—. Hay algo más.

—No me gusta cómo lo has dicho.

—A mí tampoco me gusta decirlo, créeme. Pero creo que quien la mató no se limitó a asfixiarla.

—¿A qué te refieres?

—¿Sabes algo de armas reductoras?

—Algo.

—Creo que utilizaron una. —Tragó saliva—. Dentro del cuerpo.

—Cuando dices «dentro del cuerpo», te refieres a...

—Me refiero a lo que estás pensando —dijo él, interrumpiéndola—. Oye, soy producto de una escuela católica, ¿vale?

—¿Hay señales de quemaduras?

—Vagamente. Pero si sabía lo que hacía, sobre todo en una zona tan sensible, no las dejaría necesariamente. Además era un reductor de una sola punta, si eso te sirve de algo. En general, por ejemplo los que usa la policía, tienen dos puntas. Todavía estoy haciendo pruebas, pero creo que sufrió mucho antes de morir.

Loren cerró los ojos.

—Eh, Tapón.

—¿Qué?

—Hazme un favor. Atrapa a ese cabrón.

9

—Hola, cariño, ¿cómo te ha ido? —preguntó Olivia.

Matt se quedó sin habla.

—Matt.

—Estoy aquí —dijo.

El coche patrulla estaba fuera de su vista. Matt miró detrás de él. Marsha estaba frente a la puerta con las manos en las caderas. Paul per seguía a Ethan, y los dos chillaban y se reían.

—¿Qué? —preguntó Olivia como si nada—. ¿Dónde estás?

—En casa de Marsha.

—¿Va todo bien?

—Me llevo a los niños a cenar.

—Otra vez al McDonald’s, no. Esos fritos son muy poco saludables.

—Es verdad.

Pasos inciertos. El suelo se hunde. Matt sostenía el teléfono pensando: «Uno no se presenta sin más y grita: “Ajá, ¡te pillé!”».

—¿Alguna novedad? —preguntó Olivia.

—No mucho —dijo Matt. Kyra subía a su coche. Le sonrió y se despidió con la mano. Él le devolvió el saludo con un gesto de la barbilla—. Te he llamado antes —dijo Matt con toda la despreocupación de que fue capaz.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Cuándo?

—A mediodía.

—¿En serio?

—No, me lo estoy inventando. Sí, en serio.

—Pues sí que es raro.

—¿Por qué?

—No he oído sonar el teléfono.

—A lo mejor lo tenías lejos —insinuó él ofreciéndole una excusa.

—Puede ser —dijo ella despacio.

—Te he dejado un mensaje.

—Espera. —Hubo un silencio—. Espera, aquí dice «tres llamadas perdidas».

—Ése debo de ser yo.

—Lo siento, cariño. Sé que es una estupidez pero sigo haciéndome un lío con la lectura de mensajes. Mi antiguo código era seis-siete-seis y después apretaba inicio, pero creo que eso no funciona con éste.

—No —dijo Matt—. Tu nuevo código es los últimos cuatro dígitos de tu número de teléfono y después aprietas la tecla de la libra.

—Ah, bueno. Yo normalmente sólo miro la lista de llamadas perdidas.

Matt cerró los ojos. No podía creer lo tonto y ordinario que le hacía sentir todo aquello.

—¿Dónde has estado? —preguntó.

—¿Qué?

—Cuando te he llamado. ¿Dónde estabas?

—Oh, estaba en un seminario.

—¿Dónde?

—¿Cómo que dónde? En Boston.

—¿Sobre qué era?

—Una nueva herramienta de navegación para impedir que los empleados utilicen la red de asuntos personales. No te puedes imaginar la cantidad de horas de trabajo que se pierden en Internet.

—Ya.

—Oye, tengo que irme. He de cenar con una gente.

—¿Alguien que yo conozca?

—No, no los conoces. —Olivia suspiró de una forma un poco exagerada—. En realidad, no te gustaría conocerlos.

—¿Aburridos?

—Mucho.

—¿En qué hotel estás?

—¿No te lo dije?

—No.

—En el Ritz. Pero entro y salgo. Es mejor que me llames al móvil.

—¿Olivia?

—Oh —dijo ella—. Espera un momento.

Hubo un largo silencio. Marsha cruzó el jardín acercándose a él. Señaló su coche como preguntando si podía marcharse. Él le indicó que sí. Ethan y Paul, cansados de correr en círculos, corrieron hacia él. Ethan le agarró la pierna derecha, y Paul la izquierda. Matt hizo una mueca y señaló el teléfono, con la esperanza de que entendieran que estaba ocupado. No lo entendieron.

—Hay una foto en mi teléfono. ¿Qué tecla debo apretar? —preguntó Olivia.

—El de la derecha.

—Espera. Ya sale. —Después—: Anda, si eres tú. Vaya, me he casado con un demonio muy guapo.

Matt no pudo evitar sonreír y eso aún le dolió más. La amaba. Podía intentar suavizar el golpe, pero no había forma de esquivarlo.

—No te lo voy a discutir —dijo.

—Pero no es tu mejor sonrisa. Qué digo, esto no es ni sonrisa. La próxima vez quítate la camisa.

—Tú también —dijo Matt.

Ella rió, pero no era una risa tan natural como de costumbre.

—Mejor aún —añadió Matt, y se le escaparon las siguientes palabras—: ¿Por qué no te pones una peluca rubio platino?

Silencio.

Esta vez lo rompió él.

—¿Olivia?

—Aquí estoy.

—Antes. Cuando te he llamado.

—¿Qué?

—Te estaba devolviendo una llamada.

Como si notaran la tensión, los niños le soltaron las piernas. Paul inclinó la cabeza hacia Ethan.

—Pero si yo no te he llamado —protestó Olivia.

—Sí me has llamado. He recibido una llamada de tu teléfono.

—¿Cuándo?

—Justo antes de que te llamara.

—No entiendo nada.

—Había una foto en el teléfono. De un hombre de pelo oscuro. Y después he recibido un vídeo.

—¿Un vídeo?

—Estabas en una habitación. Al menos alguien que se parecía a ti. Pero llevabas puesta una peluca rubia platino.

Más silencio. Y después:

—No sé de qué me hablas.

¿La creía Matt? Quería creerla, sólo deseaba olvidarlo...

—Antes —dijo—, justo antes de dejarte el mensaje, he recibido una llamada de tu móvil. Era una foto...

—No, eso lo he entendido, pero...

—Pero ¿qué?

—Oh, espera —dijo Olivia—. Esto podría explicar algo.

Paul y Ethan habían empezado a correr en círculos enloquecidos otra vez. Estaban fuera de control y demasiado cerca de la calle. Matt tapó el teléfono con la mano y los llamó.

—¿Explicar qué? —preguntó.

—Creo... Bueno, no entiendo por qué no he recibido tu primera llamada. Hay cobertura. He mirado las llamadas perdidas y ¿sa-bes qué? Jamie también me ha llamado. Esa llamada tampoco la he oído.

—¿Y?

—Estoy pensando que los chicos que había en el seminario son unos bromistas. A lo mejor uno de ellos me ha gastado una broma.

—Una broma.

—Sí, durante el seminario. Me he dormido. Era un aburrimiento mortal. Cuando me he despertado, mi bolso había cambiado de sitio. No mucho. Pero ahora que lo pienso, seguro que estaba en otro sitio. En ese momento no le he dado importancia.

—Pero ahora crees...

—Eso, sí, que lo han cogido y han hecho algo y me lo han devuelto. No lo sé. También parece una tontería.

Matt no sabía qué pensar, pero el tono de Olivia no le sonaba sincero.

—¿Cuándo vuelves?

—El viernes.

Se cambió el teléfono de mano.

—Iré a verte.

—¿No tienes trabajo?

—Nada que no pueda esperar.

—Pero —preguntó ella, vacilando un poco— ¿mañana no es tu jueves en el museo?

Casi lo había olvidado.

—No puedes perdértelo.

No se lo había perdido nunca en tres años. Durante mucho tiempo Matt no le había hablado de su cita quincenal de los jueves en el museo. La gente no lo entendería. Existía un vínculo, una atracción nacida de la necesidad y la intimidad. Era difícil decir más. Esos encuentros eran sencillamente demasiado importantes. Aun así dijo:

—Puedo aplazarlo.

—No deberías hacerlo, Matt. Ya lo sabes.

—Podría coger un avión ahora...

—No es necesario. Estaré en casa pasado mañana.

—No quiero esperar.

—Aquí estoy todo el día ocupadísima. Mira, tengo que irme. Ya hablaremos más tarde, ¿de acuerdo?

—Olivia...

—El viernes —dijo ella—. Te quiero.

Y colgó.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
14 listopada 2024
Objętość:
370 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788490067765
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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