Czytaj książkę: «La educación sentimental»
Akal / Clásicos de la Literatura / 33
Gustave Flaubert
LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL
Traducción: Pilar Ruiz Ortega

La educación sentimental, retrato de una generación en Francia desde 1840 a 1867, es una novela con personajes mediocres protagonizada por un joven de provincias, Frédéric Moreau, que va a París a estudiar derecho, hereda una fortuna y puede vivir como había soñado. Pero está atrapado en un deseo irrealizable, deseo que gobierna su existencia, su relación con los amigos, las mujeres y con el dinero; vive obsesionado por un amor imposible, la señora Arnoux, que no le conduce a ninguna parte, porque ante todo Frédéric es un héroe pasivo y con la conciencia de que la sociedad tiene que darle lo que cree que se merece, sin hacer el menor esfuerzo. Todo ello tendrá lugar en un escenario esplendoroso, el París de mediados del siglo XIX, la capital de la burguesía emergente, donde la intensidad del placer se mezcla con el inevitable tedio y el resplandor de la Revolución de 1848. Sólo un genio de la talla de Gustave Flaubert podía escribir un texto lleno de matices, inacabable, intemporal, que siempre puede releerse para encontrar nuevos referentes, nuevas pistas, nuevos detalles.
Gustave Flaubert (1821-1880) está considerado como el introductor del realismo francés del siglo XIX. Su obsesión por el estilo, por la búsqueda del mot juste (la palabra justa), hizo que sus obras, consideradas como escandalosas por la sociedad de su tiempo, lograran un reconocimiento unánime por parte de la crítica y de sus compañeros de letras. Tímido hasta lo patológico y en ocasiones arrogante, Flaubert no se granjeó demasiadas amistades a lo largo de su vida. Su carácter, que podríamos calificar de inestable, le llevó a padecer crisis nerviosas que derivaron en una salud frágil. Flaubert, prematuramente anciano, murió de una apoplejía a los cincuenta y ocho años. Contemporáneo del otro gran genio de la literatura francesa, Charles Baudelaire, Flaubert nos legó una obra deslumbrante que arranca con Madame Bovary (1857), sigue con Salambó (1862), La educación sentimental (1869), La tentación de San Antonio (1874), Tres cuentos (1877) y se cierra, póstumamente, con Bouvard y Pécuchet (1881).
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Motivo de cubierta: En el jardín, por Auguste Renoir (1885),
San Petersburgo, Museo del Hermitage
Título original
L’education sentimentale
© Ediciones Akal, S. A., 2021
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-5108-4
Introducción
Oigo a Flaubert leer en voz alta, en voz muy alta, tanto que los pájaros que reposan en el jardín a la hora de la siesta, alzan el vuelo, asustados siempre, ante las primeras palabras.
Desde hace cuatro días, ocho horas diarias, del mediodía a las cuatro, y de las ocho a medianoche, Flaubert lee, más bien grita, acostumbrado a escribir así sus novelas; de tal manera que, para contar a su amante y amiga, la poeta Louise Colet, por carta, siempre por carta, para comentarle que ese día ha escrito mucho y ha avanzado extraordinariamente en su obra, le dice que tiene la garganta destrozada: «Ma belle, hoy tengo la garganta destrozada».
Pero, desde hace cuatro días tiene oyentes precisos y atentos. Y esta vez, el silencio que provoca su voz en torno a la casa blanca de Croisset, a orillas del río, es mayor, y hasta las barcazas, e incluso hasta los grandes barcos que discurren por el Sena, en su ir y venir con mercancías y pasajeros, con la parsimonia de costumbre, no significan nada, y se vuelven silenciosos e invisibles, ante la voz atronadora y rítmica de monsieur Gustave.
Flaubert ha convocado a su amigo de infancia, el poeta Louis Bouilhet, y a su amigo de viajes y de literatura, el parisino Maxime du Camp, dandi influyente en los círculos de París, con rentas que le permiten vivir como dilettante, fundador de revistas de prestigio, escritor y fotógrafo, reconocido y admirado en su época, y que, siglo y medio después, pasa a la historia de la literatura por haber sido, sobre todo, el amigo de Flaubert.
Croisset es el pequeño refugio del novelista, entre el Sena y las suaves colinas normandas, donde las gaviotas y otras aves marineras que llegan del otro lado del canal, se mezclan en los pastizales con los patos de las granjas, al lomo, a veces, de productivas vacas que suelen ir a su aire, a sabiendas de su valía, de su empoderamiento ante los granjeros pensativos, llenos de esa seriedad melancólica de la gente del norte.
12 de septiembre de 1849. Flaubert termina la primera versión de La tentación de San Antonio, que había iniciado el 24 de mayo de 1848. Recibe a sus dos amigos en el gabinete de trabajo. «Una amplia sala, clara y acogedora, con tres ventanales que dan al jardín y a las colinas, y otros dos a la fachada, frente al Sena.» Así lo describe, mucho más tarde, Caroline, la hija de su hermana muerta en el parto, a la que criará y educará con todo su amor y esmero.
Y es en esta amplia sala luminosa, en el primer piso de esa casa refugio de Croisset, donde durante cuatro días, ocho horas diarias, lee en voz alta, en voz muy alta, la primera versión de La tentación de San Antonio, que no verá la luz hasta 1874, después de versión tras versión, retomada a partir de 1870.
Concluida la lectura, la opinión de los amigos no puede ser más demoledora. Flaubert se atusa el bigote. Tiene veintiocho años. Es alto y rubio, de una gran belleza en su juventud. Cierra los ojos, se recuesta en el sillón, y espera. A los quince años había conocido en Trouville a la señora Schlésinger de la que se enamora y cuya adoración romántica perdura a lo largo de toda su vida.
Du Camp, apoyando en la barbilla el bastón que sujeta con ambas manos, observa el río. El barco fluvial, que llaman El Vapor ha lanzado su último aviso y está a punto de zarpar hacia Le Havre. Bouilhet se remueve en el asiento. Se levanta, pasea a lo largo de la sala. El sol poniente de este septiembre se enciende de rojo, entre nubecillas moradas y rosas.
«Pensamos que habría que echar todo esto al fuego, y no volver a pensar en ello», dice Maxime du Camp, de acuerdo con Bouilhet. A lo largo de la lectura, enfrascado en su obra, Flaubert no percibe las miradas y los pequeños gestos de sus amigos, entre preocupados e inquietos.
Flaubert recuerda en ese momento las palabras de su padre, el gran médico cirujano-jefe del Hôtel-Dieu de Ruan, cuando Gustave, hastiado de los estudios de derecho, le dice que quiere dedicarse a escribir, que es su vocación y que deja París y las leyes. «La literatura no es una carrera; no lleva a ninguna posición», le señala el padre, entendiendo por posición, una buena posición burguesa, claro está. Achille, el hermano mayor, ya había tomado la misma carrera que el padre en la medicina.
Flaubert, nervioso, se levanta y va a la cocina, como excusa. Allí está su pequeña Caroline al cuidado de la fiel sirvienta. Regresa más calmado.
Louis Bouilhet le anima: «ya que tienes tendencia al lirismo escoge un tema en el que el lirismo resulte ridículo, con lo cual, tendrás que vigilar esa tendencia romántica. Coge un tema de la calle, un tema real de la vida burguesa, al estilo de Balzac, por ejemplo».
Gustave intenta dar su opinión, pero no lo consigue. No sabe qué pensar, pero le bullen las ideas sin llegar a formularlas. Los escritores del XIX se debaten entre el Romanticismo ‒todos quieren ser Chateaubriand–, hasta Victor Hugo que dice en su adolescencia: «Seré Chateaubriand o nada». O quieren ser Lamartine, poeta romántico y hombre político que interviene en ese momento en la República del 48‒, una generación entre el Romanticismo, el realismo y el naturalismo. Sin olvidar el simbolismo de Baudelaire, el Arte por el Arte de los amigos del Parnaso; y la belleza y precisión de la palabra como pilar fundamental de la escritura.
Es de noche, y el silencio sólo se interrumpe con los pasos de Gustave en la terraza; su altura y su corpulencia se agrandan en las sombras. Se detiene y contempla las colinas verdes, negras ya a estas horas, como esos pensamientos oscuros que le ciegan. Casi de madrugada, vuelve a su gabinete, antes de que la señora Flaubert, su protectora madre, se levante, temiendo los nervios mal controlados del hijo.
No puede conciliar el sueño, piensa en escribir a Louise el amargo resultado de la lectura. Pero ni eso es posible, la relación, en ese momento, está rota entre celos y malentendidos. Meses más tarde, volverán las cartas con esa angustia que a menudo le asalta, temiendo una crisis, sintiéndose enfermo sin estarlo: «La deplorable manía del análisis me agota, le escribe. Dudo de todo, e incluso dudo de mis dudas».
Pero este Gustave Flaubert de 1849, que he querido hacer visible en el pequeño relato, ya no es el que trabaja entre 1864 y 1869 en La educación sentimental. Ahora ya es un escritor reconocido, sobre todo por su obra Madame Bovary. Ya ha publicado Salambó, sigue trabajando en La tentación de San Antonio, y siempre, como desde hace un tiempo, en su inacabada Bouvard y Pécuchet. Sin embargo, la exigencia del autor, su obsesión por el estilo, por la palabra exacta, que para él es la única, le lleva a tener grandes dudas y a hacer grandes esfuerzos en su redacción, como él mismo confiesa a través de la correspondencia que mantiene con sus amigos y, sobre todo, en esta etapa, con George Sand.
Y ya no es, tampoco, el ermitaño de Croisset. Además de numerosos viajes por Francia y otros países, vive temporadas en París, frecuenta los salones, como el de la princesa Mathilde, donde se reúnen escritores y artistas de la época; forma parte de las cenas en el Magny, sólo para hombres, salvo George Sand, a veces; incluso Napoleón III le invita al recién transformado palacio de Compiègne.
Él mismo recibe, en sus estancias en París, los domingos, de una a siete de la tarde. Guy de Maupassant relata en sus entrañables ensayos sobre su amigo y maestro, al que considera pariente, pues es sobrino de Le Poittevin, íntimo de Flaubert, cómo se desarrollaban esas reuniones de la una de la tarde. El primero en llegar solía ser Iván Turguéniev, el gran novelista ruso, tan alto como Flaubert: les diferenciaba la voz dulce y lenta del ruso, en contraposición a la voz potente y estruendosa del francés. Maupassant sigue presentándonos al resto: Taine, Alphonse Daudet, Zola, los hermanos Goncourt, el joven poeta José María de Heredia, y otros más, por citar solamente a los que son más reconocibles en este siglo XXI. La tarde discurría en charlas más o menos exaltadas, más o menos tranquilas, como podemos imaginar en un grupo de escritores, pintores o editores y políticos, cuando las ideas se agolpan saltando de un grupo a otro, en un sinfín de conversaciones a veces simultáneas. Maupassant sigue relatando cómo, poco antes de las siete de la tarde, Flaubert los despide en la antesala, de uno en uno, estrechándoles las manos con energía, con una sonrisa afectuosa, palmeándoles la espalda. Y que, después, cuando se iba Zola, que solía ser el último en despedirse, Flaubert, tras descansar una hora en el sofá, se desprendía de esa bata enorme en la que se envolvía cuando estaba en casa, se ponía el frac y salía a cenar al salón de la princesa Mathilde.
Tras esa primera versión fallida de Las tentaciones de San Antonio, Flaubert atiende el consejo de sus amigos y publica, con éxito y alguna zozobra, Madame Bovary[1], y más tarde vuelve a su tendencia natural al lirismo y a los temas épicos, fruto de la enorme influencia que tuvo sobre él el Romanticismo. «No pudiendo resistirse a esa ansia de grandeza, compuso, a la manera de un relato homérico, su segunda novela, Salambó.»[2] «¿Se trata de una novela? ‒continúa Maupassant‒ ¿No es más bien una ópera en prosa? Las escenas se desarrollan con una magnificencia prodigiosa, y un brillo, un color y un ritmo sorprendentes. Las frases cantan, gritan, tienen arrebatos y sonoridades de trompeta, susurros de oboe, ondulaciones de violonchelo, dulzuras de violín y sutilezas de flauta. Y los personajes, hechos de la madera de los héroes, parecen estar siempre en escena, hablando de un modo soberbio, con una elegancia recia y encantadora, como si se movieran en un decorado antiguo y grandioso.»
En la obra de Flaubert hay un vaivén entre esa tendencia lírica y romántica, y la descripción paciente de temas cotidianos y de personajes banales. Así que tras Salambó, se embarca en La educación sentimental.
Sus primeros escritos, bastante autobiográficos, como Novembre, Histoires d’un fou, La primera educación sentimental, no se publican en vida del autor, y son el germen de La educación sentimental que inicia en 1864 y que publica en 1869, recuperando el título de uno de esos relatos que Flaubert tenía abandonados en un cajón.
Según Sainte-Beuve (1804-1869), si Flaubert dijo «Madame Bovary, c’est moi», en La educación bien podría decir, «c’est mon temps»[3], es mi generación, aunque es tanto como decir, somos mis amigos y yo. Una generación que va de 1830 a 1848, de revolución a revolución, todo el reinado de Luis Felipe, teniendo en cuenta que, la Revolución de 1848, en 1851 se transforma en el Segundo Imperio, el de Napoleón III, hasta la derrota en Sedán en 1870, cerrando definitivamente en Francia toda posibilidad de monarquía.
Retrato de una generación y retrato de la vida cotidiana en Francia desde 1840 a 1867. En la misma novela se fijan las fechas: el 15 de septiembre de 1840, Frédéric, en un barco fluvial conoce a la señora Arnoux; a finales de marzo de 1867 tiene lugar el último encuentro entre Frédéric y la señora Arnoux. Este es el tiempo de La educación sentimental.
Una generación, según Flaubert, fallida, que tiene veinticinco años en 1848.Vidas anodinas de la burguesía que él odia, pero a la que pertenece. Flaubert tuvo la posibilidad de no ejercer ninguna profesión, de vivir económicamente de las rentas y anímica e intelectualmente, de la literatura. En realidad, solo vive para la literatura. No participa en las revueltas de 1848, aunque va a París, junto con Bouilhet, pero solamente como espectador. Brunetière (1849-1906), que critica con dureza a Flaubert, reconoce en él a un artista, artista exagerado y absolutista, para quien todo lo que no sea su arte no existe o es despreciable[4], y ese desprecio hacia todo lo demás le lleva a maltratar a sus personajes. Lo vimos en Madame Bovary y en igual medida en La educación.
El deseo en La educación sentimental
Según Julian Barnes[5], para Flaubert la felicidad está en la imaginación, no en el acto. El placer se encuentra en el deseo, y después en el recuerdo: ese es el temperamento flaubertiano.
Estas frases definen, en cierta manera, La educación sentimental.
Jean Borie participa también de esa definición en torno al deseo[6]. Y lo analiza con mayor profundidad.
Flaubert se burla del romanticismo de Emma Bovary, porque Emma se empeña en vivir ese deseo. Como personaje la maltrata más a que a nadie. La castiga de todas las maneras posibles: infelicidad, desengaños, ruina moral y económica, muerte. Es menos riguroso con Frédéric, porque Frédéric no cumple sus sueños, sus ideales románticos. Se limita a soñarlos, no a vivirlos.
Lo fundamental del deseo de Frédéric es que aspira a lo imposible, y lo imposible a veces llega sin esfuerzo, o por azar, por ejemplo, la herencia. Entonces, se precipita a París para cumplir su deseo: el amor de la señora Arnoux. El deseo es impaciente y exige una satisfacción inmediata, así que, compra la casa, los muebles, los caballos. Tiene criados, vestuario, etc., todo lo que cree imprescindible para entrar en el mundo de la señora Arnoux. Pero, cuando hay que esforzarse en algo, por ejemplo, triunfar en política, hacer una fortuna con los Dambreuse, no actúa y desperdicia todas las ocasiones.
En otro momento de la novela, Frédéric procura adaptar sus deseos a la realidad. Lo intenta con Rosanette: vida en familia, un hijo, pero siempre ocurre algo que le lanza en pos de ese deseo imposible.
Frédéric se siente obligado y comprometido con su deseo, aunque nadie se lo exija. Cuando tiene que optar entre su amistad por Deslauriers o su deseo imposible, se siente frustrado, duda, pero le puede ese compromiso con su deseo. Su manera de obrar produce en los lectores una decepción tras otra, porque el lector piensa que cuando Frédéric elige lo hace siempre equivocadamente.
Ya en el primer capítulo nos damos cuenta de que el joven de pelo largo y un álbum bajo el brazo está perdido en el mundo. Vaga de un lado a otro del barco, va a estudiar derecho, pero piensa en otras cosas, «en la trama de un drama, en temas de pintura, en pasiones futuras. Pensaba que la felicidad que se merecía tardaba en llegar». Y cuando Arnoux le pregunta por sus planes de futuro, él responde con ideas vagas en torno al arte, algo que no tiene nada que ver con estudiar leyes, que es para lo que se trasladará a París. Hay muchos otros ejemplos a lo largo de la novela de esa indefinición, de esa especie de pereza. Compra un piano, instrumentos de pintura, quiere escribir novelas, dedicarse a la diplomacia, a la política, ser un buen orador… todo en el deseo.
Entonces, la «aparición» de la señora Arnoux le libera de desear ninguna otra cosa. Este es el deseo imposible. Y está dispuesto a quedar clavado en él.
Los detalles en La educación sentimental
Una novela con personajes mediocres y que apenas tiene trama: un joven de provincias va a París a estudiar derecho. No le atraen los estudios, hereda una fortuna y puede vivir como había soñado. Pero está atrapado en un deseo irrealizable, deseo que gobierna su existencia, su relación con los amigos, su relación con las mujeres, su relación con el dinero. Pasan los años y tras no haber sabido o querido forjarse un porvenir, rodeado de personajes aún más mediocres que él, vive con una pequeña renta, convertido en un pequeño burgués.
¿Novela aburrida? ¿Porque Frédéric es un personaje aburrido y que aburre, como dice Thibaudet[7]? ¿Porque la trama es el discurrir de unas vidas anodinas?
En La educación estamos ante una novela de detalles, y el lector los va descubriendo desde los primeros capítulos. Algunos detalles son insignificantes, y nos hacen sonreír, como en el capítulo III de la primera parte: «su apartamento, adornado con un reloj de péndulo de alabastro, le desagradaba». El reloj de péndulo aparece en unas doce ocasiones en la novela como un elemento de confrontación con el personaje, como un símbolo de esa vida que trascurre de una manera irremediable y monótona, pero no nos lleva más lejos. Otros detalles, sin embargo, son el hilo conductor de diferentes aspectos de los personajes. Ese joven que viaja con un álbum bajo el brazo, es un recuerdo de las artes visuales que tendrán importancia a lo largo de la novela: Arnoux, marchante de cuadros, Pellerin, pintor que se debate entre las distintas tendencias de la pintura, el narrador mismo que nos va pintando cada escena. Todo el trayecto fluvial se asemeja a diferentes escenas de un álbum cuyas páginas vamos pasando. Otro detalle puede ser la manera de introducir a los personajes: dos o tres pinceladas para el señor Arnoux: su vestimenta ‒esas botas de cuero rojo de Rusia‒, su aire seductor, no sólo con las mujeres, también encandila a Frédéric, su reflexión en torno a unos cálculos comerciales: ya tenemos el tipo.
Tenemos también el caso de Martinon. Desde los primeros capítulos, en el encuentro en una algarada de estudiantes, ya se dice de él que no es valiente. Pero lo que Frédéric no ve (realmente Frédéric casi nunca ve a los otros, y como el lector le acompaña siempre, a veces tampoco ve, y el narrador no hace nada para desengañarnos, a no ser en estos pequeños detalles) es que Martinon tiene una meta que va forjando desde el principio: conseguir una situación envidiable de fortuna, de matrimonio, de estatus social.
Y en el primer capítulo, la epifanía de toda la novela. El detalle fundamental: la aparición de la señora Arnoux. Y para remarcarlo, el narrador nos lo señala en un punto y aparte y un espacio en blanco.
Fue como una aparición.
Esta técnica de la frase lapidaria y espacios en blanco, la veremos a lo largo de la obra:
¡Arruinado, despojado, perdido! (cap. VI, 1.ª parte)
Viajó (cap. VI de la 3.ª parte)
Regresó.
Eso fue todo.
Hay detalles enigmáticos, cuyo misterio deambula a lo largo de los capítulos de la obra: las joyas de Rosanette y la Vatnaz, sus encuentros y desencuentros; el cofre con cierres de plata, que pasa por las manos de la señora Arnoux, de Rosanette, de la señora Dambreuse, y la famosa cabeza de ternera, cuyo misterio se mantiene hasta el último capítulo, por ejemplo.
En su forma de narrar, de describir (según Proust más que descripciones lo que hace Flaubert son sensaciones) intercala, con maestría cinematográfica, planos largos con otros cortísimos que sobresaltan al lector. En el barco, tras paisajes que van surgiendo a lo largo del río, nos da, de repente, detalles muy precisos y cercanos, hasta llegar a ver, por ejemplo, la sombra de sus pestañas.
Muy a menudo vemos el paso de una descripción interna –sentimientos, sensaciones– a una descripción externa –paisajes, clima–. O cuando, de golpe, pasa del estilo directo al estilo indirecto, lo que vemos constantemente a lo largo de toda la novela.
La amistad en La educación sentimental
En esa red social que forman todos los personajes en torno a los Arnoux y a los Dambreuse, Frédéric está solo, o no sabe o no quiere formar parte de ellos, sin embargo, aparentemente es lo único que desea. La herencia le sirve como carta de presentación ante la sociedad a la que quiere pertenecer. Pero sus decisiones son equivocadas, ya lo hemos dicho. La obsesión de sus sueños le lleva precisamente a no cumplirlos. No aprovecha las oportunidades con los Dambreuse, como hace Martinon, por ejemplo, ni otras muchas ocasiones de consecución de sus sueños. A pesar de todas las ventajas, queda excluido, o más bien autoexcluido.
Dos ejemplos de ese dejarse llevar, sin contacto con los demás, como el vapor que discurre por el río en el primer viaje, en el que el narrador va pasando las hojas de ese álbum, y la descripción sigue el ritmo del agua. En ese momento está rodeado de todos esos viajeros, reflejo de la sociedad, y Frédéric no se identifica con ninguno.
Y el viaje nocturno, en diligencia desde Nogent a París, en el que el ritmo es el ritmo del sueño, sueño que continúa con la búsqueda de Arnoux y de Regimbart por París. Es como si el sueño lo alejase de la realidad, y, por lo tanto, del resto de la humanidad.
Conocemos en la biografía de Flaubert la importancia que concedió a sus amigos. Sus dos más antiguos como Louis Bouilhet y Alfred Le Poittevin, su mentor, que murió joven, y uno de los más influyentes respecto a sus ideales literarios. Maxime du Camp, que comparte con Flaubert viajes, proyectos, correspondencia. Si bien se distancian, toman diferentes caminos respecto a la literatura. Conocemos también, a través de su correspondencia, cómo Flaubert llora por sus amigos muertos, pero también se lamenta, incluso airadamente, de que sus amigos se casen o ejerzan una profesión, que le dejen solo con su obsesión con la literatura. Soy el único «monstruo», llega a decir.
En La educación, Frédéric, soltero, rico, generoso, es el joven burgués de 1850, que reniega del matrimonio y de una profesión burguesa.
Deslauriers es el amigo de colegio, de proyectos, de sueños, de promesas de amistad eternas que, a lo largo de la novela, vemos cómo se distancian. Los sueños de uno y de otro divergen. Deslauriers persigue dinero, influencias, mujeres; es el hombre que tiene que hacerse a sí mismo. Para Frédéric, Deslauriers es su conciencia antigua, en rivalidad constante con el sueño actual y se siente molesto ante su antiguo amigo, a sabiendas de que está rompiendo sus promesas de amistad eterna. Veremos, sin embargo, en el último capítulo la fuerza de esa amistad.
Los personajes que rodean a Frédéric son un muestrario de la sociedad, un grupo heterogéneo y él no se acomoda en ninguno de esos grupos[8]. Noble por parte de madre, recibe una herencia de gran burgués, termina siendo un pequeño burgués. Pero sigue soñando con algo más. Se considera mejor que los otros. Cada uno de ellos persigue algo concreto, son representantes de su estatus social: Roque, Arnoux, Dambreuse, Cisy, etc. Cada uno defiende su oficio, su forma de vida, y se comporta como tal.
Roque, apoyado en Dambreuse, hombre de paja que aspira a enriquecerse como su amo que tiene el poder y la capacidad, adaptándose al devenir de la historia.
La figura de Dussardier es la más noble, la más sincera, es el auténtico revolucionario. Y es al único al que salva Flaubert de la burla o la sátira, como hizo con el joven Justin en Madame Bovary.
Sénécal, extremista, celoso del orden y de una sociedad rígida, pasando de intentar acabar con el orden establecido, a defender ese orden de una manera extrema. Lo vemos hacer ese camino de revolucionario a agente policial del Imperio. Cisy es fiel a sí mismo y a sus antepasados, aristócrata de viejo cuño. Regimbart y Arnoux, trapicheando en negocios que fracasan. Pellerin y el mundo del arte, Hussonnet y el periódico, Delmar y el teatro. Martinon, arribista, práctico, con su perfil bajo consigue lo que se propone.
Entre toda esa sociedad, Frédéric está solo, tal como lo vimos en el barco. Obsesionado con la idea fija, el amor obsesivo que no le conduce a ninguna parte, porque ante todo es un héroe pasivo, con la conciencia de que la sociedad tiene que darle lo que cree que se merece, sin hacer el menor esfuerzo. Para Frédéric el dinero, obsesión que discurre a lo largo de toda novela del siglo, está al servicio de sus placeres, sus lujos, su deseo inalcanzable, y no en el poder, como en Deslauriers o en Dambreuse y en Roque.
Las mujeres en La educación sentimental
En el verano de 1836 Flaubert, que tiene catorce años y medio, en la playa de Trouville recoge una prenda que se la llevaba el agua. Pertenece a la señora Schlésinger, que se muestra agradecida. Ella tiene veintiséis años. En octubre de 1872, Flaubert le escribe la que se cree que es la última carta: Ma vieille amie, ma vieille tendresse. Y se despide, en un párrafo de gran belleza, recordando lo que llama los fantasmas de Trouville, y entre todos esos rostros, continua, «¡el de usted, sí, el suyo!»[9].
Este dato autobiográfico de Flaubert es de gran importancia en La educación.
En el primer capítulo, vemos a Frédéric en el barco, y la aparición de la señora Arnoux le marcará a lo largo de toda la obra. También hay una prenda, un chal, a punto de deslizarse al agua, como en el caso real con la señora Schlésinger.
Según Pierre Coigny, la palabra «aparición» tiene una connotación religiosa muy potente en la época. De 1846 data la aparición de la Virgen a dos pastorcillos en La Salette; en 1858, las apariciones en Lourdes.
La señora Arnoux es para Frédéric el deseo no realizado, tal vez puramente platónico, en lucha entre el amor maternal y virginal al mismo tiempo. El narrador se guarda bien de decir si esa relación es fruto de la virtud de la señora Arnoux o de la cortedad de Frédéric. Y casi al final de la novela, en 1867, cuando la señora Arnoux visita a Frédéric por última vez, el encuentro está lleno de nostalgia, de desilusión, pero sobre todo de ternura. Ese mechón de cabellos blancos, «ma vieille tendresse».
Rosanette es el atractivo sexual, el amor físico, el deseo carnal. Y como en tantas novelas del XIX, en La educación la prostitución ocupa un gran espacio, las mujeres públicas en diferentes estatus: desde la fille publique, a las lorettes y grisettes, las llamadas demi-mondaines, las cocottes, las entretenidas, hasta llegar a las grandes cortesanas de épocas pasadas o de otras civilizaciones. Dumas, hijo, publica en 1843 un librito sobre este tema[10]. Sorprende que, a lo largo de los siglos, la prostitución se mantenga en torno a los mismos barrios, en este caso de París, y sorprende también la cantidad de nombres de estas mujeres, como ocurre en otros idiomas, claro está, para nombrarlas. Se dice que el siglo XIX es la edad de plata de la prostitución, ¿la edad de oro son los siglos anteriores, o los posteriores?
La señora Dambreuse representa la posibilidad de un ascenso social y de poder.
Louise, la joven que se le ofrece en matrimonio, la hija del señor Roque, encarna la lógica de una unión de la época. Ella proporciona una fortuna considerable, ascendiendo también en la escala social, con un estatus del que carece el padre. Frédéric duda, pero lo rechaza. Aquí el autor tenía que mostrar abiertamente su aversión al matrimonio, considerado por Flaubert como pilar fundamental de la burguesía que él desprecia. Y añade el sarcasmo del fracaso de ese matrimonio que sufre Deslauriers.
Hay otro personaje femenino algo enigmático en la novela, como un anuncio del siglo XX en ciertos aspectos: la Vatnaz, ¿feminista, activista, celestina?
La caricatura y la sátira en La educación sentimental
Las artes visuales, la caricatura, tanto gráfica como literaria recorre toda la novela. Hay referencias explícitas e implícitas, alusiones constantes a grabados, a imágenes de la época. Se menciona expresamente la caricatura como objeto. L’Artiste, Le Charivari, revistas satíricas sobre aspectos de la vida cotidiana. En varias ocasiones vemos a los personajes reír de ciertas caricaturas políticas. Sombaz, que ofrece como regalo su propia caricatura a la señora Arnoux. Hussonnet, que practica la caricatura como dibujo, y que es, en sí mismo, pura caricatura. Frédéric, el blanco de las bromas en esa historia del Flambard en casa de los Dambreuse, y otros muchos ejemplos.
Flaubert es un maestro de la caricatura literaria[11], que corre pareja a la caricatura gráfica, destinada a ridiculizar a sus personajes, marcando el abismo entre las pretensiones del personaje y lo que realmente consigue. Por ejemplo, los esfuerzos comerciales de Arnoux, que fracasan, los esfuerzos pictóricos de Pellerin, que se cree un gran pintor. O esa carnavalada grotesca en el Club de la inteligencia. La sátira es constante en La educación, sobre todo a partir de la segunda y tercera parte, en la que el lector se ve sumergido en una especie de broma infinita.
El éxito de la caricatura satírica es que no tiene respuesta, no puede tener respuesta, por parte del supuestamente ofendido, so pena de caer en un ridículo mayor. Es lo que le ocurre a Frédéric en casa de los Dambreuse cuando ve Le Flambard.
Otra técnica literaria que utiliza Flaubert es la de simplificar la descripción de los personajes. Por ejemplo, con Hussonnet, al que describe rápidamente como un joven con bigotes. Ya es en sí una caricatura, un estereotipo. O en acciones rápidas en las que el personaje aparece y desaparece. También en las repeticiones, por ejemplo, Régimbart recorriendo sistemáticamente todos los garitos antes de ir a casa. O en las exageraciones de Dambreuse, con su pompa y su dinero; Dambreuse, el gran corruptor, que pagaría por venderse.
El arte gráfico satírico nació en Inglaterra en el siglo XVIII, pero su mayor impulso ocurrió en Francia, a partir de 1830, con la incorporación de la caricatura en los medios periodísticos. Se crean semanarios como La caricature, Le Charivari, en los que publican grandes caricaturistas como Daumier, Grandville, y otros. Ese fue el punto de expansión hacia el resto del mundo. Francia ha continuado, con éxito, la caricatura gráfica satírica o lúdica. Sabemos del éxito de Charlie Hebdo, Le Canard Enchaîné, y en general, el gusto por las bandes dessinées (BD).
Tanto en lo gráfico como en lo literario, el narrador se apoya en los personajes para salir indemne de la invectiva satírica. Hay un ejemplo claro en La educación: en la toma de las Tullerías en 1848, Frédéric y Hussonnet se burlan de la situación con una superposición de voces. El narrador queda al margen.
Lo sociológico e histórico en La educación
Es fácil apreciar en la obra toda la riqueza descriptiva de los objetos y de las situaciones de la vida cotidiana. No hay ni un solo aspecto de esta vida de mediados del siglo XIX que no sea tratado: desde los bibelots, muebles, espacios, hasta los vehículos, las calles, las enfermedades infantiles, etc. Las cenas en casa de los Arnoux, en casa de los Dambreuse, en casa de Frédéric, en casa de Dussardier, que muestran las diferentes capas sociales. Las fiestas de disfraces en casa de Rosanette, en los cafés. Las carreras de caballos, las fábricas, como la de cerámica, el desarrollo de las obras públicas, del ferrocarril. De todo ello se documentaba exhaustivamente. Cuando en la novela Frédéric y Rosanette pasan unos días en Fontainebleau, Flaubert rehízo parte del viaje de regreso a París al informarse de las líneas de ferrocarril que circulaban en la época.
En cuanto a la historia, es el relato de los años anteriores a la Revolución de 1848; de las ideas del liberalismo, del comunismo ‒El manifiesto comunista de Marx y Engels data de 1848‒. A lo largo de la novela toda esa ideología es el eje fundamental del relato. Frédéric, si bien se presta en principio a participar en política, pronto pasa olímpicamente. Es sólo un espectador de esas revueltas de febrero y de junio. Es lo que hizo Flaubert.
Pilar Ruiz Ortega
Madrid, enero 2021
[1] Gustave Flaubert, Madame Bovary. Costumbres de provincias, Madrid, Akal, 2007.
[2] Guy de Maupassant, Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert, Cáceres, Editorial Periférica, 2009.
[3] Albert Thibaudet (1874-1936), Gustave Flaubert, París, Gallimard, 1922 y 1935. Consultado en Wikisource.
[4] Ferdinand Brunetière, «Correspondance de Gustave Flaubert avec George Sand», Revue de deux mondes, tomo 61, 1884.
[5] Julian Barnes, El loro de Flaubert, Barcelona, Anagrama, 1994.
[6] Jean Borie, Frédéric et les amis des hommes. Présentation de L’Éducation sentimental, París, Grasset, 1995
[7] Albert Thibaudet (1874-1936), Gustave Flaubert, París, Gallimard, 1922.
[8] Pierre Cogny, L’éducation sentimentale de Flaubert. Le monde en creux, París, Larousse, 1975.
[9] Pierre Coigny, op. cit.
[10] Alexandre Dumas, Filles, lorettes et courtisanes, París, 1843.
[11] Cécile Guinand, «La caricature littéraire: L’éducation sentimentale de Flauvert», Quêtes litteraires, n.º 5, pp. 65-77, 2015, Université de Neuchâtel.
Cronología
1821: 12 de diciembre, nace en Ruan. Su hermano mayor, Achille, tiene nueve años. Su padre es cirujano jefe del Hôtel-Dieu, hospital de Ruan.
1824: Nacimiento de su hermana Caroline.
1830: Revolución de julio, en la que cae la monarquía absolutista de Carlos X, dando lugar a la llamada Monarquía de Julio de Luis Felipe, perteneciente a una rama de los Borbón-Orleans, de tendencia liberal y parlamentaria.
1832: Flaubert entra en octavo curso en el Collège Royal de Ruan.
1836: Verano. Flaubert tiene quince años. Conoce en la playa de Trouville a Elisa Schelésinger, que será durante toda su vida su gran amor romántico. Se dice que el personaje de la señora Arnoux, refleja el sentimiento que Flaubert tuvo por la señorita Schelésinger.
1837: Primera publicación en un periódico de Ruan. Flaubert escribe: Rêve d’Enfer, Passion et Vertu, Quidquid volueris.
1838: Les mémoires d’un fou [Las memorias de un loco], primera obra autobiográfica.
1839: Es expulsado del Collège Royal, como consecuencia de un alboroto de alumnos. Compone Smarth.
1840: Como recompensa por haber obtenido el título de bachiller, su padre le paga un viaje por los Pirineos y Córcega. En Marsella, tiene una breve relación con Eulalie Foucaud de Langlade.
1841: Se matricula en la facultad de Derecho de París, sin salir de Ruan.
1842: Compone Noviembre, nueva confesión autobiográfica, y se instala en París.
1843: Empieza su amistad con Maxime du Camp, escritor parisino (1822-1894), autor de Souvenirs Litteraires. Aunque en vida tuvo mucho más éxito que Flaubert, pasará a la historia por ser su amigo. Comienza la redacción de La primera Educación sentimental, considerada como una de sus obras de juventud, que terminará dos años después, pero que no será publicada hasta después de su muerte.
1844: Flaubert sufre un ataque nervioso, posiblemente es una crisis de epilepsia. Interrumpe sus estudios y se retira a Croisset, cerca de Ruan, al lado del Sena, donde su padre acaba de comprar una bonita gran propiedad.
1845: Su hermana Carolina se casa con Émile Hamard. Gustave los acompaña por la Provenza y por Italia.
1846: El 15 de enero muere su padre, el doctor Flaubert. El 23 de marzo muere su hermana Caroline, que acaba de tener una niña, llamada también Caroline y a la que criarán Gustave y su madre. En julio inicia una relación con Louise Colet, «La Musa» con quien tendrá una amplia correspondencia amorosa, tormentosa y literaria. Rompen a menudo la relación que vuelven a tomar. Louise es una mujer de letras, nacida en Aix-en-Provence (1810-1876). Tiene diez años más que Flaubert, está casada y ya tuvo encuentros amorosos con otros escritores. Mujer de fuerte carácter, escribe poesía romántica. Pasará a la historia como amiga de Flaubert, destinataria de una interesante Correspondencia.
1847: En mayo y junio realiza un viaje con Maxime du Camp por las regiones francesas de Anjou, Bretaña y Normandía. Escriben a dúo un relato del viaje en Par les champs et par les grèves.
1848: En febrero, con su amigo Louis Bouilhet, va a París para observar los hechos de la Revolución del 48, «desde el punto de vista del arte», puesto que no tiene ninguna participación activa. La Revolución del 48 está presente, de manera muy explícita, en La educación sentimental. Cae la monarquía y se instaura la II República. El poeta Lamartine forma parte del Gobierno, siendo Luis Napoleón, presidente, hasta el golpe de Estado de 1851, en el que se convierte en Napoleón III.
En mayo, Flaubert inicia la redacción de La tentación de San Antonio. Primera riña con Louise Colet.
1849: El 12 de septiembre lee a sus amigos Du Camp y Bouilhet La tentación de San Antonio; ambos le aconsejan que dé preferencia a los temas más realistas. El 4 de noviembre se embarca con su amigo Du Camp desde Marsella hacia Egipto. El 8 de diciembre, ocurre el suicidio de Eugène Delamare, oficial de sanidad. Esta noticia será el embrión de Madame Bovary.
1849-1851: Viaje por Oriente con Du Camp. Visitan Egipto, Palestina, Siria, Líbano, Constantinopla, Grecia e Italia.
1851: De nuevo en Croisset reanuda su relación con L. Colet. El 20 de septiembre escribe: «Ayer por la tarde comencé mi novela. Veo ya dificultades de estilo que me espantan»: se trata de Madame Bovary. Esta correspondencia con L. Colet es de gran importancia para conocer la génesis de Madame Bovary, y las ideas literarias de Flaubert. Septiembre: estancia en Londres con su madre. El 2 de diciembre, el día del golpe de Estado del que se llamará Napoleón III, Flaubert está en París; comienza el Segundo Imperio. Escribe: «En Francia se va a iniciar una época muy triste».
1852-1855: Salvo breves estancias en París y en Nantes para ver a Louise, Flaubert se dedica a su laboriosa tarea: página a página va construyendo su Madame Bovary.
1852: En agosto, Flaubert termina la primera parte de Madame Bovary.
1854: Termina la segunda parte. En octubre, rompe con Louise Colet.
1855: A partir de este año, pasa algunos meses en París, donde frecuenta los salones, los teatros y cultiva la amistad con escritores como los hermanos Goncourt, Turguéniev, George Sand, Théophile Gautier, entre otros.
1856: El 30 de abril termina Madame Bovary. Sigue trabajando en la segunda versión de La tentación de San Antonio. Del 1 de octubre al 30 de diciembre, La Revue de Paris, en seis entregas, publica Madame Bovary, con varios cortes, algunos de los cuales no son aceptados por el autor. De diciembre a febrero del año siguiente se publican en L’Artiste algunos fragmentos de La tentación de San Antonio. Se instala en París y rompe definitivamente con Louise Colet.
1857: En enero, se inicia el proceso contra el autor y editor de Madame Bovary por ultraje a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres. Flaubert y el editor ganan el proceso. En abril, se publica la novela en dos volúmenes en la casa editorial de Michel Lévy. En septiembre, emprende la obra Salambó. Su redacción concluirá en 1862.
1858: Viaja a Túnez y Argelia para documentarse sobre la obra.
1862: Publicación de Salambó.
1863: En enero, comienza a frecuentar el salón de la princesa Mathilde (Trieste 1820-1904), hija de Jerôme, breve rey de Wesfalia (1807-1813), hermano pequeño de Napoleón I.
1864: Su sobrina, Caroline Hamard, se casa con Ernest Commanville. En septiembre, comienza la redacción definitiva de La educación sentimental, que continuará hasta 1869. En noviembre, el emperador Napoleón III le invita a Compiègne.
1865: En julio, viaje a Baden-Baden.
1866: Nuevo viaje a Inglaterra. El 15 de agosto Flaubert es nombrado Caballero de la Legión de honor.
1869: El 18 de julio muere su amigo Louis Bouilhet. Flaubert trabaja en la nueva versión de La tentación de San Antonio. En noviembre, publicación de La educación sentimental.
1870: Francia declara la guerra a Prusia. En noviembre, los prusianos llegan a Croisset. Flaubert, enfermero y teniente de la guardia nacional, se refugia en Ruan.
1871: Flaubert visita a la princesa Mathilde en Bruselas, luego vuelve a Londres.
1872: Muere su madre.
1873: Compone una comedia en cuatro actos, Le Candidat, que sólo se representará en cuatro ocasiones.
1874: Abril. Publicación de La tentación de San Antonio. En julio, estancia en Suiza. En agosto, retoma Bouvard et Pécuchet, cuya idea remonta a la época de Madame Bovary, y después en 1863.
1875: El marido de su sobrina tiene graves problemas económicos y Flaubert compromete parte de su fortuna para evitar la quiebra económica del matrimonio. Escribe La légende de saint Julian l’Hospitalier.
1876: Muere Louise Colet. Flaubert escribe Un coeur simple y Hérodias. En junio, muere George Sand.
1877: En abril, publicación de Trois contes.
1879: A consecuencia de una rotura de peroné, pasa en cama varios meses. La intervención de sus amigos le permite ser nombrado conservador de la Biblioteca Mazarine, con un emolumento de 3.000 francos al año.
1880: El 8 de mayo Gustave Flaubert muere en Croisset de una hemorragia cerebral.
1880-1881: De diciembre a marzo se publica, en la Nouvelle Revue, Bouvard et Pécuchet, y después en libro en 1881.
LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL
PRIMERA PARTE
Capítulo I
El 15 de septiembre de 1840, hacia las seis de la mañana, el Ville-de-Montereau, a punto de zarpar, soltaba una humareda formando grandes torbellinos, junto al muelle Saint-Bernard.
La gente llegaba sin aliento; barricas, estachas, cestos de ropa, dificultaban el paso; los mozos de cubierta no hacían caso a nadie; los viajeros chocaban unos con otros; los bultos subían entre los dos cabestrantes, y el bullicio se absorbía en el zumbido del vapor que, escapándose por las planchas de chapa, envolvía todo en una nube blanquecina, mientras que la campana, en la proa, tañía sin cesar.
Finalmente, el barco zarpó; y las dos orillas, pobladas de almacenes, de astilleros y de fábricas desfilaron como dos grandes cintas que se despliegan.
Un joven de dieciocho años, con el pelo largo, que sujetaba un álbum bajo el brazo, permanecía al lado del timón, inmóvil. A través de la niebla, contemplaba campanarios, edificios cuyos nombres ignoraba; después, abarcó, con una última ojeada, la isla Saint-Louis, la cité, Notre-Dame; y enseguida, al desaparecer París, suspiró profundamente.
Frédéric Moreau, con su flamante título de bachiller, volvía a Nogent-sur-Seine, donde debía languidecer durante dos meses, antes de ir a estudiar derecho. Su madre, con el dinero indispensable, le había enviado a Le Havre a ver a su tío, cuya herencia esperaba para su hijo; él había vuelto de allí justo la víspera; y se resarcía de no poder vivir en la capital, regresando a su provincia por el camino más largo.
El guirigay se apaciguaba; todo el mundo se había acomodado en su sitio; algunos, de pie, se calentaban en torno a la máquina, y la chimenea escupía con un estertor lento y rítmico, su bocanada de humo negro; pequeñas gotas de rocío se deslizaban por los objetos metálicos; el puente temblaba bajo una pequeña vibración interior, y las dos ruedas, girando velozmente, batían el agua.
El río estaba flanqueado por riberas arenosas. Se topaban con varias balsas de troncos de madera que se ondulaban con los remolinos de las olas, o bien, con un barco sin velas, donde un hombre sentado estaba pescando; después, las brumas errantes se fundieron, el sol apareció, la colina que seguía a la derecha el curso del Sena, poco a poco, empequeñeció, y de ella surgió otra, más cercana, en la orilla opuesta.
Unos árboles la coronaban entre casas bajas cubiertas con tejados a la italiana. Tenían jardines en pendiente, divididos por muros nuevos, por verjas de hierro, por césped, por invernaderos, y por macetas de geranios, espaciados regularmente en las terrazas en las que uno podía apoyarse. Más de uno, al ver esas coquetas residencias, tan tranquilas, envidiaba a su propietario por vivir ahí hasta el fin de sus días, con un buen billar, una chalupa, una mujer o algún otro sueño. El placer, tan nuevo, de una excursión marítima facilitaba esas expansiones. Los graciosos ya empezaban con sus bromas. Muchos cantaban. Estaban alegres. Se pasaban entre ellos algún trago.
Frédéric pensaba en la habitación que ocuparía allá, en el esquema de un drama, en temas de pintura, en pasiones futuras. Le parecía que la felicidad que se merecía por la excelencia de su alma, tardaba en llegar. Recitó para sí versos melancólicos; caminaba por el puente con pasos rápidos; llegó hasta el final, al lado de la campana; y, en un grupo de pasajeros y de marineros, vio a un señor que decía galanterías a una campesina, a la vez que le tocaba la cruz de oro que ella llevaba sobre el pecho. Era un mocetón de unos cuarenta años, de pelo rizado. Su talla robusta llenaba un chaqué de terciopelo negro, dos esmeraldas brillaban en su camisa de batista, y un ancho pantalón blanco caía sobre unas extrañas botas rojas, de cuero de Rusia, realzadas con dibujos azules.
La presencia de Frédéric no le molestó. Se dio la vuelta hacia él varias veces, interpelándole con la mirada; enseguida, ofreció cigarros a todos los que le rodeaban. Pero, aburrido, sin duda, de esa compañía, fue a situarse más lejos. Frédéric le siguió.
La conversación discurrió al principio sobre las diferentes especies de tabaco, después, con toda naturalidad, sobre mujeres. El señor de las botas rojas dio algunos consejos al joven; exponía teorías, narraba anécdotas, se citaba a sí mismo como ejemplo, soltando todo ello en un tono paternal, con una ingenuidad de corrupción divertida.
Era republicano; había viajado, conocía el interior de los teatros, de los restaurantes, de los periódicos, y a todos los artistas célebres, a los que llamaba familiarmente por sus nombres de pila; Frédéric le confió enseguida sus proyectos; él los alentó.
Pero se interrumpió para observar el cañón de la chimenea, después masculló deprisa un largo cálculo, a fin de saber «cuánto cada movimiento de pistón, a tantas veces por minuto, debía, etc.». Y una vez hecha la suma, admiró enormemente el paisaje. Decía sentirse feliz por haber escapado de sus negocios.
Frédéric sentía cierto respeto por él, y no se resistió al deseo de saber su nombre. El desconocido respondió de corrido:
—Jacques Arnoux propietario de l’Art industriel, bulevar Montmartre.
Un criado que llevaba en la gorra un galón dorado, vino a decirle:
—¿Si el señor quisiera bajar? la señorita está llorando.
Y desapareció.
L’Art industriel era un establecimiento híbrido, que comprendía un periódico sobre pintura y un almacén de cuadros. Frédéric había visto ese rótulo varias veces, en el escaparate del librero de su tierra natal, sobre inmensos carteles, en los que el nombre de Jacques Arnoux se destacaba magistralmente.
El sol lanzaba sus rayos a plomo haciendo brillar los anclajes de hierro alrededor de los mástiles, las placas de la borda y la superficie del agua; esta se dividía en la proa en dos surcos que se extendían hasta el borde de los prados. En cada recodo del río encontraban la misma cortina de álamos pálidos. El campo estaba completamente solitario. En el cielo había nubecillas blancas estáticas, y el tedio, extendido vagamente, parecía aflojar la marcha del barco y hacer que el aspecto de los viajeros fuese aún más insignificante.
Aparte de algunos burgueses en los asientos de primera, el resto eran obreros, tenderos con sus mujeres y sus hijos. Como entonces se tenía costumbre de vestir con descuido en los viajes, casi todos llevaban viejos gorros griegos o sombreros descoloridos, pobres trajes negros, raídos por el roce del despacho, o redingotes con los ojales de los botones abriéndose por desgaste en las tiendas; y aquí y allá, algún chaleco de solapas dejaba ver una camisa de calicó, manchada de café; alfileres de latón sobre corbatas hechas jirones; trabillas cosidas que sujetaban zapatillas hechas de tiras de tela; dos o tres bribones que llevaban garrotes, sujetos con una correa de cuero, lanzaban miradas aviesas, y los padres de familia abrían bien los ojos haciendo preguntas. Charlaban de pie, o bien en cuclillas sobre sus equipajes; otros dormitaban en los rincones; algunos comían. El puente estaba sucio con cáscaras de nueces, colillas de cigarros, peladuras de peras, detritus de charcutería que habían traído envuelta en papel; tres ebanistas, con monos de trabajo, se paraban delante de la cantina; un músico de harpa, andrajoso, descansaba apoyado en su instrumento; se oía, a intervalos, el ruido del carbón de piedra en la caldera, unas voces, una risa; y el capitán caminaba sin parar de un cabestrante a otro por la pasarela. Frédéric, para ir a su asiento, empujó la verja de los asientos de primera clase, molestó a dos cazadores con sus perros.
Fue como una aparición.
Ella estaba sentada en medio del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie, por el resplandor que le enviaron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él inclinó los hombros involuntariamente; y, cuando estuvo algo más lejos, en el mismo lado, la miró.
Llevaba un amplio sombrero de paja, con dos cintas rosas que palpitaban al viento a su espalda. Su cabello negro, dividido en dos particiones iguales, que bordeaban los extremos de sus largas cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara. Su vestido de muselina clara, tachonada de pequeños lunares, se extendía en numerosos pliegues. Ella estaba bordando algo; y su nariz recta, su mentón, toda su persona se recortaba sobre el fondo del cielo azul.
Como la mujer mantenía la misma actitud, él dio varias vueltas a derecha e izquierda para disimular su maniobra; después, se plantó muy cerca de su sombrilla, que estaba apoyada en el banco, y simuló que observaba una chalupa en el río.
Nunca había visto ese esplendor de su tez morena, la seducción de su talle, ni esa finura de dedos que la luz traspasaba. Él consideraba el cesto de costura con asombro, como una cosa extraordinaria. ¿Cuál sería su nombre, su casa, su vida, su pasado? Deseaba conocer los muebles de su habitación, todos los vestidos que había usado, las personas a las que frecuentaba; y el deseo de la posesión física incluso desaparecía bajo un deseo más profundo, en una curiosidad dolorosa que no tenía límites.
Una mujer negra, con un pañuelo en la cabeza, se presentó llevando de la mano a una niña, ya un poco mayor. La cría, cuyos ojos estaban llenos de lágrimas, acababa de despertarse. Ella la sentó en sus rodillas. «La señorita no ha sido buena, aunque pronto cumplirá siete años; su madre ya no la querrá; sería perdonarle demasiado sus caprichos.» Y Frédéric disfrutaba oyendo esas cosas, como si hubiera hecho un gran descubrimiento, una adquisición.
La suponía de origen andaluz, criolla tal vez; ¿habría traído de las islas a esa negra con ella?
Mientras tanto, un largo chal de rayas violeta estaba colocado detrás de ella, sobre la borda de cobre. ¡Ella habría envuelto en él su talle, muchas veces, en medio del mar, durante las tardes húmedas, se habría cubierto los pies, habría dormido con ese chal! Pero, arrastrado por los flecos, resbalaba poco a poco, iba a caer al agua; Frédéric dio un salto y lo alcanzó. Ella le dijo:
—Se lo agradezco, señor.
Sus ojos se encontraron.
—Mujer, ¿estás lista? –gritó el señor Arnoux, apareciendo por la escalera.
La señorita Marthe corrió hacia él, le tiraba del bigote. Se oyeron los sonidos de un arpa, la niña quiso ver la música, y enseguida, el arpista, conducido por la negra, entró en la zona de los asientos de primera. Arnoux le reconoció como un antiguo modelo; le hablaba de tú, lo que sorprendió a los asistentes. Finalmente, el arpista echó su larga melena hacia atrás, extendió los brazos y se puso a tocar.
Era una romanza oriental, que trataba de puñales, de flores y de estrellas. El hombre andrajoso cantaba con una voz mordaz; los movimientos de la máquina cortaban la melodía, desafinando; el arpista rasgueaba más fuerte: las cuerdas vibraban, y sus sonidos metálicos parecían exhalar sollozos, y como la queja de un amor orgulloso y vencido. De ambos lados del río, los árboles se inclinaban hasta el borde del agua; pasaba una corriente de aire fresco; la señora Arnoux miraba a lo lejos de una manera imprecisa. Cuando se paró la música, parpadeó varias veces, como si saliera de un sueño.
El arpista se acercó, humildemente. Mientras que Arnoux buscaba monedas, Frédéric alargó hacia la gorra la mano cerrada, y, abriéndola con pudor, depositó en ella un luis de oro. No era la vanidad lo que le empujaba a hacer esa limosna delante de ella, sino un pensamiento de bendición con el que la asociaba, un sentimiento casi religioso.
Arnoux, indicándole el camino, le instó cordialmente a bajar al comedor. Frédéric afirmó que acababa de comer; sin embargo, se moría de hambre; y no poseía ni un céntimo en el fondo del bolsillo.
Después, pensó que tenía todo el derecho, como cualquier otro, a permanecer en el comedor.
Unos burgueses comían en mesas redondas, un camarero circulaba entre las mesas. El señor y la señora Arnoux estaban en el fondo, a la derecha; él se sentó en una larga banqueta de terciopelo, después de coger un periódico que había por allí.
En Montereau, los Arnoux debían tomar la diligencia de Châlons. El viaje por Suiza duraría un mes. La señora Arnoux reprochó a su marido su debilidad por la niña. Él le susurró algo al oído, alguna cosa graciosa, sin duda, pues ella sonrió. Después, se levantó para cerrar, detrás de él, la cortinilla de la ventana.
El techo, bajo y completamente blanco, devolvía una luz cruda. Frédéric, en frente, distinguía la sombra de sus pestañas. Ella acercaba los labios a un vaso, desmenuzaba un poco de corteza de pan entre los dedos; el medallón de lapislázuli, sujeto a una cadenita de oro a la muñeca, tintineaba contra el plato de vez en cuando. Los que estaban allí, sin embargo, no parecía que se dieran cuenta.
A veces, a través de los ojos de buey, se veía el flanco de una barca que abordaba a un navío para recoger o dejar viajeros. La gente que estaba aún en las mesas se asomaba a las ventanas y nombraba los pueblos ribereños.
Arnoux se quejaba de la cocina: y protestó considerablemente ante la cuenta, y consiguió una reducción. Después, llevó al joven a la proa para beber unos grogs. Pero Frédéric volvió enseguida bajo la toldilla, donde la señora Arnoux había regresado. Leía un delgado volumen de tapa gris. Las comisuras de sus labios se movían por momentos, y un relámpago de placer iluminaba su frente. Él sintió celos de quien había inventado esas cosas en las que ella parecía ocuparse. Cuanto más la contemplaba, más sentía abrirse un abismo entre los dos. Pensaba que tendría que dejarla enseguida, irrevocablemente, sin haber arrancado de ella ni una palabra, ¡sin dejarle siquiera un recuerdo!
Una llanura se extendía a la derecha; a la izquierda, un pastizal se prolongaba suavemente hasta unirse a una colina, en la que se veían viñas, nogales, un molino entre la vegetación, y pequeños caminos, a lo lejos, formando zigzag sobre la roca blanca que tocaba la punta del cielo. ¡Qué dicha subir, uno al lado del otro, el brazo rodeando su cintura, mientras que su vestido barrería las hojas amarillas, escuchando su voz, bajo el resplandor de sus ojos! El barco podía detenerse, no tenían más que apearse; ¡y eso, tan sencillo, no era más fácil, sin embargo, que mover el curso del sol!
Un poco más lejos, surgió un castillo de tejados puntiagudos, con torrecillas cuadradas. Un parterre de flores se extendía delante de la fachada; y los senderos se hundían, como bóvedas negras, bajo los altos tilos. Él se la imaginó pasando al borde de los setos. En ese momento, una señora joven y un hombre, joven también, aparecieron en la escalinata, entre las macetas de naranjos. Después, todo desapareció.
La niña jugaba alrededor de él. Frédéric quiso darle un beso. Ella se escondió detrás de su criada; su madre la riñó por no ser amable con un señor que había salvado el chal de caer al agua. ¿Era eso una aproximación indirecta?
«¿Va a hablarme, por fin?», se preguntaba.
No quedaba tiempo. ¿Cómo obtener una invitación a casa de Arnoux? Y no se le ocurrió nada mejor que hacerle observar los colores del otoño, añadiendo:
—Ya tenemos pronto el invierno, ¡la época de los bailes y de las cenas!
Pero Arnoux estaba muy ocupado con el equipaje. La costa de Surville apareció, los dos puentes se acercaban, bordearon una cordelería, después una fila de casas bajas; abajo había bidones de alquitrán, astillas; y los críos corrían por la arena, dando vueltas. Frédéric reconoció a un hombre con un chaleco con mangas, y le gritó:
—¡Date prisa!
Llegaban. Buscó penosamente a Arnoux entre la aglomeración de pasajeros, y el otro respondió dándole la mano:
—¡Un placer, querido señor!
Cuando estuvo ya en el muelle, Frédéric miró hacia atrás. Ella estaba cerca del timón, de pie. Él le envió una mirada en la que había tratado de poner toda su alma; como si no hubiera hecho nada, ella permaneció inmóvil. Después, sin consideración a los saludos de su criado:
—¿Por qué no has traído el coche hasta aquí?
El buen hombre se disculpaba.
—¡Qué torpe eres! ¡Dame dinero!
Y se fue a comer a una fonda.
Un cuarto de hora después, tuvo ganas de entrar, como por azar, en el patio de las diligencias. ¿La vería otra vez, quizá?
«¿Para qué?», se dijo.
Y la americana[1] le llevó. Los dos caballos no pertenecían a su madre. Había pedido prestado al señor Chambrion, el recaudador, uno de ellos para engancharlo junto al suyo. Isidore, que había salido la víspera, había descansado en Bray, hasta la tarde y había dormido en Montereau, de tal modo que los animales estaban frescos y trotaban con ligereza.
Los campos segados se prolongaban hasta el infinito. Dos líneas de árboles bordeaban la calzada, los montones de piedras pequeñas se sucedían; y poco a poco, Villeneuve-Saint-Georges, Ablon, Châtillon, Corbeil y los otros lugares, todo su viaje, se le vino a la memoria, de una manera tan clara que ahora distinguía detalles nuevos, particularidades más íntimas; bajo el último volante de su vestido, descubría el pie que calzaba un fino botín de seda, de color marrón; el toldo de dril formaba un amplio dosel sobre su cabeza, y las pequeñas borlas rojas de la cenefa temblaban con la brisa, constantemente.
Se parecía a las mujeres de los libros románticos. Él no habría querido ni añadir ni quitar nada a su persona. El universo venía de repente a expandirse. Ella era el punto luminoso donde convergía el conjunto de las cosas; y, mecido por el movimiento del coche, con los párpados medio cerrados, la mirada en las nubes, se abandonaba a una alegría soñadora e infinita.
En Bray, no esperó ni siquiera a que comieran la avena los caballos, se fue adelante, por la calzada, él solo. Arnoux la había llamado «¡Marie!». Él gritó muy fuerte «¡Marie!». Su voz se perdió en el aire.
Una gruesa línea de color púrpura inflamaba el cielo por el poniente. Grandes almiares de trigo, que se levantaban en medio de los rastrojos, proyectaban sombras gigantescas. Un perro se puso a ladrar en una granja, a lo lejos. Se estremeció, presa de una inquietud sin causa.
Cuando Isidore le alcanzó, él se puso en el asiento del cochero para llevar las riendas. El desfallecimiento había pasado. Estaba totalmente resuelto a introducirse, sin importar cómo, en casa de los Arnoux, y a hacer amistad con ellos. Esa casa tenía que ser divertida, y Arnoux, por lo demás, le caía bien; después, ¿quién sabe? Entonces, un flujo de sangre le subió al rostro; las sienes le ardían, hizo restallar el látigo, sacudió las riendas, y puso a los caballos a un galope tal, que el viejo cochero repetía:
—¡Pero, más despacio!, ¡más despacio!, los va a reventar.
Poco a poco Frédéric se calmó, y atendió a lo que hablaba el criado.
Se esperaba al señor con gran impaciencia. La señorita Louise había llorado por querer venir en el coche.
—Pero ¿quién es la señorita Louise?
—La pequeña del señor Roque, ¿sabe?
—¡Ah!, ¡lo olvidaba! ‒replicó Frédéric con negligencia.
Mientras tanto, los dos caballos no podían más. Cojeaban, tanto el uno como el otro; y sonaban las nueve en Saint-Laurent, cuando llegó a la plaza de Armas, delante de la casa de su madre. La casa, espaciosa, con un huerto que daba al campo, añadía consideración a la señora Moreau, que era la persona más respetada del lugar.
Venía de una antigua familia de gentilhombres, ahora extinguida. Su marido, un plebeyo con el que sus padres la habían casado, había muerto de una herida de espada, mientras ella estaba embarazada, dejándole una fortuna comprometida. Recibía tres veces a la semana y de vez en cuando ofrecía una magnífica cena. Pero calculaba por adelantado el número de velas que iba a gastar y esperaba impaciente sus rentas. Esa inquietud, disimulada como un vicio, hacía de ella una mujer seria. Sin embargo, ejercía su virtud sin ostentación de beatería, sin acritud. Sus más pequeños actos de caridad parecían grandes limosnas. Se la consultaba sobre la elección de criados, la educación de las jóvenes, el arte de hacer confituras, y monseñor venía a su casa en sus visitas episcopales.
La señora Moreau alimentaba una gran ambición para su hijo. A ella no le gustaba oír hablar mal del Gobierno, por una especie de prudencia anticipada. Él necesitaría, al principio, apoyos; después, gracias a sus medios, llegaría a ser consejero de Estado, embajador, ministro. Sus éxitos en el colegio de Sens legitimaban este orgullo; había conseguido matrícula de honor.
Cuando Frédéric entró al salón, todos se levantaron armando un gran ruido, le abrazaban; y con los sillones y las sillas hicieron un gran semicírculo en torno a la chimenea. El señor Gamblin le preguntó inmediatamente su opinión sobre la señora Lafarge[2]. Ese proceso, que causó furor de la época, provocó una discusión violenta; la señora Moreau la cortó, con el pesar, sin embargo, del señor Gamblin; la discusión le parecía útil para el joven, en su calidad de futuro jurisconsulto, y salió del salón, molesto.
¡No debía sorprendernos nada de un amigo del père Roque! A propósito del tal Roque hablaron del señor Dambreuse, que acababa de adquirir la finca de la Fortelle. Pero el recaudador había llevado a Frédéric aparte, para saber lo que pensaba de la última obra del señor Guizot[3]. Todos querían saber cosas de él; y la señora Benoit, con destreza, se las arregló para informarse sobre su tío. ¿Cómo le iba a ese buen pariente? Ya no tenían noticias suyas. ¿No tenía un primo lejano en América?
La cocinera anunció que la sopa del señor estaba servida. Se despidieron, por discreción. Después, cuando estuvieron solos, en el comedor, su madre le dijo en voz baja:
—¿Y bien?
El viejo le había recibido muy cordialmente, pero sin mostrar sus intenciones.
La señora Moreau suspiró.
«¿Dónde estará ella ahora?», pensaba Frédéric.
La diligencia seguía su camino, y, sin duda envuelta en el chal, ella apoyaba su hermosa cabeza dormida sobre el paño del coupé.
Subían a sus habitaciones cuando un muchacho del Cigne de la Croix trajo una nota.
—Pero, ¿qué es?
—Es Deslauriers que me necesita ‒dijo.
—¡Ah!, ¡tu amigo! ‒dijo la señora Moreau con una risita de desprecio–. ¡Pues sí que ha escogido bien la hora, realmente!
Frédéric dudaba. Pero la amistad fue más fuerte. Cogió el sombrero.
—Al menos, ¡no estés demasiado tiempo! ‒le dijo su madre.
Capítulo II
El padre de Charles Deslauriers, antiguo capitán de infantería, dimisionario en 1818, había regresado a Nogent para casarse, y, con el dinero de la dote, había comprado un cargo de alguacil que apenas le daba para vivir. Amargado por largas injusticias, sufriendo por sus viejas heridas, y añorando siempre al emperador, vomitaba sobre los que le rodeaban toda la cólera que le ahogaba. Pocos niños fueron tan golpeados como su hijo. El chiquillo no cedía, a pesar de los golpes. Su madre, cuando trataba de interponerse, era tan maltratada como él. Finalmente, el capitán le colocó en su oficina, y a lo largo de todo el día le tenía inclinado sobre el pupitre, copiando actas, lo que le ocasionó que el hombro derecho fuese visiblemente más fuerte que el otro.
En 1833, siguiendo la invitación del señor presidente, el capitán vendió su puesto. Su mujer murió de cáncer. Él se fue a vivir a Dijon; después se estableció como proveedor de reclutas reemplazantes para el servicio militar[4], en Troyes, y, habiendo obtenido una media beca para Charles, le puso en el colegio de Sens, donde Frédéric le reconoció. Pero uno tenía doce años y el otro quince; por otra parte, les separaban mil diferencias de carácter y de origen.
Frédéric poseía en su cómoda toda clase de provisiones, de cosas escogidas, un neceser de toilette, por ejemplo. Le gustaba dormir hasta tarde por la mañana, observar a las golondrinas, leer obras de teatro, y, añorando la calidez de su casa, la vida de colegio le parecía dura.
Pero al hijo del aguacil le parecía buena. Trabajaba tan bien que, al cabo del segundo año, pasó al tercer curso. Sin embargo, a causa de su pobreza, o de su carácter pendenciero, le rodeaba una sorda malevolencia. A un criado, una vez, que le llamó hijo de un mendigo, en el patio de los medianos, el chico le saltó a la garganta y le habría matado, de no haber intervenido tres profesores. Frédéric, lleno de admiración le estrechó entre sus brazos. A partir de ese día, la intimidad fue completa. El afecto de un mayor, sin duda, halagó la vanidad del pequeño, y el otro aceptó como un verdadero placer esa devoción que se le ofrecía.
Su padre, durante las vacaciones, le dejaba en el colegio. Una traducción de Platón, que encontró por azar, le entusiasmó. Entonces, se prendó de los estudios metafísicos; y sus progresos fueron rápidos, pues los abordaba con una fuerza joven y con el orgullo de una inteligencia que se desarrolló; Jouffroy, Cousin, Laromiguière, Malebranche, los escoceses, todo lo que la biblioteca contenía. Tuvo que robar una llave para hacerse con más libros.
Las distracciones de Frédéric eran menos serias. Dibujó en la calle de Trois-Rois la genealogía de Cristo, esculpida sobre un poste, más tarde, el atrio de la catedral. Tras los dramas de la Edad Media, empezó con las memorias: Froissart, Comines, Pierre de l’Estoile, Brantôme.
Las imágenes que esas lecturas aportaban a su mente le obsesionaban tanto que sentía la necesidad de reproducirlas. Ambicionaba ser un día el Walter Scott de Francia. Deslauriers meditaba un vasto sistema filosófico, que tendría aplicaciones de lo más lejanas.
Ambos hablaban de todo eso, durante los recreos, en el patio, frente a la inscripción moral pintada bajo el reloj; lo susurraban en la capilla, ante las barbas de san Luis; soñaban con ello en el dormitorio, desde donde se veía un cementerio. Los días de paseo, se colocaban los últimos de la fila, y hablaban interminablemente.
Hablaban de lo que harían más tarde, cuando terminaran el colegio. Primero, llevarían a cabo un largo viaje con el dinero que Frédéric retiraría de su fortuna, a su mayoría de edad. Después, regresarían a París, trabajarían juntos, no se separarían; ‒y, como descanso del trabajo, tendrían amores de princesas, en tocadores de seda, o fulgurantes orgías con cortesanas ilustres. Pero las dudas sucedían a esos arrebatos de ilusión. Después de momentos de alegre verborrea, caían en profundos silencios.
Las tardes de verano, cuando habían andado mucho tiempo por caminos pedregosos, a orillas de las viñas, o en la calzada principal en pleno campo, con los trigales ondeando al sol, mientras el perfume de la angélica llenaba el aire, sufrían una especie de ahogo, y se tumbaban en el suelo, aturdidos, embriagados. Los demás, en mangas de camisa, jugaban a las barras[5] o hacían volar cometas. El profesor vigilante los llamaba. Regresaban siguiendo los huertos regados por arroyuelos, después, los bulevares en sombra por los viejos muros; sus pasos resonaban por las calles desiertas; la verja se abría, subían la escalera; y estaban tristes como después de grandes excesos.
El jefe de estudios pretendía que se exaltaban mutuamente. Sin embargo, si Frédéric estudió mucho en los cursos superiores, fue por las exhortaciones de su amigo; y, en las vacaciones de 1837, le llevó a casa de su madre.
El joven no gustó a la señora Moreau. Comió extraordinariamente, rechazó la misa de los domingos, mantenía discursos republicanos; finalmente, creyó saber que había llevado a su hijo a lugares deshonestos. Vigilaron sus relaciones. Sin embargo, ellos no dejaron de quererse cada vez más; y la despedida fue penosa, cuando Deslauriers, al año siguiente, salió del colegio, para estudiar derecho en París.
Frédéric contaba siempre con unirse a él allí. No se habían vuelto a ver desde hacía dos años; y, terminados los abrazos, se fueron a los puentes a fin de charlar más a gusto.
El capitán, que regentaba ahora un billar en Villenauxe, se había puesto hecho una furia cuando su hijo le reclamó las cuentas de su tutela, e incluso le cortó todo alimento. Pero, como Deslauriers quería concurrir más tarde a una cátedra de profesor de La Escuela y no tenía dinero, aceptó un puesto de pasante de procurador en Troyes. A fuerza de privaciones, ahorró cuatro mil francos; y, si no podía recibir nada de la herencia materna, tendría, al menos, en qué trabajar libremente, durante tres años, esperando una situación mejor. Así pues, había que abandonar el antiguo proyecto de vivir juntos en la capital, al menos por ahora.
Frédéric bajó la cabeza. Era el primero de sus sueños que se venía abajo.
—Consuélate ‒le dijo el hijo del capitán‒ la vida es larga, somos jóvenes. ¡Ya me reuniré contigo! ¡No pienses más en ello!
Le cogió las manos, y, para distraerle, le preguntó por su viaje.
Frédéric no tenía gran cosa que contar. Pero, al recordar a la señora Arnoux, su tristeza se desvaneció. No habló de ella, retraído por pudor. Por el contrario, se extendió sobre Arnoux, reproduciendo sus discursos, sus modales, sus relaciones; y Deslauriers le instó con fuerza a cultivar esa relación.
Frédéric, en los últimos tiempos, no había escrito nada; sus opiniones literarias habían cambiado: por encima de todo estimaba la pasión; Werther, René, Frank, Lara, Lélia y otros más mediocres le entusiasmaban casi igual. A veces, la música le parecía capaz de expresar su inquietud interior; entonces, soñaba sinfonías; o bien la superficie de las cosas le cautivaba, y entonces quería pintar. Sin embargo, había compuesto unos versos; a Deslauriers le parecieron muy hermosos, pero sin pedirle ninguno más.
En cuanto a él, ya no le daba por la metafísica. La economía social y la Revolución francesa le preocupaban. Era, ahora, un gran diablo de veintidós años, delgado, con una boca grande, y muy resuelto. Aquella noche llevaba un pobre gabán de lastán; y los zapatos los tenía llenos de polvo, pues había venido a pie, desde Villenauxe, expresamente para ver a Frédéric.
Isidore los abordó. La señora rogaba que volviese el señor, y temiendo que tuviera frío, le enviaba el abrigo.
—Pero, ¡quédate! ‒dijo Deslauriers.
Y continuaron paseando de un lado al otro de los dos puentes que se apoyan sobre la estrecha isla formada por el canal y el río.
Cuando iban del lado de Nogent, tenían, en frente, una manzana de casas que se inclinaban un poco; a la derecha, la iglesia aparecía detrás de los molinos de madera cuyas compuertas estaban cerradas; y, a la izquierda, los setos de arbustos, a lo largo de la ribera, remataban los huertos, que apenas se distinguían. Pero, del lado de París, la calzada principal bajaba en línea recta, y las praderas se perdían a lo lejos, en los vapores de la noche. Estaba silenciosa y de una claridad blanquecina. El olor de hierba húmeda llegaba hasta ellos; la cascada de agua, cien pasos más lejos, murmuraba, con ese gran ruido suave que producen las olas en las tinieblas.
Deslauriers se detuvo, y dijo:
—¡Esas buenas gentes que duermen tranquilas!, ¡es gracioso! ¡Paciencia!, ¡un nuevo 89 se prepara! Estamos cansados de constituciones, de cartas[6], de sutilezas, de mentiras. ¡Ah!, si yo tuviera un periódico o una tribuna, ¡cómo agitaría todo eso! Pero, para emprender cualquier cosa, ¡hace falta dinero! ¡Qué maldición ser hijo de un tabernero y perder la juventud teniendo que ganar el pan!
Bajó la cabeza, se mordió los labios, y tiritaba con esa ropa tan ligera.
Frédéric le echó por los hombros la mitad de su abrigo. Se envolvieron los dos en él; y abrazados por la cintura, caminaban bajo el abrigo, uno al lado del otro.
—¿Cómo quieres que viva allá, sin ti? ‒decía Frédéric. La amargura de su amigo le había provocado de nuevo la tristeza. «Yo hubiera hecho cualquier cosa con una mujer que me hubiera amado… ¿Por qué te ríes? el amor es la savia y como la atmósfera del genio. Las emociones extraordinarias producen obras sublimes. En cuanto a buscar a la mujer que necesitaría, ¡renuncio! Por otra parte, si alguna vez la encuentro, ella me rechazará. Yo soy de la raza de los desheredados, y me aliviaré con un tesoro ya fuera de strass o de diamante, no lo sé.»
La sombra de alguien se alargó sobre los adoquines, al mismo tiempo que oyeron estas palabras:
—¡Servidor, señores!
El que las pronunciaba era un hombre menudo, vestido con un amplio redingote oscuro, y tocado con una gorra que dejaba ver bajo la visera una nariz puntiaguda.
—¿Señor Roque? ‒dijo Frédéric
—El mismo ‒repuso la voz.
El de Nogent justificó su presencia contando que volvía de inspeccionar sus trampas para lobos, en su huerto, a la orilla del agua.
—Y usted, ¿ya de vuelta a nuestras tierras? ¡Muy bien!, lo supe por mi chiquilla. ¿La salud, bien, espero? ¿No marcha todavía?
Y se fue, desanimado, sin duda, por el recibimiento de Frédéric.
La señora Moreau, en efecto, no tenía trato con él; père Roque vivía en concubinato con su criada, y le consideraban muy poco, aunque fuese el muñidor[7] de elecciones, el administrador del señor Dambreuse.
—¿El banquero que vive en la calle de Anjou? ‒repuso Deslauriers–. ¿Sabes lo que debías hacer, muchacho?
Isidore los interrumpió de nuevo. Tenía la orden de llevarse a Frédéric definitivamente. La señora se inquietaba por su ausencia.
—¡Bien, bien! ya va ‒dijo Deslauriers–; no se quedará sin dormir en casa.
Y cuando el criado marchó:
—Deberías rogar a ese viejo que te introduzca en casa de los Dambreuse; ¡nada es más útil que frecuentar una casa rica! ¡Puesto que tienes un frac negro y guantes blancos, aprovéchalos! ¡Tienes que ir a ese mundo! Ya me llevarás más tarde. Un hombre cargado de millones, ¡imagina! Arréglatelas para gustarle, y a su mujer también. ¡Hazte su amante!
Frédéric protestaba.
—¡Pero si te digo cosas bien clásicas, me parece! ¡Recuerda a Rastignac en La comedia humana! ¡Tú triunfarás, estoy seguro!
Frédéric tenía tanta confianza en Deslauriers, que se sintió alterado, y olvidando a la señora Arnoux, o encajándola en la predicción hecha sobre la otra, no pudo evitar una sonrisa.
El pasante añadió:
—Último consejo: ¡aprueba los exámenes! Un título es siempre bueno; y suelta, de verdad, a tus poetas católicos y satánicos, tan avanzados en filosofía como lo estaban en el siglo XII. Tu desesperación es una tontería. Grandes personalidades tuvieron comienzos más difíciles, comenzando por Mirabeau. Por otra parte, nuestra separación no será tan larga. Yo haré que el ladrón de mi padre vomite todo. Ya es hora de que me vaya, ¡adiós! ¿Tienes cien sous para pagarme la cena?
Frédéric le dio diez francos, el resto de la cantidad que le dio Isidore por la mañana.
Mientras tanto, a veinte toesas de los puentes, en la orilla izquierda, una luz brillaba en el tragaluz de una casa baja.
Deslauriers la vio. Entonces ‒dijo enfáticamente, quitándose el sombrero.
—Venus, reina de los cielos, ¡servidor! Pues la Penuria es la madre de la Sabiduría. Bastante nos han calumniado por eso, ¡misericordia!
Esa alusión a una aventura común, les puso alegres. Rieron a carcajadas, por las calles.
Después, habiendo saldado su cuenta en la posada, Deslauriers volvió a acompañar a Frédéric hasta el cruce con el Ayuntamiento; y después de un largo abrazo, los dos amigos se separaron.
Capítulo III
Dos meses más tarde, Frédéric, una vez llegado una mañana a la calle Coq-Héron, pensó de inmediato hacer su gran visita.
El azar le había ayudado. Père Roque había venido a traerle un rollo de papeles, rogándole que se los entregara él mismo en casa del señor Dambreuse; y acompañaba el envío con una nota abierta, en la que le presentaba a su joven compatriota.
La señora Moreau pareció sorprendida de ese encargo. Frédéric disimuló el placer que le causaba.
El señor Dambreuse era, en realidad, conde de Ambreuse, pero, desde 1825, abandonando poco a poco su nobleza y su partido, se había vuelto hacia la industria, y, poniendo el oído en todos los despachos, y la mano en todas las empresas, al acecho de buenas oportunidades, sutil como un griego y laborioso como uno de Auvergne, había amasado una fortuna que se decía considerable; además, era oficial de la Legión de Honor, miembro del Consejo General del Aube, diputado, par de Francia uno de estos días; complaciente, por lo demás, cansaba al ministro con sus continuas demandas de ayudas, de medallas, de estancos; y, en sus enfados contra el poder, se inclinaba hacia el centro izquierda. Su mujer, la bella señora Dambreuse, que citaba los periódicos de modas, presidía las asambleas de caridad. Adulando a las duquesas, apaciguaba los rencores del noble barrio, y dejaba que creyeran que el señor Dambreuse podía aún arrepentirse y hacer favores.
El joven estaba asustado yendo hacia la casa de los Dambreuse.
«Debería haber cogido el frac. ¿Me invitarán al baile de la semana próxima? ¿Qué me dirán?»
Recobró el aplomo pensando que el señor Dambreuse no era más que un burgués, y, valientemente, saltó del cabriolet a la acera de la calle de Anjou.
Cuando hubo empujado una de las dos puertas cocheras, atravesó el patio, subió la escalinata y entró en un vestíbulo pavimentado en mármol de color.
Una doble escalera recta, con una alfombra roja con barras de cobre, se apoyaba contra los altos muros de estuco brillante. Había, al pie de la escalera, una platanera cuyas amplias hojas recaían sobre el terciopelo del pasamanos. Dos candelabros de bronce soportaban unos globos de porcelana suspendidos con cadenillas; los respiraderos de los caloríferos, abiertos, exhalaban un aire pesado; y sólo se oía el tic tac de un enorme reloj, colocado al otro extremo del vestíbulo, bajo una panoplia.
Sonó un timbre; apareció un criado e introdujo a Frédéric en un cuarto pequeño, en el que se distinguían dos cajas fuertes, con casilleros llenos de cajas. El señor Dambreuse escribía, en medio, sentado a un escritorio de persiana.
Leyó la carta del père Roque, abrió con un cortaplumas la cinta que sujetaba los papeles, y los examinó.
De lejos, a causa de su torso delgado, podía parecer joven aún. Pero, sus escasos cabellos blancos, sus miembros débiles y sobre todo una palidez extraordinaria en el rostro acusaban un cuerpo deteriorado. Una energía implacable reposaba en sus ojos glaucos, más fríos que unos ojos de cristal. Tenía los pómulos salientes, y unas manos con articulaciones huesudas.
Finalmente, habiéndose levantado, dirigió al joven algunas preguntas sobre personas que conocían, sobre Nogent, sobre sus estudios; después, le despidió con una inclinación. Frédéric salió por otro corredor, y se encontró en la parte baja del patio, junto a la bodega.
Un cupé azul, enganchado a un caballo negro, estaba parado ante la escalinata exterior. La puertecilla se abrió, subió una dama, y el coche, con un ruido sordo, se puso en marcha sobre la grava.
Frédéric, al mismo tiempo que ella, llegó del otro lado, bajo la puerta cochera. Al no ser el espacio lo suficientemente amplio, tuvo que esperar. La joven señora, inclinada hacia afuera por la ventanilla, hablaba en voz baja con el portero. Él sólo podía ver su espalda, cubierta con una capa violeta. Mientras tanto, observaba el interior del carruaje, forrado de reps azul, con pasamanerías y flecos de seda. El ropaje de la dama lo llenaba; y de esa pequeña caja capitoné se desprendía un perfume de lirios, y como un vago aroma de elegancias femeninas. El cochero aflojó las riendas, el caballo rozó el bolardo bruscamente, y todo desapareció.
Frédéric regresó a pie, siguiendo los bulevares.
Lamentaba no haber podido ver bien a la señora Dambreuse.
Un poco más arriba de la calle Montmartre, un amontonamiento de carruajes le hizo volver la cabeza; y, al otro lado, en frente, leyó en una placa de mármol:
JACQUES ARNOUX
¿Cómo no había pensado en ella, antes? la culpa era de Deslauriers, y fue hacia la tienda, no entró, sin embargo, esperó a que ella apareciera.
Los cristales altos, transparentes, ofrecían a la vista, en hábil disposición, estatuillas, dibujos, grabados, catálogos, números de L’Art industriel; y los precios del abono estaban repetidos sobre la puerta, decorada en el centro con las iniciales del editor. Se veía, junto a las paredes, grandes cuadros, cuyo barniz brillaba; además, en el fondo, dos aparadores cargados de porcelanas, de bronces, de curiosidades atractivas; una pequeña escalera los separaba, cerrada arriba con una portezuela de moqueta; y una lámpara de vieja porcelana de Saxe, una alfombra verde cubriendo el suelo, con una mesa de marquetería, daban la apariencia, a ese interior, más de un salón que de una tienda.
Frédéric simulaba examinar los dibujos. Después de dudas infinitas, entró.
Un empleado levantó la portezuela, y respondió que el señor no estaría «en el almacén» antes de las cinco. Pero si podía trasmitirle el recado…
—¡No!, volveré ‒replicó suavemente Frédéric.
Los días siguientes los empleó en buscar un alojamiento; y se decidió por una habitación en un segundo piso, en un hotelito amueblado en la calle Saint-Hyacinthe.
Llevando bajo el brazo un cuaderno, todo nuevo, fue a la apertura de las clases. Trescientos jóvenes, con la cabeza descubierta, llenaban un anfiteatro donde un anciano con toga roja disertaba con voz monótona; las plumas chirriaban sobre el papel. Volvía a encontrar en esta sala el olor polvoriento de las clases, una cátedra igual, ¡el mismo aburrimiento! Durante quince días, siguió yendo. Pero, no habían llegado aún al artículo 3, cuando dejó el Código Civil, y abandonó las Intitutes de la Summa divisio personarum.
Las alegrías que se había prometido no llegaban; y cuando agotó un gabinete de lectura[8], recorrió las colecciones del Louvre, y varias veces seguidas acudió a algún espectáculo, cayó en una ociosidad sin fondo.
Mil cosas aumentaban su tristeza. Tenía que contar su ropa y soportar al conserje, un bruto con apariencia de enfermero, que venía cada mañana a arreglar su cama, apestando a alcohol y protestando. Su apartamento, adornado con un reloj de péndulo de alabastro, le desagradaba. Los tabiques eran muy finos; oía a los estudiantes hacer ponche, reírse, cantar.
Cansado de esa soledad, buscó a uno de sus antiguos compañeros, llamado Baptiste Martinon; lo encontró en una pensión burguesa de la calle Saint-Jacques, empollando el Código procesal penal, ante un fuego de carbón de tierra.
Frente a él, una mujer con un vestido de algodón de indiana, zurcía unos calcetines.
Martinon era lo que se llama un hombre muy apuesto; alto, rollizo, de fisonomía equilibrada y unos ojos saltones azulados; su padre, un rico cultivador, le destinaba a la magistratura, y, queriendo aparecer ya serio, llevaba una barba recortada siguiendo el óvalo del rostro.
Como las preocupaciones de Frédéric no tenían una causa razonable y que no podía argüir ninguna desgracia, Martinon no entendió nada de las lamentaciones sobre su existencia. Él, él iba cada mañana a la Escuela de Derecho, después se paseaba por el Luxembourg, tomaba por la tarde su media taza de café, y, con quinientos francos al año y el amor de esa obrera, se encontraba perfectamente feliz.
—¡Qué felicidad! ‒exclamó interiormente Frédéric.
En la Escuela había hecho otra amistad, con el señor de Cisy; hijo de una familia importante, parecía una señorita, por la gentileza de sus maneras.
El señor de Cisy dibujaba, amaba el gótico.
Fueron juntos varias veces a admirar la Sainte-Chapelle y Notre-Dame. Pero la distinción del joven patricio recubría una inteligencia de lo más pobre. Todo le sorprendía; reía mucho a la menor broma, y mostraba una ingenuidad tan completa que, Frédéric, al principio le tomó por un bromista, y finalmente le consideró un tonto.
Las confidencias no eran, pues, posibles con nadie; y seguía esperando la invitación de los Dambreuse.
El día de año nuevo, les envió tarjetas de visita, pero él no recibió ninguna de ellos.
Había vuelto a ir a l’Art industriel.
Y volvió por tercera vez, y vio, por fin, a Arnoux que hablaba en medio de cinco o seis personas y apenas respondió a su saludo; Frédéric se sintió herido. Pero no por eso dejó de buscar la manera de llegar hasta ella.
Al principio, tuvo la idea de presentarse con frecuencia para comprar cuadros. Después, pensó deslizar en el buzón del periódico algunos artículos «muy fuertes», lo que llevaría a relacionarse. ¿Quizá valía más ir derecho al grano y declarar su amor? Entonces, redactó una carta de doce páginas, llena de impulsos líricos e interpelaciones; pero la rompió, y no hizo nada, no intentó nada, inmovilizado por el temor al fracaso.
Arriba de la tienda de Arnoux, había un primer piso con tres ventanas, iluminadas por la noche. Había sombras que circulaban en el interior, una, sobre todo, era la suya, y se desplazaba desde muy lejos para observar esas ventanas y contemplar esa sombra.
Una negra, que vio un día en las Tullerías, llevando a una niña de la mano, le recordó a la negra de la señora Arnoux. Ella también debía de venir como las otras; cada vez que cruzaba las Tullerías, su corazón latía, esperando encontrarla. Los días soleados, continuaba el paseo hasta el final de los Campos Elíseos.
Mujeres, sentadas negligentemente en sus calesas, y cuyos velos flotaban al viento, desfilaban delante de él, al paso firme de sus caballos, con un balanceo insensible que hacía crujir los arreos acharolados de los caballos. Los coches eran cada vez más numerosos, y, ralentizándose a partir del Rond-Point, ocupaban toda la vía. Las crines chocando con las crines, los faroles con los faroles; los estribos de acero, las barbadas de plata, las hebillas de cobre, despedían aquí y allá puntos luminosos entre los pantalones de montar, los guantes blancos, y las pieles que caían sobre el blasón de las portezuelas.
Se sentía como perdido en un mundo lejano. Sus ojos erraban sobre los rostros femeninos; y vagas similitudes traían a su memoria a la señora Arnoux. Se la imaginaba, en medio de las otras, en uno de esos pequeños cupés, como el de la señora Dambreuse. Pero, el sol se iba poniendo y el viento frío levantaba torbellinos de polvo. Los cocheros resguardaban el mentón en sus amplias corbatas, las ruedas se ponían a girar más deprisa, el macadán crujía; y todos los carruajes bajaban a gran trote por la avenida, rozándose, adelantándose, apartándose los unos de los otros, después, en la plaza de la Concorde, se dispersaban. Detrás de las Tullerías, el cielo tomaba el color de las pizarras. Los árboles del jardín formaban dos masas enormes, violáceas en la cumbre. Las farolas de gas se encendían; y el Sena, verdoso en toda su extensión, se desgarraba en reflejos de plata contra los pilares de los puentes.
Iba a cenar, mediando cuarenta y tres sous el plato, en un restaurante, en la calle de la Harpe.
Miraba con desprecio el viejo mostrador de caoba, las servilletas sucias, los cubiertos grasientos y los sombreros colgados en la pared. Los que le rodeaban eran estudiantes como él. Charlaban de sus profesores y de sus amantes. ¡Se preocupaban mucho por los profesores! ¡Es que él tenía una amante! Para evitar sus charlas, él llegaba lo más tarde posible. Restos de comida cubrían todas las mesas. Los dos sirvientes, cansados, dormitaban en los rincones, y un olor de cocina, de quinqué y de tabaco llenaba la sala desierta.
Después, volvía a recorrer lentamente las calles. Las farolas se balanceaban, haciendo temblar sobre el barro largos reflejos amarillentos. Unas sombras se deslizaban por las aceras, con sus paraguas. El pavimento estaba grasiento, la bruma caía, y le parecía que las tinieblas húmedas, envolviéndole, descendían indefinidamente a su corazón.
Tuvo remordimientos. Volvió a las clases. Pero, como no conocía nada de las materias explicadas, la cosa más simple le confundía.
Se puso a escribir una novela titulada: Sylvio, el hijo del pescador. La trama ocurría en Venecia. El héroe era él mismo; la heroína, la señora Arnoux. En la novela se llamaba Antonia, y, para conseguirla, él asesinaba a varios gentilhombres, incendiaba una parte de la ciudad y cantaba bajo su balcón, en el que palpitaban, con la brisa, las cortinas de damasco rojo del bulevar Montmartre. Las reminiscencias apreciadas, demasiado numerosas, le desanimaron; no siguió más, y su ociosidad fue en aumento.
Entonces, suplicó a Deslauriers que viniera a compartir su apartamento. Se las arreglarían para vivir con sus dos mil francos de pensión; cualquier cosa mejor que esta existencia intolerable. Deslauriers no podía dejar todavía Troyes. Le instaba a distraerse, y a visitar a Sénécal.
Sénécal era un profesor particular de Matemáticas, hombre muy inteligente y de convicciones republicanas, un futuro Saint-Just, decía el pasante. Frédéric había subido tres veces sus cinco pisos, sin recibir ninguna visita por su parte. Ya no volvió más.
Quiso divertirse. Fue a los bailes de disfraces de la Opéra. Esas alegrías tumultuosas le intimidaban desde la puerta. Por otra parte, le retenía el temor a una humillación pecuniaria, considerando que una cena con un dominó le llevaba a gastos considerables, era una gran aventura.
¡Sin embargo, le parecía que merecía ser amado! Algunas veces, se despertaba con el corazón lleno de esperanza, se vestía cuidadosamente, como para una cita, y recorría interminablemente París. Ante cada mujer que caminaba delante de él, o que venía enfrente a su encuentro, se decía: «¡Ahí está!». Cada vez era una nueva decepción. La idea de la señora Arnoux fortificaba esa ansia. La encontraría, tal vez, en su camino; e imaginaba, para abordarla, complicaciones del azar, peligros extraordinarios de los que él la salvaría.
Así pasaban los días, en la repetición de los mismos problemas y las mismas costumbres adquiridas. Hojeaba revistas bajo los arcos del Odeón, iba a leer la Revue des Deux Mondes al café, entraba en una sala del Colegio de Francia, escuchaba durante una hora una lección de chino o de economía política. Todas las semanas, escribía ampliamente a Deslauriers, cenaba de vez en cuando con Martinon, veía a veces al señor de Cisy.
Alquiló un piano y compuso valses alemanes.
Una tarde, en el teatro del Palacio Real, vio, en un palco del proscenio, a Arnoux junto a una mujer. ¿Era ella? El biombo de tafetán verde, al borde del palco, ocultaba su rostro. Finalmente, el telón se levantó, el biombo se abatió. Era una persona alta, de alrededor de treinta años, ajada, y cuyos gruesos labios descubrían, al reír, unos dientes espléndidos. Hablaba familiarmente con Arnoux y le daba golpecitos en los dedos con el abanico. Después, una chica joven, rubia, con los párpados un poco rojos como de haber llorado, se sentó entre ellos. Arnoux se quedó desde entonces semiinclinado sobre su hombro, manteniendo un discurso que ella escuchaba sin responder. Frédéric se ingeniaba para descubrir la condición de estas mujeres, vestidas modestamente con ropa oscura, con cuellos aplastados.
Al final del espectáculo, se precipitó a los pasillos. La gente los llenaba. Arnoux, delante de él, bajaba la escalera, peldaño a peldaño, dando el brazo a las dos mujeres.
De repente, una farola le iluminó. Llevaba una cinta negra en el sombrero. ¿Ella habría muerto, quizá? Esa idea atormentó a Frédéric con tanta fuerza, que al día siguiente corrió al Art industriel, y pagando a toda prisa uno de los grabados expuestos delante del reloj, preguntó al empleado qué tal estaba el señor Arnoux.
El chico respondió:
—¡Pues, muy bien!
Frédéric añadió palideciendo:
—¿Y la señora?
—¡La señora también!
Frédéric olvidó llevarse el grabado.
El invierno terminó. Estuvo menos triste en la primavera, se puso a preparar el examen, y habiéndolo pasado de una manera mediocre, partió enseguida a Nogent.
No fue a Troyes a ver a su amigo, a fin de evitar las observaciones de su madre. Después, con la vuelta a París, abandonó su alojamiento y alquiló otro, en el quai Napoleón, de dos habitaciones, que amuebló. La esperanza de una invitación en casa de los Dambreuse se había apagado; su gran pasión por la señora Arnoux comenzaba a desvanecerse.
Capítulo IV
Una mañana del mes de diciembre, yendo al curso de Procesal, creyó observar en la calle Saint-Jacques más animación que de costumbre. Los estudiantes salían precipitadamente de los cafés, o, con las ventanas abiertas, se llamaban de una casa a otra; los tenderos, en medio de la acera, miraban con inquietud; las contraventanas se cerraban; y cuando llegó a la calle Soufflot, vio un gran gentío en torno al Panteón.
Unos jóvenes, en grupos desiguales de cinco a doce, marchaban cogidos del brazo y abordaban a los grupos más numerosos que estacionaban acá y allá; en el fondo de la plaza, contra las verjas, unos hombres vestidos con monos de trabajo peroraban, mientras que, con el tricornio sobre la oreja y las manos a la espalda, agentes de policía erraban a lo largo de los muros, haciendo resonar las baldosas con sus fuertes botas. Todos tenían un aire misterioso, asombrado; evidentemente, esperaban algo; cada uno retenía en la punta de la lengua una pregunta.
Frédéric se encontraba junto a un joven rubio, de aspecto afable, y que llevaba bigote y perilla, como un hombre refinado de la época de Luis XIII. Le preguntó la causa del desorden.
—Yo no sé nada ‒repuso el joven rubio‒, ¡ni ellos tampoco! Es la moda, ahora. ¡Vaya broma!
Y se echó a reír.
Las peticiones para la reforma, que se firmaban en la guardia nacional, unido al censo Humann, y otros acontecimientos más, llevaban a inexplicables desórdenes en París desde hacía seis meses[9]; e incluso esos disturbios se producían tan a menudo, que los periódicos ya no hablaban de ellos.
—Esto carece de gusto y de color[10] –continuó el que estaba al lado de Frédéric–. ¡Yo pienso, señor, que hemos degenerado! En la buena época de Luis XI, incluso en la de Benjamin Constant, había más revueltas de estudiantes. Ahora los encuentros pacíficos como corderos, simples como las amapolas, e idóneos para ser tenderos. Pasque-Dieu!
¡Y esto es lo que se llama la juventud de las Escuelas!
Separó los brazos, en toda su extensión, como Frédéric Lemaître en Robert Macaire[11].
—¡Juventud de las Escuelas, yo te bendigo!
Después, interpelando a un trapero, que removía las conchas de las ostras contra el bolardo de un vendedor de vino:
—Y tú, ¿tú formas parte de la juventud de las Escuelas?
El viejo levantó una cara horrorosa, en la que se distinguía, en medio de una barba gris, una nariz roja, y dos estúpidos ojos de borracho.
—¡No!, tú pareces más bien uno de esos hombres de cara patibularia, que se ven por ahí en diversos grupos, sembrando oro a manos llenas… ¡Oh!, ¡siembra, patriarca, siembra! ¡Corrómpeme con los tesoros de Albion! Are you english? ¡Yo no rechazo los presentes de Artajerjes! ¿Charlemos un poco de la unión aduanera?
Frédéric sintió que alguien le tocaba el hombro; se dio la vuelta. Era Martinon, prodigiosamente pálido.
—¡Y bien! ‒dijo, con un gran suspiro, ¡otra revuelta!
Tenía miedo de verse comprometido, se lamentaba. Los hombres del mono de trabajo, sobre todo, le inquietaban, como pertenecientes a sociedades secretas.
—¿Es que hay sociedades secretas? ‒dijo el joven del bigote‒. Es una vieja broma del gobierno, ¡para asustar a los burgueses!
Martinon le instó a que hablara más bajo, por temor a la policía.
—¿Usted cree todavía en la policía? De hecho, qué sabe usted, señor, si yo no soy un confidente de la policía. Y le miró de una manera que, Martinon, muy sobrecogido, no comprendió en absoluto la broma. La gente los empujaba, y se vieron forzados, los tres, a ponerse sobre una pequeña escalera que conducía, por el pasillo, al nuevo anfiteatro.
Pronto la muchedumbre se abrió paso por sí misma; varias cabezas se descubrieron quitándose el sombrero; saludaban al ilustre profesor Samuel Rondelot, que, envuelto en un grueso redingote, enarbolando sus gafas de plata, y resoplando por el asma, caminaba, con paso lento, para impartir la clase. Este hombre era una de las glorias judiciales del siglo XIX, el rival de los Zacharie, de los Ruhdorff. Su nueva dignidad de par de Francia no había modificado en nada sus maneras. Sabían que era pobre, y le rodeaba un gran respeto.
Mientras tanto, desde el fondo de la plaza, algunos gritaron:
—¡Abajo Guizot!
—¡Abajo Prichard!
—¡Abajo los vendidos!
—¡Abajo Luis Felipe!
La masa oscilaba, y, aglomerándose contra la puerta del patio, que estaba cerrada, impedía al profesor avanzar. Se detuvo delante de la escalera. Se le vio enseguida en el último de los tres escalones. Habló; un murmullo cubrió su voz. Aunque le amaban hace un rato, le odiaban ahora, pues representaba la autoridad. Cada vez que intentaba hacerse oír, los gritos recomenzaban. Hizo un gran gesto para instar a los estudiantes a que le siguieran. Una vociferación universal le respondió. Se encogió de hombros desdeñosamente y se adentró en el pasillo. Martinon había aprovechado su sitio para desaparecer al mismo tiempo.
—¡Qué cobarde! ‒dijo Frédéric.
—¡Es prudente! ‒repuso el otro.
El gentío estalló en aplausos. Esa retirada del profesor era una victoria. En todas las ventanas, los curiosos miraban. Algunos entonaban La Marsellesa; otros proponían ir a casa de Béranger.
—¡A casa de Laffite!
—¡A casa de Chateaubriand!
—¡A casa de Voltaire! –gritó el joven del bigote rubio.
Los policías de la ciudad trataban de circular, diciendo lo más suavemente posible:
—¡Váyanse, señores, váyanse, retírense!
Alguien gritó:
—¡Abajo los matones!
Era un insulto usual desde los disturbios del mes de septiembre. Todos lo repitieron. Gritaban, abucheaban a los guardianes del orden público; estos comenzaron a palidecer; uno de ellos no aguantó más, y, viendo a un joven, pequeño, que se acercaba demasiado, riéndole en sus narices, le empujó tan rudamente, que le hizo caer cinco pasos más allá, de espaldas, delante de la bodega del vinatero. Todo el mundo se apartó; pero, casi en seguida, el mismo guardia rodó por los suelos, abatido por una especie de Hércules, cuya cabellera, como si fuese un puñado de estopa, se desparramaba bajo un gorro de hule.
Parado desde hacía unos minutos en una esquina de la calle Saint-Jacques, había soltado enseguida una gran caja que llevaba, para saltar sobre el policía, y, teniéndole en el suelo debajo de él, le machacaba la cara a base de puñetazos. Los otros policías acudieron. El terrible muchacho era tan fuerte que necesitaron cuatro hombres, al menos, para dominarlo. Dos le agarraban del cuello, otros dos le sujetaban por los brazos, y un quinto le daba con la rodilla empellones en los riñones, y todos le llamaban bandido, asesino, alborotador. Con el pecho desnudo y la ropa hecha girones, gritaba su inocencia; no había podido permanecer impasible, viendo que golpeaban a un niño.
—¡Me llamo Dussardier!, trabajo con los señores Valinçart hermanos, encajes y novedades, calle de Cléry. ¿Dónde está mi caja? ¡Quiero mi caja! ‒Y repetía–: ¡Dussardier!... calle de Cléry. ¡Mi caja!
Mientras tanto, se calmó, y estoicamente se dejó conducir hacia el puesto de guardia de la calle Descartes. Una ola de gente le siguió. Frédéric y el joven del bigote y perilla iban inmediatamente detrás, llenos de admiración por el empleado e indignados contra la violencia del poder.
A medida que avanzaban, la masa de gente disminuía.
Los policías, de vez en cuando, se daban la vuelta con miradas feroces; y los alborotadores, al no tener nada más que hacer, los curiosos nada más que ver, todos se iban marchando poco a poco. Los transeúntes, con los que se cruzaban, miraban detenidamente a Dussardier y se entregaban a dedicarle, bien alto, comentarios ultrajantes. Una anciana, a la puerta de su casa, gritó, incluso, que había robado un pan; esa injusticia aumentó la irritación de los dos amigos. Finalmente, llegaron ante el cuerpo de guardia. Ya no quedaba más que una veintena de personas. La vista de los soldados bastó para dispersarlos.
Frédéric y su compañero reclamaron, valientemente, al que acababan de meter en prisión. El guardia los amenazó, si insistían, con meterlos a ellos también en chirona. Ellos preguntaron por el jefe del puesto, y dijeron su nombre en calidad de alumnos de Derecho, afirmando que el preso era su condiscípulo.
Los hicieron entrar en una sala vacía, donde había cuatro bancos alineados contra las paredes de yeso, negras de humo. Al fondo, se abrió una ventanilla. Entonces apareció la robusta cara de Dussardier que, en el desorden de su cabellera, con sus ojitos francos, y su nariz aplastada, recordaba confusamente la fisonomía de un buen perro.
—¿No nos reconoces? ‒dijo Hussonnet.
Era el nombre del joven del bigote.
—Pues… –balbuceó Dussardier.
—No hagas el tonto ‒repuso el otro–; sabemos que eres, como nosotros, alumno de derecho.
A pesar de los guiños que le hacían, Dussardier no se enteraba de nada. Pareció reflexionar, después, de repente:
—¿Han encontrado mi caja?
Frédéric levantó la vista, desanimado. Hussonnet replicó:
—¡Ah!, ¿tu caja, donde guardas tus apuntes de clase? ¡Sí, sí!, ¡tranquilízate!
Redoblaron su pantomima. Dussardier comprendió, al fin, que venían para ayudarle; y se calló, temiendo comprometerlos. Por otra parte, sentía una especie de vergüenza al verse elevado al rango social de estudiante y el igual de esos dos jóvenes que tenían las manos tan blancas.
—¿Quieres que avisemos a alguien? ‒preguntó Frédéric.
—No, gracias, a nadie.
—¿Pero tu familia?
Bajó la cabeza sin responder: el pobre muchacho era bastardo. Los dos amigos se quedaron asombrados de su silencio.
—¿Tienes algo de fumar? ‒repuso Frédéric.
El muchacho se palpó, después sacó del fondo del bolsillo los restos de una pipa, hecha trizas; una hermosa pipa de espuma de mar, con una boquilla de madera negra, una tapa de plata y un extremo de ámbar.
Desde hacía tres años, trabajaba en la pipa para hacer de ella una obra maestra. Había tenido cuidado de mantener el hornillo constantemente metido en una funda de gamuza, de fumar lo más lentamente posible, sin posarla nunca sobre mármol, y, cada noche la dejaba colgada al cabecero de la cama. Ahora, removía los trozos en la mano, cuyas uñas sangraban; y, con la barbilla baja, apoyada contra el pecho, los ojos fijos, atónito, contemplaba los restos de su joya con una mirada de una inefable tristeza.
—Y si le damos unos cigarros, ¿eh? ‒dijo en voz baja Hussonet, haciendo el gesto de buscarlos.
Frédéric había dejado ya una pitillera llena, al borde de la ventanilla.
—¡Anda, coge!, ¡Adiós, y mucho ánimo!
Dussardier se echó sobre las manos que le ofrecían. Las apretó frenéticamente, con la voz entrecortada por los sollozos:
—¿Cómo?, ¡para mí!, ¡para mí!
Los dos amigos se desentendieron de tanto agradecimiento, salieron, y se fueron a comer juntos al café Tabourey, delante del Jardín de Luxembourg.
Mientras cortaba el bistec, Hussonet le contó a su compañero que trabajaba en periódicos de modas y fabricaba publicidad para L’Art industriel.
—En Jacques Arnoux ‒dijo Frédéric.
—¿Usted le conoce?
—¡Sí!, ¡No!... Es decir, le he visto, nos encontramos una vez.
Negligentemente preguntó a Hussonnet si veía alguna vez a su mujer.
—De vez en cuando ‒repuso el bohemio.
Frédéric no se atrevió a seguir con más preguntas; este hombre acababa de ocupar un lugar desmesurado en su vida; pagó la cuenta del almuerzo, sin que hubiera ninguna protesta por parte del otro.
La simpatía era mutua, intercambiaron sus direcciones, y Hussonnet le invitó cordialmente a acompañarle hasta la calle de Fleurus.
Estaban en medio del jardín, cuando el empleado de Arnoux, reteniendo la respiración, transformó su rostro con una mueca abominable y se puso a hacer el gallo. Entonces, todos los gallos de los alrededores le respondieron con quiquiriquís prolongados.
—Es una señal ‒dijo Hussonnet.
Se detuvieron cerca del teatro Bobino, delante de una casa a la que se entraba por un caminito. En el tragaluz de un granero, entre capuchinas y guisantes de olor, una joven se asomó, con la cabeza descubierta, en corsé, y apoyando los brazos sobre el canalón.
—Buenos días, ángel mío, buenos días, amorcito ‒dijo Hussonnet, enviándole besos.
Abrió la verja de un puntapié, y desapareció.
Frédéric le esperó a lo largo de toda la semana. No se atrevía a ir a su casa, por no parecer impaciente de que le devolviera la invitación a comer; pero le buscó por todo el barrio latino. Una tarde lo encontró y le llevó a su apartamento en el quai Napoleón.
La charla fue larga; se hicieron confidencias. Hussonnet ambicionaba la gloria y los beneficios del teatro. Colaboraba en vodeviles no admitidos, «tenía montones de planes», cantaba bien el cuplé; cantó algunos. Después, al ver en la estantería un volumen de Hugo y otro de Lamartine, se extendió en sarcasmos sobre la escuela romántica. Esos poetas no tenían ni buen juicio ni corrección, y, ¡sobre todo! no eran franceses. Se vanagloriaba de saber la lengua y desgranaba las frases más bellas con esa severidad hosca, ese gusto académico que encuentran las personas de humor jovial cuando abordan un arte serio.
Frédéric se sintió herido en sus gustos; le dieron ganas de romper. ¿Por qué no atreverse, enseguida, con las palabras de las que dependía su felicidad? Pidió al muchacho de letras si podía presentarle en casa de Arnoux.
La cosa era fácil, convinieron que sería al día siguiente.
Hussonnet faltó a la cita; volvió a faltar tres veces más. Un sábado, hacia las cuatro, apareció. Pero, aprovechando el viaje, se detuvo primero en el Théâtre Français, para conseguir una entrada de palco; fue también al sastre, a la costurera; escribía notas para los conserjes. Finalmente llegaron al bulevar Montmartre. Frédéric atravesó la tienda, subió la escalera. Arnoux le reconoció en el espejo situado enfrente de su escritorio; y, sin dejar de escribir, le tendió la mano por encima del hombro.
Cinco o seis personas, de pie, llenaban el estrecho apartamento, que tenía una sola ventana que daba al patio; un canapé de damasco de lana oscura ocupaba el fondo del interior de una alcoba, entre dos portezuelas de una tela parecida. Sobre la chimenea, cubierta de papeles, había una Venus de bronce; dos candelabros, provistos de velas rosas, la flanqueaban paralelamente; a la derecha, cerca de un clasificador, un hombre en un sillón leía el periódico, con el sombrero puesto; las paredes desaparecían bajo estampas y cuadros, preciosos grabados o bosquejos de pintores contemporáneos, adornados con dedicatorias que testimoniaban el afecto más sincero a Jacques Arnoux.
—¿Va todo bien, como siempre? ‒dijo volviéndose hacia Frédéric.
Y sin esperar la respuesta, preguntó en voz baja a Hussonnet:
—¿Cómo se llama su amigo?
Después, en alto:
—Ande, coja un cigarro, sobre el clasificador, en la caja.
L’Art industriel, situado en un punto céntrico de París, era un lugar de encuentro cómodo, un terreno neutral donde las rivalidades se codeaban con toda familiaridad. Estaban allí, aquel día, Anténor Braive, el retratista de los reyes, Jules Burrieu, que comenzaba a popularizar en sus dibujos las guerras de Argelia; el caricaturista Sombaz, el escultor Vourdat, otros más, y ninguno respondía a los prejuicios del estudiante. Sus modales eran muy simples, sus conversaciones, libres. El místico Lovarias relató un cuento obsceno; y el inventor del paisaje oriental, el famoso Dittmer vestía una camisola de tricot debajo del chaleco, y cogió el ómnibus para regresar a su casa.
Al principio, hablaron de una joven llamada Apollonie, una antigua modelo, que Burrieu decía que la había reconocido en el bulevar, en una daumont[12]. Hussonnet explicó esa metamorfosis a través de la serie de amantes que la mantenían.
—¡Hay que ver este chaval cómo conoce a las chicas de París! ‒dijo Arnoux.
—Después de usted, si queda algo, sire –replicó el bohemio, con un saludo militar para imitar al granadero ofreciendo su cantimplora a Napoleón[13].
Después, hablaron de lienzos para los que había posado el rostro de Apollonie. Criticaron a los colegas ausentes. Se asombraban del precio de sus obras; y todos se quejaban de no ganar lo suficiente, cuando entró un hombre de talla mediana, el frac cerrado con un solo botón, los ojos vivos, el aire un poco loco.
—¡Vaya un atajo de burgueses que estáis hechos! ‒dijo‒. ¡Qué importa eso, misericordia! Los antiguos que confeccionaban obras de arte no se inquietaban por el millón. Correggio, Murillo…
—Añada Pellerin ‒dijo Sombaz.
Pero, sin detectar la sátira, continuó perorando con tanta vehemencia que Arnoux tuvo que repetirle dos veces:
—Mi mujer le necesita el jueves. ¡No lo olvide!
Esas palabras llevaron el pensamiento de Frédéric hacia la señora Arnoux. ¿Sin duda, se entraba en su habitación por el gabinete cerca del diván? Arnoux, acababa de abrirlo para coger un pañuelo; Frédéric había visto, al fondo, un lavabo. Entonces, una especie de gruñido salió del rincón de la chimenea; era el personaje que leía el periódico en el sillón. Medía cinco pies y nueve pulgadas, los párpados un poco caídos, el cabello gris, el aspecto majestuoso, y se llamaba Regimbart.
—¿Qué ocurre, ciudadano? ‒dijo Arnoux.
—¡Otra vez una nueva canallada del Gobierno!
Se trataba de la destitución de un maestro de escuela. Pellerin retomó su paralelismo entre Miguel Ángel y Shakespeare. Dittmer se iba. Arnoux le alcanzó para ponerle en la mano dos billetes de banco. Entonces Hussonnet, creyendo que el momento era favorable:
—¿No podría adelantarme algo, querido patrón?...
Pero Arnoux se había vuelto a sentar y reprendía a un viejo de aspecto sórdido, con lentes azules.
—¡Ah!, ¡muy bonito, père Isaac! ¡Tres obras desacreditadas, perdidas! ¡Todo el mundo se ríe de mí! ¡Ahora ya las conocen! ¿Qué quiere usted que yo haga? ¡Tendré que enviarlas a California!... ¡al diablo! ¡Cállese!
La especialidad de ese buen hombre consistía en poner en la parte de abajo de sus cuadros firmas de maestros antiguos. Arnoux se negaba a pagarle; le despidió brutalmente. Después, cambiando de modales, saludó a un señor condecorado, envarado, con patillas y corbata blanca.
Con el codo sobre la falleba de la ventana, le habló durante mucho tiempo, en un tono meloso. Finalmente estalló:
—¡Eh!, ¡que a mí no me molesta tener agentes, señor conde!
El gentilhombre se resignó, Arnoux le pagó veinticinco luises, y, en cuanto estuvo fuera:
—¡Mira que son pesados, estos grandes señores!
—¡Son todos unos miserables! ‒murmuró Regimbart.
A medida que avanzaba la hora, las ocupaciones de Arnoux redoblaban; clasificaba artículos, abría cartas, alineaba las cuentas; al ruido del martillo en el almacén, salía para vigilar los embalajes, después, continuaba con su tarea; y mientras hacía correr su pluma de hierro sobre el papel, respondía a las bromas. Tenía que cenar en casa de su abogado, y, al día siguiente, partía para Bélgica.
Los demás charlaban de cosas del día: el retrato de Cherubini, el hemiciclo de Beaux-Arts[14], la próxima exposición. Pellerin despotricaba contra el Instituto. Los chismorreos, las discusiones se entrecruzaban. El apartamento, de techo bajo, estaba tan lleno que uno no podía ni moverse; y la luz de las velas rosas pasaba por el humo de los cigarros como rayos de sol en la niebla.
La puerta, cerca del diván, se abrió, y una mujer alta, delgada, entró, con gestos bruscos, haciendo sonar sobre el vestido de tafetán negro todos los colgantes de su reloj.
Era la mujer que Frédéric había entrevisto, el verano pasado en el Palacio Real. Algunos, llamándola por su nombre, intercambiaron con ella apretones de mano. Hussonnet, por fin, había conseguido unos cincuenta francos; el reloj de pared dio las siete; todos se retiraron.
Arnoux indicó a Pellerin que se quedase, y condujo a la señorita Vatnaz al gabinete.
Frédéric no oía sus palabras; susurraban. Sin embargo, la voz femenina elevó el tono:
—Desde hace seis meses que el asunto está concluido, ¡y yo sigo esperando!
Hubo un largo silencio. La señorita Vatnaz reapareció. Arnoux le había prometido algo, de nuevo.
—¡Oh!, ¡oh!, ¡ya veremos más tarde!
—¡Adiós, hombre feliz! ‒dijo ella mientras se marchaba.
Arnoux volvió deprisa al gabinete, aplastó un poco de crema sobre el bigote, alzó los tirantes para tensionar las trabillas del pantalón; y, lavándose las manos:
—Necesitaría dos sobrepuertas, a doscientos cincuenta la pieza, tipo Boucher, ¿de acuerdo?
—De acuerdo ‒dijo el artista, que se había puesto rojo.
—¡Bien!, ¡y no olvide a mi mujer!
Frédéric acompañó a Pellerin hasta el alto del faubourg Poissonnière, y le pidió permiso para ir a verle alguna vez, favor que fue concedido sin más.
Pellerin leía todas las obras de estética para descubrir la verdadera teoría de lo Bello, convencido de hacer obras maestras, cuando la hubiera encontrado. Se rodeaba de todos los auxilios imaginables, dibujos, escayolas, modelos, grabados; buscaba, se atormentaba; acusaba al tiempo, a sus nervios, a su taller, salía a la calle para buscar inspiración, se emocionaba al haberla captado, después, abandonaba su obra y soñaba con otra que debía ser más hermosa. Así, atormentado por esas ansias de gloria y perdiendo el tiempo en discusiones, creyendo en mil tonterías, en los sistemas, en las críticas, en la importancia de un reglamento o de una reforma en materia de arte, a sus cincuenta años, aún no había producido más que bosquejos. Su robusto orgullo le impedía sufrir ningún desánimo, pero siempre estaba irritado, y con esa exaltación a la vez ficticia y natural que sufren los comediantes.
Se observaba, al entrar en su casa, dos grandes cuadros, en los que los primeros tonos, situados aquí y allá, formaban, sobre la tela blanca, manchas oscuras, rojas y azules. Un entramado de líneas con tiza se extendía por encima, como las mallas veinte veces marcadas de una red; era, incluso, imposible entender algo en ello. Pellerin explicó el tema de esas dos composiciones, indicando con el pulgar las partes que faltaban. Una debía representar la Demencia de Nabucodonosor, la otra, el Incendio de Roma por Nerón.
Frédéric las admiró.
Admiró las obras académicas de mujeres de pelo alborotado, unos paisajes en los que abundaban los troncos de árboles retorcidos por la tempestad, y, sobre todo, Caprichos a la pluma, recuerdos de Callot, de Rembrandt o de Goya, cuyos modelos desconocía. Pellerin ya no apreciaba esos trabajos de su juventud; ahora, estaba por el gran estilo; dogmatizaba sobre Fidias y Winckelmann elocuentemente. Las cosas a su alrededor reforzaban el poder de su palabra: se veía una cabeza de muerto sobre un reclinatorio, unos yataganes, un hábito de monje; Frédéric se lo puso.
Cuando llegaba pronto, le sorprendía en un mal camastro, medio oculto por un colgajo de tapicería, pues Pellerin se acostaba tarde, frecuentando los teatros con asiduidad. Le servía una mujer vieja, harapienta, cenaba en un mal figón y vivía sin amante. Sus conocimientos, recogidos aquí y allá, hacían que sus paradojas fuesen divertidas. Su odio contra lo común y lo burgués desbordaba en sarcasmos de un lirismo soberbio, y sentía por los maestros una religión tal, que le situaba casi al mismo nivel que ellos.
Pero, ¿por qué no hablaba nunca de la señora Arnoux? En cuanto a su marido, a veces le consideraba un buen chico, otras veces, un charlatán. Frédéric esperaba sus confidencias.
Un día, hojeando una de sus cajas, encontró en el retrato de una gitana un parecido con la señorita Vatnaz, y, como esa persona le interesaba, quiso saber lo que Pellerin pensaba de ella.
Creía Pellerin que, al principio, ella había sido maestra en provincias; ahora, daba clases y trataba de escribir en periódicos sin importancia.
Según su manera de comportarse con Arnoux, según Frédéric, se la podía suponer su amante.
—¡Ah!, ¡bah!, ¡él tiene otras!
Entonces, el joven, volviendo la cara que enrojecía de vergüenza por la infamia de su pensamiento, añadió en un tono fanfarrón:
—Su mujer se la devuelve, ¿sin duda?
—¡En absoluto! ¡Ella es honesta!
Frédéric se arrepintió, y se mostró más aplicado al periódico.
Las letras grandes, que formaban el nombre de Arnoux sobre la placa de mármol, en lo alto de la tienda, le parecían muy particulares y de gran significado, como una escritura sagrada. La acera amplia, bajando, facilitaba la marcha, la puerta giraba casi por sí sola; y el pomo, liso al tacto, tenía la suavidad y como la inteligencia de una mano en la suya. Insensiblemente, se hizo tan puntual como Regimbart.
Todos los días, Regimbart se sentaba al calor del fuego, en su sillón, se amparaba de Le National[15], ya no lo dejaba, y expresaba su pensamiento con exclamaciones o simplemente encogiéndose de hombros. De vez en cuando, se secaba la frente con un pañuelo de bolsillo enrollado como una morcilla, y que lo llevaba sobre el pecho, entre dos botones de su redingote verde. Vestía un pantalón de pliegues, zapatos-bota, y una corbata larga; y el sombrero con el ala levantada le hacía reconocible, de lejos, entre el gentío.
A las ocho de la mañana, bajaba desde la colina de Montmartre, para tomar el vino blanco en la calle Notre-Dame-des-Victoires. La comida, a la que le seguían varias partidas de billar, le llevaba hasta las tres. Se dirigía, entonces, hacia el pasaje de los Panoramas, para tomar absenta. Tras la estancia en casa Arnoux, entraba en la bodega Bordelais, para tomar el vermut; después, en lugar de ir a casa con su mujer, a menudo prefería cenar solo, en un cafetucho de la plaza Gaillon, donde quería que le sirviesen «¡comida casera, cosas naturales!». Finalmente, iba a otro billar, y se quedaba allí hasta media noche, incluso a la una de la mañana, hasta el momento en el que, apagado el gas y cerradas las contraventanas, el dueño del establecimiento, extenuado, le suplicaba que se marchase.
Y no era el amor a la bebida lo que atraía a esos lugares al ciudadano Regimbart, sino la antigua costumbre de hablar en ellos de política; con la edad, su elocuencia había caído, ya no le quedaba más que una morosidad silenciosa. Se hubiera dicho, al ver la seriedad de su rostro, que el mundo daba vueltas en su cabeza. Pero nada salía de ella; y nadie, ni siquiera sus amigos, le conocían otras ocupaciones, aunque él se las daba de tener un despacho de negocios.
Arnoux parecía estimarle infinitamente. Dijo un día a Frédéric:
—Ese sabe lo suyo, ¡vaya! ¡Es un hombre valioso!
En otra ocasión, Regimbart desplegó en su escritorio unos papeles concernientes a unas minas de caolín; Arnoux se remitía a su experiencia.
Frédéric se mostró más ceremonioso con Regimbart, hasta ofrecerle absenta de vez en cuando; y aunque le juzgara estúpido, a menudo permanecía en su compañía durante una hora larga, únicamente porque era amigo de Jacques Arnoux.
Después de haber impulsado, en sus principios, a maestros contemporáneos, el vendedor de cuadros, hombre de progreso, había tratado de extender sus beneficios pecuniarios, aun conservando sus apariencias artísticas. Buscaba la emancipación de las artes, lo sublime, a buen precio. Todas las industrias de lujo parisino sufrieron su influencia, que fue buena para las cosas pequeñas, y funesta para las grandes. Con su pasión por influir en la opinión, apartó de su camino a los artistas habilidosos, corrompió a los fuertes, agotó a los débiles, e ilustró a los mediocres; disponía de todos ellos por sus relaciones y por su revista. Los pintorzuelos ambicionaban ver sus obras en el escaparate de Arnoux, y los tapiceros tomaban en su casa modelos del mobiliario. Frédéric le consideraba a la vez como millonario, como diletante, como hombre de acción. Muchas cosas, sin embargo, le asombraban, pues el señor Arnoux era astuto como comerciante.
Recibía de algún sitio de Alemania o de Italia una tela comprada en París por mil quinientos francos y, exhibiendo una factura de cuatro mil, la revendía por tres mil quinientos, por gentileza. Una de sus jugadas con los pintores era exigir como comisión una reducción en el precio del cuadro, con el pretexto de publicar grabados del mismo; vendía la obra reducida y el grabado no aparecía. A los que se quejaban de ser explotados, los respondía con una palmadita en el vientre. Excelente, por otra parte, prodigaba cigarros, tuteaba a los desconocidos, se entusiasmaba por una obra o por un hombre, y entonces, obstinándose, sin mirar nada, multiplicaba los encargos, la correspondencia, la publicidad. Se creía un hombre muy honrado y, en su necesidad de expansión, contaba ingenuamente sus faltas de delicadeza.
Una vez, para ofender a un colega que inauguraba otro periódico de pintura con un gran festín, rogó a Frédéric que escribiera, delante de él, un poco antes de la hora del evento, una serie de notas en las que desconvocaba a los invitados.
—Esto no ataca al honor, ¿entiende usted?
Y el joven no se atrevió a rechazar ese servicio.
Al día siguiente, al entrar con Hussonnet en su despacho, Frédéric vio por la puerta (la que se abría arriba de la escalera) los bajos de un vestido que desaparecía.
—¡Mil excusas! ‒dijo Hussonnet–, ¡si hubiera sabido que aquí había mujeres!...
—¡Oh!, esa es la mía ‒repuso Arnoux–. Subía para hacerme una corta visita, al pasar.
—¿Cómo? ‒dijo Frédéric.
—¡Sí, claro!, ella vuelve a casa, a la casa.
El encanto de las cosas que le rodeaban se rompió poco a poco. Lo que sentía allí confusamente expandido acababa de desvanecerse, o más bien no había existido nunca. Experimentaba una sorpresa infinita y como el dolor de una traición.
Arnoux, rebuscando en el cajón, sonreía. ¿Se burlaba de él? El empleado dejó sobre la mesa un rollo de papeles húmedos.
—¡Ah!, ¡los carteles! ‒exclamó Arnoux‒. ¡No sé a qué hora cenaré esta noche!
Regimbart cogió su sombrero.
—¡Cómo!, me deja!
—¡Son las siete! ‒dijo Regimbart.
Frédéric le siguió.
En la esquina de la calle Montmartre, se dio la vuelta; miró las ventanas del primer piso; ¡y rio interiormente lleno de compasión de sí mismo, recordando con qué amor las había contemplado tan a menudo! Entonces, ¿dónde vivía ella? ¿Cómo encontrarla ahora? La soledad se reabrió en torno a su deseo, ¡más inmenso que nunca!
—¿Viene usted a tomarla? ‒dijo Regimbart.
—¿Tomar a quién?
—¡La absenta!
Y, cediendo a sus ruegos, Frédéric se dejó llevar al bar Bordolais. Mientras que su compañero, apoyado en el mostrador, miraba la jarra, él miraba a un lado y a otro. Entonces vio el perfil de Pellerin en la acera; tocó rápidamente el cristal de la ventana, y el pintor no se había sentado aún, cuando Regimbart le preguntó por qué ya no se le veía por L’Art industriel.
—¡Que me muera, si vuelvo por allí! ¡Es un cafre, un burgués, un miserable, un granuja!
Esas injurias animaban la ira de Frédéric. Sin embargo, se sentía herido, pues le parecía que alcanzaban un poco a la señora Arnoux.
—Pero, ¿qué es lo que le ha hecho? ‒dijo Regimbart.
Pellerin dio una patada al suelo, y resopló profundamente, en lugar de responder.
Se dedicaba a trabajos clandestinos, tales como retratos a dos lápices o pastiches de grandes maestros para los aficionados poco ilustrados; y, como esos trabajos le humillaban, prefería callarse, generalmente. Pero «la jugarreta de Arnoux» le exasperaba demasiado, y se desahogó.
Según un encargo, del que Frédéric había sido testigo, Pellerin le había traído dos cuadros. ¡El comerciante, entonces, se había permitido una serie de críticas! Le había reprobado la composición, el color y el dibujo; el dibujo, sobre todo, en resumen, que no los quiso a ningún precio. Pero, forzado por el vencimiento de un pago, Pellerin se los había cedido al judío Isaac; y, quince días más tarde, Arnoux mismo, los vendía a un español, por dos mil francos.
—¡Ni un céntimo menos! ¡Qué falta de vergüenza!, y ha hecho muchas otras ¡Vive Dios! Un día de estos lo veremos en el juzgado.
—Pero, ¡cómo exagera usted! ‒dijo Frédéric tímidamente.
—¡Vamos, hombre! ¡que exagero! ‒exclamó el artista, dando un puñetazo en la mesa.
Esa violencia devolvió al joven todo su aplomo. Sin duda, uno debería comportarse más amablemente; sin embargo, si Arnoux encontraba esas dos telas…
—¡Malas!, ¡suelta la palabra! ¿Las conoce usted? ¿Es ese su oficio? Ahora bien, usted sabe, jovencito, yo, yo no admito eso, ¡los aficionados!
—¡Eh!, ¡que no es asunto mío! ‒dijo Frédéric.
—Pero, ¿qué interés tiene usted, entonces, en defenderle? ‒repuso fríamente Pellerin.
El joven balbuceó:
—Pues, porque soy su amigo.
—¡Pues dele un par de besos de mi parte!, ¡buenas tardes!
Y el pintor salió furioso, sin hablar, por supuesto, de su consumición.
Frédéric estaba convencido, él mismo, al defender a Arnoux. En el calor de la elocuencia, le entró una enorme ternura hacia ese hombre, inteligente y bueno, al que sus amigos calumniaban y que, ahora, trabajaba solo, abandonado. No resistió a la singular necesidad de ir a verle inmediatamente. Diez minutos después, empujaba la puerta de la tienda.
Arnoux elaboraba, con su vendedor, unos esbozos de carteles, para una exposición de cuadros.
—¡Vaya!, ¿qué le trae por aquí?
Esa pregunta tan sencilla azoró a Frédéric; y sin saber qué responder, preguntó si, por casualidad, no habían encontrado su libreta, una pequeña libreta de cuero azul.
—¿En la que usted guarda sus cartas de mujeres? ‒dijo Arnoux.
Frédéric, sonrojándose como una virgen, se defendió de tal suposición.
—Sus poesías, ¿entonces? ‒replicó el comerciante.
Manejaba las pruebas desplegadas, discutiendo la forma, el color, los bordes; y Frédéric se sentía cada vez más irritado por su aire de meditación, y sobre todo por sus manos mientras manejaba los carteles, unas manos gruesas, un poco blandas, de uñas planas. Finalmente, Arnoux se levantó; y, diciendo: ¡ya está!, le pasó la mano por el mentón, con familiaridad. Ese exceso de confianza disgustó a Frédéric, se echó hacia atrás; después, cruzó el umbral del despacho, por última vez en su vida, creía. La misma señora Arnoux, aparecía a sus ojos como empequeñecida por la vulgaridad de su marido.
Recibió, en la misma semana, una carta en la que Deslauriers anunciaba que llegaría a París, el jueves próximo. Entonces, se entregó vehementemente a esa amistad, más sólida y más profunda. Un hombre así valía por todas las mujeres. ¡Ya no necesitaría ni a Regimbart, ni a Pellerin, ni a Hussonnet, ni a nadie! Para recibir mejor a su amigo compró un catre de hierro, otro sillón, y aumentó su ropa de cama; y, el jueves por la mañana, se vestía para ir a buscar a Deslauriers, cuando sonó el timbre en la puerta. Arnoux entró.
—¡Solamente unas palabras! Ayer me enviaron de Ginebra una hermosa trucha; contamos con usted, esta tarde, a las siete exactamente… Es en la calle de Choiseul, 24 bis. ¡No lo olvide!
Frédéric tuvo que sentarse; le temblaban las rodillas. Se repetía: «¡Por fin!, ¡por fin!». Después, escribió a su sastre, a su sombrerero, a su zapatero; e hizo que llevaran esas tres notas tres recaderos diferentes. La llave giró en la cerradura, y el portero apareció, con un baúl a la espalda.
Frédéric, al ver a Deslauriers, se puso a temblar como una mujer adúltera bajo la mirada de su esposo.
—Pero, ¿qué te pasa? ‒dijo Deslauriers–; sin embargo, ¿has debido recibir una carta mía?
Frédéric no tuvo el valor de mentir. Abrió los brazos y se abrazó a su amigo.
Enseguida, el pasante contó su historia. Su padre no había querido rendir cuentas de la tutela, imaginándose que esas cuentas prescribían a los diez años; pero, ducho en procedimientos judiciales, Deslauriers había conseguido por fin arrancarle toda la herencia de su madre, siete mil francos netos, que llevaba consigo, en un viejo maletín.
—Es una reserva, en caso de alguna desgracia. Tengo que colocarlos y colocarme yo mismo, desde mañana por la mañana. En cuanto a hoy, ocio completo, y todo tuyo, ¡amigo mío!
—¡Oh!, ¡no te molestes! ‒dijo Frédéric–. Si esta noche tienes algo importante que hacer…
—¡Vamos, hombre! Sería un ilustre miserable.
Este epíteto, lanzado al azar, tocó a Frédéric en pleno corazón, como una alusión ultrajante.
El portero había dispuesto en la mesa, junto al fuego, costillas, galantina, una langosta, un postre dulce, y dos botellas de vino de Burdeos. Una recepción tan magnífica emocionó a Deslauriers.
—Me tratas como a un rey, ¡palabra!
Charlaron del pasado, del futuro; y de vez en cuando, se cogían de las manos por encima de la mesa, y se miraban un minuto con ternura. Entonces, un recadero trajo un sombrero nuevo. Deslauriers comentó, en voz alta, lo elegante que era.
Después, el sastre, en persona, vino a traerle el frac que había planchado.
—Se diría que vas a casarte ‒dijo Deslauriers.
Una hora después, un tercer individuo llegó y sacó de una gran bolsa negra un par de botas abrillantadas, espléndidas. Mientras Frédéric se las probaba, el zapatero observaba burlonamente los zapatos del provinciano.
—¿El señor no necesita nada?
—Gracias ‒replicó el pasante, escondiendo bajo la silla sus viejos zapatos con cordones.
Esa humillación molestó a Frédéric. Retrasaba el momento de decírselo. Finalmente exclamó, como si acabara de ocurrírsele:
—¡Ah!, ¡caramba!, ¡me olvidaba!
—¿Qué?
—Esta noche, ¡ceno fuera!
—¿En casa de los Dambreuse? ¿Por qué no me hablas nunca de ellos en tus cartas?
No era en casa de los Dambreuse, sino de los Arnoux.
—¡Tenías que haberme advertido! ‒dijo Deslauriers–. Yo hubiera venido un día más tarde.
—¡Imposible! ‒replicó bruscamente Frédéric‒. Me han invitado esta mañana, hace un rato.
Y para compensar su falta y distraer a su amigo, desató las cuerdas enmarañadas del baúl, colocó en la cómoda todas sus cosas, quería dejarle su propia cama, dormir en el cuarto de la leña. Después, desde las cuatro de la tarde, comenzó los preparativos para arreglarse.
—¡Tienes mucho tiempo! ‒dijo el otro.
Finalmente, se vistió y se fue.
«¡He ahí los ricos!», pensó Deslauriers.
Y se fue a cenar a la calle Saint-Jacques, en un pequeño restaurante que conocía.
Frédéric se detuvo varias veces en la escalera, de tan fuerte como le latía el corazón. Uno de sus guantes, demasiado apretado, reventó; y mientras escondía lo roto bajo los puños de la camisa, Arnoux, que subía detrás, le cogió del brazo y le hizo entrar.
La antecámara, adornada al estilo chino, tenía una lámpara pintada colgada en el techo, y bambús en las esquinas. Cruzando el salón, Frédéric tropezó con una piel de tigre. No habían encendido los candelabros, pero dos lámparas ardían en el tocador, al fondo.
La señorita Marthe vino a decir que su mamá estaba vistiéndose. Arnoux la levantó hasta la altura de su boca para darle un beso, después, queriendo escoger él mismo en la bodega algunas botellas de vino, dejó a Frédéric con la niña.
Había crecido mucho desde el viaje de Montereau. Su cabello oscuro se deslizaba con largos tirabuzones hasta los brazos al aire. Su vestido, más amplio que la falda de una bailarina, dejaba ver sus pantorrillas rosas, y toda su gentil personita olía fresco como un ramo de rosas. Recibió los cumplidos del señor con aires de coqueta, fijó en él sus ojos profundos, después, deslizándose entre los muebles, desapareció como un gato.
Frédéric ya no sentía ningún apuro. Los globos de las lámparas, recubiertos de un encaje de papel, proporcionaban una luz lechosa que dulcificaba el color de las paredes, forradas de satén malva. A través de las láminas de la pantalla protectora, que tenía la forma de un gran abanico, se veían los carbones en la chimenea; había, contra el reloj de péndulo, un cofre con cierres de plata. Aquí y allá, cosas íntimas desperdigadas: una muñeca en medio de un sillón de dos plazas, un fular en el respaldo de una silla, y sobre la mesa de labor, un tricot de lana del que sobresalían dos agujas de marfil, con la punta hacia abajo. Todo el conjunto formaba un lugar apacible, honesto y familiar.
Arnoux volvió; y por la otra puerta, apareció la señora Arnoux. Como se encontraba envuelta en sombra, al principio no distinguió más que su cabeza. Llevaba un vestido de terciopelo negro y, en el cabello, una larga redecilla argelina, de mallas de seda roja que, envolviendo el cabello, le caía sobre el hombro izquierdo.
Arnoux presentó a Frédéric.
—¡Oh!, reconozco perfectamente al señor ‒respondió ella.
Después llegaron todos los comensales, casi al mismo tiempo: Dittmer, Lovarias, Burrieu, el compositor Rosenwald, el poeta Théophile Lorris, dos críticos de arte colegas de Hussonnet, un fabricante de papel, y, en fin, el ilustre Pierre-Paul Meinsius, el último representante de la gran pintura, que llevaba gallardamente, con su gloria, sus ochenta años y su grueso vientre.
Cuando pasaron al comedor, la señora Arnoux le tomó del brazo. Una silla había quedado vacía para Pellerin. Arnoux le apreciaba al mismo tiempo que le explotaba. Por otra parte, temía su terrible lengua, tanto que, para enternecerle, había publicado en L’Art industriel su retrato acompañado de elogios hiperbólicos; y Pellerin, más sensible a la gloria que al dinero, apareció sobre las ocho, todo sofocado. Frédéric supuso que se habían reconciliado hace tiempo.
La compañía, los platos, todo le gustaba. El comedor, como un antiguo locutorio de la Edad Media, estaba tapizado con pieles curtidas; una estantería holandesa se situaba delante de una colección de chibuquíes; y a lo largo de la mesa, la cristalería de Bohemia, de diversos colores, parecía, en medio de las flores y las frutas, una iluminación en un jardín.
Hubo para escoger entre diez especies de mostaza. Comió gazpacho, curry, jengibre, mirlos de Córcega, lasañas romanas; bebió vinos extraordinarios, lip-fraoli[16] y tokay[17]. Arnoux se las daba efectivamente de saber recibir. Cortejaba, para buscar comestibles, a todos los conductores de malles-poste[18], y estaba en contacto con cocineros de las grandes casas que le informaban sobre salsas.
Pero, la charla sobre todo divertía a Frédéric. Su gusto por los viajes fue alimentado por Dittmer, que habló de Oriente; sació su curiosidad por las cosas del teatro escuchando a Rosenwald que hablaba de la Opéra; y la vida atroz de la bohemia le pareció divertida, a través de la alegría de Hussonnet, que narró de una manera pintoresca cómo había pasado todo un invierno, teniendo por comida solamente queso de Holanda. Después, una discusión entre Lovarias y Burrieu, sobre la escuela florentina, le descubrió obras maestras, le abrió horizontes, y le costó trabajo contener su entusiasmo cuando Pellerin exclamó:
—¡Déjenme tranquilo con su odiosa realidad! ¿Qué quiere decir eso de la realidad? Unos ven negro, otros, azul, la multitud ve una mierda. Nada menos natural que Miguel Ángel, ¡nada más fuerte! la preocupación por la verdad exterior denota bajeza contemporánea; y el arte se transformará, si continuamos así, en algo rocambolesco, por debajo de la religión como poesía, y de la política como interés. No llegarán ustedes a su meta, sí, a su meta, que es la de causarnos una exaltación impersonal, con obras pequeñas, a pesar de todas sus triquiñuelas para ejecutarlas. Ahí están los cuadros de Bassolier, por ejemplo: ¡es bonito, coqueto, aseado, y nada pesado! Se puede guardar en el bolso, ¡se le puede llevar de viaje! Los notarios compran eso por veinte mil francos; los hay por tres centavos de ideas; pero, sin la idea, ¡nada grande!, ¡sin grandeza, nada hermoso! ¡El Olimpo es una montaña! El monumento más ostentoso serán las Pirámides. ¡Más vale la exuberancia que el gusto, el desierto más que una acera, y un salvaje más que un peluquero!
Frédéric, al escuchar estas cosas, miraba a la señora Arnoux. Caían en su mente como metales en un horno, se añadían a su pasión y se transformaban en amor.
Estaba sentado tres asientos alejados de ella, en el mismo lado. De vez en cuando, ella se inclinaba un poco, volviendo la cabeza para dirigir unas palabras a su hijita; y, como entonces sonreía, unos hoyuelos se formaban en sus mejillas, lo que proporcionaba al rostro un aire de bondad de lo más delicada.
En el momento de los licores, ella desapareció. La conversación se hizo más libre; el señor Arnoux brilló en esa charla, y Frédéric quedó asombrado por el cinismo de esos hombres. Sin embargo, la preocupación de esos hombres por la mujer, establecía entre ellos y él como una igualdad, que le elevaba en su propia estima.
De nuevo en el salón, cogió, por disimulo, uno de los álbumes que había sobre la mesa. Los grandes artistas de la época lo habían ilustrado con dibujos, habían escrito en prosa y en verso, o simplemente con sus firmas; entre los nombres famosos, había muchos desconocidos, y los pensamientos curiosos no aparecían más que bajo un desbordamiento de tonterías. Todos contenían un homenaje más o menos directo a la señora Arnoux. Frédéric no se hubiera atrevido a escribir ni una línea a su lado.
Ella fue a buscar a su gabinete el cofre con cierres de plata que Frédéric había visto sobre la chimenea. Era un regalo de su marido, una obra del Renacimiento. Los amigos de Arnoux lo elogiaron, su mujer se lo agradecía; Arnoux se enterneció y le dio un beso delante de todo el mundo.
Después, todos charlaban formando grupos aquí y allá; el buen hombre Meinsius estaba con la señora Arnoux, en una gran butaca, cerca del fuego; ella se inclinaba hacia su oído, sus cabezas se tocaban; y Frédéric hubiera aceptado ser sordo, inválido y feo pero un nombre ilustre y de pelo blanco, a fin de tener algo que le introdujera en una intimidad igual. Se carcomía el alma, furioso contra su juventud.
Pero ella vino al rincón del salón donde él estaba, le preguntó si conocía a alguno de los comensales, si le gustaba la pintura, y desde cuándo estudiaba en París. Cada palabra que salía de su boca era para Frédéric algo nuevo, una dependencia exclusiva de su persona. Miraba atentamente los cabellos sueltos de su peinado, acariciando por las puntas su hombro desnudo; y él no apartaba los ojos, hundía su alma en la blancura de esa carne femenina; sin embargo, no se atrevía a levantar la vista, para mirar más arriba, frente a frente.
Rosenwald los interrumpió, rogando a la señora Arnoux que cantase algo. Él hizo un preludio, ella esperaba; sus labios se entreabrieron, y un sonido puro, largo, rasgado, ascendió por el aire.
Frédéric no entendió nada de la letra en italiano.
Comenzaba con un ritmo grave, igual que un canto de iglesia, después, animándose, creciendo, multiplicaba los arranques sonoros, se apaciguaba de repente; y la melodía volvía amorosamente, con una oscilación amplia y perezosa.
Ella estaba de pie, cerca del teclado, los brazos caídos, la mirada perdida. Algunas veces, para leer la música, cerraba un poco los párpados avanzando la frente un instante. Su voz de contralto tomaba en las cuerdas bajas una entonación lúgubre que helaba, y entonces, su hermoso rostro, de grandes cejas, se inclinaba sobre el hombro; su pecho se henchía, separaba los brazos, su cuello con movimientos circulares, se echaba hacia atrás suavemente, como recibiendo besos aéreos; lanzó tres notas agudas, volvió a bajar, luego, una nota más alta aún, y, tras un silencio, terminó con una nota de órgano.
Rosenwald no dejó el piano. Continuó tocando, para él mismo. De vez en cuando, uno de los comensales desaparecía. A las once, al irse los últimos, Arnoux salió con Pellerin, con el pretexto de acompañarle. Era una de esas personas que se ponen malas si no han dado una vuelta después de cenar.
La señora Arnoux estaba en la antecámara; Dittmer y Hussonnet se despedían, ella les tendió la mano; se la tendió igualmente a Frédéric; y él sintió como una penetración en todos los átomos de su piel.
Dejó a sus amigos; necesitaba estar solo. Su corazón se desbordaba. ¿Por qué me ofreció su mano? ¿Era un gesto irreflexivo, o una insinuación? ¡Vamos!, ¡vamos!, ¡estoy loco! Qué importaba, además, puesto que él podía ahora ir a verla tranquilamente, vivir en su atmósfera.
Las calles estaban desiertas. A veces pasaba un carruaje pesado, haciendo temblar los adoquines. Las casas se sucedían con sus fachadas grises, sus ventanas cerradas; ¡y él pensaba, desdeñosamente, en todos esos seres humanos en sus camas, detrás de esos muros, que existían sin verla, y sin que ni siquiera uno de ellos sospechara que ella existiera! Él ya no tenía conciencia del medio, del espacio, de nada; y, golpeando el suelo con los talones, atizando con el bastón las contraventanas de las tiendas, seguía caminando, al azar, enloquecido, arrastrado. Un aire húmedo lo envolvió; se encontró al borde de los muelles.
Las farolas brillaban en dos líneas rectas, indefinidamente, y largas llamas rojas vacilaban en la profundidad del agua. Agua gris oscuro, mientras que el cielo, más claro, parecía sostenido por grandes masas de sombra que se elevaban a ambos lados del río.
Los edificios, que no se veían, redoblaban la oscuridad. Una niebla luminosa flotaba aquí y allá, sobre los tejados; todos los ruidos se fundían en un solo rumor; un viento ligero soplaba.
Se había parado en medio del Pont-Neuf, y, con la cabeza descubierta, el pecho abierto, aspiraba el aire. Sin embargo, sentía que, desde el fondo de sí mismo, subía algo desbordante, una oleada de ternura que le enervaba, como el movimiento de las olas bajo sus ojos. El reloj de una iglesia, dio la hora, lentamente, igual a una voz que le hubiera llamado.
Entonces, se vio sobrecogido por uno de esos estremecimientos del alma en los que uno se siente transportado a un mundo superior. Una facultad extraordinaria, cuyo objeto desconocía, le había surgido. Se preguntó, en serio, si llegaría a ser un gran pintor o un gran poeta; y se decidió por la pintura, pues las exigencias de ese oficio le acercarían a la señora Arnoux. ¡Así que había encontrado su vocación! La meta de su existencia estaba clara, ahora, y el futuro infalible.
Cuando hubo cerrado la puerta, oyó a alguien que roncaba en el gabinete oscuro, cerca de la habitación. Era el otro. Ya no pensaba en él.
Su cara se le mostraba en el espejo. Se encontró guapo, y se quedó un minuto contemplándose.
Capítulo V
Al día siguiente, antes del mediodía, se había comprado una caja de pinturas, unos pinceles, un caballete. Pellerin aceptó darle clases, y Frédéric le invitó a su apartamento para que viera si algo faltaba de sus utensilios de pintura.
Deslauriers ya estaba en casa. Un joven ocupaba el segundo sillón. El pasante dijo señalándole:
—¡Es él!, ¡aquí está! ¡Sénécal!
Este muchacho no gustó a Frédéric. Su frente se veía realzada por el corte de pelo a cepillo. Algo duro y frío traspasaba en sus ojos grises; y su largo redingote negro, toda su vestimenta, olía a pedagogo y a eclesiástico.
Al principio, charlaron de cosas cotidianas, entre otras del Stabat[19] de Rossini; preguntado, Sénécal declaró que jamás iba al teatro. Pellerin abrió la caja de pinturas.
—¿Todo esto es para ti? ‒dijo el pasante.
—¡Claro, sin duda!
—¡Anda!, ¡vaya idea!
Y se inclinó sobre la mesa, donde el profesor de Matemáticas hojeaba un volumen de Louis Blanc[20]. Lo había traído él mismo, y leía en voz baja unos pasajes, mientras Pellerin y Frédéric examinaban juntos la paleta, el cuchillo, las vejigas[21]; después, se pusieron a charlar de la cena en casa de los Arnoux.
—¿El comerciante de cuadros? –preguntó Sénécal–. ¡Vaya tipo, realmente!
—¿Por qué? ‒dijo Pellerin.
Sénécal replicó:
—Un hombre que se enriquece con vilezas políticas.
Y se puso a hablar de una litografía célebre, representando a toda la familia real, entregada a ocupaciones edificantes: Luis-Felipe tenía en la mano un libro de leyes, la reina, un libro de oraciones, las princesas bordaban, el duque de Nemours ceñía un sable; el señor de Joinville mostraba un mapa a sus jóvenes hermanos; al fondo, se veía una cama de dos compartimentos. Esa imagen, titulada: Una buena familia, había hecho las delicias de los burgueses, pero la aflicción de los patriotas. Pellerin, en un tono ofendido como si hubiera sido él el autor, respondió que todas las opiniones eran válidas; Sénécal protestó. ¡El arte debía aspirar, exclusivamente, a la moralización de las masas! No había que reproducir más que temas que condujesen a acciones virtuosas; todo lo demás era dañino.
—¡Pero eso depende de la ejecución de la obra! ‒gritó Pellerin‒. ¡Yo puedo hacer obras maestras!
—¡Pues peor para usted, entonces!, no se tiene derecho…
—¿Cómo?
—¡No!, señor, ¡usted no tiene derecho a que me interese por cosas que repruebo! ¿Qué necesidad tenemos de laboriosas bagatelas, de las que es imposible sacar ningún provecho?, ¿de esas Venus, por ejemplo, con todos esos paisajes? ¡No veo ahí ninguna enseñanza para el pueblo! ¡Muéstrennos sus miserias, mejor!, ¡entusiásmemonos con sus sacrificios! ¡Eh!, buen Dios, los temas no faltan: la granja, el taller…
Pellerin balbuceaba de indignación, y, creyendo haber encontrado un argumento:
—Molière, ¿lo acepta usted?
—¡Sea! ‒dijo Sénécal–. Le admiro como precursor de la Revolución francesa.
—¡Ah!, ¡la Revolución! ¡Qué arte! ¡Jamás ha habido una época tan penosa!
—¡Tan grande, señor!
Pellerin se cruzó de brazos, y, mirándole de frente:
—¡Usted tiene el aspecto de un verdadero guardia nacional!
Su antagonista, habituado a las discusiones, respondió:
—¡No lo soy!, y la detesto, esa guardia nacional, tanto como usted. Pero, con principios así, ¡se corrompe a las masas! ¡Eso va en provecho del Gobierno, por lo demás! No sería tan fuerte sin la complicidad de un montón de payasos como ese mismo Gobierno.
El pintor se puso a defender al comerciante, pues las opiniones de Sénécal le exasperaban. Incluso se atrevió a sostener que Jacques Arnoux tenía un verdadero corazón de oro, entregado a sus amigos, adorando a su mujer.
—¡Oh!, ¡oh!, si le ofrecieran una buena suma, no la rechazaría para que sirviera de modelo.
Frédéric se puso lívido.
—Le ha perjudicado a usted mucho, ¿señor?
—¿A mí?, ¡no!, yo le he visto una vez, en el café, con un amigo. Eso es todo.
Sénécal decía la verdad. Pero, cada día se sentía molesto por los anuncios de L’Art industriel. Arnoux era, para él, el representante de un mundo que él juzgaba funesto para la democracia. Republicano austero, sospechaba corrompida cualquier elegancia, no necesitándola, por otra parte, y siendo de una inflexible probidad.
Costó trabajo retomar la conversación. El pintor se acordó enseguida de una cita; el profesor, de sus alumnos; y, cuando se marcharon, después de un largo silencio, Deslauriers planteó diferentes preguntas sobre Arnoux.
—Me lo presentarás más adelante, ¿no, querido amigo?
—Claro que sí ‒dijo Frédéric.
Después, hablaron de cómo instalarse. Deslauriers había conseguido, sin esfuerzo, una plaza de segundo pasante en el despacho de un abogado, se había inscrito en la Escuela de Derecho, comprado los libros indispensables, y la vida con la que tanto habían soñado, comenzó.
Fue encantadora, gracias a la belleza de su juventud. Deslauriers, como no habló de ninguna convención pecuniaria, Frédéric, tampoco lo hizo. Él subvencionaba todos los gastos, ordenaba el armario, se ocupaba de la casa; pero, si había que dar una propina al portero, el pasante se encargaba de ello, continuando, como en el colegio, su papel de protector y de mayor. Separados a lo largo del día, se reencontraban por la noche. Cada uno ocupaba su sitio al calor del fuego y se ponían a la tarea. Pero no tardaban en interrumpirse. Eran confidencias sin fin, risas sin causa, y disputas algunas veces, a propósito de la lámpara que se apagaba, o un libro extraviado, enfados de un minuto que las risas apaciguaban.
Como dejaban abierta la puerta del cuarto de la leña, charlaban de lejos, en sus camas.
Por la mañana, se paseaban en mangas de camisa en la terraza; salía el sol, brumas ligeras pasaban sobre el río, se oían los gritos en el mercado de flores de al lado; y el humo de sus pipas formaba torbellinos en el aire puro, que refrescaba sus ojos todavía abotargados; sentían esparcirse al aspirarlo una esperanza inmensa.
Cuando no llovía, los domingos, salían juntos; y, cogidos del brazo, recorrían las calles. Casi siempre la misma reflexión les sobrevenía a la vez, o bien, charlaban, sin ver nada de lo que pasaba a su alrededor. Deslauriers ambicionaba la riqueza como medio de poder sobre los hombres. Hubiera querido movilizar a mucha gente, hacer mucho ruido, tener tres secretarias a sus órdenes, y una gran cena política una vez a la semana. Frédéric se amueblaba un palacio a lo moro, para vivir recostado sobre divanes de cachemira, al murmullo de una fuente, servido por pajes negros; y esas cosas soñadas se hacían al final tan precisas que caía en el desconsuelo, como si las hubiera perdido.
—Para qué hablar de todo esto −decía− ¡puesto que jamás lo tendremos!
—¿Quién sabe? −replicaba Deslauriers.
A pesar de sus opiniones democráticas, le animaba a introducirse en casa de los Dambreuse. El otro refutaba sus tentativas.
—¡Bah!, ¡vuelve allí! ¡Te invitarán!
Hacia mediados del mes de marzo, recibieron, entre facturas bastante cargadas, las del restaurador que les traía la cena. Frédéric, al no disponer de la suma suficiente, pidió prestado cien escudos a Deslauriers; quince días más tarde, reiteró la misma demanda, y el pasante le riñó por los gastos que se permitía en casa de los Arnoux.
Efectivamente, no tenía ninguna moderación. Una vista de Venecia, una vista de Nápoles y otra de Constantinopla que ocupaban la mitad de las tres paredes, temas ecuestres de Alfred de Dreux aquí y allá, un grupo de Pradier sobre la chimenea, números de L’Art industriel sobre el piano, y cartonajes en los rincones, llenaban la estancia de tal manera, que apenas se podía colocar un libro, ni mover los codos. Frédéric pretendía que necesitaba todo eso para su pintura.
Trabajaba en casa de Pellerin. Pero, a menudo Pellerin estaba fuera, ya que tenía costumbre de asistir a todos los entierros y sucesos de los que hablarían los periódicos; y Frédéric pasaba horas enteramente solo en el taller. La tranquilidad de esta gran sala, en la que sólo se oía el corretear de los ratones, la luz que caía del techo, y hasta el ronroneo de la estufa, todo le sumía, en un principio, en una especie de bienestar intelectual. Después, sus ojos, abandonando la tarea, se dirigían sobre los desconchones de la pared, entre los bibelots de la repisa, a lo largo de los torsos en donde el polvo amasado formaba como jirones de terciopelo; y, como un viajero perdido en medio de un bosque en el que todos los caminos conducen al mismo sitio, continuamente, volvía a encontrar, en el fondo de cada idea, el recuerdo de la señora Arnoux.
Fijaba unos días para ir a su casa; llegado al segundo piso, delante de la puerta, dudaba en llamar. Unos pasos se acercaban; abrían la puerta, y, las palabras: la señora ha salido, eran una liberación, y como un peso menos en su corazón.
Sin embargo, la encontró. La primera vez, había tres señoras con ella; otra tarde, llegó el maestro de escritura de la señorita Marthe. Por otra parte, los hombres que la señora Arnoux recibía no le hacían visitas. Ya no volvió más, por discreción.
Pero no dejaba de presentarse en L’Art industriel regularmente, cada miércoles, para que le invitaran a la cena de los jueves; se quedaba más tarde que todos los demás, más tiempo aún que Regimbart, hasta el último minuto, simulando mirar un grabado, leyendo un periódico. Finalmente, Arnoux le decía:
—¿Está usted libre mañana por la noche? −Él aceptaba antes de que la frase fuese terminada. Parecía que Arnoux le tenía afecto. Le mostró el arte de reconocer los vinos, a quemar el ponche, a hacer guiso de perdiz; Frédéric seguía dócilmente sus consejos, amando todo lo que dependía de la señora Arnoux, sus muebles, sus criados, su casa, su calle.
Apenas hablaba durante esas cenas; la contemplaba. Ella tenía a la derecha, en la sien, un lunar; sus dos particiones laterales del cabello eran más oscuras que el resto de su pelo y siempre como un poco húmedas en los bordes; ella las atusaba de vez en cuando, con dos dedos solamente. Él conocía la forma de cada una de sus uñas, y se deleitaba escuchando el siseo de su vestido de seda cuando rozaba las puertas, aspiraba, con disimulo, el perfume de su pañuelo; su peine, sus guantes, sus anillos eran para él cosas excepcionales, importantes, como obras de arte, casi con vida, como personas; todas le encogían el corazón y aumentaban su pasión.
No había tenido la fortaleza de ocultar esta pasión a Deslauriers. Cuando volvía de casa de la señora Arnoux, le despertaba, como por descuido, a fin de poder hablar de ella.
Deslauriers, que dormía en el cuarto de la leña, cerca de la fuente, bostezaba largamente. Frédéric se sentaba al pie de su cama. Al principio, hablaba de la cena, después, contaba mil detalles insignificantes, en los que veía señales de desprecio o de afecto. Una vez, por ejemplo, ella no había aceptado su brazo y tomó el de Dittmer, y Frédéric se amargaba.
—¡Ah!, ¡qué tontería!
O bien ella le había llamado su «amigo».
—¡Adelante, entonces!
—Pero no me atrevo −decía Frédéric.
—Y bien, no pienses más en ello. Buenas noches.
Deslauriers se daba la vuelta, cara a la pared, y se volvía a dormir. No comprendía nada de ese amor que veía como una última debilidad de adolescencia; y, sin duda, no bastándole ya su intimidad, pensó en reunir a sus amigos comunes una vez por semana.
Llegaban los sábados hacia las nueve. Las tres cortinas argelinas[22] estaban cuidadosamente cerradas; la lámpara y cuatro velas ardían; en medio de la mesa, el tabaquero, lleno de pipas, se situaba entre las botellas de cerveza, la tetera, un licorero de ron y unos pastelillos. Debatían sobre la inmortalidad del alma, comparaban a unos profesores con otros.
Hussonnet, una tarde, llevó a un joven alto y fuerte, vestido con un gabán con las mangas demasiado cortas, y algo cohibido. Era el muchacho al que habían ayudado en el puesto de policía, el año pasado.
No habiendo podido devolver a su dueño la caja de encajes perdida en el tumulto, había sido acusado de robo, amenazado con los tribunales; ahora, era vendedor en una casa de transportes. Hussonnet, aquella mañana, se lo había encontrado en la esquina de la calle; lo traía, pues Dussardier, por agradecimiento, quería ver «al otro».
Entregó a Frédéric la cigarrera todavía llena, y que había guardado religiosamente con la esperanza de devolvérsela. Los jóvenes le invitaron a que volviera. No faltó a la cita.
Todos simpatizaban. En primer lugar, su odio al Gobierno tenía la altura de un dogma indiscutible. Sólo Martinon trataba de defender a Luis Felipe. Le abrumaban con los lugares comunes que circulaban en los periódicos: las fortificaciones de París, las leyes de septiembre, Pritchard, lord Guizot[23] −tanto que Martinon se callaba, temiendo ofender a alguno de ellos−. En siete años de colegio, nunca había merecido un castigo, y, en la Escuela de Derecho, sabía agradar a los profesores. Llevaba, normalmente, un grueso redingote color crema, con protectores de caucho para los zapatos; pero, apareció una tarde con un atuendo de novio: chaleco de terciopelo con cuello, corbata blanca, cadena de oro.
El asombro aumentó cuando supieron que salía de casa del señor Dambreuse. En efecto, el banquero Dambreuse acababa de comprar al padre de Martinon una parte considerable de bosque; el buen hombre le presentó a su hijo, y Dambreuse los invitó a cenar a los dos.
—¿Había muchas trufas? −preguntó Deslauriers, ¿has tomado por la cintura a su esposa, entre dos puertas, sicut decet?[24]
Entonces la conversación giró sobre las mujeres. Pellerin no admitía que hubiera mujeres hermosas (prefería las tigresas); por otra parte, la hembra del hombre era una criatura inferior en la jerarquía estética.
—Lo que os seduce es particularmente lo que la degrada como idea; quiero decir los senos, el cabello.
—Sin embargo –objetó Frédéric–, unos largos cabellos negros, con grandes ojos negros.
—¡Oh!, ¡muy visto! −exclamó Hussonnet–. ¡Demasiadas andaluzas en la arena!, ¿antiguallas? ¡No, adiós! Pues, en fin, veamos, ¡fuera bromas! ¡una lorette[25] es más divertida que la Venus de Milo! ¡Seamos galos, ¡hombre de Dios! y regencia ¡si es posible!
—Coulez, bons vins; femmes, daignez sourire![26].
—¡Hay que pasar de la morena a la rubia! ¿Es esa su opinión, amigo Dussardier?
Dussardier no respondió. Todos le presionaron para conocer sus gustos.
—Pues bien ‒dijo sonrojándose‒ yo, yo quisiera amar a la misma, ¡siempre!
Dijo eso de una manera tal que hubo un momento de silencio, unos sorprendiéndose de ese candor, y otros descubriendo en esas palabras, quizá, el secreto deseo de su alma.
Sénécal posó sobre la chimenea su jarra de cerveza y declaró dogmáticamente que, siendo la prostitución una tiranía y el matrimonio una inmoralidad, más valía abstenerse. Deslauriers tomaba a las mujeres como una distracción, nada más. El señor de Cisy tenía toda clase de temor en ese asunto.
Educado bajo la mirada de una abuela devota, encontraba la compañía de estos jóvenes atractiva como un lugar pecaminoso e instructiva como una Sorbona. No le escatimaban las lecciones; y él se mostraba bien aplicado, hasta querer fumar, a pesar del dolor de estómago que le atormentaba cada vez, con regularidad. Frédéric le rodeaba de cuidados. Admiraba el color de sus corbatas, la piel de su gabán y, sobre todo, sus botas, finas como guantes y que parecían insolentes por su limpieza y delicadeza; su coche le esperaba abajo, en la calle.
Una noche en la que acababa de marcharse, y que nevaba, Sénécal se puso a compadecer al cochero de Cisy. Después, peroró contra los guantes amarillos[27], el Jockey Club. Hacía más caso a un obrero que a esos señores.
—¡Yo, al menos trabajo!, ¡soy pobre!
—Eso ya se ve ‒dijo, finalmente, Frédéric, irritado.
El profesor le guardó rencor por esas palabras.
Pero, como Regimbart había dicho que conocía un poco a Sénécal, y Frédéric quería hacer un favor al amigo de Arnoux, le rogó que viniera a las reuniones de los sábados, y el encuentro fue agradable para los dos patriotas.
Sin embargo, eran muy diferentes.
Sénécal ‒que era un cabeza de huevo‒ no consideraba más que los sistemas. Regimbart, por el contrario, no veía en los hechos nada más que los hechos. Lo que le inquietaba, principalmente, era la frontera del Rin. Pretendía ser ducho en artillería, y se hacía vestir por el sastre de la Escuela Politécnica.
Regimbart, el primer día, cuando le ofrecieron pasteles, se encogió de hombros despectivamente, diciendo que eso era del gusto de las mujeres; y las veces siguientes, no estuvo más afortunado. En el momento en el que las ideas alcanzaban una cierta altura, murmuraba: «¡Oh!, ¡nada de utopías, nada de sueños!». En materia de arte (aunque frecuentaba los talleres, donde algunas veces, daba, por amabilidad, una lección de esgrima), sus opiniones no eran en absoluto trascendentes. Comparaba el estilo del señor Marrast con el de Voltaire y a la señorita Vatnaz con la señora de Staël, a causa de una oda sobre Polonia, «en la que había sentimiento». En fin, Regimbart aburría a todo el mundo y particularmente a Deslauriers, pues el ciudadano era un íntimo de Arnoux. Ahora bien, el pasante ambicionaba frecuentar esa casa, esperando hacer allí amistades aprovechables. «Pero, ¿cuándo vas a llevarme?» ‒decía. Arnoux estaba sobrecargado de trabajo, o bien salía de viaje; o bien, no merecía la pena, o bien, ya no darán más cenas.
Si hubiera sido necesario arriesgar la vida por su amigo, Frédéric lo habría hecho. Pero, como deseaba presentarse lo más ventajosamente posible, como vigilaba su lenguaje, sus modales y su indumentaria para ir al despacho de L’Art industriel, siempre irreprochablemente enguantado, temía que Deslauriers, con su viejo frac negro, su aspecto de procurador y sus discursos descarados, disgustase a la señora Arnoux, lo que podía comprometerlo, rebajarlo incluso ante ella. Admitía bien a los demás, pero este, precisamente, le contrariaría mil veces más. El pasante se daba cuenta de que no quería cumplir su promesa, y el silencio de Frédéric le parecía una grave injuria.
Deslauriers hubiera querido guiarle, absolutamente, verle desarrollarse según el ideal de su juventud; y su holgazanería le sublevaba, como una desobediencia y como una traición. Por otra parte, Frédéric, con la idea constante de la señora Arnoux, hablaba a menudo de su marido; y Deslauriers comenzó una intolerable cantinela, consistente en repetir su nombre cien veces al día, al final de cada frase, como un tic de idiota. Cuando llamaban a la puerta, respondía: ¡Pase, Arnoux! en el restaurante, pedía un queso de Brie «igual que Arnoux»; y, por la noche, fingiendo tener una pesadilla, despertaba a su compañero gritando: «¡Arnoux! ¡Arnoux!». Finalmente, un día, Frédéric, harto, le dijo con una voz lamentable:
—¡Pero déjame tranquilo con Arnoux!
—¡Jamás! ‒respondió el pasante.
Toujours lui! Lui partout ou brûlante ou glacée![28], la imagen de Arnoux.
—¡Cállate! ‒exclamó Frédéric levantando el puño.
Y continuó suavemente:
—Es un tema muy penoso para mí, ya lo sabes.
—¡Oh!, perdón, querido ‒replicó Deslauriers inclinándose exageradamente‒, ¡de ahora en adelante respetaremos los nervios de la señorita! ¡Perdón, una vez más! ¡Mil excusas!
Así terminó la broma.
Pero, tres semanas más tarde, una tarde, le dijo:
—Pues bien, acabo de verla ahora, ¡a la señora Arnoux!
—¿Dónde?
—En el Palais, con Balandard, de verdad; ¿una mujer morena, no es eso, de talla mediana?
Frédéric asintió. Esperaba que Deslauriers hablase. A la más mínima palabra de admiración, se hubiera explayado largamente, ya que estaba dispuesto a mimarlo; el otro seguía callado; finalmente, sin aguantarse más, le preguntó en un tono indiferente lo que pensaba de ella.
Deslauriers la encontraba «bien, sin que tenga nada de extraordinario»
—¡Ah!, ¿tú crees? ‒dijo Frédéric.
Llegó el mes de agosto[29], época de su segundo examen. Según la opinión general, quince días debían bastar para preparar las materias. Frédéric, sin dudar de sus fuerzas, se tragó de golpe los cuatro primeros libros del Código Procesal, los tres primeros del Código Penal, varios capítulos de Instrucción Criminal y una parte del Código Civil, con las anotaciones del señor Poncelet. La víspera, Deslauriers le hizo recitar una recapitulación que se prolongó hasta la mañana; y, para aprovechar el último cuarto de hora, continuó preguntándole por la calle, mientras caminaban.
Como varios exámenes se realizaban simultáneamente, había mucha gente en el patio, entre otros Hussonnet y Cisy; no dejaban de asistir a esas pruebas cuando se trataba de compañeros. Frédéric se puso la toga tradicional; después, entró seguido del gentío, con otros tres estudiantes, a una gran sala, con ventanas sin cortinas y banquetas a lo largo de las paredes. En medio, unas sillas de cuero rodeaban una mesa, decorada con un tapete verde. La mesa separaba a los candidatos de los señores examinadores, con toga roja, llevando todos esclavinas de armiño sobre los hombros, y birretes de galones dorados en la cabeza
Frédéric era el penúltimo en la serie, mala posición. A la primera pregunta sobre la diferencia entre una convención y un contrato, definió la una por el otro; y el profesor, un buen hombre, le dijo: «No se ponga nervioso, señor, ¡repóngase!», y después, habiéndole hecho dos preguntas fáciles, seguidas de respuestas poco claras, pasó al fin al cuarto alumno. Frédéric se sintió desmoralizado por ese pésimo comienzo. Deslauriers, en frente, entre el público, le hacía señas de que todo no estaba aún perdido; y en la segunda pregunta sobre derecho criminal, se mostró pasable. Pero, después de la tercera, relativa al testamento cerrado, como el examinador permaneciera impasible todo el tiempo, su angustia aumentó; pues Hussonnet juntaba las manos como para aplaudir, mientras que Deslauriers se encogía de hombros constantemente. Finalmente, el momento llegó, ¡había que responder sobre los Procedimientos! Se trataba de reclamaciones en tercería. El profesor, sorprendido de haber oído unas teorías contrarias a las suyas, le preguntó en un tono brutal:
—Y usted, señor, ¿es esa su opinión? ¡Cómo concilia usted el principio del artículo 1351 del Código Civil con esa vía de ataque extraordinaria!
Frédéric sentía un terrible dolor de cabeza por haber pasado la noche sin dormir. Un rayo de sol, que entraba por intervalos a través de una celosía, le daba en la cara. De pie, detrás de su silla, se balanceaba y se atusaba el bigote.
—¡Sigo esperando su respuesta! ‒repuso el hombre del birrete dorado.
Y como el gesto de Frédéric sin duda le irritaba:
—¡No es en sus bigotes donde va a encontrar la respuesta!
Ese sarcasmo hizo reír al auditorio; el profesor, halagado, se calmó. Le hizo dos preguntas más sobre el aplazamiento y sobre el procedimiento sumario, después, bajó la cabeza en señal de aprobación; el acto había concluido. Frédéric volvió al vestíbulo.
Mientras que el ujier le quitaba la toga, para pasársela a otro alumno inmediatamente, sus amigos le rodearon, acabando de aturdirle con sus opiniones contradictorias sobre el resultado del examen. Enseguida lo proclamaron con voz sonora, a la entrada de la sala: el tercer alumno era… ¡suspenso!
—¡Encajonado! ‒dijo Hussonnet‒, ¡vámonos de aquí!
Delante de la conserjería encontraron a Martinon, rojo, emocionado, con una sonrisa en los ojos y la aureola del triunfo en la frente. Acababa de pasar, sin problema, su último examen. Le quedaba solamente la tesis. Antes de quince días, sería licenciado. Su familia conocía a un ministro, «una hermosa carrera» se abría ante él.
—Ese te hunde, a pesar de todo ‒dijo Deslauriers.
Nada es más humillante como ver a los tontos triunfar en las empresas en las que uno ha fracasado. Frédéric, humillado, respondió que le importaba un bledo. Tenía pretensiones más altas; y, como Hussonnet parecía que iba a marcharse, Frédéric le cogió aparte para decirle:
—¡Ni una palabra de esto en casa de los Arnoux, por supuesto!
El secreto era fácil, puesto que Arnoux, al día siguiente, salía de viaje hacia Alemania.
Por la noche, al volver a casa, el pasante encontró a su amigo singularmente cambiado: hacía piruetas, silbaba; y, al otro, que se asombraba de ese buen humor, Frédéric le declaró que no iría a casa de su madre: emplearía las vacaciones en trabajar.
Con la noticia del viaje de Arnoux, le había entrado una gran alegría. Podía presentarse allá, a su gusto, sin temor a verse interrumpido con sus visitas. La convicción de una seguridad absoluta le daría valor. ¡Por fin no estaría lejos, no estaría separado de ella! Algo más fuerte que una cadena de hierro le ataba a París, una voz interior le gritaba que se quedara.
Había obstáculos que se oponían. Los franqueó escribiendo a su madre; primero, confesaba su fracaso, ocasionado por cambios en el programa, una casualidad, una injusticia; por otra parte, todos los grandes abogados (citaba sus nombres) habían suspendido sus exámenes. Pero él contaba con presentarse de nuevo en el mes de noviembre. Ahora bien, como no tenía tiempo que perder, no iría a casa este año; y pedía, además del dinero de un trimestre, doscientos cincuenta francos para tomar clases de derecho, muy útiles; todo ello adornado de lamentaciones, pesares, zalamerías y declaraciones de amor filial.
La señora Moreau, que le esperaba al día siguiente, se disgustó por partida doble. Obvió la mala suerte de su hijo y le respondió «que viniera de todas formas». Frédéric no cedió. Hubo enfados. Sin embargo, al final de la semana, recibió el dinero del trimestre con la suma destinada a las clases particulares, y que sirvió para pagar un pantalón gris perla, un sombrero de fieltro blanco y un bastón con empuñadura de oro.
«¿Quizá es una idea absurda la que he tenido?», pensó.
Y le entró una gran duda.
Para saber si debía ir a casa de la señora Arnoux, lanzó tres veces una moneda al aire. Todas las veces el presagio era favorable. Así pues, la fatalidad mandaba. Cogió un fiacre que lo llevó a la calle Choiseul.
Subió rápidamente la escalera, tiró del cordón de la campanilla; no sonó: se sentía casi desfallecer.
Después, rompió, con un furioso tirón, la pesada borla de seda roja. Resonó un carillón, se apaciguó gradualmente; y no se oía nada más. Frédéric se asustó.
Pegó la oreja contra la puerta; ¡ni un soplo! Puso el ojo en el hueco de la cerradura, y no veía, en la antecámara, más que dos puntas de caña, en la pared, entre las flores del papel. Finalmente, se daba la vuelta cuando cambió de opinión. Esta vez, dio un pequeño toque, ligero. La puerta se abrió; y en el umbral, con el pelo alborotado, la cara roja y la mirada huraña, Arnoux, en persona, apareció.
—¡Vaya! ¿Qué diablo le trae por aquí? ¡Entre!
Le introdujo, no en el gabinete o en la habitación, sino en el comedor, en el que se veía sobre la mesa una botella de vino de Champagne con dos vasos; y de un tono brusco:
—¿Tiene usted algo que pedirme, querido amigo?
—¡No!, ¡nada!, ¡nada! ‒balbuceó el joven, buscando un pretexto para su visita.
Finalmente dijo que venía a tener noticias suyas, pues le creía en Alemania, según le había informado Hussonnet.
—¡En absoluto! ‒repuso Arnoux. ¡Qué cabeza de chorlito tiene ese muchacho, para entender todo al revés!
Con el fin de disimular su azoramiento, Frédéric iba de un lado a otro por el comedor. Al chocar con la pata de una silla, hizo caer una sombrilla que había encima; el mango de marfil se rompió.
—¡Dios mío!, ¡cuánto siento haber roto la sombrilla de la señora Arnoux!
Al oír eso, el comerciante levantó la cabeza, y sonrió de una manera singular. Frédéric, aprovechando la ocasión que se le ofrecía de hablar de ella, añadió tímidamente:
—¿Es que podría verla?
Ella estaba en su tierra, junto a su madre enferma.
Ya no se atrevió a preguntar por la duración de esa ausencia. Solamente preguntó cuál era la tierra de la señora Arnoux.
—¡Chartres! ¿Le sorprende?
—¿A mí?, ¡no! ¿Por qué? ¡En absoluto!
Después, no encontraron absolutamente nada que decirse. Arnoux, que se había liado un cigarrillo, daba vueltas en torno a la mesa, resoplando. Frédéric, de pie contra la estufa, contemplaba las paredes, la estantería, el parqué; e imágenes encantadoras desfilaban en su memoria, ante sus ojos, más bien. Finalmente se retiró.
Un trozo de periódico, arrugado formando una bola, estaba por el suelo, en la antecámara; Arnoux lo cogió, y, poniéndose de puntillas, lo introdujo en la campanilla, para continuar, dijo, la siesta interrumpida. Después, con un apretón de manos:
—¡Advierta al portero de que no estoy, por favor!
Y le cerró la puerta, a su espalda, violentamente.
Frédéric bajó la escalera peldaño a peldaño. El fracaso de esta primera tentativa le desanimaba sobre la posibilidad de otras. Entonces, comenzaron tres meses de aburrimiento. Como no tenía ningún trabajo, la ociosidad reforzaba su tristeza.
Se pasaba las horas mirando, desde lo altura de su balcón, el río que corría entre los muelles grisáceos, ennegrecidos, de un sitio a otro, por las aguas sucias del alcantarillado, con un pontón de lavanderas, amarrado a la orilla, donde a veces los chiquillos se divertían, en el limo, bañando a un caniche. Sus ojos abandonaban a la izquierda el puente de piedra de Notre-Dame y tres puentes colgantes, y se dirigían siempre hacia el quai des Ormes, sobre una espesa arboleda de viejos árboles, iguales a los tilos del puerto de Montereau. La torre Saint-Jacques, el Ayuntamiento, Saint-Gervais, Saint-Louis, Saint-Paul, se erigían en frente, entre multitud de tejados, ‒y el Genio de la Columna de Julio[30] resplandecía al oriente como una gran estrella dorada, mientras que, al otro extremo, la cúpula de las Tullerías redondeaba, sobre el cielo, su pesada masa azul.
Era por detrás, por ese lado, donde debía estar la casa de la señora Arnoux.
Volvía a la habitación; después, tumbado sobre el diván, se abandonaba a una meditación desordenada: planos de obras, proyectos de conducta, arrebatos sobre el futuro. Finalmente, para librarse de sí mismo, salía.
Subía, sin rumbo, al Barrio Latino, siempre tan tumultuoso, pero desierto en esta época, pues los estudiantes habían marchado con sus familias. Los altos muros de los colegios, como alargados por el silencio, tenían un aspecto más lúgubre aún; se oían toda clase de ruidos apacibles, batir de alas en las jaulas, el zumbido de un torno, el martillo de un zapatero; y los vendedores de ropa, en medio de las calles, buscaban con la mirada en cada ventana, inútilmente. Al fondo de los cafés solitarios, la señora del mostrador bostezaba entre las garrafas llenas; los periódicos permanecían ordenados sobre la mesa de los gabinetes de lectura; en el taller de las planchadoras, la ropa blanca temblaba bajo las bocanadas de aire tibio. De vez en cuando, se detenía ante el tenderete de un librero; un ómnibus, que bajaba rozando la acera, le hacía darse la vuelta; y, llegado ante el Luxembourg, ya no iba más lejos.
Algunas veces, la esperanza de una distracción le atraía hacia los bulevares. Después de sombrías callejuelas, exhalando frescores húmedos, llegaba a grandes plazas desiertas, resplandecientes de luz, y en las que los monumentos dibujaban al borde del pavimento recortes dentados de sombra negra. Pero volvían de nuevo las carretas, las tiendas, y la muchedumbre le aturdía ‒sobre todo los domingos‒, cuando desde la Bastilla hasta la Magdalena, era un inmenso oleaje ondulante sobre el asfalto, en medio del polvo, en un rumor continuo; se sentía asqueado por la bajeza de la gente, la idiotez de las conversaciones, ¡la imbécil satisfacción transpirando de sudor en la frente de la gente! sin embargo, la conciencia de que él valía más que esos hombres atenuaba la fatiga de mirarlos.
Iba todos los días a L’Art industriel; y para saber cuándo regresaría la señora Arnoux, se informaba largamente. La respuesta de Arnoux no variaba, «la mejoría continúa», su mujer, con la pequeña, estaría de vuelta la semana próxima. Cuanto más tardaba ella en volver, más inquietud testimoniaba Frédéric, tanto que Arnoux, conmovido por tanto afecto, lo llevó cinco o seis veces a cenar al restaurante.
Frédéric, en esos largos encuentros, los dos solos, reconoció que el comerciante de cuadros no tenía demasiado ingenio. Arnoux podía darse cuenta de ese enfriamiento; y, además, era la ocasión de devolverle un poco sus atenciones.
Queriendo, pues, hacer bien las cosas, vendió a un chamarilero todos sus trajes nuevos por ochenta francos; y, aumentando la suma con otros cien que le quedaban, fue a casa Arnoux para llevarle a cenar. Regimbart estaba allí. Así que se fueron a los Trois-Frères-Provençaux.
El ciudadano comenzó por quitarse el abrigo, y, seguro de la deferencia de los otros dos, eligió la carta. Pero, por más que pidió ir a la cocina para hablar él mismo al chef, bajar a la bodega de la que conocía cada rincón, y pedir que subiera el dueño del establecimiento, al que «le dio jabón», ¡no estuvo contento ni de los platos, ni de los vinos, ni del servicio! A cada nuevo plato, a cada botella diferente, desde el primer bocado, el primer sorbo, soltaba el tenedor, o apartaba lejos el vaso; después, se acodaba sobre el mantel, con todo el brazo, ¡y exclamaba que ya no se podía cenar en París! En fin, no sabiendo qué imaginar para llevarse a la boca, Regimbart se pidió unas judías verdes con aceite, «sin más», las cuales, aunque sólo a medias, le apaciguaron un poco. Después, inició un diálogo con el camarero, en torno a los antiguos camareros de los Provençaux: «¿Qué había sido de Antoine? ¿Y de uno que se llamaba Eugène? ¿Y Théodore, el pequeño, que servía siempre abajo? Había en aquel tiempo una carne realmente ilustre, y unas têtes de Bourgogne[31] , ¡como ya no se verán nunca más!
Después, se trató del valor de unos terrenos de las afueras, una especulación de Arnoux, infalible. La espera perjudicaba sus intereses. Puesto que no quería vender a ningún precio, Regimbart le fijaría uno; y estos dos señores hicieron cálculos, con un lápiz, hasta el final de los postres.
Se fueron a tomar un café, al pasaje de Saumon, en un barucho, en el entresuelo. Frédéric asistió, de pie, a interminables partidas de billar, regadas con innumerables jarras de cerveza; y se quedó allí, hasta medianoche, sin saber por qué, por cobardía, por tontería, en la esperanza confusa de cualquier suceso favorable a su amor.
¿Cuándo la volvería a ver? Frédéric se desesperaba. Pero, una tarde, a finales de noviembre, Arnoux le dijo:
—Mi mujer ha vuelto ayer, ¿sabe?
Al día siguiente a las cinco, Frédéric entró en su casa.
Empezó con felicitaciones, a propósito de su madre, cuya enfermedad había sido tan grave.
—¡No, ¡qué va! ¿Quién se lo ha dicho?
—¡Arnoux!
Ella hizo un ligero «¡ah!», después añadió que, al principio, hubo un serio temor, ahora desaparecido.
Ella estaba cerca del fuego en la butaca de tapicería. Él, en el canapé, con el sombrero sobre las rodillas; y la conversación fue penosa, ella la abandonaba a cada minuto; él no encontraba el momento para introducir en esa charla sus sentimientos. Pero lamentándose de estudiar los intríngulis procesales, ella replicó:
—Sí… me doy cuenta... ¡los negocios! ‒bajando la cabeza, absorta, de repente, en sus reflexiones.
Él ansiaba conocerlas, esas reflexiones, e incluso no pensaba en otra cosa. El crepúsculo formaba sombras alrededor.
Ella se levantó, ya que tenía que hacer un recado, después reapareció con una capa de terciopelo, y un manto negro, bordeado de petigrís. Él se atrevió a ofrecerse para acompañarla.
Ya no se veía nada; el tiempo era frío, una pesada niebla, difuminando las fachadas de las casas, inundaba el aire. Frédéric la aspiraba con delicia, pues sentía a través de la tela del vestido la forma de su brazo; y su mano, cubierta con un guante de gamuza de dos botones, su pequeña mano que hubiera querido cubrir de besos, se apoyaba en su manga. A causa del pavimento resbaladizo, oscilaban un poco; le parecía que los dos caminaban como mecidos por el viento, en medio de una nube.
El resplandor de las luces sobre el bulevar, le devolvió a la realidad. La ocasión era buena, el tiempo corría. Se dio de plazo hasta la calle Richelieu para declarar su amor. Pero, casi enseguida, delante de un comercio de porcelanas, ella se paró en seco, diciéndole:
—Ya hemos llegado, se lo agradezco. Hasta el jueves, ¿no? ¿Cómo de costumbre?
Las cenas empezaron de nuevo; y cuanto más frecuentaba a la señora Arnoux, más aumentaba su decaimiento.
La contemplación de esta mujer le enervaba, como el uso de un perfume demasiado fuerte. Aquello descendía hasta las profundidades de su temperamento, y llegaba a ser casi una manera general de sentir, un modo nuevo de existir.
Las prostitutas que encontraba junto a las farolas, las cantantes lanzando sus gorgoritos, las amazonas en sus caballos al galope, las burguesas a pie, las grisettes[32] en las ventanas, todas las mujeres le recordaban a ella, por similitudes o por contraste violento. Miraba, a lo largo de las tiendas, los cachemires, los encajes y los colgantes de pedrería, imaginándolos drapeados alrededor de sus caderas, cosidos a su corpiño, brillando en su cabellera negra. En el tenderete de las vendedoras, las flores se abrían para que ella las escogiese al pasar; en el escaparate de los zapateros, las pequeñas pantuflas de satén con bordes de cisne parecían esperar su pie; todas las calles conducían a su casa; los coches estacionaban en las plazas para llegar hasta ella más deprisa; París se refería a su persona, y la gran ciudad con todas sus voces resonaba como una inmensa orquesta en torno a ella.
Cuando iba al Jardin des Plantes, la vista de una palmera le llevaba hacia países lejanos. Viajaban juntos, a lomos de los dromedarios, bajo el toldillo de los elefantes, en la cabina de un yate entre archipiélagos azules, o uno al lado del otro sobre dos mulos con campanillas, que tropiezan en la hierba contra columnas rotas. Algunas veces, se paraba en el Louvre delante de cuadros antiguos; y su amor regresaba hasta los siglos pasados, sustituyéndola por los personajes de las pinturas. Con un tocado de capirote, rezaba de rodillas detrás de una vidriera de plomo. Señora de Castilla y de Flandes, se mantenía sentada, con una gorguera almidonada y un corpiño de ballenas con grandes frunces. Después, ella bajaba de alguna escalinata de pórfido, en medio de los senadores, bajo un palio de plumas de avestruz, con un vestido de brocado. Otras veces, la soñaba en pantalón de seda amarilla, sobre los cojines de un harén; y todo lo que era bello, el titilar de las estrellas, ciertas melodías, el ritmo de una frase, una silueta, la traían a su pensamiento de una manera brusca e inconsciente.
En cuanto a intentar que fuera su amante, él estaba seguro de que toda tentativa sería inútil.
Una tarde, Dittmer, que llegaba, la besó en la frente; Lovarias hizo lo mismo, diciendo:
—¿Me permite, verdad, siguiendo el privilegio de los amigos?
Frédéric balbuceó:
—¿Me parece que todos somos amigos?
—¡No todos viejos! ‒repuso ella.
Era frenarle por adelantado, indirectamente.
Y entonces, ¿qué hacer? ¿Decirle que la amaba? Ella le rechazaría, sin duda; o bien, indignándose, ¡le expulsaría de su casa! Ahora bien, prefería todos los sufrimientos a la horrible posibilidad de no verla más.
Él envidiaba el talento de los pianistas, las cicatrices de los soldados. Deseaba una enfermedad peligrosa, esperando que ella se interesara por él, de esa manera.
Una cosa le asombraba, y es que ya no estaba celoso de Arnoux; no podía imaginársela más que vestida, de tal manera su pudor le parecía natural, y apartaba su sexo hacia una misteriosa sombra.
Sin embargo, soñaba con la felicidad de vivir con ella, tutearla, pasarle la mano por su cabello, o en el suelo, de rodillas, los dos brazos en torno a su talle, ¡beber su alma en sus ojos! Para eso, hubiera sido preciso subvertir el destino; e, incapaz de actuar, maldiciendo a Dios y acusándose de cobarde, volvía a su deseo, como un prisionero a su calabozo. Una angustia permanente le ahogaba. Se quedaba durante horas inmóvil, o bien, rompía a llorar; y, un día que no había tenido la fuerza de contenerse, Deslauriers le dijo:
—Pero, ¡hombre! ¿qué es lo que te pasa?
Frédéric sufría de los nervios. Deslauriers no lo creyó. Ante tales sufrimientos, había sentido despertarse su ternura, y le reconfortó. Un hombre como él, ¡dejarse abatir!, ¡vaya tontería! en la juventud, pase aún, pero más tarde, es perder el tiempo.
—¡Me fastidias, mi querido Frédéric! Quiero que vuelva el Frédéric de antes. Un muchacho, ¡siempre igual! ¡Me gustaba! ¡Vamos, fuma una pipa, animal! ¡Muévete un poco!, ¡me pones enfermo!
—Es cierto ‒dijo Frédéric‒, ¡estoy loco!
El pasante repuso:
—¡Ah!, viejo trovador, ¡yo sé muy bien lo que te aflige! ¿El corazoncito? ¡Confiésalo! ¡Bah!, ¡una perdida, cuatro ganadas! Uno se consuela de las mujeres virtuosas con las otras. ¿Quieres que te lleve a conocer mujeres? No tienes más que venir al Alhambra. (Era un baile público, abierto recientemente en lo alto de los Campos Elíseos, y que se arruinó desde la segunda temporada, a causa de un lujo prematuro en ese tipo de establecimientos.) Allí uno se divierte, según parece. ¡Vayamos! Llevarás a tus amigos, si quieres; ¡te consiento, incluso a Regimbart!
Frédéric no invitó al ciudadano. Deslauriers se privó de Sénécal. Solamente llevaron a Hussonnet y Cisy con Dusardier; y el mismo fiacre los llevó a los cinco hasta la puerta del Alhambra.
Dos galerías árabes se extendían a derecha e izquierda, paralelamente. La pared de una casa, en frente, ocupaba todo el fondo, y el cuarto lado (el del restaurante) simulaba un claustro gótico con vidrieras de colores. Una especie de techado chino cubría el estrado donde tocaban los músicos; el suelo alrededor estaba cubierto de asfalto, y lámparas venecianas, sujetas en las columnas, formaban, desde lejos, sobre las cuadrillas, una corona de luces multicolores. Un pedestal, aquí y allá, soportaba una cubeta de piedra, de donde surgía un delgado surtidor de agua. Se veía entre el verdor, estatuas de yeso, Hebes y Cupidos, pringosos de pintura al óleo; y los numerosos senderos, provistos de una arena muy amarilla, cuidadosamente rastrillada, hacían parecer al jardín más grande de lo que en realidad era.
Había estudiantes que paseaban a sus amantes; viajantes de novedades que se pavoneaban, con un bastón entre los dedos; colegiales que fumaban Regalías; solterones que atusaban con un peine su barba teñida; había ingleses, rusos, gente de América del Sur, tres orientales lorettes, grisettes y chicas que iban, esperando encontrar un protector, un enamorado, una moneda de oro, o simplemente por el placer de bailar; y sus vestidos de túnica verde agua, azul, cereza o violeta, pasaban, se agitaban entre los ébanos y los lilos. Casi todos los hombres vestían tejidos de cuadros, algunos pantalones blancos, a pesar del frescor de la noche. Se encendían las farolas.
Hussonnet, por sus relaciones con las revistas de modas y los teatrillos, conocía a muchas mujeres; les enviaba besos con la punta de los dedos, y de vez en cuando, dejando a sus amigos, iba a charlar con ellas.
Deslauriers sintió envidia de esa forma de actuar. Abordó cínicamente a una gran rubia, vestida de nankín. Después de mirarlo de arriba a abajo de manera huraña, dijo: «¡No!, ¡nada de confianzas, buen hombre!», y le dio la espalda.
Volvió a intentarlo, entonces, con una gran morena, que estaba loca, sin duda, pues dio un salto desde la primera palabra amenazándole, si continuaba, con llamar a los guardias. Deslauriers forzaba una risa; después, descubriendo a una mujer pequeña sentada aparte, bajo una farola, le propuso una contradanza.
Los músicos, encaramados sobre el estrado, en posturas de mono, rascaban y soplaban impetuosamente. El director de orquesta, de pie, marcaba el ritmo de una manera automática. Había lleno total, se divertían; las cintas desatadas de los sombreros rozaban las corbatas. Las botas se hundían bajo las faldas; y todos saltaban al ritmo; Deslauriers apretaba contra él a la mujer, y, llevado por el delirio del cancán, se movía en medio de las cuadrillas como una gran marioneta. Cisy y Dusardier continuaban su paseo; el joven aristócrata se fijaba en las chicas, y, a pesar de las exhortaciones del empleado de comercio, no se atrevía a hablarles, imaginando que había siempre en casa de esas mujeres «un hombre escondido en un armario con una pistola, y que sale para hacernos suscribir letras de cambio».
Volvieron junto a Frédéric. Deslauriers ya no bailaba; y todos se preguntaban cómo terminar la noche, cuando Hussonnet exclamó:
—¡Mirad! ¡La marquesa de Amaëgui!
Era una mujer pálida, de nariz respingona, con mitones hasta los codos y grandes bucles negros que le caían a lo largo de las mejillas, como dos orejas de perro. Hussonnet le dijo:
—Deberíamos organizar una pequeña fiesta en tu casa, ¿una reunión oriental? ¡Trata de recoger a algunas amigas tuyas, para estos caballeros franceses! ¡Y bien!, ¿qué es lo que te molesta? ¿Es que esperas a tu hidalgo?
La andaluza bajaba la cabeza; conociendo las costumbres poco lujosas de su amigo, temía que solo la quería por las bebidas. Finalmente, ante la palabra dinero, que ella soltó, Cisy propuso cinco napoleones, toda su bolsa; la cosa se decidió. Pero Frédéric ya no estaba allí.
Había creído oír la voz de Arnoux, había visto un sombrero de mujer, y había entrado deprisa en el bosquecillo de al lado.
La señorita Vatnaz se encontraba sola con Arnoux.
—Perdonen, ¿les molesto?
—En absoluto ‒repuso el comerciante.
Frédéric, por las últimas palabras de la conversación, comprendió que Arnoux había acudido al Alhambra para hablar con la señorita Vatnaz de un asunto urgente; y sin duda Arnoux no estaba completamente convencido, pues le dijo con una mirada inquieta:
—¿Está usted totalmente segura?
—¡Totalmente! ¡A usted se le ama!, ¡ah!, ¡qué hombre!
Y le ponía morritos, avanzando sus gruesos labios, casi sanguinolentos de tan rojos. Pero tenía unos admirables ojos leonados con puntos dorados en las pupilas, llenos de ingenio, de amor y de sensualidad. Iluminaban, como lámparas, la tez un poco amarilla de su rostro delgado. Arnoux parecía disfrutar con sus desaires. Se inclinó hacia ella diciéndole:
—Es usted muy amable, ¡deme un beso!
Ella le cogió por las orejas, y le besó en la frente.
En ese momento, el baile se paró; y, en el lugar del director de orquesta, apareció un joven guapo, demasiado gordo y de una blancura de cera. Tenía el pelo largo, negro, peinado a la manera de Cristo, un chaleco de terciopelo azul con palmas doradas, el aire orgulloso como un pavo real, y tonto como una pava; y cuando hubo saludado al público, empezó una cancioncilla. Era un aldeano narrando él mismo su viaje a la capital; el artista hablaba bajo-normando, se hacía pasar por un hombre borracho; el estribillo:
Ah! j’ai t’y ri, j’ai t’y ri,
Dans ce gueusard de Paris!
levantaba pataleos de entusiasmo. Delmas, «cantante expresivo», era demasiado listo como para dejar que el público se enfriara. Rápidamente le dieron una guitarra, y gimió una romanza titulada Le frère de l’Albanaise.
La letra recordó a Frédéric la que cantaba el hombre harapiento, entre los cilindros del barco. Sus ojos se dirigieron involuntariamente al bajo del vestido que estaba delante de él. Después de cada estrofa, había una larga pausa, y el soplo del viento en los árboles se parecía al ruido de las olas.
La señorita Vatnaz, apartando con una mano las ramas de un aligustre que le impedía ver el estrado, contemplaba al cantante, fijamente, las fosas nasales abiertas, las pestañas bajadas, y como perdida en una profunda alegría.
—¡Muy bien! ‒dijo Arnoux‒. ¡Comprendo por qué está usted esta noche en el Alhambra! Delmas le gusta, querida.
Ella no quiso confesar nada.
—¡Ah!, ¡qué pudor!
Y, señalando a Frédéric:
—¿Es por él? Se equivoca. ¡No hay muchacho más discreto!
Los otros, que buscaban a su amigo, entraron en la sala de plantas. Hussonnet los presentó. Arnoux hizo una distribución de cigarros e invitó a sorbetes a la compañía.
La señorita Vatnaz se sonrojó al ver a Dussardier.
Se levantó enseguida y, tendiéndole la mano:
—¿No se acuerda usted de mí, señor Auguste?
—¡Cómo!, ¿la conoce usted? ‒preguntó Frédéric.
—¡Hemos estado en la misma casa! ‒repuso Dussardier.
Cisy le tiraba de la manga, salieron; y apenas desaparecido, la señorita Vatnaz comenzó a elogiar su carácter. Añadió, incluso, que tenía el talento del corazón.
Después, hablaron de Delmas, que podría tener éxito en el teatro, como mimo; y de ahí surgió una discusión, donde mezclaron a Shakespeare, la censura, el estilo, el pueblo, los éxitos de la Porte-Saint-Martin, Alexandre Dumas, Victor Hugo y Dumersan[33]. Arnoux había conocido a varias actrices célebres; los jóvenes se inclinaban para escucharle. Pero sus palabras quedaban veladas por el bullicio de la música; y, una vez terminadas la cuadrilla[34] y la polka, todos se lanzaban hacia las mesas, llamaban al camarero, reían; las botellas de cerveza y de limonada gaseosa detonaban entre la frondosidad de las plantas, las mujeres gritaban como gallinas; algunas veces, dos señores querían pegarse; un ladrón fue arrestado.
Al galope, los bailarines invadieron las avenidas del jardín. Jadeando, sonrientes, y con la cara roja, desfilaban en un torbellino que levantaba los vestidos con los faldones de los fracs; los trombones rugían más fuerte; el ritmo se aceleraba; detrás del claustro medieval se oyeron estallidos, los petardos explotaron; miles de soles se pusieron a girar; el resplandor de los fuegos de Bengala, color esmeralda, iluminó durante un minuto todo el jardín; y con la última descarga, la multitud exhaló un gran suspiro.
El gentío se diluyó lentamente. Una nube de pólvora de cañón flotaba en el aire. Frédéric y Deslauriers caminaban en medio de la gente, paso a paso, cuando un espectáculo los detuvo; Martinon recogía el cambio en el guardarropa de los paraguas, y acompañaba a una mujer de unos cincuenta años, fea, magníficamente vestida, y de un rango social problemático.
—Ese muchacho ‒dijo Deslauriers‒, es menos simple de lo que se le supone. Pero, ¿dónde está Cisy?
Dussardier les señaló el bar, donde vieron al hijo de los hidalgos, delante de un tazón de ponche, en compañía de un sombrero rosa.
Hussonnet, que se había ausentado, desde hacía cinco minutos, reapareció en ese momento.
Una joven se apoyaba en su brazo, llamándole en voz alta «mi pequeño gatito».
—¡Que no! ‒le decía él‒. ¡No!, ¡no en público! Llámame vizconde, mejor. Eso da un aire caballeresco, Luis XIII y botas blandas, ¡que me gusta! Sí, mis buenos amigos, ¡una relación antigua! ¿No es cierto que es guapa? Él le cogía el mentón. ¡Saluda a estos señores!, ¡son todos hijos de pares de Francia! ¡Yo voy con ellos para que me nombren embajador!
—Pero, ¡qué loco está usted! ‒suspiró la señorita Vatnaz.
Ella rogó a Dussardier que la acompañara hasta su puerta.
Arnoux los vio alejarse, después, volviéndose hacia Frédéric:
—¿Le gustaría a usted la Vatnaz? ¡Por lo demás, usted no es franco en estos asuntos! Creo que nos oculta sus amores.
Frédéric, que se puso lívido, juró que no ocultaba nada.
—Es que no le conocemos ninguna amante ‒repuso Arnoux.
Frédéric estuvo a punto de citar un nombre, al azar. Pero podía ser que le contase a ella esa historia. Respondió que, efectivamente, no tenía amante.
El comerciante se lo reprochó.
—¡Esta noche era muy buena ocasión! ¿Por qué no ha hecho usted como los demás, que se van cada uno de ellos con una mujer?
—¡Y bien!, ¿y usted? ‒dijo Frédéric, impacientado por tanta insistencia.
—¡Ah!, ¡yo!, querido, ¡es diferente! Yo me voy junto a la mía.
Llamó a un cabriolé y desapareció.
Los dos amigos se fueron a pie. Soplaba un viento del este. Ni uno ni otro hablaban. Deslauriers lamentaba no haber brillado ante el director de un periódico, y Frédéric se hundía en la tristeza. Finalmente dijo que el fiestón le había parecido estúpido.
—¿Y de quién es la culpa? ¡si no nos hubieras dejado por tu Arnoux!
—¡Bah!, ¡todo lo que yo hubiera podido hacer hubiera sido completamente inútil!
Pero el pasante tenía sus teorías. Bastaba, para obtener las cosas, desearlas fuertemente.
—Sin embargo, tú mismo, hace un momento…
—¡Me importa un comino! ‒dijo Deslauriers, parando en seco la alusión–. ¡Es que me voy a enredar con mujeres!
Y despotricó contra sus cursilerías, sus tonterías, en suma, que las mujeres no le gustaban.
—¡No presumas! ‒dijo Frédéric.
Delauriers se calló. Después, de repente:
—¿Quieres apostar cien francos a que me hago con la primera que pase?
—¡Sí!, ¡aceptado!
La primera que pasó era una mendiga espantosa; y ya desesperaban del azar, cuando en medio de la calle de Rivoli, vieron a una chica alta, que llevaba en la mano una cajita.
Deslauriers la abordó bajo los arcos. Ella se dirigió bruscamente por el lado de las Tullerias, y enseguida tiró por la plaza del Carrousel; miraba a derecha e izquierda. Corrió tras un fiacre; Deslauriers la alcanzó. Caminaba junto a ella, hablándole con expresivos gestos. Finalmente, aceptó su brazo, y continuaron a lo largo de los muelles. Después, a la altura del Châtelet, durante al menos veinte minutos, se pasearon por el puente de Change, el mercado de las flores, el quai Napoleón. Frédéric entró detrás de ellos. Deslauriers le dio a entender que los molestaría, y que no tenía más que seguir su ejemplo.
—¿Cuánto te queda todavía?
—Dos monedas de cien sous.
—¡Es suficiente!, buenas noches.
Frédéric se quedó con el asombro que se siente al ver cómo triunfa una farsa: «Se ríe de mí, pensó. ¿Y si subiera? ¿Deslauriers creería, quizá, que estoy celoso de ese amor? ¡Como si yo no tuviera uno, cien veces más raro, más noble, más fuerte!». Una especie de ira le empujaba. Llegó ante la puerta de la señora Arnoux.
Ninguna de las ventanas exteriores era la de su vivienda. Sin embargo, se quedaba con los ojos fijos en la fachada ‒como si creyera poder echar abajo los muros‒. Ahora, sin duda, ella descansaba, tranquila como una flor dormida, con sus hermosos cabellos negros entre los encajes de la almohada, los labios entrecerrados, la cabeza sobre un brazo.
La figura de Arnoux se le apareció. Para huir de esa visión, se alejó.
El consejo de Deslauriers vino a su memoria; sintió horror. Entonces, vagabundeó por las calles.
Cuando un transeúnte se acercaba, él trataba de distinguir su rostro. De vez en cuando, un rayo de luz le pasaba entre las piernas, describía a ras del suelo un inmenso cuarto de círculo; y un hombre surgía, en la sombra, con su cesto y su farol. El viento, en ciertos lugares, agitaba el conducto de chapa de una chimenea; sonidos lejanos resonaban, mezclándose con el runrún de su cabeza, y creía oír, en el aire, la vaga cantinela de las contradanzas. El movimiento de la marcha mantenía esa ebriedad; se encontró en el puente de la Concorde.
Entonces, recordó aquella tarde del pasado invierno en la que, saliendo de casa de ella por primera vez, había tenido que pararse, de tan deprisa como le latía el corazón bajo la presión de sus esperanzas. ¡Todas esas esperanzas estaban muertas, ahora!
Nubes oscuras corrían por la superficie de la luna. La contempló, soñando con la grandeza de los espacios, con la miseria de la vida, con la nada de todo. Amaneció; le castañeaban los dientes; y, medio dormido, mojado por la niebla y lleno de lágrimas, se preguntó ¿por qué no acabar con todo? ¡No tenía más que hacer un movimiento! El peso de su frente le arrastraba, veía su cadáver flotando en el agua.
Frédéric se inclinó. El parapeto era un poco ancho, y sólo por cansancio, no intentó franquearlo.
Sintió horror. Volvió a los bulevares y se tiró en un banco. Unos agentes de policía le despertaron, convencidos de que «había estado de juerga».
Se puso de nuevo a caminar. Pero, como sentía un hambre feroz, y todos los restaurantes estaban cerrados, fue a cenar a un figón de las Halles. Después de lo cual, juzgando que era aún demasiado pronto, deambuló por los alrededores del Hôtel de Ville hasta las ocho y cuarto.
Deslauriers había despedido a su damisela desde hacía tiempo; estaba escribiendo sobre la mesa en medio de la habitación. Hacia las cuatro, el señor de Cisy entró.
Gracias a Dussardier, la víspera por la noche, se vio con una señora; e incluso la había llevado en su coche, con su marido, hasta el umbral de su casa, en donde ella le había dado una cita. Salía de allí. ¡No conocían ese nombre!
—¿Qué quiere que haga? ‒dijo Frédéric.
Entonces, el gentilhombre se puso a divagar; habló de la señorita Vatnaz, de la andaluza, y de todas las demás. Finalmente, con muchas perífrasis, expuso el motivo de su visita: confiando en la discreción de su amigo, venía para que le ayudara en una gestión, después de la cual, él se vería definitivamente como un hombre; y Frédéric no se negó. Contó la historia a Deslauriers, sin decir la verdad sobre lo que le concernía personalmente.
Al pasante le pareció que «iba ahora muy bien». Esa atención a sus consejos aumentó su buen humor.
Era por ese buen humor por lo que había seducido, desde el primer día, a la señorita Clémence Daviou, bordadora de oro para equipamientos militares, la más dulce persona que haya existido, y esbelta como un junco, con grandes ojos azules, permanentemente asombrados. El pasante abusaba de su candor, hasta hacerle creer que él estaba condecorado, adornaba su redingote con un lazo rojo, cuando estaban juntos, pero no lo llevaba en público, para no humillar a su patrón, decía. Por lo demás, él la mantenía a distancia, se dejaba acariciar como un pachá, y la llamaba «hija del pueblo», como burla. Ella le traía cada vez pequeños ramilletes de violetas. Frédéric no hubiera querido esa clase de amor.
Sin embargo, cuando salían, cogidos del brazo, para ir a casa Pinson o a casa Barillot, sentía una singular tristeza. ¡Frédéric no sabía cuánto, desde hacía un año, había hecho sufrir a Deslauriers, cada jueves, cuando se arreglaba las uñas, antes de ir a cenar a la calle de Choiseul!
Una tarde que, desde el balcón, acababa de verlos marchar, vio de lejos a Hussonnet sobre el puente de Arcole. El bohemio se puso a llamarle con gestos, y, Frédéric, bajó los cinco pisos:
—Este es el asunto: es el sábado próximo, 24, el santo de la señora Arnoux.
—¿Cómo es eso, si se llama Marie?
—Angèle también, ¡no importa! La fiesta será en su casa de campo, en Saint-Cloud; soy el encargado de avisarle a usted. ¡Encontrará un vehículo a las tres, en el Journal! ¡De acuerdo! Perdón por haberle molestado. Pero, ¡tengo tantos recados!
Frédéric no se había dado la vuelta cuando su portero le remitió una carta:
«El señor y la señora Dambreuse ruegan al señor F. Moreau que les haga el honor de venir a cenar a su casa el sábado 24 de los corrientes.» ‒S. R. C.[35].
«Demasiado tarde», pensó.
Sin embargo, mostró la carta a Deslauriers, el cual exclamó:
—¡Ah!, ¡al fin! Pero, no pareces contento. ¿Por qué?
Frédéric, dudando un poco, dijo que el mismo día tenía otra invitación.
—Hazme el favor de enviar a paseo la calle de Choiseul. ¡Nada de tonterías! Voy a contestar por ti, si eso te molesta.
Y el pasante escribió una aceptación, en tercera persona.
No habiendo visto el gran mundo más que a través de la fiebre de sus ansias, se lo imaginaba como una creación artificial, que funcionaba en virtud de leyes matemáticas. Una cena en la ciudad, el encuentro con un hombre de posición, la sonrisa de una mujer hermosa, podían conseguir, por una serie de acciones, consecuentes unas de otras, gigantescos resultados. Ciertos salones parisinos eran como esas máquinas que toman la materia en estado bruto y la devuelven centuplicada en valor. Creía en las cortesanas aconsejando a los diplomáticos, a los ricos matrimonios obtenidos a través de intrigas, al genio de los galeotes, a las docilidades del azar bajo la mano de los fuertes. Finalmente, estimaba tan útil el trato con los Dambreuse, y lo expuso tan bien, que Frédéric ya no sabía a qué atenerse.
De todas formas, puesto que era el santo de la señora Arnoux, debía hacerle un regalo; pensó, naturalmente, en una sombrilla, a fin de reparar su torpeza. Ahora bien, descubrió una marquesa de seda tornasolada, con un pequeño mango de marfil cincelado, y que venía de China. Pero eso costaba ciento setenta y cinco francos y no tenía ni un céntimo, viviendo incluso a crédito a cuenta del trimestre próximo. Sin embargo, la quería, estaba empeñado en ello, y, a pesar de que no le gustaba, tuvo que recurrir a Deslauriers.
Deslauriers le respondió que él no tenía dinero.
—Lo necesito ‒dijo Frédéric–, lo necesito mucho.
Y, el otro repitió la misma excusa, por lo que Frédéric se enfadó.
—Bien podrías alguna vez…
—¿Qué?
—¡Nada!
El pasante había entendido. Sacó de sus reservas la suma en cuestión, y, cuando se la hubo dado, moneda a moneda:
—No quiero que me lo devuelvas, puesto que vivo a tus expensas.
Frédéric se le echó al cuello, con mil expresiones afectuosas. Deslauriers se quedó frío. Después, al día siguiente, viendo la sombrilla sobre el piano:
—¡Ah!, ¡era para esto!
—Se la enviaré, quizá ‒dijo cobardemente Frédéric.
La casualidad le sirvió, pues, durante la velada, recibió una nota ribeteada de negro, y en la que la señora Dambreuse, comunicándole la pérdida de un tío suyo, se excusaba de postergar, para más adelante, el placer de conocerle.
Desde las dos ya estaba en el despacho del Journal. En lugar de esperarle para llevarle en su coche, Arnoux se había marchado la víspera, no resistiendo más a su necesidad de aire libre.
Cada año, con los primeros brotes verdes, durante varios días seguidos, se iba por la mañana, daba grandes caminatas a través del campo, bebía leche en las granjas, retozaba con las aldeanas, se informaba sobre las cosechas, y traía matas de lechuga en el pañuelo. Finalmente, realizando un viejo sueño, se había comprado una casa en el campo.
Mientras Frédéric hablaba con el empleado, la señorita Vatnaz llegó, y se sintió decepcionada al no ver a Arnoux. Se quedaría allá aún dos días, quizá. El empleado le aconsejó «que fuera a la casa de campo»; ella no podía ir; que escribiera una carta, pero temía que se perdiera. Frédéric se ofreció a llevar la carta él mismo. Ella la escribió rápidamente, y le instó a que se la diera sin testigos.
Cuarenta minutos después, Frédéric llegaba a Saint-Cloud.
La casa, a cien pasos del puente, se situaba a media altura de la colina. Los muros del jardín estaban ocultos por dos filas de tilos, y una amplia pradera bajaba hasta la orilla del río. La puerta de la verja estaba abierta. Frédéric entró.
Arnoux, tendido en la hierba, jugaba con unos cuantos gatitos. Esa distracción parecía absorberle infinitamente. La carta de la señorita Vatnaz le sacó de su letargo.
—¡Diablos, diablos!, ¡qué trastorno! ella tiene razón; tengo que marcharme.
Después, habiéndose guardado la carta en el bolsillo, tuvo el placer de enseñarle su propiedad. Le enseñó todo, las cuadras, el hangar, la cocina. El salón estaba a la derecha, y, del lado de París, daba a un porche con espaldar, cargado de clemátides. Pero, por encima de sus cabezas sonó un gorgorito; la señora Arnoux, creyendo que estaba sola, se entretenía cantando. Hacía escalas, trinos, arpegios. Había notas largas que parecía que se mantenían suspendidas; otras caían precipitadas, como el agua de una cascada; y su voz, pasando a través de la celosía, cortaba el gran silencio, y subía hacia el cielo azul.
Darmowy fragment się skończył.